Modernidad y Secularización: Un Análisis
Modernidad y Secularización: Un Análisis
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Una de las experiencias más intensas que puede vivir un hombre contemporáneo
es la de hacer una visita al campo de concentración de Auschwitz. Sorprende encontrar
allí una masa de turistas que no gritan, no corren, ni comen hamburguesas o papas
fritas. Es una masa que se mueve con compostura, respetuosa, silenciosa. Entrar en una
de las barracas donde se amontonaban seres humanos tratados como números de una
cruel contabilidad golpea profundamente, hiela la sangre. Todo es frío, escuálido,
inhumano. La presencia del mal —presencia misteriosa, pero real— pesa en el corazón
del visitante. Pero en este paisaje de una tristeza sin límites existe una barraca un poco
distinta. Es la de la celda en la que transcurrió sus últimos días un franciscano polaco,
canonizado por Juan Pablo II, Maximiliano Kolbe. Allí, en una atmósfera pesada y
cerrada, solidificación del rechazo a la trascendencia, se respira esperanza, paz, alegría.
Parece como si en aquel rincón se reencontrara la humanidad despreciada y pisoteada
en los cercanos hornos de cremación. Entrar en la celda de San Maximiliano es volver a
casa, redescubrir la propia identidad de hijos de Dios.
Me parece que esta experiencia, vivida en primera persona, es aplicable a los
distintos recorridos culturales de la Modernidad. A través de los intrincados senderos
modernos se encuentran barracas gélidas, donde los hombres no encuentran descanso,
y auténticas casas, hogares donde podemos habitar sin que se nos hiele la sangre.
No es justo identificar tout court la Modernidad con la barraca o con la habitación
familiar. En estas páginas trataremos de dibujar un mapa de las principales corrientes
culturales modernas, teniendo como punto de referencia la apertura —o la cerrazón—
a la trascendencia, elemento fundamental que hace que una determinada corriente sea
una casa o una barraca.
1 Mariano Fazio, historiador y filósofo, es autor de numerosos estudios y ensayos. Ha sido profesor
de Historia de las Doctrinas Políticas en la Pontificia Università della Santa Croce, en Roma, de la que ha
sido también Rector.
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MODERNIDAD Y SECULARIZACIÓN
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explicación del sentido último de la existencia humana que terminará, después de la
adopción de una actitud prometeica en los siglos XIX y XX, en el nihilismo
contemporáneo. Dos modernidades diferentes, donde hay casas y barracas.
Desde el inicio de la Modernidad podemos verificar esta ambivalencia del proceso
de secularización. Tomemos, por ejemplo, el Renacimiento. Los siglos XV y XVI son el
periodo del redescubrimiento de la Antigüedad clásica, es decir de una visión del
hombre previa a la revelación cristiana. En algunos autores, los valores de la cultura
clásica, considerados superiores, son colocados en oposición al cristianismo, presentado
este último como la expresión típica de un periodo gótico y oscurantista. Pero al mismo
tiempo el Renacimiento toma la forma de un renacer a la vida auténticamente cristiana,
de un volver a los orígenes del Evangelio: si se editan con nuevos criterios filológicos
los textos griegos y romanos, aparecen también las primeras ediciones bien cuidadas de
los Padres de la Iglesia, considerados como los mejores testimonios de una vida fiel al
espíritu de Cristo. También en las artes plásticas podemos observar esta duplicidad: si
las temáticas paganas y una nueva sensibilidad invaden los nuevos estilos, los materiales
de las ruinas romanas y las nuevas técnicas se ponen al servicio de un arte religioso
orientado ad maiorem Dei gloriam. Si Maquiavelo es un típico representante renacentista,
también lo es, y con igual fuerza, Santo Tomás Moro.
A lo largo de los siglos modernos conviven estas dos Modernidades. Ahora nos
referiremos a las expresiones más típicas de la Modernidad cerrada a la trascendencia,
para después pasar a las versiones abiertas. Versiones que muchas veces significan un
―volver a casa‖, después de haber tratado en vano de encontrar una habitación
confortable en el mundo autorreferencial de la secularización entendido en sentido
fuerte.
1. LA ABSOLUTIZACIÓN DE LO RELATIVO
3 L. KAHN, Letteratura e crisi della fede, Città Nuova, Roma 1978, p. 49.
3
Si examinamos las principales corrientes culturales El hombre no puede
y las ideologías de la Modernidad, observamos vivir en un mundo
inmediatamente que absolutizan un elemento relativo de sin puntos de
la realidad, transformado en clave explicativa del mundo,
de la historia y de la existencia humana. Precisamente esta
referencia sólidos: la
explicación global ha sido la función de las religiones dinámica de
históricas. Por eso, las nuevas corrientes de pensamiento absolutización de lo
que abocan para sí este papel bien pueden definirse como relativo o de
―religiones de lo temporal‖ (Julien Benda, La trahison des sacralización de lo
clercs, 1927) o ―religiones secularizadas‖ (Raymond Aron, temporal obedece a
L'âge des empires et l'avenir de la France, 1945). una necesidad
El hombre no puede vivir en un mundo sin puntos antropológica
de referencia sólidos. De ahí que esta dinámica de
absolutización de lo relativo o de sacralización de lo temporal obedezca a una necesidad
antropológica: si no podemos habitar más en la ―casa‖ que ofrecía el sentido
trascendente de la vida, debemos construir barracas que puedan al menos ofrecer la
apariencia de una cierta habitabilidad.
Las distintas construcciones teóricas de la Modernidad secularizada tienen en
común el fundarse sobre un elemento importante que constituiría la parte central de la
existencia humana. Elemento importante pero relativo, que es absolutizado. Nadie
negará la importancia de la razón, de los sentimientos, de la libertad, del pertenecer a
una comunidad cultural, de la economía, de la ciencia. Son todas ellas realidades
fundamentales de nuestra vida y de nuestra inserción en el mundo. Pero al mismo
tiempo nos damos cuenta que son elementos relativos; vistos desde una perspectiva
integral de la persona humana, ninguno de ellos, por sí solo, puede proveer una
explicación completa del mundo y de la historia.
