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Grupos de Auto-apoyo en Mujeres Salvadoreñas

Este documento describe la experiencia de grupos de autoapoyo con mujeres salvadoreñas. Las mujeres pudieron compartir sus historias de dolor y sufrimiento durante la guerra civil de El Salvador y encontrar consuelo al saber que no estaban solas. El proceso les permitió sanar parte del dolor del pasado.

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Grupos de Auto-apoyo en Mujeres Salvadoreñas

Este documento describe la experiencia de grupos de autoapoyo con mujeres salvadoreñas. Las mujeres pudieron compartir sus historias de dolor y sufrimiento durante la guerra civil de El Salvador y encontrar consuelo al saber que no estaban solas. El proceso les permitió sanar parte del dolor del pasado.

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Una experiencia
de grupos de Auto-apoyo
con mujeres salvadoreas
a m o s e n el
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grupo d e p e r m itio
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Introduccin
Tienes en tus manos una publicacin repleta de lgrimas y esperanzas. Para nosotras, Mujeres
por la Dignidad y la Vida o Las Dignas, este libro significa el recuento de una experiencia
dolorosa y necesaria, que nos permiti llorar parte del dolor de doce aos de guerra en nuestro
pas.

Las mujeres presentes en estas pginas estuvimos comprometidas en un proceso de cambio


social, pensando siempre que tal vez, en un futuro incierto, otros pudieran vivir en mejores
condiciones que las que nos tocaron vivir a nosotras. El descubrimiento del feminismo, el
trabajo que realizamos como parte del movimiento de mujeres y los grupos de auto-apoyo en
los cuales participamos, han sido elementos que nos permitieron reconocer la importancia de
asumir, tambin, un compromiso con nosotras mismas y nuestros propios cambios.

Cuando en abril de 1993 iniciamos el proyecto Reconstruyendo nuestra identidad de mujeres,


tenamos cierta idea de lo que los grupos de auto-apoyo iban a significar, sobre todo porque
habamos participado en algunos talleres que rozaron nuestras vivencias de la maternidad
durante la guerra. Sin embargo, la realidad de los grupos fue ms all de lo imaginado.

Cada semana durante mayo y agosto, las caras de las que ya haban pasado, las marcas en sus
ojos que denotaban el llanto, la extrema sensibilidad con la que caminaban, hacan sentir (a
las que todava no habamos pasado) un dolor en el estomago que no presagiaba nada bueno.

Pero, con todo y ese temor, le entramos. Casi treinta de nosotras tuvimos la posibilidad de
participar en los grupos de auto-apoyo y una cantidad semejante de compaeras de otros
organismos de mujeres tambin lo hicieron. En el camino se quedaron alrededor de cuarenta
mas para quienes, probablemente, el dolor de estomago pudo mas que las ganas de atreverse.

Estos grupos significaron mucho para nosotras. Meses despus, cuando algunas de nosotras
fuimos entrevistadas para hacer una evaluacin que pudiera incorporarse a este libro,
coincidimos en lo valioso de la experiencia. Ms difcil nos resulta valorar hasta dnde llegar
esta huella. Quizs para ello haga falta darle tiempo al tiempo.

Por estas fechas las libreras de El Salvador empiezan a llenarse con una cantidad de testimonios
(personales y/o colectivos) sobre la guerra. Periodistas, comandantes, exguerrilleros y
ex guerrilleras aportan fragmentos de su experiencia, rescatando una dcada de silencio.
Creemos que esta necesitad de contar es importante para lograr que los y las salvadoreas de

3
ahora y del futuro no olviden lo que vivimos, para que impidan que ocurra otra vez.

Con esta publicacin queremos exponer parte de nuestras vivencias y tambin compartir
algunas reflexiones sobre lo que a nuestra olvidada subjetividad femenina le ocasion esta
guerra. Tal vez a otra gente le permita encontrar puntos de referencia para tratar los desgarros
del alma y construirse en sujetos protagonistas de sus vidas. Por lo menos sa ha sido la idea
que nos gui en los grupos de auto-apoyo y que alimenta nuestro trabajo.

El protagonismo al que hacemos referencia no slo es necesario en cuanto a las condiciones


econmicas o polticas de nuestra existencia; debe extenderse a todos los mbitos de nuestra
vida, colaborando en la construccin de nuevos sujetos ms autnomos y solidarios, y de una
relaciones sociales menos opresivas. Creemos que las ideas y la prctica feministas tienen
mucho que aportar en esta tarea.

Al movimiento de mujeres, pero tambin a otros actores sociales, les reiteramos nuestra
conviccin de que la reconciliacin necesaria en esta etapa de postguerra slo podr avanzar
con pasos firmes cuando le abramos al dolor un camino para sanar. El silencio, necesario en
otros momentos, puede estar ahogndonos ahora. Una angustia que no se llora se convierte
en un fantasma que no nos deja vivir en paz. Una de nosotras contaba as su experiencia en
los grupos:

Yo nunca haba contado todo lo que ah dije. No me imaginaba que iba a ser tan doloroso y me
sent tan conmovida de mi corazn de ver tanta cosa que nosotras las mujeres sufrimos. El grupo
me sirvi mucho porque agarraba ms valor al ver que no era slo yo la que pasaba esos problemas
sino que la mayora de las mujeres que all estbamos los habamos pasado, pero no conoca el
problema de las otras porque nunca los hablbamos.

Algunas cosas es muy penoso contarlas porque no son agradables, pero en ese grupo de mujeres
solidarias yo sent confianza para llorar lo que antes no lloramos. Por ejemplo, cuando hubo una
invasin donde murieron siete mujeres y yo fui la primera que lleg a ese lugar, despus llegaron
los jefes y se empez a recoger a la familia que estaba destrozada. Los jefes nos decan: ahorita no
es el momento de llorar, ahorita lo que queremos es que sean valientes. No nos dejaban llorar, nos
sentamos reprimidas, estar viendo todos los pedazos y no poder llorar porque estaba prohibido. Yo
me senta como ahogndome, senta una cosa que no poda expresar, me senta bien mal.

En el grupo yo saqu eso y varias cosas ms porque senta aquella gana de decir las cosas que me
haban pasado hace mucho tiempo y ya no aguantaba tenerlas, y por eso me senta bien y me siento
bien haberlas dicho.

El proyecto del que hacemos memoria en este libro fue realizado gracias al apoyo de muchas
compaeras que creyeron en l y en su necesidad y que nos aportaron a nosotras su entusiasmo
y disposicin.

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Clara Murguialday y Norma Vzquez lo concibieron y lograron entusiasmarnos para asumirlo.
Despus, desde abril hasta diciembre de 1993, se dedicaron a llevarlo adelante. Fueron
las encargadas de darnos nimo, de entrevistarnos y recibir nuestros primeros llantos. Su
involucramiento en el proyecto las llev a cuidarnos y ofrecernos un espacio de atencin
que para muchas de nosotras fue novedoso era la primera vez que alguien se ocupaba de
nosotras, de que tuviramos una buena comida, de que nuestros nios y nias quedaran
atendidos mientras trabajbamos.

Ruth Polanco, como auxiliar del proyecto, puso toda su eficiencia no solamente en el apoyo
material del mismo, sino tambin en animar a mujeres que no eran de Las Dignas para que
participaran en los grupos. Su dedicacin nos permiti iniciar una relacin de trabajo ms all
de la duracin del proyecto.

Cristina Garaizabal y su entusiasmo para viajar desde Espaa dos veces en el mismo ao fueron
fundamentales. Su propia experiencia est relatada en otras pginas, aqu slo queremos dejar
sentado que su experiencia, profesionalismo e involucramiento con las mujeres le permiti
escucharnos y darnos un apoyo que est ms all de todo agradecimiento. Su estancia en nuestro
pas fue aprovechada, adems, por un grupo de psiclogas salvadoreas que compartieron con
ella reflexiones sobre la subjetividad femenina.

Cristina Ibez, Gilda Parducci y Marisa Rodrguez fungieron como coterapeutas en la ronda
de grupos de agosto y a ellas tambin queremos agradecer su apoyo.

Sussane Lerch, desde Suiza, hizo posible que el proyecto no fuera solamente una ilusin. Su
confianza en nosotras y el entusiasmo con que apoy la gestin del mismo lo hicieron realidad.

Queremos agradecer, por ltimo, a la Fundacin Pro vctimas de Suiza su apoyo econmico
para la realizacin de este proyecto.

MUJERES POR LA DIGNIDAD Y LA VIDA.

San Salvador, El Salvador abril de 1994

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Nota de las autoras
Escribir un libro con un ocano de distancia es una aventura interesante. La enfrentamos, sin embargo,
porque ya habamos trabajado juntas en la realizacin del proyecto Reconstruyendo nuestra identidad
de mujeres con el mismo ocano de por medio. Aunque el telfono y el fax resultan menos clidos
que la posibilidad de mirarnos y hablar horas y horas, tuvimos que superar estos y otros inconvenientes
para dar a la luz esta publicacin que nos permite, entre otras cosas, distanciarnos de la inmediatez de
las sensaciones y emociones que la propia experiencia nos ha significado.

De todos modos, y a pesar de la riqueza de matices de la lengua castellana (en este caso
resultado de la combinacin de giros espaoles, mexicanos y salvadoreos), corremos el
riesgo de no transmitir fielmente los afectos y las expresiones del alma de las mujeres con las
que compartimos este proyecto.

En octubre de 1992, en un apartamento de Madrid, escribamos las primeras lneas para dar forma
al proyecto. En esos momentos nos asaltaban algunas inquietudes que, sin embargo, dejamos para
ms adelante. Cuando se hizo realidad, nos volvieron a surgir algunas interrogantes: lograramos
contar con la confianza de las mujeres salvadoreas a las que iba dirigido el proyecto? Podramos,
ambas extranjeras y sin ms conocimiento de la guerra salvadorea que el que nos daban las
noticias y el trabajo de solidaridad, entender la complejidad de sus vivencias durante la guerra?

Varios elementos nos hicieron superar estas dudas. Primero que nada, la confianza que
depositaron en nosotras y el proyecto Las Dignas, el grupo feminista salvadoreo que lo
asumi como propio. Segundo, la experiencia que ambas tenamos en el trabajo feminista
con mujeres de nuestros respectivos pases. Tercero, nuestro inters comn en ahondar en la
subjetividad femenina. Todo ello nos permiti descubrir afinidades y darnos apoyo mutuo en
cada una de las fases del proyecto, incluida la redaccin de este libro.

Desde el comienzo del nuevo movimiento feminista se le ha concedido suma importancia


a los aspectos relacionados con la subjetividad femenina. Estos aspectos subjetivos hay que
tenerlos en cuenta no slo para entender el proceso por el que las mujeres se convierten en
sujeto colectivo con protagonismo, sino tambin para entender el papel que juegan en los
procesos colectivos de enfrentamiento al orden vigente.

Las salvadoreas dejan or su voz cada da ms y se estn convirtiendo, cada vez ms, en
protagonistas de sus vidas, reclamando ser reconocidas en todos los mbitos de la sociedad.
La fuerza que est adquiriendo su movimiento y el impacto que tiene en el sentir de un

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gran nmero de mujeres, hace imprescindible abordar en los proyectos de salud mental la
especificidad del ser mujer en esta sociedad y este tiempo.

Al plantearnos trabajar con los grupos de auto-apoyo de mujeres partamos de la idea de que
las mujeres han pagado un costo social especfico en estos aos de guerra, costo que tena
una relacin directa con su situacin como gnero subordinado. Esta hiptesis se ha visto
plenamente confirmada, como iremos viendo a lo largo de las pginas siguientes.

Aunque el nmero de mujeres que han participado en los grupos no permite hacer generalizaciones
excesivas, constatamos que las problemticas y sufrimientos de una parte importante de mujeres
durante estos aos no se deben exclusivamente a situaciones particulares o a las peculiaridades de
cada cual. Tampoco son exactamente iguales a las sufridas por los hombres.

Las mujeres somos discriminadas por el hecho de pertenecer a un gnero, el femenino,


minusvalorado socialmente en relacin al masculino. Pero, adems, el gnero es tambin una
instancia subjetiva, una interiorizacin que hacemos de la situacin social subalterna que conlleva,
entre otras cosas, situarnos ante el mundo con una particular configuracin de la subjetividad.

Otra de las ideas que han guiado nuestro trabajo es la consideracin de que si no se abordan,
individual y colectivamente, lo desgarros en la identidad producidos en estos aos de guerra,
el movimiento de mujeres salvadoreo estar dejando de lado un elemento importante de su
historia. La toma de conciencia feminista es un proceso que reviste caractersticas especiales
para las mujeres que participan en l. La supuesta naturalidad del papel social de las mujeres, as
como el que muchos de los aspectos que se ponen en juego en la construccin del movimiento
de mujeres tienen una estrecha relacin con los afectos, implica el cuestionamiento de una
serie de elementos que pertenecen a lo que se ha dado en llamar la vida privada.

No es extrao que sea el movimiento de mujeres quien ha planteado la consigna lo personal es


poltico, en un intento de demostrar que muchas de las vivencias ms personales de la gente y, en
particular de las mujeres, tienen que ver con las estructuras pblicas de una determinada cultura.

El movimiento feminista debe tener presente estos aspectos que afectan a la subjetividad de
las mujeres si quiere despertar sus conciencias, entusiasmndolas para participar activamente
en su proyecto emancipador.

Estas pginas estn dedicadas a las sesenta y cuatro mujeres que participaron en los grupos de
auto-apoyo y que nos dejaron conmovidas con su dolor y admiradas con su fuerza. Tambin
es para todas aquellas que se quedaron a mitad del camino en esta experiencia. Quisiramos
compartirlas, por ltimo, con todas aqullas que vislumbran la importancia de ahondar en la
subjetividad femenina, pero an no se atreven a hacerlo en la propia.

Cristina Garaizabal y Norma Vzquez


Madrid y San Salvador, Abril de 1994

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1. Los efectos de la represin poltica
en la identidad personal

1.1. La represin poltica


En El Salvador la tortura, las desapariciones, los asesinatos y el exilio formaron parte de la
violencia cotidiana que sufri la poblacin durante los doce aos del conflicto armado y varias
dcadas anteriores. Casi todo el mundo tiene algn familiar que fue torturado, un conocido al
que desaparecieron, una amiga asesinada, o una persona querida que tuvo que salir del pas
para evitar que la mataran.

El informe de la Comisin de la Verdad (formada como parte de los Acuerdos de Paz) da


cuenta del testimonio directo de dos mil personas que denunciaron ms de ocho mil hechos
graves de violacin a los Derechos Humanos que afectaban a ms de siete mil personas.
Recogi adems veintitrs mil denuncias de fuentes indirectas con ms de trece mil hechos
graves de violencia1.

La represin, ejercida directamente por los cuerpos de seguridad o indirectamente por los
llamados escuadrones de la muerte, (o grupos ilegales armados con intencionalidad
poltica segn se denominan ahora), gener un clima de terror que se convirti en una
segunda piel con la que convivieron muchos hombres y mujeres durante los aos de la guerra.
Con esta piel se vieron obligados y obligadas a desconfiar, callar, mentir, huir todo lo que
hiciera falta para intentar sobrevivir en una situacin de violencia institucionalizada.

El objetivo de esta represin est claro: pretende crear una poblacin sumisa, romper el tejido
social solidario, establecer la total impunidad para quienes ejercen violencia e intimidar a
la poblacin. En definitiva, lograr que el miedo y la desconfianza paralicen a las personas y
reduzcan su sentido de futuro.

Durante la guerra, la gente estuvo sometida al lmite de sus capacidades, a situaciones extremas
que no por ser cotidianas perdieron su carcter traumtico. Situaciones que dejan huella en
el momento de producirse e influyen posteriormente. Y que no slo afecta a quienes las han
sufrido ms directamente, sino tambin a quienes conforman su entorno ms cercano. Estas

1 De la locura a la esperanza. Informe de la Comisin de la Verdad para El Salvador. Naciones Unidas, San Salvador, Nueva York 1992-1993.

9
situaciones modifican comportamientos personales y adems se expresan en el conjunto de
las relaciones sociales de la persona que las ha vivido. Por lo tanto, para afrontarlas es preciso
trabajarlas, tanto a nivel individual como social.

El padre jesuita Ignacio Martn Bar, asesinado por el ejrcito en noviembre de 1989, fue
uno de los principales estudiosos del impacto que la guerra ha tenido en la salud mental
de la poblacin salvadorea. Sus numerosos trabajos al respecto, compartidos en diversos
seminarios y publicaciones latinoamericanas, son una herencia inestimable para enfocar el
trauma social de la guerra no como un problema de individuos aislados, pocos o muchos,
(sino como) un problema estrictamente social. El dao producido no es simplemente el de la
vida personal que se destruye, el dao se ha causado a las estructuras sociales mismas, a las
normas que rigen la convivencia, a las instituciones que regulan la vida de los ciudadanos, a
los valores y principios con los que se ha educado y en funcin de los cuales se ha pretendido
justificar la represin2.

El costo de esta guerra es una sociedad profundamente herida en sus estructuras y una
poblacin afectada en su identidad, ya que las situaciones de crisis obligan a modificar las
actividades, adems de crear una especial sensibilidad que anima a replantearse la vida, los
valores que la guan, etc. Ahora bien, estas situaciones pueden tambin ser propicias para
generar cambios en las relaciones personales y en la participacin social.

Como muy acertadamente plantean Beristan y Riera: Las situaciones limites crean en las
personas una disociacin de valores que les obliga a cuestionarse su propia existencia. La
nica forma de superar la sensacin de quiebra en afrontar esas situaciones tambin desde un
punto de vista constructivo. Esta paradoja explica las vivencias de profundo dolor y esperanza
en Latinoamrica. Se trata de considerar a las personas activas, capaces de transformar las
relaciones sociales y sus propias mentalidades, y que despus de pasar una experiencia
traumtica y brutal necesitan ms apoyo para continuar y rehacer su vida y su lucha3.

De las reflexiones sobre el costo emocional de las mltiples formas de represin que se han
vivido en Amrica Latina en las ltimas dcadas, queremos retomar el trabajo de Carlos
Martn Beristan y Francesc Riera antes mencionado. En l se recoge la experiencia de grupos
de auto-apoyo con una poblacin que ha sufrido las consecuencias de la represin poltica
en Latinoamrica. Especialmente interesante nos parece la sistematizacin que hacen de los
mecanismos que ayudan a resistir en las situaciones lmite, as como las consecuencias que la
represin tiene en la identidad personal y colectiva.

Recogiendo las experiencias de personas o grupos que han sufrido situaciones lmite, sealan
que para mantener la integridad en esos momentos ha resultado clave: tener unas convicciones

2 Martin Bar I. Democracia y reparacin, en Derechos Humanos: todo es segn el dolor con que se mira. Santiago de Chile. 1990.

3 Beristan, C. y Riera, F. Salud mental: la comunidad como apoyo. Talleres grficos UCA. San Salvador, 1992.

10
firmes, conservar el control de la situacin, conocer los mtodos y las estrategias del poder,
preservar la autonoma y afirmar otra realidad. Tambin analizan, muy certeramente, el
quiebre de la identidad personal como uno de los objetivos fundamentales de la represin.

La represin poltica trata no slo de controlar e intimidar a la poblacin, sino de cuestionar


y romper la identidad de las personas La represin se dirige contra las personas por formar
parte de un colectivo, de un proceso histrico determinado. Sin embargo, las personas deben
afrontar muchas de esas situaciones con sus recursos individuales. De esta manera, la represin
trata de producir un abismo entre lo individual y lo social, que como hemos visto son las dos
partes de la identidad4.

Junto con importantes aciertos en los trabajos antes mencionados, podemos apreciar la
ausencia de anlisis sobre los efectos de la represin en hombres y mujeres. El hecho de
pertenecer al gnero femenino no se consigna como un elemento significativo que ha tenido
y tiene sus peculiares repercusiones. Desde nuestro punto de vista, este vaco impide analizar
cul ha sido el costo social especfico que las mujeres han pagado en estos ltimos aos y
condiciona las posibilidades de abordar cabalmente un trabajo de salud mental con ellas.

1.2. La identidad femenina


Como ya hemos dicho antes, una de las consecuencias de estar sometido a situaciones lmite
es el cuestionamiento y el desgarro de la identidad personal.

La identidad personal es algo fundamental para las personas, algo que forma parte del ncleo
ms ntimo de nuestra personalidad. Es la imagen que cada cual tiene de si misma o de si
mismo, la idea que nos hacemos de lo que somos y cmo somos, de nuestras cualidades, forma
de ser, capacidades Est compuesta de elementos conscientes e inconscientes.

Los seres humanos no nacemos con una identidad definida. Por el contrario, se va
configurando por la interaccin de elementos individuales (capacidades, potencialidades,
gustos, caractersticas fsicas) con los sentimientos de pertenencia a las diferentes formas
de insercin social (sexo, clase social, edad, opcin sexual, ideas polticas, religiosas).
Estos sentimientos de pertenencia y las propias clasificaciones sociales no son estticos, se
modifican con el transcurso del tiempo, a lo largo de la historia de la comunidad determinada
a la que se pertenece.

