0% encontró este documento útil (0 votos)
108 vistas71 páginas

Divorcio

Este documento analiza el aumento de la tasa de divorcios en el Perú. Examina los antecedentes históricos del divorcio en el país y su reconocimiento legal. Explora los efectos del divorcio en la pareja, los hijos y la sociedad en general. Finalmente, analiza factores como el conflicto familiar, psicosocial y económico que contribuyen al aumento de divorcios. El objetivo es reunir información sobre cómo la legislación de divorcio ha impactado diferentes sociedades.
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
108 vistas71 páginas

Divorcio

Este documento analiza el aumento de la tasa de divorcios en el Perú. Examina los antecedentes históricos del divorcio en el país y su reconocimiento legal. Explora los efectos del divorcio en la pareja, los hijos y la sociedad en general. Finalmente, analiza factores como el conflicto familiar, psicosocial y económico que contribuyen al aumento de divorcios. El objetivo es reunir información sobre cómo la legislación de divorcio ha impactado diferentes sociedades.
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

MÉTODOS DE ESTUDIO

I - CICLO

SEMESTRE 2019 - I

TEMA:
Análisis sobre el aumento de la tasa de divorcios

DOCENTE:
Barturén Sánchez, Juan José

AUTOR:
Moreno Valle Jean Pierre Del Ángel

CARRERA:
Escuela Profesional de Psicología

Pimentel – Perú 2019


INDICE

INDICE .............................................................................................................................................. 2
RESUMEN ........................................................................................................................................ 3
INTRODUCCIÓN ............................................................................................................................. 4
ANALISIS SOBRE EL AUMENTO DE LA TASA DE DIVORCIOS ....................................... 6
CAPITULO I ..................................................................................................................................... 6
1.1. PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA .............................................................................. 6
1.1.1. Descripción de la situación problemática .................................................................... 6
1.1.2. Antecedentes históricos ................................................................................................. 6
1.2. Formulación del problema ................................................................................................ 17
1.2.1. Problema general .......................................................................................................... 17
1.3. Objetivos de la investigación ........................................................................................... 17
1.3.1. Objetivo general ............................................................................................................. 17
1.3.2. Objetivos específicos .................................................................................................... 17
CAPITULO II .................................................................................................................................. 18
2.1 CONFLICTO FAMILIAR Y RUPTURA MATRIMONIAL: ASPECTOS PSICOLEGALES.
.......................................................................................................................................................... 18
2.2. Pre-divorcio: un periodo de deliberación y desaliento. .................................................... 23
2.3. Divorcio: un periodo de compromisos legales. ................................................................. 23
2.4. Post-divorcio ........................................................................................................................... 24
2.5. Patrones: ................................................................................................................................. 31
2.6. Causas y consecuencias ...................................................................................................... 34
CAPITULO III ................................................................................................................................. 40
3.1. CONFLICTO PSICOSOCIAL ............................................................................................... 40
3.2. Efectos..................................................................................................................................... 40
3.3. Factores .................................................................................................................................. 45
3.4. Estudios................................................................................................................................... 48
CONCLUSIONES.......................................................................................................................... 54
BIBLIOGRAFIA ............................................................................................................................. 57
REFERENCIAS ............................................................................................................................. 65
RESUMEN

Se analiza el tema del divorcio, con miras a adentrarse en las concepciones

jurídicas, las mentalidades, la formación y la escala de valores de la generación a

la que le tocó constituirse en primera intérprete de las disposiciones acerca del

divorcio. Ilustrar sobre los efectos mensurables y cuantitativos que la introducción

del divorcio vincular en la ley civil genera en la pareja involucrada, en los hijos y en

la sociedad en general. Se trata de un esfuerzo por reunir, relacionar y sistematizar

la información que se ha generado en aquellos países que en la década de los

setenta y ochenta del siglo XX modifica- ron su legislación civil para dar cabida a

un modelo matrimonial disoluble por divorcio fundado en la ruptura de la

convivencia.

Debe dejarse constancia que, tratándose de procesos sociales de vasto alcance y

largo desarrollo cronológico, no es posible afirmar que los efectos que se producen

en una determinada sociedad necesariamente se reproducirán en otras por el solo

hecho de dictarse una legislación similar. En el modelo cultural de la familia y en

los comportamientos de las personas en la sociedad influyen múltiples factores que

pueden ocasionar que una misma legislación tenga impactos diferentes.


INTRODUCCIÓN

La figura del Divorcio en el Perú ha tenido una peculiaridad muy especial. Su

reconocimiento legal se debió más a la actuación de políticos que a la obra de los

juristas llamados a revisar y reformar el Código Civil de 1852. Si bien el nacimiento

de la figura del Divorcio se remonta a la Ley 78942 , su plasmación jurídica definitiva

la encontramos en el Código Civil de 1936, por imposición de la Ley 8305, la cual

ordenaba en su artículo 1° que el Código Civil a ser promulgado "debía mantener

inalterables las normas sobre matrimonio laico y divorcio - incluyendo el vincular-

ya vigentes por mandato de las Leyes 7393 y 7894, así como las demás

disposiciones legales de carácter civil dictadas por el Congreso Constituyente de

1931".

Al legislador de 1936 no le quedó otro camino que aceptar la figura del Divorcio,

pero intentó, hasta donde fue posible, su ineficacia.

Así se reconoce expresamente en la Exposición de Motivos cuando se

señala que: " Quienes contribuimos, aunque débilmente pero con relativa eficacia,

a atajar la facilidad y precipitación de los divorcios que la experiencia judicial pudo

advertir en la época comprendida desde octubre de 1930 hasta agosto de 1936,

esperamos confiados el restablecimiento de la indisolubilidad del matrimonio y

fundamos esta esperanza en la reflexión de los legisladores y gobernantes, de

jueces y maestros, iluminada por la confortadora doctrina de la moral católica".

De lo expuesto queda claro que el Divorcio fue visto por nuestro legislador de

1936 casi como un pecado, el cual atentaba contra la indisolubilidad del vínculo

matrimonial y la moral de la Iglesia Católica.


Parecería que en los contextos contemporáneos la frase litúrgica “para toda la

vida” se aplica más al divorcio que al matrimonio, porque los problemas que

originaron la separación se prolongan con los años y terminan afectando a los hijos,

a los padres y a los ascendientes.

Lo primero que uno debe preguntarse es si el matrimonio es una institución lo

suficientemente objetiva como para que el legislador pueda determinar qué hechos

pueden llevar a su rompimiento definitivo.

El problema de nuestro sistema legal con respecto al divorcio es que se le sigue

legislando como un pecado, o como algo inmoral o como una sanción o hecho

punible contra uno de los cónyuges, olvidándose que estamos ante una situación

tan humana como es el matrimonio. Hoy por hoy la moderna doctrina y la legislación

comparada han dejado de mirar al Divorcio como una sanción.

Con respecto a las causales de divorcio, éstas no pueden determinarse

objetivamente como si estuviéramos ante un contrato donde es posible establecer

los criterios de incumplimiento y resolución, y, por otro lado, las mismas son "casi

siempre la exteriorización de un estado de cosas que lo han hecho posible. Son un

síntoma de un quiebre y no la causa de él".


ANALISIS SOBRE EL AUMENTO DE LA TASA DE DIVORCIOS

CAPITULO I

1.1. PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

1.1.1. Descripción de la situación problemática

1.1.2. Antecedentes históricos

A lo largo de la historia y en la experiencia de la familia, el divorcio ha ido

incrementándose, en muchas sociedades y de diversas maneras. La estabilidad de

la familia se ha convertido en un pequeño lujo del cual no todos gozan, cuyas

razones van desde las más absurdas hasta las menos concebibles. No cabe duda

sobre este rompimiento; sin los cónyuges entran en crisis, los otros miembros de la

familia, es decir, los hijos también experimentan un momento difícil, se determina

que el divorcio es una experiencia traumática para todos los miembros de la familia

(Barbero, Bilbao, 2008).

Tales consecuencias del divorcio son traumáticas, especialmente para los hijos:

“la gran mayoría de los hijos de separados o divorciados, ya desde los años

inmediatamente posteriores a tales eventos, muestran marcadas anomalías en sus

desarrollos, ya que cuando se produce una separación o un divorcio, tanto la

infancia como el ejercicio de las funciones de paternidad de la pareja rota se ven

desafiadas” (Vallejo, Sánchez-Barranco Vallejo, & Sánchez- Barranco Vallejo,

2004, p.94)
Así mismo, en un estudio de las Naciones Unidas se muestra que “la mayoría

de los divorcios en 61 culturas de todo el mundo ocurren alrededor del 4º año de

casados.” (Gonzales, 2004, p.16).

Esto permite pensar en la urgencia de ser atendidas las familias, especialmente

durante los primeros años de formación, con la finalidad de prevenir desastres

futuros y más aún si la ruptura familiar ya se consumó.

Los estudios advierten que en la década de los 80 en Estados Unidos, la mayor

parte de los divorcios ocurrió en el segundo y tercer año de matrimonio. En

Argentina, una tercera parte de los matrimonios termina separándose. En México,

la mitad de los matrimonios termina después de los siete años de matrimonio

(Bengoechea, 1992).

Según datos obtenidos de fuentes informativas en Chile, se conoce que en

términos probabilísticos una pareja que contrae matrimonio hoy en día tiene cero

posibilidades de mantenerse unida "hasta que la muerte los separe". Entre el mes

de enero y el 30 de noviembre del año 2014, se casaron 57.467 parejas e iniciaron

su separación legal otros 98.130 matrimonios (Universia Chile, 2013).

Los estudios de expertos sobre esta problemática social declaran que el apoyo

brindado a las parejas en disolución puede ayudar a experiencias menos

traumáticas, si se realiza un acompañamiento profesional; el beneficio de este

apoyo llegaría en primera instancia hasta los hijos (Ojeda & González, 2008).
En Chile, tomando de referencia los datos ofrecidos por el Instituto Nacional de

Estadística (INE, 2008), se estima que sólo, en 2007, más de 100.000 niños

enfrentaron la ruptura conyugal de sus padres. Este hecho significa una situación

traumática, generando consecuencias negativas en la evolución y desarrollo de los

niños; por lo tanto, es necesario realizar estudios sólidos para contrarrestar ese

resultado negativo. Sin duda, estos datos en la actualidad han crecido

enormemente (Arch, 2010).

Desde 1981 cuando se aprobó la Ley del Divorcio en España ha aumentado el

número de separaciones y divorcios. Según los datos del Consejo General del

Poder Judicial, el año 2006 se produjeron más de 93000 divorcios y 55000

separaciones. De éstos, aproximadamente el 60% de los divorcios y el 65% de las

separaciones se resolvieron de mutuo acuerdo (Orgilés, Espada, & Piñero,2007).

De acuerdo con los datos del INEGI (Instituto Nacional de Estadística y

Geografía), el 2005 en México para el año 2000, las personas separadas y

divorciadas se han incrementado durante las últimas décadas, en el periodo 1990-

2000 pasaron de un 3.8% a un 7%. De acuerdo con la información de la Encuesta

Nacional de Ocupación y Empleo 2008 (INEGI, 2009), en el país la población de 12

años o más ascendía a 81.6 millones: 38.6 millones de hombres y 43 millones de

mujeres. De las personas de esta edad, 37 de cada 100 son solteras; 54 viven en

pareja casadas o en unión libre y 9 están separadas, divorciadas o viudas (Landero

& González, 2011).


El Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México proporciona

información sobre el Censo de Población y Vivienda 2010, indicando que en el país

el 43.9% de la población de 15 años y más está casada y 15.6% está en unión libre,

en conjunto, seis de cada diez se encuentra unida. La población soltera representa

29.9% y sólo una de cada diez (10.4%) está separada, divorciada o viuda. Esta

configuración cambia según el curso de vida de la población, es común encontrar

una alta proporción de jóvenes (15 a 29 años) que aún están solteros (61.2%); en

los varones del mismo grupo de edad, dicho porcentaje aumenta a más de dos

terceras partes (67.3%), en tanto que sólo tres de cada diez están casados o en

unión libre. En edades más avanzadas predomina la población casada o en unión

libre: 81.6 y 75.7% de la población masculina, de 30 a 59 y de 60 años y más, se

encuentra en esta situación; en este último grupo de edad, se advierte una alta

proporción de hombres (19.1%) separados, divorciados o viudos (Instituto Nacional

de Estadística y Geografía, 2013).

Según algunos datos extraídos de la prensa chilena, la tasa de divorcio en

Latinoamérica está aumentando en casi todos los países. Las tasas de divorcio más

altas son de los países europeos: España (61%), Portugal (68%), la República

Checa (66%) y Hungría (67%). Bélgica lleva ventaja con una tasa del 70%. En

Latinoamérica, el país con menos divorcios (de todo el mundo) es Chile (3%),

mientras que en Ecuador el porcentaje de divorcios llega al 20%, en Guatemala al

5%, en México al 15%, en Panamá al 27%, en Brasil al 21% y en Venezuela al 27%

(Amé[Link] Chile, 2014).