A pesar de lo que acabamos de afirmar, a partir de la mitad del siglo XVIII hay
una auténtica galería de explicaciones unilaterales, que se basan en la absolutización de
lo relativo. En la lista de las corrientes culturales modernas ocupa un puesto de
particular importancia la Ilustración del siglo XVIII, una de las matrices, junto con el
romanticismo, de la cultura contemporánea. Como sucede en todo movimiento cultural,
la Ilustración no es de fácil definición. Immanuel Kant trató de definir este nuevo
estado de la cultura. En un opúsculo titulado ¿Qué es la Ilustración?, Kant responde a la
pregunta retórica del siguiente modo: «La Ilustración es la salida del hombre de su
estado de minoría de edad, que debe imputarse a sí mismo. Minoría de edad es la
incapacidad de valerse del propio intelecto sin la guía de otro. Imputable a sí mismo es
esta minoría, si la causa de ella no depende del defecto de la inteligencia, sino de la falta
de decisión y de valentía para hacer uso de la propia inteligencia sin ser guiados por
otros. Sapere aude! ¡Ten la valentía de servirte de tu propia inteligencia! Es este el lema de
la Ilustración»4.
Como se desprende de la definición kantiana, la llave teórica de la Ilustración está
constituida por la razón. Pero ¿de qué razón se trata? No es la racionalista de los
4
sistemas metafísicos del siglo XVII, aunque haya heredado el optimismo en su
capacidad. Es más bien la razón empirista de los ingleses, que invita a permanecer
dóciles a los datos de los sentidos y a los resultados de los experimentos. La razón
ilustrada no será ya el lugar de los espíritus, el depósito de las ideas innatas, sino una razón
entendida como facultad, como capacidad de conocer. Capacidad o fuerza inagotable,
que llevará hasta el conocimiento de los misterios insondables de la naturaleza. El
apegamiento de la razón dieciochesca a la experiencia sensible ayudará al desarrollo de
las ciencias naturales: botánica, química, zoología, historia natural, medicina.
Por otro lado, la fe en la capacidad de la razón se manifestará en otro concepto
clave para entender la Ilustración: la noción de progreso. El intelectual de este periodo
considera que la extensión de las luces llevará a una vida más humana, más prudente y
más confortable. La Ilustración será el primer periodo de
la historia en la que surge una disciplina nueva: la filosofía de Aunque no se
la historia. Con ella se emprende un análisis de la historia
humana desde un punto de vista universal y progresivo. La
pueden negar
historia es el desarrollo de la razón, que hace que el muchos méritos al
hombre salga de las tinieblas medievales y entre en el reino pensamiento
de la racionalidad. dieciochesco, no
Esta visión optimista y progresiva de la historia está hay duda que la
muy relacionada con otra de las características de la razón Ilustración creó un
ilustrada: el rechazo de la tradición. Todo fenómeno social mundo más frío,
o espiritual que no pueda ser explicado por la razón menos habitable.
humana es, para la Ilustración, un mito o una superstición.
Así, el antitradicionalismo se concreta en el rechazo de la
religión revelada —especialmente del catolicismo— y en la construcción teórica del
deísmo, es decir una religión sin misterios, a la medida de la razón, para la que es
suficiente afirmar la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y la vida futura como
todo contenido de la religión. La actitud ilustrada respecto a la religión se pondrá de
manifiesto en Alemania con el proceso de racionalización de los dogmas, y en Inglaterra
y Francia con la defensa de la tolerancia, que en este periodo tendrá frecuentemente
como base el indiferentismo religioso.
La Ilustración presenta distintos rostros: desde el materialismo completamente
cerrado al espíritu de D’Holbach o de La Mettrie hasta las posiciones más moderadas
de Condillac o de Montesquieu. Aunque no se pueden negar tantos méritos al
pensamiento dieciochesco, como por ejemplo el haber creado un ambiente propicio
para el desarrollo científico, o el haber obligado a los creyentes a purificar la propia fe
de cuanto podía haber de superstición o de tradiciones meramente humanas, no hay
duda que la Ilustración creó un mundo más frío, menos habitable, porque el hombre no
es solo racionalidad. Chesterton daba en el blanco cuando escribía que los hombres
enloquecen no por la imaginación, sino por un equivocado uso de la razón: «la poesía es
saludable porque flota holgadamente sobre un mar infinito; mientras que la razón,
tratando de cruzar ese mar, lo hace finito; y el resultado es el agotamiento mental (...).
Aceptarlo todo, es un ejercicio, y robustece; entenderlo todo, es una coerción, y fatiga
(...). El poeta no pide más que tocar el cielo con su frente. Pero el lógico se empeña en
meterse el cielo en la cabeza, hasta que la cabeza le estalla»5.
5
La Ilustración trató de entenderlo todo. Muy pronto otros intelectuales dirán que
los ilustrados no habían entendido nada. El romanticismo trataba de recuperar los
mundos olvidados de la Ilustración: el mundo del misterio, de la tradición popular, de
las pasiones del corazón. Será Novalis el que nos ofrezca una descripción del nuevo
movimiento cultural: «El mundo debe ser ―romantizado‖. Así se redescubre su
significado original. Romantizar es un potenciamiento cualitativo (...). Cuando doy a lo
común un sentido más elevado, a lo ordinario un aspecto misterioso, a lo conocido la
dignidad de lo desconocido, a lo finito una apariencia infinita, entonces yo lo
romantizo»6.
