MÉTODOS DE ESTUDIO
I - CICLO
SEMESTRE 2019 - I
TEMA:
Análisis sobre el aumento de la tasa de divorcios
DOCENTE:
Barturén Sánchez, Juan José
AUTOR:
Moreno Valle Jean Pierre Del Ángel
CARRERA:
Escuela Profesional de Psicología
Pimentel – Perú 2019
INDICE
INDICE .............................................................................................................................................. 2
RESUMEN ........................................................................................................................................ 3
INTRODUCCIÓN ............................................................................................................................. 4
ANALISIS SOBRE EL AUMENTO DE LA TASA DE DIVORCIOS ....................................... 6
CAPITULO I ..................................................................................................................................... 6
1.1. PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA .............................................................................. 6
1.1.1. Descripción de la situación problemática .................................................................... 6
1.1.2. Antecedentes históricos ................................................................................................. 6
1.2. Formulación del problema ................................................................................................ 17
1.2.1. Problema general .......................................................................................................... 17
1.3. Objetivos de la investigación ........................................................................................... 17
1.3.1. Objetivo general ............................................................................................................. 17
1.3.2. Objetivos específicos .................................................................................................... 17
CAPITULO II .................................................................................................................................. 18
2.1 CONFLICTO FAMILIAR Y RUPTURA MATRIMONIAL: ASPECTOS PSICOLEGALES.
.......................................................................................................................................................... 18
2.2. Pre-divorcio: un periodo de deliberación y desaliento. .................................................... 23
2.3. Divorcio: un periodo de compromisos legales. ................................................................. 23
2.4. Post-divorcio ........................................................................................................................... 24
2.5. Patrones: ................................................................................................................................. 31
2.6. Causas y consecuencias ...................................................................................................... 34
CAPITULO III ................................................................................................................................. 40
3.1. CONFLICTO PSICOSOCIAL ............................................................................................... 40
3.2. Efectos..................................................................................................................................... 40
3.3. Factores .................................................................................................................................. 45
3.4. Estudios................................................................................................................................... 48
CONCLUSIONES.......................................................................................................................... 54
BIBLIOGRAFIA ............................................................................................................................. 57
REFERENCIAS ............................................................................................................................. 65
RESUMEN
Se analiza el tema del divorcio, con miras a adentrarse en las concepciones
jurídicas, las mentalidades, la formación y la escala de valores de la generación a
la que le tocó constituirse en primera intérprete de las disposiciones acerca del
divorcio. Ilustrar sobre los efectos mensurables y cuantitativos que la introducción
del divorcio vincular en la ley civil genera en la pareja involucrada, en los hijos y en
la sociedad en general. Se trata de un esfuerzo por reunir, relacionar y sistematizar
la información que se ha generado en aquellos países que en la década de los
setenta y ochenta del siglo XX modifica- ron su legislación civil para dar cabida a
un modelo matrimonial disoluble por divorcio fundado en la ruptura de la
convivencia.
Debe dejarse constancia que, tratándose de procesos sociales de vasto alcance y
largo desarrollo cronológico, no es posible afirmar que los efectos que se producen
en una determinada sociedad necesariamente se reproducirán en otras por el solo
hecho de dictarse una legislación similar. En el modelo cultural de la familia y en
los comportamientos de las personas en la sociedad influyen múltiples factores que
pueden ocasionar que una misma legislación tenga impactos diferentes.
INTRODUCCIÓN
La figura del Divorcio en el Perú ha tenido una peculiaridad muy especial. Su
reconocimiento legal se debió más a la actuación de políticos que a la obra de los
juristas llamados a revisar y reformar el Código Civil de 1852. Si bien el nacimiento
de la figura del Divorcio se remonta a la Ley 78942 , su plasmación jurídica definitiva
la encontramos en el Código Civil de 1936, por imposición de la Ley 8305, la cual
ordenaba en su artículo 1° que el Código Civil a ser promulgado "debía mantener
inalterables las normas sobre matrimonio laico y divorcio - incluyendo el vincular-
ya vigentes por mandato de las Leyes 7393 y 7894, así como las demás
disposiciones legales de carácter civil dictadas por el Congreso Constituyente de
1931".
Al legislador de 1936 no le quedó otro camino que aceptar la figura del Divorcio,
pero intentó, hasta donde fue posible, su ineficacia.
Así se reconoce expresamente en la Exposición de Motivos cuando se
señala que: " Quienes contribuimos, aunque débilmente pero con relativa eficacia,
a atajar la facilidad y precipitación de los divorcios que la experiencia judicial pudo
advertir en la época comprendida desde octubre de 1930 hasta agosto de 1936,
esperamos confiados el restablecimiento de la indisolubilidad del matrimonio y
fundamos esta esperanza en la reflexión de los legisladores y gobernantes, de
jueces y maestros, iluminada por la confortadora doctrina de la moral católica".
De lo expuesto queda claro que el Divorcio fue visto por nuestro legislador de
1936 casi como un pecado, el cual atentaba contra la indisolubilidad del vínculo
matrimonial y la moral de la Iglesia Católica.
Parecería que en los contextos contemporáneos la frase litúrgica “para toda la
vida” se aplica más al divorcio que al matrimonio, porque los problemas que
originaron la separación se prolongan con los años y terminan afectando a los hijos,
a los padres y a los ascendientes.
Lo primero que uno debe preguntarse es si el matrimonio es una institución lo
suficientemente objetiva como para que el legislador pueda determinar qué hechos
pueden llevar a su rompimiento definitivo.
El problema de nuestro sistema legal con respecto al divorcio es que se le sigue
legislando como un pecado, o como algo inmoral o como una sanción o hecho
punible contra uno de los cónyuges, olvidándose que estamos ante una situación
tan humana como es el matrimonio. Hoy por hoy la moderna doctrina y la legislación
comparada han dejado de mirar al Divorcio como una sanción.
Con respecto a las causales de divorcio, éstas no pueden determinarse
objetivamente como si estuviéramos ante un contrato donde es posible establecer
los criterios de incumplimiento y resolución, y, por otro lado, las mismas son "casi
siempre la exteriorización de un estado de cosas que lo han hecho posible. Son un
síntoma de un quiebre y no la causa de él".
ANALISIS SOBRE EL AUMENTO DE LA TASA DE DIVORCIOS
CAPITULO I
1.1. PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
1.1.1. Descripción de la situación problemática
1.1.2. Antecedentes históricos
A lo largo de la historia y en la experiencia de la familia, el divorcio ha ido
incrementándose, en muchas sociedades y de diversas maneras. La estabilidad de
la familia se ha convertido en un pequeño lujo del cual no todos gozan, cuyas
razones van desde las más absurdas hasta las menos concebibles. No cabe duda
sobre este rompimiento; sin los cónyuges entran en crisis, los otros miembros de la
familia, es decir, los hijos también experimentan un momento difícil, se determina
que el divorcio es una experiencia traumática para todos los miembros de la familia
(Barbero, Bilbao, 2008).
Tales consecuencias del divorcio son traumáticas, especialmente para los hijos:
“la gran mayoría de los hijos de separados o divorciados, ya desde los años
inmediatamente posteriores a tales eventos, muestran marcadas anomalías en sus
desarrollos, ya que cuando se produce una separación o un divorcio, tanto la
infancia como el ejercicio de las funciones de paternidad de la pareja rota se ven
desafiadas” (Vallejo, Sánchez-Barranco Vallejo, & Sánchez- Barranco Vallejo,
2004, p.94)
Así mismo, en un estudio de las Naciones Unidas se muestra que “la mayoría
de los divorcios en 61 culturas de todo el mundo ocurren alrededor del 4º año de
casados.” (Gonzales, 2004, p.16).
Esto permite pensar en la urgencia de ser atendidas las familias, especialmente
durante los primeros años de formación, con la finalidad de prevenir desastres
futuros y más aún si la ruptura familiar ya se consumó.
Los estudios advierten que en la década de los 80 en Estados Unidos, la mayor
parte de los divorcios ocurrió en el segundo y tercer año de matrimonio. En
Argentina, una tercera parte de los matrimonios termina separándose. En México,
la mitad de los matrimonios termina después de los siete años de matrimonio
(Bengoechea, 1992).
Según datos obtenidos de fuentes informativas en Chile, se conoce que en
términos probabilísticos una pareja que contrae matrimonio hoy en día tiene cero
posibilidades de mantenerse unida "hasta que la muerte los separe". Entre el mes
de enero y el 30 de noviembre del año 2014, se casaron 57.467 parejas e iniciaron
su separación legal otros 98.130 matrimonios (Universia Chile, 2013).
Los estudios de expertos sobre esta problemática social declaran que el apoyo
brindado a las parejas en disolución puede ayudar a experiencias menos
traumáticas, si se realiza un acompañamiento profesional; el beneficio de este
apoyo llegaría en primera instancia hasta los hijos (Ojeda & González, 2008).
En Chile, tomando de referencia los datos ofrecidos por el Instituto Nacional de
Estadística (INE, 2008), se estima que sólo, en 2007, más de 100.000 niños
enfrentaron la ruptura conyugal de sus padres. Este hecho significa una situación
traumática, generando consecuencias negativas en la evolución y desarrollo de los
niños; por lo tanto, es necesario realizar estudios sólidos para contrarrestar ese
resultado negativo. Sin duda, estos datos en la actualidad han crecido
enormemente (Arch, 2010).
Desde 1981 cuando se aprobó la Ley del Divorcio en España ha aumentado el
número de separaciones y divorcios. Según los datos del Consejo General del
Poder Judicial, el año 2006 se produjeron más de 93000 divorcios y 55000
separaciones. De éstos, aproximadamente el 60% de los divorcios y el 65% de las
separaciones se resolvieron de mutuo acuerdo (Orgilés, Espada, & Piñero,2007).
De acuerdo con los datos del INEGI (Instituto Nacional de Estadística y
Geografía), el 2005 en México para el año 2000, las personas separadas y
divorciadas se han incrementado durante las últimas décadas, en el periodo 1990-
2000 pasaron de un 3.8% a un 7%. De acuerdo con la información de la Encuesta
Nacional de Ocupación y Empleo 2008 (INEGI, 2009), en el país la población de 12
años o más ascendía a 81.6 millones: 38.6 millones de hombres y 43 millones de
mujeres. De las personas de esta edad, 37 de cada 100 son solteras; 54 viven en
pareja casadas o en unión libre y 9 están separadas, divorciadas o viudas (Landero
& González, 2011).
