Durante
su viaje de Roma a Judea, Poncio Pilatos se detuvo y pasó en
Alejandría una temporada con una bella princesa egipcia, pariente lejana de
la mítica reina Cleopatra, en un momento muy poco propicio, pues, según
aseguraban ciertos rumores, un grupo de judíos estaba gestando una
conspiración contra su persona.
La acción de La amante de Pilatos nos sitúa en el año 29 a. C. y se abre con
una expedición fascinante y temeraria que se propone cubrir la distancia
entre la costa meridional del mar Rojo y Jerusalén, y entre cuyos
componentes no tardan en aflorar la ambición, el deseo y la venganza. Un
grupo de árabes defendiendo un pequeño territorio de la invasión de las
legiones imperiales, una secreta mina de esmeraldas y los servicios de
información romanos (diversos y no siempre coordinados), acaban por
convertir la expedición en una aventura apasionante.
Viaje, riesgo, enigmas y secretos, conflictos políticos, ambiciones, personajes
que cobran vida ante los ojos del lector… La amante de Pilatos lleva el
inconfundible e inimitable sello de Gisbert Haefs.
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Gisbert Haefs
La amante de Pilatos
ePub r1.0
Titivillus 07.04.2018
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Título original: Die Geliebte des Pilatus
Gisbert Haefs, 2004
Traducción: Carlos Fortea
Diseño de la sobrecubierta: Enrique Iborra
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
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Capítulo I
LA PRINCESA Y EL GUERRERO
Una ley prohibía a los hombres deshonrarse llevando vestidos de seda.
CAYO CORNELIO TÁCITO
… se te muestra en ropajes de seda, casi desnuda…
QUINTO HORACIO FLACO
Ungüentos aromáticos, la sensación de la seda fresca sobre la fresca piel, y la certeza
de no poder seguir permitiéndose ninguna de las dos cosas. La reserva de monedas de
oro estaba casi agotada. Pero con el lamento se mezclaba la convicción de poder
volver a conseguir oro, ungüentos y seda, mientras la piel y el cuerpo no se
desmoronasen.
Después del primer hombre, a los trece, había temido que a los veinte estaría tan
gastada y a los veinticinco tan arrugada como las mujeres de los pueblos del campo.
Ahora tenía veintiséis, los temores se habían esfumado, y en esos momentos tan sólo
lamentaba que no hubiera allí un verdadero baño. Un baño romano, con piscinas de
agua caliente, tibia y fría, y con esclavos que frotaran y almohazaran, y grandes
cantidades de ungüento…
—¿Está bien así, señora?
Cleopatra bajó el disco de bronce con incrustaciones de reluciente plata. Su
peinado vertical recordaba un poco a una pirámide… una esbelta y oscura pirámide,
con los pasadores de piedras preciosas como escaleras. Pero las pirámides solían
tener peldaños; ¿quién quería escaleras? ¿Y quién, salvo los piojos árabes, iba a
querer escalar su peinado?
—Está bien. Puedes irte.
Glauca hizo una inclinación de la cabeza. Sin hacer ruido, se bajó del ancho
escabel en el que había estado arrodillada y se dirigió hacia la puerta. Ante la pesada
cortina de cuero que separaba el cuarto de Cleopatra del de sus tres acompañantes, se
detuvo y se dio la vuelta.
—¿Deseas alguna otra cosa, princesa, o puedo ir un rato al puerto?
—Thais llegará enseguida. Si te necesito, te haré llamar. Puedes irte.
No es que entendiera qué era lo que atraía a Glauca en el puerto. Cleopatra
desconfiaba del mar. De todos los mares. Del mar de Roma, al norte, del mar Rojo
que habían surcado, o de aquella parte del Gran Mar que se extendía entre Arabia y la
India… tres visiones del mismo monstruo. Devoraba barcos, y hombres y dinero;
¿compensaban eso los peces comestibles, las conchas y mariscos? Quizás el
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comercio… Pero no era tiempo de entregarse a tan absurdos pensamientos.
Se levantó de la jamuga tallada y se dirigió hacia la ventana. No se acercó del
todo; sólo lo justo para poder ver por sí misma, manteniéndose en la sombra,
invisible desde fuera, todo lo que ocurría en la plaza.
No mucho, pensó. Había elegido a conciencia esa hora, la primera de la tarde,
cuando la mayoría de las gentes del lugar se quedaba en sus casas. El romano sería
visto, pero no por muchos. Se hablaría de ello… se cuchichearía, y los cuchicheos
podían convertir en importante lo insignificante.
Thais no llegaría enseguida. Glauca estaba en el puerto, Arsinoe con la esposa del
mercader Baschama, una de las pocas mujeres que parecía no tener reparo alguno
hacia los extranjeros. Thais tenía órdenes de escuchar, entre las mujeres de los
pescadores y marineros de la larga bahía septentrional, si alguien sabía de barcos que
pudieran remontar el mar Rojo, hacia el norte.
—Pero si es de donde acabamos de llegar —había dicho Thais.
—Lo que no significa que tengamos que quedarnos aquí para siempre, ¿no?
Cleopatra apretó los labios. Thais y Arsinoe sabían que habían sido despachadas,
y se esforzarían, como debía ser, en volver al puerto lo bastante temprana e
inesperadamente como para enterarse. Glauca, también en el puerto, vería de todos
modos al romano cuando entrase en la posada. Su rostro había expresado con claridad
que se preguntaba para quién la princesa había ordenado alisar, enrollar y alzar como
una torre sus cabellos en mitad del día.
—Para mí —murmuró—. ¿Para quién si no?
Allí venía el romano. Delante de la casa de los mercaderes… ah, no, delante del
templo del dios de la lluvia, se detuvo y contempló la parte trasera de la posada.
Estaba segura de que desde allí no podía verla; aun así, retrocedió un paso.
Volvió a repasarlo todo mentalmente. Lo que quería; lo que le diría; lo que tendría
que callar; lo que se dejaría arrancar, en apariencia a regañadientes…
«Los hombres son tan fáciles de engañar», se dijo. Pero no debía cometer el error
de subestimar a ese Valerio Rufo. Podía pertenecer a una línea colateral, pero los
Valerios eran una estirpe antigua, rica e importante. Rufo parecía instruido, era
ingenioso, y ningún prefecto del Imperio enviaba a un idiota a un puesto tan
importante, por alejado que estuviera, en el que podía promover o arruinar los
intereses del Imperio con tres docenas de guerreros. No era ningún necio; y sin duda
no era un centurión cualquiera.
Llamaron a la puerta de madera que separaba el vestíbulo de la escalera oscura.
Cleopatra apartó la cortina de cuero y gritó:
—¿Quién está ahí?
La puerta se abrió a medias; la cabeza del posadero apareció.
—Señora…, un romano quiere hablaros.
Cleopatra se aguantó la risa. La voz del propietario de la posada sonaba casi
servil; había dicho «romano» como podría haber dicho «monstruo marino»; además,
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la visión de su cabeza envuelta en un trapo amarillo, que parecía flotar en la abertura
de la puerta, era más que extraña, por no hablar de la mano que salía de la oscura
nada de la escalera y hurgaba en la barba.
—Ten la bondad de mostrarle el camino —dijo. Mientras lo decía, pensaba en su
llegada hacía una luna; entonces el posadero no se había mostrado nada servil. Había
ensalzado las excelencias de su casa, su venerable antigüedad, su popularidad entre
los mercaderes venidos de muy lejos… todo ello, sin duda, antesala del anuncio de
elevados precios. Ella había sostenido en alto una moneda de oro —un áureo romano
— y había dicho que prefería gastarla en otro sitio. Una casa que tenía doscientos
años podía derrumbarse en cualquier momento, y ella quería tranquilidad, no la
compañía de innumerables indios, persas y árabes. La casa era sólida y no iba a
desplomarse hasta el puerto, había afirmado él, y en esos momentos no había
huéspedes ruidosos venidos de lejos. «Entonces», había dicho Cleopatra, «espero que
te alegres de vernos al menos a nosotros y nos cedas dos cuartos, durante una luna, a
cambio de esta moneda».
Después de alguna disputa, se pusieron de acuerdo en un áureo por once días.
«Los hombres son tan fáciles de engañar», se dijo una vez más, y recordó con placer
el rostro furioso de la mujer del posadero, mientras oía ya los recios pasos del romano
en la escalera.
—Roma se arroja a los pies de la noble señora —dijo al entrar. Sin embargo, en
vez de una genuflexión apuntó tan sólo una reverencia; más bien, una inclinación de
la cabeza.
—Roma puede alzarse de tan incómoda postura.
Se volvió y se dirigió de nuevo a la otra estancia.
Rufo la siguió. Mientras se acercaba a la jamuga en la que ella había vuelto a
sentarse, Cleopatra vio las rápidas miradas con las que él examinaba los abigarrados
tapices de las paredes, las pesadas y oscuras vigas, los arcones de negra madera. Y la
cama. Sobre el bastidor con el cuero tensado había mantas y pieles; no estaban muy
ordenadas, porque Cleopatra las había revuelto intencionadamente.
—Puedes sentarte aquí —señaló con el pie un escabel—. O allí —señaló un
segundo con la barbilla—, o en la cama.
Rufo sonrió:
—El guerrero al que una princesa ofrece su cama debería tensar los correajes del
casco y aferrar la empuñadura de su espada.
Sin dejar de mirarla, acercó uno de los escabeles con el pie derecho y se sentó.
—Mis acompañantes no están, por eso no puedo ofrecerte nada de beber.
—He venido para refrescarme con tus palabras —apoyó los codos en el muslo y
la mandíbula en los dedos entrelazados—. ¿Por qué me has llamado?
—Dos súbditos de Tiberio Augusto, en cierto modo en los confines del mundo,
quizá debieran entenderse.
—¿Entenderse? —esta vez la sonrisa de Rufo fue torcida. Casi equivoca—.
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¿Como nobles en el destierro? ¿Como ladrones en la noche?
—Digamos que como nobles que posiblemente no es del todo fácil distinguir de
ladrones.
Él guardó silencio unos instantes.
—¿Adónde quieres ir a parar? —dijo entonces—. ¿Tenemos objetivos comunes?
Cleopatra reprimió cualquier expresión que hubiera podido mostrar su rostro. De
triunfo, por ejemplo, porque había llegado a ese punto más rápido de lo esperado, y
con más facilidad. Bajó la vista.
—¿Puedo ponerme en tus manos? —encontró convincente su voz: un poco
desolada, pero no humilde. La princesa que busca ayuda, pero no la implora.
—Inténtalo —dijo Rufo—. No puedo prometerte nada salvo, en cierta medida,
sinceridad.
—Sinceridad y rectitud. ¿Las virtudes de un guerrero romano?
—Alguien dijo una vez que la virtud no impide, sino que promueve. Así que
siéntete promovida.
Ella hizo como si titubease; luego cogió aire y se dio un visible impulso.
—Muy bien. Necesito ayuda, por la que quizá sólo pueda pagar cuando me hayan
ayudado a alcanzar la meta.
Rufo se echó un poco hacia atrás y cruzó los brazos.
Ella esperó; como él no decía nada, siguió hablando:
—Hay algo que me ha sido arrebatado. Quiero recuperarlo; después, podré
recompensar toda la ayuda que haya recibido, y nunca volveré a necesitar ayuda.
—No hemos sido enviados aquí para buscar objetos perdidos —dijo Rufo—.
Protegemos la paz del Imperio. Y el comercio.
—Lo sé. Pero cuando estuve en vuestro campamento, hace poco, oí algo. Algo
que me hace esperar que tengamos objetivos comunes.
—¿Y fue?
—Que vais a dejar Adane y marchar hacia el norte.
—¡Ah! —Rufo torció el gesto—. Hay alguien que, una vez más, no ha sabido
cerrar el pico.
—No te enfades con él. Ni conmigo —Cleopatra sonrió—. Ya sabes lo difícil que
les resulta a los guerreros solitarios callar ante las mujeres hermosas.
—¿Así que alguien le ha dicho algo a una de tus acompañantes? Tú estuviste
conmigo todo el tiempo.
—Que podría prolongarse y adornarse —en realidad, ella había previsto al llegar
a ese punto el poderoso parpadeo, la Gran Mirada; pero se dijo para sus adentros que
Rufo ya se sentía bastante atraído, y no necesitaba la representación de la Afrodita de
grandes ojos de vaca. Quizá tampoco supiera apreciarla. Y no podía exagerar en el
juego de atracciones y repulsiones que estaba desarrollando.
—¿Prolongar y adornar? —Rufo apuntó una sonrisa torcida, miró a la cama, y
otra vez a su rostro—. Dime sencillamente qué es lo que quieres.
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—No es sencillo. Es… diferente.
Rufo asintió.
—La diferencia siempre es buena. Habla.
—Intentaré decirlo con tanta sencillez como sea posible. Una parte de la historia
concierne al prefecto de Judea.
—¿A Poncio Pilatos? —Rufo enarcó las cejas—. Qué ha…, pero sigue hablando;
te escucho.
—En el camino de Roma a Judea se detuvo en Alejandría, como sin duda sabrás,
y pasamos horas agradables juntos. Hace dos inviernos volvió a pasar por Alejandría
desde Cesarea; y volvimos a vernos —hizo una pausa.
Rufo cerró los ojos; con una voz que a Cleopatra le sonó artificialmente aburrida,
dijo:
—¿La repetición de amores forma parte de las cosas que un centurión ha de
fomentar?
—Escúchame, y verás que se trata de más. Mucho más. Pilatos me pidió que
tuviera los oídos abiertos. Que si oía algo que le concerniera debía decírselo. Los
judíos de Alejandría son influyentes, como todo el mundo sabe, y algunos son
conocidos en todo el Imperio.
—¿Te refieres a Philo?
—También a él, pero además de escritores y pensadores hay otros. Sea como
fuere, he oído algo acerca de una conspiración.
—¿En Alejandría?
—Entre Jerusalén y Alejandría, contra Pilatos. Tiene que ver con los dineros del
templo y con un acueducto.
Rufo se echó a reír, pero la carcajada sonó carente de alegría:
—Ha hecho lo correcto, digo yo. Imperdonable blasfemia, dicen los judíos.
Cleopatra alzó la mano.
—No sé lo bastante al respecto, y quizá no debiéramos juzgarlo.
—¿No? El prefecto tiene que juzgar. Abastecer de agua fresca a Jerusalén es una
de sus tareas; ¿que ha tenido que construir el acueducto con el dinero que los judíos
de todo el mundo envían al templo? —sonrió—. Osado por su parte, imperdonable a
los ojos de los judíos. Pero dime, ¿cómo quieres administrar el Imperio sin juzgar?
—No quiero hacerlo. Eso es cosa vuestra.
Él emitió un leve suspiro.
—Sigue —dijo luego.
—Cuando oí esas cosas estaba en camino hacia Coptos, donde tengo unas
posesiones. Sin duda fui descuidada y en el Nilo, en el barco, dije algo que no debía.
Antes de haber podido escribir a Pilatos.
—Esas cosas ocurren, incluso a las princesas.
Ella siguió hablando, rápida, ingeniosa y controlada: del mercader romano, un
«nuevo rico» que codiciaba desde hacía mucho sus tierras y casas y que ahora se
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había aliado con un socio judío para robarle y silenciarla al mismo tiempo; de
hombres sobornados en la administración del distrito de Tebas; de la rápida fuga a
través del desierto hacia Berenice; de los perseguidores que se aproximaban, de los
que se habían salvado subiendo a un barco que partía.
—Y ahora que me entero de que pronto salís para el norte —dijo al fin—, te
ruego que me permitáis viajar con vosotros. Ya sabes, cuatro mujeres solas…
Rufo asintió.
—Supongo que querrás advertir a Pilatos, y pedirle además que te ayude a
defender tus bienes.
—Ambas cosas. Y algo más.
—¿Más aún? ¿Qué más?
—El objeto perdido.
Rufo suspiró.
—Quizá sea más valioso —dijo lentamente Cleopatra— que todo lo que esos dos
mercaderes me han quitado —se levantó de la jamuga y fue hacia la ventana.
—Resuelve el enigma y acaba con mi tensión, princesa —pero su voz, le pareció
a ella, no sonaba en absoluto tensa.
Arsinoe estaba delante del templo del dios de la lluvia, y parecía estar observando
a dos hombres que se afanaban con un terco asno. Cuando Cleopatra puso una mano
en el alféizar, Arsinoe asintió y se puso en movimiento con pequeños pasos.
Cleopatra se volvió y se acercó al romano.
—Más valioso —dijo en voz baja, con voz tomada— que el oro o los caros
ungüentos —al decirlo, se movió de tal modo que el aroma de su cuerpo tuviera que
alcanzar a Rufo.
Él levantó la mano; por un instante, ella pensó que iba a pasar el brazo alrededor
de sus caderas.
—Exquisito aroma, en verdad —dijo—. Háblame de ese objeto —alzó la vista
hacia ella y se rascó la nuca.
—Un yacimiento. Esmeraldas.
Rufo silbó suavemente.
—¿Cómo es eso? ¿Cómo puede perderse un yacimiento de esmeraldas?
—Se encuentra en un valle rocoso, en el desierto. Cuando los romanos… cuando
Augusto conquistó Egipto, todos los accesos fueron cortados y se rellenaron los
pozos de piedras. El camino, y un par de indicaciones acerca de cómo volver a
abrirlo, están señalados.
—Espera, por favor —Rufo alzó la mano—. Esmeraldas… Recuerdo haber oído
algo de eso. ¿Viejas minas en los desérticos y pedregosos valles al norte de Berenice?
—Líneas escritas —dijo ella—. Para encontrar tesoros inimaginables. Líneas
escritas como las de una mano. Enséñame la tuya, romano —cogió la derecha de
Rufo y se inclinó sobre ella.
—Los lugares al norte de Berenice —dijo él con voz tomada; acercó la cabeza,
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tocó con la punta de la nariz el peinado de Cleopatra y tomó aire ruidosamente. Sonó
casi como un gemido.
—Líneas —murmuró ella—. Buenas líneas. Aquí, ésta…
En ese momento apareció Arsinoe. Se quedó en el pasillo entre las dos estancias,
chasqueó la lengua y dijo:
—Perdonad, señora.
Volvió a chasquear la lengua y se marchó.
Ella atestiguaría, pensó Cleopatra, que el romano le había cogido la mano. Si
resultara necesario. O que ella y Rufo habían intercambiado contactos preparatorios.
Si es que eso resultara necesario.
—Tu acompañante —dijo Rufo. Carraspeó—. Qué…
—Es sólo por seguridad —Cleopatra le soltó la mano y volvió a sentarse en la
jamuga.
—¿Por seguridad?
—Viene a verme de vez en cuando. Para ver si necesito algo.
—Ah…
Si había habido alguna vez un ah dubitativo, pensó Cleopatra, era ése. Reprimió
una sonrisa.
—El camino, estaba diciendo, y las indicaciones sobre los pozos, están señalados
en dos sitios.
—Espera, por favor. Tu acompañante…, bueno, dejémoslo. Pero las esmeraldas
de Berenice… —entrecerró los ojos y la miró fijamente.
—¿Qué pasa con ellas?
—Pertenecían a los reyes. La última de ellos, la reina cuyo nombre llevas.
—¿Y qué?
—¿Cómo pueden haberte pertenecido a ti o a tu familia, a tus antepasados?
—Hay… parentesco.
—¿Estás emparentada con ella? —esta vez el romano abrió mucho los ojos—. ¿O
no son más que historias?
—La princesa jamás miente —dijo Cleopatra con voz dura—. ¿Quieres oír la
historia o no?
Él asintió sin decir palabra.
—Señalados en dos sitios, te decía. Sobre… no, bajo el pedestal de una estatua
del dios Anubis. Y en la parte interior de la piedra de un anillo de sello.
—¿Dónde están esas señales?
—No puedo decirlo en voz alta —susurró Cleopatra—. A veces las paredes oyen.
Ven, deja que te lo susurre al oído.
Rufo gimió levemente, pero se levantó de su escabel y se arrodilló delante de ella,
de forma que su oído derecho quedase a la altura de la boca de ella.
—La estatua —dijo ella en un soplo.
Entonces interrumpió su explicación, porque Thais, que había entrado en silencio
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a la antesala, apareció en el pasillo y dijo:
—¿Princesa?
Cleopatra alzó la mano izquierda e hizo un gesto de rechazo.
—No me molestes; vete con las otras. Bajaré cuando hayamos terminado.
Thais inclinó la cabeza, se volvió y se fue.
Ella atestiguaría que el romano se había arrodillado ante ella; si es que resultara
necesario. Y, pensó Cleopatra, como Arsinoe, habría podido ayudarme de haber sido
también necesario.
—¿Qué pasa con la estatua? —Rufo continuaba arrodillado.
—Fue robada —susurró Cleopatra—. Yo sé dónde está. Puedo encontrarla.
También el anillo fue robado, pero no sé nada de él.
—¿Dónde está la estatua?
—En un oasis al este del camino que va de Petra a Damasco.
No estaba segura, pero tuvo la sensación de que Rufo se estremecía un poco.
Lenta, casi silenciosamente, él dijo:
—¿No estarás hablando de Ao Hidis?
Ella le puso las manos sobre los hombros, lo apartó un poco y le miró a los ojos.
Estaba sorprendida, y no se esforzó en ocultarlo.
—¿Qué sabes tú de Ao Hidis?
Él se encogió de hombros.
—Allí hay un príncipe que de vez en cuando incomoda a Roma. Pero dime,
¿cómo ha ido la estatua a parar allí?
—Hace sesenta años, el padre del príncipe estuvo en uno de los palacios de
Cleopatra. Era amigo y admirador de Marco Antonio, y se llevó consigo algunos
jinetes valerosos para luchar contra los enemigos de Marco y Cleopatra. Cuando todo
se vino abajo… —se encogió de hombros.
—¿Recogió todo lo que pudo encontrar y se lo llevó, digamos que como soldada?
—dijo Rufo. Sonrió—: Sería tan propio del príncipe, del actual, quiero decir, que no
me cuesta ningún trabajo creerlo.
—El anillo estaba en la mano de Cleopatra cuando buscó el beso de la serpiente.
No era el anillo de sello del reino de los Ptolomeos, por eso Augusto, que entonces
aún era Octaviano, no lo guardó para sí. Se lo regaló a un hombre que consideraba de
mérito, un egipcio.
—¿Egipcio o macedonio?
—Egipcio. Uno que prestó ayuda a los romanos. Ese hombre viajó luego a Arabia
y allí murió. Nadie sabe qué fue del anillo.
Rufo regresó a su escabel.
—Tu historia tiene fallos —por un instante enseñó los dientes.
—¿Ah, sí?
—Si las indicaciones de dónde están las esmeraldas se hicieron en el momento de
la caída, no podían estar desde antes en el anillo y en el Anubis.
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Cleopatra sonrió.
—Hombre inteligente —dijo. Se inclinó y acarició la mejilla de Rufo—. Eran los
yacimientos más abundantes y mejores. Eran secretos. Nadie que trabajase allí salió
vivo nunca de ese valle. Las marcas habían sido puestas mucho antes… por si se daba
el caso de que ya nadie conociera el camino.
Rufo guardó silencio un rato; finalmente, dijo:
—Así que mi gente y yo deberíamos llevarte a Judea para que Pilatos pueda
escuchar tus quejas, combatir una conspiración y ayudarte a recuperar los bienes
perdidos. Y de camino hacia allí deberíamos visitar Ao Hidis para examinar el
pedestal de una estatua de Anubis.
—Sería muy amable de tu parte, sí.
—¿Y si decidiera explorar sin ti a ese Anubis, y copiar el dibujo de su pedestal?
—No te serviría de nada, Rufo. Para poder interpretar los signos se necesitan
ciertos conocimientos. Las líneas describen el camino desde un punto determinado
hasta las esmeraldas. Yo sé dónde está ese punto… tú no lo sabes y no puedes
encontrarlo.
Él asintió; la información no parecía sorprenderle.
—¿Así que Palestina y Arabia?
—Así es.
—¿Y la recompensa de la que has hablado?
—Oro, en cuanto vuelva a poseer mis bienes. O en cuanto alguien, quizá Poncio
Pilatos, me adelante algo. Esmeraldas, en cuanto tenga acceso a los yacimientos.
—Quimeras —refunfuñó Rufo—. Aunque no debe de ser la primera vez que hay
una quimera palpable.
—Además, es un largo viaje —ella se escurrió de la jamuga y se arrodilló ante el
romano—. En un largo viaje es posible acercarse. Creo que a mis acompañantes les
gustan los oficiales romanos, cuando son jóvenes y de buen aspecto. Y a mí… —
calló.
—¿A ti? —él se echó a reír—. El aroma que te envuelve invita a buscar la fuente
de todos los aromas. La fuente de todos tus aromas. Pero Pilatos es un hombre
importante.
—Tiene una esposa romana. Yo no era ninguna doncella cuando le conocí, y no
es fácil que vuelva a serlo.
—Aun así —Rufo puso las palmas de las manos en las mejillas de Cleopatra. No
era difícil ver la codicia en sus ojos—. Los oficiales romanos no deberían cazar en
furtivo en el coto de sus superiores.
—Depende.
—¿De qué?
—De quién sea el furtivo. De quién haya tendido el coto. Un largo camino, como
he dicho.
Él seguía sosteniendo con firmeza su rostro entre las dos manos. Se inclinó y rozó
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los labios de ella con la boca.
—Un coto exquisito, en verdad.
Ella rió.
—Hablemos del viaje —dijo, mientras le cogía por las muñecas y le apartaba las
manos de sus mejillas, no sin rozar con la punta de la lengua la palma de la mano
derecha del romano—. ¿Cómo y cuándo piensas partir?
—Hemos recibido la orden de estar en Judea alrededor del equinoccio de
primavera. Falta algún tiempo. Quizás hasta entonces parta alguna caravana a la que
podamos unirnos. O puede que hagamos una. O —se encogió de hombros—
recibamos nuevas órdenes que nos acicateen o nos frenen.
—¿Así que partiréis en algún momento a lo largo de la próxima luna? —inquirió
mientras se dirigía a la jamuga.
—Más o menos —y tras su respuesta, de pronto, se echó a reír.
—¿De qué te ríes?
—Tus acompañantes no han entrado por casualidad. ¿Ha sido para que, si
discutíamos, pudieras decir a un prefecto romano que habían visto cómo me ponía
inoportuno?
Cleopatra esbozó una fría sonrisa.
—Cualquier prefecto me creería incluso sin la palabra de mis acompañantes.
—Puede ser. Tampoco tiene importancia. No tengo intención de discutir contigo.
Pero deberías tener en cuenta otra cosa.
Ella alzó las cejas y le miró.
—Mis hombres. Son guerreros escogidos. Si quieres que os protejan a ti y a tus
mujeres, deberías hacer algo por ellos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Digamos que crear cierta familiaridad. Serán más fiables y más tratables si
tienen la sensación de que no se trata de una princesa con sus acompañantes, sino de
mujeres a las que conocen de cerca.
Cleopatra hizo una mueca.
—No querrás proponer que…
Él alzó la mano:
—No te preocupes; ¿cómo puedes pensar semejante cosa? Deben respetaros y
apreciaros, no menospreciaros.
—¿Qué debo hacer entonces?
Rufo rió entre dientes.
—Pronto habrá una pequeña competición. Ah, ¿no decías que tus paredes oyen?
Ven, te lo diré al oído.
Cleopatra se inclinó y escuchó.
—Muy bien —dijo cuando él hubo terminado—. Me gusta.
Luego dio una palmada y se echó a reír a carcajadas.
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Capítulo II
EN LA COSTA DEL INCIENSO
La tierra de las especias está dividida en cuatro partes. De las especias, el incienso
y la mirra provienen de los árboles, la casia en cambio de los matorrales; aunque
algunos sostienen que la casia viene de la India, y que el mejor incienso es el de
Persia. Según otra división, toda la Arabia Feliz se divide en cinco reinos: uno está
asignado a los guerreros y defensores de todos, un segundo a los agricultores, que
procuran cereal a los demás; un tercero contiene a los artesanos; a ellos se
añaden el país de la mirra y el del incienso. Los otros dos aportan también la
casia, la canela y el nardo. Pero tales oficios no pasan de unos a otros, sino que
cada uno sigue ejerciendo el de su padre. Allí, la mayoría del vino procede de las
palmas. Y se honra a los hermanos más que a los hijos.
ESTRABÓN
Con lo que saben los eruditos, ningún mercader o marino llegaría a ninguna
parte.
ANTÍGONO CARCEDONIO
En realidad, se dijo Demetrio más tarde, no se debería adquirir ningún esclavo viejo e
inútil, pero a veces hay que hacer una excepción. Tampoco se debería apostar dinero
a ciegas en una carrera; la pérdida es calculable, pero nunca se sabe qué
consecuencias puede tener ganar. Aunque eso fue mucho después.
Se fijó en el anciano porque no se movía: una mancha inmóvil en medio del
tumulto. Desde que habían dejado el mar Rojo, habían tenido que remar contra el
viento del suroeste, que levantaba olas y traía copos de espuma, sacudía las palmeras
de la bahía de Adane y hacía cantar los cordajes. Jirones de nubes se deslizaban en
dirección norte, hacia Arabia, jirones de viento ululaban y hacían que las tensas velas
se agitaran, jirones de agua rociaban a los hombres de salino frescor. Todos estaban
demasiado agotados —o eran demasiado cautelosos— como para circundar la costa
rocosa de la península y dirigirse al puerto oriental, al pie del cráter, allá donde
atracaban los barcos de la India, protegidos de la isla a la entrada de la rada. En vez
de eso, remaron con sus últimas fuerzas hacia la amplia bahía occidental, y luego, por
el lado norte de la península, hasta el pequeño puerto que se encontraba antes de la
lengua de tierra. Allí había viviendas y almacenes bajo las palmeras y, apoyado en un
áspero tronco, estaba sentado el anciano.
Sin embargo, al principio Demetrio sólo vio esa mancha asombrosamente
tranquila. Y la olvidó. La pasarela a la que habían amarrado se alzaba y descendía
entre los postes, cuyas anillas de bronce producían una espantosa música de fricción.
En el lado norte de la bahía, por donde circulaban hombres cargados con pértigas y
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tablas, el viento levantaba velos de arena, y unos cuantos camellos en la lengua de
tierra parecían querer retroceder para que no entrara en sus ojos.
—Bien hecho, señor —dijo el armador. Dejó caer los brazos para relajar los
músculos—. Aunque la verdad es que no nos has pagado para remar tú mismo.
—El mercader inteligente prefiere poner manos a la obra en persona que ser
víctima inmóvil de los vientos —Demetrio sonrió con cierto ademán de esfuerzo.
Tenía las plantas de los pies ásperas de sal y heridas por los tablones, de tanto
afirmarse, resbalar y volver a levantarse.
Uno de los marineros pasó la amarra por los postes de la pasarela. El armador
revisó las correas del saco de cuero que debía mantener la parte trasera izquierda del
timón apartada; luego se volvió otra vez hacia Demetrio:
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
—No lo sé. Depende de los negocios. Si son buenos, formaremos una caravana e
iremos por tierra; si son malos, quizá no pueda pagarte el viaje de vuelta —guiñó un
ojo—. ¿Cuánto tiempo te quedarás tú?
—Tampoco yo lo sé —el armador sonrió abiertamente—. Depende de los
negocios. Tengo que entregar un par de cartas, ¿y después? Quizás alguien quiera
llevar una carga contra el viento a Cane; quizás alguien tenga mercancías que llevar
al mar Rojo. Ya se verá.
—Si me pongo de acuerdo deprisa con el noble Kharkhair —dijo Demetrio—, te
lo haré saber… Venid —hizo una seña a los otros cuatro que le habían acompañado
desde Egipto. No parecían tristes de poder abandonar por fin la bailona embarcación.
Sólo entonces, cuando iban hacia tierra por la pasarela con sus hatos al hombro,
Demetrio vio que la mancha inmóvil de la palmera era un hombre. Un anciano. No
llevaba más que un taparrabos. Debía tener la espalda insensible, porque de lo
contrario no habría podido reclinarse contra el áspero tronco de la palmera. El pecho
y los hombros estaban cubiertos de cicatrices, como las plantas de los pies de callos.
Sólo tenía una mano; sobre el muñón que antaño había sido la muñeca izquierda
reptaban dos moscas.
—¿Una limosna, señor, para complacer a los dioses? ¿Como agradecimiento a
Neptuno? —tendía la mano al mercader, como un cuenco agrietado.
El latín no era la lengua favorita de Demetrio, pero aquí, en el extremo sur de
Arabia, le sonó casi hogareño.
—¿Romano? —Demetrio se detuvo y bajó la vista hacia el anciano—. Aquí… ¿y
así? —al decirlo, se llevó el índice al cuello, adonde el del anciano estaba surcado por
la argolla de hierro de brillo azulado con la que algunos hombres acomodados
marcaban a sus esclavos.
—Así, señor. Para que el barquero pueda retenerme si intentara saltar a la Estigia
—sonrió, y Demetrio vio tres dientes tristemente solitarios.
Tras él, Meleagro carraspeó:
—¿No sería mejor que buscásemos un alojamiento? —no sonó tanto como
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desabrido, pero sí tan desaprobador como un caravanero experimentado puede
permitirse ante su señor.
Demetrio se volvió hacia sus acompañantes. Meleagro tenía el ceño fruncido; con
la mano derecha, tiraba de una de las correas del gran saco de viaje que llevaba a la
espalda, y que le llegaba desde la nuca hasta las nalgas. Prexaspes estaba junto a él
con las piernas abiertas; el rostro del persa mostraba —a pesar del cansancio y la
suciedad del viaje— una contenida diversión. El enjuto Leonidas cambiaba el peso de
una pierna a otra, y Mikines hacía ademán de querer soltar su pesado saco.
—Id delante —dijo Demetrio—. Poco antes del cráter, no lejos de donde termina
la lengua de tierra, está la posada de Ravi. Saludadle de parte de Demetrio el Tardón
y ved que nos reserve dos habitaciones. Yo os seguiré enseguida.
—¿Demetrio el Tardón? Espero que nos cuentes una buena historia de cómo te
dieron ese sobrenombre, señor —Meleagro alzó una mano e hizo una seña a los
demás.
Demetrio les siguió con la vista unos instantes. Era la primera hora de la tarde, y
aquí, en el extremo norte de la península, al cobijo de las escarpadas rocas y los
edificios, se acumulaba el calor. El fuerte viento sacudía las hojas de las palmeras
sólo más arriba. Entre la orilla y los edificios había, aquí y allá, hombres que
charlaban o dormitaban. Un negro gigantesco pasó arrastrando los pies en la misma
dirección que los compañeros de Demetrio. Tan sólo llevaba un taparrabos de cuero
y, terciado sobre el hombro izquierdo, un odre del que acababa de verter agua en el
cuenco de la mano. Dio un sorbo, con sonoridad realmente fastuosa; cuando sonrió a
Demetrio, éste vio que el negro tenía los colmillos afilados, y el cabello teñido de
rojo. Entonces el hombre tropezó con algo —con el aire o con sus propios pies— y
cayó cuan largo era. Cuando se hubo incorporado, agitó con sonrisa triunfante el odre
intacto.
—Nubo, el Necio rojo —dijo el viejo esclavo—. Se supone que hijo de un
príncipe, en algún lugar de Kusch. Y Demetrio el Tardón. Socio del mercader
Kharkhair, tan rico como áspero ¿verdad?
El anciano no podía haber oído que Demetrio había pronunciado ese nombre a
bordo del barco.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Estuviste aquí hace algunos años. Tú no me habrás visto, señor, pero yo a ti sí.
Demetrio miró el rostro surcado de arrugas del anciano; una pared de barro reseca
y devastada por el sol podía haber tenido ese aspecto mucho tiempo después de la
última lluvia.
—Cuéntame tu historia —dijo Demetrio—. Si es buena, te daré esto —sacó del
cinturón media dracma de plata y la sostuvo en alto.
—El jornal de un hombre libre. ¿Tan buena tiene que ser la historia?
Demetrio se puso en cuclillas y le miró.
—¿Cómo llega un romano a ser esclavo en Adane? ¿Por qué tiene un esclavo que
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mendigar? ¿Qué más sabes, además de mi nombre y la visita a Kharkhair?
El mendigo cerró los ojos; con voz monótona, dijo:
—Tengo setenta y tres años. Hace cincuenta y cinco, fui uno de los guerreros con
los que Elio Galo quiso explorar Arabia; y fui uno de aquellos que no regresaron. Me
hirieron —levantó el brazo izquierdo— y me capturaron; desde entonces soy esclavo.
Aquí, allá y acullá. Desde hace veinte años en Adane, esclavo del caravanero
Mukhtar, en las últimas lunas de su hijo.
Demetrio le interrumpió:
—¿Es que ha muerto el viejo Mukhtar? ¿Cuándo?
—A finales de la primavera.
—Antes o después, los dioses reclaman nuestra compañía en el inframundo —
dijo Demetrio—. Uno se pregunta para qué. Pero sigue hablando.
—Mukhtar el Joven, de quien dije que había heredado sin duda el nombre y la
riqueza de su padre, pero cuya inteligencia se había transformado en él en necedad.
Por eso tengo que mendigar mi alimento. Si reúno lo bastante, podré comprar mi
libertad. Si no, me cortará la cabeza. A no ser que antes haya muerto de hambre.
—¿Hasta cuándo tienes tiempo de comprarte para no ser decapitado?
—Hasta finales de esta luna.
—¿Hasta pasado mañana?
El anciano asintió.
—¿Y el precio?
—Barato, señor Demetrio. Un buen esclavo de trabajo cuesta en Adane entre una
y media y dos minas… doscientas dracmas. El hijo de Mukhtar sólo pide cien
dracmas. Cien veces demasiado para un anciano inútil —por fin abrió los ojos, de
mirada aguda y oscura. Con un gesto burlón, prosiguió, esta vez en griego—: Un
anciano inútil que en cualquier caso ha visto muchas cosas: caminos por el desierto,
todos los pozos entre Adane y el país de los nabateos, los precios de todas las
mercaderías, los rostros de todos los mercaderes y bandidos importantes. Y que habla
todas las lenguas en uso entre Adane y Siria.
Demetrio le tiró al regazo la media dracma y se incorporó.
—¿Cómo te llamas?
—Opiter Perperna.
—¡Oh, dioses! Sólo ese nombre ya es bastante motivo para decapitar a quien lo
lleva. ¿Es que no hay romanos en las cercanías que puedan comprar tu libertad?
—Sí, pero ¿por qué iban a hacerlo? —apuntó una sonrisa—: Con este nombre…
—Reflexionaré y me informaré acerca de ti. No corras demasiado en morirte de
hambre, ¿me oyes?
—Vacilaré a conciencia.
Cuando Demetrio se volvía para irse, su mirada cayó en la otra orilla. Señaló unas
figuras que hacían algo enigmático con pértigas, postes y tablas.
—¿Qué están haciendo aquéllos? —dijo.
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Perperna se encogió de hombros, un movimiento casi impetuoso dada su absoluta
inmovilidad:
—Preparan la pista.
—¿Qué clase de pista?
—Poco antes de la puesta de sol habrá allí una carrera de literas. Mis
compatriotas —miró hacia el extremo occidental de la bahía— insisten en participar,
para que los árabes, para variar, puedan reírse de los romanos en lugar de llorar.
—Supongo que el hecho de que mires hacia el oeste significa que todos los
romanos de estas tierras viven allí, fuera de la ciudad.
—¿Quién iba a querer guerreros romanos en la ciudad?
—¿Guerreros?
—Pareces sorprendido. ¿Conoces algún sitio sin guerreros romanos a este lado de
la India?
Demetrio asintió.
—Sí, conozco algunos, y estaba seguro de que Adane era uno de ellos.
Perperna emitió una especie de gorgoteo.
—La confianza es buena, la vigilancia es mejor; lo mejor es la vigilancia
desconfiada después de la previa destrucción.
Demetrio echó a andar en dirección a la lengua de tierra; por encima del hombro,
dijo:
—Son tus compatriotas, no los míos. ¿Ya quién le importa eso?
Ravi procedía de la gran ciudad portuaria de Muziris, en la costa occidental de la
India; había tocado tierra en Adane hacía treinta años para construir una posada para
mercaderes y marinos. Los posaderos de Adane se habían encargado de que no
pudiera construir su casa en el puerto. Y, curiosamente, por eso ahora era uno de los
hombres más ricos, porque había levantado una taberna bajo las palmeras al noroeste
del puerto y del cráter en el que estaba el centro de la ciudad, allá donde terminaba la
lengua de tierra por la que los mercaderes iban y venían. Su casa era la primera que
veían: era la que mejor se podía alcanzar comerciando por tierra, y además de espacio
para los cargamentos Ravi tenía tres cosas que lo hacían superior a los otros
posaderos: un espléndido cocinero que también procedía de la India, las más bellas
muchachas de todas las regiones imaginables… y agua fresca.
En la península de Adane había cisternas, y tres pozos no especialmente
productivos; antes de que Ravi encontrase agua en una cámara de piedra bajo su casa,
después de mucho picar y taladrar, había tenido que comprar todos los días varios
odres llenos a los muleros del interior.
La posada propiamente dicha consistía en una planta baja hecha de piedra
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ensamblada con mortero; sobre el techo de vigas que cubría la taberna, a dos veces la
altura de un hombre, estaban los dormitorios. Para los muros y tabiques del segundo
piso se había empleado ladrillo. Abajo, vigas talladas formaban dos filas de columnas
entre las que, tal como un mercader hispano que había viajado mucho le había dicho
a Demetrio en su última estancia, se depuraba el alma de miserias; las estancias
destinadas a limpieza y aliviadero estaban detrás, a la izquierda; la cocina y
despensas a la derecha.
Prexaspes estaba apoyado en una de las columnas. Sostenía en una mano una gran
copa de barro, con la otra hacía extraños movimientos. Delante de él estaba una
joven, una de las camareras de Ravi. Podía tener apenas veinte años, llevaba una
especie de chitón corto de lino claro y en torno a las caderas un echarpe color rojo
pálido. Los rasgos de su rostro le recordaron a Demetrio las representaciones de las
princesas persas, más que a las hetairas árabes.
—Es de mi tierra —dijo Prexaspes—. Al menos, casi. De las montañas al este de
Babilonia.
Una vez más, retorció los dedos de la mano derecha; la mujer sonrió y empleó
ambas manos para responder.
—¿Es muda?
—Sordomuda, señor. Y, según dice, muy flexible. Para compensar.
—No sabía que sabías hablar con los dedos.
Prexaspes se encogió de hombros.
—Se aprende esto y aquello.
En ese momento Ravi emergió de las profundidades de los aposentos traseros,
emitió una serie de ruidos incomprensibles y se precipitó sobre Demetrio.
—Mil años —dijo cuando dejaron de abrazarse— he tenido que privarme de
verte. Ya pensaba que no volverías antes de que dejara este negocio.
Demetrio miró el rostro del indio.
—Te has hecho más viejo, como todos nosotros —dijo—. Y más feo.
—Como todos nosotros.
—Pero no parece que estés de humor para bromas. ¿Qué significa eso de «antes
de que dejara este negocio»?
—Sentémonos y bebamos, antes de empezar a hablar de cosas serias. Ven.
Demetrio le siguió hasta el mostrador. En el resto de la estancia había mesas que
apenas llegaban a las rodillas, rodeadas de cojines forrados de cuero; junto a la
entrada de la cocina había mesas más altas, escabeles y un par de jamugas para
huéspedes con otros hábitos.
Ravi se inclinó por encima del mostrador; cuando hubo puesto sobre la mesa dos
jarras y dos copas de barro, miró a los ojos a Demetrio.
—Adane está muerta, amigo mío —dijo—. Lleva tiempo muriendo lentamente,
cuando esperábamos que se recobrase.
Demetrio calló unos instantes.
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—Sí, me he fijado —dijo entonces— en que apenas hay barcos en la bahía. Pero
suponía que estaban en el puerto oriental.
—Unos pocos, dos quizás; no más.
—¿Y las caravanas del interior?
—¿Qué se les ha perdido aquí? —Ravi abrió los brazos—. ¿Llevarse mercancías
que nadie ha traído? ¿Traer mercancías que nadie se llevará?
Demetrio contempló el rostro arrugado del hombre al que conocía desde hacía
tanto tiempo.
—No cuentes los años —dijo Ravi, como si hubiera leído los pensamientos del
griego—. Al menos no éstos, los nuestros. Cuenta los años que faltan para la muerte
y dime adónde debo ir.
—Allá donde tu karma quiera concentrarse o dispersarse —Demetrio sonrió—.
Los egipcios dirían ka o ba. Pero es lo mismo, casi.
—¿Y cómo lo llamas tú? ¿Vosotros?
—¿Te refieres a nosotros los griegos o a los amos del mundo?
—¿Acaso ellos piensan en tales cosas? —Ravi resopló—. ¿Y en palabras
adecuadas?
—Anima —dijo Demetrio—. O animus. ¿Desde cuándo hay guerreros romanos
aquí?
—Desde hace algo menos de un año.
—¿Para qué?
—¿Para qué va a ser? Para vigilar. Pero no hablemos de ellos, sino de nosotros.
—¿Y adónde quieres ir?
—¿A casa? —Ravi sacudió la cabeza—. Llevo demasiado tiempo fuera. Cuando
se contempla la vida como una peregrinación hacia una meta, no se debe dar la
vuelta.
—¿Conoces esa meta?
—Si la conociera la habría alcanzado, y entonces podría regresar —Ravi torció el
gesto y echó mano a la jarra de vino.
Demetrio vació su copa y la tapó con la mano cuando el indio quiso volver a
llenarla.
—Aún no; todavía necesito tener la cabeza clara. Más adelante te ayudaré gustoso
a diluir en vino el negro zumo de la melancolía.
—¿Negocios? —Ravi entrecerró los ojos—. ¿Qué negocios quieres hacer en
Adane? No hay nada que ganar. Ni siquiera hay nada que perder.
—Sí —Demetrio cruzó los brazos—. La vida.
—Mercancía barata. ¿Quién iba a advertir esa pérdida?
—Todo el que quiera algo de ti. ¿Cómo está el viejo Kharkhair?
Ravi adelantó el labio inferior.
—No es que suela honrarme con su visita; pero hasta donde yo sé sufre la
decadencia como todos los demás.
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—Bien. Entonces quizá se puedan hacer provechosos negocios con él.
—Una vez más… ¿qué negocios quieres hacer en esta ciudad de muertos
vivientes?
Demetrio miró hacia la entrada, donde habían aparecido dos hombres. Miraron al
interior de la taberna, cruzaron una mirada y desaparecieron.
—Simplemente es así. Así es, simplemente. Así de sencillo —Ravi se había
inclinado hacia delante, como si fuera a levantarse. Volvió a dejarse caer en el asiento
—. Tú y tu gente sois los primeros clientes desde hace cinco días. Aparte de Nubo,
que no cuenta.
—¿Ese negro grande? ¿Por qué no cuenta? ¿Es desagradable?
—Un huésped querido. Un loco inofensivo. Pero lleva tanto tiempo aquí que casi
forma parte del mobiliario. Y ¿aparte de él? —Ravi volvió hacia el cielo las palmas
de las manos.
—Lamento oír eso, amigo mío. Pero volvamos a los negocios. Ya sabes que a
veces los amos del mundo tienen extraños deseos.
—¿Como por ejemplo la destrucción de Adane por la flota hace… cuánto
tiempo? ¿Veinticinco años?
—Eso no fue un deseo, sino una necesidad.
—Ja —Ravi dio tal puñetazo en la mesa que la copa vacía de Demetrio bailó—.
¿Necesidad? ¿Qué había de necesario en ello?
Demetrio enarcó una ceja.
—¿Qué habrías hecho tú en el lugar de Augusto?
—¿No habría bastado con ocupar Adane?
Demetrio guiñó un ojo.
—¿Y tener que aplastar una revuelta cada año? ¿Gastar montones de dinero en
tropas siempre nuevas y nuevos barcos de guerra?
Ravi gruñó algo incomprensible.
—Sé demasiado poco. Ni siquiera sé de cuántos guerreros disponen allá afuera, al
borde occidental de la bahía.
—¿Dos docenas? ¿Tres? —Ravi se encogió de hombros.
—Supongo —dijo Demetrio— que estarán bajo el mando del prefecto de Egipto
y que pronto serán relevados. Probablemente su tarea sea sólo dejarse ver. Cuando se
sabe que están ahí no se olvida que podrían venir más en cualquier momento.
—¿Quién vigila a quién? —Ravi sonrió—. ¿Eso quieres decir?
—También. Sobre todo, quiero decir que los príncipes, sacerdotes y mercaderes
de aquí han cometido un error terrible. No un crimen, sino algo peor: una estupidez.
Digámoslo así —Demetrio titubeó, buscando las palabras adecuadas—: Han
cometido el error de concederse el comercio tan sólo a sí mismos. Eran los únicos
que podían comerciar con especias. Llevar en barcos y en camellos incienso y mirra,
canela, casia, pimienta, seda, piedras preciosas y todo lo demás. De eso quizás han
vivido mil personas, quizá más. Si hubieran dejado participar a mercaderes
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extranjeros se habría perdido un poco, pero se habría ganado mucho más. Mercaderes
extranjeros, barcos extranjeros, caravanas extranjeras, todos traen nuevas mercancías
y nuevo dinero, todos necesitan alojamiento, comida, forraje, agua; cien barcos
extranjeros dan a estibadores, carpinteros, veleros y fabricantes de amarras mucho
más trabajo que los cincuenta propios.
—Cierto. Pero es un privilegio de los humanos no pensar en el futuro y llenar de
errores el presente —Ravi suspiró levemente.
—Dejemos esas sutilezas; no conducen a nada. Mejor hablemos de tus deseos y
de mis intenciones.
—¿Tus intenciones? Bah. Tú quieres hacer negocios; pero aún no me has dicho
de qué clase —Ravi se pasó el dorso de la mano izquierda por la nariz—. Sois…
cinco, ¿verdad? Habéis venido con un barco de Berenice. Si fuera tu barco lo habrías
mencionado, y no habríais traído hasta aquí vuestro equipaje —dio un puntapié al
saco de Demetrio, que estaba apoyado en la pata de la mesa. Luego asintió y silbó
entre dientes.
—¿Por qué silbas?
—El saco es pesado; no ha cedido cuando lo he empujado.
—Eso distingue a los sacos de los hombres. ¿Y bien?
—Sacos pesados significa contenidos pesados. ¿Qué habrá dentro? ¿Un chitón de
plomo? Seguro que no. Más bien monedas. Muchas monedas.
—Completamente carentes de valor —Demetrio guiñó un ojo—. Dracmas de
plomo. Denarios de piedra.
—Probablemente no tienes nada valioso que vender, de lo contrario dormirías en
el barco. Así que estás en camino, junto con algunos hombres de confianza, para
comprar algo. ¿Qué?
—Como ya he dicho, los amos del mundo…
—… de los que formas parte…
—… tienen a veces extraños deseos. Por lo demás, yo no formo parte de ellos.
—El énfasis con que lo dices prueba lo contrario —Ravi apuntó una sonrisa—. Si
tú no quieres formar parte de ellos, a mí no me importa; pero entonces les perteneces
a ellos. Como medio mundo.
Demetrio refunfuñó.
—Como mi padre me legó el derecho de ciudadanía, nací ciudadano romano. Lo
mismo que nací con mis ojos y con los dedos de mis manos y pies. No puedo cambiar
eso. Pero dejemos esta cháchara.
A una especie de paso de marcha, Nubo entró en la posada. Canturreó algo, bailó
por la taberna, lanzó el odre hacia el techo, dio una palmada, volvió a cogerlo al
vuelo y silbó.
—¿Algo que celebrar? —dijo Demetrio.
—No, sólo que él es así —Nubo asintió, como si alguien hubiera dicho algo que
mereciese asentimiento, y desapareció escaleras arriba.
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Ravi suspiró.
—¿Será mayor la simplicidad de los locos que la inteligencia de los sabios? Pero
volvamos a los romanos. ¿Qué extraños deseos pueden tener, aparte de dominar el
mundo?
—Sibaritismos —dijo Demetrio—. Exuberantes y menos exuberantes. Los
hombres nobles y ricos, pero sobre todo los ricos innobles, se entregan a coleccionar
cosas absurdas cuando no tienen nada más importante que hacer.
—Ah. ¿Absurdas? ¿Carentes de finalidad? ¿Meramente edificantes?
—A veces incluso meramente edificantes. Conozco a un hombre que disfruta
rodeándose de cosas abrumadoramente feas. Otros coleccionan cosas bonitas…
estatuas, por ejemplo, o tallas. Piedras que no son preciosas o valiosas, pero en las
que se han escondido extraños animales antiguos para sobrevivir después de la
muerte. Objetos vinculados a una historia, cierta o inventada, pero cautivadora.
Ravi dio una palmada.
—Estoy entusiasmado.
—¿Por qué?
—Una cosa así habla de cierto refinamiento en las costumbres. Quizá con el
tiempo conduzca a que también otras costumbres pierdan su tosquedad.
—No cuentes con ello —Demetrio tendió la mano hacia la jarra del agua y llenó
su copa—. Que alguien en Roma esté dispuesto a dar dinero para deslumbrar a sus
huéspedes con el mayor jabalí jamás asado no significa que Roma vaya a renunciar a
conquistar todos los territorios en los que se encuentren jabalís comestibles.
—¿No pretenderás deslumbrar a tus clientes llevándoles jabalís de Adane,
verdad? Porque no hay.
—Sería un éxito fantástico traer un jabalí de una región en la que no los hay. Ese
monstruo sería mucho más valioso que todos los demás animales.
Ravi asintió.
—Ya te veo en Roma, de pie en un mercado, ensalzando tus mercaderías: «Dos
quimeras, nobles señores, y el que compre las dos se llevará de propina este pequeño
y encantador fénix». ¿Así?
—Ya veo que comprendes adónde quiero ir a parar. Pero no olvides que ahora
tienes que explicarme tus deseos.
El indio guardó silencio un rato; finalmente habló, casi titubeando:
—¿Quieres entonces que hablemos en serio? Es demasiado pronto para eso. Hay
que envolver los discursos serios en el manto de la noche, para evitar que una luz
estridente deje al descubierto sus lagunas.
Demetrio se inclinó hacia delante y puso una mano en el brazo de Ravi.
—Luego quiero ir al otro lado, y ver lo que haya que ver en una carrera de literas.
Siempre es agradable contemplar algo nuevo. Me gustaría mirar de frente, y por eso
ahora no quiero beber más. Los verdaderos negocios tendrán que esperar. Mañana
espero ser recibido por Kharkhair, y quizá por unos cuantos más. Pero antes de irme
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dime de una vez lo que quieres hacer.
Ravi vació nuevamente su copa y esta vez no volvió a llenarla.
—Se acabó, amigo —dijo en voz casi queda—. Quizá las viejas estirpes de
mercaderes sobrevivan aún un ratito; algunos de ellos tienen negocios, almacenes y
gente en Cane y Mariaba. Todos los demás morirán, a no ser que se conformen con la
pesca o la recolección de resina. Ya no hay sitio para los viejos indios.
—¿Pero qué piensas hacer?
—No lo sé. No del todo. Tengo un poco de dinero, de los buenos tiempos. ¿No
necesitarás por casualidad a alguien que te acompañe en tus viajes?
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Capítulo III
UN JUEGO EN MEDIO DEL DESIERTO
Una imposibilidad creíble siempre es preferible a una posibilidad increíble.
ARISTÓTELES
La armonía invisible vale más que la visible.
HERÁCLITO
Desde Cafarnaum, había cabalgado hacia el nordeste. Había cruzado el Jordán, los
altos del Golán, y había descansado desde la puesta de sol hasta poco después de
medianoche. Desde su lugar de descanso, un exiguo oasis situado no lejos de un
pueblo sin nombre, el camino llevaba entre guijarros y pedruscos (más adelante
dunas) hacia el sureste.
Hacia el mediodía llegó al punto de encuentro: un valle en tierra de nadie. Puede
que los cartógrafos vieran las cosas de otro modo y atribuyeran esta región a los
nabateos del sur o al reino del tetrarca Filipo, como todos los demás territorios al
oeste de la antigua ruta comercial que iba de Tadmor a Petra. Sin duda había en Roma
hombres inteligentes que llamaban a esa región «Auranitis» o «Hauran». Pero en
realidad esta tierra sólo se pertenecía a sí misma: viento y arena, y sobre éstos sol
ardiente y gélidas estrellas, y nómadas árabes. También había un par de ciudades,
pero apenas eran más que nombres que designaban un puñado de chozas: Canatha,
Astharoth…
Formaba parte de sus tareas cuidar de que siguiera siendo tierra de nadie; para eso
había cabalgado hasta tan lejos. Para que siguiera perteneciendo a los nómadas, a
unos cuantos leones y a muchos escorpiones. Les hacía este regalo: igual que
regalaba Cafarnaum a sus habitantes, ya fueran adeptos del rey, de los sabios del
templo o de ese nuevo predicador que tenía predilección por las parábolas y los
peces.
El pensar en peces y agua hizo que el pedregoso valle le pareciera aún más
mísero. Se quitó el sombrero de cuero, lo llenó con el odre y dejó beber a los
caballos. Dos caballos; era sensato ser precavido. Una montura podía romperse una
pata en el desierto. ¿Qué sería entonces del jinete? Se sentó a la sombra, bebió
también él unos tragos y miró a los caballos cómo intentaban arrancar unas hojas
polvorientas de un matorral enano.
Cerró los ojos para dormitar un poco… con los sentidos en tensión, listos para
advertir de inmediato el rumor de los lejanos cascos de un caballo, el arrastrarse de
un escorpión o el arañazo de una garra. Sus pensamientos recorrieron el camino hacia
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atrás, hasta los peces, los pescadores, los artesanos. Los vecinos de Cafarnaum…
vecinos desde que ya no vivía en la fortaleza, sino en una casa en las afueras del
pueblo, como correspondía a un centurión de la tropa mercenaria de Herodes Antipas.
Centurión… Resopló ligeramente. Tercio Agabiano Áfer, centurión al servicio de
un rey judío. Hace cuatro años, le habían llamado cuando estaba con las tropas
auxiliares en Mauritania; en todo caso, seguía sin saber si «ellos» habían sido
hombres de Tiberio Augusto o gente del todopoderoso Sejano, prefecto del Pretorio.
Tampoco tenía importancia; lo único importante era que le ofrecieran esa posibilidad:
siete años con los mercenarios de un príncipe judío, con ciertas tareas accesorias,
luego el derecho de ciudadanía y la integración en una unidad especial. Quizás en
Roma, quizás en provincias.
Siempre que llegaba a ese punto en sus pensamientos maldecía a su padre, que
había muerto sin alcanzar la meta. Como criador de caballos de origen púnico,
llamado Abdsapón, habría debido quedarse en Agbia y legar a su hijo una yeguada
floreciente, o haber hecho, como Saponio Agabiano Áfer, cosas importantes por el
Imperio y haber adquirido casas, riqueza, el derecho de ciudadanía. El padre había
abandonado lo uno y no había alcanzado lo otro; ni siquiera el «Tercio» era
auténtico… tercer hijo, sí, pero único varón. Ninguna expectativa de llegar a nada en
el Imperio, salvo por ocasionales atajos. Entre esos atajos estaba la «a» colada en el
nombre, para que quien lo oyera no pensara enseguida en un rincón remoto del África
proconsular.
Y este otro atajo en el que se encontraba ahora, a través de Galilea.
Sus vecinos le consideraban algo simple… de no haberlo sido, ¿qué romano se
iría voluntariamente con los mercenarios de Herodes Antipas? Sabía lo que pensaban
de él, y no le molestaba. Quizás era mejor así, quizás incluso fuese lo que quería.
Como el rey, como sus superiores, las gentes importantes del lugar no debían
saber nada de su verdadera tarea; porque de hecho su actividad pública ya les era
odiosa. Entre las gentes sin importancia tenía unos cuantos conocidos. No podía
haber amistad. No entre un centurión pagano y campesinos o habitantes judíos de la
ciudad. O pescadores. O artesanos.
Él y los otros mercenarios servían al rey, pero se les miraba como ocupantes.
Tenían que mantener la Ley y el orden, proteger a los aduaneros y recaudadores de
impuestos (judíos, servidores de un rey judío que era «amigo» del emperador), a
veces construir carreteras, siempre mantener la seguridad en ellas, combatir a los
ladrones, vigilar las fronteras con el reino de Filipo, en fin, todas ellas cosas
asquerosas. Odiosos ocupantes que hablaban otra lengua en un país cuyos habitantes
hablaban arameo —la vieja lengua administrativa de los ocupantes persas— y en la
mayoría de los casos también griego, la lengua de las tropas de Alejandro y luego de
los seleúcidas, ocupantes después de los persas. De vez en cuando dejaban caer
fragmentos semiolvidados de su propia lengua, pero el hebreo de las antiguas
escrituras ya no era en realidad una lengua viva, solamente un resto ritual; también
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los eruditos manifestaban en arameo sus intrincados pensamientos.
Al menos así lo hacia la mayoría. Había fanáticos, observadores estrictos de la
antigüedad, que querían volver a implantar las viejas leyes y los viejos usos y echar a
todos los ocupantes sirviéndose del poder del dios tribal judío y su palabra: a los
romanos de Judea, a los mercenarios de Galilea. No eran numerosos; pero incluso
aquellos que no querían tal cosa porque sabían que las interpretaciones de las
manifestaciones del dios tribal resultaban incomprensibles e inútiles en una lengua
incomprendida, incluso esas personas razonables eran parte del pueblo elegido y no
podían mancharse con el trato estrecho con los otros.
El erudito al que había salvado de los ladrones no podía ni estrechar su antebrazo
con gratitud, ni entrar en la casa de Áfer ni recibirlo en la suya. Había dado un
banquete para él y su gente… en el jardín, con comidas y bebidas separadas, servidas
en recipientes que después de la fiesta no fueron lavados, sino destruidos.
Había otras gentes, los judíos normales, que no tenían en mucho tan estrictas
normas. Entraban en su casa o en la fortaleza cuando hacía falta, y a su vez le
soportaban a él y su aliento en sus casas. Gentes normales, trabajadoras y sin doblez;
las quería, porque estaban hechas de la misma pasta que él, de sus sueños y sus
temores. Pero con todo, él era un esbirro extranjero también para ellos.
Áfer parpadeó a la estridente luz del mediodía. Un caballo alzó la cabeza y
resopló ligeramente. Se acercaba el rumor de los cascos de un caballo, unas cuántas
piedras rodaron; y detrás, el jinete dobló el saliente rocoso.
El centurión quitó la mano de la empuñadura de la espada y se levantó.
—¿Ha sido ligero tu camino? —dijo en arameo.
El árabe desmontó de su oscuro corcel.
—Me honras… ¡has venido en persona! —sonrió, se llevó la mano a la frente, la
boca y el pecho y añadió—: Pensaba que tendría que explicar cosas difíciles a uno de
tus hombres.
—Ojalá no sean muy difíciles para mí.
—Ya veremos.
El árabe mojó a su caballo, le ató por las patas delanteras y se sentó a la sombra.
Áfer esperó con paciencia a que el hombre bebiera y comiera unos dátiles secos y
un trozo de pan. Luego dijo:
—Habla, Numan. ¿Cómo están las cosas en Ao Hidis?
—Bien para aquellos a quienes disgusta la vieja situación de las cosas; y mal para
los administradores de lo tradicional —el árabe mostró los dientes en una amplia
sonrisa.
—Es decir, que todo va según lo esperado.
—Si es que ésa era tu esperanza.
Áfer suspiró.
—No juegues tontamente conmigo, amigo. ¿Nuestro candidato se desenvuelve
bien?
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—Mejor de lo esperado.
—¿Y el resto de los hombres?
—Le seguirán sin duda. Cuando llegue el momento. Dentro de dos o tres lunas…
digamos que poco después de la fiesta de la primavera.
El centurión asintió.
—Entonces está bien. Pero cuéntame un poco más.
Numan se reclinó y cerró los ojos.
—A veces casi me asusta. Se parece mucho al príncipe. No me refiero en lo
exterior, pero sí en su forma de captar con rapidez las cosas y tomar decisiones.
—¿Cuál es su posición ante el príncipe?
—Asciende.
Áfer cruzó los brazos.
—Más, amigo mío —dijo.
El árabe abrió los ojos y se echó a reír.
—Sientes curiosidad, ¿verdad?
—Estoy ansioso de saber. Tengo que saber si el gran plan florece. O si debemos
empezar a pensar otra cosa.
—Florecerá.
Numan siguió hablando después de una corta pausa, con voz monótona, como si
dijera algo aprendido de memoria. Pero Áfer le conocía lo suficiente como para saber
que esa voz era únicamente un signo de máxima concentración, un intento de pensar
en todos los detalles importantes. Incluyendo aquellos que el propio Numan
consideraba intrascendentes, pero que, podía suponer, no lo eran para Áfer. Para Áfer
y para el juego.
Todo había empezado hacía más o menos un año. Belhadad, príncipe del desierto,
señor de los leones, hijo de las estrellas, rey de los caminos… el soberano de Ao
Hidis, mantenía desde hacía mucho tiempo relaciones con los romanos. Pero también
con sus grandes enemigos, los partos. La ciudad oasis estaba al este de la antigua ruta
comercial de Petra a Damasco. Allí había agua y valles fértiles, árboles y pastos, y un
príncipe inteligente que sabía sacar provecho de todo eso. Los fugitivos del imperio y
sus territorios periféricos acudían a la abundante hospitalidad de Belhadad… si es
que tenían suficiente oro y plata o alguna habilidad digna de mención. O
conocimientos. Mercaderes que antes habían evitado ese oasis (había muchos otros
en la ruta comercial) lo visitaban ahora para hacer negocios con el príncipe y sus
súbditos. En todo caso, fue necesario convencer a algún señor del comercio de que
diera ese pequeño rodeo: de pronto los bandidos guardaban la carretera, exigían plata
a cambio del permiso de utilizar los pozos vigilados por ellos, y casualmente, al
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mismo tiempo, a Belhadad se le había ocurrido recaudar tributos en la carretera: el
veinte por ciento del valor de la mercancía, a cambio de una escolta destinada a alejar
a los ladrones de la correspondiente caravana. Sin embargo, quien acudía a la ciudad
de Ao Hidis para recoger agua y hacer negocios no pagaba por usar sus pozos y
«sólo» abonaba un quince por ciento de tributo sobre todo lo que traía a la ciudad o se
llevaba de ella.
Junto a constructores fenicios y artesanos griegos, que por distintos motivos
preferían vivir y trabajar fuera de la influencia romana, la libertad del desierto y la
protección de Belhadad atraían también a hombres cuyo oficio era el puñal y cuyo día
era el crepúsculo. Si no se reconocían culpables de nada, el príncipe no prestaba
atención a lo que hubieran hecho antes. Si daban motivos de disgusto en Ao Hidis, se
les daba a elegir entre una muerte rápida o un largo servicio en el ejército del
soberano.
Al principio sin ser observado, luego siendo vigilado aunque no impedido,
Belhadad extendió su poder por amplias zonas del desierto. Se decía que entre la
costa del mar de Arabia —donde desembocan el Tigris y el Éufrates— y las fronteras
del reino de los nabateos no sucedía nada sin el permiso, la participación y el
beneficio del príncipe. Cuando los nabateos en el sur y los judíos y romanos al oeste
advirtieron que Belhadad se había convertido en una potencia, ya no podían hacer
nada contra él. No parece necesario intervenir contra el señor de cincuenta matones
en medio del desierto; pero es difícil imponerle normas cuando los cincuenta se han
convertido en dos mil.
Áfer sabía que los reyes judíos, igual que los nabateos y los prefectos de Roma en
Cesarea y Antioquia, enviaban a veces negros pensamientos a Ao Hidis. Pero nada
más. Para eliminar a Belhadad, los romanos hubieran tenido que emplear varias
legiones. En Cesarea había dos cohortes —tropas auxiliares, no auténticos romanos—
y las fuerzas del gobernador de Siria se necesitaban para otras cosas. Había piratas,
había bandidos también en Siria, y una retirada de la legión para emplearla en el
desierto podía mover a los partos a ocupar Babilonia, el país limítrofe con el Éufrates,
cuyos guardianes no podrían contar con recibir refuerzos desde Siria.
Pero había otras posibilidades. Por ejemplo, encontrar a un joven capaz que
pudiera ascender con rapidez en la guardia personal del soberano y que un día
pudiera sentir la necesidad de cambiar ciertas cosas. Por ejemplo, las muy amistosas
relaciones que Belhadad mantenía con los legados partos, o con comerciantes de las
ciudades de la ribera del Éufrates… comerciantes que dejaban más plata en Ao Hidis
de la correspondiente al valor de las mercancías que compraban.
—Entretanto ha reunido a su alrededor a muchos que están descontentos con las
cosas —dijo Numan.
—¿Reunido? —Áfer chasqueó la lengua—. Eso es imposible.
—No, no reunido. Las reuniones son fáciles de observar. Digamos que Hiqar se
entiende con ellos.
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—¿Cómo lo hace?
—Con habilidad —el árabe se echó a reír—. Un joven y guapo capitán de la
guardia conoce a mucha gente. No es necesario que diga mucho… puede callar con
intención cuando ellos dicen algo, o hacen alusiones. En cualquier caso hay gente,
incluso en el entorno del príncipe, que por una parte no quieren ser amigos de los
romanos pero que, por otra, consideran que los romanos son demasiado fuertes y
están demasiado cerca, y además disponen de mucha plata, y que por eso no es
aconsejable tener una amistad demasiado estrecha con los partos.
—Una cautelosa distancia de ambos, ¿no? —Áfer sonrió fugazmente—. Una
actitud inteligente. Sería de desear que fuera siempre así.
—En lo que concierne a las otras cuestiones… —dijo relajado Numan.
—¿Sí?
—Fíjate. No es seguro, pero he oído que el grupo del norte de los salteadores de
caminos abreva aquí sus animales —se inclinó y trazó con el índice una especie de
mapa en la arena—. Y el del sur…
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Capítulo IV
CAMELLOS Y LITERAS
¿Corres para mordisquear un laurel desprendido? ¿No te atrae como premio el
matorral de las caderas de cualquier Niké? ¿O las dracmas?
DIMAS DE HERACLEA
En el piso de arriba había quince habitaciones. Cada una de ellas tenía espacio para
tres huéspedes, o hasta seis, si no tenían muchas exigencias. En todas había gruesas
esteras, cojines, mantas, una cubeta adecuada para sentarse, palangana y jarra de
agua. La orden de Demetrio a su gente de pedir un total de dos estancias ya no tenía
sentido: como aparte de ellos y el negro pelirrojo nadie deseaba pernoctar en casa de
Ravi, el indio les dio cinco habitaciones por el precio de dos.
Mientras se lavaba, Demetrio consideró la situación del posadero. Había estado
en la posada de Ravi por primera vez hacía diez u once años, de camino a la India.
Por aquel entonces hacía mucho que había empezado la decadencia de Adane, pero
aún no estaba todo perdido. Los dos puertos estaban llenos de barcos, las caravanas
iban y venían, y existía la esperanza de poder resolver en algún momento las
consecuencias de las devastaciones causadas por los romanos.
Cinco años después de la muerte de la última soberana tolemaica, Cleopatra,
cinco años después de la integración de Egipto en el Imperio, Augusto había
ordenado al prefecto de Alejandría enviar un ejército a Arabia para, según se dijo,
ganar amigos ricos o aniquilar enemigos igualmente ricos. Elio Galo había penetrado
hasta el antiguo reino de Saba, pero luego había tenido que interrumpir el asedio de
su capital, Mariaba. Treinta años después, los romanos enviaron una flota a Adane
desde sus puertos del mar Rojo, para quebrar el poder de los príncipes comerciantes y
abrir a los mercaderes romanos el acceso a los mercados de Arabia y de la India.
El príncipe de Cane, situada más al este, tomó la pasajera decadencia de Adane
como un regalo del destino, y concedió ciertas bonificaciones a los mercaderes
extranjeros: bajos tributos (sólo el cinco por ciento del valor de la mercancía) y
carreteras seguras en el interior, hasta donde llegaban las armas de sus guerreros. Las
caravanas iban desde Cane, pasando por Mariaba, hacia el norte, hasta el país de los
nabateos y más allá, hasta el puerto de Gaza. Algunos mercaderes iban con sus barcos
a Adane y de allí al mar Rojo, porque su meta era Egipto; pero para la mayoría, un
largo trecho de caravana era más agradable que el viaje a uno de los puertos egipcios,
Berenice o Myos Hormos, desde donde todo tenía que ser llevado en caravana hasta
el Nilo y trasladado luego en barcos fluviales. En Adane se podían aguar o reparar
pequeños daños; no quedaba más del antiguo esplendor.
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Era ocioso, pensó Demetrio, dedicar lágrimas al pasado o preguntarse qué habría
ocurrido si el príncipe y los señores del comercio hubieran comprendido a Roma en
su momento.
Su primera estancia en Adane había sido obra del azar. El mercader cuyo
ayudante era entonces no había querido esperar a la siguiente caravana, que debía
salir de Cane a más tardar veinte días después. Por eso habían seguido con el barco
más hacia el oeste para recoger agua fresca en Adane y, quizás, alguna que otra
mercadería. Luego, el mar Rojo y Berenice. Dos días y dos noches en Adane…
El mercader, Nikolaos, había llevado consigo a su joven ayudante a algunas
negociaciones, le había presentado a Kharkhair y a otros… durante el día. Al caer la
tarde y por la noche Demetrio había estado en la posada de Ravi, hablando con el
indio de los olores de su patria y buscando los contornos de los dioses indios, las
plantas griegas y las muchachas árabes bajo la espejeante superficie del vino. Pero
bebiendo sólo conseguían hacer descender esa superficie dentro de las copas hasta
que no quedaba más que el vacío, y cuando volvían a llenarlas creaban un nuevo
espejo bajo el que quedaba un misterio inaccesible; o el absurdo, si es que no era lo
mismo. Y antes de intentar llegar al otro lado del espejo de vino, Demetrio había
perseguido otros espejismos con una de las chicas de Ravi: aquellos que desaparecen
en cuanto son alcanzados, y que son una amarga dulzura y un enérgico agotamiento.
La segunda visita había sido hacía cinco años. Por entonces, Demetrio había
sucumbido a los rumores de que en el interior de Adane se había encontrado o
cultivado una nueva especie de mirra mejor que la árabe habitual, quizá tan buena
como la eritrea, y mucho más cara. Nunca llegó a saber si los rumores eran un intento
desesperado de la gente de Adane por volver a atraer más comercio; en cualquier
caso, la mirra no era ni mejor ni peor que las demás clases árabes. Había pasado tres
noches en casa de Ravi y había hecho pequeños negocios con Kharkhair y otros
mercaderes: como había llegado en un momento de estancamiento comercial, pudo
reunir a buen precio un cargamento de aceite, paños, ungüentos y especias.
Y ahora la tercera visita. Que probablemente sería la última. Si todo seguía como
decía Ravi, en el futuro ya no merecería la pena viajar a Adane. En cualquier caso, se
preguntaba si a los romanos les compensaba mantener unos cuantos guerreros en esta
ciudad de muertos vivientes, como Ravi la había llamado. Y por qué lo hacían.
Cuando recorrió la lengua de tierra en dirección norte, alrededor de una hora
antes de la puesta de sol, ya había gente que se apretujaba en el tramo previsto para la
carrera. Cuando Demetrio bajó a la taberna, recién lavado y con ropa limpia, la
posada estaba desierta. Al parecer, el indio no había querido perderse ese extraño
espectáculo, y probablemente Prexaspes y los otros se habían ido con él. Demetrio se
dijo que posiblemente se había lavado demasiado a conciencia antes de tiempo, y
ahora iba a perderse algo.
Pero la carrera aún no había empezado. Y todos estaban ahí: Kharkhair, Mukhtar,
Baschama, Ilazar y los otros grandes mercaderes que sobrevivirían a la ruina de
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Adane porque también tenían sucursales en Cane y Mariaba; Ravi y su cocinero
Aschoka, que saludó a Demetrio con una amplia sonrisa; Prexaspes, que se había
llevado a la persa sordomuda; Mikines y Leonidas que estaban junto a un carro en el
que servían vino; y Meleagro que hablaba, empleando con vehemencia brazos, manos
y muecas, con el gigantesco Nubo, que ahora llevaba, además de sus cabellos teñidos
de rojo, un chitón verde claro.
La mayoría de los hombres estaban en el lugar preciso donde iba a empezar y
terminar la carrera. Habían demarcado una pista ovalada en la que los porteadores de
las literas tendrían que cubrir unos quinientos pasos, quizá tres estadios según la
estimación de Demetrio. No mucho, se dijo, pero un trayecto criminal sobre los
montones de arena suelta que cubría la playa propiamente dicha.
Las literas y sus porteadores descansaban aún; entre ellos y los hombres que
hablaban a voz en cuello había algunas mesas en las que se podían hacer apuestas.
Demetrio se acercó a los príncipes mercaderes. Kharkhair fue el primero en verle
y le hizo una seña para que se acercara. Estrechó el antebrazo del griego con fuerte
presa.
—Demetrio el Tardón —dijo—. Bienvenido. ¿Qué te trae aquí, después de todos
estos años?
—La esperanza del don de tu sonrisa, príncipe, y la de hacer prósperos negocios.
Kharkhair asintió.
—Ya me lo imaginaba. Pero ya sabes que el don de mi sonrisa será tanto mayor
cuanto mayores sean los negocios para mí y cuanto menos ventajosos sean para ti.
Como los demás, también Kharkhair llevaba una ancha túnica blanca, y un
pañuelo en la cabeza sujeto con decorativos cordones. Llevaba alzado el velo que en
caso necesario le protegía del viento, la arena y el sol demasiado intenso; llevaba los
picos del mismo sujetos con los nudos de los cordones. Demetrio miró ese rostro
descubierto: las cejas blancas, la afilada nariz de rapaz, la barba blanca, las arrugas.
Los ojos de Kharkhair estaban tan despiertos y eran tan desconfiados como la vez
anterior, pero los dedos, cuya firme presa no había aflojado, sólo parecían estar
hechos de piel y huesos.
«Puede que conserve el poder y la riqueza», pensó Demetrio, «pero las parcas
están a punto de cortar los hilos de su vida. Rico, poderoso, y dentro de poco
muerto».
En voz alta, dijo:
—Sin duda volveremos a encontrar un equilibrio entre tu sufrimiento y mi placer.
Mukhtar arrugó la nariz.
—Nadie aquí considera que sea tarea suya ayudar a un extraño como tú a obtener
la menor forma de placer.
Demetrio creyó leer un soplo de desaprobación en los rostros de Kharkhair y
Baschama.
—Tu noble padre —dijo— parece haber cometido tres errores que no deberían
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ensombrecer tanto su memoria.
Baschama se había vuelto para coger de manos de un criado una copa con zumo
de frutas. La alzó, guiñó un ojo y dijo:
—Ilumínanos, Demetrio. Mukhtar (me refiero al padre) tenía buenas cualidades,
numerosas como los granos de arena de la playa, pero también defectos cuyo número,
de haber sido arcaduces, hubiera servido para vaciar el mar.
Mukhtar interrumpió:
—Lo cual habría expandido la playa y aumentado hasta el infinito los granos de
arena de su sabiduría; pero ahórranos cálculos de ese tipo.
—Que de todos modos —dijo impertérrito Baschama— tú no sabrías hacer.
¿Cuáles son los tres errores que has observado?
—Para satisfacción y alegría de las diosas del inframundo, se llevó consigo toda
su sabiduría en vez de legársela a su hijo. En segundo lugar, como muchos otros,
renunció a cuidar a tiempo de que los extranjeros hallaran aquí placer suficiente, y no
necesitaran de ese modo extensas visitas con embarcaciones de guerra. Y, finalmente,
olvidó comunicar a su hijo las consecuencias que podía tener todo ello.
Kharkhair emitió una especie de crujido, algo que parecía igualmente alejado de
la alegría y de la indignación. Miró hacia las literas, entre cuyos porteadores había
también guerreros romanos. No llevaban ni armas ni armaduras, pero eran
inconfundibles gracias a sus vestimentas rojizas y a las sandalias, cuyas cintas se
enroscaban en torno a las pantorrillas.
—No hablemos de cosas que ensucian el pasado —dijo—. Mejor hablemos de
que aquellos de allí se imaginan capaces de llevar las literas igual de bien y de rápido
que nuestros criados, que no hacen otra cosa. ¿Tienes intención de apostar por el
resultado de la carrera?
—¿Cómo podría atreverse a tal cosa un extranjero que no conoce las excelencias
de cada porteador?
Baschama rió en voz baja.
—Podríamos aconsejarte. Naturalmente, te aconsejaríamos lo contrario de aquello
que parece sensato a nuestros ojos.
—Cualquier otra cosa sería tan sorprendente que la duda sobrepasaría en mis
oídos la incredulidad acerca de vuestras palabras. —Demetrio se volvió a Kharkhair
—. Por otra parte, podrías decidir darme un buen consejo para la carrera, para que la
alegría por la fácil ganancia me convierta en un tonto balbuciente al que mañana
puedas desollar vivo en el regateo.
Kharkhair agitó su túnica, como si quisiera espantar unas inoportunas moscas.
—No te daré ningún consejo, Demetrio. Uno debe elegir por sí mismo los
caminos que llevan al inframundo o que asciendan hacia los dioses. Sólo la pérdida
que uno mismo ha causado duele como es debido, sólo el beneficio que uno mismo
ha ganado engaña lo suficiente.
Mukhtar había torcido el gesto; en un tono inequívocamente hostil, dijo:
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—Algún extranjero que quiere enmendar nuestro pasado es demasiado cobarde
como para tomar decisiones en el presente.
Demetrio asintió.
—Tienes razón, oh excelente. Pero es que ya ha ocurrido más de una vez que al
final de una audaz decisión no quede más que la escudilla del mendigo.
—¿Mendigo? —el árabe pareció buscar algo con los ojos. Entonces levantó el
brazo derecho y señaló a un grupo de hombres míseramente vestidos, al borde de la
pista acotada—. Allí hay uno al que la osadía convirtió de esclavo en mendigo.
Dentro de dos días perderá la cabeza. Luego se encontrará en aquel estado que
también deseo para ti.
Baschama tocó el brazo izquierdo de Demetrio, suspiró ligeramente y se dirigió
hacia otro grupo de hombres mejor vestidos. Kharkhair volvió la cabeza, miró de
arriba abajo a Mukhtar y dijo:
—La aversión al Imperio es comprensible, pero se convierte en necedad cuando
impide la posibilidad de hacer negocios y ofende sin motivo a los huéspedes.
—Apuesto cien dracmas —Demetrio se tiró de la oreja derecha; al hacerlo, se
preguntó si estaba cometiendo un ridículo error, por pura aversión hacia el hijo de un
hombre con el que antaño había hecho negocios—. ¿Qué apuestas tú?
—Al esclavo mendicante —Mukhtar resopló—. Si es que vas a apostar por los
romanos.
—Concédeme unos instantes; quiero ver a los porteadores.
Mukhtar se encogió de hombros. Kharkhair miraba al frente, sin mover un
músculo.
Los porteadores eran en su conjunto hombres robustos; siete de los ocho grupos
pertenecían a ricos comerciantes… Kharkhair, Baschama y Mukhtar se encontraban
entre sus propietarios. Y, según pudo saber Demetrio en la larga mesa en la que se
podían hacer apuestas generales, naturalmente todos los propietarios habían apostado
por su propia gente. Los romanos eran los principales candidatos al último puesto.
—¿Qué tendría que hacer si fuera suficientemente frívolo?
El árabe pasó los dedos por un papiro garabateado:
—La gente de Baschama va en cabeza… dos dracmas a una, si gana. Los
romanos… oh, diecinueve a una.
—¿Sabe alguien quién va en las literas?
—Mujeres —el hombre chasqueó la lengua—. Naturalmente, jóvenes y lo más
ligeras posible. Después de la carrera se mostrarán, y si en la litera vencedora hubiera
una niña la victoria será para el segundo.
—Voy a pensarlo un poco más —Demetrio alzó la mano y siguió su camino.
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Se dijo que podía permitirse perder unas cuantas minas; por otra parte, deseaba
ver perder a Mukhtar. Por unos instantes se detuvo, indeciso, luego se volvió al
hombre que acababa de murmurar algo a los cuatro romanos que estaban junto a una
litera.
—¿Tu nombre, amigo? —dijo en latín.
—Marco Valerio Rufo —el romano le contempló con atención—. ¿Por qué
quieres saberlo? ¿Y quién eres?
—Soy Demetrio, mercader y ciudadano romano. Según acabo de oír en esa mesa,
ninguno de los nativos quiere apostar por vosotros.
—Quizá cometen el error de no apostar por la excelencia, sino movidos por la
aversión.
Demetrio evaluó a ese hombre de apenas treinta años; por su forma de hablar
procedía de mejores círculos, y sus ojos gris oscuro miraban de forma penetrante.
—No sé a cuál de las muchas estirpes llamadas Valeria perteneces…
—¿Importa eso? —el romano alzó las cejas—. ¿Qué quieres de mí?
—Quiero apostar por tu gente; aunque, además de ti, quizá sea el único.
—¿Y?
—¿Hasta qué punto son buenos tus hombres?
—Son buenos. Y duros. Romanos, nada de tropas auxiliares.
—¿Por qué queréis convertiros en objeto de la burla general?
Rufo se inclinó y le susurró al oído.
—No te lo diré. Podrías contarlo.
—Voy a apostar por vosotros; ¿por qué iba a traicionaros?
—Bueno. Nos vamos, dejamos Adane dentro de unos días. Un gesto, como
saludo de despedida. Por lo demás… vamos a ganar.
Demetrio contempló a los cuatro hombres y asintió.
—Eso debería bastarme. Pero ¿tienes algo en contra de que hable con ellos?
El romano se encogió de hombros.
—Por mí…
—Escuchad, amigos —dijo Demetrio—. Dado que habéis vivido más tiempo que
yo aquí, seguro que conocéis algún que otro hombre arrogante que considera cojos a
todos los ciudadanos y combatientes del Imperio, ¿me equivoco?
Dos de los guerreros no movieron un músculo, uno sonrió; el cuarto dijo:
—Si acaso no somos muy buenos en salir corriendo.
Los cuatro eran robustos, de músculos visiblemente duros; durante unos instantes,
Demetrio recordó todas esas historias que había oído sobre marchas forzadas con
toda la impedimenta, y acerca del sueldo de los legionarios. Un sestercio al día
recibía el miles de a pie, probablemente estos hombres experimentados recibieran
más, aquí en los confines. ¿Pero cuánto? No era probable, pensó, que fuera más del
cuádruple. Cuatro sestercios correspondían a un denario de plata, y éste a media
dracma. ¿Qué debía ofrecerles?
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Repentinamente decidido, dijo:
—He apostado cien dracmas por vosotros. Si ganáis, me darán mil novecientas.
Digamos… ¿mil para vosotros?
Esta vez los cuatro sonrieron ampliamente.
—¿Qué pasa con él? —dijo el único guerrero que había respondido; al decirlo
señaló a Marco Valerio Rufo, que sin duda lo había oído todo y les miraba con
expresión de completa indiferencia.
—Si queréis que participe… —Demetrio arqueó las cejas—. Espero que la mujer
de vuestra litera no sea demasiado pesada.
—Eso esperamos también nosotros —dijo otro romano; al mismo tiempo,
Demetrio escuchó dentro de la litera un sonido en extremo agradable, algo a medio
camino entre la risa y el arrullo.
—Luego habrá vino en la taberna de Ravi, si es que os gusta.
—Superaremos nuestra repugnancia. Gracias, señor.
Demetrio aún dedicó unas cuantas miradas a la litera, que era sencilla, sin
adornos, con cortinas de tela ligera; las otras literas parecían más importantes, más
fastuosas. Y más pesadas.
Regresó a la larga mesa y apostó con uno de los apostadores cien dracmas a la
victoria de los romanos. Luego volvió a acercarse a Mukhtar y dijo:
—Lo haremos como tú proponías.
Mukhtar se pasó la lengua por el labio inferior.
—Acabo de proponer a Kharkhair otra apuesta. Si pierdes, no hará negocios
contigo.
El viejo mercader no movió un músculo.
—Una apuesta es tan buena como otra —dijo.
—¿Y si gano?
—Mukhtar me dará tres espléndidos sementales.
Al principio, Demetrio dejó de pensar en Mukhtar. Su padre había sido un seco
príncipe mercader y sin duda no sentía afecto alguno por los mercaderes del Imperio,
ya fueran romanos o no. Pero eso no le había impedido extremar las habituales
formas de cortesía para con posibles socios. Su hijo no parecía gozar de buena fama
entre los otros, a juzgar por el comportamiento de Baschama y Kharkhair. ¿Tres
caballos? Una apuesta absurdamente alta para una competición como ésa.
Con una copa que contenía vino, zumo de frutas y agua a partes iguales, Demetrio
se puso enseguida a buscar a su gente. Al norte de la pista, a cuyo inicio se alineaban
al fin los porteadores, los encontró a ellos y a Ravi. Estaban apoyados en una cerca,
bebían y contemplaban un par de docenas de camellos, que devolvían arrogantes sus
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miradas y movían las mandíbulas como si aquello que rumiaban no fuesen sino
pensamientos filosóficos que había que considerar con detenimiento antes de hacerlos
públicos.
