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Intoxicación masiva por arroz con pollo

Un grupo de scouts se enfermó después de comer arroz con pollo en un evento. Más de 150 personas vomitaron y tuvieron síntomas de intoxicación. Las ambulancias y hospitales se saturaron por la cantidad de personas afectadas.

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Intoxicación masiva por arroz con pollo

Un grupo de scouts se enfermó después de comer arroz con pollo en un evento. Más de 150 personas vomitaron y tuvieron síntomas de intoxicación. Las ambulancias y hospitales se saturaron por la cantidad de personas afectadas.

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El infame arroz con pollo: Intoxicación

masiva.
Historia de María del Mar Romero

Por María Camila Marulanda

Estaba emocionada por ir al foro. Era la primera vez que iba a Bogotá en avión, y tener mis
amigos de la tropa conmigo me emocionaba. Soy Scout desde que recuerdo: mi abuela, una
de las líderes, me llevaba a sus reuniones y ha sido parte importante de mi vida. Ella me
acompañaba en el viaje. Cuando llegamos al encuentro, habían más de 300 scouts de
diferentes edades, niños que apenas podían caminar, pubertos olorosos, adultos regañones
y los viejitos que no faltan. Era el foro nacional de scouts reuniéndose después de más de 3
años sin hacerlo, en un colegio extremadamente caché en la capital, San Façon. Si el nombre
no dice suficiente, debo aclarar que era gigante, bilingüe, de esos con convenio en Inglaterra,
sillas de oro, hospital en vez de enfermería, del putas. Yo, acostumbrada a mi pequeño chuzo
en Medellín parecía estrenando, no podía de la felicidad. Además, el clima de Bogotá me
encantaba, y el ambiente de estar rodeada de Scouts y amigos por todos lados era genial.

Lo primero que hicimos al llegar fue alinearnos para el almuerzo, que en este caso al parecer
sería arroz con pollo con jugo de mora. Como éramos tantos, haciendo la fila pude ver al
menos diez ollas gigantes llenas de comida, y después de ese viaje tan largo, me quería
comer al menos tres. Veía a muchos de mis compañeros ya terminando su almuerzo y cuando
finalmente llegó mi turno, pude rápidamente sentir el aroma a pollo sazonado, las verduritas
bien picadas, el color naranj... antes de siquiera terminarlo, empezó a dolerme el estómago,
a hacer sonidos fuertes que dejan en evidencia a cualquiera que está a punto de desaparecer
en el baño. Estaba rico, de verdad, pero ¿por qué no podía dejar de medio morirme y sentir
arcadas? me excusé y salí corriendo al baño. Camino allá, en las hermosas praderas del
Façon, esos campos anchos dignos de un colegio campestre estrato 20 que jamás había visto
antes, llenos de florecitas y recién podado, uno de mis compañeros scout vomitó hasta el
apellido y lo mejor de todo es que me tocó todo el olor. Ahí entendí que de pronto no estaba
loca, y que ese arroz de mierda estaba malo.

Seguí mi travesía al baño y cada vez era más clara la situación, me fui a refrescar la cara a
ver si se me bajaban las náuseas y en todo el lavamanos vi un arroz con pollo revuelto recién
vomitado, oloroso e invitándome a unirme a él. Pero mi cuerpo aún no quería, me lavé la cara
y fui a buscar a mi líder Scout, entendiendo pues, que ya era parte de un problemilla colectivo.
Antes de poder encontrarlo, había otra líder con un montón de niños chiquitos cogiditos de
las manos, cual más vuelto nada. Toda entusiasta y carismática, llenita de insignias y con un
Walkie Talkie me preguntó si estaba bien, que si ya había vomitado.
- Todavía no - Le dije.
- Me avisas por favor.
- Dale, gracias.
Me senté cerca a ella y le ayudé con unos niños que estaban llorando, y escuché que decía
fuerte en el Walkie, “Hola, sí. Estoy con la niña que ya ha vomitado cinco veces. ¿Ya están
llegando las ambulancias?” La niña en cuestión no podía tener más de ocho años, vomitar
cinco veces era tan grave como sacarse un cuerpo de encima. Eso que le estaba saliendo de
adentro ya no era arroz con pollo. Asustada y pensando si de pronto mi situación sería de ese
calibre, seguí buscando a mi líder.

Lo mejor de ver a un compañero vomitar es ver a tres, cuatro...diez….cincuenta….más de


cien, por todos lados, como en proyectil, si no veía me tocaba escuchar, si no escuchaba me
tocaba oler. He ahí la primera vez que vomité, en la mitad del piso, juntandome con otras
obras similares justo en el mismo suelo. Me juntaron con otro grupo de muchachos, todos en
un campo grande con una casa scout de esas que salen en las películas. Carajo, qué colegio
tan pupi, y yo acá vomitandole encima. Yo y otros ciento cincuenta personas, que al final
calcularon. Éramos demasiados, realmente: unos llorando, otros dormidos, otros
retorciéndose en el piso, otros haciendo fila para el baño.

Empezaron a llegar las ambulancias, y nos empezaron a sacar “por prioridad”, hasta que se
dieron cuenta que aún así se habían acabado las ambulancias, y los hospitales asegurados
por el oh tan prestigioso colegio bogotano se habían llenado. Yo me senté a esperar, cada
vez sintiéndome peor, y llegaron medios de comunicación. La verdad es que eso me dio
gracia, pero no más que ver a los líderes tan cachés y arreglados cagados del susto y
diciéndonos que no podíamos decir ni una sola palabra a los medios. Como digas, Claudia,
solo llévame a un puto hospital. En fin, un líder muy amable me vió, y a otros dos compañeros,
una líder que estaba muy enferma y un muchacho que perdió la cuenta de las veces que
había vomitado. El señor se presentó como Andrés, creo, y nos dijo que nos llevaría él mismo
a cualquier hospital así no lo cubriera. Creo que vió a RCN afuera y prefirió largarse de ahí
con nosotros.

Sea lo que sea, lo amé cuando parqueó su camioneta 4x4 que tenía decorada un sticker
gigante de los Scouts que cubría todo el carro con un montón de insignias, con olor a nuevo
y sillas de cuero, aunque sabía que le iba a vomitar encima. Igual, entré. Entré y a medio
camino, con el frío penetrante y escalofriante de Bogotá, y sus trancones y nuestras ganas
incesantes de ir al baño, le dije que tenía ganas de vomitar. Me dijo que no me preocupara y
saqué la cabeza por la ventana. Vomité encima de todas y cada unas de las insignias que
tenía esa vaina. Nunca me había sentido tan avergonzada pero tan increíblemente aliviada,
el mareo acumulado de todo el paseo incómodo hacia el hospital salió volando por los aires
de la ciudad y se me bajaron como tres kilos de dolor de estómago.

La verdad, terminé de sentirme mal justo en ese momento. Escuché que mi compañero de
carro tuvo una hemorragia interna y tuvo que estar hospitalizado tres días, y que hubo más
de treinta casos así. Cuando llegué al hospital solo me dieron un suero y pude volver al
campamento a la madrugada. Tuve suerte, y ahora tengo una historia cool para contar, creo.

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