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Edipo Rey
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los siete tragediias de Séfocies gue han llegado hasta nuestros dias se inclyyen en este volumen en unc adapta- cién especial para el lector joven Edlpo Rey. tragedic bascicia en el mito que ha dade argumento a tantas obras literarias, y Consiclerada, ya en tiempos de Aiistoteles, como la obra méxima de este ‘autor. Ayax es un drama relacionado con la guerra de Troya, cantada ya por Homero. Aquiles ha muerto y Ulises leva sus armas, Ayax desea poseerias con fal ansiedad que pierce el Juiclo, Las Traquinias narra el mito de Heracles ysuaccién se desartola en Ticquia, cludad do Tesalia donde Deyanira espera a su esposo ausente durante muchos ahs. Filoctetes esta también basada en ta guertc de Troya. Cuenta el episodio en que Filoctetes, que navega hacia Toya, €s abandonado en una isla desierta por sus Companieros al ser mordide por una serpiente. GARDE 13,4 ee navel Wo, Il slyasseisis273 T38N978-956-18-1527-9, ] Tei(od DS Bre SOFOCLES EDIPO REY Y OTRAS HISTORIAS ILUSTRACIONES DE SONIA CARRASCO EDITORIAL ANDRES BELLO‘O8tsu09 gaat] Of as A 9B[oosap oO Ip ap gpeide ag “eqeiso our Je apuop & or09 4 “emeND Bap o1wey J Odo ‘sareBn] soyenbe eisey oueqar ns peprrenses Jed ofnpuoo ‘owutiog ap Aau ‘ogiioa ap sorsed ‘seqiog anb gipaons x ‘odipy ap aiquiou ns Qalap apuoP ap ‘Jogry un ap oBfos o] A epedso ns woo ouTE fap said soy gsaaene uorsitoD wiso gYyUOD odeT uainb & open tg “ouenu ey & oxsandxa wiefop Of fle & woreHD amour ye aseazq o] anb sopeno Sns ap oun ¥ oBresus ‘oulu jo oppeu seuady “owedord os ~oruedsa un giqrouos { 101104 ap oTeuaNsa os ‘oly un zqeredss onb op vaenu esoyoip wy orounue >] esodso ns opueno ‘uamb ‘odey ap vouaisixa vf o8 “vue uopopaid wsq ‘ouenUT ef epep 9] eaoeT I p anb offy jo sond ‘arped ormeno ua OU o1ad ‘osodse omen ud esas 38 anb odey v grpuodsar 9] opnozi0 IP A "2H9y euDs OlUDTUTESED Ns Is soy “18d ep omMdpL0 [e seUNZoxd ap pep “fsopsnd e ‘osresed ye ‘uoseAM ‘eIse9 ~OK wsodsa ns A ‘seqay ap Aoy ‘odey Ada OdIda mbes_ ‘SOFOCLES vw él al anciano, y éste cay6 rodando del medio del coche, quedando en el suelo boca arriba y muerto en el acto. Aterrorizados los que lo acompafiaban, se dejaron matar por Edipo. Uno solo escapé. Siguié Edipo su camino en direccién a Tebas y encontr6 la ciudad desolada a causa de Ia Esfinge. Era la Esfinge un monstruo fabuloso en el que los antiguos crefan, diciendo que tenia rostro y busto de mujer y cuerpo de le6n. La Esfinge de Tebas era la més extrafia y terrible que recuerda la leyenda: tenia la cabeza y el pecho de una mujer, las garras de un len, el cuerpo de un perro, la cola de un drag6n y las alas como las de las aves. Era hija de Echidna y de Tifén, dos monstruos espantosos. La rencorosa Juno, indignada contra los tebanos, envié este mons- truo a su territorio para asolarlo, Hacia la Esfinge sus estragos en el monte Ficeo, donde se arrojaba sobre los pasajeros, les proponia enigmas dificilisimos y a quien no acertaba con Ja solucién, lo despedazaba io hay que decir que casi todos los que por aquellos lugares se aventuraban eran despedazados. Segtin el oraculo, el monstruo debia perder la vida en el mo- mento quesencontrase una persona capaz de desci- frar el siguiente enigma: “Gual es el animal que anda en cuatro pies por la_mafiana, én dos al mediodia y en tes por la noche?” Ya varias personas habian sido victimas del mons- truo, pues nadie era capaz de descifrarlo; ya Tebas estaba muy alarmada, creyendo que pereceria hasta eee el titimo de sus habitantes antes que muriera la Esfinge. ¥ en esto, acabando de matar a Layo y a sus acompafiantes, pas6 por aquel lugar Edipo, y la Es- finge le propuso la adivinanza. Y Edipo contest6 después de reflexionar un breve momento: Ese animal no es sino el hombre, que en la infancia, que debe ser considerada como mafana de la vida, comienza a andar arrastrndose sobre los pies y las manos; hacia el mediodia, 0 sea en la fuerza de la juventud y Ja edad madura, le bastan dos piemas, y en la vejez, es decir, al aproximarse la noche de la existencia, necesita de un palo, esto es una tercera pierna, para sostenerse. La Esfinge, furiosa y llena de despecho al ver que habian adivinado su enigma, se rompié la cabe- za contra una roca. ¥ sucedié que después de la victoria, habiéndo- se sabido Ia muerte de Layo e ignorando todos quién habia sido su causante, los tebanos, entusiasmados, dieron a Edipo el mando de su reino; le hicieron, pues, su monarca. Bl reinado de Edipo sobre Tebas fue muy feliz: sus sibditos lo amaron tiermamente y sus hijos, Stéocles y Polinice, Antigona e Ismene, nacidos durante su reinado, lo respetaron durante largos aftos. Mas he aqui que pasado mucho tiempo una peste cruel desol6 el reino. De nuevo fue consultado el ondiculo, refugio de los desgraciados, y declaré que los tebanos eran asi castigados por no haber venge~ do la muerte de su rey ni haber siquiera buscado @u09 adjo8 ojos un opp ‘oueur yf ua eqeas{] aonb owe {We ap ugiseq [9 Odipy ouuLAa, ssouOIUe !vzaqeo 2 ap oIpaur ua uolnBe [9 Uoo sepyey sop gUTUT a] ‘ojanzusaol jap oradsaz ap exiey eqeBzn{ anb ef sod ‘20a ns v ‘okey opefoug “aiqy] eqepanb onb oun ep awed ef 10d gsed A ope un e oa je oye fosayooo |e o1ajola adjo8 un op ‘oe odipg ap ex] Bj ‘o]os oun Jp Opuays ‘sowey 10d opersojour asr9A IV ‘sene epey uoseinduss of one [2 eqednoo onb ou “DUE Je OOD 014909 Jo ome osed ‘adjo8 Je osrou -odo osinb uaao! yo ‘opeloug -odipg woo ‘ormepuera 2 oo aqueurea[oTA uosedoy