—¿No guardan gran parecido con ciertos príncipes mercaderes? —dijo Ravi
cuando Demetrio se acercó a él.
—No sólo eso. Son la asamblea de sumos sacerdotes del dios de la arena, y
deliberan sobre la cuestión de cómo volver comestibles a sus hijos —Demetrio alzó
la copa y brindó a la salud de los camellos.
—Si he visto bien, señor —dijo Mikines—, has apostado. ¿Por quién?
—Espero que por los vencedores.
Ravi se echó a reír.
—Eso esperan todos los que apuestan. ¿Quieres que preguntemos al oráculo de
los dioses de la arena?
—¿Cómo se hace eso?
Ravi miró hacia los camellos, que mascaban en silencio; de vez en cuando, uno
de los animales emitía algún sonido burbujeante.
—Empezando por la derecha, los ocho primeros —dijo—. Digamos que
representan a los ocho grupos de literas. El primero de la gente de Kharkhair, el
segundo… —enumeró los nombres de los mercaderes, y asignó al octavo camello la
litera de los romanos. Luego se agachó y cogió un puñado de arena.
—Ahora voy a rociar con arena a los sumos sacerdotes del dios de la arena.
Quizás entonces se muevan. El oráculo procede así: ganará la litera cuyo camello se
mueva más hacia nosotros. ¿De acuerdo?
Nadie se opuso; todos contemplaron, con una sonrisa más o menos amplia, cómo
Ravi arrojaba la arena. Y de hecho algunos camellos se movieron… hacia un lado,
hacia detrás, sólo uno se acercó a la cerca, como si quisiera decir: «¡Más de esta
sabrosa arena!».
—El número ocho —dijo Mikines—. Espero, señor, que hayas apostado por los
romanos.
—Es una apuesta bastante segura desde hace más de trescientos años —Leonidas
rió entre dientes—. Sólo que no sé si eso valdrá también para las literas.
—Enseguida empezará —Prexaspes señaló la pista.
Los ocho grupos de porteadores se habían alineado. Demetrio calculó que
después de cien pasos como mucho la pista acotada se volvía tan estrecha que no más
de tres grupos podrían correr juntos.
—Ése de allí va a dar la señal —Ravi señalaba a un hombre gigantesco, que
acababa de hablar con los otros en la mesa de las apuestas y caminaba ahora hacia los
porteadores… hacia un montón de arena en el lado sur de la pista. El hombre llevaba
en la mano derecha un látigo de cuero cuyo extremo dejaba resbalar por la arena.
Entre los porteadores había al parecer un pequeño intercambio de burlas y pullas.
Todos estaban junto a sus correspondientes literas.
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—Un buen sitio, aquí arriba —dijo Demetrio—. Se puede ver todo sin estar
apretujado —se volvió a Prexaspes, que estaba junto a la mujer persa y hacía señas
con ambas manos—. ¿Es posible dar ánimos así? ¿Gritar?
Prexaspes le sacó la lengua.
El hombre del látigo gritó algo; luego alzó el instrumento y lo hizo chasquear.
—Sobre los hombros —murmuró Ravi.
—¿También tú has apostado?
Ravi negó con la cabeza.
—Es una locura tal que me conformo con mirar.
—¿A quién se le ocurrió?
—Creo que fue Baschama; pero no estoy seguro. Una mañana, después de una
noche de borrachera, dicen. No creo que haya habido nunca en ningún sitio una
carrera como ésta.
—Se podría proponer en Roma —dijo Demetrio; luego calló, porque el látigo
chasqueó por segunda vez, los porteadores se inclinaron un poco hacia delante bajo
sus literas, unos cuantos hombres parecieron querer levantar una pierna, otros
flexionaron ligeramente una rodilla.
El tercer latigazo. Los ocho grupos se pusieron en movimiento, y los espectadores
empezaron a jalear y a aplaudir. Los conocimientos del árabe del sur que tenía
Demetrio eran limitados; en medio de la confusión de gritos apenas entendía alguna
palabra, pero veía que Ravi sonreía o movía la cabeza de vez en cuando.
Las ocho literas oscilaban las unas junto a las otras, aproximándose a la elevación
arenosa sobre la que estaban Ravi y los otros. Demetrio contempló las piernas de los
porteadores, los músculos, los hombros oprimidos por las barras, los rostros
deformados. Y las literas: barras decoradas, cortinas de brocado, construcciones
como las de la proa de un buque de guerra.
La mayoría de los porteadores eran esclavos de los distintos propietarios de las
literas, once de los treinta y dos hombres eran negros. Probablemente habían
prometido a los esclavos recompensas o latigazos.
Demetrio no tenía ni idea de si junto a los esclavos corrían hombres libres o al
menos criados, y qué podían haberles ofrecido a éstos. Pero antes de que la carrera
llegara a su mitad supo que iba a ganar. Los cuatro romanos cargaban con la litera
más sencilla y probablemente más ligera; la parte de las barras que descansaba en los
hombros iba acolchada con cuero; los hombres tenían casi exactamente la misma
estatura y corrían a un trote más suelto. El que iba delante a la izquierda marcaba el
ritmo. Otras dos literas iban más rápido, alcanzaron antes que los romanos el punto
de giro de la pista ovalada, pero se veía con claridad que los portadores tenían que
luchar consigo mismos y con su carga y que apenas llevaban ritmo alguno.
En el camino de vuelta después del giro hubo pequeños empujones sin
consecuencias. Luego los romanos pasaron de largo junto a los otros dos grupos de
literas, y fue casi ofensivo ver con qué facilidad aumentaban su ventaja y con qué
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poco esfuerzo alcanzaban la meta.
Ravi palmeó la espalda de Demetrio.
—Apostaste por ellos, ¿verdad? Felicidades. ¿No quieres comprarme la taberna
con tus ganancias?
—¿Hablas en serio?
Ravi asintió.
—¿Cuándo querías partir? Para que empaquete mis cosas a tiempo.
No hubo gran alboroto, ninguna celebración desbordante. Los nobles príncipes
mercaderes se sentían manifiestamente ofendidos y desaparecieron con rapidez; tan
sólo se quedaron algunos adaneses de a pie, para despachar las bebidas, consolar a los
perdedores y mostrar a los romanos algo así como una cordial aversión y un
despreciativo respeto.
Demetrio se reunió con los hombres, que estaban en torno a las literas todavía
cerradas, y les dio unas palmadas en los hombros.
—Una vez más, el Imperio ha sido salvado por verdaderos hombres Pero ahora
quisiera saber a quién habéis llevado.
—Eso tendrá que esperar —Rufo le tocó el brazo—. El juez abrirá las cortinas
para ver si no llevamos dentro una enana ligera como una nube.
—Eso significa que no podré recoger antes mis ganancias, ¿no?
Rufo sonrió.
—Consuélate; yo sé que en la litera no hay ninguna enana y que pronto podrás
repartir tus ganancias. Pero dime otra cosa, mientras estamos aquí.
—¿Qué?
El romano se rascó la cabeza.
—No sé si los rumores son ciertos… dicen que quieres hacer negocios aquí y
formar una caravana, probablemente rumbo a Gaza.
—Es cierto; a no ser que los negocios sean tan malos que su resultado quepa en
un barco.
—Te deseo espléndidos negocios. Hemos recibido la orden de no regresar a
Egipto, sino de ponernos temporalmente a las órdenes del prefecto en Cesarea.
Demetrio reflexionó.
—Poncio Pilatos, ¿no? ¿Hay problemas en Judea?
—Como siempre; sólo que esta vez son más graves que de costumbre —Rufo
sonrió fugazmente—. Con una caravana más grande se viaja mejor. Nos gustaría
unirnos a ella.
—Una caravana con guerreros romanos reduciría las ansias de los bandidos del
desierto. ¿Qué habría de tener en contra?
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Alguien carraspeó detrás de Demetrio; cuando el mercader se volvió, tras él
estaba el viejo esclavo mendigo al que faltaba una mano.
—Mukhtar, cuyas vísceras devoren gusanos ardientes, me manda decirte que
ahora te pertenezco —contempló a Demetrio con una curiosa expresión en el rostro…
¿alivio, preocupación, sumisión, rechazo? ¿Todo junto? ¿U otras emociones?
Demetrio renunció a interpretar el gesto.
—Opiter Perperna —dijo—. Espero que puedas montar a caballo. La caravana se
va haciendo cada vez mayor.
—Quizá siga creciendo —Meleagro había alcanzado el grupo junto con Nubo.
—¿Por qué?
El negro carraspeó:
—Sería un honor para mí —dijo—, y un placer también, poder imponer mi
indigna compañía a tan honorable sociedad.
—¿Otro más? —Demetrio se echó a reír—. Por mí Siempre que no tenga que
cepillar cada una de las monturas. O comprarlas.
Entretanto el juez había llegado a la litera; apartó las cortinas, miró el interior, se
incorporó y dijo:
—Está bien; habéis ganado.
De la litera descendió una mujer. Podía tener veinticinco años, tenía el cabello
negro y miró a Demetrio con ardientes ojos negros. Tan ardientes que al principio él
no vio nada más. Sólo unos parpadeos después, observó que los rayos del sol
avivaban un brillo rojizo en su pelo y hacían saltar chispas verdes de sus ojos.
—Oh, Demetrio —dijo con una voz que llegó áspera y cálida hasta sus oídos, y
descendió después por su espalda—, antes de recoger tus ganancias, piensa si puede
viajar en tu caravana una princesa tolemaica con su séquito.
Rufo estalló en carcajadas, y Demetrio temió que en ese momento la expresión de
su rostro fuera sobradamente necia.
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Capítulo V
CARTA DEL HIJO AL PADRE
Demócrito desprecia el matrimonio y la procreación por los muchos
inconvenientes que produce… No hay ninguna relación natural entre padres e
hijos.
EPICURO
Venerado padre, excelente señor de los rebaños y de las estepas:
Como en mi anterior escrito, me dirijo a ti con el ruego de que me envíes una
señal: de que me ahorres la prosecución de esta empresa. Porque tengo sed del agua
de tu fuente, y en las largas noches del extranjero mi cuerpo pide comodidades: las
del lecho de aquellos aposentos a los que las jóvenes entran con una sonrisa y de los
que salen cantando. ¡Oh, el aroma que el viento trae por la mañana de los bosques!
¡Oh, el esplendor y bondad de tu sonrisa! Oh, el gozo de los alimentos familiares, y
escuchar después los discursos de los sabios o las canciones de los ingeniosos, las
lisas piedras del patio bajo los pies, el juego de los colores cuando el sol hace reposar
sus rayos en las imágenes de las paredes… de las paredes de tu casa, señor, desde la
que me has enviado a averiguar esas cosas que sabíamos hace ya mucho tiempo.
Mira: lo que he podido traer aquí es inútil y carece de todo sentido, ya que los que
aquí viven no necesitan de esas cosas. Conocimientos sobre plantas curativas,
infusiones y compresas paliativas… las plantas que conozco no crecen aquí, y las que
aquí se usan me son ajenas. Soy un experto cazador, entre campesinos y ganaderos.
¿De qué sirve conocer todos los secretos de la vida y la conducta de los hipopótamos
y los rinocerontes en un país donde no hay ni rinocerontes ni hipopótamos? Conozco
los caminos de los elefantes hasta sus charcas y abrevaderos, pero aquí no hay
elefantes, padre mío, y en la arena de este país reina una triste ausencia de pantanos y
de charcas.
La gente es distinta, habla de manera distinta, necesita otro cebo para pescar. Yo
no tengo ese cebo, apenas sé decir si lo que yo considero un anzuelo quizás aquí no
sea más que un gancho, un gusano o un golpe de viento. Los papiros que los
conocedores han alisado con piedra pómez requieren otro cálamo distinto del áspero,
que absorbe más tinta. Pero tú me has enviado, por así decirlo, como escriba, a un
país en el que emplean piedras en vez de papiro, y los cálamos cuya punta aprendí a
morder y a emplear no sustituyen al cincel, cuyo manejo me resulta insatisfactorio y
desconocido. Estoy perdido entre extraños, oh, mi príncipe y padre.
Dado que esto es así, no vivo como tu hijo, sino como un alegre loco. Pasan por
alto el color de mi piel, que desprecian, porque he dado a mis cabellos una tonalidad
que chirría a sus ojos como el sonido de una lira rota en tus oídos. ¿Era ésta tu
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intención príncipe?, ¿que tu hijo no fuera honrado en absoluto? Dado que todo honor
al hijo es para el padre, lo mismo ha de ocurrir con las injurias. ¿Querías ser objeto de
burla, puesto que tu hijo ha de fingirse loco para sobrevivir?
En lo que se refiere a los conocimientos que me has enviado a recopilar, has de
saber que nadie, en todos los países que están a nuestro alcance, quiere a los romanos.
Roma, dicen, marcha siempre de frente, y no presta atención a lo que se arruina,
pisotea o destruye bajo sus pasos. Donde está Roma, está el poder. Pero donde esta
Roma también hay otras cosas: agua, carreteras, abastecimiento de cereales, médicos,
guardias, jueces: en definitiva, orden y vida mejor, dicen los unos; pérdida de la
libertad, dicen los otros. ¿Será realmente lo mejor que haya un reino, regido por
hombres capaces, cuyo señor, según dicen, vive en una isla llena de cabras y deja los
negocios cotidianos a sus ayudantes?
Pero hace ya mucho que sabíamos todo esto. De los antepasados, a los que estás
meritoriamente más próximo que yo, hemos heredado las historias, de los ancianos
las hemos oído: sobre la paulatina expansión y contracción del reino de los egipcios
griegos, que al principio penetraron con poder en territorios que pertenecían a
nuestros antepasados y que hoy vuelven a ser nuestros. Guerras y contraguerras,
marchas y contramarchas, y eso que al principio lo único que querían los ptolemaicos
eran elefantes para sus guerras. Se supone. Porque, ¿acaso no sé —acaso no me lo
has enseñado— que nunca hay un solo motivo? Ptolomeo quiere elefantes de guerra;
ya no puede obtenerlos en Asia, porque entre la India y Egipto se encuentran aquellos
países con los que está en guerra. No permiten que se suministre a su adversario
animales instruidos para la lucha. Por eso quiere elefantes de nuestros países, pero
allá donde son especialmente numerosos viven gentes que no los atrapan, sino que los
cazan. Para comérselos. Por eso, Ptolomeo nos hace la guerra. Gana un poco, y sus
sucesores pierden a la vez un poco; por fin, las fronteras vuelven a quedar donde
estaban, y los Ptolomeos se limitan a tener puertos comerciales armados al borde del
mar. Desde allí envían guerreros y cazadores.
Pero, oh, padre mío, ¿por qué han hecho las guerras para las que necesitaban a los
elefantes? ¿Las guerras contra sus hermanos macedonios, contra los seleúcidas de
Siria? Porque o bien los unos o bien los otros no estaban satisfechos con lo que
tenían; y tenían esos países porque su divino soberano Alejandro se los había robado
a otros. A los persas, por ejemplo, que arrebataron Egipto a los egipcios y Siria a los
asirios, que los habían arrebatado a otros que a su vez los habían obtenido de otros.
Siempre ha habido antes otro pueblo allí. ¿Te acuerdas, padre mío, de los restos
destruidos de grandes casas a tres días de viaje al suroeste de tu palacio? ¿De las
preguntas que hice y que nadie sabía responder: quién ha construido esto, qué aspecto
tenía, dónde han ido a parar los constructores?
Todo el territorio que posees, todo el territorio de los romanos, todo el territorio
de los árabes, de los judíos y de los partos… todo perteneció antes a otros. Lo único
que no cambia es el cambio; los únicos que no cambian son los hombres.
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Como hace mucho tiempo que lo sabemos, ¿para qué me has enviado? ¿Para qué
has llenado el amargo cáliz de mi despedida, en vez de apartarlo de mí? ¿Para que
sufra en el extranjero, soporte escarnios y acumule vilezas, y pueda contar luego que
fue exactamente así?
¿O lo que deseas es conocer los diminutos detalles y particularidades que
distinguen una forma de crueldad de las otras? ¿Es importante saber qué pueblo
quema enseguida a sus enemigos, cuál empieza por desollarlos vivos, cuál los deja
arder sólo hasta la cocción, para comerse todavía calientes a los asados en su propia
piel? ¿No basta con saber que todo el mundo mata a todo el mundo, por cualquier
motivo? Que, según creo entretanto, las mejores razones no son más que pretextos
para ocultar lo que hay debajo de todo eso: el placer de matar. Algunos podrán decir
que se levantan estados para vivir más seguros; yo digo que los estados ofrecen sobre
todo la ventaja de matar más rápido, más y más a fondo.
¿Qué es, pues, el Imperio de los romanos?, ¿un instrumento para construir
acueductos?, ¿un cuerpo cuyos miembros viven en armonía?, ¿o quizás un solo
guerrero, capaz de matar más, más rápido y con más crueldad que todos los que le
precedieron?
Mucho antes de que me enviaras, padre, sabíamos que crean un desierto y lo
llaman paz. Que son poderosos porque su ordenamiento les permite enviar
rápidamente a cualquier sitio a muchos guerreros. Sus dioses son más grandes que los
de los demás pueblos… tan grandes que ni siquiera es necesario combatir a los otros
dioses o prohibir que se les honre.
Porque Roma conquista incluso los dioses de los territorios ajenos y los convierte
en ciudadanos romanos.
Quizás en algún momento venga un dios que sea más grande que los dioses de
Roma. Sin duda en algún momento vendrá un pueblo que aprovechará un ataque de
débil desorden entre los romanos para poner fin a su dominio. Pero eso está más lejos
en el futuro que el nacimiento de tu tatarabuelo en el pasado. Así que no nos queda
más que lo que de todos modos hacemos: tratar amablemente a los romanos mientras
no crucen nuestras fronteras; matarlos cuando lo hacen; retroceder y atacar desde la
espesura, cuando son demasiados; avanzar y matarlos cuando se retiran. Como algún
día nuestros vecinos harán con nosotros.
Sabíamos todo esto. ¿Me has enviado para confirmar algo que no requiere
confirmación? ¿Para encontrar motivos para no enviar a nuestros guerreros al norte
de Libia el próximo invierno, como habías acordado una vez con aquel legado de
Roma? ¿O para prepararme lejos de casa, porque algún día asumiré tu poder y en ese
momento tengo que saber todo lo necesario para ejercerlo?
No me alcanzará respuesta alguna, ya trates de enseñarme, maldecirme o
llamarme a tu lado. Aquí, en Adane, ya no puedo aprender ni hacer nada. Desde que
los romanos tomaron el puerto y la fortaleza, las corrientes del comercio han fluido a
otros lechos, y los parcos arroyos que aún riegan Adane quizá pronto se sequen por
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entero.
Ha venido un mercader del Imperio; está formando una caravana, con la que voy
a viajar al norte. Para ver de qué otra manera la gente de allí es exactamente igual que
la de todas partes. Se llama Demetrio; creo que ha estado en una ocasión en nuestro
país. En tu país, padre y señor.
De Adane, aparte de su decadencia, no tengo mucho que contar. Los habitantes de
la costa próxima a nosotros comercian a veces con los adaneses, o lo hicieron
mientras mereció la pena. Creo que también esto toca a su fin. Y no lo lamento,
porque en conjunto hallo insatisfactorios a los adaneses. Son malhumorados y
fanfarrones, y yo he cavilado largo tiempo y les he dado muchos motivos para la
burla buscando un motivo.
Se consideran importantes, destacados herederos de antiguos soberanos y
príncipes del comercio. Cuando Roma aún era un villorrio, dicen, los soberanos de
Adane ya habían recorrido los mares y habían construido grandes presas y canales en
el interior. Debido a la grandeza de los antepasados, nadie puede hoy poner de
manifiesto la pequeñez de sus descendientes. Guardan rencor a los romanos, que hace
años quebraron el dominio de los señores del comercio y pusieron fin a su poder
sobre las hierbas y las especias y sobre el comercio con la India.
Pero en realidad su ira no se dirige contra lo que los romanos hicieron, sino contra
lo que osaron hacer. O no osaron, no; la osadía incluye superar el miedo y los
peligros. Los romanos aplastaron Adane como tú aplastarías una mosca en el muslo.
¿Es una osadía matar una mosca? Los adaneses están malhumorados y rencorosos
porque los romanos ni siquiera les han demostrado que Adane no es un poder…
Roma no ha considerado necesario demostrar nada, Roma se ha limitado a
despanzurrar una mosca molesta. Y los descendientes de la mosca no se quejan del
despanzurramiento, sino de la conciencia de ser una mosca.
Junto al malhumor, hay otra razón para dejar la ciudad y su comarca. La falta del
propio valor conduce al rechazo de todo lo que es diferente, porque al ser distinto
podría ser mejor. O más fecundo, o más entretenido. Roma es tan grande, que
ninguno de los romanos que he encontrado aquí —un capitán y algunos guerreros—
desprecia a nadie por hablar otro idioma, tener otro color de pelo u otro color de piel,
venerar a otros dioses o cocinar los alimentos de otro modo. La conciencia del propio
poder y la propia grandeza les hace aceptar con ecuanimidad a todos los demás. Con
ecuanimidad o con indiferencia. Porque para ellos no tienen más importancia que
aquella mosca.
¡Padre de una mosca, señor de muchas moscas! Éstas van a ser, durante largo
tiempo, las últimas palabras que te dirija. Espero que me perdones el no estar
satisfecho con la carga que me obligas a sobrellevar, y que se llama destierro.
Destierro para aprender lo que sabíamos hace mucho tiempo. Espero poder
perdonarte yo que me la hayas hecho cargar.
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Capítulo VI
NEGOCIOS Y PENDENCIAS
Sobre la cuestión de qué oficios y actividades han de considerarse decentes y
cuáles indecentes pienso de esta manera: son despreciables todas aquellas formas
de lucro en las que uno se atrae el odio de los hombres, como las de los
aduaneros y usureros. También son desdeñables las profesiones de los jornaleros,
en las que no se paga la habilidad, sino tan sólo la fuerza de trabajo; porque el
salario no es más que las arras de la esclavitud. También ha de considerarse
indecente comprar algo a comerciantes para revenderlo de inmediato; porque
esas gentes no podrían obtener beneficio si no mintieran, y no hay nada más
despreciable que el embuste. También todos los artesanos practican un oficio
sucio, porque en un taller no puede prosperar ninguna opinión distinguida. Pero
los oficios que más hay que desaprobar son aquellos que sirven al deleite de los
sentidos: los mercaderes de pescado y de aves, los carniceros, los cocineros; a ellos
se añaden los comerciantes de ungüentos, los bailarines y los actores. En cambio,
aquellas profesiones que exigen capacidades mayores o son de gran utilidad,
como la medicina, la arquitectura y la enseñanza de las ciencias, son decentes en
aquellos adecuados a su rango. El comercio al por menor ha de considerarse del
todo indecente. Pero, de entre todos los empleos que arrojan beneficio, ninguno
es mejor que la agricultura, ninguno más productivo, ninguno más agradable,
ninguno más adecuado a un hombre libre.
MARCO TULIO CICERÓN
Las historias propiamente dichas tendrían que esperar. Demetrio preveía que en el
largo viaje habría mucho de qué hablar. Pero también preveía otra cosa, y Ravi lo
confirmó cuando, hacia medianoche, la taberna se fue vaciando:
—¿Has pensado en que necesitarás un camello guía?
—¿Qué quieres decir con eso?
Ravi se llevó un dedo a la nariz.
—Sabes exactamente lo que quiero decir. Una caravana es como un barco; si no
está claro desde el principio quién rema y quién da las órdenes, es mejor no zarpar.
También en el desierto hay arrecifes.
—No me des arrecifes, sino un poco de vino.
Ravi miró de reojo hacia la jarra, gruñó y se levantó para volver a llenarla.
Demetrio se reclinó en su asiento y trató de distinguir los rostros en la penumbra de la
taberna. A muchos no los conocía; otros habían cambiado, porque sus dueños —o él
mismo— habían bebido demasiado. Al pie de una antorcha casi consumida, con la
espalda apoyada en una de las vigas, uno de los romanos estaba sentado en el suelo,
elevándose gracias al vino hacia los dioses. Resina y brea, que habían goteado sobre
sus cabellos, formaban en su frente un pequeño cuerno. Otros dos estaban aún
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sentados jugando a los dados, el tercero roncaba tendido junto a uno de los cojines,
rodeado por un brazo cariñoso. Hacía mucho que Rufo se había ido. Prexaspes —
probablemente con la mujer persa— y Meleagro también faltaban; Mikines y
Leonidas trataban de discutir cuestiones esenciales con unos cuantos nativos,
ensamblando frases en árabe, griego y latín con gestos incisivos y muecas
deshilachadas. Si esto, pensó Demetrio, fuera un paño, no querría taparse con él;
puede que los espíritus nocturnos se colaran por los huecos dentro del durmiente o lo
absorbieran por esos mismos huecos. Dos de las acompañantes de la princesa —
¿doncellas?, ¿criadas?, ¿amigas?— eran al parecer tan sólidas bebedoras como
hermosas, y la propia princesa…
—Cleopatra —dijo Ravi, que apenas podía depositar la jarra llena y se agarraba al
borde de la mesa—, ¿por qué tenía que llamarse precisamente así?
—Ravi, ¿por qué no me sirves de una vez?
—Las copas —la lengua de Ravi parecía tener que abrirse paso por un paladar
lleno de estacas—. Las copas se mueven demasiado.
Sin duda a Demetrio no le parecía tal cosa, pero las sujetó, y Ravi vertió más o
menos la misma cantidad en las copas que en las muñecas de Demetrio.
—Sencillamente, es así.
—Sin duda tienes razón, pero ¿podrías ser un poco más preciso…?
Respirando pesadamente, Ravi se dejó caer en su silla.
—Las copas tiemblan.
—También ocurre que las princesas tolemaicas se llamen Cleopatra. Incluso más
a menudo que el que las copas tiemblen.
Ravi dio un trago.
—Me gustaría saber —dijo— si las princesas también tiemblan.
A Demetrio empezaba a gustarle la conversación.
—¿Como las copas? ¿En las copas? ¿O en general? ¿Cómo te gustaría?
Ravi suspiró profundamente y cerró los ojos. Cuando Demetrio empezaba a creer
que el indio se había dormido, volvió a abrirlos y dijo:
—Está aquí desde hace muchos días. Ella y sus acompañantes. Vinieron en un
barco que luego siguió su camino.
—¿Qué se le ha perdido aquí?
Ravi rió entre dientes.
—Quiere irse de aquí.
—¿Y antes?
—Sólo he oído rumores. Rumores temblones.
Demetrio esperó.
—Ella y las otras mujeres viven en una de las posadas del puerto. Del verdadero
puerto. Se supone que es la amante de un romano importante, y se supone que está
buscando algo aquí. Pero yo no sé qué —se frotó los ojos—. ¿Qué es lo que yo sé? Sé
que otros dicen que no se le había perdido nada aquí, que ni siquiera quería venir a
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Adane; que simplemente había tenido que salir deprisa de Berenice, y el único barco
que pudo coger venía casualmente a Adane.
—En otras palabras: no sabes nada.
—¡Cuánto has necesitado para darte cuenta!
Demetrio vació su copa y se levantó.
—La cortesía, ya sabes.
—No lo sé. Tú sabes que no sé nada, y tampoco sé nada de tu cortesía, de la que
hasta ahora me habías privado.
—Creo que sólo la cortesía me ha impedido hasta ahora decirte que sé que no
sabes nada. Además, creo que ahora me voy a dormir.
—¿Temblores?
—A dormir. He bebido demasiado para temblar.
Ravi bostezó.
—Ah, una lástima, ¿verdad?
—No necesariamente. ¿A quién le gusta temblar solo?
Cuando Demetrio salió de la taberna por la mañana, vio a Perperna sentado al pie de
una palmera. El anciano se había echado una manta agujereada por los hombros y
apoyaba el codo izquierdo en un hatillo. Tenía entre las rodillas un odre de cuero, y
en la mano derecha un pan ácimo del que acababa de morder un trocito.
Demetrio pensó en los solitarios dientes del anciano, a los que no habría creído
capaces de tal cosa; luego sintió un leve remordimiento, porque la noche anterior no
se había ocupado de esas sus ganancias.
—Que la mañana te sea ligera, señor —a pesar del pan que le llenaba la boca, el
saludo fue inteligible. Perperna consiguió incluso masticar, hablar y sonreír al mismo
tiempo.
—Me pesa la falta de preocupación por mi propiedad. ¿Has dormido aquí?
—Cómodamente y en paz. La expectativa de no ser decapitado a lo largo del día
siguiente procura dulces sueños —parpadeó—. En cualquier caso, espero que tus
órdenes sean menos cortantes.
Demetrio se puso en cuclillas.
—Si tienes hambre, entra y que Ravi te dé algo.
—Soy un hombre acomodado —Perperna se dio un golpecito en el taparrabos con
el muñón—. Aún me queda la mayor parte de tu óbolo de ayer.
—Bien. Todo lo demás lo aclararemos más tarde —Demetrio se dispuso a partir.
—¿Me permites una pregunta, señor?
—Si no dura mucho.
Perperna asintió.
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—¿Tienes prisa en marcharte para hacer negocios?
—Así es. ¿Por qué?
—El noble Kharkhair compró hace semanas la carga de un barco.
—¿Qué pasa con esa carga?
—Especias, paños, ungüentos y piedras preciosas. El barco venía de la India y
sólo pretendía coger agua y seguir hacia Myos Hormos. Pero cargó demasiada agua,
por entre las cuadernas, y el propietario tuvo que vender la carga para pagarse un
barco nuevo.
Demetrio se inclinó y dio una palmada en los hombros del anciano.
—Lo escucho con placer. Aún podrías procurarme más placer si supieras cuándo
tendrá Kharkhair la posibilidad de endosar sus mercancías a otra caravana.
—Mucho después del solsticio de invierno. Como muy pronto dentro de dos
lunas.
—Te doy las gracias. Con conocimientos se puede regatear mejor.
Perperna sacudió la cabeza.
—No me des las gracias, señor. Para un viejo esclavo, es más agradable viajar con
un señor de buen humor. Y los buenos negocios mejoran el humor.
Como todos los príncipes comerciantes de Adane, Kharkhair poseía más al norte, en
tierra firme, un palacio rodeado por un muro, almacenes y establos. Sin embargo, esta
vez prefirió llevar a cabo las negociaciones en la casa de reunión de los mercaderes,
un edificio de piedra lechosa situado en el centro de la población. Demetrio no
advirtió grandes cambios respecto a su última visita; como la vez anterior, constató
que en ese antiguo cráter se sentía prisionero, agobiado.
Durante siglos, la rocosa península se había resistido, con sus abruptas cimas y
escarpadas crestas, a todos los intentos de conquista, y el estrecho acceso al puerto
siempre había sido fácil de cerrar. Hasta que llegaron los romanos, bloquearon el
puerto con una parte de la flota, llevaron la mayoría de los barcos desde el oeste hacia
la bahía, hacia la lengua de tierra, y descargaron allí combatientes y máquinas de
asedio.
Habían reducido a escombros una parte del borde norte del cráter; en esa brecha,
a duras penas recompuesta, los adaneses habían levantado un muro improvisado y
unas grandes puertas. Estaban abiertas; nadie impidió a Demetrio atravesarlas y
sentirse encerrado. Mientras caminaba por unas calles apenas animadas en esa cálida
mañana de invierno, se preguntó si en el lugar de los adaneses él no se habría
quedado también en la antigua ubicación. Una nueva ciudad al norte de la lengua de
tierra, menos angosta pero más difícil de defender… ¿contra quién? Romanos y
piratas.
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La casa de los mercaderes estaba justo al lado del templo más importante, el del
dios de la lluvia. Kharkhair estaba sentado en el vestíbulo, en un banco de piedra
recubierto de pieles. Saludó a Demetrio con una escueta cabezada, se levantó y le
condujo a una estancia más pequeña. Allí había cómodos asientos de madera, una
mesa y alfombras.
Una vez que un criado hubo traído cuencos con una infusión de hierbas,
Kharkhair habló de las inclemencias del tiempo, los imponderables del comercio y
los hijos recalcitrantes que aminoraban los negocios de sus padres en Cane y
Mariaba. Demetrio sorbió la infusión, emitiendo también corteses sonidos entre sorbo
y sorbo.
—Pero tú no has venido a escuchar las erráticas quejas de un anciano —dijo al fin
Kharkhair.
—¿A quién no le conmovería el dolor de un noble socio? Además, de las
incidentales observaciones de un sabio se puede obtener más que de los largos
discursos del charlatán.
Kharkhair apoyó en la mesa esas huesudas manos.
—¿Acaso has oído alguno alguna vez?
—A veces no se pueden evitar esas cosas.
—¿Habló el charlatán de cierto barco?
Demetrio sonrió.
—Del viento, la arena y las estrellas, y también de barcos, sí.
—Soy un anciano, y estoy harto de regatear. Te habrán dicho que la próxima
caravana no partirá hasta después del solsticio de verano, y que tengo el problema de
tener los almacenes llenos.
—No me lo han dicho así, pero si así es como quieres expresarlo…
—Ungüentos —dijo Kharkhair con voz frágil—. Un poco de seda, pimienta,
casia, canela, alguna piedra preciosa, y restos del incienso y de la mirra que tuvimos
en otoño. No es suficiente para una caravana… doce, quizá trece camellos —suspiró
—. Ya no sirvo para esto. Quizá muera antes de que salga la próxima caravana; quizá
viva más pero ya no parta ninguna caravana, por falta de mercancías.
—Te prestaré con gusto mi ayuda.
—Ésa era mi esperanza —Kharkhair buscó en los pliegues de su túnica y sacó un
trozo de papiro—. He hecho escribir lo que me preocupa; el precio que pido para que
me liberes de esa preocupación me haría llorar si me quedaran lágrimas.
Demetrio cogió el papiro y pasó rápidamente la vista por él. El escriba de
Kharkhair probablemente había hecho un segundo listado para los mercaderes árabes;
pero esta lista estaba en griego, y estuvo a punto de hacerle saltar a Demetrio esas
lágrimas, pero de risa, que se suponía que ya no le quedaban al viejo mercader.
—No sabía, noble Kharkhair —dijo— que querías verme hoy para gastarme tan
fantásticas bromas.
Una libra de incienso costaba en el Imperio entre una y media y tres dracmas,
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según su calidad… eso, después de traer la resina del sur de Arabia, en camellos a los
que había que alimentar y con otros tantos camelleros a los que había que alimentar y
pagar, pasando por algunos pequeños reinos que exigían tributos de aduana y
pagando además la tasa romana para las importaciones. Demetrio partía de la base de
que Kharkhair había almacenado toda clase de variedades de incienso en sacos;
mercaderes y expertos en ungüentos de Gaza o del mismo Imperio establecerían la
calidad de las distintas resinas y clasificarían consiguientemente las mercancías.
Entre socios de confianza, se solía mantener la sospecha de que alguien había tratado
de empacar tan sólo incienso de baja calidad. Habría sido un intento de engaño harto
costoso, que en realidad no hubiera merecido la pena. Suponiendo pues una calidad
media —o una mezcla de todos los grupos de calidad—, una libra sin revisar podía
costar en Gaza dos dracmas, quizás un poco más. Que Kharkhair exigiera en Adane
dos dracmas por libra, o era una desvergüenza, o un insulto que presuponía una
insondable necedad en el comprador.
Con las otras mercancías reseñadas en el papiro pasaba lo mismo; muchas cosas
requerían un examen preciso, pero incluso tratándose de la mejor calidad, los precios
eran imposibles.
—¿Bromas? —Kharkhair frunció el ceño—. Regalos, casi; ¡de ninguna manera
bromas!
Demetrio se levantó.
—Te agradezco el tiempo que me has dedicado Sin olvidar la reconfortante
infusión. Que tus días sean provechosos.
Kharkhair movió la mano derecha; fue más bien un aleteo que una seña. El rostro
del viejo mercader no mostraba emoción alguna.
Demetrio esperaba que Kharkhair le retendría, o enviaría un criado en pos de él;
pero cuando llegó a la puerta del cráter se dijo que se había equivocado. Sólo que…
¿por qué? ¿Por qué le hacía Kharkhair ir a la casa de los mercaderes, si
evidentemente no tenía la menor intención de hacer negocios? ¿Sólo para contarle las
molestias que le causaban la edad y los hijos desobedientes?
Acababa de dejar la puerta atrás cuando alguien le llamó por su nombre: una
mujer, y hablaba en griego:
—¡Noble señor Demetrio!
Era Arsinoe, una de las acompañantes de la princesa tolemaica. Había venido
corriendo, porque respiraba con rapidez, y cuando alcanzó a Demetrio se recogió la
túnica, que flotaba suelta.
—¿Qué deseas?
Ella sonrió. Una hermosa visión, se dijo Demetrio; mucho más satisfactoria que el
gesto del viejo Kharkhair.
—¿Qué deseo? Podría enumerarte varios deseos, pero no se trata de mí. La
princesa te ha visto delante del templo, y te ruega una pequeña parte de tu tiempo.
—¿Cómo podría negarme? Llévame hasta ella.
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Arsinoe se volvió y entró de nuevo en la ciudad. Demetrio le concedió una
pequeña ventaja, para disfrutar de la visión, del encanto de su paso.
—¿Por qué no caminas junto a mí? —ella le miró por encima del hombro
izquierdo.
—Porque tu caminar es más edificante para la vista que la calle delante de
nosotros.
—Si mi caminar ya te resulta edificante, ¿qué dirás cuando veas cómo me siento?
Demetrio chasqueó la lengua.
—Depende de dónde te sientes, y de cuán diestra seas al hacerlo.
Ella no respondió. Demetrio dio un par de pasos rápidos, hasta ponerse a su
altura; entonces dijo:
—Tu señora, tú, Glauca, Thais… ¿alguien más? ¿O realmente viajáis solas las
cuatro?
—Nadie más.
—¿Y qué os ha traído precisamente a Adane?
Arsinoe pareció dudar; después de unos instantes dijo:
—Supongo que la señora te responderá a esas y otras preguntas.
—Eso espero. Aun así me gustaría conocer tu respuesta.
Ella negó con la cabeza.
—No me corresponde adelantarme a la princesa.
—Suena como si hubiera terribles secretos.
Ella le acarició con una mirada de reojo.
—¿No los hay siempre y por doquier?
Cleopatra estaba sentada con las otras dos mujeres en la terraza de la posada;
desde allí, tenía una buena vista del puerto. De unos altos cuencos que había sobre la
mesa delante de ellas salía humo; Demetrio supuso que estaban tomando un caldo
caliente. Las tres se habían envuelto en túnicas de lana, y él se dijo que, para personas
que venían del siempre asfixiante Egipto, el suave viento invernal del mar del sur de
Arabia debía de resultar hasta fresco.
—Gracias por haber venido tan rápido —la princesa le saludó con una sonrisa y
una inclinación de la cabeza.
—Que el favor de los dioses del viento os envuelva; que la envidia de los
demonios del mar caiga a vuestros pies —Demetrio se apartó de la visión de la
ensortijada melena en la que un diosecillo del viento se complacía con sus laxos
dedos. Saludó a Thais y Glauca con un ademán de la cabeza y se sentó en un escabel
frente a Cleopatra—. ¿Qué puedo hacer por ti, señora?
—Podrías decirme unas cuantas cosas útiles. Sobre la forma de viajar y el
momento de partir. Si es que entretanto has decidido dejarnos viajar con tu caravana.
—Los ojos de los caravaneros, acostumbrados a la arena, las piedras y los
camellos, podrán soportar sin duda la visión de hermosas mujeres. Pero por el
momento aún no sé cómo viajaremos… si he de ser sincero, ni siquiera sé si
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viajaremos.
—¿Por qué no? —la voz de Cleopatra sonó controlada; su rostro no revelaba si
estaba sorprendida o quizá defraudada.
—Hasta ahora no hay mercaderías.
—Si no hay mercaderías no hay caravana —ella puso ambas manos sobre la
mesa.
Hermosas manos, pensó Demetrio. Tres serpientes doradas se enroscaban en
torno a los esbeltos dedos, con una piedra roja, una verde y una azul entre las fauces;
las uñas estaban pintadas, a juego con el pelo, y limadas… quizá demasiado afiladas
para el gusto de Demetrio. Pero su gusto, se dijo, no tenía en este caso ninguna
importancia.
—Así es —calló un momento y luego añadió—: Espero que eso pueda cambiar
aún.
—¿Qué harás si no cambia?
—No quiero pensar en eso.
—¡Por los dioses! —sonó más bien sarcástico que implorante.
—El barco en el que hemos venido aún está en la bahía. Si no hay negocios para
nosotros, volveremos con él. A Berenice o Myos Hormos.
La princesa apoyó los codos sobre la mesa, cruzó las manos, apoyó la mandíbula
encima y miró más allá de Demetrio… por encima del puerto, hacia la isla o el mar.
Arsinoe, a la derecha de él, adelantó el labio inferior; las otras dos intercambiaron
una mirada.
Demetrio renunció a hacer preguntas. Esperó y contempló a las mujeres. Sin
duda, contemplar mujeres hermosas le parecía más agradable que preguntar por sus
dudosas historias y deseos, por no hablar de sus probablemente igual de dudosas
respuestas.
Todas tenían poco más de veinte años, y exceptuando algo en su actitud, nada
distinguía a la princesa de sus acompañantes. Thais tenía el pelo negro, peinado con
raya en el centro y sujeto en la nuca con una pesada fíbula de oro. Ojos negros, finas
cejas negras, labios y uñas casi teñidas de negro; bajo unas largas pestañas, respondió
a la mirada de Demetrio. Al lado de la negrura casi abrupta de Thais, Glauca daba
una impresión un poco más suave: el cabello marrón claro, largo hasta los hombros,
suelto; unos ojos marrón oscuro con un extraño brillo, como envueltos en un velo
rojizo; ningún adorno, y ningún teñido apreciable. Las cuatro eran esbeltas, pero más
bien esbeltas rellenas que esbeltas flacas. Cuando Arsinoe, la que estaba sentada más
cerca, se movió, le alcanzó a Demetrio un soplo de exquisitos ungüentos y exquisita
mujer.
No, se dijo, era mucho más cómodo no preguntar qué les había traído hasta
Adane. Cuatro mujeres, sin criados varones, sin guardias; si era cierto que habían
abandonado Berenice de forma posiblemente precipitada, sin duda le habría gustado
saber el motivo de esa prisa, pero en realidad no quería saberlo. ¿O a lo mejor sí?
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Las miradas de Cleopatra regresaron del mar y tantearon su rostro; se imaginó
que podía sentirlas, como el tacto de unas uñas afiladas.
—Te preguntarás qué hacemos en Adane y cómo hemos venido a parar aquí —
dijo.
Demetrio sonrió.
—De hecho, acababa de decirme a mí mismo que vuestra visión es más agradable
de lo que probablemente podrían ser nunca unas respuestas falsas a unas preguntas
impertinentes.
Glauca arrugó la nariz, pero no dijo nada; Thais miró a la princesa. Como
Cleopatra callaba, la acompañante dijo:
—¿Por qué habían de ser falsas nuestras respuestas? Y si tus preguntas son
impertinentes, dependerá de ti y de cómo las hagas.
—No sólo —Demetrio hizo una seña a un criado que miraba desde la entrada, y
señaló los cuencos aún humeantes—. Yo también, por favor… Hasta ahora no sé más
que rumores. Se supone que habéis salido precipitadamente de Berenice, con el
primer barco que encontrasteis. Supongo que atracó en Okelis para aguar; la mayoría
de los barcos lo hacen. Así que, si dejasteis Berenice para abandonar Berenice, ¿por
qué no bajasteis a tierra en Okelis? Si el barco seguía ruta desde aquí hacia Cane,
¿por qué os quedasteis en Adane? ¿Cómo sobreviven, entre hombres rapaces y sin
guardias armados, cuatro mujeres de las que al menos una lleva una valiosa joya? Si
han viajado de Berenice a Adane, ¿por qué quieren ahora irse con una caravana al
norte, a Gaza? ¿No habrían tenido en Okelis la posibilidad de ir con mercaderes hacia
el norte a lo largo de la costa? Esta y otras preguntas se me plantean así; y apenas
tiene importancia cómo os las plantee yo a vosotras.
Cleopatra le miró fijamente a los ojos.
—Dinos alguna de las otras preguntas.
—Las cuatro mujeres no son pobres —dijo Demetrio—, de lo contrario, no
habrían llegado hasta aquí y no podrían unirse a una caravana. ¿Cómo han
conseguido llegar hasta Adane sin ser saqueadas? ¿Cómo van a superar el largo
camino hasta Gaza si en la caravana alguno de los viajeros no se somete a las órdenes
del jefe de la misma? ¿O si el jefe de la caravana él mismo se pone bronco a veces?
—¿Eso es todo?
—No, pero basta… para empezar.
Se extendió el silencio; un poco, pensó Demetrio, como anillos en un estanque al
que se ha arrojado una fea piedra. Pero los anillos también se extienden cuando la
piedra es bonita.
Cleopatra apuró su cuenco. Luego carraspeó y, para variar, esta vez no miró más
allá de Demetrio, sino por encima de él.
—Quizá tú deberías decirnos lo que buscas en Adane.
—¿He de mentir espléndidamente para promover vuestra verdad?
Una vez más Arsinoe se movió inquieta, y Demetrio tuvo la impresión de que le
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habría gustado levantarse para tomar impulso y abofetearle. Thais apuntó un
movimiento de la cabeza y Glauca se mordió el labio superior.
—Sería un intento. Aunque falta por ver si todo esto merece la pena de un intento
—la voz de Cleopatra sonó relajada.
—No tengo nada que ocultar —dijo Demetrio.
Thais se echó a reír.
—¡El único mercader dentro y fuera del Imperio que no tiene nada que ocultar!
—Al menos nada que tenga que ver con esta conversación.
—Entonces no ocultes nada, para que nuestra conversación prospere —dijo
Cleopatra.
Demetrio asintió.
—Voy a intentarlo. He estado muy al sur, en el curso alto del Nilo, para conseguir
determinadas cosas para algunos clientes de Roma y Atenas. Yo, es decir, nosotros,
porque naturalmente no estaba solo; nosotros, pues, hemos conseguido esas cosas y
las hemos llevado hasta la primera catarata. Allí, las hemos embarcado; una parte de
mi gente habría podido entretanto llevarlo todo a Alejandría. Pero tuvimos suerte en
esos negocios, así que nos quedaron unas cuantas monedas. Por eso he cruzado el
desierto con cuatro acompañantes hasta Berenice, y de allí he venido hasta Adane con
la esperanza de poder hacer negocios también aquí. Eso es todo.
Cleopatra alzó una ceja.
—¿No podría tratarse de algo más?
—Complacido, princesa. Dime qué falta en esta exposición, y me esforzaré en
subsanar la carencia.
Cleopatra dudó un instante. Luego se volvió a sus compañeras.
—Quizá podamos mejorar el ambiente y hallar un poco de confianza; quizá nos
sea más fácil si somos dos, y no cinco.
Thais, Glauca y Arsinoe se levantaron sin decir palabra y se fueron: Thais y
Arsinoe a la posada, Glauca al puerto. Demetrio se preguntó si eran obedientes o
astutas. La princesa había manifestado su orden de manera completamente casual,
pero entre ella y las otras eso podía tener un significado más profundo que una orden.
—Dime un poco más acerca de tus negocios, y te diré un poco más acerca de mí.
Cleopatra no se esforzó ni por sonreír ni por emplear un tono especialmente
amable; a él le pareció adecuado. Y más convincente de lo que habría podido ser
cualquier intento de aprovechar su encanto o su grandeza.
—Ya veremos si basta con un poco más, princesa.
Cerró los ojos un instante; percibió muchas cosas que hasta entonces no había
oído o sentido: la charlatanería de las gaviotas y el crujir de los barcos al vaivén de
las espesas aguas del fondeadero, el rugir del mar mucho más allá, al batir contra la
isla que había en el acceso al puerto, la ligera respiración de la princesa y su aroma,
un soplo de aceite de sésamo y nardos. Con una sonrisa interior, se dijo que sus
propias emanaciones no podían ser en cambio así de agradables. Esa mañana no se
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había entregado a ningún especial aseo, y la idea de un baño caliente, de esclavos que
pudieran frotarlo, masajearlo y ungirlo, le hizo pensar en los suaves dedos de aquellas
egipcias macedonias, en su baño en la posada, en el cuidado común y recíproco de
sus cuerpos y, llegado a ese punto, decidió que era mejor abrir los ojos y dirigir sus
pensamientos a la discusión de cosas menos placenteras.
Sin rodeos, habló de las lunas pasadas. Una vez concluidos sus negocios, había
viajado de Roma a Capua para pasar allí unos tranquilos días de verano con viejos
amigos. Le llegaron cartas de socios de Atenas, y sus amigos de Capua le pusieron en
contacto con hombres que tenían ciertos caprichos en particular: animales africanos.
Los deseos de la gente de Atenas tenían relación con obras de arte africanas.
Cleopatra le interrumpió:
—¿Animales y obras de arte? Como egipcia macedonia, eso me asombra. Los
animales para el circo los consiguen las grandes casas comerciales, que poseen
cazadores y cargueros construidos especialmente para eso. ¿Pero obras de arte? ¿Qué
obras de arte hay en aquellas regiones a las que los egipcios llamaban antaño «el
mísero Kusch»?
—Tallas —dijo Demetrio—. Artesanía, en general. Huevos de avestruz en los que
se han dibujado con finas cuchillas los rostros de demonios de la tormenta. Fíbulas
decoradas con las que las mujeres del curso alto del Nilo se atraviesan la nariz o los
labios, y con las que las ricas atenienses gustan de sujetar sus vestidos.
—Comprendo —Cleopatra se encogió de hombros—. ¿Y los animales?
—Los cazadores consiguen abastecimientos para el circo, pero hay ricos que no
van a ver combates, sino que quieren sorprenderse. Que, por ejemplo, crían cachorros
en su casa, juegan con ellos y quieren amaestrarlos.
—¿Elefantitos que rocían con su trompa a la señora de la casa cuando hace
demasiado calor en la terraza? ¿Leoncitos que eliminan con sus garras a los hijos de
esclavos superfluos? —torció el gesto.
—Incluso pequeñas serpientes venenosas, que las princesas macedonias emplean
en Egipto para resolver ciertas dificultades.
Cleopatra rió en voz baja.
—Bien. ¿Qué más?
—Al cabo de algún tiempo ya tenía suficientes encargos… suficiente gente,
quiero decir, que quería tener determinadas cosas y me pagaban por ello.
—¿Pagan por anticipado?
—Hay negocios en los que se paga por anticipado. Sobre todo, aquellos que sólo
se ponen en marcha por iniciativa de los clientes.
Ella asintió.
—Entiendo. Así que te dieron dinero para que les trajeras aquellas cosas del
mísero Kusch que necesitan para satisfacer sus especiales caprichos. ¿Y bien? ¿Cómo
llegas a estar en condiciones de hacer tal cosa? ¿Tienes sucursales con gente aquí y
allá… digamos en Massilia y Roma, Capua y Atenas…?
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—Incluso en Tarraco, Tomi y Trapezos —Demetrio enseñó los dientes—. Pero en
Tomi no hay mucho dinero. Ni demasiado buen gusto.
Cleopatra suspiró.
—Ah, el buen gusto. Es un bien escaso. ¿No vivía en Tomi alguien (si es que se
puede considerar vivir a eso) que no carecía de buen gusto?
—Te refieres a ese poeta, ¿verdad? ¿Nasón?
—Publio Ovidio Nasón —pronunció el nombre con una especie de reverencia.
—Hay gente que sólo se siente bien allá donde lo conocen todo. Quizá los poetas
necesiten lo cotidiano, el olor de todas las cosas y personas que les resultan
familiares. Yo no lo entiendo. Necesito cambio.
—Tal vez por eso eres mercader, y no poeta —arrugó la nariz—. ¿Será por eso
que los poetas gozan de más prestigio?
—¿Quieres decir que aquellos a quienes los poetas importan no gustan mucho de
la agitación?
—De determinadas formas de agitación.
—Hubo una vez —dijo Demetrio con un parpadeo— una edad dorada de los
comienzos, la época de los grandes héroes y reyes. Luego vino la era de los grandes
poetas que contaron la agitada vida de los héroes. Quizá por eso Nasón no es
Homero, porque no tiene bastantes cosas que contar.
Ella enarcó las cejas y calló.
—Oh, no. Habría tenido mucho que contar, ¿no crees? «Ayúdame, musa, a cantar
los hechos de Cayo julio», o la mutua matanza de Mario y Sila, la lenta decadencia de
la Hélade, más terrible, más sangrienta, mucho más prolongada en el tiempo que la
toma de Troya. Los extraviados caminos de Octaviano hasta alcanzar aquella meta
por la que se vio convertido en Augusto. Mucho que cantar, en verdad.
—¿Y bien? ¿Por qué, en tu opinión, cantó a otras cosas?
Demetrio se inclinó hacia delante.
—Por comodidad —dijo—. Por pesadez… pesadez de espíritu. No estaba
dispuesto, no tenía la voluntad, quizá no era capaz, de comprender lo desconocido. El
Arte de amar; bueno. Las metamorfosis… ¿qué son todas esas metamorfosis del
mundo de los dioses y todas esas historias comparadas con las que suceden en este
mundo? ¿No es la metamorfosis de Octaviano en Augusto mucho más fantástica que
todas esas metamorfosis de hombres en árboles, animales o estrellas?
—¿Pesadez? —Cleopatra pareció meditar—. ¿Qué es esa pesadez? Renuncia a
los cambios del cuerpo en el espacio; quizás esa renuncia conduzca a una mayor
movilidad del espíritu.
—¿Con la que describir los movimientos de los cuerpos heroicos en el espacio?
—Demetrio rió entre dientes—. Me temo que es mucho más sencillo y más
lamentable.
—¿Lamentable? ¿Ovidio Nasón?
—Y otros. Lamentable, sí, la penosa renuncia a entender el mundo que se quiere
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describir. La lamentable renuncia a contemplar siquiera ese mundo al que otros han
dado forma para contarlo en versos.
—Pero ¿acaso el mundo no sería un lugar mucho más agradable para nosotros los
mortales si nos quedásemos simplemente en casa, en vez de viajar y disputar?
Demetrio la contempló desafiante.
—No sé cuán estrecho será tu parentesco con la casa de Ptolomeo, pero si él no
hubiera partido con Alejandro, quizá serías pastora de cabras en las colinas de
Macedonia.
—Sé lo que quieres decir, pero… ¿es que eso sería algo malo?
—Si mercaderes venidos de muy lejos no hubieran conseguido nardos y otras
cosas por el estilo para hacer ungüentos de olor, serías pastora en las colinas y olerías
a cabras.
Cleopatra guardó silencio por el tiempo de un par de parpadeos; luego dijo:
—Como nadie más tendría nardos y mirra, no sabría qué me estaba perdiendo.
Así que no sería tan malo. O al menos no sería insoportable.
—Pero tus poetas sólo podrían escribir sobre cabras y matorrales. Nada sobre el
vellocino de oro, que Jasón fue tan lejos a buscar, nada sobre Troya, nada sobre
Medea, Antígona o Fedra.
Ella se contempló las manos y suspiró levemente.
—Y mis dedos serían fuertes y callosos, con unas uñas sucias y romas. Cierto.
Pero estábamos hablando de tus viajes.
—Y me preguntabas por la estructura de mi negocio. En realidad es muy sencilla.
Algunas personas heredan de sus padres un trozo de tierra y una espada con la que
poder defenderlo y ensancharlo. Yo heredé de mi padre conocimientos, relaciones y
dinero (no mucho, pero suficiente para empezar) para mantener esas relaciones,
aumentar esos conocimientos y permitir que el dinero se acrecentase.
Sin perderse en detalles, le habló de los negocios de su padre, que había viajado
con un barco entre los puertos del este y los de Grecia y había cambiado los
productos de artísticos alfareros y experimentados herreros de la Hélade por aceite de
sésamo, hierbas, raíces y especias. Luego fueron dos barcos, después tres, y cuando
su padre se hundió entre las mareas con el séptimo barco, Demetrio se hizo cargo de
todo: barcos, relaciones, casas y almacenes. Y la responsabilidad de la madre y tres
hermanas menores.
—Veo que no se te puede engañar —Cleopatra sonrió con malicia—. Madre y
tres hermanas… ¿qué mujer podría tomarte el pelo?
—Todas —Demetrio sonrió a su vez.
—¿Estás seguro?
—La conciencia de que cualquier mujer puede tomarme el pelo hace que aumente
mi vigilancia.
—Es una pena. Pero sigamos. Supongo que ampliaste los negocios.
—Los amplié, los extendí, los modifiqué aquí y allá. La casa principal sigue
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estando en Atenas, en el Pireo, más exactamente, porque, ¿dónde iba a estar la casa
de un mercader marítimo más que en el puerto? Y hay otras casas en Bizancio, Roma,
Alejandría y Antioquia.
—Tienes que tener buena gente. En la que puedas confiar.
Sonó… ¿nostálgico?, ¿envidioso? Demetrio no pudo interpretar el tono.
—No se debe confundir la mutua dependencia, en la que todos ganan buen
dinero, con la amistad —dijo.
La princesa sacudió la cabeza.
—¿Quién puede saberlo mejor que yo? Así que viajaste con tu gente muy al sur,
para conseguir animales y tallas. ¿Y ahora, en Adane?
Demetrio se encogió de hombros.
—Por razones que desconozco, el viejo Kharkhair ha querido tratarme como a un
jovenzuelo tonto. Sé que tenía algunas cosas que quería vender, pero sólo un imbécil
pagaría los precios que pide. Por eso, en los próximos días me conformaré con otros
mercaderes. O hay un negocio y una caravana hacia Gaza, o no hay ningún negocio,
y no me quedará más que volver en barco a Berenice. O seguir hacia Cane… ya
veremos.
—Si hay una caravana, nos gustaría unirnos a ella. ¿Cuáles serían tus
condiciones?
Demetrio se echó hacia atrás, con cuidado, para no caerse del escabel.
—En segundo lugar —dijo él—, las habituales. Asumir todos los costes que
causéis; tendríais o bien que procuraros todo vosotras mismas (camellos, víveres, leña
y cosas por el estilo) o alquilármelo a mí. Y participar en los gastos producidos para
mantener a raya a los ladrones y satisfacer a los aduaneros.
—Lo de los ladrones no será tan caro; Rufo y su gente quieren venir con nosotros.
—Eso ayudaría —Demetrio asintió—. Pero aún no es seguro.
—Si eso es en segundo lugar, ¿qué es en primero?
—Eso nos devuelve al principio de la conversación —se esforzó en que su sonrisa
no resultara demasiado burlona—. Sigo sin saber quiénes sois, qué queréis, si puedo
confiar en vosotras.
—¿Confiar? —ahora su voz sonaba casi sarcástica—. ¿En quién se puede confiar
aún? ¿Y para qué quieres poder confiar en nosotras?
—Me gustaría estar seguro de que por las noches no vais a convertiros en
diablesas, transformaros en serpientes o ver en el pecho de los mercaderes que
duermen una vaina adecuada para vuestros puñales.
Los ojos de ella se convirtieron en estrechas ranuras.
—Si crees capaz de una cosa así a una princesa de la estirpe de Ptolomeo… —la
voz era controlada, pero él se dio cuenta de que Cleopatra hubiera querido gritarle.
—Permíteme que me ría. ¿Hay, desde la muerte de tu noble antepasado, alguna
atrocidad que sus hijas y nietas no hayan cometido? Admito que también poseían
toda su audacia… pero: ¿quién eres tú? ¿Quiénes son Thais, Glauca y Arsinoe?
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¿Quién os ha traído hasta aquí? ¿Por qué habéis abandonado Egipto? ¿Adónde
queréis ir? ¿Y qué buscáis allí?
—Procedo de una rama secundaria —su voz volvía a sonar totalmente objetiva—.
El bisabuelo de la gran Cleopatra tenía una medio hermana; de su seno procede mi
parte de la familia. Sin duda la línea principal no se ha extinguido, como todos
sabemos. Pero desde que Egipto cayó en manos de Roma por herencia y guerra, la
cuestión de las líneas principales y secundarias carece de importancia en lo que a
poder respecta. Pero hay riquezas, oro, palacios, valiosas tierras, y hay persecuciones.
—¿Persecuciones de quién?
Ella abrió los brazos.
—Di mejor: ¿de quién no? Otras líneas secundarias, líneas secundarias a las
secundarias, administradores romanos que se trasladarían con gusto a vivir a uno de
los palacios, mercaderes ambiciosos a los que sólo falta este edificio o aquella finca
para coronar sus riquezas. Hombres cuyos abuelos fueron ofendidos por uno de mis
antepasados; hombres que creen tener que vengar en mí las supuestas ofensas a sus
antepasados.
Ella guardó silencio; su rostro no cambió, pero Demetrio tuvo la impresión de que
su mirada se volvía de pronto hacia dentro.
—Una vida entre lobos —dijo.
Ella lanzó una dura carcajada.
—En Egipto no hay lobos; ¿qué podrían hacer al lado de las personas?
—Tú y tus acompañantes… ¿criadas?, ¿esclavas?
—Ayudantes —dijo ella—. Amigas entregadas. Si es que existe algo así.
—Quizás exista. No sé si la amistad siempre tiene que ser de igual a igual. Si
tiene que ocurrir. ¿Puede ser amistad cuando no ocurre?
La mirada de Cleopatra volvió a dirigirse hacia el exterior, hacia él, y creyó ver
en ella algo parecido al asombro.
—Raras veces se acusa a los mercaderes —dijo— de tener pensamientos sutiles
más allá de sus negocios.
—A menudo —dijo él— no se puede reprochar pensamiento alguno a las
princesas. No todas las princesas son iguales; espero. No todos los mercaderes son
iguales; lo sé.
Hubo algo así como calidez, que le sorprendió, en la voz y en la mirada, cuando
ella respondió:
—Perdona; te había juzgado mal.
Cuando se fue, algún tiempo después, tenía mucho en que pensar, así que no prestó
atención al camino ni a los habitantes de Adane, que atendían sus asuntos cotidianos.
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Consideraba la historia que Cleopatra le había contado una verdad creíble o una
mentira cuanto menos verosímil, y se dijo que sería una pena tener que decidir
enseguida entre esas dos posibilidades. La hija de una princesa, acostumbrada desde
pequeña a las amenazas y educada e instruida para defenderse con las armas, herir
con las palabras, matar con las manos… Sus acompañantes, también capaces; las
persecuciones, la huida apresurada y el deseo de reunirse con un hombre que podía
deshacer la injusticia hecha y evitar futuras injusticias: Poncio Pilatos, prefecto de
Judea.
Hacía años, de camino de Roma a su provincia, Pilatos había pasado algún tiempo
en Alejandría. Allí había una gran comunidad judía, rica en disputas e influencia, que
quizá ya le había preparado un poco para lo que le esperaba entre Cesarea y
Jerusalén. Las manifestaciones de Cleopatra eran un tanto imprecisas, y Demetrio
había considerado impertinente preguntar detalles; al fin y al cabo, estaba claro que el
poderoso había buscado refugio en el lecho de Cleopatra y había cambiado la disputa
por el placer compartido.
Según ella decía, nada hubiera podido sucederle en Alejandría; pero los bienes de
los que se trataba estaban mucho más al sur, en Coptos, y el camino hacia sus amigos
y ayudantes, hacia la influencia y la protección, le estaba prácticamente cortado por
los esbirros de sus perseguidores. Así que desde Coptos sólo le había quedado huir a
través del desierto, hacia Berenice, en busca de un barco; pero el único disponible en
ese momento de angustia no iba hacia el norte, sino hacia el sur, más lejos de
Palestina, de Poncio Pilatos y de la expectativa de ayuda.
Podía ser. Demetrio consideró otras historias que podían ocultarse detrás de la
contada por Cleopatra, pero se dijo que nadie invocaría sin cierta justificación el
nombre de un prefecto romano, al que se podía preguntar.
Los dueños del mundo… Pensaba en la difícil mezcla de respeto y desprecio que
como griego sentía por los romanos, cuando dejó atrás la puerta del cráter y tomó, a
la sombra de las palmeras, el camino hacia la casa de Ravi. Era mediodía. Aquí, entre
la bahía y el borde norte de la ciudad, no se veía a nadie, tan sólo puntos temblorosos
en la lengua de tierra, en medio del calor: puntos que podían ser hombres, camellos o
espíritus de la arena.
Por el rabillo del ojo percibió algún movimiento detrás de los troncos, a la sombra
de las palmeras. Tres hombres se lanzaron sobre él. Mientras sacaba el cuchillo del
cinturón y lamentaba no tener una espada, se preguntó quién podía haber enviado a
los hombres… ¿Kharkhair? ¿Mukhtar?
Se lanzaron sobre él con puñales curvos: tampoco ellos tenían espadas. Rechazó
dos estocadas, se agachó para esquivar la tercera, hurtó el cuerpo, trató de usar un
tronco como protección. Una estocada falló su oreja, un corte dejó un ardiente rastro
de sangre en su antebrazo izquierdo.
Y de pronto oyó los gritos, las voces de los hombres, que no eran ni puntos ni
camellos ni espíritus de la arena, sino romanos. Venían corriendo desde la lengua de
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tierra, y como a través de un velo rojizo vio el sol del mediodía centellear en la hoja
de una espada corta y luego extinguirse, cuando el hombre y el arma entraron en las
sombras.
Los embozados agresores se apartaron de él, parecieron dudar un instante y
huyeron. Dejó caer la mano derecha, que sostenía el cuchillo, contempló la sangre en
su antebrazo y oyó la voz de Rufo:
—Se podría pensar que te has vuelto impopular.
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Capítulo VII
CARTA DE LA HERMANA AL HERMANO
… hables con Orestes de mi desgracia y la suya: con qué ropajes, entre qué
suciedad tengo que guardar luto, bajo qué techo tengo que vivir.
EURÍPIDES
No sé cuándo recibirás este escrito, y ni siquiera cuándo podré dárselo a alguien para
que te lo haga llegar. No hay nadie que pase ni siquiera cerca de tu casa. Y, dada la
siempre despierta desconfianza de las otras, no veo ninguna posibilidad de preguntar
a nadie.
Porque estoy sola; y sin embargo, nunca estoy sola. Siempre hay una de las otras
en las cercanías. No sé si se han puesto de acuerdo; quizá sea por azar, quizá
precisamente ahora una de las otras tenga parecidos pensamientos o escriba una carta
parecida. Y le cuenta a alguien que se siente observada por mí.
Después de todas estas semanas, sigo sin saber cuál es la verdadera finalidad del
viaje. Palestina es, naturalmente, la meta. Pero ¿y el motivo, la intención, lo que se
persigue? Todas las manifestaciones que he oído hasta ahora han sido insatisfactorias
y contradictorias. Quizá no haya ninguna meta hacia la que queramos ir, sino tan sólo
el rechazo que hay a nuestras espaldas. ¿Acaso una meta no puede ser también algo
de lo que una quiere alejarse?
Si fuera posible llamarlo así, yo tendría tres metas justo a mi lado… las otras, de
quienes me gustaría alejarme todo lo posible. Lo antes posible. Pero ¿cómo va a
conseguirlo una mujer sola, sin dinero?
Esperaba encontrar una noticia tuya, hermano mío, aquí, en Arabia Eudaimon, a
la que los nativos llaman Adane. Porque mi carta desde Coptos tiene que haberte
llegado. No puedo contar los días; quizás algunos se perdieron durante la travesía en
barco. Caídos por la borda, en el camino desde Berenice hasta aquí. ¿No deberías
haber sabido hasta ahora algo sobre la historia y la verdad de la princesa?
Puede ser que sea una princesa. Tiene el comportamiento de una princesa, tiene
los conocimientos que corresponden a lo que afirma ser. Pero hay algo extraño en
todo esto. No he tratado sus círculos en Alejandría, y cuando se supone que tuvo
relación con el prefecto de Judea yo estaba en Cirene. Luego en Memphis. Así que
realmente no puedo saber nada.
Lo peor es la desconfianza. Cada día y cada noche, primero en Egipto, luego en el
barco, ahora aquí, en la costa árabe, en una posada. Estar cada día y cada noche con
tres mujeres de las que no sé si son quiénes dicen ser. Ni siquiera sé si no albergan
hacia mí las mismas dudas. Pero me estoy repitiendo.
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La historia de la princesa también se repite. Si acaso con pequeños cambios, que
me divierten y asustan a un tiempo, porque incrementan mi desconfianza. Tenía
veintinueve años cuando salimos de Coptos. Ahora, poco más de dos lunas después,
tiene veintiséis. Tenía una casa y una finca cerca de Coptos; por el camino habló de
un pequeño palacio en Cocodrilópolis y participaciones en negocios en Náucratis.
Poco antes de llegar a Berenice (hicimos ese viaje en parte de noche, corriendo y
huyendo, y además el camino desde Coptos, a través del desierto, es desagradable
durante el día, incluso en otoño, a causa del calor), poco antes de Berenice pues,
mientras descansábamos en un oasis, alzó largamente la vista hacia las estrellas,
como podría hacer un marino; luego suspiró, miró hacia el norte y dijo: «¡Oh, las
dunas de mi juventud, los arenosos caminos de mi patria!».
No quiso decir más, aunque una de las otras le pidió que se explicara. Pregunte al
propietario de una de las tabernas del oasis qué había al norte del camino, y habló de
antiguas canteras y excavaciones.
Además de su edad, ha cambiado también algunos pasajes de su historia. ¿Con la
intención de confundirnos, o por descuido, porque no se acuerda de su anterior
invención? En cualquier caso de forma mentirosa (porque la verdad vivida no se
pierde con tanta rapidez), nos habla de los días de su infancia en Alejandría, luego de
épocas en Numidia, a veces incluso en Mauritania. En Coptos, su padre era un
sobrino en segundo grado de la gran Cleopatra, cuyo nombre lleva. Por el camino
hasta aquí, fue convirtiéndose poco a poco en hijo de Cleopatra, y entretanto ella se
acordaba de días muy tempranos en… Roma.
¿Alejandro Helios, hijo de Cleopatra y Marco Antonio? Su hermana gemela,
Cleopatra Selene, fue destinada por Augusto como esposa del rey Iuba de Mauritania.
Desde su muerte, hace nueve años, su hijo Ptolomeo reina allí. ¿Mi princesa
Cleopatra, nieta de la gran reina y de Marco Antonio? ¿Quién habría sido entonces su
madre? ¿Y por qué no está en la corte de su primo, o al menos en sus cercanías, en
Mauritania?
¿Qué, me pregunto y te pregunto, hermano, podría llevar de vuelta a Egipto a la
prima del rey de Mauritania? ¿Caminos de la infancia en el desierto, al norte de
Berenice? ¿Y qué saben las otras dos?
Si la princesa es realmente quien afirma ser, además de ésta habrá otras
preguntas. Si no lo es… digamos que si la probabilidad disminuye aumentan las
preguntas. ¿Quién es?, ¿qué quiere?, ¿para qué la huida de Coptos a Berenice y,
cruzando el mar, a Arabia Eudaimon? ¿Cuál es su próximo objetivo, cuál el
verdadero? ¿Existió ese amorío con Poncio Pilatos? ¿Le ayudará entonces (o en algún
momento)? Si no existió esa relación, ¿qué busca con él y de él?
Me temo que te aburro con absurdas repeticiones. Es como si hablara contigo,
pero tú no me dieras respuesta alguna.
¿Puedes valorar lo que es estar aquí sola, en el sur de Arabia, como macedonia y
egipcia y súbdita de Tiberio Augusto? Sola entre árabes, sola entre las mujeres.
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Porque ni siquiera puedo escribir una carta sin ser observada y tener que dar motivos,
ya ves que tengo que llenar secretamente de signos este papiro. ¡Si al menos supiera
si has recibido mi escrito anterior! Pasos; tengo que interrumpir la carta.
Por fin vuelvo a tomar el cálamo. Leo lo que he escrito arriba, y me mueven
sentimientos ambiguos. Todo esto suena como el desahogo de una chiquilla que juega
a ser mujer; sensaciones dispersas que se ocultan bajo ideas aparentemente relajadas,
para no tener que confesar su dispersión ante el espejo de esos pensamientos. Sigo
estando sola, hermano, tengo miedo, estoy confusa. Otras tres mujeres a mi alrededor,
que podrían ser ruiseñores, pero también murenas. No sé de qué hemos huido, por
qué estamos aquí, cuál será el siguiente sitio al que vayamos.
Es decir, esto último sí que lo sé. Vamos a unirnos a una caravana que viaja hacia
el norte; se ha hablado de Gaza. Pero desde que tuve que dejar el cálamo han pasado
algunas cosas que quiero contarte brevemente. Brevemente, porque la extensión nada
aclararía.
Aquí en Arabia Eudaimon hay una pequeña guarnición romana. Se supone que
los hombres —un centurión y treinta y seis milites— están bajo el mando del prefecto
de Egipto. Pero se trata de romanos, de la península Itálica. ¿Para qué están aquí, y
por qué verdaderos romanos?
El centurión, un tal Valerio Rufo, es sin duda de buena cuna. Habla un griego
excelente, un poco de egipcio y parece que árabe con bastante fluidez… si es que
puedo confiar en mis impresiones. ¿Un hombre que en el Imperio podría recorrer el
camino de los honores y los cargos como simple centurión, y que ni siquiera está al
mando de una cohorte, sino de estos pocos hombres?
La princesa ha estado cuatro o cinco veces con los romanos. Siempre ha hecho
que una de las otras la acompañe. He tenido un poco la impresión de que la que se
quedaba debía vigilarme. Por lo demás, tampoco he pedido poder ir con los romanos,
así que no sé si la princesa me lo permitiría.
Como ves, puede ser que haya muchas cosas que simplemente me imagine, o me
convenza de ellas. Pero ¿no es extraño que en tales ocasiones sólo invite a ir a una de
las otras?
También es extraño que una princesa de estirpe tolemaica se declare dispuesta a
participar en un mal chiste. Por motivos que desconozco, los romanos van a
abandonar Arabia Eudaimon; por motivos igual de incomprensibles, antes se han
expuesto al peligro de ponerse en ridículo aquí… a sí mismos y a Roma. ¿O es que
Roma es tan poderosa que no puede ser ridícula? Sea como fuere, los romanos han
participado en una carrera; grupos de cuatro hombres llevaban una litera con una
persona dentro, y los romanos llevaban… a la princesa. Para sorpresa general, han
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ganado.
Aparte del centurión Rufo, sólo uno apostó por los romanos: un mercader llamado
Demetrio, que había llegado aquí apenas media jornada antes. Él es el hombre que
está organizando la caravana, y no sólo nosotras viajaremos en ella, sino también los
romanos.
Demetrio estuvo en la posada para hablar con la princesa. Ella se lo pidió. Yo
estuve presente en la conversación, y la encontré extraña (está claro que encuentro
muchas cosas extrañas; pero quizás es que muchas cosas lo son). Me enteré de que
Demetrio había estado hacía poco en el curso alto del Nilo, donde quizás había
conseguido animales, quizás objetos, para romanos acomodados.
Parece un hombre amable, y durante la conversación pareció reprimir varias
preguntas y dudas. Pero quizá tan sólo me lo estoy imaginando. En cualquier caso,
me quedó una impresión ambigua… un mercader de éxito, amable y un poco simple.
Pero si fuera simple no podría tener éxito, ¿no?
Partiremos con él y su caravana, hacia el norte. Espero conseguir antes que
alguien te lleve esta carta. Podría ser que en el puerto pequeño aún esté el armador
que vino con Demetrio. De Berenice, según dicen. Si es así, quizás acepte llevar
consigo este rollo de papiro.
Dicen que una caravana necesita alrededor de ochenta días para llegar al reino de
los nabateos. Esperaré noticias tuyas en Leuke Kome; de ser posible, se las pediré al
comandante de las tropas fronterizas romanas. Quizá consigas escribirme y dar
respuesta a algunas preguntas.
Desde luego, aún sería mejor que encontraras algo de oro y pudieras viajar a
Leuke Kome para encontrarte conmigo allí y recogerme. Porque tu hermana, criada
de la princesa, no tiene medios para huir sola. Y los otros medios que le quedan a una
mujer me repugnan. Al menos hasta ahora. Rufo sería tolerable, pero él y la princesa
se entienden demasiado bien. ¿Demetrio? Habrá que esperar a ver cómo es en
realidad. Sé que no me despreciarás si recorro semejante camino. Si es que me parece
transitable. Y sigo preguntándome qué dioses inmisericordes del azar me llevaron a
Memphis, al servicio de esta princesa, cuando buscaba trabajo y sustento. ¡Si nuestro
padre no lo hubiera arriesgado y perdido todo! Tú no tendrías que vigilar a esclavos
mientras construyen malas casas. Y yo no sería quien soy y no estaría donde estoy
ahora.
Sino quizás en un sitio peor. Esto me digo en estos momentos, con una pequeña
sonrisa. Viajo, corro peligros, estoy rodeada de extrañeza y enigmas… ¡cuánto mejor
es eso que la idea de parir hijos para un esposo no querido, en el recogimiento de su
casa!
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Capítulo VIII
LA CARAVANA PARTE
Según la primogenitura, se heredan tanto la dignidad real como los demás
puestos honoríficos. El patrimonio pertenece a todos los parientes en común,
pero el mayor es el administrador del mismo. Todos tienen una esposa. El
primero que llega copula con ella después de haber puesto su bastón delante de
la puerta (porque es costumbre que cada uno lleve un bastón); pero ella pernocta
con el mayor. Por eso, todos los hijos son de todos. El adúltero es castigado con la
muerte; pero se considera adúltero sólo el que procede de una estirpe distinta.
Dicen que la hija de uno de los reyes, un prodigio de belleza que tenía quince
hermanos, todos los cuales la amaban y la visitaban incesantemente uno tras otro,
se sirvió, agotada, de la siguiente argucia: hizo bastones parecidos a los de sus
hermanos, y en cuanto uno se apartaba de ella ponía uno de los bastones delante
de la puerta y poco después otro, cuidando de que el que acudía a ella no
encontrase uno igual al suyo. En una ocasión en que todos estaban en el
mercado, pero uno llegó a su puerta y vio el bastón, dedujo que uno de ellos
estaba con ella; pero como sabía que todos sus hermanos se habían quedado en el
mercado, sospechó que se trataba de un adúltero, así que corrió a su padre, y
cuando lo llevó hasta allí quedó convicto de haber acusado falsamente a su
hermana.
ESTRABÓN
—Este camello —dijo Ravi— ha sido ensillado por Demetrio el Inoportuno —tiró de
las correas; uno de los bultos de la carga se soltó y cayó a la arena con un ruido
sordo.
Meleagro, que había inspeccionado el reparto y la sujeción de las cargas resopló y
se volvió al culpable, uno de los camelleros.
—Le voy a cortar en rodajas —gruñó.
Demetrio discutía con Rufo, no muy lejos de allí, sobre los legionarios y su
eficacia en el desierto; le miró por encima del hombro y dijo:
—Yo no he sido. Además, no sirvo para las rodajas.
—Incomestible, tanto en trozos como en rodajas —respondió Ravi.
—Todavía nos debéis una explicación para ese sobrenombre —Meleagro ayudó a
Ravi a sujetar otra vez la carga—. ¿En qué medida es inoportuno?
Mikines, con una pértiga sobre el hombro, se acercó.
—¿Le ha apodado así una mujer? —sonrió.
—No sé nada de sus costumbres con las mujeres —dijo Ravi—. Pero, de forma
extraña, siempre ha sabido aparecer en Adane en el momento equivocado. Y aún es
más curioso que el momento equivocado siempre haya resultado oportuno para él. No
sé cómo lo hace.
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Meleagro torció el gesto.
—¿Eso es todo? Y yo que pensaba que iba a ser una historia digna de mención.
En cambio, a Demetrio la historia de los últimos días le parecía más que digna de
mención: la llegada a destiempo, la carrera de literas, los romanos y las egipcias, la
conducta de Kharkhair; y el hecho, que parecía dar la razón a Ravi, de que la
caravana partiera de todos modos. Con romanos, egipcias, una ganancia en una
apuesta llamado Opiter Perperna, mercancías compradas a buen precio. Y otro
inverosímil compañero de viaje junto a su séquito.
En realidad, seguía sin tener claro cómo se le había unido. Después del asalto,
Rufo y sus dos guerreros le habían acompañado a casa de Ravi:
—Nunca se sabe a quién más puedes molestar.
Leonidas, que andaba dando vueltas por la taberna para ver que cerveza,
mezclada con qué vino, podía devolver su percepción del mundo a la de la noche
anterior, había afirmado querer vendarle, pero luego lo había dejado en manos de una
de las chicas de Ravi. Naturalmente, eso no había ocurrido sin algunas necias
preguntas de Leonidas, otras tantas estúpidas respuestas de Demetrio e inteligentes
risitas de la muchacha, y había llevado tiempo…, tiempo que los romanos y el indio
utilizaron para deliberar entre cuchicheos.
Ravi trajo vino a Demetrio, con mucha agua, «para reemplazar la sangre perdida
con la necesaria concentración». Cuando se hubo hablado suficiente del ataque,
incluyendo algunas desordenadas conjeturas en cuanto a quién lo había encargado y
sus motivos, Demetrio les contó sus conversaciones con Kharkhair y Cleopatra.
—Ah, esa mujer es muy sociable —dijo Rufo. Luego se volvió a sus dos
guerreros—: No, nada de vino, de lo contrario caeréis redondos esta tarde, ¿qué iban
a pensar los árabes?
—Lo que piensan siempre… que los romanos están majaretas —dijo Leonidas.
Con su peligrosa bebida mixta, se sentó con los legionarios y repitió en latín, en
honor suyo, lo que acababa de decir en griego—: «Delirant romani».
—¿Se te ocurre algo? —Ravi se frotó la espalda con una áspera viga y miró al
romano.
—Ya que queremos viajar en la caravana —dijo Rufo—, debería ocurrírseme algo
a mí. Porque si Demetrio no viaja, no podremos acompañarle. ¿Con qué podríamos
amenazar a los mercaderes?
Ravi rió entre dientes.
—Diles, sencillamente, que no sólo vas a quedarte aquí, sino que te encargarás de
que se refuerce la guarnición romana.
—No sé…
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—Ni yo tampoco —el indio se frotó la mejilla derecha—. Pero si se te ocurre
algo, añádele que esta taberna está en venta; de lo contrario, duplicarás la amenaza.
—¿Cómo ocurrió —Demetrio habló muy alto en latín, para que los dos guerreros
le oyeran— que esa princesa se dejara cargar por vosotros en una litera?
Uno de los legionarios se echó a reír.
—Le preguntamos porque era muy bella y muy ligera.
—Y nos quedamos muy sorprendidos cuando estuvo de acuerdo —dijo el otro.
Rufo se tiró del lóbulo de la oreja.
—Como tolemaica, en realidad le correspondía, dijo, que sus súbditos la llevaran
en una litera. Desde que nosotros, los malvados romanos, habíamos arrebatado a los
buenos macedonios el país que ellos no habían querido dejar a los egipcios, ya nadie
les llevaba en litera a ella ni a sus iguales. Creo que sencillamente le pareció
adecuado que los romanos la llevaran a hombros. Una compensación por yo qué sé
qué.
—¿Quieres decir que tiene sentido del humor? —Demetrio frunció el ceño—. No
me llamó la atención especialmente por eso.
—Bueno, ¿qué sería la vida sin sorpresas?
Rufo aún cambió unas palabras a media voz con Ravi; luego, hizo una seña a su
gente y desapareció con ellos. Demetrio no sabía adónde iba el romano, y cuando se
enteró de adónde había ido, no supo cómo había podido hacer lo que había hecho.
Porque, a la mañana siguiente, se presentó el administrador de los almacenes de
Kharkhair, o uno de los encargados: Demetrio suponía que el viejo príncipe mercader
necesitaba varios hombres para ocuparse de todo lo que Kharkhair ya no quería o no
podía hacer en persona.
Ravi había puesto una mesita bajo las palmeras, delante de la taberna; Demetrio
estaba sentado allí, tomándose una mezcla de infusión fría y zumo y escuchando a
Prexaspes, que contaba historias fantásticas de las montañas partas. Perperna estaba
en cuclillas, apoyado en una palmera. Cuando el mercader le invitó a hablar de sí
mismo, el anciano negó con la cabeza.
—Más tarde, señor…, si me lo permites. Como ganancia y esclavo tuyo no debo
contradecirte, pero…
Demetrio refunfuñó irritado.
—¿Puedes trabajar, a tu edad, con una sola mano?
Perperna asintió; una sonrisa fugaz rondó su boca… una sonrisa, pensó Demetrio,
como la de un ladrón que ha hecho botín y lo esconde con rapidez para que le tomen
por carente de recursos.
—Puedo, señor. ¿Por qué?
—Como heleno, no tengo en demasiada estima a los romanos. Puede que sean los
amos del mundo, pero son bárbaros, y no sirven como esclavos. Tú eres libre,
ganancia en una apuesta. Si formamos una caravana necesitaremos camelleros y
gente que cuide a los animales; te pagaría por ello. ¿Y si no? —se encogió de
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hombros—. Ya veremos.
Perperna abrió la boca para decir algo, pero en ese momento apareció el
administrador de Kharkhair, un hombre de mediana edad. Venía envuelto en
ondulantes ropajes blancos. En la mano derecha sostenía un bastón, que apoyó en la
mesa; bajo el brazo izquierdo llevaba un grueso rollo de papiro. Le seguían dos
esclavos de piel blanca y dos de piel negra, que llevaban paquetes y cestos de
mimbre.
—¡Noble Demetrio! —el administrador apuntó una reverencia; la cortesía ante un
hombre de negocios importante pudo provocar la apenas perceptible inclinación, pero
el desprecio a un extranjero procedente del odiado Imperio hizo que la espalda
volviera a ponerse recta enseguida—. El benévolo Kharkhair me ha indicado que te
informe acerca de los precios y te traiga muestras de mercancías para que las
examines.
—¿Puedo preguntar…? —dijo Demetrio. Pero luego hizo un gesto de rechazo; el
administrador, cuyo nombre desconocía, no le diría sin duda por qué Kharkhair se
había vuelto veleidoso en su ancianidad, o qué otra cosa podía esconderse detrás de
tan profundo cambio de opinión.
Porque el cambio de opinión era profundo. Cuando Demetrio desenrolló el
papiro, comprobó que los precios, más que desvergonzados el día anterior, eran ahora
más que amigables. Sobrevoló la lista, leyó aquí y allá con algo más de atención,
alzando a veces la vista hacia el administrador, que tenía los brazos cruzados y
miraba hacia el norte, por encima de la bahía.
—Si la calidad de las mercancías alegra mi corazón como este papiro mis ojos,
podremos ponernos de acuerdo tras algún regateo —dijo Demetrio.
Con una sonrisa casi despreciativa, el administrador se volvió a los esclavos y
chasqueó los dedos. Los hombres empezaron a deshacer paquetes y a hacer salir
sacos de los cestos.
Demetrio dio un codazo a Prexaspes.
—Ve a buscar a Mikines y Leonidas. Hacen falta narices y dedos finos.
Y lo examinaron todo… Demetrio, Mikines, Leonidas, Prexaspes; en algún
momento, el griego vio las miradas codiciosas de Perperna y le hizo una seña para
que se acercase a la mesa. Incienso y mirra; pegajosas bolas de resina que encerraban
valiosos perfumes; tarritos de barro, cubiertos con tapones de cera, y dentro los
productos de los mejores expertos en ungüentos del sur de Arabia; otros tarros con
finos aceites, para la cocina o el cuidado del cuerpo; esencias de pescado de las que
una puntita de cuchillo bastaba para volver aún más sabrosas las mejores salsas;
paños y túnicas hechos con suave pelo de camello joven; extrañas figuras, talladas en
hueso de ballena; granos de pimienta, casia, canela, jengibre, cúrcuma, y además
zafiros, rubíes y perlas, todo esto procedente de la India; seda de China…
—Está bien —dijo en algún momento Demetrio, casi agotado.
—¡Cómo, si no! —el administrador, que había pasado todo el tiempo inmóvil en
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pie junto a la mesa y no quería sentarse, se permitió un toque de emoción: en su voz
resonó la indignación mezclada con el desprecio.
Los esclavos, sentados al pie de las palmeras, alzaron la vista como si estuvieran
sorprendidos.
—Si el resto de los productos son tan buenos como estas muestras, podremos
ponernos de acuerdo.
—¿Cuándo quieres examinarlos?
—¿Dónde se encuentran?
—En el almacén principal, allí —el administrador cogió el bastón que había
apoyado en la mesa y señaló con él hacia el norte, más allá de la bahía.
—Entonces iremos allí dentro de dos horas. ¿Puedo preguntarte una cosa más?
—Pregunta.
—¿Tienes hermanos? ¿Tienen también bastones como ése?
El árabe se quedó visiblemente sorprendido; luego apretó los labios hasta formar
una raya y sacudió la cabeza.
—No tengo hermanos —dijo—. Y esas historias que se cuentan entre vosotros
puede que fueran ciertas en el desierto hace quinientos años. Pero no hoy, no en las
ciudades.
Mientras examinaban la mercancía —Perperna se reveló un hombre experto, con una
nariz sensible—, Meleagro empezó a contemplar los camellos y a contratar
camelleros y cuidadores entre los muchos hombres de Adane que buscaban trabajo.
