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Magnitud e intensidad de los sismos

Los terremotos son fenómenos naturales impredecibles que pueden causar desastres, aunque su prevención es posible mediante el conocimiento científico. La actividad sísmica es resultado del movimiento de placas tectónicas en la litosfera, donde la subducción de placas oceánicas genera acumulación de energía que se libera en forma de sismos. La magnitud y la intensidad de un sismo se miden de diferentes maneras, siendo la magnitud una medida de la energía liberada y la intensidad una medida de cómo se percibe el temblor en diferentes localidades.

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Magnitud e intensidad de los sismos

Los terremotos son fenómenos naturales impredecibles que pueden causar desastres, aunque su prevención es posible mediante el conocimiento científico. La actividad sísmica es resultado del movimiento de placas tectónicas en la litosfera, donde la subducción de placas oceánicas genera acumulación de energía que se libera en forma de sismos. La magnitud y la intensidad de un sismo se miden de diferentes maneras, siendo la magnitud una medida de la energía liberada y la intensidad una medida de cómo se percibe el temblor en diferentes localidades.

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SISMOS

Los terremotos son un fenómeno natural. Cuando nos causan daños graves
hablamos de desastres. Aunque el fenómeno natural aún no es predecible, los
desastres se pueden prevenir. La ciencia nos da los conocimientos para hacerlo.

La naturaleza no tiene palabra”, dijo Carlos Valdés, director general del Centro
Nacional para la Prevención de Desastres, tras los terremotos de septiembre de
2017. Se refería a que los temblores siempre nos toman por sorpresa. Aún no
sabemos calcular los plazos secretos que cumplen las rocas subterráneas.

En el siglo XIX, un autor menos conciso pero más elocuente, Charles Darwin,
experimentó en Chile un temblor sobre el que escribió: “Un terremoto intenso
destruye en un instante nuestras más antiguas asociaciones: la tierra, emblema de
solidez, se ha movido bajo nuestros pies como una fina corteza sobre un fluido –
un segundo de tiempo ha creado en la mente una extraña sensación de
inseguridad que horas de reflexión no nos habrían provocado”. Es exactamente lo
que sentimos los habitantes de las regiones afectadas por los sismos del 7 y el 19
de septiembre de 2017.

Suelo inquieto
Quizá la tierra sea para nosotros emblema de solidez, como dijo Darwin, pero es
por un error de perspectiva: somos minúsculos y nuestra vida es demasiado breve
para darnos cuenta de que el suelo firme es todo menos firme. Si pasamos de
nuestras insignificantes escalas de espacio y tiempo a la escala geológica de
millones de años y de kilómetros cuadrados, la superficie terrestre se vuelve tan
agitada como una pista de carritos chocones. La corteza exterior del planeta,
llamada litosfera, está partida como un plato roto en extensas placas de entre 15 y
200 kilómetros de grosor que flotan sobre roca semifundida y arremeten unas
contra otras como adolescentes en uno. Los choques, deslizamientos y roces de
estas placas tectónicas alteran el dibujo de los continentes, levantan montañas y
hacen aflorar volcanes (véase ¿Cómo ves?, No. 13). También son la causa de los
sismos.

Frente a las costas del Pacífico mexicano corre una larga fosa submarina, o
trinchera, en la que se libra una encarnizada batalla entre placas tectónicas. La
fosa es el choque frontal de la gruesa, pero ligera, placa continental de
Norteamérica (sobre la que va montado México) contra dos placas más delgadas y
pesadas hechas de suelo oceánico: la placa del Pacífico y la placa de Cocos. En
estos encontronazos tectónicos las placas oceánicas llevan todas las de perder
por estar hechas de rocas más pesadas que las placas continentales, las cuales
las someten y las obligan a hundirse (decimos que las “subducen”). La placa
oceánica se mete por debajo de la placa continental como una alfombra que se
desliza bajo la otra con tremenda fricción. En su deslizamiento, las placas se
atoran, pero el movimiento de subducción no se detiene. La placa superior se
comprime, acumulando energía elástica como un resorte. Esta compresión
insostenible acaba por romper las rocas trabadas y la energía acumulada se libera
en un paroxismo de ondas que se propagan en todas direcciones, como la
reverberación de un alarido.

Magnitud e intensidad
Cada temblor, como cada persona, es diferente, e igual que en las personas las
diferencias tienen que ver con: 1) cómo nacieron y 2) cómo interactúan con el
mundo.

Lo primero se mide por medio de la magnitud del sismo, que se relaciona con la
energía liberada en el desgarramiento que le dio origen. Si un terremoto fuera un
alarido, la magnitud sería la cantidad de decibeles medidos junto a la persona que
lo profiere (o bien, como el wattaje de un foco, que da su potencia intrínseca, pero
no dice cómo se verá a lo lejos). La intensidad, en cambio, es una propiedad de la
interacción de las ondas sísmicas con el subsuelo, y por lo tanto es particular de
cada localidad. Si el epicentro está lejos, la intensidad será baja como la de un
grito en la lejanía, pero las propiedades locales del suelo pueden amplificar el grito
y hacerlo reverberar.

Hay varios tipos de magnitud. Una se calcula a partir de la duración, otra de la


amplitud máxima de las vibraciones, otra más (llamada magnitud de momento) se
relaciona con el área del desgajamiento rocoso. Unas magnitudes son adecuadas
para sismos leves, otras para sismos fuertes, e incluso hay dos especiales para
los sismos que provienen de las costas de Guerrero.

Después de un temblor el Servicio Sismológico Nacional reporta primero una


magnitud calculada automáticamente por un programa de computadora a partir de
la duración del sismo; luego —con más datos e intervención humana— la
magnitud de momento. Por eso a veces el cálculo final de la magnitud difiere de la
primera estimación.

La intensidad se mide en parámetros que van desde la percepción subjetiva de las


personas (expresada en una escala originalmente inventada por Giuseppe Mercalli
en 1901, hoy modificada), hasta variables medidas con instrumentos científicos o
calculadas matemáticamente, como la aceleración máxima de los vaivenes de la
tierra durante el temblor y la aceleración que experimentaron los edificios, que
varía según el número de pisos. Cuando decimos “el temblor se sintió muy fuerte
en mi casa” nos referimos a la intensidad, no a la magnitud.

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