anb soyeqes sausdol 10d opein eq! B]PMpUOD of anb OU [2 4 ‘sopeLD sa 4 opresoy UN ‘OZaYDOD Ja OJOS URQuuEdwODe oT “eJo0U09 OU disp UdINb 4 odipg ep auped ozapepaad ‘oAvy ounsnustur je ‘sou -eqpi so] ap Aar 2 eqesed apuop sod epefionious vun © Bp OWA! O89T] A “eplO vf ap OUFUALD Jo OO ‘af “BIA ns Ua sonse soj 1od asopuyind aidwors ‘sprepue anb epur 4 “o[noyio. ye sod sepeupnea sapeppone se] sepyiduano exoya, seurel apuop seBn] uo ‘opens ns ap sofa asreypey ered ‘o1mog ep vopemis vj sonse so] ap o1paur sod renByase opuesnooid audways ‘sep soBse} A soBre] oanpue emrena x [9 ap asopurlae opeyeur ap o18i[ad [9 sexo vsuodns ‘ouped orpeproa hs wa ogog anb eqeutSeu wos send ‘omt09 © seul JeAfoA ou OIpHep odipg aisin je ‘wasayd -wind as anb seyaa ered £ ‘serqejed sojer 30 Ty eupyeur gigs vzes ns 4 ‘osped ns 9p OuIsase Jo eles —omse10 J2 oltp— odipa,— “oinoyio Jap easandsar 1uaxqo ox80, uy sog “eaiory anb seunBasd sey v uoIesou0D s3u -21§0 9p OUBIP O"aax9 ou sod soa san sod ozeyDax ©] OMoZIO J epuop ‘soffag v any os ‘ueIeIdns oF sauped sns anb ulg “seprafo epod ou anb 4 vozero> AS ap opuoj [> wISey OpeNeuad wIqey onb oyposdas pnbe aidwais eyop ey ‘oBiequis wis ‘odipg ep owmur, J o1ue) UN UOIeB9s0s soquie ap seiqeed sey optraym eiqey of anb ye aeB8pseo uosaneutoid A afenyn Jp jew v Anuy vorWo souainb ‘adorayy 4 ogyog ‘spew ns 4 auped ns vraro Bp anb sof & pepioa ey rauNBord v Op awamsis [2 opeuewe enb o8onj seu ‘ep janbe opor aruemp seuad semp ¥ 1OJ0p ns onsisar odipg ‘eumfur ey 10d Tur ‘sienbueq un ua asopuyyey ‘ep cue ‘oBreq -wo UIg “UD;oEMIS [eOUAPIAoId eTJonbe UD opriodsaz A osoypip io ‘ottiourepewonxs ueqeure of sojqou soj A ojgand ja o1tend sezped sns euodns [9 anb sor cites ousoo 4 ‘o1apaiay adiouyd { safer so] ap, off, vai as fonNIOD ap ourar [9 ua zyay any od!py, “olty ordord ns wary Is OWOD UO;ZINpE as ap opMo f gidope of ‘eiarp of as anb rosed ye opueBos ‘k opo8oiosd osinb’ ‘fg Uoo guLseoUS as ‘osoiuedss A ouENxo Ue aouen ua openuooue Biquy JoIsed ns nb ouru Te 309A pasap ‘softy opuatuar ou 4 ugzvio> uang nur vue ‘oquiod ap esodsa ‘owuyiog ap euler vj ‘odorayy Be smis0igs 97 soroctes sus asesinos. Cuando los que escuchaban las pala- bras del orculo se presentaron a Edipo formando una gran multitud, el anciano, pues ya lo era, pre- gunt6 al sacerdote qué era lo que a su presencia levaba asi a los nifios que apenas podian andar como a los jévenes vigorosos, cuanto a los ancia- nos encorvados por afios y penas. —Ti que, recién llegado a Ja ciudad, nos redi- miste del uibuto que pagabamos a la terrible Esfinge —ijo el sacerdote—, ti que fuiste nuestro liberta- dor, busca ahora remedio a la desgracia, salva nues- tza ciudad de la peste, busca a los que a Layo mata- ron, pues el dios Apolo nos ordena de un modo claro que no cesara’ la peste mientras no arrojemos de esta tierra al asesino que en ella vive y respira e impurifica la ciudad. Edipo, que ignoraba las circunstancias de la muer- te del antiguo rey, 4 quien habia asesinado sin cono- cerlo, pues ningtin atributo de su realeza levaba, *pregunto al sacerdote: —2Cémo podemos encontrar las huellas de un crimen tan antiguo? ;Fue en la ciudad, en el campo 0 en tierra extranjera, donde Layo murié asesinado? Contestaron Ios ancianos: . —Fue, segtin dicen, 2 consultar al oréculo y ya no volvié a palacio. Volvi6 2 preguntar Edipo: —é no hay ningtin mensajero ni compaftero de Viaje que presenciara el asesinato y cuyo testimonio pudiera servirnos para esclarecer el hecho? eDIPO Rey u —Han muerto todos menos uno —replicaron los ancianos—, que huy6 tan amedrentado que, de cuanto vio, solo sabe decir que Jos asaltaron unos ladrones y como eran muchos dieron muerte a Layo y a los que le acompafiaban. —iY cémo no apareci6é nadie como vengador de la muerte de Layo?
| EUTaT eI onb seyas se] separ ‘sista eipod ou odipa “ete remb {end wweIpaouo a] 23 onb ep ousip opeyD un wo sand ‘9tatta of of x -pepnp vj ap aiq[sod sofsy seur of Hala ean sand ‘sopeue$ soy seuaoede v oduwo je ereraua 9] anb ‘ouew ey op owopupuio: ‘goydns our ‘ouoN je Ud fF OLA 2) EYENA Ns ¥ OpuEND “oN— ed Uo wioYe eNuaNoUD og?— jes as anb ope comm [3— aa{nur ‘seponou safer ofp 21 UgMo?— ‘odey ¥ vqeaatt ofos ome up) ‘orsypoo ye A opleiay Je opueos wea OoUID— dieaseoog, giseitiog chor wes ue e BsuSAtIOD OWOD wjoosa wei eqeaat, o ojos equfela? —opensndue szux 294 wpeo odipg equiungord— ounp ‘ourq— ‘edna t] @ attreiseg ‘ouslo 10d ‘esazed as gywuouosy ns A ezaqeo ns seanbueyq & vA ueqezusus -09 SeUeD Se] —eIs¥oOA gusaIuOS— oYe BIG— 1039s on18 soroces dichado rey era prega de los mas vivos temores, un heraldo lleg6 a palacio y pidié ser presentado al monarca; venia de Corinto, y en su rostro se refleja- ba la satisfaccién de quien tiene que comunicar excelentes nuevas. —Lo que he de deciros —dijo a Edipo— te ha de afligir y al mismo tiempo te contentard. Los habi- tantes del istmo, segtin alli dicen, quierén proclamar- te rey. Al off esto, Edipo pregunt6 con renovada an- siedad: —Pues, sno reina alli él anciano Pélibo, mi padre? —No; que la muerte lo ha Ilevado al sepulero, La reina Yocasta, que se hallaba presente, hablé entonces a Edipo de esta manera: —No te hablaba yo hace pocos momentos de la falsedad de los ordculos? Pues he aqui como vx pa- dre, de cuya patria huiste por temor a matarlo cum- pliendo los mandatos del destino, acaba de morir * tranquilamente en su Jecho, no a tus manos, sino por su propia suerte Edipo al oft estas palabras se tranquilizaba y aun dentro def gran dolor que Je causaba saber de la muerte del que le habia dado