Peligros de Medea en Eurípides
Peligros de Medea en Eurípides
Medea, hija del rey de la Cólquida, con cuya poderosa ayuda pudieron los
argonautas conquistar el vellocino de oro, se había desposado con Jasón, dando a
luz dos hijos, siguiéndole a Grecia, y estableciéndose con él en Corinto. Jasón, sin
embargo, en vez de corresponder a los sacrificios que había hecho en su obsequio,
ya cediendo al amor que le inspirara la hija de Creonte, rey de Corinto, ya por
motivos de conveniencia personal, pretendió la mano de ésta, y logró el
asentamiento de su padre para celebrar sus segundas nupcias; pero Creonte
entonces, conociendo el carácter vindicativo y vehemente de Medea, ya famosa
por su crueldad y sus mágicas artes, decretó su destierro inmediato con sus hijos,
y sólo a sus ruegos consintió en aplazarlo, señalándole un nuevo término. Medea
aprovechó este descanso para fingir su reconciliación con su esposo, y llevó su
aparente docilidad hasta el punto de regalar a la nueva desposada una corona de
oro y un riquísimo peplo. Desgraciadamente ambos dones estaban envueltos en
eficacísimo veneno, que estalló en el momento de ponérselos la hija del rey,
devorándola juntamente con su padre. No contenta con esto, se vengó también de
Jasón matando a sus hijos, y huyó impune a la corte de Egeo, rey de Atenas,
atravesando los aires en un carro tirado por dragones.
Personajes:
La Nodriza de Medea.
El Pedagogo, o ayo de los hijos de Medea.
Medea.
Coro de Mujeres Corintias.
Creonte, rey de Corinto.
Jasón.
Egeo, rey de Atenas.
Un mensajero.
Los hijos de Medea.
1
La acción es en Corinto. (Véase en la escena el palacio de Creonte)
LA NODRIZA ¿Y consentirás Jasón que sufran tal pena sus hijos, aunque no ame
a la madre?
MEDEA (Desde adentro) ¡Ay de mí, desventurada y mísera! ¡Ay de mis penas!
¡Ay de mí, ay de mí! ¿Cómo moriré al fin?
MEDEA ¡Ay, ay, ay, ay de mí! ¡Qué males sufro, mísera! ¡Qué males sufro tan
deplorables! ¡Hijos malditos de funesta madre: que perezcáis con vuestro padre;
que todo su linaje sea exterminado!
4
MEDEA ¡Ay, ay! ¡Que el fuego del cielo me abrase! ¿Qué gano yo con vivir? ¡Ay,
ay! ¡Que la muerte me arrebate esta triste vida!
EL CORO ¿No habéis oído Júpiter, tierra y luz, las voces de la infeliz esposa? ¿No
ves que tu insaciable deseo al verte sola en tu lecho, ¡Oh insensata!, precipitará tu
muerte? Vano será tu anhelo. Si tu marido descansa en nuevo tálamo, no te
enfurezcas contra él, que Júpiter te vengará. No te contristes más de lo justo llorando
a tu compañero.
MEDEA ¡Oh magna Temis y reverenda Diana!; ¿veis lo que sufro a pesar de los
sagrados juramentos que ligan a mi execrable esposo? Ojalá que lo vea con su
esposa, ya que han osado ofenderme primero, bajo las ruinas de su palacio, ¡Oh
ciudad! ¡Oh padre!, a quienes abandoné torpemente después de matar a mi
hermano.
EL CORO Haré lo que me dices. Con razón debes vengarte de tu esposo, ¡Oh
Medea! No me admira que llores tu desgracia. Pero veo a Creonte, señor de tu
tierra, que se acerca a anunciarte sin duda nuevas órdenes.
CREONTE Mándote Medea de torva mirada, llena de ira contra tu esposo, que
salgas desterrada, llevándote tus dos hijos, y sin dilatarlo un instante; que soy aquí
soberano y no volveré a mi palacio antes de excusarte de los confines de este país.
sabe, si te creen superior te aborrecerán porque les molestas. Ofrézcote una prueba
de lo que te digo: Por mi saber me envidian unos, estos me llaman ociosa, aquellas
7
perversas, para otros soy pesada carga, y sin embargo, no sé demasiado. Tú debes
sufrir de mí algún daño injusto. No es ese mi pensamiento, ¡Oh Creonte!; no receles
que yo ofenda a tus ilustres personajes. ¿Qué iniquidades has perpetrado contra mí
casando a tu hija, atentos solo a su inclinación? A quien detesto es a mi marido;
pero según creo, has obrado con prudencia... Y ahora no llevo a mal que salga a
medida de tu deseo: que se casen, que aquí reina la felicidad y el bienestar; pero
déjame vivir en Corintos; yo callaré a pesar de mi afrenta, y cederé a la fuerza.
