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Novela Histórica Cristiana en México

Este documento presenta un prólogo a la edición española de la novela histórica "Héctor" sobre la guerra cristera en México en la década de 1920. El prólogo enfatiza la heroicidad de los católicos mexicanos que lucharon y murieron defendiendo su fe y su patria, y critica la falta de apoyo de otros católicos a su causa.

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Novela Histórica Cristiana en México

Este documento presenta un prólogo a la edición española de la novela histórica "Héctor" sobre la guerra cristera en México en la década de 1920. El prólogo enfatiza la heroicidad de los católicos mexicanos que lucharon y murieron defendiendo su fe y su patria, y critica la falta de apoyo de otros católicos a su causa.

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J O R G E G R A M

(CANGO. DR. DAVID G. RAMREZ)

H C T O R
NOVELA HISTRICA CRISTERA

Sptima Edicin

con ilustraciones histricas

M X I C O , 19 66
LECTOR:

Cuando hayas sentido y amado lo que


este libro pretende hacerte amar y sentir,
levanta tus ojos y mira a tu alrededor...
Examina el Oriente y el Ocaso; escudria
el Medioda y el Septentrin...
Y doquiera descubras que un pueblo o
una raza, o una casta o una tribu, agoniza
en el tormento, vuela hacia all y revela a
las vctimas el dogma sagrado de las resis-
tencias heroicas.
JORGE GRAM.
Amsterdam, junio de 1928.
NOTA DE LA PRIMERA EDICIN

Mediante el concurso de un grupo de expatriados, se puede


dar a la publicidad esta bellsima produccin literaria.
Su autor, que ha vivido durante muchos aos en Mjico y que
se encontraba en uno de los pases europeos en el tiempo en que
la terrible tragedia mejicana se desarrollaba en forma tal que re-
cord las luchas de la Vende, supo, en verdad, producir una obra
genuinamente nacional en que se retrata magistrmente el ver-
dadero pueblo mejicano, no el estrafalario y repugnante que la
literatura revolucionaria y ciertos escritores de este pas ofrecen al
pblico en obras convencionales.
No necesitamos ponderar el inters de esta novela: slo nos li-
mitamos a invitar a quien la tenga en sus manos, que pase la vista
por algunas de sus primeras pginas, y si tiene sangre latina, vea
si puede libertarse del anhelo justificadsimo que habr de desper-
tarle el aspirar por unos instantes el ambiente bendito en que se
vivi en Mjico durante la gloriosa y epopyica lucha.
Plegu al Cielo que la lectura de esta obra y su divulgacin co-
operen, aunque sea en mnima parte, a disipar la atmsfera de
calumnia que ha cubierto a Mjico durante muchos aos, y que
se llegue al fin a saber que Mjico no es el pas criminal de los
Carranzas, Villas y dems, sino que el verdadero es otro muy di-
verso, rico en nobles acciones, animado por elevadsimos ideales,
y llamado a ser, mediante una gestacin muy dolorosa, pero muy
fecunda, el baluarte en la Amrica de la civilizacin cristiana.

Marpha, Tex., noviembre de 1930.

VII
DEL PROLOGO A LA EDICIN ESPAOLA*

Y segn la ley casi todas las cosas


se purifican con sangre: y sin de-
rramamiento de sangre no se hace la
remisin.
(Epstola de San Pablo a los He-
breos, IX-12).

S ON LOS CATLICOS MEJICANOS los que, dando un ejemplo admi-


rable al mundo entero, han puesto por fin en prctica las pala-
bras del Apstol y han hecho oferta generosa de su sangre y de
su vida en aras de la Religin y de la Patria. En pleno reinado
del materialismo, cuando la conservacin de la vida y de la ha-
cienda se han elevado a la categora de supremos ideales, los ca-
tlicos mejicanos, en un heroico y prolongado alarde de valor fsico
y de encendida caridad, solamente censurado por los prudentes,
los templados y los acomodaticios, sacrificando conscientemente to-
das las delicias de la cmoda existencia actual, han empuado
las armas en defensa de la fe y de la moralidad de nuestra ge-
neracin y de las futuras. Slo hay dos actitudes dignas para
afrontar las horas gravsimas por que atraviesa el mundo: una
es la que nos ensean los catlicos del siglo XVI, que en una
mano llevaban la cruz y en la otra la espada; la otra es la de
dejarse matar en voluntario martirio, sacrificar los provechos del
gobierno antes que rendir pleitesa al error o ser su cmplice. Estas
dos nicas actitudes que hoy pueden adoptar los autnticos ca-

* Quisiramos poder reproducir ntegro este prlogo, por su impor-


tancia histrica respecto al movimiento nacionalista espaol; pero juz-
gamos necesario suprimir los prrafos inspirados por una informacin in-
completa sobre los "arreglos" de 1929. (Nota de la Editorial JUS).

IX
tlicos se practicaron tambin en el siglo XVI. Los soldados de
Felipe II que luchaban en Flandes y en Lepanto fueron el instru-
mento de que la Providencia se sirvi para que no quedara la
religin catlica barrida de todos los Estados ante las acometidas
del protestantismo y del Islam, en tanto que los frailes espaoles,
amparados por la espada de los conquistadores, daban a Roma
veinte pueblos por cada uno de los que le arrebataba la hereja.
La otra actitud, igualmente lcita e individualmente ms admi-
rable, fue la observada por los catlicos ingleses frente a los im-
pos designios de Enrique VIH y de su hija adulterina Isabel.
Cinco cartujos inician la santa teora que haba de contar seis-
cientos mrtires que prefieren perder la vida a obedecer los de-
seos ilcitos de los reyes herejes; pero estos sacrificios no pudieron
impedir que la hereja se impusiera en toda Inglaterra y que tar-
dara ms de dos siglos en volver el catolicismo a dar pblicas
seales de vida en el pas.

Los catlicos mejicanos han vuelto a empuar la espada que


en 1929, por obediencia a la autoridad eclesistica, se vieron obli-
gados a enfundar a conciencia de que por esta causa muchos de
ellos haban de perder su vida. Y esta vez, aleccionados por el
cruelsimo tropiezo pasado. . . saben a dnde van y hasta dnde
alcanzan sus derechos de ciudadanos y de catlicos. Fechado el
12 de diciembre de 1934 en San Antonio de Tejas, el Delegado
Apostlico en Mjico monseor Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Mo-
relia, dirigi una instruccin al Episcopado, clero y catlicos de
Mjico, que remiti igualmente a todos los obispos esparcidos por
todo el mundo, "a fin de que todos los catlicos de la tierra son
palabras del Delegado Apostlico conozcan nuestra situacin y
pidan a Dios el remedio de nuestros males", en cuya Instruccin,
en su apartado II leemos: "Por esto, en nombre de Dios y de nues-
tro santsimo Padre el Papa Po XI, y de acuerdo plenamente con
el venerable Episcopado Mejicano, damos las siguientes normas de
conducta, segn las cuales obraremos los Prelados y debern tam-
bin obrar el Clero Secular y Regular y todos los fieles:
"lo. La Iglesia Catlica no reconoce ningn poder humano
que le pueda impedir nada de lo que Ella misma juzgue necesa-

X
rio para la salvacin de las almas; por lo mismo, en las cosas
espirituales, a nadie est subordinada...
"Por lo mismo no debe de extraarle al Gobierno que siempre
que d una orden atentatoria contra los derechos que la Iglesia
tiene, como Sociedad perfecta que es, se hagan las debidas pro-
testas; pues no porque la fuerza y la violencia nos impidan el libre
uso de nuestros derechos dejan stos de existir, y por lo mismo de
clamar justicia. Deber, pues, protestarse siempre contra todo acto
atentatorio de las libertades inalienables de la Iglesia, haciendo
esto con toda prudencia y con todo valor cristiano.
"2o. Teniendo como tiene la Iglesia la misin de civilizar,
y siendo como es Madre de los pueblos libres, necesariamente de-
be hacer saber y recordar a sus hijos que tiene grave obligacin
de trabajar y de sacrificarse por la libertad de Mjico en todos
los rdenes y valindose de todos los medios, con tal de que se
guarden siempre las normas inmutables de la moral y de la jus-
ticia. El peligro del comunismo es inminente, y slo la accin
decidida, unnime y constante de todos los buenos mejicanos po-
dr salvar a nuestra desventurada Patria.
"Las normas de Su Santidad, si se cumplen debidamente, pro-
ducirn, sin duda, excelentes resultados. P OR LO QUE SE REFIERE
AL USO DE MEDIOS VIOLENTOS, COMO SERA EL RECURSO A LAS AR-
MAS, NI EL EPISCOPADO NI EL CLERO DEBEMOS ENTROMETERNOS,
PROMOVINDOLO O PROHIBINDOLO".
Quines son los insensatos que sostienen que la Iglesia prohi-
be defender la Religin y la fe de los nios y de las generaciones
futuras con las armas en la mano? Si nos es lcito e incluso, legal,
luchar por defender nuestros bienes y derechos materiales, cmo
no iba a ser lcito luchar y morir en defensa de los valores espi-
rituales y eternos?
Tras dos siglos de ideologa enciclopedista y liberal que termi-
naron por materializarlo todo, incluso los ideales de los que nos
decimos catlicos, vuelve la luz de la verdad a dejarse ver y a
pregonar por todas partes que slo a fuerza de sacrificios y de
sangre se hacen las cosas grandes. El nicaragense Pablo Antonio
Cuadra, en Hacia la Cruz del Sur, lanza desde su Patria una ar-
diente plegaria que va encontrando eco en todos los pechos j-
venes y generosos. Dice as el heredado grito conquistador:

XI
Ay Virgencita! que luces
ojos de dulces miradas: pues
viste venir espadas que dieron
paso a las cruces, mira tus
tierras amadas! y si hoy
arrancan las cruces, brillen
de nuevo las luces del filo de
las espadas!

"Todo hombre que est decidido a morir escriba Edouard


Drumont puede influir en los acontecimientos.\Detrs de todos
los acontecimientos hay un hombre que est decidido a morir.. .

Nadie sabe nada de lo que pasa en Mjico. Parece que no


slo no lo sabemos, sino que tampoco queremos saberlo. Y, sin
embargo, no slo tenemos obligacin de enterarnos, sino que, ade-
ms, deberamos de haber acudido en ayuda de nuestros herma-
nos los catlicos mejicanos, vctimas desde hace varios lustros de
las ms crueles y refinadas persecuciones. Pero los catlicos en
general, y ms especialmente los catlicos espaoles, vivimos total-
mente ajenos a la constante vigencia del divino precepto del amor
al prjimo. Si permanecemos totalmente indiferentes a que en
nuestra misma casa, calle o ciudad, sea mayor cada da el n-
mero de las personas que desconocen el nombre de Dios y sus
enseanzas sapientsimas y a que sea enormemente superior el
nmero de quienes desean instruirse en las verdades de la fe que
el de maestros dispuestos a ensearla, cmo nos vamos a intere-
sar por la suerte de los catlicos mejicanos? Amaos los unos a
los otros! Ama al prjimo como a ti mismo! Son preceptos fun-
damentales que Nuestro Seor promulg durante su vida mortal,
y, sin embargo, en la prctica, no hay preceptos que con ms
constancia y universalidad se conculquen que stos. Es intil que
nada ni nadie intente romper la rutina materialista de las socie-
dades contemporneas. Qu nos importa que un poder tirni-
co sojuzgue a un pueblo, persiga y asesine a los sacerdotes, des-
truya los templos, deshaga hogares y prepare conscientemente la
sistemtica corrupcin de la infancia y de la juventud! Qu nos
importa que, cuando nuestros hermanos los catlicos mejicanos,

XII
en cumplimiento de sagradas obligaciones se vieron forzados a
lanzarse al campo para defender virilmente la fe de sus hijos y
los derechos imprescriptibles de la Religin y de la Patria, care-
cieran de armas, de dinero e incluso de apoyo moral! El mundo
catlico contempla insensible el martirio de un pueblo creyente, y
desde las columnas de sus rotativos, servidos por el sectarismo de
las agencias yanquis, califica de "bandidos" y "criminales" a los
hroes de la epopeya que con su sangre generosa estn escribiendo
en estos momentos los catlicos mejicanos.
El 12 de febrero de 1929, el Obispo de Huejutla lanz desde
el destierro un conmovedor documento, que titulaba Mensaje al
mundo civilizado, en el que, para nuestra vergenza, podemos leer
lo siguiente:
"Ser posible que el mundo civilizado nos siga mirando an
con el ms irritante desprecio?
"Ya en nuestro anterior Mensaje decamos que, fuera del Au-
gusto Pontfice de la Cristiandad, que s se ha preocupado verda-
deramente por Mjico y hecho todo lo humanamente posible por
aliviar nuestra inmensa miseria, todos los pueblos que integran la
gran familia cristiana nos han mirado con la ms completa in-
diferencia.
"Al presente, despus de ms de dos aos de prolongada
agona, en que hemos perdido lo ms granado de nuestra juven-
tud y consumido en la lucha gran parte de nuestra energa; des-
pues de haber demostrado con la elocuencia de los hechos que
los mejicanos sabemos morir por la fe y por la libertad, y de ha-
ber desmentido solemnemente los embustes del tirano que soaba
acabar para siempre con la Religin de nuestros padres; despus
de haber probado, en pleno siglo XX, que la Religin Catlica
Apostlica Romana es la nica resurreccin para el mundo en
medio del naufragio universal, ste no ha sabido tener ni siquiera
una palabra de aliento para los heroicos catlicos de Mjico, ni
un gesto de indignacin para la casta de asesinos y bandidos de
todo progreso y de toda civilizacin que nos esclavizan".
Y contina, enardecido, el ejemplar Prelado: "Sera un cri-
men en los Estados Unidos, por ejemplo, enviar armas y parque
a los libertadores, aunque no lo sea el apoyar con todas las fuerzas
a los facinerosos que desgarran las entraas del pueblo mejicano.
"No sabemos qu pnico se apodera en estos momentos de

XIII
toda la familia humana que impide tender una mano generosa a
un pueblo civilizado que sucumbe en las garras de la tirana y
del despotismo. Nosotros creemos que es vano temor a los gran-
des de la tierra; pero esto mismo causa en nuestro nimo la ms
profunda tristeza, porque vemos que el mundo actual retrograda
violentamente al paganismo arrastrado por la corriente impetuosa
de la fuerza bruta.
"El mundo civilizado ha sido muy cruel para con el pueblo
mejicano. Vindole aherrojado, azotado y herido de muerte por
sus poderosos enemigos, lo ha abandonado y despreciado; vin-
dole cado en tierra, ha seguido de fiesta con sus verdugos, cele-
brando y aplaudiendo los actos de barbarie y salvajismo que igno-
raron los siglos pasados".
Pero qu sucede en Mjico? La historia de la Repblica
mejicana sera, aproximadamente, la misma relacin de revolu-
ciones, motines y tiranas que la que constituye la de las dems
repblicas hispanoamericanas, de no tener la vecindad espantosa
del monstruo yanqui, dedicado, desde la independencia de Mjico,
a descristianizar este pas y a asegurar por todos los medios la
estabilidad de los demagogos en el poder. El territorio mejicano
ha sido, desde siempre, presa codiciada de todos los polticos norte-
americanos, que en el desorden interior y la total descatoliza-
cin del pas ven los medios indispensables de aduearse de l por
completo. La enemiga a la Religin catlica por parte de los po-
lticos yanquis ha sido constante desde la independencia de M-
jico, por estimar indispensable la muerte del catolicismo para aca-
bar con el espritu nacional y hacer posible que todo Mjico siga
la suerte de California y Tejas.
La persecucin religiosa se inicia poco despus de la inde-
pendencia, como consecuencia de la instauracin de las institu-
ciones liberales y democrticas, que, como en todos los dems pa-
ses, ha llevado aparejada la guerra a la Iglesia. La persecucin
religiosa se presentaba, al correr de los aos, unas veces con formas
crueles y otras persiguiendo solapadamente sus designios; pero al
subir a la presidencia Plutarco Elias Calles se decidi la destruc-
cin radical y completa de la Religin catlica en Mxico. Pacien-
tes y sumisos hasta entonces, los catlicos tratan de impedir que
se les prive de sus ltimas libertades, y, al efecto, dentro de la

XIV
legalidad y fieles a la ms pura doctrina democrtica, elevan in-
numerables solicitudes, peticiones y protestas a los poderes pbli-
cos, algunas de las cuales iban autorizadas por millones de fir-
mas. Pero todo fue intil. Al fin, cuando se creyeron cargados de
una razn que desde un principio les haba asistido, tras no poco
tiempo perdido en esas ingenuas reclamaciones, decidieron acudir
a las vas de hecho, a esas peligrosas vas de hecho tan censuradas
por los cobardes y prudentes egostas, pero sin las cuales nada
grande se hubiera hecho en el mundo.
Primero fue el "boycot" pacfico a la vida econmica del
pas, restringiendo hasta lo absurdo todos los gastos superfluos e
incluso los necesarios, constituyendo una imponiente manifestacin
de protesta de la inmensa mayora del pas; ms tarde, ante el
desprecio del gobierno tirnico decidieron apelar, por fin, a las
armas.
Lo que fue aquella guerra esperamos que se escribir algn
da, para asombro y ejemplo de las generaciones venideras. De 1926
a 1929, a despecho de los contratiempos y de la carencia de armas
y dinero, a precio de sangre y de herosmos se va organizando un
aguerrido ejrcito, que recibe el ttulo de "Libertador", que lleg
a contar con treinta mil valerosos cruzados, y en nada estuvo
que no lograse derrocar la tirana imperante. De este ejrcito
dice el Obispo de Huejutla: "Por entre los escombros de nuestras!
humeantes ruinas, a lo largo de los inmensos valles sembrados de
cadveres, por entre los escarpados montes de la sierra de An-
huac, en aquellas cavernas donde ha ido siempre a refugiarse la
justicia cuando se ha visto perseguida en las grandes ciudades, se
ve 0or doquier a los soldados de la libertad. Estos no roban, ni
asesinan, ni ultrajan mujeres, ni son carga pesada para el Estado,
ni se compran con dinero, ni se rinden al cansancio, ni se abaten
por la adversidad.
"Estos no son soldados asalariados que combaten por el pan,
sino nobles ciudadanos que luchan por la conquista de un ideal.
Estos hombres plidos y demacrados, hambrientos y cubiertos de
andrajos, que montan endebles caballos y devoran inmensas dis-
tancias, que velan durante la noche, y al amanecer se ven cubier-
tos por el humo del combate, que gimen, que lloran, que saben
sentir las desdichas de la Patria, son los honrados y cultos mejica-
nos que han trocado las delicias del hogar por los azares de la

XV
guerra; que han abandonado mujer, hijos e intereses por servir
a la Patria, y que saben morir valientemente para servir a Dios.
Si el Ejrcito Libertador hubiera sido apoyado por el elemento
acaudalado del pas, si los ricos hubieran cumplido, siquiera en
parte, con su deber, dando a los libertadores unas cuantas monedas,
en muy poco tiempo habran derribado stos a la infame tirana
que nos oprime; pero no, no son los ricos a quienes el pueblo
deber su futura liberacin, ni son ellos los que se han sacrificado
por la Patria: es la clase media, es el pueblo humilde de donde
han surgido los mrtires de la fe. Muchos jvenes, principalmente de
la benemrita A. C. J. M., han cortado su carrera, o bien
renunciado a un brillante porvenir, por irse a engrosar las filas de
la libertad; otros se hallan en el destierro, y muchos han sido
descuartizados por el enemigo de nuestra fe".
Pero esta guerra religiosa, que pudo ser para Mjico tan
fausta y saludable como, segn la Biblia, fue la revuelta de los
Macabeos para Israel, no tuvo los resultados que eran de esperar
por la intervencin, en la lucha, de la poltica, las negociaciones y
las torpes componendas. . . La escuela seguira ignorando a Dios,
la infancia seguira siendo iniciada con miras corruptoras en to-
dos los misterios de la vida sexual; el divorcio continuara desha-
ciendo hogares; en una palabra seguira vigente toda la legisla-
cin antirreligiosa, reconocindose de hecho unas leyes que para
los catlicos no tienen de ley ms que el nombre, a cambio de que
algunos templos continuaran abiertos, no se persiguiera a los sa-
cerdotes y otras nfimas conquistas. . .
Durante dos aos, el modesto statu quo no se vio grandemente
violado. Alguna vez lograban filtrarse en las columnas de la pren-
sa telegramas perdidos, dando la noticia de haber aparecido ase-
sinado un jefe "cristero" a poco de haber regresado a su aldea.
As fueron cayendo varios centenares de jefes del ejrcito liber-
tador, estando indefensos por haber depuesto las armas obedecien-
do. .. ; de tal modo, que el nmero de muertos habidos en tiempo
de paz excedi a l de los que cayeron_en_el campo de batalla.
Deshecha la resistencia catlica, desalentados los cruzados y sin
medios humanos para poder de nuevo levantar cabeza tras el ru-
do golpe que les infligi el "pacto" de 1929, el Gobierno mejicano
ha vuelto a imprimir ritmo acelerado a la poltica antirreligiosa

XVI
y comunista. Pero lo que a juicio de las gentes frivolas era im-
posible, no lo es para los hombres de je. La fe mueve las mon-
taas, y slo pensando en esta fuente inagotable de energas es-
pirituales podemos concebir que los catlicos mejicanos hayan lo-
grado sacar de la nada otro Ejrcito Libertador que, cuando se es-
criben estas pginas, est riendo combates en ms de nueve Es-
tados. ..
El libro, al que las precedentes consideraciones sirven de pr-
logo, no es, como a primera vista parece, una ingenua novela me-
jor o peor escrita y ms o menos inspirada. Son una see de es-
tampas rigurosamente histricas tomadas de la situacin por que
atraves Mjico de 1926 a 1929, y que hoy se estn repitiendo.
Hechos histricos, argumentos y conversaciones que nos dan una
impresin exacta de la situacin de Mxico en aquellos das de
la mentalidad de los recios varones y las esforzadas mujeres me-
jicanas. La doctrina defendida a lo largo de sus pginas es la
misma que sostiene en El Derecho a la Rebelda el Magistral de la
Catedral de Salamanca, Sr. Castro Albarrn. Puede decirse de
H CTOR que es la forma novelada de El Derecho a la Rebelda.
El autor, cuya slida cultura queda bien patente con la lectura de
este libro, se ha visto obligado, por residir en Mjico, a ocultar su
nombre bajo el seudnimo de Jorge Gram.
EUGENIO VEGAS LATAPIE

XVII
Libro Primero

PALOMAS Y MILANOS

M UY TEMPRANO SE HABA LEVANTADO aquella maana doa So-


ledad Martnez de los Ros. Las siete eran apenas, cuando ya
su mano hacendosa haba removido con solicitud los tiestos y ma-
cetas que adornaban el corredor de la casa linda y graciosa
casita mejicana, con perfumes de flores, trinos de aves y alegras
de gracia de Dios. Lavadas estaban ya con agua fresca las
grandes hojas de las plantas favoritas de sombra. Surtidas estaban
ya con dorados granos de alpiste las cazuelitas rojas en las jaulas
de los canarios y zenzontles que, a la verdad, cantaban y gorjea-
ban como locos de atar.
Satisfecha y feliz, en la medida que sus cuarenta aos lo per-
mitan, terminada la faena primera del da, entr la seora en su
alcoba. Despus de enjuagarse ligeramente las manos en una ban-
deja de porcelana, descise el clsico delantal de tela Vichy, de-
jndolo doblado con esmero sobre el respaldo de una silla de be-
juco. Plantse entonces una amplia mantilla de largos flecos de
seda, cogi su bolsoncillo de mano en que sonaban algunas mo-
nedas, puso en l un pauelo limpio, unos anteojos, un grueso li-
bro de oraciones, un rosario de cuentas blancas con cruz y cadena
de plata oxidada, sali de nuevo de la alcoba y, caminando de
puntillas, cruz el corredor con direccin a la puerta de la calle.
Pasando por frente a otra alcoba cuyas maderas estaban an ce-

1
rradas, detvose con cierto gesto de religiosa solemnidad, y mi-
rando con ternura, como si a travs de la puerta adivinara la
figura de un ser querido, hizo hacia ella la seal de la cruz,
murmurando devotamente:

"En el nombre del Padre, del Hijo


y del Espritu Santo; la
Santsima Virgen te cubra
con su santsimo manto.. ."

Sigui caminando de puntillas. Y abieita y traspuesta la puerta


del zagun, ech a andar, calle arriba, por la acera del Instituto
Cientfico, antiguo Convento de Agustinos, que se levanta en el
extremo de la clebre calle de los Gallos.
Era el da 11 de febrero del ao de gracia de 1926. Una ma-
ana esplndida se tenda sobre aquella ciudad de Zacatecas, que
tantos das lluviosos y nublados haba sentido sobre s. Era una
maana luminosa y perfumada, en que el sol y las brisas retozaban
como nios malcriados, levantando las cortinas y colndose por
las puertas entornadas. El crudo invierno de aquellas regiones ele-
vadsimas comenzaba a batirse en retirada, y las avanzadas de la
primavera hacan deliciosas incursiones en la histrica ciudad, an-
tiguo tipo de la vitalidad colonial mejicana, infundiendo antojos
de nobles procreaciones en las entraas de las avecillas de los jardines
y en los botones cerrados de las flores.
La calle estaba an desierta. All, de trecho en trecho, una
criada o un portero levantaban nubes de polvo con la escoba de
popotes largos y gruesos. Ac, a unos cuantos pasos, el viejo por-
tero del Instituto Cientfico barra, a su vez, el enlosado de la
banqueta del plantel. Trabajaba este pobre hombre encorvado
pacientemente como un galeoto resignado, mas apenas vio a la
seora, dej en el suelo la regadera que a la sazn llevaba, y en-
trando unos dos pasos en el zagun del Instituto:
Juanita! Ya estn aqu por ti! grit, y volvi presuroso,
enjugndose las manos, a saludar a la dama que se acercaba. Sali
en seguida, al llamado del viejo, una chiquilla morena. Vena
toda vestida de blanco, y con un velo de punto prendido en el pei-
nado, una vela de cera en una mano y un librito de misa envuelto
en un pauelo limpio, en la otra.
Buenos das, don Pascual dijo amablemente la seora.
Buenos se los d Dios, doa Criolita contest el portero.
Aqu tiene usted a mi hijita, que parece una mosquita en leche...
Dios le d a usted el cielo por la caridad que nos hace.
No es ninguna, don Pascual; alguna tena que ser la ma-
drina de Juanita... Vamos, hijita! Qu dichosa! Quin pu-
diera, como t, volver a hacer la Primera Comunin...! Pero
djame arreglarte estos bucles... Que te veas guapa... As. ..
as! Ahora dime: Dnde dejaste a tu mam?
Tal preguntaba, sin esperar respuesta, la amable dama, mien-
tras con suavidad de madre y distincin de gran seora, le saca-
ba a Juanita los chorritos de pelo que haban quedado aprisiona-
dos entre la coronilla de azahares.
Pues mi mam dijo la chica noms me visti y se fue
corriendo al mercado; dijo que despus se dara una juyidita pa
la iglesia.
ndale, pues hijita... No gusta, don Pascual?
Ay, nia respondi el portero, lindo que est el da para ir
a ver a mi hija; pero ya ve ust, seora: los pobres siempre
jalando el carro...
Hasta luego, pues repuso la seora.
Y empujando suavemente a la chica, sigui con ella calle ade-
lante. Atiavesaron nia y seora el Jardn Morelos y entraron en
la calle del Gorrero, en el centro de la cual se levanta majestuosa-
mente la nueva fbrica del templo del Sagrado Corazn.
Bien frecuentada por cierto se vea aquella calle. Era la gente
piadosa; apresuraba el paso al comps de las campanas que re-
picaban alegres, y arrollaba a los grupos de nios y nias que,
como Juanita, animaban con la nieve de sus vestidos el gris mo-
ntono de aquella decoracin provinciana.
Nia y seora descubrieron al punto que all, a la puerta de la
iglesia, a unos cuantos pasos del vestbulo, se haba formado un
corrillo de mujeres, en el centro del cual se destacaba la flacu-
cha figura de Jacinta Arguelles, beata popular y gacetilla de la
parroquia. Acercndose un poco ms, pudieron or, que entre irri-
tada y miedosa, la Arguelles deca:
S! Ahorita mismo ah estn...! Los muy majaderos lle-
garon con tamaos gritos. La pobre Madre por poco se desma-
ya. .. Infames! Si traigo un coraje... Qu les hacen las madres
teresianas?
Y qu cosa quieren? preguntaba otra devota que se haba
puesto plida.
Qu quieren...? Pues, friolera! replicaba la Arguelles,
que desocupen el colegio en seis horas... Imagnense! Y ah estn.
Son como treinta soldados, con un automvil inmenso de la Jefa-
tura de la Guarnicin. Otros se quedaron en las bocacalles que
dan a la plaza de la Independencia. Gomo si las madres fueran
a hacer resistencia...!
Comenz el corrillo a crecer. Hombres, mujeres y nios escu-
chaban medrosos la historia que la Arguelles traa. Quedaban ya
incorporadas al grupo doa Soledad y Juanita, cuando a la puerta
del Sagrado Corazn apareci la figura de un sacerdote corpu-
lento, revestido de amplia sotana, con roquete de finsima labor,
en la cabeza un bonete con vivos rojos, quien parndose en seco
y levantando los brazos, como quien tiene autoridad, aplac las
tiplisonancias de Jacinta con un grito en tono mayor:
A ver... ! No me gustan ah esas alharacas! Metan a esos
nios y qutense de imprudencias.
Este caonazo bast para que el grupo se disolviera, escurrin-
dose la mayor parte para dentro de la iglesia. Todava Jacinta
Arguelles repiti algunos pormenores a sotto voce, hasta llegar
a la pila del agua bendita. Las dems devotas, entre ellas doa
Soledad, entraban suspirando; algunas pobres nias, entre ellas
Juanita, se conformaban con abrir los ojos desmesuradamente. ..
Era que la tragedia comenzaba de nuevo en aquella ciudad.
Despus de la aprehensin y deportacin del Presidente de la
Juventud Catlica, Licenciado Lpez de Lara, y de la del anciano
abogado Llamas Noriega, la calma de algunas semanas era cierto
que haba sido interrumpida por la encarcelacin del Cura de
Sain Alto, que fue trado a la ciudad, y por la del Cura del Mez-
quital, que fue conducido en vagn blindado hasta la capital de
la Repblica; pero la ofensiva contra el elemento femenino ha-
ca mucho que estaba en suspenso. Las monjas del Colegio Tere-
siano se crean, por tanto, con suficientes garantas en el nuevo
edificio que ocupaban haca cinco aos, despus de haber sido
desposedas por Carranza, en 1914, del edificio tradicional de la
calle de Dos Cruces.
Aquella maana que venimos relatando, la Madre Francisca,
Procuradora del dicho Colegio Teresiano, acompaada de dos her- -
manas religiosas, dispona, en el ancho corredor frontero a la
puerta, una larga mesa cubierta con manteles blanqusimos. Ra-
mitos de siempreverde y claveles rojos de largusimos tallos, se
distribuan simtricamente entre el campo que dejaban libre pla-
tillos chinescos, tazas, vasos, cucharillas, fuentes y jarrones, todo
colocado con gracia y monera verdaderamente teresianas. Ah el
poco avisado estaba expuesto a tropezar con las macizas colum-
nas coronadas con robustos macetones de palmas perennes, que
se erguan a los flancos de la mesa. As se iban los ojos tras las
anchas cintas de seda blanca y azul, que partan de las columnas
para unirse en el centro del cielo raso y caer de ah en chubasco,
revueltas con flores de mano y lindas hojitas de percalina
encarrujada. Y qu decir de aquel boscaje artificial en cuyo
centro, cortejadas por una profusin de flores y guirnaldas, se
destacaban dos estatuas bellsimas: la imagen devota de la Vir-
gen francesa Nuestra Seora de Lourdes, y la figura arrobadora-
mente sencilla de Bernardita, la humilde hija del pueblo, en cu-
yas manos las ocurrentes religiosas haban puesto las insignias de
la Primera Comunin?
Como el lector comprender, estos preparativos se relacionaban
con la fiesta que se celebraba en ese mismo da en la iglesia del
Sagrado Corazn. La Unin Catlica de Sindicatos Obreros ha-
ba organizado la famosa fiesta del espritu para los nios de las
familias obreras. Se haban escogido madrinas entre las distingui-
das damas de la poblacin. Y las ex alumnas del Colegio Tere-
siano haban obtenido de la Superiora del mismo colegio el per-
miso y la cooperacin generosa para servir ah el desayuno de
los cincuenta y tantos chiquillos.
Daba la Madre Francisca los ltimos toques a la bien adere-
zada mesa, y retirndose a unos cuantos pasos echaba una mirada
al conjunto, obteniendo la aprobacin de las dos hermanas, cuan-
do en la puerta del zagun sonaron dos formidables aldabonazos
que las hicieron a todas estremecer.
Caramba! dijo la monja dominando la sorpresa. Qu
furia trae el lechero!
Corra ya una de las hermanas a abrir, cuando nuevos alda-
bonazos, ms fuertes an que los primeros, repercutieron en todo
el edificio, dejando a las tres monjas espantadas. La Madre Fran-
cisca se apresur entonces a llegar al zagun para no dejar sola
a la hermana que haba llegado la primera. La otra hermana se
acerc tambin a la puerta. Corrironse los cerrojos, soltronse las
cadenas, y al entreabrir las tres monjas la pesada puerta, se en-
contraron de manos a boca con un piquete de soldados federales,
armados hasta los dientes, que acabaron de abrir la puerta empu-
jndola furiosamente con las culatas de los fusiles.
Las tres monjas palidecieron.
Ah, a cuatro pasos de distancia, bufaba un monstruoso ca-
min automvil, todo cubierto de cortinas negras, en las que con
grandes letras se lea: "Jefatura de la Guarnicin." Por la parte
descubierta del vehculo asomaban otros cuantos soldados, vestidos
de caqui y forrados de cartucheras.
Un capitn, de rostro oscuro y vulgar, pero bien uniformado
y mejor armado, pregunt sin melindres:
Qain es la Jefa de este establecimiento?
La Madre Francisca era valiente y lista. Comprendi al punto
lo que la escena significaba, y antes que apenar a la Superiora,
prefiri medir sus fuerzas con la escolta.
Aqu estoy yo! dijo. Qu se ofrece?
Por orden superior repuso el capitn, tienen ustedes que
desocupar esta casa en seis horas. . .
La Madre Francisca habase interiormente serenado, pasada la
primera impresin, y se resolvi a plantarse de firme frente a
aquellos atentadores.
Me supongo, seor capitn le dijo, que usted trae la
orden por escrito... Ensemela!
El oficial no se esperaba tal sangre fra, y se sinti un tanto
desconcertado:
Orden escrita. .. orden escrita... no! respondi titubean-
do; pero traigo orden verbal del General Ortuzar.
Ah! Conque orden verbal del General Ortuzar atrevi-
se a replicar la monja, cada vez ms animada; pues le dice us-
ted al General Ortuzar que lo sentimos mucho, pero que... va-
mos!, que no podemos salir de esta casa as como quiera...
Que qu. .. pregunt el militar, arrastrando amenazan-
te la voz.
Espreme: todava no acabo prosigui la monja con una
calma asombrosa. Le dice usted a su General que las mon-
jas teresianas conocemos la Constitucin de la Repblica, y que
nos sabemos de memoria, de cuerito a cuerito, el artculo diez y
seis...
Bueno! concluy, nervioso, el soldadn, pues yo no res-
pondo. Yo le aviso al General a ver qu ordena... Por ahora
aqu les dejo una escolta para que las vigile...
Ocho soldados mal encarados quedaron a la puerta. Los res-
tantes volvieron a subir al camin. El Capitn, algo preocupado,
ocup su lugar al lado del chauffeur, y ya cuando la mquina se
pona en movimiento, volvindose a las monjas, les dice:
El artculo cuntos dijeron?
El artculo diez y seis... ! grit, sonriendo, la Madre
Francisca.
Y una de las hermanitas, curada ya completamente del es-
panto, tuvo humor para decirle todava:
Noms acurdese de ocho y ocho, mi Capitn...!
ste, por su parte, no pudiendo contener sus complejas im-
presiones, se desahoga con el chauffeur, d'ciendo:
Qu monjitas tan valientes...! De buena gana me casa-
ba con una de ellas y me quitaba de bandido...!
Palabras que nadie escuch, porque el carro sali disparado,
armando un escndalo de todos los demonios.

Quedronse las tres monjas frente a la triste realidad de ocho


soldados a cual ms de mal encarados, apostados a la puerta del
colegio. Vease a las claras que aquellos pobrecillos no se sentan
muy a sus anchas. La Madre Francisca les invit cariosamente
a pasar al vestbulo y les seal unos largos bancos para que se
sentaran. .. En seguida, con un paso menudito, se fue a la capi-
lla, hzole desde la puerta una seal a la Superiora, y, salida sta
al corredor, la Madre Francisca le inform de todo.
Turbada qued la Superiora al darse cuenta de los hechos, y
temerosa en sumo grado de la segunda parte de la jornada que se
esperaba. Entre la serie de trastornos que en su fina previsin ya
contemplaba, ocup el primer lugar, por lo menos cronolgico,
el negocio del desayuno de los nios de Primera Comunin.
La Madre Francisca, por su parte, no se daba a las congojas.
En aquellos momentos aciagos en que una partcula de presen-
cia de nimo puede salvar una situacin, ella se senta ya una
Juana de Arco, y no crea faltar a su espritu religioso al mirar
con el rabillo del ojo que debajo de los vuelos de su toca, el n-
gel de la Guarda le estaba prendiendo violentamente los galones
de unas charreteras, bien merecidas por cierto, despus de 3a ac-
cin de guerra en que haba rechazado el asalto de un enemigo
superior en fuerza y en nmero, con slo un disparo del artculo
diez y seis.
No, Reverenda Madre! deca en tono persuasivo a la
Superiora. No hay que tener miedo... Por lo pronto el desayu-
no se hace... No faltaba ms! Ya ver Vuestra Reverencia
cmo estos pedazos de prjimos nos perdonan la broma.. .
Y al ver que con aquel ligero aliento la Madre Superiora res-
piraba, dio la Madre Francisca un brochazo de buen humor a
sus resoluciones, y prosigui:
Por ahora, yo soy la Ministra de la Guerra. Djeme Vues-
tra Reverencia obrar con energa: declaro al colegio en estado de
sitio, suprimo los Poderes civiles, esto es (y aqu hizo una incli-
nacin) , suprimo a la Reverenda Madre Superiora... Y si la Re-
verenda Madre Superiora se resiste, entonces, vamos!, la hago
arrestar, aunque sea en la capilla, y le pongo como guardia de
vista al mismo Sagrado Corazn para que me la tenga bien suje-
ta mientras se le pasa el miedo. .. Porque una Superiora con mie-
do. .. vamos! Dios nos asista. . . !
Tonificse verdaderamente la Superiora al or las ocurrencias-
de Sor Francisca. Tales ocurrencias, sin embargo, no lograban
destruir la realidad viva de aquellos ocho hombres apostados en
el vestbulo mismo del colegio.
No tenga miedo, Reverenda Madre, no tenga miedo! con-
tinuaba Sor Francisca. Es por los soldados...? Ahora se abu-
rren y se marchan a su cuartel... ! Lo que importa es sacar del
aprieto al Padre Martn; se s ha de estar ms muerto que vivo,,
y creer que ya se le ech a perder el desayuno... Pero a l
tambin le voy a dar su zarandeada. .. Djeme Vuestra Reveren-
cia enviarle un recadito.
Corri Sor Francisca a un saln de clases, y sali triunfante con
un papel escrito. Sonri la Superiora despus de leerlo y, sacando
un lpiz del bolsillo, aadi unas palabras al calce.

8
Mientras esto suceda por ac, all, en la iglesia del Sagrado
Corazn, el Padre Martn, a quien vimos en el prtico sosegando
las alharacas de Jacinta Arguelles, haba dicho la misa ms de
carrera que acostumbraba. Suprimi el sermoncito de fervorn
que tena preparado, pues informado de lo que suceda en la
plaza de la Independencia, temi decir alguna frase que compro-
metiera su carcter de hombre humilde y manso de corazn hasta
la pared de enfrente. .. Tal mansedumbre, por cierto, se vio algo
alterada durante la comunin de los nios, en la que el cura
nervioso y espantadizo como se senta, no escatimaba los gritos
de "levanta la cabeza, muchacho. .. !" "saca bien la lengua... !"
"cuidado con esas velas!", a los pobres chicos, chicas y beatas,
que no las tenan todas consigo.
Acababa la misa a todo vapor, y cuando enfadado y sudoroso,
llegaba hasta la enorme mesa de la sacrista, un sacristn le en-
treg el billete de Sor Francisca, que deca:
"Padre Martn: Honrme en comunicar a usted, por orden de
la Reverenda Madre Superiora, que el asalto fue rechazado, que
hicimos ocho prisioneros, y que el desayuno se celebrar, tope
en lo que topare, con toda la solemnidad y pompa que se haba
pensado.
Besa a usted la mano,
SOR FRANCISCA Jefe de la Guarnicin del
Colegio Teresiano".
El Padre Martn sinti que una ola de rubor lo baaba de
pies a cabeza, y contrajo sus labios en una especie de sonrisa
forzada al leer la firma de la monja. Repar entonces en la pos-
data, que deca as:
"Y pida usted a Dios que nos d fuerzas para soportar todo
lo que nos espera.
LA SUPERIORA."
Esta posdata s le mereci un movimiento aprobatorio de ca-
beza y un profundo suspiro, en que iban envueltas estas palabras:
Esta s que se da cuenta de las cosas, no como esa inocente
Madre Francisca...
II

CONSUELITO MADRIGAL

C UANDO EL P ADRE M ARTN levant los ojos del papel, ya a la


puerta de la sacrista le esperaba un grupo de muchachas y de
devotas, entre las cuales, naturalmente, cuchicheaba, frentica, la
Arguelles. Formando contraste con esta beata vulgar, se destaca-
ba entre el grupo una joven de aspecto tan lindo y distinguido,
que cualquier trovador medieval hubirala confundido con la "no-
ble princesa de una isla lejana. . ."
Aquella era la famosa Consuelito Madrigal!
Porque supo el mejicano solar producir para gala de sus hi-
jos, no raros ejemplares de mujeres bellsimas, criadas con todo
el esmero y recato de los proceres coloniales, y con toda la viveza
de la gente prctica de hoy. Mujeres que llevan esculpida en el
alma, como en un camafeo, la inconfundible fisonoma de un
cristianismo limpio e ilustrado, que las impulsa a ver el mundo
cara a cara, sin repulgos ni melindres, sin escndalos parvulescos;
antes con el sereno desplante de quien cree, ama y sabe muy por
encima de lo que sabe, ama y cree la turbamulta de los medio-
cres. Una de esas mujeres era Consuelito Madrigal. Sobre el aire
de distincin y sobre el perfume de virtud en que su cuerpo y su
alma plcidamente se mecan, campeaban, como cfiros, su jovia-
lidad gallarda y radiante y su ilustracin brillante y seriamente
esmerada. Esto bastaba para reconocer su primera magnitud in-
telectual y moral en la constelacin de la gente aristcrata, su
superioridad de criterio y de accin entre el grupo escogido por
la cultura, su influjo infalible sobre la totalidad de la gente buena
y sencilla, y hasta su imperio tirnico sobre la enteca palomilla
de ricos calaveras que solan arrastrarse, tmidos, a sus plantas.

10
Consuelo Madrigal, como las perlas, haba nacido y crecido en
un lecho de lgrimas. Hurfana de madre, fue el llanto del padre
la cancin de cuna que la arrull de nia. Fruto del dolor y here-
dera del amor inmenso que su madre mereciera, puso en Con-
suelo su padre todo el cario, todos los mimos y toda la fortu-
na que su mano y su cerebro de gran mdico le produjeran. El
Pensionado de Maryland, en Nueva York, la abrig algunos aos.
Chicago le brind hermosas temporadas de vacaciones. Y cuan-
do los doce aos de edad hacan de ella la graciosa muequita
que su padre luca en los chalets de Mjico y de Guadalajara,
un nuevo golpe, el ms horrendo, clavaba el postrer dardo en aquel
suave corazn infantil.
Y fue el haberle tocado en suerte asistir a aquella catstrofe
sin segundo que se llam el hundimiento del Titanic... Noche
de horror! Horas de muerte que cambiaron para ella el escena-
rio de la vida. . . ! Todava lo recordaba todo con lgrimas inena-
rrables. . . ! Su padre, la figura de su padre hermoso y bueno, la
sonrisa de su padre imperturbable y sereno, la caricia de su pa-
dre, dulce y suave, el abrazo de su padre heroicamente firme y
sereno, y despus, una fuerza tosca, rpida, despiadada que la
arrancaba de aquellos brazos dulcsimos, porque ella, Consuelo,
deba salvarse y l, su padre, deba hundirse y morir. .. Todo lo
recordaba Consuelo con rara precisin: los alaridos de terror, los
siniestros acordes de una orquesta inverosmil, el chapoteo imper-
turbable de un mar que deba devorar de un bocado el barco
ms grande del mundo. Pero todos esos detalles espeluznantes per-
dan para Consuelo su importancia frente al insistente recuerdo
de la figura de su padre condenado a morir con el numeroso gru-
po de varones desdichados, dejando la salvacin para las muje-
res y dejndola a ella sola, hurfana, desnuda, desamparada en
una insignificante barquilla de salvamento, apretujada entre otras
muchas mujeres horrorizadas en medio de una noche fra y te-
nebrosa, en medio de un mar cruel y despiadado... Despus,
aquella llegada a Nueva York, de donde haba salido tres das
antes bella, rica y llena de ilusiones, las ilusiones de un viaje de
recreo por Europa. Aquellos das desoladores en que ella, la mi-
mada Consuelo Madrigal, haba quedado al cuidado de las So-
ciedades de Beneficencia, mientras llegaba su abnegada ta, nobi-
lsima dama que se arranc de su tranquila vida de provincia para

11
ir a Nueva York y resucitar ante Consuelo la figura y el cora-
zn de la madre desconocida. .. Qu largos y qu inspidos pa-
recironle a Consuelo aquellos meses pasados en Nueva York en
compaa de su ta, frente al ms grande de los dolores! Des-
pus la dama volvi a Mjico, en donde la nia fue internada en
el Colegio Teresiano de Mixcoac, ya de entonces reputado como
uno de los mejores de la Repblica.
La conciencia de su orfandad madur el juicio y la discre-
cin de Consuelo sin privarla de su innata vivacidad y animacin.
Forjado su corazn de oro en aquel supremo pesar, hzola incli-
narse hacia las almas que sufran y simpatizar siempre con la
causa de los dbiles. Y no era esta una de esas simpatas fciles
y baratas que apenas llegan a la beneficencia; era una dedica-
cin seria, inteligente y cultivada, que haca observar las cau-
sas mismas de cada afliccin, y decidirse a combatirlas con un ar-
dor de verdadera santa.
Su amplia cultura la pona al abrigo del ridculo. Habituada
desde su infancia a la vida de las grandes ciudades de Norte
Amrica, saba portar con garbo su piedad y su virtud; e ins-
truida y prctica, con perfecto dominio del ingls y del francs,
a la fecha en que la conocemos, ya era para agigantarse ante
el vulgo todo, y para ser en vano codiciada por un ejrcito de
pretendientes.
Amores? Claro que los tena. Pero eran con el guanajo de
Pepe Sobern, hijo incoloro, inodoro e inspido de don Enrique
Sobern, rico comerciante de ultramarinos y grande aficionado
a operaciones bancarias. No era Pepe Sobern un santo, por ms
que los calaveras superlativos lo beatificaran. Pero el amor de
Consuelo lo tena domado. Ella saba atarle corto, al grado que
por aquellos das, segn decan malas lenguas, lo haba hecho
ir hasta Mjico a consultar un caso de conciencia con el famoso
Padre Rougier.
El amor entre Consuelo y Pepe tena mucho de curioso: Era
un amor cojo. Ella mova la batuta, y l encaramelado y me-
diocre, tascaba con fruicin el dulcsimo freno que le pona la
blanca y suave mano de Consuelo. Y no quiere esto decir que
Consuelo fuera una altanera, no. Ella simplemente tena conciencia
de su propio valer, no soaba sino con un futuro marido cortado

12
a su medida y gusto, y como haban descubierto que entre los de
su rango aristocrtico no los haba de esa talla, haba resuelto ha-
crselo ella misma. Por eso haba tenido misericordia del borrego
muerto de Pepe, a quien encontr tamquam tabula rasa, para
bosquejar en l su marido ideal, y a golpes de hacha y a caricias
de cincel sacar un buen esposo de aquel pedazo de alcornoque.
Pocas eran las cualidades positivas de Sobern. Las negativas, ha-
ba que confesarlo, eran muchas. Entre las positivas se contaba,
sobre todo, un amor al trabajo, a lo mula, y un espritu financiero
admirable, que le daba pie para no echarse mucho a los vicios por
simples razones econmicas. El pap estaba encantado con el hijo
y con la novia. La razn social de "Sobern e Hijo, Ultramarinos
y Operaciones Bancarias" halagaba dulcsimamente su corazn de
padre y sus cajas de financiero.
Un tipo como Pepe, con su base de amor a la casa, su rendida
sumisin a la discreta y perspicaz Consuelo, ya poda con un ligero
retoque y unos cuantos espolazos, transformarse en un marido
juicioso, amigo de su hogar, idolatrador de su santa mujer, acre-
centador de su fortuna y hasta cristiano educador de sus hijos.
Pero todo ese trabajo de hacer un monigote, era lento y di-
latado. Entre tanto, Consuelo saba ocuparse de muchas otras cosas
de provecho y de aplicacin inmediata. Inclinada, como hemos
dicho, a hacer causa comn con los dbiles y habituada a leer
obras de accin femenina, que no faltaban ni en su biblioteca,
ni en la de sus profesoras y amigas, lleg a formar en primera
fila entre ese escuadrn de mujeres mejicanas que acaudilladas
por damas tan de abolengo como la seora Lascurin o la seora
Tamariz, se han entregado denodadamente a la accin social. Puesta
Consuelo en contacto con sus antiguas compaeras de Mix-coac
o de Maryland, frecuentaba con ellas en Mjico los estudios de
alta cultura en el Secretariado Social de la calle de Motolina, y
habase chiflado a tal grado con las prdicas del jesuita Mndez
Medina, que acababa de llegar de Blgica, que haba puesto todo
su orgullo y tesn en dedicarse a la organizacin femenina en el
campo social con toda la seriedad y entusiasmo de una Mara de
Echarri en Espaa, de una Vizcondesa de Velard en Francia, de
una Condesa Patrizzi en Italia.
As es como lleg a encontrarse el mejor da como simple

13
y humilde Secretaria General de una Unin Profesional de Em-
pleadas Catlicas en la ciudad de Zacatecas, ella gran seora,
rica y distinguida. Aquel nombramiento la constitua en vida y
nervio de la floreciente organizacin. Esta organizacin, ramificada
en toda la ciudad, formaba una verdadera fuerza, con todos los
peligros y amenazas que para los gobiernistas de Mjico encerraba
la decisin y destreza femeninas. Aquello era de verse: desde las
mecangrafas del mismo Palacio de Gobierno, hasta las ltimas
sirvientas de las familias ms modestas, todas ostentaban con or-
gullo el distintivo de la Unin Profesional, y se contoneaban sa-
tisfechas en las barbas mismas de los muncipes radicales, pues se
sentan vivificadas y respaldadas por seis mil y tantas mujeres, todas
identificadas con la Unin, y sumisas a Consuelo la "muchacha
a quien nadie se la pegaba" hasta el fanatismo.
Esto basta para que el lector sepa quin era la joven que entre
un puado de devotas esperaba aquella maana al Padre Martn.
Llena de gentileza y donaire se vea al punto la figura de
la famosa muchacha. Los rayos oblicuos de una luz clara que
se colaba por las vitrinas de la sacrista, acariciaban el valo de
su linda faz, matndose deleitosos entre las sombras seductoras
de sus ojazos negros, en los que se acurrucaba una brillante y
traviesa pupila penetrante como estoque finsimo, protegida por
el manojillo de flechas de sus pestaas. Un chai de seda como
un manto griego caa sobre el alabastro de su frente, dejando
asomar el encanto escondido de unos ricillos indiscretos. Breve
y sencillo el escote, dejaba lucir una medalla de oro pendiente
de cadena del mismo metal, que reposaba dulcemente sobre el
pecho desnudo. Y del busto henchido abajo, los sencillos pliegues
de un vestido escocs, disimulados por el abrigo oscuro con cuello
y puos de astracn. Guapa era la chica. Ya lo haban dicho y
repetido griegos y troyanos, cada una de las miles de veces en que
se ponan como lelos a contemplarla de pies a cabeza.

No bien hubo el Padre Martn apercibdose de la audiencia


que se le peda, tembl como un azogado; pero haciendo de
tripas corazn y para desembarazarse de una vez por todas de
aquel compromiso, sali al encuentro de Consuelo que se acer-

14
caba, y antes de que ella moviera sus labios, entregle el recado
de la Madre Francisca, aadiendo ex abrupto:
Y le dice usted a la Madre Superiora que me dispense mu-
cho, pero que no puedo acompaarlas al desayuno...
Dijo, y no habl ms ni permiti que le hablaran. Corriendo se
retir de Consuelo y corriendo se acerc a un clavijero. Psose
un abrigo corto, levantse bajo l la sotana, cogi su sombrero
de burgus y, sin volver siquiera la cabeza, se escabull de la
sacrista por la puerta ms cercana, dejando a Consuelo y a sus
asistentes con un palmo de narices.. .
Consuelito sonri, y se puso a leer el recado.
Bien por la Madre Francisca exclam; y dirigindose a las
devotas aadi-: Vamos a ordenar a los nios para ir al Co-
legio Teresiano...
Pero ah... interrumpi meticulosamente la Arguelles.
-Ya lo s que ah... contest Consuelo. Y precisamente
por eso, ah tambin estaremos nosotros. Adelante!
Dos golpecitos de castauela sonaron en la iglesia. Con mo-
vimiento uniforme, casi militar, los chiquillos se pusieron de pie,
se arrodillaron, se signaron, dieron media vuelta y en correcta for-
macin salieron del templo, tomando el rumbo de la calle de
Independencia.
Consuelo Madrigal se les adelant y lleg antes que ellos al
Colegio, seguida muy de cerca por dos o tres de sus mejores par-
tidarias.
Consuelo sinti un interior sentimiento de indignacin al mirar
a los soldados en el vestbulo. Pero logr mostrar la mayor indi-
ferencia. Apenas haba traspuesto los canceles interiores, ya le
sala al encuentro, volando, la Madre Francisca.
Ya contaba con que usted haba de venir dijo, abriendo a
Consuelo los brazos.
Viva la Madre Francisca! contest Consuelito abrazndola
con todas sus fuerzas.
No haba tiempo que perder. Aquel abrazo no era otra cosa
que el pblico compromiso de solidaridad ante un porvenir des-
conocido, pero cargado de temores. Consuelo volvi en seguida
a la puerta para hacer entrar a los nios, que instintivamente

15
se haban detenido al mirar un raro aparato de fuerza en tan
pacfico lugar. Una vez colocados los nios y encomendado el
servicio de las mesas a algunas ex alumnas, Consuelo, Sor Fran-
cisca y la Madre Superiora se retiraron a un aposento a ponerse
de acuerdo sobre el medio prctico de demostrar una vez ms al
mundo entero, pues en muchos casos las mujeres tienen ms asa-
duras que los hombres...

16
III

LOS VNDALOS

E N LA ANTIGUA C ASA SEORIAL de los seores de X..., ya no se


ven las altas puertas claveteadas con bronce, ni el patio anchu-
roso de baldosas blancas, ni los amplios ventanales con pesadas
cortinas, ni las salas espaciosas con alfombras de Oriente, ni cua-
dros al leo, ni espejos murales, ni araas doradas con candelabros
de plata y cristal...
Por la puerta de servicio, ancha y alta, ya no pasa el majes-
tuoso land con el monograma de oro en las portezuelas, tirado
por magnficos corceles temblorosos y potentes, enjaezados a todo
lujo, tascando el freno entre blanqusima espuma, alta y empena-
chada la frente, trmula el anca, apenas acariciada por el fuete
del cochero. Tampoco salen ya por aquella puerta los grandes ca-
rros recogedores de metal, tirados por ocho o doce muas, aturdiendo
con su ruido de chirrido de palancas sobre la frrea llanta, con
restallidos de ltigos sobre las orejas de las bestias, y con gritos e
interjecciones de los carreros de ancho sombrero y angosto calzn.
En los despachos y oficinas ya no se ve la clsica rejilla do-
rada para el servicio de los cajeros, ni los enormes libros rayados
en rojo y azul, con modelos de caligrafa en los encabezados y
batallones de guarismos en las columnas. No est ya en su rincn
la monumental caja Mosler con sus letras doradas, su paisajillo
iluminado, sus clavijones de acero relumbroso, sus talegas de plata,
sus cartuchos de oro y sus fajos de billetes y papeles de crdito.
Ya no est el gran calendario exfoliador que sealaba los das de
vencimientos, ni el reloj de viejo nogal que marcaba las horas de
los pagos.
Han desaparecido los altos estantes con cajoncillos paralelos,
todos sealados con letras del alfabeto. No estn ya aquellos an-

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canos respetables clavados de codos sobre el pupitre lleno de cartas
y facturas, ni aquellos muchachos atildados, en mangas de camisa,
con corbata de seda, bien limpios, bien pulcros, abriendo y cerrando
libros, contando y recontando dinero, pagando cuentas, rayas y
salarios a los jefes de departamento de los poderosos estableci-
mientos mineros de Le Jeune y Compaa, que se tendan a los
flancos del Cerro de la Bufa.
En las cmaras del interior ya no se encuentran las monas
estancias de las nias y de la seora, ni los cristaleros del come-
dor, ni los ajuares en raso, ni el Steinway de la sala de honor,
ni en las alcobas los lechos con cubiertas tejidas por mano de prin-
cesa, ni el gracioso oratorio con su altarcito de cedro y su taber-
nculo de bronce reluciente.
Y dnde estn los ricos macetones y tibores que adornaban
vestbulos y corredores, sobre banquillos japoneses, con lienzos cua-
drados de filigrana bordada en las bases? Ni cantan ya canarios
y zenzontles, gorriones y chirinos en sus jaulas doradas, en donde
reluca el rojo del alpiste molido con chile y el verde de las peque-
as hojas de lechuga clavadas entre las verjas.
Ya ni palmas en los patios, ni dulzura en las estancias, ni ri-
queza en las oficinas, ni reservas en los graneros, ni palomas, ni
aves finas, ni caballos en los corrales... Nada! Nada!
Los miserables potentados sintieron el zarpazo de la revolu-
cin. Barrido el cientificismo del tiempo de don Porfirio Daz, ha-
ban ellos cedido en su egosmo y amolddose a regaadientes al
nuevo estado de cosas surgido con don Francisco I. Madero. Los
negocios haban logrado perdurar en su antigua bonanza, el pueblo
que trabajaba en las minas ganaba ms, el aire se respiraba con
delicia, pues crecan las finanzas y hasta la libertad cvica hizo al-
gunas evoluciones sobre el cielo poltico, al grado que el voto po-
pular haba hecho subir al poder en el Estado de Zacatecas, al
seor don Rafael Ceniceros y Villarreal, el bravo polemista, el
atildado escritor, el poeta de inspiracin genuinamente cristiana,
el luchador incansable, el catlico ntegro, de una sola pieza, que
supo ser gobernante ejemplar, confirmndose, una vez ms, aque-
lla palabra divina: "la piedad es til para todo".
Pero asesinado Madero y renovada la revolucin por Carran-
za en 1918, y desconocido ste por el famoso Pancho Villa, fue
puesto aquel terruo a merced de las ambiciones de ambos con-

18
tendientes. Hoy entraba Villa a la ciudad exprimiendo hasta el
ltimo centavo a sus habitantes. Al da siguiente llegaban las hor-
das de Obregn, a nombre de Carranza, con la orden de ahorcar a
cuantos haban sido robados por Villa. Y los pobres ciudadanos
estaban condenados a las maltratadas de unos y a los coscorrones
de otros. De esta manera, confianza, finanzas, tranquilidad, liber-
tad, ganas de trabajar, espritu de progreso, volaron para siempre.
El da menos nebuloso el potentado malbarat su rico mobiliario
ingls, empac a su mujer y a sus hijos, sacudi el polvo de su
calzado, y sali disparado como bala hasta Pars a comerse des-
pacio su fortuna en el primer departamento que encontr libre en
Avenue Marceau, mientras que en Mjico seguan los hombres
hacindose pedazos... La gran casa qued sola, al cuidado de unos
porteros. Pasaron stos ah algunos meses, hasta que un da las
tropas de Obregn llegaban triunfantes a Zacatecas. A un soldado
se le ocurri entrar a caballo hasta el patio, a otro se le ocurri
seguir a su compaero, tras stos se metieron otros, luego un capitn.
ste, viendo la amplitud de la casa, orden echar pie a tierra, y
as fue cmo el palacio amaneci convertido en cuartel por obra y
gracia del que se llam Ejrcito Constitucionalista.
Bajo las grandes arcadas se aposentaron los soldados de la
revolucin que pasaban el da sentados o tirados en el suelo, aca-
riciados por sus mujeres, con las carabinas y las cartucheras al
alcance de la mano. Las salas interiores de los altos, las de la
planta baja, todas quedaron convertidas en viles cuadras, cubiertas
de estircol nauseabundo y de montones de paja. Puertas, venta-
nas, marcos y cristales desaparecieron, y por las rejas de hierro de
los balcones las bestias asomaban los hocicos y se rascaban las abier-
tas narices frotndolas contra las varillas emplomadas y plateadas.
En los patios, arrancadas las baldosas, las mujeres del ejrcito de
miserables inconscientes ponan rsticos braserillos con el comal
de barro para las tortillas de maz amasado. La madera de puertas
y ventanas, de arbolillos y de pabellones fue cayendo poco a poco
en las hogueras, convirtindose as en lbrego y tiznado casern
lo que haba sido palacio suntuoso y bien timbrado. Y no era cosa
de extraarse, que igual suerte haban corrido otras mansiones de
la misma ciudad, y el mismo caso se repeta en todas las ciudades
de la repblica.
Tal aspecto y fisonoma conserv sustancialmente el antiguo

19
palacio a pesar de que la revolucin carrancista haba sentado
sus reales en el Gobierno y perduraba en l por medio de Obregn
y de Galles. La nica reforma progresista de notarse era la ins-
talacin de dos o tres cuartos de oficinas, pues aquellos revolucio-
narios bolcheviques haban pasado a ser nada menos que el Ejr-
cito de la Federacin. Es evidente que con el continuo zarandeo
en las diversas fases de la revolucin, haban quedado eliminados
por completo de tal nuevo ejrcito todos los elementos dignos del
clsico antiguo Ejrcito Nacional, cuyos oficiales y generales, bra-
vos y pundonorosos, se consuman en el ostracismo en Yanquilandia
o se batan como leones en las trincheras francesas durante la Gran
Guerra. No era, pues, ya el ejrcito en Mjico, la digna organiza-
cin militar formada en el pundonor y en el valor, y dedicada a la
custodia de las instituciones vitales del pas, y en ellas, del alma
misma de la patria. Sino que era un conglomerado de gente humil-
de, famlica, inconsciente, reclutada por Carranza con la promesa
de reparto de tierras de sembradura y amarrada despus al inters
de dos pesos diarios de haberes, sin otro quehacer que emborracharse
en tiempo de paz y hacerse matar en tiempo de guerra, gente
la ms digna de compasin, sujeta en arbitraria disciplina a un
grupo de oficiales, hombres incorporados a la caterva revolucio-
naria ya por convicciones socialistas, ya por conservar su impu-
nidad en graves delitos, ya las ms veces por intereses materiales
que quedaban garantizados con los galones y entorchados, ttulos
ptimos para abrir gruesos chorros en las fuentes del Erario Na-
cional.
Entre el manpulo de caudillejos sobresalan los famosos gene-
rales, naturalmente generales de la revolucin, perfectamente iden-
tificados y comprometidos con ella, quienes, si no eran todos fa-
mosos por su analfabetismo, s lo eran, casi en- su totalidad, por
la bajeza de su vida pblica y privada.
Esta horrible mquina humana, llamada Ejrcito, cuya peri-
feria de bayonetas sealaba el contacto con el genuino apacible
pueblo mejicano, base concentrando en forma piramidal, al tra-
vs de sus soldados brutales, de sus oficiales lperos e insolentes,
de sus generales tcnicos en el peculado y en la carnalidad, y pa-
sando por las barbas mismas del Ministro de la Guerra, venan
a juntarse, como en un vrtice, en las manos de carne y hueso

20
de un hombre nico: el Presidente Revolucionario de la Repblica
Mejicana: Galles!
En contrapeso de esta fuerza fsica omnmoda no se encon-
traba ninguna otra en todo lo ancho y en todo lo largo de la
repblica. Ni los municipios, ni las provincias, ni los particulares
contaban con fuerza alguna. Y si anuladas estaban todas las fuer-
zas fsicas, qu podan valer las restantes fuerzas polticas? El
Poder Judicial, el Poder Legislativo, no eran sino fantoches, que
fabricados por el mismo Presidente, con evidentes atropellos al
sufragio popular, hablaban o callaban, juzgaban y sentenciaban o
absolvan conforme a la ms ligera seal de aquel hombre que tena
el gesto amenazador y la mano apoyada en la palanca que mova
a todas las fieras armadas de la repblica.
Aquel da, 11 de febrero de 1926, el casern convertido en
cuartel de la Jefatura de Operaciones, no presentaba nada anor-
mal. A la puerta, el centinela, con las polainas desabrochadas y
la camisa asomndole bajo el chaquetn, se entretena en espan-
tar con la culata del rifle un perrillo hambriento que hurgaba
en un cajn de basura. Adentro, algunos soldados barran y re-
gaban, otros, envueltos en recios sarapes fumaban cigarrillos de
hoja de maz, sentados en cuclillas por los rincones. En la ofi-
cina, un oficial vestido de civil, con el chaleco desabotonado bajo
el cual asomaba el ancho cinto repleto de cartuchos de pistola,
con la cabeza de cabellos alborotados, los ojos inyectados por las
frecuentes correras nocturnas, paseaba lentamente, con las ma-
nos en los bolsilos del pantaln, tiritando, y dando grandes bos-
tezos. Seis sillas, una mesa con un tintero, una cajilla larga con
pluma y lpices, otra mesa con una mquina de escribir Oliver,
un aparato telefnico de pared, un perchero con un sombrero te-
jano y una cartuchera colgada, eran todo el mobiliario de la oficina
de aquella Jefatura de Operaciones Militares.
Las nueve de la maana seran, cuando a la puerta de la Je-
fatura llegaron dos individuos. Entraba uno de ellos sacudien-
do a golpes en el suelo el lodo que se haban adherido a la suela
de sus botas fuertes. Vesta uniforme de caqui fino y bien cortado,
cruzado llevaba el pecho por fino cintillo de cuero, del que penda
rica pistola pavonada; de sus hombros caa gruesa pelerina verde
oscuro, que le cubra el cuerpo todo hasta las rodillas. Su rostro,
no muy moreno, era ensombrecido por unos ojos torvos, como de

21
hombre desconfiado, un ceo arrugado y el ancha ala de un som-
brero tejano con toquilla de cerdas trenzadas.
Era el famoso general Ortuzar, cuyo solo nombre causaba pa-
vor a toda la gente honrada. Delgado, firme de carnes, frisaba
por los treinta aos, aunque los trazos de su rostro lo abonaban
como viejo conocedor de las infinitas peripecias ntimas de la vida...
Un extrao personaje le acompaaba. Casi un caballero, al
parecer, bien trajeado, pues bajo el grueso y amplio abrigo mos-
traba buen pantaln y mejor calzado. Un diente de oro le relum-
braba entre los enormes y chuecos que natura le diera. El rostro
cuadrado por fuerza de mandbulas muy pronunciadas, perfecta-
mente bien rasurado, verdeaba entre las volutas de humo que lan-
zaba su grueso cigarro de El Buen Tono. Nadie lo conoca por
aquellos barrios. Haba llegado desconocido caballero la noche an-
terior por el tren del Sur, haba dejado su maleta en el viejo
Hotel de la Plaza, saliendo en seguida, haba buscado y encontrado
al General Ortuzar en una casa de cuyo nombre no quiero acor-
darme; cenaron despus juntos ambos personajes en el Hotel Fran-
cia, dieron una vuelta por la Jefatura de Operaciones y se sepa-
raron muy avanzada ya la noche, quedando citados para el da si-
guiente en que les hemos encontrado nosotros.
Entrado que hubieron al cuartel los dos individuos, al parecer
sin que les importara un bledo ni al centinela ni al oficial despei-
nado y sooliento, el personaje misterioso, con la mayor naturali-
dad del mundo arrastr una silla, psola al lado de la mesa, sentse
con desenfado, cruz la flaca y larga pierna y se puso a hojear una
de las revistas ilustradas con retratos de coristas, echando mientras
tanto por la boca, horribles bocanadas de humo.
Mientras as mataba el tiempo este tipo, el general Ortuzar
se aperson con el oficial de las mechas en desorden y del cha-
leco abierto como hembra fecunda, y le pregunt en seco:
No ha venido Garavantes?
Levant el interpelado los hombros, carraspe, escupi dispa-
rando el salivazo hasta medio zagun, y respondi con voz ronca
y aguardentosa:
Pos quin sabe...
Y pasando la pregunta al centinela, le grita:
Epa, centinela! Que si no ha venido Garavantes?

22
El centinela cogi el rifle por las correas, y entrando unos pa-
sos al zagun, contest a su vez:
S: vino con la escolta; pero volvi a salir. Dijo que iba a
almorzar menudo con la Chata.
Pues daca 1'arma y vele a hablar. Dle que lo llama el Jefe.
Cercana estaba sin duda la fonda de la famosa Chata, pues
cinco minutos despus ya estaba de vuelta el soldado y recoga
el fusil para continuar su graciosa guardia. Y algunos minutos
despus llegaba el Capitn Caravantes limpindose todava el chile
colorado de los labios con un enorme pauelo de seda azul. El
lector reconocer en este militar al que espant a las monjas tere-
sianas en la maana de aquel mismo da.
No bien se hubo presentado en la oficina, haciendo con garbo
el saludo militar, cuando el General Ortuzar le espet el ms ama-
ble de sus saludos:
-En dnde diablos te has metido? Qu cuentas rindes de
tu comisin?
Refiri aqu el Capitn, bien deformada por cierto, la esce-
na con la Madre Francisca, tratando de atenuar los puntos para
l penosos, y acentuando los que significaban alarde de fuerza.
Me present dijo pedantemente al frente de una es-
colta de treinta hombre del Dieciocho Batalln e intim la orden
verbal a las monjas jefes del establecimiento.
El de las mandbulas cuadradas dej la revista y prest aten-
cin al parte del Capitn. ste prosigui:
Dijeron que iban a dar rdenes a sus subalternas para deso-
cupar inmediatamente el edificio; pero que le rogaban a usted, mi
General, que les alargara el plazo, en premio de que reconocen y
acatan la Constitucin de la Repblica. Por mientras dej apostado
un piquete de ocho soldados con la consigna de vigilarlas estre-
chamente.
Lisonje al General y al otro lo de la sumisin y el amor,
que, al decir de Caravantes, profesaban las monjas a la Cons-
titucin de la Repblica. El General se sinti bondadoso en aque-
llos momentos.
Y cunto piden de plazo? pregunt a Caravantes.
Veinticuatro horas! contest ste, ya echado de cabeza so-
bre su sarta de mentiras.

23
El General se crey magnnimo, cogi la bocina telefnica, y
comunicado con el Colegio Teresiano, habl lo siguiente:
De la Jefatura de Operaciones, con el General Ortuzar.. .
Diga a la Directora que est bien: que se le conceden las veinti-
cuatro horas que piden, en vista de su respeto a la Constitucin
de la Repblica.
Colg el audfono el General y encenda tranquilamente su ci-
garro, cuando el aparato telefnico lanz un nuevo timbrazo vi-
goroso. Ech carrera el General, cogi de nuevo la bocina y se
puso al habla:
Listo!

S! El General Ortuzar en persona.


Mantvose un buen rato el General con el audfono en el
odo, escuchando atentamente una voz de mujer enrgica y bien
timbrada. De pronto, amarillo de clera, grit sobre el aparato
estas palabras:
Bueno; pues se atendrn a todas las consecuencias!
Colg con rabia el audfono, y volvindose rpidamente peg
un grito que hizo estremecer al petimetre desconocido:
Caravantes! Qu fue lo que te dijeron esas monjas tiz-
nadas, y qu me vienes a m con tus pellejadas?
Palideci el oficialillo al verse descubierto, y a fin de no dar
la ms ligera sospecha de clericalismo, opt por acabar de embra-
vecer al General, confirmando y ponderando las bravatas de la
Madre Francisca.
Pues s gru Caravantes. Me dijeron que las fuera us-
ted a sacar, si era tan hombre; que ellas estaban respaldadas por
el artculo ochenta y ocho de la Constitucin.
Mentiras! interrumpi el General. Te dijeron que el
artculo diez y seis!
S! Tambin el diez y seis, pues me refirieron muchos ar-
tculos.
Lanz el General una carcajada maligna, como el visaje de la
fiera que pregusta una vctima. En seguida, mordindose los labios
de rabia, dijo a Caravantes:
Agarra inmediatamente un piquete de cincuenta hombres y
que ocupen inmediatamente ese convento. Si las monjas no quie-

24
ren salir, tanto mejor para ustedes. . . All voy yo despus a ver si
vale la pena acompaarlos...
Despeg entonces por vez primera los labios el civil del diente
de oro.
General dijo reposadamente: yo creo que no ser por
dems esperar unas horas y ver ese artculo de la Constitucin
de la Repblica. Esas monjas son muy ledas y escribidas y son muy
capaces de meternos en un enredo a usted con el Presidente Calles
y a m con el Ministro de la Gobernacin.
Comprendi el Jefe de las Armas el razonamiento del adve-
nedizo y, asomndose al patio, grit de nuevo:
Caravantes! Esprate tantito. Ve primero a la oficina del
Pagador y trete la Constitucin.
Volvi en seguida el Capitn con un libro encarnado.
A ver! dijo el del diente de oro.
Mas apenas vio la cubierta, lo dej sobre la mesa, diciendo con
asomo de disgusto:
Pero si esto no es la Constitucin de la Repblica; es el
Manual del Oficial Reservista, del tiempo de don Porfirio:
Pues no hay ah otro libro dijo disculpndose el Capitn.
Telefonea, pues, a la Biblioteca, a una librera, a donde se te
ocurra y consigete esa Constitucin.
Psose al telfono el Capitn. Habl a la casa del General.
Qu Constitucin ni qu cohetes haba de encontrar ah! Habl
a la del Pagador, y nada. A un maestro de escuela, y tampoco.
Habl, por fin, con el Director del Instituto Cientfico, quien le
dijo que el nico que la poda tener era el Padre Mrquez, por-
que era muy estudioso, y hasta la haba citado en una conferencia
que haba dado en el Colegio Margil. El Director fue ms all de
los simples informes: se comprometi a conseguirla l mismo y a
mandrsela luego al General. Y as fue, pues antes de un cuarto de
hora llegaba al cuartel un jovencito con una tarjeta del Director
del Instituto y un pequeo libro encuadernado en percalina roja,
en cuya portada, adornada con el guila mejicana y el gorro frigio
de la libertad, se lea: "Constitucin Poltica de los Estados Unidos
[Link].5 de febrero de 1917". En la primera p-
gina, en blanco, llevaba un sello que deca: "Biblioteca particular
del Presbtero Daniel Mrquez".
Como por un resorte movidos, los cuatro personajes, a saber:

25
el General, el del diente de oro, el Capitn Garavantes y el oficial
desgreado, se aprestaron en grupo para mirar aquel animal raro
de librito.
Tenanlo en sus manos el General, y voltebale las hojas el ad-
venedizo, murmurando:
A ver el artculo diez y seis.
Y con cierto aplomo de jurisconsulto se atrevi a aadir...
Debe ser el artculo que habla de la propiedad. ..
Aqu est! dijeron a un tiempo Ortuzar y Garavantes.
Y clavando los ojos en el texto, sobre el cual tambin se haba
precipitado el fuereo, mientras el mechudo se contentaba con cla-
var los suyos torvos en los tres lectores, ley cada quien para s
lo siguiente:
"Artculo 16. Nadie puede ser molestado en su persona, fami-
lia, domicilio, papeles o posesiones, sino en virtud de mandamiento
escrito de la autoridad competente, que funde y motive la causa le-
gal del procedimiento. No podr librarse ninguna orden de apre-
hensin o detencin..."
Pero mire noms exclam el General Ortuzar, cerrando de
golpe el libro. Qu monjas tan leguleyas! Y qu le parece
prosigui, dirigindose al del diente de oro si les echamos el
caballo encima?
Pues por m respondi ste frunciendo la boca y levantan-
do los hombros; por m no hay cuidado, y por Gobernacin
tampoco. El Ministro fue bastante explcito con nosotros: "Uste-
des tienen a su disposicin la fuerza armada; al cabo, el Presidente
Calles no se para en pintas". Esas fueron sus palabras. Lo de me-
nos sera sacarle una boleta firmada al Juez de Distrito; pero,
para qu vamos a andamos por las ramas, cuando usted, General,
puede firmar una orden, aunque no sea Juez?
Pues de veras, hombre! respondi Ortuzar. As nadie
har aspavientos con lo de la ilegalidad del procedimiento... A
ver, Caravantes! Escrbete ah una orden que te llene el ojo.
Sentse Caravantes a la mquina Oliver, y con rapidez, aunque
no con ortografa, comenz a escribir:
"A la ciudadana Jefe del convento clerical llamado Colegio Te-
[Link] orden del Gobierno del Centro, se da a
usted orden para que sin excusa ni pretexto desocupen inmedia-
tamente el edificio que..."

26
General! grit Caravantes sin despegar los ojos del tecla-
do. Qu motivos les alegamos?
-Pues ponles que estn violando las leyes respondi ste.
Y que estn corrompiendo a la niez aadi el petimetre.
Y que se deben quitar de monjas y darse de alta en el Estado
Mayor aadi maliciosamente Caravantes mientras escriba.
Lanz una carcajada de lpero el General, coronando con stas
las palabras del mecangrafo:
Pues ndale: te firmar otra ordencita...
Termin el Capitn la infame escritura, psole a ella y al du-
plicado el vistoso sello de la Jefatura de Operaciones Militares,
leyla y aprobla el desgraciado pisaverde, firmla el General Or-
tuzar, cogila de nuevo Caravantes, la dobl y la guard en una
libreta que llevaba en el bolsillo del pecho, y ya sala dando zan-
cadas a reunir la escolta, cuando el General lo detuvo.
Pero t eres muy enamorado le dijo. A ti te enternecen
las monjas. Voy a mandar mejor a Tllez, que es muy bruto. Ese
s me limpia el convento en cinco minutos.
No es verdad, Coronel?
Sonri a estas palabras, como un idiota, el oficial de la cabeza
mechuda. El era el Coronel Pedro Tllez, por mal nombre Pelotes,
quien enorgullecido hasta el entrecejo por el elogio que mereca
del General, dijo en su tono gangoso y arrastrando estas nicas pa-
labras que lo retrataron de cuerpo entero:
Pos zas!, pues.
Unos cuantos minutos despus, una columna de cincuenta hom-
bres medianamente disciplinados, pero, eso s, bien armados, se
alineaban en uno de los patios de la Jefatura.
Marchen! orden un sargento.
El Coronel Tllez los esperaba a la puerta. Salidos los solda-
dos. Tllez carraspe, escupi a distancia, y echando pesadamente
un salto de la banqueta abajo, trote un poco hasta emparejarse
con la columna.
Una ancianita que a la puerta de una casa esperaba una limos-
na, al ver la amenazadora fuerza armada, se santigu diciendo:
Vlgame el Santo Nio de Plateros! Qu irn a hacer
esos indinos? Dios nos tenga de su mano; porque lo que es ese
cascorvo malfajado no me da buena espina...
Los soldados se alejaron y la calle volvi a quedar desierta.

27
IV

EN LA TORMENTA

A QUELLA CONFERENCIA RPIDA y concreta fue una verdadera junta


de campaa frente al enemigo. Consuelito y Sor Francisca estaban
perfectamente de acuerdo: el Colegio estaba enteramente a
merced de la fuerza armada. Aunque podan moverse algunos
resortes diplomticos al menos para retardar el atropello, no de-
ba, sin embargo, confiarse mucho en ellos. Era preciso tomar
inmediatas providencias para disminuir los daos y perjuicios de
un lanzamiento despiadado y perentorio que se vena encima irre-
misiblemente. Ante todo urga obtener dos cosas: evitar aspavien-
tos prertiaturos que malograran los trabajos de salvamento y mos-
trarse serenas y valientes desde el primer momento hasta el ltimo.
Con este fin, la Madre Superiora llam a la Profesora de pr-
vulos, monjita joven y vivaracha como unas castauelas, y despus
de exponerle en tres palabras toda la sustancia de la situacin, le
dio sus rdenes en la siguiente forma:
Usted, hermana, se encarga de animar la fiesta como si
nada pasara. Distraiga lo mejor que pueda a todos los invitados.
Nosotras nos entenderemos con lo dems. Vaya con Dios.
Tras la madrecita salieron las conferenciantes. Seria y plida la
Superiora, discretamente sonriente aunque evidentemente preocu-
pada Gonsuelito. Slo la Madre Francisca sonrea tan campante
como si estuviera en un lecho de rosas.
La Superiora fue a mezclarse con los de la fiesta, sonriendo
de dientes afuera y mirando de soslayo ya a los genzaros de la
puerta, ya a Consuelito y Sor Francisca, que hacan por los sa-
lones un sospechoso recorrido.
Estas, en efecto, estaban en plena actividad.