La identidad personal es un ncleo de convicciones compuesto por una identidad individual


(soy una persona nica) y una identidad o identidades sociales (tengo cosas en comn con
otras personas). No se trata, por lo tanto, de algo ahistrico, inmanente, esttico o uniforme,
por el contrario, es un proceso dinmico. Pero a pesar de su constante transformacin, es un
4 p. Cit.

11
elemento vital para mantener nuestro equilibrio personal sometido a mltiples tensiones que
amenazan su estabilidad.

En las sociedades contemporneas la perteneca a uno u otro sexo condiciona la existencia de


mujeres y hombres. Nacer hombre o mujer es un elemento importante en la configuracin de
la subjetividad e identidad de los seres humanos. Las mujeres, por el hecho de nacer hembras,
son socializadas de manera diferente a los hombres y comparten entre s toda una serie de
valores, cualidades, rasgos de personalidad, atribuidos. Ahora bien, la interiorizacin que se
hace del gnero y su impacto en la configuracin de las identidades personales individuales
depende de otros muchos factores relacionados tanto con la historia particular como colectiva.

El nacimiento del movimiento feminista en El Salvador ha sido un elemento importante para


poner al descubierto lo que significa ser mujer en una sociedad estructurada en funcin de
la divisin de sexos. Han empezado a elaborarse diversos estudios sobre la discriminacin
que viven las salvadoreas en funcin de su gnero en la educacin, trabajo, salud, en fin, en
todos los aspectos de su vida. Tambin hay una accin feminista destinada a indagar lo que
sienten las mujeres al vivir as. Hay que tener en cuenta que la teora feminista, a diferencia
de otras teoras sociales (como por ejemplo la teora marxista), apela a la mujer no slo como
categora social sino tambin refirindose a una sensacin del yo, a una identidad subjetiva
culturalmente condicionada o construida.

Desde los primeros momentos del nuevo movimiento feminista internacional se ha puesto
especial acento en los aspectos subjetivos de las mujeres. Este nfasis ha dado lugar a
interesantes aportaciones y ha permitido romper una tradicin de sobre valoracin de
los aspectos materiales con la subsiguiente olvido y desconsideracin de los elementos
psicolgicos y subjetivos.

Tomar en consideracin la subjetividad femenina como algo que tiene sus caractersticas
especficas ha permitido tambin nombrar y hacer presente socialmente a una parte de la
poblacin (el cincuenta y dos por ciento) que se vea subsumida en el genrico hombre;
parte mayoritaria de la poblacin que paradjicamente no contaba socialmente, que no era
visible ni tenia una entidad como tal. Ha sido, por lo tanto, importante para construir un
movimiento de rebelda enfrentado al orden social que consagra su subordinacin.

No obstante, contemplar la identidad femenina en contraposicin a la masculina e intentar


reconceptualizarla en un sentido contrario, es decir, revalorando lo que ha sido minimizado,
tiene tambin sus peligros. Uno de ellos es creer que esa identidad es algo ya dado, que forma
parte sustancial de la personalidad de todas las mujeres. Desde esa perspectiva se tiende a
homogeneizar a todas sin contemplar la diversidad de situaciones y subjetividades existentes.

Esta tendencia, adems de que no responde a la realidad de lo que hoy son y sienten las mujeres,
entronca peligrosamente con la ideologa dominante. De hecho, buena parte de las ideas

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tradicionales que mantienen a las mujeres en una situacin de subordinacin se basan en la
presuncin de una identidad femenina diferente y complementaria a la masculina, identidades
ambas a las que se les asigna condicin de naturaleza. De esta manera, lo que son elementos
de subordinacin debido a la relaciones sociales que pueden ser modificadas aparecen como
algo natural, que viene dado por las naturalezas diferentes de hombres y mujeres y que por lo
tanto no pueden ser transformados.

En El Salvador, en estos aos de guerra, la identidad de las mujeres ha sufrido mltiples ataques
producto de las situaciones lmite a las que han estado sometidas, junto al resto de la poblacin,
especialmente aqullas que han participado directamente en el conflicto armado. Ahora
bien, hay que tener presente que estos costos han adquirido para las mujeres un significado
especial. Los desgarros producidos por separaciones, desapariciones o muerte de los hijos e
hijas y familiares prximos, las renuncias afectivas, la imposibilidad de elaborar muchas veces
los duelos de personas queridas posponer, en definitiva, todo lo que tiene que ver con el
cuidado emocional y afectivo a ala lucha por la supervivencia ha significado para las mujeres
contravenir un mandato de gnero profundamente interiorizado en la mayora de los casos.

Los ataques a la identidad adquieren significaciones especiales y especficas si tenemos en


cuenta, adems, que los valores machistas imperan tambin en las fuerzas de izquierda, y que
la mayora de mujeres que se incorporaron a la guerrilla lo hicieron desempeando tareas y
papeles subalternos. Aunque algunas de estas tareas fueron valoradas como indispensables
durante la guerra, no se les dio la misma importancia en la firma de los Acuerdo de Paz; el
programa de transferencia de tierras, por ejemplo, es una muestra de la discriminacin de las
mujeres en las filas del FMLN5.

Las mujeres desvalorizadas socialmente y al interior de las organizaciones en las que


optaron participar, tienen serias dificultades para encontrar nuevos equilibrios personales,
permaneciendo en una situacin de confusin vital, propia de las personas que siente
cuestionada o atacada su identidad.

Antes decamos que la subjetividad femenina, en sociedades donde el componente patriarcal


es muy fuerte, se organiza con elementos diferenciales en relacin a la subjetividad masculina.
Los prototipos vigentes culturalmente sobre la masculinidad y la feminidad influyen
poderosamente en la construccin de la identidad de hombres y mujeres. Lo cual no quiere
decir que unos y otras reproduzcan tal cual dicho prototipos. Pero en mayor o menor medida,
segn las historias individuales, lo que s parece es que estos prototipos funcionan como
puntos de referencia, bien como modelo a imitar o bien como esquema negativo del que hay
que deslindarse.

1.3. El prototipo de feminidad en El Salvador


5 Un anlisis sobre este tema esta recogido en la investigacin titulada Transferencia de tierras: discriminaciones hacia las mujeres. Mujeres por la Dignidad y la
Vida, Coleccin Debate N. 2. San Salvador, 1993.

13
El prototipo de feminidad vigente en la sociedad salvadorea sigue considerando la maternidad
como la meta fundamental para las mujeres, el eje en torno al cual se articula la identidad
femenina. Se considera que las mujeres no alcanzan la madurez hasta que no se conviertan
en madres. Este imperativo est tan arraigado que no necesita decirse abiertamente, es algo
que todo el mundo sabe que es y debe ser as. Se supone que la maternidad es el destino de las
mujeres, que el tener la posibilidad de desarrollar una funcin biolgica (quedar embarazada)
implica ineludiblemente el deseo de ejercerla.

La cultura patriarcal considera parte de una misma cadena la funcin biolgica (posibilidad de
embarazo) y la funcin social (ejercer de madre y cuidar a las criaturas) aplicando a ambas el
mismo carcter natural. A lo largo de la vida de las mujeres se potencia en ellas, de manera
unilateral, todas las cualidades que sirven para ejercer esta funcin y se reducen las expectativas
y presiones sociales a verla cumplir el papel de madres. Se supone, por consiguiente, que las
tareas que impliquen una cierta funcin maternal deben ser ejercidas por mujeres.

Menoscabadas en su autoestima para realizarse en otras funciones, las mujeres depositan en la


maternidad el sentido de su existencia de tal manera que sta se convierte en el nico terreno
donde se les permite ejercer un cierto poder (engaoso y temporal ya que las leyes que rigen
la maternidad no las dictan las mujeres e inevitablemente los hijos e hijas crecen y se van).
Restituida su valoracin y sentido de vida a travs de la maternidad, las madres consideran
que todo lo que les ocurre a sus hijas e hijos es responsabilidad de ellas.

Las culpas por no cumplir el mandato que sus propias madres les transmitieron y no ser
buenas madres hacen estragos en la subjetividad femenina. Por otra parte, la consideracin
de las tareas maternales como devocin y no como trabajo lleva consigo que las quejas y el
chantaje sean las formas preferidas por las madres para poner de manifest su malestar.

El cuidado afectivo y emocional de los dems, especialmente de aqullos con quienes se


ha entablado una relacin familiar o afectiva, es otro de los imperativos de la feminidad
tradicional. Este imperativo, transmitido generalmente por las propias madres, suele ser uno
de los elementos ms profundamente interiorizados y que configuran parte del ncleo de la
subjetividad femenina.

Esta moral de los cuidados - que sera deseable, en principio, que se desarrollara en todos los
seres humanos- se potencia de manera unilateral en las mujeres, limitndoles otras cualidades
y habilidades. De tal manera el ncleo ms ntimo de la personalidad, es decir el yo femenino,
es un yo-en-relacin (concepto acuado por la psicloga norteamericana Jane Baker Miller),
un yo que se auto valora y adquiere estima en funcin, no tanto de los logros que se consigan
o de la capacidad operativa, sino en funcin de las relaciones que se es capaz de establecer.
La propia capacidad de valoracin de las mujeres suele depender as, en exceso, de la imagen
y la valoracin que los dems tengan de ellas y las relaciones afectivas se convierten en el
instrumento fundamental a travs del cual las mujeres se valoran.

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Por ltimo, otra de las metas de la feminidad tradicional en El Salvador es lograr una sexualidad
ms reprimida, menos visible que en los hombres. La pareja heterosexual y mongama aparece
como un ideal para la mayora de mujeres y hombres. La virginidad se mantiene como un valor
que deben conservar las muchachas y que deben exigir los muchachos. Todo ello colabora a que
las mujeres aparezcan, y en muchos casos ellas mismas as lo vivan, como seres menos sexuales
(ms sensuales que sexuales) y que la obtencin de placer y goce sexual femenino se contemple
solamente cuando va unido a la posibilidad de establecer unas relaciones afectivas estables.

Durante la guerra, sin embargo, las mujeres vivieron experiencias de ruptura con los
imperativos antes expuestos. En algunos casos estas rupturas fueron conscientes, opciones que
se asumieron de manera voluntaria a pesar de los costos que implicaban. En estas situaciones
las tensiones y desgarros producidos en la identidad son fcilmente superables en un marco
donde se pueda compartir la experiencia, los presupuestos ideolgicos y encontrar nuevas
metas de desarrollo personal. Pero en muchos casos, estas rupturas fueron el dbito obligado,
el precio que era necesario pagar por llevar adelante un compromiso militante o, simplemente,
la consecuencia de una situacin donde el imperativo de la supervivencia frente a la represin
dejaba poco margen para la opcin. En estos casos las vivencias son ms contradictorias, las
culpas, las dificultades para establecer los propios deseos, la rabia y la frustracin necesitan no
slo un marco adecuado, sino tambin tiempo para ser elaboradas.

1.4. Reconstruir la identidad en el caso de las mujeres


Cuando se han sufrido experiencias traumticas y la identidad se siente amenazada, las
personas buscan restablecer su equilibrio emocional. A veces se logra de manera inmediata
a travs de mecanismo de defensa que ayudan a sobrevivir sin perder el contacto con la
realidad. La negacin de la experiencia vivida, el intento de olvidarse de ella no pensando ms,
la represin de los afectos provocados, la racionalizacin excesiva o incluso fingir inventando
una historia que nada tiene que ver con lo que realmente pas todo ello ayuda a seguir
adelante.

Pero cuando el tiempo pasa y sobre todo, como es el caso de El Salvador, cuando la situacin
social cambia de manera sustancial y la vida cotidiana se normaliza, se necesitan otro tipo de
respuestas pues los recuerdos aparecen de manera insistente y las huellas que la experiencia
ha dejado en nuestro psiquismo se dejan sentir con ms fuerza. Se hace necesario, por lo
tanto, encontrar nuevos equilibrios que restablezcan la identidad erosionada y que permitan
reconstruir nuevos proyectos vitales y sociales.

Para trabajar este proceso de reconstruccin con las mujeres es imprescindible tomar en cuenta
los elementos presentes en la identidad de gnero que hemos desarrollado anteriormente.
La existencia de un movimiento feminista salvadoreo, joven pero lleno de energa, est

15
entusiasmando a muchas mujeres, especialmente a aquellas que han tenido una militancia
poltica en el pasado. El reclamo de un protagonismo para las mujeres que se hace desde este
movimiento influye en el sentimiento de pertenencia al colectivo mujeres y logra un peso,
cada vez mayor, en la subjetividad de muchas salvadoreas.

El trabajo realizado con los grupos de auto-apoyo nos ha permitido detectar las problemticas
ms frecuentes y desgarradoras que han vivido mujeres que estn militando y dirigiendo
algunas expresiones organizadas del movimiento de mujeres salvadoreo; asimismo, nos
posibilita elaborar instrumentos que les ayuden a elaborar estas experiencias para mejorar su
calidad de vida en el terreno emocional.

Esta labor es importante, pensamos, no solamente por los efectos ms directos que tiene en las
participantes de la experiencia, ni slo porque a partir de ella se abran espacios de los que se
puedan beneficiar ms mujeres. Su importancia radica tambin en que redunda en el tipo de
movimiento de mujeres que se construye y en el tipo de relaciones sociales y personales que
se plantea establecer entre los gneros.

Los anlisis y los enfoques feministas han significado, para un importante nmero de
mujeres salvadoreas, una fuente de entusiasmo personal y un marco para entender mejor
experiencias propias que hasta entonces se vivan en solitario y culpablemente. El feminismo
est permitiendo, tambin, un enriquecimiento de la visin crtica sobre la sociedad y una
fuente renovada de estmulo transformador. Ahora bien, que el movimiento de mujeres sea
capaz de mantener esta vitalidad y entusiasmar a ms mujeres depender, creemos, de que
sea capaz de recurrir a ese manantial de agua fresca que significa la experiencia humana, con
todas sus contradicciones y ambigedades.

Sin recurrir a ella, movindose slo con las grandes abstracciones tericas y haciendo caso
omiso de la gente de carne y hueso, de sus dolores y esperanzas, el movimiento de mujeres
(as como otros movimientos sociales) corre el riesgo de volverse rgido, seco, dogmtico y
controlador. Para poder tener en cuenta la experiencia humana es necesario que cada persona
sea capaz de contemplar su propia experiencia sin rabia ni frustracin, que se asuma no como
una vctima impotente sino como ser humano que intenta entender y elaborar su pasado,
asumindolo como parte de la experiencia vivida que puede enriquecer el futuro individual y
colectivo que quiere construir.

Por eso, entre otras cosas, es importante la experiencia del trabajo de salud mental con
mujeres, con un enfoque comunitario y feminista.

2. Las participantes en los


16
grupos de auto-apoyo

2.1. Caractersticas generales


Durante los meses de mayo y agosto de 1993 se realizaron ocho grupos de auto-apoyo en
los que participaron sesenta y cuatro mujeres. Los requisitos para participar eran: asistir
voluntariamente - no por designacin del organismo o institucin - y estar dispuesta a trabajar
durante los tres das de duracin del grupo; sentirse afectada emocionalmente por la guerra
y no tener otras oportunidades de acceso a programas de salud mental y ser parte activa del
movimiento de mujeres.

Ms de cien mujeres respondieron a la convocatoria inicial presentndose a una entrevista


en la que se les peda sus datos generales y una pequea narracin de su experiencia durante
la guerra. El material obtenido en esta etapa nos permiti conformar los grupos combinando
distintas problemticas y evitando que coincidieran en un mismo grupo mujeres con relaciones
afectivas muy cercanas o de mucho conflicto.

Las participantes tenan entre 19 y 64 aos. Casi la mitad de ellas estaban entre los 25 y 35
aos de edad. Por haberse realizado todos los grupos de auto-apoyo en San Salvador, stos
resultaron ms accesibles para las mujeres que habitaban en la capital; as, slo una de cada
cuatro participantes resida en el rea rural.

Una tercera parte de las asistentes lleg a sexto grado de enseanza primaria y otras tantas
haban cursado enseanza media (bachillerato). Asistieron dos mujeres que no saban leer y
escribir y otras tres que apenas podan hacerlo. Solamente siete tenan estudios universitarios
y una haba cursado un postgrado.

La mitad de las participantes manifestaron estar casadas o acompaadas en estas fechas;


veinte eran solteras, doce estaban separadas o divorciadas y seis eran viudas. Slo diez de las
asistentes no eran madres. La mayora de las 54 que s lo eran tena entre uno y tres hijos.

Veintitrs mujeres dijeron que haban abortado al menos una vez; en la mitad de los casos se
trat de abortos inducidos voluntariamente. Todas las mujeres que haban interrumpido su
embarazo manifestaron no haber tenido secuelas fsicas, aunque s algunas emocionales.

En las fechas en que tuvieron lugar los grupos de auto-apoyo, slo cuatro de las participantes
no estaban trabajando fuera del hogar (eran amas de casa) y otras ocho s lo hacan pero en
rgimen de voluntariado, sin recibir pago.

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Las restantes 52 mujeres trabajaban remuneradamente: el noventa por ciento de ellas
se desempeaba en organizaciones no gubernamentales de trabajo con mujeres y el resto
en universidades e iglesias. La mitad de las mujeres que trabajaban remuneradamente se
consideraban jefas de sus hogares; el resto se divida por partes iguales entre quienes no eran
jefas de hogar y las que consideraban que la responsabilidad domstica estaba compartida.

El promedio de ingresos mensuales de las mujeres trabajadoras remuneradas era de 1.500 colones
(equivalentes a 180 dlares). Con este nivel de ingresos, cuatro de cada diez mujeres consideraban
cubiertas la mayor parte de sus necesidades (aunque no llega al diez por ciento las que aseguraban
cubrir todas sus necesidades). Una cuarta parte slo lograba satisfacer sus necesidades bsicas
(alimentacin, vestido, vivienda) y un tercio ni siquiera sus necesidades bsicas.

2.2. Por qu y cmo se integraron a participar polticamente


Cincuenta y ocho de las sesenta y cuatro mujeres manifestaron haberse involucrado
conscientemente en la guerra, sea como militante del FMLN o como apoyo a la guerrilla. Las
causas que las llevaron a tomar esta decisin fueron diversas. Cuenta una mujer del campo
que se desempe como apoyo logstico, cosiendo uniformes en un refugio hondureo:

Nos decidimos a participar en la guerra porque nos decan que si ramos catlicos tenamos que
participar en eso y as fue que nosotros, a travs de la Biblia, entramos a participar. Nos decan
que debamos ser callados, que no debamos de andar comentando con otra gente, que tenamos
que ser ocultos. A m siempre me ha gustado participar, yo no me quera quedar de menos all
arrinconadita, siempre me gustaba andar en medio de la gente de los grupos, no me senta bien
cuando me dejaban a m sola. Por eso empec a participar apoyando a los muchachos.

Las razones de una mujer de la ciudad que lleg a ser dirigente del FMLN fueron otras:

Mi involucramiento en la guerra fue consciente pero soador, romntico, era la idea de que
entregarse a los dems era la mejor manera de vivir la vida, de construir una sociedad ms justa,
ms humana, donde no hubiera tanta tristeza en los ojos de la gente. Yo recuerdo eso mucho, como
una idea inicial ma, de que ya no iba a haber ms tristeza en los ojos de la gente. Nunca pens en
el nivel de auto represin que iba a tener que vivir, nunca me imagin el costo humano, material,
ni lo que la guerra iba a implicar. Desde muy jovencita fui asumiendo responsabilidades sobre otra
gente y era buena para organizar, captaba mucha gente con la que me senta comprometida. Todos
mis compaeros de estudios con los que me incorpor murieron, slo yo he quedado viva. Crea que
eran posibles los cambios, para m la idea del socialismo era muy idealizada, era como la utopa a
conquistar. Crea que era posible en el pas.

Para una muchacha del campo que fue combatiente del FMLN, la causa de su incorporacin
fue el miedo:

18
Me incorpor al frente de guerra a los catorce aos, cuando yo llegu habamos varias de esa
edad, incluso menores. Cuando me incorpor lo hice por miedo a la persecucin, ya nos andaban
persiguiendo porque empezbamos a trabajar en las milicias. Yo no fui consciente de lo que iba a
hacer, ms que todo fue el miedo de estar en la comunidad y que me capturaran, o sea, pensaba que
se les iba a ser ms difcil buscarme en el frente.

Para una militante del FMLN en la ciudad de San Salvador, que se desempeaba en las milicias,
el motivo fue:

Mi pap estaba en esto y yo a l lo quera mucho. A m me consenta todo, ramos uno solo, l y
yo. Cuando lo desaparecieron lo busqu das y das. Al darme cuenta que no iba a aparecer decid
retomar su bandera de lucha, por eso empec a participar.

Solamente seis de las participantes sealaron que su involucramiento no fue totalmente


voluntario sino que se vieron participando porque el conflicto lleg a su cantn o porque sus
familiares estaban militando o apoyando al FMLN.

Yo me involucr en esto porque de antemano ya saba que me iba a involucrar, como que ya haba
un tapete, desde chiquita mis paps se involucraron, toda mi familia estaba en eso, entonces como
que no caba que yo no me involucrara, ni siquiera lo pens. Todos esperaban, y yo tambin, que
tena que hacerlo.

