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Los ríos profundos: Análisis y contexto

La novela Los ríos profundos del escritor peruano José María Arguedas narra la historia de Ernesto, un niño que debe enfrentar las injusticias del mundo adulto mientras vive interno en un colegio religioso en Abancay, Perú en la década de 1920. La obra explora el proceso de maduración de Ernesto y su elección entre los valores de la liberación o la seguridad económica a través de su interacción con personajes que representan diferentes clases sociales. Los críticos consideran esta novela como la obra ma
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Los ríos profundos: Análisis y contexto

La novela Los ríos profundos del escritor peruano José María Arguedas narra la historia de Ernesto, un niño que debe enfrentar las injusticias del mundo adulto mientras vive interno en un colegio religioso en Abancay, Perú en la década de 1920. La obra explora el proceso de maduración de Ernesto y su elección entre los valores de la liberación o la seguridad económica a través de su interacción con personajes que representan diferentes clases sociales. Los críticos consideran esta novela como la obra ma
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Los ríos profundos es la tercera novela del escritor peruano José María Arguedas.

El título de la
obra (en quechua Uku Mayu) alude a la profundidad de los ríos andinos, que nacen en la cima de
la Cordillera de los Andes, pero a la vez se refiere a las sólidas y ancestrales raíces de la cultura
andina, la que, según Arguedas, es la verdadera identidad nacional del Perú.

Publicada por la Editorial Losada en Buenos Aires en 1958, recibió en el Perú el Premio Nacional de
Fomento a la Cultura «Ricardo Palma» (1959) y fue finalista en Estados Unidos del premio William
Faulkner (1963). Desde entonces creció el interés de la crítica por la obra de Arguedas y en las
décadas siguientes el libro se tradujo a varios idiomas.1

Según la crítica especializada, esta novela marcó el comienzo de la corriente neoindigenista, pues
presentaba por primera vez una lectura del problema del indio desde una perspectiva más
cercana. Fama que va a compartir con el escritor mexicano Juan Rulfo. La mayoría de los críticos
coinciden en que esta novela es la obra maestra de Arguedas.

Contexto

Los últimos años de la década de 1950 fueron para Arguedas muy fértiles en cuanto a producción
literaria. El libro apareció cuando el Indigenismo se hallaba en pleno apogeo en el Perú. El ministro
de Educación de aquel entonces, Luis E. Valcárcel, organizó el Museo de la Cultura, institución que
propició con mucha decisión los estudios indigenistas. Por otro lado, con la publicación de Los ríos
profundos se inició un irreversible proceso de valoración de la obra arguediana tanto en el Perú
como a nivel continental.2

Composición

La génesis de la novela sería el cuento «Warma kuyay» (que forma parte del libro de cuentos
Agua, publicado en 1935), uno de cuyos personajes es el niño Ernesto, inconfundiblemente el
mismo Ernesto de Los ríos profundos. Un texto de Arguedas que apareció publicado en 1948 bajo
la forma de relato autobiográfico (Las Moradas, vol. II, Nº 4, Lima, abril de 1948, pp. 53-59),
conformaría después el segundo capítulo de la novela bajo el título de «Los viajes». En 1950
Arguedas anunció en el ensayo «La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú» la
existencia del proyecto de la novela. El impulso para completar su composición surgió años
después, por el año 1956, cuando realizaba un trabajo etnográfico de campo en el valle del
Mantaro. No paró entonces hasta verlo concluido. Algunos textos de estudio etnográfico fueron
adheridos al relato, como la explicación etimológica del zumbayllu o trompo mágico.
Escenarios

La plaza de Abancay, uno de los escenarios de la novela

El 70 % de la acción de la novela transcurre en la ciudad de Abancay, en quechua Awancay. Otros


escenarios son mencionados en los dos primeros capítulos de la novela: el Cuzco y diversas
ciudades costeñas y serranas del sur y centro del Perú, lugares que Ernesto, el protagonista,
recorre acompañando a su padre antes de instalarse en Abancay.

Abancay es un pueblo con pequeños barrios separados por huertas de moreras, y con campos de
cañaverales que se extienden hasta el río Pachachaca. Lo rodea la hacienda Patibamba, cuyo
patrón no la vendía y por ello la ciudad no podía expandirse. Un árbol característico de Abancay es
el nativo pisonay, que en primavera se llena de flores grandes y rojas.

Lugares importantes de Abancay donde se desarrolla la novela son el Colegio religioso o internado,
con su enorme patio polvoriento; el barrio de Huanupata, tugurio maloliente poblado de
chicherías, donde también se podían encontrar mujeres fáciles; la Plaza de Armas; la Avenida
Condebamba, que es una amplia alameda sembrada de moreras. Ya en las afueras se alza el
puente del Pachachaca, símbolo de la conquista española, sostenido por bases de cal y canto y que
pese a sus siglos de vida aún se mantiene firme y aguanta las embestidas del río que pasa bajo su
arco.

Época

Teniendo en cuenta que se trata de una novela de corte autobiográfico, la época en que está
ambientada la narración es la década de 1920, bajo el oncenio de Augusto B. Leguía. Para ser más
exactos, fue el año de 1924 en que Arguedas estudió el quinto de primaria en el colegio de
Abancay, dirigido por los padres mercedarios.3

Argumento

La novela narra el proceso de maduración de Ernesto, un muchacho de 14 años quien debe


enfrentar a las injusticias del mundo adulto del que empieza a formar parte y en el que debe elegir
un camino. El relato empieza en el Cuzco, ciudad a la que arriban Ernesto y su padre, Gabriel, un
abogado itinerante, en busca de un pariente rico denominado El Viejo, con el propósito de
solicitarle trabajo y amparo. Pero no tienen éxito. Entonces reemprenden sus andanzas a lo largo
de muchas ciudades y pueblos del sur peruano. En Abancay, Ernesto es matriculado como interno
en un colegio religioso mientras su padre continúa sus viajes en busca de trabajo. Ernesto tendrá
entonces que convivir con los alumnos del internado que son un microcosmos de la sociedad
peruana y donde priman normas crueles y violentas. Más adelante, ya fuera de los límites del
colegio, el amotinamiento de un grupo de chicheras exigiendo el reparto de la sal, y la entrada en
masa de los colonos o campesinos indios a la ciudad que venían a pedir una misa para las víctimas
de la epidemia de tifo, originará en Ernesto una profunda toma de conciencia: elegirá los valores
de la liberación en vez de la seguridad económica. Con ello culmina una fase de su proceso de
aprendizaje. La novela finaliza cuando Ernesto abandona Abancay y se dirige a una hacienda de
propiedad de «El Viejo», situada en el valle del Apurímac, a la espera del retorno de su padre.

