Medea: Tragedia y Venganza Femenina

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Este documento presenta información sobre una adaptación ilustrada de la obra Medea de Eurípides. Incluye biografías breves de los autores de la adaptación, Juan Tobías Nápoli y Silvina Pach…

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silvina Pachelo

MEDEAVERSIÓN ILUSTRADA

Juan Tobías Nápoli - Silvina Pachelo


Texto y adaptación

Juan Tobías Nápoli


Silvina Pachelo
Ilustraciones
Silvina Pachelo
ultimoreino17@[Link]
Traducción
Juan Tobías Nápoli
juanapoli@[Link]

Corrección
Marcelo F Rodríguez
marodrig64@[Link]
Juan Tobías Nápoli
Juan Tobías Nápoli es Profesor en Letras.
Licenciado en Letras Clásicas y Doctor en Letras por la Universidad Nacional de La Plata.
Actualmente, se desempeña como Profesor Titular del Área Griego en la Facultad de Huma-
nidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata.
Está realizando la traducción de las obras completas de Eurípides para la editorial Colihue.

Silvina Pachelo
Ilustradora. Docente en Artes. Curso sus estudios en la escuela Manuel Belgrano.
Realizó talleres de Ilustración, vestuario escénico, cine y literatura griega.
Actualmente asiste al taller de Santiago Caruso.
Medea de Eurípides
Resumen argumental
Por orden del rey Pelías, Jasón reúne una tripulación de héroes para ir a buscar el Vellocino de Oro
a La Cólquida, país muy alejado de Grecia. En un viaje lleno de aventuras y peligros, los Argonautas
(es decir, la tripulación de héroes de la expedición), llegan a su destino. Allí, Jasón debe afrontar unas
difíciles pruebas que le impone Eetes, el rey de la Cólquida. Jasón es ayudado a superarlas y a robar
el Vellocino de Oro por la hija de Eetes, Medea, que se ha enamorado de él. Luego de cumplido el
propósito, ambos huyen a Grecia, se casan, tienen dos hijos, Mérmero y Feres, y se establecen en
la ciudad de Corinto. Con el tiempo, Jasón se enamora de Glauce, la joven hija de Creonte, rey de
Corinto, se compromete a desposarla, repudia a Medea como su esposa y la abandona. En venganza,
Medea decide asesinar sin piedad. Comienza por Glauce. Al querer salvar a su hija, Creonte también
muere. Por último Medea sacrifica a sus dos hijos.

Actualidad de Medea
Medea representa una imagen paradigmática de un sujeto femenino trágico, que no corres-
ponde con la imagen mitificada de la mujer griega. Con una actitud provocadora que se
mueve al margen del rol de víctima de la mujer-madre, transmitido por la tradición, enfrenta
de forma activa los roles femeninos asignados socialmente. Es la representación de la pasión
intensa. Existen dos grandes tragedias sobre Medea: la griega de Eurípides y la romana de
Séneca. Medea fue representada en Atenas en el año 431 a.C. justo antes de la guerra del
Peloponeso.

Eurípides es el autor de la obra elegida para esta adaptación. No se limitó a un episodio de la


leyenda, sino que hizo que todos los episodios de la larga vida de Medea se acumulen en una
crisis final.

Medea nos presenta una fuerza animal de corazón y espíritu. Imagen monstruosa de la mujer
criminal, hechicera nefasta y bárbara.

El personaje de Medea nos enfrenta a la alteridad de los griegos de la antigüedad con res-
pecto a nosotros mismos.

Y se constituye, al tiempo, en una fuente inagotable de sentido, un constante desafío a la re-


flexión en asuntos de indudable trascendencia, siempre actuales, sobre todas las cosas lo que
significa ser varón y ser mujer, la descendencia, la vida en sociedad, los límites de la condición
humana.
Eurípides hace y representa en su nombre a la mujer que se libera del estereotipo femenino
de la época, recurriendo para ello a la violencia.
En El sexo y el espanto (página 129 editorial Minúscula 2006), Pascal Quignard escribe: ¨La
ira de Medea es serena. Es la inmovilidad, el silencio espantoso que precede al acceso de lo-
cura. En latín: el augmentum”.
Medea tiene que sacrificar a sus hijos. Y es donde aparecen sentimientos contrapuestos: la
piedad y la venganza, la madre y la mujer luchan. Medea nos enfrenta a lo productivo y des-
tructivo. Tiene que cometer un doble infanticidio.

