Dossier
Dossier
DOSSIER IMÁN, Nº 3
MÉXICO S. XXI
Editorial
7
NARRATIVA
Emiliano Monge
15
F. G. Haghenbeck
29
Joserra Ortiz
33
Adonai Uresti
41
Darío Zalapa
49
Orlando Tristán
57
Víctor Santana
63
4
Rodrigo Pámanes
69
Octavio Guerrero
81
POESÍA
Alejandro Tarrab
87
Juana Adcock
93
Rocío Cerón
103
Jorge Posada
109
Sara Uribe
115
Edgar Flores
151
5
Sergio Velasco
161
Daniel Wence
171
6
§
Editorial7
Por ello, un año más, hemos querido doblar el mapa para juntar a las
gentes de entrambas orillas y presentar un dossier que nos ayude a
acercarnos a la realidad literaria mexicana del siglo XXI.
Por lo demás, tan solo desear que os sea de agrado este esfuerzo por
no ser moais que, de espaldas al mar, tutelan el colapso endogámico
de nuestra particular isla literaria; por girarnos, abrirnos y contemplar
la paleta de colores de estas otras voces que sobrevuelan el Atlántico a
lomos de estas páginas.
E n 2004 Jorge Volpi publicó una de las reflexiones más interesantes que
hasta entonces se habían hecho sobre la literatura escrita en español en
nuestra orilla atlántica: “El fin de la narrativa latinoamericana”, aparecida en
la Revista de crítica literaria hispanoamericana. El novelista y crítico mexicano,
para entonces ya muy afamado por la visibilidad que le había dado a la llamada
Generación del crack, destacaba que la crítica especializada en nuestra novelís-
tica, sigue una tendencia poscolonial que enfatiza la atención a aquellas obras
que giran sobre el eje de la identidad nacional frente al cosmopolitismo. Fiel
a su propio ethos creativo, en el que sobresale su frecuente intención de escri-
bir historias que no ocurren en México ni les suceden a mexicanos, y en un
derroche de imaginación futurista, Volpi destaca dos cuestiones que me parecen
importantes para pensar en nuestra tradición literaria: 1) la inexistencia de una
tradición literaria de calidad en el continente antes de la aparición de Borges y
Rulfo; y 2) la conciencia en cierta estirpe de narrador latinoamericano de des-
naturalizar su escritura para integrarse en un mercado literario internacional.
Quizá el primer punto sea un poco exagerado, pero cuando menos como invita-
ción a la reflexión resulta interesante ponderar el surgimiento de una literatura
continental en dos poéticas tan distantes entre sí: la de uno basada en el placer
bibliófilo exquisito, y la del otro en la carencia como discurso.
_______
*Doctor en estudios hispánicos por Brown University (2012), y actualmente profesor investi-
gador de tiempo completo en la licenciatura en lengua y literaturas hispanoamericanas en la
Universidad Autónoma de San Luis Potosí, donde también dirige el fondo editorial.
10
específicas que, cuando menos, sirven para dar una apariencia de orden al vastí-
simo archivo geotextual latinoamericano, sobresaliendo el tema de la identidad.
Lo que hace la crítica, sin ir más lejos, es proponer un sesgo historicista que
finge una evolución natural de nuestra literatura (como ocurre, por supuesto,
con todas las literaturas reguladas por una seudociencia analítica), haciéndonos
creer que hay una constante temática que inicia, por ejemplo, en las cartas de
Colón o de Cortés, se continúa en la poesía de Balbuena, llega a Bolívar, pasa por
Martí, se estaciona en Rodó, estalla en Carpentier y se vuelve materia universal
con García Márquez. No es este el momento ni el espacio para discutir un tema
tan grave, pero sí conviene llamar la atención sobre el mismo, precisamente
porque me parece una cuestión indiscutible que los primeros ya casi veinte años
del siglo XXI, hayan ocurrido sin que supere todavía este estancamiento críti-
co. Los que alguna vez fueron considerados los grandes temas de la literatura
americana en español, se han ido desfasando paulatinamente desde, por poner
alguna fecha, el ánimo del cambio de siglo que trajeron consigo fenómenos revi-
talizadores como una nueva concepción de lo nuevo en las poéticas de McOndo
y la de los enterradores, así como la paulatina y lamentable desaparición de
quienes fueron los jerarcas de la producción literaria durante el grueso de la
segunda mitad del siglo XX.
Sin embargo, no se puede negar que el tema más visible de la literatura mexi-
cana es el de la violencia, casi siempre de corte criminal, en concordancia con la
realidad inmediata que sufre la nación, de forma más grave desde que se declaró
la guerra militar contra los cárteles de la droga desde 2006 y que ha producido
12
Creo que, en este sentido, el dossier que presenta la revista Imán, resulta bas-
tante informador y ejemplar de algunas de las generalidades que hasta aquí he
notado. Distingo una variedad muy amplia de registros y éticas literarias entre
los autores congregados, así como una intención descentralizadora que permi-
te intuir la complejidad y multitud de voces y experiencias de todo un país y
no solo una región —la capital, históricamente el centro del discurso artístico
mexicano. Hay también autores pertenecientes a muy distintas generaciones:
desde algún representante de la generación de los 60, hasta jóvenes plumas que
no pasan la veintena de edad. Pero el fuerte de esta ventana a la literatura que se
practica hoy en México, más allá de su pluralidad, es el de actualizar nuevamen-
te nuestras referencias sobre lo que se escribe hoy mismo al otro lado del mar,
en una orilla de nuestro idioma que, por la costumbre del canon, tiende a fijarse
en los nombres comunes y a ocultar lo nuevo. Por supuesto que los medios
13
§
15
Emiliano Monge
como están a este ritual, los perros se detienen en donde Osmar deja su maleta
y suelta sus correas. Ninguno lo acompaña hasta la parte más agreste, donde
la hierba crece alta y salvaje. Aquí solamente vienen los que quieren tirar algo.
O los que a cuestas cargan un motivo tan pesado como el de Osmar, que en la
orilla del canal, a punto de mojarse los zapatos, asevera: hace quince años exactos.
Aún me rige lo que ustedes me enseñaron, suma observando en la distancia el ama-
sijo de metales retorcidos: no me fío de la cara de la gente, me fío sólo de su risa.
Tras decirlo, Osmar empieza a contar en silencio y por primera vez en años dice
los nombres de sus padres y su hermana. Entonces, a pesar de que el calor es
agobiante y de que no atraviesa el cielo ni una nube, escucha varios truenos y
un calambre lo recorre, lo sacude y le arranca de la boca la oración que dijo el
día que lo adoptaron: la única forma de que pueda seguir vivo es pensando que estoy
muerto. Minutos después, tras haber recuperado la entereza y tras haber tam-
bién cruzado la alta hierba de regreso, Osmar vuelve hasta sus perros, sin dejar
de contar en el silencio de su mente. Levantando las correas, acicateando nue-
vamente a sus bestias y alzando su mochila, cruza la avenida en sentido opuesto
al de hace un rato. Esta vez, sin embargo, y a diferencia de otras tantas, siente
que el pasado le ha calado hasta los huesos. Cuando llega a la unidad en la que
vive, echa a correr a su pesada camioneta, convencido de que así compensará el
tiempo perdido y se alejará también de todo aquello que le imponen los metales
oxidados. Pero al llegar a su vehículo, abollado y despintado, Osmar recuerda
otra vez aquella noche en que la combi de sus padres fue sorprendida por una
tempestad inesperada. Y abriendo la puerta trasera, mientras sus perros suben
dando un salto, también se acuerda del momento en que esa combi fue arrastra-
da por el agua. Lo importante es que jamás les he fallado, eso es lo único que cuenta,
se dice tratando de encender su camioneta y es así que por fin deja de contar en
las profundidades de su mente. No he hecho nada diferente de lo que ustedes habrían
hecho, insiste y se convence de estarse despidiendo de esa hermana y de esos pa-
dres que vendían artesanías, no creían en la gente y no tenían otro refugio que
la combi reducida en el canal a su esqueleto.
Y es también así que Osmar asevera: por favor no me hagas esto, hoy no me chingues,
bombeando el embrague de su pesada camioneta y dando marcha, una y otra
vez y una más a su contacto: ve lo tarde que se me hizo, por favor, en serio enciende.
Cuando está a punto de rendirse y de bajar para buscar a algún vecino que lo
ayude a empujar el armatoste, éste enciende exhalando una espesa nube negra
18
la cual está la suya, desdobla el papel y se acalambra la cabeza con tres puntas.
Antes de que se limpie las fosas, oye como detrás suyo estallan varios cláxones y
angustiado dobla el papel de nueva cuenta. Cuando por fin vuelve a erguirse, la
luz roja ha vuelto a encenderse y sólo avanza un par de metros. Detrás suyo, a
los cláxones se suman los insultos de otros conductores y Osmar siente que en
el pecho el corazón se le acelera: sabe, por experiencia personal y por historias
que ha escuchado, que pegarle a un payaso es deporte en la colonia donde vive.
Asustado, saca el brazo y se disculpa ante los otros conductores levantando el
pulgar contra el cielo, justo antes de que uno se bajara de su auto. Con el brazo
nuevamente dentro y con la mano otra vez en el volante Osmar mira el semá-
foro que sigue aún en rojo, observa más allá el tendedero de un viejo edificio y
aún más lejos ve un avión cruzando el cielo: ¿se verá desde allá arriba lo que queda
de su combi?
Cuando está por responderse, en la ventana de su pesada camioneta irrumpe el
rostro de un pequeño que mendiga unas monedas y el corazón de Osmar vuelve
a acelerarse. Esta vez no es el temor a una golpiza lo que truena en su pecho
sino el recuerdo de los golpes recibidos hace tiempo. Empezando a contar de
nueva cuenta en lo más hondo de su mente: dos, tres, cuatro, cinco, Osmar saca
unas monedas, se las pasa al pequeño Y suplicando que se ponga la luz verde,
intenta escapar del derrotero que podría tomar su mente.
Pero a pesar de que la luz verde se ha puesto, de que ha cambiado un par de
marchas, de que sigue todavía contando: diecisiete, dieciocho, diecinueve, vein-
te, veintiuno, de que otra vez ha acelerado su armatoste y de que ha empezado
nuevamente a hablarle a sus perros, no consigue que su mente lo aleje de esos
años que le duelen aún más que los otros. De nueva cuenta está aquí esa familia
que hace tiempo lo adoptara. Y otra vez está aquí su entrenamiento en el andar
del niño ciego y en los ruegos del que pide. Y otra vez están también aquí, en el
interior de su pesada camioneta, el letrero, la lata, el bastón falso y los vagones.
A los fantasmas no pueden herirnos, pronuncia Osmar, igual que se decía en aque-
llos años. Ya no pueden lastimarnos porque no tenemos nada que nos duela, insiste
rebasando a un camión de gas y a un par de coches. Y no pueden tampoco aga-
rrar lo que nosotros traemos dentro, remata acelerando la marcha, colocándose
de nuevo la nariz color carmín y consiguiendo al fin que el pasado se retire al
lugar en donde vive.
No pueden quitarnos el aliento, asevera un par de cuadras después, cuando la cal-
20
El 22 de diciembre del año 2014, hacia las tres de la madrugada, los hermanos y
policías Gustavo y Alejandro Morales —quienes tampoco tendrán aquí mayor
cabida, como no la tendrán nunca en otra página, documento o libro escrito—
llegaron a El Amparo, famoso barrio de la periferia de Santo Tomás, tras ser ad-
vertidos de que en los baldíos que delimitan ese sitio se habían escuchado gritos,
múltiples detonaciones y lo que parecían ser los motores de varias camionetas.
Apenas descender de su patrulla, maldiciendo a la fortuna por haber sido en
su turno cuando avisaron de estos hechos, que los tenían allí en los lindes de
El Amparo, los hermanos Morales escucharon un terco y fastidioso lloriqueo.
Encendieron sus linternas, sacudieron sus cabezas y se dirigieron, quejándose
en voz alta, hacia el origen de aquel llanto, donde encontraron el cuerpo de Ana
Agravia, aferrado a la pierna izquierda de su abuelo. A varios metros del viejo
y de la niña, cuya cabeza diminuta en aquel momento no notaron los agentes,
yacían otros cadáveres.
Lo que faltaba, aseveró Alejandro apuntando su linterna hacia Gustavo: que nos
dejaran una viva. Esto va a ser un desmadre, soltó, por su parte, el mayor de los
Morales, acercándose a la niña y al viejo y sintiendo cómo el coraje se adueña-
ba del resto de su cuerpo: vuélvete mejor a la patrulla y diles que nos manden
ambulancias y peritos... ya estuvo que nos vamos a quedar toda la noche. ¿Y le
hablo al Pano?, preguntó Alejandro caminando ya hacia la patrulla: ¿o espera-
mos otro rato? Avísale a ése también de una, respondió Gustavo alumbrando a
Ana Agravia: por lo menos que nos deje esto una lana.
Una hora después, hacia las cuatro de la madrugada, el ajetreo en El Amparo
era absoluto: los policías se movían como enjambre, los paramédicos tendían
23
sobre el suelo una sábana tras otra y los peritos dejaban sus marcas por aquí y
por allá. Por su parte, los vecinos, tras la cinta que Gustavo y Alejandro habían
tendido hacía un rato, atestiguaban todo entre cansados y aburridos y el Pano,
cuyo nombre de pila es Felipe, tomaba apuntes y fotografiaba todos los detalles
que habría de mencionar en la nota que publicaría al día siguiente, con un titular
en forma de pregunta: “¿Inocente niña entre doce asesinados?”
Para cuando llegó el amanecer, El Amparo finalmente había quedado desierto:
los muertos habían sido trasladados a la margue, los policías habían vuelto a sus
casas, los peritos habían redactado sus informes, los vecinos desayunaban discu-
tiendo su desvelo, Ana Agravia descansaba en su cuarto del hospital municipal
de Santo Tomás, vigilada por los federales que la habían escoltado hasta ese
sitio, y Felipe leía orgulloso, podría decirse incluso que exultante, el ejemplar de
Noticias del Golfo que, en portada, presentaba dos de sus fotografías y el texto
íntegro de su reportaje.
El mismo reportaje vago, suspicaz y mal escrito que al día siguiente, tras el
revuelo que causara en Santo Tomás, sería reproducido por la mayoría de los
periódicos de circulación nacional, convirtiéndose en la causa principal de que la
historia de Ana Agravia se transformara en asunto de todos y en un caso digno
de las autoridades federales. Y es que el escrito de Felipe, apenas 48 horas des-
pués de los sucesos acaecidos en los terrenos de El Amparo, había dividido en
dos a la opinión pública y había inoculado en la médula de ésta un evento que,
en lo general, era igual a tantos otros sucedidos diariamente en el país pero que,
en lo particular, tenía a una niña discapacitada como víctima. O como culpable.