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México proporciona
información sobre el Censo de Población y Vivienda 2010, indicando que en el país
el 43.9% de la población de 15 años y más está casada y 15.6% está en unión libre,
en conjunto, seis de cada diez se encuentra unida. La población soltera representa
29.9% y sólo una de cada diez (10.4%) está separada, divorciada o viuda. Esta
configuración cambia según el curso de vida de la población, es común encontrar
una alta proporción de jóvenes (15 a 29 años) que aún están solteros (61.2%); en
los varones del mismo grupo de edad, dicho porcentaje aumenta a más de dos
terceras partes (67.3%), en tanto que sólo tres de cada diez están casados o en
unión libre. En edades más avanzadas predomina la población casada o en unión
libre: 81.6 y 75.7% de la población masculina, de 30 a 59 y de 60 años y más, se
encuentra en esta situación; en este último grupo de edad, se advierte una alta
proporción de hombres (19.1%) separados, divorciados o viudos (Instituto Nacional
de Estadística y Geografía, 2013).
Según algunos datos extraídos de la prensa chilena, la tasa de divorcio en
Latinoamérica está aumentando en casi todos los países. Las tasas de divorcio más
altas son de los países europeos: España (61%), Portugal (68%), la República
Checa (66%) y Hungría (67%). Bélgica lleva ventaja con una tasa del 70%. En
Latinoamérica, el país con menos divorcios (de todo el mundo) es Chile (3%),
mientras que en Ecuador el porcentaje de divorcios llega al 20%, en Guatemala al
5%, en México al 15%, en Panamá al 27%, en Brasil al 21% y en Venezuela al 27%
(Amé[Link] Chile, 2014).
En Bolivia se tiene información de que Cochabamba es la tercera región con
más divorcios, después de Santa Cruz y La Paz. Sólo entre 2007 y 2011 se
registraron 17.000 separaciones y actualmente se atienden un promedio de cuatro
demandas de divorcio al día.
En Cochabamba, según información de la plataforma de atención del usuario
externo del Tribunal Departamental de Justicia, entre 2007 y 2012, se registraron
17.208 procesos de divorcio en los siete juzgados de familia que los tramitan. Las
causales que más se presentan judicialmente son sevicia (crueldad), injurias graves
o malos tratos de palabra o de obra que hagan intolerable la vida en común y la
separación de hecho libremente consentida y continuada por más de dos años ya
que, según afirma el estudio de la Coordinadora de la Mujer, tratar de probar
hechos: adulterio u otras causales puede constituyen un proceso complejo
(Coordinadora de la mujer, 2015).
También un reciente estudio de la Coordinadora de la Mujer, sobre la base de
datos del Servicio de Registro Cívico (SERECI), refiere que en Bolivia hay un
promedio de 16 divorcios por día. El documento revela que sólo el año 2011 se
registraron 5.887 divorcios en todo el país, cuyos departamentos con mayor número
de registros son: La Paz (1.553), Santa Cruz (1.407) y Cochabamba (1.383)
(Uriana, 2012).
Según los datos arriba ofrecidos, la tasa de divorcio es alarmante a escala
internacional y los estudios realizados señalan que la experiencia del divorcio
genera consecuencias para todos los miembros de la familia, provocando estrés,
depresión, ansiedad, baja autoestima y otros desajustes, según las circunstancias
inmediatas: apoyo de redes sociales, edad de los hijos, condiciones económicas
del progenitor custodio, nivel de educación de los progenitores entre otros.
En consecuencia, si la crisis del divorcio es tal, trabajar en su recuperación no
es cosa de poca atención de los más cercanos y de la sociedad en general. Si se
posee redes de apoyo que brinden soporte puede ser más llevadero; en cambio, si
no se posee ese soporte, el camino es más largo y doloroso; en consecuencia, los
hijos en su condición de miembros del sistema sufren los alcances negativos de tal
crisis (Landero & González, 2011).
En el proceso de la recuperación y la sanidad de los hijos del trauma del divorcio,
es importante la actitud adecuada, totalmente negativa la errónea, tanto de las
figuras parentales, así como del medio en su conjunto. Los hijos presentan pautas
de comportamiento que no solo afectan a su desarrollo integral, sino además a la
familia que queda; es decir, los abuelos, los tíos y otros que de alguna manera
pasan a adquirir un grado de responsabilidad por el cuidado especialmente en caso
de los menores como parte de un macro sistema. En suma, todos son en mayor o
menor medida víctimas de secuelas dolorosas que produce una ruptura matrimonial
afectando en varias esferas de la vida, sean cuadros psicosomáticos,
enfermedades psiquiátricas, úlceras gástricas y también la inteligencia emocional
de todos los miembros de la familia (Novo & Arce, 2003).
Tomando en cuenta los avances científicos, a propósito de la inteligencia
humana, se sostiene que las habilidades cognitivas son favorecidas y se las puede
optimizar a través de los estados emocionales, ya que éste último contribuye a un
mejor desempeño humano. Así es como ambas inteligencias, la cognitiva y la
emocional, terminan integradas; si la inteligencia emocional está atravesando
alguna situación extraña, la otra inteligencia cognitiva sucumbirá ante los efectos
de la primera en perjuicio de la persona quien lo padece. “Las emociones afectan
al sistema cognitivo…ayudan a priorizar nuestros procesos cognitivos básicos,
focalizando nuestra atención en lo que es realmente importante. En función de los
estados emocionales, los puntos de vista de los problemas cambian, incluso
mejorando nuestro pensamiento creativo” (Fernández. & Extremera, 2005).
Goleman (1999, citado por Trujillo & Rivas, 2005) menciona que es indudable
que la inteligencia cognitiva se ve incrementada en sus posibilidades de tener éxito
y efectividad por la inteligencia no cognitiva, llamándole a esta última inteligencia
emocional. En este sentido, los estudios realizados en Estados Unidos han
mostrado que los alumnos universitarios con más IE (Inteligencia emocional)
informan menor número de síntomas físicos, menos ansiedad social y depresión,
mejor autoestima, mayor satisfacción interpersonal, mayor utilización de estrategias
de afrontamiento activo para solucionar sus problemas y menos rumiación
(pensamiento reiterado y/o constante)
Otros estudios realizados en Australia presentan evidencias de que los
estudiantes universitarios con alta IE responden al estrés con menos ideaciones
suicidas, comparados con aquellos de baja IE, e informan de menor depresión y
desesperanza (Ciarrochi, Deane & Anderson, 2002). Igualmente, Novo & Arce
(2003) han encontrado que los estudiantes de secundaria que revelan menores
niveles de IE tienen puntuaciones más altas en estrés, depresión y quejas
somáticas.
En España, también se han llevado a cabo investigaciones Extremera &
Fernández (2005), cuyos resultados han mostrado que a los adolescentes se les
divide en grupos, de acuerdo con sus niveles de sintomatología depresiva; los
alumnos con un estado normal se diferenciaban de los clasificados de depresivos
en niveles más altos en IE. En cambio, los escolares clasificados de depresivos
tenían menores niveles de IE y mayores puntuaciones en ansiedad y en la
frecuencia de pensamientos repetitivos y rumiativos que tratan de apartar de su
mente. Igualmente, altas puntuaciones en IE se han asociado a puntuaciones más
elevadas en autoestima, felicidad, salud mental y satisfacción vital, y menores
puntuaciones en ansiedad, depresión y supresión de pensamientos negativos. Esto
revela que la inteligencia emocional cumple funciones determinantes en el manejo
de las personas, especialmente de los adolescentes.
Por otro lado, en relación con el consumo de sustancias adictivas, las
investigaciones realizadas con adolescentes en Estados Unidos han obtenido datos
empíricos que constatan que una elevada IE se relaciona con un menor consumo
de tabaco y alcohol en la adolescencia (Fernández-Berrocal & Ruiz,2008).
Específicamente, los adolescentes con niveles más alto de IE informaron haber
consumido menos tabaco en los últimos 30 días y haber bebido menos alcohol que
los adolescentes que puntuaron bajo en IE. Estos resultados proporcionan
evidencias de que una baja IE es un factor de riesgo para el consumo de tabaco y
alcohol.
Ser inteligente coloca las emociones en el centro de las aptitudes para vivir; es
indiscutible que el ser humano tiene dos mentes: una que piensa y una que siente.
El no brindar importancia e interés al desarrollo de la IE en los niños o los jóvenes,
favorece el deterioro social, el deterioro personal y el crecimiento de vicios, de
problemas actuales: el bullying tanto para quien lo ejerce como para quien lo
padece los problemas de salud asociados a la autoestima: la anorexia, las drogas,
etc. (Ríos, 2003).
Los estudios demuestran de qué manera la experiencia del divorcio afecta la
inteligencia emocional, ya que sea alguno de los progenitores o los propios hijos se
ven vulnerados en su estabilidad emocional. A menudo, los propios cónyuges no
son capaces de reestructurar su nuevo estado; en especial en el caso del progenitor
custodio de los hijos. Los efectos vienen a modo de heridas en los sentimientos del
individuo, produciendo miedo, humillación y otros. Este tipo de vivencias entre los
cónyuges a menudo pone en riesgo el equilibrio emocional de los hijos (Sarquis,
2014).
Si una pareja rompe su matrimonio casi siempre antes del divorcio legal, ha
vivido un divorcio emocional que ha sido el inicio de su desvinculación, cuya crisis
transcurre gradualmente. Esta situación se vive en secreto, con frecuencia viene
acompañado de violencia que implica no solo a los cónyuges sino también a los
hijos; ocasionando un ambiente tóxico para el desarrollo de los mismos. En el caso
opuesto se vive una especie de secretismo tan dañino, así como la situación de
violencia; por eso en ninguna de sus formas se aplaude este desenlace en la
historia de la familia (Dowling & Gorell, 2008).
Otra investigación hecha por Mercado (2011) presenta las consecuencias a nivel
emocional, las mismas afectan a los hijos y trascienden por toda la vida y en
diferentes áreas de su desarrollo y desenvolvimiento.