Los dos narradores

En la obra se distinguen dos narradores. El primero es el narrador principal, un hombre adulto que
evoca su niñez, es decir, una versión adulta de Ernesto. El segundo es una especie de narrador
cognoscitivo cuya intervención es esporádica, se encarga de completar y mejorar la comprensión
del lector respecto a los sucesos de la novela, aportando datos no conocidos por los lectores,
sobre todo en temas de etnología.4

Personajes

Ernesto, el protagonista-narrador, es un muchacho de 14 años que vive escindido entre dos


mundos, el de los hacendados explotadores y el de los indios maltratados. Ello le permite un
proceso de aprendizaje acelerado y una manera de ver el mundo con una mayor perspectiva. Irá
interpretando una realidad a la que se ve enfrentado y su proceso de aprendizaje tendrá que ver
con la elección ética de ubicarse del lado del poderoso o del desposeído. Para combatir la
imposibilidad de pertenecer enteramente a cualquiera de estos dos mundos, decide soportar su
condición a través de la ensoñación y la comunicación con la naturaleza. A menudo, se identificará
más con los indios.

El Viejo, de nombre don Manuel Jesús, es el tío de Ernesto. Terrateniente poderoso, dueño de
cuatro haciendas en el valle del Apurímac, prepotente y avaro, representa el mundo hostil, ese
sistema socioeconómico explotador al que por primera vez se ve enfrentado Ernesto. Tiene un
servidor indio o pongo muy servicial, quien, por oposición, representa a las víctimas de dicho
sistema. El Viejo aparece al principio de la novela, alojado en una casona del Cuzco; al final de la
novela vuelve a ser mencionado, pues a una de sus haciendas es enviado Ernesto tras la irrupción
de la peste en Abancay.

Los alumnos del colegio.- En el colegio religioso de Abancay existían dos tipos de alumnos: los
externos y los internos. Ernesto es uno de estos últimos; en dicho ambiente entrará en contacto
con adolescentes y jóvenes que repiten los mismos esquemas de los poderosos y que cometen las
mismas injusticias sociales. En la obra se mencionan a los siguientes alumnos:

Añuco, interno, era hijo de un hacendado caído en la ruina. A los nueve años había sido recogido
por los padres del Colegio, poco antes de que falleciera su padre. Amigo y cómplice del Lleras en
continuas mataperradas tanto dentro como fuera del colegio, su rabia era una manera de expresar
su tristeza. Al final, luego de la huida de Lleras, se amista con sus compañeros, y los padres lo
trasladan al Cuzco, para que siguiera la carrera religiosa.

Lleras, interno, era huérfano como el Añuco, y a la vez el más altanero y abusivo de todos los
alumnos, aprovechando la ventaja que le daba tener más edad y fuerza que el resto. Muy lerdo en
los estudios, sin embargo compensaba con su habilidad en los deportes, siendo infaltable su
presencia en el equipo del colegio, a la cabeza del cual destacaba en las competencias locales de
fútbol y atletismo. Amigo y protector del Añuco, formaban ambos una dupla temible, no solo en el
colegio sino en todo el pueblo. Su poder radicaba en infundir el miedo y el dolor a los más chicos o
desvalidos. Al final, agrede a uno de los religiosos y es castigado terriblemente. Huye del colegio y
luego del pueblo, junto con una mestiza del barrio de Huanupata, y no se supo más de él. Los
rumores decían que había fallecido en su viaje de huida y que su cuerpo había sido arrojado al río.

Ántero Samanez, externo, apodado el Markask’a o el «marcado», por sus lunares en el rostro, era
un chico de cabellos rubios muy encendidos por lo que también le apodaron el «Candela». Era hijo
de un hacendado del valle del Apurímac. Aparte de su aspecto físico no destacaba en nada. Al
principio se hizo amigo de Ernesto, cuando llevó al colegio un juguete nuevo, el zumbayllu o
trompo, al cual, conforme a la mentalidad andina, atribuía propiedades mágicas. Ambos, Ántero y
Ernesto, son opuestos a Lleras y al Añuco, y por lo tanto, a la violencia. Sin embargo, conforme
avanza la novela, las diferencias entre ellos se tornan evidentes y esto origina un alejamiento. En
el motín de las chicheras Ernesto participa al lado de estas, y Ántero da su respaldo a los
hacendados. Pero lo que lleva a la ruptura total es cuando Ántero se hace amigo de Gerardo,
costeño e hijo del comandante de la Guardia Civil destacado en Abancay.

«El Peluca», interno, un joven de 20 años, muy corpulento, aunque cobarde y de mirada
lacrimosa. Le dieron ese apodo porque era hijo de un peluquero. Se destacaba por su obsesión
enfermiza hacia una mujer demente, la opa Marcelina, a quien asaltaba en los excusados y la
obligaba a tener relaciones sexuales. Esta conducta anómala era motivo de las burlas soeces de
sus compañeros, quienes sin embargo no lo enfrentaban pues temían su fuerza física. Al fallecer
Marcelina, enloqueció, profiriendo aullidos, y sus familiares tuvieron que sacarlo del colegio atado
de pies y manos.

Palacitos, apodado también como el «indio Palacios», era el interno menor y humilde, y el único
proveniente de una comunidad indígena. Al principio le costó mucho adaptarse; leía penosamente
y no entendía bien el castellano. Todo ello motivó que fuera maltratado física y psicológicamente
por el Lleras y otros alumnos mayores, al punto que suplicaba con lágrimas a su padre (que iba a
visitarle cada mes) a que lo trasladara a una escuela fiscal. Sin embargo, con el paso del tiempo fue
amoldándose; los alumnos mayores dejaron de molestarle, se hizo amigo de Ernesto y empezó a
rendir en los estudios, al extremo de recibir una felicitación de parte de uno de los profesores. Su
padre, feliz, le prometió que sería ingeniero.
Chauca, rubicundo y delgado, es otro de los que tenían una obsesión enfermiza por la opa
Marcelina, aunque, a diferencia del Peluca, siente remordimientos y trata de domeñar sus deseos.
Una vez es descubierto azotándose.

Rondinel o el Flaco, alumno que se hacía notar por su extrema delgadez. Reta a una pelea a
Ernesto pero enseguida se amistan.

Valle, alumno de quinto año, muy lector y elegante. En los días de fiesta y en las salidas lucía una
vistosa corbata atada de manera original, que bautiza con el nombre de k’ompo. En su
conversación se esforzaba en hacer citas literarias y otros ejercicios pedantescos. En la calle
andaba siempre rodeado de señoritas y presumía de sus conquistas amorosas. Se jactaba incluso
de haber seducido a la esposa del médico de Abancay.

Romero, aindiado, alto y delgado, el atleta del grupo, campeón imbatible en salto y otras
disciplinas deportivas. También era hábil tocador del rondín (armónica) y cantor de huaynos.
Defiende a los más débiles de los abusos del Lleras y el Añuco.

