MAMÁ
Una ca m p e s i n a es p a ñ o l a envía a su hija de 15 añ o s a la Arge n t i n a
de Peró n . Qui er e sac ar l a de la mi s e r i a y le pro m e t e qu e pro n t o la se g u i r á
tod a su famil i a . Pero alg o falla y nadi e vie n e , y la chi c a qu e d a atra p a d a
en un paí s hos t i l don d e cre c e , se cas a , luc h a co n tr a su de s t i n o y sufr e el
de s t i e r r o má s cru e l . Lue g o de mu c h o s añ o s deja de sufrir y se hac e
arg e n t i n a . Ento n c e s su s hijo s y nie t o s le an u n c i a n qu e qui e r e n irs e a vivir
a Espa ñ a , huy e n d o de la depr e s i ó n ec o n ó m i c a , y tod o vu elv e a e m p e z a r .
Autor: Jorge Fer n á n d e z Díaz
ISBN: 9789 8 7 5 6 6 6 7 9 5
Ma m á
Jorg e Fer n á n d e z Díaz
Para Marcial, mi héroe.
Y para todos los “argeñol e s”, esa extraña raza de mártir e s.
Para Oscar Cond e, el escritor que me ense ñ ó el camino.
Y para las dos Anas, protago ni s t a s invisibles de esta historia.
“El argu m e n t o era verídico, y todos los personaje s eran reales.
No era difícil recor darlo todo, pues no había inve nt a d o nada.”
TRUMAN CAPOTE
1
Mi m í
“Y así segui m o s , luchan d o
como barcos contra la corrien t e , atraídos incesa n t e m e n t e
hacia el pasado.”
FRANCIS SCOTT FITZGERALD
Mi mad r e ya no llora con esas cart a s . Pero no acier t a a recor d a r cuán d o ni
dónd e las guar d ó, ni por qué será que práctic a m e n t e las da por per di d a s . Son las
cart a s de Mimí. Y viene n de Ingeni e r o Lartig u e , una aldea de treint a casa s y cien
labrie go s, que alguie n olvidó en Asturia s, muy cerc a y muy lejos de León, en un
mont e esca r p a d o y silencioso que era zona de ham b r u n a en la posgu e r r a .
La her m a n a del padr e de Mimí había prob a d o sue r t e en la tierr a
prom e ti d a . Se llama b a Her mi nia, vivía en la Argen ti n a de Peró n, y acons ej a b a
con vehe m e n c i a que sus sobrino s cruza r a n el Atlántico y se hicier a n la Améric a.
Mimí y Jesús fueron elegidos entr e siete, con amor y pra g m a t i s m o , como una
valient e avanz a d a familiar y como una suer t e de último salvat aj e de la miseri a.
En 1948 abor d a r o n un buqu e de band e r a inciert a y veint e días des p u é s
dese m b a r c a r o n en una pros p e ri d a d de cartó n: Her mi ni a no podía tene r hijos y no
trab aj a b a , y su marido era un motor m a n de tranvía. Los cuat ro viviero n veinte
años en una sola pieza de cinco por cinco, al final del patio de un inquilinat o de
Paler m o pobr e.
Jesús era bajo y morr u d o , y se dedicó con ahínco a la gast r o n o m í a . Mimí
era una chica delica d a , casi bella, y fue hija, muc a m a y enfer m e r a de sus tíos, y
costu r e r a de Sport e c o, un taller de trajes de hom b r e que qued a b a en Sant a Fe y
Bonpla n d. Se ent r a b a a las seis de la mañ a n a , sona b a un timb r e y el patró n, un
caballe ro ate m o riz a n t e , no perd o n a b a un minuto de tard a n z a , vigilab a desd e un
gra n most r a d o r cada mur m ullo y man d a b a a la capa t a z a al baño cua n d o algu n a
emple a d a demo r a b a la produ c ció n. Mimí cosía en el áre a de los sacos y mi mad r e
en el secto r de los pant alo n e s . Se conocie ro n a la salida y descu b r i e r o n que
tenía n much a s cosas en comú n. Las dos era n jóvene s, solter a s , espa ñ ol a s y
sirvien t a s de sus tíos. Sospe c h a b a n ya que sus familias no ter min a r í a n de cruz a r
el mar, que ellas que d a r í a n atra p a d a s al otro lado del abis m o, que la pue r t a se
había cerr a d o y que el des tino esta b a juga do y perdido. Se hiciero n íntim a s
amiga s . Se confes a r o n desg a r r o s e ilusion e s . Se conjur a r o n una y otra vez par a
olvida r lo que no podía olvida r s e y para salir de la mela n colía. Comp r a r o n con
gra n esfue rz o vestidos y zapa t o s nuevos, y bailaro n pasodo bl e s y valsecitos en el
Cang a s de Narc e a .
En esos salone s nost álgico s mi mad r e conoció a mi padr e , y Mimí tuvo
algu no s tibios pret e n di e n t e s . Fue mi mad ri n a cant a d a : hay una foto gris y
desvaíd a dond e ella me tiene en brazos, envuelto en una blanc a mantilla y con la
Iglesia del Rosario a sus espal d a s . Ya para ento n c e s Sport e c o había queb r a d o , el
motor m a n había mue r t o de un síncop e, Her mi ni a se había ajado y Jesús hacía
bue n dine ro en un café de Diagon al Nort e. Eran muy ahor r a t ivos, y cua n d o se
vendió la part e , los her m a n o s aba n d o n a r o n el inquilina t o, levant a r o n cabez a y
comp r a r o n dos dep a r t a m e n t o s . Uno pequ e ñ o, en la desg a s t a d a esquin a de
Guat e m a l a y Arévalo, adon d e Jesús se mudó con la tía. Y otro viejo y amplio,
sobr e una farm a ci a en la avenid a Rivad avia, a doscie n t o s met ro s de Plaza
Mise r e r e .
Allí Mimí reg e n t e a b a un “hotel de muje r e s ”: habit a cio n e s cons e c u t iva s , con
baño y cocina al fondo, tra b aj a d o r a s pobre s y dec e n t e s , y sobr e todo puta s.
Siem p r e caía la policía y había algún escá n d a l o. A vece s, en mita d de la noch e
fría, una chica que levant a b a puntos en el Once venía esca p a n d o del pat r ull e r o y,
dese s p e r a d a , se colga b a del timb r e . Mimí bajab a enton c e s en bat a y camisó n las
empin a d a s escale r a s , la metía para ade n t r o de un emp ujón y les hacía frent e a
los can a s con una pala b r a , un grito o un billete. Recu e r d o a aquella s mer e t ri c e s
de entr e c a s a , cua n d o yo no tenía más de ocho años: pas a b a n en batón,
cha ncl e t a s y rulero s, pint a d a s como una puer t a , con roug e furioso y un ciga r rito
en los labios, una lima de uñas rojas y las piern a s des n u d a s . Yo, por supu e s t o, no
sabía que eran pros tit u t a s . Habla b a n , mira b a n , se movían y se reían de una
man e r a difere n t e a ma m á y a Mimí, que era n las dos muje r e s de mi vida. Pero yo
era un niño y adjudic a b a esas difer e n ci a s a la nacion alid a d : las arg e n ti n a s era n
aleg r e s , las esp a ñ ol a s sufrida s .
Jesús admi nist r a b a el negocio, pero dormí a en Paler m o. Mimí se hizo dur a
mant e ni e n d o a raya a las díscolas y lidian do con vigilant e s y proxe n e t a s . Tuvo un
novio que había nacido en Galicia, pero Jesús y Her mi ni a se apu r a r o n y lo
asus t a r o n con una intim a ció n. ¿Qué intencion e s tiene, cuánd o pone fecha? El
gallego intuyó la celad a y echó a corr e r. Y Mimí se que dó par a vestir santos y
cuida r puta s.
En todo ese tiem p o fueron convirtie n d o el gran dolor en una simple herid a.
La herid a en una lesión. La lesión en una punt a d a . Y la punt a d a en un recu e r d o
folklórico que sólo dolía en días de hum e d a d . Las cart a s le decían que su familia
espa ñ ol a mejor a b a y que había pros p e ri d a d dond e ant e s crecía la mishia d u r a .
Pero ya pare cí a dem a si a d o tard e par a irse y tam bi é n para que d a r s e , y pas a r o n
déca d a s en ese limbo dond e fueron despoj á n d o s e de lo que algun a vez había n
sido y arrop á n d o s e con lo que debía n forzos a m e n t e ser.
El día meno s pens a d o se diero n cuen t a de que era n arge n t i n o s .
Luego de rutin a s y soled a d e s , la tía Her mi ni a se fue apa g a n d o hast a morir,
Mimí y Jesús se hiciero n viejos, se jubilaro n, vendie r o n el hotel y pusie r o n el
dine ro a plazo fijo. Vivían en Paler m o como aqu el asexu a d o y marc hit o
mat ri m o nio de her m a n o s que Cort áz a r imaginó en “Cas a tom a d a ” , y yo los veía
pas e a r del brazo por la calle, extr a ñ a m e n t e lejanos.
Las devalu a cio n e s , la hipe ri nflación y las brom a s pesa d a s de Men e m
licua ro n sus ahor r o s . Y al final, desp u é s de aport a r cuar e n t a y cinco años al
Esta d o, cada uno gana b a 150 pesos. Mimí, entr e n a d a en privacion e s , hacía
pirue t a s en la cocina para que no se murie r a n de ham b r e . Jesús se hizo amigo de
Nor m a Plá y milita n t e de la caus a imposible de los jubilado s arge n ti n o s . Iba
todos los miércol e s al cent r o, a pute a r s e con la policía y los diput a d o s , y cua n d o
Nor m a se murió tomó la band e r a y siguió lucha n d o cont r a la nada, mient r a s los
otros milita n t e s se iban murie n d o de vejez, de frío y de impot e n ci a.
Es un miste rio cuán d o se malog r a una vida. La realid a d es un labe rin t o, y
cualqui e r a de nosot r o s pue d e distr a e r s e , toma r el camino equivoca d o y perd e r s e
para siem p r e . Los her m a n o s huía n de las penu ri a s y se había n exiliado en “la
París latinoa m e r i c a n a ” , pero había n emp ez a d o en un inquilina t o y había n
ter mi n a d o en la inanición. En el medio de esas para d oj a s , se había n perdido la
juvent u d , la posibilida d del amor y los ímpet u s de la dicha. Su familia espa ñ ol a
les ofrecía reg r e s a r a Inge ni e r o Lartig u e . Era un ofrecimi e n t o gene r o s o pero
desg a r r a d o r . Había que volver a des a r r a i g a r s e y a aba n d o n a r lo que algun a vez
había n perdi do y recu p e r a d o : la identid a d nacion al. Desa n g el a d o s , vencidos y
empo b r e c i d o s , se sentí a n mue r t o s en vida.
Por un raro male n t e n di d o, por un supu e s t o des air e, por una invitación a
una fiesta que nunc a llegó o por algu n a pavad a de meno r cua ntía, Mimí y Jesús
había n dejado de habla r s e con mam á . Cuan d o venía n por la calle y la veían,
cruza b a n de vere d a . Pero una tard e se choca r o n con ella en una esquin a, y Jesús
le dijo, con ojos húm e d o s : Car mina, nos tene m o s que volver . La llamó “Car mi n a ”
porq u e mam á se llam a Carm e n , y volvieron a frecu e n t a r s e y a interc a m b i a r
pesa d u m b r e s .
Pusie ro n aquel dep a r t a m e n t o venido a meno s en vent a y luego de una s
sem a n a s logra r o n vende rlo. Pero no se atrevía n a realiza r los trá mi t e s finales, y
Carm e n tuvo que acom p a ñ a r l o s al cons ul a d o, a la oficina labor al de la Embaj a d a
y a saca r los pasaje s. Mimí esta b a ente r a , Jesús queb r a d o . Desp u é s de cincu e n t a
y dos años, tenía n que des p e g a r s e de las cosas ciert a s y desa n d a r el camino. A
Jesús lo ater r o riz a b a imagin a r cómo los recibiría n luego de tanto tiem po y qué
sería de ellos lejos de casa.
El día señala d o, mi mad r e pidió un remis e y pasó a busc a rl os. El
dep a r t a m e n t o esta b a lleno de amigos que llorab a n y reían. Tengo cierta
espe ra n z a , le dijo Mimí toma n d o aire. Se le atr a g a n t a b a n las palab r a s . Por los
nervios, por la torp ez a del mome n t o, o simple m e n t e porq u e la cart e r a dond e
llevab a los rem e di os era más vieja que ella mis m a, rom pió el cierr e y todo se le
desp a r r a m ó sobr e la cam a a minuto s de tene r que parti r. Carm e n corrió hast a su
cas a, buscó su mejor cart e r a del placa r d y volvió a tiem po par a reg al á r s e l a .
Cuan d o saliero n a la calle, los vecinos los abraz a b a n y apla u dí a n . Camino a
Ezeiza sólo interc a m b i a b a n monosíla b o s: los tres iban mue r t o s de miedo.
La des p e di d a en Ezeiza fue breve pero doloros a. Se iban con mucho meno s
de lo que había n traído. El último recu e r d o de mi mad r e es paté tico: Jesús y
Mimí, toma d o s del brazo, el llanto a cues t a s , llevados par a siem p r e hacia ningú n
lado por la escale r a mec á nic a del pre e m b a r q u e .
Mi mad r e regr e s ó a Paler m o, y pens ó en Sport e c o y en los bailes del
Cang a s de Narc e a , y a mi padr e lo enfur e ció verla llorar por esas cosa s.
A los ocho días, el mat ri m o nio de her m a n o s se había divorcia d o. Mimí vivía
con los varon e s , y Jesús en otra cas a del mismo pueblo con la her m a n a y los
sobrino s.
Se encon t r a b a n por la tard e como viejos novios, y canje a b a n los pes a r e s de
la segu n d a morri ñ a . Las prim e r a s cart a s que Mimí le escribía a Car m e n era n
conde s c e n d i e n t e s . El pueblo esta b a muy cam bi a d o y los impr e sio n a b a
positiva m e n t e : las casa s era n nueva s y hast a había auto m óviles. Al pare c e r , no
que d a b a n jóvene s, pero los viejos vivían con holgu r a del gan a d o, de las rent a s ,
de la agricult u r a y sobr e todo de las volumino s a s pension e s esp a ñ ol a s. Los
había n recibido muy bien, aun q u e era n dos ancia no s descon o ci do s y
segu r a m e n t e maños o s , dos bichos de ciuda d devu elto s al mont e.
En octu b r e , sin emb a r g o , Mimí se atr evió a escribir la verd a d. Seguía
neva n d o y, des d e su llega d a , jamás había sentido el cuer p o calient e . La casa de
sus her m a n o s no care cí a del mayor confort euro p e o, y ella and a b a de aquí para
allá lavand o, planc h a n d o y cocina n d o todo el santo día, pero sentía un frío
sobr e n a t u r a l metido en los hues os.
Tengo sete n t a y dos años y no aguant o los pies fríos. Quiero estar en mi
casa. Aquí todos se cagan en Dios . Dos sem a n a s más tard e, narr a b a una vigilia:
Anoc h e parió una vaca. Yo estaba arriba, en la casa, ter mi n a n d o de acostar m e ,
con los pies cong ela do s , y escuc h a b a a mis her m a n o s que blasfe m a b a n a la
Virge n María y que pedían a los gritos un veterinario. Si no me voy de acá me
muer o en pocas se m a n a s . Me muer o de pena, Car mi na.
La posd a t a era piados a e inquie t a n t e : Te pido que si me escribís no pongas
nada de todo esto. Mi her m a n a me lee las cartas.
En otros textos decía que sus her m a n o s era n noble s y des p r e n d i d o s , pero
reafir m a b a la convicción de que ella se iba a morir rápido. Carm e n , angu s ti a d a
por esas línea s, se abocó a un laborioso y muy pele a d o trá mi t e con la buroc r a ci a
social, sabie n d o ahor a que se trat a b a de una cues tió n de vida o mue r t e . La nieve,
como había llega do se fue; un abog a d o astu ri a n o les consiguió el docu m e n t o
espa ñ ol, y a los pocos mes e s se hizo la luz: la jugos a jubilación espa ñ ol a sepultó
a la mezq ui n a jubilación nacion al, y los viejos her m a n o s alquila ro n un
dep a r t a m e n t o amu e bl a d o en Belmon t e de Mira n d a , un municipio de dos mil
almas que ellos llam a n inútilme n t e “nues t r a pequ e ñ a Buenos Aires”.
El Estado españ ol nos garantiza los re m e dio s gratis de por vida, y cuand o
nos pagaro n el retroactivo de un año, unas 600 mil pes e t a s, creí m o s tocar el
cielo con las mano s. Jesús está hacien d o algunos amigos, ya no tengo los pies
fríos, Car mina. Pero no pode m o s sacarno s de la cabe z a el barrio, las calles, los
sonidos. Nun c a vam os a poder sacarno s de aden tr o ese senti m i e n t o. Nunc a
vam os a poder.
Mi mad r e , por suer t e, ya no llora con esas cart a s. Pero no aciert a a
recor d a r cuán d o ni en qué cajón las gua r d ó, ni por qué las da prác tic a m e n t e por
per di d a s .
2
Ma m á
“Los buen o s novelistas son muc h o más raros
que los bue no s hijos.”
OSCAR WILDE
La asalt a b a el llanto en todo mom e n t o y por cualquie r cosa. Pero ella no le
daba impor t a n c i a a los sínto m a s y seguí a ent r e t e ni d a en probl e m a s ajenos. Mi
muje r, médic a al fin, le dijo que posible m e n t e se trat a r a de una dep r e sió n, y le
explicó con muc ho cuida d o que era trab ajo par a la psiqui a t rí a. Todavía no sé
cómo logró conve n c e r l a . Mam á, supe r a n d o todos sus prejuicios, per mi tió que le
hicier a n una evalu a ció n psicológic a y luego que le destin a r a n a una profesion al
de media n a edad, a quien le fue relat a n d o sem a n a a sem a n a su pequ e ñ a histori a.
Le rece t a r o n una pastilla milag ro s a , que le mejoró el cará c t e r . La
dep r e sió n fue cedie n d o y el trat a m i e n t o la pulverizó. Pero yo esta b a intriga d o
por sabe r qué pasa b a real m e n t e en el diván. No podía imagin a r dos cosas más
ant a g ó ni c a s que esa vieja astu ri a n a desc r eí d a y aqu ella sofistica d a discípul a de
Freu d. Un día se lo preg u n t é direct a m e n t e : La doctora es muy intelige n t e y muy
com pr e n s i v a , me res po n dió con caut el a.
—¿Y qué te dice cuan d o vos le cont á s todas esas cala mid a d e s ?
—A veces se le llena n los ojos de lágrim a s .
—¿A quién? —me sorp r e n d í, creye n d o hab e r oído mal.
Aquella mism a tard e comp r é este cuad e r n o Rivadavia de hojas
cua d ric ul a d a s y tap a dura. Y anot é una prime r a fras e: la mujer que hacía llorar a
su psiquiatr a .
3
Ma rí a
“Lo que me agrada del gran Nov elista ,
que es Dios, son las moles tias que se toma
por sus person aje s secu n d a rios.”
G. K. CHESTERTO N
Mam á tuvo esa mis m a noch e un sue ño pre m o ni t o rio. Volvió a soña r la voz
dese s p e r a d a de María del Escalón en la dárs e n a de Vigo mient r a s ella subía la
planc h a d a y mient r a s la salud a b a con un pañ u elo blanco, flaca exánim e y
asus t a d a , des d e la cubie r t a del vapor. Era un llanto o un grito, y sólo muchísi m o s
años desp u é s ma m á pudo descifra r su verda d e r o significa do. Pero en esa
mad r u g a d a de fin de milenio se desp e r t ó con un extr a ñ o pres a gio en la piel y
anduvo todo el día con él sin atrev e r s e a verb aliza rlo. Hast a que en el ata r d e c e r
de ese mismo sáb a d o intrig a n t e , mi tía Otilia llamó par a avisa r que María del
Escalón finalm e n t e había mue r t o.
Nada sufrió , la consola r o n. Padecí a una dem e n ci a senil des d e hacía una
déca d a , la cuida b a n día y noche unas monjita s, y simple m e n t e se quedó dor mi d a
a punto de cum plir novent a y nueve años. Pero mam á se reple g ó en un dolor
íntimo sin estrid e n c i a s , y Mimí llamó a pap á unos días más tard e para narr a r l e el
entie r r o: El pueblo estaba lleno de coche s, Marcial. La sepultaro n allí mis m o,
detrás de la capilla, en el cam p o s a n t o . Llovía y llovía como en una película triste.
Mi abu ela María nació en 1902 y era hija de Manu el, un mozo de est ación
que trab aj a b a en Madri d pero soña b a con Almurfe: alde a chat a de noven t a cas a s,
carr e t e r a , arroyo, pra do s y poco más, que todavía qued a en algún recodo perdi do
entr e los verd e s y las mont a ñ a s de Asturia s. Manu el ena m o r ó y pre ñó a Teres a ,
la abuel a de mam á. Mi bisa b u e l a , par a ir por part e s , era una mujer alta, delga d a
y tal vez linda, de cabello largo y gris cerr a d o en rode t e , invaria bl e m e n t e
enlut a d a : falda fruncid a negr a hast a el suelo, blus a neg rísi m a y dela nt al negro.
Vivía en una casa media n a cruza n d o el río a la que todos llama b a n El Escalón:
dos plant a s , y una cuad r a para carn e a r cerdo s y par a gua r d a r vacas en invier no s
cruele s. Teres a se enc a r g a b a de la hacie n d a y del cam po, mient r a s Man u el
gana b a algu n a s pese t a s en la capit al. Pero el mozo se embri a g a b a y tom a b a
como un autó m a t a el tren a Asturia s, adon d e llega b a por equivoc a ció n
dur mi e n d o la mona. Tere s a, que pronto lloraría su mue r t e tem p r a n a , lo
rep r e n d í a , le desp a bil a b a la resa c a y lo enviab a de regr e s o .
María del Escalón se dedic a b a , como todos, a la tierr a. Creció
prác tic a m e n t e iletra d a , pero en Aguas Mest a s apr e n d ió a cocina r. En las fiest as
region al e s, en las peña s y en las bodas , mat a b a n a un tern e r o y le enco m e n d a b a n
a mi abuel a el plato oficial. María era una leyen d a en esos y en otros men e s t e r e s .
Hacía las veces de com a d r o n a , dicen que ayudó en ciento s de parto s, y tam bi é n
que fabric a b a n en su cas a una excels a morcilla astu ri a n a . Mam á recu e r d a , con el
estó m a g o esca n d a liz a d o, al cuchille ro revolvien d o la sang r e de cerdo par a que
no se coag ula r a , y a mi abuel a lavan do la tripa en el río y luego labra n d o la
cebolla y la gras a en las anticu a d a s emb u ti do r a s .
María vistió toda la vida el mismo unifor m e lúgub r e que Teres a , pero tenía
muy mal genio. Era una mujer intros p e c t iv a y seca, y cuan d o levant a b a la voz
crujía n los cimien t o s . Mi pad r e , mucho s años desp u é s , la escuc h ó grita rl e s una
ame n a z a des d e la cam a a sus dos perr o s asesino s, que ladra b a n en la fragu a: Te
juro que al oír a tu abuela esos perros lloraban de mie do.
A los diecis éis años cedió, sin emb a r g o, a los apur o s de su primo her m a n o
y que dó emb a r a z a d a . Su primo se llam a b a José, y era el hijo maldito de
Gum e r si n d o Díaz, ebanis t a y genio incom p r e n d i d o. En la histori a jamás escrit a
de Almurfe que dó escrito que mi bisab u el o era invento r y que creó la imposible
“fábric a de hace r luz”. Qued a b a cerc a de la carr e t e r a , dent r o de su carpin t e rí a .
Sindo cavó un pozo, const r uy ó un diqu e y una usina, colocó instala cio n e s en
toda s las casa s y con la fuerz a motriz del río iluminó por prim e r a vez ese oscur o
villorrio lleno de supe r s t icioso s y espe r a n z a d o s . Para alguno s era un ángel y para
otros un demo nio. Pronto tuvo ene mi g o s y una noch e le pre n di e r o n fuego al
taller. La fábric a de hac e r luz, la obra de toda una vida, qued ó en menos de una
hora red uci d a a ceniza s, y Sindo emp ez ó ese día a morirs e de rabia o de simple
indolen ci a.
Cuan d o lo anoticia r o n de que su hijo había dejado encint a a la hija de
Teres a, le orde n ó a José que se cas a r a de inmedi a t o. José era alto y gua po, y no
que rí a asu mi r sus obligacion e s . Sindo fue seve ro y hubo una cere m o ni a con
sidrin a y gait as . La joven par ej a se fue a vivir al Escalón, y cuan d o el beb é nació,
mi abu elo se fugó a Cuba. Tardó diez años en volver.
Nad a se sabe de aquel exilio dora d o, salvo que el príncip e conso r t e se
dedicó con idéntico oficio a la carpi nt e rí a y a las puta s cariños a s de La Hab a n a .
No escribió cart a s ni envió mens aj e r o s , así que nadie pue d e jurar sobr e la Biblia
que no tomó nueva espos a ni produjo nuevos hijos, y que no retor n ó a casa en
realid a d para huir de aquel remoz a d o calvario. Lo cierto es que reto r n ó un día,
sin previo aviso, y que María lo recibió lacónica y se le entr e g ó con recie d u m b r e .
A los nueve mes e s nació Carm e n , y en su prim e r a me mo ri a su padr e est a b a
siem p r e de viaje. Se iba sem a n a s ent e r a s a fabric a r mue bl e s de pue blo en
pue blo, y volvía habit u al m e n t e sin un céntim o, con un talan t e de los mil
demo nio s y con un ham b r e voraz.
María, acons ej a d a por su mad r e , le pedía a Dios que José no reincidi e r a .
Pero una tard e de doming o tuvo un incide n t e con Dios y no volvió a frecu e n t a r l o.
Mam á recu e r d a que la iglesia est a b a llena y en recogi mie n t o . Y que María, que
confes a b a y comulg a b a una vez por año, yacía arro dilla d a a oídos del cura de
Agüer a, que tenía fama de libidinos o y tam bi é n una prole dise mi n a d a por toda la
coma r c a . De rep e n t e , mi abuel a se levant ó como toca d a por un rayo y le gritó
delan t e de todos: ¿Pero qué mier da le importa a uste d lo que yo hago con mi
marido en la cama? El cura, gordo de limosn a s y rojo como un morró n, casi cae
fulmin a d o por el susto y la vergü e n z a . María juró que no volvería a pisar la casa
de Dios, y advirtió en voz altísim a que no cont a r a n con ella par a la colect a de
Corpu s ni para la de San Blas. Con los años desp r e ci ó al Papa y al Vatica no,
abra zó la lucha del prolet a ri a d o y se hizo comu nis t a .
Sindo los aba n d o n ó rápido, y María y José se aboc a r o n a gue r r e a r entr e
ellos con pasión y sin des m ay o s . Una noch e man d a r o n a Carm e n para la cam a y
desd e allí los escuc h ó des p r e ci a r s e . Nun ca traes una pes e t a, no te hace s cargo
de tus hijos, todo lo que ganas lo gastas en mujer z u e la s , le repr oc h a b a su mad r e .
Se escuc h ó un breve pero ame n a z a n t e silencio, y ento n c e s volvió a tron a r la voz
de María: Baja esa mano, José. Baja esa mano, porqu e ahora mis m o cojo el hacha
y te abro la cabe za en dos.
José, a pes a r del esca r nio, le hizo dos hijos, y luego se marc h ó tres años a
Madrid y fue como si nueva m e n t e se lo trag a r a la tierr a. Despu é s volvió y le hizo
dos hijos más en muy poco tiem po, y man t uvo con María y con Tere s a
esca r a m u z a s de nunc a acab a r . Mi bisab u el a , hart a de tanto desc a r o, emp ezó a
zahe ri rlo dur a n t e las sufrid a s velad a s del Escalón. Los niños comía n polent a de
un plato que apoya b a n sobr e las piern a s , sent a d o s en un esca ñ o de mad e r a que
daba vuelta por las cuat ro pare d e s de aqu ella cocina de cam p o sin mes a ni sillas.
En el cent ro, atizab a n el fuego y sobr e las llam as mant e ní a n la olla de hier ro de
tap a y tres pata s que colga b a con una cade n a del techo.
—Eres un vividor —le decía Teres a una noche—. Un vividor.
—Cálles e, vieja, que me estoy enoja n d o —le res po n dí a el carpin t e r o con la
boca llena—. Cálles e, que se me acab a la pacie n ci a.
Teres a siguió y siguió, y de golpe mi abu elo estalló en un alarido: tomó el
plato lleno de papa s y lo tiró al suelo. El plato, las papa s y la maldición rebot a r o n
un rato por los zócalos, mient r a s la somb r a giga n t e de José de Sindo caía sobr e
los niños de boca abier t a y ojos ater r o riz a d o s .
—María, recog e nue s t r a s cosas, nos marc h a m o s de esta cas a —dijo sin
mira r a María, odian do con la mirad a llame a n t e a Tere s a, que per m a n e c í a altiva
y orgullos a, soste ni é n d ol e la furia.
Se mud a r o n a la casa de una vieja vecina, a quie n prom e ti e r o n cuida r,
lavarle la ropa y pag a rl e con punt u alid a d el alquile r de esa sala gra n d e dond e
todos dor mí a n apre t uj a d o s . Mi abu elo pagó el prim e r mes y luego hizo oídos
sordo s a los recla m o s de la patro n a . Desde enton c e s llevarí a n una vida nóm a d e ,
provision al y hacina d a . Much a s vece s arr e n d a r o n cua rt o s y nunc a tuviero n nada
propio de qué aferr a r s e . Mi abu ela se llama b a María y había sido una virge n
camp e si n a ; mi abuelo se llam a b a José, y era carpin t e r o , pero mam á ya sabía que
para ellos nunc a habría navida d.
José de Sindo siguió ause n t e , nadie sabía nunc a dónd e se encon t r a b a . A
veces volvía de Gijón o de Oviedo, y rech a z a b a los potaje s des a b ri d o s que comía n
todos y pedía huevos fritos, lujo que se comía delan t e de sus hijos ham b ri e n t o s y
zapa r r a s t r o s o s . La malda d es una met áfor a de la ignor a n ci a, y mi abu elo era un
talent o s o artist a de la mad e r a pero tambi é n un gran ignor a n t e . Tal vez fue
malva do sin concie n ci a de serlo, y aunq u e era rep u blic a n o, utilizó la excus a de la
bat alla para acept a r trab ajos remot o s y para segui r farre a n d o en otros lare s.
La pers e c u ció n de los falangis t a s diezm ó al pueblo, los homb r e s de la
Repú blic a esca p a b a n al mont e y las hord a s del fran q ui s m o llega b a n mont a d a s en
jeeps y arm a d a s con fusiles pes a d o s. Entr a b a n por la fuerz a a las cas a s y se
roba b a n las gallinas y los pocos come s tibl e s que los alde a n o s almac e n a b a n con
temo r apoc alíptico en sus des p e n s a s .
Trona b a n cerc a las bom b a s y pas a b a n ras a n t e s los avione s de comb a t e .
Cuan d o los reb el d e s capitul a r o n y la gue r r a ter mi n ó, la familia Díaz era peor que
pobr e, y José de Sindo seguí a esfu m á n d o s e y reap a r e c i e n d o , como un mago de
magi a mode s t a pero letal. Los chicos roba b a n fruta s de los árbole s de las
familias pudie n t e s , y se dobla b a n frent e al surco. Los días más felices de la
infancia de mam á tuviero n que ver con un cerdo flaco y hues u d o que José trajo
aducie n d o que era en pago por una instal a ción eléct ric a. El cerdo, asesi n a d o y
racion a d o por María, duró casi un mes. El otro milag ro suce dió en fiesta s de
guar d a r en La Riera, cuan d o en un alar d e con amigos, mi abu elo intervino en un
rem a t e de feria y comp r ó una cana s t a de dulces, pane s, bollos y rosq uilla s.
Manja r e s event u al e s para bocas ama r g a s .
Se verá luego cómo y de qué man e r a murió mi bisab u el a Tere s a, y por qué
la vida de esa familia pendí a de un hilo hast a que el hilo se rompió. Lo que
impor t a ahor a es que un mal día José le dijo a María que alguie n que rí a mat a rl o.
En dos o tres alde a s , y en un pequ e ñ o municipio, mi abuelo había cobr a d o
por anticipa d o trab ajos que nunc a ter min ó. Unos dam nifica d o s de pocas pulga s
le había n dado un ultim á t u m y des p u é s había n prom e ti d o cose rlo a navajazo s.
Vendrí a n de un mom e n t o a otro, y a José no le que d a b a más alter n a t iv a que
levant a r los peta t e s y larga r s e bien lejos. Cons u elo, su her m a n a meno r, había
cruza d o el Atlántico y llevab a una existe n ci a decoro s a en una ciuda d
monu m e n t a l llama d a Buenos Aires.
José tenía un plan. Hipote c a r í a n la cas a de Sindo y recibiría su part e de la
here n ci a por adela n t a d o . María pedirí a a su propio her m a n o de Tineo unos
billet e s. Mi abuelo viajarí a prim e r o, como cland e s ti n o, se asen t a rí a en la Améric a
y les enviarí a desd e allí efectivo para que tam bi é n se emb a r c a r a n . No hay mal
que por bien no venga, María, es una segu n d a oport u ni da d . Mi abuel a se corrió a
Tineo, pero su her m a n o Rogelio fue tajan t e y sabio: Para ti todo, para ése nada.
La familia de Sindo, sin emb a r g o , le arri mó unos billet e s, José armó su
bolsa y unos amigos de Almurfe lo saca r o n de noche y lo llevaro n a Belmon t e ,
dond e per m a n e c i ó escon di do. Luego de noch e viajó a Oviedo y de día a
Barc elo n a, y tomó un barco merc a n t e y así fue como salvó por muy poco el
cuello.
Los mes e s pas a b a n y no había noticias. Fam élicos y aban d o n a d o s a la
posgu e r r a y al racion a m i e n t o, María hacía tra b aj a r a los niños como adultos y
como bueye s, y se afan a b a porq u e sobr evivier a n a la miseri a oscu r a . Se escribió
varias veces con Cons u elo, suplicá n d ol e que José le pusie r a aunq u e sea unas
línea s, pero los mes e s fuero n pas a n d o y no llega b a n ni misivas ni dine ro. Al año
comp r e n d i ó que José se había esca p a d o par a siem p r e .
Cons u elo, una mujer yerm a de ojos grise s, port e r a de escu el a, culpos a y
desori e n t a d a frent e a la desal m a d a indifer e n ci a de su propio her m a n o , le
ase g u r ó a María que ella podía dar cobijo a sus hijos. Que fuera envián d olos de a
poco y que pers u a di rí a a José de levant a r el mue r t o.
María eligió a Carm e n sin mucho s pre á m b u l o s. Mam á tenía quinc e años, y
era un rena c u a jo salvaje, tristó n y semia n alfa b e t o cuan d o subió la planc h a d a y
saludó des d e cubie r t a con su pañ u elo blanco. Escuc h ó el llanto de María del
Escalón en la dárs e n a de Vigo, pero lo incom p r e n d i ó y a lo largo de los años fue
olvidá n d olo. Como se sabe, al final ella sola y más que sola quedó atra p a d a al
otro lado del mund o, y en esos nuevos veinte años de soled a d llegó a res e n ti r la
desa p r e n s i ó n y la frialda d de su mad r e . Le recri mi n a b a , en su fuero íntimo,
habe rl a enviado alegr e m e n t e como un paqu e t e y hab e rl a cond e n a d o así a las
pen u ri a s del exilio. Hast a que una noch e de fiebre s soñó con esos gritos
desco n s ol a d o s en aquel pue r t o neblinoso, y ente n di ó por fin que aqu ella muje r
durísim a y áspe r a no esta b a com eti e n d o aban d o n o ni liger ez a, sino el más puro y
doloros o acto de renu n ci a, de resc a t e y de amor.
Llegó ané mic a y casi raq uític a a la Argen ti n a : pesa b a 37 kilos y no conocía
casi nada que no fuer a n el orde ñ e y la siemb r a . José vivía y tallab a la mad e r a en
los subu r bi o s, y res po n dí a a des g a n o los llama d o s telefónicos de Consu elo: no
tenía tiem po y daba evasivas. Cons u elo tomó del brazo a Car m e n y subie ro n a un
tren. Mi abu elo dormí a en la pieza de un conven tillo: salió en camis e t a al patio,
el pelo mojado y la cara de siest a inte r r u m p i d a .
—Coño, ¿qué hacéis aquí? —dijo achic a n d o los ojos y ponie n d o dista n ci a.
—Vinimos a vert e —le res po n dió su her m a n a ponie n d o el cuer p o.
—Mam á pas a mucho ham b r e —explicó mi ma m á y tra gó saliva.
El carpi nt e r o rechinó los dient e s , enrojeció de cóler a y des p e r t ó a los otros
inquilinos con su ronc a ame n a z a . Si viene s a sacar m e dinero te marcha s y no
vuelv e s nunca más —bra m ó —. ¿Me entie n d e s ? ¡Nunca más! Carm e n rompió a
llorar, Cons u elo la tomó de la mano como a una niñita y reg r e s a r o n a Paler m o
cabizb aj a s .
María no se volvió a casa r, jamá s tuvo otro hom b r e y vistió de luto hast a el
mom e n t o de su mismísi m a mue r t e . En el medio, la tierr a y la recu p e r a c ió n de
Espa ñ a la fuero n ayud a n d o a salir adela n t e . Transfo r m ó la cas a del Escalón en
una pensió n para obre r o s esta t a l e s de la zona, y envió ropa y algo de diner o en
enco mi e n d a s de ultra m a r par a su niña perdi d a .
En 1968 y en plan de cort a visita, Car m e n y sus dos hijos arge n ti n o s
reg r e s a r o n a Vigo a bordo de un cruc e r o. Había n pas a d o dos déca d a s de
sepa r a ci ó n, y en el vestíbulo de emb a r q u e las dos muje r e s se abraz a r o n y se
der riti e r o n en gritos y en lágrim a s , mient r a s doscie n t o s turist a s asom b r a d o s por
el dra m a les hacía n rond a y las apla u dí a n.
Cuat ro años más tard e, a los sete n t a recié n cum plidos, solo y sin un cobre,
José de Sindo sufrió una serie de infart os y mam á tuvo que inter n a rl o en un
hospit al. Amans a d o por la vejez y los frac as o s, el carpi nt e r o hizo llegar al pueblo
su inte nció n de retor n a r par a morir en Asturi a s. Mi abu el a le escribió una cart a a
Carm e n y le pidió que le leyer a a José un pequ e ñ o párr afo que le dedic a b a :
Ahora que estás viejo y arruinado, ¿quier e s volver? Si viene s te esper o en la
curva con la escop e t a de caza para matar t e de un balazo y tirart e al río. Sólo
quería que estu vi era s bien entera d o.
A mi abu elo lo encon t r a m o s mue r t o boca abajo, en la tras ti e n d a de su
desve n cija d a carpi nt e rí a de Boulogn e , y mam á tuvo que lucha r par a que las
ama n t e s de los tiemp o s de la plata dulce y la jara n a no se apod e r a r a n de su
pensión. Al final, le envió a María un retro a c tivo estim ul a n t e , y ella le dijo por
teléfono: No pue do creer que desp u é s de treinta años el dinero que pro m e ti ó tu
padr e al fin llegara a destino .
Mi abu ela fue feliz, aun q u e nunc a supo muy bien en qué consis tí a esa
licencia, y siguió sin dar el brazo a torce r y sin comu ni c a r lo que llevab a en el
fondo de su corazó n de piedr a. Mam á la vio por últim a vez en 1995. Todavía
esta b a dere c h a , tenía las mano s nudos a s y las piern a s llenas de várice s. Se
queja b a del reu m a , pero había perdido la razón. A men u d o no sabía dónd e se
encon t r a b a y desco n o cí a a sus propios hijos y nietos, la concie n ci a le iba y le
volvía, y tenía un fatal desco n ci e r t o para las nimied a d e s del pres e n t e y una
pode r o s a mem o ri a par a los hechos del pas a d o.
Esa tard e últim a, cinco años ante s de volver a soña r aquel pat é tico adiós y
de habe r pre s e n ti d o a catorc e mil kilóme t r o s la mue r t e calm a de su mad r e ,
Carm e n aprov ec h ó la emb ri a g u e z de la dem e n ci a como sue ro de la verd a d. Le
pre g u n t ó, un poco en serio y un poco en brom a , por qué había tenido tant a
pacie n ci a con aqu el ingr a t o. María del Escalón, por única y últim a vez en su vida,
abrió la coraz a y sonrió: José me pers e g uía, Car mina. Me pers e g uía en el mon t e .
Era tan guapo ese hom b r e . Yo lo quería tanto.
4
Car m i n a
“Suced e a me n u d o que nos regocija m o s
de nues t ra s desgracias.”
WILLIAM SHAKESPEARE
Hubo much o s ensayo s gene r a l e s del aba n d o n o, pero ningu n o más gráfico y
anticip a t o rio que la dra m á t i c a vuelta de los mont e s de Busllán. Estos peq u e ñ o s
episodios que estoy narr a n d o , y que obviam e n t e no mer e c e n ni un fugaz ren glón
en la Historia, suce di e r o n dura n t e la prim e r a mitad del siglo XX en un vergel
ubica d o en el sudo e s t e de Europ a y al norte de la Peníns ul a Ibéric a, ent r e los 42°
54’ y 43° 40’ de latitud nort e y los 4° 31’ y 84’ de longitu d oest e del Meridi a n o de
Gree n wi c h. Asturia s es una exte n sió n de 10.56 5 kilóme t r o s surc a d a por
peq u e ñ a s ras a s coste r a s , valles angos t o s y profun d o s, sierr a s y mont a ñ a s , y
bosqu e s de hayas, roble s y cast a ñ o s . Busllán era rico en esta últim a varied a d , y
mi abu elo José nece sit a b a varias tonel a d a s par a cumplir con un enc a r g o . María
del Escalón y su hija Car mi n a pidiero n pres t a d a s a Teres a tres vacas rubia s y
agre g a r o n su única vaca vieja a un viejo y quejoso carro. Partie r o n de Almurfe
ant e s del ama n e c e r y marc h a r o n callad a s a órde n e s del hom b r e de la casa, que
iba arm a d o con una guich a d a , vara larga con punt a afilad a a cuchillo. Pasa d o el
mediodía cerró trato s con el pat ró n y se hizo carg a r el carro con grue s o s tronc os.
María, al ver la carg a, se most r ó escé p tic a, pero su marido se cagó en Dios y
emp r e n di e r o n el reg r e s o a paso lento.
Mi abu elo iba entr e las dos prim e r a s y mi abuel a entr e las dos segu n d a s , y
mam á iba delan t e de todos, aga r r a d a del yugo y proc u r a n d o que las vacas no se
apa r t a r a n del send e r o . José le alcanzó a Carmi n a la guich a d a y le orde n ó que las
espole a r a con enjun di a. No pue d e n subir esa cues ta , masc ulló María, pero mi
abuelo le rechis tó y siguie ro n adela n t e . Car min a tenía siete años, conocía a las
vacas por su nom b r e y no que rí a lastim a rl a s , pero tuvo que darles algu no s
golpes par a que rep e c h a r a n la pendie n t e . Lo hiciero n con la leng u a afue r a y con
la boca llena de espu m a , como si el corazó n les estuvie r a a punto de reven t a r .
Pero cuan d o prob a b a n cruz a r el río las rued a s del carro encalla r o n en las
piedr a s , y los anim al e s hiciero n crujir los hues os , la carn e y el yugo trat a n d o de
mover ese globo terr á q u e o que arr a s t r a b a n del pesc u e z o.
José bra m a b a ame n a z a s fuera de sí, sin escuc h a r los consejos que María
del Escalón inten t a b a mech a rl e. Encole riz a d o con los anim al e s y con la debilida d
de su hija mayor, se salió del carril y le arr e b a t ó de un manot a z o la guich a d a .
