Revista Jurídica: Foro Académico I
Revista Jurídica: Foro Académico I
Revista de Derecho
Ao I, N 1
Foro Jurdico
Revista de Derecho
(Publicacin editada por Foro Acadmico)
Ao I, N 1
Consejo Directivo
Jorge Orlando greda Aliaga
Presidente
M. Abraham Garca Chvarri
Director de Publicaciones
Antonio Santander Rengifo
Director de Relaciones Pblicas
Nicols Efran Carbajal Torres
Director de Economa
Joel C. Daz Cceda
Director de Investigaciones
Miguel ngel Carrillo Bautista
Director de Actividades
Asociados
Renzo Elio Andrade Chirinos
Eric Castro Posadas
Hernn Jordn Manrique
Ral Fernando Meneses Bendez
Christian Ojeda Zaga
Marco Antonio Palomino Aranbar
Asociados
Hugo Manuel Alonzo Navarro
Ricardo J. Castellanos Habich
Jorge Luis Gutierrez Torres
Lilia Ramrez Varela
Manuel A. Romero Ramrez
Cruz Lisset Silva del Carpio
Foro Jurdico
Asociacin Civil
Asociacin de Estudiantes de Derecho de la Pontifcia Universidad Catlica del Per
NDICE
Editorial
Presentacin
Homenaje
- Domingo Garca Belaunde. Homenaje a Carlos Fernndez Sessarego.
Ctedra
- Csar Delgado-Gembes. Colapso poltico y transicin democrtica.
- Eloy Espinosa-Saldaa Barrera. Algunas consideraciones sobre el Amparo contra leyes a
propsito de su tratamiento en la propuesta de reforma constitucional hoy en trmite.
- Jos Julio Fernndez Rodrguez. En torno al concepto de inconstitucionalidad por
omisin.
- Abraham Siles Vallejos. Juicio emblemtico a Montesinos y la corrupcin en el Per:
publicidad, visibilidad, control democrtico.
- Christian Donayre Montesinos. Un breve anlisis de las condiciones del juez militar
actual frente a los presupuestos de independencia judicial y algunos alcances sobre la
cuestionada autonoma de la justicia castrense: una mirada a las propuestas de reforma
constitucional sobre el particular.
- Christian Guzmn Napur. Las teoras existentes sobre el servicio pblico.
- Carmen del Pilar Robles Moreno y Mary Ann Gamarra Bellido. La sujecin pasiva en
la relacin jurdica tributaria y la capacidad de pago.
- Calogero Pizzolo. El desarrollo de algunas garantas que hacen al debido proceso en la
jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).
- Pierino Stucchi Lpez Raygada. Comunidad Andina hacia un mercado comn.
Institucionalidad y ordenamiento jurdico.
- Juan Espinoza Espinoza. Una vedette, un reportero y un viejo cuento (A propsito de
los modelos jurdicos circulantes en materia de pruebas biolgicas a efectos de declarar
la filiacin extramatrimonial en la experiencia jurdica nacional).
- Benjamn Aguilar Llanos. Patrimonio familiar.
- Carlos Andaluz Westreicher. Derecho Ambiental: el principio precautorio.
- Flix F. Morales Luna. Principios jurdicos y sistemas normativos.
- Antonio Pea Jumpa. Un anlisis socio-antropolgico del Derecho para el Per.
Perspectivas
- Vilma C. Balmaceda Vargas. Per: Post 11 de setiembre. De qu modo nos afecta la
nueva agenda antiterrorista norteamericana?
Folios
- Germn J. Bidart Campos. Palabras en la clausura del VII Congreso Iberoamericano de
Derecho Constitucional (Mxico, 15 de febrero de 2002).
Patio de letras
- Fernando de Trazegnies Granda. Umberto Eco y la controversia franciscana sobre la
propiedad.
- Eduardo Hernando Nieto. Teologa Poltica o Filosofa Poltica?: La amistosa
conversacin entre Carl Schmitt y Leo Strauss.
EDITORIAL
N
osotros, FORO ACADMICO, asociacin civil integrada por estudiantes de la Facultad de
Derecho de la Pontifcia Universidad Catlica del Per, asumimos el compromiso de gene-
rar un nuevo espacio para la mayor difusin y discusin crtica del Derecho, en todas sus
ramas y relaciones con las otras disciplinas del conocimiento. sa es nuestra fnalidad y hacia ello
encausaremos nuestros esfuerzos siempre.
Casi dos aos despus de iniciar esta empresa comn -y de trabajar por ella-, este primer nmero
de FORO JURDICO viene a concretar el anhelado sueo conjunto, a la vez que se torna en el ntido
refejo de nuestros objetivos como institucin estudiantil y acadmica.
El Derecho, necesariamente complejo; estudiado en todas su variantes, aspectos y facetas; exami-
nado en sus causas ltimas o primeras; analizado desde las ms diversas y sugestivas perspectivas;
padecido como una cvica obsesin que busca mejorar las condiciones en las que nos desenvolvemos
como individuos y colectividades; el Derecho, convocado y reunido por la generosidad de nuestros
valiosos colaboradores, es lo que presentamos en esta primera edicin de nuestra revista.
Nuestros objetivos no hubieran sido cumplidos siquiera mnimamente sin el importante concurso de
las personas e instituciones que mencionaremos a continuacin. As, vaya nuestra primera muestra
de gratitud a la Pontifcia Universidad Catlica del Per y a sus autoridades, por hacer de ella el
idneo espacio vital para el debate acadmico y el compromiso intelectual.
De igual modo, deseamos publicar nuestro profundo agradecimiento al doctor Armando Zolezzi
Mller, Decano de la Facultad de Derecho de la Pontifcia Universidad Catlica del Per, por acoger
con agrado nuestra iniciativa acadmica y acceder siempre, con la generosidad que le es caracters-
tica, a nuestras peticiones.
As mismo, dejamos expresa nuestra mayor gratitud al doctor Rogelio Llerena Quevedo, Director de
la Direccin Acadmica de Proyeccin Social y Extensin Universitaria de la Pontifcia Universidad
Catlica del Per, por interesarse en nuestro entonces proyecto y brindarnos su inapreciable apoyo
para volver realidad la presente edicin de nuestra revista. Agradecemos tambin al seor Luis Be-
cerra Chvez por su mejor disposicin y paciencia para con nosotros.
Igualmente, hacemos pblica nuestro singular reconocimiento al doctor Marcial Ojeda Snchez, No-
tario de Junn, por su desinteresado y constante auxilio en todas las acciones que tuvieron como
desenlace nuestra constitucin como asociacin civil.
Damos gracias al doctor Luis Jaime Cisneros por escuchar con paciencia y gentil inters nuestras
dudas sobre los posibles nombres de nuestra revista, para brindarnos despus sus amables consejos
y sugerencias.
En igual sentido, queremos expresar nuestra particular gratitud al doctor Domingo Garca Belaunde
por su generosa disposicin para colaborar con nosotros en ms de una oportunidad, as como por
su gentil intermediacin para poder publicar un texto del doctor Germn Bidart Campos. Tambin
nuestra especial deferencia al doctor Javier Neves Mujica por confar en nuestro proyecto y brindar-
nos siempre su importante concurso. De la misma manera, expresamos nuestra mayor consideracin
al doctor Eloy Espinosa-Saldaa Barrera por colaborar con nosotros desde los orgenes de nuestra
iniciativa acadmica, as como tambin por sus valiosos comentarios y sugerencias.
Adicionalmente, deseamos dejar escrito nuestro agradecimiento al doctor Csar DelgadoGuembes
por confar en nuestro propsito desde un inicio al brindarnos la primera colaboracin para esta
publicacin. Reconoceremos siempre ese detalle y por l reciba nuestra gratitud.
Del mismo modo, damos gracias a los doctores Juan Espinoza Espinoza, Benjamn Aguilar Llanos,
Antonio Pea Jumpa, Fernando de Trazegnies Granda, Flix Morales Luna, Carmen Robles Moreno,
Christian Guzmn Napur, Carlos Andaluz Westreicher y Eduardo Hernando Nieto por no dudar en
apoyar esta empresa y por su paciente espera en la publicacin de sus valiosas contribuciones. As
tambin, agradecemos a los doctores Calogero Pizzolo y Jos Julio Fernndez Rodrguez por confar
en este inicial quehacer. As mismo, vaya nuestra gratitud a los doctores Abraham Siles Vallejos y Vil-
ma Balmaceda Vargas por sus generosas colaboraciones. Finalmente no queremos dejar de agradecer
a los doctores Carlos Cornejo, Ral Saco Barrios y Renato Meja Madrid por brindar su generosa
contribucin hacia nuestro proyecto.
Los editores
PRESENTACIN
N
uestro primer constitucionalista, Domingo Garca Belaunde, inicia esta edicin con un ho-
menaje a quien es otra fgura eminente del Derecho peruano, el profesor Carlos Fernn-
dez Sessarego. Abogado de xito, poltico de hondas convicciones democrticas, incansable
maestro universitario, adems de creativo e innovador jurista; son algunas de las facetas que Garca
Belaunde resalta en la obra de Fernndez Sessarego.
Qu debe cambiar para que se d en efecto un cambio hacia la democracia, y no solamente para que acabe
un rgimen autoritario, al que podrn suceder muchos ms antes de que nuestra sociedad y nuestra cultura
poltica sean ms democrticas? El exhaustivo trabajo de Csar Delgado-Guembes, experto en derecho
parlamentario, detalla el perfl de la crisis poltica del Per durante el ao 2000 y responde con pre-
cisin a esta importante pregunta.
A continuacin, otro importante constitucionalista, Eloy Espinosa-Saldaa Barrera, desarrolla el
tema del Amparo contra leyes. Si bien, desde una concepcin que se puede denominar clsica, el
proceso de Amparo se ha venido entendiendo como el mecanismo destinado especfcamente a la protec-
cin de los diferentes Derechos Fundamentales frente a actos efectuados en principio por los poderes pblicos,
y eventualmente por los particulares; el valioso trabajo del profesor Espinosa-Saldaa, a propsito de la
reforma constitucional hoy en trmite, analiza las diferentes teoras existentes en el Derecho Compa-
rado sobre la posibilidad de plantear este proceso constitucional de modo directo contra una norma
legal por considerarla violatoria de los Derechos Fundamentales.
Igualmente estimable, la investigacin de Jos Julio Fernndez Rodrguez (profesor de Derecho
Constitucional de la Universidad de Santiago de Compostela, Espaa) desarrolla el concepto de
inconstitucionalidad por omisin. Iniciando su estudio con la precisin terminolgica de esta institu-
cin, y presentando despus las diversas propuestas de la doctrina, el autor detallar el instituto de
la inconstitucionalidad por omisin de forma positiva, es decir, indicando el contenido y la extensin
que ella encierra.
Por su parte, el proceso contra Vladimiro Montesinos y la revisin del principio de publicidad proce-
sal desde los pronunciamientos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre esta materia
constituyen la preocupacin que motiva el trabajo del profesor Abraham Siles Vallejos.
Concluimos los artculos que integran la seccin de Derecho Constitucional con el trabajo del joven
estudiante Christian Donayre Montesinos. As, desde la exposicin y el anlisis de las diferentes
propuestas de reforma constitucional sobre la imparticin de justicia en el mbito castrense, este
interesante trabajo tiene por fnalidad enmarcar la justicia militar dentro de los parmetros propios
de un Estado Social y Democrtico de Derecho.
En el terreno del Derecho Administrativo, y desde la sugerente perspectiva del anlisis econmico
del Derecho, el trabajo del especialista Christian Guzmn Napur desarrolla las teoras existentes
sobre el servicio pblico. El autor presenta los alcances y las limitaciones de las teoras subjetiva y
objetiva del servicio pblico, y rescata, en su inters por la defensa de los Derechos Fundamentales,
la teora funcional del servicio pblico como la ms adecuada en trminos jurdicos y econmicos.
Dentro del campo del Derecho Tributario, el anlisis del sujeto pasivo en la relacin jurdico- tribu-
taria (visto principalmente desde su papel como contribuyente o responsable), as como una aproxi-
macin crtica a las capacidades jurdico-tributaria y contributiva de aqul, son los temas a tratar en
la investigacin conjunta de la doctora Carmen Robles Moreno y de Mary Ann Gamarra.
Son dos los trabajos que integran nuestra seccin de Derecho Internacional: el primero pertenece al
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
9
doctor Calogero Pizzolo (profesor de Derecho Constitucional y Derechos Humanos de la Universi-
dad de Buenos Aires, Argentina); mientras que el segundo, al joven abogado Pierino Stucchi Lpez
Raygada.
Teniendo como base los pronunciamientos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la
valiosa investigacin del profesor Pizzolo desarrolla con minuciosidad el contenido de las llamadas
garantas procesales o rituales, es decir, de aqullas que operan una vez instaurado el proceso judicial
y forman una especie de escudo para las partes contra las posibles arbitrariedades que se cometan en aqul,
dando lugar a lo que la doctrina denomina debido proceso.
Por otro lado, los retos que presenta la integracin como alternativa al desarrollo de nuestros pases,
as como el estudio detallado de la Comunidad Andina -analizada tanto en los rganos e institucio-
nes que la componen cuanto en el ordenamiento jurdico y el sistema de solucin de controversias
que le es propio- constituyen las principales inquietudes que se pueden apreciar en el artculo de
Pierino Stucchi.
Los importantes aportes de los profesores Juan Espinoza Espinoza y Benjamn Aguilar Llanos cons-
tituyen el rea de Derecho Civil de nuestra revista. As, hasta qu punto la negativa del presunto padre
a someterse a la prueba hemato-biolgica puede ser entendida por el juez como una aceptacin tcita de su pa-
ternidad? El muy interesante trabajo de Juan Espinoza, experto en Derecho de las Personas, responde
a esta interrogante desde el prolio anlisis de un famoso caso jurisprudencial, donde nos indica el
autor- se aprecia la inevitable tensin propia del quehacer jurisdiccional, que oscila entre la cmoda
literalidad de la norma y las exigencias de una sociedad en constante transformacin.
En segundo lugar, y recogida por primera vez en nuestro Cdigo Civil de 1936 con el nombre de
hogar de familia, la labor del profesor de Derecho de Familia Benjamn Aguilar es exhaustiva en
el tratamiento del concepto, fundamentos y antecedentes, ventajes e inconvenientes y rgimen legal
de la importante institucin del patrimonio familiar.
Ante el riesgo de dao al medio ambiente, comprobado cientfcamente, el Estado debe adoptar las
acciones necesarias para enfrentarlo. Esto es lo que se conoce, dentro del Derecho del Medio Am-
biente, como el principio de prevencin, y que es adems motivo de un interesante estudio por parte
de una autoridad en la materia como es Carlos Andaluz Westreicher. En el presente trabajo, el autor
nos detalla los antecedentes normativos del principio precautorio, su carcter discutido por cierta
parte de la doctrina- de principio del Derecho y los elementos y requisitos para su aplicacin; todo
ello sin perder de vista su confguracin en el caso peruano.
En el rea de la Teora General del Derecho, Principios jurdicos y sistemas normativos es el ttulo
del artculo del profesor Flix Morales Luna. La defnicin y tipologa de los principios jurdicos,
sus funciones en los diferentes sistemas normativos y la necesidad de su planteamiento en el orde-
namiento normativo peruano donde se hace ineludible la actividad creativa del Derecho en la fgura
del juez en ejercicio de su labor de interpretacin jurdica- son los puntos que desarrolla el autor en esta
valiosa colaboracin.
La perspectiva general y amplia de la Sociologa y la tendencia ms bien especfca y particular de
la Antropologa, sumadas a una revisin de la escuela histrica del Derecho y a la identifcacin del
teorema fundamental del pluralismo jurdico, constituyen los instrumentos metodolgicos de los
que se vale el muy entendido profesor Antonio Pea Jumpa para presentarnos su inquietud sobre
la urgencia de asumir un anlisis socio-antropolgico del Derecho para una realidad sociocultural
plural como la peruana.
Una actitud vigilante y constructiva de los distintos sectores de la sociedad civil frente a los posibles
riesgos de la nueva agenda antiterrorista norteamericana es lo que apunta Vilma Balmaceda Vargas,
profesora de Derechos Humanos, en nuestra seccin Perspectivas..
Incluimos en el apartado Folios las palabras del doctor Germn J. Bidart Campos -primera fgura del
Derecho Constitucional Argentino y constitucionalista de renombre internacional- con ocasin de la
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
10
clausura del VII Congreso Iberoamericano de Derecho Constitucional, ocurrido en Mxico el 15 de
febrero de este ao.
Patio de letras contiene los trabajos de los doctores Fernando de Trazegnies Granda y Eduardo Her-
nando Nieto. As, los franciscanos deben aceptar la propiedad de sus iglesias y conventos, pues
tienen su uso estable y garantizado; o mas bien, ellos (igual que los apstoles) slo se limitan a usar
sin tener poder de hacerlo, sin ttulo para el goce? A propsito de El nombre de la rosa, la clebre
novela de Umberto Eco, el bello escrito del doctor Fernando de Trazegnies nos introduce en la Euro-
pa del siglo XIII, dentro de la controversia franciscana en torno de la institucin de la propiedad.
Por su parte, Carl Schmit y Leo Strauss, flsofos polticos de innegable trascendencia, y autores
en apariencia divergentes, comparten lo demostrar el autor-, adems de una visin metapoltica
comn, equivalentes oposiciones y reparos contra la poltica y el liberalismo modernos. La Teologa
Poltica de Schmit o la Filosofa Poltica de Strauss?, entermonos de la amistosa relacin entre am-
bos en el interesante ensayo del doctor Eduardo Hernando Nieto.
Sea esta arbitraria presentacin slo el pretexto para invitarles, amables lectores, al disfrute de cada
una de las pginas que componen esta primera entrega de Foro Jurdico, mrito exclusivo de la ge-
nerosa colaboracin de todos sus destacados autores.
Los editores
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
11
Homenaje a Carlos Fernndez Sessarego
1
Domingo Garca Belaunde
Seor Decano del Colegio de Abogados de Lima,
Autoridades, homenajeados y familiares,
Colegas y amigos todos:
1 Discurso ledo en el homenaje brindado por el Colegio de Abogados de Lima, el 2 de abril de 2002, con motivo de la entrega de
la condecoracin de la Orden Francisco Garca Caldern.
Inmensa satisfaccin me produce intervenir
el da de hoy en un acto tan signifcativo. Nos
reunimos en un triple homenaje a colegas muy
queridos, en una fecha en la cual recordamos a
Francisco Garca Caldern, prototipo y paradig-
ma del foro peruano.
Y ms aun, cuando se me pide que haga un ho-
menaje a Carlos Fernndez Sessarego, compro-
miso que he asumido con ntima complacencia.
Ya que se trata de un homenaje que se hace a
nuestro dilecto amigo y colega, cuando se en-
cuentra en la plenitud de sus facultades y en me-
dio de una actividad que podra califcar como
dinmica, y en cierto sentido, abrumadora.
Por eso es que no puedo, en tan corto espacio,
hacer un anlisis completo sobre la personalidad
de nuestro homenajeado, sino tan slo poner las
bases para tal anlisis, una especie de esbozo o
bosquejo. Y nada mejor que sealar las diversas
facetas de Carlos Fernndez Sessarego.
La primera es la de abogado. Y abogado de xito,
que no es fcil, ni antes ni ahora. Esto puede lla-
mar la atencin a quienes me escuchan, porque
los colegas que actualmente ejercen, no saben de
estudio o despacho alguno que lleve su nombre
o que lo cuente entre sus colaboradores ms cer-
canos. Pero eso lo fue desde siempre, y dira yo
que hasta 1977, en forma diaria y batalladora,
como lo demuestran los numerosos casos en los
cuales particip, tanto en la defensa y apoyo del
sector pblico, como en las del sector privado.
Trabaj en varios estudios profesionales, empe-
zando con el de su recordado maestro Jos Len
Barandiarn, y para terminar fundando el suyo
propio, primero con colegas cercanos y luego
con abogados ms jvenes. Y fue tambin el pri-
mero de los abogados que se traslad a San Isi-
dro, cuando los ms vivan entonces seducidos
o anclados en el centro histrico de nuestra vieja
ciudad capital.
Hay que recordar que los grandes juristas, sobre
todo los pertenecientes a los pases latinos, han
ejercido siempre la profesin de abogado, como
se ve en los juristas latinoamericanos, espaoles,
franceses y por cierto italianos. Y esto por cuan-
to la verdadera prctica, el razonamiento jurdi-
co se da, en puridad de rigor, en la experiencia
forense. Abogado, pues, a tiempo completo, y
de xito. Supo as dar prueba de su sentido prc-
tico y tambin de una fna sensibilidad terica.
La segunda faceta en la que queremos llamar la
atencin es la del poltico. Y poltico de hondas
convicciones democrticas, que lo llevaron a la
crcel por algunos das, en las pocas negras de
la dictadura odrista, cuando se hallaba en su tra-
mo fnal. Esta misma conviccin democrtica lo
ha llevado no slo a mantenerse independiente
de muchas fuerzas polticas, sino al margen de
las acechanzas de los gobiernos de turno. Por eso
no dud en renunciar a la Comisin Consultiva
de la Cancillera con motivo del golpe de Estado
del 5 de abril de 1992. Y al igual que muchos,
mantuvo su temple democrtico cuando no eran
pocos, incluso abogados de nota, que celebraban
el golpe y luego colaboraron activamente con la
dictadura, si bien ahora se encuentran agazapa-
dos por temor a lo que vendr. No fue, pues,
Fernndez Sessarego un acomodaticio, como hay
tantos en este pas de inconstantes, denunciados
en su tiempo por la prosa lacerada de Gonzlez
Prada, que habra que releer para entender lo
que hoy pasa en nuestro medio.
Desde muy joven estuvo Fernndez Sessarego
vinculado a la poltica, y en especial al Parti-
do Demcrata Cristiano, en donde permaneci
hasta el momento en que el ambiente se le hizo
irrespirable. Y dentro de este periplo suyo, hay
que destacar su muy notoria presencia, en 1965,
como Ministro de Justicia, momento en el cual
no slo renov las polticas carcelarias y de re-
lacin con la Iglesia peruana, sino emprendi la
modernizacin de nuestro vetusto aparato le-
gislativo. Y de manera especial, puso en marcha
la reforma del venerable Cdigo Civil de 1936,
creando una comisin que luego de un largo pe-
riodo casi veinte aos- nos dio el actual Cdigo
Civil de 1984.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
12
La tercera fase que debe resaltarse en la persona-
lidad de nuestro homenajeado es la de maestro,
en el mejor sentido del vocablo. Este magisterio,
iniciado en colegios, pero prolongado largamen-
te en diversos centros universitarios (Universi-
dad de San Marcos, Universidad Catlica, Uni-
versidad de Lima, Universidad San Martn de
Porres), es lo que nunca ha abandonado, ni aun
en las peores y ms complicadas situaciones de
su vida. Para permanecer en la docencia tantos
aos, se necesitan varias condiciones. En primer
lugar, tener un verdadero amor por la ensean-
za, pues ella en s misma trae muy pocas com-
pensaciones. Luego, tener un sincero afecto por
los estudiantes, a los cuales se quiere ayudar a
superarse. Y por ltimo, tener un amor al estu-
dio serio y desinteresado, pues sin este requisito,
no funcionan los dos anteriores.
La enseanza es as hermosa y terrible. Por eso,
Manuel Garca Morente, eximio flsofo que fue
Decano de la Facultad de Filosofa y Letras de la
Universidad Complutense de Madrid, deca, en
ancdota que recuerda su discpulo Julin Ma-
ras, que de la enseanza no se vive, pero sin la
enseanza, no se puede vivir.
En la docencia, Fernndez Sessarego ha hecho
varias cosas. En primer lugar, ha divulgado los
mejores adelantos que en su disciplina se daba
en otras partes del mundo, y de preferencia en
el orbe europeo. En segundo lugar, lo que se ha
hecho y se ha estudiado en el Per. Y fnalmente,
cules eran sus propias concepciones de lo que
l pensaba sobre su materia. Alta tarea de divul-
gacin, necesarsima en un pas de gente que no
lee o que no sabe o no tiene la posibilidad de ha-
cerlo. Y adems, sus ideas propias, contribucio-
nes de primer orden en el mundo del Derecho, y
sobre todo en el campo en el cual decidi espe-
cializarse.
La cuarta faceta que debo recordar es la del ju-
rista, que es la ms creativa y la ms trascenden-
te de todas las mencionadas. En ella se dan los
mejores frutos de la capacidad creadora de nues-
tro homenajeado. Y se da fundamentalmente en
dos campos: la Filosofa del Derecho y el Dere-
cho Civil: este ltimo centrado, sobre todo, en el
Derecho de las Personas.
Fernndez Sessarego empez su andadura inte-
lectual en el mundo de las letras. Sus primeros
ensayos rondan temas de literatura, historia y
sociologa. Y por cierto, tambin de la flosofa.
Fue este su basamento y lo que le permiti, sien-
do estudiante, presentar una tesis, en 1950, so-
bre la determinacin ontolgica del concepto del
Derecho, que fue un verdadero petardo en los
claustros sanmarquinos, adormecidos entonces
por la prdica jusnaturalista o positivista, de la
cual la ms notoria, era entonces la de Kelsen. En
esa tesis, que slo a mi insistencia ha publicado
casi cuarenta aos ms tarde, apartndose de los
maestros de entonces que optaban por un solo
elemento en la confguracin del concepto de De-
recho, seal como una especie de tringulo, la
presencia de tres elementos, barruntando de esta
manera lo que luego sera conocido, sobre todo
merced a los extraordinarios estudios de Reale,
como la Teora Tridimensional del Derecho.
Este gran esfuerzo demuestra como ya para esa
poca, la comunidad jurdica peruana estaba
dando muestras de su capacidad y de su origi-
nalidad, pues todo lo que se haba hecho antes
de l, por muy meritorio que fuese, haba sido
sobre todo calco, copia o alta divulgacin me
refero a la materia flosfco-jurdica-. Si nos re-
montamos al siglo XIX, esto lo podemos compro-
bar claramente en un pensador seero como Bar-
tolom Herrera, de califcada actuacin poltica
y gran forjador de juventudes, pero cuya pro-
duccin se enrola en la manualstica. El mismo
Manuel Vicente Villarn, ense durante casi
quince aos el curso de Filosofa del Derecho en
la Universidad de San Marcos, pero sus copias
y folletos, por l impresos, fueron desterrados y
olvidados por l mismo cuando, aos ms tarde,
y ya en sus aos de glorioso retiro, confeccion
su bio-bibliografa. Y lo mismo puede decirse del
meritsimo trabajo de Juan Bautista de Lavalle y
sus muy encomiables traducciones, que tuvieron
amplia difusin, dentro y fuera del Per. Pero
es a Fernndez Sessarego a quien corresponde
este primer aporte jusflosfco que hace nuestra
comunidad jurdica. Despus de l han venido
otros, entre los que hay que mencionar, sobre
todo, a Francisco Mir Quesada Cantuarias, fl-
sofo de renombre universal, que es considerado
uno de los creadores de la lgica jurdica moder-
na.
Lamentablemente, esta veta flosfca fue aban-
donada por Fernndez Sessarego cuando a prin-
cipios de la dcada de los sesenta, incursion en
el Derecho Civil, y desde entonces, no ha hecho
otra cosa que adentrarse en l, renovndolo de
raz, como en efecto ha sucedido, y remozando
todos sus conceptos, si bien privilegiando los as-
pectos vinculados a la persona. Pero lo ms im-
portante es que este enfoque civilista no ha aho-
gado al flsofo, pues su formacin flosfca le
ha permitido creo yo- avizorar nuevos horizon-
tes y hacer nuevos y novedosos planteamientos.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
13
HOMENAJE A CARLOS FERNNDEZ SESSAREGO
Como civilista ha hecho aportes medulares,
muchos de ellos condensados en libros de largo
aliento, como son los dedicados al abuso del de-
recho, el derecho a la identidad personal, el dao
a la persona y al proyecto de vida, entre tantos
otros. Y este esfuerzo suyo ha sido reconocido
en el extranjero, como lo confrman las invitacio-
nes y homenajes de que ha sido objeto, y el haber
impartido cursillos y seminarios en universida-
des italianas y espaolas, as como argentinas.
Tambin ha llegado su infuencia a las sentencias
de tribunales supremos de otros pases y rga-
nos jurisdiccionales supranacionales como lo
ha precisado Oscar Fappiano, ex presidente de
la Comisin Interamericana de Derechos Huma-
nos-. Y las tesis universitarias que dentro y fuera
del pas, se dedican a analizar su pensamiento y
sus contribuciones al mbito del Derecho Civil
(una de ellas, en el prestigiado doctorado de la
Universidad de Pisa, en Italia).
Ahora bien, cmo as se han unido, en sntesis
armoniosa, tantas y tan diferentes facetas en un
solo personaje?. Si esto hubiese sucedido en el si-
glo XIX o a principios del siglo XX, hubiera sido
muy explicable por la poca. Pero haberlo hecho
a partir de los aos sesenta del siglo XX, es algo
ms complicado.
No hay una sola manera de explicarlo, sino va-
rias. En primer lugar, una gran vocacin por
todas esas facetas, pues sin ella nada se puede
hacer. Vocacin que no slo es llamado, sino
aceptacin gustosa del llamado. En segundo lu-
gar, una disciplina constante y sin desmayo para
hacer cosas. Finalmente, hacerlas en espacios
distintos y en perodos no necesariamente coin-
cidentes.
Y esto, aun as, no es tan fcil llevarlo a cabo. Ni
entonces, ni ahora. Por eso creo que un home-
naje como este es justiciero, y dicho esto sin eu-
femismos. Lo que he querido hacer esta noche,
en un da tan nuestro como el que hoy celebra-
mos, es dejar testimonio de mi homenaje y de mi
gratitud a quien adems de gran jurista y amigo,
es sobre todo una persona de muy alta calidad
humana.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
14
DOMINGO GARCA BELAUNDE
Introduccin
La cada del rgimen de Fujimori abre una
inmensa cantidad de interrogantes. Qu cabe
decir desde el punto de vista institucional sobre
la ruptura y cada polticas de un rgimen que se
autolimita en su periodo de gobierno reduciendo
el plazo del mandato popular? Qu cabe decir a
partir de la concepcin de la democracia y del
Estado que reclama y exige el Staatsrectit, el rule
of Iaw, cuando debe recurrirse a una salida extra
constitucional para salir de la democradura
1
de un
rgimen autoritario que domina la escena pol-
tica mediante la manipulacin del principio de
mayora y la tcnica legislativa para legalizar su
dominio? Es que basta con describir los logros
del rgimen para olvidar que se trat de una va
que neg la democracia y el Estado de derecho?
De otro lado, es que slo debe afrmarse el dao
causado en el desarrollo de la cultura democr-
tica del pas y negarse los avances obtenidos?
Se trata de, solamente, la segunda dcada perdi-
da? Igualmente, ser ms democrtica la cultu-
ra poltica del Per despus de Fujimori, y sern
menos intolerantes o autoritarios los dirigentes y
representantes de la clase poltica en el gobierno
y en el parlamento despus de Fujimori? Qu
debe cambiar, en suma, para que se d en efecto
un cambio hacia la democracia, y no solamen-
te para que acabe un rgimen autoritario, al que
podrn suceder muchos ms antes que nuestra
sociedad y nuestra cultura poltica sean ms de-
mocrticas?
Para quienes hemos vivido el rgimen y
nos toca dejar testimonios de su modo de enten-
der la poltica y el derecho, las preguntas anterio-
res nos dejan la sensacin de que una perspectiva
meramente institucional o jurdica dejara vacos
e insatisfechos los contornos de una realidad que
hoy delata el uso innegablemente instrumental
que tuvo el andamiaje legal e institucional que
edifc. Cmo, en efecto, reducir el anlisis de
la cada de un rgimen a los signos que slo sir-
vieron para ocultar sentidos ocultos e impercep-
tibles durante los aproximadamente diez aos
que dur? Aunque se trate probablemente de-
masiadas preguntas para un ensayo prematuro
de interpretacin, son este tipo de interrogantes
las que motivan el atrevimiento por aclararnos
el perfl de la crisis poltica del Per durante el
ao 2000, que acaba con el rgimen Fujimori y da
inicio a una transicin todava inconclusa en una
nueva primavera hacia la democratizacin.
En los a veces espinosos senderos que co-
munican la ciudad de la poltica y el edifcio del
derecho, las transiciones de la hegemona auto-
ritaria a la pluralidad de la democracia opacan
las normalidades de la dogmtica constitucional
con ambigedades impredecibles por la racio-
nalidad formal de la normatividad. Esta expe-
riencia deja la lgica del derecho y de la insti-
tucionalidad sin contestacin. La crisis del 14 de
setiembre del 2000 llev al presidente Fujimori a
anunciar, dos das despus, el adelanto y acele-
racin de la agenda de fortalecimiento institucio-
Colapso poltico y transicin democrtica
Csar Delgado-Gembes
Profesor de Derecho Constitucional de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
Cuando Fujimori caiga, qu clase de rgimen seguir?
John Crabtree Neopopulismo y el fenmeno Fujimori
Si aadimos a estos posibles errores la presencia actual de
un inmenso poder tutelar, sobre el que la gente no tiene apenas
control y acta sin responder por sus actos ante nadie, entonces
se genera una opresin asfxiante contra la que debemos
reaccionar. Es inaceptable la presencia de tal poder, y menos
an su continuidad, aunque se le pueda querer justifcar en nombre
de una llamada efcacia. Este fenmeno est en la raz de muchos
problemas de nuestra situacin actual y merece una decisin frme y clara.
Homila del Arzobispo de Lima, Monseor Juan Luis Cipriani.
Te Deum del 28 de julio del 2000 en la Catedral de Lima
Sumario: Introduccin 1.- La crisis y quiebre del rgimen de Fujimori 1.1.- La premisa autoritaria 1.2.- Los
puntos de quiebre del rgimen 1.2.1.- La interpretacin autntica 1.2.2.- Un cholo en el Mar Muerto 1.2.3.-
El agua sucia de los medios 1.2.4.- Enfrentamiento y exorcismos en la calle 1.2.5.- Fisuras en las relaciones
internacionales 2.- El colapso como sntoma 2.1.- Sntoma de corrupcin en la camarilla 2.2.- Sntoma de
ilegitimidad parlamentaria 2.3.- Lmites de higiene poltica: la comunidad internacional 3.- Refexiones
fnales.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
15
nal y democrtico, y con ello a romper una vez
ms la regularidad constitucional prevista en el
documento de 1993.
Era la segunda vez que lo hacia, aunque
en esta oportunidad en un sentido inverso. Para
apartarse prematuramente, y para ceder su lu-
gar a un nuevo mandatario y gobierno, antes del
vencimiento del periodo de cinco aos de fresco
estreno. En 1992 haba gobernado poco menos
de dos aos y supo generar las condiciones para
la aprobacin de la colectividad, luego de crear
condiciones de ingobernabilidad, merced segu-
ramente a una estrategia sicosocial efcientemen-
te diseada y ejecutada que present al congreso
opositor como la fuente del desorden y la causa
del desgobierno.
En septiembre del 2000, a menos de dos
meses de haber iniciado su tercer periodo presi-
dencial, consciente de la creciente desaprobacin
popular y con una percepcin clara del sentido
de la falta de respaldo de la comunidad inter-
nacional, opt por abdicar de su pretensin de
gobernar por el periodo completo. La situacin
haba explotado y la explosin empez a regar-
se y expandirse en multiplicidad de focos en tal
grado que la ingobernabilidad interna escap de
su capacidad de control: descomposicin del r-
gimen poltico, actos manifestos de insubordi-
nacin en las fuerzas armadas, incapacidad del
congreso de superar y corregir la ilegitimidad,
rechazo generalizado del autoritarismo en la co-
lectividad nacional, riesgo de golpe de estado y
presin y exigencia internacional e interna de
sincerar la liberalizacin del rgimen y la sucesi-
va democratizacin.
Era una nueva ruptura en la legalidad e
institucionalidad formal. Una nueva situacin de
excepcionalidad poltica. Excepcionalidad, sin
embargo, que en setiembre estaba an lejos de
conocerse en su apropiada dimensin. El juego
estaba todava lejos de haber terminado enton-
ces, haba an mucha ilusin de poder mante-
nerse y subsistir y llegar al fnal de la transicin
con su conduccin. Como lo seala con acierto
Romeo Grompone, es recin en la ltima etapa de
noviembre del 2000 y por la evidencia de la impre-
sionante maquinaria de corrupcin de Montesinos y
las responsabilidades inocultables de Fujimori, que la
oposicin toma por primera vez la iniciativa con ca-
pacidad de imponerse
2
. Slo en noviembre es que
el rgimen se desploma y pierde toda capacidad
de seguir. La transicin cambi de conductor. El
reto qued en manos de la oposicin, y el juicio
sobre el reequilibrio democrtico debe asumir
por lo tanto su crtica.
Para ODonnell y Schmiter la transicin
es el intervalo entre un rgimen poltico y otro,
que tiene como limites el despegue del proceso
de disolucin de un rgimen autoritario, de un
lado, y del otro la instalacin de alguna forma de
democracia, el retorno de otra forma de gobierno
autoritario o an la emergencia de una alternati-
va revolucionaria
3
. Esto es, la transicin supone
un proceso de un rgimen autoritario a otro que,
en el plano ideal, debiera ser democrtico. La
dinmica de desarrollos polticos excepcionales
y extraordinarios como los de fnes del invierno
del 2000, requiere se distingan los momentos o
etapas en su evolucin. Pueden ser parte de un
proceso ms o menos largo y lento, o pueden ser
ellos mismos un evento sbito y repentino En la
cada de los regmenes autoritarios se produce,
en primer lugar, un contexto de apertura, cons-
tituido por episodios de descomposicin que
caracterizan y relevan la fsura. Es un suceso
ms o menos dramtico que deja expuestas las
contradicciones de un proceso de hegemoniza-
cin poltica en desintegracin, deterioro o en
descomposicin, que puede tener un perodo de
incubacin incierto, pero que siempre resulta de
una acumulacin de antagonismos que llegan a
un punto de no sutura intolerable por los princi-
pales sujetos de la coyuntura en el pas.
En el caso de la crisis del 2000, el primer
momento del quiebre pudiera fjarse probable-
mente antes de la fecha de las elecciones del 9 de
abril, y probablemente antes tambin de febre-
ro, cuando el electorado concentra masivamente
sus preferencias y se convierte en seguidor de un
candidato de oposicin para enfrentarlo a la can-
didatura de Fujimori. La opcin por Toledo, lue-
go del prematuro y deliberado exitoso complot
contra Alberto Andrade y Castaeda Lossio, es
una fsura clara en el rgimen.
Pero el antecedente ms visible del quie-
bre parece ser, sin embargo, la constatacin del
proyecto de permanencia de Fujimori, al que
Grompone le ha llamado el proyecto inconcluso.
Ese punto preciso parece ser el momento en el
que fnalmente se confrma la sospecha y Fuji-
mori anuncia que la ley de interpretacin au-
tntica tiene un contenido especifco: su propia
postulacin a la segunda reeleccin. Sin ley ni
postulacin el rgimen no caa. Sencillamente
habra regido el principio de alternabilidad de-
mocrtica y Fujimori habra dejado que la co-
munidad decida sobre el destino de su proyecto,
ms all de su propia persona. Qued declarada
la voluntad oculta de Fujimori y de la camarilla
que lo acompaaba desde 1990. De entonces en
adelante toda justifcacin para su permanencia
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
16
CSAR DELGADO-GEMBES
no solamente resultaba de dudosa calidad legal,
sino que exhiba signos manifestos de engao y
de fraudulencia.
Posteriormente el smbolo en que se con-
virti el fujimorismo como imagen de una poca
se desdibuj en la misma medida en que creca
la adhesin a Toledo. Se hizo manifesta su dis-
continuidad. Empez a fortalecerse el espritu de
la oposicin a nivel social. El sucesivo reprocesa-
miento de la realidad a travs de los smbolos,
discursos y mensajes mediticos lleg al pice de
la cresta, y empez a decaer. La multiplicidad de
una realidad ms amplia que lleg a desbordar
la maquinaria efcaz del control mesinico llev
el proyecto, fnalmente, al estancamiento.
Al anuncio de la descomposicin que se
inicia con la postulacin a la segunda reeleccin,
al ascenso de Toledo, y a la recomposicin del
espacio pblico en el que se regenera la protes-
ta poltica, se aade la cada vez mayor falta de
apoyo de la comunidad internacional ante la
metodologa fraudulenta para la apropiacin del
poder por tercera vez consecutiva. Pero el colap-
so mismo tiene como sntomas ms claros la ga-
fe de Fujimori y Montesinos sobre la denuncia
del trfco de armas a favor de las FARC colom-
bianas, as como la exhibicin del video Kouri-
Montesinos y la revelacin que el gobierno suizo
transmite sobre los 48 millones de dlares depo-
sitados en distintas cuentas del sistema bancario
de dicho pas, con lo que queda en evidencia la
naturaleza oculta y corrupta del rgimen. Era la
redencin epifnica de una legalidad insosteni-
ble moral, social ni polticamente.
Afrman ODonnell y Schmiter igualmen-
te que durante la transicin las reglas y procedi-
mientos tienden a permanecer en las manos del
gobierno autoritario, y que el signo tpico de que
la transicin ha comenzado es que el gobierno
autoritario comienza a modifcar sus propias re-
glas en un sentido que procure mayor seguridad
de las garantas para los derechos de individuos
y grupos
4
. El compromiso con el cambio de reglas
que nace en Windsor y en la Mesa de Dilogo de
la OEA pareca solamente una simulacin detrs
de la cual se encubra y retardaba el encuentro
fnal del rgimen con el fondo de la garrafa.
ODonnell y Schmiter llaman liberaliza-
cin al proceso durante la transicin en el que
se redefnen y extiende el mbito de reconoci-
miento y aplicacin efectiva de ciertos derechos
que protegen tanto a individuos como a grupos
sociales de actos arbitrarios o ilegales cometidos
por el Estado o por terceros
5
. Aaden, adems,
que una caracterstica de esta etapa temprana
en la transicin es su precaria dependencia del
poder del gobierno, el cual sigue siendo arbitra-
rio y caprichoso
6
. Es en virtud de esta defnicin
que cabra entender que la fase de liberalizacin
pudo comenzar con la instalacin de la Mesa de
Dilogo, que es cuando se inicia propiamente el
debate formal sobre los cambios de reglas
7
. De
otro lado, sin embargo, slo es en la primera
quincena de noviembre del 2000, con la desin-
tegracin por desmoronamiento y colapso del
rgimen, es que empieza un proceso franco de
modifcacin de reglas y hbitos de conducta po-
ltica. En lo anterior no debiera advertirse sino la
adaptacin del rgimen a las negociaciones a que
se llegaba en la Mesa de Dilogo de la OEA, a las
que no se llegaba tampoco de buen grado
8
.
Al descenso fnal del quiebre o ruptura del
rgimen sigue la crisis de transicin, que es el
perodo incierto ms agudo, a partir del cual se
observa tanto la descomposicin del equilibrio
hegemnico del rgimen, como la recomposicin
de los escenarios, el rediseo de los discursos,
van perdiendo efecto las articulaciones previas
en proceso claro de agotamiento y descompo-
sicin y, fnalmente, la alteracin efectiva de las
reglas que conduzcan al reequilibrio democrti-
co. La crisis de transicin es el momento de la
emergencia de nuevas reglas, sujetos, posiciones
y discursos. Las diferencias son reprocesadas y
se fjan nuevos ejes de equivalencia. No hay un
ncleo hegemnico claro, sino por el contrario
luchas por encontrar alianzas y articulaciones
que defnan una nueva correlacin y fuerza he-
gemnica en un escenario por venir.
El perodo de la crisis es un momento su-
mamente inasible e indeterminable. Como tanta
otra experiencia moderna, en la frase del libro de
Marshall Berman que toma de Marx, lo slido
se desvanece en el aire de la topografa polti-
ca. Pero en medio de la volatilidad y fugacidad
de su duracin, la crisis es tambin el momen-
to en el que se deben fjar algunos acuerdos o
tomar algunas decisiones centrales. Entre esos
acuerdos, por ejemplo, que forman hitos en el
marco de la crisis propiamente dicha, se cuentan
la conduccin de la transicin por la oposicin a
partir de la recomposicin de la Mesa Directiva
del Congreso, la asuncin de la presidencia de
la repblica por el presidente del congreso, y la
posterior reestructuracin del consejo de minis-
tros con un gabinete plural
El trnsito es la etapa de direccionalidad
tendencial al reequilibrio institucional, y com-
prende el desenvolvimiento de los actores a par-
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
17
tir de los acuerdos bsicos adoptados. En la tran-
sicin deben llevarse a efecto los acuerdos y las
decisiones en las que concluye la crisis, a la vez
que se producen los actos preparativos y consti-
tutivos de los competidores en la fundacin de la
nueva normalidad y legitimidad. Es el proceso
de cura y de regeneracin propiamente dicho,
cuando el deseo de democracia y de institucio-
nalidad es preparado para su reinauguracin. El
cuerpo poltico no est sano pero s en proceso
de restablecimiento.
Luego de ms de un ao del desgracia-
miento generalizado de Fujimori y de haberse
producido el colapso defnitivo de su rgimen,
cuando se desconoce y es impredecible la culmi-
nacin de la transicin, en este trabajo se enfoca
algunos de los elementos presentes en el mo-
mento o perodo de la crisis y transicin, que es
a la vez que el momento tensional ms alto y en
el que la indecidibilidad es mucho ms intensa;
tambin un momento emergente probablemente
ms rico en diagnsticos, alternativas, imagina-
rios y proyectos, e igualmente una etapa en la
que tienden a consolidarse convicciones y con-
sensos mnimos muy fuertes y determinantes.
Este trabajo es slo el avance provisional
de un ensayo de comprensin de un proceso
de transicin todava inconcluso, a partir de la
recopilacin de algunos de los hitos ms signi-
fcativos de su desarrollo, en el que se presentan
algunos criterios y elementos de juicio para eva-
luar y criticar los hechos y los aspectos de coyun-
tura que aparecieron en mayor o menor grado
vinculados al colapso del rgimen Fujimori as
como al inicio, clmax y sucesiva remisin de la
crisis (hasta niveles relativamente ms maneja-
bles), a la que se espera que posteriormente su-
ceda el retorno a la normalidad constitucional, la
legitimidad poltica y, fnalmente, el reequilibrio
y la consolidacin democrticos. La pregunta a
la que procuraremos responder es, fnalmente,
cmo salir de la ruptura, del colapso, del rgi-
men, y cmo llegar al reequilibrio democrtico
durante la transicin.
Para la recuperacin de la legitimidad po-
ltica en el Per debe tenerse en cuenta varios
aspectos clave, ms all de la conclusin prema-
tura del perodo constitucional. Entre ellos es
necesario tener presente a los actores principales
con responsabilidad sobre el proceso de retorno
a la normalidad; los foros o espacios en los que
se deba discutir el proceso de normalizacin;
las reglas para salir de la transicin; y, las condi-
ciones y oportunidad en las que se establecera
la fundacin de la nueva normalidad. Este tra-
bajo toma en cuenta estos aspectos de carcter
estructural como un referente, pero el propsito
central es la caracterizacin del proceso mismo
a parir de las etapas que llevaron al colapso, y la
evaluacin de las alternativas institucionales en
la transicin relativas a la conduccin del mis-
mo.
1.- La crisis y quiebre del rgimen de Fujimori
El colapso del rgimen de Fujimori, mar-
ca, acaso, el posible fn de una contraola auto-
ritaria?
9
El autogolpe que ese postul como un
signo de ruptura democrtica que debiera tener
breve duracin, result ser el hito de un rgimen
que nunca dej de acusar rasgos autoritarios. La
ola democrtica que se inici en 1980 fue un con-
tinuo proceso de democratizacin que no lleg a
consolidarse
10
, y la transicin de la liberalizacin
a la democratizacin que se inici en 1993 acab
prematuramente en 1996, cuando se advirti el
proyecto de perpetuacin que qued defnido
con la aprobacin de la llamada ley de interpre-
tacin autntica que permita la segunda reelec-
cin de Fujimori. A fnes de diciembre del 2000,
en pleno proceso de transicin, y en medio de las
incertidumbres propias de este tipo de situacio-
nes, an no puede determinarse si la transicin
culminar efectivamente en rgimen democrti-
co o liberal, o si se transformar en otra forma de
democracia aparente y engaosa con el sello in-
terior del autoritarismo o, peor, del despotismo
o de la tirana
11
.
Sea cual fuese el siguiente hito en nuestra
historia republicana, es importante desde el ini-
cio observar la advertencia que formul Flores
Galindo respecto del supuesto carcter pendular
de gobiernos en los que se suceden civiles y mili-
tares, como sinnimos de democracia y de auto-
ritarismo, respectivamente
12
. Flores Galindo re-
cordaba que, en particular a partir del proceso de
lucha contra el terrorismo, ya no solamente era
cuestin de una tradicin autoritaria en nuestra
sociedad y en nuestra vida poltica, sino que el
otrora militarismo se convirti en militarizacin
de la sociedad civil, con lo cual la imagen del pn-
dulo se desdibuja, as como se aproximan en la prcti-
ca, civiles y militares
13
.
No es asunto de asumir por principio una
actitud pura y simplemente escptica o de des-
creimiento, sino de atender a una lectura lcida
de nuestra historia. La revisin de la historia en
esa dimensin corta o inmediata de la que ha-
blaba Braudel, puede con facilidad apresurar el
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
18
CSAR DELGADO-GEMBES
juicio del investigador y, por lo tanto, inducirlo
a error. A menudo la ignorancia del pasado en
sus dimensiones de mediano y largo plazo nos
hace olvidar nuestra propia naturaleza. Hablar,
por eso, de una transicin o una nueva ola demo-
crtica luego del fn del rgimen de Fujimori, no
debe ser tomado sin benefcio de inventario.
Descuidar en nuestro anlisis desapasio-
nado de la realidad poltica esa dimensin, pers-
pectiva y visin de largo plazo nos conduce a la
ingenuidad histrica, en primer Jugar, pero, lo
que es ms grave, nos lleva tambin a perder de
vista los sntomas y rasgos incipientes de formas
presentes y futuras de despotismos y de reg-
menes autoritarios que se van larvando en los
ropajes y discursos de una democracia detrs
de cuya mscara se esconden las semillas delos
tiranos del porvenir
14
. Baste para fjar la idea la
referencia que hace Humberto Maturana, tam-
bin dentro de una perspectiva estructuralmente
ms compleja y larga, a la condicin patriarcal
de las sociedades, en las que se resalta la rela-
cin de dominio y de jerarqua; el deseo de con-
trol y de certeza; la urgencia e impaciencia por
la accin inmediata mediante la imposicin casi
a cualquier costo; prcticas destructivas contra
quien niega la propia cultura; y todo en un mar-
co de conversaciones basadas en argumentos de
desconfanza que destruyen el espacio pblico
necesario para que se desarrolle la democracia,
a la vez que crean el contexto favorable para el
autoritarismo
15
. De otra parte, parece decisivo
asumir el reto de la democratizacin como una
empresa basada, segn lo advierte Maturana, en
el emocionar. Este emocionar releva y demanda
la cooperacin, el compartir y la participacin
como modo de interaccin, sentimientos que
se asientan en una cultura matrstica y prescin-
de del sentimiento de apropiacin que favorece
las relaciones de enemistad y la destruccin del
sentido de comunidad, de respeto mutuo, de au-
toestima como ocurre en las sociedades patriar-
cales
16
.
De manera que, con la salvedad metodo-
lgica anunciada sobre el valor relativo del su-
puesto carcter pendular de nuestros regmenes
polticos, as como con la referencia anotada so-
bre la esencia de la cultura poltica peruana (a
la que debe incluirse por cierto como una cultu-
ra patriarcal aunque con elementos de una base
matrstica importante), que no favorece ni supo-
ne una autntica base democrtica en la sociedad
civil
17
, en el desarrollo de este trabajo se pretende
una presentacin elemental del quebrantamien-
to del rgimen autoritario de Fujimori, as como
los hitos principales en el proceso de transicin
hasta diciembre del 2000.
El objetivo concreto de este trabajo no ser,
sin embargo, incidir en la etiologa de la cada, ni
enfatizar en la cronologa del desgaste y colapso
del rgimen de Fujimori, sino presentar, prime-
ro, los prdromos de la transicin, y en segundo
lugar revisar las opciones fundamentalmente de
carcter institucional que se abran a partir de la
crisis y del colapso para la recuperacin de nive-
les aceptables de normalidad. La transicin, en
consecuencia, ser revisada a partir del juego y
evaluacin de las opciones poltica y constitucio-
nalmente disponibles. La fnalidad perseguida
es exponer el abanico normativo e institucional
consumibles, con el propsito de procurar ele-
mentos de juicio que permitan evaluar mejor as
opciones efectivamente escogidas de acuerdo a
las metas y objetivos que los actores del proceso
de transicin tenan que enfrentar.
1.1.- La premisa autoritaria
Probablemente una de las primeras di-
fcultades en el anlisis de la crisis del perio-
do fujimorista, sea la califcacin del rgimen
como tal
18
. Un concepto formal de democracia
permitira afrmar que el suyo fue un rgimen
democrtico, aun cuando con elementos que lo
tipifcaran como un rgimen presidencialista
19
,
esto es, un rgimen en el que la institucin de la
presidencia de la repblica tiene un peso notable
en los nodos crticos de los procesos de toma de
decisin poltica nacional. El presidencialismo
puede, en este contexto, resultar que es perfec-
tamente compatible con alguna defnicin de
democracia, aunque la intensidad del mismo,
como lo ilustr Cardoso, puede ocultar detrs de
la autoridad formal del presidente el control efectivo
que ejerce la institucin militar sobre los que estn en
el gobierno
20
. Otros, con una defnicin ms com-
prensiva y polticamente ms exigente, postula-
rn que el fujimorismo no poda ser un rgimen
democrtico. Los ms benvolos dirn que es
una democracia con adjetivos; otros ms que
pas de una dictadura a una dictablanda, para con-
vertirse en una democradura
21
; y los ms exigentes
afrmarn que fue un rgimen dictatorial o au-
toritario, e incluso en una forma de dominacin
parecida a la que rige al sultanismo
22
.
Como el objetivo de este anlisis escapa a
la defnicin formal de los fenmenos polticos,
optaremos por asumir como premisa metodo-
lgica que el fujimorismo no cumpli con una
caracterstica mnima para califcar como una
democracia: el rasgo populista
23
y la concentra-
cin de poder alrededor de una persona
24
, cuyo
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
19
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
proyecto central consiste en el copamiento del
poder poltico, el populismo como una forma de
relacin con la sociedad
25
y la cooptacin en el
poder militar
26
a la que en niveles ms mayores
que pequeos se subordina una decisiva propor-
cin de instituciones y funcionarios estatales,
y con la que colaboran de manera signifcativa
(con distinto grado de conviccin) sectores im-
portantes de la sociedad civil, particularmente el
sector empresarial
27
al que se suma la poltica de
secreto estatal, coaccin, cooptacin y de desin-
formacin de los medios de comunicacin
28
.
El montaje del aparato autoritario fue un
proceso fnamente elaborado. Ya acabado el rgi-
men, se confrm que el montaje no fue un pro-
ceso limpio, sino que recurri a maniobras ticas
reprobables y a prcticas vetadas, que consistan
desde el chuponeo telefnico o la persecucin
por la polica fscal, hasta la extorsin, y la com-
pra de voluntades y lealtades. No fue un aspecto
casual que la democracia de Fujimori fuera cons-
truida por l mismo, luego del autogolpe del 5
de abril de 1992
29
, y hoy tampoco parece casual
que generara su permanencia mediante una red
de corrupcin, a la que se ha llamado gangsteril
y mafosa, basada en el sistema oculto de domi-
nio
30
, de mimetismo en la democracia, y de im-
posicin sobre las conciencias
31
. En ese mismo
proceso quedaron diseadas hasta las condicio-
nes en las que poda funcionar la oposicin.
Por esta misma razn, en el desmontaje
deban intervenir factores tanto interiores como
exteriores al rgimen, que requeran la participa-
cin de quienes actuaran deslealmente desde el
centro del mismo (como miembros del SIN); la
de una oposicin ms articulada tanto al interior
del parlamento como en la generalidad de la so-
ciedad civil (como en la votacin de censura a la
Presidenta del Congreso, la eleccin de Valentn
Paniagua como su sucesor, la declaratoria de la
vacancia de la presidencia de la repblica por
permanente incapacidad moral de su titular, o la
devolucin de sus cargos a los miembros del Tri-
bunal Constitucional); as como el oportuno res-
paldo de la comunidad internacional (que fue no
precisamente despreciable, en particular a partir
de la labor de la Mesa de Dilogo de la OEA, que
fue una respuesta, fnalmente, al cuestionamien-
to de los Estados Unidos, Costa Rica y Canad
en la asamblea de Windsor, en Canad, en junio
del 200Q).
La voluntad de permanencia y perpetua-
cin en el poder abusando del poder legal, que
avalaba la maquinaria parlamentaria construida
en el Congreso, y respaldaban las fuerzas arma-
das y la polica nacional, atentaron gravemente
contra la voluntad de pluralidad y alternabilidad
democrtica. Un factor clave en el quebranta-
miento del rgimen Fujimori y en su confgura-
cin como un rgimen antidemocrtico, por eso,
fueron los artifcios electorales que facilitaron la
segunda reeleccin, pensados precisamente para
permitirle un tercer e inconstitucional perodo
32
.
1.2.- Los puntos de quiebre del rgimen
1.2.1.- La interpretacin autntica
A la luz del sntoma del colapso y de su
lectura retrospectiva cabe examinar la historia y
su signifcacin. Un primer eslabn del quiebre
es el que une el 22 de Agosto de 1996, fecha en
que se aprueba la Ley N
0
26657, llamada ley de
interpretacin autntica del Artculo 112 de la
Constitucin
33
, con la fecha en la que Fujimori
anuncia su postulacin por tercera vez: el 28 de
diciembre de 1999.
Entre quienes en 1993 redactaban la Cons-
titucin del mismo ao unos crean, con una bue-
na fe que hoy da se sabe que careca de justifca-
cin, en la declarada inexistencia de voluntad de
permanencia de Fujimori
34
. Pero otros, a quienes
la historia termin dndoles la razn, anticipa-
ban una voluntad oculta ms all de la aparen-
temente irritada voz de quienes protestaban por
la malicia de una oposicin que denunciaba el
proyecto de perpetuacin, dentro del cual el gol-
pe haba sido apenas un aviso y la Constitucin
ese monumento al cinismo y edifcio de noctur-
nidad, redactado como el registro vaco de reglas
que deban servir para adaptar y mimetizar las
sinuosidades del poder que, fnalmente, result
ser el poder de dos hombres: Fujimori y Mon-
tesinos.
Por eso el anuncio de la candidatura de
Fujimori que los medios de comunicacin hacen
pblico el 28 de diciembre, fue como el despertar
defnitivo de una broma por el da de los San-
tos Inocentes. El golpe de 1992 se dio teniendo
en mente tambin la candidatura del 2000. No
se lleg a ella de casualidad ni por sacrifcada
condescendencia con el clamor popular. Inclu-
so el clamor popular fue preparado, diseado y
construido a travs del apoyo meditico y el uso
populista de los programas de asistencia social.
Que ello haya ocurrido de este modo exige, una
vez ms, relecturas que la desprejuiciada visin
del rgimen no permitieron desmentir sino hasta
la emergencia del sntoma.
El eslabn que se cierra el 28 de diciembre
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
20
CSAR DELGADO-GEMBES
de 1999 es un hito importante a partir del cual
se concentra y empieza la consolidacin de los
esfuerzos de la oposicin. Crece y aumenta el
disenso de la comunidad, y crecen las oportuni-
dades de las distintas facciones de la oposicin
en el diseo de sus tcticas para jaquear la con-
fanza del rgimen. Es el punto de bsqueda de
la transicin. Es la apertura hacia una formacin
discursiva antagnica. El inicio de un imaginario
que se concreta en actos de oposicin que pro-
gresiva y crecientemente se extienden y genera-
lizan
1.2.2 Un cholo en el Mar Muerto
De ah que el otro eslabn en el quiebre sea
la aparicin y reconocimiento de otra opcin y
lder visible del antagonismo. La opcin y lder
a los cuales se adjudica la posibilidad y capaci-
dad de reemplazar el orden ilegtimo advertido,
de conducir la diversidad ms o menos inconexa
de fuerzas de la oposicin, de fundar un orden
institucional en el que haya mayor transparen-
cia, mayor equivalencia entre lo expresado y lo
realmente querido, y menor ocultamiento del
proyecto pblico.
El da 6 de enero del 2000, cuando qued
claro que no habra una candidatura nica para
enfrentar a Fujimori en la presidencia de la re-
pblica
35
, refrindose a La situacin polarizada
del gobierno y la oposicin en que se presentaba
la candidatura de Alejandro Toledo, Javier Valle
Riestra dio que la decisin de Toledo constituye una
consecuencia del divisionismo opositor de las vanida-
des egoltricas de gente que no tiene ninguna signif-
cacin caudillesca en el Per y que, en consecuencia,
no atrae a las masas porque no tiene un inventario
de obras sino de crticas y quejas. En relacin a la
anunciada decisin de Carlos Ferrero de aceptar
la candidatura a la primera vicepresidencia en la
lista de Per Posible, el grupo de Toledo, Valle
Riestra aada que entre el Atlntico del gobierno
y el Pacfco de la oposicin, el congresista Ferrero
Costa ha escogido navegar en el Mar Muerto. Ferrero
es un hombre muy inteligente, pero navega entre los
ocanos del gobierno y los de la oposicin. As que no
llama la atencin que haya entrado en el Mar Muerto
de la poltica
36
.
De acuerdo con las encuestas sobre la in-
tencin de voto, Alejandro Toledo empieza a ha-
cerse notar alrededor de febrero de 1999, con un
frugal 4%. Este nivel conserva hasta setiembre de
1999 en que empieza una leve tendencia a cre-
cer hasta enero de 1999, cuando aparece con 7%.
Febrero, sin embargo, es el mes en el que se ad-
verta que se afrmaba su candidatura, habiendo
casi conseguido alcanzar a Andrade y a Castae-
da. En Marzo caen las candidaturas de Andra-
de y Castaeda y Toledo pasa al segundo lugar
como favorito, registrando 22% al 19 de marzo y
27% al 24 de marzo
37
.
Comparativamente, la curva de intencin
de voto para Fujimori presentaba una periodif-
cacin diversa, no precisamente ascendente ade-
ms. De setiembre de 1998 hasta junio de 1999
Fujimori no pasaba de 29%; en julio pasa a 31% y
para noviembre avanz hasta 36%. En diciembre
de 1999 y enero del 2000 llega a sus picos ms
altos, coincidiendo con el anuncio de su candida-
tura a la segunda reeleccin, con 46% y 45%. En
febrero baja a 39%, al 19 de marzo sube un poco
hasta 40%, y al 24 de marzo desciende a 37%
38
.
La percepcin de Valle Riestra refejaba,
por eso, una lectura sesgada de la posicin que
ocupara fnalmente Toledo en la escena poltica
del 2000. La alusin a las defciencias de Toledo
como conductor dejan ver no solamente una cr-
tica al lder de Per Posible, porque tena simila-
res crticas contra Andrade y contra Castaeda.
Su referente eran los lderes de talla internacio-
nal que ha tenido el Per con Haya de la Torre, o
con Belaunde. No pareca concebible que un per-
sonaje con las difcultades oratorias que exhibe
Toledo en su relacin con la masa congregada en
plazas pblicas tuviera la capacidad de inspirar
y congregar, deslumbrar y enardecer. Desprovis-
to adems de caractersticas temperamentales
como cierta reserva y algn grado de circuns-
peccin mnimo, la deslucida sobreactuacin de
Toledo ante escenarios pblicos delataba esas
vanidades egoltricas que sobredimensionaban ca-
ricaturescamente al candidato a lder.
Sin embargo, la visin de Valle Riestra,
que revelaba efectivamente defciencias notables
e inocultables en Toledo, no perciban el pblico
al que apelaba Toledo. Se trata de dos criterios
diferentes de conceptualizacin del nfora. Como
recuerda Degregori, Toledo adopt el perfl del
cholo triunfador y sus votantes son mestizos y
cholos, jvenes, educados, informados y hados del cen-
tralismo, el desempleo y ms recientemente del auto-
ritarismo (...) Toledo pega ms entre los jvenes que
nunca tuvieron vergenza de ser cholos o los adultos
que la perdieron
39
. La visin de Valle Riestra exi-
ge la toma de posicin de una fgura que est en
capacidad de aglutinar y trascender las diferen-
cias tnicas entre chino y cholo, entre blanco y
mestizo, entre serrano y costeo, a partir de una
posicin que, en la idealidad de la nacionalidad,
resulta ciertamente defciente e inalcanzable. No
existe an fgura poltica alguna contempornea
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
21
en el Per que est en capacidad de unir y sumar
a todas las sangres bajo una sola visin y destino
colectivo.
Para Valle Riestra, en consecuencia, Toledo
tena ms bien caractersticas que lo haran in-
deseable como candidato nico de la oposicin,
precisamente porque no se allan ni someti a
otro liderazgo. Esta lectura permite advertir y
distinguir dos aspectos: primero, la presunta
voluntad de liderazgo no declarada del propio
Valle Riestra; y segundo, que de haberse resigna-
do Toledo a convenir en una fgura distinta de l
mismo, en vista de las tendencias en la intencio-
nalidad de voto de las encuestas, probablemente
habra abdicado de su propio liderazgo en nom-
bre de una fgura menos relevante que l mis-
mo. Habra resultado suicida luego de advertir
la precipitacin de Andrade y Castaeda en las
encuestas luego de la campaa exitosa de sabo-
taje en su contra por el aparato y maquinaria de
Fujimori
40
.
Vistas las cosas con las ventajas que el de-
sarrollo de los acontecimientos y la distancia del
tiempo favorece, pareciera acertado afrmar que
si las elecciones del 2000 hubieran sido limpias,
si ambos candidatos hubieran tenido efectiva-
mente igualdad de condiciones para apelar ante
la poblacin a travs de los medios de comunica-
cin, el sentido comn dictara que Toledo pudo
haber vencido a Fujimori en primera vuelta. Sin
embargo, la razn por la que no vence es preci-
samente porque el rgimen se mantena en un
estado de diurnidad todava efcazmente encu-
bierto.
Una pregunta se agita en este escenario.
Por qu el gobierno no se deshizo de Toledo?
Por qu se cubri de Andrade y de Castaeda,
pero descuid el frente de Toledo, cuando el suyo
fue un fenmeno muy similar al que se observ
con el surgimiento del propio Fujimori en 1990?
Aparentemente la razn sera que efectivamente
se lo menospreci como un desafo para la pri-
mera vuelta. Para el caso de la segunda vuelta,
sin embargo, la artillera s tendra preparada
alguna sorpresa relativa a la divulgacin de su
vida privada.
Toledo, por eso, es parcialmente un re-
sultado fortuito
41
. El camino para Andrade y
para Castaeda haba quedado minado
42
, pero
el de Toledo no pudo ser afectado en los nive-
les mortales de los otros dos
43
. Toledo capitaliz
el atascamiento y desencantamiento que da a
Andrade y a Castaeda y el gobierno no logr
neutralizarlo a pesar de los ataques lanzados en
su contra a propsito, fundamentalmente, de sus
descuidos paternales con una hia y de las de-
claraciones que hizo en contra de los programas
de comedores populares y el vaso de leche
44
. El
azar lo dej en liberad para hacer todo el dao
de que era capaz. El resto fue solamente el apro-
vechamiento que hizo la sociedad descontenta,
adjudicndole sus preferencias y elevndolo a la
categora de lder opositor en igualdad de con-
diciones que al incumbente. Coincidi la necesi-
dad de una imagen de oposicin presidenciable,
con la sobrevivencia de un candidato insufcien-
temente desprestigiado por el gobierno
45
.
El quiebre de timn que hizo entre la pri-
mera y segunda vuelta al anunciar que aban-
donaba la competencia para no cohonestar la
ilegitimidad del rgimen
46
, fue una decisin de
buena factura que dej en una situacin precaria
a Fujimori ante la poblacin y ante la comuni-
dad internacional. Esta variante en el tablero lo
puso adelante en el liderazgo de la calle y en los
foros internacionales: qued identifcada la co-
munidad con su lder. Su fgura trascendi ms
all de las diferencias que resaltaban antes de la
primera vuelta. A partir de entonces haba que
capitalizar el nimo sublevadizo de la poblacin
descontenta e iracunda en favor del quiebre del
rgimen. El eje de la accin poltica vir de los
medios de comunicacin a las calles.
1.2.3.- El agua sucia de los medios
El inicio de la campaa electoral fue frus-
trante para los candidatos. Salvo medios escritos
como El Comercio, La Repblica, Liberacin, y Ca-
retas, y exclusivamente Canal N entre los medios
televisivos, ninguno otro daba cobertura a la
campaa electoral
47
. Toda la televisin de seal
abierta capturada. La campaa electoral, que es
un tpico acto pblico, qued excluida de uno
de los espacios pblicos ms indiscutidos en la
sociedad contempornea. Dos ejemplos lo ilus-
tran.
Cuando el da 28 de noviembre de 1999 Al-
berto Andrade dirigi un mensaje al pas, en su
calidad de candidato a la presidencia de la rep-
blica, para informar y hacer conocer los objetivos
del gobierno de Somos Per, en caso ganaran las
elecciones, solamente Canal N transmiti dicho
mensaje. Ningn canal de seal abierta cubri la
noticia
48
. De igual modo, no bien fnaliz el plazo
para la inscripcin de los candidatos presiden-
ciales, una medida lgica en la campaa era la
contratacin de espacios televisivos.
Sin embargo, una vez ms, el control que
CSAR DELGADO-GEMBES
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
22
haba logrado el gobierno en la casi integridad
de los medios era asombrosamente exitosa
49
.
Tanto as que incluso se negaron a contratar pu-
blicidad poltica, como ocurri con los Canales
2 (Frecuencia Latina), 4 (Amrica Televisin), 5
(Panamericana), 7 (Televisin Nacional), 9 (An-
dina de Televisin) y 13 (Global Televisin), que
negaron el acceso en su espacio a la agrupacin
Avancemos o, posteriormente, fjaron tarifas pro-
hibitivas como en el caso de Canal 4, segn lo
denunci Rafael Rey en los diarios El Comercio
y Cambio el 26 de enero del 2000
50
. Es ms, de
acuerdo a la informacin que proporcionaron
Rafael Rey y Jos Barba, los canales rehusaron
pasar ninguna publicidad poltica a pesar de ha-
brseles ofrecido los pagos respectivos por ade-
lantado
51
.
La situacin fue caracterizada como una
fgura de secuestro informativo. Esto es, las agru-
paciones polticas fueron aisladas informativa-
mente de la sociedad, impidiendo el ejercicio
democrtico de difusin de la informacin y
propuestas de las colectividades polticas a la
poblacin. De esta manera slo el gobierno ten-
dra la exclusividad en la informacin a travs
del candidato-presidente. Tal situacin represen-
ta una competencia desigual e inequitativa que
favorece ostensiblemente al gobierno
52
. Por eso
lo ocurrido a Alberto Andrade el 28 de noviem-
bre de 1999, as como la denuncia de Rafael Rey,
fueron un clarinazo que anunci el porvenir.
Defnitivamente los medios haban sido
capturados, sometidos, y no habra modo de al-
terar el acuerdo tcito entre el gobierno y ellos.
El silenciamiento autoimpuesto de la prensa,
en complicidad con el rgimen de Fujimori fue
una agresin intolerable contra el buen juicio y
las normas civilizadas de hacer poltica. Fue por
eso, tambin, un eslabn ms en a cadena de des-
perezamiento y de levantamiento contra el rgi-
men. Contribuy a la decisin de abandonar la
resignacin y de sustituirla por la activacin de
la protesta
53
.
El absurdo y despropsito del discurso
hegemnico del rgimen de Fujimori fue tal en
materia meditica que el propio da de las elec-
ciones, el 9 de Abril del 2000, como recuerda sa-
gazmente Degregori, mientras se realizaba el conteo
de votos ms controvertido de nuestra historia con-
tempornea, el canal del Estado transmita una pe-
lcula de Cantinfas; Amrica TV nos entretena con
una repeticin ms de El Chavo del 8; y Frecuencia
Latina con el escalofriante largometraje Chucky, el
mueco diablico
54
.
La voluntad de abolicin del espacio elec-
toral, su minimizacin a extremos, intensifcaba y
encenda ms todava el espritu de la poblacin
para protestar. Quedaba en evidencia que haba
voluntad de esconder, de ocultar, de impedir la
libre difusin e informacin de las actividades
polticas del pas. La subestima de la capacidad
de reaccin trajo como resultado la confrmacin
del espritu de protesta callejera. Es a lo que De-
gregori le llama la rebelin [medtica] contra los
medios y que consista en que los protagonistas de
las manifestaciones saban que sus acciones seran di-
fundidas o tenan la esperanza de que lo seran, si no
en el pas, en el extranjero, y actuaban teniendo en
cuenta ese escenario virtual, probando que es impo-
sible mantener una hacienda informativa en la aldea
global
55
.
1.2.4.- Enfrentamiento y exorcismos en la calle
Las repetidas manifestaciones colectivas
son otro eslabn engarzado al quiebre del rgi-
men. ODonnell y Schmiter dicen que la aper-
tura, descongelamiento, descompresin, o como
se le llame, de las reglas autoritarias, produce usual-
mente un aumento agudo y rpido en la politizacin
general y la actividad popular
56
. La mayor concen-
tracin y centralizacin del poder en perjuicio
de la colectividad tiene su propia nmesis. Nada
rebela ms que el abuso.
Salvo protestas aisladas, o pintas calleje-
ras, en contra del gobierno, probablemente las
primeras manifestaciones generalizadas son las
que se realizan luego de la destitucin de los ma-
gistrados del Tribunal Constitucional en 1997;
las que las suceden en 1998, luego que la mayora
parlamentaria votara en contra de la realizacin
del referndum para declarar inconstitucional la
ley de interpretacin autntica sobre la segunda
reeleccin; as como el Paro Cvico Nacional del
28 de abril de 1999
57
. Uno de los slogans ms re-
petidos entonces fue el miedo se acab.
Eran los primeros anticipos de que la vida
colectiva no estaba totalmente adormecida, ni
sometida. La sociedad meditica no controlaba
toda la esfera pblica. El rgimen no poda su-
turar las fsuras de la poblacin insatisfecha. La
sociedad no estaba controlada. Si la sociedad se
sustenta en sus creencias, defnitivamente haba
evidencia de que las de quienes respondan de
esta manera contra actos del gobierno no crean
en el discurso con el que se quera ofrecer una
versin ordenada de la vida social.
En un distinto plano, la actividad poltica
de la poblacin conoci otro tipo de organiza-
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
23
cin y expresiones, entre las cuales las ms no-
tables, luego de realizada la primera vuelta para
las elecciones generales, fueron el atad en el
que se vel y enterr simblicamente a la Ofci-
na Nacional de Procesos Electorales
58
; el lavado
de la bandera, del que Degregori ha dicho que
constituye un ritual democrtico de purifcacin e
inversin
59
; el muro de la vergenza, una especie
dadzibao a la peruana, en el cual se exhibe una galera
de trnsfugas y corruptos, que pueden ser escupidos
o pintarrajeados por los transentes, que pueden asi-
mismo realizar inscripciones sobre el mural porttil
60
;
la campaa pon la basura en la basura, una
suerte de guerrilla urbana que consista en arrojar
bolsas negras de plstico llenas simblicamente
de papel, en las que aparecan los retratos de Fu-
jimori y de Montesinos, en palacio de gobierno
o en las casas de personajes destacados del rgi-
men como Carlos Boloa o Martha Chvez
61
; la
procesin de los monigotes de Fujimori y Mon-
tesinos enjaulados
62
; la fumigacin del Palacio de
Justicia y de Palacio de Gobierno
63
; los planto-
nes delante del Palacio de Justicia
64
; el minu-
to de la resistencia
65
; y diversidad de marchas
cvicas peridicas
66
.
Luego de las dos grandes protestas pbli-
cas en 1997 y 1998
67
el punto ms alto de las ma-
nifestaciones colectivas contra el rgimen fue, sin
duda, la marcha de los cuatro suyos, de los das
26, 27, y 28 de julio, que tuvo como uno de sus
momentos simblicamente ms signifcativos el
triple juramento por la democracia que tom a to-
dos los asistentes una nia de 12 aos de edad
68
.
De la marcha de los cuatro suyos Degregori dice
que su convocatoria despus de la segunda ronda
electoral salv la dignidad y canaliz la indignacin
de los sectores ms movilizados de la oposicin, esta-
bleciendo un vnculo con los movimientos regionales
y con los sectores populares ms pobres hoy llamados
D y E, donde su imagen y su mensaje haba logrado
penetrar
69
. Naturalmente, por otro lado, sta era
una oportunidad que no podra desperdiciar el
rgimen para sembrar semillas de confusin que
lesionen severamente a su organizador, Alejan-
dro Toledo.
La marcha de los cuatro suyos fue suf-
cientemente planeada y anticipada como para
que la maquinaria estatal no reaccione. Era una
oportunidad demasiado tentadora para quedar
desaprovechada. La adjudicacin a Toledo y a
la oposicin de la muerte de los seis vigilantes
particulares y de los millones de dlares de pr-
didas por los daos materiales al Banco de la Na-
cin seran un trofeo difcil de desperdiciar. La
marcha de los cuatro suyos fue utilizada por el
rgimen como un boomerang para presentar a To-
ledo como el equivalente del retorno al pasado,
al terrorismo, a la muerte.
En el otro extremo, Toledo sostena que la
marcha haba sido saboteada desde adentro por
agentes de inteligencia del gobierno, y que haban
sido victimas de una emboscada. Razonamiento
ste perfectamente congruente con la nocturni-
dad, el cinismo y la obscenidad tenebrosa en la
que opera la coalicin en el poder
70
. El objetivo
parece tener sentido: incentivar la desmoviliza-
cin de la sociedad, tanto por los riesgos adicio-
nales que las manifestaciones traeran en la salud
o integridad fsica de las personas, como por la
asociacin que aqullas crean con el presunto re-
torno al pasado del terrorismo. No era inefcaz
el modo de lesionar la fgura del adversario, y
haba que hacerlo de una manera contundente y
fulminante. Intimidar a la poblacin, horrorizar-
la, reducirla al miedo, arrinconarla, poda ser un
medio apropiado para incentivar su desmovili-
zacin. Llevarla nuevamente a la desidia
71
.
Sobre el papel de la colectividad en el pro-
ceso de democratizacin, la observacin de De-
gregori sintetiza apropiadamente el estado de la
cuestin: las multitudes que en las calles hirieron de
muerte al rgimen entre marzo y setiembre, si bien no
olvidan reclamos por empleo y descentralizacin, tie-
nen un indito contenido ciudadano: exigen el respeto
al voto, la independencia de poderes, el fortalecimien-
to de instituciones, la re fundacin de un sistema de
partidos y sobre todo tica, honestidad en los gober-
nantes
72
.
1.2.5.- Fisuras en las relaciones internacionales
La creciente ideologizacin de un mundo
globalizado alrededor de las ideas y los proce-
dimientos democrticos haca ms vulnerable al
rgimen de Fujimori. La tica democrtica como
norma de correccin poltica era un estndar que
no cumpla el autoritarismo. Adicionalmente, su
concepcin anrquica de las relaciones interna-
cionales, basada en la preeminencia del Estado
como sujeto de las mismas, y la determinacin
de los derechos humanos en funcin de la so-
berana del Estado en vez de un ideal abstracto
de carcter universal, actu como cerrojo ideo-
lgico, a punto tal que lejos de sensibilizar a los
conductores de la poltica internacional sobre las
reacciones de la mayora de la comunidad inter-
nacional, sirvi por el contrario para negar por
desacertada la opinin general.
Esa opinin general en la comunidad in-
ternacional desde inicios del 2000, luego que
Fujimori confrmara su postulacin a los comi-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
24
CSAR DELGADO-GEMBES
cios, era que el de Fujimori no era propiamente
un rgimen democrtico, que recurra a medios
anormales si no oscuros para gobernar el pas,
que su prioridad consista en su voluntad de
permanencia, y que a ella pretenda llegar a tra-
vs tanto de la maquinaria normativa y perso-
nal preparada para el fraude electoral, como del
miento a la oposicin, para lo cual contaba con el
soporte operacional, ejecutivo y organizacional
de las fuerzas armadas y mediante las acciones
de planeamiento.
En febrero del 2000 el embajador de los
Estados Unidos haba fjado la posicin de los
Estados Unidos de una manera incontrovertible,
sealando que el gobierno debe garantizar que los
recursos y personal del Estado no sean utilizados para
promover agendas polticas partidarias, as como
que es de suma importancia que los candidatos de
oposicin reciban cobertura equitativa y gocen de un
acceso razonable a la publicidad de los medios de co-
municacin
73
. Tan tempranamente como en febre-
ro era posible advertir que el proceso de abril del
2000 no sera uno limpio ni transparente y, por lo
tanto, tampoco justo.
Esas haban sido las percepciones origi-
nales de los integrantes de los observadores del
Centro Carter, y del Instituto Democrtico Na-
cional para los Asuntos Internacionales (National
Democratic lnstitute for International Afairs-NDI),
que llegaron a Lima en noviembre de 1999
74
. De
igual manera la ilegitimidad del rgimen fue an-
ticipada por el frente externo. La revista Caretas
refera que el Departamento de Estado, la Comuni-
dad Europea y pases amigos le estn haciendo saber a
nuestros embaladores y funcionarios internacionales
el malestar que provocan sus veleidades reeleccionis-
tas
75
.
Cuando llega a Lima el ex canciller guate-
malteco Eduardo Stein para observar el proceso
electoral, se inicia una dinmica de tensiones que
incomodaron notablemente al rgimen de Fuji-
mori
76
. La misin tuvo como objetivo examinar el
desarrollo del proceso electoral, con la fnalidad
de detectar su transparencia y limpieza. Como
consecuencia de su observacin Stein elabora
un informe que present directamente a Csar
Gaviria, Secretario General de la OEA, el que lo
remite para su debate al Consejo Permanente.
La exposicin de Stein ante el Consejo
Permanente dej ver que haban irregularida-
des logsticas e informticas en el proceso y en
el sistema de cmputo, que no haban sido sa-
tisfactoriamente corregidas ni explicadas por los
responsables. A raz del informe, el embajador
estadounidense ante la OEA, Luis Lauredo, pi-
di la convocatoria a una reunin ad hoc de can-
cilleres con el fn de revisar la aplicacin de la
Resolucin 1080 (XXI-0/91). Su propuesta fue
apoyada por Costa Rica y Canad, pero se opu-
sieron a ella Mxico, Brasil, Chile, Argentina y
Uruguay. El tema de las sanciones a propsito de
la Resolucin 1080 no fue acordado, pero pas a
la Asamblea General
77
.
En la trigsima Asamblea General de la
OEA, en Windsor, del 4 al 7 de junio, se debati
y acord el proyecto de resolucin de la delega-
cin del Canad, por la cual se resuelve enviar al
Per de inmediato una misin integrada por el Presi-
dente de la Asamblea General y el Secretario General
de la OEA con el fn de explorar, con el gobierno del
Per y otros sectores de la comunidad poltica opcio-
nes y recomendaciones dirigidas a un mayor fortale-
cimiento de la democracia en ese pas, en panicular
medidas para reformar el proceso electoral, incluidos
la reforma de los tribunales judiciales y constituciona-
les y el fortalecimiento de la libertad de prensa
78
. Esta
misin fue objeto de mucha expectativa, particu-
larmente por el reconocimiento a Lloyd Axwor-
thy, como un hombre honorable y celoso de los
principios democrticos
79
.
Como consecuencia de las entrevistas que
realiza la delegacin de la OEA a fnes de junio
con representantes del gobierno y la oposicin
surge una propuesta de 29 puntos sobre reformas
institucionales en materia de administracin de
justicia; fortalecimiento del Estado de Derecho;
restitucin de los magistrados separados en el
Tribunal Constitucional; equilibrio derechos hu-
manos y seguridad; reconocimiento de la compe-
tencia contenciosa de la Corte Interamericana de
Derechos Humanos; solucin satisfactoria para
el caso de los canales 2 y 13; unifcacin de los
rganos electorales; establecimiento del distrito
electoral mltiple para la eleccin del Congre-
so; y la fscalizacin del servicio de inteligencia
nacional, entre otros temas
80
. Esta propuesta es
respondida por la oposicin con cuatro puntos:
la implementacin inmediata de las recomenda-
ciones de la Corte Interamericana de Derechos
Humanos sobre devolucin a sus propietarios de
los canales 2 y 13; restitucin inmediata de los
magistrados del Tribunal Constitucional; retor-
no inmediato a la competencia contenciosa de
la Corte Interamericana de Derechos Humanos;
y la salida de Vladimiro Montesinos del gobier-
no
81
.
A fn de favorecer e impulsar la apertu-
ra del rgimen, otra consecuencia del informe
Axworthy-Gaviria fue la designacin de la Se-
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
25
cretara Permanente, que tendra a su cargo
propiciar el dilogo y monitorear el proceso de
democratizacin
82
, para lo cual se design al
canciller de RepbIica Dominicana Eduardo La-
torre, quien vino al Per el 18 de julio del 2000
83
.
Esta Secretara Permanente, a la que se integra-
ron el embajador de Canad en el Per, Graham
Clark, y el representante de la OEA en el Per,
Patricio Chellew, fue a la que se conoci como la
Mesa de Dilogo de la OEA, que se integr con
representantes del gobierno
84
, la oposicin
85
y la
sociedad civil
86
.
La Mesa de Dilogo de la OEA, ms all
de los lmites en el papel que cumpli, resulta
ser un signo de ruptura formal en las relaciones
del rgimen con la comunidad internacional. Se
constituye como un espacio concebido como en-
tre facilitador, de monitoreo o mediador. Lo cen-
tral es que era que su existencia apareca como
una ruptura, y signifcaba el reconocimiento
de una brecha de ilegitimidad ante los ojos de
la comunidad internacional, que deba ser sub-
sanada. Su presencia declaraba la irregularidad
manifestamente no democrtica de la situacin
poltica del Per. Se haba consolidado la tesis de
la oposicin sobre el fraude electoral. Tesis que
resultaba ser slo un corolario y un indicio de
la grave anormalidad en las interioridades del
rgimen.
El da de la instalacin de la Mesa de Di-
logo, el 4 de setiembre del 2000, se fj el plazo de
dos semanas para que cuatro grupos de trabajo
propusieran el cronograma de trabajo
87
. El n-
cleo de las posiciones del gobierno y de la opo-
sicin, sin embargo, tuvo como eje del debate la
propuesta y pedido de la oposicin por la reali-
zacin de un nuevo proceso electoral. Este plan-
teamiento era inaceptable por el gobierno. Tanto
que el ministro Bustamante Belaunde anunci
que el dilogo no poda conducir a nuevas elec-
ciones
88
. Pocos das antes de la difusin del vdeo
Kouri-Montesinos, la Mesa de Dilogo pareca
condenada a su exterminio por voluntad de en-
mienda insufciente del gobierno. Las posiciones
eran cada vez ms encontradas. Su mejor papel
sera cumplido luego como mediadora para la
superacin de la crisis, hasta que se declara la
permanente incapacidad moral de Fujimori y la
asuncin de la presidencia por el presidente del
congreso, Valentn Paniagua.
Paralelamente a la reaccin de la OEA y
la Mesa de Dilogo, deben destacarse las posi-
ciones y los pronunciamientos de los diversos
gobiernos americanos
89
y europeos respecto a
las irregularidades antes y durante las primera
y la segunda vuelta
90
. En vista de no haber con-
seguido xito en el pedido ejecutar de la Resolu-
cin 1080, la actitud de los Estados Unidos fue
estudiar la aplicacin de sanciones de naturaleza
unilateral, como la Resolucin 43 del Congreso
91
,
lo cual implicara, paralelamente, la realizacin
de acciones hemisfricas de presin contra la
permanencia de Fujimori.
La reaccin ms seria y fuerte de los Esta-
dos Unidos vendra, sin embargo, cuando Mon-
tesinos juega la ms dramtica de sus cartas en
una partida de alto riesgo, que consisti en los
supuestos descubrimientos sobre una operacin
de venta de armas acreditable al SIN
92
, las mis-
mas que tendran como destino la repblica de
Colombia
93
. La gota que colm toda paciencia
fue el doble discurso sobre la venta de armas
a las FARC colombianas
94
, en el que Fujimori y
Montesinos pretendieron presentar al Per como
moralizador y pacifcador de la regin
95
, a la vez
que como vctima potencial en caso de un even-
tual xito de las FARC que pudiera favorecer el
resurgimiento del terrorismo. Lejos de tener xi-
to en la cortina de humo que pretenda crear para
minimizar el frente creado en la poltica doms-
tica con los avances de la oposicin en la Mesa
de Dilogo
96
, y lejos tambin, mucho menos, de
jaquear a los lderes de la opinin internacional
en contra del rgimen, el petardo le revent en la
cara a Montesinos y al propio Fujimori
97
.
La consecuencia fue la exposicin abierta
del fraude que no alcanz a convencer a nadie
98
;
el recrudecimiento y mayor acritud en la posi-
cin de los Estados Unidos; la posicin contraria
en que forzara a tener a una Colombia sorpren-
dida por la deslealtad y cinismo con que actua-
ron adrede las propias autoridades involucradas
en el trfco
99
; el descrdito y mayor exposicin
del gobierno ante la OEA y la sociedad; y, por
supuesto, la precipitacin de la cada de Mon-
tesinos y el propio Fujimori
100
.
En el plano de la Unin Europea fueron
importantes las gestiones realizadas por Toledo
en su viaje a Espaa, que le sirvi para presentar
la situacin as como para gestionar y compro-
meter la voluntad espaola, la que tiene un peso
considerable ante la Unin Europea en asuntos
relativos a Amrica Latina
101
.
En cuanto a los organismos no guberna-
mentales internacionales, la capacidad de accin
con que contaron fue escasa, fundamentalmente
por la nula acogida que recibieron del gobierno,
lo cual, naturalmente, no hacia sino agravar el
concepto internacional sobre la legitimidad del
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
26
CSAR DELGADO-GEMBES
rgimen
102
.
Fernando Rospigliosi refera que ningn
gobierno peruano en las ltimas dcadas haba logra-
do aislarse tan plenamente en el mbito internacional
como el de Alberto Fujimori
103
. Si Alan Garca se
apart de la comunidad internacional al decidir
unilateralmente la suspensin de los pagos de la
deuda externa, Fujimori se aisl por el menos-
precio del impacto que poda tener en la polti-
ca domstica la conviccin dominante sobre los
estndares polticos y la ideologa democrtica
como rgimen de gobierno y hbito de conducta
en el poder.
El mal manejo de la cosa pblica interna
fue observado y cuestionado por la comunidad
internacional. La soberana no le fue sufciente
para proteger el rol y discurso hegemnico de
dominio sobre la sociedad. Y las consecuencias
del talante autoritario del rgimen, de su impe-
ricia democrtica, de su desatencin de la co-
rreccin poltica dominante, equivalieron a una
fsura de dimensiones importantes que min no-
tablemente la gobernabilidad del pas. La fsura
revel la inefcacia del gobierno para asimilar las
demandas polticas crecientes de la poblacin
que se levant contra los abusos, as como la pre-
cariedad de la institucionalidad sobre la que edi-
fc su hegemona.
Desde el punto de vista del vnculo del r-
gimen con la comunidad internacional el contex-
to no era precisamente acogedor ni auspicioso.
La presencia de una misin internacional, con
misin de monitoreo, facilitadora, o mediadora
no es precisamente un sntoma de salud poltica,
ni de higiene democrtica. Por el contrario, es el
indicador de una ofensiva diplomtica interna-
cional en el mbito de competencias tpicamente
domsticas. Indicador tambin de problemas de
gobernabilidad. El pas cuyo rgimen es objeto
de observacin padece de una situacin institu-
cionalmente anmala. En el caso del Per la pre-
sencia de la OEA era resultado de un desborde
de poder, cuyo efecto recproco fue igualmente
el descontento interno y la disconformidad inter-
nacional.
La reaccin internacional dej ver cmo
la soberana interna debi ceder bajo la presin
tanto de la oposicin como de la aplicacin de
estndares polticos supranacionales. El rgimen
jurdico no prevea la constitucin de un rbitro
entre el gobierno, la oposicin y la sociedad ci-
vil. Claro sometimiento del Estado a una regla
no adoptada por los canales normativos regula-
res. El Estado de derecho suspendi la legalidad
formal y se adapt a una norma y procedimien-
tos materiales distintos a los de la ley de la rep-
blica. Se trataba, en consecuencia, de un arreglo
excepcional al que debi consentir el rgimen.
Consentir equivali a reconocer la falta y, por lo
tanto, la vulneracin. Se exhiba pblicamente
una situacin deduelo. Herido el rgimen, deba
abrirse a la concesin de posiciones. Se iniciaba
una nueva etapa discursiva y se escriba el libre-
to de una nueva formacin hegemnica.
2.- El colapso como sntoma
Si el 14 de setiembre aparece el sntoma de
la cada y desmoronamiento, el fn del rgimen
propiamente puede fjarse el da en que Fujimo-
ri anuncia su no retorno al pas. El anuncio de
Fujimori desde Tokio, el 19 de noviembre del
2000 fue el gatillazo de gracia. Su defnitiva e
irrecuperable descompensacin. Ese da la histo-
ria redact el certifcado de defuncin por des-
moronamiento y colapso biolgico generalizado
del rgimen de Fujimori. La lealtad de sus ciegos
seguidores, con la probable y patolgica excep-
cin de la congresista Martha Chvez, se quebr
defnitivamente.
La normalidad y regularidad aparente se
desvanecen y la realidad de un rgimen paralelo
y oculto emerge en el horizonte. Su aparicin de-
linea un contorno diferente del de identidad
104
.
Se confrman anuncios e hiptesis largamente
anticipados que, en su momento, carecan de
evidencia y hasta tenan algn viso de invero-
similitud. El vdeo apareci como una protube-
rancia innegable en la pista argumentativa del
gobierno. La protuberancia que desenmascar y
delat la base para reinterpretar y desmontar la
arqueologa del aparato y de la institucionalidad
establecidas desde el propio inicio, incluso, del
rgimen. Es un sntoma del doble juego al descu-
bierto y expuesto. Lo que se postul y defendi
como bueno, como deseable, se desvanece y pier-
de credibilidad. Se ilegitima. Queda en evidencia
que el umbral del consentimiento poltico y de la
aceptacin social han sido transgredidos. Que la
confanza poltica fue abusada.
Por eso es que el vdeo del 14 de setiem-
bre es el referente obligado para la formulacin
de hiptesis, as como el indicio de sospechas
adelantadas desde aos atrs sobre, entre tantas
otras cosas, el poder efectivo de los altos mandos
de las fuerzas armadas sobre el presidente de la
repblica
105
, as como el sustento nocturno del
rgimen
106
. Es a travs del sntoma, por eso, que
cabe realizar una lectura retroactiva de la historia
presente con una luz y a partir de una perspec-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
27
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
tiva imposibles de imaginar durante la vigencia
del rgimen hasta el 14 de setiembre del 2000.
El sntoma contiene la clave de La fantasa
fujimorista, de su deseo de plenitud, ya la vez es
tambin la condicin de dolor, de vergenza y
de duelo evitada. El sntoma revela las articula-
ciones discursivas en los dos mundos, as como
La bisagra que los enlaza
107
. La clave que articula
y llena los vacos y las carencias del rgimen. Por
lo mismo es igualmente la condicin de las futu-
ras fantasas y legitimaciones en la poltica de la
transicin. La base de afrmacin de demandas
para la fundacin de un horizonte con una hege-
mona discursiva diferente: la del antagonismo
de la oposicin
108
.
2.1.- Sntoma de corrupcin en la camarilla
109
En su edicin del 20 de setiembre del 2000
el Walt Street Journal deca que el futuro econmico
del Per est atado a los militares. Esta declaracin
parte de reconocer la trascendencia poltica de
las fuerzas armadas, pero tambin de la impor-
tancia que debe tener la fuerza moral de sus je-
fes. El diagnstico era exacto. De la claridad de
objetivos y de la visin de los ms altos ofciales
de las fuerzas armadas dependa el destino eco-
nmico, pero no slo econmico, del Per
110
.
La crisis que atraves el Per tuvo origen
eminentemente militar. El problema fue la hege-
mona de las fuerzas armadas en el proceso po-
ltico, como agente de intermediacin y de solu-
cin de los antagonismos de la sociedad civil. El
poder de las fuerzas armadas se origin en dos
frentes: la confanza que tuvo en ella el presiden-
te de la repblica, a travs de la capacidad de di-
reccin que le reconoci a la cabeza efectiva de
las mismas en que se constituy Vladimiro Mon-
tesinos, de una parte y, de la otra parte, a travs
de la ausencia de control que se le reconoci al
congreso sobre ella. La organizacin poltica es-
tuvo vertebrada en gran parte por el servicio de
inteligencia, como parachoque y defensa frente
a los peligros y como agente activo de genera-
cin del respaldo popular. Lo primero mediante
el aparato de espionaje de las personas que po-
tencialmente podran signifcar o ser fuente de
iniciativas riesgosas para el rgimen. Lo segundo
a travs de los proyectos, programas, actividades
y tareas monitoreadas por el servicio de operati-
vos sicosociales.
El servicio de inteligencia se constituy,
en efecto, en el agente de fabricacin de articu-
laciones favorables para consolidar la posicin
del rgimen conducido por el presidente de la
repblica. A la vez que se defni como su misin
el fortalecimiento de la posicin del presidente
de la repblica en el sistema poltico, el servicio
de inteligencia qued mimetizado y confundido
en la esfera de poder, convirtindose en inescin-
dible el mbito propio de su papel legal y el que
se le adjudic como garante del rgimen del in-
geniero Fujimori.
Si bien los detalles del entramado y del
copamiento del poder por las fuerzas armadas
es en s mismo un tema que merece un anlisis
especial, lo relevante del tema para las ideas que
desarrollamos en este trabajo es presentar la evi-
dencia del carcter privilegiado de su posicin en
el rgimen poltico. Y la manera ms grfca de
observar tal carcter es constatar el poder efecti-
vo e inconmovible que tuvo durante la crisis.
Desconocer la gravitacin e impacto de las
posiciones sostenidas por los ms altos mandos
militares equivale, durante la crisis de Setiembre
del 2000, a ignorar qu es posible y qu no lo es
en materia poltica. El ejemplo menos cuestio-
nable es la referencia y presencia invisible pero
tangible de las fuerzas armadas en los discursos
acerca de la salidas posibles en la transicin.
Para un observador que ignorara el papel
poltico privilegiado de la organizacin militar
detrs del rgimen de Fujimori parecera suf-
ciente con pedir la destitucin del asesor presi-
dencial Vladimiro Montesinos y de quienes estu-
vieran vinculados a l, para solucionar la crisis.
Tal apreciacin no podra explicar cmo un acto
aparentemente imputable slo a esta persona,
podra haber motivado al propio presidente de
la repblica a decidir apartarse de la presiden-
cia a solamente dos meses de su tercer mandato,
ni podra explicar cmo el Secretario General de
la OEA, cuatro presidentes latinoamericanos, y
el presidente del consejo de ministros del Per
intercedieron ante el gobierno de Panam para
coordinar las acciones que favoreceran su salida
del pas y su ingreso a dicho pas bajo la condi-
cin de asilado.
Por qu habra de ser necesario que el pre-
sidente Fujimori opte por anunciar su prematuro
alejamiento de la presidencia de la repblica, de
no ser porque l mismo se concibe manchado por
la prctica abyecta de Montesinos? Si slo fuera
la conducta poltica y moralmente repulsiva de
su asesor personal, bastara removerlo para eli-
minar el escollo. Pero el presidente de la repbli-
ca no pudo removerlo a su sola voluntad
111
.
Tan no pudo removerlo que debi recono-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
28
CSAR DELGADO-GEMBES
cer un poder paralelo al suyo que no acataba la
remocin. Reconocer su falta de autoridad cons-
tituye a la vez la admisin de su ilegitimidad
poltica por no estar en capacidad de ser efcaz.
Si el superior no consigue que el subordinado lo
obedezca, y por el contrario genera su rebelda,
ello implica que el superior no es ms tal. Cuan-
do el subordinado desconoce al superior surge
una fuente paralela de legitimidad, sustentada
en la capacidad de enfrentarse. Es concebible
que quien manda no sea obedecido, a menos
que el subordinado se rebele como su par? Tanto
Montesinos como los ms altos mandos militares
se enfrentaron al presidente de la repblica. El
punto disputado era el reconocimiento y fdeli-
dad que prestaba la cpula militar a Montesinos
como su jefe autntico. La lealtad era no al poder
civil del presidente de la repblica, sino al hbri-
do que servia de bisagra entre el poder civil y el
poder militar.
Una situacin tal revela, a todas luces, una
situacin de desgobierno. Revela a un presidente
de la repblica impotente para afrmar su auto-
ridad, aunque igualmente a un poder marginal
que no sale a la luz para evitar ser identifcado
como un poder paralelo. Tanto mayor poder
tiene ese poder marginal cuanto menor sea la
posibilidad de que se lo identifque o reconoz-
ca como tal. Ese es probablemente el golpe ms
grande recibido por el servicio de inteligencia: el
haber quedado expuesta la magnitud excepcio-
nal y devastadora de su infuencia y dominio de
la vida nacional.
Pero la pregunta central es, cmo explicar
la insubordinacin del asesor frente al jefe de es-
tado, y cmo explicar que el presidente se some-
ta a la insubordinacin?. Caben dos hiptesis. O
la cobarda, o la complicidad. Si se trata de que
Fujimori es un cobarde entonces cabe la explica-
cin porque huye de quien le inspira miedo. La
mascarada es siempre la prudencia como virtud
de tica, o la conveniencia como valor prctico.
El cobarde es cobarde porque carece de la valen-
ta para admitirla.
No es fcil adjudicar una califcacin a la
conducta de Fujimori. Hay rasgos de cobarda, si
se pasa por alto el pragmatismo como ideologa
y actitud principal en su modo de conducir po-
lticamente el pas que distingui a su rgimen.
Fue la ms repetida acusacin que la oposicin
le hizo luego que el premier Salas anunci su no
retorno al pas el da 19 de Noviembre del 2000.
Son tantas las expectativas que un lder crea en su
ambicin, deca la psicoanalista Mara Paz de la
Puente, que le es difcil, despus, asumir el duelo de
la prdida o del fracaso. El cobarde o el dbil de ma-
nera inconsciente ansa la proteccin idealizada de un
padre y al no encontrarla prefere huir, no enfrentar
el peligro
112
.
Califcar de cobarde el no retorno del pre-
sidente Fujimori, sin embargo, no puede hacer-
se con facilidad y requiere alguna elaboracin.
Ocurre as precisamente por el pragmatismo de
Fujimori. Para el pragmatismo las consideracio-
nes basadas en el herosmo carecen de valor. El
herosmo tiene sentido solamente si es un me-
dio para alcanzar un bien til. El herosmo por si
mismo, como fnalidad de una accin, es estril
y no conduce a nada. La cobarda es el vicio de
quien carece de la virtud del herosmo. Si Fuji-
mori no puede ser hroe, y no conduce su con-
ducta segn tal virtud, cmo habra de esperar
que l retorne al Per para vencer o para enfren-
tar su propio duelo?
Fujimori se queda en el Japn para evitar
una desventaja personal: la de ser procesado y
acusado. Regresar no le reportaba benefcios, y
alejarse del Per le signifcaba ventajas o, por lo
menos, menores inconvenientes para su defensa.
Su lgica es la de su propia sobrevivencia. Por
qu regresar cuando la oposicin no podra ga-
rantizarle una defensa que respetara el principio
de inocencia ante la ley penal?
Es ms, reprocharle cobarda se convier-
te en un arma que usarn sus leales seguidores
para criticar la impertinencia de la acusacin.
La defensa consistir en el sealamiento del es-
cenario parcializado por el encono contra quien
fue presidente durante ms de 10 aos. De este
modo resulta en su perspectiva justifcado per-
manecer en un lugar neutral desde donde se evi-
te una injusticia. Enfrentar las acusaciones por
los excesos del propio rgimen desde el territorio
nacional importa exponerse innecesariamente a
la vendeta de una oposicin de nimos no preci-
samente templados.
Es difcil pensar, adems, que se trate de
un cobarde, porque se le reconoce un coraje y
osada que han lindado a veces en la temeridad.
Aunque, ciertamente, el coraje, la osada y la te-
meridad han estado tambin vinculadas al clcu-
lo escrupuloso de la factibilidad de xito de sus
planes, ms que al arrojo y al enfrentamiento al
destino. El coraje o la temeridad son caractersti-
cas del espritu en las que se desconoce la posi-
bilidad de triunfo. La temeridad de Fujimori se
ha basado en el planeamiento riguroso de una
estrategia y lneas de accin con los que la adver-
sidad haba sido minimizada hasta su ms pe-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
29
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
quea expresin. De manera que, una vez ms,
cabra confrmar que no es aplicable la categora
de cobarde a Fujimori, porque se habra consta-
tada su actitud calculadora, pragmtica, utilita-
ria, que excluye el herosmo propio de quien se
arroja al destino con no otra cosa que el valor y
la audacia. No con el clculo de quien ha con-
trolado y hasta dominado confortablemente las
incertidumbres.
Un aspecto vinculado a la cobarda es el de
la traicin. El psicoanalista Jorge Kantor se ref-
ri a ella en relacin con la soledad de Fujimori.
Se dice que la persona en el poder est generalmente
sola, dice Kantor, y en el caso de lderes como el ex
presidente Fujimori, quien, se comentaba, mantena
siempre en secreto sus planes, el solitario exilio pa-
reca ser su salida ms evidente. Aqu hay una fgu-
ra adicional la traicin a sus seguidores
113
. Por eso,
puede hablarse de traicin?. El abandono y la
huida pudieran no afectar el mbito que, a partir
de la valenta, se califca de cobarde a Fujimori.
Pero, eliminar la cobarda lo libera de la acusa-
cin de traicin a sus seguidores?
Esta actitud es muy similar, por ejemplo, a
la reaccin que expres Luz Salgado al conocer
el no retorno de Fujimori. Es el desconcierto, la
desazn, el abandono. Ella esperaba que el pre-
sidente viniera a enfrentar su destino. Ms all
de las consecuencias previsibles de una situacin
polticamente distinta y adversa. Su esperan-
za era que regresara y condujera su defensa en
unin de quienes fundaron con l el movimiento
que denunci un modo La suya es la lgica de la
valenta, del arrojo, del coraje. Sin embargo, la
posicin de la que parte Luz Salgado es opuesta
a la perspectiva de Fujimori. Fujimori no com-
bate si no tiene posibilidad de xito. La suya no
es la lgica de la valenta y del enfrentamiento
heroico al destino. Ambas son visiones y posicio-
nes incompatibles. Lamentable que la congresis-
ta Salgado quede decepcionada, pero lamenta-
ble igualmente que luego de tanto tiempo haya
conocido tan poco a su lder. La lealtad l no la
practica. Su relacin es de una sola va: la espera
pero no la practica.
La hiptesis alternativa es la complici-
dad
114
. Segn este supuesto la ascensin del
poder militar result del entendimiento entre
Montesinos y Fujimori, y se deba al chantaje que
Montesinos le hizo a Fujimori (y por ende a todos
los personajes protagnicos de la escena poltica
peruana) que Fujimori no solamente no lo despi-
di, sino que adems le entreg una resolucin
suprema dndole las gracias por los importan-
tes servicios brindados al pas, dispuso que se le
apoye para abandonar el pas y gestion que sus
ministros, otros presidentes del hemisferio y el
propio Secretario General de la OEA apoyen en
la gestin de su recepcin, en calidad de asilado,
en Panam.
Pero, cmplice? Esto querra decir que
Fujimori habra estado al tanto de cuanta irregu-
laridad e ilicitud ha cometido Montesinos y la ha
condonado callndola, tolerndola, aceptndo-
la. Y todo en nombre de la gobernabilidad del
Per.
Concedamos que Fujimori no estuvo al
tanto de todo lo que hizo Montesinos. Parece ha-
ber hecho tanto que slo quien viviera en su con-
ciencia conocera cunto verdaderamente lleg a
hacer. Pero lo que si parece improbable es que
no conociera por lo menos algo de lo que si hizo
de malo. Lo contrario equivaldra a imaginar a
un Fujimori completamente ingenuo, confado
o crdulo, caractersticas que tampoco tiene. Por
el contrario. Encaja mejor con su modo de ser el
pragmatismo. Ideologa sta que puede llevar a
su practicante a justifcar lo que al principista le
parecera moralmente aberrante, y que le per-
mitira a la misma vez callar lo incorrecto indul-
gentemente a cambio de las ventajas y utilidad
prestada por el agente de la incorreccin. Fuji-
mori es un hombre de ideas y objetivos claros.
Sabe que la perfeccin es inalcanzable. Pero sabe
tambin que hay objetivos colectivos superiores
que requieren valerse de recursos torcidos para
obtenerlos. Estos recursos son los hombres ines-
crupulosos que hacen el trabajo sucio. Siempre y
cuando no sean demasiado sucios. Y siempre y
cuando la suciedad no salpique ms de la cuen-
ta.
Lo peor que podra existir en la mente
pragmtica del presidente es la falta de goberna-
bilidad. La democracia no debe ser un bien ilimi-
tado. Su oferta debe restringirse. El Estado debe
ser efcaz. Para conseguirlo es menester equili-
brar la oferta a todo cuanto no impida la gober-
nabilidad. Para ello deba reforzarse el control
del pas, aunque el costo supusiera la invasin o
dao a ciertos bienes privados. El principal juez
del bien nacional, y de los bienes privados pere-
cibles o descartables result ser el jefe del espio-
naje y el superpoder del servicio de inteligencia.
Convertido en el facttum del poder a la
sombra, el poder militar qued controlado y
subordinado. Pero subordinado no a Fujimori,
sino a Montesinos. Qued establecido un nexo
y articulacin en el sistema de poder a partir de
dos elementos claves: la presidencia de la rep-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
30
CSAR DELGADO-GEMBES
blica y la burocracia de las fuerzas armadas. La
pieza clave fue el jefe del espionaje nacional a
quien desde el servicio de inteligencia nacional
se atribuy la potestad de defnir lneas de man-
do a partir de no otro criterio que la discrecin y
confanza por necesidades del servicio, en vez
de la lnea de carrera y mritos de la profesin
militar.
A fnales del rgimen de Fujimori-Mon-
tesinos haba conseguido ubicar a gente de su
ms estricta confanza en los puestos ms impor-
tantes, as como a destituir a los crticos o confic-
tivos
115
. El poder militar estaba consolidado. Y en
la misma proporcin el poder civil haba queda-
do sometido a la hegemona militar: un presiden-
te civil a la cabeza de todo el sistema poltico, un
parlamento mayoritario a su disposicin, un po-
der judicial y Contralora sometidos al igual que
la mayora de instituciones y organismos claves
en la organizacin y rol fscalizador del Estado,
y un aparato de chantaje y de manipulacin de
la opinin pblica efcientemente montado para
neutralizar a los enemigos incmodos en los mo-
mentos difciles. Sean de la esfera privada, como,
en particular, de la esfera pblica.
Descubierta la trama con el hilo conductor
del soborno al congresista Kouri por un grupo
de congresistas inmune a la presin y chantajes
como eran Olivera, lberico e Higushi, qued de-
velada la ilegitimidad del poder del presidente
de la repblica, as como el titular efectivo del
poder en el Per. Fujimori deba jugar sus cartas
y encontrar una fuente de respaldo de su accionar
ms all de la cpula. Tarea nada fcil, dado que
marcar distancias con Montesinos cre un vaco
de poder innegablemente complicado de llenar.
La presidencia qued desarticulada de su fuen-
te de efcacia y el montaje de legitimidad legal
de la mayora parlamentaria qued diezmada e
igualmente desmontada con los desbordes de los
trnsfugas espantados, de los arrepentidos y de
los leales al liderazgo efectivo de Montesinos.
Este es el contexto que en el plano militar
muestra el desmembramiento del momento he-
gemnico de Fujimori y de Montesinos, y a la vez
la urgencia de un nuevo piso para un rgimen
poltico fatalmente fsurado. La salida ms efcaz
era la pronta convocatoria a elecciones previa la
adopcin de medidas legislativas que allanen el
camino a la normalidad y superen la ausencia de
fundamento poltico.
