Mama Rosa: La familia Solar en 1906
Mama Rosa: La familia Solar en 1906
Mama Rosa(1957)
Fernando Debesa
PERSONAJES
La familia
MISIA MANUELA ECHEVERRÍA, VIUDA DE SOLAR
PANCHO SOLAR
JAVIER SOLAR
LEONOR SOLAR
TERESA LARRAÍN DE SOLAR
SAMUEL HURTADO Los empleados
ARTURO VALDÉS LA ROSA
CRISTINA ECHEVERRÍA LA MAMA CHANA
ALFONSO EVHEVERRÍA LA LUDOVINA
PANCHITO SOLAR LA ENRIQUETA
MÓNICA SOLAR LA CARLOTA
Los niños MATEO
PANCHO SOLAR MACARIO
JAVIER SOLAR FELISA
MARGARITA SOLAR MUDANCERO VIEJO
LEONOR SOLAR MUDANCERO JOVEN
PRIMERA PARTE
ESCENA PRIMERA
Una casa aristocrática de Santiago en 1906, casa amplia de tres patios. La escena
representa el salon chico o salita, donde se reúne la familia en la intimidad. Muebles de
caoba con muchos años de uso.
Una mesa de arrimo arreglada como altar para el Mes de María, con mantel de
lienzo. Virgen grande de loza y dos candelabros de bronce. Muy visible, un gran retrato al
óleo de MISIA MANUELA, vestida de amazona.
Al fondo de la sala, ventana y puerta de dos hojas que dan a la típica galería de
vidrio. Más allá, el patio, con plantas ornamentales y los naranjos de rigor. A un lado del
decorado, pequeña puerta que da la pieza de costura, donde trabajan las sirvientas. (La
palabra “empleada” no existe todavía.)
MISIA MANUELA ECHEVERRÍA, VIUDA DE SOLAR, la dueña de casa, está
sentada frente a su escritorio sacando cuentas. Tiene treinta y siete años, es bella y
enérgica. Viste de oscuro.
Son las cuatro de la tarde del cinco de diciembre. Por la puerta de la galería entra
ENRIQUETA, cocinera de la casa.
ESCENA SEGUNDA
(MISIA MANUELA sale a la galería.)
MISIA MANUELA -Adelante, Mateo. (Éste entra. Es un hombre fuerte y tosco, de unos
sesenta años. ENRIQUETA desaparece hacia el interior de la casa.)
MATEO -Güenas tarde, su mercé…
MISIA MANUELA -Me alegro de verte. Hace un mes que no tenía noticias del “Membrillar”
y estaba inquieta…
MATEO -No había podido venir, pus patrona, porque tenía a la Carmela enferma. Pero
ahora ya está bien.
MISIA MANUELA -Cuéntame, ¿cómo marcha el fundo?
MATEO -(Entusiasta.) Tenimos que darle gracias a Dios, patrona, por lo que los ha
amparao. Viera su mercé por esos laos, las calamidaes del terremoto; casas por el
suelo, ríos salíos de madre. Mientras que en el “Membrillar”, apenas dos o tres
ranchos caíos, que ya ‘stán paraos otra vez. Y la cosecha se presenta mejor que
nunca. Toos pu’allá creímos que un santo los ha protegío. O más bien dicho, a su
mercé, por lo güena qu’es…
MISIA MANUELA -Me alegran tus noticias. ¿Entonces vamos a poder pensar en serio en el
fundo de don Ernesto Echaurren?
MATEO -Claro, pus, patrona: doscientos mil pesos. (Como si fueran veinte.)
MISIA MANUELA -¡Mi buen mayordomo! ¿Pero de dónde vamos a sacar esa suma?
¡Doscientos mil pesos! (Como si fueran dos millones.)
MATEO -¡Con la cosecha que viene y con qui un Banco le empreste, atrévase no más.
MISIA MANUELA -(Respirando fuerte.) Me da miedo, Mateo, abarcar dos fundos, “El
Membrillar” y “San Cayetano”…
MATEO -(Como si las dudas de MISIA MANUELA se debieran a su capacidad.) ¡Tenga
confianza en mí, patrona! Soy demás capaz pa los dos. (Acercándose a ella,
chismoso.) On Ernesto vende barato “San Cayetano” porque ‘ta muy endeudao.
Parece que anta templao di una señora, y bota más de lo que tiene…
MISIA MANUELA -¿Y te aceptó venderlo en doscientos mil? Es mucho dinero para mí,
pero poco para “San Cayetano”…
MATEO -Parece que quiere irse a las Europas etrás esa señora, y no ‘aya de ‘onde
sacar la plata. Por eso dijo que güeno.
MISIA MANUELA -Estas buenas noticias hay que celebrarlas. Siéntate, Mateo. (Primera
vez que se le ofrece tal privilegio; MATEO no se atreve.) ¿Qué te parece una copita
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de mistela?
MATEO -Gracias, patrona. No se moleste… (Ella, de una botella pequeña sirve dos
vasos y le pasa uno a MATEO. Este protesta.) Patrona ¡Cómo se le ocurre! Servirme
su mercé a mí…
MISIA MANUELA -¡Cómo no voy a atender al hombre que me ha servido fielmente desde
que murió mi marido! (Alegre.) ¡A tu salud, Mateo, el mejor mayordomo de toda
Colchagua! (Él bebe. Ella apenas se moja los labios.)
MATEO -Es muy güena su mercé y Dios la ayuda. Eso es lo qui hay. Así le decía a la
Carmela ayer no más. Como misiá Manuela un hay. Por eso ta saliendo aelante’e
toas las apreturas en que la ejó on Francisco. Muy güenazo era el finao, pero pa los
negocios, lo mismo que ná, como ternero mamón.
MISIA MANUELA -(Mientras le llena de nuevo el vaso.) Es que he tenido suerte, Mateo.
MATEO -(Se le va soltando la lengua:) Es que su mercé tiene más orden en los
cuaernos, es más determiná que el finao… (Acercándose a ella, confidencial.) Lo
que’s a mí, misia Manuela, me gusta más trabajarle a usté… (Emocionado, bebe al
seco el segundo vaso.) La Carmela me ecía ayer; si a gusto ver a la patrona, que no
piensa más que en los niños y en el fundo, tan joven y güena moza…
MISIA MANUELA -Es mi deber. Hay que prepocuparse ahora, para que los niños tengan
bienestar después.
MATEO -(En plena confidencia.) ¿Sabe su mercé lo icen pú allá en “El Membrillar” Tan
güena moza y tan sola, misiá Manuelita… Era que se casara… pá no tener el corazón
desocupao…
MISIA MANUELA -(Un breve segundo de sueño. Después, cortante:) Dile a los del
“Membrillar” que mis cuatro hijos me tienen el corazón muy ocupado. (Se pone de
pie; la entrevista ha terminado.) Bien, Mateo; querrás pasar a la cocina a comer
algo.
MATEO -(Un poco confuso.) Güeno, Misiá Manuela. ¿Cuándo va su mercé pal
“Membrillar”
MISIA MANUELA -En unas dos semanas más, apenas los niños salgan del colegio. Allá iré
a ver a don Ernesto, para la compra de “San Cayetano”.
MATEO -Le voy a tener las planillas listas, patrona.
MISIA MANUELA -Bien, Mateo; ahora pasa a la cocina. (Recuperando un poco de
cordialidad. ) Gracias por tus buenas noticias. Le tengo un paquete a la Carmela.
Después te lo entrego.
MATEO -Gracias, patrona. (MATEO sale, MISIA MANUELA se mira en el espejo y
murmura: “El corazón desocupado…” La saca de su sueño el ruido de un portazo y
una gritería de niños. Carreras y aparecen por la puerta del corredor PANCHO y
JAVIER, atropellándose, rojos de excitación. Visten trajes de marinero con pantalón
apretado debajo de la rodilla. PANCHO tiene quince años y JAVIER catorce.
PANCHO es rubio y buenmozo. JAVIER es moreno, rostro espiritual de santo
español.)
PANCHO y JAVIER-(Gritan al mismo tiempo.) ¡Yo primero! ¡Yo la beso primero! ¡Mamá,
mamá! (Se abalanzan como locos sobre MISIÁ MANUELA. PANCHO le da un
empujón a JAVIER y besa primero a su madre. MISIÁ MANUELA los besa con gran
cariño.)
PANCHO -¡Mamá, mamacita!
JAVIER -¡Tramposo, me empujaste!
MISIA MANUELA -¡Cuidado, cuidado, niños! ¿Y las niñitas!
JAVIER -La mama Chana les viene contando el cuento del terremoto. Ya lo ha contado
más de mil veces.
PANCHO -(Idea.) ¡Escondámonos! (Los dos niños arrastran a MISIA MANUELA al
escritorio y se esconden. Aparecen por la puerta la MAMA CHANA con
MARGARITA y LEONOR. La CHANA tiene cincuenta años y fue la mama de don
Francisco. Las niña llevan rizos y bonitos vestidos claros. MARGARITA es rubia y
luminosa. LEONOR es morena, y cojea un poco. La CHANA viene en pleno cuento.)
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CHANA -(Entrando) “Y cuando las ejé a ustees ar lao el naranjo grande, corté pa la calle
a buscar a on Rafael. ¡Jesús, la zalagarda que había ajuera! Me jui por la calle’e los
Huérfanos arriba, haciéndole’l quite a los que corrían. Cuando en l’esquina’e la Calle
Peumo, se pone a temblar de nuevo y a sonar las campanas del puro meneo. Tuve
qui agarrarme de un farol pa’no caeme. Cuando en esto siento que se me viene
encima… (Gesto de muro que cae. PANCHO sale de su escondite bruscamente.)
MISIA MANUELA -(Formidable) ¡Pum!
CHANA -(Aterrada.) ¡Mierda! (Todos se ríen a gritos. La MAMA CHANA se enoja y
asesa con la mano en el seno.) ¡Esu’es, chiquillo veleidoso! Vení a reirte ahora,
cuando si no me arrastro a cuatro patas debajo’e la muralla’el correor, te cae la viga
encima, igual qui a la Lionor, y te había quedao la pierna torcía, igual qu’ella…
(LEONOR asustada, se aferra a su madre.)
MISIA MANUELA -Ya sabes Chana, que no me gusta que le hables a los niños del
terremoto. Eso ya pasó y hay que olvidarlo. ¿Y cómo se portaron hoy?
CHANA -(Vengativa.) Malazo. Los voy a acusar. (Ellos la miran asustados.) Estos
chiquillos, misiá Manuela, me van a matar. Uno le tiró la cola al gato ‘e la botica, y el
boticario salió con un palo detrás d’ellos. ¡Cómo m’hicieron correr por la call’e los
Huérfanos!
MISIA MANUELA -¿Cuál de ellos fue? ¿Pancho o Javier? (PANCHO está a la derecha de
CHANA y JAVIER a la izquierda. Ella, con fingida furia mira primero a uno, después
al otro. Su corazón es de mantequilla y…)
CHANA -Este Pancho es muy malo… y este Javier es el diablo en persona… () pero la
pura verdad que con el sofocón, no me fijé cuál de los dos había sido. (Los niños
respiran fuerte del gusto.)
PANCHO -(Que le tiró la cola al gato.) ¡Así me gusta, mamita, que no se acuerde ná!
JAVIER -Con o sin gato, mamita, yo la quiero más. (La abrazan y manosean. Ella,
feliz, finge protestar.)
CHANA -Tense quietos, chiquillos veleidosos. ¡Güen dar que la jiliben a una!
MISIA MANUELA -(Se sienta.) Y tú, Margarita, cómo te portaste en el colegio?
MARGARITA -Bien, mamá. ¡Claro que esa antipática de la monja Filomena me las va
a pagar!
MISIA MANUELA -¿Por qué? ¿Qué pasó?
MARGARITA -Porque no supe cómo se plantaba el trigo me trató de ignorante.
(Pausa.) ¡Y después me castigó!
MISIA MANUELA -Te castigó por algo que tú le contestaste, ¿no es cierto?
MARGARITA -Bueno… le dije que yo tenía fundo, y que para eso estaban los
sirvientes, para plantar ellos el trigo.
MISIA MANUELA -(Severa.) Muy equivocada tu contestación, Margarita. El castigo de la
madre Filomena me parece justo. Ya hablaremos de eso más tarde. Y tú, Leonor,
¿supiste las lecciones?
LEONOR -Sí, mamá. ¿Sabe la novedad? Seguí su consejo y en vez de quedarme
sentada en el recreo, jugué con todas las demás niñas.
MISIA MANUELA -¿Y te dolió la piernecita?
LEONOR -Un poco. ¡Pero gocé tanto jugando al mono porfiado!
MISIA MANUELA -No hay que exagerar, Leonor. Tienes que ir de a poco. Y tú, Javier,
¿cómo te fue en el colegio?
JAVIER -Hoy me gustó más que otras veces. En la clase de religión nos hablaron de
los misioneros que viven entre los negros. Y a veces los negros se los comen.
MISIA MANUELA -¿Te dan pena los misioneros?
JAVIER -¿Por qué? El profesor dijo que los misioneros siempre salen ganando. Aunque los
maten los negros, o se los coma un león, ellos salen ganando… (Queda abstraído.)
MISIA MANUELA -Bueno, ahora todos van a ir a tomar once y después hacen sus tareas.
Pancho, quiero hablar contigo. (Todos salen con gran algazara, mientras la MAMA
CHANA se queja.)
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ESCENA CUARTA
MISIA MANUELA -Ya vas a cumplir quince años, Pancho. (Este guarda silencio.) Ya no
estás en edad de tirarle la cola a los gatos de la calle. (Silencio.) Te hablo en serio,
Francisco. (Cuando le dice “FRANCISCO” el sermón es grave.) Eres el mayor de mis
hijos y en pocos años debes tomar las riendas del fundo y los negocios. Por eso
tienes que prepararte con seriedad y estudiar al máximo.
PANCHO -(Con flojera mimoso.) Pero, mamacita linda, por eso mismo, ¿para qué
estudiar tanto? En el fundo hay mayordomo y los negocios los lleva el Banco…
MISIA MANUELA -No quiero que seas un jovencito inútil. ¿Me entiendes? Quiero que
estudies para que llegues a ser un caballero.
PANCHO -(Con orgullo.) Soy un Solar Echeverría…
MISIA MANUELA -Ser un aristócrata no es un privilegio; es una responsabilidad. Tu
bisabuelo fue un gran Presidente de Chile porque tuvo convicciones, luchó por ellas y
se sacrificó por su patria.
PANCHO -(Cínico, con la mano en la solapa.) Si yo fuera Presidente…
MISIA MANUELA -(Firme.) ¡No te burles! ¡Imitarás a tu bisabuelo aunque yo tenga que
huasquearte! Desde mañana estudiaré contigo de cinco a seis. (Se asoma
LIDUVINA por la puerta.)
ESCENA QUINTA
LUDOVINA Aquí le traigo a mi sobrina, misiá Manuelita.
MISIA MANUELA -Un momento. (A PANCHO.) Ya lo sabes; desde mañana estudiamos
juntos tus exámenes. Ahora, anda a tomar once. (PANCHO sale silbando la canción
de Yungay. LIDUVINA siente el hielo y busca romperlo.)
LUDOVINA -¿Puedo entrar, misiá Manuelita?
MISIA MANUELA -Adelante.
LUDOVINA -(Llega al centro de la pieza y mira hacia la puerta.) Ya, pus, éntrale,
Rosenda. (Aparece ROSENDA. Dieciseis años reventones, chapes, ojos vivos.) Esta
es la Rosenda, misiá Manuela. Salúa, pus, Rosenda. (ROSENDA hace un gesto
encogído, que bien podría ser interpretado en Colchagua como un saludo.) Dile cómo
te llamai.
ROSENDA -(Tragando saliva.) ¿Quién, yo?
LUDOVINA -(Pone cara que quiere decir “mi sobrina es idiota”) Sí, vos.
ROSENDA -Eh… Rosenda del Carmen González Tapia, pa servirle… (Pausa, codazo de
LIDUVINA.) a su mercé.
LUDOVINA -(Decide ponderar la mercadería.) No es na ‘e tonta la chiquilla, misiá
Manuelita. Viera lo aelantá qu’está en la escula y en el Catecismo. (Idea.) A ver,
chiquilla, pa que misiá Manuelita vea lo aplicá que soi p’al Catecismo, échate un
Creo. (MISIA MANUELA se sienta, entretenida; ROSENDA cierra los ojos, apreta
las manos y se lanza como un caballo.)
ROSENDA -(Con ritmo de Catecismo.) Creo en Dios Paire too poeroso, criador er cielo y
la tierra y en Jesucristo s’único hijo… (Pausa.) Criador er cielo y la tierra… (La
tensión aumenta.) Criaor er cielo y la tierra… Criaor…
LUDOVINA -(Excitada.) ¿No vis lo que te pasa por tirarte tan ligero? Lo que hay, misiá
Manuelita, es que a esta chiquilla le cargaron la mano con tanto rezo. A ver,
Rosenda, tu maire me ijo qu’erai una bala p’al mes de María. A ver, lárgate una
Salve. (Mirada terrible a la ROSENDA.)
ROSENDA -(Con sonsonete.) Dios te sarve Rein’y Maire, Maire Misiricordia, via, urzura,
esperanza nuestra, Santa María, Maire Dios, ruega por losotros peca…
LUDOVINA -(Furiosa, interrumpe.) ¡Te saltaste pál Ave María, desgraciá! (ROSENDA
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ESCENA SEXTA
LUDOVINA -(Nuevo suspiro.) Harto susto que pasé, chiquilla atontá, cuando te sartaste
de la Sarve p’al Ave María. Menos mal que too se arregló. (ROSENDA sigue
abstraída.) ¿Qué te pasa, Rosenda, que se entró el habla?
