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Autonomistas en la Independencia Mexicana

Este documento describe la transición de la Nueva España a una nación soberana e independiente, México, entre 1820 y 1821. Los autonomistas, miembros de la élite de la Nueva España, habían buscado durante más de una década mayor autonomía e independencia de España a través de varios caminos políticos. Firmaron la Declaración de Independencia en 1821, aunque requirieron la ayuda del ejército encabezado por Iturbide para lograr la emancipación. Mientras los autonomistas consideraban la independencia como el resultado

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Autonomistas en la Independencia Mexicana

Este documento describe la transición de la Nueva España a una nación soberana e independiente, México, entre 1820 y 1821. Los autonomistas, miembros de la élite de la Nueva España, habían buscado durante más de una década mayor autonomía e independencia de España a través de varios caminos políticos. Firmaron la Declaración de Independencia en 1821, aunque requirieron la ayuda del ejército encabezado por Iturbide para lograr la emancipación. Mientras los autonomistas consideraban la independencia como el resultado

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LA TRANSICIÓN DE COLONIA A

NACIÓN: NUEVA ESPAÑA


1820-1821*

Jaime E. RODRÍGUEZ O.
University of California, Irvine

Si alguna vez la necia antipatía


C o n la malignidad m á s insolente
S e m b r ó el rencor entre una y otra gente
De la vasta Española M o n a r q u í a :
Si alguna vez la negra tiranía
C o n mano armada en este Continente
Nuestra sangre virtió: ya felizmente
Vimos el fin al azaroso d í a .
L a A m é r i c a y la España se están dando
Las manos, en señal muy expresiva
De su U N I Ó N que se están felicitando
Y ambas entronan ya con voz festiva
V i v a la libertad, la U N I Ó N , F E R N A N D O
Y la C O N S T I T U C I Ó N por siempre viva.

J o s é J o a q u í n FERNÁNDEZ DE LIZARDI ( 1 8 2 0 )

Esta América se reconocerá por nación soberana e indepen-


diente, y se llamará en lo sucesivo Imperio Mexicano.

* L a investigación del presente artículo fue posible gracias al apoyo de


la Universidad de California, Irvine, del Comité de Investigaciones del
Senado A c a d é m i c o , del programa de becas en humanidades del presiden-
te de la Universidad de California, y la beca para la investigación de la
F u n d a c i ó n Fulbright. Agradezco a Linda A . R o d r í g u e z , William F. Sa-
ter, V i r g i n i a Guedea y Kathryn L . Roberts sus sugerencias para mejorar
este ensayo.

HMex, XLIII: 2, 1993 265


266 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

Artículo 1, Tratados de Córdoba (1821)

" L A NACIÓN MEXICANA QUE, por trescientos años, ni ha tenido


voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opre-
1
sión en que ha vivido." Así inicia la Declaración de Inde-
pendenciadel 28 de septiembre de 1821. L a mayoría de sus
signatarios eran antiguos autonomistas, tales como Juan
Francisco de Azcárate, el marqués de San Juan de Rayas,
Francisco Manuel Sánchez de Tagle, Juan Bautista Raz y
Guzmán, José Miguel Guridi y Alcocer y José M a r í a Fagoa-
ga. Desde 1808, estos líderes de la élite nacional radicada en
la ciudad de México habían buscado varios caminos hacia
la autonomía: aspiraron a un gobierno propio, participaron
en la sociedad secreta de los Guadalupes y descollaron como
parlamentarios y constitucionalistas. Los autonomistas vie-
ron en el documento de 1821 la culminación de una lucha
de m á s de una década por alcanzar el poder. Sin embargo,
la emancipación requería la ayuda de las fuerzas armadas.
Así, mientras los autonomistas consideraban la independen-
cia un triunfo propio, el ejército, encabezado por Agustín de
Iturbide, la consideraba victoria suya.
Como ha demostrado Virginia Guedea, los miembros de
la élite nacional buscaron la autonomía en 1808, conspira-
ron para establecer un gobierno propio entre 1809 y 1820,
y lucharon por el poder político por vías constitucionales en
las elecciones de 1812, 1813, 1814 y 1820-1821. Todo ese
tiempo coquetearon con los insurgentes. De hecho, en 1813
y 1814 algunos autonomistas pensaron seriamente en unirse
al Supremo Congreso Nacional Americano, un organismo
del gobierno insurgente que en esos años parecía tener posi-
bilidades de éxito. En los años de 1814 y 1815, en los que
tanto la Constitución de 1812 (Constitución de Cádiz) como
el movimiento insurgente parecían condenados al fracaso,
los autonomistas pasaron a la clandestinidad y se mantuvie-
ron activos en grupos secretos hasta que los liberales restau-
raron en España la Constitución en 1820. E l nombre de

1
"Acta de Independencia del Imperio Mexicano", en TENA RAMÍ-
REZ, 1991, pp. 122-123.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 267

equilibristas con que los insurgentes designaban a los autono-


2
mistas resumía la actitud de éstos.
Los autonomistas, elemento clave de la élite nacional,
constituían un grupo extensivo y flexible. L a clase alta de la
Nueva España, que incluía a nobles, grandes magnates, co-
merciantes, profesionistas e intelectuales —entre ellos mu-
chos eclesiásticos—, residía principalmente en la ciudad de
México. Aunque algunos de ellos tenían propiedades e inte-
reses en. las provincias o, en algunos casos, vivían ahí, la éli-
te interpretaba el bienestar del virreinato desde la perspecti-
va de la ciudad de México. L a actitud del grupo era, sin
embargo, protonacionalista: su " A m é r i c a " , la Nueva Espa-
ña, si bien no constituía una nación independiente, sí era,
desde su punto de vista, una entidad real.
Dada la escasa documentación sobre las actividades de los
autonomistas, es necesario reconstruir sus esfuerzos me-
diante fuentes indirectas. Para formarnos un juicio sobre su
papel es necesario partir de acciones pasadas y de los resulta-
dos ulteriores, ya que los miembros del grupo mostraron ser
en extremo renuentes a discutir sus asuntos luego de con-
quistada la independencia. De hecho, hemos llegado a saber
de sus primeras actividades solamente por su corresponden-
cia que las autoridades confiscaron al capturar a ciertos in-
surgentes, así como por los procesos judiciales a los que fue-
3
ron sometidos algunos miembros del grupo. Puesto que el
régimen virreinal utilizaba sus poderes coercitivos en contra
de ellos, los autonomistas formularon un patrón de políticas
basado en coaliciones cambiantes que se integraban para al-
canzar fines específicos. Unidos por lazos de familia, pro-
fesión, interés y oportunidad, el grupo urdía sus planes y
tomaba decisiones en reuniones informales, a menudo clan-
destinas, celebradas en sus casas; en reuniones de organiza-
ciones profesionales, tales como el colegio de abogados; o en

2
Virginia Guedea ha demostrado ser su m á s persistente investigado-
ra; véanse GUEDEA, 1964; 1992a; 1989, pp. 45-62; [en prensa]; [en pren-
saja; 1991a, y 1992.
3
Los Guadalupes siguen siendo el mejor ejemplo de ese tipo de acti-
vidad clandestina. V é a s e GUEDEA, 1992a, pp. 67-286.
268 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

eventos sociales, como tertulias, cenas, bailes o recepciones.


Debido a que estos grupos eran secretos y a que su composi-
ción cambiaba, dependiendo del momento y del asunto a
tratar, resulta difícil si no imposible identificar a todos los
participantes, además de inútil intentar asignarles un papel
político Gonsistente, Cuando surgían diferencias de intereses
4
entre individuos, éstos se retiraban del grupo.
Aunque no es posible identificar con precisión a los auto-
nomistas, es evidente, por sus actividades, que los contactos
y redes de comunicación que poseían abarcaban una gran
extensión. E l virrey Félix M a r í a Calleja, el m á s hábil defen-
sor del régimen, los describió como: "condes, marqueses,
oidores, regidores y otros individuos como doctores, licen-
ciados y comerciantes", y caracterizó su red como "una es-
pecie de francmasonismo. . . que los pone a seguro de toda
averiguación en tratándose de asuntos de infidencia. Todos
están unidos, caminan a un fin; obran por iguales principios
5
y no se descubren j a m á s " . A pesar de lo cual, como seña-
ló el mismo Calleja, su modo de operar era informal:

. . .no tienen necesidad de acordarse ni convenirse; obra cada uno


en favor del proyecto universal, según sus posibilidades y arbi-
trios: el juez y sus subalternos, cubriendo y disimulando los deli-
tos: el eclesiástico, persuadiendo la justicia de la insurrección en el
confesionario, y no pocas veces en el pulpito: los escritores co-
rrompiendo la opinión: las mugeres seduciendo con sus atracti-
vos, hasta el extremo de prostituirse a las tropas del gobierno, por-
que se pasen a los rebeldes: el empleado paralizando y revelando
las providencias de la superioridad: el joven tomando las armas: el
viejo dando noticias y conduciendo correos: el rico franqueando
auxilios: el literato dando consejos y dirección: las corporaciones
influyendo con su ejemplo de eterna división con los europeos, de
cuya clase no admiten uno en su seno y evitan que les alcance la
elección popular; dificultando todo auxilio al gobierno; haciéndo-
6
lo odioso. . ., y todos en fin, barrenando el edificio del Estado.

4
GUEDEA, 1992a, pp. 287-342, 361-383.
5
Félix M a r í a Calleja al ministro de Gracia y Justicia, M é x i c o , 30 de
julio, 1814, en D E LA TORRE, 1985, p. 104. V é a s e t a m b i é n GUEDEA,
1992a, pp. 293-306, 310-311.
6
ALAMÁN, 1985, iv, p. 475.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 269

Aunque de manera un tanto exagerada —algunos, por


ejemplo, sí "acordaron" y "convinieron" — , Calleja descri-
bió con precisión las actividades de los autonomistas.
Durante el periodo en que el absolutismo fue restaurado
(1814-1820), los autonomistas trataron de sobrevivir lo me-
jor posible; aunque algunos siguieron adelante con sus acti-
vidades furtivas, la mayoría intentó llevar una vida tranqui-
la e inconspicua, puestas sus esperanzas en que las
autoridades no lograrían encontrar evidencias o pruebas su-
ficientes para procesarlos por sus anteriores actividades.
Otros no gozaron de la misma fortuna. Algunos de éstos fue-
ron detenidos en la Nueva España, mientras que otros eran
enviados a la Península. Unos cuantos, como José Miguel
Ramos Arizpe y J o s é Mariano Michelena, se vieron presos
o exiliados en España; otros, como el oidor Jacobo V i -
llaurrutia, habían sido forzados a aceptar un puesto allí; y
todavía otros más, como José M a r í a Fagoaga e Ignacio Ada-
lid, tuvieron que defenderse en la Península de los cargos de
7
deslealtad.
L a etapa final del proceso de emancipación empezó con
la restauración de la Constitución española en 1820. Los
años de absolutismo habían servido para demostrar el valor
de las instituciones de autogobierno creadas por la Constitu-
ción de 1812 —las diputaciones provinciales y los ayunta-
8
mientos constitucionales. L a élite de la Nueva España,

7
ALAMÁN, 1 9 8 5 , iv. T a m b i é n véase LADD, 1 9 7 6 , pp. 1 1 7 - 1 3 1 , así
como las notas de esa sección de su libro.
8
H a b í a dos entidades con el nombre de Nueva España en 1 8 2 0 : el
Virreinato de Nueva España (el m á s grande) y el Reino de Nueva Espa-
ñ a . L a Constitución de 1 8 1 2 eliminó el virreinato cuando estableció las
diputaciones provinciales y redujo el puesto de virrey al de capitán gene-
ral del antiguo Virreinato de Nueva España y jefe político superior de la
Diputación Provincial de Nueva España, antiguo Reino de Nueva Espa-
ña. A u n así, siguió existiendo un cuasivirreinato tanto en el uso popular
como en la práctica, ya que el antiguo virrey retuvo algunas formas de
autoridad en su capacidad de capitán general y jefe político superior, ade-
más de ser llamado generalmente " v i r r e y " hasta el momento de la inde-
pendencia. E l "virreinato" estaba compuesto por seis diputaciones pro-
vinciales: el Reino de Nueva España, el Reino de Nueva Galicia, la
Provincia de Y u c a t á n , la Provincia de San Luis Potosí (que también in-
270 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

que había conspirado en favor de la autonomía durante el


9
periodo de la restauración absolutista, se afanó en asegu-
rarse esta segunda oportunidad de alcanzar el poder político
en su tierra.
L a restauración de la constitución desencadenó una enor-
me actividad política en el virreinato. Sin esperar a recibir
instrucciones del virrey, las ciudades costeras de M é r i d a y
Campeche hicieron juramentos de adhesión a la Carta
Constitucional de Cádiz a principios de mayo. Veracruz y
Jalapa hicieron lo propio m á s tarde en el mismo mes. Aun-
que hubiera preferido aguardar instrucciones formales, la
presión pública en la ciudad de México forzó al virrey Juan
Ruiz de Apodaca a proclamar la constitución el 31 de ma-
10
yo. (Dicha carta transformó el cargo de Apodaca en el de
capitán general del anterior virreinato de la Nueva España
y en el de jefe político superior de la Diputación Provincial

cluía a Guanajuato), las Provincias Internas de Oriente y las Provincias


Internas de Occidente. (El Reino de Guatemala —las provincias de A m é -
rica Central—, que también poseían una diputación provincial, se consi-
deraba, si bien vaga e inconsistentemente, una parte del Virreinato de
Nueva E s p a ñ a . ) L a diputación provincial de Nueva España estaba inte-
grada por las siguientes provincias: M é x i c o , Puebla, M i c h o a c á n , Oaxa-
ca, Veracruz, Tlaxcala y Querétaro. Los habitantes del virreinato eran
por lo general, conocidos como americanos y los residentes de la ciudad
de M é x i c o como mexicanos. Fue sólo después de la independencia que,
a raíz de la creación del imperio mexicano, el país adopta el nombre de
M é x i c o . A s í , los historiadores generalmente se refieren a la gente de la
época colonial como novohispanos y a los de la época posindependentista
como mexicanos.
9
J o s é Hipólito Odoardo, fiscal de la Audiencia, informó al ministro
de Gracia y Justicia, el 24 de octubre de 1820, que la Nueva España h a b í a
atravesado por una "conspiración habitual contra el Gobierno". E l infor-
me de Odoardo está publicado en ALAMÁN, 1985, v, pp. 42-49, la cita se
encuentra en la p. 46. Sobre la actividad política clandestina véanse tam-
bién: ALAMÁN, 1985, v, pp. 1-31. y GUEDEA, 1992a, pp. 287-358.
1 0
Los informes sobre los juramentos de fidelidad a la constitución
se encuentran en A G N , Gobernación, leg. 13, exp. 13; Gazeta Extraordinaria
del Gobierno de México (7 y 13 j u n . 1820); Gazeta del Gobierno de México
(13 j u n . 1920). V é a s e también ALBA, 1912-1913, n, pp. 169-180. Sobre
sucesos en Veracruz véanse Viva el Rey, 1820 y LÓPEZ LARA, 1965,
pp. 715-755.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 271

de la Nueva España, antiguo reino de esta última.) Poco


después, las autoridades novohispanas despacharon cerca de
mil copias de la constitución a funcionarios de todo el rei-
11
no. Durante los meses siguientes, varias ciudades y po-
blados de todo el virreinato informaron que habían jurado
adhesión a l a constitución en ceremonias formales y que
habían establecido o restaurado los ayuntamientos constitu-
12
cionales. Por ejemplo, el 6 de junio, los "vecinos princi-
pales" de Tlaxcala anunciaron que, acompañados de auto-
ridades civiles, eclesiásticas y militares, habían proclamado
su apoyo a la constitución en la plaza central, además de ce-
lebrar un Te Deum en la catedral, llevar a cabo ceremonias
públicas y regocijarse, en general, por la restauración del
13
sistema constitucional. Puesto que la constitución permi-
tía el establecimiento de ayuntamientos en áreas urbanas
con una ciudadanía de mil o m á s individuos políticamente
hábiles, la Carta dio pie a una ampliación radical del núme-
ro de ciudades y poblaciones en la Nueva España que po-
dían tener municipalidades. Para finales de año, las autori-
dades de la ciudad de México habían recibido cientos de
informes provenientes de centros urbanos que habían esta-
blecido ayuntamientos constitucionales. Tan sólo en la pro-
vincia de Puebla se habían erigido, para el 31 de enero de
1821, un total de 164 concejos municipales constitucionales,
14
muchos de ellos en poblados indígenas.
Los dirigentes principales del virreinato de la Nueva Es-
p a ñ a también restituyeron las diputaciones provinciales,
que eran el segundo peldaño del gobierno local. Durante el