Escu pió a un costa d o y come n zó pinch a r y a apale a r, como poseído, los lomos y
los muslos de las vaca s rubia s. A Car min a se le encogió el corazó n: Papá, no
haga eso , le dijo enjug á n d o s e las lágri m a s . El mun do se había dete ni d o. Sólo se
escuc h a b a la corrie n t e rápid a del río mont a ñ o s o , los latigazos y los mugidos de
dolor. María gritó, por encim a del castigo: ¡Vas a matarlas! Pero José siguió
bañá n d ol a s en sang r e . Fue enton c e s cuan d o mi abuel a tomó del carro otra
guich a d a y se la levantó sobr e la cabez a: Si no paras te desgracio, y luego te ato
al yugo para que sepas lo que es bue no . Se lo dijo rápido y con voz peligro s a . Mi
abuelo se quedó par aliza d o: en los ojos de María había genuin a s gan a s de mat a r .
Mam á recu e r d a la suce sió n de senti mi e n t o s que pas a r o n por la car a de
José de Sindo. Prime r o fue la sorp r e s a y el resu ello, des p u é s el miedo y la
vergü e n z a , al final la compos t u r a y la indign a ció n. Tiró la guich a d a al agu a, salió
a la otra orilla y se fue camin a n d o a gra n d e s zanc a d a s sin mira r atrá s, deján d ol a s
vara d a s en mita d del río, con aqu el carro inmóvil y aquella s vacas agónic a s.
Pasa r o n largos minuto s hast a que mad r e e hija rec u p e r a r o n el alient o y la
razón. Se había n qued a d o solas en el cent r o de la nad a: José no par a rí a hast a
toma r s e un vino fresco en la tabe r n a de Almurfe. María se mojó la car a y el pelo,
y llamó a la niña: Escuc ha bien —le dijo agac h á n d o s e sobr e ella—. Te colocas
delant e y llamas a las vacas por su no m br e . Yo voy por detrás. Llám alas y
olvídat e de mí . Car min a ase n tí a limpiá n d o s e los mocos con la man g a . Le
tem bla b a n las pier n a s y le par e cí a un dislat e. Pero hizo lo que su mad r e le pedía,
mient r a s su mad r e encaja b a su hom b r o en la culat a y se herni a b a a los gritos.
Las vacas sang r a n t e s escuc h a b a n la voz de Carmi n a y emp uj a b a n . Arriba, arriba ,
les decía con dulzur a . Dos o tres veces la rue d a estuvo por girar sobr e la piedr a
que la fren a b a , y finalm e n t e giró. Mi abuel a movió con la mano otra s piedr a s , y
encajó de nuevo su hom b r o. A ma m á le pare ció que María del Escalón tenía más
fuerz a que las cuat ro vacas junta s. Una fuerza sobr e n a t u r a l . El carro arr a n c ó,
vadeó el río y subió a la tierr a . Muy lenta m e n t e Car min a las condujo por la
carr e t e r a y llega ro n al pueblo en la más comple t a oscurid a d . Madr e e hija se
sent a r o n un minut o en la cune t a , y la mayor dijo a la meno r lo que lame n t a b a en
serio: Tu padre debió haber mue r t o en ese río .
Pero no murió en ese río sino en su derr u m b a d o taller de Boulogn e, y
mam á nunc a dejó de tem e rl e. Todavía de vez en cuan d o sueñ a por las noch e s
con los pasos de José de Sindo ace rc á n d o s e a la casa del Escalón: Sie m p r e tosía
y carras p e a b a, y nosotros nos fruncía m o s del cagazo . “Nosot r o s ” eran Car min a y
sus her m a n o s , a quien e s ma m á cuida b a mient r a s María iba a labr a r la tierr a de
otros. Luego mi bisa b u el a les pres t ó un rect á n g ul o para que sem b r a r a n papa s y
maíz. Pero la verd a d es que Teres a se desvivía por la más débil de sus hijas:
Josefa, que tam bi é n había sido mad r e solte r a . Su novio cayó bajo la maldición de
los Díaz, fue renu e n t e a las res po n s a b ilid a d e s y se termi nó casa n d o con una
chica acom o d a d a de Quint a n a l. Josefa era, tal como yo mismo la conocí, peq u e ñ a
y tacit u r n a . Cont r a c a r a de María, vivió hast a la mue r t e pendi e n t e de su único
vásta g o, que de joven emigró a Austr alia, a Inglat e r r a y a los Esta d o s Unidos. Mi
tía abu ela reza b a todas las noch e s el rosa rio ent e r o de rodillas junto a la cam a
para que su hijo no cayer a en desg r a c i a ni enfe r m e d a d . Y mient r a s duró la
gue r r a de las Malvina s, rezó para que el ejército arg e n ti n o no me convoc a r a a
pelea r contr a los ingles e s . María, que había tenido aqu el pleito con Dios por
culpa de aqu el obsce n o cura de Agüer a, le pidió a su her m a n a que inte rc e d i e r a
ant e Jesucris t o. Dura n t e set e n t a días de sang r e y fuego, a las ocho en punto de la
mañ a n a , Josefa pren dí a en la capilla de Almurfe dos velas, y a las diez de la
noch e, luego de escuc h a r el part e diario de los comb a t e s del Atlántico Sur, volvía
para apa g a r l a s con un pad r e n u e s t r o y dos avem a rí a s .
Ya de gran d e , en uno de los varios regr e s o s a su cas a de Asturi as , mam á
sorp r e n d i ó a su tía espian d o el cha m p ú y los afeites . No podía cree r que mi
mad r e se lavar a todos los días la cabez a. Hacía treint a y cinco años que ella no
se mojab a el pelo por miedo a que los químicos se lo dest r u y e r a n . Mam á le juró
que el cabello no se le caerí a, y tardó una sem a n a en conve n c e r l a de que se
quita r a el eter n o pañ u elo y per mitie r a jabón y enjua g u e . Josefa, con temo r
religioso, se dejó llevar por su sobrin a hast a el piletón de la cocina. Resultó tene r
un pelo blanco mag nífico y sedos o que le caía en casc a d a sobr e los hom b r o s .
Mam á se lo peina b a al sol mient r a s María la mira b a esca n d aliz a d a . La felicida d
es así, un desco n ci e r t o que viene pront o y abr e las hendijas y echa luz y perfu m e ,
y risas y aire puro. Lo que quie ro decir es que fue la frutilla de una reconciliación
larg a m e n t e des e a d a . De niña, atur di d a por el apre mi o del ham b r e , ma m á veía en
Josefa a una mujer egoíst a y privilegi a d a que sólo pens a b a en su hijo. Se
equivoca b a . Mi bisab u e l a , como el buen pasto r, ponía toda su ate nción en la más
encle n q u e de su reb a ñ o, y cada cual carg a b a con su cruz. Que ya era bast a n t e .
María, dur a n t e aquel vía crucis, ade m á s de todo cocina b a para afue r a y
ate n dí a a las part u ri e n t a s , y mam á cum plía con su rutin a de hier ro. Apren dió a
orde ñ a r , llena de preve n cio n e s , en la eda d de las prim e r a s mue c a s . Su mad r e ,
que no anda b a para remilgos, la obligó de mala man e r a a perd e rl e el res p e t o a la
vaca, ese mons t r u o giga n t e s c o e impr evisibl e. Cada mad r u g a d a , Carmi n a anda b a
a pie cuat ro kilóme t r o s hast a una caba ñ a , orde ñ a b a la pinta y bajab a con la leche
para sus her m a n o s . Luego reg r e s a b a para limpia r la boñig a y cuida r que las
vacas de Teres a no pas t a r a n en los sem b r a dí o s, hast a que los tába n o s del
mediodía las picab a n y ponían nervios a s , y enton c e s ma m á las metía de nuevo en
la cua d r a y llena b a de pasto el pese b r e . La mayoría de los días mad r e e hija
ara b a n la tierr a desc alza s. Muy de vez en cuan d o su tío Rogelio les regal a b a un
par de alpar g a t a s , y cada mue r t e de obispo Cons u elo, la tía de Bueno s Aires, les
enviab a una enco mi e n d a con ropa dona d a por las mad r e s de los alum n o s del
Vicent e Fidel López, colegio de Sant a Fe y Carr a n z a dond e ella fue vene r a bl e
port e r a , dond e ma m á ter mi n ó la prim a ri a y dond e yo tuve la suer t e de apre n d e r
palote s, ajedr e z y meca n o g r a fí a. Esos vestidos usado s y esas medi as rem e n d a d a s
les par e cí a n tesoro s fabulos os a los hijos del Escalón.
Es que el ham b r e no era, en aqu ellos tiem po s , una metáfo r a. Comía n en
platos esm alt a d o s día tras día el mis mo men ú: cuec ho, polent a sin leche rebaj a d a
con agua. Algun a s vece s cocina b a n un potaje de arveja s, pap a s y garb a n z o s , y
como esca s e a b a la harin a , sólo conocía n el pan por refer e n ci a s . María, cuan d o
iba a algun a ama s a d a , pedía que le pag a r a n con pancito s, que los niños
acom p a ñ a b a n con leche en taza s sin asas. Pero ésos eran días de fiesta. Las más
de las veces Car min a y sus amigos y her m a n o s se aga r r a b a n el estó m a g o, hacía n
cualqui e r cosa y codicia b a n cualq ui e r boca do. Mam á era como un gato: tre p a b a
los manz a n o s y los per al e s ajenos, y los sacu dí a. Luego se carg a b a el dela n t al y
ech a b a a corr e r ante s de que los vecinos la desc u b ri e r a n . Roba b a n manz a n a s ,
per a s, nuec e s y cast a ñ a s , y comía n las mora s que crecía n ent r e espinos al bord e
de los send e r o s .
En las casa s más humilde s, des p u é s de la gue r r a , no había siquie r a árbole s
frutale s. Así que Car mi n a se convirtió en una expe rt a ladro n a de fruta s de las
cas a s de los vecinos pudie n t e s , quien e s exhibía n sin preoc u p a r s e esos manja r e s
que a veces dejab a n pudrir.
Un día, mient r a s rapiñ a b a n los frutos de la huer t a de cuat r o her m a n o s
solte r o n e s , uno de ellos salió arm a d o con una hoz: ¡Hijos de María del Escalón,
voy a cortarle s las piernas! , les gritó rojísimo de ira. Mam á salió corrie n d o , pero
ens e g ui d a escuc h ó la voz de su her m a n o Chelo, que tenía cinco años y
pant alo n cito corto: ¡Car mina, no me dejes aquí! —gritab a reza g a d o—. ¡No me
dejes aquí que me corta las piernas! Mam á recogió una piedr a redo n d a e hizo
frent e a su pers e g ui d o r: Te la tiro , le advirtió, y se la tiró. La piedr a le pegó en
un pie y el hom b r e de la hoz tras t a billó y se fue de culo, y Carmin a tomó de la
mano a Chelo y en un santia m é n desa p a r e c i ó en la cues t a .
Los chicos del pue blo se burla b a n de ella. Porqu e iba desc alz a y porq u e era
una burr a. Y ella, que no podía ir a la escu el a, se defe n dí a a los puñe t a z o s y a los
mordisc o n e s . A los once años era un pequ e ñ o animal del bosq u e . Tenía mie do,
pero tam bi é n tenía muc h o ham br e —todavía recu e r d a—. Y el ham b r e te hace
valient e e infa m e . Una mujer llama d a Benign a, tan pobr e como María del
Escalón, se las reb u s c a b a pidien d o por los pue blos. Déja m e ir a pedir, ma m á , le
roga b a ma m á . A pedir jamás , se neg a b a mi abuela con extra ñ o principis m o. Un
miérc ole s Benign a se apoyó en una esta c a y dijo, ante varios, que Carmi n a le
había roba d o una carg a de leña. María, que esta b a pres e n t e , se encogió de
homb r o s como si escuc h a r a llover. Habla con mi hija , le res po n dió. La buen a
leña, en ese hoga r sin pad r e , tam bi é n escas e a b a . ¿De dónd e voy a sacarla? , solía
dese s p e r a r s e Carmi n a . Pues píntala , le cont e s t a b a su mad r e . Carmi n a enton c e s
la “pint a b a ”. Es decir, la roba b a de algu no s fondos cuan d o no qued a b a otra.
Había incluso roba d o en ciert a ocasión algun a s mad e r a s de un prad o cerr a d o
que tenía Benign a, pero est a vez se sentí a inoce n t e y ultr aja d a . Todo Almurfe
anda b a rumo r e a n d o una mentir a . La mala leche here d a d a de su pad r e la inundó
con una olead a fría: subió hast a la loma que daba con la casa de su ene mi g a ,
levantó a pulso una piedr a del tam a ñ o de una estufa y la desafió a que salier a a
rep e ti r esa falsa denu n ci a . Benign a salió, mient r a s la gent e se junta b a en la
carr e t e r a para ver el fant á s tic o espe c t á c u lo, y cuan d o divisó a esa criat u r a
salvaje con esa roca desco m u n a l en lo alto, se arr e pi n tió a viva voz y huyó para
ade n t r o como una rat a . No la mat e s , Car mi na , escuc h ó que le decía con voz
razon a bl e un vecino desd e la carr e t e r a . Mam á dejó caer la roca, que fue dan do
tum b o s por el terr a pl é n hast a la pue r t a cerr a d a , y volvió a casa, dond e María del
Escalón le pegó seis reb e n c a z o s en la espald a , en las nalga s y en las piern a s .
Toda la niñez fue enso m b r e c i d a por la ause n ci a de José de Sindo y por el
per m a n e n t e err a r de cas a en cas a. Alquilab a n cuar t o s o salas, nad a era de ellos:
ni el techo ni la leña, ni las frut a s ni el cam p o. El baño era un árbol o un pozo, y
se baña b a n vestidos en el río dur a n t e el vera n o y desn u d o s en una tina dura n t e
el inviern o. Jamá s tuviero n jugue t e s , ni supier o n de la inexiste n ci a de Sant a
Claus o de los Reyes Magos. Sólo cuan d o nevab a o llovía seguido, María se dab a
el lujo de pres cin di r de los brazos de su hija y la enviab a a la cas a de la mae s t r a ,
dond e trat a b a n de ens e ñ a r l e sin much o res ult a d o arit m é ti c a y caligr afía.
Mam á , sin hab e r s e des a r r oll a d o, tenía una cara luminos a . En ciert a
oport u ni d a d , María la envió con una botella vacía a la tabe r n a de Almurfe. No
había nadie salvo el hijo del tabe r n e r o . Dice mi madr e que la llenes , le dijo
distr aí d a. El much a c h o tomó el pellejo de una bota y come n z ó a pas a r el vino
tinto, que era par a uno de los patro n e s ocasion al e s de mi abuel a. Cuan d o el
muc h a c h o ter mi n ó, puso la botella en el most r a d o r , tomó las mone d a s , pegó un
salto, cerró la pue r t a por dent r o y se le vino encim a: Estás muy bue na, ¿sabes?
Carmi n a levantó la botella y le dijo sin convicción: Te la parto . Si hacía eso, su
mad r e le partiría la nariz. El much a c h o creyó ent e n d e r que no ofrece rí a
resist e n ci a y le puso las mano s sobr e los hom b r o s , y ma m á , sin ente n d e r qué
pret e n d í a , le pegó una pata d a en los testíc ulos. Eres una bestia, tenías que ser
del Escalón , se queja b a sin aire y sin peso. María puso cara de águila cuan d o
Carmi n a le contó, bajó a cha rla r un rato con el tabe r n e r o y cuan d o se marc h ó de
la tabe r n a , pad r e e hijo est a b a n dem u d a d o s por el terro r.
De rep e n t e su hija se est a b a hacie n d o gra n d e . Se la pedía n otra s familias
para tra b aj a r el surco, y has t a fue una sem a n a ent e r a a recog e r espig a s de trigo
a un pueblo mont a ñ é s . Allí le daba n comid a y le paga b a n diez pese t a s el jornal;
dormí a en el pajar, sobr e un jergón y envu elt a en una mant a . Habit u al m e n t e se
rompí a la espald a llevan d o saca s de papa s y pesa dí si m a s carg a s de hier b a .
María, vas a matar a esa nena , susu r r a b a Tere s a, quien a escon di d a s le reg al a b a
pane s y rosq uilla s. Mam á her e d ó de mi bisab u e l a cierto donair e, y cuan d o ya en
la Arge nti n a recibió la noticia de su mue r t e sintió una puñal a d a . Teres a tuvo un
ataq u e cere b r a l y vivió casi diez años con medio cuer p o paraliza d o hast a que un
día expiró. Carmi n a siem p r e recu e r d a a Teres a impug n a n d o la decisión familiar
de envia rl a a la Améric a. Y recu e r d a tam bié n a María dicien do: Es que vamos
todos . La vieja se reía con profun d a ama r g u r a : No me entra que todavía le creas
algo a ese canta m a ñ a n a s .
Rosario, la hija mayor de mi bisab u el a , vivía en Madrid y era due ñ a de una
pensión y mad r e de un tore ro. Estás agobiada, María, envía m e a Carmina que yo
le doy de com er , le prop u s o a su her m a n a . ¿Y quién me ayuda a mí? , se dijo como
siem p r e María, pero con el corr e r de los mes e s fue hacié n d o s e a la idea. No
quiero ir , rezon g a b a Car min a . Vete, niña —porfió mi abu el a—. Vete que no te
faltará un plato. Y que te com pr ará n vestido nuevo . La puso en el tren y no
alcanzó a ver cómo la deslu m b r a b a el paisaj e largo y cam bi a n t e . Qué inm e n s o es
el mu n d o , pensó mi mad r e , y llegó a Madri d asus t a d a . La pensió n qued a b a sobr e
el Pase o de la Florid a, frent e a la esta ció n del Nort e. La mism a esta ción dond e
había carg a d o male t a s su abuelo Manu el. Prision e r a en aquella cárc el riguro s a
pero confort a bl e, Carmi n a mira rí a una y otra vez ese andé n y pens a rí a much a s
veces en aqu el abu elo nost ál gico y borr a c h o que a la prim e r a de cam bio se
toma b a , como un soná m b u l o de pena s , el expr e s o de Asturia s.
Se trat a b a , básic a m e n t e , de una pensión de estu di a n t e s . Plant a baja
enor m e con mucho s cua r to s . Rosario era una muje r ené r gi c a . Sin previo aviso, le
levantó a Car min a la falda y la dejó mud a. ¡Eres un desas t r e! —se quejó triunfal,
y le explicó a su nue r a—: En casa de María, como sie m p r e , no se usan bragas . La
verda d es que no mentí a: ni Carmi n a ni su madr e usab a n bomb a c h a bajo las
pollera s neg r a s , y el aspe c t o gen e r al de la chica era tétrico. La tía le comp r ó tres
bra g a s , un vestido, una vincha y unas sand ali a s azules. Dete r m i n ó que trab aj a rí a
de cam a r e r a , que habla rí a lo mínimo indisp e n s a b l e con los pensionis t a s y que
dormi rí a sobr e la mes a del come d o r. Al final de la jorna d a , cuan d o todos se
retir a b a n a sus habit a cion e s , se des e n r olla b a un colchó n y la hija de María del
Escalón desc a n s a b a has t a el alba. En rápido oper a tivo des p ej a b a n ento nc e s la
mes a, tendía n el man t el y servía n el des ay u n o. Y des p u é s Car min a , con cepillo y
jabón, limpiab a de rodillas el piso, repa s a b a con una fran el a los mue bl e s y hacía
de nuevo las cam a s . Se cocina b a y se volvía a servir, y así día tras día.
No esta b a mal, sobr e todo par a alguie n que venía a mat a r el ham b r e , pero
allí mi mad r e come n z ó a sentir los prim e r o s sínto m a s del virus que le arrui nó la
vida. Prove ní a del infierno y es increíble que extra ñ a r a el fuego, pero aún lo
extra ñ a hoy, que han tran s c u r r i d o tantos años de avent u r a s y afliccion e s . Se
sentí a, y se sintió par a siemp r e sola. Y toda s las noche s, abs u r d a m e n t e acost a d a
en una mes a de Madrid, soña b a en soled a d que corría por los pra do s con una
ciruela, y que bailab a una jota con sus her m a n o s ante s de hace r una diablu r a .
Los pensionis t a s , que ignor a b a n el luga r dond e dor mí a aquella chica
circu n s p e c t a , le daba n cha rl a dura n t e las sobr e m e s a s y le festeja b a n has t a los
erro r e s . Ciert a mañ a n a Rosario pre p a r ó dos huevos fritos ahog a d o s en aceite
para un joven andal uz. Car min a tomó el plato con las dos manos , caminó el largo
pasillo ent r e la cocina y el com e d o r, y lo puso sobre la mes a. ¿Y dónd e están mis
huev os, bue na moza? , le pre g u n t ó ento nc e s el andal uz. Mam á bajó la vista y vio
que el plato est a b a vacío. ¡Los huev os! , se alar m ó. Miró el piso y volvió sobr e sus
pasos, ante las carc aj a d a s gen e r al e s : los huevos había n patin a d o y se había n
estr ella d o cont r a las baldos a s . Su tía se la que rí a come r crud a . La anéc d o t a se
convirtió en un clásico, y hast a los más dista n t e s le tom a r o n cariño: no había
quinc e n a dond e no le diera n , en secr e t o, una pequ e ñ a propin a a esa astu ri a n a
afable y mont a r a z .
Mam á consig uió una lata y la tra n sfor m ó en una alcancía. Y la alcan cí a en
una ilusión. Rosario, que gua r d a b a sus propios billete s en una grue s a faja que
ceñía cada mad r u g a d a a su cintu r a , temía que la hija del Escalón junt a r a
dem a s i a d a s mone d a s y se fuga r a un día par a Almurfe. Ya había rech a z a d o sus
prim e r o s y tibios plant e o s , cuan d o desp u é s de una noche de chuc ho s de frío y
fiebre s y neu m o ní a agua n t a d o s con dient e s apr e t a d o s sobr e la mes a, Car min a se
había atrevido a ser brut al m e n t e since r a: Tía, no doy más, quiero volver m e al
pue blo . Rosario se sorp r e n di ó ant e sem ej a n t e ingra tit u d . ¡Tu madr e te man dó
para esto, así que ahora te la aguan ta s ! , le res po n dió, pero a partir de ento nc e s
mant uvo las ante n a s para d a s . La her m a n a de María consid e r a b a , con sólidos
arg u m e n t o s , que había salvado la vida de aquella pobr e hué rf a n a , y por su
propia natu r al e z a no ente n dí a la herid a existe n ci al. Su sobrin a , form a d a en el
atr a s o y las care n ci a s , no est a b a en condicion e s de disce r ni r lo que le conve ní a.
Le conve ní a Madrid y no aqu ella triste alde a, así que un jueves de fin de mes le
pidió la lata. Era nada más que un prés t a m o par a gastos de coyunt u r a . Car min a
se dio cuent a de que, quitá n d ol e los ahor r o s , su tía le esta b a quita n d o la cha nc e
de comp r a r un pas aj e de regr e s o, pero se los pres tó igual porq u e no sabía cómo
neg a r s e .
Once mes e s pasó en Madrid, y no hubo un solo día en el que no fanta s e a r a
con subirs e al vagón y con dejars e llevar por valles y caminos de mont a ñ a hast a
su paraís o pers o n al de profun d a mise ri a y de feroce s aleg rí a s . Esa par a d oj a fue
acaso el nudo de toda su existe n ci a . Un cordón umbilical la unía a ese pue bl uc h o
de mala mue r t e dond e se malvivía, y jamás hubo luga r en el mund o que pudier a
suplir lo que Almurfe significab a para ella. Le dab a n , a men u d o, manos par a que
salier a del pozo. Pero la sobrin a de Rosario las rech a z a b a con inse n s a t a
terq u e d a d . Se emp e ñ a b a así en confirm a r que cierto s homb r e s y mujer e s
pert e n e c e n a un solo sitio, y que no hay máq ui n a s ni olvidos ni dista n ci a s ni
tent a cio n e s hum a n a s que logre n sust r a e r l o s de ese imán sagr a d o . Todo tiem p o
de sepa r a ci ó n ent r e mi mad r e y su hoga r fue un tiem po de destie r r o , y por lo
tanto de dolor. Ese tiem p o, medido en años y salvan d o breve s recr e o s , le llevó en
total más de medio siglo.
Pero esos pade ci mi e n t o s eran todavía inima gin a bl e s en aquella pensión
mad rile ñ a , aunq u e ma m á ya llorab a a escon di d a s de doña Rosa rio y de sus
pensionis t a s . Sólo se fran q u e a b a con la nuer a de su tía, una dam a sensible a
cuyos hijos Car min a pas e a b a por las calles de Madrid. Viendo la pena de esa
niña, la espos a del tore ro le dijo: Hay que tener un poco de paciencia. En verano
pienso ir de vacacion e s a Asturias, y voy a explicarle a mi sue gra que te nec e sito
de muca m a . No va a poder negár m e l o. Y cuan do llegue m o s a Alm urf e, si te he
visto no me acuer d o .
Mam á guar d ó el plan y rezó para que se cum plie r a . No tenía franco s, pero
un ancia n o de Cueva s, que se condolía por ella, pidió per mi so a la patro n a para
llevarl a a las rom e rí a s de San Isidro, dond e bailó pasodo bl e s y comió chocola t e s .
Fue ro n ape n a s dos o tres noche s de felicida d en medio de una tem po r a d a
som b rí a. Al fin la muje r del tore r o plant e ó sus nece si d a d e s y la sue g r a , a
reg a ñ a d i e n t e s , se las acep t ó. Car mi n a tuvo que refre n a r la sonris a hast a que el
tren partió de la esta ció n del Nort e. Llegó con una sonris a de oreja a oreja a
Oviedo, y con una similar a la casa de María del Escalón. Yo no vuelvo , le
infor mó ant e s de abr az a rl a . Tú eres muy fina —dijo mi abuel a—. Crees que la
vida es fácil . Nad a fácil fue ese año en el que José de Sindo esca p ó de noch e par a
no ser asesin a d o a navajazos y en el que se comp r o b ó al poco tiemp o que est a b a
come ti e n d o nueva dese r ció n.
Al final de esos negr o s avat a r e s , la cart a de Cons u elo Díaz logró pers u a d i r
a mi abuel a. Cons u elo se había ena m o r a d o de Marc elino Calzón, y cua n d o éste
se esca pó de polizón par a eludir los cinco años de servicio milita r, la her m a n a
meno r de José de Sindo se casó por pode r en Belmon t e de Mira n d a y siguió a su
marido hast a el fin del mun do. Allí en el fin del mun do que d a b a Bueno s Aires, y
en 1920 la tía había par a d o la olla cosien d o para afue r a en una pieza de dos por
dos, y el tío tra b aj a n d o en un lavad e r o de auto m óviles. Luego, todavía en plen a
belle époqu e , debie ro n refina r sus man e r a s para ser ama de llaves y chofer en
una impre sio n a n t e mansión de Barrio Nort e. Cons u elo cocina b a platos franc e s e s
y Marc elino llegó a ser secr e t a ri o perso n al del docto r. Pero era n muy exige n t e s y
metic uloso s, y les paga b a n un salario mise r a bl e . Los ricos com e n poco —decía
Cons u elo—. Y a nosotros nos daban las sobras .
Resultó, sin emb a r g o , una experi e n ci a provec h o s a . Educ a r o n sus forma s,
apre n di e r o n de perfu m e s y de ropa s, y conocie r o n gent e import a n t e . Pront o
sac a ro n la ciuda d a ní a arg e n t i n a y fueron nom b r a d o s en la port e rí a de una
escu el a públic a. En los fondos del patio del Fidel López, detr á s de un jardincito,
los port e r o s cont a b a n con una peq u e ñ a cas a. Vestía n guar d a p o lvos inma c ul a d o s ,
tenía n la cate go rí a de un doce n t e y era n trat a d o s con cere m o nio s o res p e t o por
las mae s t r a s y los profes o r e s , quie n e s en esas époc a s prove nía n de la clase
media alta. Marc elino había logra d o que casi no se le nota r a el ace n to espa ñ ol.
Vestía trajes con chaleco y reloj de bolsillo, y usa b a un cha m b e r g o gris. Era un
caballe ro arge n ti n o de exquisitos modal e s , que leía el diario La Prensa y depa r tí a
en la direcció n con Alfonsin a Storni.
Tenía pánico al ridículo y al qué dirá n, y domin a b a comple t a m e n t e la
volunt a d de su espos a. Con el sueldo de ambos comp r a r o n un Ford T bigot u d o y
una casa cent e n a r i a en Emilio Ravign a ni 2323. Yo nací en esa cas a con zagu á n,
patio, sala, dormito rio, sóta no, altillo y terr a z a . El tío y la tía sac a b a n , en vera n o,
las banq u e t a s a la vere d a y come n t a b a n en la fresc a oscu rid a d de Paler m o las
noved a d e s del barrio. Import a r o n a una hija de Espa ñ a porq u e el médico que
operó a Consu elo de un fibro m a tuvo al final que extirp a rl e los ovarios. La tía,
cua n d o vio que su her m a n o hacía oídos sordos, escribió la famos a cart a a María
del Escalón. Pedía una niña, y prom e tí a cuida rl a y educ a rl a has t a que mi abu el a
pudie r a viajar, y conve n c e r mient r a s tanto a José de Sindo de que dier a el brazo
a torce r. Visto en pers p e c t iv a, Cons u elo quizás abrig a b a una secr e t a espe r a n z a ,
que luego el destino le conce dió: tenía un gra n instinto mat e r n a l. Para
Marc elino, en cam bio, se trat a b a de un nota bl e acto de altruis m o. Ya lo decía
Borge s: un caballe r o sólo deb e rí a defen d e r las caus a s perdid a s .
Por más que trat a y trat a , mam á no consig u e recor d a r cómo le tocó en
suer t e ese viaje. Pare c e que mi abu el a había elegido a Delia, la her m a n a que
seguí a, pero que en un brevísimo mom e n t o de dud a gene r a l, Carmi n a dio el paso
al frent e con total incons ci e n ci a: Bueno, voy yo . Lo cierto es que rápid a m e n t e la
moción fue ace pt a d a , y de rep e n t e esta b a n en Gijón arr e gl a n d o los pap el e s en el
cons ul a d o arge n ti n o, y al día siguie n t e est a b a n en el pue r t o de Vigo a los
abra zo s. Mam á per m a n e c í a anes t e s i a d a por la esce n a y por el impon e n t e barco
Tucu m á n , que la agua r d a b a en el agu a aceitos a. Pens a b a , si es que pens a b a en
algo, que nada podía ser tan terri ble y que en unos pocos mes e s María se
emb a r c a r í a con los niños y que se ree n co n t r a r í a n allí lejos, y que sería una nueva
vida y que todo era par a bien.
No obst a n t e , vio que la últim a de las mujer e s dura s emp ez a b a a lagri m e a r ,
y un vacío abr u m a d o r le fue helan d o el pecho. Había una multitu d en la dárs e n a ,
y ellas hacía n tiem po como si estuvie r a n espe r a n d o turno para un milag ro. Sonó
una siren a y mi abuel a dijo: Bueno, tiene s que subir . La abr azó y Car min a subió
la planc h a d a mient r a s escuc h a b a ese llanto inclasificabl e. Luego, cua n d o ya
solta b a n ama r r a s , mam á oyó un grito entr e los gritos: ¡Hija mía, baja de vuelta,
no te vayas! No lo tomó en serio, porq u e ya hacía rato que el barco esta b a en
maniob r a s , pero la estr e m e ci ó esa man e r a de nom b r a r l a . Nunc a, en sus quinc e
años de vida en comú n, la había llam a d o “hija mía”.
Tarde par a todo, reculó con su valija de cartó n del tam a ñ o de un
diccion a rio, y formó fila con otros diecisiet e meno r e s , a quien e s pas a r o n lista y
orde n a r o n que cada día se pres e n t a r a n en la oficina del capit á n. Mam á no
conocía a nadie. Pero cuan d o levant ó la vista vio que los diecioc ho, incluye n d o
ella mism a, esta b a n llora n d o.
Los cond uj e r o n a una bode g a acondicion a d a con cam a s cuch e t a s y los
sepa r a r o n por sexo. A ma m á le tocó una cam a de arrib a , y estuvo toda la prime r a
noch e vomita n d o. Desayu n ó un café con leche y lo devolvió, y se sentó en la
cubier t a hech a un cadáv e r . Al rato escuc h ó vaga m e n t e que llama b a n por
altavoc e s a una meno r, y desp u é s vio que varios marin e r o s pre g u n t a b a n por una
tal María del Carm e n Díaz. Una dam a, que tom a b a aire maríti mo en la repos e r a
de al lado, le come n t ó asus t a d a : ¿Pero dónd e estará esa chica que buscan desd e
hace horas? ¿No se habrá caído al mar? Qué terribl e si se tiró por la bord a,
pens ó ma m á , real m e n t e const e r n a d a . Los altavoc e s seguía n req ui ri e n d o la
pres e n ci a en la coma n d a n c i a de una tal María del Carm e n Díaz, pero la meno r
brillab a por su ause n ci a y el barco era un hervide r o. Has t a que de golpe ma m á
pegó un salto y gritó, par a esp a n t o de su vecina: ¡Pero soy yo, ésa soy yo! El
marin e r o que est a b a más cerc a la tomó de un brazo y prác tic a m e n t e la arra s t r ó
hast a el des p a c h o del capit á n, un arg e n t i n o serio de bar b a larg a y unifor m e
intimid a n t e . El capit á n la miró de arrib a abajo y ence n dió parsi m o nio s a m e n t e su
pipa.
—Dígam e, m’hija, ¿dónd e est a b a y por qué no cont e s t a b a los llam a d o s ? —
pre g u n t ó con voz suave—. Ya pens á b a m o s lo peor.
—Es que yo no me llamo así, seño r.
—¿Cómo? ¿Uste d no es María del Car m e n Díaz?
—No, así figura en los papel e s , seño r. Pero yo me llamo Carmi n a. Nunc a
me llama r o n de otra man e r a , seño r capit á n.
El capitá n asintió, pens a tivo, y dejó que el humo grisác e o del taba c o
inund a r a toda esa oficina con prism á t i co s, carto g r a fí a s y ojo de buey. Luego la
apun t ó con su boquilla:
—Escuc h e bien esto, querid a . A partir de ahor a uste d se llama María del
Carm e n Díaz. Carmi n a se ter mi nó, ¿me oye? Acá Car mi n a se ter mi n ó para
siem p r e .
5
Con s u e l o
“Todos los días de mi vida des pier t o con la
impre sión, falsa o real, de que he soñado que
estoy en esa casa.”
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
La realida d, como el folletín, está llena de golpes bajos y luga r e s comu n e s .
Sé que por pudo r ningú n novelist a serio, ningú n obre r o de la ficción, cont a rí a las
cosas que estoy cont a n d o . Mi abu ela Valentin a, de quie n escribir é más adela n t e ,
ama b a los culeb ro n e s porq u e la vida real se les par e cí a peligro s a m e n t e , salvo
que rara vez la realid a d depa r a b a un final feliz. No estoy conta n d o la pur a
verda d, sino la verd a d conta m i n a d a que mi mad r e narr ó a su psiquia t r a , los
monólogo s que pude anot a r en mi cuad e r n o , la tradición oral de mi familia y los
recu e r d o s de mi infancia. Trozos desco m p u e s t o s de verda d, recon s t r u c c ió n
periodís tic a de la vida. Memo ri a frag m e n t a r i a de hecho s noveles c o s y de
senti mi e n t o s ambig uo s; relato verídico de rotos, descosi do s y rem e n d a d o s .
Mam á era justa m e n t e nadie ent r e seiscie n t o s , apen a s una pueble ri n a de
quinc e años que lo ignor a b a todo, y que espe r a b a en la cubie r t a que el barco no
llega r a nunc a a ningú n pue r t o. Los mayor e s pase a b a n o bailab a n en los salon e s ,
y Carm e n era una figura invisible que mirab a el desfile desd e afue r a , que
atr av e s a b a las pare d e s y los pasillos como un fanta s m a , y que no pron u n ci a b a
palab r a algun a . Como al resto, le daba n de come r guisos dec e n t e s y bifes duros,
pero Carm e n vomita b a hast a el café y las tost a d a s . De tantos mar eo s y náus e a s
se le cerró definitiva m e n t e el estó m a g o , y como la bode g a le dab a claus t r ofobi a
dur mió diez días en una repos e r a , tapa d a con una mant a, en la inte m p e ri e de la
proa.
—Señorit a, ¿sab e uste d que si no come va a morirs e ? —le preg u n t ó un
cam a r e r o arg e n t i n o—. ¿Y sabe qué hace m o s con los pas aje r o s que se mue r e n en
alta mar? Los tira m o s por una ram p a y se los devor a n los tiburo n e s .
Mi mad r e ni se mosq u e a b a , esta b a hec h a un ovillo desp ei n a d o y pálido, no
sentí a el alma en el cuer p o y era puro pens a m i e n t o a la deriva. El cam a r e r o , a
medid a que avanz a b a el viaje y el ayuno, emp ez ó a preoc u p a r s e : Entre todos los
manjar e s de este mu n d o, ¿qué pue do prepararle, señorita? Pare cí a como si mi
mad r e hubie r a olvidad o el estó m a g o en Asturi as . Entr e todos los manj a r e s eligió
unas manz a n a s delicios a s de Río Negro, que la mant uvi e ro n viva, aun q u e perdió
cerc a de diez kilos en dos sem a n a s .
Arriba r o n dur a n t e una noche horrible, y mam á bajó entr e los últimos. José,
impec a bl e m e n t e vestido, la abr azó y le dijo: Pero qué delgada estás, Car mina .
Nad a más. Consu elo, con un pañu elo florido en la cabez a , se hizo rápid a m e n t e
cargo de la situa ció n y Marc elino, con el cham b e r g o has t a las cejas, llamó un
taxím e t r o. Nosotr os som os tus tíos, vas a quedar t e en nue s tr a casa , dijo
Cons u elo trat a n d o de ser cálida. A mam á le cast a ñ e t e a b a n los dient e s . Marc elino
esta b a inquieto por volver de inme dia t o a Ravign a ni. Los espe r a b a una carn e
guisa d a con papa s . José comió, cum plió con el comp r o m i s o y des a p a r e c i ó. Aquí
no volverás a pasar ham br e , querida , dijo la tía en un sus piro. Le abrió una
camit a disim ul a d a dent r o de un mue ble del com e d o r, y Car m e n dur mió, por
prim e r a vez en muc ho tiem p o, diez hora s seguid a s .
Cons u elo la desp e r t ó con medi alu n a s , la bañó y despiojó, le dio ropa y
zapat o s nuevos, y le preg u n t ó por qué no usab a corpiño. Porqu e no tengo tetas ,
confesó mam á. La tía le comp r ó, no obsta n t e , dos par e s de corpiños y la llevó a la
peluq u e r í a . Allí desc u b ri e r o n , con horro r, que una espe ci e de callo le daba una
vuelta compl e t a a la tapa de los sesos bajo el cuero cabellud o. Al principio
creye r o n que era simple m e n t e una costr a , pero no salía ni con alcohol ni con
que ro s é n ni con solvent e , y acudi e ro n preoc u p a d í si m o s al médico del colegio,
quie n les dijo que se trat a b a de una cicat riz en form a de coron a. A ver, señorita
—dijo el docto r quitá n d o s e los lente s—. ¿Es una marca de naci mi e n t o? No era
una marc a de nacimie n t o. Era la huella circul a r dejad a por aquella s carg a s de
hier b a y por aqu ellas pes a dísi m a s can a s t a s de leña que María del Escalón le
imponí a desd e los siete años. El médico rec et ó un prep a r a d o farm a c é u t i c o y
Cons u elo, con su sant a pacie n ci a, le pasó la gasa hum e d e c i d a toda s las noch e s
de todo un año hast a que la marc a de la mise ri a se desva n e c ió. Pero la revisión
médic a arroja b a res ult a d o s más preoc u p a n t e s : Carm e n venía con una bronq ui tis
agud a , esta b a desn u t ri d a , mal des a r r olla d a y prob a bl e m e n t e raq uític a. Le
pres c ri bie r o n jara b e s , vitami n a s y una dieta a base de alime n t o s ricos en hierr o y
calcio.
Quien más le insistía con su régim e n era el her m a n o de Marc elino. Se
llama b a Mino, un gaite r o simpá ti co que había sido tra nvi a rio y que ahor a vivía
en una solita ri a habit a ció n con techo de cha p a y piso de listone s end e bl e s que
que d a b a en la punt a de la escale r a . Desd e ese cuart o caluro s o en vera n o y frío
en inviern o que todavía existe en la terr a z a de la vieja cas a de Ravign a ni, Mino
anim a b a a Carm e n a que comie r a el híga do que Cons u elo le cocina b a , y le pedía
que ento n a r a par a él algu n a s cancion e s de la tierrin a. Asturias, patria querida.
Asturias de mis amore s. Quién estuvi er a en Asturias en todas las ocasion e s .
Mam á ter min a b a de come r y se ponía a cant a r al son de la gaita, y a Marc elino,
que era un espa ñ ol vergo nz a n t e , esas demo s t r a ci o n e s lo saca b a n de quicio. Par a
que los vecinos no mur m u r a s e n , un día cortó por lo sano: le orde n ó a Carm e n
que no cant a r a en el patio y a Mino que dejar a la gaita. Por eso es que Mino,
cua n d o su herm a n o no esta b a en cas a, entr a b a en el dor mito rio de los tíos,
levant a b a la tra m p a del sóta no disimula d a bajo la cam a mat ri m o ni al, bajab a
cinco escalon e s , pre n dí a la luz, cerr a b a la tapa y tocab a su músic a en la
cland e s ti nid a d dura n t e hora s.
A Carm e n la impre sio n a b a sabe r que aquel ancian o debía baja r a las
cata c u m b a s par a defen d e r su identi d a d , y sentí a por él un cariño extr a o r di n a ri o.
Fue ro n confide n t e s y víctim a s de los dra m a s solap a d o s que se vivían en ese
hoga r. Y luego Mino tuvo una hemiplejía y se recu p e r ó, y finalm e n t e acusó otro
ataq u e y estuvo seis años hecho un veget al en el Hospit al Alvear. No reac cio n a b a
ant e ningú n estím ulo, pero cuan d o ma m á lo visitab a y le toma b a una mano, a
Mino le corría una lágrim a por la mejilla.
Pasa d o s los prim e r o s días, Marc elino envió a Cons u elo con un mens aj e:
Carm e n debía levant a r s e a las cinco, pre p a r a r l e s el des ay u n o y servírs elos en la
cam a. Luego tend rí a que acom p a ñ a r l o s a la escu el a, dond e se dedic a rí a a limpiar
el patio, a bar r e r las aulas, a cepillar los escalo n e s , a freg a r los már m ol e s y a
ence r a r la direc ción. Cumplid a la tare a , recibiría un billete colora d o y visita rí a la
feria de la calle Guat e m a l a par a hace r las comp r a s , desp u é s limpia rí a toda la
cas a y pre p a r a r í a el almu e r z o. Haría su tare a escola r y a las seis de la tard e
entr a rí a en la prim a ri a par a adultos que funcion a b a en hora s noctu r n a s del Fidel
López. Para cum plir con esta últim a misión, tend rí a que some t e r s e a un exam e n:
a los dieciséis años la pusie ro n en terc e r gra do.
En esas aulas mam á sintió por prim e r a vez los dar do s de la discri mi n a ció n.
Todos pre g u n t a b a n en la escu el a, con morbos a curiosid a d , quién era esa
“galleg uit a ”, y sus comp a ñ e r a s , gra n d ullo n a s y malicios a s, se divertí a n
burlá n d o s e de su ignor a n ci a y hacié n d ol e la vida imposible. La señorit a
Valenzu el a , una maes t r a cabal y de bue n corazó n, las reta b a con el punt e r o en la
mano y trat a b a por todos los medios de que la cam p e si n a se integ r a r a . Pero no
era tar e a fácil. Car m e n sabía, a dura s pen a s, leer, gara b a t e a r y hac e r las
cuen t a s , pero desco n o cí a la geogr afí a y la histori a nacion al. Tuvo que apre n d e r
de cero los map a s y sobr e todo las guer r a s de la Indep e n d e n c i a como se apr e n d e
en las prim e r a s clas e s: con bue no s y malos y blancos y negr o s. Los bue no s era n
los arg e n ti n o s y los malos era n los espa ñ ol e s, y había que abra z a r con den u e d o
esa gest a, festej a n d o las bat alla s gana d a s y odiand o a los godos des p r e ci a bl e s .