Así que apenas 72 horas después de los hechos ya narrados, cuando a nadie le
importaba lo que pudieran contar las autoridades locales o lo que pudiera añadir
Felipe —quien había lanzado la primera piedra pero había sido olvidado por la
opinión pública muy pronto, por lo que tampoco tendrá aquí más cabida—, to-
dos los habitantes del país, sin importar su clase, raza o estrato social, se habían
convencido a sí mismos de estar en posesión de la verdad absoluta. Tanto en las
plazas como en los cafés, las escuelas, las oficinas, los medios de comunicación
y las redes sociales, los ciudadanos clamaban por conocer todos los detalles,
convencidos de que al hacerse pública la información completa del caso, ésta no
vendría si no a darles la razón.
Por supuesto, a todos estos ciudadanos les daba igual que esa información, por
la que no habían dejado de clamar y por la que estuvieron suplicando en silen-
24
cio varios días, fuera la versión de Ana Agravia, la historia de vida de esa niña
narrada por la voz de algún conocido, la confirmación o la negación de su disca-
pacidad o los rumores que sobre su familia empezaron a correr, sin que pudiera
asignárseles un origen claro. Pero ¿qué decían estos rumores? Los principales:
que la familia de Ana Agravia huía de su país tras matar a varios habitantes de
su pueblo; que huían más bien tras descubrirse una red de trata de discapacita-
dos que ellos regenteaban; que escapaban de un grupo paramilitar que quería
asesinarlos, o que, como tantos otros, sólo buscaban un futuro mejor y más
promisorio.
Fue entonces, en mitad de la apoteosis desatada por la rumorología, que la in-
formación que tanto ansiaba la opinión pública se hizo presente, aunque de for-
ma extraña, inesperada y a la vez inevitable. Ocho días después de la tragedia,
una enfermera del hospital municipal de Santo Tomás colgó en su muro de
una conocida red social un video en el que podía verse a Ana Agravia. Por fin,
el centro momentáneo de la nación se presentaba ante los ojos que no querían
ver otra cosa. Sentada en la cama de su cuarto, desayunando, conectada por vía
intravenosa a una bolsa de suero y por diversos cables a un enorme aparato, la
pequeña microcéfala observaba, con atención difusa y la mirada vacía, la panta-
lla de un televisor, que en la grabación apenas podía distinguirse.
No tuvieron que pasar ni cinco minutos para que el video referido se viralizara
y para que las miradas de todo el país, no conformes con ver a Ana Agravia en
su suplicio una vez, repitieran éste otra, una más y varias veces. Como también
fue una cuestión de apenas media hora que la opinión pública, hasta entonces
dividida, se replegara casi entera al lado de la pobre y sufrida niña idiota. Lo
mismo, por supuesto, hicieron la mayoría de los expertos, periodistas y autori-
dades nacionales, quienes durante los días previos no habían dejado de comen-
tar la matanza en las pantallas de todos los canales de televisión, en la mayoría
de las estaciones de radio y en casi la totalidad de las columnas de los periódicos.
Y es que lo que se podía observar en el video no era solamente a una niña aban-
donada a su suerte y sin nadie que estuviera a su lado, sino a una niña clara y
evidentemente discapacitada: la cabeza de Ana Agravia, en efecto, era diminuta
y el movimiento de sus manos, al acercarse la comida hacia la boca, parecía
implicarle un esfuerzo titánico. Además, la pequeña desvalida, que parecía no
tener frente ni tampoco parietales, se reía, de tanto en tanto, de una forma su-
mamente extraña pero también intensamente tierna. Y dirigía hacia la nada
25
miradas desdichadas. Para colmo, su piel parecía haber sufrido, en otro tiempo,
diversas quemaduras y presentaba, en los brazos y en las piernas, moretones y
heridas recientes.
Los niños con microcefalia me parecen preciosos, comentó en cadena nacional
uno de los escritores más importantes del país: si fuera Durero, haría un estudio
sobre sus proporciones, su belleza y su inocencia. La ternura que me inspira la
deformidad de esta pequeña, añadió después el músico más famoso de la nación:
sólo puedo compararla con la ternura que siento cuando hablo con Dios. Por su
parte, el conductor del noticiero de mayor audiencia, aseguró que, tras haberlo
consultado con varios médicos, por supuesto expertos en la materia, podía ase-
gurar que: un niño con microcefalia es absolutamente incapaz de hacerle daño
a otro ser humano e, incluso, de llevar a cabo siquiera un acto que pudiera ser
motivado por 1o que comúnmente denominamos como “el mal”.
Así pues, doce días después de la tragedia acaecida en El Amparo, todo parecía
indicar que Ana Agravia se había liberado de las dudas que recaían sobre su
persona y que la opinión pública, en general, se había convertido en su mayor
aliada. Además, la autoridad, que seguía buscando a los culpables de la matanza,
había declarado que no consideraba a la pequeña más que otra víctima de la
violencia desatada en Santo Tomás y que, por ningún motivo, era considerada
sospechosa. Los medios, mientras tanto, se peleaban por conseguir una entre-
vista en exclusiva con Ana Agravia, la gente organizaba colectas para su futuro,
las ONG intentaban convertir su caso en la bandera que les permitiera hablar
de los horrores de la inmigración y no pocas empresas se peleaban por convertir
el rostro encogido de la niña en imagen de sus marcas.
Incluso el gobierno del país donde Ana Agravia y su familia habían nacido se
ofreció, cuatro días después de la aparición del video que grabara la enfermera, a
pagar todos los gastos que generara la recuperación y posterior repatriación de
la pequeña de cabeza diminuta, a quien, por otra parte, la opinión pública empe-
zaba poco a poco a olvidar: a nadie parecía importarle una inocente. El primer
mandatario de la nación vecina, además, no dudó en prometerle a Ana Agravia
un futuro promisorio: será acogida por una de nuestras mejores familias... lo
difícil será elegir una entre todas las estirpes ilustres que se han ofrecido a adop-
tarla, aseveró el político y sus palabras fueron reproducidas por las cadenas te-
levisivas y radiales de nuestro país, aunque ya sin mayores cuotas de audiencia.
Justo entonces, al abogado defensor que le había sido asignado por oficio a Ana
26
Agravia —hombre menudo que con tristeza sentía cómo los focos le retiraban
su halo caprichoso con el pasar de los días y con la vuelta de la nación a su nor-
malidad— se le ocurrió convocar a una conferencia de prensa, en la cual anunció
otra conferencia de prensa: la pequeña niña microcéfala iba a agradecer a la
nación su cariño y apoyo. Además, aprovecharía el momento para despedirse de
los mexicanos, antes de ser repatriada a su país de origen. Lo que nadie podía
imaginar era que esta conferencia, la segunda, sería el suceso que volvería a po-
ner a Ana Agravia en el centro del debate, desatando, de nueva cuenta, las dudas
y sospechas entre la opinión pública.
Unas dudas y unas sospechas que en apenas unas horas se transformaron en
acusaciones y sentencias. El problema, extrañamente, no fue lo que Ana Agra-
via dijo ante los medios, diecinueve días después de la matanza acaecida en El
Amparo, sino el hecho mismo e indiscutible de que ella, la pequeña microcéfala,
fuera capaz de decir algo. Que fuera capaz de expresarse. O en otras palabras:
que la discapacitada no fuera en realidad discapacitada. Y es que aunque nadie
había confirmado lo anterior, la opinión pública se sintió desengañada: cómo
que no es idiota esta pendeja, fue la reacción mayoritaria de los ciudadanos que
vieron aparecer a la niña en sus pantallas y que la escucharon hablar como ha-
bría hablado uno de ellos.
En efecto, la microcéfala era capaz de pensar y de transmitir sus ideas. Y si era
capaz de pensar y de transmitir sus ideas, ¿por qué no sería capaz de planear
un asesinato y de llevarlo a cabo? ¡Hipocresía! ¡Engaño! ¡Argucias! La gente, sin
importar de nueva cuenta su condición, origen o destino, gritaba enardecida y
expresaba su rabia en todos los lugares en los que se hallara: privados, públicos
o electrónicos. Y otra vez, en cuestión de apenas unos días, la pobre niña desva-
lida se convirtió en una asesina fría y calculadora; la extranjera abandonada a su
suerte, en una invasora que traía con ella el mal, el odio y la violencia a nuestras
tierras, y la entrañable huerfanita, en despiadada parricida.
Para colmo, al verla de cerca, en las pantallas de sus televisores y en las de sus
computadoras, la opinión pública, al igual que los expertos y los conductores de
los principales noticieros, descubrió que aquello que había visto en Ana Agravia
no eran moretones ni heridas ni quemaduras: las manchas en la piel de la peque-
ña eran consecuencia del vitiligo. ¡Hija de puta! ¡Mira que querernos conmover
con sus mentiras! ¡Es una embustera! ¡Intentó pasar por accidente el estigma de
su cuerpo! Pocas cosas asustan tanto a los seres comunes como los males que
27
advierten un fantasma en sus iguales. ¡Lleva la muerte en la piel! ¡No puede ser
sino malvada! ¡Cómo pudo engañarnos!
Los niños con vitiligo son particularmente envidiosos, violentos y necesitados
de atención, viven obsesionados con el sexo, declaró un famoso artista, cuya
madre había sido violada por un vecino destintado, en el mismo noticiero en el
que, instantes después, una cantante de moda aseguró: el horror que me pro-
ducen sus manchas es consecuencia del horror que sentí al ser secuestrada por
una banda de satánicos cuyo líder padecía esa misma enfermedad del diablo. Por
su parte, el conductor del noticiero, tras asegurar que había documentado su
opinión con la de varios expertos, aseveró, mirando fijamente a la cámara: un
niño con microcefalia es perfectamente capaz de hacerle daño a otro ser humano
e, incluso, de llevar a cabo actos motivados por lo que conocemos, comúnmente,
como “el mal”.
Piensen si no en los hombres más perversos de la historia: Carlos V, Napoleón,
Hitler, todos tenían cabezas pequeñas, remató el conductor que convertiría a
Ana Agravia, nuevamente, en su tema central durante los días siguientes. Días
en los que la opinión pública, los expertos y los medios en general terminaron
por unificar su dictamen y la pequeña microcéfala, además de convertirse en el
centro de todos nuestros odios, volvió a ser recluida en su cuarto del hospital
municipal de Santo Tomás, resguardada ahora por cuatro soldados que le te-
mían incluso más de lo que ella les temía a ellos y que se negaban, al igual que
los doctores y enfermeras, a explicarle lo que estaba sucediendo.
Hacia el día veintitrés, cuando el cuarto del hospital donde Ana Agravia había
sido encerrada ya era una celda a la que nadie tenía acceso y de la que habían
sacado el televisor y los regalos que otrora le hicieran llegar a la pequeña, el
presidente de su país de origen volvió a aparecer en cadena nacional. Pidió dis-
culpas a los ciudadanos y al gobierno del país vecino —donde su mensaje ya ni
siquiera fue retransmitido— y le encargó a sus autoridades que aplicaran, sobre
la niña de cabeza diminuta, todo el peso de sus leyes.
Así fue como el gobierno nacional, que no había apuntado todavía hacia ningún
otro sospechoso por la matanza de El Amparo, acusó formalmente a Ana Agra-
via y apuró todas sus instancias para que el juicio tuviera lugar lo antes posible
y para que su dictamen se anunciara de forma expedita, aprovechando, además,
que el caso había perdido, otra vez, casi por completo la atención de la ciudada-
nía: a nadie parecía importarle una culpable.
28
Pero de esto, del juicio y de la pena: catorce años de prisión, sin reducción posi-
ble de condena, ya he hablado antes. Así que no me queda más que contarles que
Ana Agravia será esta misma tarde trasladada a su celda, sin presencia alguna
de la prensa y sin que nadie quiera ya saber de ella pues en algún lugar, al pare-
cer del norte del país, han nacido dos niños pegados.
29
F.G. Haghenbeck
E l timbre del teléfono sonó tan alto que en Patagonia debieron confundirlo
con un terremoto. Cuando menos, con una tormenta. En mi cabeza perdu-
ró cual eco de campanadas para misa, tocadas a poca distancia. Un centímetro,
máximo. El dolor de cabeza fue tan intenso que no sobreviviría otro timbrazo
más. Con la velocidad de un burócrata revisando papeles, levanté el auricular.
Mi mente seguía aturdida. Adentro de ella, las campanadas seguían llamando a
viudas para el rosario.
—¿Si? —pregunté al teléfono. No me contestó, sólo era un aparato sin vida. El
que sí lo hizo se encontraba a más de mil kilómetros. Y lo hizo a todo pulmón.
—¡¿Sunny Pascal?! ¿estás loco?... ¡Te he estado buscando toda la noche!
—Creo que se equivocó de número. Solía venir un hombre llamado Pascal, pero
hoy no vino a trabajar –contesté. Sin dar más explicación, colgué. Me llevé la
mano a la cara para asegurarme que seguía siendo yo, que si había ido a trabajar
ese día y que sólo había dicho una mentira. Al ver que todo estaba bien, dejé
caer mi cabeza en la almohada. Abrí un ojo y dolió. No tanto como cuando abrí
el segundo. La luz entró por ellos, taladrando mi cerebro que seguía asimilando
y reconstruyendo las últimas horas de mi vida. No era una labor sencilla. Había
que llenar los huecos que los golpes de dos gorilas y seis cocteles Buchanan’s
Redhair habían borrado.
Primero hice una exploración visual. En esa, me fue bien. No estaba en cárcel,
un bar de mariachis ni ahogado en un lago con una cubeta de cemento en los
pies. Lo último lo descarte de inmediato. En el lago, los peces no tienen teléfono.
Me encontraba en un hermoso cuarto. La ventana estaba enmarcada por cor-
tinas costosas, con borlas, flecos y demás cursilerías. Parecía estar decorado al
estilo de un rey francés que con seguridad perdió la cabeza en la guillotina, Si no
fue así, debería por su barroco gusto. Estaba acostado en una cama del tamaño
de un campo de béisbol, con sabanas tan grandes como velas de galeón. Yo, en
ella. Mi ropa, no. Esta parecía haberse quedado varios metros atrás, en el suelo.
Recordé que era un hotel y esa debería ser la habitación que alquilé.
El teléfono volvió a timbrar. No tan alto como la vez anterior. Las campanadas
ahora tan sólo eran de una pequeña parroquia. Levanté el auricular. De nuevo
31
el teléfono no quiso decir nada, pero el tipo que estaba en Los Ángeles gritó:
—¡Te advierto que si me cuelgas de nuevo, voy a destriparte para luego colgarte
en mi pared junto al rinoceronte y el pez vela!