11
" N ú m e r o de ejemplares de la Constitución repartidos en circular
de 19 de junio de 1820", en A G N , Historia, vol. 404, f. 329.
12
V é a n s e informes en A G N , Ayuntamientos, vol. 120 y Gobernación, sin
sección, caja 8.
1 3
"Vecinos principales de Tlaxcala al conde del Venadito", 6 de ju-
nio, 1820, A G N , Operaciones de Guerra, vol. 755. H a y informes similares
provenientes de muchas otras áreas en dicho volumen.
1 4
" L i s t a de los Ayuntamientos Constitucionales establecidos en este
Reyno como consta en las actas de su instalación recibidas hasta el
dia. . . " , A G N , Ayuntamientos, vol. 120.
272 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

primer periodo constitucional fueron fundadas seis diputa-


ciones provinciales: Nueva España, Nueva Galicia, Yuca-
tán, San Luis Potosí, Provincias Internas de Oriente y Pro-
vincias Internas de Occidente. Dos de ellas reinstalaron sus
15
antiguas diputaciones en 1820: Yucatán el 13 de mayo, y
16
Nueva España, el 20 de julio; las otras no lo hicieron de-
bido, al parecer, a que poco después habrían de celebrar
elecciones. Como ya había ocurrido antes, en 1812-1813, la
Nueva España estableció una junta preparatoria para orga-
17
nizar las elecciones. Procesos similares tuvieron lugar en
otras regiones en 1820: Yucatán y Nueva Galicia celebraron
elecciones en agosto, Nueva España y San Luis Potosí, en
septiembre; las Provincias Internas de Oriente, en octubre,
18
y las Provincias Internas de Occidente, en noviembre. De
modo que, para fines del año, había seis diputaciones pro-
vinciales de reciente elección funcionando en el antiguo vi-
rreinato de la Nueva España.
L a imprenta, que se había convertido en instrumento in-
dispensable en política, dio pábulo a la explosión de esta ac-
tividad en el antiguo virreinato. De manera casi inmediata
aparecieron, tanto en la ciudad de México como en las capi-
tales provinciales, numerosas publicaciones con avisos im-
portantes, decretos, leyes, circulares, actas de reuniones
especiales, informes sobre elecciones, declaraciones de per-
sonas prominentes y otros asuntos de interés. Los novohis-
panos políticamente activos obtenían información sobre su-
cesos de relevancia en cuestión de sólo unos días de haber
acontecido éstos, poseían copias de documentos importantes
19
y se aseguraban de velar por sus derechos.
H a b í a en circulación miles de panfletos, periódicos y ho-
jas sueltas, en los que los escritores comentaban la impor-
tancia del recién restaurado orden constitucional y elogia-

1 5
BENSON, 1 9 5 5 , p. 4 4 .
1 6
HERREJÓN PEREDO, 1 9 8 5 , p. 2 7 .
17
Gazeta del Gobierno de México ( 1 3 j u l . 1820). Para las anteriores elec-
ciones véase GUEDEA, 1 9 9 1 , pp. 16-28.
1 8
BENSON, 1 9 5 5 , p. 4 7 .
1 9
RODRÍGUEZ, 1 9 9 1 , p. 5 1 6 .
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 273

20
ban a los héroes constitucionalistas de la Península. L a
cuantiosa literatura que se publicó da cuenta no sólo del en-
tusiasmo con que el público veía el sistema constitucional
sino también del acalorado debate que se suscitó en torno al
tipo de gobierno que se deseaba para la Nueva España.
Tiempo después, Vicente Rocafuerte comentaría: " ¿ C u á l
sería el placer con que. . . vieron renacer [la constitución] en
su segunda época? Se le tributaban los m á s tiernos elogios:
no había papel público ni poesía, que no tuviese por objeto
21
alabarla y recomendarla." Algunos se referían a la consti-
tución como al "Código Sagrado", la "Carta Divina", " l a
Niña Bonita". Salieron impresas incontables publicaciones
de la anterior era constitucional. Aparecieron varios catecis-
mos políticos consagrados a ensalzar sus virtudes. Como
uno de ellos señalaba, la nación española estaba compuesta
por todas las posesiones de la monarquía; todos los hombres
eran no sólo ciudadanos sino también españoles; el rey era
" u n ciudadano como los demás, que recibe su autoridad de
la nación"; y los derechos de los españoles consistían en " l a
22
libertad, la seguridad, la propiedad y la igualdad". Por lo
menos un escritor dirigió sus comentarios a los indígenas del
centro de México en su propia lengua en una publicación ti-
tulada: La Malinche de la Constitución. En los idiomas mejicano

2 0
V é a n s e las publicaciones de 1820 compiladas por GARRITZ, GUEDEA
y LOZANO, 1990, n, pp. 699-914. E l periódico La Abeja Poblana, por ejem-
plo, apareció el 30 de noviembre de 1820, y se declaró a sí mismo el " P r i -
mer periódico que se publica en esta ciudad de la Puebla de los Angeles
en uso de los derechos que ha declarado la Constitución política de nues-
tra m o n a r q u í a española jurada en 3 de junio de 1820". Aunque fue publi-
cada en Puebla, L a Abeja Poblana aspiraba a convertirse en un periódico
nacional; desde un principio fue distribuido en otras ciudades importan-
tes, tales como M é x i c o , Veracruz, Orizaba y Oaxaca. Interesante panfle-
to temprano, fechado el 7 de junio de 1820, es la Carta de un constitucional
de Méjico. Javier Ocampo analiza algunos de estos debates en OCAMPO,
1969. Aunque toma en cuenta unas cuantas publicaciones que abordan
la Constitución de 1812 —ya que su interés se centra en la independen-
cia—, Ocampo por lo general pasa por alto los abundantes debates consti-
tucionales de la época.
2 1
ROCAFUERTE, 1822, p. 4.
2 2
D . C . J . , 1820.
274 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

y castellano. Este autor anónimo declaraba que los nativos


eran desde ese momento libres, que eran españoles y que su
futuro quedaba asegurado en tanto que la constitución si-
23
guiera en efecto. Incluso algunos antiguos defensores de
la insurgencia, como Carlos M a r í a de Bustamante, en un
panfleto titulado La Constitución de Cádiz o motivos de mi afecto
a la Constitución, sostenían que era en esta carta donde mejor
24
se expresaban las necesidades de la Nueva España.
El régimen constitucional de España contribuyó asimis-
mo a la diseminación de las ideas políticas cuando, el 14 de
abril de 1820, decretó que " E n todas las escuelas de prime-
ras letras y humanidades del Reino se explicará por maes-
tros la Constitución por un modo claro y perceptible a la
edad y comprehensión de los niños. . . " De hecho, las auto-
ridades tenían la idea de que la constitución se usara como
25
manual básico para aprender a leer. E l decreto, publicado
el 17 de agosto en México, se estaba poniendo ya en funcio-
namiento a finales de año en las escuelas de la capital. Los
maestros, sin embargo, se quejaron de que el precio de una
copia impresa de la constitución (diez reales) era demasiado
elevado. Muchos de ellos la sustituyeron por el popular cate-
cismo político arreglado a la Constitución, que no sólo costaba
menos (tres reales) sino que proporcionaba una explicación
más simple y m á s clara de los complejos conceptos políticos
26
que el nuevo sistema constitucional comprendía.
L a difusión de las ideas constitucionales se intensificó en
los meses que siguieron. Mientras la mayoría de los propa-
gandistas debatían cuestiones surgidas a raíz de la restaura-
ción de la carta, algunos de ellos centraron su atención en
la educación: no sólo los escritores se atareaban en la publi-
cación de catecismos políticos para instruir al público sino
que también los curas participaban leyendo fragmentos de

2 3
La Matine he, 1820. V é a n s e también, entre muchas otras publicacio-
nes, los escritos de FERNÁNDEZ DE LIZARDI, 1970; M . T . y C , 1820; La
defensa, 1820; La Constitución, 1820.
2 4
BUSTAMANTE, 1971.
2 5
Gazeta del Gobierno de México (17 ago. 1820).
2 6
D . J . C . , 1820; Cartilla, 1820; El padre nuestro, 1820. V é a s e t a m b i é n :
TANK DE ESTRADA, 1992, pp. 72-73.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 275

la constitución a sus feligreses durante las misas dominica-


27
les. Argumentando que "el hombre no despreocupa, ni se
instruye en sus obligaciones y deberes, sino por medio de la
comunicación de las ideas", algunos propusieron que se
fundara una Academia Patriótica Constitucional en la ciu-
dad de México, dedicada al estudio y a la discusión del go-
bierno, las leyes, la sociedad, la moral, las artes y las cien-
cias. De manera que " l a estensión de esta porción vasta de
la monarquía, desde Veracruz hasta Taos, y de Acapulco a
B é j a r " , se beneficiara de la ilustración de "todos los sabios
de este continente". Así se haría posible que "las Cortes so-
beranas realicen los magníficos planes, y vastas ideas, que
acerca de la instrucción pública se desplegaron". Los propo-
nentes terminaban invitando a las autoridades civiles y ecle-
siásticas a apoyar el proyecto y sus ideas, las cuales podrían
"contribuir al bien estar general, y a los progresos de la civi-
28
lización y la cultura".
Aunque los debates políticos atraían la atención pública,
fueron las elecciones las que, tal vez m á s que cualquier otra
actividad, sirvieron para politizar a la sociedad de la Nueva
29
España. Probablemente, más de mil ciudades y pueblos
celebraron elecciones para ayuntamientos constitucionales
durante la segunda mitad de 1820. Dado que para votar no
era necesario reunir los requisitos de ser alfabeta o poseer
propiedades, casi todos los varones adultos tenían el derecho
de participar. Como señala Guedea:

Los procedimientos establecidos por las cortes para la celebra-


ción de estos procesos electorales fueron, además de indirectos,
largos y complejos. En el caso de la elección de ayuntamientos
constitucionales, se procedería en dos etapas. Primero debían
elegirse electores parroquiales y más tarde éstos debían desig-
30
nar a los nuevos alcaldes, regidores y síndicos.

2 7
Francisco Sánchez de Tagle analiza el papel del clero en su informe
secreto al Ayuntamiento Constitucional de M é x i c o , 9 de enero de 1821,
A G N , Ayuntamientos, vol. 178.
2 8
Prospecto, 1820.
2 9
GUEDEA, 1991, pp. 27-28.
3 0
GUEDEA, 1991, p. 6.
276 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

Además, las parroquias m á s pobladas de las grandes ciu-


dades a menudo contaban con m á s de una junta electoral.

El grado de complejidad aumentaba para la designación de di-


putados a Cortes y de diputaciones provinciales. Las elecciones
debían hacerse primero por parroquias, después por partidos y
finalmente por provincias. Fue, necesario pues, que para su or-
31
ganización y cuidado se establecieran juntas preparatorias.

Las elecciones para las seis diputaciones provinciales del


virreinato de la Nueva España tuvieron lugar entre agosto
y noviembre. Se llevaron a cabo por separado dos elecciones
para diputados a cortes: la primera, para las cortes de 1821-
1822, se celebró de manera rápida en el otoño de 1820, y la
segunda, para la sesión parlamentaria de 1822-1823, co-
32
menzó en diciembre de 1820. Así, de junio de 1820 a
marzo de 1821, las campañas electorales y las elecciones fue-
ron la principal preocupación de la población novohispana
políticamente activa, la cual tal vez alcanzó en número los
cientos de miles.
Una actividad política de tal intensidad difícilmente iba
a dejar de despertar inquietud entre los diversos grupos. En
las provincias, los maestros se quejaban de que sus alumnos
ya no les prestaban atención; los curas informaban que los
indígenas no los respetaban y se negaban a asistir a misa;
mientras que otros funcionarios alegaban que la gente ya no
obedecía a las autoridades creyendo que la constitución los
33
había eximido de gran parte de sus obligaciones. En la
ciudad de México, el regidor constitucional Francisco M a -

3 1
GUEDEA, 1991.
3 2
Incluso después de publicar el Plan de Iguala, L a Abeja Poblana dio
noticias sobre las elecciones de diputados a cortes y sobre el representante
de la provincia de Puebla en la Diputación Provincial de Nueva España.
L a Abeja Poblana, 16 (15 mar. 1821). V é a s e también BERRY, 1966,
pp. 32-33. J . Ignacio Rubio Mané proporciona abundante información
y documentos sobre los diputados elegidos a las cortes de 1821-1822, en
RUBIO M A Ñ É , 1971, pp. 349-395.
3 3
Agradezco a Christon I. Archer la información sobre las condicio-
nes de las provincias en 1820. C o m u n i c a c i ó n personal, 6 de noviembre
de 1992.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 277

nuel Sánchez de Tagle informó que ciertos eclesiásticos se


estaban mostrando hostiles a la constitución. "Noto, con
dolor —declaró Tagle—, que el sistema constitucional pier-
de cada día m á s terreno, y sus enemigos hacen conquistas
r a p i d í s i m a s . " Sin embargo, también señaló que, entre
aquellos que minaban las cortes y la constitución se encon-
traban "algunos eclesiásticos, seculares y regulares (pocos
de ellos seductores y los más seducidos)... E l sexo femenino
y lo general del pueblo baxo y medio" caían víctimas de la
34
propaganda anticonstitucional del clero. E l fiscal de la au-
diencia, José Hipólito Odoardo, también informó que va-
35
rios clérigos se oponían al orden constitucional. Carlos
M a r í a de Bustamante expresó, asimismo, su preocupación
por la actitud del clero, y por medio de un panfleto intentó
mitigar sus temores de que la constitución implicaba una
amenaza a su religión y a su posición. Como conclusión, el
texto decía: "Venerables párrocos, permitid a un simple fiel
que se atreva a suplicaros estudiéis cuidadosamente en este
Código vuestras obligaciones e intereses y que apliquéis
vuestro influjo para que otros los entiendan por vuestra voz.
Desengañemos a los Pueblos y no temamos decirles voz en
cuello. . . L a Constitución es la áncora única que sostiene el
36
bajel del Estado."
El ejército, al igual que el clero, mostró una actitud ambi-
valente frente al orden restaurado. Los nuevos ayuntamien-
tos pronto echaron mano de las garantías constitucionales
para poner fin a la recaudación de impuestos de guerra y
prohibir a los oficiales reales hacer reclutamientos dentro de
sus territorios. Los oficiales del ejército juzgaron la restaura-
ción de la constitución un golpe mortal para éste, ya que
muchas de sus unidades no habían recibido pago en meses
y carecían de suministros y equipo, además de no poder se-
guir operando sin la recaudación de tiempos de guerra. Los

