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Crisis y narrativa en Argentina

El documento analiza el auge de libros en Argentina después de la crisis de 2001 que buscan explicar el fracaso nacional desde diferentes perspectivas históricas. Menciona varios libros populares como los de Jorge Lanata, Felipe Pigna y Marcos Aguinis. Explica que estos libros satisfacen la necesidad de entender el fracaso nacional y que aunque no siempre son rigurosos desde lo historiográfico, cumplen una función social importante. También analiza la interpretación de la historia promovida por el kirchnerismo y los intelectuales
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Crisis y narrativa en Argentina

El documento analiza el auge de libros en Argentina después de la crisis de 2001 que buscan explicar el fracaso nacional desde diferentes perspectivas históricas. Menciona varios libros populares como los de Jorge Lanata, Felipe Pigna y Marcos Aguinis. Explica que estos libros satisfacen la necesidad de entender el fracaso nacional y que aunque no siempre son rigurosos desde lo historiográfico, cumplen una función social importante. También analiza la interpretación de la historia promovida por el kirchnerismo y los intelectuales
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¿Qué nos pasa a los argentinos?

Por José Natanson

Por supuesto antes que los sociólogos, los empresarios son hábiles en el arte de capturar las
tendencias sociales y convertirlas en mercancía. Al fin y al cabo, su sobrevivencia no depende de
una beca del Conicet sino de la facturación mensual. Entre ellos, los empresarios editoriales,
obligados a moverse en un mercado pequeño pero transnacionalizado e hipercompetitivo, se
pasan el día buscando libros que les garanticen cierto nivel de ventas, con los que después
financian los bodrios de calidad.

La crisis del 2001 abrió espacio a un subgénero de no ficción de éxito inesperado. Me refiero a los
libros que miran la historia desde el presente o que, en una operación inversa, intentan iluminar la
actualidad a partir de una perspectiva histórica. Su encanto parece residir en el hecho de que
basan sus análisis en la proyección de un presente continuo, fundiendo actualidad y memoria.

Pero quizá su mayor atractivo sea la promesa de explorar las razones de un fracaso nacional que
se da por sentado, en un ejercicio de automortificación que apela casi siempre a visiones
esencialistas, esa vieja obsesión por capturar el gen de la argentinidad, el alma de la nación, eso
que Fabio Alberti se preguntaba en el final de Todo por dos pesos:

“¿Qué nos pasa a los argentinos? ¿Estamos locos?”.

Mencionemos ADN. Mapa de los defectos argentinos y los dos tomos de argentinos, de Jorge
Lanata; la producción completa de Felipe Pigna, en especial Los mitos de la historia argentina, y el
gorilismo ilustrado de Marcos Aguinis en El atroz encanto de ser argentinos. Hay también otros
ejemplos, como los ensayos más psicoanalíticos de José Abadi o los libros de historia de Pacho
O’Donnell.

¿Por qué la sociedad argentina, o en todo caso segmentos importantes de sus clases medias,
comenzaron, casi de un día para el otro, a consumir estos libros? Naturalmente, los motivos hay
que buscarlos en la crisis del 2001: no sólo en el quiebre político y el estallido económico que
produjo, pues no se trata simplemente de una cuestión de indicadores sociales, sino en el drama
social que lo acompañó, la humillación de quienes aún creían en la excepcionalidad argentina y la
evidente latinoamericanización del país, el fin del mito de la Argentina socialmente integrada, el
tránsito de la Buenos Aires afrancesada a la Buenos Aires lumpenizada por los carros de los
cartoneros, del país de los inmigrantes al país de los emigrantes. Como señala Christian Ferrer
(“Vaca flaca y minotauro”, Nueva Sociedad 179), fue en ese momento cuando se superó la “tasa
de daño” que tolera una población en un tiempo histórico determinado.
Si la eficacia de estos libros reside en su capacidad para explicar un fracaso sobre el cual nadie
duda, otro debate es el de su valor historiográfico. Los alcances de esta discusión escapan a las
capacidades del autor de esta nota, aunque no a las de Pablo Semán, Bernardo Lewgoy y Silvina
Merenson, que se ocupan bien del tema en el capítulo “Intelectuales de masas y Nación en
Argentina y Brasil”, incluido en el libro Pasiones Nacionales (Edhasa), compilado por Alejandro
Grimson.

Pero, ¿cuál es la relevancia del valor historiográfico de estos libros? ¿Importa realmente si se
ajustan a las reglas del arte o lo que importa en realidad son los efectos que provocan? En el
capítulo citado, Semán y Cía recuerdan las críticas que, también desde la historia académica, se le
formuló en su momento al relato alfonsinista. “La revalorización de la democracia por parte de la
sociedad argentina a la salida del Proceso le debe mucho a lo que pudo canalizar la performance
de Alfonsín y poco a la discutible corrección de su planteo histórico.

A este último fin, La república perdida, la película que, podría decirse, articuló la formación cívica
de la década de 1980, no era historiográficamente mucho más correcta que los videos o los libros
de Pigna o Lanata y, sin embargo, formó parte de ese proceso de reflexión colectiva a través del
cual una parte decisiva de la sociedad llegó a estimar mucho más que hasta entonces la paz civil.
No es que los medios a través de los cuales ocurren los sucesos no sean importantes.

Pero el hecho de que los cambios de sensibilidad política y social ocurran a través de productos
académicamente débiles no puede oscurecer el hecho de que son socialmente eficaces.”

Una parte de este debate revivió durante los festejos del Bicentenario. En un programa en el canal
TN, Beatriz Sarlo criticó que el mapping de figuras proyectado sobre el Cabildo excluyera a
Sarmiento y Alberdi, como parte de un relato –elaborado por Pigna bajo instrucciones directas de
Cristina Kirchner– que la autora de La ciudad vista juzgó incompleto. Horacio González, que
debatía amablemente con ella, admitió el sesgo, pero agregó (cito de memoria): “¿Pero no te
parece interesante que tengamos una presidenta que señala una visión de la historia, por más que
no te guste o te parezca recortada?”.

El kirchnerismo tiene un costado nacionalista, pero hasta los más críticos deberían reconocer que
no se trata de un nacionalismo antiguo, en la medida en que reconoce la importancia de las
instancias internacionales, participa activamente en los foros mundiales y regionales y no le teme
a la integración ni trata de moldearla más allá de lo razonable (en eso se diferencia del
nacionalismo antiimperialista y patriotero de Hugo Chávez). Tampoco es un nacionalismo
territorialista ni belicista: por ejemplo, éste es un gobierno malvinero pero que no ha llevado la
confrontación con Gran Bretaña más allá de los canales diplomáticos.
El nacionalismo K descansa sobre todo en una interpretación particular de la historia, que en
buena medida sintoniza con las visiones de algunos de los historiadores nac&pop y que ha sido
especialmente cultivada por Cristina, que en sus frecuentes discursos ensaya comparaciones
virtuosas con otros países de la región. La semana pasada, en la entrega de los premios Houssay,
Cristina apeló a uno de los mitos fundantes de esta interpretación: el hecho de que Argentina ha
recibido tres Premios Nobel a la ciencia.

Como señalamos en esta columna, el relato kirchnerista, por usar la expresión más popular en
círculos oficialistas, alude a las virtudes reparadoras del Gobierno frente a lo que se consideran los
dos grandes momentos de decadencia nacional (la dictadura y el neoliberalismo), en una
perspectiva que conecta estas dos etapas con otros ciclos igualmente antipopulares (la Revolución
Libertadora) y que da forma a un proyecto que se autoconcibe como nacional, desarrollista e
incluyente.

En este punto, el relato oficial se sustenta en el de aquellos historiadores del campo nacional y
popular que parecen concebir a la historia como la puja eterna entre los mismos actores –incluso
entre solo dos actores, tipo pueblo-oligarquía– que permanecen inmutables, a menudo sin
considerar los diferentes momentos, los cambios en los contextos internacionales, las tramas
específicas de poder. El resultado es una mirada decandentista que no deja de responsabilizar a
uno de los dos bandos por todos los fracasos de la nación, que es aquí el concepto clave (por otra
parte, libros como los de Marcos Aguinis también comparten esta perspectiva, aunque se plantan
en la vereda opuesta y conciben otro juego de actores: por ejemplo, republicanos contra
populistas).

La kirchnerista es una interpretación sesgada, por supuesto, y elaborada a partir de las


necesidades políticas del presente antes que en base a un estudio riguroso y meditado de lo que
realmente pasó. Y sin embargo, es lógico y comprensible: la tarea de un gobierno no es dar
cátedra de historia sino conducir al país, y parece natural que apele a todos los recursos a su
mano, en este caso recursos intelectuales, para hacerlo. En cambio, sí cabe cuestionar a los
intelectuales kirchneristas que asumen el relato oficial sin introducirle matices y colores, como si
fuera una versión cerrada que hay que difundir pero no discutir, pues su función sí consiste, o
debería consistir, en echar luz sobre el presente, si quieren mirando al pasado, pero tratando de
no forzarlo y sin perder la elegancia, que eso sí que no se recupera.
La función intelectual
En un debate organizado por el Instituto de Investigaciones Gino Germani (Sociales-UBA), José
Nun y Emilio De Ipola abordaron desde distintos enfoques la articulación entre intelectuales,
política y formas de intervención pública. Aquí, sus planteos centrales.

Por José Nun *

1 Vivimos una época de continuos deslizamientos semánticos que oscurecen la realidad. Así, a un
licenciado en Filosofía se lo llama “filósofo”, aunque nunca haya aportado una sola idea a su
disciplina. Algo semejante ocurre con la siempre resbaladiza noción de “intelectual”. En su
momento, Gramsci dio un gran paso adelante cuando desechó el uso del término para designar la
naturaleza intrínseca de una actividad (como en la borrosa dicotomía “trabajo manual/trabajo
intelectual”) y propuso que se empleara, en cambio, para aludir a una función determinada. Sólo
que tanto la crisis de los discursos ideológicos totalizadores como la fragmentación de las clases
sociales le han hecho perder anclaje a su propia categoría de “intelectual orgánico”, convirtiéndola
en una abstracción.

2 Esto no significa en absoluto que la “función intelectual” haya desaparecido. Al revés, esa crisis y
esa fragmentación la vuelven cada día más decisiva. Sólo que con ella apuntamos ahora a una
apropiación eficaz de lo que producen esos que François Dosse llama “los talleres de la razón
práctica”. Hablo, a la vez, de la necesidad y de la importancia de saberes acotados y rigurosos y de
mediadores públicos que sean capaces de sistematizarlos críticamente y de ponerlos a disposición
de audiencias amplias. La especificidad que asume hoy la función intelectual no excluye por cierto
planteos más abarcativos, pero éstos dependen de la profundización de esos saberes y de las
conexiones que se logren establecer entre ellos. Lo demás es cháchara de opinólogos poco
dispuestos a cambiar nada y, mucho menos, su lugar.

3 Estamos muy lejos de Zola y del momento en que vio la luz el “Manifiesto de los intelectuales”, a
fines del siglo XIX. Reitero: ahora cuenta muchísimo más la “función intelectual” que se cumpla
que la pretendida figura de intelectual que se adopte. Por eso diría con apenas algo de
exageración que puede haber obreros o gerentes o funcionarios de tiempo completo, pero no
intelectuales de tiempo completo. No se trata de una profesión. Agente y función han dejado de
ser asimilables, si es que alguna vez lo fueron. De ahí que crezcan tanto los riesgos de confusión y
de un contrabando de credenciales que no tiene nada de ingenuo. Quiero decir: quienes asumen
funciones intelectuales en ciertas circunstancias no lo hacen en otras, cuando la lógica de la
militancia política, por ejemplo, los obliga a silenciar sus críticas o a sesgar sus discursos.
4 Entendámonos: son esenciales los papeles que cumplen los docentes o los investigadores o los
militantes políticos. Es legítimo y necesario que se multiplique el número de quienes estudian a
fondo aspectos diversos de la realidad, que hagan de esto una carrera profesional y que
intercambien sus hallazgos con otros especialistas.

Al mismo tiempo, es útil y recomendable que participen en actividades políticas de la más variada
índole tal como lo hacen los jardineros o las azafatas. Pero desde el punto de vista que adopto
aquí, nada de esto significa todavía que estén cumpliendo una función intelectual en el sentido
descripto. Lo cual –prefiero pecar de repetitivo antes que ser mal interpretado– no va en absoluto
en desmedro de sus prácticas.

5 Para decirlo en términos muy sencillos, en esta coyuntura la función intelectual implica adquirir
conocimientos específicos en áreas que habitualmente se consideran reservadas a los expertos
para después metabolizar críticamente esos conocimientos, relacionarlos con otros que resulten
relevantes y ponerlos luego al servicio de quienes se interesen en comprender la realidad para
poder transformarla.

Pienso en temas tan fundamentales como la seguridad o la reforma fiscal o el sistema de salud o
el uso del espacio público o la distribución del ingreso o la administración de justicia. Y pienso
también en mediaciones críticas en sentido fuerte porque descreo del vínculo directo entre el
político y el especialista. Estamos en un país donde la tentación del poder ha convertido
ideológicamente a muchos expertos en ambiciosos aspirantes a tecnócratas y a buena parte de la
dirigencia política en una nave a la deriva
Las Naciones sean Unidas
Por Mario Wainfeld

OPINION:

Por un rato, pareció Argentina año verde. El presidente habló ante un auditorio internacional, con
apego a un texto escrito minucioso. Tal fue su sosiego que pareció hasta apagado. Encontró el
resquicio para marcar la exigencia de cooperación judicial al gobierno iraní, sin sumarse a la bestial
ofensiva de los dueños del mundo.

Los principales dirigentes opositores validaron el discurso, con templanza inusual. El trance era
arduo, entre los adversarios pudo primar la intención de no contrariar a la DAIA y la AMIA, a las
que (como se detallará más adelante) se les atribuye una representatividad desmedida. Para
variar, fueron momentos de transigencia y sentido común compartido, encabezado por quien
conduce al país. Nada mal, en tanto la no-campaña entra a trote desabrido en su recta final.

Fue el último discurso de Néstor Kirchner ante la Asamblea de la Organización de Naciones Unidas
(ONU) y fue consistente con los anteriores. La política exterior argentina del cuatrienio, contra lo
que predican desde trincheras varias, fue tendencialmente racional, tuvo un eje basal en la
vigencia de los derechos humanos y la procura de un grado posible de autonomía. La retórica
nativa, oficialista u opositora, asigna ribetes épicos o desmedidos a casi todo. A contrapelo de un
par de vulgatas, el cronista reseña que el gobierno de un país pequeño y suburbano se apañó para
no tener choques frontales con los Estados Unidos sin caer en seguidismos patéticos.

A Kirchner le tocó convivir, quizá, con el peor gobierno de la (por lo demás brutal) historia
internacional de la Unión. Ningún profeta de la derecha llegó tan lejos como Bush, ninguno se ne
fregó tanto del consenso internacional, ninguno incursionó en cruzadas bélicas sangrientas tan
huero de compañía, tan cuestionado por los pueblos de todas las latitudes, incluidas las del
hemisferio norte. Un solo aliado cabal tiene, Gran Bretaña. Ni aun allí la opinión pública se
encolumna fácilmente. Eric Hobsbawm diseca el momento con prosa y saber impares: “Ahora, el
gobierno de Estados Unidos se ve frente al hecho de que su imperio y sus objetivos ya no son
genuinamente aceptados. No hay ‘coalición de los comulgantes’, de hecho su política actual es
más impopular que la de ningún otro de sus gobiernos –y probablemente de ninguna otra
potencia– en toda la historia” (“Guerra y paz en el siglo XXI”).

La vesania del líder mundial va signando la centuria. El periodista y escritor Ernesto Semán, en
notas publicadas en Página/12 en esta semana, añadió una hipótesis desafiante, que comulga con
lo que piensa Hobsbawm: no todo es razón instrumental en la barbarie de Bush, no todo apesta a
dinero o petróleo, los desvaríos ideológicos suman su cuota. Su brutalidad no es estricta sagacidad
del mal, lo que lo torna más peligroso.

---
La exigencia al gobierno iraní tiene bases institucionalmente sólidas, pues son actuaciones
judiciales. La credibilidad de las aseveraciones del fiscal Alberto Nisman son, cuanto menos,
opinables. El juez federal Rodolfo Canicoba Corral tiene la competencia necesaria y muy poca
autoridad pública, es un bochorno que no haya sido sometido a juicio político. Así las cosas,
sustentado en una exigencia de un poder del Estado, encarnado en seres humanos (por decir lo
menos) falibles, Kirchner hizo lo debido.

Fue notable la sobreexigencia de las autoridades de la DAIA y la AMIA. La demasía tuvo extendida
aprobación mediática, que incurrió en un error brutal, que justifica unas líneas críticas. En la tele,
en la radio y en la prensa escrita se homologó a esa dirigencia con “la colectividad” o (como está
más de moda) “la comunidad” judía. Esa asimilación es indebida.

Se trata, en ambos casos, de organizaciones no gubernamentales de afiliación voluntaria que sólo


representan a sus asociados, no al conjunto comunitario. Institucionalmente no les cabe esa
invocación, no validada por la costumbre ni por norma legal alguna. En verdad, un solo argentino
representa legalmente a todos los ciudadanos judíos (no segmentados como tales) y es el
Presidente.

Admítase una comparación en solfa, para aliviar un poco el texto. Proponer que DAIA y AMIA son
la voz de la “comunidad” sería similar a proponer que el presidente de River, José María Aguilar,
habla en nombre de todos los hinchas de fútbol, cuando es opinable que represente cabalmente a
los socios de River, a los que debe su investidura.

Se habla de investidura porque la autoridad de las entidades en cuestión es controversial. Dejó


mucho que desear su desempeño en momentos especialmente duros para los argentinos en
general y los judíos en especial. Hablamos de la dictadura y del gobierno de Carlos Menem, que
encubrió los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA. En esas instancias, buena parte de
la cúpula dirigencial fue aquiescente si no cómplice.

Fueron otros grupos de raíz comunitaria (como Memoria Activa) los que pusieron el cuerpo en la
calle y en los tribunales dando testimonio de coherencia y dignidad. Viene a cuento evocar el
aniversario del atentado a la AMIA en 1997. Una multitud de asistentes al acto conmemorativo en
la calle Pasteur le dio literalmente la espalda (un modo expresivo clásicamente judío) a Rubén
Beraja mientras éste hacía su ofrenda de obsecuencia al gobierno de entonces.

Escapa a las incumbencias del autor preguntarse por qué se llama “comunidad” a una ONG. Puede
ser un desliz, más justificable en los medios que transmiten en vivo. O puede ser un equívoco
premio a esa inclinación derechista, practicada en las coyunturas más desdichadas, que revierte en
extrema exigencia en momentos no ideales pero sí mejores.

---
Las relaciones exteriores deben combinar convicciones, defensa de valores universales y dosis
industriales de realismo. El rumbo de la gestión Kirchner fue, en trazos gruesos, adecuado:
integración regional signada por la mayor cooperación y empatía que se recuerde con Brasil,
acompañamiento a iniciativas racionales de la gran potencia (definiciones contra el terrorismo
internacional, legislación contra el narco y el lavado de dinero). El equilibrio fue, paradójicamente,
beneficiado por el relativo desinterés de Estados Unidos por buena parte de la región.

Argentina desplegó junto a Brasil una acción de contrapeso no siempre recordada respecto de la
“otra parte”, Venezuela y Bolivia, muy asediada por la intolerancia y los halcones de negocios de
todo el Norte. Ese contrapeso sistémico fue importante y muy silenciado en el recuerdo. Comenzó
con la exitosa gestión de ambas cancillerías para garantizar una salida democrática decente en
Bolivia tras la caída del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada. Y fue decisiva la prédica del
presidente brasileño Lula da Silva y de su colega argentino para que Hugo Chávez concediera el
referéndum revocatorio, exponiéndose a una ordalía democrática infrecuente, que ganó por
goleada.

Ese sesgo correcto fue a menudo implementado con chapucería, mal relatado, se personalizó
demasiado, se delegó menos de lo aconsejable, y se cayó en contradicciones penosas, como
fueron el entredicho con el Uruguay o la existencia de una diplomacia paralela con Venezuela, que
hizo pus en el caso Antonini Wilson.

A cuenta de una síntesis más extendida, podría decirse que la estrategia fue sensata, funcional a
los intereses nacionales, aunque implementada con tácticas desordenadas, desparejas,
eventualmente contradictorias. La narrativa, charramente, faltó. Un cuadro compatible con lo que
fue, en otros terrenos, la presidencia que termina sin que nadie se percate del todo.
“Los libros de autoayuda no ayudan”
En abierta oposición a la filosofía académica, acostumbrada a citar compulsivamente a pensadores
europeos o estadounidenses, el autor de Filosofía y Nación insiste en “seguir pensando desde
aquí” y plantea la necesidad de “ligar la filosofía con la historia, salir de la muerte del hombre de
Foucault”.

Por José Natanson

No se trata de una revalorización de la filosofía, de un fenómeno como el que se está dando,


quizá, con algunos libros de historia. Se trata más bien de una búsqueda, del intento por enfocar
una mirada filosófica latinoamericana. “Es un momento en que podemos volver a decirles a los
filósofos académicos que vamos a seguir pensando desde aquí, que no vamos a seguir citando
compulsivamente a los pensadores europeos o norteamericanos”, sostiene José Pablo Feinmann,
que la semana que viene reinaugura sus masivos cursos de filosofía en el Club Armenio.

– ¿Hay una revalorización de la filosofía?

–Yo no creo que pueda hablarse de un fenómeno de la filosofía a nivel global, pero
indudablemente hay algo. Una hipótesis que tengo es que mucha gente se ha dado cuenta de que
los libros de autoayuda no ayudan, o son endebles o han perdido prestigio. Esos libros que te
prometen mejorar la vida si los lees. Los filósofos livianos, tipo Fernando Savater, quizá perdieron
prestigio. Hay libros también de chantas filosóficos, tipo El mundo de Sofía o Más Platón y menos
Prozac, un título graciosísimo por lo tonto, porque si alguien está deprimido más vale darle Prozac
y no Platón.

O ese libro La filosofía puede sanar tu vida, un disparate. Al margen de estas cosas, creo que está
pasando algo. Aparece el libro de Eduardo Grüner, El fin de las historias pequeñas; el de León
Rozitchner, La cosa y la cruz, que apareció antes pero fue fundamental. Va a salir un libro de
Rubén Ríos sobre Nietzsche. Están en esta línea. Y en los cursos que yo doy planteo este enfoque
de ligar la filosofía con la historia. Es salir del giro lingüístico, hermenéutico, del último Heidegger,
de Althusser, de la muerte del hombre de Foucault.

–¿Qué implica salir de ese giro?

–Recuperar la determinación histórica de la filosofía, algo que introdujeron Hegel y Marx, los
grandes negados por las filosofías post. Yo no creo en los regresos en filosofía, y además no quiero
regresar de Derrida, Foucault, Althusser, porque he aprendido mucho de ellos. Y menos de Heide-
gger, que es el que los alimenta a todos.
Pero se puede traer a Hegel y Marx al presente y decir que la filosofía se hace en un contexto
histórico. Es cierto que el marxismo no le añadía de un modo preponderante materialidades como
el lenguaje. En ese sentido se puede incorporar el giro lingüístico, pero como un elemento más
dentro de un espacio político, social e histórico en el cual la filosofía surge como la instancia de
totalización. La única posibilidad de rescatar a la filosofía es como saber de saberes. Por eso la idea
es poner otra vez bien adelante las situaciones sociales, económicas, políticas, junto a la densidad
que la sociedad tiene dentro, a sus lenguajes. A una filosofía que no razone acerca de la historia
como conflicto no le veo densidad.

–¿Cuándo se perdió ese enfoque?

–Hay algo que pasó en la filosofía a partir de los ’60 con la caída del sartrismo, con Las palabras y
las cosas, la proclamación de la muerte del hombre por Foucault, el antihumanismo y luego con la
deconstrucción de Derrida. Lo más interesante es que todo está basado en Heidegger. Si vos lo
sacás se cae todo, y si lo dejás también, porque todo está basado en un señor que fue rector de
una universidad nacional-socialista. Nadie pretende, y yo menos aún, reducir Heidegger a eso.
Pero no fue un momento. Fue largo. Tal es así que reedita su libro en 1953 y sigue hablando de la
grandeza del nacional-socialismo.

Fue su momento más luminoso, de optimismo. En ese momento cree, el problema es que cree
mal. Y cuando uno cree se puede equivocar. El primer Sartre es una relectura enormemente
talentosa de Ser y tiempo de Heidegger. Lo interesante es que después Sartre lo lleva al encuentro
con el marxismo, en La crítica de la razón dialéctica. Después, llegará la estructura, el lenguaje, el
posestructuralismo, Nietzsche pasado por Heidegger. Lo que pasa es que para huir de Marx se cae
en Heidegger. Lacan es eso. El drama de la filosofía europea en este momento es la
deconstrucción del sujeto. Se saca al hombre de la historia. Y la historia la hacen los hombres o no
la hace nadie. Yo lo que propongo es buscar una situación local desde la cual mirar estas cosas.

–¿Qué significa el color local en la filosofía?

–El sujeto cartesiano en tanto sujeto del capitalismo a nosotros, los latinoamericanos, nos
esclavizó. Eso no implica volver a la teoría de la dependencia, pero sí admitir ciertas cosas. Cuando
Marx dice que el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo, la sangre que chorrea es sangre
de la periferia. Nosotros somos parte de la cultura de Occidente, cuyo centro se constituye
saqueándonos. La centralidad que el pensamiento post quiere deconstruir se hace saqueando la
periferia. Mi propuesta es pensar desde la periferia. Y la propuesta más ambiciosa es pensar una
ontología de la periferia.
–¿Qué es esto?

–El centro, las culturas europeas y norteamericanos, si algo han sabido es totalizar. Como somos
parte de una falsa totalidad globalizadora, lo primero es establecer que esa totalidad sin nuestra
particularidad no puede constituirse. Somos esenciales para esa totalidad, porque no hay totalidad
sin una de esas partes. Cuando Borges dice que nuestra cultura es la de Occidente yo creo que
tiene razón, con un agregado: nosotros pertenecemos a Occidente como periferia saqueada, que
permite la acumulación de capital financiero, industrial, y tiene sus grandes filósofos.

Heidegger piensa el sujeto cartesiano y lo denuncia. Le adjudica características demoníacas, como


sujeto que somete a los entes a través de la técnica y olvida la pregunta por el ser. Yo, como
filósofo sudamericano, me pregunto si esos entes sometidos, el mundo óntico, no es la periferia.
Es una visión nuestra de Heidegger. Los sometidos por la instrumentalidad del sujeto cartesiano
hemos sido nosotros, los de la periferia.

–¿Cree que este fenómeno de la filosofía podría vincularse al interés por la historia evidenciado en
las increíbles ventas de libros de historia, como el de Felipe Pigna?

–Es posible. Creo, de todos modos, que los libros de este tipo se acercan peligrosamente a la
búsqueda del chisme histórico. No hay que caer en la tentación de ofrecer las versiones secretas
de la historia, porque si no una se expone a la crítica de los historiadores académicos. Yo a Pigna,
al que le tengo mucho cariño, le diría que se cuide de eso. En todo caso, lo que sí se podría
subrayar es que quizás hay una búsqueda por una mirada local. Yo, como otros, me propongo
volver a mirar las cosas desde nuestra situación.

– ¿Esta nueva mirada filosófica, el interés renovado por la historia, son efecto del estallido y el
colapso institucional de 2001?

–Me siento más tranquilo diciendo estas cosas ahora que tres años atrás. Me siento, digamos,
menos idiota, que era lo que me decían los otros, los que decían que no había que hablar de
Latinoamérica, los que decían, como Kissinger, que Latinoamérica se puede hundir y no va a pasar
nada. En estos tres años después de diciembre del 2001 y con la primavera kirchnerista es posible
hablar de una ontología de la periferia desde otro lugar. Aparece el libro de Grüner, está el de
León Rozitchner, mis cursos. Es un momento en que podemos volver a decirles a los filósofos
académicos que vamos a seguir pensando desde aquí, que no vamos a seguir citando
compulsivamente a los pensadores europeos o norteamericanas.
– ¿Está mal citar?

–No en sí mismo. Pero la cita, en el pensador latinoamericano, muchas veces es como un


pasaporte a la filosofía. Los europeos se caracterizan por no citar. Lacan, Foucault, Sartre no citan.
O citan poco. No lo necesitan porque ya están. En cambio, el pensador latinoamericano, como
traductor del pensamiento europeo, necesita citar y no piensa, sino que comenta los debates que
se dan en los centros del saber.

Esto no implica de ninguna manera pensar sin admitir que somos parte de Occidente, porque
somos parte de una tradición que se hizo saqueándonos, pero sí reclamamos el derecho a
repensar todo. Y a volver a la historia, porque no nos podemos alejar de la historia. Nosotros
necesitamos creer en la historia, que se hace a través de los conflictos, que puede devenir,
cambiar, que se hace a través de la praxis política.

La praxis política es organización, organización de los hombres. Y entonces vamos a tener que
postular el regreso al hombre. Si uno se aleja de la historia en un momento en que ocupa la
posición del esclavo se congela como esclavo. Si lo hace en la posición del amo es distinto. Al que
está en la posición del amo le interesa congelar la historia y recluirse en el lenguaje o en la
hermenéutica infinita.
Lula bajo análisis
Por Fernando Cibeira

A mediados del año pasado, envuelto en el torbellino de denuncias de corrupción y pagos de


mensalao que les costaron el puesto a sus dos principales ministros, nadie apostaba un real por el
futuro político de Luiz Inácio Lula da Silva. Pero el brasileño pasó el sofocón y pudo recomponerse
hasta redondear ayer un convincente triunfo electoral, que le abre las puertas a su reelección.
Para encontrarle alguna respuesta a lo que sucedió en el medio de una y otra realidad, acaba de
aparecer “Lula. La izquierda al diván”, del periodista y politólogo Ceferino Reato.

Pese a la cercanía geográfica, no es fácil entender desde la Argentina la realidad política brasileña.
Sin partidos fuertes y de una tradición definida, los asuntos públicos del coloso sudamericano son
manejados por una elite dirigente en la que tallan fuerte los caudillos provinciales y los poderosos
caciques industriales, de la que Lula apareció como un elemento atípico, un sindicalista
metalúrgico nacido en el empobrecido nordeste.

El libro arranca con un entretenido racconto del escándalo de pagos ilegales que sacudió la
realidad brasileña el año pasado. Leído todo junto, incluyendo chistes y derivaciones absurdas, el
caso hace aparecer a nuestros sobornos en el Senado como un entretenimiento de escolares. Una
de las diferencias entre la sociedad argentina y la brasileña es –al decir del autor que trabajó como
periodista en San Pablo– el poco interés del común de los brasileños en los asuntos del poder.
Pero en este caso, el de las mensualidades que cobraban los diputados de otros partidos para
propiciar una mayoría oficialista, caló hondo, sobre todo porque Lula y su Partido de los
Trabajadores (PT) habían hecho de la ética una bandera. Lula jugó a desentenderse del caso,
incluso mostrarse como víctima de algunos traidores, y la gente, en buena medida, creyó en él.

El trabajo se ocupa de las directrices fundamentales del gobierno de Lula, principalmente la


decisión de mantenerse apegado a la ortodoxia económica y la puesta en marcha de un vasto plan
social, lo que le valió la adhesión de los sectores altos y de los más pobres, que en Brasil significan
muchos millones de personas.

“La izquierda al diván” del subtítulo se refiere justamente al debate generado alrededor de las
alternativas progresistas que han llegado al poder en América del Sur para poder llevar a cabo las
ambiciosas promesas realizadas durante las campañas electorales. En ese sentido, el libro ubica a
Lula en el lote de los moderados del continente, junto al uruguayo Tabaré Vázquez y a los chilenos
Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.
Reato, que trabajó en la sección Política de Clarín, fue corresponsal en Brasil de la agencia ANSA y
actualmente es editor de Internacionales en Perfil, le agrega interés al libro al comparar las
situaciones que describe con la realidad argentina. Además, el último capítulo está dedicado a la
complicada relación entre Lula y Néstor Kirchner. Allí se explica por qué se pasó del amor inicial a
la conflictividad posterior hasta derivar a la buena sintonía de hoy en día.

El libro tiene prólogo de Pacho O’Donnell y una primera página de agradecimientos que pueden
sorprender a los lectores de Página/12: por allí desfilan el analista y especialista en temas militares
Rosendo Fraga, los ideólogos del menemismo en política exterior, Jorge Castro y Jorge Raventos, y
hasta el ex intendente porteño Carlos Grosso. Si se supera la impresión, se podrá acceder a una
muy buena aproximación sobre la actualidad política brasileña, la atractiva personalidad de su
líder y la estratégica relación con nuestro país.
“Hay que latinoamericanizar Europa”
Mouffe plantea la necesidad de aceptar distintos modelos de democracia en un mundo multipolar
y destaca las recientes experiencias en América latina “que muestran que es posible luchar contra
el neoliberalismo”. También defiende la idea de alternativa por sobre la de alternancia.

Por Javier Lorca

En un mundo multipolar, la democracia no puede ser un modelo único, exportado desde Europa y
Norteamérica al resto del mundo. “Hay que aceptar que va a haber distintas formas de
democracia, que corresponden a su adscripción en distintos contextos históricos”, dice la
politóloga belga Chantal Mouffe.

En perfecto castellano, modulado por una tonalidad francesa, Mouffe reivindica las experiencias
democráticas latinoamericanas, en las que observa no un rechazo al modelo liberal-democrático
occidental, sino una rearticulación de esas tradiciones pero “con predominio de la soberanía
popular”.

–¿Cómo caracterizaría las diferencias entre las democracias europeas y las actuales experiencias
democráticas en Latinoamérica?

–En la medida en que uno acepta, como es una tendencia importante hoy en las ciencias sociales,
que no hay una modernidad sino muchas trayectorias diferentes hacia lo que se puede llamar
modernidad, en la medida en que uno acepta la existencia de diferentes modernidades
alternativas, también hay que aceptar formas múltiples de democracia. El modelo que es
específico de Europa incluye una cierta articulación del liberalismo y la democracia, es una
articulación entre dos tradiciones distintas, muy influenciada por la tradición judeocristiana y por
la reforma protestante.

Es una articulación contingente, no necesaria. No es legítimo pretender que ese modelo occidental
sea aceptado por el resto del mundo. En el caso de América latina, uno no puede decir que la
región no es parte de Occidente, pero eso tampoco quiere decir que Latinoamérica deba aceptar
el modelo europeo. Creo que hay que pluralizar la idea de Occidente, aceptar variaciones en su
interior y hablar de Occidentes. En las experiencias de las nuevas democracias de Sudamérica no
hay un rechazo a la tradición liberal, pero sí hay una articulación distinta entre las tradiciones
liberal y democrática.
–¿En qué consiste?

–En Europa, el elemento liberal de las democracias se ha vuelto absolutamente dominante,


mientras el elemento democrático, el de la igualdad y la soberanía popular, ha sido subordinado y,
en algunos casos, eliminado. Si uno pregunta en Europa qué es la democracia, responden Estado
de derecho, respeto de los derechos del hombre, separación de poderes, pero nadie va a hablar
de soberanía popular y de igualdad. Algunos teóricos hasta sostienen que todo eso se ha vuelto
obsoleto. No es sólo que la tradición liberal se ha vuelto hegemónica, sino que hay una
interpretación específica, neoliberal, de esa tradición. Esto es lo que ocurre en Europa y en
Estados Unidos, por eso es que muchos teóricos hablan de una posdemocracia, de una democracia
que ha perdido todo sentido democrático. Contra los teóricos que consideran que el principio
democrático y el liberal van necesariamente juntos, yo defiendo la tesis de que hay una lucha
entre esas dos tendencias.

En la historia europea, hubo momentos en que predominó el elemento democrático y en otros


dominó el elemento liberal, como ocurre hoy. Ese predominio del componente liberal es lo que
están poniendo en cuestión los gobiernos latinoamericanos, que han puesto al elemento
democrático como elemento principal. El elemento liberal no ha sido eliminado, pero está
subordinado. Por eso es que en Europa no se entienden las experiencias latinoamericanas y hay
hostilidad hacia ellas, no sólo desde la derecha, también desde la izquierda.

¿Por qué no puede aceptar a estas democracias latinoamericanas? Tienen una cierta idea de que
la democracia es el predominio de los procedimientos liberales. Lo fundamental para entender a
las democracias latinoamericanas es que no se trata de un rechazo al modelo liberal-democrático,
sino de una rearticulación con predominio de la soberanía popular.
–Usted ha criticado el principio de alternancia en el poder y, en su lugar, ha defendido la
necesidad de que las democracias ofrezcan alternativas. ¿Cuál es su postura ante las
reelecciones presidenciales?

–Acabo de leer un artículo en Le Monde Diplomatique, donde José Natanson argumenta contra la
re-reelección y considera que hay que poner límites al poder del pueblo. Estoy de acuerdo con que
el poder del pueblo debe tener cierto marco, pero uno no puede decir que países donde existe la
posibilidad de la reelección indefinida, como Venezuela, sean menos democráticos que países sin
esa posibilidad, como los europeos.

En Europa se da una situación de alternancia: hay elecciones pero el pueblo no puede realmente
escoger entre proyectos distintos. Elegir entre centroizquierda y centroderecha es prácticamente
como elegir entre Coca Cola y Pepsi Cola. A partir de eso trato de explicar la falta de interés en la
política representativa, la gente advierte que no hay diferencia. Desde mi perspectiva, el criterio
para saber si un país es democrático es si a la gente se le da la posibilidad de escoger, si tienen
alternativas y no simplemente alternancia entre partidos distintos que, una vez en el poder, no
hacen ninguna transformación fundamental. El problema de la reelección lo veo como un
fetichismo de ciertos procedimientos liberales.

También es algo muy reciente, porque hasta hace poco un país como Francia no tenía ningún
límite para la reelección del presidente. Se dan situaciones absurdas, como en Chile, donde el
presidente puede tener un solo mandato. Michelle Bachelet era una persona muy popular y podría
haber sido reelegida, pero la normativa no se lo permitía: eso sí que es una traba al poder del
pueblo. La reelección puede ser una manera de luchar contra el predominio del liberalismo sobre
la democracia. Evidentemente, eso no quiere decir tampoco que se deban abandonar todos los
límites liberales.

–En su razonamiento, la alternativa queda atada a la figura del líder que ejerce la presidencia,
pero también se podría pensar en que, dentro de un mismo espacio político, distintas figuras
encarnen esa alternativa. Para decirlo de otra manera, la reelección indefinida ¿no promueve la
debilidad de un proyecto al ligarlo a una sola persona?, ¿no elimina un incentivo a que los
partidos generen mayor democracia interna y a que los gobiernos distribuyan el ejercicio del
poder?

–Claro que, idealmente, es mejor cuando no hay una sola persona de la que depende un proyecto,
porque eso siempre es muy peligroso. No es lo ideal. Pero cuando ése es el caso, no veo por qué
no puede admitirse la reelección de esa persona. Idealmente, hay que crear las condiciones donde
haya varias personas identificadas con un proyecto. Pero, cuando eso no ocurre, sería absurdo
poner en riesgo un proyecto.
– ¿Encuentra alguna relación entre las diferencias de las democracias latinoamericanas y
europeas y los modos en que una y otra región están enfrentando la crisis del capitalismo
global?

–Lo que me parece muy interesante de las experiencias de Sudamérica es que se está poniendo en
cuestión el modelo neoliberal: la ruptura con el FMI, la creación de instituciones regionales, una
apuesta al desarrollo de un modelo alternativo. En Europa no parece haber interés en salir del
neoliberalismo, y eso está relacionado con esa situación de posdemocracia, donde no hay
diferencias claras entre centroderecha y centroizquierda. El problema fundamental es que se ha
creado una especie de consenso al centro –el modelo teorizado por Tony Blair, por Anthony
Giddens–, la idea de que después de la caída del Muro de Berlín ya no hay antagonismos y que no
hay alternativas al modelo neoliberal, un marco en el cual los partidos de centroizquierda apenas
pueden gestionar de manera un poco más humana esa globalización neoliberal. Pero en esos
partidos no se ve ninguna tentativa de romper.

Hay que reconocer que la Unión Europea no ayuda, porque tal como existe es parte del modelo
neoliberal. Todas las medidas que está desarrollando la UE tratan de encontrar una salida
neoliberal a una crisis provocada por el neoliberalismo. Soy profundamente europea y no quiero
romper con la UE, pero creo que necesita un cambio muy profundo, para que empiece a permitir
el desarrollo de un modelo alternativo. Afortunadamente, en forma muy reciente, en algunos
países se está empezando a ver el nacimiento de partidos políticos que se sitúan a la izquierda de
los partidos socialistas, que quieren llegar al gobierno –no son partidos de protesta– y desarrollar
un modelo distinto, como el Partido de Izquierda en Francia, Syriza en Grecia o Die Linke en
Alemania.

Eso a muchos nos da esperanza de que pueda haber una puesta en cuestión del modelo
neoliberal. En esos partidos hay un enorme interés por lo que pasa en América latina. Muchos
creemos que hay que latinoamericanizar Europa, hay que aprender de estas experiencias que
muestran que es posible luchar contra el neoliberalismo. Acá están más avanzados. Claro que han
pasado por experiencias muy dolorosas...
–Al comprender al conflicto como inherente a la política y al considerar al consenso racional
como imposible, usted plantea que la tarea de la democracia es transformar los antagonismos
(la confrontación amigo-enemigo) en agonismos (adversarios que se reconocen derechos). ¿La
responsabilidad de esa transformación se la atribuye a la sociedad y sus organizaciones en su
conjunto? ¿O en particular al poder del Estado?

–Evidentemente, el Estado tiene un rol importante, pero también los partidos políticos, que son
parte de la sociedad. La política necesariamente implica un nosotros y un ellos. Lo específico de la
política son los conflictos que no se pueden resolver nunca de manera racional, poniéndose de
acuerdo, por eso es que he criticado el modelo deliberativo. En la sociedad siempre hay sectores
enfrentados. El conflicto tiene que ver con relaciones de poder, con la hegemonía. Esto es lo que
la perspectiva liberal no quiere reconocer. El marxismo lo reconocía, pero lo limitaba a la lucha de
clases, que no es la única forma posible de antagonismo. Entonces, el objetivo de la democracia no
es encontrar los procedimientos para poner a todo el mundo de acuerdo, porque eso no es
posible, sino encontrar cómo manejar el conflicto.

Si el conflicto se da de manera antagónica, en una confrontación amigo-enemigo, donde no se


reconoce la legitimidad del oponente y se trata de eliminarlo, sobre esa base no es posible
organizar una sociedad democrática. Por eso es que muchos liberales creen que tienen que negar
la dimensión del conflicto para pensar la democracia. Yo creo que el conflicto se puede dar
también bajo la forma del agonismo, que no elimina el conflicto sino que en lugar de plantear una
relación amigo-enemigo plantea una relación de adversarios. Si bien hay una lucha hegemónica,
esa lucha se da bajo ciertos procedimientos democráticos.

La tarea fundamental de una política democrática es crear todas las instituciones y los
procedimientos para permitir al conflicto manifestarse de una manera agonística. Si eso no existe,
el conflicto aparece bajo formas violentas. Por eso creo que hay responsabilidad de los partidos,
que tienen que considerar a los otros como adversarios, no como enemigos a eliminar. Pero
también es necesario al nivel del Estado que existan los canales que permitan esa expresión. Para
tener una lucha agonística, es necesario que de los dos lados haya reconocimiento agonístico.

–¿Cómo analiza, desde esa perspectiva, casos como los de Venezuela o Argentina?

–El caso de Venezuela es particularmente interesante en ese sentido, porque parece que se está
dando un movimiento del antagonismo al agonismo. Durante toda una primera etapa, la oposición
no admitía a Hugo Chávez y lo trataba como enemigo, intentaron darle un golpe de Estado: ése es
un trato antagonista. Ahora –si no es una maniobra– parece haber un cambio: aceptaron entrar en
las elecciones, Henrique Capriles no propone destruir todo lo que hizo Chávez y reconoce muchas
cosas; parece estar creando las condiciones para lo que llamo un consenso conflictual –porque
para que haya lucha agonística es necesario que haya una base común entre los adversarios, el
respeto por ciertas reglas del juego–.
En el caso de la Argentina, me parece que la situación es parecida a lo que era Venezuela antes de
Capriles, porque no hay un consenso conflictual. Desde la oposición no se plantea una política de
confrontación agonística con el Gobierno, me parece que hay tentativas de deslegitimarlo y
ponerle trabas a algunas medidas –como el caso de la ley de medios–. No es una oposición
constructiva, no parece proponer ningún proyecto alternativo, sino solamente tratar de impedir lo
que propone el Gobierno.
El ansia de leer
Por Mario Wainfeld

“Ya no estamos en condiciones de discutir, excelencia, el régimen no estaba sostenido por la


esperanza ni por el conformismo, ni siquiera por el terror, sino por la pura inercia de una
desilusión antigua e irreparable, salga a la calle y mírele la cara a la verdad, excelencia, estamos en
la curva final, o vienen los infantes o nos llevamos el mar, no hay otra, excelencia, no había otra,
madre, de modo que se llevaron el Caribe en abril, se lo llevaron en piezas numeradas los
ingenieros náuticos del embajador Ewing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras de
sangre de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenía dentro, mi general, con el reflejo de
nuestras ciudades, nuestros ahogados tímidos, nuestros dragones dementes, a pesar de que él
había apelado a los registros más audaces de su astucia milenaria tratando de promover una
convulsión nacional de protesta contra el despojo, pero nadie hizo caso, mi general, no quisieron
salir a la calle ni por la razón ni por la fuerza porque pensábamos que era una nueva maniobra
suya como tantas otras para saciar hasta más allá de todo limite su pasión irreprimible de
perdurar, pensábamos que con tal de que pase algo aunque se lleven el mar, qué carajo, aunque
se lleven la patria entera... “

El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez.

Los gringos se llevaron el Caribe. Claro. Y después se cuenta cómo. El párrafo no tiene por qué ser
el mejor de Gabriel García Márquez, será una de tantas historias encastradas entre otras. A uno le
resulta formidable, siempre lo evoca, el hallazgo le suscita una suerte de alegría, un afán de
recontarlo (valga la expresión: mal y pronto).

García Márquez, comentaron la periodista Mariana Enriquez y el sociólogo Horacio González,


concilió como pocos o como nadie ser un escritor exitoso en las ventas, de una calidad insigne y
con un compromiso político alto. Fue generoso con sus lectores, les contagió su alegría al escribir
pero jamás fue concesivo con ellos. No les ahorró extensiones, ni se sometió a las frases cortas, ni
escatimó localismos, casticismos ni vanguardismos ni ejercicios de estilo.

Dos facetas básicas, quién sabe, tiene su obra. Una es la más reconocida. La de, entre otros libros,
Cien años de soledad o El otoño.... Las mil y una noches caribeñas, un sinfín de historias dentro de
una historia.

La otra es la del relator preciso, que se apega a los hechos y solo los embellece con el estilo. Esa
que aparece en Noticia de un secuestro y Crónica de una muerte anunciada. Gran titulero el
hombre, comentó Juan Sasturain en Página/12: por algo les puso “Crónica” y “Noticia”.
Cualquiera de esos dos hipotéticos narradores hubiera merecido un Nobel. El fue ambos a través
de décadas.

La vida nos permitió a quienes tenemos algunos años menos seguir la obra de García Márquez en
tiempo real. Leer cada libro recién salidito, tener al autor y a su obra como compañeros de vida.
Una fortuna que, por muchos motivos, no se repetirá.

Cualquiera que ame escribir, aun en un nivel menor, es antes que nada un lector pasional y gánico.
Borges mismo pidió más de una vez ser juzgado más por lo que leía que por lo que escribía. Quien
esto firma, un lector agradecido y conmovido, sonríe cuando recuerda narraciones, es acometido
por un ansia enorme de releer y se apena por el adiós. Que alude a un genio, tanto como a una
parte de la vida de uno mismo. Que jamás lo conoció, ni lo reporteó, ni lo vio, cuestiones que en
sustancia poco importan.
“Ver la historia con responsabilidad”
“La última vez que estuve con (José Ignacio) Rucci me dijo, ‘no te confundas, yo también soy
socialista’”, recordó el dirigente peronista Juan Carlos Dante Gullo. Junto a los ex miembros de
Montoneros Alejandro Peyrou y Emiliano Costa, el ex líder de la Juventud Peronista y diputado
porteño del Frente para la Victoria participó de la presentación del libro Operación Traviata, del
periodista Ceferino Reato, sobre el asesinato de Rucci en 1973. Nadie mencionó la teoría de los
dos demonios, pero Costa dejó sentado que “aunque la violencia vino de todos lados, no se
pueden equiparar” las acciones de los grupos armados “a los crímenes de la dictadura militar y de
la Triple, planificados y ejecutados desde el Estado”. Este periodista, que fue integrante de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y estuvo casado con Victoria Walsh, señaló que el valor del
libro es “ver esta historia de una vez por todas no más como víctimas sino con responsabilidad
para que no se repita nunca más”.

El veterano dirigente peronista Antonio Cafiero estaba convocado pero dio parte de enfermo. Su
secretario leyó una carta que envió en la que destacó que el trabajo de Reato era un primer paso
para “el revisionismo necesario en el país”. Entre el público se mezclaron, entre otros, Rafael
Bielsa, Carlos Grosso, Eduardo Amadeo, Jorge Castro, Rosendo Fraga y Pacho O’Donnell. El autor
enfatizó que no hay “ningún grupo de interés, ni la familia Rucci, ni un sindicato ni el peronismo”
detrás de su libro, “sino la voluntad de hacer algo útil para comprender los ’70 ante la versión
kirchnerista de la historia” y agradeció a sus fuentes, “especialmente a los ex montoneros que me
tuvieron confianza”.

El economista y ex diputado Alejandro Peyrou recordó que a las 48 horas del asesinato de Rucci
supo de la autoría de Montoneros. “Fuimos nosotros”, dijo. “A la organización todo le parecía
poco, le envió una lista a Perón a Madrid con propuestas de nombres para los cargos. Le pregunté
a Carlos Kunkel qué hubiera hecho Néstor Kirchner ante una cosa así y me respondió que ‘era un
disparate’, pero ése era el nivel de disparate que teníamos”. A su criterio, después de la masacre
de Ezeiza “comenzó la etapa de descarrilamiento de la propuesta política de la organización, que
pretendió discutirle el peronismo a Perón”, y aseguró que lo de Rucci “no sólo fue un crimen sino
una estupidez”. Para avalar el revisionismo, Peyrou mencionó que “durante años la izquierda evitó
cuestionar a Mao o a Stalin para no hacerle el juego al imperialismo”. Costa coincidió. “Con
nosotros pasó eso, fuimos militantes de la juventud maravillosa y seguimos el camino que aportó a
la tragedia que sobrevino en el país. Siempre hablar de esto pareció como hacerle el juego al
enemigo”, confesó.
El lugar de La Cámpora
Adelanto del nuevo libro de José Natanson ¿Por qué los jóvenes están volviendo a la política? De
los indignados a La Cámpora, de Editorial Debate.

Por José Natanson

¿De qué hablamos cuando hablamos de juventud? ¿Es posible ensayar un retrato colectivo de los
jóvenes de nuestro país? El rasgo central de la juventud argentina, como la de otros países en
desarrollo, es la fragmentación social. Así, bajo el mismo amplio concepto de juventud conviven
realidades completamente diferentes: los jóvenes de clase media, que como en el primer mundo
retrasan cada vez más el salto a la adultez (postergan el casamiento y la paternidad, estudian
muchos años antes de insertarse en el mercado laboral), y los jóvenes de los sectores populares,
con un ciclo de vida acelerado, de paternidad temprana, menos años de escolaridad e ingreso
prematuro al primer empleo. Esta acumulación de desventajas demuestra que la desigualdad no
es sólo estática sino también dinámica y de paso desmiente, como señala Susana Torrado, la
leyenda que proclama que todos somos iguales ante la muerte: aquellos que tuvieron la desgracia
de nacer en una familia pobre están condenados a vivir rápido y morir antes.

Pese a estas diferencias, todos los jóvenes argentinos, pobres o ricos, varones o mujeres, porteños
o santiagueños, comparten la pertenencia a una misma generación, no por una simple
coincidencia en cuanto a una fecha de nacimiento sino en el sentido de haberse socializado en un
mismo entorno histórico. Cada generación constituye una especie de hermandad frente a los
estímulos de una época; en cierto modo, vive en un mundo diferente a las demás.

Y como de política se trata, señalemos que la generación de la que se ocupan estas líneas, la de los
jóvenes de hoy, tiene poco que ver con la “generación del ’70”, sesentones que cargan con sus
derrotas, sus siglas misteriosas (FAP, FAR, ERP) y su tecnojerga (“bufoso”, “Taco Ralo”, “orga”).
Tampoco nos referimos a la “generación del ’83”, la que vivió la primavera alfonsinista pero antes
atravesó parte de su adolescencia en dictadura, los cuarentones y cincuentones estilo Andrés
Calamaro:

“Me parece que soy de la quinta que vio el mundial ’78


Me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor”

Hablamos aquí de otra cosa. Arbitrariamente, podría definirse a la juventud actual como
compuesta por todos aquellos que tienen menos de 36 años, simplemente porque el autor de este
libro tenía esa edad al momento de escribir estas líneas. Más simbólicamente, es la edad
aproximada de los nietos recuperados, la mayoría de ellos nacidos alrededor del ’76, que
constituyen el corazón de los reclamos de justicia y un puente, actual en su dolorosa persistencia,
entre pasado y presente.
Se trata, en todo caso, de una generación que conserva de la dictadura recuerdos directos muy
vagos, o ninguno, y que comparte el hecho de haber crecido en un contexto democrático, de
creciente respeto por los derechos humanos, revalorización del pluralismo y paz. Y a la que al
mismo tiempo le tocó atravesar un proceso de transformación económica y social severísimo, que
no sólo incluyó el quiebre de la sociedad integrada y la reforma neoliberal de los ’90 sino también
la aparición de la cuestión de la inseguridad, la crisis de la ciudad, el malestar institucional. Una
generación que creció en plena consolidación de la “sociedad del riesgo” (al desempleo, la pérdida
de vivienda, un robo), atormentada por la hiperinflación y la precariedad laboral, saltando de crisis
en crisis.

Y que, sin embargo, está demostrando una energía militante que no se veía desde los primeros
años del alfonsinismo.

---

La novedosa repolitización de la juventud argentina se produce en clave kirchnerista y tiene como


actor principal a La Cámpora, cuyos líderes han sido acusados entre otras cosas de abusar de la
infraestructura del poder mediante el uso por ejemplo de teléfonos BlackBerry. La crítica es
puntualmente absurda (los smartphones ya son una herramienta de trabajo habitual de buena
parte de la clase media, se consiguen desde los 800 pesos y pueden ser interpretados como un
lujo tanto como un signo de compulsión al trabajo) y encierra todo tipo de prejuicios:

la juventud kirchnerista no es un invento del Gobierno sino el resultado de un proceso de


mediano plazo que comenzó en los ’90, con la formación de núcleos de resistencia al menemismo
como las organizaciones piqueteras, el Movimiento 501 o HIJOS, y que explotó en diciembre del
2001, cuando el clima anti-político del “Que se vayan todos” coincidió paradójicamente con un
fuerte impulso de repolitización juvenil. En sentido estricto, la juventud K es un movimiento desde
abajo luego capturado –y amplificado– desde arriba.

Pero reconocer las raíces y complejidades de este movimiento no supone, no debería suponer,
caer en una idealización boba de la juventud kirchnerista, que ya exhibe límites que vale la pena
revisar. Algunos son derivaciones del modo en que el gobierno administra el poder: la
concentración de las decisiones, la escasa propensión a someter a la deliberación pública sus
medidas más importantes y el hermetismo como contracara de la sobrevalorada sorpresa
kirchnerista constituyen tics políticos negativos que se contagian a la forma en la que opera la
juventud.