La voz se me hizo conocida. Podría ser de la de un propietario de tierras de Pal-
ms Springs. Es más, podría asegurar que me había pedido seguir a una aspirante
a actriz que filmaba una película en la ciudad de México. También recordaba
que por casualidad, decía que era su novia. Pero ya no lo era y la película era un
pretexto de la chica para regresar a su casa en Guadalajara. Creo que así era
todo, pero seguía sin recordarlo bien.
—Lo siento, Mr. Madeira. Tuve una noche alocada.
—¿Qué ha sucedido?
—Sus muchachos, eso sucedió. Les fue fácil seguirme cuando se enteraron que
había rentado un Ford Acapulco.
—¿Un Acapulco?¿Con mis viáticos?
—Recuerde, yo todo lo hago con clase. Rentar un Acapulco es un punto más
que clase. Es descapotable, eso es punto y juego —no replicó. Sobre clase sabía
mucho. Quizás más que yo.
—Tenía dudas de su fidelidad, por eso mandé a unos conocidos para ayudarle
—cuando dijo conocidos, sonreí. A lo mejor también conocía a King Kong.
—Había decidido encontrármela en el bar que frecuenta. Ya sabe, algo casual.
También sus conocidos pensaron igual. Pero no me gustó como trataron a la
dama. Tuve que darles una lección – expliqué. Me dolía el ojo morado de la co-
rrectiva que les di. Pero estoy seguro que a ellos les dolería más.
—Entonces, ¿pudo hablar con ella?¿Logró convencerla que regresara a Cali-
fornia?
Me incorporé en la cama. Mi cabeza renegó un poco. Cuando dejó de dar vuel-
tas, miré con más atención el cuarto, descubriendo cosas que no había notado.
—Hablé con ella. Le agradece que le ayudara para actuar en las películas de
Roger Corman, pero dijo que se va a quedar aquí. Lo siento, no regresará.
Hubo un silencio no más largo que una ópera. Luego, el hombre preguntó en
murmullo:
—¿Esta seguro que no hay otro hombre?
—Se lo prometo, tan sólo quiere regresar con su familia. El sueño americano no
es para todos. Es…— dije pensando por un momento la palabra correcta —…
demasiado para algunos. Ella desea algo simple.
32
—Asegúrese que esté bien. Entréguele algo de dinero —convino con la frialdad
de un hombre que pide una trucha en un restaurante y le contestan que no hay.
—Cuando usted regresé, le pediré a mi secretaria que le extienda el cheque por
sus servicio.
Del otro lado, el hombre colgó. El teléfono quedó mudo. Yo miraba el suelo. En-
tre el regadero de ropa, distinguí una pieza entre la mía. Un hermoso sweater en
color mora. Me había comentado que era un clásico de la moda actual, algodón
de primera. Era una linda prenda. Puesta en una mujer con las curvas idóneas,
se vería mejor que una pintura costosa en museo francés.
Se abrió la puerta del baño. Ella salió, levantando la prenda. Sin duda su cuer-
po poseía las características anteriores. Me regaló una sonrisa que hacia juego
con su pelo color canela. Podría haber sido la nueva Rita Hayword si hubiera
seguido actuando. Hasta una Elizabeth Taylor con todo y su Oscar para decorar
el baño. Pero Cinelandía no perdona. Las devora y las escupe cuando dejan la
belleza en una fiesta pomposa en Beverly Hills.
—¿Me vas a acompañar a la central de camiones? Ya quiero regresar. Mi madre
se muere por verme de nuevo.
Como dije, para algunos la vida debe ser simple.
33
Joserra Ortiz
A diferencia de Peter, yo siempre respeté a las mujeres y eso que casi todas
me demostraron no valer más de cincuenta dólares. De entre todas, a quien
más quise fue precisamente a Heidi. No sé por qué lo confieso hasta ahora,
cuando ya nada importa. ¿Se debe tal vez a que nunca he podido olvidarla y su
recuerdo duele porque siempre vuelve acompañando al de Peter? ¿Es esa la ra-
zón verdadera por la que cuento esta historia? ¿Es ella mi verdad?
Ya he dicho que en esa época, a principios de los años cincuenta, Peter estaba
enamorado de la actriz, pero no he contado que su obsesión lo llevó a tapizar
las paredes del baño con mis mejores fotografías de Heidi. Hermoso. Perverso.
Tetas grandes, culo grande, ojos grandes. A pesar de su éxito, Heidi Simmons
era la más secreta de las mujeres desnudas. No tenía nombre fuera de aquél
círculo en el que nos movíamos. Su éxito entre el grupo de aficionados a la
pornografía era abrumador. La rasurábamos, esa era nuestra innovación, que
mostrara los labios.
“Vellos ya hay muchos en el sórdido mundo del desnudo, pero vagina sólo la
de ella”, decía Peter, buscando sus caricias sin obtener mucho a cambio. Proba-
blemente porque en aquella época la chica apenas tenía veintitrés años y una
cara de ángel a punto del orgasmo y Peter Schaz, el gran libertino del cine, al
rondar los cuarenta y cinco comenzaba a acobardarse frente a las caras bonitas
y abusadoras.
Durante meses, preso del encanto de esos senos que no podía dejar de mirar, Pe-
ter le insistió a Heidi para que participara en el quinto remake norteamericano
del guión que originalmente llevó el título de Die Kolonisierung dem Venusberg.
Ella se negaba, conocedora del destino trágico que le deparaba a toda cinta di-
rigida por nuestro amigo.
“Se irá a la lata inevitablemente, Pete, a menos que quieras exhibirla en el secre-
to de un cineclub porno. Ni los promotores de esas películas con chicas jugando
al voleibol en pelotas quieren relacionarse con tus cosas. Ya conoces la regla: no
pickle, no beaver. Claro que hay un público para las tetas, Pete, pero nadie quiere
35
verlas salir de una cabeza enorme, robótica y demoníaca que lanza humo y las
aliena y las hace danzar desnudas alrededor de su ridícula reina-robot”, le decía
Heidi.
“No hay nadie dispuesto a excitarse con mujeres desnudas nadando en un lago
de lava venusina”, terciaba yo, “así como tampoco hay público para ninfómanas
interestelares que vienen a la tierra para conquistarla con orgasmos”.
“No son ellas las que vienen a la tierra, ¿nunca me has puesto atención?”
Las nuestras eran razones totalmente lógicas para negarse a las locuras de Pete.
Además, Heidi, nuestra reina de la protuberancia, estaba muy ocupada acos-
tándose con directores mucho más serios y respetados que Schaz. Gente que sí
hacía películas. Pasó por las camas de muchos, hasta que se estacionó durante
meses entre las sábanas de Fritz Lang, de quien deseaba obtener el papel de Vic-
ky Buckley para la cinta Human Desire. No tuvo éxito y la parte fue interpretada
por la casi sensual y poco sexual de Gloria Grahame.
Ese era el problema de Heidi, por eso nunca llegó a nada: era demasiado sexual,
demasiada mujer para cualquier hombre de aquél Beverly Hills temeroso del
mundo real y de los comunistas. Nunca podría salir del vaudeville o del secreto
mundo del porno. Ni siquiera interpretaría una Nudie Cutie, porque su sexo
vivo quemaría la pantalla. Eran los años en que en Hollywood todavía no im-
portaban más las tetas que la belleza enigmática de los labios contrayéndose al
expulsar el humo del cigarro.
Sólo a Schaz le interesaba la sexualidad bruta y desbocada en el cine, o cuando
menos era el único director en expresarlo abiertamente.
Ni siquiera Russ Meyer se atrevería a tanto.
XVI
cinematográfico popular, aunque dudo, por cierto, que alguno de los panelistas
haya conocido realmente a Peter o a su trabajo.
He aquí lo dicho:
John Waters: Tengo entendido que a Schaz, a Peter Schaz, no se le considera
director de exploitation, aunque él fue de los primeros...
Doris Wishman: El primero...
John Waters: Sí, bueno, el primero. Él fue el primero en filmar lo que los estu-
dios no querían filmar. Se nos adelantó a todos, se adelantó a Meyer, por ejem-
plo, porque Meyer esperó años después de la guerra para hacer sus pelis sobre
campamentos nudistas y Schaz ya estaba aquí. Llegó aquí a mediados de los
treinta, de hecho, o no, creo que llegó a principios de los cuarenta.
Doris Wishman: Su primera película americana la hizo en el cuarenta y uno
y la exhibió en el cuarenta y dos. La filmó con puros desechos de Fritz Lang...
lámparas, claquetas, papel, extras, pero sobre todo la cinta que sobró del rodaje
de Man Hunt...
Fred Schneider: ¡Man Hunt es del cuarenta y cinco!
Doris Wishman: No. Se estrenó en el cuarenta y cinco, en Suiza, pero se hizo
en el cuarenta y uno en Estados Unidos... en fin, de eso no estamos hablando. Lo
que iba a decir es que Schaz trabajó siempre, cuando menos durante doce o trece
años, con las migajas del material de Lang. Cuentan que muchas veces tuvo que
robar ese material, sobre todo en los últimos años de su relación profesional
con Lang, porque a él le parecían de mal gusto las películas de su protegido. Es
muy probable, de hecho, que Fritz sea uno de los responsables del boicot que
sufrieron las cintas de Peter Schaz, que por su culpa se haya perdido el legado
del artista.
John Waters: Hoy en día es difícil conseguir las pelis de Schaz porque desa-
parecieron, literalmente desaparecieron. Hace poco alguien encontró una lata
con La colonización del monte de Venus, en su versión americana, que se cree un
remake de una cinta que rodó en Austria, a principio de los treinta de la que
tampoco se tienen copias o algo. No hay ni fragmentos. Pero esto no es nuevo...
hace sesenta años era igualmente difícil ver una película de Schaz porque había
una especie de contubernio secreto entre distribuidores, políticos, directores, es-
tudios, exhibidores y hasta actores... un acuerdo de no mostrar nada de lo hecho
por Schaz y, según parece, esa oposición ni siquiera se fundaba en el contenido
meramente pornográfico de esas cintas, sino en el rumor de que Peter Schaz
37
pertenecía a la liga comunista o algo así, alguien dijo que Pete era comunista y
se lo jodieron...
Doris Wishman: ¡Fue Lang, fue Lang! O cuando menos eso es lo que sospe-
chaba Peter. A Peter no le importaba la política, ni la economía ni nada. A él le
gustaban el cine, el sexo y el ron, sobre todo los mojitos.
John Waters: Yo no quería apuntar a nadie, sobre todo porque no estamos se-
guros de nada. Tan sólo son rumores, conjeturas. Pero en fin, supongamos que
fue Lang...
Doris Wishman: Fue Lang, eso es seguro...
John Waters: Ok, sí, di lo que quieras, pero yo prefiero que mantengamos la
sospecha, mejor, mi abogado está esquiando en Colorado y prefiero no meterme
en líos ahora y arruinarle su viaje. En fin, que lo que decía era, qué, ¿qué estaba
diciendo?, ¡Ah, sí! Que el rumor de que Schaz era comunista le jodió la vida,
sobre todo porque algunos de sus enemigos comenzaron a pagar a estudiosos y
críticos para que analizaran las películas de Peter. Claro, estoy siendo sarcástico,
porque en esos análisis se esforzaban por argumentar y probar que en la cinta se
estaba atacando a la nación americana y que se estaba exaltando el comunismo.
Yo no sé, realmente, cómo lo lograban, porque encontrar un mensaje político,
del carácter que fuera, en las pelis de Schaz me parece muy difícil; ahí todo eran
tetas, en muy diversas situaciones, pero sólo tetas.
Fred Schneider: Creo que el trabajo de Peter Schaz era mucho más complejo
que sólo tetas, John. Sus películas tenían trama, historia, algunas veces ridículas,
pero siempre complejas. Sí, sé que casi ninguno de nosotros ha visto mucho del
material rodado por Schaz porque, como se estaba diciendo, el boicot que sufrió
el director devino en una persecución horrible, una caza de brujas...
prar sus cintas y quemarlas. Dicen que alguien estaba pagando esa operación
con su propio dinero, porque el gobierno tampoco se iba a meter tanto en un
asunto meramente cinematográfico. Recordemos que la industria en los cuaren-
ta, los cincuenta y parte de los sesenta, no estaba tan íntimamente conectada al
mundo político como lo está ahora. Bueno, a lo que iba era que alguien, quién
sabe quien, pagaba por cada lata de Schaz que le pudieran conseguir y las que-
maba. Peter no se enteraba de eso, durante años creyó que los cines y las dis-
tribuidoras habían preferido almacenar su trabajo y ya; pero un día le vinieron
con el chisme de que le estaban quemando su trabajo, incluso sus originales,
¡incluso lo que había rodado en Austria! ¿No te parece increíble? Peter contrató
un detective privado que le confirmó sus sospechas y mejor decidió dejar de ro-
dar para siempre. Pero bueno, aunque sea casi imposible ver su trabajo, tenemos
todos sus maravillosos guiones y ahí nos damos cuenta de lo que decía antes,
que en las pelis de Peter Schaz no todo eran tetas.
Doris Wishman: Además, y perdonen que vuelva a lo mismo, es lógico que
filmara lo que filmara Peter Schaz, al final siempre pudo haberse salido con la
suya y si no lo logró fue por mera política. Pudo haber hecho algo como Kröger
Babb, por ejemplo, lo que hizo Babb con William Beaudine en Mom and Dad,
por la misma época. Pero sí, como dice Fred, siempre podemos volver a sus
guiones que se han conservado en diversas colecciones particulares. Hay uno,
el de esa primera película que mencionaba hace un momento, en donde te das
cuenta del poder narrativo, de la maravillosa imaginación que tenía Peter. Yo vi
esa cinta a principios de los cincuenta, cuando conocí a Peter en una proyección
privada en su casa. Imagínate que en un periodo de diez años Peter había rodado
cuatro veces la misma película. Eran versiones distintas de la misma película,
según decía, y no tenía copia de ninguna, ¡de ninguna!, solo de la primera. Pete
planeaba hacerla de nuevo y le pidió a una amiga suya, Heidi Simmons, una
chica que yo fotografié en Florida, que buscara a alguien que le ayudara con el
casting y, bueno, yo era la única persona que conocía a las chicas adecuadas. Así
que nos reunimos en su casa, me dio una copia del guion y leíamos y mirábamos
al mismo tiempo. La película era increíble, naves espaciales, una robot gigante,
amazonas venusinas... algo había de anarquía también, algo parecido a la anar-
quía liberadora del sexo.
Fred Schneider: ¿Cómo se llamaba esa película?
Doris Wishman: ¿La primera de Peter Schaz? Las Tetas de Moloch, creo, pero
39
no estoy segura de que así se llamaran todas las otras versiones que rodó... el
nombre que más comúnmente aparece en los libros de texto, ya lo saben, es La
conquista del Monte de Venus.