En Bolivia se tiene información de que Cochabamba es la tercera región con

más divorcios, después de Santa Cruz y La Paz. Sólo entre 2007 y 2011 se

registraron 17.000 separaciones y actualmente se atienden un promedio de cuatro

demandas de divorcio al día.

En Cochabamba, según información de la plataforma de atención del usuario

externo del Tribunal Departamental de Justicia, entre 2007 y 2012, se registraron

17.208 procesos de divorcio en los siete juzgados de familia que los tramitan. Las

causales que más se presentan judicialmente son sevicia (crueldad), injurias graves

o malos tratos de palabra o de obra que hagan intolerable la vida en común y la

separación de hecho libremente consentida y continuada por más de dos años ya

que, según afirma el estudio de la Coordinadora de la Mujer, tratar de probar

hechos: adulterio u otras causales puede constituyen un proceso complejo

(Coordinadora de la mujer, 2015).

También un reciente estudio de la Coordinadora de la Mujer, sobre la base de

datos del Servicio de Registro Cívico (SERECI), refiere que en Bolivia hay un

promedio de 16 divorcios por día. El documento revela que sólo el año 2011 se

registraron 5.887 divorcios en todo el país, cuyos departamentos con mayor número

de registros son: La Paz (1.553), Santa Cruz (1.407) y Cochabamba (1.383)

(Uriana, 2012).

Según los datos arriba ofrecidos, la tasa de divorcio es alarmante a escala

internacional y los estudios realizados señalan que la experiencia del divorcio

genera consecuencias para todos los miembros de la familia, provocando estrés,


depresión, ansiedad, baja autoestima y otros desajustes, según las circunstancias

inmediatas: apoyo de redes sociales, edad de los hijos, condiciones económicas

del progenitor custodio, nivel de educación de los progenitores entre otros.

En consecuencia, si la crisis del divorcio es tal, trabajar en su recuperación no

es cosa de poca atención de los más cercanos y de la sociedad en general. Si se

posee redes de apoyo que brinden soporte puede ser más llevadero; en cambio, si

no se posee ese soporte, el camino es más largo y doloroso; en consecuencia, los

hijos en su condición de miembros del sistema sufren los alcances negativos de tal

crisis (Landero & González, 2011).

En el proceso de la recuperación y la sanidad de los hijos del trauma del divorcio,

es importante la actitud adecuada, totalmente negativa la errónea, tanto de las

figuras parentales, así como del medio en su conjunto. Los hijos presentan pautas

de comportamiento que no solo afectan a su desarrollo integral, sino además a la

familia que queda; es decir, los abuelos, los tíos y otros que de alguna manera

pasan a adquirir un grado de responsabilidad por el cuidado especialmente en caso

de los menores como parte de un macro sistema. En suma, todos son en mayor o

menor medida víctimas de secuelas dolorosas que produce una ruptura matrimonial

afectando en varias esferas de la vida, sean cuadros psicosomáticos,

enfermedades psiquiátricas, úlceras gástricas y también la inteligencia emocional

de todos los miembros de la familia (Novo & Arce, 2003).

Tomando en cuenta los avances científicos, a propósito de la inteligencia

humana, se sostiene que las habilidades cognitivas son favorecidas y se las puede
optimizar a través de los estados emocionales, ya que éste último contribuye a un

mejor desempeño humano. Así es como ambas inteligencias, la cognitiva y la

emocional, terminan integradas; si la inteligencia emocional está atravesando

alguna situación extraña, la otra inteligencia cognitiva sucumbirá ante los efectos

de la primera en perjuicio de la persona quien lo padece. “Las emociones afectan

al sistema cognitivo…ayudan a priorizar nuestros procesos cognitivos básicos,

focalizando nuestra atención en lo que es realmente importante. En función de los

estados emocionales, los puntos de vista de los problemas cambian, incluso

mejorando nuestro pensamiento creativo” (Fernández. & Extremera, 2005).

Goleman (1999, citado por Trujillo & Rivas, 2005) menciona que es indudable

que la inteligencia cognitiva se ve incrementada en sus posibilidades de tener éxito

y efectividad por la inteligencia no cognitiva, llamándole a esta última inteligencia

emocional. En este sentido, los estudios realizados en Estados Unidos han

mostrado que los alumnos universitarios con más IE (Inteligencia emocional)

informan menor número de síntomas físicos, menos ansiedad social y depresión,

mejor autoestima, mayor satisfacción interpersonal, mayor utilización de estrategias

de afrontamiento activo para solucionar sus problemas y menos rumiación

(pensamiento reiterado y/o constante)

Otros estudios realizados en Australia presentan evidencias de que los

estudiantes universitarios con alta IE responden al estrés con menos ideaciones

suicidas, comparados con aquellos de baja IE, e informan de menor depresión y

desesperanza (Ciarrochi, Deane & Anderson, 2002). Igualmente, Novo & Arce

(2003) han encontrado que los estudiantes de secundaria que revelan menores
niveles de IE tienen puntuaciones más altas en estrés, depresión y quejas

somáticas.

En España, también se han llevado a cabo investigaciones Extremera &

Fernández (2005), cuyos resultados han mostrado que a los adolescentes se les

divide en grupos, de acuerdo con sus niveles de sintomatología depresiva; los

alumnos con un estado normal se diferenciaban de los clasificados de depresivos

en niveles más altos en IE. En cambio, los escolares clasificados de depresivos

tenían menores niveles de IE y mayores puntuaciones en ansiedad y en la

frecuencia de pensamientos repetitivos y rumiativos que tratan de apartar de su

mente. Igualmente, altas puntuaciones en IE se han asociado a puntuaciones más

elevadas en autoestima, felicidad, salud mental y satisfacción vital, y menores

puntuaciones en ansiedad, depresión y supresión de pensamientos negativos. Esto

revela que la inteligencia emocional cumple funciones determinantes en el manejo

de las personas, especialmente de los adolescentes.

Por otro lado, en relación con el consumo de sustancias adictivas, las

investigaciones realizadas con adolescentes en Estados Unidos han obtenido datos

empíricos que constatan que una elevada IE se relaciona con un menor consumo

de tabaco y alcohol en la adolescencia (Fernández-Berrocal & Ruiz,2008).

Específicamente, los adolescentes con niveles más alto de IE informaron haber

consumido menos tabaco en los últimos 30 días y haber bebido menos alcohol que

los adolescentes que puntuaron bajo en IE. Estos resultados proporcionan

evidencias de que una baja IE es un factor de riesgo para el consumo de tabaco y

alcohol.
Ser inteligente coloca las emociones en el centro de las aptitudes para vivir; es

indiscutible que el ser humano tiene dos mentes: una que piensa y una que siente.

El no brindar importancia e interés al desarrollo de la IE en los niños o los jóvenes,

favorece el deterioro social, el deterioro personal y el crecimiento de vicios, de

problemas actuales: el bullying tanto para quien lo ejerce como para quien lo

padece los problemas de salud asociados a la autoestima: la anorexia, las drogas,

etc. (Ríos, 2003).

Los estudios demuestran de qué manera la experiencia del divorcio afecta la

inteligencia emocional, ya que sea alguno de los progenitores o los propios hijos se

ven vulnerados en su estabilidad emocional. A menudo, los propios cónyuges no

son capaces de reestructurar su nuevo estado; en especial en el caso del progenitor

custodio de los hijos. Los efectos vienen a modo de heridas en los sentimientos del

individuo, produciendo miedo, humillación y otros. Este tipo de vivencias entre los

cónyuges a menudo pone en riesgo el equilibrio emocional de los hijos (Sarquis,

2014).

Si una pareja rompe su matrimonio casi siempre antes del divorcio legal, ha

vivido un divorcio emocional que ha sido el inicio de su desvinculación, cuya crisis

transcurre gradualmente. Esta situación se vive en secreto, con frecuencia viene

acompañado de violencia que implica no solo a los cónyuges sino también a los

hijos; ocasionando un ambiente tóxico para el desarrollo de los mismos. En el caso

opuesto se vive una especie de secretismo tan dañino, así como la situación de

violencia; por eso en ninguna de sus formas se aplaude este desenlace en la

historia de la familia (Dowling & Gorell, 2008).


Otra investigación hecha por Mercado (2011) presenta las consecuencias a nivel

emocional, las mismas afectan a los hijos y trascienden por toda la vida y en

diferentes áreas de su desarrollo y desenvolvimiento.

Las repercusiones pueden ser de diferente índole, no solo a nivel de individuo

sino también a nivel del grupo inmediato con el cual se relacionen los miembros de

la familia, sean compañeros de estudio o de trabajo. En consecuencia, los efectos

alcanzarán esferas externas a la familia y la afectación alcanza a la sociedad. En

la medida de que se tenga manejo de su inteligencia emocional podrán analizarse,

tomar conciencia y asumir nuevas decisiones.

Aunque es parte de una realidad innegable no se tienen alternativas definidas

que ayuden a prevenir y/o paliar un hecho que al consumarse y aún en el proceso,

va dejando secuelas imborrables que perduran por toda la vida en los miembros de

la familia. Los hijos de estas familias al tiempo de constituir sus propias familias

traen consigo una especie de “transmisión multigeneracional”, se constituye en

patrones de comportamiento heredados que fácilmente puede desencadenar en la

repetición del trauma aprendido por generaciones (Kerr, 2003).

El resultado del divorcio de los padres trae para los hijos inevitablemente

patologías psicológicas diversas, desde las más comunes hasta las menos

deseables: inadaptación social, ansiedad, miedo, inseguridad, sentimientos de

angustia, menores logros educativos, salida abrupta del hogar, embarazos no

deseados, consumo de drogas, pandillaje y delincuencia y otros que, directa o

indirectamente, están relacionados con el manejo que éstos tienen de su


inteligencia emocional. Para los hijos, la misma muerte de los padres sería menos

traumático que su divorcio, y que los hijos de padres divorciados necesitan más

apoyo psicológico que los que no tienen ese antecedente en su historia (Canton,

Cortes, & Justicia, 2002).

Wallerstein (2000, citada por Mercado, 2011) advierte que por muy buenos que

sean los términos en que se lleve a cabo el final de un matrimonio, no existe

separación sin anestesia, y esa tragedia familiar es uno de los eventos de vida más

difíciles que un hijo tiene que superar en la vida.

Ante la ruptura familiar, las necesidades de los hijos son diferentes conformes

se trate de las edades que éstos tengan. A mayor edad, las heridas del divorcio de

los padres afectarán en sus estudios universitarios y aún en su vida marital y

familiar. De esta forma, la consecuencia del divorcio de los padres afectaría a los

hijos en etapa universitaria; los alcances no se quedan allí, repercuten en futuras

familias y aún en generaciones enteras, por los efectos multiplicadores que podría

tener.

Esta situación muestra la realidad dentro de innumerables familias que viven

esta historia (Valdés, Carlos, Urias, & Ibarra, 2011).

En términos generales y sin dejar de considerar las grandes diferencias

individuales, la etapa universitaria inicia aproximadamente en los años salientes de

la adolescencia; por tanto, corresponde tomar en cuenta que en esa etapa se

debaten por alcanzar una identidad definida de sí mismos, aceptando todos los
cambios experimentados. Es vital para ellos clarificar el camino por donde quieren

transitar y tener ideas definidas de cómo entrar e insertarse en el mundo de los

adultos. Estos aspectos están en gran parte determinados por los acontecimientos

biológicos, sobre todo por los acontecimientos psicológicos que rodean al

adolescente, dentro de los cuales el divorcio de los padres se constituye en una

especie de punto débil en la consolidación de su desarrollo (Sandoval, 2009)

Frente a esta problemática se formula la siguiente pregunta de investigación

1.2. Formulación del problema

1.2.1. Problema general

¿Son los conflictos psicosociales los causales del aumento en la tasa de

divorcio?

1.3. Objetivos de la investigación

1.3.1. Objetivo general

Verificar cual es la definición que establece el código civil respecto a las causas

Psicosociales que influyen en el aumento del divorcio.

1.3.2. Objetivos específicos

Identificar estudios previos generales sobre el divorcio.

Identificar causales y posibles efectos sobre el divorcio.


CAPITULO II

2.1 CONFLICTO FAMILIAR Y RUPTURA MATRIMONIAL: ASPECTOS

PSICOLEGALES.

El ciclo evolutivo de una pareja puede ser categorizado en diferentes etapas,

definidas por las características individuales, familiares y sociales sobre las que se

asienta su desarrollo. En el estudio de la pareja occidental de nuestros días, existe

un cierto consenso respecto a las fases más clásicas que definen este proceso;

pero todavía persisten controversias que hacen referencia a evoluciones más

actuales del modelo familiar. La separación, ruptura, divorcio o disolución del

matrimonio (utilizaremos estos términos indistintamente) es uno de esos

fenómenos. Arraigada socialmente en algunos países desde hace varias décadas,

en otros como el nuestro aún supone una innovación legal relativamente reciente

(Ver gráfico). Así, es posible entender que haya posturas que oscilen entre valorar

la ruptura conyugal como un paso más en el crecimiento adaptativo de una familia,

como el final de la misma o, más bien, como un episodio degenerativo que dificulta

el desarrollo de los miembros que la sufren.