Yo no me involucr en la guerra, la guerra estaba en mi casa desde que recuerdo. Crec sin saber donde
andaba mi pap, viviendo en un pas y luego en otro. Crec con miedo, sabiendo que l estaba en peligro
cada vez que regresaba a El Salvador. Yo escuchaba lo de las negociaciones, lo vea en la televisin y as
me enteraba de dnde estaba. As empec a participar, para sentirme ms cerca de l .

Los testimonios anteriores son de dos jvenes que asumieron distintas responsabilidades
durante el proceso. Una mujer de la zona rural que no se movi de su lugar de origen durante
todo el conflicto explica su involucramiento de la siguiente manera:

A mi cantn lleg el ejrcito y tuvimos que ayudarlos, darles de comer. Cerca de all haba un
cuartel y yo iba a lavarles la ropa a los soldados, se quejaban conmigo, me contaban sus cosas, me
queran. A m me daban pesar. Luego llegaron los guerrilleros y se tomaron el lugar, nos pidieron
que les hiciramos comida, que les lavramos la ropa, tambin ellos me daban lstima, tan jvenes
y tan lejos de sus casas. Yo por eso les ayudaba.

2.3. Su experiencia de participacin


El tipo de trabajos que realizaron las que se involucraron conscientemente fue muy variado.

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Ellas fueron combatientes, sanitarias, cocineras o radistas en los frentes de guerra; dieron
apoyo logstico desde los refugios o repoblaciones; participaron en acciones de propaganda
y de promocin de la organizacin popular; formaron parte de los comandos y milicias en
la ciudad; sostuvieron organizaciones de defensa de los derechos humanos y de solidaridad
internacional.

Seis de cada diez participantes en los grupos de auto-apoyo que se involucraron conscientemente
con el FMLN llegaron a ocupar algn cargo de responsabilidad o de direccin. La mayora de
ellos lo desempearon de uno a tres aos. Solamente cinco participantes tuvieron cargos de
direccin durante ms de siete aos.

Casi la mitad de las mujeres que tuvieron cargos de direccin durante el conflicto armado
fueron responsables de tareas de tipo logstico; una cuarta parte eran responsables de tareas
relacionadas con la organizacin del movimiento popular y la solidaridad internacional; cuatro
tuvieron responsabilidades internas partidarias; otra se desempeo en la conduccin militar y
cuatro ms ocuparon cargos de responsabilidad general o de confianza de los jefes.

Algunas de ellas manifestaban descontento con sus organizaciones ya que, a pesar de


la capacidad y compromiso mostrados, tuvieron menos reconocimiento formal que sus
compaeros.

Yo fui una dirigenta durante la guerra y una dirigenta con mucho miedo e inseguridad. Fui jefa
de ciento cincuenta hombres con los que me mandaron a un lugar donde no haba nada, ni comida,
ni pisto, nada y logramos levantar una de las bases de produccin ms grande y montar un
punto para la remota de una zona estratgica. Esa capacidad me la han reconocidos algunos y la
reconozco yo, pero s que estuve cargada de miedo. Fumaba como loca al pensar que pudiera venir
un operativo y yo tena que preocuparme por la poblacin, la comida, los armados era una tensin
increble y para m era una gran reto pasar de ser mam a jefa de base militar guerrillera.

Yo me incorpore junto con mi compaero. El lleg a tener grado de comandante, yo no. Nuestras
responsabilidades eran las mismas e incluso yo llegue a tener ms. As se daban las cosas, pero yo
s que mucha gente me reconoce lo que hice.

Para algunas de las que llegaron a ocupar cargos de direccin, era ms importante el
reconocimiento de la gente que los reconocimientos formales dentro de su organizacin.
Sin embargo, manifestaban su resentimiento, sobre todo cuando al finalizar la guerra su
participacin y responsabilidad no fueron tomadas en cuenta en los programas de reinsercin
para los y las desmovilizadas del FMLN.

Yo si senta actitudes de discriminacin que me daban mucha clera. En una ocasin monte un
operativo, fui la responsable total y nos sali muy bien. Un da antes lleg mi compaero al frente,
l era el responsable de la zona y slo por eso se llev todos los meritos, a l fue al que entrevistaron

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en Radio Venceremos. Nadie, ni l mismo, hicieron alusin a mi participacin. Ahora, con lo del
Plan 600, yo ya no participaba en la organizacin pero aparec en la lista de los beneficiarios. Dud
mucho en aceptarlo, pero me di cuenta que ese plan era por lo que haba hecho en el pasado, no por
lo que hago hoy. Cuando llegue a informarme, me enoj mucho al saber que estaba en un nivel ms
bajo del que me corresponda y ver a tantos, que estuvieron bajo mi mando, en niveles superiores.

Del total de asistentes de los grupos de auto-apoyo, slo una tercera parte particip en
combates durante los doce aos del conflicto armado. Diez de ellas manifestaron, adems, se
vieron obligadas a ejecutar hechos violentos durante la dcada pasada. Lo que consideraban
hechos violentos y que ms culpa le causaba en la actualidad, era el haber pasado informacin
para que se realizaran ajusticiamientos.

A mi me educaron para no hacer nada que no quisiera que me hicieran, entonces dar la informacin
sobre un hombre que era oreja y que yo saba que tena hijos y que lo ms seguro es que lo fueran
a matar, es lo ms fuerte que me toco vivir. Saba que quizs esa persona estaba causando ms
muertos, pero la culpa de saber que su vida dependa de mi informacin no la poda superar.

Yo estaba en las milicias, nunca me toco un enfrentamiento directo gracias a Dios, pero cuando
tena que ir hacer alguna accin pensaba: ojala que les avisen a los soldados y que se vayan, que no
haya nadie, que se enteren que les vamos a ir a poner una bomba para que nadie resulte daado.

Durante mucho tiempo pude dormir y an ahora veo a esos hombres en sueos. Eran soldados y
haban hecho una gran represin en la zona y los capturaron los compaeros. Yo no los mate pero
vi cmo lo hacan. Ese es el hecho ms violento en el que tuve que participar.

2.4. El impacto de la guerra en su vida cotidiana


El ochenta y seis por ciento de las participantes se vieron obligadas a cambiar su lugar de
residencia a causa de la guerra, tanto al interior del pas como al extranjero. Eso les ocasion,
en todos los casos, la separacin de sus familiares.

Ocho de cada diez mujeres perdieron familiares a causa de la guerra. Para todas ellas, esas
prdidas significaron la ms duro de la guerra, en ocasiones fueron el motivo que las llev a
incorporarse a las filas de la oposicin.

Yo vivo mi vida con mucha culpa porque fui la nica de mi familia que qued viva, o sea, el hecho
de que a m no me mataran como a la mayora de mi familia me ha llenado de culpa, no quiero
aceptar que estoy viva, siempre me reprocho eso.

Dos de cada tres mujeres que participaron en los grupos de auto-apoyo fueron vctimas
directas de capturas, amenazas de muerte, violaciones, intentos de violacin, bombardeos,

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masacres o cateos6 durante la guerra.

Lo peor eran los bombarderos, eso no puedo olvidarlo Todava hoy tiemblo cuando oigo un
helicptero. Me acuerdo que una vez, la compaera que haca la comida haba bajado a un pocito
a lavar el maz cuando llegaron los aviones. Empezaron a ponernos las bombas en el campamento,
todo mundo sali corriendo del sector donde estaban bombardeando y yo ya iba casi saliendo cuando
oigo el grito de una nia: la hija de la compaera de la cocina haba quedado adentro, y era una
tiernita como de dos meses, y yo, dentro del pnico, pero pnico porque la aviacin daba terror, me
regres a traerla. Yo me acuerdo que llegu con la muchachita corriendo, llegamos a la zanja y yo
me tire con ella, en ese momento no caen las ramas y los palos de donde explot la bomba. Si yo no
me tiro las esquirlas me hubieran hecho mierda, la muchachita daba gritos, me acuerdo que abra
la boquita y le caa tierra. Yo recuerdo que cuando ese bombardeo varios compaeros quedaron
mutilados, yo llor y daba de gritos espantada de ver aquel cuadro.

Estos hechos violatorios de los derechos humanos y del derecho humanitario internacional
fueron perpetrados por el ejrcito (salvadoreo, hondureo), la polica y los escuadrones de
la muerte en un ochenta y ocho por ciento de los casos. Sin embargo, slo el dos por ciento de
las mujeres que lo sufrieron denunciaron estos hechos ante la Comisin de La Verdad.

Una de cada cuatro mujeres participantes en los grupos de auto-apoyo fue violada. El ejrcito
(salvadoreo, hondureo) y la polica fueron los autores del sesenta por ciento de estas
violaciones. El resto fueron cometidas por miembros del FMLN.

Ocho de cada diez mujeres consideran que la guerra influy en su sexualidad. Mayoritariamente
de forma negativa pues sus relaciones sexuales fueron descritas como escasas, vividas con
temor y miedo a involucrarse y poco placenteras. Una escasa minora considera que la guerra
les permiti vivir ms libremente su sexualidad.

El ochenta y nueve por ciento de las madres asistentes a los grupos considera que la guerra
afect en gran medida las relaciones con sus hijas e hijos. La mitad tuvo que separarse de ellos
y ellas o les dedic poco tiempo por el exceso de trabajo.

Apenas el seis por ciento de las madres manifestaron que las relaciones con sus hijas e hijos
mejoraron durante la poca del conflicto armado y atribuyeron esa mejora a la identificacin
de intereses y participacin poltica que les hizo sentirse ms unidas con ellos y ellas.

Las mujeres que no eran madres, siete de cada diez, expresaron que la guerra influy en su
decisin de no serlo.

A m me tocaba cuidar a los nios y nias de las combatientes, ese era mi aporte. Yo vi como
sufran las mams y los bichitos cuando se separaban, los miraba tristes. A veces los chiquitos no
reconocan a la mam cuando llegaba. De esa experiencia lo nico que me qued claro es que no
6 Cateos: Registros domiciliarios o personales efectuados por la polica a los soldados.

22
quiero tener hijos, no quiero pasar por esos sufrimientos.

Cuando toda mi familia desapareci me qued a cargo de mi sobrino, mi relacin con l es como
la de una madre y un hijo, yo creo que le tengo mucho miedo de la maternidad porque he vivido una
maternidad forzada, porque me qued sola con un nio del que fui madre.

2.5. De sus expectativas ante los grupos de autoayuda


Solamente cuatro de las participantes haban tenido algn tipo de apoyo teraputico. Algunas de
las que vivieron en los refugios sealaron que, aunque tuvieron oportunidad de acceder a apoyo
psicolgico, nunca lo hicieron. La mayora seal que durante la guerra no tuvieron tiempo de
pensar en buscar apoyo emocional porque no haba nadie de confianza, no haba tiempo de
pensar en eso, nunca se me ocurri o me daba algo de miedo eso, fueran a pensar que estaba
loca.

Para gran parte de las participantes el apoyo psicolgico era sinnimo de trastorno mental y/o
locura, por lo que sealaban tener una mezcla de ansiedad, miedo y curiosidad ante su participacin
en los grupos de auto-apoyo.

Las expectativas explicitas ante los grupos eran variadas: la mayora esperaba que me digan qu
hacer porque yo creo que qued mal o que me digan si estoy actuando mal o si as es cmo se
hacen las cosas. Varias hacan referencia a su necesidad de entender a las mujeres con las que
trabajaban pero sin incluirse ellas mismas. Unas pocas pensaban que los grupos no iban a resolver
todos sus problemas, pero que les daran pistas para continuar trabajando sobre ellos.

23
3. Los grupos de auto-apoyo

3.1. Fundamentacin terica


Los grupos de auto-apoyo tienen como objetivo desarrollar un proceso de ayuda mutua,
potenciando que las participantes compartan y elaboren - en la medida de lo posible - una
problemtica emocional comn: sus vivencias entorno a la maternidad, la violencia, muerte
y desapariciones que no han podido ser lloradas, las renuncias que implic tomar parte
activa en el conflicto armado Se trata de hacer conscientes las problemticas de gnero
mediatizadas por una subjetividad construida en poca de guerra y que en estos momentos
arroja sufrimientos y dificultades para adecuarse a una nueva situacin.

No se pretende hacer una labor teraputica, en su sentido clsico, sino ms bien preventiva.
Por ello, se excluy de la participacin en los grupos a aquellas mujeres que presentaban
problemticas que constituan una entidad claramente patolgica.

Par el trabajo de estos grupos se han considerado las aportaciones de Pichon-Rivire en relacin
a los grupos operativos que, tal y como ste los defini, tienen la finalidad y el propsito
de movilizar las estructuras estereotipadas7. Tambin se ha considerado la experiencia con
grupos de auto-apoyo desarrollada por Carlos Martn Beristain y Francesc Riera recogida en
el libro de estos mismos autores citado en el captulo uno.

De la extensa bibliografa sobre la subjetividad femenina elaborada desde una perspectiva


feminista, nos hemos apoyado particularmente en la sistematizacin de Clara Coria sobre la
experiencia de los grupos de reflexin de mujeres.8 Estos grupos son una modalidad de los
grupos operativos y su denominacin hace hincapi en el aspecto ms sobresaliente de la
actividad propuesta: la necesidad de indagar.

Los grupos de reflexin de mujeres se centran en la discusin y elaboracin de temas cotidianos


y concretos que posibilitan la toma de conciencia de la condicin femenina. No obstante hay
que tener en cuenta que la toma de conciencia no es una condicin previa, aunque en los
grupos con los que nosotras hemos trabajado casi todas las mujeres pertenecan al movimiento
de mujeres y partan, por lo tanto, de un cierto nivel de conciencia sobre su situacin como
gnero subordinado.

7 Pichon-Rivire. Del psicoanlisis a la psicologa social. Ed. Nueva Visin, Buenos Aires, 1978

8 Clara Coria. Los grupos de reflexin de mujeres en Estudios sobre la subjetividad femenina. Ed. Latinoamericana, Coleccin Controversia. Buenos Aires, 1987.

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Los grupos de reflexin de mujeres tienen una particularidad que los diferencia de otros
grupos de reflexin y es su particular constitucin: estar constituidos exclusivamente por
mujeres. Estos grupos convocan a las mujeres en funcin de su gnero, lo cual es algo bastante
determinante.

La reflexin tiene como uno de sus objetivos principales la modificacin de estereotipos, lo


que implica cuestionar pautas, actitudes y creencias relativas al hecho de ser mujer que en
sociedades como las nuestras se consideran algo natural. El tema implcito en estos grupos
es la condicin femenina, condicin que va a determinar las diferentes maneras de ser
mujer y que se refleja en mltiples aspectos de la vida cotidiana.

La importancia de desvelar los diferentes mecanismos que sustentan la condicin de las


mujeres radica en que se ofrecen instrumentos a las participantes para que se conviertan en
sujetos de su propia historia, permitiendo romper con la impotencia y el victimismo a travs
del desarrollo de una conciencia de gnero. Esta reflexin y cuestionamiento de la propia
subjetividad ofrece la posibilidad de entrever nuevas alternativas y de descubrir capacidades
que hasta entonces se desconocan.

Los grupos de reflexin de mujeres son espacios privilegiados para posibilitar resignificaciones
en la vida de las mujeres que permiten reacomodar la vida y encontrar nuevos objetivos. En la
medida en que se van produciendo estas resignificaciones aparecen ciertos fenmenos que se
revierten en el propio grupo y sus participantes. Estos fenmenos son a la vez la consecuencia
del trabajo grupal y el motor de nuevos descubrimientos (Coria, 1987).

Trabajamos en los grupos de auto-apoyo teniendo en cuenta las aportaciones antes


mencionadas. Para nosotras, un elemento central de esta labor era la consideracin del
grupo como un todo en interaccin, en donde cada participante tiene que ser agente de su
propio aprendizaje, de su propio cambio. El propsito general de los grupos es desarrollar
un proceso de ayuda que sirva a la vez para la apuesta en comn de los problemas, la toma
de conciencia sobre los conflictos y experiencias vividas y el esclarecimiento de ansiedades
bsicas. Asimismo, es importante ir entretejiendo una conciencia del nosotras basada en el
respeto a la diversidad, as como fomentar la creacin de lazos verdaderamente solidarios que
permitan una reintegracin social crtica que rompa con la victimizacin y que posibilite la
autonoma personal y la elevacin de la autoestima.

En las relaciones que establecen las mujeres la tendencia a la fusin se suele dar con bastante
frecuencia. Las formas de socializacin del gnero femenino mantienen a las mujeres ms
apegadas al mundo materno, dificultando el proceso de separacin- individualizacin. Esto
trae como consecuencia que, con mucha frecuencia, las mujeres suelen establecer relaciones
en las que los propios deseos se confunden con los deseos de las otras personas, tendiendo a
fusionarse y a perder la conciencia de la propia individualidad. Uno de los objetivos de este

25
tipo de grupo es trabajar este elemento y poder establecer relaciones basadas en la empata,
es decir en la capacidad de ponerse en la piel de la otra persona, ayudarla, comprenderla, pero
sin perder los propios lmites, sin dejar de ser consciente de que una es alguien diferente del
otro o de la otra.

3.2. El proceso de grupo


Composicin de los grupos

Los grupos estuvieron compuestos por un nmero entre ocho y doce mujeres, aunque estaba
previsto que fueran de diez. Se desarrollaron en dos fases (mayo y agosto de 1993) y en cada
fase se organizaron cuatro grupos. Cada uno de ellos tuvo una duracin de tres das, con
sesiones desde las ocho de la maana hasta las seis de la tarde.

En la primera fase se seleccionaron diez mujeres para formar cada grupo, pero algunas no se presentaron,
a pesar de que haban asistido a la entrevista previa y manifestaban un enorme inters por participar. Se
analiz que este fenmeno era producto de las resistencias y temores que suscitaba la tarea propuesta
para los grupos. Muchas de las mujeres que respondieron a la convocatoria no tenan una idea clara de
lo que significaban los grupos pero al asistir a la primera entrevista pudieron intuir el tipo de trabajo
que se hara. Ninguna de ellas, sin embargo fue capaz de comunicas su decisin de no asistir. Al ser
abordadas posteriormente sobre las causas de su inasistencia, la respuesta comn fue la falta de tiempo.

Desde este primer momento pudimos observar algunos de los comportamientos que despus
explicitaran ms claramente en los grupos: la dificultad para expresar abiertamente las
opiniones, el no considerar prioritario un espacio para ellas mismas y no querer abandonar
las tareas cotidianas, el querer olvidar pensando que era lo mejor

En los cuatro grupos de la primera fase, estas ausencias no impidieron que se desarrollara el
trabajo previsto. A la luz de esta primera experiencia, en la fase de agosto se decidi seleccionar
quince mujeres por grupo con el objetivo de que se contaran con diez o doce, pues se prevea
que poda darse un porcentaje de ausentismo parecido al de la primera fase.

Dada la precaria situacin econmica de la mayora de las asistentes, los grupos se insertaron
en un proyecto que proporcionaba todas las condiciones materiales para el trabajo, de manera
que las asistentes tenan garantizado el lugar de alojamiento, alimentacin, transporte, cuidado
de hijas e hijos pequeos, adems del lugar y material para el trabajo.

El proporcionar este espacio con las mejores condiciones posibles, nos pareca un elemento
importante para el trabajo que tenda a reforzar la propia valoracin de las mujeres, ya que no
es comn que ellas trabajen en estas condiciones, al contrario, regularmente son ellas las que
se encargan de preparar un entorno agradable para los dems.

26
Fases de este proceso

La continuacin de un grupo de autoayuda es un proceso que necesita tiempo para superar la


resistencias, las desconfianzas y temores propios de las personas que han pasado por fuertes
experiencias represivas y que han vivido mucho tiempo en la clandestinidad.

En las primeras etapas de los grupos suelen manifestarse en las mujeres participantes una
actitud paradjica, mezcla de grandes expectativas y miedo o escepticismo: se esperan
soluciones mgicas, se considera que se va muy lento en relacin a otro talleres a los que
se ha asistido, se buscan pautas concretas de comportamiento que sirvan para aliviar los
sufrimientos propios y los de los dems, incluso, en algunos momentos, se puede manifestar
una actitud molesta ante la coordinadora, exigindole una actitud dirigista e intervencionista.

El efecto catrtico de compartir experiencias traumticas crea un clima de distencin


psicolgica. En las diferentes etapas del grupo es fundamental la reconstruccin de estos
hechos mediante el trabajo grupal, as como el irse apropiando del significado simblico - a
travs de la expresin verbal, grfica y escrita - que muchos hechos considerados normales
tienen en relacin con la situacin de subordinacin de gnero.

Una vez superada la primera fase es importante que las participantes tengan presente que esta
reconstruccin y el trabajo propuesto, ms all del aspecto teraputico, tiene como objetivo
la reconstruccin de la identidad y la posibilidad de reelaborar proyectos vitales desde una
perspectiva feminista.

Trabajar bien este aspecto de modo que se constituya en uno de los objetivos del grupo
es fundamental. Que el grupo se haya constituido como grupo de auto-apoyo y sea capaz
de contener los afectos concomitantes al recuerdo de las experiencias traumticas es
imprescindible para poder romper las resistencias al recuerdo que se manifiestan por parte de
las componentes en la primera etapa del grupo y que, en muchos casos, suelen manifestarse
explcitamente.

