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Actividades sobre "El desentierro de la angelita"

Este documento presenta la planificación de una clase sobre la descripción. La clase tendrá dos momentos y se centrará en reconocer diferentes tipos de descripción, identificar palabras clave y producir textos descriptivos. Los estudiantes aprenderán sobre retratos, paisajes, situaciones y procesos a través de imágenes, lecturas y actividades grupales. La evaluación considerará la participación y producción de los estudiantes.

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Actividades sobre "El desentierro de la angelita"

Este documento presenta la planificación de una clase sobre la descripción. La clase tendrá dos momentos y se centrará en reconocer diferentes tipos de descripción, identificar palabras clave y producir textos descriptivos. Los estudiantes aprenderán sobre retratos, paisajes, situaciones y procesos a través de imágenes, lecturas y actividades grupales. La evaluación considerará la participación y producción de los estudiantes.

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Planificación de Clase

Nombre y apellido del alumno (practicante o residente):


Nombre y apellido de la pareja pedagógica:
Profesor del curso: Elizabeth Olea
Curso: 2° División: 2° Turno:
Mañana
Fecha:
Tema de la clase: La descripción.

Contenido del Diseño por ámbitos:

Eje de la Literatura:
 Reconocer los diferentes tipos de descripción en un cuento.
 Reconocer los sustantivos, adjetivos y verbos como clases de palabras.
 Discutir sobre los elementos formales y de contenido de los textos
seleccionados.
 Formar parte de situaciones sociales de lectura.

Eje del Estudio:


 Seleccionar información del texto con criterios acordados con los pares y/o el
practicante.

Propósitos:
 Fomentar la escucha atenta de quien lee en voz alta.
 Lograr el interés y participación de los alumnos.
 Ofrecer a los alumnos las herramientas necesarias para reconocer las
características del tema a trabajar.
 Estimular a los alumnos con diversas actividades de producción de textos.
 Propiciar el trabajo grupal a través de consignas que involucren el trabajo en
equipo.

Objetivos: Que los alumnos logren:


 Seguir la lectura de quién lee en voz alta.
 Participar de manera activa respetando los tiempos del habla.
 Involucrarse con la lectura y disfrutar de ella.
 Localizar información en el texto.
 Reflotar saberes previos.
 Producir textos teniendo en cuenta diferentes aspectos de ortografía y gramática.
 Conocer los diferentes tipos de descripción en los cuentos.
 Elaborar descripciones a partir de una consigna.
 Interpretar descripciones para graficar.
 Trabajar en pareja respetando las ideas del otro.
Evaluación: Se tendrá en cuenta:
 Participación activa en clase.
 Iniciativa e interés por el trabajo.
 Interés por la lectura y elaboración de textos de carácter literario.
 Respeto y aprecio por la producción de textos.
 Iniciativa en la expresión y comunicación de sus ideas y respuestas.
 Precisión y utilización en el uso del lenguaje.
 Respeto e interés por las opiniones de los demás, expresadas tanto oralmente
como por escrito.
Recursos:
 Imágenes.
 Afiches.
 Pizarrón y tiza.
 Fragmentos de cuentos.
 Fotocopias del cuento “El desentierro de la angelita” - Mariana Enríquez.
 Fotocopias con definiciones.
Clase N°1
Duración: 2 módulos
Momentos de la clase:

Momento de apertura:
La clase comenzará saludando a los estudiantes. Seguidamente, el docente
practicante colocará en el pizarrón cuatro imágenes referidas a cada uno de los tipos de
descripción (retrato, situaciones, paisajes, procesos). ANEXO 1.
Luego se organizará la clase en grupos y se solicitará que describan en sus carpetas lo que
observan en cada una de las imágenes.

Secuencias de desarrollo:
Se realizará una puesta en común de las producciones de los estudiantes y a partir
de ellas se dará inicio a una explicación teórica elaborando una red conceptual en el
pizarrón que los alumnos registrarán en sus carpetas. ANEXO 2.
Posteriormente, se les hará entrega de una fotocopia con la clasificación de las
descripciones (según el objeto descrito y el tratamiento). ANEXO 3.