2.2.- Sntoma de ilegitimidad parlamentaria
El hecho inconcuso es que un congresista
haya sido comprado, para fabricar la mayora
parlamentaria de que careca el gobierno en el
congreso, trajo consigo la sospecha inminente de
ilegitimidad de la mayora parlamentaria, y con
ella la de la presidencia del congreso y sus comi-
siones, as como la propia ilegitimidad del gabi-
nete Salas Guevara Schutz. El caso del congresis-
ta Alberto Kouri Bumachar afect la estabilidad
del parlamento de Fujimori y determin su ilegi-
timidad. Ilegitimidad a tal grado que el congreso
result intil como foro de conciliacin de posi-
ciones. El congreso, por el contrario, no obstante
subsistir como reserva de algn contingente de
legitimidad, se haba convertido en un foco de
exacerbacin de antagonismos y polarizaciones
que llevaban al pas por una pendiente incierta
y turbulenta, y no apareca como el rgano que
contaba con la capacidad ni la destreza indispen-
sables para remontar exitosamente la crisis que
la historia le puso delante.
La supuesta compra de un equipo de feda-
yines para el rgimen de Fujimori sera sin duda
un acto fraudulento y defraudatorio que afecta el
sentido de la voluntad popular. Un acto de legiti-
macin que corresponde a la misma especie que
la aprobacin de la llamada ley de interpretacin
autntica N
0
26657, o al de la falsifcacin de las
frmas que permiti la inscripcin de Per 2000
a comienzos del 2000 ante la Ofcina de Procesos
Electorales, de cuya investigacin se excluy a
otro importante funcionario pblico, como era el
congresista Oscar Medelius, a quien se responsa-
bilizaba de la organizacin de la falsifcacin
116
, a
la vez que de servir de nexo entre Montesinos y
los denominados congresistas montesinistas
117
.
En el pasado se conocieron casos graves
de ilegitimidad parlamentaria basados en proce-
dimientos ilcitos. Uno de los ms clebres fue
la eleccin viciada del seor Becerra de la Flor
como presidente del Senado en julio de 1966,
como consecuencia de la falta de conformidad
entre el nmero de cdulas y el nmero de se-
nadores votantes, en razn de lo cual el senador
Luis Alberto Snchez declar viciada la eleccin
de Becerra de la Flor y procedi a una segunda
votacin en ausencia de la oposicin parlamen-
taria integrada por la alianza Accin Popular y
Partido Demcrata Cristiano que abandon el
saln de sesiones. En la segunda eleccin gana el
candidato de la coalicin APRA-UNO, Julio de
la Piedra. La leccin de este caso es que la crisis
de ilegitimidad se resolvi mediante la renuncia
de de la Piedra a la presidencia del Senado, y la
posterior eleccin a mediados de agosto de 1966
de David Aguilar Cornejo.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
31
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
No carece por eso de razn, an ms, es
totalmente razonable y coherente con los princi-
pios y la lgica de los hechos, que se gestionara
el reemplazo de la Mesa Directiva por una elegi-
da con representacin de las distintas minoras
en el Congreso. Solamente la taita de lucidez y
apego al poder poda aconsejar a la congresista
Martha Hildebrandt reacciones como la de que
ella no sucumbira a la oposicin ni a pedidos
de renuncia, porque ella no abdicaba de su au-
toridad. La ceguera moral y poltica en la seu-
domayora del congreso revelaba que no estaba
a la altura de las exigencias que el pas tena en
circunstancias tan difciles. Una crisis es todo lo
contrario a un momento en el que uno puede re-
accionar con las normalidades confrontacionales
y los antagonismos exasperantes. La falsedad del
ttulo parlamentario en la presidencia del con-
greso no puede dar autoridad para exigir lealtad
de nadie. Peor an. Pretenderla socava ms toda-
va la ilegitimidad de toda la institucin, cuando
el propsito central es encontrar puntos slidos
para reconstruir la institucionalidad diluida.
La salida obvia habra sido la disponibili-
dad de la Mesa Directiva de desprenderse de sus
cargos y convocar a nuevas elecciones. As un
punto de discrepancia podra quedar resuelto, a
la vez que se daba muestras de que el congre-
so poda ser considerado como algo ms que un
simple lugar de trmite para acuerdos a los que
se llegaba en un foro paralelo, como era la Mesa
de Dilogo presidida por el embajador domini-
cano Eduardo Latorre. El congreso tena que re-
cuperar el protagonismo y vitalidad dejados de
lado por la intransigencia obcecada del autorita-
rismo de la seudomayora parlamentaria.
La conclusin incuestionable para la po-
blacin luego de constatado el agenciamiento de
lealtades parlamentarias era que el congreso no
lo representaba legtimamente. Este mismo con-
greso, sin embargo, era el puente entre el colapso
y el nuevo rgimen, con toda su falta y mancha
de origen. El enlace entre el orden deteriorado
y el orden por fundar. El ltimo eslabn de un
proyecto autoritario, a la vez que el primero de
un nuevo intento democrtico.
En medio de una crisis de proporciones in-
slitas, uno de los pasos hacia la regeneracin de
la vida parlamentaria deba ser, por eso, el cam-
bio de mando en la direccin del congreso. Y si
la distraccin poltica, la tozudez de carcter, la
ceguera espiritual o la soberbia emocional de la
mesa directiva le impeda percibir las urgencias
y exigencias de la hora, si los retrasos de su sen-
sibilidad y visin alejaban al Per de un destino
ms libre y democrtico, el nico camino deba
ser su remocin, destitucin y censura.
Fueron dos los intentos de censurar a la
Presidenta del Congreso. Nunca tuvo xito en la
historia poltica del pas que un presidente del
congreso haya podido ser censurado. El inten-
to de octubre del 2000 confrm los preceden-
tes. Sin embargo, el 13 de noviembre la oposi-
cin consigui su objetivo y, adems, marc un
hito histrico en la vida parlamentaria del Per.
Martha Hildebrandt, elegida con los votos de la
mayora el 26 de julio del 2000, fue censurada.
De esta manera se subsan la ilegitimidad de la
mayora hechiza de Per 2000 y se recompuso la
dinmica parlamentada. noviembre del 2000 tra-
jo consigo ventarrones de renovacin y el dao
qued hecho. El desmantelamiento de la trama
que ocultaba y confunda la verdad con la men-
tira, el engao con la rectitud, sacudi las con-
ciencias de los dudosos y los convirti en una
nueva fuerza poltica ms all de los linderos de
las adhesiones con que originalmente quedaron
comprometidos al conceder sus votos a la prime-
ra Mesa Directiva ntegramente compuesta por
mujeres.
Censurada Martha Hildebrandt, y elegido
en su reemplazo el congresista Valentn Pania-
gua con votos de la oposicin adems de algunos
otros de la anterior mayora parlamentaria, el ca-
mino para el cambio de mando en la conduccin
de la transicin tambin qued allanado. Qued
claro que la oposicin haba ganado adhesiones
de octubre para noviembre. El desenlace de la
cada defnitiva se acercaba. Las revelaciones so-
bre las cuentas bancarias de Montesinos en Sui-
za, as como las comisiones por la compraventa
de armas y otras formas proscritas de ganancia
de dinero precipitaron aceleradamente el colap-
so, y abrieron la va para que la posta sea asumi-
da por la oposicin. Haber logrado la censura de
la presidenta del congreso fue una demostracin
clara de la recomposicin de fuerzas en el parla-
mento, a la vez que un aviso del siguiente paso:
el reemplazo de Fujimori como presidente de la
repblica y, tambin, como conductor de la tran-
sicin. El congreso haba cumplido y la higiene
que el pas demandaba de sus representantes
qued satisfecha y saneada con el cambio.
2.3.- Lmites de higiene poltica: la comunidad
internacional
Los anlisis de coyuntura por lo regular
tienden a enfocar el papel que cumplen los acto-
res nacionales solamente en el desenvolvimiento
de los hechos normales o extraordinarios. Pero
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
32
CSAR DELGADO-GEMBES
en la crisis del 14 de Setiembre la situacin esta-
ba ya entroncada con una red de relaciones in-
ternacionales que hace imposible eludir el reco-
nocimiento de la comunidad internacional como
uno de los nodos alrededor de los cuales se des-
envuelven y desatan los confictos que anud la
ilegitimidad militar en el poder.
La legitimidad de la mayora del congre-
so haba quedado defnitivamente cuestionada.
El cuestionamiento se dio por la desintegracin
del bloque de 64 congresistas luego del desban-
de de trnsfugas y retrnsfugas, pero especial-
mente por la incapacidad de los miembros de la
mayora para concebir la naturaleza de la crisis
y la diferente posicin que le corresponda en el
momento emergente
118
.
Cuestionada la legitimidad de la mayora
qued igualmente cuestionada la del gobierno,
que recibe la investidura del congreso. Deba
recurrirse a un foro ajeno al del congreso, en el
cual cupiera un espacio de discusin imparcial.
El foro central para la solucin de la crisis, por
lo tanto, dej de ser el congreso, y pas a ser la
Mesa de Dilogo coordinada por representantes
de la OEA.
A diferencia de lo ocurrido en anteriores
ocasiones en el Per, excepcin hecha proba-
blemente del papel que cumpli la OEA en su
Asamblea de las Bermudas con ocasin del au-
togolpe del 5 de abril de 1992 y la frmula para
el retorno a la constitucionalidad, la crisis des-
atada en el Per a partir del 14 de setiembre es
un ejemplo por antonomasia de la participacin
de actores internacionales en los hechos polticos
internos
119
.
La OEA fue, como ya se ha visto, uno de
los protagonistas tanto en el proceso de recono-
cimiento del mandato electoral a favor del pre-
sidente Fujimori, donde la iniciativa de Mxico
y Brasil neutraliz el pedido de Estados Unidos,
Costa Rica y Canad para desconocer la elec-
cin fraudulenta de Fujimori y aplicar sanciones
internacionales a menos que se restableciera la
normalidad democrtica, como igualmente cum-
pli un papel activo en el proceso de transicin
y retorno a la normalidad con la crisis del 14 de
setiembre
120
.
En este caso la labor de la OEA consista en
promover el dilogo entre los diferentes sectores
de la sociedad peruana y supervisar el progre-
so de la implementacin de las reformas
121
que
se acord llevar a efecto en la Asamblea General
de la OEA llevada a cabo los primeros das de
junio del 2000 en Windsor, Canad, como conse-
cuencia del informe de la Misin de Observacin
Electoral de la OEA en el Per y de la opinin
expresada por el presidente de la Asamblea Ge-
neral de la OEA, Lloyd Axworthy y su Secretario
General Csar Gaviria luego de la visita que rea-
lizaron en el Per del 27 al 30 de junio.
Al recibir a Montesinos, Panam accedi a
los requerimientos del hemisferio para facilitar el
proceso de democratizacin en el Per. No obe-
deci a la sola gestin del interesado, ni a la de
los representantes del gobierno peruano. Fueron
los pedidos concurrentes de los presidentes de
varios pases, entre ellos probablemente el ms
importante el del presidente Cardoso del Brasil,
a la vez que la formalizacin y canalizacin for-
mal del mismo a travs de la OEA mediante C-
sar Gaviria, los que dieron la salida temporal a la
expatriacin del jefe del espionaje nacional.
***
El papel de la OEA tuvo un carcter emi-
nentemente poltico y pragmtico, circunstancia
que llev a desazn a quienes esperaban de sus
representantes una posicin ms centrada en lo
que podra llamarse una cultura democrtica y
constitucional de carcter continental. Por el con-
trario, su posicin estuvo inspirada en el recono-
cimiento de situaciones de hecho y de equilibrio
interno de fuerzas, antes que en un papel pro-
activo a favor de la articulacin de la resistencia
contra el poder paralelo, carente de legitimidad
representativa y menos an popular.
Si a alguna ideologa cabra apelar para ti-
pifcar el papel de la OEA sa seria la del recono-
cimiento de la cultura militar como sustento del
poder poltico en los pases latinoamericanos. A
pesar de que la OEA pudo recurrir a los Pactos
que rigen el desarrollo continental de las Am-
ricas, opt por concordar voluntades en dos pla-
nos. En el primero se movi el propio Secretario
General de la OEA, que apoy y articul salidas
que no eliminaban la ilegitimidad y, por lo mis-
mo, aval la ilegitimidad con su complicidad as
como con la complicidad de los presidentes de
otros pases que promovieron una transicin que
no erradicaba la impunidad y que, peor an, la
favoreca y facilitaba su metamorfosis y trans-
formacin. Y en el segundo, que fue cumplido
por Latorre como cabeza de la Misin Especial
encargado de la Mesa de Dilogo, facilit el di-
logo plural con diversas fuerzas sociales del pas,
como eran las diversas tendencias de la oposi-
cin, gremios empresariales, organismos no gu-
bernamentales, y la iglesia y, del otro lado, con
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
33
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
algunos miembros del gabinete que actuaban
como interlocutores en nombre del gobierno.
De igual forma otro argumento utilizado
respecto del factor internacional fue el comuni-
cado de prensa redactado por el Secretario Ge-
neral de la OEA, en el que se adverta que su
continuidad como Jefe de Estado puede signif-
car incertidumbres y representar un obstculo
para el normal desarrollo del proceso democr-
tico
122
. De esta manera se interpret que la OEA
tomaba una posicin marcadamente frontal ante
el rgimen de Fujimori, respecto al que haba ac-
tuado contemplativamente cuando los Estados
Unidos, Costa Rica y Uruguay adoptaron una
posicin comn en Windsor, Canad, en contra
del procedimiento electoral que le reconoci la
victoria electoral. La posicin de la OEA refej la
posicin de Brasil, Mxico y Argentina, que ape-
lando al principio de no intervencin afrm que
los principios de democracia continental sean
supeditados al primero.
De manera parecida, el papel de la OEA
fue igualmente capital cuando el propio Gaviria
intercede ante el gobierno de la presidenta Mi-
reya Moscoso, de Panam, para que reconsidere
positivamente el pedido de asilo para Vladimiro
Montesinos, papel en el que concurrieron igual-
mente los presidentes Cardoso, De la Rua, Lagos
y Zedillo, de Brasil, Argentina, Chile y Mxico.
***
El doble discurso es una herramienta pe-
ligrosa en el desarrollo de la poltica, ms an
cuando se accede a promover la concertacin y
conciliacin en situaciones antagnicas. Este he-
cho expone a la institucin a la falta de credibili-
dad cuando llega a tomar partido por uno de los
actores en la relacin, pero el descrdito es toda-
va mayor cuando lo hace al amparo de la realpo-
litik en vez de las normas que su carta y pactos
constitutivos respaldan. La actuacin de la OEA
llev a reconocer la raz corrupta del poder de
facto del gobierno y la lgica y procedimientos
ilegtimos de los actores que lo amparaban, y
neg el discurso universal y de integracin que
la justifcaba.
El xito de su papel, sin embargo, es que
ayud en el proceso de desfogue o desahogo de
las tensiones, permitiendo el entroncamiento de
enlaces con otros pases de la regin que colabo-
raron entre si para crear alternativas viables, as
como constituyendo el foro de deliberacin que
se requera para articular a actores que carecan
de espacio apropiado para resolver plural y con-
sensuadamente los extremos en discordia.
***
Se afrm que Fujimori tom la decisin
del sbado 16 de setiembre de anunciar el ade-
lantamiento de las elecciones, porque sufri pre-
siones de los Estados Unidos. La especulacin
sobre dicha presin surgi por el rumor de que
la Secretaria de Estado de los Estados Unidos,
Madeleine Albright, le habra anunciado en su
encuentro en Nueva York alrededor de una se-
mana antes de la crisis que los Estados Unidos
adoptara sanciones contra el Per a menos que
se adoptaran acciones claras sobre la situacin
poltica nacional en materia del proceso demo-
crtico. Otra fuente es la presencia del embaja-
dor americano en el Palacio de Gobierno a algu-
nas horas despus de conocerse el vdeo por la
televisin.
La presin internacional es un factor que
impide o, por lo menos, restringe, ciertos cursos
de accin. Las posibilidades, por ejemplo, de que
las Fuerzas Armadas optaran por la va del gol-
pe de estado como una salida de la crisis tienen
en la reaccin de la comunidad internacional un
desincentivo a sus iniciativas. Minimizar o ig-
norar este factor traera reacciones econmicas
y polticas que lesionaran en principio a la co-
munidad nacional pero igualmente, y en mayor
grado, su propia posicin como institucin.
Pero ms all del incentivo negativo sobre
los actores de la crisis, la comunidad interna-
cional representa igualmente un incentivo po-
sitivo como agente cohesionador de consensos.
Este papel tiene asidero en la imparcialidad que
acompaa a quienes como observadores ms o
menos desinteresados pueden facilitar el logro
de consensos entre pretensiones en mayor o
menor grado maximalistas. Los agentes de or-
ganismos internacionales presentes en los foros
y mesas de discusin actan como las aletas de
refrigeracin en los motores
3.- Refexiones fnales
Cul era la mejor salida de la crisis? Era
necesario que Fujimori anuncie su abandono de
la presidencia? Pudo haber decidido el adelan-
tamiento de su apartamiento del cargo sin anun-
ciarlo cuando lo hizo? Y haber dejado de anun-
ciarlo ante la opinin pblica no habra precipi-
tado la iniciativa de la cpula militar para dar un
golpe contra el propio Fujimori? Fue la presin
interna lo que lo motiv a facilitar el camino a
la desantagonizacin, fue su decisin resultado
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
34
CSAR DELGADO-GEMBES
de la presin externa, o se debi simplemente a
la solicitud y urgencias que le hizo su hia Keiko
Sofa? Debi dirigir Fujimori la crisis?
Una primera revisin de la crisis, a tres
meses de haberse producido el sntoma de su co-
lapso, deja ver que la lgica y contradicciones se
reprodujeron de modo simtrico en los diversos
foros. La metstasis de la crisis dej ver, igual-
mente, que el mal era el mismo: el cncer de la
corrupcin al interior de las fuerzas armadas. Por
eso es que la solucin a la crisis lleg a un punto
en el que se concibi que lo central para desatar
el nudo del antagonismo era que la sociedad ci-
vil respalde de modo unnime a su presidente,
de manera que las fuerzas armadas abdiquen de
su condicin hegemnica en la coyuntura. Tal
medida consista en priorizar los niveles de ile-
gitimidad, ubicando en el ms alto la usurpacin
del poder por los altos mandos militares que
esgriman posiciones de dominio y establecan
condiciones de respaldo al presidente.
Una vez consolidado el poder presidencial
como conductor de la transicin y establecida
la lnea de mando legtima de orden poltico, el
primer obstculo en la crisis habra quedado re-
suelto. Sin embargo, tal respaldo tendra senti-
do exclusivamente si se cumplen las siguientes
condiciones: primero, que el presidente, su gabi-
nete y su mayora reconocan abierta y transpa-
rentemente la inminencia efectiva de la amenaza
militar, hecho ste que supona igualmente la
entrega y confanza del presidente a quienes le
ofrecan su respaldo; la factibilidad que un gru-
po al interior de las fuerzas armadas tuviera la
conviccin de que era necesario desconocer a la
cpula militar formal y regularmente establecida
asumiendo una actitud de antagonismo contra la
autoridad; y tercero, que la unidad de la socie-
dad civil fuera efectivamente una posibilidad y
por lo tanto que la pluralidad encontrara puntos
de convergencia
A fnes de setiembre del 2000, cuando se
entibiaba en Lima la atmsfera de primavera, el
proceso y voluntad poltica para el trnsito a la
democratizacin pareca abrirse camino. El de-
cado liderazgo de un Fujimori, ablandado por
los maretazos de un ocano poco pacifco, retena
todava el hlito de la lealtad en sus seguidores.
Las aguas embravecidas de dos semanas poco
santas permitan divisar un ncleo de consensos
mnimos. La conclusin ms dolorosa para mu-
chos fue el haber tenido que depender de la su-
pervisin internacional para corregir la obcecada
y lamentable testarudez de un lder autoritario.
La leccin mas importante: mantener la separa-
cin entre poder poltico y aparato militar. A eso
obedeci probablemente que Pablo Macera afr-
mara que era mejor que Montesinos se encuentre
fuera del pas que adentro
123
.
El copamiento del Estado y los costos que
trajo a la sociedad fueron tremendos. El inten-
to de desmontaje probablemente acabar con la
epidermis pero los efectos y el dao habrn sido
igualmente grandes. No se olvide que, indepen-
dientemente de los errores propios de los lderes
de los partidos polticos, fue el aparato militar el
que construy las campaas sicosociales, que re-
produjo indulgentemente la prensa, en contra de
este importante medio de intermediacin de la
voluntad poltica. Acabado el proyecto Fujimori
est pendiente la restauracin de las asociacio-
nes cvicas y partidarias. Una nueva ideologa de
participacin, y tambin de asociacin poltica,
queda por construir en la primera primavera del
siglo XXI.
Participacin, reglas electorales y cultura
poltica
Conforme avanza el lento proceso hacia
el reequilibrio institucional y democrtico, al-
gunas dudas y preguntas van abrindose paso.
En realidad resulta que ms son las dudas que
las explicaciones, y ms son las preguntas que
los ensayos satisfactorios de respuesta. Entre las
preguntas que van apareciendo, algunas son,
por ejemplo, cules son las incrustaciones o en-
claves autoritarios que todava han quedado sin
desmontar?, qu limites ha impuesto el rgimen
al interior incluso de la oposicin, que impiden
cambios polticos e institucionales ms francos
en el congreso, el poder judicial, las fuerzas ar-
madas y la polica nacional?, qu cambios no
resultan posibles exclusivamente por la cultura
de la composicin poltica del congreso, como
eje del todava pendiente proceso de transicin
hacia la democracia plena?
La experiencia de estos diez ltimos aos
de vida poltica sugiere que es necesario mejo-
rar los mecanismos, reglas y mtodos de parti-
cipacin y control poltico de la poblacin, de
modo que la deliberacin que usualmente queda
restringida al mbito de los crculos estatales se
expanda y sea posible consumir cada vez ms
la opinin, intereses y posiciones de los distin-
tos grupos de la sociedad. Los procedimientos
hasta ahora utilizados son restrictivos. Revelan
una actitud desconfada frente a la opinin de la
comunidad. En cuando reservan la opinin pol-
tica al circulo de los representantes elegidos a la
vez que desperdician valiosos insumos de salud
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
35
poltica y social confguran un modelo elitario
de decisin poltica que es conveniente revisar.
El gran aporte de la democracia deliberativa es
la preocupacin por la difusin y multiplicacin
de foros, a la vez que la aproximacin al diseo
de los procedimientos para incorporar las opi-
niones particulares sobre problemas propios de
la esfera pblica, con el menor riesgo posible de
paralizar ni desestabilizar la marcha del Estado.
Esta es una lnea de desarrollo de los procesos
polticos pendiente de explorar.
El aporte de la democracia radical, ins-
pirada en las refexiones de Laclau y Moufe es
igualmente oportuno tenerlo presente. Concebir
la democracia como un punto de llegada, en vez
de un punto de partida o un punto de trnsito,
ha llevado a concentrar el anlisis sobre el xi-
to de la democracia a las instituciones estatales,
descuidando la cultura de la poblacin a la cual
representan las instituciones y los lderes elegi-
dos. Probablemente la mejor manera de hacer de
nuestras instituciones democrticas es incorpo-
rar la pluralidad y las diferencias en los procesos
polticos, de tal modo que la evaluacin de los lo-
gros no se realice exclusivamente en trminos del
rendimiento o la efcacia. Es importante incorpo-
rar como un criterio de evaluacin la valoracin
de niveles cada vez ms amplios de inclusin de
la diversidad en los procesos polticos. La teora
de la democracia radical tiene como principio el
carcter relativo del rgimen democrtico y, por
lo tanto, asume que parte del mismo es la impo-
sibilidad de lograr resultados que satisfagan ab-
solutamente a toda la diversidad y pluralidad de
individuos o tendencias en cualquier sociedad.
Todo proyecto democrtico es, fnalmente, un
proyecto hegemnico en el que algunos discur-
sos tienen mayor capacidad de dominio sobre
otros. El rgimen es democrtico en la medida
en que sea ms difusa la posibilidad de articular
proyectos diversos de hegemona.
La democracia deliberativa y la democra-
cia radical apuntan por tanto a un rgimen en
el que se robustezca e incentive la participacin.
Este objetivo puede alcanzarse naturalmente con
las propuestas de uno y otro modelos, pero es
igualmente valioso revisar el aporte de la teora
de la democracia republicana, que afrma la de-
mocracia como un rgimen de vida en comuni-
dad antes que como un sistema puramente insti-
tucional. La democracia republicana enfatiza en
la condicin objetiva y universal de los valores
de la comunidad, y en la dependencia que el Es-
tado debe tener de la comunidad. Precisamente
la propuesta inversa a la generalmente obser-
vada en los anlisis que enfatizan en el anlisis
institucional. Si el Estado es un subproducto de
la comunidad, su dominio no puede ser en per-
juicio de sta. Al contrario, la comunidad retiene
el control axiolgico ltimo de los logros del Es-
tado. La comunidad no admite su reduccin a la
agregacin de preferencias individuales. Por el
contrario, ms all de la suma de individualida-
des existe una colectividad distinta de las partes,
la misma en la que comparten una misma cultu-
ra, racionalidad y proyecto de vida. Esta comu-
nidad no delega al Estado ni a sus representantes
su soberana. En el contexto actual, este mismo
cuerpo de ideas recupera la identidad del cuerpo
soberano y, por ello, exige mecanismos y proce-
dimientos efectivos de participacin y de control
poltico de manera que el leviatn no se desbor-
de.
Entre los aspectos pendientes en materia
de participacin de la diversidad y de la plura-
lidad de la comunidad en los procedimientos
deliberativos y de control poltico y social, los
que estn pendientes de revisar son los relativos
a la expresin de la voluntad poltica colectiva.
Uno de los ms saltantes es la injerencia del con-
greso en los procesos de consulta popular como
el referndum. Otros dentro del mismo mbito
incluyen los diseos electorales que favorezcan
un mejor ndice de representacin de la plura-
lidad de colectividades en el pas, que tiene que
pasar por la revisin de las actuales cuotas de
representatividad ante el congreso, de modo tal
que sea posible el enlace apropiado entre el re-
presentante y unidades orgnicas de la comuni-
dad para hacer posible el control y una mayor
correspondencia e identidad entre comunidad y
Estado.
Un aspecto que debe advertirse al prepa-
rar la optimizacin de la relacin entre la comu-
nidad y el Estado, es que el sistema electoral no
debiera incentivar la proliferacin de alternati-
vas alrededor de personas sino de propuestas
o programas integrales. La opcin debe ser por
la idea y por los smbolos culturales que encar-
nan las agrupaciones, antes que por la atomiza-
cin alrededor de individuos y el ideario de sus
propios y particulares intereses. Existe una ten-
dencia fuerte a apoyar el voto preferencial, bajo
el argumento de que facilita la preferencia del
elector. Ello es ms una ilusin y una apariencia
que una realidad. El elector no conoce a los can-
didatos lo sufciente para poder elegir apropia-
damente entre unos u otros. El voto preferencial,
adems, es til como mecanismo de compensa-
cin ante los poderes excesivos que pueden lle-
gar a tener las cpulas partidarias en el proceso
de seleccin de sus lderes y de los candidatos
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
36
CSAR DELGADO-GEMBES
que presentan a puestos pblicos en nombre de
cada agrupacin. Si el rgimen de participacin
partidaria es virtualmente inexistente poco sen-
tido tiene neutralizar o suavizar la voluntad de
las cpulas. Todo lo contrario: de lo que se trata
es de fortalecer la organizacin de las agrupacio-
nes de manera que estn en mejores condiciones
de actuar como entes de propuesta que puedan
asumir plenamente la responsabilidad de dirigir.
Esto no es posible con el voto preferencial que
tiende a diluir y hasta a eliminar la capacidad de
ofrecer planes o propuestas coherentes con un
equipo y un personal elegido y comprometido
para llevarlo a cabo, sacrifcando si fuera necesa-
rio sus opciones personales.
La democracia es cuestin, ciertamente,
de reglas que se respetan. Pero es fundamental-
mente cuestin de reglas que se viven y encar-
nan en una cultura de pluralidad, de tolerancia,
de libertad y de democracia. La participacin y
el inters en hacernos cargo de los asuntos que
trascienden las fronteras de nuestra individuali-
dad es parte de una cultura compartida. En tanto
no cambie la visin que tenemos de la vida como
un fundo que parcela el mbito de nuestro inte-
rs exclusivamente individual ser muy poca la
mejora en la calidad de vida de nuestra comuni-
dad poltica.
La democracia es, en fn, un supuesto ti-
co y una manera de vivir. Es una conducta. No
slo reglas, estructuras, instituciones o normas.
El resultado de los procesos polticos depende
de la virtud de quienes viven la vida poltica en
la comunidad. Las reglas sern tanto ms tiles
y buenas cuanto mejores sean quienes deben
darles uso y ponerlas en prctica. La transicin
democrtica, por eso, es parte de un horizonte a
largo plazo que pasa antes por el reconocimiento
de la importancia de la educacin de la emocin
democrtica de los ciudadanos no menos que la
transformacin de actitudes y comportamientos
de los gobernantes y representantes de la colec-
tividad para poder vivir y crear las condiciones
en las que se afrme una cultura de la diferencia
y de la pluralidad.
El cimiento y techo de la democracia es, en
ltima instancia, la cultura de la gente y de los
actores en los procesos sociales, as como en los
procesos polticos de los rganos del Estado. La
estructura normativa e institucional son los n-
gulos, los lados y los vrtices del edifcio, pero
las personas son la materia que resiste, soporta y
ahorma esa estructura. Para que la contraola au-
toritaria sea fnalmente exorcizada es ms impor-
tante la metanoia de los espritus que los cambios
normativos. Si las gentes no cambian, los trajes
nuevos de la democracia sern slo remedo y ca-
ricatura de un orden inexistente. La democracia
supone un cambio profundo desde el ser, desde
la emocin y desde la vida. La legislacin ni las
sanciones hacen democrticos a los pueblos. El
cuerpo de la democracia es el afecto y la devo-
cin cotidiana y diaria de sus protagonistas. No
lo son las declaraciones de fligrana, solemnes y
untuosas, con las que suelen adornarse los go-
bernantes o los representantes del pueblo.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
37
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
1
Probablemente la mejor caracterizacin de la democradura fujimorista la ha hecho Sinesio Lpez. Ellas son que (1) se basa en un pluralismo
limitado con tendencia al protagonismo nico, en el que la oposicin democrtica es tolerada dentro de lmites estrictamente formales; (2) se
apoya en la desconfanza hacia los partidos polticos, estimula la despolitizacin de la poblacin a la vez que la participacin plebiscitaria; (3)
su propsito es durar y por eso desarrolla algunas polticas populistas, pero desconfa de toda ideologa y su accin es eminentemente prag-
mtica; (4) an cuando presenta un rostro civil en el gobierno y el congreso, el presidente es socio de la organizacin militar que lo sustenta,
con una presencia decisiva del servicio de inteligencia nacional, y con la neutralizacin de la funcin fscalizadora y de control de los rganos
constitucionales; y(5) no es transparente en sus decisiones, no acepta a rendicin institucional de cuentas y propicia la inseguridad jurdica
mediante la modifcacin de las reglas de juego segn los intereses del gobierno y de sus aliados. Cfr. Mediaciones polticas, democracia e
inters pblico en el Per de los 90, en Fracturas en la gobernabilidad, editado por Ral Urzua y Felipe Agero, Centro de Anlisis de Polticas
Pblicas y Universidad de Chile, 1998, pp. 487-488.
2
Al da siguiente: el fujimorismo como proyecto inconcluso de transformacin poltica y social, en El fujimorismo. Ascenso y cada de un
rgimen autoritario, Lima, IEP, 2000, p. 158.
3
ODonnell, Guillermo, y Schmiter, Philippe O., Transitions from Authoritarian Rule. Tentative conclusions about uncertain democracies; The Woo-
drow Wilson International Center for Scholars, The John Hopkins University Press, 1986, p. 6.
4
Loc. cit.
5
Ibid., p. 7.
6
Loc. cit.
7
Aunque por cierto no se llegaba al debate con la voluntad clara de alcanzar el xito. Recurdese por ejemplo que la oposicin dej de asistir al
congreso; que el ministro Bustamante Belaunde condicion la reforma constitucional de recorte del mandato a la aprobacin de una ley que
disponga la impunidad por actos cometidos por funcionarios pblicos en la lucha tanto vinculada al terrorismo como al narcotrfco; y que el
propio congreso prorrog su primera legislatura, que originalmente deba concluir a mediados de octubre hasta fnes del mismo mes.
8
Es interesante proyectar el tipo de transicin al que se habra arribado, segn que sta hubiera sido conducida plenamente por el gobierno, la
Mesa de Dilogo a travs de las negociaciones entre gobierno, oposicin y sociedad civil, o un rgimen provisional especfcamente designado
por la oposicin para conducirla. En el primero, el resultado habra equivalido a lo mismo de lo mismo, o a ms de lo mismo. En el segundo,
algo distinto con algo de lo mismo. Y en el tercero a mucho menos de o mismo y a algo mucho ms distinto. En cualquiera de los tres tipos
cabra hablar de transicin, aunque en los des primeros casos ms pareciera ser una transicin encubierta para mantener las races del mismo
rgimen. En sentido estricto debiera reservarse el concepto de transicin para referirla a las que suponen un proceso franco y no simulado de
liberalizacin del rgimen autoritario con fnes de democratizacin.
9
A propsito de la metfora de las olas y de las contraolas, es indispensable recordar las advertencias de Huntington, para quien la carac-
terstica elemental de la alternancia entre partidos propia de democracias estables es sustituida por un modelo cclico de alternancia entre
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
38
CSAR DELGADO-GEMBES
democracia y autoritarismo. De pases como el Per dice Huntington que esos pases tienden a oscilar entre gobiernos democrticos populistas y
regmenes militares conservadores. Bajo un rgimen democrtico, las posturas radicales, la corrupcin y el desorden alcanzan niveles inaceptables, y las
fuerzas armadas los derrocan, con un considerable acatamiento popular. A continuacin, sin embargo, se deteriora la coalicin que sostiene el rgimen mili-
tar, ste no logra resolver efcazmente los problemas econmicos, los ofciales profesionales se asustan ante la politizacin de las tuerzas armadas, y, de nuevo
con gran acatamiento popular los militares renuncian o son derrocados. En esos pases, el cambio de rgimen logra as la misma funcin que la alternancia
de partidos en un sistema democrtico estable. El pas no alterna entre sistemas polticos autoritarios y democrticos; la alternancia entre democracia y
autoritarismo es el sistema poltico del pas. Ver La Tercera Ola. La democratizacin a fnales del siglo XX. Barcelona, Paids, 1991, p. 50. El rgimen
de Fujimori sera, en este esquema, una variante de un rgimen militar conservador, en el que se recurri a polticas neopopulistas con los
sectores econmicamente ms desfavorecidos y al uso turbio de los medios de comunicacin para crear el respaldo popular cuya fnalidad
sera la mayor perdurabilidad del gobierno y de la coalicin civil-militar en el poder.
10
De esta manera se cumple la advertencia de Schmiter. Efectivamente nada fuerza a las dictaduras a liberalizarse, ni a las dictablandas a democrati-
zarse (...) Eso pertenece a las zonas grises de la vida poltica que Machiavelli denomin virt y fortuna. Cfr. La transicin del gobierno autoritario a la
democracia en sociedades en proceso de modernizacin: puede invertirse la proposicin (y el pesimismo) de Gino Germani?, en Los lmites
de la democracia Buenos Aires, CLACSO, p. 167.
11
En 1990 Alberto Adrianzn propona el replanteamiento de las relaciones entre Estado y sociedad, de modo que se incluyera en ellas el papel
del mercado en un ordenamiento democrtico y participativo, y postulaba que de no efectuarse tal replanteamiento el Per continuara pri-
sionero del dilema populismo o liberalismo seorial o, lo que es peor: que vivamos eternamente una situacin aparentemente transicional, expresin
de una sociedad bloqueada, siempre al borde del abismo e incapaz de construir un nuevo orden, ms justo y democrtico, sobre la base de la sociedad, la
reforma del Estado y lo mejor de las tradiciones democrticas socialistas y lilberales (Cfr. Estado y sociedad: seores, masas y ciudadanos, en Estado
y sociedad: relaciones peligrosas, Lima, DESCO, 1990, p. 42).
12
La tradicin autoritaria, Lima, Ed. Sur y Asociacin Pro Derechos Humanos-Aprodeh, 1999, p. 28.
13
Ob. cit., p. 39
14
Bobbio, explicando a Montesquieu, dice que el defecto del despotismo, de cualquier forma que adopte, es la concentracin del poder en la persona de uno
solo; y la concentracin del poder siempre es mala (Cfr. La teora de las formas de gobierno en la historia del pensamiento poltico, Mxico, FCE, 1992, p.
145). El tirano, dspota o caudillo son resultado de una caracterstica cultural en el Per, que tiene que ver con la confanza en el individuo antes
que en la ideologa, la bsqueda del dirigente providencial y el desdn por los planes de gobierno. Flores Galindo recuerda que el caudillismo asent sus
races antes que en una ideologa, en una mentalidad colectiva: la espera de un mesas, de un salvador, de un hombre providencial () El caudillismo es
jerrquico() Es una apuesta ciega en un individuo y en sus designios. Ob. cit., p. 33.
15
Una cultura, dice Maturana, es constitutivamente un sistema homeosttico para la red de conversaciones que la defne, y el cambio cultural, en general no
es fcil y sobre lodo, no lo es en nuestra cultura patriarcal que es constitutivamente un dominio de conversaciones que genera y justifca en forma explcita
acciones destructivas contra aquellos que directa o indirectamente la niegan con su conducta. Cfr. Conversaciones Matrsticas y Patriarcales, en Amor
y juego. Fundamentos olvidados de lo humano desde el patriarcado a la democracia, editado por Humberto Maturana Romesin y Gerda Verden-Zller,
Instituto de Terapia Cognitiva, Santiago de Chile, 1995, p. 53.
16
Dice este autor que la democracia no es un producto de la razn humana; la democracia es una obra de arte, es un producto de nuestro emocionar, una
manera de vivir de acuerdo a un deseo neomatrstico por una coexistencia dignifcada en la esttica del respeto mutuo. Lo que hace difcil el vivir en demo-
cracia en el medio de una cultura patriarcal que continuamente la niega, es el que las gentes que quieren vivir en democracia son en su origen patriarcales.
Y es precisamente porque ellas tambin son patriarcales en su origen, que ellas no entienden que la democracia no tiene justifcacin trascendental, y que es
de hecho artifcial, un producto de la coinspiracin, y creen que una vez que la democracia ha llegado a ser estabilizada, puede ser defendida racionalmente
a travs del uso de nociones tales como derechos humanos como si stos tuviesen validez universal trascendente, sin darse cuenta de que estos son tambin
arbitrarias obras de arte (...) La defensa de la democracia, y de hecho, la defensa de cualquier sistema poltico, necesariamente conduce a la tirana. Cfr. ob.
cit., p. 62.
17
Es una constante en nuestra historia, despus de todo, que la democratizacin de la sociedad civil ha marchado a contracorriente de la tendencia secular
que conduce al autoritarismo estatal y al ejercicio desptico del poder. Ibid., p. 61.
18
Uso la defnicin de rgimen de Cardoso, para quien el rgimen comprende las normas formales que vinculan a las principales instituciones pol-
ticas (al legislativo con el ejecutivo, al ejecutivo con la judicatura, y al sistema de partidos con todos ellos), adems de a la cuestin de la naturaleza poltica
de los vnculos entre los ciudadanos y los gobernantes (democrtica, oligrquica, totalitaria o la que sea). En Sobre la caracterizacin de los regmenes
autoritarios en Amrica Latina, en El nuevo autoritarismo en Amrica Latina, editado por David Collier, Mexico, FCE, 1085, p. 44.
19
Regularmente los anlisis constitucionales del rgimen poltico tienden a referirse solamente al aspecto del diseo institucional, y de ello se
desprenden defniciones poco precisas en relacin con el ejercicio efectivo del diseo de tales instituciones. Valentn Paniagua combina el
aspecto prctico del rgimen con el de su diseo, y califca al rgimen que norma la Constitucin de 1993 corno uno de presidencialismo abso-
lutista. Para Paniagua, el presidencialismo peruano es absolutista por el carcter personal que la Constitucin le atribuye al Poder Ejecutivo;
por el carcter precario de la descentralizacin del poder estatal; por la infuencia efectiva y liderazgo que el presidente de la repblica puede
tener sobre la mayora parlamentaria; as como por la gravitacin decisiva que tiene sobre el poder judicial y sobre las diversas instituciones
constitucionales autnomas. Adems, dice Paniagua, favorecen el absolutismo presidencial peruano factores como la eleccin popular directa
del presidente; la estructura unipersonal del Poder Ejecutivo que asegura el monopolio del poder del presidente, cuya opinin prevalece;
la representatividad del presidente, que le adjudica la personifcacin mstica de la nacin; y la irresponsabilidad poltica y administrativa
del presidente, que lo hace inimputable por la comisin de delitos de funcin. Cfr. Las relaciones legislativo-ejecutivo, en la revista lus et
Praxis, enero-diciembre 1992, N
0
19-20, pp. 70-77; y La Constitucin peruana de 1993 en Dereito. Revista Xuridica da Universidade de Santiago
de Compostela, Volurne lV, N
0
2,1995, pp. 9-52.
20
Cardoso, Fernando Henrique; Ob. cit., p. 48. Anbal Quiano indica que hoy, el control del poder poltico es, en lo inmediato, ejercido por una coalicin
entre: a) la faccin dominante de las Fuerzas Armadas, del Ejrcito en primer lugar; b) una reducida nueva tecnocracia poltica que encabeza el ingeniero
Alberto Fujimori (...); c) el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), formado por profesionales civiles y militares de inteligencia, como el principal ins-
trumento de gobierno (actualmente bajo la direccin de Vladimiro Montesinos, abogado acusado de vinculaciones con el narcotrfco, ex militar expulsado
del Ejrcito por cargos de espionaje por cuenta de la CIA. l tampoco tiene cargo formal y no tiene as responsabilidad ofcial). El diagnstico de Quiano
incluye en el rgimen a actores ajenos a la esfera estatal, y caracteriza al rgimen afrmando que 1) el pas est bajo el cogobiemo Fuerza Armada-
Fujimori con el patrocinio del FMI, y el respaldo de la gran empresa; 2) tiene la ms precaria institucionalidad desde la Segunda Guerra Mundial; 3) el poder
del Estado se ejerce de modo coercitivo, manipulatorio y arbitrario; 4) en benefcio de una franja minoritaria de la poblacin; 5) con la ventaja de no tener
en contra ninguna fuerza social o poltica organizada; 6) en consecuencia, sin tener que enfrentar ningn discurso social o poltico alternativo o siquiera
efcazmente crtico, mucho menos los respectivos movimientos sociales organizados, como ocurra en cambio desde los 20 hasta mediados de los 80. Cfr. El
Fujimorismo y el Per, Lima, SEDES-Seminario de Estudios y Debates Socialistas, 1995, pp. 11 y 14. En similar sentido ve el caso Sinesio Lpez,
quien seala que el golpe es promovido por el presidente de la Repblica y apoyado por los militares o un sector importante de ellos, dando origen a una
dictadura civil-militar El crculo se cierra con el respaldo de los empresarios y los tecncratas fondomonetaristas que pasan a formar parte del bloque en el
poder. La peculiaridad de esta dictadura es que la cabeza poltica es un civil, pero el soporte efectivo son los poderes reales: las fuerzas armadas y los empre-
sarios. Cfr. Per: una pista de doble va. La transicin entre el autoritarismo y la democratizacin (1992-1995), Documento IDS, suplemento
a Cuestin de Estado N 8-9, 1995, p. 10.
21
Como recordaba Alberto Flores Galindo, la paternidad del concepto de dictablanda le corresponde a Martin Adn (La tradicin autoritaria, Ed.
Sur y Asociacin Pro Derechos Humanos-Aprodeh, 1999, p. 30). Sin embargo, sobre el desarrollo conceptual de los conceptos mencionados
ver en particular el anlisis de Sinesio Lpez, Per: golpe, democradura y democracia, en Cuestin de Estado N 4-5, setiembre-octubre, Lima,
IDS, 1993; as como su Mediaciones polticas, democracia e inters pblico en el Per de los 90, en ob. cit. pp. 467-504.
22
De este parecer es Gonzalo Portocarrero, quien cree que en el Per la autoridad estara ms cerca del sultanismo, para emplear un trmino weberiano,
que del autoritarismo, porque en el autoritarismo hasta el jefe se pone al servicio de una misin o de un orden impersonal, mientras que en el sultanismo,
como dice Weber, el sultn puede cambiar la ley si es que esa ley no le agrada en un momento determinado. Lo que fundamenta el orden en el sultanismo es el
capricho del dominante, que es un poco lo que vemos en el Per, donde no hay un sentido ni una disciplina que trascienda y ordene a todos (en la entrevista
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
39
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
Modernidad popular, utopa del progreso y democracia, aparecida en la revista Cuestin de Estado, Ao 1, N 6, noviembre-diciembre 1993,
p. 48).
23
Dice John Crabtree que el gobierno de Fujimori utiliz muchas de las tradicionales prcticas populistas en la esfera poltica. Se reafrm una tradicin
autoritaria, basada en un estilo de gobierno personalista que huy de las instituciones representativas y los sistemas formales de fscalizacin (accountabi-
lity). Se forj una relacin nueva con el Ejrcito, mientras que los partidos polticos fueron relegados aun ms a los mrgenes del sistema poltico. Debido a
las nuevas polticas econmicas y al impacto que tuvieron en la distribucin y la desigualdad, se estableci un nuevo sistema de control poltico basado no en
la inclusin y participacin sino en nuevas formas de patrocinio y clientelismo. Cfr. Neopopulismo y el fenmeno Fujimori, en El Per de Fujimori
1990-1998, editado por John Crabtree y Jim Thomas, U. del Pacfco - IEP, 1999, pp. 68-69.
24
Cynthia Mcclintock seala que la clasifcacin apropiada para el Per (1995 al presente)es de autoritaria y no de una democracia delegativa, una pseu-
dodemocracia o una democracia con cualquier tipo de adjetivo. Un criterio fundamental para nuestra estimacin es la evaluacin de los propios peruanos de
que el terreno electoral para las elecciones presidenciales del ao 2000 est sesgado y que muy probablemente las elecciones sern fraudulentas. Los peruanos
basan sus evaluaciones en sus percepciones de la voluntad poltica del presidente Fujimori y no en cualquier precedente especifco. Ver Es autoritario el
gobierno de Fujimori?, en El juego poltico. Fujimori, la oposicin y las reglas, editado por Fernando Tuesta Soldevilla, Lima, ed. Friedrich Ebert
Stifung, 1999, p. 92.
25
Es importante recordar que el populismo nace, segn lo seala Alberto Adrianzn, junto con el Estado moderno, bajo la repblica aristocr-
tica, como la cara plebeya del rgimen oligrquico (cfr. Estado y sociedad: seores, masas y ciudadanos, en Estado y sociedad: relaciones peligrosas.
Lima, DESCO, 1990, p. 15). Sinesio Lpez afrmaba en 1990 que los peruanos estamos asistiendo a los estertores de la poca populista y modernizante
de nuestra historia contempornea() El cierre de la poca populista agota el diagnstico antioligrquico del Per, la industrializacin sustitutiva de impor-
taciones como modelo de desarrollo y las estrategias estatizantes propias del populismo latinoamericano (cfr. El Per de los 80: sociedad y Estado en el
fn de una poca, en Estado y sociedad: relaciones peligrosas, DESCO, 1990, pp. 202-203). Al parecer fue prematura la partida de defuncin que
extenda Sinesio Lpez, porque ste fue reeditado y remozado bajo la poca de Fujimori, al que los tericos han llamado neopopulisrno. El
neopopulismo al que recurre el rgimen de Fujimori se basa en la amplia dependencia de un segmento importante de la poblacin de la ayuda
social del Estado. Nelson Manrique recuerda que segn datos de INEI, en 1998, ms de 9 millones de peruanos dependan de la ayuda alimentaria
del Estado (ver La corrupcin como sistema en la revista Debate Vol. XXII, N
0
112, diciembre 2000-enero 2001, p. 28). En sentido semejante
Cynthia Sanborn y Aldo Panfchi sealan que el poder ha continuado concentrado en un Presidente fuerte, quien acta en nombre de los ciudadanos (o
ms bien del pueblo), pero quien no rinde cuentas ni a ellos ni a otros poderes. Su legitimidad no est basada en principios de ciudadana ni respeto a las
instituciones democrticas, sino en logros de sus polticas econmicas que prueban su efcacia. Esto puede generar un proceso circular: cuanto ms xito
tenga el lder mayores sern sus exigencias autoritarias, pero tambin las expectativas de la poblacin sern ms grandes. Con el tiempo, este circulo vir-
tuoso se convierte en un circulo vicioso, y termina devorando al propio lder. Fujimori y las races del neopopulismo, editado por Fernando Tuesta
Soldevilla en Los enigmas del poder. Fujimori 1990-1998, Lima, Fundacin Friedrich Ebert, p. 62.
26
Enrique Obando dice que durante el gobierno de Alan Garca, pero mucho ms aun bajo el gobierno de Alberto Fujimori, se abandonaron los antiguos y
respetados mtodos de distribucin del poder dentro de las Fuerzas Armadas en favor de un sistema de cooptacin. La consecuencia de ello fue el estableci-
miento de una sola argolla casi permanente dentro de las Fuerzas Armadas (...) Puesto que esta nueva estructura no estuvo acompaada por la creacin de
una estructura paralela que limitara el poder de las Fuerzas Armadas, esto signifc que los generales cooptados por el gobierno alcanzaran una considerable
autonoma en sus relaciones con el Presidente. Cfr. Fujimori y las Fuerzas Armadas, en El Per de Fujimori 1990-1998 editado por John Crabtree
y Jim Thomas, U. del Pacfco - IEP, 1999, p. 377.
27
Cfr. por ejemplo, el trabajo de Francisco Durand, La democracia, los empresarios y Fujimori , en El juego poltico. Fujimori, la oposicin y las
reglas, editado por Fernando Tuesta Soldevilla, Lima, ed. Friedrich Ebert Stifung, 1999. Dice Durand que el periodo que inicia Fujimori y por
lo menos hasta 1998, se caracteriza por la predictibilidad de sus decisiones (a pesar de concentrar poderes) y la inclusin de los empresarios en la alianza
de gobierno. Esta alianza se forja desde 1990 y luego se cimienta en el golpe de 1992 (...). La alianza se mantiene, dando los empresarios repetidas muestras
de apoyo al rgimen. P. 199.
28
Cfr. el artculo de Catherine Conaghan, Entre las amenazas y la complicidad. El Estado yla prensa en el Per de Fujimori, en El juego poltico.
Fujimori, la oposicin y las reglas, editado por Fernando Tuesta Soldevilla, Lima, ed. Friedrich Ebert Stifung, 1999. Seala Conaghan que a pesar
del respeto formal a la libertad de prensa, las autoridades gubernamentales participaron en una amplia gama de prcticas destinadas a debilitar la autonoma
de la prensa y sus capacidades fscalizadoras (...) En vez de buscar infuir sobre la cobertura de la prensa por medio de la provisin de informacin, las autori-
dades peruanas siguieron el camino opuesto, negando el derecho a la informacin de la opinin pblica (...) La negacin y el secreto se hicieron, efectivamente,
una poltica pblica permanente. Esta poltica fue sancionada por el Presidente y puesta en prctica por los aparatos de inteligencia militar la mayora del
Congreso y el Poder Judicial (...) En el Per, los intentos del gobierno de contener la bsqueda de informacin y explicaciones por parte de la prensa se
inscribieron dentro de un patrn de conducta ms amplo, que tena como objetivo impedir que hubiera obstculos para el proyecto poltico fujimorista (...) el
Per proporciona ejemplos mltiples de cmo la conducta real de las autoridades puede vaciar de contenido el ordenamiento formal, y cmo algunos actores
sociales (como la prensa chicha) pueden colaborar con el enrarecimiento del clima democrtico. Pp. 270-271.
29
McClintock afrma que no ha habido un lder latinoamericano que haya sido responsable por la ruptura democrtica de un pas que se convierta luego en
el Presidente de un primer gobierno en su prxima ola democrtica. Ob. cit., pp. 92-93.
30
Una de las ms notables referencias al poder oculto en el rgimen de Fujimori fue La del Arzobispo de Lima, monseor Cipriani, quien habl
de l en el Te Deum, del 28 de julio del 2000, a inicios del tercer perodo. Carlos Reyna deca sobre la naturaleza nocturna del poder de Fujimori
que el poder oculto de verdad resultaba de una alianza bsica entre mandos militares, grupos empresariales locales y transnacionales, bancos internacionales
y ciertos organismos del Estado norteamericano. Todos los que pasaban por esa sala de flmaciones del Servicio de Inteligencia Nacional han sido emisarios o
asociados menores de alguna de esas redes. Todas ellas no solamente eran conocedoras privilegiadas del encumbramiento clandestino de Montesinos tras la
pantalla del presidente Fujimori, sino que lo aceptaban y transaban con l. En eso consista el fujmorismo (ver Poder oculto y democracia voyeurista
en la revista Quehacer, N
0
127, noviembre-diciembre 2000).
31
Para Nelson Manrique el rgimen de Fujimori pasar a la historia no tanto por la magnitud -de por s mayscula- de la corrupcin imperante, sino por
haberla constituido en un sistema de gobierno. Ver La corrupcin como sistema en la revista Debate, Vol. XXII, N
0
112, diciembre 2000-enero 2001,
p. 28. De modo semejante, Norberto Bobbio, al comparar la democracia con la mafa, sealaba que nada es ms contrario a la democracia que el
poder oculto. Nada es, por el contrario, ms acorde con la naturaleza del poder mafoso que el obrar en secreto y con la mscara cubrindole el rostro ()
Donde impera el poder mafoso, la vida de cada uno de nosotros deja de estar asegurada y los intereses generales son continuamente defraudados. El inters
del grupo violento y sin escrpulos prevalece sobre el de la pacfca sociedad de ciudadanos que depositan su confanza en el Estado, en el poder pblico,
para tener orden y justicia (...) El abrazo de la mafa a la democracia es un abrazo mortal (...) El mafoso es el enemigo solapado, fraudulento, que busca la
alianza y la proteccin de los poderes del Estado (...) La alianza del mafoso con el Estado no slo es posible sino deseada, en La democracia asediada por
la mafa que consigna la revista Quehacer N
0
127, noviembre-diciembre 2000, pp. 7-8.
32
La regla mnima para la defnicin de un rgimen como democrtico, es que las elecciones se lleven a cabo de una manera limpia, justa y libre.
En 1999 adelantaba Cynthia McClintock que es posible, por muchas razones, que Fujimori sea reelegido en el ao 2000, pero s las evaluaciones de los
peruanos en cuanto al terreno electoral y a las instituciones electorales perduran, un gobierno de Fujimori post-2000 no sera considerado democrtico o
legtimo por la mayora de la ciudadana. Este es un escenario potencialmente explosivo. Ob. cit., p. 93. En Un rgimen carcomido por dentro deca
Carlos Ivn Degregori que dos puntos de infexin maman el decenio de Fujimori y Montesinos: el autogolpe de abril de 1992 y la ley de interpretacin
autntica de agosto de 1996. Paradjicamente, a travs de la ruptura del orden institucional se logr, en ambos casos, una aparente consolidacin del rgi-
men. Sin embargo, en el mediano plazo ambos hechos lo debilitaron porque hicieron trizas la institucionalidad del pas y exacerbaron la personalizacin del
poder alrededor de la fgura presidencial (en la revista Debate, Vol. XXII, N
0
112, diciembre 2000-enero 2001, p. 27).
33
Como recuerda Cotler, el fracaso del ofcialismo en las elecciones municipales de 1996, cuando Fujimori se encontraba en la cspide de su
popularidad, llev a su entorno a reconocer que los votos a Fujimori no eran endosables a otro candidato, en razn del elevado grado de personalizacin
del poder, por lo que l era indispensable para mantener la continuidad indefnida del rgimen autoritario. De ah que el problema de la sucesin, tpico de
los regmenes autoritarios, pasara a constituir el eje de las preocupaciones y de las decisiones gubernamentales: cmo lograr mantener a Fujimori en el poder
durante los prximos veinte aos. Cfr. El Fujimorismo. Ascenso y cada de un rgimen autoritario, de Julio Cotler y Romeo Grompone, Lima, IEP,
2000, p. 41. La lectura de Cotler, al parecer, enfatiza en la percepcin de los sectores desvinculados del Plan Verde, para quienes el designio
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
40
CSAR DELGADO-GEMBES
del pas estaba asociado con la conduccin luminosa de las fuerzas armadas. Se trata, efectivamente, de una percepcin coincidente con la
visin a largo plazo del Plan Verde. Debe examinarse, sin embargo, cunto de las percepciones y convicciones de esos sectores relativamente
marginales del ncleo duro del poder era resultado del designio previsto en el propio Plan Verde. De otro lado, no debe dejarse de lado que
la ley de interpretacin autntica no es sino un episodio en la trama legislativa que deba canalizar la segunda reeleccin. Otros peldaos de
la misma narrativa incluyen, por ejemplo, la ley 26898, que permita la capacidad de sufragio de magistrados provisionales para la designa-
cin de la presidencia y vicepresidencia del Jurado Nacional de Elecciones; o la ley 26954, que modifca el qurum que fja a ley orgnica de
elecciones para los casos de denegatoria de inscripcin, de impugnaciones y de tachas, creando la presuncin de denegacin y de declaracin
de infundadas para os petitorios interpuestos.
34
Parece justo indicar en honor a la verdad que la congresista Martha Chvez de Ocampo fue mucho ms honesta y transparente que quienes
se encontraban en el ojo del poder (aunque debe decirse de ella tambin que es ingenua, y hasta indebidamente leal). Era prcticamente la
nica que sostena que el texto constitucional deba contener sin dobleces la reelegibilidad indefnida. Esta propuesta abra probablemente
creado aristas especifcas en el debate constitucional, pero habra igualmente disminuido la cuota de falsedad e inautenticidad tica del
rgimen. Ahora se ve que tal alternativa habra sido un lujo moral absolutamente inmerecido. La voluntad de oscurecimiento, de secreto y
de ocultamiento era el axioma tctico de la inteUgencia militar y del fujimorismo. De ah que la propuesta de Martha Chvez fuera no slo
inconveniente y oportuna sino hasta desestabilizante y peligrosa. Hacia obvia la intencin del rgimen. Situaba en juego en un plano indesea-
ble. Desenmascaraba el proyecto. En lugar de retardar aceleraba el momento en que la verdad poda ser percibida. La perfeccin del modelo
consista en la dualidad del discurso y Martha Chvez lo sinceraba prematuramente. La personalidad taimada de los lderes no podan aplau-
dir ni congraciar una declaracin abierta de propsitos. Necesitaban la mscara de las incertidumbres y de las ambigedades.
35
Carlos Franco adverta que la oposicin presenta una imagen de desacuerdos e indecisiones para la eleccin del candidato de consenso y la elaboracin de
una lista parlamentaria. A una dictadura no se la enfrenta de este modo. Debido a la postura de la oposicin, ahora pagarn un precio alto porque tienen que
hacer frente a un candidato con todas las condiciones a su favor. El comentario de Alberto Adrianzn entonces fue a lo que consider la causa de la
falta de acuerdo: el entorno de las fguras presidenciables impide la eleccin de la candidatura unitaria porque existen muchos intereses en la conformacin
de las listas parlamentarias. Pero es una presin equivocada porque creen que las listas parlamentarias son ms importantes que la unidad opositora. Cfr. ar-
tculo Coinciden analistas polticos. Oposicin dividida no puede enfrentar a Fujimori, en diario La Repblica, edicin del jueves 6 de enero
del 2000, p. 6. Los intentos de unin concluyeron fnalmente con la Declaracin conjunta que suscribieron Andrade y Castaeda el 5 de enero
del 2000, en la que comunicaban que luego de las conversaciones sostenidas y del anlisis realizado se haba concluido que el pueblo del Per
tiene derecho a escoger entre una u otra alternativa, uno u otro programa, uno u otro candidato. Por lo tanto, hemos resuelto presentar nuestras frmulas
presidenciales y ofertas electorales por separado, comprometindonos a respaldar luego -como debe suceder en una sociedad democrtica- a aquella que haya
obtenido la mayor cantidad de votos Ver, por ejemplo, La Repblica, en su edicin del 6 de enero del 2000, p. 3.
36
Ver la columna Periscopio Poltico, del diario Gestin, en su edicin del jueves 6 de Enero del 2000, p. 5.
37
Informacin recogida de los faxes de opinin emitidos por Apoyo Opinin y Mercado SA. y sus Resmenes mensuales de las encuestas a la
opinin pblica.
38
Ibd.
39
En La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Lima, IEP, 2000, pp. 367-368.
40
El punto ms alto en la curva de intencin de voto para Andrade fue a fnes de 1998 y enero de 1999, cuando alcanzaba 36%. En mayo de 1999
se inicia un claro descenso con 25%, que no remonta ms. Por el contrario, para diciembre de 1999 concluye el ao con 13%. En enero del 2000
levanta hasta 19% para terminar a fnes de marzo con 7%. En el caso de Castaeda la fgura es similar. Entre setiembre de 1998 y mayo de 1999
oscila entre 14% y 19%. De junio de 1999 hasta noviembre de 1999 sube en la intencionalidad de voto a entre 21% y 26% (mximo que logra en
setiembre de 1999). A partir de entonces el camino es cuesta abajo, con 17% para enero y 6% para marzo del 2000. Ver Resmenes Mensuales
de las encuestas a la opinin pblica, de Apoyo Opinin y Mercado.
41
La fortuna se presenta como el aprovechamiento de los resultados de terceros. Los errores de Andrade y Castaeda, a los que se suma la cam-
paa en contra de estos candidatos por el rgimen. Sin embargo, existe un componente no fortuito, que consiste en el planeamiento deliberado
de una campaa sobre la base de metas y objetivos apropiados para ser ofrecidos a una poblacin electoral de caractersticas a partir de las
cuales se apela con un mensaje adecuado y convincente. Sobre este aspecto dice Degregori que, cuando comenz a ascender en las encuestas, la
organizacin de Toledo era casi tan feble como la de Castaeda, pero cometi menos errores en su campaa y, sobre todo, proyect una imagen que logr abrir
una grieta signifcativa en los sectores populares y provincianos, donde hasta ese momento Fujimori corra en solitario. Ver La dcada de la antipoltica.
Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Lima, IEP, 2000, p. 179.
42
El minado de uno y otro candidato haba supuesto actos de hostigamiento de carcter tributario, como en el caso de Andrade, o psicolgico,
como en el caso del asedio y las amenazas contra la esposa de Castaeda. Ambos, adems, fueron afectados por hostilizacin en la realizacin
de las manifestaciones de sus campaas, hostilzacin que, obviamente, se llevaba a cabo por agentes infltrados del gobierno, o a travs de
maniobras cuidadosamente planeadas como cuando se impeda el trnsito por alguna calle o avenida, o se interrumpa el fuido elctrico.
43
Recuerda Degregori que contra Andrade se desarroll un clsico enfrentamiento clasista, aprovechando los problemas de la alcalda en su poltica respecto
al Centro Histrico, para construirle una imagen de pituco prepotente y enemigo de los pobres. Y sobre Castaeda seala que sin equipo ni programa,
su candidatura result ms deleznable. Surgi tarde, avanz haciendo el muertito mientras el candidato no se pronunciaba y cay pronto. Para marzo los
ataques contra Castaeda prcticamente haban cesado, mientras continuaban contra Andrade y se iniciaban fulminantes contra Toledo. Loc. cit., p. 177.
44
Es importante no perder de vista que Toledo no es un fenmeno objetivo que se comporta como una variable dependiente de la poblacin,
del mismo modo que la poblacin tampoco resulta comportarse como una variable dependiente de la campaa de sabotaje y de desprestigio
del gobierno. Es dable, s, asumir que exista una asociacin o relacin de algn tipo. Esta asociacin, sin embargo, no es unilineal ni causal.
Es la propia poblacin la que opta por un umbral bajo o alto de exigencia respecto de la informacin que recibe en los medios. Es de su con-
ciencia que depende si acoge y prefere o no la intencionalidad oscura con la que se le suministra informacin, o si coincide con el aspecto
propiamente informativo que resalta el rgimen para distorsionar y ridiculizar a sus enemigos. El pueblo no es tonto, es una frase que se
repite hoy con mayor frecuencia que antes para reconocer la capacidad refexiva y analtica del elector. Esta misma referencia es la que debe
recordarse cuando se afrma que el pueblo es manipulado por el manejo de medios por el servicio de inteligencia del gobierno. El pueblo s
es capaz de escoger y de acoger o no la propaganda y las campaas de sabotaje y amedrentamiento del rgimen. Cabe afrmar, por tanto, que
la cada de Andrade y de Castaeda no es solamente resultado de la campaa de sabotaje del gobierno. La poblacin decide apropiarse de
esa informacin y opta por negarle su opcin de voto. No es el rgimen el que hace caer a Andrade y a Castaeda. Es que ellos caen porque
el pueblo acepta la creencia, o la fantasa, de que los comportamientos que denuncia el rgimen tienen merecimiento sufciente para restarles
preferencia.
45
A mi modo de ver el caso, la afrmacin de Sinesio Lpez y de Carlos Ivn Degregori de que Toledo es una hechura de los ciudadanos, o de que
los electores volvieron a fabricar su propio candidato, es un exceso retrico. Degregori afrma que hasta febrero del 2000, aqu no pasaba nada.
A partir de entonces se confgur de manera aluvional un heterogneo movimiento opositor y, por segunda vez en una dcada, los votantes construyeron
de la nada su propio candidato (Cfr. La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladirniro Montesinos. Lima, IEP, 2000, p. 269).
Segn alcanzo a comprender el caso, Toledo tuvo un libreto propio que desempear. El gobierno no pudo, o no quiso, evitar lo sufciente que
lo ejecute. De este modo, su sobrevivencia lo llev a apelar al electorado sin mediatizacin y de modo directo, con el asentimiento, inclusive,
de los otros candidatos que hicieron causa comn con la esperanza de la oposicin. Querra decir que la sola condicin de sobreviviente
vuelve a Toledo una hechura de la ciudadana?. Creo que seria una injusticia afrmarlo. La poblacin, ms bien, se qued con lo que sobr
en el proceso de descuartizamiento de los presidenciables que haba emprendido el gobierno. El electorado no cre a Toledo. Se trat de una
alianza entre un candidato y una mayora plural descontenta. Nunca hubo mmesis entre uno y otro. Toledo no poda sintetizar la diversidad
de corrientes y opciones de la oposicin, salvo la voluntad de impedir el acceso o continuidad de Fujimori. Y la colectividad tena conciencia
que Toledo no era su criatura, sino su circunstancial acompaante. Uno y otro se complacan estratgicamente. Pero no hay otra identidad
que la de la protesta y la de la emocin de la liberacin del rgimen. No es que los votantes construyeron de la nada su propio candidato.
Parece ms bien que no haba nada sino algo, y que los votantes se apropiaron de ese algo. No lo construyeron. Toledo no fue lo mismo que
Salas. Haba opcin para escoger. El pueblo no hizo a Toledo sino que se qued con el mejor de los sobrevivientes, O con el menos malo. De la
misma manera, me parece que la percepcin de Javier Valle Riestra es igualmente devaluatoria del mrito de Toledo, que articul su discurso
alrededor de un nfora distinta de aqulla en la cual pensaba Valle Riestra.
46
Per Posible solicit la postergacin de la fecha de la segunda vuelta por un mes, con el fn de que se corrian las irregularidades que impedan
que el proceso electoral se lleve a cabo de manera justa, limpia y transparente. Este pedido fue denegado con la Resolucin N
0
668-2000- JNE.
del I8 de mayo. Luego comunica al Jurado Nacional de Elecciones su determinacin de no participar en la segunda vuelta en la fecha fjada,
sin que ello importe una renuncia a participar en la segunda vuelta, en razn de que no existan condiciones para que el acto del sufragio y
los escrutinios sean refejo exacto y oportuno de la voluntad del electorado. El Jurado Nacional de Elecciones declar improcedente la comu-
nicacin mediante su Resolucin N 732-2000-JNE. Y fnalmente, el da 26 de mayo del 2000 Per Posible solicita que se excluya el nombre de
su agrupacin y la identifcacin de su candidato presidencial de la cdula de sufragio y dems material electoral, en vista de su decisin de
no participar en la segunda vuelta electoral del 28 de mayo. El Jurado Nacional de Elecciones dict la Resolucin N 734-2000-JNE, con la que
declar improcedente esta solicitud, argumentando que el material electoral ya estaba confeccionado y distribuido, y que ste era un pedido
reiterativo del resuelto previamente. Sobre estas incidencias puede consultarse el texto Elecciones 2000. Supervisin de la Defensora del Pueblo,
Lima, Defensora del Pueblo, 2000, pp. 135-141.
47
Estos medios, as como los diarios especializados en materia econmica, Gestin y Sntesis, son ledos o vistos por los sectores A y B.
48
[Link] titulo Seal cerrada, en la columna Mar de Fondo, en la revista Caretas, edicin 1596, del 2 de diciembre de 1999.
49
Sobre la estrategia seguida por el gobierno para el control de los medios vase el exhaustivo trabajo de Degregori y Sandoval, En el pas de
las maravillas. Poltica y medios de comunicacin, en La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, Lima,
IEP, 2000, pp. 101-219. En este trabajo se resalta el recurso a la prensa chicha como medio de aglutinacin y adormecimiento de la voluntad
poltica mediante la trivializacin o el achoramiento de la vida cotidiana, y la farandulizacin de la poltica, y tambin se destaca informacin
sobre la coaccin de la prensa mediante la polica tributaria y otros medios de extorsin igualmente repulsivos. Entre estos ltimos, por
ejemplo, deben citarse la expropiacin de Canal 2 para los hermanos Winter en 1997; el embargo de Radio Il60 pocas horas antes del inicio del
programa que deba conducir en esa emisora Csar Hildebrandt; la denuncia que hizo el propio Csar Hildebrandt en Enlace Global, el 19 de
noviembre de 1998, de la conversacin entre Montesinos y Jos Francisco Crousillat en la que aparece que Montesinos le dicta contenidos para
un noticiero que deba aparecer en canal 4; el control de los diarios Referndum y Expreso (este medio tena deudas ascendentes a $13 millones,
de los cuales ms de $3 millones correspondan a la SUNAT, que tena embargadas sus cuentas desde 1997), y el canal de seal cerrada Cable
Canal de Noticias (p. 114).
50
Ver la denuncia que recogen El Comercio y Cambio, en sus ediciones del 26 de enero. Segn Rafael Rey los representantes de todos los medios
con los que se comunic le manifestaron que no estaban en condiciones de pasar publicidad de los partidos polticos por decisin del direc-
torio (pginas A-I, y A-4 de El Comercio, y pgina 6 de Cambio).
51
El Comercio, 26 de enero del 2000, p. A-l.
52
Cambio, 26 de enero del 2000, p. 6.
53
Esta situacin cambi ligeramente poco antes de la primera vuelta, a travs del reconocimiento voluntario de las denominadas franjas elec-
torales a favor de los diversos grupos polticos. Este benefcio no se reiter durante la etapa correspondiente a la segunda vuelta. Los datos
que recoge Supervisora de Medios y Publicidad, consignados en el documento Elecciones 2000. Supervisin de la Defensora del Pueblo, permiten
apreciar que, de acuerdo al monto segn tarifa impresa, Per 2000 gasta en publicidad televisiva 3 millones 987mil 769 dlares con 39 cnti-
mos, mientras que Per Posible gast, segn el mismo criterio, 680 mil 474 dlares con 30 cntimos. Esto es, Per 2000 gast casi 6 veces ms
dinero en propaganda que Per Posible (ver la publicacin citada, pp. 119-424).
54
En La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Lima, IEP, 2000, p. 272.
55
Loc. cit.
56
Transitions from Authoritarian Rule. Tentative conclusions about uncertain democracies, Baltimore, The John Hopkins University Press, 1986, p. 26.
57
El diario La Repblica daba cuenta que este paro, organizado por la Confederacin General de Trabajadores del Per - CGTP, y el Sindicato
nico de Trabajadores de a Educacin Peruana -SUTEP, entre otros, la paralizacin alcanz al 90% de la poblacin a nivel nacional, y que
haban participado, adems de los trabajadores, y profesionales como los mdicos, las organizaciones populares vinculadas a los comedores
populares y autogestionarios, comits del vaso de leche, clubes de madres, casas de refugio, movimientos diversos de mujeres, y estudiantes
universitarios y de institutos superiores. De igual modo se daba cuenta tambin que, de acuerdo con el vocero ofcial de la coordinadora de
Pymes, David Waisman, paralizaron sus actividades ms del 50% de las Pymes. Verlos artculos Juan Jos Gorriti cuestiona maniobras del
gobierno para frustrar protesta pacfca. 90% acat el llamado Paro Cvico, y Afrma dirigente David Waisman. Paralizaron ms del 50% de
las Pymes, en La Repblica, edicin del 29 de abril de 1999, p. 10. Sobre este paro la te!evisora estadounidense CNN y otras agencias interna-
cionales dieron que fue la ms contundente accin de protesta en los 9 aos de gobierno de Fujimori.
58
Degregori, Carlos Ivn; La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Lima, IEP, 2000, p. 261.
59
Ibd., p. 262. El lavado de la bandera fue una actividad creada por la agrupacin Colectivo Sociedad Civil, que nace luego de la primera vuelta,
y fue dirigida por Emilio Santistevan. Empez en Lima como una actuacin que se llevaba a cabo en la Plaza de Armas una vez a la semana,
de 1 a 3 de la tarde. Posteriormente se extendi a la mayora de distritos de Lima, y a otras capitales de departamento. Sirvi igualmente como
ejemplo para ceremonias similares en otras ciudades en el extranjero, como en Tokio, Paris, Madrid, Santiago de Chile, Nueva York, Miami,
etc.
60
Ibd., p. 264. La creacin del muro de la vergenza corresponde a la agrupacin La Resistencia, liderada por Vctor Delfn. Fue una idea inge-
niosa, que se bas bsicamente en paneles de tela y en papelgrafos.
61
Loc. cit. Pon la basura en la basura fue otra creacin de Colectivo Sociedad Civil.
62
Loc. cit. La procesin fue creacin de La Resistencia. Las fguras de Fujimori y Montesinos estaban representadas por dos personas vestidas con
traje de presidiario de rayas blancas y negras.
63
Loc. cit. La fumigacin del palacio de justicia fue creacin del grupo Mujeres por la Democracia, la que organiz y protagoniz igualmente una
marcha de alrededor de 300 mujeres con ocasin del arribo de Lloyd Axworthy y Csar Gaviria, el 26 de junio, delante del Swiss Hotel, en San
Isidro, donde se hospedaban los miembros de la misin. La fumigacin del palacio de gobierno lo fue de Mujeres por la Dignidad, movimiento
femenino de Somos Per.
64
La organizacin de los plantones semanales fue del Movimiento Amplio de Mujeres. Se realizaban los jueves de 5 a 7 de la tarde. Parte del plan-
tn comprenda actos musicales a favor de la democratizacin del pas.
65
Esta iniciativa correspondi a La Resistencia. Era una manifestacin que se llevaba a cabo en el parque central de Mirafores, los das viernes a
las 6 de la tarde, en la que se procuraba llamar la atencin del pblico en una zona no precisamente popular, mediante pancartas, matracas,
silbatos y bocinas.
66
Las marchas en general tuvieron diversos organizadores. En unos casos eran movimientos laborales, en otros bsicamente cvicos (como De-
mocracia ya) o juveniles (por ejemplo, la coordinadora Jvenes contra la dictadura, que nace el 5 de enero del 2000 como un movimiento
que enfrenta el continuismo fujimorista y defende la Constitucin -ver la edicin del 6 de enero del 2000 de La Repblica, p. 5), o femeninos.
Probablemente la mayor novedad en los movimientos fue el protagonismo destacado que le correspondi a las organizaciones de mujeres,
que han tenido una presencia visible y efcaz en la reactivacin de la sociedad civil. Entre dichas organizaciones algunas de las ms reconoci-
das aparte de las ya referidas son el Frente Democrtico de Mujeres, y Mujeres de Per Posible. Para mejores referencias sobre el papel de la
mujer ver, por ejemplo, el boletn Las Capullanas, ao V, N
0
52, del 30 de Noviembre del 2000.
67
A estas dos manifestaciones debe aadirse las que se realizaron luego de conocidos los anticipos de los resultados electorales del 9 de abril y
del 28 de mayo, que congregaron a una masa prcticamente incontenible de gente bastante expresiva y convencida. Dos casos de una reaccin
multitudinaria y espontnea de rechazo generalizado contra el rgimen.
68
La nia era Luca Wiener, segn la edicin 1630 de la revista Caretas, del 3 de agosto del 2000. Ver artculo Todo marchaba bien.
69
Ob. cit., p. 266.
70
En el programa matinal del noticiero 24 Horas, de Canal 5, del 27 de diciembre del 2000 declar el congresista Robinson Rivadeneyra que
luego de ms de 100 das de investigaciones hemos logrado demostrar la existencia de un plan criminal de operaciones Escorpin, elaborado por el SIN y
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
41
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
aprobado por el ex presidente Alberto Fujimori. El plan fue una infltracin da grupos de agentes de la polica, que ingres al banco y coloc fsforo, elemento
qumico que en contacto con el agua libera hidrgeno, lo cual eleva la capacidad de combustin de un promedio de 50 a 100 veces. Por ello los vigilantes no
pudieron escapar () En el esquema, cuando se aprueba el plan Escorpin, es Vladimiro Montesinos quien delega a Roberto Huamn. Lamentablemente
este plan lo conocan el general Dianderas, el general Saucedo... y la orden de repliegue la recibe el general Humberto Fernandini Marav y se repliegan para
poder garantizar y permitir que el equipo que trabaj adentro, que es el equipo de dos agentes de inteligencia, contara en su repliegue con la proteccin de los
agentes de inteligencia del ejrcito, que en el plan Escorpin est determinado como el Grupo 400.
71
Romeo Grompone afrma que el proyecto autoritario fujimorista lleg a estar ms cerca de lograr sus propsitos cuando consigui que predominara un
ambiente de desidia. Es especialmente aguda su conceptuatizacin de este factor en la confguracin del rgimen de Fujimori. Dice que una
irona de estos tiempos que le toc vivir al pas es que cuanto ms atado estaba el individuo a condiciones que no controlaba, mayores eran los discursos que
exaltaban la autonoma personal y ms extendida la indiferencia hacia los otros, aun cuando se notara la perplejidad acerca de lo que le poda ocurrir a cada
uno en el autocentramiento asumido. Cfr. El fujimorismo. Ascenso y caida de un rgimen autoritario. Lima, IEP, 2000, p. 113.
72
Ob. cit., p. 353
73
Ver la edicin de La Repblica, del 5 de febrero del 2000.
74
Esta misin estuvo integrada por Guillermo Mrquez Amado (ex presidente del Tribunal Electoral de Panam), Charles Costello, Jennifer
McCoy, Gerardo LeChevalier (NDI), Patrick Merloe (ex presidente del Tribunal Electoral de Panam).
75
Ver el artculo Sin sustento legal, de Pedro Tenorio, en la edicin 1598 de Caretas, del 16 de diciembre de 1999.
76
Durante su actividad de observacin Stein hizo declaraciones pblicas crticas del proceso. Esta decisin le gener reproches de funcionarios
del gobierno, que esperaban que la suya fuera una misin de observacin convencional sin adoptar posicin sobre aspectos de desarrollo
interno del proceso. Estos mismos reproches fueron reiterados en la sesin del Consejo Permanente por Beatriz Ramaccioti, quien aludi al no
respeto del principio de neutralidad y objetividad, as como lament que tal conducta haya servido para polarizar posiciones en la poblacin.
Ver el artculo de Guillermo Gonzales Anca, Espada de Damocles, en la edicin 1621 de Caretas, del 2 de junio del 2000.
77
En vista de la oposicin surgida, Lauredo retira su pedido y propone que el tema de las elecciones peruanas sea analizado en el dilogo infor-
mal de cancilleres que se llevara a cabo antes de la Asamblea General a llevarse a cabo en Windsor del 4 al 6 de junio. Sobre el desarrollo de
la sesin del Consejo Permanente ver igualmente e! artculo de Guillermo Gonzales Arica, Espada de Damocles antes mencionado.
78
En la aprobacin de la resolucin, a pesar incluso de que el tema electoral en el Per no era propia ni tcnicamente materia de la agenda, tu-
vieron una decisiva participacin Argentina, Canad, Costa Rica y, por supuesto, Estados Unidos. Brasil se qued solo. Sobre el alineamiento
de los distintos pases en Windsor, ver el artculo Se qued solo, en la edicin 1622 de la revista Caretas, del 8 de junio del 2000. En cuanto
al Per se refere, parte del xito en la resolucin de Windsor tiene que hacer con el papel que cumplieron Lourdes Flores, Anel Townsend,
Diego Garca Sayn, y Henry Pease, por el congreso, Rafael Roncagliolo por Transparencia, y Sofa Macher de la coordinadora de derechos
humanos.
79
Como resultado de la reaccin notada en Windsor el gobierno crea, paralelamente, la Comisin Presidencial para el Fortalecimiento de las Ins-
tituciones Democrticas, que integraron los ministros Bustamante Belaunde, Mosqueira, y Trazegnies Granda, adems de Francisco Tudela, la
cual tuvo como Secretaria Ejecutiva a Maria Mndez Gastelumendi. Antes de la llegada de la misin exploratoria de Axworthy y Gaviria, que
permaneci del 27 al 30 de junio, se envi a una misin tcnica presidida por el embajador canadiense ante la OEA, Peter Boehm e integrada
igualmente por Elizabeth Spehar, de la Unidad para la Promocin de la Democracia de la OEA; Fernando Jaramillo, secretario ejecutivo del
gabinete de Csar Gaviria; Renata Wielgosz y Etiene Savoie, representantes del gobierno de Canad; y Jean Michel, jefe de la Ofcina de Ase-
sora Legal de la OEA.. Ver sobre estos desarrollos el articulo Misin Imposible, de Guillermo Gonzales Arica, en la edicin N
0
1623, de la
revista Caretas, del 15 de junio del 2000.
80
Las tres ms grandes defciencias advertidas en la propuesta de la misin Axworthy son la ausencia del aspecto electoral, que ocasion las
deliberaciones en el Consejo Permanente y en la XXX Asamblea General de la OEA, y que debi determinarla a proponer la realizacin de
nuevas elecciones generales corno nica manera de superar el fraude: la segunda es el carcter genrico de las medidas, que impide medir
apropiadamente la intencin de cumplimiento del gobierno peruano; y la tercera es la ausencia de plazos especfcos en las acciones de refor-
ma programadas, que dejaban al gobierno en libertad para fjar cundo preferira cumplirlas (se sealaba que Csar Gaviria haba establecido
plazos mximos de entre 18 meses y dos aos para el cumplimiento de las metas, pero esta alternativa alejaba la posibilidad de las reformas
inmediatas y urgentes). Sobre estos alcances, que llevaban al escepticismo sobre la voluntad efectiva de la OEA de apoyar el proceso de demo-
cratizacin en el Per, puede verse el artculo Lo que se juega la OEA, en la edicin N
0
1626, de la revista Caretas, del 6 de julio del 2000. Es
este escepticismo el que motiv las propuestas de la oposicin para realizar acciones a plazo inmediato. Desde una perspectiva menos crtica
ver el articulo Presin adicional, en la columna Controversias de Fernando Rospigliosi, aparecido igualmente en la edicin N
0
1626, de la
revista Caretas, del 6 de julio del 2000.
81
Ver el artculo La misin de la mecedora, en la edicin N
0
1625 de la revista Caretas, del 30 de junio del 2000.
82
Siguiendo a ODonnell y Schmiter, sera tcnicamente ms apropiado hablar de liberalizacin antes que de democratizacin.
83
A su llegada del embajador Eduardo Latorre seal que la misin que le corresponda cumplir sera como facilitadores para defnir propuestas y
objetivos. A pesar de llegar en julio, sin embargo, no pudo iniciar de inmediato su labor porque continuaba desempeando el cargo de canciller
de la Repblica Dominicana. Luego de cesar en dicho puesto el 17 de agosto, regres al Per el 20 del mismo mes. Ver el artculo Latorre,
en la edicin 1643 de la revista Caretas, del 31 de agosto del 2000.
84
El gobierno tuvo siete representantes entre ministros, parlamentarios y otros funcionarios. Ellos fueron Alberto Bustamante Belaunde, Edgar-
do Mosqueira, Martha Chvez, Luz Salgado, Absaln Vsquez, Beatriz Alva Hart y Maria Mndez Gastelumendi. Originalmente la integraron
Samuel Matsuda y Rafael Urrelo, quienes fueron relevados.
85
La oposicin estuvo representada por Diego Garca Sayn (Per Posible), Aurelio Loret de Mola (Somos Per), Jorge del Castillo (Partido
Aprista), Fernando Olivera (Frente Independiente Moralizador), Henry Pease (Unin por el Per), Valentn Paniagua (Accin Popular), Rafael
Rey o Jos Barba (Avancemos), y Rodin Cavero (Solidaridad Nacional).
86
Como miembros de las instituciones de asesora externa participaron Monseor Bambarn, presidente de la Conferencia Episcopal Peruana,
y Jorge Santistevan de Noriega, Defensor del Pueblo. Los representantes de la sociedad civil fueron Sofa Macher de Coordinadora Nacio-
nal de los Derechos Humanos, Francisco Diez Canseco Tvara, del Consejo Nacional por la Paz, Jos Luis Risco, de la Conferencia General
de Trabajadores del Per, y Roque Benavides, de la CONFIEP. Los dos primeros haban reaccionado con escepticismo cuando la misin de
avanzada presidida por Peter Boehm los sugiri (ver los artculos Adelantados frente al toro, en la edicin 1624, y En sus marcas, en la
edicin 1635, de la revista Caretas).
87
Eduardo Latorre refri que el gobierno le haba entregado su propuesta de cronograma el 7 de agosto; que la oposicin le entreg dos, uno el
20 de julio y otro el 21 de agosto; y que la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos le entreg uno ms. Dio tambin que si tomamos la
va de la facilitacin, los dos cronogramas, el del 21 de agosto de la oposicin y el del 8 de agosto del Gobierno, y los ponemos en trminos de duracin con
relacin a los 29 puntos planteados, se ver que 11 tienen menos de cien das de diferencia, 9 tienen de dos a cuatro meses de diferencia, 2 3 son los que
tienen aos de diferencia, respecto a cuando deben terminarse. Aqu la facilitacin sera permitir que en ese dilogo, primero, se den cuenta que las diferencias
en la mayora de los casos no son tan grandes en trminos de tiempo; y segundo, buscar un modo de que encuentren lo que seria razonable para resolver. No
es un problema solamente de transaccin en trminos de tiempo, pero tiene que haber algo de eso, as como algo de realismo objetivo: de cunto tiempo va a
tomar hacer cada cosa. Cfr. la entrevista que aparece en el artculo Latorre, en la edicin 1634 de la revista Caretas, del 31 de agosto del 2000.
Las cuatro Comisiones fueron la del Caso de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (integrada por Sofa Macher, Jorge del Castillo,
Fernando Olivera, Alberto Bustamante y Edgardo Mosqueira); el Caso lvcher y Canales 2 y 13 (integrada por Francisco Diez Canseco, Aurelio
Loret de Mola, Rodin Cavero, Fernando de Trazegnies y Alberto Bustamante); la del Caso del Servicio de Inteligencia Nacional (integrada
por Jos Luis Risco, Jos Barba, Luis Solari, Mara Mndez y Beatriz Alva); y el Caso del Tribunal Constitucional (integrada por Roque Bena-
vides, Valentn Paniagua, Henry Pease, Samuel Matsuda, y Rafael Urrelo). Cfr. el artculo En sus marcas, en la edicin 1635, de la revista
Caretas, del 7 de setiembre del 2000.
88
Cuando slo se haban realizado tres reuniones, el congresista Henry Pease declaraba que el dilogo se haba convertido en una opcin margi-
nal para la democratizacin del pas y que deba recurrirse a las protestas y manifestaciones en la calle, a efecto de conseguir nuevas elecciones
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
42
CSAR DELGADO-GEMBES
para superar el fraude. El ministro Bustamante dio en declaraciones a Radio Programas del Per que deba esperarse una ruptura o fractura en
el proceso democratizador si se pretende que el dilogo conduzca al acortamiento del perodo del gobierno, desconociendo los resultados de
la segunda vuelta electoral que fue boicoteada por la oposicin. Ver la edicin del diario Liberacin, del 10 de setiembre del 2000, pp. 2 y 3.
89
Brasil y Mxico retrocedieron respecto del aval inicial que le dieron al rgimen de Fujimori. Brasil a propsito del desengao que constat
cuando Fujimori declar en Washington D.C. el 12 de agosto que el dilogo a iniciar con la faciltacin de la OEA no necesariamente se tra-
ducira en reformas institucionales. Y Mxico de un modo claro a partir de la eleccin de Vicente Fox, como alternativa al PRI. Ver el artculo
Cumbre clave, en la edicin 1633 de la revista Caretas, del 24 de agosto del 2000.
90
Parte del mrito en este caso le corresponde a Alejandro Toledo, que tuvo una agenda bastante adiva en entrevistas con lderes y gobernantes
de diversos pases en Amrica y en Europa. Entre las reuniones sostenidas por Toledo vale contar las que tiene con el presidente del gobierno
espaol, Jos Mara Aznar el 5 de junio. Previamente se reuni con los embajadores de Ecuador y de Francia el da 3l de mayo. Ver el artculo
Y despus qu?, en la edicin 1621 de la revista Caretas, del 2 de junio del 2000.
91
De acuerdo con la informacin que suministr Coleta Youngers, de la Washington Ofce on Latin America (WOLA), en el congreso estadouni-
dense se examinaban seis alternativas de aplicacin de la Resolucin 43: el voto en contra de Estados Unidos en el FMI, el Banco Mundial y el
BID sobre todas las solicitudes de prstamos del Per; la suspensin de los benefcios de intercambio por lucha contra las droga; reorientacin
de la lucha contra las drogas del frente militar al policial; disminucin de ayuda; suspensin de proyectos e intercambio de personal militar;
y la coordinacin con pases aliados de los Estados Unidos en la regin y en otros continentes para adoptar acciones conjuntas. Cfr. el artculo
de Guillermo Gonzales Arica, Respuesta en marcha, de la edicin 1624 de la revista Caretas, del 22 de junio del 2000. Entre las primeras
medidas efectivas adoptadas por los Estados Unidos se destaca la suspensin de una partida por el monto de $42 millones en el programa de
ayuda antidrogas. Posteriormente, antes de la reunin llamada Cumbre del Milenio en la que estuvieron presentes los jefes de Estado y de
gobierno de alrededor de 180 pases en la sede de la ONU en Nueva York, Fujimori se entrevist con la Secretaria de Estado de los Estados
Unidos, Madelaine Albright, como resultado de lo cual trascendi que no solamente le comunic que seria deseable que se percibieran re-
sultados concretos en materia de reformas del poder judicial, del servicio de inteligencia y de los medios de comunicacin, de acuerdo con la
agenda establecida con participacin de la OEA, sino que de no tomarse sobrevendran sanciones que su pas estara considerando imponer.
Sobre este ltimo aspecto ver el artculo La cumbre del desprestigio, en la edicin 1636 de la revista Caretas, del 14 de setiembre del 2000.
92
Este no es un dato fdedigno, toda vez que se cont con el testimonio del agregado militar de la embajada de Colombia en el Per, que en
setiembre de 1999 le conf al director de inteligencia de la FAP sobre la llegada a Lima de un avin ruso con material no identifcado, as
como la referencia de que el coronel del ejrcito colombiano Amador Zubira le habra dado informacin al coronel FAP Dante Arvalo de
que militares colombianos haban detectado el desplazamiento de otro avin con carga sospechosa procedente de Amman, Jordania. Ver el
artculo A este no lo conoce?, en la edicin 1634 de la revista Caretas, del 31 de agosto del 2000.
93
Las revelaciones habran sido consecuencia del denominado Plan Siberia, en el que estaran involucrados los hermanos Jos Luis (ex teniente
del ejrcito) y Luis Frank Aybar Cancho. El trfco habra supuesto que los fusiles serian lanzados en paracadas a territorio de la selva colom-
biana bajo control de las FARC desde un avin, para luego aterrizar en Iquitos. De acuerdo con investigaciones periodsticas, sin embargo, se
especulaba que Jordania slo seria un punto intermedio de operaciones de una mafa rusa, que opera transportando armas desde Zagreb, en
Yugoslavia, en el que estaran involucrados ciudadanos peruanos as como militares de baja graduacin del ejrcito peruano. Estos hechos de-
jan en duda la afrmacin de que el supuesto descubrimiento del trfco de armas habra sido resultado de la diligente labor del SIN. Ver sobre
este ltimo punto el articulo El cuento de los kalashnikov voladores, en la edicin 1633 de la revista Caretas, del 24 de agosto del 2000.
94
Se trataba de 10 mil fusiles kalashnikov que, segn los conocedores, no representa en realidad una cantidad extraordinaria para las dimen-
siones que tiene la FARC en Colombia.
95
El caso de la triangulacin en el trfco de armas con Jordania fue denunciado por Fujimori y Montesinos el 21 de agosto del 2000. Revelacio-
nes de funcionarios jordanos dejaron claro, sin embargo, que la venta se realiz a militares peruanos debidamente acreditados. Ello dejaba en
claro que el Per no era un simple punto de contacto utilizado por trafcantes de armas, sino que el trfco lo realizaban los propios peruanos
bajo las rdenes, precisamente, de quienes denunciaban al mundo la perversa operacin.
96
Dice acertadamente Fernando Rospigliosi que los propsitos de la denuncia fueron cuatro: lavar la imagen de Montesinos; reclamar un lugar
en el mundo y justifcar la posicin aislada del Per; justifcar la permanencia de Montesinos; y ocultar la responsabilidad de Montesinos y de
los militares peruanos en el trfco de armas y de drogas. Ver el artculo El gran golpe en su columna Controversias, en la edicin 1633
de la revista Caretas, del 24 de agosto del 2000.
97
En particular, a partir de los desmentidos de los diversos funcionarios de Jordania, que aseveraron que la transaccin era perfectamente legal,
que se haba realizado en 1998 con funcionarios del gobierno peruano debidamente acreditados, y con presencia de representantes de los
Estados Unidos presentes en tal acuerdo.
98
Una compraventa internacional supone diversidad de documentos relativos a su adquisicin y transporte, cuya existencia el gobierno perua-
no no pudo aclarar ni presentar para descartar la intervencin directa de militares peruanos de alta graduacin involucrados en la transaccin.
Entre dicho documentos, por ejemplo, la carta de crdito con la que se daba fe de la transaccin en la que el comprador era ofcial del ejrcito
peruano; o el certifcado de destino. Todo indicara que, efectivamente, se tratara de una venta de gobierno a gobierno, segn la versin
jordana.
99
Pocos das despus la prensa daba cuenta que el jefe del Departamento Administrativo de Seguridad de Colombia inform sobre la incauta-
cin de 10,000 municiones, y morteros procedentes del Per, con destino a las FARC. Ver la edicin del 1 de Octubre de los diarios Liberacin
(p. 19), y El Comercio (p. A-9).
100
Tanto Lloyd Axworthy como Csar Gaviria haban solicitado la remocin de Montesinos en su entrevista con Fujimori el 28 de junio del 2000.
En el afn de limpiar a Montesinos resaltando su posicin en el rgimen, el da del destape se mont una escena en la que quedaban deslu-
cidamente expuestos los ministros de Defensa Carlos Bergamino y del Interior Walter Chacn, as como el jefe del SIN, Almirante Humberto
Rozas, quienes tenan la posicin y responsabilidad institucional sobre la materia, pero aparecieron como funcionarios de segundo nivel al
lado de Fujimori y de Montesinos. Grompone dice sobre los prolegmenos de la cada, que el desenlace se precipit en trminos de una tragedia
para el gobierno en que como en Macbeth ocurri una muerte espantosa antes que un espanto sin fn. Montesinos interviniendo en triangulaciones en el
trfco de armas jug fuerte quiso sacar benefcios y probablemente cumplir una misin histrica a su medida en el intricado laberinto en el que se encuen-
tran los pases andinos. Rebas as los umbrales de tolerancia de Washington que hasta entonces, visto en perspectiva, haban sido extremadamente altos en
relacin a su antiguo agente de inteligencia. Cfr. su trabajo Al da siguiente: el fujimorismo como proyecto inconcluso de transformacin poltica
y social, en El fujimorismo. Ascenso y cada de un rgimen autoritario, Lima, IEP, 2000, p. 153.
101
El viaje de Toledo a Espaa le sirvi para contactar a Jos Mara Aznar (a travs de los buenos ofcios de Mario Vargas Llosa), Felipe Gonzlez,
representantes del empresariado espaol (entre los cuales se encontraban los presidentes de YPF-Repsol, Endesa, Redes Elctricas, Banco
Santander, y el coordinador general de Telefnica para Amrica Latina). En su viaje a Bruselas, sede de la Unin Europea entabl conversa-
cin con Javier Solana, Alto Representante de la Unin Europea para Poltica Exterior y Seguridad Comn, quien le ofreci interceder con el
presidente de la Unin Europea para promover la discusin del asunto de la situacin poltica del Per y le ofreci la posibilidad del apoyo
europeo. Ver el artculo Faena a la toledana, en la edicin 1622 de la revista Caretas, del 8 de junio del 2000.
102
Luego de la participacin que tuvieron antes del proceso electoral del 2000, la experiencia y el dao causado debieron marcar al gobierno, a
grado tal que cuando regresan la Misin Postelectoral del Centro Carter, y del Instituto Nacional Demcrata (NDl) de los Estados Unidos, en
julio del 2000, no fueron recibidos por autoridad ofcial alguna. Ms an, los ministros de relaciones exteriores, y de promocin de la mujer y
de los derechos humanos tuvieron declaraciones antagnicas. Ver al respecto en la edicin 1627de la revista Caretas, del 13 de julio del 2000,
los artculos Len en Lima, y Al choque en la columna Controversias, de Fernando Rospigiosi.
103
Ver su artculo Solos contra el mundo en su columna Controversias, de la revista Caretas, edicin del 18 de mayo del 2000. Aada en
su artculo que aunque no todos los gobiernos han sido tan explcitos como el norteamericano, europeos y latinoamericanos no han dejado de manifestar
de las ms diversas formas, su desagrado con el rgimen actual. Indicaba, por ejemplo, que el Per fguraba, junto con Cuba, como los dos pases
latinoamericanos con menor libertad de prensa, y que polticos conservadores como Jesse Helms, en los Estados Unidos, o Jacques Chirac,
expresaban su desacuerdo con la voluntad de perpetuacin de Fujimori.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
43
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
104
La identidad, dicen Laclau y Moufe, es relacional. Se articula como la construccin de un conjunto de puntos nodales que fjan parcialmente el signif-
cado, y el carcter parcial de la fjacin viene de la apertura de lo social que es un resultado, a su turno, del fujo constante de cada discurso en la infnitud
del campo de la discursividad. Ob. cit., p. 130.
105
Confrma por ejemplo la veracidad del denominado Plan Verde para el golpe de estado que, de acuerdo con la informacin que un pajarillo
verde de alta graduacin alcanz a la revista Oiga y que sta public en sus nmeros 647 y 646 del 12 y del 19 de julio de 1993, se elabor a fnes
de 1989 y se expuso a Fujimori antes de su asuncin del mando en 1990, y revela asimismo la captura de Fujimori por la organizacin militar,
en particular, por el aparato de inteligencia que la diriga y por Montesinos como su jefe efectivo. Un par de aos despus, en 1995, escriba en
Caretas, Luis Psara, que desde el 5 de abril de 1992 el gobierno de Alberto Fujimori es rehn de las cpulas militares El triunfo electoral de 1995 abri el
camino para que el fujimorismo abonara otra cuota de esa deuda enorme que los militares vienen cobrndole puntualmente. A esta ltima cuota corresponde
el grado total de impunidad otorgado por la amnista a quienes hubieren cometido uno o ms delitos de cualquier naturaleza, con ocasin o como consecuen-
cia de la lucha contra el terrorismo durante los ltimos quince aos. Cfr. la edicin del 22 de junio de 1995, N
0
1368, p. 35.
106
La nocturnidad se expresa en la corrupcin que permaneci en el lado oculto del rgimen, y que ha permitido establecer existencia de medios
ilcitos en el ejercicio del gobierno, as como en el benefcio individual de Fujimori y de Montesinos, por lo menos, con negociaciones prove-
nientes de las relaciones estatales, en las que, obviamente, ha participado una legin de personajes pblicos, profesionales, empresarios, as
como comerciantes de armas y hasta narcotrafcantes.
107
Dice Degregori que una de las peculiaridades de nuestra mafa es que la fgura del mafoso benefactor aparece escindida. Pablo Escobar comandaba sicarios
que sembraban la muerte en Medelln y al mismo tiempo hacia obras de bien en su pueblo natal Aqu Montesinos era el seor del mundo de abajo, de los
escuadrones de la muerte: reales, virtuales y morales. Por su parte, en el mundo de arriba, Fujimori recorriendo incansable el pas era el patrn recolectando
clientes que consciente o inadvertidamente se convertan en sus cmplices Los personajes ms (ser)viles conectaban los dos mundos, encargados del trabajo
sucio: Blanca Nlida Coln, Rodrguez Medrano, los sicarios mediticos, Crousillat, Wolfenson, Winter. El beeper o el celular reemplazaron la marca de los
antiguos esclavos. Porque hoy no slo es claro que los dos mundos en los cuales apareca escindida la mafa estaban conectados, sino que el de las sombras
era el que detentaba una cuota abrumadora del poder Cfr. La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Lima,
IEP, 2000, p. 348.
108
Es sugerente la distincin que hacen Ernesto Laclau y Chantal Moufe en su Hegemona y estrategia socialista. Hacia una radicalizacin de la demo-
cracia (Mxico, Siglo Veintiuno, 1987). cuando afrman que la oposicin real es una relacin objetiva -es decir precisable, defnible-; la contradiccin es
una relacin igualmente defnible entre conceptos; el antagonismo constituye los limites de toda objetividad -que se revela como objetivacin parcial y preca-
ria. Si la lengua es un sistema de diferencias, el antagonismo es el fracaso de la diferencia y, en tal sentido, se ubica en los limites del lenguaje y slo puede
existir como disrupcin del mismo -es decir, como metfora-(...) El antagonismo escapa a la posibilidad de ser aprehendido por el lenguaje, en la medida en
que el lenguaje slo existe como intento de fjar aquello que el antagonismo subvierte (...) El antagonismo como negacin de un cierto orden es, simplemente,
el limite de dicho orden y no el momento de una totalidad ms amplia (1..). Pp. 145-146.
109
Comparto el criterio de Romeo Grompone sobre la idea de que el rgimen de Fujimori puede ser califcado como un rgimen de camarilla. El
concepto de camarilla es ms extenso que el de cpula, que est referido al grupo de ms alto nivel que dirige y torna decisiones. La camarilla
integra las relaciones que sostienen a la cpula por alcanzarles ventajas o benefcios con el sostenimiento del rgimen. Dice Grompone que
la camarilla se plasma, entonces, en un grupo limitado de personas que establecen vnculos de lealtad basados en intereses compartidos que se defnen en
el momento mismo de su surgimiento, que exige manejos de poder de origen extrainstitucional y compromisos que se sostienen en lealtades restringidas
asociadas a lo que cada uno sabe del otro en temas como la corrupcin o las violaciones de los derechos humanos. La mayora de las decisiones tienen rango
de secreto de Estado. Quienes participan en ellas estn obligados y condenados a estar juntos. Esta camarilla se afrma desde adentro recurriendo a la ame-
naza y al chantaje, y desde afuera porque la salida de ella supone la exposicin a delitos de los que no puede eximirse porque ya no tienen una retaguardia
de proteccin. Se trata en consecuencia de un concepto que entiende que la base misma del poder es ilegtima o, como l fnalmente prefere,
conspirativa. Ver su Al da siguiente: el fujimorismo como proyecto inconcluso de transformacin poltica y social, en El fujimorismo. Ascenso
y cada de un rgimen autoritario. Lima, IEP, 2000, pp. 107-113.
110
Seis aos antes, en 1994, en pleno proceso de elecciones no se tuvo an una nocin apropiada del grado en el que las fuerzas armadas estaban
involucradas en el proyecto poltico de Fujimori. El escndalo que se denuncia sobre la participacin de personal efectivo del ejrcito y de la
polica nacional en la campaa electoral fue tomado como un atrevimiento luego de haber sido presentado como una falsedad que daaba
el prestigio de los institutos armados. Poco poda decirse en contra, sin embargo, del testimonio fotogrfco que exhibi el semanario Oiga,
que mostraba al presidente Fujimori acompaado de un ofcial y un tcnico de la polica nacional repartiendo sus fotografas, o la del general
Howard Rodrguez Mlaga repartiendo almanaques con la foto del presidente Fujimori. En ese entonces la irregularidad qued sin investiga-
cin por la declinacin de competencia del Jurado Nacional de Elecciones. Ver la edicin del 19 de diciembre de 1994, pp. 27-29.
111
Trascendi que el presidente le habra pedido a Montesinos que renunciara, y que ste lejos de acatar el pedido presidencial se reuni con
el Comando Militar en la sede del servicio de inteligencia, en Las Palmas, y que desde all se opuso y negoci su salida a Panam mediante
el helicptero que lo traslad al aeropuerto Jorge Chvez, y de ah con alrededor de una decena de acompaantes (unos militares como el
General Rubn Wong, encargado del departamento de operaciones sicosociales, o como el capitn Carlos Uribe Livelli, y otras personas de su
entorno afectivo, entre las que no se inclua precisamente a su esposa ni hios) hacia Panam.
112
Cfr. el artculo Clebres y cobardes, en el suplemento El Dominical del diario El Comercio, 3 de diciembre del 2000, pp. 4-5.
113
Loc. cit.
114
Es la tesis que desarroll el Washington Post, cuya traduccin fue recogida en la edicin del 25 de setiembre del 2000 de Liberacin, p. 17. Mon-
tesinos es presentado, de este modo, como un hombre topo y como el alter ego oscuro del presidente.
115
Puede verse sobre el particular los artculos Montesinos manejaba la cpula militar, aparecido en la edicin del 17 de setiembre en el diario
El Comercio, p. A-5; y, Cpula militar montesinista busca control de las [Link]. como mnimo hasta el 2OO4 que se public en la edicin del 24 de
setiembre en el diario Liberacin, p. 13.
116
La denuncia de la falsifcacin de las frmas sale a la luz a fnes de Febrero del 2000, cuando se consigue el testimonio de los hermanos Carlos
y Marita Rodrguez, quienes participaron en dicho acto (ver el diario El Comercio de esas fechas). En cuanto a la participacin del congresista
Medelius, la principal persona responsable de su exculpacin, a nivel de la justicia ordinaria fue la fscal Trabucco, a quien se hizo referencia
previamente, en relacin a su participacin respecto a la denuncia contra los congresistas Elas Avalos y Flores Chipoco. Medelius pidi
ser excluido de la lista de candidatos de Per 2000 a poco tiempo de conocerse pblicamente el caso. El archivamiento del caso judicial, sin
embargo, no se llev a cabo sino hasta inicios de octubre del 2000 (ver La Repblica, 7 de octubre, p. 8, que menciona que la Sala Superior de
Delitos Tributarios y Aduaneros orden archivar la investigacin que realizaba la jueza Mara Mere, amparando la excepcin de naturaleza de
accin promovida). Al propio ex congresista Medelius se le mencion como el enlace entre Vladimiro Montesinos y el bloque de congresistas
a los que se habra encomendado crear las condiciones para crear el desorden conceptual y poltico en el congreso con criticas a Fujimori, de
manera que las condiciones de ingobernabilidad parlamentaria fueran tales que se propiciara el clima para el golpe de estado y el retorno de
Montesinos al Per. Cfr. al respecto por ejemplo Liberacin, en su edicin del 30 de setiembre, p. 3. Sobre el enlace de Medelius con el Jurado
Nacional de Elecciones puede verse igualmente Liberacin, del 7 de octubre del 2000, p. 2, donde se indica que coordinaba con el presidente
interino y con el secretario general del JNE, Jos Carlos Bringas y Jess Trujillano, respectivamente.
117
De acuerdo con el diario Liberacin, en su edicin del 30 de setiembre, ante su forzada huida haca Panam y en su desesperacin por seguir man-
teniendo vigente su poder el siniestro Vladimiro Montesinos ha puesto al frente de toda su maquinaria operativa a dos de sus ms serviles colaboradores:
Oscar Medelius y el coronel del Ejrcito Roberto Husmn. Y aada que Oscar Medelius -segn fuentes confables- es el enlace entre los renunciantes
congresistas de Per 2000: Moiss Wolfenson, Fernn Altuve, Joaqun Ormeo, Jorge Polack, Mario Gonzales Inga, Gregorio Ticona y Eduardo Farah,
(p. 3). El coronel EP Roberto Huamn Azcurra, de otra parte, era el Jefe de Comunicaciones del Servicio de Inteligencia, encargado directo de la
interceptacin telefnica a polticos, periodistas y personajes vinculados a la vida poltica (loc. cit.).
118
Me refero de modo particular al problema de actitudes de la mayora. Si bien congresistas como Martha Chvez o Luz Salgado mostraban
cierta permeabilidad, otras como Miriam Schenone, Martha Hildebrandt o Luis Delgado Aparicio parecan pasar por alto la realidad de los
sucesos haciendo tabla rasa de la nueva ubicacin que les corresponda en el damero poltico. La congresista Schenone pretenda minimizar
con su charm personal la severidad de la debacle del rgimen y su ilegitimidad, mientras que la congresista Hildebrandt, probablemente equi-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
44
CSAR DELGADO-GEMBES
vocadamente asesorada por el Ofcial Mayor Jos Cevasco que era parte de la red de Montesinos en el congreso, no aprendi a manejar con
mayor tacto, tolerancia y fexibilidad el escenario parlamentario en su condicin de presidenta del congreso. El congresista Delgado Aparicio
a su turno, perdido en el narcisismo de artilugios legales, pretenda oscurecer con el derecho comparado la prueba irrefutable de la corrupcin
y del soborno alegando que el vdeo remitido al Frente Independiente Moralizador haba sido ilegalmente obtenido, y por ello se careca de
pruebas para condenar a Kouri y a Montesinos.
119
Como en el caso peruano, la OEA cumpli un papel similar respecto de la crisis electoral surgida en mayo del 2000 en Hait, a consecuencia
del pedido expreso del gobierno de dicho pas y de la Resolucin que para este efecto aprob el Consejo Permanente.
120
El papel activo de la OEA en el territorio nacional, en esta segunda etapa, se inicia el 21 de agosto del 2000, cuando se instala la llamada
Mesa de Dilogo, presidida por ex canciller de la Repblica Dominicana, Eduardo Latorre, en su condicin de Secretario de la Misin Espe-
cial de la OEA en el Per, a quien la OEA le encomend la tarea de supervisar el proceso de reformas que deba implementar el gobierno de
Fujimori. A partir de dicha fecha se constituyeron 5 grupos de trabajo con la fnalidad de debatir sobre 29 propuestas. ver htp://[Link].
org/OAS%20News/sp/Sept-Oct2000/Main/Dialogo%sobre%20r.
121
Entre los principales aspectos de las reformas se incluan las referidas a la administracin de justicia, el fortalecimiento del estado de derecho
y a asegurar la separacin de poderes; las debidas garantas para la libertad de expresin y de prensa: la aprobacin de leyes de reforma
electoral; el fortalecimiento de las funciones de control y supervisin del Congreso; y asegurar el control civil sobre las instituciones de inte-
ligencia y de las fuerzas armadas. Ibd.
122
Citado en el diario Liberacin, edicin del 25 de setiembre del 2000, p. 15.