Mam á se sentía confun di d a y averg o nz a d a , y cuan d o le orde n a r o n red a c t a r una
composición sobre José de San Martí n volvió lloran d o a cas a. Tía, ¿cómo voy a
escribir sobre alguien que no conozc o ni de oídas? , dijo en la mes a de la cocina
de Ravign a ni: ¿Quién es San Martí n ? ¿Por qué les hici mo s cosas tan horribles a
los arge n ti n o s?
Cons u elo hizo honor a su nom b r e , y Marc elino la acom p a ñ ó en ese
oper a tivo, pue s t o que lo aboc h o r n a b a el event u a l fraca s o de su prot e gi d a ante la
comu ni d a d doce n t e . Mi tía abu ela le pidió a una de las mae s t r a s de la mañ a n a
que le hicier a, en secr e t o, una sínte sis de la biogr afía del próce r, y procu r ó que
su sobrin a plagia r a a su man e r a ese texto, que la señorit a Valenz u el a felicitó con
tibieza, en la segu ri d a d del eng a ñ o. La terc e r a compo sición fue la vencida. La
maes t r a llamó a mam á al escrito rio y le preg u n t ó en voz muy baja:
—¿Quién le escribió esto?
—Una amiga de mi tía, señorit a —confesó Car m e n , devas t a d a .
—Vaya —susu r r ó la mae s t r a cruzá n d ol e la hoja—. Y que sea la últim a vez.
Mi mad r e asintió tra g a n d o saliva, y regr e s ó de nuevo a puro llanto. No le
entr a b a n en la cabez a tant a arit m é ti c a , tanto río y tant a peníns ul a , tant a fecha y
tanto patriot a desint e r e s a d o . No tenía el entr e n a m i e n t o par a asimila r la
infor m a ció n ni la instr u c ció n mínim a para comp r e n d e r l a , y cada vez que pasa b a
al frent e o res po n dí a una preg u n t a , sus comp a ñ e r a s salud a b a n la equivoc a ció n o
el acen t o cerr a d o y rústico con una carc aj a d a o con una ironía. Todo era un
genial chist e de gallego s, y esa esp a ñ olit a ilumin a b a con su torp ez a las noch e s
adult a s y se humillab a una y otra vez.
Viendo que no podía ent e n d e r , ma m á se dedicó ento n c e s a mem o riz a r , y
desc u b r ió que la me mo ri a era un músc ulo que rea ccio n a b a con un poco de
gimn a si a. Apren dió palab r a por pala b r a cada lección como si estuvie r a escrit a en
una lengu a extra ñ a , y no le fue difícil evolucion a r en ese arcaico siste m a . Se
apre n dió ente ri to el preá m b u l o de la Constit u ció n, las letra s de Auror a y de la
Marc h a de San Lorenzo, y el Himno Nacion al Argenti no, que cant a b a con
entu si a s m o en el patio de nues t r a cas a sin que Marc elino le aplica r a cens u r a .
Hizo bue n a s miga s con algu n a s chicas, y en un recr e o la tomó de las
mech a s a la más cizañ e r a y la obligó a besa r las baldos a s . Tenía la fuerz a de un
muc h a c h o y la mad u r e z de una niña de doce, pero apen a s cedió la prim e r a
turb a ció n le afloró el mal genio de José de Sindo y de María del Escalón, y a los
seis mes e s nadie más se metía con ella.
A fin de año, sin emb a r g o , la mae s t r a quiso pre mi a r el sacrificio hacié n d ol a
aba n d e r a d a , pero un grupo de pad r e s eleva r o n una queja a la direc ción del
colegio por la ocur r e n c i a de per mi ti r que una extra nj e r a de bajas nota s y dudoso
talent o llevar a el sagr a d o esta n d a r t e de la Nación. La seño rit a Valenzu el a se
paró junto al pizarr ó n, miró una a una a los ojos, y des p u é s , cuan d o el aire se
cort a b a , dijo que había anot a d o la objeción, que había medit a d o larga m e n t e
sobr e la contr ov e r s i a y que había tom a d o la decisión de no rectifica r s e: Sé que
muc h a s de uste d e s no están de acuer d o. Pero quiero gratificar a esta alum n a
que no es argen tin a y que tanto perse v e r ó en apre n d e r lo nues t ro . Ning u n a se
atr evió a cont r a d e c i r a la señorit a Valenzu el a, y mi mad r e llevó la band e r a de
cere m o ni a s en un acto cualq ui e r a que sus tíos obse rv a r o n unifor m a d o s , firme s y
solem n e s , henc hi do s de orgullo y de arg e n ti ni d a d .
Fue una inyección de optimis m o en un cuer p o castig a d o. El ham b r e , la
gra n cruz de su prime r a vida, se est a b a desva n e c i e n d o a la mism a velocida d que
la cicat riz de su crán e o. El ham b r e era, de pronto, única m e n t e un recu e r d o . Su
plato siem p r e est a b a lleno y la tenía n pas m a d a s los cestos de la basu r a , que
mira b a por costu m b r e : los arge n ti n o s arroja b a n allí increíbl e s manja r e s y casi no
había mendi go s en las vere d a s . Pero la sens a ció n de ser una foras t e r a en un
mun do hostil no la aban d o n a b a , y cuan d o José de Sindo la sacó carpi e n d o de la
pensión, quiso escribir una cart a a su mad r e pidién d ol e que la devolvier a a su
pue blo.
Los tíos, sin emb a r g o , le previnie ro n que no debía alar m a r a María, y que
ellos segui rí a n hacié n d o s e gusto s a m e n t e cargo de su man u t e n c ió n y de sus
estu dios, y acec h a r o n a partir de enton c e s sus cart a s par a que tras mi ti e r a n
satisfa cción y felicida d. Sus ben ef a c t o r e s , poco ant e s de las cinco, le grita b a n
desd e la cam a: Car m e n , levántat e y tráeno s el té con leche y las galletas . Mi
mad r e est a b a tan agr a d e ci d a que no se dio cuent a hast a mucho s años desp u é s
de que era una rar a mezcla de hija sustit u t a y criad a cam a aden t r o .
Las mae s t r a s , los vecinos, las comp a ñ e r a s , los parie n t e s de los tíos y
algu no s emigr a d o s de Almurfe y sus alred e d o r e s que venían de vez en cuan d o a
salud a rlo s le decían lo mismo: Qué suert e tuvist e, Car m e n . Y ella est a b a
realm e n t e conve ncid a de la dulzur a de Cons u elo y de la honor a bilid a d de
Marc elino, a quien todos llama b a n “don” por su port e de hidalgo. Pero esa
imag e n exte rior much a s veces cont r a s t a b a con las actitu d e s de peq u e ñ o tirano
que el tío tenía dent r o de las cuat r o par e d e s . Conve r tí a a Consu elo en su títe r e,
imponí a su volunt a d con fría furia, critica b a en voz baja a todos y fiscaliza b a
cada movimie n t o. Tenía ataq u e s de nervios por peq u e ñ o s deslices y el asm a no lo
per do n a b a , así que tía y sobrin a tenía n que llevarlo cada dos por tres al
dispe n s a r i o de la Cruz Roja.
Era, a la vez, taca ñ o y dadivos o. Y cua n d o mi madr e no era sirvien t a era
princ e s a: Marc elino las llevab a al cine y a los teat r o s a ver com e di a s y a disfru t a r
de la Comp a ñí a Espa ñ ol a de Rome rí a s; Cons u elo la escuc h a b a , la comp r e n d í a y
la educ a b a en los rudim e n t o s de la vida urba n a , pero nunc a discutí a las
arbitr a ri e d a d e s de su marido. Form a b a n , vistos de lejos, una familia feliz fruto de
la abne g a ci ó n.
Un día, en aus e n ci a de todos, Marc elino come nz ó a arrinco n a r l a . En menos
de un año mi mad r e había recu p e r a d o peso y colore s, se había nutri do y
desa r r olla d o, y era una mujerci t a florecie n t e . El tío, cuan d o se qued a b a n solos, la
pers e g uí a en silencio. La toca b a , le rozab a las nalga s y los pechos, y le decía
estás muy guapa . Mam á no simula b a lo que era: una verd a d e r a mosq uit a mue r t a .
La prim e r a vez, con los pelos de punt a, sólo atinó a decir: Pero qué está
hacien d o , mient r a s esca p a b a esquiva n d o mue bl e s como una anguila. Si no
fuera n dra m á ti c a s par e c e r í a n esce n a s cómic a s: sem a n a tras sem a n a , en
ause n ci a de Mino y de Cons u elo, el hidalgo acos a b a a su sobrin a en el juego
mudo, casi chapline s c o, del gato y el rató n. Si alguie n escuc h a r a desd e el zagu á n
oiría el arm ó nico silencio y los ruidos de la vajilla, y de repe n t e un res pin g o y
pront o una breve corrid a y un mur m ullo y otra vez el silencio, pero ya no
armó nic o sino eléct rico y lúgub r e .
Se trat a b a de una cace rí a secr e t a y el depr e d a d o r sabía muy bien cuále s
era n los mom e n t o s y los rincon e s adec u a d o s . Una noch e, mient r a s mam á dormí a,
Marc elino se sentó en la cam a reve r si ble del come d o r y metió la mano por
deb ajo de las sába n a s . Mam á se reple g ó de un salto, se abr azó las pier n a s sobr e
el pecho y le susu r r ó: Se lo voy a decir a la tía . Marc elino se acarició la calva
blanc a y pecos a, y res po n dió: La tía no te va a creer . Mam á tem bla b a y el reloj
de par e d , que yo her e d é y que me acom p a ñ a mient r a s escribo estos ret r a t o s , dio
una cam p a n a d a . Cons u elo me cree a mí , dijo Marc elino, con la vista perdi d a , y
salió del cuart o.
Carm e n sentí a asco y pavor. Nadie le había explica d o nunc a la sexualid a d,
ni siquie r a sus amiga s y comp a ñ e r a s , que en la déca d a del cua r e n t a era n paca t a s
e inoce n t e s . Había visto, natu r a l m e n t e , el apa r e a m i e n t o de los anim al e s en el
camp o y, cuan d o dor mí a n todos juntos en una sala de Almurfe, había oído sin
ente n d e r , y con los ojos cerr a d o s , el trajín de sus pad r e s . Pero no comp r e n d í a del
todo la mecá nic a y muc ho menos el acoso sexual. Y el terro r domé s tico la
domin a b a . El tío siemp r e esta b a cerc a, como un vampiro, y mam á tenía que
dormit a r con un ojo abiert o, y esta r todo el tiem po prep a r a d a , aten t a y vigilant e .
A veces, se trope z a b a con Marc elino y peg a b a un grito, y Consu elo se reía
asom b r a d a : Es increíble que seas tan asusta di z a, Carm e n .
La gra n preg u n t a , dura n t e esos mes e s diabólicos, era cuánt o sabrí a
Cons u elo. La tía era una esclava psicológic a de su espos o, pero ¿podía ignor a r lo
que est a b a pas a n d o bajo sus propia s narice s ? ¿Cons u elo sabía pero callab a ?
¿Sosp e c h a b a pero no se atr eví a siquie r a a formula r s e a sí mism a esa luctuo s a
intuición? Viendo que Carm e n volvía a perd e r peso y ánimos, un mediodí a
Cons u elo le preg u n t ó , lade a n d o la cabez a blanc a:
—¿Está s bien?
—Sí, ¿por qué? —se sobr e s al t ó mam á .
—Te veo mala cara—. Los ojos grise s de mi tía abuel a la escu d ri ñ a b a n .
Carm e n parp a d e ó unos insta n t e s , y enton c e s Cons u elo le ente r r ó el cuchillo: —
¿Alguie n te está hacie n d o algo?
Mam á dudó un segu n d o , pero luego negó, y la tía suspiró y cam bió de
tem a. La tía no iba a cree rl e. Nadie iba a hace rlo. Marc elino era, ante el mun do,
un gentl e m a n , y ella una hué rfa n a de toda orfan d a d que se había saca d o la
lotería. Cuar e n t a y cinco años des p u é s , una tard e en un café de Belgr a n o dond e
ahor a toma el té los domin go s con sus viejas amiga s espa ñ ol a s, mam á contó por
fin el temibl e secr e t o, y tuvo que remo n t a r la incre d ulid a d de algun a s : Marc elino
que dó en el recu e r d o como el para di g m a de la corr e c ció n y la bond a d . Yo, sin
sabe r lo que había ocur ri do, viví diecioc ho años con el cariños o tío de mi mad r e ,
lo llamé “abu elo” y est á asocia do a los mom e n t o s más felices de mi infanci a. Era
corr e c t o y era bond a d o s o, y tam bié n era un monst r u o: eso siem p r e me rec u e r d a
que todos pode m o s ser a la vez héro e s y canalla s.
Al final de una pers e c u ció n incan s a b l e , llena de pequ e ñ o s roces y
espel uz n a n t e s ratos, una tard e Marc elino se le tiró encim a y ma m á creyó por fin
que sería violad a. Fue ento nc e s que la car a se le puso lívida y que le salió de
ade n t r o la lava de los tiem p o s salvajes. Lo aga r r ó mal par a d o y le dio un fuert e
emp ujó n, y el tío se cayó al piso.
—¡Me voy a mat a r! —le dijo ella de corrido—. Voy a escribir una cart a para
Cons u elo y otra para los dem á s . Las voy a escon d e r para que las encu e n t r e n
cua n d o me tire al río en la Cost a n e r a , y para que todos se ente r e n de que uste d
es una mier d a.
Dio media vuelt a, subió las escale r a s y buscó una boca n a d a de aire fresco
en la terr a z a. Luego espe r ó que suce di e r a lo peor, pero nunc a más suce dió nada.
El horro r a un escá n d a l o par alizó a Marc elino, quien dejó de pers e g u i rl a, y jamá s
volvió a habla r s e del tem a en Ravign a ni 2323. Carm e n gua r d ó los det alles de esa
pesa dilla en un cofre imagin a rio y se tragó la llave, y mi pad r e , que convivió con
ese homb r e tres déc a d a s bajo el mis mo techo, se ente r ó de la bajeza recié n
cua n d o Marc elino fue sepult a d o en la Chac a ri t a .
La adole s c e n t e des a m p a r a d a tenía el fuert e man d a t o de que r e r a sus
mece n a s , y ellos de instrui rl a. Y se pue d e decir que ambo s cum plie ro n su papel
con exactit u d aunq u e sin verd a d e r a vocación. A lo largo de la vida, la falsa
imag e n que ciert a s pers o n a s proyec t a n de sí mism a s es tan exact a y verosí mil
que termi n a n creye n d o en ella. Se pued e decir que ma m á quiso much o a sus tíos,
y que tam bi é n los odió por su egoís m o y su afecto utilita rio, mient r a s que ellos
simula r o n ama rl a, y que tam bi é n se beneficia ro n usá n d ol a de criad a y de ador n o.
Fue una espe ci e de incons ci e n t e cruc e de conve ni e n ci a s bajo la facha d a del amor
filial. Pare c e , sin emb a r g o , más cruel de lo que res ultó: muchísi m a s relacion e s
mar avillos a s está n soste ni d a s subt e r r á n e a m e n t e por ese sutil canje de favore s, y
pue do anot a r en mi cuad e r n o veinte actos nobles que ma m á y sus tíos se
prodig a r o n en el tra n s c u r s o de esas déca d a s .
La instr u c ció n de mi mad r e , par a emp ez a r , fue dete r m i n a n t e . Los tíos le
ens e ñ a r o n a habla r y a man ej a r s e con propi e d a d , la inte r e s a r o n por el
espe c t á c u l o y tam bi é n por la política, por el bord a d o y por la músic a; le pag a r o n
un curso de dactilog r afía en la Pitm a n y una profes o r a partic ul a r de cort e y
confecció n. Marc elino se decía socialist a de Alfredo Palacios y era,
discr e t a m e n t e , ene mi go del peronis m o. Mam á leía en la escu el a La razón de mi
vida y cuan d o Evita murió de cánc e r llevó cres p ó n y fue condu ci d a en ómnib u s
escola r hast a el Congr e s o, subió unas escale r a s y vio de cerc a el ata ú d con
aquella fantá s tic a muñ e c a dor mi d a . No ent e n dí a much o, pero veía llorar a los
cabecitas negras y, a pesa r de los desd e ñ o s o s come n t a r i o s que se pron u n ci a b a n
en el living de su casa, Carm e n asociab a a esa muje r con el esple n d o r , y supu s o
que si los pobr e s moría n de pena, ella debía acom p a ñ a r l o s en el senti mi e n t o. No
siem p r e fue así: los espa ñ ol e s des a r r a p a d o s desp r e ci a r o n a los “neg ro s ” del
inte rio r en cua n to pudie ro n hac e r pie, y los espa ñ ol e s que se qued a r o n en la
mad r e patri a desp r e ci a r o n a los sudac a s que osab a n reg r e s a r en cuan t o la
econo mí a europ e a resc a t ó a Espa ñ a del queb r a n t o . Todo es hijo del miedo, la
estu pi d e z hum a n a tam bi é n.
Buenos Aires, en plen a revolución peronis t a, era un despilfar r o, y los tíos
se jubilaro n en 1952, jóvene s y en bue n a posición y con una pensión holga d a . Y
ento nc e s ma m á pidió per mi s o para busc a r trab ajo, y estuvie r o n quinc e días sin
habla rl e. Te trajimo s para que nos aco m p a ñ a r a s , no para que hicieras rancho
aparte , le dijo Marc elino en el final de esa veda. Quiero ganar algo de dinero
para man d ar a casa , res po n dió Carm e n . Pudo hab e r dicho: Y para ahorrar la
plata del pasaje de vuelta . Pero no lo dijo porq u e ya hacía un año, al insinu a r sus
dese o s de regr e s a r a Almurfe, el tío había sido contu n d e n t e : Ni sueñ e s con que
te vamo s a pagar ese viaje. Y con tu padre no pue d e s contar para nada, así que
de esto no se habla más . Marc elino denos t a b a a José de Sindo dond e y cua n d o
podía, y a ma m á le llega b a n siem p r e rumo r e s de que el carpin t e r o había
prog r e s a d o y tenía much a plata. Pero Boulog n e , dond e había abiert o la
carpin t e rí a , qued a b a dem a s i a d o lejos en todos los sentido s posibles. Y no había n
tent a cio n e s , ni des av e n e n c i a s ni educ a ció n ni esple n d o r e s pero nis t a s ni calore s
hum a n o s que logra r a n dome s tic a r la nost al gi a de aquella inmigr a n t e constit u tiva
que seguí a pens a n d o en una sola cosa: volver.
Los tíos no pudie ro n defen d e r dur a n t e mucho tiem po las posicion e s , y
mam á entró como apr e n d iz en la sast r e rí a Sport e c o y emp ezó a bailar los fines
de sem a n a en el Cang a s de Narc e a . Con los prim e r o s ahor r o s comp r ó ropa y
zapat o s para María del Escalón y sus hijos, y fue a desp a c h a r el paqu e t e por
Villalong a Furlon g, pero en aquellos tiem po s no se per mi tí a envia r prod u c t o s
nuevos, así que tuvo que salir a la calle y ras p a r las suelas par a que par e ci e r a n
usad a s . Una noche de sába d o y valsecitos se le hizo media hora tard e y
Marc elino la espe r a b a con gritos, ame n a z a s y recri mi n a cio n e s . Tembla b a la casa
ente r a , y mam á tomó un bolso y emp ezó a gua r d a r sus cosas. Cons u elo, llora n d o
y acarici á n d ol e el pelo con sus peq u e ñ a s manos rugos a s , la hizo ent r a r en
razon e s : Ya sabe s cómo es —dijo en voz bajísim a—. Es un dictador. No nos dejes,
Carm e n , no nos dejes solos . Mam á la abraz ó y llora ro n junt as , y junta s
desa r m a r o n el equip aj e.
Todos los vera no s acom p a ñ a b a a los tíos a Tandil o a Capilla del Monte,
dond e alquilab a n cuar t o s con cocina en posa d a s apaci ble s. Consu elo le ense ñ ó a
anda r en biciclet a y Carm e n ped al e a b a contr a el viento mira n d o las sierr a s y los
verde s, y le gust a b a cree r s e en Asturia s. Dura n t e uno de aqu ellos febre r o s
razon a bl e s que ya no existe n, un much a c h o se ena m o r ó de ella.
Se llama b a Luis y era hijo de una familia de Hurling h a m . Un moroc ho
pálido y afect u o s o que la festej a b a , cast a y lenta m e n t e , mient r a s sus padr e s
dep a r tí a n con Marc elino y Consu elo sobr e las vicisitud e s del país. Una tard e , los
tíos y la sobrin a baja ro n pas e a n d o al río y se choc a r o n con una hilera de diez
eucaliptos tallados a mano: en cada uno había un corazó n y una flecha, y una
“Car m e n ” y un “Luis” escritos con navaja y pacie n ci a sobr e el tronc o.
Mam á sabía del amor de oídas, y por mom e n t o s se sentí a comple t a m e n t e
ena m o r a d a , pero en realid a d no est a b a segu r a . Marc elino terció de una man e r a
quirú r gi c a : No voy a negar que no sea un buen muc ha c h o, Car m e n . Es un bue n
muc h a c h o y viene de una bue na familia. Pero tiene proble m a s de pul m ó n, un
principio de tuber c ulosis. Por eso lo trajeron a Córdoba. No te convie n e . Uno
sie m p r e ter mi n a cuidan d o enfer m o s . Consu elo, que no esta b a conve n ci d a , se
sumó a la ofensiva cum plie n d o órde n e s , y todo ter mi nó como había emp e z a d o .
Era un rom a n c e de vera n o, se dieron un beso en la mejilla y Luis, atra g a n t a d o , le
dijo: Nun ca voy a olvidarte .
Carm e n , en el juego de la hija inexpe r t a , les adjudicó dura n t e años a los
tíos la auto ri d a d de sabe r mejor que ella mism a lo que le conve ní a. Luego, como
todos los hijos, un día se rebeló contr a esa auto ri d a d y rompió con violencia ese
cont r a t o, y al final fue mad r e de sus tíos pero no pudo evita r ser manip ul a d a por
ellos has t a la ante s al a del final.
Los tíos se hiciero n ancia no s, y Consu elo pade ció art e rios cl e r o si s y emp ez ó
a perd e r el juicio, y los médicos le diagno s tic a r o n a Marc elino un cánc e r de
prós t a t a . La tía era un peligro en la cas a: dejab a el gas pre n di do y la pue r t a de
calle abier t a . Carm e n y Marc elino temí a n que un día se lastim a r a , o salier a y la
atro p ella r a un colectivo, o que se extravia r a par a siem p r e en el labe ri n t o de
Paler m o. Vivía en un limbo, y cuan d o hubo que inter n a r al tío, ma m á pidió una
licencia y vivió mes e s aten di e n d o a la vez los dos des a s t r e s .
Le consig uió a Marc elino una cam a en el Hospit al Espa ñ ol, y lo acom p a ñ ó
día y noch e, mient r a s él aullab a de dolor por culpa de las met á s t a s i s que
avanz a b a n sobr e su colum n a vert e b r al. Luego inter n ó a Consu elo en una clínica
geriát ric a . Y se dedicó a los dos con alma y vida, rebot a n d o de un lado a otro
como un zombi.
Llenísim a de preoc u p a ci o n e s y de aire fúne b r e , una noche cit a fue a cruza r
las vías de Arévalo y escuc h ó que alguie n grita b a dos palab r a s . Y que cuat ro o
cinco peato n e s , desd e la barr e r a , le hacía n un des es p e r a d o coro, y que esas dos
palab r a s era n: “cuida d o” y “seño r a ”. Al igual que en aqu el prim e r día a bordo del
buqu e Tucu m á n no se dio por aludid a, y de pront o abrió los ojos y se paró en
seco, y el tren le pasó rozan d o la frent e, atron á n d ol a y hacié n d ol a tamb al e a r con
su rugido y con su calien t e aliento de dra gó n. Cientos de pers o n a s murie r o n en
esa s vías por culpa de esa maldita curva. Pero aquel día la mue r t e le pasó de
largo a mi mad r e , y al poco tiem p o la mue r t e se apia dó de Marc elino y le dio su
tiro de gracia.
Pap á fue a busc a r m e a los cuar t e l e s de Paler m o, lo dejaro n ent r a r hast a el
Coma n d o , dond e yo cumplía la consc ri p ció n, y me dio la noticia. Le pedí que me
espe r a r a en el playón y toqu é la pue r t a del capit á n de mi comp a ñí a . El capit á n
me hizo pasa r, yo junt é mi talon e s y le hice la venia. Luego dije: Pido per mi so
para salir, mi capitán. Me infor m a n que acaba de morir mi abuelo . Tenía que
segui r habla n d o, pero gra n d e y recio como era, firme y todo, vestido de verd e
oliva y de pie frent e a mi supe rio r, el llanto me sacu dió como un viento ras a n t e .
El capitá n se puso colora d o y me dio salida.
Marc elino murió en 1980 y Consu elo nunc a lo supo. Comple t a m e n t e
confun di d a , nos decía que le faltab a alguie n. Me falta mi her m a n o , le aseg u r ó un
día a Carm e n con total convicción. Marc elino había sido el her m a n o domin a n t e
de toda una vida. Un año más tard e la tía sufrió, como Mino, una hemiplejía, y
que dó sin habla y sobr evivió cuar e n t a y ocho días finales hast a que se apa gó.
Mam á , como tant a s veces, no supo definir sus senti mi e n t o s . Lloró a sus
tíos, pero evocó sus maniob r a s y mezq ui n d a d e s , y tam bi é n su noblez a, y tuvo la
impr e sió n de que la realida d no era plana ni justa. La realid a d , como la Tierra ,
era redon d a y llena de car a s, y de luces y de somb r a s , y siem p r e girab a .
Se tiró en el sofá, a desc a n s a r de tant a agonía y tantos pésa m e s , y cerró los
ojos. Y vio a Marc elino y a Cons u elo en la sala de Ravign a ni. Los vio hast a en sus
mínimos det alle s. Esta b a n sent a d o s en los sillones de cuero color cre m a , y
escuc h a b a n con much a ate nción los argu m e n t o s de un visita n t e que tom a b a café
neg ro y movía lenta m e n t e los brazos. Mam á, a punto de dormi r s e , pest a ñ e a b a .
Era un homb r e atr a c tivo, pare cí a un actor de cine y habla b a con el corazó n.
Venía, en cierto modo, a pedir su mano. Ella en el pres e n t e casi dor mí a, y en el
pas a d o llega b a atra s a d a de la Pitm a n y se los encon t r a b a a los tres, alre d e d o r de
la estufa, cons pi r a n d o sobr e su futuro.
El reloj de Marc elino Calzón dio, en algu n a de las dos orillas del tiem po, la
últim a cam p a n a d a . Y enton c e s ma m á recon oció a Marci al.
6
Ma r c i a l
“¿Por qué habrán hecho pájaros tan
delicados y tan finos como esas golondrinas
de mar cuan do el océano es capaz de tanta
crueldad?”
ERNEST HEMINGWAY
Ahora que es jubilado y displice n t e , se consid e r a a sí mismo un millona rio
sin plat a. Cultiva, entr e otra s much a s rarez a s , una ciert a m e n t e asom b r o s a :
apre n dió a ser feliz con muy poco. Ese estoicis mo, que saca de las casillas a
mam á, se pare c e tanto a la pasivida d que sólo un expe r t o podría difer e n ci a r una
cosa de la otra. Nunc a fue un águila de los negocios, y todo lo que obtuvo fue con
tracció n a sang r e , sost e ni e n d o el dog m a de que el sacrificio es lo más grand e
que hay , y gracia s a la visión emp r e n d e d o r a de Car m e n , que cond ujo el barco en
medio de la borr a s c a y lo llevó a bue n pue r t o. Para hac e rlo, mam á tuvo que
met e r el cadáv e r de su propio pas a d o en el placa r d , mut a r gestos e idioma s y
adopt a r una nueva cultur a . Mi papá, en cam bio, se que dó det e ni d o en las época s
y los decir e s de cua n d o se hizo hom b r e a orillas del Cant á b r i co. Eligió así vivir
para siem p r e los míticos años de la juvent u d , y hoy que es un viejo es un joven a
quie n las arru g a s no pue d e n alcanz a r .
Pap á res ultó ser nieto de labr a d o r e s e hijo de un her r e r o asesin a d o en
Nor m a n dí a. Desd e años inme m o ri al e s los Fern á n d e z y los García viviero n en
Barcia, un pueblito marino aleda ñ o a un pintor e s c o pue r t o sitiado por pinos y
ubica d o a cien kilóme t r o s de Oviedo. Luarc a es una playa, un jardín, un bullicio,
un ir y venir de barco s de colore s, y es sobr e todo el arom a cambi a n t e de los
claveles, las rosa s, el atún fresco y el cong rio. Barcia siem p r e fue, en cam bio, un
barrio agrícola que le sigue perezo s a m e n t e los pasos.
Nicasio, mi abu elo pate r n o , tenía treint a y seis años y tres hijos de un
ant e rio r mat ri m o ni o cuan d o ena m o r ó a una chica de dieciocho que se llama b a
Valentin a. Los tres her m a n a s t r o s de pap á siguie ro n viviendo en cas a de su
abuel a, que era una mujer rec elos a. Una de esas her m a n a s t r a s murió de
tube r c ul o si s en su propia cam a, y Pepín, el meno r, fue des t roz a d o por un cañón
en la bat alla de Teru el. Sólo que dó en pie mi tía Justa, que conocí cua n d o a los
ocho años mam á me subió de la mano a Barcia por un send e r o de hier b a s y
sem b r a d ío s .
El viudo, prom e di a n d o la déca d a del 20, ace pt ó en prés t a m o la cas a de un
amigo, reincidió con Valentin a y la emb a r a z ó nueve veces, si se cuen t a n dos
mellizos que nacie r o n mue r t o s. El mayor de los her m a n o s se llamó Ramón, y se
dedicó a la pesc a. El segu n d o fue Balbino, que murió joven de una enfer m e d a d
pulmon a r contr aí d a en las mina s astu ri a n a s . El terc e r o res ultó Ángel, un hom b r e
invencibl e al que venció un cánc e r pre m a t u r o . El cuar t o fue Marcial, y sigue n las
firm as .
La vieja cas a tenía anexa d o un taller dond e Nicasio fabric a b a cuchillas,
hoce s y gua d a ñ a s par a vend e r en las ferias. Era un tipazo de ancho s homb r o s ,
fuerz a desco m u n a l y pulso firme que domin a b a por igual los met al e s y los
caballos. Los fines de sem a n a se embo r r a c h a b a , pero nunc a perdí a los estribos.
Un sáb a d o de vinos le apos tó a un parr o q ui a n o que él podrí a mont a r a su yegu a
indom a bl e . La rodeó desp a cio, la tomó de las crine s, le mur m u r ó unas palab r a s y
la montó de un salto: ent ró con ella a la tabe r n a y la frenó sobr e el most r a d o r en
medio de escá n d a l o s y risas.
Los hijos aprove c h a b a n esas peq u e ñ a s distr a c cio n e s para eludir el trab ajo
y corr e r por los maizale s hast a la playa. Jugab a n a la pelot a y nad a b a n un largo
rato. Nicasio los espe r a b a siem p r e con los rigor e s del cintu r ó n. A pap á lo
metie ro n , par a ens e ñ a r l e a nad a r , en un pequ e ñ o bote mar ade n t r o y lo
emp uj a r o n al agua. La des e s p e r a c i ó n, en cas a de los Fern á n d e z García, siem p r e
fue bue n a didác tic a .
Una tard e, ya adoles c e n t e , Marcial comp r o b ó que la mar no era inofensiva.
Trans pi r a d o como esta b a , luego de desc a r g a r papa s en un pra d o vecino, se quitó
la ropa y se arrojó al océa n o. Nad a b a norm al m e n t e mil met r o s hast a una roca,
desc a n s a b a unos minuto s y volvía sin desp ei n a r s e ni forzar el aliento. Pero a
mitad de ese extra ñ o ata r d e c e r , con la playa desie r t a y sin emb a r c a c i o n e s ni
sere s hum a n o s a la vista, pap á se dio cuen t a de que los músc ulos no le
res po n dí a n y que jamá s alcanz a rí a la piedr a . Se dio vuelta como si un carg u e r o
le colga r a de la cintu r a , y brac e ó hacia la tierr a con toda s sus fuerz a s. A las
cincu e n t a braz a d a s lo acos a r o n los cala m b r e s y le faltó el aire, y con fría lucidez
percibió que nadie podía ayud a rlo y que se ahog a rí a. No quiso imagin a r la
mue r t e , pero result a que esa estú pi d a se le metía por la boca, por la nariz, por
los ojos y por las oreja s. Arre m e t ió, como luego haría con la vida, ciega m e n t e
hacia adela n t e , susp e n di e n d o las espe r a n z a s y los conflictos, y cerr a d o a todo
pens a m i e n t o inútil. En algú n mom e n t o hizo pie pero desco nfió de la mare a y de
su propio equilibrio, y llegó arra s t r á n d o s e a la orilla, y gate ó en cuat r o pata s por
el bar ro hast a la are n a seca, y sólo ento nc e s se tiró boca arrib a.
Mi abu elo, que nunc a se ente r ó de esa trave s u r a mort al, era jefe de un
comité que ayud a b a a los pobr e s . Cuan d o se des a t ó la gue r r a civil, tuvo la
cert e z a de que los falangis t a s vendrí a n a degolla rlo. Como decía Queve d o, no
que d a b a ento nc e s más que batirs e . Reunió a toda su familia y les explicó a los
hijos que tend rí a n que cuida r de su mad r e, y le advirtió a Pepín que no se
alist a r a de volunt a rio ni para com e r. Pepín era valient e, pero la sueg r a de
Nicasio le metía en la cabez a las ideas del franq ui s m o . Nicasio ignoró los odios
de esa mujer y ni siquie r a inten t ó modifica r las inocen t e s conviccion e s de su
primog é ni t o. Echó su bolsa al hom b r o, abraz ó a todos, se unió a un grupo de
veint e repu blic a n o s y juntos se fueron camin a n d o en silencio a los mont e s y a la
bat alla. Pepín, poco des p u é s , se alistó en el band o cont r a ri o, y es un milag ro que
padr e e hijo no se haya n enfre n t a d o a los tiros en los cam p o s de comb a t e .
Un mediodí a Marcial vio llega r al alcald e y entr a r en la cas a de su
her m a n a s t r a para darle una mala noticia. Y escuc h ó a Justa pega n d o gritos de
locur a y de miedo. Pepín había mue r t o en Teru el, los frag m e n t o s de su cuer p o
había n que d a d o dise mi n a d o s por los terr e n o s de la infant e rí a y no podía dárs el e
siquie r a cristia n a sepult u r a .
El amigo de Nicasio que les había pres t a d o la cas a fue enca r c el a d o junto a
muc ho s otros, y todos los días fusilab a n a cuat ro o cinco vecinos. Lo salvó la
influe nci a policial que tenía un ricac hó n de alma rebla n d e ci d a . El amigo de mi
abuelo cons e rv a b a su hacie n d a y, para que no agoniz a r a n de ham b r e , les ofreció
a Valentin a y a sus hijos todo lo que gua r d a b a en su hórr e o. Así se deno mi n a a
una sue rt e de gran e r o de altos pilotes y tejas a cuat r o agu a s dond e se gua r d a n , a
un par de met ro s de altur a, los frutos de la tierr a. El prim e r hórr e o que vi en mi
vida era una carica t u r a vacía que tenía n, y tiene n como emble m a , en el Cent r o
Asturi a n o de Buenos Aires, esa Asturi a s de ficción dond e los dest e r r a d o s simula n
vivir en aqu el tiem po y en aquella patri a.
Fue gracia s a ese hórr e o que los Fer n á n d e z García, trapos y porqu e ría , los
parie n t e s más escu álido s de Barcia y sus confine s, sobrevivie ro n al ham b r e de la
gue r r a y a la orfand a d . Llevab a n una vida aust e r a y silvest r e , se bañ a b a n en un
riacho, caga b a n ent r e arb u s t o s y se limpia b a n con plant a s . Y era n
per m a n e n t e m e n t e acos a d o s por el franq uis m o triunfa n t e : la novia de Pepín,
luego de los breve s lutos, se refre g a b a con un gua r di a civil, y lo alent a b a en
secr e t o a que regist r a r a una y otra vez la casa de Nicasio. El ama n t e , con fusil y
peq u e ñ a tropa, le daba el gusto: cada sem a n a req uis a b a a los Fern á n d e z García
y pre g u n t a b a por el ause n t e . Valentin a , impot e n t e ante tanto atrop ello, tomó un
día las cart a s y fotos que su marido les enviab a desd e el frent e, y pidió habla r
con el jefe del verd u g o. El capit á n comp r e n d i ó que mi abu elo no esta b a
escon di do en el mont e y muchísi m o menos que se refugia b a de tanto en tanto en
su propia cas a, y percibió tam bié n que el guar di a civil actu a b a por motivacio n e s
pers o n al e s . Le orde n ó que deja r a en paz a esa familia, y así fue como el buitr e se
dedicó por diversió n a otra s pres a s . En una peñ a, quiso sobr a r una noch e a unos
mont a ñ e s e s y éstos lo mat a r o n a puñe t a z o s y lo tira ro n des d e lo alto de un
pue n t e .
La prim e r a cart a que Nicasio escribió emp e z a b a dicien d o: “Cuá n t a s veces
pens é en vosot ros”. Era n misivas rápid a s y cariños a s , que burla b a n el cerco y
mostr a b a n a un homb r e que no emp u ñ a b a arm a s sino her r a m i e n t a s : rem a c h a b a
pue n t e s , repa r a b a pistola s y bayon e t a s , y trab aj a b a el hier ro fundido de los
reb eld e s en toda Espa ñ a . Luego, pers e g u i d o en la derro t a , cruzó junto a otros la
front e r a y se refugió en una gra nja franc e s a . Allí lo sorpr e n di ó la Segu n d a
Guer r a Mundi al y el des e m b a r c o de Norm a n d í a . Un día las cart a s cesa r o n y se
sobr e n t e n d i ó en Barcia que Nicasio había mue r t o. Un abog a d o , varios años
desp u é s , le confir mó a mi abu ela que el cadáv e r había sido ent e r r a d o en una fosa
anóni m a a pocos kilóme t r o s del mar del Día D, y much o s trá mit e s y lustro s más
tard e el Esta do alem á n admitió la res po n s a b ilid a d e inde m nizó a Valentin a con
una pensió n.
Pero nadie podía ase g u r a r nad a en aqu ellos tiem p o s sinies t ro s . Un
ciuda d a n o de Luarc a , que había parti do a la lucha, fue dado por mue r t o luego de
varios años de desa p a ri ció n. Su muje r, creyé n d olo en el cielo, se casó con otro
astu ri a n o. Cuan d o el prim e r o reg r e s ó y desc u b ri ó la des g r a ci a, tomó sus trapo s
con la resig n a ció n del destino y se marc h ó para no emp e o r a r las cosas. Mi
abuel a Valentin a, que al final era afect a a los culeb r o n e s , me lo contó pelan d o
una per a con la mism a indole ncia con que se cuen t a la rea p a ri ción de un luna r.
Su familia agu a n t ó como pudo las manifes t a ci o n e s de los franq ui s t a s de
prim e r a y últim a hora que festeja b a n la recu p e r a c i ó n de Oviedo o la toma de
León, par a n d o frent e a cada cas a de cada repu blica n o y dedic á n d ol e cantos
ame n a z a n t e s y fieros insultos. En la calle, en la escu el a, en el cam po o en la mar,
los hijos de los vence d o r e s deg r a d a b a n a los hijos de los vencidos con un epítet o.
¡Rojos! , les grita b a n . Papá y sus her m a n o s no se sentía n rojos ni blanco s, y
esta b a n tan lejos del marxis m o leninis m o como de la Argenti n a , pero
reac cion a b a n con puños, pat a d a s y codazo s. Marcial recu e r d a pelea s colectiva s
de a dece n a s , espald a con espald a y rom pi e n d o narice s y boca s, y volviend o
aleg r e s y sang r a n t e s por el pra do, mient r a s cant a b a n : Ellos eran cuatro y
nosotro s ocho. Qué paliza les dimos, qué paliza les dimos … ellos a nosotro s .
A los quinc e años Marci al plant a b a eucalipt o s en el giga n t e s c o vivero de
Luarc a y a los dieciséis abría cueva s para los gran d e s pinos a sueldo de la
Fore s t al. A los diecisiet e, tem bl a n d o de miedo, mintió la mayorí a de eda d a un
capa t a z falangis t a para que lo tom a r a n en el Ferro c a r r il. Pico y pala, y luego
ayud a n t e de barr e n e r o . Aquel trab ajo era emocion a n t e : había que apr e n d e r a
man ej a r la dina mit a y abrir túnel e s en las mont a ñ a s de gra ni to. Marci al enc e n dí a
las mech a s y echa b a a corr e r, y de pronto el mun do se venía abajo: polvo y
piedr a s lo alcanz a b a n , y los oídos par e cí a n est alla r. A esos juegos deb e una
lesión crónic a en el pulmón y una sord e r a mal disimul a d a .
Una mañ a n a el capa t a z hizo mal los cálculos, la explosión provocó un
der r u m b e y pap á y su comp a ñ e r o de mech a que d a r o n atra p a d o s en la oscurid a d
y en el dolor. Sac a r o n a Marcial con un tajo en la frent e y una hendid u r a en el
crá n e o. Aturdido percibió que su comp a ñ e r o seguía ade n t r o y volvió a busc a rlo
con un farol. En la penu m b r a , y a los gritos, vio las piern a s y tiró de ellas. Su
comp a ñ e r o vivió y festejó su buen a fortun a , pero murió al poco tiem po por culpa
de los golpes y quizás tam bi é n por ese enfe r mizo polvo de sílice que las prec a ri a s
masc a rilla s de enton c e s no repelía n.
Pap á era apue s t o y muy bue n bailarín, hec hiza b a a las chicas de los
pue blos, pero no llegab a muy lejos porq u e no result a b a un buen partido. Era
Marci al de Valentin a , y eso en la región sólo podía significa r una cosa: much a
pint a y poco cobr e. Se anotó en la Marin a, tuvo dos mes e s de instr u c ció n y
nave g ó dos años en el cruc e r o Galicia, un buqu e de 175 met ro s y 650
tripula n t e s . Aquella aven t u r a lo llevarí a a las costa s del África y a todos los
pue r t o s de Espa ñ a , Cana ri a s y Portu g a l, y tem pl a rí a definitiva m e n t e este
cará c t e r impasi ble de héro e de película. Hay que decirlo: mi padr e admir a b a y se
pare cí a a Tyrone Power, el tore ro trá gico de “San g r e y are n a ” y el vigoroso
espa d a c hí n del “Cisne neg ro”. No carg a b a capa, ni mulet a ni espa d a , y jamá s
ena m o r ó a Rita Haywor t h, pero apre n dió a usar el máus e r , se dejó el bigotito de
Diego de la Vega y se recibió de galán serio en Vigo, La Coru ñ a , Cádiz y Ferrol.
Bien es cierto que sus máxim a s alegrí a s las tuvo en casa s de citas, a 15 pes e t a s
la hora, pero el impec a bl e unifor m e blanco le había refina d o la est a m p a y a
partir de enton c e s le sobr a r o n novias y proble m a s senti m e n t a l e s .
A bordo lo llam a b a n “Asturia s ”, prac tic a b a boxeo con unos vascos y un día
en el sollado le rompió la man dí b ul a a un gallego que lo azuza b a . Sólo una vez en
toda esa temp o r a d a supo lo que era el miedo en el cruce r o Galicia. Fue
precis a m e n t e en la costa galleg a. Marcial hacía gua r di a en el pue n t e y una
furiosa tem p e s t a d levant ó olas monu m e n t a l e s y entor n ó el barco. La tripula ció n
bailó dura n t e hora s y las ráfa g a s hura c a n a d a s ame n a z a r o n con enviar a ese
inme n s o acor az a d o al mis mísi m o fondo del mar. Las cade n a s se rom pi e r o n y
desd e su pues t o papá vio cómo uno de los bote s later al e s se desp r e n d í a y cómo
el viento lo alzab a gracios a m e n t e en el aire y lo emp uj a b a cont r a los vidrios de la
oficina del com a n d a n t e . Los vidrios se pulve riza r o n y la odise a contin uó hora s y
hora s, que par e cie r o n días y sem a n a s , hast a que el peligro se aventó y la mar les
franq u e ó el paso.