Cierre:
Se propondrá realizar una actividad inversa a la del momento de apertura. Se
trabajará con dos fragmentos descriptivos de diferentes temáticas (retrato, paisajes) que
se entregarán al azar. ANEXO 4.
Los docentes practicantes harán entrega de hojas blancas en las cuales se invitará
a los alumnos, a partir de la lectura de los fragmentos descriptivos, ilustrarlos. Los
docentes practicantes presentarán dos afiches titulados “Así interpretamos…” con los
fragmentos ampliados en los que luego se colocarán las producciones de los estudiantes.
Posteriormente, contrastaremos las mismas con la finalidad de que los estudiantes logren
apreciar las diferentes subjetividades. Dichos afiches serán colgados en las paredes del
aula.

Firma del docente áulico:

Firma del profesor del Espacio:


ANEXO 1.
a) Descripción de personas. b) Descripción de paisajes.

c) Descripción de situación. d) Descripción de proceso.

ANEXO 2.
Se les dictará a los estudiantes la siguiente definición que deberán escribir en sus
carpetas: La descripción es la representación lingüística del mundo real o imaginario.
Pueden describirse personas, lugares, objetos, estados de ánimo, épocas, etc.
De forma oral e invitando a los estudiantes a tomar nota de aquello que crean
pertinente, se ahondará esta definición con algo similar a:
Es uno de los procedimientos comunes que utiliza el autor en su obra. La
descripción es la acción de presentar personas o cosas por medio del lenguaje, refiriendo
o explicando sus distintas partes, cualidades o circunstancias. Puede resaltar lo esencial,
típico, característico y llamativo. Es similar a la pintura o al dibujo debido a su tendencia
de copiar lo que ven. Requiere de una observación aguda, una atención profunda y un
accionar a todos los sentidos.
El docente practicante escribirá en el pizarrón la siguiente red conceptual, la cual
deberán anotar los estudiantes en sus carpetas:
ANEXO 3.
A continuación, se les hará entrega de una fotocopia con la siguiente clasificación.
Esta será leída oralmente por uno de los docentes practicantes, explicando detenidamente
cada uno de los ítems que figuran en ella:

Las descripciones pueden diferenciarse según:


 El objeto descrito:
o Retrato: consiste en describir conjuntamente los rasgos físicos y
externos de una persona, y su carácter psíquico o moral.
a) Prosopografía: son los rasgos físicos de la persona, de su
apariencia externa.
b) Etopeya: son los rasgos psicológicos o morales del personaje (su
manera de ser, de actuar, su carácter).
c) Autorretrato: es el retrato de una persona hecho por ella misma.
d) Caricatura: en ella los rasgos de la persona se presentan de manera
exagerada, acentuando los defectos.
o Paisajes o topografía: es la descripción detallada de un lugar. Se
utilizan para reforzar la verosimilitud y dar un marco a las acciones de los
personajes.
o Situaciones: se describe una escena en términos generales. ¿Qué
hay?, ¿quiénes están allí?, ¿qué hacen?
o Procesos: se describe el funcionamiento de un artefacto, una forma
de desplazamiento, la fabricación de algo, etcétera.

 Según el tratamiento que el emisor dé a la realidad que describe:


o Dinámica: presenta una realidad cambiante.
o Estática: presenta una realidad fija, estable.

Se ejemplificarán oralmente los conceptos anteriores de la siguiente manera:

Una buena descripción no es un amontonamiento de detalles. No es lo mismo


apuntar, de manera estática: “En la habitación había una mesa de roble alargada, un
amplio ventanal, cuatro sillas y una pizarra”, que convertir esto en una descripción
dinámica: “Abrió de golpe el amplio ventanal, dejando que entrara la fuerte luz del
mediodía, cuyos reflejos hicieron brillar la alargada mesa de roble. Luego fue ordenando
cada silla, orientándolas hacia la pizarra del fondo”.
En el primer caso (estático) se suman aburridamente los distintos elementos. En
el segundo (dinámica) se ejecuta una acción por parte de un personaje, y dentro de esta
acción se deslizan los elementos descriptivos. El resultado es una escena que se deja leer
de manera fluida.

ANEXO 4.
El docente practicante hará entrega de los siguientes fragmentos de manera
aleatoria y dará la siguiente actividad:
Consigna: A partir de las descripciones dadas en los siguientes fragmentos, ilustrá el
objeto descrito.