Si hemos definido el romanticismo en oposición a la Ilustración, hay que aclarar
que Ilustración y romanticismo no son movimientos filosófico-culturales
completamente opuestos, porque tienen en el fondo una matriz ideológica común: la
autonomía del hombre. El romanticismo sustituye la razón por el sentimiento, pero es
un sentimiento no regulado, que tiende al infinito, que debe probarlo todo, saborearlo
todo, sin poner límites a sus propios deseos. Bajo esta perspectiva, todavía hoy vivimos
en el romanticismo. El artista romántico, modelo de hombre desarreglado y diverso,
nos puede dar la clave para entender como la autonomía
absoluta del hombre sigue estando presente en la base de
este movimiento.
La secularización
del romanticismo no
En realidad, el romanticismo continúa la tendencia
secularizadora de la Ilustración. La diferencia radica en los significa la
valores que ahora se ponen al centro de la atención del desaparición de la
hombre. No será ya la razón científica, sino el amor, el religiosidad, sino la
arte, la vida, el sufrimiento, los que ocuparán el lugar del transferencia de su
Absoluto. En este sentido, el romanticismo se presenta en objeto a una
su radical ambigüedad: alejándose del frío racionalismo del divinidad en cierta
Siglo de las luces, aparentemente se abren las puertas a lo medida creada por
sobrenatural. Si esto es verdad para algunos románticos, el hombre.
para los representantes de mayor influjo de este
movimiento cultural los valores nuevamente suscitados
sufren un proceso de divinización que termina con la sustitución del Dios cristiano
trascendente por un valor humano elevado hasta el orden de lo divino.
La secularización del romanticismo no significa, por lo tanto, la desaparición de la
religiosidad, sino la transferencia de su objeto, del Dios trascendente, a una divinidad en
cierta medida creada por el hombre. Como bien afirma Kahn, «lo que encontramos no
es una desaparición de lo religioso, sino que la fe se separa de la iglesia, del dogma, de la
relación institucional, una disgregación de la forma religiosa central, de tal manera que
lo religioso fluye ahora desde el centro hacia las zonas periféricas y se enseñorea de
nuevas esferas: algo terreno es elevado a lo ultraterreno y sagrado, y lo que se convierte
en ultraterreno se ofrece como sustituto del viejo ultraterreno perdido o puesto en
discusión»7.
En las obras de Schiller y de Goethe, algunos valores humanos que en una
perspectiva trascendente sirven como caminos para llegar a Dios, son absolutizados, y
de medios que eran se convierten en fines. Goethe no dudará en divinizar el amor
humano: el amor-sentimiento de Faust no es más el amor de Dante por Beatriz, que
6
lleva hacia lo alto, sino un amor identificado con Dios que lleva hacia el eterno
femenino, que no es una Realidad trascendente, sino «más bien lo femenino, convertido
de finito y creatural, en algo absoluto, sacro y divino»8.
De igual manera, también se diviniza la vida terrena. Si la naturaleza obra y actúa
continuamente, el hombre en cuanto parte de la naturaleza debe vivir en una acción
continua. Según Goethe, «la convicción acerca de nuestra supervivencia brota para mí
del concepto de actividad: si yo obro sin descanso hasta mi fin, la naturaleza está
obligada a darme otra forma de existencia». Como agudamente señala Kahn, de este
texto se deduce que la vida eterna no se presenta como un don de Dios sino como
fruto de la actividad terrena: el obrar humano adquiere un sentido religioso
autosalvífico. Pero dado que el horizonte trascendente de certezas ha desaparecido, esta
vida trae consigo, en su ambigüedad, dolor y sufrimiento. Las tragedias románticas
presentan el sufrimiento como destino ineluctable del hombre, que purifica y eleva.
Con el pasar de los años, esta función purificadora del sufrimiento desaparece, y la
visión romántica de la vida terminará en la ausencia de sentido y en el absurdo del
nihilismo contemporáneo.
Con el romanticismo se recuperaban muchos ámbitos de la vida que habían sido
ignorados o despreciados por la razón ilustrada. Los sentimientos, el misterio, las
particularidades culturales y la tradición volvían a tomar carta de ciudadanía en la
especulación filosófica. Sin embargo, la reacción anti-ilustrada abría las puertas al
irracionalismo, que engendraría corrientes intelectuales que terminarían por oponerse,
en los siglos sucesivos, a una concepción trascendente de la persona humana.
b) El pensamiento ideológico
8 Ibidem, p. 138.
7
La visión del nacionalismo, exclusiva y excluyente, provocó auténticas tragedias
en la historia contemporánea. La identificación del hombre con su pertenencia a una
nación, etnia, raza o cultura determinadas quita a la persona humana una de sus
propiedades más esenciales: su apertura interpersonal. El hombre se convierte en más
hombre, se hace más digno, en la medida en que comunica o entra en comunión con
los otros. Esta apertura —que tiene una dimensión ética y
una más originaria, que es ontológica— implica el respeto
a la diversidad, la promoción del diálogo intercultural y la La casa del
conciencia de la radical unidad del género humano, nacionalista se
basada en la idéntica dignidad de toda persona. El queda chica, es
nacionalismo cierra los horizontes existenciales, e impide pobre y oscura,
a las personas singulares y a enteras comunidades la porque es una casa
posibilidad de enriquecerse con los dones de la con las puertas
comunicación interpersonal. La casa del nacionalista se cerradas.
queda chica, es pobre y oscura, porque es una casa con las
puertas cerradas.
Quizá el ejemplo extremo de reduccionismo antropológico, de cerrazón ante la
trascendencia y de sacralización de lo humano esté representado por el marxismo.
Según Marx, «la miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por
otra, la protesta contra ella. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de
un mundo sin corazón, el espíritu de una situación carente de espíritu. Es el opio del
pueblo»9. Por consiguiente, será necesario abolir la religión como alegría ilusoria, para
que el hombre pueda gozar de una alegría real. Hay que eliminar el más allá del
horizonte y preocuparse del más acá. El homo oeconomicus, después de la crítica de la
alienación religiosa, se transforma en un dios. Marx bien podrá afirmar con Feuerbach:
«Homo homini Deus, he aquí el principio práctico supremo, la transformación decisiva de
la historia»10. Lamentablemente, la divinización del hombre marxista lleva a vivir no en
las mansiones celestiales, sino en los distintos Archipiélagos Gulag de la historia
reciente.