Regr e s ó de la mili con trab ajo aseg u r a d o en La Term a S.A., pero su
her m a n a Luisa, y por end e su mad r e , est a b a n entusi a s m a d a s con la idea de
vende r lo poco que tenía n y segui r el camino de sus tías, quien e s se las
reb u s c a b a n en ciert a ciuda d que crecía sobr e el Río de la Plat a. Los her m a n o s
estuvie ro n de acue r d o , pero Ramón se había cas a d o y dijo que se qued a b a . Se
que dó, y fue much a s veces a la pesc a del bonito en las costa s de Fra n ci a, y
pesc a r fue su vida. Y pue do decir que ahor a está mue r t o, pero que yo dor mí
algu n a vez en su mar avillos a cas a, al bord e de un aca n tila d o que visita n de
mañ a n a y de tard e las gaviot a s.
Cuan d o tenía n todo arr e gl a d o para viajar, y ya no había reto r n o, el cóns ul
arg e n ti n o se puso meticulos o con la visa. Desp a c h a b a a ciento s de astu ri a n o s por
hora y se daba el lujo de pone r objecion e s ridícula s. Era n tan ridícul as que
pare cí a n el sebo de algu n a coima. El cóns ul det ec t ó un dedo mocho en la mano
izquie r d a de Valentin a y decr e t ó que esa lesión la hacía inútil para el trab ajo, y
por lo tanto inviable par a emigr a r . Sin diner o, sin tiem po y sin chanc e s , Marci al
recu r ri ó a su prima, que era cocine r a del gobe r n a d o r , y éste fue mag n á ni m o y
ejecu tivo. El cóns ul reculó y firmó los pap ele s a rega ñ a d i e n t e s , y el buqu e de
carg a Entr e Ríos los llevó a la otra orilla del mun do.
Acam p a r o n en un depa r t a m e n t o de plant a baja del barrio de Paler m o,
apre t a dí si m o s por el esp acio, que comp a r t í a n con tías y primos, y apre mi a d o s
por encon t r a r empleo. Algunos consigui e r o n conch a b o s en la gast r o n o m í a . Luisa
se anotó en la fábrica de media s Reina Cristin a, que que d a b a en Bonplan d y
Hond u r a s . Y pap á, luego de carg a r cajone s en la Biecke r t, apre n dió a fabric a r
caños y fue oficial de radia d o r e s en una plant a de la calle Arévalo.
Paler m o, que en la prim e rísi m a olea d a de inmigr a n t e s había sido invadido
por calab r e s e s y napolita n o s , cobijab a en los años cuar e n t a a la gran familia
espa ñ ol a. A eso se debió, en part e, que Carm e n y Marci al se trope z a r a n en el
Cang a s de Narc e a y le diera n una nueva vuelta de tuerc a a esta historia. Pero no
es meno s cierto que, en cua nt o pudie r o n levan t a r cabez a, la viuda y los hijos de
Nicasio alquila ro n un dep a r t a m e n t o amplio en la calle Montiel y se fuga ro n a
Mat a d e r o s . Qued a r o n en el bar rio pap á fabric a n d o radia d o r e s y mi tío Ángel, que
todavía es una leyen d a por los cafetin e s de Córdo b a y de Niceto Vega. Ángel
man ej a b a un camión de larga dista n ci a y tenía fama de camo r r e r o . Ciert a vez
tuvo un roce con un chofe r italiano y le rom pió la car a con una llave ingles a. El
italiano fue a para r al hospit al y mi tío a la comis a rí a, y luego se hiciero n íntimos
amigos. El tano most r a b a con orgullo la tre m e n d a cicat riz que le había dejado, y
solían jugar juntos al billar y toma r fern e t en las tard e s bucólica s.
Ángel no tenía caso. Fum a b a cien cigar rillos por día, levant a b a a pulso una
mes a de pool para gan a r una apu e s t a , volvía con la camis a rota y ens a n g r e n t a d a
de la canc h a , se rebel a b a contr a los vigilant e s y cada dos por tres la emp r e s a
tenía que ir a resc a t a r l o de algun a seccion al. Articula b a una risa mefistofélica y
agua r d e n t o s a , y vivía en un conven tillo con una mujer desori e n t a d a y enigm á ti c a
que termi nó en un neur o p si q ui á t ri c o. De chico yo lo admir a b a y le temía. Con un
cuchillo, era capaz de la más sofistica d a arte s a n í a: una noch e qued é fascina d o
por un barco de mad e r a que había cons t r ui d o hast a en sus mínimos det alle s. Era
un tra n s a tl á n t i c o del tam a ñ o de su brazo, pint a d o de blanco y de azul con pincel
y pacie n ci a. Aquel homb r e violento era un delicad o artis t a . Me vio los ojos tan
gra n d e s , que me reg aló esa miniat u r a que yo ateso r é dura n t e años has t a que la
gra s a del tiem p o y la hum e d a d del olvido la enmo h e ci e r o n y astilla ro n. El cánc e r
ter mi n al y la esquizofr e ni a de su espos a se decla r a r o n simultá n e a m e n t e , y no
pue do recor d a r qué se dijo en su fune r al.
Marci al fue muy amigo de su her m a n o , a quien per do n a b a por sus
des m e s u r a s , pero pert e n e c í a a otra espe ci e del géne r o hum a n o. Papá era un
jornale r o de tra b ajo s forzado s de día y un caballer o impoluto de noch e, un
príncip e en las velad a s sociales y un esclavo en las labor e s diarias. Per mitía que,
como la mar, el destino toma r a decision e s en su nomb r e , sabie n d o de ante m a n o
que es ilusoria la auto d e t e r m i n a c i ó n de los individuo s, y se dejab a llevar así por
las corrie n t e s marin a s . A ese fatalis mo se debe la mans e d u m b r e con que acep t ó
tras pl a n t a r s e , huir frívola m e n t e de su tierr a y pade c e r cincu e n t a años de
añor a n z a s . Intuyó algun a vez que a mayor concien ci a mayor desdic h a , y que no
debía pre g u n t a r s e dem a si a d o , pues t o que todo a nues t r o alred e d o r , salvo la
mue r t e , suele ser niebla, confusión y eng a ñ o. Hay que brac e a r sin espe r a r nad a,
barr e n a r el gra nito sin miedo al derr u m b e y man t e n e r s e firme en el pue n t e hast a
que amain e el temp o r a l. Pued e ser que, con un poco de suert e, la vida nos
per mit a gat e a r en las orillas y der r u m b a r n o s por fin al sol.
Pap á soste ní a, como cualqui e r inmigr a n t e , que se avanz a b a sufrien d o, y
que por lo tant o sufrir es avanz a r . Pero cedió el timón a Dios, al azar y a mi
mad r e, se hizo inmun e a las gra n d e s ambicion e s y a pes a r de los dolore s de
cabez a que le espe r a b a n supo const r ui r s e este pequ e ñ o man u al de felicida d
pers o n al del que jamá s se apar t ó. Fue enton c e s feliz a pes a r de que odiab a a los
arg e n ti n o s , quien e s trat a b a n des p e c tiva m e n t e a los espa ñ ol e s , y tam bi é n a la
Repú blic a Argen ti n a, culpa bl e de no ser Asturia s. Lidiab a con mi país de lunes a
viern e s , pero rever d e cí a con el suyo los sába d o s y doming o s: mi padr e se hizo
ciuda d a n o ilustr e de una patria fant a s m a l cons t r ui d a por la colonia arg e n t i n a de
astu ri a n o s . Gracia s a esa sect a sufrida, en sus pista s y dominios, Tyrone Powe r
pisó fuert e y sedujo a una s cuan t a s ante s de sedu ci r a Car mi n a.
Le tocó suave m e n t e el brazo y saliero n a bailar un pasodo bl e que digita b a
con entu sia s m o la orqu e s t a de Feito: una gaita, un clarine t e y un ené r gic o
tam bo r. Mimí bailab a con una comp a ñ e r a de Sport e c o y los relojea b a de tanto en
tanto, y su her m a n o Jesús se sintió un día en la nec e si d a d de adve r ti rl e a Marci al
que Car m e n tenía unos tíos muy severo s y que no podía espe r a r más que repa r o s
y zanca dillas. Papá se encogió de homb r o s y le res po n di ó: No me importa . Creo
que con el corr e r de las sem a n a s se había ena m o r a d o . Le prop u s o a mam á
noviazgo mient r a s Feito tocab a “La espa ñ ol a cuan d o besa”. Mam á, que nunc a
había bes a d o, le dijo sin convicción: De eso nada . Y pronto se cas a r o n.
7
Mar y
“Los sere s hu m a n o s perde m o s la vida
busca n d o cosas que ya he m o s encon t ra d o.”
TOMÁS ELOY MARTÍNEZ
Cuar e n t a y cinco años des p u é s de aquella prim e r a decla r a c ió n de amor mis
padr e s no logra b a n otra cosa que per m a n e c e r juntos bajo el mismo techo. El
salitre de la vida los había des g a s t a d o , y lo suyo no pasa b a , como tant a s otra s
parej a s marc hi t a s , de una solida rid a d otoñal, una vieja costu m b r e que no tenía
estrid e n c i a s ni rem e dio. Sintoniz a b a n frecu e n ci a s difer e n t e s , y cada uno hacía
con sus años finales, y en libert a d condicion al, lo que se les venía en gan a. Sin
emb a r g o , las antig u a s lesione s pulmo n a r e s de Marcial lo acab a b a n de man d a r a
la Clínica Bazte r ric a y Carm e n , bue n a sam a ri t a n a , le había pres t a d o más
ate nción y servicio. Luego pap á, convalecie n t e , en repos o obliga to rio y lejos de
sus partid a s de tute cabr e r o, pare cí a en su casa un león enjaul a d o. Dura n t e el
ominoso atar d e c e r del miércol e s 24 de ene r o de 2001, él sintió los dese o s
irrefre n a b l e s de res pir a r aire puro y ella consintió, luego de muchísi m o tiemp o
sin salir solos a ningu n a part e , en acom p a ñ a r l o a tom a r un doble y un cort a d o en
el café Las Azuce n a s .
Sobr e la avenid a Sant a Fe y a met ro s de Hum b ol d t, nada que d a ya de un
estr e c h o quiosco de cigar rillos y golosina s que solía vende rl e s , en su époc a de
novios, peq u e ñ a s novelita s usad a s . Mam á seguí a a Corín Tellado y pap á a
Marci al Lafue n t e Estefa ní a. Roma n c e s bara t o s y dispa ro s de mentir a . Mis pad r e s
era n, más de lo que hoy son capa c e s de admitir, inten s a m e n t e felices. Y se les
cruzó por la cabez a ese dulce recu e r d o aquel miérc ole s negro al elegir una mes a
apa r t a d a y al romp e r con ese simple acto las regla s unive r s a l e s de la mut u a
indifer e n ci a .
Dios, comple t a m e n t e asom b r a d o , des a t ó un diluvio.
Caye ro n en ese preciso mom e n t o , y dura n t e una hora y media, oche n t a
milíme t r o s de agu a, el arroyo Maldon a d o inundó Juan B. Justo y partió a la
ciuda d en dos, y la lluvia ane gó el subs u el o de un geriá t rico de Belgr a n o R y
ahogó a cuat r o ancia no s . Carm e n y Marci al sólo que rí a n pasa r un rato para
desp u é s volver a la nada, pero Pue nt e Pacífico se volvió un caos, el agu a subió
por los escalo n e s de Las Azucen a s y rompió sus vidrios, y atra p a d o s en el par aís o
per di do no pudie r o n más que mira r s e frent e a frent e y ser por unas hora s los que
había n sido.
Había n sido aquellos ena m o r a d o s del Rosed al, aqu ellos bailarin e s esbelto s
y tam bié n aqu ellos muc h a c h o s de matin é que mira b a n con calca do fervor los
gestos impe n e t r a b l e s de Gary Coope r y los gemido s melod r a m á t i c o s de Antonio
Molina. Novios azaros o s de fines de los cincu e n t a , flores de jardin e s lejanos.
Mam á jura aún hoy en día que no est a b a chiflad a por aquel homb r e
apue s t o, pero admit e que se dejab a llevar por el juego más viejo del mund o: el
príncip e azul al resc a t e de la princ e s a capt u r a d a por sus malvad o s tíos. Nada de
eso res ult a b a cierto ni creíble, todo era enso ñ a ció n juvenil, pero de esas utopía s
secr e t a s nace a men u d o el amor, y de esos débiles eslabo n e s devie n e n fuert e s
cade n a s . Los defecto s provisorios de la vida son al principio una gelatin a , luego
una mas a, des p u é s un cem e n t o, al final una piedr a .
Más que la pasión mis pad r e s recu e r d a n la risa: se reían de todo y les
brillab a la vida dura n t e aqu el noviazgo largo, leve y sin diside n ci a s. Car m e n se
había tom a d o varios días par a res po n d e r si acep t a b a , pero cuan d o finalm e n t e lo
hizo, Marci al la llevó del talle y del brazo por una alfom b r a mullida.
Una tard e la cosa pasó a mayor e s . Marci al tocó el timbr e de Ravign a ni
creye n d o que, como siemp r e , Carm e n saldrí a cambi a d a , perfu m a d a y lista par a
el pas e o, y se encon t r ó con que los tíos le decía n que est a b a demo r a d a en
meca n o g r a fí a y que entr a r a a conver s a r un rato. Se sent a r o n en el living, junto a
la estufa, y los ancia no s lo inter r o g a r o n ama ble m e n t e sobr e su árbol gen e aló gic o
y sobr e la mist e rio s a conve ni e n ci a de fabric a r radia do r e s .
—Miren —les dijo Marcial—, quiero que sepa n que esto va muy en serio y
que piens o casa r m e con Carm e n . Aunqu e, como comp r e n d e r á n , todavía no estoy
en condicion e s .
Los tíos comp r e n d í a n . Las “condicion e s ” de las que habla b a el novio era n
trist e m e n t e econó mi c a s , y mient r a s la novia no venía los tres deba tí a n sobr e el
rum b o que ella debía toma r, pero cuan d o la novia llegó cam bi a r o n de tem a. Al
día siguien t e , mient r a s desay u n a b a n , ma m á les preg u n t ó qué les había par e ci do.
Marc elino fue, una vez más, quirú r gi c o y lapida rio: Es un buen muc ha c h o, pero
no tiene futuro . En esta ocasión, sin emb a r g o , Carm e n se mant uvo en sus trec e y
el asun t o se le esca p ó a Marc elino de las mano s: papá pres e n t ó a ma m á a toda
su familia dur a n t e una faba d a en el Cent r o Asturi a n o, y la carav a n a de la boda se
puso en movimie n t o.
Cons u elo le hizo ver a su esposo que no tenía n argu m e n t o s objetivos par a
resistir s e , y ambo s se pas a r o n sem a n a s y sem a n a s refunfu ñ a n d o una pena.
Alguna s veces Marc elino le roga b a a su sobrin a que lo pens a r a mejor, y de hecho
la obliga r o n a escribirle a María del Escalón una cart a a seis mano s en la que
que d a r a n en claro toda s y cada una de las circu n s t a n ci a s . Mi abuel a respo n dió,
dos mes e s más tard e, que confiab a en el buen juicio de Carmi n a y de sus tutor e s ,
y que fuera n felices y comie r a n perdic e s.
Asever a mi mad r e que casi no se dio cuent a de que ese matri m o nio
comb a ti d o era como una ara ñ a que tejía una tela sólida e invisible alre d e d o r
suyo, y que, una vez consu m a d o , ella que d a r í a atr a p a d a para toda la eter ni d a d
en sus red e s . Nunc a estuvo tan lejos de volver a su pat ri a como en aqu ellos
mom e n t o s equívocos. A veces no vemos, otra s no que r e m o s ver lo que nos est á
pas a n d o . Voltea m o s irre s p o n s a b l e m e n t e las piezas del dominó creye n d o que no
es un juego intelige n t e y que el destino es un azar volunt a rios o. Mucho s piens a n ,
como pas a con el destino, que el dominó es un juego zonzo y que se lo pue d e
juga r pens a n d o en cualquie r otra cosa. El dominó es, en realid a d, una espe ci e de
ajed r e z. Hay que imagin a r los próximos cinco movimie n t o s y preve r las
artim a ñ a s de los contri nc a n t e s . El destino, sin una lucidez históric a, es
habit u al m e n t e una tra m p a anu ncia d a . Las piezas fuero n caye n d o una a una,
mient r a s mi mad r e dor mí a con su cabez a de novia, y cua n d o des p e r t ó desc u b ri ó
que est a b a casa d a y ende u d a d a , que tenía dos hijos y que ya era compl e t a m e n t e
imposibl e volver la partid a atrá s y regr e s a r al pueblo adon d e pert e n e c í a .
Una noche de lluvia tropic al, Marcial les explicó a los tíos en las ban q u e t a s
del patio, bajo el toldo de lona, que la situa ción era irreve r si bl e. Y los tíos se
pusie ro n de rodillas para que su sobrin a no los aban d o n a r a . No nos dejen, qué
vam os a hacer, quién va a cuidar nos . Marc elino, lagri m e a n d o , ofreció edifica r en
la terr a z a un dor mit o rio, un baño y una cocina, y pidió a cam bio que ellos
corri e r a n con la mitad de los gas tos. Usó argu m e n t o s familiar e s , sentim e n t a l e s ,
come r ci al e s , arq uit e c t ó ni c o s y hum a ni t a ri o s . Papá tenía decidido alquilar, como
el tío Ángel, una pieza en un inquilina t o, pero Car m e n abra zó a su tía, sintió
rem o r di mi e n t o s y cedió a la tent a ció n. Para no malquis t a r s e con sus “sueg r o s ”,
Marci al se rindió a la ofensiva y se encogió de hom b r o s .
Al día siguien t e viajaro n de la mano en tre n a Boulog n e y, mag n á n i m o y
asom b r a d o , José de Sindo los recibió en su promiso rio taller de carpin t e r í a . Era
ya un hom b r e adine r a d o . Se había comp r a d o máq ui n a s impre sio n a n t e s , tenía un
bat allón de carpin t e r o s a sus órde n e s , y fabrica b a mue bl e s para una cade n a de
farm a ci a s y para la burg u e s í a de Recolet a y Barrio Nort e. Invitab a a sus amigos
a los rest a u r a n t e s más caros, anda b a en autos de alquile r con chofer propio y le
había regal a d o a su am a n t e una fábric a de pulóver e s y una cas a lujosa sobre una
esqui n a . Su ama n t e le había pedido que todo estuvie r a a su nom b r e: María no es
tu espos a.
José, impr e sio n a d o por la bellez a y mad u r e z de Carm e n , rep r e s e n t ó el
papel de gran benefa c t o r con Marcial, y les prom e tió que trab aj a rí a con sus
propia s mano s par a amu e bl a rl e s el nido. Pero pas a r o n los mes e s y los mue ble s
nunc a llega ro n , y ento nc e s Cons u elo lo llamó por teléfono par a anun ci a rl e que
sería el pad ri no de la boda, y mi abuelo man dó un flete relá m p a g o con una
cocina Longvie. Era un reg alo gra n dios o si se tiene en cuen t a que, asfixiado s por
las deud a s , vivieron cinco años sin helad e r a . Mis pad r e s comp r a r o n los muebl e s
más berr e t a s que consig ui e r o n en Paler m o, y una noch e mient r a s dormí a n, la
flama n t e cam a se les fue al piso.
La boda fue aus t e r a por la mishia d u r a y por el luto. Balbino Fern á n d e z ,
tam bié n con los pulmo n e s dest r oz a d o s por el polvo de sílice de las minas,
emp ez ó con una fatiga y ter mi nó en una carp a de oxígeno del Hospit al Sant oj a ni.
Balbino, como Ángel, había sido un avent u r e r o . Era fuert e, gana b a cualqui e r
pulse a d a . Y una mañ a n a , en alta mar, se arrojó des d e la popa de un barco de
gra n port e al agu a con un cuchillo entr e los dient e s y, ante la mirad a ate r r a d a y
el alient o sus p e n di d o de toda la tripula ció n, cortó la red de soga s que frena b a la
hélice. Ángel era el her m a n o incorr e gi bl e, Balbino era el héro e de mi padr e.
Cuidó su agonía hast a que un día los doctor e s le dijero n que había mue r t o.
Tuviero n que aga r r a r entr e varios her m a n o s a mi abuel a Valentin a, que a los
gritos casi se va al suelo cua n d o pap á le dio la mala nueva.
El vestido de novia era blanco y de orga n z a , y se lo confeccio nó a mam á su
maes t r a costu r e r a . Car m e n trab aj a b a en Sport e c o y Marcial en Radia d o r e s
Arévalo, pero lo que gan a r o n dura n t e dos años ape n a s alcanzó par a paga r la
const r u c ci ó n de las par e d e s y techo s de esa plant a alta. Mam á, no obst a n t e , fue
a negocia r con un cura casc a r r a b i a s de la Iglesia del Rosa rio.
—Lo único que le pido es la marc h a nupci al —le dijo.
—Sin músic a —se negó el cura—. Si pongo músic a tengo que pone r
alfomb r a , y eso ya es otro precio, hija del Seño r.
Mam á reg a t e ó con el rep r e s e n t a n t e de Cristo diez días segui dos, hast a que
el sace r d o t e dio el brazo a torc e r y la man dó a negocia r a part e s iguale s con una
chica pudie n t e que se casa b a medi a hora más tard e . Así fue como mam á
consig uió la marc h a nupci al, la alfomb r a , el acord o n a d o y las flores. Todo fue
rápido, ilusorio y emocion a n t e . Y era n tan pocos los invitado s al brindis que
entr a b a n de par a d o s en la sala de Ravign a ni. Hubo brindis pero no baile, y a las
seis de la tard e de ese sába d o glorioso, los recié n cas a d o s viajaro n a Capilla del
Mont e y se alojaro n en la pos ad a de otros vera n o s .
Sé que en algú n lugar hay una foto sepia de mam á mont a n d o un bur ro
viejo y dome s ti c a d o para el turis m o, y otra en blanco y negro de pap á acuclillado
sobr e la roca de un arroyo. Mam á era una mezcla de Audrey Hepb u r n y Lolita
Torre s, y nada en su cara revela b a los infort u nio s. Papá llevab a camis a blanc a,
boina blanc a con viser a y gafas oscu r a s , y pare cía a la vez un carbó nico de sus
tres her m a n o s mayor e s y un afiche de Hollywood.
Fue una luna de miel llena de tern u r a s , y luego quince años de apre mi o s.
Devolverle la plat a a Marc elino, con aquellos exiguos sala rios, era una verd a d e r a
tort u r a . La cas a esta b a ahor a dividida en dos part e s . Abajo la clase alta y arriba
la clase baja , cavilab a yo malicios a m e n t e mucho s años desp u é s , cuan d o todavía
seguí a siendo notoria la difere n ci a de estilos y dignid a d e s . Ni baja ni alta, todos
éra m o s en realida d pura clase media de Paler m o pobre , pero me costa b a invita r
a mis comp a ñ e r o s del colegio León XIII y luego del Carlos Pellegri ni, much a c h o s
acomo d a d o s en depa r t a m e n t o s mode r n o s , a quien e s yo por íntim a vergü e n z a no
dejab a pas a r del zagu á n .
Al principio, Marc elino y Cons u elo subía n a cada rato. Revisa b a n la comid a
y abría n los cajone s con total confianz a, pero des a p a r e c í a n cuan d o Marcial
esta b a en casa. Bien es cierto que no esta b a mucho: al poco tiem p o, un astu ri a n o
lo invitó a entr a r como mozo y socio de un bar que alquila b a n en Canni n g y
Córdob a , y pasó cinco años comple t o s sin tom a r un franco.
El bar se llama b a ABC, fue algu n a vez populoso y bohe mi o, Osvaldo
Puglies e estr e n ó allí uno de sus prim e r o s tangos y era mítico aún en su
deca d e n c i a , cua n d o la mode r ni d a d men e m i s t a y el cans a n cio de los gallegos de
siem p r e lo llevaro n al ocaso. Pero en los albor e s de la déca d a del sese n t a , el ABC
era un café lege n d a r i o y, sobre todo, una gra n prom e s a . Carm e n y Marci al lo
pens a r o n seria m e n t e y luego se arroja r o n al vacío. Sin hab e r ter mi n a d o de
paga rl e a Marc elino, le pidiero n un prés t a m o a un amigo, que les cobró
inte r e s e s , y otro insignifica n t e a José de Sindo, que los apoyó porq u e pap á lo
encon t r ó en un bue n día.
Cinco años, un mes de día y un mes de noch e, es un desie r t o dem a si a d o
largo par a que un amor incipie n t e pued a afianz a r s e . Mi pad r e faltó liter al m e n t e
de cas a dur a n t e un lustro de esca s e z y trist ez a s . Y mi mad r e susp e n di ó la vida
social, rem e n d ó hast a las hilach a s calzoncillos y medi a s, dividió la poca plata que
iba entr a n d o en cada uno de los días de la sem a n a e impus o una dicta d u r a
domé s ti c a para nunc a pas a r s e de esa cuot a. Se volvió una exper t a en carn e s
bara t a s y en pele a r ventaj a s en la verd ul e rí a, y consoló a Marci al, que volvía
dest r oz a d o y abati do, des p u é s de doce hora s a pie y sin res piro, ate n di e n d o a
client e s que se convirtie r o n en gra n d e s cam a r a d a s y tam bi é n a port e ñ o s que
desp r e ci a b a n en voz alta, día por día, a los inmigr a n t e s espa ñ ol e s . Uno de esos
comp a d r i t o s de cafetín se pasó de la raya una tard e y Marcial lo sacó a la vered a
a los puñ e t a z o s .
Una noche de sába d o un muc h a c h o que venía de un baile con una patot a
emp ez ó a estr ella r los vasos cont r a el piso, a burla r s e de la ignor a n ci a de los
espa ñ ol e s y a pedir a los gritos más agu a. El comp a ñ e r o de mi padr e ya había
barrido dos veces los vidrios del suelo: Marci al solicitó en el most r a d o r que le
per miti e r a n el honor y cargó el terc e r vaso en su propia band ej a. Cruzó el salón
y se paró junto al caballe r o. Caballero —le dijo pap á—. Aquí tiene su agua . Y se
la arrojó a la car a. Por un segu n d o, nada se movió salvo el agua der r a m á n d o s e
por la expr e sió n azora d a . Luego mi pad r e dejó caer la band ej a y se puso en
guar di a. Y el ped a n t e dijo gallego de mierda y fue a levant a r s e , pero algo
espa n t o s o debie r o n adivina r sus cómplice s en la mira d a de aquel pugilist a
dispu e s t o, porq u e toma r o n preve n tiv a m e n t e de los brazos al “valient e” y lo
sac a ro n a las rast r a s por la pue r t a de Canni n g para que no lo abolla r a .
Dura n t e déca d a s , en ese sub m u n d o de soña d o r e s , frust r a d o s , farsa n t e s y
parla n c hi n e s , los arg e n ti n o s eran los mejore s del mund o y los espa ñ ol e s unos
mue r t o s de ham b r e . Ese renco r se cocinó a fuego lento y mi padr e lo tomó como
un vene n o hom e o p á t i c o. Conozco muc hísi mo s “arg e ñ ol e s” enve n e n a d o s por esa
mism a sust a n ci a sin antídoto s .
En noviem b r e mam á desc u b r ió, con pánico y aleg rí a, que esta b a
emb a r a z a d a . Consu elo, enviad a por Marc elino, le fue since r a : No pued e s contar
con nosotr os, Carm e n . So m o s viejos. Tendrás que dejar el trabajo.
Carm e n dejó Sport e c o con una panz a punti a g u d a y yo nací, pes a n d o cuat ro
kilos, a las diez y media de la noch e en el Hospit al Rivadavia desp u é s de un
doloros o part o de catorc e hora s. Nadie tenía expe ri e n ci a con bebé s en la casa de
Ravign a ni, así que la prim e riz a sufrió lo inima gi n a bl e, y cuan d o Marcial le llevó
por fin a José de Sindo el dine ro que le debía n, mi abuelo lo rech az ó con el
mentó n en alto: No me jodas, coño. Que es para el niño .
Todo era para el niño. Los pocos mom e n t o s de Marci al, la disciplina
cariños a de Marc elino y Cons u elo, todas las tard e s de Mimí y cada segu n d o de
Carm e n . Había, en esos tiem p o s, mujer e s que al ser mad r e s borr a b a n el gusto, la
coque t e r í a , la ambición, la razón, los des eo s, el cuer p o, los res e n ti mi e n t o s y
hast a los viejos temo r e s para fundirlos en una única y mag nífic a mate ri a: el amor
excluye n t e hacia sus hijos. Mam á fue una de esas muje r e s , y lo pagó caro.
Sé que en algú n lugar hay una foto colore a d a dond e estoy habla n d o por un
teléfono de plástico. Sé tam bi é n que esa foto estuvo expu e s t a dura n t e años en el
esca p a r a t e de una casa de fotogr afía de Puent e Pacífico. Sé que me
deslu m b r a b a n los oficios del afilador y del colcho n e r o , que pap á me llevab a al
Zoológico en el 47, que en el altillo de Marc elino había extr a ñ o s tesoro s y que
desd e el sóta n o se escuc h a b a n los mur m ullos de la calle y de las rat a s, y el trot e
de los coch e s sobr e el emp e d r a d o .
Mis prime r o s recu e r d o s tiene n que ver con el hule. Mam á forra b a con hule
la mes a de la cocina, dond e me cam bi a b a . Un día me caí de bruc e s des d e esas
temible s altur a s , y Carm e n enveje ció seis mes e s en media hora. Recue r d o
tam bié n que dura n t e otra radia n t e mañ a n a mi mad r e hizo un mal movimie n t o y
el agu a hirvie n d o de una cace r ol a me pegó en la cara y me que m ó el brazo
izquie r d o. Tenía pues t o un suét e r de lana gru e s a , y mam á me llevó corrie n d o a la
Cruz Roja y desp u é s al Instit ut o del Que m a d o. Me desp e g a r o n la lana con un
bistu rí y res ultó que tenía que m a d u r a s de terc e r grado en el ante b r a z o y en la
zona de los bícep s, y que me había salvado por un pelo de no salir desfigu r a d o de
aquel tras pi é. Todavía tengo aquí una extr a ñ a rosa tatu a d a en carn e viva y
defor m a d a que me avisa, cada tanto, que le debo una muy gra n d e al de Arriba,
sea quien fuer e.
Pero los dos hechos más conmocion a n t e s de mi prim e r a infanci a está n
relacion a d o s con Marc elino, quien comp r ó un televisor negro de pant alla verdos a
y luego advirtió que yo est a b a obliga d o moral m e n t e a ser alum n o regul a r del
Fidel López. La televisión fue un enor m e acont e ci mi e n t o en nues t r a s vidas. El tío
la colocó en un ángulo de la sala y yo me hice adicto a Daniel Boone y al Llane ro
Solita rio. Esa adicción trae rí a, como se verá, graves cons ec u e n c i a s . Del prime r
día del colegio sobr evivió, finalm e n t e , una foto dond e estoy par a d o con bolsit a de
labor e s y car a de diar r e a en la mis m a pue r t a por la que entr a r o n y saliero n
tant a s veces los cere m o ni o s o s port e r o s y su emp e ñ o s a sobrin a.
Todas est as fotos viajab a n a Espa ñ a dent r o de las cart a s que mam á le
escribía con orgullo a María del Escalón. Mi abuel a, con pros a esculpid a,
res po n dí a en la concie n ci a declar a d a de que ella no tenía perdó n y de que se
debía repa r a r la histori a. En ciert a ocasión, escribió inform a n d o que Chelo, el
her m a n o meno r de Car mi n a , prob a rí a tam bi é n suer t e en la América.
Chelo ya no era aqu el niño de pant alo n e s cortos que corría par a no ser
sega d o por la hoz, sino un hom b r e hecho, der ec h o e irreco n o cibl e. Mam á lo
recibió emocion a d a y trató de cuida r de él como lo había hecho de chica. Pero
Chelo sabía cuida r s e solo. Trató un tiemp o de convivir con José de Sindo y se
alejó de Boulog n e para no termi n a r a los botellazos. Trab ajó de mozo y ena m o r ó
a una esp a ñ ol a bonit a y opule n t a , pero a último mom e n t o ahu e c ó el ala y se
volvió a Asturi as.
Yo tenía casi tant a fascina ció n por mi tío Chelo, que me había reg al a d o un
triciclo pinta d o de rojo, como por mi padr e, que se había quita d o el bigote neg ro
y que así, con el torso des n u d o, era igualito al Tarzá n de Ron Ely. Una tard e, en
la prec a ri a cocina y sobr e la mes a de hule, Chelo y Marci al echa r o n por joder
una pulse a d a , y cuan d o mi tío le dobló el brazo a pap á, yo me puse a llora r de
vergü e n z a y de odio. Antes de irse para siem p r e , Chelo lo enca r ó: Marcial, te
pido me pro m e t a s que cuand o se ter mi n e n las deu das , dejarás que Car m e n viaje
a España . Marci al se lo prom e ti ó.
Pero las deud a s no aflojaro n, y su espos a que dó nueva m e n t e emb a r a z a d a .
Pap á no que rí a tene r más hijos, ya tenía suficien t e conmigo. Pero se derritió con
su hija mujer, que no le salió tan desc a r ri a d a como el varón y por la que aún
cultiva devoción absolut a . Esta María del Carm e n no sería llam a d a “Car mi n a ”
sino simple m e n t e “Mary”, y cuan d o emp ez a b a a declina r el ajust e y pap á esta b a
a punto de recob r a r un franco sem a n a l, la niña nació en el Hospit al Espa ñ ol y le
dio un nuevo vuelco dra m á t i c o a nues t r a existe n ci a.
Todavía rec u e r d o el insta n t e en el que sonó el teléfono neg ro, pues t o sobr e
una repis a, y desp u é s la voz excita d a de Cons u elo: me pus e en punt a s de pie y
tomé el tubo, y pap á me contó porm e n o r iz a d a m e n t e la car a de Mary como si
relat a r a la topog r afía de un terr e n o sagr a d o . Dice mi her m a n a que esa dulzur a
inicial que yo le profes a b a duró poco, y le const a que más adela n t e inten t é
ase si n a rl a emp uj á n d ol a des d e lo alto de la escale r a del patio.
El parto había sido plac e n t e r o , pero la beba no dormí a ni tom a b a la teta, y
a los veinticinc o días mam á la llevó a un pedia t r a de la calle Soler, que emp ezó a
ausc ul t a rl a con el ceño fruncido. Era un hom b r e bond a d o s o que en su niñez
había sufrido poliomielitis, y le oí confes a r años desp u é s que en ese mom e n t o se
arr e p e n t í a de habe r estu di a d o Medicin a. Escud a d o en su est et o s c o pio, el
pedia t r a gana b a tiem po y se preg u n t a b a : ¿Cómo le digo a esta buena mujer que
su hija tiene un soplo en el corazón?
Al final juntó coraje acad é m i c o y se lo dijo, y mam á se qued ó sin piern a s .
Volvió lloran d o a casa, y hubo clima de velorio. Mary, lo poco que comía lo
vomita b a , y un soplo en la déc a d a del ses e n t a era un signo de mue r t e .
Empez a r o n los elect ro c a r d i o g r a m a s y los rezos del ros a rio. La niña no
crecía y el cardiólogo, un espe ci alist a muy res p e t a d o , orde n ó ciento s de estu dios
y la envió de docto r en doctor para confirm a r sus pres u n cio n e s . Una y mil veces
el cardiólogo le dio clase s a mi mad r e sobre el funcion a m i e n t o de la vida con un
corazó n de porc ela n a que gua r d a b a en su escrito rio. Pare cí a menti r a que ese
agujeri to vent ric ul a r , una malfor m a c ió n cong é ni t a, pudie r a dest r oz a r tant a s
cosas que había m o s cons t r ui d o.
Mary no comía ni dor mí a, esta b a nervios a, y el cardiólogo tuvo que
pres c ri birl e seis gotas par a soseg a r l a , y luego vitamin a B12 y maice n a con leche
en cuch a rit a , para que recu p e r a r a color y ener gí a s . El diag nó s tic o era claro: si el
agujeri to inte rv e n t r i c ul a r no se iba cerr a n d o , más tem p r a n o que tard e debía n
oper a rl a. Eso, par a los padr e s , siem p r e es un dra m a , pero en aquellos tiemp o s
era una verd a d e r a trag e di a . La medicin a cardiológic a result a b a todavía muy
primitiva y el quirófa n o era la ley del último recu r s o.
Enca d e n a d a a esa bomb a a plazo fijo, ma m á se retor cí a de dolor, y de
hecho pasó dos años des pie r t a , vigiland o la respi r a ció n de su hija, rezan d o
avem a rí a s y prom e ti e n d o sacrificios pers o n al e s . A veces, en la cam a y boca
arrib a, mam á se conc e n t r a b a en ese orificio que Dios le había enviado par a
prob a rl a. En su cabez a podía verlo y hast a le pare cí a posible escuc h a r el ruido
de la sang r e al forza r la ren dija. Mam á se conc e n t r a b a en cerr a rl o, y se pas a b a
larg a s horas de vigilia hacie n d o fuerz a men t al para que ese milag ro en realid a d
suce di e r a . Todo lo dem á s había desa p a r e c i d o: la morriñ a , el destie r r o, el renco r
del ham b r e , las pequ e ñ a s malda d e s de sus tíos, la indifer e n ci a de su pad r e , el
art e de sufrir y la ilusión del amor.
Mi her m a n a era débil, flaca, inape t e n t e , callad a y huidiza, y un médico
clínico del Hospit al de Niños inform ó un día que la hora había llega d o. El
cardiólogo, sin emb a r g o, se opuso ter mi n a n t e m e n t e a la cirugía y demo s t r ó que
el aguje rit o sin fin no se esta b a abrie n d o sino cerr a n d o. Treint a años más tard e,
cua n d o Mary quedó emb a r a z a d a , el mismo cardiólogo, dobla do por la vejez, le
dijo abier t a m e n t e : Yo le arruiné la vida a su madr e . Mi her m a n a , que hoy es más
san a que yo mismo, parp a d e ó sin ent e n d e r . Ahora sabe m o s que esos soplos son
proble m a s me nor e s y que se van cerran d o lenta m e n t e , pero enton c e s hacía m o s
sonar la alar ma como si el mun d o se viniera abajo. Su madr e vivió afligida
muc h o s años porqu e yo exager é la nota.
Bautiza m o s a Mary junto a otros treint a y cinco chicos en la Basílica de
Luján, y poco a poco, la debiluc h a fue recu p e r á n d o s e bajo la implac a bl e mira d a
de mi mad r e , que la obligab a a inge ri r jugo de chur r a s c o s y otra s ocurr e n ci a s
supe r c al ó ri c a s . Cumplió tres años sin que la somb r a de una oper a ció n se hubie r a
evapo r a d o , pero hay que decirlo: con mucho mejor ánimo y sembl a n t e . Y fue
ento nc e s cuan d o mam á decidió sorp r e n d e r a propios y extra ñ o s , y corr e r con
todos los riesgo s juntos.
Se trat a b a de una decisión extr av a g a n t e par a una mujer que vivía con el
corazó n de su hija en la boca. Es un mist e rio de dónd e reunió el coraje para
comp r a r tres pas aj e s a crédito y viajar en barco a Espa ñ a . Los tíos se
santig u a r o n ant e tant a tem e ri d a d , pero papá no opuso resist e n ci a s . El ABC no
per mití a defección algu n a y a mi mae s t r a le par e ció que la expe ri e n ci a sería tan
rica e instr u c tiv a que bien mer e cí a perd e r el año. Así que Marcial se quedó en
tierr a y yo me deshice de los cua d e r n o s y del dela n t al. En aquella époc a, las
llama d a s telefónic a s y el avión era n carísi mo s, y conve ní a n por muc h a s razon e s
tres tran s a t l á n ti co s ingles e s idénticos que iban y venían cada quince días del
viejo contin e n t e . Hast a último mom e n t o , los tíos presion a r o n a mam á par a que
aba n d o n a r a el proyec t o. ¿Cómo vas a ir sola con los chicos? ¿Y si te pasa algo?
¿Y si la nena tiene proble m a s?
Eran pre g u n t a s razon a bl e s , pero una rara mar ej a d a inte r n a emp uj a b a a mi
mad r e hacia Asturi as , en un largo e irracion al periplo de ida, dejan d o
impulsiva m e n t e atrá s marido, casa, cardiólogo y deud a s . Todos pens á b a m o s ,
aun q u e no nos atrevía m o s a decirlo, que nos íbamo s para siem p r e . Y esa insólita
sens a ció n de fuga y aba n d o n o flotó el día de las des p e di d a s , cuan d o mi abu ela
Valentin a, mi tía Luisa y mi mad ri n a Mimí subie ro n con nosot r o s a bordo,
cont e m p l a r o n desd e cubie r t a el pue r t o y nos acom p a ñ a r o n hast a el terc e r nivel,
dond e tenía m o s des tin a d o un pequ e ñ o cam a r o t e en clase turístic a. Al final nos
que d a m o s los tres solos en estribo r, el barco soltó ama r r a s y el gra n edificio con
sus luces y chime n e a s com e nz ó a desliza r s e hacia atrá s mient r a s ciento s de
parie n t e s y amigos salud a b a n a los gritos.
Mam á tenía a mi her m a n a de la cintu r a , y yo me alcé sobr e la bara n d a y
divisé a papá en un cost a d o de la dárs e n a . No había nadie a su alre d e d o r , nunc a
lo vi tan solo en toda mi vida. Se me cerró la garg a n t a y rompí a llora r. Mam á
trató de consola r m e , pero no pudo. Ella y mi her m a n a vomita r o n toda la noch e, y
al día siguien t e está b a m o s en Urug u a y, y poco desp u é s en Brasil, y ens e g ui d a
pas a m o s nueve jorna d a s ente r a s , con sus soles y sus lunas, en alta mar sin ver
tierr a .
El barc o se llam a b a Arlanza, y tenía piscin a, bibliot ec a, microcin e y salón
de baile. No se pare cí a en nad a al buqu e Tucum á n , dond e mi mad r e había
viajado como una soná m b u l a , pero nue s t r o cam a r o t e esta b a tan bajo que el ojo
de buey most r a b a atroc e s imág e n e s suba c u á ti c a s en ocasion e s de torm e n t a .
Yo corrí a por cubier t a y respi r a b a profun d o el aire del océa n o, esp a d e a b a
con ene mi go s invisibles, me tirote a b a con indios y pira t a s en los pasillos, y
vigilab a los galone s de los oficiales y la rutina de los marin e r o s . Mam á temía,
como siem p r e , un naufr a gio. Pero yo me emb el e s a b a con los delfines que nos
pers e g uí a n y con los buqu e s que se nos cruz a b a n hacien d o atro n a r sus siren a s y
bocina s .
Vi tras t a billa r a mi mad r e cua n d o impr evis t a m e n t e nos dieron chale cos
salvavid a s color nar a nj a para un simula c r o gene r a l de hundi mi e n t o, y cua n d o mi
her m a n a emp e zó con un cata r r o violento y con una fiebr e pertin a z. Mam á
escuc h a b a las admo nicion e s de sus tíos y llora b a en silencio pens a n d o que todo
había sido un grave erro r y que Mary, con su débil corazó n, moriría a bordo. Le
había comp r a d o ban a n a s y miel en el puer t o de Santo s, porq u e la comida ingles a
del Arlanz a era intra g a bl e y mi her m a n a la devolvía. No había razon e s seria s
para tom a r s e aqu el enfria mi e n t o a la tre m e n d a , pero la segui dilla de golpes
bajos había conve r tid o a mam á en una mujer vulne r a bl e y fatalist a, y enton c e s
aquella esplé n di d a avent u r a tenía forzos a m e n t e que ter mi n a r mal.