CREONTE Agrádame oír lo que dices; pero temo que fragües alguna maldad, y
ahora tengo en ti menos confianza que antes, porque la mujer de pronta cólera, lo
mismo que el hombre, es menos temible que quien calla y solapadamente forma
propósito de vengarse. Vete, pues, cuánto antes y no me hables más, así lo he
mandado, y no hallarás medio de quedarte entre nosotros, siendo mi enemiga.
MEDEA ¡Oh no, por tus rodillas y por tu hija recién casada!
necesito más.
8
CREONTE Pronto te desterrarán a la fuerza los de mi séquito.
EL CORO ¡Infeliz mujer! ¡Ay, ay, cuántos son tus dolores! ¿Adónde te
encaminarás al fin? ¿Quién te dará hospitalidad, qué techo te cobijará, que tierra
podrás encontrar que te libre de males? ¡En peligrosa borrasca, oh Medea, te han
lanzado los dioses!
EL CORO Hacia atrás corren las ondas de las sagradas fuentes, y la justicia y todas
las cosas hacia atrás se revuelven. El dolo preside en los consejos de los hombres
y no hay fe en los dioses. Para que mi vida sea alabada ha de cambiar mi fama: sea
honrado mi sexo, y las mujeres no gozarán de infausto renombre. Las musas,
madres de las antiguas canciones, no publicarán ya mi perfidia; Febo, dios de la
poesía, no nos ha concedido componer cantos divinos, acompañados de la
lira, porque entonces yo hubiese entonado un himno contrario a los hombres, ya
que la larga edad pasada aduce tantas pruebas contra nosotras y contra ellos. Mas
tú abandonaste el hogar paterno, navegando airada; atravesaste los dos peñascos
del mar, habitas en tierra extranjera, y viuda solitaria yaces en el lecho, ¡oh
desdichada!, y te destierran de este país con ignominia. El aire se llevó los
juramentos y desapareció el pudor de la Grecia, siendo tan vasta. Tú, desventurada,
no tienes palacio paterno al cual recurras en tus miserias, y en el tuyo y en tu esposo
domina otra reina más poderosa que tú.
JASÓN No sólo ahora, sino muchas veces, he observado que la rabiosa cólera es
mal irreparable. Cuando podías quedarte en tu casa y en este país, si obedecieras
resignada las órdenes de los que mandan, los obligas, profiriendo vanas palabras,
10
a que te lancen de aquí. Para mí no hay en esto la menor molestia; no dejes nunca
de decir que Jasón es el peor de los hombres; pero en cuanto a tus injurias contra
los príncipes, debes convenir conmigo en que no ganas poco siendo sólo
desterrada. Siempre me esforcé en aplacar la ira de los reyes, enfurecidos contra ti,
y deseaba que te quedases; pero tú, siempre insensata, prosigues maldiciendo a los
que reinan, y así no habrá otro remedio que desterrarte. Sin embargo, ni aun por
esto falto a los que amo; tal es la razón que me ha obligado a venir aquí, ¡oh mujer!,
para mirar por ti, para que no salgas pobre con tus hijos, si algo necesitas. Muchos
males trae consigo el destierro, y aunque me aborrezcas, nunca podré quererte mal.