En lo que se refiere al positivismo, heredero legítimo de la razón del siglo XVIII,
el mundo se presenta como perfectamente explicable si nos atenemos a los hechos,
dejando de lado toda explicación metafísica o teológica. Las ciencias poseen la última
palabra sobre el mundo. El positivismo es una lectura de la ciencia que pretende ir más
allá de la ciencia misma, y erigirse en explicación total del destino del hombre. En
cuanto reductivo y pretendidamente totalizante, el positivismo se puede definir como
ideología. Además, la caracterización del progreso de la humanidad como fe racional en
un futuro feliz y justo para todos manifiesta en un modo claro el elemento de sustitución
que toda ideología lleva consigo.
El Profesor Gradgrind, personaje de la novela de Dickens Hard Times, expone
cómicamente la cosmovisión positivista de la segunda mitad del siglo XIX: «Ahora, lo
que yo quiero son Hechos. Enseñad a estos chicos y a estas chicas. Hechos y nada más.
De hechos tenemos necesidad en la vida. No plantéis otra cosa y arrancad todo lo
demás. Solo con los hechos se puede plasmar la mente de los animales que razonan: el
resto no les servirá nunca para absolutamente nada. Este es el principio sobre el que he
9 K. MARX, Zur Kritik der hegelschen Rechtsphilosophie. Einleitung, en Karl Marx-Friedrich Engels Werke,
Dietz, Berlin 1957-1969, II, p. 378.
10 L. FEUERBACH, Das Wesen des Christentums, en Sämtliche-Werke, Stuttgart 1959, VI, p. 325.
8
educado a mis hijos, y este es el principio sobre el que he educado a estos muchachos.
¡Ateneos a los hechos, señores!»11.
Pero este personaje no tenía razón: es precisamente ―el resto‖ lo que importa en
la vida. Según la óptica de Weber —ya lo hemos dicho—, el mundo contemporáneo es
un mundo desencantado: la ciencia ha dominado en forma progresiva la casi totalidad
de los ámbitos existenciales. Ha habido un proceso de intelectualización que ha
empobrecido la visión del mundo. La ciencia no ofrece respuestas a la pregunta sobre el
sentido de la vida. Por eso, Weber afirma con Tolstoi que «la ciencia es absurda porque
no responde a la pregunta más importante para nosotros: ¿qué debemos hacer? ¿Cómo
debemos vivir?».
La absolutización de lo relativo, eje del pensamiento ideológico, comporta una
visión optimista del futuro de la humanidad. Las ideologías, en cuanto religiones
sustitutivas, son también escatologías secularizadas, es decir, prometen la felicidad
propia del paraíso celestial, pero en esta tierra. No en el más allá trascendente sino en el
más acá intramundano. Si dejamos que las leyes del mercado obren espontáneamente,
tendremos un mundo feliz donde reinará el bienestar; si triunfa mi cultura o raza o
nación, la historia entrará en una etapa superior; si hacemos la revolución comunista,
eliminando la propiedad privada, alcanzaremos el paraíso comunista sin clases; si
cultivamos las ciencias, toda enfermedad será derrotada, todo misterio será desvelado.
El optimismo positivista decimonónico llevó a Swinburne a cantar en 1871: « ¡Gloria al
hombre en las alturas!; porque el hombre es el señor de todas las cosas»12.
La desmentida de este optimismo decimonónico en los primeros años del siglo
XX marcará un importante cambio cultural, que nos preparamos a analizar.
9
―Nosotros, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales‖— Franz Kafka,
André Malraux, Oswald Spengler, Guglielmo Ferrero, José Ortega y Gasset, Arnold
Toynbee, Christopher Dawson, Max Scheler, Nicolai Hartmann, Edmund Husserl,
Martin Heidegger, Thomas Mann, Marcel Proust, Aldous Huxley, Max Horkheimer,
Theodor Adorno, Max Pollock, Walter Benjamin, Erich Fromm, Herbert Marcuse,
Antonio Gramsci, Jacques Maritain, Thomas S. Eliot y un largo etcétera que obligaría
a incluir en él a prácticamente todos los pensadores del período de entreguerras, de
los años que van desde 1919 hasta 1939. Una lista en la que también figura el mismo
Papa que dirigió la Iglesia durante la mayor parte de esos años, Pío XI13.
Unanimidad en el constatar la crisis, diversidad en el interpretar sus causas. Pienso
que se podría hablar de tres posibles respuestas a la pregunta sobre la causa de la crisis
cultural. La primera respuesta es la que da el pensamiento ideológico: según algunos
autores, para resolver la crisis es necesario empujar las ideologías hasta el fondo. Así
encontraremos los totalitarismos del siglo XX. La segunda respuesta parte de la
constatación del sinsentido de la existencia humana, y se instala en un cómodo
relativismo: hay que abandonar la pretensión de conocer la verdad. Pretensión que,
según esta perspectiva, ha sido la causa de los desastres de la guerra. La última respuesta
es la del pensamiento abierto a la trascendencia. Analizaremos ahora las dos primeras
respuestas, que tienen una matriz común en el nihilismo, para después presentar las
distintas aperturas a la trascendencia.