3 4
Informe secreto de Francisco Sánchez de Tagle al Ayuntamiento
Constitucional de M é x i c o , 9 de enero de 1821, A G N , Ayuntamientos, vol.
178. •
3 5
Informe de Odoardo, en ALAMÁN, 1985, v, pp. 42-49.
3 6
BUSTAMANTE, 1971, p. 53.
278 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

jefes del ejército estaban acostumbrados —especialmente


durante el periodo absolutista-— a predominar sobre los fun-
cionarios civiles en un esfuerzo por terminar con la insur-
gencia, y al cabo del tiempo llegaron a ejercer el control polí-
tico en las regiones gobernadas por éstos. Algunos de ellos,
incluso, establecieron verdaderos feudos para beneficio per-
sonal, en los que amasaron riquezas mediante la malversa-
ción de fondos públicos, el soborno y la extorsión. Las nue-
vas políticas de los ayuntamientos constitucionales no sólo
debilitaban la integridad institucional del ejército real y anu-
laban los poderes económico y político de algunos oficiales
sino que también amenazaban a muchos de éstos con llevar-
37
los a juicio por sus anteriores abusos.
Los decretos "radicales" promulgados por las cortes res-
tauradas despertaron la hostilidad del ejército y del clero a
la constitución. Dichas medidas consistían principalmente
en la supresión de las órdenes monásticas y de los jesuítas,
así como en la abolición de la inmunidad eclesiástica y mili-
38
tar al juicio civil. Si bien los decretos de las cortes intensi-

3 7
ARCHER, 1993, pp. 17-45.
3 8
Lucas A l a m á n y varias generaciones de historiadores se han ateni-
do a estas medidas para argumentar que la Iglesia y el ejército respalda-
ron la independencia como una reacción conservadora a las políticas radi-
cales de España. ALAMÁN, 1985, v, pp. 27-56. Expresiones m á s recientes
de esta posición se encuentran en BREEDLOVE, 1966 y MACAULEY, 1966,
pp. 113-133 y BERRY, 1966, pp. 134-152.
Recientemente, Doris Ladd y Timothy A n n a han asegurado que el
Plan de Iguala no constituyó una reacción sino la culminación de las aspi-
raciones autonomistas. A n n a también sostiene que los actos anticlericales
y antimilitares de las cortes no pudieron haber provocado que esos orga-
nismos optaran por la independencia, ya que la noticia de los decretos no
llegó a la Nueva España sino hasta enero de 1821, después de que se h a b í a
decidido la oposición al sistema constitucional. LADD, 1976, pp. 121-131;
ANNA, 1978, pp. 199-209.
Si bien es cierto que la independencia no representaba una reacción
conservadora, resulta incorrecto argumentar que los actos de las cortes no
influyeron en las políticas de la Nueva España. Mucho tiempo antes de
que esos decretos fueran puestos en vigor en M a d r i d en 1820, ya estaban
siendo discutidos en la colonia. De hecho, en 1829 aparecieron panfletos
en defensa y en contra de las órdenes y de los militares, uno de ellos fecha-
do el 28 de octubre de 1820. El amante, 1820; Defensa,1820; Justo reclamo,
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 279

ficaron el descontento de estos dos grupos clave, hubo otros


factores más inmediatos detrás de este brote de hostilidad.
E l caso del ejército real ha quedado claro. Como señala
Christon Archer, con la restauración constitucional queda-
ron perdidas las esperanzas del ejército real de vencer a los
insurgentes. En el mejor de los casos, podía aspirar al igno-
minioso olvido de la "derrota"; en el peor, tendría que pur-
gar sus excesos mediante el castigo. E l impacto que la consti-
tución restaurada tuvo sobre el clero fue menos uniforme y
dio lugar a divisiones en el seno de la Iglesia. L a inestabili-
dad política de la época afectó adversamente a muchos ecle-
siásticos, tales como los miembros de las órdenes monásti-
cas; pero muchos otros clérigos participaron exitosamente en
la nueva política, tanto así que algunos de los políticos "anti-
clericales" más radicales eran hombres de la Iglesia. T a l
vez, como afirma Odoardo, las facciones tradicionales de las
fuerzas armadas y del clero resintieron la pérdida de su posi-
ción social privilegiada. Habiendo sido antes el baluarte del
Estado, muchos sintieron que estaban siendo abandonados a
39
políticos oportunistas. E l desencanto que privaba entre las
fuerzas armadas y el clero, aunque fastidioso para la élite na-
cional de la ciudad de México, como lo indican los escritos de
Sánchez de Tagle, Odoardo y Bustamante, no fue suficiente
para desestabilizar el sistema constitucional restaurado. Y a
se habían establecido demasiadas diputaciones provinciales
y ayuntamientos constitucionales y se habían celebrado de-
masiadas elecciones como para que los dos grupos privile-
giados pudieran simplemente derribar el nuevo orden; Así,
parecía que el sistema constitucional restaurado iba a pro-
porcionar a los novohispanos el autogobierno que habían
buscado durante m á s de una década.
En 1820, los autonomistas siguieron dos caminos en su
esfuerzo por lograr el autogobierno: el proceso constitucio-
nal y —al igual que en 1813, cuando pensaron en la posibili-
dad de unirse al régimen insurgente— otros medios encami-

1820; Los amantes, 1820.


3 9
Informe de Odoardo, en ALAMÁN, 1985, v, pp. 42-49.
280 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

40
nados a un "gobierno alterno". En un principio vieron
en el proceso constitucional una alternativa más manejable
y atractiva. Los autonomistas obtuvieron el control de las di-
putaciones provinciales y ayuntamientos constitucionales y
ganaron las elecciones a las cortes. A l tiempo que se mostra-
bandispuestos a seguir la vía constitucional española hacia
la autonomía, permanecieron resueltos a gobernarse a sí
41
mismos.
Las provincias, sin embargo, no estaban satisfechas con
el pequeño número de diputaciones asignadas al virreinato
de la Nueva España por las cortes anteriores. Cada una de
ellas se organizó para obtener su propia diputación provin-
cial. Por ejemplo, poco después de haber sido restablecido,
el Ayuntamiento Constitucional de Puebla envió una repre-
sentación formal a las cortes pidiendo que se le asignara una
diputación provincial conforme al artículo 325 de la consti-
tución, que decía: " E n cada provincia habrá una diputación
llamada provincial, para promover su prosperidad, presidi-
42
da por el jefe superior." Indicando que el decreto del 23
de mayo de 1813 —que posponía la asignación de diputacio-
nes a todas las provincias del virreinato de la Nueva España
hasta que no se formaran nuevas divisiones territoriales en
los dominios españoles, y mediante el cual se creaba la D i -
putación Provincial de la Nueva España, integrada por siete
provincias— ya no era válido, el Ayuntamiento de Puebla
exhortó a las cortes a poner en vigor la Carta Nacional y a
aprobar la creación de diputaciones para cada provincia de
la Nueva España. E l ayuntamiento sostenía que las distan-
cias y las cifras poblacionales justificaban la creación de di-
43
putaciones provinciales locales. E l 18 de septiembre de
1820, durante las elecciones de diputados a cortes, la Junta
Electoral de Puebla despachó otra representación al restau-

4 0
GUEDEA, 1992a, pp. 244-245.
4 1
Sobre las elecciones de 1820 véase A G N , Historia, vol. 405; Gober-
nación, sin sección, caja 8; Ayuntamientos, vols. 120 y 168; BERRY, 1966,
pp. 29-42, y HERREJÓN PEREDO, 1985, pp. 27-28.
4 2
A r t í c u l o 325, " C o n s t i t u c i ó n Política de la M o n a r q u í a E s p a ñ o l a " ,
en TENA RAMÍREZ, 1991, p. 97.
4 3
Ayuntamiento, 1820.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 281

rado parlamento para reafirmar la necesidad de la provincia


de una diputación local. "Los españoles ultramarinos —de-
claraba—, no somos de peor condición que los peninsula-
res . . . " Los poblanos argumentaban que si los reinos de la
Vieja Castilla y León se habían hecho merecedores de nueve
diputaciones provinciales, entonces la mucho más extensa
provincia de Puebla de los Angeles, con su mayor número
de pobladores, no "ha de carecer de la Diputación Provin-
44
cial que le designa la ley fundamental de la M o n a r q u í a " .
Las provincias del virreinato insistían en que cada una de
ellas obtuviera una diputación provincial. Las cortes, sin
embargo, solamente autorizaron una nueva diputación en
1820: la de Michoacán y la de Guanajuato, con sede en V a -
lladolid. Los diputados americanos se reagruparon durante
el receso parlamentario del 10 de noviembre de 1820 al 1—
de marzo de 1821. Llegaron nuevos diputados propietarios
para reforzar al grupo, pero sobre todo, las provincias mis-
mas se encargaron de fortalecer las manos de sus represen-
tantes con la presentación de detalladas peticiones de dipu-
45
taciones nuevas. E n la Nueva España, algunos individuos
exigieron acción inmediata. Juan N . Troncoso, un elector
provincial de Puebla, insistía en que no había necesidad de
esperar la aprobación de las cortes puesto que la constitu-
ción claramente autorizaba la creación de diputaciones pro-
46
vinciales para cada provincia. Pero el gran empujón se
dio en las cortes de 1821, en las que los diputados america-
nos insistieron en que a toda antigua intendencia del Nuevo
Mundo se le concediera una diputación provincial. Después
de un prolongado debate, el 8 de mayo de 1821 las cortes
47
dieron su aprobación. Los representantes del Nuevo
Mundo habían logrado una importante concesión en su em-
peño por obtener un gobierno autónomo.
Sin embargo, la ejecución del decreto resultó ser más difí-
cil, como ya había demostrado la experiencia de Michoacán.

Junta Electoral, 1820.


BENSON, 1955, pp. 49-55.
TRONCOSO, 1820.
BENSON, 1955, pp. 54-59.
282 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

Esta región fue la única entre las provincias de la Nueva Es-


paña a la que se le asignó una diputación antes de mayo de
1821, debido en parte a que su diputado a cortes, José M a -
48
riano Michelena, había mantenido una colaboración es-
trecha tanto con el ayuntamiento de Valladolid como con
uno de los parlamentarios más hábiles de la Nueva España,
J o s é Miguel Ramos Arizpe. Aunque las cortes aprobaron la
nueva diputación provincial el 6 de noviembre de 1820
—cuatro días antes de que entrara en receso hasta el 1- de
marzo de 1821 —, el decreto real no llegó a la Nueva España
sino mucho más tarde. No obstante, Michelena de inmedia-
to envió al ayuntamiento de Valladolid los documentos per-
tinentes, que incluían la gaceta oficial del gobierno en la que

4 8
Nacido, en Valladolid, M i c h o a c á n (ca. 1780), en el seno de una de
las familias m á s prominentes de la región, J o s é Mariano Michelena fue
educado allí y en la ciudad de M é x i c o , y se hizo abogado. Como vastago
de una prominente familia de la élite, ingresó al ejército con una comisión
de teniente. En 1808, él y otros oficiales americanos se sintieron profun-
damente ofendidos por el golpe de los europeos y por el desdén que éstos
mostraban hacia los derechos de los novohispanos. A l a ñ o siguiente, con-
vencidos de que Francia conquistaría España, Michelena y otros, organi-
zaron una amplia conspiración independentista. A pesar de ser descubier-
ta, los conjurados de Valladolid fueron liberados, ya que lo único que las
autoridades podían probar era que éstos buscaban evitar que los franceses
conquistaran la Nueva España. M u y significativo fue el hecho de que su
abogado defensor fuera Carlos M a r í a de Bustamante. Posteriormente,
Michelena fue destinado a Jalapa, en donde se vio involucrado en la ma-
laventurada conspiración de 1812 de Veracruz. E n esta ocasión fue encar-
celado en el fuerte de San Juan de U l ú a por un periodo de un año.
R e c i b i ó una amnistía en 1813 con la condición de que prestara servicio
en el ejército de España. A q u í , Michelena se distinguió, y obtuvo a la pos-
tre el rango de coronel.
Terminada la guerra, Michelena permaneció en España prestando
servicio en el ejército, pues aparentemente t e m í a que a su retorno a A m é -
rica fuera procesado por su anterior actividad subversiva. A l ser restaura-
da la constitución en 1820, consiguió que se le nombrara diputado suplen-
te de M i c h o a c á n y, debido a sus contactos en su tierra, fue elegido
diputado propietario en las elecciones de 1820. Todo este tiempo mantuvo
una estrecha comunicación tanto con sus familiares como con el ayunta-
miento de Valladolid. MICHELENA, 1985, i , pp. 467-471; BUSTAMANTE,
1961, i , pp. 22-23; ALAMÁN, 1985, i , pp. 314-419; n, pp. 461-466; iv, pp.
88-89; v, p. 23.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 283

se habían impreso los decretos. Como resultado, el Concejo


Municipal de Valladolid solicitó, el 25 de febrero de 1821,
que el jefe político superior, Juan Ruiz de Apodaca progra-
mara para marzo las elecciones para la nueva diputación
provincial. Debido a que a ú n no recibía notificación formal
de Madrid, Apodaca remitió el asunto a la Diputación Pro-
vincial de la Nueva España, la cual tenía jurisdicción sobre la
provincia de Michoacán. Asediado ya por numerosas disputas
sobre fronteras territoriales entre los cientos de ayuntamien-
tos de su jurisdicción, aquel organismo optó por el aplaza-
miento, declarando "que aunque no se duda de la verdad
de la resolución que cita [la solicitud de Valladolid], no se
ha recibido oficialmente por el conducto que corresponde el
49
Soberano Decreto". E l ayuntamiento de Valladolid no se
detuvo y logró convencer al jefe político interino de Michoa-
cán de que celebrara elecciones el 12 de marzo. El jefe políti-
co, sin embargo, se negó a instalar a los recién elegidos dipu-
50
tados provinciales hasta no recibir el real decreto.
Desde el momento de la restauración constitucional en
1820, las élites novohispanas habrían de insistir en que sólo
una puesta en vigor total de la carta pondría término al des-
contento en el Nuevo Mundo. Los ayuntamientos constitu-
cionales, en particular, giraron instrucciones a sus represen-
tantes a cortes para que ejercieran toda la presión que
pudieran con objeto de obtener cuanto antes las concesiones
51
que les permitieran alcanzar el autogobierno. Sin embar-
go, la mayoría española en las cortes, preocupada por la tur-