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Pero, más allá de sus evidentes debilidades y sus defectos, la oportunidad de los jóvenes
kirchneristas, y en particular de La Cámpora, es única. En primer lugar, porque están
prácticamente solos. El resto de los partidos carece de sectores juveniles significativos que los
acompañen, a excepción de la microizquierda trotskista, que vive en sus mundos de fantasía de
siempre, y, aunque más minoritariamente, del PRO, que cuenta con algunos jóvenes no sólo entre
su dirigencia sino entre sus, digamos, bases, muchos de ellos provenientes de esa forma
tecnocrática de relacionarse con los asuntos públicos que es la participación en las ONG
eficientistas surgidas en los ’90, tipo Cippec. Pero, más allá de estas excepciones puntuales, lo
cierto es que, con el radicalismo convertido nuevamente en un partido de gente mayor y el resto
de la oposición arrinconada, el kirchnerismo es la única fuerza capaz no sólo de nuclear a un sector
de la juventud sino de seguir conmoviéndola.

Pero hay más. Así como está prácticamente sola en comparación con las escuálidas juventudes
opositoras, la juventud K también está sola –o casi– al interior del mismo kirchnerismo, que asume
más bien la forma de una “suspensión coloidal”, según la feliz metáfora química de Ricardo
Sidicaro, en el sentido de una serie de elementos sólidos que flotan en un medio fluido sin
contacto entre sí.

El kirchnerismo es, en efecto, un universo complejo integrado por sectores del más diverso origen
y orientación ideológica, cuya identificación con el rumbo oficial no es difícil adivinar en muchos
casos producto de la conveniencia coyuntural: en este contexto frágil, un núcleo de militancia
juvenil que se muestre genuinamente consustanciado con el programa del oficialismo cobra
especial valor. Y es en este punto donde el lugar de los jóvenes se hace especialmente difícil: si,
por un lado, resulta esencial evitar un disciplinamiento absoluto que termine sofocando cualquier
energía desafiante, no menos crucial es consolidar su lugar de “corazón ideológico” de un
kirchnerismo cuyas alianzas sociales y políticas son muchas veces precarias y oportunistas.

Una salida virtuosa a esta aparente encerrona quizá pase por la construcción de una agenda
propia. Hasta el momento, los esfuerzos de La Cámpora se orientaron, por un lado, al desarrollo
territorial y, por otro, a la formación (o cooptación) de jóvenes capaces de desempeñar puestos de
alta responsabilidad pública. El primer objetivo, de inevitable largo plazo, avanza en diferentes
lugares del país, gracias al entusiasmo de muchos militantes y, por supuesto, a la amplia
disponibilidad de recursos estatales. En cuanto al segundo objetivo, también se cumple con éxito,
como confirma el repaso de los espacios de poder obtenidos por la agrupación.

Ambas cosas son cruciales pero insuficientes. Consolidar una organización en el territorio es
importante para cualquier corriente interna, pero no muy diferente a lo que hacen otros
referentes del peronismo tradicional (gobernadores, intendentes, punteros), mientras que los
cuadros técnicos pueden provenir de canteras tan diversas como la academia, los estados
provinciales (origen de la mayor parte de los altos mandos kirchneristas) o incluso los medios de
comunicación y el espectáculo. En suma, el diferencial de La Cámpora no puede limitarse a la
construcción territorial o la disponibilidad de buenos gestores.
Su oportunidad, insisto, pasa por la elaboración de una agenda propia, que hasta el momento no
ha aparecido. Quizá porque es muy pronto, porque sus mecanismos internos no están lo
suficientemente aceitados o por el modo en que se ha ido insertando en el Estado, La Cámpora no
ha mostrado, al menos públicamente, cuáles son los temas, propuestas o ideas que la diferencian
de otras corrientes que forman parte del enorme entramado oficialista. ¿Cuál es, por ejemplo, la
agenda legislativa de La Cámpora? ¿En qué difiere de la de Agustín Rossi? Quiero ser cauteloso y
entonces insisto: puede que aún sea muy pronto y que con el paso del tiempo la vayamos viendo.
De hecho, decisiones como la reestatización de YPF o el plan de viviendas [Link]., cuyo autor
intelectual es el joven camporista Axel Kicillof, parecen avanzar en este sentido.

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Además de la posibilidad de arriesgar nuevas propuestas, el éxito de los jóvenes kirchneristas


dependerá de su capacidad para relacionarse con las generaciones anteriores, lo que a su vez
implica construir una mirada nueva, y propia, sobre el pasado. Y en este sentido resulta
interesante la elección de El Nestornauta como símbolo de La Cámpora, elección que considero
sintomática. Digámoslo así: en los ’70 a nadie se le hubiera ocurrido transformar a Perón o Evita en
un personaje de historieta, e incluso los que forzaron la interpretación de la historia casi hasta el
absurdo, como la izquierda peronista que convirtió a Evita en una líder revolucionaria y sacudió a
Perón de sus componentes más fascistoides, se privaron de jugar gráficamente con su imagen.

Los dos soportes biológicos del peronismo conservaron siempre su forma natural. El Nestornauta,
en cambio, utiliza como base a El Eternauta, un personaje que ya tiene medio siglo, cuyo padre se
encuentra desaparecido y que ha sido un símbolo de la militancia de los ’70, lo reescribe con las
técnicas de moda, el esténcil y el Photoshop, para sobreimprimirle luego la imagen de Kirchner. Y
en un gesto que ha pasado desapercibido pero que resulta notable, le quita el fusil. Producto de
una operación simbólica a la vez ambiciosa y liviana, El Nestornauta resume de manera
especialmente gráfica las tensiones que enfrenta la juventud kirchnerista.

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La idea central de este texto es que la reactivación política de un sector de la juventud argentina
se produce en el contexto más amplio de un resurgimiento juvenil global. ¿Cuáles son los puntos
en común entre la juventud kirchnerista y los movimientos juveniles de Egipto, España, Estados
Unidos o Chile? ¿Hay, más allá del hecho de vivir un mismo tiempo histórico, elementos en
común?
Se pueden encontrar varias pistas. Uno de ellas es el despliegue de nuevos modos de participación
política caracterizados por un repertorio más amplio de acción: a las tradicionales marchas,
huelgas y piquetes, los jóvenes han agregado operaciones de alto impacto mediático como el
escrache y las teatralizaciones, y recuperado de los ’60 la idea de la ocupación permanente del
espacio público (desde la plaza Tahrir de El Cairo a la Puerta del Sol o el Colegio Mariano Moreno).
Por otra parte, el uso intensivo y natural de las nuevas tecnologías permite no sólo la denuncia
instantánea a través de las fotos y videos captados por los celulares (cruciales en sucesos como la
muerte de Mariano Ferreyra o las violentas represiones árabes), sino también la “militancia
virtual” a través de las redes sociales. Sin caer en las falacias de una imposible “Revolución
Twitter”, hay que reconocer la novedad que implican las convocatorias espontáneas que ya no
recurren a las redes de microconfianza personal, construidas cara a cara, típicas del pasado, y que
se organizan y gestionan a través de la red.

Hay más elementos en común. Pero en el análisis comparativo quizá lo más notable sea que, en
contraste con lo que sucede en casi todos los países, la juventud argentina no se plantea en
términos anti-poder sino que se incorpora a un dispositivo de poder ya en funcionamiento. ¿Cómo
se explica esta diferencia? Mi tesis es que en Medio Oriente, España o Inglaterra, por citar sólo
algunos ejemplos, el poder político y el poder económico se encuentran identificados o incluso
fusionados, mientras que en Argentina el kirchnerismo ha establecido una tensión entre ambos,
que es justamente la que conmueve a los jóvenes.

En cierta forma, el kirchnerismo puede ser visto como un movimiento anti-poder. ¿Discutible?
Seguro, pero la idea quizá podría precisarse señalando que a la hora de conectar con las nuevas
generaciones no importa tanto si el kirchnerismo es efectivamente un movimiento de estas
características: lo central es que los jóvenes así lo creen, y alcanza con revisar sus posiciones en los
actos públicos, los medios de comunicación y las redes sociales para comprobarlo.

La clave es generacional. Los jóvenes de hoy, aligerados del recuerdo de etapas que no vivieron,
derrotas que no sufrieron y tragedias que no atravesaron, no cargan la mochila de plomo que a
menudo arquea las espaldas de los mayores y se muestran, casi por naturaleza, más proclives a
enfrentar lo desconocido, empujar lo nuevo y ejercer la libertad en un sentido amplio. Quizás ésta
sea justamente la mejor definición de juventud: la que la identifica con el cambio. Expresión local
de un fenómeno más amplio, los jóvenes kirchneristas gozan de una serie de ventajas inéditas,
desde el contexto plenamente democrático en el cual se mueven al manejo innato de las nuevas
tecnologías y el apoyo de un gobierno que ha decidido confiar en ellos. Tienen la oportunidad de
rejuvenecer la política, de ellos depende aprovecharla.
Peronismo o pejotismo
Por Alcira Argumedo *

Con intención de darle una mano en su tesis de doctorado al politólogo sueco de Mario Wainfeld,
trazamos algunas líneas de respuesta al artículo de José Natanson (Página/12, 11/09/09) y a sus
interrogantes acerca de la posición de Solanas y Proyecto Sur. El periodista considera que se trata
de una construcción política situada en un lugar extraño, en tanto combina oposición dura con
apelación moralizante, y se le hace difícil comprender que “Solanas, cuyas películas transpiran
peronismo, es, de todos los líderes de centroizquierda, el que mantiene la relación más
intransigente con el peronismo, situándose en posiciones aún más inflexibles que las de opositores
cuyo origen los aleja naturalmente del PJ, como los socialistas”.

Como tantos otros, Natanson no puede o no quiere percibir el contraste entre el peronismo
histórico y el pejotismo: el peronismo de los gobiernos de Perón y la resistencia peronista, con sus
grandes aciertos y errores en tiempos turbulentos, frente a la fuerza política degradada que
emerge del genocidio de la última dictadura. Más allá del necesario balance crítico de ese período,
el peronismo histórico –del cual provienen Solanas y una significativa proporción de integrantes de
Proyecto Sur– nunca se apartó de tres ejes fundantes: la consigna Braden o Perón, como una clara
oposición a las potencias hegemónicas con sus estrategias de despojo y subordinación; la defensa
de los intereses nacionales sintetizada en el artículo 40 de la Constitución de 1949; la
reivindicación de la justicia social y la dignidad de los trabajadores.

Por su parte, el pejotismo impulsó el proyecto más entreguista y antipopular de la historia


argentina del siglo XX, incluyendo el de la Década Infame: las relaciones carnales; las aberrantes
privatizaciones y prórrogas de concesiones o la fraudulenta deuda externa que se niegan a
investigar a pesar del dictamen del juez Ballestero basado en las denuncias de Alejandro Olmos,
manteniendo como política el endeudamiento, junto a los derechos sociales arrasados, son el
espejo invertido de esa otra historia, aunque se implementaran cantando la Marcha.

Para hacerlo, Menem necesitó del apoyo de varios miles de cuadros y dirigentes políticos o
sindicales bajo la conducción del PJ: allí están en los archivos todos los nombres de los cómplices y
beneficiarios, con los sucesivos acuerdos, traiciones o enfrentamientos mutuos. Sus conductas en
el pasado reciente han generado dramáticas secuelas que aún perduran en nuestra sociedad:
compararlos con José Martí, Túpac Amaru o Augusto Sandino (Mario Goloboff, en Página/12,
13/10/09) para fundamentar que el “mal de archivos” es “un inútil consuelo de tontos”,
precisamente en esta Argentina que está luchando por la memoria, nos parece, como mínimo, un
despropósito.
Proyecto Sur reivindica las mejores ideas del peronismo histórico, como parte de las tradiciones
populares latinoamericanas, pero se opone duramente al pejotismo y a las medidas del Gobierno
que son continuidad de los noventa; a ese “conservadurismo mal disfrazado de progresismo que
es necesario desnudar”. Los ejemplos sobran. No obstante, con las condiciones pertinentes, se han
apoyado y van a apoyarse aquellas iniciativas consideradas beneficiosas para el país y sus
ciudadanos, sin importar quién las haya propuesto ni caer en las trampas de falsas polarizaciones.

Sustentamos una ética pública que, según Natanson, algunos consideran un “riesgo de apelación
moralista estilo Frepaso como eje de la construcción política”. La ética pública afirma que hacer
negocios personales y de amigos con recursos públicos pertenecientes a todos los argentinos es
un delito gravísimo y debe ser duramente castigado; porque esa corrupción y esas prebendas
redundan en carencias y sufrimientos para una alta proporción de compatriotas.

A pesar de la cantidad de información aportada, nadie pudo desmentir las denuncias de Solanas
en sus películas Memoria del saqueo, La próxima estación o Tierra sublevada, que no son una
mera “apelación moralista estilo Frepaso”. Luego de padecer durante treinta años la hegemonía
cultural y económica del neoliberalismo con su impunidad delictiva, Argentina clama por una
profunda reforma moral e intelectual, como base de un proyecto capaz de dar respuesta a los
desafíos de la actual crisis de época, algo que ni el pejotismo ni la oposición de derecha están en
condiciones de promover.

Se nos cuestiona, además, que el grueso de las críticas de Proyecto Sur sea a “grupos lejanos y
difusos (las empresas mineras depredadoras) en lugar de factores de poder cercanos y tangibles
(los medios, el campo, la Iglesia)”. Esta estrategia discursiva sigue el patrón del kirchnerismo:
establece una contradicción antagónica, una polarización irreductible con “factores de poder”
considerados totalmente homogéneos, sin una mínima sutileza que permita percibir la
heterogeneidad y las diferenciaciones internas de cada uno de ellos, como es el caso del sector
rural.

Al mismo tiempo, la crispación del conflicto intenta silenciar o velar los intereses que los ligan con
esos “grupos lejanos y difusos” como Repsol, British Petroleum, Barrik Gold, La Alumbrera,
Techint, Monsanto, Cargill, Aceitera General Deheza, Bunge, entre otros, que serían aliados
incondicionales del movimiento nacional y popular. Nos permitimos afirmar que definiciones de
este tipo le plantean al politólogo sueco una confusión mucho mayor que las posiciones políticas
de Solanas y Proyecto Sur.
Otra mirada sobre las ONG
Por José Natanson

En La democracia inesperada (Prometeo), el sociólogo brasileño Bernardo Sorj analiza la paradoja


de las democracias contemporáneas, la bifurcación entre un Estado que administra sin utopías, y
utopías alejadas de los problemas de la administración del Estado. El foco está puesto en las
organizaciones no gubernamentales (ONG), que reemplazaron a los partidos políticos como
portadoras de los valores sociales y sobre las que Sorj despliega una crítica demoledora y precisa.
Durante décadas patrimonio de las fuerzas políticas y los sindicatos, la producción de ideales
morales se encuentra anclada ahora en la sociedad civil, esa entidad indefinible que parece hecha
sólo de virtudes y que contrasta con dos esferas desprestigiadas: el mercado, donde reside el
egoísmo, y el Estado, que condensa la corrupción y la inoperancia.

Las ONG funcionan como la expresión más acabada de esta idealización de la sociedad civil, uno de
los ejes de la crítica del libro. Sorj recuerda que la proliferación de ONG en los países en desarrollo
se produjo en los ’70 y ’80, a partir de la captación de apoyos financieros internacionales que
condicionaron desde un primer momento su agenda y sus propósitos. “Los objetivos de las ONG,
por ejemplo los relacionados con el medio ambiente o las políticas de control de la natalidad,
expresan preocupaciones definidas en los países centrales, de donde provienen los recursos que
las sostienen”, explica.

Provistas de recursos económicos y prestigio social, las ONG presentan –sostiene Sorj– tres
grandes desafíos para la dinámica democrática. El primero es la desresponsabilización del Estado y
la asunción por parte de las ONG del control de los servicios sociales que deberían gestionar las
instituciones públicas. El riesgo –argumenta el autor– es que el paso al costado del Estado
aumente la heterogeneidad y la distancia al interior de los sectores más pobres, ya que, en la
mayoría de los casos, las ONG no apuntan a políticas universales sino que actúan puntualmente,
concentrándose en las áreas en las que hay liderazgos locales emprendedores o una presencia
fuerte de los medios de comunicación.

Otro de los problemas generados por las ONG es el de la legitimidad, ya que su representatividad
no se apoya en la sumatoria de voluntades ciudadanas –como sucede con los partidos políticos–
sino en la apelación a un ethos moral y en la supuesta superioridad de las causas que defienden.
“¿Cuál es el fundamento de legitimidad de una ONG y no de otra para representar una causa en
los foros internacionales?”, se pregunta Sorj. Y asegura que, con su apelación a valores morales
absolutos, las ONG tienden a reproducir los peores vicios de las antiguas organizaciones
vanguardistas.
En suma, aunque reconoce su importancia para renovar y difundir los valores democráticos, Sorj
subraya el riesgo de que las ONG reemplacen al Estado en muchas de sus funciones, uno de los
fragmentos más interesantes de un libro que critica también la idealización de la sociedad civil, la
idea de “capital social” difundida por los organismos internacionales y los consejos del Banco
Mundial.

Con argumentaciones claras y ejemplos que remiten a la realidad latinoamericana, Sorj pone un
foco luminoso y ponderado sobre una de las grandes paradojas políticas de hoy: la distancia entre
un Estado confinado a la mera administración de la cosa pública y la emergencia de utopías
difíciles de compartir con la administración pública. Profesor de sociología en la Universidad
Federal de Río de Janeiro y autor de varios libros, Sorj ha escrito, como sostiene Guillermo
O’Donnell en el prólogo, un libro “refrescante”, cuyo mayor mérito es quizá la decisión de
romperla tibia mirada de lo políticamente correcto para meterse sin piedad con algunos de los
iconos de la conciencia moral globalizada.
Política industrial común
Por José Natanson

Es casi un lugar común de la política argentina decir, ante cada crisis bilateral, que los problemas
del Mercosur se solucionan con más Mercosur. En Argentina y Brasil. La gran oportunidad (Biblos),
el politólogo Marcelo Gullo traza la historia de los desencuentros entre las dos naciones, rastrea
los orígenes de la articulación regional y concluye que la única manera de consolidar la integración
es través de una unión industrial que convierta al Mercosur en un “sistema de asistencia recíproca
para el desarrollo”.

Gullo dedica la primera parte de su libro a describir las tres olas de la globalización (el
descubrimiento de América, la revolución industrial y la revolución tecnológica) y afirma que en
los próximos años los países podrán dividirse en tres clases. “Las naciones de la primera ola
proporcionarán los recursos agrícolas y mineros, las naciones de la segunda ola suministrarán
mano de obra barata y se encargarán de las industrias contaminantes que las naciones centrales
no quieran tener. Las naciones de la tercera ola venderán toda clase de tecnología.”

