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Lecciones de Vida en la Selva Amazónica

La historia narra el viaje de Alonso para explorar la Amazonia y su pérdida en la selva, donde es rescatado por una tribu local. Aprende su lengua y construyen una canoa para que pueda regresar. Más tarde, Alonso comprende que la lección aprendida sobre la importancia del río y la preparación para el viaje se aplica a su propia vida y búsqueda de vocación. El autor sugiere que la historia puede ayudar a los lectores a reflexionar sobre su propio viaje vital.

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Lecciones de Vida en la Selva Amazónica

La historia narra el viaje de Alonso para explorar la Amazonia y su pérdida en la selva, donde es rescatado por una tribu local. Aprende su lengua y construyen una canoa para que pueda regresar. Más tarde, Alonso comprende que la lección aprendida sobre la importancia del río y la preparación para el viaje se aplica a su propia vida y búsqueda de vocación. El autor sugiere que la historia puede ayudar a los lectores a reflexionar sobre su propio viaje vital.

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UNA CANOA PARA NAVERGAR

Cuentos para mirar la vida...


cuentos para descubrir la vocación

Antes de nada, un recuerdo para quienes usan historias, parábolas o


cuentos en su quehacer diario con jóvenes (o no jóvenes): tú eres el mejor
“hacedor de historias”, puedes crearlas o modificar otras. Nunca hemos de
olvidar que son un instrumento para ayudar a caminar. Los protagonistas son
los jóvenes (o no jóvenes, repito) que van a servirse de ellas para crecer.
¿Por qué digo esto? Porque hacer después un guión para trabajar la historia
me parece un poco traición. Y no al autor de la historia (que como esta vez es
el mismo que escribe esto, no tiene ningún problema) sino a aquellos que la
van a utilizar. Es como decirles: “tranquilos que yo os lo mastico primero”. A lo
que iba: utilizad esta historia como mejor veáis.

UNA CANOA PARA NAVEGAR


(Oscar Jesús Fernández)

Alonso fue siempre un aventurero. Nunca desaprovechó una oportunidad


para ver nuevas tierras y nuevas gentes. Por eso no lo dudó un instante
cuando le ofrecieron aquel viaje para explorar una zona del alto Amazonas.
Fueron varios meses de preparación: eligió el mejor material para el
trabajo que iba a realizar, calculó al milímetro las provisiones necesarias
para los dos meses que duraría el viaje, estudió los mapas y todo lo que
otros habían escrito de aquella zona, pasó largas horas escuchando a los
nativos todo lo que le querían contar sobre el mundo y las gentes que se iba
a encontrar.
Al llegar el día de la partida, Alonso ya estaba preparado. Muy
impaciente y lleno de ilusión, se presentó al capitán del barco que le habría
de acercar a su destino.
La primera impresión le dejó un poco decepcionado. El capitán era un
hombre algo mayor que no daba ninguna importancia al viaje que iba a
emprender, ya había hecho la misma ruta varias veces. Le hubiera gustado
hablar más con él; pero le había despedido con un “lo siento, tengo que
preparar la navegación”.
El viaje comenzó. Alonso pasaba el tiempo observando los márgenes
del río. Era un mundo impresionante... y muy atrayente. Cien veces hubiera
abandonado el barco para perderse por los bordes de ese camino de agua
que le llevaba a la Amazonia.
Después de navegar varios días, llegaron a su destino. El capitán le
ayudó a bajar el material y le preguntó si estaba seguro de querer quedarse.
Al ver la cara de Alonso, le dio algún consejo y se despidió hasta una fecha
determinada en que volvería a recogerle en el mismo lugar.
Observó cómo se alejaba la barca hasta que desapareció en un recodo
del río. En un instante se le agolparon un montón de sensaciones que casi
no podía diferenciar: excitación, ilusión, soledad, miedo, confianza en sí
mismo...
No esperó mucho. Estaba en su terreno, había estudiado todo lo que se
sabía sobre esa zona. Muy animoso inició la marcha hacia el interior de la
selva, hacia un punto perfectamente situado en los mapas que él se había
fabricado.

Fueron varias jornadas caminando... se había perdido. La seguridad se


había convertido en vértigo, la ilusión en pánico...