Las repercusiones pueden ser de diferente índole, no solo a nivel de individuo
sino también a nivel del grupo inmediato con el cual se relacionen los miembros de
la familia, sean compañeros de estudio o de trabajo. En consecuencia, los efectos
alcanzarán esferas externas a la familia y la afectación alcanza a la sociedad. En
la medida de que se tenga manejo de su inteligencia emocional podrán analizarse,
tomar conciencia y asumir nuevas decisiones.
Aunque es parte de una realidad innegable no se tienen alternativas definidas
que ayuden a prevenir y/o paliar un hecho que al consumarse y aún en el proceso,
va dejando secuelas imborrables que perduran por toda la vida en los miembros de
la familia. Los hijos de estas familias al tiempo de constituir sus propias familias
traen consigo una especie de “transmisión multigeneracional”, se constituye en
patrones de comportamiento heredados que fácilmente puede desencadenar en la
repetición del trauma aprendido por generaciones (Kerr, 2003).
El resultado del divorcio de los padres trae para los hijos inevitablemente
patologías psicológicas diversas, desde las más comunes hasta las menos
deseables: inadaptación social, ansiedad, miedo, inseguridad, sentimientos de
angustia, menores logros educativos, salida abrupta del hogar, embarazos no
deseados, consumo de drogas, pandillaje y delincuencia y otros que, directa o
indirectamente, están relacionados con el manejo que éstos tienen de su
inteligencia emocional. Para los hijos, la misma muerte de los padres sería menos
traumático que su divorcio, y que los hijos de padres divorciados necesitan más
apoyo psicológico que los que no tienen ese antecedente en su historia (Canton,
Cortes, & Justicia, 2002).
Wallerstein (2000, citada por Mercado, 2011) advierte que por muy buenos que
sean los términos en que se lleve a cabo el final de un matrimonio, no existe
separación sin anestesia, y esa tragedia familiar es uno de los eventos de vida más
difíciles que un hijo tiene que superar en la vida.
Ante la ruptura familiar, las necesidades de los hijos son diferentes conformes
se trate de las edades que éstos tengan. A mayor edad, las heridas del divorcio de
los padres afectarán en sus estudios universitarios y aún en su vida marital y
familiar. De esta forma, la consecuencia del divorcio de los padres afectaría a los
hijos en etapa universitaria; los alcances no se quedan allí, repercuten en futuras
familias y aún en generaciones enteras, por los efectos multiplicadores que podría
tener.
Esta situación muestra la realidad dentro de innumerables familias que viven
esta historia (Valdés, Carlos, Urias, & Ibarra, 2011).
En términos generales y sin dejar de considerar las grandes diferencias
individuales, la etapa universitaria inicia aproximadamente en los años salientes de
la adolescencia; por tanto, corresponde tomar en cuenta que en esa etapa se
debaten por alcanzar una identidad definida de sí mismos, aceptando todos los
cambios experimentados. Es vital para ellos clarificar el camino por donde quieren
transitar y tener ideas definidas de cómo entrar e insertarse en el mundo de los
adultos. Estos aspectos están en gran parte determinados por los acontecimientos
biológicos, sobre todo por los acontecimientos psicológicos que rodean al
adolescente, dentro de los cuales el divorcio de los padres se constituye en una
especie de punto débil en la consolidación de su desarrollo (Sandoval, 2009)
Frente a esta problemática se formula la siguiente pregunta de investigación
1.2. Formulación del problema
1.2.1. Problema general
¿Son los conflictos psicosociales los causales del aumento en la tasa de
divorcio?
1.3. Objetivos de la investigación
1.3.1. Objetivo general
Verificar cual es la definición que establece el código civil respecto a las causas
Psicosociales que influyen en el aumento del divorcio.
1.3.2. Objetivos específicos
Identificar estudios previos generales sobre el divorcio.
Identificar causales y posibles efectos sobre el divorcio.
CAPITULO II
2.1 CONFLICTO FAMILIAR Y RUPTURA MATRIMONIAL: ASPECTOS
PSICOLEGALES.
El ciclo evolutivo de una pareja puede ser categorizado en diferentes etapas,
definidas por las características individuales, familiares y sociales sobre las que se
asienta su desarrollo. En el estudio de la pareja occidental de nuestros días, existe
un cierto consenso respecto a las fases más clásicas que definen este proceso;
pero todavía persisten controversias que hacen referencia a evoluciones más
actuales del modelo familiar. La separación, ruptura, divorcio o disolución del
matrimonio (utilizaremos estos términos indistintamente) es uno de esos
fenómenos. Arraigada socialmente en algunos países desde hace varias décadas,
en otros como el nuestro aún supone una innovación legal relativamente reciente
(Ver gráfico). Así, es posible entender que haya posturas que oscilen entre valorar
la ruptura conyugal como un paso más en el crecimiento adaptativo de una familia,
como el final de la misma o, más bien, como un episodio degenerativo que dificulta
el desarrollo de los miembros que la sufren.
En cualquier caso, la separación de una pareja constituye una crisis de
transición cuyo resultado suele definir una realidad familiar probablemente más
compleja, aunque no por ello necesariamente más perjudicial. Determinadas dosis
de conflicto son necesarias para dar este paso, un conflicto que, en función de los
casos, puede hacer las veces de motor o de freno del proceso. Siguiendo a Milne
(1988), " puede ser productivo cuando conduce a una solución creativa que podría
haber pasado desapercibida de no existir la disputa. Puede ser funcional cuando
provoca la distancia emocional necesaria entre dos individuos dolidos. En cambio,
el conflicto es destructivo cuando conlleva tensión prolongada, produce hostilidad
crónica, reduce drásticamente el nivel de vida, perjudica el bienestar psicológico o
destruye las relaciones familiares".
La ruptura genera dolor en todos los miembros de la familia, y afecta
especialmente a los hijos, cuando los hay. Pero sus efectos no deben ser
concebidos únicamente como perniciosos. Son necesarias tareas de adaptación en
padres e hijos que permitan "llorar las pérdidas ocasionadas, al mismo tiempo que
hacer frente a los numerosos y radicales cambios con capacidad para negociar y
reorganizarse, de forma que se salvaguarde el desarrollo de todos" (Isaacs,
Montalvo y Abelsohn, 1986). Esta doble tarea requiere de la pareja un esfuerzo
importante, dirigido de forma primordial a un aislamiento suficiente del conflicto
conyugal, que permita garantizar la continuidad de las funciones parentales y evitar
que los hijos queden atrapados en el interior de las desavenencias, al mismo tiempo
que éstas se van resolviendo.
El divorcio como crisis. Pittman (1990) propone que una crisis se produce
cuando una tensión (una fuerza que tiende a distorsionar) afecta al sistema familiar,
exigiendo un cambio en su repertorio usual, y permitiendo, además, la entrada de
influencias externas de una forma incontrolada. Este autor describe cuatro
categorías de crisis:
1. Desgracias inesperadas. Son sucesos imprevisibles, cuyas causas suelen
ser extrínsecas a la familia (fallecimientos, accidentes, etc.). Su resolución
puede suponer un esfuerzo común para adaptarse a la situación, o puede
implicar el riesgo de una búsqueda de culpables que genere mecanismos de
ataque y defensa.
2. Crisis de desarrollo. Son universales y previsibles. Forman parte de la
evolución normal de cada familia (matrimonio, nacimientos de hijos, etc.).
Una superación adecuada facilita el crecimiento, aunque los problemas
pueden aparecer cuando una parte de la familia intenta impedirla o
provocarla antes de tiempo.
3. Crisis estructurales. Son recurrentes y se insertan en las propias pautas
intrínsecas de una familia (psicosis, alcoholismo, etc.). Suelen manifestarse
en un solo miembro, aunque afectan directamente a todos los demás, de
forma que dificultan cualquier posible proceso de cambio.
4. Crisis de desvalimiento. Ocurren en familias en las que los propios recursos
se han agotado o son ineficaces, de tal forma que dependen de instancias
externas para uno o varios aspectos de su supervivencia (familias que
dependen de los recursos sociales, incapacidades crónicas, etc.).
Parece obvio que una separación pueda ser integrada en la categoría de crisis
del desarrollo. Como tal, estaríamos ante una auténtica situación adaptativa cuyo
resultado, una vez superada, debería colocar al sistema familiar en un punto más
avanzado de su desarrollo. Pero esto no ocurre con todas las rupturas. Existe un
porcentaje elevado de ellas que pudiera ser enmarcado en las restantes categorías.
Así, en separaciones cuyo detonante último es una relación extramatrimonial,
puede ocurrir que una parte de la familia reaccione como si de una desgracia
inesperada se tratase, creándose un persistente rechazo del miembro "infiel", que
es identificado como culpable, y evitándose cualquier tipo de interacción con él. Por
otro lado, hay familias en las que el conflicto conyugal se reactiva periódicamente,
incluso pasados varios años desde la separación, cada vez que son necesarias
nuevas negociaciones o nuevos cambios en la relación. El conflicto mediatiza todas
las interacciones, y adquiere el carácter de una crisis estructural que forma parte
de la evolución familiar y de la de todos sus miembros. En el extremo estarían
aquellas parejas que deben recurrir constantemente a intervenciones judiciales. La
capacidad para tomar decisiones sobre su propia vida se ha visto tan disminuida
que, desde una situación de desvalimiento, han generado una irreversible
dependencia de la institución legal.
Estos tres últimos casos incluirían diversos grados de disfuncionalidad, a veces
difícilmente superable. En muchas ocasiones suelen expresarse en intensos e
interminables conflictos legales que, acumulados en los juzgados, tratan de poner
a prueba la eficacia de la Justicia en determinadas crisis psicosociales.
El divorcio como proceso. Desde un modelo evolutivo de crisis, podemos
concebir la separación como un proceso que transcurre en diferentes niveles
relacionados entre sí, ubicable temporalmente, y contextualizable en función de las
múltiples cuestiones que deben resolverse en cada uno de sus estadios. Algunos
autores (Bohannan, 1970; Giddens, 1989) distinguen hasta seis "procesos de
divorcio" (emocional, legal, económico, coparental, social y psíquico) que una
pareja debería afrontar indefectiblemente para completar su ruptura. Todos ellos
tienen que ser abordados, y en todos puede surgir el conflicto cuando no se
obtienen los resultados deseados. Este puede ir expresándose alternativamente en
cada proceso, al mismo tiempo que van generándose las diferentes soluciones.
