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1

DOSSIER IMÁN, Nº 3
MÉXICO S. XXI

Editado por IMÁN


ISSN: 2255-145X
Publicado por la Asociación Aragonesa de Escritores
Dirección y selección de Textos: Ricardo Díez Pellejero
Maquetación y diseño de edición: Carlos Bozalongo
Diseño de Portada: Estudio DosManos (estudiodosmanos@[Link])

Sugerencias y contacto: colectivoespoleta@[Link]


DOSSIER 3 3
MÉXICO S. XXI

Editorial
7

Prólogo de Joserra Ortiz


Una mirada a la literatura mexicana del siglo XXI
9

NARRATIVA
Emiliano Monge
15

F. G. Haghenbeck
29

Joserra Ortiz
33

Adonai Uresti
41

Darío Zalapa
49

Orlando Tristán
57

Víctor Santana
63
4

Rodrigo Pámanes
69

Octavio Guerrero
81

POESÍA
Alejandro Tarrab
87

Juana Adcock
93

Rocío Cerón
103

Jorge Posada
109

Sara Uribe
115

Sergio Ernesto Ríos


123

Alfredo Garcidueñas
135

Gerardo Isaac García Hernández


145

Edgar Flores
151
5

Dulce María Villanueva González


155

Sergio Velasco
161

Bertha María Inzunza Choza


167

Daniel Wence
171
6

§
Editorial7

S upongo que un escritor debería plantearse tratar de alcanzar a sus


cuatro o cinco lectores, estén donde estén, y afinar el oído para es-
cuchar las voces nuevas, remotas, tan distantes como distintas, para
poder alimentarse de otras motivaciones y realidades, de otras formas
de expresión, aunque, a fin de cuentas, compartan un mismo objetivo.
No siendo hercúleas, ambas cosas se me antojan, no obstante, harto
difíciles.

Tampoco sería bueno olvidar que está en la naturaleza humana


probar, competir, distinguirse, mezclarse, compararse con los otros para
tratar de elevarse más alto, siquiera una micra —para muchos ya una
milmillonésima sería bastante—. Un ejemplo que habla de esta situa-
ción con elocuencia es la construcción de moais en la isla de Pascua. Los
primeros moais no se alzaban más allá de cuatro o cinco metros; pero, a
medida que la isla se fue superpoblando —y dado que, al no haber ma-
dera suficiente, no podían navegar ni competir entre los once o doce
clanes en los que se dividía la isla—, les debió de dar por ahí y esculpir
moais de la propia roca sobre la que vivían. La pugna llegó a situacio-
nes tan ridículas como la de tratar de erigir un moai de 25 metros, que
jamás terminó de salir de la cantera, o la de tocar las esculturas con
rojos pukaos de varias toneladas, que aún hoy pueden admirarse.

Con aquellos monolíticos tótems de piedra en la memoria veo clara la


importancia de la comunicación, del conocimiento que llega del exte-
rior, del intercambio. De haber estado en contacto con otros pueblos,
quién sabe si hubieran evitado el colapso y la desaparición; quién sabe
si no hubieran desistido de picar roca y, en cambio, hubieran pintado
a la acuarela o competido en las olimpiadas polinésicas..., o hubieran
escrito para una revista.
8

Por ello, un año más, hemos querido doblar el mapa para juntar a las
gentes de entrambas orillas y presentar un dossier que nos ayude a
acercarnos a la realidad literaria mexicana del siglo XXI.

Si este dossier sale adelante es gracias al apoyo e implicación de mu-


chas personas. Especialmente quiero agradecer a José Ramón Ortiz por
haber sido nuestro mejor aliado desde el otro lado del charco y por ha-
ber prologado la antología. También quiero reconocer el esfuerzo y el
empuje de David Bendicho, cuya labor ha sido decisiva.

Como siempre, realizar una selección de textos y autores es algo tan


parcial como arbitrario. Al igual que hicimos con el dossier Uruguay S.
XXI, la idea de partida es poner a disposición de nuestros lectores tex-
tos que no podrían encontrar en el estante de librerías ni bibliotecas
locales y que, por la variedad de espectro —me refiero a edades, esti-
los, momento del crecimiento literario del cada escritor…— de quie-
nes componen esta recopilación, pudieran establecer un cuerpo lite-
rario válido como muestra de lo que, ahora mismo, rebulle en tierras
mexicanas o, al menos, en su epicentro: México DF, San Luis de Potosí,
Michoacán, etc. Vayan también por delante nuestras disculpas por no
haber podido llegar a más rincones, a más Méxicos dentro de México.

Por lo demás, tan solo desear que os sea de agrado este esfuerzo por
no ser moais que, de espaldas al mar, tutelan el colapso endogámico
de nuestra particular isla literaria; por girarnos, abrirnos y contemplar
la paleta de colores de estas otras voces que sobrevuelan el Atlántico a
lomos de estas páginas.

Gracias por seguir apoyándonos.

Ricardo Díez Pellejero


Director de la revista IMÁN
Una mirada a la literatura mexicana del siglo XXI9
Joserra Ortiz*

E n 2004 Jorge Volpi publicó una de las reflexiones más interesantes que
hasta entonces se habían hecho sobre la literatura escrita en español en
nuestra orilla atlántica: “El fin de la narrativa latinoamericana”, aparecida en
la Revista de crítica literaria hispanoamericana. El novelista y crítico mexicano,
para entonces ya muy afamado por la visibilidad que le había dado a la llamada
Generación del crack, destacaba que la crítica especializada en nuestra novelís-
tica, sigue una tendencia poscolonial que enfatiza la atención a aquellas obras
que giran sobre el eje de la identidad nacional frente al cosmopolitismo. Fiel
a su propio ethos creativo, en el que sobresale su frecuente intención de escri-
bir historias que no ocurren en México ni les suceden a mexicanos, y en un
derroche de imaginación futurista, Volpi destaca dos cuestiones que me parecen
importantes para pensar en nuestra tradición literaria: 1) la inexistencia de una
tradición literaria de calidad en el continente antes de la aparición de Borges y
Rulfo; y 2) la conciencia en cierta estirpe de narrador latinoamericano de des-
naturalizar su escritura para integrarse en un mercado literario internacional.

Quizá el primer punto sea un poco exagerado, pero cuando menos como invita-
ción a la reflexión resulta interesante ponderar el surgimiento de una literatura
continental en dos poéticas tan distantes entre sí: la de uno basada en el placer
bibliófilo exquisito, y la del otro en la carencia como discurso.

El segundo planteamiento, sin embargo, no resulta para nada hiperbóli-


co, pues sí es bastante patente que el mundo universitario ha establecido un
canon libresco en que se pueden estudiar cuestiones paradigmáticas muy

_______
*Doctor en estudios hispánicos por Brown University (2012), y actualmente profesor investi-
gador de tiempo completo en la licenciatura en lengua y literaturas hispanoamericanas en la
Universidad Autónoma de San Luis Potosí, donde también dirige el fondo editorial.
10

específicas que, cuando menos, sirven para dar una apariencia de orden al vastí-
simo archivo geotextual latinoamericano, sobresaliendo el tema de la identidad.
Lo que hace la crítica, sin ir más lejos, es proponer un sesgo historicista que
finge una evolución natural de nuestra literatura (como ocurre, por supuesto,
con todas las literaturas reguladas por una seudociencia analítica), haciéndonos
creer que hay una constante temática que inicia, por ejemplo, en las cartas de
Colón o de Cortés, se continúa en la poesía de Balbuena, llega a Bolívar, pasa por
Martí, se estaciona en Rodó, estalla en Carpentier y se vuelve materia universal
con García Márquez. No es este el momento ni el espacio para discutir un tema
tan grave, pero sí conviene llamar la atención sobre el mismo, precisamente
porque me parece una cuestión indiscutible que los primeros ya casi veinte años
del siglo XXI, hayan ocurrido sin que supere todavía este estancamiento críti-
co. Los que alguna vez fueron considerados los grandes temas de la literatura
americana en español, se han ido desfasando paulatinamente desde, por poner
alguna fecha, el ánimo del cambio de siglo que trajeron consigo fenómenos revi-
talizadores como una nueva concepción de lo nuevo en las poéticas de McOndo
y la de los enterradores, así como la paulatina y lamentable desaparición de
quienes fueron los jerarcas de la producción literaria durante el grueso de la
segunda mitad del siglo XX.

El caso de México me parece particularmente evidente, no solo porque es la


literatura que tengo más inmediata y, por lo tanto, me es más visible, sino tam-
bién porque en la producción más contemporánea, entiendo los diversos cam-
bios que está viviendo el campo literario y su producción narrativa. Por un
lado, tal vez el más anecdótico, tenemos una fortalecida generación de autores
que comenzaron a publicar en la década de las noventa, cuando eran aún muy
jóvenes en su mayoría y que se formaron en revistas no siempre exclusivamente
literarias, que revitalizaron (o, sencillamente, lanzaron), modelos y propuestas
creativas ignoradas por casi todos los predecesores (Carlos Fuentes sería una
excepción en toda regla), sobre todo dentro de las literaturas que desde Alberto
Chimal hemos tendido a catalogar como “de la imaginación”. La producción de
relatos y novelas de ciencia ficción, a la par de los textos de corte más propia-
mente fantástico, han coincidido con una vitalidad nunca antes vista del género
policial o meramente criminal. Igualmente, un nuevo aprecio por la crónica (mal
y poco practicada en el siglo de los novelistas), ha acercado nuevamente a la
11

clase literaria con la práctica del periodismo de fondo o de investigación, junto


a una literatura de corte más intimista que explora los horrores y los errores
del yo en megalópolis enfurecidas donde, a pesar del tumulto, se está muy solo.
Los autores que hoy producen y leo, además, han llegado a las mesas de no-
vedades con sus propias bibliotecas personales en las que sobresalen, junto a
escritores contemporáneos internacionales, algunos de los llamados “raros” de
la literatura mexicana, en su mayoría escritores y escritoras que habían estado
acumulando polvo durante una o dos generaciones. Ahí el rescate de las obras
de Francisco Tario, Ámparo Dávila, Rafael Bernal o Josefina Vicens, por men-
cionar solo cuatro de entre todos los que veo leer con avidez a la mayoría de mis
estudiantes de la licenciatura en letras.

Otra realidad de la literatura mexicana actual es su sorprendente internacio-


nalización, ya no solo en la variedad de temas o escenarios contemplados, ni
tampoco en ese ánimo cosmopolita que siempre ha tenido parte de la escritura
americana, sino a la visibilidad que muchos autores tienen a nivel global, en
materia de traducciones o ediciones trasatlánticas. Por supuesto que, en parte,
esto es resultado de la fortaleza que para la industria librera han sido las ferias
internacionales del libro, con la de Guadalajara a la cabeza, pero también del
carácter universal que ha tomado gran parte de la escritura reciente en sus au-
tores que producen en gran parte de las capitales culturales del mundo, desde
Nueva York, a Barcelona, pasando por Berlín o Buenos Aires. Como es lógico, el
territorio habitado produce un relato en particular, lo que ha ido deslocalizando
a cierta narrativa mexicana del propio México, y sus costumbres. Este es un
fenómeno transhistórico, se me dirá, y con toda razón, pero también es cierto
que lo que era la excepción y ya no lo es tanto y esto también va en concordan-
cia con la realidad que hoy vive el país en el plano internacional. México, como
nación migrante de aquí para allá y de allá para acá, explora hoy ese drama en
muchas de sus mejores plumas, curiosamente con mayor persistencia en la lite-
ratura de corte infantil.

Sin embargo, no se puede negar que el tema más visible de la literatura mexi-
cana es el de la violencia, casi siempre de corte criminal, en concordancia con la
realidad inmediata que sufre la nación, de forma más grave desde que se declaró
la guerra militar contra los cárteles de la droga desde 2006 y que ha producido
12

cientos de miles de muertos, desaparecidos y movilizados por toda la geografía


del país. Como es obvio, es la literatura de corte policial la que más ha bebido
de este tema, produciendo una revolución en el género que ya no vuelve a los
temas que fueron propios a esta clase de textos, como el de la militancia políti-
co-intelectual. Algunos de sus detractores la llaman peyorativamente “narcoli-
teratura”, por la centralidad con que figuran ahí personajes provenientes de la
cultura, o el imaginario, del trasiego ilegal de drogas en la frontera con los Esta-
dos Unidos. Estas novelas suelen seguir a un héroe investigador que se enfrenta
a capos o células delincuenciales para encontrar una verdad. Las calidades son
variadas, algunas novelas, como las del maestro Élmer Mendoza, las de Ber-
nardo Fernández BEF o las de Hilario Peña son muy divertidas, al tiempo que
informadoras de las mutaciones que sufre el género en México, ya sea porque
algunas se inclinen a un formato más tradicional, que otras que tienden a mez-
clar su registro con el de otras literaturas de masas, como el cómic, el western
o el cyberpunk. Destaco en este panorama, por sobre sus colegas de generación,
el trabajo del también periodista Imanol Caneyada, cuya literatura informa de
manera muy objetiva sobre hechos criminales diversos y cotidianos, como la
trata de blancas, el abandono de los desprotegidos, las torturas policiales y, en el
caso de su novela más reciente, 49 cruces blancas, el acontecimiento real de un in-
cendio en el parvulario ABC, todavía impune por la corrupción gubernamental,
y en donde fallecieron medio centenar de bebés menores de tres años.

Creo que, en este sentido, el dossier que presenta la revista Imán, resulta bas-
tante informador y ejemplar de algunas de las generalidades que hasta aquí he
notado. Distingo una variedad muy amplia de registros y éticas literarias entre
los autores congregados, así como una intención descentralizadora que permi-
te intuir la complejidad y multitud de voces y experiencias de todo un país y
no solo una región —la capital, históricamente el centro del discurso artístico
mexicano. Hay también autores pertenecientes a muy distintas generaciones:
desde algún representante de la generación de los 60, hasta jóvenes plumas que
no pasan la veintena de edad. Pero el fuerte de esta ventana a la literatura que se
practica hoy en México, más allá de su pluralidad, es el de actualizar nuevamen-
te nuestras referencias sobre lo que se escribe hoy mismo al otro lado del mar,
en una orilla de nuestro idioma que, por la costumbre del canon, tiende a fijarse
en los nombres comunes y a ocultar lo nuevo. Por supuesto que los medios
13

masivos y nuestra realidad digital cada vez permiten menos el estancamiento,


la literatura en español nunca había estado más cerca de sí misma que ahora y,
sin embargo, no está de más echarnos de vez en cuando un cable trasatlántico
en el que reconocernos.

San Luis Potosí, México


Octubre de 2018
14

§
15
Emiliano Monge

Ciudad de México, 1978. Es escritor y politólogo. Ha publicado la colección de


relatos Arrastrar esa sombra (Sexto Piso, 2008) y la novela Morirse de memoria
(Sexto Piso, 2010).
16 El instante indicado

E stás muerto, recuerda Osmar terminando de pintarse. Siempre que se mira


ante un espejo y no se reconoce lo repite. Le da miedo que lo olviden a él o
al personaje: hace quince años morimos. Entre sus pies, echados, los tres perros
que encontró en el canal, no debían tener ni una semana, lo contemplan. El ma-
cho chilla cuando Osmar gira el cuerpo y sin quererlo le pisa la cola: intentaba
alzar del suelo su maleta. Perdón, Benito, se disculpa sobándole un instante la
cabeza a su mascota. Luego deja la maleta encima del lavabo, jala el cierre, saca
la peluca y se la pone: estamos listos. Antes de cerrar la puerta del baño, Osmar
aguarda a que salgan sus tres perros. Apúrate, Josefa, ordena a la más necia y
cuando ésta por fin sale hacia el pasillo añade: qué bien se te ve tu nueva falda.
Hace apenas dos semanas, les compró a sus perros los disfraces que el nuevo
acto ameritaba. En la sala, mientras los perros aguardan ansiosos, Osmar mete
en la maleta sus tirantes, sus zapatos de bola, la botella de agua que sacó recién
del refri, su overol de tres colores, una bolsa con croquetas y las naranjas que
anteayer le regaló una vecina: esa mujer que lo sigue a todas partes y que en más
de una ocasión le ofertó amor eterno: Araceli, mejor consíguete a uno vivo.
Antes de marcharse, Osmar busca en el desorden de la mesa la dirección a don-
de deben presentarse. Tras hallarla, lee el papel una, dos, tres veces, enterrando
la instrucción en su memoria. Encaminándose a la puerta, descarta los caminos
que se oponen a su prisa: otra vez se le ha hecho tarde. Por lo menos está cerca,
dice arrebatándole a un clavo las correas de sus perros y las llaves de su pesada
camioneta. Además está pegado al canal, bastará con irnos recto, añade amarrando
a cada perro su correa y abriendo la puerta. Desde ahí, justo antes de cerrar la
puerta nuevamente, Osmar revisa el espacio: nunca fue de poseer mayores cosas:
una mesa de aluminio, dos sillas de plástico, las camas de los perros, la fotografía
del cadáver de una camioneta y el televisor que se ganó hace un par de años, en
la rifa de la unidad en donde vive. Esta unidad que atraviesa acicateando a sus
perros: órale, Benito; ándele, Josefa; vamos, Antonieta. No necesita que los niños que
aquí viven lo descubran y que entonces lo retrasen con sus súplicas de siempre:
una bromita, aunque sea una, qué le cuesta. Tiene que apurarse y para colmo tam-
bién debe bajar hasta la orilla del canal, donde habrá de dirigirle unas palabras
al esqueleto que en el centro de las aguas se oxida y se deshace. Acostumbrados
17

como están a este ritual, los perros se detienen en donde Osmar deja su maleta
y suelta sus correas. Ninguno lo acompaña hasta la parte más agreste, donde
la hierba crece alta y salvaje. Aquí solamente vienen los que quieren tirar algo.
O los que a cuestas cargan un motivo tan pesado como el de Osmar, que en la
orilla del canal, a punto de mojarse los zapatos, asevera: hace quince años exactos.
Aún me rige lo que ustedes me enseñaron, suma observando en la distancia el ama-
sijo de metales retorcidos: no me fío de la cara de la gente, me fío sólo de su risa.
Tras decirlo, Osmar empieza a contar en silencio y por primera vez en años dice
los nombres de sus padres y su hermana. Entonces, a pesar de que el calor es
agobiante y de que no atraviesa el cielo ni una nube, escucha varios truenos y
un calambre lo recorre, lo sacude y le arranca de la boca la oración que dijo el
día que lo adoptaron: la única forma de que pueda seguir vivo es pensando que estoy
muerto. Minutos después, tras haber recuperado la entereza y tras haber tam-
bién cruzado la alta hierba de regreso, Osmar vuelve hasta sus perros, sin dejar
de contar en el silencio de su mente. Levantando las correas, acicateando nue-
vamente a sus bestias y alzando su mochila, cruza la avenida en sentido opuesto
al de hace un rato. Esta vez, sin embargo, y a diferencia de otras tantas, siente
que el pasado le ha calado hasta los huesos. Cuando llega a la unidad en la que
vive, echa a correr a su pesada camioneta, convencido de que así compensará el
tiempo perdido y se alejará también de todo aquello que le imponen los metales
oxidados. Pero al llegar a su vehículo, abollado y despintado, Osmar recuerda
otra vez aquella noche en que la combi de sus padres fue sorprendida por una
tempestad inesperada. Y abriendo la puerta trasera, mientras sus perros suben
dando un salto, también se acuerda del momento en que esa combi fue arrastra-
da por el agua. Lo importante es que jamás les he fallado, eso es lo único que cuenta,
se dice tratando de encender su camioneta y es así que por fin deja de contar en
las profundidades de su mente. No he hecho nada diferente de lo que ustedes habrían
hecho, insiste y se convence de estarse despidiendo de esa hermana y de esos pa-
dres que vendían artesanías, no creían en la gente y no tenían otro refugio que
la combi reducida en el canal a su esqueleto.
Y es también así que Osmar asevera: por favor no me hagas esto, hoy no me chingues,
bombeando el embrague de su pesada camioneta y dando marcha, una y otra
vez y una más a su contacto: ve lo tarde que se me hizo, por favor, en serio enciende.
Cuando está a punto de rendirse y de bajar para buscar a algún vecino que lo
ayude a empujar el armatoste, éste enciende exhalando una espesa nube negra
18

y Osmar condensa su alegría en un sonido gutural y le sonríe al espejo: estás


muerto.
Hoy hace quince años exactos, añade mecánicamente y tan feliz como apurado deja
atrás el sótano de la unidad en la que vive. Entonces encara la avenida y, espe-
rando a incorporarse, intenta leer el último grafiti que pintaron sus vecinos. Así
observa a los pequeños de los que había creído escaparse: están jugando en la
banqueta un juego que él nunca ha jugado.
Ingresando en la avenida, Osmar saluda a los pequeños y después toca el claxon,
que al instante truena como risa tartamuda y descompuesta. Felices, los niños
corren tras la pesada camioneta varios metros, despidiéndose de Osmar y sus
perros, quienes de pronto han empezado a ladrar sobreexcitados. Volviendo el
rostro sobre un hombro, les pregunta: ¿cuándo van a acostumbrarse, cómo pueden
seguirse emocionando todavía?
Mejor vamos a ensayar su nuevo paso, anuncia apurando la marcha y volviendo
nuevamente la cabeza ordena: ¡el castillo! Rebasando un par de coches y ob-
servando de reojo, en el retrovisor de su armatoste, cómo Josefa se encarama
encima de Benito y cómo salta sobre ellos Antonieta, Osmar se siente orgulloso
y les festeja la gracia a los perros silbando y aplaudiendo. Luego mira la luz
ámbar de un semáforo y molesto cambia un par de marchas.
Aminorando la velocidad: se acerca al semáforo que hace nada le mostrara su
luz roja, Osmar inclina el cuerpo a su derecha, estira el brazo, abre la guantera
y al sacar los premios de sus perros tira, sin quererlo, un papel muy bien do-
blado. Lo recojo ahorita que frenemos, se dice e incorporándose a la fila que han
formado varios coches, saca tres galletas de la bolsa que sostiene y se las lanza
a sus bestias.
Tras guardar otra vez la bolsa, Osmar estira aún más el cuerpo, se hunde en el
espacio del copiloto y con las uñas alcanza el papel que lo hace ahora dudar si
darse o no darse un pase: no le gusta jalar coca cuando va rumbo al trabajo. Pero
tampoco es que éste sea un día cualquiera. Hoy se cumplen quince años, piensa
Osmar y en silencio empieza a contar de nueva cuenta: ocho, nueve, diez, once,
doce.
Entre sus dudas y sus ansias, con el papel entre las manos, Osmar escupe esa
oración que lo ha venido acompañando desde siempre: estoy muerto y nada me
hace lo que le hace algo a los vivos. Con una agilidad sorprendente, sin emerger
del espacio reservado a los pies del copiloto, levanta la nariz roja y redonda bajo
19

la cual está la suya, desdobla el papel y se acalambra la cabeza con tres puntas.
Antes de que se limpie las fosas, oye como detrás suyo estallan varios cláxones y
angustiado dobla el papel de nueva cuenta. Cuando por fin vuelve a erguirse, la
luz roja ha vuelto a encenderse y sólo avanza un par de metros. Detrás suyo, a
los cláxones se suman los insultos de otros conductores y Osmar siente que en
el pecho el corazón se le acelera: sabe, por experiencia personal y por historias
que ha escuchado, que pegarle a un payaso es deporte en la colonia donde vive.
Asustado, saca el brazo y se disculpa ante los otros conductores levantando el
pulgar contra el cielo, justo antes de que uno se bajara de su auto. Con el brazo
nuevamente dentro y con la mano otra vez en el volante Osmar mira el semá-
foro que sigue aún en rojo, observa más allá el tendedero de un viejo edificio y
aún más lejos ve un avión cruzando el cielo: ¿se verá desde allá arriba lo que queda
de su combi?
Cuando está por responderse, en la ventana de su pesada camioneta irrumpe el
rostro de un pequeño que mendiga unas monedas y el corazón de Osmar vuelve
a acelerarse. Esta vez no es el temor a una golpiza lo que truena en su pecho
sino el recuerdo de los golpes recibidos hace tiempo. Empezando a contar de
nueva cuenta en lo más hondo de su mente: dos, tres, cuatro, cinco, Osmar saca
unas monedas, se las pasa al pequeño Y suplicando que se ponga la luz verde,
intenta escapar del derrotero que podría tomar su mente.
Pero a pesar de que la luz verde se ha puesto, de que ha cambiado un par de
marchas, de que sigue todavía contando: diecisiete, dieciocho, diecinueve, vein-
te, veintiuno, de que otra vez ha acelerado su armatoste y de que ha empezado
nuevamente a hablarle a sus perros, no consigue que su mente lo aleje de esos
años que le duelen aún más que los otros. De nueva cuenta está aquí esa familia
que hace tiempo lo adoptara. Y otra vez está aquí su entrenamiento en el andar
del niño ciego y en los ruegos del que pide. Y otra vez están también aquí, en el
interior de su pesada camioneta, el letrero, la lata, el bastón falso y los vagones.
A los fantasmas no pueden herirnos, pronuncia Osmar, igual que se decía en aque-
llos años. Ya no pueden lastimarnos porque no tenemos nada que nos duela, insiste
rebasando a un camión de gas y a un par de coches. Y no pueden tampoco aga-
rrar lo que nosotros traemos dentro, remata acelerando la marcha, colocándose
de nuevo la nariz color carmín y consiguiendo al fin que el pasado se retire al
lugar en donde vive.
No pueden quitarnos el aliento, asevera un par de cuadras después, cuando la cal-
20

ma ha vuelto a su mente pero no a su organismo, cuando ha visto el letrero que


le avisa: ya está cerca esa calle que deseas, y cuando al fin acepta que no puede
hacer más nada, que llegará tarde a la fiesta. Es lo mismo que su madre le decía
todas las noches, acercándole la boca a los labios y fingiendo que soplaba: lo
único que siempre será tuyo es el aliento.
Eso nadie va a decirme que no ha sido siempre mío, asegura sintiéndose feliz de
nueva cuenta y reduciendo la velocidad con la que avanza su pesada camioneta
gira en la calle en la que se alza ese salón donde muy pronto va a acabar la fiesta.
Volviendo el rostro nuevamente y observando así a sus perros, Osmar ordena:
vayan calentando, estírense que vamos a dejarlos boquiabiertos. A ver si así perdonan
que lleguemos a esta hora, a ver si así nos pagan.
¿Está listo Benito, preparada ya Josefa, Antonieta concentrada?, inquiere al tiempo
que en silencio sigue todavía contando y busca, con los ojos, el salón en donde
aún cree que esperan su llegada. Lo que observa, sin embargo, es a un grupo de
personas que a lo lejos le hacen señas. Acelerando su pesada camioneta, Osmar
se dirige hacia su encuentro, tocando el claxon varias veces y rogándole a sus
perros: estén listos, hoy tenemos que impactarlos.
Cuando llega hasta el lugar en que la gente yace concentrada, nota que las
puertas del salón están cerradas y aceptando que la fiesta ha terminado gira el
rostro una última ocasión: se me hace que hoy no hubo trabajo. Esta vez nos la pela-
mos, añade luego pero al instante le devuelve su atención a los que están aún en
la calle. Es así como observa que en el centro de ese círculo que forman los que
estaban esperando llora el niño del cumpleaños.
Y en un instante esa gente se aleja del pequeño, rodea la camioneta y enfurecida
golpea la hojalata. Sintiendo el peso de sus odios, Osmar entiende que se le ha
hecho también tarde para huir y en vano lucha con el vidrio de su puerta. Los
brazos del padre del pequeño lo sacan del pesado armatoste y lo avientan al
asfalto, donde varios hombres y mujeres, alcoholizados y furiosos, lo despojan
de su ropa y lo patean con rabia viva, mientras sus perros ladran desquiciados.
Al final, hombres y mujeres van cediendo ante el cansancio uno tras otro. Todos
menos el padre del pequeño del cumpleaños. A este hombre no le importa ser
el único que sigue reduciendo el amasijo que ya es Osmar, quien al borde del
desmayo sigue todavía contando. Está seguro de que basta con decir el número
correcto en el instante indicado para desaparecer. ¿O no es esto lo que hacen los
que están desde antes muertos?
Todos nuestros odios 21

U n mes después de que Cristóbal y Mauricio —que no tendrán aquí mayor


cabida— dieran por muerta a la pequeña que tiraron junto al cuerpo de
su abuelo y varios otros cuerpos, en los terrenos que para esto utilizaban cada
tanto, tuvo lugar el juicio que habría de resultar en el castigo de Ana Agravia,
quien para entonces había perdido ya las simpatías de todos los hombres y mu-
jeres que siguieron su caso desde que éste comenzara.
Catorce años de prisión, sin reducción posible de condena, ordenó el juez hace
apenas unos días, en presencia de la parte acusadora, de los secretarios del mi-
nisterio, de los miembros de la prensa, de algunos representantes de ONG, de
varios colados y del abogado defensor que por oficio le había sido asignado a
la niña del cráneo diminuto, quien por supuesto nunca conoció —antes de la
vista, el proceso y la pena— el escrito de la parte acusadora o la alegación de
su defensa.
De cualquier modo, dijo el letrado defensor ante los contados reporteros que se
reunieron aquel día ante las puertas del tutelar de menores de San Fernando,
la pequeñita no habría podido leer ningún escrito. No los habría comprendido,
añadió el facultativo, aunque los hubiera sostenido entre las manos. Y es que en
algún momento del enredado proceso —demasiado tarde, en mi opinión— la
defensa decidió replegarse y articular sus argumentos en torno a las primeras
impresiones que externara el público, todavía simpatizante de Ana Agravia, ar-
guyendo que ella era una pobre extranjera desvalida, inútil y sin valor comercial
alguno.
Así que no, no creo que esta situación —no haber tenido acceso a los documen-
tos— haya determinado el resultado de este juicio, remató el leguleyo, apar-
tando de sí los micrófonos y murmurando, por lo bajo: Ana Agravia tiene una
discapacidad y esto tenemos que aceptarlo. Por su parte, la pequeña microcéfala,
quien apenas hacía semana y media sorprendiera al país con su elocuencia, al ser
interpelada por un manifestante —que tampoco tendrá aquí mayor cabida—,
atinó únicamente a repetir lo mismo que venía refrendando a últimas fechas: no
blo i igo ni tiendo.
¿Pero cómo es que el caso de Ana Agravia, que en su origen despertara in-
contables apoyos hacia la niña desamparada, dio un giro tal que terminó en su
22

condena, por parte de la autoridad, y en su repudio —podría decirse incluso


linchamiento—, por parte de la sociedad del país al que ella había llegado en
compañía de su familia, una familia que había ido desapareciendo a lo largo de
su viaje en busca de una vida nueva?
Aunque no sé si podré explicarlo, trataré de hacerlo apegándome, en la medida
de lo posible, a los testimonios y opiniones a los que he tenido acceso, así como
reconstruyendo los hechos principales con la información que he recabado y,
por supuesto, utilizando la experiencia que me otorgan años de inmersiones en
peritajes legales y en el análisis de los cambios que se gestan al interior de la
opinión pública. Ésta es, pues, la historia de Ana Agravia.