4 9
HERREJÓN PEREDO, 1985, p. 253 y BENSON, 1955, pp. 59-60.
5 0
Como indica Benson, la elección de una diputación provincial para
M i c h o a c á n - G u a n a j u a t o hubiera requerido también reasignar representa-
ciones entre las restantes provincias que constituían la Diputación Provin-
cial de la Nueva España. V é a s e BENSON, 1955, pp. 60-61.
5 1
V é a n s e , por ejemplo, Ayuntamiento Constitucional de M é x i c o ,
" I n s t r u c c i ó n a los diputados a Cortes", en B L A C , H e r n á n d e z y Dávalos
Papers, 14-2.1333.96, y Diputación Provincial de Y u c a t á n , "Instruccio-
nes a los diputados a Cortes", en B L A C , H e r n á n d e z y Dávalos Papers,
13-4.1288, y el informe secreto de J u a n Gómez de Navarrete y T o m á s
M u r f í , "Noticias importantes sobre nuestra independencia dadas por los
S.S. Diputados a las Cortes de E s p a ñ a ' ' , A G N , Gobernación, sin sección,
caja 23; véase t a m b i é n , ANDERSON, 1966, pp. 197-207.
284 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

bulencia política de la Península, obraba con dilación cuan-


52
do se trataba de la "cuestión americana". E l hecho de
que las cortes no acertaran a comunicar a tiempo sus preocu-
paciones movió a los representantes americanos a proponer
otros medios para asegurarse el autogobierno en su región.
Las propuestas de autonomía americana habían sido dis-
cutidas durante décadas. L a anterior participación de España
en el conflicto internacional que coincidió con la indepen-
dencia de Estados Unidos sirvió para convencer a algunas
autoridades españolas de que era necesario conceder algún
tipo de autonomía a las posesiones en el Nuevo Mundo. En
1781, el intendente de Caracas, José de Abalos, propuso que
se establecieran " m o n a r q u í a s " político-militares autónomas
en América, con el fin de defender la región de Inglaterra y
53
de los nacientes Estados Unidos. Dos años después, el
Conde de Aranda recomendó a Carlos III que España retu-
viera las Antillas y estableciera tres monarquías en el resto
del continente: Nueva España, Costa Firme (norte de Sud-
américa) y Perú. Estos reinos deberían ser gobernados por
príncipes españoles que mantendrían lazos políticos, econó-
54
micos y militares con España. E n 1797, Manuel Godoy
sugirió que Luisiana fuera convertida en reino federado con
un príncipe español en el trono. M á s tarde, en 1804, propu-
so la creación de regencias americanas gobernadas por prín-
cipes españoles. En octubre de 1806, Carlos I V consideró la
posibilidad de crear reinos del Nuevo Mundo en los virrei-
natos de Nueva España, Nueva Granada, Perú y L a Plata,
55
que también estarían gobernados por príncipes españoles.
En 1811, el doctor José Beye de Cisneros, representante a
cortes de la provincia de México, propuso "erigir Juntas
Provinciales en cada virreinato y gobierno superior de Amé-

5 2
H e examinado el asunto en RODRÍGUEZ, 1975, pp. 32-38.
5 3
MUÑOZ ORAA, 1960, pp. 439-473.
5 4
Algunos han puesto en duda la autenticidad de la propuesta de
Aranda; véanse WHITAKER, 1937, pp. 278-313 y WRIGHT, 1938, pp. 445-
460. Para un cuidadoso análisis del problema véase EZQUERRA, 1962, pp.
212-214.
5 5
EZQUERRA, 1962, pp. 158-286; RAMOS, 1968, pp. 85-123, y GODOY,
1956, i , pp. 381-382.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 285

rica, las cuales estarían integradas por individuos elegidos


56
por su propio pueblo". Según este plan, las juntas provin-
ciales reconocerían en las cortes a un parlamento imperial
extensivo superior a ellas. Beye de Cisneros sugirió, asimis-
mo, que el gobierno imperial, en caso de que la Península
cayera en manos de los franceses, tendría la posibilidad de
transferirse a alguna de esas juntas provinciales y seguir lu-
chando desde ahí. Por último, en diciembre de 1820, Fer-
nando V I I escribió al virrey Apodaca, a la ciudad de Méxi-
co, para comunicarle que tal vez tuviera que huir hacia la
57
Nueva España, en donde reinaría como monarca absoluto.
En el curso de 1820, Michelena esbozó un plan que com-
binaba elementos de propuestas anteriores para la autono-
m í a de América con el nuevo sistema de gobierno constitu-
cional. Puesto que estaba en comunicación tanto con su
familia en Michoacán como con el Ayuntamiento Constitu-
cional de Valladolid, los lincamientos de su plan alcanzaron
amplia difusión, lo mismo en la Nueva España que en la Pe-
nínsula. E n Madrid, los diputados suplentes estudiaron el
plan de Michelena durante una serie de reuniones celebra-
das en la residencia del prominente novohispano Francisco
Fagoaga, hombre de grandes riquezas y de múltiples contac-
tos tanto en Europa como en América, y que, al igual que
Michelena y Ramos Arizpe, estaba vinculado con los grupos
58
masónicos.
Una vez m á s , los problemas internos impidieron al go-
bierno resolver la "cuestión americana". Poco después de
que las cortes reanudaran las sesiones en marzo de 1821, el
rey disolvió el ministerio, provocando una crisis política.

5 6
Citado en ANNA, 1978, p. 101. V é a s e t a m b i é n ANDERSON, 1966,
pp. 188-192.
5 7
Fernando V I I a Juan Ruiz de Apodaca, 24 de diciembre de 1820,
B L A C , Zeitlin Collection. Aunque algunos has puesto en tela de juicio
la autenticidad de la carta, ésta ha sido publicada por varios historiadores
del siglo x i x que la juzgaron auténtica. V é a s e ALAMÁN, 1985, v, Apéndi-
ce, pp. 6-7.
5 8
Sobre la naturaleza variada de estas discusiones véase la carta de
Miguel Ramos Arizpe a su hermano, publicada como Carta, 1821; véase
t a m b i é n su D . U . L . A . , 1822.
286 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

Cuando el rnonarca nombró un nuevo gobierno de "docea-


ñistas" (hornbres del primer periodo constitucional) desco-
nocidos, un grupo de radicales extremistas conocidos como
los "comuneros" apeló a las masas para incitarlas a volcarse
contra el gobierno. E l nuevo ministerio moderado logró con-
trolar Madrid, pero los "comuneros" establecieron su domi-
nio en las ciudades de provincia. En Barcelona, estos últimos
se apoderaron de la municipalidad y deportaron a presuntos
absolutistas. Actos similares se suscitaron en Galicia, Cádiz,
Sevilla, M á l a g a , Algeciras y Cartagena. E n Alcoy, los tra-
bajadores incendiaron las fábricas de hilados. España se
convertía rápidamente en un campo armado en el que las
masas radicales en las ciudades se oponían tanto al gobierno
59
moderado de Madrid como a los conservadores del campo.
A pesar de tales dificultades, los diputados americanos in-
sistían en que se prestara mayor atención a los problemas
del Nuevo Mundo. Esta postura se vio reforzada cuando los
recién elegidos diputados propietarios de Nueva España,
que llegaron en el mes de mayo, dieron su aprobación a la
propuesta de Michelena. Anteriormente, el 3 de mayo, a su-
gerencia del Conde de Toreno, las cortes nombraron un co-
mité de cuatro españoles y cinco americanos —los cuatro
novohispanos Lorenzo de Zavala, Lucas Alamán, Francisco
Fagoaga y Bernardino Amati, y el venezolano Fermín
60
Paul— para estudiar el asunto. E n aquel momento
parecía que el gobierno estaba dispuesto a conceder cierto
tipo de autonomía a América. A mediados de mayo, el mi-
nistro de Asuntos de Ultramar celebró una reunión, que in-
cluía a antiguos virreyes, capitanes generales y visitadores
residentes en ese tiempo en Madrid, para "concertar el pro-
yecto general que debiera presentarse [a las cortes]''. Los
funcionarios concluyeron que deberían establecerse tres
"regencias" en el Nuevo Mundo, las cuales gobernaría
constitucionalmente el rey por intermedio de príncipes espa-
ñoles. Sin embargo, Fernando V I I , convencido de que el

5 9
FEHRENBACH, 1 9 6 1 , pp. 2 0 2 - 2 2 5 ; ARTOLA, 1 9 6 8 , pp. 695-705, y
COMELLAS, 1 9 6 3 , pp. 2 0 8 - 2 9 5 .
6 0
ALAMÁN, 1 9 8 5 , v, pp. 548-549.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 287

proyecto era un complot de sus enemigos para "llevarle a la


guillotina'', se negó a " e l envío de un infante a A m é r i c a " .
Como resultado de esto, el comité mixto de las cortes se vio
en la imposibilidad de ofrecer al parlamento una recomen-
61
dación convincente.
Los americanos insistieron, sin embargo, en presentar el
plan de Michelena a las cortes. E l 22 de junio propusieron
dividir el Nuevo Mundo en tres reinos: Nueva España y
Guatemala; Nueva Granada y las provincias de Tierra Fir-
me, y Perú, Chile y Buenos Aires. Cada reino poseería sus
propias cortes y gobernaría de acuerdo con la Constitución
de 1812. Para presidir cada región, el rey nombraría a un
príncipe español o a alguna otra persona. Entre España y los
reinos americanos se mantendrían relaciones comerciales,
diplomáticas y especiales de defensa. Y por último, los nue-
vos reinos estarían obligados a pagar un porcentaje de la
62
deuda externa de España. A l día siguiente, Ramos Arizpe
y José M a r í a Couto sometieron a consideración una propues-
ta alternativa para la autonomía de Nueva España. A dife-
rencia del anterior plan americano, el suyo no requería del
nombramiento de un príncipe español para el gobierno y pro-
ponía vínculos más estrechos con la madre patria al solicitar
que algunos diputados de la legislatura americana desempe-
63
ñaran funciones también en el parlamento español. Ningu-
na de estas propuestas ganó la aprobación de las cortes.
Anteriormente, los diputados novohispanos habían obte-
nido una importante concesión que habría de tener conse-
cuencias de gran alcance. Desde que las cortes volvieron a

6 1
A L A M Á N , 1985, v; D E L G A D O , 1950, i , pp. 103-104.
6 2
A L A M Á N , 1985, v, pp. 549-550; "Exposición presentada a las Cor-
tes por los diputados de ultramar en la sesión de 25 de junio de 1821, so-
bre el estado actual de las provincias de que eran representantes, y medios
convenientes para su definitiva pacificación; redactado por encargo de los
mismos diputados por D . Lucas A l a m á n y D . J o s é Mariano Michelena",
en A L A M Á N , 1985, v, A p é n d i c e , pp. 49-65.
6 3
"Proyecto de ley para hacer que la Constitución de la m o n a r q u í a
española se cumpla y ejecute en la A m é r i c a española del Norte, conser-
vando la integridad de la misma m o n a r q u í a con mutua y verdadera utili-
dad en ambas E s p a ñ a s " , en D E L G A D O , 1950, i , pp. 104-106.
288 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

sesionar en 1820, los representantes americanos habían ex-


puesto que la paz en el Nuevo Mundo se restauraría sola-
mente si las autoridades respetaban la constitución y los de-
rechos de los americanos. Se quejaban de que muchos de los
funcionarios reales que en aquel momento desempeñaban
cargos en el Nuevo Mundo no sólo estaban ligados a la ante-
64
rior represión sino que también eran antiamericanos. Sus
argumentos ganaron credibilidad cuando algunos burócra-
tas, como el fiscal de la Audiencia de México, recomenda-
ron que se suspendiera la constitución, con el objeto de ase-
65
gurar la tranquilidad. Los diputados novohispanos
Michelena y Ramos Arizpe se encontraban entre los que con
mayor asiduidad buscaban la remoción de funcionarios
"anticonstitucionales" y "antiamericanos brutales", entre
ellos los virreyes J o a q u í n de la Pezuela de Perú y Apodaca
de la Nueva España, y los generales Pablo Morillo de Vene-
66
zuela y José de la Cruz de Nueva Galicia. Si bien es cier-
to que Pezuela, Morillo y De la Cruz se distinguieron por
su feroz oposición a la insurgencia en América y por su hos-
i
tilidad a la constitución, Apodaca, en cambio, no sólo se
había afanado en devolver la armonía a la Nueva España,
sino que también puso cabalmente en vigor la constitución
67
cuando ésta fue restaurada.
Los representantes de Nueva España se empeñaron en
sustituir al moderado Apodaca por algún individuo que
compartiera su muy particular visión de la autonomía del
Nuevo Mundo. Michelena, distinguido jefe militar y ma-
són, y Ramos Arizpe, otro masón y destacado "doceañis-
ta", confiaban en sus numerosos contactos con militares,
liberales y correligionarios masones para alcanzar sus objeti-
vos. Finalmente, tuvieron éxito cuando, en enero de 1821,
el gobierno nombró al general Juan O'Donojú capitán gene-
ral y jefe político superior de la Nueva España. E l nuevo
funcionario, que se había distinguido como militar liberal y

V é a s e la discusión en España. Cortes, 1871-1873.


Informe de Odoardo, en ALAMÁN, 1985, v, pp. 42-49.
ALAMÁN, 1985, v, p. 33.
Sobre Apodaca véase ANNA, 1978, pp. 182-200.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 289

masón, había servido como ministro de Guerra durante el


primer periodo constitucional y era hasta ese momento jefe
68
político de la provincia de Sevilla.
O'Donojú estaba más que consciente de las aspiraciones
de los novohispanos. Michelena y Ramos Arizpe, y posible-
mente otros, se reunieron con él para discutir su plan para
69
las "regencias". En el momento en que O'Donojú partió
para la Nueva España, dicho proyecto parecía contar ya con
el apoyo del gobierno así como con el de los diputados ame-
70
ricanos. Las cortes, además, se estaban preparando para
aprobar la formación de diputaciones para todas las provin-
cias americanas. De hecho, Ramos Arizpe instó a la legisla-
tura a dar su aprobación a la medida, a tiempo para que
O'Donojú se "llevase consigo la orden para establecer dipu-
7 1
taciones en todas las intendencias. . . " Resulta claro que
O'Donojú partió de la Península convencido de que su tarea
consistía en fortalecer el orden constitucional en la Nueva
España y que, con toda seguridad, también introduciría el
nuevo sistema de "regencias". Sin embargo, al desembar-
car en Veracruz el 30 de julio de 1821, la situación que se
le presentó no era la que esperaba.