el ser, la falsedad de Jos ordculos que parecia patente a sus ojos le devol- viz la calma y el reposo, El mensajero que venia de Corinto continué hablando: —Ahora que aquellos que te amaban han muer- to —dijo con palabra solemne—, debo cumplir Ja Promesa que les hice de revelarte el secreto de tu EDIFO ey » nacimiento, Nunca fuiste hijo verdadero de Pélibo ni de Merope, sino que ellos te recibieron un dia de mis manos y te estimaron como el mejor de los regalos. Edip6, al oir estas palabras, de nuevo se estre- mecié. Apenas se atrevia, sin embargo, a creeslas y hablo asi al mensajero: —Como, habiéndome recibido de manos extra- fas, pudieron amarme tanto los qué yo tenfa por mis progenitores? —Por lo mucho que les afligia el no tener hijos y por haberte cogido en infancia tan tierna y tan desdichada. Edipo continué preguntando: —Y ui ade donde me sacaste? ¢Me habias com- prado o me hallaste por casualidad? —Te encontré en las cafiadas'del Citerén donde yo era entonces pastor errante y asalariado y guarda- ba los rebafios del rey que pacian por el monte. Fui tu salvador en aquella ocasién, hijo mio, pues las articulaciones de tus pies estaban atravesadas por las duras cuerdas cuando yo te desaté del arbol de don- de pendias. Cuando Yocasta oy6 estas palabras se cubri6 el rostro con las manos y prorrampié en amargos la- mentos. La desgraciada habia reconocido en: Edipo a su propio hijo, pues lo que el heraldo deéia concor- daba de un modo perfecto con la época, el lugar y la forma en que por orden de Layo habia sido abando- nado y expuesto a la muerte el tierno infante. Y he20 SOPOCLES “ aqui que todo eran lamentaciones y tistezas en el palacio cuando se presenté en él, no de su grado, sino traido a la fuerza por los que habian ido a buscarlo, el pastor que vivia en el monte sin bajar jams a la ciudad; el antiguo criado a quien Layo encargara la terrible comisién de abandonar a su hijito. Como decimos, venia el criado temeroso y rea- cio, més dispuesto a morir que a decir la verdad, y en un principio se negé a confesarla, hasta que al fin se logré que dijera todo cuanto sabia. Y confesé que, en efecto el nifio a quien él dejara en el monte Citeron le habfa sido entregado por el propio Layo y habia nacido en palacio y era hijo del rey y heredero de la corona. Y dijo también cémo tan mala accién habia sido cometida por el rey y por él porque los oréculos declaraban que aquel nifio seria el asesino de su propio padre. Y siguié confesando, y en sus confesiones declaré en toda verdad que habia sido embustero y falso en sus primeras declaraciones rela- “ tivas a la muerte de su rey, y que al decir que fuera una cuadrilla de ladrones la que los asaltara en la encrucijada donde el monarca y sus acompajiantes encontraran la muerte, lo habia hecho fipulsado tini- camente por el temor y ante la sorpresa de encontrar @ su vuelta instalado en el trono al tinico hombre que era el verdadero asesino. Una negra nube de tristeza y desolacién sé aba- sobre el palacio de Tebas. Edipo, lanzando gran- des alatidos, corrié en busca de una espada, se arro- rDWO REY a j6 como loco sobre las puertas de la sala nupcial en que éI naciera y vio alli el espectaculo més horrible que pueda imaginarse. La reina Yocasta, al ver que No otro sino su propio hijo era quien habfa dado muerte a su esposo amado, cumpliendo asf los fata- les designios de un adverso destino, se habia ahorca- do con sus propias y hermosisimas trenzas, colgan- dose por ellas del techo. Muerta estaba ya, y fifa, y al verla el desdichado Edipo lanz6 un horrible rugido, desaté los lazos de que su madre colgaba, y cuando en tierra cay6 la infeliz, él, arrancéndole los broches de oro con que se habia sujetado el manto, se hirié los ojos, diciendo que asi no verian més ni los sufrimientos que pade- cia ni los crimenes que habia cometido, sino que, envueltos en la obscuridad, vivisian ya por siempre. Y mientras asf se lamentaba, no cesaba de darse golpes y desgarrarse los ojos, de los que manaba abun- dante sangre, tiéndole de rojo el rostro y Ja barba. Y asi queds ciego por siempre el triste Edipo. Y no fue ésta su Unica desgracia. La prediccion del adivino Tiresias se cumplié por entero, En Tebas, las gentes todas se apartaban de su paso, y Creonte, que deseaba el poder, tramé contra él mil conjuras y le tendi6 mil lazos. Sus propios hijos, Etéocles y Polini- ce, se volvieron sus enemigos y no cesaron en sus befas ¢ injurias, hasta arrojar a su padre, no sdlo del palacio real, sino también del territorio tebano.soroctes é Cumpliendo en si mismo la amenaza que habia proferido para cuando pudiese hallar al asesino del rey Layo, el triste Edipo se desterré de su patria, y vestido como un miserable mendigo, y con un caya- do en Ja mano, partié de Tebas, apoyado en el brazo de su fiel hija Antigona, que ni un momento quiso abandonarlo. Vagando sin ventura por la tie- 11a adelante, sirvi6 la delicada doncella de guia al padre ciego, anciano y desesperado; err6 por las agrestes selvas, descalza y hambrienta, expuesta a las Huvias y a los ardores del sol, prefitiendo a la regalada vida de palacio el penoso placer de pro- porcionar algtin alimento a su padre. También su ja, Ismene, fue bondadosa con Edipo y fiel al ial, de modo que mientras los dos hijos varones permanecian en vida ociosa y regalada y se portaban como mujerzuelas, las dos valerosas don- cellas cumplian con 4nimo esforzado los mas duros y penosos deberes. . Anda que andarés, legaron Edipo y su hija Anti gona a una aldea del Atica llamada Colono, Anda