El 22 de diciembre del año 2014, hacia las tres de la madrugada, los hermanos y
policías Gustavo y Alejandro Morales —quienes tampoco tendrán aquí mayor
cabida, como no la tendrán nunca en otra página, documento o libro escrito—
llegaron a El Amparo, famoso barrio de la periferia de Santo Tomás, tras ser ad-
vertidos de que en los baldíos que delimitan ese sitio se habían escuchado gritos,
múltiples detonaciones y lo que parecían ser los motores de varias camionetas.
Apenas descender de su patrulla, maldiciendo a la fortuna por haber sido en
su turno cuando avisaron de estos hechos, que los tenían allí en los lindes de
El Amparo, los hermanos Morales escucharon un terco y fastidioso lloriqueo.
Encendieron sus linternas, sacudieron sus cabezas y se dirigieron, quejándose
en voz alta, hacia el origen de aquel llanto, donde encontraron el cuerpo de Ana
Agravia, aferrado a la pierna izquierda de su abuelo. A varios metros del viejo
y de la niña, cuya cabeza diminuta en aquel momento no notaron los agentes,
yacían otros cadáveres.
Lo que faltaba, aseveró Alejandro apuntando su linterna hacia Gustavo: que nos
dejaran una viva. Esto va a ser un desmadre, soltó, por su parte, el mayor de los
Morales, acercándose a la niña y al viejo y sintiendo cómo el coraje se adueña-
ba del resto de su cuerpo: vuélvete mejor a la patrulla y diles que nos manden
ambulancias y peritos... ya estuvo que nos vamos a quedar toda la noche. ¿Y le
hablo al Pano?, preguntó Alejandro caminando ya hacia la patrulla: ¿o espera-
mos otro rato? Avísale a ése también de una, respondió Gustavo alumbrando a
Ana Agravia: por lo menos que nos deje esto una lana.
Una hora después, hacia las cuatro de la madrugada, el ajetreo en El Amparo
era absoluto: los policías se movían como enjambre, los paramédicos tendían
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sobre el suelo una sábana tras otra y los peritos dejaban sus marcas por aquí y
por allá. Por su parte, los vecinos, tras la cinta que Gustavo y Alejandro habían
tendido hacía un rato, atestiguaban todo entre cansados y aburridos y el Pano,
cuyo nombre de pila es Felipe, tomaba apuntes y fotografiaba todos los detalles
que habría de mencionar en la nota que publicaría al día siguiente, con un titular
en forma de pregunta: “¿Inocente niña entre doce asesinados?”
Para cuando llegó el amanecer, El Amparo finalmente había quedado desierto:
los muertos habían sido trasladados a la margue, los policías habían vuelto a sus
casas, los peritos habían redactado sus informes, los vecinos desayunaban discu-
tiendo su desvelo, Ana Agravia descansaba en su cuarto del hospital municipal
de Santo Tomás, vigilada por los federales que la habían escoltado hasta ese
sitio, y Felipe leía orgulloso, podría decirse incluso que exultante, el ejemplar de
Noticias del Golfo que, en portada, presentaba dos de sus fotografías y el texto
íntegro de su reportaje.
El mismo reportaje vago, suspicaz y mal escrito que al día siguiente, tras el
revuelo que causara en Santo Tomás, sería reproducido por la mayoría de los
periódicos de circulación nacional, convirtiéndose en la causa principal de que la
historia de Ana Agravia se transformara en asunto de todos y en un caso digno
de las autoridades federales. Y es que el escrito de Felipe, apenas 48 horas des-
pués de los sucesos acaecidos en los terrenos de El Amparo, había dividido en
dos a la opinión pública y había inoculado en la médula de ésta un evento que,
en lo general, era igual a tantos otros sucedidos diariamente en el país pero que,
en lo particular, tenía a una niña discapacitada como víctima. O como culpable.
Así que apenas 72 horas después de los hechos ya narrados, cuando a nadie le
importaba lo que pudieran contar las autoridades locales o lo que pudiera añadir
Felipe —quien había lanzado la primera piedra pero había sido olvidado por la
opinión pública muy pronto, por lo que tampoco tendrá aquí más cabida—, to-
dos los habitantes del país, sin importar su clase, raza o estrato social, se habían
convencido a sí mismos de estar en posesión de la verdad absoluta. Tanto en las
plazas como en los cafés, las escuelas, las oficinas, los medios de comunicación
y las redes sociales, los ciudadanos clamaban por conocer todos los detalles,
convencidos de que al hacerse pública la información completa del caso, ésta no
vendría si no a darles la razón.
Por supuesto, a todos estos ciudadanos les daba igual que esa información, por
la que no habían dejado de clamar y por la que estuvieron suplicando en silen-
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cio varios días, fuera la versión de Ana Agravia, la historia de vida de esa niña
narrada por la voz de algún conocido, la confirmación o la negación de su disca-
pacidad o los rumores que sobre su familia empezaron a correr, sin que pudiera
asignárseles un origen claro. Pero ¿qué decían estos rumores? Los principales:
que la familia de Ana Agravia huía de su país tras matar a varios habitantes de
su pueblo; que huían más bien tras descubrirse una red de trata de discapacita-
dos que ellos regenteaban; que escapaban de un grupo paramilitar que quería
asesinarlos, o que, como tantos otros, sólo buscaban un futuro mejor y más
promisorio.
Fue entonces, en mitad de la apoteosis desatada por la rumorología, que la in-
formación que tanto ansiaba la opinión pública se hizo presente, aunque de for-
ma extraña, inesperada y a la vez inevitable. Ocho días después de la tragedia,
una enfermera del hospital municipal de Santo Tomás colgó en su muro de
una conocida red social un video en el que podía verse a Ana Agravia. Por fin,
el centro momentáneo de la nación se presentaba ante los ojos que no querían
ver otra cosa. Sentada en la cama de su cuarto, desayunando, conectada por vía
intravenosa a una bolsa de suero y por diversos cables a un enorme aparato, la
pequeña microcéfala observaba, con atención difusa y la mirada vacía, la panta-
lla de un televisor, que en la grabación apenas podía distinguirse.
No tuvieron que pasar ni cinco minutos para que el video referido se viralizara
y para que las miradas de todo el país, no conformes con ver a Ana Agravia en
su suplicio una vez, repitieran éste otra, una más y varias veces. Como también
fue una cuestión de apenas media hora que la opinión pública, hasta entonces
dividida, se replegara casi entera al lado de la pobre y sufrida niña idiota. Lo
mismo, por supuesto, hicieron la mayoría de los expertos, periodistas y autori-
dades nacionales, quienes durante los días previos no habían dejado de comen-
tar la matanza en las pantallas de todos los canales de televisión, en la mayoría
de las estaciones de radio y en casi la totalidad de las columnas de los periódicos.
Y es que lo que se podía observar en el video no era solamente a una niña aban-
donada a su suerte y sin nadie que estuviera a su lado, sino a una niña clara y
evidentemente discapacitada: la cabeza de Ana Agravia, en efecto, era diminuta
y el movimiento de sus manos, al acercarse la comida hacia la boca, parecía
implicarle un esfuerzo titánico. Además, la pequeña desvalida, que parecía no
tener frente ni tampoco parietales, se reía, de tanto en tanto, de una forma su-
mamente extraña pero también intensamente tierna. Y dirigía hacia la nada
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miradas desdichadas. Para colmo, su piel parecía haber sufrido, en otro tiempo,
diversas quemaduras y presentaba, en los brazos y en las piernas, moretones y
heridas recientes.
Los niños con microcefalia me parecen preciosos, comentó en cadena nacional
uno de los escritores más importantes del país: si fuera Durero, haría un estudio
sobre sus proporciones, su belleza y su inocencia. La ternura que me inspira la
deformidad de esta pequeña, añadió después el músico más famoso de la nación:
sólo puedo compararla con la ternura que siento cuando hablo con Dios. Por su
parte, el conductor del noticiero de mayor audiencia, aseguró que, tras haberlo
consultado con varios médicos, por supuesto expertos en la materia, podía ase-
gurar que: un niño con microcefalia es absolutamente incapaz de hacerle daño
a otro ser humano e, incluso, de llevar a cabo siquiera un acto que pudiera ser
motivado por 1o que comúnmente denominamos como “el mal”.
Así pues, doce días después de la tragedia acaecida en El Amparo, todo parecía
indicar que Ana Agravia se había liberado de las dudas que recaían sobre su
persona y que la opinión pública, en general, se había convertido en su mayor
aliada. Además, la autoridad, que seguía buscando a los culpables de la matanza,
había declarado que no consideraba a la pequeña más que otra víctima de la
violencia desatada en Santo Tomás y que, por ningún motivo, era considerada
sospechosa. Los medios, mientras tanto, se peleaban por conseguir una entre-
vista en exclusiva con Ana Agravia, la gente organizaba colectas para su futuro,
las ONG intentaban convertir su caso en la bandera que les permitiera hablar
de los horrores de la inmigración y no pocas empresas se peleaban por convertir
el rostro encogido de la niña en imagen de sus marcas.
Incluso el gobierno del país donde Ana Agravia y su familia habían nacido se
ofreció, cuatro días después de la aparición del video que grabara la enfermera, a
pagar todos los gastos que generara la recuperación y posterior repatriación de
la pequeña de cabeza diminuta, a quien, por otra parte, la opinión pública empe-
zaba poco a poco a olvidar: a nadie parecía importarle una inocente. El primer
mandatario de la nación vecina, además, no dudó en prometerle a Ana Agravia
un futuro promisorio: será acogida por una de nuestras mejores familias... lo
difícil será elegir una entre todas las estirpes ilustres que se han ofrecido a adop-
tarla, aseveró el político y sus palabras fueron reproducidas por las cadenas te-
levisivas y radiales de nuestro país, aunque ya sin mayores cuotas de audiencia.
Justo entonces, al abogado defensor que le había sido asignado por oficio a Ana
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Agravia —hombre menudo que con tristeza sentía cómo los focos le retiraban
su halo caprichoso con el pasar de los días y con la vuelta de la nación a su nor-
malidad— se le ocurrió convocar a una conferencia de prensa, en la cual anunció
otra conferencia de prensa: la pequeña niña microcéfala iba a agradecer a la
nación su cariño y apoyo. Además, aprovecharía el momento para despedirse de
los mexicanos, antes de ser repatriada a su país de origen. Lo que nadie podía
imaginar era que esta conferencia, la segunda, sería el suceso que volvería a po-
ner a Ana Agravia en el centro del debate, desatando, de nueva cuenta, las dudas
y sospechas entre la opinión pública.
Unas dudas y unas sospechas que en apenas unas horas se transformaron en
acusaciones y sentencias. El problema, extrañamente, no fue lo que Ana Agra-
via dijo ante los medios, diecinueve días después de la matanza acaecida en El
Amparo, sino el hecho mismo e indiscutible de que ella, la pequeña microcéfala,
fuera capaz de decir algo. Que fuera capaz de expresarse. O en otras palabras:
que la discapacitada no fuera en realidad discapacitada. Y es que aunque nadie
había confirmado lo anterior, la opinión pública se sintió desengañada: cómo
que no es idiota esta pendeja, fue la reacción mayoritaria de los ciudadanos que
vieron aparecer a la niña en sus pantallas y que la escucharon hablar como ha-
bría hablado uno de ellos.
En efecto, la microcéfala era capaz de pensar y de transmitir sus ideas. Y si era
capaz de pensar y de transmitir sus ideas, ¿por qué no sería capaz de planear
un asesinato y de llevarlo a cabo? ¡Hipocresía! ¡Engaño! ¡Argucias! La gente, sin
importar de nueva cuenta su condición, origen o destino, gritaba enardecida y
expresaba su rabia en todos los lugares en los que se hallara: privados, públicos
o electrónicos. Y otra vez, en cuestión de apenas unos días, la pobre niña desva-
lida se convirtió en una asesina fría y calculadora; la extranjera abandonada a su
suerte, en una invasora que traía con ella el mal, el odio y la violencia a nuestras
tierras, y la entrañable huerfanita, en despiadada parricida.
Para colmo, al verla de cerca, en las pantallas de sus televisores y en las de sus
computadoras, la opinión pública, al igual que los expertos y los conductores de
los principales noticieros, descubrió que aquello que había visto en Ana Agravia
no eran moretones ni heridas ni quemaduras: las manchas en la piel de la peque-
ña eran consecuencia del vitiligo. ¡Hija de puta! ¡Mira que querernos conmover
con sus mentiras! ¡Es una embustera! ¡Intentó pasar por accidente el estigma de
su cuerpo! Pocas cosas asustan tanto a los seres comunes como los males que
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advierten un fantasma en sus iguales. ¡Lleva la muerte en la piel! ¡No puede ser
sino malvada! ¡Cómo pudo engañarnos!
Los niños con vitiligo son particularmente envidiosos, violentos y necesitados
de atención, viven obsesionados con el sexo, declaró un famoso artista, cuya
madre había sido violada por un vecino destintado, en el mismo noticiero en el
que, instantes después, una cantante de moda aseguró: el horror que me pro-
ducen sus manchas es consecuencia del horror que sentí al ser secuestrada por
una banda de satánicos cuyo líder padecía esa misma enfermedad del diablo. Por
su parte, el conductor del noticiero, tras asegurar que había documentado su
opinión con la de varios expertos, aseveró, mirando fijamente a la cámara: un
niño con microcefalia es perfectamente capaz de hacerle daño a otro ser humano
e, incluso, de llevar a cabo actos motivados por lo que conocemos, comúnmente,
como “el mal”.
Piensen si no en los hombres más perversos de la historia: Carlos V, Napoleón,
Hitler, todos tenían cabezas pequeñas, remató el conductor que convertiría a
Ana Agravia, nuevamente, en su tema central durante los días siguientes. Días
en los que la opinión pública, los expertos y los medios en general terminaron
por unificar su dictamen y la pequeña microcéfala, además de convertirse en el
centro de todos nuestros odios, volvió a ser recluida en su cuarto del hospital
municipal de Santo Tomás, resguardada ahora por cuatro soldados que le te-
mían incluso más de lo que ella les temía a ellos y que se negaban, al igual que
los doctores y enfermeras, a explicarle lo que estaba sucediendo.
Hacia el día veintitrés, cuando el cuarto del hospital donde Ana Agravia había
sido encerrada ya era una celda a la que nadie tenía acceso y de la que habían
sacado el televisor y los regalos que otrora le hicieran llegar a la pequeña, el
presidente de su país de origen volvió a aparecer en cadena nacional. Pidió dis-
culpas a los ciudadanos y al gobierno del país vecino —donde su mensaje ya ni
siquiera fue retransmitido— y le encargó a sus autoridades que aplicaran, sobre
la niña de cabeza diminuta, todo el peso de sus leyes.
Así fue como el gobierno nacional, que no había apuntado todavía hacia ningún
otro sospechoso por la matanza de El Amparo, acusó formalmente a Ana Agra-
via y apuró todas sus instancias para que el juicio tuviera lugar lo antes posible
y para que su dictamen se anunciara de forma expedita, aprovechando, además,
que el caso había perdido, otra vez, casi por completo la atención de la ciudada-
nía: a nadie parecía importarle una culpable.
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Pero de esto, del juicio y de la pena: catorce años de prisión, sin reducción posi-
ble de condena, ya he hablado antes. Así que no me queda más que contarles que
Ana Agravia será esta misma tarde trasladada a su celda, sin presencia alguna
de la prensa y sin que nadie quiera ya saber de ella pues en algún lugar, al pare-
cer del norte del país, han nacido dos niños pegados.
29
F.G. Haghenbeck

Ciudad de México, 1965. Creció en Tehuacán, Puebla, donde radica. Graduado


en Arquitectura, ha sido creativo en Televisa y guionista de narrativa gráfica en
DC Comics. Desde 2005 se dedica totalmente a escribir narrativa. Reconocido
por su obra en el género Noir, ha publicado novelas, libros juveniles y novelas
gráficas. Su obra ha sido traducida en más de 20 países. Ganador de premios na-
cionales e internacionales en Literatura, obtuvo residencias artísticas en Europa
y USA. Es también curador e historiador para exhibiciones en museos.
De entre sus más de 15 novelas destacan: Trago Amargo (Planeta, 2006), Sola-
mente una Vez (Planeta, 2007), El caso Tequila (Océano, 2010), El libro secreto de
Frida Kahlo (Atria, 2012), Deidades menores (Premio Bellas Artes José Rubén Ro-
mero de Novela 2014), Por un puñado de balas (Océano, 2016), Matemáticas para
Hadas (Random, 2017) y la novela juvenil La isla de los lagartos terribles (Premio
Norma Latinoamericano Juvenil 2015). El diablo me obligó (Suma de letras, 2011)
ha sido adaptada a la serie televisiva en NETFLIX Diablero (2018) y está en proce-
so de filmación su obra La primavera del mal (Suma de letras, 2013).
Como escritor y dibujante de narrativa gráfica destacan: Supermán (DC Comics,
2002), Alternation (Image Comics, 2004) Justicia Divina (Universidad Iberoameri-
cana, 2013) o Elemental, señor Sherlock (Secretaria de Cultura, 2017).
Ha sido también coescritor de la serie Crimson (Harvey Award 2016, USA).
30 Una vida simple

E l timbre del teléfono sonó tan alto que en Patagonia debieron confundirlo
con un terremoto. Cuando menos, con una tormenta. En mi cabeza perdu-
ró cual eco de campanadas para misa, tocadas a poca distancia. Un centímetro,
máximo. El dolor de cabeza fue tan intenso que no sobreviviría otro timbrazo
más. Con la velocidad de un burócrata revisando papeles, levanté el auricular.
Mi mente seguía aturdida. Adentro de ella, las campanadas seguían llamando a
viudas para el rosario.
—¿Si? —pregunté al teléfono. No me contestó, sólo era un aparato sin vida. El
que sí lo hizo se encontraba a más de mil kilómetros. Y lo hizo a todo pulmón.
—¡¿Sunny Pascal?! ¿estás loco?... ¡Te he estado buscando toda la noche!
—Creo que se equivocó de número. Solía venir un hombre llamado Pascal, pero
hoy no vino a trabajar –contesté. Sin dar más explicación, colgué. Me llevé la
mano a la cara para asegurarme que seguía siendo yo, que si había ido a trabajar
ese día y que sólo había dicho una mentira. Al ver que todo estaba bien, dejé
caer mi cabeza en la almohada. Abrí un ojo y dolió. No tanto como cuando abrí
el segundo. La luz entró por ellos, taladrando mi cerebro que seguía asimilando
y reconstruyendo las últimas horas de mi vida. No era una labor sencilla. Había
que llenar los huecos que los golpes de dos gorilas y seis cocteles Buchanan’s
Redhair habían borrado.
Primero hice una exploración visual. En esa, me fue bien. No estaba en cárcel,
un bar de mariachis ni ahogado en un lago con una cubeta de cemento en los
pies. Lo último lo descarte de inmediato. En el lago, los peces no tienen teléfono.
Me encontraba en un hermoso cuarto. La ventana estaba enmarcada por cor-
tinas costosas, con borlas, flecos y demás cursilerías. Parecía estar decorado al
estilo de un rey francés que con seguridad perdió la cabeza en la guillotina, Si no
fue así, debería por su barroco gusto. Estaba acostado en una cama del tamaño
de un campo de béisbol, con sabanas tan grandes como velas de galeón. Yo, en
ella. Mi ropa, no. Esta parecía haberse quedado varios metros atrás, en el suelo.
Recordé que era un hotel y esa debería ser la habitación que alquilé.
El teléfono volvió a timbrar. No tan alto como la vez anterior. Las campanadas
ahora tan sólo eran de una pequeña parroquia. Levanté el auricular. De nuevo
31

el teléfono no quiso decir nada, pero el tipo que estaba en Los Ángeles gritó:
—¡Te advierto que si me cuelgas de nuevo, voy a destriparte para luego colgarte
en mi pared junto al rinoceronte y el pez vela!
La voz se me hizo conocida. Podría ser de la de un propietario de tierras de Pal-
ms Springs. Es más, podría asegurar que me había pedido seguir a una aspirante
a actriz que filmaba una película en la ciudad de México. También recordaba
que por casualidad, decía que era su novia. Pero ya no lo era y la película era un
pretexto de la chica para regresar a su casa en Guadalajara. Creo que así era
todo, pero seguía sin recordarlo bien.
—Lo siento, Mr. Madeira. Tuve una noche alocada.
—¿Qué ha sucedido?
—Sus muchachos, eso sucedió. Les fue fácil seguirme cuando se enteraron que
había rentado un Ford Acapulco.
—¿Un Acapulco?¿Con mis viáticos?
—Recuerde, yo todo lo hago con clase. Rentar un Acapulco es un punto más
que clase. Es descapotable, eso es punto y juego —no replicó. Sobre clase sabía
mucho. Quizás más que yo.
—Tenía dudas de su fidelidad, por eso mandé a unos conocidos para ayudarle
—cuando dijo conocidos, sonreí. A lo mejor también conocía a King Kong.
—Había decidido encontrármela en el bar que frecuenta. Ya sabe, algo casual.
También sus conocidos pensaron igual. Pero no me gustó como trataron a la
dama. Tuve que darles una lección – expliqué. Me dolía el ojo morado de la co-
rrectiva que les di. Pero estoy seguro que a ellos les dolería más.
—Entonces, ¿pudo hablar con ella?¿Logró convencerla que regresara a Cali-
fornia?
Me incorporé en la cama. Mi cabeza renegó un poco. Cuando dejó de dar vuel-
tas, miré con más atención el cuarto, descubriendo cosas que no había notado.
—Hablé con ella. Le agradece que le ayudara para actuar en las películas de
Roger Corman, pero dijo que se va a quedar aquí. Lo siento, no regresará.
Hubo un silencio no más largo que una ópera. Luego, el hombre preguntó en
murmullo:
—¿Esta seguro que no hay otro hombre?
—Se lo prometo, tan sólo quiere regresar con su familia. El sueño americano no
es para todos. Es…— dije pensando por un momento la palabra correcta —…
demasiado para algunos. Ella desea algo simple.
32

—Asegúrese que esté bien. Entréguele algo de dinero —convino con la frialdad
de un hombre que pide una trucha en un restaurante y le contestan que no hay.
—Cuando usted regresé, le pediré a mi secretaria que le extienda el cheque por
sus servicio.
Del otro lado, el hombre colgó. El teléfono quedó mudo. Yo miraba el suelo. En-
tre el regadero de ropa, distinguí una pieza entre la mía. Un hermoso sweater en
color mora. Me había comentado que era un clásico de la moda actual, algodón
de primera. Era una linda prenda. Puesta en una mujer con las curvas idóneas,
se vería mejor que una pintura costosa en museo francés.
Se abrió la puerta del baño. Ella salió, levantando la prenda. Sin duda su cuer-
po poseía las características anteriores. Me regaló una sonrisa que hacia juego
con su pelo color canela. Podría haber sido la nueva Rita Hayword si hubiera
seguido actuando. Hasta una Elizabeth Taylor con todo y su Oscar para decorar
el baño. Pero Cinelandía no perdona. Las devora y las escupe cuando dejan la
belleza en una fiesta pomposa en Beverly Hills.
—¿Me vas a acompañar a la central de camiones? Ya quiero regresar. Mi madre
se muere por verme de nuevo.
Como dije, para algunos la vida debe ser simple.
33
Joserra Ortiz

San Luis Potosí, 1981. Es doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de


Brown y actual investigador de tiempo completo en la Universidad Autónoma
de San Luis Potosí. En 2002 fundó el primer coloquio anual de estudio y difusión
del género negro en México, las Jornadas de detectives y astronautas, y en 2017
la escuela de escritura creativa Taller Escritores. Desde ese año también dirige
la Punkademia, un proyecto de divulgación de estudios literarios para públicos
no especializados.
Ha publicado el libro de cuentos Los días con Mona, la novela La conquista del
Monte de Venus, y antologó la colección El complot anticanónico. Ensayos sobre
Rafael Bernal. De entra la docena de antologías en que aparece, destaca México
Noir, ¡Esto es un complot! y Cuentistas de Tierra Adentro 2007-2017.
34 La conquista del Monte de Venus
(fragmentos X y XVI)

A diferencia de Peter, yo siempre respeté a las mujeres y eso que casi todas
me demostraron no valer más de cincuenta dólares. De entre todas, a quien
más quise fue precisamente a Heidi. No sé por qué lo confieso hasta ahora,
cuando ya nada importa. ¿Se debe tal vez a que nunca he podido olvidarla y su
recuerdo duele porque siempre vuelve acompañando al de Peter? ¿Es esa la ra-
zón verdadera por la que cuento esta historia? ¿Es ella mi verdad?
Ya he dicho que en esa época, a principios de los años cincuenta, Peter estaba
enamorado de la actriz, pero no he contado que su obsesión lo llevó a tapizar
las paredes del baño con mis mejores fotografías de Heidi. Hermoso. Perverso.
Tetas grandes, culo grande, ojos grandes. A pesar de su éxito, Heidi Simmons
era la más secreta de las mujeres desnudas. No tenía nombre fuera de aquél
círculo en el que nos movíamos. Su éxito entre el grupo de aficionados a la
pornografía era abrumador. La rasurábamos, esa era nuestra innovación, que
mostrara los labios.
“Vellos ya hay muchos en el sórdido mundo del desnudo, pero vagina sólo la
de ella”, decía Peter, buscando sus caricias sin obtener mucho a cambio. Proba-
blemente porque en aquella época la chica apenas tenía veintitrés años y una
cara de ángel a punto del orgasmo y Peter Schaz, el gran libertino del cine, al
rondar los cuarenta y cinco comenzaba a acobardarse frente a las caras bonitas
y abusadoras.
Durante meses, preso del encanto de esos senos que no podía dejar de mirar, Pe-
ter le insistió a Heidi para que participara en el quinto remake norteamericano
del guión que originalmente llevó el título de Die Kolonisierung dem Venusberg.
Ella se negaba, conocedora del destino trágico que le deparaba a toda cinta di-
rigida por nuestro amigo.
“Se irá a la lata inevitablemente, Pete, a menos que quieras exhibirla en el secre-
to de un cineclub porno. Ni los promotores de esas películas con chicas jugando
al voleibol en pelotas quieren relacionarse con tus cosas. Ya conoces la regla: no
pickle, no beaver. Claro que hay un público para las tetas, Pete, pero nadie quiere
35

verlas salir de una cabeza enorme, robótica y demoníaca que lanza humo y las
aliena y las hace danzar desnudas alrededor de su ridícula reina-robot”, le decía
Heidi.
“No hay nadie dispuesto a excitarse con mujeres desnudas nadando en un lago
de lava venusina”, terciaba yo, “así como tampoco hay público para ninfómanas
interestelares que vienen a la tierra para conquistarla con orgasmos”.
“No son ellas las que vienen a la tierra, ¿nunca me has puesto atención?”