Continua Pascal Quignard: ¨La Medea de Eurípides, del 431 a.C describe la desintegración
del vínculo civilizado a partir de la pasión de la mujer por el hombre. El amor se convierte en
odio, el deseo violento por un amante se transforma en ferocidad asesina contra la familia y
revela la omofagia sobre la que se basa, para los griegos, el eros¨.

Medea se precipita al vacío, se entrega a una fuerza animal e instintiva indiscriminadamente.

Ella sabe que va a sacrificar a sus hijos, no duda, la locura la arrastra a la acción. Toda acción
de asesinatos nos genera ánimos contrapuestos y perturbadores. Pero si viajamos con la
mente a la Grecia del 400 a.C , la acción de Medea entra en la práctica del infanticidio ritual.
Si uno piensa a una madre matando a sus hijos, no hay ley, ni tiempo que justifique un acto
claramente inhumano.
En La violencia y lo sagrado (página 16 Editorial Anagrama 1983), René Girard escribe: ¨Cuan-
do no es satisfecha la violencia, sigue almacenándose hasta el momento en que desborda y
se esparce por los alrededores con los efectos más desastrosos. Al desplazar la totalidad del
sacrificio fuera de lo real, el pensamiento moderno sigue ignorando la violencia¨.

Veamos esto que nos dice René Girard:

En la tragedia de Eurípides, Medea, en la discusión que mantiene consigo misma ( 1020-


1080) se refiere al crimen con la palabra ¨thûma¨, que significa sacrificio.

Tomando la teoría de sacrificio de Girard, a las muertes sucedidas en la obra se las puede
clasificar dentro de el “círculo de venganza”. El sacrificio constituiría en este contexto una
primera forma instituida de detener la violencia, de satisfacer el deseo de venganza al tiempo
que, por medio de una fuerte ritualización, queda reglada su detención. De esta manera se
rompe el círculo y es posible que la vida social retorne a su normalidad.
Una mujer deshonrada.

Ni en la épica ni en la tragedia la deshonra es un acontecimiento menor.

En Medea, esa deshonra no viene porque Jasón la engaña con otra mujer, sino por el casa-
miento con la hija del rey Creonte.

Por esto Medea iba a ser desterrada junto a sus hijos por el rey Creonte. También es intere-
sante analizar, cómo Jasón justifica su acción de abandono hacia Medea, diciéndole que era
para el bienestar de sus hijos.

Más allá de que esta parece una explicación esgrimida por Jasón para refrenar a Medea re-
cordándole a sus hijos, aquello por lo cual una madre siempre está dispuesta a sacrificarse,
resuena en sus palabras una ley dictada en Atenas en el 451 a.C propuesta a la Asamblea por
Pericles, a partir de la cual se disponía que quien accedía al status de ciudadano debía ser hijo
no solo de padre ateniense, sino también de una madre nacida en Atenas. Si nos remonta-
mos a la escena de Medea como representación teatral, una mujer extranjera, para el espec-
tador del 431 a.C era una mujer cuyos hijos no podían acceder a la ciudadanía.
Esto le agregaba más peso, hacia más persuasivas las palabras de Jasón para ese espectador
para que no le sonaran de forma tan evidente, a una excusa falsa como suena para nosotros.
La deshonra de Medea no se acota al espacio cívico. Cuando Medea se entera de que Jasón
se compromete con la hija del rey, lo que hace es gritar e invocar a los dioses, sobre todo a
Zeus, para que vean lo que Jasón a provocado y como la ha traicionado. Siendo este testigo
del juramento de Jasón al tomarla por esposa.

Dice el coro: Las aguas de los ríos sagrados fluyen hacia


arriba, y el justo orden de las cosas y todos los valores
se han trastornado. Son engañosas las decisiones entre
los hombres y ya no tiene validez la fe prometida en el
nombre de los dioses. Pero los relatos acerca de la condición
de la mujer cambiarán mi existencia para que tenga
gloria; el honor llega al linaje femenino. Ya no pesará
sobre las mujeres una reputación maliciosa (vv. 410 a 420)
Jasón no solo ha traicionado el espacio social sino también a los Dioses.

Eurípides es el único autor que hace que Medea le de muerte a sus hijos.
Dice así:

¨hijos, morirán por una enfermedad paterna¨


Medea muestra un enorme sufrimiento a la hora de tomar semejante decisión y esto no
parece adecuarse a la imagen de alguien que actúa en forma egoísta, para calmar la sed de
venganza de sus enemigos y salir indemne.

Si pensamos en lo que René Girard nos dice sobre el sacrificio, la sustitución de los niños por
los niños constituye por sí mismo el caso más interesante de toda la obra, porque en él se
pone de manifiesto no solamente la cuestión de la sustitución de la víctima sacrificial, sino
también la de la mano asesina.

En la ritualización de la venganza con el objeto de detenerla, es el sacerdote o sacerdotisa


que realiza el sacrificio, quien adopta el papel del vengador, también representa la justicia por
los daños, quien es capaz de devolverla al orden con un acto controlado de la violencia.

La Medea triunfante del final representa a la justicia, pero paradojalmente, como el triunfo de
la necesidad de venganza. Medea pone a salvo a sus hijos de una futura desgracia.

La culpa en la que ha incurrido Jasón y que desencadena la tragedia tenía para los griegos
un carácter hereditario.
Esto se puede ver en Edipo. Edipo y sus hijos pagan las consecuencias hereditarias de Layo,
el padre de Edipo, que violó a Crisipo y se hizo merecedor de una maldición que persiguió a
toda su descendencia.

En el caso de Medea a sus hijos les esperaba un destino trágico. Al expulsar la violencia de la
pólis por medio del sacrificio, esta cadena de culpa resulta también interrumpida.

Dice Juan Tobías Nápoli en su introducción de Tragedias de Eurípides Ediciones Colihue


2007 a modo de conclusión:
“el sentido de la tragedia debe buscarse en un sentido más profundo: en el intento de Medea
de reconstruir el camino que va desde su derrota moral, que ha sufrido a causa del abandono
del que es víctima, pasando por la injusticia que debe padecer de parte de Jasón, su esposo,
hasta la deshonra social de la que su exilio es su testimonio. Es este itinerario descendente el
que intenta recorrer Medea en un sentido inverso, remontando su situación desde la búsque-
da de recuperación de la honra perdida, pasando por la recomposición de la justicia ultrajada,
hasta llegar a la victoria moral sobre Jasón”.

Lo que vemos es cómo el personaje mítico se va transformando en un personaje más hu-


mano, donde no son ni los celos, ni la pasión amorosa, ni el de la venganza individual ni el de
la reflexión moralista lo que la conduce a recuperar honra y justicia.
Continúa Juan Tobías Nápoli:

“Medea trabaja por reinsertarse en el marco social, y termina por imponer sus condiciones,
su victoria, por encima del mito. En este sentido todavía necesitamos volver a leer los clási-
cos para recuperar el sentido de la integridad de la persona humana”.

Medea de Eurípides es una obra viva, y creo que como toda obra perfecta y extraordinaria
hace que podamos repensarla y traerla a la actualidad. Pudiendo ver desde el pasado el pre-
sente que nos acontece.

Silvina Pachelo

El corazón es engañoso
por sobre todas las cosas.
Y desesperadamente malvado.
¿Quién puede conocerlo?

Jeremías 17,9
Vengo a explicarles, señores jueces lo que me trajo hasta aquí.
Mi amor por Jasón me ha convertido en la mujer que hoy soy.
Traicioné a mi patria, maté a mi padre, a mis hermanos y a mis propios hijos.
Soy Medea. He visto y hecho correr mucha sangre por el amor que le tuve a Jasón. Ahora
me encuentro así, envenenada.
Condenada a muerte estoy por este dolor.
Amé a Jason a primera vista, nunca pude apartar mi mirada de la suya. Lo ayudé a superar
todos los obstáculos, para apoderarse del Vellocino de Oro.
Fueron mis ungüentos mágicos los que lo protegieron de los fuegos de los toros que debía
vencer por orden de Eetes mi padre, y así fue que lo conduje al bosque sagrado donde es-
taba el Vellocino de Oro donde era cuidado por dragones. Sí, mi magia lo protegió de ellos.
Sabiendo que mi padre entraría en cólera y nos perseguiría como fugitivos, me vi en la obli-
gación de retrasarlo.
Fue así, que tomé la decisión de despedazar a mi hermano Aspirto, por eso lo llevé en la
nave como rehén, y arrojando sus pedazos al mar, obligué a que mi padre se retrasase para
recoger sus restos. El amor por Jasón me dio la fuerza para esto y para destruir al gigante de
bronce que Minos había puesto como centinela en la isla.
A cambio de esto que les relato, Jasón me prometió matrimonio. Cuando regresamos a Yol-
cos lo he ayudado a desembarazarse de Pelias que no estaba dispuesto a restituirle el trono
que le había arrebatado, a pesar de que Jasón le había entregado el Vellocino. Les propuse a
las hijas de Pelias que hirvieran a su padre para que vuelva a su juventud, pero el experimento
fracasó, y los habitantes de Yolco nos expulsaron de esa ciudad… por asesinato. Y fue así que
nos refugiamos en Corinto.
Vivimos felices diez años, en un sueño de amor.
Todo fue tormento y deshonra cuando Jasón decidió comprometerse, tomar por esposa a
Glauce la hija del rey de Corinto, Creonte. Jasón había decidido traicionarme y eso no iba a
permitirlo mientras tuviera vida. Todo ese tiempo viví sumida en sentimientos contrapuestos,
entre la piedad y la venganza. Opté por la segunda. Me precipité al vacío. Nada era demasiado
para este corazón traicionado, y expuesto a las peores humillaciones.
Fue así que el amor se convirtió en odio. Viendo gozar de felicidad a la hija del rey, a Jasón
sabiendo que su lugar en esa tierra estaba asegurado, su linaje, su honor. Solo fue posible
pensarlos a todos muertos.
¿En qué la vida tiene una utilidad todavía para mí? Solo en la muerte tomaré descanso.
La justicia no está en los ojos de los mortales, en la medida en que, antes de haber conocido
el verdadero temperamento de un hombre, cualquiera de ellos odia solamente por haber
visto una injusticia, pero no por haberla padecido.
Deposité mi confianza en él, mi esperanza y amor. Y resulto ser el peor de los hombres. Fui
traicionada. De todos los seres vivientes las mujeres somos las criaturas mas desdichadas.
Ante la ruptura de los convenios matrimoniales no es posible que lo podamos repudiar.
Él me había llevado como botín desde una tierra bárbara. Cuando el Rey Creonte, temeroso
de que le haga daño a su hija, ordenó que yo abandone, exiliada, su tierra junto a mis hijos,
pedí por ellos. Él me trato de irascible, y apuró mí salida de su tierra en forma violenta. Yo solo
le pedí un día más. Día que sería determinante en mi venganza.
En ese momento pensé en cómo iban a morir Glauce y su padre el Rey Creonte, el mismo
que me había expulsado, sin compasión, junto a mis hijos de su tierra. Mi destierro no iba a
pasar desapercibido ante los ojos de Jasón. He nacido mujer, y podemos ser las más incapa-
ces para las cosas buenas, pero las más sabias artesanas de todos los males.
Cuando Jasón supo de mi destierro, pensó que era lo mejor para mi, y para los niños.
Él aseguró que no había pedido mi destierro. ¿Cómo esperaba él que reaccione? Me reprochó