6 8
ALAMÁN, 1985, v, pp. 33-34 y DELGADO, 1950, i , pp. 54-59.
6 9
Michelena informó a las cortes que se h a b í a reunido con O'Donojú
para discutir ése y otros asuntos relativos a la Nueva España. V é a s e Espa-
ña. Cortes, 1871-1873, n, p. 2046.
7 0
V é a n s e los comentarios de los enviados colombianos a M a d r i d ,
J o s é Revenga a William White, M a d r i d , 15 de junio de 1821, Colombia.
Academia de Historia, Archivo Santander, 24 vols. (Bogotá: Editorial
Á g u i l a Negra, 1914-1932), vn, p. 138. Como Ramos Arizpe informó en
el momento: " E s ciertamente glorioso el cuadro que presenta M a d r i d , y
toda la Península, sirviendo de teatro enteramente libre para tratar fran-
camente las cuestiones mas importantes de política practica, relativas a la
suerte de la A m é r c i a Española. Cuestiones que pocos años ha era un cri-
men indicar en conversaciones p r i v a d í s i m a s , ahora se tratan con la mas
absoluta libertad: se tratan en tertulias, se tratan en las sociedades públi-
cas patrióticas por discursos y muy sólidas arengas, se tratan en papeles
públicos, se tratan en reuniones de Diputados, y se tratan en una comi-
sión especial de Cortes, nombrada publicamente a que asisten con gusto
los Señores Secretarios del Despacho, y muchos diputados españoles y
americanos". Carta, 1821, pp. 3-4.
7 1
Citado en BENSON, 1955, p. 57.
290 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

En la Nueva España, los autonomistas también se habían


mantenido ocupados. No sólo habían logrado hacerse del
control de los nuevos organismos constitucionales sino que
también estaban explorando medios "alternativos" para
asegurarse el autogobierno. En la ciudad de México, los
miembros de la élite nacional, preocupados por la necesidad
de conservar la autonomía, mantenían estrecho contacto
con individuos del mismo parecer en las capitales provincia-
72
les. Eran muchos los asuntos que les preocupaban. L a in-
tensa participación del pueblo en el proceso político era nue-
va e inquietante. E l descontento entre grupos del clero y el
ejército era mal augurio para el éxito del recién restaurado
sistema constitucional. U n a facción, aparentemente dirigida
por el alto clero, había intentado, en mayo de 1820, pospo-
ner o suspender la puesta en vigor de la constitución. Pero
un masivo apoyo popular a la carta puso coto inmediato a
73
tal posibilidad. Lo que tal vez causó mayor desasosiego
entre los autonomistas fueron las noticias de la desintegra-
ción política de España. ¿Era inminente una revolución so-
cial? De ser así, ¿qué debía hacerse para preservar un go-
bierno representativo bien integrado en la Nueva España?
¿Había llegado acaso el momento de actuar? Había quienes
abiertamente hablaban de independencia. U n grupo, que
incluía a varias facciones —entre ellas clérigos, oficiales del

7 2
V é a s e ALAMÁN, 1 9 8 5 , v, p. 3 6 .
7 3
N o es razón suficiente para rechazar el llamado complot de L a Pro-
fesa, como lo hacen Ladd y Anna, el simple hecho de que la evidencia sea
indirecta y a menudo proporcionada por los enemigos de Iturbide.
(LADD, 1 9 7 6 , p. 123 y ANNA, 1 9 9 0 , pp. 8-9.) Varios contemporáneos, no
solamente opositores de Iturbide, se refieren a dicho complot. A l a m á n ,
que acaso distorsiona pero no miente, dice haber obtenido información
sobre el plan por parte de J o s é Odoardo, el fiscal de la audiencia que ha-
bía recomendado a España que suspendiera la constitución, y por parte
de J o s é Zozaya B e r m ú d e z , antiguo Guadalupe e í n t i m o amigo de Iturbi-
de, quien t a m b i é n publicó un testimonio de las discusiones sostenidas con
éste. ALAMÁN, 1 9 8 5 , v, p. 5 0 y ZOZOYA BERMÚDEZ, 1 8 4 1 . Suele olvidarse
el punto que señala A l a m á n con toda claridad: "todo este plan quedó des-
concertado por haberse visto el virrey en la necesidad de proclamar preci-
pitadamente la C o n s t i t u c i ó n " . ALAMÁN, 1 9 8 5 , v, pp. 5 7 - 5 8 . Nada de
esto resulta inconsistente respecto a los sucesos pasados o futuros.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 291

ejército y funcionarios de gobierno descontentos, así como


amplios sectores autonomistas—, había llegado, al parecer,
a la conclusión de que la independencia sería tal vez necesa-
ria si se quería conservar un gobierno autónomo al amparo
de la Constitución de 1812, esto es, si se quería establecer
una monarquía constitucional limitada en la Nueva Espa-
74
ñ a . En cierto sentido, las ideas que estaban en debate no
eran más que variaciones sobre los planes de autonomía que
se habían discutido en la Nueva España desde 1808.
Aunque los miembros de la élite nacional se reunían para
discutir el futuro de su nación en varios lugares, uno de los
centros de reunión más prominentes en la ciudad de México
fue el salón de M a r í a Ignacia Rodríguez de Velasco, conoci-
da popularmente como la Güera Rodríguez. Notable dama
de alta sociedad, la Güera no sólo estaba relacionada con las
principales familias del reino, sino que también colaboró
con grupos insurgentes, y posiblemente con los conspirado-
75
res del primer periodo constitucional. Entre los múltiples
individuos que fueron atraídos al salón de la Güera durante

7 4
T a l propuesta resulta totalmente consistente con las aspiraciones de
los independentistas, al unir la vieja noción de gobierno autónomo con el
m á s reciente concepto de m o n a r q u í a constitucional limitada. E n este res-
pecto, era el mismo tipo de propuesta que a la sazón se discutía tanto en-
tre americanos como entre oficiales de la corona. L a naturaleza del plan
es, claro está, difícil de identificar. Como indica A l a m á n :
Cuales fuesen los plantes que se hubiesen concebido y los que por fin
se adoptaron; quienes tuviesen parte en ellos y contribuyesen a su eje-
cución, es hoy imposible de averiguar, porque habiendo tenido el in-
tento un resultado muy diverso del que se propusieron sus actores, es-
tos han tomado el mayor empeño en ocultar la participación que en
él tuvieron, y en hacer desaparecer todos los documentos que pudiesen
hacerlo conocer. ALAMÁN, 1985, v, p. 61.
7 5
Sobre el papel social de la G ü e r a véase LADD, 1976, pp. 120-129.
Agradezco a Virginia Guedea la información sobre los lazos de la G ü e r a
con los insurgentes en el primer periodo. C o m u n i c a c i ó n personal, 23 de
noviembre de 1992. V é a s e t a m b i é n GUEDEA, " U n a nueva forma de or-
ganización política: la sociedad secreta de Jalapa, 1812". Estudio presen-
tado en la 107 R e u n i ó n A n u a l de la American Historical Association, ce-
lebrada en la ciudad de Washington del 27-30 de diciembre de 1992 y
1992a, pp. 305-306.
292 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

los años 1816-1820 se encontraba Agustín de Iturbide, un


76
coronel del ejército real, a la sazón sin empleo.
Oficial eficiente y sin escrúpulos, Iturbide había perdido
su mando en 1816, después de ser acusado de corrupción y
abuso de autoridad. Aunque no fue procesado, Iturbide no
logró nunca salvar su reputación. De modo que en 1820 se
encontraba sin mando, y aparentemente sin futuro en el
77
ejército real. Enajenado de las autoridades, al parecer
Iturbide comenzó a mostrarse receptivo a los argumentos en
favor de la autonomía. Así, el desacreditado contrainsur-
gente, en un intento desesperado por reconquistar su fortu-
78
na y su prestigio, se decidió a actuar. Su plan inicial era

7 6
S e g ú n Ladd: "Iturbide frecuentaba el salón de R o d r í g u e z desde su
retiro en abril de 1816 hasta que su esposa se reunió con él en enero de
1817. Es posible que su suegro lo haya introducido al círculo, pues éste
h a b í a comprado una hacienda al primer esposo de la Güera. Se dice que
para 1822 Iturbide sostenía relaciones amorosas con la hija de la G ü e r a ,
Antonia, Marquesa-consorte de A g u a y o " . LADD, 1976, pp. 122-123 y
264. Modesto de la Torre, asesor de O'Donojú, señaló que la G ü e r a , a
quien él llamaba " l a famosa Huera R o d r í g u e z " , ejerció gran influencia
sobre Iturbide. V é a n s e los extractos de las "Apuntaciones" de De la T o -
rre en OLMEDILLA, 1960, pp. 586-600.
7 7
ROBERTSON, 1952, pp. 36-50 y HAMNETT, 1982, pp. 24-30.
7 8
Las razones de sus acciones han sido discutidas acaloradamente.
Iturbide m á s tarde declaró que, después de hacer un repaso a la situación
en la Nueva España, llegó a la conclusión de que: " M u y pronto d e b í a n
estallar m i l revoluciones, mi patria iba a anegarse en sangre, me creía ca-
paz de salvarla, y corrí por segunda vez a desempeñar tan sagrado de-
ber". ITURBIDE, 1827, p. 11. Otros han dado interpretaciones menos ca-
ritativas. Vicente Rocafuerte, por ejemplo, declaró que: " d i s i p ó todo lo
que h a b í a robado en Guanajuato, y el estado de decadencia a que llegó
fue el que milagrosamente le transformó de realista sanguinario en patrio-
ta exaltado. E l temió que restablecido el sistema constitucional los oprimi-
dos u s a r í a n su libertad política para acusarle de sus c r i m e n e s . . . " ROCA-
FUERTE, 1822, p. 261. A l a m á n , el m á s equilibrado de los observadores
contemporáneos, indicó que " m e n o s c a b ó en gran manera el caudal que
h a b í a formado con sus comercios en el Bajío, hallándose en muy triste es-
tado su fortuna, cuando el restablecimiento de la constitución y las conse-
cuencias que produjo, vinieron a abrir un nuevo campo a su ambición de
gloria, honores y riqueza". ALAMÁN, 1985, v, p. 56. Su amigo Gómez
de Pedraza declaró: " Y o lo conocí en 1812 y frecuenté su casa los años
18 y 19: varias veces por accidente hablamos acerca del estado del p a í s ,
él no gustaba de la democracia, y nuestras opiniones discordaban: el a ñ o
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 293

simplemente el de forzar al virrey a reconocer un nuevo ré-


79
gimen. Pero, como nos lo señala Manuel Gómez Pedra-
za, hubo inteligencias más sensatas que convencieron a Itur-
bide de que dicho plan era impracticable, ya que carecía de
80
mando. A l final, estas medidas desesperadas resultaron
innecesarias, pues el 9 de noviembre de 1820 Apodaca puso
a Iturbide a la cabeza del distrito militar del sur, región en
81
la que los insurgentes permanecían activos.
El nuevo cargo puso fin a muchos años de incertidumbre
y pareció rejuvenecer al oficial criollo, el cual abandonó a los
autonomistas para dedicarse en cuerpo y alma a la tarea de
derrotar a los insurgentes. Como lo demuestra la copiosa co-
rrespondencia dirigida a su íntimo amigo Juan Gómez de
82
Navarrete, Iturbide estaba convencido de que lograría
restablecer el orden en la región. E l 25 de noviembre decla-
ró: " N o dudo que mi plan de pacificación se completará con
toda felicidad y el mes de enero tal vez iremos a coger laure-

de 2 0 , sea disgustado de la conducta que se h a b í a tenido con él, sea con-


vencido de la justicia de la independencia, pensó en ella y se propuso de-
clararse". GÓMEZ PEDRAZA, 1 8 3 1 , pp. 6 - 7 .
7 9
L a remoción del virrey se convirtió en objetivo común entre mu-
chos conspiradores desde que los españoles lograron obtener el control de
la Nueva España usando los mismos métodos en 1 8 0 8 . Para otros planes
similares véanse las conspiraciones de 1 8 1 1 estudiadas por GUEDEA [en
prensa].
8 0
GÓMEZ PEDRAZA, 1 8 3 1 , pp. 7 - 8 .
8 1
Aunque Vicente Rocafuerte y otros sostienen que Iturbide obtuvo
el nombramiento como resultado de la intervención de clérigos conserva-
dores, una acción especial semejante no era necesaria. Como ha señalado
Christon Archer, dado el estado de debilidad del ejército real, Iturbide fue
el mejor oficial disponible en aquel momento. ROCAFUERTE, 1822, pp. 6-
4 3 . Archer, comunicación personal, 6 de noviembre de 1 9 9 2 . L a descrip-
ción de A l a m á n parece precisa y es consistente tanto con una intervención
anterior de los conservadores como con las nuevas circunstancias. E l mis-
mo nos recuerda que Iturbide recibió el puesto dada " l a escasez de jefes
aptos para d e s e m p e ñ a r con acierto un mando importante. . . " ALAMÁN,
1 9 8 5 , v, p. 6 6 .
8 2
Iturbide, que llamaba "Juanito" a Gómez de Navarrete, escribió
varias veces por semana durante el periodo de noviembre de 1820 al 2 4
de febrero de 1 8 2 1 , cuando anunció el Plan de Iguala. V é a s e la correspon-
dencia en L C , Iturbide Papers.
294 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

83
les en M é x i c o . " Pero los eventos no tomaron el curso
previsto por él. A pesar de los informes favorables al virrey,
Iturbide no podía subyugar a los insurgentes. A l contrario,
sus fuerzas debieron enfrentar una fuerte resistencia y a ve­
ces perdieron. Preocupado por las reacciones en la capital,
Iturbide le eseribió en diciembre a Gómez de Navarrete:
" N i de U d . ni de otros de mis amigos viajantes he tenido
carta en este correo y lo siento mucho." Y confesó: " Y o es­
toy con la aflicción mayor del espíritu." M á s adelante le es­
cribió a un pariente comunicándole que se encontraba aní­
84
micamente perturbado.
E l fermento político de la época se sumó a la difícil situa­
ción militar. Como Iturbide comentó a Gómez de Navarrete:

La Constitución tiene muchos verdaderos afectos por las venta­


jas que se encuentran en ella misma. Otros la temen por la ete-
rogeneidad del Rey no. Algunos creen que ella es el medio de
asegurarse la unión permanente de las Americas con la Penín­
sula; y no pocos la aman por creer que es el medio mas seguro
8 5
para lograr la independencia. . .

Habiéndosele negado la victoria militar y con ella la opor­


tunidad de salir adelante en su carrera, Iturbide se entregó
cada vez más a la actividad política. Trabajó con ahínco
para establecer buenas relaciones con gente importante del
territorio bajo su jurisdicción. E l 7 de diciembre le escri­
bió a Gómez de Navarrete que había "jefes y autoridades"
que se pronunciaban en favor suyo. U n a semana después
afirmó:

8 3
T a m b i é n indicó que sus actividades militares ya estaban en plena
marcha, y le refirió a Gómez de Navarrete sobre sus preparativos contra
insurgentes tales como "Padre Yzquierdo, Pedro Asencio, Guerrero y un
inglés de los que vinieron con M i n a " . A g u s t í n de Iturbide a Juan Gómez
de Navarrete, 25 de noviembre de 1820, L C , Iturbide Papers.
8 4
Iturbide a Gómez de Navarrete, 15 de diciembre de 1820; Iturbide
a D . M a l o , 9 de enero de 1821, L C , Iturbide Papers.
8 5
Iturbide a Gómez de Navarrete, 25 de noviembre de 1820, L C ,
Iturbide Papers. A l parecer, Gómez Pedraza proporcionó a Iturbide in­
formación detallada sobre "las personas influyentes del territorio" bajo
su mando. GÓMEZ PEDRAZA, 1831, pp. 8-9.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 295

Me han asegurado que en la provincia de Guanajuato deliran


por la independencia y que en San Luis Potosí hay también
muchos afectos a ella y que aun entre las tropas de el pais y de
la península se habla con mucha libertad en favor de ella, y que
si hubiera un jefe que se pusiera al frente, llevando consigo algún concepto
le seguirían ciegamente.