Ismodes, apodado el Chipro, natural de Andahuaylas, hijo de mestizo. Su apodo en quechua


significa el «picado por la viruela», por las marcas inconfundibles de dicha enfermedad que tenía
en el rostro. Se pelea constantemente con el Valle.

Simeón, llamado el Pampachirino, por ser oriundo del pueblo de Pampachiri.

Gerardo, hijo del comandante de la guardia civil destacado en Abancay. Es costeño, natural de
Piura. Se hace amigo de Ántero y lo matriculan en el colegio. Destaca por su habilidad en los
deportes, por su facilidad natural en ganarse amigos y conquistar a las chicas.

Pablo, hermano de Gerardo.

Iño Villegas

Saturnino

Montesinos

La opa Marcelina, joven mujer demente, blanca, baja y gorda, que había sido recogida por uno de
los Padres y colocada como ayudante en la cocina. Se convierte en una especie de símbolo del
pecado, pues los internos mayores suelen buscarla por las noches para forzarla a tener relaciones
sexuales. Fallece víctima de la epidemia de tifo.

Los Padres del Colegio. Son los religiosos que dirigen la institución educativa:

Augusto Linares, o simplemente el Padre Linares, director del Colegio, ya anciano, de cabellos
blancos, que tenía fama de santidad en todo Abancay.

El padre Cárpena, alto y fornido, aficionado a los deportes.


El hermano Miguel, afroperuano, era oriundo de Mala, en la costa central peruana. Los alumnos
irrespetuosos le llaman despectivamente «negro».

Doña Felipa, es cabecilla de las chicheras que se amotinan reclamando el reparto de la sal al
pueblo. Es una mujer robusta, de voluminosos senos y anchas caderas, con el rostro picado de
viruela. Ernesto la admira por su coraje, fuerza y sentido de justicia. Luego del motín, huye
llevándose consigo un fusil y logra burlar la persecución de las fuerzas del orden. Gracias a ella,
Ernesto comprueba que la reivindicación social es posible.

Los colonos, trabajadores indios contratados en la hacienda Patibamba, circundante a la ciudad de


Abancay, entre quienes se extiende la epidemia de tifo. Invaden la ciudad exigiendo una misa para
los difuntos.

Los guardias civiles, cuerpo de policía de la ciudad de Abancay. Son llamados jocosamente
«guayruros» (frijoles de colores) por el color de sus uniformes (negro y rojo). Se les ridiculiza por
no poder controlar el motín de las chicheras.

Los oficiales y soldados del Ejército, quienes ocupan la ciudad tras producirse el motín de las
chicheras.

La cocinera del internado, protectora del Palacitos y quien fallece víctima del tifo.

Abraham, portero del internado, quien también cae víctima de la peste y regresa a Quishuara, su
pueblo natal, para morir.

Salvinia, chica de 12 años, delgada, de piel morena y de ojos rasgados y negros. Es la enamorada
de Ántero. Vivía en la avenida Condebamba, una alameda o amplia calle abanquina sembrada de
moreras. Ernesto nota que sus ojos son del color del zumbayllu (trompo mágico) al momento de
girar.

Alcira, amiga de Salvinia, de su misma edad. Vivía camino de la Plaza de Armas a la planta
eléctrica. Cuando Ernesto la ve por primera vez, le encuentra un gran parecido con Clorinda, una
jovencita del pueblo de Saisa, de quien en su niñez se había enamorado y de la que nunca más
volvió a saber. Alcira tenía una cabellera hermosa, del color del tallo de la cebada madura, y su
mirada era triste, pero sus pantorrillas eran muy gruesas y cortas, lo que a Ernesto le desagradaba.

Prudencio, joven indio, del pueblo de Kakepa, soldado y músico de la banda militar, paisano y
amigo de Palacitos.

El papacha Oblitas, mestizo, maestro músico, experto tocador de arpa.

El kimichu, un indio peregrino recaudador de limosnas para la Virgen de Cocharcas. Lleva una urna
con la imagen de la Virgen, encima de la cual iba un lorito.

Jesús Warank’a Gabriel, cantor, acompañante del kimichu.


Don Joaquín, forastero challhuanquino, que contrata los servicios del abogado Gabriel, el padre de
Ernesto, sobre un litigio de tierras.

Pedro Kokchi y Demetrio Pumaylly, indios, amigos de la infancia de Ernesto, que los menciona al
rememorar dicha etapa de su vida.

Alcilla, notario de Abancay, amigo del padre de Ernesto, hombre envejecido y enfermo, con esposa
e hijos.

Estructura

La obra está dividida en 11 capítulos, numerados con dígitos romanos y con título propio, siendo
muy variable la extensión de cada uno de ellos. El más extenso es el último capítulo, el titulado
«Los colonos». El más corto es el capítulo IV, titulado «La hacienda».

Breve esquema de la novela:

I. El viejo.- La llegada de Ernesto y su padre al Cuzco, donde se encuentran con El Viejo, un agrio y
avaro hacendado, que se niega a ayudarlos, pese a ser pariente de ellos.

II. Los viajes.- Los recorridos de Ernesto y su padre (abogado itinerante) por diversas ciudades de la
sierra y de la costa central y sur del Perú.

III. La despedida.- La llegada de Ernesto y su padre a Abancay. Ernesto es internado en un colegio


religioso y su padre continúa sus viajes en busca de trabajo.

IV. La hacienda.- Ernesto visita la hacienda colindante de Abancay, Patibamba, cuyos colonos o
peones indios eran muy reservados. El Padre o cura del pueblo da sermones a los indios en los que
elogia a los hacendados.

V. Puente sobre el mundo.- Ernesto visita el barrio de Huanupata, el barrio alegre de Abancay. A
las afueras está el puente sobre el Pachachaca, construido en el siglo XVI por los españoles. Se
describe el colegio religioso, los padres directores, los hermanos profesores y los alumnos. Una
sirvienta que sufre de retardo mental, la opa Marcelina, es el objeto sexual de los alumnos
mayores.
VI. Zumbayllu.- Uno de los alumnos internos, el Ántero o Markask’a trae al colegio un zumbayllu o
trompo, de significado mágico. Ernesto hace amistad con Ántero. Se describen las peleas entre los
alumnos y los abusos de los mayores sobre los menores, como el Lleras sobre el Palacitos.

VII. El motín.- Las chicheras del pueblo, encabezadas por Felipa, se rebelan para exigir el reparto
de sal al pueblo. Ernesto les acompaña en el tumulto. Las chicheras reparten la sal a los indios de
Patibamba, pero luego irrumpen los guardias civiles y recuperan la sal.