123
Debe ser una cuestin que no debe ser examinada como se hace en el Congreso con las leyes y sus costos y sus benefcios En esta coyuntura tambin pienso
que hay un factor costo, pero mejor es que esta persona est afuera a que est adentro. Ver la edicin del diario Liberacin, del 30 de setiembre del
2000, p. 5. Coincidentemente con esta idea era la hia del presidente Fujimori, cuando apareci en la entrevista que le hizo Mnica Delta en el
programa Panorama, del Canal 5 de televisin, el domingo 1 de octubre del 2000.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
45
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
Estudio Guzmn Benavides
A b o g a d o s
Tomas Edilberto Guzmn Benavides
E. Jaime Guzmn Belz
Cristian E. Guzmn Belz
Renzo E. Guzmn Belz
Las Amapolas 386, San Eugenio, Lince - Lima 14
Telefax: (511) 421-0286 440-6167 e-mail: eguzmanb@[Link]
I.- Algunas consideraciones a modo de intro-
duccin
Si el fn ltimo del constitucionalismo
contemporneo es el de asegurar las condiciones
que sean necesarias para permitir la plena vigen-
cia de los Derechos Fundamentales de todos los
ciudadanos, un elemento central dentro de todo
debate constitucional debiera ser el destinado a
consagrar un marco sufcientemente garantista
para la debida proteccin de dichos derechos.
Por ello, el tratamiento proporcionado al
proceso de Amparo en el ltimo texto de la pro-
puesta de reforma constitucional, documento
puesto en conocimiento de la opinin pblica el
once de julio de este ao, resulta para nosotros
un tema central a analizar, mxime si en la pro-
puesta a la cual hemos mencionado no se consig-
na lo que en nuestra opinin es uno de los apor-
tes ms signifcativos que se le ha incorporado al
Amparo dentro del redimensionamiento al cual
ha sido sometido en estos ltimos aos en el De-
recho Comparado. Pasemos entonces a desarro-
llar nuestro punto de vista sobre el particular.
II.- La posibilidad de interponer Amparos con-
tra leyes como uno de los escenarios ms im-
portantes del redimensionamiento de este pro-
ceso constitucional. Las posturas actualmente
existentes al respecto
Sin entrar aqu a discutir la naturaleza ju-
rdica dada al Amparo en los diferentes ordena-
mientos jurdicos en los cuales se reconoce su
existencia
1
, hemos de resaltar como hoy en da
el Amparo tiende a convertirse en el medio pro-
cesal especfco
2
ms frecuentemente utilizado
para la defensa de los Derechos Fundamentales
reconocidos por los diversos ordenamientos jur-
dicos nacionales. Ello en la mayora de los casos
ha ido de la mano de un progresivo redimensio-
namiento de algunos de los alcances dentro de
los cuales habitualmente haba sido comprendi-
da esta institucin procesal, reformulacin en la
cual han tenido y tienen signifcativa relevancia
los cambios de perspectiva actualmente vigentes
en el mbito de la legitimacin procesal (activa o
pasiva) considerada vlida para su ejercicio
3
, as
como la discusin existente sobre la pertinencia
de cuestionar a travs del Amparo las omisiones
de las diferentes Administraciones, e incluso,
aquellas en las cuales hayan incurrido los diver-
sos Parlamentos
4
.
Sin embargo, existe tambin otro aspecto
en el cual el redimensionamiento de los alcan-
ces habitualmente reconocidos al Amparo puede
acarrear insospechadas consecuencias en la futu-
ra comprensin y utilizacin de esta importante
institucin de Derecho Procesal Constitucional.
Este aspecto es sin duda el de la inclusin o no
inclusin de las leyes dentro de los supuestos
que pueden justifcar la interposicin de un Am-
paro.
Generalmente se haba venido concibiendo
al Amparo como un mecanismo destinado espe-
cfcamente a la proteccin de los diferentes De-
rechos Fundamentales frente a actos efectuados
en principio por los poderes pblicos, y eventual-
mente por los particulares, reservndose la eva-
luacin de la constitucionalidad de una ley (o de
los perjuicios que dicha ley producira al pleno
ejercicio de cualquiera de nuestros diversos De-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
46
Algunas consideraciones sobre el Amparo
contra leyes a propsito de su tratamiento
en la propuesta de reforma constitucional
hoy en trmite
Eloy Espinosa-Saldaa Barrera
Catedrtico de Derecho Constitucional de las Universidades
Pontificia Catlica del Per, Nacional Mayor de San Marcos
e Inca Garcilaso de la Vega. Profesor Principal
de la Academia de la Magistratura
Sumario: I.- Algunas consideraciones a modo de introduccin II.- La posibilidad de interponer Amparos
contra leyes como uno de los escenarios ms importantes del redimensionamiento de este proceso
constitucional. Las posturas actualmente existentes al respecto: A) Las posturas denegatorias o de rechazo
al Amparo contra leyes B) Las tesis admisorias radicales C) Las posiciones admisorias moderadas D) La
objetivacin del Amparo como elemento a evaluar en el tratamiento de este tema III.- El Amparo contra leyes
en el Per: entre la incertidumbre y las inconvenientes restricciones introducidas a nivel normativo.
rechos Fundamentales) a alguna de las mltiples
instituciones procesales previstas para ejercer
un control directo y con efectos erga omnes de
la constitucionalidad de las leyes y otras normas
con similar rango dentro del ordenamiento jur-
dico de cada pas
5
. Actualmente en cambio, son
muchos los que, sin entrar a discutir si es el Am-
paro el espacio ms idneo para declarar la in-
constitucionalidad de una ley
6
, opinan que cabe
la posibilidad de plantear uno de estos procesos
directamente contra una ley reputada lesiva a la
plena vigencia de los Derechos Fundamentales
de algunos ciudadanos.
Ahora bien, justo es sealar que aqu no
nos encontramos antes una materia cuyo trata-
miento sea pacfco en el Derecho Comparado.
Un breve repaso de las posturas asumidas
a nivel mundial sobre el particular nos permi-
ten entonces apreciar hasta tres grandes lneas
de pensamiento al respecto, a las cuales tenta-
tivamente podemos califcar como posiciones
de rechazo o denegatorias, posturas admisorias
radicales y posturas admisorias moderadas
7
.
Procederemos pues a explicar con cierto detalle
los alcances de estas posturas, para luego pasar
a anotar cual es nuestra posicin en este tema,
y sobre la base de ello, evaluar muy crticamen-
te lo que se est planteando en la propuesta de
Reforma Constitucional del once de julio en lo
referente a eventuales Amparos contra leyes.
A) Las posturas denegatorias o de rechazo al
Amparo contra leyes
Iniciando entonces la relacin aqu enun-
ciada, en primer lugar nos encontramos con
aquellos casos en los cuales el mismo ordena-
miento jurdico de un pas descarta la posibili-
dad de admitir el uso del Amparo contra leyes,
rechazo que en algunos casos est explcitamen-
te planteado en el texto constitucional
8
, pero que
en la mayora de supuestos es consecuencia de lo
prescrito por alguna ley o lo deducido como una
postura constante de la jurisprudencia y/o de la
doctrina especializada en estas materias
9
.
Los argumentos en los cuales se sustentan
estas posiciones denegatorias son bastante co-
nocidos, aunque ello no obsta para anotar aqu
aquellos que se nos presentan como los ms re-
levantes al respecto, lo cual posteriormente nos
permitir efectuar un comentario sobre la perti-
nencia de los mismos. As pues, se alega que el
buscar la declaracin de inconstitucionalidad de
una ley mediante un Amparo no solamente im-
plicara el habilitar el desborde de competencias
judiciales en perjuicio de las atribuciones propias
del Congreso, sino que tambin -y esto es tal vez
lo ms relevante- originara una distorsin en el
sentido del Amparo, medio procesal por el cual
nicamente se impugnara al hecho, acto u omi-
sin que lesiona un derecho constitucional.
Queda claro pues que para los defensores
de esta postura la sola existencia de un texto le-
gal no servira para acreditar la existencia de un
acto lesivo, sino, en el mejor de los casos, cabra
sealar la aparicin de un riesgo futuro e incier-
to (y por ende, de efectividad discutible) de vul-
neracin de un derecho fundamental
10
, lo cual,
como veremos posteriormente, ni siquiera encaja
dentro de los supuestos de amenaza susceptibles
de ser impugnados y revertidos mediante Am-
paro
11
. La posibilidad de cuestionar lo que toda-
va es en abstracto un peligro para la vigencia
de algn o algunos Derechos Fundamentales de-
bera entonces ms bien canalizarse a travs de
otras vas procesales.
Descritas las lneas generales de los postu-
lados de esta posicin, y sin negar la indudable
relevancia de las opiniones que acabamos de
describir, creemos que aqu se hace necesario
efectuar una serie de precisiones, las cuales nos
llevan fnalmente a relativizar la validez de las
posturas de carcter denegatorio. Y es que, en
primer lugar, los trminos de la relacin entre
los jueces y la Constitucin son actualmente bas-
tante diferentes de aquellos a travs de los cuales
pareceran stas esbozarse desde las propuestas
de algunos defensores de las tesis denegatorias: y
es que hoy en da son pocos los que discuten que,
incluso en los pases con sistemas de control de
constitucionalidad de tipo concentrado, el juez
siempre efecta una interpretacin y aplicacin
directa del texto constitucional, sin que con ello
invada competencias otrora asignadas exclusiva-
mente a otros poderes del Estado
12
.
La nica diferencia aqu existente es que
mientras en los pases con control concentrado
no es el juez quien proceder a la inaplicacin
de la ley que repute como inconstitucional (al
juzgador le corresponder ms bien dejar esta
decisin en manos del Tribunal Constitucional,
quien actuar a travs de las denominadas cues-
tiones de inconstitucionalidad), en los pases con
un modelo de control difuso o en algunos de
tipo mixto
13
ese mismo juez ser quien inaplique
la norma reputada inconstitucional al caso que
viene siendo de su conocimiento. En uno u otro
caso, aunque no sin pocos cuestionamientos doc-
trinarios, progresivamente va consolidndose la
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
47
ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMPARO CONTRA LEYES(...)
postura de que esta actuacin de los juzgadores
bajo ningn concepto constituye una intromi-
sin abusiva de stos en las labores propias de la
funcin parlamentaria. Alegar entonces en este
contexto que el juez invade competencias par-
lamentarias al evaluar la constitucionalidad de
una ley resulta entonces poco sostenible, salvo
mejor parecer.
Por otro lado, quienes plantean que la
aceptacin del uso del Amparo contra leyes im-
plica una supuesta distorsin del sentido de este
mecanismo procesal parecen ignorar que, como
en el caso latinoamericano bien anota Germn
Bidart Campos
14
, hay leyes que con su sola pro-
mulgacin adquieren operatividad inmediata,
y por ende, causan una lesin en el ejercicio de
algn o algunos derechos fundamentales. No
estamos aqu frente a un acontecimiento remo-
to, y por ello, de efcacia discutible, sino frente a
un hecho cierto y con repercusiones inmediatas,
lo cual a todas luces encaja por lo menos den-
tro de los supuestos de amenaza a un derecho
fundamental, supuestos tambin susceptibles de
impugnacin mediante Amparo. En estos casos,
los de las leyes de carcter autoaplicativo, la per-
tinencia del uso del Amparo se nos presenta en-
tonces como algo incuestionable.
B) Las tesis admisorias radicales
Es pues en mrito a stas como a otras con-
sideraciones que algn otro sector doctrinario
aboga por el reconocimiento de la posibilidad
de discutir en el Amparo la constitucionalidad
de todas las leyes. As por ejemplo, en el caso
latinoamericano, son dignas de resaltar opinio-
nes como las del mejicano Emilio Rabasa
15
, para
quien la ley puede ser equiparada al acto lesivo
que motivar la posterior interposicin de un
Amparo.
Rabasa aade adems que si la judicatu-
ra ordinaria (o el Tribunal Constitucional en su
caso, completaramos nosotros) inaplica una
ley mediante Amparo, no la est derogando ni
invadiendo competencias de otras instancias
estatales, sino simplemente se encuentra hacien-
do prevalecer a la Constitucin frente a una ley
inconstitucional. Alega por ltimo en apoyo de
su postura la existencia de razones de economa
procesal, pues considera ms simple, expeditivo
y tuitivo de los derechos fundamentales el im-
pugnar directamente una ley que se reputa lesi-
va de uno de estos derechos sin esperar a la exis-
tencia de perjuicios concretos ocasionados por
actos de ejecucin de la ley en cuestin.
Ahora bien, no solamente es Rabasa quien
sustenta esta postura. Y es que, como consecuen-
cia de la aplicacin del principio de supremaca
constitucional, llegan a conclusiones similares a
las que acabamos de exponer juristas tan desta-
cados como los argentinos Snchez Viamonte
16
o Bielsa
17
. Es ms, lo expuesto por algn autor
espaol, aun cuando sobre la base de otro tipo
de argumentaciones frente a las leyes y dems
normas, tambin parece abogar por un irrestric-
to uso del Amparo ante esta clase de normas
18
.
El planteamiento aqu esbozado es su-
gerente, y sin duda resulta de gran utilidad en
aquellos pases en los cuales el Amparo incluye
(o por lo menos, inclua) dentro de sus mbitos
de accin la posibilidad de declarar la inconsti-
tucionalidad de las leyes
19
. Asimismo, es innega-
ble que esta argumentacin puede resultar muy
funcional para aquellos estados cuyo ordena-
miento jurdico carezca de un proceso constitu-
cional similar al que en Espaa se ha preferido
denominar recurso de inconstitucionalidad. Sin
embargo, consideramos necesario anotar como
a nuestro modesto parecer la misma generara
peligrosas y no deseadas distorsiones, las cuales
pueden incluso poner en riesgo la seguridad ju-
rdica de cualquier pas.
Explicitemos entonces las consideraciones
que nos llevan a efectuar una aseveracin tan
radical como la que acabamos de realizar. Y es
que, en primer lugar, no toda ley aprobada y
promulgada siguiendo los cnones normativa-
mente previstos es susceptible de afectar direc-
ta o inminentemente la vigencia de un derecho
fundamental: son muchas las leyes de tipo no
autoaplicativo -y sobre todo, aquellas cuyo cum-
plimiento solamente es discrecional para el r-
gano al cual se le ha encomendado su reglamen-
tacin o ejecucin
20
- que en el mejor de los casos
nicamente perflaran actos con una posibilidad
de riesgo ms bien remota, y por ende, no id-
neos para viabilizar la posterior interposicin de
un Amparo, interposicin para la cual se exige
ms bien la existencia de un peligro inminente
o prximo
21
. El canal procesal pertinente para
enfrentar estos casos es pues, sin lugar a duda,
el del proceso constitucional que algunos deno-
minan Recurso de Inconstitucionalidad
22
y otros
Accin de Inconstitucionalidad
23
.
Por otro lado, la relativa facilidad existen-
te para obtener la legitimacin procesal activa
considerada necesaria en un Amparo, unida a la
mayor disposicin de la judicatura (ordinaria o
especializada) para conceder medidas cautelares
(y sobre todo, medidas cautelares de no innovar)
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
48
ELOY ESPINOSA-SALDAA BARRERA
en este tipo de procesos, podran ocasionar que,
puestas en mano de un juez excesivamente con-
cesivo, prcticamente todas las leyes que compo-
nen el ordenamiento jurdico de un pas puedan
correr el riesgo de encontrar suspendidos sus
efectos en casos especfcos (aquellos en donde se
ha planteado un Amparo y se ha concedido una
medida cautelar) ms no en otros, lo cual podra
llevar a una situacin de total inseguridad jur-
dica que probablemente a nada bueno conduci-
ra
24
. Por ello, actualmente el grueso de la ms
califcada doctrina sobre esta materia tambin
marca distancias frente a las tesis admisorias de
corte radical, y se adscribe a posturas admisorias
ms moderadas, posturas cuyos alcances de in-
mediato pasaremos a explicitar.
C) Las posiciones admisorias moderadas
Las posturas normativas, doctrinarias y
jurisprudenciales a las cuales empezaremos a
hacer referencia tienen como elemento comn
el admitir la interposicin del Amparo contra
leyes solamente en algunos supuestos. En l-
neas generales, ello implica reservar el uso del
Amparo nicamente contra las leyes de carcter
autoaplicativo (aquellas que como bien sabemos
no requieren de disposiciones reglamentarias ni
actos de ejecucin alguno para empezar a surtir
efectos jurdicos concretos y afectar a situaciones
jurdicas ya existentes), aunque es justo recono-
cer la existencia de algunos autores que admiti-
ran la interposicin de Amparo incluso frente
a determinados casos de leyes que poco o nada
tienen de autoaplicativo
25
.
La pertinencia de admitir la posibilidad de
interponer Amparos directamente contra aque-
llas leyes de carcter autoaplicativo se sustenta
entonces en razones que en principio parecen
bastante atendibles. Y es que si reconocemos que
con la sola existencia de una de estas leyes ya
puede verse comprometido el pleno ejercicio de
alguno o algunos de nuestros Derechos Funda-
mentales, se nos presenta como poco respetuo-
so del carcter tuitivo del Amparo el tener que
esperar a la realizacin concreta de actos de eje-
cucin de una ley cuya inconstitucionalidad se
encontrara ya fuera de toda discusin.
Nadie puede negar adems que la existen-
cia de una ley debidamente aprobada y promul-
gada es ya un hecho cierto; y si a ello le aadimos
que alguna de esas leyes puede surtir efectos
desde el mismo momento en que entra en vigor,
hemos de reconocer que estamos tambin frente
a un hecho con efectos inminentes y no remotos.
Se cumplen as los dos requisitos (certeza e in-
minencia) pacfcamente aceptados por la doc-
trina como confguradores de una amenaza a la
vigencia de un derecho fundamental susceptible
de ser despejada a travs de la interposicin del
proceso constitucional de Amparo.
Es en mrito a consideraciones como las
aqu expuestas que sta es actualmente la pos-
tura que va imponindose a nivel doctrinario y
jurisprudencial en esta materia. Sin embargo, a
todas estas consideraciones convendra aadir-
le una ms, vinculada al reconocimiento de una
doble dimensin (objetiva y subjetiva) no sola-
mente de los derechos fundamentales, sino de la
misma institucin procesal del Amparo.
Y es que en la opinin de muchos destaca-
dos especialistas, la admisin de Amparos con-
tra leyes deviene en un elemento clave para una
mayor objetivacin de esta institucin procesal,
alternativa que algunos recusan abiertamente y
otros buscan promover. Estamos entonces frente
a un tema que, adems de estar muy relaciona-
do con la materia que hemos venido analizando,
tiene una signifcativa relevancia en la determi-
nacin de cul ser el rol que le corresponda al
Amparo dentro de los diferentes ordenamientos
jurdicos en los cuales ste es acogido, y por ello,
vamos siquiera a dedicarle un apartado dentro
del presente trabajo.
D) La objetivacin del Amparo como elemento a
evaluar en el tratamiento de este tema
Como bien sabemos, una de las discusio-
nes con mayor relevancia en los ltimos aos con
respecto al Amparo es la de cul es rol y los al-
cances que debe reconocrsele a esta institucin
procesal. Esta discusin adquiere especial rele-
vancia en los pases como el Per, donde coexis-
ten labores tuitivas a cargo de la judicatura ordi-
naria con otros quehaceres protectores confados
ms bien a nuestro Tribunal Constitucional.
Es en este contexto en el que se han confgu-
rado dos posiciones o tendencias sobre las cuales
se considera deberan canalizarse los futuros de-
rroteros del Amparo. Una de estas posturas tien-
de a la objetivacin de este proceso constitucio-
nal, pues, tal como seala uno de sus principales
promotores en Espaa [...] En la medida en que
el sistema constitucional se afanza y la defensa
de los Derechos Fundamentales atribuida a los
jueces y tribunales se consolida, debe prevalecer
la dimensin objetiva del Amparo (la garanta
objetiva de los Derechos Fundamentales, y con
ellos, de la Constitucin en su conjunto) frente a
la subjetiva (los intereses concretos subjetivos de
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
49
ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMPARO CONTRA LEYES(...)
los justiciables)
26
.
Lo expuesto se traducira entonces en la
necesidad de privilegiar la tutela objetiva de de-
rechos mediante la delimitacin de contenidos
y fjacin de lneas jurisprudenciales
27
, as como
a travs del reforzamiento de las condiciones y
requisitos exigidos para que un Amparo pueda
ser conocido por un Tribunal Constitucional. Se
le permite as a dicho Tribunal un mayor mar-
gen de apreciacin, el cual le permite no slo
descartar pretensiones manifestamente carentes
de contenido constitucional, sino que incluso -lo
cual pudiera resultar harto discutible- le da la
posibilidad de dejar de pronunciarse en aquellos
casos en los que a pesar de producirse una lesin
a un derecho fundamental, dicha lesin tiene una
poca o prcticamente nula relevancia material
28
.
Segn los defensores de esta propuesta, la
cual nos llevara a un escenario muy similar al
que se ha apuntalado en el caso alemn luego de
la reforma efectuada en agosto de 1993 a la ley
que regula las actividades de su Tribunal Cons-
titucional Federal
29
, una posible no admisin a
trmite de una demanda de Amparo ante el Tri-
bunal Constitucional no confgurara una situa-
cin de denegacin de tutela judicial, salvo en
los supuestos (realmente excepcionales) en los
cuales dicho Tribunal se pronuncia sin necesidad
de que exista una resolucin judicial previa
30
. La
asuncin de esta postura tendra adems como
ventaja adicional el obligar a un necesario redi-
mensionamiento de la labor (y de los mecanis-
mos previstos para poder ejercer dicha labor)
tuitiva de los Derechos Fundamentales a cargo
de la judicatura ordinaria, tericamente la llama-
da a asumir el quehacer ms cotidiano y frecuen-
te en el desarrollo de esta tarea
31
.
Siendo este el objetivo a apuntalar dentro
del Amparo para los defensores de la postura
que acabamos de resear, no cabe duda como en
este contexto la admisin de algunos supuestos
de Amparo directo contra leyes sera un elemen-
to llamado a colaborar signifcativamente en el
fortalecimiento de este tipo de perspectivas, ante
las ventajas que pueden proporcionar pronun-
ciamientos en procesos de Amparo contra algu-
na ley en la mejor delimitacin de contenidos
y fjacin de lneas jurisprudenciales a seguirse
posteriormente
32
.
Ahora bien, es justo sealar cmo esta po-
sible reconduccin del Amparo (la cual progre-
sivamente ha venido difundindose en muchos
pases que reconocen la existencia de este meca-
nismo procesal en un escenario dentro del cual la
judicatura ordinaria y un Tribunal Constitucio-
nal comparten la responsabilidad de desempe-
ar labores tuitivas de los derechos fundamenta-
les) es fuertemente cuestionada por otro impor-
tante sector doctrinario, para el cual el Amparo
ms bien debe ser el cauce a travs del que un
Tribunal Constitucional puede convertirse en
el centro de unifcacin y clave de fscalizacin
si se produce una interpretacin conforme a la
Constitucin de todo el conjunto del proceso de
creacin-aplicacin del Derecho
33
.
Sobre el particular, y siendo muy respe-
tuoso de las interesantes argumentaciones que
sostienen una postura contraria a la de un apun-
talamiento de la dimensin objetiva del Amparo,
consideramos que es justo reconocer que la lla-
mada objetivacin del Amparo constitucional
o ante el Tribunal Constitucional (razonamiento
que en los pases en donde no exista un Tribunal
de estas condiciones sera aplicable a aquellos
Amparos que pudieran ser conocidos por los
Tribunales Supremos de dichos estados luego de
existir un pronunciamiento de otras instancias de
la judicatura ordinaria al respecto) parece con-
vertirse en una alternativa sustentada en slidas
consideraciones de carcter terico y prctico,
razones vinculadas a una necesaria unifcacin
de la jurisprudencia sobre Derechos Fundamen-
tales en funcin a grandes lneas y criterios cla-
ramente establecidos, sin que el conseguir dicho
objetivo acarree los inconvenientes funcionales
propios de convertir a un Tribunal Supremo o a
un Tribunal Constitucional en una ltima instan-
cia para todos los casos referidos a la tutela de
los Derechos Fundamentales
34
.
Existen pues una serie de interesantes y
atendibles razones que permiten sustentar el
conceder una prudente cobertura al Amparo di-
recto contra leyes. Ello, lejos de constituir una
posibilidad poco funcional al modelo de control
de constitucionalidad recogido por un determi-
nado ordenamiento jurdico, puede ms bien
resultar de suma utilidad para consolidar una
situacin ms tuitiva de los diferentes Derechos
Fundamentales.
Sin embargo, el tratamiento dado al pre-
sente tema en el caso peruano no ha respondido
precisamente a estos parmetros, ponindonos
en una situacin que, por decir lo menos, apare-
ce como poco favorable para aquello que, como
ya aqu mismo hemos reseado, es el fn ltimo
de todo Estado Constitucional que se precie de
serlo. Pasemos entonces a comentar lo sucedido
en el Per sobre el particular para luego esbozar
nuestra perspectiva al respecto.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
50
ELOY ESPINOSA-SALDAA BARRERA
III.- El Amparo contra leyes en el Per: entre la
incertidumbre y las inconvenientes restric-
ciones introducidas a nivel normativo
Es de conocimiento general que, aun cuan-
do podemos encontrar algunos antecedentes en
anterior normativa, el proceso de Amparo se in-
corpora en rigor al ordenamiento jurdico perua-
no con la Constitucin de 1979, teniendo inclu-
so que esperarse hasta la dacin de la ley 23506
para empezar a apreciar con mayor detalle sus
alcances.
Una rpida revisin de la ley 23506, as
como de su norma complementaria, la ley 25398,
y de las dems disposiciones dictadas en aquella
poca sobre el particular, no incluye anotacin
alguna acerca de la procedencia del Amparo
contra leyes. Sin embargo, pronto se dieron dos
perspectivas radicalmente opuestas al respecto:
la de la doctrina nacional ms califcada, pro-
clive a admitir el Amparo contra leyes de tipo
autoaplicativo; y la de la judicatura ordinaria
peruana, en lneas generales opuesta a cualquier
posibilidad de conceder Amparo en situaciones
como las aqu descritas
35
.
Curiosamente cuando el discurso doctrina-
rio favorable a recoger este tipo de pretensiones
comenzaba a imponerse, el texto de 1993, en el
segundo inciso de su artculo 200, prohbe expre-
samente la procedencia del Amparo contra nor-
mas legales, denominacin de por s poco clara,
por decir lo menos. La intencin que esconda
este precepto era para algunos la de difcultar
el cuestionamiento a leyes inconstitucionales,
problema agravado con la indebida e injustifca-
da destitucin de tres magistrados del Tribunal
Constitucional y la consiguiente desactivacin
de toda posibilidad de interponer procesos de
inconstitucionalidad desde 1997.
Ahora bien, justo es reconocer como, a
pesar de no tener las mejores condiciones para
su funcionamiento, el Tribunal Constitucional
Peruano emiti una serie de fallos en los cua-
les, muy a despecho de la literalidad del texto
de 1993, acert en nuestra opinin al admitir la
eventual procedencia de Amparos contra nor-
mas que reputa como autoaplicativas. En este
sentido va, por ejemplo, lo sealado en la senten-
cia (STC) emitida frente al expediente 11-52-97-
AA/TC, por solamente citar uno de los casos ms
notorios. En esa interesante resolucin se llega
a decir que [] de tratarse de normas jurdicas
autoaplicativas, esto es, normas cuya efcacia no
se encuentra condicionada a la realizacin de al-
gn tipo de actos, el Amparo Constitucional, de
ser el caso, puede prosperar vlidamente, desde
que de optarse por una interpretacin rgida del
referido precepto contenido en el inciso dos del
artculo 200 de la Constitucin, ello supondra
que la violacin de un derecho constitucional
por normas de esta naturaleza, quedara en to-
tal indefensin, encontrndose ello en absoluta
contradiccin con la flosofa personalista con la
que se encuentra impregnado todo nuestro orde-
namiento constitucional, y en el que se legitima
fundamentalmente la propia existencia de este
tipo especial de procesos de la libertad (funda-
mento 2 b) del presente fallo)
36
.
Es por ello un tema que nos causa enorme
preocupacin el que la propuesta de reforma
constitucional del once de julio insiste en mante-
ner una expresa improcedencia del Amparo con-
tra normas legales. En un contexto social y pol-
tico como el actual, el cual busca afanzarse como
algo distinto de la autocracia fujimorista, la op-
cin asumida en la propuesta que aqu venimos
analizando no parece contar con un sustento ra-
zonable y aparentemente no nos proporcionara
mayores aportes a la consolidacin de un clima
de plena vigencia y tutela de los derechos funda-
mentales. Ojal entonces el debate constitucio-
nal aun en desarrollo permita la rectifcacin de
este evidente y peligroso error, potenciando ms
bien la continuidad de una lnea de pensamiento
apuntalada por una alentadora jurisprudencia.
Este es pues en nuestra modesta opinin el ca-
mino que debera seguirse en esta importante y
delicada materia, salvo mejor parecer.
1
Solamente para citar un ejemplo al respecto, anotaremos cmo en el tradicionalmente denominado juicio de Amparo mexicano (el cual,
como bien indica la ms moderna doctrina de dicho pas, en rigor es ms bien un proceso) podemos descubrir, siguiendo a Hctor Fix
Zamudio, hasta cinco grandes funciones diferentes entre si, las cuales son a saber:
- El Amparo-Hbeas Corpus, para la proteccin de los derechos a la vida y la libertad personal;
- El Amparo-Casacin, o Amparo contra resoluciones judiciales, el cual a su vez admite cuatro facetas o subdivisiones en funcin a si la
materia en l abordada es de carcter penal, civil-mercantil, administrativo o laboral;
- El Amparo social-agrario, a travs del cual se busca dar una proteccin especial a los campesinos sujetos a la reforma agraria;
- El Amparo contencioso-administrativo (o como contencioso-administrativo), Amparo cuyo mbito de accin es hoy bastante restringido
ante la creacin de tribunales de lo Contencioso-Administrativo en varios estados mejicanos;
- El Amparo contra leyes, Amparo previsto para la impugnacin de leyes inconstitucionales.
Este ltimo Amparo, el denominado Amparo contra leyes, tendra hoy una doble confguracin, pues podra ser entendido como
accin de inconstitucionalidad o cuestionamiento directo no solamente a las leyes, sino tambin a las disposiciones reglamentarias y
tratados internacionales aprobados por el Senado federal; pero tambin podra asumrsele como recurso de inconstitucionalidad, en los
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
51
ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMPARO CONTRA LEYES(...)
casos en los cuales lo que se combate directamente es la legalidad de una resolucin ordinaria, para a travs de ello apreciar en primer lugar
si las leyes aplicadas por el Tribunal que emiti esa resolucin son o no constitucionales.
Una completa explicacin sobre esta caracterizacin del Amparo mexicano la encontramos en diversas obras del ya antes mencionado
Hctor Fix Zamudio, siendo tal vez el texto que mejor sintetiza su actual postura al respecto el de su trabajo La Justicia Constitucional, texto
incluido en AAVV. Estudios jurdicos en torno a la Constitucin Mexicana de 1917 en su 75 Aniversario. Mxico, Instituto de Investigaciones
Jurdicas de la UNAM, 1992, pp. 107 y ss. (especialmente entre las pginas 140 y 151).
Por otro lado, una siquiera rpida mirada de lo previsto en el Derecho Comparado sobre el particular nos permite apreciar como en
muchos pases el Amparo es considerado como un recurso y en otros se le denomina accin, cuando en rigor es un proceso con alguna
pretensin particular, un proceso constitucional.
Espaa es uno de los lugares en donde se tiende a considerar al Amparo como un recurso. Ello en nuestra modesta opinin tiene,
cuando abordamos el tema del Amparo en Espaa, sin duda uno de los temas que ms controversia genera es el de la determinacin de
la naturaleza jurdica de esta institucin, controversia que en nuestra modesta opinin tiene mucho de su sustento en la ausencia de un
necesario deslinde (o en la insufciencia del deslinde hasta ahora efectuado) entre las competencias propias del Tribunal Constitucional
(en donde existe) y la judicatura ordinaria (aun cuando la necesidad de deslinde podra tambin darse entre el Tribunal Constitucional y la
institucin parlamentaria, a tenor de lo ocurrido en Espaa en casos que motivaron la dacin de la STC 206/92 y del ATC 42/1997).
Por ello, frente a la disyuntiva existente en Espaa de comprender al Amparo como un proceso autnomo o como un tipo especial de
recurso de casacin, puede entenderse la existencia incluso de posturas hbridas o mixtas sobre cul es la naturaleza jurdica del Amparo
constitucional recogido en el artculo 53.2 CE (el cual, segn los defensores de esta tesis intermedia, sera en algunos supuestos un proceso
autnomo, y en otros, una casacin especial para derechos fundamentales). Sin embargo, a nuestro modesto parecer existen muchos ms
elementos que incluso en casos como el espaol nos llevan a pensar que antes de estar frente a un recurso nos encontramos frente a un
verdadero proceso constitucional.
Explicitemos entonces nuestro razonamiento al respecto. Y es que si bien la tradicin histrica espaola, aunada a otros factores como
el del carcter de ltimo remedio del Amparo constitucional proporcionara elementos que ayudaran a concebir al Amparo constitucional
de ese pas como un recurso, existen al respecto otros aspectos a tomar en cuenta, los cuales, siguiendo lo expuesto por Joan Oliver (ver al
respecto Oliver Araujo, Joan. El recurso de Amparo. Palma de Mallorca, Facultad de Derecho de la Universidad de Palma de Mallorca, 1986,
p. 43), son los siguientes:
- En primer lugar, un recurso implica un replanteamiento de la cuestin litigiosa ante un rgano judicial superior del mismo orden que
aquel que pronunci la resolucin recurrida, o incluso ante el mismo rgano que dict dicha resolucin. Ninguno de estos dos supuestos
es aplicable a lo que ocurre con el Amparo constitucional o Amparo ante el Tribunal Constitucional.
- En segundo trmino, por lo menos uno de los cuatro tipos de Amparo previstos en Espaa tiene carcter directo, y por ende, no requiere
del agotamiento de va previa alguna. Mal se puede hablar en este caso de la existencia de un recurso, salvo mejor parecer.
- Finalmente, se reclama no perder de vista que el TCE es un rgano fuera del mbito de la jurisdiccin ordinaria y nico en su orden.
La consideracin del Amparo como una accin, denominacin utilizada en nuestro pas al abordar esta materia, tiene un sustento
procesal tambin bastante discutible, pues, como todos sabemos, el derecho de accin no recoge todas las actuaciones y posibilidades de
accin que nos da cualquier Amparo.
Es en mrito a razones como stas que consideramos que estamos frente a un proceso y no ante un recurso, o a una accin conclusin
a la cual parecen llegar, aun cuando no necesariamente por similares premisas, autores como Gerpe, Manuel. El recurso de Amparo
constitucional. En: Revista Jurdica de Catalua. Barcelona, Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona, Ao LXXXI N 2, abril-junio 1982,
pp. 207 y ss. (y muy especialmente p. 212); Gonzlez Prez, Jess. Derecho Procesal Constitucional. Op. cit., p. 278; o Almagro Nosete
- Justicia Constitucional (Comentario a la Ley Orgnica del Tribunal Constitucional). Madrid, 1980, p. 191-192. En esta misma direccin
apuntaba el ATC de la Sala Primera del 26 de noviembre de 1980, y parece ser una constante en la mayor parte de las nuevas publicaciones
sobre estos temas, en las cuales se incluye al recurso de Amparo dentro del rubro Procesos Constitucionales. A modo de ejemplo en el cual
podemos sustentar esta ltima aseveracin, podemos citar libros como AAVV. Los procesos constitucionales. Segundo Simposio de Derecho
Constitucional (Sevilla 27/28 de setiembre de 1991). Madrid, CEE, 1992; o el colectivo de Caamao, Francisco; Gmez Montoro, Angel;
Medina, Manuel y Requejo, Juan Luis. Jurisdiccin y procesos constitucionales. Madrid, McGraw Hill, 1997.
2
Si bien ya habamos adelantado alguna referencia a este tema en la nota tres del presente trabajo, sealaremos aqu como Fix Zamudio
distingue hasta tres diferentes planos en lo vinculado con la tutela de los Derechos Fundamentales. Segn dicho autor, en cualquier proceso
comn y corriente puede darse la proteccin de algn derecho fundamental, a pesar de que el mecanismo procesal utilizado (o incluso,
la proteccin central del proceso iniciado) no sea la de preservar la plena vigencia de uno de esos derechos. A esta situacin es la que Fix
denomina de tutela de un derecho fundamental mediante un medio procesal ordinario.
Posteriormente el autor cuya propuesta aqu estamos desarrollando anotar tambin cmo existen casos en los cuales se toman decisiones
que si bien en principio poco o nada pareceran estar vinculadas a las labores tuitivas a las cuales venimos haciendo referencia, tienen en el
fondo una motivacin directamente relacionada con ese tipo de tareas. Este es el caso por ejemplo de una mocin de censura a algn ministro,
si es que con dicha censura se busca sancionar una actitud o comportamiento ministerial violatorio de algn derecho fundamental. Si bien
el objetivo de la censura es el de separar de su cargo a un ministro al cual se considera inefciente para desempear tales responsabilidades,
esta censura devendra en un medio indirecto de proteccin de los derechos fundamentales en la medida que el respeto a la plena vigencia
de esos derechos ser de ahora en adelante una pauta a seguir para todo aquel ministro que no quiera correr el riesgo de ser separado de su
cargo por el Congreso.
Finalmente, Fix Zamudio reconoce la existencia de medios procesales especfcos (o procesos constitucionales), instrumentos procesales
cuyo objetivo es el intentar tutelar con la mayor rapidez y efcacia posible la plena vigencia de los derechos fundamentales. En esta lgica,
instituciones como el Amparo son, sin lugar a dudas, medios procesales especfcos. Una detallada exposicin del razonamiento de Fix
Zamudio al respecto la encontraremos en su La proteccin procesal de los Derechos Humanos antes las Jurisdicciones Nacionales. Madrid,
Civitas, UNAM, 1982, p. 57.
3
Nos referimos aqu al tema del Amparo frente a actos de particulares, en el cual son muchos los pases en los cuales se ha optado por acoger la
teora alemana sobre la Dritwirkung o efcacia del Amparo en este tipo de supuestos. Textos de indispensable consulta frente a las ventajas y
difcultades existentes al respecto son, entre otros, el de Garca Torres, Jess y Jimnez-Blanco, Antonio -Derechos fundamentales y relaciones
entre particulares. Madrid, Cuadernos Cvitas, 1986; as como el de Bilbao Ubillos, Juan Mara. La efcacia de los derechos fundamentales
frente a particulares. Madrid, CEC-BOE, 1997. Tambin tiene interesantes referencias al respecto el texto de Herrero Tejedor, Fernando.
Honor, Intimidad y propia imagen. Madrid, Colex, 1990 (existe una edicin de 1994).
La lgica norteamericana seguida en el tratamiento de estos temas reposa ms bien en la Teora de la State Actio. Una clara explicacin
sobre los alcances de la State Action la encontramos en Bilbao Ubillos, Juan Mara. Los Derechos Fundamentales en la frontera entre lo
pblico y lo privado. Madrid, Mac Graw Hill, 1998.
4
La posibilidad de atacar las omisiones de la Administracin ha merecido incluso la institucin en algunos ordenamientos jurdicos de un
medio procesal especfco al cual se ha denominado Accin de Cumplimiento, medio procesal hoy existente en Colombia y el Per, an
cuando con importantes matices entre ambas experiencias. Por otro lado, tema de mayor complejidad es el de poder cuestionar fagrantes
casos de omisin legislativa. Sin embargo, las iniciativas manejadas al respecto generalmente se encuentran ms bien vinculadas a la llamada
inconstitucionalidad por omisin, materia que excede ampliamente los alcances del presente trabajo.
5
Aqu resulta conveniente aclarar la diferente situacin a la cual puede llevar el modelo de justicia o jurisdiccin constitucional asumido en
cada pas. Y es que mientras en aquellos pases con un sistema concentrado de control no corresponde al juez ordinario sino al Tribunal
Constitucional el declarar la inconstitucionalidad de una ley, en un pas con un modelo difuso o mixto en principio cualquier juez que detecte
la inconstitucionalidad de una ley puede inaplicarla nicamente para el caso concreto que viene resolviendo. Ello sin perjuicio del precedente
que dicho fallo pueda generar, o de la eventual existencia en aquellos pases de mecanismos procesales similares a los que en Espaa y otros
pases europeos son denominados se denominan recurso o cuestin de inconstitucionalidad.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
52
ELOY ESPINOSA-SALDAA BARRERA
6
Y es que aqu no se discute si es el Amparo el escenario ideal para discutir a cabalidad si estamos o no frente a una ley inconstitucional (en
principio los procesos de control abstracto de la constitucionalidad de las leyes pareceran presentarse como ms idneos para cumplir con
dichas tareas), sino si es posible considerar que la sola existencia de una ley constituye lo que podramos denominar un acto lesivo susceptible
de ser impugnado mediante Amparo, y por ende, elemento habilitante para el planteamiento de pretensiones de inconstitucionalidad en uno
de estos procesos. Adelantando parte de nuestro punto de vista sobre el particular diremos entonces que nosotros consideramos que ello es
posible en algunos casos, esencialmente vinculados a aquellas leyes con un carcter autoaplicativo.
7
Denominaciones similares a las nuestras, aunque con contenidos y alcances no exactamente iguales a los que aqu planteamos, han sido
empleadas por Sags, Nstor Pedro. El Amparo contra leyes. En: Derecho y Sociedad N 3. Lima, 1990, pp. 6 y ss.
8
Este es el caso del texto constitucional peruano de 1993, el cual en el segundo apartado de su artculo 200 expresamente seala que no procede
la interposicin del Amparo contra leyes alternativa cuya justifcacin (formal y real) luego analizaremos con mayor detalle.
9
Lo ocurrido en Espaa sera un buen ejemplo al respecto, pues all las posturas denegatorias encuentran ms bien su sustento en lo expuesto
por un importante sector de la doctrina y lo mayormente resuelto por su Tribunal Constitucional sobre el particular. En este sentido se
encuentran pronunciamientos como la STC118/88, del 20 de junio; y los AATC 103/84, del 21 de marzo; 296/85 del 8 de mayo; 244/86, del 12
de marzo; y muy especialmente el AATC 385/89, por solamente citar los precedentes ms antiguos de una ya reiterada lnea jurisprudencial.
10
Esta es la postura defendida por ejemplo por Lazzarini, Jos Luis. El juicio de Amparo. Buenos Aires, La Ley, 1988, pp. 214-215; as como
por Ortecho, Vctor Julio. Derechos y Garantas Constitucionales. Trujillo, Marsol Per Editores, 1985, p. 375.
11
En este aspecto resulta importante resaltar lo planteado en el artculo 4 de la Ley 25398, ley complementaria de la regulacin del Amparo y el
Hbeas Corpus en el Per, norma en la cual (recogiendo as las posturas doctrinarias ms avanzadas hoy existentes en el Derecho Comparado
sobre el particular) se establecen como amenazas de violacin susceptibles de ser atacadas o impugnadas mediante Amparo a aquellas que
se caractericen por ser ciertas y de inminente realizacin. La amenaza a tomarse en cuenta en estos casos debe entonces ser real y posible de
cumplirse dentro de un lapso de tiempo ms bien prximo. Al respecto es conveniente revisar los interesantes comentarios recogidos sobre
el particular en Borea, Alberto. Evolucin de las Garantas Constitucionales. Lima, Griley, 1996, pp. 46-50 (existe tambin una edicin del ao
2000).
12
As por ejemplo, Eduardo Garca de Enterra, en su ya clsico trabajo La Constitucin como norma y el Tribunal Constitucional, no
solamente seala que el juez espaol estaba sometido a la Constitucin, sino que deba aplicarla directamente en los siguientes supuestos:
1- Enjuiciamiento previo de la constitucionalidad de las leyes, ya sea efectuando una evaluacin de la norma que debe aplicar en un caso
concreto (evaluacin que en su momento podra llevarle a plantear una cuestin de inconstitucionalidad) o realizando un juicio positivo
de la constitucionalidad de una ley al aplicarla para solucionar un caso concreto;
2- Juicio sobre la constitucionalidad de los reglamentos, los cuales puede inaplicar si los considera inconstitucionales adems de ilegales;
3- Juicio sobre la inconstitucionalidad de los actos jurdicos pblicos (sean estos administrativos o judiciales) o privados, negando la validez
de los mismos si concluye que son inconstitucionales;
4- Casos de interpretacin conforme a la Constitucin de la totalidad del ordenamiento jurdico nacional, tanto en el caso de leyes como en
el de reglamentos.
Recomendamos entonces ver, Garca de Enterra, Eduardo. La Constitucin como norma y el Tribunal Constitucional. Madrid, Cvitas,
1981, p. 67. En esta misma lnea de pensamiento, autores como Luis Dez Picazo rescatan la posibilidad de una aplicacin directa de la
Constitucin por los jueces ordinarios en aquellos asuntos vinculados a derechos fundamentales con un especial mbito de proteccin,
postura recogida en Diez Picazo, Luis. Constitucin, Ley, Juez. En: REDC N 15, p. 19.
A pesar de lo ya expuesto, es justo tambin reconocer como en el mismo caso espaol todava, aunque doctrinariamente minoritarias,
existen posturas reacias a aceptar una aplicacin directa de la Constitucin por el Juez ordinario ( es de este criterio, por ejemplo, Prez Royo,
Javier. Por qu no. Artculo publicado en el diario El Pas del 18 de abril de 1997, pp. 13-14). Por otro lado, resulta oportuno resaltar como
hay quienes, sin negar la efcacia normativa de la Constitucin, entienden que los jueces ordinarios no efectan una aplicacin del texto
constitucional en sentido estricto, sino solamente en forma mediada, como norma que nicamente le proporciona las pautas y parmetros
(pautas y parmetros cuyo desarrollo ser abordado dentro del ordenamiento infraconstitucional) considerados vlidos para la solucin de
un determinado conficto. Esta es la posicin defendida por Aparicio Prez, Miguel ngel en La aplicacin de la Constitucin por los jueces
y la determinacin del objeto del Amparo constitucional. En : Revista del Centro de Estudios Constitucionales N 3, Madrid, CEC, mayo-
agosto 1989, p. 47.
13
Y es que cuando se habla de modelos mixtos no siempre nos estamos refriendo a lo mismo, pues los aspectos en los cuales se entremezclan
elementos de sistemas difusos y concentrados muchas veces no coinciden entre si. Ello explica cmo en el caso espaol que mientras para
Vicente Gimeno Sendra el carcter mixto del modelo de ese pas estara dado por la subsidiariedad de la actuacin del Tribunal Constitucional
frente al quehacer de la judicatura ordinaria en defensa de los derechos fundamentales (ver al respecto Cascajo Castro, Jos Luis, y Gimeno
Sendra, Vicente. El Recurso de Amparo. Madrid, Tecnos, 2 ed. 1984, p. 158); para Miguel ngel Aparicio Prez (ver su Introduccin al
Sistema Poltico y Constitucional Espaol. Barcelona, Ariel, p. 149) el carcter mixto continental contemporneo del modelo espaol estara
dado por el hecho de que es a un rgano de carcter esencialmente jurisdiccional (y no a un legislador negativo como en la propuesta original
de Kelsen) al que se le asigna la responsabilidad de interpretar todo el ordenamiento jurdico nacional en funcin a la Constitucin.
Sin embargo, no es este tipo de modelos (vistos ms bien por un buen sector de la doctrina como nuevas manifestaciones del modelo
concentrado antes que como verdaderamente mixtos) a los cuales aqu intentbamos hacer alusin, sino a aquellos en donde la mezcla
de elementos propios de las formulaciones clsicas de los modelos concentrados y difusos se ha hecho todava ms patente. Es el caso, por
solamente citar un ejemplo, de lo ocurrido en el modelo mixto o dual hasta hoy formalmente vigente en el Per, en donde, independientemente
de las mltiples posibilidades de actuacin que se le reconoce al Tribunal Constitucional, cualquier juez ordinario puede inaplicar una norma
que repute inconstitucional.
14
Ver al respecto, Bidart Campos, Germn - Rgimen legal y jurisprudencial del Amparo. Buenos Aires, Ediar, 1969, pp. 289 y ss.
15
Rabasa, Emilio, citado por Burgoa, Ignacio. El juicio de Amparo. Mxico, Porra, 19 ed., 1983 (la ltima edicin, la 33, es de 1997).
16
Snchez Viamonte, Carlos. Voz Juicio de Amparo. En: Enciclopedia Jurdica Omeba. Buenos Aires, Tomo XVII, p. 169.
17
Bielsa, Rafael. Metodologa Jurdica. Santa Fe, Castellv, 1961, p. 87.
18
Borrajo Iniesta, Ignacio. Amparo contra leyes. En: REDA N 98. Madrid, CEC, mayo-agosto 1982, pp. 167 y ss.
19
Ver al respecto lo sealado sobre el Amparo mexicano en la nota ocho del presente trabajo.
20
Es de similar criterio, Sags, Nstor Pedro. El Amparo contra leyes. Op. Cit., p. 8.
21
Para analizar si estamos frente a hechos que pueden o no constituir una amenaza susceptible de buscar ser revertida mediante Amparo
resulta harto conveniente acoger la distincin, planteada inicialmente por la doctrina mexicana, entre actos futuros remotos y actos
futuros prximos o inminentes. Los primeros seran aquellos hechos inciertos y eventuales cuya produccin -si fnalmente ocurre- cae
ntegramente dentro del rea del porvenir. Los segundos constituiran ms bien aquellos hechos ciertos prximos a ejecutarse, y por ende,
cuya comisin se verifcara en un futuro inmediato. Resulta claro entonces cmo en el supuesto de los llamados actos futuros remotos puede
haber algn peligro a la vigencia de un derecho fundamental, pero ese riesgo de peligro es todava tan hipottico que es imposible considerar
que pueden confgurar una verdadera amenaza al ejercicio de alguno de dichos derechos. Solamente en el caso de encontrarnos ante unos
acontecimientos ciertos e inminentes estaramos pues en condiciones de invocar razonablemente la existencia de una verdadera amenaza a
la plena vigencia de un derecho fundamental. Un buen anlisis de este tema lo encontramos en Lazzarini, Jos Luis. Op. cit., p. 209, as como
en Sags, Nstor Pedro. Derecho Procesal Constitucional. Tomo III: Accin de Amparo. Op. cit., p. 107.
22
Nombre que se le da a este tipo de procesos en pases como Espaa. Ver al respecto las apreciaciones que efectuamos en la segunda parte de
la nota veintisiete de este trabajo.
23
Denominacin que se le da a este tipo de procesos en diversos pases (y entre ellos, en el Per. Ver al respecto lo previsto en el cuarto inciso
del artculo 200 de la Constitucin Peruana de 1993). En un estricto sentido tcnico-procesal, resulta tambin impropio denominar Accin
a algo que a todas luces es un proceso constitucional autnomo.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
53
ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMPARO CONTRA LEYES(...)
24
Abona en favor de esta nuestra afrmacin lo ocurrido en el caso mexicano, en donde la aplicacin de la llamada frmula Otero (nombre
con el cual habitualmente se conoce a los previsto en los artculos 107, fraccin II de la Constitucin Federal de los Estados Unidos Mexicanos
y 76 de la Ley de Amparo de ese mismo pas, disposiciones en las cuales se reduce el efecto de las sentencias de Amparo contra leyes
nicamente a las partes que lo hubiesen interpuesto) ha creado una sensacin de inseguridad jurdica que hoy resulta insostenible, siendo
un consenso dentro de la ms califcada doctrina mexicana el reconocerle un efecto erga omnes a las sentencias de Amparo emitidas en estos
casos. Una detallada explicacin a cerca de la controversia existente en Mexico al respecto la encontramos en Fix Zamudio, Hctor. La Justicia
Constitucional. Op. cit., especialmente en las pp. 142 y 145.
25
En el mbito latinoamericano cabe resaltar las atingencias planteadas al respecto por Adolfo A. Rivas y Nstor Pedro Sags. En el primero de
los casos el procesalista argentino sealar que cualquier ley, sin importar si es autoaplicativa o no, si es lesiva de derechos constitucionales
equivale al menos a una amenaza, y perfla por ello un peligro concreto y atendible a los fnes del Amparo. Ver al respecto Rivas, Adolfo.
El Amparo. Buenos Aires, La Rocca, 1987, pp. 128-129. Por otro lado, el ya varias veces citado jurista rosarino deja abierta la posibilidad de
admitir Amparos contra leyes no autoaplicativas de cumplimiento obligado para el rgano encargado de la reglamentacin o ejecucin de
dicha ley. Sags argumenta que el solo hecho de existir el deber de instrumentar o hacer operativos aquellos dispositivos legales podra
ya reputarse como una amenaza para efectos del Amparo, pues importara la adopcin de una decisin concreta y especfca del Estado a
plasmarse en el plano del futuro prximo y no del futuro remoto (sobre la diferencia entre estos dos ltimos conceptos recomendamos ver al
respecto la nota 29 de ese mismo trabajo). Una buena sntesis de este sugerente planteamiento la podemos encontrar en Sags, Nstor Pedro.
El Amparo contra leyes. Op. cit., p. 8.
26
Opina en este sentido Prez Tremps, Pablo. El recurso de Amparo constitucional: II. Aspectos procesales. En: AAVV. Los procesos
constitucionales. Segundo Simposio de Derecho Constitucional (Sevilla 27/28 de Septiembre de 1991). Madrid, CEC, 1992, p. 124.
27
Es de este criterio Revenga Snchez, Miguel. Las paradojas del recurso de Amparo tras la primera dcada de Jurisprudencia Constitucional
(1981-1991). En: REDC N 41. Madrid, CEC, mayo-agosto 1994, pp. 25 y ss. (especialmente p. 31).
28
A similar conclusin llega Cruz Villaln, Pedro. Sobre el Amparo. En: REDC N 41. Madrid, CEC, mayo-agosto 1994, pp. 9 y ss., sobre todo
p. 19. En este mismo sentido va lo resuelto por el TCE en un polmico auto del 12 de septiembre de 1994, en el cual no se admite la demanda
de Amparo registrada con el nmero 2403/1993.
Cabe aclarar que la propuesta aqu reseada solamente parece ser posible en un contexto dentro del cual el Amparo constitucional o
Amparo ante el Tribunal Constitucional viene siempre precedido (como es la mayor parte de los casos dentro del ordenamiento jurdico
espaol) de un pronunciamiento judicial, correspondindole a la judicatura ordinaria la tutela cotidiana de los derechos fundamentales,
tutela que en su caso (lo cual obviamente no incluye a todas las situaciones) puede ser (nuevamente) efectuada y hasta resuelta sobre la base
de diferentes consideraciones por el Tribunal constitucional. Ahora bien, sera interesante preguntarse cunto afectar a este razonamiento la
asuncin de frmulas como la asumida por la Constitucin Peruana de 1993, la cual atribuye como una de las competencias de su Tribunal
Constitucional la de ser ltima instancia para la resolucin de los Amparos (adems de los Hbeas Corpus, Hbeas data y acciones de
cumplimiento) en los cuales la pretensin del o de los demandantes hayan sido denegadas por la judicatura ordinaria (ver al respecto el inciso
2 del artculo 202 del texto constitucional antes mencionado).
29
Ver al respecto las interesantes refexiones que efectan Rubio Llorente, Francisco. El trmite de admisin del recurso de Amparo, trabajo
incluido en su libro La forma del Poder. Madrid, CEC, 1993, pp. 537 y ss., (sobre todo pp. 546 a 554), y Rodrguez Alvrez, Jos Luis.
Seleccionar lo importante. En: REDC N 41. Madrid, CEC, mayo-agosto 1994.
30
En este sentido, Cruz Villaln, Pedro. Sobre el Amparo. Op. cit., p. 19. Esta postura reiteramos es explicable y atendible dentro de un
contexto como el espaol, en el cual el Amparo constitucional o Amparo ante el Tribunal Constitucional viene en la mayor parte de los casos
precedido de un pronunciamiento judicial, y donde adems, la actuacin del Tribunal Constitucional es extraordinaria y hasta eventual
frente al quehacer de quien tiene la responsabilidad de efectuar la tutela ms bien cotidiana de los derechos fundamentales, la judicatura
ordinaria.
31
En este mismo sentido, Revenga, Miguel - Op. cit., p. 31.
32
El importante papel que le toca cumplir al Amparo contra leyes dentro de una necesaria objetivacin de esta institucin procesal constitucional
es incluso reconocida por quienes se muestran contrarios a dicha objetivacin. Ello lo demuestra el especial tratamiento que le proporciona
a este tema Diez Picazo, Luis Mara. Difcultades prcticas y signifcado constitucional del recurso de Amparo. En: REDC N 40. Madrid,
enero-abril 1994, pp. 9 y ss. (especialmente pp. 26-29), al incluir al Amparo contra leyes dentro de las medidas que considera destinadas a un
reforzamiento en clave objetiva del recurso de Amparo recogido dentro del ordenamiento jurdico espaol.
33
En este sentido opina Diez Picazo, Luis Mara. Difcultades prcticas y signifcado constitucional del recurso de Amparo. Op. cit.
34
Sin embargo, es importante anotar como esa labor de objetivacin del Amparo debe materializarse con mucho cuidado para as evitar una
sensacin de denegacin de justicia, y como consecuencia de ello, la confguracin de una vulneracin del escenario garantista a nivel judicial
asumido como vlido por nuestra Constitucin y los Tratados sobre Derechos Humanos de los cuales el Per es parte. Recordemos si no que
la misma actuacin del Tribunal Constitucional Federal Alemn fue objetada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos al alegarse que
su comportamiento institucional constitua una violacin del artculo 6 del Convenio Europeo de Derechos Humanos.
35
Todo ello muy a despecho de las repercusiones que en su momento tuvo el uso del Amparo para a travs de este proceso constitucional
intentar revertir la decisin tomada por el entonces presidente de la Repblica, Alan Garca Prez, de estatizar todo el sistema bancario
nacional. Ahora bien, justo es reconocer que en el debate de 1993 fueron, si cabe el trmino, resucitadas las preocupaciones que en su
oportunidad gener la actuacin judicial posterior a la dacin de esta polmica medida.
36
Esta misma lnea de pensamiento la encontramos en sentencias como la emitida en el caso Aurelio Julio Pun Amat (Expediente No. 1100-2000-
AA/TC), en el cual el Tribunal Constitucional Peruano seala lo siguiente:
[] Que, asimismo, el que con posterior a la presentacin de la demanda, el inciso 2) del artculo 200 de la Constitucin de 1993 haya
previsto que el Amparo no procede contra normas legales, de ello no se deriva, siempre y de manera inexorable, que en ningn supuesto o
circunstancia pueda interponerse un Amparo cuando la lesin de un derecho constitucional se produzca como consecuencia de la vigencia
de una norma, ya que:
La limitacin establecida en el inciso 2) del artculo 200 de la Constitucin de 1993 pretende impedir que a travs de un proceso cuyo
objeto de proteccin son los derechos constitucionales, se pueda impugnar en abstracto la validez constitucional de las leyes, cuando en
el ordenamiento existen otros procesos, como la Accin de Inconstitucionalidad, cuyo objeto es precisamente preservar la condicin de la
Constitucin como Ley Suprema del Estado.
Naturalmente, de ello no se deriva que siempre que se solicite la inaplicacin de una ley o una norma con fuerza de ley en el Amparo,
esta garanta constitucional no pueda servir para resolver la pretensin de fondo, pues en tales casos el juez constitucional debe reparar acerca
de la estructura constitutiva de la norma legal a la que se reputa agravio, de manera que si dicha norma tiene su efcacia condicionada a la
realizacin de actos posteriores de aplicacin, el juzgador no podr optar por la inaplicacin de la norma inconstitucional entre tanto no se
materialicen aquellos actos que permitan a la norma con rango de ley adquirir efcacia jurdica.
Distinta es la situacin de las normas operativas, esto es, aquellas cuya efcacia no se encuentra sujeta a la realizacin de actos posteriores
de aplicacin, sino que la adquieren al tiempo de entrar en vigencia. En tales casos, y siempre que stas normas afecten directamente
derechos subjetivos constitucionales, el Amparo s podr prosperar, no slo porque de optarse por una interpretacin literal del inciso 2) del
artculo 200 de la Constitucin Poltica del Estado se dejara en absoluta indefensin al particular afectado por un acto legislativo arbitrario;
sino adems, porque, tratndose de una limitacin del derecho de acceso a la justicia constitucional, ste no puede interpretarse en forma
extensiva, sino con una orientacin estrictamente restrictiva, esto es, en el sentido ms favorable a la plena efectividad del derecho a obtener
una decisin judicial que se pronuncie respecto de su pretensin. [].
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
54
ELOY ESPINOSA-SALDAA BARRERA
I.- Introduccin
En la actualidad resulta innegable la tras-
cendencia que ha adquirido el instituto de la in-
constitucionalidad por omisin en el campo cien-
tfco del Derecho Constitucional. En unos pocos
aos, desde mediados de los noventa del pasado
siglo, la doctrina le ha prestado una atencin des-
conocida hasta ese momento, por lo que la situa-
cin que denuncibamos en un trabajo anterior de
nuestra autora, acerca de la escasez de literatura
sobre esta fgura, ya no podra hoy sostenerse en
idnticos trminos
1
. Ello lo considerbamos como
una difcultad para el estudio del instituto, difcul-
tad a la que sumbamos otras como las oscurida-
des conceptuales. Esta ltima, por el contrario, s
mantiene plena vigencia puesto que, por un lado,
profundizar en su concepto sigue siendo una labor
que reclama una elevada exigencia y precisin, y,
por otro, las posiciones doctrinales y positivas con-
tinan mostrando una elevada discrepancia entre
ellas. Estos desacuerdos difcultan la elaboracin y
aceptacin de una teora general del instituto que
pretendamos en aquel trabajo y que seguimos de-
fendiendo. Incluso, se conservan voces que recha-
zan la institucin
2
.
Recogemos en este trabajo lo fundamental
de la postura que venimos defendiendo de omi-
sin inconstitucional. Para ello, previa refexin
terminolgica y exposicin crtica de los diversos
conceptos utilizados por la doctrina, vamos a pre-
cisar el instituto de forma positiva, es decir, indi-
cando el contenido y la extensin que encierra. No
lo haremos, en esta ocasin, de manera negativa, o
sea, sealando la diferenciacin existente con otras
instituciones que se muestran con ciertos perfles
coincidentes a la que ahora nos atae, para no alar-
gar en exceso el trabajo. Para quien tenga inters
es este aspecto puede consultar nuestro libro cita-
do en la primera nota. Tres elementos parece que
coadyuvan a menguar la claridad en la defnicin
pretendida: en primer lugar, la propia naturaleza
de este tipo de omisin; en segundo, la habitual
ausencia de legislacin positiva en la materia; en
tercero, las indicadas conexiones con otras catego-
ras jurdicas de lmites hasta cierto punto difusos
en algn caso.
Los presupuestos que nos sirven de parti-
da en esta labor se cimientan en la consideracin
de la Constitucin como autntica norma jurdica
superior y no como una mera suma de principios
programticos. Ello es perfectamente compatible
con el reconocimiento de que no todos los artcu-
los de la Carta Magna poseen igual signifcacin y
protagonismo, al margen de exigir distinta inten-
sidad de desarrollo. Esta polmica la entendemos
superada, tanto a nivel doctrinal, jurisprudencial
y, sobre todo, positivo. A pesar de ello, se hace ne-
cesario recordar que varios de los autores que ana-
lizaron la fgura no comparten tales postulados,
por lo que sus conclusiones y consecuencias son,
forzosamente, muy diferentes.
II- Concepto
1.- La expresin inconstitucionalidad por omi-
sin
Antes de ofrecer el concepto por nosotros
propuesto es necesario detenerse en la termino-
loga que estamos empleando para referirnos a la
institucin considerada. Dicha terminologa (in-
constitucionalidad por omisin) es comnmente
aceptada por los distintos tratadistas. Nos sern
tiles algunas refexiones en torno a la misma,
especialmente para la omisin (omisso en por-
tugus, omissione en italiano, omission en francs,
Unterlassung en alemn
3
).
Por lo que respecta al vocablo inconstitu-
cionalidad, no resulta problemtico el uso que
hacemos de l ya que estamos haciendo referencia
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
53
En torno al concepto de
inconstitucionalidad por omisin
Jos Julio Fernndez Rodrguez
Profesor de Derecho Constitucional de la
Universidad de Santiago de Compostela
Sumario: I.- Introduccin II.- Concepto 1.- La expresin inconstitucionalidad por omisin 2.- Diversas
propuestas en la doctrina 3.- Propuesta: A) La falta de desarrollo B) La inconstitucionalidad: a) Inactividad del
Poder Legislativo; b) Perodo temporal excesivo; c) Preceptos de obligatorio y concreto desarrollo: los encargos
al legislador; d) Inefcacia de la norma constitucional.
a una conducta vulneradora de la Carta Magna
4
.
Estas vulneraciones tienen diversas causas y se
presentan con matices diferentes. Asimismo, las
consecuencias de tales infracciones pueden ser
muy distintas. Pero todas ellas suponen un ataque
a los preceptos bsicos del ordenamiento jurdico
y una agresin a los valores vitales emanados de
las decisiones polticas fundamentales recogidas
en el Texto Constitucional.
Mucho ms problemtico nos resulta el vo-
cablo omisin, que alude a una inactividad, a
una inaccin, a un dejar de hacer o de decir algo.
La conducta humana puede estructurarse en dos
grandes formas: la positiva (facere) y la nega-
tiva (non facere). Tanto una como otra son, en
condiciones normales, manifestaciones de volun-
tad que se exteriorizan de diferente manera. La
primera provocar un elemento fsico nacido de
dicha accin; la segunda carecer de tal elemen-
to fsico, lo cual no es bice para que pueda tener
refejo y repercusin en el mundo exterior. Ambas
procedern del ser humano dirigido por su volun-
tad o por las circunstancias que a sta dominan. Y
como formas de comportamiento que son, fueron
asimiladas y son utilizadas para la construccin y
defnicin de los diversos modos de regulacin de
la vida del hombre en sociedad, en relacin y trato
con sus semejantes. En efecto, la Moral, la tica,
las reglas del trato social y tambin, por supues-
to, el Derecho tendrn en cuenta estos diferentes
aspectos y manifestaciones del complejo acontecer
humano, cuyo origen se halla en la misma reali-
dad. Estas diversas modalidades de dirigir la vida
en sociedad darn relevancia a algunas inactivi-
dades del hombre cuando esta inaccin altere el
orden de valores establecido y protegido por los
diferentes sistemas de regulacin. La relevancia de
tales inactividades se conectar estrechamente con
el incumplimiento de una obligacin que sujeta al
ser humano y que le exige determinada conducta
para la proteccin del orden defendido
5
.
El empleo de omisin en sentido jurdico
parece tener su origen en el Derecho Romano, en
el cual podemos detectar su uso en sentido priva-
do y pblico, aunque en todo caso parece de poca
relevancia. En la esfera de lo privado haca referen-
cia, por ejemplo, a aquellos casos en los que el juez
se abstena de dictar sentencia o a la fgura de la
pretericin. En efecto, segn algunos autores
6
, con
omisin se aluda al olvido del testador respecto
al heredero legtimo, que ni es instituido heredero
ni es excluido de la herencia. Tal olvido era la idea
central de la pretericin y tena unas claras e im-
portantes consecuencias, llegando incluso a pro-
vocar la nulidad del testamento. Otros autores
7
,
en cambio, slo utilizan para estos casos la palabra
pretericin, que es la que parece existir con ex-
clusividad en el Digesto
8
y no omissio, vocablo
que s se encuentra en textos literarios latinos
9
. Sea
como fuere, en este posible empleo nos estamos
moviendo nicamente en el terreno del Derecho
Privado sin conexin con las ideas que nos intere-
san, salvo la presencia de una obligacin que suje-
ta al testador y cuya vulneracin por un dejar de
hacer tiene consecuencias jurdicas. En el campo
del Derecho Pblico se emplea, por ejemplo, cuan-
do un magistrado omite exigir una caucin como
la tutelar
10
. Lo que s se utiliza, aunque en muy po-
cas ocasiones, en un sentido que podramos deno-
minar jurdico-pblico, es el verbo omito
11
, en
donde se halla la raz de omissio-onis. De entre
estos escasos usos cabe destacar que algunos de
ellos hacen referencia a neglegere
12
. Aunque,
insisto, los supuestos no tienen demasiada impor-
tancia. Adems, nos movemos por terreno de per-
sonas fsicas, no de rganos.
De mayor relevancia para nosotros es la uti-
lizacin jurdica de la idea de omisin en la ciencia
del Derecho Cannico. Aqu se tendr en cuenta
la omisin de obispos y sacerdotes que supone
incumplimiento de sus obligaciones, adems de
ciertas inactividades en el Derecho sancionador de
la Iglesia que tipifcarn conductas o las agrava-
rn. Ya aparece con nitidez, en la misma confor-
macin de esta gran parte del ius commune, la
sancin a la autoridad que incumple sus deberes
por omisin.
Pero creemos que fue el sentido jurdico-pe-
nal de omisin el que se tuvo en cuenta y se trasla-
d al Derecho Constitucional para aludir a la ins-
titucin que estamos considerando. En el mbito
del Derecho Penal los delitos y las faltas pueden
provenir tanto de acciones como de omisiones de
carcter doloso y culposo, siempre que estn pre-
vistas, claro est, por la ley. Ambas constituyen
las dos formas de conducta humana y ambas son,
tambin, manifestaciones de voluntad. El correcio-
nalista espaol Silvela afrmaba a principios del
siglo XX que la omisin era la inactividad de la
voluntad que deja de traducir la idea de la ley en
hechos reales
13
. De esta forma, entenda la omi-
sin como la no realizacin de la ley, a diferencia
de la accin que era la realizacin de la voluntad
del sujeto actuante. La doctrina penal ha conside-
rado que la omisin relevante para esta rama del
Derecho posee una naturaleza normativa y no
prejurdica, es decir, la omisin que origina la re-
accin del ordenamiento penal es la omisin del
actuar a que obliga la ley. La existencia de un deber
de hacer proveniente de una norma es, por tanto,
imprescindible. Este deber de hacer que impone
la norma encuentra su razn de ser en la defensa
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
56
JOS JULIO FERNNDEZ RODRIGUEZ
de determinado bien jurdico digno de proteccin.
En los delitos de omisin, el peligro para el bien
jurdico existe previamente y es, precisamente, ese
peligro previo el que origina, en el seno del orde-
namiento jurdico, la espera de una conducta que
lo conjure
14
. En unos casos el tipo delictual slo
exige la infraccin de una norma preceptiva que
impone hacer algo; en otros supuestos, sin embar-
go, es preciso que la inactividad provoque un re-
sultado; y en los delitos de comisin por omisin,
se exige una vulneracin de una norma preceptiva
que suponga la infraccin de una norma prohibi-
tiva, encontrndose el sujeto activo en posicin de
garante.
Como hemos dicho ms arriba, entende-
mos que esta idea de omisin penal fue la que se
traslad al seno del Derecho Constitucional para
denominar a la institucin que estamos tratando.
La expresin penal tiene acuada una carga de
antiuridicidad y de reprochabilidad que est for-
zosamente presente en una inactividad inconstitu-
cional. El trasfondo, haciendo quiz una simplif-
cacin excesiva, es el mismo: vulneracin del orde-
namiento jurdico a causa de un dejar de hacer por
parte de quien est obligado a actuar, obligacin
que tiene su origen en una norma vigente en el
momento de acontecer la infraccin. Pese a ello, no
cabe duda de que el Derecho Penal y la omisin pe-
nal se dirigen a personas fsicas, nicas que pueden
ser sujetos pasivos de la responsabilidad criminal.
Por contra, el que incurre en inconstitucionalidad
por omisin es, en principio, el Poder Legislativo,
dejando ahora al margen las responsabilidades
del Ejecutivo. De ah que resulte hasta cierto pun-
to criticable la terminologa empleada. Dejacin o
inactividad quiz hubieran sido ms convenientes
para el Derecho Constitucional al estar dotadas de
una generalidad trasplantable sin traumatismo de
ningn tipo a los poderes pblicos. Mas seguimos
utilizando la expresin comnmente aceptada
para la institucin ahora estudiada por estar ya
asumida con ese sentido en distintas lenguas.
Hoy en da la presencia de omisiones con
relevancia jurdica en diversos sectores del orde-
namiento jurdico es un hecho incontestable. Omi-
siones de normas jurdicas, omisiones de disposi-
ciones no normativas, omisiones de actuaciones
necesarias, de actos polticos, etc. Ello ha dado lu-
gar a que se hayan intentado anlisis generales de
la problemtica, aunque sin entrar en cuestiones
constitucionales, de los que el ms conocido es, sin
duda, obra de Montan de La Roque
15
, a pesar de
centrarse principalmente en cuestiones adminis-
trativas.
2.- Diversas propuestas en la doctrina
Haciendo un esfuerzo de sistematizacin
podemos dividir las distintas conceptualizaciones
en dos grandes grupos: el primero integrado por
aqullos que conciben el instituto con un carc-
ter extenso, el segundo por los que lo entienden
de dimensin ms reducida. En el primer caso, la
vulneracin de las normas constitucionales puede
producirse por la inactividad de los poderes p-
blicos en un sentido general, con lo que se inclui-
ran la no emisin de determinados actos polticos,
actos administrativos e, incluso, la no emisin de
decisiones judiciales. As, el instituto se conecta al
genrico incumplimiento de una obligacin de de-
sarrollo o de una obligacin de actuar de origen
constitucional sin ulteriores precisiones. En el se-
gundo grupo la inconstitucionalidad por omisin
se limitara a la inercia del Poder Legislativo. En
estos casos tal idea suele ser desglosada y se le
aaden otra serie de variables que tienen necesa-
riamente que concurrir para que efectivamente se
produzca una autntica vulneracin de la Carta
Magna
16
. Veamos algunos autores que represen-
ten concretamente las dos tendencias, que no se
basan en meras formalidades sino que poseen una
virtualidad signifcante al incidir en el fondo y en
el sentido de la institucin. No se procede, insis-
to, con nimo exhaustivo sino que se han buscado
casos que ejemplifquen las dos tendencias por en-
tenderlo ms operativo a nuestros efectos.
Entre los conceptos del primer grupo (con-
cepcin amplia) tenemos a Trocker que, tras indicar
que el concepto de omisin se distingue sin duda
(sic) del de inercia y del de inactividad, apunta que
lomissione consiste in un non-fare che costituisce
violazione di un obbligo di ativit discendente da
una norma costituzionale
17
. Al margen de la gene-
ralidad, la falta de un mnimo referente temporal,
que parece subsumir en la idea de violazione,
la ausencia de una alusin a la responsabilidad y
la consideracin en trminos globales de todas las
normas del Texto Fundamental, resultan critica-
bles y contrarios a un esfuerzo de precisin que lo
consideramos forzoso en este instituto.
El autor luso Miranda tambin estara en
este grupo al estimar que a inconstitucionalidade
por omisso a inconstitucionalidade negativa, a
que resulta da inrcia ou do silncio de qualquer
rgo de poder, o qual deixa de praticar em certo
tempo o acto exigido pela Constituio
18
. La refe-
rencia a cualquier rgano de poder denota clara-
mente que Miranda sostiene un concepto amplio
de la institucin, concepto que se trata de acotar
con un referente temporal (no realizar el acto en
cierto tiempo) que parece que habr que esclarecer
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
57
ENTORNO AL CONCEPTO DE INCONSTITUCIONALIDAD POR OMISIN
en cada caso concreto.
De idntica manera, en el mbito de Am-
rica Latina hay concepciones amplias de la fgura.
Es el caso de Sags, que aunque no entra de for-
ma especfca en el aspecto conceptual, indica que
aludimos a la inconstitucionalidad por omisin
cuando el comportamiento inconstitucional no se
traduce por actos, sino por abstinencia de conduc-
ta
19
. El tambin argentino Bidart Campos afrma
que la inconstitucionalidad por omisin sobrevie-
ne cuando el rgano que conforme a la Constitu-
cin debe hacer algo, se abstiene de cumplirlo
20
.
En Brasil Rodrigues Machado habla de omisiones
en la funcin legislativa, en la funcin poltica o de
gobierno, en la funcin administrativa y en la fun-
cin jurisdiccional
21
.
La propuesta del maestro italiano Mortati,
plasmada en uno de los ms importantes trabajos
sobre la materia que existe
22
, alude, genricamen-
te, a ogni specie dastensione dal disporre quanto
sarebbe prescrito, a termini di Costituzione. La
generalidad con la que est trazada nos impulsa-
ra a incluirla en el primer grupo, pero en realidad
ello sera un error ya que de todo el trabajo se de-
duce que hace referencia tan slo al legislador. Por
ello lo situamos en un lugar intermedio entre am-
bas posiciones.
Pasando al segundo grupo (concepcin
reducida), se puede mencionar a Silvestri que,
al tratar un determinado tipo de sentencias de la
Corte Constitucional italiana
23
, escribe: In un pri-
mo senso generale e approssimativo si pu dire
che costituisce omissione legislativa la mancata
emanazione de leggi ordinarie in funzione atua-
tiva de istituti o principi contenuti nella Carta cos-
tituzionale. Observamos que la vulneracin, en
su opinin, se produce por la falta de emanacin
de ley ordinaria. A pesar de que ello ya supone
una concrecin respecto a posiciones anteriores,
estimamos criticable por su vaguedad y exagera-
da amplitud la segunda parte de la defnicin. En
efecto, no resulta correcto referirse a institutos o
principios constitucionales sin explicacin ulterior.
Es ms, la omisin inconstitucional slo puede re-
ferirse a normas concretas y determinadas, no a
principios de corte general extrados del sentido
global de las prescripciones constitucionales con
un mtodo inductivo.
En trminos semejantes, aunque quiz ms
suscribibles, tenemos a Picardi, el cual, en un fa-
moso homenaje al profesor Mortati
24
, seala que
per omissione del legislatore si intende una si-
tuazione caraterizzata, per un verso, da un pre-
ceto costituzionale che descrive un determinato
comportamento del legislatore (emanare norme
legislative di atuazione), per altro verso, un com-
portamento concreto del legislatore che contrasta,
in tuto o in parte, con quello descrito dal preceto
costituzionale. Las alusiones al legislador y a la
norma legislativa lo sitan con claridad en este se-
gundo grupo. Asimismo, vemos como altamente
plausible la estructura interna de esta defnicin,
presidida por una rigurosa lgica de causa a efec-
to.
El profesor de Coimbra Gomes Canotilho es
todava ms meridiano en su conceptualizacion.
As, en una importante obra
25
, hoy superada en al-
gunos de sus aspectos dado lo apegada que est a
su tiempo, afrma: A omisso legislativa signifca
que o legislador no faz algo que positivamente lhe
era imposto pela constituio. No se trata, pois,
apenas de um simples negativo no fazer; trata-se,
sim, de no fazer aquilo a que, de forma concreta
e explcita, estava constitucionalmente obrigado.
J por esta defnio restritiva de omisso se pode
verifcar que a inconstitucionalidade por omisso,
no seu estrito e rigoroso sentido, deve conexionar-
se com uma exigncia concreta constitucional de
aco (verfassungsrechtliche Handlungsgebote).
En otro trabajo
26
dice que entender-se-, princi-
palmente, mas no exclusivamente, como omisso
legislativa inconstitucional, o no cumprimento
de imposies constitucionais permanentes e con-
cretas. Ms abajo completa lo dicho: A omisso
legislativa existe quando o legislador no cumpre
ou cumpre incompletamente o dever constitu-
cional de emanar normas destinadas a actuar as
imposies constitucionais permanentes e concre-
tas. Asimismo, entiende que existe esta omisin
en caso de no cumplimiento de las que denomina
ordens de legislar, es decir, imposies con-
cretas mas no permanentes. Observamos que el
concepto, uno de los ms rigurosos que nos ofrece
la doctrina y recogido por diversos autores brasi-
leos, gira en torno a las imposiciones constitucio-
nales concretas, sean permanentes o no, que se tra-
ducen en una exigencia de accin. Aun as enten-
demos que pueden recogerse otros datos tambin
necesarios en la defnicin, tal y como refejaremos
en nuestra propuesta.
En la doctrina espaola nos encontramos
a Aguiar de Luque
27
, el cual habla de violacin
constitucional provocada por la inactividad del r-
gano legislativo pese a la existencia de un manda-
to constitucional explcito al respecto. Las crticas
que hemos hecho a una excesiva inconcrecin pue-
den ser reproducidas completndolas con ciertos
elementos que deshacen un tanto la excesiva in-
determinacin de la propuesta. Nos referimos a la
alusin al rgano legislativo y a un mandato cons-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
58
JOS JULIO FERNNDEZ RODRIGUEZ
titucional explcito al respecto. Un talante similar
hallamos en varias sentencias Tribunal Constitu-
cional espaol, con la 24/1982, en cuyo fundamen-
to jurdico 3 se lee: la inconstitucionalidad por
omisin slo existe cuando la Constitucin im-
pone al legislador la necesidad de dictar normas
de desarrollo constitucional y el legislador no lo
hace. Por su parte, Villaverde Menndez alude
a un silencio legislativo que suponga la creacin
de una situacin jurdica contraria a la Constitu-
cin, medie o no una obligacin constitucional de
legislar
28
, lo cual hay que completarlo con la idea
de que ese silencio altera el contenido normativo
de la Constitucin
29
, trayendo como consecuen-
cia jurdica la existencia de una norma implcita
que regula una materia, y semejante norma es con-
traria a la Constitucin
30
. Con un concepto as se
desconocen la mayor parte de situaciones de in-
efcacia del texto constitucional por no desarrollo,
puesto que stas no suelen modifcar la Constitu-
cin sino privarla de plena efcacia. De esta forma,
parece separarse de la idea de que la necesidad de
desarrollo proviene de la misma vinculacin de la
Constitucin, dado que esa necesidad queda redu-
cida a los escasos supuestos de mutacin constitu-
cional. Adems, el desvincularse de la obligacin
constitucional de legislar y, por lo tanto, de las que
podemos denominar tesis obligacionistas, aporta
esas dosis de inconcrecin que venimos censuran-
do.
En la doctrina peruana Morn Urbina la
concepta como la inaccin legislativa en la regla-
mentacin de los principios contenidos en el texto
constitucional
31
. Al margen de cierta imprecisin
con la que disentimos nos resulta poco acorde con
la institucin, tal y como sealamos anteriormen-
te, la referencia a los principios constitucionales.
Tambin nos parece censurable el empleo del vo-
cablo reglamentacin, que lo entendemos con un
concreto signifcado tcnico-jurdico no circunscri-
bible al campo de la inaccin legislativa inconsti-
tucional, aunque dicho empleo puede responder
a una formacin jurdica de diferente base y con
precisiones terminolgicas distintas.
En el fondo de estas dos maneras, una am-
plia y otra ms reducida, de concebir la naturale-
za de la omisin inconstitucional quiz est una
postura diferente en cuanto a cmo y a quin debe
llevar a cabo el programa y el proyecto de la Nor-
ma Bsica y en cuanto al grado de responsabilidad
que se adquiere en este elevado cometido. Sea
como fuere, la generalidad que se observa en la
postura extensa de la institucin no la creemos
de recibo dado que puede dar lugar a referirse a
situaciones que en el fondo no son anticonstitucio-
nales. Adems, estimamos necesaria una concre-
cin que a veces no se observa. En efecto, la falta de
alusiones temporales y la no discriminacin entre
las prescripciones constitucionales son elemen-
tos que generan una inseguridad en una materia
que, por mor de sus implicaciones y conexiones,
tendra que ser tratada con una mayor precisin.
Aunque, desde otro punto de vista, es posible pen-
sar que la relatividad que envuelve al instituto es
la que no slo obliga sino la que tambin requiere
un estudio de carcter no excesivamente preciso
y concreto. Mas sta no es nuestra opinin, tal y
como mostramos a continuacin.
3.- Propuesta
Expuesto lo anterior estimamos como lo
ms acertado, habida cuenta la complicada pene-
trabilidad del tema, una defnicin que conduzca
el instituto a la inactividad legislativa y que recoja
los diversos elementos cuya concurrencia se mues-
tra absolutamente necesaria para poder hablar de
una autntica vulneracin de la Norma Bsica, y
no de una mera falta de proceder que se quede
en el terreno de la simple omisin sin entrar en el
campo de la inconstitucionalidad. La presencia de
ambas ideas se torna, por lo tanto, irrenunciable.
En este orden de cosas la inconstitucionali-
dad por omisin la conceptualizamos como la falta
de desarrollo por parte del Poder Legislativo, durante un
tiempo excesivamente largo, de aquellas normas consti-
tucionales de obligatorio y concreto desarrollo, de forma
tal que se impide su efcaz aplicacin. Afrmado esto,
procede un desglose de los trminos de la defni-
cin propuesta para efectuar un insoslayable co-
mentario de la misma que arroje luz sobre el con-
tenido que le damos al instituto. Dos son, grosso
modo, los elementos a destacar en la defnicin: la
primera idea (falta de desarrollo) hace referencia
a la omisin; el resto, haciendo una inicial visin
global, alude a la inconstitucionalidad. Vemoslo.
A) La falta de desarrollo
La falta de desarrollo la concebimos en un
sentido un tanto amplio ya que abarca no slo la
total ausencia de legislacin en ese punto confic-
tivo, sino tambin la presencia de una normativa
parcial. Tal normativa parcial la entendemos con
un doble cariz ya que puede hacer alusin a una
realidad dual: a una regulacin que se olvida de
alguna parte inescindible de esa materia o a una
que trata parcialmente a sus destinatarios, con la
consiguiente vulneracin del principio de igual-
dad. En todos estos supuestos estamos ante un no
actuar que, siendo una decisin poltica, tiene con-
secuencias jurdicas (la inconstitucionalidad)
32
.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
59
ENTORNO AL CONCEPTO DE INCONSTITUCIONALIDAD POR OMISIN
B) La inconstitucionalidad
a) Inactividad del Poder Legislativo
Pasando ya a lo que supone inconstitucio-
nalidad hay que indicar, en primer lugar, que la
antedicha falta de desarrollo la predicamos del
Poder Legislativo que debe ser, en la distribucin
de funciones del Estado Democrtico de Derecho,
el encargado de emanar normas con rango de ley
que desenvuelvan los preceptos constitucionales
que requieran tal proceder. Parafraseando a Go-
mes Canotilho cabe indicar que si se toma como
punto de partida el postulado democrtico y el
postulado del Estado de Derecho la actualizao
de las imposiciones constitucionales presupone
una reserva total de ley, en el sentido de que toda
la conformacin concretizadora tiene que ser una
ley del Parlamento
33
. En otro orden de considera-
ciones, no tiene sentido, como se ha hecho en al-
guna ocasin, tratar de determinar si la inercia del
Poder Legislativo es consciente o inconsciente, es
decir, voluntaria o no. Creemos que cuestiones de
conciencia de un rgano constitucional no son
reconducibles al fenmeno jurdico, ni casi a nin-
gn otro, aunque s pueden infuir en las dimen-
siones de la responsabilidad poltica, eso s, tras un
proceso de individualizacin. Ir ms lejos en este
sentido excede de las fnalidades de este trabajo.
El Poder Legislativo posee, en el Estado
democrtico, total legitimidad para llevar a cabo
el desarrollo de las disposiciones constituciona-
les dado que es elegido directamente por el pue-
blo cuando ste est ejerciendo su soberana a la
hora de votar. En Espaa se ha dicho, y de forma
acertada, que si las Cortes Generales represen-
tan al pueblo espaol y ste es, segn el apartado
segundo del artculo 1 de la propia Constitucin,
el titular de la soberana nacional, la conclusin
evidente es que las Cortes Generales, como insti-
tucin, encarnan esa misma soberana nacional,
son el rgano en el que esta soberana se concreta
y expresa
34
. Los otros poderes estatales ostentan
una legitimidad que podramos denominar indi-
recta, por contraponerla a la directa que pertenece
al Legislativo
35
.
El sistema parlamentario no slo engloba los
esquemas formales del tradicional Estado de De-
recho, sino que tambin posee una carga material
proveniente de sus mismos orgenes anglosajones
(idea del rule of law, en la que se construye el pro-
ceso poltico de legislacin a imitacin del proceso
judicial y en la que el Derecho parte del Derecho
judicial, de la experiencia de injusticia que tiene el
pueblo, en contraposicin a la imposicin unilate-
ral del soberano en la inicial teora del Estado de
Derecho alemana). El Parlamento es, segn deca
Fischbach en el tormentoso perodo de entregue-
rras, el crisol donde se funden y armonizan los
intereses y aspiraciones de las diferentes clases del
pueblo
36
. Al genuino producto del Parlamento,
la ley, norma que todo lo puede respetando los
lmites constitucionales, le corresponde ser el veh-
culo que lleve a cabo el desarrollo constitucional,
el recipiente que lo contenga, adems de ser expre-
sin de la voluntad popular y fuente privilegiada
e insustituible. En un sistema en el que impere la
democracia y el Estado de Derecho resultan des-
fasadas las palabras de Kirchmann, tributarias de
otra poca: La ley positiva es el arma sin volun-
tad, igualmente sumisa a la sabidura del legisla-
dor y a la pasin del dspota
37
. Asimismo, la vi-
sin de Leibholz, menos radical pero igualmente
crtica con la ley, creemos que no incide en nuestra
particular problemtica, aunque s es una verdad
desde otra perspectiva
38
. Por lo tanto, a los efectos
de la inconstitucionalidad por omisin, parece im-
ponerse la visin clsica de la norma legal dentro
del Estado Constitucional, lo que nos hace dirigir
la mirada en exclusiva hacia el Poder Legislativo.
A pesar de ello, a nadie se le escapa la actual
distorsin del clsico reparto de funciones y com-
petencias entre los poderes constituidos. La cre-
ciente complejidad de la realidad y el dominio de
una slida mayora parlamentaria gubernamental,
respaldada por un partido o coalicin, son dos
importantes razones explicativas de la expansin
del Ejecutivo a costa del Parlamento. Este estado
de cosas puede menguar la legitimidad racional-
democrtica de actuacin de los rganos estatales.
Pero no cabe duda de que la realidad se nos pre-
senta as, por lo que habr que considerar nuevas
responsabilidades del Ejecutivo en el desenvolvi-
miento constitucional, aunque estas responsabili-
dades, a nuestro juicio, no resultan articulables, ju-
rdicamente hablando, de manera sufciente para
ser exigidas por los hipotticos mecanismos que
controlan la inconstitucionalidad por omisin. Por
lo tanto, y como el Parlamento conserva su fuerza
para reaccionar ante el reproche que el rgano de
justicia constitucional le haga a causa de una situa-
cin de omisin vulneradora de la Carta Magna,
circunscribimos el mbito de la inconstitucionali-
dad por omisin al campo de actuacin, o, mejor
dicho, de inactuacin del Poder Legislativo.
Un supuesto discutible se plantea cuando se
encuentra en marcha un procedimiento legislativo
y, al mismo tiempo, se produce una fscalizacin
de una inactividad vulneradora de la Norma B-
sica a causa del no desarrollo del precepto que se
est intentando desarrollar en ese procedimiento
legislativo abierto y todava no fnalizado. Nuestra
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
60
JOS JULIO FERNNDEZ RODRIGUEZ
opinin es que la fscalizacin de la inconstitucio-
nalidad por omisin debe continuar en la medida
en que no se sabe cmo acabar el susodicho pro-
cedimiento y si al trmino del mismo va a tener
posibilidad de efcacia plena la disposicin consti-
tucional de que se trate porque la legislacin ema-
nada puede resultar altamente defectuosa en ese
sentido.
b) Perodo temporal excesivo
En segundo lugar, la inactividad debe co-
nectarse a un perodo excesivamente prolongado.
Aqu se encuentra la gran relatividad de la institu-
cin y la necesidad de un proceder casustico que
analice individualmente las circunstancias de cada
supuesto, lo cual se puede traducir en diferentes
posiciones en funcin del caso, aunque en aparien-
cia haya similitud desde el punto de vista tcnico.
Los preceptos constitucionales que necesitan desa-
rrollo no contemplan, salvo casos especiales como
el art. 117.1 de la Bonner Grundgesetz (y an este
con un carcter indirecto), perentorios plazos en
los que deban actuar los poderes constituidos, sino
que conceden libertad a stos para llevar a cabo su
proyecto jurdico-poltico. Ello no parece que pue-
da ser de otro modo habida cuenta la necesaria li-
bertad de conformacin que debe tener la mayora
parlamentaria nacida de las elecciones para dar
efectividad a su programa de actuacin. Mas esto
no puede retrasar sine die la realizacin del texto
constitucional. Por eso, con el objeto de tener pre-
sente y compatibilizar ambas verdades, nos expre-
samos de forma abierta en la defnicin respecto al
tiempo que debe transcurrir para dar efectividad a
aquellas partes de la Constitucin que lo necesitan.
Durante un tiempo excesivamente largo es una
expresin que permite modulaciones, que puede
entenderse como un tiempo irrazonablemente lar-
go, y que a priori carece de concrecin, por lo que
queda en manos del rgano competente determi-
nar si ha transcurrido o no ese tiempo teniendo
presente las diversas circunstancias que existan,
circunstancias de variada naturaleza
39
.
No se nos escapan las altas difcultades de
esta labor, que va no slo a frisar sino tambin a
traspasar el terreno de lo jurdico, recibiendo las
infuencias de los fenmenos polticos. Pero por
ello no estamos admitiendo la presencia de inse-
guridad jurdica en la defnicin. El decurso hist-
rico y el contexto reinante en el momento de efec-
tuar la fscalizacin determinarn, junto a la pro-
pia naturaleza de las cosas, su mismo resultado.
La transcendencia del instituto no desarrollado
tambin incidir en la modulacin del plazo. Se-
mejantes obstculos tienen que ser asumidos por
la hermenutica constitucional, en la que, adems
de los principios generales de interpretacin, se re-
quieren conocimientos tcnicos muy elevados, y
de un alto grado de sensibilidad jurdica, poltica
y social
40
.
Pese a introducir estas dosis de moderacin,
que quiz sean de realismo, no hay que olvidar
que la necesidad de desarrollo y las circunstancias
que lo retardan no son intereses equivalentes que
tengan que ser ponderados como en una situacin
exclusivamente poltica, sino que en virtud de las
exigencias del Derecho uno es el principio (nece-
sidad de desarrollo) y otro es la excepcin (retra-
so en ese desarrollo). Por lo tanto, la excepcin si
quiere imponerse necesita justifcacin.
c) Preceptos de obligatorio y concreto desarrollo:
los encargos al legislador
En tercer lugar, la aludida falta de desarro-
llo la referimos a los preceptos constitucionales
que requieren tal proceder de una forma concre-
ta. No todas las normas constitucionales poseen el
mismo carcter jurdicamente hablando, de ma-
nera que pueden establecerse distintas tipologas
en funcin de diferentes criterios. De este modo,
unas normas, dada su formulacin, se nos presen-
tan como una suerte de encargos constitucionales
o encargos al legislador, esto es, como exigencias
constitucionales de desarrollo ulterior. El concepto
de encargo al legislador que proponemos es el si-
guiente: norma constitucional de efcacia limitada
que, dada la previsin explcita o implcita en ella
contenida, resulta de obligatorio y concreto desa-
rrollo para que cobre efcacia plena. Son normas,
como acabamos de decir, de efcacia limitada que
requieren una actividad para completar esa efca-
cia a la que est destinada toda norma. Con estas
expresiones queremos referirnos a una articula-
cin tcnica respecto al modo de presentarse el
precepto, articulacin que no aporta connotaciones
materiales y que produce que nazca una obliga-
cin que pesa sobre el legislador. Dicha exigencia
de desarrollo posterior puede ser tanto explcita
como implcita, pero siempre tiene ser evidente su
carcter imperativo, que habr que presumir si la
disposicin no presenta el carcter facultativo de
manera expresa. Evidentemente, hay otro tipo de
normas constitucionales que dada su incomplitud
puedan ser desarrolladas, lo cual puede resultar
muy conveniente. Incluso no resulta descabellado
decir que toda norma constitucional es susceptible
de ser desarrollada. Pero en este momento habla-
mos de aqullas cuyo desarrollo es obligatorio en
virtud de su misma formulacin. Por ello, se re-
coge en la defnicin ofrecida de omisin incons-
titucional esta idea de obligatoriedad con el obje-
to de subrayar la vinculacin que pesa sobre los
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
61
ENTORNO AL CONCEPTO DE INCONSTITUCIONALIDAD POR OMISIN
poderes constituidos respecto a dotar de efcacia
a tales normas. Asimismo, introducimos la nota
de la concrecin para aclarar que no se est ante
principios constitucionales de carcter general, los
cuales no pretenden tener determinada legislacin
de desarrollo sino que lo que realmente buscan es
conseguir vigencia en todo el ordenamiento y ser
cumplidos en las distintas aplicaciones de la Ley
Fundamental.
Estos encargos al legislador son preceptos
califcados por parte de la doctrina como un gne-
ro de normas incompletas y que requieren para
su efcacia la interpositio legislatoris. Gracias a ello
se concretar su sentido general, se les dar com-
plitud y se realizarn las previsiones de los cons-
tituyentes. No en vano la Constitucin es una nor-
ma, pero con unas funciones y fnalidades que la
caracterizan y especifcan. Por tal motivo, no agota
la regulacin de las materias que aborda sino que
abre un puente a los poderes constituidos para el
cumplimiento del programa constitucional y su
ajuste a la concreta situacin del tiempo histrico
que est transcurriendo. La Constitucin debe ser,
en este sentido, abierta merced a las denomina-
das clusulas open-ended.
Hemos dicho que este tipo de normas cons-
titucionales son ante todo una articulacin tcnica.
Por lo tanto, normas constitucionales de diver-
so tipo, en funcin de una perspectiva material,
pueden presentarse con esta forma de encargo al
legislador. Importantes son los casos, citados aho-
ra como un mero ejemplo, de un derecho funda-
mental que no sea de primera generacin y de una
norma de organizacin esencial que no consume
la regulacin.
Consideramos ms completo el anlisis que
hemos hecho con base en la existencia de normas
de efcacia limitada que otro, realizado por algn
autor, que gire en torno a normas constitucionales
exigibles y no exigibles, cuyo elemento de dife-
renciacin estriba en la posibilidad de aplicacin
directa por mor del contenido de la misma nor-
ma. De esta forma, la omisin inconstitucional se
producira con carcter exclusivo respecto a los
preceptos no directamente exigibles. Frente a ello
creemos que a pesar de que el contenido de una
norma sea lo sufcientemente denso como para
posibilitar su aplicacin directa ello no tiene que
signifcar, en todo caso, que posea una efcacia to-
tal y una plenitud acorde con la voluntad de los
constituyentes. Por ello, puede tambin requerir y
no slo posibilitar un desarrollo ulterior. Es el caso
de un derecho fundamental que ser tenido en
cuenta por un rgano aplicador para la resolucin
de un caso concreto pero que necesitar una ley
posterior para una plena efectividad y una mayor
proteccin.
La presencia de un encargo al legislador
para que se produzca una omisin inconstitucio-
nal es esencial porque una omisin tendr relevan-
cia jurdica slo cuando exista un precepto jurdico
que establezca una conducta y precisamente dicha
omisin lesione tal precepto. La omisin pasa as,
como seala Stahler, de un no hacer nada a un
no hacer algo, siendo ese algo lo que espera el
orden jurdico
41
. No se fundamenta en la no rea-
lizacin de una accin arbitraria sino en la no
realizacin esperada, debida
42
, de manera que el
centro de toda discusin acerca del problema de la
omisin del legislador es el encargo constitucional,
que resulta vinculante
43
.
Hasta ahora hemos visto, al margen de la
inactividad del Poder Legislativo, dos de los ele-
mentos esenciales de la defnicin: el encargo al
legislador, contenido en una norma constitucional
que es de efcacia limitada, y el paso del tiempo
que determina el fraude constitucional. Los dos
son imprescindibles. Uno sin el otro deja sin senti-
do a la inconstitucionalidad por omisin.
d) Inefcacia de la norma constitucional
En cuarto y ltimo lugar, tenemos la parte
fnal de la defnicin propuesta ms arriba, que
alude a la ausencia de efcaz aplicacin de las
normas constitucionales de obligatorio y concre-
to desarrollo a causa de la inactividad del Poder
Legislativo. Estamos aqu ante la consecuencia de
todo lo anterior: la existencia de unas normas del
Texto Fundamental que requieren interpositio legis-
latoris unida a la dejacin del rgano encargado de
tal interpositio trae como resultado la falta de ef-
cacia de aquellas normas o una efcacia minorada.
Esta caracterstica de la efcacia es uno de los fun-
damentos de la lgica jurdica de las normas, las
cuales no nacen para cumplir un mero requisito
de existencia en el seno del ordenamiento sino que
se originan con la slida intencin de tener refejo
aplicativo en la sociedad y, de esta forma, cumplir
su ratio essendi principal al regular de modo real la
convivencia. Como afrma Morn Urbina el valor
efcacia constitucional exige incorporar al sistema
el control a las omisiones constitucionales de las
autoridades, y en particular las del legislador
44
Concebimos como rasgos de una norma
totalmente diferentes el de la validez y el de la
efcacia
45
, los que, aunque se infuyen de manera
recproca, no son interdependientes y poseen vida
propia (una norma puede ser vlida y no efcaz, y
viceversa). Spagna Musso apunta que una norma
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
62
JOS JULIO FERNNDEZ RODRIGUEZ
giuridica se costantemente disapplicata, e quindi
inoperante, no per questo giuridicamente ine-
sistente
46
. Quien niega la efcacia de un precepto
jurdico incumplindolo no tiene por qu rechazar
su validez, aunque es forzoso reconocer que una
norma dotada de la ms absoluta inefcacia acaba
siendo un sinsentido que infuir sobre la validez
y que hay que desterrar
47
, salvo que poderosas ra-
zones extrajurdicas muevan a lo contrario. ste es
uno de los razonamientos que nos hacen pensar
en un autntico fraude constitucional en algunos
de los posibles supuestos de inconstitucionalidad
por omisin.
Una postura fctica en este tema, como la
sostenida por ROSS
48
, llevara a una identifcacin
entre validez y efcacia, constatndose aqulla des-
pus del nacimiento de la norma. Ello no lo con-
sideramos de recibo, puesto que la validez, como
queda dicho, es independiente de la efcacia, dado
que est en funcin de la competencia del rga-
no que la dicta, el procedimiento que se sigue y
la materia regulada. En cambio, la efcacia de las
normas se refere exclusivamente al cumplimiento
real de Derecho en el seno de la sociedad (...) B-
sicamente la efcacia consiste en la conformidad o
adecuacin de la conducta de los destinatarios con
lo que la norma prescribe
49
. La falta de desarro-
llo imposibilitar a los ciudadanos cumplir con el
precepto constitucional, y no precisamente por un
hipottico desacuerdo con su contenido sino por la
carencia de regulacin.
Notas:
1
Esta ltima parte de la defnicin que ahora estamos comentando tambin busca una fnalidad delimitadora. En efecto, cuando decimos que la
inactividad del legislativo respecto a normas constitucionales que exigen tal actuacin provoca la inefcacia de estas ltimas queremos excluir
aquellos casos en los que, pese a la ausencia de un adecuado desarrollo, el precepto constitucional tiene una vigencia tan efectiva que cumple
las previsiones constitucionales en cuanto a su aplicabilidad. Se podra decir que realmente goza de complitud, esto es, posee efcacia plena.
Las razones pueden ser diversas: su misma formulacin, la dimensin aplicativa que le den los tribunales, mayor aceptabilidad social, etc. Por
lo tanto, no habr en este tipo de supuestos omisin inconstitucional, aunque no se nos escapa la difcultad de encontrar en la prctica una si-
tuacin de este tipo sin el apropiado desarrollo postconstitucional. Incluso si se encuentra tal situacin, la ausencia de base legal posibilitara la
alteracin de estos criterios aplicativos con lo que retornara el fraude de la Constitucin y la omisin inconstitucional. Lo dicho deja de nuevo
patente la necesidad de actuar de modo casustico en la solucin prctica de los hipotticos supuestos de omisin inconstitucional. Esta ltima
idea se refuerza an ms si se piensa que todo precepto constitucional por el hecho de serlo ostenta cierta efcacia, como la que viene producida
por ayudar a la aplicador del Derecho a la hora de interpretar ste de conformidad con la Constitucin.
En defnitiva, como idea recopilatoria fnal, la inactividad del legislador, el paso del tiempo generador de fraude constitucional, la exigencia
constitucional de actuar y la inefcacia, centro de nuestra propuesta, son las claves de bveda de la vulneracin de la Carta Magna por omi-
sin.
Aludimos a la monografa publicada en 1998 por la editorial madrilea Civitas La inconstitucionalidad por omisin. Teora general. Derecho
Comparado. El caso espaol.
2
Es el caso, por ejemplo, del trabajo de Carlos Ruiz Miguel, Crtica de la llamada inconstitucionalidad por omisin, Revista de las Cortes
Generales, N 51, septiembre-diciembre de 2000.
3
El verbo alemn unterlassen est compuesto de la preposicin unter y del verbo lassen, cuyo origen hay que buscarlo en el gtico ltan
(Das Herkunfswrterbuch, Duden, Mannheim, 1989).
4
Inconstitucionalidade verifca-se desde que os rgos do poder, por aco ou omisso, deixam de respeitar os imperativos da Constituio
a que estn adstritos (Miranda, Jorge, Inconstitucionalidade por omisso, en Estudos sobre a Constituio, vol. I, Livraria Petrony, Lisboa,
1977, p. 334).
5
Un punto de partida diferente, aunque unas consecuencias similares, lo encontramos en Alfonso Tesauro cuando, al referirse a los eventos
jurdicos, indica que lomissione non il modo di comportarsi di un soggeto e, per ci stesso, una manifestazione di volont negativa che si
contrappone a quella positiva in cui si concreta lazione. Lomissione lopposto dellazione, la sua negazione, cio una non-azione, un non-com-
portamento: pi propriamente, la mancanza dellazione che un soggeto ha lobbligo di porre inessere e, per ci stesso, la mancanza del com-
portamento che un soggeto ha lobbligo di tenere (...). Lomissione, pertanto, se non il modo di comportarsi di un soggeto non , nemmeno, il
nulla. Lomissione (...) un avvenimento che ha rilevanza giuridica in quanto si concreta nel non porre in essere un determinato comportamento,
una determinata azione, una determinata situazione ovvero nel non impedire il verifcarsi di un determinanto evento. Lomissione, per, pur
concretandosi in un avvenimento diverso e distinto dallazione, di regola, ha valore in quanto trova la causa del suo verifcarsi nellazione del
soggeto che pone in essere lomissione e non , invece, dovuta ad altra causa a lui estranea (Tesauro, Alfonso, Istituzioni di Dirito pubblico, UTET,
Turn, 1973, pp. 75-76).
6
Garca Garrido, Manuel Jess, Diccionario de Jurisprudencia Romana, Dykinson, 2 ed., Madrid, 1986, p. 259.
7
DOrs, Alvaro, Derecho Privado Romano, EUNSA, Pamplona, 1986, pp. 314 y ss. Tambin Arias Ramos, Jos, Derecho Romano, Revista de Derecho
Privado, Madrid, 1947, pp. 551 y ss.
8
D. 28, 2; 28, 3.
9
Segn el ya clsico diccionario etimolgico latino de Raimundo De Miguel y del Marqus de Morante (editado por A. Jubera en Madrid en 1889)
el origen del empleo escrito de la palabra hay que buscarlo en L. Aurelio Symmachus, uno de los oradores ms eminentes de su poca, ltimo
defensor del paganismo y hbil poltico, cuyo cursus honorum, iniciado en poca de Valentiniano I, fue el de cuestor, pretor, pontfce, intendente
de la Lucania, procnsul de Africa, prefecto de Roma y, en tiempos de Teodosio I, cnsul.
10
Quiz sea interesante citar las en otro tiempo autorizadas palabras de Mommsen, hoy un tanto superadas:el funcionario pblico no era ms ni
menos responsable por los actos ejecutados como tal funcionario, ni casi de otra manera, que lo era cada particular individuo por sus acciones
y omisiones (Mommsen, Theodor, Derecho Pblico Romano, La Espaa Moderna, Madrid, 1893, p. 228). Sin duda, la alusin a funcionarios es un
grave anacronismo.
11
Vocabularium Iurisprudentiae Romanae (VIR), Walter de Gruyter, Berln, 1983.
12
D. 10, 2, 27.
13
Silvela, L., El Derecho Penal estudiado en principios y en la legislacin vigentes en Espaa, vol. I, Madrid, 1903, p. 179.
14
Cobo Del Rosal, M.; Vives Anton, T. S., Derecho Penal, Tirant lo Blanch, 2 ed., Valencia, 1987, p. 291.
15
Montan de La Roque, Pierre, Linertie des Pouvoirs Publics, Dalloz, Pars, 1950.
16
El autor peruano Eto Cruz recoge ambas posturas en sus refexiones al afrmar que se pueden vislumbrar dos tipos de manifestaciones de la
fgura: la que denomina lato sensu y la stricto sensu. sta la refere al rgano legislativo y es la que asume. En aqulla ve dos aspectos: la incons-
titucionalidad por omisin de actos polticos y la indirecta -ilegalidad por omisin, omisiones de actos administrativos, omisiones de la funcin
jurisdiccional y omisiones de reformas constitucionales- [Eto Cruz, Gerardo, La inconstitucionalidad por omisin, Doctrina Constitucional,
Instituto de divulgacin y Estudios jurdico constitucionales (INDEJUC), Trujillo (Per), 1992, pp. 246 y ss.].
17
Trocker, Nicol, Le omissioni del legislatore e la tutela giurisdizionale dei diriti di libert (Studio comparativo sul dirito tedesco), Archivio
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
63
ENTORNO AL CONCEPTO DE INCONSTITUCIONALIDAD POR OMISIN
giuridico, 1970, pp. 88 y ss.
18
Miranda, Joge, Manual de Direito Constitucional, Coimbra Editora, Coimbra, 1993, vol. II, p. 338.
19
Sags, Nstor Pedro, Inconstitucionalidad por omisin de los poderes Legislativo y Ejecutivo. Su control judicial, Ius et Veritas. Revista de la
Facultad de Derecho de la Pontifcia Universidad Catlica del Per, N 5, pp. 39 y ss.
20
Bidart Campos, Germn J., La justicia constitucional y la inconstitucionalidad por omisin, Anuario jurdico, UNAM, Mxico, N VI, 1979, pp.
9 y ss. Tambin en El Derecho, tomo 78, Buenos Aires, pp. 785 y ss.
21
Rodrigues Machado, Marcia, Inconstitucionalidade por omisso, Revista da Procuradoria Geral do Estado de So Paulo, N 30, diciembre de 1988,
p. 42.
22
Mortati, Costantino, Appunti per uno studio sui rimedi giurisdizionali contro comportamento omissivi del legislatore, en Problema di Dirito
pubblico nellatuale experienza costituzionale repubblicana. Raccolta di scriti, vol. III, Giufr, Miln, 1972.
23
Silvestri, Gaetano, Le sentenze normative della Corte costituzionale, Giurisprudenza costituzionale, 1981, pp. 1684 y ss.
24
Picardi, Nicola, Le sentenze integrative de la Corte costituzionale, en Aspeti e tendenze del Dirito costituzionale. Scriti in onore di C. Mortati., vol.
IV, Roma, 1977, pp. 599 y ss.
25
Gomes Canotilho, Jos Joaquim, Constituio dirigente e vinculao do legislador, Coimbra Editora, Coimbra, 1982, p. 331.
26
Gomes Canotilho, Jos Joaquim, Direito Constitucional, Livraria Almedina, 6 ed., Coimbra, 1993, pp. 1089 y ss.
27
Aguiar de Luque, Luis, El Tribunal Constitucional y la funcin legislativa: el control del procedimiento legislativo y de la inconstitucionalidad
por omisin, Revista de Derecho Poltico, N 24, 1987, p. 25.
28
Villaverde Menndez, Ignacio, La inconstitucionalidad por omisin, McGraw-Hill, Madrid, 1997, p. 7.
29
Ibidem, p. 3
30
Ibidem, p. 73.
31
Moron Urbina, Juan Carlos, La omisin legislativa como un caso de inconstitucionalidad, Revista Jurdica del Per, N III-IV, julio-diciembre
1988, pp. 349 y ss.