En cualquier caso, la separación de una pareja constituye una crisis de

transición cuyo resultado suele definir una realidad familiar probablemente más

compleja, aunque no por ello necesariamente más perjudicial. Determinadas dosis

de conflicto son necesarias para dar este paso, un conflicto que, en función de los

casos, puede hacer las veces de motor o de freno del proceso. Siguiendo a Milne

(1988), " puede ser productivo cuando conduce a una solución creativa que podría

haber pasado desapercibida de no existir la disputa. Puede ser funcional cuando


provoca la distancia emocional necesaria entre dos individuos dolidos. En cambio,

el conflicto es destructivo cuando conlleva tensión prolongada, produce hostilidad

crónica, reduce drásticamente el nivel de vida, perjudica el bienestar psicológico o

destruye las relaciones familiares".

La ruptura genera dolor en todos los miembros de la familia, y afecta

especialmente a los hijos, cuando los hay. Pero sus efectos no deben ser

concebidos únicamente como perniciosos. Son necesarias tareas de adaptación en

padres e hijos que permitan "llorar las pérdidas ocasionadas, al mismo tiempo que

hacer frente a los numerosos y radicales cambios con capacidad para negociar y

reorganizarse, de forma que se salvaguarde el desarrollo de todos" (Isaacs,

Montalvo y Abelsohn, 1986). Esta doble tarea requiere de la pareja un esfuerzo

importante, dirigido de forma primordial a un aislamiento suficiente del conflicto

conyugal, que permita garantizar la continuidad de las funciones parentales y evitar

que los hijos queden atrapados en el interior de las desavenencias, al mismo tiempo

que éstas se van resolviendo.

El divorcio como crisis. Pittman (1990) propone que una crisis se produce

cuando una tensión (una fuerza que tiende a distorsionar) afecta al sistema familiar,

exigiendo un cambio en su repertorio usual, y permitiendo, además, la entrada de

influencias externas de una forma incontrolada. Este autor describe cuatro

categorías de crisis:
1. Desgracias inesperadas. Son sucesos imprevisibles, cuyas causas suelen

ser extrínsecas a la familia (fallecimientos, accidentes, etc.). Su resolución

puede suponer un esfuerzo común para adaptarse a la situación, o puede

implicar el riesgo de una búsqueda de culpables que genere mecanismos de

ataque y defensa.

2. Crisis de desarrollo. Son universales y previsibles. Forman parte de la

evolución normal de cada familia (matrimonio, nacimientos de hijos, etc.).

Una superación adecuada facilita el crecimiento, aunque los problemas

pueden aparecer cuando una parte de la familia intenta impedirla o

provocarla antes de tiempo.

3. Crisis estructurales. Son recurrentes y se insertan en las propias pautas

intrínsecas de una familia (psicosis, alcoholismo, etc.). Suelen manifestarse

en un solo miembro, aunque afectan directamente a todos los demás, de

forma que dificultan cualquier posible proceso de cambio.

4. Crisis de desvalimiento. Ocurren en familias en las que los propios recursos

se han agotado o son ineficaces, de tal forma que dependen de instancias

externas para uno o varios aspectos de su supervivencia (familias que

dependen de los recursos sociales, incapacidades crónicas, etc.).

Parece obvio que una separación pueda ser integrada en la categoría de crisis

del desarrollo. Como tal, estaríamos ante una auténtica situación adaptativa cuyo

resultado, una vez superada, debería colocar al sistema familiar en un punto más

avanzado de su desarrollo. Pero esto no ocurre con todas las rupturas. Existe un

porcentaje elevado de ellas que pudiera ser enmarcado en las restantes categorías.
Así, en separaciones cuyo detonante último es una relación extramatrimonial,

puede ocurrir que una parte de la familia reaccione como si de una desgracia

inesperada se tratase, creándose un persistente rechazo del miembro "infiel", que

es identificado como culpable, y evitándose cualquier tipo de interacción con él. Por

otro lado, hay familias en las que el conflicto conyugal se reactiva periódicamente,

incluso pasados varios años desde la separación, cada vez que son necesarias

nuevas negociaciones o nuevos cambios en la relación. El conflicto mediatiza todas

las interacciones, y adquiere el carácter de una crisis estructural que forma parte

de la evolución familiar y de la de todos sus miembros. En el extremo estarían

aquellas parejas que deben recurrir constantemente a intervenciones judiciales. La

capacidad para tomar decisiones sobre su propia vida se ha visto tan disminuida

que, desde una situación de desvalimiento, han generado una irreversible

dependencia de la institución legal.

Estos tres últimos casos incluirían diversos grados de disfuncionalidad, a veces

difícilmente superable. En muchas ocasiones suelen expresarse en intensos e

interminables conflictos legales que, acumulados en los juzgados, tratan de poner

a prueba la eficacia de la Justicia en determinadas crisis psicosociales.

El divorcio como proceso. Desde un modelo evolutivo de crisis, podemos

concebir la separación como un proceso que transcurre en diferentes niveles

relacionados entre sí, ubicable temporalmente, y contextualizable en función de las

múltiples cuestiones que deben resolverse en cada uno de sus estadios. Algunos

autores (Bohannan, 1970; Giddens, 1989) distinguen hasta seis "procesos de


divorcio" (emocional, legal, económico, coparental, social y psíquico) que una

pareja debería afrontar indefectiblemente para completar su ruptura. Todos ellos

tienen que ser abordados, y en todos puede surgir el conflicto cuando no se

obtienen los resultados deseados. Este puede ir expresándose alternativamente en

cada proceso, al mismo tiempo que van generándose las diferentes soluciones.

También es posible que alguno de ellos adquiera una especial preponderancia

conflictiva sobre los demás, impidiendo la resolución de los otros y provocando que

el tiempo de elaboración de la ruptura se alargue más de lo debido.

Los diferentes procesos no son temporalmente paralelos, aunque en algunos

momentos transcurren solapados, y se interrelacionan mutuamente. Así, la ruptura

emocional suele iniciarse mucho antes de llegar la separación física, y puede

prolongarse una vez finalizado el proceso legal. Este va íntimamente asociado al

económico, mientras que el social y el psicológico suelen ser los últimos en

resolverse.

Kaslow (1988) propone un modelo explicativo de las fases por las que atraviesa

una ruptura (divorcio), al que define como ecléctico y dialéctico, y denomina

"dialéctico". Con él pretende integrar diferentes interpretaciones, ofreciendo un

esquema sintetizador de etapas y estadios, así como de los diferentes sentimientos

y actitudes asociados a cada uno de ellos. El modelo, esquemáticamente resumido,

es el siguiente:
2.2. Pre-divorcio: un periodo de deliberación y desaliento.

Divorcio emocional. Hace referencia al deterioro de la relación y al aumento de

la tensión que conducen a la ruptura.

Sentimientos: Desilusión, insatisfacción, alienación, ansiedad, incredulidad,

desesperación, temor, angustia, ambivalencia, shock, vacío, enojo, caos,

inadecuación, baja autoestima, pérdida.

Actitudes: Evitación, llantos, confrontaciones, riñas, negación, abandono físico y

emocional, pretensión de que todo está bien, intentos de recuperar el afecto,

búsqueda de consejo en la red social.

2.3. Divorcio: un periodo de compromisos legales.

Divorcio legal. Legitima la separación y regula sus efectos.

Sentimientos: Depresión, separación, enojo, desesperanza, autocompasión,

indefensión.

Actitudes: Negociación, gritos, teatralidad, intentos de suicidio, consulta a un

abogado.

Divorcio económico. Conlleva el reparto de los bienes y la búsqueda de

garantías que salvaguarden la subsistencia de ambos cónyuges y de sus hijos.

Sentimientos: Confusión, furia, tristeza, soledad, alivio, venganza.

Actitudes: Separación física, intentos de terminar con el proceso legal, búsqueda

de arreglos económicos y sobre la custodia de los hijos.


Divorcio coparental. Regulación de las cuestiones de custodia y visitas respecto

a los hijos.

Sentimientos: Preocupación por los hijos, ambivalencia, insensibilidad,

incertidumbre.

Actitudes: Lamentos, búsqueda de apoyo en amigos y familiares, ingreso o

reingreso en el mundo laboral (sobre todo en mujeres), falta de poder para tomar

decisiones.

Divorcio social. Reestructuración funcional y relacional ante la familia, las

amistades y la sociedad en general.

Sentimientos: Indecisión, optimismo, resignación, excitación, curiosidad,

remordimiento, tristeza.

Actitudes: Finalización del divorcio, búsqueda de nuevas amistades, inicio de

nuevas actividades, exploración de nuevos intereses, estabilización del nuevo estilo

de vida y de las rutinas diarias para los hijos.

2.4. Post-divorcio: un periodo de exploración y reequilibrio.

Divorcio psíquico. Consecución de independencia emocional y elaboración

psicológica de los efectos de la ruptura.

Sentimientos: Aceptación, autoconfianza, energía, autovaloración, entereza,

tonificación, independencia, autonomía.


Actitudes: Recomposición de la identidad, búsqueda de una nueva relación

estable, adaptación al nuevo estilo de vida, apoyo a los hijos para aceptar el divorcio

y la continuidad de las relaciones con los dos padres.

Carter y McGoldricK (1980) describen el proceso en función de cinco "problemas

de desarrollo" que se plantean en cada etapa y las correspondientes "actitudes

emocionales" necesarias para resolver adecuadamente cada uno de ellos.

Esencialmente serían:

 Aceptación de la inhabilidad para resolver los problemas maritales y para

mantener la continuidad de la relación.

 Aceptación de la parte de responsabilidad en el fracaso del matrimonio.

 Disponibilidad para lograr arreglos viables para todas las partes del sistema.

 Cooperar en las decisiones de custodia, visitas y finanzas.

 Afrontar el divorcio con las familias extensas.

 Disposición para colaborar parentalmente.

 Superar el duelo por la pérdida de la familia intacta.

 Reestructuración de las relaciones paterno filiales.

 Adaptación a la vida en soledad.

 Trabajar para resolver los lazos con el esposo(a).

 Reestructuración de la relación con el cónyuge.

 Reestructuración de las relaciones con la propia familia extensa,

manteniendo contacto con la del cónyuge.

 Elaboración emocional de las heridas, angustias, odios, culpas, etc.

 Renunciar a las fantasías de reunificación.


 Recuperar esperanzas y expectativas por la vida en pareja.

 Permanecer conectado con las familias extensas.

En los casos más conflictivos es fácil observar cómo el divorcio psíquico y

muchas de las tareas necesarias para lograrlo son prácticamente inalcanzables.

Parejas conflictivas y procesos contenciosos. Del mismo modo que existen

diferentes formas de llevar a cabo una relación de pareja, podríamos sintetizar

estilos conyugales diferentes a la hora de abordar la separación. Lo cierto es que

la pareja no se inventa una nueva relación durante la ruptura o tras ella. La esencia

de las pautas interacciónales es la misma, adaptada a una nueva situación y con

diferentes niveles de intensidad. Igualmente, por tanto, podríamos predecir cómo

determinadas parejas irían más encaminadas hacia procesos legales contenciosos,

donde el enfrentamiento en el juzgado sustituye al del hogar, o hacia acuerdos más

civilizados, en función del estilo relacional que han ido negociando durante su

convivencia.

Diversos autores han tratado de describir varios tipos de ruptura relacionándolos

con el grado de perturbación familiar posterior a la misma, las repercusiones en los

hijos o los estilos de resolución de conflictos. En general han encontrado tres

factores básicos: la forma en que se ha tomado la decisión de separarse, el estilo

de interacción y comunicación en la pareja y la intensidad emocional asociada al

conflicto.
La decisión de separarse. Finalizar una relación de pareja no es fácil. La

experiencia clínica (igual que la vida) nos demuestra cómo innumerables personas

mantienen una convivencia con la que no están satisfechas ante la imposibilidad

de tomar una decisión de ruptura. Hay varios modelos teóricos que han intentado

explicar este proceso, poniendo especial énfasis en los obstáculos que lo impiden

y que facilitan la pervivencia de muchos "matrimonios de conveniencia",

emocionalmente separados, pero físicamente unidos ante la imposibilidad de tomar

una decisión definitiva de ruptura.