28
-No hay tiempo que perder dijo Consuelito a su compa-
era. Urge aqu en el despacho una hermana que no se despegue
del telfono. Djeme combinar mi plan. Espere.
Consuelito se sent y llam suavemente al telfono.
Angelita? Eres t... ? Ah! Ya me conociste?
La voz de Consuelo temblaba ligeramente. Su acento revela-
ba la interna lucha de sus temores femeninos y la discreta fir-
meza y serenidad que haba escogido como norma. Sor Francisca
entornaba la puerta para aislarse del bullicio exterior. Consuelo
continu con acento de congoja reprimida:
Angelita, estamos en un apuro grandecito, me vas enten-
diendo? Estn ah puras de confianza. .. ? Bueno. Ya lo sabes
todo, verdad? Lo que te ruego es que nos tengas al tanto de to-
do lo que se hable. Aqu dejo a una hermanita con el audfono en
el odo, para que ya no tengas ni que llamar. .. Ahora dame,
por favor, el telfono de la A.C.J.M.
Consuelito esper un poco. El telfono pedido respondi:
Guillermo Lpez, con quin?
Consuelo Madrigal, del Colegio Teresiano.
Ah, Consuelito! A las rdenes! Ya voy para all!
Mire, Guillermo; necesito que mande seis muchachos, pero
buenos y resueltos a todo.
Voy yo mismo con ellos.
No, usted no venga. Usted debe quedarse ah.
Pero cmo me he de quedar yo aqu?
Se queda y muy se queda respondi Consuelo con auto-
ridad. As entra en nuestros planes.
Muy bien, Consuelo. Me quedo. Y los muchachos "ahorita"
van.
Mire interrumpi Consuelito antes de que se quitara la
conexin: les dice que no vengan por el zagun, que se metan
por casa de las Araiza. Y que los necesito para comisiones urgentes.
Terminado el dilogo telefnico, comunicse el Presidente con
otro nmero de la misma Juventud Catlica. El distinguido joven,
cuyo rostro presentaba el detalle chic de una barbilla a la fran-
cesa, tena en su mano un cuaderno directorio de los muchachos
de aquel Centro Local. Mientras el telfono pedido responda, el
Presidente recorra las listas en que los jvenes, sus subditos, esta-
ban clasificados por sus aptitudes, de acuerdo con los siguientes

29
encabezados: Oradores, Escritores, Cmicos, Ciclistas, Chauffeurs,
Detectives, Reprters, Propaganda, De Rompe y Rasga, A cual-
quiera Hora, Comisiones Urgentes, Mecangrafos, Viajeros, etc.
Apenas hubo contestado el telfono, pregunt:
Est ah Leonardo... ? Que tome la bocina, por favor.
Mientras esperaba, impaciente, golpeaba el suelo con el tacn.
El aparato son de nuevo y Guillermo, puesto en posicin de fir-
me, habl as:
Leonardo? Oye: coge tu bicicleta y ve a llamar inmedia-
tamente a cinco buenos de tu escuadrilla. Fjate bien: se van
los seis al Colegio Teresiano. Se meten por el callejn por la casa
de las Araiza y se ponen a las rdenes de Consuelito Madrigal.
Oste? Muy listos, eh? Es algo serio. Vete pronto y que se alis-
ten en un segundo. Lo que se ofrezca "noms" avisen. Como
los hombres! Ahora nos toca dar pruebas!
Mientras tanto, Consuelito Madrigal, desde el Colegio Tere-
siano se comunic por telfono con la Presidenta del Centro de las
Damas Catlicas.
Conchita dijo una vez obtenida la respuesta, perdone
a la importuna. Ya se imaginar lo que nos pasa, verdad? Aho-
ra necesitamos tener casas listas para diez y seis religiosas que
tengan que dejar el Colegio de un momento a otro.
La bocina reprodujo una especie de estertor, y luego Consue-
lito aadi:
S! Pero no nos queda tiempo de lamentarnos, sino de tra-
bajar.
Dej Consuelo el aparato encomendado a una hermana y sa-
li de la sala acompaada por la Madre Francisca.
Ahora le dijo hay que buscar la manera de cortar por
lo sano para localizar el fuego.
Tena el Colegio un amplio patio a la vista de la calle, en
torno del cual se encontraban algunas salas de clases, los recibido-
res y algunas oficinas. En la esquina de aquel patio, de la parte
diagonalmente opuesta al vestbulo, un pasillo conduca a un se-
gundo patio, y jardn, sobre el cual convergan las principales de-
pendencias del colegio: el rico oratorio, el teatro, salas de msi-
ca y otras clases. Este segundo patio, en el cual estaban acumula-
dos algunos materiales de construccin para algunas reformas que

30
Cristero de Los Altos, Jalisco
o,
se proyectaban, colindaba por un extremo con la casa de algunas
buenas amigas de Consuelo.
Al llegar al pasillo que ambos patios separaba, Consuelo midi
con la vista el ancho y la altura.
Aqu cortamos, Madre dijo a Sor Francisca. Que,, se
encarnicen con este pedazo mientras escapamos lo dems.
Siguieron Consuelo y Sor Francisca su exploracin. Llegadas
al segundo patio, notaban que la mejor parte del colegio poda
quedar, por lo pronto, libre del atropello, cuando en lo alto de la
pared que daba a la casa vecina apareci, haciendo visajes como
un diablillo, un muchacho de la A.C.J.M., que pujando y ja-
deando, ech arriba un brazo, se apoy en un codo, luego ator
un pie y, por ltimo, exhibi toda su seccin vertical montada a
horcajadas en lo alto de la tapia, con una cachucha en la cabeza,
una corbata flotante al cuello, unas ligas de ciclista en los tobillos
y una rotura en la rodilla del pantaln.
Aqu est la A.C.J.M.! dijo con aire de triunfo, mien-
tras uno tras otro iban apareciendo sobre la misma tapia sus otros
cinco compaeros.
Ninguno acab de saltar al colegio, porque Consuelo, con un
gesto los ataj.
Cllense, muchachos! les dijo, y iganme: vaya uno a
ver al Presidente del Sindicato de Albailes, que se venga lue^
go, volando, que se traiga tres peones, con todo y sus herramientas.
ndale, Del Campo, vete t aadi el que haca cabeza.
Y dnde estar? pregunt el aludido rescndose la nuca
con ms ganas de quedarse ah montado que de obedecer.
Pues velo a buscar, tarugo repuso, fastidiado, el primero.
Ha de estar en las obras de El Almacn.
S, hombre; ah donde est trabajando tu novia aadi,
metiendo su cuchara otro mozalbete.
,Ya basta de explicaciones! di jle Consuelo, mientras Del
Campo se descolgaba. Bjense y comiencen a abrir aqu un agu-
jero para esa casa mientras vienen los albailes.. . Usted, Leo-
nardo, vaya a decir a su Presidente que se encargue de arreglar-
nos el amparo con el Juez de Distrito. Que se fije que es cuestin
de minutos, eh?
Como era de desearse en tan atribulados instantes, todos los
elementos aprovechados por Consuelito desempearon sus funcio-

31
H4
nes con una precisin matemtica. Media hora despus, ms de
la mitad del mobiliario de las salas del primer patio estaba fuera
de peligro. Una nueva pared se levantaba en el Asilo, cubierta
con una decoracin de teatro y acabada de disimular con un piano
viejo que junto a ella se coloc. Al mismo tiempo, las cosas ms
delicadas salan ya por el boquete de la casa contigua y de ah
a la calle, ya en las cestas de algunas sirvientas fieles, ya en las
bicicletas de los muchachos, quedando, desde luego, toda la tripu-
lacin expedita para concentrar sus fuerzas sobre los restos del pri-
mer patio. Las Damas Catlicas, por su parte, avisaban que ya
estaban listas treinta casas para hospedaje, y todos sus miembros
dispuestos a sufrir con las monjas el atropello. Y como esto era
verdad y no mero jarabe de pico, poco a poco comenzaron a llegar
damas y seoritas, apresuradas, decididas. Parecan ser llamadas a
una gran fiesta. De ah fue que el bullicio lleg a ser atronador
en el mutilado colegio, a ciencia y paciencia de los ocho centine-
las que empezaban a sentirse impacientes de aquella prolongada
comedia en que a ellos les tocaba hacer el papel ms desairado.
No se les escapaba esto ltimo a Consuelito y a la Madre
Francisca. Llevadas de su amabilsimo corazn ya hasta se haban
hecho sus amigas, les haba llevado desayuno y estampitas de
recuerdo, que los soldados haban cogido con cuidado, besado y
guardado en el fondo del kep.
Ya hecha de confianza Consuelito y protegida por la simpa-
ta que comprenda inspirar, no perdi la oportunidad de desaho-
garse un poco con ellos, dicindoles, ex abrupto, unas cuantas
claridades como stas:
Pero qu, no les da vergenza venir a echarnos de nuestra
casa? Por qu no se van a su cuartel y le dicen a su General
que no sea majadero?
Ay, nia! respondile un soldado ya entrado en aos,
bien lo sabe mi Padre Dios que nosotros no somos protestantes. ..
Pero, ya lo ve, nia: lo mandan a uno. ..
Pero ustedes son catlicos... qu no tienen temor de Dios?
Ustedes que deban defendernos...
Pues s, nia. Tiene ost muchsima razn; pero, ya lo ve,
no podemos voltearnos porque traimos el uniforme. . . y apenas se
pone uno rejiego, lo afusilan... Si lo malo es que ahora ya esta-
mos ensartados, y al que recula lo atraviesan...

32
En estos candorosos dilogos estaban, con la tcita aprobacin
de los otros siete soldados taciturnos que no despegaban los la-
bios, cuando la hermana encargada del telfono viene corriendo
a hablarle a Consuelito, y trayendo una dizque consoladora noti-
cia: que el General Ortuzar hablaba y conceda las veinticuatro
horas que se le pedan, en premio a que se haban mostrado su-
misas a la ley...
Consuelo, dejando al punto a los soldados y volviendo con la
hermana, extraada y disgustada, pregunt:
Cmo? Que le hemos pedido la limosna de veinticuatro
horas de agona?
Y diciendo esto, se acercaba a la cmara del telfono, a la vez
que prosegua, irritada, sus reflexiones:
Y por qu somos sumisas a la ley... ? Sumisas? A esas
sentencias de exterminio que ellos han dictado contra la gente
buena... ? Sumisas? S, por desgracia, lo hemos sido! Pero ya
no queremos ms sumisin... Ahora queremos que nos acaben!
Y cuanto antes! No pedimos ya misericordia!
Lleg tarde al telfono. La Madre Francisca se le haba, ade-
lantado y se abra ya de capa, personalmente, con el General Or-
tuzar. Plida, con los labios ligeramente trmulos, pero con su rica
voz de mezzosoprano, la valiente monja cantle a la bocina toda
un estrofa heroica de entereza femenina.
General le dijo: le han informado a usted muy mal.
No hemos pedido nada, absolutamente nada. Lo que hemos dicho
es que no saldremos sino por la fuerza, pues que el artculo 16
de la Constitucin est de nuestra parte. ..
La bocina reprodujo en una rpida sucesin de chasquidos el
fiero rugido del General que les profetizaba una catstrofe.
Muy bien! termin la Madre Francisca, aceptando de an-
temano el pavoroso desarrollo de aquellas amargas horas.
Unos cuantos minutos despus la telefonista en jefe les co-
municaba que los del cuartel andaban como locos buscando una
Constitucin. Consuelito se ech a rer con ese buen humor que
acompaa a los mejicanos aun en medio de sus trances ms pe-
nosos.
Vamos dndole un piconcito, Madre Francisca? dijo la
picaruela. Tienen ustedes la Constitucin?

33
-S dice la monja. El Padre Capelln nos compr una a
cada una.
Trigame pronto la suya.
Y la monja llev un ejemplar corriente de la Constitucin. En
un santiamn. Consuelo encerr en un cuadro pintado en lpiz
rojo el artculo 16; la meti en una cubierta grande. Tom lue-
go un plieguecillo fino de papel azul y escribi con suave y gil
mano de mujer un minsculo recado. Pas la punta finsima de
su inquieta lengilla, arqueando sus hermosas cejas, como indican-
do a la madre Francisca lo sabroso de aquella broma aventurada.
Meti el pequeo sobre en el grande que encerraba la Constitu-
cin, y entonces, como encarnizada, haciendo un puchero de de-
liciosa crueldad, ray, que no escribi, en aquel sobre el nombre
del feroz General Ortuzar. Asomse luego a una ventana que daba
a la calle e hizo una sea a un joven que en la acera de enfrente
apareca como un lelo. Este se acerc inmediatamente. Era un
acejotaemero, cuya misin era hacer guardia por aquel lado.
Luisillo le dijo Consuelito, eres capaz de irle a poner
una banderilla de fuego al General Ortuzar?
S, cmo no! contest animoso el muchacho.
Entonces llvale esto a la Jefatura.
Y espero respuesta?
No! Mejor es que no esperes nada; porque si esperas te
copinan.
All right! termin el vivo muchacho.
Ech luego un silbido especial dilacerante. De la esquina de la
calle le contest otro silbo semejante. Entonces dej su puesto y
ech a correr hacia la Jefatura de Operaciones. Entr, pregun-
tando por el General Ortuzar, y en sus manos puso garbosamente
el envo de Consuelito, y gir sobre los talones para salir. Pero el
General le detuvo, dicindole:
Esprate!
Luisillo esper. Era un flaquito muchacho, hijo nico de una
costurera viuda. Vesta humilde, casi pobremente; un saco de dril
claro sobre la sola camisa bien planchada.
El general rompi el sobre, y al encontrarse con la Constitu-
cin y, hojendola, con el artculo 16 burlescamente sealado con
rojo, se puso rojo, se puso color de ceniza.
Mire noms! dijo al del diente de oro, que no acababa

34
de desamparar el punto. Rscate!, si aqu viene una cartita...
Y ley:
"Seor General:
S que quiere usted conocer la Constitucin de la Repblica;
por eso me permito enviarle ese ejemplar. Si necesita usted otros,
puede usted pedirlos a su servidora.
CONSUELO MADRIGAL".

cla-
Se mordi de rabia los labios el sanguinario militar. Y
vando los ojos de basilisco en el pobre muchacho, le dijo:
Y t quin eres?
Luis Snchez, de la A.C.J.M. respondi el jovenzuelo con
decisin intrpida.
Sonri el General. Fue una risa de feln.
Ven entonces ac, para darte el acuse de recibo.
El muchacho palideci, pero sigui los pasos del General...
Un buen rato despus apareci el muchacho a la puerta. Por
los ojillos apretados se le escapaban lgrimas rebeldes.. .
Le acababan de moler la espalda a machetazos!
Tragse, sin embargo, su rabia y su dolor. Corri a su casa.
Sin decir una palabra a su madre, entr en la alcoba y sac de
su armario una pistola escuadra. Y volvi desalado a la ventana,
dispuesto a avisar estoicamente a Consuelito que su misin ha-
ba sido cumplida sin novedad.
Ya no pudo acercarse al Colegio. Una multitud abigarrada y
heterognea le interceptaba el paso, rebullndose furiosa y ame-
nazante, aunque a la vez temerosa e indecisa, lo mismo exacta-
mente que el rencor que se le. revolva a l en las entraas. Era
el pueblo humilde que se senta llamado a la protesta heroica ante
la villana felona cotidiana. Luisillo trep sobre una piedra para
apreciar la situacin. Por encima de aquel tendido de cabezas
humanas, cada una de las cuales encerraba una tormenta, vio que
un fuerte piquete de soldados llenaba la banqueta y el vestbulo.
All, entre los reflejos de las viseras militares, se levantaba la
figura odiosa de Pelotes, el Coronel, que vociferaba y gesticulaba
frente a las damas y las monjas.
Desde su pedestal, Luisillo, jadeante y nervioso, echo un sil-
bido, y cuatro jvenes catlicos al punto se le unieron.

35
Pelotes apareci all en la puerta, desgarbado, siniestro, y dio
algunas rdenes a los soldados. Estos comenzaron a rechazar al
pueblo que pugnaba por acercarse hasta las murallas del edificio.
La ola humana se meci unos instantes, levantando nubes de pol-
vo entre un murmullo sordo de mar de fondo. Luisillo brinc de
la piedra, y a codazos y empellones logr sobreponerse a la
corriente de retroceso y avanzar hasta dar con las narices en las
espaldas enjaezadas de un soldado sudoroso. Ah, a su lado, en
primera fila, encontr a don Pascual, el viejo portero del Institu-
to Cientfico. Los ojos del pobre viejo, fulgurantes, candentes,
se clavaban sobre el vestbulo del Colegio; sus labios, trmulos,
musitaban voces de ansiedad y de odio. Sus dedos, largos y fla-
cos, crispaban hasta hacer reventar las robustas venas, se enreda-
ban como sarmientos al grueso garrote, largo como un cayado,
que le serva para acarrear el agua en sus faenas tempraneras.
Qu grandioso pareci a Luisillo aquel tipo senil en cuyo pecho
velludo se adivinaba a punto de estallar toda la ira comprimida
durante sesenta aos! Qu digna figura en aquella brava escena
conjunta en la que todo era tensin y encendimiento, como de
un volcn que espera un soplo para romper el fuego devastador.
.. !
Pelotes, a fuer de buen bruto, no tena por qu preocuparse.
Estaba acostumbrado a ver reprimidos a balazos muchos desbor-
damientos populares. Llegle la hora de la suprema valenta, y
sin decir "Agua va!", orden a la escolta meterse toda al co-
legio y echar fuera a empellones y culatazos a monjas, damas y
nias que hasta entonces se haban negado a salir. A la invasin
de los brbaros se desbord en el interior del colegio una horri-
ble gritera de terror y confusin. Las damas se arrinconaban, p-
lidas y desencajadas. Las nias lloraban cogidas de los hbitos de
las monjas. Sillas, macetones, columnas y guirnaldas rodaban por
el suelo. En medio de horroroso tumulto, una vez se escuch clara
y distinta. Era la Madre Francisca que gritaba con toda su
alma:
Nos matan; pero no salimos!
Pelotes se acerc a ella y le dio el primer empelln. La lucha
era desigual. La debilidad sucumba. La masa femenina era arras-
trada. Consuelito grit:
No nos dejes, Virgencita!

36
Y rompiendo por sobre los soldados, seguida de otras damas y
nias, volvi hasta el boscajo risueo, cogi en sus brazos la
linda estatua de la Virgen de Lourdes y la puso sobre un racimo
de manos que se tendieron a ayudarle. Ah estaba la mano de
Juanita, la morena hija del portero; ah estaba la mano de doa
Soledad, la noble madrina de la hija de un pobre.
La multitud rugiente en las afueras, midi instintivamente toda
la cobarda de la trgica escena, y explot, explot con toda la
indignacin de un pueblo honrado al mirar aparecer en la puerta
del colegio, como un puada de espuma arrojado por un mar
embravecido, un grupo de nias de Primera Comunin con los
blancos cendales desgarrados, llorando y cargando a duras penas
la dulce estatua de la Virgen. Vibr el pueblo en un rugido de
furor, y automticamente se estrech en un crculo candente so-
bre los soldados para hacerlos trizas. Los soldados, a empujones,
a bofetadas, a culatazos, sostuvieron todava por un momento
sus posiciones. Uno de ellos, maldito, entrse al espacio libre en
que las nias jadeaban por transportar la imagen de la Virgen,
y hundi su garra en el brazo tierno de una de ellas, pretendiendo
arrancarla de all. Aquella nia era Juanita. Juanita resisti y e
soldado, haciendo un mohn, la cogi brutalmente y la sacudi un
momento por el aire.
El viejo don Pascual no esper ms. Se ech de bruces, rompi
el cerco y apareci en medio del crculo, noble y esteta como un
gladiador, levantando en alto su garrote justiciero... La aparicin
de aquel gigante cort el resuello a la multitud, que enmudeci
como por encanto. Y en medio de un silencio sagrado que la
gran hazaa impona, el viejo se afirm en los pies, apret los
dientes y haciendo girar con ambas manos el garrote, lo descarg
cuan grueso era en la cuadrada cabezota del soldado, que
estrujaba a su hija. Son un golpe seco, asqueroso. El soldado
cay. Y el viejo temblando de pies a cabeza, pero triunfante-y
macizo, con voz ronca, sollozante, rubric su gesta con estas
palabras que merecen un libro y que el pueblo escuch todava.
absorto, como el verbo de un profeta:
Es mi hija! Dios me la ha dado... ! De su alma y su
cuerpo a m me toca responder! Por eso te mato!

37
El grito de guerra haba resonado. Luisillo, que llevaba el pe-
cho encendido tiempo haca, volvi el rostro a sus amigos y con
un grito que se quebr como un gemido, clam:
Muchachos, adelante.. . ! Por Dios y por la Patria!
Cruz como un rayo el cerco de los soldados, seguido por
sus amigos. Atraves el pequeo trecho saltando sobre el solda-
do ejecutado, rompi la segunda cadena de soldados y, al frente
de sus valientes, con la pistola amartillada es la mano hizo su
entrada hasta el mismo patio, saludando a las atribuladas damas,
nias y monjas con este grito heroico:
S hay hombres. . . ! Aqu est la A.G. J.M... !
A este grito contestaron los soldados con una formidable de-
tonacin que hizo crujir los cimientos del colegio. Un tumulto
de soldados y de pueblo oscureci la entrada. Gritos, lamentos,
ayes, insultos, golpes: todo en horrible confusin lleg a los odos
de las monjas, damas, nias, muchachos y obreros que esta-
ban en el plantel. Los soldados de la entrada eran arrollados.
Los que dentro estaban salieron precipitadamente a resistir a la
multitud. Una nueva descarga reson. La Madre Francisca se des-
tac de pronto, rodeada de chiquillos que lloraban, plida y demu-
dada, pero valerosa y enrgica en medio de la catstrofe. El lpero
Pelotes, que olvid sus bravuqueos, sali corriendo a confundirse
con la tropa que se replegaba. Pero el grupo de muchachos y de
obreros le sigui. Tras ellos iba Consuelito. En aquellos momentos
de confusin demonaca, la anglica mujer result envuelta en la
siniestra contienda. A dos centmetros de ella Luisillo haba
vaciado su pistola sobre Pelotes y sobre los soldados. A medio
centmetro de su rostro, los obreros haban arrebatado a Pelotes
la pistola amenazante. Un resplandor escalofriante hiri la retina
de Gonsuelito, cuando junto a ella levant Pelotes el brazo. En
su mano resplandeca un pual. El golpe certero, infalible, iba
contra Luisillo. Consuelo midi todo el alcance de la escena y
colocada detrs del Coronel, gracias a una rpida contorsin de
ste, en un gesto de hembra atrevida, sacando fuerzas de su
misma debilidad, cogi por detrs con las dos suyas la mano
horrible, de Pelotes, le tir con toda la violencia hacia s,
descoyuntndole el brazo, y con agilidad de leona clav con todas
sus fuerzas sus finos dientecillos en la mueca del bandido. Este

38
solt el pual y corri con los soldados hasta la calle, en donde
el pueblo estaba siendo dispersado a metrallazos.. .
Cierren ahora! grit una voz.
Y las puertas del colegio fueron cerradas. Obreros y mucha-
chos resollaban con fuerza, con la nariz enormemente dilatada.
Consuelito escupi con asco y con violencia el pedacito de carne
que haba arrancado de la mano del lpero Coronel Tllez, y
atragantndose an por la emocin, levant el brazo en cuyo ex-
tremo resonaban finas pulseras:
Ustedes escpense, muchachos! Pero pronto! dijo empu-
jando ansiosa al grupo de hombres grandes y chicos que haba to-
mado parte en la refriega.
Una escalera de mano apareci por la azotea. Hacia ella fue
empujado el grupo de varones por un montn de brazos feme-
ninos. Subieron los obreros, comenzaban a subir los muchachos,
cuando uno de ellos, desde el cuarto escaln, peg de nuevo un
salto hasta abajo:
Pero nosotros no debemos correr! exclam como avergon-
zado de su intentona.
Era Luisillo! Al mismo instante los obreros echaron desde arriba
una cuerda, y en un abrir y cerrar de ojos, Consuelo y Sor Fran-
cisca ataron a Luisillo el irreductible, que fue levantado como una
pluma y no apareci ms.

Quedaban las mujeres solas. El tumulto de las afueras cesa-


ba. La Madre Francisca volvi al zagun y por el ventanillo se-
creto se asom tmidamente. Pero no. bien hubo asomado, grit
crispando los puos de congoja:
Mara Santsima!
Quit las cadenas, abri la puerta y se ech a la calle. Con-
suelo la sigui.
El saldo horrible de la brega estaba ah, a dos pasos. Cho-
rreando sangre por la base del crneo, con el cuello horriblemente
torcido, un anciano yaca sin vida. A su lado, una dama, en acti-
tud descompuesta, con el rostro baado en sangre, perdido el sen-
tido, estaba tendida sobre el suelo. Y en medio de aquellas dos
vctimas escogidas entre el proletariado sencillo y la aristocracia

39
virtuosa, una niita morena, ataviada con el ropaje blanqusimo
de Primera Comunin, apretando los puitos y mirando aquellos
cuerpos, pateaba desesperada el pavimento, gritando con un indes-
criptible sollozo de angustia:
Papacito... ! Mamacita. .. !
Junto al anciano se arrodill Sor Francisca, y junto a la dama,
Consuelo, auscultndola con ansiedad. Y la invicta joven escuch
que la dama, en tono apenas perceptible, pronunci estas pala-
bras, que Consuelo misma, sin comprenderlas an, repiti a Sor
Francisca:
Hctor... ! Hctor... ! Dnde est Hctor... ?

40
V

DEL FONDO DE LA EPOPEYA

HAY EN LA LEYENDA GRIEGA una figura heroica de relieves magn-


ficos: HCTOR.
Arranclo Hornero, el inmortal, del fondo de la tradicin y su-
persticin populares, para hacerlo vivir y palpitar con mpetu de
gigante en las regias estrofas de la Ilada.
Y Hctor entr a la posteridad llevando en triunfo como en sede
imperial por la sublime epopeya, vitalizando con el soplo de su
voz los corazones rectos, resquebrajando con las ruedas de su carro
los crneos huecos de los cobardes y regando sobre el pramo fro
las brasas encendidas de su pebetero inconsumible para incendiar
con ellas las entraas benditas de esa maga de la vida que se llama
Juventud...
Levanta, oh hijo de Pramo, el mrmol grantico de tu brazo
desnudo, y electriza con tu gesto a Troya la invicta, que en
ti tiene puesta la causa de su libertad y de su independencia!
Qu importa que los ejrcitos griegos, reunidos por mil prn-
cipes, asedien tu ciudad, si t, oh Hctor, vives y defiendes,
combates y vences, arrastrando a tu pueblo a la victoria con la
fuerza volcnica de tu fe inquebrantable y el empuje insupera-
ble de tu optimismo indestructible? Quin, oh Hctor, quin
puede contra ti, si los dioses mismos te encomian y los troyanos
todos por ti se hacen aicos?
"Mientras Hctor viva, Troya ser invencible; mientras Hc-
tor viva, la planta griega no profanar templo troyano!" Tal
dijo el Orculo. Y as fue! Y ante ti, oh Hctor, cayeron los
enemigos... Protxilas cay, y cay Ayax y cay Diomedes, y
Patroclo mismo, el infame Patroclo, hubo al fin de caer al gol-
pe de tu espada... !

41
Ms tarde, ay!, tu patria sucumbi... Cundo? Cuando la
sangre se hubo helado ya en tus venas, cuando la hoguera de
tus ojos consumise y el corazn se te rompi dentro del pe-
cho. .. Y Troya fue arrasada!, mas tal fue, cuando tu cuerpo he-
roico, inerme, insensible, muerto!, atado al carro de Aquiles,
fue arrastrado, rodeando tres veces la ciudad que en vida hi-
ciste invencible; cuando tu cerebro, ayer incandescente, golpe
contra peascos y pilastras, puertas y baldosas, rompindose en
fragmentos santas reliquias que Troya recogi llorando de do-
lor y temblando de rabia impotente... !
Todo este fuego, todo este entusiasmo, todo este perfume gue-
rrero de oriflamas y pendones, de naves empavesadas y de mares
bullentcs, estaba concentrado y apretado en aquel librte de l-
minas en madera y pastas de cuero rado.
El viejo, tembloroso, apoyado en su bastoncito, a la hora en
que el sol tibio sonrea entre las enredaderas, coga de su estante
el viejo y grueso libro, sala paso a paso, tenda el infolio sobre la
mesilla del corredor, arrastraba su butaca y pesadamente se
sentaba a mirar y remirar por milsima vez aquellas pginas re-
cias y amarillas de la edicin de Hornero que le donaron sus
mayores.
Mira, hija, acrcate deca el anciano. Ustedes las mu-
jeres no conocen estas cosas y es preciso que las conozcan.
Sonrea compasivamente a estas palabras una, joven seora, ves-
tida con un amplio matine de seda malva, anchas mangas y
escote bajo, que con estambre teja unos diminutos zapatos de
nene.
Ustedes las mujeres no saben nada de estas cosas prose-
gua el anciano. Qu van a saber ustedes ni de griego ni de
latn, si ni en castellano conocen ustedes estos libros! Mira, hija,
mira siquiera los monitos, como los muchachos...
Y el anciano hojeaba el libro con el desplante de un escriba.
Eso! Aqu est Hctor! Mralo. . . ! Qu grandioso! Qu
silueta de hroe, carambas... ! Sabes qu representa esta lmina?
Es Hctor abriendo las puertas de Troya y saliendo a la guerra
al frente de sus jvenes soldados... ! Este Hornero es un brbaro:
si parece que nos mete a Hctor dentro del alma... !
Y el anciano se restregaba los ojos humedecidos, con los dedos
temblorosos.

42
Y sabes por qu Hctor se lanza al combate? Porque su
padre no ha querido lanzarse, a pesar del mensaje de Jpiter
trado por Iris... Espera: djame encontrar ese pasaje... Aqu
est: Iris, en nombre de Jpiter, reprende a Pramo, y le dice:
"Oh, Pramo, cmo es que encuentras delicioso perder el tiempo
en discursos intiles, como si estuvieras en plena paz, mientras
all afuera se prepara un combate contra t?" Pero Pramo no
oye, a l le sienta bien su paz. . . Iris se indigna, le abandona y
acude al hijo, dicindole: "Hctor! Es ahora contigo con quien
debo hablar!" Y aqu est Hctor, resuelto, magnfico, ansioso
de cumplir la misin que olvid su padre, la misin de luchar, de
vencer, para librar a Troya de los griegos, sus enemigos eternos,
que eran muchos, muchos, "como las hojas de los rboles, como las
arenas del mar. .."
El anciano, con la nobleza de un profeta, hunda su mirada en
a figura palpitante.. . Mas al ver que a la joven dama, interesada
en su estambre, no le importaban un comino todas aquellas zaran-
dajas picas:
Pero, por Dios hija! prosegua indignado; si t no sien-
tes, si t no tienes vida. .. Yo hubiera querido que t fueras una
Madame Dacier, que tradujo a Hornero all en tiempo de Luis
XIV; pero, nada!, t no saliste ms que una Soledad, Soledad
a secas...
Soledad Martnez de los Ros respondi la joven seora,
recalcando graciosamente las palabras.
Gomo quien dice, Soledad Paales y Paales... A ver! Qu
otras cosas sabes hacer... ? En fin, eres mujer de tu marido
que tampoco sabe hacer ms que chorizos y chorizos, para llenar
de tlacos este costalito del hogar domstico, al que todos le abri-
mos un agujero. .. A m me mata esa prosa, por eso busco el
ideal... Hctor...! Ah! Este Hctor me encanta! De que
yo era chiquillo, por l me volva loco... No se te olvide, eh?,
hija, lo que te he dicho: si ese nio, se!, resulta varoncito,
no se le pone otro nombre que el de HCTOR, que es el nom-
bre que le escogi su abuelo con medio siglo de anticipacin... !

43
Un da el canastillo de la criatura esperada estuvo colmado y
repleto de paales, fajeros, gorritas, pauelitos y de todos esos de-
licados y perfumados atavos en que suelen nuestras madres en-
volver nuestra incipiente humanidad. Por la tarde lleg el de los
chorizos en un coche, con una seora peinada de copete con
peinetas de carey. Esta seora se plant como de casa, con un
delantal blanco, y comenz a trafagar confianzudamente por co-
cina y por alcoba.
El abuelo esa noche no durmi. Pas las horas tumbado en
la cama, pero con los ojos abiertos, como liebre... Hasta que per-
cibi algo inusitado: carreras, ayes, aspavientos... Entonces se
incorpor, luego sentse al borde de la cama anhelante, temblo-
roso, y ah qued una buena pieza de tiempo, aprestando el
odo y escuchando, escuchando. Y su odo de micrfono sorpren-
di el aleteo de un ngel que descenda del cielo, agitando sua-
vemente las madreselvas del corredor y colndose por las rendi-
jas de la puerta de la alcoba, para depositar en los brazos de su
hija un nuevo ser humano, fino como la seda, suave como la plu-
ma, rico y hermoso como un don de Dios... S! Ya estaba
ah.. . ! Y el abuelo sinti un dulcsimo calofro al or, primero
muy suave, luego clara y abierta, pero siempre dulce y amorosa
la primera cancin de todo ser humano que viene a este mun-
do: el llanto. Toda la nueva vida que en aquel cuerpecito bulla,
la sinti el abuelo dentro de s mismo. Y se alz, como movido
por un resorte...
Es hombre! gritle el yerno abriendo de golpe la puerta.
Hctor! clam el abuelo, rompiendo a llorar de alegra,
y entr a la alcoba de su hija con los brazos en alto, aclamando
a su hroe.
Pasaron los das. El nio fue bautizado, "y se llam Hctor."
El abuelo no consinti en quedarse en casa. Se hizo llevar al bau-
tizo. Ah estuvo junto a la pila, codeado y estrujado por los chi-
quillos que pedan el "bolo", pero observando sin pestaear al cura
que deba cristianizar el nombre del hroe pagano.
Y pasaron muchos soles, y el de primavera encontr de nue-
vo al abuelo hojeando el libro de las lminas en madera y las
pastas de cuero rado. A su lado Soledad, fresca y lozana, nutrien-
do con la leche de sus pechos la vida de aquel primer hijo.
yeme, hija deca el anciano con acento de noble ambi-

44
cin. Yo quiero que Hctor vaya mamando con tu leche la
sangre de su abuelo que est saturada del espritu del Hctor
de Hornero. No creas: yo tambin fui valiente... Ah! Que lo
digan los soldados de ese bribn de Gonzlez Ortega... S, me
acuerdo muy bien: fue en la pelea pasada, all cuando Jurez,
apoyado por los Estados Unidos, dio las famosas Leyes de Re-
forma. S, por all por el sesenta y siete... Entraban aqu los
liberales de Gonzlez Ortega, de ste, del de la estatua ecuestre en
el Paseo Morelos.. . Yo vena con mi padre. Nos habamos ido
a confesar al Convento de Agustinos. De ah salimos. Mi padre
no era conservador, aunque todos sus amigos lo eran, y no lo
era, slo porque no le gustaban los franceses. Menos era liberal,
porque los liberales venan haciendo atrocidades, y eran todos ene-
migos de la Iglesia... Pero, eso s, mi padre era catlico hasta
los tutanos. Todas las noches rezbamos el rosario, y leamos el
Ao Cristiano y La Cruz. .. Aquella vez, te digo, omos un tropel
en el convento. Eran los liberales que entraban a buscar los va-
sos sagrados... Pshe! Gonzlez Ortega haba hecho lo mismo
ya en Durango. El Padre Prior estaba en su celda, cogi la llave
del depsito, y les dijo: "Esta es la llave; pero primero me ma-
tan a m." Ellos se enfurecieron, lo cogieron a empellones y lo
sacaron arrastrando hasta la calle... Mi padre y yo estbamos
ah. El, sin vacilar, corri hacia el grupo, y con su garrote, un
grueso garrote de roble, dio un golpe con toda su alma en la
cabeza de uno de aquellos infames. Ese solt al Padre Prior, y
cay desmayado. Al ver esto los dems, soltaron al Prior y se en-
frentaron con mi padre. Unos cuantos disparos tronaron a medio
metro de m. Yo tambin dispar. Quedamos envueltos en una
nube de humo. En aquel momento un clarn son por la esquina
donde ahora est el teatro. "El enemigo!" gritaron aquellos
hombres, y huyeron despavoridos... A uno de ellos se le
revent la cadenilla del cinto, y dej tirada su espada. Yo la re-
cog. Esa espada es mi trofeo y es mi reliquia; por eso la conservo
ah en mi cabecera, junto al Santo Cristo...
Y al contar, sin que nadie se la preguntara, esa historia tan
sencilla y tan heroica, en que en unas cuantas frases se recopi-
laba la historia de la Guerra de Reforma, el anciano se enjugaba
silenciosamente unas gruesas lgrimas, mientras Soledad, atenta

45
y conmovida, acariciaba dulcemente a su hijo que beba con frui-
cin aquella rica leche del cuerpo y del espritu.
Ms aos pasaron. El nieto daba los primeros pasos del rega-
zo de Soledad a las rodillas del abuelo. Ya el sol de invierno, re-
flejndose oblicuo sobre las lminas de Hornero, acariciaba los dos
rostros de aquellos seres que marcaban los dos extremos de una
vida henchida, sana y generosa.
Hctor conoca ya muy bien al hroe favorito de su abuelo.
Llambale su tocayo. Aquellas lminas estaban ya esculpidas en
su alma virgen de rapaz.
Por los barrotes de la butaca trepbase el chiquillo hasta sen-
tarse en las rodillas del anciano, y con el dedito sonrosado le se-
alaba los diversos actores que en la majestuosa epopeya apare-
can. A veces el chiquillo, en un arranque de temprano herosmo,
bajaba de las piernas del abuelo, coga un palillo de silla vieja,
y encendido y jadeante, golpeaba pilares y macetones, gritando
en su infantil media lengua:
Yo soy Htol. .. ! Viva Tloya. .. !
El anciano sonrea. El alma del hroe troyano se iba plasman-
do, a su vez en aquella alma viviente, que volva victoriosa al
trono de la ternura senil a seguir escuchando la explicacin de las
lminas.
Un da en que, como de costumbre, contemplaban nieto y
abuelo las viejas ilustraciones, apareci ante los ojos de ambos la
de aquella escena que narra Hornero en el Canto XII de la Ilada.
Hctor y Polydamas, al frente de brava y escogida juventud tro-
yana, contemplaban en el cielo un smbolo terriblemente grandio-
so: un guila, el ave de Jpiter, que vuela por los aires llevando
entre sus garras una serpiente... Apenas alisada por la mano del
abuelo la rugosa pgina, el nio dio sobre el libro una palmada
de triunfo y grit:
El guila mejicana!
En seguida, con acento de seria investigacin, pregunta:
Abuelito, pues qu, Htol mi tocayo ela mejicano?
Estas palabras fueron contestadas con un beso y un suspiro.
El guila mejicana es como esa guila... pero los mejicanos
no somos como Hctor respondi el abuelo.

46
5 Regimiento del Sur de Jahsco al mando del General cnstero VIGENTE CUEVA (mareado con una cruz)
frente a ste se halla el Gral ENRIQUF GOROSTIETA
*>

combate, en Los Altos, /ai.

El General cristero JESS DEGOLLADO GUZAR, en


el campamento La Mora, Cocula, Jal.
Y luego, filosofando, fuera ya de la comprensin del nio, con
tinu con un acento de extrao dolor:
Estamos en paz, s, estamos en paz; los buenos, los honra-
dos, estamos en paz, como siempre, pero ellos nos preparan la
guerra, y nosotros nos hemos puesto en sus manos...
Sacudi en seguida la cabeza, como quien corrige una palabra
importuna, y estrechando al nio, le dice:
Hctor, qu quieres ser cuando seas grande?
Sorprendido el nio, mir un momento a su abuelo; despus,
como dando forma a un pensamiento difcil, respondi:
Yo?... que me pinten en este libro!
Bravo! concluy el abuelo.
Y abraz de nuevo al pequen con todas sus fuerzas.

47
H5
V I PROSA

VIL

PERO AL CORRER DE LOS AOS, todos aquellos sueos de epopeya se


los llev el diablo.
A los pocos meses de los narrados besuqueos, muri el abue-
lo. Aos ms tarde, all por las fiestas del Centenario de la In-
dependencia, en 1910, muri el esposo de Soledad. Y ni ella,
viuda, ni Hctor, hurfano, volvieron a pensar en Hornero.
Hctor fue zambutido por un su to en una escuela laica,
que no era tan de lo peor, pues tena el atenuante de que la
mujer del Director iba a misa... Soledad reparti su tiempo en-
tre los pleitos intiles con el rico Sobern, que le rob la mitad
de la herencia de su marido, y los pleitos con Hctor, que in-
quieto y travieso, no poda soportar en paz y juicio ni la hora
del Catecismo los domingos, ni la hora del rosario todas las no-
ches.
Poco a poco, la tumultuosa infancia de Hctor fue afortuna-
damente entrando en sosiego. Aquellos perdularios que trataba
en la escuela, sobre todo aquel Pedro Tllez, que lleg despus
a Coronel "Pelotes", bien conocido ya del lector, le comenza-
ron a repugnar. Un innato buen' sentido le haca sentir que su
inocencia de nio iba siendo fatalmente disipada por las crudas
revelaciones de aquellos perversos, en medio de un ambiente sin
defensa. Porque en aquella escuela no haba, no poda haber con-
travenenos: si hasta el mismo maestro, al decir de los muchachos,
era tambin muy jugao.
Entre las nieblas de su corta edad, Hctor intuy distinta-
mente dos caminos que se abran ante l: uno era el que se-
guan aquellos callejeros, Pelotes y compaa; otro era el que

48
le insinuaba el corazn de su madre cristiansima. Y comprendi que
su delicadeza le impona este segundo. Por eso un da en que el
maestro no haba asistido a la escuela y en que los muchachos
haban pasado la tarde de su cuenta y riesgo, Hctor, al volver
a casa, apenas cerr la puerta, sinti un nudo en la garganta,
y al mirar a su madre dulce, bella y serena como nunca la haba
visto, rompi en llanto y se arroj en sus brazos, y con la voz
entrecortada, como miedoso, como indignado:
Mamacita del alma! exclam; Pedro Tllez me ha en-
seado una cosa que yo no saba...
La madre lo comprendi todo. Y llor con l unas lgrimas mil
veces ms ardientes.
Al da siguiente madre e hijo comulgaron juntos.
Y Hctor no volvi a poner el pie en aquella escuela maldita.
Desde ese momento, Soledad se propuso hacer de su hijo, en-
tonces de once aos, un hombre completo y digno ante Dios y
ante los hombres. Un prodigioso esfuerzo personal, bebido en los
ejemplos de aquella misma santa mujer, normaliz en Hctor al
nio e instruy en Hctor al joven, sostenindolo diestramente en
esta rara constancia, la rienda de un austero y sabio director de
conciencia que su madre le escogi entre los profesores del Semi-
nario.

Tuvo Hctor repugnancia por los hombres mediocres. Alen-


tado en su espritu por aquel bendito confesor, sinti en el fondo
de su alma un generoso y sincero anhelo de ser algo grande, in-
mensamente grande, ante su madre, ante su director, ante el mun-
do, ante Dios. No era soberbia! Era la santa ambicin que no
conocieron nunca las almas pigmeas. Desgraciadamente, la escasa
hacienda de Soledad apresur para Hctor la hora d la brega.
Sobern, el rico que le haba robado la mitad de su herencia, le
tir un mendrugo de caridad ocupando a Hctor en sus oficinas.
Ah tuvo Hctor ocasin de pasar revista a los valores inte-
lectuales y morales de los hombres. Don Enrique Sobern, el jefe,
un dspota; Pepe, su hijo, un huevo tibio. Ricos, muy ricos; pero
sin alma, sin ideales... Aquel diputadillo chachalaca que iba a
platicar todas las tardes y a jugar ajedrez todas las noches, y que
en la Cmara dejaba a todos con tamaa boca abierta, no era
sino un pobre diablo, sin ms instruccin que las historietas oficia-

49
les de Torres Quintero, y los descomunales discursos que haba
odo en Quertaro, amenizados con balazos, cuando el famoso
Congreso Constituyente en 1917. Slo dos hombres le satisfacan
en aquel despacho: don Luis, el maduro y honradote tenedor de
libros, y Juanillo, el humilde mozo de las bodegas, ambos catli-
cos tan cumplidos como l.
La observacin de estos diversos tipos, el mismo ideal que de
su propia elevacin llevaba en el alma, hicieron a Hctor, en
vez de descansar de sus diarias faenas, dedicarse tenazmente a
una formal obra de cultura de su inteligencia y de su espritu. Y
tanto las tonteras del diputadillo, como las orientaciones de su
director, le decidieron a entregarse por completo a la fra obser-
vacin y atento estudio de la historia de Mjico, cuyos ltimos
aos de villismo y carrancismo le infundan verdadero asco.
Dej a un lado las matemticas, que eran su diversin favo-
rita, y con el macizo criterio que se haba formado con la lectura
del inmortal Balmes y del famoso Augusto Nicols, se entr de
lleno por la oscura maleza del Mjico de los tiempos idos...
El estudio le apasion. Lo primero que descubri fue que la his-
toria de Mjico estaba an por escribirse. Noches enteras, sin
embargo, se pas leyendo y releyendo historias oficiales, en las
que la juventud liberal comulga con tantas ruedas de molino, que
a Hctor no tardaron en chocarle. Pero sobre esas mismas men-
tiras como montaas, algo observ de ms inters en dichas pu-
blicaciones. En todas ellas encontraba un vaho de anticatolicismo,
que tomaba cuerpo, transformndose en nubes de incienso que
convergan para formar un sahumerio nico, constante, ante la
figura de un hroe tipo, de un hroe smbolo: Jurez. Y cmo
iba a negrsele el humazo, si su obra inconmensurable, que haba
cimentado, al decir de aquellos escritores, el progreso de Mjico,
estaba sintetizada en las gloriosas Leyes de Reforma, incorporadas
a la Constitucin el ao de 1873?
Y qu eran aquellas famosas Leyes de Reforma que forma-
ban el sumo timbre de gloria de aquel hombre? Hctor investig.
Aquellas leyes eran sencillamente la ruptura oficial definitiva con
la Iglesia Catlica que haba civilizado a Mjico, la supresin de
las rdenes religiosas que haban redimido al indio, la laicizacin
completa de la vida nacional, desde la cuna hasta el sepulcro de
cada uno de los ciudadanos, y la ocupacin rapaz de todos los

50
bienes que de la gratitud popular haba recibido la Iglesia du-
rante siglos de infatigable labor.
En cuanto al perodo posterior, un da lo oy exponer con ma-
ravillosa exactitud a un muchacho de la Juventud Catlica.
Mitigado el paroxismo clerfobo, la Iglesia de Mjico humil-
demente haba recogido en el orden econmico, el hueso rodo
que le tirara el hroe del Partido Liberal. Ms tarde don Porfirio
Daz guardaba en la vaina las famosas leyes que l mismo reco-
noci opuestas al inters del pueblo mejicano, y logr ilusionar a
los catlicos con una menguada tolerancia y disimulo de aquella
ley inicua, en lo que tena de menos importante: el hbito ecle-
sistico en las montaas, los repiques de campanas en las ciudades.

La historia contempornea? Esa no se estudiaba: se vea.


Don Francisco I. Madero derrumbaba en 1911 al coloso y
democratizaba la administracin. Concedida la libertad cvica, los
catlicos formaban parte del Gobierno y entraban a las Cmaras,
con gran escndalo del elemento fsil. Despus, el diluvio: el
asesinato de Madero, y el levantamiento de Carranza, en 1913,
dizque para vengar la muerte de aqul. Fue este el momento en
que la revolucin, ya abiertamente socialista, renov las violen-
cias antirreligiosas del tiempo de Jurez.
Los recuerdos de Hctor iban siendo ms recientes. Fresca es-
taba en su memoria aquella maana en que las iglesias de Za-
catecas fueron cerradas, aquella tarde en que los Hermanos de
las Escuelas Cristianas fueron asesinados. S! Le pareca verlo
todava. Ah en la Plaza de la Independencia, a dos pasos de su
casa, fueron quemados pblicamente los confesonarios, y saquea-
dos los colegios catlicos, y desterrado el Obispo, y el Seminario
ocupado como cuartel, tal como estaba sucediendo en toda la re-
pblica, sin que el mundo se diera cuenta, entretenido ya como
estaba con la guerra europea. Aquella era la palpitante verdad.
Catorce millones de mejicanos pacficos, cristiansimos, laboriosos,
temblaban de pavor frente a treinta o cuarenta mil forajidos, di-
rigidos por lderes radicales y azuzados por los Estados Unidos...
Mas no fue lo ms grave el paso de aquella ola de sangre
y fuego. Lo gravsimo fue que en medio del desolado Hacldama,
los ms exaltados revolucionarios se reunan, convocados por el
Primer Jefe de la Revolucin, y el 5 de febrero de 1917 firmaban

51
en Quertaro una nueva desapoderada Constitucin Poltica, en
que elevaban a la categora de Ley todas las violencias y todos los
despojos que se haban cometido en aquellos tres aos aciagos.
Hctor crea or todava los furiosos repiques y salvas de ca-
n con que el Gobierno Revolucionario celebraba la promulga-
cin de aquella sentencia de muerte. Recordaba perfectamente
cmo la gente honrada, esto era, los campesinos, los empleados,
su madre, haban temblado al or en la esquina de la Catedral
la lectura de aquellos artculos que renovaban e intensificaban
en grado inhumano todo el anticatolicismo de las Leyes de Re-
forma. Las Leyes de Reforma, en efecto, haban despojado a la
Iglesia de todos sus bienes; pero le haban dejado un metro cbico
de aire para respirar. Esta nueva ley, en cambio, coga a la Igle-
sia por el cuello y le clavaba en el rostro una mascarilla de gases
asfixiantes.
Y qu menguado el consuelo que quedaba a algunas pobres
gentes! En Mjico, decan, las leyes nunca se exigen y nunca se
cumplen. . .
Y en verdad, que casi iba siendo as. Carranza subi al po-
der y, desde esa altura, hasta lleg a iniciar la reforma de sus
propias leyes. Pero asesinado a tiempo por Obregn, uno de sus
ministros, este Obregn, elegido por las pistolas de sus generales,
subi a la presidencia, y quiz por faltarle la energa de su brazo
derecho (que su ex ntimo Pancho Villa se lo haba tumbado con
una bala de can), prefiri dejar las leyes como una fiera aga-
zapada.
Bien amaestrada, por cierto, estaba la tal fierecilla, que sola
hacer por los diversos Estados de la repblica sus sangrientas co-
rreras con regular mtodo y frecuencia, llegando a bien sacar la
tripa del mal ao, bajo la direccin de un Garrido en Tabasco,
de un Diguez en Jalisco, de un Mgica en Michoacn, de un
Castro en Durango y de un Calles (apenas gobernador) en So-
nora, sin contar "las mujeres y los nios", los peccata minuta de
cada cacique de ranchera.
Qu dulces hubieran sido para Hctor las horas del hogar
pasadas al lado de su madre, si este espectculo de bajezas, re-
novado continuamente, no hiriera a diario su retina! Cuntos
proyectos de mejoramiento econmico hubiera realizado, si no vi-

52
niera cada da a estropearle la vida un nuevo episodio tirnico,
que haca suspirar a su madre, y a l crispar los puos en un
gesto de indignacin impotente... !
As pasaban, montonos y penosos, sus das, sus semanas y sus
meses, entre el cansancio del trabajo y los horribles descubrimien-
tos de su estudiosa investigacin, en tanto que la hoguera revolu-
cionaria segua calcinando, duea y seora, las reliquias de la osa-
menta de la patria...

53
VII EL FUEGO

SAGRADO

E N RESULTADO DE SU ESTUDIO y observacin, Hctor haba pre-


cisado perfectamente sus ideas. En Mjico se distinguan clara-
mente dos elementos: un pueblo entero, laborioso, abnegado, pa-
cfico, bueno, que representaba la fuerza viva y productora en todo
lo largo y todo lo ancho del pas, y que senta su mayor orgullo
en declararse sincera y profundamente catlico; su anhelo nico:
cantar a su Dios y a su Virgen de Guadalupe, y trabajar en paz
para sus hijos. El otro elemento, una vil minora ambiciosa y audaz,
cruel y asesina, que apoyada en las bayonetas, ocupaba el poder,
fustigaba a la mayora pacfica, le exprima con tributos y exac-
ciones y le vilipendiaba por su catolicismo. El pobre pueblo, desde
el labriego oscuro hasta el distinguido abogado, tena la conciencia
de su supremaca moral e intelectual; pero se senta fsicamente
dbil: una pluma frente a una espada, un huarache bajo una bota
militar. Para aquella minora bastarda, el sacerdote era el monstruo
horrendo. Para el pueblo todo, era el personaje ms amado. El jo-
ven profesionista culto de las ciudades, le besaba la mano; el an-
ciano campesino le besaba cariosamente los pies... Y nunca pue-
blo ninguno am hasta el sacrificio a sus expoliadores! Por eso, a
pesar del fango que le arrojaba el criterio oficial, el sacerdote me-
jicano, confiado en el espontneo sentimiento de su pueblo, levan-
taba la frente con la majestad del Cucaso... !
Tal era el ambiente psicolgico en que bogaba habitualmente
el espritu de Hctor, cuando una noche entr en casa y sentse a
la mesa con marcadas muestras de alborozo.
Mamacita dijo a Soledad, que se acercaba con las sabrosas
viandas de la cocina mejicana, te voy a leer una noticia que te

54
va a gustar mucho. Quiera Dios que estos hombres estn de veras
dispuestos a entrar ya en razn.
Y desplegando uno de los grandes diarios que distinguen a M-
jico, ley los reportazgos de la bellsima jornada de la Montaa
de Cristo Rey. Era el 11 de enero de 1923. En el centro geogr-
fico de la Repblica mejicana se haba de levantar un monumento,
el ms grande del mundo, en honor de Cristo. Aquel da el Delegado
Apostlico de Su Santidad Po XI bendeca la primera piedra.
Ms de ochenta mil mejicanos, ricos y pobres, haban pasado la
noche sobre la roca dura de la montaa, base gigante de monu-
mento soberbio. Al filo del alba, al primer rayo del sol, el anciano
Obispo de Len, gran filsofo y literato y mejor padre y pastor,
alzaba sus brazos en la cumbre y prorrumpa en un grito que por
vez primera resonaba en la historia de la Iglesia:
Viva Cristo Rey!
Ochenta mil mejicanos cayeron de rodillas entre las malezas y
las peas de la montaa. Aquel grito sagrado fue resonando y
repercutiendo, acompaado de sollozos, y reproducindose de mon-
taa en montaa... Era el grito del Mjico Catlico.
Hctor lea conmovido. Soledad le escuchaba con los ojos lle-
nos de lgrimas. Ambos soaron un momento con una redencin
inesperada.
Habanse levantado de la mesa. En el risueo corredor co-
mentaban entusiasmados la grandiosa escena que, celebrada a cien-
cia y paciencia del Gobierno perseguidor, daba la ilusin de una
especie de conversin constantina, cuando de pronto la voz ati-
plada y penetrante de un papelero que voceaba una hoja provin-
ciana, hizo llegar a sus odos estas palabras inesperadas:
La expulsin del Delegado Apostlico!! La aprehensin
de los Obispos mejicanos!! Cinco centavos! La expulsin del...!
Sali corriendo Hctor y volvi con la hoja. Y ambos la devo-
raron.
Estaba claro! La fiera haba dado un zarpazo clsico!
"El Presidente de la Repblica, General Alvaro Obregn, ha
ordenado la expulsin inmediata del Delegado Apostlico Mons.
Filippi y el enjuiciamiento de los obispos mejicanos, por haber
tomado parte en una ceremonia de culto externo prohibido por
la Ley".

55
Hctor y su madre guardaron profundsimo silencio, cual si
sintieran en sus propios pechos la mancha de una suprema ver-
genza. Bot Hctor el peridico y permaneci de pie, inmvil,
rgido. La vivsima luz del globo elctrico iluminaba su juvenil
frente, delicadamente morena, y se hunda deliciosamente en sus
recios cabellos negros. Apoyada la mano derecha en el costado,
oprimiendo con el puo izquierdo crispado sus labios contrados,
presentaba Hctor la imagen bravia del hombre de carcter que
slo se detiene para pensar y que una vez que ha pensado no
conoce sino esta palabra: adelante! En unos cuantos segundos,
Hctor, petrificado como una caritide sublime, vio como en una
pantalla que aquel acto famoso penado por la ley haba sido el
acto del ingenuo regocijo, el ms gozoso y aplaudido por ochenta
mil mejicanos hambrientos de paz y de consuelo; vio que aquellos
hombres, cuyo gozo era ahogado por el strapa, representaban la
vida sana y robusta de Mjico y consider que aquella gente de
bronce, forjada en el trabajo duro y en las penas hondas, haba
dejado el lecho del caliente hogar por pernoctar bajo el relente
de la noche montaesa, en un agasajo al Cristo. Y Hctor vio
algo ms: en su rpida contemplacin Hctor intuy una precio-
za fuerza oculta latente en el recio temperamento de aquel pueblo
tan bueno y tan cristiante, que mereca mejor ser tratado como
linaje real y no como cadena infinita de galeotes. Hctor qued
suspenso un buen rato, sacudido internamente por aquel tropel
de ideas y de visiones que hervan en su cerebro. De pronto, baj
el puo con energa y levant la cabeza con altivez magnfica.
Sus vivos ojos castaos brillaron como relmpagos... Soledad lo
contempl y se sinti orgullosa de l. En aquel Hctor erguido,
arrogantemente bello, como una estatua griega, se encenda el primer
chispazo de una idea inefable: la idea de una reconquista subli-
me, en nornbre de la gente honrada... Era aqulla una idea
santa? Era aqulla una idea sacrilega?... Hctor no se respon-
di a s mismo.
Pero Soledad, al mirarlo en tan gallarda apostura, evoc otra
escena grandilocuente en que se delineaba la figura de un an-
ciano que en la misma mesilla del corredor abra un viejo libro
de epopeyas. .. Hctor, el defensor de Troya, estaba ah! Ella
misma lo haba nutrido con la leche cristiana de sus pechos! ...

56
VIII LOS

IRREDENTOS

Los N E G O C IO S D E S O B E R O N marchan viento en popa. Las


continuas crisis de la Repblica no afectan en nada el trajn de sus
bodegas, que se llenan y vacan, y vuelven a llenarse y a vaciarse
sin cesar de sacos de cereales, de cajas de jabn y de petrleo, de
tercios de azcar, de bultos de caf. Los negocios van de lo mejor:
todo el producto y el consumo de la regin pasa necesariamente
por aquellos antros en donde Sobern es rey, dejando su reguero
de pinges ganancias en las cajas del patrn y sus huellas de su-
dor en las frentes de empleados y sirvientes. La maravillosa adap-
tabilidad de este coloso del comercio le ha permitido sacar el
cuerpo a los disparos que de todas partes matan el comercio y la
industria. Y ha sido tan astuto y sagaz, que ni el Recaudador de
contribuciones lo exprime, ni los exorbitantes fletes ferrocarrileros
lo desmejoran, antes lleva estrechas y ruidosas relaciones con di-
putados, generales y efcnpinados empleados del Gobierno fede-
ral. Es el nico comerciante que en la ciudad de Zacatecas se re
de la miseria y ruina econmica de la Repblica. En medio del
crculo de sus amigos revolucionarios, todos picados de la araa
de una redencin proletaria, Sobern, gordo y mofletudo, repre-
senta el prototipo del capitalista ultraindividuaJista, que ha sobre-
vivido en todo Mjico, a pesar de los pesares de una revolucin
turbulentamente socialista.
Mas no todo es satisfaccin en aquel establecimiento boyante.
Una cajerita seria, delgada, paliducha, Carmelita, la hija de don
Luis el contador, se ha aceicado a la oficina y desde la puerta ha
hecho una seal a Hctor, el ms guapo y ms popular de los em-
pleados de Sobern. Hctor dej la pluma y acercse a su vez
a Carmelita.

57
Djole sta algunas palabras en voz baja y ambos salieron del
despacho. Cruzaron el departamento de servicio al menudeo, pa-
saron una trastienda, luego un patio, y entraron, por fin, en una
oscura y larga bodega, en que las trincheras de bultos apenas de-
jaban un angosto pasillo para caminar. All en el fondo, tras una
horrible mampara de manta y madera tirada en el suelo sobre
unos sacos vacos y envuelta en un sarape, se adivinaba, mejor
que se vea, una figura humana. Arrodillse la muchacha, Hctor
encendi una linterna elctrica de bolsillo y la muchacha descu-
bri una frente encendida y sudorosa. Tocla con su mano y dijo:
Est ardiendo!
A estas palabras contest la voz de un nio de trece aos:
Ahorita me voy a levantar. Si noms que ya no aguantaba
y por eso me acost.
No, Juanillo respondi dulcemente la cajera. No te le-
vantes. Te vamos a mandar a la casa, porque ests malo. Tienes
calentura.
Pero yo no quiero ir a casa del patrn. Mejor aqu me quedo.
Entonces te vas a mi casa respondieron exactamente a la
vez la cajera y Hctor.
Me voy con don Hctor dijo el chiquillo lnguidamente.
Djelo que se vaya a mi casa, Carmelita dijo Hctor a la
caritativa muchacha.
Acto continuo, entre Carmelita y Hctor levantaron al chico,
lo enrollaron perfectamente con el sarape, cubrindole hasta la ca-
beza, y Hctor, con un vigoroso esfuerzo, se lo ech al hombro,
sali al patiecillo y al primer cargador que a mano encontr le
entreg el bulto dicindole:
Llvate a este pobre muchacho a mi casa. Dile a mi mam
que lo mando yo.
Volvieron Hctor y la cajera a sus puestos, y siguieron tranqui-
los sus tareas.
Era aquel nio el gracioso mocito de las bodegas. Hijo de un
honrado campesino del pueblo de Paracho, del Estado de Michoa-
cn; su padre lo haba puesto al servicio de la seora de Sobern,
bajo la promesa de que sta "se lo echara a la escuela y se arrien-
dara mientras estuviera cachorrito".
Como el chico result laborioso como una hormiga y fiel

58
como un perro, gust ms la seora de ocuparlo en faenas do-
msticas de casa grande, y el viejo Sobern no tard en llevarlo
a contar salidas y entradas de bultos en las bodegas. La propia
laboriosidad del nio y el comodismo de los patrones fueron ha-
ciendo de l un esclavo, pegado al servicio de da y de noche,
durmiendo en mal jergn en casa de sus jefes, barriendo muy
temprano la calle, comiendo como perro en un rincn de la co-
cina, y luego, para variar, trafagueando en las bodegas, haciendo
mandados y cargando con frecuencia cajas y bultos de mercancas
que, superando evidentemente a sus fuerzas, estropeaban su salud.
Terminaba todos los das su faena aquella vctima, haciendo la
guardia en el zagun, esperando a las nias que vinieran del cine,
o al nio Pepe, que sola venir de ms lejos. .. La ltima noche,
como todas, Juanillo se haba dormido en su jonuco. A media
noche una criada lo despert. El nio Pepe estaba llamando a la
puerta. Juanillo se senta medio destemplado. Sali a abrir. Llo-
va. Haca mucho viento. El nio Pepe vena algo de malas.
Juanillo volvi a acostarse. Sinti mucho fro. Le castaeteaban
los dientes. Ya no pudo dormir. Temprano se levant y barri la
calle, como de costumbre. No tuvo ganas de desayunarse. La
seora no supo nada. l se fue a la bodega. La cabeza comenz
a dolerle. Luego ms y ms. Se sinti muy atontado. Y busc
tras las trincheras de sacos un rinconcito. Ah le haban encontra-
do sus amigos Carmelita y don Hctor, el bueno de don Hctor!
Esta historia escuch Soledad, la madre de Hctor, junto a la
camita que dispuso para Juanillo.
La terrible gripe se declar en aquel pobre cuerpecillo. Hc-
tor avis al patrn y el patrn convino en que se llamara al m-
dico. La seora de Sobern se quit un gran peso de encima, se-
gn dijo, pues no saba qu haba pasado con Juanillo. Descans
cuando supo que Hctor lo haba llevado a su casa. Despus, llena
de misericordia, mand a una criada que fuera a visitar a Jua-
nillo, le llevara su sarapito y un peso para sus medicinas. Y noms.
Sobern mand que un dependiente sustituyera a Juanillo en las
bodegas. Y fue todo.
Claro est que ni el mdico public boletn, ni las notas de so-
ciedad dijeron una palabra sobre la enfermedad de Juanillo. s-
ta, sin embargo, no qued del todo encerrada en el estuche de
sus cuatro paredes. La criada del sarapito cont a una su coma-

59
dre que "Juanillo estaba con los ojos como tomates y los pelos
de punta, suda y suda." Y cuando la compasin entraba entre la
gente del pueblo, spose de pronto en pblico que el mdico y el
boticario haban mandado la cuenta de los gastos a Sobern y
que ste, descaradamente, se haba negado a pagar, diciendo que
l no haba llamado a ningn mdico; que Hctor estaba dispuesto
a pagar, pero que entre todos los empleados se repartieron la deu-
da y la pagaron.
Coincidiendo con estos acontecimientos, merodeaba a la sazn
por aquellos rumbos un agente y propagandista de los Sindicatos
Socialistas del Ministro Morones. Este agente, al conocer el episo-
dio de Juanillo e investigar, para mayor xito, que el chiquillo
estaba sindicalizado y que su padre tambin lo estaba all, en BU
pueblo, se frot las manos de gusto, augurndose un ruidoso pleito
contra Sobern, que le valdra gran popularidad entre los prole-
tarios y gran estima ante Morones.
As se explica que un da de aquellos recibiera Sobern en sus
propias manos un tremendo oficio del Jefe local de Industria y
Trabajo, en el que se le hacan muchos cargos, y, en resumidas
cuentas, se le exiga pagar al menor de edad Juan Anzures cin-
cuenta pesos por mdico y medicinas gastados durante su "enfer-
medad profesional", ms trescientos pesos por salarios no cubier-
tos, a razn de un peso diario; ms quinientos pesos de multa
por emplear en trabajos duros a un menor de edad! Y para cual-
quier rplica se le citaba ante la Junta de Conciliacin y Arbitraje.
No faltaba ms! rugi Sobern enfurecido. Ochocien-
tos cincuenta pesos por un mocoso...! No faltaba ms! Yo
no pago eso... ! No pago... ! No pago!!
Y comenz a pasearse a zancazos por el pasillo del despacho.
Un poco ms amansado, se acerc a su ecunime contador, al
buensimo y honradsimo contador.
Imagnese, don Luis... le dice. Ochocientos cincuenta
pesos... !
Tom don Luis en sus manos el oficio, lo ley, y cuando hubo
terminado, le pregunta Sobern:
Qu le parece?
Y con grande asombro oye que el piadoso de don Luis le res
ponde :

60
En lo de la multa, no me meto; pero que Juanillo tiene de-
recho a su salario y a sus medicinas, de eso no me cabe duda.
Cmo! exclam el patrn ms encendido que un cohete.
Con sas me sale usted? Y usted se confiesa?
S, seor respondi pacficamente don Luis. Yo me con-
fieso. Pero no slo me confieso; tambin asisto al Crculo de Es-
tudios Sociales Len XIII y soy de la Junta de Accin Social. Por
eso salgo con sas...
Ah! De modo que ustedes son tan revolucionarios como
stos?
No, seor; pero s defendemos la justicia para los pobres.
Pues ahora s dijo burlescamente Sobern; ustedes re-
sultan peores que Morones. Dios nos libre de salir de Guatemala,
porque entramos en Guatepeor. .. ! Pues no pago. Primero les
unto la mano a todos los de Industria y Trabajo antes que sentar
ese precedente.
Sonri don Luis y le dijo:
Pues le hacemos huelga, don Carlos.
Cmo! Tambin las huelgas aprueban ustedes?
-Algunas veces s, cuando no queda otro remedio.
Ah, qu don Luis! Y quines me hacen esa huelga?
Todos! respondi don Luis. Todos estamos sindicaliza-
dos. Hasta su cocinera...
Echlo todo a broma don Carlos y dej al contador en paz.
Y no tuvo remedio. Aquella misma noche fue el patrn en
persona a pelearse con los de la Junta de Conciliacin y Arbitra-
je. Pero dio coces contra el aguijn: el agente de Morones sos-
tuvo su punto de vista con la Constitucin y la ley del Trabajo.
Por fin, despus de muchos alegatos, se convino en anular la multa
y hacer alguna reduccin a la suma del salario de Juanillo. Y don
Carlos acept como transaccin la obligacin de cien pesos que
deban llegar a la manos del chiquillo, y que l entreg ah mismo
a los amigos de la Junta.
Al da siguiente se present el agente de Industria y Trabajo,
acompaado de un muncipe, a la casa de Hctor, en donde es-
taba Juanillo. Iban a enderezar el entuerto, llevando los cien pe-
sos envueltos todava en una cuarta de pellejo de Sobern. Hc-
tor y don Luis asistieron como testigos. Se prepar un acta.

61
Cualquiera dira que aqullos eran un modelo de redentores del
proletariado.
Para hacer constar que Juanillo estaba sindicalizado, pidieron
su tarjeta de adhesin. Juanillo dijo que estaba en una cajita jun-
to con sus boletos del Catecismo. El agente frunci la boca. Don
Luis sac la tarjeta y la entreg al agente, y esto fue acabarse el
mundo:
Pero, qu es esta porquera? dijo el agente con estallido
de energmeno, mirando de hito en hito a Juanillo y a don Luis.
Es la tarjeta de adhesin al Sindicato.
Pero, qu Sindicato es ste? pregunt hecho ascuas.
Es el Sindicato de Empleados de Comercio contest don
Luis, que forma parte de la Confederacin Nacional Catlica
del Trabajo. Yo soy el Presidente.
Pues ese Sindicato "no vale".
Est conforme en todo a la ley del Trabajo, y tiene su apoyo
en la Constitucin de la Repblica.
Pero nosotros no lo reconocemos.
Est reconocido por el Municipio.
Pues lo borramos inmediatamente. Y vamonos! Ya no hay
nada que hacer aqu.
Pero antes nos pagan el dinero de esa criatura.
'No pagamos nada! Nosotros creamos que se trataba de un
Sindicato formal, y nos van saliendo con esta babosada...
Don Luis se enderez, y, rebosante de energa, dijo, por ltimo,
al agente:
Ah! Conque porque el chiquillo es catlico y no es bol-
chevique, para l no hay justicia? Y la Constitucin y la ley
del Trabajo se hizo para ustedes? Pues entonces dgannos claro
que no tendremos ms justicia que la que nos hagamos por nos-
otros mismos. Y sepa usted, seor agente, que cuando podamos
nos la haremos, y haremos la justicia completa, entera, inexorable,
contra usted, contra Morones y contra toda la canalla que se ha
burlado de nosotros. . .
.
Aquellas palabras sonaron como el chisporroteo de un cirio sa-
grado e intangible. Hctor, al or la protesta de don Luis, dio
un paso al frente colocndose hombro a hombro con l, las na-
rices dilatadas, el pecho saliente, las manos nerviosamente cogi-
das por detrs. Juanito quedaba tras ellos recostado en su cama.

62
Con esa rapidez y habilidad notable en los mejicanos, aun rudos,
Juanillo midi el alcance de aquella situacin, y pronta y silen-
ciosamente, sin que nadie lo observara, cogi de la mesilla de
noche un alto candelera de metal, y alargndose, cogi los dedos
de Hctor y meti entre ellos el candelero, que aquellos dedos
agarraron con fuerza; en seguida, con la misma rapidez, cogi
la botella de las friegas y, envuelto en su manta, se plant al lado
de Hctor. Soledad, que un poco distante presenciaba la escena,
palideci, levant una mirada de congoja a una imagen del Sal-
vador encima de la cual se lea esta inscripcin: "El Corazn de
Jess reina en esta casa", y comenz a murmurar ese trozo evan-
glico que las mujeres mejicanas llaman la Magnfica.
La escena de aquella estancia expresaba en sntesis toda la si-
tuacin de la Repblica.
La majestad de don Luis, en cuyos grandes ojos chispeantes
se vea la llama de una honradez sin mancha que se rebela con-
tra una villana sin nombre, infundi temor en el mequetrefe mo-
ronista, quien opt por tragarse su rabia, halar del brazo al mu-
ncipe, calarse el sombrero y salir del aposento y de la casa.
Hctor, dejando el candelero, tendi los brazos, diciendo:
Un abrazo, don Luis! As debemos ser los catlicos.
Mientras, Juanillo, mirando de reojo al zagun, exclamaba, en-
tre rencoroso y triunfal:
Diasco de condenados. .. ! Lo que necesitan es que los tope
un chivo... !

Los cien pesos se esfumaron... Pero al siguiente da los pre-


sidentes de los diversos sindicatos adheridos a la C N. C. T., co-
mo en Mjico llaman a la Confederacin Nacional Catlica del
Trabajo, recibieron del Gobierno una circular que deca:
"Por orden superior, comunico a usted que ese Sindicato que-
da borrado de los registros municipales, por no reconocrsele nin-
guna personalidad. Pues se ha sabido que en l est inmiscuido
el clero, que ha sido siempre el enemigo de las instituciones y de
la redencin del proletariado.
"Zacatecas... de 1924".

63

H6
Guando don Luis mostr a Hctor el resultado final de aque-
lla famosa jornada reivindicadora, Hctor sonri con un hondo
dejo de amargura y con acento de profunda conviccin:
Lo que usted dijo, don Luis exclam: no puede haber
ms justicia que la que nos hagamos nosotros mismos.
Lo que dijo Juanillo, don Hctor respondi maliciosamente
don Luis: stos lo que necesitan es que los tope un chivo.. .
Y acercndose al odo de Hctor, aadi casi en secreto:
Pero hasta ahora no han topado ms que con gallinas... !

64
IX

CIELO Y MONTAA

J UANILLO NO VOLVI a la casa de Sobern, para ahorrarle al mis-


mo los gastos de una pateadura. Qued lisa y llanamente al ser-
vicio de Hctor y de su madre, cosa que le result a las mil ma-
ravillas, pues doa Soledad supo en seis meses hacer ms por
aquel nio, que lo que hubieran hecho en cinco aos los potentados
Sobern.
No tard en saber el padre de Juanillo, don Toms Anzures,
en su pueblo mismo de Paracho, las novedades que en torno del
nio haba. Y fue inmediatamente a comunicarlas a su compadre,
el seor cura don Andrs Posada, amigo suyo de mucho tiempo
atrs, bueno como el pan, y pao de lgrimas de todas las gentes
de la parroquia.
Era don Andrs Posada un hombre de ms de cincuenta aos,
flaco de carnes, alto de estatura. Su cutis, blanco y fino, se
adivinaba alrededor de sus pmulos retostados por el sol espln-
dido del Bajo. Su frente ya entrada en arrugas, apareca aureola-
da por unas cuantas mechillas blancas y sucias como lana de bo-
rrego. Fcil para rer como para regaar, conservaba en todas BUS
lunas un fulgente corazn de oro, nica riqueza de que no se
despojaba, a pesar de su inaudito desprendimiento. Era el tipo de
esa caridad y abnegacin que, a decir de un protestante ingls, ca-
racteriza a los curas mejicanos.
Encontr don Toms Anzures al Gura en el corral, calado un
sombrerito de paja y echando maz a un montn de gallinas.
Vamos all dentro, compadre dijo el Cura apenas vio al
campesino.
Sacudi ste a la puerta de la sala sus sandalias de cuero

65
llamadas huaraches, y entr a la salita y despacho del Cura. Dej
a un lado de la silla el enorme sombrero de campo, ancho como
una plaza y alto como una torre, y en las mejores palabras y en
las ms cortas, cont al Gura la cuestin de Juanillo.
Pues... compadre dijo el Gura cuando se hubo informa-
do de todo, afortunadamente la cosa est ya resuelta. Slo falta
que ust y mi comadle perdonen a esas pobres gentes que hacen
tanto mal sin darse cuenta. Lo que es ms importante es que mues-
tren ustedes su agradecimiento a ese seor don Hctor y a su se-
ora madre.
Y desde algunos das despus de aquella visita, cada quince
o veinte das, Hctor mandaba recoger a la Estacin de Zacate-
cas, ya un paquete de quesos, ya una canastita de huevos; otros
das, una caja de fruta o una jaulita con canarios; en fin, que se
estableci una corriente de rica estimacin y gratitud, semejante en
todo a la que de aquellos pechos campesinos brota continuamente
en aquel extenso pas, cuando han conocido a un bienhechor sin-
cero.
Robustecise de esta manera una estrecha y firme amistad en-
tre la familia de Juanillo y la de Hctor. Don Toms y doa
Adela, su mujer, hicieron viaje a Zacatecas para ver a su hijo.
Posaron en casa de Hctor y le llevaron un borrego cuatezn y
dos marranitos cuinos.
Algunos meses despus Hctor, de vacaciones, fue con su ma-
dre a palpar de cerca la vida robusta, prolfica y santa de la
gente de campo. Aprovech Hctor el tiempo adiestrndose en el
empleo del caballo, corriendo y saltando por montes y quebradas,
haciendo fuertes caminatas y largas caceras. La caza, sobre to-
do. .. ! Encontr en las buenas gentes de Paracho una rara aficin
y gran destreza en el manejo de las armas, y qued convencido de
que en aquel pueblo todos, hasta las mujeres, a tiro de pistola,
partan un centavo en el viento.
Y cmo es que ustedes tienen armas, cuando los refolufios
se las han llevado todas? pregunt un da Hctor a don Toms,
al volver de una cabalgata.
Pues ni tantas; tenemos una que otra por ah, don Hctor.
Si lo malo es que se nos escasea el parque.
Y ahorita, cuntas carabinas podran juntarse? pregun-
t Hctor.

66
Pues se me hace que se juntaban unas dos mil...
Dos mil! exclam entusiasmado Hctor.
Y volviendo el rostro alrededor, persuadido de que la soledad
les rodeaba, aadi en voz suave:
Y los amigos stos, no los han fastidiado a ustedes?
Ah, don Hctor! Mire noms.
Y le seal las ruinas de una iglesia, en que apareca un mura-
lln ennegrecido por el incendio. Hctor se acerc ms todava a
su amigo.
Y nunca se les ha ocurrido a ustedes levantarse en armas?
se atrevi a preguntarle.
Levant a esta pregunta la cabeza don Toms y mir fijamente
a Hctor:
Mire, don Hctor: si usted fuera otro, yo no le responda;
pero a usted ya lo tengo bien calado. Que si no se nos ha ocurri-
do. .. Cmo no! Pero... el seor Gura. . .
Es miedoso el seor Cura?
Rebullse el campesino a esta pregunta, y replic extraado:
Miedoso? Qu esperanzas! Se lo echo de gallo a cual-
quier generalito de stos; pero es un santo, y noms nos dice que
hay que perdonar, y perdonar siempre. .. Ah, me acuerdo cuan-
do quemaron la capilla del Seor, ahora cuando Villa se le vol-
te a Carranza en 1914. Qu noche aquella, don Hctor! Mi
compadre el seor Cura estaba en la parroquia. Eran ya como las
once. Llegaron los carrancistas, subieron al curato y entraron a
la pieza del padrecito... Mi compadre oy pasos: "Quin es?"
pregunt. "Viva Carranza!" respondi el cabecilla. Mi
compadre se levant, encendi luz y se encontr frente a un gru-
po de revolucionarios... "No se asuste, seor Cura le dijo el
jefe; no le vamos a hacer nada. Noms venimos a afortinar-
nos porque ah vienen los villistas"... Subieron unos a la torre y
otros quedaron en los balcones del curato. A poco rato, unos
disparos. Ah estn los otros. "Por Dios les dijo mi compa-
dre a los del balcn, no vayan a disparar de aqu, porque
me queman el curato". En aquel momento, un grupo de villistas
desprevenidos, entraba al patio del curato. Uno de ellos pregun-
t hacia el balcn: "Es usted, seor Cura?" "S, carbones!"
contestaron los del balcn, y a boca de jarro les descerra-
jaron una descarga que mat al jefe y a otros. " Ya el tiznado

67
cura nos mat al jefe!" gritaron. Y comenz el tiroteo es-
pantoso. Los villistas pegaron fuego a la casa, y se fueron al pie
de la escalera a esperar a mi compadre, con las carabinas prepa-
radas. Mi compadre, al asomarse a la escalera, les peg un gri-
to: " Soy el seor Gura! Cuidado quin tira! . .. "Ellos se asusta-
ron y no dispararon. El padrecito baj, y les dijo: "Qu me
quieren? Aqu estoy..." Uno le dijo: "Ust les prest el cura-
to a los carrancistas para que nos dispararan". Entonces mi com-
padre cogi por un brazo al oficial, se lo sac tantito, y con la
energa de un general, le dijo: "igame, capitn!: a uste-
des quin les dio permiso de entrar al curato?" "Nosotros no
necesitamos pedirle permiso a nadie". "Pues Con ese mismo per- ,
miso han entrado primero los carrancistas!, noms que ellos lle-
garon antes, por eso estn arriba. Si ustedes hubieran venido
ms temprano, ustedes seran los de arriba y ellos los de abajo.
Y de todas maneras, el amolado soy yo. Mire, capitn, usted
va a creer que los sacerdotes somos carrancistas, cuando sabe todo
lo que nos estn haciendo. Y cuando creemos que ustedes no
son tan malos como ellos, nos vienen ustedes a quemar nuestras
iglesias. No, capitn. Y ahora mismo me manda ust apagar el
curato y la capilla que estn ardiendo. . ." "S, padrecito" res-
pondi el capitn. Y apagaron al menos el curato, que comen-
zaba a quemarse, porque la capilla ya no tena remedio; era una
pura llama. Si el seor Cura no se le para tan gallito, hasta la
parroquia nos queman.
Hizo don Toms Anzures una pausa, como quien piensa dar
o no dar un paso ms. Sac luego un cigarro de hoja, lo li,
lo prendi. Hctor guardaba silencio, esperando que don Toms
lo rompiera.
Y luego? dijo al fin Hctor, provocando la confidencia.
Don Toms ech unas bocanadas de humo y prosigui:
Pues, como le iba diciendo, don Hctor y aqu observ de
nuevo los alrededores, esto vena a propsito de levantarse uno
en armas. No es verdad?
S dijo Hctor, con el ansia del que busca un tesoro.
Nosotros echamos en esa ocasin nuestras cuentas. Entre mi
hijo Indalecio, mi cuado Santiago y yo, podamos levantar to-
dita la gente de la Caada, y yo le aseguro, mi seor don

68
Hctor, que no haba vuelto a asomar las narices por todos estos
montes, ni un carrancista ni un villista... Pero lo supo el seor
Cura, vlgame Dios!, y llam a mi cuado y le ha metido una
regaada... pero de esas fain. "Lo que han de hacer le dijo para
acabar-, es ir a traer madera para levantar la otra capilla,
porque si nos vienen a quemar la parroquia, nos quedamos sin
nada"... Y ya ve, don Hctor, cmo bamos a hacer una cosa
contra la voluntad del seor Cura? Lo que hicimos fue traer la
madera, y aqu estamos, con los brazos cruzados, mientras los ca-
rranclanes siguen haciendo de las suyas...
Estas y otras conversaciones acabaron de robar el corazn de
Hctor y su admiracin por esas gentes campesinas. Ms an,
cuando tuvo noticias de algunas acciones, de las cuales debo esco-
ger una, que tiene estrecha relacin con nuestra historia.
Y es la siguiente:

69
X

ORO VIEJO

P OR EL AO - DE 1916 lleg a Paracho de Michoacn un matrimonio


que recorra los pueblos dando funciones de prestidigitacin.
Acompabale un hermoso muchacho de quince aos, hijo nico,
llamado Gabriel. Apenas instalados los esposos Arce (tal era el
nombre con que aparecan), el jovencito dej la fonda y fue al
curato a ponerse a las rdenes del seor Gura, por todo el tiempo
que sus padres estuvieran en el pueblo. . .
Grata impresin caus en el seor Cura la presencia de aquel
muchacho, en cuya amplia frente y azules ojos ley el testimo-
nio de un buen talento y un alma inocente. Poco despus supo
el Gura que este nio llevaba en su equipaje unos libros extraos
para una compaa de cmicos de la legua, a saber: un Arte, de
Nebrija, unos Clsicos, de Raimundo de Miguel, y un Compendio,
de Gaume. El muchacho haba pasado su infancia en los Estados
Unidos, hablaba el ingls mejor que su padre mismo, y era su
oficio acompaar al piano o armonium los dos que en las tablas
cantaban sus padres. Lo raro y admirable de este chico era que,
sin saberse por qu, se le haba antojado ser sacerdote y estaba en-
caprichado en serlo. Su padre, hombre pobre y bueno, en sus con-
tinuas correras por la Repblica, cada vez que llegaba a una ca-
pital obtena del Obispo el permiso de dejar a su nio en el Se-
minario, mientras l recorra con su esposa la regin y Gabriel,
habituado ya a un estudiantado nmada, se amoldaba maravillosa-
mente a las distintas circunstancias por que iba atravesando, e iba
al mismo tiempo dejando por todas partes carios, recuerdos, po-
pularidad y buenas impresiones. Mas tocle a Gabriel el tiempo
aciago de la revolucin carrancista, y fue tal su suerte, que en cada

70
lugar en que vivi hubo de sentir el latigazo de la infame avalan-
cha. Tocronle las violentas expulsiones en diversos Seminarios. En
Durango, en Zacatecas, en Guadalajara supo lo que era un inter-
nado sin casa, un colegio sin muebles o un seminarista corriendo
por las calles con un pupitre en la cabeza... Pero lleg Gabriel a
amar estas aventuras, que, a lo ms, llegaban a hacerlo dormir en
el suelo algunas veces, a no estudiar ni un rato en el da, otras, a
no desayunarse algunos das, para desayunarse dos veces otros, y a
vivir siempre en guardia, siempre fustigado y, por tanto, siempre
despierto, siempre bravo y perfectamente impregnado de la situa-
cin reinante.
Edific al Gura de Paracho la constancia del chico y, sobre
todo, el entusiasmo y buen humor con que narraba las ms ho-
rribles tragedias, rindose con plena satisfaccin de su propia mi-
seria. Pronto, por supuesto, se hizo Gabriel de simpatas con los
amigos del Cura, especialmente con su compadre don Toms An-
zures, cuya mujer, despus de haberlo calificado de un "angelito
de Dios", lo invitaba ecuen temen te a comer tamales y enchiladas,
para lo cual el jovenzuelo tena buen diente.
Una temporada de seis semanas bast para que el seor Cura
concibiera un proyecto trascendental: el echarse a cuestas el sa-
cerdocio de ese muchacho. Pero en Mjico... era imposible. Y
qu tal si pudiera mandarlo hasta Roma, al Colegio Po Latino?
o caba duda que era mucho desear... Uh! Cunto dinero... !
Y de dnde? Unos seis o siete mil pesos para asegurarle algunos
aos ms... El Cura cavil por unos das y durante algunas no-
ches. Y crey irle encontrando ya el hilo al ovillo...
Yo tengo un ahorrito de cuatrocientos pesos. Ya con eso
Gabriel lleg a Roma... Entra al colegio! Y luego?... Pero,
en fin, es pleito por menos... Tengo tambin un cliz y dos va-
cas finas: otros quinientos pesos!... Y faltan... cinco mil! Qu
barbaridad!... Habr, pues, que apelar a otros. Quin podra
meter canilla!
Y comenz a citar mentalmente nombres de parroquianos; pero
ninguno daba la medida para un sablazo de tal jaez. Sin duda que
eran generosos, eso s; pero l no quera dejarles en la calle.
Amigos ricos? se sigui preguntando el buen Cura.
En dnde, carambas, tendr yo algn amigo rico?... En M-

71
j i c o ? . . . En San Luis? En Zacatecas?... Sobern! La seora
de Sobern, hombre!... Quin quita!... Noms que... Uh, ojal!
Y como quien tira a ver si pega de casualidad, escribi una
carta a la seora de Sobern, vieja rica y, poda decirse, cristiana,
al menos. En ella, a quemarropa, le peda cinco mil pesos para
aquella grande obra que le traa desvelado. Puntualito. Ocho das
despus llegaba la respuesta esperada. La seora de Sobern deba,
de antao, bastantes servicios al seor Cura; por eso no se haba
tragado la carta, como es costumbre en estos casos. Contestle, pues,
diciendo que haba conferenciado con don Carlos, quien, por su
puesto, se ri de aquel candor del Cura; aada la seora que lo
senta en el alma, pero que los negocios y las circunstancias... En
suma, que no!
Aunque el sacerdote no se haba hecho muchas ilusiones, no
dej de apenarle aquella evidencia, y, no pudo menos, solt la
rienda a sus tristezas y se lo cont todo a don Toms, su compadre.
Oylo atento el incomparable labriego, y se fue a su casa muy pen-
sativo. Aquella misma noche habl con su mujer:
Hija le dijo, yo creo que est en nuestros posibles ha-
cer este deber. La casita con la huerta de arriba bien nos da los
cinco mil pesos. Qu te parece si la vendemos?
La verdad respondi doa Adela, yo creo que es hasta
pecado quitar a nuestra madre la Iglesia ese sacerdotito. Slo un
reparo tengo que hacerte, y es que esa es la herencia que quisimos
dejar a nuestros hijos. Est bueno tantearlos a ver si estn de
conformidad.
Llamaron a Indalecio, el hijo mayor, casado y con cra. Era
un alto y macizo mozalln, con pantalones de cuero y zapatos ama-
rillos de gran rechinido.
Hablle muy en serio su padre. Indalecio oy sin pestaear:
Pos, seor padre respondi, djeme pensarlo un poco.
Y pensado bien que lo hubo, vino a ver de nuevo a su padre,
y despus de besarle la mano, le dijo:
Pos croque est geno vender, pues, la casa y la huerta.
Si al cabo ms nos ha dao Dios y su Madre Santsima de Gua-
dalupe.
Aquella tarde, en la penumbra de la sacrista, se le salieron las
lgrimas al seor Cura, cuando don Toms Anzures, con mucha
vergenza y rodeos, le rog que le permitiera la gracia de hacer

72
los gastos del nio Gabrielito para que se hiciera sacerdote en
Roma y rogara por ellos a los pies del Santo Padre.. .
Y en tales providencias fue a dar el bravo muchacho hasta
el Colegio Po Latino Americano, sin deberla ni temerla, all por
el ao 1916, a pesar del bloqueo submarino, cayendo con tal for-
tuna que ni se vendi la casita ni nada, pues comunicaron los je-
sutas desde Roma que a Gabriel Arce le tocaba una beca que esta-
ba libre, y que la estaba pagando el mismo Papa... !

Carta de Gabrielito!
Este grito reson en la puerta de la salita de campo de la
casa de don Toms, en que an estaban hospedados Hctor y su
madre Soledad.
Un palmoteo fue la respuesta, y en medio de l hizo su apari-
cin el seor Cura, sacudiendo en los ojos de todos el paseado
papel.
ndele, seor Cura, lalo pronto para que don Hctor vaya
conociendo a Gabrielito.
Que lo lea, pues, don Hctor.
Sentronse todos a la mesa que estaba preparada para la cena.
Desdobl Hctor la carta, todos se acomodaron bien, para no in-
terrumpir la lectura, doa Adela levant la luz del quinqu, y Hc-
tor, con pausada y buena voz, comenz a leer:

"Pontificio Collegio. Po
Latino Americano. Via
Gioacchino Belli 3 Roma,
Cameratta dei Teologgi
Secondi...".

Est en latn? interrumpi don Toms. Cllate, Toms,


no interrumpas respondi doa Adela. Sgale, don Hctor, que
al cabo ahorita le ha de salir el castellano... Hctor prosigui:

73
"Enero de [Link] Cura don Andrs Posada. "
"Paracho, Michoacn.
"Queridsimo seor Cura:

"Aqu va otro captulo de mis impresiones. Tengo ya muchos


amigos extranjeros en la Universidad Gregoriana. No saben nada
de Mjico. Me preguntan que si conozco a Pancho Villa, y que
si todava hacemos revoluciones. Esta es la nica fama que corre
acerca de nosotros, y no se explican cmo yo, siendo mejicano,
ando vestido como toda la gente decente.
"El otro da me pregunt un ingls que si en Mjico haba
obispo. Yo le respond: 'No, sino que hay siete Arzobispos y ms
de veinticinco Obispos'. Y l se qued admirado.
"Cuando llegan noticias de atentados contra las iglesias, me pre-
guntan que si son muchos los catlicos. Yo les respondo que
somos la totalidad del pas. Y entonces, me preguntan: 'Cmo
es que el Gobierno es enemigo de los catlicos? Qu, no hay
elecciones?'.
"Yo me ro de su candor y les digo que el Gobierno se ha im-
puesto por la fuerza. Pero aqu fue donde un irlands me dej
callado, dicindome: 'Pero si los catlicos son la totalidad, cmo
se explica que tengan ellos la fuerza, cuando son pocos?'
"Yo acabal la respuesta con lo del apoyo de los Estados Uni-
dos; pero tengo para m que tambin nosotros tenemos la culpa,
por ser demasiado pacientes.
"Hasta otra, seor Cura. Saludos a todos, especialmente a don
Toms y a doa Adela.
"Y usted bendgame, porque se vienen encima los exmenes
y me faltan todava muchas tesis.
"Besa su mano,

Gabriel Arce".

Bravo! dijo el sacerdote recogiendo la carta.


Djenosla de recuerdo, seor Cura dijo don Toms.
No, Toms aadi doa Adela. Deja que el seor Cura
la guarde en lugar sagrado, no ves que viene de Roma? Yo creo
,
j
que Gabrielito hasta se la ense primero al Santo Padre... '|
74 y
Hctor estaba en la verdad. Aquella familia Anzures era una
noble familia patriarcal, sencilla e ingenua, santa y laboriosa, in-
capaz de la menor injusticia, siempre abierta al cario, a la bon-
dad y a. la, generosidad sin lmites, digna muestra de la regin
entera.
Hctor y su madre estaban encantados: aquella gente era buena,
buena.

75
XI

UN LEN QUE DESPIERTA

A QUELLO FUE UN DELIRIO en toda la Repblica.


Los estudiosos de la filosofa de la historia se devanaron los
sesos por explicar el hecho. A la altura del ao 1924 todava el
pueblo mejicano vibraba en todo su ser, sacudiendo de jbilo hasta
sus visceras al solo anuncio y convocacin del Primer Congreso
Eucarstico Nacional.
Evidentemente causa extraeza el encontrar en todo lo largo
y lo ancho de aquel pas, en todas las capas de su estructura so-
cial y en todas las diversas y opuestas modalidades de vida, ilus-
tracin y condiciones econmicas de la gran familia mejicana,
una tal uniformidad y disciplina de conocimiento, amor, sentimiento
y entusiasmo religioso, que haya bastado a demostrar su profundo
catolicismo, con ms espontaneidad y elocuencia que lo haban
demostrado ya ao por ao las mismas estadsticas oficiales.
La extraeza sube de punto si se observa que no existe en la
historia el hecho de un pueblo que haya conservado su fe ca-
tlica con tal florecimiento y vigor, sujeto a las condiciones inter-
nas y externas en que ha vivido el pueblo de Mjico por ms de cin-
cuenta aos: el laicismo integral artero, anestesiante, de un Go-
bierno dictatorial, y el protestantismo millonario, invasor, absor-
bente, de un vecino pas imperialista.
Pero contra todas las leyes histricas, tal fue el hecho. Aque-
lla ola de religiosidad present la nota de la espontaneidad y sin-
ceridad popular en todos los rdenes, al grado que, ante ella, hubo
e recatarse discretamente la misma clerofobia oficial, que qued
reducida a una inofensiva displicencia. Y el da del apogeo del
Congreso, que en un momento dado llen de bote en bote todas

76
las iglesias de todas las ciudades y pueblos y villas de la Repbli-
ca, el ms obtuso observador pudo mirar ornamentadas todas las
mansiones seoriales de las veintiocho capitales, las casas todas de
la incontable burguesa, y el infinito colmenar de las habitaciones
de los proletarios que llevaron las insignias de sus festejos hasta
la ltima cabana oculta en el ltimo recoveco de la ms lejana,
abrupta, remota e ignorada serrana.
La creciente acometividad del Gobierno revolucionario contra
la cultura catlica de Mjico iba estrechando cada vez ms visi-
blemente, como entre las placas de una prensa hidrulica, a la
nacin entera. Por eso esta inefable explosin de fidelidad cat-
lica, adems de su carcter heroico ante un adversario declarado
poderoso, presentaba ya el aspecto de una gran parada militar
frente a un enemigo atrincherado.
Las letras sagradas y las profanas, las artes todas, las ciencias,
la infancia, la juventud, la edad madura, la vejez; la familia, el
trabajo, la propiedad, el comercio, la industria, todo lo que repre-
senta una fuerza grande o pequea en el pas, todo protest entre
batir de palmas y lumbres de cielo, su catolicismo profundo. Mjico
entero abra los ojos; vio con grande estupor que se encontraba
an vivo y palpitante, y en su clarividencia, volviendo por su pro-
pio bien y seguridad, se daba cuenta de que Gatilina estaba a las
puertas, que era ya tiempo de ir vendiendo las tnicas y que los
puos crispados deben servir, en buen cristianismo, para algo ms
que para golpear los pechos.. .

En el teatro Narcissus, con la forzosa estrechez que el Go-


bierno ha impuesto a la vitalidad nacional, pero frente a millares
y millares de ciudadanos catlicos, ante una treintena de Arzo-
bispos y Obispos, todos vestidos de rojo y oro, suben a la tribuna,
durante tres noches memorables, oradores de palabra incisiva y
ardiente, para ponderar las glorias de la Eucarista Santa y para
proclamar los sagrados derechos de la libertad, de la Iglesia y de
Cristo. Qu magnfico y seductor desfilar! Se escuch all la
palabra persuasiva del Obispo de San Luis Potos, doctor don Mi-
guel M. de la Mora, que habl del "pueblo creyente, s, pero
que se asfixia, porque no respira las auras de la libertad; de un

77
pueblo que para adorar a su Dios tiene que encerrarse en el os-
curo recinto de los templos, sin poder cantar los himnos de su
culto por las calles, donde hasta el crimen tiene derecho a exhi-
birse, menos Jesucristo..." El brioso historigrafo jesuta Mariano
Cuevas, al pintar de mano maestra la primera misa en la nacin
mejicana, seal con frase candente "a los hombres de mala vo-
luntad, o de voluntad cobarde, que es otra manera de malearse
la voluntad, que jams han logrado ni la paz, ni la prosperidad,
ni el crdito que de ella naturalmente se deriva.. ."
Destacse en la tribuna el pujante Obispo de Huejutla, pre-
sagiando al gran Prelado, fuerte, inquebrantable, gloria de la pa-
tria, para proclamar que np obstante los espantosos crmenes co-
metidos por Mjico, tena fe en los destinos de la nacin: "Creo
en la vitalidad de la Iglesia Mejicana, en su espritu fuerte y
generoso, y abrigo esperanzas de mejores das para la Causa de
la Religin". El Prroco de San Miguel en Guadalajara, don Vi-
cente Camacho, volc el nfora de su elocuencia, tan propia de
su carcter; con frase subyugadora se apoder en el acto del al-
ma del inmenso auditorio, declarando que "slo porque en esta
bendita tierra mejicana hasta los peascos dan rosas... slo por
eso vengo yo aqu, a cantar las glorias de la Eucarista", y al
recordar la palabra divina: "Dad al Csar lo que es del Csar
y a Dios lo que es de Dios", sac la viril consecuencia: "Enton-
ces, cuando el tirano te pida lo que no es de l, lo que es dere-
cho de Dios, o de su Iglesia o de tu familia, o de ti mismo,
entonces... dile que no!... baja a las catacumbas o desciende al
circo, pero no caigas de rodillas, porque los dolos estn en el
Capitolio".
Todo aquel pblico que habrase sentido como en su casa en
el ms linajudo palacio de Pars o de Londres, clavaba los ojos
atentos en los oradores, y estremecase, saturado de entusiasmo
y de fe, al recibir el choque formidable de las frases lapidarias.
Tambin toc su turno a los seglares. Un abogado del glorio-
so Estado de Jalisco, el seor don Miguel Palomar y Vizcarra,
Caballero de la Orden Pontificia de San Gregorio Magno, bor-
d sobre un tema extrao: "La Sagrada Eucarista y los hom-
bres". El orador impuso silencio con el fuego de sus ojos, y so-
bre la ilustre asamblea cayeron gota a gota, tranquilas cuanto

78
conscientes, candentes cuanto sentidas, estas palabras que se an-
tojaban lamento de una paz vergonzosa:
"Seores dijo, no vengo a decir que los hombres deben
comulgar porque son hombres (el pblico todo contuvo la res-
piracin), sino que deben ser hombres porque comulgan...". Y
habl del deber cvico: enumerando de modo magnfico todas
nuestras esclavitudes, concluy aquel perodo ignicente, con estas
palabras: "si todo eso nos aplasta y nos aniquila, es porque los
nombres que comulgan no han sabido tener nocin de lo que
es el deber cvico y no lo han cumplido virilmente, como los
hombres".
Un joven, casi un nio, Luis Mier y Tern, arrebat a la mul-
titud, que all no tena ms que un solo corazn y una sola alma,
al fijar los destinos de la juventud catlica mejicana. 'El joven ca-
tlico de nuestros das exclam, es un verdadero cruzado, que
encontraris en nuestras ciudades y en nuestros campos, sin escudo,
sin coraza, bajo el traje de un estudiante universitario o de un
obrero de nuestras fbricas o de un gan de nuestras haciendas.
Queris reconocerlo? Habladle de los derechos que han sido con-
culcados a Cristo, y veris cmo sus ojos lanzan relmpagos de in-
dignacin; habadle de defender a Cristo, de luchar por su Iglesia,
de salvar a su patria, y veris cmo su semblante se ilumina y no-
taris cmo hierve en sus venas la sangre del cruzado".
Para el sectarismo imperante aquello era ya excesivo. El gene-
ral Obregn, Presidente de la Repblica, que desde su Palacio
escuchaba los discursos, al or uno de ellos ech un terno de los
ms crudos de su vocabulario soez, y furioso arranc el audfono.
En seguida, mand cortar a rajatabla los festejos, y orden que
se abriera un proceso contra todo el Congreso Eucarstico.
Hctor estaba all! Confundido con un grupo de jvenes de
distintas partes del pas, sentasele ensanchar el corazn y abrr-
sele a una nunca soada esperanza. Aquel ambiente era el suyo,
aquellos aplausos los senta l para s. Aquel ideal era el que l
iba rumiando a todas horas sin atreverse an a darle un nombre
propio, y tenindose a s mismo por un iluso. l tambin comulgaba,
y las palabras que haba odo llevbalas haca mucho tiempo incrus-
tadas en el alma, creyendo profanar su propio ideal si llegaba a
externarlas.
Al salir del teatro, entre el aluvin de automviles que en-

79
H7
sordecan y deslumhraban con sus cornetas y sus faros, Hctor
se reuni con otros jvenes de quienes se haba sentido hermano,
al aplaudir con frenes los perodos ms salientes de aquellas aren-
gas, y siguilos, comunicndose con ellos, como si fueran conocidos
desde haca muchos aos. Llegaron a una casa vieja y destartalada
de las calles del Correo Mayor; estaba all instalado el Centro
de Estudiantes Catlicos. All conoci a Joaqun de Silva, de mi-
rada franca, palabra lanzada con desparpajo, ademanes amplios y
resueltos; a su lado, Manuel Melgarejo, adicto a Joaqun, circuns-
pecto, siguindole como se sigue a un jefe reconocido e indiscutible;
all estaba Luis Segura, guapo, risueo, revelando en todo su porte
al joven de inteligencia profunda y voluntad firme; Humberto Pro,
afectuoso, delicado de trato, activo; Armando Tllez, de aspecto
un tanto retrado, pero haciendo sentir que aquel joven, segn la
expresin vulgar, "traa la msica por dentro". Y otros muchos:
todos enamorados de la libertad, todos bien penetrados de tres o
cuatro ideas fundamentales, sin dejarse distraer por "teologas" y
distingos enredosos; todos dotados de ese singular instinto del sen-
tido catlico, que ha sido objeto de admiracin por parte de los ex-
tranjeros cultos que han sabido estudiar y comprender la psicologa
de la juventud y del pueblo catlico mejicano. Muchos de aque-
llos jvenes habran de morir a los pocos aos en aras de la libertad.
De pronto, uno de ellos grit:
Nos hace falta Rene.
Sigue enfermo declar otro.
Vamos a visitarle exclamaron varios, y en el acto, todos
emprendieron la marcha. Hctor quiso detenerse, pero Joaqun lo
tom del brazo, y con toda confianza, le dijo: 4;
Vngase usted con nosotros, Hctor. 1
Y Hctor obedeci.

All en un humilde departamento de la antigua calle de Chi-


conautla, tendido a su pesar en una cama, estaba un robusto joven.
Rubio, ojos azules, hermoso, bueno. Era don Rene Capistrn Gar-
za, uno de los fundadores de la A.C.J.M., el del verbo candente,
del puo de hierro y corazn de oro. Creyente, ilustrado, lder,
victimado, caudillo, haba sintetizado en sus luminosos veintisis

80
aos todas las glorias de un catlico invicto, todas las esperanzas
de un conquistador joven... Ah lo salud Hctor aquella misma
noche, a hora muy avanzada. Aquellas dos manos jvenes, la de
un capitalino y la de un provinciano, se estrecharon en un gesto
de perfecta comunin de ideales. La entrevista fue substanciosa.
El alma de Pelayo estaba encerrada en el pecho de aquel len
enfermo a quien una hbil maniobra diplomtica haba hecho en-
mudecer durante el magno Congreso... Hctor tena frente a s al
orador aprisionado y desterrado, al periodista suspendido, al caba-
llero que haba recorrido la repblica entera "de valle en valle y
de monte en monte", promulgando, como un profeta israeltico, la
sublime consigna de morir o romper cadenas; a quien el gobierno
revolucionario mismo haba ofrecido clandestinamente altos puestos
con pinges ganancias, y al que l, Rene Gapistrn Garza, haba
contestado con el digno vade retro de los hombres de conciencia.

Cuando Hctor, instalado en un coche de primera del Ferroca-


rril Central, recordaba una por una todas las impresiones que del
elemento vital de Mjico haba recibido, meda y sumaba las fuerzas
que haba descubierto, acumulando todas aquellas energas en su
corazn recio y templado, ambicioso y soador, un profundo sus-
piro de esperanza dej escapar del pecho, y exclam con una con-
viccin que remedaba un pronstico:
Todava hay patria... !
Despus... abri la ventanilla y contempl aquellos campos
inmensos, colgados por la mano de Dios a dos mil metros sobre
el nivel del mar, y aspir a pulmn lleno aquel aire repleto de
vida, henchido de sol, como el sol y la vida que l senta nacer
y rebullirse en sus entraas...

81
XII FRENTE A LA

HOGUERA

P ERO EL FAMOSO Patriarca Prez estuvo a punto de dar al traste


con toda la catolicidad mejicana.
Era ste un viejecillo verde y zorro que en su larga y estro-
peada vida haba llegado a ser Cura, pasando inmediatamente por
todos los grados de la tibieza sacerdotal hasta llegar al fro de la
secularizacin, hacerse soldado, luego convertirse, luego reincidir,
y por ltimo, aprovechando el "setenta veces siete" del Evangelio,
reconciliarse de nuevo con la Iglesia para prepararse a una buena
muerte, entregado, mientras se le acababan de secar los huesos, al
apostolado de una misa a las once todos los das en el Altar del
Perdn, de la Catedral de Mjico.
De pronto, cuando nadie se lo esperaba, el viejito Prez, azu-
zado por unos diputados callistas y escoltado por un pelotn de
socialistas rojos, entr, armando escndalo de palos, pedradas y ba-
lazos, al presbiterio de la Parroquia de la Soledad, sac arrastrando,
con muchos cireneos, por supuesto, al infeliz del seor Cura, y una
vez dueo y seor de las oficinas, rodeado de su guardia de corps,
enderez una devota y fervorosa comunicacin al entonces ya Pre-
sidente de la Repblica don Plutarco Elias Calles, de feliz memoria,
ofrecindose a sus elevadsimas rdenes como Patriarca de la nueva
Iglesia Apostlica Mejicana.
Calles, que sola sentir torzones cada vez que pensaba en un
Cura, sinti esta vez un sabroso dulzor, y contest de enterado
y de agradecido, comunicando adems al gracioso patriarca que ya
daba orden para que se le impartieran toda clase de garantas...
Aquel fue el toque de marcha de una nueva campaa abo-
minable! Agentes cismticos, pagados por el Gobierno, comenzaron

82
a recorrer el pas. Los sacerdotes reciban invitaciones y promesas
que chorreaban oro. Afortunadamente, glora es del sacerdocio, el
clero mejicano se mantuvo en su puesto, y el pueblo, en muchos
lugares, hubo de amotinarse para defender sus iglesias.
Esta nueva ofensiva colmaba la medida de la paciencia de
los buenos. Hctor sigui de hito en hito todas las peripecias de
la tragedia sainete. Y cuando por la prensa se enter del desenlace,
a saber, que el Presidente Calles secularizaba la Parroquia de la
Soledad, que la veneranda imagen de la Virgen era enviada a un
montepo, y que al fantoche Prez se le daba una nueva iglesia y
se le protestaban las simpatas de las organizaciones gobiernistas,
Hctor sinti una vez reagitarse en sus redaos el hirsuto ca-
chorro de todas sus impaciencias benditas. En el recinto de su apo-
sento, Hctor dio algunas vueltas como fiera enjaulada. Luego,
tom su sombrero y se ech a la calle.
Qu noche ms hermosa! Qu noche ms tranquila!: vivo
contraste de la Naturaleza con la tormenta que se desencadenaba
en el cerebro de aquel hombre. Una luna esplndida sonrea en
el firmamento. Un silencio sepulcral, de esos en que se oye el h-
lito del alma del mundo, reinaba en la ciudad. De algunas venta-
nas cerradas salan murmullos de oraciones. Eran las familias que
rezaban el rosario. Hctor sigui su camino, abstrado, transpor-
tado. Al volver una esquina, un borracho estuvo a punto de atre-
pellarlo. Era "Pelotes", el Coronel. Hctor, de un codazo, se lo
quit de encima. Y sigui adelante. Pas junto a la puerta de la
Catedral. Estaba cerrada. Ante ella, con la frente pegada a la
dura madera, unos campesinos oraban. Hctor no se detuvo. Ms
all una sombra se embarraba en las paredes del teatro Caldern,
entonces cerrado. Era Pepe Sobern, que en sus noches juiciosas
rondaba la casa de Consuelito Madrigal. Hctor pas junto de
l, sin consagrarle siquiera la mitad de un pensamiento, y prosigui,
como un sonmbulo que respira el ambiente de un mundo supe-
rior. As lleg al Telgrafo, y entr. Cogi una forma, y despus
de poner la direccin, con letra nerviosa, casi rasgando el papel,
escribi estas tres palabras:
"Espero [Link]".
Unas horas ms tarde llegaba la respuesta telegrfica:
"Van en [Link] Capistrn Garza".
No haban pasado, en efecto, veinticuatro horas, cuando el

83
joven licenciado don Guillermo Lpez, Presidente del Centro Re-
gional de la Asociacin Catlica de la Juventud Mejicana, se pre-
sentaba en la casa de Hctor. Conocida era para ste la distinguida
personalidad del joven abogado. Pasado que ambos jvenes hubie-
ron a la sala y tomado asiento en un sofacillo de bejuco, el abogado
rompi el silencio:
Recibo orden de Mjico de presentar a usted esto. Nos he-
mos resuelto a trabajar, y a trabajar fuerte y macizo, dispuestos a
echar mano de todos los medios que vayan aconsejando las cir-
cunstancias. Es preciso que seamos hombres.
Muy bien! respondi Hctor. Ya era tarde. Hasta hoy
no hemos sabido ms que replegarnos. Los pasos a retaguardia
han sido nuestra especialidad, y lo ms triste es que ni siquiera nos
vamos batiendo en retirada... A ver?
Y Hctor despleg una grande hoja impresa.
Vaya! exclam con aire de satisfaccin. Ojal hoy sea
de veras!
Y ley. Ley con avidez, frunciendo el ceo y entreabriendo los
labios, mientras el abogado lo contemplaba seria y atentamente.
Aquella hoja era la famosa proclama que lanzaba el Comit Fun
dador de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa. Era el grito
de la gente honrada, que por primera vez llamaba a todos los buenos
a formar un apretado haz para rechazar tanta insolencia y recon
quistar la libertad de los hijos de Dios en la patria mejicana. Aque
llas frases eran cortantes, candentes, como la viviente realidad so
cial y poltica que quemaba de rabia las entraas y de vergenza
las mejillas. Y los firmantes de aquel heroico llamamiento a la
organizacin, en el punto de tiempo en que no quedaba otro re
curso que la desbandada bajo el fuego enemigo, eran los simp
ticos ilusos que Hctor haba conocido en Mjico, ilusos tallados en
la misma cantera de aquella raza de genios que descubrieron mun
dos y redimieron pueblos...
Magnfico! exclam Hctor cuando hubo terminado su
lectura. Ahora, cuenten ustedes conmigo.
El abogado sac una tarjeta de adhesin a la Liga. Hctor la
llev a su mesa, y con mano firme y tranquila puso en ella su firma.
Ahora, seor Lpez aadi Hctor-, dmonos un abra-

84
zo. Esta Liga de fuerzas civiles nos abre el camino. Yo presien-
to, mi buen amigo, que esta empresa de reconquista nos va a
exigir muchos ms grandes sacrificios. Se acerca una hecatombe,
amigo mo. Un pecado de medio siglo no se perdona con una
ligera penitencia.. . ! Nos vamos a hundir en un caos horrible.
Habr sangre? Habr muerte? Quizs... ! Pero, a pesar de
todo y por encima de todo, es nuestro deber no retroceder un
palmo ms y no slo marcar un "alto", sino tronar un "adelan-
te!". .. Don Guillermo, entramos en un camino que han esqui-
vado mucho los catlicos; pero entramos con plena satisfaccin:
es el nico camino por el que el hombre de conciencia puede
pasar e ir con la cabeza levantada... Conque, don Guillermo,
para ese momento futuro que desconocemos, para ese momento
terrible en que algunos se asusten de nuestra obra, para ese
momento, cuente usted conmigo y con todo lo que soy y ten-
go. Yo no he estado con ustedes en la A.G.J.M., pero siempre
los he admirado, y creo llevar muy maduro el espritu de ustedes...
S, por ahora agruparnos y prepararnos... Y diga usted a los
seores de Mjico, a nuestros jefes, que nosotros, que somos el
pueblo, estamos en la brecha y contamos con ellos... que si ellos
faltan, tengan por seguro que nosotros no faltaremos, y que si
ellos, por desgracia, retroceden, entonces nosotros pasaremos so-
bre ellos!
El joven abogado abraz con todas sus fuerzas a Hctor.
Perfectamente, don Hctor. Esperamos marchar hacia ade-
lante y con la visera levantada: Por Dios y por la Patria!
Era apenas el mes de marzo del ao de 1925.

85
X III

H C T O R

C ASI UN AO MS TARDE , sorprendemos a nuestro Hctor en uno


de esos dulcsimos coloquios domsticos que frecuentemente tena
con su amorosa madre en la rica intimidad de la cena, la noche
del 10 de febrero de 1926.
Conque no se te olvide, hijo dijo Soledad. Maana ni
me busques. Me voy de parranda muy temprano. Es la fiesta
de Nuestra Seora de Lourdes y la Primera Comunin de los
nios. A m me toc ser madrina de Juanita, la del portero del
Instituto Cientfico. No te vayas a ir sin almorzar. Esperas a
Juliana que te prepare unos huevitos con chumle, tu cafecito y
tu buen vaso de leche ordeada. Ests, hijito?
Bueno, bueno, y usted, hasta qu horas, carambas, se va a
venir de ese jolgorio?
Se ri doa Soledad de la aparente irritacin de Hctor por su
ausencia, y respondi:
Pues no s: .. .conque si el sermn del Padre Martn es muy
largo... De todos modos, para el medio da ya est aqu tu
mam.
Sabe usted lo que ^estoy pensando?
Qu?
Que se traiga usted a comer con nosotros a la ahijadita, y
a don Pascual el portero, y a su esposa. Pobrecitos, siquiera que
saboreen la fiesta de Juanita.
Muy bien pensado. Entonces maana echamos la casa por
la ventana y ellos estarn felices... Yo creo que los pobres nunca
han comido cabal.

86
Yo me traigo al medio da algn antojito de la pastelera;
ya ver usted cmo eso s es ser madrina.
Terminado el caritativo complot, bes Hctor la frente de su
madre, y se retir a su aposento a leer y estudiar, segn su cos-
tumbre. Lea algo de la Historia de los Moriscos de Granada,
repitiendo trozos y subrayando frases que le impresionaban. To-
cle precisamente esa noche el conocido pasaje en que el Rey
Boabdil, huyendo de Granada, vuelve sus ojos desde una pro-
minencia de la Alpujarra hacia la maravillosa ciudad, y al ru-
miar la irreparable prdida, se deshace en llanto. Y su madre,
una soberbia mora, linda y valiente, le dice: "Hijo, bien lo haces,
que no te queda otro recurro. Llora, llora como mujer el reino
que no has sabido defender como hombre...!"
Copi Hctor cuidadosamente aquellas palabras de la rica-hem-
bra. Y las ley repetidas veces antes de guardarlo. Luego se acost,
y so... So que lloraba, que lloraba amargamente, como
nunca haba llorado, y que su cristiana madre, transformada en
un ser misterioso, le repeta las enrgicas palabras de la madre
do Boabdil: Llora... llora como mujer, lo que no has sabido
defender como hombre.. . ! Despus, la figura de su madre se es-
fumaba, y, como en los cuadros disolventes, las sombras y la luz
iban formando un nuevo cuerpo: la imagen venerada de su abuelo
se enderezaba frente a l, le tomaba por la mano y le suba a lo
alto de unas murallas ciclpeas, desde donde le haca mirar un
ejrcito inmenso que descansaba en vsperas de un asalto... Y el
abuelo, tomando el acento de un semidis: Hctor, mi hroe fa-
vorito deca, rompe las puertas de tu ciudad y sal al frente de
los jvenes troyanos para salvar y defender a tu patria que su-
cumbe. .. Aquellas palabras se dirigan a l. Hctor estaba en
Hctor!
Noche fue aqulla de grandes ideas! Por ello, cuando Hc-
tor despert, sinti un gran desaliento. Aquello era una alcoba
y l descansaba en un lecho. El era nada: un pobre empleado de
un miserable rico. Sus ideas eran elevadas, sus anhelos grandes;
pero quedaba atado a aquella vida mediocre y encerrada, vivien-
do para s y para su casa, cuando poda vivir para su patria y
para el mundo entero.. . La luz del da, indiscreta y juguetona,
entraba por las ventanillas entreabiertas. En el corredor se oa
el suave trajn de las faenas matinales de Soledad, el rebullir de

87
los tiestos, el cerrarse de las puertecillas de las jaulas de los p-
jaros: gracia y alegra de aquella risuea casita mejicana con
perfumes de flores, trinos de aves y alegras de gracia de Dios,
escenas con que abrimos ante el lector el primer captulo de esta
historia. Hctor sinti cuando su madre entraba de nuevo a la
alcoba contigua, cuando se lavaba las manos, cuando sala cami-
nando de puntillas quiz por no despertarle. Sinti cuando Sole-
dad se detena, precisamente frente a su puerta. Hctor adivin,
casi sinti sensiblemente, la bendicin de su madre:

"En el nombre del Padre, del Hijo


y del Espritu Santo, la
Santsima Virgen te cubra
con su santsimo manto",

y se santigu devotamente en su misma cama. Sinti despus que


Soledad segua su camino, que abra, la puerta del zagun, que
la cerraba... Todo en silencio.
Arriba, juventud! exclam Hctor arrojando de un bote
las mantas. Vamos a empujar esta vida mediocre mientras se
nos abren las puertas del herosmo.
Ya medio vestido, psose de rodillas frente a una imagen de
la Virgen de Guadalupe que a su cabecera estaba, hzose lenta-
mente la seal de la cruz, rez luego un avemaria, y termin
con la popular invocacin mejicana: Santa Mara de Guadalu-
pe, esperanza nuestra, salva a nuestra Patria!
En seguida, uniendo este sagrado pensamiento con las sugestio-
nes de su sueo, aadi amargamente:
"Salva a nuestra Patria.. ." Cmo la ha de salvar, si somos
todos Boabdiles, si slo sabemos llorar como mujeres, y no sabe-
mos defendernos como hombres... !
Y con gracia filial, aadi, dirigindose a la imagen:
Santa Mara de Guadalupe, haz de m tu Hctor!
Aquella maana trabaj Hctor con especial alegra. El viaje
de Pepe Sobern a Mjico haba duplicado los quehaceres de la
oficina, pero en aquella esplndida maana todo invitaba a la
accin: el ambiente fresco y puro, el cielo abierto y azul. Hc-
tor estuvo de buen humor, como nunca.

88
Pero hombre le dijo el bueno de don Luis; si usted viene
hoy como si le hubieran dado la novia.
Y de veras respondi Hctor. Me acabo de enamorar, y
lo que es yo no me detengo, y usted ser el padrino.
Pero de quin? Cmo se llama? Expliqese, expliqese.
A ver si la conoce. Mire: es blanca como la nieve, labios ro-
jos sangre, ojos azules de cielo, cabellera oro, formndole aureola
como a una santa...
Vaya!, ahora poeta, don Hctor.
Hasta poeta... hasta caudillo, hasta cruzado, hasta conquis-
tador, hasta hroe...
Usted est loco, loco de remate.
Pues si viera que de veras me siento loco. .. ! Porque decidi-
damente, estoy enamorado, perdidamente enamorado.
Pero no me acaba, nunca de decir de quin se trata, cmo se
llama.
Noms a usted se lo digo: se llama Gloria.
Gloria... ? No la conozco.
La conocer!
Pero la sonrisa que acompa estas ltimas palabras qued he-
lada en los labios de entrambos. Volvieron el rostro hacia el depar-
tamento al menudeo y vieron que todos los empleados haban
quedado inmviles. Las empleadas se miraban unas a otras con
la extrema lividez en los rostros...
Nadie se asuste! grit Hctor con voz rotunda. No es
nada! Unos cuantos balazos! Un pleito cualquiera!
Y para animar a todos con el ejemplo, tom la pluma y co-
menz a sumar tranquilamente unas cantidades del Libro Mayor.
Engolfado segua en su estudiado trabajo, cuando la inocente beata
Arguelles, de quien quiz el lector ya no guarda memoria, entr
a la tienda, muy llena de misterio, y llam a la cajera Carmelita.
Hablaron un poco, y luego la buena cajerita se acerc al despacho
y llam a su pap don Luis. Hablaron otro rato en voz muy baja y
con seales de mucha reserva. Por ltimo, don Luis volvi a entrar
en el despacho, y dando una cariosa palmada a su amigo en el
hombro:
Don Hctor -le dijo, no quiere que vayamos a ver qu
sucedi?

89
Hctor ech de ver inmediatamente que don Luis le preparaba
para una mala noticia.
Ya me lo imagino, don Luis. Algo que me toca a m, verdad?
S aadi don Luis, encontrando expedito el avance, pa-
rece que le toc a su mam el susto.. . No quiere que vayamos?
Vamos! dijo Hctor sacudiendo la cabeza con resolucin
y alzndose de su asiento.
Tom su saco y su sombrero, bajo las miradas compasivas de
las empleadas. Al salir, dijo a don Luis que lo acompaaba:
Qu, ser ya la hora de hacer justicia contra estos mal-
ditos?
Caminaba Hctor de prisa, al lado de don Luis; iba tejien-
do las ms horribles hiptesis, consolndose a s mismo, al ne-
grselas, apenas fingidas. Recordaba que su madre haba ido
aquella maana a la Primera Comunin de los nios, acompa-
ando a Juanita, la del portero del Instituto Cientfico. Despus
ira al desayuno en el Colegio Teresiano, y al medio da lleva-
ra a comer a casa a la ahijada y a sus humildes padres. Qu re-
lacin podan tener estos antecedentes con las medias palabras que
le haba dicho don Luis en torno de Soledad, y precisamente
despus de haberse escuchado el rpido y nutrido tiroteo?
En efecto, encerrado Hctor en su oficina, ignoraba el eno-
joso encuentro que las monjas teresianas haban tenido a la puerta
misma de su colegio, y ms ajeno an estaba de todos los
acontecimientos que se haban desarrollado en el interior y en las
afueras del establecimiento.
Lleg por fin a su casa. Apenas traspuso el zagun, un olor
penetrante de cido fnico lo envolvi en la realidad de los he-
chos. Su madre estaba herida? Y no estara quiz muerta?
Ante esta duda, las piernas le flaquearon, pero un vigoroso im-
pulso de su nimo levant en vilo a su naturaleza sorprendida.
Y entr en la recmara amargamente resuelto a beber de un sor-
bo el cliz de la desgracia inesperada.
Entr. La oscuridad lo ceg por un instante. Dilatadas ya
sus pupilas, mir como en un sueo la blanca silueta de una
mujer joven, sinti en su mano la caricia de unos dedos de seda
y en su odo el arrullo desconocido, pero dulce, de una

90
voz que le animaba a acercarse. Era Consuelito, una imagen real
que hizo evocar a Hctor la imagen soada poco antes.
Animado por aquella voz, dio el ltimo paso hacia su dolor.
Penumbra tibia, silencio religioso lo envolva todo. Adivin tris-
temente bajo las mantas la figura de su madre. La cabeza per-
fectamente vendada. Hctor no se atrevi a preguntar si estaba
viva. Su rostro apareca blanco como la cera. Hctor se inclin
hacia ella. Not que respiraba. Viva! Soledad levant entonces
penosamente los prpados entre los estorbos del vendaje, puso
dulcemente sus miradas en las pupilas de Hctor, y pronunci
esta nica palabra, con una ternura, con una compasin sin
lmites:
Hijito?
Hctor no respondi una sola palabra. Se inclin ms an y
estamp quieto beso sobre la frente entrapajada. Al besarla se
le arranc del prpado una lgrima ardiente, que cay sobre la
venda, confundindose con la sangre de su madre.. . Luego cay
de rodillas, y escondiendo su rostro entre las ropas de su madre,
le dijo convulso:
Madre! Siento vergenza de m mismo! Siento vergen-
za de ser hombre!
Don Luis y Consuelito contemplaban la escena con religiosa
reverencia. El llanto era sagrado. Hctor sollozaba... De pron-
to, entre la linfa de sus lgrimas, el frreo espritu se alz altivo,
reconfortante, le sacudi las sienes, le enderez la frente, y puso
en sus labios la ronca vibracin de estas palabras de fuego:
Oh, Cristo! Por Ti, por mi madre! Te juro que estas se-
rn mis ltimas lgrimas de mujer. Desde hoy en adelante, slo
pensar en defenderte a Ti y a ella... como hombre!
Ante el fuego sagrado de aquel solemne juramento, Consuelo
inclin la cabeza como un ngel que comulga, y aadi prof-
ticamente.
As sea!
Y a la luz vacilante y mortecina que iluminaba medrosamen
te la estancia, envolvi en una mirada de desconocida simpata
la gallarda figura del mancebo, evocando al mismo tiempo, como
por contraste, la figura plida y trivial de Pepe Sobern, su no
vio. ..
Y aunque no quiso confesrselo a s misma, sinti perfecta-

91
mente que de aquellos ojos grandes y negros, de aquel ceo arro-
gantemente oscurecido, de aquel cuerpo todo alto y esbelto, en
suma, de aquel Hctor que se ergua fuerte y macizo, a medio
metro de ella, irradiaba algo extrao, como una centella, como
un relmpago, como una saeta luminosa que no slo vibraba co-
mo estocada de caballero cristiano medieval, sino que le pene-
traba a ella misma por las pupilas, iluminando profundamente
toda su morada interior, y haciendo estremecer en un modo sabroso
sus entraas, envolva en una sensacin inconfundible su dulc-
simo corazn de mujer...

92
XIV

M E R E N G U E S

U NA SALA RECOQUETA.
Sobre el bano y el marfil del flamante piano de cola, riela dul-
csima luz velada por pantalla de seda rosa con motivos japo-
neses.
Y unas manos ms coquetas que la sala, acarician el teclado
arrancando las ltimas notas de la cancin mejicana Flor de T:

Flor de T es una linda zagala que


a estos montes ha poco lleg; nadie
sabe de dnde ha venido ni cul es
su nombre ni dnde naci.

Dos suaves acordes secos y precisos cierran el poema, y una sel-


va de aplausos ntimos lo comenta en seguida.
Oh, qu bien, qu bien, Lucecita!... Y por qu, doa
Leonor, por qu no me presta usted a Lucecita para que desem-
pee un nmero en la velada de San Vicente de Pal?
Quien as habla es el ya citado Padre Martn, hombre de am-
plia vida social, cannigo desde sus mocedades, visitador nacional
de las Conferencias de San Vicente de Pal y Camarero Secre-
to del tiempo de Len XIII. Hombre, pues, respetado por me-
dio mundo, estimado por las gentes devotas y adorado por las
familias ricas que nadan entre dos aguas en los graves momentos
histricos.
Sentse Luz a la vera de su madre, doa Leonor. Cruz con
frescura la pierna, tirando luego con los dedillos la orilla de la
falda, para medio cubrir la rodilla, y sonri monsimamente ante

93
el delicado piropo que le lanzaba el bueno y distinguido del Pa-
dre Martn.
La robusta y bigotuda doa Leonor, no sintise menos hala-
gada con las palabras del sacerdote.
Ay, Padre Martn! Si no se imagina usted lo chocante
que es esta criatura! Nunca quiere cantar ni tocar en pblico...
La mandaron invitar de Mjico, para las fiestas de Covadonga,
y por ms que Carlos le hizo la lucha, pues imposible de hacerla
aceptar.
Pero, imagnese nonis, Padre! repuso riendo la famosa
criatura; se les ocurre a esos viejos horrorosos hacer su con-
cierto el mismo da del baile del Casino Espaol, y de loca iba
yo a faltar, qu va!
Y la otra vez, cuando te invitaron aqu estos jvenes ca-
tlicos que tienen una asociacin agreg doa Leonor, no acer-
tando a precisar el nombre de la A. C. J. M.
Uh! Menos! Ese da estrenaban una pelcula de Gloria
Swanson.
Ah, qu muchachas! observ complacientemente el Padre
Martn. Siempre bullangueras, siempre alegres. . . !
Por qu no invita usted a Consuelo Madrigal? aadi Luz
con malicioso retintn. ..
Ah! dice doa Leonor, tomando un aire misterioso.
A propsito de Consuelo, no s qu le ha pasado a esta mucha-
cha. Desde que vinimos de Mjico, en febrero, la encontramos
toda cambiada, toda misteriosa. .. Ya se ve: le ha de haber he-
cho mucha impresin lo del Colegio Teresiano.. .
Pobre Consuelito! repuso con un profundo suspiro el Pa-
dre Martn. Pero ella y la Madre Francisca tuvieron la culpa...
Se metieron a valientes. .. Se pusieron a mandarle al General
Ortuzar un recadito que... vlgame Dios!
Pero si eso no es nada agreg doa Leonor. Y qu
dice usted de los muchachos, esos imprudentes?... Llevar pistola,
y disparar... Quin les ensear la religin a esos jvenes? Qu
bonitos jvenes catlicos, haciendo motines! ... Ah estn los re-
sultados: un muerto, muchos heridos, las madres encarceladas,
el colegio ocupado, y una, pues, con el alma en un hilo y enfer-
mndose de bilis con tantos sustos...

94
El da de Cristo Rey el ao de 1926, cuando el Soberano Pontfice Po XI pioc'amo esa Duina Realeza y
cuando se desencadenaba en Mxico satnica la embestida, y era pujante la resistencia, la peregrinaciones a la
Basbca de Guadalupe fueroi particularmente fervorosas.
-Y yo no s cmo Consuelito se escap observ el Padre
Martn.
Yo s s interrumpi con sonrisa maliciosa Luz, que se
haba entretenido en acariciar un perrillo chato que se le haba
trepado a las faldas.
Cllate, quitacrditos! le dijo su madre aparentando una
suave reprensin.
A ver, a ver, qu hay por ah? pregunt el Padre Mar-
tn halando la lengua a madre y a hija.
Iba a desembuchar la chica, cuando doa Leonor, ms dis-
creta al parecer, opt por descubrir personalmente el pastel.
Usted sabr, Padre, que mi hijo Pepe tena relaciones con
Consuelo.
"Tena", eh? observ Luz.
Cllate, no metas tu cuchara! replic doa Leonor.
De modo que ahora ya no. .. !
-All voy prosigui doa Leonor, cortando la palabra al
Padre Martn. La cosa fue a raz de lo del Colegio Teresiano.
Fuimos nosotros a Mjico, al Carnaval, y naturalmente que asis-
timos al baile del Casino Espaol!'. .. Qu cuenta nos bamos a
dar de que en ese da andaban echando a las pobres monjas a
la calle y aprisionando a los sacerdotes extranjeros! Mucho me-
nos bamos a saber que aqu, en Zacatecas, suceda lo que su-
cedi. El inocente de Pepe le escribi a Consuelo una carta con-
tndole lo lindo que haba estado el baile del Casino, y Consue-
lo le va contestando poco menos que con un sermn de Cuares-
ma... Hubiera usted visto qu carta! No s de dnde se le
subi a esta muchacha su catolicismo para culpar a mi hijo hasta
de enemigo de Cristo...
Lo comparaba con Nern cantando frente a Roma incendia-
da aadi Luz en tono burlesco.
Vaya, vaya!, y luego?
Que Pepe se ri de la devota novia, y fue a repetir el bai-
le al Tvoli... Y Consuelo, furiosa, le mand tamaas calabazas...
-Y por telgrafo aadi Luz con una comprobante inclina-
cin de cabeza.
Y luego? insisti el Padre Martn, encantado del chis-
me.

95

H8
Dgale todo de una vez, mam sugiri la chispeante Lu-
cecita.
Pues ha resultado prosigui doa Leonor, bajando la voz;
pero esto, por supuesto, que lo he sabido muy de reserva... Ha
resultado que Consuelo se anda ahora volando...
Con el Genera] Ortuzar, a poco! adelant el Padre Mar-
tn.
Ya quisiera que fuera el General Ortuzar. Valdra ms la
pena; se anda volando con el hijo de Soledad Martnez de los
Ros...
S, con el ayudante del contador de pap aadi Luz.
Con Hctor? pregunt extraado el sacerdote.
Precisamente: Hctor! Un muchacho... pues nada ms que
un muchacho. Yo no s todo lo que hay de cierto; pero Con-
suelo no sale de la casa de Soledad; la cosa comenz con una
herida en la cabeza y acab con otra herida en el corazn.
Pero la disimulan muy bien con los cuentos de la Liga de
Defensa Religiosa... observ Luz.
Dios nos saque con bien repuso el Padre Martn suspiran-
do de nuevo. A esa Liga no le veo yo ni buen principio ni
buen fin; menos mal fuera un noviazgo disfrazado de esos mu-
chachos.
Y, a propsito de Liga aadi virando doa Leonor, qu
le parece a usted de esa Liga, Padre?
Pues, hombre... contest vacilante el interpelado; le di-
r a usted, esos seores son muy buenos, yo los quiero mucho;
pero no me parece el sistema. Todas esas cosas no hacen sino
exasperar ms al Gobierno y dificultar ms la situacin. Cayendo
y levantando, as la vamos pasando; esa es nuestra condicin, no
hay que soar con otro gnero de vida, somos mejicanos, no
tenemos compostura. A m me han pedido mi apoyo e
influencia estos seores de la Liga. Yo, naturalmente que les
digo que estoy con ellos, enteramente a sus rdenes. Cmo los
iba a desconsolar, pobrecillos, y ms cuando los quiero tanto; pero,
qu voy a meterme en esos enredos!... Eso sera comprome-
ter nuestras asociaciones, que son lo poco que nos ha quedado.

96
Pero es cierto que los seores Obispos la apoyan?
Los Obispos contest el Padre Martn dando otro suspi-
ro ms profundo todava, naturalmente que no la pueden con-
denar, y unos ms, otros menos, pero todos comprenden que esos
seores son personas muy abnegadas y cristianas. En esto yo no
me meto. Lo que s s es que yo procur cuidarme las espal-
das, y no meterme en los... Hasta ahora hemos escapado los bie-
nes, por lo menos una parte, de la Conferencia de San Vicente.
A dnde ira yo a dar con todo si me metiera con esa famosa
Liga?
Por eso mi esposo contest bien a estos seores repuso do-
a Leonor. Estuvo a verlo este joven de Mjico... cmo se lla-
ma, Luz?
Rene Gapistrn Garza, y vaya que es guapo intervino la
muchacha.
S, Gapistrn Garza; pues vino a ver a Carlos. Andaba es-
te joven juntando dinero para la Liga. "Qu he de dar yo
dinero para esas cosas!" le respondi Carlos. Y no les dio
ni un centavo. Y tiene razn, el pobrecito de mi marido ha lo-
grado salvar sus negocios y no quiere echar a pique su fortuna.
Pero la ta de Consuelo... insisti Luz.
La ta de Consuelo s dio, y bastantillo, de ella y de la so-
brina.
Pues a m tambin me sacaron cien pesos dijo el Padre
Martn dando otro buen suspiro. Ni modo de negarme. Pero
les dije que era la primera y la ltima vez que les daba... Y otra
cosa curiosa que sucedi a propsito de la visita de Rene. Consue-
lo tuvo una graciosa ocurrencia en la junta de Hijas de Mara.
Tenemos en caja un depsito de cinco mil pesos para el nuevo
estandarte que vamos a encargar a las Benedictinas de Pars, y
Consuelito, con un desplante increble, se levant y dijo que en
vez de pensar en estandarte debamos dar esos cinco mil pesos para
la Liga de Defensa... Se arm un alboroto! ... Y lo peor, que
ya se haba ganado a toda la Mesa Directiva y ms de media
Congregacin... Y si no me impongo yo, y hago valer toda mi
autoridad, me tiran entre todas al arroyo los cinco mil pesos...

97
Oh! Mi queridsimo Padre Martn! Qu honor! Qu ho-
nor!
Don Carlos, mi buen amigo don Carlos!
Y el aludido entr vendiendo salud y alegra que le asomaban
por los carrillos mofletudos. Llegaron las otras chicas. Saludos,
gritos, agasajos. Y sigui la escena del t: rato delicioso de charla
y risa en aquel saloncito del rico Sobern...

98
XV

NOCHE FECUNDA

H ABAN SONADO YA LAS ONCE Y MEDIA de la noche, cuando doa


Tomasa, la pobre vieja de Pioquinto el gendarme, agitada y
ansiosa, llam a la puerta de la casa de Consuelito Madrigal, de-
seando hablar inmediatamente con ella.
Consuelito estaba ya acostada. Ante la instancia de Tomasa se
levant, meti los piececillos en suaves sleepers, vistise un quimo-
no e hizo entrar a la importuna. sta, apenas se vio sola con Con-
suelito en el risueo saloncito de costura, rompi a llorar a l-
grima viva:
Nia, nia de mi alma! Yo no quiero que caiga esta mal-
dicin sobre m y sobre mis hijos! ...
Dijo, sacando de debajo del viejo y rado rebozo, el grueso ro-
llo de unos grandes papeles impresos. Psolo todo en manos de
Consuelito, con prisa, como si se estuviera quemando con ellos las
manos. Suspendi luego su llanto, cubrise la boca con el rebozo,
y al travs de sus ojos llorosos, quedse contemplando el sem-
blante de Consuelo.
sta, con calma, cogi el rollo y despleg el primer papelote,
exclamando como quien ya sabe de qu se trata:
Ah. .. !
Y ley tranquilamente el ttulo que encabezaba el largo y nu-
trido texto de letra chica.
Y cmo vino a dar a usted esto? pregunt Consuelito.
Pioquinto, nia, Pioquinto! respondi Tomasa. Ya sa-
be usted que es gendarme. Y ahora, despus del toque de silen-
cio, el Jefe le dijo: "Maana muy temprano pegas eso en las
puertas de las iglesias. El prob dice que no sabe qu cosa es,

99
pero que debe ser algo muy malo contra los padrecitos y contra
todos los buenos cristianos, pues dice que los del Gobierno esta-
ban chacoteando, y que decan: "Ahora s se los llev la... (pues
ya ve ust qu palabrotas traen siempre en la lengua esos indinos)
a los Curas y a las beatas..." Ay, nia! Si esto ya es el in-
fierno. .. !
Y Tomasa reanud el llanto. Luego prosigui:
Y el prob de Pioquinto... Ya lo conoce usted, nia; pues
l, su casa y su trabajo, su trabajo y su casa, dnde le van a
gustar a l esas pendencias!, y ah est en la casa, hecho un hur-
fano de triste; porque dijo que l no quiere meterles canilla a
esos malvados y felones. l estaba risuelto a juyirse mejor y a
desertar de la poleca; pero yo le dije que luego si lo agarraban
lo afusilaban. Mejor les digo que ests enfermo, ten? Y enton-
ces l me dijo: "Mira, Tomasa, dame pues un poco de mez-
cal y treme un aguacate para que me pegue un dolor, y les
vas a decir a los jefes que estoy en un grito". Y yo le di el mez-
cal con aguacate, y l deca: "Santo nio de Plateros! Que
me pegue pronto este dolor!" Y luego me dijo: "Bendito sea
Dios, que ya me comienza!" Y ahorita que lo dej, nia, ahorita
s que lo tiene pero retejuerte: est dando unos bramidos... y
yo ya les voy a avisar a los de la finca; pero yo pens: "Primero
le llevo los papeles a la nia Gonsuelito. Ella sabe leer y escrebir y
le gusta la alcin social". Por eso vine a estas horas; ust me ha de
perdonar, nia Consuelito, por Dios y su Madre Santsima.
Bueno respondi Gonsuelito, a quien no extraaban aque-
llas heroicas ingenuidades; lo primero es que cure a Pioquinto.
Vaya a la Botica del Sagrado Corazn, y les pide un remedio
para el clico; les dice que me lo apunten a m. Estos papeles los
lleva a la Polica, y que hagan lo que quieran con ellos. Noms
dme tantitos. .. Con stos tengo. Y usted ahora s, vaya con Dios.
Sala ya Tomasa, cuando Consuelo la detuvo:
Espreme tantito! le dijo.
Tomasa volvi el rostro y vio a Consuelo inmvil, pensativa.
Viola despus sacudir la cabeza con resolucin, y oy que le dijo:
Lo que necesito es que haga usted una cosa.
A ver respondi Tomasa. ' Sabe dnde vive
Hctor Martnez de los Ros?

100
S, nia; p'ac, p'al lao del Estituto.
Bueno, pues va ahora mismo, y le dice a Hctor que yo,
Consuelo Madrigal, lo necesito, que venga inmediatamente y me
toque la ltima ventana.
-Vlgame Dios, nia! Qu ir a pasar!
Lo que Dios quiera, pero usted vayase luego.
Y vengo yo tambin con don Hctor?
No, usted ya puede irse a su casa respondi Consuelito, rin-
dose para su adentros. Noms nos encomienda a Dios. Hasta
luego.
Buenas noches le d Dios, nia Gonsuelito.
Habiendo salido Tomasa consolada y satisfecha, volvi Con-
suelo a su aposento. Cubri su gentil cuerpo con vestidos ms
formales, echse sobre los hombros un abrigo de estambre, y co-
mo quien mata el tiempo, psose a leer aquel papel infame que
Tomasa le llevara.
Consuelo mova continuamente la linda cabecita en gesto de
indignacin, conforme iba pasando sus ojos por aquellos prra-
fos. Aquel papel era la edicin oficial de la famosa Ley Penal
contra delitos de Culto Religioso y Disciplina Externa, promul-
gada por Calles el 14 de junio de 1926, documento que mostraba
la resolucin inexorable del torpe estadista, de aplicar de un gol-
pe con todo rigor, bajo severas penas, los artculos persecutorios
que los revolucionarios carrancistas haban consignado bolchevique-
mente en la Constitucin de 1917.
Aquello era un monumento de infamia. Consuelo no acertaba
a creer lo que sus ojos vean en la letra de la Ley, a pesar de estar
habituada a sentir la violencia de los hechos cotidianos. Y Con-
suelo lea y volva a leer, comprendiendo que ella, que sus ami-
gas, que sus maestras, seran puestas por aquellos mandatos ofi-
ciales en una situacin de desesperacin inefable:
"La enseanza ser laica. .., los infractores de esta disposi-
cin sern castigados con multa hasta de quinientos pesos. En
caso de reincidencia la multa ser mayor.. . Corporaciones Reli-
giosas, quinientos pesos de multa.. . Las monjas, de uno a dos;
aos de prisin. La Superiora, seis aos de prisin. .. Las perso-
nas que induzcan a un menor de edad a hacer votos religiosos,
arresto mayor, aunque existan vnculos de parentesco. Ministros,
de cultos, trajes especiales, multa de quinientos pesos. Ocultar

101
bienes de la Iglesia, dos aos de crcel. Las autoridades munici-
pales que toleren estos delitos, castigadas con multas de cien pe-
sos, de mil pesos, de destitucin... Esta Ley ser fijada en las
puertas de los templos..."
El ruido de unos pasos sobre las baldosas de la calle, cambi
de pronto el rumbo de los negros pensamientos de Consuelo.
Los pasos se perdieron, pero el nuevo pensamiento la avasall.
Retir su mirada de aquellas letras rojas y negras, colores de la
bandera bolchevique, para ponerlas en una faz de aquella esce-
na que ella no haba examinado y que era necesario considerar
y meditar muy bien. El hecho desnudo era ste: que ella, Con-
suelo Madrigal, mandaba llamar a su ventana, casi al filo de
la media noche, a Hctor Martnez de los Ros. Aquella cita,
sin duda, estaba perfectamente justificada por un fin nobilsimo;
pero ella era una mujer, rica y hermosa, y a una tal mujer no
sentaba bien el llamar a la ventana a un joven que, en verdad,
comenzaba a trastornarle tiernamente la cabeza.
Consuelo midi de un vuelo, que si aquella entrevista poda
ser de graves consecuencias en el orden social y poltico de aque-
llos aciagos tiempos, poda tambin ser de graves resultados para
su corazn de mujer y para su ntida fama de ricahembra. Pues
ah, en la soledad de la estancia, iluminada por un dulcsimo ve-
lador azul plido, su propio corazn le revelaba a gritos una
luminosa verdad que ella senta de tiempo atrs esculpida en sus
entraas.
No haba que dudarlo. La figura de Hctor haba tomado
para ella un carcter especial. Aquel hombre joven, frreo, que
ella vio erguirse frente al lecho de Soledad cuando el atenta-
do del Colegio Teresiano, haba dejado en ella una impresin
profundsima. Haba ella querido al principio hundir en la in-
consciencia la admiracin que aquel muchacho le inspiraba. Quiso
despus explicarse el fenmeno, mirando en l tan slo al hijo
amoroso, cuando ms al joven de empuje y de ideal, si acaso,
al hroe de posibles epopeyas futuras que ella misma no acer-
taba ni le importaba precisar. Pero la verdad era que por sobre
aquellos grados escrupulosamente marcados, aquella figura de ado-
lescente alto y macizo, de cabellos recios, de ojos enrgicos, de
ceo fruncido y de msculos formidables que se adivinaban en
la crispatura de sus puos hermticos, el corazn de Consuelo haba

102
encontrado cierta delectacin no aprendida, cierto gustillo y sabor
no conocidos. Y decididamente, pens en l, mucho, muchsimo,
y lo record y lo tuvo presente en la pantalla de sus pensamientos a
todas horas, en todas partes, despierta, dormida... Los primeros
das, como quien repite distradamente una cancin montona; a la
semana siguiente, como quien acaricia a una linda criatura aje-
na; despus, como quien suspira por una cosa an prohibida, y
por ltimo, durante meses enteros, como quien entroniza a un
ngel luminoso y potente, con la cruel fruicin, dura y vengativa,
de derribar y hacer aicos a un anterior dolo incoloro: Pepe
Sobern!
Aquella noche de las urgentes revisiones, Consuelo repiti su
paralelo favorito. Pepe, riquillo majadero; Hctor, modesto, pero
distinguido y laborioso. Pepe era un perdido mediocre; Hctor
era un joven honrado y digno. Pepe, un merengue, un bobo;
Hctor, un atleta, un hombre. En suma, Pepe era el dolo in-
coloro, y Hctor era el ngel luminoso y potente. Consuelo ra-
tificaba las ricas calabazas que haba aderezado a Pepe, y se
gozaba en sentirse esbelta y libre como alondra, bogando con
delicia por el cielo de ese perodo de postulantado que precede a
un noviazgo nuevo, seguro ya, fatal, inevitable. . Eran
precisamente todos estos precedentes psicolgicos los que la
inquietaban en aquellos largos momentos de espera: Qu idea ira
a formarse de ella el mismo Hctor? Pero antes que esto, caba
preguntarse: Habrase ya dado cuenta cierta Hctor de lo que
ella senta y pensaba?
Es evidente que siendo Hctor quien era, no escapaban del
mbito de sus observaciones las cosas que miraran a su propia
persona y corazn. Hombre de granito, al parecer, cerrado para
el amor, no dejaba de entrever, sin embargo, que Consuelo, la
muchacha de actualidad, tena siempre para l especiales distin-
ciones, elogios en ausencia y rabillos de ojos en presencia. Ha-
ban tambin llegado a sus odos hablillas suavsimas contra So-
bern, y cuentos de calle, que en resumen decan:
Pero, tonto, no te das cuenta de que Consuelo te quiere?
Mas, a pesar del ambiente, Hctor permaneca impertrrito, fro,
indiferente, incrdulo.
Aquella noche, no obstante, sinti una hoja de acero en las
entraas cuando la mujer de Pioquinto le llev de golpe y po-

103
rrazo aquel maravilloso recado. Y obedeci al llamado, cmo no
iba a obedecer!, echando de ver, durante el precipitado trayecto,
que el granito de su corazn no era ya tan refractario a un sin-
cero y suave cario de amigo, nada ms, de una linda joven.
Lleg a la casa, y se asust sin saber por qu. Al fin, casi tem-
blando, dio tres suaves golpes en la ventana designada, golpes
imperceptibles, s, pero que retumbaron como mazos de batn
sobre el sensible y agitado corazoncito que se escalofriaba all
dentro... Noche desierta y rica! Luna esplndida! Todo lo que
rodeaba a Hctor estaba sumergido en una atmsfera deliciosa
de potica ventura. En medio del silencio majestuoso de la noche
memorable, slo turbado por los aspavientos de su propio corazn,
Hctor escuch dentro de la ventana el ruido augural de una
mesilla removida, tras l un delicado chasquido de cerrojo pe-
queo que se corre y el lamento suavsimo de un postigo que se
abre. Hctor abri tamaos ojotes de liebre, para absorber de
un golpe la imagen esperada. Tinieblas en el interior. De pronto,
entre la espuma de la blanca chalina de estambres sedosos, el
rostro suavsimo de Gonsuelo, aquella Consuelo de los ojazos ne-
gros que mataban con el manojillo de flechas de sus pestaas. . .
Hctor, por lo pronto, perdi el control de s mismo, y se
agarr a los hierros como un atarantado.
Pero un hbil golpe de remo de Gonsuelo le hizo volver en s,
volvindola tambin a ella.
Por Dios, Hctor! Usted juzgeme como quiera; pero per-
dneme y igame.
A las rdenes, Consuelito.
Al grano, pues.
Y volcando en el vaco el cuerno abundante de sus posibles fe-
licidades, chasqueando de paso a las estrellitas del cielo que la
atisbaban, entrse en la escueta y fastidiosa materia, y refiri a
Hctor lo de la comisin que Pioquinto el gendarme haba reci-
bido.
Lo que urge prosigui Gonsuelo es que esto no nos coja
desprevenidos. Cuando aparezca la Ley fijada en las esquinas,
nosotros debemos estar organizados. Hace tres meses tenemos el1
material de propaganda de la Liga Defensora de la Libertad
Religiosa, y esa Liga no aparece ms que en el escritorio de usted.

104
y de dos o tres amigos de porra. No s qu les pasa a ustedes los
hombres... No le parece, Hctor, que se ha perdido el tiempo?
Muy cierto, Consuelito; pero no se perder ms.
Eso quiero precisamente. Y por eso llam a usted, y no a
otro, y por eso lo llam esta misma noche y no me esper hasta
maana. Hay que lanzarnos! Y si ustedes tienen miedo, noms
dgannos a las mujeres y nosotras trabajaremos.
Sonri Hctor ante la diatriba. Sac luego el reloj, y buscando
el mejor reflejo de las diversas luces nocturnas:
Faltan dijo cinco minutos para las doce de la noche.
La una, las dos, las tres... para las cinco de la maana ver
usted, Consuelito, cmo trabajamos los hombres mientras duermen
las mujeres!
Ghquela! respondi Gonsuelito, tendiendo su mano blan-
qusima y estrechando la frrea de Hctor. Y para que vea si
las mujeres dormimos, mientras los hombres velan por estas cosas,
espreme un poco en el zagun, y le probar lo que es la mujer
mejicana.
Dos minutos despus Consuelo estaba a la puerta de la calle.
Un abrigo oscuro envolva su cuerpo, y una bufanda de seda se
enroscaba a su cuello. Cogi a Hctor confiadamente por el brazo,
y le dijo:
Vamos!
A dnde? pregunt Hctor.
A llevarle gallo a ese dormiln de Guillermo Lpez.
Y por eso Guillermo Lpez, el distinguido joven abogado y Pre-
sidente de la Juventud Catlica, al asomarse al balcn para ver
quin daba aquellos tremendos aldabonazos a media noche, dis-
tingui entre las penumbras dos simpticos pichones, y oy la bien
timbrada voz de Consuelo que le salud en perfecto ingls con
las palabras del general Pittman, que el mismo Lpez haba in-
crustado en un discurso memorable:
Up! Up!... Pusch onward!
Arriba! Arriba! Es la hora de ordenar el avance!

Fue por obra de encantamiento? Fue por arte de brujera?


Ello es que a la una y media de la maana de aquel da 20

105
de julio de 1926 estaban en sesin plena los jvene s de la
A. C. J. M. en su cuchitril de la Calle del Gorrero, las Directi-
vas de los diversos Sindicatos en una casa de los arrabales, las
dirigentes de la Unin de Damas Catlicas en la casa misma
de Consuelito, presididas por su ta, y en el despacho de Gui-
llermo Lpez se instalaban Hctor y don Luis, abriendo paque-
tes, desarrollando proclamas y revolviendo listas. A las tres de
la maana, comisiones de jvenes vagaban por todos los barrios
de la ciudad, solicitando las adhesiones de los catlicos ciudada-
nos a la Liga Defensora de la Libertad Religiosa. A las cuatro de
la maana, la Chata de la fonda estaba llenando de atole de pega-
mento veinte grandes botes, que otros tantos obreros sacaban a
la calle. A las cinco en todas las esquinas apareca la proclama
gigantesca de la Liga Defensora, que por primera vez en el si-
glo, empujaba a los catlicos a organizarse y a trabajar en pro
de su libertad, quince mil ciudadanos quedaban organizados de
acuerdo con el plan de la Liga que ya abrazaba a todos los de
las otras provincias, y a la misma hora, por todas las garitas de la
ciudad, ya en automvil, ya en bicicleta, ya a caballo, salan j-
venes de la A. C. J. M. cargados de proclamas y de fichas de
adhesin, para ir a hacer vibrar los pechos de todos los catlicos
del campo y de los pueblos chicos al unsono de ese puado de
catlicos viriles que en la antigua ciudad de los aztecas, osaba
erguirse ante los eternos tiranos del Mjico honrado.
Y a las seis de la maana, cuando el relente de la madrugada
hace a los rufianes sacudir la modorra de la crpula y de la
orga, a esa hora, los oficiales de la Inspeccin se encontraron
con que en vez de la ley Calles que ellos esperaban frotndose
las manos, retemblaba en las esquinas el verbo de la Liga De-
fensora que llamaba a la accin a diecisis millones de catlicos
mejicanos.. .
Una onda de entusiasmo envolvi a todos los habitantes de
la ciudad, y un pnico indescriptible se sinti en cuarteles, comi-
saras y dependencias oficiales. El Jefe militar de la Plaza hizo
montar guardia doble. Cruzronse nerviosos telefonemas del Pa-
lacio de Gobierno al cuartel y del cuartel a la Inspeccin de Po-
lica, mientras la gente del pueblo comentaba misteriosamente
tantas idas y venidas, y las mujeres del mercado, lavando los tras-
tos del "menudo", se animaban las unas a las otras con palabras

106
ms o menos comedidas, a trabajar como buenas en la nueva or-
ganizacin que apareca pujante y arrolladura.
Pero aquel alboroto de los buenos present un matiz trgico,
cuando cerca de las diez de la maana corri por la ciudad la
noticia desconcertante. Consuelito Madrigal y su ta haban sido
sacadas de su casa con grande aparato de fuerza y estaban dete-
nidas en el cuartel de la Jefatura de Operaciones.
Nunca se hubiera sabido. . . Porque poca sustancia llevaba ape-
nas el dilogo del General Ortuzar con Consuelito; no acertaba
ste a redondear el prrafo en que cortsmente, en verdad, peda
a Consuelito no patrocinara ms la propaganda de la Liga, cuan-
do sin decir agua va, un pelotn hirviente de ms de trescientas
mujeres, pobres en su mayor parte, lleg de sopetn al cuartel y
por puertas y ventanas pidi a gritos la libertad de Consuelito.
El General no se la esperaba tan gorda y tan de improviso.
Sorprendido por una irrupcin sui generis, no encontr otro re-
curso que rogar a Consuelito calmara aquellos pechos acalorados.
Y Consuelito, tranquila y sonriente, sali al zagun y desde el
alto umbral, hecha una Reina de Sab, tendi su brazo, y son-
riendo con malicia, dijo:
No tengan cuidado. Ya sabe el General que por ahora no hay
peligro. A m no me pasar nada tampoco.
Que salga el General y que la d libre... ! tron un gri-
to estentreo de una vendedora de camote. ..
Que salga... ! corearon todas las simpticas hembras con
voz dilacerante.
Y Ortuzar sali y, tartamudeando, dijo a la multitud estas sen
cillas palabras:
S, seoras! La seorita Madrigal y la seora, su ta, estn
enteramente libres.
Y haciendo una inclinacin a Consuelito se meti a su cuartel
ms corrido que una liebre. La tempestad de aplausos y de acla
maciones se desencaden en la calle.
Viva Consuelito Madrigal! volvi a gritar la camotera.
Vivaaa!
De pronto, a codazos y empujones se abri paso entre la
apretada y bullen te muchedumbre, una tosca y vulgar mujer:
era la Chata de la fonda que logr llegar hasta Consuelito, y

107
presentndole algo que llevaba cubierto en el delantal, le dice, con
el acento ms suplicante del mundo:
Nia, tmese estas enchiladitas que le llevaba yo a la prisin.
Y en un gesto de demcrata finsima, con dos deditos apenas, to
m Consuelo una enchilada roja y caliente como la sangre de aque
lla turba y comenz a engullirla sabrosamente en medio de la ms
entusiasta algazara de sus ingenuas admiradoras.
Una viejecita temblorosa se acerc entonces tambin a Consuelo. -
Nia le dijo, djeme besarle la mano. Y cuando guste,
noms hblenos.
Y volvindose a la multitud, aade:
-Verdad, mujeres?
S!!! contestaron frenticas las trescientas voces dilace-
rantes.
Y entre los aplausos de aquella multitud enajenada, que se
reproduca de calle en calle y de esquina en esquina, lleg Con
suelo hasta su casa en donde la esperaban con los brazos abiertos
un sinnmero de buenas amigas, todas guapas, elegantes, festivas
y bullangueras:
Viva Consuelito Madrigal!
Viva!!!
Arriba, muchachas!
Arribaaa!

108
XVI EN LA

ARENA

No CABA DUDA. El entusiasmo de la gente catlica cunda y se


acrecentaba que era una maravilla. Todas las alegras, todos los
optimismos anidaban en aquella gente buena sin distincin de
clases, al ir teniendo ms clara idea de lo que vale la organizacin,
y al ir meditando en la seriedad y madurez, la legitimidad, la
necesidad y la fuerza de esa nueva entidad que se llamaba la
Liga Defensora de la Libertad Religiosa de Mjico.
Era sta una vasta organizacin cvica, nacida al fuego de
la persecucin religiosa, en el seno de los hombres ms ilustres y
activos del campo de la accin social catlica. Su fin era unir a
los catlicos de Mjico; instruirlos y dirigirlos para hacerlos opo-
ner a los eternos perseguidores un frente nico y solidsimo. Eran
sus postulados los de sana libertad para la gente honrada. Sus
medios seran todos los que cupieran en las leyes civiles, y para
ser sinceros, cuando stos no bastaran, todos los que las circuns-
tancias fueran sealando.
Un fin ansiado por todos y unos medios que denunciaban en-
tereza y decisin no podan menos de traer en apoyo o al lado
de semejante organizacin todas las fuerzas vivas catlicas. La
Jerarqua eclesistica no hallaba nada que pudiera reprobarse en
su programa. Las instituciones sociales, como los Caballeros de
Coln, la Juventud Catlica, las Damas Catlicas, los Sindicatos
Catlicos, desempeaban gustosas la parte del programa de la
Liga que cupiera en sus propios estatutos, y las Congregaciones
piadosas y hasta las tmidas monjitas rezaban a todas horas "por
los miembros y por el xito de la Liga Defensora de la Libertad
Religiosa", que todos miraban como un producto providencial en
el momento de los desalientos supremos.

109
Poda, pues, el Comit directivo de la Capital de la Repblica
enorgullecerse de tener a todo un pueblo pendiente de sus labios
y dispuesto a obrar disciplinadamente en la forma que se le or-
denara.
Corra, a la sazn, la segunda quincena del mes de julio del
ao 1926. La famosa ley Calles estaba ya dada, y desde el prime-
ro de agosto quedara suprimido en todo Mjico cualquier disi-
mulo o tolerancia de los artculos persecutorios de la Constitucin
de 1917.
Los treinta y ocho Obispos de la Repblica se reunan en la
capital de la misma a estudiar y resolver la actitud que deba asu-
mirse en estas circunstancias nicas. La nueva ley, en efecto, pre-
sentaba para ellos una nota especialsima. La Constitucin pro-
testaba desconocer toda personalidad a la Iglesia y entenderse di-
rectamente con los sacerdotes que deban quedar, segn la misma
ley, enteramente sujetos a todo lo que el Gobierno dictaminara
en cuestin de cultos. Una vez entrometido el Gobierno civil,
exiga que cada sacerdote encargado de un templo se registrara
ante el Municipio. El aceptar tal inscripcin significaba en la
conciencia del Episcopado el reconocer que el poder civil poda
dictar a los sacerdotes leyes sobre materia religiosa. Y esto no
poda tolerar todo un Episcopado digno e intachable, como lo
es el mejicano. Con un tino, pues, admirable, encontr el Episco-
pado la solucin ms suave del horrible conflicto que en su con-
ciencia provocaba aquel sencillo rengln del artculo 130. Se
exiga el registro para los sacerdotes que ejercieran en los templos
pbicos? Ese registro no poda aceptarse? Pues entonces el Epis-
copado ordenaba a los sacerdotes se abstuvieran de ejercer en los
templos pblicos en los cuales haba metido la zarpa el poder
civil. Los sacerdotes seguiran ejerciendo en privado su ministerio
sin contravenir ya ninguna ley y evitando as el quedar atrapados
por el Estado.
Pero esta solucin tan sin estridencia, tan equitativa, tan sen-
cilla y, por otra parte, tan obligatoria, significaba en la prctica
un hecho de trascendental importancia. Por primera vez en la his-
toria de la Iglesia se suspendera el culto sacerdotal en todas las
iglesias de toda una nacin, y esto no poda menos de conmover
profundamente la opinin pblica y llamar infaliblemente la aten-
cin del mundo entero, sobre la horrible situacin que de aos

110
En el Captulo XVIIII, intitulado Accin y Sonrisas, de esta obra, se habla de los globos lanzados en la
capital de la Repblica, como uno de los actos audaces de propaganda contra la tirana callista En estas
dos jotos aparecen los "hgueros" y las "ligueras" consagrados al trabajo desarrollado con la mayor cir-
cunspeccin preparando aque1 acto de resistencia y ataque

I
Gral D ENRIQUE GOROSTIETA Y VELARDE, Jefe de la
"Guardia Nacional" Muri gloriosamente en la Hacienda
de Valle (Los Altos, Jal) el 2 de junio de 1929.
atrs afliga al Episcopado, al clero y a los catlicos de Mjico
bajo la frula de los socialistas radicales.
En tal estado de cosas, la Liga Defensora de la Libertad Re-
ligiosa comprendi que aquella actitud del Episcopado meramen-
te negativa, no la disculpaba a ella de entrar ya en accin firme
y decidida. Toda la fuerza de dicha Liga estribaba en la discipli-
na de sus miembros. Era cierto que no se haban hecho an en-
sayos de accin conjunta; pero tambin lo era que no se poda
ya perder un solo momento en entrenamientos y evoluciones. Por
eso el Comit directivo, confiando en la base catlica de todos
sus afiliados, que lo era todo Mjico, tom su resolucin suprema, y
decret el boycot econmico social en toda la extensin de la
Repblica, para hacer sentir al Gobierno de una manera efectiva
la fuerza y el disgusto de la totalidad catlica.
Por diversos conductos lleg a Zacatecas la tremenda resolu-
cin de la Liga. Hctor, Consuelo y otros catlicos notables reci-
bieron copias de las circulares y rdenes enviadas por la Liga a
todos sus subditos. La orden del da era propagar la idea del
boycot general y hacerla cumplir con energa por todos los ca-
tlicos.
El boycot, fundado precisamente en el hecho de que la vida
del pas depende de los honrados y laboriosos catlicos que for-
man el 95 por 100 de la poblacin total, tenda a provocar una
crisis econmica y social que hiciera sentir al Gobierno la vehe-
mente aspiracin del pueblo mejicano, de amar y servir libre-
mente a su Dios, y de educar cristianamente a sus hijos. Segn
el decreto de la Liga, desde el da 31 de julio de 1926, en que
la ley Calles comenzaba a regir y en que el culto pblico auto-
mticamente iba a cesar, todos los catlicos de Mjico deberan
abstenerse de teatros, de paseos, de fiestas. Ningn catlico deba
comprar ms de lo estrictamente necesario. Vestidos, adornos,
golosinas, viandas de lujo: todo sera suprimido en los presupues-
tos domsticos. Ferrocarriles, automviles, tranvas, todos los me-
dios de comunicacin deban quedar desairados. En suma, todo
haba de irse a pique, hiriendo de retache al Gobierno hasta ha-
cerlo pedir misericordia y obligarlo a reformar las leyes dictadas
contra la vida econmica, poltica, social y domstica de los ca-
tlicos.
Aquellos das fueron memorables. La, noticia de la prxima

111
H9
suspensin del culto convirti ms almas que la ms fervorosa
misin de Padres Franciscanos. Hombres maduros y viejos acha-
cosos buscaban sacerdotes para hacer la primera confesin de su
vida. Las iglesias reventaban de gente. Todos pedan los Sacra-
mentos. Aqu, los novios, el matrimonio; ah, los nios, el bau-
tismo. Todos, la Comunin. En la Catedral, el Obispo no cesaba
durante tres das de dar el crisma a millares y millares de nios.
Al mismo tiempo que aquel mar de fieles entraba en ebulli-
cin, las hojas de propaganda del boycot llovan continuamente
sobre casas e iglesias, sobre calles y plazas. Todo el mundo se
mostraba, al leerlas, fervoroso, resuelto, valiente. El boycot! Era
poco! Ms que fuera; todos estaban dispuestos a cumplir.
Amaneci, por fin, el da 31 de julio. Nunca ilumin el sol
una nacin ms desolada. Semejaba que sobre aquel pas se ten-
da el hielo de una maldicin pavorosa. . . La ciudad, teatro de
nuestros acontecimientos, no poda menos de participar de la l-
gubre impresin de toda la Repblica.
Aquella maana ninguna puerta se abri. Nadie sali a regar
ni a barrer la acera de la calle. Sobre las enhiestas torres de las
iglesias, las campanas se encerraban en un mutismo desolador.
Eran lenguas mudas y secas en esqueletos gigantes. Slo las es-
coltas de soldados rondaban las calles, con el fusil preparado sobre
el muslo, dispuestos a reprimir cualquier testimonio de la justa
indignacin popular, en tanto que en las esquinas aparecan es-
tampados, en letras negras y rojas, como una sarta de blasfemias,
los treinta y tres artculos de la ley sacrilega que "reglamentaba el
culto y la disciplina religiosa".
Hasta muy entrado el da comenzaron a transitar por las ca-
lles empleados y empleadas. En todas las solapas de las levitas se
distingua algn distintivo de organizacin catlica. Las mujeres
vestan de luto, ostentando en sus henchidos pechos medallas o
cruces vistosas. Todo el mundo haca gala de su catolicismo.
La ta de Consuelo, y como ella casi todas las familias ricas
de la ciudad, mand aquel mismo da cortar la instalacin de
luz elctrica, quitar el telfono, entregar las placas de los autom-
viles y cancelar el pedido de vinos espaoles y de cereales ameri-
canos que haba tratado con Sobern. Soledad, la madre de Hctor,
redujo el presupuesto hasta lo increble. Quesos, dulces, frutas, man-
tequillas desaparecieron de la mesa. Y, como ella, la gente toda

112
de la clase media se dio a la nueva vida de economa. De la
gente pobre es poco lo que se diga: su fidelidad y exactitud en el
boycot fue sencillamente heroica.
No hubo mucho que esperar. Aquella misma noche todos los
salones de cine quedaron desiertos. La serenata pblica, desaira-
da. Los tranvas corrieron intilmente. Los coches y automviles
se aburran en sus sitios, y los empleados de comercio se pasaron
el da espantndose los moscas, que los crean muertos.
Cinco das bastaron para hacer comprender a los ciegos lo que
el boycot significaba. Y fue el primer sujeto de clarividencia don
Garlos Sobern, el capitalista que comenz por sentir fro el es-
tmago, al ver que su ruidoso almacn se converta en la soledad
de la Tebaida; perdi a los tres das el apetito al confirmar que
no apareca en su tienda un marchante ni para remedio; comen-
z a halarse los pelos al recibir cartas de todos los pueblos en que
sus clientes le rogaban la cancelacin de los pedidos, pues el boycot
asolaba todos los rincones, y acab por desesperarse al ver llegar la
fecha del vencimiento de una letra de cuatro mil pesos, en los preci-
sos momentos en que el numerario brillaba por su ausencia en la
caja fuerte.
Esta s es buena! dijo encarndose con Hctor. Ustedes
van a arruinar a la Repblica.
Pues qu pregunt Hctor, de veras se est sintiendo el
boycot?
No s si se siente o no. Lo cierto es que ningn banco quiere
prestar y aqu no nos ha cado nada. Viene ya la fecha de las
contribuciones y no vamos a tener con qu pagar.
Al or estas lamentaciones sonrieron entre s Hctor y don Luis.
Aquella cruel sonrisa de triunfo incipiente se traduca en estas
palabras:
Frigate t junto con el Gobierno!
Naturalmente que ni al Presidente Galles ni a ninguno de sus
autmatas subalternos les oli a mbar la primera polvareda del
boycot de los catlicos. El mundo oficial recibi la consigna de
mantenerse tieso, de sonrer despreciativamente ante el famoso boy-
cot, pero de temerlo seriamente, de deshacerlo y combatirlo como
se pudiera y, sobre todo, de reprimir sin miramientos ningunos,
manu militan, toda propaganda y hasta conato de propaganda del
dicho boycot.

113
Y cmo no temerlo, si la resultante del boycot general, me-
dida y pesada por el Gobierno mismo, era de caracteres pavoro-
sos? Las grandes casas de comercio amenazaban cerrarse, los tea-
tros se derrumbaban, las sociedades de espectculos se declaraban en
quiebra, los bancos comenzaban a suspender sus operaciones, el
capital se esconda como por encanto, y la empresa extranjera se re-
plegaba llena de zozobra. Para socialistas de hueso colorado imbui-
dos en el materialismo histrico de Marx, no era muy difcil pre-
decir y prever los estragos de aquella mquina de guerra sin ruido,
emplazada en el terreno econmico.
Un recado del Jefe Local de la Liga de Defensa advirti a Con-
suelito del creciente peligro que la propaganda entraaba. Las
bodegas de la casa de Consuelo eran un verdadero arsenal. Como
era seguro que las imprentas seran incautadas despus de algunos
das, se haba hecho el aprovisionamiento para sostener la propa-
ganda intensa siquiera los primeros tres meses.
Uno de esos das de general excitacin se present Hctor a
inspeccionar la propaganda que Consuelo haba reunido. Sacos en-
teros y ms sacos, y barriles y toneles estaban llenos con hojitas de
todos tamaos: " Catlicos I El boycot nos dar la victoria!" " Ca-
tlicos, no compren nada!" " Adelante con el boycot!" Estas y otras
frases lapidarias aparecan en los millares y millares de papeles en-
cerrados en pequetes, destinados a mantener firme y constante la
resistencia catlica.
Y sucedi lo que era de esperarse. El rico Sobern, atorzona-
do por el boycot, se puso a chillar ante su robusta mujer, sus hi-
jas enclenques y su hijo Pepe, incoloro, inodoro, inspido. Este,
herido en el corazn por la ardiente amistad y comunin de miras
entre Hctor y Consuelo, hizo notar al rico que era precisamente
Hctor el jefe de toda aquella desgraciada conspiracin. En fin,
entre lamentos inoportunos e indiscreciones culpables hicieron lle-
gar el cuento hasta la Jefatura de Operaciones, denunciando a
Hctor como cabeza que en aquella regin diriga la resistencia
catlica.
El Jefe de las Operaciones no perdi tiempo. Sus trabajos an-
teriores, como la detencin del Den de la Catedral, el cateo de
las oficinas eclesisticas y domicilios sacerdotales haban sido in-
fructuosos, pues no haba sido descubierto el arsenal de aquella

114
plvora inofensiva que socavaba los pies de barro del coloso bol-
chevique. La denuncia vala, pues, ms de lo que pesaba. Y no
fue poco el susto que se llev doa Soledad Martnez de los Ros
al ver llegar a su casa un piquete de soldados que, sin pedir per-
miso a nadie, revis pieza por pieza todos los armarios, roperos,
cajas y bales hasta las bodegas, hasta el gallinero, buscando ins-
trumentos de delito. Un chiquillo de las Vanguardias de la A.G.
J.M., que pasaba por la casa de Hctor, lo comprendi todo, y a
carrera abierta lleg al almacn de Sobern preguntando por Hc-
tor. No estaba ah. El chiquillo vol a la casa de Guillermo Lpez
y lo inform de lo que haba visto.
Bien adiestrados estaban ya para esas emergencias los diversos
organismos catlicos, porque unos minutos ms tarde un grupo
de muchachos rompa de un puetazo un vidrio del tragaluz que
caa sobre las bodegas en que Hctor y Consuelo revisaban los sacos
de paquetes. Unas cuerdas caan del tragaluz y volvan a subir,
til antes y temblorosas, con los pesados sacos colgando de los ex-
tremos. En la misma azotea aquella propaganda se distribua, y
media hora despus el arsenal catlico estaba distribuido en ms
de trescientos o cuatrocientos rincones distintos, los ms ignorados
y enredados en la ciudad. Y cuando los soldados llegaron a la casa
de Consuelo, creyendo encontrar a ella y a Hctor con las manos en
la masa, los hallaron conversando tranquilamente frente a su ta,
en el saloncito de recibo. El cateo fue intil: estaba a salvo el ma-
terial de propaganda intensa para algunos meses.
Pero Hctor estaba perdido!
De la casa misma de Consuelo fue sacado el intachable joven.
Por medio de la calle, rodeado de soldados, como un criminal fue
conducido. Y fue internado en una accesoria de la Jefatura de
Operaciones, con guardias de vista y rigurosamente incomunicado.
Un gran nmero de personas pidieron permiso para visitar al
prisionero; pero fueron todas rechazadas. Una comisin de se-
oritas quiso interceder por l, pero fueron todas detenidas a la
puerta. Algunos abogados solicitaron permiso de hacer la defen-
sa, pero los militares no estaban dispuestos a entrar en melindres
con la ley. En esa atmsfera de compasin impotente se envol-
vieron aquella maana y aquel medioda y aquella tarde. De
pronto, la tristeza compasiva de todos los buenos se convirti en
horrible zozobra y temor. El peridico de la ciudad comunicaba que

115
ese mismo da 14 de agosto de 1926 haban sido fusilados en Chal-
chihuites, a unos cuantos kilmetros de Zacatecas, los jvenes Ma-
nuel Morales, David Roldan y Salvador Lara, juntamente con el
Cura don Luis Batis, que pretendi defenderlos. El peridico aada
que el Gobierno se mostrara implacable en toda la Repblica.
Al leer Consuelo la noticia, sinti en el alma el hielo de un
supremo terror. Aquellos jvenes eran los comisionados de la Liga
a quienes tres das antes el mismo Hctor escriba saludndolos y
animndolos... Esa misma noche, Consuelo y Soledad, madre y
amiga, plidas como mrmoles de Paros, llegaron medrosamente
al cuartel. Preguntaron. Nadie les contest nada. Muy noche, ya
muy noche, se les avis que Hctor ya no estaba ah.
Y aquella noticia, que nadie quiso comentar, qued clavada
en el corazn de entrambas, como una estocada que hiere y no
mata, por hundir al espritu en un infierno de incertidumbre ho-
rrenda. ..
Volvi Consuelo a su casa, triste y desolada. Hctor... tan no-
ble, tan valiente... tan bello..., dnde estaba? Un fantasma
de luto, un fantasma de sangre, duro y porfiado, se aferraba a su
mente como una obsesin...
Consuelo sacuda su linda cabecita para ahuyentar aquel tras-
go siniestro, en cuyo derredor danzaban las sombras ensangrenta-
das de las vctimas de Chalchihuites, primicias inocentes de la
hecatombe inefable. La frente ardiente, las sienes palpitantes, las
rodillas temblorosas, arrancada del ambiente de la alcoba que le
rodeaba, Consuelo se acerc a la cama. Dormir? Quin piensa
en dormir! Maquinalmente, sin embargo, levant los esponjados
almohadones y corri las niveas sbanas ornamentadas de ricos
bordados. Al correrlas, su mano plida tropez con un objeto ex-
trao. Lo mir. Lo cogi. Vaya! Una caja de fsforos. Quin
la habra puesto ah? Instintivamente Consuelo mir hacia la ven-
tana que haba estado abierta, y como impulsada por un pensa-
miento nuevo, abri la cajilla de fsforos con ansia febril... S!
Un papel!... Un papel de cajetilla de cigarros! Estaba escri-
to! Consuelo lo desdobl temblando... Hctor!! Consuelo ley
el papel con ansia, con voracidad, y lo volvi a leer con mayor
voracidad y con mayor ansia, y lo ley por tercera vez con
los ojos bien abiertos, y entonces crisp los dedos estrujando entre
ellos el recado misterioso; se cogi del bronce de la cama, porque

116
sinti que el pavimento se mova, que el techo, de un golpe, se
vena abajo; sinti, por ltimo, como un golpe de metralla que
estallaba en su cerebro hacindole aicos la nuca delicada, y cay
sin fuerzas y sin aliento sobre el blanco lecho, que la recibi
con la misericordia de un nido de plumas... Todava la linda mu-
jer se incorpor de nuevo y tendiendo su mano hacia el vaco, con
los labios trmulos y quebrada la mirada bajo el bosque de sus
pestaas largas y sedosas, como una alucinada, como una enaje-
nada, exclam:
Hctor! Hctor, amor mo! Djame recoger tu sangre ben-
dita! Djame abrazar tu cuerpo ensangrentado para resucitarte a
besos. .. !
Dijo, y rompi a llorar como un ngel del dolor en medio de
una noche de tristezas profundas...

117
Libro Segundo

XVII SANGRE QUE

CLAMA

L A MANO DE D IOS cort la cumbre de la montaa, y sobre la alta


planicie tendi las inocencias de un pueblo.. .
Por el callejn fresco y sombro, hundido entre la masa fiera
de las rocas, custodiado de trecho en trecho por grupos de gigan-
tescos pinos y ornamentado por cortinajes de madreselvas y de
hiedras perennes, caminan dos jinetes en sendos caballos.
Pobres y flacas parecen las cabalgaduras, flacos y pobres el
cuerpo y el espritu de ambos Caminantes, que divisan ya las pri-
meras casas de madera que llenan la meseta formando el pueblo
de Paracho. En vano el rico ambiente saturado de vida y esplen-
dor, fresco y henchido como pecho de madre, les consuela con su
caricia reconfortante. En vano cantan las aves ricas tonadillas pi-
carescas. Los dos hombres parecen arrancados de cuajo de aquel
seno ardiente y trasladados a la atmsfera triste y desconsoladora
del camino de Emas.
En aquel cuerpo seco y largo, vestido de amplio saco de dril
y de ajustado pantaln de "panilla"; en aquella cabecilla de blan-
co sucio y en los ricillos canosos que escapan por debajo del enor-
me sombrero ancho, pueden los viajeros de Uruapan y Zamora
reconocer al santo Cura de Paracho. En las calzoneras de cuero
y en la pechera de lo mismo, en la hirsuta barba negra y enmara-
ada, a don Toms Anzures, el compadre del Cura.

118
Un suave cuartazo de don Toms sobre el caballo da nueva
introduccin a un dilogo quiz interrumpido.
Es la tarde del 10 de septiembre de 1926. La horrible pesa-
dilla mejicana comienza a tomar proporciones de horror indeci-
ble. El pacfico boycot de los catlicos y la suspensin del culto
pblico ordenada por ios Obispos, hacen al Gobierno sentirse bur-
lado y desafiado por sus mismas vctimas inermes. La hora su-
prema ha llegado. Si la ley persecutoria no basta a domear la vi-
talidad catlica, y si los sacerdotes, practicando sus ministerios
privadamente, aunque no violen las leyes, prometen prolongar in-
definidamente su vida y sus labores, es preciso para el Gobierno
romper con los escrpulos de la ley, y hacer pasar el carro tritu-
rador sobre los medrosos desobedientes. El famoso mensaje de
"fuslelos" ha comenzado a repetirse horriblemente.
Despus de la muerte del seor Farfn, en Puebla; de Melga-
rejo y Silva, en Zamora; de los jvenes de Chalchihuites, de las
seoritas de Colima, todo el mundo ha comprendido que en el
alczar de Chapultepec ha resonado la escalofriante orden del
da: "Los cristianos a las fieras!"
En toda la extensin de la Repblica son buscados y encarce-
lados los sacerdotes que celebran misa privadamente, y la propa-
ganda del boycot es castigada ya con la muerte, sin formacin de
causa.
Es la implantacin del terror. Y esa horrible zozobra, esa cons-
ternacin que se aferra tenaz en todos los espritus, es la que ape-
sadumbra a aquel gaucho y a aquel cura disfrazado, que sale de
su escondite para ir a confesar a un su feligrs en la capital de la
parroquia, sobre la montaa cortada por la mano de Dios.
Pues de veras, seor Cura dijo el ranchero. Yo creo
que ya hasta hacemos pecado consintiendo en estas cosas. Por
qu ustedes los sacerdotes, que son nuestros padres, deben andar-
se escondiendo como si fueran malhechores? Por qu tenemos
que escondernos nosotros para recibir los Santos Sacramentos?. ..
No se han conformado con echarnos abajo nuestras escuelas, con
quemarnos nuestras iglesias, sino que ahora hasta el alabar a Dios
nos recriminan. . . Ah, mi seor Cura! Yo creo que esto no debe
ser as. Yo creo que nosotros debamos decir: No y no! Y de-
bamos pararnos derechos y plantarnos, si queramos, en medio
de la plaza, y ah llevar al padrecito a decir Misa y a que nos

119
predicara la palabra de Dios. Debamos decir a estos seores que
ya nos hemos verdaderamente cansado de tener tanta paciencia...
Respiraba con fuerza el ranchero al hablar de tal guisa. Se en-
jugaba el sudor y pasaba ligeramente el pauelo por los ojos, cual
si los hubiera mojado la intencin con que hablaba.
El Cura, mientras forjaba una respuesta, dio un fustazo en las
ancas del caballo, que comenz a trotar.
Gllese, por Dios, don Toms! Si nos oyen no salimos del
callejn. Nos matan. Nos matan sin remedio. Ya estos hombres
estn enfurecidos y no entienden de razones. Acaban de fusilar,
aqu en Zamora, a dos jvenes: Manuel Melgarejo y Joaqun
Silva. Si ahora me descubren, nos matan, nos matan, don Toms.
Pues casualmente eso es lo que me hace hablar, seor Cura.
Esto es ya insoportable, esto no es vida, esto no es patria... Quin
ha puesto en las manos de stos todas nuestras cosas? Quin
les ha abierto la puerta de nuestros hogares? Quin les ha dado
la llave de nuestras vidas? Nadie! Nadie! Lo han cogido todo,
porque son audaces, porque son atrevidos. Porque nos miran azo-
rrillados, porque nos semblantean tembioiosos. . . Y no se sacian,
no se llenan. Ya no les basta el dinero que nos arrancan por con-
tribuciones y por multas, desde que amanece hasta que anoche-
ce. Ya no les saben los negocios que hacen con sus enjuagues de
poltica. No, ahora se vuelven el mismo demonio, y quieren ba-
rrer con la Santa Iglesia y con Nuestro Seor, y ya cogieron el
freno, ya no se arriendan, seor Cura; quieren acabarnos y estn
decididos a hacerlo, estn resueltos a hacernos polvo, a hacernos
cisco, slo porque sernos honrados, slo porque sernos cristianos de
nacencia. ..
Cllese, por Dios, compadrito; cllese! repeta con an-
gustia el sacerdote, mirando hacia todos los lados por temor a
algn testigo.
Yo creo, mi seor Cura, que se es, quizsmente, nuestro
pecado: callarnos. Quizsmente sa es nuestra culpa: dejarnos...
Porque nos hemos dejado muncho, seor Cura; nos hemos deja-
do muncho, muncho! Y cabalmente, por eso nos montan: porque
nos dejamos. Comienzan por quitarnos nuestro maicito, y nos
dejamos; nos quitan nuestras tierras, y nos dejamos; nos quitan
las escuelas de nuestros hijos, y nos dejamos; ahora nos quitan

120
nuestras iglesias, nuestros sacerdotes, nuestros Sacramentos, y nos
estamos dejando, seor Cura, nos estamos dejando!
Y un sollozo rompi el hilo de aquel discurso. El ranchero volvi
a pasar el pauelo por los ojos y prosigui:
Seor Gura, nosotros tambin sernos hombres. Nosotros tam-
bin tenemos asaduras y canillas. Por qu nos friegan? Porque
tienen sus carabinas? Pues tambin nosotros tenemos las nuestras. ..
Ah, seor Gura, a m se me hace que ustedes han sido temidos
para predicarnos la doctrina, sin agraviarlo a usted, seor com-
padre! . . . Si vienen los bandidos a quitarme mis muas, yo cojo
mi rifle y a balazos se las quito. Si vienen los ladrones a asaltar
mi casa, yo cojo mi muser y defiendo a la familia a balazos.
Y ni usted en el tribunal de la penitencia, ni nadie me dice
nada. Y si me estoy de bonito, viendo que me roben, yo tengo
la culpa de que me roben. Y estos felones me vienen a robar
todo, todo, ms que mis muas, ms que mi casa, ms que mi
vida, ms que la vida de todos: nos vienen a quitar nuestro cris-
tianismo, nos vienen a arrastrar en nuestras barbas a nuestros sacer-
dotes; nos vienen a burlar nuestros santos Sacramentos, nos
vienen a arrebatar lo que yo, lo que todos, sobre todo los probes,
queremos y adoramos, y necesitamos para salvarnos, y eso, mi
seor Cura, todo eso que vale ms que todo el mundo y que to-
das las vidas eso no lo he de defender con ms ganas y con ms
hambre que si fuera mi vida o mi casa o mis muas?... Yo no lo
creo as, seor Cura. A m, la verdad, se me atora el que la ley
de Dios permita ser ms porfiado por una yunta de bueyes que
por su Santa Iglesia... Noms diga, seor Cura, si los tres mil
y tantos hombres que dragoneamos por Paracho nos fajamos nues-
tras cartucheras y nuestros cuchillos, y si al primer bandido de
stos que anda en el ejrcito, en vez de rendirles el sombrero,
les damos un encontrn a balazos, y si eso mismo hacen todos los
endeviduos de la Repblica, que estn noms sospirando porque
llueva fuego del cielo, y si donde no hay rifles se agarran piedras
y se cogen palos, y se da con ellos duro y macizo, ya estos malas-
horas se tocaran ms el corazn para burlarse de nosotros y de
nuestras cosas santas...
Cllese, por Dios! Nos matan!
Est bien, seor Cura; csome la boca; peroja verdad, yo
creo que los cristianos no debemos ser tan dejados...

121
La Iglesia predica la paz se atrevi a razonar el sacerdote.
Aquello fue una puya en el alma del ranchero, quien dibuj
en su rostro un duro esguince, y replic:
Pues s, eso es ultimadamente, lo que todos queremos: la paz.
jY qu paz podemos tener con estos bandidos!
Hay que tener paciencia en el sufrimiento aadi el se-
or Cura.
Pues si precisamente por no sufrir, por eso, sernos dejados;
por no sufrir nos vamos acomodando... Yo no necesito pacen-
cia para irme a esconder calientito debajo de la cama; pero s
la necesito, y harta, para sufrir echndome al monte con mi rifle
y corretear por l, hambreado y desvelado, metiendo por delante
el pecho para que me lo abran a balazos. . .
Pero don Toms, por Dios! No ha escogido usted otro
lugar para hablar de estas cosas? Cllese, se lo ruego! Y, por
ltimo, yo que soy, aunque indigno, su Cura y su compadre, s-
pase que le prohibo que ande con esas barbaridades en la cabeza. . .
Mientras yo viva, se me quedan quietos todos. Ah tienen su
boycot. Eso basta. Y mucha oracin, eso s, mucha oracin. . .
S, a Dios rogando y con el muser dando. . . Pura oracin
y flojera, hasta le repugna a mi Padre Dios.
Silencio, viene gente! Vamos a meternos por esta vereda
para no hacernos muy encontradizos.
Una corriente de terror indecible cruz por todo el pueblo de
Paracho aquella misma noche. Un piquete de veinte soldados,
al mando de un capitn que echaba blasfemias a diestro y si-
niestro, acababa de llegar al lugar, buscando al Cura y a sus fa-
nticos partidarios, acusados todos de violar la ley.
El pobre Cura, creyndose al abrigo de toda pesquisa, habase
atrevido a ir a su propia casa, despus de haber confesado se-
cretamente al moribundo. Una noche pasada ah, despus de largos
das de ausencia, sera, sin duda, gran consuelo para las dos
humildes viejas hermanas, que estaban inconsolables. Sigilosamente
haba, pues, entrado en su propia casa el sacerdote, y despus de
largos abrazos, lgrimas, confidencias y palabras de aliento,
habase retirado a descansar en un cuarto del interior, todo lleno
de fardos de velas, reliquias y libros viejos. Una pobre candela de
cera, clavada en la boca de una botella vacia, iluminaba la miserable
estancia.

122
Arrodillse el Cura al borde del humilde lecho y or una bue-
na pieza de tiempo. Dirigi sus ojos a un cuadrito de la Virgen
de Guadalupe y pronunci estas palabras:
Santa Mara de Guadalupe, esperanza nuestra, salva a nues-
tra Patria!
Desnudse luego y se tir en la cama, que rechin al peso de
su cuerpo. Rehuyse buscando acomodo y trat de conciliar el
sueo.
Imposible dormir. Una bandada de terrores revoloteaba en su
cerebro. Ya eran muchos los curas prisioneros, y no pocos los
asesinados por los oficiales de las tropas callistas. La presin de la
tirana era de tal fuerza, que por todas partes se esperaba la explo-
sin de la ira popular, y esto haca a los crueles militares hus-
mear como lobos los rastros de cuanto Cura descubrieran, fiscali-
zar sus menores actos y analizarlos a la luz repugnante de crimi-
nales hiptesis.
El Cura se levant de la cama en paos menores, y alargn-
dose cuanto pudo para no multiplicar los pasos sobre el fro suelo,
cogi del viejo estante un libro, volvi a acostarse, lo abri y
comenz a leer para provocar el sueo.
Aquel libro cogido al azar era \m volumen de la Biblia tra-
ducida por Amat. Causle, en verdad, grande y profundo inte-
rs el ttulo del captulo que encabezaba la primera pgina abier-
ta. Lo ley, ley con avidez, sintiendo al mismo tiempo una im-
presin de rubor, como quien descubre en un autor famoso un
error propio defendido con orgullo. Ledas algunas pginas, sus-
pendi un momento su lectura para volver sobre s mismo y es-
tudiar un inesperado conflicto de ideas que surga en su propio
interior. Y como resolucin prctica provisional, acept la de es-
conder aquel libro para evitar que llegara a manos profanas y con-
venciera a sus fieles de que el santo Cura ignoraba algunas cosas...
Para lo cual bastaba colocar aquel libro de nuevo en su lugar y
no volver a pensar en l. Levantse de nuevo el Cura, descalzo;
a un paso de la cama quiso anotar, por lo que suceder pudiera,
qu libro y qu captulo de la Biblia deca aquello. Cogi un
cartoncillo que por ah encontr, cartoncillo ilustrado, y lo puso
como seal. Levantaba ya la mano para colgarlo en el estante
cuando un grito de mujer aterrada lleg a sus odos. El Cura re-
conoci la voz de su hermana.

123
Son ellos! dijo para s.
Y sin soltar ya el libro, se abalanz sobre la vela y la mat
de un soplo. Era tarde. En aquel mismo instante las puertas de la
estancia se abran de un empujn fuerte y brutal, y entre un
ruido de sables y de arneses de soldado, reson un grito bronco y
feroz que deca:
Cura, jijo de un tal; a ti te buscamos!

La casa parroquial qued aquella noche convertida en un cuartel.


El Capitn estableci su improvisado tribunal en la misma sala
de recibo. Un triste quinqu de petrleo iluminaba los horribles
mostachos de aquel rostro broncneo y las guedejas lnguidas del
Cura que estaba ah, todava descalzo, en calzoncillos y en camisa.
Alrededor de la mesa, cual monstruos amenazadores, paseaban otros
militares fumando y sacudiendo las botas con las toallas del lavabo.
En la puerta de la calle y frente a las ventanas, los soldados
retiraban a culatazos a los humildes curiosos que se acercaban a
ver "qu le queran hacer al padiecito". All en el interior de una
cmara, las dos hermanas del Cura, sentadas en una cama, sollo-
zaban, custodiadas por un centinela de vista.
Comenz el interrogatorio:
Conque ustedes siguen en su actitud rebelde, verdad? dijo
el militar al cura tembloroso.
A estas palabras el Cura pareci transfigurarse. Toda la ma-
jestad sacerdotal se sent en su pecho y en su rostro. Levant
muy despacio y noblemente la cabeza y contest:
No, seor! Ni yo ni ningn Cura, que yo sepa, hemos sido
rebeldes.
Entonces, por qu no se someten a la ley?
De qu ley habla usted? pregunt el Cura.
Pues de la ley dada por el General Calles.
Yo no he desobedecido esa ley.
El militar qued desconcertado.
Usted anda confesando y diciendo misa clandestinamente.
La ley del seor Calles no me prohibe confesar ni decir misa
en mi casa.

124
Por qu no dice usted la misa en la parroquia?
Porque mis Superiores eclesisticos me han mandado no volver
a ejercer ah.
Ah est la rebelda. Ustedes se niegan a registrarse y por
eso abandonan el culto. Pero ahora usted se registra. Y yo le dar
todas las garantas. Qu dice usted?
Qued mudo un momento el Gura. Los militares se vieron unos
a otros. Y creyendo que el moniento de vacilacin haba llegado
para el sacerdote, continu el Capitn:
Qu fcilmente puede usted salir de esta situacin peligrosa!
Una firma, y basta. Y despus, hasta nosotros, hasta el Gobierno
poda ayudarlo. Qu dice usted?
Digo sencillamente que no respondi con un aplomo abru-
mador el noble Gura. Eso sera ser rebelde, y yo no quiero serlo.
Sera rebelde contra mi Obispo, contra el Papa, contra Dios.
Pero entonces es usted rebelde contra el Presidente Galles.
Si el seor Galles impone a sus subditos la rebelin contra
Dios, yo no le obedezco ni le obedecer nunca.
Basta! Llvenlo al cuarto otra vez!
Cuatro soldados acompaaron al Cura. No fue ya a su alcoba,
sino a una bodega sembrada de "olotes" y de restos de maz.
All, en el saln, los militares, a la luz del quinqu, conversa-
ban entre s. Uno de ellos, por curiosidad, abri el libro que el
Gura sacara de la biblioteca. Lanz una irnica risotada y ense-
ando al Capitn el libro abierto, le dijo:
Mire noms, Capitn, la mua que encontramos.
Leyeron un buen trozo. El Capitn sac un grueso lpiz rojo
y encerr en un llamativo cuadro cada uno de aquellos prrafos.
En seguida, por indicacin de otro oficial, observ detenidamen-
te el cartoncillo, torcindose, mientras tanto, el bigote.
Curas desgraciados dijo; quin los ve tan mansitos...
Y asomndose al patio:
Triganlo! grit.
Y el cura apareci de nuevo, tiritando por el fro de la noche,
mal cubierto por aquella ropa interior.
Ustedes, como siempre rompi el Capitn. Moscas muer-
tas! Siquiera tuvieran agallas para agarrar un rifle y abrirse a los
balazos... Pero son los eternos cobardes. Y al pobre pueblo as
lo engaratusan y lo echan al despeadero.

125
Pero, qu me quiere usted decir con eso? pregunt azo-
rado el Gura. ..
No entiende, verdad? Conque usted deca que no era rebelde.
S seor: lo digo y lo sostengo.
A ver, a qu ha venido usted a este pueblo?
Seor, vine a auxiliar a un moribundo.
Cllese, hipcrita, hijo de tal! Usted anda sublevando al
pueblo. Usted vena con Anzures a levantar a esta pobre gente
contra el Gobierno. Ms hombres deban ser, y menos tarugos.
Guando uno se levanta en armas no se viene a dormir a una tlazo-
lera. . .
Pero, seor Capitn, usted se engaa. Nadie puede acusarme
de eso. Nadie!
Nadie? Bueno! Qu significa esto?
Y le tendi el cartoncillo dibujado que, como seal, haba
puesto el mismo cura en el libro. El prroco fij en l sus ojos y
palideci al ver una serie de fatales coincidencias. Aquel carton
cillo, recuerdo del Centenario de Constantino, representaba las
fuerzas armadas del convertido Emperador levantando las espadas
frente a una cruz luminosa, en cuyo alrededor se lea: "Con este
signo vencers".
No es sta su propaganda? pregunt el militar.
Seor, se trata de una mera casualidad. Yo le aseguro a
usted...
Otra casualidad! dijo, cortndole la palabra el Capitn.
Conoce usted esto?
Y le present el libro abierto. El Cura extra al punto aque
llas gruesas lneas rojas, y fijando bien sus ojos, reconoci entre
ellas aquellos mismos prrafos que haca unas cuantas horas ha
ba ledo con sorpresa en su lecho. Se llev las manos a la cabeza
y exclam:
Dios mo! Me han perdido!
Basta! dijo el Capitn. Zambtanlo otra vez en el cuarto.
Un profundo decaimiento invadi el cuerpo del pobre Cura.
Aquella pgina de la Biblia que a l le haba reprochado su ino-
cente pacifismo sera ahora prueba de delito en manos de los per-
seguidores. Lleg el Cura a la triste bodega. A la puerta, abierta

126
de par en par, quedaban apostados cuatro soldados. La luz de
una luna esplndida dibujaba un rectngulo luminoso cerca de la
entrada, y eflejaba suavsimamente sobre las sucias paredes que
aprisionaban al sacerdote. El Gura se sinti triste y se sinti
solo. En el extremo del inmenso patio resonaban las voces de los
militares que discutan. En la cmara de las hermanas, los guar-
dianes fumaban sentados en cuclillas en el umbral.
Sentse el Gura sobre una caja vieja de madera, puso ambos
codos sobre las rodillas, hundi su cabeza entre las largas manos
y se arranc del momento presente para recordar, en un raudo
vuelo mental, como un lenitivo, la historia dulce y tranquila de
su vida impecable. . . Aquella vida de seminario, aquel ideal sa-
cerdotal, forjado en su mente juvenil y pura; aquella primera
misa con lgrimas y alegra, con recuerdos y proyectos. . . y des-
pus, aquella su bendita parroquia, aquella su gente, toda tan
buena y tan santa; sus nios de Primera Comunin, aquel Ga-
brielito que l haba hecho sacerdote, aquel Hctor, que l ha-
ba amado tanto. . . Vida dulce y fecunda! Vida de madre que
arrulla y de padre que sustenta! Vida de satisfacciones pursi-
mas, tronchada en un momento por la hoja fra del odio sacrile-
go. El Gura sinti un nudo en la garganta. Sus recuerdos ms vi-
vos eran de aquella tarde, cuando su compadre don Toms An-
zures, tambin llorando, le expona la vergonzante pasividad de
los buenos ante la ignominia presente. Las palabras del ranchero
resonaron de nuevo en sus odos con una distincin y exactitud
extraa. Resonaron todas, una a una, con sus diversos matices,
con su creciente intensidad. Y el Gura record tambin con hu-
mildad su propia respuesta... Y despus... aquel libro!, la Bi-
blia, la Sagrada Escritura!, que repeta casi textualmente las pa-
labras generosas y valientes del humilde ranchero, a las cuales
l, el prroco, se haba obstinado en contradecir. . . El Gura sinti
miedo y sinti vergenza, no ante los hombres, sino ante Dios,
que era el nico que lo miraba sin ira en aquel cuchitril iluminado
por la luna. Aquella alma de sacerdote sin insignias, sin vestidos,
se sinti ms desnuda an que el desnudo cuerpo que animaba.
Como cera al fuego, aquel cuerpo pareci derretirse. Fue una mano
blanca que se escurri, unas rodillas que contra el suelo chocaron,
un sollozo que se escuch, unos brazos que se cruzaron y un ros-
tro que se inclin con unos ojos cerrados, empapados de lgrimas.. .

127

H10
Dios mo! gimi aquella figurilla ruin, si habr hecho
mal... Si habr buscado mi tranquilidad en vez de tu gloria y
de tus triunfos.. . Si habr buscado mi sosiego en vez de la liber-
tad de tus hijos... !
Un momento permaneci el sacerdote como inconsciente. Un
fro desconocido invadi de pronto todo su ser. Su conciencia
le repeta sus propias palabras, y tras ellas su memoria le gritaba
las palabras de la Biblia, y su imaginacin le simulaba el choque
horrendo entre sus palabras propias de hombre y la inmutable
palabra de Dios. . ., entre lo que l haba pensado o credo siem-
pre en cuanto a la actitud de la gente honrada, y lo que la Biblia
deca y alababa...
Un asomo de desesperacin le vino al punto. Una extraa cla-
rividencia le hizo juzgarse manchado con un pecado que l no
conoca. Con sus dedos flacos cogi entonces las guedejas de su
cabeza, las sacudi nervioso, casi hasta arrancarlas, y como quien
sospecha dar en la clave de todo un enigma, lanz esta queja
dolorosa:
Dios mo! Dios mo! . . . Si habr predicado el Evangelio
de la paz, cuando T me mandabas predicar el Evangelio de la
guerra... !
Y un llanto dulce, resignado y tranquilo, sigui a aquella con-
fesin tarda.
Mientras tanto, en el saloncillo del curato redactaban el men-
saje que deban enviar a la Jefatura de Operaciones:
"Honrme comunicar aprehensin cura Andrs Posada, con-
victo confeso propaganda rebelin armada".

Eran las dos de la madrugada. A la puerta del curato, un


apretado grupo de gente, sobre todo de mujeres, esperaban la sa-
lida del cura. La tropa estaba formada y preparada para custodiar
al distinguido prisionero. Cuando a la puerta, como una aparicin,
se present el cura descalzo y semidesnudo, una mujer lanz un
grito de dolor, que fue seguido por un coro de gemidos y de
llantos.
No nos deje, seor cura! se oy entre el vocero de dolor.

128
Un hombre se adelant, y arrojando su abrigo al sacerdote, le
dijo:
Llvese mi frazada, seor cura.
Aquel hombre era Santiago, el cuado de don Toms.
Cojan a se! grit el capitn.
Y el mancebo fue internado en las filas.
Acto continuo, otro campesino, mirando que el cura iba des-
calzo, se quit las sandalias y alargselas, diciendo:
Pngase mis huaraches, padrecito!
Y tambin lo cogieron.
Por las callecillas de Paracho desfil la triste comitiva. Tres ino-
centes, custodiados por crueles genzaros, marchaban sin saber a
dnde. Los soldados montaron en sus caballos; a pie, en el cen-
tro, iban los prisioneros.
La muchedumbre del pueblo los segua.
El capitn detuvo su caballo. Volvindose a la multitud, grit:
Qu vienen a buscar ustedes?
Queremos ver a dnde los llevan respondi una mujer.
Vulvanse todos. No le va a pasar nada al cura ni a los
otros.
El cura volvi entonces el rostro hacia la multitud, y habl as:
Vulvanse, hijitos. Ya el seor capitn dijo que no nos pasar
nada.
Dnos su bendicin, seor cura dijo una voz.
Y el cura dio la ms fervorosa bendicin de su vida, entre los
primeros pinos gigantescos del camino. El pueblo cay de rodi
llas, y no avanz ms. Slo unas cuantas sombras se desprendie
ron del ncleo, y agazapndose tras los rboles y tras las rocas, si
guieron la pista de los penados.
Haban caminado una media hora; cruzaban a la sazn el bos-
que, cuando el capitn dijo:
Por aqu est bueno.
Al darse cuenta entonces de que algunos lugareos se obstina-
ban en seguirlos a prudente distancia:
Espanten esas moscas! dijo a los soldados de la retaguar-
dia.
Estos prepararon sus fusiles, volvieron el rostro y dispararon a
ciegas.
Estremecise el cura a la detonacin, y al cerciorarse de que

129
dejaban el camino para internarse en la selva, comprendi que
su suerte estaba perdida.
A dnde nos llevan? pregunt al capitn. Dganme si
me van a matar para disponerme a la muerte.
Pues dispngase por s o por no respondi el capitn.
El sacerdote guard silencio profundo durante un largo rato
de marcha. Volvi a recordar sus palabras de pacifismo, opuestas a
la entereza bblica, y exclam fervorosamente:
Dios mo! Per aquella omisin, te ofrendo mi vida. Rec-
bela y perdname.
Luego, dirigindose a sus amigos:
Muchachos les dice, es bueno que se confiesen. Vamos a
morir.
S, padrecito. Confisenos, y venga lo que Dios quiera, que
es nuestro Padre.
Alto! grit de pronto el capitn. Aqu est bueno. Pri-
mero al cura!
Aquellas palabras bastaron para transfigurar al sacerdote. Su
rostro pareca reverberar una luz viva, que centelleaba frente a la
de la luna, fiel testigo de la triste escena. March con decisin,
como cuando en la iglesia celebraba misa solemne, y se par fren-
te a un alto peasco.
Ya ah se arrodill y or por breves instantes. En seguida dijo
al capitn:
Capitn, yo muero con gusto; pero esos pobres no deben mo-
rir. Uno es hurfano que sostiene a su madre. Otro es padre de
familia de cinco nios. Mteme a m, pero no los mate a ellos!
Aquellas palabras suscitaron la ms tierna id entre aquellas al-
mas generosas.
Seor cura, queremos morir dijeron en conjunto. Que-
remos morir con usted! Dios Nuestro Seor velar por nuestras
familias!
Y cayendo de rodillas, se inclinaron a besar los pies desnudos
del sacerdote, diciendo entre lgrimas:
Por ltima vez, padrecito!
Ordenles separarse el capitn. Ellos se levantaron y volvieron
a arrodillarse a distancia, como quien ora ante un santo.

130
El gatillo de los fusiles cruji en medio del silencio de la no-
che.
El cura se irgui, gallardo y bello como un arcngel. ..
El miserable oficial, grit entonces:
Viva Calles! . .. Fuego!
Viva Cristo Rey! contest con voz entera el sacerdote.
Y cay desplomado.
Los dos campesinos se inclinaron y besaron aquel suelo ya ben-
dito.
En seguida cayeron ellos junto al cura, repitiendo a pulmn
lleno el mismo grito sagrado. ..
El capitn, indiferente y calmoso, dijo secamente:
Vamonos! ... Pasado maana volvemos por Anzures.

Pero hubo un testigo que hizo fracasar todos sus planes. Jua-
nillo, el hijo menor de Anzures, se haba escondido hasta el lu-
gar de la tragedia. Oculto tras el mismo peasco frente al cual
muri el cura, escuch y guard en su memoria todas las pala-
bras pronunciadas durante aquella escena inolvidable, dando tam-
bin todo su valor a la amenaza del militar contra su padre.
Plido de espanto y de furor, tras carrera desenfrenada, lleg
al pueblo, contando a todo el mundo el crimen de aquellos bandi-
dos con uniforme.
La maana estaba an oscura, cuando una triste caravana de
gente del pueblo tom el camino que haban seguido las vctimas.
Brincando peas y malezas, cortando por atajos y por veredas,
apresurados, jadeantes, iban nios y mujeres con los ojos desme-
suradamente abiertos, mudos y doloridos, caminando por aquel va-
crucis en busca de los despojos ensangrentados.
Y el primer rayo del sol, como un saetazo, al herir el pen,
testigo mudo del criminal obrar, ilumin una muchedumbre que
se rebulla indignada e inconsolable y enloquecida, clamando, llo-
rando, rugiendo, invocando e increpando, bendiciendo y maldicien-
do, orando e insultando, levantando una mano suplicante y alzando
un puo crispado de amenaza, y mostrando, en suma, en confuso
tumulto, todas las varias impresiones que sugiriera la presencia

131
de las vctimas sangrientas y el recuerdo de los verdugos cobar-
des. ..
Angarillas de pino soportaron los cuerpos muertos, que pare-
can sonrer. Mojaban las gentes en su sangre los pauelos y arro-
jaban las mil flores del bosque sobre los despojos cubiertos de he-
ridas. Al lamento del pueblo se una la cancin matutina de los
pjaros silvestres, y el viento suave de la maana haca inclinar la
cabeza empenachada de los pinos gigantescos, en un gesto de reli-
giosa reverencia.. . Lleg la procesin al camino real. Y a poco
andar por l, una nueva sorpresa reagit el dolor y la indignacin
de aquel pueblo herido. Entre las malezas se descubran dos cad-
veres ms: eran las viejas hermanas del cura, que haban osado se-
guirle en aquella noche fatal. La multitud y el lamento engro-
saban conforme se acercaban al casero, y al entrar en l, fue un
bramido el que reson con todas las amarguras del lamento bblico
de Raquel.. .
No haba ya templo: haba sido incendiado por los soldados
de Carranza! Junto a los paredones ahumados fueron colocados
los cinco cadveres. Dos mujeres: la inocencia y la debilidad; dos
campesinos: la pobreza y el trabajo; un sacerdote: el amor.
A los pies del sacerdote, un ranchero recio y nervudo se revol-
caba como gusanillo:
Padre! le deca, djame!, djame ya cumplir con mi
deber! Djame defender a tus ovejas hurfanas, ya que no me
dejaste defenderte a ti! . . . Habla, padre mo, habla!
Y el cadver habl.
Una doncella se acerc al recinto, ansiosa y apresurada. Lleva-
ba en alto un libro: el libro mismo que los militares haban arran-
cado al cura.
El sermn, el sermn del seor cura fue el rumor que se
extendi alrededor de los cadveres.
S, lo dej el seor cura sealado en la Santa Escritura...
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espritu Santo. . .
Y el pueblo se arrodill y guard silencio, esperando que la
muchacha leyera. Con la voz trmula, a la vez que enrgica, la
doncella ley uno de los prrafos marcados con el grueso lpiz
rojo:
"Seor! Tu santuario est hollado y profanado y cubier-
tos de lgrimas y de abatimiento tus sacerdotes.. . ! Cmo, pues,

132
podemos sostenernos delante de ellos, si T, oh Dios, no nos ayu-
das?"
El llanto cerr la garganta y nubl los ojos de la joven al leer
aquella lamentacin del captulo III del Primer Libro de los Ma-
cabeos. Don Toms se haba enderezado junto al cadver, y es-
cuchaba atentamente, como quien oye a un ngel del cielo. De
cuando en cuando, suavsimamente murmuraba su conmovedora
plegaria de aquel da:
Habla, padre mo, habla!
La joven continu. Con voz alta, serena, casi varonil, ley
entonces las palabras candentes de Judas Macabeo a los judos
perseguidos, palabras que estaban marcadas con triple raya roja.
El pueblo entero escuchaba sin respirar, como una revelacin que
se desprenda de aquel libro sagrado palpitante:
"Tomad las armas y tened buen nimo" ley solemnemen-
te la joven.
Don Toms, como un exttico, clav sus ojos en el vaco, y
cogi nervioso la mano misma del sacerdote muerto. Y escuch la
continuacin del texto:
"Y estad prevenidos para la maana, a fin de pelear con-
tra estas gentes, que se han puesto de acuerdo contra nosotros
para aniquilarnos y echar por tierra nuestra santa religin. (Don
Toms se puso de pie como un sonmbulo). Porque ms nos
vale morir en el combate, que presenciar el exterminio de nuestra
nacin y del santuario. Y venga lo que el cielo quiera!"
El heroico viejo no quiso saber ms, no quiso escuchar ms.
Levantse y bes la mano del cadver, tirando las flores que le
rodeaban, y exclam:
Mrtir de Cristo! T me has respondido!
En seguida, con la majestad de un caudillo, grit sobre la
muchedumbre llorosa:
Los que sean hombres, que me sigan!
Cerca de cincuenta hombres maduros y otros garrudos mance-
bos salieron con l.
Padre, bendcenos! dijo Anzures al salir, volviendo el ros-
tro y el brazo hacia el cadver.
Y dice el vulgo que los labios del cura martirizado se contra-
jeron para pronunciar solemnemente el nuevo rito de aquella ben-
dicin postuma.

133
As fue que al tercer da, cuando el empecatado capitn callista
volva al pueblo de Paracho a proseguir sus pesquisas, cuando, muy
quitado de la pena, al buen trote de su caballo, encenda un
cigarrillo, a la altura del desfiladero ms prximo a Paracho, una
formidable detonacin lo hizo entremecerse y una lluvia de balas
lo derrib del caballo a l y a otros siete soldados. Una nueva des-
carga reson desde lo alto de los peascos fronteros y otros cuan-
tos soldados vinieron por tierra. Y cuando los restantes, descon-
certados, pretenden reorganizarse, nueva lluvia de balas los inunda
de las alturas, en tanto que a la puerta opuesta del desfiladero
aparece un nuevo grupo armado, que descarga de frente sus ar-
mas sobre aquel pelotn en ebullicin. Los caballos se retorcan en-
cabritados, los soldados derribados volteaban sus armas en deman-
da de piedad, y los ms afortunados de entre ellos picaron es-
puelas, y tendidos sobre los cuellos de los corceles, emprendieron
la ms desesperada de las fugas.. . En tanto que en la boca del des-
filadero, sobre el claro horizonte, se dibuj la silueta pica del hom-
bre honrado que se haba transformado en len. Era don Toms
Anzures, que con la barba hirsuta, desflecada, y con los ojos re-
lampagueantes, montado en tembloroso alazn, empuaba relu-
ciente fusil, gritando con voz estentrea:
Viva Cristo Rey El primer triunfo, muchachos!

En el cuartel general de Uruapan, la noticia cay como bom-


ba. Cuchicheos de oficiales, entrada y salida de mensajeros, mu-
cho telgrafo, mucha corneta; todo indicaba que el caso era gra-
ve. El grito de Anzures haba repercutido por toda la sierra, y
aquellos venaderos no erraban el tiro que disparaban.
El jefe de Uruapan telegrafi a Calles. El ministro de la Gue-
rra orden la salida de tropas de Morelia. Se pidieron refuerzos a
Guanajuato, pero Guanajuato se encontraba en las mismas. Otro
hroe, Luis Navarro Origel, como Bayardo, caballero sin tacha y
sin miedo, hombre de oracin, pero tambin de accin, haba per-
dido la paciencia y se bata con los infames en las goteras de Pn-
jamo.

134
Toms Anzures volvi victorioso a Paracho. El pueblo sali a
recibirlo con palmas y con flores. Pero no haba tiempo que per-
der. El Gobierno poda mandar miles de soldados, con caones y
aeroplanos, para aniquilar a aquellos centenares de valientes.
Don Toms revis a sus compaeros. Eran ya seiscientos. Bien
armados y municionados. No hubo ms armas; por eso no hubo
ms libertadores. Anzures llam entonces a su hijo Juanillo, y le
dijo:
Coge tu caballo, atraviesa la sierra, toma el tren de Irapuato
y te vas a Zacatecas a buscar a don Hctor. Dile que lleg el
momento; que nosotros ya nos lanzamos; que le avise a toda la
Repblica.
El muchacho ech unas gordas en su morral, bes la mano de
su padre y parti.

135
XVII ACCIN Y

SONRISAS

PERO DNDE ESTABA HCTOR?


Lo saba ya de seguro Consuelito Madrigal, pues que hablaba
de l con gran entusiasmo y alboroto a las siete u ocho muchachas
que con ella estaban en el saloncito de costura.
Qu tal boycot, muchachas! deca, acomodando unos ro-
llos de papel de china. Ganamos, porque ganamos! Con que
nos mantengamos firmes y enrgicas, los partimos por hambre. Lo
que interesa es no aflojar en la propaganda. Al cabo, nosotras no
nos asustamos. . .
Y, palabra, que no nos asustamos! respondi ua regor-
deta que haba estado ya cinco das en la crcel.
Y ya supieron de los ltimos fusilados? replic la beatita
Arguelles, que miraba siempre las cosas por el lado ms triste.
S contest otra chamaquilla, que cantaba en todos los
conciertos de la ciudad. Pero ya estamos resueltas: no les tene-
mos ya miedo ni a las bombas ni a las balas.
Miren! Aqu tengo mi provisin de Stanos! dijo otra,
enseando un fajo del peridico clandestino llamado Desde mi S-
tano.
Ah, Chihuahua! dijo Angela Araiza; pero estos endian-
trados se han puesto muy listos, y la esculcan a una en la calle;
por eso le di su cachetada al gendarme de ayer.
Pero no les vale observ Consuelito Madrigal; tienen
miedo, un miedo horrible. Dice Calles que es el ridculo boycot;
pero con todo y ridculo, lo va a hacer tambalearse. . . Entre tanto,
la fiesta es linda. Supieron ustedes cmo acab lo de Hctor?
Tras esta palabra se oyeron tres o cuatro tosecillas, con segn-

136
da intencin. Consuelo las comprendi, y se veng de la signifi-
cativa burla dando un suave manazo a la que encontr ms ve-
cina.
A ver, qu sucedi con Hctor?
Con nuestro Hctor explic la regordeta.
Nuestro? pregunt Consuelo, aparentando extraeza.
Con tu Hctor! corrigi finamente Angela. Adelante!
Por Dios, cllense, muchachas! dijo Consuelo. Si lo su-
piera Hctor, dira que soy una loca.
Y t crees que no lo sabe?
Por lo menos, lo sospecha dijo una tercera.
El que s lo sabe es s, o, so; b, e, be... Sobe.. .
.. .ron! terminaron a coro todas.
Por Dios, muchachas! dijo de nuevo Consuelo; quien nos
oiga dir que no nos hace mella la persecucin...
Como que tenemos un corazoncito... ! dijo otra loquilla,
abrazando y besando a la compaera que a su lado estaba.
Y de veras, aunque nos vean de luto y sin ir a fiestas ni
a cines, yo no cambio mi estado de nimo por el de los del Go-
bierno.
Estarn trinando!
Pues si no es para menos. A pesar de las noticias que han
dado de todos los fusilados y encarcelados, los de la A. C. J. M.
trabajan todas las noches, y cada da amanecen nuevos letrerotes:
"Catlicos, adelante con el boycot".
Y los engomados?
Ujule! Slo en mi barrio cada noche pegamos ms de qui-
nientos engomados. . . Y se ven lindos: "El boycot, catlicos". "No
le tengan miedo a Calles"... Y nadie los puede arrancar.
Y qu brbaras las empleadas! Creen que les pegaron en-
gomados a todos los automviles de los generales?
Anda, ni sabes! Si el soldado de guardia en la Jefatura es-
taba muy fachoso con un engomado en la culata del rifle y otro
en el cinturn, por detrs.
Y qu bonito: desde que nos quitaron las imprentas, se mul-
tiplic ms la propaganda.
En mi casa, todos nos vivimos reproduciendo letreritos en pa-
pel de china. Luis, mi hermano, saca doscientas copias por mi-
nuto, noms rodando una botella entintada.

137
Nosotras tenemos unos sellos que dicen: "Boycot", y los pe-
gamos por todas partes.
Y a m me llega por correo la misma propaganda que yo ha-
go el da anterior.
Ah! Los comerciantes ya no aguantan. Los de "Las F-
bricas", el mircoles no vendieron absolutamente nada, y el jueves
no vendieron ms que un carrete de hilo.
Nada, que nos los barremos.!
O reforman las leyes o se los lleva la trampa.
Pues ya dijeron que no reformaban nada observ la Argue-
lles.
Pues entonces adelante con el boycot! Caiga quien caye-
re! dijo Consueiito. Y ya saben, muchachas, aqu hay carre-
tadas de papel delgadito para surtir a todas nuestras mecangrafas
clandestinas. ..
En esto entr a la pequea estancia, como si fuera un venda-
val, una encantadora joven gallarda, esbelta, andar de Diana Ca-
zadora, tez apionada, pelinegra, ojos de noche, de mirar penetran-
te, y besando estrepitosamente a una, dando un efusivo abrazo a
otra, diciendo expresivos piropos a la de ms all, de "linda", en-
cantadora!, chula", tom asiento entre ellas, y djoles sacando
de su bolsa de mano una carta:
Muchachas, una noticia de Mjico, muy graciosa.
Viva la tapata ardiente que llega con todo el fuego de la
tierra en donde nunca se pierde, y si se pierde, se arrebata! ex-
clam Consuelo. Vamos, Mara, cuntanos y lee.
Miren ustedes dijo la recin llegada. Ahora que estuve
en Mjico, huyendo de la quema de la persecucin en Guadalaja-
ra, visit muchas veces a Lola Noriega, mi compaera en el Co-
legio de las Damas del Sagrado Corazn. Lola es y ha sido toda
su vida una joven recatadsima, entregada a la devocin y a las
obras del catecismo. Pero son la hora terrible, y la palomita se
ha convertido en guila, pero sin dejar sus plumas de paloma. Ella
y su buena madre tienen agitadas y organizadas varias de las co-
lonias de ms importancia de la ciudad, y hay que ver a las dos
trabajar con tal circunspeccin, que cualquiera dira que no son
capaces de quebrar un plato, siendo que todos los tienen rotos.
Cuando me vine para Zacatecas me prometi Lola escribirme si
haba algo de inters, y acabo de recibir carta suya. Es sta:

138
"Mi muy querida Mary: Cumplo lo prometido, y aunque es-
toy de pendientes hasta el cuello, no puedo renunciar al gusto
de darte noticia de la ltima broma que la Liga ha pegado a es-
tos santos varones. Vers. Con el sigilo y la cautela que imponen
las circunstancias, que cada da se hacen ms terribles, se prepara-
ron cerca de mil globos de papel, bastante grandes, con el ya fa-
moso escudo de la Liga dibujado en los costados. Distribuyronlos
por toda la ciudad, y hasta en algunas poblaciones cercanas. To-
dos llevaban su abundante cantidad de impresos, en papel delga-
do, con los colores de la bandera. Se decan lindezas de los repe-
tidos santos varones. Se dio la orden de que los globos fueran
lanzados exactamente a la una de la tarde de ayer. A esa hora
precisa, cuando varios aeroplanos de los mencionados varones an-
daban revoloteando por los aires, porque tuvieron noticia vaga de
lo que se proyectaba, elevronse los globos, y como llevaba cada
uno una yesca encendida en el hilo de que penda 3a propaganda,
al legar a cierta altura cayeron los volantes como lluvia sobre la
ciudad. Fue aquello encantador, Mary. Biiilaban los globos y las
hojas, heridos por la luz de un sol refulgente, destacndose en un
cielo de un azul pursimo. Los perseguidores, furiosos, no han po-
dido alcanzar el punto o los puntos en que se fabricaron los glo-
bos, ni menos los lugares de donde fueron lanzados. Necesitaran
dar con ms de ochocientas casas, y si se tratara de castigar a las
personas por el espantoso delito, tendran que meter a la crcel,
cuando menos, a medio Mjico, porque todos los catlicos estamos
estrechamente unidos y todos, directa o indirectamente, lomamos
parte en estos trabajos. Es cosa de alabar a Dios por esa unin y
debemos levantar un monumento al seor don Plutarco, por el
gran bien que con esto nos ha proporcionado.
"Mi mam te manda muchos recuerdos, muy cariosos, lo mis-
mo que a tu excelente mam. Saldala de mi parte con todo ca-
rio, y t recibe muchos besos y abrazos de tu amiga y condis-
cpula, que mucho te quiere y desea que no aflojes, ni por un
momento, en el trabajo.
Lola".

- Quin haba de pensar que esos famosos capitalinos not


una de las jvenes, que pasan por ser gentes tan tibias, habran
de llegar a esas actividades?

139
Es que asistimos al despetar de un Mjico nuevo dijo con
su fuego habitual y con profunda conviccin la recin llegada;
y es que se prepara, Dios lo quiera, el momento de vencer, por
la buena o por la mala, a fuerza de golpe y de sangre.
Jess nos ampare! exclam la Arguelles. Pero eso no es
cristiano; eso es horrible.
Horrible y todo, Jacintita replic Mara en el acto; pero
ms feo y ms espantoso es que nos arrebaten la fe.
Con la oracin replic la beatita.
A Dios rogando y con el muser dando...
Pero. ..
No hay "pero" que valga. Mire, seorita aadi Mara con
mpetu, si Francia se ha conservado nacin catlica, es por-
que los catlicos se armaron contra los protestantes y no se dejaron.
Precisamente en la "Santa Liga Catlica"... Aqu ya ha corrido
la sangre y va a seguir corriendo.
La nuestra: seremos mrtires.
La nuestra y la que no es nuestra, Jacintita. Y t, Josefina,
por qu tan callada? aadi Mara, dirigindose a una joven
que haba permanecido casi sin decir palabra. Era una seorita
alta, de ojos negros que miraban con intensidad, aspecto muy mo-
desto y presentacin recatada.
No hablo, porque no necesitas, Mary, que te ayuden. Pero
digo que tienes razn, mucha razn, y que yo estoy dispuesta a
echarme de cabeza en esos trabajos dijo, con el color del rostro
encendido.
Bien, muy bien! coment Mara, cada vez con ms vehe-
mencia. Jacintita, tenga ust, por Dios se lo pido, una idea ms
digna de lo que es nuestra religin.
Es que el padre Martn dice. ..
Nada de padre Martn, sino la historia y lo que puede y de-
be ser.
Calma, calma intervino Consuelo, al ver que la tapata se
exaltaba y la Arguelles no se daba por vencida.
Pero, oye, Consuelo intervino otra para acabar con la con-
troversia, qu no nos das te? Pues, qu piensas?
Eso s que no respondi Consuelo. Ni te, ni bizcochos,
niada. Estamos en boycot! Aqu se observa riguroso.

140
En mi casa tambin. Hasta en la ropa. Hemos remendado
cuanto vejestorio tenemos, y no compraremos nada en ocho meses.
En la comida de mi casa, hasta la carne quit mi mam.
No se gasta nada.
Ya vieron que el cine baj los precios a la mitad?
S, pero no sabes que a los empleados del Gobierno les aca-
balan el sueldo con boletos de teatro para que vayan a la
fuerza.
Ah! Si en toda la repblica fueran tan cumplidos como
somos en Zacatecas, en tres das los tumbbamos a puro boycot...
Pues gracias a Dios que s lo son. Dice Guillermo Lpez que
las noticias de toda la repblica son excelentes... El Gobierno sien-
te ya el vaco, se asfixia, se ahoga.
Por eso comienza a matar gente dijo la Arguelles.
S, ya lo sabemos! Pero si no entiende con el boycot, ya bus-
caremos "el otro" sistema que le arda ms...
Somos mujeres, t.
Pero tambin hay hombres dijo Consuelito. Yo conoz-
co uno que lo es de verdad.
Pepe Sobern?
No me hablen de ese pazguato.
Ah! Ya sabemos.
Digo?
Hctor!!
Y dnde est, oye, Consuelito, dnde est?
Esta pregunta qued sin respuesta. En aquel preciso momento,
alguien llam a la puerta urgentemente. Sali Consuelo, y vol-
viendo luego al saln de costura, dijo a sus amigas:
Muchachas, las dejo en su casa. Voy a un negocio delica-
do. Encomindenme a Dios y preprense, por si las necesito.
Vistise Consuelo toda de negro, color adoptado por las cat-
licas como protesta continua por la persecucin; se colg al cuello
la medalla religiosa ms grande que tena, y despus de besar a
sus amigas, sali a la calle.
A dnde iba?

141
XIX EL HOMBRE

ENTERO

E L PENSAMIENTO DE H CTOR estaba definitivamente incrustado en


el corazn de Consuelo. Los destinos de ambos marchaban ya
por sendas paralelas, y a cada peligro o pena del recio joven, Con-
suelo peda una brizna siquiera de participacin.
Por tal impulso movida, Consuelo lleg a constituirse en la vir-
gen protectora, en la guardiana constante de los destinos de Hc-
tor, ofrecidos en aras de una causa a la que ella estaba tambin
entregada toda cuanta era.
Vaya que el muchacho mereca eso y ms. No olvidaba Con-
suelo esto, desde que no olvidaba tampoco la impresin horri-
ble que sintiera la noche aquella en que Hctor fue deportado en
medio del misterio ms cruel y amenazador. Y el alivio y espe-
ranza en que envolvi su corazn la noticia de que Hctor viva
an, aunque consignado a los jueces en la prisin militar de Tlal-
telolco, en la ciudad de Mjico, reafirm en ella la admiracin y
madur el germen del amor hacia el guapo mancebo.
Aquel mrito y apreciacin de Hctor frente a Consuelo, cre-
ci y se robusteci al conocer sta las muestras de carcter gra-
ntico que Hctor diera durante aquellas tres semanas de calabo-
zo. El delito de Hctor era para Consuelo un timbre de gloria.
La vergenza de la crcel, una prenda de orgullo. Su delito era,
segn decan, conspirar contra las instituciones, cuando eran pre-
cisamente las instituciones bsicas del orden social, a saber, la fa-
milia, la escuela, la Iglesia, la propiedad, la patria, las que l de-
fenda, y ella con l, frente a un Gobierno de intrusos, ante una
ley de energmenos. ..
Hctor se haba agigantado. Aquellas semanas de prueba ha-

142
ban fortalecido todos sus propsitos de sagrada vindicta, y haban
acentuado el asco que le inspiraban los hombres que clavaban sus
espuelas sobre el cuerpo de la patria.
Consuelo estaba informada de todo. Ah, en la lbrega pri-
sin, en el momento de supremo cansancio, despus de dos das
y dos noches de completo olvido y abandono, un rico catlico,
de la familia de los nuevos tibios, haba obtenido permiso de vi-
sitarlo y ofrecer lo suficiente para obtener la libertad caucional.
Y Hctor se haba rehusado a aceptar.
Por qu? Porque aquel miserable le propona como condi-
cin "que se quitara de la cabeza la idea de agravar la situacin,
trabajando por una Liga de ilusos y de candidos". Hctor pre-
fera su calabozo. Consuelo tambin prefera a Hctor en l.
Porque el alma de Hctor, reverberante ah, lo transformaba todo.
Aquellos ladrillos hmedos, aquellos rincones apestosos, aquellas
claraboyas cubiertas de telaraas, eran la mejor leccin objetiva
de todo lo que a las almas grandes podan dar los usurpadores
pequeos. Poco despus, aquel calabozo era un templo, cuando
de diversas partes de la repblica acudan muchachos y jvenes
a recibir el bautismo del sufrimiento, presididos y alentados por
varios sacerdotes que con ellos cantaban con plena conviccin:

"Corazn Santo,
t reinars. . .!"
Jams perjuros de
aquestos muros nos
vers ir; seremos
tuyos hasta morir...
!

Y perfectamente bien templado estaba ya el espritu de Hc-


tor para despachar con viento fresco a un antiguo amigo suyo que
le ofreca un buen hueso en el Gobierno, con quince o veinte pesos
diarios, y a un norteamericano que le abra las puertas de Jauja,
invitndolo a trabajar en una poderosa negociacin de Chicago.
En el capullo fecundante de la prisin, Hctor complet su
evolucin espiritual, hasta acabar de convertirse en un caudillo.
Ah, en la misma prisin, observ y anot las condiciones mili-
tares y financieras del Gobierno; la mnima fuerza moral y tc-

143
Hll
nica de aquellos revolucionarios armados que forman el ejrcito,
la profundidad de su corrupcin y la imposibilidad de su sanea-
miento. Palp una vez ms la evidente eficiencia del elemento
catlico en todos los rdenes que no fueran la fuerza bruta, y ra-
tific definitivamente su conclusin de que el da que los elemen-
tos sanos se resuelvan a reprimir esa fuerza bruta que en manos
de los demagogos pulveriza los sillares de la patria, con otra fuerza
tambin fsica, a fin de quitar el nico obstculo que impide la
accin fecunda de tanta fuerza moral, intelectual, econmica y
social, entonces Mjico ser salvo.
Mientras Hctor en su lbrego aposento vesta la clmide del
vidente y la coraza del luchador futuro, ac, en Zacatecas, bien
lo saba tambin l, Consuelo, la princesita de marfil y de oro,
luchaba por salvarlo.
La fianza! Tal fue su primer objetivo. Cinco mil pesos y
Hctor estara casi libre. De dnde sacarlos? El Padre Martn!
Lo del estandarte! Ella y su ta pagaran despus. Pero el padre-
cito se puso plido cuando Consuelo lo fue a ver. Y la lengua se
le trab ligeramente al decir a Consuelo la verdad, una verdad
que indign profundamente a la joven:
El rico Sobern, pap del pazguato de Pepe, haba ido a llo-
rarle al Padre Martn, y ste, por su buen corazn, por los lazos
de amistad, por esto, por lo otro, no pudo negarse y le haba
prestado los cinco mil pesos! Como rayo fue Consuelo a ver a
Sobern. Era tarde: los pesos haban volado ya. Y, lo peor: no
haba esperanza de volverlos a ver...
Consuelo rabi. No se acordaba haber sentido un disgusto se-
mejante en toda su vida. Pero a fuer de mujer nunca rendida,
abri otra brecha. Habl con su ta, reuni a sus amigas, movi
a los de la A. C. J. M., y entre todos hicieron llegar a Hc-
tor el precio del rescate.
Hctor, libertado por Consuelo, sali del calabozo y sus pri-
meros pasos fueron para irse a entrevistar con Rene Capistran Gar-
za, que acababa de salir del suyo, para ponerse a sus rdenes
en el momento en que los hombres valientes, altaneros y gallar-
dos, debieran entrar en accin en la noble epopeya prologada
con mansedumbres y borreguismos.
Rene Capistran Garza, el famoso leader de la Juventud Cat-
lica de Mjico, comprendi al punto cul era el temple del co-

144
razn de Hctor. Comprendi que era el hombre de la gran em-
presa que con l haba intuido, tras largo estudio y observacin,
el estado del pas, que haba reconocido el pecado de los cat-
licos de la antigua hornada, y que haba forjdose ya un pecho
y un brazo de acero para expiar esa culpa de paciencia ominosa,
inyectar vida y alma en el pietismo general, nimo y esperanza
en el clero desconsolado, fuego y sangre en la juventud despe-
jada y un poco de conciencia del propio valer en todos los dems
ciudadanos mejicanos.
Rene Capistrn Garza haba recibido ya multitud de cartas y
mensajes. Los ms pacficos de toda la repblica estaban aver-
gonzados de su paz, y le aclamaban como caudillo de una nueva
empresa perfectamente enunciada en estos trminos: la defensa
de la Iglesia y de la Patria contra el injusto agresor.
Por eso, al presentarse Hctor ante Rene, ste salud en aqul
al alma hermana.
Estoy tranquilo djole Rene. Aunque yo fracase por la
tacaera de los catlicos ricos, confo en que usted levantar
mi bandera. Yo he aceptado la enorme responsabilidad de Jefe
de un nuevo gnero de defensa desconocido en nuestra patria,
pero necesario. En esa gloriosa defensa, usted ser el brazo de-
recho. Nadie debe extraarse de nuestra actitud. Hemos agota-
do todos los medios pacficos. Nos hemos humillado hasta pe-
dir a las Cmaras de esos hombres perdidos, la reforma de la
ley perseguidora. Les hemos rogado con dos millones de firmas
de ciudadanos, sabiendo perfectamente que no podan tener otro
xito que el que tuvieron: ser arrojadas al cesto de los desper-
dicios. Dos millones de ciudadanos hemos sido abofeteados por
unos cuantos miserables, y usted sabe que el consejo evanglico
no llega a aconsejar el poner otros dos millones de mejillas. . .
Ellos fundan su orgullo en los fusiles del ejrcito; no nos queda
otro recurso que la fuerza para reprimir a esa minora envalen-
tonada. El momento, sin embargo, no ha llegado. Debemos pre-
pararnos, y prepararnos bien. Debemos acumular recursos, or-
ganizamos adecuadamente, para reducir al mnimum el tiempo
del sacudimiento y restablecer cuanto antes la salud de la patria.
Yo me entregar todo a la labor de allegar recursos financieros.
No es mucho lo que necesitamos, pues que contamos con el pue-
blo todo. A usted le corresponde el ponerse en contacto con todos

145
nuestros amigos de la repblica. La victoria ser nuestra! Guan-
do un pueblo se resuelve a luchar por salvarse, se salva indefec-
tiblemente. Hay un solo peligro: el egosmo de los grandes capi-
talistas catlicos. Si con l no tropezamos, Mjico ser salvo en
unos cuantos meses. Pero si esos catlicos ricos olvidan su deber...
Entonces agreg Hctor, iremos a la lucha sin nada, pe-
ro iremos. As salvaremos desde luego nuestra propia honra.
Si los catlicos mejicanos nos olvidan, acudiremos a los catlicos
extranjeros, y si todo capital huye de nosotros, entonces, a pesar
de todo, seguiremos luchando. Y la lucha, raquticamente finan-
ciada con la sangre delgada de nuestros soldados hambrientos
y desnudos, durar, no un mes, como nosotros queremos, sino
como los egostas lo quieren, durar dos aos, cinco aos, veinte
aos, cincuenta aos; que nuestros hijos y nuestros nietos nazcan,
crezcan, vivan, se desarrollen y mueran en ella, pero que ni nosotros
ni ellos consintamos en abdicar nuestro derecho de cristianos ni de
hombres, ante una turba de crueles y de ignaros. . . Y
triunfaremos! Est usted seguro de que triunfaremos. Y, o
derrotamos al Gobierno, o lo hacemos ir a Ganosa.. . !
Hctor haba recibido la comisin de entrevistar a los diversos
catlicos que en cada lugar de la repblica ansiaban sacudir de
una vez por todas el yugo que pesaba sobre la gente honrada.
Preparaba Hctor con madurez su itinerario. Deba estudiar en
cada Estado con qu elementos se contaba y con qu dificultades
especiales se tropezaba.
No falt a los intrpidos iniciadores de la gran defensa, la
manera de controlar las informaciones diversas que el Gobier-
no reciba sobre la situacin general del pas. El boycot era efi-
ciente. Si no haba obtenido an su fin, era porque no luchaba
contra un Gobierno decente, sino contra una turba ciega que pre-
firi echar a rodar la repblica antes de conceder la libertad. As,
el mismo bien de la repblica exiga la resolucin del boycot
en una protesta armada, nico medio ms enrgico, que tena
toda la eficiencia del boycot ms su efectividad caracterstica. Y
ningn instante mejor que aquel en que el pueblo todo tembla-
ba de vergenza y de asco ante la bajeza oficial, en que la Ley
Galles haba hecho palpable la persecucin antes solapada, en
que el Gobierno se arruinaba financieramente y en que la inicia-

146
tiva privada de los jefes militares pona a cada ciudadano y a
cada pueblo en una situacin desesperada.
Y aqu volva a entrar la fra reflexin. Ese movimiento deba
planearse y financiarse, sobre todo. Mas, adems de esto, deba
conjurarse otro peligro gravsimo, propio exclusivamente de este
gnero de proyectos. Deba evitarse que el clero de Mjico, mo-
vido de su caracterstico espritu de mansedumbre, de bondad,
de piedad y de paz, no creyera necesario profundizar el estudio
de aquella situacin, y diera al punto la solucin que a primera
vista parece la obligada, a saber: recomendar la paciencia y la
paz y reprobar de un golpe la guerra.
Los seglares catlicos comprendan que en este caso queda-
ran ya atados de pies y manos frente al enemigo.
A pesar de que al clero de Mjico se le ha acusado de agi-
tador, bien saban los ciudadanos catlicos que era punto menos
que imposible obtener su cooperacin. La preparacin, pues, efi-
caz de un movimiento de tal naturaleza, exiga como necesa-
rio y tena por suficiente que los piadosos sacerdotes no fueran
a deshacer de buena fe la obra que los catlicos emprendan con-
tra la mala fe de los perseguidores.
Esta medida exiga mucha previsin, mucha calma y mucho
tino.
En estos tanteos y preparativos se viva en el campo catli-
co, cuando corri en Mjico, como un relmpago, la noticia de
algunos espontneos levantamientos de catlicos ya desesperados,
en diversos puntos de la Repblica.
Departan Hctor y Rene sobre estos tpicos, en uno de sus
escondidos bufetes, ojo siempre avizor, sobre el proceso que tenan
pendiente sobre ellos, cuando un rpido telefonema de una lnea
tendida de contrabando, hizo llegar estas sencillas palabras: "Ral,
se te quema la casa".
Los profanos no acertarn nunca a descifrar exactamente todo
lo que estas cuantas palabras significaban. Baste decir que en la
clave adoptada tena especial significacin, no slo cada palabra,
sino cada slaba. El hecho es que veinte minutos despus del
aviso, Hctor, vestido de mecnico, sala por el camino de Tolu-
ca guiando un automvil a sesenta millas por hora. Bajo la pre-
sin de las circunstancias, no quedaba otro recurso que genera-
lizar el fuego cuanto antes. En Toluca comenzara el reconoci-

147
miento; de ah Hctor ira al Norte, visitara Durango, luego
Chihuahua, despus Tampico y, por ltimo, vendra a Zacatecas,
en donde le tocaba trabajar a l. .
As disfrazado, viajaba ya en el Ferrocarril Central, en un
carro de segunda, cuando en la estacin de Irapuato vio subir a
un muchacho ranchero que l reconoci inmediatamente, pero
por quien Hctor no fue luego reconocido. Not, s, que el mu-
chacho le miraba con atencin, con curiosidad, y con cierta des-
confianza. Tan pronto como encontr Hctor oportunidad, se acerc
al muchacho, y le dijo:
Eres Juanillo?
S contest el otro sorprendido.
No me conoces?
Don Hctor! exclam el muchacho, como quien resucita,
y le tendi los brazos.
Al punto aprovech Juanillo la coyuntura para contar a Hc-
tor de pe a pa los sucesos todos de Paracho, y la comisin peli-
grossima que llevaba precisamente para Hctor. Hctor se dio
por bien informado, y se sinti en ascuas, al saber con exacti-
tud quines eran los levantados en armas. Inform a Juanillo
sobre lo que le poda comunicar, y le asegur que don Toms
sera cuanto antes auxiliado y reforzado.
Bueno, don Hctor dijo Juanillo sin esperar ms. Enton-
ces yo me apeo aqu en Aguascalientes, y me devuelvo luego. Ya
cumpl mi mandado.
Vamonos, y te quedas a descansar unos das en Zacatecas.
Malajos pa m, si voy a descansar, cuando mi padre trae al
retortero a los malditos! . . . Saldeme a doa Chole. . . Ya le dir
a mi padre que le meta duro, que ustedes nos empujan.
S, dile que yo me comunicar con l. Y que si se rajan los
del Norte, me voy con l, aunque sea yo solo...