Hay cosas que no puedo recordar aunque quisiera. Recordar algunos episodios me provoca
llanto y soy incapaz de expresar lo que siento. No quiero contar, no quiero recordar ese momento.
Cuando sal despus de la detencin contaba lo que los dems queran or, lo que realmente me doli
no se lo cont a nadie. Estas y otras frases pronunciadas en las primeras etapas de los grupos
reflejan lo que estamos diciendo.

La finalidad del grupo es conseguir elaborar e integrar las experiencias vividas, as como el
mantenimiento o la recuperacin de un papel socialmente activo. Para ello es importante
tener en cuenta que los grupos deben posibilitar la creacin de una relacin de confianza que
facilite la comprensin de estas experiencias y la descarga emocional que subyace en ellas.

Las dificultades para crear una relacin de confianza aumentaron en nuestro caso: a los temores

27
producto de las experiencias de infiltracin y represin poltica, se sumaba el sectarismo y la
desconfianza que an existe entre los diferentes grupos de la izquierda salvadorea y que se
apreciaba en los grupos pues en ellos haba militantes de diferentes organizaciones polticas,
as como otras que lo haban sido pero por diferentes motivos haban dejado la militancia
partidaria. Esa desconfianza fue un elemento subyacente en la primera etapa, aunque en
algunos grupos se lleg a explicitar:

En mi equipo de trabajo se expres el temor de que aqu haya gente que pueda usar lo que contemos
y haya represalias. Nos pueden matar o desprestigiar. No conocemos muy bien a las que estn y no
estamos muy seguras de poder hablar con confianza porque tal vez no pensemos igual.

Estos temores surgan como mecanismo de resistencia y tambin como un elemento lgico
tomando en cuenta que el mtodo de superar las diferencias polticas por va de la mentira
o el desprestigio personal, cuando no la eliminacin fsica, era algo frecuente entre las
organizaciones guerrilleras, como contaran las mujeres ms adelante.

Tampoco es fcil lograr que el grupo se convierta en un espacio para la descarga emocional, ya
que no se trata solamente de poder expresar sentimientos y compartirlos, tambin se intenta
encontrar un sentido a estos sentimientos teniendo en cuenta las formas de ser de cada cual y
deshaciendo las trampas, los sentimientos de culpa o los sentimientos enmascarados.

El proceso de constitucin del grupo como un grupo de auto-apoyo pasa por diferentes fases.
Es importante tenerlas en cuenta para no quemar etapas que pueden frenar el proceso de ayuda
e incluso llegar a hacerlo inviable. Se trata de partir del aqu y ahora para tratar los problemas
que la persona quiere explicar. Igualmente es importante no comenzar interpretando lo que
las otras dicen: en un momento determinado se manifiestan claramente las defensas que
alguien se pone, pero no pueden desentraarse hasta que la persona en cuestin no se sienta
confiada y lo suficientemente segura como para renunciar a ellas.

Los sentimientos ambivalentes, el miedo a derrumbarse, a ser juzgada, etc., son elementos a
tener en cuenta en el proceso y el grupo debe de ser capaz de asumirlos sin pensar por ello que
la persona que as se manifiesta no tiene inters en l. Por ltimo, cuando estos pasos se han
dado es cuando ya se puede entrar a analizar los mecanismos de defensa y las experiencias,
tratando de objetivarlas y elaborarlas.

Los grupos de auto-apoyo pasaron por las siguientes fases:

El contrato. Al empezar las sesiones de trabajo con cada grupo se explicaron los objetivos y la
metodologa de trabajo. Conviene dejar claro dos requisitos que forman parte del contrato que
se debe establecer entre las participantes para garantizar el buen desarrollo de las sesiones:
la exigencia de no comentar fuera del grupo las cosas que han salido en el trascurso de las
sesiones y la prohibicin de continuar, durante el tiempo de receso, con los temas que se

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estaban tratando en el grupo.

El primer requisito tiene como finalidad reforzar la tranquilidad y la confianza de las mujeres
en el grupo, intentando garantizar que lo expresado en l no ser motivo de comentarios.
Asimismo, este requisito intenta ser un cierto freno a las alianzas que se puedan formar fuera
del grupo, aunque no siempre impide que en algunos casos stas funcionen.

El segundo requisito tiene como objetivo proporcionar espacios de verdadero descanso.


Sobre todo ayuda a controlar el espacio y el tiempo. Esto es doblemente importante en el
caso de grupos compuestos exclusivamente por mujeres debido a las particularidades de la
socializacin femenina. Las mujeres acostumbramos a estar siempre disponibles ante las
necesidades afectivas de los dems. Esta disponibilidad implica, en muchos casos, una falta de
energa y disposicin para otras tareas y la consideracin de que la intimidad no tiene lmites
y es lo ms importante. Hemos podido constatar que esta disponibilidad y la presuncin de
que las otras mujeres - ya que de los hombres no se espera lo mismo - siempre han de estar
dispuesta a escucharnos, suelen ser elementos conflictivos en las relaciones. En ese sentido
es importante intentar que las mujeres controlen su disponibilidad afectiva as como que sean
capaces de asumir que los momentos de compartir la intimidad tienen sus lmites.

La puesta en marcha del grupo. Esta fase abarcaba la presentacin de las participantes, la
explicitacin de las expectativas y temores con los que se llega al grupo y la formulacin
de las problemticas que se viven como ms importantes. En esta fase se trata de crear un
espacio de confianza, superando los miedos y temores. Es importante, por tanto, aprender a
mantener una actitud de escucha ante lo que las otras plantean, sin prejuzgar los sentimientos y
actitudes, aceptando a las dems tal como son para que aumente as la confianza y la sensacin
de sentirse acogida. Tambin en esta fase se trabaja la formacin de los objetivos que el propio
grupo va a configurar. Esta fase suele ocupar el primer da de trabajo.

Ejercicios a medida. En esta fase se trabajaban las problemticas expresadas, profundizando


en aquellas que el grupo considera ms importante. La determinacin de cules deben ser
stas responde a la dinmica del propio grupo y suelen conformarse en funcin de aquellas
experiencias susceptibles de ser generalizadas o que comportan elementos que, por su riqueza,
afectan a un mayor nmero de participantes. Es importante favorecer que en esta fase se
posibilite la descarga emocional que subyace a las experiencias traumticas y evitar, asimismo,
una excesiva identificacin entre las componentes del grupo, controlando igualmente
la expresin de las emociones de manera regulada. Esto permite empezar a analizar las
situaciones y a expresar los sentimientos que permanecan hasta entonces reprimidos. Esta
fase se desarrolla durante el segundo da de trabajo.

Autodeterminacin. El grupo, ya constituido en una relacin de auto-apoyo, analiza las


reacciones, trabaja los mecanismos de defensa, relaciona las experiencias particulares con la
situacin social en tanto gnero femenino, y promueve cambios que faciliten una asimilacin

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de la experiencia traumtica y un reforzamiento del papel activo en la sociedad. Se trataba
fundamentalmente de reconstruir la identidad daada por las experiencias traumticas desde
una perspectiva liberadora que posibilite la consecucin de mayores mrgenes de autonoma
personal y de autoafirmacin como mujeres y ciudadanas. Esta fase ocupa el tercer da de
trabajo.

Evaluacin y devolucin. Se dejaba una hora para la evaluacin de la experiencia de grupo,


as como para hacer una cierta devolucin por parte de la coordinadora de lo que ha sido el
trabajo de ste.

3.3. Papel de la coordinadora


La coordinacin de este tipo de grupo conjuga los aspectos pedaggicos y psicoanalticos as
como las aportaciones de la psicologa social, poniendo en juego la no directividad, permitiendo
la flexibilidad grupal e incidiendo en las resistencias que bloquean la comunicacin entre las
integrantes.

Este papel jugado por la coordinadora suele ser uno de los elementos que ms desconcierto
crea en los primeros momentos de los grupos. Generalmente las mujeres acuden a ellos
depositando en la coordinadora el saber que ellas no tienen y esperando, por lo tanto, que
ella les descubra los aspectos recnditos de su personalidad o les ofrezca remedios o recetas
para solventar sus problemas.

Superado el desconcierto antes mencionado; la funcin bsica de la coordinadora de encarnar


las finalidades del grupo y de reflejar las imgenes grupales es fundamental para la constitucin
del colectivo como grupo de auto-apoyo.

Queremos detenernos un poco en la importancia de esta actitud no directiva por parte de la


coordinadora, especialmente en el trabajo de grupo con mujeres. Una de las caractersticas
del ser mujer que se ha aprendido desde la infancia es la minusvaloracin como gnero.
Minusvaloracin que implica creer que los otros - fundamental pero no exclusivamente los
hombres - saben ms que una misma.

Convertir a los dems en depositarios del saber suele ir acompaado de un desconocimiento de


las capacidades y deseos propios, otorgndoles a los otros la potestad, incluso, de desentraar
los misterios propios ms ntimos. Son abundantsimos los ejemplos ilustrativos de todo ello:
desde los tericos psicoanalistas que han pretendido abordar y resolver el famoso misterio
o enigma femenino sin contar con las propias mujeres, hasta refranes o canciones que
demuestran lo arraigada que est esta creencia, tanto en hombres como en mujeres.

A esta caracterstica, tan propia de la subjetividad femenina, se le suman otros elementos ms

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generales. Por un lado, el papel un poco mgico que algunos sectores de la poblacin atribuyen
a la psicologa. Por otro, la poca reflexin, desde las teoras sociales revolucionarias, sobre el
sujeto psquico como sujeto de transformacin. Una falta de reflexin que tiene que ver con
la sobrevaloracin de los aspectos materiales o econmicos y que ha llevado a menospreciar
la subjetividad y a teorizar que la transformacin de sta se ha de posponer a los cambios
estructurales en el terreno econmico y poltico.

Estos elementos suelen llevar a que los seres humanos -incluso aqullos comprometidos con
una causa revolucionaria - no se sientan protagonistas o crean que tienen pocas capacidades
para intervenir en su transformacin. Caracterstica sta que se suele agravar en el caso de
las mujeres acostumbradas desde nias a que otros decidan por ellas y a considerar como
naturales manifestaciones de una estructura social que asigna valores, papeles y funciones
desiguales a unas y otros.

Es, por tanto, especialmente importante que en los grupos de auto-apoyo el papel de la
psicloga o coordinadora no sea directivo y se deshaga el mito de que ella es la depositaria
del saber. La coordinadora hace apuntes que ayudan a la reflexin, tanto individual como del
grupo, pero nunca puede ir ms all de lo que el grupo est dispuesto a asumir. Lo importante
no son las interpretaciones que la coordinadora pueda hacer en un momento determinado
sino la dinmica de grupo que se establece y el desarrollo de la capacidad de auto-ayuda entre
sus componentes.

Otro elemento que queremos resaltar es el hecho de que la coordinadora sea una mujer
feminista. Consideramos que este factor juega un papel importante porque le facilita al grupo
la toma de conciencia sobre la condicin femenina y la posibilidad de desbrozar la supuesta
naturalidad de mltiples comportamientos que son reflejo de una estructura social de
rasgos patriarcales. Por otro lado, ayuda a la generalizacin de las problemticas particulares
y el proceso identificatorio. Pero, al mismo tiempo puede estar presente el peligro de que la
coordinadora no sea capaz de separar su deseo del deseo de las dems, lo que requiere prestar
una especial atencin a este aspecto.

La posibilidad de establecer una relacin de ayuda significa desarrollar la capacidad de


compartir los sufrimientos de las dems y eso implica una cierta identificacin. Pero hay
que tener cuidado para que la identificacin no llegue ser total o excesiva, pues entonces se
corre el riesgo de quedar paralizada o de confundir los propios deseos con los de las otras.
En este sentido, la relacin de ayuda implica tambin ser capaz de un cierto distanciamiento.
En muchos momentos del grupo, las identificaciones funcionan de manera generalizada,
producindose catarsis colectivas. Que estos momentos sean productivos dependen, entre
otras cosas, de que la coordinadora sea capaz de mantener un cierto distanciamiento y pueda
ofrecer pautas de anlisis que ayuden a elaborar la situacin.

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3.4. Metodologa
La metodologa que se emple en el trabajo de los grupos fue dinmica, activa y vivencial,
basada fundamentalmente en la expresin oral con el apoyo de algunos ejercicios fsicos,
dinmicas, masajes, tcnicas de relajacin, collages, etc. tcnicas, todas ellas, encaminadas a
servir de apoyo a la expresin de ansiedades, afectos y sentimientos.

Con cada grupo se trabaj un total de treinta horas. Cada da se dividi en sesiones de una
hora y media o dos horas.

A continuacin describiremos algunas dinmicas de apoyo, agrupndolas segn las fases de


trabajo del grupo explicadas anteriormente.

Para la puesta en marcha del grupo


Presentacin de las participantes
Las participantes realizan su presentacin por parejas. Para ello se forman subgrupos de
dos, preferentemente entre personas que no se conozcan mucho. Durante seis minutos se
entrevistan mutuamente. Volviendo luego al grupo grande, cada mujer hace la presentacin
de la pareja a la que ha entrevistado. Despus se pide a la que ha sido presentada su
opinin sobre como lo ha hecho su compaera.

Expectativas de grupo
Para realizar este ejercicio se les pide a las participantes que expresen con una sola palabra
lo mejor que les poda pasar en el grupo y con otra lo peor. Ambas se escriben en la
pizarra formando dos columnas diferentes. Se forman subgrupos de tres y cada uno elige
una palabra de cada columna y discuten sobre el significado que le dan, posteriormente la
representan ante el grupo grande. La persona que haba dicho esa palabra manifiesta si el
grupo la ha entendido en el mismo sentido o no. A continuacin se inicia un debate sobre
este particular en el grupo grande.

Palabras clave
Todas las participantes se colocan ante la pizarra y escriben con una sola palabra su mayor
deseo. Se pueden escribir varias palabras, pero yendo a sentarse cada vez. Esto se realiza
se realiza durante diez minutos. Despus, cada participante, con la misma tcnica va
tachando las que no le gusten, tambin durante diez minutos. A continuacin se subrayan
las que se crean ms importantes por el mismo sistema y durante un tiempo similar. Una
vez finalizada la tarea se pasa al debate entre todas.

Abanico de roles
Se escriben en la pizarra diferentes roles que pueden desempear las mujeres. Durante
diez minutos las participantes hacen una raya delante de aquellos roles que desempearan
con gusto. Pasado ese tiempo hacen una raya detrs de aquellos que no asumiran.
Posteriormente se pasa a un dilogo entre todas las participantes sobre las razones de las
elecciones y los rechazos.

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Temas por parejas
Se distribuyen las participantes por parejas, escogiendo las parejas entre aqullas que
menos se conocen. En cada pareja, una cuenta a la otra un tema que le preocupe o un
episodio de su vida que le gustara que se tratara en el grupo. La otra escucha y toma nota si
lo considera pertinente. Al cabo de diez minutos, se invierte la relacin y se trabaja nuevamente
durante diez minutos. Pasado este tiempo se renen en el grupo grande y cada una explica
el tema que le ha contado su compaera, pudiendo aportar sta aquellos elementos que le
parezcan de inters y que su compaera no ha reflejado bien o ha omitido. Posteriormente es
todo el grupo quien inicia la discusin sobre lo que se acaba de escuchar.

Ejercicios a medida y autodeterminacin


Slalom
Se colocan en el lugar de trabajo una serie de obstculos de manera desordenada (sillas,
mesas, papeleras, etc.). Se divide al grupo por parejas. En cada pareja una cierra los ojos
y la otra tiene que guiarla a travs del espacio creado. No se trata de hacer una carrera sino
de dar confianza y ser capaz de interpretar el lenguaje no verbal de la que gua. Cuando
se acaba el recorrido, se cambian los papeles. Al terminar el ejercicio se comentan las
sensaciones experimentadas en ambas situaciones y si se recuerdan situaciones parecidas,
primero por pareja y despus entre todo el grupo. Posteriormente se hace una reflexin
general sobre lo que el ejercicio ha suscitado.
Esta tcnica puede servir para trabajar la relacin de confianza y de ayuda, as
como para analizar la posibilidad de ejercer, simultneamente, la capacidad de
guiar y dejarse guiar.

PRESIN
Se divide al grupo por parejas. Las componentes de una pareja se colocan frente a frente
y se les da la siguiente instruccin: Una de ustedes coloca sus manos en los hombros de
la otra y presiona hacia el suelo. Para derribarla puede utilizar el mtodo que quiera, pero la
otra puede resistir o hacer lo que le parezca para impedirlo. Si consigue derribarla, despus
le ayudar a ponerse en pie y la otra puede aceptar o no la ayuda. Cuando se termina
el ejercicio se invierten los papeles. Van pasando as todas las componentes del grupo,
divididas en parejas. Las participantes hacen observaciones sobre las reacciones de unas
y otras. Despus se discute en grupo cmo se han sentido en el ejercicio, con qu otras
situaciones relacionan lo vivido, qu sentimientos les ha suscitado, etc.
Esta tcnica puede servir para analizar los sentimientos de poder, dependencia,
sumisin y competitividad.

Dramatizacin
La situacin que hay que dramatizar se determina despus de una discusin en el grupo, en
funcin del tema que ms interese. Una parte del grupo representa la historia y la otra hace
de espectadoras. Despus de la representacin se debate entre todas. Primero, alguien hace
una descripcin de lo que se ha representado, despus las actoras explican cmo se han
encontrado en sus papeles, posteriormente las espectadoras analizan los diferentes papeles
que se han representado y se pasa a la discusin ms general entre todas.
Esta tcnica tiene la ventaja de poder analizar en una situacin concreta
los diferentes roles que entran en juego, las interacciones, las reacciones y
emociones que suscita. Sirve para experimentar vivencialmente, y no slo
desde el punto de vista de la comprensin intelectual, situaciones concretas.

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Muro
Cuatro voluntarias se colocan en fila formando un muro, pueden tomarse de las manos,
apretarse unas contra otras o colocarse de la manera que quieran. Otra voluntaria se coloca
frente al muro y se le dice que tiene que pasar al otro lado usando el mtodo que le parezca
ms conveniente: rodearlo, engaar, demolerlo Se le dan cinco minutos para intentarlo. Se
repite el ejercicio hasta que todas han intentado pasar el muro. En el debate grupal posterior,
cada una explicar cmo se ha sentido cuando intentaba pasar el muro y despus cuando le ha
tocado hacer de muro. Posteriormente se debate sobre los asuntos que han salido.
Esta tcnica es especialmente apta para analizar cmo se reacciona al tener que
enfrentarse con un obstculo y ver la diversidad de reacciones que se dan.

Baln mensajero
Se colocan todas las participantes en crculo y se deja un baln en el centro. Cada una,
voluntariamente, toma el baln y se lo manda a otra con un mensaje no verbal. Quin lo ha
recibido lo enva de nuevo a la misma persona o a otra. El baln vuelve al centro. Se repite
este sistema durante diez minutos. Posteriormente cada cual explica cmo se ha sentido,
centrndose fundamentalmente en el proceso de comunicacin y sus efectos.
Este ejercicio sirve para analizar la reciprocidad o no de las relaciones
interpersonales, la capacidad de iniciativa a la hora de establecerlas y las
reacciones que se tienen cuando no existe respuesta por la otra parte.

Collage
Se invita a las participantes a que escojan la tcnica que prefieran y con el material disponible
realicen un collage que exprese cmo se ven a s mismas. Se les da una hora para realizarlo.
Posteriormente se exponen todos ante el grupo y, una a una, van explicando su collage
personal. Despus de la explicacin de cada collage se debate entre todas. Se necesita una
serie de materiales para efectuar el collage: cartulinas de colores, pegamento, tijeras, fotos,
lanas de diversos colores, trapos, agujas, hilos, marcadores de colore.
Esta tcnica se utiliza para analizar la percepcin que cada miembro del grupo
tiene de s misma. Utilizada al final de las sesiones tiene la ventaja de posibilitar
una cierta recomposicin de la autoimagen y aclarar las imgenes que las dems
tiene de una [Link] las tcnicas descritas anteriormente se pueden combinar
con ejercicios de relajacin, masajes y algn ejercicio fsico que ayuden a liberar la
energa contenida despus de las sesiones verbales. Tambin se emplea, al principio
de los das segundo y tercero, el anlisis de sueos.

Evaluacin y devolucin
Para favorecer la evaluacin se proporcionan al grupo pautas como: qu les ha parecido la
estructura de las sesiones, cmo se han sentido, qu piensan del papel de la coordinadora, del
propio grupo, etc.
Es conveniente que esta parte sea lo ms libre y menos directiva posible, de tal
manera que cada cual pueda expresar todo lo que quiera. Posteriormente, la
coordinadora hace una pequea devolucin al grupo de los aspectos que le han
parecido ms importantes.

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4. Problemticas ms frecuentes

4.1. Muertes, desapariciones cuando el dolor no puede elaborarse


La mayora de las participantes en los grupos de auto-apoyo sufri prdidas significativas
durante la guerra. Estas prdidas, como es natural, ocasionaron sentimientos dolorosos que,
en muchos casos, no pudieron expresarse. La idea de que a los muertos no se les llora, se les
imita -manifestada como un imperativo de conducta durante los aos de guerra- evit que la
afliccin y el vaco que sigue a toda prdida afectiva fueran elaborados y facilitaran, con ello,
la recuperacin de las personas afectadas.

La posibilidad de hacer el duelo es importante porque forma parte de una reaccin normal
que tiene, entre otras, una funcin restitutiva de gran valor. El duelo implica apropiarse e
interiorizar aspectos del objeto perdido que pueden recrearse despus en otros objetos. Pero
cuando la muerte se convierte en un hecho cotidiano y la sobrevivencia est permanentemente
amenazada, no existe tiempo para el duelo. As lo expresaron algunas mujeres.

La guerra nos acostumbro a la muerte. Veamos la muerte como algo tan natural, como algo tan
comn que perdimos la sensibilidad frente a ella. Las lgrimas se no secaron de tanto llorar, nos
fuimos endureciendo. La guerra est hecha de muertos. Nos quitaron de llorar, nos volvieron
como rocas. No quedaba tiempo para llorar, peligraba siempre nuestra vida. Llorar o demostrar
tristeza cuando caa un familiar cercano era peligroso por razones de seguridad.

Las prdidas vividas en esta situacin generaron diversas reacciones. Algunas mujeres, ante
la muerte de un ser querido, actuaban como si nada hubiera pasado; para no llorar y sentir la
tristeza multiplicaban el nmero de actividades que deban realizar, de manera que permanecan
permanentemente ocupadas. Otras, por el contrario, prolongaron el dolor de modo que al cabo de
diez o doce aos de la prdida siguen experimentando la misma congoja y sufrimiento como si se
tratara de un hecho sucedido recientemente. Todas, no obstante, sealaron que la imposibilidad
de demostrar su dolor y sus sentimientos cuando se produjo el hecho fue un elemento castrante.

La imposibilidad de hacer los duelos y llorar abiertamente afect tanto a mujeres como a
hombres. Ahora bien, creemos que lo hizo de manera diferente. Mientras que los hombres,
posiblemente, encontraron mecanismos sustitutivos para recuperar un cierto equilibrio
personal y por lo tanto tener una menor conciencia de la carencia, en las mujeres las prdidas
implicaron la renuncia a una parte de los componentes fundamentales de la identidad
femenina, con el consiguiente desgarro y escisin de la misma.

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La expresin de los sentimientos es una caracterstica tpicamente femenina en esta sociedad,
en tanto que de los hombres se espera que sepan controlarlos, especialmente aquellos que ms
dolor causan. De ah que la represin del llanto impuesta, sobre todo en los frentes de guerra
a las y los combatientes, afectara de manera diferente a unas y otros. Era la manera masculina
de comportarse frente al dolor la que se impona:

Yo aprend en el frente que no deba llorar por los muertos. Una vez sucedi que un chamaco
muri a la par ma y yo pas encima de l. En ese momento no me dieron ni ganas de llorar ni nada,
pero me qued una gran afliccin. Despus me acordaba de lo que me decan los compaeros: que
a los muertos no se les llora porque una tiene que ver por sus propios huesos. En ese bombardeo
quedaron varios compaeros mutilados, yo daba de gritos y lloraba espantada al ver aquel cuadro
y los compaeros se rean de m. El llanto, el dolor, el amor, eran smbolos de humillacin y de ser
menos. Alguien que amaba y lloraba era menos porque esos sentimientos no eran de valientes sino
de mujeres. Eran smbolo de debilidad.

La especificidad de la forma de socializacin de las mujeres tiene mucho que ver con las
consecuencias que para ellas tuvo la falta de condiciones para elaborar los duelos. Una
socializacin en la que los elementos afectivos y relacionales juegan un papel central en la
identidad femenina y se convierten en un factor fundamental para la autovaloracin. As pues,
la renuncia o la prdida de relaciones implica, en muchos casos, no slo la prdida de un
objeto amoroso sino tambin, y a veces eso es lo que adquiere ms importancia, la prdida
de una parte de s misma, de una fuente importante de valoracin. La depresin narcisista
que subyace a este tipo de prdidas ha sido enmascarada, muchas veces, con una actividad
desbordante, con una huida hacia adelante que implicaba dejar de pensar en una misma.
Los siguientes relatos que se hicieron en los grupos as lo manifiestan:

Mi familia desapareci hace once aos. Desde hace tres, cada vez que me pongo a pensar sobre
ello me desestabilizo y me quiebro. Al finalizar la guerra ha habido ms tiempo para pensar en lo
que pas y me da miedo. La estabilidad de ahora me ha dado ms espacio para pensar y me siento
ms dbil que antes. El padre de mis dos hijos mayores desapareci. Yo dej a mis dos hijos con
mi madre y me met en el alborotaje militante. Fui cobrando dureza y no dejndome llevar por los
sentimientos me sent no como una persona, sino manejada por las situaciones. Tape el rencor
y el odio profundo que me produjo la muerte de mi hermano con el trabajo. He ido llenando el vaco
afectivo interno con el trabajo, pero he perdido la capacidad de relacionarme con los dems. No s
en qu momento ni por qu perd esta capacidad de relacin, pero me niego a entrar en una relacin
ms profunda se afecto. Esto me trae problemas en las relaciones con las compaeras de la oficina
y conflictos en el trabajo con las mujeres.

Las dificultades para elaborar el duelo se acrecientan cuando las personas queridas desaparecen
y no se puede recuperar el cuerpo. La visin de los cadveres, o la certeza de que otros los
han visto, es un hecho material que ayuda a enterrar a los muertos, con todo el carcter

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simblico que tiene el ritual del entierro. No ocurre lo mismo con las desapariciones, a pesar
de que stas se hayan producido hace aos. Las desapariciones permiten que la fantasa de la
vuelta -aunque no se sustente en ningn indicio racional- o la idea ilusoria de que la persona
desaparecida est viviendo por ah, pero bajo otra identidad, aparezcan como elementos
aadidos que dificultan el duelo. Veamos como lo expresaban.

Lo ms doloroso es cargar con los desaparecidos. Yo sufr, pero seguro que ellos sufrieron
mas. Lo peor es la incertidumbre, no saber qu les pas, si murieron, cmo murieron; si
fueron torturados durante mucho tiempo, si sufrieron mucho antes de morir. Los estuvimos
buscando durante dos aos. Despus tuvimos que poner los pies en la tierra y seguir la vida
sin ellos. Pero an hoy creo que no es posible que eso pasara. El pap de mi primera hija
desapareci, pero yo aun lo veo de vez en cuando, en sueos. Cuando estoy dormida aprovecha
para acercarse a m y me recomienda que cuida a la nia. Yo creo que mi hijo era tan bueno
que lo deben de haber mandado a estudiar por ah y no me lo pueden decir. Por eso me
preocupa haberme cambiado de casa, porque si me busca no me va a encontrar.

En algunos casos tambin se reacciona frente a la muerte sobrevalorando a la persona muerta


o desaparecida, o identificndose con ella y/o con su causa. De manera bastante generalizada,
se manifestaban sentimientos de culpa por haber sobrevivido a quienes murieron o
desaparecieron. Los testimonios siguientes son buena muestra de lo que decimos:

Era una persona muy especial, lo quera mucho. Era muy coqueto. Cuando le mataron sent
rabia Por qu lo tuvieron que matar a l y no a otro de la familia? Despus de su asesinato
la familia se desintegr. Mi pap desapareci. Estuve un mes buscando, viendo un montn
de muertos. Cuando me convenc que haba muerto tom su bandera y l siempre me ha
acompaado. No fsicamente, aunque tambin lo necesitaba, pero s moralmente. Es como una
fuerza de l que siempre me acompa en estos aos de guerra y compromiso.

Me cas al inicio de la ofensiva, al poco tiempo me capturaron y estuve presa durante un mes y
medio. Mi compa se desestabiliz al saber que yo estaba capturada, cometi errores, lo agarraron y
desapareci. Me siento culpable por ello. Mi compa me tena un amor ms grande a m que el que
yo tena por l, por eso lo agarraron. En la ofensiva del 89 en un ataque que sufrimos tuvimos que
salir corriendo. Muchos compas cayeron heridos. Yo tuve que pasar por encima de ellos, no pude
pararme a socorrerles. Durante mucho tiempo so con sus gritos de socorro. Me siento culpable
por ello.

Hay razones para que nos sintamos culpables por qu yo estoy viva y zutano y mengano muertos?,
cul es mi privilegio? Mejor hubiera sido irse esos setenta mil muertos me dan en las costillas.
Cuando estall la bomba yo acababa de pasar por ah, entonces no pude llorar, tan slo pensar
en que yo me haba salvado. Me sent culpable. Ahora, al fin, he podido llorar por todos aquellos
muertos.

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Algunas mujeres que haban mantenido con sus maridos unas relaciones de mucha
subordinacin y fuertes sentimientos de dependencias e incapacidad para afrontar el maltrato-
experimentaron, al morirse stos, sentimientos de alivio. No poder reconocer ni tolerar este
tipo de sentimientos aumenta la sensacin de culpa de la que antes hemos hablado. Me sent
muy mala, muy culpable cuando l muri algo me faltaba pero tambin haba algo que era
descansable para mi deca una mujer en su grupo.

Los grupos de auto-apoyo les permitieron a la gran mayora de las participantes romper con
la consigna de no llorar a los muertos y muchas de ellas, por primera vez despus de aos, se
permitieron volver a llorar. Ese llanto signific un alivio grande para ellas.

Era impresionante, lloramos todas. Yo pens que las campesinas eran duras, que no se
conmovan por nada y ah me di cuenta de mi error. Cunto dolor! Cuntas lgrimas hubo
en esos das!. Nunca haba llorado tanto, a mi me cuesta, me ven as flaquita pero soy muy
dura. Despus de los grupos sent un descanso tan grande de mi alma. Llor los tres das y
despus segu llorando, pero me hizo bien. Yo antes de los grupos me olvidaba de todo, hasta
de las cosas ms pequeas, ahora empiezo a estar menos distrada.

Llorar a los muertos y/o desaparecidos, reconocer el dolor que eso causa como un sentimiento
natural y compartido por otras, y contar con un espacio donde poder expresar esos sentimientos
abiertamente permiti que las participantes repararan una pequea parte del dao causado
por el silencio guardado ante el horror de la muerte.

4.2. La maternidad como estructurante de la subjetividad femenina


La maternidad aparece como una de las metas del desarrollo de la feminidad tradicional y
constituye, por lo tanto, uno de los ejes centrales en la construccin de la identidad femenina.
En ese sentido es interesante el dato de que la tasa de crecimiento de la poblacin se ha
mantenido en El Salvador a pesar de los aos de la guerra, lo que implica que un porcentaje
elevado de mujeres son madres, sindolo cada una de ellas de varios hijos.

La estructura patriarcal de esta sociedad hace que, mayoritariamente, el cuidado y atencin


de los hijos e hijas recaiga sobre las mujeres. Las duras condiciones de existencia que padecen
amplias capas de la poblacin conlleva, asimismo, que sea enorme el trabajo que implica el
mantenimiento del ncleo familiar, un trabajo que supera, en muchos casos, a las mujeres
encargadas de realizarlo. De manera bastante generalizada, las hijas mayores desempean
el rol de madres y cuidadoras de sus hermanos menores desde pequeas. La maternidad se
convierte, entonces, no slo en una meta del desarrollo femenino para el que se les prepara
desde nias - sino tambin en un elemento que limita otras posibilidades de desarrollo en la
infancia.

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Las quejas acumuladas contra las madres que obligaron al cuidado de los hermanos, la nostalgia
por no haber sido nias, la rabia contra la figura materna son elementos que aparecieron
frecuentemente en los grupos.

Yo quera ir a la escuela pero mi mam no me dejaba porque tena que chinear a mis hermanos.
Yo deseaba estudiar pero mi pap no quera porque deca que a las mujeres no les serva para nada
estudiar, solo para acompaarse ms rpido y escribir cartas a los novios, as que me qued a cuidar
de mis hermanos. Mi mam me maltrataba porque me iba a jugar y no le ayudaba en la casa.

Una de las caractersticas de la subjetividad femenina es la relacin contradictoria con la


figura materna que, en muchos casos, aparece como la transmisora de los valores tradicionales
relacionados con las mujeres. Por un lado, las mujeres, en general, permanecen ms ligadas al
mundo de la madre, con mayores dificultades para la separacin e individuacin con respeto
a ella. La madre se convierte as en una figura que se interioriza. Todo lo que tiene relacin
con ella se sobredimensiona. Por otro, la situacin de opresin y dependencia de los hombres
en la que viven las mujeres en El Salvador posibilita que se conviertan en transmisoras de la
ideologa dominante, con el corolario de ser las principales socializadoras de las hijas en los
roles de gnero femenino.

Los conflictos con las madres tienen bastante que ver con el modelo de maternidad vigente
en el pas. Un modelo en el que el cuidado de hijas e hijos recae en exclusiva sobre las
mujeres, con el agravante de que, en la mayora de los casos, el padre est ausente, fsica o
emocionalmente. Esta ausencia da lugar a una relacin vincular de encierro entre madre e
hijo o hija que provoca sentimientos contradictorios, de amor y hostilidad. Este dispositivo de
relacin facilita tambin la disociacin entre las figuras materna y paterna. La figura paterna
es ms fcil de idealizar, precisamente por estar ausente, mientras que la figura materna es
vivida como la causante de todos los conflictos.

Mi pap me quera porque era obediente, mi mam me pegaba porque no me apuraba a moler.
Mi mam me ech de casa y sali detrs de mi tirndome piedras, mi pap cuando se enter me
fue a buscar para que volviera.

Esta relacin contradictoria con la madre se agrava en los casos en que las hijas son no deseadas
o fruto de una relacin espordica, despus de la cual la madre se qued sola.

No obstante, la guerra y sobre todo la participacin activa en ella de un porcentaje importante


de mujeres alteraron de manera significativa las vivencias y el propio ejercicio de la maternidad.
Mujeres que tuvieron hijos y los dejaron al cuidado de otras mujeres para incorporarse a los
frentes u otras tareas que las alejaron de su hogar; mujeres que sacaron a sus hijos adelante
como pudieron en una situacin que nada ayudaba al ejercicio responsable de la maternidad;
madres cuyos hijos desaparecieron o fueron asesinados todas estas situaciones ha hecho que
la maternidad sea vivida de manera muy conflictiva.

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El mensaje de que la maternidad es el destino obligado de todas las mujeres, de que una mujer
no est completa hasta que tiene una pareja e hijos, est plenamente vigente en la sociedad
salvadorea. La maternidad sigue siendo, por lo tanto, un elemento central en la subjetividad
femenina. Una subjetividad desvalorizada por los valores sexistas que rigen en la sociedad y
que frecuentemente se construye con un dficit narcisista.

En concordancia con esto, las hijas e hijos son vividos como el terreno de poder de sus
madres, generalmente el nico en el que se permite a las mujeres ejercerlo. Pero este poder es
engaoso porque, de hecho, las normas que rigen esas relaciones estn por encima de la propia
voluntad de las mujeres. Son normas que suelen venir impuestas por el padre, y la mujer, en
bastantes casos, es mera transmisora de ellas. Al mismo tiempo, es un poder efmero pues los
hijos crecen rpidamente y se independizan. Esta sensacin de poder de las madres frente a
los hijos se ve reforzada por el hecho de que entre la poblacin campesina los hijos aparecen
tambin como garantes de la supervivencia fsica del ncleo familiar.

Pero junto con este mensaje dominante, la guerra ha provocado modificaciones en las
condiciones materiales del ejercicio de la maternidad y en las propias ideas sobre ella. Muchas
mujeres se implicaron directamente en la guerrilla y descubrieron que tenan otros motivos,
otros elementos para auto valorarse. Dejaron a sus hijos e hijas al cuidado de otras mujeres
y se lanzaron a una actividad que las mantuvo alejadas de ellos durante un cierto tiempo, en
algunos casos varios aos. Mltiples conflictos se derivan de esta situacin. En unos casos,
la interiorizacin del modelo materno ha provocado depresiones narcisistas por no alcanzar
el ideal asumido como propio. En otros, las culpas se derivan por atentar, de manera ms o
menos consciente, contra el modelo vigente.

Cuando me fu al frente pens que sera fcil separarme de mis hijos. Tena buenas razones para
ello. Despus siempre me he sentido culpable por ello, fue un trauma haberlos abandonado. Ellos
siempre me han recriminado que los abandon. Creo que nunca me van a entender ni a perdonar.
Ahora me siento muy sola.

Una forma particular de este conflicto se da cuando el compromiso militante ha sido


adquirido por la mujer y no compartido por el marido, o en el caso de que an cuando ambos
se comprometieran, ella se encuentra mucho ms involucrada. Los hijos e hijas se convierten,
entonces, en un elemento de presin y chantaje para hacer que las madres abandonen o
disminuyan su compromiso poltico:

Me capturaron a m y al pap de mis dos nios y nos tuvieron tres das en la Guardia Nacional,
interrogndonos. Despus salimos pero a l lo volvieron a llevar a la crcel. El quera irse del pas,
yo no. Yo deca que aqu estaba mi compromiso y me iba a quedar aunque me mataran. Arregl sus
papeles y sin decirme nada se llev a los nios. Ahora no s dnde estn, pero espero que algn da
mis hijos entiendan por qu me qued y me busquen.

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En otros casos, el conflicto se manifiesta con las mujer que los cuid y que ejerci de madre
durante el tiempo en el que la madre biolgica estuvo en el frente de guerra. En algunos casos
estas mujeres, especialmente si les une a las criaturas una relacin de parentesco, reclaman el
seguir hacindose cargo de los nios y nias y se plantea una disparidad de intereses difcil
de conciliar. Los conflictos entre ambas mujeres se expresan, frecuentemente, en celos y
rivalidades que repercuten negativamente en las criaturas, a las que casi nunca se les pide
opinin. En otros casos, se renuncia a los hijos o hijas pero con bastante sufrimiento.

Me separ de mis hijos por la guerra y ahora seguimos separados. Uno est con su ta a la que
llama mam y yo he pasado a ser su ta. Me siento mal, pero no quiero violentar el proceso del nio.
A mis dos hijos los agarraron como suyos unos compas. Cortaron todos los vnculos de relacin
conmigo, desde que se los llevaron no los he vuelto a ver, les borraron mi imagen. Cuando baj
del monte quise recoger a mis hijas que estaban con mi mam, pero ni ella me las quiso dar ni las
nias se quisieron venir conmigo. Llor durante muchas noches por eso.

En los grupos tambin participaron algunas de las mujeres que jugaron el papel de madres
adoptivas y reclamaban los derechos que les daba el haber dedicado tiempo y amor a esas
criaturas.

Yo tuve claridad, de quienes eran mi padre y mi madre, pero mi hija no. Ella dice mam y volteamos
dos mujeres y las dos nos quedamos calladas. La nia tambin porque se siente partida.

Otra vivencia desgarradora en torno a la maternidad es la de las madres que atentaron contra
la vida de sus hijas o hijos para salvar a un grupo en situaciones de peligro. El tener que poner
en riesgo a sus propias criaturas fue, sin duda, una de las experiencias ms traumticas de las
tratadas en los grupos. Las mujeres que lo hicieron se vean a s mismas como personas que no
merecan perdn y esa sensacin haca ms difcil compartir y elaborar el trauma.

Hoy, despus de que lo dije, ya no me hace tanto dao. La verdad es que ya no me siento igual, me
siento mejor y lo nico que espero es que en el momento oportuno yo se lo voy a contar a la nia. Mi
miedo es que ella me rechace, pero tambin puede que entienda que si yo la asfixie fue porque nos
rodeaban los soldados y ella lloraba y nos iban a matar a todos. Es una cosa que me duele mucho,
pero ella sobrevivi y tengo que decrselo algn da, que yo la quiero y no la quera matar, pero eran
las cosas que una tena que hacer en la guerra.

Pero los sentimientos de culpa no estn presentes solamente entre las madres que, de alguna
manera, dejaron de cumplir su rol. Tambin se sienten culpables las mujeres que siguiendo
el imperativo dominante se quedaron al margen del conflicto poltico para dedicarse a cuidar
de las criaturas. La brutal represin que se di contra los sectores populares, as como la
polarizacin social durante los aos de guerra es un caldo de cultivo de otro tipo de culpas: las
de no haberse comprometido ms intensamente en la guerra.

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Yo no merezco estar aqu, aprovechndome de todo esto. Despus de haberles odo a todas
ustedes creo que no soy digna de estar en este grupo, no particip ms activamente en la guerra
por cobarda, prefer quedarme cuidando a mis hijos. Mi compaero estuvo dos aos preso y mi
hijo tambin estuvo en la crcel, pero eso no es nada comparado con lo que las compas vivieron.
Empec a participar polticamente y lleg un momento en que quise irme a la montaa, pero no
tuve donde dejar a mis hijos. Le ped a mi madre que los cuidara pero no quiso. Entonces me tuve
que quedar. Desde la ciudad segu aportando pero me qued el resentimiento de no poder dar ms.