Las nuestras eran razones totalmente lógicas para negarse a las locuras de Pete.
Además, Heidi, nuestra reina de la protuberancia, estaba muy ocupada acos-
tándose con directores mucho más serios y respetados que Schaz. Gente que sí
hacía películas. Pasó por las camas de muchos, hasta que se estacionó durante
meses entre las sábanas de Fritz Lang, de quien deseaba obtener el papel de Vic-
ky Buckley para la cinta Human Desire. No tuvo éxito y la parte fue interpretada
por la casi sensual y poco sexual de Gloria Grahame.
Ese era el problema de Heidi, por eso nunca llegó a nada: era demasiado sexual,
demasiada mujer para cualquier hombre de aquél Beverly Hills temeroso del
mundo real y de los comunistas. Nunca podría salir del vaudeville o del secreto
mundo del porno. Ni siquiera interpretaría una Nudie Cutie, porque su sexo
vivo quemaría la pantalla. Eran los años en que en Hollywood todavía no im-
portaban más las tetas que la belleza enigmática de los labios contrayéndose al
expulsar el humo del cigarro.
Sólo a Schaz le interesaba la sexualidad bruta y desbocada en el cine, o cuando
menos era el único director en expresarlo abiertamente.
Ni siquiera Russ Meyer se atrevería a tanto.

XVI

Debo interrumpir mi narración para insertar una trascripción que apenas me


envió una amiga, la doctora Sarah Buchmann. Se trata del fragmento de una
conversación ocurrida hace menos de un mes en la Universidad de Harvard, en
el marco del Primer congreso internacional sobre cine B y pornografía. No sé si sea
lo adecuado, lo confieso, pero creo que la transcripción pondrá muchas cosas en
contexto. Sobre todo el lugar y la situación de Peter Schragl en el imaginario
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cinematográfico popular, aunque dudo, por cierto, que alguno de los panelistas
haya conocido realmente a Peter o a su trabajo.
He aquí lo dicho:
John Waters: Tengo entendido que a Schaz, a Peter Schaz, no se le considera
director de exploitation, aunque él fue de los primeros...
Doris Wishman: El primero...
John Waters: Sí, bueno, el primero. Él fue el primero en filmar lo que los estu-
dios no querían filmar. Se nos adelantó a todos, se adelantó a Meyer, por ejem-
plo, porque Meyer esperó años después de la guerra para hacer sus pelis sobre
campamentos nudistas y Schaz ya estaba aquí. Llegó aquí a mediados de los
treinta, de hecho, o no, creo que llegó a principios de los cuarenta.
Doris Wishman: Su primera película americana la hizo en el cuarenta y uno
y la exhibió en el cuarenta y dos. La filmó con puros desechos de Fritz Lang...
lámparas, claquetas, papel, extras, pero sobre todo la cinta que sobró del rodaje
de Man Hunt...
Fred Schneider: ¡Man Hunt es del cuarenta y cinco!
Doris Wishman: No. Se estrenó en el cuarenta y cinco, en Suiza, pero se hizo
en el cuarenta y uno en Estados Unidos... en fin, de eso no estamos hablando. Lo
que iba a decir es que Schaz trabajó siempre, cuando menos durante doce o trece
años, con las migajas del material de Lang. Cuentan que muchas veces tuvo que
robar ese material, sobre todo en los últimos años de su relación profesional
con Lang, porque a él le parecían de mal gusto las películas de su protegido. Es
muy probable, de hecho, que Fritz sea uno de los responsables del boicot que
sufrieron las cintas de Peter Schaz, que por su culpa se haya perdido el legado
del artista.
John Waters: Hoy en día es difícil conseguir las pelis de Schaz porque desa-
parecieron, literalmente desaparecieron. Hace poco alguien encontró una lata
con La colonización del monte de Venus, en su versión americana, que se cree un
remake de una cinta que rodó en Austria, a principio de los treinta de la que
tampoco se tienen copias o algo. No hay ni fragmentos. Pero esto no es nuevo...
hace sesenta años era igualmente difícil ver una película de Schaz porque había
una especie de contubernio secreto entre distribuidores, políticos, directores, es-
tudios, exhibidores y hasta actores... un acuerdo de no mostrar nada de lo hecho
por Schaz y, según parece, esa oposición ni siquiera se fundaba en el contenido
meramente pornográfico de esas cintas, sino en el rumor de que Peter Schaz
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pertenecía a la liga comunista o algo así, alguien dijo que Pete era comunista y
se lo jodieron...

Doris Wishman: ¡Fue Lang, fue Lang! O cuando menos eso es lo que sospe-
chaba Peter. A Peter no le importaba la política, ni la economía ni nada. A él le
gustaban el cine, el sexo y el ron, sobre todo los mojitos.
John Waters: Yo no quería apuntar a nadie, sobre todo porque no estamos se-
guros de nada. Tan sólo son rumores, conjeturas. Pero en fin, supongamos que
fue Lang...
Doris Wishman: Fue Lang, eso es seguro...
John Waters: Ok, sí, di lo que quieras, pero yo prefiero que mantengamos la
sospecha, mejor, mi abogado está esquiando en Colorado y prefiero no meterme
en líos ahora y arruinarle su viaje. En fin, que lo que decía era, qué, ¿qué estaba
diciendo?, ¡Ah, sí! Que el rumor de que Schaz era comunista le jodió la vida,
sobre todo porque algunos de sus enemigos comenzaron a pagar a estudiosos y
críticos para que analizaran las películas de Peter. Claro, estoy siendo sarcástico,
porque en esos análisis se esforzaban por argumentar y probar que en la cinta se
estaba atacando a la nación americana y que se estaba exaltando el comunismo.
Yo no sé, realmente, cómo lo lograban, porque encontrar un mensaje político,
del carácter que fuera, en las pelis de Schaz me parece muy difícil; ahí todo eran
tetas, en muy diversas situaciones, pero sólo tetas.

Fred Schneider: Creo que el trabajo de Peter Schaz era mucho más complejo
que sólo tetas, John. Sus películas tenían trama, historia, algunas veces ridículas,
pero siempre complejas. Sí, sé que casi ninguno de nosotros ha visto mucho del
material rodado por Schaz porque, como se estaba diciendo, el boicot que sufrió
el director devino en una persecución horrible, una caza de brujas...

John Waters: A eso iba...


Fred Schneider: Bueno, déjame lo digo yo y si tienes algo que añadir lo haces…
John Waters: …pero, ¡déjame hablar!
Fred Schneider: OK, no, mira, lo digo yo y ya que tú conoces todo esto mejor
que nadie, en fin, podrías añadir lo que sea, ¿vale?
John Waters: Vale, ¡bah!
Fred Schneider: OK, mira, lo que sé es que parte del bloqueo consistía en com-
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prar sus cintas y quemarlas. Dicen que alguien estaba pagando esa operación
con su propio dinero, porque el gobierno tampoco se iba a meter tanto en un
asunto meramente cinematográfico. Recordemos que la industria en los cuaren-
ta, los cincuenta y parte de los sesenta, no estaba tan íntimamente conectada al
mundo político como lo está ahora. Bueno, a lo que iba era que alguien, quién
sabe quien, pagaba por cada lata de Schaz que le pudieran conseguir y las que-
maba. Peter no se enteraba de eso, durante años creyó que los cines y las dis-
tribuidoras habían preferido almacenar su trabajo y ya; pero un día le vinieron
con el chisme de que le estaban quemando su trabajo, incluso sus originales,
¡incluso lo que había rodado en Austria! ¿No te parece increíble? Peter contrató
un detective privado que le confirmó sus sospechas y mejor decidió dejar de ro-
dar para siempre. Pero bueno, aunque sea casi imposible ver su trabajo, tenemos
todos sus maravillosos guiones y ahí nos damos cuenta de lo que decía antes,
que en las pelis de Peter Schaz no todo eran tetas.
Doris Wishman: Además, y perdonen que vuelva a lo mismo, es lógico que
filmara lo que filmara Peter Schaz, al final siempre pudo haberse salido con la
suya y si no lo logró fue por mera política. Pudo haber hecho algo como Kröger
Babb, por ejemplo, lo que hizo Babb con William Beaudine en Mom and Dad,
por la misma época. Pero sí, como dice Fred, siempre podemos volver a sus
guiones que se han conservado en diversas colecciones particulares. Hay uno,
el de esa primera película que mencionaba hace un momento, en donde te das
cuenta del poder narrativo, de la maravillosa imaginación que tenía Peter. Yo vi
esa cinta a principios de los cincuenta, cuando conocí a Peter en una proyección
privada en su casa. Imagínate que en un periodo de diez años Peter había rodado
cuatro veces la misma película. Eran versiones distintas de la misma película,
según decía, y no tenía copia de ninguna, ¡de ninguna!, solo de la primera. Pete
planeaba hacerla de nuevo y le pidió a una amiga suya, Heidi Simmons, una
chica que yo fotografié en Florida, que buscara a alguien que le ayudara con el
casting y, bueno, yo era la única persona que conocía a las chicas adecuadas. Así
que nos reunimos en su casa, me dio una copia del guion y leíamos y mirábamos
al mismo tiempo. La película era increíble, naves espaciales, una robot gigante,
amazonas venusinas... algo había de anarquía también, algo parecido a la anar-
quía liberadora del sexo.
Fred Schneider: ¿Cómo se llamaba esa película?
Doris Wishman: ¿La primera de Peter Schaz? Las Tetas de Moloch, creo, pero
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no estoy segura de que así se llamaran todas las otras versiones que rodó... el
nombre que más comúnmente aparece en los libros de texto, ya lo saben, es La
conquista del Monte de Venus.
40

§
41
Adonai Uresti

Estudiante del 7mo semestre de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispa-


noamericanas en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Organizador y
participante en numerosos congresos y coloquios, participó como colaborador
en la revista Suplemento Literario Chirimbolo de Michoacán en abril de 2016 y
participa también actualmente como colaborador en la revista multidisciplinaria
internacional Liberoamérica y en la revista Morbífica.
Es escritor de cuento fantástico, indigenista y relato.
42 La Mary

—Ya ni le muevas, güey, está muerto.


—No la amueles y ¿ahora qué hacemos?
—¿Hacemos? Si tú fuiste el que le disparó, te va a cargar la chingada, ahí nos
vemos.
—No seas así, Chema, llegamos juntos, nos vamos juntos. Íbamos a michas, no
me dejes el paquete a mí solo.
—¿Y el dinero dónde está? El ruco ya está bien muerto y no hemos visto nada
de la lana, así ya no vale ni un quinto.
—Es cuestión de hacer unas llamadas y se arregla, recibimos el dinero y des-
pués nos pelamos, ¿qué dices? Ya no tendremos que rendirle cuentas al jefe.
—Tiene que ser rápido, este ojete ya hasta se está inflando y apesta, me toca
quedarme con su reloj.
—Juega, mi Chema. Ya verás que todo saldrá bien, nos los chingamos y después
cada quien por su lado.
—Ya dijo, mi Chuy. Apúrele que ya está haciendo hambre.

Al Chema lo conocí desde chavito, vivía a dos calles de la mía, allá por el kiosco.
Teníamos como doce o catorce años, más o menos y desde entonces se convirtió
en mi carnal; a pesar de algunas fallas que hemos tenido. La que más me dolió
fue cuando, regresando del jale, llegué cansado a la casa con harta hambre y con
antojo de esos frijolitos con chile de queso que tan ricos le quedaban a la Mary,
y cuando entré a la cocina ahí estaban los dos echando pasión, sentados en una
silla la Mary gritando y dando de sentones en las piernas del Chema. ¡Jijos de su
pinche madre! Grité y rápido que se baja la Mary y se va pal patio. Discúlpame,
Chuyito, te juro que yo no quería, yo vine a pedirle una cerveza a usté y al ver
que no estaba pos la Mary me la ofreció y que me empieza a limpiar el sudor de
la frente y que me empieza a echar airesito y pos que se me sienta en las piernas
la condenada y pos sea lo que sea uno no es de hule y una cosa llevó a la otra.
Por Dios que nos está viendo que así fue, Chuyito, y si no me cree pregúntele a
43

la Mary. Yo daba vueltas por la cocina tratando de no llegar a los golpes, al fin
y al cabo, el Chema era más que un amigo, casi mi hermano. Le dije que le creía,
pero a la que sí corrí de la casa fue a la Mary, mire que ponérsele a modo a un
hombre cuando su marido no está en casa no es de Dios. Recalenté los frijolitos
e invité a cenar al Chema, con sus tortillitas recién hechas y las Modelos frías.
La chamba nos llegó por sorpresa, aún ni siquiera cumplíamos los veinte años
cuando llegaron tres sombrerudos a dizque hablar de negocios. Traían unos
camionetones de harto lujo negras, de esas con unas llantotas, pero eso sí, bien
aterradas y medio destartaladas, aunque seguían pareciendo nuevecitas. Nos
dieron la mano y ahí estaban paradotes agarrándose la hebilla de sus cinturones.
Buenas, andamos buscando a José María. Pa servirle, ¿qué se le ofrece? Don
Ricardo nos dijo que eras un muy buen trabajador, que no te importaba andar
en chinga todo el día, mientras se te pagara bien, muy leal, pero que tenías un
defectito, que luego luego te prendías y empezabas a tirar de golpes si se te
ofendía. Me halaga, don. Pero sí, nadien me juega chueco, por las buenas soy
cabrón y por las malas también. Aquí mi Chuy no les dejará mentir, en lo que me
pongan sé sacar la chamba, todo sea por mis chamacos y mi señora.
El trabajo que te ofrecemos es muy sencillo, no te desgastará mucho, lo que
necesitamos es que hagas uso de la fuerza que tienes. Voy a ir sin rodeos, Don
Ricardo no es el mejor hombre del pueblo como todos piensan, sus obras de
caridad están financiadas por sus negocios, de todo tipo, si usté me entiende.
Siéndole bien sincero no le entiendo muy bien. Mira, guey, él trata de arreglar
sus negocios a la buena, sin fallas, pero si las llega a haber, cuidadito. Al que no
quiere entrarle se lo quiebra, de la manera que sea, a veces es bastante amable
y les arranca los dedos uno por uno, cuenta doña Elena que en un baúl tiene
más de trecientos dedos, quesque pal recuerdo. A los que tienen peor suerte se
los chinga más feo, los tortura unos días, se mete con sus hijas, con sus hijos, él
no distingue entre viejas y fulanos, todo esto para al final dejarlos libres, con la
condición de que suelten lana, si no así les va.
Ya vámonos, Chema, ya va a empezar el box y estará re quete buena. Gracias,
señores, pero es de que no es el hombre que buscan, muchas gracias.
No me chingues, Chuy, estamos platicando bien.
Yo empezaba a desesperarme y uno de los tipos, el más flaco de todos sacó su ce-
lular y se alejó para hablar con alguien. Yo hacía circulitos en la tierra con mi pie.
¿Y pa qué soy bueno?
44

Pues mira, Don Ricardo ya no tiene las energías de antes, necesita un sustituto
que se encargue del trabajo sucio, mientras él se ocupa del dinero y otros asuntos.
Yo me regresé pa la casa y ya no escuché más, sin embargo, cuando las camio-
netas se fueron y Chema regresó dijo:
—Nos va a ir de lujo, Chuy. Ve nomás el fajote de dinero que nos dieron y aún
ni empezamos.
—¿Nos va a ir? Pero a mí en ningún momento me ofrecieron nada.
—No te preocupes, yo me encargué de todo, te darán menos de lo que a mí, pero
aun así te irá bien. De jodido sacas diez mil pesitos por trabajo, pa que ya salgas
de pobre, mi Chuy.
—Esas son tonterías, Chema, es andar en peligro todo el día, así ni se disfruta
el dinero que te dan, ¿cuánto dijiste?
—Diez mil, como mínimo, ya la hicimos, Chuy.

II

Pronto perdoné a la Mary, al fin y al cabo, decía que me quería, y cómo no. Me
hacía mis huevitos todos los días y un café tan rico que ni cómo dejarla, a mí
jamás me quedaría igual. Ella nunca estuvo de acuerdo con nuestro jale, pero
se le olvidaba cuando recibía mi paga y llegaba a la casa con unos huarachitos
nuevos para ella, o como cuando me dieron mi primer carro, no era la gran cosa,
pero casi nadie en el pueblo tenía. Salíamos a dar la vuelta en él por el kiosko y
ella como si no conociera a nadie, ni siquiera los volteaba a ver. Se transforma-
ba, pero al volver a la casa era la misma de siempre, se descalzaba y se ponía a
tejer. Yo sentía que el dinero la había cambiado, aunque su sazón seguía siendo
delicioso, cada vez me platicaba menos, a la hora de la intimidá hasta parecía que
lo hacía con un bulto, ya ni se movía. Andaba rara la Mary.

III

Nosotros no teníamos que hacer gran cosa, los huercos de las camionetas (que
nunca supimos sus nombres, solo sabíamos que les decían “la rana”, “tuerto” y
“el diecinueve” porque le faltaba un dedo), nos traían a los levantados, les dá-
45

bamos una calentadita y les sacábamos la información que nos pudiera ser útil.
Chema tenía una pegada increíble, no necesitaba usar armas. A mí nunca me
gustó la violencia, pero el trabajo era el trabajo. A mí me gustaba más jugar con
su mente, cuando parecía que no querían hablar les rociaba gasolina en todo el
cuerpo y me ponía a fumar cerca de ellos, cuando fingía que iba a tirarles encima
mi cigarro de pronto la lengua se les soltaba, chillaban como maricas y hasta los
pies te querían besar para que los soltaras.
Era ahí cuando Chema los soltaba y se los llevaba a Don Ricardo, para que él
decidiera qué hacer con ellos. Era un jale tranquilo, lo más feo era ver a Don
Richie en acción, cogerse a las esposas, hijas y huercos de sus enemigos era lo
canijo, uno quedaba asqueado, incluso si al llegar a la casa la Mary estaba dis-
puesta a tratarme como se debe tratar a un marido, yo me negaba, no me podía
quitar de la cabezota la imagen de niños siendo maltratados de esa manera, los
cabrones eran una cosa, los niños son sagrados. Pero el trabajo era el trabajo.
Pa mí que el Chema me estaba robando, yo nunca recibí un peso de Don Ricardo,
siempre me lo daba él en un sobrecito amarillo, pero el de él se veía mucho más
grande que el que me entregaba. Es que lo mío está en puros billetes de a cin-
cuenta, Chuy, es eso, no te agüites, te invito una cerveza. Ta bueno, yo le creía.
Muy pronto los chamacos de Chema estaban irreconocibles, andaban vestiditos
como catrines, ni parecían de pueblo y la señora ni hablar, unos peinados y unos
abrigos que no importaba que hubiera un calor infernal, ella se los ponía, pa no
perder la elegancia, decía. Ni que yo no los conociera, pero así era la comadre.
¿Por qué tú no me compras unos abrigos como esos? Ay, Mary, a ti ni te gusta
eso, ¿o sí? Pos no es de que me guste, pero el Chema sí le compra hartas cosas
a la comadre y se le ven re bonitos, yo quisiera que de vez en cuando me com-
praran más cosas, no vaya a ser… ¿No vaya a ser qué? Nada, ya duérmete Chuy.
Pronto te compraré todo lo que necesites, tú no te apures por eso. Sí, Jesús, yo
sigo esperando paciente.
Nunca tuvimos problemas, uno olvidaba rápido las cosas que hacía, por más
feas que fueran. La violencia se volvía parte de uno y de repente ya no podías
sacártela con nada, cada día podías ser más cruel que ayer, era como el dinero;
uno siempre quería tener más y más, como si eso te dejara la consciencia tran-
quila, ya lo pagaremos en la otra vida. Mi consciencia no podía estar tranquila,
menos con la Mary, de eso sí que me arrepiento, yo le dije que estaba borracho,
pero no, me salió de la nada, le pegué tan duro que ni siquiera pudo levan-
46

tar la cabeza para verme, se quedó ahí, viendo hacia el suelo mientras lloraba.
¿Qué estás haciendo? Nada, Jesús. Exactamente, nunca estás haciendo nada,
nomás paradota en la puerta viendo pasar a los pelados, ¿te gustan? Seguro
ya te los cogiste, yo chingándole todo el día y tú revolcándote con quien se te
cruce primero. Pero, Jesús, cómo puedes pensar eso, no tengo nada que hacer en
la casa, la cuido, te hago la comida como te gusta, voy a ver a la comadre, a sus
huerquitos. ¡Cállate! Ya va siendo hora de que vayas dejando de ir pallá, nomás
te mete ideas la vieja esa, no quiero que vuelvas a verla. Le pegué muy fuerte.
Le pedí perdón a ella y a Dios, yo no quería hacerlo, no sé en qué me han con-
vertido estos cabrones, le puedo hacer lo que me pidan a cualquiera, menos a la
Mary, es lo único que tengo y la quiero rete harto.

IV

Algo traía el Chema, andaba como pensativo, parecía triste, pero de inmediato
decía cosas para que te rieras y no te dieras cuenta, yo lo conocía, algo pasaba.
Compadre, ¿pos qué tiene? Hace días que lo noto medio tristón, ¿qué tiene?
Nombre, Chuy, cuál triste, estoy mejor que nunca, es solo que hay algo que me
ha andado rondando la mente que no me deja dormir tranquilo. Ah, jijo. ¿pues
qué será? Le voy a contar, a usté también puede interesarle. No, compadre,
ya le dije que yo no le voy a entrar a vender chingaderas, esas madres acaban
con los niños del pueblo y luego ahí andan llorando sus madrecitas porque se
los secuestran o acaban muertos, yo no le entro a las drogas, ya lo habíamos
hablado, no me chingue. Pérate, canijo, déjame hablar, pues. ¿Te acuerdas del
Joaquín? Ayer fue a verme, estaba muy encabronado, parece que Don Ricardo
se lo va a chingar si no le da una lana, según él ya le pagó, pero Don Ricardo
le exige que le pague otra vez, la mera verdá yo le creo, no será la primera vez
que hace eso el viejo. Insiste en que no le pagará ni madres, se lo quiere echar,
se lo quiere echar todito, tenerlo amarradito unos días hasta que olvide la deuda
y pa eso vino a buscarme, quiere que le ayude. Le haremos así, tú te encarga-
rás de llevarlo al rancho de Joaquín, al viejito, donde tiene las milpas, una vez
ahí… Pérate, pérate, ni siquiera me has preguntado si quiero hacerlo, nombre,
sácate, es jugar con el mismísimo diablo, yo estoy muy a gusto así sacando mis
centavos honradamente. Honradamente, chingado, vas a hacer exactamente lo
47

mismo, pero por más dinero, no seas joto, por eso la Mary se te pone chencha,
ella necesita un machito de verdá. ¿Qué tiene que ver la Mary? Nada, hombre,
te digo que le entres, después de chingarlo volvemos a trabajar con él y ni quién
se entere. No quiero, no, mi Chema, siempre salgo perdiendo en estos negocios,
es muy peligroso meterse con el patrón, sabe dónde vivimos, conoce a nuestras
familias. Agárrate los huevitos, yo sé lo que te digo, te va a tocar lo de un mes de
trabajo con este viejo marro. ¿Seguro no habrá fallas? Oiga, me ofende, ¿cuándo
le he quedado mal? Bueno, la vez que… No se diga más, es un trato, Chuy, todo
estará bien, usté tranquilo.
No estuve tranquilo, todo el camino fue una chinga. Convencí a Don Ricardo de
que me acompañara a ver un terrenito que me ofrecían barato, al fin y al cabo, él
sabía de eso, no tardó mucho en decirme que sí, seguro ya estando ahí también
quisiera comprarlo. Nos fuimos en su camioneta, me dejó manejar, tantos bo-
tones en el tablero que ni siquiera sabía pa qué eran me distraían. El camino se
terminó y entramos en terracería, a lo lejos se veía la casa de Joaquín, que nos
estaba esperando. Por fin llegamos.
Estacioné a un costado del pozo y nos bajamos de la camioneta. Qué bonita
casa, pero no veo ningún terreno, acaso estará en la parte de atrás, ahorita pre-
guntamos, me gusta pa que aquí vivan mis huercos, chulo lugar. Apenas iba a
prender un cigarro y Joaquín llegó. Hola, culero, ¿qué andas haciendo por aquí?
Y lo golpeó fuertemente en el estómago, Don Ricardo había dejado su arma en
la camioneta y mientras intentaba pararse le propinó una patada en la cara que
lo hizo caer hacia atrás, quiso alzar el cogote, pero así como lo levantó cayó de
nuevo al piso.
Don Ricardo despertó y tenía vendados los ojos y la boca. A nosotros nos tocó
darle los madrazos. No te vayas a manchar, Chema, si no nos quedamos sin pa-
trón. Tú aprovecha, que se joda. En unos días andará como si nada y la chamba
seguirá ahí. Guárdate bien la pistolita, no se vaya a soltar el cabrón.
Ay, Mary. No le pienses tanto, es lo que más te conviene. No te mereces vivir en esta casa
tan jodida, ni un pesito le meten. No lo sé, tú siempre dices lo mismo y nunca cumples
nada. Epa, epa, no se me ponga así, yo la espero, no hay prisa, chula. Su blusón se deslizó
por sus piernas bañadas de color cobre. Sus senos quedaron al descubierto, tímidamente
se endurecieron de a poco. Besaron con lenguas tibias sus bocas, un quejido leve brotó
de La Mary. Al poco tiempo se hicieron uno solo mientras ella se aferraba a su cuello
quemado por el sol. Era como querer volver al origen de la vida, como si nunca hubiera
48

querido salir de ahí. Un sabor a sal se apoderó de sus espaldas brillantes. Lluvia y fuego
en escena al mismo tiempo. Vida y muerte. La Mary era eso.
Listo, muchachos, se pueden ir. Yo me iré adelantando. El cabrón desper-
tará hasta mañana si bien le va, dejen la puerta abierta pa que se vaya. Cuando
llegue al pueblo mi gente lo estará esperando, ahí les damos su lanita. Ya des-
pués ustedes se arreglan con él. Fue un placer, muchachos. Trataron bien al
bato, en sus zapatos lo hubiera matado. Hasta pronto.
Nos despedimos. Maté a Don Ricardo, fue por error. Lo juro por mi ma-
dre santa. ¿Y el dinero dónde está? El ruco ya está bien muerto y no hemos
visto nada de la lana, así ya no vale ni un quinto. Es cuestión de hacer unas lla-
madas y se arregla, recibimos el dinero y después nos pelamos, ¿qué dices? Ya
no tendremos que rendirle cuentas al jefe.
Nos pelamos, no recibimos la lana, pero al menos estábamos vivos. Lle-
gamos a un sendero, ahí nos esperaban La Mary y la comadre con sus huercos.
Hasta aquí llegamos, Chema, lo abracé, él a mí no. No sea puñal, deme la mano.
La comadre no estaba, los huercos tampoco. La Mary estaba sentada. Se arre-
glaba una trenza. ¿Nos vamos, Mary? Lo siento, Chuy. Me voy con Chema. No
hagas preguntas. Pinche Chema. Él no tiene la culpa, Chuy. Por favor entiende.
Se fueron los dos, Chema se llevó el reloj. Los vi alejarse tomados de la mano, él
la cargó de la cintura y le dio vueltas, le plantó un beso y se perdieron en el ca-
mino. Yo caminé por mi lado, no volteé más. Siempre lo supe, no debí perdonar
a La Mary, ella siempre tuvo la culpa. Al llegar al pueblo fui por un mezcalito,
me lo chingué y me caló re gacho, una muchacha se me acercó y se me sentó en
la pierna. Sácate de aquí, soy casado, chula. Me fui y caminé hacia el río, estaba
seco. Lo crucé y no sabía dónde estaba. No valía la pena llegar a ningún lugar si
al final no estaría ahí La Mary ni sus frijolitos. Dios la perdone, quizá yo tam-
bién lo haga.
49
Darío Zalapa

Michoacán, 1990. Es autor de tres libros de cuentos, entre los que destaca Los
rumores del miedo (Tierra Adentro, 2012). Perro de ataque (Ediciones B/ Penguin
Random House, 2017), su primera novela, fue nombrada por Las jornadas de
detectives y astronautas como la revelación policiaca del año, y la revista Playboy
México la mencionó entre los mejores libros de 2017. En 2010 obtuvo el Premio
Michoacán de Literatura, y en 2011 la Fundación Juan Rulfo y la FENAL Michoa-
cán le otorgaron el premio de cuento Juan Rulfo. Su más reciente colaboración
fue para Once navajas, antología compilada por Tierra Adentro. Ha sido benefi-
ciario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las
Artes en dos ocasiones, 2015 y 2017, ambas en la especialidad de novela.
50 Perro de ataque
(fragmento)

Pero por primera vez he sentido la fiebre de la sangre.