que andargs, cuando ya no podian dar ni un paso mas, se detuvigron el padre y Ia hija en un bosqueci- lo consagrado a las Euménides. Pronto algunos ate- nienses observaron con terror la presencia de un hombre en aquel lugar donde estaba prohibido a los mortales poner la planta, y quisieron a la fuerza arrancarlo de alli, Mas las stiplicas de la dulce y abnegada Antigona, demandando piedad para su pa- dre, lograron apaciguar a los atenienses, quienes con- eDIPO REY 2» intieron en conducir a aquellos caminantes extranje- ros a la presencia de Teseo, su rey. Era Teseo monarca tan sabio como noble, justo y bondadoso. No sélo escuché atento el relato de las penas de Edipo, sino que, al saber quién era, le abrio los brazos y le brindé su proteccién. —Ningtin hombre ha de sacarte de aqui contra mi voluntad —le dijo—. Confia, pues, aun sin mi decision de ayudarte, en que acd gozards de reposo, Ya que Febo te guié hasta aqui. ¥ de todos mods, aunque yo no esté presente, sé que mi nombre te defender de todo ‘maltrato. En efecto, durante algtin tiempo —muy breve— 026 Edipo de relativa paz en aquella tierra hospita- laria. No habian sido, no, vanas las promesas de Teseo. Mas sucedié que, en tanto, guerreaban en Tebas encamizadamente los dos hijos de Edipo, quie- nes, en un principio, habian expresado su deseo de dejar el trono a Creonte y no ensangrentar més la ciudad, bastante afligida ya con tantas y tantas des- gracias. Mas, de pronto, el demonio de la ambicién volvi6 a apoderarse de ellos; los dos quisieron el mando y el supremo poder, y el més joven en edad, que era Etéocles, privé del trono-al mayor, Polinice, y lo expuls6 de la patria, Polinice, entonces, corri6 a la tierra de Argos, donde se cas6 con la hija del rey, y obteniendo, merced a esta alianza, el favor de las gentes de aquel pafs, se hizo de un poderoso ejército y avan26 hacia Tebas, sembrando el terror en aquel pais... Por aquel entonces, consultados los oraculos,“odtpg 9p epra aisin BI ap sosonIOY ap onsel Jo: wMBas Jse and ‘vIo ap odsand Jo a:qos upiqure) auanu omp as ‘waaol ¥ ap amtauteso[ op -eoweue wiqey as anb ‘quoaID Aer Jap offy ‘ugWaL “ssopUROIOYe OUAS ZayUT ef anb esosouoy suonur ‘eaIA epeasanta 9s & euOBNUY ¥ QUApUOD atop, seqsose ues OU anb sado| se] OpPDapaqo aH— sosndax vyjaouop ef K esada| St] J209paqosep & OP “iaane sey a1 ouigg? fos oypay sey anb 10g’— ounBoid 9] a1s3 ‘a1 -toar5 ap eiouasaid vy 2 tasot ef eplonpuoy ‘ouruLay uw 394 cata ns ap equim ¥] argos opueroy) BLE wise EUOsAUY & UerEnBia sayipies soungje anb ozity ‘sepeiuesqanb opis weiqey ‘sauepio sns nb ap ouem je ropaqes Se “2oIUHOd ap sezmuad sey v emandes rep osm A emmed ns © g1joa ‘soueunoy sns 9p autonur ey Joq -es |e ‘euoBAUY SoM vy “sosofuENKS ap o1D9la UN vured ns v opren soquy sod oware je sepelouse uesory aoIurod ap sey anb ‘orqures uo ‘opueyy*emed [Link] soBjwoue so} enuOD opeafed roqey sod sopo—rg ap sezfuso sey & esmundas ap OUOY oIpeouoD ‘soueUAIOY so] ep Buenus x & ouON |e giqns Snb ‘omoa1y aysanur | US UNe TE soprun sofa 1 ou 10d ‘uegesedas as sodiano sns uoseuianb as soin{ anb ua erenZoy ef ap seul sey eisey anb ‘opueid uri exo souvunioy Sop So] weste1 ag anb soues Jo anb sow ag “ono |e oun [9 voseieu as £ ‘sousigls sop soy ap eDuasaid 9 arequios seInBuls ua seajad uosarpid ‘sojqand so] anua asues ap ouayureuresrop 1oAvur reAa ap uy v ‘Softy sns ‘aoruNOg 4 s9pD0axg :oINUNxe as ‘O| -nogso [ep Uoorpard ¥] asopusr|dwn ‘ezex ng “saiquioy sof dnus opeypipsap sew ja ‘Aoy odipg op uy Jo ary jer. vingindas ns ap zen] [2 9fouOD A sion ns ap oreises J@ odns anb comin Ja ‘oasay, ap solo somtugre so] aie ‘s0jOp UIs £ efoUDIO:A UIs ‘odipa v IeBeN ered aiuawoaens ougeanus os onb A enn vy sa -vouue oiquian anb eipafen ns ua sapojog aq. uora}sapeqo sepia “ope ns & exepanb oasay ojgs anb A mje ap uerevede as a se100808 otCuenta la fabula que un matrimonio cuyo marido se Hamaba Telemén y cuya esposa era conocida por el nombre de Scione sentia vivisimos deseos de tener hijos. Largos afios pasaron sin que pu- diera ver cumplido su anhelo, y cierto dia en que Japiter pasé por su puerta envuelto en la piel del leén de Nemea, Telemén se arroj6 a sus pies rogéndole que quisiera concederle la dicha de tener un hijo cuya piel fuese tan impenetrable como aquella del le6n que envolvia al dios. Apenas habia concluido Telemén su ruego cuando atraves6 los cielos un Aguila, a la que mir Telemén como’ feliz presagio; en efecto, Jupiter prometié a Telem6n que tendria un hijo que deberia llamarse Ayax o Aguila. Pas6 algtin tiempo y naci6, en efecto, el nifio. Telemén y su esposa no cabfan en si de dicha. Ape- nas nacido el infante, Alcides lo cubrié. con su piel de le6n y Jo hizo invulnerable, excepto en:la parte del cuerpo en que Jipiter habia herido al animal y que era en el pecho, en un lugar que slo el mismo Ayax conocia» sorocues a Como Telemén habia sofiado, su hijo Ayax fue motivo de gloria para sus padres, pero también lo fue de inntimeros pesares. Desde pequefio se mostr6 fiero, brutal y colérico hasta un punto indecible. Era también poco piadoso para con los falsos dioses que los gtiegos adoraban. Pero en cambio era valeroso como ninguno, y dice la fébula y confirma Séfocles que después de Aquiles no hubo otro griego tan arrojado y temido como él. Manejaba el arco como ninguno y era respetado por todos. Cuando llegé a mayor, tuvo lugar en Grecia la gran expedicién contra Troya, cuya causa y fin nos cuentan otras historias. Al despedirse Ayax de sus padres para seguir a Agamenén y a los que con 6] iban, Telemén