Esa clase de visión y esa exag e r a d a compo sición de luga r, que yo intuía, se
impr e g n ó en mis ropa s y vino conmigo desd e la infancia hast a gra n part e de mi
vida adult a. El fatalis m o es esa rar a neur o si s de cierto s idealist a s que piens a n
irracio n al m e n t e que todo está pre d e t e r m i n a d o por una fuerz a desco no cid a ,
acaso Dios o el destino, y que los sere s hum a n o s somos jugue t e s en sus mano s
capric h o s a s . Suce d e, con frecu e n ci a, que no pode m o s evita r que el plac e r nos
gen e r e culpa, y tam p o c o sospe c h a r que, en esa sutil red de acont e ci mi e n t o s
urdidos, hay una espe ci e de ley de comp e n s a c ió n unive r s a l: a una bue n a noticia
sigue una pésim a, las rach a s de buen a suer t e atr a e n a la mala, los gozos
precipit a n las som b r a s . Un astu ri a n o, bajo el hórr e o del Escalón, me dijo una
vez: Nun ca hay que tener espe ra n z a s para no tener desilusion e s . Y mi mad r e , a
punto de realiza r el sueño del reg r e s o, creía que una des g r a c i a la castig a rí a por
tant a satisfac ció n. De modo que cuan d o Mary enfer m ó, o cua n d o los mar e s
port u g u e s e s zara n d e a r o n el barco, creyó que nues t r a s hora s esta b a n cont a d a s .
Pero mi her m a n a se recu p e r ó y las agua s se aquiet a r o n , y una mañ a n a nos
encon t r a m o s mira n d o con prism á ti c o s las costa s de Galicia.
Por cart a, mi abuel a había sido ter mi n a n t e : Yo te dejé en Vigo, y en Vigo te
voy a recibir . Así que la inmin e n ci a del encu e n t r o le aceler a b a el pulso y le
seca b a la boca a mi mad r e cuan d o el Arlanz a des ple g ó toda s sus ban d e r a s y
atr a c ó en pue r t o al son de dos gaita s amplifica d a s por diez altavoc e s . Había
ciento s de esp a ñ ol e s gestic ul a n d o en el muelle, mient r a s los técnicos ama r r a b a n ,
y de pront o ma m á escuc h ó ent r e los gritos el vozar ró n de María: Car mina,
¿dónd e estás ? Era como una aguja en un pajar, pero ma m á la ubicó en la
enso r d e c e d o r a much e d u m b r e , y se fue para atrá s, rode a n d o a sus hijos y
apre t á n d o l e s las espald a s cont r a el pecho y el vient r e, mient r a s trat a b a
dese s p e r a d a m e n t e de toma r oxígeno y junt a r fuerz a s . María del Escalón, allá
abajo, seguí a grita n d o con sus mano s en alto, des es p e r a d a por desc u b r i r entr e
tantos pas aje r o s las faccion e s irreco n o ci bl e s de la hija que había perdido hacía
veintiún años. Y mam á , paraliza d a de emoción y de miedo, tem bl a b a sin pode r
dar el paso que tant a s veces había ensay a d o.
Al final, no se sabe cómo, Car m e n rompió la dens a burb uj a, se asom ó,
levantó los brazos y se desg a r r ó en un alarido: ¡Ma má, estoy aquí! María abrió la
boca y los brazos, y luego se llevó las mano s a la cabez a blanc a y se que dó sin
voz, soste ni d a por mi tío Chelo, que le decía cosas al oído. Desp u é s mi abu el a se
mordió los dedos y, en un extra ñ o rapto de silencio gen e r al, escuc h a m o s que
decía: Ay, Car mina, no te conoz co, no te conoz co.
Bajam os en fila por una mang a hast a la adu a n a , nos dieron las valijas y los
bolsos, y dese m b o c a m o s en el hall cent r a l con las piern a s dormid a s . Mi abuel a y
mi mad r e corri e r o n a abr az a r s e como en las telenovel a s . Pega b a n tanto s alaridos
y hacía n tanto esp a m e n t o que pare cí a n dos gitan a s . La gent e las emp e zó a
rode a r y a aplau di r como si fuera un espe c t á c u lo binacion al orga niz a d o por el
cons ul a d o arge n ti n o.
Fuimos de tap a s a un rest a u r a n t e gallego, trat a n d o de salva r la sens a ció n
de que éra m o s íntimos desco n o ci d o s, y viaja mos con las prim e r a s luces de la
tard e a Madrid. Cuan d o se ha que ri do tanto, y cua n d o ha pasa d o tanto tiem p o,
una ciert a extra ñ e z a se instal a en el medio y cues t a muchísi m o encon t r a r el
código de salida: María y su hija ape n a s podía n soste n e r s e la mirad a , las
averg o n z a b a ser tan distint a s y dista n t e s ; no sabía n de qué habla r ni por dónd e
emp ez a r a cont a r s e la histori a.
Toda la familia se ree n c o n t r ó en Mad rid. Los pequ e ñ o s her m a n o s era n
homb r e s y mujer e s mad u r o s , y les había n crecido hijos, sobrino s y cuña d o s.
Mary y yo experi m e n t a m o s ens e g ui d a el fuert e síndro m e de pert e n e n c i a , esa
rar a sens a ció n de encaj a r a la perfe cción en un siste m a remo t o y extra ñ o. Las
cara s , las voces y los gestos nos result a b a n familiar e s y nos hacía n sentir en
cas a. Prom e di a n d o una sobr e m e s a pant a g r u é li c a , Carmi n a salió al balcón y se
dobló por el llanto. María salió detr á s de ella y la abr azó:
—¿Por qué lloras así, muje r?
—No lo sé, ma m á .
No lo sabía en verd a d, pero ese gris senti mi e n t o la emb a r g ó dur a n t e todo
el sinuoso viaje al culo del mun do: Almurfe. De repe n t e , a la vuelt a de una
mont a ñ a , apar e ci e r o n el pueblo, la cas a y el río, y ma m á se apeó en la carr e t e r a
y miró la cues t a y el sol, y dejó que le entr a r a n los antig uo s ruidos y los viejos
perfu m e s , y de pronto cruza m o s el umbr a l y emp ez a r o n a llega r los vecinos, que
se identifica b a n por su nomb r e para ser recono ci do s, y pas a m o s todo un día en
aquella sala dan do y recibie n d o explicacio n e s , bendicion e s , pane s , jamon e s y
longa niz a s.
Almurfe era más pequ e ñ o, pobr e y bello de lo que Car m e n recor d a b a . Par a
mí era direc t a m e n t e el Lejano Oeste. Lo rode a b a n bosq u e s enca n t a d o s , con
send e r o s secr e t o s y llenos de espinos, rocas calvas y giga n t e s c a s , hom b r e s a
caballo de rost ro s cetrinos, vacas y tern e r o s , sapos y culeb r a s , un cem e n t e r i o
lleno de fanta s m a s y una cantin a de par ro q ui a n o s silenciosos que juga b a n al
mus.
Hicimos mil trave s u r a s mient r a s María del Escalón y su her m a n a Josefa
ajust a b a n cuent a s con mam á en inter m i n a bl e s cavilacion e s y soliloquios que
pros e g uí a n hast a la media n o c h e . Yo carg a b a leña, tira b a piedr a s , escala b a riscos
y azuza b a a los perro s y a las vacas. Una tard e una vaca neu r a s t é n i c a me corrió
cien met ro s par a corn e a r m e : me metí en la cantin a y ella montó gua r di a en la
pue r t a hast a que el cantin e r o la sacó a pat a d a s y emp ujo n e s . Otro día subimo s
hast a un sem b r a dí o y yo me trep é a los cerezo s y me comí tres kilos de cerez a s
con carozo, y estuv e tres días inter n a d o en un hospit al de Belmont e creye n d o
que era una ape n di citis agu d a y no una mort al indige s tió n.
Fuimos a Covado n g a , pas e a m o s por Madrid, pern oc t a m o s en Oviedo y nos
alojam o s dur a n t e dos sem a n a s , sepa r a d a s por cuat r o mes e s , en la cas a que el
her m a n o mayor de mi padr e tenía al bord e de un acan tila do, sobr e el ruidoso
mar de Luarc a. Subimo s varias veces a Barcia, almorz a m o s en cas a de Justa y
camin a m o s las huellas que Marcial había camin a d o en la pre his to ri a. Recue r d o
entr e toda s las tard e s una: se ador m e cí a el sol y a lo lejos las somb r a s de un
árbol conve r tí a n a mi tío Ramó n en mi padr e . Eran tan pare cid o s, yo lo extr a ñ a b a
tanto, que en un mom e n t o me di vuelta y me los confun dí, siendo que Ramó n era
muc ho más bajo y rugos o, un Marci al castig a d o por los rigore s de mil mar e a s ,
por la sal y por el viento marino. El Marcial que pudo habe r sido y no fue; el que
se había qued a d o.
—No quiero volver —dije una noche. Mi mad r e escribía una cart a, y se
que dó boquia bi e r t a y expec t a n t e . Sé que es difícil de cre e r pero en ese segu n d o
de dud a yo sentí que tenía todo el pode r y que mi mad r e nece sit a b a una
coart a d a . Fue un segu n d o de lucidez total, y yo tra g u é saliva pens a n d o que
mam á busc a b a la form a de no regr e s a r nunc a más a Ravign a ni, a Marc elino y a
Cons u elo, y tamp o c o a Marcial. Me apre s u r é enton c e s a rectifica r m e :
—Quiero que le escrib a s a papá, que vend a todo y se veng a, y que vivamos
en Almurfe y que pes q u e m o s truc h a s los fines de sem a n a .
Mi mad r e asintió como si el paja r r a c o de un mal sueño echa r a a volar y
puso distr aí d a m e n t e su nom b r e en el remit e n t e . Diez días des p u é s emp ez a r o n
las desp e di d a s y se reinició el dolor. En los sese n t a , Espa ñ a todavía no arra n c a b a
y los apriet o s de mi familia hacía n pens a r que pas a rí a n mucho s años ante s de
que las mitad e s volviera n a unirs e. Mi abuel a era una ancia n a , y no
imagin á b a m o s en ese mom e n t o que viviría novent a y nueve años, así que ma m á
volvió a desp e di r s e de ella como si otra vez se fuer a par a siem p r e . Chelo nos
llevó hast a Vigo, y nos dejó solos en esa ciuda d que ahor a recu e r d o umb rí a y
trist e. El buqu e era idéntico, y como todos los regr e s o s , se hizo más corto.
Pap á nos espe r a b a en el mismo luga r de la dárs e n a , vestido con la mism a
ropa y envu elt o en la mism a sonris a. Pens é que nunc a se había ido de esa
coord e n a d a , que nos había esta d o espe r a n d o des d e el prim e r día, clavado en la
punt a del pue r t o, como si su existe n ci a depe n di e r a exclusiva m e n t e de la nues t r a .
Una esta t u a erg ui d a en la intem p e r i e sin hace rl e caso al frío, al ham b r e o a la
lluvia.
Nos comió a besos, y se murió de risa al ver que Mary volvía rozag a n t e ,
verbo r r á g i c a y ceceos a . Mam á lo abraz ó con cuida d o, y le hizo dos o tres
pre g u n t a s de rigor. Al llega r a casa, los tíos nos apa b ull a r o n con su asom b r o .
Mary rompió un paqu e t e y les most ró el mayor tesoro que traía del Viejo Mundo:
una muñ e c a tan alta como ella que vestía de bailarin a astu ri a n a y farfulla b a
fras e s met álic a s y espa ñ olísi m a s .
Pap á esta b a ansios o por que subié r a m o s las escal e r a s . Mam á y yo nos
que d a m o s par aliza d o s en la pue r t a cont e m pl a n d o su increí ble obra. Marci al se
había aboc a d o terc a m e n t e dura n t e seis mes e s a comp r a r y a instal a r en secr e t o
un calefón de agua calient e, un extr a c t o r de aire Spar, una alace n a de fórmic a y
una cocina nueva. En comp a r a ci ó n con el res to de los cuar t o s , pare cía una
cabin a de la NASA. Yo tenía ocho años pero alcanc é a percibir en ese insta n t e
fund a m e n t a l que era un homb r e trat a n d o de recon q ui s t a r a una mujer. Un
homb r e asus t a d o por la aus e n ci a y des e s p e r a d o por comp e n s a r rápid a m e n t e las
pér di d a s .
Sé, yo que no sé nad a, que ese burdo y conmove d o r hom e n aj e salvó su
mat ri m o nio.
8
Jorg e
“Habría preferido que hubieras reunido un capital ,
en lugar de escribir sobre él.”
LA MADRE DE CARLOS MARX
Un vecino de José de Sindo lo encon t r ó murié n d o s e una mañ a n a en los
fondos de la carpin t e r í a . Quiso arr a n c a r l e nues t r o teléfono y nues t r o domicilio,
pero el penúlti m o orgullo de aqu el viejo cabró n se los negó entr e dolore s de
pecho y retor cijon e s . Agoniza b a lleno de deud a s y sin que ningú n médico de
Boulogn e se avinier a a sac a rlo de la esta c a d a . Ya no tenía ama n t e s ni emple a d o s ,
sólo le qued a b a n acre e d o r e s y ene mi go s , y su joven vecino era el único crédito
hum a n o de que dispo ní a.
Espa n t a d o por los este r t o r e s del eba nis t a , el much a c h o recor d ó habe rl e
escuc h a d o decir algun a vez que su hija vivía en la calle Emilio Ravign a ni, dent r o
de los límites difusos de Paler m o Viejo. Tomó el tren y vino desd e Soler tocan d o
todos los timb r e s de toda s las casa s. Cuan d o faltab a n cuar e n t a met ro s par a la
avenid a Sant a Fe, y las espe r a n z a s desfallecí a n, cruzó hacia la vered a par y le
desc ri bió a nues t r o carnic e r o la fisono mí a de mi mad r e. Debe ser la gallega que
vive enfr e n t e , dijero n en la carnic e rí a, y así fue como ella se ente r ó de que su
padr e anda b a en los epílogos.
Hacia 1970, mam á ya era una muje r fuert e y curtid a , así que se vistió en
diez minuto s como par a ir a la guer r a y se subió al prim e r tre n. Hacía años que
no veíamo s ni tenía m o s noticias de mi abuelo, y se podía espe r a r que mi madr e
se tom a r a todo el tiem p o del mun do par a aquella eme r g e n c i a . Pero Carm e n
jamá s paga con la mism a mone d a , y en esas encr u cija d a s suele atac a rl a una
extra ñ a vocación de bomb e r o volunt a ri o, una res po n s a bilid a d suicida.
Encont r ó el taller arr u m b a d o en polvo y ase r rí n, las máq uin a s de
carpin t e r o inofensiva s y oxida d a s , las sierr a s , las mad e r a s , los gra b a d o s , los
mue bl e s a medio ter mi n a r , los barnic e s, las telar a ñ a s . Dese m b o c ó en un
corr e d o r de baldos a s que daba a una cocina antig u a, a un baño estr e c h o, a una
espe ci e de com e d o r de techos altísimo s y mant el ordina rio, a un jardín hundi do
en la malez a y, sobr e todo, a una pieza lóbre g a con ajado rope r o, mesit a de luz,
cam a de dos plazas y homb r e acab a d o.
—¿Quién te trajo? —balbuc e ó el cadáv e r en decú bi to dors al.
Mam á confir m ó a simple vista que José esta b a muy grave, y se ent e r ó allí
mismo de que no tenía jubilación ni obra social, que en cualq ui e r mom e n t o
vendrí a n a des aloja rlo, que los médicos de la zona ni le res po n dí a n las llam a d a s y
que est a b a par aliz a d o por los dolore s del corazó n. Volvió corrie n d o al and é n y
negoció dra m á ti c a m e n t e una cam a de tera pi a inte nsiva en el Hospit al
Fern á n d e z . Qued a b a una sola plaza, pero segú n el regla m e n t o inter n o debía
per m a n e c e r vacía y en res e rv a par a casos impor t a n t e s . Carm e n adujo que su
padr e era un moribu n d o y el jefe del servicio, agobia d o por tant a alhar a c a ,
acep t ó a condición de que lo trajer a de inmedi a t o. Mam á paró un taxi, llegó a
Boulogn e, le tiró un sobr e t o d o encim a al enfe r m o y le orde n ó al taxista que se
abrie r a paso como fuera. Los cardiólogo s lo aba r aj a r o n en el aire, le
diag no s tic a r o n infartos masivos y le salva ro n el pellejo.
Estuvo treint a y ocho días inte r n a d o en esas salas, y mam á corrió con
todos los gastos , pues to que mi abu elo se había conve r ti do en un pordios e r o . Le
comp r ó rem e dio s, mud a s y piyam a s , y lo cuidó en esas prim e r a s noch e s en las
que estuvo a punto de irse para el otro bar rio. Cuan d o salió del tran c e , Carm e n
le preg u n t ó por qué no había hecho los apor t e s par a jubilars e. Se encogió de
homb r o s :
—Siem p r e pens é igual: el día que no pue d a trab aj a r me comp r o una pistola
y me pego un tiro.
—¡Bueno, ese día ya llegó! —le gritó mam á indign a d a .
La relación de esos tiemp o s iba y venía entr e el amor y el odio. José de
Sindo era un león herbívoro, pero mant e ní a intact a su capa ci d a d par a ufana r s e
de sus actos egoíst a s. A ma m á esa desve r g ü e n z a la sigue intrig a n d o. Recue r d a
un día, tres o cuat r o mes e s des p u é s , cua n d o su pad r e la acom p a ñ ó a la esta ció n
con bastó n de convale cie n t e , y cuan d o mi mad r e no pudo resistir pasa rl e todas
las factu r a s . El carpi nt e r o agu a n t ó a pie firme la anda n a d a y volvió a encog e r s e
de homb r o s . Entonc e s a Carm e n le tem bló la boca, y su voz se hizo peq u e ñ a ,
peq u e ñ a :
—¿Por qué nos dejó, pap á ? —de pronto le salta ro n las lágri m a s , y se
desco n t r oló—. ¡¿Por qué, aunq u e sea, no se qued ó en Cuba, la put a mad r e que lo
parió?!
Mi abu elo miró las vías y los techo s de dos agu a s , y a los viajeros que
espe r a b a n con el diario de la tard e el tre n vesp e r ti n o.
—Porqu e hice siem p r e lo que quise.
—¡Voy a aga r r a r ese bastó n y se lo voy a partir en la cabez a !
—Bah. Que me quite n lo bailado…
Apena s se recu p e r ó de los infarto s, José de Sindo había emp ez a d o a
caga r s e en Dios y en los médicos del Fern á n d e z , y a tirar la vitina y el puré de
zapallo al inodoro y a exigirle a su hija que entr a r a cland e s ti n a m e n t e al hospit al
tortillas y milane s a s . Mam á le gestionó la jubilación y le pagó los alquiler e s
atr a s a d o s , y de nuevo envale n t o n a d o , mi abuelo le envió un mens aj e a Marc elino.
Propo ní a sutilm e n t e que d a r s e a vivir en la piecita de Mino porq u e sabía que
Cons u elo la usab a para cose r ropa con su vieja Singe r. Marc elino se volvió loco:
—¡Acá ese sinver g ü e n z a no pisa! —gritó—. Esta mism a noche pas a n los
mue bl e s del dor mit o rio de uste d e s a la piecit a, y le dicen que está ocup a d a .
Mam á mudó su cam a mat ri m o ni al a ese cua r t u c h o, nos armó a mi her m a n a
y a mí una habit a ció n en la pieza gra n d e , y cuan d o el carpint e r o volvió a insinu a r
sus inten cio n e s , se le dijo que esta b a confun di d o, y que no qued a b a n cuar t o s
vacíos por más ruine s que fuera n en la cas a de Ravign a ni. La piecita seguí a
tenien d o techo de chap a y piso inest a bl e, de noche se escuc h a b a n las cuca r a c h a s
y molest a b a n los gatos, y fue dur a n t e diez años la alcoba de mis padr e s .
Bloque a d a esa posibilida d y sabie n d o que si volvía a Espa ñ a mi abu el a lo
ase si n a rí a de un escop e t a z o, José de Sindo retor n ó a su taller inservible y acep tó
que mam á fuera todos los sáb a d o s a lavarle y a planc h a rl e, y a adec e n t a r un
poco aquel nido de rata s .
A veces acom p a ñ á b a m o s a mam á en ese sacrificio, y nos pare cí a toda una
aven t u r a ese cas e r ó n emb r uj a d o, pero nunc a pudi mo s franq u e a r la relación con
mi abu elo, que se la pas a b a hacie n d o esgri m a verbal con Carm e n acer c a de los
suce s o s del pas a d o, y de cómo su fuga y el triunfo de Fra ncis c o Fra nc o había n
desg r a ci a d o par a siem p r e a la familia.
—Bueno, ya tuvist e bas t a n t e —le decía inevita bl e m e n t e cuan d o caía el sol
—. Vete, quiero esta r solo.
Un sáb a d o, mient r a s hacía dibujos imagin a rio s en las baldos a s con la punt a
de su cayado, el viejo cabró n ladeó la cabez a y preg u n t ó :
—¿Y cómo fue Marc elino?
Carm e n dejó la planc h a a un cost a d o y sintió la tent a ció n de cont a rl e el
acoso secr e t o, el auto rit a ri s m o , las manip ul a cio n e s y las pelea s. Pero se
arr e pi n tió a último mom e n t o .
—Más o menos —conte s t ó.
—Buen hijo de puta debió habe r sido.
—Una noche me hizo un escá n d a lo y estuv e a punto de venir a toca rl e la
pue r t a —se since ró ella de repe n t e , pero tomó la planc h a y planc h ó el silencio.
Mi abu elo pens ó un rato, y des p u é s de pens a r dijo:
—Fíjate cómo es la vida, Car mi n a . Si hubie r a s venido aqu ella vez, quizás
habrí a cam bi a d o todo entr e nosot ro s.
Yo jugab a y relat a b a un partido de fútbol en el piso con piezas de ajedr e z y
un dado neg ro dura n t e el otoño de 1974, cuan d o escuc h é abajo el timb r e, los
mur m ullos alar m a d o s y los pasos de Marc elino en la escal e r a . Levant é la cabez a
y pre g u n t é qué pas a b a , pero Marc elino no me res po n di ó, pasó de largo pat e a n d o
fichas, entró en la cocina y le anu n ció a mi mad r e que había n encon t r a d o mue r t o
a José de Sindo.
Un client e del ABC era funeb r e r o , así que pasa r o n a busca r n o s con un auto
neg ro y con un furgón, y llega m o s a Boulogn e cerc a del mediodí a. Car m e n trató
de evita r que yo viera el cuer p o, pero no lo consiguió: esta b a rígido y am a rillo, y
la cua d rilla lo levant ó como a un muñ e c o, lo acom o d ó en una camilla de lona y lo
sacó por dond e había m o s ent r a d o. Sólo que d a r o n una manc h a de sang r e en su
almoh a d a , sus turbios ante ojos de carey y su dent a d u r a postiza dent r o de un
vaso de agu a.
Has t a enton c e s mam á no había sentido pen a, sino curiosid a d y obliga ción.
Pero cuan d o vio que lo bajab a n a su tum b a , cuan d o sintió las palad a s de tierr a
sobr e el ata ú d, la sorpr e n d ió un gra n vacío y lloró sin cons u elo. En las sem a n a s
siguie n t e s fuimos varia s veces al taller para liquida r el asun t o y de paso para
trat a r de ente n d e r quién había sido real m e n t e aqu el individuo. Revisa m o s sus
cajon e s en busc a de cart a s y fotos y pista s, pero no había el meno r rast r o de una
vida ant e rio r, como si mi abuelo hubie r a que m a d o ant e s de morir todo lo que
revela r a sus perip e ci a s por el mun do.
Mi mad r e se que dó única m e n t e con una virtuos a silla ingles a tapiza d a en
pana verd e, que aún cons e rv a , y con un traje oscu ro que ter mi n ó regal a n d o,
porq u e Marc elino y Marci al consid e r a b a n de mal agüe r o usa r las pre n d a s de
aquel mue r t o.
Traté en infinida d de cue nt o s y novela s frust r a d a s de revivir a José de
Sindo y a su paraliza d a carpi n t e rí a , pero fallé en cada caso, como si un fanta s m a
no dejar a de sopla r m e el castillo de naipes que yo levant a b a . La gótica esce n a
del cadáv e r y de la cas a vacía llena de objetos inconexos que debía n
nece s a ri a m e n t e ser piezas de algún romp e c a b e z a s se tran sfor m ó en la obsesión
de un adoles c e n t e que ya soña b a con ser escrito r.
Dos años ante s de aquellos acont e ci mi e n t o s , una revelación me había
elect r o c u t a d o : los insólitos produ c t o s de la imagin a ció n podía n que d a r impre s o s
en simple pap el de cuad e r n o . El ger m e n , sin emb a r g o , data de muc hísi m o ant e s.
Mam á aspir a b a , como toda inmigr a n t e , a que sus hijos fuer a n instr ui d o s, y les
adjudic a b a a los libros un valor casi supe r s ti cioso. Cuan d o cum plí nueve, me
reg aló Robinso n Crusoe de la colección Robin Hood. La desve n t u r a del más
céleb r e de todos los náufr a g o s de la histori a univers al le había qued a d o gra b a d a
de los años de novia. Tambi é n Drácula y El Cond e de Mont e c ri s t o , que ella había
visto en el cine Rosed al de la calle Serr a n o y cuyos argu m e n t o s , teat r aliza d o s en
el bord e de la cam a y poco ante s de dormi r, me ater r o riz a b a n y me llena b a n de
ideas bizarr a s .
A la vuelta de Espa ñ a , desp u é s de hab e r perdido un año escola r, se hizo
insost e ni bl e reg r e s a r al mismo colegio. Así que mam á buscó por la zona y
encon t r ó el León XIII, una riguro s a institu ción salesi a n a con patios inme n s o s y
aulas oscu r a s que daba por los late r al e s a la temible villa Dorre g o. Car m e n , al
revés que María del Escalón, esta b a muy agra d e ci d a con Dios, de man e r a que le
pare ció muy bien inculcá r m e l o. En mis días de desolació n todavía me comp a r o
con aquel prime r día de clas es: todos era n conocidos y se salud a b a n con énfasis
bajo la gale rí a tech a d a , y mi mad r e y yo per m a n e c í a m o s en un áng ulo par a d o s y
toma d o s de la mano, foras t e r o s perdi do s en una entusi a s t a mas a de pad r e s ,
alum n o s y mae s t r o s que pare cí a n form a r la gra n familia arg e n ti n a y que nos
ignor a b a n por comple t o. Nunc a logré, a pes a r de los esfue r zo s , sentir m e part e
de aquella familia salesia n a . Más bien me recu e r d o como un chico “difere n t e ” a
quie n pers e g u í a n por gordo, por débil, porq u e no veía las series debid a s ni
coleccion a b a las figurit a s adec u a d a s , y porq u e se me esca p a b a n en clase
palab r a s astu ri a n a s que nadie comp r e n d í a . La cosa llegó a pone r s e tan seria que
mi mae s t r o de terc e r o tuvo que suge ri rl e a mi mad r e que yo debía res po n d e r los
puñ e t a z o s. Mam á se ente r ó de que en un callejón sin salida de Para g u a y y
Arévalo había una mode s t a aca d e m i a de art e s marcial e s: me comp r ó un kimono
blanco y quiso levant a r m e la auto e s ti m a con el yudo.
Dura n t e dos años apre n dí varias llaves y tom a s , pero no pasé del cintu ró n
ama rillo. Revolqu é a dos comp a ñ e r o s de 5° B y tuve un duelo con uno de
sépti m o, que me llenó la car a de dedos y las rodillas de ras po n e s , pero que me
hizo fama de malas pulgas . No encaja b a en aquel grupo hum a n o , y de hecho mis
amigos de la infancia siguier o n yendo al Fidel López, pero tuve las mejor e s nota s
y me llevé muy bien con el Rey de reyes.
Cate q u e s i s est a b a a cargo de un hom b r e apasio n a n t e : el mae s t r o Vázqu ez,
un laico espa ñ ol que había abra z a d o con denu e d o la cruz dur a n t e la Guer r a Civil.
Refería que siendo prision e r o estuvo varios días en las listas de los fusilado s
junto a su her m a n o mayor, y que un verd u g o cortó la fila por el eslabó n meno s
pens a d o en vísper a s de la ren dición: su her m a n o iba adela n t e y fue ejecut a d o , el
maes t r o Vázquez se qued ó atrá s y se salvó ese día, y al siguien t e se detuvie r o n
para siem p r e las ejecucion e s . Quién, sino Dios, pudo hab e r interv e ni d o en aquel
milag ro.
La evide n ci a era tan concluye n t e que Jesuc ris t o entró en mi alma y se
apod e r ó de ella con una fuerz a arr e b a t a d o r a . Estu di é la Biblia, gané conc u r s o s
de erudición católica, confié en la inmort alid a d y apre n dí los votos salesia n o s de
virtu d y de pobr e z a . Prot e gi do por el yudo y por mis cree n ci a s infalibles, pas é los
mom e n t o s más felices de mi vida.
Todos los sáb a d o s mis amigos y yo nos encon t r á b a m o s en Las Hera s y
Coron el Díaz, un cua d rilá t e r o baldío que algun a vez había sido una penit e n ci a rí a,
y jugáb a m o s al fútbol hast a las doce y medi a, nos tomá b a m o s una coca,
volvíamo s en el 95 y nos zam b ullía m o s en el cine de súpe r acción. Mam á me
tenía prep a r a d o el almu e r z o en la mes a del com e d o r para que no me perdi e r a ni
el comienz o de la prim e r a película, y dur a n t e años vi una tras otra hast a
Hollywood en Cast ella n o, con las persi a n a s bajas y el corazó n en un puño.
Era un unive r s o extr a o r di n a ri o, dond e Hérc ule s , Sansó n y Ulises
comp a r t í a n haza ñ a s con Cust e r, Geróni m o, Cleop a t r a y el mons t r u o de la Lagu n a
Negr a . Dieciséis veces, a lo largo de aquella infancia, mis pad r e s y yo
agua n t a m o s el llanto con Qué verde era mi valle , un melod r a m a sobr e una
familia trá gic a de mine r o s que ter mi n a b a muy mal y que enc a b e z a b a con
sobri e d a d Walte r Pidgeo n, réplica enjut a de mi tío Balbino. Me doy cue nt a en
este precis o insta n t e de que pas é cuat ro déca d a s trat a n d o de ree s c ri bi r esa
trag e di a , de sobr ei m p r i mi rl a con la nues t r a , y que quizás estos apu n t e s no se
trat e n al fin y al cabo de otra cosa. En aquellos años esos filmes saba ti no s no
era n pre s tigios os, pero mi mad r e ya me señal a b a a John Ford, un direc t o r de
películas del oest e que seguí de chico y que comp r e n d í de gra n d e : a mam á le
arr a n c a b a n risas y lágri m a s sus odise a s “heroicó mi c a s ” acer c a de familias
emp e ñ o s a s y de emigr a n t e s gales e s en los confine s de la civilización.
A escon di d a s de todos yo juga b a a ser héro e y ban di do, crea b a película s
llena s de dispa r o s y acrob a ci a s , y anda b a por la calle habla n d o solo, dialoga n d o
con apac h e s , cors a rio s o vietn a mi t a s . Un giga n t e s c o remolino de imagin a ció n me
envolvía y me narco tiza b a ; tra m a s que yo conce bí a , des a r r olla b a y finalizab a en
soled a d absolut a ; perso n aj e s que plagia b a y que vivían en mi fuero íntimo con
sus voces y ges to s, a salvo del mun do, de mis amigos e incluso de mi familia.
Mam á atizó ese fuego volcán d o m e a Julio Verne y a Emilio Salga ri, pero la
chisp a se prod ujo fuera de casa, dur a n t e unas vacacion e s de inviern o. Ciert a
maes t r a del Fidel López había enca r g a d o a mis amigos la const r u c ció n de un
relato, y uno de ellos esta b a escribi e n d o el cuen t o de un sheriff corajud o y
bonac h ó n, y había calcad o la tapa de Buffalo Bill . Un rayo me levant ó en peso,
volví corrie n d o , subí las escale r a s y le pedí a mam á un cuad e r n o y un lápiz. Lo
único que tenía era una pequ e ñ a libret a de tapa s mar r o n e s . Me puse a escribir
frené tic a m e n t e una histori a de lucha y de mue r t e en unos pant a n o s neblinoso s.
Esta b a exalt a d o: el mun do invisible que yo cre a b a podía ser tra d u cid o con éxito
al mun do real. Aquel fantá s tico proce di mi e n t o se llam a b a “liter a t u r a ” . No era
cine pero se le pare cí a tanto que las difere n ci a s res ult a b a n irreleva n t e s .
Fue un acto consci e n t e m e n t e tras c e n d e n t a l , ya nada volvió a ser lo mismo,
y desd e ento nc e s escribo para leerle a mi mad r e las película s saba ti n a s que se
me ocur r e n . Ella escuc h a , o lee cada cosa, a veces con disgu s t o e incom p r e n s ió n ,
y le par e c e irónico que un desc e n di e n t e del Escalón pue d a llena r tantos
renglo n e s .
La vocación y el oficio me domin a r o n y me convirtie r o n en su esclavo, y
como se verá, eso trajo serios proble m a s y me sep a r ó veinticinc o años de mi
padr e .
El invier no que suce dió al dece s o de José de Sindo, Carm e n cruzó de
vere d a y, contr a ri a n d o a Marci al y a los tíos, se emple ó en una fraccion a d o r a de
esm alt e s que linda b a con la carnic e rí a. Era un sueldo ridículo pero mi mad r e
ponía en esos morla co s toda su ilusión.
—¿Para qué quier e s trab aj a r ? —le preg u n t ó Marc elino—. ¿Par a comp r a r t e
tu propi a casa? Eso es imposible.
—Tío, en algú n mom e n t o nos tene m o s que ir de acá.
—Nunc a —nega b a Marc elino movien d o la cabez a y leyen do La Prensa —.
Eso nunc a va a pas a r.
Tambié n mam á sentí a que era un pue n t e dem a s i a d o lejano, pero ahor r ó
todo lo que pudo y se fue conve ncie n d o de que sólo podría n salir adela n t e poco a
poco, pidien d o un crédito, comp r a n d o un depa r t a m e n t o chiquito y ponié n d olo
bajo hipot e c a . Pap á no que rí a sabe r nada con met e r s e en esas locur a s, pero se
vio otra vez arra s t r a d o por Carm e n al torb ellino de las deud a s . La oper a ció n
costa b a doce millone s de pesos, y ellos cont a b a n con uno y medio. Se metie ro n a
ciega s, con los dient e s apr e t a d o s y las media s zurcid a s , y pag a r o n con sang r e
dura n t e años un depa r t a m e n t i t o en la calle Campo Salles.
Marc elino y Consu elo ent r a r o n en pánico. Tenían miedo patológico de
que d a r s e solos, pero el tío no cedía en sus actit u d e s tiránic a s. Vigilaba adón d e
íbamo s y qué hacía m o s, prohibía dete r m i n a d o s compo r t a m i e n t o s , manip ul a b a
conve r s a c io n e s , se metía dond e no lo llama b a n y cons e g uí a siem p r e salirs e con
la suya. Su mayor triunfo residía en hace rl e sentir a Carm e n que les debía todo,
y que mis padr e s y sus hijos tenía n que man ej a r s e en la vida segú n las reglas
inte r n a s que él había dicta do.
Una noche los oí discutir desd e la cam a. Mam á le pedía que los dejar a
coloca r en la plant a alta una exte n sió n del teléfono que pag a b a n a medi as , y
Marc elino se nega b a porq u e temía una ridícula inspe cció n municip al. Pap á
esta b a en el ABC y enton c e s el tono fue subien d o y subie n d o, y en un mom e n t o
escuc h é que el tío gritó: ¡Uste d e s no van a llegar a nada! Me subier o n los calore s
a la cara, apa r t é las fraza d a s y bajé a los saltos:
—Nunc a más le levant é s la voz a ma m á —le dije a Marc elino apun t á n d o l e
con un dedo—. Nunc a más.
No sé qué voz me habr á salido de las tripa s. Sé que el tío bajó la vista, y
que jamás volví a confiar en él. Comp r e n d í que éra m o s sus prision e r o s , y que
tenía m o s que esca p a r .
Afortu n a d a m e n t e , dos amigos de María del Escalón se cruza r o n en nues t r o
camino y nos tendie r o n una mano. Se llama b a n Pepe y Elvira, era n marido y
muje r, y se pase a b a n del brazo por la tierrin a del Cent ro Asturi a n o. Él era
enca r g a d o del man t e ni mi e n t o de aquel edificio que Evere a d y tenía, en sus
bue no s tiem p o s , sobr e la calle Virrey Loreto, y ella hacía las veces de cam a r e r a
emp r e s a aden t r o . Esta b a n por jubilars e , y busc a b a n a alguie n de confianz a par a
que realiza r a la limpiez a noctu r n a . ¿Sabe lo que nece sita m o s , Pepe? —le había
dicho el jefe de perso n al—. Nec e s ita m o s una gallega . Mam á esta b a dispu e s t a ,
papá no que rí a sabe r nada. Segui mo s el deb a t e una noch e en el mismísim o
edificio en pen u m b r a s , que recor ri m o s con ellos: pisos y pisos con oficinas
alfomb r a d a s , que mi mad r e debía dejar impec a bl e s para el día siguie n t e . Marcial
fue conven cid o por Pepe, que era dulce y optimis t a, y Carm e n tomó ese segu n d o
trab ajo como si le hubie r a tocado la quiniela. Luego de dos años, Pepe y Elvira
finalm e n t e se retir a r o n , y mam á largó definitiva m e n t e los esm alt e s , tomó el
coma n d o de la cafet e rí a y cam bió su suer t e .
El Rodrig az o licuó la deud a final de Cam po Salles, com e nz ó a ent r a r diner o
en cas a y Carm e n se volvió ador a d a e impre s ci n di ble par a emple a d o s y ger e n t e s .
Pepe y Elvira era n esté rile s, y veían en mam á a la hija que no había n tenido.
Vivieron quinc e años de plácido retiro hast a que un cánc e r doloros o y prog r e s ivo
atacó a Pepe a traición. Emp ezó con la quimiot e r a p i a, pero ens e g ui d a se dio
cuen t a de que no tenía caso. Mand ó a Elvira a comp r a r el pan y se colgó de una
soga.
Mam á tenía ahor a roce con gent e s educ a d a s y ahor r a b a como nunc a.
Pasa m o s de la domin g u e r a pizza con fainá a come r en rest a u r a n t e s chinos y en
trato rí a s dece n t e s de la avenid a Cabildo; fuimos por prime r a vez de vacacion e s a
la playa: conocim o s tardí a m e n t e Mar del Plata y San Clem e n t e ; nos hicimos
socios del club y toma m o s como religión pas a r allí los fines de sem a n a .
Los inicios de mi adoles c e n ci a está n ligados a esa pat ria de arg e ñ ol e s, de
faba d a s , de gaita a las seis y paso do bl e a las siet e. De solida ri d a d e s , de
maledic e n ci a s y de chism o g r a fí a. Pileta y emp a n a d a galleg a , y un partido de
fútbol multitu di n a r io, diga m o s quinc e cont r a quinc e, y esca n d a l o s a m e n t e
desp a r ej o, chicos de diez y hom b r e s de sese n t a años, que jugá b a m o s hora s y
hora s junto al río. Dura b a n tanto que a veces aba n d o n á b a m o s un rato par a toma r
la leche, y volvíamos desp u é s para particip a r del inter m i n a bl e tiem p o de
desc u e n t o .
Tampoc o son ajenos aqu ellos albor e s a Los Gavilan e s de Espa ñ a , a las
peñ a s con sidr a y cand el a ri o, y a aqu ellos surr e a lis t a s carn a v al e s con baile
dond e un amigo viudo de mi padr e nos ens e ñ a b a cómo calent a r a las muje r e s en
las apre t a d a s de los lentos. Era un astu ri a n o experi m e n t a d o y lujurioso que había
hecho la mili en un dest r u c t o r y que de tan pobre se había dejado toqu e t e a r por
los maricon e s en el pue r t o de Cádiz a cam bio de un plato de lentej a s. Yo era un
púb e r y esa cáte d r a me dejab a anon a d a d o . Igual que uste d e s , a su edad yo era
pura calent ur a —dicta b a—. Visitaba las rom erías, sacaba a bailar a las moza s y
pasaba verg ü e n z a . Ahora usan esos calzoncillos “atómicos” que disi m ula n, pero
en mis tie m p o s llevába m o s calzon e s sueltos y se notaba cuan do andába m o s
alzados. Mis amigos me cargaba n y era el escar nio de las mujer e s . Hasta que un
día me la até. Como oyen: cogí una piola y me la até a la ingle. Fui a bailar
confiado y resulta que con las refriegas se me puso tiesa y se me estran g uló.
Pasé la noche ent era en el río tirándo m e agua para bajar la hincha z ó n .
No tenía la mínim a expe ri e n ci a en muje r e s , y la prim e r a vez que tuve un
encu e n t r o verda d e r o con ellas fue dur a n t e un “asalto” orga niz a d o por mis
amigos del Fidel López en una cas a de la calle Carr a n z a . Llegu é perfu m a d o y
nerviosísi mo, pero rápid a m e n t e ent r a m o s en confianz a y bailam o s hast a las seis.
Luego las acom p a ñ a m o s simula n d o osten si bl e m e n t e que éra m o s homb r e s
mad u r o s , y nos encon t r a m o s con mi mad r e , que est a b a par a d a en la esqui n a de
Ravign a ni y Sant a Fe en bata y pant uflas . Yo no sabía dónd e met e r m e , y ella no
sabía dónd e peg a r m e .
El dueñ o de aquella cas a de Carr a n z a me traicionó una vez con una mujer
a quien yo que rí a, y desvalido por la corn a d a me sent é en el umb r al de un
edificio de depa r t a m e n t o s y espe r é a que pas a r a n las hora s. A las cinco escuc h é
unos pasos y vi que papá volvía del bar con las manos en los bolsillos y las
solap a s levant a d a s . Yo no sabía que hacía frío. Cruzó la calle al verm e, me tocó
un hom b r o y me dijo: Vamo s . Le cont é, porq u e no dab a más, que me había n
clavado un puñal. Y enton c e s le dije algo horrible. Le dije: Tenías razón: hay que
cuidars e de los amigos.
Luché dura n t e siglos contr a las sent e n ci a s de mi padr e , y me form é
boxea n d o con ellas, ace pt á n d ol a s y repu di á n d ol a s con fierez a y auto e n g a ñ o s . A
lo largo de mi adoles c e n ci a , papá formuló cuat ro o cinco conc e p t o s
fund a m e n t a l e s . El sacrificio es lo más gra n d e que hay, tené s que cuida r t e porq u e
los amigos traicion a n , escribi r es cosa de vagos, a los arg e n ti n o s no les gust a
trab aj a r y, en un mom e n t o límite, hast a no valés para nada .
Quizás el principio de nues t r o s des a c u e r d o s fueron esas págin a s atroc e s
que yo destila b a y que él eludía como quien quier e evita r s e una enfer m e d a d
infectoco n t a gi o s a . Yo iba direc t o a perito merc a n t il y luego a cont a d o r público
nacion al cua n d o me anot a r o n en el colegio Carlos Pelleg ri ni, pero me tocó por
sort e o el turno noche y las mañ a n a s que mam á tra b aj a b a , y él dormí a, era n
tierr a de impu ni d a d par a escribir novela s de espía s y luego poem a s de amor. De
aba n d e r a d o y prim e r prom e dio pas é a des a s t r e total en ese prim e r año de
secu n d a r i a llena de política y revolución. Era 1975, todos los días se susp e n dí a n
las clase s por ame n a z a s de bomb a o marc h a s a Plaza de Mayo, y estu di a n t e s del
Ejército Revolucion a ri o del Pueblo presi día n las asa m bl e a s con capu c h a s y
pistolas en el cinto.