Cuando despertó estaba bañado en sudor. No sabía dónde estaba, ni


qué le había sucedido, ni... Parecía preso de la fiebre y no podía ponerse en
pie.
Después de varios días, entre sueños y despertares, fue recuperando
fuerzas y descubriendo lo que le había pasado. Estas gentes le habían
encontrado inconsciente en medio de la selva y le habían llevado consigo.
Le cuidaron durante muchos días.
Fue entonces cuando comenzó a mirar hacia atrás y ver su propia
realidad. No sabía dónde estaba, no sabía qué día era, no sabía cómo llegar
al lugar donde el capitán le iría a recoger, no sabía si el capitán ya habría
pasado... Su mundo se había venido abajo. Alonso ya no era el aventurero
seguro de sí mismo, ahora era alguien muy frágil.
El tiempo fue pasando. Con dificultad fue aprendiendo la lengua de
los otros. Les cogió mucho cariño, pero el sabía que tenía que volver.
Lo que más le ayudó fue cuando un anciano le dijo:
- Tú te alejaste del río, perdiste el camino. Sin el camino tú no puedes
vivir. Te ayudaremos a volver al río y construiremos una canoa para que
puedas volver con tu gente.
Varios días después llegaron al margen de “El Río”. Los más jóvenes
cortaron un gran árbol y comenzaron a trabajarlo para hacer la canoa.
No se daban ninguna prisa. Parecía que estaban tallando una gran obra de
arte en vez de una canoa. Le invadía la impaciencia cada vez más y su
temperamento se agriaba demasiado.
Una noche el mismo anciano le dijo:
- En esta tierra la vida está en el río. Todos nosotros necesitamos de él.
Es el camino que nos une con otras familias, con otras gentes. Por él
viniste a nosotros y de él necesitas para volver con los tuyos. Pero él
exige que estés siempre atento, que estés siempre preparado;
continuamente tiende trampas (pequeños brazos, remolinos, corrientes...)
que te pueden hacer zozobrar. Por eso tu embarcación ha de ser la mejor.
Tú sólo piensas en el destino al que quieres llegar, pero quienes
están haciendo tu canoa la están preparando para el viaje que tienes
que hacer. Si la canoa no sirve para tu viaje, nunca llegarás a tu
destino, el río te engullirá.

Mucho tiempo después, a muchos kilómetros de aquel lugar, Alonso


aprendió lo que habían intentado enseñarle. La lección del río y la canoa, no
le sirvió sólo para salvar la vida, hoy le sirve para vivir.
Diferenciar la historia personal y el desarrollo de la propia vocación es algo tan
artificial como inútil. Es algo así como dividir entre mi vida normal y mi vida
religiosa, o las horas dedicadas a mi vida y las dedicadas a Dios. Si vocación
es llamada y Dios el que llama, la vida es nuestra primera y gran vocación
(que luego se irá concretando en diversos ríos, afluentes o regatos).
Esta historia pretende ser un viaje; el viaje que todos hacemos por nuestro
río, el de la vida (y el de la vocación). Igual que todos los viajes importantes,
tiene sus etapas y momentos. Hay veces que nos encontramos solos y otras
que necesitamos acompañantes.
La invitación es a recorrer con el recuerdo el propio viaje (en la vida o en
momentos concretos que estamos haciendo viajecillos -¿vocación religiosa?
¿noviazgo? ¿crecimiento comunitario?...-). La historia de Alonso nos puede
ayudar.

Momentos del viaje de Alonso (cada punto se corresponde con un párrafo):


- Dispuesto a emprender cualquier viaje que le propongan. A la
espera...
- Lleno de ilusión se prepara para hacer el viaje de su vida.
- Impaciente por iniciar la marcha.
- Decepcionado por la primera dificultad: “mi proyecto no ilusiona a
todo el mundo”.
- Observando los “atractivos márgenes” y ansiando “perderse en
ellos”.
- Resuelto ante todo y ante todos a seguir adelante pese a quien
pese.
- Enfrentado con la propia soledad.
- Tan seguro de sí mismo que “no hay posibilidad de duda o error”.
- Lleno de miedo pero sin posibilidad de volver atrás.
- Perdido, desconcertado.
- Débil, necesitado.
- Sin que él haya pedido ayuda, otros se la han dado.
- “Su mundo se ha venido abajo”. Es alguien muy frágil.
- Aprende a querer a los otros, a utilizar su lenguaje.
- Recupera la ilusión por su viaje (aunque sea en dirección contraria).
- Espectador de su propia vida. Observa cómo otros hacen su barca.
- Impaciente por la espera. Exigiendo sin ofrecer nada.
- Escucha a aquellos que le ayudan.
- Con el tiempo y la distancia, descubre que esta historia le ha
ayudado.

Para trabajar esto, propongo un rato muy largo de reflexión personal. Como
instrumentos de trabajo: papel y bolígrafo, la historia “Una canoa para
navegar” y el listado de “Momentos del viaje de Alonso”. Que cada uno escriba
su historia personal, haciendo hincapié en las vivencias y reflexionando sobre
las propias reacciones.
Es muy difícil compartir la historia personal en grupo (más bien es para
compartirla con el acompañante). Por eso, con el grupo, se pueden recorrer
los “Momentos del viaje de Alonso” invitando a compartir momentos de la
propia vida en los que se haya tenido la misma experiencia.
Descubrir uno mismo y a los otros (compartiendo) las vivencias, es descubrir
la propia interioridad. Es aquí donde Dios encuentra muchas veces “el hueco
por donde colarse”. Esta tarea de profundizar te corresponde a ti,
acompañante.

Y qué te parece si tú también haces tu propia reflexión. No sólo te invito a que


escribas tu historia personal, sino también a que releas la historia y te pongas
en el papel de los distintos personajes que en algún tramo del viaje
acompañan a Alonso.
¿Eres el capitán... que escucha y luego dice “tengo cosas más importantes que
hacer”?
O ¿eres el anciano... que después de acoger, cuidar y “aguantar”, sabe dar la
palabra justa y los instrumentos necesarios para que siga su propio camino?
Ánimo. Las historias de Dios tienen siempre finales inesperados.

Oscar Jesús Fernández, dominico

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