Pasaron cinco días hasta que Demetrio estuvo contento, Meleagro satisfecho y
Perperna conforme. El antiguo esclavo, que conocía a casi todo el mundo en Adane,
señaló a Meleagro ciertos defectos de ciertos hombres y le recomendó alguna otra
gente.
Durante todo ese tiempo los romanos raras veces se dejaban ver, y cuando lo
hacían, la mayor parte de las veces era por las noches, en la taberna de Ravi.
Demetrio no los echaba de menos, porque él mismo estaba ocupado con los
preparativos. Además, suponía que el levantamiento de la pequeña fortaleza, que
había perdurado durante casi veinticinco años, requería algo de trabajo.
Una de las noches —más adelante no sabría recordar si había sido la cuarta o la
quinta—, Ravi le deparó una desagradable sorpresa.
El indio había evitado, casi llamativamente, sentarse a su mesa, aunque no tenía
mucho que hacer. Sin duda los preparativos de la caravana hacían que acudieran a su
posada no sólo aquellos que viajarían como auxiliares, sino también algunos
mercaderes. Normalmente, habían evitado la taberna del extranjero —que era lo que
seguía siendo Ravi, a pesar de las décadas de su presencia—; ahora veían
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posibilidades de hacer algunas ventas, y por un tiempo Demetrio se sintió asediado.
Pero la afluencia no era tan grande como para que las chicas de Ravi no pudieran
hacerse con ella.
Cuando al fin la mayoría de los clientes se hubieron marchado, el indio se dirigió
hacia Demetrio, que sólo entonces advirtió que hasta ese momento, casual o
intencionadamente, Ravi le había evitado. La forma en que se acercó fue extraña; no
con su paso habitual, sino con una especie de deslizamiento de costado… ¿un intento
de llegar a un determinado lugar sin ser visto yendo hacia él?
—¿Qué tal los negocios y los preparativos?
Demetrio vació su copa y se la alargó a Ravi, que la llenó con la jarra.
—Poco a poco las cosas van tomando forma. ¿Y tú? ¿Qué pasa contigo y tu
tabernucho?
Ravi compuso una sonrisa dolorida.
—De eso se trata, y de otra cosa.
—Habla.
—Apenas me atrevo.
Demetrio se echó a reír.
—Tiene que ser terrible, cuando tú no te atreves a hablar. ¿Quieres prepararme
suavemente para decirme que piensas llevar contigo dragones y serpientes aladas?
—Peor.
Demetrio esperó, pero Ravi guardaba silencio, miraba la jarra, su copa, el trasero
de una de las muchachas que pasaba.
—¡Escúpelo de una vez!
—Bueno, no hay más remedio —Ravi suspiró—. Hay dos dificultades. ¿No te ha
hablado Rufo de una de ellas?
—No. O al menos, no sé a qué te refieres.
—Ellos —los romanos—, no logran reunir bastantes camellos.
—¿Cómo es posible? Hay…
—… camellos de sobra, lo sé. Pero no todos sus propietarios quieren venderlos.
Imagínate, algunos quieren quedarse con un camello, o incluso dos —el rostro de
Ravi mostraba con claridad que él mismo no encontraba convincente su intento de
resultar irónico.
—¿Y bien?
—Según parece sólo hay una posibilidad, y no te va a gustar.
—Si sigues dando tantos rodeos, estaré en Gaza antes de que hayas dicho lo que
quieres decir.
Ravi asintió.
—¿Tienes tu puñal a mano?
Demetrio se llevó la mano al cinturón.
—Siempre.
—Déjalo a un lado hasta que termine de hablar.
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—Al contrario —Demetrio sacó el arma y enfiló con la punta a Ravi—. O hablas
de una vez o te cortaré la lengua.
—Hay alguien que quiere comprar mi taberna —sonó profundamente triste, como
si se tratara de la noticia de una defunción.
—Entonces deberías reír, bailar y brincar.
—¿Tú crees? —Ravi parecía hablar para sí mismo—. Sí, quizá debería hacerlo.
Después. Bueno, así que quiere comprar la taberna, no como taberna, sino como
almacén, por los manantiales.
—Es mejor que nada.
—También quiere vender camellos a los romanos.
—Muy bien. ¿Y por qué no gritas de alegría?
—Porque sólo está dispuesto a hacer todo eso si puede viajar con nosotros.
Demetrio entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos ranuras, y miró el rostro de
Ravi. Lentamente, dijo:
—Según estás hablando, sólo puede tratarse de un amigo especialmente querido.
No se me ocurre nadie más que… ¿Mukhtar?
—El mismo.
Demetrio enseñó los dientes.
—Mantenlo apartado de mí. Rodéalo de romanos. Mientras no tenga nada que ver
con él…
Ravi pareció aliviado, pero dijo, en tono de advertencia:
—Eso no será fácil en un viaje tan largo.
—Esfuérzate.
—Lo intentaré. ¿Has pensado en que necesitas un camello guía?
—Sí —Demetrio guiñó un ojo—. Creo que los romanos son especialmente
adecuados para eso.
Poco antes del amanecer, los últimos fardos estaban atados; la caravana partió.
Demetrio y sus cuatro hombres, Perperna entre ellos; Cleopatra y sus tres
acompañantes; Rufo y treinta y seis guerreros, media centuria; Ravi; la persa
sordomuda, que no quiso quedarse atrás; Nubo; dos docenas de camelleros. Y
Mukhtar con seis criados armados.
Ravi había atado una pequeña ánfora metida en un cesto junto a sus demás
paquetes y hatillos. Cuando Demetrio la vio, sospechó en voz alta que sin duda se
trataría de un vino especialmente bueno o quizás una misteriosa mezcla de especias,
pero Ravi movió la cabeza y su mirada se volvió medio sombría, medio confusa.
—Las cenizas de mi esposa —dijo—. No puedo dejarla en Adane; los árabes se
mearían en su tumba.
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Demetrio nunca había conocido a la esposa de Ravi; procedía de uno de los
numerosos pueblos etíopes del otro lado del mar Rojo, y había muerto antes de que él
llegara a Adane por vez primera.
En los primeros días no ocurrió cosa alguna digna de mención. Mukhtar se
mantenía siempre muy alejado de Demetrio, lo cual le parecía bien a éste; Cleopatra,
Thais, Glauca y Arsinoe también se mantenían ensimismadas, lo que Demetrio habría
cambiado gustoso. Pero sabía demasiado bien que al principio todos estaban agotados
de cabalgar por el ardiente desierto invernal, entre rocas que multiplicaban el calor y
la luminosidad del sol; a causa de la poca costumbre de montar los camellos y de la
repetida necesidad de descabalgar y caminar para que las piernas no se entumecieran;
de recoger el estiércol de los camellos para emplearlo como combustible —tenían un
poco de leña, pero había que conservarla para días peores—; a causa, en definitiva, de
todas esas cosas a las que incluso los caravaneros experimentados tenían que volver a
acostumbrarse.
A pesar de todo, los primeros días fueron los más sencillos. Los caminos hacia el
reino de los gebanitas y, más al norte, hacia el antiguo reino de Saba, eran buenos y
no demasiado dificultosos, había suficientes puntos de agua, y no era necesario estar
constantemente alerta contra los salteadores. El rey de los gebanitas en Thomna, el
soberano de la lejana Sabatha y sus gobernadores en las ciudades pequeñas cuidaban
de la seguridad… cara seguridad, porque los aranceles no sólo se pagaban en las
fronteras del reino, sino al entrar en cada una de las provincias. Y en cada nuevo
principado, hasta que finalmente los aduaneros romanos fueron los últimos en exigir
su parte. El incienso de mediana calidad, comprado en los almacenes de Kharkhair a
cuatro óbolos —dos tercios de dracma— la libra, se podría vender en Gaza con un
poco de suerte por dos dracmas y media, es decir, cinco denarios. La carga media de
un camello era de cuatrocientas libras; pero naturalmente las cargas se repartían de
forma variopinta: cada camello llevaba también agua, leña, víveres y otras
mercancías, para que si un camello se extraviaba y se perdía no se llevara consigo
toda la mirra o todas las piedras preciosas.
Cuatrocientas libras de incienso, algo más de 266 dracmas en Adane, entre 900 y
1000 dracmas en Gaza… pero durante el viaje había hombres que pagar y animales
que alimentar, y hasta Gaza había que pagar casi 350 dracmas de tributos por esa
carga de camello de mediana calidad. Demetrio había pagado mucho oro en Adane;
había sido imposible llevar las monedas de plata en la cantidad necesaria.
Esos pensamientos, acerca del dinero, los caminos, los tributos y las posteriores
posibilidades de negocio, le ocuparon durante los primeros días. A esto se añadía que
una caravana, como toda reunión grande, necesita algún tiempo hasta que todos los
detalles han encontrado su sitio y una cierta armonía en torno a un fin. Demetrio daba
gracias por ese regalo del destino, esa media centuria de disciplinados romanos. Rufo
los había repartido en pequeños grupos, de tal modo que formaban una especie de
armazón para la caravana, mantenían el orden exterior y resolvían pequeñas
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dificultades antes de que él tuviera que ocuparse de ellas.
Los otros pensamientos los dejó para más adelante; podía vivir bien con las cosas
tal como estaban, y no estaba loco por plantear determinadas preguntas. Al menos no
enseguida. Más tarde, hacia el final del viaje, si hasta entonces todo había ido bien,
aclararía esto y aquello. Cuáles eran las verdaderas intenciones de Cleopatra…
porque sólo en parte creía su historia. Qué había hecho Valerio para que Kharkhair
cambiara de opinión. Qué había llevado a Mukhtar a viajar con los despreciados
hombres del odiado Imperio tan hacia el norte… precisamente hacia aquel Imperio.
Al tercer día, las piernas de Demetrio volvieron a empezar a comportarse como
las de un viejo jinete camellero; por la noche, junto al fuego de estiércol, se sintió lo
bastante animado como para preguntar a Perperna por los detalles de su larga vida en
la esclavitud.
Esta vez, el anciano no se negó a dar información. Tenía el costado apoyado en la
silla de un camello. Dejaba escapar un puñado de arena de la mano izquierda, que
volvía a llenar una y otra vez.
—Un grano por cada día perdido de una vida perdida —dijo. Pero sonrió.
—Háblame de tus pérdidas —dijo Demetrio—. Pero no te olvides de las
ganancias.
—¿Por dónde empiezo? —Perperna miró a su alrededor. Mikines y Prexaspes
acababan de sentarse junto al fuego; Leonidas y Meleagro estaban haciendo su ronda
por el campamento. Una de las mujeres (Demetrio no estaba seguro, en la penumbra,
pero creía que era Glauca) estaba apoyada en una roca y parecía escuchar.
De uno de los otros fuegos se acercó una figura: por la actitud y el paso,
indudablemente un soldado romano. Se dirigió a Demetrio:
—Señor, ¿necesitas a Rufo?
—No lo necesito, pero dile que Perperna va a contar una historia de viajes
romanos por Arabia.
—Se lo diré —el legionario se llevó la mano al pecho y desapareció entre las
danzarinas sombras.
El valle era estrecho y alargado; había un pozo de aguas levemente salobres. Los
fuegos, muy separados entre sí, no bastaban para ocultar el brillo de las estrellas, por
encima de las paredes de roca.
—Puede que alguien más quiera escuchar —dijo Prexaspes.
—¿Quién, por ejemplo? —Perperna alzó la vista hacia el persa.
—Leonidas y Meleagro, tal vez las nobles señoras de Egipto —Prexaspes se echó
a reír—. Es posible que incluso Mukhtar.
—Ya que lo propones —dijo Demetrio—, te permito ir y decírselo a las otras
hogueras.
Prexaspes alzó los brazos en gesto de burlona desesperación y se incorporó.
La mujer a la que Demetrio había tomado por Glauca desapareció en la oscuridad.
Ravi se levantó.
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—Ya conozco esas historias —dijo—. No necesito oírlas por trigésimo cuarta
vez.
—Trigésimo tercera —dijo Perperna—. Exageras.
—¿Por qué no lo has dicho antes? —Mikines señaló el oscuro valle—. Si de
todas maneras vas a irte, podrías haber ahorrado el camino a Prexaspes.
—¿Quién quiere hacer tal cosa? —Ravi sacudió la cabeza y se fue; no era posible
ver si sonreía.
Pasó algún tiempo hasta que terminaron de acudir nuevos curiosos a sentarse
junto al fuego. Demetrio no veía todos los rostros, pero calculaba que habían venido
al menos diez romanos (contando a Rufo), dos de las egipcias, Leonidas, Nubo y
algunos camelleros, que debían saber suficiente latín.
Perperna pareció disfrutar de la concurrencia:
—Todo esto por mi insignificante persona —dijo.
—¡Más alto, insignificante persona! —gritó alguien.
El anciano se levantó de la silla de camello con un gemido y se sentó en un
bloque de piedra que tenía algo menos de la altura de un hombre.
—¿Mejor así? Bien. Bueno, ¿por dónde empiezo? La vida de un niño en Roma no
es interesante para nadie, ni siquiera cuando se trata de un hijo de un caballero.
Alguien carraspeó:
—Una cuna elevada no hace menos valioso a nadie —era la voz de Rufo.
—Es cierto; pero le impide hacer cosas útiles. Al final, se convierte en legado, o
incluso prefecto. Como Elio Galo, uno de los hombres más inútiles que Roma haya
producido jamás.
Otra vez la voz de Rufo, ahora sin rastro alguno de ironía.
—Guarda tu lengua. Piensa a quién ofendes.
—A un necio —Perperna emitió una risa hueca—. Como tendréis ocasión de oír.
Hace más de cincuenta años que fui enviado a Egipto con una cohorte de instrucción.
Y apenas llegué, ya había vuelto a irme.
—Es señal de cierta agilidad —dijo Leonidas—. ¿Dónde estabas cuando te
fuiste?
—Casi aquí, ya. En aquella campaña que Elio Galo emprendió contra los árabes
queríamos explorar muchas peculiaridades del país, o mejor dicho, de los muchos
países árabes. Y he conocido más peculiaridades de las que quise conocer nunca y de
las que jamás pudo soñar Elio Galo.
—¿Por qué tuvo lugar la campaña? —dijo una voz que Demetrio no conocía.
Quizás era de uno de los camelleros.
—El césar, Augusto, envió a Elio Galo, que debía explorar tanto los pueblos y
regiones árabes como también los etíopes. Sabíamos… es decir, yo entonces no lo
sabía; como la mayoría de los hombres que se limitan a apilar y luego a retirar la
mierda para otros, no tenía ni idea de nada.
—De lo contrario hablarías de otra forma —Rufo pareció querer decir algo más,
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pero se limitó a rezongar, y guardó silencio.
—Puede ser; no soy un hombre refinado, como tú y ese imbécil de Galo. Sigamos
con Augusto. Sabía que la costa africana, al sur y al sureste de Egipto, la costa de los
trogloditas, se extiende muy hacia el sur, y que el mar que separa a los árabes de los
trogloditas es muy estrecho allá abajo.
—No sólo Augusto lo sabía —terció una de las tolemaicas—. Nosotros, los
macedonios de Egipto, habíamos comerciado ya largo tiempo con esas regiones —
parecía haberse metido algo en la boca y como si lo masticara mientras hablaba;
Demetrio no pudo adivinar cuál de las mujeres era.
—Los egipcios comerciaban mucho antes que vosotros —dijo Perperna—. Pero
dejemos eso a un lado. Augusto, el noble princeps y señor del mundo, tenía la
intención o bien de hacer de esos pueblos amigos y aliados, o, de no ser posible,
someterlos. Naturalmente, carecía de toda importancia que siempre hubieran gozado
de la fama de tener grandes riquezas.
Rufo se quejó.
—Por favor, no trates de ser irónico. ¿No puedes limitarte a hablar sin más?
Perperna agitó los brazos.
—Si se me interrumpe continuamente sólo puedo hablar en zig-zag.
Esperó, pero Rufo no respondió nada. Aquí y allá se oían cuchicheos y
murmullos. Perperna carraspeó.
—Muy bien, sigamos. Riquezas, decía. Y ello se debía a que habían cambiado sus
especias y piedras preciosas por plata y oro, y no habían gastado ni una de esas
monedas. Y, aparte de sus propios mercaderes y marinos, nadie tenía permiso para
transportar sus mercancías. Así que Augusto, supongo, quería o bien ganar ricos
amigos o vencer a ricos enemigos. Pero hacer amistad con alguien que indica bien a
las claras que no quiere ser amigo de uno, eso…
—… es un arte romano —dijo Demetrio—. También lo llaman «pacificar».
—Crean un desierto lleno de esqueletos donde antes vivían personas en un país
floreciente y lo llaman paz.
—¿Quién ha dicho eso? —Rufo se había incorporado a medias y movía la cabeza
con gestos enérgicos; probablemente, pensó Demetrio, buscaba a la responsable de
tales palabras, porque la encantadora frase había sido pronunciada por una mujer.
Nadie respondió.
—Lástima —la voz de Rufo sonó a lamento—. Una buena frase; me gustaría
citarla cuando regrese a Roma. Para decir: nos han calado.
—Ja —resopló Perperna.
—Sigue, por favor —dijeron varias voces.
—Sigo. Augusto, según dicen, tenía muchas esperanzas puestas en los nabateos,
sus amigos, que habían prometido apoyarle en todo. Así que mandó que desde Egipto
Elio Galo emprendiese algo, un poco demasiado bien armado para hacer una visita
amistosa, pero demasiado mal dirigido para emprender una guerra.
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—Si no estás seguro de que el vecino te abrirá la puerta, llévate un ariete —dijo
Mikines; tosió.
—Silaio…, ya que hablamos en latín, digamos Sileus; Sileus, pues, representante
del rey de los nabateos en los territorios que estaban propiamente en Arabia, había
prometido guiar a los romanos. Guiarlos, procurarles víveres y agua, mostrarles los
caminos correctos a través del desierto. Así que Galo emprendió la campaña. Pero
Sileo nos engañó. Nos tomó el pelo.
—Pero os mostró los caminos prometidos, ¿no? —dijo un hombre—. De lo
contrario, no habrías llegado a Adane.
—¿Quién quería ir a Adane?
—Oh, unos cuantos romanos quisieron incluso ir remando… un poquito después.
—Sigamos con Sileo. Ese negro cerdo nabateo… aunque se llevó su merecido.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Demetrio—. Estuviste todo el tiempo en Arabia.
—Oh, de algunas cosas se corre la voz. Además, no olvides a mis queridos
compatriotas, que sin duda no querían comprar mi libertad, pero que contaban
historias.
—Porque las tuyas nos aburrían —dijo uno de los legionarios—. Legítima
defensa.
—Bah. Ese nabateo, Sileo, probó muchas formas sutiles de traición; no nos
mostró ni una ruta segura a lo largo de la costa ni un camino terrestre seguro, sino
que nos guió por senderos intransitables cruzando el desierto en todas direcciones, a
través de agujeros en la arena y cañones de roca, por costas peladas, desnudas,
rocosas y sin puertos, llenas de arrecifes y bajos fondos.
—¿Trepasteis a pie a los arrecifes? Tiene que haber sido bonito de ver…
Perperna refunfuñó.
—No, pero… El primer error lo cometió Elio Galo. O digamos el segundo. El
primero fue confiar en Sileo.
—El segundo —dijo Glauca (¿o Thais?)—. El primero fue no emplear nuestros
viejos mapas y cartas de navegación.
—Sea como fuere: no sé nada de eso. El tercer error, pues, que cometió Galo fue
mandar construir grandes barcos. Barcos de guerra; pero ni había intención de librar
una guerra naval, ni podía ocurrir semejante cosa. ¿Está Mukhtar aquí?
Alguien muy atrás, muy lejos del círculo del fuego, dijo:
—Por suerte, no. ¿Por qué?
Iba a decir que en el lado contrario no había barcos de guerra, y además los
árabes, incluso Mukhtar, ni siquiera eran buenos guerreros en tierra, sino más bien
tenderos y mercaderes; no sabían de nada, y menos aún del mar.
—Debía haber más pueblos pacíficos por estas tierras.
—¿Pacíficos? La forma en que tratan a los prisioneros romanos…
—… que habían llegado hasta ellos con intenciones especialmente pacíficas —
Demetrio chasqueó la lengua—. Pero sigue hablando.
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—Barcos, decía. Elio Galo hizo construir en Cleopatris, junto al viejo canal del
Nilo, no menos de ochenta birremes, trirremes y barcazas. Llevó algún tiempo. Sin
duda unos cuantos intentaron disuadirle, pero los distinguidos romanos son…
Sencillamente, los amos del mundo lo saben todo. En algún momento, comprendió
que estaba equivocado, y entonces hizo construir ciento treinta cargueros. Con ellos
fuimos…
—¿Quiénes sois «nosotros» y cuántos erais? —dijo Leonidas.
—Diez mil soldados de infantería, romanos, egipcios y aliados, quinientos judíos
enviados por el rey Herodes y mil nabateos mandados por Sileo. Con esos barcos
cruzamos el mar, y nunca tan pocos romanos han vomitado tanto. Hacía un tiempo
tempestuoso, los timoneles nabateos nos llevaron (eso lo comprendimos después) en
mitad del mar Rojo hacia el sur y luego otra vez hacia el norte, en vez de limitarse a
atravesar el mar. Después de toda esa confusión, padecimientos y tribulaciones, al
decimoquinto día llegamos a Leuke, un gran centro mercantil en el país de los
nabateos.
—Que todos conocemos —dijo Demetrio—. Pero… ¿quince días en el mar?
¿Para ir de Egipto a Leuke? Resulta bastante extravagante.
—Y además —la voz de Perperna sonaba extrañamente tranquila cuando siguió
hablando— incluso perdimos barcos, algunos con toda su tripulación. Pero sólo
debido a las tempestades y los bajos fondos, ni uno a manos del enemigo.
—¿Y quién tuvo la culpa? —dijo Rufo—. ¡Sileo! ¡La falsedad de Sileo!
—La estupidez de Galo, que confió en Sileo. Que fue lo bastante necio como para
creer que el camino por tierra hasta Leuke era intransitable para un ejército, cuando
los mercaderes viajan con camellos, formando verdaderos ejércitos, con seguridad y
comodidad desde Leuke hasta Petra.
—O, como todos esperamos, desde Adane hasta Leuke y más allá —dijo un
hombre al borde del círculo—. Pero quizá deberíamos dejar de interrumpirte todo el
tiempo con observaciones, necias o inteligentes.
—Y quizá —dijo alguien— eres tú quien debería empezar a dejar de interrumpir.
De hecho, el anciano pudo hablar largo tiempo sin ser molestado. De vez en
cuando alguien carraspeaba, a veces había ocasiones para la risa o el bostezo; a veces,
alguien se levantaba y se iba, porque algo le impulsaba a hacerlo o porque el
cansancio del día reducía el encanto del relato. Mientras observaba de reojo a la gente
que se iba, a la nueva que venía o a la que regresaba, Demetrio escuchó el relato que
Perperna iba subrayando con grandes gesticulaciones. Su bloque de piedra estaba
cerca del fuego, así que había que cerrar los ojos si se quería evitar la visión de ese
derroche gestual.
Todos los «manejos» de Sileo, dijo Perperna, se produjeron como se produjeron
porque el rey de los nabateos, Obodas, no se preocupaba mucho de los asuntos
públicos, y especialmente de la guerra («un defecto general de todos los reyes de los
árabes»), sino que lo dejaba todo en manos de su representante. Éste en cambio lo
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había hecho todo con astucia, perfidia, alevosía, ocultación y engaño (al llegar a este
punto, alguien se quejó murmurando algo acerca de las absurdas repeticiones de
palabras que hacían insoportable y menos claro el relato).
Perperna suponía que Sileo tenía la intención de explorar el país y conquistar
algunas ciudades y pueblos de los árabes con ayuda de los romanos, para después, en
cuanto los guerreros quedaran aniquilados por el hambre, la sed, las desdichas, demás
tribulaciones y apuros, las enfermedades, plagas y otras desgracias causadas por su
astucia, hacerse dueño de todo.
—Así que Galo desembarcó en Leuke cuando su ejército ya estaba atacado de
parálisis en las encías y en los muslos, dos enfermedades locales.
—¿Parálisis en las encías? —dijo Leonidas—. ¿Provoca años después diarrea
verbal?
En algunos en las bocas y en otros en los muslos, se había manifestado cierta
parálisis a consecuencia del agua y las hierbas. Por eso, Elio Galo se había visto
obligado a pasar allí el verano y el invierno, para que los enfermos pudieran
recobrarse.
—Entre nosotros, los romanos —dijo Perperna—, sólo aquellos que están lo
bastante sanos para vivir pueden morir en combate. Los otros tienen que seguir vivos,
porque no podrían hacerse un sitio en el inframundo.
Demetrio esperaba una observación de Rufo, pero éste guardó silencio.
Desde Leuke, prosiguió Perperna, las mercancías eran llevadas a Petra, y de allí a
Gaza o a ciudades de Fenicia. A veces, «cuando Elio Galo y sus timoneles nabateos
no estaban en ello», se embarcaban también para cruzar el mar, rumbo a Egipto. Lo
mismo que ocurría con las mercancías de Arabia y de la India: hacia Myos Hormos,
luego por tierra en camellos a Coptos, por un canal del Nilo hacia Tebas, y de allí
Nilo abajo hacia Alejandría.
—Gracias por las enseñanzas que ofreces a alguien que ha hecho siete u ocho
veces esa ruta —la observación llegó, enriquecida con un resoplido, de Mikines.
—No todos disfrutan de tal privilegio —dijo Perperna—. Si es que hay alguno
aquí. No sabes cuánta gente acuña en necedad el metal de sus experiencias.
—¡Sigue, oh dioses!
—Desde Leuke, Galo recorrió con el ejército, fielmente guiado por infieles guías,
regiones tan prósperas que incluso había que llevar agua en los camellos. De ahí que
sólo al cabo de muchos días llegásemos a las tierras de Aretas, un pariente del rey
Obodas. Sin duda Aretas acogió cordialmente a Galo y le hizo regalos, pero Sileo
consiguió mediante ingeniosas estratagemas hacer que también ese país resultara casi
intransitable. Él y su gente hallaron rodeos donde antes había caminos, y mientras los
caminos atravesaban tierras fértiles, en las que se podía encontrar aceite, fruta y
cereales, gracias a estos rodeos los hombres disfrutaron de territorios en los que sólo
había espelta, unos pocos dátiles y escasa manteca en vez de abundante aceite, y para
eso hicieron falta treinta días.
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—¿Por qué no avanzabais más deprisa? —soltó un gracioso.
—¿Para qué?
—Habríais salido más rápido de allí.
—Cuando se va deprisa bajo el sol ardiente, se muere antes.
El siguiente país al que llegó el ejército estaba habitado por pastores nómadas, es
decir, estaba desierto en su mayor parte; se llamaba Ararene, y su rey Sabôs. Habría
que preguntar a los filósofos qué sentido tiene ser rey de pastores en medio del
desierto antes de opinar, dijo Perperna.
—También ese país lo recorrimos dando rodeos, despilfarrando cincuenta días,
hasta que llegamos a la ciudad de Negrana y a un país pacífico y fértil. El rey huyó, y
la ciudad fue tomada al primer asalto.
—¡Romanos! —dijo alguien—. ¡Un país pacífico y fértil! ¡Conquistas! ¡Bah!
—Desde allí, en seis días llegamos a un río que fluía con tan poca agua que su
nombre, si no en la arena, ha debido filtrarse en mi memoria. Como allí los
bárbaros…
—¿Quién? Ah, nosotros. Sólo nosotros.
—… aceptaron un combate, cayeron diez mil de ellos, pero sólo dos hombres de
los nuestros; porque esa gente nada guerrera se servía con mucha torpeza de las
armas, y no tenían más que arcos podridos, torcidas lanzas, espadas melladas y
hondas gotosas. La mayoría llevaban hachas de dos filos con las que sin duda no se
podía cortar una espiga ni hacia la derecha ni hacia la izquierda, pero sí se le podía
hacer cosquillas.
Inmediatamente después, el ejército también conquistó la ciudad de Aska,
abandonada por su rey. Desde allí siguieron hasta la ciudad de Athrula, y después de
que Galo la tomara sin encontrar resistencia, dejara en ella una guarnición y se
procurase reservas de dátiles y cereales, los romanos llegaron a la ciudad de Mariaba.
—Pertenece al pueblo de los ramanitas, a los que entonces gobernaba el rey
Ilasarus. Probablemente sea la capital del antiguo reino de Saba. Durante seis días, la
cercamos y la asediamos, pero luego empezamos a sufrir falta de agua, y tuvimos que
levantar el cerco.
—¿Falta de agua? —dijo Demetrio, que en realidad se había propuesto no
interrumpir más a Perperna—. ¿Falta de agua en Mariaba? ¿Donde se construyó una
de las mayores maravillas del mundo, un gigantesco depósito de agua con anchos
canales de regadío?
Perperna hizo un movimiento con el brazo como si quisiera apartar algo; quizás
un trozo de pescado podrido.
—Hoy lo sé —gruñó—, pero entonces no lo sabía, y si lo hubiera sabido, aun así
no habría servido de nada. Elio el Necio seguía confiando en esos cerdos de guías
nabateos. Probablemente ellos lo sabían, pero nos llevaron intencionadamente al
error. Quizás… quizás había otro motivo para eso.
Demetrio esperó, pero Perperna no continuó hablando.
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Alguien a su izquierda se compadeció de él:
—Dinos qué otro motivo puede haber habido. Según tu valiosa opinión,
madurada durante largos años.
—Según ésta —Perperna tosió—, también podría ser que Sileo no quisiera en
realidad nada indecente. Quizá los nabateos se dijeron: ahora los romanos están aquí,
los árabes ya estaban aquí antes, y quizá los romanos se vuelvan a ir, pero tendremos
que seguir entendiéndonos mucho tiempo con los árabes.
—Quizá se equivocaba —dijo uno de los romanos.
—Hasta ahora, al menos. Pero volvamos a Elio. Estaba a dos días de viaje del
país de las especias, según pudo saber más adelante por boca de los prisioneros. Pero
entonces no lo sabía… ninguno de nosotros lo sabía. Siempre de aquí para allá; de un
valle rocoso al siguiente desierto de piedras.
En esos trayectos pasaron, deslealmente guiados, un período de seis meses. Galo
sólo se dio cuenta a la vuelta, cuando intuyó, demasiado tarde, la conspiración, y
tomó otro camino para el viaje de regreso.
—Sin mí —Perperna lanzó un largo y ruidoso suspiro—. Fui herido en un
pequeño combate y caí prisionero. El resto de la historia lo oí y recompuse pieza a
pieza en todos estos años.
Al noveno día, el ejército había vuelto a Negrana, donde había tenido lugar
aquella batalla sin contrincante, y desde allí, al undécimo, habían ido a parar a las
Siete Fuentes. Luego habían seguido, atravesando territorio pacífico con suficientes
pastos, huertos y oasis, hasta la ciudad de Egra, que ya pertenecía al país de Obodas y
que estaba próxima al mar.
—Para todo el camino de vuelta necesitaron sesenta días, mientras habían
empleado seis meses en el de ida. Desde allí, el ejército pasó en once días a Myos
Hormos, luego a través del desierto hacia Coptos, y Galo descendió el Nilo hasta
Alejandría con los que habían podido salvar la vida. Muchos habían muerto, no a
manos de enemigos, sino de las enfermedades, tribulaciones, hambre y malos
caminos; en la guerra sólo habían muerto siete.
—¿Tan pocos?
—Según dicen —dijo Perperna—. Me han contado que alguien lo escribió. Sé
que cayeron seis. El séptimo soy yo.
—¿Qué pasó con ese traidor? —dijo un camellero—. Sileo, o como se llamara.
—Llevó a diez mil romanos al desierto —dijo Perperna con audible orgullo—. Y
creyó que se perderían en él. Pero no es tan fácil perder a diez mil guerreros romanos.
Si se nos dice: carga tu propio peso en agua y víveres y camina con eso cuarenta
millas diarias, lo hacemos. Algunos mueren; simplemente es así. De todos modos, la
mayoría de la gente muere en su cama: ¿es ése un motivo para no dormir?
—¡Sileo! —dijo alguien.
—Ah, sí, él quería matarnos. Lo llevaron a Roma y lo decapitaron. Demasiado
rápido, creo yo. Habrían debido despedazarlo poco a poco.
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En algún sitio mucho más lejos, valle arriba, se oyeron voces. Perperna no les
prestó atención.
—Esto en lo que concierne a mis experiencias —dijo.
Un camellero le interrumpió:
—Hay algo allá.
Escuchó, igual que los otros, pero sólo se oía el ruido de las voces en confusión,
no lo que decían.
Entonces alguien vino corriendo, tropezando y jadeando. Cuando alcanzó el
círculo delimitado por el fuego, vieron que era Ravi.
—Ven, señor de la caravana —respiraba rápida y entrecortadamente, y tenía el
rostro desfigurado.
Demetrio se incorporó. Lentamente. Era como si un peso le oprimiera los
hombros. Una libra por cada estrella en el cielo lejano, intangible, intocado.
—¿Qué pasa? —dijo.
—He tropezado en la oscuridad con algo, en la parte alta del valle. Ven. Coge una
antorcha.
Leonidas sacó una rama del fuego y se adelantó.
Junto a un saliente de roca que los cubría a medias, hallaron los cadáveres de
Prexaspes y de la persa sordomuda. A él le habían cortado el cuello; estaba claro que
la chica había sido estrangulada.
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Capítulo IX
LOS ACTOS Y LOS SUEÑOS DE ÁFER
Si alguien piensa que eso requiere mucho gasto, esfuerzo y trabajo, tiene toda la
razón; pero que piense en las consecuencias que amenazan a la ciudad si no
quiere hacerlo, y se dará cuenta de que tiene sus ventajas cumplir
voluntariamente con nuestro deber.
DEMÓSTENES
Para la vuelta, Áfer eligió otro camino, mucho más al sur. Al principio, el desierto era
igual de pedregoso en esa parte, pero formaba parte de la Decápolis, el reino de las
diez ciudades. Pompeyo así lo había dispuesto, hacía más de ochenta años, para
liberar a los habitantes de la región, mayoritariamente no judíos, de los soberanos y
sacerdotes judíos. Y para unirlos más estrechamente a Roma.
Al principio cabalgó por desiertos y valles —más bien surcos— de arena, llenos
de guijarros: ríos en otros tiempos, o hacía una eternidad. Mientras tanto, siguiendo
su instinto y su memoria de unos mapas, se mantenía pegado a la frontera que habían
establecido lejanos políticos y geógrafos alejados y sedentarios. Era una línea que
sólo existía en el papiro y en el pensamiento, a la que nada correspondía en la
Naturaleza. Pero separaba los territorios helenizados del reino de Filipo, al norte.
Había una línea similar al sur, limítrofe con el reino de los nabateos, a los que nada
importaban las fronteras.
En eso —y en otras cosas relacionadas— iba pensando Áfer mientras el caballo le
llevaba. Los soberanos judíos vigilaban celosamente que ninguno de ellos se hiciera
demasiado grande; se vigilaban unos a otros, de manera que Roma no tenía que
intervenir directamente. Los nabateos tenían continuas fricciones con los árabes, y
estaban tan unidos a Roma que tenían que soportar una guarnición romana y
aduaneros romanos en su puerto más importante, Leuke Kome. A cambio, el Imperio
miraba para otro lado cuando los pueblos del sur de Decápolis se convertían de
pronto en nabateos. Mejor eso que dejarlos caer en manos de aquellos que no
pertenecían al Imperio: los árabes, que eran magníficos mercaderes, grandiosos
caravaneros e igual de espléndidos ladrones.
De todos los que vivían entre Siria y Egipto, al borde del Imperio, Áfer prefería a
los hombres de las diez ciudades. Que eran los más débiles. Incapaces de afirmarse
frente a los nabateos. Diez ciudades e innumerables pueblos… Decápolis no tenía
ningún rey que enviase a la guerra a sus súbditos, y ningún príncipe sacerdote que
acicateara a sus creyentes a matar a quienes creían en otro dios igual de invisible.
Había asambleas ciudadanas que se daban leyes a sí mismas, que asumían y
transformaban el Derecho ateniense o romano. Diez ciudades, cada una de ellas patria
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de más de treinta mil personas, y en ellas había alguaciles y jueces y hombres que
combatían los incendios; y, como en todas partes, se jugaba con fuego, se disputaba y
se mataba; allá donde dos hablaban había tres opiniones.
Pero no mantenían guerreros y no asaltaban a sus vecinos, estaban indefensos
hacia el exterior, y por eso iban a sucumbir. Hasta entonces, en esas ciudades podía
amontonarse todo aquel que en otros lugares se consideraba una carga para el suelo.
En ningún sitio había visto Áfer tantos espías, tantos presos fugitivos, tantos
criminales buscados, y en ningún otro sitio de la Ecumene podían ocurrir tantas
cosas.
Era agradable sestear a lomos del caballo y pensar, cuando los pensamientos
podían ocuparse en tales cosas: ausencia de poder, presencia de desorden. En la
Decápolis, los espías romanos y partos podían intercambiar sus conocimientos, los
tratantes de caballos árabes y egipcios podían comparar sus pliegues, y si había un
lugar, pensaba Áfer, en el que Héctor y Aquiles pudieran detenerse en armonía en un
descanso en la lucha, era en un figón de Gadara, una taberna de Hippos o un lupanar
de Gerasa.
El otro lado del Jordán. Quizás era así visto desde el otro lado, cuando los judíos,
en su larga peregrinación desde Egipto hasta aquí, oyeron en boca de su guía que «al
otro lado del Jordán» estaba la Tierra Prometida. Más adelante, le habían contado a
Áfer, eso se convirtió en la tierra prometida del Paraíso, del más allá, y todo aquel
que cruzaba el Jordán regresaba al seno del Señor.
«Ha cruzado el Jordán», decía la gente en Judea de alguien que había cambiado la
honestidad sometida y sumisa por la libertad del fuera de la Ley. Al otro lado del
Jordán, a Decápolis; no tenía importancia que una parte del país estuviera al oeste del
Jordán, y tampoco que en las ciudades el consejo y los jueces aplicaran igualmente
las leyes con severidad, en la mayoría de los casos. Quien allí iba estaba muerto para
la comunidad, y ya no existía para aquellos para quienes era impensable la vida fuera
de la comunidad.
La noche del primer día, Áfer salió del desierto arenoso y pedregoso para entrar
en el desierto de matorrales enanos y arbustos. No muy al sur de allí empezaba la
tierra cultivada, estaban los sembrados y pastos y los pueblos de Decápolis; sin
embargo, Áfer prefería seguir solo y no pasar la noche en una posada o en un
cobertizo de campesinos. Después de haber dado de comer y beber a los caballos,
volvió a atarles por las patas delanteras y se tumbó al borde de un matorral. Comió un
poco de pan y carne seca, bebió agua y se puso a contar las estrellas. Su número era
mayor que el de todas las formas de Estado que se le pasaban por la cabeza. Las
estrellas eran lejanas y sublimes y probablemente gélidas, y si había dioses, esas
lejanas luces habían sido creadas por ellos. En cambio los Estados de los hombres, la
hundida República de Roma, el Principado, la vieja democracia ateniense, el
despotismo de los príncipes orientales, el horror —así le parecía a él al menos— de la
estrecha vida bajo los eruditos judíos u otros teócratas, ese bullir de formas posibles e
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indecibles de convivencia, entre el calor y la mutua repugnancia…
No había escapatoria para él, sólo la esperanza de ser trasladado una vez
cumplido su deber. Trasladado para servir en un estrato superior de la misma
muchedumbre acalorada, bullente, criminal. Empujar y ser empujado. Servicio para
Roma y para Herodes Antipas, luego, quizá, servicio en Roma; pero ¿de verdad
Roma sería mejor que el desierto, que Decápolis, el reino judío o, por qué no, la
provincia romana de Judea?
Durmió intranquilo, sin poder mencionar un motivo aprehensible para ello. No
hubo ruidos perturbadores, no hubo gritos de animales, no yacía sobre afiladas
piedras; aun así, se despertó una y otra vez, mirando a la espesura del país fronterizo,
iluminada por la luna, y a la densa tiniebla de sus pensamientos.
El sueño era como un paño, una manta con muchos remiendos y agujeros; cuando
salía de debajo de esos remiendos y miraba el próximo agujero, veía masas fugaces,
difuminados jirones de sueño. Uno de esos jirones tenía el rostro de una mujer, y Áfer
aún pudo reconocerla antes de que el jirón se disolviera. La mujer de Magdala.
Hacía alrededor de año y medio que había cabalgado por última vez por ese desierto
lleno de matorrales y por las colinas al este del lago. «Tiberíades», lo llamaron
Herodes Antipas y otros amigos romanos en honor del César, «Gennesar» se llamaba
entre los demás.
Había pasado la noche en una taberna a las afueras de Hippos. Apenas había
gente, ninguna caravana, sólo mercaderes aislados con sus ayudantes. El posadero, al
que conocía de antiguo, no se había dejado ver; un esclavo, dos rameras y otra mujer
se cuidaban de los huéspedes. Es decir, primero la mujer se había ocupado de la
cocina, una cena sencilla pero sabrosa a base de mijo, puerro, lentejas y trocitos de
carne asada. Áfer comió, bebió cerveza agria y diluida, cambió algunas frases con los
esclavos —el tiempo, la estación, la última caravana— y rechazó con amabilidad las
igualmente amables ofertas de una de las rameras.
Estaba cansado, pero todavía no lo bastante cansado como para dormir. «Tal vez»,
pensó, «debería anotar las cosas que he visto, para no olvidar nada en los informes.
Hacer algo aburrido para poder dormirme pronto».
El esclavo le trajo una gran lámpara de aceite; la luz de las antorchas en las
paredes era demasiado mate como para escribir con ella. Con un punzón de hierro,
trazó en su tablilla de cera signos ilegibles para cualquier otro. Alzó la vista cuando
uno de los otros clientes, un mercader de Gerasa, silbó ruidosamente y dijo en griego
algo acerca de los ardientes muslos de la noche.
Estaba destinado a la mujer, que acababa de salir de la cocina. Ella sonrió —un
poco despreciativamente, le pareció a Áfer—, cruzó los brazos y dijo:
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—El trabajo en el fogón es lo bastante ardiente como para convertir cualquier
estepa en ciénaga; muslo o no. ¿Aún tenéis hambre? —su griego era fluido, pero
sonaba como si normalmente hablase arameo.
—De nada comestible, más bien de tu ciénaga.
—Te hundirías en ella y no sobrevivirías —asintió en dirección al mercader y
atravesó la taberna rumbo a Áfer. Él alzó la vista, admiró la espléndida melena negra,
vio los finos rasgos del rostro y se preguntó qué se le había perdido a esa mujer en
aquella taberna.
—¿Te has saciado? —dijo cuando llegó junto a su mesa.
—¿Quién se sacia nunca? Pero ya no tengo hambre —sonrió y señaló su copa—.
¿Puedo invitarte a una bebida fresca?
Ella le miró de arriba abajo, pareció valorarlo, y de pronto él vio dolor en sus ojos
oscuros. Quizá no lo vio realmente, sino que, por un instante, sufrió un ataque de
clarividencia. «Dolor», pensó. «Profundo dolor, clavado en ella como una estaca,
como un gancho en la carne». Luego pensó: «En realidad, ¿qué me importa esta
mujer a mí?». Pero ya había tendido la mano y decía en voz baja, en arameo:
—Quieres volver a casa, ¿verdad? ¿Adónde?
Ella le miró fijamente, con mirada borrosa, abrió la boca, la volvió a cerrar y se
pasó el antebrazo por el rostro.
Cuando Áfer volvió a ver sus ojos, ya no estaban húmedos. O su clarividencia se
había esfumado.
—¿Quién eres? —dijo ella.
—Uno que está acostumbrado a mirar bien.
Ella bajó los párpados, pareció escuchar a su interior.
—Tu arameo es… ¿romano? —luego agitó las manos con un movimiento de
aleteo, como el de un pajarillo que quisiera sacudirse el agua y a la vez echar a volar
—. Romano o no —prosiguió—, hombre e hijo de un hombre.
Se dejó caer en un escabel y puso las manos sobre la mesa, con las palmas hacia
arriba, los dedos ligeramente doblados.
Ahora, en la hora más oscura, poco antes de amanecer, yacía entre esos arbustos del
país fronterizo y recordaba otras partes del sueño. El rostro de la mujer… y sus
manos encima de la mesa, convertidas en el sueño en garras de pájaro. Pero no
amenazadoras, no las garras de un ave de rapiña. Si componía bien los jirones del
sueño, habían sido garras acariciantes. Cariñosas garras de un pájaro herido que
habría querido volar, pero no tenía fuerzas para el necesario impulso inicial. Para el
comienzo, el vuelo, el vuelo a casa.
—¿Por qué crees que quiero volver a casa? —había preguntado ella.
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—Algo en tus ojos.
—Para ver eso tienes que tener una vista muy aguda. O querer regresar tú mismo
a casa.
Probablemente había sonreído; pero ya no lo sabía. Recordaba que no siguió
hablando de inmediato, sino que esperó a que el esclavo trajera dos jarras de
refrescante cerveza y volviera a marcharse.
—¿Acaso no queremos todos volver a casa?
—Si es que tenemos un hogar —ella bebió un trago…
… Había bebido un trago. Él se esforzó en no dormirse; el sopor, que volvía a
acometerle, le hacía revivir esas cosas pasadas hacía mucho. O verlas como si
acabasen de ocurrir. Y algunas de ellas eran dolorosas; no quería sentirlas, verlas,
imaginarlas tan próximas.
—¿No tenéis un refrán? —había dicho ella—. ¿Una frase hecha? ¿Donde te ha
ido bien, ésa es tu patria?
—Ubi bene, ibi patria. Sí; pero ¿dónde le va bien a uno?
—Allá donde se siente bien.
—¿Y dónde se siente bien? ¿Qué hace falta para eso?
Hasta apurar las jarras, habían hablado de todo lo que se les había ocurrido… las
distintas necesidades de los distintos buscadores.
—Soy de Magdala.
Cuando cerraba los ojos y escuchaba su interior, se imaginaba que volvía a oír el
extraño timbre de su voz al mencionar el nombre de su ciudad natal.
—¿Es ésa tu patria?
—La patria está allá donde se quiere ir. Magdala es el lugar del que he huido.
Padres rigurosos, ambos tempranamente fallecidos, y parientes aún más
rigurosos. Se había convertido en impura debido al contacto de un extraño, un
guerrero. Griego, en camino hacia un punto de apoyo romano, medio muerto de sed
bajo el calor del desierto. Había querido beber del lago, ligeramente salado, y ella le
había dado agua fresca. Su aliento la había rozado, sus dedos habían tocado su mano.
El contacto de un impuro, un pagano; en vez de someterse a pesadas y humillantes
ceremonias de purificación, había huido.
—Tenía siete demonios en el cuerpo. Seis los he… matado a trabajar —una
sonrisa sarcástica y, a la vez, nostálgica… ¿lamento porque los demonios ya no
estuvieran disponibles, o pesar por haber sido guiada por ellos?
—¿Y el séptimo?
—El séptimo demonio aún voy a albergarlo un tiempo. Me abandonará, creo yo,
cuando suceda algo.
—¿El qué? ¿Algo que lo expulse?
—Algo lo bastante grande y bueno e importante como para ocupar su sitio y el de
los otros seis.
Áfer se había echado a reír al oírle decir eso.
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—Esperas la visita de un dios. O que la vejez te asalte con furia, ¿verdad?
—Hablemos de ti. ¿Dónde está tu patria?
—No tengo ninguna. La patria donde crecí ya no existe. No he encontrado otra
nueva.
—¿Ninguna mujer? ¿Hijos?
—¿Son hijos los guerreros que hay que guiar? ¿Es un hogar una casa en la que se
vive con un criado? ¿Es esta o aquella ramera una mujer?
—Una mujer sí, no la mujer.
Seguía sin estar seguro de si quería tener la mujer; los hijos no le importaban gran
cosa, y si en un par de años lo trasladaban finalmente a Roma, sin duda allí la vida le
sería más fácil con una romana, una nativa.
Los primeros mensajeros de la mañana asomaban por el horizonte oriental. Áfer
dio de comer y beber a los caballos, se comió el resto del pan duro y bebió un poco
de agua. Se sentía aturdido por la falta de sueño. ¿O por los pensamientos
indeseados?
Hacía mucho que no pensaba en la mujer de Magdala. Que no quería pensar.
Entonces, se había ido con él por la mañana… quería vencer al último demonio en un
nuevo lugar, y Cafarnaum le pareció adecuado para hacerlo; además, él necesitaba
una cocinera. Había afirmado necesitar una; de hecho deseaba a esa judía hermosa,
independiente, que hacía frente a todo. Se había quedado con el deseo; dos días
después de su llegada a Cafarnaum le había abandonado para seguir al hijo de aquel
carpintero, el rabino Jehoschua.
Mientras seguía cabalgando por las colinas hacia el oeste, hacia el lago, y desde
allí hacia el norte, pensó una y otra vez en su confuso sueño. ¿Por qué la mujer de
Magdala se le había aparecido precisamente en medio de esa noche? ¿Qué podía
haber sido de ella? El rabino Jehoschua solía andar cerca de Cafarnaum, pero los
predicadores judíos no estaban entre las preferencias ni las ocupaciones de Áfer.
Además, creaban problemas, agitaban a la gente contra el rey o contra los romanos
Jehoschua no lo hacía; puede que se encarase con los maestros y sacerdotes judíos,
pero era intrascendente en cuanto a lo que Áfer consideraba su misión. Por eso,
apenas se preocupaba de él y de su gente.
Más tarde, mientras cabalgaba, Áfer se obligó a pensar en aquellas cosas de las
que tenía que ocuparse. Los acontecimientos en la fortaleza del oasis de Ao Hidis, el
joven Hiqar y el viejo príncipe, las preocupaciones de Herodes Antipas respecto a las
maquinaciones del rey Filipo… Pero sus pensamientos se extraviaban una y otra vez,
regresaban a la mujer que había deseado, pero que jamás había poseído. Quizá, se
dijo de pronto con una risita sin ruido, ella le poseía… quizás estaba poseído por ella,
y uno de sus demonios le había visitado a él en esa noche para recordársela.
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En Beth Saida hizo una breve parada, pero el posadero, que de vez en cuando le daba
noticias, no pudo contarle nada nuevo. En la orilla norte del lago cambió unas
palabras con los aduaneros de Filipo; se conocían, y si los otros se preguntaron de
dónde podía venir, no se lo preguntaron. Cafarnaum estaba a pocas millas; Áfer
cruzaba la frontera con frecuencia, aunque fuera para beber con uno de los capitanes
de Filipo e intercambiar conocimientos sobre los alborotadores, molestos para ambas
partes. Los aduaneros quizá pensaron que podía haber cruzado la frontera durante el
turno de otro de los puestos de guardia.
En Cafarnaum, se dirigió primero a la fortaleza, para librarse de los caballos y
averiguar si en su ausencia había sucedido algo importante.
—Nada de interés —dijo Xantipo. El alto y seco espartano, lugarteniente de Áfer,
estaba regateando en ese momento con un mercader que quería venderle bolas de
hierro para la herrería de la fortaleza—. Nada más que este perro, que quiere buena
plata por un hierro probablemente malo.
Áfer acarició con una mirada el carro y las planchas de metal que yacían en él.
—Haz que el armero pruebe su calidad —dijo.
Xantipo se puso en jarras.
—¿Qué crees que acaba de ocurrir?
Con la mandíbula, señaló la herrería de la fortaleza. Una apestosa columna de
humo se elevaba sobre el edificio de piedra, ensuciando el cielo vespertino.
—¿Entonces qué andas discutiendo?
—No discuto; trato de llevar a este mercader a una paciente espera.
—Señor —dijo el hombre—. Es tarde, aún no tengo dónde pasar la noche y no
quiero quedarme aquí de pie hasta que a vuestro herrero le apetezca decir algo.
—¿Tenemos sitio?
Xantipo se encogió de hombros.
—A cambio de una pequeña rebaja se le podría alojar con los caballos.
—Encárgate —Áfer se volvió para marcharse—. Si no hay nada más…
—Ah —Xantipo le retuvo—. Un mensajero del rey te espera.
—¿Quién es?
—¡Quién va a ser!
Áfer suspiró. Si Xantipo no quería decir su nombre, tenía que tratarse de Nikías.
El viejo cretense era el encargado de transmitir aquellos mensajes y recopilar aquellas
noticias que no debían llegar a nadie más.
—¿Hoy mismo?
—Lo encontrarás en una de las muchas tabernas. Creo que tiene tiempo hasta
mañana.
—¿Sabes de qué se trata?
Xantipo frunció la nariz:
—Tú —dijo al mercader—, conduce allí tu caballo y tu carro —señaló al establo,
junto al que había, en la pared interior del muro de la fortaleza, otros cobertizos y
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alojamientos.
Cuando el hombre se alejó con el carro traqueteante, el espartano dijo en voz
baja:
—Madera, creo, y lo que ocurra con ella. Y de si hay que quemar los resultados.
Áfer tomó aire por entre los incisivos.
—¿Tiene que ser ahora mismo? Pero…, mañana hablaré con él.
Dio un pequeño rodeo para no pasar por una de las tabernas, que Nikías apreciaba
especialmente. Volvía a pensar en sus confusos sueños, la mujer de Magdala y su
maestro.
Quizás había sido un sueño profético… Madera y «lo que ocurra con ella» era el
hijo del carpintero. ¿Quemar los resultados?
Silbó ligeramente entre dientes. Herodes Antipas estaba en esos momentos, hasta
donde él sabía, en la fortaleza de Macairos, al este del mar Muerto. En la que, hacía
un año, había hecho decapitar a Jochanaan el Bautista. Para complacer a su hija,
decían aquí y allá; para disfrute de los sacerdotes y sabios, como Áfer sabía muy
bien. Si Nikías venía ahora, por ese motivo, eso sólo podía significar que los fariseos
estaban presionando al rey, que exigían de él la ejecución de otro insubordinado. Un
predicador errante que interpretaba de forma un poco distinta la palabra de su dios y
la de ellos. Jehoschua había dicho que el sábat estaba hecho para los hombres, y no
los hombres para el sábat… blasfemia a los ojos de aquellos que reclamaban la
soberanía de la interpretación de la escritura. Quizá, pensó Áfer, Jehoschua diría
incluso que Dios estaba hecho para los hombres, y no los hombres para Dios. Peor
blasfemia todavía.
—Oh, dioses —murmuró cuando estaba a punto de llegar a su casa—. ¿No podéis
librarnos al fin de los dioses?
Blasfemia aún peor, se dijo. En este país, como también en otras regiones del
Imperio, muchos habían sido ejecutados por menos. Lapidados, empalados,
crucificados, atravesados con lanzas.
Le sorprendió un poco que su criado no le saludara. Tishahar, amigo, aunque
esclavo, tenía el oído fino y reconocía enseguida los pasos de Áfer. En realidad,
habría debido estar de pie en la puerta para recibirle con un paño húmedo y una copa
llena a medias de agua y a medias de vino. Luego la jofaina para los pies polvorientos
y doloridos.
Áfer entró en la casa. Olía… distinta. Un olor a larga enfermedad. Llamó a
Tishahar. Le respondió un gemido.
El esclavo, amigo y hombre de confianza yacía en la segunda habitación, sobre
una estera, en el suelo. Incluso sin tocarlo, Áfer supo que el babilonio tenía fiebre
alta.
—Señor —murmuró el enfermo—. No puedo moverme.
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Capítulo X
HUELLAS EN LA ARENA
Porque nadie en absoluto se ocupa en lo más mínimo de la verdad en estas cosas,
sino tan sólo de lo creíble, y esto es lo aparente.
PLATÓN
Naturalmente, casi nadie durmió esa noche. No era posible llevar a cabo un rastreo
sensato antes del amanecer, pero todos se quedaron sentados junto a las hogueras,
hablando y haciendo conjeturas.
Al principio Demetrio se quedó horrorizado. Luego vino el dolor: por un amigo,
colaborador, compañero de viaje. Y por el hombre de confianza con quien compartía,
con quien había compartido, ciertos secretos. Lamentaba la muerte de la muchacha
pero, como no la había conocido, sus sentimientos respecto a ella eran superficiales.
Se dijo que la búsqueda de huellas tampoco podría aportar gran cosa a la luz del
día; al fin y al cabo, poco a poco casi todos los miembros de la caravana habían ido
hasta allí, con o sin antorchas. ¿Qué huellas iban a encontrar?
Se quedó sentado con la espalda apoyada en las rocas, masticando una fina rama,
contemplando el fuego, tratando de contar las sombras sentadas, de pie, caminando.
Salvo que a lo largo de la noche un extraño se hubiera deslizado hacia el valle, al
menos una de esas sombras era la de un asesino. Quizás había varios. Muchos
tendrían pensamientos similares; ¿quién iba a tumbarse tranquilamente a dormir
mientras entre ellos hubiera al menos un asesino desconocido? ¿Quién, salvo el
propio asesino, sabía si había habido un motivo para matar a Prexaspes y a la
muchacha, o si alguien los había matado sin razón, por puro placer, y volvería a matar
a lo largo de la noche?
Pero ¿qué motivos podía haber? ¿Habían sorprendido a alguien haciendo algo?
¿Qué podía ser tan terrible o importante como para inducir al crimen? ¿Había
intentado alguien violar a la muchacha? Al fin y al cabo, no habría podido gritar.
Quizá Prexaspes había pasado casualmente por allí y se le había impedido, puñal en
mano, hacer algo. Pero ¿no habría el persa cuando menos gritado, y no se le habría
oído en todo el valle? La voz de Perperna no era tan fuerte.
Si Prexaspes había sido el primero en morir sin poder emitir un solo ruido, ¿por
qué entonces la muchacha? ¿Había estado con él? ¿Había intentado huir?
Suspiró imperceptiblemente. Era terrible, y era ocioso… terriblemente ocioso.
Probablemente todas las preguntas que se estaba haciendo no tendrían respuesta; ni
ahora, ni por la mañana. A no ser que hubiera huellas: huellas que no estuvieran ni
pisoteadas ni intencionadamente borradas.
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En medio del dolor, se abrió paso de pronto un pensamiento que casi le hizo reír.
El único que podía estar seguro de no ser asesinado mientras dormía por un loco
asesino, era el asesino. Sería el único en dormir tranquilo. ¿Sería buena idea pasar
toda la noche recorriendo el valle de un extremo a otro para ver quién estaba
durmiendo? Pero también podían estar durmiendo inocentes, vencidos por el
cansancio; y el asesino, excitado por su acción, podía velar o hacerse el dormido.
Mentalmente, Demetrio se vio caminando, empujando con el pie a todos los yacentes
y matando por precaución a todo el que no se moviera de inmediato.
La nocturna noche, el desierto desierto… La arenosa arena; el ventoso viento; el
mar marino. ¿Por qué hablaban los poetas del abismo de la noche, que se acumulaba
sobre él y no lo absorbía, sino que parecía aplastarlo? ¿Por qué decían el desierto
infinito, el mar de arena, cuando el desierto no era más que eso: desierto, desolado,
matador? El mar de color de vino… perverso, tranquilo, revuelto, espumoso,
ondulante, destructor, vivificante, asesino, lleno de peces, de algas, de sal, mil
propiedades que eran más esenciales que el color, y con innumerables colores que
nada tenían que ver con el vino. Oscuro como el vino… el mar sólo era así cuando
una tormenta se disponía a romper sobre él; entonces resultaba amenazador, y
¿cuándo era el vino amenazador?
Estaba allí sentado, pensando cosas que quizás eran sensatas, pero inútiles;
masticando su rama, mirando fijamente hacia la noche, Hades de color de vino, y
escuchando la helada rompiente del desierto. En el cielo, en el fragmento que los
bordes de roca del valle le dejaban ver, las estrellas seguían surcando su rumbo
siempre igual, o quizás erraban, pero jamás se extraviaban. Cuatro de las cinco
hogueras se habían apagado, la quinta pronto se extinguiría. Demetrio veía los
contornos con claridad creciente: hombres sentados y tumbados que también podían
ser rocas, objetos como sillas de montar o bultos, más allá las colinas de los
durmientes camellos. De vez en cuando oía un crujido, un deslizarse cuando algo se
soltaba de las heladas peñas… una piedrecita, un puñado de arena, desprendida de las
escarpaduras por la helada rompiente. El grito de un ave nocturna, el lejano rugido de
un león, susurros de pequeños roedores, grandes insectos, o quizás una serpiente
investigando; y las emanaciones de hombres y camellos, de sudor, metal, pan y
ceniza.
El rodar de los pensamientos, el principio encadenado con el fin, sin escapatoria
ni solución. ¿Quién?, ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿cómo? Devastada la sonrisa de la persa,
enmudecido el mensaje de sus gestos, asesinado el encanto de sus pasos. Los pasos
color de vino, el mensaje de dedos de rosa; una sonrisa que nunca podría volver a
salir del cercado de sus dientes, a escalar el muro de sus labios.
Prexaspes. ¿Cuántos años, negocios, millas, barcos, ocasiones, secretos, cuántas
risas y enfados, pan compartido, rameras compartidas, vino compartido? Cargas de
barcos y cargas de carros, cargas de camellos, cargas de esclavos… Habían luchado
espalda con espalda, la última vez en el mísero Kusch, en el curso alto del Nilo,
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cuando los piratas querían quitarles su propiedad y su vida. Buenos consejos, ásperas
bromas… ¿quién iba a reemplazar al amigo, quién al experto colaborador? ¿Y cómo
iba a vengarle? Encontrando al asesino, naturalmente, y procurándole una muerte
lenta y esmerada.
A las primeras luces del día, Demetrio examinó el suelo. Meleagro le ayudó a tender
los dos cadáveres sobre un bloque de piedra. Antes de que hubieran terminado se
acercaron otros de la caravana. Demetrio volvió la cabeza y gritó:
—¡Esperad! ¡Deteneos! ¡No piséis las huellas!
Detrás de la peña más próxima apareció la cabeza de Rufo.
—Escuchamos y obedecemos —la voz del romano sonó un poco burlona.
—¿Qué estáis haciendo ahí? —una voz de mujer, quizá la de Cleopatra.
Demetrio soltó las piernas de Prexaspes, se incorporó y dijo:
—Hacemos lo único que podemos hacer. No mucho.
De hecho, Cleopatra apareció al lado de Rufo. El sol encendió al salir un ascua en
el pelo de la tolemaica.
—¿Crees que todavía vais a encontrar algo? —dijo.
Demetrio se encogió de hombros.
—Hay que intentarlo. Quien no intenta no puede fracasar heroicamente.
Rufo frunció el ceño; Cleopatra apuntó una sonrisa.
—El fracaso heroico es una de las actividades predilectas de Demetrio el
Inoportuno —Ravi se unió a Rufo y Cleopatra. Perperna apareció junto a él.
—Pronto estará toda la caravana —dijo Demetrio—. ¿No queréis traer también
unas cuantas hienas, leones y lirones?
A su espalda, Meleagro profirió un leve silbido.
—Mira esto.
Demetrio se acercó a él.
—¿El qué?
Meleagro señaló el suelo arenoso a la salida del valle.
—Parecen huellas de arrastre —dijo Demetrio.
Cauteloso, casi bailando, Meleagro caminó junto a las líneas apenas visibles.
Terminaban con unos pasos por fuera del valle. Allí había una superficie pisoteada y
llena de surcos, y la arena estaba apelotonada y manchada.
—Un feliz azar —dijo Demetrio. Se puso las manos en las caderas y miró a su
alrededor.
La salida del valle era también su entrada. La caravana, que había llegado al valle
desde allí, lo abandonaría por el mismo camino. Como una ancha corriente, se veían
las huellas de los hombres y los camellos, y a su lado el surco diminuto que Meleagro
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había descubierto. Un río, pensó Demetrio, que se vertía en el valle desde la helada
rompiente del desierto. Resaca de arena, espuma de piedra, marea de guijarros,
pleamar inmóvil hasta el horizonte.
—Hay unas cuantas huellas de animales —Meleagro también había mirado a su
alrededor; señaló unas líneas negras medio borradas.
Demetrio se arrodilló y se esforzó en obtener del suelo conocimientos que
sirvieran de algo.
—¿Sabes si alguno de nuestros camelleros sabe leer huellas?
Meleagro se encogió de hombros:
—Les preguntaré, pero…
Regresó al bloque de piedra junto al que esperaban Rufo, Cleopatra y los otros.
Demetrio habría podido jurar que Rufo retenía a alguien… quizás a muchos que,
invisibles para él, tras las primeras rocas, pugnaban por salir del valle.
—Si me lo permites —dijo Perperna—, quiero echar un vistazo.
Demetrio asintió.
—Pero con cuidado; por favor, que los otros se queden donde están.
Rufo arqueó las cejas, pero no dijo nada. Se volvió hacia el valle, abrió los brazos
y se dio nuevamente la vuelta.
Lentamente, encorvado, a pasitos diminutos, los ojos mirando el suelo, Perperna
recorrió el trecho que iba desde las rocas a la superficie pisoteada y apelotonada.
Hacia la mitad del camino, tuvo compañía: Meleagro regresaba con un camellero,
que se dejó caer de rodillas y empezó a gatear con más rapidez de lo que Perperna
caminaba.
Demetrio se forzó a tener paciencia. Por el rabillo del ojo, contempló los rostros
de los observadores. Rufo se frotaba la nariz con el índice derecho, mientras hablaba
en voz baja con Cleopatra. La egipcia vestía un sencillo chitón hasta las rodillas, con
su manta gris de viaje por encima; estaba soltando el lazo que la cerraba por debajo
de su cuello. A la sombra del valle aún hacía fresco. Donde ella estaba, los cabellos
convertidos por el sol en ardiente corona, tenía que estar caliente bajo la manta.
Demetrio no pudo oír lo que Rufo le decía, ni tampoco entendió su respuesta;
pero durante unos instantes deseó que su sonrisa no hubiera sido para el romano, sino
para él.
—Bueno —Perperna se incorporó—. ¿Qué opinas tú, guardián de los camellos?
El camellero, todavía a cuatro patas, bufó ligeramente. Luego se incorporó, se
frotó las manos en la ropa y dijo:
—Dos vienen del valle. Se paran, aquí. Dos, quizá tres desde allí —señaló un
punto a diez pasos de distancia, en medio de las huellas de la caravana—, rápido,
luego aquí lucha. Y arrastre hacia la peña —con el pulgar, señaló a sus espaldas, por
encima del hombro derecho.
—¿Y tu opinión? —dijo Demetrio.
Perperna dio unos pasos hacia la ancha estela de la caravana, se arrodilló, pareció
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delimitar algo con el dedo en la arena y volvió a levantarse.
—Tienes razón —asintió en dirección al camellero—. Creo que eran tres. Uno
descalzo, dos con sandalias —señaló el tramo que venía desde la estela de la caravana
—. Tal como esto está de pisoteado no se puede decir nada preciso, pero
probablemente uno estranguló a la chica, otro cogió a Prexaspes por delante, le sujetó
las manos, y el tercero, detrás de Prexaspes, tenía el cuchillo —con la punta de su
sandalia tocó una de las manchas negras apelmazadas en la arena.
Partieron dos horas después. Habían enterrado lo mejor que pudieron a los dos
muertos entre las rocas. No se podía hacer más, ni tampoco había más que descubrir.
Nubo, que afirmaba entender de rastros, también había examinado el lugar y había
confirmado las observaciones de Perperna.
Demetrio apartó su camello hacia la izquierda, lejos de la caravana. Quería
reflexionar, tratar de extraer el transcurso de la noche del pozo de la memoria. ¿Quién
había estado cuándo junto al fuego?, ¿quién estaba escuchando la historia de
Perperna?, ¿quién se había marchado a mitad?
En realidad el intento era ocioso, y Demetrio se lo decía mientras de todos modos
lo intentaba. Incluso aunque lograra evocar cada mirada, cada ruido, cada olor y cada
sensación de las horas en cuestión, obtendría en el mejor de los casos conocimientos
irrelevantes acerca de lo que había ocurrido. El valle era demasiado estrecho para un
campamento dispuesto en torno a un único fuego; los oyentes de la historia de
Perperna cambiaban; no había posibilidad alguna de recordar la presencia de cada
uno de ellos junto a uno de los cinco fuegos. E incluso si así fuera, sin duda en algún
momento a lo largo de la noche cada uno de ellos se había levantado a estirar las
piernas, beber agua, hacer aguas, echar un vistazo a los animales, ir a otro fuego o
simplemente tumbarse en algún sitio envuelto en una manta y dormir, lejos de la luz
del fuego y de la molestia de las voces.
Y aun así. Si pudiera excluir al menos a algunos, reducir la cantidad de posibles
asesinos… pero, aparte de él mismo y de Perperna, sólo había dos de los que
Demetrio sabía con certeza que no habían cometido el crimen: las dos víctimas.
Todos los demás habrían podido hacerlo, o no habían estado entre los oyentes o se
habían marchado entretanto. Por improbable que pudiera ser, ni siquiera podía excluir
a Leonidas, Mikines y Meleagro.
¿Nubo? Se propuso tener esa noche una larga conversación con el negro de pelo
rojo. De las pocas observaciones en boca de otros, en Adane, había obtenido la
impresión de que se consideraba a Nubo una especie de loco amable; sin embargo,
hasta ahora él no había podido encontrar nada de gracioso en él.
¿Rufo? El romano había hecho reproches, había planteado objeciones; y después,
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en algún momento, había enmudecido. ¿Había estado escuchando en silencio, o se
había marchado sin hacer ruido? ¿Las mujeres? Dos de ellas estaban cerca del fuego,
pero ¿qué dos? ¿Habían sido las mismas dos todo el tiempo?
Demetrio se caló más el sombrero de cuero y trató de doblar hacia abajo el ala.
Como si su mente estuviera tan iluminada como el sol de plomo sobre el desierto, que
le abrasaba los ojos. Pero entonces su propia mente lo deslumbraría. «Es posible
embriagarse con las propias palabras», pensó, «Narciso estaba mortalmente
enamorado de su propio reflejo, conozco a gente que admira hasta la necedad su
propia inteligencia; probablemente también es posible que la propia luz entenebrezca,
que la claridad enturbie. La excelencia tiene sus límites, la necedad y la memez en
cambio son infinitas. Es un pensamiento consolador que haya algo en lo que los
hombres son iguales a los dioses, o en lo que incluso los superan: en una total e
inmaculada estupidez».
Sin embargo, el consuelo que esa idea pudiera esconder no se manifestaba.
Demasiada luz, demasiado calor, demasiado cansancio; el paso del camello le daba
sueño, le mecía como en una hamaca cuyas fibras estaban hechas de pensamientos
recurrentes.
Se dio cuenta de que no era el único jinete cansado. Otros cuatro o cinco parecían,
a juzgar por su postura, haberse quedado dormidos o estar a punto de hacerlo. La
caravana se había extendido mucho. Dentro de unas tres horas, calculó, abandonarían
las llanas superficies de arena y guijarros para atravesar una serie de valles irregulares
y pedregosos. Pero allí había sombra, de vez en cuando al menos y, antes de que al
atardecer les deslumbrara el brillo de un príncipe provinciano y sus aduaneros,
podrían recuperarse del deslumbramiento causado por el sol.
A este lado de la montaña volaban, como monstruos de papiro limpiamente
recortado, algunos buitres. ¿Se habría corrido la voz, entre los pájaros carroñeros, de
que alguien en esta caravana les procuraba alimento de vez en cuando? ¿Quizás
incluso en la próxima parada?
Demetrio chasqueó la lengua. La próxima parada era el caravasar de la pequeña
ciudad de cuyo nombre no podía acordarse. Allí había gobernadores reales,
alguaciles, aduaneros, rameras y mercaderes; probablemente los asesinos esperarían a
la próxima parada en medio del desierto para dar un nuevo golpe. Si es que había un
nuevo golpe.
Pero también esos pensamientos eran ociosos; mientras nadie supiera por qué
habían muerto Prexaspes y la muchacha, nadie sabría tampoco si había una razón
para nuevos crímenes.
De alguna manera, todas sus reflexiones le resultaban ociosas. Ni siquiera se
podía responder la cuestión del móvil, ni de forma concluyente ni no concluyente.
Alguien había abandonado el valle para hablar fuera sin ser molestado. ¿Con quién?
¿Con otros del valle, o varios otros de la caravana, o con gentes venidas de fuera? Si
los otros venían de fuera, ¿cómo habían llegado hasta la salida del valle? ¿Una cita?
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Pero ¿quién, salvo las gentes de la caravana, hubiera podido saber que acamparían
precisamente allí esa noche? ¿Alguien de Adane quizás, alguien que les había
seguido? ¿Alguien de dónde fuere, que sencillamente había esperado en las cercanías
porque la caravana tenía que pasar en un momento u otro?
Le parecía más probable la otra consideración: que gente de la caravana había
salido del valle para discutir algo sin ser vistos ni oídos. Pero ¿qué? ¿Qué podía ser
tan importante, tan peligroso, tan caro, tan misterioso, como para que dos personas
tuvieran que morir por ello?
Todo, se dijo Demetrio. Sin duda para un habitante del desierto un camello era
más importante que dos extranjeros. Pero ¿es que alguien iba a hablar, de noche y en
secreto, de un camello? ¿De un asno? ¿De dinero? ¿Del asesinato de un rey? ¿De la
compra o de la traición a una caravana entera?
Cuanto más cavilaba, menos sabía. Todo lo que le parecía medianamente sensato
se le volvía fútil, insignificante o simplemente quimérico cuando lo pensaba un poco
más. Sólo había dos cosas que estaban claras: alguien —al menos tres hombres—
estaba a la salida del valle, por la razón que fuera, y habían matado a Prexaspes y a la
persa. Pero Demetrio no podía ni averiguar por qué ni qué estaban buscando allí fuera
Prexaspes y la muchacha. ¿Soledad? ¿Un paseo nocturno para contemplar las
estrellas y el desierto? ¿O habían sido incluso parte del asunto, del acuerdo, de la
conspiración? ¿Parte oponente, cuya oposición había sido enmudecida mediante la
muerte?
Se volvió, miró la larga fila de animales y gentes. Luego llevó el camello junto a
los otros, lo detuvo y esperó hasta que las mujeres, que iban detrás, lo alcanzaran.
—¿Cómo se encuentra la princesa? —dijo cuando Glauca llegó hasta él.
—Bien… tan bien como se puede estar sin litera en este desierto.
—¿Estaría mejor con litera?
Glauca se echó a reír.
—Más calurosa, probablemente. Habría mejores motivos, al menos, para estar de
peor humor.
Demetrio la acarició con la mirada. O quiso acariciarla con la mirada, pero la
caricia se convirtió en un demorarse. La joven llevaba un chitón, un manto de color
claro y, en la cabeza, algo que hubiera podido ser una jarra de vino boca abajo. De
ese sombrero colgaba una tela sobre la nuca y las orejas, y tirando de ella se podía
hacer un velo para el rostro. El chitón era lo bastante largo como para proteger las
piernas del sol hasta la mitad de las pantorrillas.
—¿Qué miras con tanta insistencia? —dijo ella.
—¿Insistencia? —Demetrio chasqueó la lengua—. La visión de unas hermosas
piernas de mujer no sólo es refrescante en los desiertos; pero mi mirada era menos
insistente que escrutadora. Quería estar seguro de que el sol no quemaba tu belleza.
—¡Oh, qué considerado!
—Tanto —dijo él— que incluso me angustia la idea de que dando un paseo
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nocturno por el campamento pudiera ocurriros algo malo a ti o a una de las otras.
—¿Cómo a los dos de la pasada noche?
—Exactamente así.
Ella arrugó la nariz.
—Quien se pone en peligro… Pero yo no me he movido por el campamento, ni
tengo intención de hacerlo.
—¿Ni siquiera para escuchar emocionantes historias contadas por hombres
venidos de muy lejos?
—Para eso menos que para nada.
Demetrio sonrió:
—Dos de vosotras estaban escuchando.
Ella mostró indiferencia:
—Puede ser, pero yo no era una de ellas. Estaba durmiendo.
—¿No te contaron nada tus compañeras? ¿De la historia de Perperna, o del
hallazgo de los cadáveres?
Glauca pareció reflexionar.
—No me lo contaron enseguida —respondió entonces—. Desde luego, por la
mañana temprano hablamos del incidente. Y la princesa estaba mirando cuando
examinaste con los otros el lugar en el que tiene que haber ocurrido el crimen.
—¿No tienes ni una palabra que dedicar al encanto de la historia de Perperna? El
viejo se sentirá decepcionado.
—Debe estarlo —rió en voz baja—. Los cadáveres eran más importantes. No sé
nada de su cuento. Ni siquiera si una de nosotras lo escuchó.
Thais acicateó su camello hasta alcanzar a Glauca.
—¿Habláis de cosas sensatas? ¿O incluso importantes?
—Sólo sobre cadáveres y relatos nocturnos.
Thais asintió.
—Perperna no es el mejor de los narradores. Los cadáveres lo hicieron todo más
interesante; pero con gusto habría renunciado a eso.
Hasta caer la tarde, Demetrio comprobó, en conversaciones en parte cautelosas, en
parte por sorpresa, que Glauca y Cleopatra habían estado durmiendo, y Thais y
Arsinoe habían estado a ratos entre los oyentes de Perperna; lo mismo que Ravi,
Mikines, Leonidas, Nubo y Rufo. Pero no le sirvió de nada. Todos podían haberse
levantado sin ser vistos, tanto los oyentes como los durmientes, de cuyo sueño no
había testigos. Cada camellero, cada oyente romano, por no hablar de Mukhtar y su
gente.
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La ciudad estaba construida en las rocas; la fortaleza del gobernador sobresalía por
encima de todos los edificios. Al pie de la montaña, al final del largo camino a través
de los valles, había pastos vallados y un pequeño curso de agua artificial. Allí
pastaban los animales de la gente del lugar, además de los asnos, los caballos y los
camellos que servían de montura a los guerreros. Y había cobertizos con víveres junto
a una pequeña posada para forasteros.
Pero antes de que pudieran alcanzarla tenían que pasar, al final del último valle,
por una estrecha puerta vigilada por los guerreros del gobernador.
—Señor de la caravana —dijo uno de los guardias—, es posible que hayas
comprado todas tus mercancías en Adane, que está sometido a nuestro rey. Pero el
rey está lejos. Recibe legados romanos y obtiene regalos de ellos. Su gobernador en
cambio está aquí, y su misión es recaudar tributos.
—¿Sobre bienes de su propio país? —Demetrio habló intencionadamente alto y
en tono de furia. Sabía que las cosas eran como se las estaban contando; pero su
experiencia con guerreros y aduaneros árabes le había enseñado a evitar toda sombra
de flexibilidad. Aquél que se agachaba ante ellos era aplastado, y podía darse por
satisfecho si no lo plegaban además. Era más razonable mantener una especie de
torneo de palabras y bromas, al final de lo cual uno de los dos cedía entre risas.
—Incluso sobre ellos. ¿Cómo vamos a saber nosotros que proceden de hombres
de bien que pagan alegremente sus impuestos?
—Muéstrame a uno —dijo Demetrio— que pague alegremente un tributo a un
salteador de caminos armado, y te mostraré a un necio. ¿Acaso soy un necio?
El guardia rió en voz baja.
—Yo llamo necio al que al caer el sol se queda atascado en un valle estrecho en
vez de disfrutar, previo pago de una suma insignificante, de las alegrías de los verdes
pastos y los ágiles muslos de nuestras rameras.
—¿Rameras? —Demetrio lanzó un bufido—. ¿Te refieres a esas ancianas
desdentadas que exponéis a la muerte bajo el peso de gordos forasteros porque ya no
podéis alimentarlas? ¿O hablas de tu piojosa hija, que primero aturde con su olor a
los forasteros y luego roba a los aturdidos?
—Tienes que estar hablando de tu hermana, hijo de un zorro cojo y baboso. ¿De
quién has heredado la codicia que llevas como emblema?
Demetrio cruzó los brazos y sonrió.
—Mis honrados padres tomaron un día como huésped a un hombre de este triste
lugar —dijo—. En agradecimiento les robó, y no dejó más que la memoria de su
miseria. Puede ser que ésa sea la causa de mi cautela.
El guardia rió entre dientes.
—No te servirá de nada alegar una forma de parentesco con nosotros.
—Entonces daremos la vuelta y pasaremos la noche en el segundo valle que hay
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al oeste. Allí hay un oasis. Y un camino que cruza las montañas. Voy a sentirlo por tu
pellejo, pero… —suspiró.
—¿Qué pasa con mi pellejo?
—El gobernador, tu señor, te lo arrancará cuando sepa que ha perdido el
espléndido corcel que pensaba regalarle.
El guardia arrugó la nariz y miró a lo largo de la fila de camellos.
—¿Corcel? ¿No será esa camella vieja, que se meará e inundará la fortaleza con
sus meadas?
Demetrio se volvió y levantó el brazo. La seña era para Mikines, que debía
acercar uno de los caballos. Uno de los caballos que antaño habían pertenecido a
Mukhtar y que había sido objeto primero de una apuesta y luego del extraño trato con
Kharkhair.
Pero Mikines no apareció. En su lugar, en un espléndido caballo blanco, apareció
Mukhtar cabalgando a lo largo de la caravana que esperaba.
Demetrio se llevó la mano a la empuñadura del puñal, pero antes de que pudiera
decir nada o sacar el arma vio incrédulo el guiño de Mukhtar y escuchó su voz
imperiosa, que casi bramaba:
—¡Apartaos del camino, escorpiones sin cola! ¡Fuera, huérfanos de una rata
muerta al ser engendrada! El noble Mukhtar va a llevar este corcel a la fortaleza por
orden del señor de la caravana. Entretanto, ¡no os atreváis a negar ni una brizna de
hierba ni al último de nuestros camellos!
Con evidente sorpresa, los guardias despejaron el camino. Al mismo tiempo,
Rufo apareció junto a Demetrio y susurró:
—No te preocupes; lo hemos acordado. Y ahora tú deberías aprovechar que las
puertas se han abierto.
Leonidas, que llevaba el primero de los camellos, echó una mirada a Demetrio,
cogió las riendas que colgaban de la cabeza del animal y lo arrastró tras de sí. Los
guardias estaban demasiado perplejos como para impedírselo, y se limitaron a emitir
unos cuantos gruñidos incomprensibles.
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Capítulo XI
LA PUREZA DE LAS INTENCIONES
La gallina encontró huevos de serpiente, y empezó a incubarlos. Entonces la
golondrina dijo: «¿Qué estás haciendo? Cuando sean grandes, empezarán sus
crímenes por ti».
ESOPO
La habitación era sórdida y asfixiante. En un rincón había un par de jergones, y sobre
ellos una manta de cuero: la cama. En la mesa tambaleante, junto a dos diminutas
lámparas de aceite, había una jarra y una jofaina. Glauca había llenado la jarra con
agua del pozo y la había llevado hasta allí. La abertura de la ventana, por encima de
la mísera cama, estaba cerrada casi herméticamente con una cortina de cuero.
Cleopatra vertió agua en la jofaina, se desnudó y se lavó. La limpieza le pareció
tan mísera como la cama, el cuarto y toda la posada. Mentalmente, completó: como
todo el país. Arena y piedras, arena y calor, arena y montañas, arena y camellos,
piedras ardientes, comida llena de arena… y mala compañía. Comparados con
algunos de los que les acompañaban, los camellos eran más tratables y las piedras
más fértiles.
Apagó una de las lamparillas. Desnuda, se dirigió a la abertura de la ventana,
levantó la cortina, miró hacia fuera, hacia la noche, y disfrutó dejándose secar por el
aire fresco. A lo lejos, vio unas pocas luces y, bajo el cielo estrellado, los contornos
de la fortaleza. El aprisco con los animales y el cargamento se encontraba al otro lado
del edificio; se dijo que debía estar contenta con ese parco descanso, con disponer de
algunas horas de reposo y cuidado. Pero decirse eso era, como ella sabía, tan
agradable como inútil.
Quiso pensar en Alejandría, en Memphis, en amplias y frescas salas y opulentos
baños. En paredes de mármol; y quizá pensó demasiado en esto último, porque sus
pensamientos se deslizaron como por una pared de mármol y se extraviaron en
aquellas cosas en las que no quería pensar. Acoso, mentiras y fracaso. Casi con
violencia, se arrancó al pasado y se esforzó en buscar pensamientos agradables en el
futuro. Pero el presente se lo impedía: la posada, la arena, los camellos, el esfuerzo. Y
alguien que llamaba a la puerta con los nudillos.
Más bien era un roce de las puntas de los dedos. Arsinoe, pensó, con una noticia,
o Glauca, o Thais. Se dirigió a la puerta y levantó el pestillo de su gancho de bronce.
Rufo entró.
—Espléndida recepción —dijo; luego sonrió y cerró la puerta con el cerrojo.
Cleopatra se dirigió a la mesa, cogió su túnica y se envolvió en ella.
—¿Qué quieres?
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—Es una pena que me prives tan pronto de tu visión. Aunque de todos modos esa
pobre lamparilla no merece tal esplendor. Pero si quieres podemos intercambiar mi
escaso esplendor por tu aminorado esplendor.
Fue a la mesa y empezó a desnudarse. Cleopatra se dejó caer sobre la manta de
cuero de la cama; se apoyó en la pared, bajo la ventana, y buscó a tientas una de sus
bolsas de viaje.
—¿Qué quieres? —repitió—. ¿Qué significa esto?
—En vez de abajo, en un pilón, prefiero lavarme aquí contigo y para ti.
—Podrías preguntar si me parece bien.
Rufo se echó a reír.
—Tengo algo que decirte que podría influir en tu respuesta a esa pregunta; por
eso, sería necio por mi parte plantearla de antemano.
Se había desnudado completamente con rapidez, se había mojado el rostro y el
torso y se lavaba los genitales.
—Tu higiene sería digna de elogio si tuviera lugar en otra parte.
—La limpieza en las cercanías de una hermosa mujer es más satisfactoria que
entre muchos hombres feos —cogió la toalla—. Pero todo esto me recuerda ciertas
promesas que, si lo recuerdas, me hiciste en Adane.
Cleopatra suspiró levemente.
—¿De qué estás hablando?
—Pensaba en las promesas de la punta de tu lengua en mi mano, y en que se
podrían trasladar a otras partes del cuerpo.
—Contraprestación o recompensa —dijo ella— por algo que todavía no se ha
hecho.
Rufo se acercó a la cama; con una mezcla de incomodidad y placer, ella
contempló el miembro rampante ante su rostro. Rufo tenía sin duda buena presencia,
y de su último amante la separaban lunas y mares; pero estaba cansada, y si hubiera
querido escoger entre los hombres de la caravana, Rufo no habría sido el primero.
—Tú has hablado de las posibilidades de un largo viaje, no yo. Y ya que tenemos
que hablar del progreso del viaje, deberíamos gozar de las posibilidades.
—¿Qué pasa con ese progreso?
Rufo extendió el brazo para poner la mano sobre su cabeza. Ella se escabulló y se
aproximó resbalando hacia el rincón sobre la manta de cuero.
—Todo va demasiado despacio —Rufo rió entre dientes—. Esto también, pero
sobre todo el viaje.
—¿Cómo piensas acelerarlo?
—Podríamos separarnos de las mercancías y viajar más deprisa con menos
camellos y menos cargas.
—Tú, tu gente, mis acompañantes, yo… ¿y quién más?
Rufo se puso enjarras e inclinó la cabeza hacia un costado.
—Sí, ¿quién más? ¿Por qué alguien más?
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—Después de lo ocurrido anoche —dijo Cleopatra con lentitud—, he pedido a
Arsinoe que se ocupe un poco de Demetrio. Quizá que mejore su humor. Que
averigüe cómo está resultándole el viaje. Qué le disgusta. Si entretanto sabe más en lo
que concierne a los dos muertos.
Rufo exhibió una sonrisa.
—Sin duda te informará. Pero aún no hemos respondido a nuestras dos preguntas.
—Bien. ¿Quién más?
—Contrapregunta: ¿Por qué alguien más?
—Demetrio es el señor de la caravana. Son sus mercancías, y en gran parte sus
camellos.
—Mukhtar también tiene algunos animales y mercancías.
—¿Has hablado con él?
Rufo se encogió de hombros.
—Todos sabemos cuánto le gustan los extranjeros. Da igual Demetrio o yo. Hará
lo que le parezca útil para él.
Cleopatra titubeó. Sabía que tenía que tomar una decisión; que tenía que tomarla
con rapidez; que algunas cosas dependían de ello.
—La pureza de tu cuerpo parece mayor que la pureza de tus intenciones. En lo
que concierne a la caravana.
—Pero podemos —dijo Rufo a media voz— dejar esa parte para después y
despachar primero la otra.
—¿Qué otra?
—Quisiera complacer a tus oídos y gozar de tu boca —Rufo se inclinó y enredó
los dedos de la mano derecha en sus cabellos—. Y darte placer.
—Suéltame —dijo ella sin especial énfasis.
—Mala idea. Es, en cierto modo, al revés.
—No se debe exigir antes de tiempo el cumplimiento de las promesas. Y no se
debe apremiar a las princesas macedonias.
—En algunos apremios hay placer —atrajo su cabeza hacia sus genitales.