VIII. Quebrada honda.- Ernesto es castigado por los padres, por seguir a las chicheras. Luego
regresa a Patibamba acompañando al Padre Director, quien sermonea a los indios explicándoles
que era un pecado robar la sal, aunque fuera para los pobres. Ernesto regresa al colegio y se
encuentra con Ántero, quien le enseña un winku o trompo brujo, superior al zumbayllu. En otra
escena, el Lleras empuja a uno de los religiosos, el hermano Miguel, el cual responde dándole un
puñetazo. El Lleras es recluido en una habitación pero en la noche se fuga del colegio.

IX. Cal y canto.- Los militares llegan a Abancay para contener la rebelión de las chicheras y capturar
a Felipa. Ántero y Ernesto conversan en el colegio sobre la situación. Ambos visitan en el pueblo a
Salvinia (enamorada de Ántero) y a Alcira, la amiga de ésta.

X. Yawar Mayu. Un domingo Ernesto y los otros alumnos van a la plaza del pueblo donde dan
retreta o exhibición de la banda militar. Ernesto conoce a Gerardo, el hijo del comandante
destacado en Abancay, quien se hace amigo de Ántero. Asimismo, visita el barrio de Huanupata,
donde se deleita escuchando a los músicos y cantores.

XI. Los colonos.- Los militares se retiran de Abancay, sin haber capturado a Felipa. Gerardo ingresa
al colegio religioso donde destaca y se vuelve inseparable de Ántero. Cuando ambos se jactan de
sus conquistas amorosas, Ernesto se pelea con ellos y no les vuelve a hablar. Luego irrumpe la
peste de tifo en el pueblo, proveniente de los contornos. La opa Marcelina fallece víctima del mal.
Ernesto se acerca a verla, por lo que es puesto en cuarentena por temor a un contagio. Cientos de
colonos o peones indios de las haciendas colindantes se acercan a Abancay para exigir al Padre
que dé una misa por los difuntos. El Padre acepta y da la misa a medianoche. Con el permiso del
Padre, Ernesto abandona Abancay y se va a una de las haciendas de El Viejo, donde esperará el
retorno de su progenitor.
Resumen por capítulos

I.- EL VIEJO

Catedral del Cuzco.

El relato empieza cuando el narrador (Ernesto) cuenta su llegada al Cuzco, acompañando a su


padre Gabriel, quien era abogado y viajaba continuamente buscando dónde ejercer su profesión.
En la antigua capital de los incas visitan a un pariente rico al que conocen como El Viejo, para
solicitarle alojamiento y trabajo, pero este resulta ser un tipo avaro, tosco y con fama de
explotador, por lo que deciden abandonar la ciudad y buscar otros rumbos. Pero antes pasean por
la ciudad. Ernesto se deslumbra ante los majestuosos muros de los palacios de los incas, cuyas
piedras finamente talladas y perfectamente encajadas le parecen que se mueven y hablan. Luego
pasan frente a la Iglesia de la Compañía y visitan la Catedral, donde oran frente a la imagen del
Señor de los Temblores. Allí se encuentran nuevamente con el Viejo, quien estaba acompañado de
su sirviente indio o pongo, símbolo de la raza explotada. Ernesto no puede contener el desagrado
que le produce el Viejo y lo saluda secamente.

II.- LOS VIAJES

En este capítulo el narrador relata los viajes de su padre como abogado itinerante por diversos
pueblos y ciudades de la sierra y de la costa, viajes en los que le acompaña desde muy niño.
Cuenta anécdotas curiosas que les toca vivir a ambos en algunos pueblos. Llegan por ejemplo a un
pueblo cuyos niños salían al campo a cazar aves para que no causaran estragos en los trigales. En
ese mismo pueblo, había una cruz grande en la cima de un cerro, que durante una festividad
religiosa era bajada por los indios en hombros. En otra ocasión llegan a Huancayo, donde casi se
mueren de hambre pues sus habitantes, que odiaban a los forasteros, impidieron que los litigantes
(clientes) fueran a verles. En otro pueblo las personas les miran con rabia, a excepción de una
joven alta y de ojos azules, que parecía más amigable. Ernesto se venga en esa ocasión cantando
huaynos a todo pulmón en las esquinas. En Huancapi, cerca de Yauyos, contempla cómo unos
loros que posaban en los árboles son muertos a balazos por unos tiradores, siendo lo extraño que
dichas aves no se animaran a alzar vuelo y cayeran así mansamente, una tras otra. De allí pasan a
Cangallo y siguen hacia Huamanga, por la pampa de los morochucos, célebres jinetes de quienes
se decía que eran descendientes de los almagristas.

III.- LA DESPEDIDA

Cuenta el narrador cómo su padre le promete que sus continuos viajes acabarían en Abancay,
pues allí vivía un notario, viejo amigo suyo, quien sin duda le recomendaría muchos clientes.
También le promete que le matricularía en un colegio. Llegan pues a Abancay y se dirigen a la casa
del notario, pero éste resultó ser hombre enfermo y ya inútil para el trabajo, y para colmo, con
una mujer e hijos pequeños. Descorazonado, el padre prefiere alojarse en una posada, donde
coloca su placa de abogado. Pero los clientes no llegan y entonces decide reemprender sus viajes.
Pero esta vez ya no le podrá acompañar Ernesto, pues ya estaba matriculado de interno en un
colegio de religiosos de la ciudad, cuyo director era el Padre Linares. Su decisión se apresura
cuando un tal Joaquín, un hacendado de Chalhuanca, llega a Abancay a solicitarle sus servicios
profesionales. Ernesto se despide entonces de su padre y se queda en el internado.

IV.- LA HACIENDA

En este capítulo el narrador cuenta la vida de los indios en la hacienda colindante a Abancay,
Patibamba, a donde solía ir los domingos tras salir del internado, pero a diferencia de los indios
con quienes había pasado su niñez, estos parecían muy huraños y vivían encerrados. Relata
también las misas oficiadas por el Padre, y cómo éste predicaba el odio hacia los chilenos y el
desquite de los peruanos por la guerra de 1879 (recordemos que eran los años de 1920, en plena
tensión peruano-chilena por motivo del litigio por Tacna y Arica) y elogiaba a la vez a los
hacendados, a quienes calificaba como el fundamento de la patria, pues eran, según su juicio, los
pilares que sostenían la riqueza nacional y los que mantenían el orden.