Desde la "teoría del intercambio social" (Chadwick-Jones, 1976), se concibe la

decisión como un proceso en el que los miembros de una pareja evalúan los costes

y beneficios de una relación en función del balance entre atracciones internas, que

orientan hacia la continuidad, y atracciones alternativas, que orientan hacia la

ruptura; así como de las "barreras prohibitivas" que impiden la decisión (Albrecht y

Kunz, 1980; Kitson y col., 1983). Entre los factores positivos que inciden en la

atracción hacia la continuidad, están el nivel de compañerismo, el afecto, el acuerdo

sobre el tipo de relación o la calidad de la comunicación. Son factores negativos la

insatisfacción, el desacuerdo y el conflicto abierto. Por su parte, las atracciones

alternativas pueden depender del apego con otras personas (familiares, amigos o

nuevas parejas), de la búsqueda de un estilo de vida individual o de las

oportunidades percibidas de desarrollo personal. Incluso cuando hay un

desequilibrio en favor de la ruptura, hay barreras que pueden bloquear la decisión.

Algunas de ellas son: el sentido de obligación hacia los hijos y el vínculo conyugal,

prohibiciones morales o religiosas, desaprobación familiar y social. Según la visión


económica de este modelo, podemos pensar, por tanto, que, incluso cuando la

atracción hacia la continuidad de la relación es mínima, si las alternativas son

escasas y los obstáculos importantes, hay parejas que pueden permanecer juntas

en un estado crónico de insatisfacción.

La "teoría del apego y del duelo" de Bowlby (1960, 1961) también ha sido

utilizada como modelo explicativo de las dificultades para decidir una ruptura de

pareja (Brown y col. 1980; Stephen, 1984). Las personas tienen una tendencia

natural a establecer vínculos afectivos con los otros, y a mostrar algunos problemas

emocionales cuando dichos lazos se rompen. El duelo es el consiguiente proceso

psicológico puesto en marcha ante la pérdida de un "objeto" amado, y transcurre

en cuatro fases: negación, protesta, desesperación y desvinculación. Este proceso,

pleno de sentimientos confusos y contradictorios, estaría presente en cualquier

situación de alejamiento y separación emocional. En muchos casos es previo a la

ruptura y, en los más complicados, sería posterior a ella. En otros, la pareja puede

mantener una relación inviable en un intento desesperado por evitar los efectos

más dolorosos de una desvinculación total.

La "teoría de la disonancia cognitiva" (Festinger, 1957) describe un estado

psicológico desagradable (la disonancia) que conduce a los individuos a reducirlo

mediante estrategias como el cambio de actitudes, de opinión y de conducta, así

como la búsqueda de la información consonante o la evitación de la información

disonante (Jorgensen y Johnson, 1980). Cuando en una relación de pareja

aparecen indicios que amenazan su continuidad, es fácil que surjan actitudes


negadoras en uno o ambos cónyuges encaminadas a mantener la estabilidad, al

mismo tiempo que intentos auto convencedores de que todo está bien. Solamente

cuando la pérdida de complicidad emocional es innegable, uno de los dos puede

llegar a un punto de no retorno que hace la ruptura inevitable. En este momento, la

búsqueda de la consistencia puede funcionar en un sentido inverso e iniciarse un

proceso de búsqueda de elementos negativos en el otro que justifiquen la decisión

tomada.

Desde el modelo de los "procesos de toma de decisiones" (Janis y Mann, 1977)

se postula que la decisión última de la ruptura es la salida final a una larga serie de

pequeñas decisiones previas. Estas pueden haber sido tomadas mediante una

estrategia "satisfactoria" o mediante una estrategia "óptima". La primera tiene en

consideración un único factor relevante a la hora de valorar qué acción tomar. La

segunda tiene en cuenta todos los factores relevantes y, en realidad, es un ideal

teórico difícil de conseguir. La sobrecarga de variables que influyen en la decisión

de separarse, así como las inevitables interferencias emocionales, no sólo dificultan

aún más el empleo de una estrategia lo más "óptima" posible, sino que tienden a

determinar salidas tomadas con informaciones incompletas (Donovan y Jackson,

1990). Ello suele generar inevitables conflictos basados en el arrepentimiento post-

decisional.

Wallerstein y Kelly (1980) propusieron cuatro formas de decidir la ruptura: como

una salida racional mutuamente afrontada, como resultado de una consulta

profesional, como respuesta a una situación de estrés incontrolable o de una forma


impulsiva. Las dos últimas serían predictores de una ruptura más conflictiva. Estos

autores encontraron además que los motivos que mujeres y hombres ofrecían

sobre la causa de su ruptura eran diferentes. Así, las mujeres aludían a no sentirse

queridas, sentirse despreciadas en la relación o actitudes hipercríticas de sus

cónyuges hacia ellas. Por su parte, los hombres citaban mayoritariamente actitudes

desatentas y negligentes de sus compañeras respecto a sus deseos y necesidades.

En general, los estudios más actuales no acentúan tantas diferencias de género

y obtienen consenso respecto a la pérdida de intimidad, la pobreza emocional, el

aburrimiento o las diferencias en estilos de vida y valores como elementos

importantes en las decisiones de separación (Gigy y Kelly, 1992). Este tipo de

argumentos parecen estar asociados a rupturas menos traumáticas que las

marcadas por quejas sobre conductas vejatorias o infidelidades conyugales (Kitson

y Sussman,1982).

Estilos interacciónales y comunicacionales en la ruptura. Muchas personas

deciden separarse en fases muy avanzadas de alejamiento emocional. Son parejas

que se han ido desligando progresivamente y a las que la ruptura no supone más

que un nuevo paso en dicho proceso. Otras han podido comunicarse sus

insatisfacciones y deseos de cambio, han intentado alternativas de relación y han

llegado a una conclusión más o menos conjunta. Pero no es fácil cumplir con todos

los requisitos para una "buena separación". Son inevitables unos ciertos niveles de

conflicto.
2.5. Patrones:

Lisa Parkinson (1987) propuso una tipología de las rupturas conflictivas basada

en siete

1. Parejas "semi-desligadas". La pareja ha evolucionado por separado

previamente a la ruptura, y ésta ha sido manejada con un relativo bajo nivel

de conflicto. La aparición posterior de problemas prácticos en cuanto a la

custodia o las visitas, puede indicar la persistencia de vínculos emocionales

no resueltos entre los padres.

2. Conflictos de "puertas cerradas". Son parejas que evitan la confrontación

directa refugiándose, tanto física como psicológicamente, tras un silencio

que pretende indicar rechazo, ira o frustración, pero tras el que se ocultan

sentimientos de apego, dolor profundo y miedo al abandono. Este patrón

puede ser fácilmente transmisible a los hijos.

3. La "batalla por el poder". La separación puede constituir un intento de

desequilibrar el reparto de poder dentro de la familia. Aquel que siente que

más ha perdido durante la vida en común, puede ahora reaccionar luchando

por conseguir una posición dominante en el proceso, poniendo en juego

para ello armas como la culpabilizarían del otro, la utilización de los hijos o

la explotación de ventajas legales en el juzgado.

4. El "enganche tenaz". Un cónyuge intenta dejar al otro, mientras que éste

hace lo posible por evitarlo. Puede utilizar el chantaje emocional, a veces

bajo la forma de intentos de suicidio o autolesiones. En ocasiones, el que

deja se ve impulsado al retorno, pero el intento de reconciliación suele durar

poco tiempo, y el que es abandonado se sentirá más lastimado y enfadado


que antes. Algunos autores han descrito esta misma situación como el

"síndrome del esposo ambivalente" (Jones, 1987).

5. "Confrontación abierta". Muchas parejas se sienten negativamente

conmocionadas y humilladas cuando se descubren a sí mismos

agrediéndose verbalmente de una forma completamente inusual. El

conflicto puede llegar a ser tan intenso que, inevitablemente, cada vez que

se produce una discusión se desencadena una brusca escalada de la

violencia. Ambos pueden sentirse avergonzados por lo que ocurre, al mismo

tiempo que incapaces de controlar sus reacciones.

6. "Conflictos enredados". Se trata de parejas que dan la impresión de estar

realizando una fuerte inversión emocional en un intento de procurar que su

lucha continúe. Son capaces de sabotear todo tipo de decisiones

relacionadas con su ruptura por continuar con la batalla. Reavivan el

conflicto cuando están a punto de solucionarlo. Su resistencia a encontrar y

aceptar soluciones frustra cualquier intento de ayuda legal o psicosocial.

7. "Violencia doméstica". Cuando se ha creado una dinámica en la que un

cónyuge (normalmente una mujer) es repetidamente maltratado por el otro,

la ruptura puede resultar algo inalcanzable. La conjunción de agresiones y

amenazas coloca a muchas personas en un permanente estado de temor e

intimidación que dificulta sus intentos de romper con la violencia o con la

relación. Dicho estado puede continuar mucho tiempo después de

materializada la ruptura.
Kressel y col. (1980) elaboraron una interesante tipología de parejas basada en

tres dimensiones primarias: grado de ambivalencia respecto a la decisión de

ruptura, frecuencia y apertura de la comunicación y nivel de conflicto. Así,

describieron cuatro patrones de interacción:

1. Las parejas "enredadas" debaten intensa e interminablemente los pros y

contras de la ruptura. Acuerdan separarse, pero no llevan a cabo su decisión.

Suelen mantener la misma residencia, e incluso dormir en el mismo lecho y

mantener relaciones sexuales, hasta que tienen una decisión judicial. Son

proclives a conflictos legales crónicos.

2. Las parejas "autistas" se evitan física y emocionalmente. Evitan el conflicto

por ansiedad. Las dudas y la incertidumbre sobre el destino de la pareja se

extienden a todos los miembros de la familia. La ruptura suele ser brusca y

decidida unilateralmente, lo que produce un mayor rechazo comunicativo en

el otro.

3. Las parejas con “conflicto abierto” pueden expresar claramente sus deseos

de ruptura y llegar a acuerdos al respecto con relativa facilidad. Son capaces

de negociar sobre los bienes o los hijos con una intensidad aceptable de

conflicto, pero habitualmente no se quedan conformes con los resultados y

pueden provocar nuevas negociaciones o litigios años después de la

separación.

4. Las parejas "desligadas" han perdido todo tipo de interés mutuo. Han pasado

un periodo relativamente largo en el que uno o los dos, de forma

incomunicada, han considerado la posibilidad de la ruptura, de forma que

cuando esta se produce no suele generar grandes reacciones emocionales.


Las decisiones posteriores se toman por separado o a través de los

abogados, pero sin excesivo conflicto.

Taxonomía de las disputas. No es difícil comprobar cómo una pareja puede

enfrascarse en la búsqueda del "motivo" de sus desavenencias, enredando para

ello a familiares, amigos, abogados, jueces o psicólogos. Pero, desde un punto de

vista psicosocial, el origen del conflicto no puede ubicarse en una única causa.

Cuando así se hace, es fácil caer en la individualización del problema y, por tanto,

en la culpabilizarían.

Una taxonomía aceptable es la expuesta por Milne (1988), quien concibe la

disputa como el resultado de la interacción entre cuatro niveles de conflictos:

psicológicos, comunicacionales, sustantivos y sistémicos.

2.6. Causas y consecuencias

Conflictos psicológicos. son privados y personales, y, posiblemente, los factores

más potentes en los desacuerdos del divorcio. vendrían producidos por una

disfunción en los sentimientos de bienestar emocional o de autoestima generada

paralelamente al declive de la pareja.

Conflictos internos. Cuando dichos sentimientos afectan a uno mismo

(confusión, fracaso, inadecuación), pueden provocar conductas contradictorias que

generan disputas e inducen a otros conflictos.


Ajuste disonante. La falta de sincronía entre los procesos de ajuste de ambos

cónyuges a la ruptura, puede suponer un conflicto, cuando uno de ellos comienza

a centrar su atención en nuevos asuntos externos a la pareja, mientras que el otro

se encuentra aún en el inicio de su proceso de duelo.

Decisión de separarse. Cuando se ha tomado de forma unilateral, la falta de

simetría al respecto puede generar un ciclo de conflicto. La incapacidad o falta de

voluntad para negociar la decisión refuerza la incomprensión y tiende a provocar el

inicio de problemas en otros ámbitos.

Recuento de la ruptura. En un esfuerzo por comprender los motivos, cada

individuo puede intentar montar una explicación, basada en hechos y

transgresiones, que suponga un repaso de la relación, y en la que las

responsabilidades y las culpas siempre recaigan en el otro. La forma en que se

construye esa historia regula el alcance y tipo de conflicto.

Conflictos comunicacionales. El conflicto no existe sin un canal de

comunicación, y éste puede venir definido por la persistencia de conflictos previos

no resueltos, la ineficacia comunicativa, el empleo de estrategias determinadas o

la existencia de impedimentos estructurales.


Conflictos previos no resueltos. Aparecen cuando se derrumban los motivos

para contener las insatisfacciones. Las discusiones sobre el pasado impiden una

comunicación efectiva y la resolución de los problemas actuales.

Comunicación ineficaz. La capacidad para escuchar y entender determinados

mensajes puede verse afectada durante el divorcio. Cada parte implicada reacciona

ante lo que supone que el otro siente o piensa. El conflicto aumenta cuando uno

siente que lo que dice está siendo incomprendido o lo que hace mal interpretado y,

por tanto, contesta desde esa perspectiva.