En la sociedad salvadorea el peso de la ideologa cristiana es muy fuerte y esa ideologa


suele estar basada en un fuerte sentimiento de culpa: todas somos herederos y herederas del
pecado original, y debemos pagar por ello. Ahora bien, este sentimiento de culpabilidad est
acentuado en las mujeres por los efectos de una socializacin que da como resultado una baja
autoestima. La maternidad, debido a la importancia que se le otorga en la adquisicin de la
feminidad, es un terreno abonado para la generacin de culpa. El ideal de la buena madre
que casi todas las mujeres tienen interiorizado en mayor o menor medida provoca culpas
porque casi nunca puede ser alcanzado y si se alcanza es a costa de un alto precio en la salud
mental de las mujeres. Pero parece evidente adems, que las condiciones sociales en las cuales
se ha vivido en estos aos, no ha favorecido en absoluto el ejercicio de la maternidad.

Me siento limitada con los nios, me gustara ser ms cariosa y comprensiva pero no puedo, es como si
fingiera mi papel de madre. Me siento superada porque me toc ser madre de mi sobrina y yo no estaba
preparada ni lo eleg. Me comen las culpas pensando que lo que a ella le pase o sea depende de m.

Un caso particular de conflicto, ya expresado en parte en el captulo anterior, lo presentan


aquellas mujeres que han perdido a sus hijos durante la guerra. Cuando los lazos que unan
a estas mujeres con sus hijos eran lazos simbiticos, donde la fusin era muy fuerte y se
depositaba en los hijos las expectativas, los valores y la valoracin de la que estas mujeres
carecan, la depresin que subyace a su prdida es una depresin narcisista. Lo que se lamenta
no es slo la prdida de alguien querido sino que se vive como la prdida de una parte de s
misma. La salida de la depresin se ve dificultada, en muchos casos, porque estas mujeres se
han quedado entre el cielo y la tierra, absolutamente desposedas desde el punto de vista
material. La situacin se agrava para las que ya son mayores porque quedan fueran del reparto
de tierras al no tener quien se las pueda trabajar.

Tambin en estos casos encontramos sentimientos de culpas ya que el ideal de la buena


madre incluye el volverse omnipotente y poderosa an contra la muerte. Al no poder evitarla
se tiene la sensacin de no haber hecho lo suficiente por ellos.

Pens que iba a tenerlos para toda la vida y me qued sin ellos, los mataron a todos. Me sent
hurfana de mis hijos.

Las combatientes jvenes, hijas a su vez de padres y madres que tambin lo fueron, presentan

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un conflicto especial con la maternidad. Aunque en un captulo posterior nos extenderemos
sobre este punto, algunas de las jvenes participantes en los grupos vivieron la experiencia
de crecer bajo el cuidado de personas que no eran sus madres biolgicas y expresaron de esta
manera sus sentimientos:

Yo les quiero decir a las madres que otros tambin nos supieron cuidar, nos quisieron. Por qu
pensamos entonces que las madres biolgicas son las nicas que tienen derechos sobre nosotras?
No slo ellas pueden darnos amor, otras nos lo dieron cuando ustedes no pudieron hacerlo.

Como hemos visto, la guerra rompi el modelo de la figura materna. De distintas maneras y
por diversas razones, las mujeres transgredieron el modelo de la buena madre. Sin embargo,
es tan fuerte y est tan interiorizado el papel materno en las mujeres, que a pesar que las
condiciones no se prestan para cumplirlo, ellas se empearon en hacerlo. Algunas asumieron
el cuidado de las y los jvenes combatientes como si fueran sus propias hijas e hijos. Las que
no pudieron hacer nada cargan una dosis de culpa que llega a ser paralizante para su proyecto
de vida en el futuro.

El costo social pagado por la mujeres debido a su involucramiento poltico ha sido, en este
sentido, mucho ms alto que el de los hombres, para quienes la paternidad no constituye un
elemento central de su identidad. El dolor que esto les causa no se ha podido mitigar debido a
que la maternidad es un tema de la vida privada. Si bien durante la guerra se tomaron algunas
medidas para el cuidado colectivo de nios y nias, despus de la firma de los Acuerdos de Paz
todo volvi a ser como antes, es decir, que las y los hijos volvieron a ser tema exclusivo de
las mujeres, de quienes se espera que reparen el hogar y la familia.

Las propias mujeres viven el dolor ocasionado por estos conflictos con su maternidad como
el precio que tienen que pagar por no haber cumplido su papel de madres y asumen la
responsabilidad individual por ello. Cabe sealar que ni siquiera el movimiento de mujeres ha
retomado como punto de anlisis y accin la ruptura del ideal materno a causa de la guerra y
las repercusiones que esto tiene en la convivencia de las familias en la posguerra.

La guerra aparece como un intermedio que removi pero no cuestion el papel de las mujeres en la
maternidad. Fueron a los frentes de guerra, asumieron conductas masculinas pero una vez finalizado el
conflicto vuelven, cargadas de culpa, a reparar los daos ocasionados por su incorporacin.

4.3. La violencia sexista


Cuando los grupos o sectores oprimidos se organizan para defender sus derechos y ponen
en cuestin el poder exigiendo, adems, participacin poltica en regmenes totalitarios, el
poder utiliza todos los medios a su alcance para romper el nuevo tejido social que se ha ido
formando.

En los ltimos aos El Salvador ha vivido ese tipo de situacin y la represin poltica hacia

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los sectores populares ha sido brutal. Torturas, asesinatos, desapariciones han afectado a
amplias capas de la poblacin.

Esta violencia ha adquirido tintes particulares cuando se ejerce contra las mujeres. Adems de
las formas y mtodos de tortura aplicados al conjunto de la poblacin, las mujeres han sufrido
vejaciones, humillaciones y violaciones particulares relacionadas con su pertenencia al gnero
femenino.

Estas formas de violencia sexual contra las mujeres han tenido repercusiones especficas en la
identidad femenina, tanto por el hecho en s como por las reacciones que, a veces, ha tenido
el entorno ms prximo.

La especificidad que tienen las agresiones sexuales frente a otro tipo de agresiones, las
repercusiones particulares en las mujeres que las han sufrido, no son ajenas a las concepciones
y vivencias que se tienen en torno a la sexualidad. La sexualidad en nuestras sociedades
ha adquirido un significado central, configurndose como un elemento fundamental en la
construccin de la identidad individual.

Las prcticas sexuales se convierten en el rasero por el se define a las personas y la sexualidad
aparece como la esencia ntima de la individualidad personal. No es extrao, por lo tanto, que
la sexualidad sea vivida como una de las manifestaciones ms ntimas de las personas. Un
terreno que concita sentimientos ambiguos e incluso contrapuestos.

Expansin y represin, placeres y miedos se dan la mano en la manera como piensan y viven
la sexualidad mujeres y hombres. La situacin de desigualdad que rige las relaciones entre los
hombres y las mujeres, la prepotencia y el dominio que muchos hombres manifiestan frente
a las mujeres hace que ellos utilicen, muchas veces, la sexualidad como un instrumento para
humillarlas. Las ideas dominantes en este terreno (que sostienen que los hombres tienen una
sexualidad desbordante, incontrolable, mientras que las mujeres deben ser poco sexuales y
controlar la sexualidad masculina) colaboran a que las agresiones sexuales sean vistas como
algo normal y a que se culpabilice a las mujeres vctimas de estas agresiones.

Las violaciones como forma de tortura son algo bastante frecuente en todas las guerras:
los contrincantes utilizan la violacin de las mujeres del campo enemigo como forma de
castigar a ste. En la guerra salvadorea las violaciones, o la amenaza de ser violada, ha sido
un arma de guerra utilizada frecuentemente por el Ejrcito, la Guardia Nacional y tambin por
el Ejrcito hondureo en el caso de las refugiadas.

Las agresiones sexuales son vividas por muchas mujeres con una carga superior a cualquier
otro tipo de agresin. En los casos en los que se sufrieron torturas, muchas mujeres relatan la
violacin como lo ms difcil de superar.

En la ofensiva me capturaron y me interrogaron. Yo al principio me senta fuerte y segura. Cuando

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me encerraron con otros detenidos, uno de ellos empez a tocarme y besarme. Una cipota9 prostituta
de las maras, que tambin estaba detenida, me cont que a ella no le haban hecho dao porque hizo
todo lo que los soldados queran. Posteriormente entraron, se me llevaron y casi me violaron. No s
lo que hicieron conmigo porque me desvanec. No le he podido contar esto a nadie, cada vez que lo
recuerdo me pongo a llorar y soy incapaz de describir mis sentimientos.

Esta especial forma de tortura contra las mujeres ha dejado huellas en muchas de ellas, siendo
difcil precisar el alcance que an tiene para algunas. Por las particulares repercusiones de
todo lo relacionado con la sexualidad, hemos podido apreciar que estos episodios condensan
fantasas y temores que, en muchos casos, permanecen encubiertos, siendo la propia persona
incapaz de expresarlos. Tambin, fruto de las ideas dominantes que tienden a culpabilizar a las
mujeres por las agresiones sufridas, muchas de las vctimas expresan sentimientos de culpa,
reforzados por las reacciones del entorno que no considera a las vctimas como tales sino
como responsables de las agresiones sufridas. Una mujer lo explicaba as:

A los quince das de estar en Honduras en una casa ocupada lleg el Ejrcito hondureo pidindonos
que colaborramos. Se nos llevaron a las mujeres obligndonos a que dejramos a los cipotes en
el campamento con los hombres. Yo me llev al mo chiquito. bamos muchas mujeres, entre ellas
yo con mi nio y otra mujer embarazada. Nos tuvieron desde las once de la maana hasta las dos
de la tarde y las violaron a todas, excepto a la embarazada y a m. Yo me libr porque llev al nio,
pero al volver al campamento los hombres culparon a las mujeres por haber sido violadas. Tuvieron
muchos problemas y muchas de ellas acabaron separndose.

Pero las agresiones sexuales a las mujeres no slo han sido infringidas por hombres del campo
contrario. En las filas guerrilleras tambin se han dado, con bastante frecuencia, violaciones
y abusos sexuales. La impotencia y la rabia, propias de las vctimas de agresiones sexuales,
adquiere caractersticas especiales en estos casos. Cuando los agresores son compaeros con
los que cotidianamente se juega la vida, se comparten una serie de valores y utopas y en los
que, generalmente, se tiene depositada una gran confianza, el trauma es mayor. La impotencia
y la rabia aparecen en algunas mujeres mezcladas con grandes dosis de desencanto hacia el
proyecto revolucionario encarnado por el FMLN.

Los desgarros que estos hechos han tenido en la identidad de las mujeres como militantes
revolucionarias se manifiestan en la tentacin de invalidar estos aos de lucha emancipatoria
as como la propia participacin en ella. Este mecanismo de defensa surge, en bastantes casos,
acompaados de expresiones victimistas que borran el recuerdo de la conciencia con la que
se tomaron las opciones militantes. Veamos algunos ejemplos:

El partido utiliza a las mujeres. Desde que entr me doli el manejo de la gente, especialmente de
las mujeres por parte de los dirigentes. El problema ha sido que nos hemos formados dolos, que

9 Cipota: chavala, muchacha.

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no podemos creer que compaeros a los que se respeta puedan destruirnos. A los tres meses de
estar en el frente un compa me viol. Era el jefe y fue horrible porque lo vea como el mejor hombre
de los hombres que estaban en el campamento. Entr con una idea romntica de la guerra, los
compas eran lo mejor y lo ms valioso, sobre todo l, que era el responsable. Iba con la idea de que
ah estaban las mejores personas, el ejemplo para los dems. Y era todo lo contrario. A las mujeres
nos trataban muy mal. Estoy muy decepcionada.

La situacin se agrava cuando los agresores tienen cargos de responsabilidad y una jefatura ante
la agredida, pues frecuentemente a la rabia se le suma el temor por las represalias que pueda
tomar el agresor si el hecho se denuncia. Estos casos, que se dieron con cierta frecuencia
segn contaron las mujeres en los grupos-, ponen de manifiesto la situacin de subordinacin
en la que se encontraban una amplia mayora de mujeres en las filas guerrilleras. Situacin
de subordinacin agravada por las relaciones jerarquizadas y militarizadas que propiciaban,
entre otras, una cierta complicidad para no denunciarla.

Mi compa de champa se dio cuenta que el jefe haba intentado violarme pero no dijo nada
porque ah eso no se poda hablar. Eran los jefes y mejor no hablar porque si no te enviaban
a la cocina y eso significaba no ser valorada, no tener valor para combatir, no tener fuerza
a la cocina siempre iban las mujeres mayores. Despus de la violacin, creo que qued
embarazada, no s, nadie me deca nada. Los compas sanitarios me dijeron que tenan que
operarme porque tena un tumor. Todos se callaban se notaban que se sentan amenazados.

Las dificultades para denunciar los abusos sexuales no se acaban en el miedo a las represalias
directas. El temor de perder la valoracin de los compaeros de lucha y de los jefes es un freno
importante para la denuncia. De hecho, una de las caractersticas de la subjetividad femenina
es la dificultad para auto valorarse y la tendencia a depositar la valoracin propia en el otro,
de tal manera que cuando sta falla es frecuente caer en una depresin de tipo narcisista. Esta
caracterstica se ve reforzada por la tendencia a la idealizacin de la guerrilla y en particular
de los jefes, la clandestinidad, el secreto en el manejo de la informacin entre organizaciones
y personas, la parcialidad del conocimiento de las tareas y, en general, las duras condiciones
de existencia en los frentes de guerra.

Mi jefe intent enamorarme pero a m no me gustaba. Como no le hice caso en una reunin me
hostig y se dedic a desprestigiarme. Esperaba que mi amiga me ayudara pero se puso a la par de
l. Desde entonces tengo un gran complejo de inferioridad, siempre me siento insegura. En aquella
reunin me sent como una basura, como un trapo.

Las vivencias fatalistas y victimistas que fueron expresadas por algunas mujeres vctimas
de agresiones sexuales fueron contrarrestadas en los mismos grupos por parte de otras
participantes. Mujeres conscientes de que estos comportamientos se haban dado, incluso
algunas de ellas los haban sufrido directamente, pero que consideraban que este hecho no
invalidaba la lucha ms general y que, en todo caso, demostraba que an quedaba mucho por

46
hacer al interior de sus organizaciones para transformar la situacin de las mujeres. En estos
casos, los grupos femeninos y el feminismo les haban dado mucha fuerza, les ayudaron a
entender estos problemas y a disminuir sus sentimientos de culpa.

La libertad y la paz an no se han conseguido, especialmente en el caso de las mujeres, ahora


empieza una nueva guerra, en otra situacin. Mis tres hijos cayeron en la guerra, yo me compromet
antes que ellos y nunca me opuse a que se metieran a fondo. Ahora me siento sola, no tengo ni
tierras ni casa, pero me siento fuerte. El reunirme con otras mujeres me da fuerza. No me siento
hurfana pues ahora todos son hijos e hijas mas.

Estos comportamientos que se han dado en la filas guerrilleras son, en parte, reflejo de lo
que se produce en el resto de la sociedad. El tema de la utilizacin de la violencia sexual y
el maltrato como forma de expresar la prepotencia y el dominio de los hombres sobre las
mujeres apenas empieza a ser discutido; algunos grupos de mujeres, pioneros en esta labor,
han organizado centros de atencin y empiezan a investigar sobre esta realidad. Sin embargo,
an falta conocer en profundidad la magnitud de este problema.

De las mujeres participantes en los grupos de auto-apoyo, un alto porcentaje haba sufrido
abusos sexuales en algn momento de su vida. Algunas de ellas los sufrieron de nias y este
hecho las marc en sus relaciones posteriores con los hombres, relaciones que no manejaban
de manera satisfactoria. La culpabilidad que el entorno hace sentir a las vctimas que se
interioriza en ellas no ayuda en nada a la elaboracin de la experiencia.

A los siete aos un amigo de mi papi llegaba a la casa y me manoseaba, me deca cosas y se
masturbaba delante de m. Nunca tuve valor para decrselo a nadie. Tena miedo, me senta culpable.
A los nueve un hombre quiso violarme pero mi hermana me salv. Siempre me han pasado cosas
con los hombres, no s que queran pero sentan que me perseguan. Me desahogu con mi novio
pero no me ayud, me sent peor porque me recrimin y me llam puta

Un nmero significativo de las participantes en los grupos haban sido vctimas de maltrato por
parte de sus maridos o compaeros de vida. La complicidad social ante este problema es muy
fuerte y, en general, se considera que estos son asuntos privados, un derecho de los hombres
ante las mujeres y que si a una mujer la maltratan es porque se lo tiene merecido ya que
algo habr hecho esta ideologa justificativa del maltrato est muy extendida y participan de
ella tanto hombres como mujeres. La mujer que ha sido maltratada se encuentra, as, no slo
indefensa ante la ley sino tambin culpabilizada.

En muchas ocasiones, adems, las vctimas de este tipo de violencia la reproducen con los hijos e
hijas pequeas, dndose espirales de violencia difciles de romper. Generalmente, el maltrato fsico
va acompaado de actitudes humillantes, de descalificacin permanente por parte del agresor
hacia la agredida. Todo ello, colabora a que las mujeres maltratadas tengan la autoestima por los
suelos, se hallen sumidas en depresiones fuertes y sientan una gran inseguridad.

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En mi casa se tiene que hacer lo que mi esposo dice, si no se pelea conmigo y me pega. Me culpa
a m de todo lo que hacen mis hijos. Siempre me dice que soy bien boba e ignorante. Me dice: vos
siempre que hablas mets la pata. Yo mis cosas siempre me las he ido callando. El nunca me ha
dado permiso para estar con ms compaa, ni para salir. Mi vida es un infierno pero aguanto por
mi hija, porque quiero que acabe su carrera y es l quien le paga el colegio y todo.

Aunque algunas mujeres sufran en la actualidad esta problemtica, la mayora de las


participantes en los grupos de auto-apoyo por ser todas ellas participantes del movimiento
de mujeres- tenan un nivel de conciencia bastantes desarrollado sobre estos asuntos y no
eran, en el momento presente, nada pasivas frente a ellos. El maltrato formaba parte de la
historia pasada y en el momento actual o bien se haban separado o ste haba cesado. La
puesta en comn de estas experiencias, especialmente el proceso de toma de conciencia y
la lucha contra la violencia en la pareja, fue de gran ayuda para las mujeres que an seguan
siendo vctimas de maltrato. Escuchar cmo otras haban superado situaciones muy parecidas
fue una ayuda inestimable para romper el fatalismo y la impotencia de quien se hallara en esa
dinmica infernal.

Yo veo que el hecho de tener estas vivencias entre mujeres nos permite descargarnos, y por lo tanto
descubrirnos y fortalecernos. Por otro lado, aclarar nuestros propios problemas y conflictos nos
ayuda a tener un poco ms claro la vida de nosotras mismas. Ms que todo me ayud porque all
dije muchos de mis problemas y lo bueno fue que no hubo alguien que nos recetara lo que tenamos
que hacer sino que entre todas nos ayudamos, nos dijimos en lo que tenamos que cambiar, cmo
nos podamos sentir mejor. Yo logr identificar que ya era tiempo que hiciera algo por m, porque
nunca lo haca pensando en los dems. Hoy tengo claro que debo preocuparme ms por m.

4.4. Sexualidad: La gran ausente


Partiendo de las diferencias biolgicas que se manifiestan entre los dos sexos, las distintas ramas
del saber han agrandado estas diferencias contribuyendo poderosamente a la configuracin
de dos prototipos: el de la masculinidad y el de la feminidad, que aparecen como dicotomas,
en algunos aspectos complementarios y generalmente jerarquizados. Las diferencias sexuales
biolgicas se han utilizado muchas veces como explicaciones de las diferentes tareas y papeles
que los hombres y las mujeres desarrollan en la sociedad y como la causa fundamental de las
diferentes subjetividades.

Los prototipos de masculinidad y feminidad funcionan tambin en el terreno de la sexualidad.


Se podra decir que, con respecto a la sexualidad, la idea de que existen naturalezas femeninas
y masculinas diferentes tiene mayor fuerza que en otros terrenos de la vida de hombres y
mujeres. An hoy tienen vigencia las concepciones de la sexualidad basadas en conferir a sta
una esencia en s misma, independiente de lo social.

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La idea de la sexualidad masculina como una fuerza incontrolable y desenfrenada configura
un prototipo masculino activo, con iniciativa, genitalista, promiscua y algo agresivo. Frente
a este prototipo masculino, a las mujeres se les otorga el papel de contener la sexualidad
masculina fuente potencial de peligro- as como su propia sexualidad que podra incitar a los
hombres a actuar. Consecuentemente con este tipo de ideas, el prototipo femenino aparece
como sensible, no genital, con una sexualidad ms bien difusa, ligada a los sentimientos,
mongama, con poca iniciativa

La complementariedad que se atribuye a los gneros est tambin reforzada en el terreno


sexual, en el cual aparece la heterosexualidad como lo normal desde el punto de vista del
desarrollo sexual. As, ser un hombre normal significa sentirse atrado por las mujeres; ser una
mujer normal implica deseos de resultar atractiva para las hombres.