148
XX CARNE Y

ALMA

L LEG H CTOR VESTIDO DE MECNICO a la ciudad de Zacatecas y


en vez de ir a su casa, fuese a acoger a la de un muchacho de
la A.C.J.M., humilde y generoso. Desde ah mand a Consuelo el
recado que sta recibi cuando departa bulliciosamente con sus
amigas.
Haba a la sazn una pobre mujer enferma a la que Consue-
lo sola visitar, y fue aquella casa la que escogi Consuelo para
citar en ella a aquel Hctor vestido de chamagoso.
Aunque Consuelo ignoraba los sangrientos sucesos de Paracho,
ya meda lo delicado e importante de la misin de Hctor, y
el peligro que correra a la menor indiscrecin. Por otra parte,
asaz delicada apareca la cita desde el punto de vista psicolgico;
pues los padecimientos de Hctor, la estima que le mostraban los
jefes de la Liga en la ciudad de Mjico, la misma participacin
que Consuelo haba tomado en su libertad, todo haba avecinado
ms y ms aquellas almas gemelas. No caba duda! Hctor con-
taba ya con que Consuelo lo amaba, y con que su propia indiferen-
cia a toda dulzura de mujer, se haba ido a la porra desde el mo-
mento que lo avasallaba un profundo sentimiento de gratitud,
de veneracin y de admiracin para aquella muchacha que no era
una mujer a secas, sino un verdadero ngel de dulce mirar, de
firme obrar, con sus ternuras de paloma y sus gallardos vuelos,
de herona. . .
Lleg, pues, Consuelo a la humilde vivienda escogida. Iba sim-
ptica y linda como nunca. Sobre el negro noche de su vestido,
resplandeca la plata de su insignia religiosa, y el valo niveo de
su rostro siempre animado por aquellos ojazos de hebrea.

149
Hctor, nervudo y arrogante, se paseaba ansioso por el pequeo
mal empedrado patiecillo, orgulloso de su vulgar disfraz que ante
Consuelo, sin duda, lo enalteca. Algo intranquila, algo inquieta
era a la verdad para Hctor, aquella espera de unos cuantos
minutos. No crea Hctor jugar ah su vida de aventurero, pero
s tema y deseaba iniciar su carrera de amante. Y algo grave
era sin duda el tirarse a fondo sobre un corazn de subidsimo pre-
cio, con casi plena seguridad de ser recibido en triunfo, pero
siempre con un ligero temorcillo de equivocarse de parte a parte
en todas sus amorosas suposiciones. El momento era crtico. Corra
ah peligro de sufrir menoscabo su mismo espritu de luchador
social, pues quiebras del corazn suelen arruinar la entera energa
del hombre. Tema, por otra parte, enfriar el entusiasmo de Con-
suelo, al aprovechar aquel preciso momento para tenderle la gentil
emboscada. En estos y los mismos y repetidos vaivenes se meca el
espritu de Hctor, mientras la angelical Consuelo se acercaba ms
y ms a la feliz casucha. Hctor, en la prisa del tiempo que corra
fatal para su corazn, vacilaba entre el reprimirse por entonces, o
el aprovechar la ocasin, y hay que decir que gozaba a la vez en
no determinarse por ninguno de los dos extremos y quedar sabo-
reando aquel dulcsimo dolorcillo, aquel delicioso tormento, hijo
de la misma indecisin engaosa y cruel, pero dulce y acariciadora.
Se oan pasos. Era ella? Un suavsimo fro comenzaba a invadir su
ser. No era por cierto el peligro de una aprehensin peligrossima,
sino el natural miedo de todo hombre por valiente que sea,
cuando se acerca a las puertas del amor con temores de encon-
trarlas cerradas, de un humillante fracaso. Y quin no participa-
ra, como Hctor, de tal incertidumbre, al recordar que a pesar
ele la dichosa comunin de ideales, l era el oscuro hijo de su
padre y ella era la rica Consuelito Madrigal, nia mimada de la
sociedad entera? Aquellas dudas llevaban trazas de matar con
muerte repentina todo nimo en Hctor, cuando sin prembulos
ningunos la gentil figura de Consuelo se dibuj en la puerta de
la calle. Hctor tembl. Y ya que no cay al suelo como par-
tido por un rayo, s tom rpidamente la resolucin de matar
ah mismo su amor contra su propia entraa, y quedarse chitn
para todos los das de la vida. Y sufrir, definitivamente sufrir,
pero sin pretender nunca hacer sombra a aquella elegantsima mujer.

150
Consuelo, la despiadada, cerr tranquilamente la enorme ma-
dera del zagun y, esbelta y cimbreadora, adelant unos pasos,
dibujando en su rostro la sonrisa ms dulce que ojo humano des-
cubri en rostro femenino.
Hctor bebi de un sorbo el nctar de aquella sonrisa. Y en
aquella imagen instantnea descubri tal dulzura y bondad, tan
particular, tan nica y tan marcada nota de misericordiosa sim-
pata, que le hizo sacar los guiapos de sus amores, desgarrados
medio segundo antes, inflarlos de nuevo y colocarlos vivitos y
coleando otra vez a la flor de su corazn, resuelto ya definiti-
vamente a echarse de bruces sobre aquel abismo de suavsima bon-
dad y simpata, y decirle claramente ah mismo, a pesar de todos
los peligros y de todos los fracasos, que en la talega de su pecho
de hombre llevaba encerrado el gato rabioso de aquel amor que
le parta el alma. .. Levant Hctor el rostro, y Consuelo lo mir.
Lo mir duro y frreo, como un caudillo, esbelto y digno como
una espada. Pero al mirarlo lo hiri tambin con su mirada de
reina y soberana, mirada que se hundi en el espritu de Hctor,
hacindole temer de nuevo, matndole de un sopapo todas sus
intrpidas resoluciones y dejando a los inquietos amorcillos mudos
y tiesos como estafermos. Hctor palideci. En aquella fraccin
-de segundo habra preferido que se lo tragara la tierra, antes
cjue pronunciar una sola palabra de amor. Pero la guapa chica
no se dio por entendida de los temblores y palideces con que Hc-
tor cerraba aquel drama interior de medio minuto. Se acerc ra-
diante al gallardo mozo, y
Hctor! le dice, con un acento de admiracin, de cario,
de splica, de generosidad, corriendo hacia l con los brazos deli-
ciosamente abiertos.
Entre los suyos la recibi el muchacho. Chocaron los dos pe-
chos roca de volcn y pluma de paloma, y los brazos de -
entrambos se estrecharon con efusin viva y prolongada. Hctor
se sinti arrebatado hasta el tercer cielo. Nada vio, nada sinti,
nada oy. Slo record ms tarde que el momento en que el
perfume del rostro de Consuelo le acusaba su vecindad, cuando
en su mejilla tostada sinti el desconocido cosquilleo de los ame-
nos rizos de la joven, l arranc del fondo de su ser un senti-
miento nuevo, una pasin toda flamante y rica, creada por Dios
especialmente para aquel instante y para aquel abrazo, y con aquel

151
sentimiento y con aquella pasin visti, fundi, impregn estas pa-
labras :
Consuelo de mi alma! pronunciadas con una ternura de
que l mismo nunca se crey capaz, y dejndolas con soltura ungir
las sienes de Consuelo, endulzar sus odos, destilar sobre su co-
razn, entrar hasta sus huesos como un leo suavsimo, perfu-
mado, penetrante, que deba producir infinitas resonancias al ha-
blar muy suave dentro de aquel corazn de princesa hechizadora...
La presencia de algunas humildes mujeres y el peligro que en
verdad Hctor corra, hicieron a entrambos pasar como gatos
sobre brasas, por los campos brevsimos de su idilio, y dando car-
petazo al negocio de las ternuras, entrarse de lleno en la prosaica
materia de la entrevista.
Bajo un triste dosel de raquticas parras, sentronse Hctor y
Consuelo. El joven, omitiendo los detalles de su prisin que poco
interesaban por entonces, y agradeciendo someramente a su ngel
protector la fianza y por ende la libertad caucional tan fecunda
para l, expuso a Consuelo en los trminos ms breves y precisos
la resolucin tomada ya irrevocablemente de levantar por toda
la Repblica el grito de defensa armada, y la misin que l re-
cibiera de conferenciar con los correligionarios en diversos puntos
de la Repblica, para venir despus a encabezar l mismo el
movimiento de Zacatecas.
Consuelo le escuch sin pestaear. Y como respuesta al aven-
turado programa slo tuvo palabras que revelaban en ella una
naturaleza superior:
Muy bien! Y qu debo hacer?
Tenemos hombres y tenemos armas, por lo menos para co-
menzar respondi Hctor; pero las familias de esos hombres
quedarn en la miseria mientras nosotros luchamos. Tambin nece-
sitamos parque, mucho parque, y para todo esto necesitamos senci-
llamente dinero. Esta obra de aprovisionamiento la han aceptado
con entusiasmo las mujeres catlicas. Esta es la misin que yo ven-
go a poner en las manos de usted, Consuelito.
Dinero, parque... repiti reflexionando Consuelito.
Parque, siquiera parque, con lo cual nosotros conseguiremos
todo.
Consuelo aquiet el vibrar de sus pestaas, inmoviliz sus labios,
pens fuerte, sinti hondo, y por ltimo, habl claro:

152
Perfectamente! Trabajaremos, y de veras!.. .
En estos momentos el asunto est delicado prosigui Hctor
ya perfectamente entrenado. Algunos no han soportado ms, y
se han lanzado ya a la lucha. Esto nos pone a nosotros en una
situacin peligrossima, y a la vez nos urge a organizamos, pues
de otra manera aqullos quedarn solos en el campo y eso es
injusto. ..
Pues a comenzar ahorita mismo aadi Consuelo.
Yo quiero salir esta misma noche para el Norte. Slo me
reservo diez minutos para ver a mi madre, que me crey muerto.
Consuelo mir su rico relojillo de pulsera, lucero microscpi-
co que se acurrucaba junto al hoyuelo de su mueca, y respondi:
Son las ocho de la noche. Tenemos dos horas. Comenzare-
mos en seguida las entrevistas.
Yo creo dijo Hctor que nos es necesaria la influen-
cia de algn sacerdote bien relacionado. El Padre Martn, por
ejemplo, tan bueno y tan estimado, nos puede ayudar mucho.
El Padre Martn! murmur Consuelo lanzando un suspiro
al recordar la inocente jugada de los cinco mil pesos.
No cree usted eso? pregunt Hctor al observar la im-
presin de Consuelo.
Yo me temo que el Padre Martn se asuste, nos asuste a
nosotros y asuste a todo el mundo, dejndonos en la picota. Pero
no sera intil tomarle el pulso. Y luego. . . ?
Nuestro plan, en concreto, ser ste prosigui Hctor:
pedirle que nos ayude con su influencia, recomendndonos, ala-
bndonos delante de los ricos que l frecuenta, o por lo menos
comprometindose a dar su opinin en nuestro favor en caso de
que le consulten. Con eso tenemos asegurada la participacin de
la sociedad rica catlica.
Bueno sera obtener de l siquiera que no nos descompusiera
lo que nosotros mismos hiciramos...
Consuelito! dijo Hctor en tono de suavsima reprensin
comienzan ya los pesimismos?
No, qu esperanzas! respondi Consuelo sacudiendo la ca-
beza y sonriendo. No hay que pensar! Yo me voy inmediata-
mente a la casa del Padre Martn, dejo entreabierta la puerta,
usted llega y se cuela de rondn. Y hablamos al Padre Martn
con toda claridad!
Y como lo dijeron hicironlo.

153
XXI ESTOCADA DE

HIELO

EN UNA AMPLIA SALA, despacho a la vez que recibidor, con gran-


des sillones forrados de seda rada, consolas extensas cubiertas
de baratijas y de santos con nichos de vidrio, Consuelo y Hctor
esperan que una criada anciana anuncie la visita al Padre Martn,
que en aquel momento cena.
Envuelto en un balandrn gris, cubierta la cabeza con una
especie de gorro frigio y arrastrando unas babuchas rojas borda-
das de oro viejo, hace su aparicin en la estancia el famoso Pa-
dre Martn. Acrcase antes que todo a levantar la mecha de un
viejo pero elegante quinqu de petrleo, pues la disciplina del
boycot le ha obligado a cortar la electricidad; despus, tambin
paso a paso, se acerca a la mesilla de la radio y da una media vuelta
al registro de azabache para sofocar los gruidos de una im-
portuna esttica, y acabada la faena se acerca por fin al estrado
en donde ambos jvenes le esperan de pie.
Vamos a ver! Qu hay de nuevo? dijo tendiendo la
mano a Consuelito, mano que ella bes.
Al tender la mano a Hctor, se le queda mirando con fijeza,
como para identificarlo.
No me reconoce usted, Padre? pregunt Hctor sonriendo.
El sacerdote lo mir con mayor atencin todava, mostrando no
reconocerlo.
Soy Hctor Martnez de los Ros dijo el muchacho, cre-
yendo entusiasmar con su nombre al eclesistico.
Ah! exclam el Padre Martn, con un tono que estaba
a mil leguas del entusiasmo.
154
Consuelo dirigi a Hctor una rpida mirada, para animarlo en
aquella atmsfera de indiferencia. En seguida, con tono de gracia,
aadi:
Y a m no me reconoce usted, Padre? Soy Consuelo Ma-
drigal!
Mordise los labios y sonri el cannigo.
Ah... Conque Hctor Martnez de los Ros y Consuelo Ma-
drigal, no es cierto?
S Padre! contestaron ambos creyendo que el ambiente
se animaba.
Me haban dicho prosigui muy tranquilo el Padre Mar-
tn que esos nombres sonaban por ah juntos, y ahora veo que
es verdad.
Consuelo y Hctor dieron buena acogida a la broma.
Y sonarn ms dentro de poco aadi Consuelo cogiendo
al vuelo la mosca, pero para ello necesitamos de nuestro buen
Padre Martn. ..
El Padre Martn sinti un bao de rosas con las zalameras pa-
labras de la diestra muchacha, y sonri plcidamente. ..
Ah!... Se trata de boda elegante; pero, hijo, en esas fachas...
concluy el Padre dirigindose a Hctor.
Consuelo comprendi al punto que el Padre desviaba el timn,
y le interrumpi diciendo:
Padre, usted piensa en bodas, cuando nosotros en lo que pen-
samos es en salvarnos.
Abri tamaos ojos el Padre Martn. Se puso serio:
Pues qu pasa? pregunt. Se fug usted, Hctor? O
que es lo que les sucede?
S Padre; l se fug y nos pasa algo, nos pasa mucho. Nos
sucede a l y a m, a usted y a todos, lo que usted ya sabe dijo
con vehemencia Consuelo. Y ya estamos cansados de estar con
los brazos cruzados, estamos resueltos a buscar la manera de aca-
bar con esta horrible situacin de Mjico, estamos decididos a
poner en ejecucin lo que pensamos...
Vaya, vaya!... Muy bien! respondi el Padre Martn
acomodndose en el silln, que protest rechinando.
Y usted tambin est tan valiente como Consuelito?
S, Padre respondi con seriedad el joven. Y venimos a
hablar a usted con franqueza, a pedir su consejo y a rogarle

155
su influencia. En pocas palabras, Padre: el plan es ste: levan-
tarnos en armas!
No sean brbaros! dijo el Padre entre burlesco y asustado.
Hctor y Consuelo clavaron en l los ojos. El Padre no pudo
resistir aquellas miradas que lo asediaban, y se levant, y fue a
cerrar por s o por no la puerta del saln que haba quedado
abierta. Volvi luego a su sitial, ya ms entonado, y sonriendo de
nuevo, pregunt:
A cul de los dos se le ocurri eso primero?
Padre dijo Hctor zafando al Padre del camino de bro-
ma que pretenda tomar, la cosa es ms seria de lo que usted
piensa. El movimiento armado es a estas horas ya un hecho. En
la Sierra de Michoacn se ha levantado ya don Toms Anzures,
en Guanajuato est ya Navarro Origel, en el Norte estn otros.
Esos pobres no han podido soportar ms. Yo mismo he huido
de Mjico, porque con ese motivo orden Calles mi reaprehen-
sin. Ahora tenemos ya el compromiso de secundar el movimien-
to en toda la Repblica. A m me toca secundarlo aqu.
El Padre Martn sinti fro. Se levant de nuevo y cerr las
maderas de las ventanas. Volvi a su sitio. Antes de sentarse
fue a cerrar la puerta de su alcoba que haba quedado abierta.
Y cmo se le ha ocurrido venir aqu? Y a ti, Consuelo,
andar con este joven?
Padre, por la sencilla razn de que yo soy tambin catlica.
Y nadie sabe que usted est aqu? pregunt inquieto el
Padre.
Nadie ms que usted y Consuelito.
Ni su mam?
Ni mi madre.
Y a m para qu me quieren? dijo con titubeos el sacer-
dote.
Para esto: necesitamos dinero. Consuelito ser la agente fi-
nanciera, y usted debe ser quien nos recomiende y nos apoye con
los catlicos ricos. Eso es lo que pedimos de usted.
Un intervalo de profundo silencio sigui a las palabras de Hc-
tor. El Padre Martn qued pensativo. Frunci un poco el ceo,
y baj la cabeza clavando la mirada en el pavimento. Hctor y

156
Consuelo lo devoraban con los ojos. Para Hctor el instante era
crtico. Era el primer paso que daba hacia el ideal, sin conocer
todava la amargura de los grandes hombres.
Levant por fin la cabeza el Padre Martn, y dirigindose a
Consuelo, pregunt con suavidad:
Y tu ta ya sabe esto?
Lo sabr a su tiempo respondi Consuelo. Nos pareci
ms urgente hablar primero con usted.
El Padre Martn sacudi ligeramente la cabeza.
Pues... el asunto dijo es bastante delicado. Necesito pen-
sar mucho lo que he de responder a ustedes. Yo necesito hablar
otro poco con usted solo dijo a Hctor. Por lo pronto les digo
que esto me parece una locura. ..
Padre dijo Consuelo-. Hctor no tiene tiempo que per-
der, y ya que est aqu, yo quiero que hablen de una vez todo
lo que quieran. Me voy al momento y los dejo solos.
No, Consuelito dijo el Padre. No se vaya usted. Al fin
y al cabo Hctor puede volver despus, dentro de una semana,
de un mes. ..
No, Padre: qu semana ni qu mes! No queremos per-
der un minuto! Los dejo solos para que hablen... Hctor, le
quedan dos horas escasas! Nos veremos luego!
Y sin esperar ms cumplidos, bes Consuelo la mano del Padre
Martn, y sali.
Hctor sinti que con ella se iba el cincuenta por ciento de BU
fuerza y de su nimo. No crey, sin embargo, llevar al fracaso
la empresa discutiendo l solo filialmente con el Padre Martn.
Este apenas se vio solo con Hctor, tom un nuevo aire de
sombro desenfado, y le dijo:
Conque, joven, hablemos ahora con ms libertad y con ms
franqueza. . . Yo creo muy posible lo que usted me cuenta. No
me extraa que algunos pobres tontos hayan tenido esa descabe-
llada idea en sus montaas, cuando en nuestras ciudades, entre
los que se las dan de intelectuales, hemos encontrado tambin
muchos chiflados... Yo le dir a usted con llaneza: ustedes lo que
estn haciendo es que nos estn acabando de zambutir en la camisa
de once varas en que nos han metido los obispos.. . !
Hctor sinti un golpe de hielo en la mitad del alma. Clav

157
sus ojos escrutadores sobre el rostro del sacerdote, le mir los
prpados abultados, las mejillas carnosas, los labios gruesos, todos
los detalles de su rostro hasta identificarlo perfectamente, pues
crey estar hablando no ya con el Padre Martn, sino cuando
menos con el patriarca de los comediantes del cisma.
Se refiere usted, Padre, a la suspensin de los cultos? pre-
gunt tmidamente Hctor.
Me refiero no slo a la suspensin de los cultos; sino a
eso y a todo. Se ha escogido un camino de bravatas y de albo-
rotos que nos va a perder, que no ha hecho m s que agriar
los nimos, y despertar a estas fieras y hacer a los revolucionarios
echarnos el caballo encima . . ' Guando las cosas estn ms deli-
cadas, cuando las leyes nos estn amenazando, era lo debido, se-
or mo, era lo debido estarnos callados, casi nulificados, no lla-
marles la atencin. Eso pide la prudencia, la previsin, la di-
plomacia. No se necesitan muchos dedos de frente para descu-
brir esto: ! hasta las gallinas se acurrucan y se dejan dar palos
cuando no tienen otra salida! .. Pero no, seor... Y ah va sa-
liendo el Obispo de Huejutla con sus pastorales de perdonavidas.
Lo meten a la crcel con plena Tazn. Los dems deban escar-
mentar. . . pero no, y va saliendo el Arzobispo de Durango con
su grito de "Viva el de Huejutla!", y tras l el Obispo de Ta-
cmbaro, con su trozo de pera: "Si retrocedo, matadme", y
hasta el viejito Arzobispo de Mjico, se entusiasma y declara la
perogrullada de que "las leyes del 17 son contra la libertad". Es
evidente! Galles no est en el tercer grado de humildad de que
habla San Ignacio. Le pican, le pican y le vuelven a picar, y
l dispara, y nos lanza el decreto de 14 de junio para meternos
en cintura y acabar con nosotros!...
Hctor estaba desconcertado. Todos los argumentos que llevaba
preparados no le servan para nada en aquel imprevisto y rudo
ataque contra el Episcopado mismo de Mjico.
Padre, yo no s cmo responder a usted. Es la primera vez
que oigo hablar en esa forma contra los seores Obispos. Mi
corazn de catlico me dice que cuando un enemigo me est
hiriendo es mi padre quien clama en mi favor, y es mi padras-
tro quien se cruza de brazos y calla. Por eso todos nosotros, al
mirar que esos seores Obispos se enderezaban y hablaban as,
comprendimos que no estbamos solos, que ramos hijos que te-

158
Luis N A V A R R O O R IG L I I hern^no I G \ A C IO > el
Coronel NGEL CASTIGO Dominaron en la
regin de Coalcoman y mvneron combatiendo
Corl NGEL CASTILLO^ Jefe de la 2 Zona, Mich , y la Viuda s
hijas del Corl IGNACIO NAVARRO ORIGEL, muerto en campaa.
namos padre, que ramos ovejas que tenamos pastor.. . Usted
habla de la amenaza de las leyes. Pero ya no era una simple ame-
naza cuando el Obispo de Huejutla hablaba. Cuando l levanta-
ba su voz, que nos record la de los antiguos Padres de la Iglesia,
ya nosotros habamos visto el saqueo del Colegio Teresiano, la
expulsin de las monjas y de los sacerdotes extranjeros, la clau-
sura de nuestras escuelas, la ocupacin de los Seminarios. Y antes
de esto, hace diez aos que estamos viendo y lamentando las mis-
mas cosas, sintiendo el doble tormento de la prdida de nuestra
libertad y el silencio desconsolador de nuestros dirigentes. Todos
ansibamos un grito de aliento, todos aguardbamos un toque
de reunin de los buenos para organizar la defensa del bien. ..
Por eso nos sentimos bendecidos por Dios, cuando Calles nos
impuso la lucha por la Iglesia, cuando los seores Obispos se re-
unieron en Mjico, y se irguieron en defensa de la Iglesia que
a ellos estaba encomendada. Ellos suspendieron el culto pblico;
nosotros nos lanzamos al boycot. . .
Mire usted, joven: es intil que discutamos. Disentimos desde
los mismos principios. Yo siempre he sido amigo de la paz. Yo creo
que no tenemos remedio. Somos unos pacientes desahuciados. He-
mos llegado a un punto en que los revolucionarios tienen ya toda
su fuerza, y que a nosotros no nos toca sino estar bien, lo mejor
posible con ellos. Existen las leyes, son leyes persecutorias, est
bien; pero ya sabemos que no las aplican; bueno, las aplican aqu
o ah, pero de vez en cuando; mas, despus, se moderan un poco,
aflojan, se les olvida, y as la vamos pasando... Nuestra actitud,
a mi entender, debe ser disimular, disimular lo ms posible... Que
no quieren colegios catlicos; pues quitarlos. Que no quieren que
salgamos de sotana; pues salir de chaqueta. Que noms cinco sacer-
dotes; pues noms cinco sacerdotes. Que no hablemos de poltica
en la prensa; pues hablar de otras cosas. Que para ejercer el culto
pblico nos registremos; pues...
Padre, por Dios interrumpi Hctor. Si yo no creo que
usted sea el Padre Martn, s me parece que usted se ha rebelado
contra la Iglesia. .. Ya no discuto, Padre! Ya no replico! No
pronuncie usted esa palabra que iba a pronunciar: registrarse!
No! No digo que nos registremos as noms... pero bus-

159
H12
car algn modo de registrarnos para evitar precisamente estos sa-
cudimientos.
Ya, Padre! Lo comprendo todo!
Y al decir estas palabras, Hctor temblaba de pies a cabeza
delante de aquel sacerdote que le pareca sencillamente mons-
truoso. ..
Pues me alegro que lo comprenda usted. Y yo, consecuen-
te con mi principio de que debemos conformarnos con lo que
nos vayan dejando, he sido enemigo de toda idea que tienda
a irritar los nimos; por eso soy y fui enemigo de la Liga de De-
fensa Religiosa, como antes lo fui de la A.G.J.M. que con esas
rancias sociologas hace a los muchachos imprudentes y presumi-
dos; fui enemigo tambin de las famosas Damas Catlicas, otras
que mejor cantan, y tambin me cayeron como patada en el es-
tmago esos dichos Sindicatos catlicos en que se ha querido
volar a los obreros y darles alas para que se envalentonen ante
sus amos...
Hctor ech de ver que el buen Padre Martn estaba per-
fectamente perdido y sintise animado al mirar que embesta de
un golpe contra todo lo que significaba un verdadero resurgir
catlico.
El Padre Martn prosigui:
Cmo cree usted que me iba a caer ese famoso boycot?
No era y no es ms que otra gran tontera. . . Si usted oyera las
lamentaciones que yo oigo. . . ! Si usted viera los apuros y las
miserias que ha ocasionado a los mejores comerciantes... !
Hctor sonri un poco. Aquel Padre Martn comenzaba a caerle
en gracia. No era un elemento bueno que se perda; era una
remora peligrosa que se revelaba. Aquellas lamentaciones las conoca
Hctor de antemano: eran las lgrimas de cocodrilo de Sobern,
que vea desinflarse sus talegas. . .
El Padre Martn estaba excitado. El ambiente general, el mis-
mo respeto social lo haba tenido atenazado reprimiendo su singu-
lar descontento, hijo de un trato frecuente con dos o tres capita-
listas egostas y liberaluchos. El encuentro con Hctor le daba
ocasin para explotar como una bomba de dinamita, para envol-
ver a todos los buenos en la lava de su pesada iracundia, para
desahogar la bilis concentrada que en su hondo y oscuro pecho
le amargaba la vida. Y segua desahogndose:

160
Esto no tiene remedio! Y ustedes nos van a llevar a la
ruina.. . Yo no pude acabar con esas novedades que ustedes lla-
man pomposamente accin social. Si hubiera podido... ! Lo que
hice fue lavarme las manos y encerrarme en mi sacrista, y segu
con mis Primeras Comuniones, y con mis Hijas de Mara.. . Si
as lo hubieran hecho todos no estaramos como estamos, con la
soga en el pescuezo... A ver: a m quin me dice nada? Los
mismos revolucionarios, qu me han hecho? Todos saben que
yo digo misa aqu en mi casa, y quin me ha venido a moles-
tar? La misma mujer del Jefe de las Armas me manda decir
misa por su marido...
Hctor frunci el ceo de indignacin al escuchar tales jac-
tancias.
Y quieren usted y los suyos que yo los ayude a hacer una
revolucin ?
No queremos hacer una revolucin, Padre. La revolucin la
est haciendo Calles y los suyos. Nosotros queremos una defensa
efectiva y eficaz contra esa revolucin.. .
Llmela usted defensa, llmela usted cruzada, sea lo que sea,
esta es mi respuesta: No, no y no! Entiende usted el castellano?
Muy bien, Padre; eso me basta.
Y Hctor, mordindose de rabia los labios, hizo el impulso de
ponerse en pie para despedirse. Los ojos le brillaban como los
de un cachorro herido, el corazn le lata desesperado como una fiera
asaeteada... Porque se encontraba ante un enemigo con quien no
poda combatir. Porque contra el Padre Martn, perseguidor in-
vulnerable de los santos ideales, no poda haber boycot ni defensa
armada, mientras que l, l solo, poda mejor que Calles y
mejor que el Jefe de las Armas, desbaratar de un soplo toda la
obra paciente y constante de los catlicos decididos. ..
El Padre Martn, ya encarnizado, impidi que Hctor se le-
vantara de su asiento.
Espere usted le dice. No he terminado. Sabe usted lo
que debera yo hacer? Sabe usted lo que sera ms caritativo y
ms cristiano? Coger el telfono ahora mismo y avisar a 3a Jefatura
de Operaciones que usted est aqu con estas pamplinas. As se evi-
tara que ms tarde otros locos hicieran lo mismo. .. Pero no tenga
usted cuidado. No lo har. Es mejor que sin que lo cintareen a us-

161
ted en el cuartel, fracase su intentona por s misma. As lo creo, as
lo espero, as lo quiero. De todas maneras conmigo no vuelva usted
a querer contar, ni siquiera para encomendarlo a Dios. Yo, al con-
trario, le har a usted la guerra siempre que pueda. Y esto, por su
bien. .. Yo no ser nunca revolucionario. Calles, sea como sea, es el
Presidente, es el Gobierno. El cristiano debe dar ejemplo de obe-
diencia y no de rebelda. Esas son mis ideas precisas, claras. Por eso
estoy peleando con todos los obispos; por eso estoy arrimado aqu
en esta ciudad... pero soy noble y sincero, por eso le hablo a usted
con claridad. .. De modo, hijo mo (prosigui cambiando en dulce su
ruidoso tono), que si usted se deja de esas cosas y vuelve a su traba-
jo, yo mismo le arreglo su libertad; pero si usted se obstina en
seguir, entonces tendr que estrellarse conmigo... Y, spalo, ten-
dr usted dos grandes enemigos a quienes combatir. Esos dos ene-
migos sern... Calles y el Padre Martn! Qu dice?
Hctor estaba ya de pie. El horrible chubasco haba dejado
su corazn como una sopa. Aquel desastre inicial le predeca todo
un camino obscuro y siniestro. Aquel primer desengao formi-
dable era prenuncio de un sinnmero de nuevos desengaos. .. Y
entonces. . . sera un iluso? Con quin iba, pues, a contar para
realizar su epopeya, si los cedros del Lbano caan frente a l
con tal estrpito?
Muy despacio se acerc Hctor a la mesa de mrmol en que
haba dejado su sombrero. En el centro de aquella mesa se levan-
taba un hermoso grupo escultrico. .. Cristo moribundo en la
cruz. En su rostro divino se dibujaba un dolor supremo; en sus
labios se helaba una queja amarga. .. Al lado de la cruz, una
mujer, Mara, y un joven, Juan, estaban de pie, nicos super-
vivientes en la desolacin general de los discpulos... Hctor evoc
a Pedro negando al Maestro, a Judas vendindole, a los dems
discpulos escondindose... Slo Mara y Juan permanecan en
guardia al lado de Cristo, en aquel momento de terror en que el
mismo sol se oscureca y las rocas del monte chocaban unas con
otras... Aquella escultura habl al espritu de Hctor: El era un
joven, Consuelo era una mujer. .. quiz quedaran solos en la lu-
cha frente a los fariseos y los soldados del Csar; pero era el
Cristo su ideal y su bandera, y por eso ellos no podan sucum-
bir, pues, triunfo o inmolacin, toda la gloria sera para ellos...
Calles y el Padre Martn... qu pequeos! Qu pequeos ante

162
un ideal tan grande! Levanta, alma ma, tu nimo y tu valor!
T eres ms grande, t eres ms fuerte! Si los hombres te aban-
donan, hars nuevos hermanos de las rocas del monte y de las
arenas del mar... Y triunfars con todas las luminosidades de
un hroe de epopeya, con todas las aureolas de un santo del
cielo... ! Adelante! Decidiste luchar, y no pedir caricias y lison-
jas! Decidiste sufrir y no buscar deleites y regalos! Adelante!
Mata, rompe, devora! Y si tu padre, el mismo que te dio el ser,
se tiende sobre el umbral de la puerta... pasa sobre tu padre y
vuela hacia donde te llama tu deber!
Hctor oy dentro de s estas palabras distintamente. Cogi su
sombrero clavndole las uas y hacindole guiapo, con la fiera
majestad de un len. . . El Padre Martn, ciego a los fuegos inte-
riores del espritu, le contemplaba sonriendo, esperando que el
joven se diera a s mismo por fracasado.
Qu dice usted, pues? le pregunt, queriendo facilitar aque-
lla rendicin prematura.
Hctor clav sus ojos nobles y serenos en las dormilonas pupi-
las del sacerdote. Le tendi la mano, y teniendo entre las suyas las
del sacerdote, respondi:
Padre, puede usted avisar por telfono que yo estoy aqu,
y lo que digo y lo que pienso.
Entonces, persiste usted, no es cierto? pregunt el Padre
sonriendo compasivamente.
Hctor intensific la lumbre de sus ojos y respondi:
S, Padre. Persisto. Y luchar con toda la fuerza que Dios
me d; luchar como usted dice, contra Calles... y contra el
Padre Martn!
Bes aquella mano consagrada y sali.

163
XXII AMA Y

VIVE

N UNCA LE HABA parecido a Hctor ms triste y solitaria aque-


la calle, mientras en su pecho se atrepellaban los ms encontra-
dos sentimientos: descubrir ante los buenos al desconocido ad-
versario, perdonar generosamente a quien se propona hacer tan-
to mal...
Oculto perfectamente el Hctor verdadero bajo aquel disfraz
humilde, pens en ir a despedirse de su madre. Perdise entre las
sombras de las callejas abandonadas hasta entrar a la calle de Dos
Cruces. La puerta del dulce hogar estaba entreabierta! . . . Un
ngel haba entrado, sin duda, por ella! Hctor entr y cerr la
puerta tras s. Al explorar con ojos escrutadores el vestbulo ilu-
minado tenuemente, distingui que en rstico sof ornamentado
por las enredaderas y por las flores, le esperaban dos mujeres ama-
das: su madre con las lgrimas de ternura en los ojos; Consue-
lo con la sonrisa de amor en los labios...
Hijo del corazn! Vives todava!
Tal fue el saludo de Soledad al baar a Hctor con sus lgri-
mas. Hctor no respondi: era ms suave recibir en silencio la
uncin sagrada de las lgrimas maternales.
Consuelo, vivaracha y avisada, comprendi que no era aquella
su hora.
Bueno, los dejo! fue su despedida.
Dulce y confortante fue el coloquio de Hctor con su madre.
Orgullosa de sufrir y padecer por la causa de Cristo, senta de
cerca la aureola que brillaba en la frente de Hctor. Cuando ste
le comunic sus ltimos proyectos, Soledad sinti en sus entra-
as un estremecimiento de jbilo. Era la madre de los Macabeos,

164
era la hembra espartana, era la mujer mejicana que no cree cum-
plir su vocacin sino cuando engendra un hroe o un santo...
Hijo mo le dice, eres mi nico tesoro! Eres t lo que
yo ms quiero sobre la tierra. Y precisamente por eso, porque
eres mi prenda mejor, porque eres mi talismn magnfico, por eso
gustosa, te ofrendo a Nuestro Seor Jesucristo: yo no quiero ser
tacaa con El, cuando El ha sido tan generoso conmigo! . . . " Ve,
hijo mo, ve adonde te llama tu deber! Yo quisiera poder hacerlo
como t. En esta empresa los ricos deben dar su dinero, los hom-
bres como t, darn su brazo; las madres como yo, daremos a
nuestros hijos... Ve, que las bendiciones de tu madre te acom-
paan y te siguen. Hoy no eres nadie: maana sers el soldado
de Cristo y el libertador de tus hermanos. Si mueres, sers mrtir;
si vives, sers hroe, y cruzars nuestras plazas en medio de las
aclamaciones de los buenos, ciendo los laureles en tu frente sin
mancha y tu ardor en tu pecho sin odio. . . Recuerdas, hijo mo?
Yo ped siempre a Dios te hiciera un santo, por eso hoy le doy
gracias de que te haga un caudillo. Hoy la santidad consiste en lu-
char por Cristo; lucha, pues, por El y cumplirs el ideal de tu
madre.. . !
Aquellas palabras sagradas brotaban como llama de turbulo de
los labios de aquella mujer. . . Hctor comprendi que Dios le le-
vantaba en vilo de la postracin en que el Padre Martn le de-
jara.
Madre! Madre! respondi, fueron tu dolor y tu san-
gre los que me hicieron incubar esta idea; son ahora tu amor y
tu espritu los que me animan a realizarla. . . T me diste el ser,
y hoy me lo acrecientas. Al abrir las puertas de mi hogar una in-
tensa pesadumbre oprima mi ser. . . Traa yo un pual de hielo
clavado en las entraas... mis santas ilusiones se,sacudan como
guiapos desgarrados por mano cruel. . . mas antes de que mi alma
sorprendida rumiara su desgracia prematura, ya ests t a mi ladoT
madre bendita, enviada por el mismo Dios, para rehacer las fibras
de mi ser, para restaurar mis fuerzas malogradas, para reponerse
a la vida y a la lucha. . . Gracias, madre querida! Si esa es
la madre mejicana, no faltarn caudillos a los hijos de Dios.. . !
Vehementes, clidas, entrecortadas, como gotas de fuego, eran
las palabras de Hctor pronunciadas entre estrujones apasionados
al corazn de la madre que lo vivificaba saturndolo de heros-

165
mo; mientras Soledad inclinaba su cabeza sobre el alzado pecho
de su hijo, desfallecida, desjarretada, tras aquel nuevo parto en
r
que se arrancaba un pedazo del espritu para incrustarlo a golpes
de corazn sobre el bronce de aquel pecho anhelante. ..
M a d r e ! . . . Me voy! dijo Hctor sacudiendo con resolu-
cin la soberbia cabeza.
De rodillas, hijito contest Soledad.
Lo bendijo. Fue un asperges de lgrimas! . . . Y Hctor parti.
Qu hermosa noche! Qu linda oscuridad! Qu suavidad
acariciadora la de los antes tristes farolillos! Qu perfumada bri-
sa! Qu augusto silencio en medio del cual se adivinaba el batir
de alas de espritus invisibles que aplaudan al gigante que naca!
Qu radiante felicidad se acurrucaba, traviesa y juguetona, en el
alma de Hctor! Cunto bien le haba hecho el calor de los
besos de su madre!
Soy dichoso, soy grande! Ser invencible, ser triunfan-
te! Todos los enemigos son pequeos y deleznables.. . Mi fe, mi
ardor, mi resolucin, mi juventud, todo vale ms que ellos. . . Ca-
lles, Calles. . . ! Pigmeo cruel y ensoberbecido, porque te sopor-
tamos con miedo y timidez! Ya vers cuando nosotros, bien or-
ganizados y bien pertrechados, te hagamos rendir a nuestros pies. . . !
Ya vers! Ya vers cuando, en vez de inclinarnos ante tus ca-
prichos y en vez de encogernos como pollos al grito de tus ofi-
ciales, nos plantemos frente a ellos y respondamos a sus demandas
homicidas con la descarga de nuestros rifles heroicos. .. Ya vers
cuando a los rayos del sol naciente crucemos las montaas acari-
ciados por el hlito de los bosques, aclamados por los gorjeos de los
pjaros, templando nuestro espritu al contacto de la naturaleza
virgen, jocunda y robusta, para bajar despus como avalancha in-
contenible a arrancarte de las garras la vctima indefensa que de-
voras en las ciudades. . . Ya vers a tus generales temblando ante
nosotros, y a tus soldados vctimas huyendo intimidados ante nues-
tra fuerza. Entonces llegaremos brindando sosiego y libertad a los
buenos, y metiendo temor y haciendo justicia en los malos. . . Mien-
tras las campanas infantiles, naciendo a la libertad, acarician nues-
tros odos y el dulce golpe de rosas encarnadas, arrojadas a nuestro
paso por manos femeninas, acaricia nuestros rostros. . . Y crece-
remos en fuerza y en vigor, y en entusiasmo y en nmero, hasta
hacer un soldado invencible de cada hijo de la patria, hasta afian-

166 t
zar el reinado del bien, despus de haberte hecho arrancar de las
leyes la sentencia de muerte que est dada contra el alma de la
patria... Ya vers!
As habl consigo mismo el recin armado caballero. As mar-
c sus pasos altaneros y resueltos aquel joven ante las lumbres
de un ideal justo, sagrado y bendito. Quien en aquel momento
le hubiera hablado de fracasos, habra quedado estrellado ah mis-
mo. As qued entonado su espritu conquistador, para venir a
contemplar, en aquella hora nica que le quedaba, otra faz, muy
importante, de la lucha, de la que no pudo prescindir ya, cuando
todos los optimismos anidaban en su corazn: Consuelo!
Resoluciones supremas, pltora de espritu, volcn incontenible,
corazn repleto de vigor y de fuerza, todas las empresas, todas las
audacias; eso rezaba la consigna de aquella hora escasa que Hc-
tor viva...
Como flecha, volvi Hctor la esquina y entr en la calle re-
suelto, ahora s, a robar el corazn de Consuelo. Enfoc sus miradas
hacia el alto portn macizo de la entrada principal: cerrado!
Luego, las ventanas; coquetas, misteriosas, tambin cerradas. . . Por
ltimo, all, al extremo de la fachada, en la puerta de servicio,
de veras?, una silueta de mujer dibujada entre las canteras...
Consuelo!
Era ella. Depuesta la indumentaria aristocrtica, haba tomado
la perspicaz mujer el vestido de las muchachas de pueblo: un
vestido de percal "lavado y planchado" y un rebozo de bolita pren-
dido de los hombros y ondulado sobre los brazos lo mismo que
un manto giiego. . . Consuelo not luego que Hctor reventaba de
felicidad.
Ya estamos en las mismas fachas djole Consuelo. Va-
mos caminando. . .
Nunca viv una noche ms rica respondi Hctor empare-
jndose con Consuelo.
Rica? Pues cmo le fue?
Mal y bien respondi Hctor con aplomo. El Padre Mar-
tn me parti, pero mi madre me volvi doble vida. Ahora 10
le tengo miedo a nada ni a nadie. Me siento con fuerzas para
arrostrarlo todo, y para arrollar todo lo que a mi paso se oponga.
As me gustan los hombres! dijo Consuelo tocando lige
ramente el brazo de Hctor. '

167
Hctor se sinti un rey al lado de aquella mujer dulce y amable
como una esclava. Con( tono firme, casi rudo, prosigui: Ya no
le tengo miedo a nadie...
Y acentuando la palabra, aunque bajando la voz y acercando
el rostro a Consuelo, aadi:
.. .ni a la famosa Gonsuelito Madrigal. ..
A m, por qu? respondi Consuelo con sorpresa mali-
ciosa.
Porque sent ese miedo hoy al esperar a usted en la casita...
pero ahora ya no cabe en un hombre de aventuras, ni en un loco
caudillo abrigar ms tal temor. Ni quiero dejar cuentas pendientes
ahora que me echo de bruces sobre el torbellino de una vida nueva.
Vaya! Qu cuentas pendientes son sas? Con quin?
Con quin?
Tal deca Consuelo mirando perfectamente venir la tempestad
entre aquellos relmpagos de entusiasmo valeroso.
Cuentas pendientes con usted, Consuelito, con usted aa-
di Hctor con resolucin, y sin dar lugar a respuesta, continu:
Porque usted sabe que yo no he amado a ninguna mujer; por-
que yo amo a la mejor del mundo, o me estrello. Y no hay en el
mundo una mujer que valga cuanto vale Consuelo Madrigal. He
hablado claro. Ahora pregunto: Me amar usted tambin?
Consuelo, sin darse cuenta, durante aquel chubasco de barba-
ridades, llevaba bien cogido ya el brazo de Hctor, y le estrujaba
y le sacuda, como quien reprende y alienta a la vez. Aunque real-
mente sorprendida, no era incomodada por aquella estocada de
mete y saca, y una vez encerrada en las estrecheces encendidas de
aquella ltima pregunta, se sali por la tangente diciendo:
Pero, qu loco se me ha vuelto usted, qu ocurrencia de ha-
cer esas preguntas! ...
Y tomando un delicioso tono de broma que sealaba la victo
ria de Hctor, aadi:
Qu no ve usted que soy una pobrecita de rebozo?
La suavidad y cario con que tal reflexin hizo Consuelo, en
la cual subrayaba toda la simpata que haba mostrado hacia Hc-
tor, hasta el ltimo rasgo de acompaarle a aquellas horas, como
una mujer pobre y sencilla que se olvid de su alcurnia por beber
al lado de Hctor los primeros sorbos de un cliz de penas y su-

168
frimientos, todo revel a Hctor que Consuelo estaba rendida a su
amor desde mucho tiempo antes, y que aquella declaracin no era
ninguna novedad para una muchacha que adivinaba el amor de
Hctor, ni era necesaria la respuesta de la misma para un Hctor
que senta sobre su brazo frreo y duro la presin nerviosa, vio-
lenta y nutrida de aquellos dedos femeninos.
Bueno, basta, mujercita de rebozo!... Verdad que no te
enojas conmigo porque te quiero? pregunt Hctor entrando con
audacia al tuteo dulcsimo...
Gllate, tonto! respondi Consuelo torcindole un pellizco
elocuente; eso no se pregunta a estas horas... Ni una palabra
ms! ... en?
Triunf! Gracias, Consuelo! dijo Hctor celebrando to-
do el sentido de aquella reciprocidad de confianza. Te deca que
no le tena ya miedo a nada ni a nadie aadi, dando esbel-
to camino a la conversacin. Cmo le haba de tener si t
ests conmigo con toda tu vida y con todo tu espritu? Verdad?
Chist! ... Silencio!
Y as pleiteando sabrosamente caminaron por las torcidas y lar-
gas callejuelas empedradas, dndose mutuo apoyo a cada paso va-
cilante, hasta llegar, muy pronto por cierto, a pesar de la lentitud
del andar, a la explanada en cuyo frente se alzaba la caseta de la
Estacin.
Hasta aqu noms! dijo Consuelo parndose en seco.
All hay mucha gente. Pero no te me vas sin la bendicin.
Arrodillse Hctor, complaciente y agradecido, sobre las pie-
dras mismas de la acera. La "pobrecita de rebozo" levant su mano
finsima que brillaba como mrmol pulido en medio de la semios-
curidad, y murmur la clsica bendicin que Hctor haba escu-
chado de su madre: "La Santsima Virgen te cubra con su san-
tsimo manto".
Cogi Hctor la mano suave y bienhechora y, de rodillas an,
la bes con efusin, tenindola entre ambas suyas. . . Luego, de
pie, tendi sus brazos y estrech en ellos a Consuelo con delirio.
Siento que la victoria es ma desde esta noche. . . Adis... !
Not entonces que Consuelo quedaba sola.
Espera djole. Que alguien te lleve a casa.
Lanz Hctor un silbido que se sobrepuso al ruido de los co-
ches que pasaban. Otro silbido le respondi, y a poco, llegaron

169
hasta ellos dos muchachos de la A. G. J. M., que merodeaban
por la Estacin.
Conocen? pregunt Hctor, indicndoles a Consuelo.
Acercronse ms los muchachos, y al identificar a Consuelo di-
jeron:
Cmo no la hemos de conocer?. . Si es nuestra capitana!
Bueno! Se las encargo. La llevan a su casa, y.. . chitn!
Unos minutos despus Hctor se apretujaba confundido con el
pueblo en los vagones del tren del Norte.

170
XXIII EL PROFETA DEL

FUEGO

E L DA 18 DE SEPTIEMBRE DE 1926, un poco antes de la llegada


del tren de Ro, paseaba tranquilamente por los andenes de la
Estacin del Internacional en la ciudad de X un individuo casi
vulgar. Inobservado por la multitud, confundido entre los ocupa-
dos u ociosos que gustan asistir a la llegada de los trenes, aquel
individuo sac del bolsillo una especie de hilacha blanca, al pare-
cer desgarrada del pauelo. Cosa de notar fue que en vez de tirar
aquella hilacha en el primer depsito de basura, se le ocurri atarla
a la punta de su paraguas. A la llegada del tren, mientras carga-
dores y chiquillos, hoteleros y amigos de los viajeros, se agolpa-
ban sobre la puerta de los vagones, nuestro individuo, retirado de
la multitud, se acerc a la gran tabla de horarios, y comenz a
leer, sealando las lneas con la punta del paraguas. No pasaron
dos minutos, cuando uno de los pasajeros acercse por detrs al
individuo, y con la confianza de un antiguo amigo que sorpren-
de, le tap los ojos, diciendo:
Quin soy?
Es fulano de tal respondi el otro bajando el paraguas
y volviendo el rostro, a la vez que quitaba la hilacha del extremo.
El pasajero salud al del paraguas, a la vez que se desataba
un pauelo que llevaba enredado al cuello.
El del paraguas se ech al bolsillo la hilacha. Ambos dijeron:
Ahora s. Vamonos.
Y echaron a andar cogidos ya por el brazo. Aquellos dos per-
sonajes no se haban visto nunca. Se acababan de identificar por
medio de una serie de seales. El del paraguas era un comisio-
nado secreto de la Liga Defensora Religiosa en aquella ciudad;

171
el pasajero era Hctor Martnez de los Ros, que entraba ya en
accin.
_ Yo s que aqu estn muy bien organizados dijo Hctor
a
Lpez iniciando la conversacin.
_ ge hace lo que se puede contest ste. Lo cierto es que
aqu se encuentran bien sentadas las ideas. Hace tiempo que se
estudian nuestros problemas y nuestra historia. Nos sentimos or-
gullosos de nuestros sacerdotes, que son ilustrados; con nuestra
prensa, que es avanzada, y de nuestros directores, que son acti-
vos. No estamos tan adelantados como Jalisco, que nunca pier-
de, ni somos tan fervorosos como ustedes los zacatecanos; pero s
podemos decir que despus de quince aos de golpes ya comen-
zamos a admirar a Ketteler y a entender el por qu de los pro-
gramas sociales de Len XIII. Por eso los Sindicatos nacieron aqu
con esplendor, las Damas Catlicas estn en todo su apogeo, los
Caballeros de Coln no han merecido el dictado de inactivos y
los chicos de la A. C. J. M. ansian seriamente trabajar.
La Liga va muy bien, verdad? pregunt Hctor.
Me parece que s respondi Lpez. Nos tardamos un po-
co en comenzar; pero apenas prendi Calles la mecha, la or-
ganizacin brot automticamente. La Jefatura Local de la Liga
es desconocida. Todos obedecen sin saber a quin. Cuando nos
aprehenden, decimos que todas las actividades son dirigidas desde
Mjico, y que nosotros no sabemos de residencias de nadie. Las
organizaciones catlicas todas, ya sociales, ya piadosas, estn cum-
pliendo a las mil maravillas la parte que les toca en el plan gene-
ral de defensa. Las organizaciones sociales dejan para s la mayor
parte del trabajo que podra distraer la atencin de la Liga; la
Vela Perpetua aade a sus devociones un rosario por la Liga; las
almas muy piadosas se disciplinan por la Liga, y hasta a San An-
tonio ya no se le prenden tantas velas por el novio o por la no-
via, sino por la Liga y por los intereses de la Liga... Nuestra pro-
paganda est sistematizada: se decretan hasta "consignas de
conversacin" en nuestras organizaciones todas, y as vamos refor-
zando el ambiente en determinado sentido. Las Damas Catli-
cas tienen a su cargo el Comit de crcel. Cuando caen algunos
a la crcel por razones de propaganda, noms telefoneamos al n-
mero tantos ms cuantos y decimos: "Cayeron siete". Y ah
tiene usted ya siete almuerzos y siete colchones en la Penitencia-

172
ra, y siete comisiones de visitas, siete libros para que se entre-
tengan, siete tinterillos para enredar a stos y poner a aqullos
en libertad. Las Empleadas Unidas tienen a su cargo a los hus-
pedes ilustres y secretos, como usted. De ellas recib yo la orden
de venirlo a encontrar, y no le trajimos a usted automvil senci-
llamente porque el boycot lo prohibe.
En estas y otras semejantes conversaciones se distraa la aten-
cin de los pasantes, cuando acertaron a cruzar por el Jardn de
la Victoria, frente al cual se levanta, grave y sereno, el Palacio
de Gobierno.
Mire usted dijo Lpez; aqu fue la famosa hecatombe
de 31 de mayo. Detrs de este pilar pas yo el susto. Desde aque-
las ventanas el Gobernador y los diputados disparaban sobre nos-
otros, que nos amontonbamos y escondamos como borregos.
Aqu cay una mujer. Al caer herida, como una protesta, co-
menz a cantar el Himno Eucarstico...
Cuando el decreto? pregunt Hctor.
Exactamente la cuestin de hoy. Entonces se redujo todo
nada ms al Estado. Apoyados en la Constitucin, los diputados
locales ( uh, los conozco!) decretaron el registro de los sacerdo-
tes, pues, segn ellos, slo veinticinco deban ejercer el ministerio.
El Prelado, viejito, pero santo y valiente, de un golpe prohibi a
los sacerdotes someterse al registro, bajo pena de excomunin.
Algunas damas vinieron al Gobierno a solicitar la revocacin del
decreto. El pueblo comenz a acercarse, ansioso de noticias. Em-
pezaron ac las apreturas de la impaciencia, siguieron los em-
pellones de la polica, creci aqu abajo el alboroto, cundi la
alarma all arriba, y cuando menos lo esperbamos, zas!, las
descargas de los soldados desde el zagun y de los diputados desde
los balcones... Ah!, desgraciados!, y nosotros, que ni piedras
encontrbamos para romperles siquiera la cabeza. . .
Brbaros, brbaros! observ Hctor, recordando los de-
talles que entonces haba ledo en la prensa. Y aqu estaba la Z-
rraga, verdad?
S. Para preparar el ambiente, mandaron los masones traer
a la desdichada conferencista. . . Hubiera usted odo qu sapos y
culebras echaba por aquella boca. .. Eso s, no poda ir a ningn
lado sin que la rodeara una fuerte guardia.
Y qu pas, por fin?

173
Que el Gobierno se asust de su obra, temiendo que nos
sublevramos, pues el pueblo estaba resuelto, y no volvi a pensar
en decretos.
Y esta iglesia derrumbada? pregunt Hctor sealando
el altivo pedazo de un elegante templo que se levantaba sobre
el nido de sus propios escombros.
,Ah! Pues el Sagrario Metropolitano. Mire usted: era una
riqusima joya de arquitectura. Al Gobernador militar se le ocu-
rri abrir aqu una cal'e. . . y mand derrumbar, entre otras, la
mejor de nuestras iglesias
Y entonces no hubo balazos?
No. Noms hubo machetazos contra las seoras... Los hom-
bres no nos metimos, pues cremos que aquello acabara pronto,
que pronto nos pondramos en paz. Y ya ve usted. ..
Pues a ver si ahora s termina esta pesadilla aadi Hc-
tor sonriendo y apretando significativamente el biazo de Lpez.
Dios nos lo conceda! Porque, la verdad, esto es ya inso-
portable. ..
Un cuarto de hora ms tarde, ambos peatones entraban, como
en su casa, en una linda residencia, modestamente acurrucada,
hombro con hombro, entre las humildes viviendas de la calle de
Volantines.
Doa Josefita! peg un gritazo Lpez adelantndose por
el corredor, todo lleno de tiestos con flores y de jaulas con pja-
ros. Aqu le traigo a un buen amigo! Es de lo mero bueno.
Nos lo cuida usted muy bien, pero muy bien; porque vale media
Repblica.
A su casa de usted llega, seor. Psele. Con toda confian-
za. Bienvenido. Tome usted posesin de lo que es suyo. Aqu su rec-
mara, aqu su bao, aqu su escritorio, aqu tranquilidad, seguridad
y buena voluntad. Todo lo que usted quiera, todo lo que se le
ofrezca. Esta es su casa.
Era doa Josefita la que hablaba, dama distinguida, modes-
tamente ataviada, recatadamente vestida, respirando sinceridad por
cada una de sus palabras y cada uno de sus movimientos.
ptima impresin produjo en Hctor la llegada y la instala-
cin en aquella casa, en que no echaba de menos ni la ms pe-
quea comodidad, ni el ambiente de confianza y de fraternidad
que en su ciudad dejara. Asese y aderezse Hctor, dejando el

174
Un desfanatzador de Zacatecas con dos cabezas de
cuteros
Cerca de 'a estacin del Ferrocarril de Ciudad Guzman, Jal
Entre estos coleados se encuentra el Sr Cura Sedao

su. - fu

?
,-

Vn grupo armado

L _
sucio traje que le disfrazaba, y pas al comedor, en donde buena
cena le esperaba.
Aquel comedor era un nido ya de santa confianza, en que Jo-
sefita esperaba a Hctor con la sonrisa en los labios, las \iandas
en los platos, la admiracin en los ojos, en la lengua toda una
ferviente apologa de la Liga, de sus prohombres y de todo Jo
que oliera a catlico ferviente y sincero por todos aquellos con-
tornos. Con los primeros platillos comenz la andanada de elogios
para todos los sacerdotes sus conocidos. En todos encontraba un
rasgo notable que contar, una hazaa insigne que conmemorar.
Pero entre aquellos elogios le brotaban unos especiales a borbo-
tones en honor de un famoso padrecito de Monterrey, que me-
lodeaba algunos meses haca por aquellos rumbos. Qu chis-
pa de muchacho, qu brazo de mar, qu consejos los que daba
en el confesonario, qu sermones los que echaba en las iglesias,
y qu valiente, qu listo, y cmo lo seguan las gentes, y cmo
traa al jaleo a las muchachas y a las viejas, y cmo entusiasmaba
a todos los dems sacerdotes, y cmo dejaba bizcos a los licencia-
dos y a los intelectuales todos, y cmo traa biliosos a los del Go-
bierno, que no le podan echar el guante todava! Y cmo se
senta una orgullosa de ser catlica cuando l deca lo que eran
los catlicos, segn Dios nos quera!. ..
Y cmo se llama ese padre? dijo Hctor, entusiasmado
ms por la fogosa descripcin de Josefita que por lo que en reali-
dad fuera.
Iba Josefita a contestar, cuando sonaron a la puerta unos r-
pidos aldabonazos y, en seguida, al comps de un paso vivo y
taconeado, reson en el corredor mismo una soberbia voz mascu-
lina que entonaba con desparpajo garboso:

"Viva il vino spumeggiante


nel vichiere scintillante. . ."

Y apareci a la puerta del comedor la figura distinguida de


un joven simpatiqusimo de pies a cabeza. Vesta un traje de
Palm Beach, un abrigo llevaba terciado al brazo, en la diestra por-
taba un rico bastn de bamb, un fieltro a la neghge cubra parte
de su frente, que se adivinaba total, amplia y despejada; el rosa
de sus mejillas henchidas se eclipsaba por las lunetas semioscu-

175
H13
ras de unos finos espejuelos; lo restante del rostro y de la in-
dumentaria era suficiente para acreditarlo de persona fina, ex-
pedita, elegante, aristcrata.
Una onda de alegra llen con l aquella estancia. El recin
venido, amigo del gracejo y de la broma, llegse hasta la mesa, y
cambiando la sonrisa que en sus labios, como en propia casa, moraba
por una aparente seriedad fachendosa, golpe con el bastn la
mesa, haciendo estremecer a Josefita, y grit:
A ver! Quines estn aqu conspirando contra las institu-
ciones. . . ?
Con una mirada de alegre y hondo cario y con otra de buen
acogimiento correspondieron, respectivamente, Josefita y Hctor.
El joven, en seguida, dirigindose a Hctor a quemarropa, le
dice:
Usted no sabe quin soy yo, y yo s s quin es usted.
Y sin dar tiempo a Hctor para orientarse, le endilg esta sarta
de preguntas inesperadas:
Cmo est su mam? Qu dej haciendo a Consuelito Ma-
drigal? Cmo les ha ido con el Padre Martn? Qu noticias
tiene de don Toms Anzures?
Quedse Hctor patitieso ante la clarividencia del luminoso.
Apostara a que era una especie de Lohengrin, que le estaba le-
yendo el pensamiento, pues esas eran casualmente las preguntas
que Hctor revolva en su magn. Y envuelto en la simpata que
el desconocido le inspiraba, no tuvo otra respuesta que alzarse de
su silla y darle, a ciegas, un abrazo bien apretado.
Pero, por qu me abraza usted? pregunt, sonriendo, el
guapo joven. Si no sabe usted quin soy.
Me lo imagino respondi Hctor. Usted debe ser una
persona muy buena y muy nuestra.
Y muy sabia y muy santa aadi de su cosecha doa Jo-
sefita.
Entraba en eso una humilde sirvienta, llevando unas "tortillas
calientes", cuando al ver al joven risueo, dej prest el plato so-
bre la mesa, limpise la mano con el delantal y adelantndose
tomle la suya al joven, diciendole conmovida:
Padre Gabrielito... ! Mire noms. . . ! Nos haban dicho que
lo tenan en la Penitenciara.

176
Una carcajada general salud aquella revelacin. Aquel joven
era en persona el Padre Gabriel Arce, de quien doa Josefita se
haca lenguas, y a quien el lector conoci luchando por seguir
su vocacin, en medio del fragor de la tormenta revolucionaria.
Otro abrazo, Padre Gabrielito! exclam Hctor estrechan-
do con mayor efusin al bien disfrazado sacerdote. Tanto que he
odo hablar de usted a aquellas buenas gentes de Paracho. .. !
Y a las de aqu tambin acab doa Josefita.
Pues aqu me tiene usted medio prestado. Me estn llaman-
do ya de Monterrey, pero estas gentes son tan buenas.. .
Corri un poco la charla. El Padre Arce tom el caf con
Hctor. Y apenas hubo apurado el ltimo, sorbo, limpindose an
los labios con la servilleta, le dijo:
Bueno; me supongo que no tenemos tiempo que perder. Va-
monos luego, pues quiero que platiquemos un buen rato.
Levantse inmediatamente Hctor, contest a una breve ora-
cin que dijo el sacerdote, y ambos se echaron a la calle.
Dios me los bendiga dijo doa Josefita, haciendo sobre
ellos la seal de la cruz.
Y los dos jvenes enrgicos se perdieron en la oscuridad de la
solitaria calleja. Cruzaron plazas y jardines, hasta llegar cerca de
unos horribles montones de escombros que se elevaban a los pies
de gallardos paredones mutilados.
Qu, ya estamos de nuevo en el Sagrario? pregunt Hctor.
No respondi el Padre Arce. Este es otro templo de-
rrumbado tambin por el Gobernador. Es San Francisco, y aquel
otro, derrumbado tambin, es la Tercera Orden. Es la picota re-
volucionaria rindiendo culto a nuestros primeros misioneros.
Siguieron caminando. Al pasar por la calle de Reyes, el Padre
Gabriel dijo a Hctor:
Mire: esta es mi casa y le seal una casita de risuea
fachada que ostentaba en lo alto de la puerta un gran letrero:
"Se renta".
La cerrada puerta, las mustias ventanas acusaban la soledad
interior.
Cuando me buscan estos amigos continu el Padre Arce,
se encuentran con que la casa se renta, pero no saben dnde darn

177
razn. Sin embargo, sospechan que yo no me he ido aadi
sonriendo.
Y dnde vive usted ahora?
Pues aqu mismo. Espreme.
Torciendo la esquina, entraron en la calle del guila, y de
pronto se metieron a un tendejoncillo, en el que el Padre, con
mucho desplante, pidi unos cerillos a una pobre vieja que des-
pachaba.
Ahorita voy contest la vieja.
La tiendecita estaba sola. El Padre Arce, con gran destreza,
levant la puerta del mostrador y dijo a Hctor:
Adentro! Pronto!
Ambos se escui rieron por la abertura. Pasaron a la trastienda.
Llegaron despus a un patiecillo, atravesaron luego un corral,
despus otro huertecillo y, por ltimo, se encontraron frente a
una brecha abierta en pleno muro.
Esta es mi casa dijo el Padre, Calle del Huerto Cerrado,
nmero Agujero, muy a las rdenes.
Sonri Hctor, y siguiendo el ejemplo del sacerdote sagaz, se
inclin cuanto pudo y entr.
Estaba ya en la casa misma que por la calle de Reyes os-
tentaba el letrero: "Se renta".
El joven sacerdote haba hecho desocupar todas las salas de-
lanteras y haba reducido su cmara y su estudio a dos habi-
taciones escondidas.
Encendi el Padre Arce un mecherito de gas, pues la elec-
tricidad estaba boycoteada. A los ojos de Hctor apareci un hu-
milde, pero decente y simptico cuarto de estudio. Una gran
mesa, llena de libros y papeles, pareca presidir el mobiliario todo.
En la pared se empotraba un macizo estante rebosante de libros
de todo jaez y tamao. Una pulimentada mquina de escribir,
con una hoja de papel a medio escribir, pareca gritar: "Sigan
conmigo!" Junto a la mquina, un cuaderno de apuntes, vuelto
hacia abajo, que gritaba tambin: "Levntame!" Sobre una
silla, un paquete de libros, llenos de sellos de lacres, que acaba-
ban de llegar del extranjero. En el ngulo, un archivero, con mu-
chas casillas, todas clasificadas. Luego, otra mesilla, agobiada por
el peso de un montn de revistas de distintos pases, y una carga
de peridicos metropolitanos y provincianos. Un sof, dos o tres

178
sillas... Todo esto miraba y respiraba Hctor con complacencia,
recordando, sin quererlo, por contraste, el bastte e insubstancial
aposento del Padre Martn.
El Padre Arce entrse un momento a la cmara contigua.
Hctor segua inspeccionando aquel cenculo de las grandes ideas
y fervores. Comenz a ver los cuadros que adornaban las pare-
des. En primer lugar, en el centro honorfico, un riqusimo leo
moderno representando a Cristo Rey. Qu dulcedumbre la del
Rey Inmortal, asentado en su trono inefable; a sus pies, el mun-
do; en sus manos, el cetro; en sus ojos, el amor! A un lado una
pequea tricroma de detalles primorosos. Representaba al David
bblico enfrentndose con Goliat. Cmo se incendiaban los ojos
del bblico mancebo, al buscar la frente del monstruoso adversario
para herirla con la guija del arroyo disparada por su mano juvenil!
Y aquel grabado en acero que reverberaba ante la caricia de
la luz lechosa del mechero? Representaba una figura hiertica,
severa, macilenta, plida, que asaeteaba con el fulgor de sus mi-
radas el rostro crapuloso de un inflado personaje. Era Juan el
Bautista que lanzaba sobre Herodes el heroico y valeroso: "Non
licet tibi. . ." "No te es lcito! ..." Y aquella otra tricroma que,
alejada de la luz, insinuaba tan slo la impresionante silueta de
un hombre tendido en el suelo de una mazmorra encadenado de
pies y manos, incorporado penosamente frente a un qurite aco-
bardado? Era Pablo, el Apstol de las divinas rebeldas y de las
santas intransigencias, en cuyos labios pareca vibrar la candente
frase: "Verbum Dei non est alligatum!" "La palabra de Dios no
est encadenada!" Saboreaba con fruicin Hctor todas aquellas
ideas e impresiones que cada figura y cada cosa le inspiraban.
Aquello era un verdadero gabinete de elaboracin intelectual, un
aposento de alquimia transformadora de corazones. El Padre Arce
era un sabio, era un santo. Era un profeta, el profeta del fuego,
que Hctor buscaba por las mustias soledades de los eriales que
le rodeaban.

179
XXIV EN PLENO

SINAI

A PARECI POR FIN , de nuevo, el Padre Arce.


Vena, en efecto, transformado ya de pies a cabeza. Vesta
con majestad la clsica sotana sacerdotal, con botonadura irrepro-
chable, cuello romano y faja de cinta reps. A Hctor le pareci
ms atractiva an aquella nueva figura. En la sonrisa de aque-
llos labios descubra ahora una bondad suma, en la ancha y des-
pejada frente, ya liberada de los postizos espejuelos, lumbres de
un ingenio superior reforzadas por fulgores divinos, y en la calma
veneranda de sus ojos, que antes le parecan vivarachos, descu-
bra, como en el fondo de un lago cristalino, toda la candidez
de un alma limpia y santa habituada a vivir robusta vida inte-
rior, fuente inagotable de todos los apostolados heroicos.
Padre le dice Hctor, no se imagina usted la confian-
za que me inspira en estos momentos. No tuve nunca oportuni-
dad de tratarlo, pero todos mis amigos me hablaban de usted
tanto, que hoy, que por vez primera lo saludo, me parece recono-
cer a un antiguo maestro y amigo...
Me gusta contest el Padre Arce que descubra usted de
un golpe su buen corazn...
Tena verdadera necesidad de hablar con usted prosigui
Hctor, porque, Padre, traigo en mi corazn muchas penas re-
presadas y el alma me pide un desahogo. ..
Pobrecito! interrumpi el Padre, dando un suspiro. Ya
me imagino por las que usted habr pasado; pero cunteme,
cunteme con toda confianza.
Y diciendo esto, acerc un poco su silla. Hctor crea estar en

180
presencia de un ngel del cielo; tal era el candor y la virtud que
descubra en las palabras del joven sacerdote.
No s por dnde empezar continu Hctor. Quisiera apro-
vechar esta ocasin para exponer a usted toda mi vida, mis ideales,
mis proyectos; pero sera largo, y por darme ese placer perdera
el tiempo que debo consagrar a cosas ms urgentes...
Lo comprendo contest el Padre Gabriel. Por ahora es
mejor entrar al grano. Sus ideales, sus proyectos: todo lo s. Son
los mismos de todos los hombres de fe que aman a Cristo sin
cobardas.
Pero usted me conoca antes?
S; le he seguido a usted los pasos hace algunos aos. Y saba
yo que usted iba a venir.
Saba usted a qu vena yo? pregunt de nuevo Hctor.
-S, lo saba.
Usted sabe que me quiero levantar en armas?
S, lo s respondi serensimamente el Padre Arce.
Y qu dice usted de eso?
Yo digo que el hombre de carcter slo se detiene para
pensar; pero una vez que ha pensado, no conoce sino esta pala-
bra: "Adelante!"
Padre! exclam Hctor con ecunime jbilo, es la pri-
mera vez que oigo esa palabra de nimo de labios de un sacerdote.
Es la centsima vez que yo oigo esas palabras de extraeza de
labios de un joven.
De modo, Padre, que usted no me tendr por un loco?
No! contest con decisin el sacerdote.
Ni me tendr usted por un criminal?
No!
Hctor entr definitivamente en materia, diciendo:
Usted no le llama a esto rebelda?
No!
-Qu nombre le dar usted, Padre, a lo que yo pienso?
pregunt Hctor cada vez ms animado.
He pensado mucho respondi pausadamente el Padre Arce;
he estudiado mucho, he observado mucho, he orado mucho, y
puedo decir a usted que a eso que usted piensa yo le doy este
nombre: G ristianismo!

181
La dulce figura del joven sacerdote tomaba proporciones co-
losales frente a Hctor. La plenitud de aquella palabra: cristia-
nismo, le hizo girar la cabeza y pasear por el aposento una mirada
reflexiva. .. Ah estaban aquellos gruesos y variados libros que, sin
duda, el sacerdote acostumbraba leer y releer; ah estaban aque-
llos montones de peridicos que le llevaban a diario el pulso,
la tensin y las respiraciones de la patria enferma. Aquellas re-
vistas, aquellos casilleros con estadsticas... No caba duda: era
un sabio. Y all, al final de la cuchilla de luz que el cortinaje de
la alcoba dibujaba sobre el suelo, Hctor distingua un sencillo re-
clinatorio y un Cristo de madera, y un libro abierto: aquel joven,
no caba duda, era un santo.
Padre! continu Hctor. Yo veo en usted a un sacer-
dote que ilustra, que consuela, que ama; pero, ah!, Padre!, yo
traigo en el alma una doble pena. Yo he ido hace algunos das
en busca de ese consuelo y de ese nimo, y me he encontrado
con la figura paradjica del sacerdote que descorazona, que ame-
naza, que hiere. . .
Y aqu Hctor, abriendo su corazn sangrante, expuso la tor-
mentosa entrevista con el Padre Martn famoso, cuidando de callar
delicadamente el nombre del desdichado personaje.
Mi conciencia elemental de cristiano me impona este de-
ber continu; pero aquel sacerdote me haba condenado. Yo
no he sabido discutir, yo no he podido responder, y he callado
como un tonto, sintiendo en m la terrible aridez del alma derro-
tada antes de combatir. . . A nadie he descubierto mi pena. Mi
madre la alivi sin conocerla; pero yo, en verdad, Padre, cre
que Dios preparaba a Mjico otra prueba ms: la cobarda total
del sacerdocio. Tem que Dios, en sus designios, nos impusiera a
nosotros los fieles el deber de luchar olvidados o abandonados
por nuestros pastores, y hasta me atrev a pensar, para consuelo,
que no estaba fuera de la mano de Dios la realizacin de este
nuevo milagro moral. . .
Hctor tena encendido el color, en sus ojos brillaba una l-
grima pudibunda, al travs de la cual su mirada de rayo se cla-
vaba sobre el rostro del Padre Arce, que haba puesto sus ojos mo-
destamente en el suelo.
Movi el Padre la cabeza, corno asintiendo a un pensamiento
interior. Sonri dulcemente, para conjurar la pesadumbre que el

182
lamento de Hctor le causaba, y levantando sus grandes ojos
tranquilos, respondi:
Consolmonos, amigo mo, consolmonos; Dios no ha querido
que el baldn de la cobarda cubra por completo el sacerdo-
cio mejicano. Usted me acaba de hablar del Padre Martn, no
es cierto?
S, Padre, del mismo respondi Hctor sorprendido de la
adivinacin.
Pobrecito Padre Martn! Hay que disculparlo; hay que per-
donarlo! El asunto de nuestra actual situacin es un asunto difcil,
complejo, delicado. Para dar un juicio acerca de l, se requiere
un estudio concienzudo de muchos hechos, de muchos razona-
mientos, y esto, naturalmente, no lo pueden hacer todos, ya por-
que estn dedicados a otras actividades, ya porque este estudio
concreto exige una seria preparacin intelectual... El Padre Mar-
tn, persona buena y devota, no ha tenido tiempo de pensar y de
estudiar tantas cosas, y animado de su carcter algo impetuoso,
dio la solucin que parece menos comprometida a primera vista,
pero eso no debe entristecer a usted... En la Iglesia de Dios, como
en todo, el Espritu Santo ha distribuido sus dones. Hay especialistas
tambin para cada rama del cristiano saber. Esto es elemental. Y
por eso cualquier sacerdote no tiene empacho en decir: "Voy a
consultar este asunto con Fulano". Esto fue lo que olvid el Padre
Martn: ya ve usted que su falta est reducida al mnimum.
Y espero en Dios que tambin quede reducido al mni-
mum el dao que me hizo; pues me creo tan resuelto como el
primer da. . .
As debe ser! agreg el Padre Arce. Usted no debe dudar
ni un mometno que en circunstancias como las presentes, los ca-
tlicos pueden, con pleno derecho, levantarse en armas para con-
quistar su libertad.
Hctor abri tamaos ojos ante la ntida franqueza y claridad
del Padre en cuestiones tan peliagudas.
Muchos aconsejan la prudencia continu el Padre; esa
palabra es equvoca. Yo lo que aconsejo es estrategia.
Vaya! exclam Hctor. Que usted no tiene temor de
que sus palabras estn fuera de mbito de su carcter sacerdotal.
-Mi carcter sacerdotal prosigui el Padre Arce no re-

183
conoce otros lmites que los impuestos por Dios o por la Igle-
sia. No puede haber otros. Por eso me muevo a mi sabor en es-
tos asuntos y en estas respuestas; porque no hay ninguna ley
divina ni eclesistica que me prohiba combinar los conocimien-
tos del moralista con los del socilogo a la simple luz de la razn
natural y del momento que vivimos para concluir lo que acabo
de decir a usted, y de lo cual no sobra ni una letra: Que en cir-
cunstancias como las presentes, los catlicos tienen pleno dere-
cho de levantarse en armas para conquistar su libertad. El sim-
ple derecho de defensa contra el injusto agresor nos ampara en
estos momentos. La explicacin es muy fcil. Quiere usted aten-
derme?
Hctor, sin pronunciar una palabra, con los ojos, con la fren-
te, con el cuerpo todo dijo que s. Y el Padre entr de lleno en
el ponderado razonamiento:
El gobernante ha sido constituido para realizar el bien co-
mn. Guando el gobernante se olvida de su misin divina y an-
tepone sus caprichos, y desgarra a los hijos de la patria que le
fueron encomendados, el gobernante no es ya la autoridad: es el
tirano. Es su tirana reducida a corto tiempo? Cabe esperar-
lo. Pero cuando esa tirana abarca todos los planos y todos los
campos del pas entero; cuando de la exaccin econmica salta
como felino al atropello personal; cuando ese atropello no se
circunscribe a un corto nmero de ciudadanos, sino que corre
como una fiera hambrienta de un extremo a otro de la Repblica,
y busca y usmea, pueblo por pueblo, tienda por tienda, casa por
casa, cmara por cmara, lecho por lecho, para sacudir, para es-
trujar, para ahogar ancianos venerables, jvenes intachables, mu-
jeres virtuosas, nios inocentes; cuando esta tirana ramificada,
sutilizada, se desdea de las prisiones y de los calabozos, y sien-
te el hambre leonina de la sangre y de la carne humana; cuando
esa tirana, haciendo resonar sacrilegamente la Campana de Do-
lores, derriba el altar y erige la nica joya arqueolgica que esti-
ma, la Piedra de los Sacrificios, y toca a degello en toda la Re-
pblica; cuando los cuerpos humanos comienzan a caer cho-
rreando sangre, como cay Farfn en Puebla y el Padre Batis en
Chalchihuites, y Silva y Melgarejo y Lara y Roldan, y los de Co-
lima, y los de Michoacn... quin se atreve a decir que esa ti-
rana no ha traspasado ostentosamente los lmites de lo tolerable?