40
§
41
Adonai Uresti
Al Chema lo conocí desde chavito, vivía a dos calles de la mía, allá por el kiosco.
Teníamos como doce o catorce años, más o menos y desde entonces se convirtió
en mi carnal; a pesar de algunas fallas que hemos tenido. La que más me dolió
fue cuando, regresando del jale, llegué cansado a la casa con harta hambre y con
antojo de esos frijolitos con chile de queso que tan ricos le quedaban a la Mary,
y cuando entré a la cocina ahí estaban los dos echando pasión, sentados en una
silla la Mary gritando y dando de sentones en las piernas del Chema. ¡Jijos de su
pinche madre! Grité y rápido que se baja la Mary y se va pal patio. Discúlpame,
Chuyito, te juro que yo no quería, yo vine a pedirle una cerveza a usté y al ver
que no estaba pos la Mary me la ofreció y que me empieza a limpiar el sudor de
la frente y que me empieza a echar airesito y pos que se me sienta en las piernas
la condenada y pos sea lo que sea uno no es de hule y una cosa llevó a la otra.
Por Dios que nos está viendo que así fue, Chuyito, y si no me cree pregúntele a
43
la Mary. Yo daba vueltas por la cocina tratando de no llegar a los golpes, al fin
y al cabo, el Chema era más que un amigo, casi mi hermano. Le dije que le creía,
pero a la que sí corrí de la casa fue a la Mary, mire que ponérsele a modo a un
hombre cuando su marido no está en casa no es de Dios. Recalenté los frijolitos
e invité a cenar al Chema, con sus tortillitas recién hechas y las Modelos frías.
La chamba nos llegó por sorpresa, aún ni siquiera cumplíamos los veinte años
cuando llegaron tres sombrerudos a dizque hablar de negocios. Traían unos
camionetones de harto lujo negras, de esas con unas llantotas, pero eso sí, bien
aterradas y medio destartaladas, aunque seguían pareciendo nuevecitas. Nos
dieron la mano y ahí estaban paradotes agarrándose la hebilla de sus cinturones.
Buenas, andamos buscando a José María. Pa servirle, ¿qué se le ofrece? Don
Ricardo nos dijo que eras un muy buen trabajador, que no te importaba andar
en chinga todo el día, mientras se te pagara bien, muy leal, pero que tenías un
defectito, que luego luego te prendías y empezabas a tirar de golpes si se te
ofendía. Me halaga, don. Pero sí, nadien me juega chueco, por las buenas soy
cabrón y por las malas también. Aquí mi Chuy no les dejará mentir, en lo que me
pongan sé sacar la chamba, todo sea por mis chamacos y mi señora.
El trabajo que te ofrecemos es muy sencillo, no te desgastará mucho, lo que
necesitamos es que hagas uso de la fuerza que tienes. Voy a ir sin rodeos, Don
Ricardo no es el mejor hombre del pueblo como todos piensan, sus obras de
caridad están financiadas por sus negocios, de todo tipo, si usté me entiende.
Siéndole bien sincero no le entiendo muy bien. Mira, guey, él trata de arreglar
sus negocios a la buena, sin fallas, pero si las llega a haber, cuidadito. Al que no
quiere entrarle se lo quiebra, de la manera que sea, a veces es bastante amable
y les arranca los dedos uno por uno, cuenta doña Elena que en un baúl tiene
más de trecientos dedos, quesque pal recuerdo. A los que tienen peor suerte se
los chinga más feo, los tortura unos días, se mete con sus hijas, con sus hijos, él
no distingue entre viejas y fulanos, todo esto para al final dejarlos libres, con la
condición de que suelten lana, si no así les va.
Ya vámonos, Chema, ya va a empezar el box y estará re quete buena. Gracias,
señores, pero es de que no es el hombre que buscan, muchas gracias.
No me chingues, Chuy, estamos platicando bien.
Yo empezaba a desesperarme y uno de los tipos, el más flaco de todos sacó su ce-
lular y se alejó para hablar con alguien. Yo hacía circulitos en la tierra con mi pie.
¿Y pa qué soy bueno?
44
Pues mira, Don Ricardo ya no tiene las energías de antes, necesita un sustituto
que se encargue del trabajo sucio, mientras él se ocupa del dinero y otros asuntos.
Yo me regresé pa la casa y ya no escuché más, sin embargo, cuando las camio-
netas se fueron y Chema regresó dijo:
—Nos va a ir de lujo, Chuy. Ve nomás el fajote de dinero que nos dieron y aún
ni empezamos.
—¿Nos va a ir? Pero a mí en ningún momento me ofrecieron nada.
—No te preocupes, yo me encargué de todo, te darán menos de lo que a mí, pero
aun así te irá bien. De jodido sacas diez mil pesitos por trabajo, pa que ya salgas
de pobre, mi Chuy.
—Esas son tonterías, Chema, es andar en peligro todo el día, así ni se disfruta
el dinero que te dan, ¿cuánto dijiste?
—Diez mil, como mínimo, ya la hicimos, Chuy.
II
Pronto perdoné a la Mary, al fin y al cabo, decía que me quería, y cómo no. Me
hacía mis huevitos todos los días y un café tan rico que ni cómo dejarla, a mí
jamás me quedaría igual. Ella nunca estuvo de acuerdo con nuestro jale, pero
se le olvidaba cuando recibía mi paga y llegaba a la casa con unos huarachitos
nuevos para ella, o como cuando me dieron mi primer carro, no era la gran cosa,
pero casi nadie en el pueblo tenía. Salíamos a dar la vuelta en él por el kiosko y
ella como si no conociera a nadie, ni siquiera los volteaba a ver. Se transforma-
ba, pero al volver a la casa era la misma de siempre, se descalzaba y se ponía a
tejer. Yo sentía que el dinero la había cambiado, aunque su sazón seguía siendo
delicioso, cada vez me platicaba menos, a la hora de la intimidá hasta parecía que
lo hacía con un bulto, ya ni se movía. Andaba rara la Mary.
III
Nosotros no teníamos que hacer gran cosa, los huercos de las camionetas (que
nunca supimos sus nombres, solo sabíamos que les decían “la rana”, “tuerto” y
“el diecinueve” porque le faltaba un dedo), nos traían a los levantados, les dá-
45
bamos una calentadita y les sacábamos la información que nos pudiera ser útil.
Chema tenía una pegada increíble, no necesitaba usar armas. A mí nunca me
gustó la violencia, pero el trabajo era el trabajo. A mí me gustaba más jugar con
su mente, cuando parecía que no querían hablar les rociaba gasolina en todo el
cuerpo y me ponía a fumar cerca de ellos, cuando fingía que iba a tirarles encima
mi cigarro de pronto la lengua se les soltaba, chillaban como maricas y hasta los
pies te querían besar para que los soltaras.
Era ahí cuando Chema los soltaba y se los llevaba a Don Ricardo, para que él
decidiera qué hacer con ellos. Era un jale tranquilo, lo más feo era ver a Don
Richie en acción, cogerse a las esposas, hijas y huercos de sus enemigos era lo
canijo, uno quedaba asqueado, incluso si al llegar a la casa la Mary estaba dis-
puesta a tratarme como se debe tratar a un marido, yo me negaba, no me podía
quitar de la cabezota la imagen de niños siendo maltratados de esa manera, los
cabrones eran una cosa, los niños son sagrados. Pero el trabajo era el trabajo.
Pa mí que el Chema me estaba robando, yo nunca recibí un peso de Don Ricardo,
siempre me lo daba él en un sobrecito amarillo, pero el de él se veía mucho más
grande que el que me entregaba. Es que lo mío está en puros billetes de a cin-
cuenta, Chuy, es eso, no te agüites, te invito una cerveza. Ta bueno, yo le creía.
Muy pronto los chamacos de Chema estaban irreconocibles, andaban vestiditos
como catrines, ni parecían de pueblo y la señora ni hablar, unos peinados y unos
abrigos que no importaba que hubiera un calor infernal, ella se los ponía, pa no
perder la elegancia, decía. Ni que yo no los conociera, pero así era la comadre.
¿Por qué tú no me compras unos abrigos como esos? Ay, Mary, a ti ni te gusta
eso, ¿o sí? Pos no es de que me guste, pero el Chema sí le compra hartas cosas
a la comadre y se le ven re bonitos, yo quisiera que de vez en cuando me com-
praran más cosas, no vaya a ser… ¿No vaya a ser qué? Nada, ya duérmete Chuy.
Pronto te compraré todo lo que necesites, tú no te apures por eso. Sí, Jesús, yo
sigo esperando paciente.
Nunca tuvimos problemas, uno olvidaba rápido las cosas que hacía, por más
feas que fueran. La violencia se volvía parte de uno y de repente ya no podías
sacártela con nada, cada día podías ser más cruel que ayer, era como el dinero;
uno siempre quería tener más y más, como si eso te dejara la consciencia tran-
quila, ya lo pagaremos en la otra vida. Mi consciencia no podía estar tranquila,
menos con la Mary, de eso sí que me arrepiento, yo le dije que estaba borracho,
pero no, me salió de la nada, le pegué tan duro que ni siquiera pudo levan-
46
tar la cabeza para verme, se quedó ahí, viendo hacia el suelo mientras lloraba.
¿Qué estás haciendo? Nada, Jesús. Exactamente, nunca estás haciendo nada,
nomás paradota en la puerta viendo pasar a los pelados, ¿te gustan? Seguro
ya te los cogiste, yo chingándole todo el día y tú revolcándote con quien se te
cruce primero. Pero, Jesús, cómo puedes pensar eso, no tengo nada que hacer en
la casa, la cuido, te hago la comida como te gusta, voy a ver a la comadre, a sus
huerquitos. ¡Cállate! Ya va siendo hora de que vayas dejando de ir pallá, nomás
te mete ideas la vieja esa, no quiero que vuelvas a verla. Le pegué muy fuerte.
Le pedí perdón a ella y a Dios, yo no quería hacerlo, no sé en qué me han con-
vertido estos cabrones, le puedo hacer lo que me pidan a cualquiera, menos a la
Mary, es lo único que tengo y la quiero rete harto.
IV
Algo traía el Chema, andaba como pensativo, parecía triste, pero de inmediato
decía cosas para que te rieras y no te dieras cuenta, yo lo conocía, algo pasaba.
Compadre, ¿pos qué tiene? Hace días que lo noto medio tristón, ¿qué tiene?
Nombre, Chuy, cuál triste, estoy mejor que nunca, es solo que hay algo que me
ha andado rondando la mente que no me deja dormir tranquilo. Ah, jijo. ¿pues
qué será? Le voy a contar, a usté también puede interesarle. No, compadre,
ya le dije que yo no le voy a entrar a vender chingaderas, esas madres acaban
con los niños del pueblo y luego ahí andan llorando sus madrecitas porque se
los secuestran o acaban muertos, yo no le entro a las drogas, ya lo habíamos
hablado, no me chingue. Pérate, canijo, déjame hablar, pues. ¿Te acuerdas del
Joaquín? Ayer fue a verme, estaba muy encabronado, parece que Don Ricardo
se lo va a chingar si no le da una lana, según él ya le pagó, pero Don Ricardo
le exige que le pague otra vez, la mera verdá yo le creo, no será la primera vez
que hace eso el viejo. Insiste en que no le pagará ni madres, se lo quiere echar,
se lo quiere echar todito, tenerlo amarradito unos días hasta que olvide la deuda
y pa eso vino a buscarme, quiere que le ayude. Le haremos así, tú te encarga-
rás de llevarlo al rancho de Joaquín, al viejito, donde tiene las milpas, una vez
ahí… Pérate, pérate, ni siquiera me has preguntado si quiero hacerlo, nombre,
sácate, es jugar con el mismísimo diablo, yo estoy muy a gusto así sacando mis
centavos honradamente. Honradamente, chingado, vas a hacer exactamente lo
47
mismo, pero por más dinero, no seas joto, por eso la Mary se te pone chencha,
ella necesita un machito de verdá. ¿Qué tiene que ver la Mary? Nada, hombre,
te digo que le entres, después de chingarlo volvemos a trabajar con él y ni quién
se entere. No quiero, no, mi Chema, siempre salgo perdiendo en estos negocios,
es muy peligroso meterse con el patrón, sabe dónde vivimos, conoce a nuestras
familias. Agárrate los huevitos, yo sé lo que te digo, te va a tocar lo de un mes de
trabajo con este viejo marro. ¿Seguro no habrá fallas? Oiga, me ofende, ¿cuándo
le he quedado mal? Bueno, la vez que… No se diga más, es un trato, Chuy, todo
estará bien, usté tranquilo.
No estuve tranquilo, todo el camino fue una chinga. Convencí a Don Ricardo de
que me acompañara a ver un terrenito que me ofrecían barato, al fin y al cabo, él
sabía de eso, no tardó mucho en decirme que sí, seguro ya estando ahí también
quisiera comprarlo. Nos fuimos en su camioneta, me dejó manejar, tantos bo-
tones en el tablero que ni siquiera sabía pa qué eran me distraían. El camino se
terminó y entramos en terracería, a lo lejos se veía la casa de Joaquín, que nos
estaba esperando. Por fin llegamos.
Estacioné a un costado del pozo y nos bajamos de la camioneta. Qué bonita
casa, pero no veo ningún terreno, acaso estará en la parte de atrás, ahorita pre-
guntamos, me gusta pa que aquí vivan mis huercos, chulo lugar. Apenas iba a
prender un cigarro y Joaquín llegó. Hola, culero, ¿qué andas haciendo por aquí?
Y lo golpeó fuertemente en el estómago, Don Ricardo había dejado su arma en
la camioneta y mientras intentaba pararse le propinó una patada en la cara que
lo hizo caer hacia atrás, quiso alzar el cogote, pero así como lo levantó cayó de
nuevo al piso.
Don Ricardo despertó y tenía vendados los ojos y la boca. A nosotros nos tocó
darle los madrazos. No te vayas a manchar, Chema, si no nos quedamos sin pa-
trón. Tú aprovecha, que se joda. En unos días andará como si nada y la chamba
seguirá ahí. Guárdate bien la pistolita, no se vaya a soltar el cabrón.
Ay, Mary. No le pienses tanto, es lo que más te conviene. No te mereces vivir en esta casa
tan jodida, ni un pesito le meten. No lo sé, tú siempre dices lo mismo y nunca cumples
nada. Epa, epa, no se me ponga así, yo la espero, no hay prisa, chula. Su blusón se deslizó
por sus piernas bañadas de color cobre. Sus senos quedaron al descubierto, tímidamente
se endurecieron de a poco. Besaron con lenguas tibias sus bocas, un quejido leve brotó
de La Mary. Al poco tiempo se hicieron uno solo mientras ella se aferraba a su cuello
quemado por el sol. Era como querer volver al origen de la vida, como si nunca hubiera
48
querido salir de ahí. Un sabor a sal se apoderó de sus espaldas brillantes. Lluvia y fuego
en escena al mismo tiempo. Vida y muerte. La Mary era eso.