Comunicación táctica. Las negociaciones y discusiones propias de una ruptura

pueden llevar a utilizar estrategias comunicativas encaminadas a obtener

posiciones de poder. Una forma sería adoptar posturas extremas con la esperanza

de conseguir concesiones de la otra parte. También es posible enviar mensajes

inapropiados sobre la propia situación, con el fin de elicitar determinados efectos

en el otro. O, tal vez, intentar conducir la comunicación por terrenos ventajosos

utilizando tecnicismos, actitudes supuestamente informadas u opiniones

incuestionables.

Impedimentos estructurales. Son barreras comunicacionales propias de la

situación, como el envío de mensajes, que suelen resultar distorsionados, a través

de terceras personas (abogados, hijos), o la inexistencia de un lugar físico en el

que hablar tras la ruptura.


Conflictos sustantivos. Forman parte de la dinámica esencial de todos los

divorcios y afectan básicamente a las decisiones sobre los hijos y las propiedades.

Conflictos posicionales. Cada parte adopta una posición relativa respecto al

asunto que se discute. El conflicto puede resolverse por convencimiento, por

cansancio o por el arbitrio de un tercero. Pero las posiciones pueden hacerse

rígidas, siendo imposible cualquier tipo de replanteamiento que implique alguna

concesión hacia el otro.

Incompatibilidad de intereses y necesidades. Suelen implicar conflicto porque

las alternativas son únicas e indivisibles (el domicilio, los hijos) o porque los

intereses de uno respecto a los bienes comunes chocan directamente con los del

otro, y cualquier tipo de reparto mermaría los intereses de los dos.

Recursos limitados. Cuando el dinero, el tiempo o la energía (física o mental)

son escasos, el reparto de los bienes o de las responsabilidades hacia los hijos

supone una dimensión que puede afectar a la propia supervivencia económica o

afectiva.

Diferencias en conocimiento y experiencia. El abordaje de nuevas situaciones

financieras o relacionales puede provocar conflictos que suelen partir del

cuestionamiento hacia el trato de los hijos, desacuerdos respecto a sus

necesidades o discrepancias educativas.


Conflicto de valores. Acerca del estilo de vida, religión, ideología política o

filosofía sobre el cuidado de los hijos. Son conflictos que pueden transformarse en

disputas sobre el poder, el control y la autonomía.

Conflictos sistémicos. Sobrepasan a la pareja y pueden servir como expresión

de la disputa y, al mismo tiempo, ser generadores de ella. Básicamente afectan al

sistema familiar y al sistema legal.

Conflictos familiares y conflictos legales. Cuando no son posibles los acuerdos

sobre los hijos o los bienes, adquiere relevancia el proceso legal, tramitado de

forma contenciosa, para regular aspectos psicosociales que aparecen como

innegociables.

El proceso legal no sustituye al psicosocial. Desde un punto de vista

terminológico, existen referentes jurídicos para componentes emocionales,

afectivos o sociales. Pero éstos últimos no necesariamente se resuelven cuando se

arbitran medidas más o menos definitivas sobre ellos. Es indudable que las pautas

establecidas por el procedimiento contribuyen a canalizar comportamientos y

sentimientos difícilmente centrales. Por su parte, las medidas adoptadas por el juez

definen una nueva realidad para la que son necesarios esfuerzos de adaptación

personales y familiares.
El tiempo legal y el tiempo psicosocial son diferentes. Los procesos emocionales

se inician con anterioridad a los trámites legales y finalizan posteriormente. El

juzgado no supone un paréntesis, y cuando la pareja sale de él, con una sentencia

que acredita y regula su separación, los sentimientos ambivalentes y las

cogniciones disociativas aún requerirán del tiempo preciso para encontrar su

definitivo asentamiento. Llamamos, por tanto, proceso psico-jurídico de separación

y divorcio (Bellido, Bolaños, García y Martín, 1990) al conjunto de las interacciones

entre el procedimiento legal y el psicosocial, quienes, influyéndose mutuamente,

transcurren conectados durante un periodo de tiempo limitado, desligándose

cuando se ha conseguido definir una nueva realidad legalmente legitimada y

psicosocialmente funcional. En los procedimientos contenciosos, es probable que

las diferentes tareas adaptativas requeridas para llevar a cabo una adecuada

separación se vean mezcladas, obstaculizándose las unas con las otras y

ampliando su campo de expresión al proceso legal. En él se barajan conflictos de

pareja y conflictos de padres que, como ya hemos apuntado, requieren soluciones

judiciales y psicosociales diferentes (Bolaños, 1993).


CAPITULO III

3.1. CONFLICTO PSICOSOCIAL

La patria potestad, la guarda y custodia y el régimen de visitas son conceptos

legales que pasan a formar parte del vocabulario y de la vida familiar tras la ruptura.

Cuando los padres no han podido ponerse de acuerdo sobre la forma de regular la

continuidad de las relaciones con sus hijos, derivan al juez la responsabilidad sobre

una decisión tan crucial. Se da la circunstancia de que, si las medidas adoptadas

no resultan eficaces o apropiadas para una de las dos partes, o para las dos, es la

propia Justicia quien debe también cargar con la responsabilidad del fracaso. Esta

proyección de poder y de culpa es la "trampa" que muchas parejas le plantean al

juez, haciéndole creer que no son capaces de resolver por sí mismas y que

solamente él puede aportar una solución.

3.2. Efectos

En ocasiones, los niños expresan sus preferencias hacia uno de los padres. Si

los padres no pueden decidir, los hijos están aún menos preparados para ello. Pero

la realidad es que su opinión adquiere un elevado grado de trascendencia desde el

momento en que se hace explícita en el juzgado. Sin saberlo, su voz puede inclinar

el equilibrio de la balanza hacia uno u otro lado, con importantes consecuencias

para todos los miembros de la familia, incluido él mismo. A veces los niños tienden

a sentirse responsables de la ruptura. Si además deciden, asumen también el peso

de sus consecuencias. Por otra parte, su opinión siempre estará mediatizada, en

mayor o menor grado, por el conflicto en el que están inmersos y por las presiones

afectivas de los padres. En determinados casos es fácil apreciar cómo el niño

adquiere un papel protector del padre al que siente como más débil, el perdedor o
el abandonado, ejerciendo una función defensora que no le corresponde. Esta

función puede llevarle incluso a rechazar cualquier contacto con el otro padre.

Una situación particular se plantea cuando, después de un tiempo de

convivencia continuada con uno de los padres, el niño comienza a mostrar su deseo

de vivir con el otro. A menudo ocurre este hecho con hijos varones, próximos a la

adolescencia, que piden vivir con su padre. Hay una parte lógica en ello, que es

coherente con las leyes del desarrollo: el niño necesita una mayor presencia de la

figura paterna en ese momento, y el cambio no tiene por qué ser negativo si hay

acuerdo entre los padres. Pero su actitud puede estar significando una huida de las

normas impuestas por la madre, con las que el padre no concuerda y ante las

cuales ejerce un rol más condescendiente. En esta discrepancia educativa, el niño

busca salir ganando. Además, si la madre no acepta el cambio y el padre lo apoya,

el enfrentamiento precisará de argumentos que justifiquen la decisión y el hijo

focalizará en los aspectos maternos más negativos. Todo ello puede plasmarse en

el conflicto legal. La consecuencia final, en numerosos casos, suele ser la ruptura

de la relación materno filial una vez modificada la medida.

Tal vez en un intento de mantener el equilibrio, hay ocasiones en que los hijos

prefieren repartirse entre sus padres, incluso sacrificando con ello la relación

fraterna. Suele ocurrir que han tomado partido en el conflicto, pasando a formar

parte de dos bloques enfrentados, en los que los niños reproducen las disputas de

los adultos. En estos casos, la relación puede llegar a romperse, aunque


habitualmente hay una parte "rechazada" que muestra su deseo de que ello no

ocurra, mientras que la otra, "rechazante", adopta la postura contraria.

Como alternativa al desequilibrio, no solo temporal, en la presencia de ambos

padres respecto a la educación y cuidado de los hijos tras la separación, ha surgido

la idea de custodia compartida. En algunos países es una práctica bastante habitual

(USA), en otros ha sido muy cuestionado su uso (Francia). Esta modalidad de

custodia supone una total corresponsabilidad parental, que va más allá de la

recogida en los criterios de la patria potestad. Es importante distinguir dos

conceptos: hablaríamos de custodia compartida "legal" cuando ésta hace referencia

a compartir todo tipo de decisiones que afectan a la vida de los hijos. Si lo que

significa es que los niños vivan alternativamente en dos hogares, de una forma

temporalmente equitativa, se denomina custodia compartida "física". Dentro de ésta

posibilidad, podría darse el caso de que quienes cambiasen de hogar fuesen los

padres, residiendo los hijos siempre en el mismo. Los americanos lo han llamado

"nido de aves". En cualquier caso, el objetivo pretendido es positivo: garantizar la

continuidad de las figuras paterna y materna por igual.

Las dificultades surgen en la aplicación práctica. Se requiere un adecuado nivel

de comunicación entre los padres, pues este régimen exige un contacto entre ellos

más cotidiano. Además, en el caso de la custodia compartida física, es necesario

delimitar cual es la periodicidad más adecuada. No hay datos concluyentes sobre

ello. Las investigaciones parecen demostrar que los cambios constantes generan

ansiedad y precisan continuas adaptaciones en los niños. Estos estudios tienden a

apoyar la reducción del número de traslados y el aumento del tiempo de


convivencia continuada con cada padre. Con respecto a la polémica relativa a qué

modelo de custodia es más apropiado (individual o compartida), los datos no

confirman que uno garantice un mejor desarrollo de los hijos que el otro, dando

fuerza a la evidencia de que la adaptación está más vinculada con la calidad que

con la cantidad de las relaciones (Wallerstein, 1989), pero sin olvidar que la

cantidad favorece la calidad.

El razonamiento anterior podría aplicarse al pensar en las "visitas". Se abre así

una difícil controversia entre la flexibilidad y la rigidez, entre los sistemas generales

y los adaptables. La flexibilidad se hace más viable cuanta más capacidad de

comunicación conservan los padres. De lo contrario se convierte en una constante

fuente de problemas. En los casos conflictivos, un sistema estructurado reduce la

posibilidad de discusiones. De todas formas, el niño tiende a sentirse más seguro

cuando puede integrar la periodicidad de las visitas con un grado suficiente de

estabilidad.

Para el niño no es fácil acostumbrarse a la separación y, en ocasiones,

amoldarse a un sistema de visitas requiere un esfuerzo de adaptación muy costoso.

A veces se siente abandonado por el padre que ha salido del hogar, y eso genera

rabia que debe ser convenientemente manejada. Hay padres que exigen el

cumplimiento estricto desde el primer día. En el otro lado estarían los que,

amparándose en las evidentes muestras de ansiedad que presenta el niño, intentan

protegerle evitando la "causa" que las produce. Es injusto pedirle a un hijo que

asimile la separación en un tiempo breve, cuando los adultos pueden necesitar


años para asimilarla totalmente y, más aún, cuando la elaboración del niño depende

directamente de la de los padres.

En muchas ocasiones es el propio menor quien rechaza el contacto con el padre

ausente del hogar. El dolor por las consecuencias derivadas de la ruptura y los

conflictos de lealtades a los que está sometido, le impiden mantener una posición

neutral en el conflicto. Con su postura protege a uno de los padres, garantiza su

afecto mediante un proceso de "identificación defensiva" (Chethik y col., 1986) y, al

mismo tiempo, expresa su protesta ante una realidad que no puede aceptar. Ambos

progenitores pueden culparse mutuamente de lo que ocurre. Acusaciones de

manipulaciones y de ineficacia en el trato con el hijo no son suficientes, por sí

mismas, para entender los motivos, aunque son utilizadas en el proceso legal en

un intento por responsabilizar al otro. Normalmente, el comportamiento del niño da

pie al inicio de procedimientos de ejecución de sentencia que ofrecen una difícil

resolución. Una respuesta judicial que presione al padre custodio o que obligue al

menor, puede agudizar el rechazo. Los dos verán justificada su actitud ante las

iniciativas legales "agresivas" que ha promovido el padre rechazado. Por el

contrario, una actitud judicial pasiva seguramente incrementará las acusaciones

paternas, quien además descalificará a la Justicia por su falta de contundencia. El

problema tiende a cronificarse porque nadie está dispuesto a modificar su posición.

La pérdida de una figura paterna asociada a vivencias conflictivas, genera

efectos negativos en el desarrollo posterior del niño. Este ha adquirido un falso

poder para controlar las relaciones y, al mismo tiempo, participa de una relación
simbiótica con el padre "aceptado", con quien comparte sentimientos que no le son

propios. Los nuevos procesos de identificación son inadecuados, eligiendo a otras

figuras (nuevas parejas, abuelos) que implícita o explícitamente apoyan su postura.