Cleopatra movió la mano con la que antes había estado buscando algo en la bolsa
de viaje.
—No apremies —dijo—; las princesas macedonias nunca están indefensas.
Rufo retrocedió y le soltó la cabeza al sentir la fría hoja bajo su miembro.
—Tú… —dijo, y ella no necesitó mucha imaginación para saber que la próxima
palabra no iba a ser una lisonja.
—Vete. Y nunca vuelvas a apremiarme.
Lentamente, con visible disgusto, él fue hacia la mesa y recogió sus ropas.
—¿Nunca? ¿Durante el largo viaje, o después?
Ella se esforzó en mantener un tono que fuera en alguna medida amable.
—Yo te diré cuando estoy lista.
Rufo descorrió el cerrojo; por encima del hombro dijo:
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—Entonces podría ser demasiado tarde por lo que a mí concierne.
—Derramaré ardientes lágrimas cuando eso ocurra.
—¿Y en cuanto a la rapidez del viaje?
—Sería deshonesto. Y yo no tengo tanta prisa.
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Capítulo XII
APRISCO Y MAZMORRA
Quien tiene nobles ideales tiene que soportar de buen grado las cosas que no
debe al carácter, es decir, las que le han sido impuestas por el destino.
MENANDRO
Mikines parecía un poco confuso. En vez de al rostro de Demetrio, miraba allá donde
los camelleros y los demás empujaban hacia el aprisco a los animales y los
descargaban.
—Me pareció una buena idea Para una vez que Mukhtar se decide a hacer algo
razonable, medianamente de buen grado…
—¿Y quién es el señor de la caravana?
Mikines apartó la mirada, con una sacudida casi audible, del espectáculo del
aprisco, y miró fijamente a Demetrio con grandes ojos sorprendidos.
—Tú; ¡nadie lo pone en duda!
—En el futuro, ejecutarás las órdenes del señor de la caravana. Y le preguntarás
antes de cambiar nada.
—Pero… —Mikines gesticuló como si quisiera atrapar moscas; o quizá palabras
—. ¿No es bueno que en vez de con un forastero (tú o yo) esos árabes negocien con
árabes?
Demetrio cogió por el hombro a su viejo camarada y le sacudió.
—El señor de la caravana es quien da las órdenes —dijo en voz plana, casi
monótona—. Si renuncia a hacerlo una sola vez, quizás al día siguiente a alguien se le
ocurra que ya no es necesario obedecerle ni preguntarle. Mukhtar… ¿quién más
compartía esa opinión?
—Rufo —murmuró Mikines—. Lo habían hablado con la princesa.
—¿Cleopatra también? —Demetrio calló unos segundos; luego dijo—: Nunca
más, ¿me oyes?
Mikines asintió.
—Pero… —parecía aliviado—, ¿qué es lo que te disgusta? Aparte del desprecio
al señor de la caravana.
—En primer lugar, con eso ya basta. En segundo lugar, Mukhtar podría ser un
viejo enemigo del gobernador y traernos desventajas. O ser un viejo amigo que llega
a acuerdos con él en perjuicio nuestro.
—Tienes razón… señor —la voz de Mikines sonaba ahora compungida—. No
había pensado en eso.
Demetrio vio a Rufo que caminaba hacia la taberna del caravasar. Con él iban dos
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de sus guerreros, además de Glauca y Cleopatra. Rufo alzó la vista, levantó el brazo,
sonrió; luego dijo algo a la princesa, que dedicó a Demetrio una mirada pensativa
antes de entrar a la taberna con el romano.
Mikines se había vuelto para poder ver hacia dónde miraba Demetrio.
—Podría ser —dijo en voz baja— que haya pasado por alto algo. Miraré a mi
alrededor. Y escucharé. ¿Sigo disfrutando (o vuelvo a disfrutar) de tu gracia?
Demetrio rió y le dio una palmada en el hombro.
—Mi gracia y tu confianza carecerían de todo valor si un romano, un árabe y una
macedonia pudieran dañarlas.
Para cuando Mukhtar reapareció, el sol se había puesto. Demetrio había aplazado las
conversaciones necesarias; no por miedo o vacilación, sino porque quería esperar y
observar primero. Cuando vio a Mukhtar junto al gran fuego que ardía delante de la
taberna, estaba a punto de revisar los bultos con Meleagro y Leonidas para
convencerse de que nada faltaba y todo estaba apilado de forma segura y razonable.
—Ya he echado un vistazo a los animales —dijo Meleagro. Con una risita
reprimida, añadió—: Por costumbre, Demetrio; no porque Rufo lo haya propuesto.
—¿Lo ha hecho?
—No lo ha hecho.
Demetrio se detuvo y se apoyó en un poste.
—La noche se enfría con rapidez —dijo—. Enseguida voy a… calentarla un
poco.
Leonidas cogió aire audiblemente por entre los incisivos.
—Ha sido una necedad de Mikines —dijo a media voz—. Y de Rufo. Es bueno
que los romanos cuiden la seguridad de la caravana, pero…
Demetrio asintió.
—Exacto. Pero.
Cuando se acercó al fuego, Mukhtar salió a su encuentro.
—¿Una o dos palabras, señor de la caravana?
Demetrio prestó atención al tono, pero no oyó ni burla ni ese rencor con el que
Mukhtar se había adornado en Adane.
—Escucho.
—El gobernador es un viejo amigo de mi padre —dijo Mukhtar—. Por eso pensé
que quizás era mejor para todos que fuera yo quien hablara con él.
—¿Para coger un caballo por el que he pagado a Kharkhair sin hablar antes
conmigo?
Mukhtar no le dio importancia.
—Como ya dijo tu criado, al fin y al cabo era para ese fin.
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Demetrio entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos ranuras.
—¿Qué ha salido de las negociaciones?
—Amables palabras y buenos deseos para la caravana. No hay que abonar ningún
tributo.
—Suena como si hubiera algo más.
Mukhtar asintió.
—Tasas de venta… un impuesto al comercio, como lo llamó él.
—Contaba con eso. ¿Cuánto?
—Diez centésimas partes —Mukhtar se llevó el índice de la mano derecha a la
nariz—. Mañana temprano, cuando los mercaderes vengan a contemplar y regatear,
un inspector del gobernador estará presente con sus escribas.
—Está bien —en su último viaje, Demetrio también había tenido que pagar diez
centésimas partes. No había motivo para ensalzar a Mukhtar—. Aun así: si vuelves a
tener ideas como esa (tú, o Rufo, o quien sea), quiero que me preguntes antes.
—Así será —Mukhtar se volvió para irse.
Demetrio lo sujetó por la manga:
—¿Por qué ese cambio? En Adane te hubiera gustado comerme crudo.
—Crudo no —Mukhtar miró la manga; Demetrio la soltó—. Crudo no —repitió
—. Asado, quizá con una salsa picante que encubra tu sabor.
—¿Y ahora?
Mukhtar volvió los ojos.
—Ahora cabalgamos juntos; iría en contra de toda utilidad que no hiciera todo lo
posible para serte útil, y con ello serlo a mí mismo. Hasta el final del viaje.
—Dime una cosa más: ¿por qué haces este viaje en tan repugnante compañía?
—¿Qué te importa a ti eso?
—Saber nunca hace daño, y como señor de la caravana me gustaría saber con qué
tengo que contar.
—Con mi colaboración, mientras estemos en camino —se volvió; por encima del
hombro, dijo—: Mi meta es Ao Hidis… si es que eso te dice algo. Hasta entonces, o
hasta el punto en que nos separemos, haré todo lo posible por serte útil a ti y a mí.
En la taberna había una gran sala y un dormitorio para unas veinte personas, además
de siete pequeños aposentos para viajeros más nobles o más delicados, y en cualquier
caso acomodados. Cuando Demetrio conversó con el posadero sobre los precios de
las comidas y demás, se enteró de que cuatro aposentos estaban ocupados: dos por
dos mujeres cada uno, los otros dos por Rufo y Mukhtar.
—El romano ha dicho que debía dejar libre uno para ti, señor —el posadero le
miraba desafiante.
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—Muy amable por parte de Rufo y por tu parte, pero dormiré fuera.
—¿Noble desconfianza o innoble avaricia, señor?
Demetrio sonrió:
—Ambas, amigo mío. ¿Acaso sé yo si en medio de la noche un recaudador de
largos dedos no querrá examinar mis paquetes? ¿Y si en tus habitaciones, sin duda
confortables, no empezarán a moverse de noche cinturones y bolsas para no volver
jamás?
Los camelleros y los guerreros romanos comieron, junto al gran fuego, alimentos
preparados por ellos mismos. Demetrio se sentó en una de las piedras planas situadas
delante de la taberna e hizo que una de las criadas del posadero le trajera asado y pan
recién hecho, además de una jarra de cerveza de sabor fresco y agradablemente
amargo. Mientras comía miraba al fuego, que ardía a apenas veinte pasos de
distancia, y seguía los hilos de varios desagradables pensamientos.
Acababa de terminar el asado cuando una voz a su espalda dijo:
—¿Tienes especiales deseos respecto a la vigilancia?
Demetrio no se volvió.
—¿Debo manifestarlos o dejarlo todo en tus manos? Ya que ahora te ocupas de
impuestos y caballos…
—Fue un error no preguntarte antes —la voz de Rufo no sonaba en absoluto
compungida o arrepentida, sino más bien un tanto divertida—. Pero no fue un error
sentar a Mukhtar en ese caballo.
Demetrio señaló el fuego con la mandíbula:
—Supongo que tus hombres estarán escasamente vigilantes esta noche.
Rufo se echó a reír.
—¿Por las sin duda especialmente hermosas rameras que siempre hay en tales
lugares? Eso se puede arreglar. Un tercio vigila, un tercio duerme, un tercio folla…
¿te parece bien así?
—Yo no habría podido expresarlo con más refinamiento.
Rufo emitió un agudo silbido; luego dijo:
—Sí habrías podido. Pero eso no cambiaría nada.
Demetrio esperó a que el romano empezara a dar órdenes a uno de sus tres
lugartenientes; después de las primeras frases de Rufo, se levantó de las rocas y llevó
la bandeja de madera y la jarra de vuelta a la taberna.
Meleagro y Mikines estaban sentados a una mesa baja con las tres acompañantes
de la tolemaica. La propia Cleopatra no estaba a la vista, quizá ya se había retirado.
Mukhtar y dos de sus cuatro hombres también estaban en la taberna.
—¿Dónde está Leonidas?
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Meleagro parpadeó mirando a Demetrio.
—Fuera —dijo—. Anda pensativo dando vueltas por el corral.
—Que Mikines le releve.
—Sí, señor —Mikines parecía haber contado con ello—. Trataré de volver a
crecer en tu aprecio.
Glauca compuso una sonrisa forzada; Thais no mostró emoción alguna. Arsinoe
echó atrás la melena con un brusco movimiento de la cabeza y dijo:
—¿Castigo por una cabalgada rebelde?
—Cuidado de la seguridad de los animales y las mercancías. Los habitantes de
esta ciudad son conocidos por tener dedos hábiles.
—¿Quieres sentarte a mi lado, ya que lo envías fuera a él?
Demetrio miró el rostro de Arsinoe y se esforzó por no mostrar sorpresa.
—No puedo imaginar nada más agradable Pero el deber, ya sabes —apuntó una
reverencia y se marchó con Mikines.
Algún tiempo después, fue a ver a los guardias romanos con una manta y la bolsa que
contenía las cosas más importantes.
—¿Podréis soportar que me acueste cerca de vosotros?
Algunos hombres rieron. Uno dijo:
—Tu sueño honra nuestra silenciosa vigilancia.
Un guardia que había estado caminando en torno al corral regresó; otro salió a
recorrer el mismo camino.
—¿Dónde descansaréis cuando todo lo demás esté hecho?
—Allí —el romano aludido señaló a un grupo de pequeñas rocas entre las que ya
podían verse bultos de equipaje.
—Estoy muy contento de que viajéis con la caravana —dijo Demetrio—. El largo
camino está sembrado de huesos de hombres descuidados y sus animales.
—Quizás añadamos a esos huesos los de algunos ladrones descuidados.
—Tú eras uno de los porteadores de la litera, ¿verdad? ¿Tu nombre?
—Póstumo… Lucio Póstumo.
—Supongo que allá donde tendréis que prestar servicio en lo sucesivo os tocará
cargar otras cosas. Nada de literas.
—No lo sé. No conozco nuestro destino —Póstumo sonrió; a la luz del pequeño
fuego Demetrio vio brillar sus dientes—. Bonito intento, si me permites decirlo. Pero
si quieres saber más deberías preguntar al centurión.
Demetrio sonrió.
—¿Os ha advertido?
—Nos ha dado órdenes de no decir nada. No es porque sepamos algo.
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Los romanos se habían repartido; dos hombres caminaban lentamente en torno al
aprisco, donde se encontraban los animales y la mayor parte de las cargas. En la parte
exterior, la más alejada de la posada y del pueblo, Mikines estaba sentado sobre una
gran piedra y miraba fijamente al fuego por encima del corral.
—Deberías mirar en la otra dirección —dijo Demetrio—. El enemigo viene casi
siempre de la oscuridad.
Mikines parpadeó.
—¿Qué enemigo? ¿Esperas conocidos?
—Nunca se sabe. Sé cauteloso y vigilante.
—Leonidas me relevará luego.
—Muy bien. Que Meleagro me despierte; yo haré la última guardia.
—Está en algún sitio ahí afuera —Mikines ensayó una sonrisa, pero fracasó.
«Probablemente», se dijo Demetrio, «aún está luchando con su necedad y la
cabalgada de Mukhtar»—. ¿En la taberna, con mujeres, quizás?… Ah, ahí está
Arsinoe. Parece como si estuviera buscando a alguien.
—No te dejes encontrar. Disminuye la vigilancia —Demetrio le dio una palmada
en el hombro y siguió su camino. Al otro lado del aprisco, junto al fuego, Arsinoe
parecía estar buscando realmente algo. Hablaba con uno de los romanos acampados;
mientras tanto, miraba una y otra vez a su alrededor.
Demetrio chasqueó ligeramente con la lengua. Estaba decidido a no dejarse
encontrar. «Quizá no me busque a mí», se dijo, «pero la invitación de antes sonaba de
algún modo hecha por encargo. ¿De quién?».
En realidad, sólo podía haber sido Cleopatra… ¿de quién si no iba Arsinoe a
recibir tales órdenes? Si es que realmente era una orden. Quizá tan sólo se sentía
sociable o se había aburrido con los otros; o pensaba que Demetrio necesitaba
compañía. O simplemente quería ser amable con el señor de la caravana.
—Sea lo que fuere —murmuró él. A la luz del fuego, que se iba apagando poco a
poco, contó lo mejor que pudo gibas y bultos, contornos. No parecía faltar nada, o al
menos nada de gran tamaño.
El aprisco era casi pentagonal junto al primer rincón estaba el fuego; junto al
tercero se sentaba Mikines. El cuarto entraba casi en un enmarañado arbusto del que a
Demetrio le llegaron palabras. Se estremeció y desenvainó su espada corta.
—¿Solitario o vigilante, señor?
Era la voz de Nubo. Demetrio volvió a envainar la espada y respiró hondo.
—¿Te has escondido para dar sustos de muerte a los caminantes?
Los ojos de Nubo relucían en blanco; no se veía nada más de él.
—En la negrura de la noche —dijo—, todo lo negro se vuelve invisible. Tenía
miedo de ser engullido y convertirme en parte de la noche, y quise ocultarme de ella
en estos matorrales.
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Demetrio se apoyó en un poste y cruzó los brazos delante del pecho.
—¿Es una de las bromas con las que te has hecho conocido en Adane? Sin
embargo tu voz suena seria.
Nubo lanzó un suspiro.
—Tú también eres extranjero entre árabes —dijo—. A ti sólo te odian, a mí me
desprecian. ¿Cómo voy a sobrevivir?
—¿Por eso te haces el loco? ¿Para que se rían del loco y no vean a Nubo?
—Eres astuto, señor de la caravana. Y tienes razón. El loco visible, el invisible
Nubo. Y aquí, el arbusto visible para la noche y… nada de Nubo a la vista.
Demetrio se apartó del poste.
—Ven —dijo—. Vamos a charlar un poco, junto al fuego o en la taberna. ¿Has
comido algo?
—Quería algo negro que no se viera en mí. Pero sólo tenían cosas claras —Nubo
terminó al fin de salir del arbusto. Los reflejos del fuego brincaron en su pelo teñido
de rojo.
—Quizás encontremos cosas más oscuras.
—¿Carne quemada? —dijo Nubo, siguiendo a Demetrio—. ¿Pan nocturno? ¿Vino
de sombras?
—Y siniestras conversaciones.
—¿Te he dado ya lo bastante las gracias porque me permitas viajar contigo?
Demetrio sonrió entre dientes.
—No sé lo que a ti te parecerá bastante.
Alcanzaron el quinto rincón. Estaba, bien visible, al final del último tramo de
rocas, iluminado por el fuego, en el que se había sentado Demetrio. Ahora era
Arsinoe la que se sentaba allí.
Tenía las manos puestas en el regazo y tiraba del borde de su chitón. Cuando
Demetrio entró en el círculo de luz, ella alzó la vista y le sonrió. Luego, sin embargo,
la sonrisa desapareció de repente… probablemente, pensó él, al ver a Nubo. Al
comprobar que él no estaba solo.
—¿Calientas la noche con tu visión? —le dijo él.
—La caliento con la esperanza de verte, señor de la caravana —la sonrisa regresó.
—Nubo y yo pensábamos hablar de tinieblas. Si quieres, puedes acompañarnos.
—¿Tinieblas? —la voz no sonó ni curiosa ni entusiasmada.
—Podemos empezar por tu pelo, antes de pasar a las negruras habituales —
Demetrio señaló hacia la taberna con el mentón.
Arsinoe se levantó, lentamente, quizás a regañadientes.
—Había esperado —dijo casi en un susurro— poder hablar un poco contigo aquí
fuera… solos.
—Eso me honra —Demetrio le sonrió—. Pero el señor de la caravana nunca está
solo.
Arsinoe le siguió a la taberna; Nubo fue el último en entrar. Entretanto, estaban
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ocupadas casi todas las mesas. Al parecer la posada era una especie de punto de
encuentro de la ciudad… al menos cuando una caravana empleaba la explanada para
acampar.
Demetrio vio que Meleagro y Leonidas habían renunciado al placer de dedicarse
a las mujeres por el placer del mercader en hablar con gentes que a la mañana
siguiente quizá desearían comprar algo o tendrían algo que poner a la venta.
En todas las mesas había lámparas de aceite; antorchas sujetas a las paredes y
hachones les ayudaban a difundir una luz penumbrosa y a volver el aire espeso y
denso.
Junto a la entrada por la que acababan de pasar se levantaron unos cuantos
nativos. Nubo se lanzó a ocupar los escabeles libres sentándose en uno, cogiendo otro
con la mano izquierda y poniendo una pierna sobre el tercero.
—Música —dijo cuando Demetrio le tocó la pierna para dejarse caer sobre el
escabel.
—¿Cómo?
—Falta la música. Creo que aquí no tienen a nadie que sepa hacerla —se inclinó
hacia delante y palmeó el borde la mesa con ambas manos. Un torbellino cuyo ritmo
se echaba cada vez más hacia atrás, se adelantaba y volvía a retirarse.
Arsinoe se había sentado en el taburete después de que Nubo apartara la mano.
—Se podría bailar —dijo—. Sólo harían falta un par de instrumentos de cuerda y
una flauta, o una voz vigorosa…
—¿Dónde está la princesa? —dijo Demetrio—. No la veo.
—Estaba cansada, y hace mucho que se ha retirado.
—Entonces debiéramos ser considerados y no cantar demasiado alto. O no cantar
en absoluto.
Arsinoe hizo un mohín, pero no dijo nada.
Nubo dejó de tamborilear.
—Ah, los cascos de los búfalos en el suelo de la estepa —dijo—. Los cánticos
rugientes de los leones, gotas de sangre chapoteando al atardecer. El grito de la luna,
el zumbido de los hipopótamos.
Arsinoe rió a carcajadas.
—¡Cuidado con tu griego! —estaba a punto de atragantarse—. ¡Los hipopótamos
no zumban!
—¿Qué hacen entonces, en tu opinión?
—Patalean, gruñen, tosen, chapotean, resoplan, braman, entrechocan los
dientes…
—¡Ah, entonces es que nunca los has oído! —Nubo le miró fijamente a la cara,
como si quisiera coserle los párpados con su mirada—. ¡Cierra los ojos, oh hermosa!
Por las noches, cuando el río abandona su lecho y se convierte en velo que se tiende
sobre el mundo… cuando a lo lejos las gacelas se mecen en las ramas y cantan
refiriéndose al tiempo en que eran flechas del Gran Cazador y silbaban sobre la
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llanura…, entonces los hipopótamos se apoyan en las patas delanteras, estiran las
traseras y hacen girar el rabo hasta que zumba. Y las orejas… ¿sabes lo rápido que
pueden mover las orejas? ¡Oh, qué digo mover…!, ¡agitar, arremolinar!
Un esclavo trajo tres copas.
—¿Cerveza, agua, zumo, vino?
—¿Qué tal es vuestro vino? —dijo Demetrio.
—Pis de serpiente —dijo Nubo—. O peor.
—Aquí casi no hay serpientes —el esclavo sonrió—. Pero si las hubiera y
tuvieran letrinas, entonces… sí, entonces sí.
—Cerveza —dijo Demetrio.
—Una inteligente decisión —Arsinoe posó la mano sobre su antebrazo—. Antes
he tomado unos tragos de vino. Espantoso. Además, el vino arrebata a los hombres
aquello que las mujeres pueden apreciar en ellos.
Nubo rió entre dientes.
—¿Y la cerveza?
—La cerveza también. Pero más despacio.
Demetrio se metió dos dedos en la boca y emitió un agudo silbido. Leonidas alzó
la vista; Demetrio le hizo una seña para que se acercara; a la vez señaló dos mesas
más allá, donde Ravi y Perperna estaban sentados en mutuo silencio.
—¿Cuál es tu deseo, señor? —dijo Leonidas al llegar junto a Nubo. Ravi y
Perperna, a los que había dado un toque al pasar, le seguían.
—Deberías relevar a Mikines. Y dile a Meleagro que yo haré la última guardia.
Leonidas se llevó la palma de la mano al pecho.
—Escucho y obedezco. Que tengas una noche provechosa, señor —y salió.
—¿Tienes que hacer guardia? —dijo Arsinoe—. Yo creía que el señor de la
caravana podía descansar. O deleitarse.
Pero la mirada que le concedió dijo a Demetrio que estaba claro que ella ya no
esperaba poder conseguir nada. Fuera lo que fuese.
—Perperna, Ravi… ¿queréis sentaros con nosotros?
—¿No molestamos? —dijo el indio—. Eso sería impertinente, ¿verdad?
—Nada de molestias. Queríamos sostener, junto a la cerveza que ojalá traigan
pronto, oscuras conversaciones sobre el cabello de Arsinoe y los jugos gástricos de la
noche.
Perperna rió.
—¡Ése es un buen tema! —alzó su muñón en el aire espeso, como si pudiera
hacer agujeros en él—. ¡Los jugos gástricos de la noche!
Demetrio creyó que acababa de dormirse cuando le despertaron fuertes voces y el
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entrechocar de armas. Quiso ponerse en pie de un salto, pero unas duras manos lo
sujetaron contra el suelo. Vio correr hombres con antorchas y espadas, oyó gritos
furiosos, el sordo ruido de unos puñetazos; alguien junto a él gimió, y más lejos se
oyó un grito de muerte.
Los hombres que le habían sujetado lo levantaron. Árabes, probablemente
hombres del gobernador. Vio a Rufo apoyado en un poste con los brazos cruzados;
otros hombres —¿guerreros?, ¿alguaciles?— arrastraban a Opiter Perperna y a Nubo,
que braceaba y pataleaba furiosamente, en dirección a la posada.
Demetrio cogió aire y gritó:
—¡Lucio Póstumo!
Por el rabillo del ojo vio un movimiento, mucho más lejos, junto al aprisco; Rufo
descruzó los brazos y apuntó un golpe; entonces algo crujió sobre el cráneo de
Demetrio, y no vio nada más.
Cuando volvió en sí, estaba tumbado en una fría y húmeda piedra. De algún sitio
mucho más arriba se filtraba luz, se escurría por las paredes de piedra, y mostraba los
contornos de un calabozo o mazmorra. Junto a una puerta de pesadas y gruesas vigas
había dos cubetas; aparte de eso, en la gran estancia sólo había un poco de paja aquí y
allá y un par de figuras.
Se incorporó gimiendo; sentía la cabeza como un barril de estiércol en el que
girasen un montón de cuchillos. Un brazo se tendió en torno a su hombro, trató de
apoyarlo.
—Me alegro de volver a verte con nosotros, señor —era la voz de Leonidas.
Demetrio se pasó la mano por los ojos. Con voz débil, que le sonó ajena incluso a
él, dijo:
—¿Qué ha pasado?
—Rufo y Mukhtar han decidido viajar sin nosotros.
—Sin nosotros, pero con mi dinero —Ravi se arrodilló delante de Demetrio y le
miró a los ojos—. Y probablemente también con el tuyo.
Demetrio respiró hondo varias veces; las ranuras que veía delante de sus ojos
desaparecieron, y cuando intentó volver la cabeza y mirar a su alrededor, incluso el
girar de los cuchillos cedió.
—Si no llevase tanto tiempo apartado de ellos, tendría que disculparme por mis
compatriotas —Perperna, que se apoyaba, más a la derecha, en la pared, ensayó una
débil sonrisa.
Perperna. Nubo. Leonidas. Meleagro. Ravi. Glauca. Arsinoe. Thais.
Y Cleopatra, que ahora se acercaba a él, se ponía en cuclillas y decía:
—No sé si estarás satisfecho con esta compañía.
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—¿Dónde está Mikines? ¿Y qué han hecho con los camelleros?
—Mikines —dijo Leonidas con tristeza— tuvo seguramente la impresión de tener
que reparar algo. Se resistió, y lo mataron. ¿Los camelleros? No lo sé; supongo que
los espantaron, o que se han ido con Rufo y Mukhtar.
Demetrio aún estaba demasiado aturdido para lamentar la pérdida de otro viejo
camarada. Miró a Cleopatra y tuvo la sensación de beber fuerza de sus ojos.
—No siempre se puede escoger la compañía —dijo—, pero las hay peores.
Cleopatra sonrió.
—Me temo que prefiero estar con vosotros que con Rufo y Mukhtar…, aunque
habría preferido otro alojamiento.
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Capítulo XIII
JEHOSCHUA
He llegado a tal punto que tengo que temer a quien persigue mi bien.
PUBLIO TERENCIO ÁFER
La debilidad y los dolores hacían casi inaudible la voz de Tishahar. Áfer tuvo que
inclinarse sobre él hasta que su oreja casi rozó la boca del esclavo.
—Fiebre, señor…, tengo fiebre. Ahora no puedo moverme.
La frente de Tishahar ardía. El cuerpo estaba empapado en sudor; como no podía
moverse del lecho, se había manchado él y había ensuciado las sábanas.
Áfer encendió fuego y prendió varias lámparas. Llenó varias copas y una jofaina
con el agua del odre todavía casi lleno que había en la cocina. Levantó la cabeza de
Tishahar y le hizo tomar un par de tragos; luego lo desnudó, lo lavó y lo acostó sobre
sábanas y sacos de paja frescos. Tishahar estaba demasiado débil como para decir
nada más que «señor…, tú… no».
Cuando terminó, Áfer salió a buscar al físico de la fortaleza. Sabía que a esa hora
tardía encontraría a aquel hombre, que procedía de Damasco, en una de las
numerosas tabernas del lugar. El padre del físico, un griego siríaco, había condenado
a su hijo a vivir con el nombre de Adonis. Aparte del nombre, le había legado una
estatura baja, una giba y unas piernas torcidas.
Áfer evitó el barrio de los judíos rigoristas, que en la oscuridad de la noche
probablemente le habrían lapidado por profanar sus callejones. Primero lo intentó a la
orilla del lago; en las cercanías del pequeño puerto había varias tabernas de
pescadores. Allí vio a unos cuantos seguidores del rabino errante Jehoschua, pero no
al físico. Por fin lo encontró al norte de la fortaleza, en una zona en la que se
albergaban sobre todo mercaderes, guerreros, árabes y toda clase de habitantes
helenizados del país fronterizo.
Pasó algún tiempo hasta que Áfer sacó a Adonis, profundamente borracho, de la
oscura y apestosa taberna al exterior. El físico tenía que haber pasado la mayor parte
de la tarde liquidando las existencias de vino. Hacía mucho que el sol se había puesto
cuando llegaron a la fortaleza. Áfer envió a un guerrero a buscar al ayudante del
físico; con ayuda de su propio criado, un muchacho árabe, sumergió una y otra vez a
Adonis en una cubeta llena de agua fría.
—¡Basta, ya es suficiente! —el físico se sacudía agitando los brazos—. ¿Quieres
despejarme o ahogarme?
—Despejarte lo bastante como para que puedas cuidar de mi criado. Te ahogaré si
no le ayudas.
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Adonis se frotó los ojos.
—¿Qué tiene?
—Fiebre y parálisis.
El físico asintió y se volvió a su ayudante, al que el guerrero acababa de traer. Le
indicó que metiera en un saco distintas bolsitas y redomas.
Cuando salieron de la fortaleza, Nikías salió a su encuentro.
—Tenemos que hablar —dijo.
—En cuanto haya arreglado este asunto —dijo Áfer— regresaré. ¿Dónde puedo
encontrarte?
—En el aposento que hay detrás de tu despacho. ¿Cuánto durará lo que tienes que
hacer?
—Eso depende de lo bien que cure este curandero. En cualquier caso estaré de
vuelta antes de medianoche.
—Vamos a ver si funciona —Adonis tocó el hombro de Tishahar con el índice; el
enfermo sonrió débilmente—. Lo principal es que no lo vomite. Quizá tengamos que
repetirlo mañana.
Áfer admiró el estómago de su esclavo. Probablemente Tishahar también estaba
paralizado por dentro. A causa del olor que emitía el polvo removido que le habían
dado, Áfer estaba a punto de vomitar.
Dejó a su propio criado con Tishahar, con las instrucciones recibidas: mojarlo,
refrescarlo, lavarlo.
—Te lo agradezco, amigo mío —dijo cuando volvieron a estar en la calle.
Adonis esbozó una sonrisa.
—Soy yo el que tiene que darte las gracias.
—¿Por qué?
Adonis rió entre dientes.
—Tú me despejaste. Ahora puedo seguir bebiendo a conciencia.
Áfer acompañó al físico hasta la fortaleza. Adonis regresó al norte, a la taberna;
Áfer y el criado del físico cruzaron la puerta, protegida por un guardia somnoliento.
Nikías aún estaba despierto. Estaba sentado en el despacho de Áfer, ocupado con
rollos de papiro; dos lámparas de aceite le dispensaban una escueta luz.
Áfer se sirvió una copa de vino de la jarra que había sobre la mesa.
—¿No está demasiado oscuro?
—Algunas cosas son tan desagradables que es mejor no verlas por entero —dijo
Nikías con una sonrisa torcida.
—¿Qué es tan urgente como para que tengamos que discutirlo esta misma noche?
Nikías dejó caer el punzón y entrecruzó las manos.
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—Se trata de ese renovador, el rabino errante.
—¿Jehoschua?
Nikías asintió.
—El rey está preocupado. Le exigen que haga ejecutar a ese hombre. Pero la
anterior ejecución no le ha gustado.
—¿Te refieres al bautista? ¿Jochanaan?
Nikías emitió un leve suspiro.
—A él me refiero. Y es la misma gente la que apremia al rey también esta vez.
—¿Su hija? —Áfer alzó las cejas—. ¿O los sacerdotes?
—Jerusalén. Dicen que es un agitador. Dicen que quiere derrocar al rey. Dicen
que quiere echar a los romanos.
Áfer acercó un escabel a la mesa y se sentó.
—Yo digo que es un buen hombre. Respeta al rey. ¿Y quién podría ser tan necio
de meterse con el Imperio?
—Todo aquél que esté exclusivamente poseído por su correspondiente Dios.
—Él no está poseído. Por todo lo que sé de él, quiere ablandar, eliminar ciertas…
digamos rigideces.
Nikías torció el gesto.
—En otras palabras, quiere limpiar el templo.
Áfer bebió un trago.
—No lo sé —dijo—. ¿Un pequeño rabí de Galilea y el gran templo de Jerusalén?
Quizá querría, pero dudo de que realmente se atreva a tanto. Para eso harían falta más
seguidores de los que tiene.
—¿Y más de los que tendrá dentro de un año? ¿Si, como cuentan, sigue sanando
enfermos y haciendo milagros?
—Siempre ha habido sanadores milagrosos. Respecto a lo que pasará dentro de
un año, yo no soy astrólogo.
Nikías asintió.
—Los astrólogos no trabajan en esta fortaleza. Como sabemos para quién trabajas
tú…
—Para el rey.
—No te hagas el tonto —sonó casi despreciativo—. Naturalmente que trabajas
para el rey, pero también trabajas para Roma.
Áfer guardó silencio unos instantes. Luego dijo:
—¿Acaso es eso importante?
Nikías pasó la palma de la mano por la mesa.
—Es importante. Por varios motivos —alzó la vista y clavó su mirada en Áfer—.
Quien paga mercenarios, tiene que contar con la posibilidad de que otro les ofrezca
más. Si sabemos que alguien trabaja para Roma podemos confiar en él… ¿quién iba a
atreverse a traicionar a Roma? Si lo hiciera, Roma le castigaría. Además, el rey está
de parte de Roma, de forma que le beneficia lo que no perjudica a Roma.
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—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el principio. Pero sigamos hablando de Jehoschua. ¿Estás seguro de que
no instiga contra Roma?
Áfer se encogió de hombros.
—¿Quién puede estar seguro de lo que ocurre en el corazón de un hombre? Estoy
seguro hasta donde le conozco. Y hasta donde he oído.
—Herodes irá a Jerusalén en primavera. Vivirá en palacio y celebrará la fiesta de
la Pascua con sus súbditos.
—¿Con sus súbditos? —Áfer rió en voz baja—. Para ir a Jerusalén necesita el
permiso de Pilatos. El rey por la gracia de Roma de visita en la provincia romana de
Judea. ¿Lo celebrarán sus súbditos? Seguro que los sumos sacerdotes, no.
—Será difícil. Y para hacerlo todavía más difícil, también Pilatos pasará esas
fechas en Jerusalén. ¿Entiendes ahora por qué tenemos que saberlo todo y estar
seguros?
—Creo —dijo lentamente Áfer— que a Jehoschua le importa la gente y lo que
considera la verdadera fe. No piensa en atentados durante la Pascua.
Nikías adelantó el labio inferior.
—Eso sería una novedad.
—¿Qué quieres decir?
—A casi todos aquellos a quienes importa la gente les importa tener poder sobre
la gente. ¿Y yo tengo que creerte cuando me dices que a Jehoschua no le importa el
poder?
Áfer asintió en silencio.
Nikías le dirigió una mirada penetrante. A continuación dijo:
—Tu mudo asentimiento me convence más de lo que podría haberlo hecho un
largo discurso.
—¿Cuánto tiempo te quedarás?
—Hasta mañana por la tarde. Me gustaría que hasta entonces aún pudieras
averiguar más acerca de él y sus adeptos.
—Lo intentaré —Áfer se levantó.
Nikías señaló el escabel.
—Siéntate; aún no hemos terminado.
—¿De qué más tenemos que hablar?
—Me gustaría saber si sabes para quién trabajas en Roma.
Áfer lanzó un suspiro.
—¿Importa eso? ¿Hay diferencias en Roma lo bastante importantes como para
que Herodes y tú reflexionéis acerca de ellas?
—No eres así de tonto —Nikías dio una palmada en la mesa—. No me insultes
haciendo ver que lo eres.
—No lo sé.
—¿Qué no sabes?
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—Para quién trabajo. Los hombres que se han encargado de hacerme venir no me
lo han dicho.
—¡Pero tienes que saber a quién informas!
—Naturalmente que sé a quién informo. Pero no sé para quién trabaja él.
—No te creo —Nikías repasó con el índice de la mano derecha los dedos de la
izquierda—. En primer lugar, el servicio secreto del todopoderoso Sejano, del que se
dice que ya no está satisfecho con mandar oficialmente a los pretorianos y dirigir en
secreto el Imperio. En segundo lugar el de Tiberio Augusto, que desde hace años se
entrega en la isla de Capreae a sus en absoluto elevados placeres; en realidad lo deja
todo en manos de Sejano, pero sigue teniendo hombres entregados en las legiones. En
tercer lugar, los espías que trabajaron largo tiempo para Livia, la madre de Tiberio.
No sabemos para quién trabajan ahora, pero sí que no es Sejano. En cuarto lugar, hay
un grupo de hombres influyentes, ricos mercaderes, que mantienen a sus propios
recolectores de noticias para no depender de los otros.
—Un largo discurso —Áfer apuró su copa—. Escucharlo me ha llenado de sed.
Pero realmente no sé para quién trabajo.
—¿A quién informas?
Áfer sacudió la cabeza.
—No puedo decirte eso.
—¡Oh virtuosa virginidad! —Nikías resopló—. Informas a Cesarea,
concretamente al honorable Parménides. Él trabaja para las legiones, y por tanto para
el César, y quizá también para los grandes mercaderes.
—Sabes más que yo —dijo débilmente Áfer.
—Por eso me pagan mejor que a ti —Nikías cerró un instante los ojos. Luego
volvió a abrirlos y dijo—: Pero basta. Si Sejano quiere convertirse en princeps, quién
afila en Roma qué clase de cuchillo y contra quién no son más que rumores. Ve en
pos de otros rumores y vuelve por la tarde para informar.
Por la mañana, la fiebre de Tishahar parecía haber remitido un poco, pero seguía sin
poder mover más que los dedos. El criado de Áfer le colocó debajo una jofaina plana
para que pudiera aliviarse. Luego lo lavó y le hizo beber un poco de agua. Entretanto,
Áfer removía en una copa otro brebaje: agua y una cucharada del repugnante polvo.
Tomó su propio desayuno —pan, asado frío y una infusión de hierbas endulzada
con miel— en la fortaleza, durante su despacho matinal con el comandante. Gamaliel,
un judío retornado de Bizancio, dejaba en realidad todos los asuntos importantes en
manos de Áfer y Xantipo, pero de vez en cuando quería oír informes o que le hicieran
preguntas, a las que raras veces respondía. Junto a Gamaliel, Áfer y Xantipo, esta vez
también Nikías tomó parte en la conversación.
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Cuando todo lo que afectaba a la gestión de la fortaleza estuvo aclarado y Áfer
hubo terminado su desayuno, Gamaliel se volvió a él:
—¿Ha hablado ya Nikías contigo?
—¿Te refieres a algo en concreto, señor?
Gamaliel alzó las boscosas cejas.
—El consejero del rey —dijo con su voz suave, un poco somnolienta— quiere
saber más de ti sobre ese rabino antes de esta tarde. ¿Qué harás para obtener esta
información?
Áfer alzó la vista hacia Nikías; no obtuvo más que algo parecido a un guiño.
Gamaliel parecía enterado… lo que sorprendió un poco a Áfer. Hasta ahora había
supuesto que el señor de la fortaleza prefería evitar las preguntas molestas y
mantenerse en todo momento alejado de los conocimientos esenciales.
—Intentaré —dijo Áfer— hablar con algunas personas del lugar. Aquellos que le
conocen y aquellos que quizás hayan oído algo de sus seguidores.
Gamaliel compuso una extraña sonrisa… ¿condescendencia, compasión, hastío?
—Ve a casa de ese pescador, Simón. ¿Le conoces? Un hombre alto y fuerte, con
una cara que parece tallada en piedra.
—Sé a quién te refieres, señor.
Gamaliel asintió.
—¿Algo más?
Era evidente que Simón no estaba; su barca no se encontraba en la orilla, detrás de la
casa. La mayoría de los pescadores del lugar habían Zarpado, como de costumbre,
antes de salir el sol. Áfer renunció a buscar la barca de Simón en el agua. Se quedó en
pie junto a la entrada de la casa, se rascó la nuca y suspiró ligeramente. Si apreciaba
bien a Simón, el pescador no estaba entre los rigoristas. Probablemente no tendría
nada en contra del contacto con un gentil, le invitaría a entrar en su casa…, pero era
imposible hacerlo sin ser invitado, y los pescadores de Cafarnaum no tenían criados
ni esclavos que esperasen junto a la puerta para recibir encargos.
Creyó oír voces dentro de la casa, tal vez en el patio interior. Áfer suspiró otra vez
y dio dos palmadas. Las voces enmudecieron; unos pasos se acercaron, dentro de la
casa. Entonces oyó un «Oh», y la mujer de Magdala apareció ante él.
No había cambiado… salvo un extraño brillo que parecía filtrarse de los oscuros
ojos a todo el rostro.
—¡Áfer! ¿Me estás buscando?
—Me alegro de verte, Miriam —su voz se atascó, atrapada en la garganta como
en un bache, y tuvo que carraspear para despejar el sendero—, pero no sabía que
estabas aquí.
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—¿Quieres ver a Simón? Está en el lago.
Áfer se sintió incómodo. Luego se dijo que esa incomodidad formaba parte de su
trabajo.
—No sé a quién quiero ver —dijo.
Ella le miró entornando los ojos; con una fugaz sonrisa, dijo:
—Te han enviado a buscar información, ¿verdad? Sobre él… sobre Jehoschua.
Él escuchó el tono de su voz, observó el cambio cuando pronunció el nombre, y
asintió como si ella le hubiera confirmado algo largamente sospechado.
—Le quieres, ¿verdad?
—Todos le queremos —en voz más baja, añadió—: Él y yo vamos a desposarnos.
Áfer prestó oídos a su interior, y trató de percibir por separado, de interpretar las
muchas sensaciones confusas, una mezcla de voces enmarañadas. Entre ellas había
lamento, un poco de envidia, una sensación de pérdida, pero también calor y afecto.
—¿Ha logrado apaciguar tu séptimo demonio?
Ella asintió; su sonrisa fue cautelosa, casi desconfiada.
—Entonces os deseo a ti y a él felicidad y una larga vida —dijo—. Sabes que
siempre te he deseado bien. Y él es un buen hombre, hasta donde yo sé.
—¿Qué quieres de él?
—Yo no quiero nada de él. Otros quieren algo de mí, en concreto saber si tienen
que temerle o no.
—Nadie tiene que temerle —ella dudó un instante, luego dijo—: Ni el rey, ni el
prefecto, ni los sumos sacerdotes.
Áfer se sintió superfluo y, en gran medida, necio. ¿Girar sobre sus talones, irse sin
decir palabra? Imposible. Trató de buscar una salida a su confusión; lo único que se le
ocurrió fue una pregunta:
—¿Dónde vais a desposaros? —apresuradamente, casi con más confusión aún,
añadió—: Para saber dónde debo enviar el regalo si es que es bienvenido.
Ella sonrió.
—También tú eres un buen hombre, Áfer. Sería bienvenido, pero está lejos.
Dentro de unos días nos iremos a Canaán. Allí, en casa de amigos… —se
interrumpió, su mirada fue más allá de él, como si buscase otro objeto de
conversación. De pronto dijo—: Tu criado está enfermo, ¿no es así?
—¿Cómo lo sabes? —dijo él, sorprendido.
—Fuisteis buenos conmigo. Por eso, presto atención a lo que cuentan de vosotros.
Áfer se sintió un poco perdido; sin saber qué hacer, dijo:
—Sí, está enfermo. Fiebre y parálisis.
Mientras aún estaba pronunciando estas palabras, un hombre salió de la casa y se
quedó en pie detrás de Miriam.
Áfer lo reconoció enseguida: era Jehoschua. Por primera vez veía de cerca esos
finos rasgos, esos ojos oscuros y penetrantes, pero a la vez cálidos, esa boca de cuyas
palabras tantos pendían. A la que al parecer tantos temían también. Jehoschua sonrió,
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y Áfer comprendió que para él la sonrisa era más sencilla y natural que la burla o la
maldición.
—Me estaba preguntando quién te retenía tanto tiempo aquí —puso despacio una
mano en el hombro de Miriam—. Áfer, ¿verdad? Un hombre justo, según he oído
decir.
Áfer contempló los dedos, esbeltos y sin embargo fuertes, que durante tanto
tiempo habían hecho un buen trabajo de carpintero; y mientras se esforzaba en medir
la dulzura y la fuerza de la voz, escuchó a su propia voz, ridículamente plana, decir:
—¿Quién es justo?
—El que hace esa pregunta conoce el inicio del camino. Pero todos somos
imperfectos y enfermos. Como tu criado, ¿verdad? Miriam dijo que también es tu
amigo.
Áfer sólo fue capaz de exhalar un «sí». Cuatro o cinco hombres, probablemente
adeptos de Jehoschua, salieron de la casa, se detuvieron y contemplaron con
desaprobación a Áfer, como si quisieran ahuyentarlo con sus miradas.
—Tengo mucho que hacer —dijo Jehoschua—. Pero como fuiste bueno con
Miriam y eres un buen hombre, voy a ir contigo y echaré un vistazo a tu criado.
Uno de los hombres alzó la mano y abrió la boca; antes de que pudiera hablar,
Áfer dijo:
—Señor, tú eres judío, y yo gentil; te mancharías si pisaras mi casa. No soy digno
de tal sacrificio. Tampoco mi criado lo es.
Otro hombre asintió; en sus ojos, Áfer creyó leer algo parecido al reconocimiento.
Pero Jehoschua sacudió la cabeza.
—¿Están hechas las leyes para los hombres, o los hombres para las leyes?
Áfer abrió los brazos, con las palmas de las manos hacia arriba.
—Todos estamos sometidos a leyes, todos tenemos que obedecer órdenes. Si mi
rey dice: ve y haz esto, averigua si ese rabino errante es un justo o un alborotador, yo
voy y lo hago. Si digo a uno de mis guerreros: ven, él viene. No me corresponde
juzgar vuestras usanzas. Pero si quieres dedicar un pensamiento amable, un deseo a
mi criado, te lo agradeceré.
Miriam cerró los ojos y se apoyó en el hombro de Jehoschua. Uno de los hombres
dijo en voz baja algo en arameo, demasiado bajo para que Áfer pudiera entenderlo.
Jehoschua negó con la cabeza y lanzó al hombre una mirada de reproche. A la vez
dijo algo, también en arameo y también en voz baja; Áfer creyó entender las palabras
«fe» e «Israel».
Jehoschua se volvió a él:
—Ve a casa, Áfer; que tu criado se cure.
Todavía más confuso que antes, Áfer se llevó al pecho la mano derecha, bajó la
cabeza, se volvió y se fue.
[Link] - Página 127
A lo largo de la mañana, habló con varios hombres que de vez en cuando le contaban
cosas. Antes de volver a la fortaleza para hablar con Nikías, fue a su casa para
refrescarse y ver a Tishahar.
Su criado estaba a los pies de la cama de Tishahar, y dormía. Cuando Áfer entró a
la habitación, Tishahar se incorporó, alzó los brazos, sonrió y dijo:
—Ese polvo asqueroso ha sido de ayuda, señor.
De camino a la fortaleza, Áfer reflexionó si debía preguntar a Tishahar cuándo se
había producido exactamente la mejoría, pero decidió no hacerlo.
Nikías estaba charlando con Gamaliel; ambos se encontraban en el patio interior
de la fortaleza, donde los acompañantes de Nikías se afanaban en preparar caballos y
carromatos.
Nikías le miró:
—¿Y bien? —dijo.
Áfer respiró hondo.
—Di al rey que ese hombre es un justo. No es un alborotador, ni contra el rey ni
contra Roma. Si Herodes quiere ejecutar a alguien, es mejor que mate a todos los
sacerdotes.
Un poco incrédulo, vio sonreír y asentir a Gamaliel.
Nikías sonrió.
—Quizás eso resolviera más problemas de los que tenemos.
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Capítulo XIV
EN LA MAZMORRA
Es mejor contar chistes en buena compañía en la cárcel que gobernar el Estado
entre príncipes y honorables asesinos.
FRAGMENTO (¿cretense?)
Pasaron diez largos y torturantes días en el calabozo. Hablar, sestear, dormir, caminar,
hablar. En otras circunstancias, la proximidad de Cleopatra habría sido para Demetrio
un estímulo para buscar su lado bueno y presentarlo, para hacer de la proximidad
confianza y trato íntimo. Pero la macedonia dijo nada más empezar unas pocas frases
inteligentes. Estaban dirigidas a sus tres acompañantes, pero Cleopatra habló lo
bastante alto como para que todos pudieran oírlas.
—Cuatro mujeres y seis hombres… una proporción muy mala. Si os comportáis
como vulgares perras, esto pronto estará como una perrera: mierda, gruñidos y
ladridos.
Glauca adelantó el labio inferior, como si se sintiera ofendida, Thais sonrió
fugazmente, Arsinoe miró al techo. Allí no había mucho que ver. La mazmorra medía
aproximadamente diez por diez pasos, tenía el doble de la altura de un hombre y en la
parte superior de dos de los muros disponía de rendijas para dejar pasar la luz y el
aire. La pesada puerta y las cubetas eran los únicos objetos en los que hallaban
asidero las miradas que se escurrían por las lisas piedras de la mazmorra.
La puerta, las cubetas y, naturalmente, las personas. Pero con el paso de los días y
las noches, la paja, el polvo, la suciedad y la pestilencia, todas ellas se iban haciendo
cada vez más insignificantes; finalmente, Demetrio se dijo que prefería mirar a
Perperna, invariablemente feo, que ver hundirse a la princesa y sus acompañantes.
Poco después de despertar, alguien abrió desde fuera una trampilla en la puerta.
Meleagro oyó la llamada del guardián, acudió y cogió cuatro panes y dos jarras de
agua.
—¿Para cuánto tiempo? —preguntó.
—Mañana habrá más. Si estoy de buen humor.
El guardia lanzó una ruidosa carcajada y cerró la portezuela.
—Divide e impera, como dicen mis compatriotas —Perperna torció el gesto.
—Aprende a dividir sin imperar —dijo Nubo.
Leonidas rió por lo bajo, pero su risa no sonó muy alegre.
—Eso es lo que deberían aprender los amos del mundo.
—Uno de los amos del mundo es responsable de que estemos aquí —dijo
Demetrio—. ¿Quién me trajo hasta aquí?
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—Leonidas y Meleagro te cargaron —dijo Perperna—. Yo sólo tengo un brazo, y
los esbirros querían arrastrarte.
—Gracias, amigos. Así pues, Mikines ha muerto; me temo que tendremos
bastante tiempo para llorarle. ¿Visteis algo más?
Pero nadie podía contar nada importante. Los esbirros habían venido, los romanos
se habían quedado mirando, Nubo creía haber visto también entre ellos a gentes de
Mukhtar.
—A nosotras nos arrancaron del sueño y nos arrastraron fuera de las habitaciones
—dijo Thais—. No estoy segura, pero podría ser que los romanos y unos cuantos
árabes de la ciudad se hayan ocupado de los fardos y las cargas.
Demetrio miró hacia el rincón en el que se sentaba Ravi. El viejo indio tenía una
brizna de paja entre los dientes y miraba fijamente el suelo delante de sí.
—¿En qué piensas en silencio, amigo?
Ravi alzó la vista. Sin quitarse la pajilla de la boca, dijo sin modular apenas la
voz:
—En las cenizas de mi esposa.
Como no había otra cosa que hacer, discutieron a conciencia lo evidente: la
cabalgada de Mukhtar para ver al gobernador, la noche, los esbirros, los romanos… y
las mercancías.
—Lo venderán todo —dijo Meleagro.
—Entretanto ya lo habrán vendido todo —Demetrio se rascó la nuca, que le
seguía doliendo—. Probablemente hasta los animales.
Glauca abrió mucho los ojos.
—¿Por qué? Los necesitarán para cabalgar.
Cleopatra negó con la cabeza:
—Avanzarán más deprisa con camellos de monta —su voz sonaba un poco
impaciente. Demetrio esperaba que no perdiera la única virtud útil en esos momentos,
la de la paciencia. De lo contrario estaría perdida en la mazmorra, y todos los demás
con ella.
—¿Qué ha pasado con todo lo que llevábamos encima? —preguntó.
—Nos lo quitaron aquí —gruñó Perperna—. Salvo lo que estaba bien escondido.
—Pero buscaron con muy concienzudas manos —Arsinoe arrugó la nariz.
Thais rió entre dientes.
—Pero no encontraron nuestra oculta condición inmaculada.
—¿Vuestra qué? —dijo Nubo—. Si algún día salimos de aquí, me gustaría… —se
interrumpió y sonrió mirando una de las rendijas para el aire.
Del cinturón de Demetrio faltaban la bolsa y el cuchillo; tampoco los otros habían
conservado consigo ni dinero ni armas.
—Camellos de monta —dijo Meleagro—. Lo que nosotros teníamos, lo tienen los
esbirros; lo que estaba en los animales y en las cargas lo tienen Mukhtar y Rufo. Al
menos el metálico. Supongo que habrán vendido a toda prisa lo que había que vender,
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los camellos de carga, y habrán gastado unas cuantas monedas en animales de monta.
Pero ¿para qué?
Perperna resopló.
—Para ir más deprisa sin nosotros y llegar más ricos a su destino.
—Pero ¿cuál es su destino? —dijo Leonidas—. Y… ¿por qué no nos han matado
o nos han hecho matar?
Nadie tenía una respuesta satisfactoria para estas preguntas. Rufo y su gente
debían presentarse, según había afirmado el romano, al prefecto de Judea; nadie sabía
cuál era el objetivo de Mukhtar.
—Quizá Rufo cuenta —dijo Demetrio— con que en algún momento te presentes
a Pilatos —miró a Cleopatra—. Entonces podrá excusarse, con un poco de suerte. Si
te hubiera matado y se supiera, ninguna excusa le serviría de ayuda.
—¿Cómo iba a saberse? —dijo Arsinoe—. Lo que sucede en un desierto árabe…
—Antes o después, todas las noticias llegan a Roma. Un mercader oye algo, un
camellero cuenta algo, o los amos del mundo deciden que su Imperio está incompleto
sin toda la arena que hay entre Damasco y Adane —Perperna contempló su muñón
—. Quizá por el camino encuentren mi mano.
En algún momento, Demetrio se durmió. En algún momento todos durmieron,
despertaron, comieron pan, bebieron agua, hablaron, volvieron a dormirse. Cada día
había cuatro panes ácimos y dos jarras de agua, un día de cada dos un esclavo
acompañado por tres guardias armados hasta los dientes se llevaba las cubetas y
volvía a traerlas vacías.
El futuro tan sólo contenía preguntas: cuánto tiempo vamos a estar aquí, qué
pasará después, dónde encontraremos a Rufo y Mukhtar, si es que podemos buscarlos
algún día…
Por eso, la mayoría de las conversaciones giraban en torno al pasado, tanto el más
reciente como el más remoto. Demetrio trataba de encontrar explicaciones a algunos
enigmas, entre ellos también aquellos que al principio no le habían parecido enigmas,
lo que incluía los acontecimientos ocurridos en Adane y sus negocios.
¿Por qué al principio Kharkhair se había negado a comerciar con él, pero luego lo
había hecho? ¿Por qué precisamente Mukhtar había comprado la posada de Ravi…
Mukhtar, que ni era ni podía ser posadero y al que repugnaban todos los extranjeros?
Posiblemente había olfateado un negocio, y arrendaría o revendería la posada; pero
¿qué se le había perdido en el norte? ¿Y quiénes eran los hombres que habían atacado
a Demetrio cuando estaba en camino desde la posada de Cleopatra a casa de Ravi?
Al segundo o tercer día —después, todos los días y noches de la mazmorra se
entremezclaron— lo discutió con Ravi, que hasta ese momento había callado de
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forma continua y casi obstinada.
—Mis ahorros —dijo, cuando Demetrio le preguntó el motivo—, el dinero
obtenido por la taberna, nada de eso me resulta tan importante. Puedo pasar hambre,
mendigar, trabajar. Pero las cenizas de mi esposa… En lo que se refiere a las demás
cosas, creo que te pasa inadvertida una idea evidente.
—¿Y es?
—Los amos del mundo.
Demetrio guardó silencio unos instantes. Luego dijo:
—¿Crees que Rufo está detrás de todo esto?
Ravi asintió. Con una larga mirada al otro lado de la estancia, donde Cleopatra
charlaba, en apariencia animadamente, con Nubo, dijo:
—Quizá también deberías preguntar a la princesa; estuvo más tiempo con Rufo.
—Puede ser, pero sigamos con él… ¿para qué todo esto?
Ravi suspiró.
—Vosotros los occidentales sois un enigma para mí. A veces sois desconfiados y
ásperos cuando no debéis; a veces, como por ejemplo tú ahora, uno de vosotros es
inconcebiblemente simple.
Demetrio rió.
—Ilumíname, hombre sabio.
—Los amos del mundo quieren dominarlo todo. Lo que no pueden dominar del
todo, quieren cuando menos vigilarlo. Rufo y su gente tienen que ir hacia el norte, la
princesa y sus acompañantes también quieren ir allí. Quizá sea mejor formar una
caravana mayor. Así que yo, Rufo, hablo con el señor de la caravana, el tonto de
Demetrio. Demetrio me permite graciosamente viajar con él. Para estar seguro de que
la caravana partirá pronto, decido promover sus negocios, hacer que lleguen a una
rápida conclusión. Además, quiero que me esté agradecido y que no retire su
aprobación en el último instante. Por eso obligo a un viejo mercader a cerrar
rápidamente un trato con él, y alquilo a un par de matones para que asalten al simple
Demetrio el Inoportuno, para poder salvarle de ellos. Él confiará en mí, me confiará a
mí y a mi gente la seguridad de la caravana.
Demetrio parpadeó con rapidez.
—Es posible…, pero ¿por qué ahora este giro, este ataque?
—Yo (sigo siendo Rufo) necesito unos cuantos días para estar seguro de que
puedo manejar los camellos. Para comprobar que se podría viajar más rápido sin
mercancías. Entonces me desprendo del molesto equipaje y de la gente molesta y sigo
mi camino sin ellos, pero con su dinero.
—¿Y quizá consideró todo esto antes, como posible proceder, y le dijo a Mukhtar:
compra la taberna a ese estúpido indio, porque vas a recuperar el dinero dentro de
unos días?
—Por desgracia el estúpido indio tiene que darte la razón.
Para hacer fluir el tiempo insoportablemente estancado se contaban historias
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embusteras, se entretenían con canciones y poemas, jugaban a juegos de preguntas,
intercambiaban recuerdos inventados. Al menos Demetrio suponía que muchos
relatos personales eran falsos, como los suyos, y que no era el único que quería evitar
ponerse al descubierto.
Entre las historias más edificantes estaban aquellas que producía Perperna: sobre
el servicio en las legiones hacía medio siglo, las escasas virtudes y numerosos
defectos de Elio Galo, las marchas a través de los desiertos de Arabia, la interminable
época de esclavitud, las extravagancias de sus amos, los laberínticos acontecimientos
en los aposentos de las mujeres y su convicción de que los dioses no consideraban
necesario cuidar de la justicia y del equilibrio en la vida de los mortales.
—Al principio veía las cosas de otro modo —decía levantando el muñón—. En
algún lugar, más al norte, mi centuria se separó del grueso del ejército para buscar
agua. Encontramos un manantial, pero el príncipe al que pertenecía no quiso dejarnos
beber. Hubo un pequeño enfrentamiento, y después de él el príncipe no volvió a tener
sed. Yo fui el que le libró de su sed, así que me correspondió librarle también de otras
cosas. Llevaba un valioso anillo que no quería abandonar su dedo, así que corté el
dedo y, mira por dónde, hacia atrás el anillo salía sin esfuerzo alguno.
Palmeó un bulto apenas visible en su taparrabos.
—He podido guardar el anillo todos estos años. El anillo y un par de monedas, es
todo lo que poseo. Aparte de mi cabeza y de las historias.
—¿Qué tiene eso que ver con que veías las cosas de otro modo? —dijo Glauca.
—Cuando perdí la mano, al principio pensé que era la compensación por haber
cortado el dedo. Luego me dije que sería injusto por parte de los dioses: una mano a
cambio de un dedo. Entretanto, sé que los dioses no equiparan ni compensan; de lo
contrario, ahora me corresponderían más de cincuenta años de libertad y ser amo de
muchos esclavos árabes.
Demetrio había escuchado más bien disperso la prolija narración; mentalmente,
había regresado con su caravana y a los incidentes, mientras disfrutaba del juego
gestual de la princesa. Contemplar a Cleopatra era lo que le mantenía en alguna
medida de buen humor, al menos los primeros días, antes de que aumentaran la
suciedad y la dejadez. Algún tiempo después del final del relato de Perperna, llevó
aparte al anciano:
—No somos dioses —dijo—, pero vamos a compensarnos un poco.
Perperna rió entre dientes.
—¿Vas a darme los cincuenta años, señor? Sería exagerado. Ya me has dado la
libertad, y ¿qué voy a hacer yo con los esclavos árabes?
—Aquí en la mazmorra todos somos igual de libres. Pero estaba pensando en otra
cosa —entrecerró los ojos y examinó el rostro de Perperna—. Prexaspes y la chica.
Un soplo de inseguridad, ¿quizás algo así como sentimiento de culpa? Fuera lo
que fuese, desapareció de los rasgos de Perperna antes de que Demetrio pudiera verlo
con más precisión.
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—¿Qué pasa con ellos, aparte de que están muertos?
—Prexaspes fue asesinado con un puñal o una espada; a la muchacha la
estrangularon… creo.
Perperna asintió.
—Así es.
—Tú viste las huellas. Entre otras, de dos hombres con sandalias.
—Tu atención… —Perperna torció el gesto—. Ahora, diría que llega tarde.
—Eso me digo yo también. Sobre todo, me digo que hubiera debido examinar a la
muchacha.
Perperna cerró los ojos.
—¿Qué hubiera cambiado eso? Aun así, ambos estarían muertos.
—Eso es verdad —dijo Demetrio—. Pero me habría movido a la cautela.
—¿Qué quieres saber?
—Ahora que tus compatriotas han resultado ser unos canallas, quiero saber qué
viste en realidad. Sin la consideración que un romano debe a otros romanos.
Perperna lanzó un leve gruñido.
—También algunos de los árabes de Mukhtar llevaban sandalias. Los camelleros
iban descalzos, pero…
Suspiró y sacudió la cabeza.
—Bah, ¿qué importa? Sandalias romanas; sin marcas especiales, pero creo que
uno de los dos hombres era Rufo.
—No vi a nuestros camelleros enterrar los dos cuerpos. Si la cabeza de la chica se
movía cuando la movieron.
—Se movía —Perperna miró a Demetrio a los ojos—. Tanto como se mueve la
cabeza de un muerto al que alguien ha roto el cuello.
—La especial formación para la lucha cuerpo a cuerpo, a manos limpias… ¿Le
rompieron el cuello y después la estrangularon para causar los moratones en el
cuello? Por si, por ejemplo, un necio Demetrio no se fijaba mucho…
—En mis tiempos —dijo Perperna— esa formación sólo la recibían los miembros
de la guardia personal de Octavio Augusto.
—Hoy los pretorianos saben hacer esas cosas.
—Me tranquilizo —Perperna sonrió; sonaba casi aliviado—. En realidad no te he
revelado nada nuevo. En realidad ya lo sabías todo.
—En realidad habría que apalearte.
—¿Cambiaría eso algo?
—Todos habríamos sido más cautelosos.
Perperna resopló.
—Entonces no habrían hecho que los esbirros del gobernador nos arrojaran a las
mazmorras. Nos habrían matado en algún lugar del desierto.
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Como no había otra cosa que hacer, Demetrio recomponía una y otra vez los
fragmentos de intuiciones y conocimientos. La imagen general apenas cambiaba;
ahora, estaba bastante seguro de que aquella noche Rufo y Mukhtar habían salido del
valle para hablar sin ser molestados, y que Prexaspes y la muchacha, quizás en busca
de un sitio donde amarse sin ser molestados, habían ido casualmente a parar a sus
proximidades.
Sin embargo, seguía sin entender los fines de Rufo y Mukhtar. Sin duda Rufo
mandaba un grupo especial, una selección de los mejores y más fuertes; pero
Demetrio no podía establecer la relación entre los acontecimientos que le afectaban y
la cabalgada hacia el norte, hacia Pilatos.
En uno de esos días sin rostro, Nubo intentó reunir todo lo que había visto y
cuanto había vivido en una historia coherente; y se acercó mucho a la versión que
Demetrio consideraba probable. Casi todos los demás —incluso Ravi, cuyo silencio
en parte agobiante, en parte reparador empezaba a esfumarse lentamente—
participaron en las conjeturas y aportaron sus propias observaciones y
consideraciones. Demetrio se mantuvo apartado y observaba a Cleopatra, que de vez
en cuando confirmaba o negaba algo, pero por lo demás se limitaba a escuchar.
—Tú —dijo Nubo de pronto, volviéndose a Arsinoe—. Cuéntanos por qué esa
noche querías estar sola con Demetrio con tanta urgencia.
—¿Es que una mujer necesita un motivo determinado para querer estar sola con
un hombre?
—Naturalmente que no —Nubo compuso un rostro que quería ser triste, pero que
a la vez parecía acechar—. Sólo que me llenó de pena.
Arsinoe alzó las cejas.
—Doble pena —dijo Nubo—, porque estaba molestando y porque a mí me habría
gustado estar a solas contigo.
La macedonia le contempló como si lo viera por primera vez.
—¿Tú? ¿Conmigo?
—¿Acaso es tan inimaginable?
Ella sonrió.
—No, sólo… sorprendente.
Meleagro carraspeó.
—Quizás algún día, el año que viene, o antes, salgamos de esta mazmorra;
entonces podréis charlar de eso solos, sin testigos. A mí se me ocurre otra cosa.
Como no seguía hablando, Demetrio irrumpió:
—¿Qué es?
Meleagro contempló a Cleopatra.
—La princesa se retiró temprano. A lo largo de la noche, no estuve todo el tiempo
en la taberna. Así que no sé muy bien… Pero creo que en algún momento Rufo subió
por la escalera.
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—Había alquilado uno de los aposentos como dormitorio —dijo Thais.
—Pero volvió a bajar pronto —dijo Meleagro; Leonidas asintió—. Y parecía un
poco enfadado. Como si hubiera perdido un deseo.
Demetrio se echó a reír.
—¿Cómo se pierden los deseos?
—Cuando a uno le rechazan de tal modo que después ya no quiere albergarlos.
Cleopatra se encogió de hombros.
—Si tenéis que saberlo a toda costa… estuvo conmigo. Y antes de que sigáis
preguntando: quería complacerse conmigo, y quería mi asentimiento para dejaros
atrás a todos.
—¿Supongo que dijiste que no a ambas cosas? —dijo Ravi—. ¿Lo lamentas
ahora?
Cleopatra echó la cabeza hacia atrás. Con voz fría, sin mirar a nadie, dijo:
—Me gustaría estar en otra parte.
Luego, cuando casi todos los demás dormían, Demetrio fue sin ruido hasta donde
había visto a Cleopatra a la última luz. Ahora sus contornos apenas se intuían; no se
había tumbado, sino que se apoyaba en la pared. Él se puso en cuclillas a su lado.
—Estoy despierta. ¿Qué quieres? —susurró ella.
—Hablar contigo.
Ella suspiró de forma apenas audible.
—¿Es preciso?
—Hay algunas cosas que tengo que saber; para tomar determinadas decisiones, si
salimos algún día de esta mazmorra.
—¿Qué quieres saber?
—¿Dijo Rufo algo acerca de sus objetivos?
—¿Por qué iba a hablar conmigo de sus objetivos?
Demetrio gimió ligeramente.
—No juguemos al escondite, princesa. Cuando te preguntó si querías viajar más
deprisa con él, sin nosotros, seguramente hablasteis del destino del viaje, ¿no?
—Judea —dijo ella—. Jerusalén o Cesarea, según dónde se encuentre Pilatos en
ese momento.
Demetrio guardó silencio unos instantes. Luego dijo:
—Hace unos días (¿o fue ayer?) hablé con Perperna y me enteré de algunas cosas
que me llevan a pensar que Rufo y su gente son pretorianos. ¿Sabes lo que eso
significa?
—Hombres duros a las órdenes del todopoderoso Sejano. ¿Y bien?
—Sejano tiene espías. Los pretorianos no están encargados de las cosas que
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ocurren lejos de Roma; su verdadera tarea es proteger al César.
—Tiberio Augusto —dijo ella con audible desprecio— está en Capreae, donde
viola niños pequeños y tortura esclavos. Si alguien necesita protección no es él, sino
el resto del mundo.
—En este momento a mí no me preocupa el César, sino la pregunta de qué hace
Rufo en Arabia por orden de Sejano. De qué debe hacer. Quizá también en Judea.
—¿Y de qué podría tratarse?
—Pensaba que quizá te habría dicho algo.
Cleopatra calló.
—¿Significa eso —susurró Demetrio— que no te ha dicho nada?, ¿o que no
quieres decírmelo?
Cleopatra extendió la mano y rozó la mandíbula de él con la punta de su dedo
índice.
—Habría que poder lavarse —murmuró— y estar en un lugar más agradable que
esta prisión.
Demetrio rió sin apenas hacer ruido.
—¿Quieres prometerme, para distraerme, aquellos placeres que Rufo buscó en
vano en ti? ¿Una promesa que no piensas cumplir más adelante?
—Eso dependería del sitio. Y de cómo nos lleváramos.
—Dime un sitio. Y dime qué forma de comportamiento te parece la apropiada.
Ella calló. Demetrio esperó. Finalmente, Cleopatra dijo:
—He oído hablar de un oasis más al norte; en algún sitio al este de la ruta de
Petra a Damasco. Quizás allí hay una estatua, un ídolo, del que mis antepasados
decían que a su sombra era bueno el amor.
Demetrio trató de adivinar la expresión de su rostro en medio de la oscuridad.
—Y en lo que a comportamientos se refiere, aprecio la consideración y la
contención.
Él no se tomó ninguna molestia en reprimir el sarcasmo que, de haber sido una
esponja, gustoso habría exprimido en la cara de la mujer:
—¿Así que cuando te haya llevado, considerada y contenidamente, hasta ese
oasis, me harás la gracia de permitirme mirar cómo te dejas montar por Pilatos a la
sombra de la estatua?
—Me lo podría pensar —la voz de Cleopatra sonaba impertérrita.
Demetrio estaba seguro de tener aún una flecha en el carcaj. En cualquier caso, no
sabía de dónde le venía esa seguridad… quizás un don de ese dios de cuya estatua
hablaban. Dudó durante unos instantes; luego decidió lanzar la flecha.
—Lo único que me pregunto —susurró— es cómo lograremos llevar al prefecto
Poncio Pilatos allí, en Ao Hidis.
Los oscuros contornos de la princesa se movieron. Demetrio habría podido jurar
que se había estremecido; sin embargo, no se notó en su voz sorpresa alguna cuando
dijo:
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—¿Por qué piensas en Ao Hidis?
Él rió para sus adentros.
—Noble y venerada princesa, éxtasis de mi ánimo, presunto placer de mis
caderas: si tú me dices de dónde has sacado ese nombre y qué ocurre con esa estatua,
te diré cómo he llegado a pensar en Ao Hidis.
Fue a levantarse, pero ella le puso una mano sobre el brazo y le retuvo.
—Sejano no es el único que tiene audaces conseguidores de noticias —susurró—.
Tiberio sigue teniendo fieles seguidores entre las legiones, ¿verdad? Y los guerreros
también disponen de sus servicios secretos.
—Es asombroso la cantidad de cosas que saben las princesas macedonias.
—Es asombroso lo poco sorprendidos que se quedan algunos mercaderes cuando
se les cuentan cosas así.
—¿Me retienes para que charlemos sobre los servicios secretos de Roma?
Cleopatra aumentó la presión de sus dedos.
—Livia Augusta, dicen, tenía sus propios espías en casi todas partes, mucho
después de la muerte de Augusto. La malvada viuda, la mortal araña en cuyas redes
morían todos los que hubieran podido impedir el acceso al trono de su hijo Tiberio…
¿Qué ha pasado con su red?
—Otro pesca con ella.
—¿Quién es ese otro?
Demetrio chasqueó levemente la lengua.
—Sólo hay rumores. ¿Adónde quieres ir a parar?
—Quizás haya un cuarto servicio —susurró—. Noticias para los amos del dinero,
que no quieren depender de un princeps repugnante o de un prefecto de los
pretorianos carente de escrúpulos. Que ya en los tiempos en que Livia aún no era
divina tenían que saber de dónde obtener qué mercancías y qué mercados podían
acoger sus productos. El cuarto servicio, que envía hombres a lejanas regiones. ¿Qué
has estado haciendo en realidad en África?
Demetrio levantó el brazo sobre el que aún se posaba la mano de ella. Dejó un
beso en sus dedos antes de que pudiera retirarlos.
—Creo que tenemos por delante muchas conversaciones cautivadoras… si es que
algún día salimos de esta prisión.
A la mañana siguiente no se abrió la portezuela como de costumbre, sino la pesada
puerta. Entraron cuatro guardias armados; les seguía, desarmado, un hombre grueso
de mediana edad.
—Presento mis saludos a los nobles huéspedes del gobernador. En ausencia del
príncipe parecen haberse cometido lamentables errores, que sólo esta mañana
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temprano han llegado a mi conocimiento. ¡Por favor, seguidme!
Los llevaron —separados los hombres de las mujeres— a estancias en las que
pudieron lavarse. Allí había grandes jofainas, toallas limpias y montañas de ropa
limpia. Luego los llevaron a una sala en la que mudos criados les llevaron bandejas
de pan, asado frío, verduras en vinagre y fruta, todo ello acompañado de una cerveza
suave, agua, zumos e infusiones de hierbas.
Mientras comían y bebían, otros criados trajeron armas, sacos y túnicas de viaje y
lo apilaron todo en una mesa junto a la salida.
El funcionario del gobernador no volvió a dejarse ver; no pudieron obtener
información alguna de los criados. Después de haberse fortalecido y haber vuelto a
tomar posesión de sus pertenencias, fueron acompañados fuera de la fortaleza, con
suavidad pero con insistencia, por una docena de guardias armados.
Tras una breve deliberación, cuyo resultado fue la perplejidad, contaron las
monedas que habían quedado en sus bolsas. Después de comprar a un mercader de la
parte baja de la ciudad, cerca del aprisco, diez camellos de monta y tres animales de
carga, aún les quedó dinero suficiente para comprar víveres y la esperanza de resistir
los próximos cuarenta o cincuenta días sin pasar hambre. Cuando se marchaban,
Perperna se volvió, miró hacia la ciudad, escupió y dijo:
—¿Un terremoto o un incendio?
Demetrio negó con la cabeza:
—Una horda de pretorianos embriagados por la victoria y con permiso para el
saqueo. Pero antes un poco de información.
Cleopatra, que cabalgaba mucho más adelante, se volvió hacia ellos. Demetrio no
estaba seguro de si su rostro mostró una sonrisa o una mueca cuando dijo:
—Sólo hay que pedir información, cuando se sabe lo bastante, como para poder
hacer algo con ella.
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Capítulo XV
COMIENZA EL JUEGO
Una ola viene de allí,
la otra de aquí; pero nosotros
vamos en el peor de los barcos.
ALCEO
El invierno fue pacífico en Cafarnaum. Áfer tuvo que salir tres veces con una parte de
su gente para guardar la paz en Tiberíades y sus alrededores. La ciudad, fundada en
honor del princeps por el viejo rey Herodes, al que llamaban el Grande, y poblada
por toda clase de gente de aluvión, era una eterna fuente de inquietud: disputas
internas, disputas con los judíos de Galilea, asaltos a aduaneros y a los recaudadores
de impuestos. A esto se añadía la necedad de ciertas personas que querían sustraerse a
la Ley romana o judía y consideraban Tiberíades un lugar tan seguro como la
Decápolis y otros territorios más allá del Jordán.
—Para vivir al margen de la Ley hay que ser honesto. E inteligente —dijo
Gamaliel, en una ocasión en que volvía a hablar con Áfer y Xantipo sobre uno de los
buscados—. ¿Quién de vosotros quiere ir a buscar a este idiota?
Xantipo señaló a Áfer:
—Le toca a él; yo no quiero volver a ir.
Así que Áfer salió con veinte hombres: dos para atrapar y cargar de cadenas al
buscado, y dieciocho para reprimir el habitual tumulto en Tiberíades. En el camino de
ida y de vuelta pasaron por Magdala; Áfer pensó con un poco de nostalgia en la
mujer que no había querido vivir con él, y en el rabí Jehoschua, con el que sin duda
se habría desposado entretanto.
Por lo demás, en ese invierno comprobó que se había acostumbrado al país y a
sus habitantes y que empezaba a apreciarlos. No a los sabios, cuya tarea, elegida por
ellos mismos, era organizar el mundo entero de tal modo que todo se adecuara a los
inamovibles signos que habían sido escritos hacía siglos y que pasaban por ser
revelación de un único dios. No a los rigoristas, seguidores de mente angosta de los
doctores, que estaban dispuestos a matar y a morir por la interpretación de la
escritura. Pero sí a las gentes sencillas y corrientes, la mayoría de los judíos: devotos,
pero sin celo, fieles a la Ley, pero no sumisos a ella, tercos, pero sin odio a los demás.
Los pescadores de Cafarnaum, los campesinos, los mercaderes, sus mujeres e hijos; le
gustaban su ingenio y su calidez, y se decía que había obligaciones peores que
protegerlos.
Durante unas semanas, una helena siria compartió su casa, su lecho y su vida.
Escriba de una casa comercial de Laodicea, había acompañado a una caravana, estaba
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encargada de aclarar, disolver o reanudar confusas relaciones comerciales y por amor
a Áfer dilató la tarea hasta que un mensajero vino a buscarla. Por lo demás, había las
cosas de costumbre: inventar tareas para mantener ocupados a los guerreros, cuidar
los caballos y las armas, hacer mejoras en la fortaleza, largas veladas de vino y
conversaciones, a menudo con Adonis, Xantipo y Gamaliel, a veces también con
mercaderes de la parte norte de la ciudad o con pescadores y campesinos en una de
las tabernas a la orilla del lago.
De vez en cuando venían mensajeros a interrumpir la monotonía cotidiana. Traían
noticias, instrucciones y preguntas, y en la mayoría de los casos trataban de no ser
reconocibles como mensajeros. Entonces, Cafarnaum entero hablaba por un tiempo
de los «hombres de la penumbra». Maestros de la chapuza que ejercían el secreto a la
vista de todos, y se hacían conjeturas acerca de qué rey iba a ser derrocado, qué Ley
infringida o qué nueva insensatez se estaría incubando. Áfer, que en esas ocasiones
era objeto de las burlas en las tabernas, participaba gustoso en la fabricación de
rumores y asentaba así la amistad que le unía con algunos de los habitantes de
Cafarnaum.
Sin embargo, aunque esos mensajeros eran llamativamente poco llamativos,
lograban mantener secretas las noticias que traían. Al menos, Áfer no oía en las
tabernas nada que tuviera que ver con las cosas realmente tratadas.
Los mensajeros venían de Laodicea y Antioquia, de Cesarea y Jerusalén, de
Betharamphta y Macairos, de Petra y del desierto: mensajeros de las provincias
romanas de Siria y Judea, de la tierra de nadie y del reino de los nabateos, mensajeros
de Herodes Antipas, que sólo raras veces se detenía en la nueva e inquieta capital de
Tiberíades. Áfer no conocía Betharamphta, donde Herodes pasaba la mayor parte del
tiempo, y no quería volver a ver la fortaleza de Macairos… un agobiante laberinto de
piedras, muros y mazmorras; en sus dos breves estancias allí, le había parecido como
si ése fuera el lugar que al principio de los tiempos unos dioses crueles y
desconocidos hubieran destinado para la tortura y ejecución de Tercio Agabiano Áfer.
Sabía que era absurdo, pero saberlo no cambiaba nada en sus sensaciones. El
predicador Jochanaan, al que llamaban el Bautista, había sido ejecutado allí, y se
decía que por las noches podían verse inquietantes apariciones.
Las noticias aclaraban muchas cosas, aunque él sólo podía discutir una parte de
ellas con Gamaliel y Xantipo. De la ciudad oasis de Ao Hidis oyó decir que el joven
Hiqar continuaba su ascenso, pronto conseguiría el mando de la guardia personal del
príncipe Belhadad y que era el favorito de los guerreros y del pueblo. Un rumor llevó
a Áfer a ir en persona al desierto unos cuantos días para hablar con sus informadores.
Se decía que Belhadad estaba gravemente enfermo y que había transferido sus
rapiñas a un hombre de confianza.
—No hay nada de eso —dijo Numan, al que Áfer encontró esta vez más al norte
—. El viejo león descansa un poco. Pero sólo en lo que concierne a los asuntos de
Estado. Dicen que tres de sus mujeres están embarazadas.
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—Eso no me tranquiliza —Áfer sonrió—. ¿No conoces la historia del viejo
príncipe que por las noches andaba paseando y se encontró a un león al borde de su
jardín?
—No la conozco, pero con mucho gusto espero que me instruyas.
—En realidad, empieza así: Un viejo príncipe ensalzaba, charlando con un amigo,
a los dioses, que le habían permitido, a pesar de su avanzada edad, dejar embarazada
a su joven y bella esposa. Su amigo le contó a su vez que otro anciano, que había
salido a caminar de noche y que andaba desarmado, se había topado con un león en el
confín de la noche. Entonces se había dicho que a veces los dioses permiten los
milagros y que a veces las cosas milagrosas, si se cree con fuerza en ellas, se hacen
realidad. Así que levantó ante sí con la mano izquierda el bastón en el que se
apoyaba, como si fuera un arco, sacó con la derecha una flecha carente de esencia del
carcaj, de cuya existencia carecían sus hombros, hizo como si tendiera la cuerda y,
aguzando los labios, emitió el silbido que hace la flecha al volar por el aire hacia su
meta. «Y entonces», dijo el amigo, «con un espantoso estertor, el rey del desierto
exhaló su amenazadora vida. Tenía una flecha clavada en el corazón». A esto
respondió el viejo príncipe: «¿Qué quieres decirme con esa historia?». «Sólo esto»,
dijo el amigo: «Cuando me di la vuelta, detrás de mí estaba uno de mis guerreros con
un arco de verdad». Algo así debe haber ocurrido con esos embarazos.
Numan se echó a reír.
—Si es así, deseo el más rápido de los corceles a aquel que haya estado, o yacido,
detrás de Belhadad. Mejor aún, un caballo de batalla. Porque la venganza de
Belhadad es más rápida que el viento y más terrible que una tormenta de arena, y su
brazo llega más lejos que su fama, que alcanza a toda Arabia.
A Belhadad y Hiqar se referían también las noticias de la Siria romana. En un
momento determinado, en primavera, el prefecto Vitelo iba a enviar a través del
desierto a un pequeño grupo de guerreros a la Decápolis oriental; el prefecto de Judea
y Samaria, Poncio Pilatos, iba a hacer algo parecido, y Áfer debía encargarse de que
ambos grupos se reunieran con un tercero para llevar a cabo lo que había que hacer.
Enviados del rey parto Artabano iban a pasar el invierno donde no debían; si seguían
allí en primavera, había que devolverlos a su país intactos, pero con mensajes claros.
—¿Qué clase de grupo es ese tercer grupo con el que tengo que reunir a los otros
dos? —dijo Áfer cuando el mensajero hubo terminado.
—No lo sé. Sólo se me encargó que te dijera eso. Pero te aconsejo que hables de
este asunto con tu rey y sus consejeros.
Áfer alojó esa noche al mensajero en la fortaleza, donde hizo que le atendieran y
a la vez le insistió en que no hablase con nadie de las noticias que traía.
—¡No hace falta que me lo digas, señor! —la voz del hombre sonó casi a
reproche.
—Lo sé, amigo mío. Pero también sé que yo mismo tiendo a poblar de palabras la
soledad nocturna; y quizá no soy el único.
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No sólo para poblar su soledad, sino también para buscar consejo, Áfer fue a ver a
Gamaliel después de ponerse el sol. El señor de la fortaleza vivía desde la muerte de
su esposa con una cretense que era un poco más joven que él y su esclava, pero a la
que todos trataban como respetada cabeza de la casa.
—¿Quieres compartir un poco de pan y vino con nosotros? —dijo cuando entró
Áfer.
—Si no os molesto en vuestra cena… —Áfer acercó un escabel y se sentó con
ellos.
Eirene encendió una tercera lámpara de aceite, un poco más grande.
—Para que puedas distinguir el cuchillo de la fruta; como es sabido, los guerreros
son necios, y también los hombres —sonrió y llenó su copa de vino y agua.
—La necedad es lo que me trae aquí —dijo Áfer—. Y la esperanza de poder
subsanarla con la ayuda de Gamaliel.
El viejo oficial le contempló con aire inquisitivo; Áfer se sintió casi
palpablemente explorado por su mirada.
—Está claro que el mensajero no sólo te ha traído instrucciones, sino también
enigmas.
—Así es, señor. Pero quizá no debamos escarnecer la cena con esos enigmas.
Eirene rió enojada.
—Así habla un necio que se hace el listo y no quiere decir en voz alta que, por
favor, la vieja esclava haga el favor de alejarse.
—Si el asunto es difícil —dijo Gamaliel—, la vieja esclava podría ayudarnos. Yo
no tengo secretos para Eirene, y durante su vida ha tenido ocasión de ver más tramas
que las que podrían incubar todos los príncipes de Arabia juntos.
Áfer se sintió un poco incómodo, pero se dijo que no podía establecer nuevas
reglas en el comedor de Gamaliel. Así que decidió no mencionar nombres ni lugares
ni fechas concretas.
Gamaliel y Eirene escucharon el informe de Áfer; cuando hubo terminado
cambiaron una mirada, y Gamaliel asintió con la cabeza mirando a la esclava.
—Tu cautela te honra —dijo ella con una sonrisa un tanto burlona—. Si te he
entendido bien, queréis al fin hacer algo contra Belhadad, el señor de los ladrones,
¿verdad? Para eso, los prefectos de Siria y Judea van a enviar en secreto algunos
guerreros que tú debes guiar a un encuentro con un tercer grupo.
Áfer gimió exageradamente y abrió los brazos.
—Está claro que es imposible tener secretos delante de una mujer inteligente.
Gamaliel sonrió.
—Ya has aprendido algo.
—Herodes Antípatros, cuyo nombre abrevian en Antipas, va a participar en todo
esto… si no malinterpreto tus circunloquios. Supongo que él o Nikías te dirán más
sobre el tercer grupo. Pero deberías tener en cuenta otra cosa.
—¿Qué debería tener en cuenta?
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—Aretas, el rey de los nabateos, domina el país más allá del Jordán, desde el mar
Rojo hasta Damasco. Los reinos de Herodes y Filipo y la Decápolis, de la que roe
territorio una y otra vez, le limitan por el oeste. Por el este sólo le frena la inmensidad
sin límites de Arabia. ¿No te llama nada la atención?
Áfer se rascó la nuca.
—El reino de ladrones de Belhadad… Aretas tiene un gobernador en Damasco,
mientras él está en Petra. Belhadad está entre Petra y Damasco. ¿Te refieres a eso?
Gamaliel carraspeó.
—Y como Belhadad tiene muchos guerreros y es difícil atacarlo en el desierto,
todos le toleran. O le han tolerado hasta ahora. Al menos así parece.
—¿Quieres decir que las apariencias engañan? —Áfer sacudió la cabeza—.
Pero… —se interrumpió.
—Los nabateos —dijo Eirene— son queridos aliados de Roma. Tan queridos, que
uno de sus príncipes quiso perder en el desierto, hace muchos años, a los guerreros de
Elio Galo. Tan queridos, que tienen que tolerar guerreros y aduaneros romanos en
Leuke Kome. ¿Qué pasaría si Aretas conversara con los partos acerca de que Roma le
resulta demasiado poderosa?
—Entonces el Imperio enviaría legiones y crucificaría a Aretas. E instituiría una
provincia nabatea.
Gamaliel asintió.
—¿Ves? —dijo Eirene—. Ves, ¿verdad? Una caravana va de Petra a Damasco.
Antes… da igual de dónde haya venido, al entrar en el reino de Aretas ha pagado
tributo. ¿Le importa acaso a Aretas que Belhadad exija un derecho de paso a la
caravana? Los nabateos no pierden nada con eso.
—Incluso ganan —dijo Gamaliel—. Belhadad les quita de encima a otros árabes.
Aretas le deja hacer; quizás incluso recibe la mitad de los ingresos de Belhadad.
Áfer titubeó. Finalmente, murmuró:
—¿Entonces, Belhadad no hace nada contra la voluntad de Aretas? ¿Negocia con
los partos para él? Y nosotros…
—No has llevado la idea hasta el final —dijo Eirene—. Roma está lejos, pero
Roma es omnipotente. Esta idea que a nosotros se nos ha ocurrido ya se le habrá
ocurrido a alguien en Roma. ¿Qué ocurre si nosotros… vosotros, porque yo no soy
más que una esclava, si vosotros conquistáis Ao Hidis? Si es que realmente lo lográis,
contra los guerreros de Belhadad.