Listo, muchachos, se pueden ir. Yo me iré adelantando. El cabrón desper-
tará hasta mañana si bien le va, dejen la puerta abierta pa que se vaya. Cuando
llegue al pueblo mi gente lo estará esperando, ahí les damos su lanita. Ya des-
pués ustedes se arreglan con él. Fue un placer, muchachos. Trataron bien al
bato, en sus zapatos lo hubiera matado. Hasta pronto.
Nos despedimos. Maté a Don Ricardo, fue por error. Lo juro por mi ma-
dre santa. ¿Y el dinero dónde está? El ruco ya está bien muerto y no hemos
visto nada de la lana, así ya no vale ni un quinto. Es cuestión de hacer unas lla-
madas y se arregla, recibimos el dinero y después nos pelamos, ¿qué dices? Ya
no tendremos que rendirle cuentas al jefe.
Nos pelamos, no recibimos la lana, pero al menos estábamos vivos. Lle-
gamos a un sendero, ahí nos esperaban La Mary y la comadre con sus huercos.
Hasta aquí llegamos, Chema, lo abracé, él a mí no. No sea puñal, deme la mano.
La comadre no estaba, los huercos tampoco. La Mary estaba sentada. Se arre-
glaba una trenza. ¿Nos vamos, Mary? Lo siento, Chuy. Me voy con Chema. No
hagas preguntas. Pinche Chema. Él no tiene la culpa, Chuy. Por favor entiende.
Se fueron los dos, Chema se llevó el reloj. Los vi alejarse tomados de la mano, él
la cargó de la cintura y le dio vueltas, le plantó un beso y se perdieron en el ca-
mino. Yo caminé por mi lado, no volteé más. Siempre lo supe, no debí perdonar
a La Mary, ella siempre tuvo la culpa. Al llegar al pueblo fui por un mezcalito,
me lo chingué y me caló re gacho, una muchacha se me acercó y se me sentó en
la pierna. Sácate de aquí, soy casado, chula. Me fui y caminé hacia el río, estaba
seco. Lo crucé y no sabía dónde estaba. No valía la pena llegar a ningún lugar si
al final no estaría ahí La Mary ni sus frijolitos. Dios la perdone, quizá yo tam-
bién lo haga.
49
Darío Zalapa
Michoacán, 1990. Es autor de tres libros de cuentos, entre los que destaca Los
rumores del miedo (Tierra Adentro, 2012). Perro de ataque (Ediciones B/ Penguin
Random House, 2017), su primera novela, fue nombrada por Las jornadas de
detectives y astronautas como la revelación policiaca del año, y la revista Playboy
México la mencionó entre los mejores libros de 2017. En 2010 obtuvo el Premio
Michoacán de Literatura, y en 2011 la Fundación Juan Rulfo y la FENAL Michoa-
cán le otorgaron el premio de cuento Juan Rulfo. Su más reciente colaboración
fue para Once navajas, antología compilada por Tierra Adentro. Ha sido benefi-
ciario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las
Artes en dos ocasiones, 2015 y 2017, ambas en la especialidad de novela.
50 Perro de ataque
(fragmento)
PRELUDIO
leche Liconsa que ella conseguía luego de formarse durante una hora en la
Conasupo de la Soledad, colonia en la que rentaban un cuarto por doscientos
pesos al mes. No comías de nuevo hasta las siete de la tarde, cuando él regresaba
con fruta aceda, guisos de días anteriores, pan duro, o lo que sea que hubiera
conseguido, si lo había hecho, en el mercado donde a veces iba a trabajar. No
conocías una escuela porque ese era un lujo que ni cómo, ni por qué o para qué.
Jugabas, porque alguna vez lo hiciste, a encontrar arañas y meterlas en cajas
de cerillos que tu madre olvidaba tirar. Si atrapabas una la dejabas ahí dentro
varios días, durante los cuales agitabas la caja con brusquedad o la arrojabas de
un extremo a otro de la calle. Cuando creías que ya había sufrido demasiado,
decidías su suerte: encenderla y escuchar cómo tronaba conforme el fuego la
carcomía, hundirla en agua para verla patalear hasta ahogarse, o, si ya estaba
muerta, dársela a una de las lagartijas estampadas en las paredes del cuarto y
observar cómo la devorada.
Tuviste cinco años y la vida era eso. Dormir comprimidos en una cama indivi-
dual que ya estaba ahí cuando llegaron; conocer de memoria sus ritos sexuales
porque creían que ya estabas dormido cuando los ejecutaban a centímetros de
ti, o ser el muro entre ellos si de nuevo habían peleado y ella ojos tumefactos y
lágrimas y abrazarte toda la noche, y él nudillos despellejados y mentadas de
madre. Tuviste cinco años y la vida no era eso. Estaba en cualquier otra parte,
en cualquier otro sitio, menos en esa habitación.
Estabas solo y no sabías del miedo. Qué podías perder a tus trece. Qué tanto le
habías ganado a la vida. Qué te podría ella reclamar como robado. Por eso no
te pesaba la escuadra aunque su cacha fuera más gruesa que tu muñeca, aun-
que con cada disparo vibrara todo tu esqueleto. Entraste al negocio y tu corta
presencia fue acaso una maldición susurrada, una blasfemia prófuga. Si alguien
te notó en ese primer instante, pensó que tus padres entrarían después de ti.
Habrían salido a cenar, pero ya irían de regreso a casa. Paraban a comprar un re-
fresco, o leche y pan para el desayuno del día siguiente. Entrarían después de ti
y te dejarían coger unas galletas porque estuviste muy bien portado, porque te
las merecías, porque terminaste tu cena. Pero después de ti no entró nadie. A tu
espalda sólo el viento nocturno arrastrando los desperdicios del día, la mierda
de una ciudad lo bastante sinvergüenza como para procrear bastardos como tú.
Luego de ti sólo la noche. Llana porque de ahí llegaste, simple como el mal que
52
Antes tuviste siete años y un tío que regresó de California. Hermano de tu ma-
dre, desde los quince se había marchado y tú no lo conocías. Un día simplemente
apareció, te cargó en sus brazos y dijo que te parecías a él. Tuviste que acostum-
brarte a su presencia, a sus visitas constantes a tu casa, aunque nunca pudiste
deshacerte del miedo que te inspiró desde ese primer encuentro. Hablaba con
tu padre, tenía ideas para hacer dinero. Tú sólo veías cómo se emocionaba tu
madre cuando él les decía todo lo que podían ganar. Y así fue.
Tuviste siete años y la vida, por un instante, fue buena contigo. Pronto abando-
naron el cuarto de la Soledad. Se mudaron a una casita en Prados Verdes, mo-
desta pero decente. Tuviste una habitación propia por primera vez y no supiste
qué hacer con tanto espacio. Empezaste a ir a la escuela. Te avergonzabas. La
mayoría de los niños ya leía, pero a ti te era imposible mirar siquiera a los ojos
a otra persona, y sufrías ante la idea de mantener una conversación. Durante
las cinco horas que pasabas ahí no salía palabra alguna de tu boca. Pero todo
mejoraba cuando, de vuelta en la casa de Prados Verdes, tus padres te pedían
que los ayudaras con el trabajo. Contabas empaques, engrapabas pequeñas bol-
sas, recortabas láminas en recuadros minúsculos, metías tal o cual cantidad de
pastillas en un frasco. Tuviste siete años y eras un narcomenudista.
Por las tardes, las pequeñas libretas salían de tu mochila de Batman para dejar
espacio a los paquetes de marihuana, a las tiras de ácidos, a las grapas, a los em-
paques de tachas y de piedra. Entonces te ibas con tu padre adonde tu tío decía
que era necesario ir. Viajaste en camiones que recorrían la ciudad, la mochila en
todo momento en tu espalda. Siempre pedías ir en la ventanilla; querías enten-
der eso que pasaba afuera. Una ciudad de desarrollo estancado que al principio
tardaste en digerir, pero que terminaría por ser tu hogar, el único que supo
acoger al animal huérfano en que habrías de convertirte. Una nube cargada a
reventar de rostros ausentes y de mucha, demasiada ira. Feroces automóviles
corriendo para ganarle al semáforo, para ser los primeros en llegar a ningún
sitio. Perros famélicos enterrando el hocico en los cúmulos de basura que se ha-
cían en cada esquina. Parques públicos grises, grafiteados, oxidados; ágoras de
los drogadictos que se reunían para compartir su desesperación, como si al estar
rodeados de seres más jodidos que ellos les fuera posible redimirse.
53
Tuviste siete años y una mochila de Batman. Y la vida, por un instante, fue
buena contigo.
Fue necesario que dispararas una vez para que te notaran. Como si siguieran un
manual, todos se agacharon al instante, se cubrieron la cabeza con los brazos,
gritaron. Eso te extasiaba: te estaban rindiendo culto. Ubicaste al cajero. La
mira de la Colt 98 Super también lo hizo, si bien ya en automático. Con pasos
errantes te le fuiste acercando, pasos a los que cada vez les era más difícil seguir
su rumbo. Aunque tu mirada encontró su estrella de oriente en la camisola roja
del empleado, aunque te aferraste a ella para poder avanzar, ya empezabas a
amodorrarte. Tenías trece años y tu cuerpo ya no soportaba más de una hora sin
inhalar cocaína. El bajón. Arrastrar los pies. Un parpadeo lento. Segundos que
se dislocan. Instinto sosegado. Trastabillaste una vez, entumecido, y eso bastó
para que alguien tuviera un impulso heroico e intentara detenerte. Debiste in-
halar más. Hacerlo justo antes de sacar la escuadra y entrar a la tienda. Fue un
error de principiante. Pero tenías trece años.
Antes tuviste nueve años y un padre que cantó lo que no debía, que no pudo
con su ambición y quiso entregar a tu tío cuando le insinuaron una cifra, alta
para alguien que nunca sería más que un tirador. Una mañana sólo escuchaste
el griterío afuera de tu casa y saliste corriendo, curioso, para detenerte de golpe
en el umbral de la puerta. Los vecinos ya estaban en torno del Topaz gris que él
acababa de comprar con la intención de llevarte pronto a la playa. Viste primero
a tu madre llorando, de bruces al piso, junto a la portezuela abierta del vehículo.
Caminaste con lentitud hasta abrazar uno de los postes metálicos del tejado. Lo
rodeaste con tus brazos, lo apretujaste hasta sentir que te adoptaba. Alguien
corrió hacia ti para cargarte, para impedir que observaras algo más poniendo tu
cara contra su pecho. Lo consiguió, pero ya era demasiado tarde. Alcanzaste a
estudiar la muerte, a presenciarla por primera vez. Entonces no sabías que sería
para ti más una motivación que un miedo. La muerte fue esos segundos en los
que viste el cuerpo de tu padre a bordo del Topaz gris en el que nunca fuiste a
la playa. La muerte fue su cuello rajado de un mastoideo a otro. La muerte fue
su camisa ocre como un lienzo y toda la sangre que alcanzó a chupar. La muer-
te fueron las miradas de lástima que todos los presentes te obligaron a recibir
como si se trataran de una ofrenda. La muerte fue un viento parco que no pudo
54
Antes tuviste once años y una madre que se inventó otra vida. Se quedaron con
tu tío porque él se encargó de procurarlos. Aunque no había reglas trazadas,
ambos, tú y ella, tuvieron que entender que la familia no era primero, porque
del negocio vivía la familia. El tiempo o la resignación, que bien podrían ser lo
mismo, arrancó cualquier intención de justicia, y ella, tu madre, debió aceptar
como un favor inhumano de tan piadoso el hecho de que tú siguieras vivo, que tu
existencia se viera intacta pese a la posibilidad de que al crecer pretendieras la
venganza por mano propia. Pero no habrías de crecer tanto como para formular
esa idea.
Tuviste once años y una madre que se olvidó de serlo, que tenía a la mano lo
que quisiera meterse. Una madre a la que viste coger con cuanto sujeto se le
antojó. Que encontró en su sexualidad la anestesia momentánea para mermar el
55
dejarte sin aire. Sus brazos rollizos embistiendo tu cuerpo una y otra vez con la
furia de cien árboles septuagenarios que acaban de ser derrumbados y caen al
mismo tiempo. Ya sólo un grito, el tuyo, o el intento de uno. ¿Para qué? ¿Qué le
demostraba eso a tu tío? Te equivocaste. Debiste inhalar más. Hacerlo justo an-
tes de sacar la escuadra y entrar a la tienda. Fue un error de principiante. Pero
tenías trece años. Eras un niño jugando a sobrevivir.
57
Orlando Tristán
San Luis Potosí, México, 1990. Estudió la carrera de Lengua y Literaturas Hispa-
noamericanas por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y desde el 2010
comenzó a asistir a talleres literarios en la ciudad de Guanajuato. Mismo lugar
donde se han publicado algunos de sus poemas bajo el sello de la editorial uni-
versitaria por parte de la Universidad de Guanajuato. En 2018 dentro del marco
del Segundo Festival Cultural Toltecáyotl se dio el estreno de su primera obra de
teatro en lectura dramatizada titulada Pathos en el Museo Nacional de la Más-
cara. Actualmente se encuentra desarrollando la serie de cuentos Santa Rosa.
58 El enano marxista Lumpenstiltskin
pene medía entre los 20 y 25 centímetros, ideal para dar una buena impresión a
cuadro ya que contrastaba con su peculiar estatura. Las producciones raramen-
te se proyectaban en la ciudad pero por alguna extraña razón eran exportadas a
la Ciudad de México y a Europa del Este, lugar donde extrañamente tendrían
un éxito rotundo, sin embargo se remitían como mero producto pirata. El gran
sueño del enano era conocer a Linda Lovelace pero nunca pudo cumplir tal de-
seo. Su carrera como actor de películas para adultos sólo duraría dos años justo
en el momento en que su figura comenzaba a llegar a un pináculo erótico con el
sobrenombre de “El tachuela”. Retomaría su labor literaria y cultural. Se ena-
moró de la escritora Diana Moore cuando la conoció en un taller literario orga-
nizado por Donoso Pareja pero lo desairaría por considerarlo una persona as-
querosa. Un día soleado de verano propuso que organizaran una marcha para la
destitución de cierto mando policiaco y después unirse en una orgia descomunal
entre los miembros del grupo político liberal-marxista pero recibiría una bofe-
tada por parte de la escritora y la subsecuente expulsión del partido, hecho que
no le restaría importancia para el curso de su vida. Cuando inició los trámites
para obtener los permisos pertinentes con el objetivo de inaugurar su Casa Cul-
tural Esmegma no tuvo el apoyo de los grupos artísticos de aquel entonces ni
de las personas más cercanas a él. ¿Quién te crees para nombrarle así a un pro-
yecto cultural, cabrón? No seas pinche asqueroso, aparte es ilegal. Ningún otro
cabrón ha ganado el Roberto Reséndiz. Ya verás que habrá quien me apoye.