Este aprendizaje repercute inevitablemente en las competencias sociales del niño.

Algunos estudios han demostrado que los niños que poseen un régimen regular de

visitas desde el primer año de separación, son socialmente más competentes que

los que han carecido de él inicialmente, pero lo han obtenido después; luego

vendrían los que, habiendo tenido visitas inicialmente, las han perdido después y,

por último, aquellos que nunca las han tenido. Tienden a ser los peor ajustados

(Isaacs, Montalvo y Abelsohn, 1986).

3.3. Factores

Algunos factores predictivos de la aparición de conflictos en las visitas, extraídos

de la clínica, han sido resumidos por Hodges (1986), y pueden suponer un

importante instrumento preventivo:

 Utilización de los hijos en el conflicto marital.

 Una causa del divorcio fue el inicio de una nueva relación afectiva por parte

del padre que no tiene la custodia.

 Los desacuerdos sobre el cuidado de los hijos han sido un contenido

importante en el conflicto que llevó a la ruptura.

 El conflicto marital ha sido generado por un cambio radical en el estilo de

vida de uno de los padres.

 Resentimientos relacionados con cuestiones económicas.

 Cuando una de las quejas en el conflicto marital es la irresponsabilidad

crónica de uno de los padres.


 Cuando el nivel de enojo es extremo.

 Cuando hay una batalla por la custodia.

 Cuando uno o ambos padres presentan una psicopatología que interfiere

con su actividad parental.

Parece claro que la falta de concordancia respecto a la decisión de separarse y

a los motivos que la desencadenan, dificulta la posibilidad de conseguir acuerdos

viables entre las partes. La intensidad del contencioso y la intensidad del conflicto

aparecen directamente relacionadas a partir de ese momento. Entran en juego

factores que van más allá de la propia búsqueda de soluciones, utilizándose el

proceso legal como un campo de batalla reglamentado, en el cual volcar todos los

sentimientos desagradables que se han ido generando durante la involución de la

convivencia. El domicilio, los bienes, los hijos, pueden convertirse en instrumentos

de poder que otorgan el triunfo moral en la disputa. Siguiendo a Clulow y Vincent

(1987), "el sistema adversarial está peculiarmente emparejado con los deseos de

padres que se sienten perseguidos, asediados o profundamente equivocados en la

ruptura. El litigio constituye un medio de construir y desarrollar una historia, y de

imponérsela a los otros. El propósito de la historia es convencer a los demás y

validarse a sí mismo. Las decisiones judiciales pueden ser recibidas, en estos

casos, como una forma de absolución pública, una exculpación o, simplemente,

una sentencia de vida".

Los hijos ante el divorcio. Como hemos ido viendo, la participación de los hijos

en el proceso de ruptura de sus padres supone una serie de repercusiones


importantes. Pero esta participación no es meramente pasiva. En ciertos momentos

adquieren una responsabilidad activa, tanto en las disputas legales como en las

familiares. De ahí que algunas de sus actitudes puedan ser interpretadas como un

intento de responder adaptativamente al conflicto que están viviendo. Pero, en lugar

de ello, suele ocurrir que sus respuestas sean utilizadas en el mismo conflicto y

pasen a constituir un argumento de un valor innegable.

Podríamos pensar que los hijos, en función de su edad, utilizan una serie de

estrategias, conscientes e inconscientes, que les ayudan a enfrentarse a los

aspectos más impredecibles, incontrolables y dolorosos del divorcio. Saposnek

(1983) describe algunas de ellas:

 Al principio, ante el miedo a ser abandonados, los niños de todas las edades

suelen intentar que sus padres se reconcilien y vuelvan a vivir juntos (p.e.

contando a un padre los cambios positivos del otro).

 Tras la ruptura, las ansiedades ante las separaciones pueden expresarse

mediante dificultades para alejarse de uno y otro padre cada vez que se

produce el intercambio correspondiente a las visitas (p.e. llorando al ir con

su padre y llorando al regresar con su madre).

 Los niños pueden ofrecerse como detonantes de la tensión entre sus padres,

atrayéndola hacia sí mismo (p.e. hablando a su padre de las nuevas

relaciones afectivas de su madre).

 El miedo al rechazo afectivo provoca que, a menudo, intenten asegurarse

constantemente del amor que sienten por ellos (p.e. telefoneando

repetidamente a su madre cuando está con su padre).


 Una forma más de garantizar el afecto de al menos uno de sus padres, es

probándole su lealtad mostrando su rechazo hacia el otro padre (p.e.

negándose a las visitas).

 En algunos casos pueden pretender evitar los conflictos intentando

mantener una difícil posición de neutralidad entre sus padres (p.e. mostrando

su deseo de permanecer exactamente el mismo tiempo con cada uno de

ellos).

 Haciendo esfuerzos por proteger la autoestima de sus padres, debilitada tras

la ruptura, se aseguran de no ser emocionalmente abandonados por ellos

(p.e. expresando a cada uno de ellos su deseo de convivir más tiempo con

él que con el otro).

 En niños mayores y adolescentes son posibles los intentos de manipular la

ruptura para obtener ventajas inmediatas (p.e. expresando su deseo de

convivir con el padre más permisivo).

3.4. Estudios

En cuanto a los innumerables estudios sobre las repercusiones del divorcio en

los hijos cabe destacar la llamativa evolución de sus resultados, en función de la

época en que han sido realizados y el método utilizado, habiéndose pasado en los

últimos treinta años de considerar la ruptura como un trauma irresoluble a una crisis

superable.

Los estudios más clásicos se basaron en las comparaciones entre familias

"intactas" y familias "rotas", sin controlar si estas últimas lo eran por ruptura
conyugal, por fallecimiento de uno de los padres o por otros motivos, siendo las

familias uniparentales vistas como formas no naturales de convivencia y los

resultados acordes con esta concepción (Tuckman y Regan, 1967; Thomes, 1968).

En los años 70 y 80 aparecieron las primeras investigaciones serias centradas

exclusivamente en la comparación de familias "divorciadas" y familias "unidas". En

general, los datos tendían a encontrar que los "hijos del divorcio", sobre todo los

varones, presentaban más problemas de ajuste, más agresividad, impulsividad,

antisocialidad y dificultades escolares (Camera y Resnick, 1988). Otros trabajos,

por el contrario, cuando controlan la edad, los niveles socioeconómicos y el ajuste

previo al divorcio, no encuentran esas diferencias (Johnston y col., 1989) o detectan

que las dificultades ya existían antes de la ruptura (Block y col., 1986).

Paralelamente a estos estudios, ha ido apareciendo como un elemento central

en la investigación el factor "conflicto interparental", valorándose la importancia de

los efectos sobre los hijos de la relación conflictiva entre los padres una vez

separados. Así, se ha podido concluir que una elevada intensidad de conflicto

parental, más que la ruptura en sí, puede estar asociada con dificultades en el

ajuste emocional de los hijos (Jacobson, 1978; Wallerstein y Kelly, 1980; Kurdek,

1981; Emery, 1982). Por el contrario, cuando los padres tienen habilidad para

colaborar en la reorganización familiar, mantener una disciplina adecuada,

conservar los rituales y garantizar unos mínimos de seguridad emocional para los

hijos, el riesgo de que éstos sufran dificultades disminuye notablemente (Brown y

col.1992).
También han sido estudiadas las relaciones entre padres e hijos posteriores a

la separación como fuente de influencia en el ajuste de éstos. Así, en el caso del

progenitor que ejerce la custodia, parece innegable que la ruptura produce cambios

en las interacciones afectivas, en la eficacia de la autoridad o en el reparto de

funciones del hogar que pueden incidir en peores niveles de comunicación,

menores exigencias de maduración y pautas normativas más inconsistentes que

oscilan entre la permisividad y la rigidez (Hetherington y Colletta, 1979; Shaw,

1991).

Con respecto al padre que no ejerce la custodia, se ha dado prioridad a los

efectos de los diferentes modelos de "régimen de visitas", encontrándose, como ya

hemos destacado anteriormente, que los sistemas en que éstas son frecuentes y

regulares suelen estar positivamente relacionados con mejores niveles de ajuste

en los hijos cuando existe una buena relación paternofilial previa (Heley, Malley y

Stewart´s, 1990), cuando el padre que ejerce la custodia las aprueba (Kurdek,

1988) y cuando la intensidad de conflicto interparental no es elevada (Wallerstein y

Kelly, 1980). Algunos factores externos como el paso del tiempo, la distancia entre

hogares, los bajos niveles socioculturales y el sistema legal adversarial; o internos,

como las dificultades para asumir los sentimientos de pérdida y para adaptar el rol

paterno a la situación de visitas, parecen influir negativamente en la continuidad de

las mismas (Furstenberg y col., 1983).

En la mayoría de los trabajos citados suelen aparecer diferencias notables entre

el grado de ajuste de niños y niñas, mostrando más dificultades los primeros.


Focalizando en este hecho se ha encontrado que los niños continuan viviendo

mayoritariamente con el padre de sexo contrario, presencian mayores disputas, son

confrontados con más pautas inconsistentes y reciben más sanciones negativas

(Hetherington, 1972; Santrock y Warshak, 1979; Hodges y Bloom, 1984). Por el

contrario, parece que los chicos experimentan más beneficios cuando la madre

inicia una nueva convivencia de pareja, mientras que las chicas responden más

desfavorablemente (Chapman, 1977; Clingempeel y col.,1984). Los niños pueden

encontrar en ello un complemento del padre y una amortiguación de la relación

diádica con la madre, mientras que para las niñas puede suponer una intrusión en

dicha relación.

En un intento de integrar la contribución de éstos y otros factores en el proceso

de ajuste a la ruptura de los hijos, Peterson, Leigh y Day (1984) elaboraron un

interesante modelo explicativo basado en la "teoría del estrés familiar" (Hill, 1949).

El concepto clave es el de "definición de la situación", es decir, el grado subjetivo

de severidad asignado a un acontecimiento estresante (la ruptura de pareja) por

cada miembro de la familia, que, en interacción con las características específicas

del evento y con los recursos familiares de afrontamiento, determina la singularidad

de una situación de crisis y, por tanto, los efectos en cada miembro de la familia. El

modelo predice que la severidad de la definición de crisis en el niño, depende

directamente de la de los padres y se ve además afectada por la percepción que el

niño tenía de la relación marital previa, por las relaciones paternofiliales previas a

la ruptura, por la calidad de las relaciones parentales posteriores a la misma, y por

el grado de tolerancia hacia la separación existente en el entorno social del niño.


Cuando éste no logra una adecuada definición de la situación los efectos sobre su

adaptación a la ruptura y su posterior competencia social se hacen más evidentes.

Por último, merecen destacar por su especial relevancia los trabajos realizados

por Hetherington (1979) y Wallerstein y col. (1980, 1983, 1989). Hetherington

profundizó en los efectos de la ausencia del hogar de uno de los padres y en las

influencias de las familias monoparentales. Concluyó, como muchos autores, que

una familia intacta, pero conflictiva, puede ser mucho más perniciosa para la salud

mental de los hijos que un hogar estable tras el divorcio. Sus datos demuestran

que, si el funcionamiento familiar es positivo y el apoyo del sistema suficiente, los

hijos de padres separados pueden alcanzar idéntica competencia social, emocional

e intelectual a los hijos de parejas no separadas.

Wallerstein, en su estudio longitudinal de diez años de duración, describió

ampliamente los sentimientos y reacciones de los hijos en función de su edad. De

una forma resumida, podríamos destacar los siguientes:

Edad pre-escolar (de 2 a 4 años). Son los niños que presentan mayor dificultad

para comprender la complejidad de los sentimientos adultos y por ello tienden a

sentirse culpables o a temer ser abandonados. Pueden aparecer ansiedades para

separarse, conductas regresivas, problemas para dormirse, caprichos, etc.

 Primera etapa escolar (de 5 a 8 años). Son más conscientes de los motivos

y razones de los adultos. Suelen mostrar sentimientos de pérdida, rechazo

y culpa. Ante los conflictos de lealtades pueden reaccionar defensivamente


llegando incluso a negar la relación con uno de los padres. Son los niños

que conservan más fantasías de reconciliación.

 Segunda etapa escolar (de 9 a 12 años). Su mayor capacidad empática y de

comprensión hace que tiendan a identificar sus sentimientos con los de los

padres. Pero ante la angustia, la furia, el sufrimiento o el desamparo, pueden

tomar partido por uno solo de ellos para garantizarse al menos una

protección. A la vez, asumen papeles adultos convirtiéndose a sí mismos en

protectores de uno de sus padres. Pueden aparecer síntomas

psicosomáticos.

 Adolescentes. Tienen más elementos cognitivos y más apoyos externos

para enfrentarse a la nueva situación, pero al mismo tiempo están más

expuestos ante el conflicto y, por tanto, tienen mayores posibilidades de

verse implicados. El temor ante el derrumbe de la estructura familiar

contenedora que necesitan puede generar sentimientos de rechazo y

ansiedad al comprobar la vulnerabilidad emocional de sus padres.