También es posible que alguno de ellos adquiera una especial preponderancia
conflictiva sobre los demás, impidiendo la resolución de los otros y provocando que
el tiempo de elaboración de la ruptura se alargue más de lo debido.
Los diferentes procesos no son temporalmente paralelos, aunque en algunos
momentos transcurren solapados, y se interrelacionan mutuamente. Así, la ruptura
emocional suele iniciarse mucho antes de llegar la separación física, y puede
prolongarse una vez finalizado el proceso legal. Este va íntimamente asociado al
económico, mientras que el social y el psicológico suelen ser los últimos en
resolverse.
Kaslow (1988) propone un modelo explicativo de las fases por las que atraviesa
una ruptura (divorcio), al que define como ecléctico y dialéctico, y denomina
"dialéctico". Con él pretende integrar diferentes interpretaciones, ofreciendo un
esquema sintetizador de etapas y estadios, así como de los diferentes sentimientos
y actitudes asociados a cada uno de ellos. El modelo, esquemáticamente resumido,
es el siguiente:
2.2. Pre-divorcio: un periodo de deliberación y desaliento.
Divorcio emocional. Hace referencia al deterioro de la relación y al aumento de
la tensión que conducen a la ruptura.
Sentimientos: Desilusión, insatisfacción, alienación, ansiedad, incredulidad,
desesperación, temor, angustia, ambivalencia, shock, vacío, enojo, caos,
inadecuación, baja autoestima, pérdida.
Actitudes: Evitación, llantos, confrontaciones, riñas, negación, abandono físico y
emocional, pretensión de que todo está bien, intentos de recuperar el afecto,
búsqueda de consejo en la red social.
2.3. Divorcio: un periodo de compromisos legales.
Divorcio legal. Legitima la separación y regula sus efectos.
Sentimientos: Depresión, separación, enojo, desesperanza, autocompasión,
indefensión.
Actitudes: Negociación, gritos, teatralidad, intentos de suicidio, consulta a un
abogado.
Divorcio económico. Conlleva el reparto de los bienes y la búsqueda de
garantías que salvaguarden la subsistencia de ambos cónyuges y de sus hijos.
Sentimientos: Confusión, furia, tristeza, soledad, alivio, venganza.
Actitudes: Separación física, intentos de terminar con el proceso legal, búsqueda
de arreglos económicos y sobre la custodia de los hijos.
Divorcio coparental. Regulación de las cuestiones de custodia y visitas respecto
a los hijos.
Sentimientos: Preocupación por los hijos, ambivalencia, insensibilidad,
incertidumbre.
Actitudes: Lamentos, búsqueda de apoyo en amigos y familiares, ingreso o
reingreso en el mundo laboral (sobre todo en mujeres), falta de poder para tomar
decisiones.
Divorcio social. Reestructuración funcional y relacional ante la familia, las
amistades y la sociedad en general.
Sentimientos: Indecisión, optimismo, resignación, excitación, curiosidad,
remordimiento, tristeza.
Actitudes: Finalización del divorcio, búsqueda de nuevas amistades, inicio de
nuevas actividades, exploración de nuevos intereses, estabilización del nuevo estilo
de vida y de las rutinas diarias para los hijos.
2.4. Post-divorcio: un periodo de exploración y reequilibrio.
Divorcio psíquico. Consecución de independencia emocional y elaboración
psicológica de los efectos de la ruptura.
Sentimientos: Aceptación, autoconfianza, energía, autovaloración, entereza,
tonificación, independencia, autonomía.
Actitudes: Recomposición de la identidad, búsqueda de una nueva relación
estable, adaptación al nuevo estilo de vida, apoyo a los hijos para aceptar el divorcio
y la continuidad de las relaciones con los dos padres.
Carter y McGoldricK (1980) describen el proceso en función de cinco "problemas
de desarrollo" que se plantean en cada etapa y las correspondientes "actitudes
emocionales" necesarias para resolver adecuadamente cada uno de ellos.
Esencialmente serían:
Aceptación de la inhabilidad para resolver los problemas maritales y para
mantener la continuidad de la relación.
Aceptación de la parte de responsabilidad en el fracaso del matrimonio.
Disponibilidad para lograr arreglos viables para todas las partes del sistema.
Cooperar en las decisiones de custodia, visitas y finanzas.
Afrontar el divorcio con las familias extensas.
Disposición para colaborar parentalmente.
Superar el duelo por la pérdida de la familia intacta.
Reestructuración de las relaciones paterno filiales.
Adaptación a la vida en soledad.
Trabajar para resolver los lazos con el esposo(a).
Reestructuración de la relación con el cónyuge.
Reestructuración de las relaciones con la propia familia extensa,
manteniendo contacto con la del cónyuge.
Elaboración emocional de las heridas, angustias, odios, culpas, etc.
Renunciar a las fantasías de reunificación.
Recuperar esperanzas y expectativas por la vida en pareja.
Permanecer conectado con las familias extensas.
En los casos más conflictivos es fácil observar cómo el divorcio psíquico y
muchas de las tareas necesarias para lograrlo son prácticamente inalcanzables.
Parejas conflictivas y procesos contenciosos. Del mismo modo que existen
diferentes formas de llevar a cabo una relación de pareja, podríamos sintetizar
estilos conyugales diferentes a la hora de abordar la separación. Lo cierto es que
la pareja no se inventa una nueva relación durante la ruptura o tras ella. La esencia
de las pautas interacciónales es la misma, adaptada a una nueva situación y con
diferentes niveles de intensidad. Igualmente, por tanto, podríamos predecir cómo
determinadas parejas irían más encaminadas hacia procesos legales contenciosos,
donde el enfrentamiento en el juzgado sustituye al del hogar, o hacia acuerdos más
civilizados, en función del estilo relacional que han ido negociando durante su
convivencia.
Diversos autores han tratado de describir varios tipos de ruptura relacionándolos
con el grado de perturbación familiar posterior a la misma, las repercusiones en los
hijos o los estilos de resolución de conflictos. En general han encontrado tres
factores básicos: la forma en que se ha tomado la decisión de separarse, el estilo
de interacción y comunicación en la pareja y la intensidad emocional asociada al
conflicto.
La decisión de separarse. Finalizar una relación de pareja no es fácil. La
experiencia clínica (igual que la vida) nos demuestra cómo innumerables personas
mantienen una convivencia con la que no están satisfechas ante la imposibilidad
de tomar una decisión de ruptura. Hay varios modelos teóricos que han intentado
explicar este proceso, poniendo especial énfasis en los obstáculos que lo impiden
y que facilitan la pervivencia de muchos "matrimonios de conveniencia",
emocionalmente separados, pero físicamente unidos ante la imposibilidad de tomar
una decisión definitiva de ruptura.
Desde la "teoría del intercambio social" (Chadwick-Jones, 1976), se concibe la
decisión como un proceso en el que los miembros de una pareja evalúan los costes
y beneficios de una relación en función del balance entre atracciones internas, que
orientan hacia la continuidad, y atracciones alternativas, que orientan hacia la
ruptura; así como de las "barreras prohibitivas" que impiden la decisión (Albrecht y
Kunz, 1980; Kitson y col., 1983). Entre los factores positivos que inciden en la
atracción hacia la continuidad, están el nivel de compañerismo, el afecto, el acuerdo
sobre el tipo de relación o la calidad de la comunicación. Son factores negativos la
insatisfacción, el desacuerdo y el conflicto abierto. Por su parte, las atracciones
alternativas pueden depender del apego con otras personas (familiares, amigos o
nuevas parejas), de la búsqueda de un estilo de vida individual o de las
oportunidades percibidas de desarrollo personal. Incluso cuando hay un
desequilibrio en favor de la ruptura, hay barreras que pueden bloquear la decisión.
Algunas de ellas son: el sentido de obligación hacia los hijos y el vínculo conyugal,
prohibiciones morales o religiosas, desaprobación familiar y social. Según la visión
económica de este modelo, podemos pensar, por tanto, que, incluso cuando la
atracción hacia la continuidad de la relación es mínima, si las alternativas son
escasas y los obstáculos importantes, hay parejas que pueden permanecer juntas
en un estado crónico de insatisfacción.
La "teoría del apego y del duelo" de Bowlby (1960, 1961) también ha sido
utilizada como modelo explicativo de las dificultades para decidir una ruptura de
pareja (Brown y col. 1980; Stephen, 1984). Las personas tienen una tendencia
natural a establecer vínculos afectivos con los otros, y a mostrar algunos problemas
emocionales cuando dichos lazos se rompen. El duelo es el consiguiente proceso
psicológico puesto en marcha ante la pérdida de un "objeto" amado, y transcurre
en cuatro fases: negación, protesta, desesperación y desvinculación. Este proceso,
pleno de sentimientos confusos y contradictorios, estaría presente en cualquier
situación de alejamiento y separación emocional. En muchos casos es previo a la
ruptura y, en los más complicados, sería posterior a ella. En otros, la pareja puede
mantener una relación inviable en un intento desesperado por evitar los efectos
más dolorosos de una desvinculación total.
La "teoría de la disonancia cognitiva" (Festinger, 1957) describe un estado
psicológico desagradable (la disonancia) que conduce a los individuos a reducirlo
mediante estrategias como el cambio de actitudes, de opinión y de conducta, así
como la búsqueda de la información consonante o la evitación de la información
disonante (Jorgensen y Johnson, 1980). Cuando en una relación de pareja
aparecen indicios que amenazan su continuidad, es fácil que surjan actitudes
negadoras en uno o ambos cónyuges encaminadas a mantener la estabilidad, al
mismo tiempo que intentos auto convencedores de que todo está bien. Solamente
cuando la pérdida de complicidad emocional es innegable, uno de los dos puede
llegar a un punto de no retorno que hace la ruptura inevitable. En este momento, la
búsqueda de la consistencia puede funcionar en un sentido inverso e iniciarse un
proceso de búsqueda de elementos negativos en el otro que justifiquen la decisión
tomada.