MEDEA ¡Oh tú, el mayor de los malvados!, que, débil mujer, sólo mi lengua debe
ofenderte, ¿has venido a vernos, has venido a vernos cuando te odio más que a
nadie? Y los dioses conmigo y todo el linaje humano. No es confianza ni fortaleza
mirar frente a frente a los amigos a quienes injurias, sino desvergüenza, la más
grave de las debilidades humanas. No obstante, has hecho bien en venir, porque me
consolaré maldiciéndote, y tú sufrirás oyéndome. Comenzaré, pues, tu apología. Te
salvé, como saben todos los griegos que se embarcaron contigo en la nave Argos,
cuando guiaste los toros uncidos al yugo, que aspiraban llamas, para sembrar el
mortífero campo; y después que maté al vigilante dragón que guardaba el vellocino
de oro envuelto en sus monstruosos pliegues, viste por mí la luz saludable. Yo
misma, abandonando traidoramente a mi padre y a mi familia, te acompañé a
Yolcos el del Pelión con más ligereza que prudencia, y maté a Pelias, cuando la
muerte es el peor de los males, valiéndome de sus mismas hijas, y te liberé de todo
temot. Y por estos beneficios, ¡oh tú, el más infame de los hombres!, me has
vendido y buscado un nuevo tálamo para que no se acabe tu linaje. Si no tuviera
hijos, podría perdonarte tus nuevas nupcias. No has hecho caso de tus juramentos,
ni es fácil saber si crees que todavía reinan los dioses que antes reinaron, o si los
hombres han recibido otras leyes, aun cuando estés bien seguro de que no me has
sido lo fiel que debieras. ¡Ay de mi diestra, que tanto estrechaste! ¡Ay de mis
rodillas, que en vano tocó un hombre malvado! Perdimos toda esperanza. Ea, pues,
hablaré contigo como si fueras amigo, y aunque no eres capaz de hacerme bien
alguno, te hablaré, sin embargo, para que, cuando te reconvenga, sea mayor tu
oprobio. ¿Adónde? Me dirigiré ahora
¿Al palacio de mi padre y a mi patria, abandonada antes por venir aquí? ¡Buscaré
las míseras hijas de Peleas! Bien me recibirán, sin duda, en su palacio, después de
haber dado muerte a su padre. Tal es mi desesperada situación, que me aborrecen
los amigos a quienes no debí hacer mal, y tengo por enemigos a quienes sólo
11
dispensé beneficios, como sucede a ti. Soy por tu causa la esposa más feliz y
envidiable de la Grecia, y tú portentoso y fidelísimo marido; tú eres el autor de mis
desventuras, tú me obligas a huir de aquí desterrada,sin amigos, sola con mis hijos,
también solos. ¡Preclara gloria para el nuevo esposo reducir a sus hijos y a su
salvadora a la condición de errantes mendigos! ¿Por qué, ¡oh Júpiter!, has
permitido que los hombres distingan el oro verdadero del falso, y no has impreso
una señal en el cuerpo para que no se confundan los malos con los buenos?
EL CORO Grave mal es la ira, y se cura con trabajos si los amigos luchan con
amigos.
JASÓN Preciso es, según parece, que yo no sea imperito en hablar, sino como
prudente piloto que pliega las velas de la nave, ¡oh mujer!, para escapar a tu
locuacidad desenfrenada. He decirte, pues, ya que tanto ponderas tus beneficios,
que Venus sola, no otro dios ni hombre, me salvó en mi navegación. Sutil es tu
ingenio, y te será enojoso que yo cuente cómo te forzó el Amor con sus inevitables
saetas a libertarme. Pero no insistiré en esto. No puedo negar que me ayudaste;
pero probaré que tú has ganado en ello más de lo que hubieras perdido haciendo lo
contrario. En primer lugar, vives en la Grecia y no en país bárbaro, y has conocido
en ella lo que valen el derecho y las leyes, no la arbitrariedad y la violencia; todos
los griegos alaban tu ingenio, y has alcanzado gloria, y si habitases en los últimos
confines del orbe, nadie hablaría de ti. Aunque en mi palacio no tenga riquezas,
aunque no pueda componer versos superiores a los de Orfeo, que la fama, en
cambio, celebre mis hazañas. He aquí mis obras, ya que tú has suscitado esta
disputa. Por lo que hace a mis nupcias, que has escarnecido, probaré primero mi
prudencia, después mi moderación, y por último, que todo ello es la consecuencia
del afecto que profeso a ti y a mis hijos. Tranquilízate, pues. Cuando llegué aquí
desde Yolcos, presa de intolerables sufrimientos, ¡qué mayor ventura para mí que
casarme con la hija del rey, no siendo más que un mísero desterrado!No, como tú
dices con sarcasmo, porque te aborrezca, ni por los incentivos que me ofrece una
nueva esposa, ni por tener muchos hijos, que me bastan los tuyos, y no me quejo
de ello, sino lo que es más importante, por vivir vida pacífica y no sufrir la miseria,
sabiendo que los amigos huyen del pobre, y para educar a mis hijos como a su cuna
corresponde, y si engendrare otros, hermanos de los tuyos, para que todos sean
iguales, y verlos juntos, y disfrutar así de ventura. ¿Para qué necesitas a los tuyos?
A mí me interesa servir con los que tenga a los que ya viven. ¿He pensado mal
acaso? No lo dirías tú si no te amargara mi matrimonio. Vosotras las mujeres creéis
12
poseerlo todo cuando vuestro lecho nupcial queda a salvo; pero si sufrís algo en
esta parte, miráis como lo más adverso lo mejor y más útil. Convendría que los
mortales procreasen hijos por otros medios, y que no hubiese mujeres, y así se
verían libres de todo mal.