ROSENDA -(Con timidez.) Eso que usté ijo, no es ná verdá…
LUDOVINA -¿Lo que yo ije? ¿Qué cosa?
ROSENDA -Que no me había mirao nunca naiden…
LUDOVINA -Pero tu maire me ijo que nunca…
ROSENDA -¿Si acuerda, tía, de Custodio…?
LUDOVINA -No me vengai a ecir que habís andao enredá con Custodio. (Cambio de tono.)
¿Cuál Custodio?
ROSENDA -El hijo e doña Maclovia…
LUDOVINA -¿Ah, ése que le hacía a la guitarra?
ROSENDA -Ese mismo, tía. A mí me cantaba…
LUDOVINA -(Inquieta.) ¿Te cantaba? ¿Qué canto te cantaba? ¿De cerca o de lejos?
ROSENDA -De lejos, tía. (Suspiro. En seguida, suavemente, entona:) “Ay, Rosa, vení al
jardín. Ay, Rosa, ven que me muero; pa quererte entre las rosas, aquí cantando te
espero”.
LUDOVINA -¿Eso no más? ¡Leseras de guaina! Ahora tenís que olvidart’e Custorio, de oña
Maclovia, de tu mamita y de tu taita; vai a servir en casa grande, onde gent’e lo
muy mejor y tenís que hacerlo bien, ¿entendís?
ROSENDA -(Abstraída.) Sí, tía.
LUDOVINA -Ahora vamos pá la pieza. Toma tus cosas. (Toman los paquetes y salen.)
ESCENA SÉPTIMA
La pieza queda vacía, un instante. Entra JAVIER y se dirige a la mesa de la Virgen del
Carmen, mirando a todos lados, sigilosamente. Cuando se convence de que no hay nadie,
se coloca alrededor del cuello un mantel de terciopelo rojo, largo y angosto que hay sobre
una mesita; junta las manos, saluda a la Virgen y dice: “E cum Spiritu tuo”. Después se
mueve lentamente hacia los lados, se vuelve y da una bendición, diciendo: “Benedice
onipoteni, Patre, Filio e Spíritu Santo”. Es una comedia de la Misa, algo encantador y sin
una sombra de ridículo. Debe sentirse el candor y la elevación del niño que imita a l
sacerdote. Mientras JAVIER inclina la cabeza y reza en un desatroso latín, entra ROSA. Se
le ha quedado un canasto y viene a buscarlo. Al ver a JAVIER, se queda rígida. Él,
asustado, se da vuelta y lanza lejos la estola. Pausa.
JAVIER -¿Qué hacís aquí?
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ESCENA OCTAVA
JAVIER reza a la Virgen en voz baja. Se entienden trozos de frases: “Perdóname los
pecados… Virgencita querida”… Todo con gran seriedad, sin ser cómico ni un instante. Se
oyen voces de niños que se acercan, y entran MARGARITA y LEONOR, jugando con
diávolos1 y gritando.
MARGARITA-(Riéndose.) ¡Te gané, te gané!
LEONOR -(Riéndose.) ¡Ay, se me cayó! (Con gran ruido se agacha y busca su diávolo.
Entra MISIÁ MANUELA con PANCHO.)
MISIA MANUELA -Ya niñitas, silencio. Vamos a rezar el mes de María luego, porque
después de comida les da sueño.
JAVIER -Mamá, ¿voy a buscar las flores?
MISIA MANUELA -Bueno, pero que sus hermanas le ayuden.
MARGARITA -¡Vamos! (Salen los tres con mucho ruido.)
MISIA MANUELA -Pancho, arregla tú las sillas. (Entra la MAMA CHANA.)
PANCHO -(Orgulloso, entre dientes.) Siempre las arreglan las sirvientas.
MISIA MANUELA -(Firme.) De ahora en adelante las arreglarás tú.
CHANA -(Rezongando.) Ya le están cargando la mano a mi pajarito. (A PANCHO.)
Déjame a mí…
MISIA MANUELA -(Muy seria.) ¡Chana!… dije que Pancho iba a arreglar las sillas de ahora
en adelante!
CHANA -(Se queda quieta y rezonga.) ¡Esú es! ¡Pa reventarle los pulmones a ese
pobre huacho!
MISIA MANUELA -¡Anda a llamar a los demás! (La CHANA sale. Entran los tres niños con
flores de nardos e ilusiones.)
MARGARITA-Yo los arreglo… Déjame a mí.
JAVIER -No, a mí me toca. La mamá dijo que yo era el sacristán. (Todas estas
exclamaciones son rápidas, con ruidos de pajarera.)
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Diávolo o Diábolo: Juguete de forma de carrete que se arroja al aire, imprimiéndole un movimiento de rotación
muy rápido.
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SEGUNDA PARTE
ESCENA PRIMERA
El mismo decorado, con algunos detalles que indican mayor riqueza. Sobre una mesa, un
fonógrafo de corneta. Estamos en 1910, el año del Centenario. LEONOR lee sentada en un
sillón. Tiene dieciséis años, es flaca y morenita. Después de un momento, pasa
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MARGARITA por el corredor. Son entre las cinco y seis de la tarde de un día de octubre.
LEONOR -¡Margarita! (Esta ya desapareció.)
VOZ DE MARGARITA-¿Qué cosa?
LEONOR -No te he visto en todo el día. Ven a contarme del baile de anoche…
MARGARITA-(Aparece con un gran sombrero puesto y otro en las manos.) Estoy ocupada
con los sombreros del trosseaux2, Leonor. Por lo demás, fue un baile igual a todos: la
misma gente, la misma orquesta, los mismos chistes… (Entra y va a mirarse al espejo.)
LEONOR -¡Cuéntame, Margarita! Piensa que yo no he ido a ninguna fiesta grande
todavía… No sé lo que ha sido el Centenario…
MARGARITA-(Se da vuelta para que LEONOR la vea.) ¿Me queda bien, no es cierto? (No
espera respuesta.) Sí, algunas fiestas han sido simpáticas: el baile de fantasía del
Teatro Municpal, el garden party del Cerro Santa Lucía, la matinée del Duque de
Arcos. Por lo demás, te diré que cuando una está de n ovia, no puede disfrutar de las
fiesas. Samuel no se me despinta del lado ni un instante.
LEONOR -Confiésame, Margarita, ¿quieres mucho a Samuel?
MARGARITA-¡Qué pregunta más rara! Sí, supongo que sí… Todas las novias quieren a sus
novios, ¿no es cierto? (Se coloca el otro sombrero.)
LEONOR -Porque Samuel te adora. Cada día te mira más embelesado, como si te viera
por primera vez.
MARGARITA-Este Samuelito es tan loco… Tú ves, cómo no ha dejado pasar un día sin
traerme un regalo. Primero fueron flores, después porcelanas, y ahora joyas. ¿Sabes
lo que me trajo ayer? Un guardapelo de esmalte con mis inicales de esmeralda. Yo lo
encontré excesivo y lo reté. Le dije que encontraba de dudoso gusto el exhibir así su dinero.
LEONOR -¡Qué maravilla ser amada así, ser buscada…! ¿Sabes, Margarita? (Con gran
secreto.) Creo que estoy empezando a enamorarme.
MARGARITA-(Sin interés.) ¡Qué buena noticia! Así te preocuparás un poco más de tus vestidos.
LEONOR-(Ruborizada) No sé…no estoy segura todavía… pero me siento temblar,a veces.
MARGARITA-(Se ha sacado el sombrero.) Bien, voy a guardar estos sombreros. Tengo
que ir a probarme la esclavina3 de armiño y el manguito.
LEONOR -(Con timidez.) ¿Te cuento?
MARGARITA-(Dirigiéndose a la puerta.) Perdóname, Leonorcita, pero tengo que probarme
esta esclavina y cambiarme el traje antes de que llegue Samuel. Mañana me
cuentas. (Sale. LEONOR, sin sentirse herida, queda soñando. Por la puerta chica
entra ROSA con plumeros y escobas. Viene rezongando. )
ESCENA SEGUNDA
ROSA -¡Jesús, er día que mi ha tocao! ¡Ya no doy más! ¿Quién me mandaría
quearme en Santiago ‘e sirviente?
LEONOR -(Afectuosa.) Quién había de ser sino el cariño que nos tienes.
ROSA -Pensar que vine pa juntar un poc’ue plata pa’ayudar a mi taita; ya llevo
cuatro años, no he juntao ni cobre, y aquí ‘stoy chantá.
LEONOR -En cambio, nos has visto crecer, nos quieres, y nosotros te queremos. ¿Qué
haríamos en esta casa sin ti?
ROSA -(Fastidiada.) ¡Y pa’cormo me toca er Centernario, qu’s año en que too sale mal!
LEONOR -(Soñadora.)También ocurren cosas buenas…
ROSA -Lo que pa mí, ha sío harto pesao. Hey tenío qu’echar los bofes, cosiéndole a
la Margarita pa’los bailes. ¡Y ahora pa’terminar el año y dejarme sin pulmones, se li
ocurre casarse!
LEONOR -Ya pasará el matrimonio y descansarás.
ROSA -Toy decidía. Apenas se case la Margarita me quieru ir p’al campo. ¡Menos mal
que Custodio no se ha casao!,
LEONOR -¿Cómo lo sabes?
2
Trousseaux: del francés, ajuar. Muebles, alhajas y ropas que aporta la mujer al matrimonio.
3
Prenda de vestir a modo de capa muy corta que está pegada a otra.
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Mama Rosa 10 Fernando Debesa
ROSA -Misiá Manuela me contó. ¿No ve que Custorio tá trabajando con el hermano
d’ella en el fundo cerqu’e Temuco…? Y parece qu’el caballero lo quiere mucho. ¡Era
que no! ¡Tan güenazo qu’es Custodio!
LEONOR -(Descubre unos libros en el suelo y los recoge.) ¡Los libros de Javier! ¿Quieres
llevárselos, Rosita? Los estuvo buscando en la mañana.
ROSA -(Cambia bruscamente.) Oiga Lionorcita, ¿por qué no se los lleva usté mejor
(Pausa). Conmigo ta medio enojao Javierito…
LEONOR -¿Enojao? ¡Qué raro, cuando Javier no se enoja nunca!
ROSA -Desde que gorvió el Seminario tá medio raro. ¡Ojalá si hubiera quedao allá!
LEONOR -No podía quedarse, Rosa. Por su debilidad al pulmón, tendrá que descansar
varios años, reponerse… ¡Pobre Javier!
ROSA -Por eso será que pasa enfurruñao ahí en su pieza. Toos los día va a misa e
sei, y apenas come.
LEONOR -(Cambio de tono.) Vas a tener que arreglar un poco el salón amarillo, Rosa.
Vienen los primos Echeverría en la tarde.
ROSA -El salón amarillo no puee ser. Macario lu está empapelando.
LEONOR- Entonces vamos a tener que recibirlos aquí, porque el salón verde está sin cortinas.
ROSA -Jesús, por curpa del matrimonio ya un hay ond’estar en esta casa. ¡Que
cambian las cortinas, los papeles, los muebles! ¡Y too me toca a mí!
LEONOR -¿Sabes quién viene con los primos, Rosa! Arturo Valdés… (Saboréa el
nombre. ROSA lo nota.)
ROSA -¿Con que ése es el caballero que la tiene a usté desvelá toítas las noches?
LEONOR -(Ruborizada.) ¡Cuidado, que pueden oírte! Mira que es secreto… (Sueña.) Sí,
Rosita, algo me pasa. ¡Y pensar que en la fiesta de las Correas, me rogó que bailara
con él y yo no quise! ¡Y me moría de ganas!
ROSA -¿Ta enferma ‘el chape, entonces?
LEONOR -No, Rosa, tuve miedo que me notara la cojera.
ROSA -¡Qué tant’historia con la cojera, si apenas se le nota!
LEONOR -Es que cuando me pongo nerviosa, cojeo mucho más. Lo malo es que él se
sintió, porque creyó que me era desagradable. Por eso no he dormido estas noches,
pensando cómo deshacer el malentendido.
ROSA -¡Bah! Con mandarle ecir que la veng’a ver, si acabó l’historia.
LEONOR -Le dije a la Cristina que hablara con él y lo trajera esta tarde. Pero no me ha
avisado, y no sé si vendrá. Por si acaso, voy a cambiarme de vestido. (Sale. Se oye
la voz de MISIA MANUELA que llama: “Rosa, Rosa!”)
ESCENA TERCERA
ROSA -Aquí estoy, misiá Manuela.
VOZ DE MISIA MANUELA-(Acercándose.) ¿No te mandé a ordenar la piesa de los baúles?
ROSA -Si estuve en eso, misiá Manuela, pero la Lionorcita dijo que arreglara aquí,
porque van a venir visitas.
MISIA MANUELA -Te traigo una novedad: carta para ti. (Le pasa una carta.)
ROSA -¿Pa’mi? ¿Quién me a escrebir a mí? (Da vueltas la carta entre las manos, sin
atreverse a abrirla.) Yo no sé na leer, misiá Manuela…
MISIA MANUELA -¿Quieres que te la lea yo?
ROSA -¿De onde vendrá?
MISIA MANUELA -(Mirando el timbre.) Parece que… de Temuco.
ROSA -¡De Temuco…! Jesús, María y José, léamela misiá Manuelita, que a lo mejor…!
MISIA MANUELA -Bien. (Se sienta y rompe el sobre. Empieza a leer con dificultad, como
si la letra fuera difícil de descifrar.) “Fundo Manantiales, Pilquén. Señorita Rosenda
del Carmen Gonzalez Tapia”.
ROSA -¿Quién la escribe, misiá Manuelita? Mire abajo el nombre. (Está que revienta de
nervios.)
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ESCENA CUARTA
LUDOVINA -(Con voz soplada.) Rosa, quiero hablar con vos.
ROSA -(Acercándose a la puerta chica.) ¿Qué le pasa, tía?
LUDOVINA -(Entrando.) Estaba aguaitanto que se juera la señora. Tengo que hablar con
vos. (Tono solemne y enojado. Toda la escena tiene lugar cerca de la puerta chica,
mirando continuamente hacia la puerta del corredor.)
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ESCENA QUINTA
Las voces alegres se acercan y entran CRISTINA y ALFONSO ECHEVERRÍA, ARTURO
VALDÉS y LEONOR.
LEONOR -(Llamado.) ¡Rosa! ¡Anda a decirle a la Margarita que llegaron los Echeverría!
CRISTINA -Si quieres, voy yo misma a buscarla. Me muero de ganas de ver esos
vestidos de París que le iban a llegar ayer. (Sale. LEONOR mira a ARTURO y le sonríe.)
LEONOR -¿Quiere sentarse, Arturo? (Ella se sienta y su mirada lo invita a su lado. Él
mira a ALFONSO y tímido, se sienta a cierta distancia.)
ARTURO -Gracias, Leonor. (Sonrisas. ALFONSO siente que molesta.)
ALFONSO -Ahora que me acuerdo, la Margarita quedó de pasarme una novela.
(Explicativo.) “El Rosario”, de Florencia Barclay, la última novedad de Inglaterra. Voy
a pedírsela. (A ARTURO.) Te dejo en buenas manos. (Sale.)
ESCENA SEXTA
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Mama Rosa 13 Fernando Debesa
ESCENA SÉPTIMA
Ha entrado bruscamente MARGARITA, seguida de SAMUEL, CRISTINA, ALFONSO y
PANCHO. MARGARITA se ve bellísima con un vestido de gasa rosada. Ha oído la última
frase.
MARGARITA-Pero Arturo, ¡qué siútico se ha puesto! (Riéndose encantadoramente, avanza
y lo levanta del sillón, mientras LEONOR enrojece.) Hablarle a la Leonor de la luna a
las seis de la tarde, me parece de muy mal gusto. (La atmósfera de ternura se ha
deshecho. Rostro dolorido de LEONOR. SAMUEL, que trae un paquete, interviene.)
SAMUEL -Margarita, le tengo un regalo. Algo que le va a gustar.
MARGARITA-(Abriéndolo sobre una mesa.) Samuelito querido, usted es el novio más
encantador que se ha visto en Chile. (A CRISTINA.) Cada día me trae un regalo…
(Al ver el contenido del paquetea.) ¡Estupendo! ¡Este es el mejor de todos! (Saca
varios discos.) La música de moda en París. (Lee.) “Boston du Printemps”, “Mon
amour danse le Boston”. Según las Valdés, que vienen llegando de París, la gente
bien de allá sólo baila Boston. Mil gracias, Samuelito.
CRISTINA -(Cómica.) Pobre de mí, que a duras penas puedo bailar vals.
MARGARITA-Pero Cristina querida, en París sólo los viejos bailan vals. (Decidida.) ¡Y yo
quiero ser la primera en “lanzar” el Boston en Santiago! Pancho ¿quieres poner ese
disco en el fonógrafo, por favor?
PANCHO -¡Cómo no! (Da cuerda al fonógrafo y pone el disco.)
ALFONSO -Al menos, tendrás la caridad de iniciarnos en los misterios del Boston. Así,
alguien podrá bailarlo en tu matrimonio.
MARGARITA-(La idea le gusta.) Pero encantada, Alfonso. ¿Qué les parece si estrenamos
los discos con una clase de Boston?