—Si lo logramos, cuidaremos de que en Ao Hidis haya un príncipe que sea
amigable para con nosotros —Áfer pensó en el joven Hiqar, pero se guardó de
mencionar esa parte del gran juego.
—Un príncipe que quizá se apoye en unos cuantos guerreros romanos. Así pues,
una fortaleza romana en medio del reino de los nabateos, entre Petra y Damasco.
Nadie con quien los partos puedan tener amistosas conversaciones.
—¿Así que lo que a mí me parece una secreta limpieza tal vez sea un plan bien
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preparado? —Áfer fijó la mirada en un punto—. ¿Cuidadoso de no parecer una
conquista, que no irrite ni a los partos ni a los nabateos y no cueste tanto dinero como
una auténtica campaña? —sacudió la cabeza; luego sonrió—. Me gusta. Pero ¿quién
puede haberlo ideado?
—Ahora vamos al núcleo de la cuestión —dijo Gamaliel—. Hace dos años,
habría dicho que sólo Livia Augusta podía tener pensamientos tan retorcidos. Pero
ese viejo monstruo murió hace dos años, y apenas se ocupaba de los países
extranjeros. Sin duda su red de espías no ha sido disuelta, pero no sabemos a quién
sirve ahora. No creo que represente un papel en todo esto.
Durante unos momentos, Áfer pensó en «ese viejo monstruo». Había alcanzado
los ochenta y siete años, y había sobrevivido casi quince a Augusto. Quien creyera en
las casualidades podía ensalzar la gracia de los dioses, que habían cuidado de que
todos los descendientes de Augusto murieran: en combate, por enfermedad, por lo
que fuera. Quien no creyera en las casualidades no consideraría involucrada la gracia
de los dioses, sino más bien la perfidia de Livia. Alguna de las heridas sufridas en
combate se encontraba en la espalda del muerto, alguna enfermedad apenas se podía
distinguir del efecto de este o aquel veneno. Testigos atentos —las gentes incrédulas
los llamaban espías— informaban a Livia de las manifestaciones y la forma de vida
de nobles romanos, entre ellos muchos parientes de Augusto, y después de que Livia
pusiera en conocimiento de ello al princeps éste se veía obligado a condenar a sus
amigos y a sus propios parientes: al destierro, a veces a la muerte. Incluso en las
provincias se sabía que en Roma no se pensaba una sola idea, no se decía una sola
palabra sin que Livia tuviera conocimiento de ello. Cuando Augusto finalmente
murió, momento en que gentes rencorosas dudaron de que fuera una enfermedad y
susurraron la palabra veneno, sólo quedaba un heredero al trono: Tiberio, hijo de
Livia, de su primer matrimonio con Tiberio Claudio Nerón.
Áfer se rehízo. No sueñes, se dijo, ni siquiera con pesadillas.
—Dado que ella está muerta y no sabemos quién ha heredado su red, no vamos
muy lejos en este punto.
Eirene arqueó las cejas y le miró con seriedad.
—Livia se ocupó sobre todo de su poder personal, de las ideas y actos de la gente
importante de Roma. No de juegos de guerra en las fronteras. La red de sus espías,
sea quien sea su heredero, no se dedica a esto.
—Entonces, ¿el César o Sejano?
Gamaliel tosió.
—Yo sirvo al rey Herodes Antipas —dijo—. Es amigo del César. Los dos
prefectos que en primavera enviarán guerreros también sirven a Tiberio Augusto. Le
deben respeto y obediencia —apuntó una sonrisa.
—Lo que no significa —dijo Eirene— que él se ocupe de todo. Según dicen, en la
isla de Caprea se ocupa en dedicar su amable atención a niños, esclavos y cabras.
Áfer emitió un suspiro.
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—Sejano, el todopoderoso señor de los pretorianos. ¿Así que pensáis que es él
quien ha urdido este plan?
—Supongo que el jefe del tercer grupo que debes reunir con los otros dos es un
hombre de Sejano, y que él se ocupará de dirigir la empresa —Gamaliel cerró los
ojos—. Si me permites darte un consejo, amigo mío, cuida de proteger en esta
empresa no sólo tu pecho contra las armas de los guerreros de Belhadad, sino también
tu espalda. Contra otros.
—Seguiré con gusto el consejo de mi amigo —repuso Afer—, pero ¿qué dice mi
jefe, el señor de la fortaleza?
—Nada —Eirene apretó los labios hasta convertirlos en una raya—. El señor de
la fortaleza sirve a Herodes Antipas. No le corresponde inmiscuirse en los asuntos de
Sejano. Los asuntos del Imperio.
En primavera, una noche, llegó al fin el mensajero de Siria que Áfer había estado
esperando. Le comunicó que habían partido algunos hombres barbudos: varias
caravanas, aunque sin mercancías; quizá también varios grupos de peregrinos, como
tantos que iban camino de Jerusalén para la fiesta de la Pascua, aunque sin exagerada
devoción. Áfer supuso que todos esos grupos habían sustituido las mercancías y la
devoción por armas. La idea de que auténticos romanos, hombres de la legión siria, se
habían dejado crecer la barba, le divirtió durante un rato.
A la mañana siguiente, Áfer traspasó toda la responsabilidad a Xantipo y se
despidió de Eirene y Gamaliel. Dejó a su criado en la fortaleza; sólo Tishahar le
acompañaba.
—¿De verdad tengo que montar, señor? —dijo el esclavo mientras guiaban de las
riendas los dos caballos y un mulo por los angostos callejones de Cafarnaum.
—Si lo prefieres, puedes ir a cuatro patas y dejar que el caballo se te suba encima.
Los guardias del rey Filipo saludaron con una extraña mezcla de curiosidad y
respeto. Uno dijo:
—Señor de los informadores, ¿vas al desierto para realizar grandes acciones?
—Quiero acostumbrar a mi criado a montar —dijo Áfer—. Los malos caminos de
vuestro país son especialmente adecuados para eso —mientras lo decía, se preguntó
cuánto de los planes se había filtrado ya a los oídos de aquellos que a ningún precio
deberían haberse enterado de nada.
En las colinas al este del lago Gennesar, al segundo día, encontraron a Numan. El
árabe aseguró que todo iba bien y que los preparativos estaban más o menos
concluidos. Áfer le dio las últimas instrucciones y estableció varios posibles puntos
de encuentro.
A las afueras de Sukkoth, dos días después, un oficial de Herodes le comunicó
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que uno de los consejeros del rey le esperaba en Betania. Allí se reunieron al
mediodía siguiente; Áfer dejó en un oasis a Tishahar con los caballos y se dirigió al
lugar, donde encontró a Nikías. Al final de la entrevista dijo:
—Señor, me sentiría mejor si supiera cómo se llama el hombre en cuyas manos
he de poner todo esto.
—Lo creo —Nikías movió la cabeza; el lamento en su voz y en sus rasgos parecía
auténtico—. Por desgracia no lo sé.
—¿Y no hay nadie cerca a quién preguntar? ¿Ningún otro hombre de Sejano? —
dijo Áfer al buen tuntún.
Nikías guiñó un ojo.
—No, que yo sepa.
Tishahar y Áfer pasaron la noche al este del Jordán. A la mañana siguiente
cruzaron el río por un vado; en la orilla occidental esperaba, con aire marcadamente
casual, un centurión romano con ocho guerreros, puede que procedentes de Samaria,
que indicó a Áfer que debía dirigirse directamente a la fortaleza de Jerusalén.
Era el décimo día antes de la fiesta de Pascua. Numerosos judíos de lejanas
regiones, que querían pasar en su ciudad sagrada, en el templo, la fiesta del pan
ácimo, estaban ya en camino. Áfer sospechaba que con ese pretexto querían celebrar
también ese opíparo reencuentro con viejos amigos y parientes. Cuando se acercaban
a la ciudad, los peregrinos eran saludados con hojas de palma y con el grito de
«bendito el que viene en nombre del Señor». Áfer y Tishahar, a quienes un hombre
con barba había entregado sendas hojas de palma, fueron requeridos a devolverlas por
otro judío evidentemente más riguroso y más perspicaz:
—¡Esto no es para gentiles!
En la ciudad, la gente estaba tan apiñada que Áfer y su esclavo apenas conseguían
avanzar. Por consideración, pero también por temor a que un empujón carente de
intención alguna o la coz de un caballo pudiera provocar un tumulto, Áfer no tardó en
descabalgar e indicó a Tishahar que llevara de las riendas su caballo y el mulo. Se
sintió aliviado cuando al fin llegaron a la fortaleza.
Un mozo de cuadra se hizo cargo de los animales; el asistente de un oficial llevó a
los dos hombres a una estancia del segundo piso, en la galería abierta que rodeaba el
patio interior.
—Un aposento humilde —dijo el asistente. Señaló la mesa con jarra y jofaina, los
sacos de paja con mantas de cuero y el ventanuco—: Por desgracia tenemos que
alojar a muchos huéspedes; por eso no hay cuartos mejores.
Áfer se puso de puntillas y miró por la ventana. Se encontraban en el lado norte;
muy por debajo de ellos, la ciudad descendía hacia el muro.
—Mejor esto que el caluroso lado sur, con la ardiente vista del templo —dijo.
En una de las estancias vecinas, oyó voces de mujer, altas, pero no desagradables.
—¿Quién está ahí?
El asistente se humedeció los labios.
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—Hermosas mujeres —dijo—. Acaban de llegar; una princesa macedonia de
Egipto, con sus acompañantes.
—¿Tiene nombre?
—La princesa se llama Cleopatra —se echó a reír—. ¿Cómo si no iba a llamarse
una princesa macedonia proveniente de Egipto?
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Capítulo XVI
EL CAMINO HACIA JERUSALÉN
¡Nefasta ventura! Ningún sacrificio, ninguna sagrada sangre de toro nos había
vuelto propicios, a nosotros, a los amos del cielo.
CAYO VALERIO CATULO
Demetrio conservaba en la memoria como algo carente de alegría la larga, dura y
rápida cabalgada. No se habló mucho; por las mañanas estaban la mayor parte de las
veces demasiado cansados. Atender a los animales, hacer fuego para la comida,
comer, dormir. Sin olvidar los ocasionales encuentros con pastores nómadas o los
aduaneros de algún príncipe del desierto, por quienes se enteraban de que los otros les
llevaban invariablemente diez días de ventaja.
Viento, arena y estrellas. Sed y músculos doloridos. Los camellos aguantaban
mejor que los hombres. Y las gargantas resecas no hablan bien. A esto se añadía la
distancia, querida por Cleopatra, aprobada por Demetrio y aceptada por los otros,
entre hombres y mujeres, de forma que de hecho corrían dos grupos por el desierto.
Los mejores camellos de carreras de Arabia costaban cien veces más que los
habituales animales de carga. Demetrio no tenía ni idea de qué sumas podían gastar
Rufo y Mukhtar; para él y los otros, sólo entraban en consideración camellos de
monta baratos. A veces, se maldecía en silencio por no haber preguntado antes de
partir. Sin duda hubieran podido decirle cuál era la calidad de las monturas del
«enemigo».
Al cabo de quince días la ventaja había crecido hasta once, si podía creer en la
información de los jinetes fronterizos y pastores. Cuando llegaron a Leuke Kome, se
enteraron de que unos cuantos romanos y árabes habían estado allí trece días antes
que ellos. Una de las mujeres preguntó al capitán del puerto romano si se habían
recibido cartas, pero al parecer no había ninguna; Demetrio no consideró necesario
preguntar más.
Otras cosas de las que sí hubiera querido saber más se le mantenían ocultas.
Cleopatra callaba; un silencio amable, casi familiar, sobre cuya índole él se hacía
conjeturas en parte tontas, en parte irritantes. Silencio arrogante, silencio humilde,
expectante, premonitorio, rechazante, defensivo, pérfido, embarazoso, sarcástico, y
algunos centenares de especies más… en la mayoría de los casos, sentía el silencio de
Cleopatra como acordado… se habían puesto de acuerdo en no decirse nada esencial
el uno al otro.
Entre las cosas de las que no se hablaba, que todos evitaban por buenas razones,
estaba la relación entre hombres y mujeres. En otras circunstancias… Glauca y
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Leonidas intercambiaban de vez en cuando unas palabras, cuando cabalgaban juntos,
casual o intencionadamente; parecía que el mejor modo de combatir el cansancio que
empleaba Meleagro era aliviar el agotamiento de Arsinoe con ciertas ayudas —traer
agua, dar de comer al camello, apilar las sillas de montar—, y entre Thais y Nubo
parecía haber mudos acuerdos. Ravi apenas hablaba; dos o tres veces, Demetrio
intentó saber más sobre la importancia de las cenizas de su esposa, pero no lo logró.
Puede que el indio estuviera simplemente alienado, perdido en la amplitud del
desierto, aturdido por la ausencia de todo aquello que le era familiar y que había
representado su vida durante tanto tiempo. Preocupado por el futuro. Preocupado por
el pasado. Perdido en el presente. Pero Demetrio sospechaba que había algo más.
Algo que tenía que ver con dioses indios o con la forma en que había que tratar los
restos de un muerto.
Y Perperna reía en voz baja de vez en cuando, sin motivo, según parecía sin darse
cuenta. ¿Un anciano que después de décadas de esclavitud sentía las cadenas de la
libertad? ¿Un viejo cuyo resto de fuerza vital, una escasa provisión, se estaba
consumiendo demasiado deprisa debido a los trabajos y peligros? Pero parecía
perfectamente en condiciones de hacer todo lo que había que hacer, y cuando
Demetrio se decidió al fin a preguntar la causa de su risa, el anciano respondió:
—Preocupado, ¿eh? Ese viejo tonto se está volviendo imbécil… Sonríe, balbucea
y se ríe para sus adentros, y pronto tendrás que ponerle pañales o darle el golpe de
gracia, ¿eh?
—Podría verse así.
—Ah, muchacho… perdona, quiero decir, naturalmente, noble señor Demetrio,
no te preocupes. Si me río, es porque me acuerdo de momentos risibles… ¿acaso
puedo hacer más, o algo mejor, que contemplar mi pasado durante esta aburrida
cabalgata a lomos de camello? O, cuando no es por eso, me río de los jóvenes.
—¿Qué hay de risible en ellos?
—Cómo se esfuerzan en dejar claro, en silencio, que ahora naturalmente no puede
pasar nada, pero que si las cosas fueran de otro modo caerían los unos sobre los otros
detrás de la duna más próxima.
—¿No es más bien triste que las cosas sean como son?
—Ah, en verdad, señor. Tan triste que podría partirme de risa —Perperna enseñó
sus pocos dientes—. Quizá también me río un poco por alivio de ser un anciano y no
tener ya esas preocupaciones.
—¿No será por no llorar porque eres demasiado viejo para esas preocupaciones?
Perperna adelantó el labio inferior y se hizo el ofendido:
—Ahora voy a tener que cavilar largo tiempo, señor. Quizá tengas razón, y
entonces derramaré ardientes lágrimas. También sobre ti y la princesa, ¿verdad?
Cleopatra; cálida distancia y fría cercanía. Así lo sentía Demetrio, y naturalmente
nunca estaba demasiado agotado para experimentar sensaciones como la gratificación
o el placer. Era gratificante, al final de una larga cabalgada —desde la puesta de sol
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hasta poco después de su salida—, no ver únicamente arena y rocas sino, a la sombra
en la que pasaban las horas más ardientes, dormirse mirando a mujeres. Cambiar dos
o tres frases con la princesa. Su visión y ese breve intercambio de palabras bastaban
para avivar el deseo que ardía bajo esa gratificación.
Y, después, pasar los mil momentos siguientes reprimiendo esas sensaciones. Era
ocioso e inútil. Y era peligroso. La gratificación y el placer, el placer de la mirada y el
goce de hablar con una mujer instruida, no le hacían olvidar el peligro que se
escondía en ello. El goce, además, era sobre todo imaginario, porque las pocas
palabras acerca del viaje, la comida y la roca que arrojaba la mejor sombra apenas
encerraban instrucción alguna.
El peligro que veía le impedía a veces descansar relajado durante las horas que
iban desde la salida del sol hasta mediada la tarde. Una y otra vez, se preguntaba
quién o qué era realmente Cleopatra. Y qué sabía sobre Rufo y sus objetivos en Ao
Hidis.
Porque, naturalmente, sabía más de lo que estaba dispuesta a confesar. Y todos los
detalles que él sabía acerca de ella arrojaban una imagen que se tornaba borrosa a los
ojos del observador, que se transformaba. Quizás era realmente una princesa
macedonia, y probablemente había tenido un amorío con el prefecto de Judea y
Samaria cuando éste se había detenido en Alejandría, en el camino de Roma a
Cesarea. Sería peligroso para ella afirmar sin fundamento una cosa así, porque alguno
de sus oyentes podía llegar tarde o temprano a Palestina y, en caso necesario,
preguntar a Pilatos. Pero todo lo demás sonaba como si hubiera algo más… otro
trasfondo, otra historia, otros objetivos.
En lo que a Rufo y Mukhtar se refería, al menos ella sabía más acerca del
romano. Quizá no tenía realmente ninguna idea del papel y las intenciones del
príncipe de los mercaderes árabes, pero había estado más de una vez en compañía del
romano y su gente, y el hecho mismo de que conociera el nombre de Ao Hidis volvía
desconfiado a Demetrio.
Y Rufo, que había venido a Adane desde Egipto con tres docenas de hombres
escogidos y que ahora cabalgaba hacia Ao Hidis. ¿Oficial de los pretorianos? Oficial
especial, probablemente, miembro de la red secreta de informadores. Un hombre que
podía matar sin ruido, con las manos desnudas, y que no dudaba en hacerlo. ¿Qué se
le había perdido en Ao Hidis, para qué llevaba consigo al repugnante Mukhtar? Tenía
que tratarse de algo que había que hacer en un momento concreto; Demetrio no creía
posible tanta prisa sin un motivo real. Rufo había manifestado abiertamente su prisa y
se había quejado; lo que no cambiaba nada en el hecho de que Demetrio seguía sin
entender los motivos y el desarrollo de los acontecimientos… ¿por qué diez días?,
¿por qué mazmorra y no muerte?
Y una de esas ardientes mañanas en las que yacía tendido a la sombra de una roca
saliente, en medio del calor, la arena y el cansancio, comprendió de pronto cuál era el
motivo de la conducta de Rufo y el plazo marcado.
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O al menos uno de los motivos. Naturalmente, no se mataba a la amante de un
prefecto a la que no se podía llevar consigo (o que no quería ser llevada); eso estaba
claro desde hacía mucho. No, había otra razón, y se irritó tanto con la lentitud de su
pensamiento que todo su cansancio se esfumó.
Rufo le había descubierto, pero no podía utilizarle. Al menos no enseguida.
Demetrio había necesitado mucho tiempo para ver en el romano a un pretoriano, un
hombre del temido y omnímodo Sejano. Al parecer, Rufo había sido más rápido, y
también más rápido que Cleopatra, cuya sospecha Demetrio no había confirmado ni
desmentido.
En cierto modo eran hermanos de armas, él y Rufo. Los grandes comerciantes de
Roma, súbditos del César y necesitados, para llevar a cabo sus negocios, de
conocimientos que el princeps y los pretorianos no les proporcionaban, mantenían su
propia red de informadores. Además de las cosas evidentes —mercados, mercancías,
precios, necesidades—, trataban de averiguar todo lo que concernía, o acaso podía
concernir, modificar o influir el trato y el comercio con bienes y pueblos.
En otras palabras: todo. Qué príncipes tenían qué especiales preferencias; en qué
oasis era mejor que los mercaderes romanos no actuaran en persona, sino a través de
intermediarios; qué soberano de un diminuto reino en el desierto, en las montañas, en
los bosques, preparaba una campaña contra sus vecinos y o bien iba a comprar armas
o quizás a saquear y a aniquilar la próxima caravana. Qué telas preferían en ese
momento las esposas de los príncipes indios, qué espadas querían esgrimir los
señores de los puertos árabes, que adornos preferían para sus barcos los ricos
mercaderes fluviales del Tigris. Qué caravanero parto se los ofrecía y a qué precios,
posiblemente junto con amistosos mensajes del rey de los partos y rebajas a cambio
de su respuesta.
Y Demetrio se calificó mentalmente a sí mismo de necio. Luego se corrigió… no
necio, sino simple y arrogante a la vez. Al suponer que un oficial encargado de
especiales tareas y dotado de los correspondientes conocimientos, un oficial de la
noble estirpe de los Valerios, es decir, en absoluto un simple centurión, iba a tomar a
Demetrio por un simple mercader.
¿Quizá Rufo quería que él le persiguiera? Le había quitado dinero y bienes, lo
había dejado con vida y había cuidado de que los retuvieran a él y a los otros durante
diez días. Porque Rufo sabía perfectamente que Demetrio trataría de vengarse, de
recuperar su dinero y el contravalor de sus mercancías.
Si Rufo quería ser perseguido… ¿Para qué? ¿Adónde? A Ao Hidis,
probablemente. Al reino del príncipe ladrón Belhadad. La pregunta de qué andaba
buscando Rufo allí no era tan fácil de responder. Tenía que tratarse de una empresa de
gran calado; quizá la gente de Sejano sabía algo acerca de planes de Belhadad
dirigidos contra Roma. Pero esas tres docenas de guerreros no bastaban para
impresionar a Belhadad o impedir sus empresas. ¿Habría una cita con otros… otros
oficiales, otras tropas? Cuanto más reflexionaba, tanto más probable le parecía. Una
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cita para un determinado fin, en un momento determinado. Eso explicaría la urgencia.
Aunque no el encarcelamiento. Al parecer, Rufo había ofrecido a Cleopatra avanzar
más deprisa, y ella lo había rechazado; los motivos de Rufo para partir a pesar de
todo tenían que tener más peso que todas las consideraciones que un oficial romano
tenía que tener hacia las preferencias y aversiones de un hombre poderoso como
Poncio Pilatos. Eliminar a Demetrio y su gente sería… pero eso quedaba excluido
desde el momento en que partía de la base de que Rufo le había reconocido como
«hermano de armas».
Se enredó en los hilos rosáceos de sus pensamientos y en los mechones cada vez
más gruesos de su cansancio. Cuando por fin cayó en un sueño intranquilo, no
precisamente reparador, soñó que llevaba pesadas cargas a hombros y que se
disolvían encima de ellos; con animales a los que tomaba por mansos hasta que le
atacaban por la espalda. Vio un cordelero que quería hacer una cuerda de arena, y
luego él mismo era ese artesano desesperado. Vio el oscuro brillo del pelo de
Cleopatra… mechones que se convertían en cadenas y luego en trazos inasibles, pero
fuertes. Mechones y trazos.
En los días siguientes, mientras cabalgaba y mientras descansaba, Demetrio se
esforzó en desenmarañar todas esas líneas de pensamiento. Poco a poco, empezó a
considerar a Mukhtar la pieza que faltaba en el enigma. Mientras no supiera por qué
el árabe cabalgaba junto a Rufo, no podría obtener verdadera claridad. Recomponía
una y otra vez el resto de las piezas del enigma, como una de esas figuras de madera
aserradas en trozos para que un niño las recomponga.
La hipótesis que más le convencía era que Rufo y su gente eran parte de una
empresa contra Belhadad. Para llevarla a cabo, los hombres tenían que reunirse con
otros en un momento previamente determinado. Para llegar a tiempo, tenían que ser
más rápidos que la caravana de Demetrio. Demetrio, ya fuera «hermano de armas» en
otro servicio secreto o no, no servía de ayuda con sus pocas gentes, pero su dinero sí
era útil, para adquirir camellos más rápidos y caros, quizá también para otras cosas.
Como no lo habría dado voluntariamente, había que quitárselo. Después del extraño
encarcelamiento, llevaría a Cleopatra junto a Pilatos, como correspondía. Y quizá
sabría más por boca de éste, o recibiría su dinero de los fondos del Estado romano.
¿O sería despachado con refuerzos para ayudar a Rufo? Quizás, posiblemente,
suponiendo que… todo seguía siendo discutible mientras Demetrio no supiera más.
Sobre Mukhtar, sobre Ao Hidis, sobre Belhadad.
Intentó Varias veces hablar con Cleopatra, cuando cabalgaban casualmente juntos
y ninguno de los otros estaba lo bastante cerca como para oír sus palabras. Pero
Cleopatra negaba saber nada más que el nombre de Ao Hidis, y afirmaba no conocer
nada en absoluto de las intenciones de Rufo.
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Cuando pensaba de vez en cuando en Rufo y en cuál debía ser su misión en Ao Hidis,
sentía una curiosa mezcla de respeto y asco. Él no había dicho nada preciso, pero ella
misma sabía lo suficiente como para hacerse una idea de los peligros y las
dificultades que esperaban en la ciudad de Belhadad.
Ésa era la parte por la que sentía respeto. El asco… pero quizás esa palabra era
demasiado fuerte. La naturalidad con la que se había desnudado y se le había
acercado no la afectaba en absoluto, como tampoco el resto de los acontecimientos
ocurridos en su cuarto, en aquella pobre posada. ¿Los muertos? No había conocido ni
a Mikines ni a Prexaspes, ni tampoco a la muda persa; aún habría muchos muertos
hasta que la tarea llegara a su final.
«No era necesario arrojarnos a aquella mazmorra», pensaba, «Demetrio y su
gente… me da igual; pero a nosotras hubiera podido dejarnos cabalgar solas. No
puede haber temido en serio que yo intentaría sacar a Demetrio de la cárcel».
Pero quizá, se dijo más adelante, Rufo quería estar completamente seguro; y
posiblemente a eso se añadía la circunspección, la consideración del oficial de noble
casa: cuatro mujeres solas en el desierto árabe… ¿Qué hubiera hecho ella si Rufo le
hubiera pedido que se quedara en la posada y no hiciera nada por los prisioneros
hasta pasados diez días?
Una y otra vez, surgían imágenes en su cabeza: estrechas habitaciones, salas
atestadas, apestosas cubas, apestosos cuerpos. Eran imágenes de muchos años, de la
infancia bulliciosa en una casa miserable. Angostos pasillos, techos bajos, una sola
letrina para tres o cuatrocientas personas, que entretanto utilizaban cubas, cubas que
había que vaciar y limpiar, trabajo para esclavos que no había, o para niñas pequeñas.
Los claros días en el palacio —«la casa urbana», se dijo, «decentemente pobre, con
más libros que cojines»— de la familia que supo de su vida y de su origen y la
acogió; luego, otra vez, demasiado pronto, angustias: un barco angosto, apestoso,
repleto, y los callejones de Cánopos, el barrio de placer de Alejandría, y el largo,
estrecho y maloliente camino hacia arriba, hacia las casas y barrios mejores.
Asco… quizá fuera una palabra demasiado dura, quizá no lo bastante dura. Un
poco de odio y… sí, sed de venganza. Valerio Rufo la había humillado, al obligarla a
pasar diez días con tantos otros en una angosta y apestosa mazmorra. Idearía una
venganza adecuada. Quizá no la llevara a cabo, quizá no pudiera llevarla a cabo, pero
aun así la idearía. Y hasta entonces, gozaría de la exquisita anchura del desierto, de su
falta de límites. Si tan sólo el camello, con su andar ondulante, no le recordara tanto
aquel barco repleto que bailaba sobre las olas…
Observaba y callaba. Demetrio podía ser un poco simple, o en cualquier caso no
lo bastante astuto como para vérselas con gente como Rufo y Mukhtar; pero parecía
un hombre decente, y se preocupaba por los suyos. Incluso se preocupaba un poco
por ella y sus tres acompañantes. Decente… Había pasado mucho tiempo desde la
última vez que había empleado esa palabra. Mucho tiempo, pensó, desde que alguien
le había dado motivos para acordarse de esa palabra y de las cosas que se unían a ella.
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«Decencia y virtud», había dicho el esclavo. Un griego que en aquella casa
urbana parecida a un palacio tenía la misión de instruir a los niños. «Vamos a poner
algunos ejemplos de lo que entendemos por esto». Entonces habían venido las
historias, que a ella le habían parecido emocionantes, del autodominio del joven
espartano que ocultó un zorro en su túnica y no movió un músculo cuando el animal
empezó a morderle; de Mucio Escévola, que puso la mano en el fuego para expiar el
oprobio cometido con ella; de hombres y mujeres dispuestos al sacrificio, que ponían
la justicia y la fidelidad a la Ley por encima de su propio bienestar y, en caso
necesario, de su propia vida. Y con una sonrisa fugaz se acordó de las posteriores
aplicaciones… por ejemplo de las palabras de una prostituta espartana en Cánopos:
—Hermanita, si vas a Esparta, di que me has visto yacer aquí, como manda el
cliente.
Decente Demetrio… ¿qué podía pretender? ¿Vengarse de Rufo, recuperar su
dinero, vengar la muerte de sus dos viejos compañeros?
Pero era demasiado decente para eso, demasiado blando; Rufo le metería la
espada en el vientre y, para mejor disfrute, se la retorcería. Ella preveía su fin, y de
alguna manera lo lamentaba, porque apreciaba al mercader. Era unos cuantos años
mayor que ella, pero no mucho; había leído y viajado, y a veces su conversación era
incluso ingeniosa. La verdad era que no tenía mal aspecto, y se movía con cierto
encanto escueto, contenido. Era una suerte, pensó, haber prohibido a las mujeres
desde la mazmorra misma buscar el trato íntimo con los hombres. Una prohibición a
la que, naturalmente, también ella tenía que atenerse. «De lo contrario, hace mucho
que habría desaparecido con él entre las dunas, y entonces, ¿quién iba a mantener la
cabeza despejada?».
De vez en cuando, se preguntaba de qué se acordaría. Después, cuando todo hubiera
pasado y se hubieran alcanzado los objetivos. Entonces se decía que aún podían
ocurrir muchas cosas imprevistas, en las que quizá tendría que pensar más a menudo
y más intensamente que en todo lo ocurrido hasta entonces. El desierto, los camellos,
su extraño olor y sus curiosos sonidos burbujeantes, su forma de mecerse en la arena,
que le recordaba la de los barcos. La casi muda familiaridad que entretanto había
surgido entre todos los miembros del grupo. Las historias… en la cárcel, habían
empezado a contarse unos a otros historias falsas, sobre su origen y sus vivencias.
Falsas porque la mayoría tenía algo que ocultar o que callar, y por eso inventaban
cosas extrañas, y aquellos que no tenían nada que ocultar se dejaban contagiar por la
inventiva ajena. Por el camino no había habido tantas historias; mientras se cabalgaba
no se podía narrar bien, y en las pausas, bajo el ardiente sol, todos estaban demasiado
agotados.
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Pero entonces dejaron atrás Leuke Kome, y a un día de cabalgata al norte de la
ciudad portuaria todas las historias contadas y oídas fueron borradas por los
acontecimientos.
La ruta del incienso llevaba hacia el norte durante ciento cincuenta millas
romanas, a través del desierto, luego atravesando las secas montañas del país de
Madian, hasta que finalmente alcanzaba en Ancale el brazo largo del mar. Por la
mañana —hacía un poco más fresco que de costumbre; por eso habían cabalgado más
tiempo— habían tendido el campamento entre unas colinas y habían tratado de ubicar
con exactitud el lugar en un tosco mapa que Demetrio había comprado en Leuke
Kome.
—Demasiado impreciso —dijo el mercader; volvió a enrollar el papiro—.
Estamos en algún sitio, en algún momento, y ahora, de alguna manera, deberíamos
descansar.
—Es bueno tener junto a uno un hombre experto, que siempre puede decirle a uno
qué es exactamente lo que está sucediendo —Perperna rió con disimulo y extendió su
manta de cuero en la ladera noroeste de la colina—. ¿No tiene esta montaña excelente
la forma de la joroba de un camello hambriento?
Cleopatra sonrió cansada y fue con las otras mujeres, que ya se habían envuelto
en sus mantas.
Meleagro estaba atando por las patas delanteras a un camello. De pronto lanzó un
silbido.
—Viene alguien —dijo.
Aunque hubieran puesto media docena de guardias se habrían sorprendido, se dijo
Cleopatra. Los jinetes venían de uno de los valles; sólo había sido posible verlos
cuando ya era demasiado tarde.
Treinta hombres a caballo. Algunos se quedaron atrás, porque tenían que
ocuparse del equipaje y los caballos de refresco; los otros rodearon a los
acampados… apuntándolos con lanzas.
—¿Quiénes sois? —uno de los jinetes acercó su caballo hasta donde estaban
Demetrio y Ravi. Había hablado en griego, pero esas pocas sílabas bastaban para
dejar oír su origen árabe. Llevaba un amplio manto, que había sido blanco hacía
mucho tiempo. De la silla pendía una espada curva, y la punta de su lanza señalaba el
pecho de Demetrio.
—Supervivientes de una caravana saqueada —dijo Demetrio. Su voz sonó ronca;
podía ser obra del agotamiento, de la ira reprimida o de la confusión.
—Una lástima —el árabe rió; al hacerlo, enseñó unos dientes de un blanco
deslumbrante entre la espesura de su barba negra.
—¿Que hayamos sobrevivido?
—Que ya os hayan saqueado una vez. Pero eso lo vamos a comprobar.
Volvió la cabeza y vociferó un par de órdenes; algunos hombres descabalgaron,
los otros se encargaron con sus lanzas de que a nadie se le ocurrieran ideas necias o
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heroicas.
La comprobación fue llevada a cabo de forma rápida y eficaz. Los hombres les
quitaron todas las armas, las arrojaron en un confuso montón y llevaron a su jefe
todas las bolsas de dinero y joyas que encontraron en el equipaje.
—Saqueados, en verdad —sin soltar la lanza, descabalgó y contempló el
contenido de las bolsas, los anillos, fíbulas y pulseras.
Cleopatra se frotaba el dedo, dolorido, del que uno de los hombres acababa de
sacar de un tirón un anillo.
—No vamos a matarlos, ¿verdad? —dijo el árabe. Esbozó una sonrisa fugaz—.
Cogeremos las joyas y una cuarta parte de las monedas. Con el resto podéis
sobrevivir. Tú —señaló hacia Ravi con el mentón—, ¿de dónde vienes?, ¿de la India?
Ravi asintió.
—Podría interesarle a nuestro príncipe. Vendrás con nosotros.
Dos hombres cogieron a Ravi por los brazos y lo arrastraron hacia los caballos de
refresco.
—¿Y tú eres el señor de la caravana?
Demetrio masculló algo entre dientes. Cleopatra creyó oír «hijo de una perra y un
escorpión», pero no estaba segura.
—Tendremos conversaciones muy agradables si sigues así —el jefe de los
salteadores soltó una carcajada—. Alguien podría pagar un rescate por el señor de la
caravana. Cogedlo. Y… a ésa de ahí —su lanza apuntó a Glauca—. Sólo la más bella
carne fresca para el viejo.
Fue una áspera pesadilla, de la que a Cleopatra le habría gustado despertar.
Inmóviles, mudos, indefensos, tuvieron que ver cómo se llevaban a las tres víctimas
hacia los caballos de refresco. Unos angustiados momentos e incrédulos parpadeos
después, no veían más que el polvo que levantaban los caballos de los bandidos.
Cuando éste se posó, los árabes y sus prisioneros habían desaparecido.
Thais y Arsinoe se cubrían el rostro con las manos. Perperna alzaba el muñón en
el aire como si quisiera golpear a los dioses por intervenir; luego dejó caer el brazo,
sacudió la cabeza y se sentó en su manto. Nubo alzó la vista hacia Leonidas, que
caminaba lentamente hacia el montón de armas y bolsas. Meleagro se puso las manos
en las caderas, se mordió el labio inferior y, finalmente, se volvió hacia Cleopatra.
—¿Y ahora… princesa?
Ella alzó las manos, que le parecieron asombrosamente pesadas, como bolas de
plomo.
—¿Por qué me preguntas a mí? —apenas reconoció su propia voz.
—¿Quién va a dar las órdenes? —la voz de Meleagro sonaba completamente
relajada.
—Vayamos a descansar. Luego lo discutiremos.
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En algún momento, el estupor cedió. Cleopatra no se sentía cómoda como señora de
la caravana pero, para su fortuna, no había muchas decisiones que tomar. Dejó la
búsqueda del lugar de descanso más adecuado a los hombres más expertos en
caravanas. Las monedas que los bandidos les habían dejado alcanzaban justo para
comida, forraje y dos noches en una posada.
—Demetrio tenía más —dijo Meleagro cuando deliberaban por el camino—. No
lo encontraron en ese momento, pero en cualquier lugar donde lo haya escondido,
entretanto ya lo tendrán. ¡Que los dioses los ahoguen en estiércol de cerdo!
—¿Qué podemos hacer? —dijo Cleopatra—. ¿Mendigar?
Nubo señaló los camellos.
—En cuanto no los necesitemos, podemos vender los animales.
—¿Cuándo vamos a dejar de necesitarlos? No podemos caminar hasta el fin de la
Ecumene…
—No vamos al fin de la Ecumene. Sólo hasta Jerusalén. Espero encontrar ayuda
allí.
Meleagro miró a Cleopatra con los ojos entrecerrados.
—Tú quizás; si el prefecto guarda buen recuerdo de ti. ¿Pero qué pasa con
nosotros?
—¿Qué pensáis hacer?
Meleagro y Leonidas cambiaron miradas en silencio.
—Vamos a buscar a Demetrio —dijo Leonidas.
—¿Dónde? ¿Cómo?
Perperna carraspeó:
—Oh, princesa, los señores del comercio tienen sus propias posibilidades de
obtener cosas. Quien quiera un rescate por Demetrio lo hará saber en un momento u
otro. ¿Y tú? ¿No vas a hacer nada por rescatar a tu Glauca?
Cleopatra se encogió de hombros.
—¿Crees que quedará mucho que rescatar? ¿Cómo sería ese rescate?
Naturalmente se atormentaba, como todos, con preguntas desvalidas. ¿No habrían
podido hacer algo, recurrir a las armas que les habían quitado para atacar —cuatro
mujeres y seis hombres— a unos treinta belicosos bandidos? ¿O habría ella debido
decir: soy una princesa por la que alguien pagará rescate; llevadme a mí y dejad libre
a Glauca? Sólo que: ¿quién iba a pagar algo por ella? ¿El prefecto? Puede que Pilatos
se acordara de ella si veía su rostro ante él; el nombre tan sólo, unido con la
referencia a Alejandría, no habría sido muy útil dada la cantidad de Cleopatras que
vivían en Egipto. Además, por regla general los prefectos romanos no pagaban
rescates, no se dejaban extorsionar ni a sí mismos ni al Imperio. O se enviaban
guerreros, lo que en su caso estaba excluido, o se olvidaba rápida y
concienzudamente a la víctima. Cuando no se trataba de asuntos de Estado… Por un
general preso de los partos se entablaban negociaciones, pero ¿por una mujer raptada
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por bandidos árabes?
No habló con los otros acerca de sus pensamientos; en cualquier caso, no hacía
falta hablar mucho para saber que todos se hacían parecidas consideraciones. Sin
duda Leonidas y Meleagro; en ese desdichado viaje ya habían perdido dos amigos,
Mikines y Prexaspes, y para ellos Demetrio no sólo era su señor, sino también un
viejo amigo. Nubo incubaba en silencio («El escabel en el que te sientas no es un
huevo, muchacho», le dijo Perperna en una ocasión) y parecía enfadado, pero no
quería hablar al respecto.
—¿Piensas hacer algo? —dijo Leonidas, la noche que pasaron en el último
albergue antes de alcanzar Jerusalén.
—¿Yo? ¿Hacer? ¿Qué? ¿Para qué? —Nubo abrió desorbitadamente los ojos,
como un mal comediante que trata con desesperación de mostrar asombro ante algo
que no le afecta realmente a él ni a nadie.
—Bueno, al fin y al cabo te llevó consigo. Habrías podido quedarte con los
amables habitantes de Adane.
—Ah. ¿Cómo se te ha ocurrido tal cosa?
—Pensaba, y él también —Leonidas señaló con el mentón a Meleagro, que
miraba fijamente su cuenco—, pensábamos que quizá nos ayudarías. Si se nos ocurre
algo. No tienes aspecto de estar alegre por estas pérdidas.
Nubo sonrió.
—Estoy enfadado porque mi hermoso cabello rojo se ha vuelto feo.
Meleagro alzó la vista.
—Ha crecido —dijo—. Tu pelo negro y rizado, con las puntas rojas… como una
cabeza, bueno, como la de Medusa, que hubiera cambiado sus serpientes por larvas
podridas. ¿Quieres que te rapemos? ¿Del todo?
—Mis dioses no lo quieren —Nubo apretó los labios—. Viven en las nubes, y
cuando miran hacia abajo quieren ver el mundo, no su reflejo en mi calva.
Thais y Arsinoe parecían angustiadas, pero se mostraban en todo momento
contenidas. En las fugaces conversaciones —más bien intercambio de frases sueltas
— que tuvo con ellas, Cleopatra supo que echaban poco de menos a Glauca, y nada
en absoluto a Demetrio y a Ravi.
—No tenemos dinero —dijo Thais en un momento dado, mientras cabalgaba
junto a Cleopatra—. Tú tampoco, señora. Supongo que también en Jerusalén hay
hombres. ¿Entonces? —alzó las cejas.
—Es mejor que esperes hasta Cesarea —dijo Cleopatra—. Por todo lo que yo sé
sobre los judíos rigoristas, no pueden tocar a mujeres no judías.
—Necia creencia. Y del todo inútil para nosotras.
El único que parecía por entero impertérrito era Perperna. Canturreaba en voz
baja, hacía chistes, trataba de contar historias y daba a entender que después de sus
décadas de esclavitud árabe la sola libertad de morirse de hambre siendo un hombre
libre era ya un placer.
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—Y es un placer, oh princesa, ver a otros ir a la servidumbre.
—¿Qué debo pensar ante eso? Viejo perverso.
—Oh, no, no digas eso —soltó una carcajada—. Como todos los ancianos, quiero
contar mis experiencias. Compartir mi sabiduría. Dejar que la fuente de mis
conocimientos brote dentro de bocas que no quieren beberla. Oídos, creo yo, que
beben mis palabras. Ah. Como sabemos, nadie escucha a los viejos. Así que la
prisión entre los árabes es la única posibilidad de conocer la prisión entre los árabes.
Por eso, me alegro de que Demetrio y los otros aprendan de este modo.
Poco antes de llegar a Jerusalén, a la vista de la ciudad y de las riadas de peregrinos
que iban a la fiesta de la Pascua y al templo, Meleagro dirigió su camello hacia un
grupo de chozas y tiendas. Cleopatra hizo una seña a los otros para que le siguieran.
Con un poco de suerte, había dicho él varias veces en los días pasados, allí
encontrarían a un mercader, un viejo amigo de Demetrio llamado Boschmun.
Lo encontraron: un fenicio calvo y gordo. Tiró de su sucia túnica, cogió una gorra
puntiaguda, casi cónica, se la puso y se levantó. La mesa en la que se apoyaba estaba
repleta de rollos de papiro y toda clase de objetos, que podían ser adornos u objetos
decorativos o mercancías para compradores de extraño gusto: huevos de avestruz,
sobre los que hombres y mujeres finamente grabados se entregaban a complicados
placeres; un ánfora de vino en forma de rinoceronte alzado sobre las patas delanteras,
por cuyo grueso miembro salía el vino; una serie de pequeños asnos de piedra verde
oscura, y todos los animales tenían fantásticos defectos: una sola oreja, tres patas,
jorobas…
—Ahora que me he cubierto la cabeza —dijo Boschmun— puedo recibir
huéspedes. Meleagro… y Leonidas, ¿verdad? Con ellos nobles mujeres, y… ¿dónde
está Demetrio?
—Los amos del desierto se lo han llevado, y nos han desdeñado a nosotros.
Boschmun dio unas palmadas. Una joven y esbelta esclava apareció y se inclinó
en silencio.
—Escabeles —dijo Boschmun—. Y vino. ¿Tenéis hambre?
—Un largo viaje deja cansado y hambriento.
—Contra eso sí podemos hacer algo.
Nubo y Perperna se habían quedado con los camellos. Boschmun mandó un
esclavo que los ayudó a meter a los animales en un corral. Cuando todos estuvieron
sentados en escabeles, en la choza más grande, y tuvieron pan y vino, el fenicio pidió
un breve resumen de la larga historia.
—De exuberante parquedad, por así decirlo —dijo con voz untuosa—. Para que
pueda afligirme con sus inclemencias sin quedar aplastado por sus contrariedades.
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Meleagro y Leonidas se turnaron para contar y comer. Cuando hubieron
terminado y Boschmun hubo oído la historia a grandes rasgos, dedicó una mirada
penetrante a cada uno de ellos. Cleopatra se dijo que quizás había subestimado a la
gente de Demetrio, porque Meleagro y Leonidas habían logrado contar una historia
emocionante sin decir nada acerca del origen de ciertas egipcias o del papel de ciertos
oficiales romanos. Pero tuvo la sensación de que Boschmun era capaz de escuchar
tras las palabras dichas otras no pronunciadas, y se alegró cuando sus ojillos
penetrantes pasaron de ella a Thais, que estaba sentada a su lado.
—Triste, en verdad —dijo—. ¿Y a vosotros os desdeñaron? Bueno, a veces es
agradable no estar entre los escogidos. ¿Qué pensáis hacer?
Meleagro miró a Cleopatra.
—La señora conoce al prefecto, desde hace tiempo —dijo—. Espera encontrarle
en Jerusalén… a él y a su posible disposición a ayudarla, y quizá también a nosotros.
Boschmun levantó los brazos por encima de la cabeza y volvió a dejarlos caer.
—Poncio Pilatos está en Jerusalén, pero ¿querrá acordarse de antaño?
—¿Por qué no iba a hacerlo? —dijo Cleopatra.
Boschmun guiñó un ojo.
—No sé si vuestra vieja amistad será de las que guste recordar, o de las que él
quiera hablar… en presencia de su virtuosa esposa.
Cleopatra se esforzó porque su rostro no mostrara expresión alguna. Algo frío le
recorrió la columna vertebral; esperanza defraudada convertida en hielo. Con voz
controlada, respondió:
—Casi todo se puede decir de tal forma que nadie sea herido.
Boschmun asintió.
—Y casi todo lo que se dice lleva alas virtuosas romanas a la desconfianza.
Pero… —abrió los brazos—. Quizás una lengua inteligente consiga más de lo que un
necio mercader puede imaginar.
—No tenemos dinero —dijo sinceramente Meleagro—. Antes o después vas a
saberlo, así que, ¿por qué no ahora mismo?
—Dinero. Un pequeño mal, un poderoso impedimento, según se tenga o no —
Boschmun cerró los ojos unos instantes—. Dinero para sobrevivir, ¿verdad? Y…
¿pensáis hacer algo? —volvió a abrir los ojos y miró a Meleagro, luego a Leonidas,
luego a Cleopatra.
—¿Por Demetrio? Sí…, si podemos. Si hay un camino.
—Pero no hemos venido a mendigar —terció Nubo—. Ofrecemos algo.
—Ofrecer es mejor que pedir —Boschmun se rascó la nuca—. Dejadme
adivinar… ¿queréis hacer a pie el resto del camino hasta Pilatos y venderme vuestros
camellos?
—Eso —dijo Meleagro—, y pedirte que tengas los oídos abiertos siempre que
alguien cuente algo sobre príncipes ladrones árabes y mercaderes presos.
Boschmun se quitó la puntiaguda gorra, la contempló como si se tratara de un
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ídolo hueco y volvió a ponérsela.
—¿Oídos? —se tiró de los lóbulos de las orejas—. ¿Cómo iba a sobrevivir sin
oídos? Oídos abiertos, oídos que alcanzan lejos… oídos de tallo largo, en cierto
modo. Los señores del templo no quieren mercaderes extranjeros en la ciudad, pero sí
sus mercancías; como no estoy en la ciudad, tengo que escuchar a conciencia y hasta
muy lejos, para percibir el susurro de las necesidades. Igual que los pasos lejanos de
aquellos que arrastran la carga de las ofertas y no saben adónde ir con ellas.
Calló y frunció el ceño. Después de unos instantes suspiró:
—Oh, sí. O no. No vamos a regatear. Vuestros animales… no tengo gran
necesidad de camellos de monta, pero voy a pagaros el precio de unos buenos
camellos de carga. Y un poco más, por tratarse de mi viejo amigo Demetrio. Me
ayudó hace diez años, cuando quería instalar este lugar de paso y no tenía los medios
necesarios; sería injusto no hacer nada por él y por su gente.
Cleopatra no pudo reprimir una risita.
—No das la impresión de creer en la justicia en el mundo —dijo.
—Inteligente mujer —Boschmun le hizo un guiño—. Por eso, si queréis, me
quedaré con vuestros enflaquecidos camellos al precio de gordos animales de carga.
La diferencia entre vuestra pérdida y mi ganancia es inconmensurable, porque sin mi
oferta tendríais que pasar hambre, y en cambio yo podría seguir comiendo sin
vuestros camellos.
—Estamos en tus manos —dijo Meleagro.
—Pero piensa —añadió Leonidas— que los tiempos podrían cambiar.
—Esa consideración influirá en el precio. En lo que a Demetrio se refiere… —
Boschmun se frotó la nariz—. Hay un par de rumores.
—¿Sobre Demetrio? —Meleagro se inclinó hacia delante—. ¿Ya?
—Oh, no. Pero sí sobre los amos del mundo y un príncipe bandido del desierto.
—En el desierto hay muchos príncipes bandidos —dijo Cleopatra; sintió que su
corazón se aceleraba, y se irritó, porque no veía motivo alguno para ello—. ¿Crees
que Demetrio está en manos de cada uno de ellos?
—Demetrio es único, así que sólo está en manos de uno de esos señores. Pensaba
únicamente que si los romanos preparan algo disponen de conocimientos para
llevarlo a cabo. Y el flujo de esos conocimientos podría transportar otras noticias.
Habría que encontrar a alguien que sepa más.
—¿Dónde podríamos encontrarlo? —dijo Meleagro.
—Pensaré un poco en ello. Uno de vosotros debería volver dentro de, digamos,
tres días. Para entonces podría saber algo —se levantó—. Ahora, dejadme ver
vuestros camellos. Me gusta ver camellos, sobre todo los que pronto van a
pertenecerme.
Cleopatra todavía se quedó sentada un momento cuando los otros se levantaron
de los escabeles y salieron con Boschmun. El regateo en torno a los camellos no era
asunto suyo; Meleagro y Leonidas podían ocuparse de él. Trató de pensar varias
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cosas al mismo tiempo, lo que quizá fuera más posible en la choza vacía que entre
personas y camellos.
Pilatos, Boschmun, Demetrio. Esos tres, en ese orden o en otro. El prefecto,
representante del César, guardián de los intereses del Imperio. Y guardián de las leyes
romanas. Incluyendo las leyes matrimoniales romanas. El fenicio, que quería hacer
sus negocios a las puertas de la ciudad sagrada de los judíos, con todo y con todos. El
mercader, un hombre decente, y en consecuencia desvalido, en manos de un príncipe
árabe. Y entre ellos, detrás, a su lado… no, si quería ser sincera consigo misma:
delante… delante y sobre todo ella, Cleopatra, y su destino.
Porque, ¿qué le importaban a ella las leyes del Imperio, los negocios del fenicio,
la supervivencia de Demetrio? Ella quería ayuda de Pilatos. Una carta quizás, un
consejo, apoyo en el intento de recuperar sus perdidas posesiones en Egipto. Si junto
a él había una virtuosa esposa, Cleopatra no podría recordarle la voluptuosidad de las
noches de Alejandría. No tendría ninguna posibilidad de conmover personalmente al
prefecto; tan sólo quedaba el ruego de una súbdita al representante del César de que
la ayudara a obtener justicia.
Demetrio… Ah, Demetrio. Quizás habría sido agradable, en otras
circunstancias… solos los dos, en un aposento no demasiado alejado de cocinas y
baños, sin camellos, arena y los demás. Trataría de poner a determinadas personas de
Roma al corriente de los acontecimientos en cuanto estuviera en condiciones de
hacerlo. Superfluo, probablemente; su propia gente, sus agentes y su red de
informadores y esbirros se ocuparían de él.
Por un fugaz momento pensó en Glauca; luego, decidió no pensar más en ella.
Apenas la había conocido; ¿acaso la señora que ha quedado falta de recursos es
responsable de la criada ausente que ya no está a su servicio?
Quedaba el fenicio. Helenos y fenicios nunca se habían llevado bien; su aversión
hacia Boschmun podía ser, se dijo, una especie de herencia… la sangre guerrera de
los príncipes macedonios que corría por sus venas escondía quizás un rechazo y un
desprecio contra el que ella no podía hacer nada. No quería hacer nada. Encontraba al
gordo Boschmun, con su voz untuosa y sus cálidas palabras, que sólo recalcaban la
dureza y la frialdad que subyacía a ellas, sencillamente repugnante. Como ser
humano, como hombre. Estaba segura de que pagaría como mucho la quinta parte del
valor de los camellos, y habría preferido ser criada de un bandido árabe que de ese
sapo.
Cleopatra se sobresaltó cuando la esbelta esclava entró para llevarse las copas y
los restos del pan. Era guapa, pensó Cleopatra; por sus rasgos y su piel, podía ser hija
de una unión entre helenos y árabes, y sin duda era digna de compasión. No por ser
esclava… esclavos había en todas partes, igual que artesanos, guerreros, mercaderes
y príncipes. Pero esclava de ese monstruo…
Al parecer, Cleopatra no había dominado su rostro como acostumbraba; la esclava
pareció haber leído algo, ya fuera en los rasgos de su cara o en sus ojos. Sonrió
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mientras se inclinaba hacia la jarra vacía y dijo a media voz:
—No te preocupes. Es un buen amo, de día y de noche. Nunca me ha pegado.
Con un ligero sobresalto por su falta de autodominio y con un no tan ligero
asombro, Cleopatra notó que se ruborizaba un poco. No podía recordar cuándo había
ocurrido tal cosa por última vez. Carraspeó:
—¿Se puede confiar en él? —dijo.
—Raras veces da su palabra, pero cuando lo hace no la retira.
—Suena tan virtuoso que…
La esclava sacudió la cabeza. Cuando respondió, en su voz había algo parecido al
menosprecio:
—No sabes lo que dices, señora. Nada de virtud. Necesidad. ¿Quién si no
volvería a hacer negocios con él?
Cleopatra enarcó las cejas, no dijo nada y salió; sentía la mirada de la esclava en
su espalda.
Los negocios parecían haber terminado ya; Boschmun estaba entregando una
bolsa a Meleagro.
—Gracias, señor y amigo de mi señor —dijo Meleagro—. Beberemos el próximo
vino a tu salud. Que tus camellos corran eternamente y tus negocios nunca sufran
daño.
—Los camellos no deben correr demasiado deprisa —Boschmun se rió sin
remilgos—. De lo contrario, las cargas terminan por caerse.
Recogieron sus escasas pertenencias: bolsas, mantas, armas, prendas de ropa.
Cleopatra no se apresuró. Tuvo la sensación de que había logrado ser la última en
recoger sus cosas sin llamar la atención. Los otros ya se dirigían al camino cuando se
volvió hacia el fenicio, que estaba en pie de brazos cruzados entre el corral y los
primeros cobertizos, y que miraba alternativamente a los camellos y al camino.
—Una palabra más, señor del comercio —dijo en voz baja.
Él la contempló con rostro inexpresivo.
—¿La noble macedonia?
Ella pasó por alto el tono sarcástico.
—Has hablado de príncipes de los bandidos.
—A disgusto, sí. ¿Por qué?
—El asalto ocurrió en el país de los nabateos. ¿A cuántos príncipes bandidos
tolera el rey de los nabateos? ¿Y cuántos de ellos pueden destacar treinta hombres
armados?
Boschmun arqueó una ceja.
—Inteligentes preguntas, inteligentes preguntas. ¿Quieres hacer algo?
—Quiero sobrevivir. Para eso se necesitan conocimientos.
Boschmun se echó a reír.
—Deberías dedicarte al comercio; podrías llegar lejos.
—Puede ser. Sigamos con las preguntas. ¿Qué piensas de Ao Hidis?
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Boschmun parpadeó.
—Habría que considerarlo. Belhadad tiene un largo brazo, y se dice que los
nabateos no están descontentos con eso.
Cuando Cleopatra alcanzó a los otros, ya estaban a las puertas de la ciudad.
Meleagro había cambiado unas palabras con uno de los guardias armados y regresaba
junto al grupo.
—La ciudad está llena —dijo—. Será difícil hallar alojamiento.
—¿Está el prefecto?
Meleagro asintió.
—Está, princesa. Pero… normalmente emplea como pretorio el palacio de
Herodes. Y estos días está allí el propio Herodes Antipas, para celebrar la fiesta en el
templo. Así que Pilatos y su gente se han trasladado a la fortaleza. La Antonia.
—Entonces vamos allá.
—¿Crees que van a darnos la bienvenida? —Meleagro torció el gesto—. Creo que
deberíamos llevaros hasta allí a las mujeres y buscar nosotros otras posibilidades.
—Intentémoslo.
La fortaleza, construida por Herodes el Grande y bautizada como Antonia en
honor de su amigo Marco Antonio, estaba vigilada por guerreros. Meleagro lanzó a
Cleopatra una mirada y señaló los puestos de guardia con el mentón; Cleopatra se
adelantó. Detrás de los guardias, al final del pasadizo, vio el patio interior de la
fortaleza, en el que había tiendas de campaña, alojamientos para los combatientes. En
el pasadizo había un hombre entrado en años y dos mujeres, que parecían discutir
acerca de algo.
—Cleopatra —dijo ella—, princesa de Egipto. El prefecto fue mi huésped en mi
casa de Alejandría y me ha invitado.
Uno de los guardias sonrió.
—No tienes el aspecto de ser una princesa invitada —dijo.
—De eso tienen la culpa los bandidos árabes —ella titubeó durante la mitad de un
instante; luego, tomó una decisión—. Además de la vieja amistad, hay noticias
frescas que quizá podrían mover al prefecto a recibirnos.
—¿Noticias acerca de qué?
—De Ao Hidis y Belhadad.
Notó las miradas sorprendidas de los otros. Pero vio también que sus palabras no
afectaban especialmente al guardia. Movió la cabeza y abrió la boca; pero entonces
volvió a cerrarla, porque el hombre mayor y una de las mujeres del pasadizo parecían
haber oído algo y se acercaban a la puerta.
—¿Qué pasa con Belhadad? —inquirió el hombre.
—Esta mujer —dijo el guardia— afirma que el prefecto fue su huésped en su casa
de Alejandría. Y quiere contarle algo acerca de unos bandidos árabes.
—¿Cómo te llamas? —dijo el hombre mayor.
—Cleopatra.
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El hombre se echó a reír.
—¿Cómo si no iba a llamarse una princesa de Egipto? ¿Y qué pasa con
Belhadad?
—¿Tenemos que discutirlo aquí, en la calle?
La mujer, que hasta entonces había guardado silencio, puso una mano sobre el
brazo del hombre mayor. Miró de arriba abajo a Cleopatra con unos ojos claros de
color pardo grisáceo. Al hablar empleó, como todos los demás, el griego, pero era
imposible pasar por alto su origen romano:
—¿Cleopatra, de Alejandría? ¿Y noticias acerca de Ao Hidis? Eso no debe ser
discutido aquí.
Recorrió a las acompañantes de Cleopatra con miradas rápidas y valorativas. Una
mujer inteligente, dura, pensó Cleopatra, con los rasgos y la actitud de las patricias
romanas. ¿Qué hacía allí, en medio de los guerreros?
—Tú —la mujer se volvió a uno de los guardias—. Lleva a esta mujer y a los
otros ante Tarquinio. Que les dé aposento —luego miró a Cleopatra. Sin mover un
músculo, dijo—: He oído hablar de ti; por eso… veremos —luego se dio la vuelta y
regresó al patio interior con el hombre mayor.
El guardia le dio su lanza a otro y dijo:
—Seguidme.
—¿Quién es esa mujer? —dijo Cleopatra.
—Claudia Prócula.
—¿Quién es Claudia Prócula?
—La esposa del prefecto.
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Capítulo XVII
LOS PRISIONEROS DE BELHADAD
Ensalcemos las insondables decisiones de los eternos, a los que ha complacido
concedernos, además del hambre, la sed, el dolor, la impotencia y el prurito, a los
príncipes.
EPITAFIO ANÓNIMO
Cabalgaron durante ocho días, casi siempre hacia el norte. El jefe, Didhama, apenas
les dijo más que su nombre. Sobre todo, no les dijo el destino de su cabalgada.
Demetrio sospechaba que había dos razones para el hecho de que descansaran de
noche y aprovecharan el día para avanzar. En primer lugar, la condición de los
caminos, que apenas eran practicables en las horas de oscuridad; y en segundo lugar
las costumbres de los bandidos: para ellos, esa primavera era fresca, aún tenían que
pasar dos lunas para que el calor del día empezara a molestarles.
Los prisioneros fueron bien tratados. O, más exactamente: no fueron tratados de
ningún modo. Cuidaban de que no cabalgaran juntos, de que no pudieran conversar,
ni ponerse de acuerdo, ni convenir encuentro alguno. Por las noches los ataban y los
alejaban todo lo posible. Las ataduras eran incómodas, pero no les herían; servían tan
sólo a la seguridad.
Incluso sin haber hablado con Ravi y Glauca o con los árabes, Demetrio no
albergaba ninguna duda respecto al destino y la pertenencia de sus secuestradores.
Sobre todo, le quedó claro desde el momento en que se dio cuenta de que siempre
cabalgaban hacia el norte. Puede que más al sur, al borde del reino de los nabateos,
hubiera unos cuantos pequeños príncipes del desierto que de vez en cuando saquearan
una caravana, pero nadie lo bastante fuerte como para destacar a treinta hombres. El
rey de los nabateos, Aretas, hubiera emprendido algo contra él. En cambio, más al
norte… estaba Ao Hidis, el reino de Belhadad.
La ruta que habían tomado estaba probablemente al este de las antiguas rutas
comerciales. Desiertos, extensiones de arena, valles pedregosos, de vez en cuando un
oasis oculto en el que sólo se veían unas pocas huellas de caballos, nada de estiércol
de camello. Uno de los caminos secretos de los bandidos, se dijo Demetrio.
Luego se dijo otras cosas. Treinta hombres robustos, jóvenes, jinetes brillantes,
expertos en el trato con las armas y el desierto, a cuatrocientas millas al sur de su
patria… y no hacían nada más que llevarlos a él y a los otros dos al norte. ¿Los había
enviado Belhadad para hacer tres prisioneros y cosechar así quizás un poco de
dinero? ¿Por qué no treinta prisioneros, o trescientos, a los que saquear y matar
porque no se les necesitaba?
En realidad, sólo había una explicación. Esos hombres habían sido enviados a
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cumplir una tarea determinada. Ahora que estaba hecha, regresaban a casa. Así que la
tarea sólo podía llamarse: encontrar a Demetrio, Ravi y Glauca.
¿Por qué Glauca? ¿Por qué Ravi? ¿Por qué Demetrio? Cuanto más pensaba en
ello —y tuvo ocho días con sus noches de tiempo para pensar sin ser molestado—,
tanto más convencido estaba de que el ataque estaba pensado para él, y que los otros
eran más bien una propina. ¿Una joven y hermosa mujer? ¿Un viejo indio? Cualquier
bandido puede hacer algo con una joven, se dijo; pero si se trataba de secuestro y
obtención de rescate la princesa Cleopatra valía mucho más la pena. Los hombres ni
siquiera habían intentado averiguar el nombre, el rango y el origen de los viajeros;
algo inusual en bandidos que buscan obtener un rescate. ¿Glauca como propina?
Probablemente; quizá también para que las cosas no resultaran demasiado evidentes.
¿Ravi? Un viejo indio que había dirigido largo tiempo en Adane una posada podía
saber mil cosas que otros podrían también querer saber. Pero tampoco habían
preguntado por Ravi, salvo: «¿Indio?». Quedaba él, entonces, mercader, caravanero y
perteneciente al gremio de mercaderes romanos de ultramar. Con contactos y
amistades.
Pero ¿cómo habían sabido de él? Se decía que Belhadad lo sabía todo. Para
saberlo todo, o al menos mucho, hacían falta fuentes de las que extraer ese saber.
¿Cómo podía saber Belhadad que en ese momento cierto Demetrio estaría en camino
al norte de Leuke Kome?
Las noticias viajan deprisa, tan deprisa como el más rápido de los jinetes. Había
dos jinetes que llevaban trece días de ventaja, Rufo y Mukhtar. Pero… ocho días
hasta Ao Hidis, según su estimación, y ocho días desde allí hasta las cercanías de
Leuke Kome hacían dieciséis días, no trece. Quizás entretanto los otros llevaran
catorce días de ventaja, pero sin duda no dieciséis. Así que tenían que haberse
encontrado a alguien en alguna parte, quizás a Didhama. Y tenían que haberle dicho
que otras gentes estaban en camino. Si los hubieran apresado y torturado, sin duda
también habrían mencionado a Cleopatra. Y también sin duda la habrían apresado.
¿Para conseguir dinero o para presionar a un prefecto romano en la próxima
dificultad política?
Daba igual. Cuando llegaron a Ao Hidis, Demetrio estaba seguro de que Didhama
tenía órdenes de capturarlo a él. Y eso sólo podía significar que Rufo y Mukhtar (si
no se habían separado a causa de alguna desavenencia) colaboraban con Belhadad.
Sin embargo, por todo lo que Demetrio sabía de Belhadad y las intenciones de los
romanos, esa conclusión era tan absurda que dejó de pensar en ella durante un tiempo
y pasó las últimas horas de cabalgada en una cavilación casi estupefacta.
Originariamente, Ao Hidis había sido tan sólo una serie de pequeños oasis.
Belhadad y sus predecesores habían hecho de ellos un valle que discurría de este a
oeste, de casi treinta millas de largo y siete de ancho, un único y fértil gran oasis entre
las masas de roca y los mares de arena del desierto. Por el norte y por el sur,
escarpadas paredes de roca hacían imposible cualquier acercamiento; si es que
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alguien llegaba hasta allí atravesando arenas movedizas, crestas rocosas y abismos.
Por el este, el valle terminaba en un desfiladero que unos cuantos arqueros podían
defender contra todo un ejército.
Todo eso se lo contó o se lo mostró Didhama cuando hubieron llegado a Ao Hidis
y hubieron dejado atrás el acceso occidental: un elevado muro de unos trescientos
pasos de longitud, con almenas y guardias, y una puerta de doble hoja de madera y
hierro. Detrás de la puerta terminó el silencio de los bandidos, y empezó la capital del
reino de Belhadad.
—Hubiera podido decírtelo todo hace mucho, pero aún habrías podido escapar, o
quizá nos hubiéramos encontrado enemigos a los que no debías decir nada.
Didhama se quitó el velo con el que se había estado protegiendo la boca y la nariz
contra el viento arenoso.
—Hace mucho —dijo Demetrio— que ya sabía que íbamos a Ao Hidis. ¿A qué,
pues, todos esos secretos?
Didhama sonrió:
—Quien no sabe cerrar el pico ni cuando no haría falta, parloteará como una
cascada de arena cuando se vea en apuros.
—¿Parlotean vuestras cascadas de arena?
Didhama no respondió, y Demetrio no esperaba ninguna respuesta a tan absurda
pregunta. Miró a su alrededor, absorbió las imágenes, los colores, los sonidos, los
olores, y se esforzó en ver y retener todo lo posible.
Vio tiendas de campaña, grandes y pequeñas, tiendas sencillas y adornadas, una
auténtica ciudad de tiendas, como un ribete longitudinal de las paredes de roca hacia
el norte y el sur. Oscuras manchas en la piedra parecían ser entradas de cuevas
cubiertas por cortinajes; aquí y allá se apoyaban largas escalas, con las que los
guardias podían escalar las paredes protectoras naturales para otear el horizonte. En
medio del valle aumentaba la vegetación: pastos, huertos, campos enteros de cereal.
Al parecer, se habían convertido los charcos de los oasis en un sistema interconectado
de estanques y canales de riego. Cuando cabalgaron más hacia el este, Demetrio vio
entre las tiendas cada vez más casas hechas de guijarros apilados.
Y personas. Hombres, mujeres, niños, unos cuantos ancianos. Todos ellos
cuidaban caballos, camellos y vacas (probablemente, se dijo, también habría en algún
sitio ovejas y cabras), trabajaban en los campos, los huertos y los talleres. Vio
marroquineros y cordeleros, carpinteros (¿de dónde saldría la madera?) y herreros,
pero también puestos de venta en los que se ofrecían alimentos, verduras, frutas y
ánforas que contendrían vino o cerveza y seguramente aceite; agua había en
abundancia, y gratis, en el centro del valle.
—¿Treinta mil? —dijo sin preámbulo alguno.
—¿Qué? ¿Caballos? —Didhama levantó la mano para saludar a alguien al borde
del camino.
—Personas.
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—Diez mil hombres capaces de empuñar las armas —la voz de Didhama sonó un
poco orgullosa, pero al mismo tiempo casi sorprendida ante el número que él mismo
había dicho—. Además de niños, viejos y mujeres.
Demetrio decidió no asombrarse, sino bajar las ínfulas a Didhama.
—¿Y con esos pocos queréis desafiar al Imperio? ¿Es que no sabéis cuán
poderosa es Roma?
—Poderosa, sí —Didhama resopló—. Y también que está muy lejos. El camino
se aproximaba al agua en el centro del valle.
Demetrio vio que el valioso líquido estaba protegido por vallas. Probablemente
para que animales y personas no anduvieran en él, se dijo. Higiene… pero ¿cómo se
daba de beber a los animales?
Entonces, entre las vallas, vio canales que salían del agua, y a la cabecera de cada
uno de ellos una especie de esclusa: un marco de madera con tablas móviles que se
podían levantar y bajar. Un hombre barbudo estaba llevando en ese momento a un
caballo hasta uno de esos bebederos excavados en el suelo. Alzó la vista y miró a
Demetrio; luego se volvió.
Fue un movimiento de cabeza rápido, casi abrupto, y Demetrio no podía estar
seguro. Pero si los hombres de Rufo habían dejado de afeitarse, si se habían quitado
sus armaduras romanas y querían pasar por árabes, ese hombre podía ser Lucio
Póstumo… el hombre con el que había hablado la noche antes de que los esbirros del
príncipe árabe los echaran a él y a los otros a las mazmorras.
Demetrio consideró la improbabilidad, la probabilidad; lo que no pensó ni por
asomo fue la posibilidad de preguntar a Didhama. Si ese hombre era Póstumo, había
reconocido a Demetrio. Como no había dicho nada, como no había hecho ni un
guiño, estaba claro que no quería ser reconocido. Sólo había un motivo razonable
para eso: Póstumo, si es que era él, formaba parte del juego al que Rufo quería jugar
en Ao Hidis.
Y ese juego le resultó aún más impenetrable a Demetrio cuando, al cabo de unas
tres millas, llegaron a un edificio que sólo podía calificarse de fortaleza; y a su
entrada estaba Rufo, sin barba, y hablaba con un árabe entrado en años.
Alzó la vista cuando fue imposible ignorar los cascos de los caballos sobre el
camino empedrado que llevaba a la puerta de la fortaleza. Y sonrió. Una sonrisa
fingida, le pareció a Demetrio.
—Llegáis tarde, pero llegáis —dijo Rufo.
Antes de que Demetrio pudiera decir nada, Didhama adelantó su montura y
levantó el brazo a modo de saludo:
—Espero que sean los correctos, romano.
Rufo miró a lo largo de la fila de jinetes. Ravi se encontraba en el centro, Glauca
bastante atrás.
—Son casi los presos correctos, amigo mío —observó Rufo—. Llévalos dentro.
Supongo que el príncipe querrá hablar con ellos. Pronto.
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—¿Qué sabes tú de los deseos del príncipe, romano? —dijo Demetrio. Empezaba
a sentirse como un actor secundario en una comedia de enredo. Alguien que no sabe
cómo ha llegado a la obra, a quién o qué debe representar, ni siquiera si la comedia se
convertirá de pronto en sangrienta tragedia.
—Tanto como él me ha confiado —dijo Rufo.
El hombre entrado en años carraspeó.
—¿Traemos a Hiqar?
—No puede hacer ningún daño. Ve y búscalo.
El árabe se llevó la mano al pecho y desapareció en la fortaleza.
—¿Así que has conseguido —prorrumpió Demetrio— lo que los prefectos y el
princeps no pudieron conseguir hasta ahora? ¿Dar órdenes a los árabes?
Rufo se echó a reír.
—Desmonta. Pronto tendrás más respuestas de las que el recipiente de tus
preguntas es capaz de albergar. Vosotros también… Ravi y Glauca.
—¿Qué pensáis… qué piensas hacer con nosotros?
Rufo no respondió. Didhama se volvió sobre su montura y gritó algo; al hacerlo,
señalaba a Ravi y a Glauca. Descabalgaron… Glauca más bien se cayó del caballo;
los hombres de Didhama la cogieron por los brazos y la llevaron hasta la puerta de la
fortaleza.
Demetrio se había vuelto unos instantes hacia el edificio, que estaba hecho de
grandes sillares tallados sobre los que había unas gruesas vigas, encima de las cuales
se levantaba al menos un piso —tuvo que echar hacia atrás la cabeza para poder verlo
— hecho de ladrillos de barro. Se preguntó de dónde saldrían la madera y el barro.
Luego olió en el interior el aroma de un fuego de leña, mezclada, si su olfato no
mentía, con estiércol seco de camello. O sea, más madera aún.
Un grito ahogado le hizo darse la vuelta. Glauca estaba detrás de él, sostenida o
conducida por dos árabes. Durante el trabajoso viaje sólo la había visto de lejos y no
había podido hablar con ella, como tampoco con Ravi. Ahora, al verla de cerca, se
sobresaltó.
El rostro de la joven estaba grisáceo, y mostraba arrugas donde antes no había
ninguna. El polvo del camino podía haber sido culpable de su palidez, pero no era su
auténtica causa. Los ojos, como los de un enfermo con fiebre, le miraban fijamente,
con un ardor casi irreal, y sin embargo estaban de algún modo muy lejos de allí.
—¿Te pasa algo, Glauca? —dijo él.
Didhama le dio un empujón.
—Entrad; podréis hablar después.
También Ravi parecía cambiado, envejecido por encima de su edad. Pero antes de
que Demetrio pudiera decir o preguntar más, los hombres los empujaron por entre los
dos guardias de la entrada hacia la fortaleza del señor de los ladrones.
El patio interior estaba pavimentado con losas de piedra, y podía medir cuarenta
por cincuenta pasos. En todos sus costados se alzaban sillares, y sobre ellos —según
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podía ver ahora— dos plantas de ladrillo sostenidas y apoyadas en vigas. En las
paredes había huecos de ventanas, en lo alto almenas y en las cuatro esquinas
elevaciones parecidas a torres. Creyó ver las cabezas de al menos un guardián en cada
una de ellas, pero luego los hombres los empujaron a él y a los otros dos hacia un
pasillo en el muro norte, dentro del cual subía una escalera hacia un cuartucho
pequeño y desnudo.
Rufo les había seguido. Se quedó de pie en la puerta y contempló cómo otros
hombres —criados o esclavos— extendían esterillas en el suelo de piedra y traían
jarras de agua, jofainas y copas.
—Poneos cómodos —dijo cuando se habían ido los criados—. El príncipe enviará
alguien a buscaros en cuanto tenga tiempo y ganas. Hasta entonces… descansad.
Salió; dos de los hombres de Didhama cerraron la puerta. Demetrio oyó cómo
corrían cerrojos al otro lado. Luego, los pasos de varios hombres se alejaron.
Demetrio se volvió hacia ellos. Glauca se había dejado caer sobre una de las
esterillas y le miraba. Ravi caminó lentamente hacia la ventana, muy alta en el muro,
se puso de puntillas, miró, se volvió una vez más y empezó a hablar con voz
quebradiza:
—Da al patio interior. Tirarse quizá fuera el mejor camino.
—No digas tonterías —Demetrio fue hacia él y le cogió por los hombros—. Viejo
amigo, ¿qué te pasa? ¿Ya ti, Glauca? Parecéis vuestras propias imágenes en un viejo
espejo empañado.
Ravi movió los labios. Estaban agrietados y descoloridos.
—Cabalgar —dijo Glauca con voz rota. Cerró los ojos—. Siempre cabalgar,
cabalgar a toda prisa. Ninguna información, ni una palabra. ¿Qué van a hacer con
nosotros?
Ravi asintió en silencio.
De pronto, Demetrio comprendió que ambos tenían miedo. Miedo a lo
desconocido. Un poco sorprendido, se interrogó a sí mismo, pero no encontró más
que irritación, preguntas, perplejidad. Nada de miedo. O… no, un poco de miedo,
pero más irritación. Y se dijo que no había pensado en la situación de ellos. Pero
incluso aunque lo hubiera hecho… no habría podido hablar con ellos. Para decirles
que contaba con ser interrogado sobre los planes de Roma. Que esperaba poder
atisbar de alguna manera cuál era el juego de Rufo. Y de pronto, el hecho de que todo
eso no iba a servirles de nada a ellos le resultó tan claro como su miedo.
Porque, al contrario que él, ellos no estaban iniciados en secreto alguno. No
podían confiar en ser interrogados por lo que sabían, quizá torturados, al final quizás
asesinados o intercambiados. No eran expectativas agradables, pero al fin y al cabo
eran expectativas. Para Glauca y Ravi no había más que lo desconocido, la
perplejidad ante una evolución de los acontecimientos completamente impenetrable y
absurda. Podían contar… sí, ¿con qué podían contar? A Glauca le amenazaba el
destino de tantas mujeres y muchachas: la esclavitud, la degradación a la condición
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de juguete de un hombre poderoso, la explotación y después quizá la muerte en el
desierto. O ser juguete de muchos hombres. Para Ravi quizá no había nada más que la
tortura y la muerte. Y la pregunta: por qué.
—Yo —dijo Demetrio; luego enmudeció.
—Tampoco sabes nada, ¿verdad? —se adelantó Ravi.
—Nada. Excepto que quizás intenten obtener algo de nosotros. Pero ¿qué?
Por un instante había dudado, pero luego se había decidido con rapidez. ¿Debía
decirles algo, confiarles algo? Eso podía darles algo parecido a un sentido… pero, si
no sabían nada, tampoco podían decir nada, y cuando la gente de Belhadad
comprobase que no sabían nada quizá su destino fuera… ¿menos duro? ¿Más
misericordioso? No lo sabía, sólo podía esperar ahorrarles algo.
—¿Os han maltratado? —halló su propia voz ajena y falsa; la pregunta, vacía.
Glauca sacudió la cabeza en silencio.
Ravi dijo:
—Hemos cabalgado. Como tú. Nada más.
—¿Y tampoco a vosotros os han dicho nada?
Antes de que ninguno de los dos pudiera contestar, oyó pasos en el corredor. La
puerta se abrió; un hombre al que nunca había visto entró, levantó el brazo y señaló a
Demetrio.
—Tú…, Ven.
—¿Y nosotros? —dijo Ravi.
El hombre se encogió de hombros.
—Regocijaos entre vosotros. No os queda mucho tiempo para hacerlo. O para
cualquier otra cosa.
Llevaron a Demetrio escaleras abajo, a través del patio, en el que no había más
que unos cuantos guerreros que parecían aburridos, y subieron por otra escalera al
otro lado, hasta una gran estancia cubierta de alfombras. Había arcones de madera
con grandes lámparas de aceite encima, y una mesa baja. Junto a ella, sobre un
montón de gruesos cojines, se encontraba el señor del desierto, Belhadad.
«Un anciano», pensó Demetrio al principio, «un hombre de peso, un hombre
poderoso y astuto». Quizá no le quedase un solo pelo; el paño blanco que envolvía
artísticamente su cabeza, y cuyo extremo colgaba hasta los hombros sobre la oreja
izquierda, sólo dejaba ver la alta frente surcada de arrugas. Cejas blancas y boscosas,
una blanca barba, otro manto blanco cuyos pliegues parecían ir a levantarse, flotar y
elevar por encima de todo a ese hombre pesado que parecía extrañamente ligero. Sólo
después Demetrio vio las manos nervudas, fuertes, que jugaban con una cadena de
cuentas de madera y un puñal, y los ojos sarcásticos y oscuros.
—Puedes sentarte o quedarte de pie, como prefieras —dijo Belhadad. Su griego
era inmaculado, y la voz sonaba como si proviniera de una profunda bóveda y se
abriera paso sin esfuerzo por entre los muros de la fortaleza.
—¿Cómo podría sentarme, sucio del viaje, en presencia del príncipe?
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Belhadad asintió:
—Es verdad… ¿cómo podrías? Poniendo el culo sobre la alfombra. Es muy fácil;
incluso los romanos deberían ser capaces de hacerlo. Y, ¿qué es el polvo exterior?
Nada, comparado con las tinieblas del interior.
Demetrio se sentó.
—Mi interior —dijo— se ilumina con el gozo de tu visión. Aunque la invitación a
disfrutar de tu hospitalidad no se distinga por su especial encanto.
Belhadad miró más allá de él. Otros dos hombres habían entrado en la estancia
por la puerta junto a la que estaban los guardias. Se inclinaron delante del príncipe y
se sentaron a la derecha de Demetrio, con la espalda apoyada en un arcón. Uno era
Valerio Rufo, que contempló a Demetrio con rostro inexpresivo, el otro un joven de
poco más de veinte años, de barba negra y rizada y nítidos rasgos.
—A Rufo ya lo conoces —dijo Belhadad—. Junto a él está Hiqar, el capitán de
mis guardias y guardián de mi cuerpo. Lo conocerás; sobre todo si llegara el caso de
que desearas sustraerte a nuestra hospitalidad.
Demetrio se esforzó por componer una sonrisa medianamente amable.
—No puedo explotar demasiado tiempo esa hospitalidad, que me honra y me ha
sido impuesta con tanta dureza. Mis negocios podrían sufrir con mi ausencia.
—La hospitalidad sólo terminará cuando hayamos compartido el pan y la sal. Lo
que naturalmente sólo podrá ocurrir cuando pueda estar seguro de tu amistad. De tu
amistad y de la de tu pueblo.
—Mi amistad te la aseguro gustoso —dijo Demetrio—. Difícilmente puedo
hablar en nombre de mi pueblo.
Belhadad asintió mirando al romano; Rufo dijo:
—Dejemos de dar vueltas corteses a las cosas, Demetrio. He abandonado tu
caravana para avanzar con más rapidez; luego he enviado a mis guerreros a Cesarea
para venir aquí con Mukhtar y los suyos, a pesar de todos los riesgos que eso suponía,
con el fin de advertir al noble Belhadad.
—¿De qué?
Belhadad cerró los ojos; juguetona, su derecha dirigió hacia Demetrio la punta del
puñal. Las comisuras de la boca de Hiqar temblaron, y Rufo suspiró.
—Un mal comienzo —dijo—. Tú sabes que soy hombre de Sejano. Yo sé que tú
eres uno de los informadores de los mercaderes. Los dos sabemos que hay otros dos
servicios secretos, el del ejército y la red de hombres que un día trabajaron para Livia
Augusta. Yo sé que Sejano prepara una empresa contra mí. Probablemente los otros
servicios están involucrados. ¿Qué sabes de esto?
—Poco. O casi nada.
—No lo creemos —añadió Hiqar.
—He estado en camino muchas lunas —dijo Demetrio—. De Roma a Alejandría,
desde allí Nilo arriba, muchos días de viaje al sur de Meroe, y desde allí a Adane.
¿Dónde iba a enterarme, en ese viaje, de cualquier novedad respecto a los planes de
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Roma?
—Quizá nos bastaría con escuchar los viejos, los que ya conocías de antemano —
Belhadad abrió los ojos y levantó un poco el puñal; ahora la punta señalaba el pecho
de Demetrio.
—Sea lo que sea lo que yo sepa, y repito que no es mucho, pertenece a aquellos a
quienes sirvo. Si los traiciono… ¿qué valor tendría la palabra de un traidor? ¿Quién
podría estar seguro de que digo la verdad?
—No se trata de traicionar a Roma —dijo Rufo—, sino de guardar a Roma de
cometer un terrible error.
Demetrio rió forzadamente.
—¿Es eso una excusa por haber abandonado a tus hombres y por haber
traicionado a Roma? ¿Y de qué error estás hablando?
Sus pensamientos bailaban, giraban en círculo. Necesitaba tiempo para ordenar
las cosas. ¿Qué debía hacer con todo lo que Rufo le había dicho? ¿Los guerreros
enviados a Cesarea, y Póstumo en Ao Hidis? ¿La referencia a Mukhtar y a los
servicios secretos?
—Estoy hablando —dijo Rufo— de que unos cuantos centenares de hombres,
nuestros hermanos de armas, van a morir absurdamente. Tú has visto Ao Hidis;
¿crees que sería tan fácil conquistarlo? Y si fuera conquistado, si el noble Belhadad y
su gente ya no estuvieran entre Roma, los partos y los nabateos, ¿quién va a impedir a
los partos tomar toda Arabia y Babilonia junto con los nabateos y convertir el este del
Imperio en una sola, enorme y sangrienta herida?
—Tu señor, el todopoderoso Sejano, te amará por esto.
—Mi señor, el gran Sejano, ha recibido noticias falsas de los otros servicios… me
temo. Si podemos evitarle un grave error y podemos decirle quién fue el responsable
de esos falsos informes, no sólo él sino Belhadad nos amará y nos ensalzará.
Demetrio calló.
Hiqar se volvió a Belhadad:
—Señor —dijo—, creo que está desconcertado.
—Hay posibilidades de ayudarle.
—Las hay… agudas y romas, ardientes y frías. Pero aún queda tiempo suficiente
para eso. Quizá no fuera un error dejarle reflexionar un poco. A solas.
Belhadad alzó una ceja y miró a Rufo:
—¿Qué piensas tú de eso?
—No lo sé. Jugamos un juego peligroso, caminamos en la cuerda floja sobre
puntas de lanza. Sea cual sea el lado por el que caigamos, moriremos. Tenemos que
llegar al final de la cuerda. Quizás Hiqar tenga razón. Si Demetrio reflexiona, podría
ayudarnos a tensar la cuerda. ¿Si no? Quedarán las otras posibilidades.
Belhadad asintió.
—Dejémosle pensar hasta mañana. Solo. Lleváoslo. Y, oh, mi involuntario
huésped Demetrio, piensa en la vida de tus amigos.
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Rufo y Hiqar se levantaron.
—Ven —dijo Hiqar—. ¿O tenemos que obligarte?
Demetrio negó con la cabeza y se levantó.
No volvieron a llevarlo junto a Ravi y Glauca, sino a una mazmorra, una fría
cámara excavada en la roca bajo el patio interior de la fortaleza. Por una rendija en la
pared, poco más abajo del techo, se filtraba una mísera luz. Un guardia, quizás el
carcelero, trajo una especie de caldero de barro cocido, una esterilla de rafia
enrollada, pan y un jarro de agua.
Hiqar y Rufo esperaron sin decir palabra a que el hombre pusiera los objetos en
un rincón. Luego, Hiqar dijo:
—Te recomiendo que reflexiones a fondo. La irreflexión ha llevado a menudo a
una muerte dolorosa.
—Y —añadió Rufo—, como no eres romano, sino griego, no intentes ser un
Régulo al revés. Es mejor que pienses en Efialtes de Tracia.
Hiqar parpadeó.
—¿Quién es ése?
—Te lo contaré fuera.
El carcelero cerró la puerta y pasó el cerrojo. Demetrio desenrolló la esterilla. Se
sentó, cortó un trozo de pan, bebió un trago de agua y empezó a comer. Mientras lo
hacía, pensaba en el cónsul Régulo y en el tracio Efialtes. El uno, siendo prisionero
de guerra, había dado a Cartago su palabra de honor de que hablaría en Roma en pro
de la paz y volvería a prisión; una vez en Roma había reclamado la continuación de la
guerra y a su regreso a Cartago se había arrojado sobre su espada. ¿Qué sería un
Régulo al revés? ¿Y Efialtes? En las Termópilas, ese traidor había guiado a los persas
por la montaña hasta atacar por la espalda a los defensores espartanos al mando de
Leonidas. ¿Qué quería decirle Rufo? ¿Y qué pasaba con la vida de sus amigos?
Por no hablar de todos los demás. Demetrio se sentía como un doncel ático en el
laberinto del Minotauro, sin estar convencido de su realidad. Suspiró y cerró los ojos.
Quizás así se pudiera pensar mejor.
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Capítulo XVIII
PONCIO PILATOS
O tocaré cualquier impureza humana… incurriendo así en pecado… ofrecerá a
Yavé por su pecado una hembra de oveja o cabra, y el sacerdote le expiará de su
pecado.
LEVÍTICO, 5, 3
Poco antes de la puesta de sol, Áfer oyó decir a un escribiente que el prefecto le
recibiría a la mañana siguiente, aproximadamente a la hora cuarta. Luego, Áfer se
lanzó al tumulto de la ciudad, acompañado de Tishahar, en busca de algo que comer.
—¿No te agrada el arte de los cocineros de las cohortes, señor? —dijo el criado
cuando abandonaron la fortaleza.
—Si fuera arte podría conformarme con él, pero así…
Tishahar se echó a reír.
—Te prepararía gustoso algo, pero allá arriba no se puede cocinar.
—Déjalo. Ya encontraremos algo.