JASÓN No pasaré más adelante. Si para ti o para tus hijos quieres aceptar algún
socorro mío, dilo; pronto estoy a darte con generosidad lo que desees y encargar a
los que te den hospitalidad que te traten bien. Y si lo rehúsas, ¡oh mujer!, obrarás
neciamente; si aplacas tu ira, ganarás mucho más.
JASÓN Pues yo pongo a los dioses por testigos de que soy capaz de hacer todo
linaje de sacrificios por ti y por tus hijos; pero sin duda no te agradan los bienes,
sino que, contumaz, rechazas a los que te aman, de lo cual has de arrepentirte.
MEDEA Vete, que ya no puedes vivir separado de tu nueva esposa, ni estar tanto
tiempo lejos de su palacio. Cásate con él; quizás, los dioses lo permiten, celebrarás
un himeneo o que rechazarías más adelante. Cuando el Amor domina a los
hombres, ni es buena su fama, ni tampoco merecen alabanza; al contrario, cuando
Venus se acerca a nosotras con modestia, no hay diosa tan grata. Nunca, ¡oh
señora!, vibres contra mí tu arco de oro, ni me hiera con tus deseos tu inevitable
13
saeta. Sea mi galardón la continencia, el más hermoso presente de los dioses; que
jamás me obligue la poderosa Venus a tomar parte en luchas de éxito dudoso, ni
en insaciables combates que trastornen el alma con envidia de ajeno lecho, sino
que me conceda vivir en pacífico consorcio y distinguir con claridad los tálamos
de las demás es-posas. ¡Oh patria y familia mía!; que jamás sea desterrada, teniendo
que pasar la vida en la indigencia, víctima de los más miserables trabajos.
Que la muerte, que la muerte me arrebate antes que llegue ese día. No hay mayor
mal que habitar lejos de la patria. Lo vemos con nuestros ojos; no hablamos por lo
que otros nos dijeron. Ni tu ciudad ni ninguno de tus amigos se ha compadecido
de tus gravísimos infortunios. Perezca el miserable, sea el que fuere, que no honre
a sus amigos y no les entregue la llave de su puro corazón. Nunca lo será para mí.
EGEO Salve, Medea; no hay más bello exordio para hablar a los
de Febo.
14
MEDEA ¿Podría yo conocer el oráculo del dios?
EGEO Sin duda, y con tanta más razón cuanto que se necesita para comprenderlo
ingenio sagaz.
MEDEA ¿Antes que hicieres alguna otra cosa, o que llegues a algún país?
15
MEDEA ¡Oh Egeo mi esposo es el más malvado de todos los hombres!
MEDEA Pero no deja de ser cierta; llena estoy de ignominia, cuando antes me
amaba.
16
MEDEA Si le oyes, no es así; pero en su corazón lo desea. Imploro, pues, tu ayuda;
por estas barbas y por estas rodillas te suplico; compadécete, compadécete de mi
desventura, no me veas desterrada y sin amigos; dame un asilo en tu reino y
hospitalidad en tu palacio. Que los dioses te concedan descendencia, como se lo
has pedido, y que feliz mueras. No sabes lo que puedes ganar conmigo; no sólo no
carecerás de hijos, sino que tendrás muchos; tales remedios conozco.
EGEO Por muchas razones, ¡oh mujer!, estoy dispuesto a otorgarte ese favor, ya
por honrar a los dioses, ya por tener los hijos que me prometes, perdida ya por
completo la esperanza de engendrarlos. Siendo éste mi mayor anhelo, si vas a mi
reino te hospedaré, porque soy justo. Sólo te advierto, ¡Oh mujer!, que no quiero
llevarte de aquí; pero si te refugias en mi palacio estarás allí segura, y a nadie te
entregaré. Sal de este territorio, que no quiero faltar a los que me dan hospitalidad.
MEDEA Así lo haré; jura cumplir lo que has prometido y me colmarás de júbilo.
EGEO Gran previsión revelan tus palabras, ¡oh mujer!; así no rehusaré
complacerte. Será para mí lo más seguro que pueda dar alguna excusa a tus
enemigos, y nada tendrás que temer. ¿Por qué dioses he de jurar?
MEDEA Jura por la Tierra, que pisamos, y por el Sol, padre de mi padre, y al
mismo tiempo por todos los dioses.
EGEO Juro por la Tierra, por la brillante luz del Sol y por- todos los dioses que
17
haré lo que dices.