Nad a comp r e n d í a yo de esos hervor e s , pero aprove c h a b a sus distr a c cio n e s
para acom e t e r mi oficio secr e t o y derr ui r el sentido olímpico de las altas
calificacion e s que los salesi a n o s me había n metido en la cabez a. No me
inte r e s a b a , como ant e s me había obse sio n a d o, ser el prim e r o de la clase, pero la
apatí a y la neglige n ci a me convirtie r o n en el último. Me salva ro n el caos nacion al
y mi mad r e que me cambió al turno tard e. En marzo, sin emb a r g o, llegó la
dicta d u r a militar, hubo razias en el colegio, pusier o n a policías arm a d o s en lugar
de celado r e s , end u r e c i e r o n el siste m a y emp ez a r o n los proble m a s en serio.
No había estu di a d o nad a en el prim e r año, y no sabía cómo hace rlo en el
segu n d o , de man e r a que fui de tropiezo en tropiezo, mient r a s leía libros de
dete c tive s y poe m a ri o s espa ñ ol e s , y seguí a series de televisión y película s de
clas e B, hast a que los boletin e s cant a r o n y mam á puso el grito en el cielo.
Trat a m o s juntos de end e r e z a r el barco, pero todo menos castella n o e histori a
venía mal parido, y no hubo caso, y las fechas y las chanc e s se fuero n
der r u m b a n d o , y un mediodí a volví con la noticia de que mi profeso r a de
mat e m á t i c a había dicta d o cond e n a definitiva.
Está b a m o s los tres en la cocina de arrib a, y Marcial se des e n c ajó y me tiró
una cach e t a d a . Me prot e gí con el ante b r a z o, y agua n t é los gritos y los port az o s;
luego tomé mi libret a y camin é hast a el Jardín Botá nico. Me sent é en un banco
de piedr a y escribí tres o cuat ro versos tristísimo s en todo el sentido de la
palab r a .
Pap á y yo nos eludim os dura n t e mes e s , y sé que aquél fue el dolor más
gra n d e que pude infligirle. Ocultó con vergü e n z a la mala noticia todo lo que
pudo, y cuan d o estalló fue víctim a en el bar y en el club de la infamia y del
rego d e o de sus paisa n o s , para quien e s un hijo rep e ti d o r era un estig m a
equivale n t e a tene r un delinc u e n t e en cas a. Marcial, para defen d e r s e de esa
agre sió n, volvió a arm a r s e de una coraz a y me dio por perdido par a aseg u r a r s e
de no tene r nunc a más un des e n g a ñ o .
Tuve concie n ci a de esa estr a t e g i a , y al final tam bi é n yo me di por perdido.
Quizás pap á tuvier a razón: el sacrificio era el valor supr e m o del ser hum a n o, los
arg e n ti n o s care cía m o s de esa virtu d inmigr a n t e y la liter a t u r a era una form a de
la vaga n ci a.
Carm e n no est a b a de acue r d o con nosot r o s , pero buscó una escu el a de
rep e ti d o r e s y encon t r ó el San Martín, un edificio sucio y gris en Belgr a n o y Entr e
Ríos al que asistía n chicos brillant e s , atorr a n t e s imposibl es, carn e de
refor m a t o r io y bar r a b r a v a s . Cuan d o la prim e r a sem a n a Boca goleó a River, los
muc h a c h o s de quinto ent r a r o n cajas sosp e c h o s a s por la pue r t a princip al, y en el
recr e o tiraro n desd e el terc e r piso al patio cent r a l veinte gallina s pone d o r a s .
No era n pibes del cent r o sino de los barrios subu r b a n o s , y yo enc ajé en su
modo de pens a m i e n t o y en su cínica sencillez, y apre n dí de ellos más de lo que
había apre n di d o en las clas es media s acomo d a d a s . Hice caso omiso a la
litera t u r a , al cine, a la televisión y a las antigu a s amist a d e s , des a p a r e c í de los
luga r e s que frecu e n t a b a , y me dediq u é en cuer p o y alma a no fraca s a r .
Pero de nad a valió que pap á comp r o b a r a que no había vuelto a fraca s a r
luego de dos años de fragor estu di a n til. Mant uvo su miedo a dece p cio n a r s e y sus
defe ns a s en alto, y esas prec a u cio n e s nos fueron dista n ci a n d o hast a
desco n o c e r n o s . Papá, con el tiem p o, se ence r r ó en los discu r s o s e ideologí a s del
Cent r o Asturi a n o, y yo sepa r é con mucho cuida d o lo diurno de lo noctu r n o .
En mi vida diurn a , cum plía los man d a t o s , y en la noctu r n a , los sue ño s. Es
por eso que la litera t u r a , lejos de la vaga n ci a, fue siem p r e una laborios a form a
de la cland e s ti ni d a d . Jamás pude escribir sin sentir m e culpa bl e, ni dejar de
escribir sin sentir m e en falta.
Discutie n d o en silencio los apot e g m a s de Marcial, quise conve r ti r m e en su
cont r a c a r a . Leí a Sart r e , a Nietzsc h e y a Fre u d, y abjur é de los chant aj e s
cristia n o s , y cultivé el marxis m o para reb el a r m e cont r a ellos y luego el
pero nis m o para ser arg e n ti n o a cualquie r precio. Mi her m a n a era la hija
perfec t a , y yo me veía a mí mismo sufrie n d o el síndro m e de la oveja neg r a que se
me había diagn o s ti c a d o . Mis pad r e s era n peq u e ñ o s burg u e s e s equivoc a d o s , y en
un mom e n t o dado yo era ateo, marxist a, pero nis t a y bohe mi o.
Pap á intuyó esas her ejías sin atr ev e r s e a enfre n t a r l a s y ma m á las tomó
como fiebre s juveniles. Ella, no obst a n t e , acom p a ñ ó cada ocur r e n c i a con una
sonris a escé p tic a, pero participó activa m e n t e de dos emp r e s a s insólitas
acom e ti d a s bajo el régi m e n milita r: fui disc jockey amat e u r y luego editor
periodís tico irres p o n s a b l e . Con los amigos que podía n traicion a r m e y nunc a lo
hiciero n, mont a m o s una orga niz a ció n profesion al de bailes de fin curs o, que nos
per mitió gan a r poco diner o y conoc e r much a s mujer e s , y desp u é s de la
consc ri pción, una revist a art e s a n a l que des afia b a a la cens u r a y por la que casi
ter mi n a m o s en la cárc el.
Marci al ignoró a propó sito esos desp r o p ó si t o s, y anh eló que el servicio
milita r me tem pl a r a el cará c t e r y me reh a bilit a r a . Cumplí en el Coma n d o del
Prim e r Cuer p o de Ejército, a las órde n e s del gene r a l Bussi, y no apre n dí más que
tra m p a s y malos hábitos. Al volver de un mes y medio de instr u c ció n en Los
Polvorine s , mam á lloró al encon t r a r m e desn u t ri d o y mi padr e se regocijó al
verm e unifor m a d o . Me inter n é un mes en el Hospit al Militar par a eludir el orde n
cerr a d o , y mi padr e le dio un ser m ó n a un tenie n t e coron el médico sobr e el
res p e t o con que el ejército esp a ñ ol trat a b a a sus reclut a s , y mi mad r e sufrió cada
día de aquéllos como si fues e a des a t a r s e una guer r a inte r n a c io n a l y como si
estuvie r a n a punt o de enviar m e direc t a m e n t e a la trinc h e r a .
La guer r a finalm e n t e se des a t ó, y gracia s a los rezos y a las velas que se
pre n dí a n en Almurfe, no me tocó comb a ti r en las tosc a s de Puer t o Argenti no,
pero al cons e g ui r la baja anun ci é que no sería cont a d o r ni abog a d o sino
periodis t a, y mam á se sintió halag a d a y pap á nueva m e n t e desco r a z o n a d o . El
periodis m o era otra argu ci a profesion al de la hara g a n e r í a , y yo sentía que al
desafia r a mi padr e me arrie s g a b a de nuevo a aqu el terri ble fraca s o.
Cuat ro años des p u é s era red a c t o r espe ci al de Policiales en el viejo diario
La Razón , y escribía todos los días un folletín de novela neg r a . Una tard e,
desp u é s de la sext a edición, el teléfono sonó sobr e mi escrito rio y ate n dí
distr aí do. Era pap á, acod a d o en el most r a d o r del ABC. Sólo hielo había entr e
nosot r o s , pero esa tard e lo rompió con una preg u n t a ines p e r a d a : ¿Qué pusis t e en
el capítulo de hoy? Acá hay un gran revu elo. Me insist e n con que te pregu n t e
qué va a pasar maña n a.
Marci al se refería a sus parr o q ui a n o s . La Razón era un diario popul a r y se
leía muchísi m o en los cafetin e s . No recu e r d o mayor triunfo de mi pros a por
entr e g a s que aqu ella llam a d a fugaz. Papá siem p r e fue fugaz en la demos t r a c i ó n
de estos senti mi e n t o s . Desd e ento nc e s calló la mayorí a de las veces, pero eligió
insta n t e s incóm o d o s par a decir cosas impor t a n t e s . Siemp r e dice algu n a de ellas
cua n d o esta m o s por ent r a r a un asce n s o r , cuan d o está a punt o de subir a un taxi,
en el estribo del 161 o en el teléfono un segu n d o ante s de cort a r. Y de hecho
dura n t e los años de la gue r r a fría, nada par e cí a hab e r en nues t r a s rar a s
conve r s a c io n e s a solas, como no fuer a n come n t a r io s sobr e el fútbol italiano y el
ciclismo espa ñ ol.
Daba por supu e s t o que pap á no sentí a el mínimo orgullo por lo que yo
hacía, cuan d o la silicosis y el cigar rillo lo volte a r o n por prim e r a vez. Mam á lo
inte r n ó de urg e n ci a y yo le recri mi n é el vicio y le hice comp a ñí a . Una noche falté
por un cierr e, y le pedí perd ó n por teléfono. Como no lo veía a los ojos, y como la
dista n ci a me solta b a la leng u a , le dije sin pens a r: Cuántos proble m a s te traje,
¿no? Pap á se puso serio:
—¿De qué está s habla n d o ?
—Ya sé que no fui el hijo que espe r a b a s , y que te traje mucho s dolore s de
panz a. Pero últim a m e n t e me estoy refor m a n d o , ¿no?
Se prod ujo un silencio tan profun d o que pens é: Se cayó la línea o le dio un
bobazo.
—¿Quién te dijo esa estu pi d e z? —oí que me devolvía con voz ronc a, y ahí
me di cue n t a de que est a b a golpe a d o y sorp r e n di d o—. Siem p r e fuiste un gra n
hijo.
—No te creo, papá —me reí—. Mejora t e .
Y le hice lo que me hac e: le corté. Las lágrim a s no me dejab a n escribi r, y
tuve que levant a r m e para ir al baño y lavar m e la car a.
A parti r de ese diálogo abs u r d o , papá tomó concie n ci a de que una herid a, y
tal vez una pelea borros a , nos había n divorcia d o veinticinco años atrá s . Es
extra ñ o cómo las pers o n a s que más se quier e n pued e n lastim a r s e profun d a m e n t e
con un leve ras g u ñ o , y cómo un quist e chico y anec d ó tic o pue d e conver ti r s e en
un tumo r gra n d e y maligno.
El oficio de la pren s a , dura n t e ese gélido cuar t o de siglo, fue la estr a t e g i a
nece s a ri a par a que me paga s e n por escribi r, y la liter a t u r a fue el motor que me
tran sfor m ó en un autodid a c t a ; un adicto al trab ajo en hora s diurn a s y un
enfe r m o de los libros en las noctu r n a s . Sobr ellev a r esa doble vida, par a no
dece p cio n a r a mi padr e ni traicion a r m e a mí mismo, fue la odise a que esclavizó,
y tal vez justificó en part e , esta pat é tic a carr e r a contr a el tiem p o que corro
carg a n d o las culpa s pate r n a s , la des do bl a d a ansie d a d y la tira ní a de dos
vocacion e s incom p a t i bl e s .
Ya jubilado, hace poco papá se cruzó conmigo en la calle y me tocó la
corb a t a . Lo vi viejo por prime r a vez. Me dijo: Es increíble lo bien que apren di s t e
a hacert e el nudo . Pare cí a since r a m e n t e sorp r e n di d o. Era como si hubie r a esta d o
ause n t e dur a n t e déca d a s y como si volviera del exilio a recob r a r lo que era suyo.
Y era tam bi é n, desp u é s de hab e r sido un esclavo, ese millona rio sin plat a que
anda b a por la vered a del sol pens a n d o que todo había sido part e de un gra n
male n t e n d i d o.
—Te maljuzg u é —me dice ahor a que tene m o s tiem po—. Fui dem a si a d o
duro contigo. Te maljuzg u é .
—Pero si tenías razón, papá. Las cosa s saliero n bien porq u e Dios es
gra n d e .
Una noche de 1999 soñé con la sortija de nudos que llevab a el mae s t r o
Vázquez en su mano izquie r d a . Me encon t r é sent a d o en la capilla del León XIII,
junto al Cristo sang r a n t e , de vuelta de las avent u r a s y los reves e s de la vida, y vi
que el mae s t r o abría los brazos y se encogí a de hom b r o s: tenía las huella s de las
balas de la Guerr a Civil dibuja d a s en todo el cuer p o. Y luego camin a b a yo entr e
ciento s de des a r r a p a d o s y men e s t e r o s o s , rum b o a una catá s t r of e que significa b a
ineq uívoc a m e n t e la mise ria, y de pron to me toca b a n la espald a y me volvía en
cám a r a lenta. Y Marcial me apre t a b a el hom b r o y me decía al oído: Yo te avisé,
Jorge. Yo te avisé, pero no me hicist e caso .
9
Gabi
“No hay nada más parecido a un judío
que un asturiano.”
No conozco a ningu n a pers o n a de bien que no haya urdido su propia utopía
del Sur. La mía const a b a de un lago espeja d o, una mont a ñ a con nub e s bajas, un
bosqu e , una caba ñ a alpina, una novela por la mañ a n a , un artículo por la tard e,
caza r ciervo colora d o los fines de sem a n a y reírm e del hacin a m i e n t o húm e d o y
enso r d e c e d o r de los port e ñ o s .
Miles de nosot ro s deja m o s todo par a cum plir la gra n quim e r a pata g ó ni c a , y
ter mi n a m o s viviendo en un bar rio prolet a ri o del desier t o comp u e s t o de bard a s y
de monoblocks depri m e n t e s plagia d o s de Ciuda d Evita. El único teléfono era
público, qued a b a a seis cua d r a s de mi cam a y había que hac e r cola a cualqui e r
hora del día y de la noche, y reza r un padr e n u e s t r o par a cons e g ui r línea. A mi
hija de tres años le codicia b a n el pelo rubio y a mi muje r el auto, un cach a r r o
abollado al que sem a n a por medio le rom pí a n la lunet a. Los vecinos de arrib a y
de abajo se apale a b a n , la músic a tropic al a ciento cincu e n t a decib el e s no nos
dejab a dormi r, el viento acu m ul a b a un polvillo tan persist e n t e y fino que no salía
con jabón, agu a ni virulan a , y par a ir al trab ajo tenía m o s que esquiva r los
piedr a z o s y atrav e s a r una villa mise ri a en la que ningú n ciuda d a n o de Fue r t e
Apach e hubie r a dejado que lo sorp r e n di e r a la noch e. Yo tra b aj a b a diecinu ev e
hora s por día, había engor d a d o veinte kilos y esta b a a punto de rom p e r mi
mat ri m o nio.
Pero cuat r o años ante s era aqu el much a c h o de la izquie r d a nacion al que
escribía folletin e s , que había entr evis t a d o asesinos seriale s en la cárc el de Sier r a
Chica y que se afer r a b a a la convicción de que podía paga r absolut a m e n t e
cualqui e r precio para cum plir un sue ño: aba n d o n a r familia y amigos, cruz a r las
front e r a s , arria r las band e r a s , prolet a riz a r m e , sufrir el destie r r o , menti r, pec a r y
morir tem p r a n o .
Había apr e n di d o en cas a que un homb r e debía tom a r con urge n ci a los
retos de la vida, abrirs e camino a los codazos sin mira r atrá s y purifica r s e en ese
dolor, y me lo esta b a toma n d o real m e n t e muy a pecho. Era periodis t a profesion al
desd e hacía cinco años y en 1986 todo a mi alred e d o r se caía a ped azo s: los
diarios nacion al e s y las revist a s queb r a b a n , las editori al e s moría n de inanición,
la gene r a ci ó n que me inter e s a b a se había diezm a d o , la verd a d verd a d e r a no
podía cont a r s e , la ciuda d era una prisión de pobr e s corazo n e s abu r ri d o s y
agot a d o s . Mi muje r y yo tenía m o s veinticinc o años y la últim a de las utopía s
posibles en un país y en un mund o que se qued a b a sin utopía s: el Sur. ¿Qué
podía m o s perd e r cua n d o ni siquie r a imagin á b a m o s que est á b a m o s a punt o de
per d e rl o todo? Nada —nos decía n—. Si a esta edad no se atrev e n, no se van a
atrev er nunca.
A esa eda d yo era obvia m e n t e inmort al. ¿Quién no lo era ento n c e s ? Y sobr e
esa vanida d trab aj a r o n para conve n c e r m e dos tipos aud a c e s que edita b a n un
prec a ri o mat u ti n o en el Alto Valle. Busc a b a n un brazo fuert e que trat a r a con los
cana s , los cadáv e r e s y los homicid a s. Y precis a m e n t e a esos men e s t e r e s me
dedic a b a en La Razón vespe r ti n a , aquel tra n s a t l á n t ic o que Jacobo Time r m a n
había hundido y vuelto a reflota r ante s de aba n d o n a r par a siem p r e las lides. Yo
había ent r a d o por la vent a n a del periodis m o político para una larga y dileta n t e
serie sobr e el derr oc a m i e n t o de Peró n que Jacobo se emp e ñ a b a en publica r
cua r e n t a días seguido s dur a n t e el alfonsinis m o. Pero el secr e t a r io gene r a l
nece sit a b a un red a c t o r de policiales con suficien t e ham b r e de panz a y de gloria
como par a atr av e s a r con su cabez a el muro del abu r ri mi e n t o , arra n c a r l e un
ped azo calient e al mue r t o de cada jorna d a y volver a tiemp o con la crónic a
chorr e a n t e de los hechos. Así que me sentó entr e dos veter a n o s que
meca n o g r a fi a b a n mentir a s con dos dedos, y me convirtió en fuerz a de choq u e.
Llega b a invaria bl e m e n t e de mad r u g a d a , leía los diarios y los cables, y
alguie n me asign a b a una misión imposible. Un secu e s t r o extorsivo, un ajust e de
cuen t a s , un crime n miste rio s o, un accide n t e tranvia rio. Todo dab a más o menos
igual, con tal de que traje r a la histori a del día y la escribie r a ante s de las once y
media. A esa hora partía el último tren de la prime r a edición, y no te salvab a ni
Dios si llega b a s tard e.
Mi vanid a d sufrió al principio varios tras pi é s: los policías era n intra t a b l e s y
la comp e t e n c i a , feroz; los cadáv e r e s te revolvían el estó m a g o y las histori a s
pare cí a n compleja s y había que cont a rl a s con concisión y sencillez, pero tam bi é n
con noveles c a sedu c ción. Eran notas urge n t e s de prim e r a plana que se escribía n
al filo del cierr e en pequ e ñ a s servillet a s de pizza de no más de veint e líneas a
cincu e n t a y ocho espa cios cada una. Todo esta b a pens a n d o y const r ui d o par a la
velocida d: un editor podía calcula r de un vistazo la exte n sió n, y la mayorí a de las
veces el mío me las iba arr a n c a n d o de la máq uin a mient r a s yo seguía de
mem o ri a el curso del relato. El editor corr e gí a la carilla, la dobla b a en seis
part e s , la coloca b a dent r o de un cilindro de met al y la enviab a al piso de abajo a
travé s de un tubo neu m á ti c o que dese m b o c a b a con un extra ñ o crujido en el
taller. Luego me manot e a b a la segu n d a hoja y hacía lo mis mo, sin impor t a r l e
dem a s i a d o si yo gua r d a b a cohe r e n c i a o si me est a b a repitie n d o. La rapid ez era
una obse sió n, y el red a c t o r un tiem pi s t a sin escr ú p u lo s .
Const r uí mi propio diccion a ri o policíaco, que tenía cincu e n t a sinóni mo s y
antóni m o s de la palab r a “malvivient e ”, y verbos reg a s t a d o s de eficaci a
fulmin a n t e : no hay vocablo más rápido y cert e r o que “des a t a r ” , ni met áfor a
hum a n a del cast ella n o mode r n o que pue d a mejor a r la fras e “se des a t ó un
incen dio”. De man e r a que pront o domin é los luga r e s comu n e s y por lo tanto el
oficio y, de paso, la medioc ri d a d . Fui un mag nífico atlet a de la crónic a roja, pero
tam bié n un medioc r e periodist a incap a z de des a p r e n d e r lo apr e n di d o, un
depo r tis t a de ideología musc ula r corrie n d o el mar a t ó n de la vida sin sentido ni
dirección, repitie n d o el destino anóni mo de la pros a meno r en papel de diario.
La bas e de la dicha plen a radica much a s veces en la incons cie n ci a, y yo era
en aqu ella época un gozoso incons ci e n t e que por las mañ a n a s investig a b a
críme n e s irres u el to s del pres e n t e , por las tard e s exhu m a b a casos sens a cio n al e s
del pas a d o y por las noche s escribía liter a t u r a popula r. Giubileo, Oriel Briant,
Puccio, Penje r e c k y Robledo Puch, y en algún mom e n t o relatos de ficción por
entr e g a s sobr e la mafia del fútbol y sobr e las band a s par a m ilit a r e s , que escribía
sin dor mi r y con el cuchillo en la garg a n t a par a entr e g a r el capítulo de cad a día
ant e s de que los gráficos abrie r a n a las cinco de la mad r u g a d a el taller y
emp ez a r a n con la sépti m a .
Tenía toda la ene r gí a y el entu si a s m o del mun do, me llevab a por delant e el
cans a n ci o y los miedos, y alte r n a b a con escrito r e s fraca s a d o s , repor t e r o s
eruditos y alcohólicos, dete c tive s cínicos, asesinos comp ul sivos y ladron e s
caballe r e s c o s . ¿Qué más se podía pedir? Se podía pedir que las cosas no
cambi a r a n , pero la inflación no escuc h a b a súplica s, y los medios emp e z a r o n a
der r u m b a r s e uno tras otro, y hubo un mom e n t o en el que mucho s periodist a s
pens a m o s seria m e n t e que dejarí a m o s de serlo. El diario cam bió de manos y cayó
en picad a, y se veía venir en las asa m bl e a s que un día dejaría n de pag a r n o s el
sueldo y que luego sobr ev e n d r í a la convoc a t o ri a de acre e d o r e s , la quieb r a , las
den u n ci a s por vacia mi e n t o y finalm e n t e el cierr e. De repe n t e no se habla b a de
otra cosa en el come d o r de Gene r al Horno s, la pes a dilla me quita b a el ham b r e y
no pas a b a día en el que no pens a r a que el sue ño había termin a d o y que al final
las admo ni cion e s de mi padr e había n sido des g r a ci a d a m e n t e cert e r a s .
En ese insta n t e de debilida d, un ex comp a ñ e r o me llamó desd e el Sur, me
contó mar a villas y me dijo que el ofreci mie n t o incluía una jefatu r a de noticias,
cas a, auto y empleo par a mi muje r. Luego para seduci r m e , me descri bie r o n
Neuq u é n capital como si fuera Nueva York, y me enviaro n un pas aj e aére o par a
que lo comp r o b a r a . Cuan d o bajé del avión de Austr al y me subí al taxi, escuc h é
en la radio el mens aj e de una oyent e comú n: Dice Perla del barrio San Loren z o
que tiene el perro de Eloísa y que la espera a las cuatro en la banq ui na . Tuve el
impulso de decirle al taxist a que diera la vuelta, pero íbamos a tant a velocida d y
el ejército de álamo s era tan apa b ull a n t e , que me qued é quieto y dejé que el azar
me llevar a .
Luego el diario y su pequ e ñ a red a c ció n de la calle Fott e ri n g h a m ; los
neuq ui no s y su rar a sabidu rí a y su acalor a d a rebelión fede r al; la prosp e ri d a d
efectiva que res p al d a b a n el petról eo y las regalías gasífer a s y el des afío de
const r ui r una socied a d joven desd e dond e todavía vale la pen a lucha r par a
cambi a r el mun do, me convirtie r o n en mi mad r e .
Ser emigr a n t e se volvió así un destino familiar: lo acep t é sin mira mi e n t o s y
le rom pí el corazón. Ella, par a ento nc e s , era una pers o n a comple t a m e n t e nueva.
Era mode r n a , ené r gic a , política e inform a d a . Rode a d a de ger e n t e s y de
secr e t a r i a s ejecu tiva s, había recu p e r a d o la autoe s ti m a y se dedica b a a escala r
posicion e s . Los pes a r e s no la había n mata d o, la había n hec ho más fuert e y
alert a .
Es curioso pero razon a bl e: pap á se volvió hacia aden t r o y ma m á se volvió
hacia afue r a . Marcial era nega d o r de la realida d que seguí a dolien do, ma m á se
solaza b a en ese dolor y mostr a b a sus garr a s . La nega ció n es una sust a n ci a
divina: reco m e n d a b l e en pequ e ñ a s dosis, en altas cond u c e a la cegu e r a .
¿Quién e s viven más felices: los lúcidos o los nega d o r e s ? Mam á tenía niveles
bajísimos de nega ció n en sang r e , y por lo tanto su visión era hipe r r e a lis t a : nos
ame n a z a b a n todo el tiem po peligros impro n u n ci a bl e s y posibilida d e s
cata s t r ófic a s , y soste n e rl e la mira d a a esas desg r a c i a s era una suert e de
res po n s a b ilid a d civil. La sociología astu ri a n a dete c t a tres clase s de sere s
hum a n o s : los que levant a n par e d e s alred e d o r de su ombligo, los que arm a n
escu d o s a razon a bl e dista n ci a y los que enfre n t a n los fusiles a cara desc u bi e r t a .
Estos últimos suele n ser los más solida rios y autos uficie n t e s , pero tam bi é n los
más sufridos: les ent r a n toda s las balas y no hay dolor, por hecho, omisión o
imagin a ció n, que no les pert e n e z c a . Vivir pens a n d o que las mil tonela d a s de
hormi gó n que nos cobijan pue d e n des m o r o n a r s e , que port a m o s en estos
insta n t e s un mal silencioso e invisible, o que pode m o s entr a r en las est a dís tic a s y
morir al cruza r la próxim a calle, cam bió su visión históric a y, por conta gio,
tam bié n la mía.
En la escu el a de periodis m o conocí, sin emb a r g o, a otro hijo de astu ri a n o s
que trat a rí a de zanja r las difere n ci a s filosóficas entr e los extr e mi s m o s de
Carm e n y Marcial. En Buenos Aires, los arg e ñ ol e s son legión, pero los astu ri a n o s
constit uy e n una sect a invisible que se inte rc o n e c t a de un modo miste rio s o.
González era marin e r o de agua dulce y yo solda do de infant e rí a, y asistía m o s en
impec a bl e unifor m e a las clase s noctu r n a s sobr e el final de la consc ri pció n.
Pront o desc u b ri m o s nues t r a tradición familiar en comú n y una nueva obs esió n
comp a r t i d a: publica r una revista de circula ció n alter n a t iv a par a veng a r n o s de los
milita r e s y para conve r ti r n o s en periodist a s “comp r o m e t i d o s ”.
Nos hicimos amigos íntimos viviendo corr e rí a s de poca mont a en los
subs u elo s de la dicta d u r a , firma m o s juntos nue s t r a s prim e r a s nota s, mordi mo s el
polvo, pat e a m o s calles y men di g a m o s colabo r a cio n e s , y llega m o s el mismo día y
con el mismo afán al noveno piso de La Razón . Pero ante s hubo nueve mes e s en
blanco, mient r a s yo ter mi n a b a una novela sobr e Malvina s que tiré compl et a al
cesto de la basu r a , y mient r a s él se dedic a b a en cuer p o y alma al alma c é n de
Boedo y a la enfer m e d a d ter mi n al de su pad r e . Cuan d o nos ree n c o n t r a m o s esa
mue r t e lo había cam bi a d o drás tic a m e n t e .
Su pad r e Antonio era un agriculto r de San Martí n de Ozcos, otro pue blito
vecino de Luarc a, y el alma c é n dond e fatiga b a sus días qued a b a en la calle
México y llevab a el nomb r e del santo pat ro n o de los astu ri a n o s: San Pelayo . Los
médicos, luego de varios estu dios, le había n confes a d o a González que Antonio
no tenía ningu n a espe r a n z a , y que era inútil decirle la verd a d. Por lo tanto, el
hijo calló, lo acom p a ñ ó en los áspe r o s trat a m i e n t o s y se man t uvo despi e r t o
mient r a s los otros dor mí a n . Vivió junto al viejo almac e n e r o toda s esas sem a n a s
sabie n d o que moriría y pres e n c ió, des d e esa horribl e e impot e n t e pers p e c tiv a,
cómo se hacía mala sang r e por minuci a s. Aquel contr a s t e solía enoja r al hijo,
quie n no podía cree r que su pad r e agot a r a el último aliento en gran d e s
ama r g u r a s por probl e m a s meno r e s de merc a d e r í a , de client e s, de provee d o r e s y
de most r a d o r . Hast a que se dio cuen t a de que todos hac e m o s lo mis mo con cada
día de nue s t r a s vidas.
Se prop u s o enton c e s ser un neg a d o r de las cosas falsa m e n t e releva n t e s ,
pero en verda d puerile s, y un hipe r co n s ci e n t e de las que verd a d e r a m e n t e
impor t a n , pero que poste r g a m o s . Por más que se esfue rz a no pued e ahor a
toma r s e en serio los dra m á t i co s trá mit e s del trab ajo, pero se desg a r r a en las
mínim a s insinu a cio n e s de cualq ui e r pade ci mi e n t o familia r o enfer m e d a d . Lleva
traje de amian t o y tapon e s de cer a, y jamá s se que m a en el fuego de la
arro g a n c i a profesion al ni escuc h a los canto s de sire n a del éxito ni de la
opule n ci a, pero lleva la piel desn u d a y sensible par a las cosas vitales, que él
tiene en claro más que ningú n otro que yo trat e o conozc a.
La vida trat a precis a m e n t e de las cosas que pode m o s cam bi a r y de las
cosas que debe m o s ace pt a r de nosot r o s mis mo s, y tam bi é n de la prolija
discri min a ció n que debe m o s prac tic a r entr e lo significativo y lo insignifica n t e . Y
siem p r e me impre sio nó su pequ e ñ a eficiencia para esas eleccion e s diaria s, y
para ser feliz contr a los man d a m i e n t o s de la inmigr a ció n. Se adqui e r e una
intelige n ci a supe rio r cuan d o se es obliga d o por el destino a ver en prime r a fila
dura n t e mes e s de agonía esta película de malen t e n d i d o s y de paté tic a s locur a s
con que los hum a n o s llena m o s nue s t r o s vacíos.
La visión de González, que der ri b a la apología del sacrificio y el
endios a mi e n t o del dine ro y de las conquis t a s mate ri al e s , pue r t o s de dond e los
emig r a n t e s se aferr a n siem p r e par a autojus tific a r su des dic h a, sacu dió mi
man e r a de pens a r , y puso en jaque el hipe r r e a li s m o y otra s esca b r o s a s
conviccion e s que yo había here d a d o .
Aquella tera pi a de elect ro s h o c k lo volvió un gue r rille ro asce t a que
comb a tí a la cultur a del consu mi s m o y la neu ro sis gatafloris t a del medio pelo
nacion al. González sólo usa b a ropa here d a d a de sus parie n t e s mue r t o s y yo tuve
que acom p a ñ a r l o a una tiend a de Constit u ción par a que se comp r a r a zapat o s
nuevos por prim e r a vez. Recue r d o que volvió loco dur a n t e dos hora s al vend e d o r
hast a que por fin le hizo ente n d e r que no le inte r e s a b a n el diseño ni el color ni el
precio ni la moda, sino simple m e n t e que los moca si n e s fuera n bien “cerr a di t o s ”.
¿Cerraditos? , le pre g u n t ó el emple a d o a punto de perd e r la línea. Los nece sit o
bien cerradito s para que no se me moje n los pies cuan do baldeo el almac é n , le
explicó González, impasibl e. Diez años des p u é s de aqu ella pequ e ñ a lección de
utilita ris m o, era un periodis t a cons a g r a d o , había denu n ci a d o al mayor jefe
mafioso de la Argenti n a , había soport a d o ame n a z a s y rech az a d o fabuloso s
inte n to s de sobor n o, y and a b a por la ciuda d con un maltr e c h o Rena ult 4 verde
loro que algu no s colega s tom a b a n como una mag nífica extrav a g a n c i a , pero que
yo sabía era su partic ul a r modo de subr a y a r que todo es supe rfluo, que nad a es
per m a n e n t e ni serio, que el dine ro es meno s impor t a n t e que el cont rol de
esfínt e r e s . Y de paso que la fe ciega en el sacrificio es una ries gos a supe r c h e r í a ,
la culpa una extorsión, el orgullo un pasa ti e m p o inútil y dud a r el gra n verbo de la
intelige n ci a hum a n a .
Los inmigr a n t e s exitosos que yo conocía jamá s se per mití a n dud a r.
Llevab a n anillos de oro y relojes de diam a n t e s , fuma b a n haba n o s del tam a ñ o de
un fému r, les regal a b a n 4 × 4 a sus hijos par a sus cum ple a ñ o s y alard e a b a n de
sus rest a u r a n t e s y hotele s alojamie n t o como si fuera n gra n d e s castillos gana d o s
al ene mi go.
González pens a b a que el Santo Grial de la vida era ser muy fuert e para
nece sit a r muy poco. Nue s t r a discusió n, a lo largo de los años, fue sin emb a r g o
acer c a de la única cert ez a que nos quedó. La única certe z a que tene m o s es la
muer t e , y en cons e c u e n ci a, ¿qué tiene de malo inve n tar n o s juegos laboriosos y
arrogan t e s , como la fama y el dinero, para distraer n o s de esa verdad últim a y
te mi ble, Gonzále z? , le pre g u n t a b a para import u n a r l o.
El juego de mam á, que es tan bue no como cualquie r otro, y que al final es
el más clásico de los juegos emigr a n t e s , fue justa m e n t e el prog r e s o: arr a s t r ó a
papá a cinco mud a n z a s alre d e d o r de Paler m o y le rep ro c h ó que desp r e ci a r a ese
emp e ñ o por gana rl e la pulse a d a al diablo.
Todo emp ez ó, en realid a d, cuan d o vendi mo s Campo Salles y comp r a m o s un
dep a r t a m e n t o a cincu e n t a met r o s de la vieja cas a de Ravign a ni. Marc elino lo
visitó contr a ri a d o, se paró en el medio del com e d o r todavía vacío, apoyó sus
puños en las cade r a s y dijo entr e dient e s : ¿La verdad? Nun ca pens é que iban a
cons e g uirlo . Esa mism a noch e, él y su espos a disca r o n dur a n t e horas y hora s, y
llama r o n por teléfono a la grey de amigos, parie n t e s y vecinos de Almurfe par a
cont a rl e s , abatido s, la injusticia. Nos que da m o s solos , decía n par a asom b r o de
todos. Car m e n est a b a de pronto fuera del pode r y del alcan c e de Marc elino
Calzón, y a él cincu e n t a pasos le par e cí a n cincu e n t a cuad r a s , cincu e n t a
kilóm et r o s , cincu e n t a siglos de aisla mi e n t o y claus u r a .
Esa prime r a mud a n z a ocur rió cuan d o yo tenía diecisiet e años y todavía no
había sido some ti do a la expe ri e n ci a militar, ni me había ena m o r a d o de una
estu di a n t e de Medicin a, ni había conocido al enig m á t ic o seño r González ni me
había n gas e a d o en Plaza de Mayo, ni me había conve r ti d o en periodist a
comp r o m e t i d o y luego en impen s a d o cronis t a policial, ni me había n ofrecido
emig r a r al paraí so de los álam os talados .
Recu e r d o que aqu el mom e n t o prodigioso ocur rió dur a n t e las vacacion e s de
la secu n d a r i a , que yo trab aj a b a en una sastr e rí a de Callao y Sar mi e n t o , y que
llegué cuan d o el camión ya se había marc h a d o . Mam á corrí a de un lado par a el
otro entr e cana s t o s, y ema n a b a una felicida d fosfore s c e n t e : nos había m o s
mud a d o a la civilización y habitá b a m o s el sépti m o cielo.
Al poco tiem po, los tíos anun ci a r o n previsible m e n t e que la cas a les
que d a b a gra n d e: se la vendie r o n en tiem p o récor d a un mat ri m o ni o de Galicia y
comp r a r o n al lado un tres ambie n t e s con balcón a la calle. Marc elino vació los
recu e r d o s del sóta no, del altillo, de la pieza de Mino y de la terr az a , y le regaló
todo al botelle ro.
Dos años más tard e, un médico le desc u b r ió un cánc e r de prós t a t a .
Mam á pidió a Evere a d y una licencia, lo inter n ó en el hospit al y lo cuidó
siet e mes e s . Termi nó aullan d o de dolor, y mi her m a n a , que era una devot a
salesi a n a de María Auxiliado r a, nos pre g u n t ó inocen t e m e n t e : Si le duele tanto,
¿no será porqu e Dios le está hacien d o pagar algún pecado?
Lejos de esos aullidos e inter r o g a n t e s , ignor a n d o la suer t e de su espos o y
tam bié n la propi a, Cons u elo se deso rie n t a b a en los corr e d o r e s y galerí a s del mal
de Alzheim e r . Las sucesiva s des m e m o ri a s la había n condu ci do, hacía más de seis
años, al neur ólog o del Hospit al Espa ñ ol. El médico le realizó los análisis y fue
franco con la familia: la tía tenía mala irrigació n de sang r e en el cere b r o y había
que medic a rl a.
Los medic a m e n t o s , al principio, surtie r o n algú n efecto, pero luego la
lucidez se fue apa g a n d o como el sol en un ata r d e c e r , y par a cuan d o Marc elino
agoniza b a , su disce r ni mi e n t o era inter mi t e n t e y esca s o. Perdía el conoci mie n t o o
se que d a b a en blanco, se levant a b a de noche y creye n d o que era de día,
pre p a r a b a el des ay u n o, y se hacía pis encim a, y confun dí a a su marido con su
her m a n o .
Su obsesión, en aqu ella époc a cala mito s a , consistía en esca p a r s e de cas a.
Una tard e la enfer m e r a del barrio la encon t r ó en Puent e Pacífico. Consu elo
esta b a par a d a en la vere d a , en medio de una multit u d que la cruza b a de ida y de
vuelta:
—Consu elo, ¿a dónd e va? —le pre g u n t ó.
Ella par p a d e ó sin recono c e rl a, y le dijo:
—No sé, estoy busc a n d o a mi her m a n o .
La enfer m e r a la tomó del brazo y la trajo de regr e s o a Ravign a ni. Mam á se
dio cuent a de que ese día Consu elo podría habe r s e perdido para siem p r e , y
habe r ter mi n a d o en un manico mio público o mendi g a n d o por las calles, o mue r t a
de frío en el umb r a l de un edificio remo t o.
Decidió enton c e s extr e m a r los cuida d o s . Le pidió a una vecina que
acom p a ñ a r a a su tía dura n t e las mañ a n a s y la dejar a enc e r r a d a en el
dep a r t a m e n t o has t a que Carm e n volvier a del hospit al. Carm e n volvía y est a b a
con ella hast a la cena, la acost a b a a dor mir y le cerr a b a con llave. Luego llegab a
exha u s t a a nues t r a casa, nos lavab a y planc h a b a la ropa, pre p a r a b a la comid a y
caía des m ay a d a hast a el día siguie n t e , que era un día idéntico y cruel. Mes es de
esa rutina, entr e el dolor del cánc e r , los desva ríos de la dem e n ci a senil y el
miedo a perd e r el trab ajo, llevaro n a mi mad r e hast a las vías de Arévalo, dond e
como se ha cont a d o estuvo a punto de parti rla al medio el traicion e r o tren del
Belgr a n o.
Una tard e se retr a s ó con los médicos de Marc elino, y Consu elo se subió a
la bara n d a del balcón y estuvo juga n d o un rato con la idea de tirar s e a las ram a s
del árbol. Mam á llegó cuan d o un grupo de pers o n a s le grita b a n desd e abajo que
reca p a ci t a r a . Carm e n entró, la tomó de la cintu r a y la sentó en un sillón del
living.
—¿Adónd e iba, tía? —le pre g u n t ó hacie n d o fuerz a par a no llorar.
—A busc a r a mi her m a n o —le res po n di ó, impávid a.
—Uste d no tiene her m a n o , tía.
—Marc elino es mi her m a n o , Car m e n .
—Marc elino es su marido.
—No —dijo movien d o un dedo. Despu é s se encogió de hom b r o s—. Si yo no
me casé…
—Sí se casó.
—No me casé nunc a.
—¡Marc elino es su marido! —explotó en un arr a n q u e de nervios. Fue hast a
la cómod a y trajo la libre t a de cas a mi e n t o. La abrió en dos, se la puso entr e las
mano s, y le gritó: —¡El hijo de put a de su marido!
Cons u elo se que dó en silencio, con la libret a en el rega zo. Luego sus ojos
glaucos aba n d o n a r o n la evide n ci a y se pos a ro n en Car mi n a, que busc a b a su
pañu elo.
—Creí que era solte r a —reconoció al fin. Hizo una paus a y volvió—. ¿Así
que fue un hijo de puta?
A mam á le tem bla b a n los labios. Se secó las lágrim a s y, como aqu ella otra
vez, negó con la cabez a.
Pasa r o n tres sem a n a s , y el vecino de la plant a baja citó a mam á a la hora
del té. Cons u elo hacía ruido de cace rol a s y ponía el televiso r a todo volum e n
dura n t e toda la noch e, y dejab a pre n di d o el gas: Vamo s a volar por los aires —le
dijo, y habla b a en nom b r e del consor cio—. Tiene que darle un corte a est e
asunt o. No pue d e seguir así .
Mam á se sentía mortifica d a pero sabía que todo iría de mal en peor, y que
tard e o temp r a n o suce d e r í a un accide n t e o una tra g e di a. Tomó aire y buscó una
clínica para inter n a r l a . Encont r ó una limpia y acoge d o r a en la calle Charlo n e . El
direct o r le sugirió que la trajer a enga ñ a d a . Mam á est a b a llena de
rem o r di mi e n t o s , pero sabía que sería imposible llevarla por las buen a s . La sentó
de nuevo en el living y le tomó las mano s:
—El médico tiene que hac e rl e unos estu dios.
—Pero yo no me quiero inter n a r .
—Uste d no est á bien, Cons u elo. ¿Se da cue nt a de que no está bien?
—Sí, me doy cuen t a —asintió, y siguió asintie n d o un rato. Luego res piró
hondo y dijo: —¿Y allá voy a esta r bien?
Le pre p a r ó el bolso, la llevó en taxi y la dejó con un abraz o larguísi m o.
Volvió a casa lloran d o y sintié n d o s e una mise r a bl e, vadeó el insom nio y a
prim e r a hora de la mañ a n a le comu nicó a Marc elino la noved a d . Marc elino
emp ez ó a llorar a los gritos y a decir: ¡Pobre Cons u elo, mira en lo que
ter mi n a m o s ! Mira en lo que ter mi na m o s .
El mart e s , cua n d o mam á la visitó por prime r a vez, Cons u elo pare cí a
comple t a m e n t e cura d a .
—¡Saca m e de acá! —le dijo—. Tengo mucho que hace r. Este sitio no es
para mí. Yo no estoy enfer m a ni loca. Estoy muy bien.
Hubo un mome n t o en el que Carm e n estuvo a punto de cree r que allí se
había obra d o un milagro, pero ense g ui d a Cons u elo volvió a habla r de su
“her m a n o ” y volvió a caer en incoh e r e n c i a s absolu t a s . El direc t o r de la clínica se
llevó a mam á a su des p a c h o , y le acons ejó que fuer a fuert e y que tuvier a
pacie n ci a: Es un mal irrever si bl e y uste d está hacien d o lo correc t o .