le dijo: —Sé valiente, hijo mio, y muéstrate digno de tu nombre; pero cuando los dioses se hallen mezclados en las Tuchas de los hombres, muéstrate respetuoso y aguarda que ellos sean quienes decidan la victoria. Contest6 entonces Ayax: —Sélo los cobardes necesitan el auxilio de ios dioses; yo estoy seguro de alcanzar la victoria sin aguardar ayuda ninguna. En efecto, se distinguié Ayax en el Sitio de Troya como ninguno de los griegos, si se exceptia al va- liente Aquiles. En ciena ocasién en que la batalla era durisima y Ayax se encontraba mezclado entre los enemigos y sin poder volver a su propio campamen- to, se le apareci6 la diosa Minerva y le oftecié con- ducir su carro. Pero, también esta vez el orgulloso vax Ayax desde el auxilio de la diosa y se libro €1 mismo de los peligros que lo rodeaban. Otro dia quiso Minerva, que lo miraba con bue- nos ojos, darle un aviso prudente a fin de que no se viera expiesto a grave peligro. —Resetva, joh diosal, tus favores para el resto de los griegos —replicé Ayax—. No te mezcles en mi conducta, de la que yo mismo he de dar buena cuenta, Y tanto era el temor de Ayax de que pudieran creer los demés guerreros que él desconfiaba de su propio valor y que necesitaba que le ayudaran los dioses en la lucha y en la victoria, que borré de su escudo la imagen del bitho, ave favorita de Minerva, para que los demés no creyeran que era tal imagen un acto de respeto hacia la diosa, A cuantos le pregunta- ban por sus esperanzas © sus temores, contestaba Ayax: —A nadie temo, ni a nada en el mundo. En el sitio de Troya, capitaneaba a los de Mega- ra y a las gentes de Salamina. Un dia entero comba- ti6 contra Héctor, el més valiente de todos los troya- nos. ¥ fue tanto el valor que. derrocharon de una y otra parte ambos combatientes, que, admirados el uno del otro, suspendieron la lucha para rendirse pleitesia. Y no sélo esto, sino que se hicieron varios y valiosos presentes. De éstos se dice, sin embargo, que fueron funestos, pues el tahali que Héctor reci- bié de Ayax sirvié para atar a aquél al carro de Aquiles cuando éste, después de darle muerte, le arrastt6 alrededor de los muros de Troya.3 SOFOCLES os Ta lucha en tomo a la ciudadela de Troya era cada vez més dura, Aguiles, largo tiempo separado de los griegos por diferencias tenidas con Agame- nn, volvi6 al fin a luchar a su lado, y esto hizo la pelea mas dura y refiida, No obstante, Aquiles fue herido mientras luchaba, y los griegos libraron en tomo a su cuerpo un combate sangriento que duré todo un largo dia. La diosa de las aguas, madre de Aquiles, se dice que Hora todavia sobre el sepulcro de su hijo, rodeada de sus ninfas, También los grie- g05 Jo lloraron durante diecisiete dias, y al legar al dia decimoctavo se colocé el cuerpo del héroe sobre un escudo. Sus cenizas fueron encerradas en una urna de oro y mezcladas ‘con las de Patroclo, su mejor amigo. Y cuando estuvo conchuido el magnifico sepulcro Ievantado en el promontorio de Sigeo, a orillas del Helesponto, se ejecutaron a su alrededor fuegos y combates en memoria del més valiente héroe del ejército griego. Mas, terminados los fuegos, los griegos todos empezaron a codiciar las armas de Aquiles, que eran tenidas, por invulnerables. Los més codiciosos de ta- “les armas eran Ulises, el prudente, y Ayax, el valero- 80. Crefa Ayax, desde largo tiempo antes, que la espada que Héctor le habfa regalado le era funesta, pues desde que de sus manos la recibiera no habia vuelto a hacer con ella ninguna proeza. ¥ tenfa, en cambio, la seguridad de que las armas de Aquiles, forjadas por el propio Vulcano, Io harian invencible y vax a darian la victoria a los suyds. Ulises las reclamaba también apoyandose en los derechos que tenia por haber conducido siempre a los griegos a la victoria, merced a su gran prudencia y astucia. Y entonces se decidi6é que los mismos griegos las adjudicaran a uno © a otro. Y he aqui que los griegos las adjudicaron a Ulises. El caracter colérico, brutal y feroz de Ayax, su soberbia y su orgullo, suftieron con esta adjudicacién un golpe terrible. Como loco, regres el héroe a su tienda, rabioso y enfurecido. Su esposa, Tecmesa, al verlo en aquel estado se asust6 sobremanera y acost6 a su hijito, temerosa de que pudiera causarle algtin mal. Mas el enfurecido Ayax no veia a su esposa, no veia a su hijo, no vefa sino su propio furor y Ia humillacién de que se ctefa objeto. Como fiera en- jaulada recorrié a grandes pasos la tienda y, de pron- to, tomando en sus manos la pesada espada de Héc- tor y blandiéndola de modo espantoso hizo ademan de lanzarse a las calles solitarias. Asustada, Tecmesa intent6 impedir que saliera. Era Ja tltima parte de la noche cuando los astros vespertinos ya no brillaban. Toda temblorosa, y con voz ahogada por el terror, dijo Tecmesa a su esposo: —vAdénde vas, Ayax? Qué empresa vas a aco- meter a semejantes horas, cuando ningtin mensajero te ha llamado ni trompeta alguna te ha convocado al combate? Hora es ésta en que todo el ejército duer- me: duerme ti también, y reposa de todos tus traba- jos y pesares,omy as opese|de ower un ‘opuend “eDesBsep v| a2p sopar se] Ua eqezur| a] sur A sgut anb ‘esorp v] Jod openout B12 viND0] PSOqIOW ns Ua [p asopuaIAjonay ejeo anb va olorumapaus jp 4 opepedsop [ep omy Jap vias Bs RAIDUTW “eIquIOS eI UT “oID39/9 [ep sajal sou20 so} ue upedsa ns wpuny anb vA ‘soaut so] ap sede ‘supine sop so] e ouvur vidord ns uoo equijo8ep anb viol eA “ensorms A ensarp v ezueyeus esos0ui0Y Opuapey ‘offoBep A ofex A oneur A ‘soar -od seise ap soXang