Esta misma autora resalta una serie de "tareas psicológicas" esenciales que los

hijos deben realizar para superar el divorcio de sus padres. Básicamente tendrían

que ser capaces de comprender su significado y consecuencias, afrontar la pérdida

y el enojo que les produce, y elaborar las posibles culpas. El niño debe proseguir

su vida cuanto antes, aceptar el carácter permanente del divorcio y aferrarse a la

idea positiva de que, a pesar de todo, es posible "amar y ser amado".


Estamos de acuerdo con J.B. Kelly (1993) en la necesidad de tener en cuenta

la interacción de múltiples variables a la hora de valorar las repercusiones del

divorcio en los hijos. Como hemos visto, entre ellas, destacan variables del niño

como edad, sexo, personalidad y ajuste emocional previos a la ruptura; variables

de los padres como el ajuste psicológico y la capacidad de controlar impulsos;

variables familiares como la intensidad de conflicto, el tipo de comunicación, el

grado de cooperación, la calidad de las relaciones paternofiliales y las pautas de

crianza; variables legales como los acuerdos de custodia y de visitas; y variables

relacionadas con el estatus económico y el soporte social.

CONCLUSIONES

Como se observa, la totalidad de las legislaciones ha acogido la voluntad

unilateral o concorde como el elemento determinante para autorizar judicialmente

la terminación del matrimonio y legitimar una nueva unión. Una gran parte de los

sistemas conservan la posibilidad de demandar el divorcio acreditando culpa en

uno de los cónyuges. Algunos sistemas añaden además el mutuo con- sentimiento

como causal de divorcio. Los hijos de padres divorciados tienen en promedio

mayores probabilidades de fracaso matrimonial, que aquellos que provienen de

familias intactas. El divorcio les afecta en diversos planos de su desarrollo

individual, dificultando su capacidad de relacionarse a nivel de pareja y potenciando

la factibilidad de concluir en un divorcio. Por ende, las tasas de divorcio no sólo

aumentan a corto plazo con una legislación divorcista, sino que también a largo

plazo, cuando se visualiza su efecto sobre los hijos de quienes acudieron a dicha

instancia.
El aumento del número de rupturas no es un fenómeno que se observe sólo por

un lapso tras la aceptación de la ley, sino que es una tendencia de largo plazo.

Diversos factores, que ya se han discutido, podrían explicar este hecho. Entre ellos

cabe mencionar: el menor esfuerzo de búsqueda de la pareja adecuada al existir

una ley de divorcio, la menor dedicación que ésta conlleva a los hijos y al cónyuge,

la mayor probabilidad de fracaso matrimonial de sucesivas uniones conyugales y,

finalmente, la transmisión intergeneracional del divorcio. Todos estos elementos

aunados hacen que el fenómeno del divorcio actúe como un espiral que crece y se

retroalimenta continuamente; la ruptura de un matrimonio legitimada por la ley civil

como suficiente causa para poner término al compromiso de los cónyuge- ges

prepara y engendra un sinnúmero de nuevos quiebres matrimoniales.

El divorcio produce una serie de efectos verificables en la mayoría de los casos;

las conclusiones deben tomarse como respuestas o consecuencias promedio, que

no pretenden estigmatizar a ningún individuo en particular. El divorcio implica un

cambio fundamental en la vida de un hijo, que lo afecta en todas las dimensiones

de su desarrollo personal. Son menores que se ven privados de un trato frecuente

con alguno de sus progenitores, incluso en ciertos casos deben aprender a vivir con

padrastros, lo que muchas veces entraña nuevas dificultades. Esta realidad está

muy vinculada al maltrato infantil o abuso sexual. Han vivido en un ambiente de

conflicto que les produce inseguridad emocional y mayor hostilidad o agresividad.

Se ha podido incluso verificar que el divorcio de los padres es un factor

correlacionado con la delincuencia juvenil, el alcoholismo y la drogadicción. Es

común encontrar en estos niños o jóvenes los siguientes problemas psicológicos:


rabia, miedo, pena, rechazo, baja autoestima, ansiedad, estados depresivos,

inseguridad, mayores tasas de suicidios adolescentes. Es importante destacar que

varios de estos efectos son de larga permanencia y se pueden percibir aún en la

vida adulta de los hijos. Por otra parte, el ambiente en que les toca desenvolverse

no les permite tener la tranquilidad para poder estudiar. Son personas con mayores

dificultades de aprendizaje y mayor deserción escolar. Además, por los efectos

negativos del divorcio sobre el ingreso familiar, tienen menores posibilidades de

continuar con estudios superiores.

La probabilidad de divorcio de un hijo de padres divorciados es el doble que la

de uno proveniente de una familia intacta. Este hecho implica una transmisión

intergeneracional del divorcio. Esta se explica por: mayor aceptación del divorcio

por parte de los hijos de padres divorciados, menor compromiso, menor

capacidad para enfrentar dificultades, peores modelos interpersonales, han

desarrollado características personales que dificultan la vida de pareja, se casan

más tempranamente o conviven antes de hacerlo (lo que se ha demostrado que

está asociado a mayores tasas de divorcio), han sufrido dificultades económicas

que les han impedido alcanzar un nivel de educación superior.


BIBLIOGRAFIA

Aldana U., G. A. (2013). El divorcio. Humanidades Msosa. Recuperado de:

[Link]/2013/11/[Link]

Álvarez A. (2015). Programa de intervención psicológica para la revinculación

familiar en niños víctimas de síndrome de alienación parental. Compás

Empresarial. Bolivia Recuperado de:

[Link]/[Link]?pid=S2075...script=scielo

Amé[Link] Chile. (2014). El economista. Recuperado de

[Link]

chile/noticias/5905891/07/14/Ocho-estadisticas-sobre-el-divorcio-que-le-

[Link]

Arch, M. (2010). Divorcio conflictivo y consecuencias en los hijos: Implicaciones

para las recomendaciones de guarda y custodia. Papeles Del Psicólogo,

Universidad de Barcelona Vol. 31(2), pp. 183-190. Recuperado de:

[Link]

Barbero, M. Bilbao, M. (2008). El síndrome de Salomon. Igarss 2014 (Desclee De).

[Link]

Belluscio, A. (2008). Manual de Derecho de Familia. Argentina. Recuperado de:

[Link]/.../00113-manual-de-derecho-de-familia

Bengoechea G. (1992). Un análisis exploratorio de los posibles efectos del divorcio

en los hijos, 4. España. Recuperado de:

[Link]/[Link]?id=72704213
Campos, L. (2004). Cómo afecta el divorcio la autoestima de los hijos adolescentes.

Recuperado de:

[Link]

%20Lorena%20Campos%[Link]

Canton, J., Cortes, M. de. R., & Justicia, M. D. (2002). Las consecuencias del

divorcio en los hijos. Psicopatología Clínica, Legal Y Forense., 2(3), 47–66.

Chávez A., (1998). La familia en el derecho. Recuperado de:

[Link]

Ciarrochi, J. V., Deane, F. P. & Anderson, S. (2002). Emotional intelligence

moderates the relationship between stress and mental health. Personality

and Individual Differences. Recuperado de:

[Link]

Cochabamba, Bolivia. Recuperado de:

[Link]

o/mostrar/id/321/boton/2/sub/1/tem/2

Crespo, M. C. (2005). Sistemas familiares. Universidad Verdad, 35. España.

Recuperado de: [Link]/taller-de-constelaciones-familiares-

con-maria-crespo/

Dowling, E., & Gorell, G. (2008). Cómo ayudar a la familia durante la separación y

el divorcio. Los cambios en la vida de los hijos. (Morata, Ed.) The effects of

brief mindfulness intervention on acute pain experience: An examination of

individual difference (Vol. 1).

[Link]
Escobedo R., A. (2009). La Funcionalidad en los matrimonios adventistas y su

relación con la Inteligencia emocional en la Universidad Peruana Unión.

(Tesis de grado de Maestría) Lima, Perú

Extremera P. & Fernández B. (2005). Inteligencia emocional percibida y

diferencias individuales en el meta-conocimiento de los estados

emocionales: una revisión de los estudios con el tema. Trait Meta Mood

Review, 11.

Fernández B. & Extremera P. (2005). La Inteligencia Emocional y la educación de

las emociones desde el Modelo de Mayer y Salovey. Revista

Interuniversitaria de Formación Del Profesorado, 19(3), 63–94. Retroceded

from[Link]

n&idioma=SPA

Fernández E. (2015). La jurisdicción voluntaria notarial. Su especial relevancia en

el ámbito sucesorio. Tesis. Recuperado de:

[Link]

Fernández-Berrocal, P., & Ruiz A., D. (2008). Inteligencia emocional percibida y

diferencias individuales en el meta-conocimiento de los estados

emocionales: una revisión de los estudios con el tmms. Investigación

Psicoeducativa, 6.

Garces J., Pruneda H., & Venegas M. (2010). Duelo en el proceso de divorcio.

México. Recuperado de: [Link]-

[Link]/.../12%20Duelo%20en%20el%20proceso%...
García, M. (2003). Inteligencia emocional: estudiando otras perspectivas, III (4),143

–148. Recuperado de:

[Link]/BibVirtualdata/publicaciones/umbral/v03.../[Link]

Garza G. (2006). La familia como objeto de estudio. In UMF. Recuperado de:

[Link]

Garza&espv=2&biw=1024&bih=470&tbm=isch&imgil=

Goleman, D. (1989). Inteligencia emocional. Journal of Chemical Information and

Modeling Kairos, Vol. (53). [Link]

Gómez, E., & Kotliarenco, M. A. (2010). Resiliencia Familiar: un enfoque de

investigación e intervención con familias multiproblemáticas. Revista de

Psicología de La Universidad de Chile.

Gonzales, S. y E. R. (2004). Parejas jóvenes y divorcio, 16–32.

Hernández S., R., Fernández C., C., & Baptista L., M. (2010). Metodología de la

investigación. México: McGRAW-Hill

Instituto Nacional de Estadística INE. Estado Plurinacional de Bolivia (2016).

Recuperado de:

[Link]

Juarez, L. (2002). El divorcio y su repercusión en las áreas psicológica,

académica y social en niños de 6 - 11 años, de la ciudad de Saltillo Coahuila.

Tesis de Maestría. Universidad Autónoma de Nueva León, México.

Recuperado de: [Link]/6623/1/[Link]


Kerr, M. (2003). La historia de una familia. Un libro elemental sobre la teoría de

Bowen. Washington. Recuperado de:

[Link]

Kluger, V. (2007). Cuando se acaba el amor: una visión del divorcio según las tesis

doctorales de la Universidad de Buenos Aires. Revista de Historia Del

Derecho, 227–268.

Landero H., R., & González R., M. T. (2011). Apoyo Social, Estrés y Autoestima en

Mujeres de Familias Monoparentales y Biparentales. Summa Psicológica

UST, 8(1), 29–36. Retrieved from

[Link]

oma=ENG

Limón Fonseca, A. (2012). Cuatro factores que motivan el divorcio en las parejas

mexicanas. México.

López Munguía, O. (2008). La Inteligencia emocional y las estrategias de

aprendizaje como predictores del rendimiento académico en estudiantes

universitarios. Tesis. Perú. Recuperado de:

[Link]/bitstream/cybertesis/615/1/Lopez_mo.pdf

Maganto M., C. (1999). Consecuencias psicopatológicas del divorcio en Los Hijos.

Recuperado de: [Link]

Martin J., M. (2012). ¿Una medida de la inteligencia como capacidad de

adaptación? Revista de Historia de La Psicología.

Martín, M. (2010). Ganar perdiendo. (Serendipity, Ed.). España.


McKay, M. (2000). El libro del divorcio y la separación. Retrieved from

[Link]

Mercado Andrade, R. P. (2011). Duelo de los hijos por el divorcio. Asociación

mexicana de tanatología. Retrieved from [Link]

[Link]/descargas/tesinas/33 Duelo de los hijos por el [Link]

Minucia, S. (1985). Caleidoscopio familiar: imágenes de violencia y curación.

(Paidós).

Morgado, B., & González, M. (2001). Divorcio y ajuste psicológico infantil. Primeras

respuestas a algunas preguntas repetidas. Anales de Psicología,19(3), 387–

402.

Novo, M., & Arce, R. (2003a). Separación conyugal: consecuencias y reacciones

postdivorcio de los hijos. Revista Gallego-Portuguesa de Psicología y

Educación, 10, 197–204.

Novo, M., & Arce, R. (2003b). Separación conyugal: consecuencias y reacciones

postdivorcio de los hijos. REVISTA GALEGO-PORTUGUESA DE

PSICOLOXÍA E EDUCACIÓN N°8 (Vol. lOJAno 7°-2003 ISSN: 1138-2663,

7, 197–204. Retrieved from [Link]

Ojeda, N., & González F., E. (2008). Divorcio y separación conyugal en México en

los albores del siglo XXI. Revista Mexicana de Sociología, 70(1), 111–145.

