REFLEXIONES SOBRE LA CULTURA DE LA LEGALIDAD
Autor: Lic. Eliseo René Alvarado Villalobos.
1. Consideración previa.
¿Cómo se construye la cultura de la legalidad? Si consideramos que la cultura es
el “… Resultado de cultivar los conocimientos humanos materiales e inmateriales
de que cada sociedad dispone para relacionarse con el medio y establecer formas
de comunicación entre los propios individuos o grupos de individuos”1, entonces
debemos entender que la cultura de la legalidad debe referirse al cultivo del
conocimiento, entendimiento y comprensión de la ley, del objeto, finalidad y
valores de ésta dentro del desenvolvimiento de la sociedad que permitan al
individuo y grupos que la conforman interrelacionarse armónicamente. Desde
luego que el cultivo del conocimiento y aprehensión de los aspectos que rodean a
la ley es lento y paulatino, además de delicado y complicado, porque involucran la
participación de la naturaleza humana en situaciones donde en no pocas
ocasiones intereses de diversa índole condicionan la voluntad y acción humanas
que inhiben o impulsan el actuar de los individuos y grupos.
Es importante, sin embargo, tener presente que el surgimiento del derecho y su
vigencia a través de la observancia de su principal fuente, la ley, han caminado
senderos escabrosos y superado condiciones históricas adversas que le han
hecho ser lo que ahora es: un sistema perfectible que regula el comportamiento
externo de los individuos y grupos en sociedad para una mejor convivencia de
ésta.
En efecto, basta recordar la época de la vindicta privata, cuando el hombre se
hacía justicia por su propia mano, haciendo que el terror y la violencia proliferaran
dentro de la colectividad. Pero el derecho se impuso y la observancia de la ley
echó raíces en la sociedad controlando el desbordamiento de los instintos, a
través del establecimiento de cauces pacíficos, y en ocasiones justos, para la
1
resolución de los problemas entre los individuos y grupos; baste señalar que
actualmente existen incluso tribunales (distintos a los que conocen y resuelven el
juicio de amparo) que se encargan de juzgar la actuación de las autoridades,
juzgando sobre la legalidad o ilegalidad de sus actos (tribunales de lo contencioso
administrativo).
En el establecimiento y eventual fortalecimiento del imperio del derecho, la
creación de instituciones jurídicas ha desempeñado un papel trascendental, pues
ha permitido el surgimiento de entes dotados de determinadas atribuciones,
investidos con el carácter de autoridad, para participar y vigilar en la creación y
cumplimiento de la ley; esto tras el nacimiento del principio de la representación de
muchos por unos pocos, quienes, estos últimos, deben ser los primeros en cumplir
y hacer que se cumpla la ley, ya que están dotados de prerrogativas especiales
precisamente para facilitar su necesaria y fundamental tarea de lograr el bienestar
de la mayoría por medio, principalmente, del cumplimiento de la ley.
A continuación hablaremos de la importancia que tiene para lograr y vivir una
verdadera cultura de legalidad, la forma en que actúan y deben actuar las
autoridades frente a la ley, sin pasar por alto el rol que juega y debe jugar el
gobernado, también frente a la ley, pues estos dos entes, autoridades y
gobernados son los sujetos activos que se encargan y han de encargarse de
vivificar la cultura de la legalidad, en un entorno maquillado, desafortunadamente,
de pobreza y marginación.
2. El principio de legalidad y su importancia dentro de la cultura de la
legalidad.
El principio de legalidad, entendido como “… Aquel que establece que las
autoridades no tienen más facultades que las que las leyes les otorgan, y que sus
1
Diccionario Enciclopédico Ilustrado, 3ª. ed., México, Editores Mexicanos Unidos, 2000.