Por culpa de esta asquerosa ciudad.
No hay manera de andar limpio por ella.
Caí en la trampa desde un principio.
[…]
Si vives cerca del asesinato,
o acabas enfermo o termina por gustarte.
Dashiell Hammett, Cosecha Roja.

Odié en silencio esta ciudad de cadáveres sangrientos.


Odié la manera en que nos iba disminuyendo,
acobardando, silenciando.
Odié a sus dueños y señores.
Odié la miseria que nos envilecía,
que nos empujaba al sadismo y la barbarie.
Imanol Caneyada, Las paredes desnudas.

PRELUDIO

D ebiste inhalar más. Hacerlo justo antes de sacar la escuadra y entrar a la


tienda. Fue un error de principiante. Pero tenías trece años. Eras un niño
jugando a sobrevivir como veías que lo hacían los adultos, aquellos con los que
convivías, los empleados de tu tío.
Aleccionado estabas: cargar la escuadra y asegurarte de llevar suficiente parque
en tus bolsillos; esnifar dos líneas antes de salir a ejecutar el asalto; conducir
hasta una de las colonias más recónditas de la ciudad y ubicar el primer Oxxo;
saborear la adrenalina previa y sentir que no eras de este mundo, que no había
ley ni lógica que pudieran doblarte; estudiar el sitio, contar personas, improvi-
sar un plan en segundos; obligarlos a creer que calculaste todo detalle, que na-
cieron para estar en ese lugar y en ese momento, que su destino era llegar ante
ti para que les dictaras su juicio.

Antes tuviste cinco años y una madre y un padre. Te desayunabas un vaso de


51

leche Liconsa que ella conseguía luego de formarse durante una hora en la
Conasupo de la Soledad, colonia en la que rentaban un cuarto por doscientos
pesos al mes. No comías de nuevo hasta las siete de la tarde, cuando él regresaba
con fruta aceda, guisos de días anteriores, pan duro, o lo que sea que hubiera
conseguido, si lo había hecho, en el mercado donde a veces iba a trabajar. No
conocías una escuela porque ese era un lujo que ni cómo, ni por qué o para qué.
Jugabas, porque alguna vez lo hiciste, a encontrar arañas y meterlas en cajas
de cerillos que tu madre olvidaba tirar. Si atrapabas una la dejabas ahí dentro
varios días, durante los cuales agitabas la caja con brusquedad o la arrojabas de
un extremo a otro de la calle. Cuando creías que ya había sufrido demasiado,
decidías su suerte: encenderla y escuchar cómo tronaba conforme el fuego la
carcomía, hundirla en agua para verla patalear hasta ahogarse, o, si ya estaba
muerta, dársela a una de las lagartijas estampadas en las paredes del cuarto y
observar cómo la devorada.
Tuviste cinco años y la vida era eso. Dormir comprimidos en una cama indivi-
dual que ya estaba ahí cuando llegaron; conocer de memoria sus ritos sexuales
porque creían que ya estabas dormido cuando los ejecutaban a centímetros de
ti, o ser el muro entre ellos si de nuevo habían peleado y ella ojos tumefactos y
lágrimas y abrazarte toda la noche, y él nudillos despellejados y mentadas de
madre. Tuviste cinco años y la vida no era eso. Estaba en cualquier otra parte,
en cualquier otro sitio, menos en esa habitación.

Estabas solo y no sabías del miedo. Qué podías perder a tus trece. Qué tanto le
habías ganado a la vida. Qué te podría ella reclamar como robado. Por eso no
te pesaba la escuadra aunque su cacha fuera más gruesa que tu muñeca, aun-
que con cada disparo vibrara todo tu esqueleto. Entraste al negocio y tu corta
presencia fue acaso una maldición susurrada, una blasfemia prófuga. Si alguien
te notó en ese primer instante, pensó que tus padres entrarían después de ti.
Habrían salido a cenar, pero ya irían de regreso a casa. Paraban a comprar un re-
fresco, o leche y pan para el desayuno del día siguiente. Entrarían después de ti
y te dejarían coger unas galletas porque estuviste muy bien portado, porque te
las merecías, porque terminaste tu cena. Pero después de ti no entró nadie. A tu
espalda sólo el viento nocturno arrastrando los desperdicios del día, la mierda
de una ciudad lo bastante sinvergüenza como para procrear bastardos como tú.
Luego de ti sólo la noche. Llana porque de ahí llegaste, simple como el mal que
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no era en ti adorno ni defecto. Inherentes a ti el mal y la noche. Naturalizado el


mal. La noche enterrada en tus ojos.

Antes tuviste siete años y un tío que regresó de California. Hermano de tu ma-
dre, desde los quince se había marchado y tú no lo conocías. Un día simplemente
apareció, te cargó en sus brazos y dijo que te parecías a él. Tuviste que acostum-
brarte a su presencia, a sus visitas constantes a tu casa, aunque nunca pudiste
deshacerte del miedo que te inspiró desde ese primer encuentro. Hablaba con
tu padre, tenía ideas para hacer dinero. Tú sólo veías cómo se emocionaba tu
madre cuando él les decía todo lo que podían ganar. Y así fue.
Tuviste siete años y la vida, por un instante, fue buena contigo. Pronto abando-
naron el cuarto de la Soledad. Se mudaron a una casita en Prados Verdes, mo-
desta pero decente. Tuviste una habitación propia por primera vez y no supiste
qué hacer con tanto espacio. Empezaste a ir a la escuela. Te avergonzabas. La
mayoría de los niños ya leía, pero a ti te era imposible mirar siquiera a los ojos
a otra persona, y sufrías ante la idea de mantener una conversación. Durante
las cinco horas que pasabas ahí no salía palabra alguna de tu boca. Pero todo
mejoraba cuando, de vuelta en la casa de Prados Verdes, tus padres te pedían
que los ayudaras con el trabajo. Contabas empaques, engrapabas pequeñas bol-
sas, recortabas láminas en recuadros minúsculos, metías tal o cual cantidad de
pastillas en un frasco. Tuviste siete años y eras un narcomenudista.
Por las tardes, las pequeñas libretas salían de tu mochila de Batman para dejar
espacio a los paquetes de marihuana, a las tiras de ácidos, a las grapas, a los em-
paques de tachas y de piedra. Entonces te ibas con tu padre adonde tu tío decía
que era necesario ir. Viajaste en camiones que recorrían la ciudad, la mochila en
todo momento en tu espalda. Siempre pedías ir en la ventanilla; querías enten-
der eso que pasaba afuera. Una ciudad de desarrollo estancado que al principio
tardaste en digerir, pero que terminaría por ser tu hogar, el único que supo
acoger al animal huérfano en que habrías de convertirte. Una nube cargada a
reventar de rostros ausentes y de mucha, demasiada ira. Feroces automóviles
corriendo para ganarle al semáforo, para ser los primeros en llegar a ningún
sitio. Perros famélicos enterrando el hocico en los cúmulos de basura que se ha-
cían en cada esquina. Parques públicos grises, grafiteados, oxidados; ágoras de
los drogadictos que se reunían para compartir su desesperación, como si al estar
rodeados de seres más jodidos que ellos les fuera posible redimirse.
53

Tuviste siete años y una mochila de Batman. Y la vida, por un instante, fue
buena contigo.

Fue necesario que dispararas una vez para que te notaran. Como si siguieran un
manual, todos se agacharon al instante, se cubrieron la cabeza con los brazos,
gritaron. Eso te extasiaba: te estaban rindiendo culto. Ubicaste al cajero. La
mira de la Colt 98 Super también lo hizo, si bien ya en automático. Con pasos
errantes te le fuiste acercando, pasos a los que cada vez les era más difícil seguir
su rumbo. Aunque tu mirada encontró su estrella de oriente en la camisola roja
del empleado, aunque te aferraste a ella para poder avanzar, ya empezabas a
amodorrarte. Tenías trece años y tu cuerpo ya no soportaba más de una hora sin
inhalar cocaína. El bajón. Arrastrar los pies. Un parpadeo lento. Segundos que
se dislocan. Instinto sosegado. Trastabillaste una vez, entumecido, y eso bastó
para que alguien tuviera un impulso heroico e intentara detenerte. Debiste in-
halar más. Hacerlo justo antes de sacar la escuadra y entrar a la tienda. Fue un
error de principiante. Pero tenías trece años.

Antes tuviste nueve años y un padre que cantó lo que no debía, que no pudo
con su ambición y quiso entregar a tu tío cuando le insinuaron una cifra, alta
para alguien que nunca sería más que un tirador. Una mañana sólo escuchaste
el griterío afuera de tu casa y saliste corriendo, curioso, para detenerte de golpe
en el umbral de la puerta. Los vecinos ya estaban en torno del Topaz gris que él
acababa de comprar con la intención de llevarte pronto a la playa. Viste primero
a tu madre llorando, de bruces al piso, junto a la portezuela abierta del vehículo.
Caminaste con lentitud hasta abrazar uno de los postes metálicos del tejado. Lo
rodeaste con tus brazos, lo apretujaste hasta sentir que te adoptaba. Alguien
corrió hacia ti para cargarte, para impedir que observaras algo más poniendo tu
cara contra su pecho. Lo consiguió, pero ya era demasiado tarde. Alcanzaste a
estudiar la muerte, a presenciarla por primera vez. Entonces no sabías que sería
para ti más una motivación que un miedo. La muerte fue esos segundos en los
que viste el cuerpo de tu padre a bordo del Topaz gris en el que nunca fuiste a
la playa. La muerte fue su cuello rajado de un mastoideo a otro. La muerte fue
su camisa ocre como un lienzo y toda la sangre que alcanzó a chupar. La muer-
te fueron las miradas de lástima que todos los presentes te obligaron a recibir
como si se trataran de una ofrenda. La muerte fue un viento parco que no pudo
54

llevarse los gritos y el llanto y la desazón y el coraje de tu madre, que no pudo


alejarlos de ti. La muerte fue ese último recuerdo de tu padre, el que tratarías de
olvidar con la piedra y el perico que empezaste a consumir dos años después. La
muerte fue recuerdo. La muerte fue memoria.

Disparar, porque eso es lo que te dijeron que hicieras si el asunto se te salía de


control. Tu brazo, un látigo que azotaba el aire tras cada detonación del arma.
Proyectiles, al igual que tú, arrojados al mundo como groserías inacabadas de
pronunciar. Ya estabas muy débil, sólo el orgullo te mantenía en pie, y la adre-
nalina natural de tu cuerpo ya no conseguía excitarte. Los gritos: uno solo, el
mismo de siempre, el que conocías de memoria. Los disparos desvirgaron las
paredes, los ventanales, los refrigeradores, el techo, pero no atinaron a atravesar
el cuerpo del enorme individuo que se desplazaba en tu dirección. Sólo entonces
pensaste que quizá había sido un error. ¿Qué le demostraba eso a tu tío? Era
un simple asalto, tarea de gatilleros prescindibles. Definitivamente fue un error.
Debiste inhalar más. Pero tenías trece años y confundías tu adicción al polvo
con la bravura. ¿Qué le estabas demostrando? Para él seguías siendo un huérfa-
no, vomitado en este mundo como el ácido biliar que abandona el cuerpo tras la
peor noche de todas. Uno que se podía tirar a tres mujeres en una noche, sí. Que
cargaba hierro. Que torturaba con una elegancia incomparable. Que inhalaba
sólo si no era cortada. Pero eras un niño, porque tenías trece años, y esos eran
los únicos juguetes que te enseñaron a usar.

Antes tuviste once años y una madre que se inventó otra vida. Se quedaron con
tu tío porque él se encargó de procurarlos. Aunque no había reglas trazadas,
ambos, tú y ella, tuvieron que entender que la familia no era primero, porque
del negocio vivía la familia. El tiempo o la resignación, que bien podrían ser lo
mismo, arrancó cualquier intención de justicia, y ella, tu madre, debió aceptar
como un favor inhumano de tan piadoso el hecho de que tú siguieras vivo, que tu
existencia se viera intacta pese a la posibilidad de que al crecer pretendieras la
venganza por mano propia. Pero no habrías de crecer tanto como para formular
esa idea.
Tuviste once años y una madre que se olvidó de serlo, que tenía a la mano lo
que quisiera meterse. Una madre a la que viste coger con cuanto sujeto se le
antojó. Que encontró en su sexualidad la anestesia momentánea para mermar el
55

desconsuelo que en realidad ya nunca la abandonaría. Que pronto decidió el día


en que habría de morir, y que quiso enseñarte a ser un hombre antes de largarse,
como se fue, muerta por sobredosis de heroína.
Tú ya fumabas hierba en secreto, porros que los empleados de tu tío te rega-
laban como si fueran chocolates. Pero tuviste once años y tu madre te armó tu
primera línea, te sirvió tu primer trago de whisky. También te presentó la des-
nudez femenina en el cuerpo de una de una prostituta de dieciocho años recién
comprada por tu tío. Algo te insinuó esa corporeidad que se exhibía fresca ante
ti, medrosa aún, pero sólo consiguió apabullarte como el niño que eras. Por eso
tu madre, al verte tan asustado, decidió que ella misma te asistiría durante tu
travesía por ese quicio.
Una pastilla de éxtasis. La habitación. Tú recostado en la cama tratando de
darle un nombre a esa ansiedad que nunca habías sentido. La joven prostituta a
tu lado, lengüeteándote las orejas, la nariz, la boca. Tu madre, recargada en la
puerta, mirada revisora, dando las órdenes: chúpaselo, pónselo duro, móntalo,
que grite, que se deshaga.
Te abrazaste de aquella piel aún fresca como si después de las sábanas sólo el
vacío. Como si tu padre también te estuviera viendo y no quisieras su desapro-
bación. Pero él ya nunca más estaría ahí. Ya sólo tú y esa mujer, niña aún, con
sus cariñosas manos desanudando tu miedo. Gráciles, tendiéndose por tu piel de
roble blanco, serpenteándola, trazando medialunas como si te enseñara a dibu-
jar. No fue tu primera erección, pero ahí descubriste para qué servía una. Enton-
ces recordaste el arcaico rito que veías a tus padres entretejer en el cuarto de la
Soledad, y algo parecido a la inercia te hizo penetrarla y empezar a bombear, a
gemir por simple imitación. ¿Acaso todo acto sexual no es una réplica inexacta
de otro que se ha visto o ejecutado antes?
Tuviste once años y te fue imposible el acto expiatorio de la eyaculación. Tuvis-
te once años y la vida era eso. No estaba en ninguna otra parte, en ningún otro
sitio, sólo en esa habitación.

Ya sólo el inmenso cuerpo sobre ti. La botella de cristal primero rajándote la


cara, después el cuello, y finalmente saliendo disparada en cualquier dirección
para que sus puños quedaran libres y pudieran golpearte a placer. Manoteaste
buscando la Colt, pero ya nunca más volverías a asirla. Sólo lograste ver un
abdomen inacabable de tan redondo y sentir cómo te iba comprimiendo hasta
56

dejarte sin aire. Sus brazos rollizos embistiendo tu cuerpo una y otra vez con la
furia de cien árboles septuagenarios que acaban de ser derrumbados y caen al
mismo tiempo. Ya sólo un grito, el tuyo, o el intento de uno. ¿Para qué? ¿Qué le
demostraba eso a tu tío? Te equivocaste. Debiste inhalar más. Hacerlo justo an-
tes de sacar la escuadra y entrar a la tienda. Fue un error de principiante. Pero
tenías trece años. Eras un niño jugando a sobrevivir.
57
Orlando Tristán

San Luis Potosí, México, 1990. Estudió la carrera de Lengua y Literaturas Hispa-
noamericanas por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y desde el 2010
comenzó a asistir a talleres literarios en la ciudad de Guanajuato. Mismo lugar
donde se han publicado algunos de sus poemas bajo el sello de la editorial uni-
versitaria por parte de la Universidad de Guanajuato. En 2018 dentro del marco
del Segundo Festival Cultural Toltecáyotl se dio el estreno de su primera obra de
teatro en lectura dramatizada titulada Pathos en el Museo Nacional de la Más-
cara. Actualmente se encuentra desarrollando la serie de cuentos Santa Rosa.
58 El enano marxista Lumpenstiltskin

L e decían Lumpenstiltskin de joven por la manera de “combatir” las injusti-


cias del sector aburguesado a través de favores que en más de una ocasión
se disfrazaban en chantajes con el objetivo de llevar a la cama a las más inocen-
tes mujeres. A los veintidós años a duras penas medía 1.50 m. Tuvo más detrac-
tores que colegas cuando fundó la casa cultural Esmegma, pero en realidad no
existió persona que lo apoyara. Nadie quería tenerlo como amigo y la gran
mayoría de sus conocidos evitaban tener contacto cercano con él, le decían que
era una persona desagradable ya fuera en su cara o en dichos a las espaldas. El
punk de por estos lares tercermundistas es una verdadera expresión lumpen.
Así que ya ves que no nos importa mamársela a un pinche político por unos
cuantos varos. Bueno, ¿tienes o no los doscientos mil? ¿Quieres hacerlo? De esa
manera conoció a Susi en su periplo a los lugares jodidos de Santa Rosa del
Cristero y fue el infame día cuando se inspiró para los ataques terroristas de la
década de los ochenta. A los veinte años comenzó a estudiar en la Facultad de
Filosofía y Letras de la UASRC pero sólo duraría un año ya que la institución
educativa desafiliaría al campus por el temor al momento comunista de finales
de los sesenta. El anhelado deseo del enano era convertirse en un escritor beat
y su meta de vida a los 23 años era simplemente conducir un auto Impala y
atravesar los miles de kilómetros de carreteras de México pero sólo pudo con-
seguir una pulguita y su viaje duraría una semana; se desencantó por el poco
dinero que llevaba y por la soledad. Es de reconocer su valentía pues participaba
en los mítines inclusive los que se desarrollaban fuera de su ciudad aunque ter-
minó asistiendo al de la matanza del jueves del Corpus Christi donde afortuna-
damente paró en el Palacio Negro de Lecumberri donde saldría libre rápida-
mente ya que su madre se acostaría con un agente ministerial ligado a los
Halcones. A los 27 años escribiría un cuento que increíblemente resultó gana-
dor del certamen literario Roberto Reséndiz. Dicho relato lo consideraron rápi-
damente como uno de los más importantes de la historia literaria de Santa Rosa.
Dejaría de escribir por un tiempo considerable y tres años después incursionaría
en la industria pornográfica de la ciudad cristera cuyos “mediáticos” integran-
tes estaban en un total anonimato al igual que dicha rama cinematográfica. Su
59

pene medía entre los 20 y 25 centímetros, ideal para dar una buena impresión a
cuadro ya que contrastaba con su peculiar estatura. Las producciones raramen-
te se proyectaban en la ciudad pero por alguna extraña razón eran exportadas a
la Ciudad de México y a Europa del Este, lugar donde extrañamente tendrían
un éxito rotundo, sin embargo se remitían como mero producto pirata. El gran
sueño del enano era conocer a Linda Lovelace pero nunca pudo cumplir tal de-
seo. Su carrera como actor de películas para adultos sólo duraría dos años justo
en el momento en que su figura comenzaba a llegar a un pináculo erótico con el
sobrenombre de “El tachuela”. Retomaría su labor literaria y cultural. Se ena-
moró de la escritora Diana Moore cuando la conoció en un taller literario orga-
nizado por Donoso Pareja pero lo desairaría por considerarlo una persona as-
querosa. Un día soleado de verano propuso que organizaran una marcha para la
destitución de cierto mando policiaco y después unirse en una orgia descomunal
entre los miembros del grupo político liberal-marxista pero recibiría una bofe-
tada por parte de la escritora y la subsecuente expulsión del partido, hecho que
no le restaría importancia para el curso de su vida. Cuando inició los trámites
para obtener los permisos pertinentes con el objetivo de inaugurar su Casa Cul-
tural Esmegma no tuvo el apoyo de los grupos artísticos de aquel entonces ni
de las personas más cercanas a él. ¿Quién te crees para nombrarle así a un pro-
yecto cultural, cabrón? No seas pinche asqueroso, aparte es ilegal. Ningún otro
cabrón ha ganado el Roberto Reséndiz. Ya verás que habrá quien me apoye.
Recordaba en ese instante aquel momento cuando se inspiró en su cuento gana-
dor llamado “El Minsa” de cuyas críticas variadas, la que más le sorprendió fue
la del escritor argentino Manuel Puig quien fue jurado sorpresa y diría que era
una de esas historias donde el aroma a sangre, semen y violencia acrítica se
percibía desde los primeros párrafos. Un paréntesis de la literatura mexicana de
la década de los setenta cuya creación fue producto de un shock al haber leído la
mini-novela El Fiord de Lamborghini. Había conseguido el lugar pero lo que
pondría un escoyo fue la manera en cómo le quería llamar. Le siguieron aconse-
jando que le quitara el nombre pero en su determinación estoica no accedería
por lo que al final fundaría la casa cultural con el nombre de Esmegma. Muy
pocas personas se integrarían al nuevo proyecto tanto que al primer taller lite-
rario sólo asistiría una sola; un joven de tan sólo 18 años cuya aspiración era
tener una mejor obra que Rimbaud antes de los 20. Pasaría un mes y se concre-
taba su mayor fracaso artístico al cerrar definitivamente su casa cultural y ser
60

estigmatizado por el ambiente cultural posterior ya que después no encontraría


un trabajo estable. Su vida lumpen comenzaría de manera latente. De su depar-
tamento lo desalojarían inmediatamente. Vagó por la zona oriente de la periferia
de Santa Rosa en la búsqueda de un lugar para habitar. Pobre enano, está de la
chingada, ¿no podemos ayudarlo? Nel, él se lo buscó. Se hizo adicto al activo y
al resistol amarillo y se enamoró de Susi, una chica que había sido rojilla pero
sus ideales revolucionarios se irían gradualmente a la cloaca por el gusto a las
monas de guayaba. La irónica ideología punk había perpetrado a los suburbios
de Santa Rosa. Susi había nacido en la antigua colonia bávara que para finales
de los sesenta comenzó a ser una de las zonas con mejor plusvalía de la ciudad.
Su papá era médico cirujano estudiado de la UNAM y se instaló en Santa Rosa
debido a un retiro sabático informal por la represión del 68 ya que al ser uno de
los principales líderes estudiantiles tendría que abandonar la ciudad. De él había
heredado su afición por el Che Guevara y las composiciones de Silvio Rodrí-
guez. Cuando cumplió los quince años se fugó de su hogar. Comenzó a intere-
sarse por los movimientos situacionistas y por los postulados de Debord. Solía
ir a las mansiones de la gente adinerada y a las grandes sucursales extranjeras
que comenzaban a aparecer y vandalizaba poemas de Baudelaire y escritos de
Artaud a las fachadas de éstas. Más de una ocasión paró en la correccional de
menores. Probó por primera vez el activo y a partir de ese momento comenzó el
declive para ella. Su hogar adoptivo era una “casa rodante” y sentía ella que
cumplía con los preceptos de la teoría de la deriva pues esa casa rodante era un
camión de basura que deambulaba por la ciudad; los desechos se habían conver-
tido en una pinacoteca para ella. Su familia se había olvidado de su existencia, o
contrario a lo que pudiera creerse, tal vez sus padres apoyaban su vida artística.
Los personajes se habían conocido un día lunes, día predilecto de los asquerosos
niños punks para ir en búsqueda de alguna prenda en buen estado de entre
aquellas pestilentes secciones de gigantescas montañas de basura del tiradero
municipal de Santa Rosa. Si quieres cogemos en el camión, sólo le adecuamos un
espacio cómodo y ya está; no hay pedo, ya lo he hecho antes. Sorprendentemen-
te el enano dio pie para atrás a la fellatio que había planteado desde un inicio.
Consiguieron pocas prendas de vestir de aquellas montañas de telas y aborda-
ron la parte de atrás del camión de basura. Mientras salían de la periferia de la
ciudad, observaban los grandes espectaculares que se encontraban a la orilla de
la carretera. Susi sacó de su deshilachada gabardina una pequeña libreta de
61

apuntes cuya función pretendía ser la de un hipotético libro de poemas. Apunta-


ba los principales sintagmas nominales que alcanzaba a leer de los anuncios. Las
calles nos dicen siempre algo, son creadores de bonitas historias. El ataque su-
cedió la mañana del 15 de septiembre de 1983. A lo largo de la calzada principal
del centro de la ciudad, el intoxicado enano marxista colocó cinco explosivos
justo en cada cruce de las que se conectaban paralelamente las calles. Fallecie-
ron cuatro personas, tres trabajadores de intendencia y una señora que su inten-
ción era asistir a misa. Los hechos se le atribuyeron al grupo liberal-marxista,
acto que para el gobierno del infame Contreras había caído como anillo al dedo
pues al culparlos terminarían con su credibilidad sin embargo hicieron desapa-
recer a algunos integrantes entre los que se encontraba Diana Moore. ¿Cómo
supo el enano Lumpenstinskin fabricar bombas caseras? En su etapa de vida
siendo un actor pornográfico conoció a Arturo, chileno de nacimiento quien fue
integrante del MIR y en 1975 el gobierno de Echeverría le ofrecería exilio po-
lítico. Era un gran fabricante de explosivos. La esposa del guerrillero había
muerto en su lucha para derrocar al gobierno de Pinochet y tan pronto llegado
a la Ciudad de México intentó ponerse en contacto con la lucha de resistencia
pero le fue inútil debido a la gran distancia y también por el perfil bajo que tuvo
que adoptar. Cuando falleció Emilia, dejó un gran vacío en Arturo que le provo-
caría una fuerte adicción al sexo pues se acostaría asiduamente con prostitutas.
Su miembro medía cerca de los treinta centímetros y la Bertha, una prostituta
alfa sobreviviente de las Poquianchis le aconsejaría marcharse a Santa Rosa,
pues se rumoraba que en esa ciudad comenzarían una casa productora porno-
gráfica con una buena remuneración económica y también para calmar su fija-
ción por el sexo descontrolado. Aquella mañana fresca en Santa Rosa ninguna
persona podía dar crédito de lo que acontecía. Nadie inculparía al enano.
62

§
63
Víctor Santana

Tijuana, 1982. Es Doctor en Filología Hispánica por la Autónoma de Madrid y


autor de No es material para pistas de baile (2015). Fue editor de Traven Fanzine.
64 Si una tarde en el cine un joyero

E l verano de 2011 fue un asco. El calor y los Zetas se habían propuesto ani-
quilarnos y yo estaba más solo que una perra olvidada en una isla. Óscar
David, mi mejor amigo, me ignoró para dedicarse a un novio que estudiaba la
prepa. Daniela, mi mejor amiga, también tuvo pareja: un reportero de Multi-
medios que ambicionaba integrarse a la barra cómica del canal y que le contaba
los pormenores de ¡Benditos caranchos!, un programa de variedades que había
imaginado. Ocurría en Caranchópolis, una ciudad galáctica gobernada por un
canguro demente que en el principio de los tiempos segregó el esmegma que
había dado origen a los conductores, bailarines y payasos del elenco.
Jorge, mi exnovio, no quería verme si no volvíamos. En dos meses de noviazgo
no hicimos otra cosa que coger y fumar mota en mi depa y el estacionamiento
del Hospital Christus Muguerza. Jorge era diabético y por aquella época caía
enfermo cada dos semanas. Su mamá aprovechaba mis visitas para ir al casino, y
cuando su papá me veía en el hospital me decía que cenara, pues el seguro cubría
todos los gastos.
Como no soportaba los lugares sin aire acondicionado, julio y la mitad de agosto
apenas salí. Entre semana pedía comida a domicilio, los sábados iba por coca con
el Pelón (el viene-viene de Parking) y los domingos al HEB a comprar víveres y
cigarros. Pasé tanto tiempo solo que al final del encierro había escrito un libro
de cuentos drogones que nunca pude publicar.
Preparé los temarios del próximo semestre, y Óscar David y Daniela termi-
naron sus relaciones. Un viernes fui con Daniela y sus amigas a Topaz y al si-
guiente con Óscar David a Parking. Después vino el atentado en el casino y eso
deprimió a todo el mundo. Al primero que llamé fue a Jorge, para asegurarme
de que su mamá estuviera bien. “Yo sólo tengo tres vicios”, me había dicho una
vez la señora en el hospital, “el cigarro, la cerveza y el casino”. Era flaca, mucho
más morena que su hijo y el brillo enfermizo de su piel confirmaba su afición al
chupe.
“¡Gracias por llamar, osito! Estoy con mi mamá en otro casino”, dijo. Luego
skypee con Óscar David y discutimos quién tenía más derecho a la conmoción:
él por ser regio o yo por vivir más cerca del casino quemado. En la noche fui al
65

departamento de Daniela y hablamos del miedo a estar en el lugar equivocado a


la hora incorrecta, y me regañó por comprar coca en el Parking, exponiéndome
a peligros.
El último sábado antes de empezar el semestre me metí a Grindr y tardé cuatro
horas en conseguir que un vecino se acostara conmigo. Era mi segunda opción,
pues flirteaba más con un joyero flaco y narizón que vivía en Cumbres. Cinco
minutos después de que le di mi dirección dijo que le había surgido un compro-
miso, pero esperaba verme la próxima semana.
El lunes chatee con el joyero. Me preguntó qué pensaba de mis alumnos (im-
béciles maleducados), cuáles materias daba (Literatura Mexicana I y Narrativa
del siglo XIX), si comía en la cafetería de la UDEM (le dije que cocinaba, pero
siempre comía tacos de barbacoa de un puesto y frapuchino de Starbucks). Y
el jueves me invitó a cenar al Costeñito de Gómez Morín, pues tenía el fin de
semana repleto de eventos.
Lo encontré en la terraza de la marisquería. Se llamaba Ángel Latoya y además
de joyero era defensor de los DH (así dijo: de hache). En sus ratos libres estu-
diaba casos de desaparecidos, pero su pasión eran las joyas. Me enseñó en su
iPhone fotos de algunas piezas que había diseñado. Se vendían en el centro co-
mercial donde estábamos y seis tiendas de San Pedro. Pedimos tostadas de atún
y tacos gobernador, y cuando terminamos de comer lo invité a mi depa. Dijo que
tenía que levantarse temprano, pedimos postre y dos cervezas, y compartimos
un cigarro en el estacionamiento.
Me dio un beso antes de irse. Manejé pensando que el joyero era menos guapo
que Jorge, pero su cuerpecito pedía a gritos que lo sodomizara entre volteretas.
En la mañana tenía un mensaje suyo, quería saber si podíamos vernos después
de la comida. Le dije que sí y llegó al depa a las tres y media. Me preguntó si la
lavadora y la secadora eran comunitarias. Le dije que sí, afortunadamente, pues
si no tendría que ir a la lavandería, y vi en su cara la decepción de que yo no
fuera propietario de un centro de lavado moderno.
Me senté en el sofá grande y él, de pie, me contó las reuniones con familiares de
desaparecidos a las que iría. Daba vueltas en silencio, supongo que repensando
sus compromisos. Prendí la televisión y apareció un programa de variedades
ambientado en una cafetería retropunk regenteada por un payaso verde que
traía a raya a sus pobres patiños. “¿Te gustan esos programas?”, me preguntó y
dije que no y le cambié al noticiario de María Julia.
66