Desde el modelo de los "procesos de toma de decisiones" (Janis y Mann, 1977)
se postula que la decisión última de la ruptura es la salida final a una larga serie de
pequeñas decisiones previas. Estas pueden haber sido tomadas mediante una
estrategia "satisfactoria" o mediante una estrategia "óptima". La primera tiene en
consideración un único factor relevante a la hora de valorar qué acción tomar. La
segunda tiene en cuenta todos los factores relevantes y, en realidad, es un ideal
teórico difícil de conseguir. La sobrecarga de variables que influyen en la decisión
de separarse, así como las inevitables interferencias emocionales, no sólo dificultan
aún más el empleo de una estrategia lo más "óptima" posible, sino que tienden a
determinar salidas tomadas con informaciones incompletas (Donovan y Jackson,
1990). Ello suele generar inevitables conflictos basados en el arrepentimiento post-
decisional.
Wallerstein y Kelly (1980) propusieron cuatro formas de decidir la ruptura: como
una salida racional mutuamente afrontada, como resultado de una consulta
profesional, como respuesta a una situación de estrés incontrolable o de una forma
impulsiva. Las dos últimas serían predictores de una ruptura más conflictiva. Estos
autores encontraron además que los motivos que mujeres y hombres ofrecían
sobre la causa de su ruptura eran diferentes. Así, las mujeres aludían a no sentirse
queridas, sentirse despreciadas en la relación o actitudes hipercríticas de sus
cónyuges hacia ellas. Por su parte, los hombres citaban mayoritariamente actitudes
desatentas y negligentes de sus compañeras respecto a sus deseos y necesidades.
En general, los estudios más actuales no acentúan tantas diferencias de género
y obtienen consenso respecto a la pérdida de intimidad, la pobreza emocional, el
aburrimiento o las diferencias en estilos de vida y valores como elementos
importantes en las decisiones de separación (Gigy y Kelly, 1992). Este tipo de
argumentos parecen estar asociados a rupturas menos traumáticas que las
marcadas por quejas sobre conductas vejatorias o infidelidades conyugales (Kitson
y Sussman,1982).
Estilos interacciónales y comunicacionales en la ruptura. Muchas personas
deciden separarse en fases muy avanzadas de alejamiento emocional. Son parejas
que se han ido desligando progresivamente y a las que la ruptura no supone más
que un nuevo paso en dicho proceso. Otras han podido comunicarse sus
insatisfacciones y deseos de cambio, han intentado alternativas de relación y han
llegado a una conclusión más o menos conjunta. Pero no es fácil cumplir con todos
los requisitos para una "buena separación". Son inevitables unos ciertos niveles de
conflicto.
2.5. Patrones:
Lisa Parkinson (1987) propuso una tipología de las rupturas conflictivas basada
en siete
1. Parejas "semi-desligadas". La pareja ha evolucionado por separado
previamente a la ruptura, y ésta ha sido manejada con un relativo bajo nivel
de conflicto. La aparición posterior de problemas prácticos en cuanto a la
custodia o las visitas, puede indicar la persistencia de vínculos emocionales
no resueltos entre los padres.
2. Conflictos de "puertas cerradas". Son parejas que evitan la confrontación
directa refugiándose, tanto física como psicológicamente, tras un silencio
que pretende indicar rechazo, ira o frustración, pero tras el que se ocultan
sentimientos de apego, dolor profundo y miedo al abandono. Este patrón
puede ser fácilmente transmisible a los hijos.
3. La "batalla por el poder". La separación puede constituir un intento de
desequilibrar el reparto de poder dentro de la familia. Aquel que siente que
más ha perdido durante la vida en común, puede ahora reaccionar luchando
por conseguir una posición dominante en el proceso, poniendo en juego
para ello armas como la culpabilizarían del otro, la utilización de los hijos o
la explotación de ventajas legales en el juzgado.
4. El "enganche tenaz". Un cónyuge intenta dejar al otro, mientras que éste
hace lo posible por evitarlo. Puede utilizar el chantaje emocional, a veces
bajo la forma de intentos de suicidio o autolesiones. En ocasiones, el que
deja se ve impulsado al retorno, pero el intento de reconciliación suele durar
poco tiempo, y el que es abandonado se sentirá más lastimado y enfadado
que antes. Algunos autores han descrito esta misma situación como el
"síndrome del esposo ambivalente" (Jones, 1987).
5. "Confrontación abierta". Muchas parejas se sienten negativamente
conmocionadas y humilladas cuando se descubren a sí mismos
agrediéndose verbalmente de una forma completamente inusual. El
conflicto puede llegar a ser tan intenso que, inevitablemente, cada vez que
se produce una discusión se desencadena una brusca escalada de la
violencia. Ambos pueden sentirse avergonzados por lo que ocurre, al mismo
tiempo que incapaces de controlar sus reacciones.
6. "Conflictos enredados". Se trata de parejas que dan la impresión de estar
realizando una fuerte inversión emocional en un intento de procurar que su
lucha continúe. Son capaces de sabotear todo tipo de decisiones
relacionadas con su ruptura por continuar con la batalla. Reavivan el
conflicto cuando están a punto de solucionarlo. Su resistencia a encontrar y
aceptar soluciones frustra cualquier intento de ayuda legal o psicosocial.
7. "Violencia doméstica". Cuando se ha creado una dinámica en la que un
cónyuge (normalmente una mujer) es repetidamente maltratado por el otro,
la ruptura puede resultar algo inalcanzable. La conjunción de agresiones y
amenazas coloca a muchas personas en un permanente estado de temor e
intimidación que dificulta sus intentos de romper con la violencia o con la
relación. Dicho estado puede continuar mucho tiempo después de
materializada la ruptura.
Kressel y col. (1980) elaboraron una interesante tipología de parejas basada en
tres dimensiones primarias: grado de ambivalencia respecto a la decisión de
ruptura, frecuencia y apertura de la comunicación y nivel de conflicto. Así,
describieron cuatro patrones de interacción:
1. Las parejas "enredadas" debaten intensa e interminablemente los pros y
contras de la ruptura. Acuerdan separarse, pero no llevan a cabo su decisión.
Suelen mantener la misma residencia, e incluso dormir en el mismo lecho y
mantener relaciones sexuales, hasta que tienen una decisión judicial. Son
proclives a conflictos legales crónicos.
2. Las parejas "autistas" se evitan física y emocionalmente. Evitan el conflicto
por ansiedad. Las dudas y la incertidumbre sobre el destino de la pareja se
extienden a todos los miembros de la familia. La ruptura suele ser brusca y
decidida unilateralmente, lo que produce un mayor rechazo comunicativo en
el otro.
3. Las parejas con “conflicto abierto” pueden expresar claramente sus deseos
de ruptura y llegar a acuerdos al respecto con relativa facilidad. Son capaces
de negociar sobre los bienes o los hijos con una intensidad aceptable de
conflicto, pero habitualmente no se quedan conformes con los resultados y
pueden provocar nuevas negociaciones o litigios años después de la
separación.
4. Las parejas "desligadas" han perdido todo tipo de interés mutuo. Han pasado
un periodo relativamente largo en el que uno o los dos, de forma
incomunicada, han considerado la posibilidad de la ruptura, de forma que
cuando esta se produce no suele generar grandes reacciones emocionales.
Las decisiones posteriores se toman por separado o a través de los
abogados, pero sin excesivo conflicto.
Taxonomía de las disputas. No es difícil comprobar cómo una pareja puede
enfrascarse en la búsqueda del "motivo" de sus desavenencias, enredando para
ello a familiares, amigos, abogados, jueces o psicólogos. Pero, desde un punto de
vista psicosocial, el origen del conflicto no puede ubicarse en una única causa.
Cuando así se hace, es fácil caer en la individualización del problema y, por tanto,
en la culpabilizarían.
Una taxonomía aceptable es la expuesta por Milne (1988), quien concibe la
disputa como el resultado de la interacción entre cuatro niveles de conflictos:
psicológicos, comunicacionales, sustantivos y sistémicos.
2.6. Causas y consecuencias
Conflictos psicológicos. son privados y personales, y, posiblemente, los factores
más potentes en los desacuerdos del divorcio. vendrían producidos por una
disfunción en los sentimientos de bienestar emocional o de autoestima generada
paralelamente al declive de la pareja.
Conflictos internos. Cuando dichos sentimientos afectan a uno mismo
(confusión, fracaso, inadecuación), pueden provocar conductas contradictorias que
generan disputas e inducen a otros conflictos.
Ajuste disonante. La falta de sincronía entre los procesos de ajuste de ambos
cónyuges a la ruptura, puede suponer un conflicto, cuando uno de ellos comienza
a centrar su atención en nuevos asuntos externos a la pareja, mientras que el otro
se encuentra aún en el inicio de su proceso de duelo.
Decisión de separarse. Cuando se ha tomado de forma unilateral, la falta de
simetría al respecto puede generar un ciclo de conflicto. La incapacidad o falta de
voluntad para negociar la decisión refuerza la incomprensión y tiende a provocar el
inicio de problemas en otros ámbitos.
Recuento de la ruptura. En un esfuerzo por comprender los motivos, cada
individuo puede intentar montar una explicación, basada en hechos y
transgresiones, que suponga un repaso de la relación, y en la que las
responsabilidades y las culpas siempre recaigan en el otro. La forma en que se
construye esa historia regula el alcance y tipo de conflicto.
Conflictos comunicacionales. El conflicto no existe sin un canal de
comunicación, y éste puede venir definido por la persistencia de conflictos previos
no resueltos, la ineficacia comunicativa, el empleo de estrategias determinadas o
la existencia de impedimentos estructurales.
Conflictos previos no resueltos. Aparecen cuando se derrumban los motivos
para contener las insatisfacciones. Las discusiones sobre el pasado impiden una
comunicación efectiva y la resolución de los problemas actuales.
Comunicación ineficaz. La capacidad para escuchar y entender determinados
mensajes puede verse afectada durante el divorcio. Cada parte implicada reacciona
ante lo que supone que el otro siente o piensa. El conflicto aumenta cuando uno
siente que lo que dice está siendo incomprendido o lo que hace mal interpretado y,
por tanto, contesta desde esa perspectiva.
Comunicación táctica. Las negociaciones y discusiones propias de una ruptura
pueden llevar a utilizar estrategias comunicativas encaminadas a obtener
posiciones de poder. Una forma sería adoptar posturas extremas con la esperanza
de conseguir concesiones de la otra parte. También es posible enviar mensajes
inapropiados sobre la propia situación, con el fin de elicitar determinados efectos
en el otro. O, tal vez, intentar conducir la comunicación por terrenos ventajosos
utilizando tecnicismos, actitudes supuestamente informadas u opiniones
incuestionables.