Recordaba en ese instante aquel momento cuando se inspiró en su cuento gana-
dor llamado “El Minsa” de cuyas críticas variadas, la que más le sorprendió fue
la del escritor argentino Manuel Puig quien fue jurado sorpresa y diría que era
una de esas historias donde el aroma a sangre, semen y violencia acrítica se
percibía desde los primeros párrafos. Un paréntesis de la literatura mexicana de
la década de los setenta cuya creación fue producto de un shock al haber leído la
mini-novela El Fiord de Lamborghini. Había conseguido el lugar pero lo que
pondría un escoyo fue la manera en cómo le quería llamar. Le siguieron aconse-
jando que le quitara el nombre pero en su determinación estoica no accedería
por lo que al final fundaría la casa cultural con el nombre de Esmegma. Muy
pocas personas se integrarían al nuevo proyecto tanto que al primer taller lite-
rario sólo asistiría una sola; un joven de tan sólo 18 años cuya aspiración era
tener una mejor obra que Rimbaud antes de los 20. Pasaría un mes y se concre-
taba su mayor fracaso artístico al cerrar definitivamente su casa cultural y ser
60
§
63
Víctor Santana
E l verano de 2011 fue un asco. El calor y los Zetas se habían propuesto ani-
quilarnos y yo estaba más solo que una perra olvidada en una isla. Óscar
David, mi mejor amigo, me ignoró para dedicarse a un novio que estudiaba la
prepa. Daniela, mi mejor amiga, también tuvo pareja: un reportero de Multi-
medios que ambicionaba integrarse a la barra cómica del canal y que le contaba
los pormenores de ¡Benditos caranchos!, un programa de variedades que había
imaginado. Ocurría en Caranchópolis, una ciudad galáctica gobernada por un
canguro demente que en el principio de los tiempos segregó el esmegma que
había dado origen a los conductores, bailarines y payasos del elenco.
Jorge, mi exnovio, no quería verme si no volvíamos. En dos meses de noviazgo
no hicimos otra cosa que coger y fumar mota en mi depa y el estacionamiento
del Hospital Christus Muguerza. Jorge era diabético y por aquella época caía
enfermo cada dos semanas. Su mamá aprovechaba mis visitas para ir al casino, y
cuando su papá me veía en el hospital me decía que cenara, pues el seguro cubría
todos los gastos.
Como no soportaba los lugares sin aire acondicionado, julio y la mitad de agosto
apenas salí. Entre semana pedía comida a domicilio, los sábados iba por coca con
el Pelón (el viene-viene de Parking) y los domingos al HEB a comprar víveres y
cigarros. Pasé tanto tiempo solo que al final del encierro había escrito un libro
de cuentos drogones que nunca pude publicar.
Preparé los temarios del próximo semestre, y Óscar David y Daniela termi-
naron sus relaciones. Un viernes fui con Daniela y sus amigas a Topaz y al si-
guiente con Óscar David a Parking. Después vino el atentado en el casino y eso
deprimió a todo el mundo. Al primero que llamé fue a Jorge, para asegurarme
de que su mamá estuviera bien. “Yo sólo tengo tres vicios”, me había dicho una
vez la señora en el hospital, “el cigarro, la cerveza y el casino”. Era flaca, mucho
más morena que su hijo y el brillo enfermizo de su piel confirmaba su afición al
chupe.
“¡Gracias por llamar, osito! Estoy con mi mamá en otro casino”, dijo. Luego
skypee con Óscar David y discutimos quién tenía más derecho a la conmoción:
él por ser regio o yo por vivir más cerca del casino quemado. En la noche fui al
65
§
69
Rodrigo Pámanes
Para Raymond
las corrientes del Niágara. El texto sería una maravilla narrativa en donde el
hombre enfrentaría a la naturaleza a brazo partido, en calzoncillos y sin go-
ggles; un relato épico donde explotaría la locura del deportista extremo y la
voluntad férrea del adicto a las emociones fuertes. Tenía las notas, las letras,
todo el impulso creativo pero faltaba un detalle en este mar de certidumbre y
era que yo nunca había cruzado el estrecho de Dover en mi vida, nunca había
experimentado esos 33 kilómetros de frío, miedo, adrenalina y hambre. Yo no
era un nadador de aguas abiertas y por lo tanto nunca podría escribir el relato
con la verosimilitud que mis lectores exigen. ¿Qué hacer? La respuesta solo era
una y una solamente: debía cruzar el Canal de la Mancha para poder escribir la
historia del magnífico Matthew Webb, el primer gran loco que en 21 horas y 45
minutos cruzó la brecha de mar que separa a Inglaterra de Francia, a Europa
continental del Reino Unido. Tenía que ser Webb por unos meses y unir con mi
nado esos dos témpanos de tierra.
La arriesgada misión comenzó con la imperiosa necesidad de conseguir un en-
trenador para aprender y perfeccionar mi nado en aguas abiertas. También de
hacerme de un grupo de amigos par animarme a realizar la peculiar hazaña,
pues estaba seguro que mi familia solo me bañaría en reproches y comentarios
negativos sobre mi proyecto literario. Digo proyecto literario porque ese era el
motivo de mi aventura, el fin de la diáspora de mi sentido común: si quería es-
cribir esa novela de forma precisa y exacta debía ser mi personaje por al menos
un año, tenía que someterme al rigor del entrenamiento y por último cruzar a
nado el Canal de la Mancha. No había opción, si quería una auténtica novela era
necesario el sacrificio. Conseguí el entrenador, los amigos apoyaron, la familia
mostró ríos de miedo fluyendo por todos lados, no querían verme expuesto, lo
entendía, pero no cedería. Mi entrenador, Luis Tule, había sido un experto na-
dador de aguas abiertas y ahora retirado era uno de los mejores preparadores de
atletas extremos del país y eso me daba la seguridad de que mi entrenamiento
estaría guiado por uno de los mejores, no fue difícil encontrarlo, en cuanto es-
cuchó mi plan y la cantidad a pagar se sumergió en la corriente de mi idea. El
primer comentario realizado por Luis, cuando nos vimos por primera ocasión,
fue: “lo más complicado de la práctica no es nadar doce kilómetros diarios en
aguas frías, lo más difícil será encontrar un río sin perros muertos, botellas de
refresco y envolturas de cualquier cosa que se pueda comprar en una miscelá-
nea”. Tenía razón, aún en el más limpio de los ríos, practicaba entre desperdicios
72
de ser alimentado está normada por la CSA y habla de cuerdas, cubetas y tubos
para poder recibir alimentos y bebidas. El frío, la sal, el agua, cada gota de ella
es el peor enemigo, por eso los nadadores antes de cruzar cubren su cuerpo con
grasa de ganso para soportar el frío y no sufrir escoriaciones en las zonas de
más fricción, esto es así desde el siglo XIX y en pleno siglo XXI algunos ro-
mánticos suelen seguir la tradición. Hoy en día existe una grasa llamada Swim-
mer’s Grease que solamente se vende en una farmacia en Dover y es lo más
popular entre los intrépidos nadadores pero el gran Webb utilizó grasa de mar-
sopa y por eso yo planeo hacer exactamente lo mismo. Ignoro si comprar grasa
de marsopa sea ilegal pero seguro es menos riesgoso que comprar colmillos de
elefante o vesícula de tigre. No me queda claro si Webb utilizó la grasa de este
animal por alguna convicción práctica o solamente se untó con la manteca del
primer frasco que encontró. Aun así, creo que utilizar cualquier otro aislante
me alejaría de realizar una verdadera novela. Me dice Luis Tule que existe un
gel de alta tecnología de venta por la red. “Es muy útil para proteger al cuerpo
del frío extremo”, dice, sin saber sobre la prohibición de estas sustancias. Como
muchas de las cosas hechas por los ingleses, las reglas para cruzar el Canal de
la Mancha son estrictas. Pétreas, diría yo.
chips, salchichas con mushy peas y refrescan sus gargantas con cidras y ales que
recuerdan a aquellos viajeros del siglo XVII que hacían lo mismo pero sin in-
tenciones de remojar sus testículos en aguas heladas. Webb seguramente comió
y bebió en este lugar.
Los días previos a mi nado comí y cené en el White Horse. Probé casi todo el
menú, con excepción del kidney pie porque olía a una empanada de orines. Charlé
con todos los nadadores que entusiasmados con la proeza del primer nadador
pensaban salir el mismo 24 de agosto. Cuando conversé con ellos les aclaré que
odiaba la natación, porque me parece un deporte absurdo y sin sentido. Insistí
en que yo estaba ahí por una novela que iba a escribir. Les aclaré que después
de esto nunca volvería a nadar en aguas abiertas. Mi proeza sería una primera y
última vez. Todos me cuestionaron, ya en confianza me llamaron de todo pero
yo estaba seguro de lo mío: esto lo hacía por la literatura no por la natación, no
por el deporte. Nunca por el deporte. Los días en el pub fueron muy instructi-
vos. Escuché a los que han cruzado más de una vez el canal, aprendí historias
sobre todos los fracasos y algunas muertes y por último cumplí con una de las
tradiciones obligatorias de Dover, del White Horse: firmé la pared, como todos
los nadadores antes de partir; sellé al viento mi promesa de volver a escribir en
ella al regreso de Francia. “Esta noche debes dormir bien y pensar qué es una
marsopa”, se despidió de mí el más viejo del bar.
09:32 Luis comienza a untarme la grasa de marsopa. Cuando los otros na-
dadores preguntan, mentimos: “grasa de ganso checo, por eso la tex-
tura es distinta, allá los gansos pasan más frío y comen lúpulo, por
eso la grasa no parece la misma”. Tengo todas las articulaciones muy
engrasadas. En el resto del cuerpo solo una leve capa que me prote-
gerá del frío. Dicen que llevar manteca en el cuerpo no protege de
nada pero si Matthew Webb portó cebo yo lo haré.
10:20 Verifico los goggles, el ridículo traje de baño y al juez con su cara
de inglés rancio. Lo más importante: me aseguro que mi alma y mi
mente están listas para nadar, para escribir una novela. A partir de
las 10:41 seré el nuevo Matthew Webb. A partir de las 10:41seré mi
novela.
10:40 El juez me indica que puedo partir. Doy unos pasos y me detengo,
pregunto la hora y dejo que se consuman los cuarenta segundos res-
tantes, tengo cuidado de que mis pies no toquen el agua.
10:41 Siento la gélida agua y recuerdo cuánto odio nadar.
11:00 Escucho las indicaciones de Luis desde el bote. No entiendo nada.
Todavía no decido en qué ocupar mi mente, cómo matar el tiempo.
Recuerdo mi odio por nadar.
12:00 Ha pasado una hora. Todo va bien. No estoy muerto, no tengo el
hígado congelado, tampoco estoy muriendo de inanición. De todos
modos como, me meto a la boca la mezcla de cebo de ganso y plátano
que preparó Luis, no puedo decir a qué sabe, mis papilas están pen-
sando en un caldo de pollo, en un gran tazón de caldo frente a mí, y
en una gran cuchara. Una cuchara tan grande que no le veo fondo.
13:00 Dos horas y media y todavía veo a los niños correr por Shakespeare
Beach. No entiendo nada. Más bien solo entiendo de frío y hambre.
Como. Bebo un líquido tan azucarado que alegraría a cualquier mos-
ca. Sigo nadando.
13:30 Brazada, brazada, los pies rectos. El sol contrasta con el frío de mis
orejas.
14:00 Como y bebo, lo hago en automático, no sé lo que bebo, no importa
lo que como.
77
14:01 Reanudo la marcha: brazo, agua, brazo. Escucho una voz: “vamos,
ya vas por las cuatro horas”. Me río mentalmente: mis labios están
sometidos al hielo.
14:37 ¿A quién le ofreceré la novela? Brazo, agua, brazo. No creo que inte-
rese mucho, pero alguien podrá leerla y decir: “es medio mala aunque
la historia de cómo se escribió vale la pena”. Brazo, agua.
15:00 Como, degluto más bien. Luis me indica que no voy ni a la mitad, casi
cinco horas y no voy a la mitad. “Resiste” me dice, “cheer up” comenta
el juez. Se me congelan los pies. No me quejo. Nado con las manos
y después de quince brazadas los pies responden. No quiero pensar
lo que falta, sólo pienso en lo que ya recorrí. En las páginas que ya
escribí.
15:23 Una medusa me ha tocado la pierna. Duele, duele tanto que el frío se
ha convertido en una brisa de agua templada. Pido brandy, Luis me
muestra un medicamento, pero yo ordeno que me pongan brandy,
como lo hizo Webb cuando una agresiva medusa quemó su pierna. El
dolor sigue, el mar no se termina, llamar estrecho a algo tan ancho
es una pendejada.
16:00 Como, escucho, bebo, reanudo.
16:45 Estoy seguro que será un gran texto, una novela realista. Brazo,
agua, dolor, dolor, dolor, dolor…
17:00 Como, escucho, bebo. Mi mente duerme, mis músculos gritan, las
medusas se ríen de mí.
17:17 ¿Qué hago en esta agua fría y extranjera?
18:00 Más comida, vomito un poco y hay peces que salen a comer los des-
perdicios. Luis escribe, no comprende, pero escribe.
18:30 Mente en blanco, como sonámbulo del pensamiento lanzo los brazos
al frente y acarreo agua.
19:45 No recuerdo si me dijeron que ya pasé la mitad o que estoy en la mi-
tad o si estoy partido por la mitad.
20:00 Recién me doy cuenta que es casi de noche, ¿o es de noche?
Como, bebo, dicto.
78
20:32 Las luces de los barcos son mis guías, nada más, mi mente me deja
por momentos y son las luces las que me acompañan.
21:00 La noche es cerrada, las mareas me han arrastrado por dos horas,
dice Luis. “Un esprint de tres horas para poder pasar la marea”, anota
Luis. Él calla y anota.
22:41 Sigo pensado que nadar es un deporte idiota.
23:00 Sin comer y sin beber sigo nadando, no me detengo, tengo que salir
de esta contracorriente.
23:35 Desde el barco me gritan, me detengo, Luis me dice que apenas he
avanzado unos metros, pero ya salí de la corriente. Como, bebo, dicto.
Lloro un poco.
24:00 Estoy a pocos kilómetros. Webb tardó casi 22 horas, yo lo haré en
menos pero llegaré el mismo día, el 25.
24:40 Como, pienso, lloro. Mi piel está cocida por la sal, mi mente sedada
por el frío, no creo lograrlo. Las luces me invitan a seguir, el sentido
común me tiene pensando en una cama. En una gran cama con tres
almohadas.