32
Creemos irrelevante hacer distinciones terminolgicas en este momento ya que silencio, abstencin, inactividad, no hacer o inaccin no son
trminos que en Derecho Constitucional tengan un sentido jurdico diferenciado. Una opinin contraria parece encontrarse en Villaverde
Menndez, Ignacio, La inconstitucionalidad por omisin, op. cit., p. 40.
33
Gomes Canotilho, Jos Joaquim, Constituio dirigente e vinculao do legislador, op. cit., p. 26.
34
Sol Tura, Jordi; Aparicio Prez, Miguel A., Las Cortes Generales en el sistema constitucional, Tecnos, 2 ed., Madrid, 1988, p. 177. Esto habra que
matizarlo indicando que la verdadera expresin de la titularidad de la soberana popular se halla en el momento constituyente. La Constitucin,
as, objetivar la soberana. Durante la vigencia de la Constitucin la soberana se ejercer en las elecciones, pero no habr manifestaciones de
la titularidad de dicha soberana.
35
Oto Bachof no es de esta opinin al estimar, hablando del presunto carcter antidemocrtico del Poder Judicial, que el juez no es menos rgano
del pueblo que todos los dems rganos del Estado. Y aade: La alusin a la falta de inmediatez de su comisin por el pueblo no constituye un
argumento convincente ante el hecho de que tambin el Gobierno, el Presidente, los funcionarios, cuentan solamente con un mandato indirecto
del pueblo; el mismo Parlamento no puede ser considerado como directamente comisionado ms que bajo un aspecto muy relativo, ya que su
composicin est de hecho mucho ms ampliamente mediatizada por los partidos (Bachof, Oto, Jueces y Constitucin, Civitas, Madrid, 1985, p.
59).
36
Fischbach, Oskar Georg, Derecho Poltico general y Constitucional comparado, Labor, 2 ed., Barcelona, 1934, p. 77.
37
Kirchmann, Julius Hermann von, La jurisprudencia no es ciencia, Centro de Estudios Constitucionales, 3 ed., Madrid, 1983, p. 27.
38
Este autor considera que la ley es una amenaza para la libertad en el moderno Estado Democrtico de partidos (Leibholz, Gerhard, Problemas
fundamentales de la democracia moderna, Instituto de Estudios Polticos, Madrid, 1971, pp. 15 y ss.). Tambin Bachof incidir en la cuestin al sealar
que la ley, en otro tiempo escudo de la libertad y del Derecho, se ha convertido hoy precisamente en una amenaza para estos bienes, por mor de
la transformacin de su funcin en la medida en que la ley se convirti en un medio para la realizacin de cambiantes fnes polticos (Bachof,
Oto, Jueces y Constitucin, op. cit., pp. 48, 49 y 51).
39
Seala Morn Urbina que la inconstitucionalidad no se produce a partir del da inmediato posterior a la vigencia constitucional sino slo
a partir del transcurso de tiempo que hace incurrir al legislador en una inaccin reprochable (Morn Urbina, Juan Carlos, La omisin
legislativa inconstitucional y su tratamiento jurdico, Revista Peruana de Derecho Constitucional, N 1, 1999, p. 462).
40
Fix-Zamudio, Hctor; Carpizo, Jorge, Algunas refexiones sobre la interpretacin constitucional en el ordenamiento mexicano, en la obra
colectiva La interpretacin constitucional, Instituto de Investigaciones Jurdicas de la UNAM, Mxico D. F., p. 21.
41
Das Unterlassen wird dadurch vom nichts tun zum etwas (das die Rechtsordnung erwartet) nicht tun (Stahler, Konrad, Verfassungsgericht-
liche Nachprfung gesetzgeberischen Unterlassens, tesis doctoral, Munich, 1966, p. 1).
42
Seufert, Leo, Die nicht erfllten Gesetzgebungsgebote des Grundgesetzes und ihre verfassungsgerichtliche Durchsetzung. Ein Beitrag zum Problem des gese-
tzgeberischen Unterlassens, tesis doctoral, 1969, Wrzburg, pp. 38-39.
43
Ibidem, p. 106.
44
Morn Urbina, Juan Carlos, La omisin legislativa inconstitucional y su tratamiento jurdico, op. cit., p. 460.
45
Sobre la problemtica general de la relacin entre validez y efcacia puede verse Spadaro, Antonino, Limiti del giudizio costituzionale in via inciden-
tale e ruolo dei giudici, Edizioni Scientifche italiane, Npoles, 1990, pp. 45 y ss.
46
Spagna Musso, Enrico, Appunti per una teoria giuridica dellanomia costituzionale, en Aspeti e tendenze del Dirito Costituzionale. Scriti in onore Scriti in onore
di Costantino Mortati, vol. I, Giufr, Miln, 1977, p. 284.
47
De ah lo criticable que resulta afrmar que hay normas (las programticas, que nosotros no aceptamos) cuya validez es plena, pero que
mientras no se desarrollen no producen efecto alguno y los rganos de aplicacin del Derecho no las pueden aplicar (v. gr., Qurioga Lavi,
Humberto, Derecho Constitucional, Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales, Buenos Aires, 1978, pp. 140 y 142).
48
Ross, A., El concepto de validez y el conficto entre el positivismo jurdico y el derecho natural, en El concepto de validez y otros ensayos, Centro
Editor de Amrica Latina, Buenos Aires, 1969.
49
Segura Ortega, Manuel, Teora del Derecho, Centro de Estudios Ramn Areces, Madrid, 1991, p. 143.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
64
JOS JULIO FERNNDEZ RODRIGUEZ
Juicio emblemtico a Montesinos y
la corrupcin en el Per:
Publicidad, Visibilidad, Control Democrtico
*
Abraham Siles Vallejos
**
Profesor de la Facultad de Derecho de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
La opcin por la transparencia de los juicios representa
la discriminacin ms segura entre culturas jurdicas
democrticas y culturas autoritarias
Luigi Ferrajoli, Derecho y razn, III, 9, 41.
Sumario: I. Publicidad del juicio y liberalismo II. La normatividad internacional y nacional III. El desarrollo
jurisprudencial IV. Las excepciones y restricciones al principio de publicidad del juicio V. La opinin de la
Comisin Interamericana sobre la consulta del Estado peruano.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
65
I. Publicidad del juicio y liberalismo
La garanta de la publicidad de los procesos
judiciales, en especial de aquellos de naturaleza
penal, constituye uno de los rasgos distintivos
de la actuacin de una justicia democrtica, en el
marco de un Estado constitucional de Derecho.
As lo ha entendido la tradicin jurdica liberal
desde el momento mismo de su constitucin
como tal. Sean pblicos los juicios y las pruebas
de un delito, propuso Beccaria, uno de los
fundadores del proceso penal moderno, para
que la opinin, que es quiz el nico fundamento
de la sociedad, imponga un freno a la fuerza y a
las pasiones
1
.
Jeremy Bentham, por su parte, sostuvo
rotundamente que la publicidad es el alma de
la justicia
2
. Y es que, como observ este autor,
la publicidad favorece la probidad de los
jueces al actuar como freno en el ejercicio de
un poder del que es tan fcil abusar, permite
la formacin de un espritu cvico y el desarrollo
de una opinin pblica, de otro modo muda
o impotente sobre los abusos de los jueces,
funda la confanza del pblico, y refuerza la
independencia de los magistrados acrecentando
1
* Nota de los editores: Volvemos a publicar el trabajo del profesor
Abraham Siles Vallejos debidamente corregido.
** Profesor de la Facultad y el Departamento Acadmico de Derecho
de la Pontifcia Universidad Catlica del Per, que integran, junto
con el Instituto de Defensa Legal (IDL) y la Asociacin de Jueces
por la Justicia y la Democracia, un consorcio que ejecuta el Proyec-
to Participacin y Fiscalizacin de la Sociedad Civil en el Cambio
y Desempeo del Sistema de Administracin de Justicia.
BECCARIA, Csare. De los delitos y las penas. Buenos Aires: Edicio-
nes Orbis, 1984 [1764]. p. 54.
2
Cit. en FERRAJOLI, Luigi. Derecho y razn. Madrid: Editorial Tro-
ta, 1995 [1989]. p. 617.
su responsabilidad social y neutralizando
los vnculos ms jerrquicos y el espritu de
cuerpo
3
.
As, pues, desde el inicio del moderno
Estado liberal, se tom conciencia del enorme
valor de realizar las audiencias y pronunciar
los fallos judiciales de cara a la ciudadana,
facilitando de ese modo el que los tribunales
quedaran sujetos al escrutinio pblico. La
exposicin dialctica de hechos, pruebas y
argumentos ante la colectividad, el ventilar las
causas, como expresivamente se dice, cumple
entonces una funcin primordial, a saber,
reafrma la democracia como rgimen del
poder visible
4
, ya que el carcter pblico
del poder, entendido como no secreto, como
abierto al pblico, permanece como uno de los
criterios fundamentales para distinguir el Estado
constitucional del Estado absoluto
5
.
II. La normatividad internacional y
constitucional
Contemporneamente, la consolidacin y
profundizacin de este ideario, que es a un tiempo
jurdico, poltico y tico, ha encontrado plasmacin
en los instrumentos internacionales de derechos
humanos y en la doctrina y jurisprudencia que,
con tanto vigor, los acompaan y desarrollan. En
tal sentido, declaraciones y tratados, de carcter
universal y regional, consagran unnimemente
3
Ibd.
4
BOBBIO, Norberto. La democracia y el poder invisible. En: El
futuro de la democracia. Mxico: FCE. primera edicin en espaol,
1986 [1984]. p. 66.
5
Ibd., p. 68.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
66
el principio de publicidad de los juicios. As, la
Convencin Americana de Derechos Humanos,
en su artculo 8.5, declara que el proceso penal
debe ser pblico, salvo en lo que sea necesario
para preservar los intereses de la justicia.
Igualmente, el artculo 14.1 del Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Polticos,
con enunciacin ms amplia, afrma el derecho
de toda persona a ser oda pblicamente
[...] por un tribunal [...], en la substanciacin
de cualquier acusacin formulada contra ella
o para la determinacin de sus derechos u
obligaciones de carcter civil. A continuacin,
empero, el Pacto Internacional estipula una serie
de causales consideraciones de moral, orden
pblico o seguridad nacional en una sociedad
democrtica, por ejemplo- que razonablemente
habilitan, en va excepcional, la introduccin de
restricciones al ejercicio de este derecho.
En parecidos trminos se expresa,
tanto para la consagracin del principio de
publicidad del juicio como para la regulacin
de sus excepciones y limitaciones, el artculo
6.1 del Convenio Europeo para la Proteccin
de los Derechos Humanos y de las Libertades
Fundamentales.
En fn, tambin el artculo 139.4 de
la Constitucin peruana de 1993 recoge el
principio de la publicidad en los procesos, salvo
disposicin contraria de la ley, estipulando,
empero, que los procesos judiciales por
responsabilidad de funcionarios pblicos, y por
los delitos cometidos por medio de la prensa y
los que se referen a derechos fundamentales
garantizados por la Constitucin, son siempre
pblicos. Desde luego, estas normas de Derecho
interno no tienen carcter absoluto, sino que, a
semejanza de lo que ocurre en el ordenamiento
espaol (artculo 10.2 de la Constitucin),
debern ser interpretadas, segn lo previsto en la
cuarta de las disposiciones fnales y transitorias
del propio texto constitucional, de conformidad
con los tratados internacionales de derechos
humanos ratifcados por el Per, los cuales, como
se ha anotado, admiten excepciones.
Como quiera que fuere, y pese a que la
garanta de la publicidad, segn explica Luigi
Ferrajoli, es instrumental o secundaria en la
medida que, junto a la oralidad, la legalidad o
ritualidad de los procedimientos y la motivacin
de las decisiones, tiende a asegurar la satisfaccin
de las garantas primarias, consistentes en
la formulacin de la acusacin, la carga de la
prueba y el contradictorio con la defensa, hay
que poner de relieve que es la publicidad la que
asegura el control, tanto externo como interno,
de la actividad judicial, ya que conforme a ella,
los procedimientos de formulacin de hiptesis
y de determinacin de la responsabilidad penal
tienen que producirse a la luz del sol, bajo el control
de la opinin pblica y, sobre todo, del imputado y
su defensor
6
.
III. El desarrollo jurisprudencial
As, pues, no obstante su carcter
instrumental o secundario, dependiente de las
garantas primarias, no obstante estar orientada
al aseguramiento de stas, la publicidad es
esencial en el proceso penal y se confgura, por
ello, como un elemento estructural y constitutivo
del mismo. De all que el Tribunal Europeo de
Derechos Humanos haya defendido, de manera
decidida, su valor y trascendencia. As, tras las
sentencias expedidas en el Caso Preto y otros
y en el Caso Axen, ambas del 8 de diciembre
de 1983, el Tribunal recalc, en el fallo dictado
en el Caso Suter, que la publicidad del
procedimiento de los rganos judiciales, a que
se refere el artculo 6.1, protege a los justiciables
contra una justicia secreta que escapase de la
fscalizacin del pblico; y constituye tambin
uno de los medios que contribuyen a mantener
la confanza en los tribunales de justicia en todas
las instancias, aadiendo, a rengln seguido,
que la publicidad, por la transparencia que
proporciona a la administracin de la justicia,
ayuda a alcanzar el objeto del artculo 6.1: el
proceso justo, cuya garanta se encuentra entre
los principios de toda sociedad democrtica en
el sentido del Convenio
7
.
Por lo dems, en este y en otros procesos
jurisdiccionales, el Tribunal Europeo ha insistido
en la eminencia y centralidad del principio del
proceso justo para el sistema democrtico, a la
luz del Convenio. En tal sentido, en el mismo
Caso Suter, sostuvo que el lugar preferente
que el derecho a un procedimiento justo ocupa
en una sociedad democrtica lleva al Tribunal,
en el ejercicio de la fscalizacin que le incumbe
en esta materia, a examinar la realidad del
procedimiento de que se trata
8
. Y, en el Caso
De Cubber, siguiendo el criterio adoptado
precedentemente en el Caso Delcourt, advirti
que una interpretacin restrictiva del artculo
6.1 -singularmente en cuanto al respeto del
6
FERRAJOLI, Luigi. Op. Cit. p. 616 (cursivas nuestras).
7
Caso Suter, sentencia del 22 de febrero de 1984, prrafo 26. En: Tri-
bunal Europeo de Derechos Humanos, Jurisprudencia 1984-1987.
Madrid: Cortes Generales, s/f, p. 35.
8
Ibd., prrafo 27, p. 35.
ABRAHAM SILES VALLEJOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
63
principio fundamental de la imparcialidad del
juicio- no encajara con el objeto y la fnalidad de
esta disposicin, visto el lugar eminente que el
derecho a un proceso justo ocupa en una sociedad
democrtica, en el sentido del Convenio
9
.
Por su parte, el Comit de Derechos
Humanos, rgano de control del Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Polticos,
ha indicado que la publicidad de la audiencia
constituye una importante salvaguardia de
los intereses del individuo y de la sociedad en
general, enfatizando el carcter excepcional de
la facultad reconocida por el Pacto Internacional a
los tribunales, de excluir a la totalidad o parte del
pblico de la Sala, por las razones enumeradas en
el artculo 14.1
10
. En consecuencia, ha hecho notar
que con independencia de esas circunstancias
excepcionales, el Comit considera que las
audiencias deben estar abiertas al pblico en
general, incluidos los miembros de la prensa, sin
estar limitadas, por ejemplo, a una determinada
categora de personas, y debiendo observarse,
asimismo, que aun en los casos en que el
pblico quede excluido del proceso, la sentencia,
con algunas excepciones estrictamente defnidas,
debe hacerse pblica
11
.
De otro lado, tampoco puede perderse
de vista que, en lo que concierne directamente
al Per, diversos organismos internacionales
de control de los derechos humanos, tanto de
carcter convencional como no convencional, y
lo mismo de mbito universal como regional, se
han pronunciado para criticar, de manera clara y
rotunda, la realizacin en el pas de numerosos
juicios sin respeto de la garanta fundamental
de publicidad, en aplicacin de la legislacin
de emergencia dictada para el combate a la
subversin durante el Gobierno del Presidente
Fujimori.
En tal sentido, el Comit de Derechos
Humanos, al emitir sus Observaciones Finales
al Tercer Informe Peridico presentado por
el Estado peruano en 1996 de conformidad
con el artculo 40 del Pacto, recus el entonces
vigente sistema de juicio por jueces sin rostro`
argumentando que, en tal sistema, los acusados
no saben quin es el juez que los est juzgando y
se ve denegado el derecho a un juicio pblico, lo que
constituye un serio impedimento, de derecho y de
hecho, para que los acusados preparen su defensa
9
Caso De Cubber, sentencia del 26 de octubre de 1984, prrafo 30.
En: Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Op. Cit. p. 261.
10
Comit de Derechos Humanos, Observacin General N 13 Art-
culo 14 (21 perodo de sesiones, 1984), prrafo 6.
11
Ibd.
y puedan comunicarse con sus abogados
12
. En
esa lnea de pensamiento, en el acpite dedicado
a Sugerencias y recomendaciones, el Comit
inst en particular al Estado peruano a que se
suprima el sistema de jueces sin rostro, y a que
se restablezcan inmediatamente los juicios pblicos
de todos los acusados, incluidos los acusados de
actividades relacionadas con el terrorismo
13
.
Sobre esta misma materia, el Relator
Especial sobre la independencia de los jueces
y abogados, nombrado por la Comisin de
Derechos Humanos de la Organizacin de las
Naciones Unidas, en el Informe que emiti tras
su visita al Per en setiembre de 1996, relacion
la cuestin de los tribunales sin rostro civiles
y militares con el derecho a un juez competente,
independiente e imparcial, evaluando tal cuestin
a la luz de las normas internacionales
14
. Entre
otras consideraciones, el Relator Especial indic
que la principal caracterstica de las actuaciones
ante los tribunales sin rostro, tanto civiles
como militares, es el secreto, y queel juicio
se desarrolla a puerta cerrada, siendo as que
las audiencias tienen lugar en salas de tribunal
especialmente equipadas dentro de las crceles
de alta seguridad o, en los casos de traicin, en
las bases militares
15
.
A su turno, la Corte Interamericana de
Derechos Humanos, en la sentencia expedida
en el Caso Castillo Petruzzi y otros, en mayo
de 1999, sostuvo que considera probado que
los procesos militares de civiles supuestamente
incursos en delitos de traicin a la patria son
desarrollados por jueces y fscales sin rostro,
y conllevan una serie de restricciones que los
hacen violatorios del debido proceso legal. En
efecto, se realizaron en un recinto militar, al que
no tiene acceso el pblico. En esta circunstancia
de secreto y aislamiento tuvieron lugar todas las
diligencias del proceso, entre ellas la audiencia misma.
Evidentemente, no se observ el derecho a la publicidad
del proceso, consagrado por la Convencin. Sobre
la base de estas consideraciones, por todo lo
expuesto, la Corte declara que el Estado viol el
artculo 8.5 de la Convencin
16
.
Posteriormente, en agosto del 2000, La
Corte Interamericana, en el Caso Cantoral
Benavides, comprob una vez ms que el Estado
12
Comit de Derechos Humanos, Observaciones Finales: Per,
documento CCPR/C/79/Add.67, del 25 de julio de 1996, prrafo 12
(cursivas nuestras).
13
Ibd., prrafo 25 (cursivas nuestras).
14
Relator Especial sobre la independencia de los jueces y abogados,
Informe de la misin al Per, documento E/CN.4/1998/39/Add.1,
del 19 de febrero de 1998, prrafo 73.
15
Ibd.
16
Corte Inteamericana de Derechos Humanos, Caso Castillo Petruzzi
y otros, Sentencia de 30 de mayo de 1999 (Serie C: Resoluciones y
sentencias, N 52), prrafos 172 y 173 (cursivas nuestras).
JUICIO EMBLEMTICO A MONTESINOS Y LA CORRUPCIN EN EL PER
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
64
peruano viol la citada norma convencional
relativa a la publicidad del juicio, tanto en sede
jurisdiccional militar como civil. As, sobre
la actuacin de los tribunales integrados al
Poder Judicial, dio constatar que el proceso
adelantado por el fuero comn contra Luis
Alberto Cantoral Benavides, no reuni las
condiciones de publicidad que exige el artculo
8.5 de la Convencin, aadiendo, por si fuera
poco, que el Estado no present informaciones
ni argumentos que demostraran que se deban
restringir las condiciones de publicidad del
proceso por ser necesario para preservar los
intereses de la justicia, como lo prev el artculo
8.5 de la Convencin
17
. Ahondando en el punto,
la Corte consider que, dadas las caractersticas
particulares de Luis Alberto Cantoral Benavides,
el proceso que se le sigui poda desarrollarse
pblicamente sin afectar la buena marcha de la
justicia
18
.
Tambin el Tribunal Constitucional
espaol es de parecido criterio a los hasta aqu
expuestos, pues, en el que se reputa el leading
case sobre la materia -esto es, sobre actuaciones
judiciales pblicas-
19
, ha dejado establecido que
el principio de publicidad, estatuido por el
artculo 120.1 de la Constitucin, tiene una doble
fnalidad: por un lado, proteger a las partes de
una justicia sustrada al control pblico, y por
otro, mantener la confanza de la comunidad en
los Tribunales, constituyendo en ambos sentidos
tal principio una de las bases del debido proceso
y uno de los pilares del Estado de Derecho
20
.
Evidentemente, estas palabras muestran la
infuencia de las ya reseadas del Tribunal
Europeo de Derechos Humanos en el Caso
Suter.
A mayor abundamiento, el Tribunal
Constitucional espaol ha insistido en que el
artculo 24.2 de la Constitucin ha otorgado
a los derechos vinculados a la exigencia
de la publicidad el carcter de derechos
fundamentales, lo que abre para su proteccin
la va excepcional del recurso de amparo y, tras
remitirse precisamente a la jurisprudencia del
Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ha
sostenido que la publicidad del proceso ocupa
una posicin institucional en el Estado de Derecho
que la convierte en una de las condiciones de la
legitimidad constitucional de la administracin
17
Corte Inteamericana de Derechos Humanos, Caso Cantoral Bena-
vides, Sentencia de 18 de agosto del 2000, prrafos 147 y 148.
18
Ibd., prrafo 148.
19
Vase DEZ-PICAZO, Luis Mara, Rgimen constitucional del Po-
der Judicial, Madrid, Civitas, 1991, p. 57.
20
Sentencia del Tribunal Constitucional espaol (STC 96/1987),
del 10 de junio de 1987, publicada en el Boletn Ofcial de Espaa
(BOE) N 152, del 26 de junio de 1987 (fundamento 2).
de justicia
21
.
Continuando esta vertiente de desarrollo
jurisprudencial, el Tribunal Constitucional
espaol, unos aos ms tarde, confrm que la
decisin de celebrar el juicio a puerta cerrada
supone una excepcin del derecho a un juicio
pblico que reconoce y ampara el artculo 24.2
C.E., derecho que tiene por fnalidad, segn tiene
declarado este Tribunal (STC 96/1987), proteger
a las partes frente a una justicia sustrada al
conocimiento pblico y mantener la confanza
de la comunidad en los tribunales
22
.
IV. Las excepciones y restricciones al principio
de publicidad del juicio
Ahora bien, en cuanto a las restricciones
autorizadas por los instrumentos internacionales
y por el ordenamiento interno al principio de
publicidad del juicio, hay que insistir, ante todo,
en que tales restricciones, aunque de naturaleza
excepcional, son legtimas. Como advierte Csar
San Martn, la publicidad popular no est libre
de objeciones jurdico-polticas, pues puede: a)
ser utilizada por elementos ilegales para burlar
el Derecho material y ejercitar los derechos
procesales abusivamente; b) inducir a las
personas que participen en el juicio a impresionar
al pblico; c) poner en peligro la dignidad del
debate oral produciendo y aumentando la
excitacin de las masas; y d) desprestigiar al
imputado y a los testigos en su honor o en su
esfera privada, ante todo el mundo
23
.
En esta lnea de pensamiento, en el
Caso Campbell y Fell, si bien se examinaba
la necesidad de actuaciones pblicas para
sancionar una falta disciplinaria al interior de
un centro de reclusin, lo que acusa diferencias
de importancia respecto del supuesto tpico
de los juicios penales, resulta de inters
recordar que el Tribunal Europeo de Derechos
Humanos, tras apuntar que es cierto que el
procedimiento penal ordinario -que puede muy
bien afectar a los individuos peligrosos o exigir
la comparecencia ante el Tribunal de un preso-
se desarrolla casi siempre en pblico, a pesar de
los problemas de seguridad que se suscitan, el
peligro de afrmaciones mal intencionadas y los
deseos del acusado, ha dejado establecido que,
pese a ello, el Tribunal no puede, sin embargo,
21
Ibd.
22
Sentencia del Tribunal Constitucional espaol (STC 65/1992), del
29 de abril de 1992, publicada en el Boletn Ofcial de Espaa (BOE)
N 129, del 29 de mayo de 1992 (fundamento 2).
23
SAN MARTN, Csar, Derecho Procesal Penal. Lima: Griley, 1999.
Vol. I. p. 80.
ABRAHAM SILES VALLEJOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
63
menospreciar los factores mencionados por
el Gobierno, a saber, las consideraciones de
orden pblico y las cuestiones de seguridad que
suscitaran las audiencias pblicas en materia de
disciplina penitenciaria
24
.
Debe decirse, empero, que la aplicabilidad
de las clusulas restrictivas de la publicidad
judicial contenidas en los instrumentos
internacionales de derechos humanos y en el
ordenamiento constitucional peruano, a las
que se ha hecho referencia lneas arriba, exige
siempre el cumplimiento de requisitos especiales
y de carcter objetivo, en correspondencia
con su naturaleza excepcional. Slo razones
de moral, orden pblico o seguridad nacional
en una sociedad democrtica, o el inters de
la vida privada de las partes, o el eventual
perjuicio a los intereses de la justicia, habilitan
a las cortes ordinarias a excluir a la prensa y al
pblico de todo o parte de los juicios, conforme
a la normativa internacional y a la Constitucin
peruana. No obstante, siempre de acuerdo
al mismo marco regulativo, en toda materia
penal o contenciosa, la sentencia deber ser
pronunciada pblicamente, salvo que el inters
de menores exia lo contrario, o si se trata de
pleitos matrimoniales o concernientes a la tutela
de menores.
Hablando en trminos generales, conviene
anotar que la limitacin moral al ejercicio de los
derechos fundamentales no puede determinarse
en referencia a ningn cdigo moral privado,
sino que, ms bien, la moral que ha de tomarse
en consideracin es la moral de la colectividad,
la moral social o cvica, es decir, el conjunto de
principios y reglas morales que una determinada
sociedad reconoce como legtimas y vinculantes,
con la peculiaridad de que esa moral tiene en
la actualidad como criterios bsicos, dentro de
las sociedades desarrolladas, al menos estos
principios: respeto a la subjetividad humana,
primaca de la libertad, tolerancia, pluralismo,
culto a los derechos humanos, preocupacin
por quienes padecen necesidad, exaltacin del
papel del Derecho, defensa de la organizacin
democrtica y un cierto altruismo solidario
25
.
En cuanto a la clusula relativa a la
seguridad nacional, la misma que es empleada
como un motivo vlido de excepcin respecto
al derecho genrico de acceso a la informacin
pblica, puede convenirse con un reciente
Informe de la Defensora del Pueblo en que la
24
Caso Campbell y Fell, sentencia del 28 de junio de 1984, prrafo 87.
En: Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Op. Cit. p. 155.
25
CASTRO CID, Benito de. Problemas bsicos de Filosofa del De-
recho: desarrollo sistemtico. Tercera edicin. Madrid: Editorial
Universitas, p. 293.
experiencia ha demostrado que dicha expresin
ha sido utilizada de manera exagerada y
arbitraria, siendo necesario establecer, por
ello, criterios objetivos que permitan delimitar
el concepto de seguridad nacional desde una
perspectiva democrtica y en funcin de la
proteccin de la persona humana
26
, ya que se
trata de un trmino omnicomprensivo o de
un concepto jurdico indeterminado
27
. En
defnitiva, parece claro que debera avanzarse
hacia un concepto de seguridad democrtica que
trate de encontrar un equilibrio entre la seguridad
nacional y el respeto de los derechos humanos,
y donde el principal objeto de proteccin sea la
persona humana
28
.
Finalmente, por lo que se refere al orden
pblico, en cuanto lmite igualmente genrico
al ejercicio de los derechos humanos, lejos de
excesos antidemocrticos o totalitarios, ha de
ser entendido como el conjunto de condiciones
organizativas y de funcionamiento de la sociedad
que garantizan un desarrollo de la vida social en
el que est asegurada la realizacin ordenada,
tranquila y pacfca de los derechos que
corresponden a los ciudadanos, de manera que
su operatividad limitadora radica, por tanto, en
la exigencia de asegurar las condiciones bsicas
de organizacin para que todos los miembros
de la sociedad puedan ejercer sus respectivos
derechos con una comodidad mnima
29
.
Respecto de este ltimo punto, conviene
traer a colacin que, mediante la emisin de una
Opinin Consultiva, de suyo propio de alcance
general, la Corte Interamericana de Derechos
Humanos ha sostenido que el mismo concepto
de orden pblico reclama que, dentro de una
sociedad democrtica, se garanticen las mayores
posibilidades de circulacin de noticias, ideas
y opiniones, as como el ms amplio acceso a
la informacin por parte de la sociedad en su
conjunto, ya que la libertad de expresin se
inserta en el orden pblico primario y radical de
la democracia, que no es concebible sin el debate
libre y sin que la disidencia tenga pleno derecho
de manifestarse
30
.
En este mismo pronunciamiento, la Corte
Interamericana ha destacado igualmente que
26
DEFENSORA DEL PUEBLO. El acceso a la informacin pblica y
la cultura del secreto. Lima: Defensora del Pueblo, setiembre del
2001, pp. 71-72.
27
DEFENSORA DEL PUEBLO. Situacin de la libertad de expre-
sin en el Per: setiembre 1996-setiembre 2000. Lima: Defensora
del Pueblo, octubre del 2000, p. 31.
28
Ibd., p. 32.
29
CASTRO CID, Benito de. Op. Cit., p. 294.
30
Corte Interamericana de Derechos Humanos. La colegiacin obli-
gatoria de periodistas (artculos 13 y 29 Convencin Americana de
Derechos Humanos), Opinin Consultiva OC-5/85, del 13 de no-
viembre de 1985, Corte I.D.H. (Serie A) N 5 (1985), prrafo 69.
JUICIO EMBLEMTICO A MONTESINOS Y LA CORRUPCIN EN EL PER
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
64
tambin interesa al orden pblico democrtico,
tal como est concebido por la Convencin
Americana, que se respete escrupulosamente
el derecho de cada ser humano de expresarse
libremente y el de la sociedad en su conjunto
de recibir informacin, puesto que la libertad
de expresin es una piedra angular en la
existencia misma de una sociedad democrtica.
Es indispensable para la formacin de la opinin
pblica. Es tambin conditio sine qua non para
que los partidos polticos, los sindicatos, las
sociedades cientfcas y culturales, y en general,
quienes deseen infuir sobre la colectividad
puedan desarrollarse plenamente. Es, en fn,
condicin para que la comunidad, a la hora
de ejercer sus opciones, est sufcientemente
informada. Por ende, es posible afrmar que
una sociedad que no est bien informada no es
plenamente libre
31
.
Pero no slo haciendo uso de su potestad
consultiva, sino tambin en ejercicio de sus
funciones propiamente jurisdiccionales, la Corte
Interamericana ha expuesto y desarrollado estos
conceptos de carcter fundamental, como puede
verse en la sentencia expedida en el Caso Ivcher
Bronstein, en la que, a mayor abundamiento,
invocando las decisiones de la Corte Europea
de Derechos Humanos, afrma que la libertad de
expresin no slo debe garantizarse en lo que
respecta a la difusin de informacin o ideas que
son recibidas favorablemente o consideradas
como inofensivas o indiferentes, sino tambin
en lo que toca a las que ofenden, resultan ingratas
o perturban al Estado o a cualquier sector de la
poblacin
32
. Lo expuesto, prosigue la Corte, tiene
una importancia particular cuando se aplica
a la prensa. No slo implica que compete a los
medios de comunicacin la tarea de transmitir
informacin e ideas relativas a asuntos de inters
pblico, sino tambin que el pblico tiene el
derecho a recibirlas
33
.
As, pues, el papel de la prensa escrita,
televisiva y radial, en ejercicio de la fundamental
libertad de expresin, para llevar noticias y
opiniones a la colectividad y, de ese modo,
favorecer el debate pblico de asuntos de inters
de todos, resulta sin duda crucial tambin en
el mbito de la actuacin de los tribunales
de justicia, muy especialmente (si ello cabe),
cuando lo que se juzga son casos de corrupcin
de autoridades o funcionarios del Estado, pues
en tales casos la celebracin de audiencias o la
expedicin de fallos bajo condiciones de reserva o
31
Ibd., prrafos 69 y 70.
32
Corte Inteamericana de Derechos Humanos, Caso Ivcher Brons-
tein, Sentencia de 6 de febrero del 2001 (Serie C: Resoluciones y
sentencias, N 74), pfos. 152 y 153 (cursivas nuestras).
33
Ibd., prrafo 153.
secreto mellara considerablemente la confanza
que la poblacin ha de tener en jueces y cortes,
y facilitara la eventual comisin de abusos
contra los propios procesados o contra el inters
colectivo, impidiendo la necesaria vigilancia
social sobre el quehacer de los tribunales.
Sin embargo, el control de la sociedad
sobre la administracin de justicia, que solo
puede ser hecho cabalmente si los interesados y
los medios de comunicacin tienen acceso a la
realizacin de los procesos, exige, a decir de
Marcial Rubio Correa, combinar la publicidad
con la ponderacin en la informacin para no
desnaturalizar esta garanta y convertirla en un
mecanismo de difusin de todo lo dicho ante los
tribunales, mucho de lo cual puede no ser cierto, o
puede ser malinterpretado y, con ello, agraviar el honor
o la reputacin de las personas involucradas
34
. De
cualquier modo, ha de tenerse asimismo en cuenta
que, en el caso de juicios por responsabilidad de
funcionarios pblicos, el nfasis constitucional
en su publicidad -que, como se ha indicado, no
puede entenderse en un sentido absoluto- se
debe a un afn especial de moralizacin: para
que se produzca castigo ejemplar y para hacer
ms difcil que haya corrupcin en el trmite y
las decisiones jurisdiccionales
35
.
Segn estas pautas generales, se entiende
entonces que, en el marco de un autntico
Estado constitucional y democrtico de Derecho,
devenga perentorio asegurar la publicidad de las
actuaciones judiciales e interpretar de manera
ciertamente restrictiva toda posible limitacin
al principio de publicidad y, en particular, a la
concurrencia de la prensa a las audiencias y al
pronunciamiento del fallo. Como ha tenido
ocasin de establecer el Tribunal Constitucional
espaol, es necesario valorar debidamente la
signifcacin de la presencia de los medios de
comunicacin social en las vistas de los juicios en
funcin del principio de publicidad del proceso
(artculo 120.1) y de los derechos de libertad de
expresin y de libertad de comunicar o recibir
libremente informacin veraz (artculo 20.1 a) de
la CE)
36
.
A ello cabe aadir que el principio de
la publicidad de los juicios, garantizado por
la Constitucin (artculo 120.1), implica que
stos sean conocidos ms all del crculo de los
presentes en los mismos, pudiendo tener una
34
RUBIO CORREA, Marcial. Estudio de la Constitucin Poltica de
1993. Lima: Fondo Editorial de la Pontifcia Universidad Catlica
del Per, 1999. Tomo V. p. 73.
35
Ibd.
36
Sentencia del Tribunal Constitucional espaol (STC 30/1982), del
1 de junio de 1982, publicada en el Boletn Ofcial de Espaa (BOE)
N 153, del 28 de junio de 1982 (fundamento 4).
ABRAHAM SILES VALLEJOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
63
proyeccin general, pero, como es evidente,
esta proyeccin no puede hacerse efectiva
ms que con la asistencia de los medios de
comunicacin social, en cuanto tal presencia les
permite adquirir la informacin en su misma
fuente y transmitirla a cuantos, por una serie de
imperativos de espacio, de tiempo, de distancia,
de quehacer, etc., estn en la imposibilidad de
hacerlo. Este papel de intermediario natural
desempeado por los medios de comunicacin
social entre la noticia y cuantos no estn, as,
en condiciones de conocerla directamente, se
acrecienta con respecto a acontecimientos que
por su entidad pueden afectar a todos y por ello
alcanzan una especial resonancia en el cuerpo
social
37
.
No obstante lo anotado, algo que resulta
plenamente admisible es que, considerando las
limitaciones de cabida del recinto, se establezca
una seleccin en orden a la asistencia a la vista,
concedindose acreditaciones sobre la base de
criterios objetivos, las mismas que en ningn
caso llevarn a entender que los representantes
de los medios de comunicacin social, al asistir
a las sesiones de un juicio pblico, gozan de un
privilegio gracioso y discrecional, sino que, ms
bien, se trata de un derecho preferente atribuido
en virtud de la funcin que cumplen, en aras
del deber de informacin constitucionalmente
garantizado, de lo que se deriva que la
acreditacin de los periodistas, siendo vlida,
no es sino un medio de organizar el acceso a la
Sala
38
.
Desde luego, las complementarias
medidas de polica de estrados que la ley
interna prev para asegurar el buen orden del
desarrollo del juicio -las mismas que pueden llevar
a imponer sanciones o a decretar la expulsin de
alguna persona o aun la desocupacin parcial o
total de la Sala, en la medida en que se hallan
previstas en la ley (artculos 215 y 217 del Cdigo
de Procedimientos Penales; artculos 9, 135, 136
y 137 de la Ley Orgnica del Poder Judicial-
, corresponden a la Sala o a la Presidencia del
respectivo Tribunal, debiendo ser ejercidas
de modo prudente y sobre la base de criterios
objetivos, no siendo posible que extiendan sus
efectos ms all de la circunstancia concreta y
37
Ibd. Algunos autores distinguen entre publicidad inmediata o
activa, que se verifca con la presencia de personas del comn en
las audiencias, y publicidad mediata o pasiva, que se da cuan-
do la comunidad conoce las actuaciones judiciales por referencia
verbal de quienes asistieron a la sede judicial o, con mayor alcance,
por medio de la informacin propalada por los diferentes rganos
de prensa escrita, televisiva o radial. Vase MIXN MSS, Floren-
cio. Juicio oral. Lima: Ediciones BLG, 1993. p. 65; SAN MARTN,
Csar. Op. Cit., p. 80.
38
Sentencia del Tribunal Constitucional espaol (STC 30/1982), del
1 de junio de 1982. Op. Cit. (fundamento 4).
de urgencia que las motiv
39
.
V. La opinin de la Comisin Interamericana
de Derechos Humanos sobre la consulta del
Estado peruano
En armona con esta consideraciones,
el reciente Informe expedido por la Comisin
Interamericana de Derechos Humanos frente a
la consulta formulada por el Estado peruano,
sobre la cuestin de si resultara violatorio del
principio de publicidad previsto en el artculo
8.5 de la Convencin Americana el no permitir
el ingreso de cmaras de video, fotografa y/o
grabadora de sonido a las audiencias, pero con
la presencia de la prensa y pblico durante
el juzgamiento, sostiene que el principio de
publicidad de los juicios no supone un acceso
ilimitado del pblico y de la prensa en general a
las salas de juzgamiento, sino que la publicidad
del procedimiento se puede restringir tanto por
cuestiones de espacio fsico de las instalaciones
como tambin por las disposiciones del
tribunal en ciertas circunstancias, todo ello a
fn de preservar los intereses de la justicia y los
derechos procesales de las partes, de suerte que,
en estos casos, las limitaciones que determine
el tribunal deben encontrarse debidamente
fundamentadas
40
.
De otro lado, tambin ha de tenerse
en cuenta que la Comisin considera que la
publicidad de un juicio puede ser garantizada
de diversas formas, a saber, por la presencia del
pblico en general, observadores independientes
especialmente invitados y medios de
comunicacin, incluyendo prensa oral, escrita o
televisiva
41
. Se deriva de lo dicho que resultara
muy conveniente para el Estado peruano el contar
con la asistencia de instituciones califcadas,
que por su experiencia y credibilidad -por
ejemplo, la Defensora del Pueblo, la Comisin
Interamericana de Derechos Humanos, la
Coordinadora Nacional de Derechos Humanos-
, puedan intervenir como veedores, a invitacin
de la justicia nacional, en los juicios a instaurar
contra Montesinos y la corrupcin.
Como quiera que fuere, aunque la
Comisin considera que en especial los
medios de comunicacin son particularmente
importantes para garantizar la publicidad del
proceso judicial, al mismo tiempo declara que
entiende que el principio de publicidad no
implica necesariamente el ingreso irrestricto de
39
Ibd. (fundamento 5).
40
Comisin Interamericana de Derechos Humanos, Consulta del
Estado peruano a la Comisin Interamericana de Derechos Huma-
nos, octubre del 2002, prrafo 18.
41
Ibd., prrafo 19.
JUICIO EMBLEMTICO A MONTESINOS Y LA CORRUPCIN EN EL PER
los medios de comunicacin a las salas del juicio,
ya que, en realidad, si bien los principios del
debido proceso prohben una justicia secreta, ese
ingreso de los medios de comunicacin puede
ser regulado por parte del tribunal en aras del
orden de los procedimientos, los derechos de las
partes y la majestad de la justicia
42
.
Y es que, en ltimo trmino, lo
verdaderamente esencial es el mantenimiento de
la independencia e imparcialidad del juzgador,
y el aseguramiento de las garantas del debido
proceso, de modo que se verifque un juicio
justo. En tal sentido, el Tribunal Europeo de
Derechos Humanos, en la ya comentada sentencia
expedida en el Caso Campbell y Fell, ha explicitado
que, para determinar la independencia de un
rgano judicial, especialmente en relacin al
Ejecutivo y a las partes, debe apreciarse el modo
de designacin y la duracin del mandato de
sus miembros, la existencia de garantas contra
las presiones exteriores, y sobre todo si hay o
no apariencia de independencia, ya que ha de
considerarse la importancia, en el contexto del
artculo 6, del proverbio justice must not only
be done; it must also be seen to be done
43
.
Asimismo, en la decisin adoptada en el
Caso De Cubber, a propsito de la cuestin de
la imparcialidad judicial, y sobre la base del
precedente establecido en los Casos Piersack y
Delcourt, el Tribunal Europeo sostuvo que no
podra [...] contentarse con las conclusiones
obtenidas desde una ptica puramente
subjetiva, sino que ha de tomar igualmente en
cuenta consideraciones de carcter funcional y
orgnico (perspectiva objetiva), ya que en esta
materia, incluso las apariencias pueden revestir
importancia, citando a continuacin nuevamente
el adagio ingls justice must not only be done;
it must also be seen to be done
44
. El Tribunal
Europeo agreg, por ltimo, quedebe recusarse
todo juicio del que se pueda legtimamente temer
una falta de imparcialidad, argumentando que
esto se deriva de la confanza que los tribunales
de una sociedad democrtica deben inspirar a
los justiciables, comenzando, en el orden penal,
por los acusados...
45
.
En consonancia con estos criterios
jurisprudenciales desarrollados por la Corte
de Estrasburgo, la Comisin Interamericana
de Derechos Humanos, en la absolucin de la
42
Ibd.
43
Caso Campbell y Fell, sentencia del 28 de junio de 1984, prrafos
78 y 81. En: Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Op. Cit. p.
154.
44
Caso De Cubber, sentencia del 26 de octubre de 1984, prrafo 26.
En: Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Op. Cit. p. 260.
45
Ibd.
antedicha consulta formulada por el Estado
peruano, declar estimar que es posible llevar
a cabo juzgamientos por el Poder Judicial en una
instalacin militar en ciertos y determinados
casos que as lo requieran imperativamente,
con carcter excepcional, bajo la direccin y
responsabilidad del tribunal que lo presida, con el
respeto de los derechos y garantas consagrados
en la Convencin Americana, especialmente la
garanta de la independencia e imparcialidad judicial,
la percepcin de tal autonoma y la publicidad del
juicio
46
.
Finalmente, no debe perderse de vista que,
cuando se trata de juzgar casos de corrupcin, se
corre el riesgo de incurrir en una judicializacin
de la poltica
47
, lo que, a la postre, terminara
por erosionar aun ms la legitimidad de una
judicatura ya debilitada por diversas razones
estructurales y de coyuntura. La intervencin
de los tribunales no debe suponer en ningn
caso su instrumentacin para los fnes de la
lucha partidista por el acceso al poder o por
el control del aparato del Estado. El rol de la
jurisdiccin, en particular frente a las prcticas
corruptas y delictivas, no ha de ser el de ponerse
al servicio de ninguna persecucin poltica, sino
el de defender los valores de la democracia y el
Estado de Derecho, mediante la aplicacin de la
Constitucin y la ley, procurando el bien comn.
Este es sin duda un rol poltico, pero no en un
sentido peyorativo, sino elevado del trmino.
Ahora bien, al mismo tiempo que se
desestima la eventual reconduccin de la poltica
a los cauces jurisdiccionales, al mismo tiempo que
se recusa la tentacin de convertir los estrados de
la justicia en la arena de lucha de los operadores
poltico-partidistas, debe existir, empero, una
acendrada conciencia acerca de la relevancia
que, en las actuales circunstancias nacionales,
alcanzan los juicios contra Montesinos y la
corrupcin, particularmente cuando se trata de
una corrupcin sistmica
48
que ha agobiado o
agobia todava a los Poderes pblicos, pues tales
juicios, no quepa la menor duda, constituyen
una oportunidad histrica para que la Nacin,
representada por una magistratura que intenta
depurarse y sobreponerse a sus peores yerros
y defciencias, enfrente el desafo de una
renovacin tica y poltica radical, que restaure
los valores jurdicos y democrticos.
46
Comisin Interamericana de Derechos Humanos. Op. Cit. prrafo
15 (cursivas nuestras).
47
Vase ANDRS IBEZ, Perfecto, Tangentopoli tiene traduccin
al castellano. En: [Link]. Corrupcin y Estado de Derecho: el pa-
pel de la jurisdiccin. Madrid: Editorial Trota, 1996. p. 107.
48
Vase INICIATIVA NACIONAL ANTICORRUPCIN (INA), Un
Per sin corrupcin. Lima: Ministerio de Justicia, julio de 2001. p.
8.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
66
ABRAHAM SILES VALLEJOS
En defnitiva, como ha sealado Luigi
Ferrajoli, examinando el caso italiano, el mrito
histrico de los magistrados de Mani Pulite
ms all de los errores y de los excesos en que
pudieran haber incurrido [...]- ha sido no slo
y no tanto aquel de haber barrido a una clase
poltica corrupta, cuanto el de haber rehabilitado
en nuestro pas el valor de la legalidad y el
principio de la subordinacin a la ley por parte
de los poderes pblicos, principios estos sobre
los cuales se sustenta no solamente el estado de
derecho, sino tambin la democracia: que quiere
decir igualdad de todos frente a la ley, visibilidad,
publicidad, control y responsabilidad de las
funciones pblicas, ausencia de poderes ocultos,
de verdades dobles, de Estados dobles, de
cdigos de conducta dobles, de niveles de accin
poltica y administrativa dobles
49
.
49
FERRAJOLI, Luigi, Crisis del sistema poltico y jurisdiccin: la
naturaleza de la crisis italiana y el rol de la magistratura. En: Pena
y Estado Ao 1, N 1. Buenos Aires, 1995, p. 115.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
67
JUICIO EMBLEMTICO A MONTESINOS Y LA CORRUPCIN EN EL PER
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
68
Un breve anlisis de las condiciones del juez militar actual
frente a los presupuestos de independencia judicial y
algunos alcances sobre la cuestionada autonoma de la
justicia castrense: una mirada a las propuestas de reforma
constitucional sobre el particular
1
Christian Donayre Montesinos
Estudiante de la Facultad de Derecho de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
La opcin por la transparencia de los juicios representa
la discriminacin ms segura entre culturas jurdicas
democrticas y culturas autoritarias
Luigi Ferrajoli, Derecho y razn, III, 9, 41.
Sumario: I.- Precisiones a modo de introduccin II.- La justicia castrense y el juez militar: su confguracin
actual como problema y su incompatibilidad con el principio de independencia jurisdiccional III.- Del informe
de la comisin de estudio de las bases de la reforma constitucional al proyecto de reforma constitucional hoy
en debate IV.- Algunas recomendaciones para una imparticin de justicia en materia militar en condiciones
de independencia y autonoma.
I.- Precisiones a modo de introduccin
Sin lugar a dudas, el tratamiento de temas
como la justicia militar ha cobrado relevancia
en nuestro pas. Ello se debe tanto al proceso
de transicin democrtica que ha conllevado
a la necesidad de consagrar ciertos principios
propios de todo Estado Social y Democrtico
de Derecho que se precie de serlo en todos los
espacios del ejercicio del poder poltico incluido
el militar
2
, como a las recientes discusiones a nivel
internacional sobre los juicios llevados a cabo en
dicha instancia contra civiles y sus evidentes
defciencias frente a los requerimientos de un
juicio justo.
3
Ahora bien, los cuestionamientos que
efectuaremos en el presente trabajo respecto
al juez militar as como de la controvertida
autonoma de la jurisdiccin castrense no
pretenden, bajo ningn concepto, poner en tela de
juicio la calidad e idoneidad personal e intelectual
de los actualmente llamados a ejercer la funcin
jurisdiccional del Estado en dicha materia, es
decir, los ofciales en actividad. Sin embargo, su
sometimiento a la jerarqua militar, su disciplina
fundada, entre otros aspectos, en el respeto a
los altos mandos de su institucin y la ausencia
de presupuestos como los de inamovilidad
en los cargos, una remuneracin digna, entre
otros aspectos indispensables del quehacer
jurisdiccional, nos ofrecen serias dudas con
relacin a su independencia e imparcialidad.
4
Y
qu decir de la autonoma de la judicatura militar
que por un lado contradictoriamente ha venido
siento considerada autnoma frente al Poder
Judicial y por otro lado se ha mantenido sometida
al Gobierno. Tenemos entonces aqu evidentes
vulneraciones al principio de independencia
jurisdiccional consagrado constitucionalmente y
por tanto un asunto insoslayable.
Es as que en el presente trabajo
analizaremos muy brevemente esta problemtica
que indudablemente nos atae a todos
5
, para
posteriormente evaluar las consideraciones que
sobre el particular se han planteado tanto por
parte de la Comisin de Estudio de las Bases de
la Reforma Constitucional y en el Anteproyecto
de Ley de Reforma Constitucional, como en el
Proyecto Final de Constitucin hoy sometido
a discusin. Por ltimo, esbozaremos algunas
propuestas a modo de conclusin que, en nuestra
modesta opinin, podran tal vez ser tomadas en
cuenta para un replanteamiento del perfl del
juez militar en particular y de la jurisdiccin
castrense en general.
II.- La justicia castrense y el juez militar:
su confguracin actual como problema y
su incompatibilidad con el principio de
independencia jurisdiccional
El principio de independencia
jurisdiccional es entendido por la doctrina bajo
dos perspectivas: una externa que alude a la
prohibicin de la injerencia de los otros mal
llamados poderes del Estado en la potestad de
impartir justicia y otra interna que hace referencia
a la proscripcin de eventuales intromisiones
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
69
al interior del ente investido de esa funcin.
6
Tenemos entonces que el aspecto externo busca
proteger a la organizacin jurisdiccional en
conjunto y es lo que se conoce como autonoma
y el aspecto interno, a una visin individualizada
del juez, lo que se denomina propiamente
independencia.
Adems del hecho de que los jueces
militares son ofciales en actividad, admitiendo
as el indebido sometimiento de una instancia
con labor jurisdiccional a la lgica de la jerarqua
militar, lo cual ya de por s es cuestionable,
podemos sealar que fctica y normativamente,
por las injerencias por parte del Ejecutivo, la
justicia militar no es autnoma y mucho menos
que sus jueces son independientes.
Desde el nombramiento de las personas
llamadas a impartir justicia en esta materia,
las afectaciones son evidentes. Partimos de la
constatacin de que los jueces militares son
ofciales en actividad designados por el Presidente
de la Repblica a propuesta del Ministro de
Defensa y Ministro del Interior. De esta manera,
se vulnera claramente la potestad reconocida
constitucionalmente al Consejo Nacional de
la Magistratura de designar a los encargados
de ejercer la funcin jurisdiccional del estado.
Y no slo eso, sino que los jueces militares ven
tutelada su funcin por el gobernante de turno
desde el momento mismo de la designacin.
De otro lado, el artculo 8, inciso f) de la
Ley del Sistema de Defensa Nacional establece
expresamente que el Ministerio de Defensa ser
el ente mediador entre el ejecutivo y la justicia
castrense. Y por si ello fuera poco, es dicho
Ministerio el que se encarga de emitir las normas
que regulan su funcionamiento.
Debemos sealar que la tantas veces
promulgada inamovilidad en los cargos no
tiene ninguna efcacia en lo que a la jurisdiccin
militar se refere. Recordemos que los jueces
militares siguen ejerciendo funciones militares
y como consecuencia de ello estn sometidos a
las mismas condiciones propias de la situacin
castrense, lo cual supone la posibilidad de
cambiar constantemente de destino. Esto ltimo
requiere una explicacin.
Como bien todos sabemos, los miembros
del servicio activo militar estn, por la propia
naturaleza de su funcin, constantemente
cambiando de residencia a lo largo del territorio
nacional, es decir: as como un ao puede estar
en la V regin militar, lase por ejemplo Iquitos,
otro ao podra encontrarse en la I III regin
militar. Ello implica adems, dejar las funciones
que ejerca para asumir otras. Como bien puede
deducir el lector, cuando un militar es designado
para desempear una funcin jurisdiccional
eso no quiere decir que ejercer dicha funcin
a lo largo de su carrera. Contrario a lo que se
pueda pensar, no es que slo son trasladados
a destinos diferentes cada cierto tiempo, sino
que dicho cambio muchas veces supone asumir
nuevas tareas y no necesariamente vinculadas a
la potestad de impartir justicia.
Otro factor importante a tener en cuenta
es el de la remuneracin digna. Si bien los
jueces miembros de la judicatura ordinaria de
nuestro pas no reciben una remuneracin que
les asegure una vida cmoda, as como una
jubilacin prspera, lo cual reducira los ndices
de corrupcin, debemos sealar que los cambios
sobre el particular ya se han venido efectuando.
Pero lo que sucede con respecto a los jueces
militares es que desde antao la remuneracin
que se les ha venido otorgando no ha sido la que
les correspondera por la funcin judicial que
desempean, sino la que deriva del grado que
ostentan como miembros de las Fuerzas Armadas.
Por tanto, aqu evidentemente no se distinguen
funciones militares de las jurisdiccionales sino
que se trata del ejercicio de una labor que le ha
sido encomendada atendiendo a su condicin
militar y es a esa condicin a la que responde la
remuneracin que perciben.
El Proyecto de Ley Orgnica del Poder
Judicial establece a su vez en el artculo II, inciso
3, numeral 3.3 de su Ttulo Preliminar que la
permanencia en el servicio est condicionada a la
observancia de la conducta e idoneidad propias de
la funcin. Paradjicamente, en la medida que
los jueces de los tribunales militares mantienen
su condicin militar, ello los expone a ser
sancionados sea por el ejercicio de funciones
jurisdiccionales como por las militares. Y es que,
como diimos, la discriminacin entre unas y
otras, debido a que no son apartados del servicio
activo, no se encuentra plenamente establecida.
Debemos adems sealar que el artculo
citado del Proyecto de Ley Orgnica del Poder
Judicial alude a la conducta e idoneidad propias
de la funcin, aspecto que debe ser evaluado
entonces en el caso de la judicatura ordinaria
por la Ofcina de Control de la Magistratura y
el Consejo Ejecutivo del Poder Judicial, as como
por el Consejo Nacional de la Magistratura, por
cuanto recae dentro de sus atribuciones. Lo que
ocurre en la jurisdiccin castrense no deja de
UN BREVE ANLISIS DE LAS CONDICIONES DEL JUEZ MILITAR ACTUAL (...)
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
70
sorprender. sta tiene sus propios rganos de
control que son el Consejo Supremo de Justicia
Militar, su Presidente y los Visitadores. Estos
ltimos son vocales elegidos por el Consejo
Supremo de Justicia Militar para que realicen
visitas e inspeccionen las Ofcinas, Consejos
y Juzgados, en la fecha determinada por
ste. Bsicamente se encargan de velar por el
cumplimiento de las obligaciones de los jueces
militares.
7
En el caso del Consejo Supremo de Justicia
militar sus miembros en tanto militares que son,
as como su Presidente, la relacin jerrquica
que opera al interior de la judicatura militar
podra traer consigo serias afectaciones a la
independencia de sus jueces al momento de
cuidar la disciplina y el estricto cumplimiento
de sus obligaciones judiciales. Cuestin similar
podra alegarse con respecto a los Visitadores
que al fn y al cabo son militares designados por
el Consejo Supremo de Justicia Militar, los cuales
culminada su visita deben informarle de lo
actuado.
Otra cuestin que no podemos dejar de
mencionar, aunque no guarda necesariamente
relacin con lo que es la independencia judicial,
es la falta de tecnifcacin del juez militar. Si bien
la Ley de Ascensos para Ofciales en su artculo
31 excluye los conocimientos profesionales
como un elemento a evaluar para el ascenso
a General
8
, a nuestro parecer, todas aquellas
personas que ejercern funciones jurisdiccionales
en el Consejo Supremo de Justicia Militar, as
como en las instancias inferiores s deberan ser
profesionales en Derecho.
Y es que, lo que consagra la Ley Orgnica
de Justicia Militar en su artculo 6 es realmente
preocupante. Dicho artculo establece que
el Consejo Supremo de Justicia Militar est
compuesto por diez Ofciales Generales y
Almirantes en situacin de actividad, ocho de
ellos sern vocales y de los otros dos, uno ser
el Auditor y el otro el Fiscal General. Ahora
bien, dicho precepto seala expresamente que
de los ocho vocales mencionados, tres deben ser
vocales del Cuerpo Jurdico Militar, lo mismo en
el caso del Auditor General y el Fiscal General.
En consecuencia, en la medida que la potestad
de impartir justicia, de resolver los confictos de
intereses o las situaciones de incertidumbre con
relevancia jurdica con carcter de cosa juzgada
y en un plazo razonable es confada a los vocales,
resulta que la gran mayora de ellos, es decir cinco
de los ocho, no necesariamente son conocedores
del Derecho, cuestin que es imprescindible para
ejercer tan delicada funcin.
Y por si lo dicho hasta aqu no tuviera
sufciente entidad, el artculo I de la Ley Orgnica
de Justicia Militar seala expresamente que la
justicia militar constituye un alto organismo de
los institutos armados, con lo cual, el ya sealado
anteriormente indebido sometimiento de una
instancia con labor jurisdiccional a una lgica de
jerarqua militar se encontrara normativamente
consagrado.
Las consideraciones aqu esbozadas,
as como otras que la doctrina nacional se ha
dedicado de hacer ms conocidas an, requieren
sin duda de una pronta solucin.
9
En virtud a ello,
a continuacin revisaremos muy sucintamente
lo que ha sido el tratamiento de la materia a lo
largo de las propuestas de reforma constitucional
que se han venido trabajando, para luego pasar
a resear nuestros planteamientos sobre el
particular.
III.- Del informe de la comisin de estudio de las
bases de la reforma constitucional al proyecto
de reforma constitucional hoy en debate
Empezaremos, pues, con lo que ha sido
el planteamiento esbozado por la Comisin de
Estudio de las Bases de la Reforma Constitucional
en relacin al tema de los jueces llamados a
ejercer la funcin jurisdiccional del Estado en
materia militar. Dicha propuesta establece, a este
respecto, bsicamente lo siguiente:
Seleccin de jueces. Los juzgadores en materia
castrense deben ser designados por el Consejo
Nacional de la Magistratura a propuesta del
Comando militar, por un plazo de tres aos
prorrogables, entre ofciales en retiro, abogados
asimilados a las Fuerzas Armadas y ofciales en
actividad.
Esta propuesta se inserta dentro del propsito
general de someter al poder civil lo relativo a la
designacin de los jueces militares, asegurando su
imparcialidad
10
.
El intento de someter al Consejo Nacional
de la Magistratura la potestad de designar a las
personas llamadas a impartir justicia en materia
militar es sin duda loable. Sin embargo, lo que
resulta sumamente cuestionable es que sea
el Comando militar el que los proponga y las
categoras de sujetos consideradas para tal fn.
Sobre la situacin de los ofciales en situacin de
retiro no podemos sealar objecin alguna, pero
lo mismo no se puede afrmar de los abogados
asimilados a las Fuerzas Armadas y los ofciales
en actividad.
CHRISTIAN DONAYRE MONTESINOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
71
En primer lugar, los abogados asimilados
son, en buena cuenta, ofciales en actividad. En
segundo lugar, como tales y por las razones
expuestas en el apartado precedente, ha quedado
comprobada la falta de idoneidad de los militares
en servicio activo para ejercer tan delicada funcin
como es la de resolver confictos de intereses
o situaciones de incertidumbre con relevancia
jurdica con carcter de cosa juzgada. Por tanto,
saludamos de esta propuesta lo que se refere a
reconocer tambin a nivel de la justicia militar
la potestad constitucionalmente reconocida al
Consejo Nacional de la Magistratura de designar
y nombrar a las personas que se encargaran de
impartir justicia. Pero debemos afrmar que an
presenta ciertas defciencias en razn a la facultad
que se le reconocera al Comando militar para
proponerlas y a las categoras de sujetos dentro
de las cuales se elegiran a los futuros jueces
militares.
En lo que respecta a lo regulado sobre
el particular en el Anteproyecto de Reforma
Constitucional del 5 de abril de 2002, el artculo
227 establece:
Artculo 227.- rganos especializados en
materia militar.
Los miembros de las Fuerzas Armadas en actividad
que cometan delitos estrictamente castrenses
estn bajo la competencia de los jueces militares,
que constituyen rganos especializados del Poder
Judicial, de conformidad con la ley. El mbito de sus
atribuciones no se extiende en ningn caso a civiles.
Corresponde a las Corte Suprema de Justicia revisar
las resoluciones dictadas por los jueces militares.
11
No cabe duda de los progresos que
muestra el citado precepto en lo que se refere
a la confguracin orgnica de la justicia militar.
Al parecer zanjara viejas discusiones respecto
a la cuestionada vigencia del principio de
unidad jurisdiccional debido a la existencia
de una jurisdiccin castrense autnoma y
por tanto paralela al Poder Judicial, ya que
podramos deducir que la propuesta se traduce
en la incorporacin de los tribunales militares al
aparato de la judicatura ordinaria, aspecto que
saludamos. Asimismo, e igual a lo planteado
por la Comisin de Estudio de las Bases de
la Reforma Constitucional
12
, as como en el
Proyecto del 11 de julio que comentaremos luego,
la Corte Suprema sera competente para revisar
sentencias militares, dejando atrs lo formulado
por aquellos cuestionados artculos 141 y 173
de la Constitucin de 1993
13
. La exclusin de los
civiles del mbito competencial de la jurisdiccin
castrense, es otra medida loable que va acorde
adems con el estado actual de la cuestin en
nuestro medio.
14
Sin embargo, para la materia que nos
interesa, la verdad es que dicho artculo no nos
da muchas luces para encontrar alguna solucin
a la disyuntiva de la independencia de los
jueces militares y la autonoma de los tribunales
castrenses. El precepto referido se limita a
sealar que sern jueces militares los encargados
de ejercer tal funcin pero de inmediato surgen
diversas preguntas: quin designa a esos jueces
militares? sern los ofciales en actividad
considerados para ejercer tan importante
funcin?. Podra afrmarse que la incorporacin
de la justicia militar al Poder Judicial hara
suponer que los ofciales en actividad no
ejerceran funciones jurisdiccionales ya que por
las defciencias a las que hemos hecho referencia,
no cumplen con los presupuestos para ello,
lo que s sucedera con los jueces de las dems
especialidades.
Adems, tambin podra inferirse que en
tanto juzgado especializado del Poder Judicial que
sera, sus miembros deben ser designados por el
Consejo Nacional de la Magistratura. Esperemos
que estas ltimas ideas sean realmente las que
subyacen al legislador y es que el citado precepto
no nos da muchas herramientas para considerar
que ello necesariamente ser as.
Por ltimo, conviene analizar lo estipulado
en el Proyecto de Reforma Constitucional del
11 de julio sobre la materia a la cual nos hemos
venido refriendo en este trabajo. A este respecto,
es el artculo 201 de la propuesta hoy en debate,
el que se encarga de plantear algunas pautas
sobre el particular. El mencionado precepto
seala:
Artculo 201.- Los miembros de las Fuerzas
Armadas en actividad que cometan delitos
estrictamente castrenses, estn bajo la competencia
de los jueces especializados del Poder Judicial,
de conformidad con la ley. El mbito de sus
atribuciones no se extiende, en ningn caso, a los
civiles. Corresponde a la Corte Suprema de Justicia
revisar las resoluciones dictadas por dichos jueces,
en los casos que establezca la ley
15
.
Ms all de los avances respecto a la
proscripcin del juzgamiento de civiles (cuestin
ya contemplada en la anterior propuesta),
debemos sealar que en lo que concierne a las
personas llamadas a impartir justicia en asuntos
castrenses, el citado artculo, a diferencia del
Anteproyecto de Reforma Constitucional, si
bien consagra la incorporacin de la justicia
militar al aparato de la judicatura ordinaria, al
igual que la propuesta del 5 de abril de 2002, la
distincin estriba en que el Proyecto de Reforma
Constitucional nos habla simplemente de jueces
UN BREVE ANLISIS DE LAS CONDICIONES DEL JUEZ MILITAR ACTUAL (...)
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
72
especializados y no de jueces militares como lo
haca el Anteproyecto.
De lo anterior se podran deducir diversos
planteamientos sobre la problemtica aqu
abordada. Una de ellas es que la alusin que
fguraba en la propuesta del 5 de abril de jueces
militares quiz haca referencia a los ofciales en
actividad que ejercan funciones jurisdiccionales,
de ello deriva la inclusin del trmino militares
y no necesariamente a la especializacin en
razn de la materia. Otra posibilidad es que
tal vez la intencin del Proyecto de Reforma
es plantear simplemente la nocin de jueces
especializados para posteriormente suprimir la
especialidad castrense de los juzgados, al menos
en tiempo de paz como ocurre en Francia. Esta
ltima interpretacin adems de ser hoy en da
discutible requerira de la presencia de ciertos
presupuestos sociales y polticos, actualmente
inexistentes en nuestro pas.
La interpretacin ms acorde con nuestra
posicin sobre el tema es que la consideracin
de juzgados especializados supone que
indudablemente los jueces que ejercen la
funcin jurisdiccional del Estado en materia
militar, cumplirn con los requisitos propios
de la carrera y gozarn de las prerrogativas
que les correspondera en tanto miembros
de una instancia de la judicatura ordinaria.
De esta manera, por las razones expuestas
precedentemente, los ofciales en actividad no
deberan ejercer tal potestad.
Debemos sealar entonces que el Proyecto
de Reforma Constitucional establece cambios
importantes, sin embargo, el tema de los sujetos
llamados a formar parte de la mal llamada justicia
militar
16
, es un asunto que quedar al arbitrio
del legislador y esperemos que la regulacin
que se dicte sobre el particular cumpla con los
lineamientos constitucionales y los parmetros de
un Estado Social y Democrtico de Derecho.
17
A propsito de lo recientemente sealado,
y en la medida que el problema que es materia
de estudio de este trabajo no es un asunto que
incumbe slo a los miembros de las Fuerzas
Armadas, sino a todos los ciudadanos en tanto
partcipes de la transicin democrtica por la
que atraviesa nuestro pas, hemos considerado
ptimo plantear algunas propuestas a ttulo de
recomendaciones que quiz puedan ser tiles
ante la situacin aqu esbozada.
IV.- Algunas recomendaciones para una
imparticin de justicia en materia militar en
condiciones de independencia y autonoma
En defnitiva, la incorporacin de la
jurisdiccin castrense al aparato de la judicatura
ordinaria (lase Poder Judicial) constituye uno
de los principales aportes de las propuestas de
reforma constitucional. Tal medida contribuye
a la plena vigencia y al respeto del principio de
unidad jurisdiccional.
Ahora bien, el problema que resulta de
sumo inters es el de la cuestionada autonoma
de la justicia castrense y como correlato de ello,
la existencia de jueces que pueden ver tutelada
su funcin por parte del gobernante de turno y
de los altos mandos militares. En consecuencia,
las alternativas que plantearemos en seguida
vienen a ser, en buena cuenta, propuestas que
buscan enmarcar la imparticin de justicia en
materia militar dentro de los parmetros de un
Estado Social y Democrtico de Derecho, donde
el principio de la hoy mal llamada divisin de
poderes constituye un hito fundamental.
En esa lnea de pensamiento, debemos
sealar de antemano que la posibilidad de
que el gobernante de turno pueda designar a
los miembros de la judicatura castrense debe
encontrarse totalmente proscrita. Desde antao,
uno de los principales cuestionamientos a la
confguracin de nuestro Poder Judicial ha sido
la falta de independencia de sus jueces, que es
el lgico efecto de la intervencin del ejecutivo
en su designacin.
18
Por tanto, coincidimos
con las propuestas de reforma constitucional
(al menos as lo ha sealado expresamente
la Comisin de Estudio de las Bases de la
Reforma Constitucional, por lo que esperamos
y creemos que este criterio ha sido considerado
al momento de elaborar tanto el Anteproyecto
como el Proyecto de Reforma Constitucional
hoy en debate) en reconocer adems a nivel de la
justicia castrense la potestad confada al Consejo
Nacional de la Magistratura para designar a
las personas encargadas de ejercer la funcin
jurisdiccional del Estado.
En lo que se refere a las categoras
de personas que han de ser consideradas
para tal cometido, creemos que ha quedado
sobreentendido que los ofciales en actividad no
deben ser tomados en cuenta para tan delicada
e importante funcin. Los ofciales en retiro, y
tal vez los civiles con la debida preparacin en
asuntos castrenses puedan resultar siendo una
opcin vlida y viable para encontrarle de una
CHRISTIAN DONAYRE MONTESINOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
73
buena vez una solucin a esta disyuntiva, salvo
mejor parecer.
Necesario es hacer notar que en Espaa
encontramos un mecanismo que quiz pueda
ser tambin estudiado para adoptarlo a nuestro
ordenamiento. Tal es el caso de los ofciales en
actividad que pasan a ser miembros de la Sala
Quinta de lo Militar del Tribunal Supremo
Espaol. Y es que dicho personal militar al
momento de asumir funciones jurisdiccionales
en la mxima instancia de la judicatura ordinaria
del mencionado pas, pasan inmediatamente
a la situacin de retiro, lo que quiere decir que
dejan de estar sometidos a los altos mandos, a
sus superiores jerrquicos y en consecuencia,
la jerarqua militar encuentra su paredn en las
puertas del Tribunal Supremo y de esa manera se
les permite ejercer sus funciones asegurndosele
de alguna manera su independencia.
19
Las propuestas aqu reseadas
constituyen un modesto aporte al debate de
reforma constitucional y al proceso de transicin
democrtica por el que atraviesa el Per. No
pretendemos instruir al legislador en su labor
de regular estas materias de acuerdo al contexto
social, a los principios constitucionales y a los
pautas de todo Estado Social y Democrtico de
Derecho que se precie de serlo. En todo caso, es
l quien se encargar de evaluar las alternativas
de solucin sobre el particular y ser l quien al
fnal decida sobre este tema y no el Ministerio de
Defensa ni el del Interior.
NOTAS:
1
El presente artculo constituye en lneas generales el trabajo presentado por el autor en el concurso de ponencias estudiantiles de la X
Convencin Nacional Acadmica de Derecho, organizada por la Facultad de Derecho de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega y el
Centro de Estudios Jos Pareja Paz Soldn entre los das 20 a 22 de noviembre del presente ao, donde ha obtenido el primer puesto.
2
Lase al respecto: Mora, Daniel y otros. Las Fuerzas Armadas en la transicin democrtica en el Per. Lima: Instituto de Estudios Peruanos,
marzo 2001; as como: Chiri Mrquez, Renzo. Democracia, ciudadana y fuerzas armadas en el Per del siglo XXI. En: Comisin Andina
de Juristas. Las Tareas de la Transicin Democrtica. Serie: Democracia N 1, setiembre 2001, pp. 245-258, entre otros trabajos sobre el
particular.
3
As el segundo informe sobre la situacin de los derechos humanos en el Per (OEA/ Ser. L/V/II.106), 2 de junio de 2000 seala expresamente:
la Corte concluy que los tribunales militares que han juzgados a las supuestas vctimas por los delitos de traicin a la patria no satisfacen los
requerimientos inherentes a las garantas de independencia e imparcialidad establecidas por el artculo 8 inciso 1 de la Convencin Americana, como
elementos esencial del debido proceso legal.
4
A mayor abundamiento: Defensora del Pueblo. Hacia una reforma de la justicia militar en el Per. Serie Informes Defensoriales, Informe
N 6 64. Lima, mayo 2002. pp. 150 y ss.
5
Contrario a lo que se pensaba aos atrs, es decir, que problemas de esta ndole, vinculados con lo militar eran slo de incumbencia del
personal castrense.
6
Gonzles Mantila, Gorki. Poder Judicial, Inters Pblico y Derechos Fundamentales en el Per. Lima: Fondo Editorial de la Pontifcia
Universidad Catlica del Per y Universidad Diego Portales de Chile, 1998. pp. 70-71.
7
Artculo 12.- Corresponde al Consejo Supremo de Justicia Militar:
()
19. Ejercer jurisdiccin, disciplinaria de carcter judicial sobre todos los funcionarios y empleados de la justicia militar.
().
Artculo 14.- Son atribuciones del Presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar:
()
12. Ejercer, conforme a los Reglamentos, funcin disciplinaria sobre los funcionarios del Consejo Supremo de Justicia Militar, de los Consejos
y trabajadores de la justicia militar;
()
Artculo 95.- El Consejo Supremo de Justicia Militar anualmente elegir Vocales Visitadores para sus ofcinas y para los Consejo y
Juzgados.
()
Artculo 97.- Las visitas tienen por objeto examinar el estado de las causas, de los libros, registros, archivos y el de las ofcinas, comprobar
si los funcionarios visitados cumplen sus obligaciones; impartir las instrucciones que se juzguen convenientes; corregir las faltas leves y dar
cuenta de las graves.
()
Artculo 98.- () El Vocal Visitador presentar un informe al Consejo Supremo de Justicia Militar con el informe de su visita y haciendo
las recomendaciones que estime pertinentes. (Ley Orgnica de Justicia Militar, Decreto Ley N 23201, 19 de julio de 1980).
8
Artculo 31.- Los factores de evaluacin tienen por fnalidad, disponer de elementos de medida comunes, cuya valorizacin permitir
establecer una comparacin integral entre los candidatos aptos para el Ascenso. Los factores de evaluacin desde el grado de Teniente hasta
el de Teniente Coronel inclusive, son los siguientes:
[Link].
[Link] Profesionales.
[Link] Profesionales.
[Link] Profesional.
Para los Generales de Brigada y Coroneles candidatos, no se considerar el factor Conocimientos Profesionales. (Ley de Ascensos para
Ofciales, DL 21148).
9
Lase sobre el particular: Eto Cruz, Gerardo. La justicia militar en el Per. Trujillo: Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional, abril
2000; Eto Cruz, Gerardo y otros. La jurisdiccin militar en el Per. En: Jurisdiccin militar y Constitucin en Iberoamrica. Lima: Griley,
1997. pp. 353-463; Lovatn, David. Jurisdiccin militar: una cuestin de principios. Lima: Instituto de Defensa Legal, 1998; De Belande,
Javier. Lineamientos para la reforma de la justicia militar. En: Socialismo y Participacin, N 82. setiembre 1998. pp. 93-101; San Martn
Castro, Csar. Algunos aspectos de la justicia militar (a propsito del caso peruano). En: La reforma del derecho penal militar. Anuario de
derecho penal 2001-2002. Lima: Fondo Editorial de la Pontifcia Universidad Catlica del Per; Friburgo: Universidad de Friburgo, 2002.
pp. 99-135; San Martn Castro, Csar. Apuntes en torno a la jurisdiccin castrense. En: Revista Jurdica del Per. Ao LII, N 37, agosto 2002.
pp. 217-225; entre otros. Tambin puede consultar nuestro trabajo intitulado Una propuesta frente a la crisis histrica del ejercicio de la
jurisdiccin militar en nuestro pas y la necesidad de la adecuacin de sus lineamientos a los parmetros de un Estado de Derecho. En:
Derecho & Sociedad. N 17, Ao XII. Lima, 2001. pp. 131-141.
10
Ministerio de Justicia. Comisin de Estudio de las Bases de la Reforma Constitucional, julio 2001. p. 69.
UN BREVE ANLISIS DE LAS CONDICIONES DEL JUEZ MILITAR ACTUAL (...)
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
74
11
Congreso de la Repblica. Comisin de Constitucin, Reglamento y Acusaciones Constitucionales. Anteproyecto de Ley de Reforma de la
Constitucin, 5 de abril de 2002. pp. 127-128.
12
los fallos de la mxima instancia a nivel militar pueden ser impugnados mediante recurso ante la Corte Suprema de Justicia de la Repblica, cuyas
caractersticas y alcances sern determinados por la ley. Ministerio De Justicia. Comisin de Estudio de las Bases. Op. cit. p. 69. Op. cit. p. 69.
13
Y es que la lectura concordada de ambos preceptos traa como consecuencia que la Corte Suprema slo podra revisar aquellos casos cuya
sentencia del tribunal militar haya impuesta como condena la pena de muerte. De esa manera, era perfectamente posible que alguien
fuera condenado con cadena perpetua, u otras penas abusivas, en sede militar y no haya posibilidad de que su caso sea revisado por la
judicatura ordinaria. El tema de la incorporacin de la pena de muerte en la Constitucin de 1993 susceptible de ser impuesta por delitos no
contemplados en la anterior Constitucin de 1979, Carta durante cuya vigencia se ratifc la Convencin Americana de Derechos Humanos,
trajo como consecuencia serias controversias con lo estipulado en dicho instrumento internacional y especfcamente con su artculo 4
inciso 2 donde se seala:
En los pases que no han abolido la pena de muerte, sta slo podr imponerse por los delitos ms graves, en cumplimiento de sentencia ejecutoriada
de tribunal competente y de conformidad con una ley que establezca tal pena, dictada con anterioridad a la comisin del delito. Tampoco se extender su
aplicacin a delitos a los cuales no se la aplique actualmente.
A este respecto, recomendamos leer la OC-14/94 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que seala, en lneas generales, que
mientras no haya una aplicacin concreta de dichos preceptos atentatorios a la Convencin, la Comisin no podr someter estos casos a la
Corte. A mayor abundamiento: Bidart Campos, Germn y Pizzolo Calgero (h) (coordinadores). Derechos Humanos, Corte Interamericana.
Comentarios a las Opiniones Consultivas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Tomo II. Mendoza: Ediciones Jurdica Cuyo,
Abril 2000. pp. 733 y ss; y sobre todo: Albanese, Susana. Interaccin entre los sistemas internacionales de proteccin de derechos humanos
y el mbito interno, funciones de los rganos de control. En: Ibd. p. 755-780.
14
El tema de los civiles juzgados por el fuero militar es y siempre ha sido el ms debatido, y es que no falta razn para ello. En los ltimos
aos, si bien la Ley N 26950 autoriz al ejecutivo a legislar en materia de seguridad nacional y a partir de la cual se emitieron los
abusivos y presumiblemente inconstitucionales Decretos Legislativos N 895, 896, 897, entre otros; debemos reconocer que a fnes del ao
1999 con la Ley N 27235, van a haber modifcaciones sustanciales en lo que se refere a la competencia de la justicia militar para conocer los
delitos de terrorismo cometidos por civiles. As, el 20 de diciembre de 1999 se emite la Ley N 27235 que modifcara el Decreto Legislativo
N 895 y sustituira la denominacin de terrorismo agravado por el de terrorismo especial. A su vez, su artculo 3 estableca que la
investigacin y el juzgamiento de los delitos de terrorismo especial sern de competencia del fuero comn. Pero tambin, modifcaba la
Segunda Disposicin Final del mencionado Decreto Legislativo, y estableca que los procesos en trmite por los delitos de terrorismo
especial que eran de conocimiento del fuero militar, continuaran tramitndose por esa va.
El 30 de abril de 2001, la Defensora del Pueblo interpone una accin de inconstitucionalidad contra los Decretos Legislativos N 895,
897 y la Ley N 27337 por considerarlos, tal como diimos, claramente inconstitucionales. El Tribunal Constitucional emite sentencia el
15 de noviembre del mismo ao declarando fundada en parte la accin interpuesta y declara inconstitucionales los Decretos Legislativos
enunciados en sus disposiciones an vigentes, as como el artculo 2 de la Ley N 27235 que, como sealamos, modifcaba la Segunda
Disposicin Final del Decreto Legislativo N 895.
Establecidas as las cosas, el fuero militar hoy en da ya no es competente para conocer de los casos de terrorismo pues la Ley N 27235 ya
referida, le haba quitado tal facultad. Y con respecto a los procesos que estaban tramitndose en ese fuero, pues stos seran trasladados al
fuero comn ya que la disposicin que estipulaba que stos an seran de conocimiento de la justicia militar fue declarada inconstitucional.
As lo dispondra adems, luego la Ley N 27569 del 2 de diciembre del ao 2001. Todo esto al menos legalmente, pues recordemos que
an est constitucionalmente vigente esta posibilidad, es por ello que saludamos el Proyecto de Reforma Constitucional tambin en este
sentido.
15
Congreso de la Repblica. Comisin de Constitucin, Reglamento y Acusaciones Constitucionales. Proyecto de Ley de Reforma de la
Constitucin, 11 de julio de 2002. pp. 90-91.
16
Dicha denominacin le aade un contenido axiolgico, el valor de justicia, a esta especializacin jurisdiccional, lo cual, a nuestro parecer,
adems de ser inapropiado es discutible.
17
Coincidimos por ello con Eloy Espinosa-Saldaa cuando seala que el Proyecto de Reforma Constitucional hoy en debate no termina de
precisar cuestiones como quin nombrara a los jueces militares, si stos juzgadores seran civiles, militares en actividad o en retiro, entre
otros. Espinosa-Saldaa Barrera, Eloy. La imparticin de justicia en la propuesta de reforma constitucional peruana hoy en trmite. En:
Revista Jurdica del Per, Ao LII, N 37, agosto 2002, pp. 29-52 y especfcamente p. 38.
18
As, Vctor Andrs Belande seala con relacin a la Constitucin de 1860 lo siguiente: Uno de los aspectos que criticaba con ms vehemencia
en la Constitucin del ao 60 era la intervencin del Poder Ejecutivo en los nombramientos judiciales. En: Belande, Vctor Andrs. El Debate
Constitucional. Lima, 1966. p. 163.
19
Artculo 28.- La toma de posesin de los miembros de la Sala procedentes del Cuerpo Jurdico de los Ejrcitos les conferir de forma
permanente la condicin y Estatuto personal de Magistrados del Tribunal Supremo a todos los efectos, pasando a la situacin de retirado o
equivalente y sin poder volver a la situacin de actividad en las Fuerzas Armadas. (Ley Orgnica 4/1987, de 15 de julio, de la Competencia
y Organizacin de la Jurisdiccin Militar Espaola).
Sin duda que este planteamiento constituye un mecanismo que busca asegurar la independencia, al menos de los magistrados de la Sala
Quinta de lo Militar del Tribunal Supremo Espaol. Sin embargo, la justicia militar espaola presenta an ciertas defciencias en este
sentido, as como en otros. En tanto estas cuestiones no resultan de inters para los fnes del presente trabajo, no abundaremos sobre ellas,
por lo que lo dejaremos para un trabajo que ya hemos venido elaborando.
CHRISTIAN DONAYRE MONTESINOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
75
Las teoras existentes sobre el servicio pblico
Christian Guzmn Napur
Abogado especialista en Derecho Pblico.
Profesor de la Facultad de Derecho de la Pontificia
Universidad Catlica del Per en las reas de Derecho
Constitucional y Derecho Administrativo.
Profesor Asociado de la Academia de la Magistratura.
Sumario: Introduccin 1.- La teora subjetiva 2.- La teora objetiva 3.- La teora funcional Los lmites de la
decisin estatal 3.1.- El Principio de Legalidad: Origen, La aplicacin a la doctrina del servicio pblico, El
uso de decretos de urgencia 3.2.- El respeto a los Derechos Fundamentales: El contractualismo, El imperativo
kantiano, El individualismo liberal, La teora de las titularidades 3.3.- La Necesidad pblica de la regulacin
administrativa A manera de conclusin.
Introduccin
Las diversas teoras existentes sobre
el servicio pblico han intentado explicar la
naturaleza del mismo, a partir de las diversas
consideraciones que se elaboran en relacin con
el papel que el Estado juega en su prestacin, la
naturaleza de las actividades que se realizan y el
mecanismos empleado para su defnicin.
Lo que ocurre es que la conceptualizacin
adecuada del denominado servicio pblico en el
derecho pblico moderno resulta ser sumamente
confictiva, dado el nuevo rol del Estado en
la economa y las concepciones respecto a la
regulacin econmica que se manejan en el
derecho pblico moderno.
1.- La teora subjetiva
La tesis inicial sobre la naturaleza de los
servicios pblicos se basaba en la consideracin
de que el servicio pblico era aquel prestado
nica y directamente por el Estado, como
parte de la funcin o actividad prestacional del
mismo
1
. De hecho, algunos autores han afrmado
incluso que toda actividad estatal, de naturaleza
administrativa, confgura servicio pblico.
Ahora bien, en tanto existe una naturaleza
prestacional de la labor del Estado, deba
entenderse que el servicio pblico es tal si es
prestado en forma directa por las diversas
entidades de la Administracin Pblica. Ello
tiene su origen en la famosa Sentencia Blanco
2
,
que a su vez dio lugar a la concepcin francesa
del servicio pblico, que manejaban juristas
como Duguit
3
que de alguna manera se conserva
hasta el momento, incluso en la jurisprudencia
francesa.
Cuando se hizo patente la aparicin del
Estado de Bienestar (y por ende, del Estado
Social de Derecho) se gener, como resultado
inmediato, la necesidad de la existencia de una
Administracin Pblica prestadora de servicios
4
.
Dichos servicios deban ser prestados por el
Estado en forma directa, a travs de mecanismos
de gestin. Paulatinamente, conforme las
necesidades de la poblacin aumentaban, fue
necesario que el Estado creara entes especializados
en la prestacin de dichos servicios.
Seguidamente, y como los mecanismos de
la administracin pblica resultaban inefectivos
para ello, fue necesario inclusive tomar prestados
conceptos de administracin privada para hacer
efciente la gestin de los servicios pblicos.
Como resultado, aparecieron las llamadas
empresas pblicas, personas jurdicas de derecho
privado, pero que pertenecan de manera directa
al Estado.
Sin embargo, el hablar de empresa pblica
implica, de alguna manera, una contradictio in
terminis, dado que en principio las empresas
son entes creados para la produccin de lucro,
entendido ste como la ganancia de sus dueos.
Asimismo, el Estado, por defnicin, no produce
lucro. Tal contradiccin, aunado al hecho de
que los representantes del Estado en las juntas
de las empresas estatales carecen de incentivo
econmico (los dividendos), incentivo que s
poseen los socios de una empresa privada
5
, ha
sido la que ha generado la conocida inefciencia
de las empresas pblicas en la mayora de las
naciones del Planeta
6
.
Por otro lado, la empresa pblica genera
distorsiones en la economa, al crear entes
econmicos que no estn sometidos al mercado.
En primer lugar, las empresas pblicas utilizan
fondos pblicos para su funcionamiento, que a su
vez se sustentan mediante el sistema impositivo.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
76
Asimismo, no son susceptibles de incurrir en
insolvencia, dado que el Estado nunca quiebra.
Finalmente, las empresas pblicas emplean
infraestructura del Estado. Como resultado de
ello, y aun si las empresas pblicas operasen en
el mercado concurriendo con entes privados,
generaran competencia desleal, la misma que
perjudica a la economa en su conjunto.
Asimismo, la dcada de los 50 y 60 se
haba caracterizado por la existencia de bonanza
econmica en los pases ms adelantados y
cierta mejora en los dems pases del orbe, que
les permita el manejo directo de determinadas
actividades, muchas de ellas reservadas al
Estado
7
. Sin embargo, la crisis energtica de la
dcada de los setenta afect el manejo econmico
de las naciones, situacin en la cual se comenz
a pensar seriamente en la necesidad de transferir
a manos privadas el manejo de determinadas
actividades, sean servicios pblicos o no.
En consecuencia, y como resultado
inmediato de la inefciencia de las empresas
pblicas y del Estado en general- se gener dos
efectos en la economa mundial: En primer lugar,
la privatizacin de aquellas empresas pblicas
que no producen utilidades, privatizacin que
tambin generara el ingreso de importantes
fondos para el Estado para corregir el dfcit en el
sector pblico y controlar los presupuestos
8
.
Por otro lado, se gener tambin la
necesidad de generar inversin en servicios
pblicos, la misma que oblig al Estado a permitir
el ingreso de capital privado a la administracin
de fondos y bienes pblicos y la prestacin de
servicios pblicos, a travs particularmente de
mecanismos de privatizacin y de otorgamiento
de concesiones.
Lo indicado en los prrafos precedentes se
dio mediante diversos mecanismos, en especial
los relacionados con los permisos, las licencias
y las concesiones. Y adems gener la aparicin
de los llamados organismos reguladores o
supervisores, como lo son, en el caso peruano,
por ejemplo, OSINERG, OSIPTEL, OSITRAN,
SUNASS y otros.
Como resultado, se hizo necesario que los
servicios pblicos comenzaran a ser prestados
por los particulares. A esto la teora subjetiva
respondi de manera indebida considerando que
en realidad la prestacin la segua realizando el
Estado, pero de manera indirecta a travs de
terceros
9
. Segn esta concepcin, la realizacin
del servicio por parte de los particulares ocurre
como una suerte de delegacin. Esta fccin, sin
embargo, nos lleva a la necesidad de establecer
otro nivel de caracterizacin que resulte ms
efciente.
Y es que, la teora subjetiva a la que nos
estamos refriendo no resuelve el problema
generado una vez que el Estado de Bienestar
(welfare estate) entr en crisis, cuando el sistema
estatal ya no poda mantener los servicios pblicos
y estos debieron empezar a ser privatizados. Las
empresas estatales comenzaron a ser transferidas
a manos privadas y ya el Estado no poda
establecer mecanismos de reserva de actividades
econmicas, lo cual inclua evidentemente a
los servicios pblicos. En este orden de ideas,
se hizo posible que los particulares pudiesen
prestar servicios pblicos de manera directa y
establecindose esquemas en los cuales ya no
poda hablarse de titularidad estatal.
2.- La teora objetiva
La Teora Objetiva seala, a diferencia de la
teora subjetiva, descrita en el acpite precedente,
que la califcacin de una actividad como servicio
pblico depende de la naturaleza del servicio
que sea prestado. Es decir, no importa quien sea
el ente encargado de la gestin del servicio, sino
ms bien las caractersticas de la actividad en
particular.
En general, se entiende dentro de la
teora objetiva que los servicios pblicos son
aquellas actividades que resultan indispensables
para la colectividad al nivel de necesidades
primordiales
10
. El servicio pblico implica la
satisfaccin de necesidades colectivas de inters
general y de carcter material
11
.
Como corolario de lo antes sealado, el
Estado debe necesariamente regular de manera
directa la prestacin del servicio pblico para
asegurar la satisfaccin de dichas necesidades
bsicas, a travs de la prestacin directa o de la
regulacin de los prestadores del servicio, legal
y/o administrativamente.
Aparentemente, la teora objetiva
resolvera el problema conceptual que se
presenta en el mbito de la posibilidad de que
el servicio pueda ser prestado por particulares,
que podran o no concurrir con el Estado. Sin
embargo, la teora objetiva no explica como es
que distintas sociedades en distintos momentos
consideran servicios pblicos a actividades
diversas sin que exista una razn objetiva que
justifque la diferencia.
CHRISTIAN GUZMN NAPUR
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
77
Es posible, en consecuencia, que
consideremos que ciertas actividades puedan ser
consideradas indispensables para toda sociedad.
Sin embargo, existen ciertas actividades que
pueden resultar indispensables para ciertas
sociedades y para otras no. De hecho, se puede
comprobar que ciertas actividades (como por
ejemplo la televisin) son servicios pblicos en
algunos pases y en otros no.
Por otro lado, la teora objetiva supone
errneamente que el Estado mantiene la
titularidad sobre la prestacin del servicio
dada su naturaleza y ms bien es la gestin
la que se transfere a los particulares. Sin
embargo, el concepto de titularidad estatal
ya no se sostiene
12
, dado el nuevo modelo de
Estado regulador que se encuentra vigente en el
Mundo, en contraposicin con el estatismo que
ha sido dejado de lado, como veremos lneas ms
adelante.
3.- La teora funcional
Ahora bien, la denominada teora funcional
-o concepcin instrumental del servicio pblico-
parte del supuesto de que la determinacin o
declaracin de un servicio pblico como tal
depende del Estado y se genera por la decisin
del mismo de generar una intervencin intensa en
la actividad que se califca como tal. No existen,
en consecuencia, servicios pblicos per se como
lo seala la teora objetiva-, ni se considera que
solo el Estado puede prestar servicios pblicos,
como lo precisa la teora subjetiva.
Evidentemente, dicha declaracin realizada
por el Estado denominada genricamente
publicatio
13
- debe estar basada en el inters
pblico o inters general, conceptos respecto
de los cuales tenemos importantes crticas, las
mismas que sealaremos en su oportunidad.
Los Lmites de la decisin estatal
Como toda actividad del Estado, la facultad
de establecer que una actividad determinada
constituye un servicio pblico est sujeta a
lmites evidentes, mxime si dicha declaracin
implica intervencin directa en las actividades
econmicas por parte de la Administracin
Pblica.
Ahora bien, la doctrina ms moderna
considera entonces, en particular, tres lmites
de particular importancia a nivel del derecho
pblico: El principio de legalidad administrativa,
el respeto por los derechos fundamentales y la
necesidad pblica de la regulacin.
3.1.- El Principio de Legalidad
El Principio de Legalidad, en trminos
generales, establece que las autoridades
administrativas y en general, el Estado como
institucin - deben actuar con respeto a la
Constitucin, la Ley y al derecho, dentro de las
facultades que le estn atribuidas y de acuerdo
con los fnes para los que fueron conferidas.
El principio que venimos reseando es un
importante componente del Estado de Derecho
y es a la vez pivote del Derecho Administrativo,
sin el cual ste ltimo carece de sentido.
Esto implica, en primer lugar, que el Estado
y la Administracin se sujetan, en especial, a la
Ley, entendida como norma jurdica emitida por
quienes representan a la sociedad en su conjunto.
En segundo lugar, que la Administracin
Pblica no goza de la llamada libertad negativa o
principio de no coaccin (nadie est obligado a hacer
lo que la ley no manda, ni impedido a hacer lo que esta
no prohbe), dado que solo puede hacer aquello
para lo cual est facultada en forma expresa. La
discrecionalidad, como resultado, va reduciendo
su existencia a lmites casi virtuales, lo cual es
enteramente consistente con la moderna teora
administrativa.
Asimismo, la Administracin, al emitir
actos administrativos que por defnicin,
generan efectos especfcos, aplicables a un
conjunto defnido de administrados debe
adecuarse a las normas legales y reglamentarias
de carcter general. Estas ltimas evidentemente
deben de respetar la norma legal que les da
sustento, cumpliendo con reglamentarla de
manera adecuada.
Origen
El origen del sometimiento del Estado
en general y de la Administracin Pblica en
particular a la Ley tiene su origen en la doctrina
de John Locke. Expresa Locke -a quien se le
reconoce casi unnimemente como padre del
liberalismo poltico- que si el Estado ha nacido
para proteger los derechos naturales, que no
desaparecen con el contrato social hobbesiano,
carece de sentido racional que desaparezcan
fcticamente por la instauracin de un Estado
absolutista, cuando el contrato social persigue
el fn de proteger, amparar y hacerlos sobrevivir.
La monarqua absoluta es entonces incompatible
con la sociedad civil
14
. Lo que hay que hacer
es limitar el poder absoluto y ello se logra
LAS TEORAS EXISTENTES SOBRE EL SERVICIO PBLICO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
78
distribuyendo las funciones estatales.
En contraposicin con Hobbes, Locke
considera al soberano como parte integrante
del Pacto Social, razn por la cual el mismo est
sometido tambin a la Ley. Hobbes emplea
el contrato social ms bien para justifcar la
obediencia al soberano y la asuncin de ste del
poder absoluto sobre sus sbditos
15
. Y es que,
para Hobbes, la libertad del soberano, est sobre
los individuos y por sobre las mismas leyes que
rigen a los individuos. Cada individuo renuncia
a su libertad buscando la seguridad que le otorga
el Estado soberano
16
.
Por otro lado, y a diferencia de lo sealado
por Hobbes, Locke sostiene que los derechos
naturales de los hombres no desaparecen como
consecuencia del consentimiento dado a la
sociedad: Por el contrario, subsisten para limitar
el poder social, y el del Estado. Este ltimo es
entonces tan solo el garante y administrador
de los derechos de las personas, pero no su
propietario.
El sometimiento del Monarca a la Ley
genera entonces que el pretender que ste
elabore tambin la misma, implicara una grave
incongruencia, pues estara sometido a sus
propios designios, sin que exista control aparente
alguno. Si el Prncipe absoluto rene en s mismo
el poder legislativo y el poder ejecutivo, seala
Locke, no existira Juez ni manera de apelar a
nadie para decidir en forma justa una reparacin
o compensacin si es que el Prncipe generase un
dao o atropello
17
.
De la misma manera, seala Locke,
tampoco es conveniente, pues sera una tentacin
demasiado fuerte para la debilidad humana, que tiene
la tendencia a aferrarse al poder, confar la tarea de
ejecutar las leyes a las mismas personas que tienen la
misin de hacerlas
18
.
Locke explicita que el Parlamento, dado su
poder de Legislar, se convierte en el primer poder.
Es necesario tener en cuenta que la idea de ser el
primer poder implica que los dems estamentos
del Estado deban someterse necesariamente
a la Ley emitida por al Poder Legislativo. Tan
es primer poder, seala Locke, que ninguna
norma expedida por algn otro organismo
puede tener igual o mayor validez que una Ley,
si es que dicha norma no es aprobada por el
Poder Legislativo. Como resultado de todo ello,
debemos deducir, tal como lo hace Locke, que
el Parlamento debe tener origen necesariamente
en la eleccin popular.
19
El efecto inmediato de
esta aseveracin tiene relacin con la preferencia
de Locke por la Monarqua Constitucional, la
misma que no proviene de la eleccin popular.
El razonamiento anterior requiere una
explicacin. Si el Poder Legislativo es elegido
por el pueblo, y es el primer poder dado que
la Ley vincula incluso al monarca, cabe que sea
el nico elegido por la voluntad popular. Es
evidente, a partir de este razonamiento, que el
principio de legalidad es uno de los elementos
que conforman el Estado de Derecho, pues sirve
de efectiva limitacin al Poder Estatal.
La aplicacin a la doctrina del servicio pblico
Como resultado de lo sealado en lneas
precedentes, el principio de legalidad es el
pivote del derecho Administrativo. Sin este
principio, que debera incluso consagrarse
constitucionalmente, el Derecho Administrativo
perdera de inmediato su razn de ser.
Bajo este criterio, debe entenderse que la
determinacin de una actividad como un servicio
pblico debe ser establecido mediante una Ley,
dado que la misma expresa precisamente la
decisin de la colectividad en su conjunto. Mxime
si la califcacin antedicha implica limitacin a
derechos fundamentales, en particular, libertad
de empresa. El principio de legalidad garantiza
que la regulacin de los servicios pblicos se
realizar de manera permanente y no se someter
a avatares polticos.
Ahora bien, existe tambin una justifcacin
prctica de este principio. Los servicios pblicos
poseen la peculiaridad de regularse en el mbito
de la Administracin Pblica, el prestador del
servicio y el usuario. Ahora bien, a fn de que la
regulacin resulte efcaz, y a la vez, equilibrada,
se requiere que las normas en las cuales se
basa la regulacin se originen en un organismo
en principio imparcial y ajeno a los dems.
Evidentemente, este no puede ser otro que el
Poder Legislativo
20
.
El uso de decretos de urgencia
Finalmente, en nuestra opinin, y dado
el razonamiento precedente, no cabra emplear
decretos de urgencia para ello, dado que los
mismos deben emplearse en situaciones muy
especfcas, derivadas de hechos excepcionales,
en matera econmica y fnancieras y cuando lo
requiere el inters nacional.
Sin tomar en cuenta nuestra ciertamente
CHRISTIAN GUZMN NAPUR
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
79
radical posicin sobre el tema en nuestra opinin,
debera prescindirse de los decretos de urgencia
en el constitucionalismo peruano-, debemos
tener en claro que un decreto de urgencia no es
emitido por el Congreso y en consecuencia, no
es resultado de la deliberacin -en el mbito de
un ente colectivo y representativo- indispensable
para justifcar la limitacin a los derechos
fundamentales y la intervencin econmica
directa del Estado en la economa. Asimismo, la
posibilidad de califcar una actividad econmica
como servicio pblico mediante decreto de
urgencia destruye el equilibrio e imparcialidad
necesarios para el funcionamiento de los servicios
pblicos, como lo hemos indicado lneas arriba.
3.2.- El respeto a los Derechos Fundamentales
El principio al que hacemos referencia,
que a la vez confgura uno de los pilares del
denominado Estado de Derecho, establece
que los derechos fundamentales - dado que
confguran lmites efectivos a la actuacin
del Estado - son preferidos sobre toda otra
consideracin que no sea tal, aun cuando esta
se encuentre constitucionalmente consagrada.
Lo antes sealado implica que los derechos
fundamentales deben ser preferidos incluso
sobre metas colectivas o sobre intereses pblicos
o meramente estatales. En consecuencia, no es
posible, desde un punto de vista jurdico, que
dichos conceptos puedan desplazar a derechos
constitucionalmente consagrados o que poseen
la categora de derechos humanos.
El principio que venimos comentando
funciona adems como un estndar interpretativo
de la Constitucin Poltica
21
, en el sentido de que
cuando se interpreta la norma jurdica antes
indicada, y ante la posibilidad de variados
resultados, se debe estar a la interpretacin ms
favorable para el particular
22
. En caso de duda en
la interpretacin de toda norma, debe admitirse
la que resulta ms protectora de los derechos de
las personas individualmente consideradas.
Ahora bien, el principio materia de anlisis
tiene tambin su origen en el constitucionalismo
norteamericano, en el cual aparece la doctrina
de la posicin preferente de los derechos
fundamentales (preferred position) en relacin
con otros bienes jurdicos. Es decir, los derechos
constitucionalmente reconocidos tienen un valor
especial en el ordenamiento jurdico
23
.
A su vez, la doctrina de la preferencia
por los derechos fundamentales parte de la
consideracin de que por el principio de primaca
de la persona humana -individualmente
considerada- es sta la que goza de proteccin
especial por parte del Estado y la Sociedad.
A este nivel, resulta obvio que, como toda
accin estatal, la califcacin de una actividad
como un servicio pblico no deber afectar
derechos fundamentales, en el mbito del
desplazamiento de los mismos, es decir, de su
sustitucin por otro bien jurdico. Es obvio que
los derechos fundamentales admiten lmites,
pero la limitacin que de los mismos puede hacer
el Estado debe ser razonable y proporcional.
En este orden de ideas, existen importantes
derechos que pueden ser afectados por la
regulacin estatal, como libertad de empresa,
libertades contractuales, propiedad, e incluso,
si las actividades afectadas confguran medios
de comunicacin, libertades de informacin y
expresin.
El contractualismo
Por un lado, las doctrinas pactistas o
contractualistas justifcan la existencia del
Estado en la necesidad de proteger los derechos
de las personas de la vulneracin que pueden
sufrir, de los otros hombres y del propio Estado
en una situacin de ausencia de orden social,
denominada estado de naturaleza, en el cual todos
los hombres son iguales y libres. El pacto social,
entonces, es el mecanismo que se emplea para
superar el estado de naturaleza y a la vez hacer
aparecer al Estado como entidad colectiva.
Para Hobbes, el origen del Estado poltico
es un pacto o convenio en el que una multitud
renuncia al derecho natural a todas las cosas
que cada uno posee y lo transfere por mayora
a un solo hombre o a una asamblea de hombres.
De acuerdo a Hobbes, al realizar un contrato se
hace uso de un derecho, pero a la vez, para que
eso sea efectivo, es necesario renunciar a otros
derechos.
La concepcin hobbesiana puede
considerarse liberal hasta el punto en que notamos
como las obligaciones sociales y polticas se
ponen al servicio del individuo. El Estado existe
para proteger los derechos de los sbditos
24
. Sin
embargo, la justifcacin traslada todos estos
derechos al Gobernante, como resultado de la
renuncia a la que hemos hecho alusin lneas
arriba. El pacto social implica en realidad la
prdida de dichos derechos. Y, como resultado,
no es posible controlar u oponerse al soberano. La
concepcin de Hobbes resulta ser ms bien una
justifcacin a la Monarqua Absoluta a travs de
LAS TEORAS EXISTENTES SOBRE EL SERVICIO PBLICO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
80
consideraciones aparentemente individualistas.
Por otro lado, John Locke a quien nos
hemos ya referido lneas arriba- seala que el
Estado de Naturaleza no es feroz como seala
Hobbes, sino ms bien una situacin de igualdad
y libertad, en la cual la existencia per se de
derechos de propiedad justifca la aparicin de
una sociedad civil destinada a la conservacin de
la propiedad
25
.
Esta sociedad civil est regida por un
Gobierno que debe producir leyes que rian
inclusive al soberano lo cual le permiti a
Locke deducir la necesidad de que la funcin de
proteccin y la de emisin de leyes se confen a
distintos entes y que no originen perjuicio a
los propietarios
26
. Las normas legales, entonces,
deben garantizar la libertad y la propiedad de
los ciudadanos. El Estado existe en tanto y en
cuanto asegura la proteccin de los derechos de
las personas
El imperativo kantiano
Sin embargo, el origen directo del principio
materia de anlisis puede encontrarse en el
imperativo categrico kantiano. Y es que, Kant
seala que es necesario establecer una norma
moral cuya existencia posea un valor absoluto
y que pueda ser fundamento de diversas leyes.
Ahora bien, dado que el supuesto de la existencia
de las leyes, sean morales o polticas, reside en el
individuo, el imperativo se traduce en aquel que
seala que deber tratarse a la persona humana
como un fn en s mismo y no slo como un
medio
27
.
El resultado inmediato de lo sealado
en las lneas precedentes, desde el punto de
vista moral, implica que toda accin de los
seres humanos debe basarse en el imperativo
precisado, que evidentemente se reconoce como
absoluto
28
. Ahora bien, no obstante que Kant
parte tambin de una lgica pactista, es necesario
sealar que fue el primero en justifcar la primaca
de la persona humana a partir de conceptos
morales y a la vez emplear este principio como
un imperativo tico.
El individualismo liberal
Por otro lado, el principio que nos ocupa
parece tener su origen en la consideracin
aparentemente muy obvia - de que, salvo ciertas
excepciones muy puntuales, nadie sabe mejor lo
que a uno le conviene sino uno mismo. Dado que
el ser humano es, por una lado, autnomo por
defnicin, y adems racional por naturaleza
29
, no
cabe justifcar limitacin alguna a sus derechos,
aun cuando se suponga que dicha limitacin
le favorece. Y es que, la accin colectiva es el
resultado lgico de la accin de los individuos
que forman parte del ente al cual dirige el o
los funcionarios en cuestin. El Estado es una
creacin del hombre, y en consecuencia, un
instrumento de ste
30
.
Del razonamiento precisado en el prrafo
precedente pueden inferirse fcilmente los
principios democrticos, los cuales son un
resultado directo del principio que venimos
esbozando, deduccin que fue de alguna
forma obvia en John Locke, cuyas ideas hemos
referido lneas arriba. A su vez, la necesidad
de justifcar decisiones colectivas a travs de la
sumatoria de decisiones individuales supedita el
comportamiento de los entes sociales al acuerdo
de las personas y justifca la preeminencia de
stas sobre el ente colectivo.
Ahora bien, si suponemos que es posible
que un funcionario pblico -o un conjunto de
ellos- pueda determinar con mayor habilidad
lo que es mejor para otras personas, estamos
presuponiendo paradjicamente que nadie
puede determinar, salvo l mismo, que es lo mejor
para su propia persona. En este orden de ideas
es necesario precisar que las tesis voluntaristas y
colectivistas por ms modernas que stas sean
- no han podido elaborar, hasta el momento,
una razn consistente que permita reconocer al
funcionario pblico (o al soberano) cualidades
que el ser humano comn y corriente no tiene.
La teora de las titularidades
Es posible justifcar la preferencia por
los derechos fundamentales a partir de la
denominada Teora de las Titularidades. El
derecho, a fn de conjurar o corregir confictos,
asigna determinadas titularidades para asegurar
que dichos confictos tengan una solucin
fuida, pues a travs de dichas titularidades,
se determina a quien se debe favorecer con la
decisin estatal. Evidentemente, la asignacin
de titularidades debe cumplir con el principio de
efciencia al cual haremos mencin ms adelante,
de tal manera que al aplicar la solucin no se
genere perjuicio alguno.
Ahora bien, a fn de que la solucin legal
cumpla con su fnalidad, es necesario conceder
preeminencia a dichas titularidades, que se
conceden a todas luces a personas o entes distintos
al Estado el mismo que no posee derechos,
CHRISTIAN GUZMN NAPUR
sino ms bien facultades o atribuciones dado
que es ste quien debe resolver los confictos
31
.
A falta de conficto, la intervencin del Estado
resulta innecesaria, toda vez que los particulares
actuarn en armona sin intervencin alguna.
Lo antes precisado resulta ser un corolario
de lo que se ha denominado Teorema de Coase.
Ronald Coase, Premio Nobel de Economa
del ao 1991, demostr no solo que el celebrar
acuerdos cuesta, sino adems que en trminos de
efciencia paretiana
32
, el Derecho debe intervenir
en la sociedad nicamente cuando los costos de
contratar resultan tan elevados que no permiten
que el mercado acte por s mismo. A los costos
generados por la celebracin de los acuerdos
entre las personas se les conoce en forma genrica
como costos de transaccin.
El Teorema de Coase se enuncia entonces
de la siguiente manera: si los costos de transaccin
son sensiblemente iguales a cero, no importa la
solucin legal que se adopte, pues siempre las
partes involucradas, a travs de transacciones en el
mercado, llegarn a la solucin ms efciente
33
. En
contraposicin, nicamente cuando los costos
son muy elevados se justifca la existencia de una
solucin legal o constitucional - que permita
la efciencia social. Por ello, la intervencin se
restringe nicamente a la asignacin de derechos
a travs del ordenamiento jurdico.
Un ejemplo tpico de lo que acabamos
de plantear resulta ser, por ejemplo, el sistema
de responsabilidad civil extracontractual.
Supongamos que no existiese en el sistema jurdico
un mecanismo legal que permitiese, directamente
y travs del Estado, un resarcimiento a los daos
que sufren las personas como resultado de
actos de otros y cuando no existe una relacin
contractual entre ellos, como por ejemplo en
accidentes de trnsito. Si dejamos que el mercado
solucione el problema, nos vamos a encontrar
con altsimos costos como los generados por la
difcultad de que todos los potenciales peatones
lleguen a acuerdos con todos los potenciales
conductores (mxime si es que los conductores
en ocasiones son peatones y viceversa). Y aun
en el supuesto negado de que todos pudiesen
ponerse de acuerdo, la ejecucin de los acuerdos
resultantes una vez ocurrido el dao deviene
en harto complicada, dados los costos de tener
que cuantifcar ste y de determinar el nivel de
responsabilidad. Estos costos generan que se
deba crear un sistema normativo que simule,
empleando el Poder Judicial, el acuerdo al que
habran llegado las partes de haber sido posible
la solucin contractual.
Ahora bien, la existencia de una Sociedad
en la cual no existieran titularidades generara la
necesidad de que las personas que componen la
misma deban ponerse de acuerdo para determinar
cuales seran las prestaciones de las que gozaran
cada una de dichas personas, a fn de asegurar
su subsistencia y por ende, la de la Sociedad.