Impedimentos estructurales. Son barreras comunicacionales propias de la
situación, como el envío de mensajes, que suelen resultar distorsionados, a través
de terceras personas (abogados, hijos), o la inexistencia de un lugar físico en el
que hablar tras la ruptura.
Conflictos sustantivos. Forman parte de la dinámica esencial de todos los
divorcios y afectan básicamente a las decisiones sobre los hijos y las propiedades.
Conflictos posicionales. Cada parte adopta una posición relativa respecto al
asunto que se discute. El conflicto puede resolverse por convencimiento, por
cansancio o por el arbitrio de un tercero. Pero las posiciones pueden hacerse
rígidas, siendo imposible cualquier tipo de replanteamiento que implique alguna
concesión hacia el otro.
Incompatibilidad de intereses y necesidades. Suelen implicar conflicto porque
las alternativas son únicas e indivisibles (el domicilio, los hijos) o porque los
intereses de uno respecto a los bienes comunes chocan directamente con los del
otro, y cualquier tipo de reparto mermaría los intereses de los dos.
Recursos limitados. Cuando el dinero, el tiempo o la energía (física o mental)
son escasos, el reparto de los bienes o de las responsabilidades hacia los hijos
supone una dimensión que puede afectar a la propia supervivencia económica o
afectiva.
Diferencias en conocimiento y experiencia. El abordaje de nuevas situaciones
financieras o relacionales puede provocar conflictos que suelen partir del
cuestionamiento hacia el trato de los hijos, desacuerdos respecto a sus
necesidades o discrepancias educativas.
Conflicto de valores. Acerca del estilo de vida, religión, ideología política o
filosofía sobre el cuidado de los hijos. Son conflictos que pueden transformarse en
disputas sobre el poder, el control y la autonomía.
Conflictos sistémicos. Sobrepasan a la pareja y pueden servir como expresión
de la disputa y, al mismo tiempo, ser generadores de ella. Básicamente afectan al
sistema familiar y al sistema legal.
Conflictos familiares y conflictos legales. Cuando no son posibles los acuerdos
sobre los hijos o los bienes, adquiere relevancia el proceso legal, tramitado de
forma contenciosa, para regular aspectos psicosociales que aparecen como
innegociables.
El proceso legal no sustituye al psicosocial. Desde un punto de vista
terminológico, existen referentes jurídicos para componentes emocionales,
afectivos o sociales. Pero éstos últimos no necesariamente se resuelven cuando se
arbitran medidas más o menos definitivas sobre ellos. Es indudable que las pautas
establecidas por el procedimiento contribuyen a canalizar comportamientos y
sentimientos difícilmente centrales. Por su parte, las medidas adoptadas por el juez
definen una nueva realidad para la que son necesarios esfuerzos de adaptación
personales y familiares.
El tiempo legal y el tiempo psicosocial son diferentes. Los procesos emocionales
se inician con anterioridad a los trámites legales y finalizan posteriormente. El
juzgado no supone un paréntesis, y cuando la pareja sale de él, con una sentencia
que acredita y regula su separación, los sentimientos ambivalentes y las
cogniciones disociativas aún requerirán del tiempo preciso para encontrar su
definitivo asentamiento. Llamamos, por tanto, proceso psico-jurídico de separación
y divorcio (Bellido, Bolaños, García y Martín, 1990) al conjunto de las interacciones
entre el procedimiento legal y el psicosocial, quienes, influyéndose mutuamente,
transcurren conectados durante un periodo de tiempo limitado, desligándose
cuando se ha conseguido definir una nueva realidad legalmente legitimada y
psicosocialmente funcional. En los procedimientos contenciosos, es probable que
las diferentes tareas adaptativas requeridas para llevar a cabo una adecuada
separación se vean mezcladas, obstaculizándose las unas con las otras y
ampliando su campo de expresión al proceso legal. En él se barajan conflictos de
pareja y conflictos de padres que, como ya hemos apuntado, requieren soluciones
judiciales y psicosociales diferentes (Bolaños, 1993).
CAPITULO III
3.1. CONFLICTO PSICOSOCIAL
La patria potestad, la guarda y custodia y el régimen de visitas son conceptos
legales que pasan a formar parte del vocabulario y de la vida familiar tras la ruptura.
Cuando los padres no han podido ponerse de acuerdo sobre la forma de regular la
continuidad de las relaciones con sus hijos, derivan al juez la responsabilidad sobre
una decisión tan crucial. Se da la circunstancia de que, si las medidas adoptadas
no resultan eficaces o apropiadas para una de las dos partes, o para las dos, es la
propia Justicia quien debe también cargar con la responsabilidad del fracaso. Esta
proyección de poder y de culpa es la "trampa" que muchas parejas le plantean al
juez, haciéndole creer que no son capaces de resolver por sí mismas y que
solamente él puede aportar una solución.
3.2. Efectos
En ocasiones, los niños expresan sus preferencias hacia uno de los padres. Si
los padres no pueden decidir, los hijos están aún menos preparados para ello. Pero
la realidad es que su opinión adquiere un elevado grado de trascendencia desde el
momento en que se hace explícita en el juzgado. Sin saberlo, su voz puede inclinar
el equilibrio de la balanza hacia uno u otro lado, con importantes consecuencias
para todos los miembros de la familia, incluido él mismo. A veces los niños tienden
a sentirse responsables de la ruptura. Si además deciden, asumen también el peso
de sus consecuencias. Por otra parte, su opinión siempre estará mediatizada, en
mayor o menor grado, por el conflicto en el que están inmersos y por las presiones
afectivas de los padres. En determinados casos es fácil apreciar cómo el niño
adquiere un papel protector del padre al que siente como más débil, el perdedor o
el abandonado, ejerciendo una función defensora que no le corresponde. Esta
función puede llevarle incluso a rechazar cualquier contacto con el otro padre.
Una situación particular se plantea cuando, después de un tiempo de
convivencia continuada con uno de los padres, el niño comienza a mostrar su deseo
de vivir con el otro. A menudo ocurre este hecho con hijos varones, próximos a la
adolescencia, que piden vivir con su padre. Hay una parte lógica en ello, que es
coherente con las leyes del desarrollo: el niño necesita una mayor presencia de la
figura paterna en ese momento, y el cambio no tiene por qué ser negativo si hay
acuerdo entre los padres. Pero su actitud puede estar significando una huida de las
normas impuestas por la madre, con las que el padre no concuerda y ante las
cuales ejerce un rol más condescendiente. En esta discrepancia educativa, el niño
busca salir ganando. Además, si la madre no acepta el cambio y el padre lo apoya,
el enfrentamiento precisará de argumentos que justifiquen la decisión y el hijo
focalizará en los aspectos maternos más negativos. Todo ello puede plasmarse en
el conflicto legal. La consecuencia final, en numerosos casos, suele ser la ruptura
de la relación materno filial una vez modificada la medida.
Tal vez en un intento de mantener el equilibrio, hay ocasiones en que los hijos
prefieren repartirse entre sus padres, incluso sacrificando con ello la relación
fraterna. Suele ocurrir que han tomado partido en el conflicto, pasando a formar
parte de dos bloques enfrentados, en los que los niños reproducen las disputas de
los adultos. En estos casos, la relación puede llegar a romperse, aunque
habitualmente hay una parte "rechazada" que muestra su deseo de que ello no
ocurra, mientras que la otra, "rechazante", adopta la postura contraria.
Como alternativa al desequilibrio, no solo temporal, en la presencia de ambos
padres respecto a la educación y cuidado de los hijos tras la separación, ha surgido
la idea de custodia compartida. En algunos países es una práctica bastante habitual
(USA), en otros ha sido muy cuestionado su uso (Francia). Esta modalidad de
custodia supone una total corresponsabilidad parental, que va más allá de la
recogida en los criterios de la patria potestad. Es importante distinguir dos
conceptos: hablaríamos de custodia compartida "legal" cuando ésta hace referencia
a compartir todo tipo de decisiones que afectan a la vida de los hijos. Si lo que
significa es que los niños vivan alternativamente en dos hogares, de una forma
temporalmente equitativa, se denomina custodia compartida "física". Dentro de ésta
posibilidad, podría darse el caso de que quienes cambiasen de hogar fuesen los
padres, residiendo los hijos siempre en el mismo. Los americanos lo han llamado
"nido de aves". En cualquier caso, el objetivo pretendido es positivo: garantizar la
continuidad de las figuras paterna y materna por igual.
Las dificultades surgen en la aplicación práctica. Se requiere un adecuado nivel
de comunicación entre los padres, pues este régimen exige un contacto entre ellos
más cotidiano. Además, en el caso de la custodia compartida física, es necesario
delimitar cual es la periodicidad más adecuada. No hay datos concluyentes sobre
ello. Las investigaciones parecen demostrar que los cambios constantes generan
ansiedad y precisan continuas adaptaciones en los niños. Estos estudios tienden a
apoyar la reducción del número de traslados y el aumento del tiempo de
convivencia continuada con cada padre. Con respecto a la polémica relativa a qué
modelo de custodia es más apropiado (individual o compartida), los datos no
confirman que uno garantice un mejor desarrollo de los hijos que el otro, dando
fuerza a la evidencia de que la adaptación está más vinculada con la calidad que
con la cantidad de las relaciones (Wallerstein, 1989), pero sin olvidar que la
cantidad favorece la calidad.
El razonamiento anterior podría aplicarse al pensar en las "visitas". Se abre así
una difícil controversia entre la flexibilidad y la rigidez, entre los sistemas generales
y los adaptables. La flexibilidad se hace más viable cuanta más capacidad de
comunicación conservan los padres. De lo contrario se convierte en una constante
fuente de problemas. En los casos conflictivos, un sistema estructurado reduce la
posibilidad de discusiones. De todas formas, el niño tiende a sentirse más seguro
cuando puede integrar la periodicidad de las visitas con un grado suficiente de
estabilidad.
Para el niño no es fácil acostumbrarse a la separación y, en ocasiones,
amoldarse a un sistema de visitas requiere un esfuerzo de adaptación muy costoso.