Retrato:
«Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo
hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La
cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron. En Privet Drive nunca se había visto un
hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan
largos que podría sujetarlos con el cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color
púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros,
brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz
muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez. El nombre de aquel
hombre era Albus Dumbledore.»
Harry Potter y la Piedra Filosofal, de J. K. Rowling

Paisaje:
Este paisaje pertenece a un pequeño pueblo costero, situado en una amplia
bahía. En él podemos distinguir el mar, las casas construidas en sus orillas y los
montes del fondo. El mar está tranquilo y es azul y luminoso. Apenas tiene olas. Las
casas son bajitas, de una o dos plantas y de un color blanco purísimo. Por detrás de las
casas, se alzan unos montes pardos, suaves y con escasa vegetación, que rodean y
protegen la bahía.
El cielo tiene un color azul, algo más claro que el del mar, y está salpicado de blancas
nubes.
La sequedad y aridez del terreno, así como el tipo de construcción de sus casas,
acabadas en terrazas y no en tejados, nos hace pensar que en este lugar llueve poco.
Quizás esté en el sur de España.
Clase N°2
Duración: 2 módulos
Momentos de la clase:

Momento de apertura:
La clase comenzará saludando a los estudiantes. A continuación, se retomarán
los conceptos trabajados en la clase anterior. Con la finalidad de abordar los recursos
que utiliza el autor en la descripción, a diferencia de la clase anterior, se trabajará a
partir de un cuento que no contiene imágenes buscando que los alumnos logren
interpretar cada una de las descripciones que aparezcan durante la lectura.
Se entregará por parejas una copia del cuento “El desentierro de la angelita” de Mariana
Enríquez. ANEXO 5.

Secuencia de desarrollo:
Antes de comenzar la lectura se solicitará a los alumnos prestar atención y
marcar aquellos fragmentos que consideren que hacen alusión a algún tipo de
descripción. Para ello iniciarán la lectura los docentes practicantes y se irán alternando
con algunos estudiantes que se ofrezcan como voluntarios.
Al finalizar, se realizará una puesta en común de los fragmentos seleccionados y
debatiremos respecto a qué clase de descripción corresponde cada uno.

Durante el debate se preguntará de qué modo la autora describe al personaje de


la “angelita” y qué clase de palabras utiliza.
Esto se utilizará como puente para trabajar los diversos recursos que utilizan los autores
en las descripciones de los cuentos a través de una red conceptual y definiciones en el
pizarrón que los alumnos registrarán en sus carpetas. ANEXO 6.

Cierre:
Para finalizar los estudiantes deberán escribir, en una carilla como máximo, una
historia en la que utilicen los recursos explicados anteriormente. ANEXO 7.

Firma del docente áulico:

Firma del profesor del Espacio:


ANEXO 5.
El desentierro de la angelita
Mariana Enríquez

A mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas,


cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la
mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la
lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo
la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta,
cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de las
gotas y el viento –el techo de su casa era de chapa–, y si el aguacero coincidía con su serie
favorita, Combate, no había quien pudiera sacarle una palabra porque estaba
perdidamente enamorada de Vic Morrow.
Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara mi
manía excavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy chica,
del tamaño que usaría un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera, no de
plástico. La tierra del fondo albergaba pedacitos de botellas de vidrio color verde, con los
bordes tan lisos que ya no cortaban; piedras suaves que parecían cantos rodados o
pequeñas rocas de playa, ¿por qué estarían en el fondo de mi casa? Alguien debía haberlas
sepultado. Una vez encontré una piedra ovalada, del tamaño y color de una cucaracha
pero sin patas ni antenas. De un lado era lisa, del otro unas muescas formaban los claros
rasgos de una cara sonriente. Se la mostré a mi papá, enloquecida porque creía
encontrarme ante una reliquia, y me dijo que las marcas formaban un rostro de casualidad.
Mi papá nunca se entusiasmaba. También encontré dados negros, con los puntos blancos
ya casi invisibles. Encontré restos de vidrios esmerilados verde manzana y turquesa. Mi
abuela se acordó de que habían sido parte de una puerta vieja. También jugaba con
lombrices y las cortaba en pedacitos bien chiquitos. No me divertía ver el cuerpo dividido
retorciéndose un poco para al final seguir adelante. Me parecía que si picaba bien a la
lombriz, como a una cebolla, sin dejar contacto alguno entre los anillos, no iba a poder
reconstruirse. Nunca me gustaron los bichos.
Encontré los huesos después de una tormenta que convirtió al cuadrado de tierra
del fondo en una piscina de barro. Los guardé en el balde que usaba para llevar los tesoros
hasta la pileta del patio, donde los lavaba. Se los mostré a papá. Dijo que eran huesos de
pollo, o a lo mejor de bifes de lomo, o de alguna mascota muerta que debían haber
enterrado hacía mucho. Perros o gatos. Insistía con lo de los pollos porque antes, en el
fondo, cuando él era chico, mi abuela tenía un gallinero.
Parecía una explicación posible hasta que mi abuela se enteró de los huesitos y
empezó a arrancarse los pelos y a gritar; la angelita la angelita. Pero el escándalo no duró
mucho bajo la mirada de papá: él admitía las “supersticiones” (así las llamaba) de la
abuela siempre y cuando no se desbordara. Ella le conocía el gesto de desaprobación y se
tranquilizó a la fuerza. Me pidió los huesitos y se los di. Después me pidió que me fuera
a la habitación a dormir. Yo me enojé un poco porque no entendía la causa de la
penitencia.
Pero más tarde, esa misma noche, me llamó y me contó todo. Era la hermana
número diez u once, mi abuela no estaba demasiado segura, en aquel entonces no se les
prestaba tanta atención a los chicos. Se había muerto a los pocos meses de nacida, entre
fiebres y diarrea. Como era angelita, la sentaron sobre una mesa adornada con flores,
envuelta en un trapo rosa, apoyada en un almohadón. Le hicieron alitas de cartón para
que subiera al cielo más rápido, y no le llenaron la boca de pétalos de flores rojas porque
a la mamá, mi bisabuela, le impresionaba, le parecía sangre. Hubo baile y canto toda la
noche, y hasta hubo que echar a un tío borracho y reanimar a mi bisabuela, que se
desmayó por el llanto y el calor. Una rezadora india cantó trisagios, y lo único que les
cobró fue unas empanadas.
–¿Eso fue acá, abuela?
–No, en Salavina, en Santiago. ¡Hacía un calor!
–Entonces no son los huesos de la nena, si se murió allá.
–Sí que son. Yo me los traje cuando vinimos para acá. No la quise dejar porque
lloraba todas las noches, pobrecita. Si lloraba con nosotros cerquita, en la casa, ¡lo que
iba a llorar sola, abandonada! Así que me la traje. Ya era huesitos nomás, la puse en una
bolsa y la enterré acá en los fondos. Ni tu abuelo sabía. Ni tu bisabuela, nadie. Es que
nomás yo la escuchaba llorar. Tu bisabuelo también, pero se hacía el tonto.
–¿Y acá llora la nena?
–Cuando llueve, nomás.
Después le pregunté a mi papá si la historia de la nena angelita era cierta, y él dijo
que la abuela ya estaba muy grande y desvariaba. Muy convencido no parecía, o a lo
mejor le resultaba incómoda la conversación. Después la abuela se murió, la casa se
vendió, yo me fui a vivir sola sin marido ni hijos; mi papá se quedó con un departamento
de Balvanera, y me olvidé de la angelita.
Hasta que apareció al lado de la cama, en mi departamento, diez años después,
llorando, una noche de tormenta.
La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco.
Está a medio pudrir y no habla. La primera vez que apareció creí que soñaba y traté de
despertarme de la pesadilla; cuando no pude y empecé a entender que era real grité y lloré
y me tapé con las sábanas, los ojos cerrados fuerte y las manos tapando los oídos para no
escucharla –porque en ese momento no sabía que era muda–. Pero cuando salí de ahí
abajo, unas cuantas horas después, la angelita seguía ahí con los restos de una manta vieja
puesta sobre los hombros como un poncho. Señalaba con el dedo hacia afuera, hacia la
ventana y la calle, y así me di cuenta de que era de día. Es raro ver un muerto de día. Le
pregunté qué quería, pero como respuesta siguió señalando como en una película de
terror.
Me levanté y salí corriendo hacia la cocina, a buscar los guantes que usaba para
lavar los platos. La angelita me siguió. Apenas una primera muestra de su personalidad
demandante. No me amedrentó. Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté.
No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado y
ser razonable al mismo tiempo. No le provoqué ni una tos, nada más yo quedé con restos
de carne en descomposición entre los dedos enguantados y a ella le quedó la tráquea a la
vista.
Hasta ese momento no sabía que se trataba de Angelita, la hermana de mi abuela.
Seguía cerrando los ojos bien fuerte a ver si ella desaparecía o yo me despertaba. Como
no funcionaba le caminé alrededor y vi, en la espalda, colgando de los restos amarillentos