Lo jalé de un brazo y dejo caer su esqueletito sobre mí. Empecé a quitarle la


ropa y él me abrió la bragueta y empezó a chupármela con una habilidad lumi-
nosa que no me sorprendió. Por intuición, no porque su boca fuera especial. En
la cama hicimos de todo (sesenta y nueves, besos negros), pero no me dejó pene-
trarlo. Me rozaba el culito en la punta, pero se movía cuando lo iba a clavar. Me
dijo que me viniera y se sincronizó a mi orgasmo. Se echó sobre mí, lo abracé y
estuvimos callados un rato larguísimo. Recordé a la mamá de Jorge. El joyero se
parecía más a ella que Jorge.
Cabecee y el joyero me dio un beso, fue al baño a limpiarse y me propuso que
fuéramos al cine al día siguiente. Le dije que sí y me puse a leer Wikipedia hasta
que anocheció, y vi rarezas en YouTube hasta que me quedé dormido.
Me levanté a las once y llamé a Daniela para ir a comer. Fuimos a Gorditas
Doña Tota y al depa de Daniela a fumar una mota ultrapotente que le había re-
galado el reportero de Multimedios. Me mensajeó el joyero: “Ando en Galerías
Cumbres. Vente y te pago la entrada al VIP, tú nada más pones las palomitas
:p” “Va” contesté, aunque tenía flojera, y manejé hasta Cumbres. Un recorrido
largo, yo vivía en la María Luisa.
El joyero compró los boletos, palomitas y dos coca colas chicas. Entramos a ver
Avengers, a pesar de que le había jurado a Óscar David que no la vería jamás.
Estaba en contra del cine de superhéroes. Todavía me parece una forma terrible
de ser masa, pero ya no tengo pasión. El joyero me contó que era fanático de
la saga, admiraba a los X-Men y lo asqueaba DC Comics, pero había visto todo
Batman porque era una persona normal.
Tardé en darme cuenta de que era un chiste. Más bien, de que el joyero bromea-
ba al tomarse tan en serio las películas. Seguía medio anestesiado por la mota
y no hablé ni dejé de verlo, tratando de explicarme sus palabras, hasta que sacó
su iPhone y se puso a chatear. Empezaron los tráilers y lo tomé de la mano y
él puso su cabecita en mi hombro hasta que en la pantalla apareció el logo de
Marvel, entonces se aferró al asiento como si estuviera en un cohete a punto de
despegar.
Más que la película, me interesaron sus expresiones. Se rió con todos los chistes,
y eran malísimos, peores que el suyo. En una escena Capitán América confronta
a Ironman y le dice que si se quita el traje no tiene nada, y Ironman responde
que aunque se quite el traje sigue teniendo sus millones y un montón de muje-
res. Y no se rio nada más el joyero. En otra escena Hulk cae del cielo y destruye
67

un edificio. El único testigo es Harry Dean Stanton vestido de paisano, y nadie


gritó “¡mira, el de Paris, Texas!”
Salimos de la sala hasta el final de los créditos para ver la escena escondida. El
joyero fue al baño y mientras lo esperaba vi que tenía un SMS suyo. “Estoy en
el cine con un wey de hueva, pero ahorita les caigo”, leí. Es triste reconocerlo,
pero tardé en entender que el mensaje no era para mí sino sobre mí. En la puer-
ta del baño lo vi con el celular en la mano y una expresión temerosa. Sonreí y se
acercó. Lo abracé y le dije al oído que yo habría sido capaz de escribir lo mismo.
“Como sea, quisiera que me perdonaras”, susurró en mi hombro. Entendí que
era la despedida. “Okey” dije y caminé hasta la entrada del cine. Voltee y el jo-
yero no había movido ni una pestaña.
68

§
69
Rodrigo Pámanes

Es candidato a Doctor por la Universidad de Salamanca. Ha realizado estudios


de arte y gastronomía. En 2005 realizó la maestría en Literatura creativa en la
Escuela TAI, en Madrid y en 2009 se graduó del Master en Literatura hispanoa-
mericana de la Universidad de Salamanca con investigaciones sobre la novela
policiaca de Francisco Amparán “Otras caras del paraíso” y sobre el modelo de
adaptación cinematográfica de Luis Buñuel. Ha publicado en medios tanto na-
cionales como internacionales artículos, crítica gastronómica, crónicas, entrevis-
tas, relatos y poemas.
En la actualidad se dedica principalmente a la literatura infantil y al guionismo
publicitario. Desde 2003 a la fecha colabora en la organización de Las jornadas
de detectives y astronautas y codirige la publicación Cuaderno rojo estelar (CRE).
En mayo de 2014 salió publicado su libro Poemas para niños que se portan mal
(Abismos); en 2015 un ensayo de su autoría apareció en El complot anticanónico:
ensayos sobre Rafael Bernal (FETA) y en 2016 Una semana en mi pueblo, poema
infantil ilustrado (Viernes editores). Imparte clases de lengua y literatura en el
ITESM Aguascalientes, donde también dirige el taller literario.
70 Grasa de marsopa

Para Raymond

L a natación nunca ha sido un deporte que me entusiasme mucho. La con-


sidero exhibicionista y caótica. Para practicarla se necesitan demasiados
elementos conjuntados y un receptáculo con agua que no siempre está a la vuel-
ta de la esquina. Cuando nado añoro la simpleza de patear un balón entre dos
piedras o la de rebotar una pelota contra un muro alto para que se pierda en la
lejanía del patio. Aun así nado todos los días, por disciplina, porque los medica-
mentos no eran suficientes, porque si quiero tener todas mis uñas intactas debo
nadar, nadar hasta cansarme y recordar en cada bocanada de aire a mi corazón
sonando de fondo, armónico y tranquilo.
Todos los días entro a la piscina y recupero la cordura y eso es suficiente para
seguir practicando mis brazadas, no es una oda a la natación lo que cuento, es
un sistema de control de ansiedad.
No soy nadador profesional, soy un escritor, o algo parecido a un escritor. Di-
gamos que pretendo ser considerado por mis similares como un buen escritor
o por lo menos un escritor solvente. Por lo menos un redactor de historias me-
dianamente entretenidas y bien escritas, el único problema, es que no sé escribir
sobre otra cosa que no me haya sucedido, soy un pozo seco de imaginación, un
escritor de oficio pero sin talento que solo escribe sobre cosas cercanas y faci-
listas. Como ahora era un nadador, según mi credencial del club, decidí realizar
una novela corta sobre Matthew Webb, adicto a la adrenalina que decidió cruzar
a nado el estrecho de Dover en 1875, sin ayuda de ningún tipo. Lo se, soy tan
solo un obeso nadador de piscinas techadas, pero ahora conocía el agua y eso,
según mi deteriorado yo, me daba licencia para escribir sobre uno de los nada-
dores más insignes de la historia de la aventura.
Nunca he cruzado a nado la distancia que hay entre Francia e Inglaterra. Nunca
he nadado en aguas abiertas, pero conozco el agua, nado todos los días por el
tema del estrés, y eso, pensé yo, me da las credenciales suficientes para escribir
el texto que comenzaría con la llegada de Guillermo II a las costas inglesas
y terminaría con la muerte de Webb en Canadá mientras intentaba nadar en
71

las corrientes del Niágara. El texto sería una maravilla narrativa en donde el
hombre enfrentaría a la naturaleza a brazo partido, en calzoncillos y sin go-
ggles; un relato épico donde explotaría la locura del deportista extremo y la
voluntad férrea del adicto a las emociones fuertes. Tenía las notas, las letras,
todo el impulso creativo pero faltaba un detalle en este mar de certidumbre y
era que yo nunca había cruzado el estrecho de Dover en mi vida, nunca había
experimentado esos 33 kilómetros de frío, miedo, adrenalina y hambre. Yo no
era un nadador de aguas abiertas y por lo tanto nunca podría escribir el relato
con la verosimilitud que mis lectores exigen. ¿Qué hacer? La respuesta solo era
una y una solamente: debía cruzar el Canal de la Mancha para poder escribir la
historia del magnífico Matthew Webb, el primer gran loco que en 21 horas y 45
minutos cruzó la brecha de mar que separa a Inglaterra de Francia, a Europa
continental del Reino Unido. Tenía que ser Webb por unos meses y unir con mi
nado esos dos témpanos de tierra.
La arriesgada misión comenzó con la imperiosa necesidad de conseguir un en-
trenador para aprender y perfeccionar mi nado en aguas abiertas. También de
hacerme de un grupo de amigos par animarme a realizar la peculiar hazaña,
pues estaba seguro que mi familia solo me bañaría en reproches y comentarios
negativos sobre mi proyecto literario. Digo proyecto literario porque ese era el
motivo de mi aventura, el fin de la diáspora de mi sentido común: si quería es-
cribir esa novela de forma precisa y exacta debía ser mi personaje por al menos
un año, tenía que someterme al rigor del entrenamiento y por último cruzar a
nado el Canal de la Mancha. No había opción, si quería una auténtica novela era
necesario el sacrificio. Conseguí el entrenador, los amigos apoyaron, la familia
mostró ríos de miedo fluyendo por todos lados, no querían verme expuesto, lo
entendía, pero no cedería. Mi entrenador, Luis Tule, había sido un experto na-
dador de aguas abiertas y ahora retirado era uno de los mejores preparadores de
atletas extremos del país y eso me daba la seguridad de que mi entrenamiento
estaría guiado por uno de los mejores, no fue difícil encontrarlo, en cuanto es-
cuchó mi plan y la cantidad a pagar se sumergió en la corriente de mi idea. El
primer comentario realizado por Luis, cuando nos vimos por primera ocasión,
fue: “lo más complicado de la práctica no es nadar doce kilómetros diarios en
aguas frías, lo más difícil será encontrar un río sin perros muertos, botellas de
refresco y envolturas de cualquier cosa que se pueda comprar en una miscelá-
nea”. Tenía razón, aún en el más limpio de los ríos, practicaba entre desperdicios
72

animales y restos de incivilidad representada por envoltorios de papas, donas y


demás mierda. No podría afirmarlo pero en una de mis últimas prácticas estoy
seguro de que la persona que pasó flotando junto a mí no lo estaba haciendo de
forma voluntaria.
Fijamos una rutina apta para el objetivo: nos veíamos todos los días a las seis
de la mañana, manejábamos hasta las cercanías del río y entonces trotaba los
dos kilómetros restantes hasta la ribera. Llegando, me clavaba y nadaba contra
la corriente por tres horas; después cruzaba el río en ambas direcciones hasta
completar doce kilómetros. La parte más estrecha entre Dover y Calais mide 33
kilómetros y es inusual nadar esa cantidad de metros al cruzar el estrecho, pues
entre las corrientes y los desvíos puedes terminar nadando hasta 55 kilómetros
antes de tocar tierra. Esto lo sabíamos los dos pero Luis insistía en que era
innecesario nadar tantos metros de una y, sobre todo, hacía hincapié en dejar
claro que las condiciones del canal nada tendrían que ver con cualquier otra
experiencia en aguas abiertas. “No por nada”, decía Tule cuando hablábamos
sobre los detalles del plan de trabajo, “No por otra cosa más personas han subi-
do al Everest que las que han cruzado el Canal de la Mancha”. Fueron meses de
intenso entrenamiento. Todos los días, casi todas las horas, yo nadaba, corría,
y Luis dirigía y corregía, era una bella rutina que ocupaba la mitad de mi día.
Doce horas entre prepararme, nadar y volver a casa, después tres horas para es-
tudiar los detalles técnicos del viaje, de las mareas, de todos las pequeñas cosas
que debía dominar antes de volar a Londres, antes de lanzarme al agua, antes de
ser Matthew Webb por unas horas.
Existen muchos detalles sobre nadar en aguas abiertas que son insospechados
para las personas ajenas al mundo de la valentía improductiva. Quienes desde
su televisión observan a los nadadores dar más de treinta mil brazadas para
cruzar el estrecho de Dover ignoran que el agua salada te coce la piel, no saben
que el frío puede paralizar el corazón y los músculos y, por supuesto, ignoran la
reglamentación de la Channel Swimming Association respecto al uso de trajes
de baño y sobre como debe ser suministrada la alimentación durante la dura
travesía. El traje de baño no puede ir más allá de los hombros y tampoco puede
extenderse por debajo de la entrepierna. En pocas palabras los hombres deben
cruzar uno de los mares más bravos del mundo en una tanga poquito más gran-
de que un pañuelo si es que quieren respetar la tradición masculina. Es esencial
alimentarse e hidratarse durante el recorrido, pero nadie puede tocarte, la forma
73

de ser alimentado está normada por la CSA y habla de cuerdas, cubetas y tubos
para poder recibir alimentos y bebidas. El frío, la sal, el agua, cada gota de ella
es el peor enemigo, por eso los nadadores antes de cruzar cubren su cuerpo con
grasa de ganso para soportar el frío y no sufrir escoriaciones en las zonas de
más fricción, esto es así desde el siglo XIX y en pleno siglo XXI algunos ro-
mánticos suelen seguir la tradición. Hoy en día existe una grasa llamada Swim-
mer’s Grease que solamente se vende en una farmacia en Dover y es lo más
popular entre los intrépidos nadadores pero el gran Webb utilizó grasa de mar-
sopa y por eso yo planeo hacer exactamente lo mismo. Ignoro si comprar grasa
de marsopa sea ilegal pero seguro es menos riesgoso que comprar colmillos de
elefante o vesícula de tigre. No me queda claro si Webb utilizó la grasa de este
animal por alguna convicción práctica o solamente se untó con la manteca del
primer frasco que encontró. Aun así, creo que utilizar cualquier otro aislante
me alejaría de realizar una verdadera novela. Me dice Luis Tule que existe un
gel de alta tecnología de venta por la red. “Es muy útil para proteger al cuerpo
del frío extremo”, dice, sin saber sobre la prohibición de estas sustancias. Como
muchas de las cosas hechas por los ingleses, las reglas para cruzar el Canal de
la Mancha son estrictas. Pétreas, diría yo.

En el mes de julio hice los últimos preparativos. Pagué la cuota de inscripción,


los derechos pertinentes y el acompañamiento del oficial para dar fe de mi haza-
ña. En ese momento no necesitaba poner mi fecha exacta de salida, pero insistí
en apartar el 24 de agosto. Quería, no, necesitaba salir el mismo día que Webb
dejó Dover. Tenía que recrear con fidelidad cada ínfimo detalle. Me advirtieron
sobre la gran cantidad de personas cruzando en agosto. También me recorda-
ron sobre la temperatura del agua y cómo en ese mes es cuando está más cálida:
“entre 14 y 18 grados”, dijeron con un acento casi incomprensible. Me recorda-
ron el cariño que se tiene al primer nadador en cruzar el estrecho y que yo no
era el único nadador impregnado por el espíritu del pionero. “Es el día que más
personas intenta cruzar”, dijeron, “también es el día con más fracasos en el año”.
Luis Tule hizo un plan de alimentación, hidratación, estrategia de nado, proyec-
ción de horas hasta terminar el recorrido y un caudal de anotaciones, detalles
y cosas por hacer que solo atiné a revisar y autorizar. La lista tenía una versión
corta que anoto:
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Fecha y hora de salida 24 de agosto 10:41 (ni un minuto más)


Lugar exacto de salida Shakespeare Beach (Dover, Inglaterra)
Lugar aproximado de Cap Gris Nez (entre Calais y Boulogne,
llegada Francia)
Distancia aproximada 18.2 millas náuticas (33 km.)
Velocidad aproximada del 5 nudos, dirección Norte
viento
Tiempo de nado Entre 13 y 21 horas
Número de brazadas 35,000
aproximadas
Alimentación (cada hora) Mezcla: grasa de ganso, nueces y plátano

La lista de Tule solo daba cuenta de lo más esencial respecto al día de la acción.
Todo lo referente a trámites y demás cosas farragosas estaban clasificadas en
carpetas guardadas por Luis con un orden casi militar.

El 18 de agosto llegamos a Dover. No había cielo despejado y el agua estaba


inusualmente fría. Los pescadores afirmaban sentir diez grados y un viento
agresivo que no dejaba desplegar vela alguna. Yo no me amilané en ningún mo-
mento, faltaban seis días para mi proeza y estaba seguro que el 24 en la mañana
el cielo se abriría y llegarían cuatro grados más al mar. Lo justo para nadar en
un agua helada y no en un glaciar fundido en hielos.
La casa fue erigida en 1365 como residencia del capellán de la iglesia de San
James. En 1539 el clero devolvió la propiedad al ayuntamiento. No se sabe muy
bien qué pasó en los siguientes 35 años pero en 1474 se volvió un lugar de mala
muerte habitado por supuestos catadores y fabricantes de cerveza ale, que no
dudaban en alterar ilegalmente su paladar o el ambarino líquido para meter-
se unos peniques en los bolsillos. El año en que un tipo de apellido Ramsey
consiguió una licencia para vender alcohol y convertir la pocilga en la City of
Edinburgh fue 1652. Fundó una especie de pub que duró bajo ese nombre hasta
1818, cuando adquirió su blasón actual: un caballo blanco sobre un fondo negro.
El White Horse es hoy en día el bar donde todos los nadadores del Estrecho de
Dover recalan los días anteriores a su travesía, es el pub donde comen fish and
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chips, salchichas con mushy peas y refrescan sus gargantas con cidras y ales que
recuerdan a aquellos viajeros del siglo XVII que hacían lo mismo pero sin in-
tenciones de remojar sus testículos en aguas heladas. Webb seguramente comió
y bebió en este lugar.
Los días previos a mi nado comí y cené en el White Horse. Probé casi todo el
menú, con excepción del kidney pie porque olía a una empanada de orines. Charlé
con todos los nadadores que entusiasmados con la proeza del primer nadador
pensaban salir el mismo 24 de agosto. Cuando conversé con ellos les aclaré que
odiaba la natación, porque me parece un deporte absurdo y sin sentido. Insistí
en que yo estaba ahí por una novela que iba a escribir. Les aclaré que después
de esto nunca volvería a nadar en aguas abiertas. Mi proeza sería una primera y
última vez. Todos me cuestionaron, ya en confianza me llamaron de todo pero
yo estaba seguro de lo mío: esto lo hacía por la literatura no por la natación, no
por el deporte. Nunca por el deporte. Los días en el pub fueron muy instructi-
vos. Escuché a los que han cruzado más de una vez el canal, aprendí historias
sobre todos los fracasos y algunas muertes y por último cumplí con una de las
tradiciones obligatorias de Dover, del White Horse: firmé la pared, como todos
los nadadores antes de partir; sellé al viento mi promesa de volver a escribir en
ella al regreso de Francia. “Esta noche debes dormir bien y pensar qué es una
marsopa”, se despidió de mí el más viejo del bar.

Bitácora del 24 de agosto


07:00 Me despierto, no reconozco el cuarto. Bajo los pies de la cama y piso
mis goggles. No hay marcha atrás, esto ya está firmado en mis deseos.
¿Servirá de algo darme un baño?
08:00 Decidí no bañarme, tendré más de medio día de agua salada circu-
lando por mi piel y no lo creo oportuno. Luis preparó el desayuno:
pasta con grasa de ganso, no sabe mal, más bien no sé si sabe mal, los
nervios tienen secuestradas mis papilas.
09:00 Salimos en un bus hacía Shakespeare Beach. Primero paro en el Whi-
te Horse y firmo en la pared como dicta la costumbre, junto a mi
rúbrica anoto un mensaje: “Ya me voy, nos vemos al rato, ¿alguien
quiere una baguette?”
76

09:32 Luis comienza a untarme la grasa de marsopa. Cuando los otros na-
dadores preguntan, mentimos: “grasa de ganso checo, por eso la tex-
tura es distinta, allá los gansos pasan más frío y comen lúpulo, por
eso la grasa no parece la misma”. Tengo todas las articulaciones muy
engrasadas. En el resto del cuerpo solo una leve capa que me prote-
gerá del frío. Dicen que llevar manteca en el cuerpo no protege de
nada pero si Matthew Webb portó cebo yo lo haré.
10:20 Verifico los goggles, el ridículo traje de baño y al juez con su cara
de inglés rancio. Lo más importante: me aseguro que mi alma y mi
mente están listas para nadar, para escribir una novela. A partir de
las 10:41 seré el nuevo Matthew Webb. A partir de las 10:41seré mi
novela.
10:40 El juez me indica que puedo partir. Doy unos pasos y me detengo,
pregunto la hora y dejo que se consuman los cuarenta segundos res-
tantes, tengo cuidado de que mis pies no toquen el agua.
10:41 Siento la gélida agua y recuerdo cuánto odio nadar.
11:00 Escucho las indicaciones de Luis desde el bote. No entiendo nada.
Todavía no decido en qué ocupar mi mente, cómo matar el tiempo.
Recuerdo mi odio por nadar.
12:00 Ha pasado una hora. Todo va bien. No estoy muerto, no tengo el
hígado congelado, tampoco estoy muriendo de inanición. De todos
modos como, me meto a la boca la mezcla de cebo de ganso y plátano
que preparó Luis, no puedo decir a qué sabe, mis papilas están pen-
sando en un caldo de pollo, en un gran tazón de caldo frente a mí, y
en una gran cuchara. Una cuchara tan grande que no le veo fondo.
13:00 Dos horas y media y todavía veo a los niños correr por Shakespeare
Beach. No entiendo nada. Más bien solo entiendo de frío y hambre.
Como. Bebo un líquido tan azucarado que alegraría a cualquier mos-
ca. Sigo nadando.
13:30 Brazada, brazada, los pies rectos. El sol contrasta con el frío de mis
orejas.
14:00 Como y bebo, lo hago en automático, no sé lo que bebo, no importa
lo que como.
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14:01 Reanudo la marcha: brazo, agua, brazo. Escucho una voz: “vamos,
ya vas por las cuatro horas”. Me río mentalmente: mis labios están
sometidos al hielo.
14:37 ¿A quién le ofreceré la novela? Brazo, agua, brazo. No creo que inte-
rese mucho, pero alguien podrá leerla y decir: “es medio mala aunque
la historia de cómo se escribió vale la pena”. Brazo, agua.
15:00 Como, degluto más bien. Luis me indica que no voy ni a la mitad, casi
cinco horas y no voy a la mitad. “Resiste” me dice, “cheer up” comenta
el juez. Se me congelan los pies. No me quejo. Nado con las manos
y después de quince brazadas los pies responden. No quiero pensar
lo que falta, sólo pienso en lo que ya recorrí. En las páginas que ya
escribí.
15:23 Una medusa me ha tocado la pierna. Duele, duele tanto que el frío se
ha convertido en una brisa de agua templada. Pido brandy, Luis me
muestra un medicamento, pero yo ordeno que me pongan brandy,
como lo hizo Webb cuando una agresiva medusa quemó su pierna. El
dolor sigue, el mar no se termina, llamar estrecho a algo tan ancho
es una pendejada.
16:00 Como, escucho, bebo, reanudo.
16:45 Estoy seguro que será un gran texto, una novela realista. Brazo,
agua, dolor, dolor, dolor, dolor…
17:00 Como, escucho, bebo. Mi mente duerme, mis músculos gritan, las
medusas se ríen de mí.
17:17 ¿Qué hago en esta agua fría y extranjera?
18:00 Más comida, vomito un poco y hay peces que salen a comer los des-
perdicios. Luis escribe, no comprende, pero escribe.
18:30 Mente en blanco, como sonámbulo del pensamiento lanzo los brazos
al frente y acarreo agua.
19:45 No recuerdo si me dijeron que ya pasé la mitad o que estoy en la mi-
tad o si estoy partido por la mitad.
20:00 Recién me doy cuenta que es casi de noche, ¿o es de noche?
Como, bebo, dicto.
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20:32 Las luces de los barcos son mis guías, nada más, mi mente me deja
por momentos y son las luces las que me acompañan.
21:00 La noche es cerrada, las mareas me han arrastrado por dos horas,
dice Luis. “Un esprint de tres horas para poder pasar la marea”, anota
Luis. Él calla y anota.
22:41 Sigo pensado que nadar es un deporte idiota.
23:00 Sin comer y sin beber sigo nadando, no me detengo, tengo que salir
de esta contracorriente.
23:35 Desde el barco me gritan, me detengo, Luis me dice que apenas he
avanzado unos metros, pero ya salí de la corriente. Como, bebo, dicto.
Lloro un poco.
24:00 Estoy a pocos kilómetros. Webb tardó casi 22 horas, yo lo haré en
menos pero llegaré el mismo día, el 25.
24:40 Como, pienso, lloro. Mi piel está cocida por la sal, mi mente sedada
por el frío, no creo lograrlo. Las luces me invitan a seguir, el sentido
común me tiene pensando en una cama. En una gran cama con tres
almohadas.

Bitácora del 25 de agosto. Día de llegada


01:00 Grita Luis que es menos de un kilómetro lo que falta, le pido que lo
anote.
Como.
Bebo.
Pienso.
Brazo, agua, brazo. Brazo, agua, brazo.
1:30 Recuerdo la novela, ¿cuál novela? Nado, nado, nado, nado, nado. Veo
luz.
2:00 Nado, nado, nado, brazo, luz, brazo, luz.
2:34 Arrêtez, les pierres casseront votre tête! No sé francés pero entiendo de
gritos.
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2:36 Pido ayuda, me dicen que no es posible: “Debes subir tú solo” anota
Luis, no lo grites. No sé si las palabras salieron de mi boca pero lo
pensé muy fuerte.
2:39 Termino de subir las rocas. Me reciben con silbatos marinos, luces
y gritos en tres idiomas, al juez le da igual que haya llegado, ve esto
todos los días, todo el día.
2:40 Regresamos a Dover. Duermo, duermo, duermo, duermo, no más
brazos y luces, no más brazos y agua, no más cebo de ganso y gritos
sobre piedras y peces. Anota Luis, anota.

Mis dientes están cansados. Durante dos horas sonaron como pájaros carpinte-
ros y el agua caliente resbala por la grasa y me esperan papeles y más papeles
para volver oficial mi hazaña. No veo nada, no escucho nada, todo son espuma-
rajos de agua marina por mi mente. Ponen comida en mi boca, suero en mi vena,
mantas en mi cuerpo. Yo solo veo espuma. Por un momento mi cabeza se llena
de medusas y el recuerdo sigue siendo una leve deformidad en mi piel.
Bebo, como y adolezco. No tengo fuerzas para pensar en nada. No recuerdo mi
novela ni a Webb ni lo mucho que odio nadar. Luces, medusas, hambre y frío;
cubos de hielo golpeando todo mi cuerpo, azotándolo con gélidos recuerdos.
Vuelvo a soñar con un caldo de pollo, esta vez es una marmita gigante. Mien-
tras como me siento nadar en la gran olla y sueño con escribir una novela sobre
la primera vez que se hizo un pollo en caldo. Duermo, duermo, duermo: en un
momento de dolor desperté.