V.- PUENTE SOBRE EL MUNDO

El título de este capítulo alude al significado del nombre quechua de Pachachaca, el río cercano a
Abancay, sobre el cual los conquistadores españoles construyeron un puente de piedra y cal que
hasta hoy sobrevive. Con la esperanza de poder encontrar a algún indio colono de la hacienda,
Ernesto aprovecha los domingos para visitar Huanupata, el barrio alegre de Abancay, poblado de
chicherías, arrabal pestilente donde también se podían encontrar mujeres fáciles. Para su sorpresa
no encuentra a ninguno de los colonos, y solo ve a muchos forasteros y parroquianos. De todos
modos continua frecuentando dicho barrio, pues los fines de semana iban allí músicos y cantantes
a tocar arpa y violín y cantar huaynos, lo que le recordaba mucho a su tierra. Luego pasa a
describir la vida en el internado; en primer lugar cuenta como el Padre organizaba a los alumnos
en dos bandos, uno de «peruanos» y otro de «chilenos» y lo hacía enfrentar en el campo, a golpes
de puño y empellones, como una manera de «incentivar» el espíritu patriótico. Luego menciona a
los alumnos, refiriendo sobre sus orígenes y características: el Lleras y el Añuco, que eran los más
abusivos y rebeldes de los alumnos; el Palacitos, el de menor edad, y a la vez el más tímido y débil
de todos; el Romero, el Peluca y otros más. También se menciona a una joven demente, la opa
Marcelina, que era ayudante en la cocina y que solía ser desnudada y abusada sexualmente por los
alumnos mayores, sobre todo por el Lleras y el Peluca. El Lleras incluso trata de forzar al Palacitos
para que tenga relaciones sexuales con la opa, mientras ésta era sujetada en el suelo con el
vestido levantado hasta el cuello. El Palacitos se resiste, llorando y gritando. El Romero, hastiado
de los abusos del Lleras, le reta a pelear, pero el encuentro no se produce.

VI.- ZUMBAYLLU

Esta vez Ernesto relata como uno de los alumnos, el Ántero o Markask’a, rompe la monotonía de
la escuela al traer un trompo muy peculiar al cual llaman zumbayllu, lo que se convierte en la
sensación de la clase. Para los mayores solo se trata de un juguete infantil pero los más chicos ven
en ello un objeto mágico, que hace posible que todas las discusiones queden de lado y surja la
unión. Ántero le regala su zumbayllu a Ernesto y se vuelven desde entonces muy amigos. Ya con la
confianza ganada, Ántero le pide a Ernesto que le escriba una carta de amor para Salvinia, una
chica de su edad a quien describe como la niña más linda de Abancay. Luego, ya en el comedor,
Ernesto discute con Rondinel, un alumno flaco y desgarbado, quien le reta a una pelea para el fin
de semana. Lleras se ofrece para entrenar a Rondinel mientras que Valle alienta a Ernesto. En la
noche, los alumnos mayores van al patio interior; allí el Peluca tumba a la opa Marcelina y yace
con ella. De lejos, Ernesto ve que el Lleras y el Añuco amarran sigilosamente algo en la espalda del
Peluca. Cuando éste vuelve al dormitorio, Ernesto y el pampachirino se espantan al ver unas
tarántulas o apasankas atadas en su saco, pero los otros internos se ríen; el mismo Peluca arroja y
aplasta sin temor a los bichos.

VII.- EL MOTIN

A la mañana siguiente, Ernesto le entrega a Ántero la carta que escribió para Salvinia; Ántero la
guarda sin leerla. Luego le cuenta a su amigo su desafío con Rondinel. Ántero se ofrece para
amistarlos y lo logra, haciendo que los dos rivales se den la mano. Luego todos se van a jugar con
los zumbayllus. Al mediodía escuchan una gritería en las calles y divisan a un tumulto conformado
por las chicheras del pueblo. Algunos internos salen por curiosidad, entre ellos Ántero y Ernesto,
que llegan hasta a la plaza, la que estaba copada por mujeres indígenas que exigían que se
repartiera la sal, pues a pesar de que se había informado que dicho producto estaba escaso, se
enteraron que los ricos de las haciendas las adquirían para sus vacas. Encabezaba el grupo de
protesta una mujer robusta llamada doña Felipa, quien conduce a la turba hacia el almacén, donde
encuentran 40 sacos de sal cargados en mulas. Se apoderan de la mercancía y lo reparten entre la
gente. Felipa ordena separar tres costales para los indios de la hacienda de Patibamba. Ernesto la
acompaña durante todo el camino hacia dicha hacienda, coreando los huaynos que cantaban las
mujeres. Reparten la sal a los indios, y agotado por el viaje Ernesto se queda dormido. Despierta
en el regazo de una señora blanca y de ojos azules, quien le pregunta extrañada quién era y qué
hacía allí. Ernesto le responde que había llegado junto con las chicheras a repartir la sal. Ella por su
parte le dice que es cusqueña y que se hallaba de visita en la hacienda de su patrona; le cuenta
además cómo los soldados habían irrumpido y a zurriagazos arrebataron la sal a los indios. Ernesto
se despide cariñosamente de la señora y luego se dirige hacia el barrio de Huanupata, donde se
mete en una chichería para escuchar a los músicos. Al anochecer le encuentra allí Ántero, quien le
cuenta que el Padre Linares estaba furioso por su ausencia. Ambos van a la alameda a visitar a
Salvinia y a su amiga Alcira; esta última estaba interesada en conocer a Ernesto, según Ántero.
Pero al llegar solo encuentran a Salvinia, quien se despide al poco rato pues ya era tarde. Ántero y
Ernesto vuelven al colegio.

VIII.- QUEBRADA HONDA.