2
actos sólo son válidos cuando se fundan en una norma legal y se ejecutan de
acuerdo con lo que ella prescribe…”2 es la base de nuestro sistema jurídico y a
través de él se ha tratado de establecer un freno a las arbitrariedades y abuso de
poder que cometen quienes menos deben cometer dichos actos: las autoridades
(pues como hemos anotado, éstas están dotadas de facultades especiales para
facilitar el desempeño de sus actividades, con miras de lograr el bienestar de la
colectividad)
En efecto, con el establecimiento del Estado de derecho, surgido a partir del
Movimiento de Independencia de los Estados Unidos de América (1776) y la
Revolución Francesa (1789), aquél con la “Declaración de Virginia” y ésta con su
“Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, y cimentado en la
división de poderes y el principio de legalidad, se logró sentar las bases para un
equilibrio del poder que frenara el absolutismo y el sometimiento de las
autoridades, representantes de la soberanía popular (voluntad general – pueblo), a
la ley:
“El principio de legalidad, como expresión de la voluntad general, fue
sustentado por Rousseau en el hecho de que la soberanía reside en
el pueblo y se manifiesta a través de las leyes que constituyen la
síntesis de la voluntad general. Para que la voluntad sea general
debe partir de todos para aplicarse a todos, y pierde su rectitud
natural cuando tiende hacia algún objeto individual o determinado,
porque entonces, juzgando lo que nos es extraño, no tenemos
ningún verdadero principio de equidad que nos guíe (El contrato
social)
Por tanto, el principio de legalidad se manifiesta en el sentido de que
la autoridad sólo puede actuar de acuerdo con la autorización que la
ley le otorgue, ya que el hombre nace con plena libertad de acción y
2
PALOMAR de Miguel, Juan. Diccionario para Juristas, México, Ediciones Mayo, 1981.
3
no es posible someterlo a la autoridad de un poder que limita su
libertad natural, excepto cuando el individuo, por su propia voluntad
se somete. La voluntad general es la soberanía que reside en el
pueblo y se plasma en las leyes, las cuales, como manifestación de
la población crean la autoridad y facultan su actuación, por lo tanto,
las libertades individuales sólo pueden ser restringidas por
disposición expresa de la ley. Lo anterior se basa en el principio de
que los individuos pueden hacer todo lo que no les esté prohibido,
mientras que la autoridad sólo podrá hacer lo que le esté permitido.”3
Como podemos ver, el principio de legalidad constituye, a través de la creación y
defensa de las leyes, el fundamento único y directriz del accionar de las
autoridades, pues éstas únicamente pueden realizar lo que la ley les permite;
inhibiendo de esta manera el abuso de poder y las arbitrariedades de quienes
desempeñan un cargo de representación dentro del poder, de quienes tienen una
responsabilidad pública como representantes del pueblo y de la colectividad, y a
quienes se les ha encomendado la enorme y trascendental tarea de facilitar el
crecimiento y desarrollo de la población, traducido esto último en un constante
mejoramiento de las condiciones de vida de la gente. Las autoridades tienen, bajo
el supuesto de que son autoridades por disposición de la ley, el deber de observar
y cumplir invariablemente la ley; su trabajo de ella emana y sólo por ella subsiste,
y para ello se les paga.
En este sentido debemos tener presente que la autoridad, ente creado por la ley,
está encarnado en un individuo o grupo de individuos que siente, piensa, razona,
imagina, etc., y que como ser humano participa necesariamente de la naturaleza
de éste y es propenso a equivocarse y cometer errores; sin embargo, creemos
que es aquí cuando más cuidadosos debemos ser como pueblo para elegir a
3
DELGADILLO Gutiérrez, Luis Humberto, Elementos de Derecho Administrativo I, 2ª. ed., México,
Limusa, pp. 25 y 26.