Se sent a r o n en sillones de jardín y Cons u elo desco no ció a sus sobrino s y se
abocó a recor d a r en voz alta, y en det alle, episodios intra s c e n d e n t e s de Almurfe
de principios de siglo. Al final del hora rio de visitas, la tía acarició la cara de
mam á como la había acaricia d o al llega r de Espa ñ a , y le dijo en un susu r r o:
Trae m e mis galletas, Car mi na. Sola m e n t e quiero mis galletas.
La clínica le servía cuat r o comid a s abu n d a n t e s , pero Consu elo nec esit a b a ,
como lo había hecho dura n t e toda su vida, tene r a mano entr e hora s las latas con
las gallet a s de agu a y tam bi é n con las dulces. Mam á le comp r ó tres latas, y le
pidió al adminis t r a d o r que se las pusier a en la mes a d a de la cocina y que nunc a
le faltar a n .
Cons u elo ayud a b a a limpia r y a pre p a r a r los almu e r z o s y las cena s, y un
día pas e a n d o del brazo por la inme n s a cas a llena de malvon e s y ancia n o s
tacit u r n o s , le dijo a ma m á : Vení que te invito unas galletitas. ¿Sabías que tengo
tres latas en la cocina?
Los médicos no quisie ro n que Car m e n le cont a r a que su “her m a n o ”
finalm e n t e había mue r t o. Y ella, totalm e n t e nubla d a , veget ó un tiem po hast a que
una hemipl ejía idéntic a a la de Teres a y simila r a la de Mino la man d ó al hospit al.
Una noche, atad a a la cam a y conec t a d a a sond a s y a cables, rec u p e r ó de
rep e n t e una ciert a concie n ci a y le hizo des e s p e r a d a s seña s a mi mad r e par a que
la libra r a de esos torm e n t o s . Mam á buscó a la enfe r m e r a y al médico de tera pi a
inte n siva, que ya la había des a h u ci a d o.
—Quiero que le saqu e n todo —les dijo.
—No pode m o s hac e rlo.
—¿Se va a morir igual?
—Sí.
—Quiero que le saqu e n todo ya mismo.
Firmó un papel, y la des a t a r o n y le quita r o n el cable río. Consu elo pare cí a
mejor, y de hecho vivió cua r e n t a y ocho días más en esa cam a, asistid a por su
sobrin a, que la peina b a y perfu m a b a , le habla b a sin espe r a r resp u e s t a y le dab a
en la boca cuch a r a d i t a s de té con leche o sopa tibia.
Hubo un día en el que los antigu o s y vene r a b l e s port e r o s del colegio
Vicent e Fidel López se fundie ro n en el olvido del cem e n t e r i o de la Chac a rit a . Y
mam á, conval eci e n t e de esas torm e n t a s y de todos esos lutos, viajó a Espa ñ a con
Mary por Iberia, y le regaló a María del Escalón una alianza de oro fabrica d a
espe ci al m e n t e por un primo joyero, par a que mi abu el a la llevar a por fin en el
anula r de la mano izquie r d a , pues t o que jamás el verda d e r o her m a n o de
Cons u elo se había ocup a d o de cum plir con esa elem e n t a l cort e sí a.
Nunc a estuve tan aleja do de mi her m a n a y de mis padr e s como en aqu ella s
etap a s de la prime r a juvent u d, cua n d o la liter a t u r a , la rebel dí a y el amor
ocup a b a n todo mi tiem po. Dura n t e la secu n d a r i a había tenido, como cualq ui e r a ,
amor e s ocasion al e s, primav e r a l e s e intens o s, y venía de un noviazgo trau m á ti c o
cua n d o conocí a Gabi. Había ent a bl a d o un roma n c e doloros o y pasion al con mi
mejor amig a de ento nc e s , y luego con su comp a ñ e r a de banco, y des p u é s con una
chica liger a del barrio, y al final con una mujer intriga n t e de Caballito que había
encon t r a d o mue r t o a su padr e en el baño y que precis a b a un map a det alla do
para descifr a r lo que verd a d e r a m e n t e que rí a. Luego supe que toda mujer es una
intriga y que convien e siemp r e estu di a r los map a s y las cart a s de nave g a ció n,
pero en ese enton c e s , y a pesa r de esta r leyend o a Dostoievs ki y a Her m a n n
Hes s e, solía yo confun di r m e a mí mismo con una perso n a simple, y me pus e a
busc a r un alma gem el a entr e las amig a s de mis amigos.
Gabi que ría ser médica y era bella, dulce y agud a . Tenía por vocación una
rar ez a nacion al: la vocación de servicio. Y para delirio del psicoa n á lisis y de los
estu dios o s de las sect a s ibérica s, había nacido el mismo día que Carm e n y era
hija de una astu ri a n a que se había criado a poca dista n ci a del pue blo de Marcial.
Nos bes a m o s a la salida del Petit Colón, nos ena m o r a m o s en una sala dond e
daba n Manha t t a n y nos inte rc a m b i a m o s cientos de cart a s de amor ant e s,
dura n t e y desp u é s del servicio militar. A los dos mes e s supimo s que la cosa
ter mi n a r í a en mat ri m o nio y a los tres murió su pad r e de una afección hep á tic a.
Recu e r d o con un escalofrío las esce n a s espa n t o s a s que prot a g o niz a m o s en
la Clínica Bazte r ric a, y cómo esa mue r t e pre m a t u r a devas t ó a una familia,
convirtió a Gabi en padr e y a Pacita, su mad r e viuda, en una locomot o r a . Mi
sueg r a no se pare cí a en nada al arq u e ti p o trágico del emigr a n t e . Mam á le
envidió ens e g ui d a la elega n ci a, el gar bo y eso que ella jamás tend r á : la
costu m b r e de encon t r a r siem p r e una buen a excus a para ser feliz. Gabi her e d ó de
su mad r e esa inesti m a bl e fortalez a, esa aust e r a aleg rí a, ese optimis m o a pru e b a
de balas. Tanta hidalg uí a gené tic a avent ó la posibilida d de que la trag e di a de
1980 las hundi e r a y evitó que, por el mom e n t o, yo nec esit a s e nueva m e n t e de
map a s par a nave g a r en agua s alevos a s .
Mam á recono ció en Gabi, sin emb a r g o, mucho s de sus propios defec tos : la
intoler a n ci a a la equivoca ció n, el lider az g o natu r al, la respo n s a bilid a d det allist a
e infatiga bl e , el prag m a t i s m o y el coraje. Y obvia m e n t e la adopt ó sin rese rv a s . Al
principio, Gabi no ente n dí a bien el espa ñ ol cerr a d o de Marci al, pero se dio
cuen t a de que recibié n d o s e de médica enm e n d a r í a de algun a man e r a la
defección univer sit a ri a que yo había com eti do. Papá se entu si a s m ó al sabe r que
Gabi gara n t iz a rí a que yo no me malog r a r a .
Fue por enton c e s cuan d o, en un cont rol ginecológico de rutin a, le
desc u b r i e r o n a ma m á un fibro m a . No era par a preoc u p a r s e , pero había que
vigilarlo. Pasó el tiem po, y el tumo r creció y hubo que prep a r a r sala y bistu rí en
el Sana t o ri o Güe m e s . Sería una pequ e ñ a interv e n ció n, media hora y nad a más.
Pero las maniob r a s dur a r o n siet e, y Marcial, Gabi y yo nos comimo s las uña s en
el bar de enfre n t e simula n d o ente r e z a y pens a n d o lo peor. Luego Gabi habló con
el cirujan o y se ente r ó de que le había n encon t r a d o quist e s dise mi n a d o s , que le
había n extirp a d o los ovarios y el útero, y que la biopsia por congel a ció n
pronos tic a b a algo maligno.
Pap á esta b a aniquila do y no escuc h a b a lo que le decía n. La biopsia
definitiva tard a rí a una quince n a , y nue s t r o nuevo objetivo consistía en logra r que
Carm e n se pusie r a fuert e y salier a adela n t e , para lo cual resolvimos enga ñ a r l a .
La traje ro n desva n e ci d a y ace r a d a , y yo me sent é en el bord e de la cam a y le
tomé las mano s, y me pre p a r é inte r n a m e n t e par a algo ines p e r a d o : verla morir.
Siem p r e es inesp e r a d a e inconc e bi bl e la mue r t e de los sere s querido s cuan d o
uno tiene la eda d de la omnipo t e n c i a .
Pero mam á no murió, como se espe r a b a , sino que volvió de la anes t e si a,
acep t ó como bue n a la versión de que todo había salido bien y no le dio
impor t a n c i a a nues t r o s rep a r o s . A los quince días, pap á volvió con un papel y con
una noticia sutil: ¡Mam á no tiene cánc er! Mary y yo aban d o n a m o s la fría
prud e n ci a , y la abr az a m o s a los gritos. Y pap á se sirvió un vaso de tinto ama r g o
con soda, res pi ró profun d o y le dijo a Gabi al oído: Nun ca estuv e tan cagado, y
nunca fui tan feliz como en este mo m e n t o .
Mam á dab a por desco n t a d o que no había llega do su hora, y en los días
post e rio r e s a la fiest a de la resu r r e c c ió n cayó en una depr e si ó n de man u al. El
médico de Evere a d y adjudicó la trist e z a al posto p e r a t o r i o, pero mi her m a n a
creía, y no se equivoc a b a , que la herid a era más profun d a .
Los tíos ya no existía n, la bona n z a había llega do y, desp u é s de un bue n
susto, Dios le gar a n tiz a b a una bue n a tre g u a . Mam á tenía cincu e n t a años y sentí a
que en ese quirófa n o había dejado la ham b r u n a , el exilio, el des a r r ai g o, la
soled a d, el acoso, el sojuzg a m i e n t o , las deud a s y otra s pen a s crud a s de su mala
estr ella. Pero tam bi é n le había n extirp a d o de algú n modo las met a s , esas
zana h o ri a s que inventó el horizon t e par a hace r n o s cree r que algún día podr e m o s
atr a p a r lo.
Las chanc e s de morir y esa fuert e sens a ció n de fin de époc a, la crisis de los
cincu e n t a y ciert a reb elión tardí a, la hiciero n fant a s e a r con ser libre por prim e r a
vez, y con lanza r s e irres p o n s a b l e m e n t e hacia algun a avent u r a . Tenía una
segu n d a oport u ni d a d , y aun q u e las adve r si d a d e s y las malas rach a s la
convirtie r o n en una creye n t e , había leído en algú n libro que sólo se vive una vez
e intuía que, tal como post ul a b a el enig m á ti c o señor González, des a p r ov e c h a r
ese reg alo era un peca d o mort al.
Dos y dos son cuat r o: Carm e n pens ó con much a serie d a d y dete ni mi e n t o la
posibilida d de radic a r s e definitiva m e n t e en Almurfe. No le inte r e s a b a , en ese
tran c e , volver simple m e n t e a Espa ñ a , ni llevar marido e hijos con ella. Sólo
imagin a b a volver al lugar exacto dond e su destino se había roto y trat a r de
rep a r a r l o con algu n a clase de peg a m e n t o . Imagin a b a , boca arrib a, qué podrí a
pas a r si hicier a las valijas, emb al a r a algun o s mue bl e s, se instala r a en la cas a de
la carr e t e r a , y pas a r a el resto de sus días con su tía Josefa, con María del
Escalón, con las vacas y el pra do, con los perro s bravos y con los cerdo s de la
fragu a . ¿Existe la máq ui n a del tiem po? ¿Podría volver a ser aqu ella que fue? ¿Era
posible des a n d a r los pasos hast a la enc r u cija d a , elegir otra send a y emp e z a r de
nuevo? Luego, hech a un ovillo, se averg o n z a b a de tan mezqui n o s pens a mi e n t o s ,
y trat a b a de negoci a r con ellos.
La noticia de mi casa m i e n t o la distr ajo unos años, y cuan d o reto m ó el hilo
volvió a ser, como de costu m b r e , dem a si a d o tard e. Mi mat ri m o nio era motivo de
orgullo y de preoc u p a c i ó n. Gabi y yo éra m o s muy jóvene s, y los ahor r o s esca s o s .
Había m o s dividido nues t r a s tare a s de la siguie n t e form a: ella estu di a rí a día y
noch e para recibirs e , y yo junta rí a mone d a sobr e mone d a para ent r a r con seis
mes e s de alquile r pag a d o s por adela n t a d o . Era, en esos ama n e c e r e s , cobr a d o r en
un labor a t o ri o alem á n, y des d e ya, novelist a secr e t o. González, ente r a d o de un
conc h a b o, me invitó a form a r part e del staff de una revist a por susc ri pcio n e s .
Result a b a todo un dilem a aban d o n a r lo segu r o por un simple sueño, pero
ter mi n é renu n ci a n d o a la administ r a ció n y abr az a n d o apasio n a d a m e n t e el
periodis m o: la revist a duró tres mes e s y cerró, y recié n casa d o s , nos que d a m o s
sin el pan y sin la tort a.
Aunqu e llega r inde m n e s al Regist ro Civil el día de los Sant os Inoce n t e s no
fue tare a fácil. Mam á recono cí a en nue s t r a prec a ri e d a d la suya de no hacía
muc ho. Yo acec h a b a sus mue bl e s y tras to s , y que rí a llevar m e conmigo hast a las
tap a s de los ench uf e s. Un día vi en la cocina que, como par a sí, mam á
come n t a b a : Tengo que cam biar esta helad er a . Salté de la oscu ri d a d y le dije: Te
tom o la palabra . Mam á nos reg aló helad e r a , colchó n, sába n a s y fiesta, y convirtió
nues t r o cas a mi e n t o en priorid a d nacion al.
No hubo cere m o n i a religios a ni marc h a nupcial ni vestido blanco ni salón
porq u e iban en contr a de mis nueva s cree n ci a s y de nues t r a s posibilida d e s .
Pasa m o s una breve luna de miel en Mar del Plata, fraccion a m o s a men ú fijo por
día el resto de nue s t r o s ahor r o s, y algu no s mes e s des p u é s Gabi quedó
emb a r a z a d a y yo cons e g uí tra b ajo en el diario de la tard e.
Por unos años lo mejor que nos pasó fue que no nos pasa b a nad a. Car m e n
se tra n sfor m ó en abu el a de Lucía y en una peq u e ñ a burg u e s a del bar rio de
Paler m o inter e s a d a por la actu alid a d y por suge ri rl e a su hijo que defen di e s e la
caus a de los humilde s en las trinc h e r a s periodístic a s desd e las que dispa r a b a .
Este req u e r i mi e n t o dem a g ó gi c o no ame n g u ó con el paso del tiem po, y de hecho
estoy segu r o de que, si hubie r a un mínimo de justicia en los dados con los que
Dios siem p r e jueg a, Carm e n Díaz hubie r a llega do a ser una gran periodis t a . En
mi época adult a, conve r ti d o ya en editor, la llamé much a s veces para que eligier a
entr e dos tap a s, y acuñ é una fras e irrita n t e para corr e gi rl e s nota s a mis
red a c t o r e s : Si mi ma m á no lo entie n d e es porqu e está mal escrito .
Cuan d o le anu ncié que pens á b a m o s irnos a vivir al Sur, mam á sintió que la
apuñ al a b a n . Papá, en cambio, dijo como Cristo en la cruz: No sabe n lo que
hace n . Y siguió con sus cosas. Pero ma m á sabía que se trat a b a de un bue n
negocio y que me había educ a d o par a prog r e s a r y para cumplir mi destino.
Despu é s de la consc ri pción y de las esca r a m u z a s cont r a el régi m e n de Galtieri,
yo me había vuelto insen sible al dolor y tem e r a r i o.
González, como siemp r e , hizo de abog a d o del diablo e inten t ó que yo
entr a r a en razon e s . Pero falló. Ya me había habit u a d o a met e r m e mar aden t r o , a
enfre n t a r las peor e s mar e a s y a salir ent e r o. Nunc a había sufrido los cala m b r e s
que casi ahog a n a mi padr e aquella plate a d a tard e en el Cant á b ri c o. La vida
todavía no me había cach e t e a d o , ni sabía todavía lo que es brac e a r y brac e a r en
el océa n o, y ver la cost a inalca nz a bl e , y sentir que las olas no nos dejar á n volver,
que no habr á fuerz a suficient e y que todo ha sido un lame n t a b l e error de cálculo.
Con enor m e ligere z a , como quien se va de vacacion e s dos sem a n a s a un
balne a rio, me desp e dí sin dra m a s de todo y viajé mil doscien t o s kilóme t r o s hast a
la avenid a Argen tin a , un espin az o que nace en río de mont a ñ a y que se eleva
hacia mira do r e s de tierr a s fértiles e inab a r c a b l e s . Esa avenid a enc aja
peligro s a m e n t e en la utopía del Sur. Sobr e ella alquilé un dep a r t a m e n t o y sobr e
ella pens é que la Pata g o ni a era efectiva m e n t e el par aís o, y no el patio de atrá s
del patio de atrá s del mund o, una mar avilla sedu cid a y aban d o n a d a que el
egoís m o port e ñ o y la venalida d de los políticos locale s fuero n vampiriz a n d o y
empo b r e c i e n d o .
La prim e r a de una serie de grave s equivoca cio n e s que com etí en Neu q u é n
fue trasla d a r mecá nic a m e n t e aquellos vicios de la profesión. De inme di a t o quis e
sac a r partido de un crime n: un cam p e si n o de Zapal a había asesin a d o a su mujer
delan t e de sus hijos, había atado el cadáv e r a su ara do, había ara d o con ella la
tierr a , y al final se había ahorc a d o con una soga. Con aquella “noveles c a
sedu c ció n” y un truc ul e n t o afán por el det alle, narr é los acont e ci mi e n t o s , levant é
las vent a s y al día siguie n t e las fuerza s vivas firma ro n un comu nic a d o
rep u di á n d o m e y el inte n d e n t e en perso n a me llamó par a preg u n t a r cómo me
atr eví a a daña r de esa form a la rep u t a ci ó n de Zapal a.
Siet e días desp u é s denu n ci é a una patot a, y su jefe y su ame n a z a n t e madr e
me inte rc e p t a r o n en el vestíb ulo del diario par a cant a r m e cuat ro fresc a s y para
marc a r m e . Un narco t r a fic a n t e , que res ultó ser mi vecino, me tocó el timbr e y
estuvo a punto de romp e r m e la boca. Un sospe c h o s o se me cruzó en el merc a d o
y me llenó de insultos. Un policía corr u p t o me dio inform a ció n y termi nó mue r t o
en circun s t a n c i a s oscu r a s .
Todos, culpa bl e s e inocen t e s , mar gi n al e s y esta di s t a s , que d a b a n
dem a s i a d o cerc a. De pront o, lo que yo escribí a tenía cons ec u e n c i a s direct a s ,
inme dia t a s y a veces horr e n d a s en la realid a d, y para no come t e r injusticia s ni
tras t a d a s , tenía que apre n d e r a ser riguro s o y respo n s a b l e , a dud a r de mí mismo,
y a lucha r cont r a el sens a cio n a lis m o, contr a el apre s u r a m i e n t o y cont r a el
maq uillaje de los hecho s. Esa ética de la verd a d pur a, apre n di d a a los golpes, me
sacó cana s verde s, pero me convirtió en otra clas e de periodist a y de perso n a .
Comp r o b é sobr e el terr e n o que las cosas no son blanc a s ni negr a s , sino
desco n si d e r a b l e m e n t e grise s: gran d e s héro e s come t e n gra n d e s canalla d a s , y
gra n d e s canalla s cons u m a n emocion a n t e s actos heroicos. Redim e n si o n é la
objetivida d y ent e n dí que lo real tiene la mala costu m b r e de ser ambig u o.
Tambié n me dieron los neu q ui n o s una contu n d e n t e lección del pode r. En
luga r e s peq u e ñ o s , un testigo privilegi a d o pued e apr e n d e r cómo funcion a n en
serio la política, la justicia, la dádiva y la ambición. Todo es más simple dent r o de
esta s maq u e t a s dond e las verd a d e r a s inten cion e s y las mala s arte s se ven de
man e r a próxim a y crist alin a. Luego en las gra n d e s capit ale s todo par e c e más
complic a d o y confuso, pero nadie que haya pas a d o por ese labor a t o ri o pued e
eng a ñ a r s e : deb ajo de la sofistic ación urb a n a , se libra siem p r e la mism a sord a
gue r r a por impon e r la volunt a d y salir impun e .
Algo similar suce d e con la mayorí a de los diarios de provinci a. El tam a ñ o
impor t a , y la prec a ri e d a d asus t a. Rápida m e n t e quedó claro que yo había salta d o
de un port a a vio n e s deca d e n t e a un velero averia d o, y que los ciclone s del país
nos borr a rí a n . La posibilida d de que el joven diario se hundi e r a me espa n t a b a .
Se trat a aún hoy de un merc a d o diminu t o y la pers p e c tiva de segui r siendo
periodis t a en Neuq u é n luego de una deba cl e res ult a b a sencilla m e n t e un delirio.
Me metí como una trom b a en todos sus negocios, des d e la publicida d
oficial has t a la circul ación. Transfor m é al diario en mi pat ria pers o n al, comb a tí
sin des m a yo s a sus ene mi g o s inter n o s y exte r n o s , susp e n d í mis propios días
franco s y fui, a la vez, jefe de noticias, jefe de policiales y region al e s , jefe de
red a c ció n y jefe de cierr e . Adopté, par a colmo, su ideología fede r alis t a bajo la
coart a d a intelec t u a l de que la bat alla econó mic a contr a el cent r a lis m o era otra
form a de la lucha de clase s. Se trat a b a de una cree n ci a oport u ni s t a . Los hom b r e s
disfraz a m o s las nec e si d a d e s con costu m b r e s , moda s , cultu r a s y religion e s
funcion al e s a nues t r o propó sito más elem e n t a l. Los nuevos boleros provien e n del
sida, que prim e r o ter mi n ó con la promis c ui d a d , y des p u é s puso de moda la
monog a m i a , más tard e el reciclaje del amor burg u é s y al final las cancion e s de
Manz a n e r o . Hubo un mom e n t o en el que yo me encon t r é siendo un milita n t e
voraz de esa revolución inconcl us a , pero todo deriva b a de miedos y miedos, y al
final del miedo original: hab e r emigr a d o , habe r dejado atr á s ped azo s de mí
mismo, y perd e r la única evide n ci a física de que no me había equivoc a d o.
Todo ese tinglad o de anh elos y suposicion e s me envileció y me alejó de mi
muje r y de mi hija, a quien e s des a t e n d í en mom e n t o s decisivos bajo la suposición
de que tenía cosa s más impor t a n t e s que hac e r. Un viejo amigo, militan t e del
Partido Comu nis t a arge n ti n o, se encon t r ó un día res po n di e n d o por teléfono los
pedido s de su espos a: Pero cómo me llamás por las expe n s a s , ¿no ves que estoy
hacien d o la revolución?
Gabi armó y llevó a cabo compl e t a m e n t e sola la pesa d a mud a n z a , se instaló
con Lucía en el depa r t a m e n t o alquila d o sobr e la avenid a Argen ti n a y estuvo
lloran d o un año seguido. Luego se curó de rep e n t e , y yo come n c é a sufrir en
mínim a s pero hirien t e s porcion e s . Ella se tomó el cianu r o de un trago, yo lo fui
sabo r e a n d o ama r g a m e n t e dur a n t e un largo tiem po. Recue r d o que fumab a ata do s
de ciga r rillos negro s al bord e del asm a, y que come n c é a engor d a r hast a pare c e r
un hipopót a m o rubio. Gabi se sentía una viuda los viern e s , sába d o s y domin go s
emp uj a n d o un carrito por las calles de aquella ciuda d cruza d a por familias
aleg r e s y descon o ci d a s que ni la mira b a n . Y hast a que come nz ó a trab aj a r no
hicimos otra cosa que des t r a t a r n o s día tras día, pero cuan d o tuvo trab ajo nos
dedic a m o s a ignor a r n o s a veces con gana s y otra s con la desidia de los
doble g a d o s . Es un síndro m e muy conocido entr e los emigr a n t e s mode r n o s : pocas
parej a s sobrevive n a esas soled a d e s sin parie n t e s ni amigos ni inter m e d i a r io s a
su alre d e d o r . Allá lejos, uno sólo tiene al otro, y es imposible eludir una
convivenci a frent e a frent e. Decen a s de mat ri m o nio s que conocía m o s se fuero n
al tacho en los prim e r o s seis mes e s, y nosot ro s hicimos equilibrio en la cornis a.
Mam á fue sobr e s al t a d o testigo de esos fraca s o s y resb alo n e s . Acomp a ñ ó a
Gabi al aerop a r q u e y se revolvió noch e s y noch e s en otro insom nio desg a r r a d o r .
Viéndola caminar hacia el avión con Lucía en su moc hila se me rom pió algo en el
pecho y te juro que me sentí de nuev o en Vigo —le confesó a Pacita, que se
limpia b a el rímel corrido con un pañu elo—. ¡Puta que lo parió! ¿Por qué sie m p r e
tene m o s que vivir alejadas de nues t ra s familias?
Mil doscie n t o s kilóme t r o s no son catorc e mil, pero se le par e c e n bast a n t e .
A mam á le gustó Neuq u é n , pero se horro rizó al ver cómo trab aj a b a veinte horas
por día y cómo Gabi y yo nos rec ri mi n á b a m o s las pequ e ñ a s cues tio n e s para
evita r las más gra n d e s y peligros a s . Se abs t uvo, sin emb a r g o , de interfe ri r,
aun q u e me const a que lo hubie r a hecho en mi cont r a . A cam bio de eso,
retro c e di ó a Bueno s Aires y se hizo íntim a amig a de su consu e g r a , quien trató de
tran sfe ri rl e algo de su intelige n ci a, bas a d a en la resign a ci ó n filosófica y en un
siem p r e ret e m p l a d o espírit u prác tico.
Nues t r a aus e n ci a las unió y las volvió indep e n di e n t e s e insep a r a b l e s .
Junt as , contr a c a r a una de la otra, fund a r o n un club inform al de mujer e s de
arm a s toma r. Jubilad a s , espa ñ ol a s y vehe m e n t e s , todos los domin go s deba t e n en
un bar de Coto la histori a recie n t e y sus despojos. A esa mes a se sient a la más
vehe m e n t e de toda s: mi tía Mar uja. Le digo “tía” aunq u e en verd a d no lo es, pero
ha sido amig a incondicion al de mi mad r e desd e que yo tenía ocho años y
pre p a r a b a la prime r a comu nió n con su hijo Ramón. En 1969 ellas venía n
camin a n d o por Guat e m a l a , ensimis m a d a s en sus histori a s ant a g ó ni c a s , mient r a s
Ramó n y yo tocá b a m o s los timbr e s y corrí a m o s para no ser atr a p a d o s . Ramó n ya
pint a b a lo que luego sería: un muc h a c h o bue n a z o y corp ul e n t o, mi supe r- héro e
de la infanci a.
Luego de comp a r t i r cate q u e s i s comp a r ti m o s yudo, y una vez en ause n ci a
de los profeso r e s , Ramón cerró por dent r o el salón acolch a d o y apa gó las luces, y
veint e yudoc a s juga m o s al todo vale en una función que duró media hora y que
dejó heridos y contu s o s . Recu e r d o que salió en mi defe ns a frent e a un “pes a d o”
en una plaza de Carr a n z a y Sant a Fe, que lo levantó del cuello con dos dedos, le
quitó la respi r a ció n y lo arrojó luego a un cost a d o como a una bolsa de pap a s .
Que casi des m a y ó de una trom p a d a a su port e r o cua n d o el infeliz quiso
prop a s a r s e con Mar uja en un asce n s o r , y que inte nt ó sin éxito levant a r s e una
noch e a mi prim a en un baile de colegio que ter mi nó a las cuchilla d a s . Tambié n
que un día, en plena crisis adoles c e n t e , le dijo a mi tía: No te extrañ e que un día
de éstos vaya a suicidar m e . Mar uja, aplica n d o la dialéctic a astu ri a n a , le
res po n di ó sin par p a d e a r : Pero me parec e muy bien, hijo mío. Los gusto s hay que
dárselos en vida.
Deja mos de vernos como dejam o s de hac e r tant a s cosa s. Más adela n t e se
verá, sin emb a r g o , el prodigioso modo en el que Ramón daría un prim e r paso que
pond rí a en cues tió n toda s nues t r a s certid u m b r e s ace rc a del destino. Lo
trasc e n d e n t a l fue que, indep e n di e n t e m e n t e de Ramón y de mí mismo, dura n t e mi
exilio sure ñ o nació aquel club secre t o inte g r a d o por Car m e n de Almurfe, Maruja
de Gijón, Ana de Sant a n d e r , Pili de Barcelon a , Pacit a de Tara m u n d i y otra s
parie n t a s reales y postiza s que recel a n de los inter e s e s últimos de los hom b r e s ,
se apoya n unas a las otra s, y le dan indign a d a bat alla verb al al saqu e o y a la
deca d e n c i a de su verda d e r o país: la Argenti n a .
En esa mes a redon d a mi mad r e encon t r ó la man e r a de enfre n t a r todas las
pen a s de la des m e m b r a c i ó n. Aun así volvió a tras t a billa r en 1989, cuan d o mi
her m a n a anda b a en mal de amor e s , liada con un actor que le llevab a unos
cua n to s años y que Marcial ignor a b a como si estuvie r a hecho de anti m a t e r i a . El
muc h a c h o inte nt a b a ya no congr a ci a r s e , pues t o que eso le pare cí a todo un
port e n t o, sino ape n a s que pap á le devolvier a algú n día la palab r a . Hacía lo
imposibl e por cons e g ui r ese único y parco gesto, hast a que una noch e se sentó a
su lado mira n d o televisión. Luego de veinte minuto s de zappin g, apa r e ció un
cómico trave s ti do en pant alla y Marcial por fin pron u n ci ó una oración ent e r a .
Dijo: No hay nada que hacer. Estos actore s son todos putos . Lo hizo con su
acen t o espa ñ olísi m o y cerr a d o, y el pret e n d i e n t e fue hundié n d o s e en el sillón
como en las are n a s movediz a s.
Mary sufría con esa relación pero no podía cort a rl a, y entr e eso y nue s t r o
éxodo y los vend av al e s de mi matri m o ni o y del suyo, mam á tiró un día la toalla.
Gabi viajó par a trat a r de ver qué podía hac e r s e , tem e r o s a de que Car m e n
plant a r a todo y se fuga r a entr e gallos y media n o c h e para Asturi a s. Al toca r
Paler m o, el cuer p o de Lucía se brotó. Un erite m a polimorfo, extra ñí si m a e
inexplica bl e erup ció n de la piel, se enca r nizó con mi hija y la persi g uió tres días
infern al e s . Gabi no dur mió en toda una sem a n a , y Carm e n mudó su rol de
víctim a en enfer m e r a , y así fue como pasó el chub a s c o y como mam á ende r e z ó el
timón anímico. Luego Mary dejó al actor y a la carr e r a que se le tenía
pre d e s t i n a d a , tomó su propio rum b o, se hizo mae s t r a y desp u é s direc t o r a de
escu el a, y llegó así muc ho más lejos de lo que hubie r a n soña d o los antig uo s y
solem n e s porte r o s de la calle Ravign a ni.
Dice mi mad r e que con el tran s c u r s o de los años fue creye n d o la mentir a
que le cont á b a m o s . Gabi y yo nos mentía m o s a nosot ro s mismo s al ase g u r a r que
éra m o s felices y que nos qued a rí a m o s par a siem p r e en el Sur. Ni la verd a d e r a
felicida d ni nue s t r o s más profun d o s des eo s aflora b a n en ese comb a t e de dient e s
apre t a d o s y ante oje r a s que afront á b a m o s en aquellos años de dista n ci a m i e n t o ,
agua n t e y bru m a .
El diario flaqu e a b a y tengo pres e n t e que par a dar el ejem plo, sin que nadie
me pidie r a tanto y dejan d o perplejos a todos, me bajé el sueldo, me quité el
alquile r y nos confiné a un bar rio sórdido, a legua s de la avenid a Argen ti n a y de
la quime r a pat a g ó ni c a que había m o s acaricia d o en aquellas eras inme m o ri al e s
en las que todavía nos sentía m o s jóvene s y her m o s o s . Ahora éra m o s viejos y
ama r g o s , y está b a m o s hundido s en un desier t o que comp a r t í a m o s con la clase
obre r a y con algun o s lúmp e n e s de mal trae r. Cada mañ a n a el viento baja b a de
las bard a s y una trist ez a nos ahog a b a el corazó n. Fue en aquella s époc a s de
eme r g e n ci a cuan d o González nos visitó con su inmine n t e espos a. Yo llevab a seis
mes e s sin francos, conve r ti d o brus c a m e n t e en Marcial, yéndo m e a las nueve y
reg r e s a n d o a la una y medi a del día siguie n t e , gira n d o y gira n d o en esa
enaje n a n t e rue d a de nunc a acab a r .
Despu é s de la media n o c h e , cuan d o todos se iban a la cam a, Gonzál ez y yo
nos ence r r á b a m o s en la estr e c h a cocina y hablá b a m o s hast a que mi cans a n ci o
nos desflec a b a el sentido comú n. González me repr oc h a b a con sutileza y astu ci a,
en aqu ella s charla s íntim a s, que me refugi a r a en la red a c ció n confort a bl e par a
no tene r que vivir en la Pat a g o ni a verídica, y que emp aliza r a con ladrillos de
autoe n g a ñ o y cem e n t o s de nega ció n todo lo dem á s : mi mujer, mi hija, mis libros,
mi salud, mi vida. Le prom e tí que ese sába d o haría una exce pció n, y la hice. Era
un día caluros o, pero yo tembl a b a de frío. Gabi nos llevó en auto hast a un
campi n g de Senillosa dond e pens á b a m o s pas a r el día. Las muje r e s fueron
adela n t e y los varon e s nos que d a m o s en la reta g u a r d i a , pre p a r a n d o el asa do y
rumi a n d o la política. Par a domin a r el temblo r dest a p é un vino tinto, serví dos
vasos y emp e z a m o s a tom a r a la somb r a de los álam os. Hubo un mom e n t o en el
que yo toma b a con sed legítim a y otro en el que toma b a por toma r. Nunc a me
había embo r r a c h a d o , y nunc a des p u é s tuve sem ej a n t e borr a c h e r a . De rep e n t e
todo me dab a vuelt as y un sudor frío me atrofia b a los mús c ulos. Giré en redon d o
y me acost é boca abajo en una lona, y dormí la mona, y luego entr e cuat ro me
metie ro n en el río de agu a s helad a s , y a pesa r de todo me sentí enfe r m o por
cua r e n t a y ocho horas . Un mes más tard e, González me envió post ale s de la
utopía del Sur. Abrí el sobr e y me vi pálido y mue r t o boca arrib a, una ballen a
encalla d a , el retr a t o de un cadáv e r saca d o de una revist a policial. Y sentí una
colosal vergü e n z a .
Gabi me conminó enton c e s a cam bi a r, y nos cam bi a m o s a una casa vieja
con un jardín, un nar a njo en flor y un gato tuert o, y a poco de rec u p e r a r ciert a
cordu r a , yo ren u n ci é lloran d o a toda s las jefat u r a s de reda c ció n y me qued é
hacie n d o nota s meno r e s y gan a n d o mone d a s . Fue cuan d o dejé los cigar rillos
neg ro s y emp e c é una diet a, y recon q ui s t é a mi hija y recob r é los olore s. Volví a la
litera t u r a , luego de muchísi m o s mes e s perdido s, y a preg u n t a r obvied a d e s , que
son las cosas que preg u n t a n los novelist a s y los hom b r e s felices. Un día le
pre g u n t é a un amigo neuq ui no de sang r e espa ñ ol a y map u c h e por qué se
ahog a b a tant a gent e en esos ríos de mont a ñ a . Porque la gent e no hace pie, se
dese s p e r a, se cansa y se hund e —me res po n dió sabie n d o que me gust a n, como
que d a claro, las met áfo r a s acuá tic a s—. Los ríos son como la vida. A vece s hay
que dejars e llevar por la corrien t e . Sim pl e m e n t e flotar. Ya más adelant e habrá
una curva, una piedra, una ramita de dónd e agarrars e. Los ríos son sabios, los
ho m br e s son estú pi d o s .
Yo era el más estú pi d o de todos, y aunq u e no tuve un rena c e r espirit u al
con músic a celes tial de fondo, pue d e decirs e que sentí una tran sfu sión comple t a ,
y que las células de mi cere b r o se reg e n e r a r o n y que Gabi y yo volvimos
lenta m e n t e a ena m o r a r n o s como si fuéra m o s flam a n t e s descon o ci do s que
prob a b a n a tient a s recono c e r s e los nuevos entu si a s m o s , las nueva s manía s y los
nuevos secr e t o s.
Tuvimos sue rt e, y des d e ese mom e n t o no deja m o s de tene rl a. Gabi que dó
emb a r a z a d a y esos mes e s de existe n ci a apa cibl e nos reconcilia ro n con el Sur.
Extra ñ á b a m o s sin emb a r g o , ahor a que podía m o s admitirlo en voz alta, cosas
extrav a g a n t e s . Los edificios antigu o s, las arr u g a s de Buenos Aires, el capuc hi n o
que prep a r a b a n en un bar otoñ al, levant a r un teléfono y cont a rl e las pena s a un
her m a n o , cruza r la vered a y qued a r s e mira n d o una cúpula, los bar rios
emp e d r a d o s , las terr a z a s , y hast a las neu ro sis del trán sit o y sus ruidos tóxicos y
dete s t a b l e s . Éra mo s tan cursis que no podía m o s cre e rlo, y de hecho no les dimos
impor t a n c i a a esas sensibl e rí a s bara t a s porq u e no tenía n solución y porq u e no
venían al caso.
Pero venía n, y lo supe con clarid a d un mes ante s del part o, cua n d o viajé a
Buenos Aires para la boda de un amigo. González tam bi é n había sido invita do.
Vestido con ciert a dece n ci a, trat a n d o de no particip a r del baile y las fanfar ri a s,
me pre g u n t ó entr e copa y copa: ¿Y qué pasaría si te dijera que hay laburo para
vos dond e yo trabajo? González ya no trab aj a b a en La Razón , que finalm e n t e se
había desplo m a d o . Ahora era reda c t o r jefe de una revist a de actu alid a d mient r a s
yo and a b a hacie n d o publinot a s por los corr alo n e s de Cipolet ti. Mam á me hizo la
mism a preg u n t a al día siguien t e , cuan d o le narr é la esce n a noctu r n a . Volver está
descart a d o, ma m á —le res po n dí—. A Gabi le va muy bien, y no puedo pedirle de
vuelta que tire todo por la venta na y que me siga a cualquier lado .
—Enton c e s no se lo pidas —dijo mam á , muy firme, y cam bió de tem a.
En Neu q u é n nos metimo s los tres dent r o de una pileta de lona, y mient r a s
Lucía llena b a y vaciab a sus tazas de té de plástico y mur m u r a b a diálogos adultos
y ses eo s o s , le relat é a mi mujer aqu ella boda, aqu el ága p e , aquel interc a m b i o y
aquella s insinu a cio n e s . Gabi me abr azó y me dijo: No podé s seguir hacien d o
notas de corralón. Tene m o s que volver.
Discuti m o s doce hora s sobr e su carr e r a y sobr e la mía, sobr e nue s t r o s hijos
y sus abuelos, y tam bi é n sobr e su her m a n a Andre a , que era mae s t r a jardin e r a ,
vivía des d e hacía rato en Neu q u é n , se había ena m o r a d o de un neuq ui n o y est a b a
dispu e s t a a qued a r s e para siem p r e , como finalm e n t e se quedó. Andre a y Gabi
son muy par e ci d a s , y la ada p t a ció n total de una y la inada p t a c ió n cultur al de la
otra dem u e s t r a n que emigr a r es un albu r, y que cualquie r a pued e cum plir la
utopía del Sur y cualq ui e r a pue d e frust r a r s e trat a n d o en vano de alcanz a rl a .
Tuve aqu ella noche un impulso, y Gabi me alent ó a que disca r a el núm e r o
de Car m e n . ¿Podés venir el fin de sem a n a? —le pre g u n t é con cuida d o—. Te
paga m o s el pasaje. Sola m e n t e puedo tomar esta decisión con vos, ma m á. ¿Me
escuc h á s?
—Te escuc h o —dijo Carm e n con la mis m a prud e n ci a—. ¿Y qué dice Gabi de
esta locur a?
Gabi me arr a n c ó el teléfono de la mano y le dijo:
—No es una locura , Carm e n . ¿Pue d e venir este fin de sem a n a ?
Mam á se tomó un tran q uiliza n t e par a rep ri mi r la euforia. Como aqu el
camp e si n o de Almurfe, Carm e n no que rí a tene r espe r a n z a s para no tene r
desilusion e s . Pero prep a r ó un bolso y el sába d o esta b a en casa baraj a n d o con
mes u r a y aplom o las oport u ni d a d e s . Mis pad r e s había n vendido el dep a r t a m e n t o
que her e d a r o n de Cons u elo y Marc elino, y había n comp r a d o un ambi e n t e de tres
por tres en la calle Hum bol d t. Es un pañu elito y lo tene m o s alquilado, pero si
uste d e s se atrev e n, yo pido que me lo cedan y mient r as tanto viven con Pacita y
con mi go , improvisó ponien d o toda s sus cart a s sobr e la mes a. Lo hizo al dars e
cuen t a de que par a nosot ro s la puer t a todavía no se había cerr a d o, que todavía
no est á b a m o s atr a p a d o s al otro lado del mun do, que extr a ñ á b a m o s las cosa s que
ant e s abor r e cí a m o s o simple m e n t e ignor á b a m o s , y que tenía m o s la gar r a
suficien t e como par a tira r por la bord a aquellos cinco años, mud a r n o s a la nada y
emp ez a r de cero.
Al desc u b ri r que me había tom a d o en serio su lanc e, González tra gó saliva
y se since ró: no podía gara n tiz a r m e un tra b ajo esta bl e y sólido, única m e n t e
había luga r par a colabo r a ci o n e s exte r n a s y suple n ci a s . Está b a m o s dond e
había m o s emp ez a d o. Yo venía de dirigir un diario, pero no se me caían los anillos
ni la cara. Enton c e s González suspiró y me dijo, muy en sus cabale s : Es la
se m a n a próxi m a o nunca .
La sem a n a próxim a caía justo a veinte días del part o, y eso querí a decir
que Gabi tend rí a que orga niza r por su cuen t a la pes a d a mud a n z a y tam bi é n
tend rí a que parir sola. Esa pers p e c t iva me dejó pas m a d o, y luego me que b r ó y
me forzó a susp e n d e r toda la oper a ció n, pero mi mujer me tomó la cara entr e las
mano s y me dijo: No va a salirnos gratis, pero vamo s a hacerlo igual . Nos
desp e di m o s en la cent r al de micros. Me di vuelta en el último insta n t e y la vi
panzon a y luminos a, soste ni d a por su her m a n a y por Lucía, que agita b a la mano
y sonr eí a sin ente n d e r lo que esta b a pas a n d o . Pens é en esos insta n t e s que Gabi
podía morir en la sala de part o, que está b a m o s aban d o n a n d o de buen a s a
prim e r a s lo poco que había m o s levant a d o dura n t e sese n t a mes e s irre p e ti bl e s ,
que la utopía se nos había caído encim a como una mole de conc r e t o, que
está b a m o s arrojá n d o n o s desd e un trap e cio a un vaso de agu a y que todo podrí a
volver a salirno s mal.
Lloré y lloré hast a cruz a r el río Colora d o, y desp u é s me que d é dormi do con
la car a pega d a en el vidrio de la venta nilla oscu r a, y al llega r a Paler m o sentí el
alma huec a y el cuer p o desa r tic ul a d o. Neuq u é n me había ent r e n a d o para ser
homb r e , pero en casa de mi mad r e volví a ser un chico. En la Pata g o ni a había
corrido cien peligros y sufrido mil perip e ci a s , me había n ame n a z a d o de mue r t e ,
había volado sobr e la Cordiller a del Viento y había visto los fanta s m a s lumínicos
de Taqui milá n, había conocido a giga n t e s y a ena n o s, a virtuos o s y a pros tit u t a s ,
y prove ní a de la infant e rí a de marin a del periodis m o. Ningú n sacrificio port e ñ o,
ningu n a odise a periodístic a o hum a n a me pare cí a n laborios a s , dra m á ti c a s ni
imposibl es . El que juega en la aren a , vuela luego en el césp e d . González fue mi
guía, pero aquella expe ri e n ci a mística del Sur me fue abrie n d o los caminos.