Han pasado doce horas y mi recuperación del mar comienza a devolverme a la


realidad. Perdí quince kilos en la batalla contra el mar y las 50,000 calorías que-
madas destrozaron toda la posibilidad de tener ánimos por muchas horas. En la
cama de hotel pienso y sueño por momentos en un viento que cruza el estrecho
erosionando los blancos acantilados de Dover. Pienso en la novela, en Webb, en
mi carne cocida por la sal marina, en mis testículos congelados de miedo, en mi
cara ausente, en las grietas de mis axilas. Pienso en la novela, en las trecientas
páginas que escribiré sobre el Canal de la Mancha, en quién la leerá, en dónde la
reseñarán. Pienso en muchas cosas, menos en ponerme de pie, tampoco pensaba
en nadar, nadar es estúpido, nunca nadie debe pensar en nadar.
80

Luis afirma que mis sueños y alucinaciones duraron horas. Hablé de pollo y
peces, de hielos y espumas, de ganas de llorar y sentimientos de morir, eso dice
Luis y seguro es verdad, pero lo que me cuenta no podrá ser nunca una novela.
Hablar de pollos y peces es lo menos literario del mundo. Es lo más elemental.
Yo estoy seguro que soñé con los blancos acantilados de Dover y eso me basta.

Una vez recuperado decidí salir de casa, me calcé los zapatos y cubrí mi cuerpo
con tantas prendas como pude. Luis estaba preocupado. Fue firme al adver-
tirme sobre salir de la casa: “estás débil, no hay prisa”. Él no tenía prisa, yo sí.
Caminando por la calle fui cogiendo fuerzas, era como si el viento transportara
ánimos a mis músculos. Fueron cien o doscientos metros, no recuerdo bien, pero
llegué al White Horse y comencé a buscar mi recado del día en que cruce el
estrecho. Lo localicé al lado de Matías N., debajo de July Ors. Mi recado estaba
impoluto, con caligrafía perfecta. No traje baguettes para nadie, pensé, pero sí
traje una novela conmigo, con mis brazos, con mi piel, con Webb. Rubriqué con
orgullo, no con mi firma, lo hice con mi nombre completo: Gerardo Argüelles.
81
Octavio Guerrero

San Luis Potosí, 1996. Estudiante de la carrera de Lengua y Literatura Hispano-


americanas en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Ha publicado cuen-
tos, crónicas y ensayos en distintas revistas de México, Colombia y Estados Uni-
dos. Desde el 2016, es corrector y colaborador de La Cripta Pulp Magazine (Tepic,
Nayarit). Actualmente, estudia en Granada, España. Escribe y vive en el Albayzín,
un barrio multicultural lleno de callejas, grafitis y perros. Su más reciente colabo-
ración fue para el CEART, en el dossier 10 años, 10 cuentos.
82 Burley

C uando llegué a Burley, Idaho, tenía sólo veintiocho años, una esposa joven y
hermosa: mexicana como ya casi no hay. También traía quinientos dólares,
me servirían para poder pagar la renta de un mes en lo que encontraba dónde
talachar. Ese billete me hacía sentirme no tan vacío, porque cuando uno ya lleva
rato viviendo aquí, la vida se vuelve rutinaria, trabajosa, matada; no sé bien ni
cómo, si casi nunca nos falta trabajo, y como dicen en mi rancho: “si uno está
triste hay que talachar”.
Conocí a “Don Scott” —así le dicen los paisas- afuera de una tienda de a dólar.
Escuché su troca, no arrancaba y como pude le hice entender en inglés: “yo le
puedo ayudar”. Rápidamente me asomé al cofre y mis manos se llenaron de
aceite. Apreté rápidamente una bovina de la troca y ésta arrancó al llavazo.
El viejo me tendió la mano y me dio cincuenta dólares. Los acepté. Mi esposa
tendría hambre pronto y mi futuro hijo también. Me preguntó si estaba jalando,
contesté que no. Él se palpó los bolsillos del pantalón y segundos después abrió
la puerta de su camioneta, un sonido indicando una puerta abierta y el olor a
asientos de piel le daban a uno ganas de superarse. El viejito de tenis blancos me
extendió un pedazo de papel diciendo que lo llamara más tarde. Sabía mecánica
porque aprendí en el taller de mi padrino, un viejillo que vende droga allá en
Baja Califas, y bien listo, si te lleva a un restaurant a comer: dice que pidas soda,
fries y todo lo que tú quieras. Cuando toca pagar se va al baño y se queda ahí un
buen rato. Regresa cuando le calcula que has pagado y se ríe, aunque el vato la
mera verdad tiene lana, pinche viejillo. A mí me dijo: “esto se baila así, por si le
gustas entrar”. No me gustó dividir mi tiempo en repartir loquera en una vespa y
afinar Tsurus de taxistas. Me vine a la YUESÉI, y cuando empecé a ganar billete
en California, poniendo piso en mansiones de lujo a la orilla de Long Beach, de-
cidí simplemente mudarme, escapar: manejé y manejé hasta creer que ya había
llegado al límite de este país. Ahora estoy en Idaho, pegado a Canadá, pero no
me quejo, uno nunca sabe dónde va a terminar por ser mojado y mientras haya
jale no hay que estar tristes ni agachados.
A la mañana siguiente ya estaba trepado arriba en una F-250 de diésel, hasta
con traila remolcada en la troca. Mi tarea era easy, my friend, decía Don Scott
83

con sus dientes blancos como sus tenis. Yo me encargaría de chequear las vacas
enfermas en el establo, todo ésto junto a otros paisanos, casi todos sombrerudos
de Sinaloa que ahora están aquí, en Idaho. Lejos de los quioscos y las plazas
que de niños los vieron jugar beisbol, pero luego éstos se transformaron en
construcciones, campos y cocinas de restaurantes y los infantes en trabajadores.
Chequear las vacas era sencillo, simplemente había que mirar si no sangraban,
especialmente de las ubres. También poner atención en las preñadas, si la vaca
se muere los becerros también, y si se petatea el ganado nos morimos nosotros
de hambre.
Los paisanos de Sinaloa se la llevaban easy, algunos se acostaban dos o tres ho-
ras en el suelo y recargaban sus cuerpos corriosos vestidos de franela en la paja.
Bajaban el ala de su sombrero y se cubrían el rostro. Otro se quedaba echando
aguas por si venía alguien, y eso era nunca. Yo no me dormía ni descansaba, lo
segundo nomás pa’ comer, tampoco bajaba el ala de mi sombrero. Me gustaba
trabajar y ganarme cada dólar… esperar a el que como dice mi mujer: “ya viene
en camino”.
Al poco tiempo comenzaron las envidias de mis propios paisanos, los de Sinaloa.
Ya no me volteaban a ver, pero a veces todavía me invitaban un taco cuando
traían e igual yo: el dinero no se comparte acá pero la comida sí. El caso es que
yo no me dormía y siempre presentaba mi jale en tiempo y forma, como nos
indicaba el patrón. Éste comenzó a pagarme tres mil dólares al mes, también me
dejó quedarme en una de sus casas con mi esposa, y hasta utilizar la camioneta
del trabajo como propia. Igual sábados y domingos, días en los que descansaba.
Don Scott nunca nos traía a raya en el trabajo, nosotros podíamos hacer y des-
hacer si queríamos, pero como no se vive en el país de uno; hay que portarse
bien. Los únicos días donde nos poníamos más al tiro eran los fines de mes, ya
que Lucas, el hijo de Don Scott venía de la universidad a ver cómo iba el jale y
a visitar a sus papás: los viejitos de tenis blancos. Lucas traía siempre un Jeep
color rojo. A veces yo le cambiaba el aceite, le daba servicio y hasta le reparaba
los frenos. Había empezado a arreglar los carros del patrón y de los de Sinaloa.
No les cobraba caro, como ellos dicen: soy baratero y de confianza.
Una noche se me hizo tarde en la granja, pero Don Scott era justo y pagaba por
lo que muchos ilegales pelean pero casi nunca ganan: las horas extra. Terminé
de limpiar la traila y de recoger a las vacas del veterinario: ninguna muerta y las
demás ya habían sido inyectadas y desparasitadas. Nacerían algunos becerros,
84

y si me iba bien, me darían un bono o saldría alguna troca para arreglar y sa-
car una feria extra, porque siempre me recordaba mi mujer: “aquél ya viene en
camino”. Manejaba para la casa siempre al millaje señalado en la carretera; cua-
renta y cinco millas por hora. Llevo once años en los states pero no sé ni cuánto
vale una milla o un kilómetro. Ni la primaria acabé. Mi papá juró y perjuró que
acá me iría mal, pero yo quisiera que me mirara ahora: troca de diésel, tres mil
dólares al mes y hasta mujer bonita. Cuando nazca mi hijo en una de ésas voy a
mandar por él.
Todos los días, a las 6 de la tarde, la ciudad se vacía. Los trabajadores del con-
dado, en su mayoría hispanos, debemos pararnos pa’ jalar al día siguiente, igual
mañana y pasado; hasta que la vida de wetback1 nos deje seguir con esta locura
ambiciosa. Tras una máquina de volteo o con una pala haciendo hoyos pa’ los
sprinklers, da igual, de cualquier forma le entra uno al jale. Luego dicen que el tal
Trompas nos quiere sacar. “Que el futuro del mojado está en Canadá”. Según,
allá uno tiene permiso de trabajo y se vive re bien. Otros dicen que nieva casi
todo el año, pero yo les digo: “cuando eso pase alguien deberá quitar la nieve
de las aceras”. Luego pienso, me la voy a rifar y aquí mero me voy a quedar, en
Idaho. Uno se acostumbra a ganar de los purititos verdes. Yo manejaba siempre
con una licencia conseguida del patrón, todo legal, nada chueco. Trataba de no
dar problemas, porque acá, si te tuercen patón luego luego te dan bajón. Ya de
regreso a casa, para ver a mi mujer, el reflejo de las luces azules y rojas apareció
en el retrovisor.
—Can I see your license, sir?
—Yes, officer.
—“Immigrant with permission to drive in Cassia and Minidoka county”.
—Yes, sir.
Como creyendo que su placa y sus dientes blancos iguales a los de Don Scott
le daban derecho, comenzó a romper mi licencia con una navaja que traía en
el cinturón de policía. Me señaló una luz de la traila que estaba fundida, ésta
iluminaba la mitad de la placa. Gracias a una lucecita yo me acababa de quedar
sin licencia.
—See you soon, Pablo, very very soon…

_______
1. Traducción en inglés de espalda mojada (mojado).
85

El gabacho me entregó el ticket. Mil quinientos dólares. Ya ni pedo, es mejor


pagar. No como allá, en el país de uno; donde a veces hasta por trescientos varos
se libra una situación. Al día siguiente pagué el ticket en las oficinas y me fui di-
rectito a jalar. No me esperaba que al otro día, al salir de mi casa en la mañana, la
policía del condado y hasta el sheriff me esperaran en la puerta de mi casa. Con
el dolor de mi corazón dejé sola a mi mujer. Don Scott fue por mí cuando cumplí
la sentencia. Cuando salí de la celda, el gabacho celador del área donde yo estaba
me llamó taco eater y se empezó a reír, algo me decía que no sería la última vez.
Según la policía, me habían encerrado por evadir el juicio gracias a la infracción
de la luz, y encima de eso, también me atribuían el andar manejando sin licencia.
La mera verdad yo no sabía de ningún juicio, a mí sólo me dieron a entender el
pago, al menos esa historia le conté a Edwin, un guatemalita que compartía celda
conmigo, su delito había sido chocar bajo los efectos del alcohol. Ésa sí que aquí
no te la perdonan, ni siquiera a Edwin. De seguro ya va en camino a ver a su
señora y a sus hijos, pero uno noche antes de salir me confesó que él ya no se
sentía “ni de aquí ni de allá” y si por él fuera, mejor se moría antes de regresar.
Llegó febrero y los días empezaron a ponerse cada vez más grises en Idaho, y
yo, cada vez más desesperado. Todos los días trataba de evitar los retenes de la
policía en la ciudad justo a las cinco de la tarde, la hora de salida pal’ hispano
y para algún gringo que todavía le hace a esto de la clase trabajadora. Me ato-
raban siempre por lo mismo, no license, una, dos o tres noches preso. Ya hasta
tenían mi nombre y foto por haber caído varias veces. Una cosa era cierta, yo
me había movido de California pensando: “entre más al norte más seguras las
cosas”, pero me equivoqué y la ley se estaba poniendo cada día más dura. Ya de
última llamé a un abogado, de espectacular en la carretera:

ESQUIVEL LAW FIRM


Bufete de abogados
Ofrecemos servicios de
inmigración, accidentes
laborales, bancarrota, bienes
raíces, corporaciones,
ligitaciones, reparación de
86

El abogado pasó a verme a la casa, porque yo de plano, por el miedo ya no quería


salir, nomás lo hacía pa’ trabajar. Le expliqué el caso a lujo de detalle, el cómo
había sucedió todo lo de la licencia y la puta luz. Él me miraba con las manos en
el mentón mientras la hojarasca se arremolinaba en el garaje. Me explicó y mi
caso era puro racismo. Todavía con los puños en el mentón me dijo la verdad:
iba a tener que irme, si volvían a agarrarme, ahora sí, derechito como un mes al
bote gringo y con un boleto clase económica para regresar a México. El abo-
gado se portó buena gente y no me cobró, y aunque de nombre gabacho pero
apellido latino me empezaba a caer bien. Cuando se fue de la sala dejó un papel
sobre la mesa: Wichita Falls, Kansas.
Cuando amaneció me fui a jalar sin contarle nada a mi mujer. Después de ex-
plicarle todo a Don Scott tendría mi cheque y chance hasta una liquidación. Le
diría todo a ella; coge tus chivas y vámonos. Bajé a las últimas vacas de la traila y
cuando cerré el candado supe que nunca más me iba a ensuciar las botas en esta
ciudad. El patrón se portó mejor de lo esperado, me regaló la troca con todo;
título clean y dos mil dólares de liquidación. Salí de la granja apresurado y con
los ojos bien abiertos por si miraba algún retén. Nada. Stops, exits, gas stations
de la Parkers, freeways, miles and miles of land, nada más. Cuando llegué a la casa
vi a Tere, la de la limpieza, porque cuando nos iba más o menos bien, hasta una
señora contratamos para limpiar la casa. Rápidamente me dijo —con la voz de
una señora gritona— que mi mujer había dicho: “mi esposo te pagará lo de hoy
sin falta”. Le pregunté dónde estaba mi mujer. No quiso hablar. Le pasé un bille-
te de cien dólares y hasta sonrió. Dijo que mi mujer se había ido con un gabacho
güero y alto en un Jeep rojo. Hasta con todo y maletas. Hija de su puta madre,
pensé; la lana. Entré rápido a la casa y el chirock2 de la pared estaba roto y aden-
tro sólo quinientos dólares. Salí de la casa, me trepé a la troca y Tere me pidió
raite, le grité que con el cambio de los cien se fuera a chingar a su madre. Crucé
sin mirar stops y en la primer exit escapé de la ciudad. Wichita Falls, Kansas.
Apreté con fuerza dos veces la tecla verde en mi celular mientras manejaba. Your
call cannot be completed as dialed. Please check the number and dial again… Excedí el
millaje por primera vez y mi troca rugió de cabo a rabo, luego grité por el telé-
fono: ¿Por qué no te mueres, foquin bich, y te llevas a ese becerro entre las patas?
_______
2. Traducción en spanglish de tabla-roca, con la que generalmente están construidas las paredes
de las casas en EUA.
87
Alejandro Tarrab

Ciudad de México, 1972. Es autor de los libros: Siete Cantáridas (2001); Centau-
ros (2001); Litane (2006); Degenerativa (Premio Nacional de Literatura Gilberto
Owen, 2009); Caída del búfalo sin nombre. Ensayo sobre el suicidio (2015), y Ensa-
yos malogrados. Resabios sobre la muerte voluntaria (2016). Parte de su obra ha
sido traducida al inglés, al portugués, al francés, al checo y al serbio.
88 Poemas

LO QUE TE DIGO SE DESHACE EN EL AIRE

Lo que te digo se deshace en el aire.


Esto que te digo, escúchame bien, se enciende, se deshace en el aire.
No palidece y cae para estrecharse entre las ramas y las brozas
y los restos de una naturaleza ya caída,
se pica y se impacienta,
se enciende e incinera antes de llegar.
Su destino. Esto que te digo,
no es sublime, sino etéreamente irreconocible.
Llega a tus oídos (pavesa, reliquia del carbón), porque lo que se alza y se arroja
[tiene que llegar,
tocar algún punto en su impaciencia.
Aunque lo hace —rebasa, quiere meterse— como algo ya crispado,
ya molido en su agitación y su prisa.

De ser algo, esto que te digo, sería la neblina implacable de ese paisaje al pie
[del Lago.
Un lago que, tras la vehemencia, descansa en sus heridas
un lago que no vi, pero que me mostraste como una imagen distante y blanca:
aquí estuve sin ti. Éramos algo.

Antes de decir, lo que te digo, antes de rayarse en el aire,


las palabras si acaso serían eso: eclipses,
paisajes de nada que aparecen de pronto y vuelven a romperse.
Ciudades derruidas, almas derruidas, consumiéndose en el aire.
Pero lo que se alza y quiere penetrar nació para perderse:
la palabra escucha, imperativa y perniciosa, la misma palabra protectora,
con su bardo de maldición, la palabra sorda, auscultando los ritmos lentos,
las palabras remanso de las palabras se queman y se acaban en el aire.
Estas almas, estos seres convulsos que en algún momento fueron visos,
89

señales de orientación para las civilizaciones farsantes


hoy crecen y se escuecen en la boca.
Yo las digo con una maldición. Yo las digo
para verlas romperse y llegar a su destino incierto ya perdidas.
Con un olor de inmisericordia en el aire. Esto que digo
se deshace, se pierde como los emporios y las almas en su clamor contrario:
la neblina de una embocadura. Esto,
mi resabio negro todavía encendido, mi asolada y tonante, envilecida.

[de Maremágnum]

TRATADO ÍNTIMO DE ALQUIMIA EN QUE SE IMPONE


UN NACIMIENTO

En lo que impone, la alquimia. El milagro de sus coces


levantando la bruma, el nigredo, el cejo de la bruma.

Yo soy el palacio, aunque te ocultes.


Alguien dijo: si tiene algo valioso, alguien en algún momento
sintió la ira, el arrebato. Y tú sabes la pregunta:
¿Y la desgracia y la vergüenza y la exaltación?,
¿la zona incontrolable de llegar al día
33 es una víspera en que estamos solos?

En lo que impone, subir, sentir las marejadas,


los enjambres que trastornan al hombre como yo,
como a mí. No irás a lado alguno, sentirás, al contrario
a contrapelo, el ansia del animal salvaje,
electrizado en contra por tu acto.

—Yo estuve ahí en la deformación


del habla. Ba
bla ya.
90

—No lo creo.
—Ya.
—Ya.

En mi sueño más hondo saludaba a una jefa antigua,


la misma que golpeó sus dientes contra los míos.
Era un prostíbulo oculto de la zona, a la vez reconocido.
Ahora nos saludamos de paso en la ciudad, hacia la bruma.

Sentir las ganas de entregarse. Un hombre como yo,


como a mí, electrizado, en lo que impone,
sin lenguaje, con un golpe entre los dientes.

—Bla ba
ya
—¿Pateamos así, en la desgracia?, ¿y la vergüenza?,
¿estamos solos?

Los caballos corrían mal esa carrera.


¿O eran los jockeys con sus nombres pesados Pequeño Juan,
Alquimia el Salvaje, Diente de Oro José Santos, Solo
el Jacinto Fallecido?
Esta tierra no conoció el oro ni la bruma.
Con sus coces los caballos levantan la corriente.
Es el polvo, el puro polvo transformado, electrificado,
maldecido en diminutos granos, partículas que vuelan,
revolotean, a veces brillan.

[de Maremágnum]
91

CON LA VOZ. TERCERA VARIACIÓN

En su estructura guardamos nichos. Paredes de cal. Oramos durante largo


tiempo. Por la aventura suprema, por las grandes ciudades del gran mundo,
oramos. Aleteos de nuestro espíritu. Después vino el ruego. Minamos los abis-
mos de las carreteras. Largas parvas de moscas desde las cercanías. Un cadáver
en la pescadería, un cadáver para el aleteo blanco. Hacia las maquiladoras, hacia
el abismo de las sepulturas,

se extiende este reducto.

***

Entre un paso y otra zona de las fallas sísmicas

se abren puentes en llamas; supercarreteras que conectan los hipermercados del


mundo. Oblicuas extensiones alcanzan la luz rauda. El fin de un ciclo de edifi-
caciones, el comienzo de otra cercanía. Al borde salvaje de los puentes, junto a
una larga vía de hierro para trenes,

recuerdo la potencia de la voz.

***

(Deshicieron su voz ante el sonido)

Ruega. Concédenos ojos ante la noche.


Nuestra plegaria como una alarma. Ruega.

Turba nuestras tercas voluntades con dolor.

***
92

Cada iris roto de lo que no tenemos,


desunido, está alineado. Frente a los basamentos, viejos teatros, edificios municipales,
traban sus cornamentas.
93
Juana Adcock

México, 1982. Es poeta y traductora. Su trabajo ha aparecido en publicaciones


como Magma Poetry, Shearsman, Asymptote and Words Without Borders, entre
otras. Su primer libro, Manca (Tierra Adentro, 2014), explora la anatomía de la
violencia en México y fue nombrado por el distinguido crítico de Reforma Sergio
González Rodríguez como uno de los mejores libros de poesía publicados ese
año. En 2016 fue nombrada una de las ‘Diez Nuevas Voces de Europa’ por la or-
ganización Literature Across Frontiers. Radica en Glasgow, Escocia.
94 Poemas

DEL AMOR Y LAS LENGUAS A PUNTO DE MORIR

En nuestras rotas lenguas madres,


en nuestro inglés llano,
en nuestro cuarto rentado,
en nuestro país extranjero,
con nuestros amigos migrantes,
poco a poco construimos
un vocabulario conocido sólo por nosotros.

Por ejemplo:

kamilo, derivado de mi palabra para caminar y tu palabra para camello,


significaba ‘el camino elegido a través del desierto’

pardo, eran ‘los puntos de luz que se queman en la retina después de


mirar al sol’, también ‘atardecer’, o ‘gato güero’

pero kamilopardo era: ‘lindo’ o, ‘hay que hacer hijos’

thalassa, de tu palabra para denominar el mar y mi palabra para talar


árboles, era una palabra usada para significar ‘duele en la boca del
estómago’, o ‘entiendo’, o ‘lo amamos porque es inasible, como la
punta del arcoíris, o el color azul de la distancia’

Desarrollamos nuestra propia sintaxis.


El presente continuo siempre se estaba perdiendo.
Los artículos se obviaban.
Los sueños era algo que se veía, en lugar de algo que se soñaba.
No había objeto indirecto.
El futuro era un acto de pureza de voluntad. Por ejemplo:
95

shlixá, la palabra ‘discúlpame’, se utilizaba para significar ‘¿tienes quizá


un cigarro?’, el ‘quizá’ era un importante marcador de cortesía, como
cuando el gobierno te llama por teléfono para decirte que tu casa será
demolida dentro de 10 minutos en lugar de tomarte por sorpresa.

También habían cosas que nunca debían mencionarse:

la palabra ‘amargura’
o la palabra ‘perdón’ ante una crítica.

***

Un día me tuve que ir. Me llamaron del trabajo, al servicio militar, o a


atender a la muerte de mi abuelo.

Tú te tuviste que quedar. Terminar tu libro, o los estudios, o hacer té


de cúrcuma para tu madre.

Al otro lado del océano, dejé que el sol me perforara los ojos con sus
agujas, dándole instrucciones a cada músculo de mi cara para que no
se contrajeran.

Pensé en un hilo de seda, que unía mi lagrimal con el tuyo. Le puse al


hilo pardo, y canté canciones junto al lecho de muerte de mi abuelo.
‘Esto es a lo que vine para’, me dije. Para era una nueva preposición
que significaba tanto ‘desde’ como ‘hacia’, en términos de origen y
destino. Tenía la ventaja adicional de que, para ti, la palabra para
significaba tanto ‘junto a’, como ‘más allá de’, como la manera en que
la gente se queda junta en las buenas y en las malas.

Todas las noches me dormía repitiendo la palabra thalassa con cada


exhalación, como una ola estampándose en el acantilado donde estaba
96

encaramada tu casa. Pensé que esto te ayudaba a dormir.

Luego me escribiste una carta diciendo que llevabas meses sin poder
pegar ojo. Que las olas exaltaban tus sentidos

PUERTAS QUE ABIERTAS HACIA ADENTRO ARDEN

Qué bendita dicha la de poder cerrar los ojos y ver alguien


cerrar los ojos

Que su antebrazo sienta las gotas y casi


antes de preguntar qué pasa se desmenuce su garganta en el suelo

Y qué bendita llave la que abría todas las puertas, la que


una tela humilde cruzábanos sus nudillos como manos en rezo
unos nudos temblorosos que se trenzaban en fardos, unos talones
¿quieres desnudar todos mis nudos? ¿abrir todas mis puertas?
sí, quiero abrir las puertas en tu pie: beso, las puertas en la uña de tu dedo
gordo: beso, las puertas en tu astrágalo: beso, las puertas en tu sóleo: beso, las
puertas en tu sartorio: beso, las puertas en tu pectíneo: beso, las puertas en tu
hipocondrio: beso, las puertas en tu región del vacío, etcétera

Ayer vi los párpados volando hechos pedazos


los sitios salobres donde nos andábamos llorando
los huecos desanclados, desarraigados
el delgado canto que en la mañana nos alzaba

esa madre que no tengo, el huevo


detrás de mi cuello donde el hueco es el huevo es el hueco donde se gesta
el principio donde nace, esa sangre que se espesa, que se dispersa, que nos
amarra

La neta: este piquete de avispa es mi única pertenencia, esa agua que se hacina
detrás de las puertas en mi cara
97

DESDE QUE YA NO LE ENTRAS AL NEGOCIO ERES OTRO

Eres otro, completamente, te cambiaron los ojos


te los sacaron del casco, babita y pulida de manzana
te derritieron el entrecejo, te pasteurizaron y te hicieron bondadoso
pachoncito osito Bimbo, se te borraron las hileras de latas
las piedras, las cacas de perico

Ahora eres de mundo, con contrato


sin tirarle arañazos a la pared mientras duermes, contentillo.
Flores lácteas donde ya no estoy, pezones de abundancia.
En lugar de lenguarte la traba, te chorrea luz de las orejas. En lugar
de menguarte la aldaba o cortarte la fama, llegaste con tu perro y fue como
una fiesta,

todos nos alegramos, tu barriga de buda tambaleante, tu sonrisa. Mi corazón


se hinchó, todo el cuarto latía de certidumbre, la casa se ladeó sobre la ola, las
ventanas se envidriaron, los libreros —cuidando de no tirar sus libros— se
inclinaron para saludarte, el bóiler llameó y hasta las julietas se quitaron el
sombrero en reverencia. Me sonreíste y cantureé un hello como un canario en
busca de su amo

Llegaste con tu perro y fue como una fiesta, pero no pude santiguarme,
sahumarte, saludarte, no pude moverme, mis dedos anclados al teclado te
clarearon los rayos que chorreaban ora también de tu panza. Tú eres como yo
y lo has logrado, cómo te explico cúanto te admiro, qué es lo que me dijeron
tus gotas de aguas coloridas colgadas de cuerdas, de acentos españolados, como
quien feliz de dejarse morir se tira al río, como quien feliz de haber vivido sigue
muriendo, incansablemente
98

CRÓNICA POTOSINA

Habíamos ignorado a un muchacho


con ojos de barranco.
Nos habíamos balanceado en la orilla clara: esa era
la forma última de hacer, que es morir.

Cómo por los pasillos andábamos diciendo “no sé


quién soy, de dónde vengo, a dónde voy”
con la voz posada en la orilla de la nariz,
atorándose en las fosas.

Nos pidieron cavar nuestras propias tumbas.


Nos tenían cavando.
Nos orinaron encima, nos prendieron fuego.
Ni siquiera se molestaron en quemarnos por completo.

¿Cómo se disuelve un cuerpo?


¿Cómo, por los cerros,
andábamos buscando?

Quiero encontrar todo lo inédito.


Qué ha vivido el corazón de un hombre
para ser capaz de esto.
Qué ha vivido el corazón de un hombre
después de las barbaries cometidas.

Cómo arranca un trozo de tortilla


para pizcar un poco de frijol,
con qué gusto se lo mete a la boca,
y aspira por la /iːʂ/ de lo picante,
o lo doloroso.