¿Cuál es el lugar de Argentina y Brasil en este “mundo trisecado”? ¿Qué pueden hacer para
subirse a la tercera ola?, se pregunta Gullo. Su tesis es que la única forma de no perder el tren es
profundizar la integración regional a través de una política industrial común, basada en una
“planificación industrial indicativa” como la que encaró Europa en la posguerra, con el germen de
Unión Europea que fue la Comunidad del Carbón y el Acero. Esta política se debería implementar a
través del “neoproteccionismo”, que Gullo defiende como un “proteccionismo a plazo
extremadamente corto y de forma extremadamente selectiva”, que incluya acuerdos sobre qué
industrias deben progresar de un lado u otro de la frontera.

Escrito en un tono ágil, el libro tiene tramos atractivos, como el análisis de Estados Unidos a través
de citas de dos iconos de su pensamiento conservador, Samuel Huntington y Paul Johnson, o el
repaso de la lista de descubrimientos e innovaciones técnicas generadas por la competencia
aeroespacial rusa-norteamericana.

Sin embargo, el texto pierde interés cuando deja de lado el enfoque analítico y asume un enfoque
valorativo. “La América anglosajona es el reino del hombre ligth, del hombre ‘descartable’, la cuna
de la ideología del consumo que ha vaciado de contenido la existencia humana, la que ha hecho
que se perdiera el sentido de la vida”, escribe Gullo, que evidentemente detesta a los Estados
Unidos tanto como a los McDonald’s y los reality shows, a los que califica de “pornografía
televisiva”.
En el mismo sentido, está más que claro el énfasis del autor en el aspecto político del Mercosur –
de hecho un capítulo se titula “La base de la integración no es económica”–, pero eso debería
impedir justificar con datos y cifras algunas afirmaciones: “Podría pensarse en la instalación de un
complejo siderúrgico en la región boliviana de Matún”, recomienda Gullo, lo cual estaría muy bien,
por supuesto, si no fuera porque construir complejo siderúrgico de la nada es una tarea compleja,
difícil y cara.

Concebido en el contexto teórico del antimperialismo clásico, con variadas apelaciones a la teoría
de la dependencia, críticas al ALCA y numerosas citas de intelectuales como Helio Jaguaribe y
Theotonio Dos Santos, Argentina y Brasil. La gran oportunidad incluye una tesis interesante y
algunos tramos e ideas originales, que pierden su atractivo cuando Gullo abandona la perspectiva
analítica y se deja llevar por un tono normativo y cercano al panfleto de izquierda.
Regreso al planeta de los simios
Por José Natanson

“La Argentina avanza peligrosamente hacia la construcción de un modelo de partido único”, se


asusta Patricia Bullrich en el comienzo de su libro, desplegando una argumentación –la de la
irrupción del panperonismo– que alude a la ambición del viejo movimiento de copar todo el
campo político y que se verificaría, por ejemplo, en las elecciones presidenciales del 2003, donde
tres candidatos peronistas se quedaron con buena parte del electorado.

Aunque quizá tenga algunos fundamentos, la crítica de Bullrich (que no es otra que la crítica por la
hegemonía) ignora dos puntos esenciales. Uno: no parece muy sensato pensar que, por más que
se reivindiquen peronistas, Menem, Kirchner y Rodríguez Saá representen lo mismo, y tampoco
parece razonable suponer que, por ejemplo, el enfrentamiento entre Duhalde y el Gobierno está
digitado desde un comando, unificado y perverso, del partido único peronista. El segundo punto
alude a la oposición: si los dos candidatos no peronistas –Elisa Carrió y Ricardo López Murphy– se
hubieran unido en el 2003, quizá podrían haber quedado más cerca de ganar la elección y si la
oposición se articulara hoy en una sola propuesta coherente, tendría más chances de disputar las
elecciones contra la aplanadora pejotista.

Mezcla rara de análisis político y programa de campaña, El desafío argentino (Editorial El Ateneo)
recorre temas económicos, sindicales, sociales, vinculados al Estado y a la política, que es el
terreno en el que se mueve la autora y donde se pueden observar mejor sus ideas. Su gran
preocupación es el peronismo, y en esto no sólo cuestiona su afán hegemonizador: Bullrich va más
allá y propone la idea de que existe algo así como una esencia del peronismo, definitivamente
perversa, que aspira “al poder por el poder mismo”, un poder que, de acuerdo a la autora, es
corporativo, corrupto y malintencionado. “El peronismo, veterano de muchos carnavales, sabe
ponerse los disfraces que mejor expresan en cada época su necesidad de sostenerse en el poder o
de aspirar a él cuando le falta. Cambia por fuera para seguir siendo el mismo por dentro”, critica
Bullrich.

Su mirada, en muchos aspectos gorilona y conservadora, en otros rompe los canones de la


derecha más rústica. Por ejemplo, cuando critica el enfoque represivo como solución para la crisis
de seguridad, cuando reconoce la relación entre exclusión social y violencia –“El objetivo es que
haya menos delincuentes y no más presos”, dice–, o cuando cuestiona la perspectiva
blumbergiana de la lucha contra el delito: “Los cambios legislativos son importantes, pero no
establecen por sí mismos una transformación sustancial del sistema de seguridad”, explica
Bullrich. Al rato, sin embargo, retoma el viejo enfoque: “El 20 de diciembre, la Argentina sufrió una
crisis de enorme gravedad. Se legitimó la movilización callejera como una metodología para
terminar con un gobierno”, se espanta la ex funcionaria.
El libro gana en interés cuando Bullrich cuestiona a la UCR, a la que define como una “falsa
oposición”, o cuando critica a los sindicatos, citando una frase espeluznante de Armando Cavalieri:
“El unicato sindical nos garantiza que la gente dependa de nosotros siempre, desde que nace en
nuestros sanatorios hasta que muere en nuestras funerarias”, había dicho el gremialista.
En general, el libro se ajusta a lo que se espera de un líder de “derecha moderna” (lo que incluye el
ahora de moda discurso institucional), matizado con algunos trazos propios. Bullrich –que avaló
con su presencia en el gabinete el neoliberalismo tardío de De la Rúa y que después fue socia
política de López Murphy– propone una asignación universal por hijo, similar a la de la CTA. El
desafío argentino, en suma, es una expresión del lugar político que Bullrich ha elegido –o que le ha
tocado– luego de unas cuantas volteretas partidarias: líder y candidata por una fuerza distrital
propia, centroderechista, crítica del Estado, de los sindicatos y de los partidos políticos.
Lula, sin prejuicios elitistas
Por Martín Granovsky

Los periodistas no son historia. Sólo la cuentan. Aquí va un cuento que comienza, viva la
contradicción, con un título donde el periodista es parte de una historia. Dice: “Martín Granovsky:
Foi preciso um argentino defender Lula en París”. Traducción del portugués: “Martín Granovsky:
Fue necesario que un argentino defendiera a Lula en París”.

El martes último, Página/12 publicó un artículo con el título “Los esclavistas contra Lula”. Relataba
la perplejidad de dos argentinos, el aludido defensor de Lula y la historiadora Diana Quattrocchi
Woisson, cuando un grupo de periodistas brasileños cuestionó con argumentos clasistas al
director de Sciences Po, el prestigioso Instituto de Estudios Políticos de París, Richard Descoings.
Monsieur Descoings había resuelto darle un doctorado Honoris causa al ex presidente Luiz Inácio
Lula da Silva y fue castigado como los romanos hacían con los galos de Asterix. ¿Cómo premiar a
un señor que no tiene título universitario? ¿A un tornero indigno de su antecesor Fernando
Henrique Cardoso? ¿Al campeón de la corrupción en el Brasil? ¿Acaso era una concesión a un
presidente desfavorecido por su origen social? ¿No sabía el profesor Descoings que Lula había
cercenado los derechos humanos y la libertad de expresión?

El mismo martes Carta Maior, de Brasil, tradujo y publicó el artículo. Otros blogs hicieron lo
mismo. En Vi o mundo, Luiz Carlos Azenha puso el título que aún sigue dando vueltas, el de “Foi
preciso um argentino”. A las cinco y media de París, las doce y media del mediodía en Buenos Aires
o Recife, Lula ingresó con una toga negra en el auditorio de Sciences Po. A esa hora la nota
circulaba por Brasil y Francia y ya habían empezado a llegar los primeros mails.

“Mi nombre es Gerson Alves de Souza”, decía uno. “Soy brasileño, coterráneo del ex presidente
Lula (nordeste de Brasil) y ejerzo la profesión de militar del ejército brasileño. No hay duda de que
la ‘gran’ prensa brasileña realmente es esclavócrata, elitista, mediocre y golpista.” Escribía el señor
Alves que se trata de la “elite blanca” y que los grandes medios son “un monopolio de media
docena de familias tradicionales, oriundas del régimen esclavista brasileño del siglo XIX”. Y
terminaba: “Aunque uno podía esperarlas, fue repugnante enterarme de las preguntas hechas por
los periodistas brasileños en Sciences Po. Felicitaciones por la clase de periodismo dada a los
brasileños serviles y felicidades para usted y para el pueblo argentino”.

Texto de Luiz Carlos da Silva: “Hoy vivimos un momento mágico, con crecimiento, respeto y
principalmente valorizando a nuestra gente y a nuestra economía. ¡Muchas gracias por su texto!
Soy un gran hincha de los deportes argentinos, tenis, basquet, hockey y, claro, fútbol. Todo gracias
al gran Tevez, que jugó en el equipo de mi corazón, el Corinthians”.

Humberto Mafra envió un abrazo y dijo que “esos detalles de bastidores son muy preciados,
porque reflejan la esencia de una situación”.
Vera Lucia de Oliveira pidió: “Sepa que los brasileños no odiamos a los argentinos, como los
medios bandidos de aquí quieren hacernos pensar, y yo sé que también es así a la inversa, que los
argentinos no odian a los brasileños”.

El señor Rilke Novato Publio, vicepresidente de la Federación Nacional de Farmacéuticos, dijo que
la elite brasileña “jamás admitirá que este país debe muchas de sus conquistas recientes a un
gobierno comprometido con su pueblo, cuyo presidente era un tornero mecánico, o sea de origen
muy pobre, que con la inteligencia política de un gran estadista llevó a Brasil a niveles políticos y
económicos nunca alcanzados antes”.

Luciana de Assis Pacheco, de la Universidad de Campinas, dijo que se sintió emocionada “sobre
todo porque vos sos mi vecino sudamericano”. Escribió que “nos sentimos bien cuando
conocemos buenos vecinos” y que se acordó del “sentimiento de fraternidad” que experimentó
cuando leyó de joven Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano.

Una periodista brasileña, cuyo nombre se mantiene en reserva hasta que ella disponga lo
contrario, contó esto: “Soy una minoría entre mis colegas, ya cansada de discutir con una elite mal
informada y llena de prejuicios. A los de la Casa Grande no les gusta que un obrero metalúrgico
represente la imagen de Brasil en el escenario internacional. Habría muchas críticas para hacerle al
gobierno de Lula. Pero deberían basarse en hechos y no en prejuicios”.

La Casa Grande era la mansión de los esclavistas en las plantaciones.

Los periodistas son (¿somos?) gente presumida. Pero hasta el más presumido sabe que si una nota
se convierte en historia no es por su genialidad, sino porque alguna cuerda habrá tocado. ¿El
prejuicio descubierto con toda su desnudez entre bambalinas y presentado sin vueltas? ¿La
sintonía elemental con el 84 por ciento de popularidad de Lula? ¿La fraternidad sudamericana?
¿Una identidad común expresada con palabras? ¿Esa expresión escrita no en San Pablo o Buenos
Aires sino afuera de Sudamérica, en París? Las cosas que puede provocar Lula. Por suerte el
martes, en Sciences Po, cuando caminaba con su toga negra rumbo al escenario, un grupo de
estudiantes brasileños lo saludó levantando la bandera verde y amarilla como si entrase la
selección.

En su agradecimiento por el Honoris causa, el primero entregado por Sciences Po a un


latinoamericano, Lula dijo que no tenía título universitario pero que había sido el presidente que
más universidades creó. Que los pobres pasaron a ser tratados como ciudadanos. Que se terminó
“el mito elitista de que la calidad es incompatible con la ampliación de posibilidades”. Que el
doctorado no es para él sino para el pueblo brasileño. Que el salario mínimo aumentó un 62 por
ciento. Que en el mundo “la esperanza progresista surge de los vientos de América del Sur”. Que
Sudamérica no es más el lugar de los problemas insolubles sino el de las esperanzas.
Contó Lula que todos los 23 de diciembre, antes de Navidad, se reunía con los cartoneros de San
Pablo. Nunca le pedían nada y entonces un día él tomó la iniciativa de tramitar un crédito del
Banco Nacional de Desarrollo para ellos. Dijo también: “El pobre pide poco. Y es agradecido. El rico
pide un millón. Cuando se lo das, sale y se queja. ‘Quería dos y éste me dio sólo uno’. El que está
equivocado no es el que protesta, sino el que no escucha al que protesta. La juventud de Egipto,
de Libia y de Túnez no habla de poder, sino de esperanza y de dignidad”.

Cuando llegó a París, Lula venía de Washington, sede del Fondo Monetario Internacional. Se rió:
“Cuando Brasil estaba en crisis eran todos sabihondos. En 2008, cuando cayó Lehman Brothers, los
sabihondos no sabían nada. Y ahora tampoco. Lo que pasa es que Europa necesita decisiones
políticas, no económicas. Y rápidas. Lo que demanda la crisis griega es hoy cuatro veces más de lo
que demandaba cuando empezó. ¿Por qué hay que respetar tanto la herencia de (Ronald) Reagan
y (Margaret) Thatcher y seguir desmontando el Estado mientras privatizan todo? Lo llamé a
Obama y le conté que en Brasil fueron claves tres bancos durante la crisis: el Banco de la
República, el Bndes y la Caixa Federal. Le pregunté si ahí no tienen bancos. Me dijo que sí, que
eran los que habían provocado la crisis”
Izquierda y diversidad
Por José Natanson

Ni el pluralismo ni la apertura eran características propias de la izquierda clásica, que tendía a


ignorar a las minorías, prestaba poca atención a las demandas particularistas y nunca contempló a
la discriminación como un verdadero problema.

Algunos ejemplos latinoamericanos ilustran esta afirmación. La Revolución Nacional Boliviana de


1952, que algunos califican como la más radical del siglo XX en Sudamérica, encaró un breve pero
muy ambicioso proyecto de inclusión social, con base en los sindicatos mineros, que produjo
algunos avances notables, como la nacionalización de los recursos naturales, el voto universal y el
reemplazo del ejército por milicias de obreros y campesinos. Y si bien es cierto que eliminó
algunas normas segregacionistas (los indígenas, por ejemplo, tenían prohibido pisar la Plaza
Murillo, equivalente paceño de la Plaza de Mayo), lo hizo a partir de un proyecto de
homogeneización en clave mestiza, al estilo de la Revolución Mexicana, dentro del cual la cuestión
étnica no ocupaba ningún lugar.

Otro ejemplo. Entre febrero de 1981 y diciembre de 1983, después de derrocar a la dictadura más
longeva de Centroamérica, el gobierno de Daniel Ortega, en su afán de imponer la reforma agraria
y eliminar cualquier vestigio de resistencia somocista, chocó contra la resistencia de las
comunidades de indígenas miskitos de la orilla del Río Coco. Con el argumento de que muchos de
ellos colaboraban con la Contra, el sandinismo forzó una relocalización masiva. Los miskitos
denunciaron varios episodios de represión, en particular el conocido como “Navidad roja”, que
derivó en el exilio de 10 mil indígenas a Honduras. Algunos de estos acontecimientos se
encuentran razonablemente documentados y le valieron acusaciones a Ortega en tribunales
locales, así como una advertencia de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Pero el caso más interesante es, sin dudas, el de Cuba, que siempre consigue ubicarse en los
extremos. En 1961, dos años después de la toma del poder, el gobierno de Fidel Castro lanzó una
serie de redadas masivas en La Habana con el objetivo de detener, según la documentación oficial,
a pederastas, prostitutas y homosexuales. Este proceso llegó a su punto máximo en 1965, con la
organización de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), que funcionaron como
campos de trabajo forzado de aquellos considerados “antisociales”, entre los que se incluía a
militantes católicos, testigos de Jehová y homosexuales. Para estos últimos se sancionó la Ley de
Ostentación Homosexual, que permitía detenerlos sin mucho trámite. Como explica la
investigadora cubano-americana Frances Negrón-Muntaner (“Mariconerías de Estado”, Nueva
Sociedad 218), el machismo caribeño, el estalinismo soviético y el catolicismo español se
conjugaron para crear una poderosa “homofobia de Estado”, que también se explica por la
identificación de los homosexuales con el turismo estadounidense prerrevolucionario,
considerado burgués y decadente.
Por supuesto, sería injusto reclamarles a los viejos comandantes revolucionarios que se pusieran al
día con demandas de inclusión étnica, reconocimiento a las minorías sexuales o aceptación de la
diversidad que recién estaban comenzado a surgir. Sin embargo, detrás de estos ejemplos
aparentemente aislados hay un hilo invisible, un motivo estructural por el cual los ciclos de
transformación más radical del siglo XX latinoamericano excluyeron sistemáticamente este tipo de
planteos: me refiero a la idea, propia de un izquierdismo superficial, de que la igualación
económica acabará de manera mecánica con todas las demás inequidades, y que, por lo tanto,
cabe sólo ocuparse de esta primera y fundamental desigualdad, pues el resto viene después,
automáticamente.

Es esta noción la que ha cambiado. La globalización, la fragmentación social y la expansión de las


nuevas tecnologías de la comunicación, entre otros macrofenómenos contemporáneos, definen
un mundo completamente distinto al del pasado, y a menudo contradictorio: las tendencias
actuales uniformizan (sobre todo el consumo), pero también permiten un mayor conocimiento del
otro, lo cual abre espacios de tolerancia que antes no existían; articulan grandes regiones
económicas (ahí están los esfuerzos integracionistas tipo Mercosur) pero también implican una
revalorización de lo local; borronean las fronteras nacionales (mediante, por ejemplo, las
migraciones masivas) pero a la vez cargan al Estado-nación de una cantidad inédita de demandas;
producen nuevas formas de exclusión, pero también una horizontalización de las relaciones
sociales (lo que Manuel Castells denomina la “sociedad red”).

En América latina, estas transformaciones se produjeron en simultáneo con las primaveras


democráticas experimentadas entre mediados de los ’80 y principios de los ’90. Así, los
movimientos propios del mundo globalizado –indígenas, feministas, de afrodescendientes, etc.– se
superpusieron, y a veces se articularon, con aquellos nacidos de la resistencia a las dictadura
militares (fudamentalmente de derechos humanos).