A veces se siente abandonado por el padre que ha salido del hogar, y eso genera
rabia que debe ser convenientemente manejada. Hay padres que exigen el
cumplimiento estricto desde el primer día. En el otro lado estarían los que,
amparándose en las evidentes muestras de ansiedad que presenta el niño, intentan
protegerle evitando la "causa" que las produce. Es injusto pedirle a un hijo que
asimile la separación en un tiempo breve, cuando los adultos pueden necesitar
años para asimilarla totalmente y, más aún, cuando la elaboración del niño depende
directamente de la de los padres.
En muchas ocasiones es el propio menor quien rechaza el contacto con el padre
ausente del hogar. El dolor por las consecuencias derivadas de la ruptura y los
conflictos de lealtades a los que está sometido, le impiden mantener una posición
neutral en el conflicto. Con su postura protege a uno de los padres, garantiza su
afecto mediante un proceso de "identificación defensiva" (Chethik y col., 1986) y, al
mismo tiempo, expresa su protesta ante una realidad que no puede aceptar. Ambos
progenitores pueden culparse mutuamente de lo que ocurre. Acusaciones de
manipulaciones y de ineficacia en el trato con el hijo no son suficientes, por sí
mismas, para entender los motivos, aunque son utilizadas en el proceso legal en
un intento por responsabilizar al otro. Normalmente, el comportamiento del niño da
pie al inicio de procedimientos de ejecución de sentencia que ofrecen una difícil
resolución. Una respuesta judicial que presione al padre custodio o que obligue al
menor, puede agudizar el rechazo. Los dos verán justificada su actitud ante las
iniciativas legales "agresivas" que ha promovido el padre rechazado. Por el
contrario, una actitud judicial pasiva seguramente incrementará las acusaciones
paternas, quien además descalificará a la Justicia por su falta de contundencia. El
problema tiende a cronificarse porque nadie está dispuesto a modificar su posición.
La pérdida de una figura paterna asociada a vivencias conflictivas, genera
efectos negativos en el desarrollo posterior del niño. Este ha adquirido un falso
poder para controlar las relaciones y, al mismo tiempo, participa de una relación
simbiótica con el padre "aceptado", con quien comparte sentimientos que no le son
propios. Los nuevos procesos de identificación son inadecuados, eligiendo a otras
figuras (nuevas parejas, abuelos) que implícita o explícitamente apoyan su postura.
Este aprendizaje repercute inevitablemente en las competencias sociales del niño.
Algunos estudios han demostrado que los niños que poseen un régimen regular de
visitas desde el primer año de separación, son socialmente más competentes que
los que han carecido de él inicialmente, pero lo han obtenido después; luego
vendrían los que, habiendo tenido visitas inicialmente, las han perdido después y,
por último, aquellos que nunca las han tenido. Tienden a ser los peor ajustados
(Isaacs, Montalvo y Abelsohn, 1986).
3.3. Factores
Algunos factores predictivos de la aparición de conflictos en las visitas, extraídos
de la clínica, han sido resumidos por Hodges (1986), y pueden suponer un
importante instrumento preventivo:
Utilización de los hijos en el conflicto marital.
Una causa del divorcio fue el inicio de una nueva relación afectiva por parte
del padre que no tiene la custodia.
Los desacuerdos sobre el cuidado de los hijos han sido un contenido
importante en el conflicto que llevó a la ruptura.
El conflicto marital ha sido generado por un cambio radical en el estilo de
vida de uno de los padres.
Resentimientos relacionados con cuestiones económicas.
Cuando una de las quejas en el conflicto marital es la irresponsabilidad
crónica de uno de los padres.
Cuando el nivel de enojo es extremo.
Cuando hay una batalla por la custodia.
Cuando uno o ambos padres presentan una psicopatología que interfiere
con su actividad parental.
Parece claro que la falta de concordancia respecto a la decisión de separarse y
a los motivos que la desencadenan, dificulta la posibilidad de conseguir acuerdos
viables entre las partes. La intensidad del contencioso y la intensidad del conflicto
aparecen directamente relacionadas a partir de ese momento. Entran en juego
factores que van más allá de la propia búsqueda de soluciones, utilizándose el
proceso legal como un campo de batalla reglamentado, en el cual volcar todos los
sentimientos desagradables que se han ido generando durante la involución de la
convivencia. El domicilio, los bienes, los hijos, pueden convertirse en instrumentos
de poder que otorgan el triunfo moral en la disputa. Siguiendo a Clulow y Vincent
(1987), "el sistema adversarial está peculiarmente emparejado con los deseos de
padres que se sienten perseguidos, asediados o profundamente equivocados en la
ruptura. El litigio constituye un medio de construir y desarrollar una historia, y de
imponérsela a los otros. El propósito de la historia es convencer a los demás y
validarse a sí mismo. Las decisiones judiciales pueden ser recibidas, en estos
casos, como una forma de absolución pública, una exculpación o, simplemente,
una sentencia de vida".
Los hijos ante el divorcio. Como hemos ido viendo, la participación de los hijos
en el proceso de ruptura de sus padres supone una serie de repercusiones
importantes. Pero esta participación no es meramente pasiva. En ciertos momentos
adquieren una responsabilidad activa, tanto en las disputas legales como en las
familiares. De ahí que algunas de sus actitudes puedan ser interpretadas como un
intento de responder adaptativamente al conflicto que están viviendo. Pero, en lugar
de ello, suele ocurrir que sus respuestas sean utilizadas en el mismo conflicto y
pasen a constituir un argumento de un valor innegable.
Podríamos pensar que los hijos, en función de su edad, utilizan una serie de
estrategias, conscientes e inconscientes, que les ayudan a enfrentarse a los
aspectos más impredecibles, incontrolables y dolorosos del divorcio. Saposnek
(1983) describe algunas de ellas:
Al principio, ante el miedo a ser abandonados, los niños de todas las edades
suelen intentar que sus padres se reconcilien y vuelvan a vivir juntos (p.e.
contando a un padre los cambios positivos del otro).
Tras la ruptura, las ansiedades ante las separaciones pueden expresarse
mediante dificultades para alejarse de uno y otro padre cada vez que se
produce el intercambio correspondiente a las visitas (p.e. llorando al ir con
su padre y llorando al regresar con su madre).
Los niños pueden ofrecerse como detonantes de la tensión entre sus padres,
atrayéndola hacia sí mismo (p.e. hablando a su padre de las nuevas
relaciones afectivas de su madre).
El miedo al rechazo afectivo provoca que, a menudo, intenten asegurarse
constantemente del amor que sienten por ellos (p.e. telefoneando
repetidamente a su madre cuando está con su padre).
Una forma más de garantizar el afecto de al menos uno de sus padres, es
probándole su lealtad mostrando su rechazo hacia el otro padre (p.e.
negándose a las visitas).
En algunos casos pueden pretender evitar los conflictos intentando
mantener una difícil posición de neutralidad entre sus padres (p.e. mostrando
su deseo de permanecer exactamente el mismo tiempo con cada uno de
ellos).
Haciendo esfuerzos por proteger la autoestima de sus padres, debilitada tras
la ruptura, se aseguran de no ser emocionalmente abandonados por ellos
(p.e. expresando a cada uno de ellos su deseo de convivir más tiempo con
él que con el otro).
En niños mayores y adolescentes son posibles los intentos de manipular la
ruptura para obtener ventajas inmediatas (p.e. expresando su deseo de
convivir con el padre más permisivo).
3.4. Estudios
En cuanto a los innumerables estudios sobre las repercusiones del divorcio en
los hijos cabe destacar la llamativa evolución de sus resultados, en función de la
época en que han sido realizados y el método utilizado, habiéndose pasado en los
últimos treinta años de considerar la ruptura como un trauma irresoluble a una crisis
superable.
Los estudios más clásicos se basaron en las comparaciones entre familias
"intactas" y familias "rotas", sin controlar si estas últimas lo eran por ruptura
conyugal, por fallecimiento de uno de los padres o por otros motivos, siendo las
familias uniparentales vistas como formas no naturales de convivencia y los
resultados acordes con esta concepción (Tuckman y Regan, 1967; Thomes, 1968).
En los años 70 y 80 aparecieron las primeras investigaciones serias centradas
exclusivamente en la comparación de familias "divorciadas" y familias "unidas". En
general, los datos tendían a encontrar que los "hijos del divorcio", sobre todo los
varones, presentaban más problemas de ajuste, más agresividad, impulsividad,
antisocialidad y dificultades escolares (Camera y Resnick, 1988). Otros trabajos,
por el contrario, cuando controlan la edad, los niveles socioeconómicos y el ajuste
previo al divorcio, no encuentran esas diferencias (Johnston y col., 1989) o detectan
que las dificultades ya existían antes de la ruptura (Block y col., 1986).
Paralelamente a estos estudios, ha ido apareciendo como un elemento central
en la investigación el factor "conflicto interparental", valorándose la importancia de
los efectos sobre los hijos de la relación conflictiva entre los padres una vez
separados. Así, se ha podido concluir que una elevada intensidad de conflicto
parental, más que la ruptura en sí, puede estar asociada con dificultades en el
ajuste emocional de los hijos (Jacobson, 1978; Wallerstein y Kelly, 1980; Kurdek,
1981; Emery, 1982). Por el contrario, cuando los padres tienen habilidad para
colaborar en la reorganización familiar, mantener una disciplina adecuada,
conservar los rituales y garantizar unos mínimos de seguridad emocional para los
hijos, el riesgo de que éstos sufran dificultades disminuye notablemente (Brown y
col.1992).
También han sido estudiadas las relaciones entre padres e hijos posteriores a
la separación como fuente de influencia en el ajuste de éstos. Así, en el caso del
progenitor que ejerce la custodia, parece innegable que la ruptura produce cambios
en las interacciones afectivas, en la eficacia de la autoridad o en el reparto de
funciones del hogar que pueden incidir en peores niveles de comunicación,
menores exigencias de maduración y pautas normativas más inconsistentes que
oscilan entre la permisividad y la rigidez (Hetherington y Colletta, 1979; Shaw,
1991).