184
Los labios del sacerdote temblaban de horror; sus mejillas, en-
cendidas, reverberaban por el fuego mismo que de su alma bro-
taba. Hctor, enrgicamente impresionado, recoga en un esguin-
ce toda la impresin de su nimo, como si ah, a medio metro
de distancia, el sacerdote le descubriera de un golpe las cabezas
sangrantes de los Siete Infantes de Lara.. .
Y aquello era verdad! Verdad palpable que se respiraba con
el aire, que se beba con el agua, que traa suspensas a las almas
en vigilia, que haca estremecer los cuerpos de los que dorman...
Aquello era verdad! Por eso en las ciudades, y en los pueblos,
y en las montaas, y en los campos, ya no eran ciudadanos los
que transitaban: eran espectros silenciosos y medrosos, que va-
gaban, los ojos fuera de las rbitas, en una perenne impresin de
temores horribles...
Y si eso fuera todo. . . ! Si noms nos quitaran la vida del
cuerpo. Pero no: eso no les basta. Un diabolismo clsico ha
inspirado estas violencias: se trata de raer de nuestro suelo el
nombre de Cristo... Esa es la consigna de la ley! Y los que
somos catlicos, los que hemos templado nuestras almas en esta
fe sacrosanta, que civiliz y cristianiz a nuestros padres, que cre
nuestra nacionalidad, cifradora de nuestros legtimos orgullos, pro-
pulsora de nuestras epopeyas, nervio vital de nuestra historia,
fuego de victoria arrolladora en nuestras lides soberbias, freno en
las exacciones, aliento en las generosidades, lumbre del sabio en
nuestras viejas Universidades, pan suavsimo en los labios de nues-
tros miserables, llamamiento de amor y de encumbramiento en el
odo de nuestro indio; los que hemos seguido paso a paso la jor-
nada del Cristo por enmedio de nuestro pas, rico y fecundo, no
podemos menos de decir que es de ms precio el tesoro espiri-
tual de nuestra raza que la misma vida que palpita en nuestras
carnes... El agresor injusto est ah; y no es nicamente el agre-
sor injusto contra la vida del cuerpo: es el agresor ultrainjusto,
que realiza el degello del espritu... Estamos bajo el martillo de
una tirana que lo machaca todo: familia y sociedad, escuela y
hogar, cuerpo y alma, vida temporal y vida eterna...
El sacerdote hizo una breve pausa. Hctor reflexionaba sobre
todas y cada una de aquellas palabras, fundadas una por una, s-
laba por slaba, en la realidad de los hechos, y rumiaba con te-

185
son la fluida consecuencia: una tirana que ha traspasado osten-
tosamente los lmites de lo tolerable. ..
Podramos soportarlo todava continu el Padre Arce, si
prometiera pasar en corto tiempo. As soportamos el paso de
aquel ngel exterminador que se llam la revolucin de Carran-
za.. . Pero hoy no es un huracn de tres horas, ni siquiera un di-
luvio de cuarenta das.. . Esto es una crcel perpetua, esto es un
horno crematorio perenne... Cada latigazo de esbirro, cada cu-
chillazo de verdugo est consignado en un artculo constitucio-
nal, inmutable, inexorable, perpetuo, como la Esfinge airada. . .
Calles y el Congreso han acabado con nuestras candideces al decla-
rarse pblica y solemnemente irreductibles. En todos los tonos,
para que alcance a todos los odos, han clamado que no cejarn,
que no cedern, que no mitigarn, que la sentencia ser apli-
cada, indefectiblemente, inexorablemente, en todos sus puntos,
con todo su rigor, sin dejar escurrirse ningn pedazo de la vc-
tima ni a la derecha ni a la izquierda; que la consigna ser rea-
lizada en todas sus partes hasta arrancar perfectamente hasta en
sus ltimos y finsimos filamentos el espritu que vivifica a nues-
tra patria para hacer de ella el cementerio de los huesos calcina-
dos bajo un estril sol de odios. . . No queda ninguna razn ya
para esperar que esta tirana sea transitoria, y por tanto, no queda
razn ninguna para declararla an soportable. El soportarla, el
tolerarla, es el hacerse solidario con ella en la obra nefanda.
Ellos son asesinos, nosotros, sus cmplices, seremos suicidas. Por
eso yo oigo a todas horas, en el maremgnum de las plazas, en
el sollozar de los templos, en el silencio de mi alcoba, cundo
estudio, cuando oro, a todas horas, en todas partes, la voz del
derecho eterno que se levanta en medio de nuestro pnico,
para decirnos: Hombre de fe, hombre de honor, levanta el
brazo y combate!. . . Dios mo! Y qu combate! . . . En otros
pueblos, en la Europa culta o salvaje, esta palabra "Combate!"
pone en los dedos la pluma y en los labios el apostrofe parlamen-
tario. El combate se realiza en una justa brillante de valores inte-
lectuales, a los flancos de la urna electoral, en el recinto de los
grandes parlamentos. . . Ah van los hombres de fe y de honor,
como fue Windthorst al Reichstag, como fue Malinckrodt, como
fue O'Connell en Inglaterra, el Conde de Mun en Francia. Es
la lucha del cerebro y del cerebro. Es la discusin que ilumina

186
a la vera del sano amor al bien comn, que alienta. Y as la lu-
cha lucha sin sangre, culmina en las victorias parlamenta-
rias, florescencias robustas, de que nos habla Max Turmann.. .
Tal acontece en los pases con Gobiernos cultos... Pero entre nos-
otros. . . continu el Padre con tono de profunda lamentacin,
cuando el sueo beatfico de nuestros abuelos ciudadanos y la
infame, la criminal complicidad del Gobierno americano (nues-
tra sonora habla no tiene vocablos suficientemente enrgicos para
calificar esa injusticia), han permitido que estos hombres malos
e impreparados se encaramen en el poder, ha quedado hermti-
camente cerrada la puerta para todo caballero de la pluma y
de la idea, y el dictamen tremendo flota visiblemente por nues-
tro ambiente: todos los recursos pacficos estn agotados. Qu
son nuestros comicios? Una comedia. Qu son nuestros represen-
tantes? Unos vividores. Nuestras Cmaras? La perpetua inver-
sin de la representacin nacional.. . Se nos hiere, ellos sonren;
nos lamentamos, ellos sonren; protestamos, se burlan de nos-
otros. Hablamos en la prensa, se incautan de nuestros peridi-
cos. Acudimos a la accin electoral: se burla a los ciudadanos
catlicos, se excluye a los sacerdotes. Todava en septiembre de
1926 hemos acudido humildemente, con la cabeza baja y el
sombrero en la mano, a las Cmaras, en ltimo recurso; hemos
testificado ah el plebiscito catlico con millones de firmas; y
esa peticin, correcta, dignsima, constitucional, smbolo palpi-
tante de la recta voluntad nacional, ha sido botada al cesto, y
pisoteada, entre silbos de jayn, entre blasfemias de infierno...
Y el pueblo abofeteado, con la cabeza inclinada y el sombrero
en la mano, tiene an que responder: gracias.. . Diga usted, di-
gan los extraos, digan los mismos amigos de la prudencia y
de la tolerancia, de la paciencia y de la dejadez, qu recurso
pacfico nos queda?, dnde est?, cmo se llama? No hay que
cegarnos, no hay que encogernos. Recurso pacfico no queda
ninguno, absolutamente ninguno. Y como los ciudadanos ca-
tlicos no estn obligados a tender sus cuellos bajo la cuchilla,
y el cuello de sus esposas y de sus hijos, y el de la sociedad,
y el de la Iglesia, y el de la patria, por eso, yo, como sacerdote,
como moralista y como socilogo, afirmo y sostengo, sin dubi-
tacin ninguna, fuente a todos los sacerdotes y moralistas y soci-
logos del mundo entero, que en las presentes circunstancias los

187
catlicos mejicanos tienen el derecho plensimo de recurrir a las
armas. Si sta no es una guerra justa, nunca ha existido ni exis-
tir jams una sola guerra justa en toda la historia del mundo...
El fuego del corazn, la lumbre del genio, encenda la fren-
te del sacerdote reflejndose en los ojos vidos de Hctor. El
Padre Arce pas por la ancha frente el pauelo blanqusimo para
enjugar el sudor que la tensin de su cerebro en aquel exacto
y frreo razonamiento, le haba producido. Pero el torrente de
su verbo y de su idea no estaba agotado. Y prosigui:
S! Es un derecho...! Pero yo no me detengo ah. Esa
no es an la verdad toda. Yo no digo tan slo que es un de
recho, yo afirmo enfticamente que es un deber.. . El concluir
que es un derecho, es ya muy fcil. Las razones son evidentes,
y el compromiso personal es casi nulo. Pero el afirmar y defen
der que es un deber es lo mismo que la aceptacin de todos los
sacrificios, y nuestro espritu enclenque y comodino nos hace
volver de ellos el rostro con horror... Mas a pesar de esa natu
ral repugnancia a envolvernos en el torbellino de los que mar
chan al holocausto, a pesar de esa innata timidez en la cual "vi
vimos, nos movemos y somos", a pesar de todo eso, non possu-
mus non loqui, "no podemos dejar de hablar", como dijo San
Pedro ya levantado del fracaso de sus tres negaciones. Es pre
ciso, pues, hablar. Esa es nuestra misin sacerdotal, dura!, in
flexible!: predicar el deber!, aun a riesgo de predicarlo en de
sierto, aun a riesgo de que nos corten la cabeza. .. Yo digo, pues,
que el cristiano tiene el deber sagrado de defender el tesoro reci
bido de su fe, obligacin ms imperiosa cuanto ms alto grado
ocupamos en la escala del Cristianismo. Es mayor en m que soy
sacerdote, que en usted que es seglar. Este deber es urgente e ine
ludible precisamente cuando nuestro tesoro de fe es atacado. Si hay
muchos medios de defensa, escogemos uno de todos. No se nos
impone tal o cual solo medio: lo que se nos impone es defender.
Pero cuando todos los medios se acaban y no queda ms que
uno, un medio nico, ya que el deber de defender nuestra fe no
cesa nunca, estamos en la estricta obligacin de echar mano de
ese nico medio que nos resta. El deber se presenta ante nosotros
adusto, implacable. En Mjico, en las presentes circunstancias, j;
est demostrado, no queda sino un recurso: las armas. Por eso
yo sostengo que en la hora presente, no slo es un derecho, sino

188
que es un deber. Y un deber impuesto a todos, absolutamente a
todos... hasta a los sacerdotes!
Hctor se estremeci ante este golpe de maza atrevidsimo. El
sacerdote recogi al vuelo la impresin de Hctor, y con aplomo
continu:
S, hasta a los sacerdotes... ! Usted mismo, usted, Hctor
Martnez de los Ros, se sorprende de mis palabras. Pero enten-
dmonos. Yo no digo que el sacerdote, ni siquiera que todos y
cada uno de los fieles cristianos, deban precisamente coger el fu-
sil y lanzarse a la guerra. Pero s digo que todos, absolutamente
todos, hasta los sacerdotes, debemos solidarizarnos con el movi-
miento armado, y cooperar con l generosamente, intensamente,
cada quien en su puesto. Combate tanto el que lleva la espada
como el que cuida los bagajes, dice la Escritura. En nuestra lu-
cha, la accin armada exige la cooperacin de todos, y quienes
no puedan tomar el fusil, ya por su carcter sacerdotal, como nos-
otros, ya por su ancianidad, ya por su edad, o ya por su debilidad
fsica, s pueden y deben cooperar a l, y precisamente a l, con
sus consejos, con su ciencia, con sus recursos financieros, con sus
influencias econmicas. Que los ancianos cuiden del hogar mien-
tras los hombres parten a la guerra; que los nios preparen los
lienzos y las vendas para los heridos; que el sacerdote bendiga
y unja al hombre que cae, y consuele y socorra al hurfano que
queda; que el diplomtico negocie ante las potencias extranjeras;
que el periodista escriba y propague las razones de nuestra acti-
tud y los herosmos de la lucha; que la mujer lo invada todo y
llegando a las fuentes productoras del pas, arranque cuanto pue-
da: fuerza, valor, nimo, alimentos, dinero, armas, parque, mu-
niciones, para reforzar e intensificar la fuerza y la resistencia de
los que sern los primeros entre todos los buenos, de los que sern
catlicos de primera fila, quines?, los seres broncneos que lu-
charn como leones con el pecho velludo cosido a las piedras de
la trinchera... Eso se llama levantarse en armas todo un pueblo
como un solo hombre!
Plctor no habl una sola palabra. Atnito, como exttico, con
cierta fruicin inexplicable, dejaba entrar por sus odos, y por
sus ojos, y por los poros todos de su cuerpo, la lava hirviente de
aquel volcn sagrado que iba acariciando y mordiendo deliciosa-

189
mente sus entraas, estrujando dulcemente su corazn y penetran-
do como un aceite, hasta sus mismos huesos.. .
Aquellas palabras eran precisas, eran contundentes. Si ese deber
fuera serenamente expuesto con la santa resolucin de un Nathn
que triunfa o de un Bautista que fracasa, el potente y sano elemento
catlico se estremecera a un solo grito, vibrara bajo un solo
sentimiento, y se concentrara en una sola fuerza incontenible. . .
Entonces, la pequenez opresora sera instantneamente pulverizada,
como un torren deleznable en el puo de hierro de un gigante. ..
Tal pensaba Hctor en aquella pausa de silencio profundo. Sa-
cudi al fin la cabeza, como quien enarbola el estandarte de to-
dos los ideales frente a un nuevo horizonte inundado de luz y de
optimismos; mas recordando a la vez que ese horizonte se abre
ante muy pocos, exclam:
Padre, qu lstima que haya en Mjico tan pocos socilogos
y juristas, tan claros y exactos y explcitos como usted! Cada sacer-
dote sera un faro; cada oveja sera un len!
No se necesita, mi buen amigo, ser socilogo ni jurista para
ver estas cosas. Basta la fe sencilla del cristiano para intuir esta
doctrina sin necesidad de exquisitas inducciones. .. Es el estrpi-
to del mundo y de sus vanidades lo que ofusca esa doctrina que
se posa, ntida y flamante, sobre los espritus humildes e incon-
taminados. . . Por eso va usted a ver que en Mjico, y lo mis-
mo sucedera en cualquier otro pas, van a ser los pobres, los sen-
cillos, los limpios de corazn y de bienes, los que no slo com-
prendan, sino descubran por s mismos esta dura doctrina del de-
ber heroico.. . Y van a ser los poderosos, los opulentos y los mun-
danos los que ante ella se escandalicen y la condenen, miserables!,
hasta de anticristiana. . .
Padre, y no teme usted que a esos hombres buenos y sen-
cillos los disuadan los sacerdotes que no estn bien empapados en
estas cuestiones? observ reverentemente Hctor.
Creo aadi el Padre Arce que ningn sacerdote encon-
trar en todas sus ciencias eclesisticas ningunas razones para
disuadir. Creo tambin que a ningn sacerdote de Mjico le fal-
tarn ni ciencia y talento para reflexionar, ni valor y virtud para
hablar claro... Tengo un elevado concepto de mis hermanos en
el sacerdocio. Todos conocen su Teologa Moral. Y no necesitan

190
ni siquiera hojearla mucho en busca de la exacta explicacin del
Quinto Mandamiento; les basta mirar en el frontispicio de la
Moral Cristiana, en el Tratado de las Virtudes, el precepto divi-
no de la caridad. ..
Hctor concentr de nuevo todas sus potencias y sentidos en
las palabras del sacerdote. Un nuevo gnero de argumento iba a
brotar en el nombre mismo del Amor...
Existe en el Cristianismo el precepto bendito de la caridad. . .
para con el prjimo continu con solemne gravedad el Padre
Arce. Este precepto es tanto ms urgente y riguroso, tanto ma-
yores sacrificios impone, cuanto es ms grande la necesidad en
que el prjimo se encuentra. Basta una necesidad grave corporal
del prjimo para que tengamos obligacin de sacrificar por ella
nuestros bienes o riquezas superfluas; y si esa necesidad llegara a
ser extrema, nos obliga, segn nos lo recuerda la Teologa, nos
obliga a sacrificar los mismos bienes necesarios a nuestra condicin;
y cuando esta necesidad extrema no es una necesidad corporal, sino
una necesidad extrema espiritual, estamos obligados a acudir al
socorro del prjimo, aun con peligro cierto de nuestra vida. La
Teologa misma nos ensea que esas necesidades crecen en gra-
vedad y en importancia cuando se trata de la comunidad, cuando
quien sufre es la patria. La ms grave necesidad que anotan los
telogos es la extrema necesidad corporal, o material de todo un
pueblo. En este caso, se predica al cristiano el herosmo militar de
la guerra. Los que mueren en defensa de la patria merecen bien
del Cristianismo... Reconozco que aqu se han detenido los te-
logos. Creyeron que tocaban con la mano el lmite de la escala
ascendente de las necesidades posibles. Nuestra cuestin en Mjico
har consignar en las prximas ediciones un nombre nuevo: el de
la necesidad espiritual extrema de todo un pueblo presente y de
toda una generacin futura... Y ante esta necesidad que sobrepasa
inconmensurablemente a todas las dems, frente a las cuales la
moral catlica impone el sacrificio hasta de la misma vida,
podr el sacerdote impedir a los intrpidos el ofrecimiento de
su brazo y la inmolacin de su sangre? Podr llevar a mal la
generosidad del pobre que ofrece cuanto tiene? Podr, gran
Dios!, lisonjear al rico negando la obligacin que tiene de sacrifi-
car siquiera lo superfluo? No! Nunca! Esta sera la negacin,

191
HI4
el derrumbe sacrilego del orden impuesto por Dios en el precepto
de la caridad...
Padre respondi Hctor desahogndose, entonces cmo
explica usted tantas dubitaciones y tantas reticencias de parte de
quienes deban ilustrarnos?
Yo no me las he explicado nunca.. . ! Quiz sea la pru-
dencia de la carne disculpable por el miedo del espritu!
Es, sin duda, que se requiere mucho estudio y talento para
sacar esas conclusiones tan avanzadas.
Si no son conclusiones nuevas ni avanzadas repuso el Pa-
dre Arce, si es doctrina clara y explcita que se ha enseado
siempre en todas las ctedras catlicas. . . Cualquier obra seria de
jurista catlico le dice a usted lo que yo le acabo de decir. .. S
podemos decir que el miedo a Galles nos ha hecho a los sacer-
dotes esconder los libros de nuestra biblioteca y arrancarles las
pginas ms sabias, mutilar la doctrina para no comprometernos...
Usted tiene esos libros? pregunt Hctor con inters.
Claro que los tengo, como todos los sacerdotes! contest
el Padre Arce levantndose animoso de su asiento.
Hctor se levant tras el Padre Arce. El sacerdote abri Un
cajn de su archivero. Hctor vio en l columnas de tarjetas co-
locadas de canto, separadas en montoncitos por cartones corona-
dos de bonetillos de mica de diversos colores. El Padre Arce,
con la punta de los dedos giles, llam hacia s tarjetas y carton-
cillos, que se echaban de bruces los unos tras los otros, para dejar
el paso a unas cuantas tarjetas, llenas de nombres y de nmeros,
que el Padre sac con presteza y comenz a repasar. . . Mientras
tal haca el Padre, Hctor posaba sus ojos curiosos en los letreri-
tos de colores, que asomaban entre las tarjetas, como si algu-
nas de stas se auparan en las puntas de los pies: ECONOMISTAS
ALEMANES, ORGANIZACIN RUSA, CUESTIN AGRARIA, CONTEMPOR-
NEAS, LEGISLACIN OBRERA . Los letreritos policromos se escon-
dan unos tras otros, y se agazapaban en lo ms profundo de los
prolongados cajones. Hctor, en vano, pretenda descubrir de una
rpida mirada su contenido. Aquellos ficheros eran signo de una
mente laboriosa y constante. Y cuntas otras cosas se encerra-
ran en todos los dems casilleros, en los cuales haba dos o tres
cajas, repletas tambin de tarjetas y cartones, cuyo ttulo general

192
era: MEJICO-SOCIALISMO ... MEJICO-ACCION CATLICA . . . "ME-
JICO-INFLUENCIA EXTRANJERA^?
Mire usted dijo de pronto el Padre Arce, dejando sobre la
mesa las tarjetas ndices que en la mano tena y sacando un grueso
libro del estante: ste es Genicot, texto en muchos Seminarios.
Es un telogo belga de gran renombre.
Tom el padre de nuevo la tarjeta, ley entre dientes la cita,
y en seguida abri el libro:
Oiga usted lo que dice; voy a leer en castellano: "La vio-
lencia evidentemente injusta ejercida por los que tienen en sus
manos el poder, es lo mismo que la violencia ejercida por unos
brign tes o bandidos; y as como se puede resistir a los brigan-
tes, asi se puede resistir a los gobernantes malos". Qu tal?
Hctor no respondi. Se conform con mover la cabeza ma-
ravillado.
Ahora este otro prosigui el Padre, cogiendo otro libro.
Es el famoso Lehmkuhl, alemn. Mire usted lo que dice: "Una
cosa es la rebelin y otra cosa es la resistencia violenta a las leyes
injustas y a su aplicacin: que si se os hace una violencia evi-
dentemente injusta, no es a la autoridad, sino a la violencia a la
que se resiste. . ."
Qu barbaridad! Y qu ms queremos? coment Hc-
tor.
Noldin. Este es un gran moralista de Austria. Bueno. Dice
ms o menos lo mismo... Gersn! Aqu est el piadoso Gersn
a quien algunos atribuyen el libro de la Imitacin de Cristo. Oiga
usted lo que dice en sus Diez consideraciones tilsimas a los Prn-
cipes: "Si el soberano hace sufrir a sus subditos una persecucin
manifiesta, obstinada, efectiva, entonces se aplica esta regla de
Derecho Natural: es lcito rechazar la fuerza con la fuerza. . ."
Ya lo ve! Es evidente, pues, si las Decretales de Juan XXII a
cada paso lo repiten: " / Vim vi repeliere omnes leges omniaque
jura permittunt!"
El Padre volvi a leer en la tarjeta el nombre y las citas de
otros libros.
Pero, para qu lo canso? dijo, por fin, cerrando el libro
que en la mano ya tena.
No, Padre! Al contrario! le interrumpi Hctor. Esas
citas me levantan sobre todos los prejuicios y sobre todas las

193
pusilnimes aberraciones que encuentre en lo futuro. Siga usted,
Padre; siga usted. Lea todo lo que quiera.
Bueno! Aqu tengo muchos anotados... Este! Meyer!
Instituciones de Derecho Natural... es canela! Oiga noms:
"Como todo individuo tiene derecho innato de proveer a su con-
servacin, y por tanto, de defenderse a mano armada contra un
injusto agresor, as tambin un pueblo est dotado del mismo
derecho esencial... El derecho de defensa se extiende a toda cria-
tura racional, y por tanto, a par o a fortiori, a una personalidad
humana colectiva. Por tanto (aqu el Padre fue recalcando las pala-
bras), siempre que un abuso tirnico del poder, no transitorio,
sino continuado, vaya reduciendo constante y sistemticamente a
un pueblo a un extremo tal que manifiestamente le conduzca
a la ruina, por ejemplo, cuando se trata de conjurar un peligro
que amenaza a la patria o cuando urge salvar de una ruina cierta
los bienes supremos y esenciales de la nacin, en primer lugar,
si se trata de salvar el tesoro de la verdadera fe, entonces, de
acuerdo con el Derecho Natural, a una tal agresin se puede
oponer una resistencia activa, elevada al grado que lo exijan la
causa y las circunstancias. .." Qu tal?
Caramba! As se habla!
Espere, no he terminado la cita. Oiga lo que sigue: "La
Sagrada Escritura nos da un ilustre ejemplo de este linaje de defen-
sa en la historia de los Macabeos. . . Cualquier grupo de ciuda-
danos, aunque no constituya una persona moral completa ni un
ente social orgnico, en virtud del derecho natural inherente a
cada individuo, puede, en caso de extrema necesidad, hacer el
llamamiento a las fuerzas de todos, para oponer a la opresin el
frente slido de una resistencia colectiva". Instituciones Juris Na-
turalis, edicin de 1900, nmeros 531 y 532, para quien guste
precisar la cita. Qu le parece, amigo? Y diremos que mis doc-
trinas son nuevas y avanzadas?
Y el Padre cerr con garbo el libro, levantando satisfecho la
cabeza.
Pero esos libros tienen la censura eclesistica? pregunt
Hctor asombrado de la claridad.
La tienen y muy que la tienen contest el Padre Arce.
Estos libros se estudian en los Seminarios de todas las naciones,
y no hoy tan slo, se estudiaron siempre. Y si usted, en los exme-

194
nes de las Universidades, en Roma, en Pars, en Friburgo, en Ins-
bmck, en Comillas, en Lovaina, no sabe esta doctrina, lo reprue-
ban porque lo reprueban...
Son escritores jesutas, verdad?
Jesutas y no jesutas! Asmbrese usted! Le voy a presen-
tar uno que no lo es y que, a pesar de no serlo, es figura de
primersima magnitud: Santo Toms! Usted sabe quin es San-
to Toms? Santo Toms de Aquino? Pues si les explicramos
a los meticulosos todo lo que dice en el segundo Libro de las
Sentencias, distincin 44, y lo que dice en la Suma Teolgica,
por ejemplo, en la Secunda Secundae, cuestin 40 y siguientes; y
lo que dice en el famoso opsculo De Regimine Principum, se
desmayaban, amigo mo, se moran de miedo ante su claridad. ..
Porque Santo Toms no se anda con remilgos. El sencillamente
declara al tirano despojado de todos sus ttulos, y dice explcita-
mente que la guerra contra l no es sedicin. "El sedicioso es el
tirano", dice con su acostumbrada brevedad y precisin. Y todos
esos aspavientos que usted oye de que hay que conservar la paz
y de que hay que poner la otra mejilla, todos los encuentra us-
ted ah rotos, machacados, pulverizados en el mortero de la lgica:
todos, absolutamente todos. Cita, si mal no recuerdo, las palabras
de San Agustn, otro que me falt: "Hacemos la guerra precisa-
mente por obtener la paz. Demuestra que eres pacfico entrando
a la guerra, para que venzas al enemigo y lo hagas entrar por el
camino de la paz". Ah tiene usted! Santo Toms, en plena
Edad Media, poniendo sobre el candelabro las palabras del gran
santo padre de los primeros siglos, . . , los grandes sabios ecle-
sisticos recogiendo ese torrente doctrinal de la tradicin entera
y brindndolo a la Iglesia entera en las fuentes de todas las Uni-
versidades, y nosotros, en Mjico, asustndonos todava de la pa-
labra y hasta de la idea de una defensa armada. . . No, esto no es
posible! Esto nos colocara en el nfimo nivel intelectual.
Y el Padre Gabriel, agitado, sudoroso, rendido, emocionado,
comenz a recoger tarjetas y libros para colocarlos en sus puestos.
Hctor senta sobre su cerebro toda la plenitud de aquella doc-
trina tan digna y tan humana. Todos los rayos y los fuegos del
Sina atronaban su mente, modelando en ella el grito de los aven-
tureros de Clermont: "Dieu le veut!" "Dios lo quiere!"

195
Perdneme, mi buen amigo! dijo al fin el Padre Arce.
Le he calentado mucho la cabeza, con esta soberana lata.
Ms me ha calentado usted el corazn respondi Hctor.
Pero todos esos largos discursos y todos esos gruesos libros
estn encerrados en estas sencillas palabras, que bastan para ilu-
minar a medio mundo: Dios no nos quiere borregos, sino leo-
nes! No somos los secuaces vergonzantes de un Cristo mendi-
go: somos los vasallos inmortales de un Cristo Rey... !
Bravo, Padre Arce! Eso se llama financiar moralmente el
movimiento!
Qu barbaridad! Son las doce y tres cuartos de la noche...
Ahora que me acuerdo, tenga esos veinte pesos, que a usted le
pueden servir ms que a m, y ahora, a casa, a dormir y a soar
con los angelitos...

196
XXV

ASI PAGA EL DIABLO

ENCANTADA DE LA VIDA se haba quedado Consuelo la noche que


acompa a Hctor a la estacin de Zacatecas, en la penum-
bra de las callejas desmanteladas, con la guardia de corps de dos
muchachos de poco juicio y de muchos bros, y el recuerdo re-
tozn de la amarrada solemne que acababa de darse con quien
menos hubiera imaginado en tiempos de paz.
Los dos payasos mozalbetes, felices de cumplir cometido tan
suave como el de llevar a Consuelo a su casa, "y chitn!", como
les haba ordenado Hctor, se sentan unos Quijotes de a pie,
con una misin brava y caballeresca a la vez que cumplir: la
de conducir sana y salva a la noble dama hasta su grave seorial
castillo, dispuestos a rechazar con esforzado brazo al endriago co-
barde que hubiera osado atrepellarla...
Luisillo fue el primero en aprovecharse, lisa y llanamente, de
la ocasin.
Consuelito le dice: lo que es ahora no la dejamos sin
irnos antes a tomar juntos una copa de nieve...
Bonito impertinente de muchacho! respondi riendo Con-
suelito. Y dnde dejas el boycot?
Ay, Consuelito!... Si ya no aguanto, si ya tengo ganas de
cualquier cosa. Yo creo que unas vacaciones de boycot no nos,
hacen mal, y maana le seguimos duro...
Ya cenaron? pregunt Consuelo.
No! respondieron al unsono los dos muchachos.

rallo. Era Juana Gallo una mujer hombruna y valentona.


Casada
Entonces vamos a tomar enchiladas en el puesto de Juana
Gallo.
de

197
joven con un perdulario, le haba ella metido una paliza a l a la
primera borrachera y lo haba corrido de su casa, se haba luego
plantado su delantal, arremangndose las mangas y dedicndose a
ganar la vida para s y para el desperdicio de muchacho que le
qued, trabajando da y noche entre humaredas de ocote y chi-
rridos de fritanga. ..
Su fonda consista en una mesa sin pulir, afianzada con cuas
en las patas a la orilla de la banqueta en plena calle, con unos
bancos largos de tabla sin respaldos, un mantel garigoleado, unos
platos de filete azul, dos aparatos de carburo y un braserillo de
carbn: todo a la intemperie, expuesto a lloviznas y ventarrones;
condenado al fisgoneo y la charla eterna del gendarme de la es-
quina, en tiempos de paz, y a los agazapamientos y correteadas
a balazos, en tiempos de guerra. Catlica como la que ms, era
Juana Gallo la ms salidora y respondona en cuestin de Iglesia.
Solan los soldados de los cuarteles vecinos frecuentar su msero
restorn. Unas veces la robaban, otras veces ella los robaba a ellos.
Y siempre les regaaba y maltrataba, ya en sus espaldas, ya en
sus narices, sobre todo desde que la cuestin religiosa la tena
puesta en ascuas.
Ah estaba aquella noche, con su peinado tirante, como jicara
-de azabache, y sus dos trenzas escurrindole largas por la espalda,
a la moda china.
Lleg Consuelo y sentse muy campante con los dos afortu-
nados pajes. Llam cerca a Juana Gallo; en dos palabras la meti
en el secreto del incgnito y, por ltimo, le pidi las enchiladas.
Consuelo pic finamente su plato, casi sin tomar nada. Los dos
muchachos se despacharon con generosidad.
Era de notarse que entre bocado y bocado, y aparentando Jim-
piarse los labios con la servilleta, Luisillo, con los ojos, con la
frente, con la boca y hasta con las manos, haca frecuente y re-
petidamente unas seales angustiosas al compaero que haba
quedado enfrente. . . Este, por su parte, haca todo lo posible
por no darse por entendido. Acercbase ya el fin de la rstica
cena, y creca tanto el afn de Luisillo de transmitir seales al
frontero, que la conversacin se resenta y comenzaba a ser des-
mayada y floja. .. Hasta que el muchacho de enfrente, menos pun-
donoroso que Luisillo, opt por cortar por lo sano y definir de
una vez una situacin oculta que se haca insostenible; y al si-

198
guente aspaviento mudo que Luisillo le hizo, contest con toda
la boca.
No traigo!
Luisillo se qued helado, y maltrat a aquel bruto con los ojos:
el pastel estaba descubierto.
Consuelo la pesc al vuelo y sonri:
No se apuren, muchachos les dice. Yo les presto. .. Pero
me pagan.
Seguro que pagamos! contest Luisillo agarrando la mos-
ca. Y esta noche misma!
No estoy muy urgida, puedo esperar lo que ustedes gusten.
Cunto quieren?
Viendo ya el cielo abierto por aquel agujero, Luisillo levant muy
garboso la voz y pregunt:
,; Cunto le debemos, doa Juana?
Doce reales, nio! respondi la buena mujer.
Consuelo abri su bolsito, de l sac un fino portamonedas de
cuero marroqu y de ste, tomando dos pesos, le dice a Luisillo:
Toma! Y que lo coja todo!
Dios le d el ciclo, nia fue la respuesta de Juana Gallo,
que se mir bien retribuida.
Y los dos brujas siguieron toda la calle, haciendo los honores a
su esplndida capitana.

Llegaban a la calle del Correo, cuando lo primero que descu-


bren en la puerta principal de la casa de Consuelo es un grupo
de soldados tranquilamente ah apostados.
Estn en mi casa! dijo suavsimarnente Consuelo, agitando
nerviosamente el brazo de Luisillo.
Sangre fra, y nos pasamos de largo! respondi ste.
Y se pasaron de largo, casi codendose con los soldados, que
parecan no tener otra consigna que estorbar la puerta.
Qu hacernos ahora? pregunt Consuelito, ya lejos de la
escolta.
A casa de doa Soledad! y se encaminaron a la casa de
la madre de Hctor.

199
Ah estn tambin! dijo el compaero de Luisillo, al mirar
en la calle del Gorrero otro grupo de soldados.
Qu pasar, Dios mo? se pregunt Consuelo angustiada.
No caba duda. El paso de Hctor por la ciudad haba sido
olfateado por buen sabueso. ..
Los tres viandantes siguieron calle arriba. 'De la calle de Go-
rrero lleg entonces hasta ellos un confuso gritero salpicado de
estallidos de ltigos y de chiflidos.
Muchachos...! Tengo miedo! dijo Consuelo con inge-
nuidad.
Vamos a mi casa! resolvi Luisillo, y apretaron los tres
el paso.
Por una de las calles del trnsito que a Consuelo parecan de
a legua tropezaron de nuevo con Juana Gallo, que, ya de vuelta
de su trabajo, a la puerta de su vivienda, investigaba qu vientos
corran en aquella noche de improvisadas zozobras...
Nia Consuelito! Por Dios!. .. Ya no ande por la calle.
Pues si estn los soldados en mi casa. ..
Pues mtase aqu, no faltaba ms... ! Adentro, que aqu
primero me arrastran que tocarle a usted la ropa. . . !
Y Consuelo, empujada por los muchachos, se meti con ellos
en la humilde vivienda de la fondera. Y se sent en un banquillo
de tres patas, ms intranquila y nerviosa que si supiera de cierto lo
que estaba sucediendo.
Luisillo, una vez acomodada Consuelo, exclam: No, amigo!
Estos encerramientos no se hicieron para nosotros. . . Qu
Chihuahua! Vamos a explorar.. . !
Y los dos se quitaron las chaquetas, y en mangas de camisa se
echaron a la calle, mientras Consuelo, sumida en horribles temores,
quedaba encerrada a piedra y lodo en aquel cuarto redondo sin
pasillo y sin vestbulo. ..
Qu era lo que suceda?

Aquella precisa noche el descamisado Pelotes haba recibido


la orden de organizar una manifestacin "en pro de la viril acti-
tud asumida por el general Plutarco Elias Calles" contra los frai-

200
les encogidos y las monjas espantadizas. Gomo los campesinos de
la regin se haban mostrado esquivos al llamamiento y urga
que se llevara a cabo la manifestacin, fuera como fuera, Pelotes
se lanz a la pantomima, pues los jefes y oficiales de la guarni-
cin le tronaban impacientes los dedos.
Pelotes, pues, que tambin gozaba de facultades extraordina-
rias para el caso, lo arregl todo en un dos por tres. Mand traer
de la crcel a los diez y seis borrachos del domingo anterior, se
trajo del cuartel veinte soldados envueltos en sarapes para darles
apariencia de "ceviles", se consigui cincuenta antorchas de me-
cate retorcido impregnadas de aguarrs, se invit a todos los chi-
quillos, limpiabotas, papeleros y vagos, cada uno con su ocote;
a toda esa longaniza bullente y pringosa se le puso delante una
descubierta de gendarmes con tambora y platillos, detrs la m-
sica del regimiento, y ah tienen ustedes el ncleo de la mani-
festacin que, cuando los vecinos menos se lo esperaban, sali por
calles arriba y calles abajo, con gran alboroto y tropel, llevando
tras de s a cuanto curioso encontraba por plazas y esquinas.
La rechifla y los gritos, en alto diapasn, de estos manifestan-
tes fue lo que oy Consuelo en su camino. Las teas y los sarapes,
las piruetas y contorsiones fue lo que vieron de cerca Luisillo y el
otro en su viaje de exploracin.
El discurso. No poda faltar. En la esquina de la calle Morelos
subi el orador. Era el Capitn Caravantes, el intelectual de la
comparsa. No vale la pena historiarle... La marcha se reanud.
Al pasar frente a la casa del Padre Martn, el borracho "Fan-
farrias" peg un grito:
Que vuelva a hablar Caravantes!
Zas, pues contestaron otras voces carraspientas.
Caravantes se trep de nuevo sobre el camin de la Jefatura y
pregunt:
Pues qu quieren que diga?
Pues ah un discurso al Padre Martn, que aqu vive con-
test "Fanfarrias".
Caravantes comenz en seguida, como si le hubieran dado
cuerda!
Cura t a l . . . ! Hijo de la trompada! Ya se te acab el
machete, retiznado! Ahora con Calles se vinieron las de boca

201
abajo.. . ! Asoma los cuernos, si eres tan hombre, para que veas
lo que es el pueblo desfanatizado. .. Verdad, muchachos?
-S! contestaron Pelotes y "Fanfarrias", haciendo punta.
S! corearon algunos borrachos y soldados disfrazados.
Los chicos se conformaban con silbar sin saber a quin.
Compaeros! continu Caravantes. Qu viva la Revo-
lucin !
Que vivaaaa!
Mueran los obstructores!
Muerannnn!
Viva el Piesidente de la Repblica general Plutarco Elias
Calles!
Viva. .. ! Viva. . . ! Ah. . .!
Mareado ya por el entusiasmo, Caravantes no tuvo palabras
de mayor relieve, sac la pistola y dispar al viento unos balazos.
El alboroto lleg al colmo. "Fanfarrias", hecho un loco, levant
un grito arrollador:
Muchachos, atasqense ahora que hay lodo... ! Sganme!
Adentro, pollos pelones, que les van a echar su miz!
Y sin ms ni ms, a lo ciego, a lo bruto, como un ro que sale
de madre, se echaron sobre la puerta de la casa del Padre Mar-
tn, subiendo la escalera en medio del ms horrendo estrpito. . .
El Padre Martn paseaba sus babuchas bordadas de oro vie-
jo por todo lo largo de la sala, reconstruyendo, sonriente, el es-
pantoso aplasten que haba dado a Hctor. Entrbase ya en la
alcoba, quitbase la bata, y comenzaba a desnudarse para acos-
tarse, cuando la gritera de la calle le hizo entreabrir el postigo
y darse inmediata, perfecta cuenta de lo que pasaba.
Temeroso de mayores daos, sin atreverse a bajar hasta la
calle, se haba conformado con cerrar, con cuanta tranca y cadena
encontr, la puerta de su departamento. Y, cogido del telfono,
haba rogado a la telefonista que le localizara al general Snchez
por lo que pudiera suceder. En esto tronaron en la calle los vivas
y los balazos, que pusieron los pelos de punta en la cabeza de
chorlito del Padre Martn. Oy luego el tamborazo de la cana-
lla sobre la puerta de la calle y el tropel consiguiente en la es-
calera. Entonces se abalanz al telfono, comunicndose con el
Club de la Bufanda, en donde saba que el general, en aquellos
momentos, tiraba sus albures prohibidos.

202
Necesito con urgencia hablar con el general..., pero pron-
to!"'dijo al conserje.
En la puerta de la primera sala resonaron en aquel momento
los golpes ms desaforados y las voces ms destempladas. El Pa-
dre Martn retorca con furia la manilla del telfono, y auscultan-
do el audfono con ansiedad, pesc la voz del conserje, que dijo:
Qu quin es y qu quiere?
Dgale que soy su amigo el Padre Martn, que pido auxi-
lio, porque me estn asaltando.. . ! tal solloz, que no dijo.
El traquidazo de unas tablas rajadas lo hizo entonces estre-
mecerse, luego dos o tres golpes secos, despus confuso vocero,
chiflidos, tintineos de cristaleras volcadas y hechas aicos, todo a
dos metros de distancia, ah, en la misma sala, separada de l por
una sencilla hoja de madera.
Ya estn aqu! clam el Padre Martn pateando el sue-
lo y sacudindose de pies a cabeza, a la vez que se sangraba casi
la oreja con los bordes del audfono.
La ansiada respuesta del Jefe de las Armas lleg tambin en
aquel momento desesperante, y fue transmitida fielmente por el
conserje o por algn otro aprontado:
-Dice el general que vaya el Padre Martn a tiznar a su madre,
que l no tiene ningn amigo cura...
El Padre Martn palideci de rabia, de vergenza, de miedo,
de todo, y arroj el audfono al diablo, como quien se sacude al-
guna sierpe venenosa. La irrupcin de los forajidos era ya un
hecho. Todo estaba perdido. Unos segundos ms, y l mismo se-
ra arrollado. .. Temblando todo cuanto era, fulgurantes los ojos
de ansiedad, trmulo el labio de congoja y agarrotados los miem-
bros, arrebat del perchero una cachucha y un saco gris, agarr
del fondo de la cmoda una gruesa cartera con valores, y sin enco-
mendarse ni a Dios ni al diablo, en el momento mismo en que
ya trepidaban puerta y tabique con los empujones de la horda, el
Padre Martn brinc por la ventana interior, rod por el tejado,
cay de bruces en otra azotea, salt a una azotehuela, y, dando
zancazos por una escalera de casa de vecindad, cay al patio de
la misma y fue a dar, por fin, a la calle de la parte opuesta, todo
magullado, ensangrentadas las manos, castaetendole los dientes,
amarga la boca, rasposa la lengua, desjarretado el cuerpo, rasgados

203
los pantalones, y golpendole el corazn como una maza, que le
produca retumbos en las sienes y vahdos en la cabeza. ..
En medio de la oscura calleja, el desgraciado victimado se cal
la gorra y se enfund en el saco gris. Tentaleando, bambolendose
como un borracho, lleg al final de la calle y fue derecho a buscar
refugio, a dnde?, a la casa de su amigusimo Sobern.
La casa estaba cerrada de alto a abajo. Ni un postigo, ni una
rendija, ni una lucecilla. El Padre Martn llam y esper, anhe-
lante, jadeante, sudoroso.
Nada. Volvi a llamar.
Quin es? pregunt, al fin, una sirvienta desde el interior.
El Padre Martn! Por favor, que me andan persiguiendo!
contest, dndose ya por liberado.
La puerta qued cerrada todava. El Padre Martn volvi a
esperar, ya ms resignado, limpindose el sudor fro que baaba
an su frente, y pasando revista a los raspones y magullones del
robusto cuerpo... Por fin, ya vienen a abrir! Gracias a Dios!
La criada, en efecto, volvi. Pero no abri. Se conform con
darle, por el ojo de la llave, este recado sencillsimo:
Que dice la seora que no le puede abrir, porque se com-
promete! ...
Ante aquel supremo desengao, el Padre Martn sinti que le
faltaba la vida. Se cogi de la pared. La tierra temblaba bajo sus
pies. Una oscuridad completa le envolvi, como si le vendaran los
ojos. Maltratado, humillado, avergonzado, debilitado, abandona-
do en medio de aquel desierto de ciudad, el Padre Martn no pudo
ms, no pudo ya sostenerse en pie, se inclin poco a poco hasta
tocar el suelo con las puntas temblorosas de sus dedos; al fin, se
sent sobre la orilla vil de la banqueta, sac un pauelo y rom-
pi a llorar. .. La imagen de Hctor, noble, gallardo y valiente,
se pos en aquel momento frente a su espritu, como un genio
amenazador que le echaba en cara la crueldad de sus recientes
aberraciones...
Dos jvenes pasaban por la calleja. Se acercaron, lo recono-
cieron. Eran Luisillo y su compaero. Ya lo saban todo. Lo ha-
ban visto todo. Levantaron al sacerdote. Lo animaron, lo conso-
laron y le invitaron a guarecerse en la casa de ellos. El Padre
Martn no acept. Slo permiti que lo acompaasen al Hotel

204
Francia, en donde se instal aquella noche, en la cual tom la
resolucin de "abandonar la infeliz tierra y botarse para los Es-
tados Unidos". Y al siguiente da, en la hora cruda de la ma-
drugada, sin volver los ojos a su barrio, como los fugitivos de Pen-
tpolis, con todo y sus babuchas de oro viejo, tom el camino
de la estacin, sin ms equipaje que su fajo de billetes y va-
lores.
Todava estaba muy oscura la maana. Haca fro. El Padre
Martn tiritaba dentro de su chaqueta gris y sus amplios panta-
lones desplanchados.
Cerca de la estacin encontr una mesa de fondera, iluminada
tristemente con carburo. El Padre Martn, dando al traste con
todo puntillo de pundonor eclesistico, se sent a ella y pidi
un caf.
La muchacha que le sirvi tena todo el aire de gran seora.
Fina, bella, distinguida. El quiso reconocerla. Ella le reconoci
primero. Se le acerc, y casi en el odo, le dijo:
Qu le pasa, Padre Martn?
Era Consuelo la que hablaba! Tras una noche de zozobras
y desvelos, refugiada en el cuarto de Juana Gallo, sala con ella
a ayudarle en la ruda faena matutina. ..
El Padre Martn le cont todo. Consuelo ya lo saba tambin.
Despus el Padre Martn, como quien rompe el dique a un se-
creto que atormenta el espritu, le pregunt, meticuloso:
Y Hctor?
Se fue anoche mismo respondi Consuelo.
No te cont nada de m?
Nada!
Pobrecito! Qu mal lo trat!
Y limpindose las lgrimas de sus ojos, cont a Consuelo los
pormenores de la entrevista.
As termin su desayuno. El tren para El Paso estaba por llegar.
El Padre Martn se levant pesada, tristemente... Ya un poco
separado de la luz, llam discretamente a Consuelito. Ella se acerc.
El le pregunta:
T le escribes a Hctor?
S contest Consuelo; le escribir.

205
Son el silbato del tren que cruzaba ya por la falda de la Bufa.
Haba que apresurarse.
Entonces, cuando escribas...
Consuelito aprest el odo con toda atencin.
El Padre Martn, ahogando un sollozo, termin la frase:
. . .dile a Hctor que me perdone... !

206
XXVI

F I A T !

LA MISIN DE HCTOR HABA SIDO FECUNDSIMA.


Desde los puntos ms remotos de la sierra de Oriente haban
venido hasta l caudillos ignorados, rancheros de pelo en pecho,
todos gigantescos, frreos, calludos; ansiosos todos de obrar, de
luchar, de sacudir la modorra ignominiosa.
Segn el propio decir de ellos, eran todos hombres de mucho
partido, cristianotes, honrados y prestigiados a carta cabal; va-
lientes como leones, maosos como coyotes, aguantadores como
muas, fieles como perros, vivos como ardillas: todas las cuali-
dades de la fauna con que convivan, cualidades elevadas por una
razn naturalmente despejada, y centuplicadas por una fe reli-
giosa raigada como las races del roble.
Muchos tenan armas y parque; todos, caballo; muchos, gen-
te; todos, ganas. Las manos les hormigueaban desde que los "her-
manos stos" les haban quitado a ste su vaquita, a aqul BU
mujer, a quin su maicito y a quin su tierra de sembradura. . .
Y aquel hormigueo se haba convertido en sacudimiento general
desde que se encontraron con que no haba Misa y con que el
Cura tena que andarse escondiendo.
Hctor haba palpado este entusiasmo popular, maduro y en-
raizado, en todos los lugares recorridos en su gira. As en las se-
rranas de Bayacora y Mezquital, como en las polvosas llanuras de
Mapim, en las grises lontananzas de Chihuahua, como en los
abrasados bajos de Coahuila y Nuevo Len.
Ah! pensaba Hctor. Si tuviramos dinero! Si no nos
viramos obligados a entrar en la lucha sin ms fuerza que la

207

H15
de nuestra fe, sin ms arma que la de nuestro brazo, sin ms vida
que la de nuestro pecho.. . entonces la mutacin sera rpida.
Hctor no se haca ilusiones. Saba con lo que contaba: con
puados de hombres resueltos, eso s, en toda la Repblica. Y
noms! Pero as deba comenzarse, porque era preciso comenzar,
y pronto; porque ya estaban algunos infelices ensartados en las
montaas de Michoacn y Guanajuato, resistiendo solos, abso-
lutamente solos, el empuje formidable de todo el fuego ardiente
de los caones de Galles, y el quietismo helado de los catlicos
indecisos. As deba comenzarse: con esos puados de hombres
casi desnudos, casi desarmados. Esos grupos se agitaran simult-
neamente, dividiendo en parte infinitesimales al ejrcito de Ga-
lles; esos grupos iran despus consolidndose, condensndose, ro-
bustecindose, organizndose en corporaciones formales, hasta for-
mar el nuevo ejrcito de lnea, el ejrcito del pueblo catlico,
que reprimiera la osada brutal de los tiranos, para plantar sobre
el pedestal vaco a la ciudadana honrada e inteligente. El xito
era indefectible. El espritu entero que Hctor haba visto y toca-
do en el Norte de la Repblica vibraba con mayores bros an
en los Estados de Zacatecas, Michoacn, Aguascalientes y Jalisco. ..
Jalisco! Bien saba Hctor cmo trabajaba Jalisco! Con Ja-
lisco en accin, bien poda ya confiarse en la rpida victoria.
Y si los otros no "jalan"?
Este era el temor que sobrevena de cuando en cuando a Hc-
tor. Pero no fue nunca de cristianos suponer el mal sin pruebas.
Todos prometan: no podan ser tachados de miedosos. Mucho me-
nos de perjuros.
Las noticias de Paracho, en medio de su sensacionalismo, eran
cada vez ms angustiosas. Los valientes de don Toms Anzures
no se haban dejado tocar un pelo de la ropa; pero enviaban reca-
dos desesperados urgiendo a los dems a secundarlos, pues Galles
ordenaba ya contra ellos la marcha de fuertes columnas tradas
de todas las regiones no alteradas. . .
Con todas estas impresiones y excitaciones encontramos a Hc-
tor ya de retorno. Jugndose la vida minuto tras minuto, se ha
instalado en el pueblo de Guadalupe, cercano a Zacatecas, perdido
y olvidado, bajo un rasposo uniforme de vaquero, tirando con toda
presteza y discrecin sus ltimos planes, pues el compromiso est
tomado; a l le toca "brincar" ah.

208
En la ciudad de Zacatecas, mientras tanto, parece haber pa-
sado la racha del pavor de aquella noche memorable. Los solda-
dos han vuelto a sus cuarteles. Consuelo ha vuelto a su casa.
Slo la del Padre Martn queda an abierta y tirada, ad perpe-
tuara rei memoam.
En este estado de cosas, parece de pronto que las mismas chi-
cas piadosas se han olvidado del boycot, de la persecucin y de
todas las tristezas; as salen de enfiestadas y alegres a un famoso
da de campo que parte en dos el luto catlico, tan rigurosamente
hasta ah observado.
Consuelo est ah! Qu escndalo! Con un sombrento de
paja en la cabeza y una mandolina en las manos, esperando, ini-
cua!, que un muchacho monte en el burro que espera, somnoliento,
tan preciosa carga...
Gente verstil e inconstante! Quin haba de decir que aque-
llas mismas jvenes que haban resistido hasta los navajazos del
general Ortuzar en los vestidos negros iban ahora a sacudir el
luto y a escandalizar a la luctuosa ciudad con semejante alga-
zara? Ligerezas de juventud que entristecan a los buenos y ha-
can frotarse de jbilo las manos a los perseguidores!
Pero aquello no tuvo remedio. La vistosa caravana de treinta
o cuarenta borricos, adornados con flores y guirnaldas, con otras
tantas muchachas a horcajadas en ellos, se puso en marcha solem-
ne. Qu enfiestada se iban a dar! Y luego con tanta impedimen-
ta, cmo llevaban canastas y ms canastas y costales, con quin
sabe cuntos ricos comestibles y guitarras, y mandolinas, y, para
que no hubiera duda que se bailara de lo lindo, un montoncillo
de petimetres, todos muy restirados, lavados y planchados... Y
el boycot al cuerno!
Y pasaron frente a la Jefatura de Operaciones misma, para
darles en las narices a los oficialillos, que por boca de Caravantes
y de Pelotes correspondieron con tres o cuatro flores, a grito pe-
lado, desde los balcones de la oficiala.
No nos invitan, lindas?
No! contest coqueteando una gordita. Aqu no rifan
los melitares. Aqu las purititas ceviles.. .! Arre, burro!

209
Y bajaron, por fin, la horrible pendiente que conduce a la
aldea de Guadalupe, en donde se ergua el viejo convento francis-
cano, grave y macizo, testigo mudo de la ruda labor de los anti-
guos misioneros.
La caravana hizo alto. Algunos rancheritos, inmviles, miraban
desde lejos a las catrinas aquellas que se iban a divertir tan en
paz. . .
Consuelo les grit:
ndenles! Vengan a bajarnos!
Los rancheros, caminando despacito, con el ancho sombrero cado
sobre la frente, se acercaron, y abrazando muchacha por muchacha,
las pusieron en el suelo, quedando rada una con las riendas de
su burro en las manos.
Hctor estaba ah. La talluda indumentaria de vaquero le im-
pona toda la silueta de un gaucho soberbio de las Pampas. El
se encarg personalmente de bajar a Consuelo, con todo el amor
que esa mujer le mereca y con toda la discrecin que razones
escondidas pedan.
Ella, al deslizarse entre sus brazos, le dijo al odo:
Juana Gallo trabaj muy bien!
Metieron los muchachos mismos los borricos en una casa de
labriegos. Consuelo y otras dos se encargaron de meter cestas y
saquillos y acomodarlos arrinconados en una sala apartada. Hc-
tor mataba el tiempo en los corrales quitando las albardas de los
jumentos. En el portal se escuchaba ya la algazara de las mucha-
chas que rean y de las mandolinas que rasgueaban. Consuelo y
sus amigas, terminada la faena, se incorporaron a la comparsa y
redoblaron el entusiasmo del jolgorio.
Pasada la comida de campo, a la hora pesada de la siesta,
mientras las muchachas, cansadas o rendidas, descansaban junto
a las trincheras de cestas vacas, Consuelito dijo a una de sus
ntimas:
Lolita, vamos a ver la huerta?
Lolita, sacudindose la falda, de un brinco se puso al lado de
Consuelo.
Nuestro pico vaquero trabajaba en la noria. Risueo y fres-

210
co era el hogar. Un toldo de emparrados y de higueras envolva
la plazoleta que rodeaba el pozo.
Levantando con una mano la cortina del follaje, hizo Consue-
lo su aparicin frente a Hctor. El rayo del sol que ilumin de
pronto el rostro de Consuelo hiri de rechazo, reflejado por sus
ojos de azabache, el alma y el cuerpo de Hctor, envuelto en la
pelambre de su disfraz. Lolita entr tras ella, y los tres se sen-
taron a la vera del pozo, en una dulcsima evocacin bblica.
Consuelo le dice Hctor. Conque no te olvidars de m?
Verdad? Ni un da, ni un momento?.. . Yo no s si es sta la
vez ltima que te mire y que te hable. Si lo es, estoy satisfecho.
S no lo es, nuestra prxima entrevista ser en los altares. Porque
yo no me siento completo ni entero si no cuento contigo como
carne de mi carne y hueso de mis huesos. ..
Consuelo no sonri, no respondi. Inclinaba la cabeza pensa-
tiva. Lolita se haca la disimulada, deshojando muy despacio las
flores de su sombrero.
Ests triste, Consuelo? prosigui Hctor. Yo tambin
lo estoy. Ahora comprendo perfectamente que esto es un sacrifi-
cio, un sacrificio duro, prosaico, como el ms vulgar y miserable
de todos los sacrificios. . . Ahora comprendo que son el deber y
la fe los nicos que nos impelen a dejar nuestra vida pobre, pero
relativamente tranquila y cmoda. . . Gloria humana? Qu glo-
ria nos puede venir si no llevamos ni la espada bruida ni bri-
llantes entorchados, si nadie se preocupar por nosotros; si los
ms nos tildarn de atrabancados y de imprudentes, y muchos
nos llamarn vulgares bandidos? Placeres? Cules? Si somos
apenas los que vamos a romper el fuego, a pasar das enteros
sin comer y noches completas sin dormir? Si somos los desti-
nados a vagar, como bestias, por las montaas, hambrientos y
desgarrados, mientras nuestra fe inquebrantable y persistente rom-
pe el tmpano de nuestros hermanos que no quieren or. . . ? Pero
[Link] aventura ya no se discute: es un deber; todas las grandes
luchas han comenzado as. Los arcos de triunfo se amasan con san-
ere de atrevidos. La torre de la victoria se levanta sobre las cenizas
de los fracasados. . . Yo puedo morir, yo puedo fracasar ; pero mi
fracaso ser leccin que perfeccione la tctica y no golpe que
mate la idea. La causa que defiendo, sa no puede fracasar. . . Yo
puedo caer, lo s; pero de mi propia carne desgarrada brotarn

211
nuevo espritu y nueva carne, y mi cuerpo muerto se transfor-
mar en cien cuerpos vivos mil veces ms firmes, ms conven-
cidos y ms valientes que yo... Por eso quiero perpetuarme iden-
tificado, Consuelo, contigo, que eres el alma de mi alma y la
fuerza de mis entraas.. . Por eso, por mi Cristo, por mi patria,
por mi causa, te amo a ti, mi dulce amiga, sostn de mis flaque-
zas, lumbre de mis carnes y de mi espritu... Por eso te amo hoy
ms que ayer y maana te amar ms que hoy... Por eso, Con-
suelo, siento temor de lo presente y tengo hambre de lo porve-
nir. .. Por eso te juro vencer o morir esta misma noche, y despus,
desafiando todos los peligros, llegar hasta tu hogar y tomarte de
l en nombre de Cristo y traerte a luchar conmigo para que
enjugues mi sudor en las victorias y en mis derrotas restaes mis
heridas. . . Te entristezco, vidita, te entristezco? No! No llores,
Consuelo! No llores! Djame romper en tu presencia la chapa de
mi alma. T estars a mi lado siempre, siempre, como el ngel pre-
cursor de la gran victoria, y de nuestra arcilla sacaremos, bajo la
mirada de Dios, el Hctor de maana que levante mi bandera, si
perece el Hctor de hoy... No me respondes, Consuelo ma? Va-
mos, nimo. He hecho mal entristecindote. No, ya no te entris-
tecer ms: mrame. Mrame rer, mrame entusiasta ante la brecha
abierta por tus virtudes y por mis locuras. . . Te habl de muerte y
de sangre. No! Todo es vida, todo es gloria! Gloria inmortal de
cruzados, vida inefable de mrtires... Marcharemos todos feli-
ces, radiantes de jbilo, bendecidos por nuestras madres, anima-
dos por nuestras novias, envidiados por nuestros ancianos, ungidos
por nuestros sacerdotes, protegidos por nuestro Cristo. . . Somos
muchos y somos fuertes. Somos invulnerables. Somos invencibles. ..
Consuelo, mame!, que en m amars al soldado de Cristo y al
hroe de la patria. .. !
Y aquella ninfa ntida de los cabellos negros ensortijados, de
las manos suaves y largas como lirios que se marchitan, la de los
ojos negros como la noche, ensombrecidos por pestaas como ma-
nojillos de flechas, reclin su rostro baado en lgrimas sobre el
pecho ardiente de Hctor... Aquellas lgrimas, como perlas des-
atadas, rodaban por la spera chamarra del noble vaquero, ador-
nndola como gotas de aljfar de reflejos irisados... Despus se
enderez con brusquedad y sonri, sonri al travs del velo de sus

212
lgrimas: sonrisa de iris en tarde lluviosa... Cogi entre las suyas
la mano de Hctor y exclam:
Eres bueno, eres muy bueno, Hctor mo! Fuerte, valero-
so, enrgico, duro, firme, inteligente, resuelto: por eso te amo!
T partirs a la montaa, yo quedar en la soledad; t sufriendo,
yo llorando. Maltratado t, despreciada yo; pero ambos firmes
y tenaces, invulnerables e invencibles, como t lo has dicho. ..
Tras tus primeras victorias... t triunfars!, yo me pondr mis
galas de nieve y mi corona de azahares, tomar en mi mano el
cirio encendido y te esperar con fe, pues estoy segura de que ten-
drs por m. .. Y la lucha seguir con sus toques de victoria y
sus nimbos gloriosos; pero en ella no estars ya t solo: yo
estar contigo. . . ! Y nuestra arcilla ofrendar a Dios un nuevo
Hctor, el Hctor de maana, por si sucumbe el Hctor de hoy. ..
Y si sucumbes, yo recoger tu espada y tu herencia de gloria, y
volar como herona por los campos de la fe, luchando por la
patria al mLmo tiempo que amamanto al hijo que resucite tus
proezas. . . Y maana, el da de la patria, cuando el pueblo entero
aclame feliz a su Rey Inmortal, entonces t y yo, Hctor y
Consuelo, como ngeles tutelares, asistiremos a los flancos del fu-
turo arco de triunfo; Hctor, el hombre, el hroe; Consuelo, la
mujer, la herona, y entrambos los creadores de la raza futura...
Enmudecieron aquellos labios de ngel. . . Despus Hctor y
Consuelo se confundieron en una amplia caricia. .. Lolita, testigo
impasible de aquel coloquio de querubes, slo escuch un suav-
simo "batir de alas", un dulcsimo "rumor de besos..."

Y al desangrarse el sol aquella tarde, tambin se desangra-


ban una vez ms los dos corazones amantes que se separaban
quiz para siempre. Consuelo, jineta en su pollino, rodeada de
muchachas vocingleras, pero aislada de aquel ruido en el fondo
solitario de su corazn; Hctor de pie sobre un picacho, figura
hspida de caudillo brbaro, proyectando su sombra agigantada
sobre el polvo del camino, solo, pero firme, contemplando la
marcha de la caravana risuea que le llevaba el corazn y le de-
jaba a l con el pecho desnudo frente al deber heroico... Despus,
a la vera de la alta roca que quiebra el camino, muchas manos

213.
que se agitaban; entre ellas una, la ms nerviosa, la ms fina, agi-
taba un pauelo con encajes. .. Hctor contest desde el picacho
aquella despedida, y baj al instante de aquel pedestal, para co-
menzar a subir desde aquel momento por la escala de su gloria
heroica...
A las diez de la noche de aquel mismo da, Hctor estaba
transformado. Vesta el guapo traje que Consuelo le haba trado.
Gruesa camisa de lana caf oscuro, pantaln de recio caqui, cinto
finsimo cerrado por hebilla de plata marcada con sus iniciales, -
severas botas de montar, una pistola escuadra pendiente del cinto,
dos cartucheras repletas de cartuchos, gracias a los ardides y
escamoteos de Juana Gallo; un sombrero de fieltro a la cabeza,
un pauelo atado al cuello y una cruz colgada sobre el pecho,
en la que Consuelo haba hecho grabar estas palabras: "Viva
Cristo Rey".
Sali Hctor silenciosamente de la casa y se encamin a la
puerta del Convento de Guadalupe. Ah le esperaba un fraile
franciscano, antiguo guardin, que haba logrado hasta entonces
burlar la vigilancia de las tropas callistas. El viejo fraile esperaba
a Hctor como "a un perseguido que quera confesarse". Tan
pronto como Hctor entr, el fraile cerr la puerta e hizo a Hc-
tor una profunda reverencia:
Pase su merc djole con grande cario.
Cruzaron en silencio el amplio claustro, negro y sombro. Un
ligero viento agitaba las hojas medio secas de los pltanos del
jardn. El franciscano caminaba delante, la capucha calada, los
pies descalzos.
No hay nadie en casa, Padre? pregunt Hctor.
Nadie. .. ! Slo yo he venido esta noche, porque me di
jeron que algunos hombres vendran a confesarse. i)
Y han venido ya algunos? I
S, ya han venido! Qu almas tan grandes!
Pues entonces, Padre, no vayamos tan lejos: confiseme us-
ted aqu. . .
El fraile se sent en un poyo de piedra. Hctor se arrodill a
su lado. La luz de un farolillo temblaba de emocin al iluminar
aquellas dos siluetas de fantasmas...
Hctor se reclin sobre la flaca rodilla del fraile e hizo con-
fesin general de toda su vida.

214
Padre le dijo antes de levantarse del suelo, ruegue usted
por m. Esta noche entro a la guerra.
La guerra en defensa de Nuestro Seor Jesucristo? pre-
gunt con plena tranquilidad el anciano.
S, Padre.
Benedictas Dominus Deus meus qui docet manus meas ad
praelium.. .! exclam el anciano sin inmutarse. 1
Padre, siento temor!
lili in curribus et in equis, nos autem in nomine Domini! *
Somos pocos!
-O ao autem fiebat sine intermissione ab Ecclesia Dei
pro eo. . .3
Caminamos a la muerte!
Qui perdident animam suam propter me, inveniet eam... ! 1
Mira, hijo mo, mira quin pronunci estas palabras. . .
Y le seal la gigantesca figura de Cristo Crucificado, que se
destacaba ya entre la obscuridad, en el centro del huerto, en medio
de los rboles tranquilos.
Gracias, Padre, gracias! A El le pido la fuerza.
Omnia possum in eo qui me confortat. . . 5 Cristo tambin
tembl, hijo mo, porque le amenazaban los traidores, porque le
abandonaban los miedosos. . . Cristo tambin camin a la muer-
te. Cristo tambin fue al fracaso, al fracaso del Glgota, cuando
todos se mofaban de El, porque no poda bajarse de la cruz. . .
Pero tras ese divino fracaso, al tercer da resucit. . ., et regni ejus non
erit finis. . .6
La oscuridad se disipaba. Pareca que aquellas palabras la pe-
netraban con su luminosidad. Las estrellas tachonaban, cintilan-
tes, el cielo lmpido, y su dbil fulgor envolva en tenusima luz
fantstica la oculta escena de dos almas
1
Bendito el Seor Dios mo, que adiestra mis manos para la lucha.
2
Ellos, en los carros y en los corceles; nosotros en el nombre del Seor.
3
Se haca continua oracin en la Iglesia de Dios por l.
4
El que perdiere su vida por M, la encontrar.
5
Todo lo puedo en Aqul que me conforta.
8
Y su reino no tendr fin.

215
Usted quiere comulgar, verdad? pregunt, al fin, el fran-
ciscano.
S, Padre respondi Hctor.
Pues ahora mismo.
Y el franciscano sac del pecho un grueso breviario, y dupli
cando su devoto continente, se acerc a la columna que en mitad
del jardn sustentaba la cruz de piedra con la estatua de Cristo.
Abri ah el libro, y de l sac un pequeo lienzo, que brill
como nieve en la sombra de la noche. . . De enmedio de aquel
lienzo tom una forma consagrada. . . Y murmurando una ora-
cin la present ante Hctor, que esperaba de rodillas:
Ecce Agnus Dei.. .
Padre! le interrumpi Hctor con la voz entrecortada por
un sollozo. Quiero hacer mi juramento.
El franciscano se detuvo reverente. Entonces, el gallardo jo-
ven, de rodillas, clavando sus ojos en la pequea Hostia inma-
culada, poniendo su mano izquierda sobre el pecho, cogi con la
derecha la mano misma con que el franciscano, temblando, sus-
tentaba el Sacramento, y & la. luz de las estrellas, a la brisa sua-
ve de la noche, pronunci este juramento solemne:
Yo, Hctor Martnez de los Ros, en presencia de Jesucris-
to mi Rey y Seor, por amor a la Virgen Santsima de Guada-
lupe y por amor a mi patria, juro solemnemente defender por me-
dio de las armas la perfecta libertad religiosa de Mjico.
Aquel juramento fue sellado por el mismo Cuerpo de Cristo,
que el franciscano coloc en los labios de Hctor, diciendo:
Corpus Domini Nostri Jesu Christi custodiat animam tuam in
vltam aelernam. Amen.
Levantse Hctor de ah, respirando fuego, como un len. Volvi
a la casa que lo albergaba. Algunos labriegos le esperaban. Todos
callados, silenciosos.
Estamos listos? pregunt Hctor.
S, mi jefe! contest uno.
Bueno! Aqu est el parque!
Y de entre el montn de bultos y cestas que las muchachas ha
ban trado en su paseo, sac Hctor algunas bolsas llenas de car
tuchos, y las distribuy entre aquellos hombres.
En nombre sea de Dios! dijo uno por uno al terciarse

216
los cordeles del saquillo, dejando ya asomar entre los pliegues del
sarape cada uno su carabina.
Ahora, compaeros, a luchar como fieras, que Dios est con.
nosotros dijo Hctor, y se ech a la calle con sus hombres:
eran ocho!
En Guadalupe no haba ni un soldado callista para remedio.
Hctor lleg a las afueras del pueblo, y lanz un silbido. Otro
silbido, de lejos, se escuch.
Ah estn!
En efecto, entre las bardas medio derruidas de los ltimos co-
rrales del pueblo se movan algunos bultos: eran los dems hom-
bres que haban prometido seguir a Hctor.
Son ellos! dijo ste.
Y el grupo aument. Eran ya treinta hombres
Ahora s! A los caballos!
De aquel mismo corral sacaron treinta vivarachos caballos en-
sillados, e inmediatamente, a buen trote, tomaron el camino de
Colorada.
Era la noche del 29 de septiembre de 1926, fiesta de San Mi-
guel Arcngel.

217
XXVII

MELENA HIRSUTA

D E AQUEL GRUPO de jinetes, veinte estaban desarmados. La pri-


mera obligacin de Hctor era dotarlos de armas, y no haba
otras armas que las del enemigo. Orden del da: arrebatarlas!
A las dos de la maana ya estaban nuestros hombres en el pue-
blo de Colorada, en donde deban realizar la ms audaz hazaa, si
xio queran ser triturados en tres das. Hctor la haba meditado
bien y planeado rrejor. Una guarnicin callista de cincuenta hom-
bres custodiaba aquella plaza, por entonces muy ajena de creerse
amenazada. Posaban los soldados de Galles en una antigua casa se-
orial, que haban arrebatado a sus dueos. Frente a la grave y
larga fachada de esta mansin se levantaban a trechos algunos ar-
bolilios, cada uno metido en alta pileta de ladrillo. Una plazo-
leta se tenda al frente, terminando en una calle estrecha que se
perda en direccin perpendicular a la fachada.
Ancho y alto era el zagun de la casa cuartel. A la derecha,
entrando, una puerta pequea daba acceso a una sala, entonces
ocupada por el cuerpo de guardia, y en seguida, a uno y otro
lado, se enderezaban tiesos, esquelticos, los bancos de armas, todos
llenos de carabinas pavonadas, nuevecitas. ..
El zagun terminaba sobre un patio, en torno del cual se ex-
tendan las dems dependencias de la casa: habitaciones, pasa-
dizos, corrales.
En el momento en que Hctor y sus amigos llegan a las go-
teras de Colorada, la guarnicin callista, cansada de jaranear en
honor de un capitn llamado Miguel, duerme profundamente en
las habitaciones interiores. En el cuerpo de guardia roncan cinco

218
soldados y un oficial. Slo a la puerta de la calle, iluminado por
el farolito del zagun, el centinela se da la suprema aburrida cui-
dando el sueo no bendito de aquellos malhechores inconscientes.
Hctor haba ordenado dejar los caballos en las afueras, y si-
gilosamente, con sus hombres, distribuidos por diversas calles,
se haban escurrido hasta las ms prximas inmediaciones del cuar-
tel. Protegido por la sombra de una de las piletas, uno de los
de Hctor se acerc a gatas, para cerciorarse si las condiciones del
cuartel y de la hora correspondan a los planes trazados. Todo estaba
en regla. Un centinela, despierto, a la izquierda; unos cuantos solda-
dos, dormidos, a la derecha, y en seguida, un montn de fusiles
a la disposicin. Los soldados, oficiales y dems semovientes apo-
sentados en las habitaciones y corrales interiores, eran ya cosas
de segunda importancia, de las que no valdra la pena preocu-
parse.
Sigilo absoluto; precisin matemtica: tal exiga la peligro-
ssima accin inicial. Cualquier ligero ruido, cualquier pequea in-
exactitud dara al traste con todo y pondra a Hctor y a los
suyos a merced de sus enemigos. Por eso Hctor haba estudiado
los menores detalles, previsto todo peligro de confusin, seleccio-
nado bien sus elementos y escogido para s el puesto de mayor
peligro y audacia. La orden del da: "arrebatarlas!", tena que
cumplirse.
Frente por frente de la puerta del cuartel, perdidos en la som-
bra de la calle que ah desemboca, coloc Hctor a cuatro de sus
hombres armados. Otros dos avanzaron agazapndose, hasta pa-
rapetarse a derecha e izquierda de la puerta, tras de las dos piletas
ms prximas, a seis metros del centinela.
Hctor presida personalmente la parte ms delicada de la ma-
niobra.
Sobre el lienzo de la pared tendida a la izquierda de la en-
trada, verdaderamente untados en el muro, protegidos por la som-
bra que ah es ms intensa, los ms osados se acercan poco a poco,
caminando de flanco, hacia la entrada, en donde el centinela los
espera de espaldas... Se mueven los asaltantes en este orden: ade-
lante, un gil minero, chiquitn de cuerpo, elstico de miembros,
valiente, pendenciero y pualista consumado, de reconocida fa-
ma. Se agarra a la pared, casi rozando con la espalda. Lleva los
pies desnudos para amortiguar todo posible ruido de pisadas. En-

219
tre sus dientes, grandes y blanqusimos, aprieta Ja hoja de un
acero corto. A ese valiente iniciador sigue el mismo Hctor, tam-
bin pegado a la pared, sin otra arma que la fina pistola en la
bolsa delantera del cinto. Despus de Hctor vienen dos hombres
armados de fusil, y tras de stos se arrebatan doce rancheros, sin
ms armas que un cuchillo en la faja.
Despacio, muy despacio, moviendo suavsimamente pie por pie,
pero conservando exactamente sus distancias, se van acercando
sigilosamente, fatalmente, inexorablemente, a la puerta en que ju-
garn de improviso todo el xito de la campaa futura. Los que
estn tras las piletas permanecen como piedras, conteniendo la
respiracin; as es de intensa la delicadeza del momento.
Cada uno de aquellos hombres tiene sealado con toda pre-
cisin su papel.
La rapidez y la serenidad sern el xito. La menor confusin
ser funesta. El momento es crtico, es terrible. El canto de un
gallo, el ladrido de un perro, una mirada de reojo del centinela
ser para ellos redondo fracaso.
De pronto, de entre las sombras que rodean al centinela sur-
ge una figurilla blanca, que parece caer sobre l y prendrsele
como leonzuelo. Se oye un suave rugido sofocado. La figurilla
blanca se inclina hasta el suelo. El centinela no aparece ms. Lo
que aparece, iluminado por el farolito, es la figura bravia de
Hctor, pistola en mano, que entra al cuartel y se planta en la
puerta del cuerpo de guardia, dando el pecho al interior, y tras
l los dos hombres del fusil, que atraviesan el zagun y se plan-
tan a la entrada del patio interior, y tras ellos, y con ellos, como
una avalancha de fieras, los doce hombres desarmados, que se
precipitan seis sobre el banco de armas de la izquierda y seis so-
bre el de la derecha, que en un abrir y cerrar de ojos coge cada
uno una brazada de fusiles, salen como brazo de mar y se abren
a derecha e izquierda de la calle con el preciado tesoro en sus
manos... La hazaa est consumada! Las armas han sido
arrebatadas! . . . El tropel de la entrada vertiginosa, el choque de
las carabinas unas con otras, hace despertar al oficial y soldados
del cuerpo de guardia. El oficial se descubre la cabeza sudorosa
y amodorrada, y sorprendido por la silueta del caudillo que se
dibuja en la puerta misma de la cmara, pega un grito esten-
treo :

220
Quin vive?
Viva Cristo Rey! contesta Hctor.
Dos disparos resuenan y dos balas se cruzan. Una roza el ca-
bello de Hctor; la otra parte la cabeza del oficial. El doble
estampido atruena el cuartel entero. Los soldados del cuerpo de
guardia se incorporan rasgundose los ojos:
' Quietos, o los mato! grita con fiereza Hctor.
La tropa toda, que dorma en el interior, sale como jaura de
las habitaciones interiores, se agolpa sobre el zagun; pero los
disparos de los dos fusileros ah apostados la hacen revolverse y
vacilar desorientada. Hctor y los fusileros salen a reunirse con
los suyos. Los callistas del cuerpo de guardia salen al zagun, y
los soldados de Hctor, desde las piletas, los rechazan a bala-
zos. La dems tropa, en tropel, amotinada, acude al zagun ya
libre de enemigos, requiere las armas y se encuentra con los ban-
cos desnudos:
Nos tiznaron!. . . Estamos desarmados! ruge un oficial.
Las dos corrientes de soldados, los del patio y los del cuerpo
de guardia, se chocan, se atarantan, se apretujan con la supre-
ma desesperacin de un ejrcito sorprendido, copado, desarmado.
Y cuando un oficial callista, sobrepuesto a la situacin, pretende
reorganizarlos dando un grito de "Adelante!", aquel grito se
pierde entre las detonaciones de los cuatro hombres que Hctor
haba dejado a la entrada de la calle. Es tarde ya. Los soldados
de Hctor, usando ya su nuevo armamento, empujan y machucan
a punta de bala a la masa hirviente de soldados embotellados, que,
entre codazos y patadas, blasfemias y maldiciones, logran, por fin,
retroceder hasta el patio y de ah escapar por los corrales interiores,
dejando muertos y heridos, municiones y bagajes en poder del
enemigo triunfante.
Media hora despus Hctor pasa revista a sus tropas inicia-
les. Son ya sesenta hombres, bien montados, bien armados, bien
municionados; todos ilesos, todos satisfechos: la primera lucha
heroica est realizada: Viva Cristo Rey!
El pnico haba envuelto a los vecinos de Colorada con el
fragor de la refriega. Al escuchar despus que una tropa armada
recorre la poblacin al grito de Cristo Rey, los vecinos comenza-
ron a asomar la cabeza cautelosos, y al cerciorarse de la gran nueva
de que aquellos nuevos soldados eran los defensores de los ca-

221
tlicos, el gozo estall, abrieron todos sus puertas y ventanas y se
echaron a la calle a aclamar a los vencedores. El sacristn subi
a repicar las campanas de la iglesia, y las mujeres de todos los
barrios los fueron a obsequiar con jaras de leche, con tortas de
pan, con huevos y con tortillas.
Llam entonces Hctor a los hombres jvenes del pueblo, y
les dijo:
Muchachos! El gobierno de Calles nos est matando nues-
tro cristianismo, y ahora vamos a defendeilo a balazos. Ya nos
dimos cuenta de que tenemos asaduras. Nosoos nos levanta-
mos anoche, ya ganamos la primera batalla. Comentamos ocho,
y ahora somos ya sesenta. En toda la Repblica hicieron anoche
lo mismo. Traigan sus armas y sus caballos y vnganse conmi-
go: ya noms ustedes estn faltando. Los que sean catlicos que
le entren.
Pues mi seor jefe respondi un viejo patriarca del pue-
blo; yo, la verdad, le hago el asco a la revolucin Se pasan
muchas noches sin dormir y hasta muchos das sin comer; pero
en tratndose de la causa, no hay ms remedio que entrarle. Yo
ah tengo mi carabina y me he tanteado que no me azorrillo. De
modo que soy de los suyos, y me voy a juntarle a los dems...
ndenles, hermanos! Al rifle!
Los pobres campesinos, desprevenidos, se miraban unos a otros.
El viejo les instaba:
No, amigos; si aqu no hay que quiero o no quiero: aqu
es deber. Qu no son ustedes catlicos?... Pues entonces?
Uno de los muchachos, impulsado por las miradas de sus her-
manos, se atrevi meticulosamente a contestar:
Pos que nos den carabinas.
Pos aqu estn! dijo triunfante el viejo ranchero
Y animando la indecisin de los pacficos pueblerinos, reuni
otros cuarenta libertadores.
i Aqu estamos listos, mi jefe! dijo a Hctor Yo le ase-
guro que sernos de lo puro sincero y de verdad, y de que decimos
"s", nos sabemos embocar como los hombres
Alinese la abigarrada caballera en la calle ms espaciosa del
pueblo.
Hctor se retir unos metros para abarcarla en su conjunto
El aspecto le conmovi de alegra. Se sinti todo un conquista-

222
Cnsteros del Sur en una misa en el campo

12 de diciembre de 1926 Proclamacin de Cristo Rey y fiesta de


Nuestra Seora de Guadalupe, en San Marcos, Jalisco
ROCHA
dor. Afirm los pies en los estribos, tir la rienda hasta hacer
sentarse su corcel sobre las patas traseras, y grit:
Viva Cristo Rey!
Viva.. . ! contestaron como locos los nuevos soldados.
Viva la Virgen Santsima de Guadalupe!... A pelear co-
mo leones! Adelante! Se acabaron los catlicos miedosos! Viva
Cristo R e y ! . . . Adis, mujeres, ancianos y nios! Dentro de
poco tendrn ustedes paz y trabajo y gracia de Dios!... Sol-
dados de Cristo Rey, en marcha! Por el camino de Fresni-
Uo.. . ! A reunimos con los nuestros. .. !
Y las huestes animosas desfilaron, como una evocacin de la
antigua cruzada contra el turco...

La hora del alba se acercaba. Un vientecillo fresco y tonifi-


cante acariciaba las bronceadas faces de los labriegos santos y
valientes que caminaban en pos de Hctor, joven hroe que co-
menzaba a gustar las delicias de la accin.
Los rancheros se quitaron los sombreros piramidales y comen-
zaron a cantar, arrullados por el cierzo, al acompasado piafar
de los caballos:

En este nuevo da
gracias te tributamos,
oh Dios omnipotente y
Seor de lo creado.

Y un coro ms nutrido de voces roncas, toscas, atronadoras,


divididas en todas las cuerdas de una polifona maravillosa, res-
ponda :

Gracias a Dios!
Gracias le demos a la
Madre de Dios!

Alto! grit Hctor de repente. Media vuelta! Y ahora,


por fuera del camino, hacia Zacatecas.
Los labriegos echaron al punto de ver que en aquel muchacho

223

H16
haba madera de guerrillero desde el momento que maduraba y
ocultaba sus planes.
Los callistas fugitivos de Colorada deban avisar a Zacatecas
del desastre de la noche. Inmediatamente deban ser destacadas
fuerzas callistas en persecucin de Hctor. Un desastre semejante
debieron sufrir las fuerzas callistas en Rancho Grande, donde el
valiente Pedro Quintanar deba ejecutar un movimiento simul-
tneo con el de Hctor. Este segundo movimiento pona en jaque
a la ciudad de Fresnillo, y la ruidosa marcha de Hctor hacia el
Norte daba todos los signos de un ataque formidable a Fresnillo.
Aquel mismo da Fresnillo deba pedir auxilio a Zacatecas, y las
fuerzas callistas destacadas deban suponer que el enemigo estaba
reconcentrado cerca de Fresnillo a muchos kilmetros al Norte.
Esta era la hiptesis natural que guiara los movimientos ca-
llistas. Hctor se propuso desbaratarla, emprendiendo sencillamen-
te el camino contrario.
A las siete de la maana ya aquel ncleo de libertadores coro-
naba las alturas de cuatro montculos, que, como cuatro cirios,
custodiaban un estrecho paso de la va frrea. All esperaron tran-
quilamente la segunda victoria.
No fue, por cierto, 'an la victoria la que lleg. Las que lle-
garon fueron dos pobres y desbaratadas figuras de muchachos,
montadas en un mismo jamelgo, flaco y lacio, como de hilacha.
Hctor enfil sus anteojos y los reconoci inmediatamente: eran
Luisillo y un aclito del Sagrado Corazn, que lo venan bus-
cando para darse de alta! Luisillo traa un pequeo aparato te-
legrfico. El aclito cargaba con una pistola que no serva.
Qu lstima que te vinieras! dijo Hctor al saludar a
Luisillo. Ms me hubieras servido en tu puesto de telegrafista.
Pero dej a otro de confianza, y aqu traigo mi aparato para
captar mensajes.
Y cmo supiste dnde estbamos?
No supe. Nosotros los creamos encontrar hasta cerca de Fres-
nillo. No cremos que estuvieran tan cerca. Pero supimos por los
despachos recibidos, que la cosa estaba linda, y nos dio vergenza
quedarnos en nuestra casa.
Qu noticias recibieron?
Lindas noticias! No te digo? A la una de la maana haba

224
mensajes de Durango, de Guanajuato, de Jalisco, de Colima, de
Guerrero, de Aguascalientes. Todos comunicaban rumores de gente
levantada en armas y aviso de salida de fuerzas gobiernistas. Un
poco ms tarde telegrafiaban de Fresnillo que los alzados eran
catlicos fanticos, y que se acercaban all. En Zacatecas prepara-
ron luego un furgn con tropa. Pero el tren del Sur no lleg. Est
detenido en Len.
Hombre, qu bien! Todos han cumplido!... Bendito sea
Dios! dijo Hctor, frotndose las manos.
Y no se hicieron mayores demostraciones por la discrecin que
el plan aconsejaba.
Quieren almorzar, verdad? pregunt Hctor a los recin
llegados.
Cmo no! respondi Luisillo.
Un ranchero les dio unas gordas calentadas y unos huevos gui-
sados en plena campaa.
Los dos chicos se chuparon los dedos.
Hombre... ! Como decan que se sufra tanto en la gue-
rra, nosotros cremos que hoy no comeramos.
Esprate dijo Hctor. No sabemos cundo comienzan las
de boca abajo.
Encomend Hctor al ranchero que le alistara a los nuevos mu-
chachos, y l sigui tendiendo sus gemelos desde lo alto de la
roca.
Primero fue un punto negro, incrustado en la interseccin le-
jana de las dos vas. Aquel punto creci y fue aproximndose,
acompaado de un minsculo ruido de herraje crujiente. Al fin
se distingui el detalle de un pobre armn de va, en el que ve-
nan apretujados ocho soldados callistas y un oficial. Hctor or-
den a los suyos mantenerse quietos y dejarlo pasar. El pequeo
carro entr en el desfiladero. Cabizbajos y pensativos los pobres
soldados; curioso y desconfiado, el oficial.
Hctor los dej pasar a sus pies, con una sonrisa de superiori-
dad generosa. Y sigui tendiendo sus gemelos en direccin del
Sur. De pronto, sin arrancarse los gemelos de los ojos, levant y
movi majestuosamente el brazo derecho. El signo fue observado
y reproducido por los cuatro picachos. Una corriente elctrica sa-
cudi los nervios de aquellos cien valientes. Luisillo se puso pli-
do y sinti que las quijadas le pesaban como plomo. All, muy

225
lejos todava, como el borrn de un rebao de color oscuro, man-
chaba la claridad del horizonte una franja gruesa y confusa, en-
vuelta en ligero polvo y salpicada de reflejos de
Son ellos! armas. ..
corri el rumor- Y son muchos! aadi
para s cada uno.
Hctor, ligeramente plido, continuaba examinando atentamen-
te. Dej luego caer su anteojo pendiente de las correas, y sonri
con toda la impasibilidad de un hroe. Aquella sonrisa reanim
los espritus que se compriman en los cien pechos cosidos a las
rocas.
El jefe sonre. .. ! No hay miedo!
Hctor pase su mirada por cada una de las estratgicas posi-
ciones, y mordindose los labios, acusando energa, hizo un ademn
entusiasta, que claramente signific ante los ojos de todos sus
amigos:
Arriba, muchachos! Que ya fueron nuestros!
La columna callista avanzaba.. . Eran apenas doscientos solda-
ditos, que iban a auxiliar a Fresnillo, a muchas leguas de aquel
lugar. El paso sin novedad del piquete explorador les deca que
todo era paz octaviana en los andurriales en que Hctor los es-
peraba; por eso caminaban con desenfado, el fusil amarrado a la
espalda, charlando, cantando, fumando, bebiendo. ..
Aquella larga espera fue horrible. Los bisnos soldados de Cristo
Rey limpiaban con la mano la roca, abran y cerraban el seguro
del rifle, se sacudan las mangas, se abotonaban el chaleco o la
camisa, se la desabotonaban despus, mirando sin cesar aquel ene-
migo a quien ahora, por vez primera en la vida, esperaban para-
petados y armados...
Por fin, la columna entr en el desfiladero de la muerte! La
primera impresin que Hctor sinti fue de lstima! Estuvo a
punto de dejarlos pasar tranquilamente. El demonio del laissez
faire, laissez passer, pretendi tentarle ah mismo. Pero el grito
del deber se sobrepuso subitneo en la conciencia: perdonar al
perseguidor significaba matar a los perseguidos. Los libertadores
reconocieron a algunos soldados de la guarnicin de Zacatecas.
Entre el grupo de oficiales, Hctor reconoci inmediatamente la
deshilachada estampa del infeliz Pelotes, que charlaba a distan-
cia, mientras los soldados cantaban:

226
La cucaracha, la
cucaracha, ya no quiere
caminar;
porque le falta,
porque le falta
marihuana que fumar...

El infeliz pelotn ocup exactamente el puesto de un atad


entre los montes que, como cirios, custodiaban el paraje. Desde
su improvisada atalaya Hctor mir a Pelotes, que se empinaba
una botella de mezcal a la salud de Calles, y escuch distinta-
mente que un oficial gritaba:
Qu tal de muchachas hay en Fresnillo, mi capitn?
La respuesta ya no se escuch. Porque a una seal de Hctor,
de cada uno de los cuatro picachos brota un aluvin de balas,
que destroza y quema sin piedad, como fuego del cielo, a aque-
lla desafortunada columna. .. Hombres y bestias, confundidos en
vida, se confunden ah entre los espasmos de la agona y las blas-
femias del desconcierto. .. El fuego, nutrido y certero, se multi-
plica encarnizado sobre cada grupo que se rebulle an o sobre
cada jinete que se reafirma, hasta quedar aquel sitio como pu-
dridero de alimaas, despedazadas en una hecatombe sin gloria,
unilateral, tonta, casi ridicula, si no fuera sangrienta; en que los
soeces oficiales no sacaron ni la pistola ni la espada, sino, a lo
ms, la lengua maldiciente, convertida en sapos y culebras; una
entrampada vergonzosa en que los pobres soldados de Calles, los
pocos afortunados, no aprovecharon sino las uas del caballo ce-
rril, que huy con los belfos temblando, por el mismo camino que
acababa de recorrer. ..
Viva Cristo Rey!
El grito repercuti en las montaas. Y de los picachos y pe-
ascos comienzan a caer, a brincos, los victoriosos hombres honra-
dos, sudorosos, empolvados, pero ilesos todos, absolutamente to-
dos, henchido de aire y de gloria el velludo pechazo generosote,
harta de satisfacciones el alma, crecido el corazn y alentado el
espritu... Bajan a mirar de cerca la escena horrible exigida por
el duro deber de propia defensa. Ah estaban los temidos de
ayer, los aterradores de la gente buena, los feroces soldados del
dspota; ah estaban inmviles, mutilados, aniquilados... venci-

227
dos! Y vencidos por ellos! Por cien pacficos hombres honrados,
que no haban hecho, veinticuatro horas antes, otra cosa que re-
solverse.
Algunos desdichados callistas se rebullan an entre charcos de
sangre.. . Algunos libertadores se acercaron a ellos.
Hermano, verdad que eres cristiano?
S! contestaban moribundos. Yo tambin soy catlico!
Pues pdele perdn a Dios... Sabes rezar?
S!... No! respondan,
Y ah era donde Luisillo, que, a decir verdad, no se haba, re-
suelto a disparar un solo tiro, haca, el papel de capelln, ayu-
dando a aquellos cuitados a lecibir la muerte en buena disposi-
cin.
Ah estaba tendido, luchando con la muerte, el miserable Pe-
lotes.
Hctor se acerc a l y le dijo:
Amigo, preprese a morir. Dios le espera, y hay que pedirle
perdn.
Pelotes contest con una blasfemia. Se retorci como una cu-
lebra y expir, con los labios sangrientos hundidos en el polvo.
Al despojarlo de su carrillera, un libertador descubri que el
infeliz Pelotes llevaba al cuello un rosario y un escapulario. . .
Caramba! Si todos van saliendo catlicos; pues cmo dia-
blos le sirven entonces a ese gobierno endemoniado?

No es para describir el jbilo con que aquellos humildes pe-


regrinos, ungidos en un santiamn con el leo de la victoria, hi-
cieron su entrada de nuevo en Colorada, en donde haban na-
cido al herosmo aquella misma madrugada. Los pobres vecinos
colgaban las toallas de manos, los tiestos de flores y las guirnaldas
de pirul en los dinteles y arcos, en las cornisas y rejas... Las cam-
panas de la torre voltejeaban, locas e infatigables; los pobres viejos
y viejas, con los ojos anegados en lgrimas, bendecan a Hctor,
que, bien plantado y macizo sobre el caballo, daba todo el molde
a una maravillosa estatua ecuestre. Las muchachas del lugar, con
sus trenzas sueltas y sus enaguas planchadas, se acercaban lisonjeras

228
y melosas a obsequiar al joven triunfador, regalndole con gorditas
de cuajada, tendidas en la palma de la mano, sobre linda servilleta
blanqusima. El viejo patriarca mand sacar una vaca de las suyas
para repartir su carne entre todos los libertadores y amigos. .. Y
la msica y los cohetes hicieron a Hctor olvidar las zozobras y
pendientes de las ltimas horas pasadas.
Compaeros de armas! grit Hctor a sus soldados. Dios
es lo primero y su Madre Santsima! Ayer ramos vctimas;
anoche comenzamos a ser soldados y hoy ya somos vencedores!
Dios lo ha hecho todo! San Miguel Arcngel ha estado con
nosotros! Ahora tenemos diez veces ms armas que ayer; tenemos
parque. . . mucho parque! Sabemos que, como nosotros, han sur-
gido muchos ncleos en toda la Repblica. . . Donde nosotros es-
temos, ah reinar Cristo y su Madre Santsima! Ah tendremos
escuelas cristianas para nuestros hijos, y sacramentos para nuestras
almas, y pan para nuestros pobres, y trabajo para nuestros hom-
bres, y tierras para nuestros campesinos, y gozo y alegra para
nuestras muchachas.. . Este es nuestro programa! Esto quiere decir
nuestro grito de "Viva Cristo Rey!..." Por eso ahora comenza-
mos por darle gracias a El, y consagrarle nuestro ejrcito y nues-
tras armas, nuestro cuerpo y nuestro espritu. .. Todos a la
iglesia!
Y los santos viejos de palo de pino se estremecieron, sin duda,
de ternura al mirar aquella multitud de campeones fuertes en el
creer, duros en el pelear. . .
No fueron cantos, no fueron gritos; eran rugidos, eran bramidos
los que atronaron aquella iglesia sin tabernculo, aquel altar sin
sacerdote. . .
Cristo, Rey y Seor! clam Hctor. Te lo juramos. So-
mos soldados tuyos. No combatimos sino por Ti. No matamos sino
por Ti. Por Ti triunfamos. Por Ti moriremos... Venga tu reino
sobre nosotros! No a medias, sino libre y sin restricciones. . . Viva
Cristo Rey! Viva Mjico!

229
XXVIII LOS

INERMES

L A HORA DE B ARRABS sonaba mientras tanto en la infortunada


ciudad de Zacatecas.
A las tres de la maana de aquel da 30, un aviso telefnico
desde una hacienda cercana comunicaba a la Jefatura de Armas
que el cuartel de Colorada haba sido sorprendido aquella noche.
Y no era eso lo grave, sino que el telgrafo traa tambin noticias
de hechos semejantes de otras partes de la Repblica.
Por primeras providencias se orden que un buen piquete de
soldados saliera por el tren del Norte. Pero la orden no se pudo
obedecer, por la razn sencillsima de que el tren del Norte haba
sido detenido. Rumores posteriores comunicaron despus que el
ncleo sublevado era fuerte y que avanzaba sobre Fresnillo, de
donde tambin pedan auxilio desesperado los callistas.
Fue entonces cuando el general Hache y el coronel Pelotes salieron
con doscientos hombres de a caballo, precedidos de un piquete
explorador. Lo que con ellos sucedi lo sabe el lector.
Pero el lector no sabe de la rabia de demonio que embarg al
general Ortuzar cuando, a las diez de la maana, tuvo la noticia,
por los dispersos, de la tremenda hecatombe de Cuatro Picos.
Mas no fue slo rabia: fue un pnico incontenible el que cundi
por cuarteles y oficinas. La guarnicin estaba reducida al mni-
mum! Y la parte ms fuerte de ella acababa, de ser aniquilada.
Se vienen! fue la voz que corri en cornetas y telgrafos.
Son los catlicos rebeldes... ! Son los fanticos... ! A dos
leguas de la ciudad!
Y aqu era de verse a diputadillos y mumcipes 3 a masones y

230
hablantines corriendo a la Jefatura de Operaciones, no a ofre-
cerse a la defensa de las instituciones, sino a preguntar cul era
la posicin ms estratgica: si a treinta leguas de ferrocarril o,
sencillamente, debajo de la cama...
Las alturas fueron coronadas por orden militar. En el Cerro
de la Bufa se plant el viga solemnemente, con sus ricos catale-
jos. Despus se orden a los soldados bajar de sus parapetos, y
ya no volvieron a ocupar torres y azoteas, como en tiempos de
Carranza y Villa; ocuparon, s, unos carros blindados, cosidos a
una pobre locomotora, y aadidos a dos carros especiales para el
Gobernador, empleados federales y toda la plana mayor del rgi-
men, todos con las narices hacia la capital de la Repblica, las
caras largas y amarillas, la boca seca y la lengua rasposa.
Por eso mismo todas las cortinillas de todas las ventanas se
levantaban medio centmetro, y por el resquicio brillaban los car-
bunclos de las pupilas burlescas y divertidas, radiantes de jbilo
y de emocin.
- Mira cmo corren. ! Mira cmo se van. ! Dios lo
haga!
Y dentro de las cmaras de todas las casas se cuchicheaba con
animacin, se agitaban las manos como palmas, y el secreto co-
rra, corra, se esparca como un suave perfume que suplanta a
un hedor insoportable, como un torrente de esperanza en medio
de una noche de desolacin:
Ya vienen... ! Ya vienen... ! S! Son ellos... ! Y stos
se van! Virgen Santa, aydanos! Hija, prende una lmpara al
Santo Nio por que vengan los nuestros y por que acaben con
estos bandidos... ! Mujer, no te ras tan recio: te oyen, y ah
estn todava... ! Ya vienen los nuestros! Virgencita de Guada-
lupe, dales muchas armas y mucho parque... ! Muchachas, no
se los dije? Saben por qu corren stos? Saben quin viene?
Saben? Es Hctor! Corren porque viene Hctor! Hctor, te
bendecimos... ! Hctor, estamos contigo! Hctor, slvanos!
Oh! Quin pudiera describir las ingenuas palpitaciones del
corazn aherrojado, que suea con una redencin inefable que se
acerca... !

231
Pero Hctor no pensaba en llegar. Porque nunca sospech que
en veinticuatro horas su nombre fuera capaz de agarrotar a los
osados tiranuelos de la virtuosa ciudad... Hctor no lleg. Se con-
form con el modesto regocijo del ranchero de Colorada, las mu-
siquillas destempladas, los festones de papel de china, las cos-
tillas de vaca asada, los jarros de aguamiel y las lgrimas de reco-
nocimiento de los pobres campesinos, que tambin sienten esa do-
lorosa enfermedad del espritu, esa congoja mortal que se llama
hambre y sed de justicia...
En vano Gonsuelito Madrigal lloraba de alegra y atisbaba
desde los balcones el ancho paseo que a sus pies se tenda, es-
perando mirar pasar por l al Hctor de sus ensueos, caballero
en potro fogoso, vestido de kaki, con la gorra de fieltro zambutida
hasta los ojos, el barboquejo atravesado bajo la nariz, los labios
contrados en gesto de rica y santa ferocidad, el ceo fruncido en
signo de orgullo merecido, todo cubierto de polvo, cruzado el
pecho con cuero y con cartuchos que ella misma le haba llevado, y
portando en la diestra una espada arrancada al enemigo a fuerza
de balas, envuelto todo entero en el esplendor de una victoria a
que ella misma haba empujado. ..
Qu solas estaban las calles! Qu quietas estaban las gen-
tes. .. ! Apenas sobre el tejado de la casa frontera unas palomitas
se contoneaban lisonjeras y enamoradas, como ella tambin, el da
anterior, se cimbraba al lado de Hctor, el hroe, el amado...
Pero Hctor no lleg...
Las once. Las doce... Aquellos sueos fueron disipndose. La
calle comenzaba a animarse.. . All un hombre. Aqu otro. Lue-
go una mujer con un chiquillo. Ahora un viejo. .. Hctor... !
Qi; pas contigo...? No vienes? Nos dejas solos? Nos de-
jas todava en las garras del maldito. .. ? El peridico! A ver!
Aqu est!
"El perdulario y ladrn Hctor Martnez de los Ros, enca-
bezando a un grupo de fanticos, sembr la alarma en el pue-
blo de Colorada, pretendiendo, en estado de embriaguez, apode-
rarse de un cuartel. Sin grandes esfuerzos, los soldados del Gobier-
no castigaron severamente a los atrevidos, ponindolos inmediata-
mente en fuga.

232
"Hoy han salido fuerzas para traer a los dichos fanticos, que
estn ya debidamente asegurados en un punto de la sierra.
"El cabecilla Hctor Martnez de los Ros se levant en armas
al grito de Viva Cristo Rey!, despus de haberse robado a una
bella seorita de nuestra ms distinguida sociedad".
Consuelo sinti que la sangre se le agolpaba en la preciosa
cabeza, golpendole las sienes y aurdindole los odos. Arroj
el papel al suelo y lo pisote. Y elevando el brazo iracundo, con
la trgica expresin de Dbora, exclam:
Miserables! slo eso saben: robar, matar y mentir!

Los genzaros haban ya alcanzado resuello tan pronto como


se convencieron de que Hctor no atacara la plaza. Acto segui-
do recobraron su pundonor militar, su aire marcial, su bizarro
continente, su actitud amenazadora y su instinto feroz, impres-
cindible en momentos de paz. Emprendieron entonces la firme
revancha, pero no contra Hctor, que estaba armado, sino contra
los infelices catlicos de la ciudad, que vivan an atenazados por
el tradicional borreguismo.
A la crcel, entre madres y empellones, fueron a dar cuantos
presidentes y presidentas, vocales, etc., de Cofradas y Archico-
fradas fueron descubiertos. Desde la tmida Hija de Mara has-
ta la voluminosa socia de la Vela Perpetua; desde el enclenque
Congregante de San Luis hasta el macizo Velador Nocturno: to-
dos por simpatizar, sin gnero de duda, con el movimiento rebel-
de catlico.
Entre la cadena de galeotes que junt aquel da el general Or-
tuzar, cayeron dos personajes conocidos: don Carlos Sobern, el
patrn de Hctor, y don Luis, su compaero de trabajo.
Don Carlos Sobern se daba a los cuarenta mil diablos rene-
gando de la hora en que haba ocupado a Hctor en su almacn;
don Luis, por su parte, esperaba tranquilamente el desenlace de
los acontecimientos.
Bien o mal, pasaron el susto todos los piadosos de la cuadri-
lla, quedando pendientes nicamente Sobern y don Luis.
Toc al primero su turno. El general lo interrog y don Car-
los Sobern se despach con la cuchara grande, echando pestes

233
desde a Hctor hasta su amigusimo el Padre Martn, de quien
ya nadie se acordaba, y echando maldiciones a todos los fanti-
cos "que estaban destrozando la Repblica entera", en la cual que-
daban comprendidas, naturalmente, sus talegas. Para constancia
y testimonio de sus berrinches contra los catlicos, se le present
un papel en que certificaba "que desaprobaba la conducta de los
catlicos rebeldes a las leyes del pas, y que nunca ni en ninguna
forma contribuira l a sostener esa causa llamada catlica". Fir-
m el viejo con toda la mano, estrech efusivamente la del general
y sali del cuartel cantando Las Peperracas. ..
En seguida fue llamado don Luis. A las primeras palabras se
ech de ver, con luz meridiana, que don Luis discrepaba diame-
tralmente de las ideas y conducta de Sobern. Se le present el
papel con la famosa declaracin. Lo ley muy despacio, lo puso
tranquilamente sobre la mesa y respondi con heioica sencillez:
No firmo.
Sonri maliciosamente el general ante aquella frescura.
Ah! Conque no firma. Y me lo dice tan fresco! Es usted
catlico? Es usted rebelde?
Yo no soy rebelde.
Entonces, por qu no firma?
Porque soy catlico.
Tambin Sobern es catlico y firm.
Yo no quiero ser de sos. . .
Beatos asquerosos! barbot el general. Le doy tres ho-
ras para que reflexione. .. O firma, o le pesa.
Don Luis fue internado a un bodegn. Ech un largo suspi-
ro al quedarse solo. Busc un banco. No lo haba. Entonces, fa-
tigosamente, busc el suelo con las manos y se sent sobre los
ladrillos polvorientos. Reclinada la espalda sobre la pared, estir
las piernas cuanto pudo, sin preocuparse por el aseo de la ropa,
encendi un cigarrillo y esper que se desenroscara el culebrn
de los acontecimientos.
Era ya bien corrido el medio da. D. Luis sinti hambre, pero
no le preocup mucho, pues llevaba a prevencin en el bolsillo
un poco de chocolate y galletas, "por si lo metan a la crcel de
improviso". Pasaron las tres horas de plazo. Pasaron dos horas ms.
Comenzaba la noche a echarse encima. A pesar de su formidable
ecuanimidad, don Luis comenz a sentirse nervioso.

234
Un empujn dado en la puerta del bodegn le dio a conocer
que el duelo se acercaba.
Cmo la ha pasado, amigo? preguntle el general Ortu-
zar en persona. Conque usted es medio valentn?
Don Luis no respondi nada.
Aqu le traemos otra vez su papelito, a ver si, ya ms cal-
mado, se quita usted la soga del pescuezo.
Don Luis cogi el papel, se acerc a la puerta en busca de luz
y volvi a leer.
Dispnseme, general le dijo; pero mi deber es no firmar;
mndeme usted a los jueces, y que me castiguen si esto es un
delito.
Usted todo lo quiere arreglar con los jueces; pero ya no es
tiempo de que nos hagan bobos. Conque no firma?
Guard un rato silencio don Luis. El general y un oficial le
contemplaban atentos. Don Luis repas mentalmente las palabras
de aquella protesta: "Desapruebo la conducta de los catlicos
rebeldes a las leyes del pas, y declaro que en ninguna forma con-
tribuir a sostener esa causa llamada catlica." Esto es apostar...
No puedo. Luego pens en las consecuencias que el deber le im-
pona. . . Pchs!: la crcel, el fusilamiento. . . Todo se puede con
la gracia de Dios.. . ! Mi mujer, mis hijos! No importa. . . ! Y
despus de estas rpidas calladas reflexiones, respondi una vez
ms:
Yo no firmo eso!
Bueno; que pase buena noche aadi con rara amabilidad
el general, y se retir.
Hasta crey el pobre don Luis que los haba convencido. . . y
quiz convertido. Hasta crey que su firmeza haba edificado a
aquellos soldados. .. Hasta se sinti consolado y tranquilo, es-
perando la libertad de un momento a otro...
Pero lo que lleg fue un nuevo militar acompaado de dos
soldados.
Vngase ac le dijo.
Dej don Luis el sucio bodegn y camin tranquilo en me-
dio de los soldados. Atravesaron un largo y ancho corredor, dan-
do traspis en las hondonadas del irregular pavimento. Cuando
al final del corredor, entraron en un gran corral, cuando al fulgor
de las viejas linternas mir el paredn junto al cual haban cado

235
ya muchas vctimas, don Luis sinti un fro horrible, el fro de la
muerte horrenda, inesperada, en medio de una noche oscura, en
un rincn ignorado.
Me van a matar? pregunt con zozobra al oficial, mas-
ticando las palabras.
Quin sabe contest el oficial con frialdad de hielo.
Don Luis no pregunt ms. Inclin la cabeza y prosigui.
Espere un poco! dijo el oficial.
Don Luis se detuvo en medio del corrillo de oficiales y sol-
dados. El fulgor miserable de la linterna apenas iluminaba sus
plidas facciones. Sus labios se movan en silencio. En sus dedos
sonaban las cuentecillas de un rosario.
Ah le asalt de nuevo el tentador. Un nuevo oficial se acer-
c, llevando sobre una carpeta el papel maldito. ..
Dice el general que si ya est usted dispuesto a echar una
firmita...
Don Luis revolvi los ojos con terror, girando la vista en tor-
no suyo: ah, el paredn sangriento de los fusilamientos; ac,
los soldados armados; frente a l, el oficial con la hoja de papel
en las manos... Apret con nerviosidad lo que en las manos lle-
vaba. Levant los ojos al cielo: ni una luz, ni una estrella... Y
se sinti solo, horriblemente solo! Del fondo de su propio abati-
miento, arranc un jirn de fuerza que pas desgarrando el nudo
de su garganta y le hizo morderse los labios con crueldad... Y
en el silencio de aquella noche macabra toda erizada de bayonetas
y entoldada con mortajas, el oscuro empleado de Sobern y ami-
go de Hctor, contest:
He dicho que yo no firmo eso!
Retirse el oficial que llevaba el papel. El corrillo permaneci
en silencio. Slo se oa el ruido de deglucin que haca la lengua
seca en las fauces secas de la vctima aterrorizada... Un momento
despus se le orden avanzar hasta el fondo del corral, se le
plant contra el paredn, se puso cerca de l una linterna en el
suelo y se orden a los soldados alinearse a cinco metros de dis-
tancia. . .
Don Luis sinti, con toda la intensidad de las circunstancias,
el punto trgico en que estaba ya colocado a dos milmetros de
la muerte. Y entonces, quin lo creyera!, experiment una sen-
sacin de dulcsimo bienestar, sinti que una nueva vida inun-

236
daba todo su ser. Record, es cierto, a su esposa, a sus hijos; pero
slo como quien recuerda a unos bellos amigos que viven por s
mismos. Don Luis experimenta un ansia inefable, una ilusin no
soada de mirar entre las sombras de aquella noche negra los fu-
siles de los soldados enderezados hacia l para matarlo... Siente
que es una dicha, una gloria... Terminar! Dejar de ver para
siempre esa tragedia continua de dolores y de infamias, dejar de
tener oprimido el corazn a cada minuto y a cada segundo, por
las angustias de lo presente y los augurios de lo porvenir; hun-
dirse plcidamente en el suavsimo deliquio de la muerte, para
poder surgir a una vida de verdad, de entre los mismos pedazos
de carne exnime, levantarse el espritu inmortal a gozar de una
gloria que existe, que l ve, que l palpa ya...
El oficial se acerca burlescamente amable.
Cul es su ltimo deseo? le pregunt.
Que me maten pronto! respondi con serenidad.
Hizo la seal de la cruz con el objeto que en las manos lleva-
ba, echla atrs y esper...

Pobre don Luis! Aquel cielo que ya tocaba con las manos,
aquel lugar de gozo, lejos, muy lejos de los hombres manchados,
le fue arrebatado todava... ! Tan dulce que le hubiera sido mo-
rir como un mrtir, como tantos amigos suyos!
Pero, sin saberse por qu, en vez de ordenarse a los soldados
el, para l, redentor grito de " Preparen, apunten. . . fuego!", a
don Luis se le orden volver al bodegn a sufrir de nuevo el tor-
mento de seguir viviendo... Qu hondo suspiro se le arranc del
pecho al perder el placer que se le brindaba! Qu negra volvi
a parecerle la noche! Qu despiadado el encapotado cielo! Qu
lbregos los corredores! Qu ruines las chamagosas linternas!
Qu detestable aquella cmara, de agona! Qu crueles hasta el
exceso aquellos hombres que no le haban hecho, en definitiva,
la caridad de matarlo... ! Vuelta a vivir, vuelta a luchar, vuel-
ta a sufrir! Don Luis volvi a tenderse en el suelo, y el que se
haba mantenido sereno ante la amenaza de la muerte, se sinti
desvanecido frente al espectro de la vida. Sac entonces su pa-
uelo y llor como un nio. La fatiga le dobleg. Quedse dor-

237
mido. Soaba, soaba con una gloria esplendente de ngeles lu-
minosos, de santos y de santas, todos sonrientes, que le abran
los brazos para iniciarle en los vuelos magnficos de los elegidos...
Soaba, soaba, cuando un puntapi de bota militar le hizo sacu-
dirse, abrir los ojos y encontrarse, con la amargura de Luzbel
cado, frente a la neara bocaza del infierno histrico en que esta-
ba sepultada su patria. ..
Vngase, amigo! djole el militar.
Levantse el cuitado, suelto el cuerpo, pesado el andar, descae-
cido todo el continente, y camin tras el soldadn. En un ngu-
lo del amplio claustro, bajo un farolillo de mala muerte, como un
demonio tentador, le esperaba sonriendo otro militar, otra vez
con el papel maldito sobre una carpeta que llevaba en las manos.
A ver si ahoia nos echa la firmita le dijo con un tono
babosamente melifluo.
Don Luis no pudo contenerse ms. Le arranc el papel de las
manos, lo rasg y se lo tir a la cara. El tentador dio un paso
atrs, creyndose amenazado; los dems cogieron por los brazos
a don Luis y lo empujaron por su camino. .. Volvieron a entrar
al corral fatdico. Ya no caminaron hacia el paredn de los fu-
silamientos. Voltearon hacia la derecha y entraron en un inmundo
soportal lleno de pesebreras.
Entonces! le dijeron.
Don Luis se quit el saco y el chaleco.
Todo, hasta los calzones!
Don Luis obedeci sin responder palabra.
Estando l ya casi desnudo, lleg el general y le pregunt:
Usted es amigo de ese cabecilla Hctor Martnez de los
Ros?
S! contest sin vacilar.
Usted sabe quines estn complicados en ese movimiento?
Don Luis enmudeci.
Ahora cantar! Vamos, muchachos!
Subieron a la pesebrera dos soldados y sacudieron una cuerda
que colgaba de una cabeza de viga. Un montn de murcilagos
salieron de la oquedad del techo y huyeron, revoloteando espan-
tados, por la cabeza de vctima y verdugos. Las piedrecillas des-
prendidas de arriba sonaban al caer sobre el rastrojo seco regado
por el suelo.

238
.-i

Nias de uva "'cuela ?n alguna de 'as poblaciones dominadas


por los cnsteros

&* *. rWi\
Una baada de guerra de algn grupo cnstero
Don Luis se estremeci. Crey al punto que iba a ser ahor-
cado. Los soldados le llamaron desde arriba del pesebre. Estando
ya l arriba, pasaron sobre su pecho y bajo las axilas una lazada
de la cuerda. Atronle en seguida las manos por detrs, y de un
puntapi lo lanzaron al aire, mecindolo a patadas, de un extre-
mo a otro del soportal.
Don Luis exhal un quejido angustioso. En la horrenda os-
curidad en que aquel fantasma de tormento se meca, acariciado
o picoteado por los murcilagos que no lograron evadirse; en que
el cuerpo desnudo del hombre virtuoso era recibido e impulsado
de nuevo por los rudos golpes de los zapatones de los soldados, no
poda echarse de ver el aspecto cetrino que su rostro iba toman-
do, ni la hinchazn morada de los brazos, ni el surco encarnado
del filoso cordel que henda el pecho hasta ocultarse entre la car-
ne. Ruda compresin del trax; ansias y hormigueos en las fau-
ces y excitacin incontenible en el espritu; tormento de infier-
no, en que la conciencia de la propia impotencia agigantaba el
ultraje de los verdugos... Morir! Quin pudiera morir y des-
cansar. .. ?
Treinta inacabables minutos pesaron sobre aquella escena dan-
tesca, cuando la cuerda fue librada del peso glorioso.
No cant? pregunt el general.
No. Mudo como piedra respondi un subteniente.
Entonces. .. al columpio otra vez.
Y el tormento comenz de nuevo...
Fue entonces atado de los dedos pulgares de las manos. Don
Luis sinti que con garfios le arrancaban de un golpe todas las
fibras de los dedos y de las manos; que le estiraban hasta reven-
tarlos, los nervios todos del antebrazo y brazo, que aquel dolor
le estrujaba pulmones y corazn, multifurcndose de ah hacia
todas las regiones de su cuerpo, rasgndole hilo a hilo todos los
tejidos de las visceras con saetas encendidas que, quemndolo,
corran por sus piernas para ir a reventar, con dolores inefables,
en las ltimas puntas de los dedos de los pies. Era un dolor
agudo nunca imaginado, que le envolva todo entero, de pies a
cabeza. La intensidad del sufrimiento provocbale sacudimientos
y convulsiones, como las de un guila moribunda, y l, echada
la cabeza hacia atrs, con la boca contrada, cerraba los ojos en
un supremo anhelo de beber de un sorbo la dosis de aquellos

239

H17
amargos padecimientos que ponan y conservaban toda su inten-
sidad en cada segundo de sus horas lentas, que a la vctima pa-
recan siglos infinitos... Quin pudiera morir! Morir... y des-
cansar!
No canta este condenado?... As son estos fanticos: du-
ros como alcornoques... Bjenlo! Ya no siente; ya se calent.
Que se enfre; luego le seguimos. .. !
Don Luis fue puesto sobre el suelo. Apenas si poda mante-
nerse en pie. Temblando como un azogado, caminando en cucli-
llas por natural rubor de su desnudez, cogi del rincn sus po-
bres ropas, se visti lo indispensable y volvi a entrar a los am-
plios corredores, y volvi a llegar al asqueroso bodegn...
Apenas entr en l, se tendi en el suelo y se retorci como
un gusanillo, sollozando:
Virgen Santsima, ten piedad de m!
Un nico pensamiento le consolaba. Que aquel martirio suyo
se sumaba con muchos otros martirios; su sangre y sus lgrimas,
a las lgrimas y la sangre de muchos otros mejicanos; su ple-
gara, a las plegarias de millones de creyentes del mundo ente-
ro, y tambin esto pens que su humilde resistencia se su-
maba tambin al empuje formidable de resistencia de los mu-
chos catlicos de pelo en pecho que se haban lanzado a la guerra
inevitable, en busca de una paz necesaria.
En medio de su intenso dolor, don Luis sinti el alivio dul-
csimo de la conciencia que le deca: Bien! Muy bien... ! No
has traicionado a tus hermanos! Eres digno de ellos... ! Los hom-
bres no lo saben; pero Dios s lo sabe.
A la maana siguiente, entre una poderosa escolta callista, sa-
la don Luis del cuartel al Juzgado de Distrito. Su condicin de
1
jefe de organizaciones catlicas le mereca tales honores. Con
la mirada ensombrecida, afilada la nariz, hundido el pecho, fla-
queantes as piernas, ms pareca intil pavesa que hombre vi-
viente: tal era la postracin fsica y moral en que le haba dejado
una noche de tormento.
Una multitud meticulosa y curiosa esperaba la salida de la
vctima. En primera fila apareca un grupo conmovedor. Doa
Mara, la esposa de don Luis, toda cubierta de pies a cabeza con
un tpalo negro; Carmelita, la cajera de Sobern e hija del vic-

240
"timado; otra niita de cinco aos, tambin hija de l, y Garlitos,
gordinfln de ocho aos, el hijo mimado de don Luis.
Apareci la vctima a la puerta. Un rugido de protesta se escap
de la multitud. Los pequeos hijos rompieron el llanto cogidos
de la falda de su madre. Doa Mara entonces, digna mujer me-
jicana, ignorante de los sacrificios sufridos por su marido, sinti
llegado el momento de cooperar como esposa a la magna epope-
ya, y relevando a su esposo de aquella postracin manifiesta, rom-
pi en una voz enrgica y sonora, que escucharon asombrados pue-
blo y soldados:
Luis! Acurdate que tienes que dar ejemplo a tus hijos!
Al or estas palabras don Luis, como urgido por una corriente
elctrica, sac delante el pecho, irgui con orgullo la cabeza y
con la ms noble fuerza que arranc de sus pulmones extenua-
dos, clam:
Viva Cristo Rey!
La multitud, enloquecida, aclam al Cristo divisa de los cat-
licos intrpidos y vitore a don Luis. El ruido de los clamores
se intensific, algunas voces se oyeron aclamando a Hctor Mar-
tnez de los Ros. En medio del tumulto, Carlos, el chiquillo de
don Luis, se escurri entre los soldados y fue a abrazarse a las
piernas de su padre. Don Luis lo levant y se comi a besos la
cara del nio que lloraba. Un sargento tom a Carlitos de los bra-
zos de su padre para ponerlo fuera de las filas, y cuando el nio
se vio en alto, levant su gorrita, y con los puitos apretados,
enrojecido el rostro por el esfuerzo, grit:
Yo tambin... Viva Cristo Rey!
El grito del nio determin la explosin del entusiasmo. La mul-
titud, electrizada, ensordeci a la escolta con sus aclamaciones de-
tonantes.
Penoso fue para don Luis aquel ir y venir de Herodes a Pila-
tos. El delito de que se le acusaba era el ser solidario de los cat-
licos armados, amigo de Hctor Martnez de los Ros, alto jefe
de organizaciones catlicas, hombre de mucha influencia y pres-
tigio, y por tanto, sospechoso de cooperar con aquellos valientes,
elemento nico que el Gobierno poda encontrar en medio de su
abierto camino.
Ningn cargo concreto, ninguna prueba, ningn hecho. Toda
la persecucin contra don Luis se explicaba por el deseo de vengar

241
la sangre derramada profusamente por los soldados y oficiales callis-
tas clavados en el polvo por el fuego de Hctor y los suyos.
Porque a esas horas, Hctor no era ya el frgil caudillo inci-
piente: Hctor se paseaba ya, feliz y campante, al frente de sus
fuerzas incontenibles, desde las goteras de Chalchihuites hasta Za-
catecas, reuniendo cada vez mejores elementos, comunicndose in-
cesantemente con los fuertes grupos que sembraban el pavor entre
las filas del Gobierno, en una buena parte de la Repblica.
El movimiento armado de los catlicos era ya, en efecto, una
delicia. Uno de los grandes ncleos que recibi con alegra inde-
cible las nuevas acerca de Hctor fue el ejrcito ranchero de don
Toms Anzures, el de Paracho. En los das angustiosos en que
le noticiaban que Calles mandaba movilizar cuatro mil soldados
para ahogar en fuego y acero a sus pobres seiscientos hombres,
don Andrs no pudo hacer otra cosa que remontarse con sus hom-
bres a las cumbres, llevndose a las familias y abandonando los
poblados. El ejrcito callista lo haba invadido todo, haba incen-
diado casas y graneros, fusilado a los pocos ancianos que no haban
podido escapar, y esperaba en aquellos momentos la llegada de
la columna grande para avanzar sobre las posiciones catlicas del
abnegado guerrillero.
Los soldados de Anzures, en tan crtica situacin, haban jurado
morir todos, cosidos a sus peascos michoacanos, si un arcngel
del cielo no levantaba en toda la Repblica nuevos soldados cris-
tianos que llamaran la atencin del Gobierno hacia otros puntos,
y liberaran a ellos de un ataque incontenible. Cul sera, pues,
su regocijo al mirar que las famosas columnas no llegaban, y no
llegaban, y que los desoladores invasores de Paracho eran llamados
a Morelia? Cul sera la alegra de los valientes michoacanos al
recibir mensajes secretos en que se les comunicaba que Gallegos
luchaba ya como ellos en Len; que Guzar haba alzado el grito
en el otro extremo del Estado; que Barraza habase levantado en
Durango, y que Quintanar se bata por la libertad de Zacatecas?
Cmo no haban de saltar de alborozo y crecer en nimo y es-
peranza al saber que la Liga Defensora de la Libertad Religiosa,
la organizacin gloriosa bendecida por el Papa de Roma y por el
Episcopado de Mjico, aplaudida por el mundo entero, secundada
generosamente por las obras nacionales de Caballeros de Coln,
de Juventud Catlica, de la Unin de Damas, y de Corporacio-

242
nes Obreras, al saber, decimos, que esa Liga popularsima decre-
taba, por fin, despus de largo estudio, patrocinar el generoso
impulso iniciado por ellos en Paracho, y secundar en toda la
Repblica, el movimiento libertador? Y mil veces mayor fue el
jbilo de don Toms Anzures, al saber algunos das despus que
el jefe invencible de Colorada y Guadalupe, el inteligente y
enrgico, el activo y estratgico, era nada menos que su gran-
de amigo y compadre, el simptico, el guapo joven Hctor Mar-
tnez de los Ros. Por eso se encendieron llamaradas y lumbre-
ras en las montaas, y se cantaron himnos en las cumbres, y se
izaron banderas en los picachos, y se agitci, y se cant y se
rez y se bendijo; porque los pobres atrevidos de Paracho, los
que vieron a su prroco y a sus hijos sangrando moribundos,
los que contemplaron su templo y sus casas incendiadas, los que,
sin poder ya contenerse, fatigados, exasperados, desesperados, ha-
ban tomado las armas para romper el alma a los callistas infa-
mes, no estaban solos en la picota, no estaban abandonados en la
montaa, no estaban enratonados en un callejn sin salida; sino
que coronaban el baluarte altivo de un gran polgono, defendan
un sector de un grande campo, formaban parte de un gran
ejrcito, estaban en lnea hombro a hombro con muchos miles
de valientes, en la definitiva senda de la victoria... Hctor es-
taba con ellos!
Hctor, por su parte, se haba dado cuenta de su fuerza y
da su papel.
Revis sus actos y sus decisiones, y de todo qued satisfecho.
Era el momento de hacer la guerra, y una guerra se debe hacer
sin cuartel. No ignoraba que en la ciudad sufran algunos pac-
ficos por l. Lo lamentaba; pero eso no lo detena ni deba de-
tenerlo. Mayor fuera el sufrimiento si l, Hctor, y con l todos
los valerosos, se hubieran quedado en casa resueltos a entregar-
se inermes a los perseguidores.
No falt, por supuesto, algn timorato que le aconsej ser mo-
derado y prudente, no fusilar, no exigir prstamos.
Hctor escuchaba todos los consejos imperturbable, y respon-
da:
Hemos entrado a la guerra para hacer la guerra. Los que
ayer supimos tolerar, hoy debemos saber matar. Matar al hom-

243
bre por salvar al pueblo, es humanidad; perder al pueblo por
salvar al hombre, es alto crimen. Ese dstico ser la norma de
mi vida militante... Dinero? S, lo necesitamos. Los que nos
hemos levantado en armas equipados con la miseria de tres car-
tuchos y un cuchillo, estamos decididos a equipar sesenta mil
hombres que nos tienden los brazos desesperados, pidindonos un
fusil. Para esto necesitamos dinero, dinero y dinero. Si el oro
de los vasos sagrados no se pone en nuestras manos, como se
hizo en tiempo de los esclavos y en tiempos de las Cruzadas, eso
no nos arredra. Los catlicos ricos deben darnos dinero. Si nos lo
niegan, si lo retienen, faltan a su deber. Porque ese dinero tiene
una funcin social que desempear: servir para la conquista de
la libertad religiosa. Si el dinero no desempea esa funcin, es
ilegtimo. Nosotros, los mansos y piadosos de ayer, no nos de-
bemos hoy tocar el corazn para arrancar a los ricos ese dinero
que se pudre en las arcas frente al hambre de libertad del pue-
blo entero. Las debilidades en todos los rdenes han sido nues-
tra desgracia. Hemos llegado al momento de los actos enrgi-
cos. Las mansedumbres han pasado a la historia.. . Desde que
cog el fusil me siento tranquilo, feliz y libre. Amo y lloro, ro y
canto, sirvo y reino, descanso y lucho, todo a mi sabor, todo a
mi placer... Mis hermanos sufren an en las ciudades. Por
qu? Porque estn inermes. Nuestra misin es salvarlos! De qu
manera? Armndolos!
Y no era esta doctrina exclusiva de Hctor. Estas reflexiones
eran el santo y sea de todos los rincones del pas. En todas par-
tes la opinin formaba un frente nico. El grito, el anhelo, era
el mismo: Dad armas a los catlicos mejicanos! Dadles muni-
ciones! Dadles dinero! Ah. .. ! Dnde estn unos cuantos mi-
llones!

244'
Libro Tercero

XXIX

GLORIA, AZAHARES

P ARA LOS PRIMEROS DAS de diciembre del ao de 1927 Hctor


Martnez de los Ros haba llegado a ser una figura mundial.
Desde el Koelnische Vol-Zeitung, de Alemania, hasta II Corrie-
re, de Italia; desde La Gaceta del Norte, de Espaa, y L'Echo
de la Loire, de Francia, hasta Los Principios, de Uruguay, y El
Pueblo, de Buenos Aires, toda la Prensa que, libre de consignas
y subvenciones bolcheviques, estudiaba la cuestin de Mjico, toda
pona a Hctor por las nubes, toda lo presentaba como lo que era:
un joven caudillo improvisado, hroe de leyenda en unos cuantos
meses de correras portentosas. . .
El aura popular, mientras tanto, lo coronaba de gloria y ala-
banza por toda la Repblica de Mjico, y en las filas callistas, des-
de Aguascalientes hasta la costa del Pacfico, el nombre de Hc-
tor resonaba como el golpe de la espada del ngel exterminador
de Senaquerib.
Las revistas ilustradas de Europa y Sur Amrica publicaban
las fotografas del gallardo mancebo, gracias, es cierto, a la pro-
paganda hecha por Consuelo, mitad por fe y mitad por amor,
en complicidad con los jvenes novelistas de Argentina y de
Francia, y la Juventud Femenina de Blgica y Holanda. Los
Centros juveniles hacan retratos de Hctor y los Prrocos del

245
Rhin lo enseaban hasta a los nios del Catecismo, como bo-
tn de muestra de "lo que eran los muchachos de Mjico".
Y todo corresponda a la verdad. Las conocidas proezas de
Hctor, los ruidosos desastres de los callistas, la visita de gente
de alta alcurnia a los campamentos catlicos, todo confirmaba la
justa fama del bravo guerrero. Los rancheros, por su parte, lo
adoraban. Aquel jefe era, al decir de ellos, un joven bello como
un ngel, y su espada era encendida por el fuego de Dios...
Los guerreros de Michoacn haban venido tragando leguas a
ponerse a sus rdenes personales, encabezados por el viejo he-
roico don Toms Anzures. Y as, Hctor, pleno y potente, te-
na en sus manos los destinos de una inmensa regin, en la que
la pestilencia callista estaba perfectamente conjurada. Los po-
bres perseguidos de villas y ciudades acudan all, y vivan tran-
quilamente en las chozas que Hctor, con sus huestes, custodia-
ba. Mdicos y damas servan ah con grande jbilo a los invic-
tos soldados de Cristo. Mientras tanto, en Zacatecas y en otras
ciudades, las muchachas, ricas y pobres, cosan y cosan sacos y
camisas, banderas y estandartes, para mandar, por medio de in-
finitas argucias, ropa limpia, implementos y provisiones de gue-
rra y boca a los amados libertadores.
Haba an algunas proezas de Hctor que no eran del domi-
nio pblico. El intrpido mozo, de cuando en cuando, unas veces
solo, acompaado otras, llegaba a entrar de incgnito a la propia
ciudad de Zacatecas, en donde el ogro callista lo hubiera devorado
de una dentellada a haberlo atrapado.
Era Consuelo la nica testigo y confidente de aquellas aven-
turas.
Horas de dicha angustiosa eran aqullas para la linda mu-
chacha, en que el amor de Hctor tena para ella el tinte arre-
batador de un amor aventurero, sazonado con peligros indeci-
bles. .. Cuntas noches, en plena plaza pblica, ella se haba
sentido morir de terror, al mirar a Hctor, envuelto en un sarape
mezquitaleo, pasar rozando las fornituras de los oficiales del
ejrcito.
As fue que aquellas semanas de triunfos militares y de fama
pregonera no haban sido en detrimento del fervoroso noviaz-
go; antes, al contrario, haban remachado la mutua fidelidad,
al grado que Consuelo ya no quiso ser por ms tiempo novia en-

246
cerrada en cuarteles de invierno, sino esposa que, a la vera de
su marido, galopara en vivo corcel, con la cabellera flotante, por
los campos de la lucha.
Corridos, pues, todos los trmites, convenida ya la ta de Con-
suelo y sealados padrinos de confianza plena y lugar perfectamente
seguro, se procedi a los preparativos prximos de una boda de
catacumbas.
El sueo dorado de Hctor y Consuelo haba sido recibir la
bendicin nupcial de manos del famoso Padre Gabriel, amigo
el mejor y sacerdote el ms instruido y el ms valiente que ellos
haban encontrado. El joven sacerdote no puso obstculos, y fue
puntual a la cita. Pasando las de Can y apelando a todos los
recursos que su ingenio vivaracho le deparaba, lleg a hospe-
darse en Zacatecas el tiempo suficiente para asistir al lindo ma-
trimonio. Cierto que por el camino, desde el Norte hasta aque-
lla ciudad, en hoteles y ferrocarriles, haba hecho sucesivamente
el papel de ingeniero de caminos, de diputado al Congreso de
la Unin, de pap de una chiquilla y de marido de una rubia
regiomontana. . ., y as logr burlar todos los espionajes callistas,
hasta presentarse con descomunal desplante en el propio Club
de la Bufanda, en la ciudad de Zacatecas, entre puros callistas,
pasando entre ellos como un rico tejano, comerciante en maqui-
naria, socio principal de la Chicago Machinery Limited Compa-
ny, que iba de paso para Puebla, a donde saldra aquella misma
noche.
Nadie, en efecto, lo volvi a ver en el Club, ni en el hotel,
ni en el restorn, ni en ninguna parte. Slo algunos lo vieron
a deshoras bautizando chiquillos y confesando piadosas, y, so-
bre todo, levantando el espritu y consolando a los pacficos que
en la corriente brega haban escogido el sistema tradicional de
los suspiros, las manos apretadas y los ojos en blanco...
La labor del Padre Gabriel fue fecunda. Con palabras bien
cortadas y bien tronadas, como martillazos, haba sumido a los
prudentes y fortificado a los valerosos; haba desvanecido pre-
juicios, y sin melindres ni remilgos, haba puesto a Hctor en la
cspide de la buena opinin, ante propios y extraos. Y proeza
la mejor, haba puesto chicos tapones en las narices del viejo So-
bern, quien en su acendrado catolicismo de capitalista, baaba
con sus crticas estultas desde el Episcopado hasta la Santa Sede.

247
Consuelo, por su parte, daba las ltimas puntadas a los lien-
zos del trousseau, en espera de una boda que la llenaba a la vez
de alegra y de temor. Porque Hctor se haba negado a acep-
tar un matrimonio por poder, como el de Garca Moreno, y ha-
ba resuelto venir l personalmente a recibir en sus propios brazos
el rico don de la hermosa mujercita.
El peligro de la aventura creca para Hctor por el simple
hecho de que algunas semanas antes, l en persona, se haba
presentado a Sobern a cobrarle los cinco mil pesos del enjua-
gue con el Padre Martn. Sobern, claro est, helado de espan-
to, haba entregado a Hctor los cinco mil pesos, contantes y
sonantes, temblando y arrepentido. Esto hizo prever a Sobern
que, de ah en adelante, Hctor sera para l una perpetua ame-
naza, y por eso, juntamente con su hijo Pepe, que, a su vez,
estaba celoso y humillado por el nuevo amor de Consuelo, se
haba transformado en un espa ms, despiadado, imprudente,
con muchos recursos e informes, resuelto y capaz de perder a
Hctor en la ocasin ms propicia.
La fecha del matrimonio estaba fijada para la Epifana de
1927. El movimiento armado de los catlicos deba comenzar ya
en firme y unificado el 11 de enero, aniversario de la proclama-
cin de Cristo Rey en Mjico.
Para esa fecha Hctor deba haberse ya movilizado con sus
tropas hacia el Estado de Jalisco, en donde deba operar en com-
binacin con los dems jefes invencibles de aquella regin ben-
dita. Y Consuelo deba ya sentar plaza de amazona para aque-
llas jornadas pocas, que se verificaran ms tarde.
Slo quien hubiera estado al tanto de estos precedentes, hubiera
dado la importancia que tenan a una serie de hechos, al parecer
vulgares, que se realizaron en Zacatecas en los primeros das de
enero, en los alrededores del conocido Mesn del Jovito, humil-
dsimo hotel de campesinos y remedo pobrsimo de las antiguas
ventas espaolas.
Y fue que el da 4 de enero llegaron a dicho mesn cinco
tristes leadores, caminando a pie y arreando a cinco flacos y
mustios caballos, cargados con lea. Vendieron su lea al mis-
mo dueo del mesn y quedaron alojados en la misma casa.
El da 5 del mismo mes, un plomero, vestido de overoll de

248
mezclilla azul, trafagueaba en la pobre casita frontera al mesn,
atornillando y destornillando los plomos de la caera.
Finalmente, el da 6, fiesta de la Epifana, cerca de las nueve
de la maana, pasaba por la calle misma del mesn y de la ca-
sita, detenindose de puerta en puerta, un agente viajero de ropa
y novedades, seguido de un muchachn que cargaba a la es-
palda la valija ms pesada de la mercanca.
Lleg el agente viajero a la misma casita en que el plomero
trabajaba, y comenz a mostrar a dos o tres mujeres que salieron
al zagun, las telas, corbatas, medias y dems artculos que ven-
da. Estaban las mujeres palpando y examinando las prendas,
cuando el agente viajero y el muchacho que le acompaaba, de-
cididos y ligeros, entraron casa adentro, siguiendo los pasos del
plomero, que tambin se meta de prisa a una habitacin in-
terior. El plomero, con diligencia y seguridad, abri un gran
ropero, lleno de faldas y vestidos de mujer. Separ un poco las
ropas que colgaban, y se col entre ellas. Se inclin un poco,
cogi por la parte de abajo la tabla posterior del ropero, apo-
yando los dedos en unas ranuras que all haba, hizo un esfuer-
zo y la tabla se levant hacia arriba, dando paso a una cavidad
sobre el muro, cubierta con una cortina roja. Por ah entr el
plomero, y tras l el agente, y tras ste el muchacho. El mucha-
cho era Juanillo, el hijo de don Toms Anzures; el plomero era
el famoso Padre Gabriel Arce, y el agente viajero era nada me-
nos que el propio Hctor Martnez de los Ros.
Encontrronse los tres atrevidos varones en una reducida es-
tancia, larga y angosta. En un extremo de ella se levantaba un
pequeo altar, cubierto por ricos paos de lino. Sobre el altar,
un Crucifijo, dos cirios y lo necesario para la celebracin de la
Misa. Frente al altar, dos reclinatorios afelpados de rojo y ador-
nados con lazos blancos. En uno de ellos, toda vestida de blan-
co, estaba Consuelo de rodillas, los dedos entrelazados junto al
pecho palpitante, los ojos llorosos ansiosamente clavados en el
sencillo Crucifijo, lo mismo que un ngel en xtasis. Detrs de
los reclinatorios estaban dos damas, la madre de Hctor y la ta
de Consuelo, cubierta la cabeza con blondas de seda negra y
manos y brazos con guantes blancos. A la entrada de los tres
aventureros, una onda de excitacin cruz por los tres corazo-
nes femeninos, que esperaban en el secreto recinto. Consuelo,

249
como gacela medrosa, palideci y se encogi sobre el reclinato-
rio, clavando con mayor ansiedad sus ojos en la imagen del Cru-
cificado. El Padre Arce se arranc la chaqueta de plomero y se
plant la sotana, sin mangas, que le tendi una de las damas.
Hctor se quit rpidamente la americana gris y se visti una
levita negra, en cuya solapa sonrea un ramito de azahares. Jua-
nillo, mal vestido y mal aseado, qued pegado a la cortina, como
un centinela de confianza. Y no era Juanillo el nico, pues si
el lector hubiera observado los alrededores de la casa, habra vis-
to que, sobre la azotea del Mesn de Jovito, los cinco leadores
de marras estaban tendidos sobre sus frazadas, cada uno con su
buena carabina, custodiando, ojo avizor, las azoteas de la casa don-
de unan sus vidas la ms bella y fina de las mujeres jvenes y el
ms valiente y noble de los caudillos cristianos: Consuelo Madrigal
y Hctor Martnez de los Ros.

250
XXX

HOLOCAUSTO

F UE UNA REVELACIN DIABLICA la que recibi aquel condena-


do? Fue una inocente indiscrecin la que ilustr a aquel mise-
rable? Qu motivo pudo tener el insensato para barrer con su
decantado catolicismo e ir a granjearse la sonrisa de un ban-
dido? Vayan ustedes a poner lmite a la potencia malfica del
rico egosta... ! Ello fue que en los momentos exactos en que en
las catacumbas se encontraba reunido lo mejor que en valor, sa-
ber, belleza y dignidad tena la catlica regin, entr, con paso
decidido y sonoro, al cuartel de la Jefatura de Operaciones, bus-
cando con ansia al General Ortuzar, el desgraciadsimo de don
Carlos Sobern en persona, respirando a bufidos, seguido en su
villana carrera por el pazguato de Pepe, su hijo. Y tan pronto
como se vio en presencia del General Ortuzar, le dispar, a que-
marropa, textualmente, estas palabras, que a todos, menos al que
escribe estas lneas parecern inverosmiles:
General! En el nmero siete de la calle del Pocito est en
estos momentos el cabecilla Hctor Martnez de los Ros. Se est
casando ahorita mismo con Consuelo Madrigal, y los est casando
el famoso Padre Arce, el cura ms revolucionario de toda la Re-
pblica.
El general abri los ojos chispeantes y se chup los labios con
jbilo nervioso. En tres palabras hizo que Sobern le repitiera
la calle y el nmero. Y cuatro minutos despus ya haban salido
de la Jefatura cinco diversos grupos de soldados, con la orden
de dar aquel zarpazo heroico...
Los soldados callistas tomaron todas las precauciones para no
dejar escapar la preciosa presa. Lo primero que hicieron fue

251
apostar centinelas en las cuatro esquinas para impedir que per-
sona alguna saliera del permetro de la manzana. Cinco solda-
dos recibieron tambin orden de subir a la azotea por donde
Hctor y sus amigos podan escapar. Subieron, pues, los cinco
soldados, y no bien se haban incorporado, cuando una descar-
ga cerrada los ech por tierra. Don Toms Anzures y sus cua-
tro leadores, que formaban la escolta secreta de Hctor, cum-
plan su consigna desde el Mesn de Jovito. La inesperada des-
carga sembr un desconcierto horrible entre los soldados que cus-
todiaban las esquinas, hacindoles reconcentrarse rpidamente so-
bre la casa nmero siete, en la que hicieron una tumultuosa irrup-
cin. La descarga anunci tambin a Hctor que la hora del
peligro haba llegado. Era el momento preciso en que el Padre
Arce levantaba su mano ungida sobre las manos estrechadas de
los dos nuevos esposos.
Hctor, firme y tranquilo, sinti que entre su mano se en-
friaba la blanca y suave mano de Consuelo. Las damas palide-
cieron de terror. Juanillo se repeg sobre la hendedura para ob-
servar la entrada, teniendo en sus manos un horrible pual. El
Padre Arce, con una serenidad a toda prueba, termin la frmula
sagrada diciendo:
Hctor, Consuelo: yo os uno en matrimonio, en el nom-
bre del Padre y del Hijo y del Espritu Santo.
Amn! respondi Hctor.
En aquel momento reson una nueva descarga, detonante.
Slvate, Hctor! clam ya Consuelo. Slvate, por Dios!
Y anhelante y plida, lo empuj hacia otra puerta oculta que
daba a otra casa desconocida.
Hctor tuvo la calma de volver los brazos hacia Consuelo y
estrecharla, confundiendo sus labios con la mejilla de aquella
princesa.
Djame y slvate, Hctor mo! solloz Consuelo.
Se despoj Hctor de la levita, cogi el gorro que haba de-
jado el Padre Arce, se lo puso en la cabeza y sali tranquila-
mente por la nueva puerta que se le abra. Se detuvo un mo-
mento en la cmara a donde la puerta daba. Ah se ech delante
la pistola que del cintillo colgaba, y sali al patio. Una potente
motocicleta, preparada a prevencin, le esperaba all. Hctor mon-

252
t en ella. Una nueva descarga resonaba entonces sobre las azo-
teas. Hctor oprimi con serenidad la llave del motor. A la puer-
ta de la casa, en la calle opuesta a la del Pocito, una mujer hizo
una seal a Hctor. La seal significaba: "Va libre". Trepid
el aparato. Hctor aprest los pedales, y a toda la fuerza de su
mquina sali de la casa, y de la calle, y de la ciudad, perdin-
dose de vista a lo largo de la carretera, entre nubes de polvo, de
gas y de gloria. ..
Toms Anzures y los cuatro leadores que desde el Mesn de
Jovito tiroteaban a los soldados de Calles, vieron que sobre la
azotea del nmero 7 se agitaba una bandera verde.
Ya est afuera exclam don Toms; ahora nosotros!
Se descolgaron de la azotea como lagartijas, montaron en sus
caballos, y a largas bridas, con mpetu de centauros, salieron de la
casa, de la calle y de la ciudad. ..
Mientras tanto, el alboroto se adueaba de la ciudad entera.
Nuevos pelotones de soldados haban llegado a la casa, y enjam-
bres de genzaros inundaban ya de nuevo las cuatro calles adyacen-
tes. La manzana entera estaba sujeta a un examen con micros-
copio. Por todas las casas, por todas las piezas entraban soldados
con precaucin, con desconfianza, examinando cuidadosamente cada
rincn, cada cuchitril, pajares y graneros, desvanes y jonucos, ar-
marios y petacas, azoteas, chimeneas. .. Gomo reguero de plvora
corra por la ciudad la noticia de que Hctor en persona se estaba
tiroteando con las tropas, en una casa de la calle del Pocito.
En el escondido oratorio an no invadido, Consuelo, plida,
trmula, advertida de que Hctor estaba en salvo, dijo con deci-
sin al Padre Gabriel:
Siga usted la Misa, Padre. Hctor se ha salvado.
Las damas todas se arrodillaron, y el Padre Gabriel, revestido
majestuosamente de los ornamentos, hizo una amplia seal de la
cruz y pronunci en latn las primeras palabras litrgicas del Sa-
crificio :
Subir al altar de Dios, del Dios que llena de alegra mi
juventud!
Sobre el libro de pastas de ncar, Consuelo haba clavado sus
ojos de reina de Saba, y lea con atencin, a pesar de su ner-
viosidad, las palabras que el sacerdote pronunciaba. Alrededor de

253
la estancia, sobre sus cabezas, al travs de las paredes, se oan
los ruidos y las voces de la bsqueda infernal. Ella, abstrada,
con toda la fe de un alma mstica, devoraba el sentido de aquel
salmo, que nunca le haba parecido tan expresivo:
Seor, s t mi Juez! Discierne mi causa de la causa de
la gente no santa; lbrame, Seor, del hombre inicuo y del hom-
bre que engaa!
Y Consuelo pona su corazn candente en aquella oracin, mien-
tras sus odos, finos y atentos, le anunciaban que la hora de la
prueba se acercaba...
Porque T eres, oh Dios, mi fortaleza! Acaso me recha-
zas? Por qu entonces me siento triste en el momento en que el
enemigo me aflige?
Consuelo dio un suspiro y continu leyendo con nuevo nimo:
"Por qu ests triste, alma ma? Por qu me conturbas?
Pon tu esperanza en Dios!"
El sacerdote ley el Evangelio. Sus palabras eran tranquilas,
expresivas. El libro sagrado hablaba de Herodes y de Jerusaln,
todos conturbados porque naca el Cristo, Rey de los judos. . .
El sacerdote se arrodill y toc la blanca cobertura con su frente,
iluminada de ciencia y de virtud.
Oyse en aquel momento el ruido siniestro de un mueble pe-
sado que era arrastrado. Por la mente del sacerdote, de Consuelo
y de las damas cruz la misma idea: "Estamos descubiertos!"
Pero nadie se movi.
Un momento despus la cortina se levant, y tres soldados
callistas entraron a la escondida estancia. Al mirar el altar y al
sacerdote revestido, los soldados se sintieron cohibidos.
El Padre Gabriel, con majestad inefable, se volva en aquel
momento para decir: "Dominus vobiscum".
Los tres soldados, como sucumbiendo ante una fuerza supe-
rior, maquinalmente fueron cayendo poco a poco de rodillas; uno
de ellos hasta se santigu. Y se quedaron como lelos, sin saber
qu hacer. La misa prosigui, sin que Consuelo ni las damas
parecieran intimidarse. Uno de los soldados, por fin, avanzando
de rodillas, lleg hasta Consuelo, y muy quedo le dijo:
Andamos buscando a don Hctor!

254
Esperen que termine la misa! respondi Consuelo sin per-
turbarse.
El soldado, todo atolondrado, se volvi otra vez de rodillas, a
reunir con sus camaradas. Luego, los tres se pusieron de pie,
salieron, hablaron a media voz en la estancia inmediata, y se re-
tiraron. .. Y la misa continu, dulce, consoladora, confortante y
tranquila, mientras afuera se preparaba la borrasca...
Los soldados, pobres hijos del pueblo, que no se haban atre-
vido a interrumpir la misa, tenan, por otra parte, que ser cul-
pados de complicidad. Un oficial los haba visto salir de la pie-
za que daba acceso a la catacumba.
Quiubo! Qu jallaron? les pregunt con brusquedad.
Pos. .. croque ah hay gente adentro balbuci uno de ellos,
no atrevindose a hablar claro por un dejo de temor de Dios.
Y por qu diablos no buscan? dijo el oficial entrando
con resolucin a la pieza. De una zancada pas al oratorio y sa-
lud a los meditativos presentes con un feroz:
Quin vive!
Sacerdote y fieles se estremecieron; pero nadie contest. El ca-
pitn se adelant hasta los reclinatorios, en donde Consuelo y
las damas permanecan inmviles.
Que quin vive! Qu, no oyen ? pregunt a gritos de
nuevo, mientras el sacerdote continuaba serenamente sus oraciones.
Viva Cristo Rey! contest una voz rotunda del fondo de
la capilla.
Era Juanillo, el asistente de Hctor, que se haba quedado ha-
ciendo guardia a Consuelo.
Al or estas palabras, Consuelo y las damas volvieron el rostro
sorprendidas. Pero ms sorprendido se volvi el capitn, que, al
escuchar tal respuesta, creyse encerrado en una ratonera, en la
que lo primero que deba buscarse era la salida, y en dos brincos
se col por el boquete, gritando:
Soldados! Soldados! Aqu est el enemigo!
El sacerdote, mientras tanto, haba ya consagrado, y omitien-
do algunas ceremonias, distribuy inmediatamente la Comunin a
Consuelo y las damas. Todava el sacrificio prosigui, mientras

255

H18
Juanillo, untado al muro en el rincn ms prximo a la oquedad,
blanda ya un enorme cuchillo jalapeo...
Un enjambre de soldados inund la cmara anterior. Muchos
llegaron hasta la oquedad, pero ninguno se atrevi a levantar la
cortina.
ntrele, mi jefe dijo un soldado a un oficial, que tambin
vacilaba.
El oficial, herido en su amor propio, amartill la pistola y le
vant la cortina. ,
Iba a dar un paso, cuando solt un grito y retrocedi. Sus ma-
nos chorreaban sangre, la pistola se le haba escapado de ellas.
Juanillo, el defensor de la brecha, era ya dueo de aquella arma.
El pelotn de soldados corri hasta el corredor exterior, y el
pnico lleg hasta las escoltas de la calle.
Ah est el cabecilla! fue la voz que se difundi por todas
partes.
Los soldados recibieron orden de entrar de nuevo a la estan-
cia del ropero, y hacer fuego sobre la brecha cubierta por la cor-
tina. La horrible detonacin estremeci la casa entera. Los pro-
yectiles, en la capilla, arrancaron pedazos de piedra de la pared
frontera.
Clavada en su reclinatorio, la valerosa Consuelo haba resistido
aquella sucesin rpida de impresiones intenssimas, que le hacan
aicos las fibras ms resistentes de su maravilloso temperamento,
pero no pudo ya ms. Al estampido de las balas sobre sus propios
odos, sinti que la capilla se desplomaba, que el piso se hunda,
que las detonaciones le desgarraban el cerebro. Se cogi entonces
del terciopelo del reclinatorio, inclin el pecho, dej caer la ca-
beza, ya perdido el sentido y extraviado el mirar, y rod al suelo,
plida como el cirio que la haba iluminado.. . El Padre Arce,
que en aquel momento bendeca, adelantndose con presteza, la
detuvo en sus brazos; las damas abrieron la puerta de escape
opuesta a la oquedad y salieron del recinto acompaando al Padre
Arce, que revestido, levantaba en alto, como una hostia, el cuerpo
inmvil de Consuelo.
Al llegar al patio de la casa contigua, donde Hctor haba to-
mado la mquina, un feroz grito atron el espacio, haciendo es-
tremecerse el mismo cuerpo inconsciente de la novia:
Alto ah!

256
Y veinte soldados, como leones rugientes, rodearon a los cua-
tro hroes de la imperturbabilidad, en aquella jornada memorable.
Juanillo, sin embargo, permaneci an en la brecha. Sobre l
llovan las balas de cuanto soldado haba quedado por la parte
opuesta. Pero no era capturado todava. Alguien discurri arro-
jarle una bomba. Juanillo la vio caer a sus pies en su propio es-
condite, negra, redonda, con la tosca espoleta humeando ya sobre
el punto de explosin. Rpido como el rayo, Juanillo se arroj
sobre ella y a ciegas la volvi a arrojar sobre el boquete por
donde haba entrado. Y el estallido infernal reson al punto, la
casa toda se estremeci, y el piquete de soldados fue desbaratado
por los pedazos de acero candente de la granada...
En el patio de la casa opuesta, Consuelo abri los ojos, como
quien despierta de un sueo arrullado a caonazos. Lo primero
que vio fue a Juanillo, sudoroso, agitado, ensangrentado de la
frente y de los labios. Era trado a empellones por un montn
de soldados. El infeliz chiquillo haba agotado el herosmo de
su lucha.
Al pasar junto a Consuelo, Juanillo se llev la mano a 3a frente
en saludo militar, y cuadrndose, dijo a la joven, cuyos ojos negros
resaltaban entre la espuma del atavo:
Perdneme, mi ama; pero se me false una mano! Si no...
La noticia produjo un delirio descomunal no slo en los cuarteles,
sino en las dependencias todas del Palacio Nacional y del Alczar
de Chapultepec.
Friolera! El famoso cabecilla Hctor Martnez de los Ros haba
cado prisionero, y, con ello, tocaba a su fin la protesta armada
de los catlicos en una vasta regin. Los diez mil soldados callistas
a quien Hctor traa jadeantes y desvelados, quedaban ya expe-
ditos para ir a socorrer a sus camaradas, que no echaban nunca
una ceja tranquila en las campias del Bajo michoacano ni en
las montaas de Jalisco.
Los boletines oficiales se multiplicaban y circulaban con el des-
plante ms desvergonzado: Hctor capturado. Sus tropas, rendidas.
La rebelin, perfectamente sofocada.
Ante tales aspavientos, naturalmente, los pobrecitos catlicos
sintieron que el espritu se les iba a los talones. Hubo santas vie-

257
jecitas que se pusieron a llorar. Calles, mientras tanto, y sus
ministros, y los Jefes y Oficiales del Ejrcito, se frotaban las manos
de jbilo.
Pero la rueda de la fortuna invirti totalmente las impresiones,
cuando aquella misma noche, a las once y cuarenta y cinco mi-
nutos, la estacin de radio difusora de la Liga Defensora de la
Libertad Religiosa, trasmita el siguiente mensaje a las delegaciones
todas de la repblica:
"Es falsa la noticia dada hoy por el Estado Mayor de Calles.
Ni la rebelin ha sido sofocada, ni tropas algunas se han ren-
dido, ni el valeroso caudillo ha sido capturado".
Y esto fue lo que puso ms rabioso al Jefe de las Armas de
Zacatecas, pues tras tantos alborotos, era preciso confesar que en
verdad, Hctor, el objetivo de sus pesquisas y causa de sus des-
asosiegos, los haba dejado con un palmo de narices. . .
Parece, por otra parte, que entr la gloria en la crcel de Za-
catecas con la aprehensin de Consuelo, del Padre Arce y de las
dos damas. Tuvieron los nuevos prisioneros la fortuna de ser
instalados en un mismo saln, adonde tambin se llev a don
Luis, el decano de las vctimas, y a Juanillo, el valiente de la ca-
tacumba. Estaban ah tambin dos seminaristas, alegres como cas-
tauelas, algunos jvenes de la A.C.J.M. y un grupo de muchachas.
Todo aquel fino mundo ri y cant desde el primer momen-
to. El Padre Arce los confes a todos, y en suma, despus de
no comer el primer da y tras de no dormir la primera noche,
poco a poco fueron hallando acomodo y paz, bien obsequiados
por sagaces visitantes, bien chocolateados, bien dormidos en es-
teras y petates, encantados de la seguridad de que gozaban en-
tre las uas de la fiera.
Consuelo haba logrado hacer traer otro vestido para quitar-
se el de boda, que se conservaba en la amplia bartolina como un
trofeo, colgado de un clavito sobre la pared mugrosa.
La madre de Hctor obtuvo permiso para asistir al cateo de
su propia casa, oportunidad que aprovech para traer algunas
cosas indispensables para matar el tiempo.
Sucedi entonces que al revolver y rebuscar en el cateo, todos
los encierros de la casa, brutalmente dirigido por los soldados,
la madre de Hctor dio con un tesoro largo tiempo perdido y

258
hasta olvidado. Era un librte de pastas radas, de hojas recias
y amarillentas, grande y macizo, como el fuego de epopeya que
en l palpitaba.
Soledad dio un grito. El hallazgo le suscit la imagen de su
padre, el anciano venerable que le profetiz la gloria de su hijo...
Abri Soledad el libro, como quien busca una distraccin, en-
medio del andar y venir de los soldados que escudriaban la
morada, y entorn los ojos, deleitndose ante una imagen inte-
rior que el libro le proyectaba. .. Ah estaba Hctor, el hroe de
la epopeya de Hornero, defendiendo la libertad de Troya, al fren-
te de un puado de valientes...
Soledad llev consigo el libro a la prisin, se acerc a Consuelo
y le dijo:
Hija ma! Que ste sea mi regalo de boda.
Consuelo, al punto, sentada en un banquillo y rodeada de ami-
gas, comenz a hojear:
Este es mi Hctor! exclam, mirando una por una las
lminas del poema.
Todos los prisioneros comprendieron que la vida del hroe le-
gendario palpitaba en el pecho del hroe real que combata mientras
ellos penaban.. .
Pero qu gran consuelo y regocijo les inundaba cuando hasta
el1 os llegaban las noticias de los triunfos catlicos! Cierto que
esas noticias marcaban un momento de terrorismo en el seno de
la prisin, proporcionado al grado de rabia que las noticias pro-
ducan entre los cancerberos oficiales.
Un da cay como una bomba la noticia de una derrota de
las maysculas para los callistas. Acto continuo, don Luis, el Padre
Arce y Juanillo fueron sacados de la sala de reclusos y conducidos
a la oficina de la Jefatura.
Una onda de terror corri por la prisin. Consuelo y las da-
mas, las muchachas y los jvenes sintieron de nuevo la horri-
ble depresin del espritu. Corri una larga pieza de tiempo, y
los augustos prisioneros no volvan. Ni un rumor, ni un infor-
me, ni una explicacin, ni una noticia. Un silencio espantoso
rodeaba aquellas ansiedades. Pas as la tarde. Corri as la no-
che. Un presentimiento negro sent sus reales sobre cada cora-
zn de los encarcelados. Consuelo y las jvenes se esforzaban

259
por disipar la tristeza que las agobiaba. Se esforzaban por rer;
pero sus risas caan tristes y macilentas, como flores marchitas.
Al da siguiente, por fin, las tres figuras valerosas de don Luis,
el Padre Arce y Juanillo aparecieron de nuevo a las puertas de
la Prisin. Una aplauso general los recibi:
Buenas noticias, gentes! dijo el Padre Gabriel, arrancando
de cuajo el humor negro.
Cules son? preguntaron a coro muchas voces.
Que nos van a ahorcar! *
- Es broma! observ Consuelo.
Que lo diga don Luis observ el Padre.
El rostro plido, los ojos hundidos, la nariz afilada de don
Luis no dijeron nada; pero su silencio de espectro hizo com-
prender a todos, por medio de una corriente de escalofro, que
la sentencia haba sido en verdad pronunciada contra los tres
varones admirables. Pero por qu? Porque las huestes catlicas
se estaban coronando de triunfos; porque los callistas no conta-
ban ni una sola victoria; porque los hombres del gobierno se
agarrotaban en las montaas al escuchar el grito de "Viva Cristo
Rey"; porque los libertadores se agazapaban como fieras, y sal-
taban como leones, y se esfumaban como el humo para reapare-
cer de pronto por los flancos y por las retaguardias, siempre cer-
teros, siempre terribles, siempre invulnerables, siempre agresi-
vos. .. Y era preciso demostrar, sin embargo, que Calles triun-
faba. Por eso, ya que los libertadores estaban armados, era me-
nester buscar vctimas inermes. As cayeron centenares de gen-
tes pacficas, as fueron sacrificados tantos sacerdotes, as deban
tambin ser ahorcados aquellos tres varones gloriosos, un sacer-
dote, un empleado y un proletario, para exhibirlos en seguida, como
prisioneros capturados en un glorioso combate. . .
Ante la sentencia fatal, don Luis y Juanillo se mostraban
agobiados. Juanillo, rabioso de ser cogido como un borrego. Slo
el Padre Arce segua sonriendo y charlando con su buen humor
portentoso.
Amigos! deca con la mejor de sus alegras, no hay
que darse a las congojas. De aqu al poste en que nos cuelguen,
hay muchos pasos y muchas horas... No los colgarn a ellos
primero los nuestros?
Las horas corran. Analizando cada uno de los sentenciados su

260
propia congoja, descubra que era mayor el pesar por dejar la
compaa de aquella familia de penados, en que Consuelo era
reina, que el mismo temor a la muerte.
Por la tarde se present en las oficinas de la prisin, Carme-
lita, la hija de don Luis. Vena a pedir permiso de acompaar
a su padre por el ferrocarril para asistir a su martirio.
El capitn Caravantes la recibi con afabilidad, con mucha
afabilidad, con demasiada afabilidad. Guiando a la vez un ojo
a su asistente, le dijo:
Acompae a esta seorita a mi oficina. Ahorita voy a ex-
tenderle el permiso.
Carmelita, con la medrosidad de sus veinte aos virginales, sinti
temor. Caravantes pesc al vuelo su gesto de desconfianza, y
aadi:
Que la mecangrafa le escriba el permiso y me lo traiga para
firmarlo.
Esta nueva frase anim a Carmelita, que sin detenerse ms,
sigui al asistente. Subieron las escaleras, pasaron un corredor
largo y solitario, en que apenas un guardia se fumaba perezoso
un cigarro. Desde una ventana del pasillo, Carmelita descubra
el gran patio de la planta baja. All, en frente, se extenda la
sala de los reclusos. Carmelita se detuvo un momento a la ven-
tana. Al travs de las ventanas se escuchaban las voces de los
prisioneros. En el fondo de la sala, sentado en el suelo, descu-
bri a su padre. Escuchaba, con la cabeza desconsoladoramente
cada, una animada pltica del Padre Arce. Carmelita record
la imagen del Nazareno de las Semanas Santas de su parroquia.
Tambin mir la silueta de Consuelo, gentil y suave, que cru-
zaba la estancia... Qu figuras tan amables!! Qu almas tan
buenas! Carmelita dio un hondo suspiro.
Dnde es? pregunt al asistente.
Ah! y le seal una habitacin entreabierta.
Carmelita entr. Estaba ah el escritorio, la mquina de es-
cribir; pero no haba ninguna mecangrafa. Carmelita sinti mie-
do y quiso salir.
No se vaya usted; ahorita le arreglan su negocio le dijo
el asistente, asaz respetuoso.
La joven sinti que un anillo de fuego le coronaba la cabeza.