L a situación estaba, sin embargo, llena de peligros; una


persona no indicada podía llevar a la nación al desastre.
"Esto me tiene temblando [declaró Iturbide], porque un
movimiento tumultuario nos traería mil males: acaso [te-
86
m í a ] , sea la última primavera de nuestro bello p a í s ! "
Para finales de 1820, Iturbide había comenzado, tímida
y cuidadosamente, a estudiar la posibilidad de emprender
una acción independiente; se rodeó de hombres a quienes
conocía y tenía confianza al lograr la transferencia de su an-
tiguo regimiento de Celaya a su nuevo puesto. Asimismo,
consultó con diversas personas, entre ellas con su amigo y
diputado a cortes, Juan Gómez de Navarrete; su abogado,
amigo y antiguo miembro de los Guadalupes, J o s é Zozaya
Bermúdez; su viejo colega del ejército y diputado a cortes,
Manuel Gómez Pedraza; así como con otros amigos y cole-
87
gas militares, entre ellos Pedro Celestino Negrete.
El nuevo año encontró a un Iturbide resuelto a actuar con
decisión. E l 10 de enero, le escribió a Vicente Guerrero, el
cabecilla de los insurgentes m á s importante del sur, para su-
gerirle que ambos, o sus representantes, se reunieran con el
fin de resolver sus diferencias. A l tiempo que Iturbide sub-
rayaba la necesidad de apoyar a las cortes, también indicó
que " s i contra lo que es de esperarse, no se nos hiciese justi-
cia, yo seré el primero en contribuir con mi espada, con mi
fortuna y con cuanto pueda, a defender nuestros derechos".
Guerrero respondió diez días m á s tarde retando a Iturbide
a defender los verdaderos intereses de la nación. E l insur-
gente declaró que no buscaba obtener el perdón del gobier-

8 6
Iturbide a G ó m e z de Navarrete, 7 de diciembre y 15 de diciembre
de 1820, L C , Iturbide Papers. Se agregaron las cursivas.
8 7
Sobre estos contactos véanse ROBERTSON, 1952, pp. 52-83; ALAMÁN,
1985, v, pp. 5 0 - 1 3 1 ; GÓMEZ PEDRAZA, 1831, y ZOZAYA BERMÚDEZ, 184L
296 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

no; que "nuestra única divisa es libertad, independencia o


muerte"; y terminó afirmando que "todo lo que no sea con­
cerniente a la total independencia. . . lo disputaremos en el
88
campo de batalla". Este intercambio sugiere que Iturbide
no buscaba realmente el apoyo de Guerrero. L a intención
era dar cumplimiento al mandato de Apodaca de solucionar
amigablemente el conflicto y sentar las bases para un aco­
modo futuro.
Hacia finales del mes, los planes de Iturbide empezaron
a tomar forma. E l 25 de enero puso en circulación una pro­
puesta que habría de convertirse en la base para la indepen­
dencia. M á s tarde Iturbide, justificando sus acciones,
declaró: "Formé mi plan conocido por el de Iguala; mío
porque solo lo concebí, lo extendí, lo publiqué y lo ejecu­
8 9
té. " Pero resulta evidente que la historia de este docu­
mento fue m á s compleja. Los contemporáneos atribuían la
redacción del plan a varios individuos, entre ellos M a t í a s
Monteagudo, rector de la universidad y canónigo de la cate­
dral metropolitana; Antonio J o a q u í n Pérez, antiguo diputa­
do a las cortes de 1812 y a la sazón obispo de Puebla; y los
prominentes abogados Juan José Espinosa de los Monteros,
Juan de Azcárate, José Zozaya Bermúdez y Juan Gómez de
Navarrete. Tiempo después, al intentar poner en claro estos
eventos, Carlos M a r í a de Bustamante concluyó que todos
los individuos mencionados participaron en la elaboración
90
del documento.
El plan fue evolucionando con el tiempo. Es muy proba­
ble que, como afirma la historiografía tradicional, los cléri-

8 8
Las cartas están publicadas en BUSTAMANTE, 1961, m, pp. 111-116.
8 9
ITURBIDE, 1827, p. 11.
9 0
Carlos M a r í a de Bustamante, " C o p i a de la Memoria de Iturbide
con comentarios", B L A C , H e r n á n d e z y Dávalos, H D , 17-8.4255; ALA-
MÁN, 1985, v, p. 121; BUSTAMANTE, 1961, ni; ROCAFUERTE, 1822, pp. 5-6;
M A L O , 1869, p. 52; "Copias de documentos relativos a la consumación
de la Independencia de M é x i c o e Imperio de Iturbide", A H S R E , H /
310.11 " 8 2 2 " / 40-16-153. Existe un plan sin fecha redactado por Gómez
de Navarrete muy similar al proclamado por Iturbide; véase "Proyecto
del C . J u a n G ó m e z de Navarrete", L C , Iturbide Papers.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 297

91
gos y conservadores hayan concebido en el antiguo orato-
rio jesuíta de San Felipe Neri, conocido como L a Profesa,
la propuesta inicial para impedir la restauración de la Cons-
92
titución en 1820. Monteagudo y Pérez, los supuestos au-
tores de la propuesta, tenían fuertes razones para oponerse
a la restauración del orden constitucional. E l primero era
bien conocido por su papel en el derrocamiento del virrey
J o s é de Iturrigaray y por su oposición a muchas de las refor-
mas de las cortes, mientras que el segundo —a pesar de ha-
ber participado en la redacción del anteproyecto de la Cons-
titución de 1812— se atrajo la hostilidad de los defensores
de la restaurada carta por haber pertenecido al grupo de di-
putados conocidos como los "persas", quienes vieron con
beneplácito el retorno de Fernando V I I en 1814. Los conspi-
radores habían elegido a Iturbide para dirigir la operación,
hecho en el que tanto sus amigos como enemigos coinciden.
Sin embargo, como nos lo indica Alamán, el proyecto tuvo
que ser abandonado cuando el virrey se vio forzado a poner
93
la constitución en vigor.
L a restauración de la carta de C á d i z anuló el Plan de L a
Profesa. Éste, no obstante, despertó el interés de Iturbide,
hombre "que hasta entonces habia llevado una vida priva-
94
da, sin querer mezclarse en ningún asunto p ú b l i c o " . De-
cidido a actuar, Iturbide pidió consejo a personas de influen-
cia de la ciudad de México, quienes lo disuadieron del plan
inicial de capturar al virrey. Pero tiempo después de que
Iturbide recibiera el mando del sur, la Güera Rodríguez

9 1
Los grupos opositores eran conocidos como "serviles" y "libera-
les". Los términos "conservadores" y "conservador" se utilizan en este
trabajo en el mismo sentido en que "serviles" y " s e r v i l " se usaron en esa
época.
9 2
Como Ladd señala, la casa de Iturbide "se situaba en la Calle San
Francisco, enfrente de la casa de la antigua sala capitular jesuita L a Profe-
s a " . LADD, 1976, p. 122.
9 3
A l a m á n obtubo una confirmación del hecho por parte del fiscal
Odoardo, así como de Zozaya B e r m ú d e z , Gómez de Navarrete y el nieto
de Iturbide, J o s é Malo, ALAMÁN, 1985, v, pp. 50-51; ROCAFUERTE, 1822,
pp. 5-6.
9 4
ROCAFUERTE, 1822, p. 41.
298 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

propuso la elaboración de un proyecto alternativo que pu­


diera atraer tanto a europeos como a americanos, clero y
95
ejército, y a conservadores y liberales. Mientras que el
proyecto de L a Profesa buscaba la independencia para pre­
servar el viejo orden, el nuevo plan mantendría el sistema
constitucional por medio de la independencia.
Iturbide pasó entonces a ocupar dos frentes: intentó ha­
cerse del apoyo de personajes prominentes del virreinato
y buscó asistencia para formular un programa. E l primer
objetivo lo logró mediante correspondencia con destacados
dirigentes militares, eclesiásticos y gubernamentales, así
como por medio de emisarios de confianza, a quienes envia­
ba a "personas influyentes" para discutir su proyecto. Por
ejemplo, le escribió a Pedro José de Fonte, el recién consa­
grado arzobispo de México; a Antonio Pérez, obispo de
Puebla; a Juan Cruz Ruiz Cabanas, obispo de Guadalajara,
y a Miguel Bataller, prominente oidor de la Audiencia de
M é x i c o . Pero los individuos en cuyo trato mostró mayor
cuidado eran destacados oficiales del ejército, como Pedro
Celestino Negrete, José de la Cruz, Luis Quintanar, Do­
mingo Luaces, Anastasio Bustamante, Luis Cortázar, A n ­
tonio Flon y Juan de Horbegoso. Habiéndose percatado de
que estos hombres serían indispensables para el éxito de
su empresa, Iturbide les envió cartas a cada uno de ellos
en las que subrayaba cómo la propuesta podría servir mejor
a sus intereses particulares y al mismo tiempo mantener,
en la medida de lo posible, el statu quo. E n su corresponden­
cia, Iturbide argumentaba que la mejor manera de preser­
var y proteger los intereses de la Iglesia, del ejército y de
la nación era mediante la formación de una monarquía au­
96
tónoma en nombre del rey y de la constitución. A l mis­
mo tiempo, discutió el texto del plan con diversas personas,
entre ellas Zozaya Bermúdez, Espinosa de los Monteros,
97
Monteagudo, Gómez de Navarrete y Gómez Pedraza, a

9 5
ROCAFUERTE, 1822, pp. 41-42.
9 6
Esta correspondencia puede ser consultada en BUSTAMANTE, 1961,
m, pp. 117-163 y OLAGARAY (comp.), 1920-1924, pp. 13-133.
9 7
M a l o declaró que Iturbide dictó el proyecto a Antonio M i e r en Te-
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 299

quienes les pidió que sugirieran cambios, modificaciones o


revisiones.
Satisfecho con sus preparativos, Iturbide publicó su plan
en el pueblo de Iguala el 24 de febrero de 1821. Documento
de compromiso cuidadosamente elaborado, el Plan de Igua­
la combinaba el proyecto largamente discutido de u n a " re­
gencia" autónoma con la constitución, como lo hizo tam­
bién el plan de Michelena. Además, el Plan de Iguala
proporcionaba protección al clero, al ejército y a los euro­
peos. E l artículo 1 establecía la fe católica romana como reli­
gión oficial, "sin tolerancia de otra alguna". E l artículo 2
declaraba " l a absoluta independencia de este reino". E l ar­
tículo 3 instituía una monarquía constitucional. E l artículo
4 invitaba a Fernando V I I , a un miembro de su familia o
a alguien más de alguna de las dinastías reinantes, a gober­
nar el país. E l artículo 5 establecía "una junta [de gobierno]
interina [en la que] se reúnen Cortes que hagan efectivo ese
plan". E l artículo 11 exigía a las cortes redactar el borrador
de la constitución imperial. E l artículo 12 determinaba que
todos los habitantes del reino eran ciudadanos y que estaban

loloapan y que Mier llevó el documento a la ciudad de México para entre­


gárselo a Espinosa de los Monteros y a otros. De acuerdo con Malo, Mon-
teagudo no hizo nungún cambio en él, mientras que Espinosa de los Mon­
teros hizo algunas modificaciones. MALO, 1 8 6 9 , p. 5 2 . Alamán confirma
esta afirmación cuando escribe: "En poder de los hijos de D. Juan José
Espinosa de los Monteros existe la copia que Iturbide remitió a este desde
Teloloapan. . . Dicha copia es de letra de Mier, dependiente de Iturbide,
con correciones y adiciones de mano del mismo Iturbide". ALAMÁN,
1985, v, p. 121. Iturbide le informó a Espinosa de los Monteros que su
plan se encontraba "en el estado avanzado". Aun así, le pidió a su ami­
go: "Sírvase Ud. corregir o variar francamente, si gusta, la proclami-
ta. . . " Iturbide a Espinosa de los Monteros, 2 5 de enero de 1821, en
RIVA PALACIO, 1 9 8 1 , vi, p. 2 8 4 . Más tarde, sin embargo, Iturbide sostu­
vo que "Después de extendido el plan. . ., lo consulté con aquellas perso­
nas mejor reputadas de los diversos partidos sin que de una sola dejase
de merecerla aprobación, ni recibió modificaciones, ni disimulaciones, ni
aumentos". ITURBIDE, 1827, p. 11. Bustamante declaró: "que si él mis­
mo no trabajó en todas sus partes [el plan], a lo menos lo redactó y emen­
dó, como lo he visto y tenido en mis manos original tachado de su letra".
BUSTAMANTE, 1 9 6 1 , m, pp. 118-119.
300 J A I M E E. R O D R Í G U E Z O.

calificados para "cualquier empleo". E l artículo 13 protegía


los derechos individuales y de propiedad. E l artículo 14 ase-
guraba el fuero y las propiedades del clero secular y regular.
Los artículos 15, 16, 17 y 18 disponían lo necesario para
mantener una ordenada continuidad en los puestos civiles
y militares y para incorporar a otras personas al ejército.
Una nueva fuerza, el Ejército Trigarante —religión, inde-
pendencia y unión— se encargaría de dar apoyo al nuevo
régimen.
En el preámbulo, Iturbide fija el tono del escrito cuando
exhorta a los "Americanos, bajo cuyo nombre comprendo
no sólo los nacidos en América, sino a los europeos, africa-
nos y asiáticos que en ella residen", a unirse a él. "Tres-
cientos a ñ o s " , declara, "hace la América Septentrional de
estar bajo la tutela de la nación más católica y piadosa, he-
roica y m a g n á n i m a . . . Así piensa el europeo, así los ameri-
canos de todo origen". U n a adición establecía la junta de
gobierno: presidente, "virrey" Apodaca; vicepresidente,
Miguel de Bataller, regente de la Audiencia de México; M i -
guel Guridi y Alcocer, diputado provincial de México; Con-
de de la Cortina, presidente del consulado de México; Juan
Bautista Lobo, diputado provincial de Veracruz; M a t í a s
Monteagudo, canónigo de la catedral metropolitana; Isidro
Yáñez, juez de la Audiencia de México; José M a r í a Fagoa-
ga, diputado provincial de México; Juan José Espinosa de
los Monteros, fiscal de la Audiencia; Juan Francisco Azcá-
rate, síndico del Ayuntamiento de México, y Rafael Suárez
Pereda, juez. Los miembros sustitutos de la junta eran:
Francisco Sánchez de Tagle, regidor del Ayuntamiento de
México; R a m ó n Oses, oidor de la Audiencia de México;
Juan J o s é Pastor Morales, diputado provincial de Vallado-
98
lid, y el coronel Ignacio Aguirrevengoa.
El Plan de Iguala ofrecía de esta manera un compromiso,
una manera de conservar un gobierno constitucional repre-

9 8
"Proclama en la cual va inserto el plan de independencia", en BUS-
TAMANTE, 1961, n i , pp. 126-129.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 301

sentativo sin menoscabo de una relación amistosa con Espa-


ña. Fiel a las tradiciones españolas y a las prácticas introdu-
cidas en 1808, el plan establecía una junta de gobierno hasta
que se formara un congreso. E l comité de gobierno propues-
to estaba integrado principalmente por antiguos autonomis-
tas , Guadalupes y constitucionalistas. Si bien la junta conta-
ba con dos oidores de la Audiencia, solamente incluía a
un clérigo conservador, Monteagudo, y a un militar, elegi-
do como suplente. Es de notar que Iturbide no se adjudicó
otro cargo que el que ya tenía, a saber, jefe de fació del
Ejército Trigarante. Evidentemente, no se consideraba aún
una figura dominante; tan sólo buscaba asegurarse un papel
m á s prominente en el ejército y, por medio de él, en la
sociedad.
Pese a haber sido firmado el 24 de febrero, Iturbide no
presentó el Plan de Iguala formalmente a sus superiores has-
ta el 1— de marzo. Durante una reunión privada en su
cuartel general, Iturbide explicó sus intenciones y la necesi-
dad de independencia. Después de dar lectura al documento
y a la propuesta junta de gobierno, los oficiales, según dice
el periódico del movimiento El Mejicano Independiente, res-
pondieron con entusiasmo. A l día siguiente, en una ceremo-
nia formal, Iturbide j u r ó apoyar la independencia del impe-
rio mexicano; lo mismo hicieron los oficiales y sus hombres,
y la ceremonia terminó con un te Deum recitado en la iglesia
local."
L a demora que hubo entre la firma del plan y el juramen-
to de fidelidad se debió a dificultades en la impresión del do-
cumento. A principios de febrero, Iturbide despachó a M i -
guel Cavaleri, uno de sus confidentes, a la ciudad de México
para discutir el borrador final del plan y los preparativos
para su declaración con destacadas personalidades de la ca-
pital, así como para encontrar una imprenta que aceptara
publicar el documento. No habiendo logrado este último co-
metido, Cavaleri envió a un agente de confianza —el ca-

