El Rey Desnudo
(Fabula de Hans Christian Andersen)
Había una vez un rey, tirano, malo y déspota que hacía sufrir a toda la población.
Cuando se acercó el día del aniversario número veinticinco de su asunción,
decidió hacer una gran fiesta para alegrar a sus súbditos.
Estaba seguro, que su pueblo lo adoraba, enfermedad común de los dictadores ya
que los convence su propia propaganda.
Para el gran día, pretendía estar muy elegante y destacarse cuando dijera su
discurso recalcando todas las bondades de su reinado.
Se dirigió a su sastre y le dijo: Tenés que hacerme un traje, que sea único. Algo,
de lo que tienen que hablar durante siglos y siglos.
El sastrecito, pícaro, le contestó con mucho convencimiento:
-- Te lo prometo, mi rey. Vas a tener el traje más extraordinario de la historia.
Tengo una tela, que te va a sorprender, única en el mundo. Pero tiene un defecto.
Solo es visible para los buenos, inteligentes y muy queridos. Mirá la tela, una
verdadera maravilla_. Puso su mano en el estante vacío, fingió un esfuerzo y
desenrolló la inexistente tela sobre la mesa. El rey, no vio nada, pero no lo quiso
confesar. No fueran a decir que es malo, ignorante y odiado.
-- Una maravilla _le dijo al sastre_ ¿para cuando vas a terminar esta hermosura?
Porque yo la necesito en una semana. Y pobre de vos si me fallas.
-- No te aflijas, mi muy querido rey. Mañana podes venir para hacer la primera
prueba y en tres días la segunda.
Y llegó el esperado momento. El sastre vistió personalmente a su monarca. Fingió
con hábiles movimientos distintas correcciones que, dijo, tenía que hacer. Puso al
rey frente al espejo, quien se aterrorizó al verse desnudo, pero otra vez forzó el
silencio.
Al fin dijo: te felicito, hiciste un magnifico trabajo. Como premio te voy a permitir,
que me hagas la próxima vez, otro traje. Te doy mi palabra.
Junto con su comitiva, se marcho al podio, lugar del anunciado discurso. Sus
secuaces escucharon de la tela-maravilla, ninguno se atrevió a confesar que no
veía traje alguno.
La muchedumbre también se calló. Quien iba arriesgar su vida, con una frase
imprudente. Lógicamente les costó contener la risa, cuando vieron la curiosa
escena. El rey empezó su prometido discurso.
El carpintero, estando bastante atrás, levanto a su hijo de cinco años, para que
viera mejor.
Entonces pasó algo terrible. El chiquilín empezó a gritar:
-- ¡Ja, ja, ja, el rey está desnudo!
La multitud no pudo contener más la risa. El escándalo era incontenible. El rey
empezó a correr, de vergüenza no sabia donde meterse. Desapareció, y hasta el
día de la fecha no le encontraron los rastros.
El pueblo se libero gracias a un chiquilín, el único, quien se atrevió decir la
verdad.