10
llegado el momento de anunciar la muerte de Dios, ya que los hombres, creadores de
una divinidad imaginaria —al menos los más sabios e intuitivos—, se han dado cuenta
que el hombre es finitud, un sinsentido, una nada. La tranquilidad basada en la
explicación trascendente de la vida ha desaparecido, y el hombre debe convivir con esta
realidad de su abandono existencial. En su libro La gaya ciencia introduce el tema de la
muerte de Dios. Como explica Nietzsche, lo importante es entender las consecuencias
antropológicas de la muerte de Dios: «el más importante de los acontecimientos
recientes, el hecho de que ―Dios ha muerto‖ y la fe en el Dios cristiano se ha vuelto
increíble, comienza ya a proyectar sobre Europa sus primeras sombras. Por lo menos,
para este reducido número cuya mirada, amenazadora, es bastante aguda y fina para este
espectáculo, parece que un sol se ha puesto, una vieja y tranquila confianza se ha
trocado en duda; es a ellos a los que nuestro viejo mundo debe parecer cada día más
crepuscular, más sospechoso, más extraño, más viejo»14. La falta de fe no es todavía
absoluta. El hombre europeo no se ha desarraigado completamente: por el momento
las sombras avanzan.
Detrás de la muerte de Dios se escucha todavía el ―seréis como dioses‖ del libro
del Génesis. Dice Zaratustra, profeta del nihilismo nietzscheano: «Pero, para abriros mi
corazón de par en par, a vosotros, amigos. Si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no
ser Dios? Luego, no hay dioses. He sido yo quien ha sacado esta consecuencia, pero
ahora ella me arrastra a mí»15. Nietzsche es plenamente consciente de las consecuencias
de la muerte de Dios, y se ríe de Feuerbach y Marx, ateos inconsecuentes: sin Dios,
toda la realidad se desmorona y se resuelve en una nada. De este modo, Nietzsche
evidencia el núcleo de la Modernidad ideológica: la autonomía absoluta del hombre que
debe hacer desaparecer al Absoluto para poder ocupar su lugar en la historia y en la
existencia humana.
Por lo que ya se ha explicado, es lógico deducir que nihilismo y muerte de Dios
son en la práctica lo mismo. El nihilismo, según Nietzsche, es la devaluación de todos
los valores. « ¿Qué significa el nihilismo? Que los valores supremos se han desvalorado.
Falta el fin: falta la respuesta al porqué. Todo es en vano» 16. En el Crepúsculo de los ídolos,
Nietzsche explica el proceso de cómo el mundo verdadero se convirtió en una fábula. Los pasos
realizados por la humanidad en este sentido son:
platonismo, cristianismo, kantismo, positivismo, nihilismo Nietzsche es
(Incipit Zarathustra). plenamente
Esta doctrina está estrechamente ligada a su consciente de las
antropología. Según Nietzsche, el hombre no puede vivir consecuencias de la
sin valores. Si el mundo basado en la trascendencia se ha muerte de Dios: sin
venido abajo, el hombre debe crear nuevos valores. Así
Dios, toda la
nace el super-hombre, que es un nuevo modelo de
hombre, que toma conciencia del nihilismo y de su realidad se
superación. Dice Zarathustra: «Yo os anuncio al desmorona y se
ultrahombre. El hombre es algo que debe ser superado. resuelve en una
¿Qué habéis hecho vosotros para superarlo?» 17 . El nada.
14 F. NIETZSCHE, Die fröhlsiche Wissenschaft, en Opere, Adelphi, Milano 1991, V, fr. 343.
15 IDEM, Also sprach Zarathustra, II: auf den glückseligen Inseln, en Nietzsche Werke, Berlin 1969, vol
VI/1, p. 106.
16 IDEM, Wille zur Macht, I, fr. 2.
11
hombre, en sí mismo, tiene deseos de trascendencia. Hasta este momento, la
trascendencia se personalizó en Dios. Pero ahora debe trascender hacía sí mismo y
hacia el mundo terreno. Desaparecido el sentido trascendente de la existencia, el super-
hombre se yergue en el nuevo sentido de la tierra: «El hombre es una cuerda tendida
entre el animal y el ultrahombre: una cuerda tendida sobre el abismo. Un peligroso
pasar al otro lado, un peligroso permanecer en el caminar,
La herencia de un peligroso mirar hacia atrás, un peligroso estremecerse
y pararse. La grandeza del hombre está en ser un puente y
Nietzsche es doble: no una meta: lo que hay en él digno de ser amado es que
por un lado, los es un tránsito y no un ocaso»18.
regímenes El super-hombre es un nuevo estado de la
totalitarios; por otro, humanidad. Será capaz de decir sí a la vida, no despreciará
la herencia del su cuerpo, no amará al prójimo sino al amigo. Será un
pensiero debole, del hombre libre, capaz de darse a sí mismo el bien y el mal, y
relativismo moral, de imponer la ley de su propia voluntad. El super-hombre
del subjetivismo debe superar a Dios, pero también debe superar las
escéptico. consecuencias negativas de su muerte. El hombre debe
crear nuevos valores. Aquí entra en juego la voluntad de
poder: el nuevo hombre será el hombre fuerte, el águila que
ataca a rostro descubierto, el bárbaro. Será el encargado de hacer la gran política. El último
hombre, en cambio, es el hombre pequeñito, sin Dios, pero que tampoco ha logrado
superar la nada. No se propone ningún ideal, y su vida no es iluminada por ninguna
estrella. Es el hombre contemporáneo, el pequeño burgués.
La herencia de Nietzsche, como dijimos, es doble. Por un lado, los regímenes
totalitarios basados en el poder y el voluntarismo (nazismo, fascismo, stalinismo). Por
otro, está la herencia del pensamiento débil, del relativismo moral, del subjetivismo
escéptico frente a cualquier pretendido valor o presunta verdad. Esta versión light del
nihilismo —en realidad se trata de un nihilismo no superado— estará presente en
muchos escritores del siglo XX. Las novelas, las obras de teatro, los cuentos del
periodo de entreguerras, están poblados de personajes perdidos en la existencia, que no
tienen puntos de referencia fijos y que se interrogan sobre la finalidad de sus vidas, sin
poder encontrar una respuesta válida.