Hasta aqu, la argumentacin se asemeja a la
que hemos relacionado anteriormente con el
pactismo. Sin embargo, los costos que generara
que la Sociedad en su conjunto pudiese ponerse
de acuerdo resultan ser muy elevados. Como
resultado, es necesario que el Estado, simulando
la solucin a la que llegaran los particulares
de poderse poner de acuerdo, determine las
prestaciones que pueden darse en una Sociedad
organizada. Dichas prestaciones, una vez que se
han incorporado al ordenamiento constitucional
y se les ha dotado de proteccin jurdica,
confguran lo que el derecho constitucional
denomina derechos fundamentales.
Hasta el momento, la teora de la titularidad
y el Teorema de Coase parecieran justifcar la
existencia de derechos fundamentales, mas
no la pertinencia del principio de preferencia
por los mismos ni de su aplicacin al derecho
administrativo econmico. De hecho, no puede
entenderse regulacin econmica de actividad
alguna ms aun si la misma se confgura como
un servicio pblico si es que para ello se emplean
variables nicamente jurdicas o polticas y se
prescinde de las econmicas.
Lo que ocurre es que, dado que dichos
derechos fundamentales (o titularidades) permiten
obtener efciencia social cuando la misma no puede
ser generada por el mercado, los mismos deben
ser dotados de la mayor proteccin posible por
parte del ordenamiento jurdico. Dicha proteccin
tiene su origen en su consagracin constitucional,
as como en su inclusin en mltiples acuerdos
internacionales, denominados genricamente
Tratados de Derechos Humanos
34
. Asimismo, la
proteccin de los derechos fundamentales incluye
la existencia de clusulas abiertas que no limitan
su enumeracin a lo sealado por la norma
constitucional como podra ser el artculo tercero
de nuestra norma constitucional. Adems, se
establecen mecanismos jurisdiccionales sumarios
para proteger dichos derechos, denominados
procesos de garanta o garantas constitucionales.
Finalmente, y como resultado de todo lo anterior,
el principio de preferencia por los derechos
fundamentales resulta ser una elaboracin obvia.
El resultado lgico que se deduce
de lo antes precisado es que los derechos
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
81
LAS TEORAS EXISTENTES SOBRE EL SERVICIO PBLICO
fundamentales se encuentran por encima de
cualquier consideracin, constitucionalmente
consagrada o no, que no posee rango de derecho
fundamental, aun cuando nos encontremos
ante un bien constitucionalmente protegido
35
.
Los derechos fundamentales, en principio, no
pueden ser desplazados por enunciados que
no atribuyan derechos. Ello se traduce adems
en que dichos derechos bsicos no puedan ser
compensados a travs de ventajas sociales y/o
econmicas
36
, por ms que las mismas estn
conformadas por acceso a servicios pblicos.
Los lmites a los derechos fundamentales en
realidad se encuentran al nivel de otras libertades
o derechos bsicos, determinados previamente
por el orden social.
Por otro lado, resulta claro considerar
que, una sociedad debe conformarse a partir
de un conjunto de instituciones organizadas a
partir de ciertos principios que se consideran
bsicos, los mismos que permiten construir un
orden social. Ahora bien, dichos principios
deben ser, en primer lugar, inmutables y en
todo caso, formalmente inviolables. Y dado que
los mismos deben ser aplicables a las personas
individualmente consideradas no a los entes
colectivos de derecho pblico, conformados a su
vez por personas naturales -, conforman lo que
denominamos derechos fundamentales.
Algunos autores relacionan lo antes
indicado con el llamado principio de
inviolabilidad de la persona, el mismo que
implica la imposibilidad de imponer sacrifcios
o privaciones a las personas que no redunden
en su propio benefcio
37
. Sin embargo, debemos
concordar debidamente dicho principio con el de
autonoma, el cual implica que el Estado no debe
intervenir en la libre eleccin del individuo
38
.
Inclusive, el Estado no debera intervenir aun
cuando exista en su opinin - algn benefcio,
dado que partimos del supuesto de que el dicho
ente no puede conocer mejor que el individuo
que es lo que a ste ms le conviene
39
.
A este nivel, la aplicacin de los
principios econmicos antes indicados tiene una
importancia capital en la puesta en prctica de
la intensa regulacin econmica que acompaa,
por defnicin, a los servicios pblicos. La
regulacin econmica tiene sentido nicamente
si los particulares no pueden ponerse de acuerdo,
de manera efciente, por s mismos. De ello nos
ocuparemos en el acpite subsiguiente.
3.3.- La Necesidad pblica de la regulacin
administrativa
Es necesario, en este orden de ideas, defnir
lmites objetivos al accionar del Estado respecto al
control que ejerce sobre la sociedad y la califcacin
de una actividad como un servicio pblico. Ronald
Coase, a quien ya nos hemos referido, demostr,
a travs de su famoso teorema, no solo que el
contratar cuesta, sino adems que, en trminos
de efciencia paretiana, el Derecho debe intervenir
en la sociedad nicamente cuando los costos de
contratar o de ponerse de acuerdo - resultan tan
elevados que no permiten que el mercado acte
por s mismo.
De acuerdo al teorema de Coase, nicamente
cuando los costos son muy elevados se justifca la
existencia de una solucin legal que permita la
efciencia social. Por ello, la injerencia estatal se
restringe nicamente a la asignacin de derechos
a travs de la norma legal y a la intervencin de
la Administracin Pblica y el Poder Judicial
a fn de simular la solucin a la que llegaran
los particulares si es que se pudiesen poner de
acuerdo. Ahora bien, en determinadas realidades
y en determinados mercados, el Estado tiende
a intervenir cuando ello no resulta necesario en
trminos de efciencia social, porque el mercado
podra permitir a los agentes del mercado
llegar a la solucin ms efciente. Cuando ello
ocurre, se genera inefciencia social, puesto que
los costos que tiene que asumir los agentes en
el mercado -consumidores y productores- se
elevan indebidamente. Como si ello fuera poco,
el costo de organizacin o costo administrativo
inicialmente imputable al Estado es en ltima
instancia asumido por la colectividad a travs del
sistema impositivo.
Pero, por otro lado, la intervencin estatal en
rubros que objetivamente no le corresponden va a
generar, en forma inmediata, un mayor control del
Estado sobre dichas actividades, control que puede
favorecer a determinadas personas o entidades,
sean stas pblicas o privadas. Siendo el Estado
quien decide la asignacin de recursos y no el
mercado, como debera ocurrir resulta sencillo
que el Estado realice dicha asignacin de acuerdo
a parmetros establecidos por dicho ente.
Es posible justifcar la intervencin estatal
en diversos rubros a partir de conceptos como la
efciencia paretiana y el teorema de Coase. Pero la
intervencin estatal ms all de dichos parmetros
se justifca nicamente por la necesidad de controlar
la sociedad y la economa y poder reasignar
recursos a favor de determinadas personas o
entidades, sean ests pblicas o privadas.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
82
CHRISTIAN GUZMN NAPUR
En este orden de ideas, el concepto de
inters pblico debera reformularse
40
. En primer
lugar, porque el concepto no se basa en elemento
o principio objetivo alguno: es el Estado el que
determina, en el momento respectivo, que se
considera de inters pblico y que no. Para ello se
basa, en el mejor de los casos, en consideraciones
discutibles y que se fundamentan muchas veces
en situaciones de conveniencia poltica. La
defnicin de que asunto es de inters pblico y
cual no lo es, dada la ausencia del criterio objetivo
antes precisado, puede caer en la arbitrariedad
y permitir ciertas inmunidades al ejercicio del
poder poltico.
Adems, la inexistencia de criterios
objetivos en los cuales el Estado debera basarse
para englobar en su mbito ciertas actividades
o prerrogativas complica en demasa la
posibilidad de un control judicial posterior de
sus actos, control judicial que es activado por los
particulares
41
. Ello, mxime si podemos constatar
que, en gran parte de las naciones americanas, la
posibilidad del control de los denominados actos
de direccionalidad poltica, a diferencia del caso
europeo, se encuentra muy restringida.
Por otro lado, hemos indicado en prrafos
anteriores que el concepto de inters pblico
que se maneja en la actualidad no considera de
manera alguna las variables econmicas que
hemos venido describiendo en el presente trabajo.
Es evidente notar que los conceptos de costo
social y de utilidad social, de importancia capital
en el manejo moderno de los estados - basado en
gran medida en la efciencia administrativa -, se
encuentran paradjicamente fuera del esquema
tradicional que maneja la doctrina.
El concepto a utilizarse, entonces y que
debera reemplazar al que venimos analizando
es precisamente el de utilidad social. La utilidad
social a su vez se basa en un concepto empleado
por la economa moderna, que es de efciencia
social. Es necesario tomar en cuenta, sin embargo,
que la mejora en trminos paretianos a veces
implica que las personas puedan, racionalmente,
admitir una aparente desmejora en benefcio
de una mejora expectaticia. Esta afrmacin
explica como en ciertos escenarios el particular
puede admitir comportamientos redistributivos
de naturaleza colectivista
42
.
En otras palabras, y como resultado
del razonamiento paretiano, el concepto de la
prevalencia del inters pblico sobre el inters
privado, que implica la posibilidad de obtener
un supuesto benefcio comn perjudicndose
a un particular o a un conjunto de particulares,
carecera en los hechos de sustento alguno, dado
que semejante situacin generara inefciencia
social. Y es que, cuando una situacin es
sustituida por otra menos efciente, se produce
inmediatamente el desperdicio de recursos, con
el consiguiente perjuicio de toda la colectividad.
La inefciencia social genera prdida de recursos,
los mismos que ya no podran usarse para otros
fnes.
43
Por otro lado, aun en el caso de los servicios
pblicos, la existencia de varios productores de
un bien o servicio genera, a travs de lo que los
economistas llaman libre competencia, el control
sobre el abastecimiento, el precio y la calidad
de los productos que existen en el mercado.
Cuando existen varios productores, el afn de
lucro del empresario - derivada de su propia
racionalidad econmica, que implica la bsqueda
de maximizacin de resultados - lo va a obligar a
buscar mejorar lo ofrecido por la competencia, a
fn que el consumidor lo prefera antes que a la
competencia
44
.
Un ejemplo de la aplicacin de los
principios antes sealados, en el caso de los
servicios pblicos, se encuentra relacionado
con el servicio de telefona, en el caso peruano.
Cuando exista un solo ofertante del servicio
de telecomunicaciones en el pas - es decir, un
monopolio pblico - era necesario crear una
situacin que simulara el efecto que generara la
existencia de libre competencia en el mercado de
telecomunicaciones. Para ello se cre OSIPTEL,
entidad estatal encargada de regular temas
relativos a las tarifas de telefona y la calidad del
servicio que se presta. La ausencia de competencia
en el mercado elevara en demasa los costos de
transaccin, impidiendo la contratacin.
La existencia de un ente regulador como
OSIPTEL implicara la solucin legal que el
Teorema de Coase exige. En general, los entes
reguladores - a los que hemos hecho referencia con
anterioridad - tienen su razn de ser no solamente
en la naturaleza pblica del servicio a prestarse,
sino tambin en la ausencia de competencia
efectiva en el mercado. Tericamente, una vez que
la libre competencia se encuentre asegurada, los
organismos reguladores deberan, o desaparecer
o reducir plausiblemente sus atribuciones. Es
ms, la existencia de entes reguladores, cuando
los mismos no resultan ser intrnsecamente
necesarios, contraviene el Teorema de Coase.
La existencia de entes reguladores, no obstante
que la tarea de regulacin puede entregarse al
mercado y la tarea de supervisin al consumidor
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
83
LAS TEORAS EXISTENTES SOBRE EL SERVICIO PBLICO
puede elevar innecesariamente los costos de
transaccin.
Como resultado de todo lo anteriormente
sealado, deberamos reemplazar el concepto de
servicio pblico por el de servicio socialmente
til o socialmente efciente. Es decir, un
servicio es socialmente efciente cuando el costo
social generado por su desaparicin o por una
prestacin inefciente del mismo es tan alto que
justifcara el costo de la supervisin o regulacin
del citado servicio. Y esto a su vez justifcara
plenamente la naturaleza instrumental de la
califcacin de una actividad determinada como
un servicio pblico.
Asimismo, la califcacin de servicio
socialmente efciente est ntimamente
relacionada con el hecho que el Estado considera
que dejarle a los particulares ntegramente la
facultad de explotacin libre del servicio podra
elevar los costos de transaccin, haciendo
muy costosa la contratacin a ese nivel. Ello
justifcara adems la existencia de organismos
reguladores, ah donde no hay competencia, as
como la existencia de normas legales que regulan
la prestacin del servicio.
Es decir, no existen servicios pblicos
per se, conceptualizados como tales en su
naturaleza, sino ms bien actividades que el
Estado, en momentos determinados, decide
prestar directamente, controlar, supervisar,
regular y/o dirigir. La decisin estatal decide
su intervencin, cuando considera que es
necesaria la misma. Intervencin que a su vez se
encuentra justifcada, dada la naturaleza objetiva
del concepto a emplearse, en el hecho de que el
servicio no pueda prestarse efcientemente sin
necesidad de la intervencin estatal a travs de
la regulacin econmica.
Hay que tener en cuenta, sin embargo,
que aplicando nuevamente el Teorema de Coase,
queda claro que la intervencin estatal se justifca
nicamente a falta de la solucin de mercado
45
.
Por ello, una vez que los mecanismos de mercado
se aplican en forma directa, la intervencin estatal
pierde por completo su razn de ser. Queda claro
que no basta la trascendencia social del servicio
a prestar. Es esta una condicin necesaria, mas
no sufciente para justifcar el control estatal, en
cualquiera de sus formas
46
.
Por otro lado la existencia, en general,
de servicios controlados o regulados por el
Estado cuando ello no resulta indispensable
para asegurar la prestacin y efciencia del
mismo necesariamente genera distorsiones
en el mercado
47
. El razonamiento usado para
acreditar ello es similar al que se puede emplear
cuando demostramos que la existencia de bienes
pblicos genera distorsiones. Ello ocurre porque
cuando el servicio es pblico no obstante la
posibilidad de su total privatizacin genera que
no exista manera de impedir que la aparicin de
personas que se benefcien del servicio a menor
costo que el que asignara el mercado. Tal
situacin, que aparentemente podra resolverse
mediante el sistema impositivo o travs de
subsidios, genera tarde o temprano la difcultad
de proveer el servicio efcientemente.
Asimismo, la existencia de servicios
prestados directamente por el Estado permite la
presencia de lo que la doctrina norteamericana
denomina freeriders, personas o conjuntos de
personas que deben ser subvencionadas por
otras, contra la voluntad de estas ltimas y sin
que exista una razn objetiva que justifque ello.
La decisin del Estado, por ende, si
empleamos los lineamientos que hemos reseado
sucintamente, en cuanto a la determinacin de
que actividades deber prestarse directamente,
regular o supervisarse, se encontrar basada, ya
no en lineamientos subjetivos de inters pblico,
sino en cuestionamientos que tienen que ver con la
utilidad y efciencia social. Ambos son conceptos
objetivos que podran incluso cuestionarse a
travs de los mecanismos que la Constitucin y
las leyes establecen para el efecto.
A manera de conclusin
La existencia de diversas teoras respecto
al servicio pblico nos muestran que dicho
concepto requiere, para bien del Estado y de los
particulares, una revisin. La teora subjetiva
demostr su inefcacia con la decadencia del
Estado de Bienestar. A su vez, la teora objetiva
no tena sustento alguno en la realidad al permitir
la existencia de servicios pblicos distintos en
diversas sociedades. La teora que resulta ms
consistente con la realidad, en trminos jurdicos
y econmicos es la teora denominada funcional,
por la cual la declaracin de una actividad como
servicio pblico a fn de asegurar su regulacin-
proviene del Estado.
Sin embargo, la teora funcional establece
ciertos lmites a dicha prerrogativa del Estado.
En primer lugar, el principio de legalidad, por el
cual solo puede declararse una actividad como
servicio pblico a travs de una Ley. En segundo
lugar, dicha declaracin no debe afectar derechos
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
84
CHRISTIAN GUZMN NAPUR
NOTAS:
1
Diez, Manuel Mara Derecho Administrativo. Buenos Aires, Plus Ultra, 1979, p. 333.
2
La sentencia Blanco permiti defnir qu derecho deba aplicarse en un problema de responsabilidad estatal en la prestacin de un servicio pblico.
El Tribunal de Confictos determin que la responsabilidad estatal no se rige por las normas del Cdigo Civil sino por las normas administrativas.
Agnes Blanco fue una joven que sufri un accidente producido por una vagoneta que circulaba entre dos edifcios en la ciudad de Burdeos. En
primer lugar, se determin que por ser la vagoneta un bien que cumpla un servicio pblico deba someterse la controversia a la competencia
administrativa. En segundo trmino, y lo que es ms importante, se determin la directa responsabilidad del Estado en los daos causados a la joven
en mencin. Vidal Perdomo, Jaime Derecho Administrativo. Bogot, Temis, 1997, p. 229.
Y es que la concepcin francesa a este nivel implic la determinacin de la responsabilidad administrativa sobre bases distintas a las del derecho
civil, incorporando en dicha responsabilidad la nocin de servicio pblico en forma directa. Ortega, Luis La Responsabilidad Civil de la
Administracin Pblica. En: Themis N 32, 1995, p. 18.
3
Diez, Manuel Mara Op. cit., p. 334. Kresalja, Baldo, - El Rol del Estado y la Gestin de los Servicios Pblicos. En: Temis N 39. Lima, PUCP,
1999, p. 40.
4
Sobre el particular: De Val Pardo, Isabel. Administracin de Entidades Pblicas. Madrid, Instituto de Estudios Econmicos, 1999, pp. 49-51
5
Es evidente que la razn por la cual las empresas privadas pretenden obtener ganancias como fnalidad intrnseca de las mismas (sino, no seran
empresas) es la propia necesidad o afn de lucro de sus dueos.
6
Al respecto: Ario, Gaspar; De La Cutara, J.M.; Martnez, J.L.- El Nuevo Servicio Pblico. Madrid, Marcial Pons, Ediciones Jurdicas y Sociales,
S.A., 1997, pp. 112 y ss.
Es posible justifcar tambin la inefciencia de las empresas pblicas a travs del Teorema de Coase, al que hacemos referencia en el texto en
repetidas oportunidades. La acumulacin de funciones en el estado gener que este se administrara en forma inefciente. Dicha administracin
inefciente, es claro, no se restringa nicamente a la que se realizaba sobre entidades pblicas, sino que tambin afectaba a las entidades de derecho
privado que eran de propiedad del Estado.
Finalmente, encontramos la razn de la tantas veces citada inefciencia pblica en la necesaria rigidez y formalidad del funcionamiento del Estado
en general. Dicha rigidez impide que las empresas del Estado se adapten rpidamente a la vertiginosa variacin de los mecanismos empresariales
derivada del progreso econmico y tecnolgico en todo el Mundo.
7
Kresalja, Baldo - Op. cit., p. 55.
8
De Val Pardo, Isabel - Op. Cit., pp. 90 y ss. Sin embargo debemos sealar, al contrario de lo que seala la autora, que no es posible que la
Administracin pblica, en trminos de servicios pblicos, pueda funcionar adecuadamente sin privatizar los mismos. Tal como lo hemos
precisado, la inefciencia de las empresas pblicas resulta ser, en principio, consustancial a ellas.
9
Dromi, Roberto Derecho Administrativo. Buenos Aires, Ciudad argentina, 2000, p. 627.
10
Linares, Juan Francisco Derecho Administrativo. Buenos Aires, Astrea, 1986, p. 512
11
Serra Rojas, Andrs Derecho Administrativo. Mxico, Lib. de M. Porrua, 1965, p. 122.
12
Ario, Gaspar; De La Cutara, J.M.; Martnez, J.L.- Op. Cit., p. 25.
13
Ario, Gaspar; De La Cutara, J.M.; Martnez, J.L.- Op. Cit., p. 22.
14
Locke, John Ensayo sobre el Gobierno Civil. Barcelona, Ediciones Orbis, S.A., 1983, p. 90.
15
Hobbes, Thomas Leviatn. Madrid, Sarpe, 1984, pp. 181 y ss.
16
La idea de que los derechos de los particulares se transferen no a un tercero, sino a la colectividad en su conjunto no surge de las ideas de Locke,
sino ms bien de las de Spinoza, quien sealaba que se puede formar una sociedad y lograr que todo pacto sea siempre observado con mxima fdelidad sin
que ello contradiga al derecho natural, a condicin de que cada uno transfera a la sociedad todo el derecho que l posee, de suerte que ella sola mantenga el supremo
derecho de la naturaleza a todo, es decir, la potestad suprema, a la que todo el mundo tiene que obedecer, ya por propia iniciativa, ya por miedo al mximo suplicio.
Spinoza, Baruch - Tratado Teolgico Poltico, XVI; traduccin de A. Domnguez, Alianza Editorial, Madrid, 1986, p. 338.
La sociedad a la que hace referencia Spinoza equivale pues a la Sociedad Civil sealada por Locke en su tratado. Sin embargo, Spinoza falleci
antes de poder explicitar como esta Sociedad gozara de mecanismos democrticos para la determinacin de los gobernantes. Por ello distintos
intrpretes han sealado, quizs errneamente, que las formulaciones de Spinoza hacen pensar claramente ms en Rousseau que en cualquier otro
autor. Ello pues Locke explicita claramente el origen popular y democrtico del rgano legislativo.
17
Locke, John - Op. cit., p. 91. Locke, John - Op. cit., p. 91.
18
Locke, John - Op. cit, p. 143. Locke, John - Op. cit, p. 143.
19
No solamente es el poder legislativo el poder mximo en aquellas manos en la comunidad lo situ una vez. Ningn edicto u ordenanza, sea de quien sea, est
redactado en la forma en que lo est y cualquiera sea el poder que lo respalde, tienen la fuerza y el apremio de una ley, si no ha sido aprobada por el poder legislativo
elegido y nombrado por el pueblo. Ibd., p. 134.
20
Ario, Gaspar; De La Cutara, J.M.; Martnez, J.L.- Op. Cit., p. 136.
21
En la jurisprudencia norteamericana se conocen varios casos muy importantes en los cuales queda clara la aplicacin del principio enunciado.
En la mayora de los casos, el criterio empleado es el de la prevalencia de los derechos constitucionalmente consagrados incluso sobre principios
aceptados por la colectividad, como pueden ser el orden pblico o las buenas costumbres.
Ahora bien, la propia Constitucin Peruana en su artculo 1 establece claramente el principio que venimos reseando, al establecer que la defensa
de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fn supremo de la sociedad y del Estado.
22
Un tratamiento amplio del tema podemos encontrarlo en: Siegan, Bernard Reforma Constitucional. Lima, CITEL, 1993, pp. 53 y ss. Respecto
a la aplicacin del principio de preferencia por los derechos fundamentales a la interpretacin constitucional: Garca Belaunde, Domingo La
Interpretacin Constitucional como problema. En Pensamiento Constitucional. Lima, PUCP, 1994, pp. 31-32.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
85
fundamentales. Finalmente, debe existir una
necesidad pblica de la regulacin, establecida a
travs de criterios objetivos, fundamentalmente
de naturaleza econmica.
Un tema adicional proviene de nuestra
concepcin de que el concepto de inters
pblico no es consistente, ni con la racionalidad
econmica de la administracin pblica, ni con
la realidad empricamente observable. Es claro
que la subjetividad de su determinacin impide
el control del accionar del Estado por parte de
los particulares.
A su vez, es necesario reemplazar el
concepto de servicio pblico por el de servicio
socialmente efciente, basado en los conceptos de
efciencia social. Ello, en absoluta concordancia
con la concepcin de que la califcacin de un
servicio como pblico por parte del Estado
la denominada publicatio- posee una naturaleza
instrumental. Dicha califcacin se encuentra
relacionada precisamente con la necesidad o
utilidad social de la prestacin del servicio y
el costo social que originara su desaparicin o
la prestacin del servicio en forma inefciente.
Sin embargo, la justifcacin del control
o supervisin estatal puede encontrarse
nicamente en la imposibilidad del mercado
de asegurar la prestacin, calidad, y nivel
precios del servicio considerado socialmente
necesario.
LAS TEORAS EXISTENTES SOBRE EL SERVICIO PBLICO
23
Siegan, Bernard Op. Cit., loc. Cit. Cit.
24
Berns, Laurence Thomas Hobbes. En: Strauss, Leo y Cropsey, Joseph (comp.) Historia de la Filosofa Poltica. Mxico, Fondo de Cultura Econmica, Berns, Laurence Thomas Hobbes. En: Strauss, Leo y Cropsey, Joseph (comp.) Historia de la Filosofa Poltica. Mxico, Fondo de Cultura Econmica,
1993, p. 382.
25
Strauss, Leo y Cropsey, Joseph Op. Cit., pp. 452 y ss. Es necesario precisar que cuando nos referimos a propiedad en la Locke estamos refriendo
en realidad a diversos derechos de la persona humana necesarios para la vida en sociedad.
26
Touchard, James Historia de las Ideas Polticas. Madrid, Tecnos, 1963, p. 295. Locke explicita la naturaleza de un pacto en el cual el Gobierno no
es dueo de los derechos transferidos, sino ms bien mero administrador de los mismos. Como evidente resultado, es posible reconocer el derecho
de los gobernados de sublevarse si es que el poder perjudica a los mismos. Dicho derecho de insurgencia no estaba sealado de manera alguna, por
ejemplo, en la literatura hobbesiana.
27
Segn Kant, no importa con cunta inteligencia acte el individuo, los resultados de las acciones humanas estn sujetos a accidentes y circunstancias;
por lo tanto, la moralidad de un acto no tiene que ser juzgada por sus consecuencias sino slo por su motivacin tica. Slo en la intencin radica lo
bueno, ya que es la que hace que una persona obre, no a partir de la inclinacin, sino desde la obligacin, que est basada en un principio general
que es el bien en s mismo. Como principio moral ltimo, Kant volvi a plantear el trmino medio en una forma lgica: Obra como si la mxima de
tu accin pudiera ser erigida, por tu voluntad, en ley universal de la naturaleza. Esta regla es denominada imperativo categrico, porque es general
y a la vez encierra un mandato. Kant insisti en que uno ha de tratar a los dems como si fueran en cada caso un fn, y nunca slo un medio.
28
Kant, Immanuel Fundamentacin de la Metafsica de las Costumbres. Mxico, Porra, 1975, p. 45 y ss.
29
Torres Lpez, Juan - Anlisis Econmico del Derecho. Editorial Tecnos S.A., Madrid, 1987, p. 30-31. Es necesario sealar que la racionalidad econmica
del hombre es aplicable tambin a otras lneas de su comportamiento, como lo han sealado tericos como James Buchanan o Gary Becker.
30
Buchanan, James y Tullock, Gordon El Clculo del Consenso. Madrid, Espasa Calpe, 1980, p. 39.
31
Sobre el particular: Calabresi, Guido y Melamed, Douglas Reglas de la Propiedad, Reglas de la responsabilidad e inalienabilidad, Un Vistazo a
la Catedral. En: Themis N 21. Lima, PUCP, p. 63 y ss.
32
Cuando se habla de efciencia social, y as ser en el presente trabajo, nos referimos a la defnicin paretiana del termino. Wilfredo Pareto, economista
italiano, defne la mejora en el bienestar social como una situacin que se genera si no se reduce el bienestar individual y por lo menos mejora un
individuo. El criterio, basado en el axioma del hombre econmico, se funda en que el individuo es el mejor determinador de su propio bienestar y que
la sumatoria del bienestar de todos genera el de la sociedad en su conjunto.
Una situacin, hecho o poltica determinada es efciente si como resultado de la misma se obtiene una mejora en el bienestar social. La concatenacin de
situaciones efcientes, que conducen al grado mximo de efciencia, genera el llamado ptimo de Pareto, situacin que se genera cuando ninguna persona
puede mejorar sin que se perjudique a alguna otra. Sobre el particular: TORRES LOPEZ, Juan Op. cit., pp. 32-33.
Para una explicacin matemtico-tcnica de la efciencia paretiana: Kafa, Folke - Teora Econmica. Lima, Universidad del Pacfco, 1981, pp. 740 y ss.
Por otro lado, una interesante descripcin de los principios paretianos aplicables a la eleccin constitucional puede encontrarse en: Buchanan, James
y Tullock, Gordon Op. cit., pp. 206 y ss.
33
Al respecto: Torres Lpez, Juan - Op cit, pp. 50 y ss. Polinsky, Michell - An Introduction to Lawand Economics. Boston, Litle Brown and Company, Polinsky, Michell - An Introduction to Law and Economics. Boston, Litle Brown and Company,
1983, pp. 23-26. Posner, Richard A. - El Anlisis econmico del Derecho. Mxico, Fondo de Cultura Econmica, 1998, pp. 15-16.
34
Es necesario sealar que desde la suscripcin de la Convencin de Viena sobre el Derecho de los Tratados que fuera ratifcado por el Per
mediante Decreto Supremo N 029-2000-RE -, los tratados internacionales se incorporan automticamente al derecho interno de las naciones que
intervienen en el mismo. Ello ocurre puesto que la Convencin especifca, en su artculo 27, que ninguna parte (de un tratado) puede invocar las
disposiciones de su derecho interno como justifcacin del incumplimiento de un tratado. De hecho, la Corte Interamericana de Derechos Humanos
en sucesiva jurisprudencia ha hecho evidente aplicacin de estos principios, la aplicar la Convencin Americana de Derechos Humanos en vez de
la normatividad interna del pas que hubiere sido demandado ante ella.
35
Sobre el particular: Laporta, Francisco Sobre el concepto de derechos humanos. En: Doxa N 4, 1987, pp. 36 y ss. Ahora bien, tribunales
constitucionales europeos, en particular el espaol, aun mantienen la tendencia a considerar como vlidas las limitaciones a derechos fundamentales
que se encuentren amparadas en bienes constitucionalmente protegidos (orden pblico, seguridad nacional, bien comn). En puridad, la nica
limitacin lcita que un derecho fundamental podra admitir es la que genera otro derecho fundamental.
36
Rawls, John Teora de la Justicia. Mxico, Fondo de Cultura Econmica, 1995, pp. 67-69.
37
Nino, Carlos tica y Derechos Humanos. Un ensayo de fundamentacin. Barcelona, Ariel, 1989, p. 239.
38
Ibd., p. 204-205.
39
Evidentemente, existen claras excepciones a esta consideracin, derivadas de evidentes limitaciones de la persona que no permiten una eleccin
totalmente racional. Ejemplo de ello son los incapaces.
40
Sobre el particular: Guzmn Napur, Christian - Acerca de los conceptos de servicio pblico e inters pblico. Un boceto de anlisis econmico de
los mismos. En: Normas Legales, Tomo N 292, setiembre de 2000, pp: A-93 a A-102.
41
El control que debe existir entre electores y el Estado se justifca plenamente dada la constatacin, en la teora y empricamente, que no basta con los
controles al interior del estado (sean intrarganos o interrganos) para evitar que ste degenere en el llamado Estado Leviatn. Ello, dado que los
gobiernos se encuentran conformados por personas que buscan maximizar su utilidad, estos procurarn, ante la ausencia de controles efectivos, elevar
su cuota de poder.
Al respecto: Buchanan, James - From Private Preferences to Public Philosophy: The Development of de Public Choice. En: The Economics of Politics. n: The Economics of Politics.
Londres, IEA, 1978, p. 18.
Lo que ocurre en realidad es que la democracia representativa encuentra su justifcacin en el hecho que las personas que fueron elegidas deban, al tomar
una decisin poltica, simular la determinacin a la que habran llegado los particulares de haberse podido poner de acuerdo. En consecuencia, las
normas legales que organizan el Estado, que generalmente parten de la Norma Constitucional de los mismos, pretenden que las decisiones estatales se
tomen de manera que asemejen lo ms posible la determinacin a la que hemos hecho referencia.
No obstante lo anteriormente expuesto, por diversas circunstancias, entre las cuales sin duda encontramos las de un inadecuado diseo institucional o
la de la ausencia de una tradicin democrtica (situacin desafortunadamente muy frecuente pases como los latinoamericanos), la eleccin mediante
sufragio y el control al interior del Estado, no bastan en forma alguna para que la simulacin antes sealada se cumpla a cabalidad y la decisin de
la autoridad poltica no se asemeja siquiera a la postura que en su caso asumira el electorado. Por ello, resulta indispensable el establecimiento de
mecanismos que permitan corregir esa situacin, permitiendo as que el electorado pueda controlar directa o indirectamente, por lo menos parte de la
decisin poltica que se tome. Al respecto Guzmn Napur, Christian, - Una Aproximacin a la Aplicacin del Anlisis Econmico del Derecho al
Derecho Constitucional. En: Revista Derecho y Sociedad, Lima, PUCP, N 15, 2000. Op. Cit., pp. 117 y ss.
42
Buchanan, James y Tullock, Gordon - Op. Cit. pp. 228-229. No obstante ello, y contrariamente a lo que pueda pensarse, los regmenes impositivos
de naturaleza tributaria no forman parte del razonamiento antes precisado. Ello porque el ciudadano comn y corriente, considera los tributos no
como una carga redistributiva necesariamente, sino ms bien como la contraprestacin que el Estado exige como resultado de la administracin que
el mismo realiza. A su vez, la racionalidad del individuo impone un lmite a dicha consideracin, dado que una vez que el Estado traspone dicho
lmite, la presin tributaria es necesariamente considerada injusta.
43
Kafa, Folke - Op. Cit. p. 662. Kafa, Folke - Op. Cit. p. 662.
44
Debemos diferenciar claramente dos conceptos. Uno es el de libre competencia, otro el de libre concurrencia. La libre concurrencia implica la
posibilidad de existencia de diversos productores de un mismo bien o servicio, pero no asegura la materializacin de dicha existencia. Es en
consecuencia una situacin formal, que deber estar asegurada por el ordenamiento jurdico.
La libre competencia implica, necesariamente, la coexistencia efectiva de dichos diversos productores de un bien o servicios determinado. Implica
entonces una constatacin fctica, real. El concepto de libre competencia es ms bien econmico y no jurdico.
45
Debe quedar claro que, el Teorema de Coase nos dice que cuando los costos de transaccin son muy reducidos, la asignacin de derechos inicial
no tiene importancia en trminos de efciencia. Sin embargo, puede resultar medular en trminos redistributivos. Si asumimos que redistribuir no
cuesta, notaremos que los Gobiernos emplean la asignacin de derechos para favorecer a determinados sectores de la sociedad, animados tambin por
consideraciones de justicia o bien social.
Sin embargo, en la prctica redistribuir s cuesta, en especial si se realiza empleando el sistema tributario o los subsidios dirigidos. Polinsky, Michell - Op.
Cit., pp. 123, 124.
46
En la misma lnea de pensamiento: Ario, Gaspar; De La Cutara, J.M.; Martnez, J.L.- Op. Cit., p. 88.
47
Kafa, Folke - Op. Cit. p. 671. Kafa, Folke - Op. Cit. p. 671.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
86
CHRISTIAN GUZMN NAPUR
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
87
La sujecin pasiva en la relacin jurdica tributaria y la
capacidad de pago
Carmen del Pilar Robles Moreno
Profesora de Derecho Tributario de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
Mary Ann Gamarra Bellido
Estudiante de la Facultad de Derecho de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
Sumario: I.- Introduccin II.- La relacin jurdico tributaria III.- Sujeto Pasivo: Contribuyente,
Responsable, Responsable solidario, Responsable sustituto, Responsable subsidiario IV.- Capacidad
jurdica y capacidad tributaria V.- Capacidad contributiva VI.- Consideraciones sobre la capacidad
contributiva en el impuesto a la renta VII.- Capacidad de pago.
I.- Introduccin
El presente artculo pretende identifcar
al sujeto pasivo en la relacin jurdico tributaria,
as como determinar su rol dependiendo de la
posicin que este ocupa, sea como contribuyente
o responsable.
Adems, busca explicar, que no basta la
capacidad jurdico tributaria y contributiva del
sujeto pasivo, para que ste cumpla con su obli-
gacin tributaria, sino hay que analizar si ste
se encuentra en verdadera capacidad de pago,
pues por factores de ndole social y econmico,
por ms que un sujeto est dispuesto a pagar su
deuda, puede no contar con los recursos para
hacerlo. Ya que, si bien es cierto, el principio
sobre el que se apoya la aplicacin de tributos
es el de capacidad contributiva, entendida esta
como capacidad econmica, y no el de capaci-
dad de pago, en necesario que refexionemos
sobre las diferencias y consecuencias de estos
dos conceptos, por un lado la capacidad contri-
butiva entendida como la aptitud econmica
que tienen las personas y empresas para asumir
las cargas tributarias, y la capacidad de pago, en-
tendida como la liquidez real que tiene el sujeto
pasivo para cumplir con la prestacin tributaria
dentro del plazo de ley.
En este sentido, se debe tener presente
que, la capacidad contributiva impone respetar
los niveles econmicos mnimos, califcar como
hiptesis de incidencia circunstancias adecua-
das y cuantifcar las obligaciones tributarias sin
exceder la verdadera capacidad de pago del su-
jeto pasivo de la obligacin tributaria. Es por
ello que, la medicin adecuada de la capacidad
contributiva requiere la necesidad de establecer
un ndice objetivo de igualdad o desigualdad
para alcanzar una estructura fscal equitativa a
travs de los diversos impuestos que los conten-
ga.
Por otro lado, si dentro de un sistema jur-
dico tributario, existe la creencia general de que
los tributos no son equitativos, la consecuencia
inmediata ser un alto grado de evasin. Esta
evasin fscal produce una desigualdad en con-
tribuyentes con igual capacidad contributiva, es
decir, se produce un deterioro del principio de
equidad entre los que cumplen con la ley tribu-
taria y aquellos que no la cumplen.
II.- La relacin jurdico tributaria
La relacin tributaria es el nexo o vnculo
que existe entre el deudor tributario y el acreedor
tributario. Esta relacin ha pasado por diferentes
etapas de evolucin, desde una relacin de po-
der entre el Estado y el contribuyente, donde el
primero gozaba de todos los derechos mientras
que el segundo tena la carga de las obligaciones
y deberes. Hasta lo que hoy conocemos como
una relacin o vnculo de carcter jurdico, pues
el Estado es titular no slo de derechos sino tam-
bin de obligaciones, y ante cualquier exceso o
perjuicio al contribuyente, ste se encuentra am-
parado por la Constitucin
1
, la ley
2
y el Poder
Judicial
3
.
As tenemos que la relacin jurdica tribu-
taria va ms all de la obligacin de dar, tambin
envuelven otras obligaciones de naturaleza
independientes a la prestacin tributaria que
consiste en el pago de la deuda tributaria. As,
la expresin obligacin tributaria debera que-
dar reservada para las prestaciones consistentes
en el pago de un tributo, pues en los dems casos
lo que en realidad existe son deberes formales
tributarios que carecen de contenido patrimonial
o que cuentan con un contenido econmico esca-
so
4
. Estos constituyen los deberes formales de
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
88
hacer o no hacer.
No obstante ello, el Cdigo Tributario
vigente, en el artculo 87 tiene como ttulo
Obligaciones de los deudores tributarios, se-
alndose en el que Los deudores tributarios
estn obligados a facilitar las labores de fscali-
zacin y determinacin que realice la Adminis-
tracin Tributara... a continuacin el legis-
lador indica cuales son los deberes formales
de los deudores tributarios, entre ellos el de
inscribirse en el registro de la Administracin,
el de acreditar esta inscripcin, el emitir com-
probantes de pago en los casos previstos en
la ley, y el de permitir el control por la ad-
ministracin, entre otros, as pues, el legislador
denomina obligaciones tributarias a los deberes
formales.
En este sentido, veamos como defne
el actual Cdigo Tributario a la Obligacin
Tributaria, precisa el artculo 1 que La Obli-
gacin tributaria, que es de derecho pblico,
es el vnculo entre el acreedor y el deudor
tributario, establecido por ley, que tiene por ob-
jeto el cumplimiento de la prestacin tributaria,
siendo exigible coactivamente
5
.
Por su parte, el Modelo de Cdigo Tri-
butario para Amrica Latina (para efectos de
este trabajo MCTAL), seala en su artculo 18
que La obligacin tributaria surge entre el Es-
tado u otros entes pblicos y los sujetos pasivos
en cuanto ocurre el presupuesto de hecho pre-
visto en la ley. Constituye un vnculo de carc-
ter personal aunque su cumplimiento se asegu-
re mediante garanta real o con privilegios. En
este sentido, como bien seala la exposicin de
motivos de este artculo, con esta disposicin
se pone de relieve el carcter personal de la
obligacin tributaria, independientemente de
las garantas que se otorguen para asegurar
su cobro.
El Modelo de Cdigo Tributario del
CIAT
6
, precisa en este mismo sentido que
7
La Obligacin tributaria surge entre el Estado
y los sujetos pasivos en cuanto ocurre el pre-
supuesto de hecho previsto en la ley. Consti-
tuye un vnculo de carcter personal aunque
su cumplimiento se asegure mediante garanta
real o con privilegios especiales. De la misma
forma que el MCTAL, se establece en forma
explcita la naturaleza jurdica de la obligacin
tributaria y se le caracteriza como una obliga-
cin legal y personal.
As tenemos que, la relacin jurdica tri-
butaria est constituida por un lado, por el sujeto
activo o acreedor tributario, y por otro lado, por
el sujeto pasivo o deudor tributario de la obliga-
cin tributaria (elemento subjetivo de la relacin).
Tambin presenta como otros dos elementos, el
objeto (que es el acto de dar o entregar dinero) y
la causa (conformada por el vnculo surgido en-
tre el acreedor y el deudor tributario).
8
III.- Sujeto Pasivo
Como es de nuestro conocimiento, el suje-
to pasivo forma parte de la relacin jurdica tri-
butaria, y por lo tanto, es aquella persona obli-
gada al cumplimiento de la prestacin tributaria
como contribuyente o responsable.
9
Esta def-
nicin es similar a la contenida en el primer
Cdigo Tributario del Per, aprobado median-
te el Decreto Supremo 263-H del 12 de agosto
de 1996, en cuyo artculo tercero se estableci
que Es deudor tributario la persona obligada
al cumplimiento de la prestacin tributaria como
contribuyente o responsable.
Se deduce de la defnicin de deudor tri-
butario, que el sujeto pasivo puede ser una per-
sona natural o jurdica, no obstante ello, exis-
ten casos en los que el legislador considera
como persona jurdica a entes que carecen
de personalidad jurdica, como aquellos con-
tenidos en el inciso k) del artculo 14 de la Ley
del Impuesto a la Renta, donde se consideran
como personas jurdicas para efectos de esa
ley a las sociedades irregulares previstas en el
artculo 423 de la Ley General de Sociedades, a
la comunidad de bienes, a los joint ventures, los
consorcios y otros contratos de colaboracin
empresarial que lleven contabilidad indepen-
diente
10
.
Por otro lado, como sabemos, el cumpli-
mento de la prestacin tributaria no es otra cosa
que el objeto de la relacin jurdica tributaria,
esto es, el acto de dar o entregar una suma en
dinero o en especie
11
al acreedor tributario.
En este orden de ideas, el sujeto pasivo
de la relacin jurdico tributario puede clasi-
fcarse en i) contribuyente, quien es deudor por
cuenta propia; y ii) responsable, quien es deudor
por cuenta ajena.
Como hemos podido apreciar, nuestro
Cdigo Tributario al tratar el tema de la su-
jecin pasiva de la obligacin tributaria, deno-
mina a este Deudor Tributario al establecer
en el artculo 7 que Deudor tributario es la
persona obligada al cumplimiento de la pres-
CARMEN DEL PILAR ROBLES MORENO Y MARY ANN GAMARRA BELLIDO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
89
tacin tributaria como contribuyente o como
responsable.
Por su parte, el MCTAL seala en el
artculo 22 que Es sujeto pasivo la persona
obligada al cumplimiento de las prestaciones
tributarias, sea en calidad de contribuyente o
de responsable; y en la exposicin de moti-
vos de este artculo, el legislador ha precisado
que la expresin responsables tiene una sig-
nifcacin amplia e incluye a diversos tipos
de responsabilidad por deuda ajena. Tambin
se indica que la terminologa utilizada es con-
vencional, en tanto, desde el punto de vista
jurdico, todos los responsables (contribuyen-
tes y responsables), unos por cuenta o deuda
propia, y otros por cuenta o deuda ajena.
A diferencia del MCTAL, el Modelo de
Cdigo Tributario del CIAT establece en el
artculo 18 que sujeto pasivo de la obligacin
tributaria es la persona natural o jurdica que
debe cumplirla, sea en calidad de contribuyen-
te, directo o sustituto, o tercero responsable.
Tendrn tambin la condicin de sujetos pa-
sivos, en las leyes tributarias e que as se es-
tablezca, las herencias yacentes, comunidades
de bienes y dems entidades que, carentes de
personalidad jurdica, constituyan una unidad
econmica o un patrimonio separado, suscepti-
ble de tributacin,
Sobre este artculo, hacemos dos co-
mentarios:
El primero, a diferencia del MCTAL,
este Modelo del CIAT adopta un criterio de
clasifcacin tripartita de los sujetos pasivos:
i) contribuyente directo, ii) contribuyente susti-
tuto, y iii) tercero responsable.
As, se indica en el comentario a este
artculo ya que tanto en doctrina como en el
derecho positivo, la clasifcacin y la deno-
minacin de los sujetos pasivos de las obliga-
cin tributaria son dos de los aspectos menos
coincidentes. Por ello, el Cdigo Modelo del
CIAT opta por una clasifcacin que pretende
diferenciar tres situaciones distintas de los su-
jetos pasivos: i) la de aquellos sujetos respecto
de los cuales se produce el hecho generador de
la obligacin tributaria, ii) la de aquellos su-
jetos que participan de alguna forma en el
hecho generador de la obligacin tributaria o
que pueden asegurar el tributo generado por
futuros hechos y, iii) la de aquellos sujetos
obligados que son diferentes del contribuyen-
te, no obstante ello, se encuentran designados
por la ley, para que respondan solidariamente
con el contribuyente por le cumplimiento de la
obligacin tributaria, en razn de tener algn
tipo de vnculo con el hecho generador de la
obligacin tributaria, o de representacin o
sucesin con el contribuyente directo
El segundo comentario que nos me-
rece consiste en el reconocimiento expreso a
la posibilidad de que presenten la condicin
de sujetos pasivos, entidades que sin tener o
gozar de personalidad jurdica, sean conside-
radas como tal en razn de una ley. Veamos,
nuestro Cdigo Tributario precisa que el deu-
dor tributario es la persona obligada al cum-
plimiento de la prestacin tributaria como con-
tribuyente o responsable. La persona tendra
que ser natural o Jurdica, pero como hemos
visto el caso de las comunidades de bienes,
consorcios, joint ventures y otros contratos de
colaboracin empresarial son sujetos pasivos
sin tener personera jurdica
12
.
Contribuyente
El Modelo de Cdigo Tributario para
Amrica Latina, preparado para el programa
conjunto de Tributacin OEA/BID establece en
su artculo 24 que son contribuyentes las per-
sonas respecto de las cuales se verifca el he-
cho generador de la obligacin tributaria, y
que dicha condicin de contribuyente puede
recaer en 1) Las personas fsicas, prescindiendo
de su capacidad segn el derecho privado, 2)
Las personas jurdicas y en los dems entes
colectivos a los cuales otras ramas jurdicas
atribuyan calidad de sujeto de derecho, y 3)
Las entidades o colectividades que constituyan
una unidad econmica, dispongan de patrimo-
nio y tengan autonoma funcional
As el MCTAL considera contribuyentes a
las personas a cuyo respecto se verifca el hecho
generador de la obligacin tributaria, estas per-
sonas pueden ser fsicas a quienes conocemos
como personas naturales, personas jurdicas a
entes colectivos reconocidos por otras ramas del
derecho, y tambin entidades que constituyan
una unidad econmica, que dispongan de ma-
trimonio propio y tengan autonoma funcional;
adems en todos estos casos se trata de su-
jecin pasiva por cuenta propia.
En nuestra legislacin, el Primer Cdi-
go Tributario
13
defni al contribuyente en su
artculo cuarto de la siguiente manera son con-
tribuyentes las personas naturales o jurdicas y
entidades que tengan patrimonio, ejerzan activi-
LA SUJECIN PASIVA EN LA RELACIN JURDICA TRIBUTARIA Y LA CAPACIDAD DE PAGO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
90
dades econmicas o hagan uso de un derecho
que conforme a ley, genere la obligacin tribu-
taria. Evidentemente el legislador se inspiro
en el artculo 24 del MCTAL pero intent su
original y propia defnicin de contribuyente.
Nuestro Cdigo Tributario vigente esta-
blece que El contribuyente es aquel que realiza
o respecto del cual se produce el hecho genera-
dor de la obligacin tributaria
14
.
Por su parte el Modelo de Cdigo Tri-
butario del CIAT defne en los artculos 19 y
20 al contribuyente directo y al contribuyente
sustituto, de la siguiente manera: Contribu-
yente directo es el sujeto pasivo respecto del
cual se verifca el hecho generador de la obli-
gacin tributaria
15
. Esta es una defnicin
similar a la adoptada por nuestro Cdigo
Tributario, conocido en doctrina como el res-
ponsable por deuda propia.
Pero veamos el contenido del artculo
20: Son contribuyentes sustitutos, quienes sean
designados en los trminos de este artculo
para retener o percibir tributos del contribu-
yente directo. El contribuyente sustituto es el
nico responsable ante el Fisco por el importe
que debe retener o percibir. De no realizar la
retencin o percepcin, sin perjuicio de hacerse
pasible de las sanciones previstas en este Cdi-
go, deber ingresar el importe de las retenciones
o percepciones omitidas, ms los accesorios a
ellas correspondientes. Sin embargo, cuando
la retencin o percepcin tenga el carcter de
pago a cuenta del tributo, no operar la sustitu-
cin tributaria, considerndose al agente retene-
dor o preceptor como tercero responsable....
De esta forma, el contribuyente sustitu-
to, de acuerdo al Modelo del CIAT, abarcara
a aquellas personas que participan en situa-
ciones que confguran el hecho generador del
tributo o que podran asegurar al Fisco la
recaudacin del mismo, generado por situacio-
nes de hechos futuros del contribuyente. Sobre
esto, hay que tener presente que se est dife-
renciando la situacin de quienes acten como
agentes de retencin o percepcin, dependien-
do que ste tenga el carcter de pago defniti-
vo o a cuenta del tributo. En el primer caso,
si el agente de retencin o percepcin debe
retener o percibir una determinada cantidad
para luego entregarla al Fisco en calidad de
pago defnitivo el tributo, operar la sustitu-
cin tributaria y califca el agente retenedor
o preceptor del tributo como contribuyente
sustituto, en el segundo caso, si la cantidad
retenida o percibida, luego ser entregada al
Fisco con carcter e pago a cuenta de un de-
terminado tributo, el agente
16
califcar como
un tercero responsable.
El contribuyente es el destinatario legal
del tributo, en otras palabras, es el titular del he-
cho imponible, es aquel deudor que por cuenta
propia causa el hecho imponible y est obligado
al pago del tributo. Segn Eduardo Sotelo
17
, es
aquel que con su accin ejecuta lo establecido en
el aspecto material de la hiptesis de incidencia
tributaria. En nuestro Cdigo Tributario solo
existe la fgura del contribuyente directo, no del
contribuyente sustituto como si se estable-
ce en el artculo 20 del Modelo de Cdigo
Tributario del CIAT, que recoge la postura
de la doctrina que seala que el deudor del
impuesto es en primer lugar el contribuyente,
quien puede ser reemplazado por un tercero
denominado sustituto, el cual por disposicin
legal se integra a la condicin de deudor ori-
ginario., ofreciendo de esta manera el sujeto
pasivo dos modalidades, la de contribuyente y
la de sustituto.
Responsable
La doctrina y la legislacin contemplan la
intervencin de otro sujeto que no es el contri-
buyente para que satisfaga la prestacin tributa-
ria, a pesar de que ste no realice el hecho impo-
nible o que sobre l no se verifque la hiptesis
de incidencia establecida como generadora de la
obligacin tributaria.
Hay unnime acuerdo en que la caracte-
rstica esencial del sujeto pasivo es la de estar
siempre obligado a cumplir las obligaciones
que la ley le impone, sin importar a qu titulo
lo est. Como seala el profesor Ramn Val-
dez Costa
18
en una terminologa convencional
las normas las denominan como contribuyentes
y responsables, trmino (responsable) este lti-
mo susceptible de crtica, pues es indiscutible
que el contribuyente tambin es responsable,
siendo el nico elemento diferenciador de am-
bas especies (contribuyente y responsable) la
naturaleza de la responsabilidad, el contribu-
yente es responsable por una deuda propia,
el responsable lo es por una deuda ajena. Y
es, justamente de esta diferencia que resulta
una consecuencia considera fundamental, el
contribuyente es el deudor que desde un pun-
to de vista jurdico debe soportar la carga del
tributo, y el responsable tendr siempre el
derecho esencial al resarcimiento por cualquie-
ra de los medios jurdicos establecidos para
CARMEN DEL PILAR ROBLES MORENO Y MARY ANN GAMARRA BELLIDO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
91
ello, obviamente sin necesidad que la norma
tributaria lo establezca.
El primer Cdigo Tributario peruano del
ao 1966 sealado anteriormente, precis en el
artculo 5 que son responsables las personas
que, sin tener la condicin de contribuyentes,
deben cumplir la obligacin tributaria por dis-
posicin expresa de la Ley.
Han transcurrido 34 aos de la dacin de
este primer Cdigo Tributario, veamos cual es
la defnicin de contribuyente recogida por el
Cdigo Tributario vigente el artculo 9: res-
ponsable es aquel que, sin tener la condicin de
contribuyente, debe cumplir la obligacin atri-
buida a ste.
Similar es el contenido del artculo 27
del MCTAL cuando indica que responsables
son las personas que sin tener el carcter de
contribuyentes deben, por disposicin expre-
sa de la ley, cumplir las obligaciones atribuidas
a stos, esta referencia de responsabilidad
alude a aquellos que pueden serlo por repre-
sentacin, por sucesin, por su vinculacin con
el hecho imponible y con el contribuyente en
razn del ofcio o actividad.
De la defnicin adoptada por nuestro
legislador, resulta evidente que el responsable
es persona distinta al contribuyente, con el cual
tiene una vinculacin que le permite hacer efec-
tivo su derecho de resarcimiento, como hemos
indicado anteriormente, ya sea por el derecho
de percepcin, retencin, repeticin, o cualquier
otro derecho. As la relacin del responsable con
el fsco se rige por el derecho tributario, mientras
que la relacin de este con el contribuyente
19
por el derecho privado.
El Modelo de Cdigo Tributario del CIAT,
como hemos indicado diferencia dentro de la
sujecin pasiva al contribuyente directo y al con-
tribuyente sustituto, y en ese sentido el artcu-
lo 21 establece que Terceros responsables son
quienes sin tener el carcter de contribuyente
deben, por disposicin expresa de la ley o de
norma generalmente administrativa en el caso
de los agentes de retencin o percepcin a que
se refere el prrafo tercero del artculo 20
20
de
este Cdigo, cumplir con obligaciones tributarias
materiales y formales atribuidas a stos.
Por otro lado, debemos precisar que, de
acuerdo a la posicin que los responsables asu-
man respecto del contribuyente y del acreedor
tributario, la doctrina reconoce tres tipos de res-
ponsables: el solidario, el subsidiario y el susti-
tuto.
Responsable solidario
Como hemos advertido, la existencia de
un sujeto responsable tiene explicacin por la
intervencin de otro sujeto que no es el contri-
buyente, esto nos indica ya que estamos ante
una situacin de pluralidad de deudores, sean
varios contribuyentes, o un contribuyente y un
responsable. En este caso el responsable, a
pesar de que no realice el hecho imponible o que
sobre l no se verifque la hiptesis de incidencia
establecida como generadora de la obligacin tri-
butaria, se encuentra obligado al cumplimiento
de la prestacin tributaria.
En materia civil
21
existen cuatro catego-
ras de obligaciones: i) divisibles, ii) indivisi-
bles, iii) mancomunadas y iv) solidarias.
Las obligaciones divisibles e indivisibles
se determinan por la naturaleza de la presta-
cin, y sus caractersticas son las siguientes: i)
Obligaciones Divisibles: 1.- El crdito o la deuda
se presumen divididos en tantas partes igua-
les como acreedores o deudores existan, consi-
derndose los crditos y las deudas distintos e
independientes unos de los otros
22
; 2.- cada uno
de los acreedores slo puede pedir la satisfac-
cin de la parte del crdito que le corresponde,
y cada uno de los deudores nicamente se en-
cuentra obligado a pagar parte de su deuda
23
;
ii) Obligaciones Indivisibles: La obligacin es
indivisible cuando la prestacin, por su natura-
leza, por el pacto o por mandato de la Ley, no es
susceptible de dividirse
24
, lo que generalmente
se da en estos caos, es que existe prestacin
nica, con una pluralidad de sujetos activos o
pasivos que deben cumplir en solucin nica;
por otro lado, existe un solo derecho de crdi-
to y una sola deuda, por lo que, cualquiera de
los acreedores puede exigir a cualquiera de los
deudores la ejecucin total de la obligacin
25
.
Por su parte, las obligaciones mancomu-
nadas y solidarias se determinan por la forma
en que se obligan los deudores, y sus caracte-
rsticas son las siguientes: i) Obligaciones Man-
comunadas: Las obligaciones mancomunadas
se rigen por las reglas de las obligaciones divi-
sibles, de acuerdo al Cdigo Civil, la regla ge-
neral es la divisin de la deuda entre quienes se
obligan conjuntamente o, la divisin del crdito
entre los coacreedores, en este sentido, cada
codeudor de una obligacin mancomunada est
obligado nicamente a pagar su parte, y cada
LA SUJECIN PASIVA EN LA RELACIN JURDICA TRIBUTARIA Y LA CAPACIDAD DE PAGO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
92
acreedor a exigir su parte; ii) Las obligaciones
solidarias: La solidaridad constituye una ex-
cepcin al Derecho comn, la solidaridad no se
presume, ya que, slo la ley o el ttulo de la obli-
gacin la establecen en forma expresa
26
, por
otro lado, existe unidad de prestacin (al igual
que en la indivisibilidad), pero con idntico
contenido hay una pluralidad de derechos de
crdito o de deudas, segn se trate de solidari-
dad activa o pasiva. Asimismo, en virtud de la
solidaridad, se impide la divisin de la obliga-
cin entre los codeudores o entre los acreedores,
fnalmente, el acreedor puede dirigirse contra
cualquiera de los deudores solidarios o contra
todos ellos simultneamente
27
.
En este orden de ideas, y como vere-
mos en los prrafos siguientes, el legislador
ha optado por regular para en derecho tri-
butario la responsabilidad solidaria, dejando
a un lado la responsabilidad mancomunada,
pese a que tratndose de la obligacin tribu-
taria, esta por su naturaleza es divisible y se le
pudieran aplicar las reglas de las obligaciones
mancomunadas.
En este sentido, el responsable solidario
es el deudor tributario por cuenta ajena que se
encuentra obligado a cumplir con la prestacin
al lado de el contribuyente. La particularidad
de este tipo de responsabilidad consiste en que
no se excluye al contribuyente como deudor tri-
butario.
Es el caso de los sujetos mencionados en el
artculo 18 del Cdigo Tributario. El responsable
solidario, por disposicin de la ley, se encuentra
en la misma posicin que el contribuyente, te-
niendo como obligacin, pagar el ntegro de la
deuda tributaria. La Administracin Tributaria
puede dirigirse indistintamente tanto al respon-
sable como al contribuyente, pues sobre ellos re-
cae el mismo grado de exigibilidad.
El MCTAL trata el tema de la responsa-
bilidad solidaria en los artculos 28 y 29. Espe-
cfcamente el artculo 28 regula la responsabi-
lidad solidaria por representacin, sealando
entre ellos, a los padres, tutores, curadores de
los incapaces, a los directores, gerentes o repre-
sentantes de las personas jurdicas y dems en-
tes colectivos con personalidad reconocida, a los
que dirian, administren o tengan la disponibi-
lidad de los bienes de los entes colectivos que
carecen de personalidad jurdica, a los manda-
tarios respecto de los bienes que administren
y dispongan, entre otros. Se precisa asimismo
que esta responsabilidad se limita al valor de
los bienes que se administren, a menos que
los representantes hubieran actuado con dolo.
Finalmente, se indica que la responsabilidad
solidaria no se har efectiva si ellos hubieran
procedido con la debida diligencia.
A diferencia del MCTAL, el Modelo de
Cdigo Tributario del CIAT en el artculo 23
establece cuales son los efectos de la solida-
ridad:
a) La obligacin puede ser exigida total o
parcialmente a cualquiera de los deudo-
res a eleccin del sujeto activo,
b) El pago efectuado por uno de los deudo-
res libera a los dems,
c) El cumplimiento de un deber formal por
parte de uno de los obligados libera a los
dems,
d) La exencin o remisin de la obligacin li-
bera a todos los deudores, salvo que el be-
nefcio haya sido concedido a determina-
da persona. En este caso el sujeto activo
podr exigir el cumplimiento a los dems
con deduccin de la parte proporcional
del benefciado.
e) Cualquier interrupcin o suspensin de la
prescripcin o de la caducidad, en favor o
en contra de uno de los deudores, favore-
ce o perjudica a los dems.
Entendemos que este artculo ha enume-
rado las consecuencias de la solidaridad como
consecuencia de las experiencias recogidas en
la generalidad de las legislaciones tributarias de
Amrica Latina.
El artculo 24 del Cdigo del CIAT,
en relacin al artculo 28 del MCTAL que tra-
ta la responsabilidad solidaria por represen-
tacin, es bastante similar a este, ya que se
establece que las personas respondern solida-
riamente con el contribuyente, en razn de la
representacin que el artculo les atribuye, y
que la atribucin del carcter de representante
se efecta por la existencia de vnculos jurdicos
formales con el contribuyente o por situaciones
de hecho que implican el poder de disposicin
de sus bienes.
No obstante lo sealado en el prrafo
anterior, el artculo 24 del Modelo del CIAT
tiene un prrafo fnal en el cual se establece
que la extincin de la representacin o del
poder de disposicin no afectar a la respon-
sabilidad correspondiente al perodo en que
exista la representacin o el poder de disposi-
cin.
CARMEN DEL PILAR ROBLES MORENO Y MARY ANN GAMARRA BELLIDO
Consideramos que nuestro Cdigo Tri-
butario debera precisar los efectos de la res-
ponsabilidad solidaria, de tal manera que, se
encuentre claramente regulada la responsa-
bilidad en materia tributaria con las caracte-
rsticas propias del Derecho Tributario, de tal
manera que, se evite la necesidad de recurrir
a las normas del Cdigo Civil en materia de
responsabilidad.
Haremos algunos comentarios breves
en relacin a la forma en la cual nuestro C-
digo Tributario ha tratado el tema de la Res-
ponsabilidad de los Representantes. Como sa-
bemos, los representantes pueden ser legales
o convencionales, y el fundamento de la res-
ponsabilidad en el caso de los representantes
esta relacionado con el deber de todo sujeto
que represente a otro, de dar cumplimiento a
las obligaciones de sus representados, sea que
por ley o contrato se ha puesto a su cargo. En
este sentido, el artculo 16 del Cdigo Tributa-
rio establece la presuncin de responsabilidad
solidaria cuando existe dolo, negligencia grave
o abuso de facultades en los casos establecidos
en ese artculo; esta presuncin admite prue-
ba en contrario.
Sobre esto, debemos sealar que con el
Decreto Legislativo 816 exista responsabilidad
solidaria cuando por dolo, negligencia grave o
abuso de facultades se dejaban de pagar las
deudas tributarias, pero el problema era que
esta norma en el artculo 16, no estableca que
se debera entender por dolo, negligencia grave
o abuso de facultades. Por ello, era la Adminis-
tracin Tributaria quien deba probar el dolo,
negligencia grave o el abuso de facultades.
28
.
Esta situacin cambio con la dacin de la Ley
27038, que modifc el artculo 16 del Cdigo
Tributario, y estableci que exista Dolo, Negli-
gencia Grave o Abuso de facultades, en los ca-
sos sealados por ese artculo, mencionndose
entre otros, el que se lleven 2 o ms juegos de
contabilidad, el que se tenga la condicin de no
habido, de acuerdo a las normas que se esta-
blezcan mediante Decreto Supremo
29
, y muchos
otros casos que se encontraban contemplados
en los artculos 177 y 178 del Cdigo Tributa-
rio. De esta manera, se traslado la carga de la
prueba de la Administracin Tributaria al su-
jeto responsable. Posteriormente a ello, con la
dacin de la Ley 27335 de julio del ao 2000, se
trato se buscar un justo medio, ya que la norma
que traslado la carga de la prueba al respon-
sable fue muy criticada, reduciendo los casos
en los que se presuma la existencia de Dolo,
Negligencia Grave o Abuso de Facultades, se-
alando la norma vigente que se considera
que existe dolo, negligencia grave o abuso de
facultades, salvo prueba en contrario cuando
el deudor tributario: i) No lleve contabilidad o
lleve dos o ms juegos de libros o registros para
una misma contabilidad, con distintos asientos,
a tal efecto, se entiende que el deudor no lleva
contabilidad cuando los libros o registros a que
se encuentra obligado a llevar no son exhibidos
o presentados a requerimiento de la Adminis-
tracin Tributaria dentro de un plazo mximo
de diez das hbiles, por causas imputables al
deudor tributario, ii) Cuando tenga la condi-
cin de no habido de acuerdo a las normas que
se establezcan mediante Decreto Supremo. Y,
en todos los dems casos, corresponde a la
Administracin Tributaria probar la existencia
de dolo, negligencia grave o abuso de faculta-
des. Vemos entonces como, actualmente para
los casos i y ii la carga de la prueba la tiene
el responsable, y en todos los dems casos, la
carga de la prueba le corresponde a la Adminis-
tracin Tributaria.
Finalmente, no debe confundirse al res-
ponsable solidario
30
con los contribuyentes so-
lidarios, este ltimo caso se trata de personas
que se encuentra obligadas por la verifcacin
conjunta del hecho imponible, mientras que en
el caso de los responsables solidarios, la obliga-
cin surge por mandato expreso por ley, siendo
un sujeto extrao a la verifcacin de la hiptesis
de incidencia.
31
No obstante lo sealado en el prrafo
anterior, consideramos que, no existe una ne-
cesidad tcnica de separar a todos aquellos
sujetos que son responsables solidarios, tan-
to a los contribuyentes que entre si pueden
participar de un mismo hecho generador, y a
los contribuyentes con aquellos sujetos que
sin serlo tienen que cumplir con la respon-
sabilidad asignada por la ley; esto es, que
la responsabilidad solidaria se aplica tanto a
todas aquellas personas respecto de las cuales
se verifque un mismo hecho generador de obli-
gaciones tributarias, como a los contribuyentes
con los sujetos que por ley son indicados como
responsables solidarios.
Responsable sustituto
Es aquel sujeto pasivo de la obligacin
tributaria que se encuentra en lugar de el con-
tribuyente. Es decir, desplaza al contribuyente en
la obligacin tributaria y se convierte en el nico
obligado frente al acreedor tributario, tanto de
las prestaciones materiales como formales de la
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
93
LA SUJECIN PASIVA EN LA RELACIN JURDICA TRIBUTARIA Y LA CAPACIDAD DE PAGO
obligacin tributaria. Al igual que el responsable
solidario, el responsable sustituto se fja por ley.
Esta fgura no est determinada claramente en
nuestro ordenamiento, como si lo encontramos
por ejemplo en el artculo 20 primer prrafo
del Modelo de Cdigo del CIAT, cuando
indica que El contribuyente sustituto es el
nico responsable ante el Fisco por el importe
que debe retener o percibir.... Es importante
recordar algo ya sealado en este trabajo y es
que se le considera contribuyente sustituto
a quien nosotros denominamos responsable
sustituto.
Con relacin a esto, veamos lo sealado
en el artculo 18 inciso 2) del Cdigo Tributa-
rio vigente .Son responsables solidarios con
el contribuyente: los agentes de retencin o per-
cepcin, cuando hubieren omitido la retencin o
percepcin a que estaban obligados. Efectuada
la retencin o percepcin el agente es el nico
responsable ante la Administracin Tributaria.
Aparentemente, en el caso subrayado, esto
es, que en principio el agente de retencin o
percepcin es un responsable solidario con el
contribuyente, cuando por ejemplo no retuvie-
ron el monto sealado por la Ley, pero una vez
efectuada la retencin correspondiente desapa-
rece la responsabilidad solidaria, quedando
liberado el contribuyente, y constituyndose el
agente retenedor en el nico responsable ante
el Fisco. Aqu aparentemente estaramos ante
un caso de Responsabilidad Sustituta.
Responsable subsidiario
Es aquel deudor tributario que se encuen-
tra en defecto de el contribuyente. Es decir,
el acreedor tributario debe dirigirse primero al
contribuyente y si fracasa la accin de cobro al
deudor principal, el responsable ocupa el lugar
del sujeto pasivo.
Nuestra legislacin no ha recogido este
tipo de responsabilidad en ninguno de los cua-
tro cdigos tributarios que hemos tenido.
Asimismo, con relacin a los sujetos res-
ponsables, veamos que se entiende por agente
de retencin y percepcin:
i) El Agente de Retencin, que es una per-
sona ajena a la relacin jurdica tributaria pero
que se encuentra obligado a ingresar al fsco el
adeudo del contribuyente. Debe retener el mon-
to que tiene que pagar al contribuyente del tri-
buto. Esta fgura proviene de las reformas de la
imposicin a la Renta, reemplazando el espacio
del sustituto, del que se distingue por no origi-
nar una absoluta sustitucin del contribuyente.
A diferencia de lo que ocurre en la sustitucin,
en la retencin no hay un desplazamiento total
del contribuyente. Aqu lo que se desplaza es una
suma de dinero que nunca se llega a percibir. Se-
gn Maurice Laur
32
, el procedimiento de reten-
cin es analgsico, ya que a los contribuyentes
les resulta ms fcil desprenderse de sumas que
no percibieron, pues no le ponen atencin a los
descuentos, sino que se limitan a las cantidades
que perciben.
ii) El agente de Percepcin: Este sujeto
percibe dinero del contribuyente, y por mandato
legal se encuentra obligado a entregar a la Admi-
nistracin Tributaria parte de ese dinero. Este es
el tpico caso de los organizadores de un espec-
tculo en el caso del Impuesto a los espectculos
pblicos no deportivos
33
.
Los agentes de retencin y percepcin son
sujetos responsables solidarios con el contribu-
yente, salvo que hayan percibido y no cancelado
al fsco, en cuyo caso se convierten en responsa-
bles nicos frente al acreedor tributario
34
, como
hemos sealado anteriormente.
Desde el punto de vista fscal, la fgura
del responsable es importante, pues minimiza
los gastos de recaudacin y cobranza del Esta-
do. La existencia del responsable se justifca por-
que ahorra al Estado estos costos. Por ejemplo, es
menos oneroso perseguir y cobrar a un emplea-
dor en el caso del Impuesto a la Renta por las
remuneraciones que ste otorga a sus trabaja-
dores mensualmente, que ir a cobrar a cada uno
de ellos, peor an si se trata de una empresa con
ms de 1000 trabajadores
35
. Adems, se entien-
de que el responsable tiene una mayor solvencia
econmica que el contribuyente. Tambin por
cuestiones de celeridad administrativa, al Estado
se le hara mucho ms sencillo y fcil administrar
y fscalizar los tributos de alguien que se encuen-
tra relacionado con la fuente de riqueza o el suje-
to cuya riqueza es objeto de imposicin.
Pensemos por un momento en SUNAT
probablemente con ms de 3,000 trabajadores,
en su calidad de empleador es el agente de
retencin del impuesto a la Renta de quinta
categora cuyos contribuyentes son los traba-
jadores de SUNAT, y es en este caso, la propia
Administracin Tributaria, quien se encuentra
obligada a retener y entregar al Fisco (en este
caso a la propia SUNAT) el monto de los
pagos a cuenta
36
mensual correspondientes a
cada mes. Probablemente este no sea el mejor
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
94
CARMEN DEL PILAR ROBLES MORENO Y MARY ANN GAMARRA BELLIDO
ejemplo, ya que si pensamos en que con la
fgura del agente de retencin se facilita entre
otras cosas la labor de fscalizacin de la Ad-
ministracin Tributaria, en este caso en concre-
to, no conocemos que exista ningn mecanismo
creado para controlar el cumplimiento de las
obligaciones y deberes tributarios de la propia
Administracin Tributaria
37
.
IV.- Capacidad jurdica y capacidad tributaria
La capacidad jurdica tributaria es un
tema previo en la determinacin de la sujecin
pasiva en la relacin jurdica tributario. Es decir,
responde a la pregunta A quin se le puede im-
putar la calidad de sujeto pasivo?
Con relacin a esto, revisemos algunos
conceptos previos a la capacidad jurdico tri-
butaria, como son la personalidad y la capa-
cidad jurdica.
Como seala Fernando Vidal
38
, en razn
de que en relacin al ser humano se ha estruc-
turado y desarrollado la idea del sujeto de de-
recho, la doctrina jurdica ha aplicado a ambos,
al ser humano y al sujeto de derecho, la sola
denominacin de persona.
As, para el Derecho, persona no es slo
el ser humano, tambin lo es ese ente abstrac-
to al que se denomina persona jurdica, moral,
social o colectiva, resulta entonces que tanto
las personas naturales como las jurdicas son
capaces de adquirir derechos y contraer obli-
gaciones en el mundo del derecho.
Por ello, se dice que el sujeto de derecho,
sea persona natural o jurdica tiene personali-
dad y capacidad. En este sentido, la nocin
de personalidad jurdica no se puede desligar
de la nocin de sujeto de derecho. En este
trabajo no vamos a profundizar el tema de la
personalidad jurdica, sino la estudiaremos con
relacin a la capacidad.
Cuando nosotros decimos capacidad sa-
bemos que se pueden distinguir dos grados de
esta, i) La capacidad de goce, conocida como
capacidad jurdica, ii) La capacidad de ejer-
cicio conocida como capacidad de hecho.
Entendemos la capacidad jurdica como
la aptitud para ser titular de derechos, y la
capacidad de ejercicio, como la posibilidad de
ejercer, por si mismo esos derechos, es decir la
posibilidad de celebrar actos jurdicos por s
mismo. Nos interesa obviamente la capacidad
de goce o capacidad jurdica, ya que es jus-
tamente esta la que se vincula al concepto de
personalidad.
De esta forma, entendemos la capacidad
jurdica como la aptitud para ser sujeto de de-
rechos subjetivos en general, o de asumir, con
la propia voluntad, o sea por s solo, obliga-
ciones jurdicas, actos jurdicos. As, la capaci-
dad de ejercicio se diferencia de la capacidad de
goce en cuanto considera a la persona no en su
cualidad jurdica para ser titular de derechos
subjetivos, sino en cuanto este apta para ejercitar
para ejercitar por s sus derechos subjetivos. La
capacidad de goce es el presupuesto, el sustrato,
de la capacidad de ejercicio.
39
Una vez que tenemos claro en que con-
siste la capacidad jurdica, veamos en nuestro
sistema tributario que se entiende por capaci-
dad jurdico tributaria.
Entendemos la capacidad jurdico tribu-
taria como la aptitud legal del sujeto pasivo en
la obligacin tributaria. En otras palabras, es la
potencialidad legal para ser parte pasiva de la
obligacin tributaria, con prescindencia de la ri-
queza que se posea.
La base legal de la capacidad jurdico tri-
butaria se encuentra en el Art. 21 del Cdigo Tri-
butario Tiene capacidad tributaria las personas
naturales o jurdicas, comunidades de bienes,
patrimonios, sucesiones indivisas, fdeicomisos,
sociedades conyugales u otros entes colectivos,
aunque estn limitados o carezcan de capacidad
o personalidad jurdica segn el derecho priva-
do o pblico
40
, siempre que la Ley le atribuya
calidad de sujetos de derecho y obligaciones tri-
butarias. A este respecto, en el proyecto de
modifcacin del Cdigo Tributario se indica
en forma ms concisa y completa la relacin
de sujetos con capacidad tributaria: tienen
capacidad tributaria las personas naturales, las
personas jurdicas, los entes colectivos o no que
carecen de personera jurdica y cualquier for-
ma asociativa, siempre que la Ley le atribuya la
calidad de sujetos de derechos y obligaciones.
Por la capacidad jurdica tributaria, pue-
den ser sujetos pasivos de la relacin jurdico
tributaria aquellos que lo son para el derecho
tributario, al igual que para el derecho civil, jur-
dicamente capaces. Ahora, hay que entender que
esta capacidad no es igual a la del derecho civil,
pues hay casos donde un incapaz para el derecho
civil, puede tener capacidad jurdico tributaria.
Por ejemplo, el menor de edad que recibe en he-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
95
LA SUJECIN PASIVA EN LA RELACIN JURDICA TRIBUTARIA Y LA CAPACIDAD DE PAGO
rencia un bien inmueble por el que se percibe
renta de primera categora y se encuentra afecto
al impuesto a la renta. El menor de edad en este
caso, es considerado incapaz de ejercicio
41
para
el derecho civil, pero sin embargo tiene capaci-
dad jurdica tributaria, pues este cumple con los
requisitos para ser sujeto pasivo de la obligacin
tributaria.
En estos casos, el derecho tributario opta
por la fgura del representante, a fn de que se
haga cargo del pago de los tributos y el cumpli-
miento de las obligaciones formales con los re-
cursos de los bienes que administre o disponga.
De esta misma forma en el caso de un incapaz
(mayor de edad) declarado judicialmente in-
capaz, puede tener capacidad tributaria
42
, y
se encuentra obligado a pagar los tributos y
cumplir con las obligaciones formales mediante
su representante, en este caso en particular
un curador
43
, esto signifca que el curador
es el representante responsable, de acuerdo
a lo establecido por el artculo 16 del Cdigo
Tributario.
En este mismo sentido, precisa el artcu-
lo 22 del mismo Cdigo que tratndose de per-
sonas naturales que carezcan de capacidad jur-
dica para obrar
44
actuarn sus representantes
legales o judiciales como es el caso de los inca-
paces menores y mayores de edad, por quienes
actuaran sus padres o quienes ejercen la patria
potestad o los curadores respectivamente.
De lo sealado anteriormente se des-
prende que, La capacidad jurdico tributaria,
entonces, no mira necesariamente ni se mide con
relacin a la capacidad civil, ni en su forma de
capacidad de ejercicio, ni en su forma de capaci-
dad de goce.
45
. Esto debido a que tienen na-
turaleza jurdica distinta. As, un incapaz civil
46
absoluto o relativo puede tener capacidad ju-
rdico tributaria, de acuerdo a lo establecidos
por los artculos 21 y 22 del Cdigo Tributario
vigente.
V.- Capacidad contributiva
La capacidad contributiva, tambin cono-
cida como capacidad econmica de la obligacin
tributaria, es la potencialidad econmica, mate-
rial o real que tiene un sujeto para encontrarse
en condiciones de enfrentar la carga o el pago
de determinado tributo, tomando en cuenta la
riqueza que dicho sujeto ostenta.
Sobre esto, debemos mencionar que la
capacidad jurdico tributaria es diferente a la
capacidad contributiva, aunque estos se encuen-
tren ligados entre s. La primera es una aptitud
legal de ser sujeto pasivo, mientras que la segun-
da, es la capacidad econmica de pagar la deuda
tributaria.
En este orden de ideas, puede darse el
caso que una persona tenga capacidad jurdica
tributaria y no denote capacidad contributiva y
viceversa. Lo ptimo para el Estado, es que es-
tas dos capacidades recaigan y coincidan en un
mismo sujeto pasivo y en un mismo tributo, a fn
de hacer efectivo el cobro de la deuda tributaria,
pues, no todo aquel que tenga capacidad contri-
butiva de un determinado tributo, lo tiene para
el resto de los tributos.
La capacidad contributiva impone respe-
tar niveles econmicos mnimos, califcar como
hiptesis de incidencia circunstancias adecuadas
y cuantifcar las obligaciones tributarias sin ex-
ceder la capacidad de pago.
Con relacin a esto, se seala que se pue-
de establecer la existencia de dos tipos de capa-
cidad contributiva: la absoluta y la relativa. La
capacidad contributiva absoluta es la aptitud
abstracta que tiene determinada persona para
concurrir a los tributos creados por el Estado
en ejercicio de su potestad tributaria. A dife-
rencia de la capacidad contributiva relativa, que
es aquella que orienta la determinacin de la
carga tributaria en forma concreta.
Suceden en momentos diferentes, la capa-
cidad contributiva absoluta se toma en cuenta
en el momento en el cual el legislador delimita
los presupuestos de hecho de la norma tribu-
taria, y la capacidad jurdica relativa permite
fjar cuales son los elementos de la cuantifca-
cin de la deuda tributaria.
Como seala Francisco Ruiz de Castilla
47
se considera que la capacidad contributiva del
deudor es la aptitud econmica que tienen las
personas y empresas para sumir cargas tribu-
tarias, es decir para aportar al fnanciamiento
de las actividades estatales.
Asimismo, precisa el profesor Ruiz de
Castilla que
48
no se debe confundir la capa-
cidad contributiva con la capacidad tributaria,
mientras la primera tiene que ver con la aptitud
econmica que tienen los sujetos para soportar
cargas tributarias, la segunda se encuentra rela-
cionada con la aptitud jurdica que tienen los
sujetos para cumplir el pago. Por ejemplo una
sociedad annima que obtiene utilidades tiene
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
96
CARMEN DEL PILAR ROBLES MORENO Y MARY ANN GAMARRA BELLIDO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
97
capacidad contributiva porque detenta riqueza
y tiene capacidad tributaria porque las personas
jurdicas pueden ser colocadas en la posicin de
sujeto pasivo (deudor tributario) dentro de la
relacin jurdico tributaria (obligacin tributa-
ria). En cambio, un consorcio sin contabilidad
independiente que obtiene utilidades; evidencia
capacidad contributiva, pero no tiene capacidad
tributaria. En efecto, un consorcio signifca la
existencia de un proyecto empresarial (actividad
extractiva de recursos naturales y su distribu-
cin, procesos de fabricacin, etc.) en cuya eje-
cucin participan varias empresas. El resultado
de estas actividades econmicas se traduce nor-
malmente en la obtencin de ganancias. La exis-
tencia de estas utilidades constituye una eviden-
cia de capacidad contributiva. En consecuencia,
esta clase de consorcio no cuenta con capacidad
tributaria, pues desde el punto de vista tcni-
co jurdico no se trata de un ente al que se le
puedan atribuir o imputar obligaciones, de tal
modo que no puede ser colocado como deudor
al interior de la relacin jurdico tributaria.
Por su parte, Dino Jarah
49
seala que la
capacidad contributiva representa una aprecia-
cin poltica del legislador acerca de una deter-
minada riqueza en virtud de los fnes y propsi-
tos de la tributacin.
En nuestro ordenamiento jurdico, aunque
la capacidad contributiva no est actualmente
prevista expresamente en la Constitucin, lo est
implcitamente cuando reconoce los principios
de Legalidad, Igualdad, y no confscatoriedad.
Con relacin al cumplimiento de estos
principios tributarios, no es sufciente que se
cree un tributo mediante la norma establecida
en la Constitucin, sino que, ser necesario que
este tributo afecte verdaderas capacidades con-
tributivas del sujeto pasivo del mismo, de tal
manera que el Estado no imponga tributos ex-
cesivos que puedan quitar de manera irracional
la propiedad y riqueza de los deudores. Por ello,
la capacidad contributiva es la base fundamen-
tal de donde parten las garantas materiales que
la Constitucin otorga a los habitantes
50
.
Para calcular la capacidad contributiva
51
,
el legislador toma como ndice los ingresos,
rentas, incrementos patrimoniales debidamente
comprobados de la totalidad o de alguna parte
constitutiva del patrimonio del deudor tributa-
rio.
Tambin son indiciarios de la capacidad
contributiva, la exteriorizacin mediata que hace
presumir un determinado nivel de riqueza, por
ejemplo la produccin o venta de bienes, con-
sumo de bienes o servicios, los llamados signos
exteriores de riqueza entre otros.
Existen algunas pautas doctrinales, como
las indicadas por Villegas
52
en relacin a estos
ndices:
1.- Todo aquel contribuyente apto econmica-
mente para hacer frente al impuesto y que
encuentre su conducta subsumida en un
supuesto de hecho tributario debe con-
tribuir. Por el contrario, aquel que posea
riqueza slo para cubrir sus necesidades
vitales y las de su familia, carece a efectos
legales de capacidad contributiva.
2.- El sistema tributario debe estructurarse
para que los de mayor capacidad contri-
butiva tengan una participacin ms alta en
las entradas tributarias del Estado.
3.- No pueden seleccionarse supuestos de he-
chos tributarios, circunstancias o situacio-
nes que no sean idneas para refejar capa-
cidad contributiva.
4.- En ningn caso el tributo o el conjunto de
tributos que recaiga sobre un contribuyente
puede exceder la razonable capacidad con-
tributiva de las personas, ya que de lo con-
trario se est atentando contra la propie-
dad, en una confscacin encubierta bajo el
manto tributario.
Con relacin al principio de no con-
fscatoriedad, un tributo no puede exceder la
capacidad contributiva del sujeto pasivo de
la obligacin tributaria, ya que si lo hace se
convierte en confscatorio. En este sentido, Hec-
tor Villegas precisa en su libro Las Garantas
Constitucionales ante la presin del conjunto de
tributos que recaen sobre el sujeto pasivo, que
La confscatoriedad existe porque el Estado se
apropia indebidamente de los bienes de los con-
tribuyentes, al aplicar un gravamen en el cual el
monto llega a extremos insoportables, desbor-
dando as la capacidad contributiva de la perso-
na, vulnerando por esa va indirecta la propiedad
privada e impidindole ejercer su actividad.
En este mismo sentido, la doctrina tribu-
taria peruana en relacin con el principio de no
confscatoriedad ha sostenido que existe confs-
catoriedad tributaria cuando el Estado se apro-
pia de los bienes de los contribuyentes, al aplicar
una disposicin tributaria en la que el monto lle-
ga a extremos insoportables por lo exagerado de
su quantum, desbordando as la capacidad con-
tributiva de la persona y vulnerando por esa va
LA SUJECIN PASIVA EN LA RELACIN JURDICA TRIBUTARIA Y LA CAPACIDAD DE PAGO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
98
la propiedad privada.
Por su parte, el Tribunal Constitucional
peruano, ha sealado que en lo que respec-
ta al principio de no confscatoriedad, este con-
cepto se desprende del principio de capacidad
contributiva, y se sustenta en que todo impuesto
debe gravar manifestaciones de la capacidad
contributiva, como consecuencia de ello, si hu-
biera un impuesto demasiado oneroso para el
contribuyente que le obligara a desplazar hacia
el fsco una parte signifcativa de su patrimonio,
que origina la imposibilidad en su restitucin
al nivel que tena con anterioridad al pago del
tributo, es desde el punto de vista cuantitativo
confscatorio.
En doctrina
53
se trata a la capacidad
contributiva como un principio y como un lmi-
te a la potestad del Estado. En este sentido, y
de acuerdo a este principio, la carga tributaria
(entendindose como la carga econmica) de
los contribuyentes debe guardar coherencia con
su capacidad contributiva, y se debe excluir de
la misma (carga tributaria) los gastos vitales
e ineludibles del sujeto pasivo de la obligacin
tributaria, de tal manera que la potestad del
Estado recaiga no en manifestaciones de ri-
queza tericas, sino reales.
En este orden de ideas, si bien es cier-
to se grava las manifestaciones de riqueza,
entendidas estas, como la renta, el patrimo-
nio y consumo, no es lo mismo considerar es-
tas manifestaciones en teora que verlas en
la realidad, esto es, en relacin a la renta, la
capacidad real de un sujeto de afrontar las de-
tracciones tributarias, estarn en relacin con
los gastos que este sujeto tenga que hacer en
la realidad.
Con relacin al cumplimiento de estos
principios tributarios, no es sufciente que se
cree un tributo mediante la norma establecida
en la Constitucin, sino que, ser necesario que
este tributo afecte verdaderas capacidades con-
tributivas del sujeto pasivo del mismo, de tal
manera que el Estado no imponga tributos ex-
cesivos que puedan quitar de manera irracional
la propiedad y riqueza de los deudores. Por ello,
la capacidad contributiva es la base fundamen-
tal de donde parten las garantas materiales que
la Constitucin otorga a los habitantes
54
.
Para calcular la capacidad contributiva
55
,
el legislador toma como ndice los ingresos,
rentas, incrementos patrimoniales debidamente
comprobados de la totalidad o de alguna par-
te constitutiva del patrimonio del deudor tribu-
tario. Tambin son indiciarios de la capacidad
contributiva, la exteriorizacin mediata que hace
presumir un determinado nivel de riqueza, por
ejemplo la produccin o venta de bienes, consu-
mo de bienes o servicios.
Juan Luis Prez de Ayala
56
seala que
en el Impuesto se deben dar dos caractersticas
esenciales: i) debe tener una efcacia recaudato-
ria adecuada a la fnalidad que con l se pre-
tenda, y ii) esa funcin recaudatoria slo puede
ejercitarse en los lmites que la justicia permite.
Lmites que vienen dados por la adecuacin del
impuesto a la capacidad econmica de pagarlo
que tengan quienes han de soportarlo.
Asimismo, precisa este autor que, todo
impuesto ha de estructurarse necesariamente
con arreglos a tres elementos cualitativos: i)
Para asegurar la efcacia recaudatoria, el im-
puesto debe aplicarse a realidades econmi-
cas que pongan de manifesto la existencia de
recursos en dinero, de tal manera que pueda
hacerse efectivo el cobro del mismo, justamente
estas realidades econmicas constituyen la ma-
teria imponible; ii) el impuesto se debe cobrar
a un sujeto que est en posesin de los recur-
sos monetarios cuya existencia se hace patente
a travs de la misma, y iii) El pagador del
impuesto no siempre es, en justicia, quien debe
soportarlo, ya que se le relaciona y defne como
sujeto pagador por efcacia recaudatoria, no
por razones de justicia. En este sentido, salvar
la justicia exige que el impuesto se establezca
para que sea soportado por aquella persona
que tenga capacidad econmica de contribuir.
En este mismo orden de ideas Prez de
Ayala
57
, seala que el trmino capacidad con-
tributiva dentro de la teora del impuesto, tiene
una triple signifcacin:
En el plano jurdico-positivo, en el cual
este trmino expresa que un determinado su-
jeto es titular de derechos y obligaciones con
arreglo a la normatividad vigente en deter-
minado pas; es justamente esta legislacin
quien defne la capacidad y el mbito de esta.
En el plano tico-econmico, se entiende
por capacidad contributiva a la aptitud econ-
mica de un sujeto para soportar, o ser destinata-
rio de impuestos; en este sentido, esta aptitud
econmica depender de dos elementos: i) El
volumen de los recursos que el sujeto posea
para soportar el impuesto, y ii) La necesidad
que tiene ese sujeto de esos recursos econ-
CARMEN DEL PILAR ROBLES MORENO Y MARY ANN GAMARRA BELLIDO
micos que posea
58
As pues, en el plano tico-
econmico, de justicia tributaria material
59
, son
esenciales al concepto de capacidad contributiva
el nivel de recursos y las necesidades que slo
poseen como sujetos de capacidad contributiva
las personas fsicas.
En el plano tcnico-econmico, o capaci-
dad contributiva tcnica, se entiende que habr
capacidad contributiva en aquellos sujetos en
los que concurren las siguientes caractersticas:
i) constituir unidades econmicas de posesin y
empleo de recursos productivos o de riquezas;
ii) ser fcilmente identifcables por el Fisco
como susceptibles de imposicin, y iii) estar en
una situacin de solvencia presuntiblemente
sufciente para que el fsco pueda hacer efec-
tivo el tributo.
VI.- Consideraciones sobre la capacidad con-
tributiva en el impuesto a la renta
Ahora bien, revisemos algunas conside-
raciones sobre el principio de capacidad contri-
butiva en el Impuesto a la Renta para personas
naturales. Al referirnos al Impuesto a la Renta
nos estamos refriendo al segundo tributo ms
importante en la recaudacin tributaria.
La Renta es una de las manifestaciones
de la riqueza sobre las cuales se aplican los im-
puestos, y por lo tanto es un claro indicador de
capacidad contributiva. En el Impuesto a la
Renta, la defnicin del presupuesto de hecho
que da lugar al nacimiento de la obligacin tri-
butaria sustantiva, al que la doctrina denomi-
na indistintamente como hecho imponible,
hecho generador o hiptesis de incidencia ,
requiere el concurso de dos elementos; el prime-
ro de carcter objetivo, se encuentra dado por
lo que para efectos de la norma del Impuesto
se entender por Renta, mientras que el segun-
do que es de carcter jurisdiccional, est dado
por el nexo que debe existir entre los ingresos
considerados como renta y el sujeto activo de
la relacin jurdica tributaria, para que ste lti-
mo pueda ejercer su potestad tributaria, lo cual
se denomina criterios de vinculacin (nacionali-
dad, domicilio, residencia, ciudadana y ubica-
cin territorial de la fuente)
60
.
El concepto de Renta para las personas
naturales, se recoge de la teora renta - produc-
to, en la que la renta se deriva de factores de
produccin (ya sea capital o trabajo o ambos).
Los contribuyentes del impuesto son las perso-
nas naturales, sucesiones indivisas y sociedades
conyugales entre otros.
Por ejemplo, si examinamos la naturaleza
en trminos generales de las rentas que perci-
ben las sociedades conyugales veremos que la
gran mayora de estas sociedades slo perciben
rentas de fuente de trabajo (si examinamos un
segmento representativo de la poblacin econ-
micamente empleada o subempleada); de mane-
ra que ste tratamiento puede perjudicar la ca-
pacidad contributiva de stas sociedades, quie-
nes se ven obligadas por ley, a declarar la renta
por el cnyuge que la percibe sin posibilidad de
atribuir el 50% dela misma a su otro cnyuge.
Con relacin a las rentas de primera cate-
gora, admite para determinar la renta neta una
deduccin por todo concepto del 20% del total
de la renta bruta. Dicha deduccin es de ofcio
y no requiere sustentacin alguna. Sin embargo,
debera permitrsele al contribuyente susten-
tar deducciones excepcionales que exceden ese
20%, como es el caso de situaciones por alquile-
res incobrables muy frecuentes en nuestro pas,
ya que de lo contrario se estara afectando su
real capacidad de pago.
Con relacin a las rentas de cuarta y quin-
ta categora, se admite que podrn deducirse
anualmente, un monto fjo equivalente a siete (7)
Unidades Impositivas Tributaria
61
.
En el caso, de los contribuyentes que ob-
tengan rentas de ambas categoras slo podrn
deducir el monto fjo por una vez (Hasta el l-
mite de las rentas de cuarta y quinta categora
percibidas).
Consideramos que, debera estudiarse el
incrementar el monto fjo de 7 Unidades Impo-
sitivas Tributarias a un monto fjo mayor
62
(en
funcin a consideraciones tcnicas, Dicho incre-
mento se justifca en razn de que las rentas de
fuente de trabajo deben recibir un trato ms
benefcioso que las rentas que provienen del ca-
pital. Las rentas de trabajo tienen mayor ines-
tabilidad si la comparamos con las rentas de
otras fuentes : la etapa productiva del individuo
se inicia en nuestro pas muchas veces antes de
cumplir los 18 aos, alcanza su mximo desarro-
llo a un promedio de edad de entre 55 y 60 aos
y luego empieza a declinar con el tiempo por
razones de desgaste fsico, hasta agotarse. El
individuo a diferencia de los bienes de capital
no puede depreciar su gradual prdida de
capacidad productiva y a esto le aadimos que
ste tipo de rentas de trabajo originan gastos
que no se admiten como deducibles tales como
transporte vestimenta, salud, etc.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
99
LA SUJECIN PASIVA EN LA RELACIN JURDICA TRIBUTARIA Y LA CAPACIDAD DE PAGO
Podemos tambin establecer una dife-
rencia en cuanto a capacidad contributiva. Si
queremos medir el rendimiento de las rentas
provenientes del capital y las rentas obteni-
das por el trabajo en relacin de dependencia (5
categora); es decir, si tomamos como referencia
que el nivel de ambas rentas es el mismo, se
tendr que la capacidad contributiva no es la
misma . Ello en razn a que quienes perciben
rentas de trabajo deben efectuar ahorros ma-
yores a fn de proveerse de ingresos cuando su
aptitud productiva decline, mientras que quien
percibe rentas provenientes del capital las ob-
tiene de una fuente durable y que se encuentra
en estado de explotacin. La misma que seguir
produciendo rentas a menos que se transferan
los bienes de capital (se enajenen) y se agote in-
defectiblemente la fuente productora.
En lo que respecta a la alcuota del im-
puesto a cargo de las personas naturales, socie-
dades conyugales de ser el caso y sucesiones
indivisas, el mismo se determina actualmente
a una escala que tiene dos tramos: el primer
tramo que grava con el 15% hasta las 54 UIT y
el segundo que grava el exceso con 30% . Para el
siguiente ejercicio, de acuerdo a una de las l-
timas modifcaciones el Texto nico Ordenado
de la Ley del Impuesto a la Renta
63
, habrn tres
tramos: el primero hasta 27 UIT, el segundo por
el exceso de 27 y hasta 54 UIT, y el tercero por
el exceso de 54 UIT.
El fundamento para los dos y tres tra-
mos sealados por los legisladores es la simpli-
cidad en el clculo del tributo. No obstante, la
actual escala y la que se aplicara a partir
del siguiente ejercicio son rgidas (no fexible)
y se alejan ambas del principio de igualdad que
defende la Constitucin .
Ambas escalas no permiten la medicin
adecuada de la capacidad contributiva, que tie-
ne que ver con igualdad en el sacrifcio, por lo
que resulta conveniente que se examine nue-
vamente las escalas de imposicin que legisla-
ciones anteriores a la actual Ley del Impuesto
a la Renta adoptaban (se adoptaban hasta cinco
(5) tramos); ya que de lo que se trata es de que
cualquier escala que se proponga reduzca la
presin tributaria en las rentas bajas y la man-
tenga en las ms altas a partir del ltimo tramo
tcnicamente elegido, lo que dara ms equidad
al sistema impositivo actual.
VII.- Capacidad de pago
Por capacidad de pago se entiende al gra-
do de liquidez que tiene el deudor para cumplir
con la obligacin tributaria, dentro del plazo de
la ley.
64
Aqu nos acercamos a la realidad econ-
mica, pues son mltiples los casos, donde a pe-
sar de cumplir con los requisitos de capacidad
tributaria y capacidad contributiva, una persona
no necesariamente puede cumplir con la obliga-
cin tributaria
65
.
El Estado, al igual que cualquier acreedor,
debe considerar no slo la capacidad jurdica y
contributiva de su deudor, sino que adems debe
tener en cuenta si ste sujeto tiene la posibilidad
de cumplir con la prestacin, esto es, si va a
pagar efectivamente la deuda tributaria. Si bien
es cierto, la prestacin tributaria es exigible
coactivamente, de lo que se trata, o lo que el
Estado debe cuidar es de que coincida y
exista correspondencia entre la capacidad con-
tributiva y la capacidad de pago, ya que el
Estado en ejercicio de su potestad tributaria
no debera perjudicar a un deudor que aunque
est dispuesto a pagar su deuda, por razones aje-
nas a su voluntad, no lo puede hacer, por falta
de liquidez.
Como seala el profesor Ruiz de Castilla,
la realidad econmica de un Estado, juega un rol
importante en la capacidad de pago, pero tam-
bin hay otros factores que inciden en el pago
o no de la deuda. Es as el ejemplo de un con-
tribuyente, que recibe mil dlares de honorarios,
pero que tiene cuatro hios. Su ingreso mensual
justifcara la imposicin de un tributo sobre la
renta, pero la suma que se otorgara al Fisco,
estara limitada por la carga familiar.
66
Ms an,
si estuviramos en el mes de marzo o febrero,
cuando se inicia el periodo escolar, en la etapa
navidea. Estos factores, de cierta manera inci-
den en el pago de un tributo, pues un ingreso
de mil dlares, en este perodo se vera reducido
a una cantidad, a veces inimaginable.
En este sentido, las manifestaciones de ri-
queza econmicas, como la obtencin de rentas,
ingresos, consumos hacen presumir razonable-
mente, que existe capacidad econmica, pero en
un pas en vas de desarrollo, no necesariamente
existe correspondencia entre la capacidad contri-
butiva y la capacidad de pago
67
.
Si bien es cierto, el cobro de tributos en
general se considera legtimo porque satisface
necesidades pblicas mediante servicio pbli-
cos, el Estado debera tener en cuenta estos fac-
tores, ya que en aquellos casos en los que la
presin tributaria se vuelve excesiva sea de un
determinado tributo o de un conjunto de ellos,
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
100
CARMEN DEL PILAR ROBLES MORENO Y MARY ANN GAMARRA BELLIDO
la poblacin busca alternativas que pueden ir
desde el no cumplir con las prestaciones tribu-
tarias a que se encuentran obligados, emigran
a otros lugares donde vean real y verdadera
equidad en el actuar del Estado, en el ejercicio
de la potestad tributaria, o simplemente deciden
evadir el pago de determinados tributos, pref-
riendo el riesgo que esto conlleva.
Por ello, el Estado debera siempre gra-
var verdaderas capacidades contributivas,
de tal manera que se estara asegurando el
cumplimiento o la posibilidad de cumplimien-
to de parte de los sujetos pasivos, y se evita-
ra el que el contribuyente prefera el riesgo
que signifca no pagar una deuda tributaria,
debido justamente a que no puede hacer frente
a la deuda existente.
Por las razones antes expuestas, si el
Estado pretende que los contribuyentes cumplan
adecuadamente con sus obligaciones tributarias
debe tener presente los siguientes lmites a la im-
posicin: i) El lmite psicolgico, que es el pun-
to a partir del cual el contribuyente prefere el
riesgo al cumplimiento de la obligacin tributa-
ria; ii) El lmite econmico, entendido como el
lmite real de soportar la carga tributaria, y iii)
El lmite jurdico, que pretende normar el lmite
econmico real del contribuyente, este lmite por
lo general se encuentra en la Constitucin y en la
jurisprudencia.
Finalmente, revisemos algunas jurispru-
dencias relacionadas con la capacidad contri-
butiva y la capacidad de pago:
1.- El Tribunal Constitucional en los funda-
mentos de la Sentencia de la Accin de
Amparo correspondiente al expediente
nmero 1088-98-AA/TC, que se public
en el diario Ofcial el Peruano el 23 de ju-
lio de 1999, precis que i) En materia de
impuesto a la renta, el legislador, al esta-
blecer el hecho imponible, est obligado a
respetar y garantizar la intangibilidad del
capital, lo que no ocurre si el impuesto ab-
sorbe una parte sustancial de las rentas
devengadas o si afecta la fuente produc-
tora de la renta; y ii) El impuesto debe
tener como criterio de imposicin la capa-
cidad econmica real del contribuyente
68
.
Aqu, la posicin adoptada es que el
impuesto debe tener como criterio de imposi-
cin la capacidad econmica real del contri-
buyente. Qu signifca capacidad econmica
real?, justamente aquella cantidad de dinero
que puede efectivamente afrontar su realidad
econmica, repetimos, no es lo mismo gravar
con el Impuesto a la Renta a dos sujetos cu-
yos ingresos afectos son tres mil nuevos soles
mensuales, si uno de ellos tiene 7 hios y una
cnyuge que no trabaja, a otro que no tie-
ne hios, cuya cnyuge percibe rentas. Esto
signifca que si se aplicara como criterio de
imposicin la verdadera capacidad econmica
real del sujeto, se debera contemplar mayores
deducciones a quien ms gasta en necesidades
familiares.
2.- El Tribunal Constitucional en los funda-
mentos de la Sentencia de la Accin de
Amparo correspondiente al expediente
nmero 958-99-AA/TC, que se public
en el diario Ofcial el Peruano el 26 de oc-
tubre de 1999, precis que i) El impuesto
no puede tener como elemento base de
la imposicin, una circunstancia que no
sea reveladora de capacidad econmica o
contributiva, que en el caso del impuesto
a los juegos que afecta a las mquinas tra-
gamonedas con el que se pretende cobrar
al accionante, no se ha respetado.
Aqu el criterio adoptado es distinto,
si se est haciendo referencia a la capacidad
contributiva y no a la capacidad real de pago.
Lo interesante sera poder responder que
circunstancias efectivamente son reveladoras
de capacidad econmica o contributiva? El
tener por ejemplo renta de primera catego-
ra constituye efectivamente una circunstancia
que revela capacidad contributiva, que pasa
si una persona natural de edad avanzada no
es jubilada, y tiene dos predios, uno en el que
habita y por el cual va tener que pagar Im-
puesto Predial, sin ningn tipo de deduccin
ya que no es pensionista y es duea de otro
predio; y propietaria de un segundo predio, el
mismo que es arrendado, y cuyo arrendatario
no cumple con el pago del monto estipulado
por arrendamiento, en este caso, de acuerdo a
nuestra legislacin, esta persona deber pagar
mensualmente el 12% de la Renta Bruta que
perciba, o el 15% de la Renta Neta efectuada la
deduccin del 20% establecida por la Ley del
impuesto a la Renta. En conclusin, esta per-
sona que tiene dos predios que probablemente
las obtuvo por herencia, no percibe otro renta
que no sea de primera categora, evidentemente
la propiedad no es reveladora de capacidad
contributiva, ms an si la deduccin presunta
del 20% es mucho menos a los gastos necesa-
rios que debe efectuar este sujeto pasivo.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
101
LA SUJECIN PASIVA EN LA RELACIN JURDICA TRIBUTARIA Y LA CAPACIDAD DE PAGO
3.- En la RTF nmero 345-3-99, el Tribunal
Fiscal seala en el anlisis de la ma-
teria controvertida que lo que grava
el Impuesto Predial es el derecho de
propiedad que se tenga sobre un predio,
cualquiera sea su naturaleza, por consti-
tuir la propiedad una manifestacin de ri-
queza que conlleva a concluir la existencia
de capacidad contributiva.
Aqu la propiedad se considera una ma-
nifestacin de riqueza y considerar esto, lleva
a la conclusin la existencia de capacidad con-
tributiva en el sujeto pasivo de la obligacin
tributaria.
Consideramos que se debera revisar
este tipo de concepciones, ya que no pode-
mos concluir al menos en nuestro pas, que
aquella persona que sea propietaria de un
predio tenga capacidad real de pago, sino pen-
semos en todos aquellos sujetos jubilados que
perciben una pensin mnima, donde el mismo
legislador ha previsto un tramo de inafectacin
de un monto equivalente a 50 Unidades Impo-
sitivas Tributarias
69
. Este tramo de inafectacin
es un benefcio otorgado por el legislador no a
todos los contribuyentes del Impuesto Predial,
sino a aquellos que teniendo la calidad de
sujetos pasivos de la relacin jurdico tributa-
ria, tienen una situacin econmica distinta al
resto; por esa razn justamente el legislador
est reconociendo tcitamente que el ser pro-
pietario de un predio no signifca que exista ca-
pacidad de pago de la deuda tributaria, podra
existir capacidad tributaria, pero no de pago, y
en todo caso, si el legislador no hubiera previsto
este tramo de inafectacin, lo ms probable es
que estos sujetos jubilados teniendo capaci-
dad contributiva, pero no capacidad de pago,
no puedan materialmente cumplir con el pago
del Impuesto Predial. Este ejemplo nos sirve
para indicar que la propiedad no necesaria-
mente es una manifestacin de riqueza, y por
otro lado, que el concepto de capacidad contri-
butiva ha evolucionado en estos ltimos tiem-
pos, haciendo necesaria que el Estado revise
las distintas realidades que tienen los sujetos
pasivos de la relacin jurdico tributaria.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
102
NOTAS:
1
Artculo 74 de La Constitucin Poltica del Per de 1993, referida al caso de los principios de reserva de ley, igualdad y respeto de los
derechos fundamentales de la persona y la no confscatoriedad, los cuales son un lmite a la Potestad Tributaria del Estado.
2
Cdigo Tributario (D.S. 135-99-EF). Por ejemplo, en los casos de Devolucin por pagos indebidos o en exceso (Artculo 38 CT), o la
improcedencia de la aplicacin de intereses y sanciones por la duplicidad de criterio de la Administracin Tributaria (Artculo 170 inciso 2
CT), etc.
3
Artculo 157 Cdigo Tributario del Per, permite entablar demanda contencioso-administrativo ante la Corte Suprema.
4
Mur Valdivia, Miguel. La Sujecin Pasiva y Responsables Tributarios en la Ponencia Nacional presentada en las XVII Jornadas
Latinoamericanas de Derecho Tributario p. 82.
5
Artculo 1 del TUO del Cdigo Tributario aprobado por D.S. 135-99-EF.
6
Aprobado por el Centro Interamericano de Administradores Tributarios en 1997.
7
Ver artculo 13.
8
Sotelo Castaeda, Eduardo. La sujecin Pasiva en la Obligacin Tributaria. En la Revista Derecho & Sociedad. p. 200.
9
Artculo 7 Cdigo Tributario del Per.
10
Como sabemos, todo emprendimiento empresarial a travs de un contrato de colaboracin empresarial no genera la formacin de
una persona jurdica distinta a las partes contratantes, consecuencia de ello es la ausencia de personalidad jurdica y de patrimonio
propio.
11
Artculo 32 del Cdigo Tributario del Per.
12
El artculo 6 de la Ley 26887, Ley General de Sociedades, establece que la sociedad adquiere personalidad jurdica desde su
inscripcin en el Registro y la mantiene hasta que se inscribe su extincin.
13
Aprobado por D.S. 263-H.
14
Artculo 8 del Cdigo Tributario del Per.
15
Artculo 19 del Modelo de Cdigo Tributario del CIAT.
16
Sea de retencin o de percepcin
17
Eduardo Sotelo. Op. cit.
18
Valdez Costa, Ramn. Curso de Derecho Tributario. Edicin Depalma, Temis, Marcial Pons. Buenos Aires, Santa Fe de Bogot, Madrid,
1996, p. 313.
19
Con el cual es responsable solidario.
20
El prrafo tercero establece que cuando la retencin o percepcin tenga el carcter de pago a cuenta del tributo, no operar la sustitucin
tributaria, considerndose al agente de retencin o percepcin como tercero responsable.
21
De acuerdo al Cdigo Civil vigente de 1984.
22
Artculo 1173 Cdigo Civil.
23
Artculo 1172 Cdigo Civil.
24
Artculo 1175 Cdigo Civil.
25
Artculo 1176 Cdigo Civil.
26
Artculo 1183 Cdigo Civil.
27
Artculo 1186 Cdigo Civil.
28
De a cuerdo al artculo 1318 del Cdigo Civil, procede con dolo quien, deliberadamente no ejecuta una obligacin. La negligencia grave
conocida como culpa inexcusable, de acuerdo al artculo 1319 del Cdigo Civil, se da cuando una persona por negligencia grave no
ejecuta una obligacin.
29
Debemos mencionar que hasta la actualidad no se ha regulado normativamente cundo se debe entender a un sujeto como No
Habido, pese a que la Ley 27038 es del 31 de diciembre de 1998.
30
Debido a que este trabajo constituye una primera aproximacin a la sujecin pasiva, en otro momento abordaremos el tema especfco
de la Responsabilidad solidaria en nuestra legislacin.
31
Mur Valdivia, Miguel. Op. cit.
32
Citado por Hctor Villegas, Los Agentes de Retencin y Percepcin en el Derecho Tributario, Ediciones Depalma, Buenos Aires.
CARMEN DEL PILAR ROBLES MORENO Y MARY ANN GAMARRA BELLIDO
33
Artculo 55 de la Ley de Tributacin Municipal, Decreto Legislativo No. 776.
34
Artculo 18, numeral 2 del Cdigo Tributario del Per.
35
Ejemplo citado por Eduardo Sotelo, Sujecin Pasiva.
36
Que como sabemos por su naturaleza jurdica constituyen anticipos ya que la Obligacin Tributaria no ha nacido todava.