sosueut sof argos ‘sozous~o sop ‘ore8q] osed o> ‘soKDg}{ ap vpedso ve] opusipurg “eMpxo equiadsoi ounsuru v xeAy ap sory Jo A o1po fo sond ‘saolgy syWap so sopor & usiquiel A ‘opefoTpoo Jp sod o10sa Jap wsoYe sopadsod ‘sos & U9Iqurer K [ew ns ap soquesnes sajedioutd soj ‘Ip unBos ‘eso sepuie sojgou soj sond ‘ovfouayy A wUoW -e8y :soko2 so] v serew xeAy Opor aiue eFeNd ‘saymby ap ewe sawoiod se] oyeompnipe ou je fp OD opis weqzy ‘Seoared ns e ‘sorsnfur ua anb ‘seunre op sosaueduroo sns ‘so8a138 so] Sopol & se1EUN ap Oasap Je UOZEIOD Ns ap opuoy syur of ua eqeaay xeAy anb mbe ay X “ueqeauuop ugiqurer anb ‘sasoised so] 9p opepmo ye odwes jep perm ua wepeteued sensoq seno A sadang £ sozureo ap souegas soj o9s A ‘sepuan sns uo soymburen west “sop sorarian’ sof sopoy, “seijonso sel tu vuny yy TU ueqeurumnyr ey ou fewIsUMOsqo Bre eypoU eT “aIqndHD -sopur ound un visey Opfoamyue epuan ef ap ores xedy 4 ‘vsoway, z1azur rf opuatis ‘sand ‘opseng sara(nur se] ap owrope sa opusys ja ‘—oltp— ralny— -sepeiqopoo J9s ap seusip owios seood um ‘0194 [9 gIpuodsor seiqeed se20g 7 sais0ugs “6 sopoctes a cesé de matar, até con cuerdas, que en prevision de la grande hazafta que esperaba hacer habia llevado consigo, a todas las bestias que quedaban vivas, y como si levara consigo un gran botin y un sinnéme- ro de prisioneros penetré en la tienda conduciendo juntamente atados toros, bueyes, carneros, cabras, perros de rebafto y, en fin, toda clase de velludas bestias. Ante el terror de su esposa volvi6 a enfure- cerse hasta el paroxismo, y lanzdndose de nuevo sobre los animales corté a unos el cuello, degoll6 a los otros, los abrié en canal; martiriz6 a algunos, atindolos e insultandolos como si fueran hombres. Y, por tiltimo, saliendo fuera de la tienda empez6 a hablar con un fantasma, vomitando mil denuestos contra los atridas y contra Ulises, lanzando grandes carcajadas y jactindose de que acababa de castigar la insolencia [Link] orgullosos griegos. Volvié después a entrar en Ia tienda, y con su * fuerte latigo empez6 a azotar barbaramente a un carnero que creia era Ulises. Después, deshecho el encanto de la diosa, Ayax empez6 a recobrar el sen- tido, mas antes que pudiera advertir la mofa de que habi& sido objeto al intentar su terrible venganza, cay6-en medio de los despojos de las"bestias, presa de un profundo suefio, Al despuntar la mafiana despertaron los griegos. Salieron de sus tiendas y encontraron a-los pastores muertos, y muertos los animales de los rebaiios y otros desaparecidos. (Qué habia pasado? Apenas si los griegos podian comprenderlo. No se les ocurria YAK * pensar que ninguno de sus enemigos se ensafiara de modo tal con pobres animales inocentes, ni que nin- guno hubiera Ilegado hasta alli, al pie mismo de sus tiendas, sin entrar en ellas. No sospechaban que tal obra hubiera podido ser ejecutada por Ayax y, aun- que cavilaban y cavilaban, no daban con la explica- cién de lo ocurrido. Habfa, sin embargo, huellas del extrafio crimen en todo el camino que Ayax habia seguido, y Ulises, cuya prudencia se obstinaba en saber la causa del extrafio suceso, decidié seguirlas y lleg6 hasta la tienda misma de su rival. Pero delante de la tienda de Ayax una grandiosa sombra aguardaba a Ulises. Era la sombra de Ia diosa de los verdes ojos que, empufiando su escudo, cuaja- do de esmeraldas, detuvo al héroe prudente. —iAdénde vas, hijo de Laertes? —pregunt. Conociéd en seguida Ulises la voz de la diosa, que vibraba largamente en su coraz6n. —Busco a. mi enemigo Ayax —contesté a las palabras de Minerva—, quien esta noche ha cometi- do un crimen inconcebible. Persigo sus huellas y comprendo que a él se debe lo sucedido, pero ain no sé bien el modo de averiguar toda la verdad, —Yo puedo ayudarte en tu averiguacién; yo soy quien trastorné su juicio para que sélo matara a las bestias cuando intentaba matarlos a ustedes, hijos de Grecia. Quedé un momento Ulises suspenso, horroriza~ do al pensar en el grave mal del que habian escapa- do todos, puesto que el enfurecido Ayax habia llega-‘omuoyusrpapesBe ap wuOIOD BUN aLsEdIpep O1aINb ‘OI ua gmraauos onb ‘solodsap soise woo sand ‘ound ny ‘oaqes ‘eATOULN ‘oapes!— :oftp eouOI ZOA OD “OLIGe arquoY UN OWS asopuysy ~equie waepor ‘epuan ns ap xeAY orfes ‘Tp ered osoH -odumy orepuur vie anb ‘esorp vj ap Z0A v{ ay Geprife TaY (a “AIOE op ¥zINb ose sgoey saxmb ON? jepuen Tm ap eseny Tes ‘soanneD soy @ sourts sep oper sey anb ‘ny! jxedy!— :quiey A xedy ap epuan v] ap vuoy ef oiueagy Bsorp P| ‘sesquied s¥80 SEDI. gsopod 10s ap Ose0e svyUOD -soqf? ‘solo sng gxvBo0 of anbiod “p1oa at ou ‘BP aiurjap seBuod a anbune ‘eoye onb s9 oed— “sest{p) Offp— eyouran 2] OU opsend woTANIse 1S— in ap auejop ooo] Suquioy une J9A OseOe soMIOI? ORSUe soj ap ass ONS! so ON? 59 ON? “—Olp aj— opera us esodso A efea— “sast[f] ap sa1wse1 So] 2p Ose> zy ou esorp vy ‘OBfuaUS Ns ¥ BEWTET] OU an eSOIP 2] & Q8or ‘OsoIOTeA Jas ayUEISqO OU ‘SASH. 020d “ere m aa anb ampadust aj ‘2znj ap soxes soy solo sns ap opurrasap ‘of sand oceAy ap ounsuru ovep seuiar on ‘s0BauS sop sopor ¥ epiajes v sandsop sees anb wed xeky ap BIdo] vf SuENsOU & SoAp— sgnunUOD BSOID FT “esULOP SoT[e apuop sepuan se] ap semis seuond se visey Op sx100308 8 -ry sorocus “ En la sombra, Ulises, aunque aterrorizado por el aspecto espantoso de su enemigo, se reia de su locu- ra, Se refa también la diosa, quien, burlona, contest6 a Ayax: : —Me gustan tus palabras. Pero dime, gmojaste bien tu espada en la sangre de los griegos? Descar- gaste tu brazo sobre los atridas? Han muerto los caudillos? Creyendo todavia Ayax que las bestias muertas eran los jefes del ejército griego, contest6 a la diosa: —Muertos estin y aqui tienes las pruebas de ello; ya no volverdn a injuriar 2 Ayax; ya no me arrebatarin las armas que ahora he ganado con mi fuerte brazo. Ulises se refa a m4s no poder, pero Ayax no lo ofa ni lo vefa, porque la diosa Io habia hecho invi ble, Continuando' su burla, pregunté Minerva: —iY qué ha sido del hijo de Laertes, que no le veo entre los cadaveres?