En un cuento breve, intitulado Un lugar limpio, bien iluminado, Ernest Hemingway
(1899-1960) ponía en los labios de un camarero español una oración nihilista: «Nada
nuestra que estás en la nada, nada sea tu nombre tu reino la nada, nada sea tu voluntad
nada en nada como en nada. Danos esta nada nuestra nada cotidiana y nadéanos
nuestra nada como nosotros nadeamos nuestras nadas y no nos nadees en la nada, mas
líbranos de la nada; pues nada. Salve, nada llena de nada, la nada esté contigo» 19. Los
personajes de Hemingway —soldados, toreros, púgiles, cazadores— no logran nunca
terminar una oración y se identifican con sus fuerzas y con sus voluntades de poder.
Pero finalmente son derrotados por un destino absurdo y ciego, como los tiburones
que devoran el pez del célebre cuento El viejo y el mar. La parábola existencial de
Hemingway terminará con el suicidio.
Contemporáneamente, en sus primeras obras, Heidegger considera que el hombre
es un Sein-zum-Tode, un ser-para-la-muerte. El hombre ha sido arrojado a la existencia,
12
en medio de un mundo de objetos. La existencia humana es un continuo hacer
proyectos, que terminan inexorablemente con la muerte. En este sentido, la
comprensión de sí mismos consiste en el aprehender que la existencia humana es una
totalidad finita. Librarse de la muerte significa entender que la muerte pone un punto
final, último, definitivo a nuestros proyectos existenciales. La conciencia de la finitud
humana lleva a una vida auténtica que no se dispersa en lo exterior, en el mundo de los
objetos. La tecnología contemporánea, con su hambre de dominar el mundo, desde esta
perspectiva, es un nihilismo, dado que nos distrae de la consideración del único dato
ineluctable: la muerte. Pero la misma muerte deja de ser un hecho ineluctable en el
momento en que se convierte en la elección de nosotros mismos: «en la medida en que
esta posibilidad es comprendida sin velos, tanto más agudamente la comprensión
penetra en las posibilidades en cuanto imposibilidad de la existencia en general» 20 .
Como escribe Pietro Prini, «el ―no todavía‖ del nuestra muerte no viene después, como
el ―no todavía‖ de la luna llena viene después del último cuarto creciente o el de la
madurez viene después de la amargura del fruto, sino que está desde siempre junto a
nosotros, constitutivo del ser que nos es propio. Cada uno de nosotros lleva dentro de
sí, madura inexorablemente en sí mismo la propia muerte. Heidegger, a la manera de
Homero, llama por eso a los hombres ―los mortales‖ (die Sterblichen), porque
conformemente a nuestra esencia, ―somos en tanto que
habitamos en cercanía de la muerte‖ (Der Satz vom Grund,
Pfullingen 1957, p. 186)»21. La obra de Camus
Si hemos citado a algunos escritores y a un filósofo, no gira en torno a la
ahora le toca el turno a un intelectual que se encuentra muerte, sino a lo
entre la filosofía y la literatura. Nos referimos a Albert absurdo de la vida;
Camus (1913-1960). Camus parte de la constatación del el único problema
sinsentido de la vida cotidiana, que produce aburrimiento y filosófico serio es
cansancio. Hay que tomar distancias de la vida ordinaria, establecer si vale la
para poder entender lo absurdo de ella. Este alejarse
pena vivir la vida.
produce angustia, al percibir que la vida no es otra cosa que
el camino hacia la muerte. Pero la obra de Camus no gira
en torno a la muerte, sino a lo absurdo de la vida. El único problema filosófico serio es
establecer si vale la pena vivir la vida. Hay dos respuestas erradas a esta pregunta: el
suicidio y la esperanza. La primera solución no es válida, porque con el suicidio
hacemos desaparecer la luz que ha descubierto lo absurdo de la vida, es decir nuestra
conciencia lúcida, la única cosa que debe ser protegida y desarrollada. Tampoco la
esperanza es una solución, porque presupone la existencia de un Dios ordenador del
Universo, mientras que el mundo nos demuestra el desorden y lo absurdo. La esperanza
es un suicidio moral que lleva a la muerte de la conciencia lúcida. La única respuesta
posible es la rebelión. El hombre rebelde es aquel que ha descubierto la futilidad de la
vida y que ayuda a los demás a descubrirla.
Esta actitud existencial se manifiesta en su obra Le mythe de Sisyphe. Partiendo de
esta figura de la mitología griega —Sísifo debe llevar una piedra hasta la cima de un
monte, pero una vez en la cima, la piedra cae y Sísifo baja y sube eternamente en el
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vano esfuerzo de coronar su tarea—, Camus propone el problema central del hombre
moderno: «en el momento mismo en el que Sísifo reconoce que el volver a levantar la
piedra que ha caído al fondo carece de sentido y es inútil, sólo en ese preciso momento
comienza la vida humana auténtica. Reconocer lo absurdo no es el fin, sino el principio;
el problema del hombre consiste en dar —a pesar y después de este conocimiento—
valor y dignidad a la vida sin evadirse de lo absurdo, sin tratar de darse evasivas pseudo-
explicaciones recurriendo a una fe religiosa, sino afrontándolo y superándolo.
Brevemente: sufrimiento, trabajo, fatiga, aporicidad —precisamente a estas realidades,
hay que darles su sentido y su valor: esto es lo que se trata de reconocer, a esto hay que
decir que sí»22.
Sartre extraerá de su
Camus se presenta como el defensor del
nihilismo
humanismo ateo. La conciencia humana tiene un valor
consecuencias que es necesario proteger. Alejado de toda ideología
antropológicas que son totalizante, Camus propone luchas concretas para
la negación de la justicias concretas. En su novela La peste, uno de los
dignidad del hombre: personajes, un médico que dedica toda su vida a los
el ser es demasiado, el enfermos, se pregunta si es posible ser santo sin creer
hombre es una pasión en Dios. A pesar de lo absurdo de la vida, hay que
inútil, el infierno son instaurar la ciudad de los hombres, donde las
conciencias sean respetadas.
los demás.