261
Quedse, pues. Mir azorada aquella soledad. Sentse al fin en
un banquillo de madera y esper.
No tard en llegar Caravantes. Con sus tubos de cuero re-
lucientes. Su chaquetn y fornituras bien ceidos. Haba que re-
conocer que vena guapo.
El militar se coloc frente a la mquina. Carmelita se tran-
quiliz un poco.
La puerta al corredor se haba cerrado de golpe.
Serio y correcto, Garavantes escribi dos renglones.
El nombre de usted, seorita? pregunt fino y atento.
Carmen Snchez.
Oh! Carmelita! As se llama mi novia. Una guapsima mu-
chacha de Puebla!
S? pregunt sonriente Carmelita, ya muy en sus cabales.
Mire usted qu linda se ve en este retrato... Pase usted!
invitndola al aposento interior que tena trazas de recmara.
Titube un poco Carmelita; pero crey que era preferible pro-
ceder con sangre fra, y entr al camarn junto con Caravantes,
que, al parecer, no presentaba ningn sntoma de descomedi-
miento.
Y la segunda puerta se cerr tambin. ..

En la sala de reclusos, el Padre Arce hablaba an a don Luis,


que, sentado sobre el suelo, reclinado en la pared, cabizbajo, pen-
sativo, segua escuchando. De pronto, don Luis, como herido de
un pensamiento vivo, levant sorprendido la cabeza, frunci lige-
ramente el entrecejo y aprest el odo, clavando los ojos en el
vaco. Se levant con presteza, sin acordarse ms del Padre Arce,
y se acerc a la ventana, clavando la mejilla sobre la reja. Los
prisioneros todos le miraron extraados, en medio de un silencio
pavoroso.
Es ella. .. ! -rugi. Es Carmen!
Y corriendo hacia la puerta abierta de la sala, don Luis dijo con
imperio al centinela:
Quiero salir!
El guardia, sonriendo ferozmente, atraves el fusil al paso de don
Luis.

262
El recluso hizo una mueca horrible, y lanzando chispas por
los ojos, horrorosamente arqueados, con toda la furia de un de-
mente repiti:
Djeme salir, bandido!
Tendi entonces las dos manos descarnadas y temblorosas sobre
el rostro del soldado, encerr entre las diez uas de sus manos la
cabezota del guardia, y, con saa inesperada, clav enrgica, ra-
biosamente los dos pulgares en los ojos del centinela. Solt ste el
fusil y bambole atarantado, mientras don Luis demudado, con
los cabellos en desorden, la mirada extraviada, ech a correr hacia
la entrada de la escalera.
Dos soldados le salieron ah al paso. El, con fuerza sobrehu-
mana, de dos puetazos, fuertes como golpes de maza, los derrib
y se abri paso.
Agrrenlo! grit uno de ellos. Est loco!
Un montn de soldados se le ech entonces encima. Don Luis,
en medio de ellos, jadeaba, se revolva, forcejeaba, echaba espu-
ma por la boca, y palabras ofensivas, como nunca las haba pro-
nunciado. Los soldados, ya muchos, riendo y burlando al pobre
loco, lo derribaron en tierra. Poco a poco lo fueron asegurando y
aquietndolo, sujetndolo con puos y rodillas, hasta que, al fin,
con fuertes cuerdas lo dejaron perfectamente ceido y ligado. Un
soldado se lo ech al lomo, lo volvi a la sala, en donde los
dems prisioneros, llenos de ansiedad, se preguntaban qu suce-
da, y lo arroj como un fardo sobre el suelo. Azot la cabeza
contra el pavimento, se estremeci don Luis, dentro de sus liga-
duras, y clam:
i Padre Arce, Padre Arce... ! Morir; cuanto antes, morir!
Consuelo, las damas, los jvenes y las muchachas, todos, ro-
deaban a aquel hombre misterioso, que en un momento de furor
arrancara los ojos de las rbitas a un soldado. Consuelo le enjuga-
ba la frente ensangrentada. El levant los ojos con muestra de
gran dolor:
Padre! dijo al sacerdote. Creen que estoy loco; ojal
lo estuviera!
Nadie osaba soltar sus ligaduras. Hasta que el Padre Gabriel
decidido y valiente:
Yo lo desato, suceda lo que suceda! exclam.
Quedaba libre don Luis, al parecer calmado y tranquilo, cuando

263
mirando de nuevo hacia la entrada de la sala, volvi a transfor-
marse su semblante, volvieron a revolvrsele los ojos. .. A la puerta
de la prisin apareca una figura de mujer, con el rostro escondido
entre las manos. Temblaba la infeliz de pies a cabeza, como la
hoja de un rbol. Desjarretada, desceida, despeinada, arrastrando
por el suelo un desgarrn del vestido que la cubra... Era Carmen!
Calla, hija ma; calla, por Dios! djole don Luis entre
sollozos. No anticipes la muerte de tu padre!
Carmen mir a su padre, le tendi los brazos y reclin sobre el
hombro paterno el rostro cubierto de lgrimas.. .
Y ah, muy cerca del odo, sin que lo oyera, a ser posible, ni
el mismo ngel de la Guarda:
Papacito, papacito.. . !
Un sollozo le cort la palabra. Pero atrepellando el sollozo,
con una voz gutural en que se envolva el recuerdo horrible y
palpitante y el rencor profundo e impotente, aadi:
- Quiero morir contigo antes de que lo sepa mi madre... !

264
XXXI

VIA CRUCIS

LA ORDEN LLEG PRECISA, CONTUNDENTE.


Por el tren de aquella noche deban salir todos los prisioneros,
encerrados en un furgn. Los tres principales reos varones seran
ahorcados en los postes telegrficos de las regiones infestadas de
rebeldes...
Consuelo, su ta y la madre de Hctor, Carmelita, las dems
jvenes, los seminaristas y los muchachos de la A.C.J.M. no saban
a punto fijo cul sera su paradero.
La salida estaba fijada para las once de la noche.
La noticia de que los inocentes prisioneros seran sacados esa
noche de la ciudad haba cundido por todas partes. La Comi-
sin dirigida secretamente por las Damas Catlicas quiso comuni-
carse con los deportados; pero sus esfuerzos fueron vanos. Tan
slo lograron hacerles llegar algunas cestas con bastimento.
Hurgaban algunas muchachas una de las cestas cuando en-
contraron en ella una cajita de cartn. Abrironla con curiosidad
y vieron que contena una regular cantidad de hostias pequeas y
un frasquito de vino.
Padre Arce, mire usted lo que nos mandan!
Entre los victimados, el hallazgo provoc un gozo indescrip-
tible, mayor que si hubieran tenido noticias de su libertad.
Eran ya las diez y cuarto, y no haba que perder un minuto.
El Padre Arce estaba ya habituado a hacer uso de los privilegios
que el Sumo Pontfice Po XI haba concedido a los sacerdotes
mejicanos, de celebrar la misa a cualquier hora del da o de
la noche, y de reducirla a la forma ms breve y ms simple que
fuera posible. Se buscaron los ornamentos con que el Padre Ga-

265
briel haba sido aprehendido; pero los ornamentos estaban en una
fotografa en que se haban ido a retratar unos soldados vestidos
de Curas representando escenas sacrilegas.
En un santiamn, las muchachas improvisaron un altar en el
rincn de la sala: un cajn de jabones vaco, que no llegaba a
un metro de altura, cubierto nada menos que con el vestido de
boda de Consuelo. Sobre el cajn, para aumentar la altura, el
librte de las pastas de cuero rado, en donde vibraba el espritu
del Hctor de Hornero, y la infancia del Hctor de Consuelo. Un
soldado piadoso aport un vaso de cristal para cliz del sacrificio.
El Padre Arce, mientras tanto, confes de pie, como quien con-
versa, a cada uno de los creyentes... Toc su turno a Carmelita.
Pobre mujer! Hundida, en un momento, en el abismo de un
futuro deshonroso. . . El Padre Arce suspir y termin dicindole:
Hija ma, Dios nos lo pide todo. .. ! La hacienda, la vida,
el honor. .. todo eso y ms debemos dar por su causa... Ani-
mo, hija ma! El coro de las vrgenes te espera... No hay des-
honra del cuerpo, cuando ha habido tormento del espritu. . . ! Tu
penitencia?... Ninguna! Eres inocente!
Cuando Consuelo se acerc al sacerdote, faltaban ya treinta mi-
nutos para las once. ..
Padre! dijo Consuelo. Yo slo siento un grande amor
a Hctor y una grande ambicin de que triunfen sus soldados;
que luche como un len, que se vista de gloria como un hroe,
que viva como un santo, que muera como un mrtir... Es esto
pecado?
No, hija ma! Al contrario: eso es una gracia de Dios...
Padre, yo me alegro en extremo cuando s que stos son
derrotados; cuando s que caen muchos heridos y muchos muer-
tos. .. Yo siento grande gozo cuando los hacen aicos... Es esto
pecado?
No hija, ma, no es pecado! No es el odio al prjimo lo
que te mueve: es el odio al mal lo que te anima. Moiss cant
un himno cuando Jehov hundi en el Mar Rojo a los egipcios,
"como pedazos de plomo en medio de aguas hirvientes..."
I'
Padre. .., algunas veces siento deseos de coger una espada
c ir a los palacios de los tiranos y arrancarles el alma con mi pro-
pia mano. .. Es esto pecado?
Judith lo hizo, y la Escritura la alaba.

266

si
Padre, a veces siento desaliento.. . Me parece que Dios no
nos oye...
Eso s es pecado: es desconfianza!
.. .y siento la horrible tentacin de decir a Hctor: "Deja
esa empresa y huye al extranjero; ah viviremos tranquilos y fe-
lices. ..
Eso s sera pecado gravsimo: sera pasarse a las filas de los
enemigos de Cristo... ! Pero, has consentido?
No, Padre, no! Nunca! contest Consuelo sacudiendo la
linda cabecita.
Entonces... tranquila, animosa y. . . adelante!
Mi penitencia?
Un Avemaria.
Y despus de estrechar dulcemente la mano de Consuelo, cuyos
ojos, ojos negros y rasgados como manto oriental, se hundan
con fulgores de plena comprensin en las abiertas pupilas del
joven sacerdote, ste, mal vestido como estaba, llevando an el
pantaln obrero y los zapatos de cuero color claro, se acerc al
improvisado altar. Sac del bolsillo un crucifijo pequeo y lo puso
sobre l. Se arrodill. Todos los fieles hicieron lo mismo. Y el Pa-
dre Arce, el hombre de mejor humor del mundo, el que sonrea
ante los peligros y se chanceaba en las prisiones, tuvo un momento
de perfecta concentracin mstica. Cogi en sus manos una hostia,
inclin la cabeza y qued inmvil. .. Dos lgrimas de fuego ro-
daron por sus mejillas rubicundas y cayeron sobre la seda nupcial
de Consuelo... Los dems prisioneros beban tambin sus pro-
pias lgrimas. ..
El Padre Arce levant con sus manos temblorosas la Hostia
consagrada, despus elev el humilde vaso de vidrio que conte-
na la sangre de Jess, consumi en seguida las divinas especies,
distribuy las partculas a los prisioneros, lo mismo que hicieron
los primeros sacerdotes en las crceles de la Roma pagana... Ter-
minada apenas la Comunin, la voz de Consuelo inici el canto
del Himno Eucarstico de Mjico... Como aroma de incienso
que perfuma y purifica; como canto de amor que deleita y conmue-
ve; como loa de regocijo que transporta y eleva, as reson por
aquel antro, ya bendito, el himno sagrado:

267
Hostia! Sol de Amor!
tu luz inflama
el corazn de Mjico leal. . .
el corazn de un pueblo que te ama. . .

Un estruendoso aplauso reson de pronto en la prisin: gri-


tos de alborozo, parabienes y augurios... era el desbordamiento
de una alegra hasta entonces contenida. Aquellos prisioneros pare-
can chicos de vacaciones. Los seminarios cantaban, los jvenes
de la A.C.J.M. rean a carcajadas, las muchachas cruzaban de
un extremo a otro recitando versos, el Padre Arce rompa entre
el bullicio, con su estrofa predilecta:

"Son rico d'onore sar


a Salamanca. .."

Y Consuelo, asesorada por otras cuantas, trinaba y gorjeaba, en


una algaraba ensordecedora. Los soldados de guardia estaban
sencillamente azorados! Slo aquellas gentes saban rer tan sa-
broso ! Qu envidia sentan de aquella alegra de inocencia los
taimados perseguidores dspotas!

Poco antes de las once de la noche, a las puertas de la Je-


fatura, entre una apiada multitud, se alineaban en doble valla
los soldados. Tras las espaldas de stos se agolpaban ansiosas viejas
y curiosos hombres y chiquillos.
Ah van ya.. . ! Padrecito, bendganos! clam de pronto
una anciana.
Desfilaba, en efecto, el noble cortejo. Caminaba el Padre Arce,
garboso y casi altanero, teniendo a su derecha a don Luis, desma-
yado y descaecido, y a su izquierda a Juanillo, agresivo e in-
quieto. .. Detrs brillaba, como un ngel del cielo, Consuelo, ata-
viada ya de nuevo con las sedas de nieve que saban de amor.
Llevaba en sus manos el libro viejo de las pastas radas, en que
el espritu de Hctor se senta palpitar. A su vera, como una
bella flor marchita, caminaba Carmelita, la hija desventurada del
atormentado don Luis. Luego, cual damas de corte, las dos no-

268
bles seoras: doa Soledad, madre de Hctor, y la ta de Con-
suelo. .. Y tras ese glorioso ncleo de hroes, como un puado
de gentiles hombres y de ricas hembras, bulliciosas, charlatanas,
figuras de muchachas, de seminaristas, de jvenes de la A.C.J.M.
El cortejo nupcial de la princesa Yolanda no superaba a ste en
belleza y distincin...
Un nuevo aplauso formidable reson en todo lo largo de la
calle, y una lluvia de flores tempranas acarici el pecho y el rostro
de cada una de aquellas vctimas sonrientes. . .
Vivan nuestros mrtires! clam una potente voz varonil.
El Padre Arce conmovido y entusiasmado, abri los brazos e
impuso silencio a la multitud. Y agitando un pauelo que en la
mano llevaba, clam con voz entera, robusta y vibrante:
Viva Cristo Rey... ! Viva la Virgen de Guadalupe... !
Viva Mjico!
Y la tormenta de plausos y aclamaciones se desencaden. Pero
el feliz coronamiento de la espontnea manifestacin fue un cntico
dulcemente iniciado por Consuelo y Carmelita, canto dulce y devo-
to, lleno de profundo sentimiento mstico y social:
"Ven a reinar
oh Espritu de Amor!"

Despus... un furgn cerrado, tosco relicario de joyas del es-


pritu; muchos carros blindados; una locomotora que jadeaba.
Una noche ,oscura. Un tren militar que parte. . .

269
XXXII LOS

MACABEOS

A QUELLO S ERA VIDA ! Aquello era carne palpitante y espritu


que bulla, iluminando, con espada de fuego, el horizonte som-
bro de la patria. .. !
Desde las costas del Pacfico hasta las montaas de Los Altos;
desde Chalchihuites hasta Chpala, toda la gente honrada haba.
enderezado a cerviz, y trocado las lanas del borrego por la me-
lena hirusa del len rampante. El grito formidable de la ms
santa de las guerras, haca estremecerse las montaas, coronaba
las cimas con antorchas y reventaba de fuego en los barrancos.. .
Alrededor de aquella regin candente, merodeaban, medrosos y
desconfiados, los soldados de Calles, sin poder adelantar un paso,
sin poder recortar un palmo, sin poder robar una choza, sin po-
der asaltar un hogar, ni violar una doncella, ni ahorcar un sa-
cerdote. .. Porque en aquella regin cada cristiano era un solda-
do, cada mujer una avanzada, cada nio un espa, cada peasco
una trinchera, cada cabana un campamento, cada combate un
triunfo, cada grito un Te Deum, cada oracin un fuego, cada
torre una fortaleza, cada sacerdote un Josu, cada catlico.. . un
hombre!
Por eso, frente a las cuestas heroicas de Los Altos se haba
estrellado el poder de Calles. Los atropellos, las exacciones, los
asesinatos, se cebaban en las regiones indefensas, sobre las muje-
res desamparadas, sobre los ancianos inmviles. Pero ah donde
el rayo de una guerra justa y bendita hencha las frondas y haca
humear las montaas; ah rompan sus rifles y sus espadas, y se
arrancaban con las uas las charreteras, los mismos guardias pre-
sidenciales.

270
Toda la esperanza del pas estaba ya puesta, despus de Dios,
en la pujanza blica de sus hijos. .. El incendio tena que cundir.
Slo faltaba un refuerzo financiero, que en aquellos momentos
se buscaba entre los ricos del pas y del extranjero... Mientras
tanto, una era la voz de orden: luchar! Y luchar significaba
triunfar. Porque los creyentes que luchaban estaban mirando la
mano de Dios y la espada del Arcngel luchando tambin con
ellos y por ellos.
El empuje que los catlicos, pobremente armados, daban a sus
asaltos y emboscadas, era maravilloso. Corran de boca en boca his-
torias de milagros y prodigios, que animaban a los abnegados "cris-
teros", y desalentaban a los callistas. Hechos perfectamente com-
probados, como fuga de acmilas cargadas de parque, pasndose
de los callistas al campo catlico. Consejas populares propaladas
por los mismos callistas, de que a los "cristeros" no les hacan
nada las balas. Una cosa saltaba a la vista: que los Jefes de
Operaciones eran a cada momento acusados de ineptitud, removi-
dos, depuestos por el Gobierno de Calles; y que no haban podido
hacer rendirse a ningn jefe catlico ni con los famosos caonazos
de cincuenta mil pesos.. .
Si las misiones financieras ante los ricos que se llamaban ca-
tlicos no fallaban, el plan de la transformacin nacional por
medio de la defensa armada sera ejecutado en toda su magnitud,
y en cuatro meses la patria sera redimida. . .
Vida y accin... ! Fe y valor. .. ! Sangre y alma... ! Eso
era el flujo y reflujo de aquellas huestes invencibles que lucha-
ban por un ideal con nimbos de gloria y resplandor de cielo;
una patria de hermanos, con justicia en sus palacios, luz en sus
escuelas, mies en sus graneros, oro en la entraa, paz en los
espritus, y en medio de todo, dulce y magnnima, prvida y
generosa la figura divina de Cristo Rey.. .
Hctor estaba ah! Con sus mil hombres de pelo en pecho;
con la frente bien alta, con el pulso bien firme, sin un escrpulo
en el alma, sin una sombra en la conciencia. .. Hctor estaba
ah! Y aquella fuera la poca ideal de su vida, si no sintiera en el
fondo del corazn la voz de Consuelo que sufra. . . y que lo
llamaba!
La maravillosa cooperacin de todos los catlicos haba permi-

271

H19
tido a Hctor estar constantemente informado de lo que en Za-
catecas haba sucedido a raz de su boda.
Por diversos sistemas, Hctor haba sido tambin prevenido por
la Jefatura Central Catlica de que Calles preparaba un gran
convoy militar con destino a Guadalajara, ciudad en la cual se
establecera un activo centro de operaciones para impedir la ex-
pansin de los dominios catlicos.
Con la noticia de la deportacin de Consuelo coincida el men-
saje cifrado por el que se comunicaba a Hctor que el dicho convoy
estaba para cruzar la regin vecina a l, y se le ordenaba capturarlo.
Y, en efecto, en un escape de la va de la estacin de Irapua-
to descansaba, echando rtmicos resoplidos, una gigantesca loco-
motora, tras de la cual se pegaban como galpagos cinco vago-
nes. Esta longaniza de carros haba sido situada lejos del bullicio
de la estacin, y unos soldados apostados a su alrededor impedan
toda aproximacin a las gentes.
Vanas eran, por supuesto, todas las precauciones del sigilo. En
el mismo terreno de la estacin ya estaba un agente secreto de
la Liga que no dejaba escapar dato ninguno en torno a los carros
aqullos. El convoy no pareca tener importancia ninguna: un
carro blindado delante, otro carro blindado atrs, y en medio al-
gunos furgones de carga perfectamente cerrados y sellados con plo-
mos de la Secretara de Guerra. Eso era todo. Pero aquellos fur-
gones. ..
Aquellos furgones estaban perfectamente identificados. Haca
quince das que todos los movimientos de su contenido eran es-
crupulosamente observados y medidos por los detectives especia-
les de la Liga. Durante la semana anterior, aquellos carros haban
pasado por diversas regiones ocupadas por los catlicos; pero la
Liga haba ordenado no capturarlos sino en Jalisco, donde el par-
que haca ms falta. Y por eso los carros, tiesos y mudos, perma-
necan an bajo la bandera rojinegra del ejrcito de Calles.
A la misma estacin de Irapuato lleg el tren en que Con-
suelo y los suyos venan. Un tumulto de gente humilde inva-
di los coches, vendiendo leche y enchiladas a los soldados que
solan frecuentsimamente, no pagar nada de lo que compraban.
El furgn en que estaba Consuelo fue preservado de la multitud.
Apenas unas cuaptas mujeres, tambin del pueblo, con diente

272
de oro y pelo cortado, osaron acercarse a bromear y chacotear
con sus "viejos" los oficiales. Una vendedora de leche se escurri
entre ellas a servirle un "jarrito" a Consuelo. Al servrselo, se
identific perfectamente ante la esposa de Hctor como emisaria
del agente local de la Liga. Y disimulando magistralmente la
reserva, comunic a Consuelo oficialmente lo siguiente:
Que una parte de los prisioneros iba a ser conducida hasta
Mjico. Que a ella, juntamente con Carmelita, las dos damas y
los tres seores, los iban a pasar al tren que esperaba en un esca-
pe de la va. Que aquel convoy encerraba todo un tesoro: los
furgones estaban repletos de municiones destinadas a reforzar la
guarnicin callista de Guadalajara para aniquilar a los catlicos.
Que en ese mismo tren iba a Guadalajara una comisin de ricos
que estaba ayudando al Gobierno. Que a don Luis, al Padre
Arce y a Juanillo los iban a dejar colgados en los postes del cami-
no. Que los callistas tenan temor de que el botn les fuera qui-
tado por los catlicos, y por eso llevaban a Consuelo y a las da-
mas, para enternecer a los catlicos. Que la Liga haba, en efec-
to, ordenado a Hctor apoderarse de aquel convoy esa misma no-
che. Que Hctor saba todo, y en qu condiciones iba Consuelo.
La lechera comunic tambin a Consuelo, en tono ms con-
movido y ms confidencial, que la Liga tema que, informado
como Hctor estaba de que ellas iban en ese tren, el temor de
sacrificar esas vidas queridsimas disminuyera la energa del golpe
que Hctor tena que dar.
Esto ltimo fue lo que especialmente preocup a Consuelo.
Saba que Hctor, a pesar de su amor hacia ella, tena concien-
cia de su alta misin, y no estara dispuesto a omitir ni el sacri-
ficio de su luna de miel. Saba tambin que Hctor la conoca
a ella y que Consuelo prefera al Hctor que deja la esposa por
la patria, mejor que al Hctor que dejara la patria por la esposa.
Este es mi papel! dijo Consuelo a la lechera. Yo le dir
a Hctor que ataque con toda su fuerza, sin ningunas contempla-
ciones para conmigo. Muchas mujeres hay en Mjico; pero no
hay ms que un Mjico en el mundo.
Pero el Padre y los dems. . .
Si para robustecer las fuerzas catlicas es menester que pe-
rezcamos, pereceremos. Ellos y Carmela y yo; todos tenemos un

273
solo pensamiento. . . Sin embargo agreg despus de un mo-
mento de reflexin, algo ms podemos hacer... espreme por
aqu... ! No se vaya muy lejos.
Consuelo se acerc a Carmelita, que dorma sentada en un
rincn, y habl con ella.
Encantada de la vida y de la muerte! respondi Car-
melita.
Luego habl Consuelo con el Padre Arce, con don Luis, con
doa Soledad, con su ta y con Juanillo.
S, duro... ! Sin miramientos, caiga quien cayere! fue la
respuesta del Padre Arce.
Pulsada ya la opinin, arranc Consuelo un papel amarillen-
to que estaba adherido a una pared del carro, y con un cabito
de lpiz, a la luz de un medroso mechero de vendimia, escribi
unas palabras. Terminadas, se asom a la puerta del furgn, e
imitando la cadencia de la gente del Bajo, que canta cuando
habla:
Seora! dijo, qu ya no trae ms leche?
S, nia; cmo no! Le sirvo a usted otro jarrito?
Y la misma lechera se acerc, sirvi otro poco de leche y
recogi el papel.
Pero se detuvo un momento, atisbo si haba cerca alguien sos-
pechoso que la pudiese escuchar y dirigindose a Consuelo, dijo:
No me conoces?
Corno! Eres t, Cuca? Cmo es cierto?
Ya sabes, linda, cunto te he querido, y he pedido que me
enviaran a darte estos avisos.
Y en el acto, temiendo ser oda, se march la lechera, ofre
ciendo a gritos su mercanca.
Cuca haba sido condiscpula de Consuelo. De buena familia
venida a menos por obra del agrarismo, joven, inteligente y ac-
tiva, habase consagrado a la enseanza en un plantel oficial, para
ganarse la vida y sostener a sus padres; conservaba como oro en
pao su fe y no tema proclamarla siempre que las circunstancias
lo hacan necesario.
Tuvo que abandonar su puesto, porque el sectarismo oficial
la oblig a ello, precisamente en el momento en que el conflicto
se desencadenaba con mayor furia. Viva en Guadalajara por
aquellos das y se afili a las famosas y heroicas Brigadas Feme-

274
ninas Santa Juana de Arco, institucin destinada a proporcionar
auxilios de todo gnero a los "cristeros". A todo se resolvan
aquellas intrpidas damas, y los esfuerzos que dentro y fuera de
esa institucin hicieron las mujeres catlicas para proporcionar,
mediante sacrificios inauditos, armas, parque, medicinas y ropa
a los combatientes, debern pasar a la historia como un brillante
timbre de gloria para la mujer mejicana y como un ejemplo ilus-
tre que las mujeres catlicas en todas partes del mundo habrn
de seguir, si quieren salvar los intereses de la civilizacin. Cuca
no se dejaba aventajar de ninguna de sus compaeras, y haba
adquirido especial habilidad para disfrazarse e imitar el tono y
la voz de las gentes del pueblo en las regiones del Bajo.
Gomo Cuca haba dicho, as sucedi. Consuelo y su ta, don
Luis y Carmelita, el Padre Gabriel Arce, doa Soledad y Juanillo,
fueron bajados del furgn y colocados en el andn, en medio de
un cordn de soldados. Un fotgrafo del New York Herald qui-
so tomar una fotografa de los prisioneros; pero no se le per-
miti. Entre las sombras de la noche, rodeada de soldados y de
amigas, brillaba como un lampo de nieve la figura de Consuelo.
El tren que la haba trado, parti. En l continuaban su viaje
los seminaristas, los muchachos y las dems jvenes. . .
Adis, Consuelito.. . ! Viva Cristo Rey. .. ! fueron los lti-
mos saludos que se cruzaron entre el resoplido de pistones sudoiosos
y el chirrido de hierros enmohecidos.
Ido el tren, una atmsfera de pavoroso silencio y de amena-
zante soledad los envolvi. Las gentes todas se haban dispersa-
do. Slo los prisioneros de Zacatecas quedaban custodiados por
una escolta. Recibieron, por fin, la orden de marchar. Tropezan-
do con piedras y durmientes, saltando rieles y ms rieles, toma-
ron la direccin del escape de la va, y a paso menudo, para no
deslizar el pie fuera de los durmientes, se acercaron al lugar
en que el otro convoy fatdico y glorioso los esperaba. Ilumina-
ba su camino la farola sucia de una enorme locomotora que re-
soplaba con cruel indiferencia.. .
Subieron en un viejo carro Pullman, de los que el Gobierno
aprovechaba por razn de economas en el ramo de ferrocarriles.
Y las siete vctimas fueron encerradas en el reservado, desprovisto
ya de asientos y banquetas, sin ms luz que las de las brujas que
cruzaran por el viento...

275
Todos permanecieron silenciosos en el nuevo carro del calabozo.
Slo el Padre Gabriel tuvo humor para decir:
Cuarta estacin! En donde los siervos de Dios cambiaron
de carro por obra y gracia de don Plutarco Elias Calles!
Esto reanim el espritu en el grupo.
Una fuerte sacudida les anunci que el carro era enganchado.
Otra sacudida les indic que el nuevo convoy emprenda la mar-
cha. Ellos entonces se pusieron a rezar el Rosario, resueltos a
sufrir lo que Dios dispusiera...
Eran las nueve de la noche.

276
XXXIII SOL DE MEDIA

NOCHE

Los DATOS QUE POR su parte Hctor haba recibido, no fallaron en


lo ms mnimo.
Sentado sobre un tronco de rbol a la puerta de una cabana,
clavaba el caudillo sus ojos atentos en un pequeo plano de la
regin, en que aparecan las ordinarias seales geogrficas reto-
cadas por lneas color rojo.
Al lado de Hctor estaba Luisillo el telegrafista, acurrucado
en una piedra con una mquina de escribir empotrada en el
asiento de una silla. A unos cuantos pasos, don Toms Anzures
y otros buenos rancheros, se chupaban sabrosamente ricos ciga-
rros de hoja. En las chozas vecinas se oan voces de mujeres que
cantaban, ruidos de pequeas mquinas de coser, chirridos de man-
teca en las cocinas y tortilleo de manos que preparaban el pan
de maz. ..
Hctor, sin levantar los ojos del plano, sealando con un lpiz
los diversos puntos, deca entre dientes:
A las nueve, de Irapuato... ! Por all, a las diez.. . ! Por
aqu, a la una y media! A las tres en el Jaral! Ah esperan
el golpe... Entonces, aqu! Donde no se lo imaginan, y a con-
tratiempo !
Sac Hctor el reloj, mir la hora, y sigui diciendo:
Son las cinco. A las ocho nos movemos... Marchas forza-
das. En cuatro horas! M agnfico, en e! nombre de
Dios!... Luisillo!
-Qu hubo! contest ste al punto.
Mira: mete un informe a la Secretara de Guerra de Galles,
de que nosotros vamos rumbo a Las Peas, huyendo...

277
El muchacho se puso a escribir en su mquina el mensaje, lo
present a Hctor y luego lo mand con un rancherito para ha-
cerlo llegar por los debidos conductos.
Ahora, a las ocho prosigui Hctor, mandas otro por
conducto de la prensa de la capital.. . Que nosotros, por temor a
las fuerzas destacadas de Colima, hemos huido hacia el Norte.. .
Don Toms!
Usted mande, seor compadre contest ste.
Ya sabe que ah vienen Juanillo y el Padre Gabrielito?
Pos Dios lo haga, don Hctor.
Y viene mi mujer y mi madre y otros amigos que tengo. . .
Los metieron estos malditos en ese tren que les tenemos que
tumbar...
Pos quedrn que nos partamos el corazn pa podernos ha-
cer de parque. . .
Y usted qu dice, don Toms? Cmo le hacemos?
Pues. . . como usted ordene, don Hctor.
Les pegamos recio, aunque. . .
Aunque nos quedemos solos en el mundo? complet don
Toms Anzures, sorbindose una lgrima. . .. Pues yo creo, don
Hctor, que Dios es lo primero, y que les d su gloria y a nosotros
nos bendiga. . .
Los callistas nos la han puesto dura. Para cogerles el parque
tendremos que sacrificar a los nuestros... Mi madre, mi esposa!
Oiga, don Hctor: por mi hijo no se apure. Est bien que
le duela a uno el corazn; pero tambin a nuestro padre Abraham
le dola llevar a su hijo al sacrificio y no se anduvo con cor-
cveos. . . Ni se nos vaya a pandear usted, don Hctor, porque
entonces se descompone el negocio!
No hay cuidado, don Toms! A m no se me atraviesa el
corazn cuando hay que meter canilla... Es cosa resuelta! Pe-
garemos y pegaremos macizo! Y a ellas... ?
Dios que las salve aadi don Toms. Nosotros no esta-
mos guerreando por nosotros solos, sino por todos nuestros prji-
mos. . . Mire, don Hctor, cuntos millones de esposas y de madres
necesitan que nosotros nos hagamos con pertrechos. . . Y adentro del
tren slo va una esposa y una madre. La esposa de usted, su ma-
dre, es cierto; pero ust ya no es ust. Ust es ahora el defensor,
el jefe, el soldado que lucha por la patria, el cristiano que combate

278
por su fe. .. Yo creo, don Hctor, que la seora Consuelito y mi
comadre, doa Soledad, sentiran vergenza de esa compasin que
a ust le est entrando... Pecho al agua, don Hctor! Que nos
arrastren tambin a nosotros, pero que no haya rajada... !
No la hay, ni la habr! respondi, altivo, Hctor. Dios
nos bendiga. Por lo pronto, don Toms, stas son las rdenes;
aliste a su gente. A las ocho de la noche salimos. Sin que la
tierra sienta nuestros pasos. A juntarnos a las doce de la noche en
el llano del Jaral. Eso es todo. Y ahora, a rezar el rosario para que
la Virgen Santsima nos proteja.
El santo y sea?
Parque. Mucho parque.
Y como se dijo, se hizo. A las ocho de la noche, por montes
y caadas se movilizaban hasta ochocientos catlicos armados,
comandados por diversos jefes, todos identificados con Hctor en
quien miraban el vigor del espritu y la clara inteligencia de un
luchador invencible. . .

Penosa era la marcha. El reflejo remoto de las primeras estre-


llas apenas disipaba las tinieblas. Un vientecillo fro y tenaz ha-
ca a los duros libertadores estremecerse sobre sus caballos.
Hctor, sin abrigo ninguno, jineteaba su rico potro, al frente
de doscientos muchachos. A su lado, Luisillo y dos antiguos J-
venes de la A.G.J.M., custodiaban la carga misteriosa que lle-
vaban dos muas incansables. . . Callado y pensativo caminaba
Hctor. En su pecho de soldado, se rebulla, rebelde e indmito,
su corazn de amante. Un soldado que mata a quienes ama: en
esa forma se describa a s mismo. Su pesadumbre interior no se
aliviaba con la terica consolacin de su conciencia. Pasar sobre
el cadver de su esposa y de su madre, y salvar a su pas: s! Eso
lo conceda Hctor. Hctor lo acataba. Pero lo que Hctor no
aceptaba era el ser l mismo quien matara a Consuelo y a So-
ledad. . . Y era necesario que l mismo las matara. . . Porque si l
no lo haca, nadie ms podra hacerlo, y el botn se perdera, y
ellos quedaran desarmados y la guarnicin de Guadalajara sera
perfectamente pertrechada. Y entonces los callistas s que no ten-
dran miramientos ni escrpulos para matarlo a l, y a Consuelo,

279
y a su madre, y al Padre Gabriel y a don Toms Anzures, y a
todos, en fin, los que anhelaban las glorias del pas. . .
Madre, perdname! ... Consuelo, nunca te am tanto como
esta noche en que he de matarte! ... tal rugi el alma acongo-
jada de Hctor.
Porque era evidente. Los prisioneros tendran que sucumbir.
O perecan en la catstrofe o los mataban los callistas.. . No era
remoto el verlos maana balancearse, colgados de los postes tele-
grficos, entre tantos otros que se vean an en el camino de Gua-
dalajara.
Muda y lbrega noche inverniza se tenda sobre el pramo es-
cueto. Silbaba el viento lgubre, cortado por los hilos del tel-
grafo que acompaaban en toda su carrera a los rieles de la va.
Lejos, muy lejos, las sombras ms intensas sugeran la existencia
de montculos que custodiaban las entradas del horizonte. Sobre
la removida tierra se quedaban, con ruido seco y cascado, los ca-
bos de maz que haban cedido a los callistas su caa y su pa-
noja. El fulgor intermitente de un relmpago lejansimo expona
aqu y ah la figura horrenda de los cadveres secos, tiesos, escu-
rridos, de muchas vctimas de Galles, pendientes de los postes del
telgrafo... Todo es soledad! Todo es silencio! Pavor, temblor,
hijos espontneos de pronsticos terribles.
Palpando las tinieblas con la mano inquieta, hundiendo la bota
de recio tacn y alto tubo en los terrones duros, quebrando los resi-
duos de las caas secas que se asomaban, tmidas, entre la gleba, va
Hctor, lo mismo que un fantasma, seguido de Luisillo y de otros
dos hombres que tiran del ronzal de una mua cargada. No fuman,
no hablan.
Al fin, en voz baja, rompen el silencio con estas palabras:
Ellos creen que los esperamos a veinte leguas de aqu!
S; donde les hemos pegado otras veces!
Aqu, ni lo suean. No se imaginan que vengamos tan lejos
para atacarlos en campo abierto.
El fantstico grupo sigue caminando. Ha llegado ya a los rieles
de la va.
Hctor se tiende en el suelo y escruta el plano del terrapln.
Aqu est la lnea exacta! dice. Sigela, Luisillo.
A diez metros de la va se destaca un maguey, a veinte o
treinta se levanta un peasco. Sus siluetas, recortndose con perfi-

280
les bravios entre la masa negra de la noche, marcan la lnea recta
sealada por Hctor. Luisillo la sigue, despacio, dejando caer al
suelo algo que lleva en las manos.
Los otros dos hombres se han puesto a cavar la tierra en el
siti en que Hctor yaca., en medio de la va, debajo de los rie-
les. La excavacin penetra, tortuosa y estrecha, en cinco o seis
puntos diversos, bajo el puetazo del hroe. Terminada la ml-
tiple excavacin, los hombres se acercan a la mua y la descar-
gan. Son unos cilindros metlicos, pesados, quiz delicados, a
juzgar por la precaucin y dificultad con que son transportados.
Cada cilindro es apretado en los hoyos, sobre un lecho de gra-
nito y oprimido por la trabazn de la va. Hctor vuelve a ten-
derse en el suelo y examina escrupulosamente el sitio en que cada
cilindro ha quedado. Luisillo se acerca entonces y mueve algunos
tornillos de los que conecta unos alambres. Hctor vuelve a revisar
los hilos y las conexiones.
Est bien dice, al fin.
Y los hombres, despus de afianzar los cilindros con guijarros
de granito, recubren de tierra apisonada las oquedades. Arrastrn-
dose por el suelo, los hombres revisan los alambres que llegan
hasta el peasco escueto, spero y ms negro que la noche mis-
ma. Luisillo vuelve a poner tornillos y conexiones. Hctor vuelve
a revisar y aprobar. Cada punto de la armadura recibe la pre-
sin de los dedos examinadores de Hctor.
Ah queda, por fin, medio enclavada en el suelo, una colum-
nilla de hierro de cuyo centro se levanta un grueso mbolo termi-
nado en tosca perilla de madera.
Son las doce y media. Tenemos todava una hora dice
Hctor.
Caramba, le hemos puesto buena carga! aade Luisillo.
Muchachos dice Hctor. Cuiden ustedes la palanca. Que
nadie se acerque. Usted, don Toms, vngase conmigo: vamos a
recorrer el campo.
Acercse don Toms Anzures a Hctor y ambos se retiraron
de la va. Caminaban despacio, silenciosos. A un medio kilmetro
alguien les dijo:
Quin vive?
Cristo Rey! contest Hctor.
Santo y sea!

281
"Mucho parque"... Qu, no me conoces, hombre?
Ah, mi jefe! Cmo va el negocio?
Magnfico! Ya vers qu pertrechadota nos damos.
Dios lo haga, mi jefe! Pues ya ve, noms parque nos fal-
ta. Porque hombres y asaduras... hasta pa'tirar pa'rriba...
Sigui Hctor recorriendo a la vera de don Toms el enorme
valo formado entre las sombras por sus tropas, alrededor del
punto de las excavaciones. Aquellos ochocientos hombres reparti-
dos a los lados de la va parecan no respirar: tal era el sigilo con
que se mantenan sentados o tendidos entre los surcos ridos de
la llanura.
Despus de pulsar el nimo de las tropas catlicas, todas ague-
rridas, todas enteras, volvieron Hctor y don Toms al centro de
la elipse partida en dos por la va del ferrocarril.
Sabe usted, don Toms cuntas arrobas de dinamita hemos
puesto? pregunt Hctor.
Pues, don Hctor, deben ser muchas para que levanten una
locomotora de las grandes.
Y sabe usted a qu velocidad pasa el tren por estos campos?
Pues yo s que por estos rumbos se lo llevan sin zumba.
Ochenta kilmetros por hora!
Achi! Es mucho. Entonces... quedar hecho polvo.
Es lo ms probable. Bueno, el parque no se hace nada;
pero... ellas!
Vuelva, don Hctor! Voy a que a ust no le pusieron sal
en la lengua cuando lo bautizaron? Yo tambin tengo un hijo
que va a quedar hecho ceniza y no me destiemplo. . . !
Y al decir esto, don Toms, amparado por la tiniebla, se pa-
saba la mano callosa por las pestaas.
Yo lo admiro, don Toms. Pero tal vez el da de su boda
estara usted menos reseco que ahora. .. Usted conoce a Con-
suelo?
Pues no la he visto todava, don Hctor; pero al ser del
gusto de usted me la imagino arrepolladita y tierna como una
princesa, alta y espigada como un junco, guapa y hechicera como
un San Miguelito. .. Buena para santa, don Hctor! Buena para
ngel del cielo. Pa que maana usted y yo, y todas las tropas la
veneremos en los altares, diciendo: Santa Consuelo, Mrtir de Cris-
to Rey, ruega por nosotros. .. Qu le parece, don Hctor?

282
Ah, don Toms! Yo no crea que en esta guerra hubiera
trances tan duros. El no comer, el no dormir, el traer la vida col-
gada de un hilo, el quedar tirado entre la brea con la herida cho-
rreando sangre, eso no es nada, don Toms. Para eso todos hemos
tenido valor. .. Pero el tener que asesinar a una madre y a una
esposa... !
No se le aflojen las copandas, don Hctor! Dios lo quiere;
con eso basta. Y si El quiere las resucita de entre los escombros hu-
meantes.
Hctor no respondi. La noche, negra como boca de lobo, le
permiti entregarse a sus anchas en brazos de aquella angustia
inefable. . .
Ultimadamente, don Hctor clam Anzures. Si ust se
raja, tumbamos el tren nosotros!
Si, don Toms! Se lo ruego. Por Dios, por mi madre...
por ella! Si yo me rajo. . . tumben el tren ustedes! Y fuslen-
me a m por cobarde; porque no soy digno de llamarme soldado
de Cristo. . . !
Dijo Hctor, y no habl ms. Un ruido de sollozo mal conte-
nido lleg a los odos de don Toms. Era Hctor que lloraba al
filo de la media noche, rodeado de sombras y de amigos, rebosan-
te de penas y de gloria. ..
Un silbido agudo turb entonces el silencio solemne. Hctor y
don Toms restregaron sus ojos hmedos y prestaron atento odo.
El silbido reson de nuevo, mecido plcidamente por el fresco
vientecillo. . .
Nos buscan dijo Hctor.
Don Toms entonces, como respuesta, imit el grito del coyo-
te. Un rato ms tarde, el silbido se escuch ms suave y ms
cerca. Don Toms volvi a contestar. Y cuando el ruido de las
caas secas denunci la proximidad de alguien, don Toms dijo
en voz baja:
Cristo Rey?
"Mucho parque" contest el desconocido.
Qu traes? pregunt Hctor.
Mensajes que llegaron al campamento.
Entreg el enviado a Hctor los papeles.
Hagan casita y prendan un cigarro.
Se desplegaron las frazadas, y en medio de ellas prendi don

283
Toms un cigarro grueso. Hctor abri uno de los pliegos. Don
Toms chup fuerte, y a la luz de la triste cachimba ley Hc-
tor el mensaje.
Est cifrado! ... Luisillo, la clave!
La nuestra?
-S!
Hctor lea no sabemos qu cosas. Luisillo escriba. El lector
comprender que no es discreto ser realista en este punto. Al fin:
Es de ella! grit Luisillo sin poder contenerse.
Da ac dijo Hctor arrebatndole la versin.

*
Era de ella! Era el grito de la mujer hermosa que impera
y avasalla; era el verbo candente de la mujer virtuosa que enar-
dece y anima. El alma entera de Consuelo estaba ah, vibrando
como un lampo de luz. Su mano de princesa la haba pirografiado
en un papel amarillento en un furgn de Irapuato, la haba hecho
cruzar, mediante un eficacsimo sistema de comunicaciones, como
un meteoro, montaas y extensas planicies, hasta hacerla llegar
a media noche, a iluminar aquel campo negro, animar aquel p-
ramo, incendiar aquellas manos de caudillo que temblaban, a
quemar aquellas pupilas que le devoraban y a transformar en ho-
guera el alma de Hctor, que comenzaba a apagarse con un to-
rrente de lgrimas interiores. .. El alma de Consuelo estaba ah!

"Hctor:
Si vacilas no te amo; si me
quieres, pega con alma.
Tuya,
CONSUELO".
Consuelo!... Mi virgen! Mi esposa! Mi capitana! . . .
T s eres valiente! T s eres cristiana! Cristo Rey te corone,
porque eres t la que combates y la que triunfas en esta noche
memorable... !
Tal habl el espritu de Hctor, mientras sus labios, temblo-
rosos, lean y relean el mensaje palpitante.
Adelante, mis amigos! Que esta noche nos socorre Dios.
Corri por toda la lnea de catlicos armados una corriente de
jbilo, una nueva inyeccin de valor.

284
Hctor tena informes detallados del paso, carro, viajeros y ob-
jetivo del esperado convoy. Entre los mensajes interceptados haba
uno dirigido al Jefe de las Armas en Guadalajara. Deca as:

"Prisioneros Zacatecas van carro aadido tren


militar. Tres hombres sern colgados pasado ca-
n X. .. ; mujeres seguirn calidad rehenes. Mis-
mo tren viajan capitalistas roanos. Prepare mani-
festaciones honor suyo, bailes, banquetes, champa-
a buena. Aprovisionamiento nuestras fuerzas se-
r inmejorable. Una semana bastar limpiar re-
gin entera de fanticos.

Firmado,
SNCHEZ".

Conque vienen en el ltimo carro dijo reflexivamente don


Toms Anzures.
S dice Hctor. Menos peligro, con tal que no los mate
el choque.
Don Hctor agrega el viejo ranchero cogiendo a Hctor
de una manga, dejeme darme una escapadita con veinte de los
mos. .. A m se me hace que esta noche nos bendice Dios. Usted
noms nos encomienda a. la Virgen Santsima de Guadalupe. . . Y
ataque entonces con todas sus ganas. Yo le aseguro, por ese Dios
que est en los cielos, que si yo estoy con vida para esa hora, no
les pasar ya nada a esas prendas de nuestro corazn. . . Cunto
falta para el golpe?
Menos de media hora.
Pues entonces... nos vimos, don Hctor! Ni un minuto que
perder. ..
Y el bravo don Toms ech a correr como un gamo, dando
saltos entre los surcos resecos. Hctor comprendi al punto que
aquel hombre preparaba una gesta de epopeya.
Dios lo acompae y lo bendiga, don Toms. Le juro que
ser valiente.
Hctor llam a Luisillo.
Vamos a rezar el Rosario le dijo. La noche es fra y este
temblorcillo parece miedo. "Seor mo Jesucristo..."

285
A la lnea de su gente llegaba mientras tanto don Toms. Llam
al punto a su hijo el mayor y a veinte de sus hombres.
Vamos a liberar a Juan, tu hermano, que viene prisionero.
Del pie de un cerro cercano trajeron sus dos caballos favoritos
"Viborilla" y "Venadito".
No los ensilles; estn mejor en pelo!
Don Toms y su hijo se echaron el fusil a la espalda, se revi-
saron el cinto. La pistola estaba ah. De un brinco se encajaron en
los sendos caballos, que se estremecieron contentos y vivarachos.
Y seguidos del puado escogido de sus hombres, unos minutos
despus corran en medio de las sombras a lo largo de la va.. .
Quince minutos dur la carrera.
Alto! grit don Toms a sus hombres. branse lejos y
no se junten aqu hasta que pase el tren... Tengan nuestras cara-
binas, que nos estorban.
El viejo y el largo mozalln siguieron corriendo como diablos.
Plate, hijo; que no llegamos!
Breve, pero veloz fue la nueva carrera.
Aqu est bueno, hijo. Santigate y reza un Credo... El ne-
gocio es ste: nos le pegamos al tren y desenganchamos el lti-
mo carro, pa'que los malditos se estrellen solos. ndale! T por
aquel lado y yo por este otro. Que no nos vayan a ver con la luz
de la mquina. Escndete tras del peasco; yo me escondo tras
este rbol... Listo, hijo! Santigate y reza un Credo: no se te
olvide.
A los lados de la va, los dos hombres se bajaron de sus caba-
llos y comenzaron a acariciarlos y alisarlos. Los animales jadeaban,
haciendo retemblar sus finos remos. .. Una suavsima claridad mi-
tigaba ya un tanto la negrura de las sombras, los peascos y los
rboles esfumaban sus perfiles, como masas informes de fantasmas
vaporosos.
Una saeta de luz vivsima horad de pronto todo el espesor de
las tinieblas.
Se vino! Dios nos asista! clam don Toms. brete
hijo!
Ambos brincaron sobre sus caballos, y se escondieron tras los
lugares escogidos.
Un ruido remoto y sordo turb el silencio de aquella media
noche lbrega. Era un ruido de rodaje y de resuellos de gigantes;

286
era un batir de jadeos de monstruos y de mbolos enrgicos como
msculos de cclope; eran rechinidos de herraje, sacundimientos y
crepitaciones de maderamen, todo confuso, envuelto en misterio,
que creca y suavizbase, se perda y volva a resonar, al vaivn de
la brisa de la hora... Nadie podra describir el ansia y la zozobra
con que los hroes de la sombra escuchaban aquel ruido de catarata
lejana y miraban de hito en hito, con una partcula de la pupila
asomada entre las costas del abstculo, aquella luz que creca,
vibrante, centelleante, persistente... De pronto, como un relm-
pago, el fulgor golpe con un brochazo de luz el rbol y el peas-
co que cubra a los atrevidos. Y tras la lumbre fugaz de la farola,
envuelto en sombras mil veces ms oscuras que las de la noche,
pas el monstruo negro y ventrudo, sudoroso y estruendoso, echan-
do chispas por las ruedas y fuego por los caos, haciendo retem-
blar la tierra hasta los ejes, y arrastrando en vertiginosa carrera los
furgones negros y cuadrados como atades formidables.
Bajo la ruda caricia de la luz fugitiva, "Viborilla" y "Venadi-
to" sintieron que un apretn de ijares les pona alas en las patas,
y corrieron, volaron, como nunca haban corrido ni volado en su
vida... Don Toms, sobre el lomo del fiero potro, como un cen-
tauro encarnizado, se acerc a la vera del tren que hua como de-
monio. Su olfato de campero clasific velozmente cada uno de los
carros: el tnder, las gndolas, un carro blindado, los furgones, to-
dos aventajndole a pesar de su inverosmil carrera.
Ahora!
El soberbio jinete, con puo de hierro agarr el pasamano del
carro que a la sazn le alcanzaba, solt las riendas a "Viborilla",
abri las piernas y se perdi entre las sombras del carro vetusto que
segua rechinante la vertiginosa fuga.
Un rato qued don Toms tieso como estatua sobre las gradas
del coche abordado. Se palp su propio cuerpo para cerciorarse de
que estaba vivo. Entonces, en voz muy baja pregunt:
-Subites?
Nadie le respondi.
Alabado sea el Santsimo! dijo el pobre viejo suspirando.
Palp las tablas y las paredes del carro para identificarlo. Es-
taba bien. Era el carro ltimo. Lo reconoca por la linternilla roja
de la plataforma.
A la obra, pues se dijo.

287

H20
Y agarrndose a la barandilla, se colg hacia abajo como un
acrbata, en medio de la trepidacin del movimiento, busc a
tientas y encontr la cadena, las masas de conexin, los pernos
gruesos como puos. Con un vigoroso esfuerzo entonces, tir de
la cabeza del perno y de una cuchillada troz el neumtico del
aire comprimido. La hazaa estaba consumada. Ech entonces el
freno, y el carro comenz a retardar la carrera. Las vctimas esta-
ban liberadas!
Padre! oy entonces que le llamaban.
Eres t, hijo? Yo te haca boca arriba en la va.
Ya poco me quedaba. Me agarr muy atrs. Ya me andaba:
ah estaban dos soldados dormidos.
Y qu hiciste?
Les quit los rifles y los ech pa'bajo; van a despertar en el
infierno.
Pues... qu vamos a hacer lamentando, en medio de su
regocijo por la escaramuza de su hijo, la suerte de aquellos po-
brecillos.
Trmulo de emocin, el glorioso ranchero entr al carro, ten-
taleando las puertas y los pasillos. Lleg a la puerta del reservado,
en que los militares callistas suelen depositar a los prisioneros. El
carro estaba envuelto en tinieblas perfectas. Al extender el brazo
para orientarse, don Toms toc un brazo flaco y descarnado fo-
rrado en pao de lo fino, un puo tieso con mancuernillas muy
arriscadas, y una mano con reloj de pulsera y con anillos, cogida a
la perilla de la puerta exterior del reservado.
Quiubo, amigo? pregunt don Toms en voz baja.
El aludido crey habrselas con el oficial de guardia, y le res-
pondi descaradamente:
Aqu est la muchachona! Si no ahora... cundo?
Qu muchachona? pregunt don Toms sintiendo la voz
turbada por una oleada de rabia.
Pues la famosa Consuelo, la mujer del cabecilla.
Esto le bast al viejo ranchero. Calcul en la oscuridad dnde
tena aquel stiro la cabeza y le asest un soberbio bofetn en
los hocicos, hacindole rodar por el piso.
Mi capitn, perdneme! Se la dejo gru todava el pigmeo.

288
Quin eres, desgraciado? pregunt con fiereza don Toms.
Soy su amigo, Jos Sobern, el que le di las copas en Ira-
puato.
Btate de aqu! Arrstrate hasta el fondo del carro, pe-
dazo de alimaa, si no quieres que te masque las entraas grit
don Toms, al tiempo que abriendo el calabozo del reservado grit
con toda su alma:
Doa Consuelito! Padre Gabrielito! Juan, hijo mo! Arri-
ba todos! Dios est con nosotros!
Ante aquel extrao saludo, en una noche de horribles insom-
nios, el Padre Gabriel, desde el suelo, pregunt:
Quin vive!
Viva Cristo Rey! Contest con voz vibrante el feroz Anzures.
Padre, padre! grit Juanillo incorporndose como un lo-
bezno.
Consuelo, Carmelita, don Luis, las otras damas se restregaban
los ojos creyendo soar.
En el fondo del carro, Sobern, acorralado en medio de los
otros capitalistas medio borrachos, tampoco se daba cuenta exac-
ta de la realidad. El grito, s, de don Toms les sac de dudas.
Comprendieron que los malditos catlicos no se haban dormido.
El enemigo estaba ah. Sacaron sus pistolas y dispararon a ciegas
sobre Anzures y sus amigos.
Guardias!... Que vengan los guardias! clam en un
ltimo gesto de pnico el colln Pepe Sobern.
Pero los guardias ya no lo oan. Sus crneos vacos estaban
despedazados contra los rieles... Don Toms, en tanto, y su hijo,
disparaban sus pistolas cada vez que un punto era precisado. All,
mientras, en el reservado, los seis prisioneros se apretujaban ho-
rrorizados. Consuelo, instintivamente, levant el viejo librte de
las pastas de cuero sobre el cual apoyaba la linda cabecita, y cu-
bri con l su pecho...
No se levante nadie grit el Padre Gabriel, al tiempo que
una rociada de balas se incrustaba sobre el tablero cercano.
En el carro la lucha continuaba. Era un combate de fantas-
mas y de vestiglos. Nadie saba quin tiraba, ni contra quin ti-
raba, ni a dnde tiraba. Los prisioneros, sorprendidos, ponan en

289
sus labios la plegaria torpe e incoherente; los callistas, desespera-
dos, ponan en la suya la blasfemia tronante y certera. El instante
infernal crispaba los nervios de todos, cuando de pronto, entre el
silbar de las balas y el barbotar de los callistas, un golpe de
viento huracanado colse por ventanas y pasillos, como un torbe-
llino de demonios, y el carro entero se sacudi, como si el puo
de un cclope lo hubiera precipitado contra las rocas; prisioneros
y combatientes sintieron que una fuerza incontenible las sacuda
como trapos por unos segundos, al tiempo que un estampido
formidable les rasgaba los tmpanos con toda la brusquedad de
una bofetada de monstruo. .. All, en medio del pramo escueto,
a dos Kilmetros de distancia, una columna de fuego y humo vomi-
tada, al parecer, del fondo de la tierra, iluminaba el espectculo
soberbio de la locomotora gigantesca que, lo mismo que un ro-
llizo paquidermo antediluviano, se enderezaba rabiosa sobre sus
patas anteriores, regando un torrente de brasas espumosas, se man-
tena un instante en el aire y caa, como bfalo herido, pesadamente
hacia un lado, chillando y humeando por todos los poros, crepitando
y rugiendo por todas sus vlvulas.. .
Hctor estaba ah!, mand al monstruo detenerse!, y el mons-
truo, domeado, agonizaba impotente bajo el cruce de las ma-
deras y los hierros de la mquina. Con el pulso bien firme, con
la frente bien alta, se mantena el caudillo, con la mano puesta
sobre la perilla con que haba hecho estallar el volcn en el ins-
tante preciso y matemticamente exacto del paso de la mquina.
Aturdidos, descalabrados, contusos, heridos, quebrados, queda-
ban los infelices soldados de Calles que dorman a pierna suelta
en las plataformas y en los techos de los vagones. Los pocos que
se rehicieron saltaron a tierra con agilidad de tigres, y tendi-
dos bajo las ruedas desgajadas, pretendieron defender hasta el lti-
mo instante el botn fabuloso que les era arrebatado. Era ya tarde.
El aluvin de catlicos los rodeaba por todas partes, acorraln-
dolos sin piedad, hasta hacerles romper sus carabinas para no ren-
dirse en medio de horribles blasfemias. En medio de un encarnizado
grupo beligerante, cruz como un relmpago la figura esbelta y els-
tica de Hctor, flotante la cabellera hirsuta iluminada por el fuego
del incendio, grabada la expresin de su fuerza y acometividad con
hondas lneas en la espaciosa frente, y en la mano crispada, la pistola
reluciente. Sordo al furor del combate que finalizaba, indiferente al

290
parecer ante el soberbio choque cuerpo a cuerpo que le estrujaba
a l mismo, rompi la dbil valla humana y vol hasta arriba del
carro humeante, que apareca en ltimo trmino, clamando con
ansia:
Consuelo!... Consuelo! Dnde ests?
Sle respondi el agrio estertor de dos o tres soldados mori-
bundos.
Consuelo! ... Madre! repiti Hctor cada vez ms an-
gustiado.
Sobre las maderas que ardan, envuelto en humo asfixiante,
Hctor recorri la gndola entera, tropezando con los cuerpos ten-
didos de los vencidos, tentando con repugnancia los tablones y los
fardos humedecidos por la lluvia y por la sangre.
Consuelo! Consuelo!
Tropez con un cadver. Se inclin y lo palp. Las ropas, sua-
ves y finas, le acusaron un cuerpo de mujer. Febricitante, nervio-
so, temblando, lo palp de pies a cabeza. Era un cuerpo grcil, un
collar al cuello, el rostro, la frente, baada en sangre, el cabello
ensortijado... gran Dios! Hctor sinti el fro de la muerte en
las manos y en el corazn. Busc ansioso la lintemilla elctrica.
No la llevaba al cinto. Como un demente salt del carro, atre-
pellando amigos y enemigos, y gritando:
Una lmpara... ! Una lmpara! Consuelo est
muerta! Muerta por nosotros! Muerta por mi mano!
Y en el paroxismo de la desesperacin rabiosa, Hctor se mor
da furiosamente los labios hasta sacarse sangre.
Luisillo se acerc a l, y con rara energa le reprende, di-
cindole:
Hctor! S hombre... ! No llores como humano, antes de
cantar como hroe.
Y le tendi los brazos y lo contuvo en ellos, compasivo.
Un rayo de luna se filtr entonces entre los espesos nubarro-
nes que encapotaban el cielo. Hctor levant sus ojos y contempl
la victoria. Sus soldados cargaban en los caballos ms y ms ca-
jas, trincheras de cajas se alineaban a los bordes de la va, cajas,
y ms cajas esperaban el desembarco en los furgones no incendia-
dos, cajas todas de municiones y armamentos para realizar la obra
de caridad de dar armas a los que tienen hambre y sed de justicia...
Pero aquella victoria le estaba partiendo el alma. Frente al sculo

29
del ngel de la victoria, el ngel del dolor estruj mortalmente el
alma de Hctor. Y Hctor se sinti sucumbir, amortajado por el
manto real del triunfo y arrullado, a guisa de canto fnebre, por
el himno triunfal de los clarines. Inclin la cabeza sobre el hom-
bro de Luisillo, y bosquejaba en sus labios la despedida prematura
de la vida, cuando un alegre tropel, en bullicioso grupo de gente de
a caballo, apareci a un lado de la va, agitando sombreros y man-
tos y clamando con locura:
Viva Cristo Rey! Arriba, muchachos... ! branse! Don
Hctor, don Hctor! Dios est con nosotros! Aqu le traemos la
felicidad completa de esta noche de gloria! Aqu est ella! Aqu
est, linda y palpitante como un ngel del cielo... !
Fue visin? Fue realidad? Soaba? Viva?
Hctor no lo supo a punto fijo. Slo sinti en su pecho el peso
dulce de un ngel vestido de blanco, en su cuello la presin de
unos brazos suavsimos, en sus ojos el fulgor de otros ojos lngui-
dos y soadores envueltos en el manojillo de flechas de sus pesta-
as.. . Era ella! Era_ Consuelo, la dulce virgen de amor y de
ternura, la reina del corazn del caudillo, viva, palpitante, trmula
de amor y de ternura! Y Hctor sinti en sus labios el choque celeste
de aquellos labios, ricos como de reina, dulces como de miel, per-
fumados como de santa: los labios virginales de Consuelo que sur-
giendo de en medio de una noche de sortilegios y pesares, se le en-
.tregaba toda entera en las luminosidades de un sculo infinito...

292
XXXIV

L A U R E L E S

E RA AQUELLO EL TESORO DE A L B ABA . Cajas de parque y mu-


niciones, ms cajas de parque, muchas, pero muchas cajas de par-
que. Las palabras escogidas la noche anterior como contrasea de
los catlicos, haban sido exactas: "Mucho parque".
Hijitos deca cada madre, levntense a alabar a Dios.
Los nuestros ganaron mucho parque. Ahora s, ya nos podrn de-
fender mejor contra ese enemigo malo de Galles. Vamos a can-
tar... "Bendito y alabado!" Canten) todos, respondan todos:
"Bendito y alabado!"
Y la plegaria popular se escapaba de cada choza, y caa rica
y perfumada como el man, sobre las almas de los "libertadores"
que volvan al campamento triunfantes, pujantes, invencibles. ..
Ellos s o n . . . ! Ah vienen! El j e f e . . . ! Mralo: ah est!
Qu lindo! Qu guapo...! Dios te premie, encanto de mu-
chachito. .. !
Y bajo el torrente de bendiciones y de aclamaciones ingenuas,
en medio de la risuea plazoleta rodeada de pinos resinosos y ta
pizada con heno, hizo alto el grupo heroico.
Hctor vena a la cabeza, modesto como un santo, grandio-
so como un conquistador, llevando a su vera en bulliciosa jaquita
a la joven esposa, sonriente y vocinglera, envuelta an en las es-
pumas del traje nupcial.. . El Padre Gabriel Arce, tranquilo y
feliz, aspirando con todos sus pulmones el aura gloriosa que le
acariciaba la amplia frente, nido de ideas geniales, propulsora de
redenciones inconcebibles... Juanillo, el bravo muchacho, pegado
a la pareja principesca de sus amos, y a su lado el viejo heroico
don Toms Anzures custodiando la buena marcha de las dos ma-

293
tronas venerables. Slo un hombre se mostraba triste en medio
de aquella corte triunfal. Era don Luis, el invicto hombre bueno
que llevaba en sus brazos el flcpido cuerpo de su hija Carmelita
moribunda: dos balas le haban cruzado el pecho en la reyerta de
la noche.
Aquella misma tarde el ejrcito de Hctor suba a cinco mil
hombres. Aquel mismo da las guarniciones callistas desocupaban
todas las plazas de la regin para reconcentrarse en Guadalajara.
Aquella misma noche, el Gobierno de Calles, decepcionado de im-
poner silencio sobre el golpe magistral de los catlicos armados,
para desfigurarlo horriblemente y calumniarlo, dio a la prensa de
todo el mundo el siguiente estupendo boletn:
"Un grupo de fanticos encabezados por el Cura de Tucumn
y el Obispo de Guadalajara, atac el tren de pasajeros que iba
a la ciudad de Guadalajara. Doscientos pasajeros indefensos fue-
ron quemados vivos encerrados en los carros. En toda la histo-
ria de nuestras guerras civiles no ha habido hecatombe tan salvaje
como la dirigida por el Cura y el Obispo infidentes al grito espe-
luznante de 'Viva Cristo Rey!' "
Solamente los candidos dieron algn crdito al resuello nausea-
bundo por una herida que no cicatrizara nunca.
El da 11 de febrero de 1927, al ao exacto en que Hctor
prometi no volver a llorar como mujer cuando poda combatir
como hombre, el joven caudillo y Consuelo, rodeados de amigos,
aclamados por todo un ejrcito de catlicos armados, saludados
por campanas, por fuegos de artificio, por msica y oriflamas,
hacen su entrada triunfal en la plaza de Z... Es la primera vez
que aquella generacin asiste sin zozobras a una misa celebrada
en plena plaza pblica. En vano se ha buscado en las profanadas
iglesias una ara consagrada para el sacrificio. La nica reliquia
de mrtir se ha trado del campamento: el cuerpo de Carmelita,
que muri sonriendo, pregustando la victoria de su pueblo y de su
Dios.
Hctor y Consuelo, como dos prncipes, asisten a la misa de
desposados que haba sido interrumpida en Zacatecas a golpes de
traicin y dinamita. Mientras, el pueblo de la Repblica entera
abre el pecho a la esperanza a] conocer que Hctor est de pie,
cada vez ms firme y potente, manteniendo enhiesto el pendn

294
de la dignidad cristiana entre el maremgnum de los desalientos y
de las desesperanzas...
Hctor reina, en efecto, en la vasta extensin que protegen sus
hombres armados, hermosean sus mujeres cristianas y alegran sus
nios inocentes.
Aquella regin es pedazo de cielo, del que el Satn poltico
ha sido expulsado definitivamente. En aquella regin liberada, con
amplia puerta al mar y escondidos huertos de boscajes robustos, se
siente la vida, se siente el amor; ah se siente a Dios, que bendice
las simientes del surco y los anhelos de las almas...

"Sosegado el sentir como las brisas,


mudo y fuerte el amor, mansas las penas,
austeros los placeres, raigadas las creencias,
sabroso el pan, reparador el sueo, fcil el
bien y pura la conciencia. . ."

Fuera de aquella regin, ah donde no alienta el espritu del


caudillo, donde no llega el tiro de fusil de sus briosos luchadores,
ah sigue la devastacin y la muerte.. . La bestia apocalptica que
hizo aicos las protestas de los airados, sigue ah pisoteando las
lgrimas de los dbiles. . .

295
XXXV

POST SCRIPTUM

S ENTADOS RAJO EL TOLDO de flores silvestres que envuelven la


risuea casita de campo donde Consuelo es reina y Hctor es rey,
en uno de esos parntesis de ensueo y de hogar que Dios no
niega a los que se dan por entero al sacrificio por el prjimo, los
jvenes hroes pasan las hojas de un viejo libro de epopeyas. . .
Es el mes de abril de 1927.
Juntas las frentes mrmol y bronce, confundidos los ca-
bellos seda de virgen y melena de len, ella, como un nio,
vuelve las pginas y pregunta; l, como un viejo, las explica y
las comenta...
T eres el hroe, t eres Hctor interrumpe Consuelo en-
tusiasmada ante las escenas grandiosas de la Uiada. Djame cele-
brar tus triunfos con un beso.
Ah, mi buena amiga responde Hctor con magnfica se-
renidad. El triunfo no ha llegado todava. . . Hay un egosmo cri-
minal que nos est sangrando ms que los fusiles de Calles; hay
una indecisin torpe que nos arranca de las manos el laurel de la
victoria. Los ricos no han cumplido con el deber de la caridad.
Prefieren dar dinero a Calles para que nos mate a nosotros. Los
catlicos americanos se niegan a tendernos la mano, porque te-
men comprometer sus intereses y su tranquilidad, y el Gobierno
americano nos quita nuestras armas y nuestro dinero para robus-
tecer a quien nos pretende aniquilar. Hay en el mundo trescientos
millones de catlicos que no saben lo que sufren los mejicanos.
Y en el trance supremo de vida y muerte, se conforman con inun-
darnos de irrisorios mensajes de felicitacin... Si en vez de men-
sajes nos dieran municiones, la cuestin mejicana estara resuelta,

296
y Calles no se burlara ms de nosotros, de la Iglesia toda y del
mundo entero.. . Y, a pesar de todo, hay que luchar para dar
ejemplo a nuestros hermanos, para aleccionar a otros pueblos para
predicar el dogma de las resistencias heroicas a nuestros hermanos
del mundo entero, para prepararlos a todos para el momento de
la prueba que vendr. .. Nuestra misin no se reduce a libertar a
Mjico, sino a fortalecer a toda la Amrica Latina y a enaltecer a
los catlicos del mundo todo. En todas las naciones del mundo
somos los mayores en nmero y los menores en fuerza. Es nece-
sario ser grandes en nmero, grandes en fuerza intelectual y mo-
ral, y grandes en fuerza fsica. El Cristo manso y humilde, tam-
bin puso en sus labios palabras de ira contra los fariseos, y en
sus manos un ltigo contra los mercaderes... Nuestra pereza y
timidez ha puesto en nuestras manos como Libro Sagrado favorito
el Cantar de los Cantares, y nos ha arrancado y hecho olvidar
el duro Libro de los Macabeos. El Evangelio de la paz no est
completo, si no meditamos y practicamos el Evangelio de la gue-
rra. ..
Dijo, y qued pensativo. Consuelo, silenciosa, volvi la pgi-
na del libro. Hctor, entonces, continu:
-\ Mira, ngel mo! Mira ahora al hroe cuyas glorias t pones
en mi pecho. Un golpe de traicin le ha puesto a merced del
enemigo. Y el enemigo le ata desnudo a las ruedas de su carro,
le arrastra contra los peascos, dando tres veces vuelta a los mu-
ros de Troya. El hroe es hecho pedazos. Entonces cae la ciudad
inexpugnable. Troya est perdida.
Consuelo sinti que una lgrima jugueteaba en sus pestaas.
Pero, animosa, respondi:
Aquel hroe luchaba por Troya. T luchas por el reino de
Cristo. El reino de Cristo es fecundo en hroes y en caudillos.. .
Y si yo sucumbo, quin levantar mi bandera mancillada
por los dicterios de los ligeros y de los obtusos?
Aqu estoy yo! Si t sucumbes, yo har brotar otro Hc-
tor tan noble, tan bravo, tan bello, tan heroico como t!
Hctor ilumin su frente, ensombrecida antes por la reflexin
melanclica. Y clavando sus grandes ojos en Consuelo:
Seas bendita, mujer infatigable! la dijo acaricindola con
fuego.
S! aadi Consuelo, dando un tono proftico a sus pa-

297
labras. Aun cuando t sucumbas yo no me rendir nunca; yo
no me rendir nunca ni ante tu fracaso ni ante tu cadver!
Guando las fuentes estn secas, y los jardines marchitos, y las
ciudades derruidas y los espritus muertos, entonces yo har sur-
gir al Hctor de maana!
Hctor interrog a su esposa con una mirada tiernisima.
Ese nuevo Hctor termin Consuelo brotar de mi co-
razn y de mis entraas...
Y ambos se confundieron en un beso...

N OTA DE LA P RIMERA E DICIN .Por exigirlo la unidad de la no-


vela y por otros motivos que no se escaparn a los lectores, varios de
los hechos que figuran aqu como fondo en el desarrollo de la
accin y muchos de los episodios de la misma novela no corres-
ponden, ni por el lugar, ni por la fecha, ni por el nombre de los
actores, a la verdad; pero podemos afirmar que todos o casi todos
los acontecimientos que la novela relata fueron una palpitante
realidad en otras fechas, otros lugares y con otros nombres de
actores: todos en el perodo de la gloriosa lucha desarrollada de
1926 a 1929, en que se demostr al mundo entero que en M-
jico se ama la libertad, la religin nacional y a Cristo Rey hasta
el herosmo, hasta el martirio, hasta la muerte. San Antonio, Tex.
Noviembre de 1930.

298
N D I C E

Nota de la Primera Edicin ...................................................... V II


Del Prlogo a la Edicin Espaola .............................................. IX

LIBRO PRIM ERO

[Link] y Milanos .................................................... 1


[Link] Madrigal .................................................. 10
[Link] Vndalos ............................................................... 17
IV. En la Tormenta ........................................................ 28
[Link] fondo de la Epopeya ............................................ 41
[Link] Vil .................................................................... 48
VILEl Fuego Sagrado ....................................................... 54
[Link] Irredentos ............................................................ 57
[Link] y Montaa ..................................................... 65
[Link] Viejo ..................................................................... 70
XI. Un Len que Despierta .......................................... 76
XII. Frente a la Hoguera ................................................ 82
[Link] ............................................................................ 86
[Link] .................................................................. 93
[Link] Fecunda .......................................................... 99
[Link] la Arena ............................................................. 109

LIBRO SEGUNDO

[Link] que Clama .................................................... 118


[Link] y Sonrisas ...................................................... 136
[Link] Hombre Eterno .................................................... 142
[Link] y Alma ............................................................ 149

299
XXLEstocada de Hielo .............................................. 154
[Link] y Vive ...................................................... 164
[Link] Profeta del Fuego ........................................... 171
[Link] pleno Sina .................................................. 180
[Link] paga el Diablo ............................................. 197
XXVL Fiat! ................................................................. 207
[Link] Hirsuta ................................................ 218
XXVIILLos Inermes ..................................................... 230

LIBRO TERCERO

[Link], Azahares .................................................. 245


[Link] ........................................................ 251
[Link] Crucis ............................................................ 265
[Link] Macabeos....................................................... 270
[Link] de Media Noche ........................................... 277
[Link] .............................................................. 293
[Link] Scriptum ...................................................... 296

300
OTROS RELATOS CRISTEROS

Entre las Patas de los Caballos. (Diario de un


Cristero), por Luis Rivero del Val. Un libro
"Formidable y Homrico", digno de la epo-
peya cristera. 3a. edicin con 24 ilustracio-
neo. 304pgs. $ 15.00.
Jahel. (Novela). Por Jorge Gram, el autor de
Hctor. 19 x 12.5 cms. 386 pp. $ 12.00.
Memorias de Jess Degollado Guzar, ltimo
general en jefe del Ejrcito Cristero. Con 75
fotografas histricas. 278 -j- 36 pp. $ 20.00.
Rescoldo. Los ltimos Cristeros. Estupenda no-
vela pica, por Antonio Estrada M. 234 pgs.
$ 15.00.
Los Cristeros del Volcn de Colima. Escenas de
la lucha por la libertad religiosa en Mxico
1926-1929, por Spectator, tomo I $ 25.00,
tomo II $ 20.00. En buen papel, los dos to-
mos $ 60.00.
Luis Navarro Origel el primer Cristero, por
Martn Chowell. $ 1 0.00.
Por Dios y por la Patria. Memorias. Por Heri-
berto Navarrete, S. J. 2a. ed. $ 20.00.
En las Islas Maras, por Heriberto Navarrete, S.
J. $ 12.00.
Apuntes para la Historia de la Persecucin Re-
ligiosa en Durango, de 1926 a 1929, por Jo-
s Ignacio Gallegos $ 5.00.
en el Vaticano, hizo un viaje
por Espaa e Italia, provisto de
trascendental documentacin.
En aquellos das la Madre Pa-
tria se hallaba bajo la garra
del sectarismo revolucionario y
nuestro caballero (cuyo nom-
bre deploramos no poder con-
signar aqu) se puso en contacto
con aquellos gallardos cam-
peones de la gran causa de la
cultura hispnica: Ramiro de
Maeztu, Vctor Pradera, Vegas
Latapie, etc., que publicaban
una revista de principios emi-
nentemente salvadores. Se hizo
entonces en Espaa una limpia
edicin de Hctor, con una in-
troduccin de Vegas Latapie,
que en parte reproducimos aho-
ra. La edicin espaola se di-
fundi rpidamente por Espa-
a, y Pablo Antonio Cuadra,
el brillante escritor catlico ni-
caragense, nos hizo saber que
la novela de Gram haba co-
operado eficazmente a preparar
los espritus para desencadenar
el Movimiento Nacional contra
la tirana del Bolshevo.
Adems de las tres edicio-
nes ya indicadas, se hizo otra
en Chile, y el semanario Cri-
terio, de la Repblica del Sal-
vador, la public como folletn.
Del mismo Jorge Gram son
Jahel, preciosa novela, tambin
cristera, y En a Trinchera Sa-
grada, libro de encendidos dis-
cursos libertarios.

Editorial Jus
Ruga en Mxico el furor persecutorio y
el P. David G. Ramrez, que en calidad
de secretario acompaaba a su Prelado el
Sr. Arzobispo de Du-rango, Dr. y Mtro. D.
Jos Mara Gonzlez y Valencia, en su
viaje a Roma, public en Europa un folleto
que intitul: La cuestin de Mxico. Una
ley inhumana y un pueblo vctima. Us su
autor, por graves motivos, de un
pseudnimo que habra de hacerse clebre:
Jorge Gram. Ese precioso folleto es una
vibrante requisitoria lanzada contra los
tiranos. Su lenguaje quema como hierro
candente. Dice:
"Tenemos derecho a decir que muy otra sera la suerte de la gente honrada
de Mxico, si no existiera la complicidad del Gobierno de los Estados Uni-
dos, que suministra el relumbrn, el pienso y las cadenas, al Gobierno per-
seguidor del general Calles"; "Las recientes declaraciones hechas por Mons.
Curley, Arzobispo de Baltimore (declaraciones viriles, estupendas contra
la poltica nrdica) arrancan de las manos de la Casa Blanca la favorita
jofaina de Pilatos".
Jorge Gram recorri gran parte de Europa llevando en su ardiente
verbo el fervor de los catlicos mexicanos que luchaban por la tiignidac
personal y por la salvacin de la Patria.
Poco antes de su muerte, acaecida en 1950, el insigne novelista, poeta
y orador, imprimi una coleccin de conferencias, sermones, discursos, aren-
gas y artculos en que se manifiestan el alma y la elocuencia de Gram en
todo su vigor y en todo su optimismo. Escribi en la portada de esa co-
leccin:- "Creo en los espritus pigmeos, pero tambin creo en las almas
gigantes. Creo en la concupiscencia de la materia, pero tambin creo en
el amor noble y generoso. Creo en las derrotas del cuerpo, pero tambin
creo en los triunfos del espritu. Creo en las patrias moribundas, pero
tambin creo en los grandes caudillos. Creo en las desesperaciones y en
las tinieblas, pero creo en los soles de media noche. Y en esta fe y creencia
quiero vivir y morir".

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