MEDEA Vete contento; todo va bien; pronto iré a tu ciudad, así que ejecute lo
que medito y consiga lo que deseo.
MEDEA ¡Oh Júpiter, oh Justicia, hija de Jove y del Sol! Ahora, ¡oh amigas!,
venceremos con gloria a nuestros adversarios y entraremos en el camino recto;
ahora es-pero que mis enemigos serán castigados. Egeo se nos ha aparecido en
medio de nuestros trabajos como puerto en donde podremos realizar nuestros
proyectos; en él ataré los cables de mi nave cuando vaya a la ciudad y a alcázar de
Minerva. Ahora ya te descubriré mi propósito: oye, pues, mis palabras, no
ordenadas para deleitar. Rogaré a Jasón, enviando uno de mis siervos, que venga a
verme, y cuando llegue, le recibiré con frases halagüeñas y le diré que me agrada
cuanto ha hecho, su regio enlace y vil traición, y que es útil y está bien pensado; y
le suplicaré que me deje aquí con mis hijos, no con objeto de abandonarlos en este
campamento ene-migo y que sirva en él de ludibrio, sino para matar dolosamente
a la hija del rey. Llevarán presentes a la esposa, le pedirán que no los expulse de
aquí, y le ofrecerán un finísimo vestido y una corona de oro. Y cuan-do se ponga
estas galas, perecerá miserablemente y todos los que la tocaren: tan poderoso y
eficaz será el veneno que ha de bañarla. Nada aquí me obliga ahora a disfrazar mis
pensamientos; pero gimo cuando reflexiono en la atroz maldad que he de cometer:
mataré a mis hijos, nadie me los arrebatará, y después que arruine el palacio de
Jasón, me iré de aquí y expiaré en el destierro la muerte de seres tan queridos, ya
que he de atreverme a consumar el más impío de los crímenes. No es tolerable, ¡oh
amigas!, servir de escarnio a nuestros enemigos. Sea, pues, así; ¿qué gano yo con
vivir? Ni tengo patria ni hogar, ni refugio alguno en mis males. Falté en abandonar
el hogar paterno dejándome seducir de un griego, que nos pagará lo que nos debe
si los dioses lo permiten.
Jamás verá vivos después a los hijos que en mí ha procreado, ni los tendrá de su
nueva esposa, porque es menester que esa infame perezca antes envenenada por
18
mí. Nadie pensará entonces que yo soy débil o impotente, ni que sufro mi daño
tranquila, sino, al contrario, que soy terrible contra mis enemigos y benévola con
los que aman. Sólo de esta manera se adquiere mayor gloria.
EL CORO Ya que nos has participado tus proyectos, queremos servirte y defender
las leyes a que obedecen los mor-tales, y te exhortamos, por tanto, a que no los
realices.
MEDEA No es posible hacer otra cosa; pero te perdono tus palabras, ya que no
padeces mis males.
MEDEA Así sea; superfluo es cuanto hablemos. (A una esclava suya) Ve, pues, tú,
y haz venir a Jasón, que me sir-ves en todo fielmente. No le dirás nada de lo que he
pensado, si es cierto que amas a tu señora y que eres mujer.
MEDEA Suplícote, Jasón, que perdones mis anteriores palabras; justo es que
disimules mi ira, ya que tanto te he servido. He reflexionado más tranquila, y me
he dicho lo siguiente: ¿Por qué soy tan miserable que me enfurezco contra los que
a mi bien atienden, y soy enemiga de los reyes de esta región, y de mi mismo
esposo, que por nosotros hace lo que más nos conviene, casándose con la hija del
rey para que mis hijos tengan hermanos? ¿No aplacaré al fin mi furor? ¿Cuánta no
es mi locura rechazando estos bienes que los dioses me conceden? ¿No tengo hijos?
¿No sé que nos han desterrado de la Tesalia, y que carecemos de amigos? Después
de resol-ver esto en mi ánimo, reconocí que era insensata en sufrir tan grandes
males, y que sin razón me había en-colerizado. Ahora te alabo, y me parece
prudente que te cases en beneficio nuestro; y yo me tengo por in-sensata, porque
debía haber aprobado tus proyectos, y ayudar a tu esposa, y asistirla en su lecho, y
servirla contenta. Pero somos mujeres, somos como somos, no diré más. No debo,
pues, confundirte con los malvados, ni has de pagar las culpas de los necios.