Con Camus la crisis de la cultura de la
Modernidad llega a uno de sus momentos paradigmáticos. Sin la referencia a la
Trascendencia, la vida humana cae en la opacidad absurda de un periodo de tiempo
destinado a la muerte. Los valores que todavía están presentes en su humanismo corren
el riesgo de desaparecer por falta de raíces. Más coherente será Jean-Paul Sartre, quien
extraerá de su nihilismo consecuencias antropológicas que, a pesar de haber sido
definidas por él mismo como humanistas, son la negación de la dignidad del hombre: el
ser es demasiado, el hombre es una pasión inútil, el infierno son los demás.
Según Possenti, el núcleo más profundo del nihilismo es el teórico, es decir la
imposibilidad de conocer la verdad. Nihilismo y muerte de la metafísica se identificarían.
Si el nihilismo para Nietzsche es la desaparición de la finalidad, del sentido, la ausencia
de una respuesta a la pregunta sobre el porqué, esta actitud también gnoseológica lleva a
la toma de conciencia del fin de la noción de verdad como adecuación con la realidad.
El nihilismo contemporáneo se extiende incluso al ámbito del conocimiento científico,
que durante el siglo XIX era considerado como el reducto inexpugnable de las certezas.
La falibilidad de las ciencias, en algunos autores, es la manifestación del pensamiento
débil contra el neo-positivismo, heredero del cientificismo decimonónico.
Possenti pone en estrecha relación con el nihilismo teórico a algunas de las
corrientes de la hermenéutica y del deconstruccionismo. Para algunos exponentes de la
llamada hermenéutica de izquierda (Gianni Vattimo, por ejemplo) no existe la verdad,
sino solo interpretaciones de textos, de símbolos, determinados por el contexto
histórico. La metafísica como conocimiento de la verdad del ser es calificada de
arrogante: la relación cognoscitiva con el ser es el paradigma de la violencia 23. Para
Vattimo, por ejemplo, la multiplicidad de las interpretaciones llega a la «disolución de la
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idea misma de realidad». La configuración babélica del mundo hace precipitar la
ontología en el sinsentido24.
Esta debilitación del intelecto, consecuencia del nihilismo teórico, llega a uno de
los puntos más bajos con los deconstruccionistas: el hombre es una invención del final
del siglo XVIII, pero después del nihilismo y de la devaluación de todos los valores está
por llegar el fin del hombre: «A todos los que quieran todavía hablar del hombre, de su
reino, y de su liberación —escribe Foucault—, a todos los que se preguntan todavía
sobre qué es el hombre en su esencia, a todos los que quieren apoyarse en él para
acceder a la verdad..., a todas estas formas de reflexión deformes y alteradas, no
podemos más que contraponer una risa filosófica, es decir, en parte silenciosa»25.
El resultado tan radical del nihilismo contemporáneo se puede explicar a partir de
la atmósfera cultural creada por los llamados ―maestros de la sospecha‖. Efectivamente,
Marx, Nietzsche y Freud conciben al sujeto humano no como algo originario y real,
sino como una derivación necesaria de fuerzas irracionales que se encuentran detrás de
toda manifestación humana. Frente a todo fenómeno hay que descubrir ―lo que hay
detrás‖. Como observa Buttiglione, para estos pensadores «el sujeto y la conciencia no
son en absoluto fenómenos originarios. Son más bien un efecto de un conjunto de
fenómenos económico-sociales (Marx), pulsionales (Freud) y en sentido lato del
resentimiento (Nietzsche). El hombre, en otras palabras, no es un punto de partida
originario sino fruto del devenir»26.
La pérdida de la consistencia real del sujeto es la conclusión paradójica de la
pretendida atribución de autonomía absoluta a la criatura humana.
24 Cfr. G. VATTIMO, Oltre l’interpretazione. Il significato dell’ermeneutica per la filosofia, Bari 1994. Cfr.
también F. BOTTURI, Immagine ermeneutica dell’uomo, en Immagini dell’uomo. Percorsi antropologici nella
filosofia moderna, Armando, Roma 1996, pp. 77-94.
25 M. FOUCAULT, Le parole e le cose, Rizzoli, Milano 1967, p. 368.
26 R. BUTTIGLIONE, La crisi della morale, Dino, Roma 1991, pp. 23-24.
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puntos de referencia que pudieran servir para construir sobre las ruinas de la guerra (W.
Jaeger, J. Huizinga, C. Dawson)27.
Una característica común de estos críticos es el darse cuenta que la causa última
de la crisis era una concepción equivocada de la naturaleza humana. Si la afirmación
absoluta de la autonomía del hombre, acompañada con una libertad de conciencia
siempre más generalizada —la conciencia no tendría ningún parámetro objetivo con el
cual medirse, y por tanto queda completamente libre y dueña de sí—, llevó al
enfrentamiento entre millones de hombres, era debido quizá a que el hombre no es un
individuo absolutamente autónomo, o que las distintas naciones, idolatradas por el
nacionalismo, en realidad no encarnan los valores más altos.