Quiero meterme en su corazón de paja.


Bailar banda en la angostura de la mesa.
Amarlo.
99

THE OVERBURDEN

Desde arriba observábamos cómo desollaban la tierra


sus músculos pulsátiles bajo el topsoil
topskin abultado bajo la herramienta raspadora

Habíamos amado su belleza como las líneas


alrededor de la sonrisa de nuestra madre

Le pusimos the overburden

y en marcha desparejados indexamos ganancias


y nos invitamos a caminar en alfombrarroja sangre
subiendo las escaleras entre éxitos centellantes

“el material de la superficie que recubre el depósito valioso”

porque todo se nos acaba, hay que robarnos mas


porque nos enseñaron a ser injustos
porque la ley del dinero es mas grande
porque

es invierno ahora y la tierra se deshiela


erigimos barreras de ramas secas como los paganos
el agua es arrastrada hasta aquí en carretillas

y las montañas desgarradas


vuelven a cerrarse alrededor del metal

poner el cuerpo entre los engranes de la máquina


escarbar en el cuerpo por los depósitos valiosos
abrir el cuerpo
hacer una incisión triangular en el cuerpo

y dejar a las montañas rotas


100

cerrarse alrededor del metal

cruzar las fronteras del cuerpo


ser partero del cuerpo
arrancarle con tenazas al cuerpo
jalarle las trenzas al cuerpo
distinguir el cuerpo
sentir con los dedos del cuerpo
olvidar el peso del cuerpo
estructurar el cuerpo
huir del cuerpo
cruzar la línea que divide al cuerpo

escuchar cantar a la arena


a los lagartos apañarse entre las rocas
mirar las rutas que trazan los bisontes

el cuerpo más transitado


el cuerpo disfrutando de la soledad
el cuerpo desanudado
el cuerpo florido
el cuerpo en centros de baile
el cuerpo quebrado
el cuerpo amaestrado
el cuerpo en Lote Bravo
el cuerpo que no se da a respetar
el cuerpo al borde de la cama, semidegollado
el cuerpo cantarito
el cuerpo que se levanta para ir trabajar cuando aún es de noche
el cuerpo impreso con las arrugas de las sábanas
el cuerpo brazo de la industria
el cuerpo cibernético
el cuerpo con manos atadas con las agujetas de sus propios zapatos
el cuerpo que requiere de ser acompañado por un hombre
el cuerpo en bolsas negras de plástico
101

el cuerpo que es el templo de dios


el cuerpo de cuyos pezones mana el alimento
el cuerpo que no le pertenece al cuerpo
el cuerpo colonizado
el cuerpo plegado entre el volante y el asiento de la camioneta
el cuerpo y su mente
el cuerpo ultrajable
el cuerpo humillado
el cuerpo alcoholizado
el cuerpo moreno
el cuerpo de cabellos largos
el cuerpo en Lomas de Poleo
el cuerpo tan sucio que no es persona
el cuerpo con mangas abiertas como fucsias
el cuerpo deseoso
el cuerpo que andaba en malos pasos
el cuerpo abandonado con vida
el cuerpo pasado debajo de la camioneta hasta quedar irreconocible
el cuerpo con falta de información suficiente
el cuerpo con todo el peso de la ley
el cuerpo que dibujaba círculos con la pelvis
el cuerpo atravesado
el cuerpo en busca de oportunidades
el cuerpo migrado
el cuerpo superado
el cuerpo rebelde
el cuerpo con impacto de bala
el cuerpo osamenta
el cuerpo con pantaleta a la altura de los tobillos
el cuerpo separado del alma
el cuerpo con implantes de silicona
el cuerpo con un seno cercenado
el cuerpo junto a un bloc de cemento con restos de cuero cabelludo
el cuerpo con fragmentos de tejido humano bajo las uñas
el cuerpo con el hímen intacto
102

el cuerpo en Cerro Bola


el cuerpo sembrado como mensaje
el cuerpo sin marcas de estrangulamiento
el cuerpo ahorcado con la correa de su propia bolsa de mano
el cuerpo con voz ignorado
el cuerpo expoliación

“the best part


about having
no body
is that i cannot be shamed”

por eso nos deshicimos del cuerpo


por eso nos quitamos el cuerpo como envoltura de regalo

el cuerpo que conoció


el cuerpo que deseó

el cuerpo en decúbito dorsal

la hoy occisa
se movía como culebra
presuntamente
103
Rocío Cerón

Ciudad de México, 1972. Poeta, ensayista y editora. Ha publicado Materia ne-


gra (Parentalia, 2018), Borealis (FCE, 2016), La rebelión. O mirar el mundo hasta
pulverizarse los ojos (UANL, 2016), Anatomía del nudo. Obra reunida (2002-2015)
(Conaculta, 2015), Nudo vortex (Literal, 2015), Diorama (UANL, 2012; segunda
edición, Amargord, España, 2013), Tiento (UANL, 2010), Imperio (Ediciones Mon-
te Carmelo, 2009), entre otros.
Recibió en Estados Unidos el Best Translated Book Award 2015 por su libro Dio-
rama, en traducción de Anna Rosenwong, en 2005 el See America Travel Award,
por sus crónicas de viaje y en México el Premio Nacional de Literatura Gilberto
Owen 2000 por su primer libro, Basalto. Acciones poéticas suyas se han presen-
tado en los Institutos Cervantes de Berlín, Londres y Estocolmo; Centro Pom-
pidou, París, Francia; Southbank Centre, Londres, Reino Unido, Museo Karen
Blixen, Dinamarca, entre otros. Obra suya ha sido traducida a más de ocho idio-
mas. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del
FONCA. Su obra puede leerse/verse/escucharse en [Link].
104 Poemas

MATERIA OSCURA
(fragmento)

Conjunto de (in)materialidades ante observación. Aullido y dentellada surcan


el cielo. Grafías de primitivo aliento: translucidos rojos se esparcen por fondo
blanquecino. Trote de manada dentro, córtex. Palma verde al fondo, vitrina
repleta de muebles antiguos. La cabeza —reducida— guarda en el hueco de la
boca todo el rumor amazónico de la belleza.

***

A los costados la jauría. No hay lugar ni camino hacia el frente. Muro apenas
levantado. Gruñidos. Catalogación de afectos, estigma sobre espalda.
Violáceo el manto del cardenal. Púrpura o sanguíneo. Lo que toca el dedo sobre los
labios: frase silenciada entre el paladar y lo sublingual. Incidencia de lo mirado
en la articulación de las rodillas.

***

En el horizonte —azul convexo— verticalidades y grietas. Insistente, la


mancha supura grafito y humo. En el aire, un punto. Gravitan formas ante la
vista. El habla del mundo, la naturaleza de los objetos, mueren y renacen en el
espacio, ante la mirada. Pliegues y estructuras en lo minúsculo. Cuerpo ovillo,
fruto.

***

Luces sobrevuelan el arenal. Ascenso y caída. En ambos puntos sedimento y


visión. Las hojas de todo árbol —sílabas blancas— enuncian hacia tierra la
ofrenda de la ausencia: lo visible, el objeto, la mancha que flota en el vacío.

***
105

La línea —imán— aglutina percepciones, ideas, objetos. Un pensamiento,


vértice, precisa instantes.

INCISIÓN

I.

Precipitarse en precisión.
En el orificio el encuadre del poema.
Latitud de aliento/imagen entre los 32 dientes de la boca.
Manglares bajo (esquiva) mirada de un hombre.
Un secreto. Un mensaje. Una palabra. Furia.
En el parque público, el hombre del tatuaje musita una tormenta a las abejas.
Cuerpos y fieras. En la exactitud del obturador la ciudad es polvo,
amantes perdidos.
Algas; lugares sagrados para el jugador anónimo.
Toda mar lleva en sí el rastro de la presa.

Precipitarse en la sonrisa, ante la cámara.


Compartir el miedo como moneda de cambio.
Los rastros de esa cara son la noche.
Redención del vaho entre la duda.
Las gotas desmenuzan la anticipación precoz de las manchas.
Tinta o flujo de significados.

Arde, todo arde.


Percepción en diferido.
Observación de calles registradas. Terrenos vagos.
Tres mil quinientas coordenadas de Paonoptes
para llegar a ti.
106

II.

Un objeto, sólo cuatro, son más que esto porque son.


Iluminación reticular.
La compañía de la luz siempre es oscura.
Tacto, brilla ante el miedo el tacto.
Ligereza de manos sobre superficie lisa.
Ha pasado el agua.
Enmudece al flote de los muertos.
Río que lame heridas. Agua acantilado.
El instante y lo meteorológico, el cayado mueve la ventisca oracular.
Pendiente atravesada por una mirada.
La compañía de esa luz: no más que láminas de asbesto sobre letras.
Vapor entre los cuerpos.
Brillan y anuncian en la TV: “La vida, una canción que se deshila”.
Cuatro piedras son sólo un objeto, un arma, un acantilado, una sospecha.
Mira cada contorno de ellas.
Éste.

III.

Cruza sobre los cables una ardilla. Lentitud del esbozo.


Apenas garra, levedad de quien surca una tonada. Niebla.

Sobre el peso, la duda, la caída a tierra,


las secuencias del número y la posibilidad del mantra
capitulando sobre su recesión y copla mutilada,
su doblez en viento, en revire;
sonoridad que explota entre las hojas del olivo (fresno).

Entre los dientes cada palabra es precipicio a dorsal,


a tajada de alvéolos donde se quiere aclarar la voz de nacimiento,
la recibida en el oído.
107

La ardilla, en su parduzca forma, balancea la vida.

Su cola, principio de equilibrio; las manos de mi padre —pulso— principio de un


lenguaje.
108

§
109
Jorge Posada

San Luis Potosí, 1980. En 2017 publicó Habitar un país es llenar de tierra una pisci-
na, recopilación de sus primeros libros publicados en México, Argentina, Puerto
Rico y España (Liliputienses, España, 2017). Ha participado en diversos festivales
de América y Europa. Parte de su trabajo ha sido traducido al inglés, al italiano y
al portugués. Es editor del proyecto “Poesía Mexa”.
110 Poemas

días antes del eclipse


mamá nos viste y fotografía
con el traje de la primera comunión

ella usa vestido de novia

dice que si ocurre una tragedia


o enloquecemos
en esa última imagen llevaremos la ropa
con la que fuimos felices

***

el problema
fue imitar
a las familias
de la tv

creer
que en las discusiones
nadie se interrumpe

que no existen errores


de continuidad

que nos veríamos


radiantes después de las borracheras

y durante los últimos minutos


111

de cada capítulo
reiríamos
en vez de ahogarnos en bilis

***

hermana
a los 33 duerme
con mamá y papá

pelean
por saber quién
apagará la luz
por quién cocinará
al día siguiente

no es el único caso
en la familia

ninguno de los primos


ha salido de la casa
paterna

la de 37 y el de 35
trabajan mastican cagan
junto a sus mayores

el de 32 camina
en la renguera de su madre

los tres últimos huelen los genitales


de sus tatas

***
112

muere el hermano mayor de mi madre


el primogénito
el que decía ser un genio
el favorito de los extraterrestres

durante el sepelio
sus hijos leen el testamento

a mi madre le deja un vaso con agua


a mí un plato de sopa

al acercarme al ataúd
no recordé su nombre
ninguna de sus historias

su esposa asegura que su cuerpo astral


llegará a la superficie de saturno

al salir de la funeraria compro un telescopio


para averiguar si su alma quedó atrapada
en el cinturón de asteroides

***

mamá
se convirtió
en un monstruo

sufrió parálisis facial

papá
la llevaba
a las terapias
donde había otros
113

monstruos
que no podían
mover las manos
o las piernas
114

§
115
Sara Uribe

Nació en Querétaro en 1978 y desde 1996 radica en Tamaulipas. Sus últimas pu-
blicaciones son Siam (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012), Antígona González
(Sur+, 2014) y I never wanted to stop time (Editorial Medio Siglo, 2015), su primer
libro en edición bilingüe.
116 Poemas

Instrucciones para contar muertos

Uno, las fechas, como los nombres, son lo más


importante. El nombre por encima del calibre de
las balas.

Dos, sentarse frente a un monitor. Buscar la nota


roja de todos los periódicos en línea. Mantener la
memoria de quienes han muerto.

Tres, contar inocentes y culpables, sicarios, niños,


militares, civiles, presidentes municipales, migrantes,
vendedores, secuestradores, policías.

Contarlos a todos.

Nombrarlos a todos para decir: este cuerpo podría


ser el mío.

El cuerpo de uno de los míos.

Para no olvidar que todos los cuerpos sin nombre


son nuestros cuerpos perdidos.

Me llamo Antígona González y busco entre los


muertos el cadáver de mi hermano.

[de Antígona González]


117

: ¿Quién es Antígona dentro de esta escena y qué


vamos a hacer con sus palabras?

: ¿Quién es Antígona González y qué vamos a hacer


con todas las demás Antígonas?

: No quería ser una Antígona


pero me tocó.

[de Antígona González]

Pero ni rastro de fiera ni de perros que te hubieran


arrastrado para destrozarte. Donde antes tú ahora el
vacío. Nadie llamó para pedir rescate o amedrentar-
nos. Nadie dijo una sola palabra: como si quisieran
deshacerte aún más en el silencio.

Yo les hubiera agradecido que a donde se lo hubieran


llevado, mejor lo hubieran dejado muerto, porque
al menos sabría yo dónde quedó, dónde llorarle,
dónde rezar. A lo mejor ya me hubiera resignado.

[de Antígona González]


118

Gracias por esperar, por favor manténgase en


la línea y regresaremos con usted en un momento

Para Xitlalitl Rodríguez Mendoza

Es el teléfono lo que suena a todas horas. Son voces automatizadas

las que te ordenan que marques un número para luego tener que marcar
[otro número
para luego escuchar la música de espera, para luego marcar otro número,
[para luego
marcar otro número y que la grabación siga llevándote hacia una suerte
[de trance
como cuando estás sentado frente a tu terapeuta. Haga una inhalación
profunda por la nariz. Muy bien, sostenga el aire en sus pulmones.
Ahora exhale, deje salir el aire por la boca. Sea consciente de cómo con cada
respiración
usted se va sintiendo más sereno y descansado. Usted puede sentir cómo su cuerpo
se va volviendo cada vez más pesado. Usted puede sentir cómo
su cuerpo cae, cada vez más y más pesado: abandonado. Entonces, cuando finalmente
después del laberinto de opciones numéricas y musiquitas para hacerte
compañía y que no sientas cómo es que el tiempo pasa, sólo entonces
una voz, que definitivamente no es humana, te dice: gracias por esperar,
te atiende __________ (ruido blanco), ¿cómo estás el día de hoy?
y tú quieres decirle que estás hasta la madre de tantas y tantas cosas
que cómo puede hacerte esa pregunta justo hoy
justo en este país
pero en lugar de eso
abres un libro de Charles Simic
y comienzas
a leerle en voz alta:

[de Abroche su cinturón mientras esté sentado]


119

Use el cojín del asiento para flotar

¿Es cierto que podríamos dormir sobre las nubes?


Diez mil pies de altura es la distancia exacta para qué, para quiénes.
¿Somos nosotros mismos mientras viajamos en esos minúsculos asientos,
sentados sobre cojines, que en caso de caer no servirían para flotar?
Para flotar qué mar.
Para flotar qué turbulencia.
No, no somos nosotros los que por las ventanillas miran.
Nuestros cuerpos nada saben de nadar, de nubes.
Las nubes son agua
sobre polvo
caída
a veces
el último
recuerdo
de cosas perdidas.
Soñamos que volamos
pero es humo.

[de Abroche su cinturón mientras esté sentado]


120

7. Esta es la habitación de las suturas, dice el rótulo

Esto es un sueño. Te quedarás quieta un rato y todo estará


bien. No has visto sino el fondo de la sombra, los restos de
la demolición de algo […] Pasará.
María Negroni

Todavía estoy huyendo y ya desmantelan el escenario. Ya


las lumbres para sí reclaman los muros, las plazas las
fortificaciones. Una ciudad de utilería que a sí misma
se consume, que abandono a mansalva, sin
miramientos.
Bajo telones se calcinan los contornos.
Admonición es índice, hemisferio.
Arden los maniquíes tras los aparadores. Su humareda
tiene mal colocada la etiqueta del precio. Los saldos.
Las cenizas. Las calles adquieren la densidad del
desahucio.
Hay pájaros alejándose del incendio pero no son reales.
Me advirtieron: si minúsculo el corazón, artefacto,
empuñadura. Yo olvidé darle cuerda al mío, por eso es
que me marcho así, sin avisar a ninguno. Por eso es que
en mis sueños las ciudades ya se esfuman.
Por eso el hábito, la incandescencia. El vano lenguaje de
las despedidas

[de Siam]
121

1. Chuun-Inn

Eng Búnker murió de miedo la mañana del 17 de enero


de 1874.*
Nunca fue lo que se dice: un hombre solitario.
Nunca. A todas partes en compañía.
Lo despertó la noticia de que Chang Búnker. El hermano
al cual había estado unido. Perímetro del limbo: nueve
centímetros de largo, veinte de circunferencia.
Durante más de sesenta años. El hermano esternón
abdomen. Flexible como era. Epidermis bajo epidermis.
Elongación. Caudal que lo hizo sombra. Boxeo de sombra.
Sombra de sí.
El hermano réplica de su costado. La mirada extraviada.
Había. Por fin.
Desaparecido.

[de Siam]
122

§
123
Sergio Ernesto Ríos

Toluca, 1981. Publicó Quienquiera que seas (FOEM, 2015), Brazuca (Palacio de
la fatalidad, 2015), Obras Cumbres (Bongobooks, 2014), La czarigüeya escribe
(Editorial Analfabeta, 2014), en coautoría con Diana Garza Islas, Muerte del dand-
ysmo a quemarropa (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2012) y Mi nombre
de guerra es albión (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010).
Tradujo del portugués Bruno Brum a ritmo de aventura de Bruno Brum (Palacio de
la fatalidad, 2017); Droguería de éter y de sombra (Palacio de la Fatalidad, 2014)
de Luís Aranha; Oda a Fernando Pessoa (Palacio de la Fatalidad, 2017), Paranoia
(Palacio de la Fatalidad, 2013) y Voy a moler tu cerebro (Red de los poetas sal-
vajes, 2010) de Roberto Piva; la antología de poetas brasileños nacidos en los
ochentas Escuela Brasileña de Antropofagia (Kodama Cartonera, 2011). Tradujo
del inglés, con Diana Garza Islas, Una noche, senté a Donald J. Trump en mis rodi-
llas / Y otras teorías estéticas del siglo XXI (Oficina Perambulante y Palacio de la
Fatalidad, 2017), a partir de un ejercicio de Chris Rodley.
Imparte los talleres de poesía latinoamericana Periferia de Escribidores Foras-
teros en la Ciudad de México y Toluca. Trabaja en la librería Mi Primer Día en el
Salón de la Fama.
124 Poemas

EL GANADOR DEL PRIMER PREMIO


DEL CENTRO DE ESTUDIOS INTERPLANETARIOS

Lá vem o lança-chamas
Pega a garrafa de gasolina
Atira
Eles querem matar todo amor
Corromper o pólo
Estancar a sede que eu tenho doutro ser
Vem de flanco, de lado,
Por cima, por trás
Atira
Atira
Resiste
Defende
De pé
De pé
De pé
O futuro será de toda a humanidade
Oswald de Andrade

que mi retrato petrificara a los selenitas


que mis retratos se cultivaran en invernaderos
y colgaran a gran altura
entre nubes salidas de heliotropos
que las aves hicieran con mi retrato pequeñas sombrillas
mi retrato como un campo magnético
una vacuna
una ofuscación
mi simple retrato pastando como un búfalo
alrededor de los satélites

***
125

este glifo esta hélice que remonta


cuando hablo a las astronaves

al fuego tupido de tentáculos


flotando con nos cuando giramos
disparados por un revólver

las astronaves y nos sobre un relieve ámbar

y les digo queridas astronaves hagan lugar a las escamas


los humanos son las escamas
ningún humano será un profeta barbado
un profeta barbado
es un francotirador en retirada

la historia de los profetas barbados


son cien por ciento abducciones
encuentros y rechazos y arduas preceptivas
de zarzas parlantes

yo amo zarzas parlantes fresquitas en mi plato

***

si es niña que se llame jerigonza


y luna en un jardín de miembros siameses
y la promesa y el monstruo
y no puedo levantar la cuesta
y jaula con máquinas para la ciudad al fondo de mi sien
y un dulce nuevo estilo de estar intoxicados
y bulbo que marcha a la sombra
equidistante
entre una sala de quirófano y un bosque
y golosina tras la muerte
126

y nostalgia subterránea extraterrestre


del calor de hogar

***

la gracia prudente
de una reservación de asientos eyectores
observados en un cuenco de cristal

en el desamor
que viste un kimono de luces plateadas
y rastros de paracaídas

medusas o pulpos o flores verticales


medusas o pulpos o flores verticales
medusas o pulpos o flores verticales

***

mamá compra para mí una de speedball


mamá me persigue con un cuchillo de caza
escoge el ángulo exacto en mi cerebro
ella no quiere cocinar
entre la gloria del mundo
la calabaza que respira con dificultad
ese olor amoniaco

cuando mamá pregunta por el Señor Barbijo


en realidad pide municiones para su M16
la sala de recepción se llena de efectos especiales
algo parecido a un hombre con zapatos de caballo
huye por el corredor
127

y luego mamá elije cualquier enemigo


en el manual de los peores rechazos

***

Tus ojos almendrados


tus ojos para romper en caso de incendio
a las nubes pesticidas en tu ojo derecho
a la ventana de cohete espacial en tu ojo izquierdo
a la duplicación de los Malmequieres
en el fondo cobrizo de los campos

***

lo recordaré más tarde


antes de viajar al cielo que cuelga las espigas de los
[temas de cautiverio
en ese elemento sedante yo tomaré el mando
los topos sacarán trabajosamente sus cronómetros y aparecerá un encabezado
[que anuncie
el invierno es un héroe de acción nato
ataca el hombre de vapor de las praderas
y entonces
robots en el jardín robots en un prado muerto
favor de bajar el tren de aterrizaje robots visiblemente alterados capturando
[azafatas
robots ahogando azafatas en un agujero de brea magnética
robots jugando a la epilepsia en las regaderas de emergencia de los hospitales
automatizados robots que provocan la crisis de la filosofía mesiánica
y será antes
antes que un séquito de incubadoras renegadas nos cierre el paso

***
128

le dije al Sr. Cavatumbas


los niños zombis aman a las tortugas deslizándose en sus jugos gástricos
entierra mi corazón en Varsovia

le dije al Sr. Cavatumbas


sólo si fuera convidado a un día de campo en el jardín selenita
entierra mi corazón en Varsovia

***

he calculado el horario estelar en el planeta de los obispos prismáticos


y debajo de sus cubiertos puse transmisores de onda corta
y debajo de sus sillas marmotas entrenadas
y debajo de la alfombra sólo encontrarán al jefe de estación

luego cogí sus manos sus temas de cautiverio y su contraespionaje


algo mejor que rezar es pasar toda la noche apretando el gatillo
aunque esa vez pedí al creador una maniobra que les desprendiera los birretes
e hiciera mermelada de cada cerebro

y también robots animándome como a un héroe


y que luego él tomará el centro de la luna como un micrófono gigante al que
fuera a dar un gran beso y me dijera muchacho muchacho conoce a tu enemigo
conoce a tu enemigo

***

busco ayuda psíquica


para perforar tu kimono de guerra

tu kimono que cae del árbol de las madres contemplativas


tu kimono que roba la gran vaca del océano primordial
tu kimono como un paquidermo que anuncia la estampida del servicio médico

***
129

la putrefacción de tu cobijo
o la hélice alzada como un villano contra las enseñanzas de los magos
mi cabeza atribuida a un piloto
mi cabeza en formación de áptero
mi cabeza que puede levitar sobre un aro brillante
mi desencantamiento
mi número de colisión
mi fuego mal rodado
mi doble hemisferio
mi cercenado motor

***

veo la película las aves están enfermas en el tope de la gravedad en una


[plantación del sur
es una chica yanqui a mi lado juego con su pelo de blonda concreta
[abandonamos la sala
dice llámame e d como todos y corre por el pasillo entre carteles que
anuncian el estreno de una invasión de seres cítricos y algo infantiles para ser
los conquistadores

le explico que tengo en casa un martillo gigante y una barrenadora y unos


cuarenta andamios azules para imitar el cielo y que todo lo sé usar y podemos
resistir esos ataques entre galaxias o no esperar más y arremeter a dos lo que
prefiera

prefiere una intoxicación equitativa entre estos cielos bíblicos


lacrados

prefiere sonreír cuando el semáforo cambia a rojo o las hileras de dioses


entecos nos hacen aborrecernos
la guerra le dejó tres medias hermanas de corea dice evacuaciones sanitarias
fenómenos meteorológicos la selva no hubo una solución intermedia entre mis
padres
130

cómo fue tu infancia


le cuento que estaba muy enfermo y el granizo subía casi un metro
tenía un helicóptero de cuerda amarillo que pilotaba un payaso

y agrega la soledad es nueva para mí

***

Tal vez pulpos que monten tus caballos


hay una corte glaciar en las calles glaciares
bajan cien topos de la grúa
a la altura del ombligo alguien los subtitula en hebreo

***

loado sea dios loado sea dios

con garras pegajosas


tomó el cráneo de la cabra y el pez de rayos largos
y en el firmamento al oprimir
un solo botón de su control remoto
inició el zodiaco
y en el firmamento al oprimir
un solo botón de su control remoto
reinició los aeródromos

es el agente unificador
que brilla sobre el hijo de la corona blanca

es la escuela imperial
en las ciudades crematorio donde cantan los selenitas su estribillo

es la versión gigante de un ciempiés que ocupa el globo terráqueo


131

y no servirá de nada
es la versión gigante de un milpiés que anula el tercer planeta
y no servirá de nada la autodefensa psíquica

es la silueta futura en forma de cilindro


es la silueta derribada en forma de cilindro

es el rompecabezas de objetos aéreos tripulados


es la nave nodriza de objetos aéreos tripulados
de seres aéreos
de seres aficionados al misterio de los cielos
de seres aficionados arrastrados como náufragos al misterio de los cielos

es el príncipe de los seres rojos en valle paraíso


es residente en su fuego
es el país donde los rayos del sol se encierran en una cámara de oro
es residente en su fuego
yo he venido en ese fuego

he abierto la casa de los tesoros del dios

***

Entre tus manos o entre las cosas que chapotean como heliogábalos o pantanos redondos
escribo el bosque
el monociclo de los fuegos enanos
los vendedores de cocodrilos y pirámides cumplen con sus deberes
nenúfares uxoricidas con gafas oscuras viajan de mosca en el último vuelo del concorde
los peces muertos de Philip K. Dick vienen a doblar cucharas con otra gente de Sión

***
132

vendí la silla de ruedas de mamá


así se parece al daguerrotipo de esa estrella de cine germánica

no puede esconderse
pienso ponerla de pie en el escenario
y hacer que cante a las cinco puertas del infierno

no puedo sacar de mi cabeza


la alarma silenciosa de cada día

***

para Sisi

me dijo que venía de melmac


era pequeñita apenas ochenta y dos centímetros
y tenía el pelaje café claro
unos ojos redundantes en la oscuro
y la nariz curiosa de un oso hormiguero
unas botas grises extraordinarias le ayudaban a flotar y teletransportarse

su aeronave tenía la apariencia de una cáscara de nuez


todo lo controlaba con la mente y era instantáneo
subimos
esto es una bola de fuego
esto es la misericordia
las nubes repetidas en nubes espejos
dragones a contramano
un test espacial
los roedores suben noventa grados
las constelaciones son dirigidas en pases de molusco

***
133

Prisioneros del Ubi sunt


Prótesis
esferas moscovitas y coléopteros
los cantahuesos han concluido
134

§
135
Alfredo Garcidueñas

Nació en Morelia, Michoacán, en noviembre de 1992. Escritor y músico. Más que


amor, siente una devoción extrema por la poesía, el fútbol y la contracultura. Es
egresado de la carrera en Lengua y Literaturas Hispánicas de la U.M.S.N.H. No
tiene obra publicada (está en proceso), salvo un par de textos dispersos en revis-
tas. En 2014 obtuvo el 1er lugar en la categoría de poesía, en el Primer Concurso
de Poesía, Cuento y Ensayo de su Facultad con un poemario sin título. En 2017
fue becario del Festival Cultural Interfaz del ISSSTE en San Luis Potosí. Espera
vivir hasta los días en que el capitalismo caiga.
136 Poemas

1 POETA vs 1000 POLICÍAS

Mil es multitud de ceros,


ópera de números sutiles
que encañona con su mano de azufre
el cementerio.

Una palabra
es suficiente para masticarte con desprecio.

El Escarabajo echa a rodar su mierda por el mundo.