Cedemos y confesamos que hicimos mal entonces, y que ahora lo pienso con más
prudencia. ¡Oh hijos, hijos míos! Venid aquí, dejad vuestra habitación, saludad y
hablad a vuestro padre, y reconciliaos con él al mismo tiempo que vuestra madre,
por el odio que antes tuvimos a los que nos amaban: la paz sea con nosotros, lejos
la ira. Tomad su diestra. ¡Ay de mis males! ¡Cómo embarga mi ánimo el recuerdo
de mis recientes extravíos! ¿Acaso, ¡oh hijos!, viviréis así mucho tiempo, y me
ofreceréis vuestros brazos? ¡Ay, cuán mísera, cuán propensa al llanto, cuán tímida
soy! Tarde se acaba el disgusto que tuve con vuestro padre. Las lágrimas surcan
ahora mi rostro.
EL CORO Una lágrima brota también de mis ojos, y ojalá que no deplore otro mal
mayor.
JASÓN Sin duda alguna, y espero conseguirlo, si es una mujer como tantas otras.
JASÓN ¿Por qué, ¡oh insensata!, te desprendes así de ellos? ¿Crees que faltarán
vestidos en el palacio del rey? ¿Crees que faltará oro? Guárdalos, no los des. Mi
esposa me estima; me preferirá, sin duda, a todas las riquezas.
MEDEA No me digas eso; dícese que hasta los dioses se aplacan con dones; el
oro entre los hombres vale más que infinitos discursos; favorécele la fortuna, el
21
cielo le es propicio; mi vida daría gustosa porque no fuesen des-terrados mis hijos,
no ya oro. Vosotros, ¡oh amados!, así que entréis en ese opulento palacio, rogad a
la nueva esposa de vuestro padre, hoy mi señora; suplicadle que os libre de mi
pena, y presentadle esos regalos: lo que más interesa es que los reciba en su mano.
Id cuanto antes; traed a vuestra madre el feliz mensaje de que ha logrado lo que
deseaba. (Retírase Jasón con sus hijos).
EL PEDAGOGO (Con los hijos de Medea.) Libres, ¡oh señora!, están ya tus hijos
del destierro, y la regia consorte recibió en sus manos los presentes: paz hay ya para
tus hijos.
MEDEA Mucho lo necesito, ¡oh anciano!; yo, extraviada, y los dioses, conmigo,
han pensado así.
MEDEA Así lo haré; pero entra en mi palacio, y cuida de mis hijos como todos los
días. ¡Oh hijos, hijos!; ya tenéis ciudad y casa, en la cual viviréis siempre sin
vuestra mísera madre; yo iré desterrada a otro país, antes de coger los frutos que
habéis de dar y de veros felices; antes de casaros y de engalanar yo misma a vuestra
es-posa, y el tálamo nupcial, y de llevar las antorchas. ¡Oh, cuán desdichada me
hace mi feroz orgullo! En vano os eduqué, ¡oh hijos!, en vano trabajé, y graves
molestias me consumieron, y sufrí los intolerables dolores del parto. Sin duda,
infeliz, puse en vosotros en otro tiempo mi esperanza, y pensé que me sostendríais
en la vejez, y que con vuestras manos cerraríais mis ojos, deseo tan natural en los
mortales: ya se desvaneció ese dulce consuelo. Sin vosotros pasaré mi vida llena
de tristeza y de amargura. Ya no veréis con vuestros ojos amados a vuestra madre,
y viviréis en adelante de otra manera. ¡Ay, ay de mí! ¿Por qué me miráis, ¡oh hijos!?
¿Por qué me miráis y os sonreís así, con sonrisa peor para mí que la muerte? ¡Ah,
ah!
¿Qué haré? Desfallece mi ánimo, ¡oh mujeres!, cuando tropiezo con las alegres
miradas de mis hijos. No podré... Pero valgan los proyectos anteriores; de la tierra
arrancaré a mis hijos... ¿Qué necesidad tengo de afligir a su padre con estos males,
de sufrirlos yo duplicados? No seré yo... Constancia en mis propósitos... Pero ¿qué
sufro? ¿Serviré yo de risa, quedando impunes mis enemigos? ¡Audacia! ¡Cuánta
es mi flaqueza, cuánta debilidad revelan estas frases afeminadas! Entrad en el
palacio, ¡oh hijos!; de Perpetuo tormento serviréis a ese hombre, que no debe
asistir a mis sacrificios. ¡No se enervará mi mano! ¡Ah, ah! ¡No cometerás este
23
crimen, ¡oh mujer!; déjalos, des-venturada, perdona ya a tus hijos: viviendo, allá
contigo serán tu encanto!... No, por los dioses, que moren en el Oreo con los
ministros de la venganza; jamás los abandonaré a los ultrajes de los que me odian.