37
Al respecto, consideramos que se debera implementar el mecanismo que haga posible la fscalizacin de la Administracin
Tributaria en General. Aunque en el caso de SUNAT habra que establecer mecanismos de control para quienes efecten las labores
de auditoria, ya que seran los propios trabajadores de SUNAT los encargados de verifcar el cumplimiento tanto de la obligacin
tributaria como de los deberes formarles. En la actualidad no tenemos conocimiento que se haya implementado ningn tipo de
mecanismo operativo para llevar a cabo fscalizaciones a SUNAT.
38
Vidal Ramrez, Fernando, Teora General del Acto Jurdico. Cultural Cuzco S.A. Editores, Lima Per 1983.
39
Ibidem.
40
El Subrayado es nuestro.
41
El Artculo 43 Cdigo Civil menciona a los incapaces absolutos, si el menor de edad fuese menor de diecisis aos, o incapaz relativo,
Artculo 44, si el menor de edad tuviese entre diecisis y dieciocho aos de edad.
42
Artculo16 numeral 1) del Cdigo Tributario.
43
El artculo 564 del Cdigo Civil vigente establece que estn sujetos a curatela las personas siguientes: i)aquellos que por cualquier causa
se encuentren privados de discernimiento, ii) los sordomudos, los ciegosordos y los ciegomudos que no pueden expresar su voluntad de
manera indubitable, iii)Los retardados mentales, iv) los que adolecen de deterioro mental que les impide expresar su libre voluntad, v)los
prdigos, vi) los que incurren en mala gestin, vii) los toxicmanos, y viii) los que sufren pena que lleva anexa la interdiccin civil.
44
Haciendo referencia a la capacidad civil.
45
Sotelo Castaeda, Eduardo. Op Cit.
46
Artculo 43 y 44 del Cdigo Civil.
47
Ruiz de Castilla Ponce de Len, Francisco. Capacidad Contributiva y Capacidad de Pago, Ponencia presentada en la VII Convencin
Nacional de Tributacin, Tributa 2001, realizada en la ciudad del Cusco 1,2,y 3 de Noviembre 2001
48
Ibidem.
49
Curso Superior de Derecho Tributario.
50
Villegas; Hctor, Curso de Finanzas, Derecho Financiero y Tributario. Buenos Aires, 1980, p. 186.
51
Ibidem. Villegas menciona a los ndices e indiciarios de la capacidad contributiva, dentro de su clasifcacin de tributos directos e
indirectos. Los tributos directos, como rentas o ingresos, de exteriorizacin inmediata, son ndices de la capacidad contributiva; mientras
que la exteriorizacin mediata, como el consumo, son tributos indirectos, y por lo tanto, indiciarios de la capacidad contributiva.
52
Hector Villegas, Los principios Tributarios en la Nueva constitucin de Cordova. p. 7.
53
Debemos aclarar que, el concepto de capacidad contributiva como principio del derecho tributario no es aceptado de buen grado
por un sector de la doctrina, quienes consideran entre otras cosas, que se trata de un concepto extrajurdico que debe interesar a la
economa y no al derecho.
54
Villegas; Hctor, Curso de Finanzas, Derecho Financiero y Tributario. Buenos Aires, 1980, p. 186.
55
Ibidem. Villegas menciona a los ndices e indiciarios de la capacidad contributiva, dentro de su clasifcacin de tributos directos e
indirectos. Los tributos directos, como rentas o ingresos, de exteriorizacin inmediata, son ndices de la capacidad contributiva; mientras
que la exteriorizacin mediata, como el consumo, son tributos indirectos, y por lo tanto, indiciarios de la capacidad contributiva.
56
En su libro Explicacin de la Tcnica de los Impuestos. Editorial de Derecho Financiero.
57
Ibidem.
58
Slo a las personas fsicas se les puede aplicar este concepto.
59
Ibidem.
60
Balbi Rodolfo A. Aspectos Internacionales del Impuesto a las Ganancias - OEA , Documentos CIET N 1003 1987.
61
De acuerdo a lo establecido en la norma XV del Cdigo Tributario, la Unidad Impositiva Tributaria (UIT) es un valor de referencia
que puede ser utilizado en las normas tributarias para determinar las bases imponibles, deducciones, lmites de afectacin, y dems
aspectos de los tributos que considere convenientes el legislador.
62
En funcin a consideraciones tcnicas.
63
D.S. 054-99-EF.
64
Ruiz de Castilla Ponce de Len, Francisco. Capacidad Contributiva y Capacidad de Pago, Ponencia presentada en la VII Convencin
Nacional de Tributacin, Tributa 2001, realizada en la ciudad del Cusco 1,2,y 3 de Noviembre 2001.
65
La Obligacin Tributaria es el vnculo entre el acreedor y el deudor tributario, que tiene por objeto el cumplimiento de la prestacin
tributaria. En este sentido, la prestacin es el contenido de la Obligacin Tributaria.
66
Ruiz de Castilla, Op. cit.
67
Ibidem.
68
El subrayado es nuestro.
69
Ver Artculo 19 del Decreto Legislativo 776.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
103
LA SUJECIN PASIVA EN LA RELACIN JURDICA TRIBUTARIA Y LA CAPACIDAD DE PAGO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
104
El desarrollo de algunas garantas que hacen al
debido proceso en la jurisprudencia de la Corte
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)
Calogero Pizzolo
Abogado y Doctor en Derecho (UBA). Profesor regular de Derecho Constitucional y Derechos Humanos en la Facultad de
Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Secretario General de la Ctedra de Derecho Constitucional Latinoamericano.
Director General para Amrica Latina de los Cursos Euroamericanos de Postgrado en Derecho y Ciencia Poltica de la Facultad
de Derecho de la Universidad de Zaragoza (Espaa).
Sumario: I.- Garantas generales o comunes. Garantas procesales o rituales. Garantas de trato
humanitario o carcelarias II.- El debido proceso en la jurisprudencia de la CIDH III.- La garanta del
juez natural IV.- La garanta de la inviolabilidad de la defensa en juicio: A.- Derecho del inculpado de ser
asistido gratuitamente por un traductor o intrprete B.- Derecho a una comunicacin previa y detallada
al inculpado de la acusacin formulada C.- Derecho de concesin al inculpado del tiempo y de los medios
adecuados para la preparacin de su defensa D.- Derecho del inculpado de defenderse personalmente
o de ser asistido por un defensor de su eleccin y de comunicarse libre y privadamente con su defensor
E.- Derecho de la defensa de interrogar a los testigos F.- Derecho a que el proceso penal sea pblico V.- La
garanta de la segunda instancia VI.- El non bis in dem VII.- Principio de legalidad en materia penal y
principio de especifcidad de los tipos penales VIII.- La presuncin de inocencia IX.- Los tribunales con
jueces sin rostro X.- La justicia penal militar.
I.- Garantas generales o comues. Garantas
procesales o rituales. Garantas de trato huma-
nitario o carcelarias.
El estado de derecho esta asociado a la seguridad
jurdica la cual encuentra su realizacin en el
cumplimiento de las normas jurdicas vigentes y,
muy en especial, de los lmites all establecidos.
El ejercicio de un poder ilimitado es, pues, in-
compatible con la nocin misma de estado de de-
recho. Precisamente, con el fn de resguardar
al individuo frente al ejercicio ilimitado y abusi-
vo del poder, se ha ideado un plexo de garantas.
Esto es, un conjunto de dispositivos pensados
para la proteccin de los derechos y libertades
arrancadas a la omnipotencia del poder absolu-
to. En este sentido la CIDH en su Opinin Con-
sultiva OC-6/86 tiene dicho que: (...) la protec-
cin a los derechos humanos, en especial los derechos
civiles y polticos recogidos en la Convencin, parte
de la afrmacin de la existencia de ciertos atributos
inviolables de la persona humana que no pueden ser
legtimamente menoscabados por el ejercicio del poder
pblico. Se trata de esferas individuales que el Estado
no puede vulnerar o en las que solo puede penetrar
limitadamente. As, en la proteccin a los derechos
humanos, est necesariamente comprendida la nocin
de la restriccin al ejercicio del poder estatal
1
.
BIDART CAMPOS
2
sostiene que hay garanta
cuando el individuo tiene a su disposicin la
posibilidad de movilizar al Estado para que lo
proteja. A lo que aqu llamamos garantas, en un
rumbo similar, tienen como objeto la proteccin
de los derechos en distintas etapas donde po-
dran resultar lesionados. As, se protege el m-
bito del ejercicio comn de los derechos, el cual
genera confictos entre intereses contrapuesto.
Dichos confictos, en lo que constituye una ca-
racterstica esencial del estado de derecho, no se
dirimen en aquella esfera comn donde partici-
pan los particulares interesados, los confictos se
ponen a consideracin, en el mbito de la justi-
cia, de un tercero imparcial frente a los intereses
en conficto. Este nuevo mbito est rodeado de
garantas especfcas que constituyen cualidades
intrnsecas de cualquier proceso judicial, sin per-
juicio de las que son propias del proceso penal.
Finalmente, una vez sustanciado el proceso judi-
cial, aparecen la garantas que tienen por objeto el
control del ejercicio del poder punitivo por parte
del Estado. En consecuencia, podemos dividir -
en lo que hace a su estudio- las garantas indivi-
duales en tres grandes grupos: a) las garantas
generales o comunes; b) las garantas procesales
o rituales; y c) las garantas de trato humanita-
rio o carcelarias. Las primeras, actan en aquel
mbito comn donde los derechos se ejercen y
tienen como fn permitir el acceso a un tercero
imparcial para dar solucin al conficto.
La garanta central es aqu aquella que garan-
tiza el derecho a la jurisdiccin y sus garantas
complementarias como el principio de tutela
efectiva que implica la necesaria existencia de un
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
105
recurso o procedimiento adecuado. Se aplican
tambin aqu garantas que exceden el marco
propio del proceso judicial como el derecho a no
declarar contra s mismo. Las segundas, operan
una vez instaurado el proceso judicial y forman
una especie de escudo para las partes contra
las posibles arbitrariedades que se cometan en
aqul dando lugar a lo que la doctrina denomina
debido proceso. Son garantas, en este segun-
do mbito, el derecho a ser llevado sin demora
ante un juez, el derecho a ser juzgado sin dila-
ciones y a una duracin razonable del proceso;
la irretroactividad de la ley penal, la presuncin
de inocencia; el juez natural; el derecho a no ser
arrestado sino es por orden de autoridad compe-
tente; la inviolabilidad de la defensa en juicio y
sus garantas complementarias, la segunda ins-
tancia; el non bis in idem; entre otras. Las ter-
ceras y ultimas, trabajan con la conclusin del
proceso judicial y el dictado de una sentencia.
De este modo son garantas la prohibicin de ser
sometido a torturas, ni a penas o tratos crueles,
inhumanos o degradantes durante el perodo del
cumplimiento de una condena.
En lo que sigue analizamos algunos pronuncia-
mientos de la CIDH en relacin a los contenidos
de lo que llamamos garantas procesales o ritua-
les.
II.- El debido proceso en la jurisprudencia de
la CIDH.
La CIDH tiene dicho que, si bien el artculo 8 de
la Convencin Americana sobre Derechos Huma-
nos (en adelante CADH)
3
se titula Garantas Ju-
diciales, su aplicacin no se limita a los recursos
judiciales en sentido estricto, sino el conjunto de
requisitos que deben observarse en las instancias
procesales a efecto de que las personas puedan
defenderse adecuadamente ante cualquier tipo
de acto emanado del Estado que pueda afectar
sus derechos.
4
A pesar de que el citado artculo
8 (CADH) no especifca garantas mnimas en
materias que conciernen a la determinacin de
los derechos y obligaciones de orden civil, labo-
ral, fscal o de cualquier otro carcter, el elenco
de garantas mnimas establecido en el numeral
2 del mismo precepto se aplica tambin a esos
rdenes y, por ende, en ese tipo de materias el in-
dividuo tiene tambin el derecho, en general, al
debido proceso que se aplica en materia pena.
5
El mismo Tribunal ha defnido al debido proce-
so legal o derecho de defensa procesal, como
el derecho de toda persona a ser oda con las de-
bidas garantas y dentro de un plazo razonable
por un juez o tribunal competente, independien-
te e imparcial, establecido con anterioridad por
la ley, en la sustanciacin de cualquier acusacin
penal formulada en su contra o para la determi-
nacin de sus derechos de carcter civil, laboral,
fscal u otro cualquiera.
6
La CIDH individualiza
las caractersticas de un proceso indebido ha-
ciendo referencia a procesos que no alcanzan los
estndares de un juicio justo ya que no se reco-
noce la presuncin de inocencia; se prohbe a los
procesados contradecir las pruebas y ejercer el
control de las mismas; se limita la facultad del
defensor al impedir que ste pueda libremente
comunicarse con su defendido e intervenir con
pleno conocimiento en todas las etapas del pro-
ceso.
7
La jurisprudencia de la CIDH apunta a sostener
que la justicia realizada a travs del debido pro-
ceso legal como verdadero valor jurdicamente
protegido, se debe garantizar en todo proceso
disciplinario, y los Estados no pueden sustraerse
de esta obligacin argumentando que no se apli-
can las debidas garantas del artculo 8 (CADH)
en el caso de sanciones disciplinarias y no pena-
les. Permitirle a los Estados dicha interpretacin
equivaldra a dejar a su libre voluntad la aplica-
cin o no del derecho de toda persona a un de-
bido proceso.
8
Finalmente, en lo que constituye su ltima opi-
nin consultiva hasta la fecha, la CIDH dej cla-
ro que para que exista debido proceso legal
es preciso que un justiciable pueda hacer valer
sus derechos y defender sus intereses en forma
efectiva y en condiciones de igualdad procesal
con otros justiciables. Al efecto, es til recordar -
afrma la CIDH- que el proceso es un medio para
asegurar, en la mayor medida posible, la solucin
justa de una controversia. A ese fn atiende el
conjunto de actos de diversas caractersticas ge-
neralmente reunidos bajo el concepto de debido
proceso legal. El desarrollo histrico del proceso,
consecuente con la proteccin del individuo y la
realizacin de la justicia, ha trado consigo la in-
corporacin de nuevos derechos procesales. Son
ejemplo de este carcter evolutivo del proceso
los derechos a no autoincriminarse y a declarar
en presencia de abogado, que hoy da fguran en
la legislacin y en la jurisprudencia de los siste-
mas jurdicos ms avanzados.
9
Para alcanzar sus
objetivos, el proceso debe reconocer y resolver
los factores de desigualdad real de quienes son
llevados ante la justicia. Es as como se atiende el
principio de igualdad ante la ley y los tribunales
y a la correlativa prohibicin de discriminacin.
La presencia de condiciones de desigualdad real
obliga a adoptar medidas de compensacin que
contribuyan a reducir o eliminar los obstculos y
EL DESARROLLO DE ALGUNAS GARANTAS QUE HACEN AL DEBIDO PROCESO (...)
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
106
defciencias que impidan o reduzcan la defensa
efcaz de los propios intereses. Si no existieran
esos medios de compensacin, ampliamente
reconocidos en diversas vertientes del procedi-
miento, difcilmente se podra decir que quienes
se encuentran en condiciones de desventaja dis-
frutan de un verdadero acceso a la justicia y se
benefcian de un debido proceso legal en condi-
ciones de igualdad con quienes no afrontan esas
desventajas.
10
III.- La garanta del juez natural.
El derecho a la jurisdiccin en la medida que
signifca la posibilidad de acceder a un rgano
judicial, presupone que dicho rgano debe ser el
juez natural para la causa. Esto es, el tribunal
judicial cuya creacin, jurisdiccin y competen-
cia, provienen de una ley anterior al hecho ori-
ginante de aquella causa (o proceso). La palabra
juez no alude a la persona fsica del juez, sino
al tribunal u rgano judicial.
Juez natural es, entonces, el tribunal creado y do-
tado de jurisdiccin y competencia por una ley
dictada antes del hecho que es origen del proce-
so en el que ese tribunal va a conocer y decidir.
La garanta de los jueces naturales no es priva-
tiva de la materia penal, sino extensiva a todas
las restantes: civil, comercial, laboral, etc.
11
El
objetivo de la garanta que estudiamos es ase-
gurar a los habitantes una justicia imparcial, sin
parcialidades e igual para todos. El concepto de
juez natural es consecuencia del principio segn
el cual la funcin jurisdiccional es monopolio del
Poder Judicial. As, la prohibicin de someter al
juzgamiento de comisiones especiales signifca
la imposibilidad de crear organismos ad-hoc, o ex
post facto (despus del hecho), o especiales, para
juzgar determinados hechos o a determinadas
personas, sin la generalidad y permanencia pro-
pias de los tribunales judiciales. Esta prohibicin
-en opinin de EKMEKDJIAN
12
- no se extienden
a las aludidas comisiones especiales en el senti-
do clsico del trmino, sino que se a cualquier
otro rgano, aun cuando perteneciera al Poder
Judicial y aun cuando preexistiera al hecho, que
no tuviera competencia especfca sobre la causa
en el momento en que se produjo el hecho que
la origin. Si estos rganos -aun los judiciales,
concluye el autor- no tienen potestad en el caso,
con mayor razn carecen de ellas las comisiones
administrativas.
La CADH en su artculo 8.1 afrma: Toda perso-
na tiene derecho a ser oda, con las debidas garantas
(...) por un juez o tribunal competente, independiente
e imparcial, establecido con anterioridad por la ley,
(...). La CIDH tiene dicho en relacin a la ga-
ranta del juez natural que el traslado de compe-
tencias de la justicia comn a la justicia militar y
el consiguiente procesamiento de civiles por el
delito de traicin a la patria en este fuero, supone
excluir al juez natural para el conocimiento de
estas causas. La jurisdiccin militar -continua- no
es la naturalmente aplicable a civiles que carecen
de funciones militares y que por ello no pue-
den incurrir en conductas contrarias a deberes
funcionales de este carcter. Cuando la justicia
militar asume competencia sobre un asunto que
debe conocer la justicia ordinaria, se ve afectado
el derecho al juez natural y, a fortiori, el debido
proceso, el cual, a su vez, se encuentra ntima-
mente ligado al propio derecho de acceso a la
justicia.
13
En el mismo caso la CIDH afrma que
el juez encargado del conocimiento de una causa
debe ser competente, independiente e imparcial
de acuerdo con el artculo 8.1 (CADH). En el caso
en estudio, las propias fuerzas armadas inmersas
en el combate contra los grupos insurgentes, son
las encargadas del juzgamiento de las personas
vinculadas a dichos grupos. Este extremo mina
considerablemente la imparcialidad que debe te-
ner el juzgador. Por otra parte, de conformidad
con la Ley Orgnica de la Justicia Militar, el nom-
bramiento de los miembros del Consejo Supremo
de Justicia Militar, mximo rgano dentro de la
justicia castrense, es realizado por el Ministro del
sector pertinente. Los miembros del Consejo Su-
premo Militar son quienes, a su vez, determinan
los futuros ascensos, incentivos profesionales y
asignacin de funciones de sus inferiores. Esta
constatacin pone en duda la independencia de
los jueces militares.
14
En un caso ms resiente la CIDH sostuvo que el
Estado, al crear Salas y Juzgados Transitorios Es-
pecializados en Derecho Pblico y designar jue-
ces que integraran los mismos, en el momento
en que ocurran los hechos del caso sub judice, no
garantiz a la vctima el derecho a ser odo por
jueces o tribunales establecidos con anteriori-
dad por la ley, consagrado en el artculo 8.1 d
(CADH).
15
IV.- La garanta de la inviolabilidad de la de-
fensa en juicio.
El pleno ejercicio de esta garanta ritual impo-
ne, como es obvio, antes de la defensa el pre-
vio conocimiento de la acusacin debindose
garantizar el acceso a todos sus elementos. Un
conocimiento parcial o irregular de la acusacin
lesiona la inviolabilidad de la defensa en juicio
del acusado y tie de nulidad todo el proceso.
As la CADH en su artculo 7.4 afrma que: Toda
persona detenida o retenida debe ser informada de las
CALOGERO PIZZOLO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
107
razones de su detencin y notifcada, sin demora, del
cargo o cargos formulados contra ella.
La garanta de la inviolabilidad de la defensa en
juicio suma, segn vemos a continuacin, algu-
nos de los siguientes contenidos intrnsecos al
debido proceso: a) Derecho del inculpado de ser
asistido gratuitamente por un traductor o intr-
prete; b) Derecho a una comunicacin previa y
detallada al inculpado de la acusacin formu-
lada; c) Derecho de concesin al inculpado del
tiempo y de los medios adecuados para la prepa-
racin de su defensa; d) Derecho del inculpado
de defenderse personalmente o de ser asistido
por un defensor de su eleccin y de comunicarse
libre y privadamente con su defensor; e) Derecho
de la defensa de interrogar a los testigos; y f) De-
recho a que el proceso penal sea pblico.
A.- Derecho del inculpado de ser asistido gratuita-
mente por un traductor o intrprete.
Este derecho opera frente a la circunstancia de
que el imputado de un delito no comprenda o no
hable el idioma del juzgado o tribunal donde se
tramita la causa. La CADH en su artculo 8.2.(a)
se refere a l en como: derecho del inculpado de
ser asistido gratuitamente por el traductor o intrpre-
te, si no comprende o no habla el idioma del juzgado
o tribunal.
La CIDH resolvi que proveer de traductor a
quien desconoce el idioma en que se desarrolla
el procedimiento, y atribuir al extranjero el de-
recho a ser informado oportunamente de que
puede contar con la asistencia consular, son me-
dios para que los inculpados puedan hacer pleno
uso de otros derechos que la ley reconoce a todas
las personas. Aqullos y stos, indisolublemen-
te vinculados entre s, forman el conjunto de las
garantas procesales y concurren a integrar el
debido proceso legal.
16
La CIDH estima que el
derecho que tratamos debe ser reconocido y con-
siderado en el marco de las garantas mnimas
para brindar a los extranjeros la oportunidad de
preparar adecuadamente su defensa y contar
con un juicio justo.
17
B.- Derecho a una comunicacin previa y deta-
llada al inculpado de la acusacin formulada.
El ejercicio de este derecho es fundamental para
la vigencia de la garanta de inviolabilidad de
la defensa en juicio. La CADH lo contiene en su
artculo 8.2.(b) y la CIDH ha tenido varias opor-
tunidades para expedirse sobre el contenido de
este derecho. As ha manifestado que la restric-
cin a la labor de los abogados defensores y la es-
casa posibilidad de presentacin de pruebas de
descargo constituye una violacin a la CADH,
dado que los inculpados no tuvieron conoci-
miento oportuno y completo de los cargos que
se les hacan, las condiciones en que actuaron los
defensores fueron absolutamente inadecuadas
para su efcaz desempeo y slo tuvieron acceso
al expediente el da anterior al de la emisin de
la sentencia de primer instancia. En consecuen-
cia, la presencia y actuacin de los abogados
fueron meramente formales. Los inculpados no
contaron con una defensa adecuada.
18
C.- Derecho de concesin al inculpado del tiem-
po y de los medios adecuados para la prepara-
cin de su defensa.
A este derecho se refere el artculo 8.2.(c) de la
CADH. No slo basta, a los fnes de mantener
viva la garanta de la inviolabilidad de la de-
fensa en juicio, conocer los pormenores de la
acusacin. Lo anterior de muy poco servira si
no va acompaado de la posibilidad de contar
con los elementos materiales sufcientes como
para llevar adelante la defensa. En relacin a lo
anterior, la CIDH ha afrmado que debido a su
incomunicacin durante los primeros 36 das de
su detencin, el denunciante no tuvo la posibili-
dad de preparar debidamente su defensa ya que
no pudo contar con el patrocinio letrado de un
defensor pblico y, una vez que pudo obtener un
abogado de su eleccin, no tuvo la posibilidad
de comunicarse de forma libre y privada con
l. En consecuencia, la CIDH considera que el
Estado denunciado viol el artculo 8.2.c, d y e
(CADH).
19
En otro caso, la CIDH estim que la restriccin
a la labor de los abogados defensores y la esca-
sa posibilidad de presentacin de pruebas de
descargo quedo demostradas en los hechos: los
inculpados no tuvieron conocimiento oportuno
y completo de los cargos que se les hacan; las
condiciones en que actuaron los defensores fue-
ron absolutamente inadecuadas para su efcaz
desempeo y slo tuvieron acceso al expediente
el da anterior al de la emisin de la sentencia de
primera instancia. En consecuencia, la presencia
y actuacin de los defensores fueron meramente
formales, no pudindose sostener que las vcti-
mas contaran con una defensa adecuada.
20
Ms recientemente, la CIDH encontr que la
escasa comunicacin entre la vctima y sus de-
fensores y la ausencia de notifcaciones de las
decisiones y actos procesales, adems de las dif-
cultades que tuvieron los abogados para acceder
al expediente; a las condiciones materiales de co-
municacin entre el inculpado y sus abogados y
EL DESARROLLO DE ALGUNAS GARANTAS QUE HACEN AL DEBIDO PROCESO (...)
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
108
al hecho de que los magistrados encargados del
proceso militar estaban vestidos con uniforme
de campaa, armados y con pasamontaas con
el afn de intimidar al abogado interviniente,
el cual era llevado a las instalaciones militares
vendado, constituyen una violacin al artculo
8.2.(c) (CADH).
21
D.- Derecho del inculpado de defenderse perso-
nalmente o de ser asistido por un defensor de su
eleccin y de comunicarse libre y privadamente
con su defensor.
La CIDH tiene dicho que los literales d) y e) del
artculo 8.2 (CADH) expresan que el inculpado
tiene derecho de defenderse personalmente o de
ser asistido por un defensor de su eleccin y que
si no lo hiciere tiene el derecho irrenunciable de
ser asistido por un defensor proporcionado por
el Estado, remunerado o no segn la legislacin
interna. En estos trminos, un inculpado puede
defenderse personalmente, aunque es necesario
entender que ello es vlido solamente si la legis-
lacin interna se lo permite. Cuando no quiere o
no puede hacer su defensa personalmente, tiene
derecho de ser asistido por un defensor de su
eleccin. Pero en los casos en los cuales no se de-
fende a s mismo o no nombra defensor dentro
del plazo establecido por la ley, tiene el derecho
de que el Estado le proporcione uno, que ser re-
munerado o no segn lo establezca la legislacin
interna. Es as como la CADH garantiza el dere-
cho de asistencia legal en procedimientos pena-
les. Pero como no ordena que la asistencia legal,
cuando se requiera, sea gratuita, un indigente se
vera discriminado por razn de su situacin
econmica si, requiriendo asistencia legal, el
Estado no se la provee gratuitamente. Hay que
entender -afrma la CIDH-, por consiguiente,
que el artculo 8 (CADH) exige asistencia legal
solamente cuando sta es necesaria para que se
pueda hablar de debidas garantas y que el Es-
tado que no la provea gratuitamente cuando se
trata de un indigente, no podr argir luego que
dicho proceso existe pero no fue agotado.
22
Por otro lado, la CIDH tiene dicho que viola el
derecho de toda persona a ser asistida por el abo-
gado de su eleccin (art. 8.2.d CADH), la legis-
lacin que prohbe que los abogados defensores
tengan a su cargo, simultneamente, ms de un
caso correspondiente a delitos all previstos.
23
E.- Derecho de la defensa de interrogar a los tes-
tigos.
La CADH consagra este derecho en el artculo
8.2.(f) al referirse al derecho de la defensa de inte-
rrogar a los testigos presentes en el tribunal y de obte-
ner la comparecencia, como testigos o peritos, de otras
personas que puedan arrojar luz sobre los hechos.
Se trata de garantizar aqu uno de los elementos
materiales indispensables, en la etapa de la pro-
duccin de pruebas, para construir una defensa
legtima desde el punto de vista del debido pro-
ceso. Este derecho implica la posibilidad de inte-
rrogar tanto a los testigos presentes en el tribunal
y de obtener la comparecencia, como a testigos o
peritos, o cualquier otra persona que pueda arro-
jar luz sobre los hechos.
La CIDH, en esta materia, ha resuelto que consti-
tuye una violacin al derecho que estudiamos la
legislacin que, por una parte, prohbe el interro-
gatorio de agentes, tanto de la polica como del
ejrcito, que hayan participado en las diligencias
de investigacin y, por otra, genera la falta de
intervencin del abogado defensor hasta el mo-
mento en que declara el inculpado, lo cual hace
que aqul no pueda controvertir las pruebas re-
cabadas y asentadas en el atestado policial.
24
F.- Derecho a que el proceso penal sea pblico.
La publicidad que se de al proceso encuentra su
limite en la potencial violacin de las garantas
procesales que estudiamos. Se trata entonces de
armonizar el derecho de los acusados a ejercer
sus garantas rituales y de la sociedad a estar in-
formada. Todo ello como parte de la compleja y
difcil tarea de fjar el lmite del ejercicio de un
derecho y el comienzo del ejercicio de otro. Un
fundamento esencial para mantener la vigencia
del derecho que estudiamos es evitar sumergir
en el secreto y el ocultismo las actuaciones pro-
cesales con el consiguiente desprecio de las ga-
rantas individuales que dicha actitud, a lo largo
de la historia de la humanidad, ha demostrado
engendrar. Asi la CADH afrma en su artculo
8.5 que El proceso penal debe ser pblico, salvo en
lo que sea necesario para preservar los intereses de la
justicia.
La CIDH estableci, en este punto, que los proce-
sos militares de civiles supuestamente incursos
en delitos de traicin a la patria son desarrollados
por jueces y fscales sin rostro, y conllevan una
serie de restricciones que los hacen violatorios
del debido proceso legal. En efecto, se realizaron
en un recinto militar, al que no tiene acceso el
pblico. En esta circunstancia de secreto y aisla-
miento tuvieron lugar todas las diligencias del
proceso, entre ellas la audiencia misma. Eviden-
temente, no se observ el derecho a la publicidad
del proceso, consagrado por la CADH.
25
CALOGERO PIZZOLO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
109
V.- La garanta de la segunda instancia.
Se entiende por segunda instancia (o instancia
mltiple) la organizacin procesal del juicio
penal que contiene la posibilidad de revisar la
sentencia de primera instancia mediante recur-
so (que habilita una o ms instancias posteriores
ante otro tribunal, denominado de alzada). Es
lo opuesto a la instancia nica. El derecho a una
segunda instancia encuentra su consagracin
normativa en la CADH (art. 8.2.h) que consigna
el derecho de recurrir del fallo ante juez o tribunal
superior.
La CIDH luego de afrmar que los procesos se-
guidos ante el fuero militar contra civiles por el
delito de traicin a la patria violan la garanta
del juez natural establecida por el artculo 8.1
(CADH); afrma que el derecho de recurrir del
fallo, consagrado por la CADH, no se satisface
con la mera existencia de un rgano de grado su-
perior al que juzg y conden al inculpado, ante
el que ste tenga o pueda tener acceso. Para que
haya una verdadera revisin de la sentencia, en
el sentido requerido por la CADH, es preciso que
el tribunal superior rena las caractersticas ju-
risdiccionales que lo legitiman para conocer del
caso concreto. Conviene subrayar que el proceso
penal es uno solo a travs de sus diversas etapas,
tanto la correspondiente a la primera instancia
como las relativas a instancias ulteriores. En con-
secuencia, el concepto del juez natural y el prin-
cipio del debido proceso legal rigen a lo largo
de esas etapas y se proyectan sobre las diversas
instancias procesales. Si el juzgador de segunda
instancia no satisface los requerimientos del juez
natural, no podr establecerse como legtima y
vlida la etapa procesal que se desarrolle ante l.
En el caso que nos ocupa, el tribunal de segun-
da instancia forma parte de la estructura militar.
Por ello no tiene la independencia necesaria para
actuar ni constituye un juez natural para el en-
juiciamiento de civiles. En tal virtud, pese a la
existencia, bajo condiciones sumamente restric-
tivas, de recursos que pueden ser utilizados por
los procesados, aqullos no constituyen una ver-
dadera garanta de reconsideracin del caso por
un rgano jurisdiccional superior que atienda las
exigencias de competencia, imparcialidad e in-
dependencia que la CADH establece.
26
VI.- El non bis in idem.
Signifca la prohibicin de reiterar el enjuicia-
miento penal por un hecho ya juzgado. A l se
refere la CADH (art. 8.4): El inculpado absuelto
por una sentencia frme no podr ser sometido a nue-
vo juicio por los mismos hechos.
La CIDH en este punto ha dicho que, este prin-
cipio busca proteger los derechos de los indivi-
duos que han sido procesados por determinados
hechos para que no vuelvan a ser enjuiciados por
los mismos hechos. A diferencia de la frmula
utilizada por otros instrumentos internacionales
de proteccin de derechos humanos (por ejem-
plo, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Polticos de las Naciones Unidas, artculo 14.7,
que se refere al mismo delito), la CADH utili-
za la expresin los mismos hechos, que es un
trmino ms amplio en benefcio de la vctima.
27
La prohibicin que tratamos no obsta a que en
caso de sentencia condenatoria se proceda des-
pus a su revisin si es que aparecen luego
causales justifcatorias como por ejemplo nuevos
elementos de prueba, error judicial, etc., que per-
mitan la absolucin y, como efecto de la nueva
sentencia, la reparacin indemnizatoria.
VII.- Principio de legalidad en materia penal y
Principio de especifcidad de los tipos penales.
El reproche penal siempre debe fundarse en ley,
o sea que slo el Congreso puede crear normas
que incriminen conductas y establezcan las pe-
nas respectivas. Sin embargo, en la prctica ests
pautas no se cumplen con la rigurosidad requeri-
da. Es el caso, por ejemplo, de las llamadas leyes
penales en blanco que se caracterizan porque
tipifcan en forma incompleta ciertas conductas,
delegando a la reglamentacin el establecimien-
to de los recaudos faltantes.
La CADH (art. 7.2) dice al respecto que: Nadie
puede ser privado de su libertad fsica, salvo por las
causas y en las condiciones fjadas de antemano por
las constituciones polticas de los Estados partes o por
las leyes dictadas conforme a ellas. En este sentido,
la CIDH encuentra que una incomunicacin pro-
longada del detenido -en el caso treinta y cinco
das- ms all del plazo permitido por el derecho
interno, viola el citado artculo 7.2 (CADH). La
incomunicacin -afrma la CIDH-, es una medida
de carcter excepcional que tiene como propsi-
to impedir que se entorpezca la investigacin de
los hechos. Dicho aislamiento debe estar limita-
do al perodo de tiempo determinado expresa-
mente por la ley. An en ese caso el Estado est
obligado a asegurar al detenido el ejercicio de las
garantas mnimas e inderogables establecidas
en la CADH y, concretamente, el derecho a cues-
tionar la legalidad de la detencin y la garanta
del acceso, durante su aislamiento, a una defensa
efectiva.
28
La CADH tambin establece (art. 9) que: Nadie
EL DESARROLLO DE ALGUNAS GARANTAS QUE HACEN AL DEBIDO PROCESO (...)
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
110
puede ser condenado por acciones u omisiones que en
el momento de cometerse no fueran delictivos segn el
derecho aplicable. Al respecto la CIDH entiende
que en la elaboracin de los tipos penales es pre-
ciso utilizar trminos estrictos y unvocos, que
acoten claramente las conductas punibles, dan-
do pleno sentido al principio de legalidad penal.
Este implica una clara defnicin de la conducta
incriminada, que fje sus elementos y permita
deslindarla de comportamientos no punibles o
conductas ilcitas sancionables con medidas no
penales. La ambigedad en la formulacin de
los tipos penales genera dudas y abre el campo
al arbitrio de la autoridad, particularmente inde-
seable cuando se trata de establecer la respon-
sabilidad penal de los individuos y sancionarla
con penas que afectan severamente bienes fun-
damentales, como la vida o la libertad. Normas
como las aplicadas en el caso que nos ocupa, que
no delimitan estrictamente las conductas delic-
tuosas, son violatorias del principio de legalidad
establecido en el artculo 9 de la CADH.
29
VIII.- La presuncin de inocencia.
Esta alcanza a toda persona hasta tanto una sen-
tencia frme de condena sea dictada por el r-
gano jurisdiccional competente. El derecho a la
presuncin de inocencia se viola, en opinin de
Bidart Campos
30
, por el indulto anticipado, o sea,
por el que se dispone mientras pende el proceso
penal; y ello porque si el indulto debe recaer so-
bre una pena impuesta a persona determinada;
mientras no hay sentencia no hay ni puede haber
pena, no siendo tal la que genrica y abstracta-
mente prev la ley.
La CADH (art. 8.2) dice al respecto: Toda perso-
na inculpada de delito tiene derecho a que se presuma
su inocencia mientras no se establezca legalmente su
culpabilidad. En su interpretacin de este princi-
pio la CIDH sostuvo que el Estado denunciado,
por conducto de la jurisdiccin militar, infringi
el artculo 8.2 (CADH), que consagra el princi-
pio de presuncin de inocencia, al atribuir a la
denunciante la comisin de un delito diverso a
aquel por el que fue acusada y procesada, sin te-
ner competencia para ello, pues, esa imputacin,
slo corresponda hacerla a la jurisdiccin ordi-
naria competente.
31
En otro caso, la jurisprudencia de la la CIDH
ha establecido que constituye una violacin del
artculo 8.2 (CADH) la exhibicin del detenido,
ante los medios de comunicacin, vestido con un
traje infamante, como autor del delito de traicin
a la patria, cuando an no haba sido legalmen-
te procesado ni condenado. Para ms adelante
sostener que, el principio de la presuncin de
inocencia, tal y como se desprende del artculo
8.2 (CADH), exige que una persona no pueda
ser condenada mientras no exista prueba plena
de su responsabilidad penal. Si obra contra ella
prueba incompleta o insufciente, no es proce-
dente condenarla, sino absolverla.
32
La presuncin de inocencia encuentra tambin
una manifestacin concreta en el instituto de
la libertad procesal durante el proceso penal
(tambin denominado eximicin de prisin o ex-
carcelacin). Este puede defnirse como el dere-
cho que tiene toda persona a su libertad corporal
y ambulatoria mientras una sentencia frme en
su contra no haga cesar su presuncin de inocen-
cia. La CADH mantiene respecto a las personas
procesadas la siguiente regla: Su libertad podr
estar condicionada a garantas que aseguren su com-
parecencia en el juicio (art. 7.5).
La jurisprudencia de la CIDH mantiene que en
el principio de presuncin de inocencia subyace
el propsito de las garantas judiciales, al afrmar
la idea de que una persona es inocente hasta que
su culpabilidad sea demostrada. De lo dispuesto
en el artculo 8.2 (CADH) -prosigue la CIDH- se
deriva la obligacin estatal de no restringir la li-
bertad del detenido ms all de los lmites estric-
tamente necesarios para asegurar que no impe-
dir el desarrollo efciente de las investigaciones
y que no eludir la accin de la justicia, pues la
prisin preventiva es una medida cautelar, no
punitiva. En caso contrario se estara cometien-
do una injusticia al privar de libertad, por un
plazo desproporcionado respecto de la pena que
correspondera al delito imputado, a personas
cuya responsabilidad criminal no ha sido esta-
blecida. Sera lo mismo que anticipar una pena a
la sentencia, lo cual est en contra de principios
generales del derecho universalmente reconoci-
dos.
33
En el mismo caso la CIDH entendi que
con la prolongada detencin preventiva del de-
nunciante, se viol el principio de presuncin
de inocencia, por cuanto permaneci detenido
del 23 de junio de 1992 al 28 de abril de 1996 y
la orden de libertad dictada en su favor el 10 de
julio de 1995 no pudo ser ejecutada sino hasta
casi un ao despus. Concluyndose con todo
en que el Estado denunciado viol el artculo 8.2
(CADH).
34
IX.- Los tribunales con jueces sin rostro.
Este tipo de proceso se caracteriza por llevarse
a cabo en algn lugar remoto -generalmente el
lugar de detencin- con la exclusin del pbli-
co de las actuaciones. Los acusados desconocen
CALOGERO PIZZOLO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
111
quines son los jueces que los juzgan, y la posi-
bilidad de que los acusados preparen su defensa
y se comuniquen con sus abogados tropieza con
obstculos inaceptables. Adems, este sistema
no garantiza un aspecto fundamental del debi-
do proceso: el de que el Tribunal deba tanto ser,
como parecer ser, independiente e imparcial. En
el sistema de juicios con jueces sin rostro, ni
la independencia ni la imparcialidad de los jue-
ces estn garantizadas, ya que el tribunal, esta-
blecido ad hoc, puede estar compuesto por mi-
litares en servicio activo. Este sistema tampoco
asegura el respeto a la presuncin de inocencia.
El anonimato de los magistrados, como anota la
Comisin GOLDMAN
35
, despoja al encausado
de garantas bsicas de justicia: el procesado no
sabe quin lo est juzgando y si esa persona es
competente para hacerlo (por ejemplo, si cuenta
con entrenamiento legal adecuado y experiencia
necesaria); el procesado ve afectado su derecho
a ser juzgado por un tribunal imparcial, dado
que no puede recusar al juez con prejuicios. La
CIDH tiene dicho que la circunstancia de que los
jueces intervinientes en procesos por delitos de
traicin a la patria sean sin rostro, determina
la imposibilidad para el procesado de conocer
la identidad del juzgador y, por ende, valorar su
competencia. Esta situacin se agrava por el he-
cho de que la ley prohbe la recusacin de dichos
jueces.
36
X.- La justicia penal militar.
La Comisin Interamericana de Derechos Hu-
manos sostiene que, en los casos en los cuales la
violacin de un derecho protegido tiene como
consecuencia la comisin de un ilcito penal en el
mbito del derecho interno, las vctimas o sus fa-
miliares tienen derecho a que un tribunal ordina-
rio determine la identidad de los responsables,
los juzgue e imponga las sanciones correspon-
dientes. No cabe duda que estos casos requieren
de la sustanciacin de un proceso penal que in-
cluya una investigacin y sanciones penales, as
como la posibilidad de obtener una reparacin.
Por su naturaleza y estructura, la jurisdiccin
penal militar no satisface los requisitos de inde-
pendencia e imparcialidad establecidos en el ar-
tculo 8 (CADH)
37
.
El sistema de la justicia penal militar -afrma la
Comisin analizando el caso de Colombia- tiene
varias caractersticas singulares que impiden el
acceso a un recurso judicial efectivo e imparcial
en esta jurisdiccin. En primer lugar, el fuero
militar no puede ser siquiera considerado como
un verdadero sistema judicial. El sistema de jus-
ticia militar no forma parte del Poder Judicial del
Estado colombiano. Esta jurisdiccin es operada
por las fuerzas de la seguridad pblica y, en tal
sentido, queda comprendida dentro del Poder
Ejecutivo. Quienes toman las decisiones no son
jueces de la carrera judicial y la Fiscala General
no cumple su papel acusatorio en el sistema de
la justicia militar
38
.
La CIDH, por su lado, mantiene desde su juris-
prudencia que la jurisdiccin militar no viola per
se la CADH
39
. En otro caso posterior, la CIDH
preciso que en un Estado democrtico de De-
recho la jurisdiccin penal militar ha de tener
un alcance restrictivo y excepcional y estar en-
caminada a la proteccin de intereses jurdicos
especiales, vinculados con las funciones que la
ley asigna a las fuerzas militares. As, debe estar
excluido del mbito de la jurisdiccin militar el
juzgamiento de civiles y slo debe juzgar a mili-
tares por la comisin de delitos o faltas que por
su propia naturaleza atenten contra bienes jurdi-
cos propios del orden militar
40
. Para la CIDH los
tribunales militares del Estado que han juzgado
a la presunta vctima por el delito de traicin a
la patria no satisfacen los requerimientos de in-
dependencia e imparcialidad establecidos en el
artculo 8.1 (CADH). La CIDH considera que en
un caso como el presente, la imparcialidad del
juzgador resulta afectada por el hecho de que
las fuerzas armadas tengan la doble funcin de
combatir militarmente a los grupos insurgentes
y de juzgar e imponer penas a los miembros de
dichos grupos
41
.
NOTAS:
1
CIDH, La expresin leyes en el artculo 30 de la Convencin Americana sobre Derechos Humanos, Opinin Consultiva
OC-6/86 del 9 de mayo de 1986. Serie A N 6, prrafo 21. Ver texto completo en Bidart Campos, Germn y Pizzolo, Calogero,
Derechos humanos. Opiniones consultivas de la Corte Interamericana. Textos completos y comentarios, Op. cit., pp. 407 y ss., junto
al comentario de Sabsay, Daniel, Comentario a la Opinin Consultiva 6, pp. 421 y ss.
2
Bidart Campos, Germn, Tratado Elemental de Derecho Constitucional Argentino, Ediar, Buenos Aires, 1995, Tomo I, p. 622.
3
El texto completo del artculo 8 citado es el siguiente: 1. Toda persona tiene derecho a ser oda, con las debidas garantas y dentro
de un plazo razonable por un juez o tribunal competente, independiente e imparcial, establecido con anterioridad por la ley, en la
sustanciacin de cualquier acusacin penal formulada contra ella, o para la determinacin de sus derechos y obligaciones de orden civil,
laboral, fscal o de cualquier otro carcter. 2. Toda persona inculpada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no
se establezca legalmente su culpabilidad. Durante el proceso, toda persona tiene derecho, en plena igualdad, a las siguientes garantas
mnimas: a) derecho del inculpado de ser asistido gratuitamente por el traductor o intrprete, si no comprende o no habla el idioma del
juzgado o tribunal; b) comunicacin previa y detallada al inculpado de la acusacin formulada; c) concesin al inculpado del tiempo y
de los medios adecuados para la preparacin de su defensa; d) derecho del inculpado de defenderse personalmente o de ser asistido por un
EL DESARROLLO DE ALGUNAS GARANTAS QUE HACEN AL DEBIDO PROCESO (...)
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
112
defensor de su eleccin y de comunicarse libre y privadamente con su defensor; e) derecho irrenunciable de ser asistido por un defensor
proporcionado por el Estado, remunerado o no segn la legislacin interna si el inculpado no se defendiere por s mismo ni nombrare
defensor dentro del plazo establecido por la ley; f) derecho de la defensa de interrogar a los testigos presentes en el tribunal y de obtener
la comparecencia, como testigos o peritos, de otras personas que puedan arrojar luz sobre los hechos; g) derecho a no ser obligado a
declarar contra s mismo ni a declararse culpable, y h). derecho de recurrir del fallo ante juez o tribunal superior. 3. La confesin del
inculpado solamente es vlida si es hecha sin coaccin de ninguna naturaleza. 4. El inculpado absuelto por una sentencia frme no podr
ser sometido a nuevo juicio por los mismos hechos. 5. El proceso penal debe ser pblico, salvo en lo que sea necesario para preservar los
intereses de la justicia.
4
Corte IDH, caso Tribunal Constitucional, sentencia de 31 de enero de 2001, Serie C, N 71, prrafo 69.
5
dem, prrafo 70.
6
Corte IDH, caso Genie Lacayo, sentenciad del 29 de enero de 1997, Serie C, N 30, prrafo 74. En igual sentido, caso Baena
Ricardo y otros, sentencia de 2 de febrero de 2001, Serie C, N 72, prrafo 137. Los mismos conceptos fueron vertidos por
la CIDH en ejercicio de su competencia consultiva: ver Corte IDH, Excepciones al agotamiento de los recursos internos, Opinin
Consultiva OC-11/90 citada, prrafo 28.
7
Corte IDH, caso Loayza Tamayo, sentencia de 17 de septiembre de 1997, Serie C, N 33, prrafo 62. Por su parte, el voto
concurrente conjunto de los jueces A. A. Canado Trindade y O. Jackman va ms lejos al afrmar que tribunales militares
especiales, compuestos por militares nombrados por el Poder Ejecutivo y subordinados a los cnones de la disciplina
militar, asumiendo una funcin que compete especfcamente al Poder Judicial, dotados de jurisdiccin para juzgar no slo
a militares sino tambin a civiles, que emiten sentencias -como en el presente caso- desprovistas de motivacin, no alcanzan
los estndares de las garantas de independencia e imparcialidad requeridos por el artculo 8.1 (CADH), como elemento
esencial del debido proceso legal.
8
Corte IDH, caso Baena Ricardo y otros, sentencia de 2 de febrero de 2001, Serie C, N 72, prrafo 129.
9
Corte IDH, El derecho a la informacin sobre la asistencia consular en el marco de las garantas del debido proceso legal, Opinin
Consultiva OC-16/99 del 1 de octubre de 1999, Serie A No. 16, prrafo 117. Ver texto completo en Bidart Campos, Germn,
y Pizzolo, Calogero, Derechos humanos. Opiniones consultivas de la Corte Interamericana. Textos completos y comentarios, Op. cit.,
pp. 845 y ss., junto al comentario de Loianno, Adelina, El derecho a la informacin sobre la asistencia consular en el marco de las
garantas del debido proceso legal, pp. 967 y ss.
10
dem, prrafo 119.
11
Cfr. Bidart Campos, Germn, Tratado Elemental de Derecho Constitucional argentino, Op. cit., Tomo I, p. 657.
12
Ekmekdjian, Miguel ngel, Tratado de derecho constitucional, DEPALMA, Buenos Aires, Tomo II, p. 304.
13
Corte IDH, caso Castillo Petruzzi y otros, sentencia de 30 de mayo de 1999, Serie C, N 52, prrafo 128. En igual sentido,
caso Cantoral Benavides, sentencia de 18 de agosto de 2000, Serie C, N 69, prrafo 112.
14
Corte IDH, caso Castillo Petruzzi y otros, sentencia de 30 de mayo de 1999, Serie C, N 52, prrafo 130.
15
Corte IDH, caso Ivcher Bronstein, sentencia de 6 de febrero de 2001, Serie C, N 74, prrafo 114.
16
Corte IDH, El derecho a la informacin sobre la asistencia consular en el marco de las garantas del debido proceso legal, Opinin
Consultiva OC-16/99 citada, prrafo 120.
17
dem, prrafo 122.
18
Corte IDH, caso Castillo Petruzzi, sentencia de 30 de mayo de 1999, parrfos. 139 a 142.
19
Corte IDH, caso Surez Rosero, sentencia de 12 de noviembre de 1997, Serie C, N 35, prrafo. 83.
20
Corte IDH, caso Castillo Petruzzi y otros, sentencia de 30 de mayo de 1999, Serie C, N 52, prrafo 141.
21
Corte IDH, caso Cantoral Benavides, sentencia de 18 de agosto de 2000, Serie C, N 69, prrafos 123 y ss.
22
Corte IDH, Excepciones al agotamiento de los recursos internos, Opinin Consultiva OC-11/90 del 10 de agosto de 1990, Serie A
No. 11, prrafos 25 y 26. Ver texto completo en Bidart Campos, Germn, y Pizzolo, Calogero, Derechos humanos. Opiniones
consultivas de la Corte Interamericana. Textos completos y comentarios, Op. cit., pp. 637 y ss., junto al comentario de Flores, Mara
Teresa, Comentario sobre la Opinin Consultiva 11, pp. 651 y ss.
23
Corte IDH, caso Castillo Petruzzi y otros, sentencia de 30 de mayo de 1999, Serie C, N 52, prrafo 146.
24
dem, prrafo 153.
25
dem, prrafo 172.
26
Corte IDH, caso Castillo Petruzzi y otros, sentencia de 30 de mayo de 1999, Serie C, N 52, prrafo 161.
27
Corte IDH, caso Loayza Tamayo, sentencia de 17 de septiembre de 1997, Serie C, N 33, prrafo 66.
28
Corte IDH, caso Surez Rosero, sentencia de 12 de noviembre de 1997, Serie C, N 35, prrafos 51 y 52.
29
Corte IDH, caso Castillo Petruzzi y otros, sentencia de 30 de mayo de 1999, Serie C, N 52, prrafo 121. En igual sentido,
caso Cantoral Benavides, sentencia de 18 de agosto de 2000, Serie C, N 69, prrafo 155. En este ltimo caso la CIDH
establece que las defniciones de los delitos de terrorismo y traicin a la patria utilizan expresiones de alcance indeterminado en
relacin con las conductas tpicas, los elementos con los cuales se realizan, los objetos o bienes contra los cuales van dirigidas, y los
alcances que tienen sobre el conglomerado social. De otro lado, la inclusin de modalidades tan amplias de participacin en la realizacin
del correspondiente delito, como las que contempla el artculo 2o. del Decreto Ley No. 25.659, descaracteriza la defnicin del sujeto
califcado de la traicin a la patria y acerca esta fgura delictiva a la de terrorismo, hasta el punto de asimilarla con ella (dem).
30
Bidart Campos, Germn, Tratado Elemental de Derecho Constitucional argentino, Op. cit., Tomo I, p. 629.
31
Corte IDH, caso Loayza Tamayo, sentencia de 17 de septiembre de 1997, Serie C, N 33, prrafo 63.
32
Corte IDH, caso Cantoral Benavides, sentencia de 18 de agosto de 2000, Serie C, N 69, prrafo 120.
33
Corte IDH, caso Surez Rosero, sentencia de 12 de noviembre de 1997, Serie C, N 35, prrafo 77.
34
dem, prrafo 78.
35
Ver Informe de la Comisin de Juristas Internacionales sobre la Administracin de Justicia en el Per - Instituto de Defensa
Legal, Lima, 1994, p. 67.
36
Corte IDH, caso Castillo Petruzzi y otros, sentencia de 30 de mayo de 1999, Serie C, N 52, prrafo 133. El mismo criterio
a seguido el Comit de Derechos Humanos (ONU) el cual ha sostenido que, los juicios ante tribunales especiales integrados
por jueces annimos son incompatibles con el artculo 14 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Polticos (PIDCP-
1966), a la vez que desvirta el sistema judicial y llevara a la condena de personas inocentes sin un debido proceso. Ver
Comunicacin N 577/1994, R. Espinoza de Polay c. Per, dictamen aprobado el 6 de noviembre de 1997 durante el 61
perodo de sesiones, prrafo 8.8; y Comunicacin N 688/1996, Carolina Teillier Arredondo c/ Per, prrafo 10.5. Ver
tambin las observaciones al tercer informe peridico del Per (CCPR/C/83/Add.1 y HRI/CORE/1/Add.43/Rev.1) aprobadas
por el Comit en su 1555 sesin celebrada el 6 de noviembre de 1996, prrafo 153.
CALOGERO PIZZOLO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
113
37
Comisin IDH, caso Amparo Tordecilla Trujillo (Colombia), Informe 7/00 (caso 10.337), prrafos 51 a 53, citado. Ver
tambin caso Los Uvos (Colombia), Informe 35/00 (caso 11.020), prrafo 60, citado; caso Caloto (Colombia), Informe
36/00 (caso 11.101), prrafo 55, citado.
38
Comisin IDH, Tercer Informe sobre la Situacin de los Derechos Humanos en Colombia (1999), ps. 175/186. Ver tambin
Segundo Informe sobre la Situacin de los Derechos Humanos en Colombia (1993), p. 237, donde se expresa Los tribunales
militares no garantizan la vigencia del derecho a obtener justicia, ya que carecen de independencia, que es un requisito bsico para la
existencia de este derecho. Adems, en las sentencias que han dictado han puesto de manifesto pronunciada parcialidad, pues con
frecuencia se han abstenido de imponer sanciones a los miembros de las fuerzas de seguridad que, probadamente, han participado en
graves violaciones de derechos humanos.
39
Corte IDH, caso Genie Lacayo, sentenciad del 29 de enero de 1997, Serie C, N 30, prrafos 84 y 91.
40
Corte IDH, caso Durand y Ugarte, sentencia de 16 de agosto de 2000, Serie C, N 68, prrafo 117. La CIDH afrma que,
en el presente caso, los militares encargados de la debelacin del motn ocurrido en el penal El Frontn hicieron un uso
desproporcionado de la fuerza que excedi en mucho los lmites de su funcin, lo que provoc la muerte de un gran
nmero de reclusos. Por lo tanto, los actos que llevaron a este desenlace no pueden ser considerados delitos militares,
sino delitos comunes, por lo que la investigacin y sancin de los mismos debi haber recado en la justicia ordinaria,
independientemente de que los supuestos autores hubieran sido militares o no (dem, prrafo 118). En igual sentido, Corte
IDH, caso Cantoral Benavides, sentencia de 18 de agosto de 2000, Serie C, N 69, prrafo 113.
41
Corte IDH, caso Cantoral Benavides, sentencia de 18 de agosto de 2000, Serie C, N 69, prrafo 114.
EL DESARROLLO DE ALGUNAS GARANTAS QUE HACEN AL DEBIDO PROCESO (...)
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
114
Comunidad Andina hacia un Mercado Comn.
Institucionalidad y Ordenamiento Jurdico
Pierino Stucchi Lpez Raygada
Abogado por la Pontificia Universidad Catlica del Per. Miembro del
rea Jurdica de la Secretara General de la Comunidad Andina
1
Porque el tiempo apremia, es necesario elevar la mira. Los problemas coyunturales
no debieran apartarnos de la visin de largo plazo. Es preciso continuar avanzando en la
construccin de reglas claras de juego, sencillas, de aplicacin general y sin excepciones.
Slo as, los benefcios de la integracin que actualmente son muy alentadores podrn
serlo mucho ms si consolidamos estos avances.
Sebastin Alegret
2
Sumario: Introduccin 1.- La Integracin como alternativa para el desarrollo: a) Sistema de preferencias
b) Zona de libre comercio c) Unin aduanera d) Mercado comn e) Formas avanzadas de integracin 2.-
Evolucin y estado actual de la Comunidad Andina 2.1.- Refexiones sobre la dependencia (1950 1968) 2.2.-
Acuerdo de Cartagena y establecimiento institucional (1969 1989) 2.3.- Liberalizacin y crecimiento comercial
(1990 1997) 2.4.- El actual Sistema Andino de Integracin (1997 2002) 2.5.- Hacia el Mercado Comn
Andino (2003 2005) 3.- rganos e instituciones de la Comunidad Andina 3.1.- rganos 3.2.- Instituciones
4.- Ordenamiento jurdico de la Comunidad Andina 4.1.- Jerarqua normativa 4.2.- Caractersticas de la
norma comunitaria 5.- Sistema de solucin de controversias de la Comunidad Andina 5.1.- Caractersticas
5.2.- Procesos y funcin arbitral 6.- Perspectivas frente a la integracin regional.
Introduccin
En un contexto de globalizacin como el actual,
que se plantea desde un sistema econmico libe-
ral, las fronteras nacionales se ven atravesadas por
ineludibles fenmenos econmicos fnancieros,
comerciales y monetarios que acentan las asime-
tras econmicas, marcando las diferencias entre
los pases superavitarios y los pases defcitarios.
La tesis que seala al sistema econmico liberal
globalizado como reductor de la pobreza de los
pases en vas de desarrollo ha fracasado.
Sin embargo, en un mundo donde los compromi-
sos internacionales se han intensifcado y los me-
canismos de sujecin se han perfeccionado, poca
libertad queda para que los Estados puedan elegir
un camino de retorno de la liberalizacin hacia
formas econmicas ms o menos proteccionistas
o de planifcacin.
1.- La integracin como alternativa para el desa-
rrollo
En la bsqueda de caminos hacia el desarrollo y
entre la escasa libertad de accin de los pases, se
encuentra an la alternativa de participar en un
proceso de integracin con socios regionales o su-
bregionales para constituir con stos un mercado
ampliado que responda a expectativas de lograr
un mercado mayor para las empresas de los pa-
ses socios y una mejor oferta para los consumido-
res nacionales a fn de que puedan satisfacer sus
necesidades con productos ms efcientes tanto en
precio, como en calidad. Esto signifca, en suma,
intensifcar la competencia en los mercados de los
pases socios.
Los estudiosos de la integracin generalmente
hacen un esfuerzo por entender stos procesos
desde una perspectiva econmica y jurdica, dado
que no se puede desvincular a ambas en el anlisis
de un proceso que, para lograr objetivos econmi-
cos, se vale de herramientas jurdicas.
Con respecto al desarrollo de los procesos de in-
tegracin, se han delineado categoras ideales que
permiten ilustrar los objetivos de cada proceso.
stas no responden a una progresin necesaria-
mente verifcable, sin embargo diversos Tratados
Internacionales de Integracin nos permiten apre-
ciar que generalmente se ha presentado un desa-
rrollo secuencial.
a) Sistema de preferencias
Se trata de un acercamiento econmico que pue-
de dar lugar a un proceso de integracin, como
no. El mecanismo del Sistema de Preferencias es
una concesin mutua en forma de reducciones de
aranceles para bienes y/o compromisos mutuos
encaminados a evitar el trato discriminatorio a los
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
115
servicios que provengan del pas socio. Signifca
tratar al producto o servicio originario del pas so-
cio, en la medida de lo pactado, como se tratara a
un producto o servicio nacional.
En la negociacin de este sistema, los futuros pa-
ses socios identifcan los productos o servicios que
les interesa poder exportar a su contraparte e im-
portar de ella. De este modo luego de un cotejo de
intereses y de concesiones mutuas se establece un
Sistema de Preferencias con respecto a una lista
fnal en la que se hayan puesto de acuerdo.
b) Zona de libre comercio
Se establece cuando cada pas socio no impone el
cobro de aranceles, o tributos similares a la impor-
tacin, a los bienes originarios de los dems. Esta
categora ideal se ve matizada, en la realidad, con
exclusiones de algunos productos por cada pas,
en tanto as se pacte. Por lo general, luego del
acuerdo no se implementa de manera inmediata
lo pactado, se inicia un programa de desgravacin
que establece plazos o sistemas graduales para lle-
gar al universo de libre intercambio.
Esta es una categora intermedia que cierto sector
de la doctrina jurdica considera como esquema
de integracin y cierto sector no. Quienes se en-
cuentran en contra de considerarla como tal sea-
lan que existe un bajo nivel de compromiso entre
los pases socios, pues ste se reduce a simples
desgravaciones arancelarias. Aquellos que se en-
cuentran a favor sostienen que a las desgravacio-
nes arancelarias se aaden compromisos jurdicos
importantes dirigidos a evitar que se establezcan
gravmenes y restricciones.
3
c) Unin aduanera
Los pases socios establecen un nuevo territorio
aduanero conformado por la unin de sus terri-
torios. sta se verifca a nivel de aduanas como su
nombre indica, signifcando fundamentalmente
la aplicacin de un mismo nivel arancelario a los
productos que se importan desde el exterior de la
unin a cada pas socio y generando la conforma-
cin de una frontera comercial nica que se pro-
yecta hacia el exterior.
Adicionalmente, se materializa una poltica co-
mercial exterior y un sistema de defensa comer-
cial comunes que pueden consistir en negociacin
internacional conjunta y regulaciones sobre dum-
ping, subvenciones y salvaguardias, entre otras.
La categora ideal seala como deseable la supre-
sin absoluta de control arancelario al interior de
la Unin Aduanera, asegurando una libre circula-
cin de bienes al interior y manteniendo las adua-
nas de frontera entre los pases socios fundamen-
talmente una funcin de control sanitario y orden
pblico.
d) Mercado comn
Esta categora implica el establecimiento de pro-
fundos compromisos entre los pases socios, de
manera que se asegure el libre intercambio y
circulacin de los cuatro factores de produccin:
bienes, servicios, capitales y personas, al interior
de sus territorios en condiciones equivalentes a
las que se tendra si todos conformaran un nico
mercado nacional.
Segn la categora ideal, los ciudadanos de los pa-
ses socios deben tener derecho de establecimiento
y trabajo en iguales condiciones y sin discrimina-
cin en el territorio de cualquiera de los pases.
Del mismo modo, la circulacin de bienes, servi-
cios y capitales se desarrollara sin discriminacin
o restriccin alguna.
e) Formas avanzadas de integracin
Como paradigma encontramos el notable caso de
la Unin Europea que, superando los linderos del
Mercado Comn, se ha proyectado a una Unin
Monetaria parcial, de la que no participa, entre
otros pases, el Reino Unido. El carcter distintivo
de la unin monetaria es la moneda nica, que en
el caso de la Unin Europea es el Euro, sta permi-
te mayor transparencia en el mercado y un equi-
librio en el intercambio comercial de los pases
socios sobre la base de un valor estndar que evita
una competitividad basada en la devaluacin de
monedas nacionales o en tipos de cambio que au-
mentan los costos de transaccin.
Otras categoras, dentro de las Formas Avanzadas
de Integracin, se sitan superando los linderos
de los aspectos comerciales, monetarios y/o fnan-
cieros de la economa, para dirigirse hacia Unio-
nes Polticas o nuevas formas de federalismo con-
temporneo.
4
2.- Evolucin y estado actual de la Comunidad
Andina
La Comunidad Andina est conformada por Boli-
via, Colombia, Ecuador, Per y Venezuela, pases
que agrupan a ms de 115 millones de habitan-
tes en una superfcie de 4 710 000 kilmetros cua-
drados, cuyo producto bruto interno ascendi en
el ao 2001 a 283 000 millones de dlares
5
. Esta
Organizacin Internacional conduce y adminis-
COMUNIDAD ANDINA HACIA UN MERCADO COMN. INSTITUCIONALIDAD Y ORDENAMIENTO JURDICO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
116
tra el proceso de integracin camino a una plena
y libre circulacin de los cuatro factores de pro-
duccin: bienes, servicios, capitales y personas, al
interior del territorio de nuestros pases, hacia el
ao 2005.
Para los pases andinos, el establecimiento de un
Mercado Comn se presenta como una estrategia
de desarrollo, cuyo objetivo es consolidar forta-
lezas y un mercado ampliado atractivo para las
inversiones y menos vulnerable a los vaivenes
econmicos internacionales, lo que permitira el
mejoramiento notable de su posicin negociadora
como bloque frente a los nuevos retos de la globa-
lizacin.
6
Al iniciar el estudio de las dimensiones del pro-
ceso de integracin andino, conviene conocer
su evolucin, los rganos e instituciones que lo
conforman, las caractersticas principales de su
ordenamiento jurdico y sus perspectivas.
2.1.- Refexiones sobre la dependencia
(1950 1968)
Desde la dcada de los cincuenta, en Amrica
Latina empieza a pensarse de un modo diferente
sobre el conjunto de problemas y soluciones ne-
cesarias para lograr el desarrollo. Hace aparicin,
en la escena internacional, la Comisin Econmi-
ca de Amrica Latina (CEPAL) que, sorteando la
oposicin de los Estados Unidos y apoyndose
en el fuerte apoyo de los gobiernos de Chile y
sobre todo de Brasil, comienza a consolidarse
como un referente de nuevas propuestas sobre
desarrollo y actividad econmica para Amrica
Latina
7
.
En este contexto, la Teora de la Dependencia se
plantea como un anlisis regional que inaugura
una rica refexin sobre la situacin econmica y
los niveles de desarrollo, planteando como me-
canismo fundamental la sustitucin de importa-
ciones, evitando una conducta importadora de
Amrica Latina y provocando una industrializa-
cin dirigida que permitiera elevar los niveles de
auto abastecimiento del consumo nacional.
2.2.- Acuerdo de Cartagena y establecimiento
Institucional (1969 1989)
En un escenario de integracin regional esta-
blecido por la Asociacin Latinoamericana de
Libre Comercio ALALC
8
-
, el motivo poltico
detrs de la celebracin del Acuerdo de Carta-
gena y la creacin del Grupo Andino fue lograr
equilibrar el peso regional del poder econmico
representado por ABRAMEX (Argentina, Brasil
y Mxico). Los pases andinos buscaron estable-
cer un contrapeso que permitiera a sus medianas
economas desarrollarse mediante una profunda
integracin subregional.
El Acuerdo de Cartagena estableci el inicio del
proceso de integracin andino, entrando en vi-
gor en el ao 1969. Su cumplimiento entraaba,
como aspectos sustanciales, el logro de los si-
guientes objetivos:
a) Cumplimiento de un Programa de Liberali-
zacin tendiente al establecimiento de una
Zona de Libre Comercio;
b) Instauracin de un Arancel Externo Comn
que consolide una Unin Aduanera;
c) Establecimiento de programacin industrial
conjunta;
d)Armonizacin de polticas econmicas; y
e) Existencia de instituciones fnancieras y mo-
netarias.
En esta poca, la orientacin econmica de los
pases andinos corresponda a un modelo de pla-
nifcacin centralizada segn el cual, a diferencia
del modelo liberal imperante en la actualidad,
era el Estado quien asignaba los recursos eco-
nmicos existentes a las actividades econmicas
y diriga la lgica de las inversiones. El merca-
do no cumpla la funcin de asignar los escasos
recursos a las actividades ms efcientes, era la
planifcacin de los organismos estatales quien
sealaba su destino
9
.
A continuacin, podemos apreciar la evolucin
de las exportaciones entre los pases andinos du-
rante esta etapa:
Importaciones Intracomunitarias
1969 -1989
0
1000
2000
3000
4000
5000
6000
1
9
6
9
1
9
7
1
1
9
7
3
1
9
7
5
1
9
7
7
1
9
7
9
1
9
8
1
1
9
8
3
1
9
8
5
1
9
8
7
1
9
8
9
Millones de Dlares
Cuadro No. 1.- Evolucin del Comercio en la Comunidad Andina entre los
aos 1969 y 1989. Fuente: Secretara General de la Comunidad Andina.
Bajo el sistema de planifcacin estatal el co-
mercio entre los Pases Miembros del entonces
Acuerdo de Cartagena evolucion de la casi
inexistencia a cifras que superaban, en algunos
casos, los mil millones de dlares, logrando un
desarrollo comercial importante comparado con
el pasado
10
.
Sobre el aspecto institucional, cabe sealar que a
travs de un tratado adicional en 1979 fue creado
el Tribunal Andino de Justicia, rgano signifca-
tivo y distintivo del esquema de integracin an-
PIERINO STUCCHI LPEZ RAYGADA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
117
dino, encargado de interpretar el derecho comu-
nitario andino, entrando en funciones en 1984.
2.3.- Liberalizacin y crecimiento comercial
(1990 1997)
Como podemos apreciar, ampliando la lnea del
tiempo desde 1969 hasta 1997, el comercio intra-
comunitario creci en un 300% en los primeros
siete aos de la dcada de los noventa, pasando
de una cifra de 1.0 milln de dlares en 1989 a
5.6 millones de dlares en 1997. Este crecimiento
coincide con un importante cambio en los mode-
los econmicos imperantes en los pases andinos
que, de una economa cerrada, transitan a una
intensa liberalizacin.
Importaciones Intracomunitarias
1969 -1997
0
1000
2000
3000
4000
5000
6000
1
9
6
9
1
9
7
1
1
9
7
3
1
9
7
5
1
9
7
7
1
9
7
9
1
9
8
1
1
9
8
3
1
9
8
5
1
9
8
7
1
9
8
9
1
9
9
1
1
9
9
3
1
9
9
5
1
9
9
7
Millones de Dlares
Cuadro No. 2.- Evolucin del Comercio en la Comunidad Andina entre los aos
1969 y 1997. Fuente: Secretara General de la Comunidad Andina.
La poltica liberal de los Pases Miembros signi-
fc el desarrollo de una poltica de Regionalis-
mo Abierto que, a travs de la reduccin de los
aranceles de importacin y dems restricciones a
los otros factores de produccin, someti al co-
mercio intrasubregional a una competencia con
el comercio extra - subregional en bsqueda de
reducir las inefciencias del esquema de integra-
cin andino. A esta poltica de apertura hacia
afuera se sum la fexibilizacin de las legisla-
ciones laborales, la apertura de los mercados
nacionales bajo el sistema de libre competencia
y la modifcacin del rgimen comn sobre in-
versin extranjera.
Institucionalmente, se destaca la creacin del
Consejo Presidencial Andino que contrast pa-
radjicamente con una falta de disciplina comu-
nitaria para las negociaciones internacionales,
pues entre otros, los Pases Miembros negocia-
ron individualmente acuerdos comerciales con
Chile y Mxico.
2.4.- El Actual Sistema Andino de Integracin
(1997 2002)
En un contexto de crisis fnanciera internacional,
que tambin afect a los Pases Miembros de la
Comunidad Andina, entraron en vigencia las
ltimas reformas institucionales. Se crearon el
Consejo Andino de Ministros de Relaciones Ex-
teriores y la Secretara General que sustituy a
la Junta del Acuerdo de Cartagena , tomando su
forma actual el Sistema Andino de Integracin.
Si bien el Tribunal de Justicia de la Comunidad
Andina inici sus funciones en 1984, es recin en
1997 que se pone en marcha, bajo su administra-
cin, el funcionamiento del Sistema Jurisdiccio-
nal de Solucin de Controversias. Asimismo, se
aprueba un rgimen especial de desgravacin
para el Per, que pone en marcha la consolida-
cin de la Zona de Libre Comercio Andina.
11
En 1999, los Presidentes Andinos, responsables
de la conduccin poltica del proceso, plasman
en una Declaracin Conjunta el mandato poltico
para la conformacin del Mercado Comn Andi-
no para el ao 2005, cuyo cumplimiento motiva
en la actualidad la aceleracin del rgimen espe-
cial de desgravacin para el Per y la consolida-
cin de la Unin Aduanera, como requisitos a
cumplir necesariamente de manera previa.
12
Se produce una mayor coordinacin en las nego-
ciaciones internacionales, contando con vocera
nica en los Grupos de Negociacin del rea de
Libre Comercio de las Amricas ALCA - y en
los Acuerdos de Alcance Parcial Comunidad An-
dina Brasil y Comunidad Andina Argentina,
entre otros.
Con respecto a las cifras de comercio subregio-
nal, durante el ao 2001 se registraron 5680 mi-
llones de dlares, aprecindose que, luego de un
sensible descenso en 1999, se produce una recu-
peracin y mantenimiento de fujo comercial.
Esta fuctuacin no signifca un estancamiento
del intercambio, si se aprecian las cifras en el es-
cenario de la crisis fnanciera internacional que
caracteriz este periodo, por el contrario es un
indicador de la fortaleza de las relaciones comer-
ciales andinas.
Importaciones Intracomunitarias
1969 -2001
0
1000
2000
3000
4000
5000
6000
1
9
6
9
1
9
7
1
1
9
7
3
1
9
7
5
1
9
7
7
1
9
7
9
1
9
8
1
1
9
8
3
1
9
8
5
1
9
8
7
1
9
8
9
1
9
9
1
1
9
9
3
1
9
9
5
1
9
9
7
1
9
9
9
2
0
0
1
Millones de Dlares
Cuadro No. 3.- Evolucin del Comercio en la Comunidad Andina entre los aos
1969 y 2001. Fuente: Secretara General de la Comunidad Andina.
2.5.- Hacia el Mercado Comn Andino
(2003 2005)
Como sealamos lneas arriba, un Mercado Co-
mn implica la existencia de cuatro libertades al
interior de su territorio: a) Libertad de circula-
COMUNIDAD ANDINA HACIA UN MERCADO COMN. INSTITUCIONALIDAD Y ORDENAMIENTO JURDICO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
118
cin de bienes que se debe encontrar sustenta-
da sobre la base de una Unin Aduanera conso-
lidada , b) Libertad de circulacin de servicios,
c)Libertad de circulacin de capitales, y Libertad
de circulacin de personas. De este modo, si los
pases andinos logran el aseguramiento de las
mencionadas libertades sobre los cuatro factores
de produccin, eliminando toda discriminacin,
gravamen y restriccin al libre fujo de stos
como si fuera un nico mercado nacional o inte-
rior
13
, habrn logrado su objetivo.
Como parte de los obstculos que se habrn de
superar para la consecucin del objetivo, se en-
cuentran la severa crisis econmica que afecta a
la regin y las particulares inestabilidades pol-
ticas de cada Pas Miembro. Sin embargo, es un
indicador de aliento que se transite por la va
democrtica en bsqueda de soluciones para los
problemas existentes.
La participacin de la sociedad civil, la efcacia
representativa de los Consejos Consultivos Em-
presarial y Laboral Andinos
14
, la profundizacin
de la Poltica Externa Comn y la ejecucin de
los compromisos actuales son importantes ma-
trices de la estrategia que debe seguir la Comu-
nidad Andina para lograr el establecimiento de
su Mercado Comn.
Es indispensable para el xito del proceso que
ste sea refejado en el ciudadano andino, quien,
en su calidad de sujeto de la integracin, debe go-
zar de sus benefcios y disfrutar de sus oportuni-
dades.
15
Adems, tanto los gobiernos nacionales
como los rganos comunitarios andinos tienen la
obligacin de actuar de acuerdo con el mandato
presidencial de Cartagena de Indias, confrmado
y complementado por la Declaracin Presiden-
cial de Santa Cruz de la Sierra Bolivia del 30 de
enero de 2002.
16
3.- rganos e instituciones de la Comunidad
Andina
La Comunidad Andina est integrada por Boli-
via, Colombia, Ecuador, Per y Venezuela, y por
los rganos e instituciones del Sistema Andino
de Integracin que se sealan en el Acuerdo de
Cartagena
17
.
En este sentido, cumple con los atributos clsicos
de una Organizacin Internacional, pues adems
de poseer una composicin interestatal, ser fru-
to de una generacin convencional a travs del
Acuerdo de Cartagena y dems tratados de in-
tegracin andina, y poseer personalidad jurdica
propia, cuenta con una estructura orgnica for-
malmente establecida.
Su organizacin responde a un esquema circular
en el que cada Organo e Institucin tienen sus
competencias defnidas y coordina acciones con
los dems, no existiendo jurdicamente una mar-
cada jerarqua.
Cuadro No. 4.- Composicin de la Comunidad Andina. Pases Miembros, Or-
ganos e Instituciones. Fuente: Secretara General de la Comunidad Andina
(htp://[Link])
3.1.- rganos
Estos constituyen el ncleo de la estructura or-
gnica de la Comunidad Andina. Sus atribucio-
nes les han sido expresamente conferidas por los
Pases Miembros a travs del Acuerdo de Car-
tagena, el Tratado de Creacin del Tribunal de
Justicia, el Tratado Constitutivo del Parlamento
Andino y sus respectivas modifcaciones
18
.
a) Consejo Presidencial Andino
Se encuentra conformado por los Presidentes
de la Repblica de los Pases Miembros, uno de
los cuales ejerce las funciones de Presidente del
Consejo y en tal calidad asume la mxima re-
presentacin poltica de la Comunidad Andina,
permaneciendo un ao calendario en su funcin,
la que es ejercida sucesivamente y en orden al-
fabtico.
El Consejo Presidencial se encarga de emitir Di-
rectrices sobre distintos asuntos concernientes a
la integracin andina, las cuales son instrumen-
tadas posteriormente por los rganos e institu-
ciones del Sistema Andino de Integracin. Se re-
ne en forma ordinaria una vez al ao y puede
reunirse de manera extraordinaria cada vez que
lo estime conveniente.
19
Este rgano se encarga de establecer la poltica
del proceso de integracin subregional, orientar
PIERINO STUCCHI LPEZ RAYGADA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
119
e impulsar las acciones en asuntos de inters de
la subregin, evaluar el desarrollo y los resulta-
dos del proceso de integracin, y examinar todas
las cuestiones y asuntos relativos al desarrollo
del proceso y de sus relaciones externas. Ade-
ms considera y emite pronunciamientos sobre
los informes y recomendaciones presentados por
los rganos e instituciones del Sistema Andino
de Integracin.
20
b) Consejo Andino de Ministros de Relaciones
Exteriores
Est conformado por los Ministros de Relaciones
Exteriores de los Pases Miembros y se encarga
de la direccin poltica y de la consecucin de los
objetivos del proceso de integracin. Asimismo,
como se desprende de la naturaleza de su con-
formacin, formula y ejecuta la poltica exterior
de la Comunidad Andina.
21
Este Consejo tiene la facultad de suscribir Con-
venios y Acuerdos con terceros pases y organis-
mos internacionales, vinculados a temas globa-
les de poltica exterior y de cooperacin. Ejerce
tambin funciones de coordinacin para lograr
una posicin conjunta de los pases andinos en
foros y negociaciones internacionales.
Expresa su voluntad mediante Declaraciones y
Decisiones, siendo las primeras, lineamientos
polticos de carcter no vinculante, y las segun-
das, normas jurdicas de aplicacin obligatoria.
22
El Consejo puede sesionar en Reunin Ampliada
con los representantes ante la Comisin a fn de
preparar las reuniones de los Presidentes Andi-
nos, para elegir o remover al Secretario General,
evaluar la gestin de la Secretara General, o con-
siderar las iniciativas y propuestas que sta o los
Pases Miembros sometan a su consideracin.
c) Comisin
Cumple funciones legislativas y est integrada
por un representante plenipotenciario de cada
uno de los Pases Miembros,
23
manifesta su vo-
luntad normativa tambin mediante Decisiones,
tal como lo hace el Consejo Andino de Ministros
de Relaciones Exteriores.
La Comisin puede sesionar en Reunin Amplia-
da con los Ministros de Estado correspondientes
al sector del tema a tratar, a solicitud de uno de
los Pases Miembros o de la Secretara General,
con el fn de tratar asuntos de carcter sectorial,
considerar normas para hacer posible la coordi-
nacin de los planes de desarrollo y la armoni-
zacin de las polticas econmicas de los Pases
Miembros, entre otros.
La Comisin plasma en normativa comunitaria
la poltica de integracin subregional andina en
materia de comercio e inversiones, adopta las
medidas necesarias para el logro de los objetivos
del Acuerdo de Cartagena y para el cumplimien-
to de las Directrices del Consejo Presidencial
Andino, y coordina la posicin conjunta de los
Pases Miembros en foros y negociaciones inter-
nacionales en el mbito de su competencia.
24
d) Secretara General
Como habamos observado, luego de las refor-
mas institucionales a fnales de la dcada pasada,
la Junta del Acuerdo de Cartagena se convierte
en la Secretara General, teniendo la calidad de
rgano ejecutivo de la Comunidad Andina y
pronuncindose a travs de Resoluciones. Se en-
cuentra a cargo de un Secretario General elegido
por consenso por el Consejo Andino de Minis-
tros de Relaciones Exteriores.
25
Su sede perma-
nente se encuentra en Lima, Per.
Entre sus principales funciones se encuentran:
- Formular propuestas de Decisin al Consejo
Andino de Ministros de Relaciones Exterio-
res y a la Comisin.
- Facilitar, acelerar y administrar el proceso de
integracin.
- Resolver asuntos sometidos a su considera-
cin.
- Velar por el cumplimiento de los compromi-
sos comunitarios.
- Mantener vnculos permanentes con los Pa-
ses Miembros y de trabajo con los rganos
ejecutivos de las dems organizaciones re-
gionales de integracin y cooperacin.
Adems, cumple una funcin de especial im-
portancia en el Sistema de Solucin de Contro-
versias Andino pues conoce en fase prejudicial
obligatoria las denuncias sobre posibles incum-
plimientos del ordenamiento jurdico comunita-
rio por parte de Pases Miembros, pudiendo en
todo caso iniciar investigaciones de ofcio sobre
ste particular.
26
Tambin tiene competencia ex-
clusiva para califcar restricciones o gravmenes
al comercio, determinar la existencia de prcticas
dumping y de subsidios, autorizar medidas de
salvaguardia, establecer requisitos especfcos de
origen, entre otras de naturaleza tcnica admi-
nistrativa.
e) Tribunal de Justicia Andino
COMUNIDAD ANDINA HACIA UN MERCADO COMN. INSTITUCIONALIDAD Y ORDENAMIENTO JURDICO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
120
Es el rgano jurisdiccional permanente de la
Comunidad Andina, est conformado por cinco
Magistrados de cada uno de los Pases Miembros,
posee competencia territorial en los cinco pases
y tiene sede permanente en Quito, Ecuador.
El Tratado de su Creacin le asigna la calidad de
intrprete fnal de las normas comunitarias, en
consecuencia controla la legalidad de stas y re-
suelve controversias que requieran de su aplica-
cin. Asegura una aplicacin uniforme del Orde-
namiento Jurdico Andino en el territorio de los
Pases Miembros, quienes se encuentran prohi-
bidos de someter controversia alguna que surja
con motivo de su aplicacin a ningn tribunal,
sistema de arbitraje o procedimiento distinto al
Tribunal de Justicia de la Comunidad Andina.
27
f) Parlamento Andino
Paradjicamente, carece de facultades legislati-
vas, constituyndose en un rgano deliberante
que representa a los pueblos de la Comunidad
Andina. Se espera que, conforme evolucione el
proceso de integracin andino, asuma labores
normativas activas.
Salvo el caso de la Repblica de Venezuela, cuyo
representante ha sido elegido mediante eleccin
universal y directa, actualmente, est conforma-
do por representantes de los Congresos Nacio-
nales. En los prximos aos, todos sus miembros
debern ser elegidos democrticamente en cada
Pas Miembro
28
.
3.2.- Instituciones
Estas instituciones tienen objetivos afnes a la la-
bor de la Comunidad Andina y persiguen intere-
ses compatibles con los de la integracin andina.
Se rigen por el Acuerdo de Cartagena y de ser el
caso, por sus respectivos Tratados Constitutivos
y Protocolos Modifcatorios
29
.
a) Corporacin Andina de Fomento (CAF)
Es la institucin fnanciera de la Comunidad
Andina, est integrada por pases accionistas de
Amrica Latina y el Caribe y por accionistas pri-
vados. Tiene como misin apoyar el desarrollo
sostenible de sus pases accionistas y la integra-
cin regional, mediante la movilizacin de re-
cursos para la prestacin de servicios fnancieros
mltiples.
b) Fondo Latinoamericano de reservas (FLAR)
Es la institucin monetaria de la Comunidad
Andina y tiene como objetivo acudir en apoyo
de las balanzas de pago de los Pases Miembros,
otorgando crditos o garantizando prstamos
a terceros. Contribuye a la armonizacin de las
polticas cambiarias, monetarias y fnancieras
de los pases y mejora las condiciones de las in-
versiones de reservas internacionales efectuadas
por las naciones andinas.
c) Consejos Consultivos
Existen dos Consejos, uno representa a los empre-
sarios y otro a los trabajadores de la subregin.
30
El primero es el Consejo Consultivo Empresarial
de la Comunidad Andina y emite opinin ante
el Consejo Andino de Ministros de Relaciones
Exteriores, la Comisin o la Secretara General,
a solicitud de stos o por propia iniciativa, sobre
los programas o actividades del proceso de in-
tegracin subregional que sean de su inters. Se
compone de cuatro delegados elegidos entre los
directivos del ms alto nivel de las organizacio-
nes empresariales representativas de cada uno
de los Pases Miembros.
El segundo es el Consejo Consultivo Laboral
de la Comunidad Andina y emite opinin del
mismo modo que el Consejo Empresarial. Est
conformado por delegados del ms alto nivel,
elegidos directamente por las organizaciones re-
presentativas del sector laboral de cada uno de
los Pases Miembros.
d) Universidad Andina Simn Bolvar
Es la institucin del Sistema Andino de Integra-
cin que se dedica a la investigacin, la ensean-
za, la formacin post-universitaria y la coopera-
cin tcnica, as a la coordinacin entre las uni-
versidades de la subregin.
e) Convenios
Son instituciones intergubernamentales que
complementan el proceso de integracin con
acciones de contenido social. En el campo de la
integracin educativa, tecnolgica y cultural se
encuentra el Convenio Andrs Bello; coordinan-
do los esfuerzos en la mejora de la salud de los
habitantes de la subregin, el Convenio Hiplito
Unanue; y promoviendo la integracin social y
laboral, el Convenio Simn Rodrguez.
4.- Ordenamiento jurdico de la Comunidad
Andina
Toda estructura social responde a los objetivos
de las sociedades que la sustentan y el ordena-
PIERINO STUCCHI LPEZ RAYGADA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
121
miento jurdico es un fenmeno que no puede
escapar de esta condicionante. De este modo, el
ordenamiento jurdico andino revela las metas
de profunda integracin que se han planteado
los Pases Miembros.
Puede apreciarse que el esquema de integra-
cin andino persigui, para su organizacin, lo-
grar cierta similitud con el de las Comunidades
Europeas. Esto, en gran medida, responde a la
profundidad de los compromisos establecidos
por los pases europeos, que hoy se encuentran
afnando el funcionamiento de su Mercado Co-
mn. Correlativamente, desde el punto de vista
jurdico, es innegable que el modelo europeo ins-
pir a los pases andinos.
4.1.- Jerarqua normativa
El Acuerdo de Cartagena, El Tratado de Crea-
cin del Tribunal de Justicia y los dems tratados
integran la cspide de la pirmide jurdica andi-
na, conformando el derecho primario u origina-
rio que procede del concierto de voluntades de
los pases andinos, quienes voluntariamente han
establecido normas que los obligan a integrar
sus mercados, delegando para ello algunas de
sus competencias soberanas a los rganos de la
Comunidad Andina, otorgndoles una calidad
supranacional.
31
En segundo trmino, y en calidad de ordena-
miento jurdico secundario o derivado, se en-
cuentran las normas emanadas de los rganos
comunitarios, tales como las Decisiones del Con-
sejo de Andino de Ministros de Relaciones Ex-
teriores y la Comisin, y las Resoluciones de la
Secretara General. Estas ltimas se subordinan
a las Decisiones, excepto cuando son dictadas en
desarrollo de competencias directas otorgadas
por el derecho primario.
4.2.- Caractersticas de la norma comunitaria
Entre las principales caractersticas de las normas
que conforman el ordenamiento jurdico andino
podemos destacar:
a) Supremaca o preeminencia
La norma comunitaria es de aplicacin prefe-
rente sobre el derecho interno de cualquier Pas
Miembro, inaplica cualquier norma nacional que
se le oponga. En caso de existir conficto entre
ambas, prima la norma comunitaria. Esta pri-
maca no implica una derogacin de la norma
nacional, la cual solamente ve suspendidos sus
efectos, en tanto la norma comunitaria se en-
cuentre vigente.
La relacin existente entre una norma comuni-
taria y una norma nacional no es una relacin
de jerarqua porque conforman dos ordena-
mientos jurdicos distintos, es una relacin de
competencia, pues los pases andinos han de-
legado algunas competencias soberanas a los
rganos supranacionales de integracin. En
razn de lo anterior, sus normas deben ser pre-
feridas a las nacionales, lo contrario signifcara
desnaturalizar la construccin de un mercado
integrado.
32
b) Aplicacin inmediata
Desde su publicacin en la Gaceta Ofcial del
Acuerdo de Cartagena, las normas comunitarias
no necesitan ser incorporadas en las legislacio-
nes nacionales de los Pases Miembros, son obli-
gatorias, salvo que las mismas dispongan algo
distinto.
33
Estas normas se aplican de manera inmediata y
simultanea en todos los Pases Miembros. Esta
caracterstica, al igual que las dems, responde
al objetivo de construir un mercado ampliado,
estableciendo certeza sobre el momento de vi-
gencia y derogacin de las normas que regulan
la actividad comercial.
c) Efecto directo
La norma jurdica comunitaria genera obliga-
ciones y derechos para las personas naturales y
jurdicas desde el momento de su entrada en vi-
gencia. En consecuencia, stas pueden exigir su
cumplimiento a la administracin pblica nacio-
nal y tutela efectiva a los tribunales nacionales.
34
Nos encontramos frente a normas de plena efca-
cia que ingresan a la esfera jurdica de todo suje-
to de derecho comunitario al que estn dirigidas
y no requieren ser instrumentadas por normas
nacionales.
d) Doble Responsabilidad
El incumplimiento de normas jurdicas del orde-
namiento comunitario andino genera responsa-
bilidad en quien produce un dao a otro a travs
de una conducta ilcita. Se entiende que esta res-
ponsabilidad puede recaer tanto en un particular
como en un Pas Miembro que haya incurrido en
tal conducta. Quien se repute afectado, en su ca-
lidad de sujeto de derecho, tiene expedita la va
para interponer su demanda respectiva en sede
competente de los tribunales nacionales que co-
rrespondan.
35
COMUNIDAD ANDINA HACIA UN MERCADO COMN. INSTITUCIONALIDAD Y ORDENAMIENTO JURDICO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
122
e) Seguridad Jurdica
Implica que los Pases Miembros se encuentran
obligados a adoptar todas las medidas necesa-
rias para asegurar el cumplimiento de las nor-
mas que conforman el ordenamiento jurdico
andino.
36
En este sentido, an cuando el prin-
cipio de supremaca o preeminencia establece
que la norma comunitaria se aplica de manera
preferente a cualquier norma nacional que se le
oponga, es deber del Pas Miembro no mante-
ner normas nacionales o generar nuevas que se
opongan al ordenamiento comunitario, pues po-
dran provocar confusin en los operadores de
derecho y/o lesiones en los derechos o intereses
de los destinatarios.
5.- Sistema de solucin de controversias de la
Comunidad Andina
Es considerado como uno de los ms institucio-
nalizados entre Sujetos de Derecho Internacio-
nal, pues superando a los Sistemas de Arbitraje
Adhoc se encuentra respaldado por procesos y
estructuras jurdicas permanentes, a travs de
los cuales se logra la resolucin de confictos y
se genera jurisprudencia.
5.1.- Caractersticas
Sus matrices responden a las necesidades del
proceso de integracin andino, pues a mayor
profundidad en los objetivos existe mayor nece-
sidad de una administracin de justicia institu-
cionalizada, predecible y segura. Distinguen al
Sistema de Solucin de Controversias de la Co-
munidad Andina las siguientes caractersticas:
a) Existencia de un rgano permanente.- El Tri-
bunal Andino de Justicia es un rgano cuya
funcin es conocer las controversias suscitadas
en torno a la interpretacin de la normativa co-
munitaria andina.
b) Emisin de un fallo vinculante.- Los pro-
nunciamientos del Tribunal son de obligatorio
cumplimiento para las partes en la controver-
sia, es decir tanto para Pases Miembros, rga-
nos e Instituciones del Sistema Andino de Inte-
gracin, como para particulares.
c) Intrprete central y unifcador.- El Tribunal
es el nico foro donde se puede interpretar de
manera vlida y defnitiva el derecho comuni-
tario andino.
d) Celeridad y efcacia.- Los plazos establecidos
para el desarrollo de su actividad jurisdiccional
son breves, proveyendo una pronta y efectiva
justicia.
e) Transparencia.- Los procesos de solucin de
controversias se desarrollan permitiendo que las
partes tengan clara nocin sobre lo actuado y los
fundamentos del fallo.
5.2.- Procesos y funcin arbitral
El Tribunal de Justicia de la Comunidad Andina
desarrolla su actividad jurisdiccional a partir de
los procesos que prev el Tratado de su Creacin,
los cuales delimitan su competencia. Las senten-
cias del Tribunal y los laudos arbitrales que ste
expida no requerirn homologacin ni exequa-
tur en ninguno de los pases andinos.
37
a) Accin de Nulidad
Corresponde al Tribunal declarar la nulidad de
las Decisiones del Consejo Andino de Ministros
de Relaciones Exteriores, las Decisiones de la Co-
misin de la Comunidad Andina, las Resolucio-
nes de la Secretara General y los Convenios de
Complementacin Industrial, dictados o acorda-
dos con violacin de las normas que conforman
el ordenamiento jurdico de la Comunidad An-
dina.
38
La legitimidad activa corresponde a cualquier
Pas Miembro en relacin con aquellas Decisio-
nes o Convenios que no hubieren sido aproba-
dos con su voto afrmativo; al Consejo Andino
de Ministros de Relaciones Exteriores, a la Co-
misin de la Comunidad Andina, a la Secretara
General; o a las personas naturales o jurdicas en
cuanto vean vulnerados sus derechos subjetivos
o sus intereses legtimos.
La accin de nulidad caduca a los dos aos si-
guientes desde la fecha de entrada en vigencia
de la norma secundaria o derivada objeto de la
accin.
39
Aunque hubiere expirado el plazo pre-
visto en el prrafo anterior, cualquiera de las
partes en un litigio planteado ante los jueces o
tribunales nacionales podr solicitar a dichos jue-
ces o tribunales la inaplicabilidad de la Decisin
o Resolucin al caso concreto. El juez nacional
consultar, acerca de la legalidad de la Decisin,
Resolucin o Convenio, al Tribunal de Justicia de
la Comunidad Andina y suspender el proceso
hasta recibir la providencia del mismo, la que
ser de aplicacin obligatoria en la sentencia de
aqul.
b) Accin de Incumplimiento
Este proceso cuenta con una fase prejudicial de
obligatorio cumplimiento que se sustancia en
sede de la Secretara General.
40
Cuando sta con-
sidere que un Pas Miembro ha incurrido en in-
PIERINO STUCCHI LPEZ RAYGADA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
123
cumplimiento de obligaciones emanadas de las
normas que conforman el ordenamiento jurdico
de la Comunidad Andina, le formular sus ob-
servaciones por escrito. El Pas Miembro deber
contestarlas dentro del plazo que fje la Secreta-
ra General, que de acuerdo con la gravedad del
caso no deber exceder de sesenta das. Recibida
la respuesta o vencido el plazo, la Secretara Ge-
neral de conformidad con su reglamento y den-
tro de los quince das siguientes, emitir un dic-
tamen motivado sobre el estado de cumplimien-
to de tales obligaciones. Luego de esto, si el pas
mantiene su conducta, podr acudir a solicitar el
pronunciamiento del Tribunal.
Cuando un Pas Miembro considere que otro
Pas Miembro ha incurrido en incumplimiento,
elevar el caso a la Secretara General con los
antecedentes respectivos para que sta realice
las gestiones conducentes a subsanar el incum-
plimiento, siguiendo procedimiento anlogo al
antes descrito. En este caso, si el dictamen fuere
de incumplimiento y el Pas Miembro requerido
persistiere en la conducta objeto del reclamo, la
Secretara General deber solicitar el pronun-
ciamiento del Tribunal. Si la Secretara General
no intentare la accin dentro de los sesenta das
siguientes de emitido el dictamen, el pas recla-
mante se encontrar legitimado para acudir di-
rectamente al Tribunal. En el caso que la Secre-
tara General no emitiere su dictamen dentro de
los sesenta y cinco das siguientes a la fecha de
presentacin del reclamo o el dictamen no fuere
de incumplimiento, el pas reclamante se encon-
trar tambin legitimado para acudir directa-
mente al Tribunal.
Las personas naturales o jurdicas afectadas en
sus derechos por el incumplimiento de un Pas
Miembro podrn acudir a la Secretara General
y al Tribunal de la misma forma en que lo pue-
de hacer un Pas Miembro. As, el proceso de
integracin andino le otorga al destinatario de
derecho la posibilidad de solicitar directamente
tutela jurisdiccional comunitaria.
En los casos en que la Secretara General hubiere
emitido una Resolucin que califque la existen-
cia de gravamen o restriccin o cuando se trate
de un caso de incumplimiento fagrante, de con-
formidad con su reglamento, emitir en breve
plazo un Dictamen motivado, a partir del cual
la Secretara General, el Pas Miembro o el par-
ticular afectado, podran acudir directamente al
Tribunal.
c) Interpretacin Prejudicial
Corresponde al Tribunal de Justicia interpretar
por va prejudicial las normas que conforman el
ordenamiento jurdico comunitario, con el fn de
asegurar su aplicacin uniforme en el territorio
de los Pases Miembros
41
.
Su solicitud es facultativa para los jueces nacio-
nales que conozcan un proceso en el que deba
aplicarse o se controvierta alguna norma comu-
nitaria, siempre que la sentencia sea susceptible
de recurso en jurisdiccin nacional. Estos podrn
solicitar directamente la interpretacin del Tri-
bunal acerca de dichas normas. En caso de lle-
gar la oportunidad de dictar sentencia sin que
hubieren recibido la interpretacin del Tribunal,
debern decidir el proceso.
Es obligatoria en todos los procesos en los que la
sentencia no fuere susceptible de recurso en ju-
risdiccin nacional. En este caso, el juez suspen-
der el procedimiento y solicitar directamente
de ofcio o a peticin de parte la interpretacin
del Tribunal.
En el ejercicio de esta funcin, el Tribunal deber
limitarse a precisar el contenido y alcance de las
normas que conforman el ordenamiento jurdico
de la Comunidad Andina referidas al caso con-
creto. El Tribunal no podr interpretar el conte-
nido y alcance del derecho nacional ni califcar
los hechos materia del proceso, no obstante po-
dr referirse a stos cuando ello sea indispensa-
ble a los efectos de la interpretacin solicitada.
Es obligacin del juez nacional que conozca el
proceso adoptar en su sentencia la interpretacin
del Tribunal de Justicia.
d) Recurso por Omisin e Inactividad
Cuando el Consejo Andino de Ministros de Re-
laciones Exteriores, la Comisin o la Secretara
General se abstuvieren de cumplir una actividad
a la que estuvieren obligados expresamente por
el ordenamiento jurdico de la Comunidad An-
dina, dichos rganos, los Pases Miembros o las
personas naturales o jurdicas cuyos derechos
subjetivos o intereses legtimos se vieran afecta-
dos, podrn requerirles el cumplimiento de di-
chas obligaciones
42
.
Si, dentro de los treinta das siguientes, el rgano
correspondiente no accediera a dicha solicitud,
el solicitante podr acudir ante el Tribunal para
que se pronuncie sobre el caso
e) Jurisdiccin Laboral
COMUNIDAD ANDINA HACIA UN MERCADO COMN. INSTITUCIONALIDAD Y ORDENAMIENTO JURDICO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
124
Las controversias laborales suscitadas entre los
rganos e Instituciones del Sistema Andino de
Integracin y sus trabajadores o funcionarios son
competencia del Tribunal.
43
As, se evita el esta-
do de indefensin en el que frecuentemente se
encuentran quienes prestan servicios personales
a Organizaciones Internacionales que, por lo ge-
neral, gozan de un rgimen especial, no sindo-
les aplicables las normas nacionales, ni pudiendo
ser emplazadas por jueces nacionales.
f) Funcin Arbitral
Se le otorga al Tribunal la competencia de dirimir
mediante arbitraje las controversias que se sus-
citen entre rganos e Instituciones del Sistema
Andino de Integracin y entre stos y terceros.
Adicionalmente, es competente, en tanto los par-
ticulares as lo acuerden, para dirimir mediante
arbitraje las controversias surgidas de relaciones
privadas regidas por el ordenamiento jurdico
andino.
44
Desde un punto de vista terico, es difcil soste-
ner que un Tribunal pueda conducir un Meca-
nismo Alternativo de Solucin de Controversias
pues la naturaleza misma del arbitraje es ser un
instrumento alternativo a la justicia ordinaria. El
debate an continua sobre este punto, en tanto
que esta funcin no se halla instrumentada a la
fecha.
6.- Perspectivas frente a la integracin regional
El Acuerdo de Cartagena seala, del mismo
modo como lo hacen algunas constituciones de
los pases andinos, que el proceso de integracin
tiene como objetivo concurrir y facilitar el pro-
ceso de integracin latinoamericana, debiendo
entender que todos los pasos hacia una profun-
da integracin andina observan una fnalidad de
integracin ampliada y no restringida
45
.
Con independencia de que el establecimiento del
Mercado Comn se logre en el plazo estipulado
o posteriormente, pues la experiencia seala que
el logro de los objetivos de los procesos de inte-
gracin en algunos casos pueden verse aplaza-
dos, queda destacada la voluntad poltica y jur-
dica de los actores de la integracin andina hacia
una mayor integracin de sus mercados y de sus
destinos hacia el desarrollo.
Actualmente, la Comunidad Andina negocia en
bloque la suscripcin de un Acuerdo para esta-
blecer una Zona de Libre Comercio con MER-
COSUR que, segn los ltimos acontecimientos,
podra ser suscrito en el ao 2003, inicindose el
respectivo programa de desgravacin.
Adems, cuenta con vocera nica en las negocia-
ciones del rea de Libre Comercio de las Amri-
cas ALCA
46
. Si entendemos que nuestro camino
de preparacin competitiva, para participar en
un mercado integrado americano, se fundamen-
ta en las lecciones que aprendamos en nuestro
mercado ampliado andino y en las fortalezas que
consolidemos como actores comerciales a nivel
hemisfrico, es frente a este reto que toma mayor
relieve la integracin andina. Afanzarnos como
un slido bloque demanda una concertacin de
intereses nacionales que ponderen el desarrollo
conjunto por sobre los intereses de grupos eco-
nmicos particulares.
Principales Procesos de Integracin en que convergen
Pases de Amrica del Sur
Proceso Miembros Estado Actual Objetivo
Comunidad
Andina
Bolivia, Colombia,
Ecuador, Per y
Venezuela.
Consolidando
una Unin
Aduanera.
Establecer un
Mercado Comn
Andino en el ao
2005.
Mercado Comn
del Sur
MERCOSUR.
47
Argentina, Brasil,
Paraguay y
Uruguay.
Funciona una
Zona de Libre
Comercio desde
la suspensin
de la Unin
Aduanera
por solicitud
de Argentina
para diferir
temporalmente
el Arancel
Externo Comn.
Restablecer el
camino hacia una
Unin Aduanera
en el corto plazo
y establecer un
Mercado Comn
en el mediano
plazo.
rea de Libre
Comercio de
las Amricas
- ALCA
Antigua y
Barbuda,
Argentina,
Bahamas,
Barbados, Belice,
Bolivia, Brasil,
Canad, Chile,
Colombia, Costa
Rica, Dominica,
Ecuador, El
Salvador, Estados
Unidos, Grenada,
Guatemala,
Guyana, Hait,
Honduras,
Jamaica, Mxico,
Nicaragua,
Panam, Paraguay,
Per, Repblica
Dominicana, San
Kits y Nevis,
San Vicente y las
Granadinas, Santa
Luca, Surinam,
Trinidad y Tobago,
Uruguay y
Venezuela.
An no es un
proceso de
integracin
establecido.
Se encuentran
en marcha las
negociaciones
internacionales
tendientes a
suscribir un
Tratado de
Zona de Libre
Comercio en el
ao 2005.
Establecer una
Zona de Libre
Comercio en
toda Amrica,
iniciando el
programa de
desgravacin en
el ao 2005.
Asociacin
Latinoamericana
de Integracin
ALADI
(Antes ALALC)
Argentina, Bolivia,
Brasil, Colombia,
Chile, Ecuador,
Mxico, Paraguay,
Per, Uruguay y
Venezuela.
Es un Acuerdo
de Integracin
Marco que
regula el
establecimiento
de Sistemas de
Preferencias
entre los Pases
Miembros. Se
promueve la
celebracin
de Tratados
adicionales de
alcance regional
y/o alcance
parcial.
Establecer, en
forma gradual y
progresiva, un
Mercado Comn
Latinoamericano
en el largo plazo.
Cuadro No. 5.- Principales procesos de integracin de Amrica del Sur.
Miembros, estado actual y objetivos.
PIERINO STUCCHI LPEZ RAYGADA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
125
Sobre las categoras de integracin presentadas
anteriormente, cabe anotar que, siempre un pas
tiene entre sus estrategias de integracin la po-
sibilidad de establecer mltiples Zonas de Libre
Comercio con distintos pases o territorios, pues
diversos compromisos en este sentido no son
excluyentes. Sin embargo, la posibilidad de esta-
blecer una Unin Aduanera, un Mercado Comn
o Formas Avanzadas de Integracin estn limita-
das a una solamente, dado que los compromisos
y el objetivo de conformar una nueva unidad de
mercado ampliado o mercado interior se oponen
a ser parte de otra unidad distinta. En este sen-
tido, la Comunidad Andina, en tanto logre con-
solidar su profunda integracin, se colocar ms
o menos cerca de ser una slida unidad frente a
los dems mercados que habrn de converger en
el ALCA.
Los pases andinos comparten fuertes lazos his-
tricos y culturales, poseen un idioma comn
que facilita su proceso de integracin y son fruto
de los mismos esfuerzos emancipadores republi-
canos. Actualmente, se encuentran en inmejora-
ble situacin para forjar sus destinos y defender
su independencia porque, en los tiempos que
vivimos, sta no radica en evitar que una milicia
extranjera invada nuestros territorios, sino en la
capacidad que tengamos de consolidarnos como
un slido bloque frente a las fuerzas econmicas
que dominan el mundo.
NOTAS:
1
El autor es abogado por la Pontifcia Universidad Catlica del Per y miembro del rea Jurdica de la Secretara General de la Comunidad
Andina, se dedica a la resolucin de procedimientos de dumping, subsidios, gravmenes y restricciones al comercio. Asimismo, participa en
el equipo que elabora normas comunitarias y posiciones conjuntas de la Comunidad Andina para negociaciones comerciales internacionales:
ALCA, MERCOSUR y Unin Europea.
Sobre el contenido del presente artculo, el autor seala que toda opinin le es atribuible de manera personal y agradece la especial colaboracin
prestada en este trabajo por el Dr. Pedro Velsquez Lpez Raygada y la Srta. Carla Rojas Hinostroza.
2
Palabras de Sebastin Alegret, fallecido Secretario General de la Comunidad Andina, en el acto de inauguracin de la Reunin Extraordinaria
de los Ministros de la Comunidad Andina en Santa Cruz de la Sierra, 28 de enero de 2002.
3
Los gravmenes son cobros, distintos a aranceles, que tienen como efecto limitar el ingreso de productos al mercado del pas socio que los
impone y las restricciones son situaciones que, sin tener contenido econmico, tienen como efecto colocar barreras a la importacin mediante
simples prohibiciones o exigencias de requisitos que la difcultan o encarecen.
4
La supresin de recproca de obstculos al comercio y la constitucin de una posterior Unin Econmica y Poltica no es un fenmeno
contemporneo, por el contrario, se ha producido con frecuencia en siglos pasados. Caso emblemtico es Estados Unidos de Norteamrica,
las colonias que lo conformaron al principio mantenan sistemas arancelarios separados que fueron unifcados como consecuencia de la
Constitucin aprobada en 1789, prohibiendo tambin que los diferentes estados impusieran derechos sobre el comercio de bienes con los
dems estados.
5
Secretara General de la Comunidad Andina, Balance de Una Gestin Agosto 1997 2002. Lima, 2002. p. 6. (htp://[Link].
org).
6
El Acuerdo de Cartagena en su artculo 1 seala: son objetivos de este Acuerdo propender a disminuir la vulnerabilidad externa y mejorar la posicin
de los Pases Miembros en el contexto econmico internacional; fortalecer la solidaridad subregional y reducir las diferencias de desarrollo existentes entre
los Pases Miembros. ().
7
El proceso dirigido por el largo liderazgo de Ral Prebisch, quien ejerci la Secretara General de CEPAL entre 1950 y 1961, desarroll una
nueva posicin para enfrentarse a una fuerte corriente capitalista mundial en el contexto de la guerra fra.
8
Organismo regional convertido posteriormente en ALADI, al que pertenecen los Pases Miembros de la Comunidad Andina.
9
Secretara General de la Comunidad Andina, 28 aos de Integracin Andina: Un recuento histrico (Lima: Secretara General de la Comunidad
Andina, 1997) p. 14.
10
Cabe destacar que los Pases Miembros originales del proceso de integracin andino fueron Bolivia, Colombia, Ecuador, Per y Chile. En 1973
Venezuela se uni al proceso, mientras Chile se retir en 1976.
11
A travs de la Decisin 414 de la Comunidad Andina y luego de numerosas negociaciones, desde el primeros aos de la dcada de los
noventa, se logra esta solucin, dado que Per, sumido en la incapacidad de honrar sus compromisos de liberalizacin del mercado nacional
para integrarlo al mercado andino, alega que an mantiene una falta de competitividad en sus sectores ms sensibles, retrasando as su plena
incorporacin a la Zona de Libre Comercio.
12
En la Dcimo Primera Reunin del Consejo Presidencial Andino, el 26 y 27 de mayo de 1999, en Cartagena de Indias, Colombia, los presidentes
andinos establecieron el siguiente mandato: Nos fjamos como propsito el establecimiento del Mercado Comn Andino a ms tardar en el ao 2005,
creando las condiciones para que, a la libre circulacin de bienes se aada la libre movilidad de servicios, de capitales y de personas en la subregin.
13
En la Unin Europa denominan a su Mercado Comn como Mercado Interior. Si bien la diferencia de terminologa no defne diferencia terica
alguna, en la prctica el cambio de denominacin a partir del Acta nica Europea genera en los Gobiernos de los Pases Miembros y en los
ciudadanos europeos un efecto aleccionador, resaltando el claro mensaje de que un Mercado Comn no admite discriminacin de ningn tipo
sobre los factores de produccin, como ocurre en cualquier mercado nacional o interior.
14
Estos Consejos representan a los empresarios y a los trabajadores de la subregin, como veremos ms adelante.
15
El Acuerdo de Cartagena en su artculo 1 tambin seala lo siguiente: El presente Acuerdo tiene por objetivos promover el desarrollo equilibrado
y armnico de los Pases Miembros en condiciones de equidad, mediante la integracin y la cooperacin econmica y social; acelerar su crecimiento y la
generacin de ocupacin ()
Estos objetivos tienen la fnalidad de procurar un mejoramiento persistente en el nivel de vida de los habitantes de la Subregin.