Sin embargo, pronto se demostró que Áfer había sobrestimado la capacidad de los
figones de Jerusalén. La ciudad hervía de nativos y peregrinos; a ellos se añadían los
guerreros de Herodes Antipas y las dos cohortes de Cesarea, desplazadas casi en su
integridad a Jerusalén. Las tabernas estaban repletas, y en torno a los pocos fuegos al
aire libre que había en algunas plazas los hambrientos se apiñaban en apretados
racimos. En una ocasión creyeron haber encontrado dos sitios en una mesa que había
delante de un figón, pero el posadero —o uno de los suyos— les indicó, no sin
amabilidad, que había que dejar libres esos asientos para otros huéspedes que estaban
a punto de venir.
—Además, perdóname, señor, aquí sólo comen los creyentes estrictos.
—Si no pasamos al interior, no ensuciaremos el aire que respiran.
—El mero hecho de que estéis aquí y poder veros lo vuelve todo impuro para
ellos.
Áfer asintió.
—¿Eso vale también para ti?
El hombre abrió los brazos.
—No, señor. No soy amigo de los rigurosos. Pero tendría que lavarme, conforme
a los preceptos, si tu mano o tu aliento me tocaran. No podría tocar ni comidas ni
cubiertos para atender a los otros huéspedes.
—¿Lo notarían?
El criado de la taberna sonrió, un poco molesto.
—Hay justos, señor, que saben distinguir a un asno que hace días tomó forraje de
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la mano de un gentil. Inténtalo extramuros; allí hay tabernas y figones para forasteros.
Normalmente, las puertas se cerraban a la puesta de sol, pero durante esos días
estaban siempre abiertas. Además, Áfer confiaba en que, como capitán de los
guerreros de Herodes Antipas, podía ordenar abrirlas en caso de que fuera necesario.
Más afuera, más allá del cinturón de tiendas de campaña donde vivían aquellos
peregrinos para los que no había sitio en la ciudad o en casa de parientes, encontraron
unos chamizos de madera en los que preparaban alimentos foráneos para foráneos.
Un heleno de Tarento atendía a unos cuantos hombres de la primera cohorte del
prefecto, todos ellos griegos; un figón explotado por un persa estaba rodeado de
mercaderes y muleros de todas las regiones del este. Junto a ellos había cocinas sirias,
árabes, incluso ilíricas. Áfer se decidió por una taberna apartada, y por tanto no
repleta, que pertenecía a un oriundo de Rodas. Comieron cordero asado, col, pan y
fruta, todo ello regado con vino de Rodas.
Hacia el final de la comida, Tishahar dijo repentinamente:
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Jerusalén, señor?
—Aún no lo sé. Depende de lo que el prefecto y el rey me deparen. ¿Por qué?
—No lejos de aquí, un poquito más allá de Emaús…
—Ah, ya sé. Tu hermano, ¿verdad?
—Ha comprado su libertad, y trabaja allí para un tratante de caballos cretense. Me
gustaría volver a verlo.
Áfer frunció el ceño.
—La verdad es que en los próximos días no te necesito. Y si me envían a un largo
viaje, no tienes por qué venir conmigo.
—Soy tu esclavo… como sabes.
—Eres mi amigo… como deberías saber. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte con tu
hermano?
—Un día para ir, otro para volver, y diez días allí. ¿O es demasiado?
Áfer negó con la cabeza.
—Está bien. Probablemente para entonces ya no esté aquí. Coge tu caballo y ve
desde Emaús a Cafarnaum. ¿Cuándo vas a partir?
—Mañana temprano, si te parece bien.
—Me parece bien.
Hasta mucho después de empezada la hora cuarta, Áfer estuvo sentado con otras dos
docenas de personas en unos bancos de piedra, en una estancia semiabierta. Un
escribano que llevaba colgando del pecho un pequeño atril llenaba un papiro con los
nombres y peticiones de los hombres. Se trataba de solicitantes, demandantes,
mercaderes, la mayoría hablaban tan bajo al escribano que entre el murmullo de los
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otros y los ruidos que venían del patio interior de la fortaleza no se podía oír gran
cosa de lo que deseaban. Al menos quince personas estaban desde antes que Áfer en
la sala de espera, y le dedicaron negras miradas cuando otro escribano o ayudante le
llamó a presencia del prefecto.
Poncio Pilatos estaba sentado en un pequeño estrado, en una jamuga, y tenía
delante de él una mesa repleta de rollos y tablillas, a su izquierda un escribano que
sostenía un tablero en las rodillas, y a la izquierda de éste un hombre entrado en años.
Áfer tuvo que pensar un segundo antes de poder recordar su nombre: Publio Quintilio
Columela, el más importante consejero del prefecto. Y el hombre con el que Nikías
discutía todos los asuntos que había que tratar entre los servicios del rey y los del
prefecto.
—Ave, Sagabiane Áfer —dijo Pilatos; asintió con la cabeza, apuntó una sonrisa y
señaló una silla ante el estrado—. Siéntate. Espero que estés bien de salud.
Áfer respondió al saludo y se llevó al pecho la mano derecha antes de sentarse.
—No hablemos de los dioses y de la salud del princeps, vayamos directamente al
grano, a los muchos asuntos que tenemos —Pilatos echó a un lado un rollo, se quedó
mirando una tablilla, la apartó también y cogió otro papiro, que desenrolló—:
Pequeñeces —gruñó—. Puedes discutir todo esto con Columela, luego, ¿esta noche?
—echó una mirada al consejero.
Columela lo miró disconforme.
—Preferiría mañana; ¿es urgente?
—Todo es siempre urgente y tiene que estar hecho anteayer. Pero probablemente
mañana baste —Pilatos sonrió apenas—. Dos cosas que quiero discutir contigo, Áfer.
Ese predicador errante, Jehoschua, y naturalmente nuestros especiales amigos del
desierto.
—¿Por dónde prefieres empezar, señor?
—Jehoschua. Probablemente sea lo más rápido.
Áfer asintió.
—Es un justo, señor —dijo—. Le he observado y he hablado con él y con su
gente. Nada que afecte o tenga que inquietar a Roma.
Pilatos se mordió el labio inferior.
—Déjame volver a leer —murmuró— lo que ha escrito Caifás.
Mientras el prefecto pasaba la vista por el escrito, Áfer cambió una mirada con
Columela. El consejero parpadeó y se sumió en la contemplación de sus propias uñas.
Áfer reprimió una sonrisa, volvió a mirar al prefecto y esperó.
Pilatos no parecía haber cambiado desde el año anterior. El cuerpo recio, casi
regordete, llenaba bien la túnica, la fíbula de plata en el hombro derecho era la misma
que antes, el ribete de púrpura de la toga estaba un poco pálido. Demasiados lavados,
pensó Áfer; al parecer, el prefecto seguía sin conceder ningún valor a los adornos y
otras superficialidades. Columela llevaba una fíbula de oro con pequeñas piedras
preciosas, y su orla de púrpura resplandecía fresca y fuerte.
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Mientras leía, Pilatos movía los labios, parecía mascar en silencio las palabras; su
rotunda mandíbula partida se movía arriba y abajo.
El prefecto pertenecía al orden ecuestre. Áfer sabía que había recorrido el camino
habitual, la carrera de cargos en los templos, en la administración y en las legiones.
Hacía casi trescientos cincuenta años, uno de sus antepasados, jefe supremo de los
samnitas, había vencido a los romanos y les había forzado a firmar el tratado de
Caudium; otro Poncio había sido huésped de Cicerón. Una antigua familia de
guerreros y administradores, pensó Áfer; estaban acostumbrados a imponer la
influencia romana con la espada y en caso necesario a aplicar el Derecho romano con
la espada. También contra los judíos. Él no sabía cómo se habría comportado si fuera
el prefecto, quizás él, dado que los judíos —se corrigió, los rigoristas de entre ellos—
no toleraban las efigies, habría renunciado a llevar al palacio de Herodes la insignia
con la imagen de Tiberio. Pilatos, en cambio, después de resistirse durante días había
mandado retirar la insignia, lo que tenía que haberle parecido una derrota, ya que los
judíos lo interpretaron como victoria de su omnipresente dios. Al año siguiente el
prefecto había hecho algo que Áfer aprobaba: para construir un acueducto destinado a
abastecer Jerusalén al fin con las cantidades necesarias de agua limpia y potable,
Pilatos había hecho confiscar dinero. Aquellas monedas de plata —monedas sin
efigie que tan sólo llevaban la inscripción del seleúcida Antíoco— que los judíos
recopilaban una vez al año en toda la Ecumene y enviaban al Templo. Pilatos había
hecho ahogar en sangre la subsiguiente sublevación; después de dos años de obras, el
acueducto había sido terminado el año anterior, y hasta donde Áfer sabía los
habitantes de Jerusalén no se negaban en absoluto a emplear su agua.
Sin embargo, desde el principio las relaciones entre el prefecto y el Sumo
Sacerdote Caifás habían sido tensas, insatisfactorias para ambos. Cuando Pilatos
venía a Jerusalén, lo hacía siempre acompañado de las dos cohortes: casi mil
hombres, la mitad helenos, la otra mitad samaritanos, mandados por centuriones
romanos. ¿Cómo podía sentirse con la pesada responsabilidad de dirigir una
provincia cuyos habitantes eran en su mayoría hostiles al Imperio? Dirigirla de tal
modo que se mantuviera la paz —fuera cual fuera la valoración de ésta—, que Roma
no tuviera que enviar dinero y guerreros, sino que recaudase impuestos.
Pilatos enrolló el escrito y apoyó la mandíbula en las manos entrelazadas.
—Los odio —masculló—. Ellos me odian. Y lo que Caifás escribe acerca de ese
Jehoschua…, o me toma por un necio crédulo, o de verdad cree que ese predicador
está en condiciones de derribar el Imperio.
Áfer guardó silencio. Se dijo que tales conversaciones del prefecto consigo
mismo no requerían una importuna manifestación.
—Que me odien, mientras me teman —Pilatos frunció la nariz—. Pero ni siquiera
me temen. ¿O tienes la impresión de que teman? ¿Al César, al Imperio, a las legiones,
a mí, a lo que sea?
—Sólo temen a su dios —dijo Columela—. ¿No deberíamos ir al fondo del
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asunto?
—Estamos en el fondo del asunto —la voz del prefecto sonó irritada—. Ese dios,
ese único dios, al que ni siquiera se puede llamar por su nombre… ¿No es espantoso?
En Roma, Atenas, Alejandría… en todas partes, incluso antaño, en lugares hundidos
como Persépolis o la antigua Babilonia, en Cartago, en Egipto, en todas partes ha
habido hombres sabios. Han hecho leyes y han interpretado leyes, han observado la
Naturaleza, han analizado el mundo y los hombres, han escrito versos y tragedias,
han pintado cuadros y han hecho estatuas y han construido casas. Y, ¿qué hacen aquí?
No escriben, no construyen, no investigan… el que pasa por ser sabio aquí sólo hace
una cosa: interpreta las viejas escrituras, y luego alguien interpreta su interpretación,
y otro contradice la interpretación de la interpretación. ¿Construyen carreteras?
¿Fabrican algo con lo que merezca la pena comerciar? ¿Tienen, ya que las obras
plásticas están prohibidas, al menos música? ¿Y a éstos tengo que gobernar?
Áfer arriesgó una escueta sonrisa.
—Los rigoristas, los rígidos, quizá dijeran en este momento que eso es justamente
lo que no debes hacer. Que son gobernados por las palabras de su dios, escritas hace
siglos por no se sabe quién. Que los romanos se vayan a casa.
Columela sonrió.
—¿Y luego? —dijo Pilatos—. Han sido siervos de los egipcios, de los asirios y de
los persas, luego de los macedonios y de los seleúcidas, y cuando fueron libres lo
utilizaron para caer los unos sobre los otros. ¿Y qué hacemos nosotros? Los
protegemos contra enemigos exteriores, construimos carreteras y acueductos,
cuidamos de que tengan suficiente comida incluso en los años de sábat, en los que
conforme a los preceptos de su dios no pueden sembrar. Traemos médicos al país y
cortamos el cuello a los salteadores de caminos, y cuidamos de que puedan viajar
desde aquí a las Galias y regresar sin encontrarse una nueva ley y nuevos tributos
cada dos millas; respetamos sus costumbres y nos guardamos de entrar en su templo,
y cuando Caifás desea hablar conmigo no me reúno con él en su casa, que ensuciaría
—¡yo, representante de Tiberio Augusto!—, ni en la mía, en la que se sentiría
contaminado, sino que nos encontramos al aire libre, lo bastante separados como para
que mi aliento no le ensucie, ¡y mientras él me trata como a… a un gusano, un
inferior, una escoria, y yo respeto sus preceptos e interpretaciones y los preceptos
sobre interpretaciones y las interpretaciones de sus preceptos y sus opiniones sobre la
pureza y la contaminación, ni siquiera puedo levantar aquí, en mi salón, en mi
fortaleza, un altar a Júpiter o poner una estatua del princeps! ¿Te he dicho ya que los
odio?
—Lo has hecho —dijo Columela—. Pero no deberías olvidar que los rigoristas,
los ortodoxos, no son todo el pueblo.
—¡Pero lo deciden todo!
—Si sólo hay un dios y éste lo abarca todo, todo le pertenece, y lo que no le
pertenece, los romanos, por ejemplo, vale menos que el estiércol, es… simplemente
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no es nada. No cambiaremos eso aquí y ahora. Quizá podamos rezar a todos los
dioses para que cuiden de que a nadie se le vuelva a ocurrir la idea de que sólo hay un
dios al que todo pertenece. Pero hasta entonces deberíamos ocuparnos de los
hombres.
De pronto Pilatos empezó a reír:
—Tienes razón. Y hay mucho que hacer. Pero todo está relacionado. Caifás no
escribe más que tonterías: por una parte, afirma que ese Jehoschua quiere convertirse
en rey de los judíos y expulsar a los romanos; por otra, escribe que Jehoschua causa
inquietud porque blasfema contra la fe judía. Aquí, ¿dónde era? —volvió a
desenrollar el papiro, buscó un punto y resopló, antes de leer en voz alta—: «Para
ponerle a prueba, se le mostró un denario con la imagen de Tiberio, que un judío
devoto no puede contemplar, y menos tocar. Él lo tomó en sus manos y dijo que si ésa
era la imagen del César había que emplearla para pagar los impuestos al César, dar al
César lo que era del César y a Dios lo que era de Dios. Pero si esa actitud se abre
paso, los sacerdotes y los sabios perderán toda su influencia. Y si yo, Caifás, pierdo
toda mi influencia, ya no podré mantener la paz y la tranquilidad». —Pilatos volvió a
enrollar el papiro—. Como todo pertenece a dios, nada puede pertenecer a los
hombres, y menos aún al divino Augusto, cuya paz sólo él puede mantener
declarándole estiércol. En verdad, me cuesta trabajo distinguir entre alguien que está
habitado por su dios y un simple loco.
Columela carraspeó:
—Disfruto escuchando tu comprensible y razonable estallido, amigo mío. Pero
Áfer está aquí con otro fin, y afuera esperan…
Pilatos alzó la mano:
—Está bien, está bien, basta de rodeos. Áfer… ¿qué pasa con Jehoschua?
—Un justo, como he dicho —Áfer sacudió la cabeza—. No sé bien cómo
describirle o resumir su… su doctrina. Predica el amor, la comprensión…
—Uno de esos soñadores —gruñó Pilatos.
—… y la fraternidad, no el motín; lo que acabas de leer, ese asunto de las
monedas, me ha recordado otra frase suya. Se supone que cura a los enfermos, y que
lo ha hecho incluso en un sábat.
—Ah —dijo Pilatos—. Y, naturalmente, eso no puede ser, ¿no? Mejor morir que
ser curado en un sábat. Mejor reventar que dejarse tocar, manchar por un médico
gentil.
—Cuando se lo reprocharon, dijo algo así como: ¿Está hecho el sábat para el
hombre, o el hombre para el sábat?
—No suena a gran rebelión contra Roma —Pilatos cruzó las manos detrás de la
cabeza y miró hacia el techo de la sala—. Pero, naturalmente, me doy cuenta de que
molesta a sabios y sacerdotes. Tiene que molestarlos. Ellos reclaman todo el poder, la
soberanía de la interpretación de la palabra, en cierto modo. Si hay tan sólo uno que
se atreva a interpretar de manera distinta los preceptos, amenaza con ello su poder.
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¿Es así?
—Creo que así es.
—Entonces… ¿no lo consideras un alborotador? ¿Uno de esos hombres con
puñales que vienen una y otra vez de Galilea? O uno de esos que conjuran la
tempestad, como ese… ¿cómo se llamaba ese que Antipas hizo ejecutar el año
pasado? ¿Jo… Jochanaan?
—¿El Bautista? —Áfer aguzó los labios—. También Jehoschua bautiza, pero no
conjura la tempestad. No, señor, no lo considero un alborotador. Lo considero un
hombre justo que quiere renovar la fe judía, para los hombres, no para los sabios.
Pilatos miró a Columela:
—¿Cuál es tu opinión?
—Creo que Áfer tiene razón —Columela señaló la mesa repleta del prefecto—.
Algunos de tus hombres han contado cosas parecidas. Escriben también que el
número de sus adeptos es pequeño.
—Muy bien —Pilatos empujó el rollo hasta el borde de la mesa—. No creo en el
amor y la fraternidad, sobre todo entre el Sumo Sacerdote y yo. Pero todo esto da la
impresión de que están levantando una tormenta en una jofaina sólo para poder decir
que se sienten amenazados… Vayamos a las cuestiones realmente importantes —se
volvió al escribano—. No te necesito para esto. Ve al lado y escribe al Sumo
Sacerdote. Ya sabes… honor y lamento y amistad y espero y esas cosas.
El escribano cogió su tablero, hizo una reverencia y se dirigió a una pequeña
puerta, que abrió y volvió a cerrar a sus espaldas.
—Ao Hidis —dijo Pilatos—. ¿Cómo van los preparativos?
—Los hombres de Siria están en camino —Áfer habló brevemente de los
movimientos y de los acuerdos, luego de las noticias de su informante del desierto.
Finalmente, dijo—: El joven que hemos escogido y criado se ha convertido entretanto
en jefe de la guardia personal de Belhadad, y por tanto, por así decirlo, en su
lugarteniente en asuntos de guerra. En realidad sólo faltan dos cosas: tus cohortes,
señor, y el nombre del hombre con el que debo reunirme para transferírselo todo.
Pilatos cruzó los brazos delante del pecho. A media voz, dijo:
—¿Crees que todo saldrá como esperamos? ¿No estará quizá la capital de
Belhadad demasiado bien fortificada?
—Para un asalto sin duda. Y un largo asedio podría resultar dificultoso.
—¿Por qué? ¿Por los pertrechos?
Áfer frunció el ceño.
—También, quizá. No, sobre todo por el abastecimiento. Hay agua en Ao Hidis,
pero muy poca fuera de allí. Belhadad cuenta con diez mil combatientes…
—Más —dijo Columela.
—¿Qué? ¿Cómo sabes tú eso? —Pilatos pareció sorprendido.
—Si tiene diez mil guerreros, tienen diez mil mujeres. Si conozco a los árabes, las
mujeres echarán mano a las armas cuando se estén jugando el todo por el todo. Y
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sabrán manejarlas como hombres. Cuenta además a los adolescentes capaces de
luchar y a unos cuantos ancianos todavía en condiciones.
—¿Así que veinte mil o más?
—Probablemente.
—¿Cambia algo eso, Áfer?
—Si el plan sale bien, no cambia nada. Si sale mal, tampoco cambia nada —
sonrió, perverso—. Porque todos estaremos muertos… todos los que participemos. Y
para los muertos carece de importancia si los han matado diez o veinte mil enemigos.
—Si llegamos a eso —dijo Columela— será mejor que os arrojéis sobre vuestras
espadas. Dicen que las mujeres se complacen en descuartizar lentamente a los
prisioneros. Muy lentamente.
—No hablemos de fracaso —Pilatos se inclinó hacia delante y levantó la
mandíbula—. No puede haber fracasos al borde del Imperio. Para los siguientes
pasos… te llevarás la primera cohorte. Los griegos. A los hombres de Samaria los
necesito aquí; aman especialmente a los judíos, y estarán mejor en Jerusalén. O lo
estaré yo, si los tengo a mi alrededor. ¿Está todo preparado?
Columela cerró los ojos. Con voz monótona, como si leyera las palabras en el
interior de sus párpados, dijo:
—Los hombres partirán en cuanto des la orden. A caballo. En pequeños grupos,
para no llamar la atención. Conocemos a tres o cuatro espías de Belhadad;
probablemente hay más.
—No por mucho tiempo.
—Así será, pero aún no es así. No queremos que adviertan algo. Así que saldrán
poco a poco de la ciudad. Se reunirán al este de la Decápolis, al nordeste de Adra.
Allí hay un valle con manantiales.
—Y es fácil de defender, señor —Áfer alzó la mano—. Los hombres de Siria
están muy cerca.
—¿Qué hace Herodes Antipas? Si es que, para variar, hace algo —dijo Pilatos.
—Le hemos prometido que podrá quedarse con unos trocitos de lo que antaño fue
el sur de la Decápolis y ahora es el norte del país de los nabateos —Columela hizo
una mueca—. A cambio, no podrá impedir a Nikías enviar mil guerreros. O, más
exactamente, llevarlos consigo; va a mandarlos en persona. Se encargarán de que
Aretas no se mueva… de lo contrario, los nabateos podrían pensar que tienen que
ayudar a Belhadad.
—¿Eso es todo lo que harán? —dijo Áfer.
—No. Os apoyarán, y llevarán unas cuantas máquinas de asedio. Pero hay algo
más.
Pilatos suspiró.
—¿No basta con eso? ¿Qué más?
—¿Has hablado con Claudia?
—Los dos hemos estado de viaje, no la he visto desde ayer por la tarde; ¿por qué?
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Columela esbozó una media sonrisa.
—Pensaba que te lo había dicho, por eso había guardado silencio hasta ahora.
—¿Sobre qué, por los dioses del Hades?
—Ayer vino una mujer, con unos cuantos acompañantes. Dice que tiene
importantes noticias sobre Ao Hidis.
—¿Hemos de traerla a esta reunión?
—Es mejor que hablemos después con ella, en presencia de Áfer. Si es que no
prefieres hablar con ella a solas.
Pilatos infló las mejillas.
—¿Por qué iba a querer hacer tal cosa? ¿Quién es?
—Se nos ha presentado a mí y a tu esposa como Cleopatra de Alejandría.
—Ah —Pilatos alzó los ojos al cielo; luego empezó a reír por lo bajo, como preso
de un agradable recuerdo—. ¿Y bien? —añadió—. ¿Es ella?
—Tal como tú la has descrito, bien puede serlo.
—¿Y Claudia se mostró entusiasta?
—Estuvo… formal.
—Bien. Como corresponde a la esposa del prefecto. Así que Cleopatra… La
haremos venir más adelante; cuando todos los que están esperando fuera hayan sido
atendidos. Áfer, te mantendrás disponible.
—Sí, señor, pero…
—¿Qué ocurre?
—¿Dónde hallaré al hombre que debe dirigir todo esto, y cómo se llama?
—Ah —Pilatos asintió—. Casi lo habíamos olvidado. Se encontrará con vosotros
en Adra, junto con un grupo de matones escogidos. Gente de Sejano, de los más
duros. Y él se llama Valerio Rufo.
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Capítulo XIX
DELIBERACIÓN Y PERPLEJIDAD
Un mal consejo en el momento adecuado, uno bueno en el errado, estiércol para
la fiesta y liras de abono… Si los dioses ayudan, por su gracia fracasaremos.
DIMAS DE HERACLEA
Poco después de que ocupasen dos habitaciones en el piso más alto de la fortaleza,
apareció un criado. Buscaba a Cleopatra, y al principio entró en la segunda
habitación, donde los hombres trataban de acomodarse. Meleagro —ella oyó su voz
en el pasillo— le remitió al cuarto de al lado.
El hombre le comunicó que Claudia Prócula había dado instrucciones: había que
poner todas las comodidades de la fortaleza a disposición de Cleopatra y sus
acompañantes; esto incluía el baño del prefecto. Pilatos estaba fuera de la ciudad,
pasando la tarde y la noche con grandes comerciantes e inspeccionando el avance de
algunos trabajos viarios. No regresaría a la fortaleza hasta la mañana siguiente, a
escuchar quejas y peticiones; a lo largo de la tarde la llevarían a su presencia.
—¿Y Claudia Prócula? ¿No es también su baño?
El criado sonrió.
—También es su baño, princesa, pero pasará la tarde y la noche en casa de unos
amigos, mercaderes romanos que tienen una casa fuera de la ciudad. Más confortable
que las estancias de la fortaleza.
—Si tengo que esperar, puedo instalarme cómodamente, ¿no? Llevadme al baño.
Thais y Arsinoe la acompañaron. Para los parámetros romanos o egipcios el baño
del prefecto era escaso, pobre, propio de una fortaleza. Para Cleopatra y sus
acompañantes, después del largo viaje por los desiertos de Arabia resultó un goce
exuberante. Había una piscina de agua caliente, una de agua tibia y otra de agua fría;
había una gorda esclava gala de manos fuertes y suaves y una notable provisión de
aceites, ungüentos y aromas; había ropa interior limpia —del guardarropa de la
servidumbre, no del de la señora— y vestidos; y luego hubo una espantosa comida de
la cocina de campaña que había en el patio interior.
—Puré de barro —dijo Meleagro, que como Leonidas, Nubo y Perperna se había
bañado después de las mujeres y mucho más deprisa—. Puré de barro, carne
temblona de algún carnero enfermo, mus de judías que el viejo Catón olvidó arrancar
de su huerto… ¡Y ese vinagre al que llaman vino! Princesa, en cualquier otra ciudad
propondría comer de la basura o ir a algún figón, pero aquí, en Jerusalén, deberíamos
estar satisfechos. No hay nada que hacer.
—¿Tan mal comen los judíos?
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Leonidas se encogió de hombros.
—A veces comen incluso bien; en cualquier caso tienen más especias que este
criminal que envenena a la cohorte con sus guisos. Pero la ciudad está llena, las
tabernas están repletas, y en algunas los no judíos no son bienvenidos.
Perperna chasqueó la lengua.
—Comparado con lo que hemos comido por el camino, no está nada mal.
Por la tarde del día siguiente, un criado del prefecto vino a buscarla. Cleopatra había
dudado mucho, lo había discutido con Meleagro y había decidido llevarlo consigo. Al
fin y al cabo, se podía contar con que se hablaría de Demetrio y de sus actividades, y
de eso Meleagro sabía más que ella.
Pilatos había hecho instalar unos asientos en torno al estrado en el que, supuso, se
sentaba a atender a los peticionarios corrientes. Aparte de él, en la sala había otros
dos hombres, pero al principio sólo tuvo ojos para él.
Le pareció que apenas había cambiado. Más cansado, quizá, que en Alejandría,
hacía cuatro años y de la última vez hacía dos. Recordó el cuerpo recio, que llenaba
la túnica y que entonces aún estaba hecho de pura masa muscular. Reprimió una
sonrisa al considerar que podía preguntar a Claudia Prócula si entretanto había
engordado.
Pilatos salió a su encuentro, le tendió ambas manos y apoyó la mejilla contra la
suya. Ella constató que seguía oliendo como entonces, y el olor abrió un poco más la
puerta del recuerdo. Después del medio abrazo, él la apartó de sí y miró su rostro.
—Los hombres envejecen —dijo con la voz firme, un tanto ronca, que tanto la
había excitado antaño. Se prestó atención a sí misma, pero esta vez no había rastro de
excitación alguna—. Las mujeres, en cambio, dicen, embellecen. Estoy extasiado de
ver que tú te atienes a esa regla. Ven, siéntate… ¿quién es tu acompañante?
—Meleagro —dijo ella—. Un mercader, amigo y compañero del señor de la
caravana con la que vine.
—¿Tiene algo que aportar a nuestra conversación?
—Creo que vamos a necesitarle.
Pilatos asintió y señaló uno de los asientos.
—Siéntate, Meleagro. Éstos son Columela, mi principal consejero, y Áfer, un
hombre que conoce bien todo lo relacionado con Ao Hidis. Querías hablarme de eso,
¿no es así?
Cleopatra titubeó. A pesar del abrazo, estaba… ¿decepcionada? ¿Sorprendida? No
lo sabía; quizá todo a la vez, y además confundida. Había esperado poder charlar un
poco con Pilatos en presencia de un Meleagro silencioso, casi invisible al principio,
refrescar los recuerdos (inocentes, referentes a gentes y a acontecimientos), establecer
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cierta familiaridad, y luego pasar a hablar de sus deseos, su petición de ayuda, y sólo
después de Ao Hidis, Demetrio, Rufo y todo lo demás. En vez de eso, estaban allí
sentados como para una deliberación política. Consideró durante unos instantes la
posibilidad de acometer un pequeño intento de extorsión: «A ti, Pilatos, te mueve Ao
Hidis, a mí me mueven otras cosas; discutamos primero las mías y luego…». Pero
¿en presencia de Columela, que la había valorado o despreciado el día anterior junto
con Claudia Prócula, y en presencia de ese Áfer?
Una profunda arruga se dibujó en la frente de Pilatos cuando frunció el ceño.
—No quiero despilfarrar vuestro tiempo —dijo Cleopatra con rapidez—. En
cualquier caso, tengo dos peticiones. Ao Hidis es una, la otra se refiere a ciertos
acontecimientos en Egipto.
Pilatos hizo desaparecer la arruga.
—Discutiremos luego las cuestiones egipcias. ¿Qué pasa con Ao Hidis?
—¿Tendrás tiempo más tarde… para las otras cuestiones?
Ella le miró a los ojos mientras lo decía. Y de repente le resultó claro que no
conocía a ese hombre. Poncio Pilatos, nombrado prefecto, que había interrumpido su
viaje en Alejandría y que le había traído cotilleos de Roma, que había acudido a
fiestas y se había entregado a los placeres de la buena mesa y a los goces del lecho…
Poncio Pilatos, escapado de sus obligaciones en Jerusalén y Cesarea, que se relajaba
en la alegre, traicionera, danzante y conspirativa sociedad de Alejandría…; y ahora
Pilatos, representante del César, encarnación del poder del Imperio, pero también
depositario de las leyes de Roma, de las presiones, de las obligaciones. Un hombre
parecido a aquel otro, que tenía su voz, probablemente su cuerpo, que olía como
aquel otro. Pero los ojos de aquél habían sido cálidos, compasivos, dispuestos a la
burla; los ojos del prefecto eran fríos, desdeñosos, penetrantes. Trató de ignorar el
leve escalofrío que le recorrió la espalda.
—Tendré tiempo…, no ilimitado, pero espero que suficiente. Ahora, habla.
Cleopatra se concentró, reunió sus pensamientos y dejó a un lado sus verdaderos
deseos.
—Empecemos por Adane —dijo—. Por motivos de los que luego hablaré, había
escapado a Adane con tres acompañantes. Allí había una pequeña guarnición romana,
tres docenas de guerreros al mando de un hombre llamado Valerio Rufo.
En cierta medida fiel a la verdad, evitando las cuestiones personales, habló de la
llegada del mercader Demetrio y su gente, de la formación de una caravana, de la
decisión de Rufo y Mukhtar de unirse a ella, de los primeros días de viaje, los
asesinatos, la estancia en la prisión, la continuación del viaje, y finalmente del asalto
y el secuestro de Demetrio, Ravi y Glauca.
—No sé —concluyó— si me equivoco, pero creo que esos hombres eran de Ao
Hidis y tenían la orden de capturar a Demetrio. Cualquier otra cosa me parece
absurda. Pero si es así, entonces Rufo tiene que estar implicado y por tanto debe
encontrarse ya en Ao Hidis.
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Todos guardaron silencio. Del patio interior vino el rugido de un suboficial o un
centurión, y en alguna parte, probablemente en un pasillo cercano, se oyeron unos
pasos apresurados que se alejaban.
Cleopatra trató de leer en los rostros de los tres hombres. Los asientos estaban
dispuestos en un círculo abierto. A su derecha se sentaba Meleagro, a su izquierda,
medio enfrente de ella, Pilatos, junto a él Columela y junto a éste, vuelto hacia la
izquierda de Meleagro, el hombre que supuestamente lo sabía todo acerca de Ao
Hidis, Áfer. Por su nombre, pero también por el color de su piel y los rasgos de su
cara, lo tomó por númida o mauritano. Él respondió a su mirada, abiertamente, le
pareció, relajado, tranquilo, pero su rostro no revelaba nada, aparte de atención y, tal
vez, un ligero atisbo de compasión. Columela arrugaba la nariz y miraba un punto
fijo sobre la cabeza de Meleagro; sus rasgos eran inexpresivos. Pilatos, por fin, se
había reclinado en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, y contemplaba
a Cleopatra con los ojos entornados.
Columela se arrancó del punto que miraba en el aire y dirigió su atención a
Pilatos.
—¿Me permites?
Pilatos asintió.
—Oye, eh… Meleagro —dijo Columela—, ¿tienes algo que añadir a esta
historia?
Meleagro carraspeó.
—No, señor. Al menos nada importante. Todo es tal como ha dicho la princesa.
Pilatos se incorporó. Sin llegar a estar sorprendido, Cleopatra sí vio que una
sombra de sorpresa y algo parecido a la burla sobrevolaba su rostro.
—¿La princesa? —rió por lo bajo—. Eso está bien… princesa. Pero sólo se puede
juzgar qué es importante si se conocen las circunstancias. ¿Has oído algo, por
insignificante que sea, acerca de Ao Hidis, de Belhadad, de intenciones y
preparativos?
—No, señor —Meleagro se inclinó hacia delante—. No soy más que un
caravanero, y entiendo de animales y mercaderías. Si mi señor y amigo Demetrio
tenía secretos, se los confiaba a otro, con el que los discutía. Con el que habría podido
discutirlos. Se llamaba Prexaspes, y está muerto.
—En general, un parto muerto es un parto bueno, pero en este caso… —Pilatos
suspiró—. ¿Qué clase de secretos podían ser ésos?
—Tampoco lo sé —Meleagro miró de reojo a Cleopatra… de forma inquisitiva, le
pareció a ella.
—Si sabes algo, dilo —dijo ella.
—Bien. No sé si servirá de algo, pero antes de partir, Demetrio estuvo negociando
mucho tiempo, primero en Roma y luego en Baiae, con un mercader llamado
Satornilos.
—¿Qué Satornilos? —dijo Columela.
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—También le llaman el Cretense, o Minos… ¿te refieres a ése? —la voz de
Pilatos sonó tan marcadamente inquisitoria que Cleopatra creyó oír el tono de acecho.
—De Minos no sé nada, pero es cretense.
Pilatos y Columela intercambiaron una mirada rápida; luego, el prefecto dijo:
—Tenía que haberlo imaginado.
—¿Puedo preguntar qué resulta de tal pensamiento? —dijo Cleopatra.
—Después —Pilatos alzó la mano—. Hablemos un momento más de vuestros
acompañantes. ¿Podría uno de ellos, o tal vez una de tus compañeras, saber algo?
¿Haber oído algo?
—Glauca, quizá —dijo Cleopatra—. Llevaba poco tiempo con nosotras, y no me
había confiado nada. Thais y Arsinoe me dirían todo lo que les llamara la atención o
les causara dudas.
—¿Y de los hombres?
—Leonidas sabe tanto o tan poco como yo —Meleagro sacudió lentamente la
cabeza—. Es decir, nada. ¿Nubo? Es un verdadero idiota, a veces alegre, a veces
melancólico; estuvo largo tiempo en Adane, donde tuvo que hacerse el tonto para
sobrevivir. Pero no creo que él sepa nada.
—¿Y Perperna? Qué nombre inmanejable… —Columela torció el gesto.
—No es probable —dijo Cleopatra.
Meleagro asintió.
—Eso me parece a mí también. Ha sido esclavo durante casi cincuenta y cinco
años. De vez en cuando parece tener momentos de lucidez, pero la mayor parte del
tiempo… La mayor parte del tiempo parece o confundido o totalmente perdido en sus
recuerdos.
—¿Dónde están esos dos? ¿Nubo y Perperna? —dijo Pilatos.
—Se han ido —Meleagro abrió los brazos—. No muy lejos, no por mucho
tiempo, han dicho; sólo querían respirar un poco de aire fuera de la Antonia.
—Como si el aire fuera mejor fuera —rezongó Columela.
—Búscalos —dijo Pilatos—. Si lo consideras necesario, lleva contigo a tu amigo
Leonidas. Búscalos y tráelos aquí, a los dos. Lo antes posible. Si no nos encontráis
aquí, estaremos en mis aposentos.
Meleagro se levantó y se llevó la mano al pecho. Cleopatra tuvo la impresión de
que no estaba en absoluto triste de poder abandonar la reunión. Demasiados romanos
de alto rango para un caravanero y mercader, se dijo.
Cuando hubo dejado la sala, Pilatos se volvió a Áfer.
—¿Qué opinas de esta historia?
El mauritano se encogió de hombros.
—Estoy desconcertado Nada de esto tiene sentido. A no ser que…
—Espera —Columela recorrió a Áfer con una mirada, luego a Cleopatra, luego se
volvió a Pilatos—. Las conjeturas deben esperar, creo yo, hasta que hayamos hablado
con los otros dos. Las conjeturas, las esperanzas y las sospechas.
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—¿Esperanzas, señor? —dijo Áfer—. ¿Qué clase de esperanzas? Preocupaciones,
más bien.
Cleopatra tenía los ojos cerrados cuando Áfer habló. Era una voz oscura, un poco
ronca… como la fina tela con la que se hace la buena ropa interior; una voz… una
mano audible que se desliza en esa ropa interior… Se rehízo. «Tonterías», se dijo,
«hace mucho que no estás con un hombre; sea como sea la voz de Áfer, atente al
caso».
Pilatos había repetido algo acerca de las esperanzas; ella emergió de sus propias
profundidades justo a tiempo para responder a su mirada y oír su pregunta:
—¿Quieres que hablemos de tus otros deseos antes de que esos dos acudan, ojalá
que pronto? —entonces sonrió y añadió—: ¿Princesa?
—¿Ahorrando ciertos… detalles que no requieren ser discutidos aquí?
—Por supuesto.
Columela se puso en pie.
—Creo que no me necesitáis. Aún tengo un par de pequeñeces que hacer.
Pilatos asintió.
—Ve, amigo mío. ¿Algo importante?
—Pequeñeces importantes y sin importancia —de pronto, Columela se echó a reír
—. Ah, sí, hay algo que podría entusiasmarte. Ese circunspecto colaborador tuyo…
Astyanas, ya sabes, el matemático, calculó hace algún tiempo que habrá dentro de
poco un eclipse de sol. Hacia el mediodía, el día anterior a la fiesta de Pascua. No sé
si será importante para los judíos, pero deberíamos instruir a los guerreros
supersticiosos, para que no salgan corriendo de la ciudad dando gritos. Esas y otras
cosas. Pequeñeces, como he dicho. Estaré aquí al lado, con los escribanos. Llámame
cuando vengan los dos hombres.
Pilatos hizo ademán de aprobación.
—Está bien… Habla, Cleopatra.
Áfer carraspeó:
—Pido perdón, pero quizá yo deba apartar mis oídos hasta entonces.
Cleopatra le miró y sonrió.
—Quédate. Lo que podría herir tus oídos no será dicho… Se trata de negocios y
de robos, engaños y conjuras, Pilatos.
El prefecto alzó las manos con fingida desesperación.
—¿Un relato sobre la cotidianeidad política? ¿En Alejandría?
—Te lo ahorraría. No, se trata de otra cosa. Dado que todos envejecemos…
—¿Acaso tú también? —Pilatos la miró de arriba abajo con una pequeña sonrisa
—. Pero nuestra decadencia aún no ha empezado. Sigue hablando, flor más hermosa
del jardín de Cánopos.
—Te agradezco tus amables palabras; derramas miel pura en mis oídos. Dado que
a cada uno de nosotros nos está destinada la vejez y la decadencia, según complazca a
los dioses, quería prevenir un poco. Ocurrió que pude comprar a un viejo amigo, que
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quería dejar Egipto para morir en Roma, un trozo de buena tierra de sembradura a un
precio amigable.
—Esos negocios hay que hacerlos cuando se ofrecen. ¿Dónde está ese trozo de
tierra?
—No conoces la región, pero habrás oído hablar de ella. En la orilla este del Nilo,
en fértil tierra de aluvión, al sur de Coptos. Al norte de Tebas.
Pilatos emitió un ligero silbido.
—Lejos de Alejandría, ¿no?
—A quinientas millas río arriba. Lo bastante lejos como para olvidar de vez en
cuando Alejandría… y todo lo que tiene que ver con ella —dijo Cleopatra—. No lo
bastante lejos como para no poder visitar de vez en cuando a los amigos a los que se
aprecia, o invitarlos a visitarme. La tierra está arrendada a varios pequeños
campesinos; no rinde mucho, pero sí lo bastante como para que el hambre, si
estuviera acechando a las puertas, fuera demasiado débil como para abrirlas.
Sin mirarlo, ella observó que Áfer sonreía.
—Qué hermoso —dijo Pilatos—. ¿Cómo están hechas esas puertas?
—Enseguida te lo diré. Como tenía ese terreno, me dirigí a varias personas que
conocen la región y les pregunté por casas. A ser posible en la ciudad… y mejor en
Coptos que en Tebas. Escribí cartas y recibí respuestas, ofertas; luego viajé río
arriba…
—¿Sola?
—¿Me tomas por necia? No, con Arsinoe y Thais y dos fuertes esclavos en los
que podía confiar. Y con las monedas de oro necesarias para arreglarlo todo.
Áfer asintió meditabundo, como queriendo decir que imaginaba el final de la
historia.
—Imagino el final —dijo Pilatos—. Pero continúa hablando.
—Por el camino me detuve unos días en Memphis, y oí hablar de una mujer joven
e instruida a la que las desgracias y las muertes habían empobrecido y que buscaba
trabajo, un empleo. Glauca. Como Arsinoe y Thais… tenían otras preferencias y, lo
mismo que yo, no querían quedarse a la larga fuera de Alejandría, tenía de todos
modos la intención de buscar una especie de administradora. Por eso llevé conmigo a
Glauca, para ver si era adecuada para estas y otras tareas. Creo que habría podido
convertirse en una buena administradora y agradable compañía, pero… Bueno.
Llegamos a Coptos y vimos varias casas. Una de ellas me gustó enseguida. Está un
poco a las afueras, al borde de la ciudad, en un gran jardín verde con árboles y un
manantial propio, y podía comprarla con todo su contenido.
—Déjame adivinar —dijo Pilatos—. La compraste y la ocupaste enseguida, y el
vendedor se dijo: esta mujer tiene dinero, antes de que hubieras pagado.
—Algo así —se pasó la mano por los ojos; al hacerlo, miró al descuido a Áfer y
vio que la escuchaba con atención. Y que sus ojos no sólo atendían al encanto de sus
palabras.
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—He dicho que ocupé la casa, y después pregunté por el procedimiento habitual:
con quién tengo que hablar, ante quién tengo que registrar mi propiedad, cuándo
tendré que pagar los impuestos por la adquisición, todo eso. El vendedor dice que
conoce a la gente que se encarga de tales asuntos en la administración, y que lo más
sencillo sería venir a verme a la casa esa noche, con un funcionario de confianza. Que
si tenía que traer gente para que cargara con innumerables moneditas de plata o si
quería arreglarlo todo mediante una orden de pago contra uno de los bancos con
representación en Tebas. Le dije que le iba a pagar en oro.
—Cleopatra —dijo Pilatos. Por la forma en que pronunció el nombre, se convirtió
en un objeto formado en un tercio de compasión y dos tercios de reproche.
—Desde entonces, yo misma me he dicho eso. Pero lo ocurrido no se puede
arreglar con lamentos. El vendedor vino por la noche, junto con otro hombre, un
escribano de la administración del distrito…
—¿No de la ciudad? —dijo Pilatos.
—La casa está al borde de la ciudad, pero fuera de sus límites.
—Bien. ¿Y entonces?
—Llevaban consigo otros dos o tres hombres, que esperaron fuera.
Probablemente uno de mis esclavos desconfió, e intentó hablar con ellos. Lo atacaron
con cuchillos. En la casa, estábamos a punto de firmar el contrato. Papiro (tres
copias) y oro estaban sobre la mesa. El esclavo entró, bañado en sangre, y gritó
algo…, no pude entenderlo. El otro esclavo entra cuando los dos hombres se ponen
en pie, sacan puñales y pretenden lanzarse sobre nosotros. Sabes que no estoy del
todo indefensa…
Pilatos sonrió.
—Una gata salvaje —dijo en voz baja.
Ella sabía que él pensaba en ciertos juegos en Alejandría, y respondió a su
sonrisa. Pero brevemente; se dio cuenta de que los rasgos de él volvieron a ponerse
automáticamente serios cuando siguió hablando:
—Los otros hombres, los de fuera, entraron. Hubo un cuerpo a cuerpo, con
cuchillos y gritos y mesas volcadas. Herí a uno de los esbirros… el escribano, que
quizá no lo era, hirió al segundo esclavo antes de que uno de los otros le alcanzará
con la espada. De alguna manera, Arsinoe y yo logramos huir a la habitación de al
lado y cruzar un arcón ante la puerta, y pasamos luego a otra habitación. Entretanto se
nos habían unido Thais y Glauca. Queríamos salir de la casa, huir a la ciudad, y
corrimos a los caballos. Tuve el tiempo justo para coger una bolsa con unas cuantas
monedas y el documento sobre las tierras de arrendamiento. Corrimos al establo… y
de pronto allí había más hombres, con antorchas y caballos. Nos cerraron el paso
hacia la carretera, así que sólo nos quedó el camino del desierto. A través del desierto,
Pilatos…, hasta que alcanzamos la carretera que va de Coptos a Berenice. Y todo ese
tiempo estuvieron detrás de nosotras.
—¿Por el desierto hasta Berenice? ¿Cuatro mujeres a caballo? Buena jugada… ¿a
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quién iba a creer capaz de hacer tal cosa, salvo a ti? —dijo Pilatos—. ¿De Berenice a
Adane? ¿Es que no había otro barco?
—No en ese momento, y los perseguidores no estaban a la vista, pero teníamos
que contar con que pronto llegarían.
—Adane. Luego el desierto árabe. Y ahora estás en Jerusalén. Una historia
tremenda. ¿Conoces los nombres de esos dos?
Cleopatra asintió.
—¿Qué pensabas hacer?
—Pensaba que podrías prestarme un poco de dinero para el viaje. Y darme una
carta para alguien en Alejandría.
Pilatos se mordió el labio inferior.
—El dinero no es problema; naturalmente que te ayudaré. Una carta… ¿para
quién? Lo mejor sería para el prefecto, ¿verdad?
Áfer alzó la mano.
—Perdona, señor…, princesa…, pero creo que había algo más, ¿no?
—Eres perspicaz, Áfer —dijo Cleopatra.
—¿El qué? —Pilatos los miraba alternativamente al uno y al otro.
—El vendedor se llama Emilio Prisco, Quinto Emilio Prisco. Un pariente del
prefecto de Egipto, hermano o primo de su mujer. Nunca lo había visto antes, pero lo
conocía… desde lejos. Ha cometido fraudes, y dicen que el prefecto le ha dejado
escapar.
—Eso merece ser considerado —Pilatos juntó las palmas de las manos y se tocó
la nariz con las puntas de los índices—. Pero no hace la cosa menos interesante. Sólo
más difícil.
—¿La legión tebaica? —dijo Áfer.
—Habría que saber quién tiene el mando. Lo discutiré con Columela. Pero… ¿no
se dice a menudo que hasta el más tonto de los pillos romanos puede hacer fortuna en
provincias? —dio una palmada—. Tengo sed. ¿Qué debo hacer traer para vosotros?
¿Vino y agua? ¿Zumos?
Acababan de empezar a beber vino diluido y a charlar cuando apareció Meleagro.
Traía consigo a Nubo y a Perperna. Ambos hicieron una profunda inclinación ante el
prefecto, y sólo se sentaron en los escabeles cuando Pilatos les insistió por segunda
vez a hacerlo. Después de otra palmada, para llamar a un criado que trajo a Columela,
Pilatos dijo:
—Meleagro, creo haber requerido lo bastante tus servicios por hoy. Puedes irte…
empecemos por ti, hijo de príncipe… según he oído.
Nubo alzó las dos manos, con los dedos muy abiertos:
—Él me engendró, pero yo me aparté de él. Soy el hijo de nadie, pero eso no
tiene aquí ninguna importancia.
—Ao Hidis —la voz de Pilatos sonaba claramente aburrida—. ¿Has oído, visto,
sabido, pensado, algo que tenga que ver con ese lugar? ¿O con el príncipe Belhadad?
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Nubo infló las mejillas.
—En los últimos días hemos hablado mucho de eso. Desde que se llevaron a
Demetrio, Ravi y Glauca. Hemos hablado, hasta hemos planteado acertijos. ¿Antes?
Antes sólo había oído ese nombre una o dos veces, de pasada, en Adane.
Mientras Nubo hablaba, Pilatos había estado mirando su cabeza, rodeada por una
corona de pelo negro y rizado con puntas rojas.
—Tu pelo —dijo entonces—. ¿Es una enfermedad? ¿Qué has oído en Adane?
—No es una enfermedad, señor. Me había teñido el pelo, y hace mucho que no he
podido cortármelo. Y en Adane tan sólo escuché que había un lugar llamado así, y
que en él había un espléndido príncipe, modelo de todos aquellos que no aman al
Imperio. Y que Mukhtar, por motivos de los que no sé nada, quería ir allí. O debía. O
tenía.
Pilatos hizo unas cuantas preguntas más, pero hasta a Cleopatra le resultó
evidente que Nubo no sabía nada.
Perperna había estado todo ese tiempo sentado allí como si no fuera con él. A
veces sonreía para sus adentros, en una ocasión rió entre dientes sin que nadie viera el
motivo, luego volvía a quedarse mirando el techo o se soplaba el muñón del brazo.
—Ahora tú, anciano —dijo Pilatos al fin—. ¿Sabes tú algo?
Perperna volvió a reír disimuladamente.
—Señor, algunas personas saben muchas pequeñas cosas y no ven que suman una
grande. Otros saben una cosa grande y no ven que está hecha de pequeñas.
—Muy acertado —Pilatos pareció reprimir un bostezo—. ¿Y qué sabes tú?
Cleopatra suspiró sin hacer ruido. Consideraba totalmente absurdo interrogar al
anciano. Puede que no fuera estúpido, pero sin duda la larga esclavitud le había
debilitado, a él y a su mente. Supiera lo que supiera, no podía ser de gran utilidad
para nadie.
—Yo sé muchas pequeñas cosas, señor. Y unas cuantas grandes hechas de
pequeñas. Podría hablarte, por ejemplo, de la campaña de Elio Galo, de la amistad
que los nabateos sienten hacia Roma, de lo que los príncipes y mercaderes y esclavos
de Arabia dicen sobre el Imperio…
Pilatos refunfuñó.
—¿Sabes algo que pueda ayudarnos? ¿Sobre Ao Hidis?
Perperna señaló con el muñón la puertecita a la cabecera de la sala:
—¿Qué sabe una mosca posada allí de lo que nosotros hablamos?
—Muy cierto —Pilatos miró a Columela—. Creo que podemos ahorrarnos esto.
—Perdón, señor —Áfer había estado escuchando con los ojos cerrados; ahora los
abrió y se inclinó hacia delante—. Si puedo hacer unas preguntas…
Pilatos se encogió de hombros.
—Venerable anciano —dijo Áfer—, ¿has estado en el curso de tu larga vida en el
sur…, en Adane y en el resto del país del incienso?
—He estado en todos aquellos lugares en los que había arena, latigazos y sed.
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Áfer sonrió, se levantó y llenó una copa de vino y agua. Se la alcanzó a Perperna,
dobló la rodilla derecha y dijo:
—Ojalá esta bebida refresque tu garganta y abra tu memoria, venerable.
Cleopatra reprimió una sonrisa. No sabía lo que Áfer esperaba de ese…
monigote, y se veía con claridad que Pilatos y Columela consideraban absurdo todo
aquello.
Perperna cogió la copa, se la llevó a la frente, bebió y dijo:
—Te lo agradezco, hijo mío.
—Has sido despreciado y maltratado, ¿verdad? Partiste al servicio de Augusto y
fuiste convertido en esclavo. No sé si el Imperio ofrece una indemnización para tales
casos…
Pilatos repuso a regañadientes.
—Hay posibilidades —dijo—. No las conozco con exactitud, pero sé que hay
algo.
—¿Te ocuparás del asunto, señor? —Áfer se volvió hacia el prefecto, y Cleopatra,
que veía la mitad izquierda de su rostro, estuvo casi segura de que no guiñaba el ojo.
—Lo haré —los ojos de Pilatos se convirtieron en dos ranuras—. ¿Qué significa
esto?
—Perdón, señor…, y un poco de paciencia —Áfer se volvió de nuevo hacia
Perperna, que mostraba una extraña y expectante sonrisa—: ¿No es bueno que seas al
fin libre?
—¿Qué quiere decir libre? —Perperna hizo una mueca—. Tengo la libertad de
pasar los últimos años de mi vejez como mendigo en el Imperio. ¿Es eso lo que
significa?
—Mejor el pan que el látigo —dijo Áfer—. ¿Quién te manumitió o liberó? ¿No
fue Demetrio?
—En una carrera de literas, apostó dinero por los romanos y me ganó a mí —
Perperna rió entre dientes—. Gran ganancia.
De pronto Cleopatra tuvo la sensación de que Áfer estaba en el camino correcto…
aunque aún no sabía qué podía haber al final de ese camino.
—Te ofreció dinero y trabajo, ¿verdad? —dijo.
—Su dinero y mi trabajo fueron robados.
—Lo robado se puede recuperar —ella titubeó y miró a Áfer, que respondió
tranquilo a su mirada—. También a mí me robaron algo —dijo entonces—. Una casa
y tierra, en Egipto, y mucho dinero. El prefecto va a ayudarme a recuperarlo.
Ayúdanos tú a encontrar a Demetrio y a resolver el enigma de Ao Hidis y te ofreceré
un techo, trabajo ligero, alimento y vestido para tus últimos años. En Egipto.
Áfer asintió imperceptiblemente. Pilatos la miró con los ojos muy abiertos y
Columela se pasó la mano por la boca, como si tuviera que borrar una sonrisa.
—¿También un poco de dinero para vino, princesa? —dijo Perperna.
—También.
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Perperna asintió.
—Eso está bien —miró a Áfer—. Mukhtar es pariente de Belhadad Su abuelo era
un hermano de Belhadad. Su padre debía a Belhadad gratitud y dinero, y antes de su
muerte comprometió a su hijo a pagar esa deuda cuanto antes. De ahí el viaje. Y yo
estuve una vez allí, en Ao Hidis, con el padre de Mukhtar.
Tras un prolongado instante de sorprendido silencio, Áfer preguntó:
—¿Conoces Ao Hidis?
—El Ao Hidis de entonces. Cuando el gran muro de protección aún no estaba
terminado.
—¿Quieres volver a ir hasta Ao Hidis? ¿A ver cómo derrumban el gran muro?
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Capítulo XX
EN AO HIDIS
A algunos lugares les es propio el encanto de lo apartado, como a algunas
personas la insoportabilidad o a ciertas obras de arte la inaccesibilidad. ¿Acaso no
hay que valorar siempre lo singular?
RELATO DE VIAJE ANÓNIMO
Demetrio saltó de la esterilla cuando se abrió la puerta. El guardia dio medio paso
dentro de la mazmorra; detrás de él se veían dos hombres armados, que parecían
bailar a la luz de la antorcha del carcelero.
—Ven, vamos arriba —dijo el hombre.
Demetrio se frotó los ojos y se incorporó. No sabía cuánto había dormido esa
noche. Recordaba retazos de sueños espantosos, gritos en el patio interior de la
fortaleza o en un sueño, largo e infructuoso, interrumpido una y otra vez por el
cansancio. Cabezadas y bruscos despertares, sesteos y estremecimientos.
Cavilaciones sin ninguna conclusión convincente.
Mientras subía la empinada escalera detrás del guardia, entre los hombres
armados, trató de despejarse. Si lo sacaban, es que arriba le esperaba algo; y fuera lo
que fuese lo que le esperaba, iba a requerir su atención. «Salvo la muerte», se dijo
con amargo sarcasmo, «la muerte sólo exige presencia física, no agudeza de espíritu».
Rufo. Le había dado vueltas a su juego una y otra vez. ¿Un hombre de Sejano
traidor, pasado a Belhadad? Inimaginable… pero ¿qué otra cosa podía ser? ¿Cabalgar
deprisa para llegar deprisa, llegar a Ao Hidis, penetrar allí, abrirse paso con halagos?
¿Los hombres a los que supuestamente había abandonado, rasurados guerreros
romanos, ahora barbudos muleros en Ao Hidis? ¿Para qué? ¿Tenían aliados en Ao
Hidis?, ¿contra Belhadad?, ¿o eran aliados de Belhadad?
¿Cómo debía comportarse? Preguntas, nada más que preguntas para las que no
había respuesta. ¿Por qué los habían apresado a él, a Glauca y a Ravi? Sólo podía
deberse a órdenes de Rufo. El tiempo era demasiado corto como para que Rufo
hubiera podido llegar hasta Ao Hidis y desde allí enviar a Didhama; tenía que
habérselo encontrado por el camino… ¿de manera casual, o acordada? Pero ¿qué
querían de él, de Ravi, de Glauca?
La referencia a Efialtes le ayudaba poco. La había considerado y contemplado
desde todos los ángulos, como un juguete que hay que encajar con otro juguete. El
traidor de Tracia, cuyo nombre —¿azar, tradición?— significaba «pesadilla», había
guiado a las tropas de Jerjes a través de las montañas, por senderos de cabras, detrás
de las posiciones de los espartanos, que cayeron lealmente como ordenaba la ley.
¿Invertir la acción de Efialtes? Eso podía significar que Rufo sólo hacía de traidor
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para abrir las puertas de Ao Hidis en caso de ataque de los romanos. No sólo
Póstumo; tampoco los otros hombres habían ido a Cesarea, sino que se habían dejado
crecer la barba y andaban ahora por Ao Hidis. Bonita idea, se dijo Demetrio; tres
docenas de hombres que sabían matar sin ruido, en el campamento del adversario.
Pero ¿tres docenas contra diez mil?
Sobre todo: no había nada que realmente arrojase claridad. Parecía evidente que
iba a emprenderse algo contra Ao Hidis y Belhadad… pero ¿cuándo?, ¿qué?, ¿un
ataque de varias legiones?, ¿de dónde iban a venir? No excluía que en el largo tiempo
que él había pasado en los desiertos del Nilo y luego en Arabia se hubieran tomado
importantes decisiones, que Tiberio hubiera enviado dos o tres legiones más a Siria o
a Palestina. Pero un movimiento tan grande se habría sabido; probablemente, ya se
habría hablado de ello en el puerto de Adane antes de que el primer legionario
desembarcara en Cesarea o Antioquia.
Fuera lo que fuese lo planeado, él no lo sabía. Rufo jugaba a un juego, y Demetrio
era una ficha en el tablero. Lo sabía. Y también que Rufo había asesinado, por propia
mano o a través de otros a Prexaspes, a la muchacha, a Mikines. Había asesinado,
había saqueado una caravana, había llevado a las mazmorras a sus compañeros de
viaje, había asaltado después a los supervivientes, había secuestrado a Demetrio, y a
Glauca y a Ravi… Fuera cual fuera su juego, para Demetrio sólo había un
comportamiento creíble: tratar a Rufo como enemigo y traidor.
«Es extraño», pensó, «lo rápido que se puede pensar cuando hace falta». Todo eso
le había llevado media noche, y todo eso corría ahora por su cabeza, mientras
ascendía desde la mazmorra al patio interior de la fortaleza. ¿Por qué había invertido
media noche en eso y por qué iba ahora, en cambio, tan rápido?
En contra de lo que esperaba, los hombres no lo llevaron a los aposentos de
Belhadad, sino en realidad al patio interior. Allí, Rufo y Hiqar conversaban con un
hombre de barba gris que llevaba dos espadas curvas en el cinturón. El romano miró
a Demetrio; parecía malhumorado.
—Espero que hayas tenido una noche rica en pensamientos —dijo—. Y en
pensamientos fructíferos.
Demetrio prefirió no contestar. Se quedó allí de pie, entre los dos guardias que lo
habían sacado de la mazmorra, respiró el aire fresco de la mañana y observó que el
carcelero ya no estaba con ellos. Por el patio pasaron unos cuantos criados, llevando
alimentos y desperdicios. En una de las estancias del lado este se oía una voz de
mujer que cantaba algo acompañada de un instrumento de cuerda, se interrumpía,
empezaba de nuevo. Pronto el calor de ese día de primavera inundaría el patio, pero
en el aire aún había fresco, incluso un resto de frío. Frío seco, bueno, muy distinto de
la humedad de la mazmorra. Demetrio se bebió el aire, como alguien, se dijo, que
llega a un oasis tras una larga sed.
Hiqar le contemplaba con mirada inquisitiva, pero no inamistosa. Se volvió al de
la barba gris:
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—Éste, noble Harún, es el mercader Demetrio. Del que esperamos saber más
sobre la forma de trabajar y las intenciones de los informadores romanos.
Harún puso las manos sobre las empuñaduras de las espadas curvas que llevaba
cruzadas delante de su vientre.
—Algunos conocimientos son como úlceras que hay que extirpar del cuerpo
enfermo —dijo con una voz profunda y chirriante. También él se servía del griego—.
Otros quieren ser acariciados y cuidados para llegar a dar todo su beneficio. ¿De qué
clase son tus conocimientos, mercader?
—Son del tipo errante —dijo Demetrio—. Donde más prosperan es en libertad y
en movimiento.
Rufo torció el gesto.
—Por la forma en que hablas, veo que no has estado encerrado suficiente tiempo.
Dos hombres armados entraron al patio; tras ellos aparecieron Glauca y Ravi.
Cuando se acercaron, Demetrio creyó ver en sus rostros menos agotamiento que el
día anterior, pero la misma preocupación y miedo.
Hiqar dio una palmada.
—Basta de cháchara —dijo—. Debido a la clemencia y a la astucia del noble
Belhadad, se han tomado algunas decisiones. No está en tus manos ponerlas en duda
ni discutirlas, romano.
Rufo se mantuvo en silencio y se volvió.
—Harún, señor de las lanzas y espadas del reino, desconfía de los traidores. Pero
también desconfía de lo que alguien dice bajo presión.
—¿Qué sería, sin la presión, de todos los príncipes, generales y sacerdotes? No se
les necesitaría —gruñó Rufo.
Glauca buscó a tientas el brazo de Ravi, se volvió hacia el viejo indio y rompió a
llorar:
—¿Qué vais a hacer con nosotros? —dijo sollozando—. ¿De qué presión habláis?
Ravi no parecía mucho más firme que Glauca, pero no dijo nada y le dio unas
palmadas en el hombro.
—La presión —dijo Harún, sin retirar las manos de las empuñaduras de las
espadas— es útil cuando hay prisa. Pero no hay ninguna prisa. No se acerca ningún
ejército enemigo. Por eso nuestro príncipe ha ordenado no aplicar presión por el
momento. Podréis moveros por Ao Hidis. Bajo vigilancia: Hiqar y su gente
responden de vosotros con sus cabezas. Os observaremos. No podéis dejar la ciudad y
el valle; nos encargaremos de eso. Quizá sepáis algo… quizá no sepáis nada. La
forma en que os comportéis si sucede algo imprevisto nos permitirá saber más que
unas palabras… forzadas. Siempre nos queda más adelante la posibilidad de cortar
lentamente en pedazos a uno de vosotros y ver si otro que esté mirando dice algo.
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Fuera de la fortaleza, apenas cien pasos al oeste, había al pie de la pared de roca unas
cuantas chozas y tiendas, y junto a ellas una reata de caballos. Allí estaba alojada una
parte de la guardia personal del príncipe… aquellos que no prestaban servicio a
Belhadad en la fortaleza. Hiqar condujo allí a los prisioneros.
—Mis hombres os protegerán y os guardarán —dijo—. Compartiréis su comida y
os darán mantas y todo lo que necesitéis. Pero antes… —señaló una choza apartada
de cuya chimenea salía humo.
—¿Qué es eso? —dijo Demetrio—. ¿Es que piensas marcarnos a fuego?
—Sería un despilfarro de piel y de calor —Hiqar negó con la cabeza—. Uno de
nuestros herreros va a limitar un poco vuestra libertad de movimientos.
Al parecer el herrero había recibido ya instrucciones, o había tales «limitaciones»
con tanta frecuencia que los objetos necesarios siempre estaban disponibles. A los
tres les pusieron argollas de bronce en torno a los tobillos. La cadena que había entre
ellos era lo bastante larga como para dar pequeños pasos, incluso para subir escaleras
normales, pero hacía esfumarse toda idea de fuga.
Cuando las cadenas estuvieron puestas, Hiqar entregó a los prisioneros a uno de
sus lugartenientes.
—Respondes con tu cabeza —dijo—. Y con la mía. Trátalos de tal modo que
ellos no quieran tu cabeza si resulta que son amigos del príncipe. Y de tal modo que
si los matamos como enemigos no tengan que llorar por separarse de ti.
—Como ordenes, señor.
Esperó a que Hiqar se marchara; luego se volvió a los tres.
—Soy Baradhiya. Espero no tener que trataros como enemigos; sería molesto
para mí y para vosotros. ¿Ya habéis comido?
Demetrio negó con la cabeza.
—El gruñido de nuestros estómagos pronto superará el ruido de las cadenas —
dijo.
Baradhiya sonrió fugazmente.
—Eso se puede arreglar.
Gritó algo a uno de los otros. Poco después, el guerrero apareció junto con un
esclavo; traían cuencos con una infusión caliente, pan y tiras de carne seca.
Mientras se sentaban en el suelo de arena entre las chozas y comían, Baradhiya se
ocupó de otros asuntos. Demetrio le observó con discreción. Aún era joven, más
joven que Hiqar, y, como éste, se movía con cierto encanto enérgico. No tenía un
rostro desagradable, pensó Demetrio; las comisuras de los labios, enmarcadas por una
barba negra y rala, transmitían la impresión de que a Baradhiya le gustaba reír, y los
ojos parecían despiertos y en absoluto fríos. Pero decidió no subestimar al joven. Si
Hiqar le trataba como lugarteniente y le confiaba a unos prisioneros que podían
costarle la cabeza, sería extremadamente frívolo considerarlo inofensivo y afable. Los
guerreros que formaban la guardia personal de Belhadad tenían que ser hombres
buenos, escogidos; y hasta donde Demetrio podía ver, Baradhiya disfrutaba entre
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ellos de respeto y obediencia inmediata.
Glauca y Ravi callaron hasta que terminaron su desayuno. Entonces a Ravi se le
escapó un pequeño eructo, y Glauca rió.
—No creí que volviera a comer nunca. Y a reír —dijo—. Demetrio, ¿qué hicieron
contigo?
—Me metieron en una mazmorra para que pudiera pensar mejor.
—¿Y bien? ¿Cuál es el resultado de tus pensamientos?
—Nada de importancia —miró a la mujer, luego al indio—. No sé mucho más
que vosotros. Y en cuanto a lo que aquí se espera de nosotros, no sé nada.
Ravi hizo un ruido extraño en alguna parte de su nariz.
—Tienes que saber algo. Por ejemplo, por qué te separaron de nosotros.
—¿Os han hecho algo? ¿O dicho algo?
—Nada —dijo Ravi.
—Sencillamente nos olvidaron —dijo Glauca—. A ti se te llevaron, cerraron
nuestra puerta, y esta mañana, antes, nos sacaron y nos llevaron al patio con vosotros.
—Me temo que yo tengo la culpa, aunque no puedo hacer nada —Demetrio
contempló la cadena entre sus pies. No era demasiado pesada y los anillos de bronce
no eran demasiado estrechos, aun así se sintió agobiado.
—¿Qué quieres decir? —los ojos de Ravi se convirtieron en dos ranuras.
—Creo que me querían a mí, y sencillamente os trajeron conmigo.
—Pero ¿por qué te querían a ti?
—En Roma hay muchos poderosos y muchos poderes, y todos los poderes tienen
su red secreta de informadores. Sejano, el César y el ejército del César, los
mercaderes del exterior…
—Ah —Glauca abrió mucho los ojos—. ¿Y ahora han atrapado a uno de esos
mercaderes, Demetrio, para que les cuente algo acerca de las maquinaciones de
Roma? O… —titubeó; luego, añadió—: En alguna ocasión escuché alguna cosa de lo
que hablabas con Cleopatra o Meleagro. Roma quiere ir contra Ao Hidis, ¿verdad?
Porque Belhadad tiene un arreglo con los partos, o los nabateos, o con ambos… —no
siguió.
—Algo así. Al parecer los de aquí saben que existe algún tipo de amenaza;
probablemente Rufo les ha contado lo que sabe, y es uno de los hombres de Sejano.
Ahora esperan de mí más conocimientos. Pero yo no sé nada.
—¿Entonces nos han atrapado sin ningún sentido? —Ravi chasqueó la lengua—.
Un estado del que un iluminado decía en la India que es el estado habitual de los
seres humanos que siguen atados a la rueda de la vida.
—O de los que se han extraviado en la política —Demetrio rió para sus adentros
—. Por el momento, no va a cambiar nada. Me temo que sólo podemos aguardar y
tener esperanza.
Mientras comían, y luego mientras hablaban, habían oído ruidos de vez en
cuando, algo parecido a sordas quejas. Demetrio se levantó, para estirar las piernas,
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pero también para ver si podía encontrar el origen de los ruidos.
Enseguida Baradhiya acudió a su lado.
—¿Qué quieres?
—Ver de dónde vienen esos ruidos.
—Eso podría resultar instructivo —una extraña sonrisa recorrió los rasgos del
joven oficial—. Para vosotros, para todos. Venid.
También Ravi y Glauca se levantaron. Siguieron a Baradhiya por los callejones
entre las chozas, a través de la plaza que tenían delante y unos pasos más hacia la
izquierda. Allí había una vacía superficie de arena en la que sólo había unos cuantos
postes clavados. También vacíos. Debían estar previstos para castigos o cosas
parecidas, pero por el momento no cumplían fin alguno.
Entonces Demetrio vio las dos cabezas en el suelo, entre los postes. Más
exactamente dentro del suelo. Las cabezas de dos hombres, con los labios agrietados
y los ojos saltones. Uno de ellos estaba emitiendo en ese momento uno de esos sordos
quejidos.
—Ayer eran más altos —dijo Baradhiya. En su voz vibraba algo parecido al asco.
—¿Qué han hecho?
—Han robado agua…, más agua de la que les correspondía y nos corresponde a
cada uno aquí. Por eso han sido enterrados.
Glauca emitió un ruido gutural y se llevó una mano a la boca.
—¿Así que los guardias del príncipe también tienen que ejecutar las penas
impuestas por Belhadad? —dijo Demetrio.
—Tenemos que hacerlo —la voz de Baradhiya no sonó como si ese deber fuera
un placer—. Alguien tiene que hacerlo —añadió a media voz—. Y hay muchos otros
castigos peores que éste… como morir de sed al sol.
—¿Aún peores? —dijo Glauca sin voz—. ¿El qué?
Baradhiya le lanzó una mirada despreciativa. ¿O despectiva? Demetrio no estaba
seguro.
—La traición —dijo el oficial— se castiga de otro modo. Las larvas que se
alimentan de carroña no entran en los cuerpos sanos; necesitan una abertura, una
herida. Los traidores son azotados hasta que sangran, y después atados a un cadáver o
a un animal putrefacto. Lleva tiempo ver cómo se lo comen a uno.
Cuando querían dar unos pasos, siempre había varios guerreros con ellos. Sin
embargo, las cadenas resultaban tan molestas que el deseo de moverse se mantenía
dentro de unos límites. Como los otros dos, Demetrio olvidaba a menudo que sólo era
posible dar pasos cortos; entonces siempre había un tirón doloroso, y las argollas
cortaban los tobillos o arañaban la piel. Con la misma frecuencia, las cadenas que
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arrastraban por el suelo se enganchaban a obstáculos que no se habían visto —una
piedra, una planta— y hacían tropezar a los prisioneros.
Había una zona de la que Baradhiya y los otros los mantenían apartados. Detrás
de las chozas, contra la pared de roca, se veían unas cortinas, en parte de cuero, en
parte de pieles. Demetrio suponía que detrás había cuevas. Pero no sabía si se trataba
tan sólo de almacenes, quizá de armas o de víveres, o de sistemas completos de
cuevas, posiblemente con pasadizos. Cuando preguntó a Baradhiya, el oficial se
limitó a sonreír y dijo que Demetrio debía pensar otras preguntas a las que él pudiera
responder.
—Muy bien —dijo Demetrio—. Entonces dime si todos vosotros sois de Ao
Hidis.
Entretanto había atardecido. Un pobre fuego ardía en la plaza, entre las chozas.
Ascuas, más bien; un poco de carbón vegetal y estiércol de camello desprendían una
luz y un calor cansinos, pero no alcanzaban para producir llamas. Hiqar había pasado
por allí después de la comida y había comunicado a Demetrio y a los otros que los
prisioneros se quedarían con los guerreros hasta nueva orden y que pasarían también
allí las noches.
Baradhiya se sentó entre Demetrio y Ravi en un pequeño cojín de cuero. La vida
regalada de los oficiales, pensó Demetrio; todos los demás estaban sentados, en
cuclillas o tirados en el suelo arenoso. Glauca, a la izquierda de Demetrio, miraba las
míseras brasas; parecía presa por completo de pensamientos que iban muy lejos y se
habían llevado a quien los pensaba.
—Somos todos del pueblo Harran —dijo Baradhiya—, de una de las muchas
ramas de esa tribu. Pero naturalmente no todos de Ao Hidis. La fama del noble
Belhadad ha llevado a muchos a dejar sus familias y rebaños y criar a su sombra, en
vez de ovejas y camellas, esplendor y fortuna.
Demetrio creyó percibir un poco de burla entre las palabras o en la voz de
Baradhiya.
—¿Prosperan esas cosas que criáis?
—¿Estarías aquí de lo contrario?
Un joven esclavo o asistente se arrodilló ante Baradhiya y le acercó un cuenco. El
oficial bebió y se lamió unas gotas del bigote.
—Bueno —dijo—. ¿Quieres probarlo? —acercó el cuenco a Demetrio.
—¿Qué es?
—Leche de yegua fermentada. El vino del desierto.
Demetrio se echó a reír.
—Sabroso, lo sé bien. Pero como lo he bebido a menudo, sé también que me
revolvería las tripas.
—Refresca y depura el cuerpo, sí, ¿y qué tiene eso de malo?
—Con la cadena no podría ir lo bastante rápido hasta la letrina más próxima.
Baradhiya volvió a beber y entregó el cuenco al esclavo para que lo acercara a los
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demás.
—En lo que a la prosperidad se refiere —dijo—, participo en ella desde hace diez
años. Vengo de una tribu cercana a Damasco.
—¿Y los otros? ¿Hiqar, por ejemplo?, ¿o Harún?
—Harún es primo del príncipe; es de aquí. Hiqar es mi primo. Y mi señor, aquí.
Él y yo llevamos diez años al servicio del noble.
—¿Siempre en Ao Hidis?
Baradhiya rió abiertamente:
—¿Crees que es tan sencillo ser incluido en la guardia personal? No; hemos
empezado fuera, muy lejos. Primero con los rebaños, luego como cazadores, después
como guerreros.
—¿Y dónde habéis aprendido vuestro buen griego?
—Sencillamente, es la lengua general. Da igual si tenemos que vérnoslas con un
romano o un parto.
—¿Es que vienen muchos partos hasta aquí?
Baradhiya le miró de soslayo.
—No los he contado.
Demetrio calló; se había quedado sin preguntas. Buscó un rodeo transitable para
poder saber algo de la lealtad de Baradhiya a Belhadad.
Ravi arrojó unos granos de arena en dirección al fuego.
—Os quemaréis todos —dijo sordamente.
—¿Quién? —Baradhiya rió entre dientes—. ¿Y cómo? ¿Como la arena que
arrojas al fuego? La arena no arde.
—Los hombres sí. En el fuego que Belhadad ha avivado os quemaréis todos,
junto con él. Yo soy un extranjero, aunque he vivido en Arabia largos años. Pero
incluso siendo extranjero sé que el Imperio no os soportará mucho más tiempo.
—Se puede confiar en la impaciencia de los romanos —dijo Baradhiya—. Roma
lo pisotea todo. Lo que no es como Roma es doblado hasta que se parece a Roma o se
rompe. Nosotros no nos romperemos, y no seremos parecidos a Roma.
—No os quedará más remedio. Belhadad lo sabe; está claro que tú aún no los has
comprendido —dijo Demetrio.
—¿Qué quieres decir?
—Para hacer frente al Imperio tendríais que ser tan fuertes como el Imperio lo es
aquí en Oriente. Tendríais que convertiros en Roma para no sucumbir ante Roma.
¿Crees acaso que Belhadad puede contraer una alianza con los partos contra Roma
sin tener que pagar por ello?
Baradhiya rió por lo bajo.
—¿Quieres decir que vengan y nos ayuden, y luego ya no se vayan? ¿Cómo los
persas hace siglos?
—Quiero decir —dijo Demetrio— que hace mucho tiempo que sois Roma.
—Nosotros no somos Roma. Nosotros somos árabes libres.
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—Los árabes libres recorren el desierto, vosotros en cambio habéis construido
una ciudad. Una Roma en medio del desierto. Quizá debierais concertar una alianza
con Roma en vez de con los partos.
Baradhiya volvió la cabeza; su boca estaba cerca de la oreja de Demetrio.
—Hablas —dijo en voz baja— como uno que conocí una vez —luego susurró—:
Se llama Áfer —en voz más alta, añadió—: ¿Lo conoces?
—¿A quién? —dijo Ravi—. No he oído su nombre. Pero ¿a quién podría yo
conocer aquí?
—No lo conozco —dijo Demetrio—. Pero he oído hablar de él —de pronto su
corazón latió más deprisa. Pensó en una conversación en Baiae, la última antes de
zarpar.
El cretense Satornilos, al que también llamaban Minos, le había acompañado al
muelle. La larga conversación sobre las necesidades y los deseos de los mercaderes
había concluido; durante la última hora, todo había girado en torno a la situación en
Arabia y a ciertos problemas en los que Demetrio podía verse involucrado en el viaje
de vuelta.
—Naturalmente estamos implicados —dijo Satornilos—. Pero nos retiraríamos
gustosos de esa región. Entre nosotros, los árabes y los partos…, tres piedras de
molino, digamos, entre las que fácilmente se pueden quedar aplastados unos dedos
que no sean cautelosos. Es más bien algo para las legiones. Y para Sejano, si es que
piensa en algo más que en su poder omnímodo en Roma.
—¿Qué he de hacer? ¿He de hacer siquiera algo?
Satornilos meció la cabeza de un lado a otro, y de repente a él le hizo pensar en
un toro. Un toro triste y taimado, tal vez un Minotauro obligado a comer cereales y
jugo de verduras. ¿Le vendría acaso de ahí el sobrenombre?
—Podría ser que tengas que hacer algo. Por ti, por nosotros, por Roma.
Naturalmente, los hilos se unen en las manos de los prefectos… de Siria y de Judea.
En el caso de Herodes Antipas el encargado es un viejo heleno, Nikías. Y luego hay
alguien que debe anudar los extremos de los hilos. Un mauritano llamado Áfer,
centurión al servicio de Herodes, que vive en un pueblucho de mala muerte llamado
Cafarnosequé.
Como en un estridente sueño a plena luz, Demetrio se vio en el muelle de Baiae,
con Satornilos; el nombre susurrado…
—Sea como fuere —prosiguió Baradhiya; se levantó—: ahora voy a echar un
vistazo a la guardia… y a dejar mi sitio a otro mayor.
Hiqar entró desde la oscuridad al apagado círculo de luz. Asintió mirando a su
lugarteniente, que se alejó, y se puso en cuclillas.
—Sería un exceso de cortesía preguntaros si estáis satisfechos con el alojamiento
y la manutención —dijo—. ¿Os falta algo que necesitéis?
—Libertad de movimientos —refunfuñó Ravi.
Para asombro de Demetrio, Glauca salió de su ensimismamiento:
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—Eso, sí —dijo—, y un poco de limpieza.
Hiqar la contempló. Luego soltó una carcajada:
—Lo olvidaba… tú vienes de uno de esos países en los que se ha elevado el agua
de baño a la categoría de dios. No puedo ofrecerte un baño, pero sí una jofaina. Ven
—le tendió la mano.
Glauca pareció dudar; luego cogió la mano de Hiqar y se dejó alzar.
—¿Y vosotros?
Ravi se desperezó.
—Empiezo a creer en mi supervivencia. Ahora iré a trompicones a la choza que
me han asignado, entre chirriar de cadenas, y trataré de soñar con el futuro.
—¿Puedo hacer en tu ausencia a Baradhiya preguntas que te conciernen? —dijo
Demetrio.
Hiqar parpadeó con lentitud, con los dos ojos; o quizá los cerró un breve instante.
—Casi siempre somos de la misma opinión —dijo luego en voz baja—. También
en lo que se refiere a los habitantes de regiones lejanas… Roma, el país de los partos,
Mauritania. Él puede hablar en mi nombre.
Demetrio se quedó mirando fijamente a Hiqar y a Glauca hasta que los perdió de
vista… tan sólo se oían los eslabones de la cadena de Glauca. Luego oyó el rechinar
con el que Ravi desapareció dentro de la choza. Después, durante un buen rato, sólo
escuchó el viento que silbaba muy arriba, al borde de la pared de roca, y abajo el
débil chisporrotear del fuego. Pasos de guardias. Murmullos de guerreros que aún no
podían dormir. Zumbidos y cánticos de animales que nunca duermen durante la
noche. Se imaginó que oía un gorgoteo de agua a lo lejos, en el centro del valle. Pero
quizá sólo era el recuerdo del muelle de Baiae. Mientras escuchaba lo apenas audible
y trataba de ver lo invisible en la oscuridad de la noche, que el fuego en extinción
volvía aún más impenetrable, se arriesgó a pensar unas cuantas cosas que hacía pocas
horas hubiera considerado impensables.
—¿Puede Efialtes sentarse un momento contigo? —le llegó de repente en un
soplo una voz junto a él.
—Si trae consigo mi dinero —dijo Demetrio.
Rufo rió en voz baja.
—No lo hace. Pero sí otra cosa —se arrodilló junto a Demetrio y le miró de
soslayo—. ¿Empiezan a ver con un poco más de claridad? La noche es buena para
eso. Mira hacia arriba.
Demetrio echó la cabeza hacia atrás. Muy por encima de él relucía la cinta de las
estrellas.
—Como las joyas de Afrodita, ¿verdad? —dijo Rufo. En voz baja, casi en un
susurro, añadió—: O las de Cleopatra.
Algo produjo un ruido susurrante entre ellos. Demetrio tanteó y notó algo
áspero… ¿papiro?
—Si te tumbas de costado, con el rostro hacia mí, quizás alcances a leerlo —la
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voz de Rufo era poco más que un lejano murmullo.
—¿Qué es?
—¡Habla más bajo! El capitán del puerto de Leuke Kome tenía esta carta para
Glauca. Me la llevé; no sabía si pasaríais por allí.
—¿Por qué no se la das?
—Primero deberías leerla. Para que sepas lo que ocurre con la princesa. Podría
reducir tu desconfianza hacia mí.
—¿Como tú redujiste el número de mis compañeros, mi caravana y mi dinero?
—Sólo lee.
Demetrio se tumbó, apoyado en el codo. La luz de las estrellas, la de la luna, que
acababa de asomar por el extremo del valle, y la del poco fuego que quedaba,
bastaban para leer aquellos enérgicos trazos.
Cuando terminó, alzó la vista hacia Rufo, que seguía de rodillas junto a él.
—¿Y ahora?
Rufo cogió el papiro; con un rápido movimiento, lo arrojó al fuego. Llamitas,
luego lenguas mayores, lamieron la carta y la devoraron.
—Ahora nada —Rufo se puso en pie—. Demasiado peligroso. Pero en los
próximos días deberíamos hablar de razones y motivos. Y —susurró apenas la última
palabra— de Áfer.
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Capítulo XXI
NOCHE CLARA
Cuando la divinidad concede a los mortales alegría, les estremece antes el
corazón con una amarga pena.
PÍNDARO
La atención de Áfer había empezado a dispersarse cuando Pilatos estalló en una
renovada, aunque no nueva, diatriba contra los judíos. Columela miró fijamente al
techo, y Áfer contempló a la mujer. Las palabras de Pilatos se convirtieron en
catarata, en mero trasfondo, y Áfer se dijo que podría quedarse allí sentado mirando a
Cleopatra durante días… el oscuro cabello, en el que ardía un fuego rojizo y negro
cuando un rayo de sol lo alcanzaba desde la ventana; los oscuros ojos, pozos de
noche a los que el mismo rayo de sol arrancaba verdes chispas, los labios, que
albergaban placer y risa… Y astucia, porque sin ser grosera logró interrumpir a
Pilatos con una pregunta, distraerlo, y de pronto estaban hablando de familias de
Roma, estirpes importantes, conocidos comunes, y la mirada de Columela se
desplomó desde el techo y rozó a Áfer con cierta violencia.
—Creo que deberíamos discutir todo esto sin retener más a Áfer —dijo.
Pilatos cruzó los brazos.
—Naturalmente, tienes razón. Áfer, te lo hemos aclarado todo, ¿verdad? Las
conjeturas acerca de Rufo y tus próximos pasos. ¿Se ha dado la orden a la cohorte?
—se volvió a Columela.
—El escribano lo ha reseñado todo.
Áfer se puso en pie.
—Entonces, con vuestro permiso, voy a hablar con los centuriones. Sólo una
cosa, señor… Rufo debería tener el mando supremo.
—Y como no está a nuestro alcance… —Pilatos le miró fijamente—, no cuento
entre mis gentes con un Escipión, un Alejandro o un Pirro. Expediremos otra orden
que lo ponga todo en tus manos.
Áfer respiró hondo.
—Pero señor…
—Eso no puede ser —dijo Columela—. Como centurión, está al servicio del rey.
No podemos poner a guerreros romanos…
—Sí que podemos —Pilatos sonrió—. No es una campaña; tomarán parte unos
cuantos grupos de guerreros que están casualmente en la región. Y tú, amigo mío, los
acompañarás a ellos y a Áfer. Necesitará asesoramiento… por si llegara el caso en
que haya que negociar algo.
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Aturdido, casi estupefacto, Áfer se quedó un rato en pie bajo los arcos del patio
interior. ¿Columela como asesor, y él mismo como estratega? El centurión como
legado, en cierto modo… Si todo salía bien, ya no tendría que preocuparse por su
futuro. ¿Y si no? Si no, se dijo, de todos modos daba igual, porque un fracaso sólo
podría ser una sangrienta derrota, y en caso de catástrofe en el desierto ninguno de
ellos regresaría con vida.
Los centuriones ya habían recibido la orden. Si sentían desconfianza o dudas, no
lo demostraron; en todo caso, tuvo la impresión de que todos ardían en deseos de
emprender algo nuevo. Todo, incluso una incursión en el desierto, era mejor que esa
inactividad en Jerusalén.
No había mucho que discutir. Los griegos, mercenarios al servicio del Imperio,
sabían mejor que nadie lo que había que hacer. Abandonar la ciudad sin llamar la
atención. Coger los caballos ya preparados de manos de determinados mercaderes,
ninguno de ellos a más de diez millas de la ciudad. Cabalgar hacia el nordeste, no en
contra de la corriente de peregrinos, sino por solitarios caminos laterales. Esperar con
armas y pertrechos en un valle. Entenderse en el valle siguiente con los guerreros
venidos de Siria. No dejarse ver hasta que… hasta que Áfer estuviera con ellos y
diera la orden de partir.
Mientras hablaba con los hombres, no perdía de vista la salida de la sala.
Cleopatra seguía con Pilatos; ¿cuánto tardaría en aparecer? Y mientras hablaba con
los centuriones sin perder de vista la salida, se preguntaba una y otra vez si estaría en
condiciones de cumplir su misión.
La pregunta —una cadena de preguntas, un vaivén de cadenas de preguntas—
venía en olas ardientes, como fiebre. Mareas de preguntas y reflujos de respuestas.
Sabía que el aire era caliente, pero refrescaba sus mejillas. Quería gritar, correr, trepar
a un árbol, esconderse en una cueva, ponerse las manos delante del rostro, aullar,
vaciar ánforas enteras de vino. Pero logró, como esperaba, que no trasluciera nada de
todo eso. En vez de correr dando gritos, caminó tranquilamente arriba y abajo por
entre las tiendas, habló con los hombres, dio consejos e instrucciones.
Luego se detuvo junto a la arquería, a cuyo extremo los guardias vigilaban la
puerta, y dudó largo rato entre irse o seguir observando la salida por la que Cleopatra
tendría que salir, por fin, en un momento u otro.