No hay más remedio; que mueran, y ya que es preciso, yo que les di la vida, yo se
la quitaré. Resuelto está y se cumplirá. Y la corona orna ya las sienes de la regia
esposa, y ya perece con su peplo. Ya, ya emprenderé mi funesta fuga, y les dejaré
un legado aún más funesto...
Quiero hablar a mis hijos. Dadme, dadme, ¡oh hijos míos!, vuestra diestra para que
la bese. ¡Oh mano muy amada!, ¡oh labios queridos!, ¡oh noble rostro!, ¡oh talle
gentil!; sed felices, pero allá; vuestro padre os arrebata la ven-tura que podríais
disfrutar aquí. ¡Oh dulce abrazo!, ¡oh tez delicada!, ¡oh suavísimo hálito de mis
hijos!; salid, salid; no puedo miraros más, que mis desdichas me agobian. Ya
comprendo, ya conozco en toda su extensión la horrible maldad que voy a cometer;
pero la ira es mi más poderosa consejera, causa entre los hombres de las mayores
desventuras. (Medea permanece en el teatro, deseosa de saber el resultado de su
funesto mensaje.)
24
EL MENSAJERO ¡Qué cruel y nefanda maldad has cometido!, ¡oh Medea!
Huye, huye, ya en nave que como carro surque las ondas, ya en otro cualquier
vehículo que huelle la tierra.
MEDEA Algo podría replicarte; pero no te exasperes demasiado, ¡oh amigo!, sino
cuéntame cómo han perecido; doblado será nuestro deleite sí fue su muerte la más
horrible.
EL CORO No parece sino que un dios ha acumulado en este solo día merecidos
males contra Jasón. ¡Oh hija des-venturada de Creonte!, ¡cuánto deploramos tu
des-dicha, pues que, por casarte con Jasón, has bajado al palacio del dios de las
tinieblas!
MEDEA He resuelto, ¡oh amigas!, matar cuanto antes a mis hijos y huir de esta
tierra, y no perderé el tiempo en-comendando su muerte a manos más enemigas;
sin re-medio deben morir, y como es preciso, yo que los pro-creé, los mataré
también. Ea, pues, ármate de valor. ¿Por qué titubeo en perpetrar males crueles,
pero necesarios? Anda, mísera mano mía, empuña, empuña el acero, huella la
triste meta de la vida, y no seas cobarde, ni te acuerdes de tus hijos, a quien tanto
amas porque los diste a luz; olvídate en este breve día de que los tienes y llora
después, que, aunque los mates, siempre te fueron caros y siempre fuiste una mujer
infeliz.
EL CORO Vitoreemos a la Tierra y a los rayos del Sol, que todo lo alumbran; ved,
contemplad aquella mujer des-venturada antes que llene sus manos de sangre
infanticida. De ti descienden sus hijos, Febo de cabellos de oro, y es horrible que
la mano de los hombres derrame sangre de dioses. Refrénala, ¡oh luz divina!,
detenla; arroja de este palacio a la sanguinaria y mísera furia, inspirada por
fatídicas deidades. En vano los dio a luz con dolores, en vano fuiste tronco de
amada prole, ¡oh tú, que atravesaste los escollos inhospitalarios de las cerúleas
Simplégadas! ¡Oh infortunada! ¿Qué grave ira se ha apoderado de tu corazón, qué
rabia fatal, sedienta de sangre, te ha trastornado? Funesta expiación amenaza a los
mortales, cuando riegan la tierra con sangre de sus parientes, y para castigo de los
parricidas el cielo envía a las familias calamidades proporciona-das a la pena que
merecen.
PRIMER NIÑO (Desde dentro). ¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿Adónde huiré de mi
madre?
SEGUNDO NIÑO No lo sé, hermano muy querido; ¡vamos a morir!
EL CORO ¿Oyes, oyes el clamor de sus hijos? ¡Oh mísera e infeliz mujer!
¿Entraré en el palacio? Salvemos a sus hijos de la muerte. (El coro se detiene
viendo cerradas- las puertas.)
27
LOS NIÑOS ¡Pero socorrednos, por los dioses! ¿Vendréis a tiempo? Ya el puñal
nos amenaza de cerca.