SAMUEL -(Tímido.) Pero, Margarita, no le conviene tanta agitación. Misiá Manuela dijo que
a este paso iba a llegar agotada al matrimonio. ¿Por qué no nos sentamos a
conversar?
MARGARITA-(Cierto tono sardónico.) ¿Sentarnos a conversar? ¿Otra vez? Pero Samuelito
querido, yo soy joven, y no me canso bailando. (Al ver que SAMUEL esquiva la cara
con disgusto.) Por lo demás, Samuel, a usted le encanta verme bailar. Me lo ha dicho
muchas veces… Bien, si todos están de acuerdo, empieza la lección. (Se dirige a
ALFONSO, lo toma de los brazos y empieza a bailar. ALFONSO la sigue con
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Mama Rosa 14 Fernando Debesa
torpeza.) El ritmo es éste: Un, dos, tres -un, dos, tes- un, dos, tres. Ahora viene la
vuelta, que el “clou”. (Va a dar la vuelta y se tropieza con una mesa.) ¡Jesús! ¡Con
tanto armatoste no se puede bailar aquí! (Se detiene.) ¡Vamos al salón verde!
PANCHO -No se puede. Macario está colocando cortinas nuevas.
MARGARITA-Le diremos que descanse un rato. ¿Puedes llevar el fonógrafo, Pancho?
(PANCHO dice que sí y sale. ALFONSO toma los discos.) Tú bailarás conmigo,
Alfonso; y usted Arturo, con la Cristina. ¡Vamos! (LEONOR se levanta con viveza a
colocarse junto a ARTURO.) Tú, Leonor, con Samuel harán de jueces. Verán quién
se equivoca.
LEONOR -(Sonriendo a ARTURO.) Yo sé bailar Boston, Margarita…
MARGARITA-(Hace una terrible pausa de asombro.) ¿Tú? (Con tacto artificial.) Pero,
Leonorcita, sabes muy bien, que no te conviene bailar. Te puede haer mal para tu
cojera… (Pausa. MARGARITA toma del brazo a ARTURO.) ¡Vamos, Arturo! (Salen.
ARTURO vuelve la cabeza para mirar a LEONOR, pero tiene que seguir a
MARGARITA. Salen todos.)
ESCENA OCTAVA
Desde la puerta chica, ROSA ha visto la escena con su bandeja de copas en la mano. La
deja sobre la mesa y corre a consolar a LEONOR.
ROSA -Lionorcita, m’hijita… güen dar con la lesera. (Le hace cariño.) Esta Margarita
que too se le hace poco.. ¿qué le jue a decir a mi niña…?
LEONOR -(Llorando.) Coja… soy coja… Soy fea y coja…
ROSA -Esa Margarita… Tiene novio rico, tiene regalos, tiene too, y viene a
embarrarle el pastel a mi Lionorcita… (ROSA lleva a LEONOR al sofá y se sientan.
Las edades parecen cambiar: es una niña llorando en brazos de su madre.)
LEONOR -Coja… fea y coja…
ROSA -Mire, m’hijita… eso de que tenga una piernecita un poco más ladiá que la otra
no implica na.
LEONOR -Claro que implica. Nada me resulta, porque soy fea y coja… Hay algo, Rosa, hay
algo…
ROSA -(Animosa.) ¡Qué v’aber algo! ¡Usted tan simpática como la Margarita, o más!
¡Va a ver como too se arregla!
LEONOR -A la Margarita todo le sale bien. En cambio a mí…
ROSA -Yo tenía una amiga, Lionordita, que tenía la caera salía. La pobre sufría y
suspiraba. Y la tortilla se dio güerta, y se casó y fue feliz.
LEONOR -¡No es cierto, no es cierto! ¡Las feas y cojas son desgraciadas!
ROSA -(Animosa.) Oígame, Lionorcita, pa’qui aprienda. Yo le voy a contar la historia
de mi amiga, que se llama Josefa Caldera y vivía en Valparaíso. Pa’que vea usté que
con maña, se disimula cualquier cosa.
LEONOR -(Débilmente.) No se disimula nada. ¡Yo voy a ser desgraciada…!
ROSA -Fíjese que como la Josefa tenía una caera salía de un lao, cuando andaba, se
le notaba. Pa’colmo, la pobre se enamoró del teniente Orellana, que era un marino
muy estimado de las güenamozas del puerto. La pobre Josefa le ponía ojos, y too
era inútil. (Pausa.) ¿Mi oye, m’hijita?
LEONOR -(Desganada.) ¿Y era fea la Josefa?
ROSA -Ni fea ni güenamoza; muy flaca, unos ojos grandazos. (Breve pausa.) En eso
la Josefa supo que al teniente no le gustaban ná las flacas y que andaba etrás e las
hermanas Valdevenito, conocías por los pechugonas. ¿Usté cree que la Josefa se
acoquinó? Ná d’eso, m’hijita. Era una mujer atrevía y quiso peliarla. (LEONOR se
yergue interesada.) Apenas partió el teniente pa’ Antofagasta, la Josefa se puso a
comer: harto pan con mantequilla al desayuno; urpo con leche a las diez, porotos y
puchero toos los días al almuerzo; y en la noche, aunque no tuviera ganas, una
sop’e cordero capaz de resucitar a un muerto.
LEONOR -(Distraída.) ¿Y para qué comía tanto?
ROSA -(Molesta porque no la ha escuchado.) Pa’echar carnes, pus Lionorcia, no ve
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Mama Rosa 15 Fernando Debesa
qui a él le gustaba la pechuga levantá… Así, al poco tiempo, la Josefa engordó qu’era
un gusto. Y cuando llegó el teniente Orellana, la Josefa tenía el escote más queno
que las dos Valdevenito juntas. (LEONOR se anima.)
LEONOR -¿Y se casaron?
ROSA -Claro que se casaron, y ligerito. Cuando él la vio bien apertrechá, no aguantó
mucho tiempo y la cosa s’hizo. (Breve pausa.) Claro que al pobre no li habrá gustao
ná cuando le encontró la caera salía. (Plancha. ROSA reacciona con rapidez.)
Aunque mucho no le debe di haber importao, porque a los nueve meses justos le
nació un chiquillo. (LEONOR se levanta.)
LEONOR -Voy a ir al salón verde.
ROSA -(Contenta.) Así me gusta, m’hijita. ¡Dios me la guarde!
LEONOR -¿Se me nota la cojera, Rosa?
ROSA -No se le nota lo qu’es na, Lionorcita.
LEONOR -(Va al espejo y se limpia los ojos con un pañuelo.) Arturo me encontró buena
moza. Me dijo… que parecía… una flor… (Mirada final al espejo.) Buena moza…
ROSA -Pero si siempre ha sido güenamoza, mi Lionorcita…
LEONOR -Gracias, Rosa. Gracias por todo. (Camina hacia la puerta.) Arturo… (Sale con
un gran esfuerzo de dignidad. ROSA se da vuelta. Su mirada tropieza con la Virgen
del Carmen. Se acerca a ella y dice con malicia.) ¡Qué Qué
ROSA -¡Ay, Virgencit’el Carmen, perdóname l’historia inventada…! ¡Pero tenía que
consolar a la Lionorcita…!
ESCENA NOVENA
ROSA va a salir, cuando pasa la MAMA CHANA por el corredor. ROSA, como niña chica,
le grita soplado y después se esconde detrás de un sillón.
ROSA -¡Vieja chismosa! (La CHANA se asoma por la ventana. Adivina quién le
cuchicheó y responde con furia.)
CHANA -¡Vay a ver, no más, quiltra metí’a a señorita! ¡Vay a ver lo qu’s güeno!
ROSA -(Saca la cabeza de su escondite.) ¿Y qué calunia me vay a inventar, corazón de
culeura?
CHANA -(Furiosa.) No hay necesidad d’inventar ná, china bocona. Pa’ eso toos se dan
cuenta como li andai buscando gato a on Javier.
ROSA -(De la broma pasa a la furia..) ¡Cómo ti atreís, vieja mardaosa! ¡Pura envidia,
porque a vos nadie te quiere y soy una mama vieja!
CHANA -¡Y a vos toos te quieren, porque andai detrás d’ellos como perra!
ROSA -(Echa chispas. Se acerca a la CHANA como para pegarle.) Porque soy joven
y me miran, por eso me tenís envidia. ¡Mama vieja! ¡Cuidando niós ajenos toa la vía,
sin que nadie te quiera!
CHANA -(Se acerca a la ROSA, bajando la cabeza. Parecen dos gallinas que van a
picotearse.) ¡Qué hablai vos de mama vieja, cuando vai a ser la mama e los niños de
la Margarita y te van a ecir mama Rosa… y vai a cuidar lo ajeno toa la vía!
ROSA -Yo no. Nunca voy a ser como vos. Yo tengo a Custodio, que me está
esperando y se va a casar conmigo.
CHANA -(Se ríe como bruja.) ¡Quién se va a casar con vos! ¡Arrastrá! ¡Si hasta el
sacristán del’iglesia sabe que andai detrás e los h ombres!
ROSA -(Se le va encima a tirarle el pelo.) ¡Envidiosa! ¡Hocicona! (Se enredan en
pelea. La CHANA grita: “¡Arrastrá, me mordiste!”. Mientras ROSA le tira el pelo, la
otra le da paadas. Después de un momento de gritería, se oye la voz enérgica de
MISIÁ MANUELA.) ¡
VOZ DE MISIA MANUELA -¿Qué pasa? ¿Quién grita así en mi casa? (Las empleadas
se desenredan en el momento en que aparece MISIA MANUELA.)
MISIA MANUELA -(Colérica.) ¿Qué significa esto? ¿Cómo se atreven, en mi casa? (Las dos
sirvientas resuellan fuerte y bajan los ojos sin atreverse a contestar.) ¡Contéstenme!
¿Quién empezó la pelea? (Silencio.) A ver tú, Chana, que eres la más antigua!
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Mama Rosa 16 Fernando Debesa
ESCENA ONCE
MISIA MANUELA -(A la CHANA.) Tú te vas. (La cabeza desaparece.) Siéntate, Javier. (Él
se sienta, alerta.) ¿Cómo has estado hoy?
JAVIER -Siempre igual, mamá; a momentos lleno de fuerzas, y a momentos muy débil.
MISIA MANUELA -¿Siempre deseas volver al Seminario?
JAVIER -A Dios ofrezco mis deseos… (casi inaudible.) y mis sufrimientos…
MISIA MANUELA -¿No te gusta vivir con la familia?
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Mama Rosa 17 Fernando Debesa
JAVIER -No, mamá. No nací yo para esto. Me molesta el ruido… me molesta la gente.
MISIA MANUELA -(Tierna.) ¿Y el cariño que te rodea?
JAVIER -Prefiero el Seminario, mamá; el silencio…
MISIA MANUELA -(Se pone de pie y se pasea nerviosa. Pausa. Por fin decide abordar el
tema con franqueza) ¿No se te ha perdido nada, últimamente?
JAVIER -No, mamá…
MISIA MANUELA -(Saca el rosario y se lo muestra.) Una sirvienta encontró esto..
JAVIER -¡Ah, de veras! Se me había perdido…
MISIA MANUELA -(Se sienta frente a su hijo.) Javier, te contradices. Quiero hablarte con
franqueza; lo encontraron en la pieza de la Rosa-
JAVIER-(Tiembla y se domina.) ¡Ah! Se me habrá caído en el huerto y ella lo ha recogido…
MISIA MANUELA -Javierito, hijo mío, sé sincero con tu madre. ¿Te ha molestado la Rosa?
JAVIER -¿Molestado? ¿Cómo se le ocurre mamá?
MISIA MANUELA -¿Te ha buscado conversación? ¿Te ha hecho preguntas?
JAVIER -Muy poco, mamá. Casi nunca.
MISIA MANUELA -Veo que tratas de defenderla. Muy digno de ti. Pero yo necesito saber
la verdad. ¿Comprendes? Necesito saber lo que ocurre en mi casa.
JAVIER -No sé a qué se refiere…
MISIA MANUELA -Te vieron antenoche con la Rosa en el huerto, Javierito. Por favor, dime
la verdad. (Silencio. JAVIER baja los ojos.) Vieron cómo la Rosa te abrazaba.
JAVIER -No, mamá, no es cierto. ¡Cómo se le ocurre!
MISIA MANUELA -(Cariñosa.) Dime la verdad, hijito, que yo lo comprendo todo. Conozco
la vida y sé que a veces suceden esas cosas. Al fin y al cabo, ya estás en edad de
que te interesen las niñas, de que te enamores. No hay nada malo en eso. Te
casarás y todo seguirá en orden.
JAVIER -¡No me voy a casar! ¡Quiero ser sacerdote!
MISIA MANUELA -Pero hijito, si su salud no le permite seguir en el Seminario, es mejor
pensar en una vida normal. Sólo que en vez de pasearse con la Rosa, debería
acompañar a sus hermanas a las fiestas, enamorarse y casarse como Dios manda.
JAVIER -¡No me he paseado con la Rosa! ¡Mentiras, puras mentiras!
MISIA MANUELA -(Medio abrazándolo, con cariño.) ¿Qué fue lo que pasó, que sólo quiere
ayudarlo…
JAVIER -No sé, mamá. Fue tan terrible, que no me di cuenta. (Asustado de lo que ha
dicho, buscar retractarse.) Es decier, la habré saludado…
MISIA MANUELA -(Cariñosa.) ¿Qué fue tan terrible, que no te diste cuenta? (Él esconde
la cabeza en el hombro de su madre. Ella le acaricia el pelo.) Dime, ¿fue la Rosa?
(Pausa.) ¿Fue la Rosa, que te siguió al huerto y te dijo cosas? (Lentamente, JAVIER
levanta la cabeza.)
JAVIER -No fue culpa mía, mamá… Se lo juro, no fue culpa mía…
MISIA MANUELA -¿Fue esa mala mujer, hijito?
JAVIER -No sé qué me pasa con la Rosa, mamá. Cada vez que la veo, se ríe conmigo
y parece que esa risa me hace mal. No puedo estudiar tranquilo, no puedo rezar…
(Dramático.) Es el pecado, mamá: es el diablo, que no me deja tranquilo. No duermo
en la noche, no puedo rezar. ¡Es el diablo, mamá, es el diablo!
MISIA MANUELA -(Convencida de la inocencia de su hijo.) ¡Y pensar que yo traje aquí a
esa mujer!
JAVIER -¡No es culpa de la Rosa, mamá! ¡Es el diablo!
MISIA MANUELA -(Se levantan, y ella encamina tiernamente a JAVIER a la puerta.) No
se preocupe más, mi hijito. Váyase a descansar. Nunca, nunca más a tener estas
molestias. (Temblando todavía. JAVIER se va. MISIA MANUELA se dirige con
energía a la puerta chica y la abre.)
ESCENA DOCE
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Mama Rosa 18 Fernando Debesa
ESCENA TRECE
(Pausa. Después, LEONOR entra medio bailando, feliz)
LEONOR -Lá-la-la, lá-la-la, lá-la-la, lá-la-la, c’est le Boston du Printemps, c’est le
Boston du Printemps. ¡Rosa, Rosita, tenías razón! (Corre donde ROSA, quien se
demora en entender.)
ROSA -¿Le jue bien, Lionorcita?
LEONOR -(Sin notar la voz agotada.) Maravillosamente, Rosita. Bailé con Arturo, nos
reímos y hasta coqueteé con él.
ROSA -(Voz lejana.) ¡Qué güeno, qué güeno!
LEONOR -(Nota la voz.) ¿Qué te pasa, Rosa? ¿No te alegras?
ROSA -Me alegro mucho, Lionorcita…
LEONOR -¡Soy tan feliz, Rosa, tan feliz! (ROSA se pone a llorar de nuevo.
MARGARITA pasa por el corredor y se detiene a mirar lo que ocurre.) Pero, ¿qué
pasa? ¿Te retó la mamá? (Se acerca a ROSA. MARGARITA entra.)
ROSA -M’echó de la casa.
LEONOR -¿Te echó?
MARGARITA-¿Por qué? ¿Qué pasó?
ROSA -Misiá Manuela dice que soy mala… que soy sinvergüenza…
MARGARITA-Pero ¿cuál fue el motivo? ¿Qué hiciste?
ROSA -Unas calunias de la Chana. Le juro que son mentiras, puras mentiras de esa
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Mama Rosa 19 Fernando Debesa
vieja amargá.
MARGARITA-Pero no te puedes ir así, de la noche a la mañana.
ROSA -Tengo qu’irme mañana mismo…
MARGARITA-No. No puedes irte antes de mi matrimonio. Tú me ayudas mejor que naie.
Yo te necesito.
LEONOR -¿Qué vamos a hacer?
ROSA -Misiá Manuela tá muy enojá conmigo…
MARGARITA-Pues, se le tendrá que pasar el enojo. Yo te necesito y te tendrás que
quedar. Después del matrimonio, ella sabrá lo que hace.
LEONOR -Anda a hablar con ella, Margarita. ¡Puede ser que te haga caso!
MARGARITA-¡Ya lo creo que me hará caso! (Andando hacia la puerta.) Y tú, Rosa, nada
de preparar tus bultos. Si mi mamá quiere matrimonio, tú te quedas. (Sale.)
ESCENA CATORCE
LEONOR -¿Ves, Rosita, cómo todo se arregla? ¿Cuándo le ha dicho que “no” la mamá a
la Margarita? Te quedarás con nosotros, Rosa…
ROSA -Y después del matrimonio…
LEONOR -Ya sabes cómo es la mamá; el enojo se le pasa…
ROSA -Ojalá, Lionorcita, ojalá…
LEONOR -De aquí al matrimonio te portas bien, y todo se perdona y todo se olvida.
ROSA -(Segura de que se va a quedar, empieza en ella la rebelión.) ¡Pero apuesto
que con perdón y too, la carta la va a mandar! ¡Y qué tanto perdón, cuando han sío
puras calumnias!
LEONOR -Lo importante es que te quedes con nosotros, Rosa. Y este otro año, ayudas
a otro matrimonio…
ROSA -(Acalorada en crescendo.) ¡Esu es! Ahora usté piensa en usté no más. ¿Y yo?
¿Quién me degüerve a Custodio? ¡Cuando sepa lo de las calunias, Custodio no me va
a perdonar! ¡Lo conozco!
LEONOR -(Feliz y egoísta.) Hay que ser optimista, Rosa. Ya ves, yo, tan triste que staba denantes…
ROSA -(Enojada.) ¡Usté y usté y usté! ¡Y a mí me perdona su mamá, no me perdona
Custodio, y yo me friego!
LEONOR -No seas tan pesimista, Rosita. Mírame lo feliz que estoy. Voy a ir contárselo a
la mamá, para endulzarle un poco el mal rato. (Sale entonando “Le Boston du
Printemps”)
ESCENA QUINCE
ROSA -(Se pasea, agitada y furiosa.) Claro que me van a dejar aquí. Claro, ¿qué
haría la Margarita si no la ayudo? Claro que me van a perdonar… (Frente al espejo.)
¿Y qué es lo que te van a perdonar, tonta zanguanga? Lo que no habís hecho…, de
puro tonta… de puro inocentona… Chitas que estoy aburría de no hacer ná… (Se oye
ruido enla pieza de al lado. ROSA va a la puerta chica y dice enojada.) ¿Quién anda
ahí, desordenando mis cosas?
VOZ DE MACARIO-Soy yo, Rosa, que vine que guardar las cortinas.
ROSA -(Algo decisivo se gesta en su cerebro.) Macario… Oye, Macario, vení p’acá.
(En la puerta chica aparece MACARIO: tipo chileno, simpático, velludo.)
MACARIO -Qué novedá es ésta que me llamai, cuando siempre andái haciéndom’el quite.
ROSA -P’al Diciocho vos me convidaste a salir al Parque Cousiño. ¿No es cierto?
MACARIO -(Picado.) ¡Claro, p’al Dieciocho, p’al Diecinueve y p’al Veinte! Pero vos, como
soi metida a gene, me ijiste que cómo se me poía ocurrir. Claro que preferíai salir
con las señoritas… y con on Javier…
ROSA -Es que…, ahora…
MACARIO -(Algo le dice que ROSA está dispuesta, y se aviva.) ¿Qué ha cambiao e
parecer, Rosita?
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Mama Rosa 20 Fernando Debesa
ROSA -(Casi con dolor.) ¡Claro que he cambiao e parecer! ¡Toy aburri’e portarme bien!
MACARIO -(¡Qué le han dicho!.) Entonces no me iría que no a un paseíto al campo, p’al
domingo…
ROSA -(Enérgica.) ¡No, al campo, no! ¡Al Parque Cusiño? Y no p’al domingo. ¡Esta tarde,
ahora!
MACARIO -¡Esu es di hombre, Rosita! ¿Y no le a miedo que no le guste ná a misiá
Manuela?
ROSA -(Arriba del crescendo.) ¡Al diablo con misiá Manuela! ¡Al diablo con esta casa!
MACARIO -Güeno, ¿qué le voy a pleitear yo? Salimos esta noche por ei, y lo pasamos lo
más bien…
ROSA -(Cambio de tono.) Oye, Macario, supierai lo que me ijo la Chana. Que yo iba
a ser la mama de los niños de la Margarita… y que m’iban a ecir mama Rosa…
MACARIO -(Sin entender.) ¿Y qué hay con eso?
ROSA -¿Y m’iré a poner igual que la Chana? ¿Metete, hablaora, mañosa, envidiosa,
amargá…? (MACARIO se encoge de hombros.) ¡Eso no me gusta na, Macario…!
¡Mama Rosa, no! (Se efera a MACARIO. Este la aprieta.)
MACARIO -No piense en esas cosas, Rosita. Alégrese, que pa’eso nos vamos a ir a tomar
unos traguitos.
ROSA -(Intensa.) ¡Eso es, Macario! ¡Unos tragos! Ya, voy a ir a sacarme el delantal y
los vamos al tiro. (Se separan. ROSA se acerca a la puerta del corredor. Pasa por
éste MARGARITA. Ve a ROSA, y le dice con alegría.)
MARGARITA-Arreglado tu asunto. ¡Te quedas, y ya te perdonará! (Desaparece.)
ROSA -¡Dale con el perdón! ¡Que me lo guarde p’mañana!
MACARIO -Así me gusta, Rosita!
ROSA -(Desde la puerta, en gran tono.) ¿Sabís lo que me preguntó esta mañana mi
tía Liduvina? Si había hecho “la grande”…
MACARIO -(Inclinándose en dirección a ella.) ¿Y, entonces, m’hijita?…
ROSA -Esta noche, Macario… esta noche… ¡La grande!
TERCERA PARTE
ESCENA PRIMERA
El mismo decorado, con ciertos cambios de muebles y decoración. Estamos en 1925, época
que se nota en los tapetes de los muebles y en las pantallas de las lámparas. Sobrre el
escritorio, un teléfono. En la pared, retrato grande de JAVIER. En escena, LEONOR. Tiene
treinta y un año, pero aparenta más. Ojos intensos, de brillo inestable, rictus amargo en la
boca. Parece muy inquieta: se pasea y se retuerce las manos. Por fin, se decide a ir al
teléfono. Son las once de la mañana de un día de fines de mayo.
LEONOR -Aló señorita, por favor, déme con el treinta setenta. No, no. Setenta, treinta,
setenta. Sí, eso es. (Pausa.) Aló. ¿Hospital San Borja? Por favor ¿puede llamar al
doctor Humberto Cabrera? (Pausa.) ¿Mi nombre? Dígale que es una prima suya, que
lo necesita. Gracias. (Pausa larga, en que ella tabletea con los dedos nerviosos sobre
el escritorio.) Aló Humberto. ¡Por fin! Sí, soy yo, la Leonor. (Pausa.) Te llamo desde
mi casa. (Pausa.) No, no te preocupes. Estoy sola; la mamá y la Margarita fueron a
misa. (Pausa breve.) Sí, es que hoy se cumplen catorce años de la muerte de Javier.
Yo pretexté una jaqueca para no ir y poder hablar contigo. (Pausa.) Mal, Humberto,
me siento muy mal. Por eso quería hablarte, porque tengo miedo, mucho miedo.
(Pausa.) Sí, hay varios posibles indicios… Ayer en la mañan sentí mucha fatiga al
levantarme. Y hoy me desvanecí. (Pausa.) ¿Nerviosa? Por supuesto que estoy
nerviosa: ¿cómo no voy a estarlo? (Pausa.) Ojalá tengas razónn y no sean más que
nervios. (Pausa.) No te enojes, por favor. Te prometo tratar de calmarme. (Pausa.)
Sí, voy a mandar a la Rosa a la botica a comprar ese calmante: ¿Te veré hoy?
(Pausa.) ¿Vas a trabajar hasta tarde? ¿Y mañana? (Pausa. Luego con voz trágica.)
¿Estás seguro que me quieres todavía, Humberto? (Pausa.) Está bien. Te juro que
me dominaré. Tomaré ese calmante y se me pasará la intranquilidad. Pero por favor
trata de que nos veamos mañana. Te necesito tanto… (Pausa.) Adios, Humberto. (Y
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Mama Rosa 21 Fernando Debesa
en voz baja.) Adios mi amor. (Cuelga el auricular y se levanta. Pasa ROSA por el
corredor; LEONOR la llama. ROSA tiene treinta y cinco años y ya es la mama típica.
Su hablar no es campesino, sino ha llegado a ese matiz intermedio de la
servidumbre de casa aristocrática.)
ESCENA SEGUNDA
LEONOR -¡Rosita! ¡Rosita! (Su tono dramático llama la atención a ROSA.)
ROSA -¿Qué le pasa, Leonorcita?
LEONOR -Quiero hablarte, Rosa. Quiero que me ayudes, porque estoy desesperada.
ROSA -(Intuición.) ¿Se le ha portado mal don Humberto? ¿No quiere seguir el pololeo?
LEONOR -(Respira fuerte, como para tomar valor.) Voy a contártelo todo, Rosa. El
pololeo con Humberto… fue más allá del pololeo…
ROSA -(Muy seria.) ¡María Santísima! ¡Leonorcita, lo que jue’ hacer!
LEONOR -(Apasionada.) Fui débil, o lo quise demasiado, no sé… Pero mi vida es tan
vacía, me sentía tan sola… Mis amigas se casaron, la Margarita se quedó diez años
en Europa…
ROSA -Pero tenía a su mamá, Leonorcita…
LEONOR -Mi mamá…, sabes muy bien que desde la muerte de Javier, la mamá se puso
difícil. Y para una persona así, no hay nada más irritante que una hija solterona…
ROSA -Pero usté no es solterona, Leonorcita. Apenas anda en los treinta años…
LEONOR -Voy a cumplir treinta y dos en un mes más… El hecho es que me enamoré de
Humberto, como si toda mi vida hubiera estado reuniendo amor para él. Me
entregué ntera, no me reservé nada… Y ahora tengo miedo…
ROSA -¿Miedo de que don Humberto se le vaya?
LEONOR -No, Rosa, miedo… de las consecuencias. He sentido naúseas, he tenido fatigas…
ROSA -¡Ese demayo de ahora en la mañana!
LEONOR -Sí, Rosa. Por eso tengo miedo y no sé qué hacer. Aconséjame, por favor.
ROSA -(Apenada.) Hay que ver que me aflije verla así… Ta bien qu’eso nos pase a las
pobres. Pero a usté… (Suspiro. Resignación.) Güeno, si hay encargo, no le quea otra
que casarse…
LEONOR -¿Casarme? ¿Con Humberto?
ROSA -Claro que sí. Se casa con él como Dios manda y con las leyes. Así el encargo
nace con papeles y too.
LEONOR -Pero, ¿qué va a decir la mamá?
ROSA -No le va a gustar mucho el novio. Pero usté ya’sta creía ya. Tiene que hablar
con ella y convencerla.
LEONOR -Lo que más me preocupa es Humberto. Hace días que lo noto frío conmigo.
Tengo miedo de que no le guste la idea del matrimonio…
ROSA -(Con el juego de la más orgullosa aristócrata.) ¡Cómo no le va a gustar
casarse con una señorita Solar Echeverría, de lo meor de Santiago, cuando él no es
más que Cabrera! (Plancha. ROSA se disculpa) Sí, pues, Leonorcita, pa qué estamos
con cosas. Usté’s mucho más qu’él…
LEONOR -¿Y por qué, entonces no me busca como antes? ¿Por qué se aparta de mí?
ROSA -(Comprende muy bien lo que le pasa a Humberto, pero trata de consolarla.) Es que
don Humberto ha de ser orgulloso; y esto de que usté se encuentre con él diciendo
que va a la iglesia, no le ha de gustar ná. Ha de creer que lo miran en menos.
Apuesto que en cuanto sepa que a misiá Manuela le gusta el casorio, se le pone
cariñoso otra vez.
LEONOR -¡Ojalá, Rosa, ojalá!
ROSA -Ya, decidío. Usté le habla a la patrona, y se casan ligerito. (Con malicia.) Y yo le
cuido después la guagua. (Ha logrado calmar a LEONOR, y hasta darle cierto
optimismo.)
LEONOR -(Sonrisa.) La guagua… (Suena el timbre de la puerta de calle.)
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Mama Rosa 22 Fernando Debesa
ROSA -Debe ser misiá Manuela que güerve de misa. Vaya a pasarse un trapo mojao por
la cara, Leonorcita. Y no ‘sté triste, mire que a su mamá le va a gustar que se case.
(Sale con rapidez. LEONOR, tranquilizada, sale lentamente en dirección opuesta.)
ESCENA TERCERA
Entran MISIA MANUELA y MARGARITA que vuelven de misa. MISIA MANUELA viste
de negro y tiene cincuenta y seis años. Está decepcionada de sus hijos y amargada.
MARGARITA viste de color rosa y va peinada a “la garçon 4”, con evidente intención de
verse menor que sus treinta y tres años.
MISIA MANUELA -¿No encuentras indigno, Margarita, que Pancho no haya venido a la
Misa de su hermano? La mandé decir a las diez, para darle más facilidades.
MARGARITA -No habrá llegado a Santiago, todavía…
MISIA MANUELA -Si había quedado de venirse ayer en la tarde. Es ella, esa Teresa
Larraín, que trata siempre de alejarlo de mí. (Pronuncia LARREÍN)
MARGARITA -(Conciliadora.) En fin, supongo que vendrán a almorzar.
MISIA MANUELA -(Se sienta.) Naturalmente, la Teresa no se atrevería a negarme eso.
(Se echa para atrás en el sillón y cierra los ojos.) ¡Catorce años! ¡Catorce años ya!
Pobre Javiercito… (MARGARITA se sienta, respetuosa de los recuerdos de su
madre.) ¿Por qué no se habrá enamorado como cualquier joven? Cuando vio que no
podía ser sacerdote, debió enamorarse y casarse como cualquiera… No quedarse ahí,
triste, haciendo una vida solitaria, sin salida…
MARGARITA-Es difícil que con sus ideas, él se hubiera podido enamorar. Y si un amor lo
hubiera alcanzado contra su voluntad ¿no le habría provocado una crisis terrible?
MISIA MANUELA -¿Habrá sido eso, Margarita, esa crisis? Pero yo no supe nada… No fui
capaz de adivinar…
MARGARITA -No lo sabemos, mamá. Nunca lo sabremos. (Enciende un cigarrillo, lo
coloca en una boquilla de oro y fuma.)
MISIA MANUELA -Parece que fue ayer cuando le empezó la melancolía y le dio por no
comer. No me imaginé nunca que fuera tan grave, y lo dejé irse solo al fundo.
(Pausa.) Y después, el accidente, ese incomprensible accidente a caballo. Qué había
en mi hijo que no conocía? ¿Qué lo llevó a dejarse morir? (Pausa.) Fue inútil todo lo
que hice. Rechazaba los remedios, no quería vivir… (Pausa.)
MARGARITA -(Por cambiar de tema.) Me alegro de ver a Pancho al almuerzo. Para
pedirle noticias de los fundos. Antes me mandaba una cuenta mensual,
informándome de las cosechas y las ventas. Ahora último, no sé qué le pasa.
MISIA MANUELA -(Le cuesta cambiar de tema.) Ese es un punto que me preocupa. Temo
que la administración de los fundos no marche bien. (Suspiro.) Tengo que reconocer
que que, a pesar de todos mis esfuerzos, mi hijo es un mediocre. O tal vez su mujer,
que lo acapara y lo anula. (Pausa.) Ya ves, con el pretexto del colegio de los niños,
me los instala aquí todo el año, para poder quedarse con él en el campo.
MARGARITA -(Impacientándose de tanta reflexión amarga.) Graciasa a eso, mamá,
tiene aquí sus nietos, que le alegran la vida.
MISIA MANUELA -(Anclada en su amargura.) Primera vez, desde que murió Javierito, que
no vamos todos juntos a Misa. Y tú fuiste con el vestido menos apropiado que
encontraste. Así olvidan los seres humanos. El año próximo no irás tú, y después
que yo me muera, olvidarán hasta la fecha del aniversario.
MARGARITA -Mamá, ya que toda la familia va a estar reunida en el almuerzo, por favor
disimule su descontento. Si no, puede resultar un día muy desagradable para todos.
MISIA MANUELA -¡Pero si vivo disimulando! Vieras tú cómo tengo que dominarme frente
a la cara larga de tu hermana. ¡Qué paciencia necesito para soportar sus modales de
mártir! ¡Cómo si yo tuviera la culpa de que se haya quedado solterona…!
ESCENA CUARTA
4
Garçon: (Garzón) del francés, niño, joven. Así se llamó el corte de pelo - cubriendo las orejas- que usaban las
mujeres en los años 30
22
Mama Rosa 23 Fernando Debesa
(Como atraída por esa descripción, aparece LEONOR. Viene muy dominada.)
LEONOR -(Cariñosa.) ¡Margarita, cuánto me alegro de verte! (Se abrazan y se besan.)
MARGARITA-La mamá me dijo que te sentías mal…
LEONOR -Una jaqueca muy fuerte. Por eso no fui a misa.
MISIA MANUELA -(Cruel.) ¡Podías haber ido! ¡Ya debieras haberte acostumbrado a tus
jaquecas de soltera!
LEONOR -(Dura.) Como usted no se podía dormir anoche, me tuvo hasta las dos de la
mañana haciéndole tisanas5 y mandándome a la cocina. De ahí viene mi jaqueca.
(Fastidiada, MARGARITA se pone de pie.)
MARGARITA -No las comprendo a ustedes, no las comprendo.
MISIA MANUELA -¿Qué es lo que no comprendes?
MARGARITA -Esta vida que hacen, aferrándose a pequeños problemas, discutiendo
cosas desagradables de la mañana a la noche.
MISIA MANUELA -¿Cosas desagradables?
MARGARITA -¡Pero mamá! Estamos en 1925, y depués de la guerra todo ha
cambiado. (MISIA MANUELA y LEONOR no entienden.) La vida de las mujeres, por
ejemplo. Se acabó la mujer esclava del hogar, ahogada entre cacerolas y zurcidos.
Ahora la mujer trabaja, lucha, puede ser abogada, doctora, lo que quiera. (LEONOR
escucha con avidez.)
MISIA MANUELA -Desconfío de las mujeres activas que descuidan su hogar. De ti, desde luego.
MARGARITA -Yo soy una mujer moderna. Abro los ojos y veo lo que sucede a mi
alrededor. Veo cómo los obreros quieren ser empleados, y los empleados, patrones.
Con las leyes sociales hemos tenido un cambio total del país.
MISIA MANUELA -¡No me vengas a hablar ahora de Alessandri y sus locuras!
MARGARITA -No son locuras, mamá; es un mundo nuevo que empieza.
MISIA MANUELA -No me interesan los mundos nuevos. Mi casa, mis recuerdos y mis
sirvientas son mi mundo.
MARGARITA -Su casa y sus recuerdos, puede conservarlos. En cuanto a sus
sirvientas, tenga cuidado. Ahora se llaman empleadas domésticas, y se habla de
varias leyes que las reunirán en gremios. Tendrán médico gratis y pensiones para
cuando envejezcan.
MISIA MANUELA -¡Qué tontería! Como si mis sirvientas no tuvieran conmigo médico
gratis y vida asegurada para siempre. (Despectiva.) Tus leyes…
MARGARITA -No pretendo defender las leyes, pero adoro mi época tal comoes. Y
admiro y envidio a las mujeres que luchan y surgen gracias a su esfuerzo. Por eso
me duele ver a mi hermana perder su vida haciendo… tisanas.
LEONOR -(Suplicante.) ¿Qué quieres que haga, Margarita?
MARGARITA-¡Vivir! ¡Somos mujeres del siglo veinte y tenemos el deber de ser modernas!
MISIA MANUELA -Me exasperas con tu palabra “moderno!. ¿Quieres que Leonor se peine
a “la garçon” y fume como tú, o que vaya a los cabaret a bailar música negra, como
las locas de tus amigas?
MARGARITA - No es eso, mamá. Pero la Leonor tiene que atreverse a ser ella misma,
tener opiniones y vivir su vida, aunque corra cualquier riesgo.
LEONOR -(Ojos brillantes.) ¡Cualquier riesgo!
MISIA MANUELA -(Ataca.) Tu ejemplo no es muy de seguir. Parece que corres
demasiados riesgos y abandonas a tu marido.
MARGARITA -(No pierde la calma.) Voy a serle franca, mamá. Samule tiene sesenta
años, no hemos tenido hijos, y yo soy joven. ¿Cree usted que mi deber es
amarrarme a él a un sillón de enfermo.
MISIA MANUELA -Bien amarrada a él estuviste los diez años que pasaron en Europa.
MARGARITA -(En crecendo.) Ahora no pienso amarrarme. Tengo mi automóvil, mis
5
Tisana: bebida medicinal que se obtiene cociendo ciertas hierbas. La típica “agüita caliente”.
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Mama Rosa 24 Fernando Debesa
ESCENA QUINTA
MISIA MANUELA -¿De qué se trata?
LEONOR -(Imitando a MARGARITA.) Voy a serle franca, mamá. Tengo un pretendiente.
MISIA MANUELA -(Con sinceridad.) ¡Por fin una buena noticia hoy día! Me alegro mucho.
¿Y tú lo quieres?
LEONOR -(Contenta.) Sí, mucho, mamá.
MISIA MANUELA -¡Qué bien! ¿Y a qué se dedica?
LEONOR -Es médico, mamá, y muy trabajador.
MISIA MANUELA -Espléndido, Leonor. Supongo que te quiere y que ha de ser muy serio.
LEONOR -(Cada vez más contenta.) Sí, mamá; me adora y quiere casarse cuanto antes.
MISIA MANUELA -Mejor que mejor. Por mí no hay inconveniente. ¿Cómo me dijiste que
se llamaba?
LEONOR -(Nerviosa.) Humberto Cabrera, mamá.
MISIA MANUELA -¿Humberto Cabrera? No lo recuerdo… Carrera, ¿qué más?
LEONOR -(Firme.) No, mamá, no es Carrera. Es Cabrera; Humberto Cabrera.
MISIA MANUELA -¿Cabrera? ¿Un Cabrera quiere casarse con una hija mía? ¡Qué
atrevimiento!
LEONOR -¡Es de la clase media y qué importa! (Imitando a MARGARITA.) ¡Estamos en
1925, mamá, y tenemos que ser modernas!
MISIA MANUELA -(Se pone de pie enojada.) ¡1900 ó 1925, un siútico es un siútico! ¡Y yo
no permito que una hija mía se case con un siútico!
LEONOR -(En crescendo.) Lo quiero, mamá, y soy mayor de edad. ¡Voy a cumplir
6
Pierre Loti: novelista francés (1850-1923) famoso por la descripción de paisajes exóticos.
7
Rodolfo Valentino: (1895-1926) actor de cine, de origen italiano, célebre por su encanto y belleza.
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Mama Rosa 25 Fernando Debesa
ESCENA SEXTA
Suena el timbre y se ve pasar a ROSA por el corredor hacia la puerta. Se oyen voces de
niños, carreras, y los gritos de MAMA CHANA, igual que en la Primera Parte. LEONOR va
a esconderse al lado del escritorio. Llegan a la puerta PANCHITO y MÓNICA, riéndose de
la mama. PANCHITO es el mismo actor que interpretó a PANCHO en la Primera Parte y
MÓNICA la actriz que hizo MARGARITA. La CHANA tiene sesenta y nueve años y
aparenta ochenta. Le cuesta respirar y camina con dificultad.
CHANA -(Desde antes de entrar a escena.) ¡Jesus, qué chiquillos éstos! Ya no doy
más… ¡Qué sofocón el que me dieron!
PANCHITO -Aquí no está la tía Nonó.
MÓNICA -¡Apuesto que está en la salita!
CHANA -(Saca un gran pañuelo y se lo pasa por la cara.) ¡Me van a matar, María
Santísima, me van a matar! (Sigue cojeando corredor adentro. PANCHITO y
MÓNICA, desde el umbral, buscan con la vista a LEONOR.)
MÓNICA -(Decepcionada.) ¡Tía Nonó! No está…
PANCHITO -(La divisa al lado del escritorio.) ¡Ahí está, escondiéndose! (Corren hacia ella
con gran ruido.) ¡Tía Nonó!
MÓNICA -Mírenla, tía Nonó, ¡escondiéndose de nosotros!
PANCHITO -¡La tía Nonó, jugando a las escondidas! (Ya están en brazos de LEONOR,
gritando y besándola. Ella sonríe débilmente. Desde la puerta, ROSA adivina algo en
su sonrisa.)
ROSA -¡Ya niños, no molesten a la tía! ¡Váyanse a almorzar!
MÓNICA -¿Está enferma, tiíta?
ROSA -Claro. ¿No la ven que está enferma de… la úrcera?
MÓNICA -¿De veras que está enferma, tía?
ROSA -(Enérgica.) Ya, andando a almorzar, que la cazuela debe estar servía. ¡Ya,
andando, les digo!
MÓNICA -(Con delicadeza.) ¿Quieres que nos vamos, tiíta? (LEONOR hace que “no”
con la cabeza, después habla.)
LEONOR -Me sentía un poco mal… pero verlos a ustedes me alivia… (Se seinta y los
besa y abraza) ¿Me quieren, me quieren de veras?
PANCHITO y MÓNICA -(Al mismo tiempo.) Mucho, tiíta. Sí, tiíta, muchazo.
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Mama Rosa 26 Fernando Debesa
ESCENA SÉPTIMA
ROSA -¿Se le pasó la pena, ya? (LEONOR vuelve en sí.)
LEONOR -Los niños me ayudan tanto… Es que fue mal con mi mamá, Rosa.
ROSA -No se le dé na… Si a su mamá se le olvidan las cosas ligerito… Ya ve
conmigo. ¿Cuántas veces me ha echado de la casa? Ya ni llevo la cuenta… ¿Si
8
Bachicha: término latinoamericano despectivo para referirse a los italianos.
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Mama Rosa 27 Fernando Debesa
acuerda cuando salí con Macario y gorví tres días después, lo enojá qu’estuvo? Y eso
que no sabía entonces que yo ‘staba con novedá… Y a los cinco meses cuando notó
que engordaba, también que quiso echar. Pero usté le habló, y se le ablandó el
corazón. Y ya ve como hasta le tejió su chalequito al Lucho y quería ser la madrina.
LEONOR -(Con un temblor interior.) Pensar que tienes un hijo, Rosa… Un hijo…
ROSA -(Para animarla se pone a cantar.) Ay, ay, ay, ay. Canta y no llores, porque
cantando se alegran, cielito lindo, los corazones.
LEONOR -(Sonríe.) ¡Esta Rosa, tan alegre! Pero no cantes eso, que a mi mamá no le
gusta. (Aparece la CHANA con un alto de ropa.) ¡Mama Chana! ¿No está almorzando
con los niños?
CHANA -(Voz de moribunda.) Es que misiá Manuela me pidió que le planchara esta ropa
a la Moniquita para la tarde, y como se están portando bien, quería plancharla
ahora.
ROSA -(Con un cariño que no le conocíamos.) Pase p’acá, señora. Yo se la plancho
en un suspiro. (Le toma el montón de ropa.)
LEONOR -Muy bien, Rosa. Yo voy a ir a acompañar a los niños. (Sale. La CHANA mira
a ROSA con extrañeza.)
ESCENA OCTAVA
CHANA-¿Qué es lo que te pas’a vos conmigo? Me querís ayudar a planchar, y me tratái de
“señora”… (Avanza hacia la puerta chica, mientras conversa.) Antes un erai ná así…
ROSA -Es que ya no ‘stoy tan joven, ya…
CHANA -¡Esú es! T’empezai a sentir vieja, y por eso te ponís amable…
ROSA -Vieja no. Es que cuando van pasando los años, una va entendiendo…
CHANA -(Saca una llave del seno y se la pasa.) Como t’estai portando bien, te voy a
enseñar una cosa. Yo’stoy muy cansá, así que tráeme una botellita que hay en la
part de abajo ‘el aparaor, al lado’e la mes’e planchar. (ROSA sale por la puerta chica
y se la oye abrir y cerrar compartimentos.)
VOZ DE ROSA-¿En la tabla de arriba o en la de abajo?
CHANA -En la de arriba, tonta.
VOZ DE ROSA-¿Cuál botella, la grande o la chica guatona?
CHANA -(Ruda.) La chica guatona. (En voz muy baja.) La grande es pá’la noche,
cuando ‘stoy desvelá… (Aparece la ROSA con la botella.) Pasa p’acá. (ROSA se la
pasa. La CHANA toma varios sorbos.) Esto ayúa… (Nuevos sorbos. Después se la
pasa a ROSA.) Aprueba vos ahora…
ROSA -(Con mueca.) No me gusta na’ el trago, señora.
CHANA -(Voz de bruja.) Antes no te gustaba ná cuidar chiquillos ajnos y ahora soi la
mama Rosa. No te gustba ná que hablaran del prójimo y ahora tai más pelaora que
yo… Tai más Chana que la Chana… (Se ríe de su chiste. Le quita a ROSA la botella y
bebe nuevos sorbos.) A ver, sincérate conmigo. Apuesto que querís más a Panchito y
a la Mónica que a tu huacho.
ROSA -(Sin ofenderse.) Esa es la suerte ‘nosotras, pus señora. Querer más a los
chiquillos ajenos qui a los propios…
CHANA -Pero a vos se te ha pasao la mano. Tenís al Lucho medio abandonao…
ROSA -No, señora. ¿No ve que allá en el “Membrillar” tá muy bien cuidao? Llega a
dar gusto lo guatón qu’está.
CHANA-(Un último rasgo de maldad, para no perder la tradición.) Me hablaron de Macario.
Dicen que se casó con una lavandera e Chillán… Ella trabaja y él bartolea. (ROSA no
se da por aludida.) Tienen siete chiquillos. (Inútil; la flecha no da en el blanco.)
ROSA -Así será, si usté lo dice.
CHANA -(El trago la pone agresiva.) ¿Y el Custodio, cuántos chiquillos tiene? (Sale por
la puerta chica. ROSA se enoja.)
ROSA -Lo mardadosa no se le va a quitar a usté ni en el cajón… Pá qué jue a
nombrar a ése. (Habla, medio a la CHANA, medio al aire.) A ése no hay que
27
Mama Rosa 28 Fernando Debesa
nombrarlo… Hay que ver que se enojaría si supiera las que hei hecho.. Y con razón…
(Pausa.) Debe haberse casao con alguna de por allá. (Pausa, luego muy bajo.) Si
supiera lo de Macario, y lo del enceraor… (Pausa.) Si supiera que er Lucho se llama
Luis Custodio… (Lentamente, sale por la puerta chica.)
ESCENA NOVENA
Se siente el timbre, después se oyen voces y entran PANCHO y TERESA. Él tiene treinta y
cinco años, y es hombre borroso y comodón. Ella es muy pálida y su mirada lo vigila y
acaricia todo el tiempo. PANCHO se suelta del brazo de su mujer y se deja caer en un
sillón.
PANCHO -Vas a ver, Teresa. Mi mamá va a estar molesta porque no vinimos a la misa…
TERESA -(Se sienta a su lado.) Primero viene su salud, mi hijito. Anoche tosió tanto,
que no podía dejarlo levantarse temprano.
PANCHO -(Mirando al retrato de JAVIER.) La misa no era temprano; era a las diez.
TERESA -¡No hay que exagerar las cosas, Pancho! Ya llevamos quince años recordando a Javier…
PANCHO -Te lo ruego, Teresa… ¡Catorce años, no quince! Si mi mamá te oyera…
TERESA -¡Tu mamá, tu mamá y tu mamá! (Soplado.) ¡Cómo si ella no se equivocara!
¡Y cuándo le da la gana! (Se sienten pasos y frases sueltas. Aparecen en la puerta
MISIA MANUELA y MARGARITA. Saludos y las frases de rigor. MISIA MANUELA
abraza y besa a PANCHO; a TERESA le da la punta de los dedos.)
ESCENA DÉCIMA
MISIA MANUELA -¡Pancho, hijito! ¡Qué bueno verlo!
TERESA -(Con la firmeza puntuda de las mujeres débiles.) No pudimos venir a la misa,
porque Pancho está sumamente resfriado. Lo obligué a levantarse tarde.
MISIA MANUELA -Me lo imaginaba.
PANCHO -¿Cómo se ha sentido, mamá?
MISIA MANUELA -Más o menos… El reumatismo no me deja. Además, he tenido algunas
preocupacionees…
PANCHO -¿Y ha tomado sus remedios? ¿Qué tal resultado las píldoras del doctor Vial?
MISIA MANUELA -Ni me mejoran ni me matan.
TERESA -Estábamos tan preocupados por usted, desde que tuvo los dolores del mes pasado.
MISIA MANUELA -¿Tú, también tú estabas procupada? Pero por favor no hablemos de
enfermedades. Lo importante es que los niños estén bien. En este momento deben
estar almorzando. ¿Quieres pasar a verlos, Teresa? (TERESA mira a PANCHO.)
TERESA -Por supuesto. ¿Vamos, Pancho?
MISIA MANUELA -Preferiría que fueras con la Margarita. Así aprovecho yo de conversar
algo privado con Pancho.
TERESA -¿Privado?
MARGARITA -(Por simplificar.) Vamos, Teresa. (La toma del brazo.) Arprovecharé para
contarte algo sensacional que he sabido de a Picha Errázuriz. (TERESA se deja
arrastrar, pero desde la puerta mira con fastidio a su suegra, inclinada como un
águila sobre PANCHO.)
ESCENA ONCEAVA
PANCHO -¿De qué se trata, mamá?
MISIA MANUELA -(Se pasea un momento y se detiene.) Estoy preocupada por la Leonor.
Se le ha puesto casarse con un doctorcillo de otra clase. Está obsesionada, loca. Me
desafió hace un momento y declaró que se casaría con él contra la opinión de todos.
PANCHO -¿Quién es él?
MISIA MANUELA -Un tal Humberto Cabrera. ¡Un don nadie!
PANCHO -Bueno… La Leonor tiene ya más de treinta años…
MISIA MANUELA -¿Y tú crees que los treinta años le dan derecho a claudicar de su clase?
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Mama Rosa 29 Fernando Debesa
ESCENA DOCEAVA
LEONOR -Pancho, ¡qué gusto de verte!
PANCHO -(Un poco frío, por temor a su madre.) ¿Cómo estás, Leonor?
LEONOR -(Amable.) Siéntense. La Rosa va a traer un aperitivo. (Todos se sientan
menos MISIA MANUELA.) ¿Qué tal tiempo han tenido en el campo? (Le habla a
PANCHO, pero éste se hace el distraído.)
TERESA -Muy revuelto, Leonor. Un día con sol, y el siguiente nublado y oscuro que da
miedo. (Entra ROSA con bandeja y copas. Se dirige primero a MISIA MANUELA.)
ROSA -¿Se sirve, misiá Manuela? (Pausa. MISIA MANUELA la mira, y le habla como
si las dos estuvieran solas. Su manera de ignorar a los demás es evidente.)
MISIA MANUELA -Tú eres la única, Rosa. Tú eres la única.
ROSA -¿Cómo dijo, misiá Manuelita?
MISIA MANUELA -Tú eres la única, conmigo, que te acuerdas de Javier. Acabo de pasar
por tu pieza y vi una vela prendida delante de un retrato del niño. (A ROSA la
bandeja le tiembla ligeramente. Para disimular, va a servirle a TERESA.) ¡Pobrecito!
El sí que era exigente, riguroso. Él siempre buscaba lo más alto, lo más perfecto…
Hace catorce años, a esta hora, me habló por última vez. (Pausa. Luego con
suavidad.) Rosa, ven, que quiero contarte un secreto. (ROSA se acerca, temblando.
MISIA MANUELA le habla con gran intensidad, como en trance.) Un secreto que he
callado catorce años. Cuando el niño agonizaba, no pensó ni en sus amigos, ni en
sus hermanos, Rosa. (Pausa. ROSA baja los ojos.) Pensó en ti.
ROSA -(Mira a MISIA MANUELA con temor.) ¿En mí?
MISIA MANUELA -Me dijo: “Dígale a la Rosa que rece por mí…”
ROSA -(Con emoción.) ¿Yo rezar por él?
MISIA MANUELA -Y yo no te dije entonces, ni lo he dicho en estos catorce años por
orgullo. Porque no quería aceptar que su última voluntad hubiera sido para una
sirvienta… (Con resentimiento.) Pero ahora mis hijos me dicen que el orgullo hace
envejecer y que llena el corazón de amargura… Me dan una lección… Por eso quiero
que sepan que el último pensamiento de su hermano no fue para ellos. (Se queda
ensimismada. Suena el timbre de la calle. ROSA sale.)
MARGARITA –(Falsamente alegre, para romper la tensión.) Samuel te mandó muchos
saludos, Teresa. Dice que si lo convidas, irá encantado a pasar una semana al
“Membrillar”.
TERESA -(Igual.) ¡Pero con mucho gusto! Dile que le acabo de tapizar de nuevo la
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Mama Rosa 30 Fernando Debesa
pieza con vista al río que a él le gusta. Le puse una Toile de Jouy preciosa, con
motivos pastoriles color verde musgo. Le recordará los hoteles del sur de Francia.
(Entra ROSA con una carta y se la entrega a LEONOR.)
LEONOR -¿Sin sello! ¿Quién la trajo, Rosa?
ROSA -Una sirvienta, señorita. (Delante de los demás, nunca le dice Leonorcita.
ROSA sigue sirviendo el aperitivo a PANCHO.)
LEONOR -¿De quién será? (Se ha puesto inquita, de súbito.) ¿Me permiten lerla? (Se
para y mira a MISIA MANUELA, buscando su aprobación. Esta, totalmente
abstraída, la ignora. MARGARITA interviene.)
MARGARITA –Por supesto, Leonor. Y ojalá sean buenas noticias. (LEONOR rompe el
sobre con nerviosidad. MARGARITA sigue tratando de amoblar el silencio.) A
Samuel le encanta la Toile de Jouy. Le diré entonces que puede irse a fines de la
semana próxima.
TERESA -¡Encantada!
MARGARITA –Le va a venir muy bien un cambio de aire, porque la baja de la Bolsa lo ha
tenido muy preocupado. Las acciones de Pancahue han bajado como veinte puntos…
LEONOR -(Con voz ahogada.) ¡Oh!
MARGARITA -¿Qué te pasa?
LEONOR -¡No puede ser! ¡No!
MARGARITA -(Se levanta y se acerca a LEONOR.) ¿Quieres que te lleve al dormitorio?
(La toma de los brazos y empieza a caminar con ella. La carta cae de manos de
LEONOR al suelo. ROSA la recoge.)
MISIA MANUELA -Pásame esa carta, Rosa. (LEONOR y MARGARITA se detienen. ROSA
se inmoviliza.)
ROSA -Es de la señorita Leonor, misiá Manuela.
MISIA MANUELA -(Se pone de pie trabajosamente, como un obelisco que izan con una
grúa.) Pásame esa carta te digo.
ROSA -(Pidiendo auxilio a MARGARITA.) Señora Margarita, esta carta… (Como un ave
de rapiña, MISIA MANUELA ha avanzado dos pasos y le ha arrebatado la carta.)
MISIA MANUELA -No hay que asustarse, Leonor. Conviene aprovechar que la familia está
reunida para que sepa lo que te preocupa. (LEONOR está en brazos de
MARGARITA.)
LEONOR -¡Margarita!
MARGARITA -(Mira con indignación a su madre.) Esto es cruel, mamá. Quizás después…
MISIA MANUELA -No exageres. Se trata de un simple pololeo de la Leonor, y prefiero que
todos lo conozcan.
MARGARITA -(Maternal.) No te asustes, Leonorcita. No hay por qué asustarse.
PANCHO -(Indiferente.) ¿Es necesario todo esto?
MISIA MANUELA -Sí, es necesario. (Empieza a leer.) “Estimada Leonor” (Se interrumpe y
mira la firma.) La firma Dominga Cabrera. ¿Es hermana de Humberto Cabrera?
(LEONOR no contesta.) “Aunque la conozco poco, me permito escribirle para darle
noticias de mi hermano. Esta mañana recibimos telegrama del Sur, diciéndonos que
nuestro padre se halla encuentro de cuidado en Puerto Montt. Como usted
comprenderá, el primer deber de médico de mi hermano es cuidar a su padre. Por
este motivo, acaba de partir al Sur en tren y permanecerá allá un tiempo indefinido.
Queda a sus órdenes, su servidora, Dominga Cabrera”. (LEONOR está llorando. Los
demás adivinan la situación y guardan silencio.) Hay una postdata que no endiendo.
¿La alcanzaste a leer, Leonor? (LEONOR hace un gesto que no. MISIA MANUELA
lee con lentitud, como tratando de descifrar un enigma.) “Respecto a la persona
cuyos síntomas usted relató a mi hermano, él me encargó decirle que puede ser lo
que ella teme. Si dicha persona pasa por mi casa, le daré la dirección de una señora
que pueda atenderla”.
LEONOR -¡No, por Dios, no. (MARGARITA y TERESA tratan de calmarla.)
MARGARITA –Tranquilita, Leonor, tranquilita…
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Mama Rosa 31 Fernando Debesa
MISIA MANUELA -(Fuego y hielo.) Insisto en que no entiendo esta postdata. Parece que
hay una amiga de Leonor enferma… Y esta Dominga Cabrera le recomienda… (Con
sospecha.) Leonor, ¿qué significa esto? (Silencio.) ¿Qué escándal es éste? (ROSA
sufre al ver sufrir a LEONOR y se lanza a ayudarla, sin saber cómo.) D
ROSA -No hay ná escándalo, misiá Manuelita…
MISIA MANUELA -(Seca.) Estoy interrogando a mi hija. ¡Leonor, contéstame!
ROSA -(Sin pensar más.) Yo lo sé too, misiá Manuela… (Las miradas de todos, como
reflectores, se concentran en ROSA.)
MISIA MANUELA -Si la tal Dominga Cabrera propone una “señora” para atender cierta
enfermedad, es porque se trata de una deshonra, ¿verdad?
ROSA -… No es ná deshonra…
MISIA MANUELA -Y si la Leonor, siempre tan egoísta, se da la molestia de ocultar esa
deshonra, es porque le interesa mucho, ¿no es cierto?
ROSA -Es que… es que la enferma es una amiga d’ella…
MISIA MANUELA -¿Una amiga? ¿Qué amiga?
ROSA -Una señorita muy güena, que la quiere mucho…
MISIA MANUELA -(Implacable.) ¡Mentira! ¡La Leonor no tiene amigas!
ROSA -Sí, sí tiene…
MISIA MANUELA -Pero si no es capaz de tener amigas… ¡Si tienes que acompañarla tú
cuando sale de compras!
ROSA -(En voz baja, muy humilde.) ¿Y yo, no soy su amiga entonces? (Se da cuenta
que ha dicho demasiado y busca retroceder.) Es decir…
MISIA MANUELA -(Interrumpiéndola.) ¡Cómo! ¿Entonces eras tú?
ROSA -(Tratando de escabullirse.) No, misiá Manuela, no es ná eso…
MISIA MANUELA -¡Tú, eres tú la de la deshonra! (ROSA no sabe qué hacer. Se oye un
sollozo de LEONOR. ROSA decide entregarse.)
ROSA -Sí, misiá Manuelita. Soy yo…
MISIA MANUELA -¿Es cierto eso, Leonor? (Ésta no contesta.) ¿Tú has estado ayudando a
esta mujer? (Silencio.)
ROSA -(En plena invención.) Es que yo le conté a ella…
MISIA MANUELA -(Estalla.) ¿De manera que otra vez has vuelto a enredarte con
hombres? ¡Sinvergüenza! Y yo, que creía que se habían pasado esas aficiones. ¡Que
ya eras una mujer decente!
PANCHO -(Árbitro.) Mamá, no se acalore, que le puede hacer mal. Yo voy a hablar con
la Rosa, más tarde.
MARGARITA –¿Por qué no pasamos a almozar? Ya debe estar listo el almuerzo.
MISIA MANUELA -(Sin oírlos.) Y pensar que he albergado más de veinte años en mi casa
a esta mujer. ¡Y mi propia hija, amparándola en su vicio! (Pausa.)
PANCHO -Vamos, mamá, que quiero ver a los niños antes de almorzar.
TERESA -(Se levanta.) Vamos, Margarita. (PANCHO toma del brazo a MISIA
MANUELA y caminan.)
MISIA MANUELA -(Desde la puerta.) ¡Pero esta vez si que te vas de la casa, Rosa del
diablo, y ahora sí que no me arrepiento! (Salen, MISIA MANUELA con PANCHO,
detrás MARGARITA y TERESA. Quedan LEONOR, dolorida en su sillón, y ROSA,
humillada, al centro de la pieza.)
ESCENA TRECEAVA
Cuando todos han salido, LEONOR se levanta trabajosamente, camina hacia ROSA y la abraza.
LEONOR -¡Rosa, Rosa!
ROSA -¡Güen dar, Leonorcita, en la que me jui a meter…!
LEONOR -¡Rosita, Rosita, tú eres la única! Dios te bendiga, por lo buena que eres!
ROSA -No llore tanto, pues Leonorcita, que a mí también me va a dar pena. ¿Y qué vamos
a hacer las dos, goteando como dos llaves de agua? (Sonríe sin eco. Lleva a
31
Mama Rosa 32 Fernando Debesa
LEONOR hacia el sofá central y la sienta.) Así, m’hijita, sentaíta. ¿Ta más tranquila
ahora?
LEONOR -Y pensar que permitiste que te insultaran por causa mía… ¡en vez que me
insultaran a mí!
ROSA -Es que usté’s otra cosa, Leonorcita. A una señorita como usté una cosa así la
achata. En cambio a mí ¿qué tanto me hace? Yo no pierdo na.
LEONOR-Pero yo sé que te duelen los insultos de mi mamá; te duele que ella piense mal de ti.
ROSA -Claro que me duele; no pueo negarlo. Pero ya me perdonará, como otras
veces. ¿No me perdonó lo del Lucho? Y ahora el cabro tá que revient’e gordo en el
fundo. ¿No me perdonó lo del Higinio el enceraor, y las vacaciones ésas, en que salí
a comprar jabón y volví a las dos semanas?
LEONOR -Si no fuera por ti, Rosita…
ROSA -¿Sabe lo que vamos a hacer? Usté le dice a misiá Manuela que la deje irse
p’al fundo unos cuantos meses, pasar la pena de on Humberto. Y rogándole harto, a
lo mejor consigue que en vez de echarme, me mande p’al fundo, castigá con usté.
LEONOR -(Comprendiendo.) Sí…
ROSA -Y qué bien vamos a estar las dos desterrás en el fundo. ¡Y allá… las dos
solitas… sin saber de nadie…! (Pausa.) ¡Nace mi guagua…!
LEONOR -¡Tu guagua!
ROSA -Vamos a andar pa’toas partes las dos juntas… ¡A ver cuál engorda más ligero!
LEONOR -Las dos juntas como dos hermanas…
ROSA -No, Leonorcita, eso no. Como patrona y sirvienta, con mucho respeto y mucho cariño.
LEONOR -Como una hermana… Más que una hermana…
ROSA -¿Ta tiritando? Le voy a dar una copita. (Le pasa un aperitivo que había
quedado sobre la mesa.) Así. Ahora se va a sentir mejor. (Por distraerla.) ¿Y qué le
gustaría que juera la guagua? (Mirando sigilosa a la puerta.) ¿Mi guagua?
LEONOR -(Levanta la cabeza y sueña un instante.) Mujercita… mujercita… (ROSA se
echa a los pies de LEONOR, como un perro fiel. Es un hermoso grupo, soñando y
sonriendo al aire.)
ROSA -Chancletita… ¿Y cómo le gustaría ponerle a mi guagua?
LEONOR -(Entregándose al sueño.) Quizás Manuelita, como su abuela… ¡Pero, no, qué
estoy diciendo! Tal vez Margarita… que es valiente… (Su mirada vaga sobre ROSA.)
¡No, se llamará Rosita, mi Rosita, como tú! ¡Nuestra Rosita!
ROSA -¡Cómo se le ocurre! ¡Eso sí que no! ¡Qué van a creer de usté, por ponerle a la
niña el nombre’la sirviente!
LEONOR -¡Pero Rosa, si va a ser hija tuya. Es natural que tu hija se llame igual a ti.
ROSA -¡Bah, de veras que va’ser mía! Pero usté va’ser la mairina…
LEONOR -Por supuesto… y unca se verá una madrina más cariñosa. Más maternal…
ROSA -Y después la mandamos al colegio… a la Rosita…
LEONOR -… y será la alumna más aplicada, la más decidida. Y aprenderá todo lo
necesario para trabajar en una oficina.
ROSA -(Extrañada.) Su hija… mi hija ¿en una oficina?
LEONOR -Sí, Rosa, porque va a ser una mujer moderna, una mujer valiente, mi Rosita…
ROSA -(Sin entender.) ¿Valiente?
LEONOR -(In crescendo.) Sí, Rosa. No tendrá miedo a nada. ¡Será independiente y
franca, nunca temerá decir la verdad, mi Rosita…!
ROSA -¡Qué linda va a ser! Parece que la veo… gordita y recotina…
LEONOR -No, linda no. Valiente, muy valiente. (Las luces de la escena comienzan a
bajar muy lentamente.) Nadie la obligará a nada, a mi Rosita. Libre como un
pájaro… Y será feliz, feliz, mi Rosita!
ROSA -¡Feliz, feliz!
LEONOR -¡Feliz! ¡Será feliz, mi Rosita!
TELON
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Mama Rosa 33 Fernando Debesa
CUARTA PARTE
La misma salita, con cambios en la decoración según los gustos de 1941. En escena,
MISIA MANUELA, LEONOR y ROSA. MISIA MANUELA tiene setenta y dos años y su
pelo está enteramente blanco. Se halla sentada en una silla de ruedas, leyendo unos
papeles. LEONOR tiene cuarenta y siete años y hay en ella una cierta belleza, producto de
la resignación. ROSA es ya la típica mama rezongona. Está vestida idéntica a la mama
CHANA de la Tercera Parte.
ESCENA PRIMERA
MISIA MANUELA -(Agitando un papel.) ¡Pésimas las cuentas de Pancho! Creo que el fundo
está cada día peor administrado. Ya nos hizo perder “San Cayetano”, y a lo mejor…
LEONOR -No fue culpa de él, mamá. Fue la crisis del treinta y uno. Todos los hombres
de negocios tuvieron grandes pérdidas.
MISIA MANUELA -A mí me tocaron crisis peores que la del treinta y uno, y nunca perdí
nada. En fin… (Suspira y cambia de tema, fastidiada.) Quiero que vayas esta tarde a
pedirle al Padre Benito que venga mañana temprano; quiero hacer confesión
general.
LEONOR -Supongo que no estará inquieta por su salud. El doctor la encuentra mucho
mejor que el año pasado.
MISIA MANUELA -Así será. Pero quiero estar tranquila, sea cual sea el resultado de los
exámenes. Rosa, anda a ver si llegó Panchito. Dile que quiero hablar con él. (ROSA
sale.) ¿Llegó don Manuel?
LEONOR -No, mamá. No ha llegado todavía.
MISIA MANUELA -¿Qué hora es? ¿No son las once ya?
LEONOR -Sí, mamá, las once diez.
MISIA MANUELA -Y entonces ¿cómo no han mandado a don Manuel? La Mónica sabe muy
bien que a las once en punto estoy lista para recibir a don Manuel. ¡Es una verdadera
rebelión, la de la Mónica.
LEONOR -(Extrañada.) ¿Rebelión?
MISIA MANUELA -¿No es rebelión el haberse casado contra mi voluntad y haberse ido a
vivir aparte, cuando aquí sobra lugar?
LEONOR -Juan Pablo es buenísimo y trabajador, mamá. Y fue ella la que insistió en vivir
independientes.
MISIA MANUELA -Sí, lo sé. Y eso es lo que me irrita. ¡Qué carácter de fierro el de esa
muchacha!
LEONOR -(Con malicia.) Quien lo hereda, no lo hurta. Todo el mundo la encuentra igual a
usted.
ESCENA SEGUNDA
Entra PANCHITO. Tiene veintinueve años, es buenmozo y mimado por su abuela. La
abraza y ella lo besa.
MISIA MANUELA -¿Cómo le fue en su interrogación, hijito?
PANCHITO -(Fresco.) ¿Interrogación? ¿Qué interrogación?
MISIA MANUELA -¿No tenía que dar hoy en la mañana una interrogación de Derecho Civil?
PANCHITO -(Apenas turbado.)¡Ah, sí! Pero…es que la postergaron…El profesor se enfermó…
MISIA MANUELA-(Perspicaz a pesar de los años.)¿Cómo te está yendo en tus estudios, Francisco?
PANCHITO -Más o menos, abuelita. Usted sabe, los profesores son tan injustos… Si uno
no les hace la pata…
MISIA MANUELA -Pero estás repitiendo cuarto año por tercera vez… Ya es hora que
salgas adelante.
PANCHITO -¿Y no le parece poco mi trabajo donde don Anselmo Echeverría? Eso muestra
que tengo mis méritos…
LEONOR -(Seria.) No finjas, Pancho. Ese puesto de Procurador te lo consiguió tu tía
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Mama Rosa 34 Fernando Debesa
Margarita. Y entiendo que los informes de don Anselmo no son muy halagadores.
PANCHITO -Tía Leonor, lo que faltaba es que usted también me rete. Yo contaba con su
comprensión…
LEONOR -¿Le contaste a tu abuelita que se terminó tu noviazgo con la Elisa Correa?
PANCHITO -¡Tía Leonor! ¿Por qué…?
MISIA MANUELA -(Enérgica.) ¿Es cierto eso, Pancho?
PANCHITO -Bueno, la verdad es que…
LEONOR -(Dirigiéndose a MISIA MANUELA.) Los padres de Elisa supieron que él
pololeaba al mismo tiempo con una señorita… de otra categoría… (Por arte de magia
aparece ROSA por la puerta chica. Está acalorada por defender a PANCHO. Es
evidente que ha oído la conversación.)
ROSA -¡No es ná eso lo le ije, Leonorcita!
MISIA MANUELA -(Enojada.) Rosa González, ¿quién te manda meterte en lo que no te
importa? ¿Y hasta cuándo te digo que no debes escuchar por las puertas?
ROSA -Es que me’a no sé qué ver cómo retan al niño.
MISIA MANUELA -Francisco tiene ya veintinueve años, y no necesita abogados. ¿Es
cierto, Francisco, que al mismo tiempo pololeabas con una muchacha de otra clase?
ROSA -No, si peleó con ella hace tiempo.
MISIA MANUELA-(Enojada.)Rosa, ¡o te callas o te vas para afuera! Contéstame, Francisco.
PANCHITO -Lo que dice la mama es cierto. Yo había peleado hace tiempo con la Nelly.
MISIA MANUELA -¿Y cómo está la Rosa mejor informada que yo?
LEONOR -(Seria.) Porque ella le lleva y le trae cartas de muchachas del barrio.
ROSA -(Asombrada.) ¡Leonorcita!
LEONOR -Mucho te quiero, Rosa, pero no puedo permitir que sigas echando a perder a
Pancho.
MISIA MANUELA -Una mujer que lleva y trae cartas se llama alcahueta, Rosa. (La
escena, sin que nadie lo quiera, se ha transformado en una especie de reproche a
ROSA. PANCHO interviene, con gran mundo.)
PANCHITO -Lo mejor será que yo le explique todo, abuelita. ¿Le gustaría que diéramos un
paseo por el huerto? (PANCHO empieza a empujar la silla hacia la puerta.)
MISIA MANUELA - No puedo negarme a escucharte. Pero ahora no me vas a convencer
tan fácilmente como otras veces. (Salen. Cuando la silla está fuera de vista,
PANCHO vuelve y dice confidencialmente a LEONOR.)
PANCHITO –Perdón, tía Nonó. Pero estoy pobre como la rata y necesito darle un sablazo a
la abuelita… (Sale volando.)
ESCENA TERCERA
ROSA -¡Pobre patrona! Da pena ver cómo va p’abajo.
LEONOR -Es bien triste. Pero ya ves cómo se ha resignado a su parálisis. Y sigue llena
de energías, dirigiéndolo todo desde su silla de ruedas.
ROSA -¿Y cuándo se va a saber de los exámenes?
LEONOR -Mañana, Rosa. Mañana nos dirá el doctor si tiene uremia.
ROSA -¿Y qué’s eso, l’eremia?
LEONOR -Algo muy grave. Si la mamá tiene uremia, quiere decir que le quedan pocos
meses de vida…
ROSA -No me esté embromando. ¡Cómo se le ocurre decir eso! No hay que pensar
en l’eremia. Voy a’cerle una manda a San Judas Tadeo, que no falla nunca.
LEONOR -Los años pasan, Rosa. Fíjate en mí. Ya cumplí los cuarenta y siete… (Pausa.)
Y sin embargo, poco a poco me he ido resignando. Ya no me duele vivir. (Pausa.)
Hasta puedo pensar en mi hija sin sufrir…
ROSA -Tan relinda la guagüita. Igual a on Javier, el poure ángel, pero con los ojitos
claros. Y pensar que se voló p’al cielo a los ocho días…
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Mama Rosa 35 Fernando Debesa
LEONOR -(Serena.) Fui yo, Rosa. Fue culpa mía que mi hija muriera. Me dio vergüenza
desde que la concebí. Por eso la eché al mundo débil, sin fuerzas para vivir…
ROSA -Mejor no acordarse d’eso. Lo que pasó, se acabó. (Por cambiar de tema.) ¿Se
acuerda de la finá Chana? Siento que cad’año toy más igualita a ella.
LEONOR -Sobre todo desde que te está gustando el vino…
ROSA -Si es remedio, no más. No ve que a veces me duele la cabeza, y con lo único
que se me quita es con un traguito…
LEONOR -(Sonriendo.) Sí, lo malo es que te duele la cabeza tan seguido…
ROSA -Yo creo que’s la finá Chana la que me manda los dolores de cabeza. Tanto
que me convidaba trago, y yo no le hacía caso. Ella me decía. “Vay a ver cuando
estís vieja, que hasta pa’l trago te vay a ir achanando”.
LEONOR -Y así ha sido: bien “achanada” que estás… No te vaya a pasar como a ella,
Rosa, que cuando se enfermó, no tenía ni un centavo ahorrado. Por suerte, tú tienes
la ley 4054.
ROSA -Esa famosa ley… Más es er tiempo que mi ha hecho eprder, y p’al puro
jilibear. Desde la ley, que las empliás se envenenaron conlas patronas y las patronas
con las empliás. Y tanto edificio y tanta gente pa darle a una las aspirinas y el
bicarbonato. No, ni pienso en la ley. Pa eso tengo mi güena platita junta.
LEONOR -(Se levanta y se acerca a la puerta del corredor como para salir.) ¿Y qué
piensas hacer con ella? ¿Ponerla en la Caja de Ahorros?
ROSA -¡Cómo se le ocurre! No me gusta ná tener la plata lejos di una… Quiero
comprarme una casita, por allá por Recoleta aentro, cerca di algún cementerio.
(LEONOR sale.) Así, cuando me muera, queo en el barrio.
ESCENA CUARTA
Entra PANCHITO con aire preocupado.
PANCHITO -Oye, mama, quiero hablar contigo. Tengo que pedirte consejo.
ROSA -Diga no más, m’hijito, que pa’eso’stá su mama.
PANCHITO -(Con tono meloso.) Estoy en un apuro, mamita; tengo deudas. Y la abuela se
negó a prestarme plata.
ROSA -(Siempre ha sido avara y se pone tiesa.) ¿Detrás de qué chiquilla andái
ahora, que le querís hacer regalos?
PANCHITO -No son regalos, mama.
ROSA -¿O es que te habís templao e’la Clarisa, esa pará que no mira a nadie?
(PANCHITO hace un gesto que no.) Yo soy amiga di una cuñá d’ella, y le pueo
hablar… (Nuevo gesto negativo de PANCHO.) Acuérdate que yo te ablandé a doña
Nena, y que gracias a mí te resultó el embeleco…
PANCHITO -(Fastidiado.) No, mama, no se trata de sirvientas ni de la mujer del
almacenero. Tengo deudas grandes, y o las pago de inmediato, o me meten en la
cárcel. (Vuelve al tono meloso.) El otro día le oí a la Mónica que usté tenía sus
ahorritos…
ROSA -(Tiesa de nuevo.) ¡Claro que tengo mis ahorritos! Son pa’comprarme una
casa, onde caerme muerta. Son los ahorros de treinta años, y es l’único que tengo.
PANCHITO -Pero mamita, si yo no le hablo de quitárselos, sus ahorros. Sólo quería pedirle
que me prestara unos pesitos, por unos cuatro meses.
ROSA -No, no y no. Ni pensís más en eso. Son l’único que tengo, y no lo suerto.
PANCHITO -(Comediante.) ¿Sabe lo que es la cárcel, mama? ¿Sabe lo que son los
calabozos, donde apenas dan de comer y uno se enferma de tuberculosis?
ROSA -(De defiende.) Mi casita, mi casita. ¡Lo único que quiero es mi casita, pa
tener onde caerme muerta!
PANCHITO -¡Ese es el amor de las mamas! Se llenan la boca diciendo que lo quieren a
uno; y cuando les piden una prueba, si te he visto no me acuerdo.
ROSA -Si te quiero mucho, Panchito. ¡Cómo no te voy a querer cuando te vi nacer y
te lavé los pañales! ¡Pero no me pidái eso! ¿No vís que’s l’único que tengo?
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Mama Rosa 36 Fernando Debesa
ESCENA QUINTA
Después de un instante, llegan, como desde la calle, MÓNICA y su tía MARGARITA. Ésta,
de cuarenta y ocho años, viene vestida de color rojo, tiene el pelo teñido y está maquillada
en exceso. Conserva, a pesar de todo, su distinción.
MARGARITA-(Entrando primero.) Después de todo, tiene setenta y dos años, y la vida no
es eterna. (Se sienta y se ríe con una risa mecánica.) Felizmente. ¿Te imaginas lo
aburrido que sería seguir yendo eternamente donde las costureras?
MÓNICA -Es terrible pensar que ella va a faltar. La quiero tanto; le debo tanto. ¿Qué va
a ser de la familia sin ella?
MARGARITA-Nadie es imprescindible. El pobre Samuel se creía imprescindible y me decía:
“Después que me muera, harás locuras, pero te aburrirás sin mí”. Y la verdad es que
he hecho locuras, pero no me he aburrido ni un instante.
MÓNICA-Voy a llamar a la tía Nonó, para darle la mala noticia. (Saliendo.) ¡Pobre
abuelita!
MARGARITA-No la trates de pobre. (Se dirige al retrato de MISIA MANUELA.) porque no
lo ha sido nunca, en ningún sentido. Una reina, siempre. (Saca su polvera y rehace
su maquillaje cuidadosamente.) O mejor dicho, una dictadora. (Entra PANCHITO,
cantando en inglés, parece muy contento.)
PANCHITO -¡Hola, tía Margarita! (Gesto exagerado de admiración.) ¡Pero qué estupenda
estás (La besa.)
MARGARITA-Cuidado, que me pasas a llevar el rouge. Y por favor no me digas tía. Odio
que me digan tía.
PANCHITO -Estás muy buenamoza, Margarita. ¿Y qué dice mi amigo Jim de ese vestido
tan llamativo?
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Mama Rosa 37 Fernando Debesa
MARGARITA-Tu amigo Jim se está portando muy mal. Quiere que nos pongamos de
novios este mes, y sin embargo, ayer en la tarde ni me fue a ver, ni me llamó por
teléfono. (Seria de repente.) Dime, Pancho; sabes tú si ha seguido viendo a esa
estúpida de la Nancy Scott?
PANCHITO -Margarita, tienes que tener un poco de mundo. Es natural que se vean: los
dos son gringos y les gustará hablar de Estados Unidos. Yo encuentro… (Se sienten
las voces de MÓNICA y LEONOR. MARGARITA interrumpe a PANCHO.)
MARGARITA-¡Cállate! (Entran LEONOR y MÓNICA. Ésta ya le dio la mala noticia. Ambas
parecen preocupadas.)
LEONOR -Es terrible, terrible…
MÓNICA -¿Le dio la noticia a Pancho, tía?
MARGARITA-Por supuesto que no. Nunca he sabido dar malas noticias. (Entra ROSA.
Nadie se fija en ella.)
MÓNICA -(Cariñosa a PANCHITO.) El doctor Vial me mandó llamar esta mañana para
adelantarme el resultado de los exámenes de la abuelita. (Silencio.)
PANCHITO -(Serio.) ¿Y qué dijo?
MÓNICA -Tiene uremia, y en mucha cantidad.
PANCHITO -¿Eso quiere decir…?
MÓNICA -Sí, ya le queda poco tiempo… Algunos meses…
ROSA -(Bruscamente desesperada.) No pué ser, no pué ser… Debi di haberse
equivocado ese dotor… (MÓNICA y LEONOR rodean a ROSA.)
LEONOR -No, Rosita. Los años pasan y la mamá ya tiene edad…
MÓNICA -Hay que resignarse…
ROSA -¿Pero cómo se le puee ocurrir que misiá Manuelita se va a … (Se interrumpe
asustada.) Ella, que ha mandao toda la vida, que ha cuidao a tantos enfermos, ella… No
pué ser, no pué ser… (Se siente la voz de MISIA MANUELA que llama: “Panchito, ven a
empujarme”. PANCHITO sale.)
LEONOR -Ya, Rosa, disimula. (ROSA se suena con mucho ruido.)
ROSA -¿Qué va a ser d’esta casa sin ella, Señor? ¿Qué voy a ser yo sin ella, sin tener
quién me mande? (Se oye la voz de MISIA MANUELA que se acerca.)
MÓNICA -Ándate, mamita. Ándate a la pieza de costura. Hay que disimular, para no
apenarla. (Empuja a ROSA hacia la puerta chica.)
ROSA -¡No pué ser, cómo va’ser cierto! (Desaparece en el momento en que entra
MISIA MANUELA, empujada por PANCHITO.)
ESCENA SEXTA
MISIA MANUELA –(Siente el silencio.) ¿Qué pasa? ¿Alguna mala noticia? (MARGARITA,
mujer de mundo, interviene. Se pon de pie y avanza a abrazar a su madre.)
MARGARITA -¡Como le va, mi linda! ¡Soy yo la que traigo una mala noticia, una
pésima noticia: ¡me caso!
MISIA MANUELA –(No puede evitar el reírse.) ¡Esta hija mía! ¿Y qué locura vas a hacer
esta vez? ¿Con quién te vas a casar?
MARGARITA -(Ha salvado la siuación y dedide seguir en son de reírse de sí misma.)
Como usted lo sabe muy bien, mamá, he sido un completo fracaso como viuda.
¡Pobre Samuel! Nunca creí que lo iba a echar tanto de menos. (Suspira.) ¡La verdad
es que no nací para estar sola!
MISIA MANUELA –(Divertida a MÓNICA.) No sabes, Mónica, el bien que me hace esta
loca de hija. Su despreocupación me relaja los nervios, su incoherencia me
entretiene. (A MARGARITA en son de broma.)Vamos al grano.¿Quién es tu víctima?
MARGARITA -(Riéndose.) Mi víctima es un muchacho fascinante: rubio, un metro
ochenta y cinco, gran nadador.
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Mama Rosa 38 Fernando Debesa
MISIA MANUELA –(Un poco seria.) Todo eso ya lo había adivinado por el color de tu
vestido. Pero… ¿será un marido adecuado para tus cuarenta y ocho años?
MARGARITA -¡Pero linda, usted está perdiendo la memoria…! Yo tengo cuarenta y
dos años, y pienso quedarme en ellos mucho tiempo… (Pausa.) Al menos, eso es lo
que le he confesado a Jim.
MISIA MANUELA –¿Jim? (Silencio.) ¿No será Jim Anderson, el amigo de Panchito?
MARGARITA-Sí, es él. (Como disculpa.) Pero es bastante mayor que Pancho… (MISIA
MANUELA cierra los ojos y se reclina en su silla, cansada. LEONOR se acerca.)
LEONOR -¿Quiere un poquito de coramina, mamá?
MISIA MANUELA –(Se demora en contestar.) No, dame un vaso de agua. (LEONOR va al
aparador, sirve un vaso de agua y se lo pasa. Ella apenas se moja los labios y se lo
devuelve.) Perdónenme, pero todo me cansa. Hasta las bromas de la Margarita…
(Mira un punto vago del infinito y habla con voz cansada, sin dirigirse a nadie.)
¿Enojarme? ¿Para qué? ¿Qué sacaría?
MÓNICA -(Cariñosa.) ¿Quiere que la lleve a su dormitorio, abuelita, para que descanse un rato?
MISIA MANUELA –(No ha oído.) Por ahora, todo se sostiene. Pero ¿qué va a pasar
cuando yo me muera…? (Todos se miran entre sí.)
LEONOR -(Timidamente.) Mamá…
MISIA MANUELA –Por ahora, para engañarme, Pancho finge que las cosas del fundo
marchan bien. La Margarita me habla de “noviazgo”… (Suspira.) Menos mal, para
engañarme, las apariencias se mantienen…
LEONOR -¿Otro poquito de agua?
MISIA MANUELA –(Aparta el vaso con fastidio.) Cuando yo me muera, todo se
desmoronará. Ya no tendrán a quien mentir. Preferirán ser francos. Será el fin…
(Pausa.)
MARGARITA -(La mujer de mundo.) Pero mamá, su filosofía es muy amarga. ¡No la
creía tan moderna! (Inútil. MISIA MANUELA hace gesto a PANCHITO que la lleve.
Éste la empuja lentamente.)
MISIA MANUELA –¡Javierito! ¡Javierito! (PANCHO la empuja y salen.)
ESCENA SÉPTIMA
Por la puerta chica, ROSA se ha asomado y los ha visto salir, tiene lágrimas en los ojos y
la cabeza le oscila: está medio borracha. Sale con la botella en la mano, la misma botella
chica guatona de la mama CHANA, y recorrre la pieza monologando.
ROSA -Es’es l’eremia. ¡Apuesto qu’esa’es l’eremia! ¡Es’es la que pone rungue a la
patrona! (Se tropieza.) Mardi’eremia, que se vino a meter con la poure. (Ve el
retrato de MISIA MANUELA.) Tan decidía que era… A veces media tiesa, pero daba
gusto cuando la mandaba a una…
LEONOR -Rosa, ya fuiste a tomar vino de nuevo.
ROSA -(Con hipo y lágrimas.) No es ná vino, Leonorcita; es una toma muy güena que me
dio el dotor pa la pena. (LEONOR y MARGARITA se miran y se encogen de
hombros.) Poure misiá Manuelita. ¡Poure patrona! ¿Y qué va a ser de losotros sin
ella? ¿Qué voy a hacer yo, cuando no hey hecho’tra ocsa que servirla toa la vía?
¿Quién me va a mandar como ella, cuando ni la Moniquita (dedo de fiscal a LEONOR y
a MARGARITA.) ni usté, ni usté, saben lo que es mandar, como ella? (Hipo y sollozo.)
LEONOR -(La toma de los hombros con cariño.) Sí, mamita, tiene razón. Pero ahora se
va a ir a acostar un ratito, para que descanse bien… (ROSA se deja conducir y sale
tambaleándose, mientras dice con un brazo en alto.)
ROSA -Más mejor me voy con ella, con mi patrona, antes que quearme sola. ¡Me voy
con ella, con ella (Hipo.), con ella! (Salen por la puerta chica.)
TELON
QUINTA PARTE
En nuestros días. El mismo decorado, pero sin cortinas y con pocos mubles. Pueden
aprovecharse los primeros momentos para sacar la utilería, como parte de la mudanza. Los
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Mama Rosa 39 Fernando Debesa
MUDANCEROS, uno viejo y otro joven, mueven los muebles. MÓNICA adelante, de
espaldas al público, dirige la mudanza. Es una mujer enérgica, de más de cuarenta años,
con la misma voz y los mismos ademanes de su abuela.
ESCENA PRIMERA
MÓNICA -¡Cuidado con el sofá! Así, para que no pase a llevar la mesa. Colóquenlo
encima de los baúles, en el carro para que no se deteriore. (Salen con el sofá. Entra
FELISA, una empleada joven, cargada de maletines y cajas de sombreros.)
FELISA -Señora Mónica, ¿qué hago con todo esto? (La palabra “esto” en cierto tono
despectivo.) Son cosas de la señorita Leonor, y no caben en ninguna parte.
MÓNICA -¿Vio si podían caber en el baúl grande de mimbre?
FELISA -Claro, pues, señora. Pero está lleno de cajas sucias y de … vejestorios. Uno
de esos hombres va a tener que ayudarme a cerrrarlo.
MÓNICA -Entonces déjelo todo en el salón verde, al lado de la puerta de calle y lo
llevaremos en el auto con nosotras. (Sin contestar, y fastidiada con el peso FELISA
sale. Entran los MUDANCEROS de nuevo.) ¿Quedó bien colocado el sofá?
MUCANCERO VIEJO –Tuavía no, señorita. En el correor lo dejamos mientras tanto.
MÓNICA -Ahora los sillones. Cada uno puede llevar uno. (Los hombres empiezan a
cargar los sillones. Entra LEONOR. Tiene sesenta y tantos años, su rostro está
verdaderamente bello y dulce, enmarcado por un pelo blanco de gran distinción. Usa
bastón.)
LEONOR -(Avanzando hacia MÓNICA.) Mónica, hijita, vengo a confesarte algo que no
me esperaba: ¡me siento alegre, casi feliz de abandonar esta casa!
MÓNICA -Es natural, tío Nonó. ¡Vamos a empezar juntas una vida nueva!
LEONOR -(Mira con rapidez el retrato de misiá Manuela.) Hace diez que tú me venías
rogando dejara esta casa, y yo me resistía. Le tenía miedo a este momento. Creía
que tenía que morir aquí, entre estos muros; que no resistiría la separación. (Los
MUDANCEROS salen con los sillones.)
MÓNICA -Así son las cosas, tía. Lo que usted no se atrevió a decidir, lo decidió la
necesidad. Que si a mi papá no le vencen las hipotecas del fundo, no habríamos
tenido que vender esta casa, y usted se habría quedado aquí.
LEONOR -¡Bendita necesidad!
MÓNICA -(Un momento de nostalgia en una persona poco nostálgica. Mira el retrato.)
Si hubiera sabido la abuelita que de toda la fortuna sólo nos iba a quedar esta casa…
O mejor dicho, el terreno, ya que la próxima semana empieza la demolición…
LEONOR -(Por fin valiente.) ¡Sursum corda, Mónica! ¡Y edificiarán aquí un edificio de
diez pisos, y vendremos a visitarlo un día, cuando esté terminado! ¡Qué importa,
cuando en tu casita del Golf viviremos muy unidos y felices contigo y tus niños.
(Vuelven los MUDANCEROS.)
MÓNICA -Así es, tía. No tendremos fortuna, pero la tendremos a usted. (LEONOR se
ríe. MÓNICA a los hombres.) Ahora, el escritorio. (Lo cargan.)
LEONOR -Ahí sacaba sus cuentas mi mamá, los veinte años que administró el fundo. En
ese escritorio se hizo nuestra fortuna… (Entra FELISA con nuevos paquetes y
cajas.)
FELISA -(Sin ver a LEONOR.) Señora Mónica, no hallo qué hacer con tanto cachivache
de la señorita Leonor. Estas cajas… (Ve a LEONOR.), es decir… que los baules no
alcanzan para tanta cosa…
MÓNICA -Póngalas en las maletas grandes, esas que traje yo esta mañana… (Los
MUDANCEROS empiezan con el escritorio.)
FELISA -Bueno. Y por favor, señora, mándeme uno de los hombres para que me
ayude a cerrar los baúles. (Mirando al joven.) Ojalá el joven. (Salen los
MUDANCEROS.) Debe tener más fuerza. (Sale, en el momento que llega
PANCHITO, muy apurado. Tiene cuarenta y tantos años, y va vestido y afeitado con
ese cuidado meticuloso propio de un don Juan.)
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Mama Rosa 40 Fernando Debesa
ESCENA SEGUNDA
PANCHITO -(A FELISA, con quien se tropieza frente a la puerta.) Perdón, señorita.
(Mirada admirativa. Ella sonríe y sigue. PANCHO entra.)
LEONOR -¡Panchito querido!
PANCHITO -¡Macanuda la empleadita!
MÓNICA -(Severa.) Buens días, Pancho. (Éste abraza y besa a LEONOR.)
PANCHITO -(Fresco.) Vengo a ayudarle en la mudanza, tía. Mándeme, que estoy a sus órdenes.
MÓNICA -(Seca.) Como de costumbre, llegas atrasado. Ya estamos terminando.
PANCHITO -(Cariñosa.) ¿Y tu mujer y tus niños? ¿Cómo están?
LEONOR -(Mirando a su alrededor.) Supongo que bien, tía. La última vez que vi a
Yolanda fue anteayer y estaba perfectamente.
MÓNICA -No es necesario exhibir así tu desunión matrimonial.
PANCHITO -(Siempre fresco.) Creía que eras partidaria de la franqueza. No esperarás que
te diga que adoro a la Yolanda y que pasamos las tardes abrazados frente a la
chimenea. (Desagradada, MÓNICA, se dirige a una esquina a sacar unos cuadros.
LEONOR interviene conciliadora.)
LEONOR -Panchito, hijito, la Yolanda es tu mujer. Están unidos en matrimonio.
PANCHITO -Qué quiere, tía. La Mónica sabe muy bien que cuando el papá malbarató la
fortuna, no fue precisamente por amor… que me casé con la Yolanda Romanoni. Fue
por salvar la dignidad de la familia.
MÓNICA -La dignidad de la familia…
PANCHITO -La dignidad que teníamos en tiempos de la abuela sólo se recobra con una
fortuna gorda como la de los Romanoni. (MÓNICA hace un gesto despectivo y él
ataca.) No es casándote con el pobrete de Juan Pablo Guzmán que vas a levantar a
la familia.
MÓNICA -Juan Pablo es pobre, pero los dos trabajamos. Y la dignidad no depende del
dinero, Pancho, sino de la conducta honrada de cada uno. Eso nos enseñó la abuela
desde chicos. Pero tú nunca quisiste entenderlo. (Vuelven los MUDANCEROS.)
LEONOR -No es culpa mía si…
MÓNICA -(Interrumpe, como ataño, su abuela.) ¡Ahora los cuadros! Primero el de la
abuelita, ese grande. (Empiezan a descolgarlo.) ¡Cuidado, que pesa mucho!
LEONOR -¡Cómo te pareces a ella, Mónica! Tienes su valentía y su seguridad.
(Susurrando.) Lo que yo nunca tuve…
MÓNICA -Lo colocan con mucho cuidado, apoyándolo en un lado del carro. (Salen con
el cuadro, ella sigue descolgando los cuadros chicos.)
PANCHITO -¿Y la mama Rosa? ¿Cómo está la vieja?
LEONOR -Ahí está la pobre, haciendo sus paquetitos, sin darse cuenta que nos vamos.
Tiene la cabeza tan mala…
PANCHITO -Pobre mama, así es la vejez. ¿Y tendrá unos ochenta años?
LEONOR -(Sonriendo.) ¡Cómo se te ocurre, Pancho! Es pocos años mayor que yo. Lo
que pasa es que cuando murió mi mamá, ella se enfermó y envejeció de repente.
Ahora se le embrollan las ideas, y hay días en que me trata de “Misiá Manuela”.
PANCHITO -¡Pobre mamita Rosa! Ya no sirve para nada. ¡Podíamos mandarla a un asilo!
Yo podría pagarle…
MÓNICA -(Se vuelve, como herida por un tábano. Es la imagen exacta de su abuela
enojada.) ¡Francisco Solar Larraín! ¿Cómo te atreves a sugerir eso? ¡Cómo se te
puede pasar por la cabeza que nos vamos a separar de la mama Rosa!
PANCHITO -No te pongas sentimental, Mónica. En un asilo puede estar mejor que en tu casa.
MÓNICA -¿La mama Rosa en un asilo? Estás loco. ¿No sabes lo que ha sido la mama
Rosa para la familia?
PANCHITO -(Encogiéndose de hombros.) Una buena empleada…
MÓNICA -Una excelente, una admirable empleada. Nos ha dado su cariño, su vida, sin
pedir nada en cambio. Seres como ella no volverán a existir. (Transición.)
Convéncete, Pancho. Todo lo grande, todo lo bueno que ha habido en la familia, se
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Mama Rosa 41 Fernando Debesa
ESCENA TERCERA
MÓNICA -Debe ser Juan Pablo que viene a buscarnos. Voy a dar las últimas órdenes.
(Empieza a salir cuando entra FELISA.)
FELISA -¡Señora, no sé qué hacer con esa veterana, con esa tal Rosa! Ahora le ha
dado por deshacer los canastos y dice que no se va. ¡Yo la reté, pero no saqué nada!
MÓNICA -(Con indulgencia.) No la rete, Felisa. Es una empleada muy antigua, a quien
queremos mucho. Déjela, no más, y después usted rehace los paquetes.
FELISA -(Tiesa.) Yo, sirviendo a una empleada… (Empieza a salir.) ¡Y a esa vieja loca,
todavía! (Desaparece.)
MÓNICA -Si quiere, tía, puede recoger sus cosas y se instala en el auto. Yo voy en un
momento más. ¿Me acompañas, Pancho?
PANCHITO -Por supuesto. (Salen.)
LEONOR -(Pausa. Luego, con emoción.) Adiós, casa vieja. (Mira cada rincón.) Adiós,
salón chico. Adiós, mi niñez, mi juventud… (Desde la puerta se vuelve. Última
mirada.) ¡Adiós! (Muy bajo.) ¡Adiós! (Sale.)
ESCENA CUARTA
La escena queda sola un instante. Después, desde el corredor, entra con lentitud la MAMA
ROSA. Rostro oscuro, de moribunda. Tiene la cabeza un poco mala y se mueve con
dificultad, apoyándose en muebles y parede. Mira a su alrededor como sin comprender,
lentamente. Mira el vacío dejado en la pared al sacar el retrato de misiá Manuela.
ROSA -(Voz baja, suspirada.) Ay que ver, patrona, que amanecí cansá… No voy a
poder ná sobarle la esparda… ni hacerle la cama… (Se apoya en la pared. Aparece
MÓNICA.)
MÓNICA -¡Mamita Rosa! (Va hacia ella y la abraza.) ¿Cómo se siente, mi mamita?
ROSA -Cansá, cansá… (Señala el vacío del retrato.) Ella se va a enojar conmigo… No
le voy a poder sobar ná la esparda…
MÓNICA -(Como hablándole a un niño.) Nos vamos de esta casa, mamita; nos
trasladamos a la casa mía, en El Golf, y vamos a vivir todas juntas.
ROSA -¿Y ella, también va? (Señala el vacío del retrato.)
MÓNICA -Sí, mamita. Ella ya se fue; nos está esperando allá.
ROSA -(Se alegra, sonríe.) Ta güeno… Entonces, voy tamién…, tá güeno…
MÓNICA -(La lleva hacia una silla de paja y la sienta.) Así, así. (Trae un canasto y se lo
pone a un lado.) ¿Se siente mal?
ROSA -Cansá, cansá…
MÓNICA -Le voy a traer un vaso de agua. (Sale rápido.)
ROSA -Cansá, cansá… (Vuelve MÓNICA con el vaso de agua y se lo acerca a los
labios. Después lo coloca en el suelo, junto a la silla.)
MÓNICA -Aquí se lo dejo, por si quiere más. Ahora voy a ver los últimos detalles y
después vuelvo a buscarla. Estése bien tranquilita, que ahora va a descansar. Ya no
servir más en casa grande. (Sale. La última frase le sigue sonando a ROSA. Se
levanta trabajosamente.)
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Mama Rosa 42 Fernando Debesa
ROSA -Ya no vai a servir en casa grande… (Lucha por recordar algo.) Ya no vai a
servir en casa grande… Ahora vai a servir en casa grande… (Ha encontrado la
imagen de su tía LIDUVINA, de cuando llegó a Santiago a los quince años.) Ahora
vai a servir en casa grande, onde gent’e lo muy mejor… y tenís que portarte bien,
¿entendís? (Repite la escena de antaño.) Sí, tía Liduvina, me voy a portar bien.
(Repite trabajosamente.) Sí, tía Liduvina… (Gira y divisa el vacío del cuadro de
misiá Manuela. Se inclina con dificultad.) Rosenda del Carmen González Tapia, pa
servir a su mercé… (Revive el diálogo.) Claro que sé rezar, pus patrona… (Con ritmo
de catecismo, lentamente.) Santa María, Maire’Dios ruega por losotros los
pecadores, ahora y en l’hor’e nuestra muerte. Amén. (Silencio. Se ve pasar a
PANCHO que grita: “Aquí llevo la Virgen del Carmen”.) On Javier, on Javier, ¿qué le
jue a pasar? ¿Cómo lo jue a botar el caballo, cuand’usté desde chico que amansaba
los potrillos? (Silencio. Con mano temblorosa, saca un rosario del seno.) Aquí’sta su
rosario, bien guardao. Nunqu’e dejao de rezarle, ni un solo día. (Pausa.) ¿Nu er’eso
lo qui usté quería? (Pausa. Entra el MUDANCERO VIEJO y pregunta.)
MUDANCERO VIEJO -¿Quea argo pá la mudanza aquí? (ROSA no contesta. Él ve la silla
de paja y va a tomarla. Está transpirando. Ve el vaso de agua en el suelo.) ¿Me pueo
tomar est’agua? (Silencio de ROSA.) Gracias, señora. (Bebe el agua de un trago,
toma la silla y sale.) Gracias, señora. (Por el corredor, el MUDANCERO JOVEN
llama.)
MUDANCERO JOVEN -¡Ya, apúrate, pus Custodio! (Éste sale, ROSA se agita.)
ROSA -Custorio, Custodio… (Lo busca con la vista.) ¿Onde ‘stai? Custodio… Te
juiste… otra vez te juiste… Soy yo, la Rosa. La Rosita… (Silencio. Se asoma MÓNICA
por la puerta.)
MÓNICA -Ya, mamita Rosa. ¿Está lista! Venga.
ROSA -(Cree oír a MISIA MANUELA.) ¿Me llama, misiá Manuela? (ROSA se agacha
y toma su canasto, trabajosamnte. Mira el vacío del cuadro y avanza con lentitud,
vacilante.)
VOZ de MÓNICA -¡Ya nos vamos! ¡Apúrese!
ROSA -¿Ve cómo li hago farta, misiá Manuela? (Avanza lentamente hacia la puerta.)
Allá’rriba tendrá muchos angelitos que la sirvan, pro apuesto que no se puee avenir
con ellos, pá que le soben l’esparda… Apuesto que ninguno la sirve mejor que la
Rosa… la pobre Rosa… (Está junto a la puerta.)
VOZ de MÓNICA -¡Vamos!
ROSA -¡Ya voy, patrona, ya voy! (Sale tranqueando, apoyándose en la pared.)
FIN
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