Esta aparición tan diversificada de corrientes culturales y filosóficas abiertas a la
trascendencia no ha sido solamente un fenómeno coyuntural. A lo largo de la
Modernidad, el pensamiento abierto se desarrolló en diversos modos, recorrió distintos
senderos. Basta pensar en Tomás Moro, Juan Luis Vives y Erasmo de Rotterdam en el
Humanismo; Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Francisco Suárez en la segunda
escolástica; Pascal y Vico en la época del racionalismo. El siglo XIX, siglo de Marx y
Nietzsche, es también el siglo de Kierkegaard y Dostoievski. El pensador danés, en
relación dialéctica con el idealismo hegeliano, encuentra la plenitud del individuo no en
la afirmación de la autonomía absoluta del hombre,
sino en el reconocimiento de su fundamentación El individuo que
trascendente: «entrando en relación consigo mismo,
queriendo ser él mismo, el hombre se fundamenta en
pretende autofundarse
transparencia en la potencia que lo ha puesto» 28 , es absolutamente termina
decir, en la Potencia divina. Mientras que el individuo necesariamente en la
que pretende autofundarse absolutamente termina desesperación,
necesariamente en la desesperación, considerada por considerada por
Kierkegaard la enfermedad mortal de la cultura Kierkegaard la
contemporánea. enfermedad mortal de
Dostoievski, por su parte, es consciente de las la cultura
consecuencias de la pérdida de la trascendencia, como contemporánea.
lo era Nietzsche, pero a diferencia de éste, a través de la
obra del autor ruso se abren las puertas a la necesidad
de la redención. Para el autor de las grandes novelas del siglo XIX, si no se admite la
trascendencia, la vida después de la muerte, no hay más moral ni diferencia entre el bien
y el mal. Dejemos hablar a uno de los hermanos Karamazov:
si destruís en el hombre la fe en la propia inmortalidad, inmediatamente se
apagará en él no sólo el amor, sino también cualquier fuerza vital capaz de perpetuar
la vida en el mundo. Y no sólo eso: entonces no habrá nada inmoral, todo será
permitido, incluso la antropofagia. Pero no hemos acabado: (…) para cada individuo,
como nosotros ahora por ejemplo, que no crea ni en Dios ni en la propia
inmortalidad, la ley moral natural debe transformarse inmediatamente en lo opuesto
de la antigua ley religiosa, y el egoísmo, llevado hasta el delito, debe ser no sólo
27 Cfr. F. GUGELOT, La conversion des intellectuels au catholicisme en France (1885-1935), CNRS, Paris
1998; J. PEARCE, Litterary Converts, Harper Collins, London 1999.
28 S. KIERKEGAARD, La malattia mortale, I, A, en Kierkegaard. Opere, ed de C. Fabro, Sansoni,
Firenze 1972, p. 626.
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permitido al hombre, sino incluso reconocido como la solución necesaria, la más
razonable, e incluso diría la más noble, en sus condiciones29.
La pérdida del horizonte trascendente produciría un desmoronamiento de los valores
morales. Según el personaje dostoievskiano, la falta de fe en el más allá desemboca en el
nihilismo. Pero no es un resultado evidente: la última palabra la tendrán los seguidores
de Cristo. Los razonamientos nietzscheanos y dostoievskianos son muy similares, pero
mientras el alemán muere loco anunciando el super-hombre, el escritor ruso pasa a la
eternidad lleno de esperanza.
Sería demasiado largo elencar las manifestaciones culturales de apertura a la
trascendencia durante el siglo XX. Más interesante que los contenidos teóricos son las
historias de conversión —religiosa o intelectual— de tantos pensadores: un Maritain
positivista, proclive al suicidio, que descubre un mundo nuevo en el espiritualismo de
Bergson y en la poesía cristiana de Léon Bloy; un Marcel escéptico e idealista que
encuentra la fe cuando se interroga sobre los desaparecidos de la Primera Guerra
Mundial, abriéndose al misterio del ser; un Chesterton que se llena de alegría al
descubrir que la filosofía del sentido común y la ética de los cuentos de hadas coincide
con el Credo de los Apóstoles; un Dawson que llega a la Iglesia Católica después de
haber leído, paradójicamente, al positivista Harnack; Gilson, que se sorprende con los
tesoros de la philosophia perennis estudiando los textos del racionalismo cartesiano.
En muchos de estos casos, se trató de un auténtico
retorno a casa. Emblemática es la primera página de La humanidad ha
Ortodoxia, de Chesterton. Allí, el inglés cuenta de un siempre tenido una
navegante que partió de Inglaterra decidido a realizar un especie de
largo viaje para descubrir las bellezas de las islas tropicales. embajadores de la
Después de algunas semanas llega a una isla muy bella. Le
gusta muchísimo, pero le resulta familiar. Poco después, el
eternidad en medio
navegante se da cuenta que había regresado a Inglaterra. del mundo, también
Chesterton utiliza esta imagen para explicar su recorrido en la Modernidad
espiritual: después de tanto buscar en escuelas y grupos de secularizada. Estos
moda una verdad por la cual vivir, se da cuenta que la embajadores son los
verdad se encontraba allí, junto a la puerta de su casa: era santos.
el cristianismo, el viejo Credo de los Apóstoles.
Pero apertura a la trascendencia no es solo un asunto de libros y de escuelas
filosóficas. La humanidad ha siempre tenido una especie de embajadores de la eternidad
en medio del mundo, también en medio de la Modernidad secularizada, desencantada y
nihilista. Estos embajadores son los santos, llamados por Juan Pablo II ―expertos en
humanidad‖. Son testigos de la luz en las barracas oscuras de las ideologías: Alfonso
María de Ligorio entre los philosophes racionalistas; el santo cura de Ars entre los
pequeños burgueses del Segundo Imperio; Padre Damián entre los leprosos, víctimas
del imperialismo europeo, en Molokai, en el Pacífico sur; el Cardenal Newman en el
liberalismo decimonónico; todos los mártires del nazismo —Maximiliano Kolbe, Edith
Stein y tantos otros—, del marxismo en Rusia, en España, en México; Josemaría
Escrivá en la sociedad materialista y agnóstica del siglo XX; Madre Teresa de Calcuta en
un mundo permeado por la cultura de la muerte. Todas estas personas manifiestan
existencialmente la presencia de la Trascendencia de una manera mucho más eficaz que
17
las teorías, porque lo hacen en forma más auténtica y atrayente, porque son testimonios
de vida.
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30 JUAN PABLO II, Memoria e Identidad, La esfera de los libros, Madrid 2005, pp. 14-5.
31 Ibidem, p. 208.
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