2:36 Pido ayuda, me dicen que no es posible: “Debes subir tú solo” anota
Luis, no lo grites. No sé si las palabras salieron de mi boca pero lo
pensé muy fuerte.
2:39 Termino de subir las rocas. Me reciben con silbatos marinos, luces
y gritos en tres idiomas, al juez le da igual que haya llegado, ve esto
todos los días, todo el día.
2:40 Regresamos a Dover. Duermo, duermo, duermo, duermo, no más
brazos y luces, no más brazos y agua, no más cebo de ganso y gritos
sobre piedras y peces. Anota Luis, anota.
Mis dientes están cansados. Durante dos horas sonaron como pájaros carpinte-
ros y el agua caliente resbala por la grasa y me esperan papeles y más papeles
para volver oficial mi hazaña. No veo nada, no escucho nada, todo son espuma-
rajos de agua marina por mi mente. Ponen comida en mi boca, suero en mi vena,
mantas en mi cuerpo. Yo solo veo espuma. Por un momento mi cabeza se llena
de medusas y el recuerdo sigue siendo una leve deformidad en mi piel.
Bebo, como y adolezco. No tengo fuerzas para pensar en nada. No recuerdo mi
novela ni a Webb ni lo mucho que odio nadar. Luces, medusas, hambre y frío;
cubos de hielo golpeando todo mi cuerpo, azotándolo con gélidos recuerdos.
Vuelvo a soñar con un caldo de pollo, esta vez es una marmita gigante. Mien-
tras como me siento nadar en la gran olla y sueño con escribir una novela sobre
la primera vez que se hizo un pollo en caldo. Duermo, duermo, duermo: en un
momento de dolor desperté.
Luis afirma que mis sueños y alucinaciones duraron horas. Hablé de pollo y
peces, de hielos y espumas, de ganas de llorar y sentimientos de morir, eso dice
Luis y seguro es verdad, pero lo que me cuenta no podrá ser nunca una novela.
Hablar de pollos y peces es lo menos literario del mundo. Es lo más elemental.
Yo estoy seguro que soñé con los blancos acantilados de Dover y eso me basta.
Una vez recuperado decidí salir de casa, me calcé los zapatos y cubrí mi cuerpo
con tantas prendas como pude. Luis estaba preocupado. Fue firme al adver-
tirme sobre salir de la casa: “estás débil, no hay prisa”. Él no tenía prisa, yo sí.
Caminando por la calle fui cogiendo fuerzas, era como si el viento transportara
ánimos a mis músculos. Fueron cien o doscientos metros, no recuerdo bien, pero
llegué al White Horse y comencé a buscar mi recado del día en que cruce el
estrecho. Lo localicé al lado de Matías N., debajo de July Ors. Mi recado estaba
impoluto, con caligrafía perfecta. No traje baguettes para nadie, pensé, pero sí
traje una novela conmigo, con mis brazos, con mi piel, con Webb. Rubriqué con
orgullo, no con mi firma, lo hice con mi nombre completo: Gerardo Argüelles.
81
Octavio Guerrero
C uando llegué a Burley, Idaho, tenía sólo veintiocho años, una esposa joven y
hermosa: mexicana como ya casi no hay. También traía quinientos dólares,
me servirían para poder pagar la renta de un mes en lo que encontraba dónde
talachar. Ese billete me hacía sentirme no tan vacío, porque cuando uno ya lleva
rato viviendo aquí, la vida se vuelve rutinaria, trabajosa, matada; no sé bien ni
cómo, si casi nunca nos falta trabajo, y como dicen en mi rancho: “si uno está
triste hay que talachar”.
Conocí a “Don Scott” —así le dicen los paisas- afuera de una tienda de a dólar.
Escuché su troca, no arrancaba y como pude le hice entender en inglés: “yo le
puedo ayudar”. Rápidamente me asomé al cofre y mis manos se llenaron de
aceite. Apreté rápidamente una bovina de la troca y ésta arrancó al llavazo.
El viejo me tendió la mano y me dio cincuenta dólares. Los acepté. Mi esposa
tendría hambre pronto y mi futuro hijo también. Me preguntó si estaba jalando,
contesté que no. Él se palpó los bolsillos del pantalón y segundos después abrió
la puerta de su camioneta, un sonido indicando una puerta abierta y el olor a
asientos de piel le daban a uno ganas de superarse. El viejito de tenis blancos me
extendió un pedazo de papel diciendo que lo llamara más tarde. Sabía mecánica
porque aprendí en el taller de mi padrino, un viejillo que vende droga allá en
Baja Califas, y bien listo, si te lleva a un restaurant a comer: dice que pidas soda,
fries y todo lo que tú quieras. Cuando toca pagar se va al baño y se queda ahí un
buen rato. Regresa cuando le calcula que has pagado y se ríe, aunque el vato la
mera verdad tiene lana, pinche viejillo. A mí me dijo: “esto se baila así, por si le
gustas entrar”. No me gustó dividir mi tiempo en repartir loquera en una vespa y
afinar Tsurus de taxistas. Me vine a la YUESÉI, y cuando empecé a ganar billete
en California, poniendo piso en mansiones de lujo a la orilla de Long Beach, de-
cidí simplemente mudarme, escapar: manejé y manejé hasta creer que ya había
llegado al límite de este país. Ahora estoy en Idaho, pegado a Canadá, pero no
me quejo, uno nunca sabe dónde va a terminar por ser mojado y mientras haya
jale no hay que estar tristes ni agachados.
A la mañana siguiente ya estaba trepado arriba en una F-250 de diésel, hasta
con traila remolcada en la troca. Mi tarea era easy, my friend, decía Don Scott
83
con sus dientes blancos como sus tenis. Yo me encargaría de chequear las vacas
enfermas en el establo, todo ésto junto a otros paisanos, casi todos sombrerudos
de Sinaloa que ahora están aquí, en Idaho. Lejos de los quioscos y las plazas
que de niños los vieron jugar beisbol, pero luego éstos se transformaron en
construcciones, campos y cocinas de restaurantes y los infantes en trabajadores.
Chequear las vacas era sencillo, simplemente había que mirar si no sangraban,
especialmente de las ubres. También poner atención en las preñadas, si la vaca
se muere los becerros también, y si se petatea el ganado nos morimos nosotros
de hambre.
Los paisanos de Sinaloa se la llevaban easy, algunos se acostaban dos o tres ho-
ras en el suelo y recargaban sus cuerpos corriosos vestidos de franela en la paja.
Bajaban el ala de su sombrero y se cubrían el rostro. Otro se quedaba echando
aguas por si venía alguien, y eso era nunca. Yo no me dormía ni descansaba, lo
segundo nomás pa’ comer, tampoco bajaba el ala de mi sombrero. Me gustaba
trabajar y ganarme cada dólar… esperar a el que como dice mi mujer: “ya viene
en camino”.
Al poco tiempo comenzaron las envidias de mis propios paisanos, los de Sinaloa.
Ya no me volteaban a ver, pero a veces todavía me invitaban un taco cuando
traían e igual yo: el dinero no se comparte acá pero la comida sí. El caso es que
yo no me dormía y siempre presentaba mi jale en tiempo y forma, como nos
indicaba el patrón. Éste comenzó a pagarme tres mil dólares al mes, también me
dejó quedarme en una de sus casas con mi esposa, y hasta utilizar la camioneta
del trabajo como propia. Igual sábados y domingos, días en los que descansaba.
Don Scott nunca nos traía a raya en el trabajo, nosotros podíamos hacer y des-
hacer si queríamos, pero como no se vive en el país de uno; hay que portarse
bien. Los únicos días donde nos poníamos más al tiro eran los fines de mes, ya
que Lucas, el hijo de Don Scott venía de la universidad a ver cómo iba el jale y
a visitar a sus papás: los viejitos de tenis blancos. Lucas traía siempre un Jeep
color rojo. A veces yo le cambiaba el aceite, le daba servicio y hasta le reparaba
los frenos. Había empezado a arreglar los carros del patrón y de los de Sinaloa.
No les cobraba caro, como ellos dicen: soy baratero y de confianza.
Una noche se me hizo tarde en la granja, pero Don Scott era justo y pagaba por
lo que muchos ilegales pelean pero casi nunca ganan: las horas extra. Terminé
de limpiar la traila y de recoger a las vacas del veterinario: ninguna muerta y las
demás ya habían sido inyectadas y desparasitadas. Nacerían algunos becerros,
84
y si me iba bien, me darían un bono o saldría alguna troca para arreglar y sa-
car una feria extra, porque siempre me recordaba mi mujer: “aquél ya viene en
camino”. Manejaba para la casa siempre al millaje señalado en la carretera; cua-
renta y cinco millas por hora. Llevo once años en los states pero no sé ni cuánto
vale una milla o un kilómetro. Ni la primaria acabé. Mi papá juró y perjuró que
acá me iría mal, pero yo quisiera que me mirara ahora: troca de diésel, tres mil
dólares al mes y hasta mujer bonita. Cuando nazca mi hijo en una de ésas voy a
mandar por él.
Todos los días, a las 6 de la tarde, la ciudad se vacía. Los trabajadores del con-
dado, en su mayoría hispanos, debemos pararnos pa’ jalar al día siguiente, igual
mañana y pasado; hasta que la vida de wetback1 nos deje seguir con esta locura
ambiciosa. Tras una máquina de volteo o con una pala haciendo hoyos pa’ los
sprinklers, da igual, de cualquier forma le entra uno al jale. Luego dicen que el tal
Trompas nos quiere sacar. “Que el futuro del mojado está en Canadá”. Según,
allá uno tiene permiso de trabajo y se vive re bien. Otros dicen que nieva casi
todo el año, pero yo les digo: “cuando eso pase alguien deberá quitar la nieve
de las aceras”. Luego pienso, me la voy a rifar y aquí mero me voy a quedar, en
Idaho. Uno se acostumbra a ganar de los purititos verdes. Yo manejaba siempre
con una licencia conseguida del patrón, todo legal, nada chueco. Trataba de no
dar problemas, porque acá, si te tuercen patón luego luego te dan bajón. Ya de
regreso a casa, para ver a mi mujer, el reflejo de las luces azules y rojas apareció
en el retrovisor.
—Can I see your license, sir?
—Yes, officer.
—“Immigrant with permission to drive in Cassia and Minidoka county”.
—Yes, sir.
Como creyendo que su placa y sus dientes blancos iguales a los de Don Scott
le daban derecho, comenzó a romper mi licencia con una navaja que traía en
el cinturón de policía. Me señaló una luz de la traila que estaba fundida, ésta
iluminaba la mitad de la placa. Gracias a una lucecita yo me acababa de quedar
sin licencia.
—See you soon, Pablo, very very soon…
_______
1. Traducción en inglés de espalda mojada (mojado).
85
Ciudad de México, 1972. Es autor de los libros: Siete Cantáridas (2001); Centau-
ros (2001); Litane (2006); Degenerativa (Premio Nacional de Literatura Gilberto
Owen, 2009); Caída del búfalo sin nombre. Ensayo sobre el suicidio (2015), y Ensa-
yos malogrados. Resabios sobre la muerte voluntaria (2016). Parte de su obra ha
sido traducida al inglés, al portugués, al francés, al checo y al serbio.
88 Poemas
De ser algo, esto que te digo, sería la neblina implacable de ese paisaje al pie
[del Lago.
Un lago que, tras la vehemencia, descansa en sus heridas
un lago que no vi, pero que me mostraste como una imagen distante y blanca:
aquí estuve sin ti. Éramos algo.
[de Maremágnum]
—No lo creo.
—Ya.
—Ya.
—Bla ba
ya
—¿Pateamos así, en la desgracia?, ¿y la vergüenza?,
¿estamos solos?
[de Maremágnum]
91
***
***
***
92
Por ejemplo:
la palabra ‘amargura’
o la palabra ‘perdón’ ante una crítica.
***
Al otro lado del océano, dejé que el sol me perforara los ojos con sus
agujas, dándole instrucciones a cada músculo de mi cara para que no
se contrajeran.
Luego me escribiste una carta diciendo que llevabas meses sin poder
pegar ojo. Que las olas exaltaban tus sentidos
La neta: este piquete de avispa es mi única pertenencia, esa agua que se hacina
detrás de las puertas en mi cara
97
Llegaste con tu perro y fue como una fiesta, pero no pude santiguarme,
sahumarte, saludarte, no pude moverme, mis dedos anclados al teclado te
clarearon los rayos que chorreaban ora también de tu panza. Tú eres como yo
y lo has logrado, cómo te explico cúanto te admiro, qué es lo que me dijeron
tus gotas de aguas coloridas colgadas de cuerdas, de acentos españolados, como
quien feliz de dejarse morir se tira al río, como quien feliz de haber vivido sigue
muriendo, incansablemente
98
CRÓNICA POTOSINA
THE OVERBURDEN
la hoy occisa
se movía como culebra
presuntamente
103
Rocío Cerón
MATERIA OSCURA
(fragmento)
***
A los costados la jauría. No hay lugar ni camino hacia el frente. Muro apenas
levantado. Gruñidos. Catalogación de afectos, estigma sobre espalda.
Violáceo el manto del cardenal. Púrpura o sanguíneo. Lo que toca el dedo sobre los
labios: frase silenciada entre el paladar y lo sublingual. Incidencia de lo mirado
en la articulación de las rodillas.
***
***
***
105
INCISIÓN
I.
Precipitarse en precisión.
En el orificio el encuadre del poema.
Latitud de aliento/imagen entre los 32 dientes de la boca.
Manglares bajo (esquiva) mirada de un hombre.
Un secreto. Un mensaje. Una palabra. Furia.
En el parque público, el hombre del tatuaje musita una tormenta a las abejas.
Cuerpos y fieras. En la exactitud del obturador la ciudad es polvo,
amantes perdidos.
Algas; lugares sagrados para el jugador anónimo.
Toda mar lleva en sí el rastro de la presa.
II.
III.
§
109
Jorge Posada
San Luis Potosí, 1980. En 2017 publicó Habitar un país es llenar de tierra una pisci-
na, recopilación de sus primeros libros publicados en México, Argentina, Puerto
Rico y España (Liliputienses, España, 2017). Ha participado en diversos festivales
de América y Europa. Parte de su trabajo ha sido traducido al inglés, al italiano y
al portugués. Es editor del proyecto “Poesía Mexa”.