Ya en el colegio Ernesto es llevado por el Padre a la capilla. Luego de azotarlo el Padre le interroga
severamente. Ernesto se atreve a responderle que solo había acompañado a las mujeres para
repartir la sal a los pobres. El Padre le replica diciéndole que aunque fuese por los pobres se
trataba de un robo. Finalmente castiga a Ernesto prohibiéndole sus salidas del domingo. Al día
siguiente Ernesto acompaña al Padre al pueblo de los indios de la hacienda. El Padre se sube a un
estrado y empieza a sermonear a los indios en quechua. Les dice que todo el mundo padece, unos
más que otros, pero que nada justifica el robo, que el que roba o recibe lo robado es igual
condenado. Pero se alegraba que ellos hubieran devuelto la mercancía y que ahora la recibirían en
mayor cantidad. Ante esta prédica ardiente las mujeres rompen en llanto y todos se arrodillan.
Terminada su prédica, el Padre ordena a Ernesto volver al colegio, mientras que él se quedaría a
dar la misa. Ernesto aprovecha para averiguar sobre la señora de ojos azules. El mayordomo de la
hacienda le responde que conocía a la tal señora pero que ella se iría con su patrona al día
siguiente, por temor al arribo del ejército, que venía a imponer el orden. Ernesto regresa al colegio
y le recibe el hermano Miguel, quien le da el desayuno y le cuenta que esa mañana dedicaría a los
alumnos a jugar voley en el patio. Luego irrumpe Ántero trayendo un Winku, un trompo o
Zumbayllu especial, al cual calificaba de layka o «brujo» por tener, según su creencia, propiedades
mágicas, como enviar mensajes a personas lejanas. Convencido, Ernesto hace bailar el winku
mandándole un mensaje a su padre, diciéndole que estaba soportando bien la vida en el
internado. Entretenidos estaban así cuando de pronto oyen gritos en el patio. Se acercan y ven al
hermano Miguel ordenando caminar de rodillas al Lleras, de quien manaba sangre por la nariz. Se
enteran que el Lleras había primero empujado al hermano insultándole soezmente, solo porque le
había marcado un foul en el juego; en respuesta el hermano le dio un puñetazo tumbándolo al
suelo. En medio del tumulto arriba el Padre director, quien pregunta qué ocurría. El hermano
Miguel, luego de contar el incidente, explica que reaccionó así al ver mancillado en su persona el
hábito de Dios. El Padre ordena al Lleras a ir a la capilla; los demás internos se quedan en el patio y
discuten entre ellos; el Palacitos teme que ocurra una desgracia en el pueblo por la ofensa hecha a
un religioso; el Valle y el Chipro se pelean, quedando muy malparado el primero. Al día siguiente
se esparce la noticia de que el ejército entraría en Abancay para imponer orden. El Padre ordena
que todos los alumnos se reconcilien con el hermano Miguel, quien les pide perdón y abraza a
cada uno de ellos, pero cuando se acerca al Lleras, éste le hace un gesto de repulsión y se corre a
esconderse. No lo vuelven a ver más; después supieron que aquella misma noche huyó del colegio.
El Añuco también se alista para irse del colegio, aunque reconciliado con todos. El Palacitos se
alegra pues cree que con la reconciliación ya no ocurrirán más desgracias en el pueblo.
IX.- CAL Y CANTO

A la ciudad llega un regimiento de soldados para reprimir a las indias revoltosas. Los soldados
ocupan las calles y plazas. Instalan el cuartel en un edificio abandonado. Ernesto pide al Padre que
lo dejara regresar donde su papá, pero el Padre se niega, dándole permiso en cambio para salir el
sábado a la ciudad, con el Ántero. Ernesto le pide al Romerito que por medio del canto de su
rondín envíe un mensaje a su padre. Los alumnos comentan los chismes de la ciudad: las chicheras
capturadas son azotadas en el trasero desnudo, y al responder a los militares con su lenguaje soez,
les meten excremento en la boca. Cuentan también que doña Felipa y otras chicheras habían
huido cruzando el puente del Pachachaca, donde dejaron a una mula degollada, con cuyas tripas
cerraron el paso atándola a los postes. La cabecilla dejó su rebozo en lo alto de una cruz de piedra,
a manera de provocación. Al acercarse los soldados, estos reciben disparos de lejos y no se
atreven por lo pronto a perseguirlas, pues las chicheras ya iban con ventaja. Llegado el sábado,
Ernesto y Ántero conversan en el patio del colegio. Ántero cuenta que el Lleras había huido del
pueblo, junto con una mestiza; el Ernesto señala que no podría seguir más allá del Apurímac pues
el sol lo derretiría. En cuanto al Añuco, comentan que los Padres planeaban hacerle fraile.
También mencionan el temor de la gente de que doña Felipa retornase con los chunchos
(selváticos) a atacar las haciendas y revolver a los colonos; ante esa situación, el Ántero dice que
estaría de parte de los hacendados. Ambos van a la alameda, a visitar a Salvinia y a su amiga Alcira.
Al ver a esta última, Ernesto nota que se parecía mucho a Clorinda, una jovencita del pueblo de
Saisa, de quien en su niñez se había enamorado y de la que jamás volvió a saber. Pero nota que
Alcira tiene las pantorrillas muy anchas y eso le desagrada. Al poco rato Ernesto se despide, y
corriendo llega al barrio de Huanupata, metiéndose en una chichería, que estaba llena de
soldados. Uno de estos afirma que Felipa estaba muerta. Cuando Ernesto pregunta a una de las
mozas si era cierto eso, ésta se ríe y lo empuja, botándole de la chichería. Ernesto se va corriendo
hacía el puente del Pachachaca, para ver los restos de la mula muerta y el rebozo de doña Felipa
que flameaba en la cruz. Al llegar, divisa al padre Augusto que bajaba cuesta abajo, seguido
sigilosamente por la opa Marcelina. Ésta, al ver el rebozo, se detiene frente la cruz. Se sube en ella
y ya con la prenda en su poder se deja caer, resbalando hasta el suelo. Se coloca el rebozo con
alegría y continúa siguiendo al padre Augusto, quien iba a dar misa a Ninabamba, una hacienda
aledaña. Ernesto retorna a la ciudad y ya al atardecer regresa al colegio donde se entera que al día
siguiente partiría Añuco hacia el Cuzco.

X.- YAWAR MAYU

Los alumnos se enteran que la banda del regimiento dará retreta en la plaza de la ciudad después
de la misa del día siguiente, domingo. El Chipro reta al Valle a pelear ese día. Ya muy de noche
vienen a recoger al Añuco, y todos lo despiden; el Añuco regala suoks «daños» o canicas rojas al
Palacitos. Todos se sienten conmovidos. Al día siguiente se levantan muy temprano y deciden que
no haya ya pelea entre el Chipro y Valle. Van todos a ver la retreta en la plaza. La banda militar la
conforman reclutados que tocan instrumentos musicales de metal; el Palacitos estalla de alegría al
reconocer en el grupo al joven Prudencio, de su pueblo natal. Ernesto se retira para buscar a
Ántero y a Salvinia y Alcira. Encuentra a las dos chicas pero ve que un joven, que se identifica
como hijo del comandante de la Guardia, invita a Salvinia a caminar, tomándola del brazo. Tras
ellos va otro muchacho. De pronto aparece Ántero furioso, quien increpa a los dos jóvenes. Les
dice que la chica es su enamorada. Se produce una gresca. Ernesto deja a Ántero con su lío y se
dirige al barrio de Huanupata. Entra a una chichería donde se estaba un arpista, a quien todos
admiran y llaman el papacha Oblitas. Al local ingresa luego un cantor, que había llegado a la ciudad
acompañando a un kimichu (indio recaudador de limosnas para la Virgen); Ernesto recuerda
haberlo visto, años atrás, en el pueblo de Aucará, durante una fiesta religiosa. Conversan ambos.
El cantor dice llamarse Jesús Waranka Gabriel y relata su vida errante. Ernesto le invita un picante.
Una moza empieza a cantar una canción en la que ridiculiza a los guardias, apodados «guayruros»
(frijoles) por el color de su uniforme (rojo y negro). El arpista le sigue el ritmo. Un guardia civil que
pasaba cerca escucha e ingresa al local, haciendo callar a todos. Se produce un tumulto y los
guardias se llevan preso al arpista. Los demás se retiran. Ernesto se despide del cantor Jesús y
regresa a la plaza. Ve al Palacitos, alegre y orgulloso, que no dejaba al Prudencio. También
encuentra a Ántero, quien se había amistado con el joven con quien peleara poco antes. Se lo
presenta: se llamaba Gerardo y era natural de Piura. El otro joven que le acompañaba era su
hermano Pablo. Ernesto les estrecha las manos. Luego se despide y se encuentra con el Valle,
paseando orondo con su ridículo k’ompo o corbata y escoltado por señoritas. Decide volver al
colegio pero antes quiere visitar al papacha Oblitas, que estaba en la cárcel. El guardia de la
entrada no lo deja ingresar; solo le informa que el arpista sería liberado pronto. Ernesto retorna
entonces al colegio y se topa con Peluca, a quien encuentra muy angustiado pues ya no
encontraba a la opa. La cocinera le cuenta a Ernesto que la opa se había subido a la torre que
dominaba la plaza. Ernesto va a buscarla, y efectivamente, encuentra a la opa echada en lo alto de
la torre, mirando sonriente y feliz a la gente de abajo. Llevaba aún el rebozo de doña Felipa. No
queriendo turbar su breve rato de alegría, Ernesto la deja y sigilosamente baja de la torre y
retorna al colegio.