Con respecto al padre que no ejerce la custodia, se ha dado prioridad a los
efectos de los diferentes modelos de "régimen de visitas", encontrándose, como ya
hemos destacado anteriormente, que los sistemas en que éstas son frecuentes y
regulares suelen estar positivamente relacionados con mejores niveles de ajuste
en los hijos cuando existe una buena relación paternofilial previa (Heley, Malley y
Stewart´s, 1990), cuando el padre que ejerce la custodia las aprueba (Kurdek,
1988) y cuando la intensidad de conflicto interparental no es elevada (Wallerstein y
Kelly, 1980). Algunos factores externos como el paso del tiempo, la distancia entre
hogares, los bajos niveles socioculturales y el sistema legal adversarial; o internos,
como las dificultades para asumir los sentimientos de pérdida y para adaptar el rol
paterno a la situación de visitas, parecen influir negativamente en la continuidad de
las mismas (Furstenberg y col., 1983).
En la mayoría de los trabajos citados suelen aparecer diferencias notables entre
el grado de ajuste de niños y niñas, mostrando más dificultades los primeros.
Focalizando en este hecho se ha encontrado que los niños continuan viviendo
mayoritariamente con el padre de sexo contrario, presencian mayores disputas, son
confrontados con más pautas inconsistentes y reciben más sanciones negativas
(Hetherington, 1972; Santrock y Warshak, 1979; Hodges y Bloom, 1984). Por el
contrario, parece que los chicos experimentan más beneficios cuando la madre
inicia una nueva convivencia de pareja, mientras que las chicas responden más
desfavorablemente (Chapman, 1977; Clingempeel y col.,1984). Los niños pueden
encontrar en ello un complemento del padre y una amortiguación de la relación
diádica con la madre, mientras que para las niñas puede suponer una intrusión en
dicha relación.
En un intento de integrar la contribución de éstos y otros factores en el proceso
de ajuste a la ruptura de los hijos, Peterson, Leigh y Day (1984) elaboraron un
interesante modelo explicativo basado en la "teoría del estrés familiar" (Hill, 1949).
El concepto clave es el de "definición de la situación", es decir, el grado subjetivo
de severidad asignado a un acontecimiento estresante (la ruptura de pareja) por
cada miembro de la familia, que, en interacción con las características específicas
del evento y con los recursos familiares de afrontamiento, determina la singularidad
de una situación de crisis y, por tanto, los efectos en cada miembro de la familia. El
modelo predice que la severidad de la definición de crisis en el niño, depende
directamente de la de los padres y se ve además afectada por la percepción que el
niño tenía de la relación marital previa, por las relaciones paternofiliales previas a
la ruptura, por la calidad de las relaciones parentales posteriores a la misma, y por
el grado de tolerancia hacia la separación existente en el entorno social del niño.
Cuando éste no logra una adecuada definición de la situación los efectos sobre su
adaptación a la ruptura y su posterior competencia social se hacen más evidentes.
Por último, merecen destacar por su especial relevancia los trabajos realizados
por Hetherington (1979) y Wallerstein y col. (1980, 1983, 1989). Hetherington
profundizó en los efectos de la ausencia del hogar de uno de los padres y en las
influencias de las familias monoparentales. Concluyó, como muchos autores, que
una familia intacta, pero conflictiva, puede ser mucho más perniciosa para la salud
mental de los hijos que un hogar estable tras el divorcio. Sus datos demuestran
que, si el funcionamiento familiar es positivo y el apoyo del sistema suficiente, los
hijos de padres separados pueden alcanzar idéntica competencia social, emocional
e intelectual a los hijos de parejas no separadas.
Wallerstein, en su estudio longitudinal de diez años de duración, describió
ampliamente los sentimientos y reacciones de los hijos en función de su edad. De
una forma resumida, podríamos destacar los siguientes:
Edad pre-escolar (de 2 a 4 años). Son los niños que presentan mayor dificultad
para comprender la complejidad de los sentimientos adultos y por ello tienden a
sentirse culpables o a temer ser abandonados. Pueden aparecer ansiedades para
separarse, conductas regresivas, problemas para dormirse, caprichos, etc.
Primera etapa escolar (de 5 a 8 años). Son más conscientes de los motivos
y razones de los adultos. Suelen mostrar sentimientos de pérdida, rechazo
y culpa. Ante los conflictos de lealtades pueden reaccionar defensivamente
llegando incluso a negar la relación con uno de los padres. Son los niños
que conservan más fantasías de reconciliación.
Segunda etapa escolar (de 9 a 12 años). Su mayor capacidad empática y de
comprensión hace que tiendan a identificar sus sentimientos con los de los
padres. Pero ante la angustia, la furia, el sufrimiento o el desamparo, pueden
tomar partido por uno solo de ellos para garantizarse al menos una
protección. A la vez, asumen papeles adultos convirtiéndose a sí mismos en
protectores de uno de sus padres. Pueden aparecer síntomas
psicosomáticos.
Adolescentes. Tienen más elementos cognitivos y más apoyos externos
para enfrentarse a la nueva situación, pero al mismo tiempo están más
expuestos ante el conflicto y, por tanto, tienen mayores posibilidades de
verse implicados. El temor ante el derrumbe de la estructura familiar
contenedora que necesitan puede generar sentimientos de rechazo y
ansiedad al comprobar la vulnerabilidad emocional de sus padres.
Esta misma autora resalta una serie de "tareas psicológicas" esenciales que los
hijos deben realizar para superar el divorcio de sus padres. Básicamente tendrían
que ser capaces de comprender su significado y consecuencias, afrontar la pérdida
y el enojo que les produce, y elaborar las posibles culpas. El niño debe proseguir
su vida cuanto antes, aceptar el carácter permanente del divorcio y aferrarse a la
idea positiva de que, a pesar de todo, es posible "amar y ser amado".
Estamos de acuerdo con J.B. Kelly (1993) en la necesidad de tener en cuenta
la interacción de múltiples variables a la hora de valorar las repercusiones del
divorcio en los hijos. Como hemos visto, entre ellas, destacan variables del niño
como edad, sexo, personalidad y ajuste emocional previos a la ruptura; variables
de los padres como el ajuste psicológico y la capacidad de controlar impulsos;
variables familiares como la intensidad de conflicto, el tipo de comunicación, el
grado de cooperación, la calidad de las relaciones paternofiliales y las pautas de
crianza; variables legales como los acuerdos de custodia y de visitas; y variables
relacionadas con el estatus económico y el soporte social.
CONCLUSIONES
Como se observa, la totalidad de las legislaciones ha acogido la voluntad
unilateral o concorde como el elemento determinante para autorizar judicialmente
la terminación del matrimonio y legitimar una nueva unión. Una gran parte de los
sistemas conservan la posibilidad de demandar el divorcio acreditando culpa en
uno de los cónyuges. Algunos sistemas añaden además el mutuo con- sentimiento
como causal de divorcio. Los hijos de padres divorciados tienen en promedio
mayores probabilidades de fracaso matrimonial, que aquellos que provienen de
familias intactas. El divorcio les afecta en diversos planos de su desarrollo
individual, dificultando su capacidad de relacionarse a nivel de pareja y potenciando
la factibilidad de concluir en un divorcio. Por ende, las tasas de divorcio no sólo
aumentan a corto plazo con una legislación divorcista, sino que también a largo
plazo, cuando se visualiza su efecto sobre los hijos de quienes acudieron a dicha
instancia.
El aumento del número de rupturas no es un fenómeno que se observe sólo por
un lapso tras la aceptación de la ley, sino que es una tendencia de largo plazo.
Diversos factores, que ya se han discutido, podrían explicar este hecho. Entre ellos
cabe mencionar: el menor esfuerzo de búsqueda de la pareja adecuada al existir
una ley de divorcio, la menor dedicación que ésta conlleva a los hijos y al cónyuge,
la mayor probabilidad de fracaso matrimonial de sucesivas uniones conyugales y,
finalmente, la transmisión intergeneracional del divorcio. Todos estos elementos
aunados hacen que el fenómeno del divorcio actúe como un espiral que crece y se
retroalimenta continuamente; la ruptura de un matrimonio legitimada por la ley civil
como suficiente causa para poner término al compromiso de los cónyuge- ges
prepara y engendra un sinnúmero de nuevos quiebres matrimoniales.
El divorcio produce una serie de efectos verificables en la mayoría de los casos;
las conclusiones deben tomarse como respuestas o consecuencias promedio, que
no pretenden estigmatizar a ningún individuo en particular. El divorcio implica un
cambio fundamental en la vida de un hijo, que lo afecta en todas las dimensiones
de su desarrollo personal. Son menores que se ven privados de un trato frecuente
con alguno de sus progenitores, incluso en ciertos casos deben aprender a vivir con
padrastros, lo que muchas veces entraña nuevas dificultades. Esta realidad está
muy vinculada al maltrato infantil o abuso sexual. Han vivido en un ambiente de
conflicto que les produce inseguridad emocional y mayor hostilidad o agresividad.
Se ha podido incluso verificar que el divorcio de los padres es un factor
correlacionado con la delincuencia juvenil, el alcoholismo y la drogadicción. Es
común encontrar en estos niños o jóvenes los siguientes problemas psicológicos:
rabia, miedo, pena, rechazo, baja autoestima, ansiedad, estados depresivos,
inseguridad, mayores tasas de suicidios adolescentes. Es importante destacar que
varios de estos efectos son de larga permanencia y se pueden percibir aún en la
vida adulta de los hijos. Por otra parte, el ambiente en que les toca desenvolverse
no les permite tener la tranquilidad para poder estudiar. Son personas con mayores
dificultades de aprendizaje y mayor deserción escolar. Además, por los efectos
negativos del divorcio sobre el ingreso familiar, tienen menores posibilidades de
continuar con estudios superiores.
La probabilidad de divorcio de un hijo de padres divorciados es el doble que la
de uno proveniente de una familia intacta. Este hecho implica una transmisión
intergeneracional del divorcio. Esta se explica por: mayor aceptación del divorcio
por parte de los hijos de padres divorciados, menor compromiso, menor
capacidad para enfrentar dificultades, peores modelos interpersonales, han
desarrollado características personales que dificultan la vida de pareja, se casan
más tempranamente o conviven antes de hacerlo (lo que se ha demostrado que
está asociado a mayores tasas de divorcio), han sufrido dificultades económicas
que les han impedido alcanzar un nivel de educación superior.
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