Nadie se atreve a detener su avance de cuchilla,
subterráneo vómito que maquilla las ciudades,
se alimenta de códigos en blanco,
pequeñas complicidades y abusos.

Tu Madre no tiene la culpa de que seas un puerco.

Hijo legítimo de la pobreza,


arrojado al frente a morir cobarde.
Bisnieto del fascismo.
Carne de puerco los domingos de catedral
y paseo con la familia.
Mala hierba, sarna, Caín innumerable,
sobrepoblado.
Tú,
la cosa más triste entre la sangre,
despreciable flor carnívora
que camina ciega por la noche sin tesoro,
estás acorralado, como nosotros
y lo sabes,
137

no eres más que una vulgar presa


asalariada, jodida,
buscando quién sabe qué rosa bocarriba,
quién sabe qué placer sordomudo
para tus manos asesinas.

Tu Padre no tiene la culpa


de que seas un desperdicio de su semen.

Pasas la vida llenando el tanque,


vaciándolo,
recorriendo los barrios invisibles,
y cuando te toca romperte
contra la pared de un verdadero riesgo,
sacas a relucir tu piel de rebaño y lágrima,
recuerdas que eres humano
y se abre tu corazón
en las raíces del fuego y los perfiles desangrados.

Ah poeta,
pájaro acribillado en mitad del canto,
vas perdiendo la partida.

EN MEMORIA DE CHARLES MANSON

Músico, Sociópata y Reo

Dime, en una palabra, ¿Quién eres?


Soy nadie.

Te recordarán como el asesino,


aborrecible estrella pop.
Nunca estarás en el salón fama de los blancos,
138

pero harás dinero y gloria


igual que los muertos célebres.

Charles Manson,
Señor del inframundo,
tu conciencia ya es
pájaro de fuego.
No comprenderemos nunca
la marca en tu frente:
esa patada de caballo negro.

Antes que pan


pedías una guitarra,
para cantar tu muerte a solas.

Tus amigos eran otros reos


que conociste cuando joven
en comunas hippie.

Charles Manson,
el mundo no estaba preparado
para tu obra radical.

Ya nadie puede tocarte


ni molestar con su ruido
tu sueño de niña del infierno.
El ácido de la videncia
te hunde ahora en el misterio.

Charles Bastardo Manson,


oficiante del ritual de sacrificios,
heme aquí ante tu ausencia
limpiando mis oídos
con tu canción de inédita cárcel,
donde hablabas a gritos
139

con diez mil ángeles.

Antes de ti ya había criminales,


de Jerusalén a California,
buscándose la vida
en este juego sucio.

¿Qué hubiera sido


si tu cuna no fuera
nido de serpientes,
y tu patria,
primavera atómica?

¿Y qué,
si tu inteligencia ardiera
en el traje de la CIA
o en el Partido Republicano?

¿Qué sitio ocuparías hoy, Charles,


acaso, junto a Nixon o Kennedy
o al lado del más hermoso Walt Whitman?

Pero, oh maldito holgazán, granuja,


habías nacido para estrangular gaviotas
y orinarte en la estatua de la libertad.
No hubieras durado en este nuevo mundo,
te habrías suicidado de aburrimiento.

Los niños que te seguían


hoy son voluntarios en campañas pro vida
o son los muertos que te buscan en el paisaje ocre
o los que te entierran diciendo:
—Murió el Grano en el Culo del Sistema.

Pero tu muerte ya era páramo de luces,


140

tu muerte había ocurrido años atrás,


en el momento en que planeabas
el ataque a la casa de Roman Polanski
o cuando tu madre llegaba ebria
y hervía El Odio en tu corazón,
en la estufa, en el cartucho.

Aunque no quieran ver


tu rostro bendito y lacerado,
han de saber que tu música,
oh Charles,
está por encima de tu pecado
y de cualquier censura.

Tu voz es una trampa


en la que caigo
como el adicto al pozo.

Tierno cuchillo en la madrugada,


te absuelvo,
de este mundo de espejos putrefactos.

MILLENIALS

Cuerpos celestes que pueblan el firmamento.

Indocumentados detenidos por agentes de la patrulla


del fin del mundo.

Esta generación también se asume


calles abajo, 25 años clandestinos,
luego se identifica trágica situación,
tener un empleo y renunciar a él,
141

querer comprar una existencia sin virtudes


con conexión wifi.

Aquí radica la diferencia, no es una hipérbole,


el Teatro o Peter Pan y el matrimonio.

Yo he ido luego presenciando


una VIOLENCIA
contra la VERDAD.

El diagnóstico es:
Muerte,
Incertidumbre,
volver a nacer
atrapados en medio del miedo.

VIII

Hoy llegó la sombra más oscura


y se posó en la barra, sin rostro.
Venía de una calle sin estrellas,
ciega
como los animales submarinos.

Ladró,
su voz era un hacha en reposo,
Hizo preguntas
que no tardaron en caer
al fondo del espejo,
sílabas de odio cortés.

Se incorporó,
era del tamaño de cualquier fobia.
142

En alta claridad sobreviviente,


seguimos nuestra vida de silencio
mientras la sombra se va,
(se queda)
chorreando por las escaleras
el germen de nuestra desdicha.

[de Lecciones de Bar (inédito)]

Mi padre nunca me llevó


a conocer el hielo,
puso en mi sangre
la sed voraz de los abismos
y se alejó volviendo
como la espuma cada tanto,
viejo y azul.

A los cinco años hurté su brandy


mientras dormía
y supe -con el gusto y el cerebro-
que su lugar era el retrete.

Mi padre es una tumba


que orina sangre y canta
el dolor añejo de los boleros.

A mis espaldas
se cierran las puertas del bar
como si se tratara
del funeral vacío y bochornoso
de un desconocido.
143

Cada quien su motivo


para ser devorado por la luna.

[de Lecciones de Bar (inédito)]


144

§
145
Gerardo Isaac García Hernández

Nacido en 1996. Pasante de la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas


en la Facultad de Estudios Superiores – FES Acatlán de la UNAM. Fue parte de
los comités organizadores en las 1ª y 2ª ediciones del Encuentro Nacional de
Estudiantes de Lengua y Literatura Hispánicas (ENELLHI), celebrado en la FES
Acatlán. Ha participado en los “Miércoles Literarios” —presidido por Óscar de
la Borbolla—. Ha participado en el Foro Nacional de Estudiantes de Lingüística
y Literatura (FONALL), en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la
UASLP, en San Luis Potosí.
146 Poemas

Ei oculi pulchri sunt…

A Octavio Paz y
Montserrat Bedolla

Unos ojos culpables lloran


ágatas, lirios y sangre...
Ojos culpables que no se atreven a mirarme.
Ojos culpables de una fiebre que pudre almas,
saca sonrisas y escribe
con los cristales que salen de ellos una tonada
alegre.

Un par de ojos culpables que me sacan una sonrisa...

El mundo se resquebraja en la sonrisa del lirio araña,


la vida se trasluce en un mantel naranja
el cual envuelve al mundo en un sentimiento de melancolía.

Naranja, vida naranja, muerte naranja.


Mi vida, mi corazón, parecen fracturados.
Esto es suficiente, es bastante para mí.

Todo es la sonrisa del mundo, el mundo sonríe en el apetitoso banquete


de la muerte que a todos nos espera.
Vida: una fumarola, un cúmulo de niebla
mientras escucho a Rachmaninoff y Liszt.

Sonrisas, sonrisas, sonrisas.


Veo su sonrisa y deseo sonreír; la vida poco a poco
me pide que haga un tributo a mi vida,
147

a su vida,
a la vida de todos
los que habitamos este mundo,
las sonrisas de ella, de ellos, del que está a un lado mío
de quien no está.
De mi madre bajo tierra.
De mi padre muriendo.
De mi hermano.
De ella.
De...

Mi sonrisa, es su sonrisa que se calla, se apaga y no prende de nuevo:


las lágrimas que caen en la lluvia, en todos lados, son mis lágrimas
de ayer, de hoy, de mañana...

Hoy vi su sonrisa.
También se puede seguir vivo por una sonrisa.

Sobre una pintura de Toyen

La calidez de las
Garras de un halcón sujeta
Mi decapitada cabeza.
Todo es un sueño.
Canto un oarystis para ti.
Egipánicamente, quiero
Liberar mi espíritu, pero
Una vigilia
Enterna me impide
Ver tu rostro.

Quiero dormir;
Deseo morir.
148

Pero los corazones negros


Tardan en escuchar el lamento
De la pobre ninfa
Que deseo sea Siringa.

La vigilia sigue sin dejarme


Ver tu rostro.
Tu sonrisa malcriada.
Tu sonrisa espumosamente
Venérea.
Y Siringa tararea la triste melodía de la muerte.

Retrato

A Karla Gómez Torreblanca,


con amor.

Tus ojos de oyamel son profundos


Espacios donde me pierdo sin volver;
Quisiera me mirase tu rosicler
Único de sepia, luz de los mundos.

Imítate desde los inframundos


El alba puro, carmín sin resolver;
Refinada mueca, bella por doquier:
Orfeo, Procris, Dido errabundos.

Megara envidia el nácar puro,


Ultimo en la tierra; sólo tuyo,
Cual de Neptuno pulcro cristal duro.

Crisantemo purpura que al ver fruyo.


Hespéride de cabello oscuro;
Oro blanco: de tu odio huyo.
149

Pensamientos del poeta

Vivo, eso sucede…

En los últimos páramos de la noche las viejas brujas y las perras de la nostal-
gia, flacas, viles, sucias (putas) vienen a quitarme el sueño, las ganas de vivir, el
ánimo de abrazar; las palabras (putas) no dejan de molestar como los mosquitos
de la malaria y cuando quiero gritar líricamente se esconden cobardemente en-
tre mi pensamiento y mi feneciente cuerpo. Putas... las palabras viven y quiero
matarlas, quiero hacerlas mías, subyugarlas y que se alineen en formaciones alfa
y delta. Sin embargo estas se resisten y los cantos desesperanzadores terminan
en el limbo de los sueños, bañados en lágrimas y cal, con un olor a éxtasis, me-
tanfetaminas y galletas saladas... la noche trepida y mis tiernos cariños expiran
como lo hace un jamón sin refrigeración. Las metáforas son inútiles, la vida es
un carretón de la basura. Mi “poema” aquí termina. Mi insatisfacción comienza.
150

§
151
Edgar Flores

San Luis Potosí, 12 de octubre de 1991. Ex estudiante de la Facultad de Letras


de la UASLP. Ha participado en lecturas y talleres a cargo de los poetas Mario
Alonso, Daniel Bencomo y Luis Alberto Arellano. Fue incluido en la antología La
permanencia del deseo. Cuento de diversidad sexual XIII, convocada por la editorial
Décima. Más que poeta se considera un prosista criado entre lo que considera
verse workers. Actualmente labora como librero en una de las cadenas de libre-
rías más importante del país.
152 Poemas

Comienzo hacerme a la idea


que un poema condensa
de manera que sólo sean
los
signos
necesarios
y la idea sea
exacta.
Ojo, esto no significa que lo realice
en mi cabeza le hago al cuento
y así me quiero quedar.

Si guardo o condenso
me censuro y es injusto
y lo injusto contrario a lo justo
no me agrada ¿a quién le agrada?
si pagan justos por pecadores
deseo ser de los malos
o no de los malos, mejor antihéroe
que están de moda, y son guay.

Lo que es horrible
es partir la prosa
operarla y volverla verso
mocharla y parcharla.

Pobre de la prosa que se tope


con exigencias estéticas de verso.
153

Haga patria y lea poesía


en prosa.

II

¿Y si la poesía contemporánea es un conato de raps?


sin loops ni drum and bass
pero harto punch line en el fondo
dando duro y a la testa
al mundo fuera de foco
que nos toca en cada parpadeo.
Un emcí modula y controla
la palabra se arremolina y dispara
a veces calla y no reconoce que pierde
¿Y si la poesía contemporánea es un conato de raps?
¿O viceversa?

¿De qué color es dios?

Mi madre tiene la certeza


Que no caminamos solos en el mundo
Que dios es el mismo en todos lados
Y sólo cambia de color y ánimo
Dependiendo quien lo invoque
y el medio por el cual se realice
el rito.
Por mi parte, alguna vez durante
un examen de la materia
Educación en la fe
Una de las preguntas era
¿De qué color crees que es Dios?
Tomé mi papel creador
Y no sólo le di color
154

Agregué forma, tamaño


Para mí dios un gran ventilador rojo
Que sopla cosas buenas y malas
Sin distinguir tonalidades

TRATANDO DE VER CÓMO SERÁ

Imagino a mi hija
Ángela
buscando su identidad
entre las redes de la tecnología.
Un poema hecho por mí
por así decirlo también es retoño mío.
Si llevo a mis hijos a una piscina
¿Cuál de los dos flotará sin trabajo?
Y ¿cuál pedirá auxilio?
Cambiemos la piscina
por un grupo de críticos literarios.

Sin duda alguna


el poema sufrirá críticas de éstos
y cambios de parte mía.
Y Leona los miraba fijamente
levantará su dedo medio y hará el saludo
que le he enseñado.
No existe lógica ni retórica
en la situación anterior.
Sólo quiero presumir lo hermosa
que es mi hija y su nombre endecasílabo.
155
Dulce María Villanueva González

San Luis Potosí, 1975. Sin obra publicada.


Licenciada en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de San
Luis Potosí. Los últimos 15 años se ha dedicado a trabajar en la docencia, prime-
ro en dos universidades tecnológicas (Dolores Hidalgo Guanajuato y en San Luis
Potosí).
Actualmente es docente en la Preparatoria potosina de la Universidad del Cen-
tro de México.
156 Poemas

2018, EN MÉXICO

En mi país la política muda sorda manca tuerta pesca a manos llenas.


Extingue mazorcas, poda la última hoja.
La política hace magia
un balón llora, brinca, suda, para, se acuesta y luego desgarra.
Los perros alcanzan los huesos, después de roerlos.
Las tijeras con aire en vuelo han roto el papel que envolvió una piedra.
La gasolina en silencio calcinó por lo menos 43 cuellos.

Si no ensayas la ceguera, en mi país, vales solo cero.

La política es una monja que se santigua en la catedral después de acribillar a


[Jesús y al Cuervo.

EL VIERNES EN CLASE CON 405

Llueven preguntas.
Comentarios se despliegan integrándose uno a uno en el inmenso engrane,
contra la incertidumbre, cuidando el detalle.
Los dedos como en la marea se arrojan inquietos,
entonces, los ojos despiertos y atentos, evitan jadear para no perder la parte.
¿Qué hacen los pies?
retienen sonidos, repasan las gotas de la experiencia y logran
[otro ensamble.
Atentos al ritmo, suben otro engrane.

Pero si un pie no logró la rima se inquieta


su demonio desgarra entre la niebla, suelta alaridos, blasfema y revienta.
157

¿Sería el sol?
Yo siento la tormenta reluciente, íntegra y despierta.
la líbido se agita en lambada como en cualquier día de esta estación
la espuma se vertió de igual forma en todos los pies
si ese pie es parte de la generación X, Y, Z o AF, da lo mismo,
en todas hay porros, pisto, mofas.
Tal vez fue el desodorante que no hizo clic con la piedra lumbre y se aplicó en balde.
Dicen que un cacharro te vuelve piedra.
No lo sé.

Porque el cielo no suelta la mano de ese pie ante sus tropiezos.


¿Por qué será entonces?
¿Qué turba su paz?
¿Qué para la inocencia y la espontaneidad?
No puedo entenderlo si yo he visto ángeles y me han subido a un bocho.
Y Se han posado en silencio, a mi lado
a mi pesar.

¿Qué será entonces?


Yo solo escuché un momento...

UN VOLADO

Eche un volado
¿Águila o sol?
Sol
¡Gane!
¿Un volado?
Sol
¡Gane!
...Á gui la?

Colores resplandecen frente a mí


saltan la cuerda, brincan con alas, corren.
158

En las escondidas mueven el diafragma


y todo a grises
sin retorno
en un charco maloliente
sin retorno.

El caballo se ancló en la catarata,


los dientes ya tímidos olvidaron llamar el nombre bordado de una sábana.
El calor de tus brazos congeló a los elefantes dormidos.
Fue el héroe que cayó sobre sus rodillas, derrumbando todo a su paso.
Con esto, voló el jabón, se escondió el enjuague, el reloj tortuga todo toqueteó.

No más baños de azares


solo el 3.1416 endulzará mi café.
Paisajes lejanos
todo a la vez.
Tenía yo 3 manos, todo a la vez.

Ni la bala, ni la cuerda, ni las píldoras


alejarán la tormenta de las tinieblas.

Serán más de mil años, y todo a la vez.

SOLO 5 RESPIROS, NO HAY MÁS

En sus últimos 5 respiros, el filamento aún destroza las tinieblas


arrulla esperanzas, esclarece dogmas, forma caligramas.
Yo he visto sus canas, son huellas tatuadas, con esfuerzo, con alientos y lágrimas.
Las arrugas en su cuello son testigos junto con el cielo de encuentros y sueños, es más,
de confianza.

Morfeo no se cansa de envolverlo en sus alas para darle calma.


Pero hay otros cuervos que no entienden nada
se comportan como una herradura clavada,
159

sí, incrustada en sus pies como espada en la llaga.


Estos cuervos no entienden que al filamento le llegó el cansancio, el pesar y el tiempo
se siente inseguro, le huye el respeto
sus ojos son tristes y cansados sus dedos.
Se ha vuelto invisible, tardado, con miedo.
Sí, este filamento tiene miedo de ser un costal que se vuelva obsoleto.
Por eso, embolsa dineros para esos cuervos
custodia sus crías
y se traga muy lento, las humillaciones sin ningún lamento.

Yo creo que este filamento en los últimos 5 respiros, solo quiere sentir en sus
[manos el mar,
el viento, su fruto y añoranzas.
Porque ya vivió desvelos, sufrió toda norma, trepo en las ramas.
Ya sintió el frío en su cara, en la planta del pie y hasta recibió fianzas.
Ahora solo quiere colorear sus memorias, catar a detalle el vino y observar labranzas.

El filamento de mi casa, sigue avanzando, pero a la par


toma notas, resuelve dudas y le echa ganas.
Ya resistió más de 70 navidades con carreras, con tropiezos y sí, ganó muchas canas.
No atrofiemos ningún filamento, dejemos que vivan con paz su tiempo.
160

§
161
Sergio Velasco

San Luis Potosí, 1990. Sin obra publicada.


Estudió Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Ha partici-
pado en el Taller de Creación y Crítica Poética del Instituto Potosino de Bellas
Artes (IPBA), el Taller del Centro de las Artes (CEART), impartido por Luis Alberto
Arellano y Daniel Bencomo; y el Taller de Tertulia y Creación Poética en Arteria
Casa Cultural, impartido por David Bendicho.
Actualmente vive en San Luis Potosí, donde trabaja su huerto ecológico y una
comercializadora de productos mexicanos artesanales.
162 Poemas

Púchale play

¿Quién no ha actuado
como si todos anduvieran
igual de puestos que uno mismo?
Estamos en un solo escenario
el juzgado mira atentamente
siempre nosotros
colgados de la misma cuerda
que sacrifica al vecino
nos balanceamos ordenadamente
buscando algo
que nos haga sentir
menos vivos.
Pero espera,
a cada quien sus drogas
causan inigualables cortocircuitos
fuegos artificiales
visiones multicromáticas en HD
noches geométricas que estallan
en fragmentos de una realidad
ya de por sí bastante escandalosa.

Hagamos un brebaje,
veamos si descubrimos
el poder del vacío:
sin dejar de menearlo
agrega a la licuadora
chingos de ruido
presiones orto-sociales
163

harto-críticas fulgurantes
disparos de salva al firmamento
mundos virtuales
me gusta
no me gustas
autoclave para el cerebro
pasteurización de tus neuronas
cianuro suicida en tu muela izquierda
tiza blanca para esponjar los ojos
combustión interna
sin gasolina ni expectativas
marcha atrás sin meter reversa:

seguir viviendo
en la inercia
de un grano
de café girando
en el molino
girando
en la tierra
girando
en el sistema solar
girando
en la galaxia
girando
por el universo
girando.

Púchale play, wey


mira tu vida girar
destrozarse
contra el pavimento
deja las aspas mallugar tu carne
len
ta
164

men
te
sucumbir a la inercia
dejar de pensar en tu mente
picar el suelo en busca de alimento
escupir al aire y buscar los fragmentos
que golpean tu cara
pulverizan tus huesos
trascender
en una masa viscosa
tu carne llagada
colapsa y se la llevan lejos.

Púchale play, carnal


no hay pedo
al cabo que hay wi-fi.

Un sabroso sashimi de percepción

Todos vivimos
en nuestro propio mundo
iconográfico:

rebanadas de un sabroso
sashimi de percepción

incauto marinado
en su propio reflejo

destellos de luz condimentados


que transforman la realidad en alucinaciones propias
de un teporocho en domingo
165

salteado a las brasas


con trozos
de sentimientos amorfos
y desmembramientos sociales:

todos quieren un pedazo de aquello


que sabe diferente a su hueso.

Instructivo para un Hermoso Atardecer Urbano©

Ingredientes*:
Trescientas mil latas de ruido para llevar.
Cinco paquetes de largos caminos (no es necesario contar
con sentido).
Una pradera envuelta en celofán.
Un manojo de nubes frescas.
Un atardecer rojo, 25 minutos de duración.
Una conserva de horizonte en hollín.
Tres frascos de luciérnagas digitales.
Quinientos ochenta y ocho árboles en paquete mixto, listos
para transplante.
Diez transeúntes perdidos.
Cien toneladas de smog, entrega a domicilio.
Trescientas treinta y dos mil casas de fabricación en serie.
Una mirada vacía.
*No se garantiza pureza ni calidad intrínseca de ninguno de los materiales.

Instrucciones*:
Mezclar los ingredientes al azar treinta minutos antes del ocaso: mientras
mayor sea el caos, más real resultará su Hermoso Atardecer Urbano©.
Agite con paciencia mientras considera la angustia que se forma en su
interior. Espere a que surta efecto y disfrute del panorama.
*Garantía invalidada en caso de no seguirlas puntualmente.
166

§
167
Bertha María Inzunza Choza

Sinaloa, 1994. Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de


Aguascalientes.
Ha publicado Los campos no elíseos, Premio de Poesía Joven Alejandro Aura
(2015). Parte de su obra se recoge en antologías y revistas impresas como
La Catrina y Tierra Adentro, así como en portales de internet dedicados a la
literatura, entre los que destacan Círculo de Poesía, La Otra Revista y Otro
Páramo.
Sus poemas han sido traducidos al árabe, al francés y al chino mandarín.
168 Poemas

Tu edad al sol

Mi padre ha comprado frijol de toda variedad.


Los mezcló para ver de cerca su belleza olvidada.
Mi padre ha puesto el frijol ante el calor del sol.
Les ha pintado con barniz para que no se llenen de polilla.
Puedo imaginar perfectamente la escena.
Mi padre y su piel de frijol negro, su cuello de frijol al mediodía.
Mi padre agachado, untándole barniz a los frijoles
como quien unta pomada a un hijo enfermo.
Así, sin prisa, mi padre un par de horas ardiendo.
Mi padre arde más que el sol.
Nunca se comería algo que ha amado tanto.
Después de la silenciosa parsimonia,
me manda una foto de su mundo de frijoles regado,
contraste de la túnica blanca.
Unos simples frijoles, diría cualquiera.
Son semillas de vida, me dice en la fotografía.
Qué pura es su edad al sol.
Qué sincera, qué simple su edad.
Dios, enséñame a verte en cualquier sitio.

Herencias

De familia en familia
se heredan los amores.
El amor a la vainilla,
a la espuma del mar,
a la sal de grano,
a la crema corporal con aroma a cedro.
Se hereda el odio.
169

Se hereda la furia,
la lengua de la madre,
y el acuerdo.
Los secretos se guardan hasta la tumba, y después de ella.
Se heredan los nombres, los gestos,
se heredan los ojos tristes
(todos mis órganos tienden particularmente a la tristeza).
Se heredan las casas, los terrenos,
la misma tierra pasa de mano en mano,
de puerta en puerta,
de corazón en corazón.

La mariposa que inventó los dedos

De labios del Viejo Oriente


nació la leyenda de la mariposa que inventó los dedos.
La historia cuenta que en un principio
los amantes podían tocarse sólo con la palabra.
La costumbre de usar guantes todo el tiempo
los había hecho olvidarse del tacto.
Un día estaban dos amantes jóvenes en un temprano bosque,
buscando hacer el amor diciéndose poemas.
De pronto una mariposa se posó en la piel de la mujer,
y la tocó tan profundo que la hizo ver en un segundo
todos los soles y las lunas que se han posado sobre la tierra.
La mariposa tocó también al novio,
y su tacto fue tan leve, tan exacto
que le recordó el olor del pecho de su madre
cuando lo amamantaba.
Ellos conocieron el poder de la mariposa
y lo buscaron en su propio cuerpo,
encontrando que su parte más frágil eran los dedos.
Desde entonces, todos los amantes lento se tocan
para no decir en voz alta la palabra “amor”.
170

En la piedra un corazón

A veces dios se equivoca,


digo, a todos nos pasa.
Pone la flor en la frente,
o el nopal en las manos.

El río desnudo, la mujer pariendo lunas.


Cambia las tierras de lugar
y nos acuesta en el regazo de un cerro.
Los pies en la espalda,
o en la piedra un corazón.
Adiós. A dios. ¿A dios quién lo perdona?
171
Daniel Wence

Plaza del limón, Michoacán. 1984. Egresado de la Facultad de Letras de la Univer-


sidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
Es autor de Nada de Incrustaciones (Fondo Editorial Tierra Adentro-Conaculta.
2010), Astrolabio de astronauta (Sueño Colectivo, Espacio Libre y la Ciudad de los
Violones. 2012) y el Ebook Notas de Atar, presentado en el XI Jazztival de Mo-
relia. Dirige, junto a Leonarda Rivera, el Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes
Ciudad de Morelia. Ha colaborado en publicaciones nacionales e internacionales
como Oráculo, Tierra Adentro, Revista Cronopio o Vozquemadura y fue miembro
del comité editorial de la revista Clarimonda.
Desde 2012 se forma y trabaja como Educador para la paz y los derechos huma-
nos con perspectiva de género, a través del Colectivo de Educación para la Paz.
172 Poemas

B)

Entro a tu habitación:
deshabitada.
Subo a tu cama:
tendida.
Paso a tu baño:
pulcro.
Huelo tu ropa:
estéril.

Usa tu cubrebocas para incidirme


tu bisturí será tu aliento, filoso,
y tu bata un fetiche que llevo en el clóset
de mis parafilias por años.

Nuestra vida se parece a una camilla que avanza.


Mi madre y tu madre se fusionan, amorosas.
Todas las madres en un racimo.
Y mi padre.

Los pasillos se llenan de familiares


todos saltando de trenes
el tren de las madres no sabe sobre sangre
ni sobre madres ni sobre amores o células
ni sobre culos que habremos de limpiar,
ensalivados.

No sabe sobre omisiones.


173

C)

I can’t afford to be afraid


i will jump for joy
everyday
The Shivers.

Ay, qué hermosa la hora


tu café, tus frutos, todo
sentado sobre mi regazo
qué hermosa la hora.

No puedo permitirme sentir miedo.

Todo poeta, todo enfermo


debe tener un enfermo y un poeta
sobre el colchón limpísimo
tendido y célibe: temores.
Todo poeta.

Me llevarás, prometes
adonde está mi padre.
Hablaremos de tus lujos
de mis faltas
de nuestra despedida amarga
moribunda
espléndida.

Hablaremos de tu diámetro
como una invitación a desahuciarme.
Acepto.
Me inserto.
Mi diámetro, negro.
174

Aceptas.
No se piense en obligaciones,
no en consuelos.
Los diámetros están para recorrerse.

Y me inserto, yermo
quiero reproducirme contigo
que sea mi semilla la génesis de nuestra progenie
que tu cuerpo germine, florezca, sane.
Escúchame: deja tus manos marcadas como una firma.

D)

Recuerdo soñabas desnudo.


El hueso de tu rodilla saltaba exagerado
virtuoso.

Yo fumo mientras él baila


yo fumo mientras él me cuenta
cómo lo asesinaron:
su madre lo abrazó como si fuera su pequeña nena
le acarició las cicatrices
las hermosas costillas.

Me vuelvo loco,
fumo, me excito.

Él danza para mí una historia


cuya sangre no sigue ninguna ruta,
nuestros tumores se suspenden en el aire
en el ambiente arrabalesco
y aspiramos, aspiramos
para tendernos uno sobre el otro.
175

Este
tercer Dossier
de la Revista IMÁN, de la
Asociación Aragonesa de Escritores,
se terminó de componer en Pueyo de Marguillén
el día 18 de noviembre de 2018, sesenta y seis
años después de la muerte del poeta
Paul Éluard.

f
176

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