Gabi, con sus ovarios de acero, parió sola a Martí n, un ren a c u a j o de
extre mi d a d e s larga s y ojos mar ro n e s . Esa noch e de febr e r o, en pleno cierr e,
mam á llamó a la revist a y me dio la noticia. Todo había salido bien, pesa b a más
de tres kilos, y Gabi esta b a sana y salva. González, absolut a m e n t e conmovido,
me dijo en voz baja: Tene m o s que fest ejar a lo grand e . A las cuat r o de la
mad r u g a d a cruza m o s Corrie n t e s , nos sent a m o s en una mes a junto a la vent a n a y
mi amigo, sorp r e n d i é n d o m e con tanto dispe n dio, levantó el brazo: ¡Mozo,
cha m p á n ! El homb r e , un valencia n o fornido y cejijunto, no llegó al most r a d o r :
¡Mozo! —volvió a llama rlo González—. ¿ Cuánto sale el cha m p á n ? El valenci a n o le
mur m u r ó una cifra. González me miró y sonrió: Cerve z a es lo mis m o, ¿no te
parec e?
Conocí a Martí n en el Aerop a r q u e Jorge Newb e r y. Lo traía colga d o del
pecho mi heroín a , que est a b a blanc a como el papel y ojeros a como una mue r t a .
Un mes des p u é s , Gabi volvió a Neuq u é n acom p a ñ a d a de Pacita con dos misione s
de reloje rí a: des a r m a r la cas a y asistir al cas a mi e n t o de Andre a. Dicen los chinos
que una mud a n z a equival e a dos ince n dios. Trab aja r o n las tres como esclava s
neg r a s para llena r los cana s t o s y subirlos al camión, y luego para est a r
pres e n t a b l e s y perfu m a d a s par a las nupcia s.
Mi mujer, ocho sem a n a s ante s, había dado vuelta s y más vuelta s porq u e no
sabía cómo decirle a su her m a n a que reg r e s a r í a m o s a Bueno s Aires, pero cua n d o
finalm e n t e se lo dijo, ebria de gozo y ena m o r a d í si m a , Andre a se encogió de
homb r o s y se puso en prim e r a fila para dar una mano. Andre a era lo que
nosot r o s nunc a había m o s cons e g ui d o ser. Era neuq ui n a . Nom b r ó a Gabi su
mad rin a de cas a mi e n t o y se casó en el Regist r o Civil porq u e tam bi é n ella era una
rene g a d a de la fe que profes a b a n su mad r e y la mía. Hubo fiesta bajo la parr a de
una casa abar r o t a d a de neu q ui n o s y emigr a n t e s cong é ni t o s , y Gabi se tra gó los
rem o r di mi e n t o s y se unió a todos los brindis.
Fue ro n aqu éllos los días más aleg r e s que Car m e n recu e r d a . Pacita y ella
nos alojaro n, alter n a t iv a m e n t e , dura n t e esos mes e s de tran sición, y des p u é s
ocup a m o s el dep a r t a m e n t i t o de Hum b ol d t, al que llamá b a m o s con ironía
“nue s t r o loft”. Pas á b a m o s de una cas a con nar a njos a un monoa m bi e n t e dividido
por un biombo, pero éra m o s tan inten s a y asom b r o s a m e n t e dichoso s que la falta
de espa cio nos par e cí a un chiste quijote s c o.
Volver a la patri a de uno es deja r de ser un hologr a m a y acep t a r que somos
pers o n a s nueva s de carn e y hues o. Es recon s t r ui r los vínculos desd e la fotogr afía
inofensiva de lo que fuimos y camin a r desp a cio hacia la afilada y riesgos a verd a d
de lo que ahor a somos. Es tam bi é n recon oc e r que uno es, a la vez, el mismo de
siem p r e y todo un extr a ñ o.
Una tard e me perdí con las manos en los bolsillos por las calles del barrio,
me paré frent e a la cas a de Ravign a ni, toqu é el árbol y las rejas del balcón, y fui
pate a n d o cha pit a s y piedr a s por vered a s de solcito hast a que me choq u é con el
pare d ó n del colegio León XIII. Subí como atont a d o las escalina t a s blanc a s y
entr é en la iglesia desie r t a y silencios a , y me sent é en el banco de la prim a ri a, a
la dere c h a de la nave, en el último asien t o sobr e el pasillo, a la altur a de los pies
clavado s y sang r a n t e s del Jesuc ris t o que pend e de la mism a pare d y con la
mism a mira d a. Te pro m e t o que nunca más voy a dar tantos rodeos para ter mi n ar
en el mis m o lugar —le dije con hidalg uí a, como si quisie r a reír m e de mí mismo
por encim a de los more t o n e s y las lastim a d u r a s —. ¿En qué pode m o s creer los
que alguna vez creí m o s? Se podía cree r en el diner o. Hemi n g w a y decía que el
dine ro comp r a b a la libert a d . Y Mach a d o decía que no cree r en nad a era volver a
peca r de inoce n ci a. El feder alis m o, ese último dogm a por conve ni e n ci a que yo
había abraz a d o en la Pata g o ni a, me había exprimido los últimos vestigios de la
fe. Todo me hacía desco nfia r de mí mis mo, y de las verd a d e s absolut a s . Pero qué
somos si no cree m o s en nad a. Los hijos de aquella emigració n som o s agnós ticos
encu bi e r t o s, pequ e ñ o s burg u e s e s asus ta d o s , profesionale s y a lo su m o
mer c e n a rios hone s t o s, una angus tia que camina, una mu er t e a plazo fijo , pens é
tré m ulo de envidias.
Cuan d o volví a cas a, mam á me avisó que la abuel a Valentin a había mue r t o.
Hacía más de media déca d a que yo no viajab a a Lomas del Mira do r, dond e vivió
sus últimos años, y nada sabía de la mad r e de mi pad r e , salvo que mira n d o
culeb r o n e s había deriva d o lent a m e n t e hacia la pues t a del sol. Acomp a ñ é a
Marci al somb r e a d o de culpas , y pas a m o s la noch e fría toma n d o café,
res po n di e n d o pre g u n t a s sobr e Neu q u é n y recor d a n d o pre his t o ri a s de la familia y
de la gue r r a civil espa ñ ol a con viejísimos paisa n o s de Luarc a . Mient r a s el cura
nos prodig a b a cons u elo en la capilla ardie n t e , recor d é a los hijos de Valentin a,
aleg r e s y sang r a n t e s volviendo a su cas a sin padr e desp u é s de una trifulc a.
Valentin a había tenido que ente r r a r perso n al m e n t e a mucho s de ellos dur a n t e
aquella s déca d a s infam e s , pero ahor a yo los veía vivos y feroce s , repe c h a n d o un
pra d o contr a el viento salob r e del mar. Iban sucios, har a pi e n t o s y sonri e n t e s :
Ellos eran cuatro y nosotr os ocho. Qué paliza les dimos, qué paliza les dimos …
ellos a nosotros.
10
Otili a
“Cuánto penar para morirs e uno.”
MIGUEL HERNÁND EZ
Hay un hom br e en mi basura , pens ó ma m á con cierto temo r, y retro c e di ó
hast a la pue rt a de vidrio. Esta b a anoc h e ci e n d o y notó que el desco no cid o de la
vere d a abría los ata do s y palpa b a las bolsa s. Había poca luz a esa hora, pero
mam á reconoció que no se trat a b a de un mendi go ni de un ebrio, sino de un
homb r e sobrio, pulcro y bien afeita d o. Un homb r e comú n y corrie n t e , vestido de
man e r a corr e c t a , con zapa to s dece n t e s y can a s cuida d o s a m e n t e peina d a s . Uno
de nosotr os , se dijo mi mad r e , y se santig u ó. Ella había req uis a d o dur a n t e toda
su niñez las bas u r a s ajena s, se había que d a d o fría con aquellos tachos
desbo r d a d o s de manj a r e s de los años cua r e n t a , y ahor a se veía a sí mism a como
una jubilad a empob r e c i d a en un país que esta b a aniquila n d o a su clas e media.
Algo se había jodido hacía ya dem a si a d o tiem po, y mam á pens a b a que otra vez la
tierr a se abría bajo sus pies. Inopin a d a m e n t e , y sin muc h a pomp a, el mítico bar
ABC aca b a b a de cerr a r sus pue r t a s al público, y Marci al esta b a enca n t a d o con
esa s vacacion e s a perp e t u i d a d llenas de tutes , fútbol televisivo, camin a t a s
aeróbic a s y fiest a s region al e s. No gas t a b a y no nece sit a b a mucho, y por fin podía
pone r en marc h a su proye ct o de ser un millona rio sin plat a. Pero mam á , más
hipe r r e a lis t a que de costu m b r e , había pres e n ci a d o las cala mi d a d e s financie r a s
de Mimí, era cons ci e n t e de la fragilida d de ser viejos en un país que los comb a t e
y los exting u e , prefe rí a est a r mue r t a a pedirle limosn a s a sus hijos, y temía así un
último y penos o derro t e r o por la pendie n t e arg e n ti n a . Quien e s provien e n de la
mise ri a no dejan ni por un minuto de pens a r que la vida pued e devolve rlos a ella.
Ese miedo psicológico se tra n sfo r m ó, sin emb a r g o, en algo concr e t o y
palpa bl e cuan d o Ever e a d y la jubiló de rep e n t e y su pode r adq uisitivo se vino a
piqu e. Las ilusione s de ma m á era n minim alist a s : ret a piz a r el sofá, mode r niz a r los
mue bl e s , comp r a r porc el a n a s , emp a p e l a r una habit a ció n, elegir de cua n d o en
cua n d o algun a ropa y algú n calzado, quizás come r cierto jamón esp a ñ ol de la
mejor fiamb r e rí a , o entr e g a r s e a algún otro deleite gast ro n ó m i c o par a nada
orna m e n t a l. Su nueva econo mí a, no obst a n t e , le pegó un zarp az o, tuvo que
ajust a r s e y rifar los ahor r o s, y con su orgullo matri a r c a l, achic a r s e sin pedir
ayud a o rec h a z á n d ol a de muy mal talan t e . Casi toda s sus amiga s de Coto
corri e r o n idéntic a suer t e , pero única m e n t e Car m e n tenía ese espírit u
tre m e n d i s t a y reb el d e , y sólo ella había visto de cerc a la devas t a ci ó n de mi
mad rin a .
El prime r senti mi e n t o de prec a ri e d a d le atacó los hues os . Andab a ya
cans a dí si m a y cont r a c t u r a d a de tanto subir y bajar escale r a s y servir cafés en
treint a oficinas, cuan d o le avisar o n ama bl e m e n t e que la comp a ñí a se mud a b a a
Becca r y que pres cin dí a n de sus servicios. Sus comp a ñ e r a s y comp a ñ e r o s , sus
jefes y subor di n a d o s , la cont e ní a n y la ador a b a n , de algún modo la había n
tran sfor m a d o , y al final la des pidie r o n con regalos increíble s y con cart a s
conmov e d o r a s .
Los prim e r o s quinc e días el ocio le par e ció repa r a d o r , pero luego la casa se
convirtió en una cárc el. Todas las mañ a n a s se levant a b a tem p r a n í si m o, se
duch a b a , se vestía y se pinta b a como si fuer a al trab ajo, recogí a su cart e r a y
camin a b a sola por Cabildo y por Sant a Fe, toma b a un cort a d o en algú n bar y
volvía des p u é s de cuat ro horas de vagab u n d e o . Esa cere m o ni a tera p é u t i c a duró
varios mes e s , pero ella siguió descoloc a d a y entris t e ci d a . No tenía cons u elo y
nada la confor m a b a , salvo cuida r a sus nietos. Todavía se sentía joven y útil, y
buscó una ocup a ció n por los diarios. Se pres e n t ó una mañ a n a con el pelo
recogido y mintie n d o la eda d en una age n ci a de colocacion e s que pedía
cam a r e r a s , y la desc u b ri e r o n en una hiler a de oste n si bl e s veint e a ñ e r a s que nad a
sabía n de prep a r a r y servir el mejor café del mun do. Señora, uste d no tiene
cuare n t a años , le dijo la examin a d o r a , una flaca que jamá s había toma d o algo
calien t e . Tengo más —admitió mam á—. Pero tam bi é n tengo muc h a experie n cia .
La flaca des a b ri d a no lo duda b a , seguí a limán d o s e las uña s y le habla b a de
ofert a s y dem a n d a s , y de regla m e n t o s y ene r gí a s .
Mi mad r e se fue con su ene r gí a a otra part e, y hast a pens ó en anot a r s e en
el Ejército de Salvación, pero rech a z ó la posibilida d de cuida r enfe r m o s porq u e
ya había cuida d o bast a n t e s . Aceptó, en cam bio, que Pacita la introd uj e r a en el
yoga y en las devocion e s cristia n a s , y pere g ri n ó y vigiló cada cent avo, y fue
acep t a n d o lenta m e n t e que no le daría n créditos ni oport u ni d a d e s , y que lo mejor
sería acat a r las leyes de la vejez y los esca s o s ben eficios de la segu ri d a d social.
Se subió a ese tre n, viajó en comp a ñí a de jubilados e inte g r ó sus colonia s
sintié n d o s e más joven que esos gero n t e s men e s t e r o s o s y ang u r ri e n t o s que la
pas a b a n por encim a par a servirs e un plato, o que juga b a n con sus dent a d u r a s
postizas mient r a s veían televisión. Mam á no se sentía part e de esa tropilla
maled u c a d a y egoíst a , que habla b a a los gritos y conta b a cien veces la mism a
anéc d o t a . Ella seguí a siendo fuert e y lúcida, y muy capaz de reconoc e r , como
una clarivide n t e , por un tono de voz el sufrimie n t o y la mentir a; tam bi é n de
mant e n e r a fondo una discusió n política y de vence r al más pint a d o.
De toda s las decr e pi t u d e s , sólo le temía a la arte rio e s cl e r o s i s, la maldición
familiar que había des q uici a d o a María del Escalón y a Consu elo Díaz. Acechó su
propia me mo ri a y sus lagun a s ment al e s , y trató de leer en ellas los prim e r o s
indicios, pero hizo prom e t e r a sus hijos que la inte r n a r í a n sin pieda d ni conflicto
a la meno r evide n ci a, y cuan d o estuvo segu r a de que efectiva m e n t e lo haría m o s ,
dejó de preoc u p a r s e . ¿Cuá n d o desc u b r e uno que es definitiva m e n t e viejo?
Marci al lo desc u b ri ó en Mar del Plata. Iba cruza n d o una plaza cént ric a y tres
pen d ejo s lo asalta r o n. Uno lo abra zó de atr á s y otro le puso una garr a en la
garg a n t a . El terc e r o le quitó del bolsillo la billete r a , y papá los dejó hace r porq u e
no podía hace r nad a. En otro mom e n t o de su vida, el boxea d o r astu ri a n o del
cruc e r o Galicia los hubie r a dejado sin dient e s , pero esa noche se sentó frent e a
Carm e n y admitió la derro t a . No la der ro t a de esa tard e , sino la de ese ocaso.
Pasa d o s los sese n t a y cinco mam á ya no tenía las ilusione s , pero le
que d a b a el vigor de anta ñ o. Esta cont r a di c ció n la malhu m o r a b a y le hacía surgi r
de a ratos el enojo caver ní cola de José de Sindo. Andab a busc a n d o camo r r a y se
le hum e d e c í a n los ojos por cualq ui e r pava d a . Fue enton c e s cuan d o Gabi le
diag no s ticó un síndro m e depr e sivo, y cuan d o Carm e n le conce dió a una
psiquia t r a el privilegio de oírla monolog a r de punt a a punt a su histori a.
La profesio n al y su pacie n t e sintie r o n afinida d de inme dia t o, y mam á se
desa h o g ó hast a vaciar s e , y luego emp e zó a llena r s e de auto e s ti m a y de antídot o s
químicos y emocion al e s. Y salió fortal eci d a y aleg r e como una cast a ñ u e l a , pero
tam bié n osad a y belige r a n t e . La psiqui at r a la conve n ció de que no debía callar s e
nada porq u e había perm a n e c i d o mud a dem a si a d o s años, así que emp e zó a
gue r r e a r con culpa bl e s e inoce n t e s , tuvo a mal tra e r un tiem po a mi padr e , y se
metió en unos cuant o s líos por soltar la lengu a. Car m e n , que de vieja leyó unos
cua n to s libros, no leyó sin emb a r g o a Bioy Casa r e s : “Par a est a r en paz con uno
mismo hay que decir la verd a d. Para esta r en paz con el prójimo hay que
mentir”.
Come n c é a gara b a t e a r fras e s e ideas sobr e su azaro s a biogr afía en un
cua d e r n o Rivad avia de tapa dur a cuan d o me contó que hacía lagri m e a r a su
psiquia t r a y luego cuan d o me tra n s c ri bió, reglón a reglón, las tres cart a s de
Mimí. Eran, por ento nc e s , anot a cio n e s vaga s y sin un propósito definido, y yo me
daba cuen t a de que iban form a n d o un mos aico en torno al nuevo depor t e
nacion al. Miles de arge n t i n o s hacía n cola en las emb aj a d a s para irse a cualq ui e r
sitio del plan e t a , y Mar uja anun ció en la mes a de los tés domin g u e r o s que Ramó n
había decidido dos cosas: levant a r su cas a port e ñ a y busc a r trab ajo en las Islas
Cana ri a s. Hacía años que yo no veía al supe r- héro e, pero la noticia de su exilio
econó mic o me movió los cimien t o s . Con la odise a del Sur, ya est a b a cura d o de
espa n t o, y de hecho había jurado sobr e la colección Robin Hood que jamás se me
pas a rí a por la ment e siquier a cruza r la Juan B. Justo, pero la decisión de uno
pone en sever a cues tió n las cert ez a s de todos. Emp ez a m o s a pens a r si Ramón no
esta rí a en lo corr e c t o, si nosot ro s no esta rí a m o s en la luna, y si que d a r n o s no
significa rí a lisa y llana m e n t e un suicidio. Cada cual cargó un tiem po con sus
propia s dud a s diciend o poco y cavilan do muc ho. Has t a que un día tam bi é n mi
her m a n a y su marido insinu a r o n que lo esta b a n pens a n d o, y Carm e n se hizo
cruc e s. Lucía, desp r e o c u p a d a , se encogió de homb r o s y le dijo: ¿Y qué, abuela?
Cuando sea mayor de edad, yo tam bi é n me voy a ir a Estado s Unidos. Quiero ser
directora de cine, y en este país de porqu e ría no hay futuro para nadie . A mam á
le rec hin a b a n los dient e s , se le des e n c aj a b a la mandí b ul a . Nosot ro s , para
diste n d e r el ambie n t e , come n z a m o s a toma r n o s el asun t o a brom a . Pero mi
mad r e golpeó el brazo de su sillón y dijo que ella había vivido más que nadie, y
que la histori a univer s al est a b a hech a de ciclos. Hace cincu e n t a años España
estaba destro z a d a y la Argen ti na era pujant e —gritó—. La tortilla se dio vuelta,
¿pero quién de uste d e s pued e asegur ar que no volverá a pasar, quién pued e
garantizar que no hará la mis m a cagada que hice yo y arruinará de paso a toda
su familia? ¿Quién ha visto el día de maña n a? Nos mira m o s los pies, en silencio,
y ella fue a la cocina, se sirvió un vaso de “seve n” y dijo: Qué mier da saben
uste d e s , la puta madr e.
Sabía m o s , efectiva m e n t e , muy poco, y eso me dab a mala espin a. Había
public a d o una novela policial hacía seis años, pero desd e ento nc e s todo lo que
inte n t a b a se qued a b a por la mita d o se me resb al a b a de las mano s. Últim a m e n t e ,
todo lo que escribía me sona b a falso e inma d u r o, e intuía que las histori a s que
imagin a b a ya había n sido escrit a s por mejore s escrito r e s y en mejor e s
circu n s t a n ci a s . Ning u n a línea me sona b a verd a d e r a u hone s t a , y el vacío
pasion al pos m o d e r n o de mi gene r a ci ó n, que acaso yo repr e s e n t a b a mejor que
nadie, me dejab a la horripila n t e sens a ció n de que no sabía quién era y de que no
tenía nada que decir. Podía inten t a r “En busc a de una cert ez a ”, aunq u e sea de
una. Pero eso ter mi n a r í a siendo la paté tic a autobiog r afí a de un neur ó tico ansioso
dep r e sivo en los albor e s del nuevo milenio. De pront o sentí celos de la psiquia t r a
y avidez por conoc e r los recove co s de aqu ella larg a travesía, y pens é que no
había mayor desafío para un periodis t a en la crisis de los cuar e n t a que atrev e r s e
a cont a r la histori a de su mad r e . Tenía la súbit a sens a ció n, sin emb a r g o , de est a r
come ti e n d o algun a clase de pec a d o, y hubo sem a n a s ente r a s en las que luché
cont r a el pánico de que ese texto des n u d o rem ovie r a odios y dolore s sepult a d o s ,
levant a r a envidia s asordi n a d a s y de algu n a man e r a nos cam bi a r a a todos para
siem p r e .
Salvo la indige n ci a y la emigr a ció n de sus hijos, Carm e n ya no le tenía
miedo a nad a, y todas mis apr e n si o n e s le pare ci e r o n pueriles al lado de la
posibilida d de aleccion a r a los frívolos e incau t o s per e g ri n o s que busca b a n
aquella s falsas tierr a s prom e ti d a s . Acord é conmigo mismo no hac e r ficción con
aquel mat e ri al y ceñir m e a los cánon e s de la crónica novela d a, que consis t e en
no apa r t a r s e ni un milíme t r o de los hec hos histórico s y de la verda d . Bueno,
cuan do quieras —dijo el prim e r día con un suspiro y con las mano s arr u g a d a s en
el reg azo —. Hice todo para escapar m e del pasado, que para mí está asociado a
la pobr e z a, y hago todo tam bi é n para volver al pasado, que para mí está asociado
a los prados de Alm urf e. ¿Qué te parec e, es un bue n comie n z o? Era un bue n
final, pero a mí no me inter e s a b a n sus máxim a s ni sus conclusio n e s . Me
inte r e s a b a n la secu e n ci a exact a de los suce so s y lo que real m e n t e escon dí a n .
Tomé la lapice r a y reto m é mi viejo oficio de entr evis t a d o r . La entr e vis t é dura n t e
cincu e n t a hora s, en días a veces sucesivos y a veces dista n t e s , y en much a s
ocasion e s tuvimos que dete n e r n o s par a que llora r a en silencio, y en otras par a
revolca r n o s de risa.
Fui escribi e n d o a ciega s, sin sabe r adón d e me dirigía, comp r e n d i e n d o que
ésta tam bi é n sería inevita bl e m e n t e la histori a de un escrito r medioc r e para
quie n todo lo escrito y apre n di d o dur a n t e treint a años de pros a cland e s ti n a había
sido ape n a s el ens ayo de est e relato cre p u s c ul a r . Una astut a pre m e d i t a c ió n del
due ño de los dados.
Mam á me pidió que cam bi a r a algun o s nomb r e s para no caus a r daño y a la
altur a del capítulo seis se llevó todos los pap ele s a la cam a y los leyó de un tirón,
mojó pañu elo s y almoh a d a y tardó un día y medio en bajar de nuevo a sus
zapat o s . González, que tiene el corazó n de piedr a , fue leyend o capít ulo por
capít ulo des d e que leyó el prim e r o en el subt e r r á n e o , llegó a su cas a dolorido y
me llamó por teléfono. Una pas aje r a , que una tard e iba sent a d a a su lado, lo
inte r r u m p i ó conm ovid a, mient r a s él iba moqu e a n d o , le confesó que había
espia do tres págin a s y que le explota b a el pecho, lo fusiló a preg u n t a s sobr e
aquella mujer épica e irre al, y ya par a d a y a punto de bajar s e en su destino, le
suplicó le diera aun q u e sea un dato: la fecha de su publica ción, el nomb r e del
autor, el teléfono de la prot a g o ni s t a .
Todos esos módicos milagr o s ocurrí a n en los prefacios de la mue r t e de
María del Escalón. Car m e n se lo tomó con calm a, se anotó en el consul a d o, sacó
el último dine ro del banco y pre p a r ó sin gana s un viaje. La acom p a ñ é hast a
Ezeiza y la dejé junto a treint a o cuar e n t a arge ñ ol e s igual m e n t e const e r n a d o s . Se
recono cí a n con la mirad a en la zona del pre e m b a r q u e , todos ellos eran
arg e n ti n o s en Espa ñ a y espa ñ ol e s en la Arge nti n a , tenía n hijos y nietos en eda d
de esca p a r , venía n de un desg a r r o y con toda segu ri d a d iban hacia otro mient r a s
la “París latinoa m e r i c a n a ” se des m a n t e l a b a y der r uí a.
Pasó unos días obliga d o s en Valenci a, y cuat r o hora s espe r a n d o en Madrid
un ómnibu s que la llevaría hast a Asturi a s. Sent a d a sobr e su valija, ma m á
obse rv a b a a los africa n o s vendie n d o alfomb r a s y a los verd a d e r o s espa ñ ol e s
habla n d o intr a s c e n d e n c i a s , y se sentí a una marci a n a y se arr e p e n t í a de aquel
último periplo inse n s a t o .
Cam bió de pare c e r cuan d o se reen c o n t r ó con su her m a n a Otilia, la más
chica y más salero s a . No se sepa r a r o n ni un insta n t e , y anduvie r o n del brazo por
Oviedo y por Almurfe, pero ma m á le pidió que hicier a una excep ción y la dejar a
camin a r sola hast a el cem e n t e r i o. Lo prim e r o que vio fue el nicho de Josefa, que
había mue r t o a los novent a y tres. Recu e r d a Otilia que, fuer a del reu m a , nunc a
se había enfer m a d o en nueve déca d a s de cam po y afliccione s . Un día, no
obst a n t e , se que dó en la cam a, y María se ace rc ó a ella extr a ñ a d a y le pidió que
se movier a . La sedujo con un tazón de leche y miac h a s , y escuc h ó que su
her m a n a le decía, con voz qued a : Hoy no tengo ham b r e , María . Llam a r o n al
médico rural, que la revisó a pue r t a s cerr a d a s , acept ó un anís del Mono y
desp u é s dijo sin dar much a s vuelta s: No se levanta ni com e porqu e se va a morir .
Dos sem a n a s más tard e, ciert a m e n t e se que dó dor mi d a y jamás volvió a
desp e r t a r .
Muy cerc a del cadáv e r de mi tía abu ela yacía el esqu el e t o de su her m a n a .
Mam á recogió flores de los send e r o s , armó un ramo y llenó el florero, y estuvo
dos horas ente r r a n d o a su mad r e y evoca n d o sus ade m a n e s y su vozar r ó n. ¡Hija
mía, no te vayas! Baja esa mano, José. Baja esa mano porqu e ahora mis m o cojo
el hacha y te abro la cabe z a en dos. ¡Carmina, no te conoz co! No te conozc o.
Regr e s ó desp a cio y en comple t a armo ní a a su casa de la carr e t e r a , y Otilia
le dijo irónica m e n t e :
—No sé si te has perc a t a d o de que tiene s un nicho a tu disposición en ese
camp o s a n t o .
Carm e n revolvió el café emp e t r ol a d o con ojos risue ñ o s , y le devolvió la
cha nz a :
—Si me mue r o estos días, llama s al cura de Belmont e , me met e s en ese
nicho, y recién ento nc e s les avisas a mis hijos que me quedo aquí cerc a de María,
dond e se escuc h a n los pajarito s.
—Vete al carajo, ¿quier e s ?
Otilia era un tanto agnós tic a , y no podía ente n d e r cómo mi mad r e iba
tant a s veces a la tum b a de María y cómo la salud a b a a viva voz cua n d o pas a b a n
por delan t e del cem e n t e r i o.
—Es que no pued e escuc h a r t e , Car mi n a . ¿No ves que está allí abajo
pud rié n d o s e ?
—Pero su alma está cerc a —le porfiab a mi mad r e , y no hubo quien le
sac a r a de la cabez a la idea de celeb r a rl e una misa.
La capilla dond e María del Escalón había demos t r a d o la lascivia del cura
de Agüer a y roto par a siem p r e con su mismísim o Dios, y adond e Josefa iba todos
los días a pre n d e r velas para que yo no fuera convoc a d o a defe n d e r Puert o
Argen ti no, esta b a rest a u r a d a pero pare cía ahor a una crujien t e miniat u r a . Los
vecinos y amigos de la occisa llena r o n fácilme n t e los bancos , pero el sace r d o t e
olvidó la cita, y tuviero n que llam a rlo por teléfono y espe r a rl o otra media hora.
Llegó desp a bila d o y agr a d e ci d o, elevó una plega ri a por mi abuel a, y por la
“gente nues tr a que viene de tan lejos” . Y al final sólo ace pt ó mil quinie n t a s
pese t a s para pag a r la gasolin a.
Cuan d o ma m á salió a la calle polvorie n t a , la rode a r o n y la abra z a r o n , y ella
agra d e c ió con lágrim a s aqu el largo adiós. Otilia estuvo pre s e n t e , pero avisó
como siem p r e en brom a que los otros familiar e s , socialist a s y ateos prac tic a n t e s ,
falta ro n con aviso porq u e “ellos sólo cree n en el diablo” .
El diablo había esca r b a d o con su larg a uña la cort e z a de esa familia unas
sem a n a s ante s , cuan d o Otilia ent ró en una ferr e t e rí a de un pue blo cerc a n o y la
espos a del ferr e t e r o le preg u n t ó si era hija de María del Escalón y niet a de
Teres a. Mi tía asintió las dos vece s, y la desco no cid a , muy suelt a de cuer p o, le
dispa r ó a que m a r r o p a : Enton c e s uste d y yo som os parien t e s , porqu e mi madr e
fue la hija secr e ta y nunca recono ci da de su abuela.
—¿De la mía? —preg u n t ó Otilia como en un tra b al e n g u a s .
Antes de noviar con Manu el, aqu el mozo de esta ció n que se subía borr a c h o
al tren y ama n e cí a con res ac a en Asturia s, mi bisa b u el a había come ti do el
peca d o origin al que luego le recri mi n a r í a dur a n t e déc a d a s a su hija María.
Quedó emb a r a z a d a de un labra d o r anóni m o, y sus padr e s , aver go n z a d o s , necios
y ruine s, la enviaro n una tem p o r a d a a otro pueblo, la dejaro n parir y la obliga ro n
luego a coloca r a la niña en un orfan a t o de Oviedo.
Teres a no le contó nunc a a nadie lo que había suce di do, pero trató varias
veces de ver a la hué rfa n a . De tanto en tanto, sin un cobre en el bolsillo y sin
ayud a de su familia, la abu el a de Carm e n camin a b a cincu e n t a kilóme t r o s por la
carr e t e r a para esta r un rato con la niña aba n d o n a d a . Al tiemp o, un matri m o nio la
tomó en adopción, y Teres a logró que en el orfan a t o le diera n una direc ción y
siguió visita n d o furtiva m e n t e a su hija anóni m a hast a que la mad r e de María y de
Josefa, la dam a más juicios a de los Díaz, se murió en Almurfe y se llevó con ella
su secr e t o más recón di to y esca n d al o s o. Un secr e t o gua r d a d o ciento diez años,
que Otilia escuc h a b a ahor a de boca de la espos a de un ferr e t e r o , mient r a s le
cosq uille a b a n las manos y le fallab a n las piern a s .
A mam á la hechiza b a n aquellos virajes del destino y aqu ellos cue nt o s de
aldea, y las cena s ent r e her m a n o s y sobrinos esta b a n plaga d a s de todos esos
sortilegios. Chelo, el más prolífico y tardío de todos sus her m a n o s , recono cí a en
esa s sobr e m e s a s que su gran desvelo de padr e mad u r o era no ser de ningu n a
man e r a y bajo ningú n emb r ujo ni la más mínim a somb r a de José de Sindo. Quería
limpia r de su geno m a los vestigios de ese sino malva do y trá gico, y recor d a b a
con precisión el aser rí n de Boulog n e , el triciclo rojo y aquella pulse a d a en la
cocina de Ravign a ni, y tam po c o había olvida do la vez que corría par a no ser
alcanz a d o por aquella hoz.
—¿De veras te acue r d a s de aquel día? —le preg u n t ó mam á , end ulza d a y
sere n a .
—Como par a olvidarlo.
Chelo tomó aire, porq u e esta b a emp ez a n d o a boqu e a r , y señaló a María
Teres a, una de sus pequ e ñ a s hijas. Le acarició delan t e de todos los bucles y la
frent e, y come n t ó sin levant a r los ojos:
—Siem p r e le digo que es igual a Car min a .
—¡Pobr e chica, déjala en paz! —lo ame n a z ó mi mad r e.
—Tiene la mism a volunt a d , y los mismo s ojos cast a ñ o s y trist e s .
Mam á había leído o escuc h a d o en algu n a part e que hay al otro lado del
mun do una pers o n a idéntic a a cad a uno de nosot r o s, y que por suer t e Dios jamá s
per mit e que ese doble repit a los erro r e s que com eti m o s .
Todos trat a r o n de explica rle que Espa ñ a vivía su apog e o, pero que nad a
era tan simple como apa r e n t a b a . La historia que nar r a b a n era una histori a de
espejos. Nosotr os íbamo s a tomar allá los em pl e o s que ellos des pr e ciab a n —le
recor d ó Chelo—. Ahora ellos viene n a tomar los trabajos que nosotros
dese c h a m o s . Mozos, chan garin e s , lavaplatos. Está bien para los que no tiene n
nada que perd er. Pero ve m o s gent e s que han venido a ganar me n o s, por el
simpl e snobis m o de castigar a su patria y vivir la fábula del Primer Mun d o.
Antes de emp r e n d e r el reg r e s o, Car m e n visitó en Belmon t e de Miran d a el
dep a r t a m e n t o de Jesús y de Mimí. Los her m a n o s la abr az a r o n en el umb r a l y no
la solta b a n , como si ella fuer a un trozo flotant e del casco de un buqu e hundi do, o
como si traje r a de un sitio sagr a d o efluvios san a d o r e s . Se acomo d a r o n en el
living, se seca r o n las mejillas y, famélicos de noved a d e s meno r e s y de det alle s
arg e n ti n o s , com e nz a r o n a hac e rl e pre g u n t a s sobr e la ciuda d, sobr e el bar rio y
sobr e la vida cotidia n a . Recibía n cada inform a ció n, cada dato insignifica n t e , con
excla m a cio n e s de júbilo, y mam á hubie r a podido esta r días ent e r o s
entr e t e n i é n d ol o s con nad e rí a s de Paler m o pobr e si hubies e que ri do. Pero ma m á
tam bié n sentí a curiosid a d, y les devolvió las preg u n t a s . Los herm a n o s se mira ro n
y Jesús, cans a d o y agrio, emp ezó por relat a rl e los prime r o s mes e s en Inge ni e r o
Lartigu e . ¿Qué clase de perso na s son uste d e s que desp u é s de tanto tie m p o no
han cons e g ui d o ser alguie n? , les pre g u n t ó un vecino, amigo de retr u é c a n o s y
pas a d o de copa s, y ellos ente n di e r o n esa tard e que llevab a n una marc a y que, lo
dijera n o lo callas e n , todos pens a b a n lo mismo. Cuando no se tiene nada, pues
uno aquí sim ple m e n t e es nada , dijo Jesús, y se quedó afónico. Mimí fue en su
ayud a, y com e nz ó rese ñ a r l e a Carmi n a aquellas sem a n a s de frío y des a m p a r o , y
desp u é s el res u r gi r y esa plácida subsis t e n ci a que llevab a n , ahor a que el Esta d o
espa ñ ol los prot e gí a. Pero mient r a s habla b a , Mimí rezab a un rosa rio de
comp a r a c i o n e s con la Argenti n a que dejab a n a la madr e patri a por el suelo.
Vivían pendie n t e s de los noticie ro s y los infor m a tivos, expec t a n t e s ante la
mínim a refer e n c i a a aquel país ingr a t o que los había vomit a d o. Aquí nos ofrece n
banq u e t e s , Carm e n , pero yo prefiero tom ar manz a nilla en casa , dijo Mimí.
Carm e n los vio tan obsesio n a d o s con Buenos Aires, que le propu s o a Jesús
busc a rl e s dep a r t a m e n t o y pre p a r a r l e s el terr e n o .
—Ya es tard e —dijo Jesús—. Este dolor va a morir con nosot r o s.
—¡Pero no seas tan trágico, Jesús! —se esca n d a lizó mi mad r e—. Qué tard e
ni qué niño mue r t o.
Mimí le aten a z ó la muñ e c a y le talad r ó el oído:
—Nunc a per mi t a s que tus hijos se vayan, Carmi n a . ¡Nunc a!
—Y yo qué pue do hac e r para que se qued e n .
—Lo que sea —dijo mi mad ri n a—. Lo que sea.
Mam á salió atur di d a y bajone a d a , y encon t r ó Bueno s Aires en peor e s
condicion e s que cua n d o había partido. Se cansó de discutir con sus amig a s la
verda d e r a situa ció n labor al espa ñ ol a, y una mañ a n a Maruj a la invitó a su
dep a r t a m e n t o y le most ró sus plant a s . Qué lindo está ese potus , se admiró mam á
acarici á n d ol e las hojas. Cuando me vaya a vivir a España te lo regalo , le
res po n di ó Mar uja, y mam á casi se cae redon d a . Fue la única man e r a que
encon t r ó la dam a de Gijón para comu ni c a rl e a su cómplice de tant a s aquella
decisión que venía mastic a n d o .
A parti r de esa revelació n, Carm e n y Maruj a iniciaro n un ardo r o s o deba t e .
Mar uja soste ní a que qued a r s e era una insen s a t e z y Carm e n jurab a que irse era
una inmolació n, y sus amiga s trat a b a n de inter c e d e r , ensor d e ci d a s por sus
ruidos o s argu m e n t o s y tem e r o s a s de que algu n a de las dos cruz a r a en algún
mom e n t o la línea, pron u n ci a r a una fras e sin reto r n o y dest r oz a r a treint a años de
solida rid a d e s .
Ese choq u e rep ro d u cí a sin que r e r , y con las varian t e s de cada caso, la
polé mic a que los arg e n ti n o s mant e ní a n en medio del horro r econó mi co. Cada
una de ellas defen dí a las ant a g ó ni c a s posicion e s de sus hijos, y atiza b a
incons ci e n t e m e n t e el enojo par a anes t e s i a r de algún modo la des p e di d a . Y me
const a que a mam á le par e cí a simple m e n t e inad mi sibl e perd e r a esa altur a , y con
los brazos cruz a d o s , a su gran comp a ñ e r a .
En otro tra m o de su vida, Carm e n hubie r a dado una bat alla des pia d a d a por
impon e r su punto de vista, pero en estos días se sentía debilita d a y temía que
Dios la castig a s e por tanto énfasis. Así se lo dijo a su psiqui a t r a : Se supon e que
sie m p r e hice lo que me man dar o n, lo que era correc to y lo que me parecía justo.
Pero no resultó, y nadie se acordó de mí. Por eso es que siento esta enor m e rabia
acá dentro, doctora. Pero descar gar esa rabia me met e en proble m a s y me llena
de culpas .
Cuan d o el gobie r n o les arre b a t ó el trec e por ciento a los jubilados, la
indign a ció n por poco la mat a. Había que qued a r s e . Pero par a que d a r s e había
que lucha r. Escribió a los gra n d e s diarios una cart a abie r t a al Presid e n t e de la
Repú blic a y supe que que ría particip a r de una marc h a de rep u dio al Cong r e s o de
la Nación. La llamé par a disua di rla, pero no pude: Por me no s que esto, en otros
países hay guerra civil —me res po n dió, furiosa conmi go—. Alguie n tiene que
hacer algo . No teng a m o s tanto miedo a vivir.
Marc h ó ent r e ancia n o s, milita n t e s y curiosos, rode a d a de bombo s y de
consig n a s , y volvió a su casa der r e n g a d a y vacía. Los hijos de aqu ella gen e r a c ió n
tenía m o s miedo a vivir. Está b a m o s asus t a d í si m o s porq u e perdí a m o s posicion e s,
éra m o s cons u mi s t a s lame n t a b l e s y muñ e c o s sin alma; due ño s de much a s más
cosas de las que algun a vez tuvimos, de las que había n cons e g ui d o nues t r o s
padr e s y de las que usaría m o s nunc a. Much a c h o s sin un propósit o,
hipoco n d rí a c o s totales y coba r d e s congé ni t o s. Mam á me lo recor d ó sin tene r que
decír m elo. Apena s con un hilo de voz escuc h é lo que pens a b a : Ya no estoy trist e
sino agot a d a , ya no me que d a más que la bronc a. Tengo una bronc a…
Esa noche, o la siguie n t e , soñé que me llam a b a n por teléfono a cualquie r
hora, y que Gabi ate n dí a con voz pastos a y ojos entr e c e r r a d o s . Algo me decía,
pero yo no atina b a más que a descifra r el sentido gen e r a l del mens aj e y a
pone r m e el abrigo sobr e el piyam a. Un taxi me llevab a por calles inund a d a s y un
age n t e me abría paso en los inte rio r e s de una comisa rí a. Había muc ho bullicio,
un ir y venir nervioso, y en un pasillo con galerí a, sent a d a en un banco y apoya d a
cont r a una par e d, ma m á mirab a la lluvia como extasia d a y perdid a . Yo ent e n dí a
que ella había come tido una enor mi d a d , y comp r e n d í a sus razon e s profun d a s , no
tenía nada par a recri mi n a rl e y no se me ocur ría medi a palab r a . Sólo me sent a b a
a escuc h a r los tecla do s de la lluvia, y nos qued á b a m o s así un rato, uno junto al
otro, sin abrir juicio. De pront o el cielo se nos venía abajo y un relá m p a g o de los
mil demo nios me sobr e s al t a b a .
Enton c e s mam á me agar r a b a la mano.
Sobr e el aut o r
Jorge Fern á n d e z Díaz nació en el barrio port e ñ o de Paler m o en 1960.
Escrib e ficcion e s desd e el vera n o de 1972, cuan d o leyó La Señal de los
Cuatro en la colección Robin Hood.
Es periodis t a profesion al des d e 1981 y desa r r oll a sus dos vocacion e s de un
modo par al elo.
Fue red a c t o r especi al de La Razón, jefe de reda c ció n de El Diario de
Neuq u é n , jefe de Política de El Cronist a, subdir e c t o r de las revist a s Somos y
Gent e, y direc t o r de Espec t a d o r . Fue tam bi é n subdir e c t o r y mie m b r o del grupo
fund a d o r del diario Perfil, y direct o r de la revist a Noticia s. Es actu al m e n t e
Secr e t a r i o de Redac ció n del diario La Nación.
Publicó en 1985 El asesinato del wing izquier do , que a man e r a de folletín
apa r e ció prim e r o en La Razón y luego en su form a comple t a y corr e gi d a en un
libro de Editori al América, y en 1991 El ho m br e que se inven t ó a sí mis m o , la
biogr afía no auto riz a d a de Bern a r d o Neus t a d t que editó Suda m e r i c a n a .
En esta mism a editorial publicó dur a n t e 1997 El dile m a de los prócer e s ,
una novela de mist e rios y perip e ci a s sobr e el ser arge n ti n o que prot a g o niz a r o n
She rloc k Holme s y Borge s, y que recibió excele n t e s crítica s.
Fern á n d e z Díaz, Jorge
Mam á . - 1a ed. - Buenos Aires : Debolsillo, 2011.
EBook. - (Best Seller)
ISBN 978- 987- 566- 679- 5
1. Nar r a tiva Argen ti n a . I.Título
CDD A863
Edición en forma t o digital: abril de 2011
© 2011, Editorial Suda m e r i c a n a S.A.®
Hum b e r t o I 555, Bueno s Aires.
Diseño de cubie r t a : Rando m Hous e Mond a d o ri, S.A.
Todos los dere c h o s res e rv a d o s .
ISBN 978- 987- 566- 679- 5
Octubr e 2012
Epub: