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Eulalia Guzmán: Educadora y Activista

Este documento describe la vida y carrera de Eulalia Guzmán, una maestra y activista mexicana del siglo XX. Resume que Guzmán nació en 1890 en Zacatecas y se mudó a la Ciudad de México en 1898 donde se involucró en grupos feministas y de izquierda. Tuvo una destacada carrera como maestra y académica en la que promovió la educación pública y los derechos de la mujer. También participó en movimientos políticos como el zapatismo y ayudó a fundar varios partidos
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Eulalia Guzmán: Educadora y Activista

Este documento describe la vida y carrera de Eulalia Guzmán, una maestra y activista mexicana del siglo XX. Resume que Guzmán nació en 1890 en Zacatecas y se mudó a la Ciudad de México en 1898 donde se involucró en grupos feministas y de izquierda. Tuvo una destacada carrera como maestra y académica en la que promovió la educación pública y los derechos de la mujer. También participó en movimientos políticos como el zapatismo y ayudó a fundar varios partidos
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EULALIA GUZMÁN

Mari Carmen Serra Puche


Manuel de la Torre Mendoza
Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM

La figura y la labor de la maestra Eulalia Guzmán constituyen referencias


indispensables en la historia reciente de la pedagogía, la arqueología y la
historiografía mexicanas, pero también trascienden el ámbito académico y
forman parte de los movimientos sociales y culturales más progresistas de
las seis primeras décadas del siglo XX. Aun más, tal vez uno de los rasgos
más notables de su obra académica consiste en que su precoz y siempre
abierta vocación social dirigió, sin ambages ni falsas pretensiones de obje-
tividad –si es que tal existe en la reconstrucción histórica–, su constante
búsqueda por generar en sus estudiantes, colegas y lectores una clara con-
ciencia de orgullo ante el valor de las antiguas civilizaciones mesoamerica-
nas, y un no menos claro rechazo a cualquier tipo de proyecto social que
abandone el pensamiento libre y el reconocimiento universal de los dere-
chos como sus principales ejes de pensamiento y acción.
Resulta relativamente fácil comprender la obra de la joven Eulalia
como parte de una generación que creció a la sombra de la lucha revolu-
cionaria, y que encontró en el espacio de formación de un nuevo proyecto
nacional la oportunidad para promover sus ideales de justicia y equidad;
más trabajoso es, en cambio, escudriñar en sus antecedentes personales
para definir el origen de sus inquietudes.

[127]
128 M A R I C A R M E N S E R R A P U C H E Y M A N U E L D E L A TO R R E M E N D O Z A

Nació Eulalia el 12 de febrero de 1890 en el poblado de San Pedro


Piedra Gorda (hoy Cuauhtémoc), Zacatecas, localidad agrícola, ganadera
y comercial situada a la vera del camino entre Aguascalientes y la capital
zacatecana. Como la mayor parte del territorio del estado, el entorno ári-
do y accidentado abunda en mezquites, zacates y nopales, pero en él es
posible cultivar con cierto éxito maíz, trigo y chiles. Fue en ese paisaje y
en esa comunidad donde Eulalia vivió sus primeros años.
Eulalia debió ser una niña inquieta; el hecho de que en aquellos tiem-
pos, cuando el destino natural de una mujer era el hogar, ella se decidiera
a seguir la carrera magisterial (en la que incursionó desde sus jóvenes 14
años de edad), la muestran como poseedora de un temperamento firme y
propositivo, inquieto y capaz de encontrar vías de solución a los proble-
mas que su situación o sus propias decisiones le plantearan. El entorno
familiar debió de haberle sido favorable, pues en aras de ofrecer a sus hijos
mejores condiciones de desarrollo personal, sus padres decidieron trasla-
darse a la ciudad de México en 1898.

EL ACTIVISMO POLÍTICO

La ciudad capital ofreció a Eulalia –y ésta la supo tomar– la oportunidad


de encauzar sus inquietudes y su inteligencia en la participación en gru-
pos de diversa naturaleza: en 1906, su nombre se suma al de Hermila Ga-
lindo, Luz Vera y Laura N. Torres en el grupo fundador de la agrupación
política “Admiradoras de Juárez”, cuyo objetivo era la emancipación polí-
tica de la mujer a través de la obtención de su derecho al sufragio. Como
parte de este “club” –uno de los muchos que se organizaron en todo el
país en los últimos años del porfiriato–, Eulalia entró en contacto con
otras organizaciones feministas y liberales.
Aunque su participación activa en la campaña política de Francisco I.
Madero no está documentada directamente, conocemos muchas muestras
de su adhesión a la causa antirreeleccionista. Su cercanía con la familia
Madero fue tal que tras la captura del presidente en febrero de 1913 por
EULALIA GUZMÁN 129

parte del general Victoriano Huerta, acudió junto con su amiga María
Arias Bernal a Palacio Nacional para interceder por don Francisco ante
Huerta, pero éste se negó a recibirlas. Al día siguiente, al darse a conocer
la noticia de la muerte de Madero, la joven maestra acompañó a la viuda,
doña Sara Pérez, y a don Federico Montes a reclamar los restos mortales
del líder. Tal acción le valdría ser reconocida como parte del grupo de Ve-
teranos de la Revolución Mexicana.
Más tarde, su simpatía con el movimiento zapatista la llevaría a arries-
gar su vida:

íbamos en grupo, algunas veces hasta el Ajusco, algunas maestras y yo, y


bajo la falda llevábamos otras faldas cargadas de parque que pesaban mucho,
pero que no nos registraban, y ahí las entregábamos a los zapatistas. Nunca
nos pasó nada, pero si nos hubieran descubierto, nos hubieran fusilado sin
juicio…1

Desde 1919, y desconocemos hasta cuándo, Eulalia formó parte de la


célula fundadora y dirigente del primer grupo Rosacruz del país, el llama-
do “Grupo Anáhuac de AMORC”, generado a partir de la Sociedad Filomá-
tica de México, agrupación “filosófica y filantrópica”. Fue en el seno de
esa asociación donde Eulalia entró en contacto con personajes como el se-
nador Jesús Silva Herzog y el pintor Diego Rivera, quien jugaría un papel
destacado en la defensa de la autenticidad de los restos de Cuauhtémoc
que la profesora Guzmán identificaría años después. Por cierto, no faltó
quien más tarde intentara descalificar las opiniones de la investigadora
con base en su “inclinación a la parasicología”, en clara alusión (por
supuesto mal intencionada) a su experiencia rosacruz.

1 Beatriz Barba de Piña Chán, “Eulalia Guzmán Barrón”, en La antropología en Mé-


xico. Panorama histórico, Carlos García Mora (coordinador general), vol. 10, Los prota-
gonistas (Díaz-Murillo), primera edición, México, Instituto Nacional de Antropología e
Historia, 1988, p. 256.
130 M A R I C A R M E N S E R R A P U C H E Y M A N U E L D E L A TO R R E M E N D O Z A

Ya como miembro del programa de posgrado de la Universidad


Nacional, en 1929, junto con personajes de la talla de Rosario Castellanos
y Amalia Castillo Ledón, Eulalia organizó un grupo de mujeres universi-
tarias en el seno de la Facultad de Filosofía y Letras. Consciente ya de la
importancia de la proyección y del apoyo internacional a sus actividades,
la joven Eulalia consiguió para la sociedad el reconocimiento de la Federa-
ción Internacional de Mujeres Universitarias (IFUW, por sus siglas en in-
glés), que había surgido al calor de la Primera Guerra Mundial con fines
pacifistas y de búsqueda de participación de la mujer en la discusión de
políticas internas y mundiales.
Entre las décadas de 1930 y 1950, las labores académicas de la maes-
tra Guzmán parecen haberle quitado el tiempo que antes dedicaba al acti-
vismo y la práctica política; sin embargo, la publicación del libro Lo que vi
y oí, escrito a su regreso de Europa en 1941, la muestra como una persona
que difícilmente renunciaría a sus principios y a sus ideales de igualdad y
justicia. En tono anecdótico, Eulalia hace en ese conjunto de breves ar-
tículos una valiente denuncia del clima represivo instaurado por el Partido
Nacional Socialista alemán sobre la Europa central y alerta contra los peli-
gros de cualquier clase de régimen totalitario:

…creen en la superioridad racial o de clase (según su conveniencia); glorifi-


can la fuerza bruta, la crueldad los arrebata de entusiasmo; admiran el éxito,
aunque esté basado en lo canallesco y en el crimen; gozan con el atropello de
la dignidad humana… los vemos ensalzar a conquistadores y a tiranos; a cu-
yas artimañas y perfidias les llamarán genialidades; a su crueldad, grandeza; a
su cinismo, valor civil; a su hipocresía, talento; a su ambición, patriotismo;
a su falta de escrúpulos, heroicidad…2

Ya en su madurez, en 1948, Eulalia Guzmán participó en la funda-


ción del Partido Popular Socialista, al lado de Vicente Lombardo Toleda-
no, Narciso Bassols, Jorge Cruikshank García y otros políticos e intelec-

2 Eulalia Guzmán, Lo que vi y oí, México, Tip. Sag, 1941, p. 5.


EULALIA GUZMÁN 131

tuales; en el ideario del partido se resumirían los diversos frentes de la lu-


cha personal de la maestra Guzmán: el enfrentamiento al imperialismo y
en favor de una política de nacionalizaciones, la igualdad jurídica del
hombre y la mujer, y la educación popular y con sentido socialista.

LA CARRERA MAGISTERIAL

Con el apoyo de sus padres para continuar sus estudios más allá del nivel
básico, Eulalia ingresó en la Escuela Nacional de Maestros de la que se re-
cibió como maestra en el año 1910. Liberal por convicción, la joven pro-
fesora Guzmán nunca dudó del papel de la educación en la construcción
de la nación que entonces iniciaba un nuevo periodo de existencia. En la
actualidad, su nombre se recuerda junto con los de Narciso Bassols, Jaime
Torres Bodet, María Lavalle Urbina, Jesús Reyes Heroles, Fernando So-
lana y Miguel Limón como parte de una generación que, bajo la guía de
José Vasconcelos, establecieron los patrones de desarrollo del proyecto
educativo nacional surgido de la Revolución Mexicana.
En 1913 fue nombrada maestra de geografía en una escuela co-
mercial, y al año siguiente catedrática de la misma materia en la Escuela
Normal para Señoritas; a fines de 1914, el presidente Carranza la comisio-
nó a viajar a Estados Unidos para conocer nuevos métodos de enseñanza
de geografía e historia. Se inició entonces una larga serie de viajes de estu-
dio y de trabajo que llevaron a la joven Eulalia a aprender varios idiomas
extranjeros (llegó a manejar con fluidez el alemán, el inglés, el francés y el
italiano) y a convertirla, en poco tiempo, en una de las mujeres más pre-
paradas y reconocidas del país.
A lo largo de la década de los veinte tuvo lugar la cima de la carrera
magisterial y pedagógica de Eulalia Guzmán. En 1922 fue comisionada
por el entonces rector de la Universidad, José Vasconcelos, a asistir como
representante del país al Primer Congreso Panamericano de Mujeres, en
Baltimore, Estados Unidos, y luego al Segundo Congreso Internacional
de Eduación Moral y Enseñanza de la Historia, en Ginebra, Suiza, donde
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conoció a quien ella consideraba uno de sus más grandes mentores: el ale-
mán Rudolf Steiner. De vuelta en México al año siguiente, publicó un pe-
queño libro titulado La escuela nueva o de acción, que incrementó su fama.
Ya ministro de Educación, Vasconcelos la nombró jefa del primer Depar-
tamento de Alfabetización creado en el país. En calidad de becaria de la
fundación alemana Alexander von Humboldt, Eulalia tuvo la oportu-
nidad de viajar de nuevo a Europa, en esta ocasión a Berlín y Jena, para
especializarse en Ciencias de la Educación; a lo largo de nueve meses pro-
fundizó en sus conocimientos de pedagogía, filosofía y psicología, y en-
contró la oportunidad para viajar por muchos lugares de Europa y del
Oriente cercano.
Todavía ocupó Eulalia Guzmán varios cargos en la administración
pública: a su vuelta de Europa, en 1930, fue promovida a inspectora de
escuelas primarias en la ciudad de México, y en los siguientes años desem-
peñó de manera interina el cargo de subjefa del Departamento de Ense-
ñanza Primaria y Normal, e impartió cátedra de Bases pedagógicas en la
Escuela Nacional de Maestros. Para 1933, Eulalia Guzmán era reconocida
por su capacidad, sus conocimientos y el gran amor que proyectó siempre
a todos sus alumnos. Pero la inquietud de su espíritu no la dejaría “crear
fama y echar a dormir”: ya para entonces había probado suerte en el terre-
no de la arqueología, y a ella enfocaría toda su atención.

LA CARRERA ARQUEOLÓGICA

En 1913, Eulalia había asistido a un curso de antropología que el doctor


estadounidense Franz Boas impartía como parte de las actividades de la
Escuela Internacional de Arqueología, Historia y Etnografía, entonces en
funcionamiento en el Museo Nacional de México. Sin duda, su acer-
camiento al Museo –a la sazón una de las principales instituciones acadé-
micas del continente–, comenzó a perfilar su interés en los temas de la
antropología, y en medida cada vez mayor, en la vida cultural del México
indígena prehispánico, al que más tarde dedicaría todo su esfuerzo.
EULALIA GUZMÁN 133

No fue hasta su regreso de Europa, en 1930, cuando decidió conti-


nuar sus estudios en esta área. A la par de sus tareas en la administración
pública, ingresó entonces a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM pa-
ra realizar estudios de maestría en Filosofía, grado que obtuvo en 1932
con la tesis “Caracteres esenciales del arte antiguo de México”, que fue pu-
blicada por la revista de la Universidad Nacional e incluso le fue solicitada
para su publicación en el extranjero. Su paso por la facultad la puso en
contacto con personajes de la talla de Antonio y Alfonso Caso, arqueólogo
este último, quien la invitó a participar en la exploración que él dirigía en
el sitio de Monte Albán. No sólo su trato frecuente, sino su visión común
de la necesidad de trabajar en favor de la población indígena del país, hi-
zo de Eulalia una amiga cercana al maestro y su esposa, María Lombardo.
Sin embargo, su propia dedicación al trabajo arqueológico, y la oportuni-
dad de ponerse en contacto con el Museo Nacional le valieron ser nom-
brada en 1934 jefa del Departamento de Arqueología de esa institución,
donde impartió clases de cerámica prehispánica.
Mujer pionera en la exploración arqueológica en México, Eulalia Guz-
mán publicó diversos artículos en el Boletín del Museo Nacional en los que
dio a conocer los resultados de su trabajo de campo; resaltan en este ámbi-
to su recorridos en la Mixteca Alta de Oaxaca, en Chiapas y en el llamado
Cerro de la Cantera, en Morelos, sitio hoy conocido como Chalcatzingo.
Su acercamiento a los códices y a los documentos antiguos que tenía a la
mano en el Museo pronto le definieron la vocación de historiadora, y no
vaciló en aceptar una nueva comisión, ahora por parte de la Secretaría de
Educación Pública y del Instituto Nacional de Bellas Artes, para buscar an-
tiguos documentos mexicanos en diferentes países de Europa.

LA RECUPERACIÓN DE LA HISTORIA

Entre septiembre de 1936 y mayo de 1940, Eulalia Guzmán viajó por di-
versas ciudades europeas en busca de documentos sobre la antigüedad
mexicana. Revisó entonces los acervos de bibliotecas y archivos en Berlín,
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Alemania; Viena, Austria; Londres y Oxford, Inglaterra; Copenhage, Di-


namarca; Bruselas, Bélgica; y Milán, Florencia, Bolonia, Roma y El Vati-
cano, en Italia. A lo largo de sus investigaciones se mantuvo en constante
comunicación con sus colegas del Museo Nacional, así como con Alfonso
Caso, ante quienes expresó en varias ocasiones su preocupación por el
abandono en que los eruditos tenían el riquísimo acervo documental
americano.
Apenas tuvo oportunidad de publicar (años después y con el título de
Manuscritos de México en archivos de Italia, 1964) sólo parte de los resulta-
dos de su extensa investigación. De muchos otros de los documentos
identificados tomó notas y fotografías, dejando para tiempos más tranqui-
los su análisis pormenorizado y su descripción detallada. El conjunto de
documentos que conforman sus diarios de campo se encuentran aún en
proceso de catalogación y análisis en la Biblioteca Nacional de Antropolo-
gía e Historia, que los resguarda como un fondo documental especial que
lleva su nombre.
Algunas de las fuentes históricas identificadas por la maestra Guzmán
llamaron especialmente su atención, y a ellas dedicó notas singulares, tal
como el “Códice de 1576”, en el Museo Británico; el “Bocabulario de
Maya Than”, de Diego Rejón Arias, de la Biblioteca Nacional de Viena; o
los manuscritos del abate Xavier Clavijero en la Biblioteca Comunal de
Bolonia. Pero el conjunto de documentos a cuyo estudio dedicaría mu-
chos años más fue el volumen resguardado por la Biblioteca Nacional de
Viena con la copia oficial de las Cartas de Relación que Hernán Cortés en-
vió a Carlos V sobre la invasión de Anáhuac. En su visita a la Biblioteca
microfilmó el documento, y de vuelta en México se dedicaría a analizar
a fondo su contenido con el objetivo de demostrar la inexactitud histórica
de las narraciones de Cortés y mostrarlas como un intento alevoso de de-
nigrar a los antiguos pobladores de México y a su cultura.
Y mientras viajaba de una institución a otra, Eulalia Guzmán se dio
tiempo para preparar conferencias y participaciones en diversos foros aca-
démicos: en 1937 viajó a Egipto y presentó la ponencia “Los diversos
problemas característicos de las exploraciones arqueológicas en México”
EULALIA GUZMÁN 135

ante la Conferencia Internacional de Exploraciones Arqueológicas, en El


Cairo; en 1938 asistió como delegada mexicana al II Congreso Interna-
cional de Ciencias Antropológicas y Etnográficas, que se celebró en Co-
penhague; y en 1939 se presentó en un congreso sobre arte, en Oxford, al
Congreso Internacional de Arqueología, reunido en Berlín, y a una reu-
nión académica sobre documentación.
La Segunda Guerra Mundial la sorprendió mientras revisaba los ma-
nuscritos de fray Bernardino de Sahagún en Florencia; consciente y apesa-
dumbrada por la magnitud de la tarea de documentación que aún faltaba
(y falta) por hacer, e indignada ante el avance del totalitarismo nazi sobre
los pueblos y las conciencias europeas, Eulalia volvió a México convencida
de la necesidad de alertar al mundo sobre los peligros que trae el ejercicio
desmedido del poder político y el abuso de la fuerza militar.
Convencida de la justicia de sus propuestas, aunque tal vez arrastrada
por su animadversión a la figura del dictador Adolf Hitler, inició una revi-
sión hipercrítica de las Cartas de Relación de Cortés, a quien no dudó en
calificar con los mismos epítetos de tirano y mentiroso con que describía
al dirigente del nacional socialismo alemán. En 1940, el recién creado Ins-
tituto Nacional de Antropología le negó el presupuesto para publicar sus
tratados, situación que le generó tensiones con sus autoridades, que inclu-
so obstaculizaron los esfuerzos de la autora por dar a conocer sus puntos
de vista de manera independiente.
A lo largo de los años cuarenta, Eulalia Guzmán retomó sus estudios
de arqueología y de revisión de archivos históricos: en 1942 visitó los mo-
numentos de Izapa, en Chiapas; en ese año visitó los estudios del cineasta
Walt Disney para discutir un proyecto de alfabetización mediante dibujos
animados, programa malogrado a pesar de que sus oficios se continuaron
durante un segundo viaje a California en 1944; aprovechando su estancia
en Estados Unidos, permaneció unos meses en la Biblioteca Bancroft, de
la Universidad de California en Berkeley, donde identificó más de 400 do-
cumentos históricos de primera importancia, “todos sacados ilícitamente
de nuestro país”, según sus reportes. En ese mismo año, fue nombrada
encargada del recién creado Archivo Histórico del Instituto Nacional de
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Antropología e Historia, centro de investigación que no abandonaría has-


ta su jubilación, que ocurriría en 1968.
Entre 1945 y 1947 abrazó de nuevo la docencia; escribió un Primer
curso de historia universal, en 20 lecciones, que fue utilizado por varios
años por el Instituto de Capacitación del Magisterio; en la Escuela Nor-
mal Rural de Tamatlán, y en diversas escuelas secundarias y normales dic-
tó de forma constante cursos de historia y de historia antigua de México;
y en 1947 viajó a Estados Unidos, invitada por la ONU, a impartir un se-
minario sobre problemas rurales y bienestar social en América Latina.

EL HALLAZGO DE ICHCATEOPAN

En febrero de 1949, el periódico capitalino El Universal publicó la noticia


de que en el pueblo de Ichateopan, cercano a Taxco, Guerrero, se habían
descubierto algunos manuscritos antiguos, atribuidos a fray Toribio de
Benavente, Motolinía, que documentaban el hecho de que bajo el altar
mayor de la iglesia local se encontraban a resguardo los restos mortales de
Cuauhtémoc, último tlatoani mexica. La noticia atrajo naturalmente la
atención de la opinión pública, y el Instituto Nacional de Antropología e
Historia comisionó a la maestra Guzmán y a su colega Gudelia Guerra pa-
ra ir al pueblo y verificar los datos.
Debemos a la curiosidad de la maestra Alejandra Moreno Toscano3 el
retrato del ambiente social, intelectual y político de aquellos momentos,
en los que la figura del héroe mexica, último en defender la capital azteca
del asedio europeo, podía erigirse en un elemento de refuerzo del naciona-
lismo y del discurso de la unidad patriótica, en particular frente a la impo-
sición de los intereses estadounidenses fortalecidos a partir de su victoria
en la Segunda Guerra Mundial, y a tropiezos económicos internos como
una reciente devaluación de la moneda.

3
Alejandra Moreno Toscano, Los hallazgos de Ichcateopan 1949-1951. México, Uni-
versidad Nacional Autónoma de México, 1980.
EULALIA GUZMÁN 137

En Ichcateopan, Eulalia Guzmán revisó los supuestos documentos


históricos (labor en la que había acumulado una experiencia sin parangón
entre los científicos mexicanos), y los identificó como de factura reciente,
aunque tal vez copia de otros más antiguos y originales. Lo que más la sor-
prendió, sin embargo, fue que los relatos escritos en los documentos coin-
cidían notablemente con la tradición oral local, en el sentido de que los
restos de Cuauhtémoc habrían sido recogidos e inhumados en el siglo XVI
en esa localidad.
Sin esperar una segunda opinión, la maestra Guzmán ordenó el retiro
del altar de la parroquia local y la excavación del lugar: bajo un gran dis-
co de metal, grabado con la inscripción “1525-1529 R è S Coãtemo”
(que ella interpretó como “rey y señor Cuauhtémoc”), la investigadora
localizó un conjunto desigual de huesos humanos casi por completo
destruidos. La noticia cundió como reguero de pólvora: habían sido des-
cubiertos los restos del héroe. El director del Instituto de Antropología,
arquitecto Ignacio Marquina, el arqueólogo Jorge Acosta y el entonces
director del Instituto Nacional Indigenista, Alfonso Caso, acudieron de
emergencia al sitio para verificar el hallazgo. A pesar de su vieja amistad
con Caso, la polémica se desató: según los funcionarios, todo indicaba
que la maestra Guzmán había sido víctima del engaño, no sólo de un pue-
blo en busca de reconocimiento, sino de sus propios prejuicios y deseos de
recuperar la imagen de un héroe a la altura del imperio español y del más
reciente imperialismo norteamericano.
Al hallazgo siguieron meses de frenética discusión: en el país se desató
el fervor nacionalista; con el nombre de Cuauhtémoc se bautizaron calles
y escuelas, y alrededor de su figura se organizaron concursos literarios,
musicales y de teatro; según algunas opiniones, la verdad histórica del
descubrimiento era lo de menos –aunque la maestra Guzmán siempre
encontró argumentos, en materiales y documentos, para contradecir a los
detractores del hallazgo–, siempre que se recuperara el símbolo: incluso el
pintor Diego Rivera, entonces cabeza del Partido Comunista (con el que
la maestra Guzmán no comulgaba), utilizó los restos para dibujar un nue-
vo retrato del defensor de Tenochtitlán. La discusión adquirió tintes polí-
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ticos que pusieron a las autoridades locales y federales en una situación


molesta, y las sucesivas comisiones de académicos que debieron revisar los
materiales y los textos que los acompañaban llegaron a la misma conclu-
sión: no había fundamentos suficientes para asignar los restos a ningún
personaje histórico.
La maestra Guzmán resintió los dictámenes de las comisiones como
afrentas casi personales, y las opiniones de viejos colegas como Caso y
Acosta como traiciones a su añeja amistad. Sin embargo, nunca cejó en su
empeño de dar a conocer su punto de vista sobre el hallazgo y sobre las in-
tenciones de sus detractores, a quienes consideraba engañados por los pre-
juicios hispánicos contra las poblaciones indígenas americanas.

TRAS LOS DEBATES

Los biógrafos de la maestra Guzmán están de acuerdo en sostener que la


discusión alrededor de los restos de Cuauhtémoc estuvieron lejos de con-
tener su vigorosa carrera académica, si bien le costaron el distanciamiento
de muchos de sus antiguos colegas y un injusto demérito de su ya enton-
ces extraordinaria trayectoria. Sin apoyo oficial, prácticamente sola y de-
cepcionada ante la fiereza y la injusticia de los ataques que se levantaron
en su contra, la maestra buscó oportunidades para distraerse y recobrar
fuerzas. En 1952 viajó a un congreso pacifista en China, país cuyos habi-
tantes llamaron su atención por su parecido físico y psicológico con los in-
dígenas mexicanos.
En 1956 tuvo la oportunidad de colaborar con su viejo conocido Die-
go Rivera; la pasión que Rivera sentía por la cultura indígena de México
lo llevó a reunir grandes cantidades de piezas arqueológicas –muchas de
ellas falsas–, que quiso entregar al pueblo de México en un museo que se-
ría parte de su legado. El recinto en el que se expondría tal colección sería
el Anahuacalli, o “casa de Anáhuac”, fantástico edificio de basalto, diseña-
do por el pintor, levantado sobre los derrames de lava del pedregal en los
rumbos de Xotepingo, en la ciudad de México. Rivera pidió a la maestra
EULALIA GUZMÁN 139

Guzmán y al arqueólogo Rafael Orellana el ordenamiento de la colección


para su muestra. A lo largo de dos años, los arqueólogos separaron las pie-
zas originales de las copias y las falsificaciones, clasificaron la colección y
seleccionaron aquellas que había que exhibir.
En 1958 tuvo la oportunidad de ver parte de su esfuerzo recompensa-
do; con un retraso de más de 15 años, se publicó –aunque en una edición
de circulación restringida– el primer volumen de su revisión sobre las
Cartas de Relación de Cortés a Carlos V. Sus investigaciones y sus ideas
fueron expuestas en ese tiempo –y a lo largo de la década de 1960– en
conferencias en las que defendía sus tesis con vehemencia y pasión; entre
ellas, se recuerdan las dictadas en el anfiteatro Simón Bolívar de la Escue-
la Nacional Preparatoria; las del Museo de la ciudad de México (entonces
a cargo del poeta Salvador Novo); en el Departamento de Antropología
del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM (publicadas en
1989) y en el Museo Nacional de Antropología. Aun tuvo energías para
organizar nuevos encuentros académicos y sociedades, como el Primer
Congreso de Historia para el Estudio de la Guerra de la Intervención
Francesa, celebrado en conmemoración del Centenario de aquel evento
histórico, en 1962, y la Sociedad de Investigaciones Históricas del México
Antiguo, organismo que publicó, en un formato de boletín, sus reflexio-
nes e investigaciones en torno a la historia antigua del país. En todo ese
tiempo, no abandonó sus labores de investigación en el Archivo Histórico
del INAH; aún se la recuerda a principios de los años setenta “en la Biblio-
teca Nacional de Antropología e Historia con un voluminoso portafolios
bajo el brazo y sus gruesas gafas, con un caminar cansado pero altivo, qui-
zás sabiéndose todavía centro de una polémica que aún subsiste”.4
En reconocimiento a su extenso trabajo pedagógico, arqueológico e
historiográfico, en 1976 se impuso su nombre a la calle donde estaba
su casa; en un gesto de honor extremo, se hizo entonces caso omiso a la

4 Blanca Jiménez, “Eulalia Guzmán (1890-1985)”, en Actualidades Arqueológicas,


Revista de Estudiantes de Arqueología en México, año 3, núm. 13, julio-agosto 1997,
p. 14. México.
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provisión de que para nombrar una calle era necesario que el personaje ya
hubiera muerto. Durante la década de los setenta, la maestra Guzmán
continuó realizando diversos viajes al continente asiático, a Oriente Me-
dio y a Europa. Pero en ese mismo tiempo su salud enfrentó el ataque de
la esclerosis cerebral. Acompañada en su casa por su prima María Luján y
su sobrina Elvira, quienes la seguían asistiendo en sus investigaciones, la
maestra fue perdiendo primero sus facultades intelectuales, y luego las físi-
cas. Víctima de problemas pulmonares y cardiacos, Eulalia Guzmán Ba-
rrón falleció el primer día del año 1985.

UNA VIDA DE PRINCIPIOS

Si es cierto que el valor de una persona se mide por los frutos de su labor,
estamos aún lejos de apreciar en toda su amplitud el legado del trabajo de
Eulalia Guzmán. Mujer adelantada a su tiempo, formada en los años
turbulentos de la Revolución, antepuso siempre sus proyectos sociales a
su bienestar o prestigio personal, al grado de haber pagado el alto precio
de ser recordada más por las caricaturas que sobre ella se dibujaban, en
letra o en papel, que por sus muchos aportes al conocimiento de la his-
toria nacional.
La postura asumida por la maestra Guzmán tras el hallazgo de Ichca-
teopan es por completo explicable: tras muchos años de estudios sin tacha
sobre la inexactitud de las fuentes coloniales –premisa que es difícil poner
en duda–, la situación la obligó a asumir como verdadera una consecuen-
cia no necesariamente inmediata: que los hombres y mujeres del México
antiguo vivían en una sociedad ideal de equilibrio con la naturaleza, de
armonía en sus relaciones y con estructuras económicas y políticas que ac-
tuaban siempre en beneficio de la comunidad, tal como ella las deseaba
para su propia nación; y que todo aquel que lo negara, era no sólo un
miope sino un enemigo de la patria. Y aunque sea ésta una visión parcial
de la compleja posición de la maestra Guzmán, es la que ha trascendido,
EULALIA GUZMÁN 141

desafortunadamente, el tiempo y la que muchos asocian con su nombre:


la de la férrea defensora de la mexicanidad.
El nombre de Eulalia Guzmán obliga a la toma de posiciones; ningu-
no de sus biógrafos, de sus defensores o de sus detractores puede olvidarse
de la persona para centrarse sólo en las obras o en las ideas. Y es que Eula-
lia Guzmán nunca separó los principios que guiaban su vida y su pen-
samiento de su propia obra académica, y en ello, creemos, consiste su
principal herencia; su trabajo no fue en absoluto desinteresado; por el con-
trario, siempre la guió el interés de constuir una patria libre y justa, cuya
cultura fuera una “del intelecto y del sentimiento aunados; aquella en que
la dignidad del hombre y el reconocimiento de todo derecho humano
constituyan la base de la convivencia entre los hombres”.5
“Investigadora tenaz y combativa”, atacada “por mujer y por mexica-
nista”, “apasionada y apasionadamente indigenista”, la figura de la maestra
Guzmán a la distancia aparece compleja y generosa, tenaz e inagotable. El
homenaje más justo que podrá recibir está aún por hacerse: la publicación
de sus extensos trabajos de revisión de archivos y fuentes históricas, labor
a la que dedicó los mejores años de su vida y que permitirán, finalmente,
otorgar a la maestra el lugar que merece en la historia del complejo siglo
XX mexicano.

BIBLIOGRAFÍA SELECTA DE LA AUTORA

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Pública.
1933 “Caracteres esenciales del arte antiguo mexicano, su sentido fun-
damental”. Revista Universitaria. Vol. V, núms. 27, pp. 117-155, y
28, pp. 508-528. México, Universidad Nacional Autónoma de
México.

5 Eulalia Guzmán, Lo que vi…, p. 20.


142 M A R I C A R M E N S E R R A P U C H E Y M A N U E L D E L A TO R R E M E N D O Z A

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su tumba”. Cultura Soviética. núm. 96, pp. 44-47.
1954 “La genealogía y bibliografía de Cuauhtémoc. Refutación a las
afirmaciones del grupo oponente de la llamada Gran Comisión”.
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Centro de Investigaciones Antropológicas de México.
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