mis injurias a los gobernantes, al mismísimo rey y dijo que eso me convertía en una mujer peli-
grosa y vengativa. Se supo odiado por mí, pero aseguró que ese no era motivo para estar mal
dispuesto conmigo. Me recordó que había recibido más de lo que había dado y que, a pesar de
todo, mis hijos y yo no sufriríamos carencias y que podría criarlos dignamente en mi casa, lejana.
Afirmo que las mujeres podemos llegar a un pun-
to de locura. Si la cama funciona bien, conside-
ramos que lo tenemos todo, pero por el contra-
rio, si hay alguna circunstancia desdichada en lo
que tiene que ver con el lecho, lo más ventajoso
y lo más bello se convierte en nuestro peor ene-
migo. Qué oportuno hubiera sido que los hom-
bres engendraran de otra manera a los hijos y
que no existiera la raza femenina. Así no existi-
ría para los hombres ningún mal. Pero no es así.
A Jasón, planear su boda a escondidas, lo ha
convertido a mi vista en un ser doblemente de-
testable. Al fin de cuentas soy una mujer bár-
bara y eso le conducía a una vejez deshonrosa.
Me condenó a ser culpable de todo lo que me es-
taba pasando, por maldecir a los reyes. Y en verdad
soy causa de maldición para su casa. Me pidió que
detenga mi cólera, me ofreció ayuda en mi exilio.
Los dones de un hombre malvado no ofrecen nin-
gún provecho. Pensé.
El amor nos enceguece. Nadie escapa de esta furia.
En mi encuentro con Egeo, le conté que Jasón tenía otra mujer, la hija del rey, que ha elegido
el lecho más conveniente, ha elegido una familia real. Le hice saber que estaba perdida, y que
el rey Creonte me expulsaba de su tierra. Al no comprender Egeo con precisión, continúe con
mi relato. Le supliqué de rodillas que me recibiera en su tierra como huésped.
Egeo prometió no entregarme a nadie.
Entonces, puse en marcha mi plan de venganza. No podía aceptar la humillación de mis ene-
migos. Sí, como bárbara y extranjera soy una bestia en la selva, con la convicción de llevar
adelante mi venganza. Jasón nunca volvería a ver a nuestros hijos, y no engendraría hijos con
su joven esposa.
Que nadie me considere débil y floja, ni resignada. Fui rigurosa con mis enemigos y agradable
con mis seres queridos. Pues la vida de los que se comportan así es más gloriosa.
Creyeron que se iban a liberar de Medea. Ingenuos.
Jasón me creyó insensata, pero soy la misma Medea que lo había dado todo por él. Me repu-
dió y tuvo lástima de mí, nunca compasión, y no hay peor sentimiento para quien lo da todo
por amor.
Cuando Jasón se presentó, en un encuentro donde dejé que mis hijos saludaran a su padre a
modo de despedida, éste manifestó que entendía, de un modo natural, que una mujer monte
en cólera con su esposo cuando este decide abandonarla y casarse con otra mujer en secre-
to. Se dirigió a los niños tratando de hacerles entender que el exilio era lo mejor para noso-
tros tres, y que cuando él tuviera nuevos hijos con su nueva esposa, ellos serían los primeros
en esa tierra Corintia.
Triste y llena de lágrimas, pensé en el peor destino para los niños. Le rogué a Jasón que le
pida a Creonte que no expulse a nuestros hijos, que yo me iría sola de su tierra.
Pero Jasón no creyó que Creonte aceptara mi propuesta. En caso que no acepte, le dije, pí-
dele por ellos a tu futura esposa, que interceda ante su padre.
Buscando convencerlo, llamé a mis hijos para que ellos mismos le muestren a su padre un
ligero peplo y una trenza cruzada, completamente de oro, para Glauce, su futura esposa.
Jasón me mandó a guardar el regalo. Me negué y le aseguré que para salvar a mis hijos del
exilio entregaría yo mi vida, no solamente oro. Les expliqué a los niños que tenían que llevar
esos regalos a la nueva mujer de su padre y pedirle que no los destierre de su país.
Fue allí que dije a mis hijos, señores jueces: “¡Oh, hijos, hijos! ¡Hay esperándolos a ustedes
una ciudad y una casa en la que, después de abandonarme a mí, la desdichada, habitarán