XI.- LOS COLONOS

Los guardias que fueron en persecución de doña Felipa no logran capturarla. Poco después los
militares se retiran de la ciudad y la Guardia Civil ocupa el cuartel. Ernesto no entiende a muchas
señoritas de la ciudad, quienes se habían deslumbrado con los oficiales y lloraban su partida. Se
decía que algunas habían sido deshonradas «voluntariamente» por algunos oficiales. En el colegio,
Gerardo, el hijo del comandante se convierte en una especie de héroe. Supera a todos en diversas
disciplinas deportivas. Solo al Romero no logra ganarle en salto. El Ántero se convierte en su amigo
inseparable. Ernesto se enoja cuando ambos, Gerardo y Ántero, empiezan a hablar de las chicas
como si fueran trofeos de conquista, jactándose que cada uno tenía ya dos enamoradas al mismo
tiempo. En cuanto a Salvinia, Ántero ya la había dejado, por coquetear, según él, con Pablo, pero
junto con Gerardo la tenían «cercada» y no dejaban que ningún chico se le acercara. Mientras que
ambos tenían a su disposición todas las mujeres que quisieran, pues ellas se les entregaban.
Ernesto se molesta y les dice que ambos son unos perros iguales al Lleras y al Peluca. Se alteran y
en el calor de la discusión Ernesto insulta y patea a Gerardo; Ántero los contiene. Aparece el Padre
Augusto y ante él Ernesto trata de devolver a Ántero su zumbayllu, pero Ántero no lo acepta pues
se trataba de un regalo. El Padre les pide que resuelvan entre ellos su problema. Desde entonces
Ántero y Gerardo no volvieron a hablar con Ernesto. Éste entierra el zumbayllu en el patio interior
del colegio, sintiendo profundamente el cambio de Ántero, a quien compara con una bestia
repugnante. Por su parte Pablo, el hermano de Gerardo, se amista con el Valle, y junto con otros
jóvenes forman el grupo de los más elegantes y cultos del colegio. Otro día Ernesto se encuentra
con el Peluca, quien estaba preocupado porque la opa ya no aparecía. Decían que estaba enferma,
con fiebre alta. Los alumnos comentan el rumor de que la peste de tifo causaba estragos en
Ninabamba, la hacienda más pobre cercana a Abancay, y que podía llegar a la ciudad. A la mañana
siguiente Ernesto se levanta con un presentimiento y va corriendo a la habitación de la opa: la
encuentra ya agonizante y llena de piojos. Muy cerca la cocinera lloraba. El Padre Augusto ingresa
de pronto y ordena severamente a Ernesto que se retire. El cuerpo de la opa es cubierto con una
manta y sacado del colegio. A Ernesto lo encierran en una habitación, temiendo que se hubiera
contaminado con los piojos, transmisores del tifo. Le lavan la cabeza con creso pero luego le
revisan el cabello y no le encuentran ningún piojo. El Padre le comunica que suspendería las clases
por un mes y que le dejaría volver donde su papá. Pero debía permanecer todavía un día
encerrado. Todos los alumnos se retiran, sin poder despedirse de Ernesto, a excepción del
Palacitos, quien se acerca a su habitación y por debajo de la puerta le deja una nota de despedida
y dos monedas de oro «para su viaje o para su entierro». El portero Abraham y la cocinera
también presentan síntomas de la enfermedad. Abraham regresa para morir a su pueblo, y la
cocinera fallece en el hospital. El Padre al fin decide soltar a Ernesto, al tener ya el permiso de su
papá de enviarlo donde su tío Manuel Jesús, «el Viejo». Ernesto le desagrada al principio la idea
pero al saber que en las haciendas del Viejo, situadas en la parte alta del Apurímac, laboraban
cientos de colonos indios, decide partir cuanto antes. Libre al fin y ya en la calle, Ernesto decide ir
primero a la hacienda Patibamba, la más cercana a Abancay, para ver a los colonos. Al cruzar la
ciudad, la encuentra solitaria y con todos los negocios cerrados. Entra en una casa y encuentra a
una anciana enferma echada en el suelo, abandonada por su familia y esperando la muerte. Ya en
la salida de la ciudad se topa con una familia que huía con todos sus enseres. Se entera que pronto
la ciudad sería invadida por miles de colonos (peones indios de las haciendas) contagiados de la
peste, los cuales venían a exigir que el Padre les oficiara una misa grande para que las almas de los
muertos no penaran. Ernesto llega al puente sobre el Pachachaca y lo encuentra cerrado y vigilado
por los guardias. Pero él sale de la ciudad por los cañaverales y llega hasta las chozas de los
colonos de Patibamba. Pero ninguno de ellos lo quiere recibir. A escondidas observa a una chica
de doce años extrayendo nidos de piques o pulgas de las partes íntimas de otra niña más pequeña,
sin duda su hermanita. Conmovido por tal escena, Ernesto se retira corriendo, y termina
tropezándose con una tropa de guardias encabezada por un sargento. Tras identificarse ante
estos, el Sargento le dice que Gerardo, el hijo del comandante, le había encargado protegerlo
mientras se hallara en la ciudad. Ernesto responde que Gerardo no era igual que él, pero el
Sargento no le entiende. Aprovecha la ocasión ofreciéndose para llevar un mensaje del Sargento
para el Padre, por el cual el oficial avisaba que tenía la orden de sus superiores de dejar pasar a los
colonos; que los guardias se retirarían a medida que avanzaran estos y que a medianoche estarían
llegando los indios a la ciudad. Ernesto vuelve entonces al colegio, dando el mensaje al Padre. Este
le dice estar ya dispuesto a dar la misa y que ordenaría dar tres campanadas a medianoche, para
reunir a los indios. Solo en caso de que no llegara el sacristán solicita a Ernesto que le ayude en la
misa. Pero aquel llega y Ernesto se queda entonces a dormir en el colegio; escucha las
campanadas y se da cuenta que la misa es corta. Al día siguiente se levanta temprano y parte, esta
vez ya definitivamente, de la ciudad. Se da tiempo de dejar una nota de despedida en la puerta de
la casa de Salvinia, junto con un lirio. Cruza el puente del Pachachaca y contempla las aguas que
purifican al llevarse los cadáveres a la selva, el país de los muertos, tal como debieron arrastrar el
cuerpo del Lleras. Así concluye el relato.