La izquierda ha sido permeable a estos cambios. Hoy, además de las clásicas cuestiones de
desigualdad económica y social, incluye en su agenda los temas de etnia y raza, género, diversidad
cultural y sexual, ecología. Esto define un abanico de temas más amplio, diseñado un poco para
adaptarse a los nuevos tiempos y otro poco como respuesta a un argumento tan evidente como
novedoso: las diferentes desigualdades complementan o potencian la clásica desigualdad social,
tal como revela el repaso de algunos datos básicos: en Brasil, por poner un ejemplo entre miles, la
tasa de desempleo de los hombres blancos en 2006 era de 5,6 por ciento, la de los hombres
negros de 7,1, la de las mujeres blancas de 9,6, y la de las mujeres negras de 12,5; ese mismo año,
la informalidad laboral afectaba a 42,8 por ciento de los hombres blancos y, en el otro extremo, a
62 por ciento de la mujeres negras, y ni siquiera la educación alcanza a nivelar estas diferencias: a
igual nivel de instrucción, los hombres negros reciben 73,9 por ciento de los ingresos de los
blancos y las mujeres negras 54,9 (todos los datos son de IPEA).
Este tipo de estadísticas confirma la idea de que las desigualdades se reatroalimentan y que para
acabar con una es necesario enfrentarlas a todas. Y ya sea por esta constatación, o por la
necesidad de dar cuenta de la nueva agenda globalizada, lo cierto es que, como sostiene el
politólogo uruguayo Daniel Chávez, el derecho a la diferencia comenzó a ocupar un lugar tan
relevante como el derecho a la igualdad en el imaginario de la izquierda.

Apenas asumió el gobierno, en enero de 2003, Lula creó la Secretaría de la Mujer, orientada a
impulsar políticas de igualdad de género, y en 2009 la convirtió en ministerio. También creó la
Secretaría Especial de Políticas de Promoción de la Igualdad Racial, que implementa una serie de
medidas de “acción afirmativa”, como cupos para negros e indígenas en las universidades
públicas, exenciones fiscales para los centros de estudios privados que incluyan cierto porcentaje
de estudiantes negros y cuotas en el empleo público. Aunque no asistió a la última reunión de la
Asociación Brasilera de Gays, Lesbianas y Trans, Lula envió una carta en la que ratifica su apoyo a
la organización y recuerda las leyes antidiscriminación impulsadas por su partido, en particular por
Marta Suplicy, médica sexóloga, ex alcaldesa de San Pablo y conocida militante por los derechos
de las minorías sexuales.

En Uruguay, el Frente Amplio consiguió la aprobación de la unión concubinaria, el cambio de sexo


en el registro civil y una norma que habilitaría la adopción legal por parte de parejas
homosexuales. En Chile, Michelle Bachelet cumplió su promesa de gobernar con un gabinete
integrado en partes iguales por hombres y mujeres, impulsó una ley para equiparar la
representación de género en los partidos políticos y una campaña de educación sexual en los
colegios y de anticoncepción de emergencia en los hospitales públicos.

El régimen cubano, cuya capacidad de sintonizar los nuevos tiempos nunca conviene subestimar,
derogó las leyes discriminatorias e incluso lanzó una ambiciosa y muy moderna política de
inclusión de las minorías sexuales desde el Centro Nacional de Educación Sexual, cuya directora es
nada menos que Mariela Castro, la hija de Raúl.

Por supuesto, no se trata de avances lineales. Dos años atrás, Tabaré Vázquez vetó la ley de
despenalización del aborto aprobada por un acuerdo interpartidario impulsado por su propia
coalición; Bachelet ha sido acusada por las organizaciones gays chilenas de hacer poco y nada en
defensa de sus derechos; el PT, en cuyo origen se encuentran corrientes de cristianismo de base,
se niega a hablar de aborto, y alcanza con echarles un vistazo a las blancas caras de la
nomenklatura cubana para comprobar que la desigualdad racial está lejos de haberse resuelto.

En Bolivia, la Justicia comunitaria, que la reforma impulsada por Evo Morales elevó a rango
constitucional como complemento de la Justicia ordinaria (“occidental”), ha sido acusada de
penalizar conductas propias de la vida privada, como el adulterio (femenino).
Y aunque sus defensores insisten en que las versiones más arcaicas, en donde por ejemplo la
mujer adúltera era sometida a un corte de pelo como escarmiento, no están ya vigentes, de todos
modos hay que reconocer que puede generar problemas: la tensión entre derechos humanos
universales y multiculturalidad, una de las grandes contradicciones del mundo contemporáneo
sobre la cual viene advirtiendo con lucidez Carlos Escudé (aunque Escudé, occidentalista militante,
piensa más en las sociedades islámicas).

Por otra parte, no sólo la izquierda ha asumido como propias este tipo de banderas. Algunos
partidos de derecha moderna, como el Partido Liberal alemán, se muestran abiertos a las
demandas de tolerancia a la diversidad, aunque, al mirar el resto de las fuerzas de derecha
europeas (el integrismo del PP español, el conservadurismo de los tories británicos o el
reaccionarismo de cabaret estilo Berlusconi), hay que reconocer que es una excepción.

En general, se trata de cuestiones que la izquierda ha asumido como propias, como se confirma en
Argentina al repasar los alineamientos legislativos: el centroizquierda (Proyecto Sur, Encuentro,
Socialismo) votó unánimemente a favor, el centroderecha (PRO, Peronismo Federal) mayoritaria,
aunque no unánimemente, en contra, y los dos partidos de centro, radicalismo y peronismo,
divididos.

En cuanto al rol del Gobierno, es cierto que la iniciativa original no fue elaborada por el Frente
para la Victoria y que el apoyo fue transversal. Pero también es verdad que el Gobierno destrabó
el proyecto primero y lo impulsó con fuerza después, y que sin ello difícilmente hubiera sido
aprobado. Si se miran con atención los comentarios previos, es fácil comprobar que quienes están
en contra del Gobierno pero a favor del matrimonio gay (legisladores socialistas y radicales,
algunos periodistas de televisión) defendieron la tesis de que se trata de una iniciativa de todo el
arco político, no atribuible exclusivamente al kirchnerismo, en tanto que aquellos que se oponen
por igual al proyecto y al Gobierno (el diario La Nación, la Iglesia) acusaron a este último de
presionar para su aprobación. Por si hacía falta, esto confirma el rol clave desempeñado por el
kirchnerismo, que con esta decisión se sitúa a la altura de la más moderna izquierda
latinoamericana.
El sueño siempre postergado de la nueva capital
Por Mempo Giardinelli

Desde hace algunas semanas se viene instalando un tema recurrente de la política argentina: el
traslado de la Capital a una ciudad del interior.

Treinta años después del presidente Raúl Alfonsín, quien en 1984 lanzó la idea de llevar la Capital
Federal a la rionegrina Viedma, ahora Cristina Kirchner, y su vocero en este asunto, el presidente
de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, abren el debate. “La capital del futuro debe ser
Santiago del Estero”, dijo Domínguez, ya precandidato a la sucesión presidencial por el
kirchnerismo en 2015.

Como no podía ser de otra manera, la idea generó un rechazo inmediato en la oposición. Rápida y
brevemente se manifestaron en contra dirigentes como Hermes Binner, Pino Solanas y Laura
Alonso. Por supuesto, otros destacaron que “hay problemas mucho más urgentes que resolver”,
declaración habitual de la izquierda argentina.

Claro que en general el rechazo fue más bien frío y poco apasionado, seguramente debido a la
marcada indiferencia al respecto por parte de los medios y periodistas que les dicen a los
opositores lo que deben decir. Y se enfrió aún más cuando empezó a rodar el chisme de que era
una nueva artimaña de la Presidenta para distraer al auditorio, si bien desde el kirchnerismo duro
nadie se pronunció con vehemencia. Salvo la senadora del Frente para la Victoria, Silvina García
Larraburu, quien sorprendió retomando la idea del presidente radical de trasladar la capital a
Viedma.

Por cierto, uno de los pocos dirigentes de la oposición que se manifestó con serenidad fue Ricardo
Alfonsín, actual diputado e hijo del recordado presidente, quien dijo estar “conceptualmente de
acuerdo”, aunque estimó que “el momento no es oportuno”.

Como sea, el asunto quedó como en un freezer, aunque según una encuesta de la consultora Equis
el 44 por ciento de los encuestados dijo estar de acuerdo con la idea, mientras un 30 se manifestó
en desacuerdo. Entre los argumentos a favor: que habría mayor oferta de trabajo en el interior. En
contra: el costo del traslado, que fue determinante del fracaso en los ’80.

Así las cosas, y al menos a juicio de quien firma este artículo, es una lástima que la idea se
bastardee porque sigue siendo una cuestión esencial para esta república. Por razones geopolíticas,
históricas, culturales, económicas y de ordenamiento y mejor administración futura, hay
argumentos de peso para que la ciudad de Buenos Aires deje de ser capital nacional. Ellos constan
en las actas de la memorable sesión del Senado del 29 de Mayo de 1987 cuando se aprobó la
propuesta de trasladar la Capital Federal a Viedma.
En un artículo días después sostuve –como ahora– que había que apoyar enfáticamente el cambio
de sede de los tres poderes de la república, aunque Viedma no era la mejor elección, porque no se
integraría el país si la capital sólo cambiaba de puerto y no tenía sentido repetir esa mala
costumbre de imperios y colonias.

Como fuere, ese sueño de Alfonsín fue una de las mejores ideas de aquel gobierno tan zarandeado
como incomprendido en sus mejores intenciones y debió tener mejor suerte. Hubiera
descentralizado a este inmenso país neurotizado por una ciudad –Buenos Aires– tan hermosa
como frívola. Pero en la realidad no supieron enfrentar la incomprensión y la ignorancia: una
pésima docencia al respecto permitió que el argentinísimo miedo reaccionario a los cambios
frustrara la iniciativa.

Con argumentos más pasionales que objetivos, y más necios que racionales, y con una visión
minúscula del futuro, se impidió aquel último intento serio de quebrar la macrocefalia porteña y
de iniciar nuevas conductas políticas. Incluso la hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires se hubiera
beneficiado, aliviada entre otras cosas del peso muerto que significa ser depósito del
resentimiento del interior.

No es algo nuevo. La historia argentina está atravesada por la necesidad de sacar la Capital de
Buenos Aires. Por lo menos desde que Sarmiento soñó a mediados del Siglo Diecinueve con su
Argirópolis, capital de los Estados Unidos de América del Sur instalada en la isla Martín García,
pequeño paraíso perdido en medio del Río de la Plata. Aquel breve libro publicado en 1850 y de
marcada y fantástica intención utópica, rescataba entre otras cosas el valor de las piedras
(fundamento de las civilizaciones duraderas, y material del que carecía la barrosa Buenos Aires)
porque “no hay gloria sin granito que la perpetúe”.

Después hubo proyectos para llevar la Capital a Rosario, San José de la Esquina, Santa Fe, Huinca
Renancó y otros pueblos y ciudades del interior. Pero más allá del sitio, si se pensara seriamente –
es un decir, si la política argentina fuera capaz de ello– no sólo habría que trasladar la Capital al
interior sino, y sobre todo, separar los tres poderes republicanos.

Hay quienes sostienen que Córdoba o Tucumán deberían ser sede de la Corte Suprema de Justicia,
mientras que Paraná o Santa Fe –donde se reformó y juró la Constitución nacional– del Congreso y
el Poder Legislativo. De ser así, forzosamente debería instalarse el Ejecutivo en el interior, sea en
Santiago del Estero (que fue la primera ciudad que se fundó en este país) o en alguna más
pequeña de las muchas que también se han propuesto alguna vez como Río Cuarto, Rafaela, Santa
Rosa y sigue la lista.

Pero en la Argentina, ya se sabe, los grandes temas y las mejores ideas suelen dejarse para
después. Quién sabe cuándo.
Era de noche y parecía que todo estaba acabado
Por Alvaro García Linera

Era de noche y parecía que todo estaba acabado. En abril de 1992, a cuatro días de haber sido
detenido y desaparecido por los agentes de Inteligencia del gobierno de Jaime Paz Zamora, parecía
que toda nuestra vida y nuestros planes políticos se desmoronaban. Con cuatro familiares
detenidos, varios dirigentes de la organización indígena Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK),
vejados en habitaciones contiguas, con el encarcelamiento de la dirección política nacional de la
más importante estructura de cuadros políticos indígenas de las últimas décadas, con mis libros
saqueados por “investigadores”, con los sueños truncos de ver una gran sublevación indígena,
destruido el trabajo político paciente de más de diez años; obligado, a patadas, a mantenerme de
pie y sin dormir todos esos días, torturado y amenazado con recibir una bala en la cabeza ante mi
negativa de delatar a mis compañeros, tomé una decisión: o bien me matan en ese instante o
luego serían ellos los perdedores, ya que utilizaría cada átomo de la llama de la vida salvada para
reconstruir y alcanzar nuestros sueños colectivos de un poder indígena.

Era un viernes por la noche. A lo lejos se oía música de alguna discoteca y el fiscal Nemtala,
militante de Acción Democrática Nacionalista (ADN), tomó la decisión de aprovechar el ruido
exterior para pasar de los golpes y el insomnio al uso de descargas eléctricas. En el patio del
cuartel policial los torturadores, que expresamente habían sido mandados por el gobierno, reían al
verme gritar de dolor por los efectos de la electricidad. Cuando dejaron de mojar mi cuerpo para
facilitar el efecto de la descarga eléctrica, les pedí que me mataran. No lo hicieron y desde ese
momento se inició su derrota.

Torturaron a mi compañera de lucha y de amores frente a mis ojos, y nunca pudieron obtener
información alguna de dónde se hallaban los depósitos bélicos de las comunidades. Detuvieron a
mi hermano inocente y amenazaron con detener a nuestra hermana y madre, y nunca obtuvieron
el nombre de ningún militante. Cada vez que los agentes se cansaban de tanto golpearnos y
abandonaban el cuarto de tortura, nos comíamos las hojas de papel donde estaban los instructivos
políticos que intentaban utilizar para incriminarnos. El intento de suicidio de Raquel 1, quien se
negaba a seguir soportando las torturas de Nemtala, paró esta vorágine sórdida y macabra de los
servicios represivos del gobierno “democrático” del Movimiento de Izquierda Revolucionaria
(MIR)-ADN.

En el penal de máxima seguridad de Chonchocoro, recientemente estrenado, no pedimos


clemencia, ni favores, ni pequeños beneficios con los que se va doblegando el alma del encerrado.
O nos fugábamos o aguantábamos los años que sean necesarios, pero no nos quebrarían.
Estuvimos un mes en aislamiento absoluto en un pabellón que debiera albergar a 100 presos. Nos
prohibieron tener contacto con otros presos, nos prohibieron leer prensa, oír radio, ver televisión
y tener visitas. Nuestra correspondencia era retenida por días en gobernación para que sea
fotocopiada y acumulada en archivos del fiscal a la espera de hallar nuevos “indicios”, pese al
lenguaje matemático con el que escribía a mis seres queridos.
A los tres meses tuvimos opción de leer algunas viejas revistas que Usaid había regalado al penal.
A los meses, y a regañadientes, nos dieron la posibilidad de recibir periódicos. Libros, tal vez
alguno que otro, pero nada de política, imponía el gobernador de la cárcel.

¿Qué libro escoger que pueda pasar las restricciones de seguridad, pero que pudiera ser trabajado
durante un largo tiempo? El Capital de Marx lo había leído en sus tres tomos cuando tenía 16
años, y luego varios capítulos en la última década. Faltaba, no cabe duda, una lectura rigurosa de
la obra y de hecho ya estaba en mis planes a corto plazo, pues mi anterior libro, De demonios
escondidos y momentos de revolución, había avanzado el estudio del pensamiento de Marx sobre
la formación de la nación, de las clases campesinas y de las comunidades agrarias, precisamente
revisando sus escritos previos a la redacción de El Capital, incluidos sus borradores.

El estudio de El Capital y de las obras posteriores de Marx era el siguiente paso para seguir
profundizando en la obsesión teórica política de los últimos quince años: las comunidades y la
nación como palancas de la crítica revolucionaria de la sociedad capitalista.

A la vez, El Capital, no cabe duda, literalmente no parecía nada riesgoso o político frente a los
celosos guardianes de la cárcel. Al menos su título no hablaba de guerras, ni de sublevaciones, y
fácilmente podía ser entendido como un libro más de gestión empresarial, tan de moda en esos
años de auge neoliberal. ¿El Capital? ¿Por qué no? Tal vez así el reo se dedique a hacer alguna
empresa y deje de meterse tanto en política, comentó alguno de los guardias encargados de
vigilarnos día y noche.

Así llegó el primer tomo de El Capital de Karl Marx a la cárcel de máxima seguridad de
Chonchocoro. Si lograr introducir un libro a la cárcel era tan complicado, había que sacarles el
mayor de los réditos intelectuales a los pocos libros que pudieran ser permitidos. Ahí nació el plan
de una lectura exhaustiva de El Capital. Recordé el viejo seminario de Bolívar Echeverría en la
Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de México (UNAM), donde se leía párrafo a
párrafo el primer tomo de El Capital. Yo tenía tal vez años de encierro por delante, no sabía cuánto
tiempo duraría esta infamia estatal, así que decidí leer y analizar el libro línea por línea y capítulo
por capítulo.

Recuperando las viejas lecturas de adolescencia, durante tres años nos sumergimos en la lectura
del primer tomo de El Capital. Comencé a llenar cuadernos de escritura encriptada de mis
interpretaciones y me di modos para que esta base escrita pudiera entrar y salir de la cárcel sin
que los guardias se dieran cuenta, para tener una fotocopia de reserva afuera, ante el riesgo de
una requisa nocturna de los grupos de elite policial que destruyeran o robaran mi documentación.

De hecho, la redacción del primer manuscrito del libro sufrió varias batidas nocturnas en las que a
las dos o tres de la mañana éramos sacados de nuestras celdas para que agentes encapuchados de
los grupos de elite antiterrorista revisen, maltraten y hasta destruyan incluso la más diminuta de
las escasas pertenencias que una cárcel de máxima seguridad permite.
En las primeras batidas, el manuscrito no tuvo percance. Estaba redactado con una letra tan
diminuta y en clave que aturdió al oficial que lo encontró, quien prefirió botar los cuadernos al
suelo junto con la ropa y el jabón usado del lavamanos.

Las siguientes requisas fueron más estrictas. Todo lo escrito fue decomisado y, después de largas
campañas de denuncia ante las instituciones de derechos humanos, los manuscritos fueron
devueltos. La seguridad tenía miedo a lo que pensaba y escribía, pero estaba claro que, hicieran lo
que hiciesen, seguiría escribiendo y dándome modos para que quedara a buen recaudo. Así que,
en una economía de esfuerzos mutuos, acordé con la gobernación del penal que, aunque sea
ilegal, ellos podían fotocopiar mis textos y cartas a cambio de que las dejaran salir y entrar. Ellos
hacían como que me controlaban y leían, y yo hacía como que lo aceptaba. Pese a este
“armisticio”, mantuve mi propio circuito de entradas y salidas de documentación, y la seguridad
carcelaria hizo todo lo posible por hallarla, aunque sin resultados, hasta el último día de mi
permanencia en Chonchocoro.

Una última historia sobre el tortuoso devenir del borrador final del libro, ya en versión magnética y
antes de que pueda llegar a la imprenta, la relata Raquel en su introducción. Al final había tantas
versiones manuscritas o magnéticas por todas partes, entre amigos y vigilantes, que ya antes de
ser publicado era un libro con decenas de lectores.

Así fue que comenzamos a redactar este libro. Al año y medio, las condiciones de control se fueron
relajando. Habíamos participado en un motín carcelario que, entre otras cosas, erosionó las
restricciones y controles estrictos de la cárcel de máxima seguridad, pudiendo ingresar libros sin
mucho problema. Ello nos permitió tener algunos otros textos de Marx para avanzar en la
investigación y, además, acceder a los cronistas de tiempos de la Colonia, con lo que la articulación
conceptual entre la lógica de El Capital y las comunidades indígenas pudo avanzar en una primera
etapa.

La mayor parte de las crónicas coloniales pudieron llegar a mis manos gracias a Alison Spedding,
quien quincenalmente nos hacía llegar los textos a la cárcel.

De esta manera tuvimos la materia prima para el trabajo. Para avanzar en la obra, el resto era
tiempo para pensar y escribir, que es algo que la cárcel ofrece de una manera generosa. Si a ello
sumamos la paz que brinda el Altiplano, a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, estábamos
ante un escenario cuasi monástico para la reflexión. De hecho, nunca más en mi vida logré tal
sintonía entre el tiempo sin apremios, el espíritu reposado ante la fatalidad del cerco, la naturaleza
pródiga en silencios reveladores y el intelecto libre, libre y exaltado como nunca para escudriñar
más allá de las rejas, de los muros, de las torretas armadas; más allá de cualquier control y con la
capacidad de penetrar, como nunca antes, espacios lógicos.
Al final, el resultado sería un libro que lee a Marx, esto es, la crítica insuperable de nuestro tiempo
–como le gustaba decir a Sartre– para entender el potencial comunista de las comunidades
indígenas, y todo ello redactado en un lenguaje y una lógica extractada de las lecturas de topología
que tanto me habían agradado cuando estudiaba matemáticas, y que ahora en la cárcel me
servían para despejar la mente.

Pero a medida que me hundía en la lectura de El Capital para hallar las herramientas que me
permitan entender a las comunidades, estaba claro que no se podía comprender la potencia
emancipativa de las comunidades como libre asociación de productores sin entender la fuerza
expansiva del capitalismo, su dinámica interna como expropiación de la capacidad productiva de
los productores. Esto es, el capital como el reverso de la comunidad o, si se prefiere, la comunidad
como lo no-capital, como el reverso del capitalismo.

Pese a que la descripción y los datos de las estructuras comunitarias los proveían otras ramas de
investigación, como la etnohistoria, entender el potencial comunista de la comunidad no podía
hacerse desde la antropología o la historia, porque desde allí sólo se la ve en su existencia fija, sin
movimiento y sin potencia interna. Su fuerza emancipativa sólo puede ser entendible desde la
comprensión de la fuerza que la comprime o la destruye a lo largo de estos siglos, es decir, a partir
del desarrollo interno del capitalismo. De ahí que cuanto más quería llegar a entender las
comunidades, más necesitaba entender el capitalismo, su núcleo fundante. Por ello la estructura
final del libro.

La primera parte está dedicada a leer la dinámica histórico-lógica del capitalismo, desde su
desarrollo inicial (las formas del valor) hasta el modo en que el capitalismo se produce
expansivamente a sí mismo (la subsunción). Todo ello como un proceso totalizante de enajenación
del trabajo en todas sus modalidades (material, inmaterial, emotivo, etc.) y, por tanto, como
hecho civilizatorio. Y su reverso, la comunidad del trabajo, entonces también como hecho
totalizante de la totalización capitalista, esto es, como civilización. Esa es la segunda parte del
libro.

Dado que el estudio de las comunidades andinas y de tierras bajas hasta la actualidad requería una
enorme cantidad de material de difícil acceso, restringimos esta primera parte del estudio a la
comprensión de la estructura de producción de las comunidades en la etapa precolonial y colonial,
dejando para otro momento la etapa contemporánea.

De esta forma quedó redondeado el esquema interpretativo del libro. Estudiar la estructura
civilizatoria del capitalismo en su proceso de densificación material y de extensión territorial
universalizante, por un lado y, por otro, complementariamente, la estructura civilizatoria de la
comunidad en su forma histórica local y crecientemente subsumida por la lógica mercantil-colonial
(la comunidad colonial y precolonial), esto es, en su densidad material primaria y territorialidad
fragmentada, tal como se ha dado históricamente hasta hoy, mostrando que la clave de la
comprensión de la dinámica interna de las comunidades contemporáneas se halla en sí misma y en
su subsunción a la dinámica interna del capitalismo.
E igualmente, entendiendo que la clave de la superación del capitalismo se halla en sus propias
contradicciones internas y las propias potencias expansivas universalistas contenidas en las
comunidades locales.

Al final, se trata de un libro que busca escudriñar la fuerza histórica del comunismo como
densificación material superior y territorialmente universalizada de la civilización comunitaria a
partir de lo que hoy somos y hemos llegado a ser, esto es, a partir de la conjunción de las
potencias comunitaristas universales contenidas en las contradicciones del capital (las luchas
obreras y el intelecto social-universal), y en las fuerzas productivas asociativas, subjetivas e
históricas de las comunidades agrarias y urbanas actualmente existentes.

Se trata ciertamente del libro más abstracto y complicado que he trabajado. Parte de ello se debe
a la propia problemática abstracta elegida, a saber, los fundamentos críticos del núcleo “genético”
del desarrollo del capitalismo y las formas comunitarias locales. Por ello, el lector deberá
mantener la paciencia. En sentido estricto, considero que mis posteriores investigaciones sobre la
condición obrera, los movimientos sociales, la formación del Estado, etc., son en parte
derivaciones temáticas de la matriz conceptual trabajada en esta obra.

La Paz,
20 de febrero de 2009
“La educación es uno de los enclaves más fuertes del pensamiento
colonial”
Trabajó durante años en comunidades campesinas y sabe del vínculo con los sindicatos mineros.
Conoció a Evo Morales en los ’80, cuando el hoy presidente era dirigente sindical. Aquí, explica la
construcción del Estado plurinacional y de la revolución del buen vivir.

Por Sergio Kisielewsky

Antonio Abal Oña es el vicecónsul de Bolivia en la Argentina. Con una formación académica sólida
en sociología y periodismo, trabajó en organizaciones que apoyaron el desarrollo campesino. Así,
logró un conocimiento profundo sobre las comunidades rurales más tradicionales y sobre los
desplazados de esas comunidades. En esta entrevista explica cómo la construcción del Estado
plurinacional y la revolución del buen vivir van de la mano para que se extingan las peleas entre
trabajadores de diversos oficios y de diversas comunidades.

–¿Qué sintió en diciembre cuando un satélite de Bolivia se lanzó al espacio?

–Me hubiera gustado estar en Bolivia, porque rompe con toda esa carga colonial que hay en
Bolivia de vernos como un pueblo de inútiles que necesitábamos siempre que alguien nos dijera lo
que teníamos que hacer y dar un salto, porque es un salto tecnológico sin escuchar propuestas, sin
pedir consejeros de afuera; eso hizo el compañero de origen indígena Evo Morales. Resume un
poco lo que es la historia de nuestro país, es decir, aquella impotencia que los sectores populares
siempre sentían de caminar en el sentido de la historia, de conquistar más cosas, porque siempre
venían y nos decían:

“No, mire, nosotros todavía no podemos hacer esto, no estamos listos”, y eso pasaba en la
educación, en la economía, en el tema militar, en el tema de seguridad. Era transversal a toda la
actividad del pueblo boliviano. Era como mantener la mentalidad colonial. Y el hecho del satélite
rompe con todo eso y dice “mire de lo que somos capaces”. De por sí, el hecho simbólico es muy
profundo e incluso algunas capas medias que estaban con dudas ven esta posibilidad de avanzar.

–¿Cómo persiste el sistema colonial en lo estructural y en lo cultural? Usted habla en el libro


Bolivia. El movimiento indígena campesino y la crisis del Estado Colonial de la radicalización de
las clases medias. ¿Cómo se manifiesta el colonialismo en las costumbres en la vida cotidiana
luego de siglos de imposiciones?

–Lamentablemente, la estructura de la formación social boliviana está enraizada en el hecho


colonial; uno de los temas de debate actual en Bolivia es el tema de la justicia. Toda la estructura
jurídica estuvo basada en esa mirada de una hegemonía de una élite que en Bolivia se denominan
los doctorcitos de Charcas, por el predominio de una “mentalidad superior” y de tener todo el
poder concentrado, y que nunca pudo zafarse de esto. El presidente, con buen tino, planteó que
hay que cambiar esto y lo haremos como lo hacemos todo en el pueblo, eligiendo a los
representantes; fue un golpe tremendo para el sistema de justicia.
A los colegios de abogados porque les estaban rompiendo un esquema de muchas cosas que
circulaban por las universidades, ya no era un poder en sí mismo, dependía de la voluntad popular,
antes dependía del Poder Legislativo. En cambio, hoy el pueblo va a decidir. Hubo algunas fallas,
algunos de los que fueron elegidos repitieron ese esquema colonial, el de sentirse representantes
de un poder y han perdido de vista que ese poder ha sido originado en el pueblo.

– ¿Y cómo se manifiesta, qué consecuencias tiene ese poder popular en el aspecto jurídico?

–En Bolivia tenemos los jueces civiles a la par de los jueces técnicos, que son los del sistema
judicial, y el tema era fortalecer todo eso. No hubo un cambio en la práctica de la administración
de justicia, se siguió con los viejos esquemas, y esto puso en crisis a todo el sistema. En buena
hora, digo yo, porque entonces nos lleva a pensar nuevamente ya no el sistema como tal sino a los
actores y a la estructura de ese sistema. Tenemos que recapitular y volver no sólo a las aulas
universitarias sino a la escuela, al origen del proceso que originó esas conductas coloniales. Diría
que la educación es uno de los enclaves más fuertes de la reproducción del pensamiento colonial.

–¿Eso se manifiesta en el pensamiento crítico o del conjunto de la gente?

–El concepto de justicia de la comunidad rural es devolver el equilibrio a la comunidad. Aquello


que has hecho y lo has hecho mal tienes tú que volver a recomponerlo, tienes que tener un papel,
no te vamos a castigar, tú tienes que poner en equilibrio lo que desequilibraste. Son conceptos de
justicia diferentes. Muchos de los que fueron electos en este sistema para que entraran a la
administración de la justicia venían de pueblos originarios, entonces no han sabido conjugar este
conocimiento con el derecho positivo; aceptar, despojarse de lo acumulado en el concepto
colonial y poner en una balanza lo aprendido en la vida en la comunidad campesina y originaria.

Si vemos la composición de nuestro sistema de justicia, una gran mayoría viene de las
comunidades originarias, entonces ésa era la garantía del cambio y no fue así. Es un tema de
debate hasta dónde la mentalidad colonial penetró no sólo en las conciencias sino en los
elementos técnicos de las ciencias del saber. Allí hay un debate muy grande.

–¿Por qué denomina en el libro al de Evo Morales como un gobierno de transición?

–El vivir bien supone toda una filosofía de vida, no sólo un posicionamiento ideológico para tomar
el poder, es una propuesta diferente de vida, es una filosofía y es un reto para construir el vivir
bien. Tiene muchas coincidencias con esa idea del hombre nuevo del Che; él decía que esto nos va
a llevar mucho tiempo y vendrán tiempos difíciles, por eso a Evo le ha tocado ese período más
difícil de hacer una transición de una sociedad afincada en el colonialismo y avanzar hacia el
Estado del Vivir Bien. Evo Morales es el proceso más interesante de transición, que no es un
mecanismo de sustituir un sistema de administración de gobierno por otro, sino una relectura de
todo el proceso histórico. Lo que llamamos una deconstrucción del Estado y una nueva
construcción de conocimientos.
– ¿El Estado Plurinacional?

–Estas son piezas de un rompecabezas que hay que saber ajustar bien, por eso no es raro que en
Bolivia haya movimientos contestatarios a Evo Morales que provengan de los mismos pueblos
originarios.

–Lo debe a la cultura histórica de la resistencia...

–No tanto. Es que el colonialismo ha penetrado en todo lugar, entonces cuando uno acumula
poder que está afuera del sentimiento de la comunidad, ya forma parte de ese egoísmo
individualista muy fuerte que es el basamento de la sociedad capitalista y ahí vemos
protagonismos individuales que incluso sus propias organizaciones les cuestionan. Llegado el
momento se desvinculan y actúan por sí solos. Esto no lo puede hacer un miembro de un pueblo
originario, es poner en segundo plano a la comunidad.

–¿Fue un punto de inflexión lo que se denominó la Guerra del Agua en la lucha contra el
neoliberalismo en el año 2000?

–La Guerra del Agua fue un hecho muy importante y fundamental. La culminación de la
liberalización de la economía y de privatización sobre todo tenía como último horizonte la reforma
de la Constitución, liberalizarla al máximo, pero la privatización debía realizarse rápido y lo último
que faltaba era la privatización del recurso agua. Esto aparecía como una entrega a las
trasnacionales de la distribución del agua, pero cuando uno tomaba el proyecto de ley, era una
apropiación de toda posibilidad de recurso hídrico, no era sólo la distribución del agua existente
sino de las fuentes, los acuíferos subterráneos, las napas, era una barbaridad, era una entrega de
todo un territorio por donde circulaba el agua. Esto creó conciencia en un grupo muy interesante
en Cochabamba que se llama la Asociación de Regantes, que se sintieron indignadas y empezaron
a organizar la resistencia a la ley. Por eso tuvieron un papel protagónico.

Primero se discutió en un pequeño grupo, vinieron los compañeros ecologistas, la central obrera
departamental, la federación de fabriles, la organización de los regantes, el colegio de ingenieros y
varios colegios de profesionales administradores, arquitectos. Se conformó la Coordinadora del
Agua y la Defensa de la Economía Popular y en los debates que se fueron dando llegó un momento
en que se planteó que es una lucha que iba más allá del agua, que tenía que cuestionar el sistema
que estaba permitiendo que este tipo de ley se pusiera en vigencia.

La cuestión era el sistema político. Ahí es donde la Coordinadora empieza a radicalizar sus
propuestas. Todo se dio en un departamento muy conservador como es Cochabamba, y en sus
capas dirigentes. Evo Morales dio un apoyo muy grande, puso en movimiento a las federaciones
de productores de coca y dijo que se estaba en el camino correcto, por eso el éxito de los
bloqueos, de las paralizaciones, y éste fue el quiebre del sistema político, se legitimó el poder
popular expresado en las calles por la ocupación de los territorios, por las fuerzas populares. El
Congreso ya no representaba a nadie y ése fue un momento de ruptura con el Estado neoliberal.
–En su libro describe la radicalización de las clases medias, las luchas mineras, la lucha del Che
como elementos que esbozan una tradición. ¿Cómo se dan estos cambios tan vertiginosos?

–En Bolivia siempre hubo un apego de intelectuales y estudiantes hacia la vanguardia minera. Las
tesis que emanaban de los congresos mineros eran las más radicales, que luego se diluían al llegar
a la COB, pero los posicionamiento de la Federación de Mineros eran la guía de todos los
movimientos que querían ser revolucionarios y progresistas en Bolivia. Entre ellos, la clase media
sensible a las problemáticas de la clase trabajadora. Hay una nueva camada de cientistas sociales,
sobre todo antropólogos y sociólogos, que empieza a trabajar sobre la realidad indígena-
campesina que la COB no tomaba muy en cuenta.

Hay una anécdota muy famosa de Lechín, que fue visto como el paradigma de un gran líder de la
COB. En el ’79 entra una nueva camada de dirigentes y Lechín le dice a Genaro Flores, que era
dirigente campesino: “Genarito, andá a comprarme unos cigarros”, y él le responde: “¿Por qué no
me lustra mis zapatos?”. Es una nueva visión de nuevo sujeto campesino, que luego va a romper
con la COB por este papel subordinado que el proletariado minero designaba para la clase
campesina y busca su propio derrotero, recuperando la memoria histórica.

Esto genera un gran debate sobre el tema de la subordinación a la organización minera y se va a


recuperar la memoria larga, a encontrar las raíces de las contradicciones de Bolivia en la historia, y
ahí surgen Túpac Katari y una serie de héroes que habían resistido el hecho colonial pero no
formaron parte del Acta de la Independencia hecha por Bolívar, Sucre.

Cuando uno lee la Tesis del Manifiesto de Tiahuanaco dice: “Tenemos nuestros propios héroes, no
necesitamos héroes prestados”. Es un documento muy interesante para ver que el proceso
boliviano fue una maduración de la recuperación de la memoria larga y de las luchas
contemporáneas, le debemos mucho a esta capacidad que tuvo el movimiento indígena originario
de irse tan lejos para decirnos “ahora estamos parados aquí y tenemos que recuperar esa
memoria que nos la quitaron”. Eso es romper con el colonialismo.

–¿Hay una participación de los movimientos sociales en esos debates y en las nuevas formas de
protagonismo?

–Ahí se juntan dos cosas interesantes. Por un lado, el olfato político de Evo Morales, esa capacidad
en su trabajo sindical de entender bien las pulsaciones de los sindicatos y de los sujetos que no
estaban ligados a un partido político, y Alvaro García Linera, que fue guerrillero, comprende que
no es el partido la solución, la de pretender organizar una vanguardia. Comprende que hay sujetos
constituidos que son los movimientos sociales. Cómo nuclear estos sujetos sociales y la vida
orgánica se logra desde las comunidades, a través de sus representaciones naturales, y ésa es la
gran masa de los bolivianos.
–Gobernar obedeciendo al pueblo, como dicen los zapatistas.

–Esta es la figura que se recupera del tipo de gobierno que existe en las comunidades tanto
andinas como amazónicas, que pervivió a pesar de una formación estatal muy vertical. Y esto no
es casualidad, porque el Estado nunca se interesó por las comunidades y las comunidades tuvieron
esa virtud de proteger su sistema económico, social. Ahí estaba una forma de gobierno de
administrar la justicia, una forma de representación que no era la forma tradicional de Occidente.
Hay que lograr que estos mecanismos sean el espejo del futuro, y esto fue fruto de la unidad de
todos los movimientos sociales.

Cuando se desarrolla la Asamblea Constituyente, hay una organización que se llama El Pacto de
Unidad, el movimiento indígena, campesino y originario que arrastra tras de sí a los maestros, a la
COB y a todos los movimientos gremiales tradicionales. Ellos son la hegemonía, ya no es la COB, es
una más y no lleva la voz cantante. Ahí los que deciden son la Federación Sindical Unica de
Trabajadores Campesinos y la Federación Nacional de Mujeres Campesinas.

Son estos los sujetos que tienen la voz cantante, siempre en consenso y reflejando los intereses de
todos. El Pacto de Unidad es el que mejor expresa la capacidad de tener unidad en la diferencia,
enseñaron a la COB cómo convivir con la diferencia ideológica pensando en un objetivo en común.
Aprendimos mucho de esos debates internos, de la capacidad de llegar al consenso, de poner un
alto cuando había contradicciones fuertes. Las decisiones no se toman en la primera reunión, van
madurando y esa misma metodología se utilizó para las grandes decisiones en la Asamblea
Constituyente. A un hombre con una mentalidad más urbana, más occidental, lo desespera, lo
quiere ya. Allí hay que ir con calma. Lo mismo sucedió en 2008. En Santa Cruz había un proyecto
de dividir al país y empujarlo hacia una guerra civil.

–¿Lo que ocurrió en la llamada zona de la Media Luna?

–Exacto. Confrontar Oriente y Occidente y para eso contrataron mercenarios, una fuerza armada
que ya estaba en Santa Cruz. Empezaron la ofensiva maltratando a todos los negros en Oriente
que se llaman coyas y a plena luz del día no se podía caminar, les pegaban y nadie intervenía,
habían doblegado a la policía. Era una organización especial llamada La Torre, con apariencia de
una empresa que sacaba dinero y con eso financiaban las acciones. Ahora muchos de sus
integrantes están fuera del país. Muchos sectores de la oposición quieren hacer aparecer a estos
mercenarios como inocentes palomitas. La paciencia que tuvo Evo Morales para aguantar todo
eso... Cuando muchos pedían que enviara a las fuerzas armadas, él apostó al desgaste de la
provocación. Eso es lo que hacen las comunidades, fue táctica andina tranquila de poner el tiempo
a favor, de la idea de preservar el Estado y así se ganó. Y se evitó el derramamiento de sangre.
– ¿Qué rol tuvieron los medios de comunicación?

–Los medios se ocuparon de crear el ambiente. En la televisión, desde las 6 de la mañana estaba el
discurso de la autonomía, después de los programas de cocina y diversión, el discurso de la
autonomía, y al mediodía, las noticias con el discurso de la autonomía. A la tarde, los programas
para chicos y el discurso con la autonomía, eran 24 horas. Fue impresionante el papel que jugaron
algunos medios con una gran influencia. En Bolivia, uno de los debates actuales tiene que ver con
eso.

–En relación con este tema Evo envió una ley...

–De comunicación. De hecho, muchos medios están haciendo autocrítica de su papel, pero hay
algunos grupos que son trasnacionales, hay grupos que están presentes en América latina y son
muy compactos, por eso no es raro ver un tipo de programas en la televisión argentina repetido en
la boliviana y ecuatoriana. No es casual que existan editoriales de periódicos argentinos y
bolivianos iguales, hay un estilo, una escuela que es una deformación del buen periodismo.

–Usted dice en el libro que el sistema en Bolivia creó partidos políticos clonados. ¿Por qué?

–Por tradición, en Bolivia las familias oligárquicas solían poner a los hijos en partidos de izquierda,
de derecha y del centro, pero cuando vienen las organizaciones de la democracia liberal,
organizaciones norteamericanas que impulsaban la apertura democrática y la participación
popular, lo que hacían era crear partidos o ONG con las mismas características que variaban según
el discurso del líder nada más, en su funcionamiento y en su objetivo eran lo mismo. Por eso en
Bolivia se hablaba del pasanaku, que es un juego donde se pone dinero por mes y se reparten en
grupos de a diez. Si a ti te toca ese mes recibirás el pasanaku. A esta forma de actuar, Naciones
Unidas le dio un premio. La política era así, ahora te toca a ti y los cinco años a otro y así suma y
sigue. Se utilizó el pasanaku, que es de origen andino, de una manera perversa.

–En relación con la música, usted dice que se privilegiaba el piano, que es un instrumento
musical de origen europeo, en vez de el sikus y la quena. ¿Cómo se libra la batalla cultural sobre
estos valores?

–En las universidades, desde los años ’80 ocurre un fenómeno, empiezan a practicar danzas de los
pueblos originarios y a repetir lo que en Bolivia se llaman las entradas. Se elige un día del año para
hacer un desfile por las calles con las danzas tradicionales. Se trasladó hibridado con la religión
católica a las grandes ciudades, pero las universidades lo hacen sin estar ligadas a la Iglesia
Católica, como una recuperación de la danza y música de los pueblos originarios.

Antes la universidad no te dejaba manifestar eso, la esposa de Víctor Hugo Cárdenas


(vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada) se tuvo que quitar la pollera para entrar a estudiar
y ponerse un vestido o pantalones, y como ese caso hubo miles. Si no, no entrabas a la universidad
para poder estudiar. Como gran cosa, en los años ’80 se sacó fotos a una cholita que no se
acomodó a los cánones de cómo debías estar presentable para entrar a la universidad.
No es casual que esto estuviera ocurriendo a la par de que estaba surgiendo este movimiento
sindical-campesino de recuperación de la memoria histórica, esta corriente apela a la cultura.

– ¿Qué hechos ilustran estos cambios?

–En Santa Cruz, el alcalde se dio cuenta de que había un barrio lleno de coyas y para el carnaval los
incluyó para que danzaran media cuadra y se ganó el voto, fue un avance en pleno Santa Cruz en
una sociedad con muchos complejos xenófobos. Fue un reconocimiento y una conquista
impresionante. En Sucre, que es muy tradicional, ahora se baila la morenada, que es un baile
andino y también en Tarija, que es un lugar muy conservador. Muchas cosas tienen que ver con
artistas de renombre, hace poco Eddy Navia fue nominado al Grammy por su capacidad de
manejar el charango o tocar jazz con un pianista cubano. Fue fundador de Savia Andina, que llevó
el folklore boliviano al Olimpia de París. Entonces la clase media sintió mucha proximidad, ver que
esa parte es la que nos identificaba mejor.

–Usted escribe que no se comprende todavía el alma india y éstas son formas de entendimiento.

–De acercarse a esa realidad que tiene que ver mucho con el modo de vida, con la filosofía, con
una profunda relación con la naturaleza. surge un respeto a todo ser viviente. En la cosmovisión
andina, las piedras tienen vida, es otra lógica del ordenamiento del cosmos. Mientras uno no se
aproxime y vea por qué ocurren estas cosas, no entenderemos ese corazón que está latiendo en
Bolivia. El tema de la revolución no es un hecho de una revolución tradicional, sino que estamos
yendo a encontrar ese vivir bien en las comunidades que empiece a ser practicado por toda la
comunidad boliviana.

En esa medida, la búsqueda del hombre nuevo está instalada pero se tiene que formar. Creo que
el Che decía que el hombre nuevo va a ser del siglo XXI, nosotros creemos que sí, porque este
espíritu comunitario no sólo es propiedad de los Andes, sino que es una propuesta a nivel mundial,
de buscar esta nueva manera de vivir en equilibrio y no afectar tanto aquello que nos da la vida,
que es la naturaleza.

–Usted también habla de que se fomenta la pelea de indios contra indios. ¿Está generado por los
grandes centros de poder o el sistema de dominación del imperio?

–Tiene que ver con el sistema de dominación, no nos olvidemos que cuando llegan los españoles
consiguen un aliado, Pumacahua, que lucha contra Atahualpa. Es un aliado de los españoles pero
después se da cuenta de que estaba obrando mal y se pone del lado correcto. La creación de
Bolivia fue una creación de estos criollos de dos caras que parecían libertarios y por otro lado
seguían teniendo el látigo para mandar en las haciendas. Hasta ahora hay esta tensión, lo que
Linera llama las tensiones creativas, esa contradicción que nos ha dejado la colonialidad. Fuimos
aprendiendo, por ejemplo con la Guerra del Agua, que este enfrentamiento crea la crisis pero la
crisis no tiene una direccionalidad, no es una línea recta, es una espiral y en esa espiral tenemos
que aprovechar los momentos y saber por qué rumbos estamos yendo. Siempre estuvieron esas
tensiones en Bolivia.
– ¿Cómo está hoy la situación en Bolivia, cuáles son los objetivos inmediatos del Ejecutivo?

–Se avanzó bastante en la mirada del destino común de la mirada del Estado Plurinacional, se está
construyendo un Estado de verdad. Uno de nuestros grandes sociólogos, René Zavaleta, decía que
en Bolivia existe un Estado aparente. Ahora es el mejor intento de construir un Estado de verdad.
Un Estado se construye con sus contradicciones, con sus dificultades, pero sí tenemos una visión
de futuro y estamos palpando que es posible vivir entre diferentes.

Es posible que estemos atravesando momentos de crisis, sobre todo políticas muy fuertes
generadas desde afuera. Desde los grandes medios de comunicación se está tratando de construir
unas oposición que no termina de cuajar. Las encuestas le dan, si llegan, un 15 por ciento. Evo
siempre está por encima del 50 por ciento. Esto da cierta confianza en un sector de la población
que ha visto un futuro y una construcción de un Estado posible, sobre todo la redistribución de la
riqueza, fundamento del vivir bien.

Evo anunció cuánto va a ser el aumento salarial en Bolivia: se va a aumentar 20 por ciento a los de
menos ingresos y 10 por ciento a los que tienen ingresos altos. ¿Qué quiere decir esto? Quiere
decir que el pueblo está madurando y los dirigentes obreros lo aceptaron, es la primera vez que
piensan en las bases, ésa es la complementariedad y la redistribución en la práctica. Este Estado
que hemos soñado, que vaya anulando la pobreza y la desigualdad, se está dando.
El proceso boliviano y sus conflictos
Por Emir Sader

Las relaciones entre desarrollo económico y protección ambiental cruzan, hoy, prácticamente
todos los procesos políticos latinoamericanos, de un continente que necesita absolutamente
retomar altos niveles de desarrollo después de la fuerte y prolongada recesión, para atacar su
problema central, que es la desigualdad económica.

Los gobiernos neoliberales promovieron la desindustrialización y la apertura acelerada de los


mercados internos. Ahora que la demanda internacional cambió, la exportación de materias
primas –y entre ellas las energéticas– pasó a tener un papel central en la pauta comercial de
América latina.

Álvaro García Linera publica un libro que refuta todas y cada una de las alegaciones de la oposición
de su país y de sus portavoces internacionales. A pesar de ser el más importante intelectual
latinoamericano contemporáneo y, al mismo tiempo, vicepresidente de la República, se quieren
censurar sus palabras, que denuncian el cerco cobarde que se ejerce sobre el proceso boliviano. El
título del libro es Geopolítica de la Amazonia y el subtítulo: Poder hacendal patrimonial y
acumulación capitalista. Tuvo su lanzamiento en La Paz, al cual asistí, con un público básicamente
joven de alrededor de un millar de personas.

En el libro, García Linera comienza exponiendo las transformaciones logradas por el gobierno en
estos seis años, que permiten decir que se trata de un proceso revolucionario, “una revolución
política, cultural y económica” según sus palabras. Transformaciones en la apropiación del poder
del Estado y en las propias formas de una toma de decisiones caracterizan los profundos cambios
políticos y culturales vividos por Bolivia. Transformaciones en la propiedad de los principales
medios de producción –en el campo, en los sectores energéticos y también en sectores
industriales– marcan la revolución en el plano económico.

Pero el libro de García Linera se centra en el desmentido de los supuestos que han orientado la
campaña mediática de la oposición, dentro y fuera de Bolivia, contra el gobierno. Entre ellos, uno
que ha hecho circular la idea de que la carretera de Tipnis –entre Cochabamba y el Beni– sería
instrumento para la exportación de productos brasileños hacia el Pacífico, valiéndose del territorio
boliviano. El libro demuestra, claramente, cómo la ruta se inicia y llega a territorio boliviano como
parte de la unificación nacional del país –siempre fragmentado y dependiente–, en este caso por
Santa Cruz de la Sierra para la conexión entre Cochabamba y el Beni, provincia en la que el
gobierno desarrolla intensos proyectos agrícolas que liberarían la economía de la dependencia de
la provincia cruceña. Por eso mismo, García califica esa acusación de “farsa cantinflesca”.
Otro aspecto tiene que ver con una supuesta imagen de Tipnis como una reserva virgen, que sería
violada por la carretera que el gobierno proyecta construir. El libro demuestra con hechos, mapas
y fotografías que esa región es intensamente explotada por grandes empresas internacionales del
sector de la madera, del ganado y la caza de yacarés, entre otras actividades.

Hay varios aeródromos clandestinos para esos fines, así como un intenso turismo internacional.
Así, la no presencia del Estado que propugnan ONG internacionales y algunos movimientos
indígenas, lo que defienden no es la inexpugnabilidad de la reserva, sino la permanencia y
extensión de esas explotaciones, con la ausencia de control del Estado nacional boliviano.

Alvaro García Linera acusa a esas ONG y movimientos indígenas de defender de este modo los
intereses de las grandes empresas multinacionales y gobiernos extranjeros. El poder es
obstaculizado por esas empresas, por gobiernos de los países centrales del capitalismo y por un
bloque latifundista-empresarial que explota materias primas de la región y por un conjunto de
ONG que actúan en la Amazonia boliviana.

Al final del libro, el autor se concentra en el argumento de que en Bolivia –como también en otros
países progresistas de la región– se desarrollaría un modelo “extractivista”, que resulta negativo
para el desarrollo económico y social. Después de examinar criterios clásicos de Marx sobre las
formas de apropiación de la naturaleza por la Humanidad, Alvaro García Linera concluye:

“No existe evidencia histórica que certifique que las sociedades industriales capitalistas sean
menos nocivas frente a la Madre Tierra que las que se dedican a la extracción de materias primas
renovables o no renovables”.

Superar el extractivismo no es superar el capitalismo. En esta fase se hace indispensable utilizar


los recursos aportados por la actividad primaria o exportadora controlada por el Estado para
generar los excedentes que permitan satisfacer las condiciones mínimas de vida de los bolivianos y
garantizar una educación intercultural y científica que genere una masa crítica capaz de asumir y
conducir los procesos emergentes de industrialización y desarrollo económico. “Lo importante es
reorientar el sentido de la producción sin olvidar que también es preciso satisfacer las necesidades
básicas fundamentales, que fueron precisamente las que llevaron a la población a asumir la
construcción del poder del Estado. Que es justamente lo que estamos haciendo en Bolivia”, dice
García Linera.

Se trata por lo tanto de un libro esencial, sin el cual no es posible comprender la actual fase del
proceso boliviano y la raíz de los conflictos que lo afectan.
Brasil, el bello lugar
Por Mario Wainfeld

El antropólogo francés Marc Augé acuñó la expresión “no lugar” que fue amablemente acogida
por divulgadores varios. En sus propias palabras, “un lugar era un espacio en el que podían leerse
fácilmente las relaciones sociales y especialmente las reglas de residencia. A partir de ello era
natural llamar ‘no lugares’ a los espacios en los que esa lectura no era inmediatamente posible”.
Agrega Augé que esa noción no es absoluta, algo que a veces ignoran los que propalan sin pensar.

Aun valorando esa salvedad puede pensarse que la transmisión FIFA de los mundiales transita una
línea “no lugareña”. Apuntan ahí las reglas de estilo, las imposiciones a los protagonistas, los
paneos sobre el público, usualmente de clases medias o altas. Los asistentes, quieras o no,
convalidan un poco el designio, con gestos o visajes que no los diferencian mucho entre sí o con
los que estuvieron en otros Mundiales.

Sin embargo, Brasil fue un lugar mundialista único. Por su historia, por su paisaje, por los modos
de su pueblo y, en alguna medida que se evaluará a partir de mañana, por la intervención de los
hinchas argentinos.

Escapa a la ambición temática de esta nota implicarse en el debate político interno de los
brasileños sobre los costos, gastos públicos y beneficios de organizar la Copa. Página/12 publicó
material ineludible en estos días: las entradas diarias de Eric Nepomuceno y una columna de Emir
Sader que contradijo reproches muy extendidos contra el gobierno de Dilma Rousseff.

Es provisorio un vistazo lejano que cierra antes del final del partido por el tercer y cuarto puesto,
usualmente melancólico y esta vez doloroso. Esto asumido, puede insinuarse a cuenta de una
mirada final que el contexto del Mundial y en especial la conducta de su población justifican
lecturas menos triviales que las que propagaron en unos cuantos medios argentinos, en particular
por los hegemónicos.

Un lector amable, Lautaro Cossia, compartió con este cronista su mirada pasajera, ya que no
estuvo durante el certamen. Cree que es errado atribuir violencia o agresividad a los brasileños:
“Justamente a ellos, quienes nos han brindado, en cada circunstancia, una hospitalidad sin
artificios, genuina, compinche, amistosa, aún en medio de la chanza futbolística”.

Otro testigo presencial, demasiado cercano para ser citado como fuente, estuvo en San Pablo en
los días de las semifinales. Contó, hasta extrañado, cómo los hinchas argentinos iban cantando en
los subtes paulistas ante la mirada desolada pero jamás agresiva de los locales. Los alemanes, ni
qué decir, eran pocos pero vitoreaban, agitaban sus banderas y no le hacían asco a la cerveza.
Nadie los conturbaba.

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Algún medio argentino mostró, en la noche de la goleada de Alemania, algunos vándalos
quemando bondis y vaticinó una jornada sangrienta. Los daños, quizá menores a los que
provocaron acá fanas de River o de Chicago tras irse al descenso, no escalaron.

Proliferaron entrevistas a viajeros argentinos, nadie puede dar cuenta de su totalidad. Pero,
ingerida una buena ración, se puede concluir que versaban sobre la mala onda de los brasileños
que cometían la herejía de hinchar por los rivales de su adversario futbolístico... que hace lo
mismo.

No hubo, por ahí, mayormente interés en preguntar o en reportar cómo fue el trato cotidiano, si
los aeropuertos o los medios de transporte están en colapso o si las canchas son un desastre en
construcción.

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El cronista se inscribe entre quienes creen que los hechos deportivos no tienen gran incidencia en
las preferencias democráticas. La semifinal que perdió Brasil pone a prueba cualquier aseveración
general. Fue un “cisne negro”, un hecho imprevisible no por el ganador sino por la magnitud y la
deprimente construcción del resultado.

La rivalidad futbolera existe, uno no se priva de cantar el hit mundialista, pero la fiesta es
transitoria. La política sigue discurriendo en una etapa única y superadora en la región. Las
elecciones presidenciales brasileñas están cerca. Como se comenta en la nota central, la
democracia política se constriñe a las fronteras de cada Estado. En este momento decisivo y
transicional de la integración regional, uno quisiera poder votar por Dilma para que ese pueblo
entrañable y cercano siga construyendo su destino de potencia, de país más igualitario y de digno
líder regional.

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