Vino, pensó, y pan. No esa cosa granulada, con mil esquirlas de malas piedras de
molino, que comían las cohortes, ni ese vinagre que unos furrieles codiciosos daban a
los hombres. Vino, pan blando y caliente… Y después pensar, beber y comer. Una
noche entera. A la mañana siguiente, dejar la ciudad, o no, antes ir a ver al rey, a
Nikías, y luego al desierto, al desierto futuro.
Al parecer, Thais y Arsinoe habían dado un pequeño paseo por la ciudad, con el
pelo pudorosamente cubierto por un velo. Cruzaron el arco riendo y charlando.
—Una palabra —dijo él.
—¿Por qué sólo una? —Thais sonrió—. ¿Aún está la princesa con el prefecto?
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—Lo está, y por eso la palabra. Tengo que hablar con ella cuando haya terminado,
pero también tengo que hacer unas cuantas cosas. ¿Podéis rogarle que esté en la
fortaleza a la puesta del sol? ¿En vuestros aposentos, o en el pasillo?
Arsinoe se llevó las manos al velo, lo soltó y sacudió su largo y oscuro cabello.
—Se lo diremos… ¿se trata de grandes secretos?
—Terribles secretos —rió—. Nos veremos luego.
Dejó aliviado la fortaleza… voló casi. Durante mucho tiempo, estuvo caminando
por las calles medio ciego, sordo e insensible. Más adelante, no supo a cuánta gente
había atropellado sin querer, sino tan sólo que había estado nadando contra el
espumoso torrente de sus pensamientos.
—Mi viejo e incircunciso amigo —dijo de pronto una voz junto a él—, ¿qué te
trae a ti, gentil, a la ciudad sagrada?
Por un instante se sintió mareado; fue como si le hubieran arrancado a una veloz
carrera y le hubieran condenado a una brusca inmovilidad. Agarró el brazo del
hombre como buscando ayuda.
—Eleazar —dijo—. ¿Tú aquí? Pensaba que estarías en Alejandría.
—Me vas a romper el brazo.
—Perdona… la alegría de verte…
—Parece más bien el deseo de aplastarme —Eleazar sonrió y tiró de su amplio
manto hasta que todo volvió a la normalidad—. Pero dime, ¿qué haces tú aquí?
—¿Tienes algo urgente que hacer?
—¿Por qué?
—Necesito alguien que me ayude a beber y a pensar.
—Ah, ¿debo hacerme cargo de tan pesadas tareas? ¿Y dónde, por ejemplo?
—Ven… quiero buen vino y buen pan; luego iremos a la fortaleza y…
—¿La fortaleza? —Eleazar sacudió la cabeza—. ¿Estás con la gente del prefecto?
No dejarán entrar a un judío.
—Si vienes conmigo sí te dejarán.
Eleazar tenía poco más de treinta años y era, según su propia valoración, «buen
médico y mejor vagabundo». Venía de una familia de eruditos; el padre, un fariseo de
gran prestigio en Jerusalén, aún vivía, pero estaba más o menos muerto para el hijo. Y
viceversa, aseguraba Eleazar. Había querido ver más del mundo que Jerusalén y sus
alrededores, saber más de lo que ponía en las escrituras, por sagradas que fueran.
Parientes de la madre en la comunidad judía de Alejandría habían hecho posible al
joven aprender con los mejores médicos helénicos de la ciudad. Desde que había
terminado su formación viajaba por el Imperio: no sólo, pero sí especialmente allá
donde había comunidades judías.
—También los judíos enferman —había dicho—, pero muchos no quieren que los
traten médicos gentiles, y el número de buenos médicos judíos no es grande. Además,
como sin duda sabrás, hay muchos médicos romanos y helenos que no quieren
atender a los judíos.
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Alejandría, Cirene, Leptis, Útica, Siga, Volúbilis, Tingis, de allí cruzando el mar a
Iberia —Gades, Córduba, Cartago Nova, Tarraco—, Galia e Italia, las antiguas
ciudades griegas de la Magna Grecia, luego de Siracusa a Corinto y a Atenas… Hacía
tres años, el azar le había llevado a Cafarnaum, donde había intercambiado
conocimientos e historias con Adonis. En esa ocasión se habían conocido él y Áfer, y
desde entonces Eleazar había estado otra vez en Cafarnaum y una en Magdala, donde
Áfer le había visitado. Hacía un año se habían encontrado en Jerusalén, y Áfer había
estado dos veces con él en Cesarea, donde Eleazar consolaba a una joven y rica
viuda, trataba marineros y miraba el mar.
Naturalmente, Eleazar sabía dónde se podía comprar el mejor vino de Jerusalén, e
insistió en pagarlo.
—La viuda, sabes —dijo con una sonrisa más bien forzada—, quería volver a
casarse, y como yo no sirvo para eso…
—¿Por qué no?
—Oh, le dificulta a uno marcharse. En cualquier caso, me hizo un abundante
regalo de despedida y se fue con un armador que no sólo tiene diez cargueros, sino
también tres casas. Creo que el regalo de despedida lo hacía sobre todo para verme
desaparecer rápido.
—Conozco a muchos a quienes habría que pagar para que desaparecieran, pero
¿quién tiene tanto dinero?
—Una lástima, en verdad.
Eleazar no sólo pagó el buen vino sirio, sino también al mozo del mercader que
llevó la pesada ánfora a la fortaleza.
Poco antes de la puesta de sol encontraron a Cleopatra, Thais, Arsinoe, Meleagro
y Leonidas, todos en la mayor de las dos estancias que les habían asignado, donde
estaban sentados bebiendo agua, comiendo fruta y conversando. El tema parecía ser
una mezcla de Demetrio, Jerusalén, el desierto, las peculiaridades de los camellos y
las extravagancias de las ricas alejandrinas.
—¿Dónde están Nubo y Perperna? —dijo Áfer, después de presentar a Eleazar a
los otros.
—Fuera de la ciudad —dijo Leonidas. Parecía un poco irritado.
—¿Qué hacen fuera de la ciudad?
—Pasar la noche en una posada cerca del campamento de Boschmun y
abastecerse de lo más necesario con el fenicio y con otros.
Eleazar se rascó la cabeza.
—Tenéis aspecto de querer tratar algo en secreto, ¿no es así?
—Está claro —Áfer titubeó; luego pidió al médico que esperase un momento un
poco más allá.
—¿A qué viene esa cara de enfado? —dijo cuando Eleazar se hubo marchado.
Meleagro le cogió con violencia por los hombros:
—Nadie nos dice nada —se quejó—. Al menos, nada preciso. Pero da toda la
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impresión de que vosotros (tú, Nubo y el viejo) estáis preparando algo para mañana.
Algo que nos concierne a nosotros y a Demetrio.
—¡Suéltame, hombre! Sí, estamos preparando algo, pero sólo hablaremos de ello
cuando estemos muy lejos.
—¿Estemos? ¿Estemos quiénes? —dijo Leonidas—. Si se trata de Demetrio,
insisto en ser uno de los que estemos.
Meleagro asintió con la cabeza.
Áfer lanzó a Cleopatra una mirada en petición de ayuda.
—¿Cuánto les has contado? —dijo—. ¿Y cuánto ha adivinado Meleagro?
—Nada y todo, ningún detalle —ella sonrió—. No podrás impedirles que hagan
algo. Demetrio no es sólo su señor, es su amigo.
—No sabéis dónde os estáis metiendo.
—En tiempos pasados fui un buen arquero —dijo Meleagro—. Tendría que
practicar un poco, pero… Y Leonidas acierta con la lanza la mancha del lomo de un
antílope en fuga a cincuenta pasos.
—Tendría que practicar un poco, pero… —dijo Leonidas con una amplia sonrisa.
—Podéis cuidar los caballos y lavar a los heridos, si es así —gruñó Áfer—. Os
odio —y sonrió al decirlo.
—¿Tenemos que conseguir caballos?
—No, ni tampoco los otros dos. ¿Por qué no estáis con ellos?
—Primero queríamos hablar contigo.
—Mañana temprano aún tengo algo que hacer; supongo que podemos partir
alrededor de la hora cuarta. A pie; los caballos y todo lo demás nos lo darán fuera.
¿Han dicho Nubo y Perperna cómo imaginan el resto?
—Querían esperarte aquí mañana temprano —dijo Leonidas—. ¿Tenemos que
saber algo más?
—Todo lo que tenéis que saber lo sabréis por el camino —Áfer suspiró levemente
—. Las cosas que pasan cuando uno quiere beber vino y charlar con un viejo
amigo… ¿Queréis beber y charlar con nosotros? Bien, pero cuidad vuestras lenguas.
Ni una palabra sobre sangrientas misiones ni nada por el estilo.
—Tenemos mucha práctica en callar —dijo Thais.
—Especialmente en el silencio —Arsinoe rió con astucia—. Y también en la
traición mediante el silencio. Y…
—Basta —la voz de Cleopatra sonó más dura de lo habitual; Arsinoe se llevó
teatralmente una mano a la boca.
Áfer fue al cuarto de al lado, donde Eleazar estaba junto a la ventana y miraba
caer la noche.
—La cosa va a ser un poco distinta —dijo Áfer.
Eleazar se volvió; en la creciente oscuridad, no se podían ver sus rasgos, pero su
voz sonó aliviada:
—Las cosas siempre son distintas de lo previsto. Simplemente es así. ¿Beberemos
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todos juntos? Menos para cada uno, querido; me temo que te vas a mantener
terriblemente sereno.
Cuando se reunieron, llevando el ánfora y los panes, con los otros, éstos habían
encendido lámparas de aceite. Faltaba Meleagro; Thais dijo que había ido a pedir a
los guerreros algunas copas prestadas.
Cleopatra lo llevó a un lado:
—Escucha —dijo; fue casi un susurro—. Tenemos que hablar un poco luego… a
solas.
Había hablado al oído de Áfer; su oreja derecha estaba muy próxima a su boca.
—Nada me gustaría más —susurró él. Y entonces, ella le rozó el lóbulo de la
oreja con la punta de la lengua.
No sabía si podía contar con un reproche, con el silencio, con nada en absoluto.
Para su sorpresa, sintió la mano de ella, durante apenas un parpadeo, apoyada en su
muslo.
En algún momento las conversaciones empezaron claramente a decaer, cuando el
ánfora apenas estaba mediada. Thais, Arsinoe y Cleopatra discutían algo con miradas,
sin que Áfer estuviera en condiciones de conjeturar siquiera el contenido de tal
intercambio.
Eleazar alzó su copa, que Áfer acababa de volver a llenar.
—Cuando esté vacía me iré —dijo—. Tengo cosas que hacer, ¿sabes?
Cleopatra se volvió nuevamente hacia Áfer y Eleazar.
—Ibas a contarnos más cosas de tu gente.
—Oh, ¿acaso hay mucho que contar? Puedo entender que el prefecto no aprecie
al Sumo Sacerdote y a los otros grandes.
—Los odia —dijo Áfer—. No apreciarlos es poco.
—También yo los odio —Eleazar miró fijamente su copa—. Junto a mi padre, o a
todos ellos en representación de él. A veces me pregunto si no sería mejor no tener
padre.
—Eso depende del padre —Cleopatra tocó la rodilla de Áfer con la punta de los
dedos—. ¿Qué pasa con tu padre? ¿Acaso tienes uno que preferirías no tener?
—¿Tenemos que hablar de padres ahora?
Eleazar rió entre dientes:
—Esto es lo que pasa con las conversaciones que acompañan al vino. Van de vid
en vid y nunca llegan al lagar.
—¿No te sientes odiado también cuando Pilatos derrama su aversión sobre los
judíos? —dijo Cleopatra.
—Quizá lo haría si estuviera presente. Pero no lo estoy, y en Cesarea no se dicen
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esas cosas.
—¿Es que le has oído allí?
—Oído, visto y hablado —bebió un trago—. Creo que no odia a los judíos, sino
sólo a algunos de ellos. Nunca se odia a una multitud en general. El odio es algo muy
personal, como el amor, y necesita un objeto aprensible, una persona determinada.
Creo yo.
—¿A quién odia entonces, en tu opinión? —dijo Áfer. Se le estaban pasando por
la cabeza preguntas completamente distintas. Por ejemplo: por qué su rodilla no se
había incendiado al tocarla Cleopatra.
—Si eres sincero, amigo mío, él siente la misma aversión que tú. No contra
Yaqub el pescador, que hace su trabajo temeroso de Dios todos los días, que ama a su
esposa, alimenta a sus hijos y da hospitalidad a un extranjero. No contra Esther, que
ha perdido a su esposo por una enfermedad y trata de dar de comer a sus hijos
cosiendo para los ricos. Ni contra Daniel, que fabrica zapatos y bridas y al llegar el
sábat no va más que hasta la sinagoga más próxima. Gentes honestas, temerosas de
Dios, devotas, que quieren pasar la vida de forma soportable para ellos y sus vecinos
y grata a Dios en su conjunto —se inclinó hacia delante y habló en voz más alta, con
más énfasis—: Lo que odia Pilatos, lo que a ti no te gusta, lo que a mí me asquea… lo
bastante como para huir a vuestro Imperio, no es a ésos, sino a aquellos cuyo temor
de Dios consiste en infundir temor a sus vecinos y subordinados; el sentido de cuya
vida es hacer a todos sus vecinos insufrible la vida con su devoción, con su violenta
devoción. Que no viven conforme al espíritu del Señor, sino apegados a cada una de
las escrituras con las que un hombre quizá más honesto, quizá más loco, recogió hace
siglos el espíritu del señor, o el aliento de una pesadilla. Esto no es judío, amigos…
hay gente así en todas partes, allá donde alguien ha escogido una de entre todas las
verdades posibles y la ha defendido tanto que, a su lado, todas las demás son
inferiores, y que declara todas las demás como inferiores y escoria.
—¿No es judío? —dijo Cleopatra—. ¿Dónde más hay algo así?
Eleazar emitió una áspera risa:
—Cuando Alejandro desposó a sus estrategas y guerreros, a todo el ejército, con
persas, y después murió… ¿qué dijeron entonces sus estrategas? ¿Tu famoso
antepasado Ptolomeo, princesa? Repudiaron a sus mujeres persas, porque eran
bárbaras, indignas de vivir junto a nobles macedonios. ¿Qué aconsejó el gran, el
luminoso Aristóteles a Alejandro? Que debía tratar a los bárbaros como a bestias…
con cuidado, para que dieran beneficio, pero como a bestias, bestias inferiores, no
como a personas. ¿Y Roma? Predestinada al dominio del mundo, ¿verdad?, y por
consiguiente, todos los demás pueblos a la esclavitud. De la que podrán resurgir
cuando hayan aceptado la manera de ser romana, cuando se hayan convertido en
romanos.
—¿Has oído alguna vez —dijo Áfer— que un sacerdote de Júpiter tenga que
lavarse si le alcanza el aliento de un hombre que no venera a Júpiter? Dices bien
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cuando afirmas que sólo alguien que haya adoptado la forma de ser romana puede ser
realmente libre en el Imperio… pero ¿puedo yo adoptar la forma de ser judía? ¿No
tengo que haber nacido de una madre judía? ¿No es verdad que vuestro Dios ha
condenado a todos los demás, a todos nosotros, y para toda la eternidad, a ser
inferiores y a ensuciaros con nuestro aliento?
Eleazar vació su copa en un par de largos tragos:
—Sí y no —dijo entonces—. Es verdad que los sumos sacerdotes y los ortodoxos
consideran esos augustos cargos reservados a sus familias. Junto a ellos están todos
los judíos normales, los que eran bárbaros para Aristóteles… son bestias. ¿Acaso no
has estado en muchas casas, amigo mío? ¿En casas de judíos temerosos de Dios, que
no se sentían ensuciados por tu presencia? Pilatos odia a los de arriba, a los altos
eruditos, inútiles para el mundo y para los hombres, que reportan menos beneficio
que la más flaca de todas las vacas. Los odia tanto como otros miles odian a los
cónsules romanos, a los senadores, para los que todos los demás habitantes de la
Ecumene, romanos o no, son escoria —se levantó.
—Antes de irte hablemos de dónde nos veremos. ¿Mañana, quizás, o dentro de
seis lunas?
Eleazar negó con la cabeza.
—Mañana voy a dejar la ciudad. Esto es demasiado angosto para mí, y demasiado
devoto, con todos esos peregrinos.
—¿Entonces por qué has venido?
—Tenía algo que tratar con el rey y sus consejeros. Se trataba de una tarea… y de
dinero —se echó a reír—. El dinero con el que he pagado el vino.
También Áfer se levantó.
—Te acompañaré a la puerta. Para que algún heleno o samaritano no vaya a
tomarte por escoria.
—Princesa —Eleazar inclinó la cabeza ante Cleopatra—, y vosotros: que vuestra
noche sea agradable. Espero que tengamos ocasión de volver a charlar.
Áfer le cogió del brazo y salió con él. Al cabo de unos pasos dijo a media voz:
—Había ciertas… influencias que no permitían una conversación a dos, amigo.
Eleazar le dio una palmada en la mano que sujetaba su brazo.
—Conozco esas influencias; está bien…, aun así es una pena.
—Mañana temprano… ¿una copa de vino, zumo o una infusión antes de partir?
—Me destrozas el corazón, pero me marcho muy temprano.
—¿Adónde?
—A visitar a unos amigos al nordeste de aquí. En la Decápolis.
Áfer se detuvo.
—Yo salgo unos instantes después, pero también en esa dirección. ¿Cabalgamos
juntos un trecho del camino?
—Con gusto —Eleazar sonrió ampliamente y asintió—. Aún tengo una pequeña
visita que hacer… mañana por la tarde podría esperarte en el vado del Jordán.
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—Mañana por la tarde pues, en el paso del Jordán… o mañana por la noche, si
me retraso.
—Esperaré.
Cuando Áfer volvió al piso de arriba, encontró cerrada la puerta de la estancia
mayor, la que compartían las mujeres, así como la de la estancia más pequeña de al
lado. La de su aposento estaba entreabierta, y por la rendija salía una luz difuminada.
Cleopatra estaba de pie junto a la ventana, con el trasero apoyado en el alféizar, y
miraba hacia el suelo, quizá la llama de la lamparilla de aceite que había junto al
jergón de Áfer.
Él cerró la puerta tras de sí, sin pasar el cerrojo.
—¿Dónde están los otros…, princesa? —dijo.
—Habla más bajo, y más grave. Me gusta tu voz.
—¿Y por eso he de hablar más bajo y más grave? —dijo él, más bajo y más
grave.
Ella sonrió:
—Sí; así está bien. Por el momento. Thais y Leonidas están en la primera
habitación, Arsinoe y Meleagro en la de al lado. Ha resultado así.
—Según veo, has traído contigo dos copas y el ánfora.
—Más bajo y más grave, Áfer. Quiero discutir esto y aquello contigo.
Él se agachó, llenó las copas y le alcanzó una. Los dedos de ella tocaron su mano;
una pausa fugaz, pensó él.
—¿Esto y aquello? —dijo—. Empecemos por esto.
Ella bebió, retuvo un poco el vino en la boca, lo tragó y dijo:
—El vino expulsa el mal sabor de boca. ¿Esto? Bien. ¿Pensáis pues que Rufo ha
ido a Ao Hidis para abrir la puerta y causar su desgracia cuando lleguéis?
—Es la única explicación razonable. Todo lo demás sería… mala cosa.
—Si tuvieras diez denarios… ¿cuántos apostarías a que serán muchos los que
vuelvan del desierto, y cuántos a que serán pocos?
—Cuatro —dijo él sin titubear—. A que regresarán pocos. Seis a la otra
posibilidad.
—¿Te incluye eso a ti?
—Será una lucha despiadada —rió, contenido—. ¿Estoy entre los muchos o entre
los pocos?
Ella se adelantó medio paso y recorrió la boca de él con la punta del índice.
Suavemente, investigando, pero de alguna forma decidida, pensó él.
—Aquí y ahora —murmuró ella—, no eres mucho ni poco, sino todo. Un buen
hombre al que nunca más volveré a ver.
—¿Qué sabes tú de mí? Un buen hombre…
—¿Puedes cerrar la puerta?
Él asintió y se volvió; era como si las palabras acariciaran su espalda.
—Un buen hombre, o Pilatos no te daría sus guerreros. Un hombre triste, Áfer, de
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ojos profundos. Triste, solitario entre extraños. Te gustaría estar en otra parte,
¿verdad? Con una esposa y…, sí, con hijos. Eres adecuado para ser padre, aunque no
tengas a los padres en gran estima.
Él corrió el cerrojo y regresó junto a ella. No pudo contener el desconcierto en su
voz:
—De dónde sacas… Bah, es como es. Pero ¿cómo sabes que no tengo esposa e
hijos?
Ella se llevó la mano derecha al hombro izquierdo y soltó la fíbula que sostenía la
túnica. La tela cayó al suelo deslizándose con una especie de soplo o suspiro.
—Lo mismo que tú sabes lo que sabes de mí —dijo—. Mañana vas a ir a la
batalla, y si vuelves, no debes buscarme. Estaré muy lejos, en Egipto. Así que
digamos la verdad, ya que no tenemos por qué ocultar nada. ¿Qué sabes de mí? —
cogió el borde del chitón y empezó a levantarlo, cruzando los brazos.
—Tú, princesa de la noche, no eres una princesa —dijo él en voz baja—. ¿«Flor
de Cánopos», te llamó Pilatos? Fuera quien fuera tu padre…
—Ya sé quién era mi padre. Quién es —dijo ella, con la voz apagada por la tela
—. Sigue.
Áfer respiró hondo. Tuvo que respirar hondo para poder hablar.
—La mejor, la más cara, la más inteligente de las hetairas de Cánopos —dijo él
—. Donde viven los mejores prestidigitadores, magos, encantadores de serpientes… y
hetairas de Alejandría. ¿Luego? Luego probablemente te compraste una casa
lujosamente decorada en la propia Alejandría. Y mejores amistades. Thais y Arsinoe
ya estaban contigo, ¿verdad?
Ella se había quitado el chitón y le volvía ahora la espalda.
—Vamos a eso. ¿Me ayudas?
Llevaba una cinta de seda que sostenía sus pechos; los corchetes estaban entre sus
omóplatos. El aire de la noche seguía siendo bochornoso, pero cuando él tocó su piel,
se estremeció por un momento. Sus manos… sus dedos en cambio ardían. La piel.
«Fiebre de marfil», pensó; y luego: «¿Cómo se me ocurre una palabra así?».
Cuando la cinta estuvo suelta, ella cogió sus manos y las apretó sobre sus pechos.
Él le besó la nuca, y ella se reclinó contra él y dijo:
—Demasiada tela, centurión. Desnúdate.
Él rió y la soltó para desnudarse, mientras ella se quitaba la última prenda. A la
luz del candil de aceite, él vio el espeso y ensortijado pelo entre sus muslos, y de
pronto todo el frío se esfumó, toda la fiebre se concentró en sus genitales, y sintió un
infinito deseo. Y la certeza de que el infinito pronto iba a tener fin.
—Vengo —dijo ella— de la ciudad donde las mujeres se rapan el vello
ensortijado, y sin embargo yo tengo pelo. Tú vives entre circuncisos y no lo estás.
¿Estamos los extranjeros en casa en el extranjero? —posó sobre su miembro unos
dedos suaves y benévolos y se dejó caer sobre el jergón.
—Princesa —dijo él, sorprendido y un poco avergonzado, porque su voz sonó
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como un lamento—, el río ha estado represado demasiado tiempo; el dique pronto se
romperá.
—Que se rompa. Volveremos a represarlo poco a poco.
La conversación que tuvo que mantener con un hombre de confianza de Nikías le
costó todas sus energías, porque sus pensamientos se habían quedado en la noche
pasada, con Cleopatra. Sólo al atardecer, cuando se acercaba al Jordán, tuvo la
sensación de volver a ser dueño de sí mismo. Los pensamientos volvieron a dejarse
reunir, revisó sus decisiones y las instrucciones que había dado, y comprobó que no
había sido trastornado del todo. Columela, que le seguiría con un grupo de guerreros
helenos, no tendría demasiado que objetar.
La risa de Perperna, aguda y penetrante, le sacó de sus meditaciones. No sabía lo
que el anciano había dicho u oído; los otros cabalgaban unos cuantos caballos por
detrás de él. Más adelante, junto a la orilla, vio una figura familiar envuelta en un
amplio manto blanco: Eleazar.
—Hoy podremos intercambiar unas cuantas palabras, amigo mío —dijo cuando
se hubieron saludado.
—¿Cuáles? ¿Haz fuego, perro estúpido, o una cosa así?
—De eso me encargo yo —dijo Meleagro—. Hablad tranquilos. Yo tengo que
moverme; estoy entumecido de cabalgar.
—¿Qué es lo que vas a hacer en Decápolis?
Eleazar le miró, inexpresivo. Demasiado inexpresivo, pensó Áfer.
—Ya te he dicho que se trata de un encargo del rey. Y de dinero.
—¿Desde cuándo el rey gasta dinero en Decápolis? Preferiría conquistarla, si no
estuvieran los romanos y los nabateos.
—Ah —Eleazar se pasó la manga por la cara—. ¿Es así? Ya sabes que soy un
necio médico que no tiene idea de política.
—Entonces, oh necio médico, dime qué servicios nada políticos vas a prestar al
rey a cambio de dinero allá donde el rey no tiene nada que decir.
Eleazar se inclinó hacia delante; en voz muy baja, susurró:
—Pero sólo si lo guardas para ti, ¿de acuerdo?
—Callaré como la tortuga milenaria que hace mucho que ha olvidado que nunca
supo hablar.
—Bien, bien. Herodes Antipas ha enviado unos cuantos guerreros al desierto para
castigar a no sé qué príncipe de los bandidos. Yo debo acompañarlos como médico…
¿Qué te hace reír de esa manera?
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Capítulo XXII
PROCEDIMIENTOS Y PÉRDIDAS
En cambio, nosotros nos estremecemos al ver morir a otro. Cuando Sócrates
estaba ya muy cerca de la muerte, durmió tan profundamente que costó trabajo
despertarlo… Y soportó con dulzura el griterío de su esposa.
TELES
Eco, presencia, soplo… no encontraba la palabra adecuada, ni siquiera la idea
adecuada. Áfer se había ido, pero aún estaba allí. La huella de un pie sobre la hierba
antes de que las briznas vuelvan a erguirse, el aliento sobre un cristal, antes de
evaporarse. Lo que quedaba era un grato recuerdo, sin lamento ni expectativa.
Cleopatra no tenía tiempo para perderse en sus pensamientos, ni aunque hubiera
querido hacerlo. Cuando bajaba con Thais y Arsinoe al patio para comprar algunas
cosas en la ciudad —comida, vino, ungüentos—, a mitad de la escalera le salió al
paso un criado que le pidió que le siguiera: Claudia Prócula quería verla.
—Ya voy.
Entregó la bolsa a Thais.
—¿Todo como hemos hablado? ¿O hemos de omitir algo, princesa? —dijo
Arsinoe.
—Como hemos hablado. Nos veremos arriba después.
Claudia Prócula la esperaba en una pequeña estancia… ni tan amplia ni tan
austera como la sala donde Pilatos había hablado con ella. Había sillones y triclinios
acolchados, de las paredes colgaban tapices romanos y griegos con representaciones
de dioses y hombres, y a la cabecera de la sala había un altar de Augusto, clara
indicación de que la esposa del prefecto no pensaba recibir aquí a ningún judío
ortodoxo.
Prócula estaba sentada detrás de una mesita de madera oscura, adornada con
tallas. Señaló el escabel que había delante:
—Siéntate.
Cleopatra hubiera preferido una de las jamugas, pero se sometió a su invitación
sin decir palabra.
—Te he mandado llamar para aclarar algunas cuestiones —dijo Claudia Prócula.
Tenía las manos cruzadas sobre la mesa, y su mirada era fría. «Fría y arrogante»,
pensó Cleopatra, «como corresponde a una patricia romana. Ante una hetaira
macedonia».
—A mí no me interesa lo que haga el prefecto cuando está mucho tiempo solo, de
viaje, sin mí —dijo Prócula, con voz firme y contenida—. Pero no quiero veros en mi
casa a ti y a otros… conocidos por el estilo.
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—No habría venido sin necesidad, señora. Conozco formas más agradables de
pasar el tiempo.
—Me lo imagino. ¿Qué necesidad se supone que te ha traído aquí?
—¿No ha hablado tu esposo contigo?
—Está ocupado.
Cleopatra asintió.
—Naturalmente; lo olvidaba. Pero la historia de mis penas es larga.
—Cuéntala lo más breve que puedas.
Mientras habló Cleopatra, el rostro de Prócula no mostró otra cosa que una
contenida gelidez.
—Desagradable —dijo al fin—. Pero comprendo por qué has venido. ¿Qué piensa
hacer por ti Pilatos?
—Todavía no está decidido del todo, señora. Una carta al prefecto de Egipto sería
útil, si ese Prisco no estuviera emparentado con él.
—Todo el mundo está emparentado con alguien —dijo Prócula—. Y todo el
mundo tiene enemigos que se pueden emplear.
—¿Piensas en alguna persona determinada?
—¿Por qué iba a decírtelo?
Cleopatra cruzó los brazos; pensó si debía reprimir la sonrisa, pero sonrió.
—Porque todo el mundo está emparentado con alguien —dijo.
—¿Cómo debo entender eso?
—Hace… diecinueve años, me tomaste en tus brazos y me consolaste, señora.
Prócula no perdió el control de los rasgos de su rostro, pero sus ojos se
ensancharon.
—¿Yo a ti? ¿Dónde se supone que ocurrió eso?
—¿Te acuerdas de la niña de nueve años que sabía lanzar y hacer bailar en el aire
tres, y luego cuatro muñecas de arcilla? Una se cayó y se rompió, y yo lloré.
Prócula la miró, ahora visiblemente sorprendida.
—Yo… me acuerdo de una chiquilla —dijo titubeando—. ¿Dónde fue? ¿En la
casa de campo de… Antonia?
—A las afueras de Túsculo, señora.
Prócula soltó las manos entrelazadas, señaló con la izquierda a Cleopatra y apoyó
la mandíbula en la derecha.
—¿Cómo has ido… cómo fuiste a parar a casa de Antonia?
—Ella es… ¿cómo llamar a la hija que tuvo mi abuelo con otra mujer? ¿Medio
hermana de mi padre… medio tía?
—Imposible —Prócula se echó hacia atrás y movió la cabeza—. No puede ser. Tú
la hija de… ¿Alejandro?
—Al que llamaban Alejandro Helios, sol, lo mismo que a su hermana gemela
Cleopatra Selene… luna. Hijos de Marco Antonio y la gran Cleopatra —lo dijo con
voz tranquila, relajada; no tenía ninguna sensación de triunfo, porque no había
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sostenido lucha alguna con Prócula.
La esposa de Pilatos se reclinó aún más. «Si no fuera por el respaldo», se dijo
Cleopatra, «ahora se caería de espaldas al suelo».
—Déjame digerir esto —dijo Prócula—. Tú la hija de Alejandro. Nieta de
Cleopatra y Marco Antonio. Después de la victoria, después de la muerte de tus
abuelos, Octavio Augusto os llevó en triunfo a Roma. Ah, no, no a vosotros, a tu
padre y su hermana. Y se los entregó a la legítima esposa romana de Marco
Antonio… su propia hermana Octavia. Cleopatra Selene fue desposada con el
mauritano Iuba. Tienen un hijo, Ptolomeo, ¿verdad? Desde hace… nueve años
soberano, primero dos años cogobernante, desde hace siete años único rey de
Mauritania.
—Durante los dos años que siguieron a la muerte de Iuba, mi padre… ayudó a su
hermana y a su sobrino —dijo Cleopatra—. Más exactamente, se enriqueció. Desde
entonces, he oído decir, vive bajo vigilancia en una isla de la costa de Mauritania.
—Deja que siga desenmarañando todo esto —Prócula entrecerró los ojos y miró
el tablero de la mesa, donde el índice de su mano derecha pintaba líneas de las que
salían otras líneas, de las que a su vez salían otras líneas—. Octavia, hermana de
Augusto… De Marco Antonio tiene dos hijas, las dos llamadas Antonia. La pequeña
estaba casada con Druso, y fue madre de Germánico, Livila y Clau-Clau-Claudio;
después de la muerte de Druso no volvió a casarse, sino que se dedicó a su familia.
Asumió de Octavia el cuidado de los otros hijos de Marco, ¿verdad? Cleopatra Selene
estuvo con Octavia hasta que Augusto la desposó con Iuba; Alejandro Helios… —no
siguió.
—Alejandro Helios —dijo Cleopatra— estuvo con Octavia, y luego fue un
molesto medio hermano y huésped de Antonia. Druso no le apreciaba, dicen. Se fue a
Mauritania para resultar molesto a su hermana y a su cuñado. Pero antes dejó
embarazada a una de las criadas de Antonia. Ella murió en el parto, y mi medio tía
Antonia se hizo cargo de mí. Igual que se hizo cargo de toda la familia, y de las
virtudes romanas.
Prócula apuntó una sonrisa:
—Las columnas del templo —murmuró—, matrona patriae. Si Catón, guardián
de las virtudes republicanas, volviera a nacer en forma de mujer, sabríamos quién fue
Antonia en una vida anterior. Y tú…, ¿cómo es que después de la educación que sin
duda…?
—… me dieron —dijo Cleopatra—. Después de esa educación, sólo podía ser
vestal o ramera. Escapé; mejor ramera en Cánopos que vestal en Roma. Sobre todo,
quería salir de… de los círculos en los que todos eran espiados, en los que cada
palabra que alguien decía encontraba un camino hasta los oídos de Livia Augusta.
—¿Era eso tan malo? —la voz de Prócula sonó casi compasiva, comprensiva, en
cualquier caso ya no gélida.
—¿Para los que estábamos en la inmediata proximidad del princeps? Sí. Y tú
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sabes que Antonia no era la favorita de Livia.
—Lo sé, y los dioses lo saben también —una media sonrisa sobrevoló el rostro de
Prócula—. Druso, brillante y querido hermano del adusto Tiberio. Favorito de
Augusto, hasta que convalecía de una herida y murió cuando Livia le envió a su
médico personal. Según dicen. Porque Livia quería ver como princeps a su hijo
mayor, Tiberio. Luego, Augusto jugó con la idea de adoptar al hijo de Druso, el no
menos brillante Germánico. Livia, se dice, le sugirió que en vez de eso obligase a
Tiberio a adoptar a su propio nieto, y Tiberio fue César… ¿Sabes si habrá en la
Ecumene alguien que tuviera más motivos para odiar a Livia más allá de la muerte?
Cleopatra titubeó un momento, sorprendida; luego dijo:
—Entre las virtudes de Antonia estaba no odiar.
—Sigamos contigo. Casi puedo entenderlo. ¿Huida? Oh, sí, lejos de Livia, la
araña negra que chupó la sangre a toda Roma con el fin de hacer César a su hijo.
—¿No crees ahora que no hubiera venido si no fuera por necesidad? ¿Que no es
mi intención interponerme entre tú y el prefecto?
Prócula asintió. Un asentir titubeante, una afirmación denegadora, pensó
Cleopatra.
—Hablemos de ti —dijo Cleopatra.
—¿De mí? ¿Por qué?
—Eres una Prócula Escribonia, ¿no? Tu abuelo era primo de la primera mujer de
Octavio Augusto, Escribonia. ¿No nos hace eso de algún modo parientes?
Prócula rió ruidosamente.
—Habría que contar los eslabones de la cadena que nos separan al unirnos con
más dedos de los que hay en dos manos. Pero sé lo que quieres decir.
Se levantó, dio la vuelta a la mesa, tendió una mano y levantó a Cleopatra del
escabel.
—Ven, sentémonos juntas y sigamos hablando —dijo—. ¿Hermana quinta?
¿Sobrina séptima?
—Suena como si lo uno o lo otro te asombrara.
Prócula se dejó caer en una jamuga y dio unas palmadas en el respaldo de la de al
lado; Cleopatra se sentó.
—Me asombra —dijo Prócula— que en los círculos más, más íntimos pudiera
haber habido tanto horror.
—¿Pensabas que Augusto había puesto su mano protectora sobre Antonia?
—No hemos llegado a saber tanto tanto, por eso…
A media voz, como si temiera ser escuchada por espías, Cleopatra dijo:
—Se dice incluso que Livia envenenó a Augusto para estar segura de que, en el
momento de su muerte, Germánico estuviera muy lejos. Para que Tiberio…
—Como te decía… nosotros no formábamos parte del círculo íntimo. El
casamiento de Octavio, que aún no era Augusto, con Escribonia, fue una medida
puramente política. El matrimonio no duró mucho, y aparte de su hija, julia, no quedó
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nada.
Prócula calló; cuando Cleopatra iba a decir algo, alzó la mano:
—Déjame pensar. Vuestra caravana. Ao Hidis y ese príncipe de los ladrones,
Belhadad. Rufo, al que tú consideras hombre de Sejano…
—No es que le considere tal; casi me lo ha dicho el mismo. Lo ha sugerido
inequívocamente. ¿Adónde quieres ir a parar?
—A Antonia.
—Ah —algo parecido a una mano fría atrapó el corazón de Cleopatra. Estaba
hecha… no, se corrigió; no la mano, el frío estaba hecho de recuerdos de gélidos
discursos sobre la virtud y de temores referentes a futuros recuerdos.
—¿Sigues estando en contacto con ella?
—¿Con Antonia? ¿Quieres decir que si ella querría… saber algo de mí? —pero
mientras lo decía sintió como algo se retorcía muy dentro de ella.
—Es el virtuoso espejo de la demoníaca Livia —dijo Prócula, meditabunda—. En
todos los detalles.
Cleopatra calló; temía lo que iba a venir entonces. Lo que tenía que venir. Lo que
no debía venir.
—Por lo demás, también en lo que a influencia se refiere. ¿Sabes a quién debe
Pilatos su cargo de prefecto?
—¿A Antonia?
—A Antonia. La virtud largamente ejercida y los virtuosos conocimientos otorgan
en caso necesario incluso poder. Dicen que el cerdo de la isla de las cabras… el
princeps, la teme. Sería posible dirigirse a Antonia para tratar tu caso.
Lentamente, con voz frágil, Cleopatra dijo:
—Si hubiera estado en Alejandría quizá lo habría intentado. Pero desde Berenice
o Adane…
—Así que no tienes ningún contacto con ella —era una constatación—. Pero
sabes qué opina del deber, ¿verdad? También del deber de atención de una señora
frente a sus criadas.
Cleopatra asintió en silencio.
—No sé si realmente he entendido de tus palabras que ese mercader te importa
algo. Demetrio. Aunque —lanzó a Cleopatra una pérfida mirada de soslayo— los
acontecimientos de la noche pasada permitirían dudarlo.
Cleopatra no dijo nada; sólo se preguntó qué más sabría Prócula.
—Pero lo que sí tiene que importarte algo es tu criada, Glauca. Sin ti, ella no
estaría donde está ahora.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Una mujer entre esos salvajes bandidos del
desierto?
—Tú sobreviviste bien entre los salvajes bandidos de Alejandría. Columela saldrá
dentro de unos días. Con él estarás segura, y con él podrás acercarte a Ao Hidis. Tal
vez hacer algo. Columela es un hombre tranquilo y de confianza, un romano del
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ejército y del César. Las dos mujeres que van contigo deberían quedarse aquí. Luego,
se podría considerar la posibilidad de escribir una carta a Antonia.
Pilatos y Columela estaban fuera de la fortaleza; alguien afirmó que habían ido al
palacio real para hablar y comer con Herodes Antipas.
Thais y Arsinoe aún no habían vuelto cuando Cleopatra regresó al aposento del
piso superior.
—Está bien así —murmuró. Lentamente, se dirigió a su lecho, dos gruesas esteras
una sobre otra. Quería arrojarse sobre él, morder la manta de lana, enterrar su rostro,
apretar los párpados para que sólo salieran las lágrimas, pero las imágenes del mundo
exterior no pudieran entrar.
En vez de eso, se apoyó en la pared y miró sin ver por la ventana, con los dedos
clavados en el muro.
«¿Qué puedo hacer, qué puedo hacer?». La incesante y muda repetición de la
pregunta no la aproximó a una respuesta. Estaba atrapada, obligada a hacer algo que
no quería hacer… ¿extorsionada? Durante unos momentos se le pasó por la cabeza la
loca idea de salvarse haciendo la presión contraria… viajar a Cesarea a raptar a los
tres hijos de Prócula y Pilatos. Absurdo; ¿cómo iba a entrar en ese bien vigilado
palacio y salir de él con niños, niños además que ya no eran ningunos bebés? Pilatos
se había llevado las cohortes a Jerusalén, pero en Cesarea no sólo estaban los criados
de la casa, estaban los guerreros de los barcos de guerra romanos anclados en el
muelle, y sin duda el prefecto había tomado medidas para… Pero era ocioso seguir
pensando en ello.
Prócula la tenía en sus manos. Thais y Arsinoe como rehenes. Un escrito a quien
fuera, ayuda para recuperar sus posesiones en Egipto sólo después de volver del
desierto. Buscar a Glauca, entretanto probablemente ser cien veces violada por
guerreros árabes o simplemente muerta… si es que había algo parecido a una muerte
simple. Demetrio… ah, Demetrio. ¿Por qué durante el largo viaje no había levantado
la prohibición que ella misma se había impuesto? Al Hades con la decencia y la
buena conducta que corresponde a una princesa y a sus acompañantes. Princesa para
qué. Mejor perra en el desierto que ascética princesa en heladas salas de mármol.
Pero no tenía sentido pensar en Áfer y en Demetrio, en Áfer o en Demetrio, en los
dos o en ninguno, o juntos o sucesivos. Probablemente hacía mucho que Demetrio
había muerto, asesinado o torturado hasta la muerte.
Áfer iba a seguirle al inframundo, donde podrían conversar acerca de los
recuerdos que conservaba uno y le faltaban al otro. Y probablemente ella estaría
sentada en un montón de arena, protegida y vigilada por los guerreros de Columela, y
escaparía antes del fin, antes de la derrota. Hasta entonces, vería lo suficiente como
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para despertar gritando más adelante y buscar un rodeo hacia sus propios sueños; lo
suficiente como para gozar de la fuga, de la precipitada retirada. Porque si había
algún sitio en el que estar segura era junto a un político que mantenía suficiente
distancia de los hombres que enviaba a la muerte.
En el pasillo escuchó pasos, luego un escarbar en la puerta. Abrió y se encontró
ante uno de los criados de Prócula, que le comunicó con rostro inexpresivo que la
señora y el prefecto consideraban sensato que hasta que resolviera sus obligaciones
no se expusiera al riesgo de la ciudad; los guardias de la puerta habían sido
advertidos. Eso valía también para las otras dos mujeres, en cuanto estuvieran de
vuelta en la fortaleza.
Sólo dos días después se le ocurrió la verdadera razón de la conducta de Prócula. La
noble romana no estaba en absoluto afectada por lo que pudiera haber pasado hacía
años en Cánopos y Alejandría. No era una venganza por eso… Pilatos había hecho
madre a Prócula, había alcanzado un rango que les parecía adecuado o al menos
aceptable a ella y a su familia, y lo que hiciera fuera de su casa y de su matrimonio la
dejaba indiferente. Tampoco era una venganza porque Cleopatra, con o sin necesidad,
se hubiera atrevido a visitar al prefecto, y por tanto también a Prócula.
No; todo eso no tenía ninguna importancia. Cleopatra tenía que acostumbrarse a
la idea de no tener ninguna importancia. Para una romana de la estirpe de los
Escribonios, una macedonia o una egipcia no podía tener ninguna importancia.
¿Escoria? ¿Insecto? Algo por el estilo; quizá se imaginaba incluso una especie de
contaminación, como la del aliento de un no judío para los ortodoxos… Pero ni
siquiera llegaba a esto, porque la suciedad era importante, así que el o la que
manchaba tenían una forma de importancia. Y para Claudia Prócula Cleopatra no era
más importante que una pastorcilla escita, una pinche de cocina armenia, una ramera
de campamento, un pescado, un trozo de madera.
Ella había cometido un terrible error; un error del que al principio se había
sentido orgullosa: había afirmado ante Claudia Prócula que era igual a ella. Como si
una egipcia macedonia pudiera ser igual… como si la hija ilegítima de un hijo al que
Marco Antonio, desposado con Octavia, la hermana del posterior Augusto, también
había engendrado ilegítimamente, en un matrimonio que Roma nunca reconoció, con
una egipcia macedonia de larga nariz, que antes había estado ya con su propio
hermano y con Cayo Julio César…
Ése era el terrible error, la imperdonable desmesura: reclamar igual rango, y
además parentesco. Por eso la castigaban convenientemente, la azotaban, la enviaban
al desierto.
Thais y Arsinoe contuvieron sus expresiones acerca de su nuevo estado de
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rehenes. Qué era mayor… ¿la suerte de no tener que ir al desierto o la desgracia de
ser rehén? Cleopatra no lo sabía, y pronto abandonó el intento de averiguarlo.
Como nadie había prohibido hablar con las mujeres, escuchaban de vez en cuando
de los criados —que, ahora que ellas no podían salir de la fortaleza, les traían
alimento— versiones más o menos desfiguradas de lo que ocurría fuera. Poco antes
de la fiesta de Pascua, Jerusalén, que ya les había parecido repleto, estaba según
contaban aún más repleto. E intranquilo; entre los peregrinos había muchos que
querían aprovechar la fiesta por partida doble. No sólo para cumplir con sus
obligaciones ante Dios y ante su propio pueblo, sino también para dejar claro a los
romanos, en la primera oportunidad que se presentara, que eran indeseados, odiados,
enemigos y ocupantes.
—¿Qué dice de eso el prefecto? —preguntó Thais, en una ocasión en que volvía a
hablarse de motines y predicadores que incitaban a la rebelión.
—No le preocupa —dijo el criado, que había traído escudillas de una sopa apenas
comestible.
—¿Es que no es peligroso?
—Para eso está la cohorte. Los samaritanos desprecian a los judíos, los judíos
desprecian a los samaritanos. Si hay problemas, se puede confiar en que la cohorte
será más dura de lo que lo serían los guerreros romanos o helenos.
—¿Qué hace Caifás? —dijo Cleopatra.
—¿El Sumo Sacerdote? Oh, es demasiado inteligente como para hacer nada.
Trata de calmar a su gente. No tiene alternativa.
—¿Por qué? Podría… —dijo Arsinoe.
El criado la interrumpió:
—Apenas podría. Sabe que Roma es demasiado poderosa, que si hay una
sublevación realmente grande vendrán las legiones. Entonces, sería el primero al que
el César haría ejecutar. Por eso trata de mantener la paz. Si estalla una revuelta sin su
colaboración también irá dirigida contra él, por haber tratado de mantener la paz con
los romanos. En cualquier caso —sonrió— vosotras estáis seguras aquí, en la
fortaleza.
En aquellos días, Cleopatra intentó varias veces llegar hasta Pilatos, o al menos
hasta Columela; siempre fue rechazada por criados, guardias o escribanos: los altos
señores estaban demasiado ocupados.
«Ocupados en cosas importantes», pensó amargamente, «sin tiempo para escoria
de Alejandría. Insectos insignificantes».
A la mañana del sexto día después de su desdichada conversación con Prócula,
vino a buscarla un escribano de Columela. El consejero del prefecto la recibió en una
salita, más bien un escritorio, donde daba órdenes a varios hombres y dictaba escritos
oficiales.
—Seguid hasta donde podáis —dijo—. Enseguida regreso.
Llevó consigo a Cleopatra a una estancia aún más pequeña, en la que sólo había
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una mesa y un par de escabeles. Probablemente, pensó ella, allí se quedaban los
guardias que iban a proceder al relevo.
—Partimos mañana —dijo él—. ¿Estás lista?
—¿Cómo podría? Ni siquiera sé qué ropa o alimento o… armas debo llevar
conmigo.
—No te preocupes. Formarás parte de un grupo de guerreros que tendrán que
avanzar muy deprisa. Así que también tú tendrás que cabalgar deprisa. Chitón,
clámide, sombrero…
—No tengo ni manto ni sombrero. Al menos no uno que pudiera ponerme para
una campaña militar.
—Te lo traerán; enseguida me ocupo. Si no se interpone nada, partiremos tres
horas después del amanecer. Procura estar lista para entonces.
—¿Sabe el prefecto que yo…?
—Nada ocurre sin el conocimiento y la aprobación de Pilatos.
Ella asintió.
—Me lo temía. Pero di, señor: ¿Por qué salimos mañana? ¿Por qué no ayer, o
pasado mañana? ¿Hay motivos concretos?
Columela se frotó los ojos; parecía cansado.
«Demasiados papiros», pensó ella, «demasiada responsabilidad; me hubiera
encantado quitarle la responsabilidad sobre mí».
—Había ciertas cosas que hacer —dijo Columela—. En su mayoría, ya están
hechas. No podemos esperar más tiempo, ya que la empresa contra Ao Hidis debe
empezar en un día determinado. Por eso salimos mañana —hizo una pequeña pausa;
luego añadió—: Estoy muy contento, dicho sea de paso, de poder dejar mañana la
ciudad.
—¿Por qué? ¿Te gustan acaso el desierto, las lanzas y la muerte?
Él empezó a reír.
—Mejor sangre sobre la hoja de una espada o en la punta de una lanza que en una
piedra lanzada desde la oscuridad. Mañana es el día de vísperas, como lo llaman aquí;
es más, según el conteo judío empieza esta tarde. La penumbra del cuervo, el
crepúsculo, es el comienzo del día; la penumbra de la paloma es el amanecer. ¿O al
revés? Bah, da igual. En cualquier caso, esta noche comienzan las vísperas para los
judíos, la preparación para la Pascua, y en ese día de vísperas todos están obligados a
tomar al menos tres vasos de vino. Hoy habrá una gran cena en todas partes; mañana,
me refiero a nuestro mañana, que para ellos sigue siendo la misma víspera, mañana,
digo, todos estarán agotados y no del todo sobrios, y se prepararán para la Pascua.
Entonces cesaran las ganas de pelea, según nos enseña la experiencia. Si hay
problemas, será hoy; desde mañana temprano el prefecto ya no me necesita.
—¿No ocurre a menudo que la inquietud estalla precisamente cuando la gente
bebe?
Columela bostezó y trató de sonreír.
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—Sí, pero olvidas que la gente que tiene que beber tres copas por su dios gusta de
aumentar su devoción y quiere beber al menos otras tres copas. Luego, el mundo es
un lugar placentero y los romanos gente agradable, hasta los samaritanos importan
menos que la expectativa de un par de horas de sueño. Ahora vete; nos veremos
mañana temprano.
Thais y Arsinoe la abrazaron al despedirse… no sin una mordaz observación sobre la
tosca tela de su vestimenta de guerrero y su horrible sombrero.
—¿Quieres que te acompañemos? —dijo Thais.
—Quedaos aquí arriba. No sé qué pasará allá abajo, quizá tenga que esperar,
quizá salgamos enseguida. ¿Qué provecho sacamos de mezclaros en el trajín?
—Yo preferiría otro trajín —Arsinoe rió—. Pero seremos decentes; tampoco nos
queda más remedio.
—¿Queréis que salude a Meleagro y Leonidas si los veo?
Thais rió sin remilgos.
—Oh, ¿para qué? Son muy simpáticos, pero prefiero que nos mandes otros dos
nuevos. Ya tenemos bastante monotonía.
Cuando Cleopatra llegó al patio, había alboroto en la puerta. Al parecer, fuera,
ante la fortaleza, había hombres que hablaban con los guardias o les gritaban, y los
guardias respondían con más gritos. Sonaba como si las armas estuvieran a punto de
brillar. Un centurión —romano— de la cohorte samaritana caminaba, visiblemente
aburrido, hacia el arco de la puerta, y Cleopatra se dijo que probablemente había
sobreestimado el alboroto; si fuera de verdad una cuestión grave, el centurión habría
acelerado el paso. Se dirigió a la cabecera del patio y se sentó en un banco de piedra,
cerca de la entrada al salón de recibir de Pilatos.
Poco después apareció el centurión aburrido, un poco más apresurado que antes;
le seguían dos de sus guerreros, y entre ellos, empujado con las conteras de las
lanzas, caminaba un hombre barbudo de largos cabellos. Llevaba una túnica o una
especie de sayo hasta las rodillas.
Cleopatra pensó en lo dicho por Columela sobre el vino y las revueltas. El
hombre, al que tomó por un judío, no parecía un agitador («¿Qué aspecto tienen los
agitadores?», se preguntó), y cuando se detuvo a pocos pasos delante de ella pudo
darse cuenta de que no olía a vino.
Le contempló atentamente, de reojo. Él pareció sentir su mirada y volvió la
cabeza hacia ella. Un buen rostro, se dijo ella; dulce, pero enérgico. Bajó la vista
hacia sus manos y vio que eran las manos de un artesano, nervudas y callosas, no las
de un revolvedor de papeles. Carpintero quizá, pensó, o cordelero; volvió a alzar la
vista, hacia su rostro, hacia sus ojos.
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Dos instantes quizá, se dijo más tarde, no más, antes de que él volviera la cabeza
y mirase hacia la puerta del salón de Pilatos. Pero en ese diminuto margen se sintió
taladrada, atravesada, vuelta de dentro afuera. Y al mismo tiempo, de forma para ella
completamente incomprensible, sintió calor, consuelo y consejo. Fue como si su
interior estuviera extendido ante ella, ante él y ante el mundo; toda la vergüenza, las
derrotas, todas las victorias pequeñas y mezquinas, las mentiras y los actos de
valentía y cobardía, la arrogancia, el lamento, la risa y el orgullo y la tristeza, todas
las palabras y cada uno de los silencios. Atravesados, descubiertos, ocultos de nuevo;
y se sintió de pronto sin fuerzas y fortalecida, censurada y ensalzada. «Desarmada y
vuelta a armar», pensó como aturdida; «armada de nuevo y mejor. ¿Quién es ese
hombre?».
La puerta se abrió, y la voz del prefecto, claramente irritada, dijo:
—¿A qué viene esta molestia ahora, por todos los dioses? Tengo cosas que hacer.
—Señor —dijo el centurión—, los corchetes de Caifás han traído a este hombre.
Dicen que se califica de rey de los judíos y predica la sublevación contra Roma.
—¿Sublevación? ¿Rey? Oh, bah —se oyó desplazar sillas o escabeles, luego
Pilatos salió de la sala y se detuvo, no lejos del supuesto alborotador. Rozó a
Cleopatra con una mirada desabrida; luego se volvió otra vez al centurión:
—¿Los alguaciles de Caifás, has dicho? ¿Dónde lo han prendido?
—En un huerto, en medio de la noche. Caifás lo ha interrogado durante horas…
dicen ellos.
—¿Cómo se llama?
—Jehoschua.
—¿Jehoschua? ¿El galileo?
Entonces miró directamente al hombre, no al centurión. Jehoschua pareció asentir
con la cabeza, pero Cleopatra no podía verlo bien.
—¿Qué tengo yo que ver con él? —Pilatos cruzó los brazos. De pronto, compuso
una sonrisa malévola—. ¿Rey de los judíos? Ah, entonces llevadlo a palacio, a
Herodes Antipas. Que el Rey se ocupe del Rey.
Con esto se volvió y regresó al interior.
El centurión suspiró.
—Está bien, a palacio —gruñó—. Ven, Jehoschua, o como te llames; síguenos.
De camino a la puerta el centurión dio unas cuantas órdenes en voz alta,
probablemente reordenó a los guardias, ya que tomó dos hombres como escolta; pero
Cleopatra no le escuchaba.
Seguía ocupada en concentrarse, en represarse, en cerrarse de nuevo al mundo. Y
mientras lo hacía luchaba con un sentimiento que fue comprendiendo poco a poco:
horror.
Porque, igual que se había sentido descompuesta por la mirada de aquel hombre,
le había dado la impresión de haber leído todo sobre él en esa misma mirada. Un
buen hombre, dulce y cariñoso, y sin embargo fuerte… No, fuerte era demasiado
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poco… ¿poderoso? ¿Una especie de soberanía, soberanía humilde? Luego ese
pensamiento cedió paso a otro, a otra impresión, la más importante: ese hombre
estaba lleno de una tristeza infinita. Y lleno de una infinita decisión. Era alguien que
quería morir y sabía que iba a morir pronto.
Se tapó la boca por un instante con la mano derecha. Había visto algo parecido a
esa mirada, sólo que mucho más débil, mucho más… insignificante, hacía años, en
Cánopos, en los ojos de un hombre que, en medio de una multitud que celebraba una
fiesta, había golpeado ciegamente con la espada a su alrededor mientras gritaba el
nombre de un dios o una diosa (o varios). Ella casi se hundió en sus ojos, durante
unos instantes, antes de que se desplomaran, antes de que las lanzas de unos
guerreros lo atravesaran.
El centurión, Jehoschua y los dos guardias acababan de dejar el patio cuando uno
de los hombres armados regresó y dijo algo al criado que estaba a la entrada de la
sala.
—El prefecto estará entusiasmado —dijo el criado. Abrió la puerta y entró.
Después de un breve silencio, Cleopatra oyó un ruido ahogado… quizás un grito
reprimido de furia de Pilatos. Luego éste dijo, en voz muy alta e irritada:
—Esa vieja y estúpida escoria… ¿Dónde está?
—A la puerta, señor. Ya sabes… —dijo el guardia.
—¡Ya sé, ya sé! —Pilatos alzó los brazos y los dejó caer, mientras salía al patio y
se dirigía con rápidos pasos hacia la puerta—. Ya sé… la suciedad de este lugar
pagano mancharía a Caifás. Ya sé que soy una escoria y representante del princeps, y
que tengo que hablar en la calle con ese perro. Ya sé… —siguió hablando, pero ya
estaba demasiado lejos, y Cleopatra dejó de oír.
Trató de olvidar la mirada del hombre. «No», se dijo, «olvidarla no; hay que
conservar una mirada así. ¿O es mejor no hacerlo?».
Seguía vacilando cuando Columela salió de la sala, miró a su alrededor, la vio y
se dirigió hacia ella.
—Esto aún tardará, con tantas interrupciones —dijo—. Aquí estás incómoda.
¿Quieres salir con la mitad de los hombres y esperar fuera de la ciudad? ¿Con los
caballos, quizá tomando un sorbo de vino?
Ella casi sintió algo parecido a la gratitud.
—Con gusto, señor —dijo—. Todo antes que seguir aquí sentada y… ver.
Él asintió.
—Puedo entenderlo. ¿Te ha impresionado, ese Jehoschua?
—Creo que sí.
—Dicen que es un justo —Columela se tiró del lóbulo de la oreja—. No te
preocupes, no le ocurrirá nada. Pilatos no sabe qué hacer con él y por qué le ha
enviado Caifás. Supongo que el rey lo dejará libre.
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Cleopatra salió con doce helenos; uno de los hombres llevaba su bolsa de cuero con
las provisiones. Fuera, a las puertas, a tres pasos de distancia, estaban Pilatos y el
Sumo Sacerdote Caifás. Cleopatra le contempló con curiosidad, y lo que vio no la
impresionó especialmente: un anciano de barba blanca y caireles, vestido con un
largo manto negro, de ojos penetrantes, de mirada inteligente y a la vez perversa. «No
perversa», se corrigió, «pero entonces, ¿qué?».
—Así que quieres presentar una acusación formal contra ese justo —oyó decir a
Pilatos.
—Lo hago. Y no es ningún justo, sino alguien que quiere alterar el orden
establecido por el Señor. Y el de los romanos —la voz del Sumo Sacerdote sonó
ronca… enronquecida por el calor, el acaloramiento, ronca y encarnizada.
—¿El orden de vuestro dios? Eso no me interesa —dijo Pilatos, sarcástico—.
Además, seguramente con eso te refieres más bien al orden de las cosas que os dan
poder a ti y a tu gente, ¿no? El orden de los romanos… bah, le interrogaré. Tengo que
hacerlo, si realmente presentas una acusación.
—Lo hago.
—Tengo cosas más importantes que hacer, y te digo que obligarme a esto no va a
acrecentar nuestra amistad.
—El acrecentamiento de lo que tú calificas como nuestra amistad no es mi
principal interés —dijo Caifás.
Durante el camino hacia las puertas de la ciudad, tuvieron que abrirse paso por
entre apretadas masas de gente. Cleopatra se sentía casi agradecida, porque era
imposible decir gran cosa. Así pudo seguir buscando lo que casi creía haber atrapado,
una palabra, una idea.
Caifás. ¿Ojos perversos? Agudos, astutos, conscientes de su poder… ¿pero
perversos? Más bien miraba, le pareció, como alguien poseído por un demonio.
Entonces rió para sus adentros. «A aquél que está poseído por demonios se le
llama enfermo», se dijo, «y se intenta expulsar a los demonios. Caifás está poseído
por su dios. No lleno, no guiado…, poseído. ¿Hay que llamarle realmente piadoso, a
él y a sus iguales? ¿O hay que llamarle poseído e intentar expulsar a ese demonio
especialmente malo?».
Pasaron más de tres horas hasta que Columela apareció al fin en el refugio con los
últimos doce guerreros. Parecía agobiado y algo entristecido. De pie, tomó un sorbo
de vino rebajado, cortó un trozo de pan sin levadura y dijo:
—Vamos, hombres, en pie, en pie; ¡no tenemos más tiempo que perder!
Cuando partieron, él aún tenía algunas instrucciones que dar. Cleopatra esperó
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hasta que hubiera discutido todo lo que había que discutir con los dos suboficiales;
luego llevó su caballo junto al de él.
—¿Qué te ha retenido tanto, señor?
Él le lanzó una mirada de soslayo; sus ojos parecían tristes.
—Jehoschua —gruñó—. ¿Quién o qué si no?
—¿Y bien? ¿Qué ha salido de ello?
Columela tardó en responder; movía las mandíbulas como si tuviera que triturar
un gran grano de trigo entre las muelas. Un grano del tamaño y dureza de una piedra.
Por fin, dijo sin mirarla:
—Están crucificándolo ahora mismo —extendió el brazo y tuvo que agarrarla por
los hombros—: ¡Te vas a caer del caballo!
Ella buscó aire; aturdida y perpleja, comprobó que se le llenaban los ojos de
lágrimas.
—¿Crucificado? Pero… ¡si habéis dicho que es un justo!
—Lo es, pero también es… ¿tonto? No, no es tonto, pero está imbuido de una
misión. No lo sé; tuve la impresión de que quiere morir.
—¿Pero por qué? —casi gritó las palabras.
Columela se llevó un dedo a los labios.
—No hables tan alto. Como Caifás presentó una acusación, Pilatos se vio
obligado a incoar un proceso judicial. Un proceso rápido, conforme a nuestro
Derecho. Si el rey hubiera liberado a Jehoschua…, pero incluso en ese caso; Herodes
Antipas no tiene ningún poder en Jerusalén.
—Pero si Jehoschua es un justo y todo lo que Caifás alega contra él no son más
que estupideces sin fundamento…
—Son estupideces sin fundamento. Lo único que les importa a Caifás y a los
otros es asegurar su posición, su poder, su influencia. Ese hombre les amenaza porque
interpreta su fe, la de ellos, de manera distinta… dice que los hombres pueden vivir
con su dios sin sabios ni sumos sacerdotes. En el amor, no en el temor. Ah, un
soñador.
Como no siguió hablando, Cleopatra repitió su desvalida frase:
—Pero si es un justo…
—Herodes lo envió a Pilatos —dijo Columela con tranquilidad—. Con una
observación: «Yo no hallo culpa en él. Pilatos tampoco». Quería un procedimiento
rápido, para guardar las formas, y después dejarlo en libertad. Pero… Jehoschua se lo
impidió.
Cleopatra cerró los ojos. Pensó en la mirada… aquella mirada de quien quiere
morir.
—¿Cómo lo hizo? —dijo débilmente.
—Pilatos empezó preguntando, casi en broma: «¿Eres tú el rey de los judíos?».
Jehoschua respondió: «Tú lo has dicho». Pilatos sigue preguntando, como la Ley
prevé… nombre, origen, etcétera.
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—¿Y entonces?
Columela se encogió de hombros.
—Entonces… nada. Jehoschua no dijo nada más. Ni una palabra.
—¿Nada? —Cleopatra no reconoció su propia voz. Sabía, como todos los
habitantes instruidos del Imperio, lo que ese silencio significaba. Miró hacia un lado,
como si pudiera encontrar consuelo en los matorrales que orlaban el camino.
«Consoladoras rosas», pensó, «y desconsoladas espinas».
—El prefecto representa al César —dijo Columela—. Quien no responde al
César, se hace culpable de un terrible delito, el de… —buscó una palabra, y como al
parecer no lograba encontrar la correspondencia griega, empleó el concepto latino—:
contumacia. ¿Entiendes?
—Terquedad —dijo ella—. Obstinación. Rebeldía.
—Gracias. La rebeldía contra Augusto, cuyo representante es el prefecto, es
castigada con la flagelación y subsiguiente crucifixión. ¡Si hubiera hablado!
—¿Y ahora? —dijo ella casi sin voz.
—A estas horas, habrá cargado el brazo de la cruz hasta el lugar de ejecución,
donde están los postes. Ya no durará mucho —lanzó una mirada al cielo, al sol—.
Tampoco lo otro.
—¿El qué?
—Nuestro matemático, Astyanas, ha calculado que hoy, hacia el mediodía o poco
después, tendrá lugar un eclipse de sol. Ah, ¿ves? —parpadeó y señaló hacia el cielo,
donde el disco lunar empezaba a situarse delante del sol.
A Cleopatra le pareció que la pálida penumbra que durante un breve período de
tiempo se tendió sobre el país armonizaba con su interior. De pronto su caballo
tropezó; no fue el único.
—¿Qué ha sido eso? —dijo Columela—. ¿Un terremoto?… Ah, bien, ya vuelve
la luz.
—Señor… ¿por qué se hace una cosa así? ¿Por qué algunas personas quieren
morir?
Columela soltó una fea risa.
—Hay muchos motivos. Algunos esperan conseguir con eso algo que nunca
conseguirían viviendo. Quizás otros los admirarán e imitarán. Algunos mueren por
una Ley, un principio, que les es más sagrado que su propia vida. Dicen que hay
gente que muere para llegar más rápido al Más Allá… tonto, si me lo preguntas,
porque nadie sabe realmente lo que allí nos espera. Y no olvides una cosa: dentro de
unos días, unos miles de hombres se dispondrán a morir en la batalla porque otros dos
se lo ordenan.
—¿Qué hombres son ésos? ¿Los que lo ordenan?
—Belhadad —dijo Columela—. Y yo. O el princeps, que en este caso es la
misma cosa —suspiró—. Hablemos de otra cosa, ¿quieres? Es triste que un buen
hombre quiera morir así como así; es triste que un justo muera. Pero todos tenemos
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que morir, antes o después, y esa muerte de Jehoschua no tiene especial importancia.
Ni para nosotros, ni para el Imperio, ni —rió ostensiblemente— para las creencias o
supersticiones de la gente de aquí. De eso ya se encargará Caifás. Hablemos de cosas
más importantes. Ao Hidis, por ejemplo.
Cuatro días después, tras largas e intensas cabalgadas, alcanzaron un valle desértico
poco antes de la puesta del sol.
—En realidad, los otros tendrían que estar esperándonos aquí —dijo Columela.
Llamó con un gesto a uno de los suboficiales—. Ya te dije ayer que creía que íbamos
demasiado hacia el este. ¿Estás seguro de que éste es el sitio correcto? ¿Aproximado,
al menos?
—Yo… —dijo el hombre.
Luego no dijo nada, se limitó a levantar el brazo y a señalar.
A varios cientos de jinetes que venían a toda prisa, con sables relucientes, desde
las crestas de las cercanas colinas, por la ladera del valle desierto.
Los helenos se defendieron con bravura, pero no tenían ninguna posibilidad de
dar la vuelta al signo de la lucha. Los últimos que quedaron fueron tres guerreros,
junto a Columela y Cleopatra, encerrados en un círculo de caballos, puntas de lanzas,
figuras y rostros embozados.
—Prepárate a morir —dijo Columela con voz ronca—. Quizá pronto vayas a
tener más respuestas a tus preguntas de lo que quisieras.
—¿Columela, consejero del prefecto de Judea y Samaria? —dijo uno de los
hombres—. Y la princesa Cleopatra, ¿verdad? —se quitó el velo que le cubría el
rostro, se lo echó por encima de la cabeza, y Cleopatra vio que era el árabe que se
había llevado a Demetrio, a Glauca y a Ravi.
—Esos dos vienen con nosotros —dijo—. Matad a los demás.
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Capítulo XXIII
UN INTENTO DE FUGA
Me atormenta el temor a que podría haber pecado contra los dioses y encima
conseguir con ello fama entre los hombres.
ÍBICO
Demetrio tenía una sensación de irrealidad. Huertos y campos en medio del desierto;
el alargado valle de un oasis, que era una ciudad; gente que contaba con un ataque
romano y parecía indiferente; un príncipe que no se dejaba ver; una prisionera ala que
le gustaba el jefe de la guardia personal del príncipe; un romano que o bien
traicionaba a su propia gente o jugaba a un desconcertante doble juego; prisioneros a
los que se había amenazado con la tortura para obtener algo de ellos, y de los que ya
no parecía ocuparse nadie… Y un viejo indio que estaba sentado con un griego en un
oasis árabe y quería saber más acerca de Roma.
—¿Por qué? ¿Y por qué aquí y ahora?
Ravi contempló los granos de arena en la palma de su mano.
—Por esto —dijo.
—¿Por tu mano? ¿Por la arena?
—Somos granos de arena. Tú y yo. Una mano pequeña nos ha recogido, la de
Belhadad y su gente. Pronto, sobre esto que no son más que granos en forma de
mano, se cerrará otra mano, la mano de Roma. Y Roma, un grano de arena un poco
mayor, está en manos de los dioses. De los que no sé mucho; en mi juventud rece a
los dioses indios, y después a ninguno en absoluto. Los dioses árabes no me han
llamado especialmente la atención, apenas sé nada de los romanos. Soy arena, polvo;
igual que aquella con quien compartí mi vida es ahora polvo y ceniza. Y ha
desaparecido. Conozco la mano en la que me encuentro… un poco. Ahora me
gustaría saber más de la mano mayor que pronto nos atrapará y que quizá nos vaya a
triturar.
Demetrio guardó silencio un rato.
—Difíciles pensamientos —dijo luego en voz baja—. No sé si tienes razón con la
mano de Roma. Aquí y ahora, no logro imaginar cómo quieren tomar Ao Hidis. O
cómo pueden. Creo que se van a llevar un puñetazo en las narices. Por lo demás… no
tiene mucho sentido darle vueltas a la mano de Roma. Como dicen los fenicios: no
hay que rascarse donde aún no pica.
—Pero es que a mí sí me pica —Ravi sonrió—. Háblame de Roma.
—¿Qué quieres saber? ¿Cómo es la ciudad, las costumbres, los edificios, la
gente? ¿O su historia?
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—Todo. He visto unos cuantos romanos, guerreros y mercaderes. Sin duda
buenos guerreros, y sin duda exitosos mercaderes. Pero en general… me resultaron
arrogantes. Arrogantes, sin tener ni idea de otras cosas y otras costumbres, y sin
inclinación alguna a llegar a tener idea, y menos conocimiento… al menos más allá
de lo necesario para la vida diaria y el comercio.
—Estás hablando de los amos del mundo —dijo Demetrio—. Al principio
habitaban un pueblo a la cenagosa orilla de un río, y para salir del pantano escalaron
siete colinas. Luego fueron súbditos de reyes extranjeros, vecinos suyos, y cuando
lograron sacudirse su poder se complacieron, durante algunos siglos, en asaltar y
ocupar ellos a todos sus vecinos, hasta que no quedó nada que ocupar en la península
Itálica. Luego cruzaron el mar y las montañas y aceptaron a otros vecinos en la
familia. Forzosamente. O los mataron. Ahora, según parece, han alcanzado sus
límites. No necesariamente los límites de lo que podrían conquistar, sino de lo que les
atrae. Sus fronteras son ciénagas, desiertos y bosques y mares y montañas. Lo que
aún no han conquistado, o está demasiado lejos o no es productivo. O, en el caso de
los partos, es demasiado caro de vencer. ¿Está bien así, o quieres saber más?
—Así surgen los imperios —Ravi asintió repetidas veces—. También en la India.
Pero los imperios sólo subsisten si los conquistadores dan algo a aquellos que han
sobrevivido a la conquista. ¿Qué dan los romanos?
—En tanto que someten, dan protección contra el sometimiento por parte de
otros. Después de haber matado a miles, dan a los vivos protección contra otros
matadores. Construyen calzadas para que sus guerreros puedan marchar con rapidez
de un lugar a otro; por esas calzadas viajan también mercaderes y mercancías.
Médicos, conocimientos, alimentos —suspiró—. Mis antepasados, los helenos,
crearon maravillosas obras de arte, pero nunca estuvieron unidos, y prefirieron luchar
entre sí cuando la unidad quizás habría podido darles la libertad respecto a Roma.
—¿Qué han hecho los romanos con esas obras de arte de tus antepasados?
—Se llevaron algunas e imitaron otras. Y también se llevaron a Roma los dioses
de aquellos que habían conquistado, y les construyeron templos allí. Dioses, obras de
arte, personas, oro… todo.
Ravi tarareó en silencio unos instantes; luego dijo:
—¿Los quieres, verdad? Y no los quieres.
—Hasta donde es posible al mismo tiempo. Quiero a algunos romanos, pero no a
los amos del mundo. Viajo por sus calzadas y estoy agradecido por poder viajar
muchos miles de millas sin tener que pagar tributo a mil pequeños príncipes. Sin
infringir mil leyes secretas y desconocidas. Sería bueno que hubiera mil reinos
distintos… pero se harían la guerra entre sí, como siempre han hecho. Por eso, quizá
sea mejor que sólo exista ese poderoso imperio. Pero ésa, amigo mío, es una
enrevesada cuestión. Quizá los humanos…
De pronto Baradhiya estaba ante ellos.
—Profundas conversaciones, según veo —dijo—. Siento interrumpiros, pero el
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príncipe desea veros.
—¿Sabes lo que… desea? —dijo Demetrio; se levantó y ayudó a levantarse de la
arena a Ravi.
Baradhiya guiñó un ojo:
—¿Preocupado? No creo que quiera interrogaros a fondo. Para eso no os llevaría
al templo, sino a un aposento especial.
—Suena como si no te gustara especialmente ese aposento.
Baradhiya rió:
—¿Gustarme? Me gustan las mujeres. Suelo pasar alguna que otra noche en
aposentos. Los que no sirven para acostarse más bien me repelen. Venid.
Le siguieron, tan rápido como les era posible con las cadenas chirriando a rastras,
hacia la fortaleza, pero sin entrar en ella. El camino seguía hacia el este, alrededor de
los muros exteriores, hacia un bastión que parecía crecer en la empinada y rocosa
pared sur del valle. Finas columnas de piedra rojiza, decoradas con surcos en espiral,
sostenían un tejado plano y sin adornos; debajo había una especie de atrio con
esculturas. No parecían ídolos, sino estatuas de guerreros, que no obstante no tenían
rostros: toscas figuras con túnicas, corazas y yelmos, algunos sostenían lanzas o se
apoyaban en largas espadas rectas, pero todos tenían superficies vacías en vez de
rostro. Ni siquiera había rastro de nariz o boca.
—¿Qué significan? —preguntó Ravi.
—Guardan la entrada —Baradhiya se dirigió hacia una abertura en las rocas. Si se
trataba de la antigua entrada de una cueva, había sido hábilmente alisada y
ensanchada. Detrás había una amplia sala en la que ardían algunas antorchas.
—¿Cómo pueden guardar la entrada si no ven? —dijo sarcástico Demetrio.
—Sienten —la voz de Baradhiya sonaba completamente seria—. Los dioses y los
demonios no necesitan ojos para ver, oídos para oír ni bocas para hablar.
Entró en la cueva, parecida a una gran sala; Ravi y Demetrio le siguieron entre
chirridos y tintineos. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, Demetrio
profirió un silbido.
La cueva —más bien salón o sala, pensó— estaba llena de dioses. Sin orden
reconocible, como correspondía a lo sobrenatural, cuyo orden podía ser un caos
impenetrable, al menos para los hombres. Demetrio vio estatuas egipcias de Toth,
Anubis, Osiris, Athor, Horus; entre ellas y a su lado, una Afrodita de mármol, un
Zeus de oro, un Apolo de piedra lechosa, una Atenea de plata con un búho de plata, al
divino Alejandro con un cráneo de Carnero en la cabeza, un Baal de hierro, algunos
de los extraños dioses del viento ibéricos, casi olvidados en el Imperio, dioses árabes
de la lluvia, altares de todo tipo y condición; y dioses con brazos innumerables, varias
cabezas o cabeza de elefante… dioses indios, hacia los que Ravi se precipitó como un
sediento al manantial.
—A cada uno lo suyo —dijo una voz profunda mucho más atrás—. Rufo estuvo a
punto de meterse debajo de Anubis. Por otra parte, no sé por qué un guerrero romano
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ama tanto a ese dios egipcio con cabeza de perro.
Belhadad estaba apoyado en una representación de Hércules, con maza y piel de
león, hecha en mármol verde. El príncipe tenía los pulgares metidos en el echarpe que
le servía de cinturón y miraba a Ravi. Junto a él había dos estatuas a medio terminar;
Demetrio, que había supuesto que las figuras eran piezas de botín, se preguntó si en
Ao Hidis trabajaban ceramistas o canteros experimentadas.
—Ven… tú también, cuando hayas terminado con tus reverencias —dijo
Belhadad—. Quiero enseñaros algo.
Demetrio se dirigió arrastrando los pies, entre tintineo de cadenas, hacia el
príncipe, que le contemplaba con una sonrisa ambigua.
—Mira… ¿qué ves? —dio unas palmadas en la estatua a medio hacer que había a
su izquierda.
Demetrio trató de distinguir los detalles, a la incierta luz de las antorchas. Y sintió
que palidecía.
La estatua en la que el príncipe había dado las palmadas no estaba en modo
alguno a medio hacer. Se trataba de una muñeca de madera, más alta que una
persona, dos mitades que podían unirse mediante pasadores. Carecía de importancia
cuál fuera el dios que la muñeca pudiera representar; lo único que contaba eran las
afiladas hojas y clavos dispuestas en sus caras interiores.
—Imagínate —dijo Belhadad, en el tono de voz que un sibarita entregado a los
placeres de la comida podría usar para describir una espléndida cena que estás dentro.
También podrías estar de pie, pero empecemos tumbados, ¿verdad? Tú estás en una
mitad, y la otra se pone sobre ti, sobre la mitad inferior. Las hojas te tocan. ¿Has
notado que hay clavos especialmente finos a la altura de los ojos? Oh, sí. A las dos
mitades les hemos puesto unas correas, y en la parte superior hay unas clavijas sujetas
a ellas. Se pueden girar; lentamente, deprisa, un poco o mucho. Un hombre (creo que
era sirio) que había querido venderme por buen oro un par de malos caballos, aguantó
casi tres días.
Demetrio no dijo nada; miró fijamente los ojos del príncipe. «Ojos de ave rapaz»,
pensó, «tallados en obsidiana con un cuchillo ensangrentado».
—¿Para qué nos cuentas esto, señor? —Ravi se había apartado de los dioses
indios y se acercaba—. ¿Para nuestro placer y tu disgusto? ¿O para que te hablemos,
con fidelidad a la verdad, del poder del Imperio?
Belhadad arrugó la nariz e hizo una seña a Baradhiya para que se acercase.
—Los cuchillos finos y las tenazas, hijo mío —dijo.
El rostro de Baradhiya no mostró agitación alguna. Se dirigió hacia la izquierda,
hacia una gran arca, la abrió y sacó algo que llevó a Belhadad.
El príncipe sacó los pulgares del echarpe y cogió los objetos; los sostuvo a la luz
de la antorcha más próxima.
—Con esto —un cuchillo flexible y dentado, cuya hoja podía ser de plata— se
puede hacer un pequeño corte en fleco en la piel. Sólo piel, sin mucha carne debajo.
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Y con esta tenaza —alzó la otra mano— se puede coger bien la piel y arrancarla en
tiras estrechas. Cuanto más limpia y fina la tira, tanto más dura la diversión.
—Una vez más, príncipe —dijo Ravi; su voz vacilaba ahora un poco—, ¿quieres
que te hablemos del poder del Imperio, o de su omnipotencia?
Belhadad entregó a Baradhiya los instrumentos de tortura.
—Aún tenemos muchas otras posibilidades. Algunas de ellas las probaremos
mañana por la noche. ¿En quién? Pronto lo sabréis. Después de la prueba me diréis
todo lo que sabéis. Vuestros secretos placeres, vuestras más viles vergüenzas, las
intenciones de Roma… lo que sea. Marchaos.
En silencio, se dieron la vuelta y salieron arrastrando los pies, bajo el tejadillo,
hacia las estatuas sin rostro.
—¿Sabes lo que piensa hacer mañana? —dijo Demetrio con voz ronca.
Baradhiya negó con la cabeza. Demetrio creyó ver diminutas perlas de sudor en la
frente del guerrero.
—No lo sé. Quizá quiere ocuparse de vosotros, quizá de otros. Hay más
prisioneros; también hay criminales condenados, gente de Ao Hidis, que han de ser
ejecutados de una forma u otra.
Ravi se dirigió a pequeños pasos a una de las columnas y se apoyó en ella.
—Todo lo que sé —dijo— lo diré gustoso y enseguida. Tu discurso acerca de
otros prisioneros y criminales suena como… un mal consuelo, una mentira piadosa.
De alguna manera, la representación programada en la cueva llamada «templo»
reforzaba la sensación de irrealidad. Demetrio se preguntaba una y otra vez qué
sentido debía ver en ello. En el templo —una cueva con altares que no se utilizaban
(había estado lo bastante cerca de ellos como para ver las capas de polvo) y con
estatuas de todos los dioses imaginables, probablemente robadas a lo largo de
décadas— y en la amenaza de Belhadad. ¿Era una amenaza? Había anunciado una
tortura… ¿de quién? ¿Por qué la había anunciado? ¿Por qué ahora?, ¿por qué en el
templo, si es que la cueva era un templo?
Esto volvió a llevarle a todas las demás preguntas. ¿Por qué los habían raptado, a
él, a Ravi y a Glauca? ¿Qué papel representaba Rufo, que al parecer había querido
arrastrarse bajo la estatua de Anubis (¿para qué?) y cuyas alusiones en modo alguno
bastaban para que Demetrio pudiera ver más claro?
Pasó una noche casi insomne. Glauca no estaba; al parecer se había refugiado,
con cadenas o sin ellas, en los brazos de Hiqar, había huido a su lecho. Mientras
Demetrio escuchaba los ruidos de la noche, el susurrar y el soplar de los animales y
del viento, la pesada respiración de Ravi y sus ligeros gritos, surgidos probablemente
de un mal sueño, intentó entender al menos a Glauca. Una pregunta menos, se dijo,
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deja más espacio para pensar en las otras.
Sin embargo, después de mucho pensar, no sabía si entendía realmente a Glauca.
Supuso que la larga serie de desgracias y sorpresas había quebrado algo en el interior
de la joven. La huida a Berenice, de allí cruzando el mar a Adane, la marcha con la
caravana, bruscamente interrumpida en una prisión árabe, la cabalgada subsiguiente y
por fin el asalto y el rapto. Un miedo mortal, miedo a lo desconocido e incierto, todo
esto muy lejos de lo que había conocido antes… Es posible, pensó, que perdida en un
río impetuoso se haya agarrado al primer matorral de la orilla que prometía aguantar.
Si lograra llegar de ese modo a tierra, en algún momento se soltaría del matorral y
trataría de volver a casa. O se quedaría en el matorral. Durante una corta cabezada,
soñó que Hiqar tenía ramas y hojas; de una rama baja que sobresalía del agua colgaba
la cadena de Glauca.
Luego despertó de nuevo y se rompió la cabeza pensando en Ravi. ¿Por qué el
viejo indio había empezado precisamente ahora a hacerse y a hacerle a él preguntas
sobre el Imperio? ¿Quería saber qué expectativas había de que los romanos atacaran
realmente Ao Hidis, y con qué éxito? Eso no tenía importancia, se dijo; si el ataque
tuviera lugar, sería rechazado. Roma no tenía tantos guerreros en toda Siria y
Palestina como hacían falta para tomar esa ciudad oasis defendida por diez mil
guerreros. E incluso si… Los prisioneros no verían jamás el fin del ataque.
Hacia el amanecer se hundió en un dormitar intranquilo; más bien una serie de
jirones de sueño que le envolvían como una manta agujereada. Y como la manta el
viento del norte, el sueño dejaba pasar la realidad. Si es que lo que veía era real, y no
una cruel comedia de espejos y deformaciones representada para su confusión por
desconocidos dioses. En esos jirones, o en uno de los agujeros, oyó gritos y disputas,
pasos, entrechocar de armas o cadenas, pero estaba demasiado agotado o aturdido
como para despertar y comprobar quizá que todo había ocurrido tan sólo en su sueño.
Todo…, fuera lo que fuese.
Cuando fue despertado por un lejano ruido, el mundo había cambiado. Hombres con
cascos, lanzas y escudos, arqueros —entre ellos algunas mujeres— y adolescentes
que llevaban haces de lanzas se dirigían deprisa, pero sin apresuramiento, hacia el
oeste, allá donde el gran muro aseguraba el valle. Demetrio oyó reír a alguien muy
por encima de él. Cuando se incorporó, vio en lo alto del valle, al borde de la
empinada pared sur, a unos cuantos hombres caminando, guardias, con casco, escudo
y lanza, y se acordó de que el día anterior los guardias de allá arriba aún no iban
armados.
Entre las cabañas no se veía a nadie; sólo a la entrada de las cuevas había
guardias… distintos a los de antes. Ahora, dos chiquillos guardaban lo que allí
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hubiera que guardar, con mirada iracunda, como hombres conscientes de una grave
responsabilidad.
Estuvo a punto de sonreír, hasta que recordó su situación. Prisionero, encadenado,
se rehízo y salió a la plaza ante las cabañas. Entonces vio, más allá de las largas filas
que iban hacia el oeste, los movimientos en el resto del valle. En los cercados,
estaban preparando a los caballos con sillas y bridas. En la cara norte, más allá de los
canales y estanques, se ofrecía la misma estampa: guardias en la empinada pared,
filas de guerreros en camino hacia el oeste.
Y las cabezas envueltas en turbantes o cubiertas por sombreros de hombres y
mujeres ancianos en los campos, en los huertos, en las esclusas de riego.
Ravi apareció en aquel momento, al parecer había ido a las letrinas, al otro lado
de las chozas.
—Ya empieza —dijo Ravi—. Por fin empieza —dio una palmada; luego rompió a
llorar.
—¿Qué es lo que empieza? ¿Has oído o has visto algo?
El indio se secó las mejillas con el antebrazo.
—Baradhiya ha reunido a su gente Todos dicen que los romanos avanzan. Quizás
estén ya a las puertas.
Demetrio sintió un soplo de espanto, de frío, que de pronto dio paso a una extraña
relajación. La espera tocaba a su fin; ahora sólo podía venir el horror.
—Entonces, vamos a ver si conseguimos algo parecido a un desayuno —dijo.
—¿Desayuno? —la voz de Ravi vaciló y se quebró—. ¿Quieres comer en estas
circunstancias?
—¿Es mejor, o más inteligente, morir con el estómago vacío?
Dado que la madera para la construcción y la leña eran costosas, en Ao Hidis no
había más que cocinas comunitarias; la de la guardia personal la administraba el
herrero, cuyo fuego servía a una doble finalidad. Cuando Demetrio se acercó a la
herrería con su cadena a rastras, el herrero estaba en el fogón, removiendo en una
cazuela.
—¿Dónde están todos los demás? —dijo Demetrio.
—Algunos con el príncipe, en la fortaleza, los otros en camino hacia la muralla
—el herrero no se volvió.
Demetrio aspiró aire por la nariz. Olía a una papilla de harina levemente
quemada, endulzada con miel y quizás un poco de canela.
—¿Te han prohibido darnos algo de comer?
El herrero volvió la cabeza y sonrió.
—Nadie ha dicho nada de eso. Coged vuestros cuencos —volvió a mirar dentro
de la cazuela, la removió y empujó el recipiente hacia las piedras que rodeaban el
fuego.
—¿Tú no tienes que combatir?
—Yo no puedo combatir. Tengo una pierna tiesa —se dio una palmada en el
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muslo con la mano derecha—. Una caída de caballo, hace años.
Mientras hablaban, Demetrio se había arrastrado lentamente hacia el fogón. De
una mesa —de hecho, una plancha de piedra mal pulida e irregular— cogió una
espada a la que el herrero acababa de poner una empuñadura nueva. Faltaban el pomo
y la cruz, pero eso no molestó a Demetrio. El doble filo era agudo, igual que la punta.
—Y ahora —dijo— la tenaza grande.
Mientras hablaba cogió al herrero por el hombro con la mano izquierda, le hizo
darse la vuelta y le puso la punta de la espada en el cuello.
—En cuanto grite —farfulló el árabe— vendrán los otros y os matarán.
—En cuanto grites estarás muerto.
Con manos nerviosas, Ravi cogió la tenaza, la dejó caer, volvió a levantarla y se
arrodilló detrás de Demetrio. El herrero cerró los ojos y pareció escuchar el rascar de
la herramienta, que Ravi tuvo que aplicar varias veces hasta romper la primera de las
dos argollas en torno a los tobillos.