4
nuestros representantes y autoridades, debido a que el ejercicio del poder requiere
de preparación, inteligencia, capacidad, honestidad, voluntad y decisión para
construir acuerdos y realizar acciones que beneficien a toda la población, y no
solamente a unos cuantos; de ahí la trascendencia que las autoridades que nos
representen sean personas con las mejores cualidades y aptitudes para que con
actitudes correctas realicen sus actividades de la mejor manera, en beneficio de la
colectividad, pero siempre basados en la ley, producto humano que posee el
condición de perfectible y en consecuencia analizable, criticable y corregible, pero
cuando sea una ley buena será siempre mejor, infinitamente mejor, que el ser
humano. Ya lo decía don José María Morelos y Pavón en el sentimiento de la
nación número 12:
“Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte
nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y
patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y del tal suerte se
aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la
ignorancia, la rapiña y el hurto.”
Naturalmente vivir una cultura de la legalidad implica conocer, pero sobre todo
comprender4 la ley para estar en posibilidades de actuar conforme a la teleología
legal, sabedores de que el vivificar el contenido de la ley es el camino más
adecuado para lograr el bien común y la justicia, y en caso de que no sea así por
encontrarse frente a una ley mala, esforzarse por corregirla y hacerla instrumento,
meta y finalidad del bienestar general.
A estas alturas podemos preguntarnos nuevamente, ¿cómo se construye la
cultura de la legalidad? En tratándose del papel que le corresponde desempeñar a
las autoridades, invariablemente la respuesta es a través del cumplimiento
4
“Se pueden conocer los textos, copiar exactamente las construcciones del pensamiento y, sin
embargo, no comprender.” (JASPERS, Karl, Filosofía de la Existencia, España, Planeta, p. 20)
5
irrestricto de la ley y de la búsqueda firme y constante por mejorar el sistema
normativo jurídico. Esto permitirá asegurar un ejercicio del poder respetuoso de las
garantías y derechos de los gobernados, y una constante inclinación hacia el
mejoramiento real de las condiciones de vida de la población. De ello deben estar
muy concientes las autoridades; es cierto que la ley buena es mejor que el
hombre, pero al final de cuentas quien hace la ley es el propio hombre.
Podemos señalar sin temor a equivocarnos que el principal responsable de
construir y conservar una cultura de la legalidad es la autoridad, de cualquier nivel,
desde el Presidente de la República hasta la más modesta autoridad municipal.
Su vivificación depende de conocimiento, comprensión, voluntad, decisión y
acción; de que la autoridad misma observe la ley, haciendo sólo lo que la ley le
permite y aplicándola a los gobernados invariablemente, de manera fundada y
motivada, sin excesos, sin abusos, sin miramientos ni temores, y buscando desde
luego la perfección de la misma a través de la creación y aplicación de buenas
leyes que contribuyan a mejorar la condición de vida de la colectividad y a
construir un ambiente de paz, seguridad y justicia para todos.
3. El gobernado y su deber de cumplir la ley.
Todos estamos bajo el imperio de la ley y por tanto su manto nos protege a todos,
pero también a todos nos obliga.
Como sabemos, la norma jurídica posee la característica de la bilateralidad y esto
nos hace sujetos pasivos de la ley, es decir, personas con el deber u obligación de
observar y cumplir la ley. Al respecto nos dice el maestro Eduardo García Maynez:
6
“Las normas jurídicas son bilaterales porque imponen deberes
correlativos de facultades o conceden derechos correlativos de
obligaciones…”5
Es cierto que nuestro sistema constitucional nos otorga la garantía de legalidad,
traducida en el derecho que tenemos todos los gobernados de que la autoridad
cumpla con su obligación de apegar su accionar a las leyes, fundando y motivando
sus actos, pero también existe un conjunto de disposiciones legales que estatuyen
determinados deberes para los gobernados y su cumplimiento tiene la finalidad de
que cada gobernado contribuya al desarrollo armónico de la sociedad. Así, nos
encontramos ante la obligación que nos impone la norma constitucional de tributar
(observando una serie de disposiciones legales que regulan esta obligación y que
naturalmente la vigilancia de su cumplimiento está a cargo de la autoridad), ante el
deber de observar lo que el Código Civil dispone, o ante el deber de cumplir con
determinados requisitos para obtener una licencia de construcción, de
conformidad con el reglamento legal correspondiente, por sólo mencionar algunos
ejemplos.
Naturalmente que el cumplimiento de la ley por parte del gobernado, al igual que
en el caso de la autoridad, requiere de conocimiento, comprensión, voluntad y
acción, y si la autoridad sólo puede hacer lo que la ley le permite, en tratándose
del gobernado, en contrapartida e interpretando a contrario sensu el principio
derivado del de legalidad por cuanto al particular se refiere, éste no puede hacer lo
que esté prohibido y hacer todo lo que de acuerdo a la ley debe hacer. Para ello
se requiere, reiteramos, fundamentalmente, conocimiento y comprensión de la ley.
Es cierto que todos estamos obligados a conocer y cumplir la ley, pues la
ignorancia de ésta no nos exime de su cumplimiento; sin embargo, es necesario
facilitar el acceso de los gobernados al conocimiento y comprensión de la ley
como tarea indispensable e ineluctable para la vivificación de una cultura de la
5
Introducción al Estudio del Derecho, 42ª. ed., México, Porrúa, 1992, p. 15.
7
legalidad; tarea a la que la autoridad debe contribuir enormemente en una país
como el nuestro con más de cincuenta por ciento de su población en pobreza.
Si queremos vivir real y efectivamente una cultura de la legalidad, debemos
esforzarnos para que mejores, mucho mejores condiciones de vida y el
conocimiento de la ley lleguen a todos y cada uno de los rincones de nuestro país,
principalmente a aquellas regiones más lejanas y marginadas donde la gente
apenas satisface sus necesidades más básicas, donde las vías de comunicación
son inexistentes o dejan mucho que desear, donde la educación y la tecnología
son escasas o nulas, donde la gente se preocupa más por sobrevivir y donde el
desconocimiento e inobservancia de la ley es algo cotidiano. ¿O creen ustedes
que la población que vive en la miseria o pobreza se preocupa por conocer y
cumplir la ley?
Naturalmente que en este proceso de creación, consolidación y perfeccionamiento
de la cultura de la legalidad, la educación debe desempeñar un papel
fundamental, ya que a través de ella el ser humano puede adquirir los elementos
esenciales y necesarios para conocer y comprender la norma jurídica, a la par que
una serie de conocimientos y valores que en conjunto le permitirán desenvolverse
adecuadamente en sociedad. Indudablemente que la enseñanza, conocimiento,
comprensión y aplicación de la ley en la vida de un ser humano deben estar
presentes desde edad temprana, lo más pronto posible, en la escuela y en la
familia, para que el individuo crezca y vaya desarrollando ese importantísimo valor
trascendental para el desarrollo armónico de la colectividad: el cumplimiento de la
ley. Es cierto que la ley debemos cumplirla aun contra nuestra voluntad, pero es
mejor cumplirla sin coerción alguna, concientes de la importancia que tiene para
uno mismo así como para los demás el que la norma jurídica se cumpla
voluntariamente y siempre, haciendo de esto una forma de vida, una verdadera
cultura de la legalidad.
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Desafortunadamente debemos hacer aquí la misma pregunta que hicimos hace
unos momentos, ¿creen ustedes que la población que vive en la miseria o pobreza
se preocupa por educarse, por cultivar el valor de la legalidad, por conocer y
cumplir la ley? Naturalmente la respuesta es no, pues en no pocas ocasiones se
encuentran en posibilidades de hacerlo, ya que sus prioridad es encontrar la
manera de satisfacer sus necesidades más básicas y en consecuencia la
educación pasa a segundo o ulterior término; por ello, insistimos en que debemos
esforzarnos por mejorar, principalmente, las condiciones de vida de aquellas
personas sumidas en la pobreza y miseria, que también tienen derecho a disfrutar
los beneficios que la educación, como factor fundamental de movilidad y cambio
social en lo individual y colectivo, representa dentro de la vida del ser humano, y
lograr a través de ella que cada persona, paulatina pero firmemente, vaya
concibiendo y sintiendo lo que es una cultura de la legalidad, y naturalmente, con
ánimos propios y abundantes, vivifique todos sus beneficios.
Y si el ilustre guerrerense, don Ignacio Manuel Altamirano escribió en una ocasión
en su artículo denominado “Bosquejos. La escuela modelo”, publicado en El
Federalista, el 27 de febrero de 1871:
“La ignorancia del pueblo es una base insegura para las instituciones
democráticas…”6
Bien podríamos nosotros decir y creer que la ignorancia de la ley es una base
insegura del Estado de derecho, aunque como hemos anotado arriba, para que la
ley se cumpla espontáneamente hace falta, además de conocimiento, voluntad de
querer cumplirla, y más en las autoridades, que ante la circunstancia legal de que
sólo pueden hacer lo que la ley les permite, tienen un espectro de acción mucho
más reducido que el de los gobernados; aunque también hay que señalar que
desafortunadamente, nos hemos dado cuenta que muchos particulares, al igual
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que algunas autoridades, son renuentes a acatar la ley en cuanto a deberes y
obligaciones se refiere, olvidando que en no pocas ocasiones, a la par que la ley
nos confiere derechos o nos otorga facultades, también nos impone obligaciones y
deberes; y así como nos beneficiamos haciendo uso de algún derecho o facultad,
de igual forma debemos observar y cumplir aquellos deberes y obligaciones que
nos impone la ley cuando nos ubicamos en los supuestos que ésta establece.
Sin lugar a dudas que el vivir una cultura de legalidad beneficia enormemente a la
sociedad porque contribuye a su desarrollo armónico, y si como apuntamos antes
al citar a don José María Morelos y Pavón, la ley buena es superior al hombre, en
caso de que éste considere que no es así, debe esforzarse y luchar por cambiarla
y crear otra mejor, que traiga beneficios para todos, pero sin olvidar que en no
pocas ocasiones para obtener el provecho que la ley nos otorga tenemos que
cumplir ciertos deberes; de esa manera participaremos activamente en la
vivificación de una cultura de la legalidad benéfica para la generalidad.
4. Consideración final.
Una cultura de la legalidad se construye con la participación de todos, autoridades
y gobernados; se construye mejorando las condiciones de vida de todos, pero
principalmente de aquellas personas que por una u otra circunstancias se
encuentran en miseria y pobreza; se construye educando al ser humano y
sembrando en él la comprensión de la importancia que tiene vivir en paz, armónica
y justamente; se construye esforzándonos por hacer realidad los valores y lograr
las metas que provocan e instituyen las buenas leyes; se construye mejorando
aquellas leyes inadecuadas e injustas para la colectividad; se construye haciendo
únicamente lo que la ley nos permite, sin abusos ni arbitrariedades, fundando y
motivando los actos; se construye comprendiendo que podemos hacer todo lo que
no nos está prohibido, disfrutando de nuestras facultades y derechos, y
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Obras Completas XV, Escritos sobre Educación, tomo I, México, CONACULTA, 1989, p. 116.
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observando y cumpliendo nuestros deberes y obligaciones; se construye sabiendo
y entendiendo que la ley adecuada para todos podemos hacerla a través del
diálogo y de los acuerdos, con perseverancia, paciencia, voluntad, decisión y
acción; se construye con el ánimo, con la fe y la esperanza de que todos vivamos
mejor.
La ley puede contribuir a ello si la hacemos correctamente, justa, y si la cumplimos
con la convicción de que es lo mejor para todos. Así lo demanda la historia,
nuestra historia; así lo exige el presente, nuestro presente, y así lo requiere el
futuro, nuestro futuro.
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