so] aiqos ouRW TH IeBressep ap ZaA Ud end —op -epeiSsep Jo vnBesord— yur ap zqayur ‘Ay!— “onrpdns of a1 ‘gesquped soft seSp ou ‘xedy opewe mr ‘om oysng— “seiqeyed seojnp woo usIquiEa oIpNoe eseUDaL, A ‘opreureo voreonm saavt sv] ap soiquioy sot ‘Quan Uap aur SI ibe anb o8ens so] ‘vpri8sap Tur ua owmpsise uosoMb nb oisond A ‘soured sepor sod vapor ow sear opemrarSursuo ap vo anb wea, “peisture ef ap Adl ef e safay u90 -sueusad amb sooitm sol uos sopaisn anb o9a usig jso8nuse soo1un stun ‘sorsuneu sopyenb 4 ‘SOURGEs SO] UD BIDIOD Ns OpuEID¥s OpENOUT eqey enb a ojnoypH OpuoUTN jap eqeZUOHOY 2s 4 ons OUIOR Ud JOINY NS 9p OpeINsar J BISA ‘VIND0] NS ap Js Ua O1 “ona ‘onb xeAy ap 20a vy wig “ommedse wer uorafnpord tofu x & A sorautrear soy ¥ anb soxroure] sapuei8 sotn, ssouois uorako ag ‘soqs8 se uepep xedy op eDNp “tod ¥] ap vo1EOe amb of PEpIOA wIS OULIOD ap OULIOJUE sof woInb ‘ousemapal, ap vlfy ‘esouDay, % UorenuODUD wand ef y -xedy ap epuan x vey sorouNeUI so UOISILIOD ‘OPLINDO O} ap PEps9A ¥] Jaqus OpuBaseq “saroised soaisuajour @ sappumy ue A sompeuue sosuajepur ue opeyestia wusiqny 28 2yo{ ns ‘elony onb esowedso & aIQUID1 - sa120808 w“ soroctss - —Ojald, hijo mfo, seas més feliz que tu padre; y en todo lo demés seas igual que él, pues asi nunca seras cobarde. Si ahora te envidio, es porque no puedes darte cuenta de ninguno de los males que te rodean ni de los que te esperan. Mientras no te Hegue el momento de saber lo que es placer y dolor, que t tiemo ‘espiritu sea la alegria de tu madre. Ninguno de los griegos se atreverd a insultarte, solo por set ti hijo mio, aun cuando yo haya muerto. Mi amigo Teucro, el arquero, sera tu protector, cuidaré de tu educacion y, siguiendo las érdenes que estos marineros le transmitirdn, te levard a la casa de mi padre Telemén y de mi madre Scione para que los alimentes en la vejez hasta que legue su tiltima hora En cuanto a mis armas, que no se den en piiblico certamen a ninguno de los griegos; que mi escudo sea conservado por ti y que las’ dems armas se entierten conmigo. Oyendo estas tistes palabras, Tecmesa ya no rogaba ni suplicaba, sino que abundantes légrimas bafiaban sus hermosas mejillas. —No llores de ese modo, mujer. La fortaleza es €n los*momentos solemnes’cuando ha de mostrarse. Mas elld no odia enjugar sus lagrimas y no hacia sino clamar y preguntar: —iAyax, esposo mio! ;Qué es lo que piensas hacer? q Y los marineros de las [Link]-Ayax unian sus lamentos y sus stplicas a los de la mujer del desdi- chado. vax Pot un momento parecié el héroe conmoverse ante aquel Ianto. ¥ fuera que, en efecto, se suaviza- ra su coraz6n que lo fingiera para no entristecer mas a los que le ameban, dijo: —Gran tristeza me da dejar a esta mujer des- amparada entre mis enemigos; dejar a'mi hijo huér- fano. Voy, pues, a los arenales de la orilla del mar a ver si lavando bien todas mis manchas quedo libre de la terrible célera de la diosa, mi enemiga. Des- pués correré a un sitio donde no deje huella ningu- na, cavaré un hoyo muy profundo en la tierra y en é1 ocultaré esta espada, la mas odiosa de mis armas, pues desde que Ia recibi de manos de Héctor no he * hecho cosa provechosa a mis amigos. Preciso es que aprenda a sujetarme a la voluntad de los dioses y al respeto de los reyes. Son mis jefes y es preciso obedecerles. Intentaré ser tan prudente como Uli- ses. Basta, pues, de Ianto, mujer, y ruega a los dioses que mi coraz6n logre el cumplimiento de tus deseos. Si viene Teucro, mi hermano y fiel amigo, dile que se interese por mi y que piense en ustedes. Voy a donde me es preciso ir Con gran alegria oy6 Tecmesa estas prudentes palabras; con no menor gozo, las escucharon los marineros, Se alejé Ayax con paso firme y, conforme habia dicho, se dirigié hacia los arenales, bafiados por las aguas, ¥ los marineros volvieron tranquilos a sus naves de afilada proa. En tanto, Teucro, el arquero, el hermano amanti- simo de Ayax, volvia de caza y tenia que atravesar el‘o1nay, oumnBaid— joanow gnb 1og’-— 189 OWOD OpP[ap saluL ‘TaAEpED 2189 $91 -indas on -—owmBaid aj— gaoey & sea anOe— “o2wiq ns grafns Ojauay hat j@ ‘Ug|oe NS JOA Ty “JeAypeo je seyndes vied S05 P| JARS v OZUAIOD anb ous ‘somuaTMEsUad so2 In sng UD OFNEL, OW! O83e] ‘oBsequia UIs ‘oansap 98 ON “epiA ef sapred visey o20d ¥ oo0d opezonsap ‘opuais ‘erepeBar 9] xedy anb ugsraup Ja uoo sepnby 2p O€svo [e Opele any JONAH UpIqUIEI CWIND JepIODeT ¥ ueqradyy of sowanuesuad saisin sng ‘oyped [2 ua vpearp sopaH ep epedse vj vos ovenu: oueuoy nS B IBA JR OIDNAY, ap JOTOP |p any esauIDay, eUIsTU Bf 9p [2 anb opunjoid spy ‘oxjsuay Aas ja A O10 “nal, oueunay ns xeky OpeioeBsep Jo "eA opuop eajs eI ¥ woreBey] oduion ours uN & 15% ‘seioy see] ‘seBsey 1p exqos rom] sandsop & souews seydoud sn sod opile: oreut ns osodss ns ap JeAyped Je argos oyDe esowDdL, voog ns ap A eppiay ns ap wifes axBues exSou {09H ap epedso ¥| oped ns ap pips ue opearp> zqey souew seidoid sns uop ‘odieno ns oj9s sew -xedy ap odsano Ja vsodsa epeqDIpsop e] ofey ‘senBe sey ap eyo e ‘eajas ef ua ‘Uy Te 4 ‘sasoip So] ap B9I99 FI Opren yqey