Estos prototipos vigentes en la sociedad salvadorea- influyen, poderosamente, en cmo


han sido socializadas las mujeres y en las vivencias que stas tienen en el terreno sexual.
En general existe una mayor inhibicin de las mujeres ante la sexualidad: les cuesta pedir
explcitamente relaciones sexuales y reconocer los propios deseos a menos que otra persona
se lo pida. Frecuentemente sexo y amor aparecen fusionados, se necesita estar enamorada
para mantener una relacin sexual.

Para los hombres la sexualidad puede ser una fuente de autoafirmacin personal, de
demostracin de virilidad, incluso de dominio frente a las mujeres. Pero probablemente
tambin es una de las escasas posibilidades que tienen -aceptadas socialmente- de demostrar
sus emociones, sus sentimientos de ternura y amor, que le son reprimidos desde pequeos.

Para las mujeres la sexualidad es un terreno contaminado por mensajes contradictorios


(seduce pero no mucho, ten relaciones sexuales pero cuidado!) y, sobre todo, muy
vulnerable a las relaciones afectivas. La inhibicin del deseo sexual va acompaa de una
sobredimensin del poder del amor y cualquier problema en la relacin amorosa inhibe el
deseo sexual.

Cuando estamos mal me niego a tener relaciones con l, es el poder que tengo, lo hago como una
forma de desquitarme.

Esta inhibicin de la sexualidad se manifest claramente en los grupos de auto-apoyo. En


general, se podra decir que el tema estuvo ausente de las reflexiones y preocupaciones que
ah se expresaron.

Las mujeres solemos debatir en torno a la sexualidad analizndola como un terreno de represin,
miedos y peligros; en menos medida la contemplamos como un espacio de exploracin,
expansin, satisfaccin y placer. Para muchas de las participantes en los grupos los peligros
de la sexualidad (violaciones, agresiones sexuales, humillacin, riesgos de embarazos no

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deseados) hacen palidecer los placeres. Para otras, no obstante, las posibilidades positivas
de la sexualidad (exploracin del cuerpo, curiosidad, intimidad) no slo valen la pena, sino
que les proporciona una fuente de energa vital. En algunos casos, la sexualidad aparece como
moneda de cambio para conseguir afecto.

Mi primer experiencia sexual fue bien fea, no me gust pero no poda decir que no. Decir no!
implicaba que no me iban a querer.

La mayora de las mujeres vieron afectada su sexualidad durante la guerra, ms de manera


negativa que positiva. Algunas de las ms jvenes, y que vivieron en los campamentos
guerrilleros, expresaron haber tenido relaciones de manera ms libre aunque contradictoria,
ya que eran vistas por sus compaeros de lucha como mujeres deseables, pero tambin eran
criticadas (por ellos y por sus compaeras) por su comportamiento sexual. Para las mujeres
que no estuvieron en los campamentos, la sexualidad fue un ausente, algo dormido para lo que
no haba tiempo de pensar.

Con tanta bulla, con tanto sobresalto, no haba mucho tiempo para eso. Cuando tenamos
relaciones eran siempre apuradas y muy pocas veces yo tena placer.

La vigencia de las ideas patriarcales que dividen a las mujeres en buenas (si se someten a
las normas establecidas) y malas o putas (si no las cumplen total o parcialmente), favorece
tambin la dificultad para reconocer los propios deseos. Un elemento que se pudo constatar a
lo largo de los grupos fue la facilidad con que a una mujer se le acusa de puta.

Cuando crec y empec a desarrollarme me gustaba ponerme bien bonita y mi madre me deca que
era una puta. Mi madre no me dej incorporarme al frente porque deca que all a las cipotas o
las violaban o se convertan en unas putas. Cuando me desahogu con mi compaero porque los
hombres me perseguan, me recrimin y me llam puta.

La sexualidad tiene que ver con muchas cosas: con las ideas y definiciones que sobre ella se
hacen, con las relaciones sociales, con el deseo y la fantasa y, tambin, con el cuerpo. La manera
como nos relacionamos con nuestro cuerpo influye en las vivencias y experiencias sexuales.
La guerra, as como la participacin activa de muchas mujeres en ella, dej poco tiempo para
el placer. Para bastantes mujeres la preocupacin por el cuerpo ha estado relacionada con su
aptitud o ineptitud para los trabajos propios de su participacin como guerrilleras.

Han cultivado la fuerza fsica, la resistencia, la agilidad Las vivencias en aquella poca eran
contradictorias pues el modelo imperante era el masculino.

Hoy estos valores, necesarios en aquellas circunstancias, no son cultivados ni valorados


en las mujeres. Por el contrario, se ha podido constatar que existe una cierta desidia ente
el propio cuerpo: en muchos casos han engordado exageradamente, se sienten incmodas
con su cuerpo Estas vivencias se expresaron directamente en algunos casos y en otros,

50
indirectamente, en los ejercicios de relajacin o masajes. Las dificultades para aceptar ser
acariciadas, las risas nerviosas por las cosquillas que les provocaba ser tocadas. Son una
buena expresin de todo ello.

Frente a las tenciones tiendo a comer. No me siento bien con mi cuerpo, siempre ha sido un
problema para m, me limita en muchas cosas. En el frente pensaba que si caa herida nadie
podra llevarme. De pequea siempre se burlaban de m, me rozaban las piernas y me pona
short debajo del uniforme. Un da, unos cipotes me levantaron el uniforme, sent una gran
pena10, no se lo pude contar a nadie. Siempre han utilizado mi cuerpo para minimizarme,
para desvalorizarme. No me gusta que me vean sin ver yo, siempre procuro pasar rpido sin
maltratar y sin que me maltraten. Cada vez me molestan ms las miradas. Las miradas obscenas
me ponen muy mal, siento que todo el mundo me ve as, incluso las mujeres. No ven bien mi cuerpo,
no aguanto estar desnuda delante de nadie.

Las ideas tradicionales sobre la sexualidad femenina sufrieron algunas fisuras en las relaciones
que se establecieron en los frentes de guerra. Fueron unas relaciones ms espordicas, menos
convencionales, donde los prototipos funcionaban con menos rigidez. Los niveles de libertad
sexual que las mujeres llegaron a adquirir en esta situacin es algo difcil de establecer. En
los grupos, las mujeres hablaban ms de las imposiciones y peligros sexuales que vivieron que
de las satisfacciones obtenidas. No obstante, de este dato no puede deducirse que todo fue vivido
como imposicin. La vergenza por hablar de algo que se considera la esencia de la intimidad, la
inhibicin del propio deseo y la falta de reconocimiento de ste, el refuerzo que, una vez acabada
la guerra, tiene el prototipo tradicional de sexualidad femenina todo ello colabora en que se haga
difcil hablar de sexualidad en pblico y poner en comn las propias vivencias sexuales.

4.5. Jvenes combatientes: una problemtica particular


Una expresin particular de las dinmicas sealadas anteriormente la evidencian las
mujeres jvenes especialmente aqullas que adquirieron un compromiso militante cuando
eran adolescentes o casi nias. Las circunstancias que las llevaron a ello han sido variadas y
segn los casos las problemticas que manifiestan expresan, en cierta medida, esta variedad.
Las relaciones familiares y la respuesta familiar ante el compromiso militante suele ser un
elemento que pesa en todas ellas, debido quizs a que por la edad, la familia (entendiendo aqu
fundamentalmente a padres y hermanos o hermanas) es un punto de referencia importante.

Algunas, cuyos padres estaban comprometidos con la guerrilla, se vieron involucradas


directamente en el conflicto sin que se pueda decir que tuvieron muchas opciones diferentes.
En estos casos, la crisis de identidad producto de la adolescencia aparece retardada y con
componentes especficos debido a las situaciones lmite vividas sin mucha conciencia.

10 Pena: vergenza

51
Para otras, el compromiso militante supuso un fuerte enfrentamiento con la familia que se
opona a ello, llegando incluso en algunos casos a una ruptura total. La sensacin de orfandad y
el dolor por haber perdido algo que ofreca una cierta proteccin aparece unido a sentimientos
de culpa, como si la prdida fuera el merecido castigo por haberse saltado los imperativos
familiares.

En otros casos el compromiso militante signific una huida ante una familia excesivamente
autoritaria y controladora. En la incorporacin a la guerrilla se depositaba las expectativas
de no depender de nadie y de ser, por fin, realmente autnoma. Estas expectativas pronto se
vieron truncadas por las propias condiciones que se daban, sobre todo en la montaa.

Yo tena mucho miedo ya cuando estaba en el frente, y a veces no me daba cuenta de lo que
haca. Yo nunca haba aprendido a fumar, pero disimulaba el miedo fumndome un cigarro
cuando estaba de posta, quera tener esa lucita para que todos supieran que all estaba yo.
Tonteras de cipota! No pensaba que un soldado poda llegar y al ver la lucita me poda
disparar. Otras veces, cuando me tocaba posta, me envolva en la cobija11 y no vigilaba nada.
Por esas cosas me daban mis buenas regaadas.

La militarizacin y la disciplina dejaba, en muchos casos, poco margen a las ansias de autonoma,
especialmente de las mujeres, que generalmente desarrollaron tareas subordinadas. Muchas
de estas jvenes manifiestan fuertes dosis de frustracin y escepticismo ante los logros
revolucionarios y ven su pasado con bastante amargura.

La crisis de identidad propia de quien ha sufrido de manera sostenida y cotidiana situaciones


lmites, se junta en estas mujeres con la crisis de la adolescencia. En muchas de ellas el
grado de desestructuracin se evidencia de manera dramtica en una total desorientacin
sobre el futuro y en una ausencia de proyecto vital. En los casos en que ha habido renuncias
conscientes, el desarrollo, bastante unilateral de sus capacidades, es vivido con fuertes dosis
de frustracin. Cuando las renuncias no han sido vivido como tales, la confusin y la parlisis
son la nota dominante.

La clandestinidad, que llevaba aparejada en muchos casos la adquisicin de una identidad


falsa, aumenta la crisis de identidad que padecen en la actualidad; crisis de identidad que se
manifiesta en los casos ms extremos en una imposibilidad de ser llamada por el hombre
verdadero y una necesidad de acomodar la situacin legal a aquella que se ha vivido en la
clandestinidad.

Muchas de ellas no se han sentido nias, no han tenido posibilidad de jugar pues las condiciones
en las que se ha desarrollado su existencia en los primeros aos de vida han sido tan duras
que inmediatamente han tenido que asumir responsabilidades de adultas. En algunos casos,
la crisis se ha agravado al llegar a la adolescencia, donde la llegada de la primera regla y los

11 Cobija: manta.

52
cambios corporales propios de esta edad han provocado fuertes conflictos. No querer hacerse
mayores o no querer aceptar la condicin femenina ha formado parte del conflicto.

En general, en casi todas ellas hemos podido detectar rabia hacia los padres. En algunos casos
esta rabia se expresa de forma manifiesta y en otros, por el contrario, aparece reprimida, pero
siempre produciendo culpas. Cuando la madre es progresista se sienten incmodas, quisieran
que la coincidencia de ideas las llevara a superar su coraje contra ella.

Los motivos que provocan la rabia son tambin diversos. En algunos casos porque se sienten
extremadamente sobreprotegidas como en una bola de cristal; en otros porque los padres
las expusieron a viajes continuos que les rompan la vida, a situaciones de peligro que les haca
sentir un miedo que no ha sido superado.

Los continuos viajes y cambios de domicilio, con las consiguientes rupturas afectivas,
ha implicado que muchas de ellas levantaran barreras afectivas para defenderse del dolor
provocado por las prdidas. Estas barreras les llevan incluso a dudar, a veces, de sus propios
sentimientos.

Tengo problemas para expresar o sentir afecto, me da miedo. Todo lo racionalizo, no siento, no
est el sentimiento en lo que hago y vivo. Construyo para que nada entre. Me protejo contra los
intrusos.

Capas de racionalidad y fortaleza bastante simulada han servido, frecuentemente, para


combatir el sentimiento de abandono y los desgarros afectivos. Debajo de ellas, la nia que no
se pudo ser surge continuamente demandando proteccin y apoyo.

Fue una onda fuertsima que me removi todo. A m nunca en la vida me haba dado dolor de
cabeza y pas una noche con dolor de cabeza que yo pens que se e iban a caer los dientes porque
senta una presin horrible. No s ni cmo llegue a casa de mis paps, yo no quera estar en otro
lado, senta que los necesitaba. Llor toda la noche, no les poda decir nada, slo quera que me
acariciaran.

4.6. Prototipos de gnero. Modelos y contramodelos


En lo general, un tema que subyace a todas las problemticas que se han ido exponiendo, es la
particular forma de construccin de la identidad en las mujeres que participaron en los grupos de
auto-apoyo. Esta dinmica, aunque puede generalizarse a bastantes mujeres salvadoreas, toma
algunos rasgos peculiares en las mujeres que se incorporaron activamente en la lucha guerrillera.

La totalidad de las mujeres participantes son conscientes de que se hallan en una situacin
discriminada con respecto a los hombres y un amplio nmero de ellas han tomado opciones
decididas con un margen de libertad bastante amplio. Muchas de ellas decidieron participar

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activamente en el conflicto aunque eso supuso, en algunos casos, una ruptura familiar
importante: bien porque los padres y hermanos no queran saber nada porque les comprometa,
bien porque el marido y los hijos se exiliaron o se fueron dejndolas solas.

La identidad, como sentimiento ntimo del yo, se va conformando como un precario equilibrio
de fuerzas, algunas de las cuales tienen un carcter ms social en funcin del sentimiento de
pertenencia a los diferentes grupos que componen el tejido social. La identidad es un proceso
que se va construyendo a travs de las identificaciones que vamos haciendo con diferentes
objetos o modelos, identificaciones que tienen una parte bastante inconsciente. En la historia
de estas mujeres hemos podido constatar que en la construccin de su identidad han jugado
un papel importante, como puntos de referencia identificatoria, diferentes modelos, algunos
de ellos contradictorios.

Por un lado, la identificacin ms primaria con el modelo materno que refleja, en buena
medida, la feminidad tradicional. Una feminidad basada en la maternidad, en la tica de los
cuidados, en la que los afectos tienen un papel de primera categora, y en una sexualidad
heterosexual y mongama donde la virginidad an goza de gran consideracin social.

Por otro, el modelo de la guerrillera, basado en una cierta asimilacin de caractersticas


consideradas masculinas pero que en la situacin de guerra eran permitidas a las mujeres (la
promiscuidad, por ejemplo) o incluso exigidas para ser consideradas aptas para determinadas
tareas (la racionalidad, el no mostrar abiertamente los sentimientos, la dureza y competitividad).

Finalmente, el modelo feminista que incorpora valores nuevos, que supone una fuerza
renovadora importante pero que, quizs debido a su juventud como movimiento organizado,
ya deja sentir ciertos aspectos normativos.

Para muchas la incorporacin a la militancia poltica tuvo efectos muy positivos ya que implic
salirse del destino marcado por el hecho de ser mujer y tomar decisiones de forma autnoma.

Para m la poltica tuvo repercusiones muy fuertes. Me sac del ser mujer que se esperaba
que cumpliera: mi familia, mi pareja. Pero tomar la decisin de comprometerme ms a fondo
me trajo conflictos con mi familia y con mi pareja y mis hijos. Aunque estoy contenta por
ello, hay partes de mi pasado que quiero recuperar. Estoy muy alejada de mis dos primeros
hijos y tengo muy mala relacin con mi familia, especialmente con mi madre. Me ayud un
montn el involucrarme, no me arrepiento, realmente no me arrepiento, todas las cosas que
pasan ayudan, son vivencias de las que siempre se saca algo. Yo siento que si no me hubiera
involucrado, si no hubiera vivido eso, no fuera como soy, no tuviera toda esa acumulacin de
experiencias que tengo, entonces para mal o para bien, me ha ayudado.

Esta incorporacin militante, a pesar de todos los aspectos positivos, tuvo tambin sus aspectos
conflictivos, especialmente en aquellas mujeres que se incorporaron activamente al frente

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militar y que manejaron armas. Generalmente, el ejercicio de actos violentos suele tener
repercusiones en los individuos que los ejecutan, a no ser que se trate de casos patolgicos y
con un nivel de sadismo importante. Ahora bien, la socializacin diferente que en sociedades
como la salvadorea tienen mujeres y hombres, hace que las repercusiones de la utilizacin
de la violencia tengan aspectos diferenciales en el caso de las mujeres.

Las situaciones lmite, desde el punto de vista humano, que se dan en una dinmica como
la vivida estos aos en El Salvador, llevan aparejados momentos en los que cabe preguntarse
si las opciones ticas y polticas pueden encajarse bien desde un punto de vista psicolgico.
La respuesta no es fcil. En el caso de las mujeres, el ejercicio de actos violentos ha supuesto
superar formas de socializacin basadas en la represin de la agresividad (a las mujeres se nos
ha educado desde pequeas para conseguir las cosas a travs de la seduccin y el encanto y
nunca por la fuerza o la violencia).

El ejercicio de la violencia implica para las mujeres desarrollar y sacar aspectos de la


personalidad que hasta entonces permanecan desconocidos y que difcilmente pueden
manejarse, ya que una de las caractersticas de la subjetividad femenina es la imposibilidad de
expresar y manejar la rabia. Y quizs, lo que es ms importante, todo ello lleva a contravenir
la tica y el imperativo materno del cuidado a los dems. De tal manera que las cualidades que
exige la nueva situacin se contraponen con los valores ticos en los que las mujeres han sido
socializadas, generndose conflictos morales difciles de solventar y que, con frecuencia, dan
pie a sentimientos de culpa posteriores.

Cuando estaba en el frente me present voluntaria para ajusticiar a un reo acusado de pasar
informacin al enemigo. En ese momento lo hice plenamente consciente, pero despus me entraron
dudas sobre si las acusaciones tenan suficiente base. ltimamente tengo pesadillas, sueo
permanente con su cara cuando le dispar. Me siento muy mal. No puedo dejar de pensar en
las madres, en la familia de aqullos a los que he matado en el frente de guerra, ellos tambin
tenan madres que experimentaran igual dolor que el que experiment la ma cuando mataron a
mi hermano.

Para ser aceptadas en el frente de guerra las mujeres han tenido que demostrar que valen
igual que los hombres, reproduciendo los valores considerandos tradicionalmente
como masculinos. En algunos casos, cuando estos valores tenan aspectos positivos que no
contravenan los imperativos maternos, esto ha sido vivido como un enriquecimiento positivo.
En otros casos, por el contrario, la culpa, acentuada por la posterior reflexin feminista, es la
nota dominante.

Yo reproduca la violencia de ellos con las dems compas. Me metieron en la cabeza que tena
que ser igual que ellos en fuerza, resistencia y hasta en violencia. Era mi responsabilidad exigir a
las compas que salieran a combatir aunque estuvieran enfermas. Una de ellas estaba embarazada
y tena fiebre, plante no salir. Yo le dije que era una mentirosa y que si los compas moran sera

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su responsabilidad. Se fue con fiebre y a medio camino se le vino el embarazo. Me sent muy
culpable por reproducir el machismo. Ahora intento trabajarlo, me digo que no fue mi culpa sino
las circunstancias, pero no lo consigo.

La religin ha sido un sostn importante para muchas mujeres. La crisis ocasionada por
contravenir sus mandatos genricos encontraba algn paliativo en su fe, interpretada desde una
teologa de la liberacin. La influencia de la Iglesia Popular en los campamentos guerrilleros
y las zonas de conflicto era muy grande y las mujeres encontraban en ella un consuelo
para explicarse y perdonarse, en algunos casos, los actos que consideraban contravenan el
imperativo femenino que les corresponda.

Tenamos que ir a comprar a Honduras y siempre andbamos con miedo, pero tenamos que hacer las
cosas, tenamos que jalar ropa, azcar, zapatos y engaar a los del Ejrcito dicindoles que eran para la
venta en el pueblo o inventando cosas. Yo rezaba una oracin cuando iba llegando a los retenes porque
era cuando senta ms gran miedo. Deca: Jess, Jess que fuerte vienes, pero es ms fuerte mi Dios,
las tres Divinas Personas que estn en medio de nosotros. Nunca me pas nada.

Otro de los elementos de insatisfaccin, cuando no de desmoralizacin, entre muchas de las


mujeres que participaron activamente en el conflicto, es la insuficiente reflexin, por parte de
las fuerzas de izquierda, sobre los valores ticos que deben guiar un proyecto emancipatorio.
As, nos encontramos que la mayora de las mujeres que participaron de manera activa y con
un compromiso fuerte en los distintos partidos del FMLN o en organizaciones populares,
manifiestan que la expresin de los sentimientos, y no digamos ya el llanto, era visto y valorado
como una debilidad.

Intumos que patrn militante que ha imperado durante estos aos se ha construido sobre
la base del modelo masculino, que se adecuaba mejor a las caractersticas de la guerra. Esto
ha significado que las mujeres que se incorporaban a la lucha lo hacan renunciando a sus
caractersticas propias y midindose continuamente con un modelo que, en parte, les era ajeno.
Los elementos ms propios de la feminidad, en el caso de manifestarse, eran valorados por los
compaeros como inadecuados o manifestacin de debilidades ideolgicas. As, adems del
costo personal que ha significado la renuncia a una parte de ellas mismas, las mujeres se han
sentido frecuentemente incomprendidas, minusvaloradas o teniendo que demostrar el doble
que sus compaeros para ser valoradas en condiciones de igualdad.