—De todos modos no sobreviviré a esto —dijo el herrero—. Así que, ¿por qué no
voy a gritar?
—Calla y te dejaremos vivir.
—Maltratar así un buen metal —abrió los ojos y torció la boca como si le doliera,
mientras Ravi atacaba con la tenaza una y otra vez.
—¿Por qué vais a dejarme vivir? —su voz sonaba sorprendida.
—Soy mercader, no asesino —dijo Demetrio—. Quiero poder moverme. Y
escapar. Si me encuentro a Belhadad, lo mataré. Tú no me has hecho nada, así que…
—no siguió hablando.
—Asombroso —el herrero miró al cielo—. Si ésa fuera una razón para no matar a
alguien, habría mucha gente andando por ahí que ya no lo está.
—Ahora no te muevas —Demetrio movió imperceptiblemente la espada; un poco
de sangre corrió desde el cuello a la clavícula del herrero.
Ravi necesitó para la segunda argolla la mitad de tiempo que para la primera.
Cuando hubo liberado a Demetrio, se sentó en el suelo y se dedicó a su propia
cadena.
Fuera, todo estaba silencioso. Irreal, pensó Demetrio, irreal como todo lo demás.
Mis preguntas, la falta de respuestas, el valle, todo es irreal. Falso. ¿Y qué hacemos
ahora?
Entonces se echó a reír.
—Ya sé —dijo.
—¿Qué sabes? —Ravi había aplastado y había conseguido abrir al fin sus
argollas con la tenaza—. ¿De qué estás hablando?
—Pensaba en voz alta —Demetrio miró a su alrededor—. Ahí hay cuerdas de
cuero. Vamos a atarlo y a amordazarlo.
Las manos de Ravi se habían calmado; sin temblar, ató los brazos del herrero a su
espalda, le metió un trapo casi limpio en la boca y le ató otro en torno a la cabeza.
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—Túmbate —dijo Demetrio.
Cuando le hubieron atado los pies y lo hubieron sujetado a una de las mesas,
fueron a llenar sus cuencos en la cazuela; pero contenía un pegamento viscoso que el
herrero había estado removiendo. La papilla fría estaba en una fuente sobre la mesa
más pequeña, más allá de los cuencos.
—Rápido —dijo Demetrio con la boca llena—. Aquí hay un poco de pan; cógelo.
Vamos.
—¿Adónde?
—Fuera.
Aún encontró un cuchillo, que alcanzó a Ravi; luego, salieron de la cabaña.
—Despacio —susurró Demetrio cuando Ravi quiso salir corriendo—. Somos de
aquí, y no tenemos ninguna prisa.
—¿Adónde quieres ir?
—Todo es irreal aquí —balbuceó Demetrio—. Así que huiremos a la irrealidad.
—¿Qué? ¿Cómo…?
—Al templo, hombre.
Los jóvenes guardias de la entrada de las cuevas estaban demasiado ocupados en
su importante misión como para fijarse en dos hombres que caminaban en dirección
contraria.
Delante de la fortaleza había verdaderos guardias, hombres, pero también ellos
estaban ocupados, porque precisamente en la fortaleza se oía griterío, órdenes
vociferadas, el ruido de ruedas de carro y caballos.
—No puedo creerlo —murmuró Ravi cuando hubieron rodeado la mitad de la
fortaleza—. Los dioses están con nosotros.
—Nosotros somos iguales a los dioses —Demetrio rió por lo bajo—. Y si
tenemos suerte…
Tuvieron suerte; el templo estaba abandonado. Las estatuas sin rostro le
parecieron a Demetrio viejos amigos, y en la cueva detrás del tejadillo no había
nadie. Ardía una sola antorcha; estaba colocada en un puño de barro cocido pegado a
la pared.
—Cógela —dijo Demetrio—. Mira a ver si hay alguien más allá.
Ravi asintió y desapareció con la antorcha, mientras el mercader empezaba a
examinar los ídolos. No había ninguna posibilidad de cerrar el templo… ninguna
puerta, ningún mueble lo bastante grande. Algunas de las estatuas se podían mover,
otras eran demasiado pesadas. Pero ni cuatro hombres habrían podido moverlas sin
herramientas.
Ravi regresó.
—Ahí detrás hay unos pasadizos —dijo—, pero no parece haber nadie en ellos.
—Bien. Ven, agarra.
—Qué quieres… Ah, ya.
El Alejandro con la cabeza de carnero se podía mover con cierta facilidad; lo
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llevaron a la entrada sin hacer demasiado ruido. Uno de los dioses ibéricos del viento
fue el siguiente, y Demetrio tuvo que reprimir una risita cuando pensó que de ese
modo surgía una unión que nunca se había dado: los macedonios y los íberos.
—No basta —jadeó Ravi cuando la segunda estatua estuvo en la entrada—.
Necesitamos más.
Una Minerva romana tuvo que servir de tercer guardia mudo. Para terminar,
movieron el Anubis de cabeza de perro, lo derribaron, lo rompieron y emplearon sus
partes para apuntalar las otras estatuas y cerrar los huecos. Demetrio levantó el
pedestal —que no era más que un disco— y lo dejó caer.
—Mil pedazos —dijo—. Rufo ya no se meterá debajo.
Con los trozos y las astillas taparon los últimos agujeros.
En algún momento, la antorcha se apagó. De vez en cuando oían voces fuera, muy
lejos; nadie parecía querer entrar al templo. Demetrio dormitaba, salía del sueño,
volvía a desplomarse; Ravi caminaba arriba y abajo, murmurando rezos ante las
estatuas de los dioses indios; parecía dedicar su fervor sobre todo al de la cabeza de
elefante.
—El dios del comienzo feliz —dijo.
—Lo sé —Demetrio bostezó—. Ahora preferiría un dios del final feliz.
—Confiemos en una diosa que no está aquí —Ravi se echó a reír—. La diosa
Roma.
Se comieron el pan que habían llevado, y Demetrio se maldijo por no haber
pensado en el agua. Pero ¿cómo habrían podido llevarla?
Tenía la impresión de que debía haber pasado la mayor parte del día. No quería
fiarse de la escasa luz que se filtraba por las rendijas; bajo el tejadillo estaba más
oscuro que al aire libre.
Entonces oyeron pasos y voces. En la oscuridad, Demetrio sintió el temblor de
Ravi, que susurraba:
—¿Eso viene… de atrás?
De pronto había luz en el templo, la luz de varias antorchas. Una docena de
guerreros, encabezados por Didhama, venía de las profundidades del templo. Ravi y
Demetrio estuvieron rodeados antes de poder alzar sus inútiles armas.
—Despejad la entrada —dijo Didhama.
Sus hombres rompieron la pared de dioses, con espadas y luego con los mástiles
de las lanzas. Didhama y los demás se mantenían mudos, esperando junto a los
prisioneros. Por lo demás, tampoco daban señas de ir a volver a encadenarlos.
Está bien así, pensó Demetrio. En plena falta de expectativas, está bien no estar
además atado y con los ojos vendados.
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Atrás, en el templo, se oyeron más voces. Didhama recorrió a Demetrio con una
mirada… con una sonrisa insondable, pensó Demetrio.
—Aún tengo otra sorpresa para vosotros —dijo el árabe—. Disfrutadla antes de
que os lleve a la muralla, con el príncipe —señaló detrás de sí con el pulgar.
Demetrio se volvió y vio venir al grupo desde los misteriosos pasadizos que había
detrás de la cueva. Lanzó un grito de sorpresa. O de horror.
Entre los guerreros árabes, un romano salía de la oscuridad. Y junto a él venía
Cleopatra.
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Capítulo XXIV
OASIS SANGRIENTO
Tan cierto como que estoy vivo, que todos los que viven en los desiertos han de
caer por la espada; y a quienes se hallan en el campo se los daré a comer a las
fieras.
EZEQUIEL
Tres viejísimos elefantes indios enfermos de las patas, dos de ellos casi ciegos; una
docena de camellos sarnosos, con jorobas parecidas a cáscaras de fruta comidas por
dentro; carros de bueyes cargados con ánforas de barro; cien caballos más o menos
útiles; además, casi mil hombres con sus armas y pertrechos y mantas, y entre ellos
letrinas desbordantes…
Áfer no sabía cuál sería la escena a unas millas de distancia, en el valle en el que
se hallaban los guerreros de Siria. Su jefe, un centurión de pelo gris llamado
Heliodoro, trató de tranquilizarle y animarle:
—Comparados con vosotros, aquí vivimos como en los campos elíseos —dijo—.
Al menos no hay que taparse la nariz todo el tiempo. Sólo somos quinientos.
Nikías rió entre dientes. El anciano estaba en la silla de un camello y garabateaba
algo sobre un papiro.
—Quien quiere hacer grandes cosas, a veces tiene que sufrir primero.
—Lo principal es que haga esas grandes cosas —Áfer tomó un sorbo de agua y
arrugó la nariz. Un líquido insípido y rancio, que había tomado el olor de las letrinas
y de los camellos. Pero probablemente sólo se lo imaginaba.
—¿Tienes dudas? —Nikías dejó caer el papiro—. Es una noche espléndida, buen
aire, tenemos más arena de la que nunca nos podremos comer, así que, ¿qué te
preocupa? ¿Acaso no confías en nuestros guerreros?
—No; son lo único que me alegra en este asunto.
Mil hombres del ejército de Herodes Antipas… hombres de Galilea y Perea, de
lugares como Canaán, Endor, Magdala, Tiberíades, Sukkoth, Bethabara, Galaad, de
las orillas del Gennesar, del Jordán y del mar Muerto… seiscientos judíos listos para
el combate, leales a su rey. Hombres devotos en su conjunto, temerosos de dios, pero
no rígidos ni estrechos de miras judíos como los que él conocía y apreciaba, que
insistían en sus peculiaridades sin denigrar las de los demás, que honraban a su Dios
sin insultar a los dioses de los demás. Además, cuatrocientos mercenarios: árabes,
nabateos, árabes helenizados, algunos fenicios, griegos, unos cuantos helenos sículos,
cretenses, capadocios; había entre ellos hombres de Chipre, gente de otras islas, como
Rodas o Samos… y algunos férreos centuriones de cabello gris, romanos que después
de veinticinco años en las legiones preferían servir a un príncipe extranjero que
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disfrutar de una aburrida jubilación como ciudadanos normales.
—No —repitió—. Los hombres harán bien lo que tienen que hacer. Tan sólo me
pregunto si lo que van a hacer bien es aquello que tenemos que hacer.
Heliodoro escupió en el suelo, a sus pies.
—¿Podrías explicarme eso?
—Esos hombres —Áfer movió el brazo como si quisiera abrazar todo el valle— y
tu gente, Heliodoro, y la cohorte de Pilatos… Son buena gente, y moverían una colina
sin miedo y sin titubear. Pero vamos a tener que eliminar una montaña.
—Muy bien —Nikías estaba en pie ante su silla de camello, y se plantó delante de
Áfer con los brazos cruzados—. Demasiado pocos contra demasiados, quieres decir,
¿no? ¿Qué harías tú si fueras Belhadad?
Áfer lanzó un ligero suspiro quejumbroso.
—Lo que tú supones… mirar cuántos asaltantes vienen; comprobar que son
ridículamente pocos; hacer montar a mis guerreros y hacer una salida con diez mil
contra dos mil.
—Exacto —Nikías sonrió con perversidad—. En eso confiamos. Tal como está
hablado.
—Todo muy astuto —murmuró Heliodoro—. Si sale bien nadie nos ensalzará,
porque nadie debe saber de esta empresa… los partos podrían tomárselo a mal, el
Senado refunfuñaría, los guardianes de los tesoros monetarios romanos armarían
ruido, y además algunos prefectos se enfadarían, por no hablar del rey de los nabateos
y mil príncipes árabes. ¿Y si sale mal? Entonces nadie nos lo reprochará, porque
nadie sabrá una palabra. De todos modos nos daría igual, porque los muertos no
pueden enfadarse por los reproches. Dicen.
—Los muertos pueden enfadarse todo lo que quieran, pero sus lamentos no
perturban a los vivos; puedes confiar en ello.
Nikías borró la sonrisa de su rostro y se volvió a Áfer:
—Así que tenemos tres personas en las que tenemos que confiar y el resto lo
haremos nosotros, ¿no?
Áfer asintió con la cabeza.
Heliodoro se frotó la nariz con el dedo corazón y masculló:
—Rufo, Hiqar, Perperna. También se podría atravesar con plena confianza un
estanque subido en un nenúfar.
—Aquí no hay estanques, salvo quizás en Ao Hidis —Áfer ni siquiera trató de
ocultar su disgusto—. Para bien o para mal, tenemos que confiar en Rufo, Hiqar y
Perperna.
—Más bien para mal —dijo Heliodoro.
Nikías dio una palmada:
—¡Basta de invocaciones a la derrota! Los dioses podrían oíros y tomar vuestra
cháchara por un deseo. Rufo es un hombre de Sejano…, alguien a quien el
todopoderoso señor de los pretorianos confía tareas especiales está por encima de
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toda duda. Habrá ido a Ao Hidis para hacer el mayor daño posible en el momento del
ataque. ¿Y Hiqar? —miró a Áfer—. A él por así decirlo lo has hecho a tu imagen.
—En efecto. Ha ascendido hasta llegar a jefe de la guardia personal, y es un
hombre querido. En el momento que considere favorable, matará a Belhadad y se
hará cargo del mando. Por todo lo que he oído, puede confiar en la guardia personal y
en muchos otros hombres. También en mujeres, dicho sea de paso, que saben manejar
el cuchillo.
—Tu esperanza, aparte de las cualidades de ese Hiqar, se apoya naturalmente en
que al aproximarse un ejército, romano o cualquier otro, la gente de Ao Hidis dirá:
«Esto lo ha cocinado Belhadad; ¿por qué vamos a tener que comérnoslo nosotros?».
—Heliodoro parpadeó, mirando al sol que empezaba a ponerse con rapidez—. Puede
ser; pero ¿qué pasa si el ataque (nuestro ataque) conduce a que se apiñen aún más en
torno a Belhadad?
Áfer se encogió de hombros.
—Tenemos que esperar y ver.
—Queda Perperna —Nikías frunció el ceño—. Me parece el más discutible de
todos. Un anciano con la cabeza perdida, que dice conocer pasadizos secretos.
—Eso dice —Áfer sonrió—. Hay otra posibilidad, señor… aplazar el ataque hasta
la próxima década y volver a casa. Puedes dar la orden.
Nikías lo miró de arriba abajo. Con frialdad, pensó Áfer. Luego respondió:
—No.
Áfer tenía la sensación de que acababa de acostarse cuando un guerrero lo despertó.
—¿Qué pasa? —se incorporó; alrededor la noche estaba oscura.
—Malas noticias, señor. Ven.
Áfer se levantó, algo trabajosamente, cansado; siguió al otro hasta un pequeño
fuego.
Allí estaban sentados Nikías y Heliodoro; junto a ellos había dos hombres con
armaduras romanas.
—De la cohorte griega de Jerusalén —dijo Nikías.
Áfer asintió; ya se lo había imaginado.
—Hemos topado con algo en un valle al este —dijo el mayor de los dos—.
Cadáveres. Veinticuatro… nuestros hombres, los que iban con Columela.
—¿Todos muertos? —Áfer tuvo la sensación de estar siendo escuchado desde la
oscuridad de la noche. Como si todos sus malos presagios estuvieran fuera del círculo
marcado por el fuego, mirándolos a él y a los otros desde las vacías cuencas de sus
ojos.
—Todos. Pero faltan dos.
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—¿Quiénes?
—Columela y la mujer.
Áfer suspiró.
—¿Qué mujer llevaba Columela consigo?
—Se llama Cleopatra.
Sin decir palabra, Áfer se dejó caer en la fría arena junto al fuego.
—¿Cambia eso algo? —dijo Heliodoro—. ¿En las cosas y en nuestro humor,
quiero decir?
—Si tienen a Columela —dijo Nikías, sombrío— tienen nuestros planes. Que por
tanto tenemos que cambiar.
«Cleopatra… viento nocturno. Fuego nocturno. Ojos nocturnos. Oh, dioses. ¿Qué
debo hacer ahora?», pensó Áfer.
Luego dijo, con voz a duras penas contenida:
—Podemos descartar, creo, que hayan sido los nabateos o cualquiera que no sea
la gente de Belhadad, ¿verdad?
Nikías no lo contradijo.
—Dices cosas alegres con la tranquilidad que corresponde —remató Heliodoro.
—Si tienen a Columela, harán todo lo posible por sacarle nuestras intenciones.
Probablemente lo conseguirán.
—No subestimes la constancia romana.
—No la subestimo, Nikías…, pero tampoco quiero subestimar la imaginación de
Belhadad a la hora de aplicar torturas. Tenemos que cambiar de planes.
—No podemos. Cómo vamos a avisar a Rufo y Hiqar…
Áfer interrumpió al consejero de Herodes:
—No tenemos que hacer tal cosa. Tan sólo tenemos que proceder más deprisa y
distraer a Ao Hidis, mantenerlo ocupado. Atacar no pasado mañana al salir el sol,
sino a lo largo del día de mañana, o por la noche, cuando lleguemos y Belhadad no
cuente con un ataque inmediato. Si Rufo y Hiqar hacen lo que esperamos de ellos, se
darán cuenta de que el ataque ya ha empezado.
—Podría ser… —Nikías aguzó los labios—. ¿Cómo imaginas el asunto?
Después de la carnicería, habían cabalgado un rato en medio de la noche; luego
habían dormido hasta el amanecer —a duras penas; a pesar de todo el agotamiento
ella casi no había podido pegar ojo— y por fin, al mediodía, habían llegado a Ao
Hidis. Desde lejos se veían movimientos que hicieron que su raptor no se dirigiera
hacia la puerta de la ciudad oasis, sino hacia una entrada trasera, como dijo el jefe de
los armados.
Sin duda Cleopatra había contado con ver a Demetrio al final del camino a través
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del desierto, y luego por un pasadizo invisible desde el exterior, fuertemente vigilado,
bajo una cadena de colinas rocosas. Pero no así… derrotado, junto a un Ravi que en
unos pocos días se había convertido en un anciano.
Además, ahora no podía hablar con Demetrio, como no había podido hablar con
Columela durante la noche. Los bandidos abrieron un pasadizo que al parecer
Demetrio y Ravi habían cerrado antes con estatuas y escombros, y los sacaron a todos
al valle.
Miradas. No podían intercambiar palabras, pero sí miradas. Ella vio que Demetrio
tenía a sus espaldas una agria decepción, y empezaba ya a emplear sus pensamientos
en nuevos intentos de evasión o fuga. Le pareció asombrosa la forma en que, en un
abrir y cerrar de ojos, se transformaba de preso agobiado en sereno y astuto mercader.
Él miró a su alrededor, le guiñó un ojo, miró hacia delante y hacia un costado.
Muy al contrario que Ravi. El viejo indio se arrastraba, era golpeado y empujado
con las conteras de las lanzas, tropezaba, volvía a levantarse, lenta, enfermiza,
trabajosamente…, viejo.
¿Y ella? Trató de obtener claridad acerca de su propio estado. Fuera, en el
desierto, sólo había sentido en realidad ira y desesperación, y lástima por los
guerreros absurdamente masacrados. Hombres jóvenes, mayores; con muchos había
intercambiado bromas en el camino desde Jerusalén. Ahora, en la fortaleza del rey de
los bandidos, Belhadad, todo eso parecía haberse esfumado. O no esfumado, pero sí
cubierto, enterrado por los acontecimientos y las nuevas perspectivas. Tenía que
suponer que algo terrible iba a ocurrirles a ella y a los otros, pero también veía
muchas cosas nuevas, colores, percibía olores, veía gente ir desde los campos a sus
chozas o tiendas de campaña, veía a otros correr hacia el oeste, donde la gran muralla
protegía el valle. Donde al parecer los agresores habían empezado a… a lo que fuera.
Entonces, se sorprendió a sí misma pasando cada vez más deprisa, casi
constantemente, pasando de unos pensamientos a otros. Si estarían llevando poco a
poco hacia el valle, por ése o por otro pasadizo, a los caballos que habían quedado a
la puerta del pasadizo secreto, o si los atenderían en el desierto. Si no sería agradable
acostarse con Demetrio en la verde espesura junto al oasis. O con Áfer. Si Ravi, que
se tambaleaba y caía una y otra vez, y al que ahora habían dejado tirado en el suelo,
volvería a rehacerse de nuevo.
A la izquierda, al extremo sur de la muralla, que tenía la altura de cuatro hombres,
se alzaba una torre ancha y maciza. A ella subían escaleras de mano, y les empujaron
hacia éstas.
Arriba había hombres mirando hacia el oeste. Cleopatra miró atrás, al valle, sobre
el que caían las largas sombras del atardecer. Aquí y allá se apilaban antorchas, listas
para ser encendidas y repartidas, y al pie del muro ardían ya tres fuegos.
Enfrente, hacia el oeste, tal vez a trescientos o cuatrocientos pasos, brillaban unas
tiendas iluminadas sobre una altura. No podía estar segura, pero creyó ver que allí no
sólo había arena, sino también rocas y piedras que podían servir de barricada.
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En la llanura arenosa entre el muro y la elevación, y más al oeste, vio unas largas
filas. Hombres, guerreros, a pie y a caballo; carros tirados por pesados bueyes…
¿cómo los habrían llevado a través del desierto?, ¿cómo los habían alimentado y les
habían dado de beber?, ¿qué había en los carros?, ¿víveres? Pero no, no podían ser
víveres, porque los llevarían al campamento, y en cambio se estaban acercando cada
vez más a la muralla.
Vacilantes colinas, de un color gris negruzco bajo el sol poniente. ¿Eran
elefantes? ¿Y detrás y a su lado, camellos?
Entonces oyó detrás de sí una voz demasiado conocida, la de Rufo:
—Es un placer verte aquí, la flor más bella de Cánopos —dijo.
¿Cómo sabía él…? Pero ahora eso ya no tenía importancia. ¿Qué tenía
importancia salvo la gente de fuera, los atacantes, y los defensores dentro? ¿Los
elefantes? ¿Para qué habían de servir?
Lo importante era, en cualquier caso, ese hombre alto y recio con un manto claro
que estaba apoyado en el pretil, que se había asomado a mirar y que ahora se daba la
vuelta.
—Bienvenidos, y gracias por haber atendido mi invitación.
Columela, que estaba tras ella, carraspeó y dio un paso adelante.
—La invitación careció desagradablemente de formas —prosiguió—. Así que no
gastemos muchas palabras. Hay dos posibilidades para ti, Belhadad. Tiberio Augusto
te aceptará como hermano menor y aliado, te ensalzará, si depones las armas y abres
las puertas.
Belhadad asintió mirando a algunos de sus guerreros.
—Vosotros —dijo—, preparaos. ¿Y la segunda posibilidad?
—Tu muerte, y la de toda tu gente. —Columela señaló la llanura desierta—. Allí
está tu fin. Un fin ignominioso. Aquí no quedará piedra sobre piedra.
—Estás faltando al respeto al señor del desierto, romano —dijo alguien—.
¿Vamos, señor?
Belhadad rezongó algo incomprensible; luego dijo:
—Preparad antorchas, para que luego podamos ver las cosas importantes.
También en la muralla. ¿Qué tratan de hacer con esos elefantes?… Sí, Harún,
empezad.
En lo alto de la torre y en el muro se encendieron las primeras antorchas. Junto a
Cleopatra, Columela y Belhadad, en la superficie de la torre, que medía casi veinte
por veinte pasos, se apiñaban quizás una docena y media de guerreros. En la parte
interior del pretil que daba al valle había armas; lanzas, espadas, unos cuantos arcos y
carcajs, así como haces de antorchas y vasijas de barro que contenían probablemente
algo inflamable, brea o aceite, destinado a las cabezas de los posibles atacantes.
Junto a las lanzas había otra cosa; dos hombres la habían traído a rastras: una cruz
de madera. Se detuvieron junto a Columela. El hombre al que Belhadad había
llamado Harún, un guerrero de barba gris, entrado en años, ordenó algo a otros dos
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guerreros, pero en voz tan baja que no se entendió.
—Respeto, romano —dijo Harún—. Arrodíllate ante el señor del desierto.
—Yo sólo me arrodillo ante Augusto y los dioses —dijo Columela.
Entonces gritó, sorprendido, antes de poder reprimir el grito de dolor, porque un
guerrero lo cogió y lo sujetó mientras otro le cortaba con una afilada espada curva los
tendones de las corvas. Columela se desplomó. Cleopatra se tapó la boca con las
manos y vio cómo el romano se mordía el labio inferior.
—Se arrodilló, señor —dijo Harún.
Belhadad asintió.
—Satisfactorio. Atadlo a la cruz y ponedlo ahí delante.
Cleopatra cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, vio a Columela colgando de la
cruz: los brazos y piernas atados a la madera, el mástil de la cruz encajado entre dos
bloques de piedra.
—Ahora pueden verte, y tú a ellos —dijo Belhadad—. A más tardar mañana
temprano, cuando ataquen. ¿Cuántos serán, según tus cálculos?
Harún se puso la mano derecha sobre los ojos, para protegerlos del vivo sol
poniente.
—Es difícil de decir, señor; mil, o algo más. Hasta ahora. Pero aún podrían venir
más, tras esa elevación.
Belhadad asintió.
—Columela, ¿cuántos guerreros habéis traído?
El romano pronunció una maldición entre dientes; luego dijo:
—Suficientes como para haceros pedazos a ti y a todos los que estáis aquí.
—Puedes contarlos durante la noche —Belhadad escupió por encima del pretil—.
Atacarán mañana temprano, como siempre. ¿Los dejamos acudir corriendo o
ponemos rápido fin al ataque con una salida de los nuestros?
—Eso depende —Harún se pasó la mano por la cabeza, envuelta en un turbante
—. Quizá debiéramos retrasar la salida hasta que sepamos qué quieren hacer.
—Bien. ¿Los hombres están distribuidos?
—Como has ordenado. A lo largo de la noche reuniremos los caballos; todo estará
listo al salir el sol.
—Bien. Hora de cenar, amigos. Pero… por todos los dioses, ¿qué tratan de hacer
con los elefantes?
Belhadad estaba de pie junto a la cruz y miraba hacia abajo, delante del muro.
Harún se acercó a él, rodeado de guerreros. Rufo se quitó el casco y jugó con el
barboquejo; su rostro no expresaba nada. Demetrio estaba apoyado en el pretil, por
encima del muro, entre dos árabes que llevaban las espadas desenvainadas.
Otras cabezas asomaron allá donde la escala terminaba, pero Cleopatra se dio la
vuelta y miró hacia delante.
Los elefantes eran gigantescos; tenía que tratarse de animales indios. Llevaban
encima extrañas estructuras, como grandes cestas, pero no las habituales torres para
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arqueros y lanceros. Los animales parecían ir cubiertos de mantas de cuero…, mantas
de cuero con discos de metal, corazas. Una cesta más pequeña al revés, con el fondo
hacia arriba, cubría la nuca del primer animal. Ella supuso que debajo iba su jinete,
protegido de ese modo.
De lo alto del muro volaron flechas y jabalinas, pero rebotaron en la armadura del
animal. Ahora, esa montaña de carne y músculos que se tambaleaba y arrastraba
había alcanzado el centro de la muralla: la gran puerta de dos hojas.
De pronto el elefante se detuvo, vaciló, emitió un lastimoso quejido y se
desplomó.
—¿Qué están haciendo? ¿Qué significa esto? —gritó Belhadad.
A sus espaldas, una voz tranquila dijo:
—El indio (así llaman a su guía, señor) le ha clavado una estaca en el cerebro.
Cleopatra se volvió. Junto a Rufo estaba un joven árabe, con coraza de cuero y
casco. Llevaba un distintivo en el hombro; al menos, ella suponía que no se trataba de
un mero adorno.
—Ya sé cómo los llaman —gritó Belhadad—. Pero ¿qué significa esto?
Ahora, el segundo elefante se encontraba detrás del primero. Al parecer, su guía
trataba de hacer que subiera las patas delanteras sobre el animal muerto. El elefante
lanzó estridentes chillidos por la trompa, puso una pata sobre los cuartos traseros del
otro, se meció hacia delante y hacia atrás… y cayó como partido por el rayo.
—Animales inútiles, probablemente —dijo el joven oficial.
—Herodes Antipas tiene tres de ésos —dijo Harún—. ¿Serán éstos?
El más joven asintió.
—Es posible. Y me gustaría saber qué contienen las cestas.
—Prefiero que me digas qué significa todo esto, Hiqar —Belhadad le miraba
sombrío.
El tercer elefante había pasado delante de los otros dos: dio la vuelta, se detuvo
también ante la puerta, puso las patas entre el tronco y las patas delanteras del
primero y, como los otros, fue muerto a manos de su «indio».
—Tres grandes cadáveres, que nos impedirán abrir la puerta y hacer una salida —
dijo Hiqar. Hurgó en su coraza y dejó lentamente caer la mano hacia el pomo de la
espada.
Detrás del muro, en las cercanías de la puerta, ardía un fuego; Cleopatra habría
podido jurar que entre los hombres que allí había dos eran de Rufo… pero llevaban
mantos árabes y barbas nada romanas. Otros dos que acababan de alcanzar la
plataforma de la torre y unirse a Rufo le lanzaron una intensa mirada. Demetrio les
miró a su vez y empezó a acercarse a Cleopatra con pequeños pasos laterales. Dio un
rodeo para mantenerse detrás de Hiqar.
—¿Qué hacemos? —la voz de Belhadad sonaba más furiosa que preocupada—.
¿Cómo los quitamos de la puerta?
En la trampilla que había al extremo de la escala aparecieron los rostros de
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Glauca y Mukhtar. Glauca abrió la boca y gritó:
—Cleo… —entonces un árabe la golpeó y cayó de bruces.
Delante de la puerta se reunían algunos camellos, a los que desde el muro cubrían
de flechas. Belhadad gritó:
—¡No disparéis!
Alguien exclamó:
—¿Por qué?
Camelleros con armaduras llevaron sus monturas hasta los cadáveres de los
elefantes, desmontaron y, como en un único y elegante gesto, cortaron el cuello a los
camellos. En los carros de bueyes, que seguían acercándose al muro, había pequeñas
estructuras, de las que se desprendieron unas manchas negras.
—Catapultas —gritó alguien más a la derecha, en la muralla, por debajo de la
torre. Los primeros proyectiles llegaron flotando más que volando, aterrizaron,
reventaron y liberaron su contenido: ánforas llenas de serpientes venenosas,
escorpiones y…
—Mierda —gritó alguien—. Han vaciado sus letrinas y… —el grito terminó en
un alarido; algo oscuro pareció escurrirse por la pierna derecha del guerrero y
desapareció debajo de su manto.
Ninguno de los proyectiles alcanzó la torre; en el muro y debajo de él, las ánforas
caían en rápida sucesión, explotaban, y hacían que los hombres gritaran, chillaran,
salieran corriendo, abandonaran sus puestos. Belhadad rugía órdenes que nadie
escuchaba abajo; cuando calló un instante y tomó aire, Cleopatra oyó la voz tranquila
de Hiqar:
—Han bloqueado la puerta con cadáveres y nos disparan veneno y mierda. ¿Qué
hemos de hacer, señor?
Belhadad se volvió hacia él. Al mismo tiempo, Rufo dio un paso adelante y gritó:
—Antes de hacer ninguna otra cosa deberíamos hablar de esto, príncipe del
desierto —señaló a Hiqar—. El jefe de tu guardia es un traidor; pretende abrir la
puerta a los romanos.
Cleopatra vio a Hiqar desenvainar la espada y disponerse a abatir a Rufo; los dos
barbados le cogieron el brazo; los guardias que miraban a Hiqar desenvainaron
también sus armas y quisieron lanzarse sobre Rufo y los otros dos, o quizá sobre
Harún, que se colocaba alzando la espada entre ella y Belhadad.
Demetrio miraba fijamente a Rufo, de soslayo, con una expresión de infinita
sorpresa y confusión. Glauca, que después de la caída se había levantado despacio,
casi a regañadientes, dio un paso hacia un lado para escapar a las espadas; una flecha,
probablemente destinada a Rufo, disparada por uno de los hombres de Hiqar, le
atravesó el cuello; Cleopatra se agachó, empujó a un par de hombres, llegó hasta
Demetrio y le clavó los dedos en el brazo.
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—¿Quién se ha inventado a éste? ¿No se le puede amordazar? —murmuró junto a
Áfer uno de los soldados griegos de la cohorte.
Nubo, unos pasos más adelante, volvió la cabeza y sonrió:
—¿Sabes ahora por qué Leonidas y Meleagro han preferido quedarse con los
otros?
—¿Y tú? —dijo Áfer—. ¿Por qué tú has preferido perder tu vida con nosotros?
El gigantesco negro sonrió y dio una palmada en el hato de palanca, pico y espada
que llevaba al hombro.
—Nadie más que yo puede hacer esto.
Áfer había cogido cien helenos de la cohorte. Dos grupos de cincuenta hombres
cada uno intentarían entrar en el valle por otras «entradas traseras» o al menos retener
allí a los defensores. Los otros, no más de trescientos, deberían iniciar el asalto a los
muros de Ao Hidis. Enseguida; poco antes de ponerse el sol. Si todo iba como estaba
previsto. Como esperaban. Quiso volver a repasarlo todo mentalmente, pero era
imposible.
Porque Perperna hablaba sin parar. Caminaban agachados por acequias, bajaban
dunas resbalando, esforzándose siempre por mantenerse fuera de la vista de posibles
guardianes, a la última luz del día. Y Perperna hablaba. A la vez, gesticulaba con el
brazo izquierdo, en cuyo muñón relampagueaba un artefacto de cuero y hierro,
fabricado por un armero probablemente muerto (pensaba Áfer) de tanto escucharle:
algo parecido a una bolsa, sujeta con cintas al brazo, y allá donde hubiera podido
estar la mano sobresalía una afilada hoja. Al principio de la empresa, Perperna se
había quitado la funda y la había tirado, siempre hablando, siempre hablando…
Eran los errores de Elio Galo, los rostros de las esclavas, los olores de los
camellos atacados de diarrea, recuerdos de dueños especialmente repugnantes,
interrumpidos —o subrayados— por proverbios como «el caballo conoce al jinete
mejor que el jinete al caballo» o bien «el esclavo conoce a su amo mejor que el amo
al esclavo», y cosas por el estilo.
Cuando estaban trepando por una duna, uno de los griegos le espetó:
—Si no cierras el pico ahora mismo…
Perperna, que seguía en apariencia sin esfuerzo el paso a los hombres, más
jóvenes y más fuertes que él, le sonrió:
—¿Qué? ¿Me romperás los últimos dientes? Pero entonces, ¿quién iba a llevaros
a la puerta secreta, hijito? Como ya he dicho, no se trata de un camino fácil, y el que
no lo conozca no lo encontrará. Creo incluso que pocos de los que lo han conocido
alguna vez podrían encontrarlo; yo, en cambio, que entonces escuchaba a los esclavos
que eran mis hermanos, no sólo sé dónde está la entrada, oh no, hasta podría
encontrarla si no supiera dónde tiene que estar. De hecho ocurre que… está ahí.
Calló y señaló triunfante un pobre matorral que había delante de una pared de
roca.
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—Disfruto de tu silencio —dijo Áfer—. Pero no veo más que ramas secas.
—Échalas a un lado —dijo Perperna—. O busca al guerrero que tenga peor
aliento; que sople, y se apartarán.
Emplearon las espadas como hachas, hicieron pedazos el matorral y miraron
fijamente la pared de piedra… o no la pared, sino un tejido de líquenes y plantas
diminutas en apariencia opaco, impenetrable.
Perperna se adelantó, se inclinó, sonrió mirando a su alrededor y aplicó en
silencio el puñal de su brazo. Con unos cuantos cortes rápidos, aflojó una gran
superficie; se sirvió de la mano derecha para arrancar la capa de plantas.
Debajo se veían los contornos de la entrada a una cueva; cerrada con piedras
apiladas, esquirlas, guijarros, restos de leña e incluso unos cuantos trozos de metal
doblado.
—Alabado seas —dijo un centurión—. Y ahora, por favor, por favor, sigue
callado.
Nubo se descolgó del hombro la gran palanca de metal que había llevado a
cuestas y la metió en una de las grietas más grandes.
Los otros esperaron hasta que las primeras piedras y guijarros empezaron a
resbalar. Entonces participaron con espadas y astiles de lanzas; un hombre
especialmente recio echó mano al pico.
Cuando hubieron despejado la abertura, uno de los guerreros prendió fuego; con
tres antorchas a la cabecera, en el centro y al final de la fila, penetraron en el mundo
subterráneo de Ao Hidis.
Había recodos y salas en las que encontraron fantásticas figuras de piedra;
pendientes que subían jadeando hasta que de repente se daban cuenta de que había
cambiado el sentido y descendían; nuevas cámaras; un arroyuelo que bañaba piedras
de un brillo azulado.
Y la salida, detrás de otra pared de escombro y guijarros. Llegaron a una cámara
en la que había unos bastidores para sostener lanzas, y recorrieron un pasadizo a cuyo
extremo alguien había apilado en una pirámide unos trozos de ánfora. Áfer se agachó
y olió una de las esquirlas.
—Aceite de sésamo. Vamos. Y… que los dioses estén con nosotros.
Demetrio se esforzó por soltar de su brazo los agarrotados dedos. Le pareció una
locura ser capaz de decir en voz baja, en esa situación:
—He echado de menos tu contacto, pero en mis sueños era más suave.
Aun así lo dijo, y vio cómo los rasgos de Cleopatra empezaban a relajarse. Hasta
que las armas entrechocaron, alguien lanzó un grito de muerte y a sus espaldas tronó
la voz dura e imperativa de Belhadad:
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—Ya sé quién es él. Pero ¿quién eres tú, Rufo?
—¿Lo sabes? ¿Que Hiqar es un traidor?
Demetrio se volvió. Hiqar estaba delante del príncipe, sin armas; el cadáver de
Baradhiya pendía sobre el pretil. Los hombres de Harún habían golpeado con rapidez
y dureza. Fuera lo que fuese lo que ocurriera abajo, detrás de los muros, aquí arriba
en la torre los hombres de Hiqar, los jóvenes guerreros de la guardia personal, estaban
desarmados, se retorcían bajo la presa de otros guerreros o yacían en su propia
sangre.
—¿Lo sabes? —dijo Rufo; por primera vez, Demetrio veía sorprendido al hombre
que supuestamente trabajaba para Sejano.
—Un príncipe inteligente sabe que siempre hay insatisfechos —dijo Belhadad.
Sacó el puñal y contempló el reflejo de la luz de la antorcha sobre la hoja—. Por eso
les da a alguien que reúna su insatisfacción… alguien que quiera liberarlos en un
momento u otro… alguien en torno al cual los rebeldes se agrupen. Así puede
observarlos. O hacerlos observar, ¿no es verdad, Harún?
El guerrero de la barba gris sonrió abiertamente:
—Las dos cosas, mi príncipe —dijo.
—Lo que Hiqar no sabe —dijo relajado Belhadad— es otra cosa. En su tribu,
cercana a Damasco, hay hombres que me son leales. Cuando los romanos buscaron a
alguien para que hiciera su trabajo sucio, esos leales propusieron a Hiqar. Porque es
bueno. Porque se parece a mí. Porque hace veinticinco años me acosté con su madre.
Hiqar miró fijamente al príncipe; Demetrio temió que los ojos del joven oficial
fueran a salírsele de las órbitas.
—¿Tú… mi padre?
—Yo… tu padre. Y como te he engendrado, ahora voy a dar el segundo paso. El
tercero. El segundo fue hacer de ti lo que eres. El tercero es quitártelo todo. Matadlo.
La orden era para Harún. Pero el de la barba gris estaba pendiente de otra cosa.
En el muro, entre las serpientes y los escorpiones, los hombres de Ao Hidis peleaban
entre sí: a favor y en contra de Belhadad, a favor y en contra de Hiqar. Al parecer, se
había corrido la voz de lo que ocurría en lo alto de la torre; los guerreros más
cercanos tenían que haberlo visto todo, quizás incluso lo habían oído. Antorchas
recién encendidas caían al suelo con sus portadores cuando éstos resultaban
alcanzados por la punta de las espadas o por las flechas. La noche, que caía con
rapidez, las antorchas agitadas que ardían en el suelo, los fuegos detrás del muro y los
gritos de los guerreros alcanzados aumentaron, junto con el olor a sangre y a
excrementos, hasta convertirse en una unidad casi divina, cuyas partes Demetrio se
sentía incapaz de separar. «Noche del Hades», pensó; luego tiró al suelo a Cleopatra,
cuando una lluvia de flechas se abatió sobre la torre.
Fuera, delante del muro, los guerreros se desplegaban, trepaban sobre los
cadáveres de los elefantes y camellos, ponían escaleras y empezaban a trepar por
ellas. La parte superior del muro apenas tenía ya defensa; la cadena de mando de los
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hombres de Ao Hidis se había roto, el orden se había quebrado.
Pero Demetrio no se hacía falsas esperanzas. Demasiados defensores, demasiado
pocos atacantes… si no se equivocaba. Pasaría algún tiempo hasta que los leales a
Belhadad y Harún pudieran imponerse, pero se impondrían. Eran mayoría.
Uno de los hombres de Rufo quiso avanzar hacia Harún; un guerrero le cortaba el
paso, uno de los que protegían a Harún y amenazaban a Hiqar con la espada
desenvainada. El barbudo romano cogió la mandíbula y la nuca del guerrero, dio un
pequeño giro hacia la izquierda y un gran giro hacia la derecha y le rompió el cuello.
Harún tendió la mano para coger el puñal de Belhadad. El puñal del padre,
destinado a matar al hijo. Con la mano ahora libre, Belhadad sacó su espada, dio un
par de rápidos pasos, arrastró de un tirón inesperado a Cleopatra y avanzó con ella
hasta la cruz de la que pendía Columela.
—¿Hay alguien ahí abajo que quiera negociar? —rugió con su voz ronca y
enérgica. La punta de la espada se apoyaba en la garganta de Cleopatra.
Mukhtar dijo:
—Noble tío, en Adane este hombre… —entonces enmudeció, porque Rufo le
había clavado la espada en la nuca.
Harún aplicó el puñal al cuello de Hiqar. Demetrio arrebató la lanza de las manos
a un guerrero que estaba como paralizado y la clavó en la espalda de Harún.
Unas figuras salieron de las sombras como un enjambre, habían llegado a la torre
subiendo la escala sin ser advertidos. Un hombre —a la luz de las antorchas,
Demetrio vio el rostro, el color de la piel, los rasgos de un mauritano— se lanzó hacia
delante pasando de largo ante los otros hombres que combatían, cogió el brazo
derecho de Belhadad y lo retorció, apartándolo del cuello de la mujer. Demetrio oyó
gritar a Cleopatra:
—¡Áfer! Oh, dioses…
Demetrio sacó la lanza del cuerpo de Harún, la lanzó contra el príncipe y falló.
Los guerreros de Harún se retiraban del muro, empujados por los atacantes que
habían llegado a las almenas por la escala; los supervivientes de la tropa de Hiqar
persiguieron a sus adversarios y se mezclaron con los helenos, sirios y judíos
agresores. Con un grito, un hombre cayó desde la muralla a uno de los fuegos.
Algunos de los hombres de Harún se abrieron paso hacia la torre para defender a
su príncipe. Demetrio halló una espada tirada en el suelo y la clavó en el vientre de
un árabe que quería lanzarse sobre Hiqar, y vio a Hiqar saltar, arrebatar el arma a
otro, correr hacia Belhadad y tropezar con un cadáver, y Belhadad trató de agarrarse
al mástil de la cruz de Columela mientras Áfer —si es que ése era el nombre del
mauritano— le empujaba contra el pretil, y uno de los hombres de Rufo se agachaba
para evitar una estocada y le clavaba al guerrero en el ojo el dedo índice de su mano
derecha.
Apareció una gigantesca sombra negra, que agitaba una larga pértiga. Demetrio
comprendió que era Nubo y que la pértiga era pesada y de hierro; y Nubo giró furioso
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e hizo girar la pesada pértiga, y Demetrio percibió el sordo chasquido del hierro sobre
la carne, vio volar cascos por los aires y oyó cómo unos huesos se astillaban.
Un gran árabe se lanzó sobre él, haciéndolo retroceder con furiosos mandobles y
estocadas, y Demetrio, que sangraba por varias heridas, no lograba quitarle la espada
de la mano. Oyó una extraña risa y vio a Perperna, que tenía una mano izquierda, no,
no era una mano, era un filo de navaja, y Perperna giró como una peonza sin dejar de
hablar, de balbucear palabras incomprensibles, cortó el cuello del árabe que había
alzado su espada para dar el golpe mortal a Demetrio y luego se volvió y clavó la
hoja, la mano, en el pecho del hombre que había surgido junto a él, y era Belhadad, y
Cleopatra lanzó un grito agudo cuando la mano de Belhadad se soltó del mástil de la
cruz y el príncipe de los bandidos, el señor del desierto, perdió el equilibrio y cayó
por encima del pretil, arrastrando consigo a Áfer.
Demetrio quería ir con Cleopatra, pero había entre ellos demasiados
combatientes, demasiados hombres tambaleantes que gritaban. Cogió la espada, la
alzó y la dejó caer, golpeó y lanzó estocada tras estocada, y sintió el sabor de la
sangre, el placer de la sangre, el gozo incomparable de ser uno con ese gigantesco
cuerpo de guerreros que se retorcían, mataban, golpeaban y morían.
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Capítulo XXV
EL APACIGUAMIENTO
Tráeme agua y vino, muchacho. Y tráenos coronas de flores: quiero probar mi
suerte en lucha cuerpo a cuerpo contra Eros.
ANACREONTE
Más adelante, ella oiría más detalles de la batalla, que siguió rugiendo hasta la
mañana. Le dijeron que lo decisivo habían sido los cadáveres apilados delante de la
puerta, que habían hecho imposible una salida de las fuerzas de Belhadad, superiores
en número. Lo decisivo, decían otros, habían sido las víboras y escorpiones
acumulados durante días, y los frutos de las letrinas.
—Lo verdaderamente decisivo —dijo Lucio Póstumo— fue el desorden y la
discordia que Rufo causó en el momento oportuno.
Quizá, se decía ella, había sido la mortal caída de Áfer y Belhadad, o la entrada
del grupo de Áfer a través de un pasadizo olvidado, cerrado durante décadas. O la
memoria de Perperna, su recuerdo precisamente de ese pasadizo. O, probablemente,
todo junto.
Pero eso vino después. Al principio, tan sólo se trataba de sobrevivir. Lo que no
resultó poco difícil, al menos al principio. Quizá todo aquello no había durado tanto,
pero para Cleopatra había pasado una eternidad cuando, después de la caída de Áfer y
Belhadad, terminó la lucha sobre la torre. Diez u once guerreros siguieron luchando
después de caer su príncipe y Harún. Y luego… luego vino la larga noche, en la que
hubo que rechazar una y otra vez ataques contra la torre, contra la muralla.
En algún momento, sacudió a Demetrio, que estaba jadeante frente a ella con los
ojos inyectados en sangre, la espada goteando apuntando al suelo.
—¡Vuelve en ti! ¡Ya ha pasado! ¿Me oyes?
Poco a poco, se aclaró su mirada; ella tuvo la impresión de que él despertaba de
algo parecido a una larga pesadilla o, quizá, de un éxtasis incomprensible para ella.
—¿Pasado? —dijo él débilmente; sus miradas trataron de adherirse al rostro de
ella, resbalaron sin asidero por su cuerpo hasta el suelo, hasta el reflejo de la antorcha
más próxima en un charco de sangre, hasta la punta de su espada.
—Pasado, Demetrio. Si es que eres Demetrio.
Él sonrió, pero tampoco la sonrisa halló asidero alguno, se filtró por las comisuras
de los labios y se evaporó en la noche bochornosa.
—¿Me oyes, Demetrio?
Él negó con la cabeza.
—Hubo una vez un mercader que se llamaba así. Ahora hay un matarife. Bésame.
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Entonces se tambaleó y dejó caer la espada. Ella le abrazó, le sostuvo; la frente de
él se apoyó en su hombro izquierdo. Ella empezó a pensar si debía asquearse ante ese
cuerpo, que sangraba por varias heridas leves, o ante ese rostro salpicado de sangre, o
ante el mercader, el desconocido que había dentro de ese cuerpo, detrás de ese rostro,
y despertaba de su embriaguez sangrienta. Antes de que sus pensamientos hubieran
progresado gran cosa, Demetrio alzó la cabeza y buscó su boca. Sabía a sangre, deseo
y fuerza, no repugnante ni ajena, sino familiar, y ella había conocido o había querido
conocer desde hacía mucho el cuerpo que tenía entre sus brazos. Se besaron
largamente, hasta que alguien los empujó a un lado.
—Sitio; seguro que esto es muy agradable, pero hay cosas más importantes que
hacer.
Habían bajado a Columela de la cruz y lo habían acostado junto a los otros
heridos, sobre unos paños y mantos traídos apresuradamente. Casi todos los que
habían participado en la lucha en lo alto de la torre habían salido heridos. Los heridos
leves ayudaban a limpiar y vendar, mientras los que aún eran capaces de combatir
alzaban los cadáveres y los tiraban por encima del pretil para luego volver a echar
mano a las armas. Los entierros y los sacrificios a los dioses se harían al día
siguiente; por el momento, todo lo demás era más urgente.
Una sección de arqueros capadocios ocupaba la cara de la torre que miraba al
valle; junto con otros guerreros que se encontraban en la muralla y ya en la cara
interior, dentro de Ao Hidis, rechazaban los contraataques de la gente de Belhadad.
Hiqar y los supervivientes de la guardia personal habían penetrado en el valle: para
combatir, para reunir a sus partidarios y, quizá, mover a otros a la misma tarea.
También los romanos barbudos habían desaparecido de la torre y, hasta donde
Cleopatra podía ver, de las inmediaciones del muro. Se estremeció al pensar en los
combates en la oscuridad, entre los enemigos, y al recordar aquel espantoso
chasquido sintió un punzante dolor en la nuca.
Rufo yacía no lejos de Columela. Al principio, lo habían tomado por muerto y
habían ido a tirarlo, como a los otros, por encima del pretil; entonces, uno de los
guerreros comprobó que el romano aún respiraba, aunque muy débilmente. La herida
que Perperna le había inferido era profunda y abierta, y Rufo había perdido mucha
sangre.
Cleopatra se arrodilló junto a él al verlo abrir los ojos.
—Flor de Cánopos —susurró él.
—Calla, estás demasiado débil —le lavó la cara y trató de levantar su mano
derecha del paño empapado y encostrado que le cubría el pecho y el vientre.
—Deja eso. ¿Cómo fue la lucha?
Ella señaló con la cabeza en dirección a la noche; era imposible no oír los gritos y
el chocar de las armas.
—Aún no ha terminado.
—¿Vamos a…? —gimió; su mano buscó el centro de su vientre y retrocedió con
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un estremecimiento—. ¿Vamos a ganar?
—Eso depende de quién sea «nosotros» para ti —dijo Demetrio.
Había estado ayudando a vendar heridos a diez pasos de allí; ahora se había
acercado a Cleopatra sin que lo advirtieran. Ella alzó la vista y vio la expresión de
sombrío desprecio con la que contemplaba a Rufo.
—¿Puede hablar? —la voz de Columela era dura, y estaba llena de dolores
reprimidos—. Entonces tumbadlo junto a mí, o a mí junto a él, y dejadnos solos.
—Antes de que muera me gustaría saber por qué mató a mis amigos y me robó.
—Demetrio, ¿no? —dijo Columela—. Hay cosas más importantes. Traedlo junto
a mí.
Un médico que se había ocupado de los heridos graves se acercó a ellos. Se
inclinó sobre Rufo, que siseaba algo entre dientes.
—No podemos mover a ese hombre —dijo el médico—. No vivirá mucho.
—Entonces llevadme a mí junto a él —la voz de Columela sonaba ahora
claramente irritada—. Y todos los demás, largo de aquí.
—¿Quién eres tú para dar órdenes? —dijo el médico.
—Columela. Representa al prefecto y al César —dijo un centurión, herido leve,
que en ese momento parecía estar al mando de la torre—. Haced lo que dice.
Dos hombres cogieron la manta sobre la que yacía Columela y arrastraron al
herido, no precisamente con suavidad, hasta Rufo.
El médico se rascó la cabeza y suspiró ligeramente; luego, se volvió hacia
Cleopatra.
—Tú eres la… princesa, supongo —dijo—. Yo soy Eleazar. Áfer era mi amigo;
estuvimos hablando de ti en el camino hacia aquí.
—Hablaremos de eso en el camino de vuelta, Eleazar —dijo Cleopatra—. Aquí
hay mucho que hacer, y mi corazón se siente agobiado por la sangre y el horror.
—Tienes razón… me necesitan —el médico asintió con una sonrisa agotada y se
dirigió a los escalones que bajaban de la muralla propiamente dicha.
En algún momento, todos los que había que atender estuvieron atendidos. Los pocos
médicos y sus asistentes seguían el ruido de la lucha, que se hacía más débil y se
alejaba de la muralla, en dirección al valle; en la torre no quedaban más que los
heridos, los heridos leves y unos cuantos guardias.
Demetrio había subido un odre.
—Agua y vino Después de toda la sangre. Bebe, flor de Cánopos.
Cleopatra se enjuagó la boca y bebió a largos tragos. Le devolvió el odre y se
quedó mirándole. A la luz insegura de las antorchas, parecía cambiado y sin embargo
igual. El mismo Demetrio, pensó, y la misma Cleopatra, en otra vida.
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—¿Cómo lo sabes? —dijo.
—Había una carta que no hubiera debido leer.
—¿Qué clase de carta?
—Glauca escribió desde Adane a su hermano, en Egipto, y le hizo preguntas. Él
envió la respuesta a Leuke Kome, y allí Rufo se quedó con la carta.
Ella se volvió y miró hacia donde Columela y Rufo yacían y hablaban. Donde
habían estado hablando… Columela yacía de espaldas y miraba al cielo nocturno, y
alguien había extendido un paño sobre el rostro de Rufo.
—Ya no podremos preguntarle por qué lo hizo —dijo ella angustiada—. Y
Glauca… —se encogió de hombros—. A pesar de lo que hizo no puedo odiarle. Pero
me gustaría saber a qué vino todo.
Demetrio le cogió la mano y señaló con la cabeza hacia el lado occidental:
—Ven, vamos a contemplar el desierto. Es igual de mortal que esos intrincados
planes, pero más claro.
Ella se dejó llevar hasta el pretil. Sus hombros se tocaban, y cuando Demetrio se
apoyó en las piedras ella apretó con fuerza su mano.
Delante de ellos, irreal bajo la incompleta luna y las estrellas, yacían las dunas
pardas y congeladas, y las blancas tiendas de campaña situadas en la altura de
enfrente habrían podido ser las velas de un barco. «Un barco», pensó ella, «alzado
por una inmensa montaña de olas y a punto de desplomarse sobre el valle,
destrozado. Si me agacho veo todas las ruinas. Los elefantes. Los cadáveres y…
Áfer».
Al cabo de un buen rato dijo:
—¿Y qué decía la carta?
—No mucho. Algo sobre la princesa Cleopatra y las otras dos, Thais y Arsinoe,
sobre el jardín de los placeres de Cánopos y un pequeño palacio en Alejandría.
Ella suspiró ligeramente.
—A veces, hay que mentir para acercarse a la verdad.
—¿La verdad?
—¿Acaso la realización de los propios deseos no es igual de cierta que los
obstáculos que hay que superar para conseguirla?
—No sé lo que habría dicho Sócrates, pero puedes contar con el aplauso de los
sofistas.
Ella le miró de soslayo:
—¿Estás enfadado? ¿Porque no te he dicho la verdad, tal como se entiende
normalmente?
—No en lo que te atañe a ti y a tus deseos, o a tu parentesco con la gran
Cleopatra. Pero habrías podido ahorrarnos a todos algún esfuerzo si hubieras dicho
antes unas cuantas cosas que sabías. Ao Hidis, por ejemplo.
—No llegué a decir mucho —ella rió en voz baja—. Pero si estás enfadado tengo
que pensar en cómo podría apaciguarte.
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Demetrio asintió.
—Ya se me ocurrirá algo. Cuando esto haya pasado, y si seguimos vivos.
Tres horas después de salir el sol cesaron los combates. Cleopatra no deseaba ver lo
que tenía que ocurrir después.
—El primer grupo ya está formado —dijo Eleazar. El médico había trabajado
hasta el agotamiento y, aun así, no estaba contento con la orden de unirse a los que
partirían en las próximas horas—. Tanto que hacer… Pero cuando los grandes
señores ordenan, hay que obedecer.
—¿Quién lo ha ordenado? —dijo Cleopatra; mientras hablaba, miraba hacia el
valle por encima del hombro de Eleazar y buscaba a Demetrio.
—Columela, ¿quién si no? Y Nikías no le contradice.
—Supongo que querrá tener el mejor médico.
Eleazar se frotó los ojos.
—O los hay mejores que yo, y entonces debe tomar otro, o yo soy el mejor, y
entonces me necesitan aquí. Pero ¿de qué sirve el pensamiento contra las órdenes? —
alzó los brazos y los dejó caer, en gesto de renuncia.
Partió una caravana, formada por heridos, cuidadores, escolta y botín… la
primera parte de los tesoros que Belhadad y sus predecesores habían reunido durante
décadas. No habían matado a todos los camellos; los animales que aún vivían fueron
cargados de equipaje, igual que una parte de los carros de bueyes.
Cleopatra escuchó a los guerreros encargados de la escolta historias terribles y
verosímiles sobre los combates en el valle, y relatos completamente increíbles sobre
las montañas de monedas y piedras preciosas que debían custodiar.
En realidad, ella habría querido quedarse; aún quedaba algo por aclarar. Pero
Demetrio se encargó de que partiera con el primer grupo:
—¿Qué quieres hacer en el valle? —había dicho—. ¿Contar cadáveres? ¿Ver
cómo demuelen la fortaleza de Belhadad?
—En algún sitio tiene que haber una estatua bajo cuyo pedestal hay algo
dibujado. Un ídolo.
—¿Un ídolo? ¿De qué Dios?
—Anubis.
—Lo destruí. También el pedestal, para tapar la entrada con sus trozos… ¡Ah!
—¿Qué? —le costó trabajo pronunciar como mínimo esa palabra. Desesperación
al final del horror.
—Belhadad dijo que Rufo había querido ver el pedestal desde abajo. ¿Qué había
que ver en él?
—Después. Te lo diré después.
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Eleazar había hablado de una casa de reposo a las afueras de Gadara, en Decápolis…
la casa de reposo de un babilonio heleno. Allí había sabrosa comida, magníficos
baños, aposentos aireados, y arquerías y patios interiores en los que chapoteaban
fuentes, las flores difundían sus aromas y unos pájaros mansos cantaban a la luna.
Allí iba a esperarle; a él y a los otros supervivientes. Y antes de que llegara, quería
escribirle allí una larga carta.
Al partir, no sabía quién de los otros vivía aún. Se alegraba al pensar en que lo
sabría en un momento u otro, y temía la lista de aquellos nombres cuyos portadores
no volverían.
Lo que no quería ver era la destrucción. Le habían dicho que los elefantes
muertos cargaban a sus espaldas grandes recipientes de aceite y resina, igual que los
camellos en sus alforjas. Se abrirían los recipientes, se apilarían los animales y los
hombres muertos y la madera de las puertas, y todo cuanto fuera combustible y ya no
fuera necesario, y se le prendería fuego. Se derribaría el muro, la torre y, dentro del
valle, la fortaleza. Hiqar, decían, se quedaría allí con una parte de la gente, en un
valle más pequeño y desprotegido, como aliado de Roma y amigo de los nabateos…
que aún no lo sabían. Los demás habitantes, si es que vivían, estaban destinados a la
esclavitud.
Dejó atrás todo eso: el incendio, la destrucción, la esclavitud. Como todos los
animales de monta se necesitaban para los heridos y el botín, caminó a pie, a menudo
con Eleazar, a veces junto a la litera que habían construido para Columela y que
llevaban algunos hombres fuertes. Hombres que esa misma noche habían luchado por
Belhadad, y cuyos hombros mostraban sangrientos trazos.
El posadero se llamaba Arístides, tenía la altura de un hombre y medio y la anchura
de dos.
—Salchichas muy especiadas de carne de burro —dijo—, corderos cebados y
asados al fuego, los abundantes peces de nuestros ríos y lagos, cochinillos para
aquellos a quienes su fe no se los haya vedado, grandes y pequeñas aves en una costra
de miel y sésamo, leche recién ordeñada, vino de Siria y de las islas helenas, el canto
de los ruiseñores y, si así lo quieres, los servicios de un fuerte bañero que tiene finos
dedos y buenos ungüentos.
Cleopatra miró a su alrededor, hacia la amplia sala a donde la había llevado el
posadero. La ventana, que se cerraba con un bastidor móvil cubierto con una fina
pantalla de cuero, daba al segundo de los tres patios interiores; cuando se asomó, vio
flores y un pozo rodeado de un murete. En la sala había una ancha tumbona con
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cojines y mantas no habitadas por insectos, una sólida mesa, una jarra, una fuente y
dos lámparas.
—Seductor, espléndido —dijo ella—. Probablemente tendré que mendigar en el
camino a Jerusalén… pero no puedo resistirme.
Arístides compuso una ancha sonrisa.
—¿Mendigar? ¡Quién habla de mendigar! Tú eres amiga de Eleazar, cuyos
conocimientos salvaron a mi hija y han facilitado mi digestión. Hay precios
favorables para los amigos de mis amigos. Y cuando ya no puedas pagar… —se
encogió de hombros—. Siempre hay algo que hacer, por ejemplo en la cocina, y
seguro que habría hombres que estarían dispuestos a pagar por otros servicios.
—Lo tendré en cuenta.
Pero no quería, se dijo cuando Arístides se hubo marchado. Ni tenerlo en cuenta,
ni hacerlo. No aquí, no ahora. No, mientras hubiera otras posibilidades.
El bañero tenía unos dedos finos y expertos, y después de tantas lunas en barcos,
en míseros albergues árabes, sobre camellos y por fin en Ao Hidis («quiero dar a los
dioses del olvido el baño de Claudia Prócula», pensó), era un placer incomparable
disfrutar de un baño bueno y prolongado, con piletas de agua caliente, tibia y fría,
frotarse y lavarse primero y ser después masajeada y ungida.
También era un placer tumbarse al principio del crepúsculo en un triclinio
acolchado que había bajo los arcos del patio interior, comer pajaritos asados, fruta
fresca, buen pan aromático, beber con todo ello un sabroso vino y no pensar en Ao
Hidis.
Naturalmente, enseguida pensó en Ao Hidis, y al oír unos pasos ligeros no pudo
evitar estremecerse. Guerreros que acechaban en la penumbra con curvos puñales…
Pero era Eleazar, que había seguido rumbo a mediodía con la caravana de
Columela. Le tocó el hombro, le cogió la copa y la vació. Luego suspiró y se sentó al
borde de su tumbona.
—¿Cómo es que estás aquí? —dijo ella—. Pensaba que tenías que acompañar a
Columela hasta Jerusalén.
—Eso pensaba él también —Eleazar sonrió—. Pero resultó que los ediles de
Gadara querían hacer un ruego a su querido amigo, el noble romano. Y como se
ofreció a transmitirlo al pueblo, al Senado y al César, lo colmaron de regalos y
pusieron a su disposición carros con muelles, animales de monta y de tiro y médicos
y bañeros. Y casualmente en medio de esa multitud nadie prestó atención a un
superfluo médico judío.
—Bienvenido, oh, superfluo. ¿Tienes hambre?
Eleazar asintió.
—Arístides ya está al corriente de que mi estómago gruñe airado. Permite que
después de una breve limpieza me inmiscuya en tu contemplación.
De hecho, no cabía hablar de injerencia, y menos de intrusión. Eleazar era un
compañero en extremo agradable, instruido y viajado; a lo largo de la conversación,
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en los días siguientes comprobaron que tenían algunos conocidos comunes, aunque
fugaces. Naturalmente, hablaron de Áfer, cuyo fin ambos lamentaban, aunque por
distintos motivos.
—Hubiera deseado para él una ocupación atractiva en alguna parte —dijo
Cleopatra—. Y creo que habría llegado a ser un buen padre de familia.
Eleazar bajó las comisuras de los labios:
—Me llenas de escepticismo. Nunca le interesaron mucho los niños.
—Para algunos hombres, eso cambia cuando son suyos.
—Además, faltó la mujer adecuada. Pero probablemente la hubiera encontrado.
En algún otro sitio —hizo un ruido a medio camino entre la risa y el suspiro—.
Quiero decir que no entre mi gente.
Cleopatra le miró fijamente, sobre la llama humeante del candil.
—¿No te gusta tu gente?
Eleazar infló las mejillas:
—Bueno, no se puede decir así. Creo que Áfer tenía una buena mirada. Un
entendimiento agudo. En una ocasión dijo: «Entre vosotros hay gente magnífica y
bestias, como en todas partes. Ni siquiera es malo que os consideréis elegidos. Algún
día llegaréis a no considerar a los otros, a los que no han sido elegidos, inferiores por
eso, y si además lográis amordazar a vuestros sombríos predicadores y cuidar de que
los eruditos tengan que trabajar de verdad para ganarse la vida, en lugar de dedicarse
a disgregar en signos las palabras e interpretar los signos…». Algo así. Por otra parte,
en una ocasión hubo una mujer, una judía, a la que amó. Pero todo quedó en nada.
—¿Por qué? ¿No la dejaron los suyos?
—Ella se había… cómo diría yo, ¿liberado?, de todos ellos. Pero entonces se
encontró a ese renovador errante, Jehoschua, y se desposó con él. Miriam, se llamaba.
Una mujer hermosa e inteligente.
—¿Jehoschua?
—Lo dices como si le conocieras.
—Sí. Creo que era un justo. Un buen hombre. Lo crucificaron.
—Oh —Eleazar pareció afectado—. Áfer hablaba bien de él. ¿Cuándo ocurrió?
—El día en que salí de Jerusalén con Columela.
Contó lo que sabía, y mientras hablaba se dio cuenta de que le habría gustado
saber más.
—Esos sabios tenebrosos —gruñó Eleazar—. Y con un poco de esfuerzo Pilatos
hubiera podido… Pero es ocioso pensar en ello. Sigamos con Áfer. Hablábamos de
que le hubiéramos deseado un fin diferente.
—¿Cuál habría sido tu deseo?
—Ha tenido un buen fin. Tal como él lo hubiera deseado. En plena posesión de
sus fuerzas, no en la decrepitud. En lucha contra un enemigo fuerte. Una muerte
espléndida para un guerrero. Tan sólo desearía que el motivo hubiera sido digno de
él.
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—¿No lo era?
Eleazar resopló.
—¿Una guerra de la que nadie hablará, de la que nadie sabrá? ¿En el desierto,
envuelta en hilos inextricables tejidos por Roma? Dime, ¿le echas de menos?
Cleopatra escuchó a su interior antes de responder.
—Que estuviera vivo sí, pero no como hombre. Fue bueno, para los dos, pero
había pasado. No habría habido repetición. ¿Por qué lo preguntas?
Eleazar se inclinó hacia delante y posó las puntas de los dedos de su mano
derecha en el brazo de ella…, un contacto curiosamente casto, le pareció.
—Eres inteligente, instruida, y conoces el mundo —dijo a media voz—, y sin
duda eres la mujer más hermosa que hay entre las columnas de Hércules y Babilonia.
Si echaras de menos a Áfer, para mí sería un éxtasis poder consolarte. No porque
fuera digno de él.
Cleopatra rió, se deslizó de la tumbona, cogió su rostro entre las manos y le besó
en la boca.
—Lo has dicho de manera muy hermosa. Un discurso que clama por ser refutado
—le soltó y se sentó en el triclinio.
Eleazar consiguió el prodigio de sonreír de forma a un tiempo melancólica y
astuta:
—Se puede intentar —dijo—. Espero tu gran «pero».
—Uno pequeño, amigo mío. No necesito consuelo. Y espero a alguien que, aun
así, confío en que me lo dará.
—¿Quién es ese administrador de desconsolado consuelo? ¿Puedo saberlo?
—Demetrio. Lo viste en la torre.
Eleazar asintió.
—Casi me lo había imaginado. Princesa, no me quedaré mucho tiempo; siempre
podría ser que ciertos romanos me busquen y me echen de menos.
—¿Adónde vas a ir?
—Aún no lo sé. ¿Quizás Alejandría?
—Si todo se arregla —dijo ella—, en Coptos, muy al sur, tendré pronto una casa
hospitalaria. Si tu camino te lleva hasta allí…
—¿Cómo podríamos el camino y yo resistirnos a tal expectativa?
Demetrio llegó tres días después; pero no vino solo. Iba con él Ravi, que —«de
alguna manera, no sé más»— había sobrevivido a la matanza y al caos de la noche;
además, Nubo, Perperna y Meleagro.
—¿Y Leonidas? —dijo Cleopatra, aunque ya intuía la respuesta.
—Combatió con honor, como cierto espartano de igual nombre, hace mucho
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tiempo. Murió de una muerte excelente, y todos hemos alabado en su honor a dioses
en los que él no creía —dijo Meleagro.
Demetrio miró a su alrededor, la gran sala en la que todos estaban de pie hablando
en confusión; se volvió a Arístides:
—Dales aposento —dijo—. Solos o juntos, como quieran. Mis deseos te los
manifestaré más tarde.
—¿Tienes deseos? —dijo Cleopatra; con ligero disgusto, comprobó que su
corazón latía un poco más fuerte de lo necesario. Pero en realidad no le disgustaba, se
dijo luego.
Demetrio se agachó a coger su pesada bolsa de viaje.
—Tengo deseos, princesa.
—Flor de Cánopos —sonrió ella.
—¿Puedo seguir llamándote princesa?
—Lo que tú quieras.
—Quiero enseñarte una cosa.
—¿Tu colección de bustos de poetas? Ja, ja, ja. ¿Quieres que me meta en esa
bolsa?
Él se echó a reír.
—No voy a arrastrarla por el desierto. No, es algo distinto. Pero no aquí.
—Ven.
Ella fue delante, escaleras arriba, disfrutando de la conciencia de que sus miradas
la seguían aún más de cerca que él mismo, y le guió hasta su aposento.
—Mejor que ciertos albergues —dijo él tras mirar en derredor—. Princesa,
ármate.
—Me ves indefensa.
—Eso espero —sonrió; pero entonces él no la tomó en sus brazos, sino que sacó
de la bolsa de viaje una más pequeña, la abrió y vació el contenido sobre la mesa:
monedas, chapas de oro, piedras preciosas.
—El triple de lo que perdimos… todos juntos —dijo—. Y los otros también
tienen algo —hurgó en su cinturón, como si aún hubiera algo.
—¿Reparto del botín?
—Así es —le puso las manos en los hombros—. Además… cuando Columela se
marchó, Nikías se encargó de todo. No es ningún romano, como sabes, así que no es
tan concienzudo en lo que al derramamiento de sangre se refiere. No ha tenido lugar
una matanza, si eso te tranquiliza.
Ella asintió, pero no dijo nada; se limitó a mirarle.
—Tus ojos brillan —murmuró él—. Esta mañana me he lavado; pero ahora estoy
sucio del viaje.
Ella rió.
—Aquí hay abundancia de hombres limpios. Creo que esperaba un Demetrio
sucio.
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—¿Habíamos hablado de… calmar?
Ella negó con la cabeza y le quitó el cinturón.
—¿Aturdir?
Ella cogió el borde inferior de su chitón y lo alzó; Demetrio estiró los brazos para
que ella pudiera pasarlo por su cabeza.
—¿Seducir?
Ella le puso las manos en el calzón y se lo bajó.
Demetrio se quitó las sandalias, empleando tan sólo los pies.
—¿Importunar? —dijo al mismo tiempo.
—Polvo —dijo ella—, sólo polvo, no suciedad. No, importunar es la palabra
equivocada —se quitó el chitón y, mientras la tela rodeaba su cabeza, sintió las
manos de él en su ropa interior.
—¿Liberar? —se arrodilló y parpadeó mirándola—. Cómo se libera un… Ah, tu
olor. Tú y tu jungla —deslizó una mano entre sus muslos y hurgó con la boca en su
vello espeso y ensortijado.
—Error —ella puso el pie izquierdo en el bastidor de la cama—. Apaciguar. Más
o menos. Pero era yo la que quería apaciguarte a ti. Ven —se dejó caer lentamente en
el lecho.
Más adelante, en los días siguientes, las piezas del rompecabezas fueron encajando
poco a poco. Demetrio había obtenido de un reticente Lucio Póstumo unas cuantas
parcas alusiones, jirones de un amplio y abigarrado ropaje. Nada suficiente para hacer
nada, ni para pensar en enviar informes a Roma, pero sí lo bastante como para ver un
poco más claro, para comprender de qué juego habían sido parte todos ellos. Nubo y
Perperna aportaron nuevos jirones. Lo que salió al final no fue una tela para un manto
de viaje, como máximo un paño suficiente para un taparrabos, pero el resto podían
completarlo de forma verosímil mediante inducción.
Marco Valerio Rufo había sido un hombre de confianza del gran Sejano,
todopoderoso en Roma. Uno de muchos guerreros —había otros, por ejemplo
aquellos legados que habían visitado al padre de Nubo para pedirle guerreros— que
al final del verano debían trasladarse al norte de Libia y retener allí, en caso
necesario, tropas romanas. En caso necesario: si se resistieran a la toma total del
poder por parte de Sejano. Sin duda, para Ao Hidis estaba previsto algo parecido.
Había estado previsto… al comienzo del asedio, Rufo debía cuidarse de que hubiera
alboroto, confusión, a cuyo fin Hiqar tomaría el poder, concluiría la paz con los
sitiadores y daría qué hacer más adelante a las tropas romanas de Siria y Palestina.
Nadie había podido contar con los recuerdos de Perperna y las fuerzas de choque de
Áfer, pero incluso el fracaso estaba previsto: en ese caso, Rufo y su gente debían
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actuar como buenos romanos y contribuir a la victoria de los sitiadores. A fines del
verano o se discutirían otras posibilidades, o un debilitado pero siempre amenazador
Hiqar podría avanzar contra las tropas imperiales.
—Se había asegurado bien —dijo Meleagro.
—¿Quién? ¿Rufo? —Perperna, que excepcionalmente no rebosaba de locuacidad,
alzó la cabeza.
—Qué tontería. Sejano. En ambos casos, Ao Hidis quedaba liquidada, y si algo se
filtraba Sejano podía decir: «¿Qué queréis? Hemos eliminado un peligro; todo lo
demás es pura calumnia».
—Mukhtar era una especie de seguro —dijo Demetrio—. Pariente de Belhadad,
¿verdad? Al principio Mukhtar, que tenía un mandato de su padre, debía introducir a
Rufo en Ao Hidis, y salir fiador de él. Luego, si algo hubiera salido mal, al ser un
pariente de Belhadad habrían podido hacerlo nuevo príncipe a él en vez de a Hiqar.
Muy astuto.
—¿Y todas las maquinaciones de Adane? —dijo Cleopatra—. ¿Todo fue tan sólo
para llegar antes a la meta?
Demetrio frunció el ceño.
—No lo sé. Supongo que recibió órdenes… demasiado tarde, quizá. Calculó que
sólo podría llegar a tiempo a Ao Hidis con los mejores camellos de carreras. Pero no
tenía bastante dinero. Así que… el resto es pura adivinanza, pero creo que pudo haber
sido así: primero, se encargó de que mi caravana pudiera partir pronto.
—¿Cómo? —Nubo movió la cabeza—. ¿Cómo puede haber hecho eso?
—Representa a Roma allí abajo, ¿no? Con guerreros e influencia, y en el tiempo
que pasó en Adane seguro que llegaron a sus oídos cosas que podía emplear para
extorsionar. Pero quizá ni siquiera extorsionó, sino que tan sólo amenazó con las
armas romanas. Se encargó de que Kharkhair se mostrara primero impenetrable y
luego extremadamente amable, de forma que yo fuera feliz y no hiciera preguntas.
Alquiló a un par de matones para que me asaltaran y se mantuvo cerca con su gente
para salvarme, para que lo llevara conmigo en cualquier caso. Todo enmarañado y
superfluo, pero cuando se empieza con esos juegos… Quizá le dijo a Mukhtar: juega
conmigo, o mis treinta y seis hombres visitarán la próxima noche tu almacén y lo
harán trizas todo. Mukhtar, que de todas maneras tenía el encargo de su padre
moribundo de pagar sus deudas en Ao Hidis, acepta. Tiene que aceptar. Ama tanto a
los extranjeros que podemos estar seguros de que sin duda no fue un placer. Así que
se forma la caravana, partimos, y en la primera ocasión que se ofrece hace arrojar a
las mazmorras a todos los que no están de su parte, vende la caravana y todas sus
mercancías, compra camellos más veloces y… hacia el norte.
—¿Y Prexaspes? ¿Y la chica? —dijo Meleagro.
—Los dos salieron a pasear en medio de la noche. La chica no sólo era muda,
sino también sorda; así que no escucha la espléndida narración de Perperna.
—¡Ja! —dijo el viejo—. ¡Y otra vez ja! ¡Sigue!
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—Prexaspes quería ser amable con ella, supongo; o tal vez la cháchara de
Perperna le atacaba el hígado…
—¡Otra vez: ja!
—Rufo y Mukhtar aprovecharon que casi todos escuchaban hechizados el relato
para volver a hablar fuera del valle. Para determinar exactamente quién hacía qué y
cuándo, o cuál era la mejor oportunidad; esas cosas. Casualmente Prexaspes y la parta
pasaron por allí y hubo que silenciarlos.
—¿Y los secuestros posteriores? ¿Tú, Ravi, Glauca, y después Columela y yo? —
dijo Cleopatra.
—Difícil —Demetrio titubeó, y Cleopatra tuvo la impresión de que ponderaba
qué podía decir y qué no. Se preguntó si realmente lo sabía todo.
—Difícil —repitió—. El caso de Columela no es difícil; tener en las manos al jefe
del enemigo… es algo que se explica por sí mismo. El hombre con el que se puede
negociar, que puede allanar el camino incluso en Roma. Probablemente Rufo no
contaba con que Belhadad tratara así al romano, pero… Bueno. Creo que Glauca fue
un error de Didhama. Me disgusta decirlo, princesa, pero probablemente Rufo dijo al
árabe que debía llevarse a la más hermosa del grupo. Para Rufo era Cleopatra, para
Didhama era la más joven: Glauca. ¿Ravi? No lo sé… quizá porque es indio, un
extranjero, y por eso llamativo, o porque podría haber oído algo en su taberna. A mí,
supongo, me quería tener en sus manos porque soy uno de los informantes de los
grandes mercaderes.
Meleagro fue el único que creyó tener algo que decir:
—Me lo imaginaba desde hacía mucho, señor… ¿Y Prexaspes?
—Era el único que lo sabía. Pero no creo que Rufo estuviera al tanto de eso.
—¿Podría ser —dijo Cleopatra— que uno de sus objetivos fuera…
desenmascarar a lo largo de la empresa a los que trabajan para los otros servicios
secretos de los romanos? ¿A los que podrían hacer algo contra Sejano?
Desenmascararlos y eliminarlos…
—¿Incluyendo al misterioso cuarto servicio? Podría ser —Demetrio arrugó la
nariz—. Todo muy complicado. Y organizado de tal modo que Sejano ganaba con
cualquier fin posible. Ah —de pronto soltó una carcajada—. Dos cosas más. En
primer lugar… se supone que todo esto era para evitar una alianza entre Belhadad y
los partos. En todo Ao Hidis no se encontró un solo parto. Lo segundo te concierne a
ti, Perperna.
El anciano cerró los ojos.
—No estoy.
—Golpeaste a tu alrededor con la afilada hoja que te sirve de mano, y
casualmente, en medio del tumulto, alcanzaste a Rufo. Eso fue lo que pareció. ¿Fue
así? ¿O fue venganza por la caravana, por los muertos, por el robo? ¿O… te
imaginabas ya algo de lo que hemos estado diciendo?
Perperna abrió lentamente los ojos y se incorporó.
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—No sé de qué me hablas. ¿Os he hablado del tiempo que pasé en el país de
Asir?
—Ponme todo eso en la tripa —dijo Cleopatra durante la noche, mientras un
Demetrio placenteramente agotado se sentaba en el borde del lecho y dejaba caer
monedas en la bolsa por entre los dedos.
—¿Todo? Pero… está frío.
—No hará daño. El ardor, sabes…
—¡Ya lo creo que lo sé! Pero sería una lástima combatirlo.
—Aliviarlo —Cleopatra rió abiertamente—. Apaciguarlo.
—Ah —Demetrio derramó el contenido de la bolsa sobre el vientre de Cleopatra;
ella disfrutó de la sensación de sentirse cargada, pero no agobiada, por el valioso
peso. De todos modos, la mayor parte cayó rodando sobre la sábana, a izquierda y
derecha.
—Hay algo más —dijo él.
—¿El qué?
Él se agachó a recoger sus ropas, que yacían por el suelo.
—Perperna dice que en algún momento te oyó hablar con Rufo o con no sé quién
de estatuas y anillos. Yo destruí la estatua de Anubis. Este anillo —sostuvo en alto
algo que brilló dorado y verdoso a la luz de la lámpara— se lo cortó a un árabe junto
con el dedo cuando aún no era esclavo. Dice que si la princesa lo quiere debe ser
suyo. A cambio de lo que le ha prometido. ¿Qué le has prometido?
—Que cuando recupere mi propiedad podrá pasar en ella sus últimos días.
Enséñamelo.
Le entregó el anillo. Ella lo sostuvo a la luz y sintió que los latidos de su corazón
se aceleraban.
—Podría ser —dijo—. Para saberlo, tendría que destruirlo.
—Perperna dice que si sus ruinas te hacen feliz, él estará contento.
—¿Apaciguado?
—No dijo tal cosa. Me parece que es demasiado viejo para eso.
—¿Cuánto de viejo vas a llegar a ser tú?
—Eso depende de las circunstancias, y de la compañía. ¿Qué pasa con ese anillo?
—Si es el que yo creo —dijo ella en voz baja—, en la parte inferior de la piedra
hay un dibujo. Grabado. Me dirá cómo llegar a una antigua mina. Al norte de
Berenice. Una mina de esmeraldas.
Demetrio guardó silencio; luego dijo, casi con devoción, le pareció a ella:
—Las esmeraldas de los Ptolomeos… ¿Realmente te pertenecen?
—Puede que mi nariz no sea la de mi abuela, pero por lo demás… sí —ella
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titubeó. Vaciló. Ponderó. Luego tomó impulso.
—Tengo que decirte una cosa más. Si es que… —se interrumpió.
—¿Si es que qué?
—El mercader e informador Demetrio… ¿seguirá comerciando e informando, o
podría imaginarse buscando esmeraldas, si éste es el anillo? ¿Buscando esmeraldas y,
de vez en cuando, esforzándose en hallar un poco de apaciguamiento?
—Hay obligaciones… que hay que atender. Siempre he viajado y siempre he
estado fuera largo tiempo; ¿por qué no un poco más? —empezó a meter en la bolsa
las monedas, piedras preciosas y chapas de oro—. Estos objetos ocupan un lugar para
el que sabría mejor ocupación. ¿Por qué lo preguntas?
—Nada de casamiento —dijo ella—. Sólo placer apaciguador, mientras dure.
—¿Por qué nada de casamiento? —se agachó, y ella sintió la punta de su lengua
en su ombligo—. Los casamientos se pueden disolver si el apaciguamiento ya no se
produce.
Ella buscó a tientas la cabeza de él, enterró los dedos en su pelo.
—Entonces no debiera haber secretos, ¿verdad?
—¿Qué secretos, princesa de las flores de Cánopos?
—Encima de la mesa hay un papiro —dijo ella—. No levantes la cabeza, déjala
donde está. Bien. He escrito una larga carta. Y he hecho una copia. Debe llegar a
Roma.
Demetrio levantó la cabeza y la miró.
—Rufo —dijo ella— era uno de los hombres de Sejano. Tú eres informador de
los grandes mercaderes. Columela y Áfer trabajaban para el César y las legiones.
Demetrio asintió.
—Tengo que mirarte mientras dices cosas importantes. Pero mis dedos, sobre
todo éste, no tienen por qué mirar hacia tu rostro.
—¿No tienen por qué? No, no tienen por qué. Adónde quiero llegar…
—… aparte de al apaciguamiento…
—… es a algo que vas a oír ahora y no deberás mencionar nunca. ¿Puedo confiar
en tu silencio?
—¿Para qué tanta charla? —sonrió—. Hay mejores ocupaciones para la boca y la
lengua.
—No… mírame. Se trata del cuarto servicio secreto.
—¿Los espías de Livia Augusta? —se incorporó; ella lamentó notar que la
atención de él ya no se centraba en su dedo.
—Livia era el vicio y el egoísmo. ¿Quién iba a hacerse cargo de su red de arañas
asesinas y a transformarla, sino la virtud y el bien común?
La mandíbula inferior de Demetrio bajó.
—¿Quieres decir…?
Cleopatra se echó a reír:
—Tienes una expresión encantadoramente necia. Te amo. Despierta a tu dedo y
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seguiré hablando.
—Escucho y obedezco, princesa.
—Bien. Cuando Livia Augusta se reunió con los dioses, en Roma quedaron mil
ojos y oídos que no sabían a qué atender, y mil lenguas que no sabían a quién
informar. Como el vicio había muerto, se volvieron a la virtud, y la virtud siguió
utilizándolos. En un sentido nuevo.
—¿Te estoy entendiendo bien?
—Antonio, la hija menor de Marco Antonio… Mi tiastra, si quieres llamarla así.
Se hizo cargo de la red de Livia. Lo que nadie sabe ni debe saber, ¿me oyes?
Él asintió.
—Había gente viciosa, en esa red. La virtud se sirve del vicio para promover la
virtud. Ella me educó, hasta que huí, porque la virtud me asfixiaba. Pero le estoy
agradecida… en cierta medida. Por eso, durante todos estos años la informé de lo que
consideré importante.
—¿También acerca de ciertos dedos?
Ella no pudo contener la risa.
—Eso no la sorprendería, pero no le importa, mientras esos dedos no hurguen en
asuntos de Estado. El papiro que hay sobre la mesa es para Antonia. Lo que tú has
dicho, lo que yo he pensado… ¿comprendes? No basta para un juez romano, para el
Senado, para el César, pero Antonia sabe mucho, y quizá puede relacionar lo que le
he escrito con otras cosas. Quizás, si Pilatos no puede, ella pueda incluso ayudarme a
recobrar mi posesión.
Arsinoe y Thais se encargaron de la casa a las afueras de Coptos, que arrojó buenos
beneficios: los espías de la administración del distrito, los jefes de la legión tebaica,
hombres de negocios, poetas, músicos, entraban y salían de ella.
Nubo se había puesto en camino, para reconciliarse con su padre o apartarse de él.
—Los padres —había dicho al despedirse— son más inseguros que las madres; y
molestos, además. ¿No hemos tenido todos dificultades con nuestros padres? ¿Tú,
princesa, y Demetrio? ¿Mukhtar, al que ojalá estén destripando los buitres del Más
Allá? ¿No dicen que el predicador Jehoschua murió a causa de su padre, o por él,
porque él lo ordenó? ¿Y Áfer, conforme a todo lo que tú has contado, noble? Los
padres… al principio son necesarios, luego molestos. Ya veremos.
Perperna guardó la casa de Coptos. Meleagro trabajó de capataz de los
trabajadores de la reabierta mina, de la que se sacaban valiosas esmeraldas. A veces,
Cleopatra y Demetrio acudían allí para cerciorarse de los progresos de la explotación.
Pocas lunas después del comienzo de los trabajos, en invierno, se enteraron, como
todo el Imperio, de que el todopoderoso Sejano había caído en Roma. Antonia, se
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decía, había transmitido al César la información decisiva. En octubre de ese año, el
decimoséptimo de su reinado, Tiberio, hijo de Livia Augusta, hijo adoptivo y
heredero de Augusto, dejó la isla de Caprea y se dirigió a Roma. Poco después el
prefecto de los pretorianos, Sejano, fue depuesto, y ejecutado al cabo de unos días.
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GISBERT HAEFS (Westfalia, Alemania, 1950). Conocido escritor alemán de novelas
policíacas e históricas. Estudió filología inglesa e hispánica en la Universidad de
Bonn.
Durante sus estudios compuso e interpretó canciones, que publicó con el título de
Skurrile Gesänge («Cantos grotescos», 1981).
Trabajó después como traductor de literatura en español, en francés e inglés. En 2004
Haefs tradujo todas las canciones (Lyrics 1962-2001) de Bob Dylan. Ha editado y
traducido en Alemania la obra de Bioy Casares, Rudyard Kipling, Ambrose Bierce y
Jorge Luis Borges, entre otros.
Escritor prolífico que aborda diversos géneros, desde el policíaco al histórico. En
España ha publicado numerosos títulos, como Rajá, Troya, su aclamado Aníbal: la
novela de Cartago, La amante de Pilatos, El jardín de Amílcar y muchos otros.
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