16
Como parte del desarrollo del proceso de integracin y teniendo en cuenta el objetivo sealado de establecer el Mercado Comn en el ao
2005, en esta declaracin se determina que Bolivia, Colombia, Ecuador, Per y Venezuela aplicarn, a ms tardar, el 31 de diciembre de 2003,
un arancel externo comn. La estructura del arancel externo comn ser de cuatro niveles: 0, 5, 10 y 20. Bolivia no aplicar el nivel de 20.
17
Artculo 5 del Acuerdo de Cartagena.
18
Estos Tratados han sido modifcados en distintas ocasiones como parte del desarrollo institucional del proceso de integracin andino. Las
codifcaciones que contienen los textos vigentes pueden ser encontrados en la pgina web de la Secretara General de Comunidad Andina:
htp://[Link].
19
Artculo 11 del Acuerdo de Cartagena.
20
Artculo 12 del Acuerdo de Cartagena.
21
Artculo 15 y 16 del Acuerdo de Cartagena.
22
Artculo 17 del Acuerdo de Cartagena.
23
Generalmente los Pases Miembros han sealado como representantes plenipotenciarios ante la Comisin a sus Ministros de Comercio.
24
Artculo 22 del Acuerdo de Cartagena.
COMUNIDAD ANDINA HACIA UN MERCADO COMN. INSTITUCIONALIDAD Y ORDENAMIENTO JURDICO
25
Artculo 29 del Acuerdo de Cartagena.
26
Artculo 23, 24 y 25 del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia de la Comunidad Andina.
27
Artculo 42 del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia de la Comunidad Andina.
28
Artculo 1 del Protocolo Adicional al Tratado Constitutivo del Parlamento Andino.
29
Artculo 8 del Acuerdo de Cartagena.
30
Artculo 44 del Acuerdo de Cartagena.
31
Artculo 1 del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia.
32
El Tribunal de Justicia de la Comunidad Andina ha sealado sobre la preeminencia del derecho comunitario andino, en la sentencia
del Proceso de Incumplimiento 03-AI-96 que: para la existencia del derecho de la integracin es indispensable el reconocimiento del principio de
supremaca o prevalencia sobre el derecho interno de los pases miembros; la misma sentencia defne el trnsito de la competencia reguladora nacional hacia
la comunitaria en los asuntos cuya decisin corresponde a esta ltima, como el desplazamiento automtico de competencias, que pasan del legislador nacional
al comunitario.
33
El artculo 3 del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia seala: Las Decisiones del Consejo Andino de Ministros de Relaciones Exteriores o
de la Comisin y las Resoluciones de la Secretara General sern directamente aplicables en los Pases Miembros a partir de la fecha de su publicacin en la
Gaceta Ofcial del Acuerdo, a menos que las mismas sealen una fecha posterior.
34
El Tribunal de Justicia de la Comunidad Andina ha sealado, sobre esta caracterstica, en la misma sentencia 03-AI-96 que: el () efecto
directo se relaciona con las acciones que los sujetos benefciarios pueden ejercer para la debida aplicacin de la norma comunitaria ()
permitiendo la posibilidad de que aquellos puedan exigir directamente su observancia ante sus respectivos tribunales.
35
Artculo 31 del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia.
36
Artculo 4 del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia.
37
Artculo 41 del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia.
38
Captulo III, Seccin Primera del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia.
39
Las normas del Derecho Comunitario Primario no son susceptibles de control jerrquico pues se encuentran en la cspide de la pirmide
normativa.
40
Captulo III, Seccin Segunda del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia.
41
Captulo III, Seccin Tercera del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia.
42
Captulo III, Seccin Cuarta del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia.
43
Captulo III, Seccin Sexta del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia.
44
Captulo III, Seccin Quinta del Tratado de Creacin del Tribunal de Justicia Codifcado por la Decisin 472.
45
El Acuerdo de Cartagena en su artculo 1 tambin seala lo siguiente: El presente Acuerdo tiene por objetivos promover el desarrollo
equilibrado y armnico de los Pases Miembros () (y) facilitar su participacin en el proceso de integracin regional, con miras a la formacin
gradual de un mercado comn latinoamericano.
46
El objetivo de estas negociaciones es el establecimiento de una Zona de Libre Comercio en toda Amrica, comprendiendo Amrica del Sur,
Centroamrica y Amrica del Norte. Desde una perspectiva crtica recomendamos la lectura del artculo del economista Claudio Katz: El
Abismo entre los Efectos y las Ilusiones del ALCA, En: [Link]/claudiokatz
47
El nombre de este proceso de integracin denominado como Mercado Comn, responde a sus objetivos de integracin y no a su actual estado
de evolucin.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
126
PIERINO STUCCHI LPEZ RAYGADA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
127
Una vedette, un reportero y un viejo cuento
(A propsito de los modelos jurdicos circulantes en materia de pruebas
biolgicas a efectos de declarar la filiacin extramatrimonial en la experiencia
jurdica nacional.)
Juan Espinoza Espinoza
Profesor de Derecho Civil de las Universidades Pontificia
Catlica del Per, Nacional Mayor de San Marcos y Lima
Sumario: I.- El caso II.- Las cuestiones 1.- Sobre la creativa (e imaginativa) interpretacin del artculo 402
Cdigo Civil antes de la reforma de la Ley N 27048 del 06.01.99 2.- Anlisis del caso bajo comentario 3.- Las
pruebas biolgicas: el inters del menor frente al derecho a la integridad y a la vida privada de los presuntos
padres naturales.
I.- El caso
Una vedete y un reportero televisivo
se conocieron un 29.05.96 en una discoteca,
en la cual el reportero le entreg una tarjeta
de presentacin. Das despus comenzaron
a frecuentarse, llegando a tener relaciones
sexuales mltiples
1
. Producto de ello, la vedete
qued embarazada y el (presunto) padre (que
estaba casado) se neg a reconocer a la menor que
naci el 01.03.97. En vista de ello, la vedete (ya
madre) demand por fliacin extramatrimonial
al reportero. Por su parte, el demandado,
reconvino para que se declare por no puesto
su nombre en la partida de nacimiento de la
menor. El Octavo Juzgado de Familia de Lima,
con resolucin de fecha 07.12.99, teniendo como
pruebas la tarjeta de presentacin entregada por
el reportero; las declaraciones testimoniales de
dos amigas de la vedete que la acompaaron
la noche que se conoci con el reportero en la
discoteca; la declaracin de su propia madre;
la del administrador del hostal que frecuent
la pareja, el cual indic que el demandado
concurra al referido hostal frecuentemente; la
inspeccin judicial y sobre todo, por la conducta
procesal del demandado, declar infundada la
reconvencin y fundada la demanda, ordenando
cursar los partes judiciales a la municipalidad
respectiva para que se haga la anotacin marginal
correspondiente, indicndose el reconocimiento
judicial de fliacin extramatrimonial.
II.- Las cuestiones
1.- Sobre la creativa (e imaginativa)
interpretacin del artculo 402 del Cdigo Civil
antes de la reforma de la Ley N 27048 del
06.01.99
El legado que nos dej el joven Ihering,
devoto defensor de la jurisprudencia de los
conceptos, es que de los dispositivos legales se
podra crear una jurisprudencia superior, que no
se limite a ser una fedataria de erratas, sino que
llegue a crear nuevos horizontes en la aplicacin
de la ley. Esto es lo que pas con la jurisprudencia
que interpret el artculo 402 c.c., antes de la
reforma por la Ley N 27048, del 06.01.99.
Para tener una visin clara sobre cmo eran
las coordenadas legislativas antes de la reforma,
debemos precisar que el artculo 402 c.c. contena
cinco supuestos de hecho (escrito indubitable,
posesin constante de estado, concubinato
durante la poca de la concepcin, violacin y
seduccin con promesa de matrimonio), por
los cuales se poda solicitar la declaracin de
paternidad extramatrimonial. En caso que no
se pudiere acreditar una de estas causales,
se poda solicitar judicialmente (al presunto
padre) una pensin alimenticia hasta que el
menor (producto de las relaciones sexuales
extramatrimoniales acreditadas durante la poca
de la concepcin) llegue a cumplir 18 aos, ex
artculo 415 c.c., utilizndose (hasta ahora) la
impropia denominacin de hio alimentista.
Las pruebas de grupos sanguneos u otras
de validez cientfca slo eran consideradas
como pruebas de descarte de paternidad, segn
el artculo 413 c.c. (repito, antes de la reforma).
En este contexto de dispositivos legales, la
naturaleza que se le daba al elenco de supuestos
de hecho contenidos en el artculo 402 c.c. era
de una clusula cerrada, o numerus clausus, es
decir, basada en el principio de la tipicidad, slo
se podan amparar las causales ah previstas y
no otras.,
A raz de que una madre (soltera) inscribe
a su hio, que nace el 09.05.89, en el Registro del
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
128
Estado Civil de la Municipalidad de San Martn
de Porres, en cuya partida de nacimiento indica
el nombre de la persona con la cual tuvo el nio,
el presunto padre (errneamente) interpuso
una demanda de impugnacin de paternidad,
solicitando que se excluya su referencia como
padre extramatrimonial del menor. La Sala
Civil entendi que la pretensin denominada
impugnacin de paternidad era impropia, por
cuanto est fuera de los alcances del artculo 399
c.c., ya que no se persigue negar el reconocimiento
hecho por la madre, sino excluir el nombre del
demandante. Como consecuencia de ello quien
no ha reconocido un hio extramatrimonial,
ni le ha sido reconocido para l conforme a
ley, carece de legitimidad para impugnar un
reconocimiento que no ha producido. Un dato
adicional es que el demandante, anteriormente,
fue sentenciado como padre alimentista
del menor. Con resolucin de la Sexta Sala
Civil de la Corte Superior de Justicia, de fecha
08.07.97, (Exp. N 3114-96), de la cual ha sido
Vocal Ponente el Prof. Anbal Quiroga Len, se
rompi este esquema: frente a los incontenibles
avances de la ciencia, Caba rechazar la prueba
gentica del ADN, que acredita en casi 100% la
paternidad, por el hecho de no estar prevista por
el artculo 402 c.c.? Los vocales de la Sexta Sala
Civil de la Corte Superior de Lima entendieron,
con acierto, que no. En efecto, al superar la
realidad los esquemas de los dispositivos
legales, se incluy esta prueba, interpretando
que el elenco de las causales contenidas en este
artculo eran de carcter ejemplifcativo y, lo
que ms importaba era acercar a la ley, y por
lo tanto al Juez, a la veracidad de los hechos en
una fliacin extramatrimonial ante la ausencia
de reconocimiento expreso conforme a la ley.
En efecto, se sostuvo que:
si bien de conformidad con lo dispuesto en el
artculo 402 del Cdigo Civil, son cinco los supuestos
legales para la investigacin judicial de la paternidad,
no es menos cierto que dichas previsiones legales no
tienen otro objeto que acercar a la ley, y por lo tanto
al Juez, a la veracidad de los hechos en una fliacin
extramatrimonial ante la ausencia de reconocimiento
expreso conforme a la ley, y por lo tanto, al juez,
a la veracidad de los hechos en una fliacin
extramatrimonial ante la ausencia de reconocimiento
expreso conforme a ley, de manera que si hoy da el
avance cientfco de la ciencia mdica, sobre todo en
la gentica, permiten la misma aproximacin, ello no
debe ser descuidado ni desdeado, ya que el propio
Cdigo Civil de mil novecientos ochenta y cuatro, se
acercaba a la investigacin cientfca de la paternidad
con la previsin del artculo 413, cuando admite como
vlida la prueba negativa de los tipos sanguneos.
Que, en consecuencia, haciendo de ello una
interpretacin A Fortiori, esto es, con mayor razn,
la prueba gentica de la determinacin de la
paternidad por la va del anlisis celular del cido
desoxiribonucleico (ADN) est contenida en el
espritu del texto legal, sobre todo en la primera parte,
in fne, de ya citado numeral 413, cuando se refere
que En los juicios sobre declaracin de paternidad
() extramatrimonial es admisible la prueba negativa
de los grupos sanguneos u otras de validez cientfca
() subrayado agregado.
Que, en consecuencia, siendo el objeto legal
de la investigacin judicial de la paternidad
extramatrimonial la determinacin fehaciente de tal
fliacin, el numeral 402 del Cdigo Civil establece,
en realidad, parmetros legales inductores del modo
y forma de llegar a tal conviccin, donde una prueba
de carcter cientfco, como la gentica del ADN, de
valores caso absolutos, encuadra perfectamente en
la Ratio Legis del Cdigo Civil y debe ser admitida
por el juzgador sin reserva ni limitaciones, tanto ms
si se ha llevado a cabo en conjunto por laboratorios
genticos del Per con asistencia extranjera y bajo el
refrendo del Instituto de Medicina Legal.
Esta decisin sigue una orientacin
jurisprudencial y doctrinaria
2
que ya adverta
la necesidad de ensanchar los supuestos de
hecho contemplados en el primitivo artculo 402
c.c. As, el Dictamen Fiscal N 594-92-MP-FN-
FSC, del 03.09.92, estableci que:
Si bien el artculo 402 del c.c. no ha considerado
el hecho demostrado relacin extramatrimonial en
poca contempornea a la concepcin- dentro de los
casos en los que judicialmente se puede declarar la
fliacin, la omisin o defciencia de esta norma legal,
no puede dejar sin proteccin jurdica a una menor
cuya situacin es la de un gran sector de la poblacin
infantil
3
.
La Corte Suprema de Justicia, mediante
resolucin del 09.02.93 (expediente N 271-92),
hizo (para variar) suyos los fundamentos del
Dictamen Fiscal.
2.- Anlisis del caso bajo comentario
La resolucin de primera instancia del Octavo
Juzgado de Familia de Lima tiene fundamentos
dbiles y fundamentos fuertes. Dentro de los
primeros, merece atencin la afrmacin de que:
la demandante en forma exacta, pese al tiempo
transcurrido no slo conoca de todas las instalaciones
y su ubicacin, sino que describi todas y cada una de
las habitaciones en las cuales se haba hospedado con
el demandado, indicando su ubicacin, encontrndose
una en vas de remodelacin y otra sin nmero,
instruyendo al juzgado de la ubicacin de las mismas
de lo que se colige que concurri con el demandado a
dicho lugar y saba perfectamente de la distribucin
de ambientes, comprobndose de esta manera el haber
frecuentado el hostal en referencia, situacin que se
corrobora con la diligencia de inspeccin judicial (el
subrayado es mo).
JUAN ESPINOZA ESPINOZA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
129
Llama poderosamente la atencin la
(forzada e ilgica) conclusin que, por el hecho
que la madre detalle pormenorizadamente
las instalaciones de un hostal, se entienda que
lo frecuent con el reportero. Su declaracin
y la corroboracin hecha por la inspeccin
judicial slo podran acreditar que la vedete
era habitu en dicho local, a tal punto, de tener
pleno conocimiento de sus instalaciones; pero,
de ningn modo, que haya concurrido con una
persona determinada y, mucho menos, con
el demandado. Son argumentaciones dbiles
tambin, la presentacin de la tarjeta, as como
las declaraciones testimoniales.
La argumentacin fuerte (creo que la nica)
est dada en la conducta procesal del demandado.
En efecto, se sostiene que:
por otro lado debe tomarse en cuenta que
el artculo cuatrocientos trece del Cdigo Civil,
modifcado por la Ley veintisiete mil cuarenta y ocho,
seala que es admisible la prueba biolgica, gentica
u otra de validez cientfca con igual o mayor grado
de certeza, es decir que sta es de vital importancia
para el proceso, razn por la cual el Juzgado admiti
la Prueba de ADN, esta prueba de anlisis citogentica
con validez cientfca no ha sido aceptada por el
demandado, debiendo merituarse el hecho de haber
sido renuente a pasarla aduciendo que por sus creencias
religiosas no ha podido realizarla, presentando
para el efecto la constancia de matrimonio de fojas
ochenta y cuatro y los documentos de fojas quinientos
diecinueve a quinientos veinte, estos ltimos luego
de la audiencia de pruebas, ello de ninguna forma
acredita la prohibicin de pasar la referida prueba, si
se toma en cuenta que el demandado actuando dentro
del proceso no slo debe ejercer su derecho de defensa
que la ley le franquea, sino que debi colaborar con la
judicatura, a fn de despejar la incertidumbre jurdica
y advirtindose de las constancias que corren de fojas
cuatrocientos veinticuatro y cuatrocientos sesenta y
uno de autos que el demandado y Reconviniente no
ha concurrido a pasar la prueba de ADN, por lo que se
hizo efectivo el apercibimiento que al respecto seala
el segundo pargrafo del inciso sexto del artculo
cuatrocientos dos del Cdigo Civil
4
, modifcado por
el artculo dos de la Ley veintisiete mil cuarentiocho,
como es de verse de la resolucin de fojas cuatrocientos
ochenta y ocho (el subrayado es mo).
La falta de colaboracin del demandado fue
evaluada de la siguiente manera:
que los sucedneos de los medios probatorios
son los auxilios establecidos por la Ley o asumidos
por el Juez para lograr la fnalidad de los medios
probatorios, ya sea corroborando, complementando
o sustituyendo el valor o el alcance de estos como lo
seala el artculo doscientos setenta y cinco del Cdigo
adjetivo, encontrndose dentro de ellos la presuncin,
que no es otra cosa que el razonamiento lgico
crtico que a partir de uno o ms hechos indicadores
lleva al juez a la certeza del hecho investigado, al
que por otro lado, el artculo doscientos ochentids
del Cdigo Procesal Civil seala que el juez puede
extraer conclusiones en contra de los intereses de las
partes atendiendo a la conducta que estas asumen
en el proceso, particularmente cuando se manifesta
notoriamente en la falta de cooperacin para lograr
la fnalidad de los medios probatorios o con otras
actitudes de obstruccin, de donde se establece la
presuncin legal relativa, por lo que tomada en cuenta
la conducta procesal del demandado en el presente
proceso y su falta de colaboracin con el juzgado, frente
a su negativa a someterse a la prueba de ADN, pese
ha haber sido debidamente notifcado y tomndose
en cuenta todos y cada uno de los considerandos y
medios probatorios que esta resolucin contiene, as
como el parecido fsico existente entre la menor y
el demandado como se colige de las fotografas de
fojas trece a diecisis de autos y las corrientes en los
recortes periodsticos, se presume que la paternidad
de la menor materia de este proceso le corresponde al
demandado.
En verdad, el argumento que me parece ms
consistente repito- ha sido el de la conducta
procesal del demandado Las pruebas, que
han sido inconsistentes, no pueden servir para
reforzar la valoracin de dicha conducta. Otro
dato que no puede pasar desapercibido, es que
el juzgado se haya referido al parecido fsico
entre la menor y el demandado.
La fundamentacin jurdica del juzgado
se bas en principios del derecho y en normas
especfcas. Respecto del primer tipo de
argumentacin, se manifest que:
si bien el demandado basa su Reconvencin en el
hecho de que la demanda no se sujeta a ninguno de los
presupuestos que seala el artculo cuatrocientos dos
del Cdigo Civil, debe establecerse categricamente
que el hecho de no haber sostenido las partes una
relacin de convivencia, por no haber vivido juntos
nunca, no establecen que estas relaciones sexuales no
se hayan realizado dentro del marco de una relacin
amorosa con trato sexual furtiva e inconstante por el
poco tiempo de su duracin, si tomamos en cuenta
que dur aproximadamente un mes, ya que ello no
determina en forma alguna el hecho de que estas
relaciones sexuales no se hayan consumado, cabe
mencionar en este aspecto que frente a vacos o
defciencias de la ley, el juzgador debe administrar
justicia aplicando en forma extensiva la jurisprudencia
y los principios generales del derecho, con el fn de
resolver el conficto de intereses con relevancia jurdica
como lo es el presente caso, como lo seala el artculo
ciento treinta y nueve inciso octavo de la Constitucin
Poltica del Estado, tomndose en cuenta la copia de la
Jurisprudencia sobre Filiacin que corre de fojas ocho
a nueve de autos (el subrayado es mo).
Las normas que se invocaron fueron las
UNA VEDETTE, UN REPORTERO Y UN VIEJO CUENTO ...
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
130
siguientes:
que habiendo el demandado basado su
Reconvencin en el artculo cuatrocientos tres del
Cdigo Civil
5
, que esta norma actualmente ha quedado
derogada por el artculo sexto de la Ley veintisiete mil
cuarentiocho, de fecha seis de Enero de mil novecientos
noventa y nueve, no pudiendo esta judicatura basar su
sentencia en norma anteladamente derogada, por ser
norma inaplicable y no habiendo probado las preces
de su accin el demandado frente a la Reconvencin
planteada, es de aplicacin en este ltimo extremo el
artculo doscientos del Cdigo Procesal Civil, que las
dems pruebas actuadas y no glosadas no enervan en
nada los considerandos de esta sentencia, por lo que
en aplicacin de lo dispuesto por el artculo segundo
inciso diecinueve de la Constitucin Poltica del Per,
artculo diecinueve del Cdigo Civil y en aplicacin
extensiva del inciso tercero del artculo cuatrocientos
dos del mismo cuerpo de leyes, as como en la Ley
veintisiete mil cuarentiocho en su artculo segundo
que modifca el artculo cuatrocientos dos, que incluye
el inciso sexto y artculo cuatrocientos trece del mismo
cuerpo de leyes, as como en los artculos doscientos
setenta y cinco, doscientos setenta y siete, doscientos
ochenta y uno y doscientos ochentids del Cdigo
Procesal Civil, el Octavo Juzgado de Familia de Lima,
administrando justicia a nombre de la Nacin, FALLA:
DECLARANDO INFUNDADA LA RECONVENCIN
() y FUNDADA LA DEMANDA (el subrayado es
mo).
En aplicacin (in abstracto) de los principios
(generales) del derecho, ya que no se menciona
especfcamente a ninguno, se realiza una
aplicacin (hiper) extensiva del inciso 3, del
artculo 402 c.c., que establece que la paternidad
extramantrimonial puede ser judicialmente
declarada, cuando:
el presunto padre hubiera vivido en concubinato
con la madre en la poca de la concepcin. Para este
efecto se considera que hay concubinato cuando un
varn y una mujer, sin estar casados entre s, hacen
vida de tales.
De ello se desprende que, con esta
interpretacin, el hecho de tener relaciones
sexuales mltiples, equivale a un concubinato,
a los efectos del mencionado inciso, para
ser declarado judicialmente como padre
extramatrimonial. Ello confrma la tendencia
a diferenciar este supuesto, del de la
confguracin de la unin de hecho, para que
se constituya una sociedad de gananciales, en
la cual se requiere, segn lo establecido por el
artculo 326 c.c., que la pareja est conformada
voluntariamente por un varn y una mujer, que
estn libres de impedimento matrimonial y que
hayan convivido, al menos, dos aos continuos,
para alcanzar fnalidades y cumplir deberes
semejantes a los del matrimonio.
Habiendo sido apelada esta sentencia por
ambas partes, la Sala de Familia de la Corte
Superior de Lima, con resolucin de fecha
15.06.00, con el voto de tres vocales, cada uno
de los cuales hizo una fundamentacin singular
y con un voto en discordia, se confrm la
resolucin recurrida. En la resolucin frmada en
conjunto por los tres vocales, se afrma que:
se debe mencionar que si bien el artculo
402 del Cdigo civil no ha considerado la relacin
extramatrimonial en poca contempornea a la
concepcin como causal para declarar judicialmente la
paternidad extramatrimonial, la omisin o defciencia
de esta norma legal no puede dejar sin proteccin
jurdica a una menor cuya situacin jurdica es la de
un gran sector de la poblacin infantil, porque ello
importara atentar contra su derecho de llevar un
nombre patronmico que le corresponde, as como
desconocer el principio general del derecho de que
todos somos iguales ante la ley y por tanto gozamos
de las mismas oportunidades.
() Que, de ah la obligacin impuesta al
juzgador en el artculo octavo del Ttulo Preliminar
del Cdigo civil, aplicable al caso de autos por imperio
del artculo sptimo del mismo ttulo.
A propsito del principio de la igualdad, se
sostiene que se debe enfocar desde una doble
perspectiva, de un lado, como un principio
rector de todo el ordenamiento jurdico del
Estado democrtico de Derecho, siendo un
valor fundamental y una regla bsica que ste
debe garantizar y preservar. Y de otro lado,
como un derecho constitucional subjetivo,
individualmente exigible que confere a toda
persona el derecho a ser tratado con igualdad
ante la Ley y de no ser objeto de forma alguna de
discriminacin
6
.
Como ya lo mencion en otra sede
7
, la
naturaleza de los principios jurdicos es la de
ser modelos crpticos, estructuras carentes de
poder vinculante (como la ley, la costumbre o
la jurisprudencia) y por lo tanto, no pueden ser
entendidas como normas jurdicas. Los principios
no tienen per se el carcter de obligatorios.
Cosa distinta sucede cuando los principios son
recogidos en una norma jurdica: por tal hecho se
vuelven vinculantes; pero no por ello pierden su
naturaleza. En el caso del denominado derecho
subjetivo a la igualdad, creo que se trata de un
principio que, por el hecho de ser consagrado
por la Constitucin, no debera alterarse en su
esencia
8
. El derecho subjetivo no es ms que el
poder que el ordenamiento jurdico le otorga a los
sujetos de derecho, para que acten libremente.
Por ello, el error conceptual en el cual se ha
incurrido al redactar el artculo 2, inciso 2, de la
Constitucin, no nos debe llevar a esta confusin.
Volviendo a la interpretacin del artculo 402 c.c.,
JUAN ESPINOZA ESPINOZA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
131
se sostiene que:
analizado el indicado artculo 402 del Cdigo
Sustantivo se llega a la conclusin que el legislador
al estructurar dicha norma la sealado supuestos
de hecho en base a los cuales se puede declarar
judicialmente la paternidad extramatrimonial, sin que
los supuestos fcticos para tal declaracin se agoten
en la enumeracin que hace el aludido artculo.
() Que, en efecto, este numeral no determina
que la declaracin judicial en cuestin slo puede
declararse en base a las causales que en l se fjan, dado
que esta disposicin legal no determina taxativamente
las causales en base a las cuales se puede producir la
referida declaracin judicial.
() Que, la interpretacin teleolgica del artculo
402 del Cdigo Civil nos permite establecer la relacin
paterno-flial (paternidad extramatrimonial), lo cual
conforme a nuestro ordenamiento jurdico deber
demostrarse de acuerdo con las normas procesales
respectivas (el subrayado es mo).
Es aqu donde la Sala echa mano de
la normatividad procesal para reforzar la
interpretacin extensiva del artculo 402 c.c., de
la siguiente manera:
debe tomarse en consideracin que el sistema
jurdico para la determinacin judicial de paternidad
ha evolucionado en el tiempo, particularmente en los
ltimos veinte aos, en razn al notable desarrollo
cientfco que ha posibilitado la determinacin biolgica
de la paternidad, desplazndose as progresivamente
el sistema de presuncin legal de paternidad.
() Que, as, nuestro Cdigo Procesal Civil
promulgado mediante Decreto Legislativo nmero
768, y vigente desde el veintiocho de julio de mil
novecientos noventitrs, contempla en su artculo
193 el ofrecimiento de medios probatorios atpicos
constituidos por auxilios tcnicos o cientfcos que
permitan lograr la fnalidad de los medios probatorios,
los que se actuarn y apreciarn por analoga con los
medios probatorios tpicos y con arreglo a lo que el
juez disponga.
() Que, igualmente, el legislador concede al
Juez, para formarse conviccin, el uso del mtodo
lgico-jurdico al incorporar el captulo denominado
sucedneos de los medios probatorios que incluye las
modalidades de los indicios, presunciones, evaluacin
de la conducta de los justiciables y, la fccin legal.
() Que, los sucedneos de los medios
probatorios son, como lo establece el artculo 275 del
Cdigo Procesal Civil, auxilios establecidos por la ley o
asumidos por el juzgador para lograr la fnalidad de los
medios probatorios, corroborando, complementando
o sustituyendo el valor o alcance de stos.
() Que, dentro de los sucedneos de los
medios probatorios el cdigo Procesal Civil recoge
la presuncin judicial y la conducta procesal de las
partes.
() Que, en cuanto a la presuncin judicial
(artculo 281 del Cdigo Adjetivo) nuestro
ordenamiento procesal civil autoriza al juez a formarse
conviccin respecto al hecho o hechos investigados,
entre otros, a partir de los presupuestos debidamente
acreditados en el proceso.
() Que, en el presente caso, los medios
probatorios analizados por la Juzgadora en cuanto a
la relacin extramatrimonial habida entre las partes
en poca contempornea a la concepcin, conducen
a presumir fundadamente que dicha relacin
extramatrimonial fue real y que durante su vigencia
se procre a la menor.
La Sala procede de una manera correcta
(frente a las nuevas pruebas que permiten
ofrecen los avances de la ciencia) al interpretar
extensivamente el artculo 402 c.c., ampliando el
elenco de las causales para declarar la fliacin
extramatrimonial y, no como, equivocadamente
hace el juez de familia, forzando el inciso 3 de
dicho artculo
9
. Sin embargo, ambas instancias, en
vez de evaluar atentamente las pruebas (bastante
inconsistentes) ofrecidas por la demandante,
hacen mas bien un acto de fe, respecto de estas,
por cuanto, las mismas no son sufciente para
acreditar que la vedete y el reportero tuvieron
relaciones sexuales y, mucho menos, una hia.
Mejor suerte corre el iter argumentativo respecto
de la conducta procesal del demandado. En
efecto, la Sala sostiene que:
Que, en cuanto a la conducta procesal de
las partes (artculo 282 del Cdigo Adjetivo) dicho
ordenamiento procesal civil autoriza al juez extraer
conclusiones atendiendo a la conducta que stos
observen en el proceso, particularmente cuando se
manifesta notoriamente en la falta de cooperacin
para lograr la fnalidad de los medios probatorios
o con otras actitudes de obstruccin; debindose
agregar que los jueces se encuentran autorizados para
amparar o desamparar la demanda, como un elemento
coadyuvante y a califcar la conducta procesal que
observen las partes durante el desarrollo del proceso.
() Que, siendo esto as, si alguno de los
justiciables no concurre varias veces a las citaciones
del juzgador, su conducta debe ser considerada como
indicio grave en contra de su pretensin o de las
excepciones de mrito, segn sea el caso.
() Que, en el caso sub-litis, no aparece elemento
de juicio alguno que conduzca a determinar que el
demandado haya colaborado para el esclarecimiento
de la verdad de los hechos alegados por las partes.
() Que, con respecto a ello, aparece de la
audiencia de fojas doscientos veintiocho a doscientos
cuarenta y uno que el demandado formul oposicin
a la prueba gentica de reconocimiento de ADN fojas
cuatro y cinco del Cuaderno de Tachas que se tiene a
la vista- manifestando que en el Hospital Rebagliati
no se cuentan con los instrumentos necesarios para
llevar adelante dicho examen y que la mencionada
prueba gentica no brinda certeza sobre la relacin
de parentesco; oposicin que fue declarada infundada
por el A-quo en la propia audiencia y confrmada
su resolucin por la Sala de Familia conforme es de
verse de la resolucin que fotocopiada corre a fojas
cuatrocientos setenta.
() Que, al no haberse presentado el demandado
al Hospital Rebagliati el da sealado para la audiencia,
UNA VEDETTE, UN REPORTERO Y UN VIEJO CUENTO ...
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
132
como es de verse de la constancia de fojas trescientos
ochenta y cuatro, el Juzgado por resolucin de fojas
cuatrocientos seis seal nueva fecha para el examen
correspondiente, el que tampoco se pudo realizar por
inasistencia del emplazado conforme aparece de la
constancia de fojas cuatrocientos veinticuatro;
()Que, posteriormente por resolucin de fojas
cuatrocientos treintids nuevamente el A-quo convoca
a las partes para la realizacin de la prueba del ADN
en los laboratorios el Hospital Rebagliati, apareciendo
de la constancia de fojas cuatrocientos sesenta y uno
que por tercera vez no asisti el demandado.
() Que hay que hacer notar que el demandado
en forma totalmente extempornea mediante escrito
de fojas quinientos veintiuno a quinientos veintisiete
indica la imposibilidad fsica y moral que tiene para
someterse a la prueba de ADN el da sealado por el
Juzgado (doce de febrero de mil novecientos noventa
y nueve); imposibilidad moral que no aleg al
momento de cuestionar la prueba dentro del plazo
que imperativamente previene el inciso primero del
artculo 478 del Cdigo Procesal Civil, en el Cuaderno
de Tacha acompaado.
() Que, sin embargo, a pesar de haberse opuesto
a la prueba gentica de ADN y no cumplido con
asistir a las tres citaciones realizadas por el Juzgador,
el demandado se someti al examen mdico-legal
ordenado por el Juzgado, manifestando en su escrito
de fojas trescientos noventisis que lo haca en
estricto acatamiento a lo dispuesto por su despacho
y mostrando su voluntad de colaborar.
() Que, de otro lado, debe tambin sealarse
que el propio demandado en su escrito de fojas
cuatrocientos diez expresa haber interpuesto una
accin de garanta amparo- contra la resolucin del
Juzgado que ordena se lleve adelante el examen de
ADN (el subrayado es mo).
Frente a ello, la Sala entiende que:
todo lo anteriormente expuesto con relacin a
la conducta del emplazado, autoriza a concluir que no
ha prestado de modo alguno su colaboracin para la
prctica de la prueba de ADN; acreditndose de este
modo que entre las partes no slo ha existido una
relacin amorosa, sino que ha existido una relacin
ntima que inequvocamente la conducido a la
procreacin de la menor (), cuyo mrito conduce a
amparar la demanda de fliacin, aplicando el espritu
y el criterio contenido en el artculo 402 del Cdigo
Civil.
() Que, respecto de la aplicacin retroactiva
de la Ley nmero 27048 alegada por el demandado,
debe sealarse que el A-quo mediante resolucin
de fojas cuatrocientos ochenta y ocho resolvi hacer
efectivo el apercibimineto que contiene el segundo
pargrafo del inciso sexto del artculo 402 del Cdigo
Civil, modifcado por la indicada ley; resolucin que
conforme puede verse de lo actuado se encuentra
debidamente consentida al no haberse formulado
por el demandado medio impugnatorio alguno en su
contra.
() Que las disposiciones procesales por
mandato de la segunda disposicin complementaria
fnal del Cdigo Procesal Civil, son de aplicacin
inmediata; pudiendo el Juez evaluar la negativa del
emplazado a someterse a la prueba del ADN para
declarar judicialmente la paternidad, de acuerdo
con lo que dispone el artculo 402 del Cdigo Civil,
modifcado por la ley nmero 27048, en concordancia
con las disposiciones que para evaluar la conducta
de los justiciables contiene el artculo 282 del Cdigo
Procesal Civil (el subrayado es mo).
Comparto con la Sala el hecho de haber
aplicado la disposicin procesal, relativa a
la evaluacin de juez frente a la negativa de
someterse a la prueba del ADN, de manera
inmediata
10
. No me queda tan claro si de ello
inequvocamente, como lo sostiene el rgano
colegiado, se deba inferir la paternidad del
demandado, mxime cuando an subsiste el
artculo 415 c.c., el cual establece que el hio
extramatrimonial slo puede reclamar del que ha
tenido relaciones sexuales con la madre durante
la poca de la concepcin una pensin alimenticia
hasta la edad de dieciocho aos
11
. Repito que
el iter argumentativo ha sido impecable. Sin
embargo, entre ste y la conclusin tan categrica
a la que se arriba, hay una suerte de principio
oculto (o poltica jurisprudencial) en el que,
indudablemente, el operador jurdico se inclina
ms a favor de la pretensin de la madre, que a
la del (presunto) padre: es el del inters superior
del menor
12
. En este sentido (y revelando dicho
principio), se pronuncia el fundamento del voto
de la Vocal Huerta Herrera, en el cual se sostiene
que:
habindose demandado la investigacin judicial
de la paternidad de la nia (), dicho petitorio
responde a una exigencia de estricta justicia que debe
ser atendido por el juzgador por cuanto conlleva un
debate sobre derechos fundamentales tales como: a
conocer los progenitores y la identidad (uno de
cuyos elementos lo constituye el apellido paterno),
conforme lo reconoce el inciso 1 del artculo 7 de la
Convencin sobre los Derechos del Nio al establecer
que el nio tendr derecho desde que nace, entre oros,
a un nombre y a conocer a sus padres; siendo adems,
deber del Juez resolver un conficto de intereses o
incertidumbre jurdica; () De ah, que sustentndose
la demanda en la imputacin de la paternidad que se le
atribuye al demandado (), como consecuencia de las
realcnes sexuales mantenidas con la demandante (),
resulta menester interpretar el artculo 402 del Cdigo
Civil que regula sobre la declaracin Judicial de
paternidad Extramatrimonial; () Dicho dispositivo
legal prev los supuestos de hecho de la referida
declaracin de paternidad que no (debe) entenderse
sean los nicos desde que la paternidad no puede
agotarse en cierto nmero de supuestos previstos por
la ley sino fundamentalmente en adquirir certeza o
verosimilitud de ser el padre respecto de determinada
persona; () Por ello, cualquier interpretacin
restrictiva de la norma en comento podra llevar a
una situacin injusta que no puede ser amparada
por el Derecho que busca precisamente realizar el
JUAN ESPINOZA ESPINOZA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
133
ideal de justicia, tanto ms, si se tiene en cuenta que
en los tiempos actuales con el avance de la ciencia
y la tecnologa, puede llegar a determinarse con un
altsimo porcentaje de certeza sobre la paternidad
y/o maternidad; () A mayor abundamiento, cabe
destacar que la norma en comento no contiene el
vocable solo o nicamente u otros trminos
similares que denoten que los supuestos de hecho
previstos por ella, sean los nicos (el subrayado es
mo).
Merece particular atencin el voto en
discordia del Vocal ponente, Carrin Lugo, que
propona revocar la sentencia del juzgado de
familia, declarando improcedente la demanda,
sustentndose en lo siguiente:
Conforme al inciso cinco del numeral 426 del
CPC uno de los requisitos para la admisibilidad de la
demanda es que ella debe contener el petitorio, que
comprende la determinacin clara y concreta de lo que
se pide. Es decir, el actor debe precisar la pretensin
procesal que propone. Tratndose de una demanda
sobre fliacin, como es el caso de autos, el actor o
la actora debe sealar la causal en la que sustenta su
pretensin procesal, en la que apoya su pedido para
que se emita su declaracin de paternidad
13
. () de
otro lado, el inciso 6 del artculo 427 del CPC establece
que una demanda es improcedente si ella contiene un
petitorio jurdicamente imposible. En efecto, si una
pretensin procesal no estuviera regulada por el derecho
positivo, mal podra encontrar tutela jurisdiccional
efectiva, por lo que la demanda correspondiente
deber declararse improcedente. En el presente caso
se est frente a un petitorio jurdicamente imposible,
pues, el supuesto fctico descrito en la demanda no
est tutelado jurdicamente por el numeral 402 del CC,
ni por otro dispositivo legal. () Si bien conforme al
artculo VII del Ttulo Preliminar del CPC el Juez debe
aplicar el derecho que corresponda al proceso, aunque
no haya sido invocado o lo haya sido errneamente,
empero, el Juzgador no puede ir ms all del petitorio
ni fundar su decisin en hechos diversos de los que
han sido alegados por las partes. Dicha norma, por
su texto, supone que los hechos estn regulados
por el ordenamiento jurdico, pues si no estuvieran
regulados el Juez no podra crear una norma para el
efecto por no ser esa su funcin estricta.
El vocal discordante, pretende invocar el
argumento psicolgico, vale decir, la intencin
del legislador, para sustentar su opinin, al
aseverar lo siguiente:
Cul ha sido el criterio del legislador al
regular las causales para la declaracin de la fliacin
extramatrimonial? Inicialmente con la promulgacin del
CC, se fjaron cinco causales concretas detalladamente
concebidas (artculo 402 CC) para la declaracin de la
fliacin. Con posterioridad, con la dacin de la Ley
N 27048 (promulgada el 28 de Diciembre de 1998,
ocho meses despus de la presentacin de la demanda
que ha originado el presente proceso), se ha agregado
una causal ms, consistente en la acreditacin del
vnculo parental entre el presunto padre y el hio
a travs de la prueba del ADN u otras pruebas
genticas o cientfcas con igual o mayor grado de
certeza. Por consiguiente ahora se tienen 6 causales
que pueden invocarse vlidamente para los efectos de
la declaracin judicial de la fliacin extramatrimonial.
Esto signifca tambin que el legislador, al fjar las
causales con detalle, ha querido que los juzgadores
recurran a la interpretacin restrictiva de la norma
para la fliacin y no a la interpretacin extensiva, en
la que el intrprete ampla el signifcado del texto de
la norma para comprender en ella otros supuestos
fcticos que razonadamente estn incluidos, en
atencin a que el legislador al regular las anotadas
causales lo ha hecho no recurriendo a frmulas
genricas sino a frmulas especfcas, detalladamente
confguradas, dando, como por ejemplo en el caso
previsto en el inciso 3 del artculo 402 del CC, una
concepcin singular del concubinato, diferente en
algunos aspectos al concebido para la determinacin
de la sociedad de bienes que se genera por las uniones
de hecho reguladas por al artculo 326 del CC.
Por ltimo, se invoca el principio de
irretroactividad de las normas, al sostener que:
la modifcatoria introducida por la Ley N
27048 al numeral 402 del CC, de otro lado, no puede
aplicarse retroactivamente en virtud de la previsin
contenida en el artculo 103 de la Constitucin del
Estado. Es ms, si conforme al Cdigo Procesal Civil
los Jueces estn autorizados para califcar la conducta
procesal de las partes en litigio para amparar o no
una demanda, especialmente cuando se manifestan
notoriamente en la falta de cooperacin para lograr
la fnalidad de los medios probatorios o con otras
actitudes de obstruccin; sin embargo, la ley citada
en este considerando ha establecido una califcacin
especial y concreta de la conducta procesal que pueda
asumir el demandado, cuando seala que ante la
negativa de someterse a alguna de las pruebas (entre
ellas la del ADN) luego de haber sido debidamente
notifcada bajo apercibimiento por segunda vez el
Juez evaluar tal negativa, las pruebas presentadas y
la conducta procesal del demandado, declarando la
paternidad.
Frente a estas afrmaciones, creo pertinente
precisar que:
a) La pretensin procesal (declaracin
judicial de fliacin extramatrimonial) s fue
formulada por la demandante, aunque el
fundamento jurdico no era el correcto (o, en
todo caso, fue impreciso). El juez est obligado
a administrar justicia an en caso de vaco de la
ley, lo cual no signifca crear una norma. No se
entiende por qu el vocal ponente (discordante)
exige que la pretensin procesal materia del
proceso est rigurosamente sealada, cuando,
repito, s lo fue y si por rigor se entiende que
la parte deba invocar el artculo, se incurre en un
UNA VEDETTE, UN REPORTERO Y UN VIEJO CUENTO ...
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
134
grueso error. Por ello, la afrmacin que se est
frente a un petitorio jurdicamente imposible
no resiste al anlisis.
b) La pretendida interpretacin de la
intencin del legislador es un argumento dbil. Si
bien es cierto que sta era la posicin del ponente
del Libro de Familia del Cdigo Civil
14
, sta va en
contra de toda una orientacin jurisprudencial
que ya haba admitido una interpretacin
extensiva del artculo 402 c.c., vale decir, que el
elenco de las causales contenidas en el mismo no
deba entenderse como un numerus clausus, sino
como un numerus apertus.
c) La afrmacin que la Ley N 27048 no
es retroactiva, debe entenderse respecto de sus
normas de carcter material. Las disposiciones
procesales contenidas en la misma (entre ellas,
la valoracin de la conducta el emplazado, por
parte del juez), por mandato del propio Cdigo
Procesal Civil, son de aplicacin inmediata.
Asimismo, se debe recordar que los artculos
193 c.p.c. (respecto de los medios probatorios
atpicos), 282 c.p.c. (evaluacin de la conducta
procesal de las partes), entre otros, estaban
vigentes al momento de la interposicin de la
demanda.
Creo que estos argumentos son sufcientes
para afrmar que la posicin del vocal ponente
(discordante) se ha dado, dndole la espalda
(inexplicablemente) a una orientacin
jurisprudencial ya aceptada y a normas
procesales vigentes.
En opinin que comparto, la Sala Civil
Permanente de la Corte Suprema de la
Repblica, en resolucin de fecha 13.10.00 (Cas.
N 1753-2000) , declar improcedente el recurso
de casacin interpuesto por el demandado,
precisando que:
esta denuncia (la del demandado) est
dirigida a cuestionar la interpretacin modifcativa
efectuada por la Sala de mrito, sustentada en una
lnea jurisprudencial, que ha sido recogida con
posterioridad en la Ley veintisiete mil cuarentiocho, y
a la que se poda arribar luego de una interpretacin
sistemtica del conjunto de normas que regulan el
derecho familiar, hechos que en estricto no confguran
contravencin de las normas que garantizan el derecho
a un debido proceso, sino el ejercicio de la facultad
conferida por el artculo VII del Ttulo Preliminar del
Cdigo Procesal Civil, como es el aplicar el derecho
que corresponda al proceso, fundamentando su
decisin en hechos alegados por las partes.
Ntese que en un mismo proceso, diversos
operadores jurdicos han invocado una serie de
principios jurdicos, como el de igualdad, el de
aplicar la norma jurdica pertinente (traducido
a travs del aforismo iura novit curia), el de
irretroactividad de la ley, el del inters superior
del menor, incluso, para defender posiciones
contrapuestas.
El caso que se ha comentado nos pone en
evidencia, como seal anteriormente, el dilema
en el cual se encuentra el juez, entre ceirse
cmodamente a la literalidad de la norma (cuando
esta existe) o arriesgarse y recurrir a los principios
jurdicos para entenderla de una manera que
haga ms sensible a la administracin de justicia.
El derecho no es una ciencia exacta que busca
soluciones fras y uniformes: es un producto
cultural y por ello, requiere del auxilio de seres
humanos que, con defectos y virtudes, asuman
el rol de operadores jurdicos y respondan,
acordes con las normas y los principios, a los
requerimientos de la colectividad, que siempre
sern variados y en constante transformacin. De
esta manera, irn descubriendo nuevos principios
y situaciones jurdicas, dignos de tutela: esto es
lo que diferencia a un operador jurdico atento a
su realidad, de un aptico burcrata que no ve
(ni va) ms all de los dos metros cuadrados de
su escritorio.
3.- Las pruebas biolgicas: el inters del
menor frente al derecho a la integridad y a la
vida privada de los presuntos padres naturales
En materia de reconocimiento
extramatrimonial surgen una serie de derechos
y principios en conficto: el primero de ellos el
del inters del menor, que ms de un principio,
se trata de un tpico caso de una clusula
indeterminada, a punto tal de comprender
soluciones contrastantes
15
. En efecto, esta
clusula es de carcter interpretativo y est
inspirada hacia un favor respecto del menor.
En este sentido se sostiene que la clusula del
inters del menor constituye el instrumento para
dar actuacin, en la variedad de situaciones
concretas, a los prevalecientes derechos del
menor, orientando a su realizacin las decisiones
que le ataen. Esta requiere que el juez la tenga
en cuenta, no como un concepto abstracto,
referido a los menores como categora, sino en
el concreto inters del nio, entendido como
persona, del carcter nico e irrepetible de su
dimensin existencial, del contexto personal,
familiar, social y econmico en el cual ste vive
y en consideracin de ello, tome la decisin que
para l, en un momento determinado y en cierto
ambiente, promueva mejor sus derechos
16
. Por
ello se afrma que esta clusula general es una
JUAN ESPINOZA ESPINOZA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
135
enunciacin expresa; pero indeterminada en el
contenido y susceptible de concretizarse por el
juez en el momento de aplicacin
17
.
Sin embargo, algunos jueces han entendido
de manera un tanto equvoca la clusula general
del inters del menor, al no admitir la pretensin
de excluir el nombre de quien fgura como
padre en la partida de nacimiento, no habiendo
declarado su voluntad en tal sentido. As tenemos
que la Sala Civil de la Corte Superior de Justicia
de Junn, con Resolucin N 64 (02.07.97), Exp.
N 160-97, ha establecido lo siguiente:
Que, la consignacin del nombre como padre de
un menor se tiene por no puesta por mandato expreso
de la ltima parte del primer prrafo del artculo
trescientos noventids del Cdigo Civil.
Que no se trata de establecer si el actor autoriz
o no el uso de sus nombres. Lo que se pretende es
excluir un dato en cuanto al nombre, dato que para
nuestro ordenamiento civil defnitivamente no existe
porque se considera no puesto.
Que los datos que aparecen en la inscripcin de
nacimiento defnitivamente constituyen parte de su
identidad, incluido el nombre de quien dice no ser
su padre y el Estado est comprometido a preservar
esa identidad, por as mandarlo el inciso primero
del artculo ocho de la Convencin sobre Derechos
del Nio, aprobada por la Asamblea General de
las Naciones Unidas el veinte e noviembre de mil
novecientos ochenta y nueve y ratifcada por le Estado
Peruano mediante Resolucin Legislativa veinticinco
mil doscientos setenta y ocho de fecha tres de agosto
de mil novecientos noventa.
Por suerte, la Sala Civil de la Corte Suprema
de la Repblica corrigi este error conceptual al
determinar, con fecha 05.05.99, en Cas. N 2747-
98:
Que el derecho al nombre, que es parte del
derecho a la identidad, adems de ser un signo
distintivo de las personas en sus relaciones jurdicas
y sociales, implica el derecho que tiene toda persona
de poder conocer su origen y quienes son sus
progenitores, por lo que mal se puede sostener que
se est protegiendo la identidad de una persona al
mantenerla en la creencia, a travs de un documento
ofcial, que su padre es una persona que legalmente no
tiene tal calidad.
Que, el reconocimiento de un hio es un acto
jurdico unilateral y como tal requiere de una
manifestacin de voluntad, y en el presente caso
el accionante no ha expresado su voluntad en la
partida de nacimiento cuestionada, en el sentido de
aceptar la paternidad del menor, consiguientemente,
no ha existido acto jurdico en tal sentido, y el hecho
de que se haya consignado el nombre del actor en
la comentada partida de nacimiento constituye un
acto de usurpacin del nombre y por ende no puede
mantenerse dentro de un instrumento pblico una
afrmacin inexacta, lo que dems vulnera la norma
de orden pblico contenida en el artculo veintiuno
del Cdigo Civil, por consiguiente, la Sala de Revisin
ha efectuado una interpretacin errnea de la norma
contenida en el artculo trescientos noventids del
Cdigo Sustantivo.
La Casacin, con mayor criterio ha entendido
que este supuesto de hecho encaja en la fgura de
usurpacin del nombre, regulada en el artculo
21 c.c.
18
.
La identidad, que no solamente debe
ser entendida de manera esttica, vale
decir como identifcacin, sino de manera
dinmica, en tanto proyeccin externa de
la personalidad
19
, ha sido defnida en una
feliz expresin, como el derecho a ser uno
mismo
20
. Por ello, en aras del inters del
menor, se sostiene que ste tenga derecho a
conocer quin es su padre, es decir, que sepa
cul es su identidad familiar. Sin embargo,
este derecho choca con el derecho a la
integridad (en tanto respeto de la esencia
unitaria de la naturaleza humana
21
) o a la
vida privada
22
del presunto padre. En efecto,
hasta qu punto la negativa del presunto
padre a someterse a la prueba hemato-
biolgica puede ser entendida por el juez
como una aceptacin tcita de su paternidad?
Puede ser evaluada de la misma manera
una negativa a someterse a esta prueba
frente a otras pruebas adicionales
23
, que
una negativa frente a la sola afrmacin de
la madre que el demandado es el padre?
El reformado inciso 6, del artculo 402 c.c.
establece, correctamente, lo siguiente:
Ante la negativa de someterse a alguna de las
pruebas luego de haber sido debidamente notifcada
bajo apercibimiento por segunda vez, el
juez evaluar la negativa, las pruebas presentadas
y la conducta procesal el demandado declarando la
paternidad o al hio como alimentista ().
En efecto, el juez debe evaluar la negativa, de
acuerdo con el caso concreto y no equipararla sic et
simpliciter a un reconocimiento tcito de paternidad.
Resulta interesante observar que, a partir del
reconocimiento del derecho a no declarar contra s
mismo y a no confesarse culpable, consagrado en el
artculo 24.2 de la Constitucin Espaola, autorizada
doctrina constitucional argentina afrma que no estar
obligado a declarar contra s mismo signifca tambin,
y a la vez, no estar obligado a prestar el propio cuerpo
(con su integridad fsica, squica y moral) para ninguna
clase de prueba. O sea que este derecho apareja el de
negarse a una prueba biolgica por extraccin de
sangre, como tambin a que se le apliquen sueros a
la verdad, se le practique narcoanlisis, o la hipnosis,
etc.
24
, proponindose a quien pretenda conocer su
UNA VEDETTE, UN REPORTERO Y UN VIEJO CUENTO ...
NOTAS:
1
Tal como se da cuenta en la resolucin del Octavo Juzgado de Familia de Lima, de fecha 07.12.99, la cual estoy siguiendo felmente, a efectos de relatar los hechos.
2
As, Varsi Rospigliosi, Hacia una fliacin biolgica, en Revista Jurdica del Per, Ao XLVII, N 11, Trujillo, 1997, pp. 45 y ss; Martinez Coco, La fliacin biolgica y el
artculo 402 del cdigo civil, en Dilogo con la Jurisprudencia, Ao IV, N 8, Gaceta Jurdica, Lima, 1998, pp. 341 y ss; Gutierrez Duany y Lavarello Alba, Las biopruebas
de identifcacin y el derecho a la intimidad, en Revista Jurdica del Per, Ao XLVII, N 13, Trujillo, 1997, pp. 91 y ss; entre otros.
3
En Dilogo con la Jurisprudencia, con comentario de Varsi Rospigliosi, Anlisis constitucional de la investigacin jurdica de paternidad, Ao III, N 6, Gaceta Jurdica, Lima,
1997, pp. 83 y ss.
4
Tngase en cuenta que la parte pertinente citada establece que ante la negativa de someterse a alguna de las pruebas luego de haber sido debidamente notifcada
bajo apercibimiento por segunda vez, el juez evaluar tal negativa, las pruebas presentadas y la conducta procesal del demandado declarando la paternidad o al hio
como alimentista, correspondindole los derechos contemplados en el artculo 415 (el subrayado es mo).
5
El cual estableca que la accin, en el caso del artculo 402, inciso 3, es improcedente si durante la poca de la concepcin la madre llev una vida notoriamente
desarreglada o tuvo trato carnal con persona distinta del presunto padre o si en la misma poca fue manifestamente imposible al demandado tener acceso carnal con
la madre.
6
Eguiguren Praeli, Principio de igualdad y derecho a la no discriminacin, en Ius et Veritas, Ao VIII, N 15, diciembre, 1997, p. 63 (el resaltado es del autor).
7
Espinoza Espinoza, Principios Generales del Derecho, en Temas de Derecho, Revista de los Talleres de Investigacin Jurdica, N 1, Sagitario, Lima, 1987, p. 46.
8
As, Lonardo, citando a Barberis, cuando expresa que un principio puede considerarse existente no por el hecho de haber sido legtimamente puesto por un
legislador, sino por el hecho de ser considerado justo o, al menos, adecuado al caso para el cual ha sido invocado(Op. cit., p. 287).
9
No obstante ello, en el fundamento del voto del Vocal Ramos Lorenzo, se invoca la interpretacin extensiva del inciso 3, del artculo 402 del Cdigo Civil.
10
Resulta pertinente citar el siguiente pasaje del fundamento del voto del Vocal Ramos Lorenzo, en el cual se aprecia que la prueba del ADN no es una creacin de
la Ley 27048, desde que ya se encontraba prevista en el texto originario de la primera parte del artculo 413 de nuestra codifcacin civil sustantiva, conforme a la
cual en los juicios sobre declaracin de paternidad, o maternidad extrajudicial es admisible la prueba negativa de los grupos sanguneos U OTRAS DE VALIDEZ
CIENTFICA (la del ADN por ejemplo), por lo que con esa o sin esa ley tal medio probatorio resulta pertinente y procedente al caso de autos.
11
En efecto, se sostiene que debe observarse que la posibilidad de declarar infundada la demanda no se ha perdido, no slo porque la Ley N 27048 no expresa
ni sugiere que necesariamente debe declararse la paternidad, sino y sobre todo, porque la fnalidad de los sucedneos de los medios probatorios destinados a
corroborar, completar o sustituir el valor o alcance de stos- permiten al juez utilizar su apreciacin razonada (Plcido Vilcachagua, Manual de Derecho de Familia,
Gaceta Jurdica, Lima, 2001, p. 291).
12
Para un sector de la doctrina nacional, el inters superior del menor est basado en el desarrollo integral del nio y adolescente en el seno de una familia que rena
las 3 caractersticas: amor, comprensin, felicidad (Chunga Lamonja, Derecho de Menores, tercera edicin actualizada, Griley, Lima, 1999, p. 225).
13
Se precisa, adems, que toda pretensin procesal tiene, por un lado, su fundamentacin jurdica y fctica, y por otro, el petitorio correspondiente. Tratndose de la
fliacin la pretensin respectiva comprende: a) su fundamentacin, que est conformada por la descripcin de los hechos que deben subsumirse dentro del marco
de los incisos 402 del CC y por la fjacin de la previsin legal que sirve de base para la tutela jurisdiccional que se reclama. B) El petitorio, que se concreta a solicitar
la declaracin de paternidad. La propia demandante reconoce que el supuesto fctico que seala en su demanda no es subsumible dentro de las causales de fliacin
previstas por el artculo 402 del CC vigente en la fecha de presentacin de la demanda.
14
En efecto, Cornejo Chvez, en su momento (1980) afrm que el progreso de la ciencia permite ya obtener de la prueba de la sangre una conclusin tan inequvoca
como puede ser la de cualquiera otra pericia, en el sentido de la no-paternidad, aunque no de la paternidad (en Exposicin de Motivos y Comentarios del Proyecto
del Libro de Derecho de Familia de la Comisin Reformadora, en COMISION ENCARGADA DEL ESTUDIO Y REVISIN DEL CODIGO CIVIL, Exposicin de Motivos
y Comentarios, cit., p. 436). Asimismo, el mismo autor, posteriormente, sostuvo que acreditada en el juicio la hiptesis alegada que ha de ser una de las cinco
enumeradas en el artculo 402- se presume que el demandado es el padre (el subrayado es mo) (Derecho Familiar Peruano, dcima edicin actualizada, Gaceta
Jurdica, Lima, 1999, p. 476).
15
Leite De Converti, Dichiarazione di paternit naturale: prove biologiche e interesse del minore, en La Nuova Giurisprudenza Civile Commentata, Ao X, N 4, Padova, 1994, p.
535.
16
Ferrando, Diriti e interesse del minore tra principi e clausole generali, en Clausole e principi generali nellargomentazione giurisprudenziale degli anni novanta, a cura de Cabella
Pisu Y Nanni, CEDAM, Padova, 1998, p. 19.
17
Arrigo, Interesse del minore con riguardo alla protezione del patrimonio, en Clausole e principi generali nellargomentazione giurisprudenziale degli anni novanta, cit., p. 201.
18
Como precedente tenemos la resolucin de fecha 17.11.98, Cas. N 1061-98-Junn, en Dilogo con la Jurisprudencia, Ao 5, N 10, Julio 1999, pp. 144-146. En doctrina
nacional, Vega Mere, La exclusin del nombre del no declarante del nacimiento de un hio extramatrimonial en Dilogo con la Jurisprudencia, Ao , N 1, Gaceta Jurdica, Lima,
1995, pp. 93 y ss.
19
Como distingue acertadamente Tommasini, en Lidentit dei soggeti, en Linformazione e i diriti della persona, a cura de Alpa, Bessone, Boneschi Y Caiazza, Centro di
Iniciativa Giuridica Piero Calamandrei, Jovene, Napoli, 1983, p. 86.
20
Doglioti, Diritto Allidentit e tutela della persona, en Linformazione e i diriti della persona, op. cit., 174. Entre nosotros, Fernndez Sessarego, defne a la identidad
personal como el conjunto de atributos y caractersticas que permiten individualizar a la persona en sociedad. Identidad personal es todo aquello que hace que cada
cual sea uno mismo y no otro. Este plexo de caractersticas de la personalidad de cada cual se proyecta hacia el mundo exterior, se fenomenaliza, y permite a
los dems conocer a la persona, a cierta persona, en su mismidad, en lo que ella es en cuanto especfco ser humano (en Derecho a la identidad personal, Astrea, Buenos
Aires, 1992, p. 113).
21
Espinoza Espinoza, Estudios de Derecho de las Personas, Segunda Edicin, Editorial Huallaga, Lima, 1996, p. 152.
22
Se sostiene que su defnicin debe girar en torno a la proteccin de la esfera de nuestra existencia que la persona reserva para s misma, libre de intromisiones, tanto
de particulares como del Estado, as como el control de la informacin de esta faceta de nuestra vida (Morales Godo, El derecho a la vida privada y el conficto con la
libertad de informacin, Griley, Lima, 1995, pp. 107-108.
23
Resulta interesante el precedente que da un valor decisivo a las pruebas testimoniales a efectos de la declaracin judicial de fliacin extramatrimonial. En efecto, el
Dictamen Fiscal N 629-93-MP-FN-FSC, del 09.12.93, estableci que dada la forma explicativa (sic) en que los testigos han respondido las repreguntas formuladas
por el apoderado del demandado, y el reconocimiento que el mismo ha efectuado sobre dichos hechos y tratndose de un reconocimiento de fliacin que lleva
implcita una relacin sexual, de la cual slo quienes conocen a las partes pueden informar, sobre todo cuando stas forman conviccin, resulta prueba sufciente que
hace procedente amparar la pretensin, mxime si va aunada a una serie de actos de la madre, tendientes a conseguir el reconocimiento de su hia, desde cuando se
encontraba en gestacin (en Dilogo con la Jurisprudencia, Ao III, N 7, Gaceta Jurdica, Lima, 1997, pp. 177). La Corte Suprema, con resolucin del 06.01.94, confrma
esta opinin.
24
Bidart Campos, La negatoria a someterse a pruebas biolgicas en el juicio de fliacin, en Dilogo con la Jurisprudencia, Ao III, N 5, Gaceta Jurdica, Lima, 1997, pp. 241-
242.
25
Bidart Campos, Op. cit., pp. 243.
identidad familiar, lo siguiente: tienes derecho a
indagar tu fliacin, a conocerla, a emplazarla, a recibir
para ello tutela judicial efectiva; pero dentro del marco
de los medios probatorios que no implican violacin
inconstitucional a los derechos de la contraparte
25
.
Tarea asaz ardua y difcil ser la de los jueces
que tendrn que establecer jurisprudencialmente
la solucin frente al conficto de estos derechos.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
136
JUAN ESPINOZA ESPINOZA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
137
Patrimonio familiar
Benjamn Aguilar Llanos
Profesor de Derecho Civil de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
Sumario: Introduccin, Concepto y fundamento de la institucin: Fundamento Antecedentes del patrimonio
familiar: Antecedente mediato, el homestead; Antecedentes de la institucin en el Per Naturaleza jurdica
de la institucin, Ventajas e inconvenientes de la fgura, Rgimen legal del patrimonio familiar: Forma de
constitucin, El constituyente, Requisito previo para la constitucin, Benefciarios, Objeto del patrimonio
familiar, Privilegios y limitaciones del patrimonio familiar, Facultad de arriendo del bien o bienes del
patrimonio familiar, Terminacin del patrimonio familiar, Patrimonio familiar es transmisible por herencia,
Patrimonio familiar por mandato de la ley.
Introduccin
La familia, clula vital de la sociedad, re-
quiere para alcanzar un desarrollo ptimo, un
soporte econmico que le permita a sus inte-
grantes obtener metas acorde con su naturaleza
humana; este sustrato material, econmico debe
comprender bienes en cantidad sufciente que
permitan dotar de una morada y fuentes de tra-
bajo, liberndolos de la incertidumbre y riesgos
propios de la sociedad actual.
Respondiendo a estos objetivos, surge en
las legislaciones contemporneas una fgura jur-
dica que adopta diferentes denominaciones pero
con una sola sustantividad y fn, la de proteccin
al ncleo familiar.
El bien de familia, hogar de familia, asilo
de familia, homestead, patrimonio de la familia,
o patrimonio familiar, consiste en afectar un pre-
dio para morada del grupo familiar o un predio
destinado a la agricultura, industria, artesana o
comercio que sirva como fuente de trabajo de la
familia, y que agotado un procedimiento deter-
minado, ese predio se convierte en inembargable
e inalienable.
En Per, la institucin es recogida recin
a partir del cdigo de 1936, con la denominacin
hogar de familia, sin embargo su poca o nula di-
fusin impidi que la poblacin hiciera suya la
fgura pese a los benefcios que ella entraaba.
Al expedirse la Constitucin de 1979, el hogar de
familia es elevado a la categora de institucin
recogida por la carta magna; sobre el particular
es de verse de la ltima parte del artculo 5to que
el patrimonio familiar ( antes hogar de familia)
era inembargable, inalienable y transmisible por
herencia; el cdigo civil de 1984, recoge la ins-
titucin con el nombre de patrimonio familiar,
institucin sta que al expedirse la Constitucin
de 1993, ya no la recoge, lo que no implica que
haya desaparecida la fgura, sino que sta sigue
vigente, y su regulacin legal, la tenemos en el
cdigo sustantivo.
El trmino patrimonio familiar resulta
confuso, pues se asocia a lo que podramos en-
tender como los bienes de la sociedad conyugal,
dentro de un rgimen de sociedad de ganancia-
les, e incluso es fcil comprobar cmo a nivel de
abogados e inclusos magistrados, al referirse al
patrimonio familiar lo hacen aludiendo a los bie-
nes sociales; a la par de ello, tambin es bueno
reconocer que su poca difusin, cosa que ocurri
tambin con el cdigo de 1936, conspira para su
aplicacin.
Concepto y fundamento de la institucin
Guido Tedeshi expresa que el patrimonio
familiar no signifca patrimonio perteneciente a
la familia, a la que no se le reconoce personalidad
jurdica, ni signifca patrimonio en copropiedad
familiar de los cnyuges y los hios, ni por ltimo
constituye una persona autnoma como si fuese
una fundacin, constituye en cambio un conjun-
to de bienes pertenecientes al titular de ellos y
se distingue del resto de su patrimonio por su
funcin, y por las normas que la ley dicta en su
proteccin.
El patrimonio familiar, tal como la llama
nuestra legislacin, es regulado bajo diversas de-
nominaciones; el homestead en Estados Unidos
de Norteamrica; Argentina, Brasil y Uruguay lo
legislan con el nombre de bien de familia; en Sui-
za es conocida como asilo de familia; en Portugal
como casal de familia; Colombia y Mjico como
patrimonio de familia; en Venezuela como hogar
de familia, denominacin sta que igualmente
utiliz nuestro cdigo civil en 1936, y en Italia y
Per se conoce como patrimonio familiar.
Para acercarnos con mayor propiedad a
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
138
la institucin en estudio, brevemente veremos
cmo se ha defnido la institucin bajo las deno-
minaciones que ya hemos citado:
Bien de familia.- conjunto de objetos aprove-
chables y tiles que se emplean para satisfacer las ne-
cesidades del grupo familiar, los mismos que se hallan
unidos por lazos de parentesco o convivencia.
Patrimonio familiar.- Para Italia es un rgi-
men patrimonial que puede constituirse dentro del
matrimonio y en el que estn interesados no slo los
cnyuges, sino los hios si existen; estas personas tie-
nen derecho a estar rodeadas de una esfera econmica
que constituye el haber con que se atiende el sosteni-
miento.
Hogar de familia.- predio de propiedad del jefe
de familia, y que es destinado para la morada de los
integrantes de la familia y que goza de las caracters-
ticas de ser inembargables e inalienable.
Asilo de familia.- pueden constituirse en asilo
de familia los fundos agrcolas o industriales y las ca-
sas habitacin y que renan ciertas condiciones lega-
les, estos bienes no pueden ser gravados en adelante,
pero igualmente el propietario no puede venderlo ni
darlo en arrendamiento.
Homestead.- el trmino implica hogar y lugar
y que podra signifcarnos como el lugar de la familia,
en donde tiene asentado su hogar; se incluye no slo
la casa habitacin, sino igualmente la fnca y no slo
la rural sino tambin la de la ciudad.
Como es de observar la mayora de las
legislaciones conceptan el patrimonio familiar
como la fnca de familia que conlleva implcita-
mente la posesin plena, ocupacin efectiva, la
inembargabilidad y la restriccin de la enajena-
cin contemplada por las leyes.
A la luz de nuestro cdigo, el patrimonio
familiar es una institucin jurdica, por medio
de la cual se afecta una casa habitacin para que
sirva de morada de la familia, o un predio des-
tinado a la agricultura, artesana, industria, co-
mercio, para que sirva como fuente de ingreso
del grupo familiar, y que a mrito de un proce-
dimiento judicial o notarial, dichos bienes gozan
del benefcio de ser inembargables, limitndose
su enajenacin, todo ello en proteccin de la fa-
milia, con lo cual se les asegura un techo donde
vivir o una fuente de trabajo que les permita sa-
tisfacer sus necesidades econmicas, lo que a su
vez produce un sosiego y tranquilidad respecto
de los riesgos que trae una sociedad moderna.
Fundamento
Siendo el fn ltimo de la institucin la
proteccin a la familia, por ende se explica la f-
gura en tanto se proteja o garantice un soporte
econmico que permita a los miembros del n-
cleo familiar desarrollarse.
A mediados del siglo XIX y principios del
siglo XX, el derecho de propiedad y la institucin
familiar se compenetran en una institucin de
gran importancia, en la que la propiedad servir
de base a la familia para permitir su desarrollo,
por cuanto las necesidades ms elementales del
ser humano, como son alimentacin y habitacin
van a ser garantizadas con la existencia del bien
de familia, hoy, segn nuestra legislacin, patri-
monio familiar.
Por medio del patrimonio familiar lo que
se busca es mantener a la familia unida, recorde-
mos que la fja en un lugar determinado, e inclu-
so de acuerdo a nuestra legislacin, se exige que
el grupo domstico viva en forma permanente e
ininterrumpida en el bien, siendo causa de extin-
cin el abandono del patrimonio familiar, pues
bien, al afncarse en un lugar determinado se
contribuye a afrmar los vnculos ticos entre los
componentes de la familia, facilita el cultivo de
los hbitos domsticos, los mismos que nacen de
la intimidad del hogar; hemos trascrito este
texto del libro del doctor Cornejo Chvez, por
cuanto son muy ilustrativas para informarnos
sobre el fundamento moral de la institucin.
El fn ltimo del patrimonio familiar es la
de dar estabilidad y seguridad al grupo familiar,
tratando de liberarla de los riesgos y peligros
del porvenir, en atencin a los privilegios de que
goza la institucin como la de su inembargabi-
lidad.
Sara Montero, en su texto de Derecho de
Familia mejicano, refere que el fundamento del
patrimonio de familia radica en la proteccin ju-
dicial que al jefe de familia se le presta para que
los acreedores no puedan disponer de tal patri-
monio esencial para la subsistencia de la fami-
lia.
Antecedentes del patrimonio familiar
La institucin en estudio tal como la con-
cebimos en la actualidad, si bien es cierto que
tiene su antecedente mediato en la legislacin
norteamericana, igualmente es cierto que los au-
tores no estn de acuerdo en cual es el origen pri-
migenio de la fgura. Sealan algunos que tiene
BENJAMN AGUILAR LLANOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
139
antigua raigambre, y creen descubrir su origen
en uno de los libros del antiguo testamento; al
respecto el doctor Miguel de la Lama en su co-
mentario al cdigo de procedimientos civiles de
1912, refere la opinin de Bureau, quien seala
que el origen del homestead se remonta hasta el
pueblo hebreo por que en el captulo XXXIX, ver-
sculo 6 del Deuteronomio, libro quinto del Pen-
tateuco se lee no recibirn en prenda muela
superior o inferior de un molino por que el que
la ofrece empea su misma vida, entregndole
el nico arbitrio de su subsistencia que tiene
signifcando ello que el gravamen que pesa sobre
un bien de trabajo, puede conducir a la prdi-
da del mismo, y consecuentemente, condenar al
deudor a la miseria y desamparo.
Otros autores sostienen que en la Roma
primitiva se entregaba a los pater familia, una
porcin de tierra para que establezcan su mora-
da, en donde viva con su esposa e hios y escla-
vos sobre los que ejerca pleno dominio, igual-
mente estableca su rebao y el resto de la tierra
la dedicaba al cultivo; esta fgura era conocida
como el heredium; obsrvese las caractersticas
de esta fgura muy parecidas al antecedente de
la institucin , esto es el homestead.
Sin embargo no hay en el Derecho Roma-
no indicios o fguras que puedan considerarse
como antecedentes del patrimonio familiar tal
como actualmente la concebimos.
En el Derecho medieval espaol, encon-
tramos en el Fuero Viejo de Castilla, que una
fgura parecida a la institucin en estudio fue
considerada; en efecto este conjunto de normas
instituy el patrimonio de familia a favor de los
campesinos que lo constituan la casa, el huerto
y la era, bienes que eran inembargables, asi como
las armas, el caballo y la acmila.
Antecedente mediato, el homestead
Nace en Norteamrica y para ser ms pre-
ciso en Texas, para luego extenderse a los dems
estados y posteriormente llegar a Europa, donde
toma caractersticas propias. El trmino homes-
tead ( casa-hogar-domicilio) signifca en su acep-
cin ms alta los bienes de familia y en Estados
Unidos de Norteamrica sirve para defnir dos
instituciones distintas, el homestead lowe y el
homestead exception.
Homestead Lowe.- Aparece en 1839 en el
Estado de Texas; se concede al colono, o cualquier
persona que haya declarado su propsito de ser
ciudadano el derecho de ocupar a ttulo gratuito
160 acres, que en las comarcas mejor situadas era
80 acres de terreno pblico inculto, por un pe-
rodo de 5 aos para explotarlos personalmente,
quedndoles prohibido gravar, hipotecar dichos
terrenos, y una vez transcurrido este trmino pa-
san a su dominio pleno, extendindoles el ttulo
de dominio respectivo.
Con la ley de 20 de mayo de 1862, el go-
bierno federal qued facultada para donar una
porcin de terreno de dominio pblico, pero
quien solicitaba esta donacin debera someterse
al cumplimiento de determinadas condiciones,
las mismas que si eran cumplidas, convertan
a estas personas en propietarios de dichos bie-
nes, pero con carcter temporal, por cuanto para
convertirse en exclusivos propietarios deban
establecerse en el terreno dentro de los 6 meses
siguientes y luego de establecerse deban vivir
en l. o cultivarlo durante 5 aos en forma inin-
terrumpida, prohibindosele tener otro dominio
en ese perodo. Esta explotacin tena que ser
personal, sin embargo se conceda la posibilidad
de que los hios menores, la mujer viuda, o mujer
abandonada poda completar los 5 aos; como
lgica consecuencia si la persona que obtuvo el
ttulo provisional, abandonaba el bien o no lo
explotaba durante seis meses, perda en forma
defnitiva el derecho.
El homestead lowe tuvo como fn estimu-
lar y lograr el asentamiento de colonos en las
nuevas tierras logrando la expansin territorial,
y para ello se protegi los elementos de trabajo
de la familia, estableciendo asi la inviolabilidad
de la morada; obsrvese en ello un fn socio po-
ltico.
Homestead excemption.- Nace como com-
plemento del lowe; pertenece a la legislacin par-
ticular de cada Estado y cuyo objeto sigue siendo
el de proteger la propiedad de la familia.
Consiste en el domicilio de un ciudadano
y su familia que por mrito de una declaracin (
la ley consignaba tal exigencia), la propiedad de
ese inmueble quedaba exento de ser embargado
civilmente, pero tal inembargabilidad tena un
lmite, slo eran las propiedades rurales de 50
acres, los instrumentos necesarios para el cultivo,
5 vacas, dos yuntas. Este benefcio no se limitaba
a las propiedades rurales, sino que se extendan
igualmente a las propiedades urbanas, a las que
tambin se les fjaba un lmite, inmuebles cuyo
valor no superara los 500 dlares y un mobiliario
de 200 dlares, en consecuencia el exceso de esos
valores si era embargable.
PATRIMONIO FAMILIAR
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
140
El homestead exceptiom exiga el cum-
plimiento de ciertos requisitos, propiedad de la
fnca y la sujecin a ciertas exigencias legales,
tales como ser ciudadano, la declaracin de que
el afectado somete la fnca al rgimen del ho-
mestead; ahora bien, importante resulta precisar
que la inembargabilidad slo tena lugar para
aquellas deudas contradas con posterioridad a
la declaracin del homestead, pero no para las
deudas anteriores a su constitucin.
El homestead exceptiom busca proteger
a la mujer e hios del constituyente, respecto de
sus acciones negligentes o dolosas en que pudie-
ra incurrir y que como consecuencia de su mala
gestin, dichos benefciarios se quedaran sin
techo, mobiliario o fuente de trabajo, en conse-
cuencia la fgura otorga tranquilidad, sosiego y
seguridad al grupo domstico.
Figuras con ciertas caractersticas a la ins-
titucin hemos encontrado en la zadruga en Bul-
garia, y el mir en la Rusia Zarista, confgurados
por bienes familiares fuera de la potestad del jefe
de familia que no poda venderlos ni gravarlos.
Antecedentes de la institucin en el Per
El cdigo civil de 1852 ignor la institu-
cin del patrimonio familiar, an cuando algu-
nos comentaristas creen encontrar en algunos
artculos de dicho cdigo caractersticas propias
de la fgura, as los artculos 1579, 1695 y 2233
referidos a los bienes de trabajo que eran decla-
rados inembargables.
El cdigo de procedimientos civiles de
1912 en su artculo 617 contena las caracters-
ticas del hogar de familia, ejemplo de ello es el
inciso 6to que refera que no eran embargables
los animales, mquinas e instrumentos indispen-
sables al ejecutado para el ejercicio de la agricul-
tura, minera u otra industria a la que estuviera
consagrado.
Es con el cdigo civil de 1936 que recin
se incorpora la fgura con el nombre de hogar de
familia, y as el jefe de una familia poda destinar
un predio para hogar de ella , y que los predios
destinados a la agricultura, a la industria o a la
habitacin poda ser constituidos en hogar de
familia siempre que no excedan de lo necesario
para el sustento o la morada de ste.
Caractersticas de la institucin tambin
encontramos en otras ramas del derecho: en el
fuero agrario, por ejemplo la ley 15037 de refor-
ma agraria, que refera que la unidad agrcola
familiar eran inalienables e indivisibles; sobre el
particular la unidad agrcola familiar implicaba
que el agricultor y su familia deban cultivar la
tierra sin empleo de mano de obra extraa, ex-
cepto en campaa agrcola, esta dedicacin ex-
clusiva le debera proporcionar al agricultor un
ingreso sufciente para el sostenimiento de su fa-
milia y cumplir con las obligaciones de la compra
de la parcela y aun permitirle cierto margen de
ahorro. Estos lotes que se adjudicaban como uni-
dades agrcolas familiares no podan venderse,
ni gravarse, ni transferirse por ningn concepto
antes de haber cancelado su precio y an en el
caso de haberlo pagado si no haba transcurrido
10 aos de la fecha de adjudicacin.
La Constitucin poltica de la repblica
de 1979, eleva a la categora de precepto cons-
titucional la fgura del hogar de familia, con el
nombre de patrimonio familiar; en efecto el ar-
tculo quinto , ltima parte deca textualmente
la ley seala las condiciones para establecer el
patrimonio familiar inembargable, inalienable
y transmisible por herencia.. Curioso resulta
constatar que la Constitucin de 1993, elimina
de su texto la fgura del patrimonio familiar, an
cuando ello no implica su eliminacin de nuestra
legislacin positiva, la misma que viene regulada
en el libro de Familia del cdigo civil de 1984.
Naturaleza jurdica de la institucin
Referen algunos que el patrimonio fami-
liar carece de sustantividad propia, por que no
viene a ser sino un matiz del derecho de habita-
cin: en efecto referen que de la lectura de los
artculos 1026 y 1027 del cdigo civil se infere
que cuando el derecho de uso recae sobre una
casa o parte de ella para servir de morada se es-
tablece el derecho de habitacin, en consecuencia
se dira que el patrimonio familiar, en su mani-
festacin de casa habitacin, constituira un de-
recho de habitacin a favor de los miembros del
grupo domstico: sin embargo en ambas fguras
existen diferencias que la distinguen una de otra;
en la habitacin una persona resulta ser propie-
taria que cede las facultades de uso y disfrute,
mientras que otras que no son propietarias usan
y disfrutan del bien; ahora bien, en el patrimonio
familiar el propietario y los benefciarios que l
designe usan y disfrutan del bien, y a propsito
de los benefciarios, en el patrimonio familiar ne-
cesariamente son parientes del titular del bien,
cosa que generalmente ocurre tambin en la ha-
bitacin, pero aqu cabe pacto en contrario; por
otro lado el patrimonio familiar se constituye
va judicial o notarial, mientras que el derecho
de habitacin puede establecerse convencional-
BENJAMN AGUILAR LLANOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
141
mente o por testamento y no requiere de trmite
judicial. Hasta aqu algunas cuantas diferencias.
La autora mejicana Sara Montero refe-
re que el patrimonio familiar es un patrimonio
afectacin.
Si bien es cierto que el patrimonio familiar
rene algunas caractersticas del derecho real de
goce de usufructo o de habitacin, tambin lo es
que tiene particularidades propias que se ubican
en el mbito de la familia, y por ello los privi-
legios y limitaciones que conlleva la institucin
le dan una autonoma propia y por que se sepa-
ra una parte del patrimonio del titular del bien,
para afectarlo a favor de la familia, y en tanto es-
tn afectos a ellos ingresan a una suerte de isla
legislativa, sobre la que no puede recaer ningn
acto jurdico que recorte o sustraiga el patrimo-
nio a la familia.
Ventajas e inconvenientes de la fgura
Se critica al patrimonio familiar por cuan-
to sealan que se vulnera el principio de liber-
tad restringiendo las facultades dominales; al
respecto diremos que no encontramos asidero
en esta crtica, por cuanto la constitucin de la
institucin es voluntaria, a nadie se le obliga
que la instituya, como por ejemplo, ocurre en
las legislacin mejicana a propsito de deudas
alimenticias. Adems debemos considerar que
el Derecho igualmente tiende a dar seguridad
jurdica, y en este caso esa seguridad la otorga a
la familia, protegindola de los riesgos futuros.
Se sostiene que inmoviliza la propiedad
de ciertos bienes sacndolos del comercio de los
hombres; esta es una crtica seria, pero que sin
embargo, al menos en nuestra legislacin resulta
parcial, por cuanto, la constitucin del patrimo-
nio familiar no es perpetua, se da la posibilidad
en la misma ley de que por razones justifcadas
se extinga la fgura, adems de permitir ejercer
algunos derechos, si no el de la enajenacin, pero
si la posibilidad del arriendo, y an se permite el
embargo parcial de los frutos del patrimonio.
Se sostiene y con razn, que el patrimonio
familiar restringe el acceso al crdito; esta es una
crtica justifcada desde nuestro punto de vista;
el propietario del bien afectado no puede obte-
ner con la garanta que le podra proporcionar el
bien un acceso al crdito, sobre el particular re-
cordemos que el bien objeto del patrimonio fami-
liar no puede ser dado en hipoteca ni anticresis.
Resulta obvio la importancia que tiene el crdito
en nuestros das, y por ello y a guisa de ejemplo
diremos que existen muchos casos de personas
que compran un inmueble para destinarlo como
casa habitacin, y la forma de compra venta es
de alquiler venta, que lleva implcita la hipoteca
legal por el saldo del precio; obsrvese en estos
casos la imposibilidad de constituir estos bienes
como patrimonio familiar por las exigencias le-
gales de la no existencia de deudas cuyos pagos
se vean afectados con la constitucin del patri-
monio familiar. Estos casos quizs son los que
ms requerira de proteccin, como lo otorga la
fgura bajo comentario, pero legalmente no es
posible, sin embargo existen antecedentes que si
contemplaban estos casos, como por ejemplo la
ley 13500 del 26 de enero de 1961 que estableci
un rgimen sobre asociaciones para la construc-
cin y adquisicin de viviendas; los inmuebles
adquiridos o construidos conforme a las condi-
ciones establecidas en dicha ley gozaban de los
benefcios propios del hogar de familia ( hoy pa-
trimonio familiar) por mandato expreso de la ley
y sin exigirse a los propietarios el requisito de
no tener deudas que para constituir el hogar de
familia exiga el artculo 462 del cdigo civil de
1936. Creemos que en este punto debe haber una
modifcacin en la legislacin a fn de asegurar
a los integrantes del grupo familiar un nivel de
vida que permita su normal desenvolvimiento
y se logre la inviolabilidad econmica del bien
o bienes afectos al patrimonio familiar, en tanto
que los acreedores del constituyente no pueden
dirigirse contra estos bienes; por otro lado, el
patrimonio familiar favorece el desarrollo de la
pequea propiedad, pues un predio destinado
a la agricultura, artesana, industria, o comercio
puede ser destinado como patrimonio familiar,
impulsando con ello el trabajo obligatorio y co-
lectivo del grupo domstico.
Rgimen legal del patrimonio familiar
Forma de constitucin
Por la importancia y consecuencias que
entraa la fgura, casi todas las legislaciones co-
inciden en exigir una forma en la que est pre-
sente la publicidad, y ello en resguardo, garanta
de terceros que pudieran verse afectados con la
constitucin del patrimonio familiar. En algunos
casos se exige otorgamiento de escritura pbli-
ca, publicidad e inscripcin registral ( Brasil), en
otros como la legislacin mejicana, se requiere
agotar un procedimiento judicial con la consi-
guiente inscripcin registral.
El cdigo civil de 1936, sealaba que el
hogar de familia poda constituirse por escritu-
ra pblica o por testamento. El procedimiento se
PATRIMONIO FAMILIAR
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
142
iniciaba con una solicitud a la que se recaudaba
la minuta de constitucin, o el testamento; un ex-
tracto de esta solicitud se publicaba por 10 das
y luego la resolucin judicial e inscripcin en el
registro, la misma que era constitutiva.
El cdigo civil de 1984 ya no menciona la
constitucin va testamento, y ello por que, en el
caso de herencia con herederos forzosos, no se
puede afectar la legtima, por cuanto sta como
es conocido no permite condiciones ni modali-
dades, y establecer un patrimonio familiar con
bienes que forman parte de la legtima es atentar
contra los herederos forzosos, quienes no po-
dran disponer de estos bienes por las caracters-
ticas de la fgura, adems los herederos capaces
no tendran por que estar obligados a respetar el
patrimonio familiar, en todo caso se estara pro-
duciendo un conficto de normas.
En el presente, hay dos formas de consti-
tuir un patrimonio familiar; la va judicial que
implica solicitud, minuta de constitucin, publi-
cidad, resolucin judicial y elevacin de la minu-
ta a escritura pblica e inscripcin en el Registro,
y la otra va, mucho ms expeditiva, y que es una
alternativa a la va judicial, es el procedimiento
notarial.
Constitucin judicial del patrimonio familiar
Segn el artculo 749 del cdigo procesal
civil, el trmite a seguir es el proceso no conten-
cioso. Este cuerpo legal trata la constitucin del
patrimonio familiar en los artculos que van des-
de el 795 al 801, y que podramos resumir en lo
siguiente: el constituyente deber solicitar al Juez
la constitucin del patrimonio familiar, indivi-
dualizando el predio que propone afectar, acom-
paando documentos que acrediten que el bien
se encuentra libre de cargas y gravmenes; debe-
r precisar los benefciarios indicando el vnculo
familiar que une a ellos con el constituyente. A la
solicitud se acompaa la minuta de constitucin.
Un extracto de esta solicitud se publicar por
dos das interdiarios, para el conocimiento de
terceros que pudieran verse afectados; en el caso
de no deducirse oposicin, o desestimada sta,
el juez aprobar la solicitud de constitucin con
la opinin del fscal provincial. Luego la minuta
se eleva a escritura pblica y posteriormente se
inscribe en el Registro de la propiedad. Debemos
anotar que la inscripcin registral es indispensa-
ble, por que constituye un acto constitutivo, sino
hay inscripcin consideramos que no se ha cons-
tituido el patrimonio familiar.
Constitucin del patrimonio familiar va notarial
La ley 26662, llamada ley de competencia
notarial en asuntos no contenciosos, refere en
su artculo primero, que los interesados pueden
recurrir indistintamente ante el Poder Judicial o
ante el Notario para tramitar segn corresponda,
entre otros asuntos, la constitucin del patrimo-
nio familiar; en efecto en el ttulo IV de esta ley,
los artculos que van del 24 al 28 establecen el
trmite a seguir para la constitucin del patrimo-
nio familiar, y que en sntesis podemos decir que
son: la minuta con la declaracin expresa de no
tener deudas pendientes, acompaando las par-
tidas que acrediten el vnculo del constituyente
con los benefciarios, el certifcado de gravme-
nes del predio. El notario ordena la publicacin
de un extracto de esta solicitud, y si transcurri-
dos diez das desde la ltima publicacin no hay
oposicin, extiende la escritura pblica y cursar
los partes pertinentes al registro de la propiedad
Inmueble.
Una nota importante que resaltar para op-
tar por esta va notarial, es que el constituyente
no deba tener ninguna deuda pendiente, mien-
tras que en el trmite judicial la exigencia est
referida a que no se tenga deudas que se vean
perjudicadas con la constitucin del patrimonio
familiar, en consecuencia se trata de dos situa-
ciones diferentes. Si no se demuestra al notario
que no se tiene deudas o al publicitarse la soli-
citud de constitucin existe oposicin, termina
en forma inmediata la participacin del notario
que deber de abstenerse de seguir conociendo
tal constitucin.
El constituyente
El cdigo de 1936 refera que era el jefe de
familia quien poda destinar un predio para ho-
gar de ella; esta fgura del jefe de familia, que nos
hace recordar al pater familia del derecho Roma-
no, claro est, no con las atribuciones omnmo-
das de sta, ha sido superado por la igualdad
jurdica del hombre y la mujer. En este punto el
cdigo del 84 supera ampliamente al del 36, el
cual suscitaba muchas dudas, como por ejemplo
en familias extramatrimoniales, en la que uno
se preguntaba quien era el jefe de familia, o en
personas divorciadas con hios comunes, quien
poda constituir el hogar de familia. El cdigo ci-
vil de 1984 nos seala quien puede constituir el
patrimonio familiar, a saber:
a) Cualquiera de los cnyuges sobre bienes
de su propiedad, esto es sus bienes pro-
pios.
b) Los cnyuges de comn acuerdo sobre
bienes de la sociedad, esto es, los bienes
BENJAMN AGUILAR LLANOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
143
sociales.
c) El padre o madre que haya enviudado o
divorciado sobre sus bienes propios.
d) El padre o madre soltera sobre bienes de
su propiedad.
e) Cualquier persona dentro de los lmites
en que pueda donar o disponer libre-
mente en testamento.
Sobre esta ltima posibilidad, merece un
comentario para evitar futuras confusiones; en
efecto cabe preguntarnos si los legisladores al
sealar cualquier persona dentro de los lmites
de la legtima, dejan abierta la posibilidad de que
un tercero ajeno al grupo familiar pueda consti-
tuir patrimonio familiar; la redaccin pareciera
conducirnos a ello, pero si concordamos el art-
culo 493 del cdigo civil con la norma del 495, en
la que nos sealan quienes son los benefciarios
del patrimonio familiar, y el 496 inciso primero,
vamos a concluir que esta posibilidad no existe.
Nuestra legislacin requiere necesariamente que
el constituyente tenga vnculo de parentesco con
los benefciarios, sin embargo no deja de ser in-
teresante la posibilidad de que el tercero consti-
tuya patrimonio familiar a favor de terceras per-
sonas, no parientes, que requieran proteccin y
amparo. Al respecto Francesco Messineo en su
texto Manual de Derecho Civil y comercial nos
dice la Constitucin del patrimonio familiar
por un tercero viene a ser un acto de liberalidad
igual que la constitucin en dote; esta constitu-
cin est sujeta a reduccin si a la muerte de l
resulta que la cantidad misma ha lesionado la le-
gtima.. En caso de que un tercero constituya el
patrimonio familiar, ste se reserva la propiedad
de los bienes, en aplicacin estricta de la norma,
ya que el patrimonio familiar no transfere pro-
piedad, slo da derecho a los benefciarios al uso
y disfrute del bien, pero si este tercero fallece, el
bien tendra que desafectarse y entrar a la masa
hereditaria para su particin, lo que no ocurrira
si el tercero constituye patrimonio familiar, bajo
las normas de la donacin como sugiere Mes-
sineo, pues en este caso tendramos que estar a
lo dispuesto en el artculo 1629 del cdigo civil,
referido a que nadie puede dar por va de do-
nacin ms de lo que puede disponer por testa-
mento, siendo la donacin inofciosa en lo que
exceda de esa medida.
A la luz de nuestro cdigo civil, no es po-
sible que un tercero constituya patrimonio fami-
liar a favor de personas con las que no le une vn-
culo de parentesco; creemos que los legisladores
al consignar el trmino cualquier persona en el
inciso quinto del artculo 493 aluden a personas
diversas a las mencionadas en los cuatro incisos
anteriores, asi tenemos que podran ser: el abue-
lo respecto de sus nietos; el hermano mayor res-
pecto de sus hermanos menores.
Requisito previo para la constitucin
Segn el artculo 494 del cdigo civil, para
ejercer el derecho de constituir patrimonio fami-
liar es requisito esencial no tener deudas cuyo
pago sea perjudicado por la constitucin; la razn
de ser de la norma resulta justifcada en atencin
a que el derecho no puede amparar actitudes do-
losas de quienes con el argumento de proteger
a la familia, burlen el legtimo derecho de sus
acreedores, recordemos sobre el particular que
ese bien se torna inembargable. Para evitar estos
actos fraudulentos, tanto el proceso judicial como
la va notarial exigen la publicidad del acto, a fn
de que los terceros interesados puedan oponerse
a la constitucin del patrimonio familiar, adems
se exige al constituyente que acredite que el bien,
objeto del patrimonio, se encuentre libre de em-
bargo, hipoteca, anticresis.
En otras legislaciones se establece que el
patrimonio familiar slo queda librado del ries-
go de embargo y remate por deudas posteriores
a su constitucin, de tal modo que una simple
comprobacin de fechas resuelve el problema; en
efecto todo acreedor que pueda comprobar que
su crdito es anterior a la fecha de constitucin
del patrimonio familiar puede recaer sobre ste,
como si no se hubiera producido la constitucin,
pero si el crdito es posterior a la constitucin ya
no podr dirigirse contra ese bien, pagando su
negligencia en la concesin del crdito, pues de
una fcil lectura de los registros pudo constatar
que la persona con la que estaba contratando te-
na afectado su bien en patrimonio familiar.
Represe en que la norma no seala que
el constituyente no tenga deudas, sino que es-
tas deudas terminen siendo perjudicadas por la
constitucin del patrimonio familiar; caso dife-
rente es la ley notarial. Por lo tanto la existencia
de deudas no necesariamente signifcar un obs-
tculo para la constitucin de la fgura, si es que
el constituyente tiene otros bienes que respalden
el pago de sus deudas pendientes, pero si slo
tuviera un bien, sobre el que va a recaer el patri-
monio familiar, y tuviera deudas pendientes, en-
tonces no proceder la constitucin, pues al afec-
tarse el bien, se estara perjudicando al acreedor,
quien al momento de efectivizar su crdito ya no
podra dirigirse contra ese bien, pues habra sido
declarado inembargable, y eso es lo que se quie-
re evitar. En cambio, con la ley de notariado la
exigencia es total, pues para optar por esta va
PATRIMONIO FAMILIAR
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
144
para la constitucin del patrimonio familiar se
requiere lisa y llanamente que el interesado no
tenga deudas pendientes.
Benefciarios
Bajo la denominacin de hogar de familia,
el cdigo de 1936, refera que el constituyente f-
jaba a los benefciarios, pero esta facultad no era
irrestricta, sino que estaba limitada a los parien-
tes hasta el tercer grado, entendindose como
tales al parentesco colateral que comprende a
los tos y sobrinos, mas no al parentesco en lnea
recta que como sabemos es ilimitado; el cdigo
se pona en el caso de que el constituyente no se
hubiera pronunciado sobre este punto, en este
caso por propia disposicin del cuerpo legal, los
benefciarios eran el constituyente, su cnyuge,
sus descendientes menores o incapaces y sus
ascendientes y hermanos que se encontraban
en estado de reclamar alimentos, elementos de
juicio usado en la legislacin mejicana, que com-
bina dos criterios para sealar a los benefciarios:
la relacin parental y alimentaria.
El cdigo civil de 1984, en el artculo 495,
utilizando un trmino excluyente refere que
pueden ser benefciarios del patrimonio familiar
slo los cnyuges, los hios y otros descendientes
menores o incapaces, los padres y otros ascen-
dientes que se encuentren en estado de nece-
sidad y los hermanos menores o incapaces del
constituyente; ahora bien, al utilizarse el trmino
estado de necesidad que como sabemos alude
a la insufciencia y carencia de recursos de una
persona para atender a sus necesidades, est
refrindose al derecho alimentario. No se ha
contemplado la posibilidad de que personas sin
vnculo de parentesco con el constituyente, pero
que vivan con l o dependan de l puedan gozar
de este derecho, incluso no les alcanza el benef-
cio a los parientes colaterales del tercero y cuarto
grado del propio constituyente.
Resulta curioso que el legislador no haya
considerado dentro de los benefciarios a los con-
cubinos, sobre todo si, en un primer momento la
comisin reformadora del cdigo civil consign
tal posibilidad respecto de los concubinos varn
y mujer que formaran una unin de hecho, con
una vida en comn no menor a dos aos y sin
impedimentos para contraer matrimonio, y no
deja de llamar la atencin ello, por cuanto si la
fnalidad del patrimonio familiar es proteger a la
familia, y por otro lado nuestras familias perua-
nas no slo tienen como fuente el matrimonio,
sino que existen un buen nmero de ellas que
hacen vida en comn asumiendo las mismas res-
ponsabilidades y derechos de los casados pero
no lo estn, por cuanto su unin no ha sido san-
cionada legalmente, en consecuencia reconocin-
dose que el patrimonio familiar est dirigida a
amparar a la familia, debi tambin considerarse
no slo a las familias matrimoniales ( cnyuges)
sino tambin a las familias extramatrimoniales (
concubinos).
Es necesario precisar que el patrimonio
familiar no transfere propiedad a los benefcia-
rios, sino slo el derecho de disfrutar del bien,
asi como que el mismo cdigo seale en qu ca-
sos los benefciarios dejan de serlo.
Objeto del patrimonio familiar
Referido a los bienes que pueden ser ob-
jeto del patrimonio familiar; por ejemplo la le-
gislacin brasilera, artculo 70 la refere slo a un
predio destinado a domicilio del jefe de familia
y de sus benefciarios que lo son los cnyuges
y los hios en tanto sean menores de edad. En
nuestra legislacin se dirige en primer trmino a
proteger la casa habitacin en que se encuentra
instalado el ncleo domstico y en segundo tr-
mino al lugar de su trabajo, como fuente genera-
dora de ingresos del grupo familiar; en defnitiva
comprende: Inmueble que sirve de vivienda a la
familia, asi como puede recaer sobre un predio
destinado al centro de trabajo familiar, agricul-
tura, artesana, industria o comercio, pero en
cualquiera de los casos el patrimonio familiar no
puede exceder de lo necesario para la morada o
el sustento de los benefciarios.
Resulta complejo determinar si dentro del
patrimonio familiar debe comprenderse no slo
la vivienda sino tambin sus accesorios; sobre el
particular es bueno recordar que el antecedente
de esta fgura, el homestead se extenda a todos
los accesorios de la casa, pues si as no fuera, el
deudor privado por el embargo de gozar de los
accesorios, podra verse en la prctica obligado
a abandonar el bien principal; de aqu que por
ejemplo el homestead de un hacendado com-
prenda la granja, los establos y otros elemen-
tos necesarios y anexos que eran indispensables
para el goce del homestead mismo, y que las tie-
rras incultas o abandonadas no formaban parte
integrante del homestead.
En el texto del doctor Cornejo Chvez, se
lee que la ley francesa establece que el patrimo-
nio familiar puede establecerse sobre una casa
indivisa, pero que puede englobar tiendas co-
lindantes o simplemente vecinas o recaer sobre
una casa con tienda o taller, asi como sobre el
BENJAMN AGUILAR LLANOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
145
material, mquinas o instrumentos dedicados al
comercio o industria de la explotacin directa-
mente realizado por una familia de artesanos.
En las legislaciones sudamericanas, pre-
ferentemente se establece un valor lmite de los
bienes que van afectarse como patrimonio fami-
liar (Argentina, Colombia, Uruguay que los de-
nominan bienes de familia).
El legislador peruano con sano criterio deja
al arbitrio del juez la decisin respecto a aceptar
como patrimonio familiar los bienes necesarios
para la morada o el sustento de la familia o des-
estimarlo por considerarlo que exceden estas
necesidades, verbigracia, podr aceptarse como
patrimonio familiar un taller artesanal, pero no
podr serlo, sino se desea afectar ms de dos ta-
lleres artesanales, o una casa habitacin, pero no
un edifcio de viviendas, o una tienda comercial,
pero no una cadena de tiendas comerciales.
Privilegios y limitaciones del patrimonio fami-
liar
Una vez constituido el patrimonio fami-
liar, el bien o los bienes que lo constituyen en-
tran a una suerte de isla legal sobre el cual no
pueden recaer ningn acto que tienda a limitarlo
restringirlo o privarlo, y todo ello en resguardo
y seguridad de los benefciarios de la institucin.
Se seala que este rgimen especial se traduce
a travs de privilegios que se otorga a la fgura
pero tambin restricciones o limitaciones a la
propiedad del titular del bien, que sera el cons-
tituyente, pues bien analicemos por separado es-
tos privilegios y limitaciones.
Privilegios o prerrogativas del patrimonio familiar
Una vez constituido el patrimonio familiar
se crea un rgimen especial de amparo al bien o
bienes que lo comprenden, es as que se produ-
ce la inembargabilidad de los mismos sin ms
excepciones que los que cada legislacin taxati-
vamente establezca; sobre el particular nuestro
ordenamiento legal establece que el bien o los
bienes que integran el patrimonio familiar son
inembargables, sin embargo, y por excepcin si
podrn ser embargados los frutos del patrimonio
familiar y slo hasta las dos terceras partes; en
efecto estos frutos pueden ser embargados por
deudas provenientes de alimentos, condenas
penales y tributos referentes al bien. Conviene
analizar brevemente cada una de estas posibili-
dades de embargo de los frutos.
En cuanto a los alimentos debidos por el
constituyente, es justifcable el embargo en aten-
cin al carcter vital y de urgencia que tienen los
alimentos, por cuanto su incumplimiento puede
acarrear graves perjuicios a los acreedores ali-
mentarios.
En lo que atae a las condenas penales,
estn referidas a los actos delictuosos realizados
por el constituyente, el mismo que recibe una
sancin penal y la obligacin de reparar el dao,
esta reparacin podr ser cubierta a travs del
embargo de los frutos del patrimonio familiar,
y ello es justifcado, por que si bien es cierto se
debe garantizar los bienes afectos a esta institu-
cin, pero tambin lo es que se debe garantizar
el legtimo inters de las vctimas o agraviados
del delito cometido por constituyente, y si no
hay otros bienes del infractor, entonces deber
atenderse esta reparacin con los frutos del pa-
trimonio familiar.
En lo que respecta los tributos referentes
al bien que se adeudan al fsco, y que permite su
pago va el embargo de los frutos del patrimonio
familiar, recibe crtica por cuanto dicen que el
Estado no tiene por que tener preferencia sobre
otros acreedores, a quienes no se les permite em-
bargar los frutos para realizar su crdito, mien-
tras que al Estado s se le da esta posibilidad por
deudas derivadas de impuestos, contribuciones
arbitrios que afectan al bien, objeto del patrimo-
nio familiar, sin embargo si los bienes del patri-
monio familiar gozan de los servicios pblicos
como los dems bienes, deben igualmente sopor-
tar su parte proporcional en las cargas pblicas.
Se discute que el embargo recaiga sobre
las dos terceras partes de los frutos, sealndose
que es muy alto, y que slo quedara a favor de
los benefciarios un tercio, lo que no resulta jus-
to; esto puede ser cierto, y quizs debamos ir a
una reduccin del porcentaje.
Limitaciones o restricciones que impone el patrimonio
familiar
Debemos precisar que en todo caso, estas
restricciones a las facultades dominales quedan
justifcadas en tanto se dirigen a proteger a los
benefciarios del patrimonio familiar.
Constituido el patrimonio, nace la obliga-
cin legal de habitar la casa y explotar directa-
mente el predio, ello implica que no se puede
realizar ningn acto jurdico que atente contra el
cumplimiento de la obligacin citada, es asi que
nuestro cdigo civil seala que el patrimonio fa-
miliar es inalienable (en general se dice inaliena-
PATRIMONIO FAMILIAR
ble cuando no resulta posible enajenar por obs-
tculo natural o por prohibicin convencional o
legal), lo que signifca que los bienes afectos al
patrimonio familiar no pueden ser enajenados
mientras subsista la afectacin, lo que constituye
una garanta fundamental para los benefciarios,
quienes tendrn la certeza de que el patrimonio
siempre estar a su uso y disfrute, independien-
temente de que el constituyente haya variado su
voluntad y decida unilateralmente revocar la
constitucin, por cuanto esto no es posible sin
causa justifcada y previa aprobacin del Juez.
Con este mismo criterio se restringe la facultad
de constituir gravmenes sobre los bienes afecta-
dos, en tal mrito no pueden ser hipotecados ni
dados en anticresis, por que de lo contrario sur-
gira, en el primer caso, el riesgo de la prdida
del bien, y en el segundo, se desnaturalizara la
fgura, por cuanto la anticresis exige la entrega
del bien al acreedor. No olvidemos que el patri-
monio familiar persigue fundamentalmente ase-
gurar la permanencia y estabilidad de la familia.
Facultad de arriendo del bien o bienes del patri-
monio familiar
El cdigo civil de 1936 no contempl esta
posibilidad, con lo cual la crtica a lo que en ese
momento se denomin hogar de familia, y hoy
es el patrimonio familiar, tuvo mayor razn de
ser, y ello en atencin a que el bien o bienes que
constituan el hogar de familia eran inalienables
y por lo tanto no poda recaer sobre l ningn
acto jurdico, con lo cual se sustraa del comercio
de los hombres tal patrimonio, y suceda que en
situaciones de emergencia del titular del bien, no
poda contar con ese bien afecto por que le estaba
prohibido. Esta posicin era compartida por casi
todas las legislaciones a excepcin de la mejicana
que en su artculo 727 del cdigo civil al referirse
a la inalienabilidad del bien afecto al patrimonio
familiar, como el de no estar sujeto a embargo o
gravamen alguno, sealaba que por justa causa,
la autoridad municipal del lugar donde se ubica-
ba el bien, si poda autorizar el arrendamiento o
aparcera por un ao, liberando a los benefcia-
rios de cultivarlo y habitarlo.
El cdigo civil de 1984 refere en el art-
culo 491, que los bienes del patrimonio familiar
pueden ser arrendados slo en situaciones de
urgente necesidad, transitoriamente y con auto-
rizacin del juez. Represe en la frmula legis-
lativa, que habla de bienes, con lo cual se acepta
que el patrimonio familiar lo constituya no slo
un bien, sino un conjunto de bienes, y por ello
la autorizacin para alquilar alguno de ellos, sin
embargo esta primera parte del artculo 491 es-
tara referido al patrimonio familiar cuando se
traduce en un predio destinado a la agricultura,
industria, comercio o artesana, esto es cuando el
patrimonio familiar se constituye sobre la fuen-
te de trabajo del grupo familiar, verbigracia, en
un pequeo fundo agrcola en donde existe un
tractor, es lgico que tal bien, no se utilice todo
el ao, y que en esa poca en que no estara cum-
pliendo fn alguno si puede darse en arriendo,
con lo cual se obtiene alguna renta que servira
para destinarlo al mismo grupo familiar.
El artculo 491 refere igualmente que tam-
bin se necesita autorizacin judicial para arren-
dar una parte del predio cuando sea indispensa-
ble para asegurar el sustento de la familia; aqu
creemos que el legislador se est refriendo al
predio destinado a casa habitacin, y por ello no
es posible el arriendo de todo el predio, por que
se estara desnaturalizando la fgura, sin embar-
go si cabe el arriendo de una parte de ese predio
( pensemos en el alquiler de una habitacin, o lo
que se suele llamar pensin para seoritas)
En ambos casos se ha encontrado la sali-
da para amenguar en alguna forma las restric-
ciones que impone el patrimonio familiar, sobre
todo cuando el titular del bien se ve en apuros
econmicos y no puede agenciarse de recursos
va la disposicin ni el gravamen del bien, por
que le est prohibido, pero si podra hacerlo a
travs del arriendo y con la debida autorizacin
judicial.
Terminacin del patrimonio familiar
Se admite que el patrimonio subsistir
mientras viva el constituyente, y algunos autores
sealan que igualmente subsistir mientras exis-
ta la situacin de necesidad de la familia para la
cual se constituy aunque el constituyente haya
fallecido. El cdigo Italiano menciona que el ho-
gar de familia se mantiene hasta el cumplimiento
de la mayora de edad del menor de los hios, sin
embargo la autoridad judicial puede disponer la
disolucin parcial cuando concurran razones de
utilidad para que los hios mayores de edad ad-
quieran la parte que pertenece al resto sobre la
cuota legtima. En Suiza el asilo de familia sub-
siste hasta el fallecimiento del propietario salvo
que sea transferido a los herederos por disposi-
cin de su voluntad.
El cdigo civil de 1936 peruano dispona
que ordinariamente el hogar de familia subsista
mientras viva el constituyente y por excepcin
tambin cuando el Juez a pedido del cnyuge
sobreviviente, tutor o de un hio mayor de edad
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
146
BENJAMN AGUILAR LLANOS
o del consejo de familia ordenaba la subsistencia
del hogar de familia hasta que el ltimo de los
hios llegara a la mayora de edad, debiendo in-
demnizarse a los herederos mayores de edad que
no aprovechen del hogar por el aplazamiento de
la divisin y particin de los bienes. Igualmente
contemplaba la legislacin del 36 la posibilidad
de que se revoque el hogar el familia por causa
de fuerza mayor, que podra ser el cambio de re-
sidencia o que represente un obstculo para su
progreso o desenvolvimiento.
El cdigo civil de 1984 en el artculo 499
refere que el patrimonio familiar se extingue:
a) Cuando todos sus benefciarios dejen de ser-
lo; asi los cnyuges dejan de serlo o mueren;
los hios menores o incapaces y los hermanos
menores o incapaces, cuando mueren o llegan
a la mayora de edad o desaparece la incapa-
cidad; los padres y otros ascendientes cuando
mueren o desaparece el estado de necesidad.
En consecuencia para que desaparezca el pa-
trimonio familiar ninguno de los benefciarios
deben seguir gozando de tal situacin, bastan-
do que slo uno de ellos se encuentre como
tal para que el patrimonio familiar contine
vigente.
b) Cuando sin autorizacin del juez los benef-
ciarios dejan de habitar la casa o de trabajar
el predio un ao continuo; pero y qu pasa
cuando el abandono se produce por perodos
que sumados exceden el ao; en esta situacin
creemos que no se habra producido la extin-
cin. Represe que cuando estamos frente a
una causal como la que comentamos, los mis-
mos benefciarios habran desnaturalizado la
institucin.
c) Cuando habiendo necesidad o mediado causa
grave, el juez a pedido de los benefciarios lo
declara extinguido; es de notar que el legisla-
dor concede esta facultad a los benefciarios,
dentro de los cuales obviamente est el consti-
tuyente. Sobre esta causal, los jueces deberan
ser muy prudentes para conceder tal extincin,
pues podra estar presentndose situaciones
de injusticia, en las que levantado el patrimo-
nio, luego se vende el bien, y los benefciarios,
que ordinariamente lo seran la cnyuge e hi-
jos, se veran poco menos que en la calle.
d) Cuando el inmueble sobre el cual recae fue-
re expropiado. En este caso el producto de
la expropiacin debe ser depositado en una
institucin de crdito para constituir un nue-
vo patrimonio. Durante un ao el justiprecio
depositado ser inembargable. Cualquiera de
los benefciarios puede exigir dentro de los
seis primeros meses que se constituya el nue-
vo patrimonio ( an cuando debera ser dentro
del ao). Si al trmino del ao mencionado no
se hubiera constituido o promovido la consti-
tucin de un nuevo patrimonio, el dinero ser
entregado al propietario del bien o bienes ex-
propiados. Las mismas reglas son de aplica-
cin en los casos de destruccin del inmueble
cuando ella genera una indemnizacin.