EL CORO ¿Eres, ¡oh miserable!, piedra o hierro, para segar con tu mano
infanticida la vida de los hijos que diste a luz? Sólo sé de una, sólo sé de una mujer
de los pasados tiempos que matase a sus hijos; sólo sé de Ino, furiosa por orden
divina, cuando la esposa de Júpiter la arrojó de su palacio y trastornó su juicio, y
la miserable cayó en la mar por el impío asesinato de sus hijos, saltando desde la
orilla y pereciendo al mismo, tiempo que ellos. ¿Puede suceder nada más horrible?
¡Oh funestos casamientos, cuántos males habéis acarreado a los hombres!
JASÓN Mujeres que rodeáis a ese Palacio, ¿está en él esa Medea que ha cometido
tantos horrores? Menester es que se esconda en los abismos de la tierra, o que, cual
ave, se lance a las aéreas regiones, para que no pague la pena que merece por su
delito contra la real familia. ¿Cree acaso, después de dar muerte a los soberanos de
esta región, que podrá escaparse impune? Pero no tanto vengo por ella como por
mis hijos; castíguenla los que han sufrido esos males. Mi objeto es salvar la vida
de mis hijos, no se venguen en ellos los parientes de Creonte, en represalias de la
nefanda maldad que ha cometido su madre.
EL CORO ¡Oh infeliz Jasón!, aún ignoras, Sin duda, las desdichas que te aguardan;
a no ser así, no hablaras como hablas.
JASÓN ¡Ay de mil! ¿Qué dices? ¡Oh, mujer, cómo me has afligido!
28
JASÓN Abrid cuanto antes las puertas, servidores; quitad las barras para que
contemple dos males a un tiempo y vea a mis dos hijos muertos, y para que los
vengue y muera también a mis manos.
MEDEA (Que aparece en un carro tirado por dragones con los cadáveres de sus
hijos). ¿Por qué sacudes y das golpes en las puertas buscando los cadáveres de
tus hijos, y a mí, que los he asesinado? No te molestes. Si me necesitas, dime lo
que quieres: jamás me tocarán tus manos, porque el Sol, padre de mi padre, me
ha dado un carro que me protegerá contra mis enemigos.
JASÓN ¡Oh, rabia! Mujer odiosa, mujer la más detestada de los dioses, de mí y de
toda la especie humana que has osado hundir el puñal en el corazón de tus propios
hijos, en los mismos que diste a luz, y me dejas huérfano, y ves la tierra y el sol a
pesar de tu impiedad maldita! ¡Ojalá que mueras! Ahora te conozco, no cuando de
un palacio y de un país bárbaro te traje a la Grecia, a ti, que eres el más terrible
azote, y has hecho traición a tu padre y a la tierra que te crió. Obra es de los dioses
que me arrastrara tu fatal destino cuando asesinaste a tu hermano junto a los altares
y te embarcaste en la nave Argos, de bella proa. Tales fueron tus primeras hazañas:
te casaste conmigo, y después que diste a luz mis hijos, los mataste llevada de tu
odio y de tu envidia a mi segunda esposa. Ninguna griega lo hubiese osado jamás;
te preferí a ellas, y fuiste mi compañera; enlace fatal y pernicioso para mí, que eres
leona, no mujer, de índole más fiera que la tirrena Scila. Pero, vanamente te
insultaría con millares de lenguas, siendo tan grande tu impudencia, ojalá que
mueras, infame como ninguna, y además manchada con la sangre de tus hijos. Sólo
puedo ahora deplorar mí suerte, porque ni he disfrutado de mi segundo himeneo,
ni podré ya hablar con los hijos que engendré y eduqué, habiéndolos perdido.
MEDEA Puedes estar seguro de ello; sin embargo, es dolor que me agrada porque
29
no te ríes.
MEDEA ¿Con que eso dices? ¿Qué haré yo ahora? También lo deseo
ardientemente.
30
JASÓN Déjame sepultarlos y llorarlos.
MEDEA ¿Qué dios, qué divinidad podrá escucharte, cuando eres perjuro y
traidor a quienes dieron hospitalidad?
amados! MEDEA De su
JASÓN ¿Oyes Júpiter, cómo desoyen mis súplicas? ¿Ves que lo que sufro de esta
execrable leona, asesina de sus hijos? Pero en cuanto pueda y me sea lícito, me
lamentaré así y daré gritos, poniendo a los dioses por testigos de que me prohíbes
tocar y sepultar los cadáveres de los hijos que mataste: ¡ojalá que nunca los viese,
si habían de perecer a tus manos!
MEDEA Júpiter, desde el Olimpo, gobierna al mundo, y muchas veces hacen los
dioses lo que no se espera, y lo que se aguarda no sucede, y el cielo da a los
negocios humanos fin no pensado. Así ha acontecido ahora.
32