Orgilés, M., Espada, J. P., & Piñero, J. (2007). Intervención psicológica con hijos de

padres separados: Experiencia de un Punto de Encuentro Familiar. Anales

de Psicología., 23(2), 240–244.


Oriza V., J. (2014). Relaciones Humanas, Valores personales, inteligencia

emocional y social.

Pérez Amador, J. (2008). Análisis multiestado multivariado de la formación y

disolución de las parejas conyugales en México.

Pilco P., L. F. (2010). El divorcio y su influencia en la inteligencia emocional de los

niños del jardín Miguel García Moreno. Universidad Nacional de Loja.

Retrieved from [Link]/.../1/Luis Fernando Pilco Peñ[Link]

Quintero Romero, L. M. (2013). Relación del divorcio con la concentración

de los estudiantes del Colegio Cristiano Maranatha de Florencia, Colombia,

en 2011.

Rage, E. (1997). Ciclo Vital de la Pareja y la Familia. (P. y Valdés, Ed.).

Ríos Morín, G. (2003). Inteligencia emocional. Universidad Autónoma del Noreste.

Roizblatt, A. (2013). Divorcio y familia: antes, durante y después. (RIL, Ed.) The

effects of brief mindfulness intervention on acute pain experience: An

examination of individual difference (RIL, Vol. 1).

[Link]

Romero Reyes, J. L. (2014). Sucesos de vida del adolescente a partir del divorcio

de sus padres.

Samos Oroza, R. (2015). Divorcio en el Código de las Familias y del Proceso

Familiar. Sanabria P. & Romero D. (2015). Factores que influyen en el

divorcio.

Sandoval M., S. (2009). Psicología del desarrollo humano II. México: Universidad

Autónoma de Sinaloa
Sarquis, C. (2014). Inteligencia emocional como afrontamiento en el proceso de

divorcio para mujeres. México. Retrieved from

[Link]/tesis/pdf/015925/[Link]

Trigoso R., M. (2013). Inteligencia emocional en jóvenes y adolescentes españoles

y peruanos: variables psicológicas y educativas.

Trujillo F., M. M., & Rivas T., L. T. (2005). Orígenes, evolución y modelos de

inteligencia emocional. Innovar: Estrategia Y Organización, (cuadro 1).

Universia Chile. (2013). De 100 parejas que se casan a diario en Chile, 170 se

divorcian. Universia Chile. Retrieved from [Link]

portada/noticia/2013/04/12/1016532/100-parejas-casan-diario-chile-170-

[Link]

Urgarriza, N. (2003). La evaluación de la inteligencia emocional a través del

inventario de Barón (I-CE) en una muestra de Lima Metropolitana.

Uriona, K. (2012). En Bolivia registran más de 16 divorcios diarios. La Razón Digital.

Valdés A., Carlos A., Urías, M., & Ibarra G. (2011). Efectos del Divorcio de los

Padres en el Desempeño Académico y la Conducta de los Hijos. Enseñanza

E Investigación En Psicología, 16(2), 295–308. Retrieved from

[Link]

Valdés A., Carlos A., Urías M., & Ibarra G. (2011). Efectos del divorcio de los padres

en el desempeño académico y la conducta de los hijos, 16(644), 295–308.

Retrieved from [Link]

Vallejo, R., Sánchez-Barranco Vallejo, F., & Sánchez-Barranco Vallejo, P. (2004).

Separación O Divorcio: Trastornos Psicológicos En Los Padres Y Los Hijos.


Revista de La Asociación Española de Neuropsiquiatría, 24. No.92(1), 91–

112. [Link]

Vine, P. (1984). Cómo se escribe la historia.

Vidal, R. (2006). El niño y las vicisitudes de la separación y / o divorcio. Retrieved

from

[Link]

REFERENCIAS

ALBRECHT, S.L. y KUNZ, P.R.:(1980) "The decision to divorce: A social exchange

perspective". Journal of divorce, 3, 319-337.

BELLIDO, C., BOLAÑOS, I., GARCIA, C. y MARTIN, M:(1990) "El proceso

psicojurídico de separación y divorcio". Actas del II Congreso Oficial del

Colegio de Psicólogos, Area 9, Valencia.

BLOCK, J., BLOCK, J. y GJERDE, P.:(1986) "The personality of children prior to

divorce: A prospective study". Child development, 57, 827-840.

BOHANNAN, P.:(1970) Divorce and after. Doubleday, New York.

BOLAÑOS, I.:(1993) "El proceso contencioso de separación y/o divorcio: una visión

psicosocial", en Los procesos en los juzgados de familia. Ed. Consejo del

Poder Judicial y Centre d'Estudis Jurídics i Formació Especialitzada de la

Generalitat de Catalunya, Madrid y Barcelona.

BOWLBY, J.:(1960) "Grief and mourning in infancy and early childhood".

Psychoanalytic study of the child, 15, 9-52.


BOWLBY, J.:(1961) "Process of mourning". The international journal of

psychoanalysis, 42,315-340.

BROWN, J.H., EICHENBERGER, S.A., PORTES, P.R. y CHRISTENSEN, D.

N:(1991) "Family functioning factors associated with the adjustment of

children of divorce". Journal of divorce and remarriage, 17(1-2), 81-95.

BROWN, P., FELTON, B.J., WHITEMAN, V. y MANELA, R.:(1980) "Attachment and

distress following marital separation. Journal of divorce, 3, 303-317.

CAMERA, K. y RESNICK, G.:(1989) "Styles of conflict resolution and cooperation

between divorced parents: Effects on child behavior and adjustment".

American journal of orthopsychiatry, 59(4), 560-574.

CARTER, E.A. y McGOLDRICK, M.:(1980) "Etapas de ruptura de la relación

marital", en NAVARRO, J.: Técnicas y programas en Terapia Familiar.

Paidós, Barcelona, 1992.

CHADWICK-JONES, J.K.:(1976) Social exchange theory. Academic Press, New

York.

CHAPMAN, M.:(1977) "Father absence, stepfathers, and the cognitive perfomance

of college students". Child development, 48, 1155-1158.

CHETHIK, M., DOLIN, N., DAVIES, D., LOHR, R. y DARROW, S.:(1986) "Children

and divorce: The negative identification". Journal of divorce, 10(1-2).

CLINGEMPEEL, W.G., BRAND, E. y LEVOLI, R.:(1984) “Stepparent-stepchild

relationships in stepmother and stepfather families. A multimethod study".

Family relations, 33, 465-473.


CLULOW, Ch. y VINCENT, Ch. :(1987) In the child's best interests?.Tavistock

Publications, London.

COLLETTA, N.D.:(1979) "The impact of divorce: ¿Father absence or poverty?

Journal of divorce, 3, 27-35.

DONOVAN, R.L. y JACKSON, B.L.:(1990) "Deciding to divorce: A process guided

by Social exchange, Attachment and Cognitive dissonance theories".

Journal of Divorce, 13(4), 23-36.

EMERY, R.:(1982) “Interparental conflict and the children of discord and divorce".

Psychological bulletin, 92, 310-330.

FESTINGER, L.:(1957) A theory of cognitive dissonance. Stanford University Press,

Stanford.

FURSTENBERG, F.F., PETERSON, J.L., NORD, C.W. y ZILL, N.:(1983) "The life

course of children of divorce: Marital disruption and parental contact"

American sociological review, 48, 656-668.

GIDDENS, A.:(1989) Sociología. Alianza Universidad Textos, Madrid.

GIGY, L. y KELLY, J.B.:(1992) "Reasons for divorce: Perspectives of divorcing men

and women". Journal of divorce, 18(1/2), 169-187.

GRAY, C.A. y SHIELDS, J.J.:(1992) "The development of an instrument to measure

the psychological response to separation and divorce". Journal of divorce,

17(3-4), 43-56.

HEALY, [Link]., MALLEY, J. y STEWART, A.:(1990) “Children and their fathers after

parental separations". American journal of orthopsychiatry, 60(4), 531-543.


KRUK, E.:(1992) “Psychological and structural factors contributing to the

disengagement of noncustodial fathers after divorce". Family and

conciliation courts review, 30(1), 81-101.

KURDEK, L.:(1988) "Custodial mother´s perceptions of visitation and payments of

child support by noncustodial fathers in families with low and high levels of

preseparation interparental conflict". Journal of applied developmental

psychology, 9, 315-328.

HETHERINGTON, E.M.:(1972) "Effects of father absence on personality

development in adolescent daughters". Developmental psychology, 7, 313-

326.

HETHERINGTON, E.M.:(1979) "Divorce: A child's perspective". American

Psychologist, 34(10), 851-858.

HILL, R.:(1949) Families under stress. Harper, New York.

HODGES, W. F:(1986) Interventions for children of divorce. John Giley & Son, New

York.

HODGES, W.F. y BLOOM, B.L.:(1984) "Parientes reporte of children´s adjustment

to marital separation: A longitudinal study". Journal of divorce, 8(1), 33-50.

ISAACS, M.B., MONTALVO, B. y ABELSOHN, D.:(1986) Divorcio difícil. Amorrortu,

Buenos Aires.

JACOBSON, D.S.:(1978) "The impact of marital separation/divorce in children".

Journal of divorce, 2(2),175-194.


JOHNSTON, J., KLINE, M. y TSCHANN, J.M.:(1989) "Ongoing postdivorce conflict:

Effects on children of joint custody and frequent access". American journal

of orthopsychiatry, 59(4), 576-592.

JONES, B.W.:(1987) "The ambivalent spouse syndrome". Journal of divorce, 10(1-

2), 57-67.

JORGENSEN, S.R. y JOHNSON, A.C.:(1980) "Correlates of divorce liberality".

Journal of marriage and the family, 42, 617-626.

KASLOW, F.W.:(1984) "Divorce: An evolutionary process of change in the family

system". Journal of divorce, 7(3), 21-39.

KASLOW, F.W.:(1988) "The psychological dimension of divorce mediation", en

FOLBERG, J. y MILNE, A.: Divorce mediation. The Guilford Press, New

York.

KELLY, J.B.:(1993) "Current research on children´s postdivorce adjustment". Family

and conciliation courts review, 31(1), 29-49.

KITSON, G.C. y SUSSMAN, M.B.:(1982) “Marital complaints, demographic

characteristics, and symptoms of mental distress in divorce". Journal of

marriage and the family, 44, 87-101.

KITSON, G.C., HOLMES, W.M. y SUSSMAN, M.B.:(1983) "Withdrawing divorce

petitions: A predictive test of the exchange model of divorce". Journal of

divorce, 7, 51-66.

KRESSEL, K., JAFFEE, N., TUCHMAN, B., WATSON, C. y DEUTSCH, M.:(1980)

"A tipology of divorcing couples: Implications for mediation and the divorce

process". Family Process, 19(2), 101-116.


KURDEK, L.:(1981) "An integrative perspective of children´s divorce

adjustment". American psychologist, 36, 856-866.

MILNE, A.:(1988) "The nature of divorce disputes", en FOLBERG, J. y MILNE, A.:

Divorce mediation. The Guilford Press, New York.

PARKINSON, L.:(1987) Separation, divorce and families. McMillan Education Ltd.,

London.

PETERSON, G.W., LEIGH, G.K. y DAY, R.D.:(1984) "Family stress theory and the

impact of divorce on children". Journal of divorce, 7(3), 1-20.

PITTMAN, F.S.:(1990) Momentos decisivos: Tratamiento de familias en situaciones

de crisis. Paidós, Barcelona. SANTROCK, J.W. y WARSHAK, R.:(1979)

"Father custody and social development in boys and girls". Journal of social

issues, 35, 112-125.

SAPOSNEK, D.T.:(1983) Mediating child custody disputes. Jossey-Bass

Publishers, San Francisco.

SHAW, D.S.:(1991) "The effects of divorce on children´s adjustment". Behavior

modification, 15(4), 456- 485.

STEPHEN, T.D.:(1984) "Symbolic interdependence and post-break-up distress: A

reformulation of the attachment construct". Journal of divorce, 8, 1-16.

THOMES, M.M.:(1968) "Children with absent fathers". Journal of marriage and the

family, 30, 89-96.


TUCKMAN, S. y REGAN, R.A.:(1967) "Intactness of the home and behavioral

problems in children". Journal of child psychology and psychiatry, 7, 225-

233.

WALLERSTEIN, J.S. y KELLY, J.:(1980) Surviving the breakup: How children and

parents cope with divorce. Basic Books, Nueva York.

WALLERSTEIN, J.S.:(1983) “Children of divorce: The psychological tasks of the

child". American Journal of Orthopsychiatry, 53(2), 230-243.

WALLERSTEIN, J.S. y BLAKESLEE, S.:(1989) Padres e hijos después del divorcio.

Vergara, Buenos Aires.

También podría gustarte