o]NBI0 oAND zijayur je opueosnq saued sepor sod waren ‘uo -ainBis so] ZA ns ¥ anb ‘soreutzeut so] ¥ worEsIAy ‘Op “nos eigey ope|oes3sop [9 onb ugPoamp e| Ua sopor vornrop ‘opelae viqey as xedy eA ‘equiso vsow -92, spulop uoIeBal] SorafesuaUT so] OpuENd SEPT o sway “SOIp | ap B19I99 Bj ep Jse ese es anb wed ‘epuen vj ap onuap vp [ane aiuemp so19q Je wiopAntos sofa ey anb ap uy & ‘ouraIpe [ep UoDoIpard z] op esouDay, v ueres “tae anb sosofesuow uorepueus as atuoureImpouray “opeaes opes8oy sowssqvy ‘Aoy ap wp 2 sesed exBoy Js ‘ertreIsqo ON ‘sesopruea A seiaau uorsny seiqzjed sns re80y ns ap ores onb us oyu -our [9 apsap sond ‘opipiad wey af ofnBi0 ns A vq “JOOS NG “eATUTI eSOIp I ap vI9{NO FI JOUTDI yIAqap ep aise ua C[s anb ayrawer oysp ey ourape 1a ‘Aoy 2p zp Je Oper eptian ns ep onuep xedy ¥ UpIas ‘OUR Mm Ud UEIs9 SoIpeUT soJUND JOg— :Offp 9| ‘oronay, & ensoIp ns opuarpuar ‘aseyeduiooe 9[ epure unsure anb us ‘ojos gzueae ‘onougle jap sajal sourardns So} sopininsuco wegeise aonb ua uoruner z ap arsp giueaay ag ‘sopor ap oIqes spur J> ‘se>I2D sod 108 Ow ap ‘opor argos ‘opesed exaiqny of jer ‘sourrsue so] Jod sas ou ap omnes, opesed exaiqny of EW “sour “Tuy soy ariowiaruaruaauion seoede ered soueroue soiq, -210UDA, SO] HUBAISIU! OU Bp LPUdTUOD ET OPT BOIgNY sofey seur 4 ‘sepedse sns & soBen8 sono sop upiquren uoreypa ey] ‘oore ns ap ouew gype orenbie 1g -sepespad & oprereu uoseisinb & ‘oupuale Te Jopren { ooo] jap o8nue 4 oueway sjopururey, opeynsuy & uorezadura 4 ‘ojnox opueuntoy ose & uoreapor ‘xeky ap eonpuoo e[ Jod sopipamyua ‘soisy sopor reBoq] ayeA TV ‘soZaHB soy ap owaureduws Ee sxp0s08 »48 soroctss Y dijo entonces Menelao: —Porque ese hombre a quien crefamos aliado y amigo nuestro es para nosotros peor enemigo que los mismos troyanos, ya que deseando la muerte de todo el ejército, se lanz6 esta noche espada en mano para asesinarnos. De no haber frustrado los dioses su intento, seriamos nosotros quienes yaceriamos ahora exanimes y de la manera mis ignominiosa, mientras 4 viviria. Para fortuna nuestra, la diosa Minerva des- vid su pérfida intenciéa, que cay6 sobre las bestias y sobre los pastores; no hay, pues, raz6én para honrar a ese cadaver con una tumba, sino que debe dejarsele echado sobre la amarillenta arena, para que sea pas- to de las aves marinas. Si en vida no quiso obedecer nuestros mandatos, tendra que obedecerlos de muer- to y no serés ti quien nos lo impida. Te ordeno, pues, que no lo sepultes, a no ser que quieras caer, al intentarlo, en su misma sepultura. Al ofr aquellas palabras, Teucro se estremeci6 de dolor y de célera —WPor qué has de mandar wi sobre este hombre ahora muerto ni sobre mf, todavia vivo? Si Ayax vino con Is griegos fue por su propia voluntad como aliado tuyo. ¢Qué derecho tienes ti a reinar sobre las gentes que con él vinieron de su patria? Ta viniste como rey de Esparta, no como soberano nuestro. Manda, pues, entre tus stibditos y déjanos a nosotros tanguilos. ‘Mas el rey Menelao era también orgulloso. Con- test6 asi a Teucro: Avax iB —Muy soberbio parece el arquero: ;cudl no seria tu orgullo si llevaras escudo? —No es de villanos mi oficio —replicé Teucro—. ¥ me basto para luchar contigo aunque no levo escudo, —Tus insolentes palabras no harén que yo per- mita que se sepulte 2 mi enemigo. —No fue tu enemigo sino cuando ni fo merecis- te. Le quitaste un premio que a él correspondia para darselo a owo. La lengua de Teucro no descansaba ni su fiereza decafa; el rey Menelao no cedia tampoco —Una sola cosa te digo —afirmé el rey—; que no le dards sepultura a ese hombre. —Pues oye mi respuesta: a este hombre sepul- taré, La disputa se hizo cada vez més violenta; Teucro hizo que el hijo de Ayax se agarrara en ademan suplicante a su padre muerto; hizo también que la esposa se abrazara a él y ordené a los marineros que cavaran la fosa. —Si alguno por la fuerza quisiera arrancaros de este cadaver —dijo 2 la mujer y al nifio—, que vil- mente caiga insepulto en el suelo, segando de raiz a toda su raza, como yo corto esta trenza de cabello. —iMe mandas, pues, que permita sepultar el cadaver? ‘ —Yo mismo Jo haré si me lo permites. Y asi, merced a la intervencién de Ulises, fue sepultédo con todos los honores el cadaver del vale-said Se] UOZEIOD TS ap fnofos we! OD 04 O[[2 Jog ‘awarpuarasd oyEMKe wel % ou ns w81oI0 anb swe OW vomNgoud ruedagy Yano! ef anb auan zwonsed op vpEN, ala ene 2p soivery sop vqzeq winsIY ns ap uRqeio;q ‘arquIOY ap emai wf eqeidope opuens ‘off> Jog ‘sefIO sns uo esopugueg epejdusuoo ye waaof ef ap s1uowe -apjora opepuard yigeq as anb op un esa ‘weqeurett of sonByue soy OWoD ‘oojenby 0 oefenby ‘pepiteas ug ‘Aang ap ezaqv>,Uoo asquoy ap emMBy ud eA ‘aoBezp opexSiqe ap euNoy va eA ‘101 OFpePIA un Ua opmieauoo eeouop ey ap ouew x pad e aqeyuasaid 06 vx “sped ns op wasof e| # ONDT|OS sea svussoy sen ofeq anb osoropod 4 oyenxe 21q, nby & soudnf ap offy ‘sopiuras opezioy p -39 p ‘s9]NOIDEL wea esaouLsd weno! Bf ep soxoavy soy spuaiaud ua sop -sunisqo seu soy ‘soyja anu youre ns wequindsip 2s aquo jap sosos -9[2A spur S20I9Y so] anb ‘esowrsy oly ua erUOprED ap Aer ‘enuedag essound ey SVININOVEL SVI mina CKO, "UEpIAjo as sor JUUASAI SO] Sopr auaNU Bj ap CwoWOUW Jo Us anb ‘sory je sOUCY oY ‘a8 ‘saouOIA ap SOI so] Opuan ny Ua X “eUIOUS 2019] JOP OPNOSS [9 UOS OLfessI9N O] OPO EpUEN vp opsep ouodsuea sorssion¥ ap eyyeduso aun foy01 -eael osopeid Jo vied oBany ja uo epodin oxye 920109 as ‘eso BARDUND FI SOIOUTIEUT SOT HOFeALD “KeAW OSOE io semougs os
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