de lo que ahora sé era la mortaja rosa, dos rudimentarias alitas de cartón con plumas de
gallina pegoteadas. En tantos años tendrían que haber desaparecido, pensé y después me
reí un poco histérica y me dije que tenía un bebé muerto en la cocina, que era mi tía abuela
y que caminaba, aunque por el tamaño debía haber vivido apenas unos tres meses. Tenía
que dejar definitivamente de pensar en términos de qué era posible y qué no.
Le pregunté si era mi tía abuela Angelita –como no habían hecho tiempo de
anotarla con un nombre legal, eran otros tiempos, la llamaron siempre por ese nombre
genérico–; así descubrí que no hablaba pero contestaba moviendo la cabeza. Entonces mi
abuela decía la verdad, pensé, no eran del gallinero, eran los huesitos de su hermana los
que desenterré cuando era chica.
Lo que quería Angelita era un misterio, porque más que mover la cabeza
afirmativa o negativamente no hacía. Pero algo quería con suma urgencia, porque no sólo
seguía señalando, sino que no me dejaba en paz. Me seguía por toda la casa. Me esperaba
atrás de la cortina del baño cuando tomaba una ducha; se sentaba en el bidet cuando yo
hacía pis o caca; se paraba al lado de la heladera cuando lavaba los platos y se sentaba al
lado de la silla cuando yo trabajaba con la computadora.
Seguí haciendo mi vida normal durante la primera semana. Creía que a lo mejor
se trataba de un pico de estrés con alucinación, y que se iría. Me pedí unos días en el
trabajo, tomé pastillas para dormir. La angelita seguía ahí, esperando al lado de la cama
a que me despertara. Algunos amigos me visitaron. Al principio no quise atender los
mensajes ni abrirles la puerta, pero, para no preocuparlos más, accedí a verlos aduciendo
agotamiento mental. Ellos comprendieron, estuviste trabajando como una negra, me
decían. Ninguno vio a la angelita. La primera vez que me visitó mi amiga Marina metí a
la angelita en el placard, pero para mí terror y disgusto, se escapó y se sentó en el brazo
del sillón, con esa fea cara podrida verdegrís. Marina ni se dio cuenta.
Poco después saqué a la angelita a la calle. Nada. Salvo ese señor que la miró de
pasada y después se dio vuelta y la volvió a mirar y se le descompuso la cara, le debe
haber bajado la presión; o la señora que directamente salió corriendo y casi la atropella el
45 en la calle Chacabuco. Alguna gente tenía que verla, eso me lo imaginaba, seguramente
no mucha. Para evitarles el mal momento, cuando salíamos juntas –mejor dicho, cuando
ella me seguía y a mí no me quedaba otra que dejarme acompañar– lo hacía con una
especie de mochila para cargarla (es feo verla caminar, es tan chiquita, es antinatural).
También le compré una venda tipo máscara para la cara, de las que se usan para tapar
cicatrices de quemaduras. La gente ahora cuando la ve siente asco, pero también
conmoción y pena. Ven a un bebé muy enfermo o muy lastimado, ya no a un bebé muerto.
Si me viera mi papá, pensaba, él que siempre se quejó de que iba a morirse sin
nietos (y se murió sin nietos, yo lo decepcioné en esa y muchas otras cosas). Le compré
juguetes para que se entretuviera, muñecas y dados de plástico y chupetes para que
mordiera, pero nada parecía gustarle demasiado, y seguía con el dichoso dedo apuntando
para el Sur –de eso me di cuenta, era siempre para el Sur– mañana, tarde y noche. Yo le
hablaba y le preguntaba, pero ella no se podía comunicar bien.
Hasta que una mañana se apareció con una foto de mi casa de la infancia, la casa
donde yo había encontrado sus huesitos en el patio del fondo. La sacó de la caja donde
guardo las fotografías: un asco, dejó todas las otras manchadas de su piel podrida que se
desprendía, húmedas y pringosas. Ahora señalaba la casa con el dedo, bien insistente.
Querés ir ahí, le pregunté, y me dijo que sí. Le expliqué que la casa ya no era nuestra, que
la habíamos vendido, y me dijo que sí otra vez.
La cargué en la mochila con su máscara puesta y nos tomamos el 15 hasta
Avellaneda. Ella no mira por la ventana en los viajes, tampoco mira a la gente ni se
entretiene con nada, le da a lo exterior la misma importancia que a los juguetes. La llevé
sentada a upa para que estuviera cómoda, aunque no sé si es posible que esté incómoda o
si eso significa algo para ella; ni siquiera sé qué siente. Solamente sé que no es mala, y
que le tuve miedo al principio, pero hace rato que no.
Llegamos a la que fue mi casa a eso de las cuatro de la tarde. Como siempre en
verano, había un olor pesado a Riachuelo y nafta sobre la avenida Mitre, mezclado con
tufos de basura; en las esquinas, helados caídos de cucuruchos que dejaban el suelo
pegoteado. Hay muchas heladerías sobre la avenida y mucha gente torpe. Cruzamos la
plaza caminando, después pasamos por el Sanatorio Itoiz, donde se murió mi abuela, y
finalmente rodeamos la cancha de Racing. Atrás estaba mi casa vieja, a dos cuadras de
distancia del estadio. Pero ahora que estaba en la puerta, ¿qué hacer? ¿Pedirles a los
dueños nuevos que me dejaran pasar? ¿Con qué pretexto? Ni lo había pensado.
Claramente me estaba afectando la mente andar para todos lados con una niña muerta.
Angelita fue la que se encargó de la situación. No hacía falta entrar. Era posible
asomarse al fondo por la medianera, eso era lo único que ella quería, ver el fondo.
Espiamos las dos, ella en mis brazos –la medianera era más bien baja, debía estar mal
hecha–. Ahí, donde solía estar el cuadrado de tierra, había una pileta de natación de
plástico azul, empotrada en un hueco del suelo. Evidentemente habían levantado toda la
tierra para hacer el hoyo, y con esa acción habían tirado los huesos de la angelita vaya a
saber dónde, los habían revoleado, se habían perdido. Me dio lástima, pobrecita, y le dije
que lo sentía mucho, que no podía solucionárselo; hasta le dije que lamentaba no haberlos
desenterrado otra vez cuando la casa se vendió, para sepultarlos en algún lugar pacífico,
o cerca de la familia si a ella le gustaba así. ¡Pero si tranquilamente podría haberlos puesto
adentro de una caja o un florero, y llevarlos a casa! Estuve mal con ella y le pedí disculpas.
Angelita dijo que sí. Entendí que las aceptaba. Le pregunté si ahora estaba tranquila y se
iba a ir, si me iba a dejar sola. Me dijo que no. Bueno, contesté, y como la respuesta no
me cayó muy bien, salí caminando rápido hasta la parada del 15 y la obligué a corretear
atrás mío con sus pies descalzos que, de tan podridos, estaban dejando asomar los huesitos
blancos.