Cuando la desmovilizacin se supona que todo deba ser alegra, pero yo llor mucho. An
se estaba enterrando a los muertos y a la par se bailaba el triunfo de la batalla. Como si llorar
fuera pecado o debilidad. En la guerrilla los jefes tenan el corazn duro, no dejaban llorar
porque lo consideraban una debilidad y falta de coraje. Pero llorar no es de cobardes ni de
gente dbil. Llorar es saludable y descansa. Haba que reprimir el llanto porque el llanto era
seal de impotencia y los mandos deban ser estoicos. No nos sentimos comprendidas y hoy
an estamos resentidas. Hay momentos en que nos exigieron ser un corazn duro y eso nos

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llev a tener que ponernos corazas para ser valoradas, pero detrs de esas corazas escondimos
todas nuestra debilidad. Eso no nos hizo ms fuertes. A mi marido no le pude llorar porque
tena muchos ojos encima de m, ojos incomprensivos.

Este modelo masculino de militancia y la falta de integracin de otros valores en la ideologa


social emancipatoria han tenido repercusiones importantes en estas mujeres que, casi de
manera generalizada, estuvieron muy comprometidas con el FMLN durante estos aos de
guerra. Tan slo una minora de ellas empuo las armas en la montaas y de ellas, una minora
consigui alguna graduacin militar. Las tareas del resto de las mujeres, aunque de palabra se
consideraban indispensables, no les significaban valoracin, reconocimiento ni posibilidades
de ocupar cargos de direccin.

Mayoritariamente, en la guerrilla continu la divisin de tareas en funcin del gnero y esto ha


tenido repercusiones en la autoestima y la identidad de las mujeres que participaron en ella.

Siempre he estado muy sola metida en la guerra. Haca tareas clandestinas en la ciudad. Soy la
nica de mi familia que est metida en esto. He sido siempre muy hermtica y disciplinada para
proteger a mi familia, pero siempre he tenido miedo a los escuadrones de la muerte y a la guerra
sucia. Vali la pena dar los aos que dimos? Despus te das cuenta que nadie te valora el trabajo
que hiciste, es ms, muchas veces se desconoce.

Esta dificultad por parte de la izquierda para asumir la reflexin feminista lleva tambin
aparejada la falta de crtica hacia los comportamientos machistas que se manifestaban por
parte de los hombres militantes. Los abusos de poder, los abusos y agresiones sexuales y los
comportamientos discriminatorios en el interior de las organizaciones del FMLN son hechos
a los que se han tenido que enfrentar las mujeres con cierta asiduidad.

Estas situaciones de minusvaloracin, los abusos y las discriminaciones que muchas de las
mujeres sufrieron dentro de las filas de sus propios partidos han ido acompaadas en muchos
casos de sensacin de impotencia. En otros casos, se ocurre a la victimizacin, que en nada
favorece la reconstruccin de la identidad daada. No obstante, la sensacin de aislamiento,
las culpas por pensar que es algo que slo le pasa a una, la confusin por no entender a qu se
deban estos comportamientos son sentimientos que slo han podido ser elaborados cuando
se integran al movimiento de mujeres y empiezan a reflexionar sobre la subjetividad femenina.

La reflexin feminista les ha significado a estas mujeres una fuente de estimulo y


desculpabilizacion muy importante, aunque tampoco exenta tampoco de conflictos, ya que en
muchos casos ha significado abrir un nuevo frente de guerra.

Cuando no se han elaborado los desencantos de la militancia partidaria y se asume la


participacin en organizaciones feministas como sustituto de stas, el conflicto se agrava, ya
que se mantienen grandes expectativas en esta nueva participacin, sin tomar en cuenta que

57
los procesos de transformacin personal no surgen automticamente por el slo hecho de
reclamarse feminista.

Por otro lado, en este movimiento que recin se conforma y que nada ms aparecer ya ocasiona
polmica por estar abordando una temtica que sacude a toda la poblacin (las relaciones
desiguales entre hombres y mujeres y la subordinacin de stas), no dejan de observarse
algunos rasgos de normatividad que tienden de nuevo a la exclusin y la jerarquizacin.

A veces con el feminismo somos unas fanticas, como si poseyramos verdades inmutables,
exigimos que se haga todo por las mujeres aunque nos deshagamos por dentro. A veces tengo la
sensacin que desde el feminismo proclamamos dogmas contrarios a lo que realmente sentimos,
como si estableciramos dogmas invisibles que rompen las relaciones de pareja. Es importante
que hablemos de las relaciones entre las mujeres pues entre nosotras somos muy exigentes y
seguimos arrastrando los esquemas partidarios. Idealizamos las relaciones entre mujeres pero
luego competimos entre nosotras. Hemos salido de una guerra y nos hemos metido en otra,
la feminista, qu es ms intensa, ms interna y ms yuca. Cuando muri mi hija las mujeres
se identificaron con el mismo sufrimiento, me sent apoyada por ellas, me enviaron dinero y me
consolaron. Entre las mujeres he aprendido a sacar las cosas que me preocupan y a no llevarlas
a otras partes.

Estas mujeres, socializadas la mayora de ellas segn el modelo tradicional de feminidad,


han ido incorporando a los largo de su vida nuevos valores fruto del desarrollo de la lucha
guerrillera y, posteriormente, de la lucha feminista. En algunos casos, han interiorizado
verdaderos modelos normativos que se contraponan con el tradicional. Los conflictos
derivados de esta situacin tienen mucho que ver con las culpas que genera un deber ser
que funciona como imperativo moral que nunca se alcanza.

Estos conflictos se manifiestan muchas veces de manera muy diferida e inconsciente


pues existe una gran falta de reflexin sobre una misma. Durante estos aos se ha actuado
mucho y ha quedado poco o ningn tiempo para la reflexin personal. En muchos casos,
los acontecimientos externos pesaban tanto que eran determinantes para adoptar una u otra
posicin, sin que hubiera oportunidad para valorar las implicaciones de sta.

En esta situacin existe una gran confusin y desorientacin, especialmente en las jvenes,
sobre lo que se quiere hacer en el futuro, confusin en la que colabora la propia incertidumbre
social que se vive en el pas. Las incertidumbres tienen, a veces, un sabor amargo, rayando en
la desesperanza, pues la situacin material en la que han quedado muchas de estas mujeres es
muy precaria y sienten la sobrevivencia amenazada.

Por otro lado, el reciente desarrollo de la perspectiva feminista y su falta de integracin


cabal en los partidos de izquierda hace que en la identidad de estas mujeres aparezcan como
contradictoria lealtades que no tendran por qu serlo. Estas contradicciones entre las lealtades

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partidarias y feministas son vividas de manera muy desgarradora, pues la identidad se escinde
entre una y otra. Los comportamientos por parte de algunas fuerzas de izquierda frente a
las mujeres que se reclaman feministas (a quienes frecuentemente se acusa de divisionistas
y de haber perdido la conciencia de la clase), as como la falta de entendimiento de la
problemtica feminista, no favorece una buena resolucin del conflicto.

La incomprensin por parte de compaeros de toda la vida, la falta de tiempo para reflexionar
sobre una misma y lo que se desea, la amargura y la frustracin por lo poco conseguido
despus de haber dado tanto, la propia situacin social todo ello predispone a la tentacin de
negar partes importantes de una experiencia vital muy rica, que podra ser ms enriquecedora
todava si pudiera ser asumida sin rabia.

Estas mujeres, desgarradas todava entre distintos modelos y contra modelos, encontraron
una posibilidad de escucharse y entenderse en los grupos de auto-apoyo. Este espacio les
posibilit verse en otra perspectiva, como mujeres dolientes, a las que la culpa las carcome y
en muchos casos las inmoviliza pero que tambin saben sacar fuerza de ese dolor cuando ya
no les queda nada ms.

El proceso de anlisis individual y la reflexin grupal para la reconstruccin de una identidad


daada por la guerra fue una oportunidad de entendimiento y reconciliacin con la propia
experiencia, pero adems permiti generar un espritu colectivo ms propici para la
reconciliacin y la superacin de viejos antagonismos. La transicin no solamente es un
proceso social; cada persona tiene que vivir su propio perodo de transicin y adaptacin a la
etapa de posguerra.

Adems de ser una experiencia necesaria para la recuperacin de la salud mental de las
personas, la construccin de sujetos sociales que no creen nuevos esquemas del deber ser
pasa por llorar y enterrar a las y los muertos de la guerra, por entender que muchas de las
actuaciones y actitudes de entonces fueron necesarias para sobrevivir pero ya no sirven en
estos momentos. Pasa, tambin, por crear una posibilidad de futuro donde la justicia y las
oportunidades sean elementos al alcance de todas y todos.

Para las mujeres, en particular, reconstruir su identidad tiene que ver con la recuperacin de
su experiencia durante la guerra, rescatando lo positivo que hubo en ella y procurando que
los cuestionamientos a la identidad femenina subordinada que se abrieron camino en aquella
poca no se olviden ni descarten en este perodo de paz.

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5. Algunas consideraciones finales...

Los grupos de auto-apoyo de mujeres convocan a stas en funcin de su gnero. Parten de la


idea de que su situacin social subordinada fruto de las estructuras sociales y de las relaciones
desiguales que mantienen con los hombres- implica vivencias y sentimientos particulares.

Los grupos de auto-apoyo se conforman exclusivamente con mujeres para generar un espacio
de confianza, donde puedan expresarse sin limitaciones y logren identificar los elementos que
las configuran como una categora social.

A pesar de la desconfianza y resistencias inciales, contar con un espacio donde sentirse


cmodas, en situacin de igualdad, permiti que temticas y hechos dolorosos pudieran
ser expresados. Para la mayora de las participantes en los grupos de auto-apoyo, stos
constituyeron su primera oportunidad de airear sus sentimientos despus de diez o quince
aos de callarlos. Se logr crear, entonces, un nuevo referente de confianza:

A m me dijeron que controlaba demasiado mis emociones como si estuviera delante de alguien
que me iba a recriminar. Es verdad, yo estaba acostumbrada a que expresar las emociones era
debilidad. Si hubiera sido un grupo mixto yo no hubiera sacado lo que ah dije, me hubiera sentido
controlada, juzgada. Yo no conoca a nadie, pero pude expresar cosas que haban quedado dentro
de m, lo hice porque me senta en medio de mujeres solidarias, que me estaban ayudando y no
diciendo lo que tena que hacer. Yo slo he hablado un poquito de esto con un compaero y me
comenta cmo l y otros excombatientes aoran los campamentos y los comandos urbanos porque
vivieron la guerra como algo heroico y cosa de valientes. Yo la viv como la nica alternativa, pero
que no me haca ms valiente y no quisiera nunca volver a pasar por eso. Yo creo que entendernos
con dos vivencias tan distintas en un solo grupo, hubiera sido difcil

Este nuevo referente es importante tanto a nivel individual como colectivo. Personalmente,
cada una de las participantes en los grupos valor el proceso vivido en ellos y visualiz la
necesidad de profundizar en la reflexin de los conflictos generados a partir de su participacin
en la guerra.

En el plano colectivo, al ser la mayora de las participantes en los grupos activas militantes del
movimiento de mujeres, el trabajo en torno a su subjetividad puede aportar nuevos elementos
a la construccin de ste. De hecho, en los ltimos dos aos el movimiento feminista forma
parte del nuevo panorama poltico nacional. El surgimiento y desarrollo de organismos de
mujeres con demandas novedosas (que luchan en contra de la violencia, que proponen una

60
nueva distribucin del trabajo en la casa y en la sociedad, que rompen el silencio sobre temas
relacionados con la sexualidad) que, adems, crean instancias de coordinacin y proponen
plataformas reivindicativas para todas las mujeres12 ha constituido una novedad en el panorama
poltico de los ltimos aos.

Yo creo que la tristeza acumulada que cargamos las mujeres comprometidas con los cambios que
propone el feminismo, nos impide desplegar nuestras energas y capacidades al mximo. Por eso
pienso que el movimiento de mujeres necesita de personas en mejores condiciones emocionales, que
no guarden tanto resentimiento con la vida porque tarde o temprano nos lo cobran a las dems.

Reconstruir la identidad de las mujeres en el trabajo de los grupos de auto-apoyo ha significado


respetar las identidades individuales teniendo en cuenta los mltiples elementos que las
conforman y sus complejidades, pero teniendo tambin muy presente el gnero como una
variable importante en la subjetividad de las salvadoreas en este momento, especialmente
de aquellas que participan en el movimiento de mujeres y que traen consigo una historia de
participacin poltica en estructuras partidarias.

Los numerosos retos y tareas que la realidad le plantea a este naciente movimiento feminista
pueden hacerle obviar la necesidad de trabajar cmo se produce la toma de conciencia
feminista en cada una de las mujeres que lo integra. Este aspecto puede parecer secundario
ante la urgencia de las condiciones de vida de la mayora de las mujeres, sin embargo, no hay
que olvidar que la vida humana no solamente necesita alimentarse para sobrevivir, una vida
que tenga sentido necesita espacios de expresin y entendimiento de su realidad inmediata y
para las mujeres, llegar a comprender de modo profundo su situacin de oprimidas en tanto
gnero requiere una introspeccin, reflexionar sobre lo que han sido sus vidas, tambin en los
terrenos ms ntimos, ms vivenciales. Y esto exige un tiempo, unos caminos propios.

Comprender cmo los anhelos de libertad y autonoma de cada mujer entran, tantas veces, en
contradiccin con su necesidad de proteccin y afecto, requiere de eso que en el movimiento
feminista se ha llamado autoconciencia: esa reflexin, ese cuestionamiento personal y
colectivo, sin el cual ninguna mujer ha llegado a sentirse real y profundamente implicaba en
la lucha feminista.

Este tiempo de maduracin personal exige que los grupos feministas se doten de unos espacios
especficos, de unas dinmicas internas que posibiliten la autoconciencia de las mujeres. Sin
ello, el movimiento no sera lo que es. Saber combinar la prctica de la autoconciencia con
lo que son necesidades imperiosas de actuacin pblica del movimiento no es cosa fcil. El
peso a dar a una y otra cuestin, el conseguir un equilibrio entre unas y otras necesidades es
extremadamente complicado.13
12 En enero de 1993 se cre el espacio de coordinacin llamado Mujeres 94 que elabor una plataforma reivindicativa para presentrsela a los partidos
durante la campaa electoral.

13 Pineda, E. Propuestas emancipatorias del feminismo: Desafos para la izquierda. Iniciativa Socialista No. 21 Madrid, 1992.

61
Los movimientos de mujeres en general, y en particular los de Amrica Latina, han tenido una
estrecha vinculacin con la izquierda, a travs de la cual han sido impactados por sus anlisis
y prcticas. En los ltimos aos, sin embargo, toda la izquierda del Continente se ha visto
estremecida por la derrota electoral de los sandinistas, la firma de los Acuerdos de Paz entre
el gobierno salvadoreo y el FMLN, el levantamiento guerrillero en Chiapas. Estos y otro
hechos han sacudido los esquemas y prcticas de esta corriente. Sin embargo, hasta ahora sus
planteamientos tericos y polticos no han facilitado la creacin de espacios para el trabajo
con las necesidades subjetivas de los seres humanos.

Histricamente la izquierda ha pospuesto la transformacin de las personas para cuando se


hubiera conseguido un cambio de las estructuras sociales; ha desconsiderado los factores
subjetivos por considerarlos mero reflejo de las condiciones materiales objetivas; ha tendido
a aplicar unos criterios de validacin referidos al quehacer poltico, pero ha reflexionado
insuficientemente sobre los valores ticos. Algunos sectores de la izquierda latinoamericana
siguen pensando que la lucha social se genera solamente a partir de la posicin de clase y
desconocen otros mltiples aspectos que conforman la identidad de los movimientos sociales.

En relacin al movimiento de mujeres hay una valoracin ambigua, ya que si bien reconocen
su importancia poltica, en la prctica cotidiana presentan a las mujeres como si sembraran la
divisin en los sectores populares.

Muchas mujeres han tenido que romper orgnica, poltica e ideolgicamente con los partidos de
izquierda a fin de generar un movimiento autnomo; otras han podido desarrollar la lucha desde el
interior de sus partidos. Algunas ms han sentido el impacto de la lucha feminista sin haber pasado
por las filas de la izquierda. En la actualidad, la gama de conflictos del movimiento de mujeres
va mucho mas all de la izquierda, sin embargo, sta sigue siendo un referente importante en la
medida que la lucha por las reivindicaciones a favor de transformar las condiciones de vida de las
mujeres tiende a entrar en conflicto con las estructuras de poder establecidas.

Algunas de las feministas salvadoreas que participaron en los grupos de auto-apoyo estn
replantendose los esquemas heredados de la izquierda y se encuentran en la bsqueda
de nuevas formas de trabajo as como de anlisis que abarquen todas las dimensiones y
complejidades de la vida humana.

Me parece que este trabajo de auto-apoyo es un aporte a la recuperacin de la identidad, a la


reconstruccin de una parte muy descuidada y que es fundamental para los seres humanos, y para
las mujeres en particular: las emociones, los sentimientos. Yo creo que no se puede pensar en la
energa de un pueblo para reconstruirse despus de una guerra tan dura como ha sido sta si no
se toma en cuenta esa parte. Este pueblo fue siempre calificado como un pueblo trabajador, pero
nos qued el nombre solamente. Hoy la gente est cansada y no slo es un cansancio fsico, hay
una tristeza que se guarda y que hace que las energas no salgan. Para m es importante que para
reconstruir El Salvador podamos reparar esa parte, podamos saldar las cuentas para ponernos en

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paz con el mundo y ponernos en paz con nosotras mismas y as generar energa para reconstruir
nuestro pas.

El trabajo en los grupos de auto-apoyo y las reflexiones que hemos intentado transmitir
aqu quieren aportar un granito de arena en la labor de darle a los factores subjetivos, a la
complejidad del alma humana, la importancia que merecen si queremos transformar a las
personas y las situaciones de desigualdad en que viven.

Una perspectiva tica es fundamental para analizar y transformar las relaciones sociales entre
las personas. No podemos ignorar que la distribucin asimtrica del poder se reproduce
no slo en las relaciones entre hombres y mujeres o en las de unos hombres con otros. Se
reproduce en todos los mbitos sociales, entre los componentes de las diferentes categoras de
edad, clase, etnia, opciones sexuales, religiosas, etc. que una sociedad determinada produce.

Las voces de las mujeres de aqu hemos rescatado son una parte de la historia de esta lucha
salvadorea que no puede ser olvidada, un dolor que necesita de verdad y justicia para ser
superado.

El grupo desencadeno cosas muy emotivas, de mucho dolor. A varias les trajo recuerdos de tristeza,
otras se asustaron al darse cuenta que la guerra haba sido dura. Reconocimos la historia de la
guerra en su parte ms humana y ms terrible, esa historia que casi no se cuenta porque no es un
triunfo ni una derrota, es el dolor que se ignora. Yo estaba asustada al ver a las mujeres llorando
con tanto dolor, pero ah empec a atar cosas que una no saca y que son parte de todas. Tenemos
una congoja histrica, un llanto histrico acumulado, hemos sido tan agredidas, tan maltratadas
Cada una carga una historia terrible y en los grupos se logr poner en comn un pedacito de ella que
deja ver que terriblemente dura ha sido esta guerra y como nos hemos anulado el derecho a llorar, a
sentir, porque eso era sntoma de debilidad y porque los guerrilleros no lloramos.

Mentira! Las guerrilleras necesitbamos llorar. Las mujeres lloramos en el grupo de auto-apoyo, y
ese llanto me permiti construir otra historia de la guerra.

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ndice
Introduccin 2

Nota de las autoras 4

1. Los efectos de la represin poltica en la identidad personal 6

1.1. La represin poltica 6

1.2. La identidad feminidad 8

1.3. El prototipo de feminidad en El Salvador 11

1.4. Reconstruir la identidad en el caso de las mujeres 13

2. Las participantes en los grupos de auto-apoyo 15

2,1. Caractersticas generales 15

2.2. Por qu y cmo se integraron a participar polticamente 16

2.3. Su experiencia de participacin 18

2.4. En impacto de la guerra en su vida cotidiana 20

2.5. De sus expectativas ante los grupos de autoayuda 22

3. Los grupos de auto-apoyo 23

3.1. Fundamentacin terica 23

3.2. El proceso de grupo 25

Composicin de los grupos 25

Fases de este proceso 25

3.3. Papel de la coordinadora 29

3.4. Metodologa 31

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Para la puesta en marcha del grupo 31

Ejercicios a medida y autodeterminacin 32

Evaluacin y devolucin 34

4. Problemticas ms frecuentes 5

4.1. Muertes, desapariciones cuando el dolor no puede elaborarse 35

4.2. La maternidad como estructurante de la subjetividad femenina 38

4.3. La violencia sexista 43

4.4. Sexualidad: la gran ausente 47

4.5. Jvenes combatientes: una problemtica particular 50

4.6. Prototipos de gnero. Modelos y contra modelos 52

5. Algunas consideraciones finales 57

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