9 9
BUSTAMANTE, 1961, ni, pp. 121-125 reproduce al Mexicano Indepen-
diente.
302 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

pitan Magan—• a Puebla, con la esperanza de obtener los


servicios del destacado editor liberal Pedro de la Rosa. A pe-
sar de las súplicas y del ofrecimiento de una gran suma de
dinero, De la Rosa se mostró renuente a la publicación de la
proclama. Magan entonces echó mano de la extensa red
autonomista para localizar y convencer al padre J o a q u í n
Furlong, miembro de una prominente familia de Puebla y
presbítero del oratorio de San Felipe Neri, de que publicara
el plan y los documentos anexos.
Los primeros adherentes al plan de independencia surgie-
ron en Puebla a raíz de una serie de discusiones clandestinas
con importantes individuos de esa ciudad. E l hermano del
padre Furlong, Patricio, a la sazón diputado de Puebla en
la Diputación Provincial de Nueva España, y otros pobla-
nos prominentes encontraron aceptable el Plan de Iguala,
a condición de que éste reconociera el derecho de la provin-
cia a su propia diputación provincial. E l padre Furlong
también contribuyó al movimiento con tipo portátil y con
los servicios de uno de sus impresores. Además, el antiguo
insurgente José Manuel de Herrera se unió a la causa y
viajó a Iguala para fundar El Mejicano Independiente, periódi-
co en el que, como indicó Carlos M a r í a de Bustamante,
" e s t á consignada en la mayor parte la historia de la inde-
100
pendencia".
Inmediatamente después de prestar juramento de fideli-
dad al Plan de Iguala, el 2 de marzo, Iturbide le escribió al
capitán general y jefe político superior Apodaca para invi-

1 0 0
S e g ú n Miguel Cavaleri "se me destinó en 2 de febrero de 1821
para pasar a esta corte donde llegué el 5 a conferenciar con algunos suge-
tos, puntos referentes al plan (todos permanezcan aqui felizmente si se ne-
cesita comprobarlo) en cuya comisión me mantuve hasta el 17 del mismo
en que me dirigí a las jurisdicciones de Cuernavaca y Quauda para tomar
medidas conducentes al projecto y solicitar una imprenta en Puebla, pues
aqui me fue imposible conseguirla, ni aun la impresión de algunos papeles
de mucho interés, pues entonces hacia mucho miedo para los indepen-
dientes septembristas". Miguel Cavaleri a los editores de El Sol, M é x i c o ,
(18 abr. 1822), Suplemento al n ú m . 40 de El Sol; B U S T A M A N T E , 1961, cita
en ni, pp. 119, 118-122, y ALAMÁN, 1985, v, pp. 93-96.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 303

101
tarlo formalmente a participar en el movimiento. M á s
tarde, el 16 de marzo, informó a las cortes y al rey de sus
acciones. Expresando su patriotismo y su deseo de proteger
la constitución y la corona, instó a las autoridades a que ad-
mitieran que era necesario reconocer la voluntad de la Nue-
102
va España de tener un gobierno autónomo. Apodaca re-
chazó la petición del rebelde, como también lo hicieron en
un principio la mayoría de las autoridades eclesiásticas, civi-
les y militares del reino.
Después de proclamar el Plan de Iguala, Iturbide proce-
dió a poner en práctica su programa. Primero, se aseguró
un financiamiento adecuado mediante la apropiación de
m á s de medio millón de pesos que estaban en camino hacia
103
Acapulco. En seguida, se dispuso a granjearse el apoyo
de Vicente Guerrero, el cabecilla m á s importante de los in-
surgentes. E l viejo insurgente aceptó respaldar el Plan de
Iguala el 9 de marzo. Los dos hombres se reunieron al día
siguiente en el cuartel general de Iturbide en Teloloapan y
acordaron que Guerrero mantendría su autoridad en el sur.
E n esencia, lo que sucedió fue que el coronel tránsfuga se
ganó al viejo insurgente al reconocer abiertamente el poder
que éste ya poseía. Como señala A l a m á n , el interés primor-

1 0 1
Iturbide notificó a Apodaca acerca del Plan de Iguala y lo invitó a
aceptar la presidencia de la junta de gobierno al momento en que firmara
el plan, el 24 de febrero. Indicó al capitán general y jefe político superior
cuan fuerte era el deseo de autonomía: " C u á n t o s otros planes, señor Esc-
mo., se están formando hoy sin duda en Oajaca, en Puebla, en Vallado-
lid, en Guadalajara, en Querétaro, en Guanajuato, en San L u i s . . . en la
misma capital, en rededor de V . E . . . tal vez dentro de su misma habita-
ción! ¿ Y h a b r á quien pueda deshacer la opinión de un reino entero?"
Iturbide a Apodaca, 24 de febrero de 1821, en BUSTAMANTE, 1961, ni,
p. 130. Tomando en cuenta las zonas de futuros movimientos indepen-
dentistas en las provincias, resulta evidente que Iturbide fue informado
del deseo de éstas de un gobierno local, aunque no lo comprendiera cabal-
mente. V é a s e también Iturbide a Apodaca, 24 de febrero 1821,
OLAGARAY, 1920-1924, n, p. 33.
1 0 2
L a correspondencia está publicada en BUSTAMANTE, 1961, m,
pp. 129-144 y en OLAGARAY, 1920-1924, n, pp. 36-62.
1 0 3
ALAMÁN, 1985, v, pp. 95-96.
304 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

dial de Iturbide era atajar cualquier intento de Guerrero por


104
"impedir o detener la revolución".
L a tarea crucial estaba, sin embargo, en ganar el apoyo
"de las autoridades clericales, civiles y militares. Estas esta­
ban integradas por obispos y cabildos eclesiásticos; por las
diputaciones provinciales y los ayuntamientos constitucio­
nales; por los anteriores intendentes, ahora jefes políticos, y
por los principales comandantes regionales. Iturbide ofreció
a las m á s altas autoridades eclesiásticas respeto y protección.
Aunque en un principio mostraron cautela, al final los pre­
lados respondieron positivamente. De hecho, el obispo Pé­
rez, de Puebla donó m á s tarde 25 000 pesos a la causa. Sólo
el arzobispo Fonte, de la ciudad de México, se mantuvo re­
105
sueltamente contrario a la adopción del Plan de Iguala.
M á s complicado resultó granjearse el apoyo de otras autori­
dades. Para lograr esto era preciso conciliar el conflicto fun­
damental entre intereses civiles y militares. Los dirigentes
de estas dos facciones estaban divididos no sólo en lo relativo
a mantener los impuestos de guerra y el reclutamiento, sino
también en lo tocante al tipo de gobierno. Los hombres que
controlaban las diputaciones provinciales y los ayuntamien­
tos constitucionales insistían en el tradicional dominio civil
sobre los militares; ya no aceptaban las exigencias de tiempo
de guerra como razones suficientes para que los oficiales
predominaran sobre la autoridad civil. Además, muchas de
las regiones que anteriormente habían poseído intendencias
ahora exigían el establecimiento de las diputaciones provin­
ciales que la constitución prometía. Tomaría varios meses

1 0 4
A l a m á n observó: "Iturbide. . . aparentó dar a su unión con
Guerrero, la consideró siempre un mal por el que h a b í a sido preciso pa­
sar, pero nunca se comprometió mucho de su cooperación ni hubo entre
ellos sinceridad". ALAMÁN, 1985, p. 149. M á s tarde, Iturbide confirmó
que el alto rango de Guerrero le confería el mando del sur. Agustín de
Iturbide a Vicente Filisola, 28 de julio de 1821, en ITURBIDE, 1923-1930,
i , p. 176.
1 0 5
V é a n s e sus cartas al arzobispo de M é x i c o y a los obispos de Gua-
dalajara y Puebla, en OLAGARAY, 1920-1924, n, pp. 73-81, 85-87. V é a s e
t a m b i é n PÉREZ MEMEM, 1977, pp. 145-181.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 305

antes de que se alcanzara un arreglo aceptable a los distintos


grupos.
A finales de marzo, el Ejército Trigarante estaba integra-
do por aproximadamente 1 800 hombres, muchos de los
cuales pertenecían a las fuerzas irregulares de Guerrero.
H a b í a ganado pocas batallas y parecía poco probable que
venciera a las autoridades constituidas. Sin embargo, la si-
tuación en que el ejército real se encontraba era desoladora.
No sólo los ayuntamientos se negaban a seguir manteniendo
el ejército con dinero y hombres; también comenzaron a de-
sertar muchos soldados. Faltos de fondos, provisiones, ropa
y hasta de alimentos, algunos comandantes se vieron forza-
dos a mostrar tolerancia ante grandes manifestaciones civi-
les en favor de la independencia. L a publicación del Plan de
Iguala en un suplemento del periódico La Abeja Poblana del
2 de marzo, por ejemplo, "dio lugar a desenfrenados feste-
jos [en la ciudad de Puebla], durante los cuales el tumulto
forzó al [brigadier] Llano a disparar tres cañonazos y a lla-
mar a los músicos del pueblo. M á s tarde éste le explicó al
virrey que, de haber resistido al populacho, hubiera causado
106
un motín generalizado".
Sin embargo, era precisamente el descontento de los co-
mandantes americanos lo que constituía la mayor debilidad
del ejército real. Después de años de entregarse de lleno al
servicio del gobierno, muchos oficiales nacidos en América
se vieron limitados "en su carrera militar y excluidos de los
107
altos puestos políticos". A resultas de lo cual, algunos de
los comandantes americanos de mayor antigüedad, como
J o s é J o a q u í n Herrera, Anastasio Bustamante y Luis Cortá-
zar, así como algunos oficiales m á s jóvenes, como Antonio
López de Santa Anna, se unieron al movimiento. Aunque
algunos comandantes realistas defendieron sus territorios,
otros, al no lograr ejercer control sobre sus tropas, simple-
mente abandonaron sus puestos. Durante los meses de abril,

ARCHER, 1989, p. 41. La Abeja Poblana, n ú m . 15.


ARCHER, 1992, i , p. 298.
306 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

mayo y junio, grandes partes del Bajío y de Nueva Galicia


108
aceptaron el Plan de Iguala.
El conflicto de las provincias se escenificó, asimismo, en
la capital. Aquí Apodaca se vio forzado a contender con dos
instituciones reacias a la cooperación: la diputación provin-
cial y el ayuntamiento constitucional. Las tensiones brota-
ron poco después de que el Plan de Iguala se hiciera público
en la capital. Cuando Apodaca intentó restringir el flujo de
información, tanto la diputación provincial como el ayunta-
miento impugnaron su autoridad para limitar la libertad de
prensa. De manera similar, echaron mano de la constitución
para oponerse a los esfuerzos de aquél por reunir fuerzas mi-
109
litares para combatir a los nuevos rebeldes. Cuidadosos
de no dar su respaldo al movimiento de Iturbide, los dos
cuerpos constitucionales tampoco se mostraron favorables a
defender los intereses de la corona.
Frustrados por la incapacidad de Apodaca de defender el
reino de la nueva insurgencia, las unidades del ejército real
de la ciudad de México lo obligaron a renunciar la tarde del
5 de julio de 1821. E l antiguo virrey " t r a s l a d ó " su autori-
dad, "por convenir así al mejor servicio de la nación", al
110
mariscal de campo Francisco Novella. Notificada al día
siguiente, la Diputación Provincial de Nueva España se
negó a aceptar el golpe. Declaró nula la acción, "lo primero
porque. . . se conoce, que fue violenta [la transferencia de
la autoridad]; lo segundo, porque no hay facultades en
Vuestra Excelencia para entregar el mando a la persona que
le haya parecido". E l ayuntamiento constitucional inmedia-
111
tamente expresó su apoyo a la diputación provincial. A
pesar de tal oposición, Novella asumió el control del gobier-

108
La mejor descripción de la "campaña" independentista está en
ALAMÁN, 1985, v, pp. 150-290 y ROBERTSON, 1952, pp. 83-104.
1 0 9
Ayuntamiento, Actas, 1916, pp. 174-258 y HERREJÓN PEREDO,
Véase
1985, pp. 256-326.
110
BUSTAMANTE, 1961, ni, pp. 269-273. Véase también ANNA, 1971,
pp. 97-102.
1 1 1
HERREJÓN PEREDO, 1985, p. 345; Ayuntamiento, Actas, 1916,
pp. 448-452.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 307

no real en la ciudad. Pero resultaba difícil extender su poder


m á s allá de los confines de la capital. Los dos cuerpos consti-
tucionales siguieron oponiéndosele, aunque con cautela, ya
que aquél tenía el poder militar.
En las provincias, la causa independentista ganaba apo-
yo. Algunos oficiales de la corona, como Luis -Quintanar
y Pedro Celestino Negrete, lo mismo que antiguos insur-
gentes, como Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo, se unie-
ron al movimiento. Sin embargo, la victoria m á s importan-
te tuvo lugar en Puebla a finales de julio. Los dirigentes
provinciales, especialmente los que integraban el Ayunta-
miento Constitucional de Puebla, negociaron con los nue-
vos insurgentes, acordando brindar su apoyo al movimiento
a cambio de la creación de una diputación provincial. U n a
vez alcanzado el acuerdo, Iturbide hizo su entrada triunfal
en Puebla el 2 de agosto. Carlos García, antiguo intendente
y jefe político interino, programó elecciones para el 1— de
112
septiembre.
Cuando O'Donojú llegó a Veracruz a fines de julio, una
gran parte del reino estaba ya en manos de los insurgentes,
y en la capital las tropas españolas habían derrocado a las
autoridades legalmente constituidas. O'Donojú tenía ante sí
una tarea delicada. Como español, estaba comprometido a
mantener los lazos entre la madre patria y la Nueva España,
y como liberal, estaba resuelto a asegurar que el gobierno
constitucional quedara firmemente instalado en el país. Bajo
estas circunstancias, el único camino que le quedaba abierto
era entrar en negociaciones con Iturbide. Ambos se reunie-
ron en la ciudad de Córdoba el 23 de agosto de 1821. A l día
siguiente firmaron un tratado en el que quedaba reconocida
la independencia de la Nueva España. E l acuerdo se alcanzó
rápidamente ya que el Plan de Iguala era esencialmente
igual a la propuesta de Michelena, la cual O'Donojú espera-
ba que las cortes ratificaran. Como m á s tarde declaró Itur-