110 Poemas
***
el problema
fue imitar
a las familias
de la tv
creer
que en las discusiones
nadie se interrumpe
de cada capítulo
reiríamos
en vez de ahogarnos en bilis
***
hermana
a los 33 duerme
con mamá y papá
pelean
por saber quién
apagará la luz
por quién cocinará
al día siguiente
no es el único caso
en la familia
la de 37 y el de 35
trabajan mastican cagan
junto a sus mayores
el de 32 camina
en la renguera de su madre
***
112
durante el sepelio
sus hijos leen el testamento
al acercarme al ataúd
no recordé su nombre
ninguna de sus historias
***
mamá
se convirtió
en un monstruo
papá
la llevaba
a las terapias
donde había otros
113
monstruos
que no podían
mover las manos
o las piernas
114
§
115
Sara Uribe
Nació en Querétaro en 1978 y desde 1996 radica en Tamaulipas. Sus últimas pu-
blicaciones son Siam (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012), Antígona González
(Sur+, 2014) y I never wanted to stop time (Editorial Medio Siglo, 2015), su primer
libro en edición bilingüe.
116 Poemas
Contarlos a todos.
las que te ordenan que marques un número para luego tener que marcar
[otro número
para luego escuchar la música de espera, para luego marcar otro número,
[para luego
marcar otro número y que la grabación siga llevándote hacia una suerte
[de trance
como cuando estás sentado frente a tu terapeuta. Haga una inhalación
profunda por la nariz. Muy bien, sostenga el aire en sus pulmones.
Ahora exhale, deje salir el aire por la boca. Sea consciente de cómo con cada
respiración
usted se va sintiendo más sereno y descansado. Usted puede sentir cómo su cuerpo
se va volviendo cada vez más pesado. Usted puede sentir cómo
su cuerpo cae, cada vez más y más pesado: abandonado. Entonces, cuando finalmente
después del laberinto de opciones numéricas y musiquitas para hacerte
compañía y que no sientas cómo es que el tiempo pasa, sólo entonces
una voz, que definitivamente no es humana, te dice: gracias por esperar,
te atiende __________ (ruido blanco), ¿cómo estás el día de hoy?
y tú quieres decirle que estás hasta la madre de tantas y tantas cosas
que cómo puede hacerte esa pregunta justo hoy
justo en este país
pero en lugar de eso
abres un libro de Charles Simic
y comienzas
a leerle en voz alta:
[de Siam]
121
1. Chuun-Inn
[de Siam]
122
§
123
Sergio Ernesto Ríos
Toluca, 1981. Publicó Quienquiera que seas (FOEM, 2015), Brazuca (Palacio de
la fatalidad, 2015), Obras Cumbres (Bongobooks, 2014), La czarigüeya escribe
(Editorial Analfabeta, 2014), en coautoría con Diana Garza Islas, Muerte del dand-
ysmo a quemarropa (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2012) y Mi nombre
de guerra es albión (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010).
Tradujo del portugués Bruno Brum a ritmo de aventura de Bruno Brum (Palacio de
la fatalidad, 2017); Droguería de éter y de sombra (Palacio de la Fatalidad, 2014)
de Luís Aranha; Oda a Fernando Pessoa (Palacio de la Fatalidad, 2017), Paranoia
(Palacio de la Fatalidad, 2013) y Voy a moler tu cerebro (Red de los poetas sal-
vajes, 2010) de Roberto Piva; la antología de poetas brasileños nacidos en los
ochentas Escuela Brasileña de Antropofagia (Kodama Cartonera, 2011). Tradujo
del inglés, con Diana Garza Islas, Una noche, senté a Donald J. Trump en mis rodi-
llas / Y otras teorías estéticas del siglo XXI (Oficina Perambulante y Palacio de la
Fatalidad, 2017), a partir de un ejercicio de Chris Rodley.
Imparte los talleres de poesía latinoamericana Periferia de Escribidores Foras-
teros en la Ciudad de México y Toluca. Trabaja en la librería Mi Primer Día en el
Salón de la Fama.
124 Poemas
Lá vem o lança-chamas
Pega a garrafa de gasolina
Atira
Eles querem matar todo amor
Corromper o pólo
Estancar a sede que eu tenho doutro ser
Vem de flanco, de lado,
Por cima, por trás
Atira
Atira
Resiste
Defende
De pé
De pé
De pé
O futuro será de toda a humanidade
Oswald de Andrade
***
125
***
***
la gracia prudente
de una reservación de asientos eyectores
observados en un cuenco de cristal
en el desamor
que viste un kimono de luces plateadas
y rastros de paracaídas
***
***
***
***
128
***
***
***
129
la putrefacción de tu cobijo
o la hélice alzada como un villano contra las enseñanzas de los magos
mi cabeza atribuida a un piloto
mi cabeza en formación de áptero
mi cabeza que puede levitar sobre un aro brillante
mi desencantamiento
mi número de colisión
mi fuego mal rodado
mi doble hemisferio
mi cercenado motor
***
***
***
es el agente unificador
que brilla sobre el hijo de la corona blanca
es la escuela imperial
en las ciudades crematorio donde cantan los selenitas su estribillo
y no servirá de nada
es la versión gigante de un milpiés que anula el tercer planeta
y no servirá de nada la autodefensa psíquica
***
Entre tus manos o entre las cosas que chapotean como heliogábalos o pantanos redondos
escribo el bosque
el monociclo de los fuegos enanos
los vendedores de cocodrilos y pirámides cumplen con sus deberes
nenúfares uxoricidas con gafas oscuras viajan de mosca en el último vuelo del concorde
los peces muertos de Philip K. Dick vienen a doblar cucharas con otra gente de Sión
***
132
no puede esconderse
pienso ponerla de pie en el escenario
y hacer que cante a las cinco puertas del infierno
***
para Sisi
***
133
§
135
Alfredo Garcidueñas
Una palabra
es suficiente para masticarte con desprecio.
Ah poeta,
pájaro acribillado en mitad del canto,
vas perdiendo la partida.
Charles Manson,
Señor del inframundo,
tu conciencia ya es
pájaro de fuego.
No comprenderemos nunca
la marca en tu frente:
esa patada de caballo negro.
Charles Manson,
el mundo no estaba preparado
para tu obra radical.
¿Y qué,
si tu inteligencia ardiera
en el traje de la CIA
o en el Partido Republicano?
MILLENIALS
El diagnóstico es:
Muerte,
Incertidumbre,
volver a nacer
atrapados en medio del miedo.
VIII
Ladró,
su voz era un hacha en reposo,
Hizo preguntas
que no tardaron en caer
al fondo del espejo,
sílabas de odio cortés.
Se incorporó,
era del tamaño de cualquier fobia.
142
A mis espaldas
se cierran las puertas del bar
como si se tratara
del funeral vacío y bochornoso
de un desconocido.
143
§
145
Gerardo Isaac García Hernández
A Octavio Paz y
Montserrat Bedolla
a su vida,
a la vida de todos
los que habitamos este mundo,
las sonrisas de ella, de ellos, del que está a un lado mío
de quien no está.
De mi madre bajo tierra.
De mi padre muriendo.
De mi hermano.
De ella.
De...
Hoy vi su sonrisa.
También se puede seguir vivo por una sonrisa.
La calidez de las
Garras de un halcón sujeta
Mi decapitada cabeza.
Todo es un sueño.
Canto un oarystis para ti.
Egipánicamente, quiero
Liberar mi espíritu, pero
Una vigilia
Enterna me impide
Ver tu rostro.
Quiero dormir;
Deseo morir.
148
Retrato
En los últimos páramos de la noche las viejas brujas y las perras de la nostal-
gia, flacas, viles, sucias (putas) vienen a quitarme el sueño, las ganas de vivir, el
ánimo de abrazar; las palabras (putas) no dejan de molestar como los mosquitos
de la malaria y cuando quiero gritar líricamente se esconden cobardemente en-
tre mi pensamiento y mi feneciente cuerpo. Putas... las palabras viven y quiero
matarlas, quiero hacerlas mías, subyugarlas y que se alineen en formaciones alfa
y delta. Sin embargo estas se resisten y los cantos desesperanzadores terminan
en el limbo de los sueños, bañados en lágrimas y cal, con un olor a éxtasis, me-
tanfetaminas y galletas saladas... la noche trepida y mis tiernos cariños expiran
como lo hace un jamón sin refrigeración. Las metáforas son inútiles, la vida es
un carretón de la basura. Mi “poema” aquí termina. Mi insatisfacción comienza.
150
§
151
Edgar Flores
Si guardo o condenso
me censuro y es injusto
y lo injusto contrario a lo justo
no me agrada ¿a quién le agrada?
si pagan justos por pecadores
deseo ser de los malos
o no de los malos, mejor antihéroe
que están de moda, y son guay.
Lo que es horrible
es partir la prosa
operarla y volverla verso
mocharla y parcharla.
II
Imagino a mi hija
Ángela
buscando su identidad
entre las redes de la tecnología.
Un poema hecho por mí
por así decirlo también es retoño mío.
Si llevo a mis hijos a una piscina
¿Cuál de los dos flotará sin trabajo?
Y ¿cuál pedirá auxilio?
Cambiemos la piscina
por un grupo de críticos literarios.
2018, EN MÉXICO
Llueven preguntas.
Comentarios se despliegan integrándose uno a uno en el inmenso engrane,
contra la incertidumbre, cuidando el detalle.
Los dedos como en la marea se arrojan inquietos,
entonces, los ojos despiertos y atentos, evitan jadear para no perder la parte.
¿Qué hacen los pies?
retienen sonidos, repasan las gotas de la experiencia y logran
[otro ensamble.
Atentos al ritmo, suben otro engrane.
¿Sería el sol?
Yo siento la tormenta reluciente, íntegra y despierta.
la líbido se agita en lambada como en cualquier día de esta estación
la espuma se vertió de igual forma en todos los pies
si ese pie es parte de la generación X, Y, Z o AF, da lo mismo,
en todas hay porros, pisto, mofas.
Tal vez fue el desodorante que no hizo clic con la piedra lumbre y se aplicó en balde.
Dicen que un cacharro te vuelve piedra.
No lo sé.
UN VOLADO
Eche un volado
¿Águila o sol?
Sol
¡Gane!
¿Un volado?
Sol
¡Gane!
...Á gui la?
Yo creo que este filamento en los últimos 5 respiros, solo quiere sentir en sus
[manos el mar,
el viento, su fruto y añoranzas.
Porque ya vivió desvelos, sufrió toda norma, trepo en las ramas.
Ya sintió el frío en su cara, en la planta del pie y hasta recibió fianzas.
Ahora solo quiere colorear sus memorias, catar a detalle el vino y observar labranzas.
§
161
Sergio Velasco
Púchale play
¿Quién no ha actuado
como si todos anduvieran
igual de puestos que uno mismo?
Estamos en un solo escenario
el juzgado mira atentamente
siempre nosotros
colgados de la misma cuerda
que sacrifica al vecino
nos balanceamos ordenadamente
buscando algo
que nos haga sentir
menos vivos.
Pero espera,
a cada quien sus drogas
causan inigualables cortocircuitos
fuegos artificiales
visiones multicromáticas en HD
noches geométricas que estallan
en fragmentos de una realidad
ya de por sí bastante escandalosa.
Hagamos un brebaje,
veamos si descubrimos
el poder del vacío:
sin dejar de menearlo
agrega a la licuadora
chingos de ruido
presiones orto-sociales
163
harto-críticas fulgurantes
disparos de salva al firmamento
mundos virtuales
me gusta
no me gustas
autoclave para el cerebro
pasteurización de tus neuronas
cianuro suicida en tu muela izquierda
tiza blanca para esponjar los ojos
combustión interna
sin gasolina ni expectativas
marcha atrás sin meter reversa:
seguir viviendo
en la inercia
de un grano
de café girando
en el molino
girando
en la tierra
girando
en el sistema solar
girando
en la galaxia
girando
por el universo
girando.
men
te
sucumbir a la inercia
dejar de pensar en tu mente
picar el suelo en busca de alimento
escupir al aire y buscar los fragmentos
que golpean tu cara
pulverizan tus huesos
trascender
en una masa viscosa
tu carne llagada
colapsa y se la llevan lejos.
Todos vivimos
en nuestro propio mundo
iconográfico:
rebanadas de un sabroso
sashimi de percepción
incauto marinado
en su propio reflejo
Ingredientes*:
Trescientas mil latas de ruido para llevar.
Cinco paquetes de largos caminos (no es necesario contar
con sentido).
Una pradera envuelta en celofán.
Un manojo de nubes frescas.
Un atardecer rojo, 25 minutos de duración.
Una conserva de horizonte en hollín.
Tres frascos de luciérnagas digitales.
Quinientos ochenta y ocho árboles en paquete mixto, listos
para transplante.
Diez transeúntes perdidos.
Cien toneladas de smog, entrega a domicilio.
Trescientas treinta y dos mil casas de fabricación en serie.
Una mirada vacía.
*No se garantiza pureza ni calidad intrínseca de ninguno de los materiales.
Instrucciones*:
Mezclar los ingredientes al azar treinta minutos antes del ocaso: mientras
mayor sea el caos, más real resultará su Hermoso Atardecer Urbano©.
Agite con paciencia mientras considera la angustia que se forma en su
interior. Espere a que surta efecto y disfrute del panorama.
*Garantía invalidada en caso de no seguirlas puntualmente.
166
§
167
Bertha María Inzunza Choza
Tu edad al sol
Herencias
De familia en familia
se heredan los amores.
El amor a la vainilla,
a la espuma del mar,
a la sal de grano,
a la crema corporal con aroma a cedro.
Se hereda el odio.
169
Se hereda la furia,
la lengua de la madre,
y el acuerdo.
Los secretos se guardan hasta la tumba, y después de ella.
Se heredan los nombres, los gestos,
se heredan los ojos tristes
(todos mis órganos tienden particularmente a la tristeza).
Se heredan las casas, los terrenos,
la misma tierra pasa de mano en mano,
de puerta en puerta,
de corazón en corazón.
En la piedra un corazón
B)
Entro a tu habitación:
deshabitada.
Subo a tu cama:
tendida.
Paso a tu baño:
pulcro.
Huelo tu ropa:
estéril.
C)
Me llevarás, prometes
adonde está mi padre.
Hablaremos de tus lujos
de mis faltas
de nuestra despedida amarga
moribunda
espléndida.
Hablaremos de tu diámetro
como una invitación a desahuciarme.
Acepto.
Me inserto.
Mi diámetro, negro.
174
Aceptas.
No se piense en obligaciones,
no en consuelos.
Los diámetros están para recorrerse.
Y me inserto, yermo
quiero reproducirme contigo
que sea mi semilla la génesis de nuestra progenie
que tu cuerpo germine, florezca, sane.
Escúchame: deja tus manos marcadas como una firma.
D)
Me vuelvo loco,
fumo, me excito.
Este
tercer Dossier
de la Revista IMÁN, de la
Asociación Aragonesa de Escritores,
se terminó de componer en Pueyo de Marguillén
el día 18 de noviembre de 2018, sesenta y seis
años después de la muerte del poeta
Paul Éluard.
f
176