para siempre privados de su madre!”. Y proseguí, “Yo me iré como una exiliada hacia otra
tierra, antes de gozar y de verlos felices, antes de ornamentar vuestros lechos, la mujer que
elijan como esposa y los tálamos nupciales y antes de alzar las antorchas en sus bodas. ¡Oh,
desdichada a causa de mi terquedad! En vano a ustedes, hijos, los alimenté y en vano padecí
penosas fatigas y me torturé en los trabajos, después de haber soportado los acerbos sufri-
mientos del parto”.
Ciertamente señores jueces, alguna vez yo, desdichada, tuve muchas esperanzas en mis hijos:
que me cuidarían en la vejez y que, una vez muerta, me arreglarían con sus manos (cosa digna
de envidia para los hombres). Ahora, en cambio, se ha desvanecido ya este dulce pensamien-
to. Privada de mis hijos atravesaré una vida amarga y dolorosa para mí. Nunca más verán a su
madre con sus ojos queridos, después de que hayan sido alejados hasta otra forma de vida.
Entonces, señores jueces, tuve pensamientos horribles y muchas dudas. Desconsolada, los
miré alejarse mientras me decía: “¡Ay, ay! ¿Por qué me miran fijamente con sus ojos, hijos?
¿Por qué ríen su última risa? ¡Ay, ay! ¿Qué haré? Mi corazón falla, porque veo la mirada lumi-
nosa de mis hijos. ¡No podría hacerlo! ¡Adiós a los designios de antes! Me llevaré a mis hijos
de esta tierra. ¿Por qué yo misma, mientras hago sufrir al padre de estos niños a causa de su
mala acción, obtendré para mí el doble de tales males? No lo haré, al menos yo. Adiós a mis
decisiones”.
Sin embargo, otras dudas me asaltaron. Nuevamente me dije: “¿Pero, qué cosa padezco?
¿Quiero que mis enemigos me paguen con su risa, cuando los deje impunes? Estas deter-
minaciones deben ser, finalmente, osadas. Sin embargo, es propio de mi cobardía aceptar
palabras tiernas en mi mente.
¡Entren, hijos, en la casa! Pero de aquel para quien no es lícito que esté presente en la ce-
remonia sacrificial que voy a emprender, de él no me preocuparé. Y no dejaré que mi mano
vacile”.
Más dudas me invadieron. No sabía qué hacer. Una y otra vez volví al mismo punto. Me dije
entonces: “¡Ah, ah! ¡No, ciertamente, corazón, no obres tú estas cosas! ¡Déjalos, desdichado!
¡Trata con consideración a tus hijos! ¡Mientras vivan, aunque no les quitó lo de aquí. ¡Oh, dulce
abrazo! ¡Oh, delicada piel y el más dulce soplido de mis hijos! ¡Vayan, vayan! Ya no soy capaz
de mirarlos, sino que estoy vencida por los males”.
Fue cuando me di cuenta al fin. Comprendí qué males estaba a punto de cometer; pero mi
corazón fue más fuerte que mis deliberaciones: él es el culpable de los mayores males entre
los hombres. Me animé a lo que ninguna mujer quiere animarse.
Sentada espere la noticia del mensajero. La princesa real había muerto, también Creonte. El
mensajero me relató con detalles la muerte de ambos.
La princesa aceptó el adorno de Jasón y mis hijos. Tomó los abigarrados peplos, se revistió,
y al colocarse la corona se arregló la cabellera en el espejo. Así fue como su cuerpo ardió.
Sus gritos llegaron hasta el Rey que sin dudarlo se arrojó sobre el cuerpo muerto y en llamas
de su hija atrapado en un fuego devorador. Ambos murieron de una manera infame, eso me
puso feliz. Para alejarme definitivamente de esa tierra decidí matar a mis hijos. Ellos iban a
ser asesinados por otras manos. Dejé de pensar en el amor que les tenía. Entregué el resto
de mi existencia a este dolor.
Así fue que me subí al carro alado de Helio con mis niños ya sin vida.
Con los pies sobre la tierra, Jasón me deseó la muerte.
Entendí, que hiriendo su corazón, me liberaría del dolor de la traición.
CORO

Zeus en el Olimpo es dispensador de muchas cosas, aunque los dioses cumplen muchas de
ellas de manera inesperada. Y lo creído no llegó a su fin, pero de las cosas no creídas un dios
encontró la salida. Así resulto esta obra.
Impreso en Cooperativa Gráfica del Pueblo
Ciudad de Buenos Aires, Junio 2016.

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