ANEXO 6.
El practicante docente realizará la siguiente red conceptual:

Seguidamente, dará las siguientes definiciones de los ítems mencionados anteriormente


las cuales deberán ser copiadas por los estudiantes en sus carpetas.

Recursos descriptivos:
 Adjetivación: los adjetivos permiten expresar características y cantidades.
Sobre todo, los calificativos están entre los principales recursos para que las
descripciones sean más o menos subjetivas.
 Hipérbole: es un recurso que consiste en exagerar las características de una
persona o cosa.
 Tiempos verbales de descripción: suelen usarse verbos en presente o en
pretérito imperfecto del modo indicativo.
 Uso de organizadores: pueden utilizarse palabras o expresiones sobre la
disposición de los objetos en el espacio (arriba, abajo, a la izquierda, lejos, cerca,
alrededor, etcétera).
 Construcciones sustantivas: se utilizan sustantivos y sus modificadores para
expresar los objetos de las descripciones.
 Metáfora: consiste en la sustitución de un elemento por otro con el cual tiene un
cierto parecido.
 Comparación: se establece una relación de similitud entre lo que se describe y
otro elemento con rasgos parecidos.
ANEXO 7.
Para finalizar, el docente practicante dictará la siguiente actividad:

Consigna: Redactá un breve texto narrativo que incluya la descripción desarrollada de


un lugar donde suceda una historia. Tené en cuenta algunos pensamientos y
sentimientos del protagonista. Recordá mencionar algunas características físicas o de
personalidad que te parezcan relevantes para la historia.
Respetá las reglas ortográficas. Extensión máxima: una carilla.

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