1 1 2
V é a n s e los documentos oficiales y otras observaciones publicadas
en La Abeja Poblana (9 ago. 1921), 37; (16 ago. 1821), 38; Suplementos
a los n ú m s . 38 y 39 (6 sep. 1821), 41.
308 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

bidé, el español aceptó la propuesta del americano ''como


113
si él me hubiese ayudado a redactar el p l a n " .
El tratado de Córdoba no sólo ratificaba el Plan de Igua-
la, sino que también establecía los procedimientos mediante
los cuales se formaría el gobierno independiente. E l artículo
1 declaraba: ' ' Esta América se reconocerá por nación sobe-
rana e independiente, y se llamará en lo sucesivo imperio
mexicano." E l artículo 2 establecía que el ''gobierno del im-
perio será monárquico, constitucional moderado." E l ar-
tículo 3 establecía que el gobernante sería Fernando V I I , un
príncipe español o alguien designado por las cortes imperia-
les. Los artículos 6, 7 y 8 estipulaban que, "conforme el es-
píritu del Plan de Iguala'', se establecería una junta de go-
bierno provisional y O'Donojú sería miembro integrante de
dicho organismo. E l artículo 9 disponía la elección de un
presidente de la junta, que sería elegido por "pluralidad
absoluta de sufragios". E l artículo 11 exigía que la junta
nombrara una regencia de tres personas. Y el artículo 14 de-
claraba que " E l Poder Ejecutivo reside en la Regencia, el
114
Legislativo en las Cortes." Lo mismo que el Plan de
Iguala, el Tratado de Córdoba no concedía a Iturbide nin-
gún papel específico.
O'Donojú puso de inmediato manos a la obra para poner
el acuerdo en vigor. Convencido de que las cortes en España
habían aprobado ya seguramente el proyecto de regencias,
O'Donojú informó a su gobierno del acuerdo y lo instó a
115
que lo aprobara lo más pronto posible. E l principal obs-
táculo estaba ahora en la capital, donde Novella mantenía
el control. Este oficial se mostraba renuente a reconocer el
acuerdo alcanzado en Córdoba. E l 30 de agosto convocó a
una reunión de las corporaciones civiles, eclesiásticas y mili-
tares para discutir la situación. Aunque tanto la diputación
provincial como el ayuntamiento constitucional votaron por
enviar representantes, éstos sólo acudieron en calidad de ob-
servadores. E n la reunión, los representantes civiles y ecle-

1 1 3
BENSON, 1953, p. 422.
1 1 4
"Tratados de C ó r d o b a " , en TENA RAMÍREZ, 1991, pp. 116-119,
1 1 5
ROBERTSON, 1952, pp.. 118-119.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 309

siásticos declararon, en calidad de individuos, que O'Dono-


j ú era el capitán general y el jefe político legítimo, y que
debía permitírsele entrar pacíficamente en la capital. A l día
siguiente, tanto la diputación provincial como el ayunta-
miento constitucional le escribieron a O'Donojú dándole la
bienvenida al reino e informándole de sus acciones y de
la reunión convocada por Novella. Sin embargo, la postura
que asumió el comandante de la ciudad de México fue la
de que O'Donojú había firmado el Tratado de Córdoba
bajo presión. E l recién llegado capitán general y jefe político
superior, a la sazón en Puebla, le informó a Novella, de
manera concisa, que esperaba que cumpliera con sus obli-
116
gaciones.
Renuente a dejar el poder fácilmente, Novella intentó ga-
narse el respaldo de las corporaciones de la capital en una
reunión que convocó el 9 de septiembre. E l oficial, que hasta
el momento había utilizado el título de capitán general y jefe
político, pidió que los representantes de las corporaciones de
la capital confirmaran dichos títulos. Pero, al igual que en la
reunión anterior, los presentes estaban ahí en calidad de in-
dividuos y no como representantes de sus entidades. L a D i -
putación Provincial y el Ayuntamiento, ansiosos de salir del
atolladero, aceptaron despachar a un delegado para reunirse
con O'Donojú. Eligieron a José Guridi y Alcocer, distingui-
do autonomista, colaborador en la redacción del borrador de
la Constitución de 1812, antiguo Guadalupe y posterior
miembro de la Diputación Provincial de la Nueva España.
Novella escogió a uno de sus asesores, el teniente coronel
117
Blas del Castillo Luna, para acompañar a Guridi y Alcocer.
L a comisión selló el destino de Novella. Guridi y Alcocer
informaron a O'Donojú del deseo de los cuerpos constitucio-
nales de que éste pusiera coto a "las ocurrencias escandalo-
sas de esa Capital y haga desaparecer la irregularidad de

1 1 6
Olagaray ha publicado las actas de las reuniones convocadas por
Novella y la correspondencia de los distintos grupos; véase OLAGARAY,
1920-1924, II, pp. 221-224, 172-220. V é a s e t a m b i é n , HERREJÓN PEREDO,
1985, pp. 361-365, y Ayuntamiento, Actas, 1916, pp. 568-584.
1 1 7
OLAGARAY, 1920-1924, n, pp. 224-229; Ayuntamiento, Actas, 1916,
pp. 608-612.
310 JAIME E. RODRÍGUEZ O .

pretensiones individuales [al poder]". Acto siguiente, el ca-


pitán general le concedió a Novella 24 horas para devolver
la legalidad a la ciudad. Sin embargo, O'Donojú aceptó pa-
sar por alto las violaciones a la constitución y al código de
conducta militar perpetradas por el oficial, a cambio de la
sumisión inmediata de éste. Novella cedió al nuevo capitán
general el 12 de septiembre. A l día siguiente, acompañados
por Novella, como comandante de la guarnición de la capi-
tal, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento Constitu-
cional, vestidos con los atuendos formales y portando las
mazas ceremoniales, viajaron a la hacienda L a Patera, en
las afueras de la ciudad, para reunirse con O'Donojú. E l
14 de septiembre, en reunión conjunta de la Diputación
Provincial y el Ayuntamiento Constitucional en la ciudad,
Novella aceptó formalmente a O'Donojú como capitán ge-
118
neral y jefe superior de la Nueva España. Dado que
O'Donojú había reconocido la independencia de la Nueva
España, la ceremonia fue en esencia una confirmación del
nuevo estatus del país.
Anteriormente, en Puebla, O'Donojú e Iturbide habían
acordado la composición que tendría el gobierno de transi-
ción. Expandieron la regencia de tres a cinco y aumentaron
el tamaño de la junta gobernante a 38 miembros. E l cuerpo
estaba integrado por los hombres m á s importantes del reino,
entre ellos destacados autonomistas, constitucionalistas, an-
tiguos Guadalupes y algunos clérigos y oficiales conservado-
res. A l a m á n los describió como

de los mas notables. . . por su nacimiento, fama de instrucción


y empleos que ocupaban. . . [Entre ellos se encontraban] los su-
getos que más parte tuvieron en la formación del Plan de Igua-
la, como el canónigo Monteagudo y el Lic. Espinosa [de los
Monteros]; el obispo de Puebla [Pérez]; el arcediano de Valla-
dolid Barcena; los oidores Ruz y Martínez Mancilla; varios
abogados distinguidos, como Azcárate, Guzmán y Jáuregui; el
brigadier Sotarriva; los coroneles Bustamante y Horbegoso; D.
José María Fagoaga, y [Guridi y] Alcocer de la diputación

1 1 8
OLAGARAY, 1 9 2 0 - 1 9 2 4 , n, pp. 1 8 9 - 2 0 0 ; Ayuntamiento, Actas, 1 9 1 6 ,
pp. 6 2 0 - 6 2 8 y HERREJÓN PEREDO, 1 9 8 5 , pp. 365-367.
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 311

provincial; [Sánchez de] Tagle [del ayuntamiento constitucio-


119
nal], y otras personas.

E l cuerpo se reunió inicialmente en Tacubaya, afuera de


la ciudad de México, el 22 de septiembre de 1821, y recibió
la investidura oficial. E n su segunda reunión, el organismo
votó por unanimidad "que la Junta tendrá exclusivamente
el exercicio de la representación nacional hasta la reunión de
las Cortes". Asimismo, se arrogó, "por este atributo de gu-
bernativa, todas las facultades que están declaradas a las
Cortes, por la Constitución política de la monarquía españo-
l a " . Además, aseguraba "Que la Regencia [de México] ten-
d r á las facultades que obtuvo la Regencia de España. . . en
lo que no repugne a los Tratados de C ó r d o b a " . L a junta
también afirmaba que los organismos provisionales de go-
bierno funcionarían "interinamente" se llevara a cabo una
reunión de las cortes e "interinamente'' el rey de España se
120
presentara en M é x i c o .
E l capitán general y jefe político superior O'Donojú entró
en la capital el 26 de septiembre al sonido de bandas de mú-
sica, sonido de campanas y disparos de cañón. " E l ayunta-
miento le obsequió con refresco, cena y cama, como se hacía
121
con los virreyes." L a diputación provincial y otros orga-
nismos le presentaron sus respetos al "tan eficaz cooperador
de nuestra independencia", como anota Carlos M a r í a de
Bustamante.
A l siguiente día, el Ejército Trigarante entró en la capital.
O'Donojú y otros oficiales eclesiásticos y civiles recibieron
a Iturbide en el antiguo palacio virreinal. Después de que el
ejército marchara frente a las autoridades, el arzobispo cele-
bró un te Deum en la catedral. Aquella tarde, el Ayuntamien-
to dio la bienvenida a los héroes de la independencia con un
suntuoso banquete en palacio. A l cabo de numerosos brindis
y discursos, el regidor Sánchez de Tagle dio lectura a una
oda en la que declaraba que el pueblo americano agradecía

1 1 9
ALAMÁN, 1985, v, p. 326.
1 2 0
Soberana Junta, 1821, pp. 3-6.
1 2 1
BUSTAMANTE, 1961, ni, p. 332.
312 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

a O'Donojú, ese "Sobrehumano mortal,. . . Que. . . la paz


122
nos asegura".
En su primera sesión en la ciudad de México, el 28 de
septiembre, la junta firmó la Declaración de Independencia.
Después de esto, el organismo, junto con otras corporacio-
nes, asistió a una misa de gracias en la catedral. Esa tarde,
la junta repasó y aprobó la participación de los miembros
presentes. Luego, el cuerpo seleccionó a los cinco individuos
que compondrían el Concejo de Regencia. Sin oposición al-
guna, Iturbide fue elegido primer regente y presidente del
concejo, y O'Donojú segundo regente. Los tres regentes res-
123
tantes fueron seleccionados entre quince candidatos. Si
bien la junta gobernante le concedió a Iturbide un conside-
rable honor al nombrarlo presidente del Concejo de Regen-
cia, dicho nombramiento no confería poder por su acción.
L a junta había dejado claro desde un principio que, de
acuerdo con el precedente español, la soberanía quedaba en
manos del poder Legislativo. E l Ejecutivo estaba limitado a
dar cumplimiento a los mandatos de la legislatura.
Aunque la Nueva España había logrado su independen-
cia, existían tensiones entre los civiles y el ejército, cada uno
de los cuales consideraba que la emancipación había sido
triunfo propio. Como señalé en otro trabajo,

1 2 2
Que O'Donojú la paz nos asegura
Sobrehumano mortal, de España gloria.
L a agradecida americana gente,
Mientras el sol caliente
Loor d a r á a tu memoria. BUSTAMANTE, 1961, m, pp. 334-336.
1 2 3
Soberana Junta, 1821, pp. 9-11. E l conflicto entre los independentis-
tas e Iturbide ya es evidente en el Acta de la Independencia Mexicana en
el borrador de Francisco Manuel Sánchez de Tagle. Mientras que la Pro-
clama de Iturbide del Plan de Iguala asegura: "Trescientos años hace la
A m é r i c a Septentrional de estar bajo la tutela de la nación m á s católica y
piadosa, heroica y m a g n á n i m a " , la anterior declara: " L a nación mexica-
na que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso
de la voz, sale hoy de la opresión en que ha v i v i d o " . Sánchez de Tagle
claramente concede precedencia a los independentistas cuando continúa:
" L o s heroicos esfuerzos de sus hijos han sido coronados". Pero también
reconoce la realidad del poder militar, y se cuidó de no dejar de elogiar
a Iturbide, llamándolo " u n genio superior a toda admiración y elogio".
LA TRANSICIÓN DE COLONIA A NACIÓN 313

dos tradiciones políticas opuestas. . . emergieron entre 1808 y


1821. . .; la primera, forjada en el crisol de la guerra, enfatiza-
ba el poder ejecutivo, y la otra, basada en la experiencia parla-
124
mentaria civil, insistía en el dominio legislativo.

Es posible que un administrador con experiencia y un l i -


beral comprometido, como lo fue O'Donojú, hubiera podi-
do resolver pacíficamente dichas tensiones. Como él mismo
declaró el 17 de septiembre, antes de entrar en la capital:

Instalado el gobierno acordado en el tratado de Córdoba, que


ya es conocido de todos, él es la Autoridad legítima, yo seré el
primero a ofrecer mis respetos a la representación pública. Mis
funciones quedan reducidas a representar el Gobierno Español
ocupando un lugar en el vuestro conforme al dicho tratado de
Córdoba, a ser útil en cuanto mis fuerzas alcancen al America-
no, y a sacrificarme gustosísimo por todo lo que sea en obse-
125
quio de los Mexicanos y Españoles.

Desafortunadamente, O'Donojú se enfermó inmediata-


mente después de entrar en la capital y no pudo asistir a las
ceremonias de declaración de independencia el 28 de sep-
tiembre. Murió de pleuresía el 8 de octubre. Su ausencia tal
vez sirva para explicar por qué Iturbide se convirtió en pre-
126
sidente del Concejo de Regentes.
El conflicto entre las dos tradiciones —poder ejecutivo
contra el dominio legislativo— estalló a raíz de la muerte del
oficial liberal español. Los autonomistas creían haber logra-
do la independencia y que las ideas de 1808 se habían cum-
plido en 1821. Habían tomado parte en un proceso político
que en el curso de los años cristalizó en un sólido sistema
parlamentario representativo. Dado que la insurgencia rural
había amenazado sus intereses y posteriormente les había
brindado oportunidades, los autonomistas estaban seguros
de que el gobierno representativo moderado era un logro

1 2 4
RODRÍGUEZ O . [en prensa].
1 2 5
Juan O'Donojú, "Habitantes de Nueva E s p a ñ a " , Gaceta del Go-
bierno de México, 1 5 , n ú m . 1 2 8 ( 2 2 sep. 1 8 2 1 , pp. 9 9 4 - 9 9 5 .
1 2 6
ALAMÁN, 1 9 8 5 , v, pp. 3 5 8 - 3 5 9 y ROBERTSON, 1 9 5 2 , p. 1 3 5 .
314 JAIME E. RODRÍGUEZ O.

propio. Estos miembros de la élite nacional aspiraban al au-


togobierno. E l hecho de que a la postre hubiera requerido
de la independencia era mero accidente. Dado que poseían
diversos lazos con España, la mayor parte de los autonomis-
tas acaso hubieran preferido no cortar relaciones con la ma-
dre patria. Pero, al final, aceptaron la independencia, ya
que ésta era la única manera en que podían tener control de
su propio gobierno. Iturbide, por otro lado, estaba conven-
cido de que había sido él quien, con su ejército, había libera-
do a la nación, y que, por lo tanto, en él estaba encarnada
la voluntad nacional. L a lucha se intensificó cuando España
rechazó el Tratado de Córdoba. L a abdicación de Iturbide
en 1823 no fue suficiente para poner término a la contienda.
E l conflicto entre las dos tradiciones —poder ejecutivo con-
tra supremacía legislativa— habría de dominar la vida polí-
tica de México a lo largo de la primera mitad del siglo X I X ,
hasta que los grandes liberales Benito J u á r e z y Porfirio Díaz
impusieron el presidencialismo en la nación.

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