Análisis

Con Los ríos profundos la obra de Arguedas alcanzó una amplia difusión continental. Esta novela
desarrolla con plenitud las virtualidades líricas que subyacen desde el comienzo en la prosa de
Arguedas; y propone como perspectiva del relato la introspección de un personaje adolescente,
hasta cierto punto autobiográfico, pero en ese movimiento de examen interior está presente, en
primera línea, una angustiosa reflexión sobre la realidad, sobre el carácter del mundo andino y sus
relaciones con los sectores occidentalizados del país. Uno de los méritos de Los ríos profundos
consiste en haber logrado un alto grado de coherencia entre las dos facetas del texto. Con
respecto a la revelación del sentido de la realidad indígena, Los ríos profundos repite ciertas
dimensiones de Yawar Fiesta, la anterior novela de Arguedas: su contextualización dentro de lo
andino, el énfasis en la oposición entre este universo y el costeño, la afirmación del poder del
pueblo quechua y de la cultura andina, etc. Los capítulos dedicados a relatar la rebelión de las
chicheras y de los colonos insisten en mostrar esa capacidad escondida. Arguedas gustaba señalar
que la acción de los colonos, pese a que en la novela está referida a motivaciones mágicas,
prefiguraba los alzamientos campesinos que se produjeron, en la realidad de los hechos sociales,
pocos años más tarde. El lado subjetivo de Los ríos profundos está centrado en el empeño del
protagonista por comprender el mundo que lo rodea y, por insertarse en él como en una totalidad
viviente. Tal proyecto es en extremo conflictivo: de una parte, en el plano de la subjetividad,
funciona una visión mítica de filiación indígena que afirma la unidad del universo y la
coparticipación de todos sus elementos en un sello destino de armonía; de otra parte, en
contradicción con lo anterior, la experiencia de la realidad inmediata señala la honda escisión del
mundo y su historia de desgarramientos y contiendas, historias que obliga al protagonista a optar
a favor de un lado de la realidad y a combatir contra el otro. Su ideal de integración, tanto más
apasionado cuanto que se origina en su desmembrada interioridad, está condenado al fracaso.
Participar en el mundo no es vivir en la armonía; es, exactamente al contrario, interiorizar los
conflictos de la realidad. Este es el duro aprendizaje que narra Los ríos profundos. De otro lado,
para plasmar el doble movimiento de convergencia y dispersión, o de unidad y desarmonía, esta
novela construye un denso y hermoso sistema simbólico que retorna creativamente ciertos mitos
indígenas y les confiere una nueva vigencia. En este orden la novela funciona como una
deslumbrante operación lírica. Los ríos profundos no es la obra más importante de Arguedas; es,
sí, sin duda, la más hermosa y perfecta.5

Estilo y técnicas narrativas

Mario Vargas Llosa, quien junto con Carlos Eduardo Zavaleta, ha sido el primero en desarrollar la
«novela moderna» en el Perú, reconoce que Arguedas, pese a que no desarrolla técnicas
modernas en sus narraciones, se muestra sin embargo mucho más moderno que otros escritores
que responden al modelo clásico, el de la «novela tradicional», propia del siglo XIX, como sería el
caso de Ciro Alegría. Dice al respecto Vargas Llosa:

De los cuentos de Agua a Los ríos profundos, luego del progreso que había constituido Yawar
Fiesta, Arguedas ha perfeccionado tanto su estilo como sus recursos técnicos, los que, sin
innovaciones espectaculares ni audacias experimentales, alcanzan en esta novela total
funcionalidad y dotan a la historia de ese poder persuasivo sin el cual ninguna ficción vive ante el
lector ni pasa la prueba del tiempo.6

Vargas Llosa reconoce el impacto emocional que le dejó la lectura de Los ríos profundos, al cual
califica sin ambages como una auténtica obra maestra.

Vargas Llosa resalta también el manejo que da Arguedas al idioma castellano hasta alcanzar en
esta novela un estilo de gran eficacia artística. Es un castellano funcional y flexible, donde se hacen
visibles los distintos matices de la pluralidad de asuntos, personas y particularidades del mundo
expuesto en la obra.

Arguedas, escritor bilingüe, acierta en la «quechuización» del español: traduce al castellano lo que
algunos personajes dicen en quechua, incluyendo a veces en cursiva dichos parlamentos en su
lengua original. Lo cual no lo hace frecuentemente pero si con la periodicidad necesaria para hacer
ver al lector que se trata de dos culturas con dos lenguas distintas.7

Los ríos profundos es la tercera novela del escritor peruano José María Arguedas. El título de la 
obra (en quechua Uku Mayu)
Escenarios 
 
La plaza de Abancay, uno de los escenarios de la novela 
El 70 % de la acción de la novela transcurre en la ciu
entonces que convivir con los alumnos del internado que son un microcosmos de la sociedad 
peruana y donde priman normas crue
continuas mataperradas tanto dentro como fuera del colegio, su rabia era una manera de expresar 
su tristeza. Al final, luego
Chauca, rubicundo y delgado, es otro de los que tenían una obsesión enfermiza por la opa 
Marcelina, aunque, a diferencia del
El hermano Miguel, afroperuano, era oriundo de Mala, en la costa central peruana. Los alumnos 
irrespetuosos le llaman despec
Don Joaquín, forastero challhuanquino, que contrata los servicios del abogado Gabriel, el padre de 
Ernesto, sobre un litigio
VI. Zumbayllu.- Uno de los alumnos internos, el Ántero o Markask’a trae al colegio un zumbayllu o 
trompo, de significado m
Resumen por capítulos 
I.- EL VIEJO 
 
Catedral del Cuzco. 
El relato empieza cuando el narrador (Ernesto) cuenta su llegada
También le promete que le matricularía en un colegio. Llegan pues a Abancay y se dirigen a la casa 
del notario, pero éste re

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