Patrimonio familiar es transmisible por herencia
El artculo 488 del cdigo civil, repitiendo
casi textualmente lo que deca el artculo quin-
to de la constitucin de 1979 seala que el pa-
trimonio familiar es inembargable, inalienable y
transmisible por herencia, sobre esto ltimo cabe
preguntarse cmo opera la transmisin.
Quizs las normas del derecho de familia
o de sucesiones nos den luces sobre el particu-
lar, sin embargo en ninguno de estos libros del
cdigo civil encontramos normas claras que nos
conduzcan a entender cmo opera la transmisin
hereditaria del patrimonio familiar.
El constituyente del patrimonio familiar
es propietario del bien afecto al mismo, por lo
tanto, al producirse su fallecimiento debera ex-
tinguirse el patrimonio familiar para dar paso a
la sucesin del causante y la transmisin de ese
bien y otros existentes a favor de sus causaha-
bientes segn lo dispuesto en el artculo 660 del
cdigo civil, sin embargo ello no es as pues las
normas del derecho de familia sobre patrimonio
familiar nos sealan que, en la medida en que
los benefciarios continen sindolo, el patrimo-
nio familiar no se extingue pese a la muerte del
constituyente, sino que su condicin legal segui-
r vigente a favor de estos benefciarios, impli-
cando ello una suspensin en el derecho de los
herederos a la particin del bien.
El cdigo del 84 no desarrolla con claridad
este tema como si lo haca el cdigo de 1936.
Refera el artculo 473 del anterior cdigo
que el hogar de familia ( antecedente inmediato
del patrimonio familiar) subsista despus de la
muerte del propietario, si ste por acto de ltima
voluntad dispuso que pase a sus herederos. Sin
embargo cuando existan hios menores al falle-
cimiento de aqul, el juez a pedido del cnyuge
sobreviviente, del tutor, o de un hio mayor de
edad o del consejo de familia, poda ordenar la
subsistencia del hogar hasta que llegue a la ma-
yora de edad el ms joven de los hios. En este
caso deba indemnizarse a los hios mayores de
edad que no aprovechen del hogar por el aplaza-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
147
PATRIMONIO FAMILIAR
miento de la particin.
Sobre el particular y apelando a la legis-
lacin extranjera, resulta interesante la frmula
empleada por el cdigo Uruguayo que llama al
patrimonio familiar, bien de familia ( artculos 18
y 19) y refere que ste no termina con la muerte
del cnyuge constituyente pues en este caso el
administrador del bien de familia ser el cnyu-
ge suprstite, y si se produjera la muerte de los
dos cnyuges, igualmente no se extingue el bien
de familia, en tanto existan benefciarios meno-
res de edad; en esta situacin el administrador
ser el tutor o el curador en cada caso.
A continuacin veamos algunas posibili-
dades que pudieran presentarse a propsito de
la muerte del constituyente.
a) Muerte del constituyente y le sobrevive viuda
(o) e hios menores de edad.- en este caso es
evidente que el patrimonio familiar subsiste,
en atencin a que todava hay benefciarios
que continan sindolo y la vigencia de la
institucin es por mandato legal ( artculo
499).
b) Muerte del constituyente y le sobrevive
viuda(o) e hios menores y mayores de edad.-
existiendo benefciarios como es la viuda e
hios menores subsistir el patrimonio fami-
liar, lo que implica suspender el derecho de
particin de los herederos mayores de edad
hasta que el ltimo benefciario deje de serlo,
en tanto y por equidad creemos que los ma-
yores de edad deberan gozar de un derecho
de usufructo o indemnizacin, sin embargo
no hay regulacin sobre el particular.
c) Muerte del constituyente y le sobrevive viuda
(o) e hios mayores de edad.- segn lo dis-
puesto en los artculos 731 y 732 del cdigo
civil el cnyuge suprstite tiene la prerroga-
tiva para que le concedan el derecho de ha-
bitacin vitalicio sobre el inmueble en el que
existi el hogar conyugal, permitindole vivir
en el bien hasta que se produzca algunas de
las causales de extincin del derecho de ha-
bitacin, entre tanto el derecho de particin
de los herederos queda suspendido hasta la
extincin de la habitacin. Estos artculos del
cdigo civil aluden al derecho de habitacin
vitalicio, precisndose que tal fgura adop-
ta la condicin legal de patrimonio familiar,
por lo tanto si el cnyuge suprstite hace uso
de este derecho, est siendo benefciada con
el patrimonio familiar, que en este caso es
sancionado legalmente. No obstante ello, por
las mismas normas del derecho de familia,
el patrimonio familiar continuara vigente,
en tanto subsiste un benefciario, que en este
caso sera el viudo, o la viuda.
d) Muerte del constituyente y le sobrevive hios
menores de edad matrimoniales e hios me-
nores de edad extramatrimoniales.- en tan-
to que todos los hios son iguales, tal como
lo dispone la Constitucin y el cdigo civil,
todos deberan de gozar del patrimonio fa-
miliar, y ste subsistir hasta la mayora del
ltimo de los menores, sin embargo si los
extramatrimoniales no fueron considerados
como benefciarios por el constituyente, en la
prctica no usufructan el bien, y a lo ms
tendran como cuota hereditaria, una nuda
propiedad sobre el bien, a la espera de que
se extinga el patrimonio familiar para recin
hacer uso del derecho de particin, y ello se
complica si heredaran no slo con sus medio
hermanos, sino que igualmente estara con-
curriendo a la herencia con la cnyuge del
causante, y sta termina haciendo uso de su
derecho de habitacin vitalicio. La situacin
injusta en la que quedaran los hios extrama-
trimoniales pudo ser remediada si se les hu-
biera dado el derecho a ser indemnizados.
Es de notarse que las normas del derecho
de familia sobre patrimonio familiar terminan
modifcando las normas de particin del derecho
sucesorio, y todo ello con el objeto de proteger al
grupo familiar llamados benefciarios.
Ahora bien, la transmisin hereditaria no
se refere al bien que est afecto al patrimonio
familiar ( que en su momento y con las normas
del derecho sucesorio se producir a favor de los
herederos) sino a la condicin legal que recae so-
bre el bien, objeto del patrimonio familiar, y que
como sabemos entraa prerrogativas, facultades
a favor de los benefciarios, asi pese a la muerte
del constituyente, el bien seguir afecto a favor
de los familiares, quienes podrn seguir usn-
dolo y disfrutando del mismo, sin el riesgo y el
temor de que pueda ser embargado, rematado
o dispuesto, y todo ello por que si en vida del
constituyente, ste, libre y voluntariamente afec-
t un bien en patrimonio familiar, producido su
deceso, opera automticamente la transmisin
de esa condicin legal, que no es otra que la de
ser inalienable, en tanto los benefciarios conti-
nen sindolo.
Patrimonio familiar por mandato de la ley
El patrimonio familiar es una institucin
eminentemente voluntaria, a nadie se puede
forzar a constituir un patrimonio familiar, en tal
mrito llama la atencin que por expresa dis-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
148
BENJAMN AGUILAR LLANOS
posicin de la ley se pudiera constituir o darle
la condicin legal de patrimonio familiar a un
bien o conjunto de bienes o patrimonio de una
persona determinada, sin embargo eso es lo que
estara ocurriendo aparentemente en dos casos
en nuestra legislacin; veamos por separado los
artculos 323 y 732 del cdigo civil.
El artculo 323 refere que cuando la socie-
dad de gananciales ha fenecido por muerte o de-
claracin de ausencia de uno de los cnyuges, el
otro tiene preferencia para la adjudicacin de la
casa en que habita la familia; hasta aqu es claro
el derecho de preferencia de la cnyuge o cnyu-
ge suprstite respecto del inmueble que sirvi de
casa conyugal, sin embargo contina diciendo el
artculo que la preferencia estara tambin para
el establecimiento agrcola, artesanal, industrial
o comercial de carcter familiar, con obligacin
de reintegrar el exceso de valor si lo hubiere. No
cabe duda de que el legislador , en esta segunda
parte, se estara refriendo al patrimonio familiar
( ver artculo 489 del cdigo civil), pero si ello
fuera asi, habra error, confusin, por cuanto
como sabemos, el patrimonio familiar al morir
el constituyente, contina sindolo, gozando de
sus caractersticas peculiares, en tanto subsista
los benefciarios, y es de notar en el caso bajo co-
mentario, que al sobrevivir la viuda (o) subsiste
un benefciario, y en consecuencia no es posible
transferencia del patrimonio familiar.
Los artculos 731 y 732 del cdigo civil, en
el que el legislador concede la condicin legal
de patrimonio familiar al derecho de habitacin
ejercido por el cnyuge suprstite, si se tratara
de un patrimonio familiar por mandato expre-
so de la ley, an cuando creemos que pese a ese
mandato legislativo, sera necesario cumplir con
la forma de constitucin para garanta de terce-
ros.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
149
PATRIMONIO FAMILIAR
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
150
Derecho Ambiental: el principio precautorio
Carlos Andaluz Westreicher
Profesor de Derecho Ambiental de la Universidad
de Lima, y de Derecho del Medio Ambiente
de la Pontificia Universidad Catlica del Per
Sumario: Introduccin 1.- Antecedentes 2.- Es realmente un principio de derecho? 3.- Elementos y requisitos
para su aplicacin: 3.1.- El peligro de dao debe ser grave o irreversible 3.2.- Debe haber incertidumbre
cientfca y, correlativamente, indicios consistentes de amenaza 3.3.- Debe involucrar un anlisis costo
benefcio de la accin versus la falta de accin 3.4.- Las medidas deben ser proporcionales 3.5.- Las medidas
no deben ser discriminatorias 3.6.- Las medidas son provisionales y variables 4.- El principio precautorio en
el Derecho peruano.
Introduccin
Es universalmente aceptado en el Derecho
Internacional y tambin en los respectivos dere-
chos internos, que ante un riesgo de dao al am-
biente, cientfcamente comprobado, deben to-
marse las medidas necesarias para conjurarlo. A
esto se ha denominado Principio de Prevencin,
pilar que sostiene toda la normativa ambiental,
en el entendido que las afectaciones graves al
ambiente, en muchos casos, tienen consecuen-
cias irreversibles; por eso sus normas tienen un
nfasis preventivo antes que reparador. Aplica-
ciones prcticas de este principio en el Derecho
Ambiental son la exigencia de Estudios de Im-
pacto Ambiental, previa a su autorizacin, para
todas aquellas actividades que por su riesgo am-
biental, pudieran exceder los niveles o estnda-
res tolerables de contaminacin o deterioro del
ambiente
1
; as como el monitoreo ambiental o la
facultad de inspeccin de que est investida la
autoridad ambiental.
Sin embargo, las intervenciones humanas
en el ambiente, como producto de los grandes
adelantos tecnolgicos producidos principal-
mente a partir de 1950, entraan una compleji-
dad tal que, en muchos casos, no resulta posible
tener certeza cientfca acerca de los riesgos o
probables daos al ambiente que estas activi-
dades provocaran. La respuesta jurdica a estas
situaciones es el Principio Precautorio, el mismo
que exige la adopcin de medidas para evitar el
dao ambiental, an cuando exista incertidum-
bre cientfca sobre la real dimensin de los efec-
tos de la actividad en el ambiente.
1.- Antecedentes
Hay referencias acerca del origen germano
de este principio, donde ha transitado desde la
doctrina hasta el derecho positivo, constituyen-
do en la actualidad el principio ms importante
de la poltica ambiental alemana
2
Pero el primer instrumento de Derecho
Internacional de alcance mundial que lo recoge
explcitamente es la Declaracin sobre el Medio
Ambiente y el Desarrollo (1992), cuyo Principio
15 reza: Con el fn de proteger el medio ambiente,
los Estados debern aplicar ampliamente el criterio de
precaucin conforme a sus capacidades. Cuando
haya peligro de dao grave o irreversible, la falta de
certeza cientfca absoluta no deber utilizarse como
razn para postergar la adopcin de medidas efcaces
en funcin de los costos para impedir la degrada-
cin del medio ambiente
3
.
Al nivel de instrumentos vinculantes glo-
bales, el artculo 3 de la Convencin Marco de
las Naciones Unidas sobre el Cambio Climtico
(1992), referido a los principios, en su numeral
3), establece: Las partes deberan tomar medidas de
precaucin para prever, prevenir o reducir al mnimo
las causas del cambio climtico y mitigar sus efectos
adversos. Cuando haya amenaza de dao grave o
irreversible, no debera utilizarse la falta de total
certidumbre cientfca como razn para posponer
tales medidas, teniendo en cuenta que las polticas y
medidas para hacer frente al cambio climtico debe-
ran ser efcaces en funcin de los costos a fn de
asegurar benefcios mundiales al menor costo posible.
(...)
4
.
Asimismo, el prembulo del Convenio so-
bre la Diversidad Biolgica (1992) consigna: Ob-
servando tambin que cuando exista una amenaza
de reduccin o prdida sustancial de la diversi-
dad biolgica no debe alegarse la falta de pruebas
cientfcas inequvocas como razn para aplazar las
medidas encaminadas a evitar o reducir al mnimo la
amenaza
5
.
La declaracin de la Novena Conferencia
de las Partes (Fort Lauderdale, noviembre de
1994) de la Convencin sobre Comercio Interna-
cional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora
Silvestres CITES, proclama que en virtud del
Principio Precautorio, en casos de incertidumbre, las
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
151
Partes actuarn en el mejor inters de la conservacin
de las especies al considerar propuestas para enmien-
das de los Apndices I y II
6
.
Ms recientemente, el principio ha sido
defendido por el Protocolo de Bioseguridad de
Montreal (1999), que sugiere que si, al usar el
principio precautorio, cualquier pas considera
que la evidencia de riesgo de organismos ge-
nticamente modifcados (OGM) es demasiado
grande, el pas no puede ser obligado a aceptar
el OGM
7
.
Como instrumentos de Derecho Pbli-
co regional, tenemos para la Unin Europea el
Tratado de Maastricht (1993), que en su artculo
130R introdujo el principio precautorio para el
Derecho Ambiental de la Unin. Este dispone
que la poltica de la Comunidad sobre el medio
ambiente debe estar basada en (...) el principio pre-
cautorio. El enfoque europeo sobre este principio
es expansivo en lugar de limitante, pues aunque
el Tratado de Maastricht menciona el principio
precautorio slo en el campo de la proteccin
ambiental; por aplicacin del principio de inte-
gracin consagrado en el artculo 6 del Tratado
de la Comunidad Europea, el mbito de la pre-
caucin ha sido ampliado para abarcar otros sec-
tores como la salud humana
8
.
El Convenio de Viena para la Proteccin
de la Capa de Ozono (1985) no explicita en su
texto el principio precautorio, pero de hecho
constituye el mejor ejemplo de su aplicacin, ya
que cuando se celebr no exista absoluta certeza
cientfca acerca de las dimensiones del dao su-
frido por la capa de ozono, las consecuencias del
mismo, ni de la vinculacin causa efecto entre tal
dao y todos los agentes responsables (clorofuo-
rocarbonos CFC- y los halones); no obstante, s
haban indicios consistentes proporcionados por
investigadores que publicaron sus resultados a
partir de 1969. Sobre la base de estos indicios se
negoci el Tratado y, conforme tales indicios iban
ganando mayor respaldo cientfco, se fue tam-
bin acelerando el cumplimiento de los fnes del
Convenio, a travs de su Protocolo de Montreal
(1987), y las Enmiendas a ste aprobadas en Lon-
dres (1990), Copenhague (1992) y Viena (1995);
respectivamente.
2.- Es realmente un principio de derecho?
Hay un importante sector de la comuni-
dad internacional que cuestiona su calidad de
regla de derecho internacional consuetudina-
rio o de principio general del derecho. Estados
Unidos ha negado que el principio represente el
derecho internacional consuetudinario y, en ese
contexto, ha sugerido que es ms un enfoque
que un principio. El Departamento de Estado de
los [Link]. bajo la administracin de los Presi-
dentes Bush, Clinton y Bush, respectivamente,
han mantenido frreamente esta postura.
Canad comparte este punto de vista,
aunque reconoce que es un principio emergente
de derecho reconocido por las naciones civilizadas
9
.
Hay quienes, para negar su calidad de re-
gla consuetudinaria y de principio, afrman que
no es ms que una forma de abordar la incertidum-
bre, signifca que de haber incertidumbre tcnica
debemos tomar en consideracin la cautela , y eso
son palabras sencillas de sentido comn, y no
hay ningn bagaje ni superestructura conectadas
a ellas. Es decir, slo signifca que debemos aplicar
la debida cautela a la luz de nuestros conocimientos,
y eso es lo que todo el mundo hace todos los das de su
vida
10
. En otros trminos, no sera ms que ac-
tuar con la debida prudencia, como al cruzar una
calle; si espersemos a tener plena certeza de que
nada nos pasar, dicen, nunca cruzaramos.
Discrepamos de esta percepcin, ya que
la aplicacin del principio precautorio no slo
supone falta de certeza cientfca, sino que debe
contarse con indicios razonables de un potencial
riesgo. No es lo mismo abstenerse de cruzar la
calle por temor a que nos caiga un meteorito (ab-
soluta incertidumbre acerca de lo que suceder
en el entorno) que no cruzarla porque el asfalto
nos parece inestable (indicio razonable de ries-
go).
Adems, como veremos ms adelante,
la aplicacin de este principio va ms all de la
mera prudencia recomendable como rectora de
nuestros actos, es ms bien, orientador de todo
componente de la gestin ambiental, siempre
que se den los elementos que confguran el prin-
cipio.
Por lo dems, actuar con prudencia o cau-
tela ante el desconocimiento de las proporciones
que pueda revestir en trminos de riesgo o dao
ambiental una actividad concreta, o darle un
enfoque cauteloso, en modo alguno contradice la
existencia del principio precautorio; por el con-
trario, es actuar conforme a tal principio.
Muchos de los instrumentos internaciona-
les reseados lo consignan expresamente como
principio, de ah que parecera ociosa la demos-
tracin de que efectivamente lo es; no obstante,
al haber voces discrepantes y en el entendido de
DERECHO AMBIENTAL: EL PRINCIPIO PRECAUTORIO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
152
que en Derecho las cosas se tienen por su esencia
antes que por la denominacin utilizada, vale la
pena abundar en ello.
Los Principios Generales del Derecho Son
conceptos o proposiciones , de naturaleza axiolgica o
tcnica, que informan la estructura, la forma de ope-
racin y el contenido mismo de las normas, (...) y del
propio Derecho como totalidad. Pueden estar recogi-
dos o no en la legislacin, pero el que no lo estn no es
bice para su existencia y funcionamiento
11
.
Como tal, sirven de inspiracin al legisla-
dor, para la interpretacin normativa aclarando
el sentido de la ley o imputndole contenido va-
lorativo
12
.
En tal sentido, el principio precautorio se
enmarca en estos supuestos y, por lo mismo, es
orientador de la poltica, el derecho y la admi-
nistracin ambientales. Debe entonces estar im-
plcito en el diseo y ejecucin de planes, pro-
gramas, estrategias, en los actos de gobierno y
en el ejercicio de la funcin pblica. Obviamente
es inspirador de la normativa ambiental y sirve
para interpretar las normas o aplicar derecho en
ausencia de stas.
3.- Elementos y requisitos para su aplicacin
La invocacin del principio no es arbitra-
ria ante cualquier situacin de incertidumbre
cientfca, el anlisis conjunto de los instrumen-
tos internacionales citados y su naturaleza mis-
ma, nos permiten extraer los elementos funda-
mentales que lo confguran.
3.1.- El peligro de dao debe ser grave o irrever-
sible
No se trata pues de cualquier tipo de im-
pacto ambiental negativo, son actividades que
nos confrontan con posibles situaciones lmite
de las que, muchas veces, no hay retorno, como
la extincin de alguna especie, hbitat o ecosis-
tema; o la interrupcin, alteracin o modifca-
cin de los procesos ecolgicos esenciales. Todo
lo cual pone potencialmente en severo riesgo el
equilibrio de los hbitat, los ecosistemas o la pro-
pia biosfera.
3.2.- Debe haber incertidumbre cientfca y, corre-
lativamente, indicios consistentes de amenaza
Si bien se carece de certeza cientfca ab-
soluta, debe contarse con indicios slidos sobre
la base de informacin cientfca consistente, que
lleve a la elaboracin de una hiptesis acerca de
un riesgo potencial de carcter grave o irrever-
sible.
En ese sentido, cualquier interpretacin
que de modo simplista describa cualquier cam-
bio en el ambiente como necesariamente daino
no puede ser aceptable.
Tal es el caso de la liberacin al ambiente
de las sustancias que agotan la capa de ozono y,
consiguientemente, nos exponen a los mortales
efectos de los rayos ultravioleta. Como se ha di-
cho, hoy tenemos certeza cientfca del vinculo
de causalidad entre los agentes - CFC, halones
y el dao a la capa de ozono, pero afortunada-
mente se adoptaron medidas cuando tal certeza
absoluta no exista.
Un caso que recientemente viene siendo
objeto de preocupacin es la introduccin de
organismos vivos modifcados, por sus proba-
bles implicancias en la salud (alergias, efectos
cancergenos, resistencia a antibiticos) y en el
ambiente (desplazamiento por desuso de varie-
dades locales adaptadas y, eventualmente, su
extincin; incorporacin por cruzamiento entre
especies emparentadas de genes a malezas que
las hagan ms resistentes o a plantas silvestres);
habindose reconocido por la Corte de Justicia
Europea, al amparo del principio precautorio,
que un Estado Miembro tiene el derecho a res-
tringir provisionalmente o prohibir el comercio
de un OGM dentro de su territorio
13
.
En la Unin Europea, donde el principio
precautorio no es considerado un mero princi-
pio emergente sino una norma legal vinculante,
hay abundante aplicacin jurisprudencial de
este principio. As por ejemplo, la Corte de Jus-
ticia Europea, en los casos relativos a la Encefa-
lopata Bovina Espongiforme (enfermedad de
las vacas locas), ha extendido el concepto ms
all del tema ambiental, estableciendo que las
medidas precautorias adoptadas para proteger a
los humanos de los riesgos potenciales del EBE
fueron efectivos y adecuados, a pesar de que los
demandantes reclamaban que la decisin de la
Comisin no estuvo basada en la ciencia y era
desproporcionada
14
.
Un caso ms cercano es el de Chile, donde la
Fundacin Sociedades Sustentables junto a la
Asociacin de Agricultores Orgnicos de Chi-
le Tierra Viva -, ambos representados por el
Centro Austral de Derecho Ambiental, han ga-
nado una demanda presentada contra el Ser-
vicio Agrcola y Ganadero; obteniendo que se
les brinde informacin sobre las modifcacio-
CARLOS ANDALUZ WESTREICHER
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
153
nes genticas, las compaas involucradas y la
ubicacin exacta de los cultivos transgnicos,
bajo el argumento que la liberacin al ambien-
te de tales cultivos involucra graves riesgos an
no plenamente estudiados ni cuantifcados
15
3.3.- Debe involucrar un anlisis costo benefcio
de la accin versus la falta de accin
Las medidas que se adopten para conju-
rar o mitigar los potenciales riesgos se adopta-
rn previa evaluacin del impacto en trminos
econmicos, sociales, ambientales y de salud.
Es decir, debe evaluarse en cada uno de estos
campos los costos y los benefcios que supondra
aplicar tales medidas prohibitivas o restrictivas;
as como los que se derivaran de la inaccin.
En ello est implcito que la restriccin o
prohibicin de actividades potencialmente ries-
gosas no debe suponer afectaciones a bienes
superiores. Un caso que permite entender esta
dimensin es el reclamo que los pases del Sur
de Africa (Zimbabwe, Namibia y Botswana) han
realizado en la COP - 9 de CITES respecto al tras-
lado de sus poblaciones de elefantes del Apn-
dice I (que prohbe completamente el comercio
de especies listadas) al Apndice II (que permite
el comercio dentro de parmetros especifcados);
mientras CITES ha establecido que en aplicacin
del principio precautorio los elefantes deben se-
guir en el Apndice I, estos pases alegan que
los temas de la sostenibilidad y bienestar huma-
no necesitan ser colocados en primer plano. El
reclamo entonces parece ser que CITES no ha
realizado un adecuado anlisis costo benefcio,
pues una saca controlada de elefantes contribui-
ra a solucionar los agudos problemas econmi-
cos, y por ende sociales, de las comunidades que
comparten territorio con la poblacin de esta es-
pecie.
3.4.- Las medidas deben ser proporcionales
Las medidas deben ser equiparadas con el
nivel de proteccin deseado. As, en ciertos ca-
sos una prohibicin total sera la nica respues-
ta posible; en otras situaciones medidas menos
radicales resultaran ms apropiadas, como por
ejemplo exigir mayor investigacin o informar al
pblico de manera inequvoca acerca de los po-
sibles riesgos.
3.5.- Las medidas no deben ser discriminatorias
Las medidas deben ser aplicadas por igual
ante situaciones similares, debe evitarse a toda
costa su utilizacin injusta, por ejemplo, como
barrera comercial bajo el pretexto de proteccin
ambiental.
3.6.- Las medidas son provisionales y variables
Las medidas deben estar sometidas a re-
visin cientfca y si de tal examen se concluye
que el peligro de dao no es grave o irreversible,
la prohibicin o restriccin debe ser levantada
o, en su caso, modifcada. De igual modo, si los
indicios sustanciales indican un riesgo mayor,
la adopcin de medidas ms severas se har en
consecuencia.
4.- El principio precautorio en el Derecho pe-
ruano
El artculo 1 numeral 5) del CMARN
([Link].1990), dispone que para el diseo,
formulacin y aplicacin de la poltica ambiental
se debe observar fundamentalmente el principio de
la prevencin, entendindose que la proteccin am-
biental no se limita a la restauracin de daos exis-
tentes ni a la defensa contra peligros inminentes, sino
a la eliminacin de posibles daos ambientales.
La alusin a la eliminacin de posibles daos
ambientales nos confronta con una incertidum-
bre acerca del probable dao, lo que nos permite
colegir una embrionaria presencia del principio
de precaucin, an cuando el artculo no con-
templa los elementos defnitorios del mismo.
La Ley N 26839, sobre Conservacin y
Aprovechamiento Sostenible de la Diversidad
Biolgica ([Link].1997), dispone en su artculo
1 (...). Los principios y defniciones del Convenio
sobre Diversidad Biolgica rigen para los efectos de
aplicacin de la presente ley. Lo cual, desde luego,
incluye el principio precautorio.
Hay tambin un desarrollo implcito del
principio en el artculo 29, al establecer que:
Mediante norma legal expresa, se establece el pro-
cedimiento de acceso a los recursos genticos o a sus
productos derivados. Podrn establecerse limitacio-
nes parciales o totales a dicho acceso, en los casos
siguientes:
c. Efectos adversos de la actividad de acceso sobre
la salud humana o sobre elementos esenciales
de la identidad cultural de los pueblos;
d. Impactos ambientales indeseables o difcilmen-
te controlables de las actividades de acceso, so-
bre las especies y los ecosistemas;
f. Regulaciones sobre bioseguridad;.
La Ley N 27104, Ley de Prevencin de
Riesgos Derivados del Uso de la Biotecnologa
DERECHO AMBIENTAL: EL PRINCIPIO PRECAUTORIO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
154
([Link].1999), en consonancia con lo dispuesto
por el artculo 30 de la Ley N 26839
16
, regula el
principio en los artculos 10 a 12.
El artculo 10 dispone: El Estado, a travs
de sus organismos competentes, evaluar los impactos
negativos a la salud humana, al ambiente y a la diver-
sidad biolgica, que ocasione la liberacin intencio-
nada de un determinado organismo vivo modifcado
(OVM) y, de existir amenazas, ser desautorizada su
liberacin y uso, siempre que dicha medida sea tcni-
camente justifcable y no constituya obstculo tcnico
o restriccin encubierta al comercio.
El artculo 11 aade: Cualquier OVM
cuya utilizacin haya sido observada o rechazada por
las autoridades competentes en otro pas, no ser ad-
mitido; la solicitud ser denegada de pleno derecho y
prohibida su utilizacin dentro del territorio nacional.
Tampoco debern admitirse aquellos OVM que no ha-
yan sido probados en otro pas y que, por lo tanto,
exista un eventual riesgo en su uso.
Para tal efecto, la informacin pertinente ser
remitida a las Autoridades Aduaneras Nacionales a
fn de que tomen las previsiones necesarias.
El artculo 12 agrega: Se prohbe el empleo
de OVM en armas biolgicas, en prcticas nocivas al
ambiente y a la salud humana.
La doctrina no es uniforme acerca de
quien debe tener la carga de la prueba sobre el
peligro de dao, hay quienes se inclinan porque
pese sobre aqul que se opone a la actividad;
otros piensan que le corresponde a quien preten-
de llevar a cabo una actividad probar que sta no
entraa un peligro para el ambiente; fnalmente,
hay quienes estiman que no debe establecerse
una regla general acerca de la carga de la prue-
ba, sino que en cada caso se evaluar a quien le
corresponde probar.
Si bien el artculo 10 no hace referencia
expresa a la carga de la prueba, siguiendo la sis-
temtica de las normas sobre proteccin ambien-
tal, que se basan en acciones ex ante, debemos
entender que sta corresponde a quien pretenda
liberar un OVM, limitndose el Estado a evaluar
los impactos negativos en base a la prueba apor-
tada y a emitir un pronunciamiento acerca del
peligro o no de dao.
El artculo 11, sin embargo, consagra una
presuncin de peligro para el ambiente cuando
el OVM ha sido observado, rechazado o no fue
probado en otro pas.
Comentario aparte merece la expresin
liberacin intencionada, pues podra enten-
derse que la liberacin sin intencin de un OVM
peligroso para el ambiente, la salud o la biodi-
versidad no est regido por el principio precau-
torio, con lo cual se estara amparando la libera-
cin negligente de organismos transgnicos peli-
grosos. Aludir a la intencin es absurdo, ya que
la proteccin se basa en el riesgo que la actividad
entraa y no en la intencin de quien la realiza,
la actitud de quien pretende liberar un OVM
puede ser malvola o bien intencionada, sin que
ello deba infuir en la adopcin de medidas.
Cuando el artculo 10 refere siempre
que dicha medida sea tcnicamente justifcable y no
constituya obstculo tcnico o restriccin encubierta
al comercio, est aludiendo a que debe haber in-
certidumbre cientfca y, correlativamente, indi-
cios consistentes de amenaza; y, adems, que las
medidas no deben ser discriminatorias.
El D.S. N 022-2001-PCM, Reglamento de
Organizacin y Funciones del CONAM ([Link]-
zo.2001), en su artculo 10 dispone que: (...) El
sustento de la Poltica y de sus instrumentos lo cons-
tituyen los siguientes principios:
e. La aplicacin del criterio de precaucin, de
modo que cuando haya peligro de dao grave
o irreversible, la falta de certeza absoluta (sic)
no deber utilizarse como razn para postergar
la adopcin de medidas efcaces para impedir la
degradacin del ambiente.
Siendo el CONAM el ente rector de la
Poltica Nacional del Ambiente, y dado que las
normas que recogen el principio precautorio no
tienen un tratamiento uniforme, ni confguran la
totalidad de los elementos que lo integran, ni re-
suelven explcitamente a quin corresponde en
cada caso la carga de la prueba; era de esperarse
que el artculo 10 inciso e) trate todos estos as-
pectos. Lejos de ello, incurre en omisin al referir
que confgura el principio la adopcin de medi-
das ante la falta de certeza absoluta, cuando en
realidad es ante la falta de certeza cientfca.
El D.S. N 102-2001-PCM, Estrategia Na-
cional de la Diversidad Biolgica del Per ([Link]-
tiembre.2001), en el rubro referido a Principios
de la Estrategia refere: Para conservar, usar y dis-
tribuir equitativamente los benefcios de la Diversidad
Biolgica hacia el desarrollo sostenible, la Estrategia
se basa en los siguientes principios:
Principios rectores
El criterio de precaucin, conforme a lo esta-
blecido por el Principio 15 de la Declaracin de
Ro sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo,
CARLOS ANDALUZ WESTREICHER
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
155
es parte de la poltica de desarrollo nacional.
Por ltimo, el D.S. N 014-2001-AG, Re-
glamento de la Ley Forestal y de Fauna Silves-
tre ([Link].2001), en su artculo 1 dispone: Son
principios orientadores de la actividad forestal y de
fauna silvestre: () i) El principio precautorio
El Artculo 3 numeral 3.67 defne el princi-
pio precautorio como: Medidas tendientes a evitar
o mitigar anticipadamente daos al ecosistema, ame-
naza de reduccin importante o prdida de diversidad
biolgica, como consecuencia de prcticas u omisio-
nes en el aprovechamiento y manejo de los recursos
forestales y de fauna silvestre. No podr invocarse la
falta de certidumbre cientfca como argumento para
aplazar tales medidas.
La norma hace un desarrollo de lo que juz-
ga dao grave o irreversible y clarifca que las
medidas restrictivas o prohibitivas obedecen a
acciones u omisiones.
NOTAS:
1
Artculo 51 del Decreto Legislativo N 757, que sustituy al texto del artculo 8 del CMARN.
2
Vera Esquivel Germn. Negociando Nuestro Futuro Comn, El derecho Internacional y el Medio Ambiente en el Umbral del Nuevo Milenio, Lima, IDEA PUCP /
Fondo de Cultura Econmica, 1998, pp. 156 157.
3
Adoptado como instrumento no vinculante por la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, en Ro de Janeiro en junio de 1992.
4
La Convencin ha sido aprobada por el Congreso de la Repblica mediante Resolucin Legislativa N 26185 del 13 de mayo de 1993.
5
La Convencin ha sido aprobada por el Congreso de la Repblica mediante Resolucin Legislativa N 26181 del 12 de mayo de 1993.
6
La Convencin ha sido aprobada mediante D.L. N 21080.
7
Christensen, Mark. El Principio Precautorio y los OGM: Una Perspectiva Australiano Asitica, en Boletn de la UICN Programa de Derecho Ambiental, N 1,
Bonn, Centro de Derecho Ambiental, 2001, p. 5.
8
Francescon, Silvia. El Principio Precautorio en la Unin Europea, en Boletn de la UICN Programa de Derecho Ambiental, N 1, Bonn, Centro de Derecho
Ambiental, 2001, p. 14.
9
Francescon, Silvia. Op. cit, p. 19.
10
Christensen, Mark. Op. cit, p. 21.
11
Rubio correa, Marcial. El sistema Jurdico, Introduccin al Derecho, Lima, Fondo Editorial PUCP, 1984, p. 316.
12
Ibid, Op. cit, p. 319.
13
CJE 21 de marzo de 2000, Caso C6/99, Asociacin Greenpeace Francia vs. Ministerio de Agricultura y de la Pesca.
14
Caso T-76/96 R, Sindicato Nacional de Agricultores y otros vs. la Comisin.
15
En htp://[Link]/noticias3/[Link].
16
El artculo 30 dispone: La investigacin, desarrollo, produccin, liberacin, introduccin y transporte en todo el territorio nacional de organismos genticamente
modifcados, deben contar con mecanismos de seguridad destinados a evitar los daos al ambiente y la salud humana.
DERECHO AMBIENTAL: EL PRINCIPIO PRECAUTORIO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
156
Principios jurdicos y sistemas normativos
Flix F. Morales Luna
Profesor del Departamento Acadmico de Derecho
de la Pontificia Universidad Catlica de Per
Sumario: 1.- Introduccin 2.- Defnicin de los principios jurdicos: a) Tesis fuerte de distincin b) Tesis dbil
de distincin 3.- Tipologa de los principios jurdicos 4.- Roles de los principios jurdicos en los sistemas
normativos 5.- Principios jurdicos en el ordenamiento normativo peruano.
1.- Introduccin
En los ltimos aos, los principios jurdicos
han recobrado un singular protagonismo en
la agenda de la Teora y Filosofa del Derecho.
Como lo sugieren Atienza y Ruiz Manero,
podramos ubicar de manera referencial este
resurgimiento en la obra de Ronald Dworkin
(Taking Rights Seriously, 1978) que, si bien no
contiene un planteamiento innovador, su
importancia radica en haber cuestionado la
concepcin dominante en la Teora del Derecho
del momento, identifcada con la obra de H. L.
A. Hart, autor emblemtico del positivismo
jurdico, quien elabor los mayores aportes
desde los planteamientos efectuados por Hans
Kelsen
1
.
En realidad, referirse a los principios en
los ordenamientos jurdicos no supone algo
novedoso; por el contrario, podramos encontrar
remotas alusiones a los denominados principios
generales del Derecho en textos normativos
del siglo XIX. Sin embargo, atendiendo a la
evolucin de las principales concepciones del
Derecho, la discusin en torno a los principios
parece constituirse hoy en el fel de la balanza
en la irresuelta discusin entre el iusnaturalismo
y el positivismo, al representar reivindicaciones
de la primera ante los principales postulados de
la segunda; a saber, la defensa de la teora de
las fuentes sociales del derecho; y, la tesis de la
separacin entre el derecho, moral y poltica.
Muchas explicaciones podran ser
esbozadas para entender este retorno de los
principios jurdicos. Por ello, coincidimos con
Prieto Sanchs cuando seala que la moderna
doctrina de los principios pretende extender
al legislador y en general, a los rganos de
produccin normativa, la garanta de una
actuacin controlable y no arbitraria. De ah,
precisa el autor, la importancia adquirida por
los principios constitucionales, que parecen
llamados a cercenar la discrecionalidad del
legislador incluso en aquellos casos en que
ningn concreto precepto constitucional se halla
en juego
2
.
Entonces, esta nueva puesta en escena
de los principios debe ser entendida como una
reaccin ante una tendencia de concebir al
Derecho desde la rigidez de las reglas, soslayando
la consideracin de los valores que fundamentan
y estructuran el ordenamiento, generando con
ello una interpretacin tradicional y ortodoxa de
las normas, en lugar del dinamismo que debera
caracterizar la labor del intrprete jurdico.
Los efectos provocados por este
resurgimiento de los principios jurdicos se
evidencian a todo nivel tanto en la Teora
como en la Filosofa del Derecho generando
una fecunda gama de temas conexos. As, el
desarrollo de los principios jurdicos guarda
relacin con la argumentacin jurdica, la
ponderacin y discrecionalidad judicial, el
neoconstitucionalismo, la tesis del garantismo, la
indeterminacin del Derecho, la razn prctica,
etc. Excederamos los alcances del presente
artculo el pretender referirnos a cada uno de
estos temas; por ello, nuestro propsito consiste
en presentar los principios jurdicos como piezas
fundamentales en los sistemas normativos,
precisar su tipologa y funciones, para referirnos
fnalmente a su situacin en el sistema jurdico
peruano.
2.- Defnicin de los principios jurdicos
Como es sugerido de manera coincidente
por los autores que abordan el tema de los
principios, no existe un empleo mnimamente
uniforme respecto de su signifcado. As, Atienza
y Ruiz Manero
3
sobre la base de los anlisis de
Carri y Guastini- han detectado de manera
referencial las siguientes acepciones reconocidas
a los principios jurdicos segn los usos ms
frecuentes en los que se emplea dicho trmino:
- Principio en el sentido de norma muy
general, entendiendo por tal la que regula un
caso cuyas propiedades relevantes son muy
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
157
generales (por ejemplo, una norma como la
contenida en el artculo 1361 del Cdigo Civil,
segn la cual los contratos son obligatorios en
cuanto se haya expresado en ellos);
- Principio en el sentido de norma redactada
en trminos particularmente vagos (por
ejemplo, una norma como la contenida en
el artculo 1355 del Cdigo Civil, segn la
cual la ley, por consideraciones de inters social,
pblico o tico puede imponer reglas o establecer
limitaciones al contenido de los contratos);
- Principio en el sentido de norma
programtica o directriz; esto es, de norma
que estipula la obligacin de perseguir
determinados fnes (por ejemplo, una norma
como la contenida en el primer prrafo del
modifcado artculo 188 de la Constitucin
segn la cual la descentralizacin es una
forma de organizacin democrtica y constituye
una poltica permanente de Estado, de carcter
obligatorio, que tiene como objetivo fundamental
el desarrollo integral del pas);
- Principio en el sentido de norma que expresa
los valores superiores de un ordenamiento
jurdico (por ejemplo, una norma como la
contenida en el artculo 1 de la Constitucin
segn la cual la defensa de la persona humana y
el respeto de su dignidad son el fn supremo de la
sociedad y del Estado);
- Principio en el sentido de una norma dirigida
a los rganos de aplicacin del Derecho y que
seala, con carcter general, cmo se debe
seleccionar la norma aplicable, interpretarla,
etc. (por ejemplo, las normas contenidas en
los incisos 9 y 11 del articulo 139 de la
Constitucin que reconocen como principios
de la funcin jurisdiccional, respectivamente,
la inaplicabilidad por analoga de la ley penal
y de las normas que restrinjan derechos y la
aplicacin de la ley ms favorable al procesado en
caso de duda o de conficto entre leyes penales);
y,
- Principio en el sentido de regula iuris,
esto es, de enunciado o de mxima de la
ciencia jurdica de un considerable grado de
generalidad y que permite la sistematizacin
del ordenamiento jurdico o de un sector del
mismo (por ejemplo, una norma como la
contenida en el artculo 51 de la Constitucin
segn la cual la Constitucin prevalece sobre
toda norma legal; la ley, sobre las normas de menor
jerarqua, y as sucesivamente).
Ante este espectro de signifcados que
suelen denotarse con el trmino de principios
ha llegado a sugerirse, inclusive, que se
prescinda del nombre para centrar la atencin en
los signifcados que pretenden designarse, pues
las frecuentes polmicas acerca de los principios
suelen ser engaosas, ya que en realidad se
discute sobre cosas distintas
4
.
Lo expuesto indica que la imprecisin
conceptual ha sido uno de los principales
problemas que han enfrentado quienes reconocen
los principios jurdicos como piezas estructurales
de los sistemas normativos. Posiblemente se deba
a este problema en la defnicin el descrdito
en que cayeron los principios generales del
Derecho
5
pues, atentaba contra su aceptacin
el no saber a qu se referan y que, al tener un
origen indeterminado, se cuestionaba su fuerza
normativa y vinculante. Sin embargo, ello no
lleg a enervar la necesidad de contar con
enunciados que fexibilicen la rigidez de las
reglas, haciendo ms permeable el ordenamiento
hacia la racionalidad del intrprete.
Actualmente, como lo reconoce Prieto
Sanchs, ya no se discute la fuerza obligatoria de
los principios, la que se reconoce y con la ms alta
intensidad, sino que el debate gira en torno a su
identidad dentro del sistema normativo. As, se
discute si cuentan con una morfologa propia que
los distinga de las reglas o se trata simplemente
de una distincin de grado correspondiendo a
un cierto modelo de argumentacin
6
.
De este modo, los intentos de defnicin
de los principios jurdicos parten del entendido
que son enunciados que forman parte o que
se pueden inferir- del ordenamiento normativo
y que, por existir una gran ambigedad en el
uso de dicho trmino, la doctrina ha recurrido
a su distincin de las reglas, para poder darles
identidad. En esta lnea, se afrma que tanto las
reglas como los principios no seran sino especies
dentro del gnero de normas jurdicas de forma
tal que reglas y principios se integran y articulan
en el sistema normativo.
A fn de distinguir los principios de las
reglas se han postulado diversas razones que,
siguiendo a Alexy y Prieto, podramos clasifcar
en una tesis fuerte o cualitativa apoyada en
la idea de que los principios son algo lgica o
cualitativamente distinto de las normas, lo cual
abre el sistema a la admisin de elementos de
moralidad, poltica o exigencias de justicia-; y,
una tesis dbil de distincin la cual considera
que los principios no son nada sustancialmente
distinto de las normas, caracterizndose
simplemente por la posesin de ciertos rasgos
que se pueden tener en determinada medida-
7
.
a) Tesis fuerte de distincin
PRINCIPIOS JURDICOS Y SISTEMAS NORMATIVOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
158
Esta tesis es sostenida principalmente por
Ronald Dworkin en su intento de demostrar
que el Derecho excede a un sistema de reglas
identifcables mediante un mecanismo formal y
alejado de concepciones morales sustantivas. A
partir de dicho planteamiento, Dworkin marca
distancia tanto con el positivismo, en su intento
de fundamentar lo que es el derecho, como con
el utilitarismo en su pretensin de postular lo
que debe ser el derecho.
Para ello, Dworkin plantea los siguientes
argumentos para la distincin entre reglas y
principios
8
:
- El primero es que las reglas, a diferencia de
los principios, son aplicables en la forma
todo o nada. Esto supone que si los hechos
que estipula una regla estn dados, entonces
o bien la regla es vlida y deben aceptarse las
consecuencias jurdicas o, no es vlida, por lo
que no contara en la decisin a ser tomada.
Por el contrario, los principios no determinan
la decisin sino que solamente proporcionan
razones a favor de una u otra decisin; es
decir, que los principios a diferencia de las
reglas enuncian una razn que discurre en
una sola direccin, pero no exige una decisin
en particular.
Segn este planteamiento, por ejemplo, un
enunciado como el contenido en el artculo
704 del Cdigo Civil segn el cual el notario
que sea pariente del testador dentro del cuarto
grado de consaguinidad o segundo de afnidad
est impedido de intervenir en el otorgamiento del
testamento por escritura pblica o de autorizar el
cerrado, correspondera a una regla. As, si se
acredita el grado de parentesco sealado por
la norma entre un notario y un testador, la
consecuencia de la norma resulta aplicable y
el primero estar impedido de intervenir en
el otorgamiento del testamento por escritura
pblica o de autorizar el cerrado del segundo;
de no existir esa relacin de parentesco, la
consecuencia de la norma no sera aplicable
al caso. Es decir que esta regla o es vlida y
se aplica, o no es vlida y no interviene en
el caso; es decir una aplicacin del todo o
nada.
Distinto sera el caso de un enunciado como
el contenido en el inciso 2) del artculo 2 de
la Constitucin segn el cual toda persona
tiene derecho a la igualdad ante la ley que por
s mismo no determinara la solucin de un
caso sino que debe ser considerado como
una razn para orientar una decisin o la
aplicacin de otras normas.
A esta misma lnea se adscribe el
planteamiento desarrollado por Atienza
y Ruiz Manero para quienes la diferencia
estriba en que los principios confguran el caso de
forma abierta, mientras que las reglas lo hacen de
forma cerrada. Es decir, mientras que en las
reglas las propiedades que conforman el caso
constituyen un conjunto fnito y cerrado, en
los principios no puede formularse una lista
cerrada de las mismas
9
.
Este criterio es tambin el punto de partida de
Zagrebelsky para desarrollar su planteamiento
sobre un Derecho dctil. As, respecto a la
distincin entre reglas y principios, seala
que las reglas nos dicen cmo debemos, no
debemos o podemos actuar en determinadas
situaciones especfcas previstas por las reglas
mismas; en contra, los principios, directamente,
no nos dicen nada a este respecto, pero nos
proporcionan criterios para tomar posicin
ante situaciones concretas pero que a priori
aparecen indeterminadas
10
.
De esta manera, las reglas impondran una
sola va de observancia: o se cumplen o se
incumplen. En ambos casos operara con
precisin el silogismo, sea para asumir
la responsabilidad o eximirse de ella
por confgurar el supuesto de hecho. En
oposicin, los principios no son aptos de
establecer imposiciones defnitivas sino
que simplemente ofrecen criterios o pautas
a ser consideradas para conseguir ciertos
resultados en el derecho.
- El segundo es que los principios tienen una
dimensin que las reglas no exhiben, es decir
una dimensin de peso que se manifesta
principalmente al momento de resolver
la colisin entre los principios. En efecto,
coincide la doctrina que los confictos de
principios no pueden ser abordados segn
los criterios para los confictos de reglas,
pues ante una antinomia o contradiccin de
reglas, una de ellas excluir del sistema a la
otra en virtud de criterios como la jerarqua,
temporalidad, especialidad o competencia.
En el caso de los confictos de los principios,
dado el carcter fundamental y eminentemente
valorativo, sera un despropsito pretender
que en caso de conficto, uno de ellos pudiese
invalidar al otro; por el contrario, la ley de la
colisin es la ponderacin, que supone atender
a las particularidades que presenta el caso
FLIX F. MORALES LUNA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
159
para establecer qu valor debe prevalecer en
el supuesto concreto que se est abordando,
a fn de establecer un orden preferente de
los principios en ese caso concreto.
Al respecto, seala Alexy que los principios
son susceptibles de ponderacin y, adems, la
necesitan. La ponderacin es la forma de aplicacin
del derecho que caracteriza a los principios. En
cambio, las reglas son normas que siempre o bien
son satisfechas o no lo son. Si una regla vale y es
aplicable, entonces est ordenado hacer exactamente
lo que ella exige; nada ms y nada menos. En este
sentido, las reglas contienen determinaciones en
el mbito de lo fctico y jurdicamente posible. Su
aplicacin es una cuestin de todo o nada. No son
susceptibles de ponderacin y tampoco lo necesitan.
La subsuncin es para ellas la forma caracterstica
de aplicacin del derecho
11
.
Sin desmerecer la relevancia de la ponderacin
en el proceso de aplicacin del Derecho, Prieto
no deja de advertir que este criterio distincin
no se encuentra exenta de cuestionamientos.
En estricto destaca el autor los siguientes: la
distincin no precisa si el peso o importancia
de los principios se decide en abstracto,
con arreglo a algn criterio de ordenacin
jerrquica o depende de su mayor o menor
idoneidad para regular el caso concreto; y, que
no todo conficto de reglas se resuelve con la
declaracin e invalidez de una de ellas
12
.
Sin que deba ser considerado un criterio
determinante para establecer la distincin entre
reglas y principios, su planteamiento implica
dos aspectos que merecen ser destacados: el
rol que juegan los valores en su relacin con
los principios jurdicos y el papel protagnico
que le corresponde desempear al juez en
tanto el encargado de la ponderacin de los
elementos del caso para la poder determinar
la manera como podrn ser articulados los
principios en el caso concreto.
Junto con estos criterios dworkianos, se
incluye en esta tesis el planteamiento de Alexy
para quien el criterio determinante de distincin
entre reglas y principios es que estos ltimos
se confguran como mandatos de optimizacin
a diferencia de las reglas que se confguran
como mandatos defnitivos. En esta lnea, los
principios son normas que ordenan que algo sea
realizado en la mayor medida posible, de acuerdo con
las posibilidades jurdicas y fcticas. Esto signifca
que pueden ser satisfechos en grados diferentes y que
la medida ordenada de su satisfaccin depende no
slo de las posibilidades fcticas sino jurdicas, que
estn determinadas no solo por reglas sino tambin
esencialmente, por los principios opuestos
13
.
Al considerar a los principios del derecho
como mandatos de optimizacin, Alexy establece
una distincin cualitativa con las reglas,
incidiendo en el modo de su cumplimiento.
As, los principios admitiran una observancia
gradual de tal forma que, a diferencia de lo
que pasa con una regla, podra considerarse
cumplido el principio, sea a plenitud o en un
grado menor.
El planteamiento de Alexy es objeto de
cuestionamiento tanto por Prieto Sanchs como
por Atienza con Ruiz Manero. Para el primero, la
consideracin de los principios como mandatos
de optimizacin que tengan que ser ponderados
en casos de conficto, se tratara ms de una
peculiar tcnica de interpretacin que de un rasgo
indeleble de los principios y que se ausente de
las reglas. En segundo lugar sugiere Prieto que
no se puede ser tan terminante en que el atributo
de la optimizacin pueda ser exclusivo de los
principios, toda vez que aunque con escasa
frecuencia- se pueden dar tambin en el caso de
las reglas
14
.
En cuanto a las observaciones de Atienza y
Ruiz Manero, estos autores parten de un detalle
de clasifcacin de los enunciados jurdicos
mucho ms puntual, de forma tal que centran
su atencin en la estructura morfolgica de
los enunciados para poder determinar a qu
categora corresponderan. As, dentro de la
categora genrica de principios (entendiendo
por tales a una especie dentro de los enunciados
jurdicos, de carcter prctico, normativo, que
expresa normas denticas o regulativas) quedan
comprendidos tanto los principios en sentido
estricto que podan quedar confgurado en la
siguiente estructura: Si se da el estado de cosas
X, entonces Z debe o puede realizar la accin Y-
como las directrices que podran enunciarse a
partir de la siguiente estructura: Si se da el estado
de cosas X, entonces Z puede o debe procurar
alcanzar el fn (estado de cosas) F-
15
. Siguiendo
este esquema, al concebir los principios como
mandatos de optimizacin, Alexy slo estara
considerando un grupo de ellos (las directrices)
excluyendo en su razonamiento a los principios
en sentido estricto.
b) Tesis dbil de distincin
Los argumentos de la tesis precedente
demuestran ser insufcientes para demostrar por s
mismas que exista una distincin cualitativa entre
PRINCIPIOS JURDICOS Y SISTEMAS NORMATIVOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
160
los principios y las reglas, pues las caractersticas
atribuidas a los principios podran encontrarse
tambin aunque con menor incidencia- en las
reglas y viceversa. Posiblemente deba atribuirse
dicha incapacidad al hecho que no se parte de
una precisa defnicin de cada uno de dichos
enunciados (empresa por lo dems intil por
tratarse de frmulas convencionales que carecen
de un sustrato cientfco) sino que inductivamente
se procura construir el concepto a partir de las
caractersticas que exhiben las normas del sistema.
De esta manera, siempre podr encontrarse
una norma que desafe cualquier intento de
sistematizacin de categoras como reglas o
principios.
En atencin a esta difcultad se plantean
argumentos a favor de la denominada tesis dbil
de distincin que prefere no enfocar la identidad
de los principios desde un plano morfolgico que,
como ha sido visto, podra no ser determinante,
sino que presenta a los principios jurdicos como
singulares tcnicas de interpretacin. As, se
sugiere que el tema de los principios est dejando
de ser un debate de lgica del Derecho o de las
normas para convertirse en un debate de lgica
de los juristas o de la interpretacin
16
.
Una exponente de esta es la autora italiana
L. Gianformaggio para quien la diferencia entre
principios y reglas surge exclusivamente en el
momento de la interpretacin y aplicacin del
enunciado jurdico, de forma tal que una misma
disposicin puede ser entendida unas veces
como reglas y otras como principios
17
.
Como acertadamente lo sugiere Prieto,
este desplazamiento desde la estructura de las normas
a las tcnicas de la interpretacin o de justifcacin
conduce, paradjicamente, a negar toda posible
distincin entre reglas y principios con anterioridad
al proceso interpretativo. En otras palabras, antes de
la interpretacin existira un mundo indiferenciado
de prescripciones y slo la argumentacin jurdica
hara de cada una de ellas y en cada caso concreto un
principio o una regla
18
.
De esta manera, considera este autor,
que la distincin estructural entre principios y
reglas resulta insufciente pues, a lo ms, podrn
enunciarse algunos rasgos o caractersticas que
estarn presentes en mayor grado o medida en
ciertas normas y no en otras. Por ello, postula
que tanto las reglas y principios son tan slo
dos modos de llamar a tcnicas o modelos de
argumentacin diferentes lo que conduce a negar
cualquier distincin entre ellas previa al proceso
hermenutico
19
.
Si bien, a nuestro entender, este criterio
tampoco resulta determinante (siempre existir
alguna norma que represente el ejemplo
emblemtico de lo que por regla o principio
pudiera suponerse), nos parece de mayor utilidad
en tanto que traslada la discusin a un plano de
mayor trascendencia prctica que los tericos
intentos de clasifcacin: el de la interpretacin
y argumentacin jurdicas, as como el de la
racionalidad y correccin de las decisiones
judiciales.
De las posiciones expuestas, advertimos
la difcultad de poder defnir los principios
jurdicos pues toda aproximacin a ellos atiende
a ciertos rasgos que, en mayor o menor medida
exhiben, o al rol que cumplen al momento de
la aplicacin de las normas. Sin embargo, no
puede postularse una defnicin estricta para
dichos enunciados, lo que no supone de modo
alguno tener que desconocer su existencia, pues
de una simple observacin de las normas en el
sistema se pueden trazar distinciones entre ellas
desde los planos morfolgicos, funcionales o
axiolgicos
20
.
As, podemos indicar que los principios
jurdicos no suponen entidades que se encuentren
fuera del sistema normativo; es decir que no
seran importaciones de un orden anterior o
superior a cualquier ordenamiento como una
directa emanacin del Derecho Natural. Por el
contrario, los principios no son sino enunciados
de un determinado ordenamiento que coexisten
con las reglas pero que cumplen funciones
distintas, en la medida que su formulacin
permiten una mayor capacidad de actuacin
por parte del operador del derecho mediante la
argumentacin.
3.- Tipologa de los principios jurdicos
Toda clasifcacin puede tener mucho de
arbitrario en la medida que es el propio autor
quien determina los criterios sobre los cuales
basa la clasifcacin que propone. Por ello, es que
podran establecerse tantas clasifcaciones como
personas estn dispuestas a postularlas. En tal
sentido, abordaremos este punto a partir de la
clasifcacin de principios sugerida por Prieto
Sanchs y seguida por Atienza y Ruiz Manero,
tomando como referencia el esquema propuesto
por Wroblewski.
As, atendiendo a los rasgos caractersticos
de los principios, los autores sugieren las
siguientes tres categoras de principios con
valor o fuerza normativa: principios explcitos o
FLIX F. MORALES LUNA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
161
expresamente recogidos en alguna disposicin
normativa; principios implcitos obtenidos por
deduccin o induccin a partir de alguna norma o
grupo de normas; y, principios extrasistemticos
o totalmente inexpresos, formados a partir de la
Constitucin material o de alguna flosofa moral
o poltica que se supone inspira el ordenamiento
en su conjunto, pero que no se puede decir
razonablemente que constituyan el signifcado
de una disposicin
21
.
En cuanto a los principios explcitos,
se les concibe como acciones para la accin,
independientes de contenido, pero no
perentorias. Esto supone que tienen su origen en
una determinada fuente del ordenamiento pero
no estn destinadas a excluir la deliberacin
por parte del rgano jurisdiccional acerca del
contenido de la resolucin a dictar, sino que
constituyen meramente razones de primer
orden para resolver en un determinado sentido,
cuya fuerza respecto de otras razones ha de ser
ponderada por el propio rgano jurisdiccional
22
.
Para Prieto Sanchs la relevancia de contar
con principios explcitos es porque se hacen
expresos los valores superiores en los que se
fundamenta un determinado ordenamiento.
As, seala que el que diversos principios estn
contenidos en normas expresas no tiene slo un
signifcado programtico o de manifestacin
pblica del orden de valores en que se estructura el
sistema, sino que ofrece tambin una virtualidad
prctica que permite diferenciar los principios
expresos de los tradicionales principios generales
del Derecho
23
.
Un ejemplo de principio explcito en
nuestro sistema normativo sera el contenido el
en inciso 8) del artculo 139 de la Constitucin
que consagra como uno de los principios de la
funcin jurisdiccional el no dejar de administrar
justicia por vaco o defciencia de la ley.
En cuanto a los principios implcitos, a
entender de Atienza y Ruiz Manero, stos se
conciben como razones para la accin que no son
perentorias ni independientes del contenido
24
.
Por su parte, Prieto Sanchs destaca el uso de la
analoga para poder establecer estos principios
implcitos, pues seala que de un grupo cualquiera
de normas que tengan algo en comn pueden inducirse
as diversos principios, por lo que el recurso a los
mismos indudablemente concede al operador jurdico
(en especial al juez) mayor discrecionalidad que en la
interpretacin de textos normativos estables
25
.
Finalmente, en cuanto a los principios
extrasistemticos, desde una perspectiva
normativista se sostiene que no forman parte
del Derecho, dado que ni constituyen el
signifcado de una disposicin legal ni pueden
inferirse de ella, por lo que no pueden ser
abordados por la regla de reconocimiento, aun
cuando esta pudiera ser compleja. Sin embargo,
desde que son aplicados por los jueces podran
ser consideradas como normas invlidas
al no hallarse recogidas en ninguna de sus
disposiciones- pero efcaces desde el momento
en que resultan relevantes en la actuacin de
un operador jurdico-.
4.- Roles de los principios jurdicos en los
sistemas normativos
Coincidiendo con Prieto, podemos sealar
que la perspectiva ms fecunda en el anlisis de
los principios es la funcional; es decir, aquella
que no hace hincapi en una supuesta estructura
morfolgica particular de ellos, sino que intenta
dilucidar para qu sirven en el mbito de Derecho
y del razonamiento jurdico
26
.
Al respecto, identifca este autor -siguiendo
a Bobbio-, las siguientes posibles funciones que
cumplen los principios en el sistema jurdico
27
:
- Funcin interpretativa que ayuda a resolver en
un sentido antes que en otro las dudas que
puedan existir sobre el signifcado de una
determinada disposicin;
- Funcin integrativa que proporciona un
criterio en ausencia de normas; es decir, en
casos de lagunas
28
;
- Funcin directiva, que orienta la actividad del
legislador o de otros operadores a la hora de
adoptar una decisin o de dotar de contenido
una norma; y,
- Funcin limitativa, que establece las fronteras
competenciales de un determinado rgano
que cercena el mbito de efcacia de una cierta
regulacin.
A entender de Prieto, estas cuatro
funciones pueden reducirse a las siguientes dos:
o bien los principios son una norma primaria
llamada a disciplinar directamente un supuesto
de hecho cualquiera; o, representan una norma
secundaria que permite o contribuye a dotar de
sentido a otra disposicin normativa, limitando
o ampliando su signifcado lingstico, o incluso
anulndolo si resulta por completo incompatible
con el sentido del principio.
Un interesante planteamiento es el
sugerido por Atienza y Ruiz Manero, para
quienes las funciones que cumplen los principios
PRINCIPIOS JURDICOS Y SISTEMAS NORMATIVOS
jurdicos en el ordenamiento jurdico pueden
ser apreciados tanto desde una dimensin
explicativa, justifcativa o legitimadora del
Derecho.
Segn la primera de dichas dimensiones,
sostienen los autores, los principios cumplen
la funcin de explicacin del Derecho al menos
en dos sentidos; el primero, por su capacidad
de sintetizar una gran cantidad de informacin,
cumpliendo por tanto una funcin didctica de
gran importancia; y, el segundo, por permitirnos
entender el Derecho no como un simple conjunto
de pautas, sino como un conjunto ordenado, esto
es, como un conjunto dotado de sentido
29
.
En cuanto a la dimensin justifcativa,
se atiende a las funciones de los principios en
el razonamiento jurdico de forma tal que les
sirva al operador del derecho no solamente para
resolver el problema de qu hacer, sino tambin
de cmo justifcar lo que se ha hecho o se va a
hacer, esto es, la toma de decisiones jurdicas
30
.
Esta funcin, pues, est orientada a dotar
de legitimidad las decisiones del operador
del derecho sobre la base de los principios,
entendidos como razones justifcatorias en todo
nivel del sistema, tanto al momento de legislar
como de aplicacin del derecho. Se asume a
travs de esta funcin, una suerte de correccin
funcional en cuanto a la calidad del producto
jurdico segn su correspondencia con los
principios pertinentes.
El tema de la justifcacin del razonamiento
jurdico ha sido extensamente abordado por
la doctrina en su afn de establecer pautas de
correccin en las decisiones jurdicas cuando la
solucin no se agote en la aplicacin de una razn
perentoria, sino que se trate de un denominado
caso difcil, en el cual queda a criterio del
operador del Derecho, en aplicacin de los
principios, emitir una respuesta acorde con los
valores del sistema. Este punto ha constituido
el tema central en los planteamientos de
Dworkin y Alexy, este ltimo con su desarrollo
de la teora de la argumentacin (sobre la base
de planteamientos como los de Perelman o
Habermas) que fuera a su vez considerado por
Atienza para sugerir que existen las razones del
Derecho.
Finalmente, en la dimensin legitimadora,
se sostiene que los principios cumplen una
funcin de control y legitimacin del poder.
En este punto, sealan los autores, que el eje
de la consideracin como legtimo del ejercicio de los
poderes pblicos reside hoy en que stos sean capaces de
perseguir y de lograr- objetivos sociales sin vulnerar
los derechos fundamentales de los individuos. El logro
de este difcil equilibrio que viene a ser el principio
regulativo del jurista contemporneo- depender, en
buena medida, de que se desarrolle una teora y una
prctica adecuadas de los principios jurdicos
31
.
Por lo sealado, la importancia funcional
de los principios radica en que constituyen
parmetros de actuacin que determinan los
alcances, lmites y niveles de correccin de las
decisiones jurdicas que se adopten, erigindose
de este modo como necesarios referentes que
eviten la arbitrariedad en la aplicacin del
Derecho. De esta manera, los principios jurdicos
se constituyen en lineamientos que disean la
estructura y fundamentos del sistema normativo
de tal forma que a la luz de ellos se podra
confgurar desde un criterio de pertenencia
al sistema como la correccin de decisiones
jurdicas.
En este punto podemos establecer un
elemento esencial que aportan los principios
al ordenamiento, es decir que se tratan de
normas fundamentales en las cuales se sostiene
la estructura del sistema. As, siguiendo el
planteamiento de Alexy, resulta impensable
concebir un sistema que nicamente cuente
con reglas que establezcan mandatos denticos
(prohibiendo, permitiendo u ordenando), pues
en tal esquema dichas las reglas seran inconexas
tanto en criterios de articulacin como en una
identidad de contenido valorativos. Ello no
queda resuelto con las denominadas normas
secundarias que propone Hart, entendiendo por
tales a las que defnen la pertenencia al sistema,
el cambio de las reglas y la adjudicacin de
competencias para su aplicacin. La insufciencia
de este ltimo planteamiento radica en que
se mantiene en el plano formal y adjetivo;
sin embargo, descuida una dimensin que es
esencial para estructurar un sistema jurdico:
que las normas pudieran tener una identidad
valorativa. As, las normas secundarias de Hart
sern consideradas como principios jurdicos,
pero no los nicos, sino tambin aquellos que
establecen, de manera explcita o implcita, una
razn justifcatoria que parta de algn valor o
inters relevante en el sistema.
5.- Principios jurdicos en el ordenamiento
normativo peruano
La referencia a los principios no es ajena
a nuestra tradicin jurdica pues desde los
primeros aos de la incipiente Repblica del
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
162
FLIX F. MORALES LUNA
Per, ya se les aluda, lo cual no deja de llamar la
atencin. Dichas referencias se puede encontrar
en el Cdigo Civil de 1852 cuyo articulado se
iniciaba con las normas del Ttulo Preliminar
denominado de las leyes en general.
La norma IX abordaba el supuesto de
oscuridad o insufciencia de las leyes en los
siguientes trminos los jueces no pueden suspender
ni dejar la administracin de justicia por falta,
oscuridad o insufciencia de las leyes; en tales casos
resolver atendiendo: 1 al espritu de la ley; 2 a
otras disposiciones sobre casos anlogos; y, 3 a los
principios generales del derecho; sin perjuicio de
dirigir, por separado, las correspondientes consultas,
a fn de obtener una regla cierta para los nuevos casos
que ocurran.
Desde aqul antecedente llegamos a
la regulacin actual que contiene referencias
a los principios generales del derecho tanto
en el Cdigo Civil como en el propio texto
constitucional. As, el Cdigo Civil alude a
los principios generales del derecho en el
artculo VIII del Ttulo Preliminar referido
a los defectos o defciencias de la ley en los
siguientes trminos los jueces no pueden dejar de
administrar justicia por defecto o defciencia de la ley.
En tales casos, deben aplicar los principios generales
del derecho y, preferentemente, los que inspiran el
derecho peruano
32
.
En el caso de la Constitucin de 1993, la
referencia se encuentra en el inciso 8 del artculo
139 en el que se desarrollan los principios y
derechos de la funcin jurisdiccional. As,
seala esta norma que son principios y derechos
de la funcin de la funcin jurisdiccional (...) el
principio de no dejar de administrar justicia por vaco
o defciencia de la ley. En tal caso, deben aplicarse
los principios generales del derecho y el derecho
consuetudinario.
A partir de esta regulacin, procuraremos
plantear las principales causas por las cuales
nuestro ordenamiento jurdico tanto en el
plano del reconocimiento positivo como, en
menor medida, en un plano operativo- no ha
desarrollado a plenitud una slida teora de
principios.
En nuestro entender, la principal causa al
problema planteado se debe a la escasa difusin
con que ha merecido la teora de los principios
jurdicos. Una muestra de ello se advierte en los
enunciados normativos citados precedentemente.
Sin embargo, el problema se advierte en todos
los niveles del sistema, como la jurisprudencia
y doctrina.
Seguidamente, nos referiremos
puntualmente a lo que consideramos como las
principales causas que expliquen la postergacin
del desarrollo de los principios jurdicos en
nuestro sistema normativo:
- La utilidad de los principios jurdicos ha sido
vista de manera residual, siendo necesarios
nicamente cuando el legislador ha omitido
regular un determinado hecho. Esto supone
restringir el uso de los principios a la funcin
integrativa que, precisamente, es criticada
por Zagrebelsky como una distorsin de los
principios cuya importancia se ve soslayada
tras la fgura de las reglas.
Es ms, todas las referencias normativas
que hemos citado anteriormente, desde el
ms remoto antecedente hasta las normas
vigentes, aluden nicamente a esta funcin
integrativa. sta calza perfectamente en el
modelo del Estado liberal del Derecho pues
pretende asegurar la nocin de plenitud
del ordenamiento tomando como base la
labor del legislador, cuyas omisiones sern
suplidas solo por excepcin y dando cuenta al
legislador, por los encargados de la aplicacin
de las normas.
Sin embargo, en el modelo planteado por el
Estado Constitucional Democrtico, resulta
insufciente pues la funcin integrativa cede
en importancia a favor de funciones ms
trascendentes como la directiva o limitativa.
En esta lnea, resulta paradjico advertir que
mientras el inciso 8) del artculo 139 seala
que el juez recurrir a los principios en caso de
vacos de las normas, tal inciso est rodeado de
principios permanentemente recurridos por
el juez, por ejemplo para interpretar normas
([Link]. debido proceso, norma ms favorable,
motivacin de las resoluciones, etc.).
- Nuestro sistema se adscribe a una tradicin
positivista en su versin inicial y ms
cuestionada en la cual se ve con desconfanza
cualquier posibilidad de aplicar normas con
fexibilidad pues el espectro de enunciados
jurdicos se reduce a las normas jurdicas
de estructura condicional, en la cual los
principios no tienen cabida sino para cubrir
los vacos de dichas normas.
Tal modelo es propio de lo que Zagrebelsky
y Prieto Sanchs denominan el Estado liberal
decimonnico, absolutamente superado por
la doctrina y que muestra un claro desfase
con nuestra realidad social.
El riesgo que este modelo encierra se ha visto
en su mxima expresin durante la dcada
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
163
PRINCIPIOS JURDICOS Y SISTEMAS NORMATIVOS
pasada, en el cual el sistema normativo fue
puesto al servicio de un proyecto poltico. Es
claro que una teora desarrollada de principios
no hubiese dado cabida a tales actitudes
pues habra operado su funcin limitativa.
Si bien este argumento no es sufciente para
explicar los mencionados acontecimientos
polticos, contribuye a poder evitar que tales
experiencias pudieran repetirse.
- Lo anterior guarda relacin con la escasa
valoracin que en nuestro medio tiene
el rgano jurisdiccional respecto al cual
no existe una seria voluntad poltica de
potenciar, contribuyendo con dicha actitud a
que los productos de los procesos judiciales,
principalmente en los procesos de garantas
constitucionales, no sean debidamente
justifcados.
- La revisin de la exposicin de motivos de
la comisin encargada de la elaboracin
del Cdigo Civil revela que el legislador no
tena una nocin de los principios jurdicos
que siquiera se aproxime a lo que la doctrina
comparada ha planteado
33
.
La gravedad de tal situacin es an mayor si
advertimos que los argumentos dados por el
legislador casi identifcan lo que ellos entendan
por principios generales del derecho con los
denominados principios extrasistemticos
(en la clasifcacin de Wroblewsky y Prieto
Sanchs). Cabe recordar que en la doctrina
no admite tales principios como parte del
Derecho pues supone una admisin de
elementos que no estn adecuadamente
justifcados a la luz de los valores del sistema,
lo cual es sumamente elocuente del grado de
desinformacin existente al respecto.
- Un punto adicional entre las causas de la
postergacin de los principios generales
del derecho estara constituido por una
imperfecta tcnica legislativa. Si sta se
aplicase adecuadamente, el legislador
debera estructurar adecuadamente los
cuerpos normativos, ponderando los ttulos
preliminares en los cuales se inserten los
principios que informan dicho cuerpo de
reglas, sin afn que eso sea excluyente sino
meramente referencial. Esta observacin
resulta extensible, incluso y sobre todo al
propio texto constitucional.
- Otra posible causa estara determinada a
que en la relacin entre los operadores del
derecho y entre stos con la sociedad, no
se dan las condiciones para que sea viable
una adecuada implementacin de la teora
del discurso, pues la escasa motivacin de
las resoluciones o la poca difusin de stas
difculta la posibilidad de contradecir dichos
argumentos. Adicionalmente, en nuestra
sociedad existe un fuerte arraigo de criterios
de la moral positiva que se resisten a ser
sometidos a criterios de fundamentacin
jurdica.
Por lo expuesto, las caractersticas y
defectos que nuestro ordenamiento jurdico
ostenta hacen imperativo una adecuada difusin
y cabal adopcin de la teora de los principios
jurdicos. Tal esfuerzo podra traducirse en una
mayor legitimidad de las decisiones jurdicas
que supongan un mayor nivel de aceptacin
por los destinatarios e impulsara una necesaria
actividad creativa del Derecho en la fgura del
juez en ejercicio de su labor de interpretacin
jurdica.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
164
NOTAS:
1
Atienza, Manuel & Ruiz Manero, Juan. Sobre principios y reglas. En: Doxa. Cuadernos de Filosofa del Derecho N 10, 1991, p. 101. Estos mismos planteamientos son
recogidos posteriormente en el texto de los mismos autores, Las piezas del Derecho. Teora de los enunciados jurdicos. Barcelona: Ariel. 1996, p. 3.
2
Prieto Sachs, Luis. Sobre principios y normas. Problemas del Razonamiento Jurdico. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales. 1992, p. 23.
3
Atienza, Manuel & Ruiz Manero, Juan. Op. cit., 1991, pp. 3 4. Este planteamiento ha sido recogido por Aguil Regla, Josep. Teora general de las fuentes del Derecho (y
del orden jurdico). Barcelona: Ariel. 2000. p. 133, sobre el cual basa su desarrollo sobre los principios.
4
Prieto Sanchs, Luis. Ley, principios, derechos. Cuadernos Bartolom de las Casas N 7. Madrid: Dykinson. 1998, p. 49.
5
Al respecto, muchos autores sugieren dejar de lado la denominacin de principios generales del Derecho para referirse a los principios jurdicos, en un intento por
sacudirse de los cuestionamientos que la referida denominacin creaba. As, se les califcaba de oscuros, inexistentes o que, de existir, no podran ser en ningn caso
generales (al respecto, vase Prieto Sanchs, Luis. Op. cit., 1992, pp. 20 y ss). En todo caso, se advierte un uso dispar de los trminos para hacer referencia a dichos
enunciados pues, mientras que la doctrina se refere a ellos como principios jurdicos, los textos normativos y resoluciones judiciales los nombra como principios
generales del Derecho. En nuestro caso, emplearemos el trmino de principios jurdicos salvo cuando hagamos referencia a textos normativos que mantienen la
denominacin de principios generales del Derecho.
6
Prieto Sanchs, Luis. Op. cit., 1998, p. 32.
7
Ibdem,, pp. 131 132.
8
Dworkin, Ronald. Los derechos en serio. Barcelona: Ariel Derecho. Cuarta reimpresin de la primera edicin. 1999, pp. 72 y ss.
9
Atienza, Manuel & Ruiz Manero, Juan. Las piezas del Derecho. Teora de los enunciados jurdicos. Barcelona: Ariel. 1996, p. 9.
10
Zagrebelsky, Gustavo. El derecho dctil. Ley, derechos, justicia. Madrid: Trota, 1995, p. 110.
11
Alexy, Robert. El concepto y la validez del Derecho. 2 edic. Barcelona: Gedisa. 1997, p. 162.
12
Prieto Sanchs, Luis. Op. cit., 1992, pp. 40 42.
13
Alexy, Robert. Op. cit., p. 162. Alexy, Robert. Op. cit., p. 162.
14
Prieto Sanchs, Luis. Op. cit., 1998, pp. 45 46.
15
Atienza, Manuel & Ruiz Manero, Juan. Op. cit., 1996, pp. 8 9.
16
Prieto Sanchs, Luis. Op. cit., 1992, p. 52.
17
Gianformaggio, L., citada por Prieto Sanchs. Op. cit., 1992, p. 53. Op. cit., 1992, p. 53.
18
Ibdem, pp. 53 54. Ibdem, pp. 53 54.
19
Ibdem, pp. 56.
20
As, por ejemplo, es perfectamente distinguible desde los mencionados planos, una norma como la contenida en el artculo 935 del Cdigo Civil por el cual el tesoro
descubierto en terreno ajeno no cercado, sembrado o edifcado, se divide por partes iguales entre el que lo halla y el propietario del terreno, salvo pacto distinto, de una norma como
la contenida en el inciso 2) del artculo 2 de la Constitucin segn la cual nadie debe ser discriminado por motivo de origen, raza, sexo, idioma, religin, opinin, condicin
econmica o de cualquier otra ndole. Sin desmerecer la importancia de ambas normas, resulta evidente que cada una de ellas cumple funciones distintas en el sistema,
por lo que resulta vlido distinguirlas en su forma, funcin y contenido, aproximndose la segunda de ellas a lo que por principio entendemos, mientras que la
primera sera ntidamente una regla.
FLIX F. MORALES LUNA
21
Ibdem, p. 134.
22
Atienza & Ruiz Manero. Op. cit., p. 13.
23
Prieto Sanchs, Luis. Op. cit., 1998, p. 135 136.
24
Atienza & Ruiz Manero. Op. cit., p. 13.
25
Ibdem, p. 142.
26
Prieto Sanchs, Luis. Op. cit., 1992, p. 153.
27
Ibdem, p. 161.
28
Zagrebelsky entiende esta funcin como una distorsin introducida por el positivismo que hizo ver a las reglas como las verdaderas normas, mientras que los
principios seran un plus, que actuara como una vlvula de seguridad para cerrar el sistema. (ZAGREBELSKY, Gustavo. Op. cit., p. 117).
29
Atienza, Manuel & Ruiz Manero, Juan. Op. cit., 1996, p. 20.
30
Ibdem, p. 23.
31
Ibdem, p. 25.
32
El fraseo de este artculo es idntico a la disposicin contenida en el inciso 6 del artculo 233 de la Constitucin de 1979.
33
Solo a manera indicativa, cabra extraer un prrafo de los argumentos esgrimidos en el seno de la comisin: y solo en la hiptesis que no puede encontrarse esa norma,
se tendr en cuenta entonces los principios generales del derecho, esto es, los principios de estructuracin del Derecho Civil y del sistema general del Derecho vigente, as como las
opiniones prevalecientes en la comunidad jurdica sobre los aspectos que confguren la laguna legislativa. Estos principios son, por su misma naturaleza, susceptibles de aplicarse con
la mayor amplitud y fexibilidad.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
165
PRINCIPIOS JURDICOS Y SISTEMAS NORMATIVOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
166
Un anlisis socio-antropolgico del Derecho para el
Per
1
Antonio Pea Jumpa
Profesor de la Facultad de Derecho de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
Sumario: 1.- Introduccin 2.- Cmo defnir el anlisis socio-antropolgico del Derecho? 3.- Los postulados
bsicos: herencia de la escuela histrica del Derecho 4.- La estrategia de anlisis: estudio de los comportamientos
sociales 5.- El teorema de referencia: el pluralismo jurdico 6.- El uso de tcnicas metodolgicas de campo 7.- A
manera de conclusin: perspectivas de campos de aplicacin 8.- Bibliografa.
1.- Introduccin
En las lneas siguientes queremos pre-
sentar algunos lineamientos de una manera de
pensar o refexionar el Derecho distinta de los
razonamientos clsicos (como el iusnaturalismo
y el positivismo) o de los razonamientos contem-
porneos (como el anlisis econmico del dere-
cho). No pretendemos considerar esa manera de
pensar como principal y nica. Por el contrario,
dicha manera de pensar trata de admitir la exis-
tencia de diferente formas de pensar el Derecho
y reconocer o aceptar todas ellas.
La propuesta tiene que ver con la articula-
cin de dos disciplinas bastante cercanas y una
tercera tradicionalmente alejada de las anterio-
res: la sociologa y la antropologa con el Derecho.
Cada una, como veremos, tiene su contribucin
particular, no son incompatibles una con la otra y
por el contrario muestran una gran necesidad de
complementariedad. Mientras que la sociologa
contribuye con la metodologa de una perspec-
tiva macro, de anlisis de los comportamientos
sociales, la antropologa contribuye con la meto-
dologa de una perspectiva micro, de anlisis de
cada particularidad en la pluralidad. Mientras la
primera busca ser ms general, y generalizar, la
segunda busca ser ms especfca, y particulari-
zar. Ambos aplicados al Derecho juegan con am-
bas perspectivas, ver el macro y micro Derecho
de la sociedad global y de cada sociedad.
Sin embargo, un antecedente a esta manera
de pensar lo encontramos en una vieja corriente
del Derecho poco estudiado y a veces tergiversa-
da: la escuela histrica del derecho. Quin no
ha odo hablar, si es que alguna vez ha llevado
clases de Derecho, de Savigny?. Es uno de los
Juristas o jurisconsultos clsicos que estudiamos
cuando tratamos los conceptos de Derechos Rea-
les o el Derecho de las obligaciones o el Derechos
de los contratos y hasta el Derecho de Sucesio-
nes. Savigny es el autor de esa gran corriente
de opinin que, en nuestra opinin, apreci con
mucha transparencia desde el siglo XIX lo que
actualmente conocemos por sociologa y antro-
pologa del Derecho.
En el presente ensayo queremos tratar seis
aspectos sobre la teora propuesta a partir de
contextos como el peruano
2
: queremos presentar
en primer lugar la corriente de opinin objeto de
estudio, cmo defnir el anlisis socio-antropo-
lgico del derecho?; en segundo lugar ocuparnos
de los postulados que la identifcan, que tiene su
fundamento en la escuela Histrica del Derecho
antes mencionada; en tercer lugar queremos de-
sarrollar lo que consideramos la estrategia de es-
tudio de la teora propuesta, basada en el anlisis
de los comportamientos sociales; en cuarto lugar
presentar el teorema que consideramos funda-
mental en la indicada teora, el mismo que se
identifca con el hecho y concepto del Pluralismo
Jurdico; en quinto lugar ocuparnos de sus tcni-
cas metodolgicas, en los que destaca el trabajo
de campo; y por ltimo, a manera de conclusin,
queremos presentar la aplicacin de esta teora
en algunos campos de estudio del Derecho Esta-
tal y No-Estatal que conocemos.
2.- Cmo defnir el anlisis socio-antropolgi-
co del Derecho?
En trminos sencillos podemos decir que
se trata de una particular manera de refexionar
el Derecho en contextos socio-culturales plurales
como el Per.
Es una corriente de opinin que admite
y utiliza la pluralidad de anlisis que se ha he-
cho sobre el Derecho: acepta el anlisis iusna-
turalista, el anlisis positivista (en sus distintas
versiones, desde la exgesis, el constructivismo
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
167
hasta la teleolgica), el anlisis econmico del
Derecho, el anlisis histrico del Derecho, y por
supuesto el anlisis sociolgico del Derecho y el
anlisis antropolgico del Derecho. En sus en-
traas, podramos decir, la propuesta encierra la
aceptacin de la pluralidad o diversidad, en con-
secuencia no puede dejar de valorar el aporte de
las distintas corrientes que se han pronunciado
sobre el Derecho, las mismas que han buscado
explicar sus diferentes razones de ser del De-
recho. As por ejemplo, podemos afrmar que los
comuneros quechuas o aymaras de nuestros An-
des cuando castigan determinados actos, como
el Ushanan Jampi (ajusticiamiento) o los actos
inmorales que producen castigos de la naturale-
za, razonan ante todo iusnaturalistamente, toda
vez que lo hacen en razn a una relacin sobre-
natural: si no castigan a los inmorales, la natura-
leza los castigar
3
.
De otro lado, es una corriente de opinin
que pone nfasis en un anlisis de su contexto.
Por contexto entendemos sociedades, institucio-
nes-organizaciones o grupos sociales concretos,
en los que los individuos o personas sienten un
alto grado de identifcacin. Es lo opuesto a la
califcacin de sociedades o grupos sociales abs-
tractos o generales. Por ejemplo, decir la socie-
dad peruana responde a una categora muy
genrica que identifca a todos los que nacieron
en el Per, dentro del territorio delimitado por el
Estado Peruano. Sin embargo, dentro de este te-
rritorio hay una variedad de peruanos, y algunos
incluso reniegan haber nacido como tal particu-
larmente por toda la red de corrupcin que se ha
hecho pblica en los ltimos meses del ao 2000
y contina hacindose pblica en el ao 2001-.
Ms especfco es decir sociedad arequipea
o sociedad piurana o sociedad punea
4
. Es
ms fcil para cualquiera de nosotros identifcar
a un arequipeo quien se dice soy arequipeo,
o un piurano o puneo quien dice lo mismo. Sin
embargo, tal contextualizacin puede ser an
ms especfca: decir soy de Catacaos, o soy
de Caman, o soy de Huancan
5
, es una ex-
presin de identidad ms prxima, sentido as
en el propio ser de los individuos que se identi-
fcan como tal. Pero sobre ello, podemos afrmar
incluso que uno puede llegar a identifcarse con
su comunidad o su barrio en especfco, lo que
hace ms rico la contextualizacin: decir soy de
la comunidad de Calahuyo o soy de la comu-
nidad de Titihue es una mayor aproximacin
de identidad que decir soy de Huancan.
Cualquiera de las corrientes de anlisis del
Derecho antes referida o el conjunto plural de las
mismas puede aplicarse en cada contexto. Por
ejemplo, puedo recurrir al anlisis econmico
del Derecho para entender la voluntad maximi-
zadora de los comuneros de Calahuyo o Titihue
en el trabajo sobre sus tierras o su ganado. Qu
es lo que ellos maximizan cuando rotan sus tie-
rras o cuando alimentan con llachu
6
a su ganado?.
Qu tipos de contratos y obligaciones entretejen
en este tipo de maximizacin sobre tierra y ga-
nado?. Puede notarse que el anlisis terico del
Derecho es nada si no se contextualiza. Es en el
grupo social especfco, y en el conjunto de rela-
ciones sociales, econmicas, culturales del grupo
cuando resulta viable cualquier tipo de anlisis
del Derecho.
3.- Los postulados bsicos: herencia de la escue-
la histrica del Derecho
Para entender con una mayor fundamen-
tacin terica el anlisis socio-antropolgico del
derecho es necesario recurrir a sus antecedentes.
Estos se encuentran en la escuela Histrica del
Derecho, desde donde es posible destacar una
manera de pensar y postular el Derecho. En esta
escuela encontramos lo que consideramos los
postulados bsicos del anlisis socio-antropol-
gico del derecho. Cabe sealar previamente que
la escuela histrica surge como anttesis de la es-
cuela francesa de la exgesis.
A inicios del siglo XIX, fue la escuela fran-
cesa de la exgesis (la misma que se impondr en
todo el Derecho Formal Latinoamericano) la que
dominaba la escena terica del Derecho en Eu-
ropa. Con el Cdigo Civil Napolenico de 1804
se instaur una perspectiva de lo absoluto acerca
del Derecho: El Code es el Derecho, el Derecho
es el Estado, y ste es toda la sociedad
7
. Frente a
esta perspectiva es que, en el mismo siglo XIX,
surge la escuela histrica alemana de Savigny.
Esta escuela propone ver al Derecho no como un
juicio de la razn (lgica) o una decisin de la
voluntad, sino como fruto de la cultura:
.... [La escuela Histrica del Derecho]
rechaza lo abstracto y proclama el impe-
rio nico de lo concreto, de forma que no
existe El Derecho, sino ste o Aqul Dere-
cho. Por lo mismo desestima lo general o
lo genrico y proclama lo singular y espe-
cfco. Pero, al propio tiempo, opone a lo
individual lo colectivo. Entre el individuo
aislado, que para nada cuenta, y la idea
universal y vaga de la humanidad, hay un
trmino medio que es la clave: el pueblo,
la nacin, el grupo natural y orgnico de
individuos a quienes une una tradicin co-
mn; todo Derecho aparece inquebranta-
UN ANLISIS SOCIO-ANTROPOLGICO DEL DERECHO PARA EL PER
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
168
blemente vinculado a un pueblo, como al
ser que le dio origen; no es sino proyeccin
y encarnacin de su espritu (Hernndez
Gil, al referirse a la Escuela Histrica del
Derecho, 1945: 66).
Bajo esta perspectiva, en cierta forma radical
frente al individualismo y la generalizacin, la
escuela histrica construye una teora que coin-
cide con perspectivas actuales de la Sociologa
y la Antropologa del Derecho. Coincidente con
nuestra perspectiva de contextualizacin del
Derecho referido lneas arribas, el anlisis de la
escuela histrica centra el debate en el Ser Colec-
tivo de toda sociedad, que denomin Concien-
cia Jurdica Popular (Loc. cit.). A partir de este
referente, y dentro del propsito de conseguir su
materializacin, la Escuela Histrica del Derecho
puso nfasis en tres postulados generales referi-
dos a lo emprico, la causalidad y el irracionalis-
mo que envuelven todo Derecho:
1. Empirismo: el Derecho se presenta
como algo externo, real, dado, objetivo; su
conocimiento se deriva de la experiencia,
con valor axiomtico.....
2. Causalidad y determinismo: todo fe-
nmeno tiene una causa (....). Los actos
humanos estn ligados de tal forma que lo
posterior est determinado por lo anterior.
El Derecho, en su formacin y transfor-
macin, est regido por tales leyes. No se
produce libremente, sino en virtud de una
necesidad [causa]. Y no se puede contem-
plar en un determinado momento, sino in-
tegrado en el pasado y orientado haca el
devenir.....
3. Irracionalismo y relativismo: el De-
recho es un cuerpo orgnico, natural. As
surge y vive, en constante producirse, ha-
cerse y rehacerse; sometido, pues, a mu-
taciones que nada respetan. (Hernndez
Gil, al referirse a la Escuela Histrica del
Derecho, 1945: 71).
El conjunto de dichos postulados guardan
coherencia con la perspectiva del Anlisis Socio
Antropolgico del Derecho que queremos pre-
sentar. As, la necesidad de una labor emprica
nos manifesta que el Derecho no puede redu-
cirse a la ley o a la norma, por ms perfecta que
sta sea (tal como se intent hacer con el Cdigo
de Justiniano y el Cdigo de Napolen). El De-
recho, para su comprensin, requiere de actos y
relaciones reales, objetivas, concretas empricas.
Si es que quiero saber acerca de los contratos de
locacin de servicios y su efectividad, por ejem-
plo, tengo que analizar los actos concretos del
emitente y del locador, y de las relaciones que
en la prctica stos reproducen. Quedarse en la
norma o normas que regulan el contrato de loca-
cin de servicios es simplemente abstraer actos o
relaciones inexistentes.
De otra parte, la existencia de una causa-
lidad y determinismo del Derecho quiere negar
que el Derecho sea Neutral. Es que siempre van
a existir causas, motivos, valores o creencias, en
los actos y relaciones, que van a generar la pro-
duccin y aplicacin de stos propiamente. Estas
causas o determinaciones pueden ser de diver-
so tipo, destacando las propias causas polticas,
econmicas o morales. La aceptacin en el grupo
social de la continuidad de dichas causas, moti-
vos, valores o creencias orientarn el futuro del
mismo Derecho. Esto signifca, por ejemplo, que
la explicacin del rechazo de los delitos de viola-
cin o abuso sexual de nios no se encuentra en
la ley misma (el Cdigo Penal), sino responden
a causas, motivos o valores que previa y poste-
riormente se ha preferido en el grupo social o
la sociedad que lo regula. En tal sentido, en el
supuesto que en una sociedad determinada los
casos de violacin o abuso sexual se acrecienten,
no voy a encontrar la explicacin de este incre-
mento en la norma misma (que pudo ser similar
durante todo el perodo de tiempo analizado),
sino en las razones previas y posteriores a ella:
la libertad individual, la liberalidad sexual, las
transformaciones culturales de migrantes y hasta
la tecnologa que permite un mayor uso de me-
dios como el internet donde se puede difundir
con libertad violencia y pornografa. La norma
en s no puede entender este proceso, no puede
ajustarse a los cambios.
Por ltimo, la irracionalidad y el relativis-
mo en el Derecho busca demostrar que no existe
UNA RAZN en el Derecho, sino varias o mu-
chas. No hay Un Derecho sino DIVERSOS Dere-
chos. Al no haber una razn jurdica, o una idea
de Lo Justo u Orden Jurdico en forma exclusiva,
tampoco se puede sustentar la existencia de un
Derecho absoluto, omnipotente. Tenemos en rea-
lidad varios Derechos que cambian, se renuevan,
y a la vez son fuertes o dbiles dependiendo los
niveles de interrelacin con otros Derechos (de
otros grupos sociales). Por ejemplo, sustentar el
Derecho a la Recreacin como obligatorio a fa-
vor de los nios menores de 12 aos, resulta ex-
traa, una simple curiosidad o una norma de im-
posible cumplimiento para determinadas socie-
dades, mientras que en otras, particularmente en
aquellas en que la norma se formul, resulta una
norma legtima de seguro requerimiento para su
cumplimiento. En el primer grupo de sociedades
ANTONIO PEA JUMPA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
169
puede ocurrir como en efecto ocurre en las co-
munidades andinas por ejemplo- que el nio sea
entendido como fuerza de trabajo. Mientras que
en el segundo grupo de sociedades, el nio es
valorizados como inversin o artculo de lujo.
Qu explica que en determinadas sociedades o
grupos sociales los nios tengan que salir a cui-
dar o pastar los ovinos o cabras desde los 5 6
aos de edad, mientras que en otras sociedades
el nio permanezca en su hogar, en su escuela
o en el parque, divirtindose bajo el cuidado de
una profesora o una empleada?. El Derecho apa-
rece como irracional en tanto no existe un Dere-
cho a la recreacin del nio menor de 12 aos de
modo universal o general; y, de otro lado, es rela-
tivo en tanto cada grupo social llegar a entender
la recreacin de modo diferentes en su relacin
con los nios.
Estos tres postulados son los que ayuda-
ron o infuyeron en los alemanes al construir su
sistema jurdico. El cdigo civil alemn de 1900,
as, ms que un producto de la idea de los juris-
tas, fue producto del empirismo, la causalidad y
el relativismo del contexto alemn de su tiempo.
En el mismo sentido, dichos postulados se ofre-
cen como un interesante contenido para refexio-
nar o replantear, en su caso, la diversidad de De-
rechos que en pases como el Per no tenemos
an reconocidos.
Dichos postulados aparecen como puntos
de partida para el anlisis de las reglas, proce-
dimientos, valores y principios (el Derecho) que
identifca a una sociedad o grupo social deter-
minado.
4.- La estrategia de anlisis: estudio de los com-
portamientos sociales
Al lado de los postulados presentados, que
aparecen como fnes u orientaciones para el an-
lisis propuesto, se suma una particular estrategia
en el anlisis mismo. Esta estrategia consiste en
estudiar los comportamientos o actitudes de las
personas involucradas con el Derecho objeto de
estudio o quienes son parte de un conficto en
una sociedad determinada. Estudiar el Derecho
en los comportamientos de las personas supone
preguntarse cmo es que dichas personas o su
sociedad se apropian de lo que entienden por
Derecho (formas de entender, razonar, crear o
reformar sus normas, procedimientos, valores o
instituciones) y cmo es que actan frente a esta
representacin. Ello supone ingresar al estudio
del tema de los actos sociales y las relaciones so-
ciales, pues son estas las que subyacen en dichos
entendimientos y actuaciones.
Max Weber (1969), es uno de los tericos
clsicos que nos ha hecho llegar una sistemati-
zacin de los actos y las relaciones sociales. Si-
guiendo la sntesis que presenta Renato Treves
(1988) sobre la teora de los actos sociales de We-
ber, tenemos la siguiente defnicin:
Estrechamente unido a su concepcin de
sociologa se encuentra para Weber el con-
cepto de accin social que entiende como
un hacer que est referido a la actitud de
otros individuos y orientado en su curso en
base a esto. La accin social, aade, puede
estar determinada de distintos modos:...
- Afectivamente (por afecto o estados actua-
les del sentir)...
- Tradicionalmente (por un hbito adquiri-
do)....
- Racionalmente respecto al valor (por la
creencia en el valor incondicionado en s
de un determinado comportamiento en
cuanto tal, prescindiendo de sus conse-
cuencias), y....
- Racionalmente respecto al fn (por expec-
tativas de actitudes de objetos del mundo
externo o de otros hombres utilizando ta-
les expectativas como condiciones o como
medios para fnes queridos y considerados
racionalmente en calidad de consecuen-
cia). (Treves, 1988: punto 28.2)
Una accin social, siguiendo la defnicin
citada, es cualquier acto que realiza una persona
con el propsito de intercambiar o comprometer
la accin de otros. Un simple ejemplo lo puede
explicar: Cortar un rbol. Si es que corto el rbol
para construir una vivienda es un acto social en
los trminos de Weber. Si es que corto el rbol
por deporte a sabiendas que existen muchos
rboles en el bosque que impiden el crecimiento
de otros, no tiene el propsito de ser un acto so-
cial. En el primer caso, el corte del rbol va a po-
ner en interaccin o comprometer la actitud de
las personas que participarn en la construccin
de la casa o de la familia que pasar a ocupar
la vivienda; en el segundo caso, no hay terica-
mente ninguna interaccin o compromiso de la
actitud de otros.
Los tipos de accin que presenta Weber,
a su vez, requieren de una corta explicacin. El
acto social afectivo puede grafcarse con los actos
de llanto o risa en una persona ante una noticia
determinada. El acto social tradicional o habi-
tual puede ejemplifcarse con los actos de saludo
(el dar la mano, o levantar la mano) que habi-
tualmente reproducimos. El acto social racional
de acuerdo a valores puede consistir en el acto
que realizan determinadas personas en base a
UN ANLISIS SOCIO-ANTROPOLGICO DEL DERECHO PARA EL PER
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
170
creencias como el no fornicar que responde a
una regla religiosa que lleva a la persona a eludir
las relaciones sexuales pre-matrimoniales. Tam-
bin podemos grafcar el acto social de acuerdo
a valores con el acto de salvar una bandera arro-
jndose a un precipicio frente a la posibilidad
que dicha bandera sea destrozada por el enemi-
go. Por ltimo, un acto social de acuerdo a fnes
puede ejemplifcarse con los actos de una perso-
na orientados a montar un negocio determinado
con la expectativa de obtener ganancias o benef-
cios econmicos. Otro ejemplo especfco de este
ltimo tipo de accin puede ser la prctica de
actos de reciprocidad (ayni) donde cada una de
las partes tiene expectativas sobre un benefcio
especfco.
En forma complementaria podemos sea-
lar como un tipo de accin social el que corres-
ponde a la accin social comunicativa, desarro-
llada por Jurgen Habermas (1987). La accin
social comunicativa se refere a la interaccin
de a lo menos dos sujetos capaces de lenguaje
u de accin que (ya sea por medios verbales o
con medios extra verbales) entablan una relacin
interpersonal [en donde] los actores buscan en-
tenderse sobre una situacin de accin para po-
der as coordinar de comn acuerdo sus planes
de accin y con ello sus acciones. (1987: 124).
Como puede apreciarse, se trata de una accin
del consenso de las personas que se consigue a
travs de la comunicacin. Es la accin social que
permite el comn acuerdo entre las personas so-
bre los planes de accin de stas, pero tambin
sobre sus acciones que en general realizarn. Un
ejemplo de ello sera el dilogo de dos partes en
conficto sobre la tenencia de su menor hio. Es
a travs de la comunicacin interpersonal que
ambas partes pueden ponerse de acuerdo en la
tenencia del nio, sea a favor de una o a favor de
la otra o a favor de ambas a travs de una tenen-
cia rotativa. Lo importante de este tipo de accin
consiste en valorar la comunicacin o el lenguaje
como un importante instrumento que interviene
permanentemente en nuestras acciones cotidia-
nas.
Estos actos sociales, ya defnidos, pueden
interrelacionarse y conducirnos a lo que el mis-
mo Weber (1969) entiende por relacin social.
Siguiendo a Treves (1988: punto 28), podemos
entender que esta relacin social es entendida
por Weber como un comportamiento de varios
individuos que se establece recprocamente se-
gn su contenido de sentido y puede ser orien-
tado por parte de los participantes en base a la
representacin de la subsistencia de un ordena-
miento legtimo. En otras palabras, se tratan de
intercambios de actos o acciones sociales entre
individuos o la prctica de actos sociales rec-
procos desarrollados dentro de un ordenamien-
to legtimo Cul es el ordenamiento legitimo?.
Weber afrma que tal ordenamiento legtimo se
encuentra en el Derecho
8
. Siguiendo nuestro es-
bozo terico, podemos afrmar que tal Derecho
es el que identifca a cada sociedad o grupo so-
cial determinado.
Aplicando los conceptos de accin social y
relacin social a nuestra propuesta terica pode-
mos decir que cuando nos aproximamos al estu-
dio del Derecho en una determinada sociedad o
analizamos un conficto o problema en el mismo
Derecho de esa sociedad, lo que nos toca explicar
son los actos y las relaciones sociales que involu-
cra al conjunto de miembros del grupo social o
sociedad objeto de estudio (para encontrar el De-
recho en general) o nos toca explicar los actos y
las relaciones sociales que involucra a las partes
del conficto (en el supuesto que querramos ana-
lizar el conficto o problema especfco). Nos in-
teresar en cualquiera de los dos casos distinguir
entre una accin social de tipo afectiva, tradicio-
nal, de acuerdo a valores, de acuerdo a fnes o
comunicativa, y entender las relaciones que se
estn entretejiendo en el desarrollo del Derecho
o del conficto o problema bajo anlisis. Enten-
diendo tales actos y relaciones es que podramos
explicar el sentido u orientacin de tal Derecho
o conficto.
Por ejemplo, si nos interesa analizar un
caso de corrupcin que involucra a un grupo de
magistrados de la Corte Suprema, en un contexto
donde los rganos del Poder Judicial son centra-
lizados y burocrticos, el anlisis estratgico del
comportamiento y de la accin social consistir
en preguntarnos por los actos que identifcan a
cada uno de los magistrados cuando recibieron
un pago irregular de US$ 50,000 por emitir un
fallo absolutorio, o cuando dieron una orden de
comparescencia a favor de una persona implica-
da en un delito grave a pesar que evidentemente
se encontraban indicios que orientaba una or-
den de detencin. Si descartamos las acciones
sociales de tipo afectivo y tradicional, podra-
mos centrarnos en la accin social de acuerdo a
valores o de acuerdo a fnes y en la accin comu-
nicativa. Estos tres tipos de acciones pueden ex-
plicar en parte es difcil afrmar absolutamente-
la situacin: la accin social de acuerdo a valores
en cada uno de los magistrados comprometidos
puede estar resaltando una preferencia por de-
terminados valores (ambicin personal) que con-
tradicen aquellos que identifcan la institucin a
la que pertenecen y el Derecho al que estn obli-
ANTONIO PEA JUMPA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
171
gados defender; la accin social de acuerdo a f-
nes, de otro lado, puede ayudarnos a encontrar
las preferencias individuales y pragmticas (uti-
lidades al ver a la institucin como una empresa)
de cada uno de los magistrados frente a las ne-
cesidades que pueden estar identifcndoles por
sus limitados ingresos (justifcan cobros extras
ante la exagerada carga procesal); en el mismo
sentido, la accin social comunicativa puede
mostrarnos que, en la accin de los magistrados,
hay una seal o lenguaje (excesivo trabajo, for-
macin de los magistrados, remuneraciones ba-
jas, otros) que est esperando respuesta, que al
fundarse en la bsqueda de un consenso orien-
tar dicha respuesta a entender las limitaciones
de los magistrados o a entender la existencia de
redes ilcitas que se aprovechan de la excesiva
carga procesal para actuar.
El anlisis de las relaciones sociales, a su
vez, nos convoca a analizar los actos de cada uno
de los magistrados del ejemplo al lado de las
personas (abogados o propias partes litigantes) y
rganos institucionales que los han comprometi-
do. Evaluando o explicando la relacin entre am-
bos, los magistrados de un lado y las personas
litigantes o los rganos institucionales por otro,
se conseguir entretejer un nivel de responsabi-
lidad y un nivel de recuperacin de cada uno
de los magistrados, como tambin un nivel de
satisfaccin de las partes litigantes y los rganos
institucionales intervinientes.
En el anlisis del caso del grupo de ma-
gistrados el Derecho, entendido en su sentido
normativo no viene a ser sino un referente ins-
trumental para la explicacin de responsabilidad
y solucin del mismo. No se trata de buscar que
aplicar la norma sobre los hechos vigentes, sino
buscar entender la relacin causal de los hechos
sobre las normas que luego se identifcarn. En
grado mayor, se trata de aplicar los hechos so-
bre la norma, darle plasticidad a sta dentro del
propsito de entender y aproximar una mayor
resolucin al caso o conficto.
En el caso puede ser que el grupo de ma-
gistrados haya recibido el dinero dentro del con-
texto policaco de seguimiento de los mismos,
en el que se pudo inducir para que acepten el
soborno; como tambin pudo ocurrir que la car-
ga procesal hizo que del grupo de magistrados
no todos tengan la misma responsabilidad al dar
la orden de comparecencia dado que el magis-
trado ponente indujo a error a los otros magis-
trados. Estas acciones y relaciones conduciran a
nuevas variables a tener en cuenta al momento
de resolver el caso.
Bajo tales condiciones de la teora y de la
prctica es que puede entenderse la importancia
del estudio de los comportamientos dentro de un
anlisis socio-antropolgico del derecho. Weber
dira, como resebamos al inicio del presente
punto, que el estudio de tales comportamientos
es el que orienta una perspectiva sociolgica del
Derecho, y este consistira en estudiar la accin
de los hombres referidas a las normas y a las re-
presentaciones que de ellas se dan ellos mismos
9
(citado por Treves, 1988: punto 28). Es decir, al
lado de las acciones y relaciones sociales objeto
de estudio o anlisis de los casos o situaciones,
cabe incluir las orientaciones que sobre las nor-
mas se hacen los hombres en sus actos y la repre-
sentacin de las mismas normas que conllevan a
sus actos. La manera como nos aproximamos a
estas representaciones sera a travs del anlisis
de los tipos de accin y las relaciones sociales.
Sobre esto ltimo cabe indicar que hay
acciones sociales afectivas, tradicionales, de
acuerdo a valores o fnes, y comunicativas, as
como relaciones sociales que se encuentran vin-
culados directamente con las normas o el Dere-
cho en su sentido normativo. Volviendo al caso
del grupo de magistrados, cabra vincular el
conjunto de acciones y relaciones sociales que
identifc a cada uno de ellos con las acciones o
representaciones que tenan de las reglas infrin-
gidas de la Ley Orgnica del Poder Judicial, del
Cdigo Penal o del Cdigo de Procedimientos
Penales. Sin embargo esta orientacin de aplica-
cin especfca sobre el Derecho normativo, no
descarta acudir a los diferentes roles de acciones
o relaciones sociales que pueden estar vincula-
do desde un inicio con representaciones sociales,
econmicas y culturales, pues justamente ello
nos conduce a ir ms all de la perspectiva so-
ciolgica que describe Weber, para agregarle el
sentido socio-antropolgico.
5.- El teorema de referencia: el pluralismo ju-
rdico
El anlisis socio-antropolgico del dere-
cho, a su vez, tiene en cuenta un teorema bsico
que involucra los puntos anteriores. El teorema
consiste en afrmar la existencia en la sociedad
global de un pluralismo jurdico, al lado del plu-
ralismo social, econmico, cultural como norma
universal. En resumen, podramos sustentar el
siguiente razonamiento:
El mundo es plural en los hechos (en sus
relaciones sociales, econmicas, culturales
como jurdicas)
10
.
Esta pluralidad puede conducirnos a sus-
tentar la existencia de distintos espacios
UN ANLISIS SOCIO-ANTROPOLGICO DEL DERECHO PARA EL PER
sociales o sociedades determinadas en es-
pacios geogrfcos, en espacios virtuales,
en espacios temporales, etc.
Cada espacio social al compartir relaciones
sociales, econmicas, culturales, identifca
formas de convivencia (relaciones sociales
cohesionadas ).
Estas formas de convivencias comparten
una idea de orden legtimo o, en trmi-
nos ms genricos, comparten ideas de
LO JUSTO que delimitan tales relaciones
en cada uno de sus mbitos que conside-
ran relevantes.
Al compartir una idea de LO JUSTO estas
formas de convivencia tambin comparten
reglas, normas, procedimientos, institucio-
nes (cuerpos normativos) y formas parti-
culares como aplican, modifcan, ensean
tales reglas, normas, procedimientos e ins-
tituciones. Esto ltimo es lo que signifca
normalmente Derecho o Sistema Jurdico,
en trminos tcnicos.
Es ms, al interior de cada espacio social y
forma de convivencia hay prcticas que no
se institucionalizan o normativizan, que-
dando en la conciencia de la gente como
derecho consuetudinario (accin social
tradicional o habitual). Cada sociedad
tiene su derecho consuetudinario.
Es este el concepto de Pluralismo Jurdico
en su forma sustantiva o valorativa. Se trata
de la Justicia o el Derecho que en trminos de
contenidos o valores se entreteje e identifca en
cada espacio o forma social tornndose legtimo,
en trminos institucionales, a su interior.
Pero a su vez, hay otro plano en el que el
teorema del Pluralismo Jurdico se manifesta.
Este es el que corresponde a la situacin en que
cada espacio social y sus formas de convivencia
reaccionan frente a los confictos (internos o de
relacin con otros grupos sociales):
Al interior de cada espacio social y forma
de convivencia, as como hay una idea de
LO JUSTO que se torna Derecho o Sistema
Jurdico, hay otro lado de LO JUSTO que
reacciona frente al conficto.
Cada grupo social identifcado con esa for-
ma de convivencia en cada espacio social
entreteje propios mecanismos para enfren-
tar el conficto. As cada grupo fja o inter-
preta sus confictos, clasifcando los que
considera relevantes para atenderlos y de-
jando en un segundo nivel los que cree que
pueden resolverse bajo otros mecanismos.
En ambos casos el propio grupo identif-
ca rganos de resolucin, que pueden ser
desde las propias partes intervinientes del
conficto (autocomposicin del conficto)
hasta terceros mediadores o rbitros.
Al lado de los rganos de resolucin se
identifcan o construyen procedimientos
de resolucin que en unos casos puede ser
ms formal o ritual y en otros casos puede
ser ms sencillo, dinmico o pragmtico.
Como cierre del procedimiento de reso-
lucin cada grupo tambin construye sus
acuerdos o decisiones fnales con los que
resuelven sus confictos. Desde mutuos
acuerdos hasta una variedad de sanciones
se construyen dentro de este propsito.
Finalmente, con el fn de terminar y no
solo resolver el conficto cada grupo so-
cial (como forma de convivencia de cada
espacio social) identifca propias formas
de ejecucin: desde formas personales con
intervencin de la familia, hasta formas
despersonalizadas a travs de un tercero
desconocido (imparcial) como ocurre en
determinado juzgados.
Este segundo nivel del teorema es lo que
podramos denominar el plano de la materiali-
zacin de la Justicia o el Derecho de cada grupo
social identifcado como forma de conviviencia
en un espacio social. Es la forma como el grupo
reacciona frente al conficto con el fn de reinvin-
dicar su orden legtimo.
Consideramos que ambos planos del Plu-
ralismo Jurdico se dan en las diversas socieda-
des del mundo. Con variaciones en uno u otro
sentido, cada grupo social o sociedad comparte
una manera como se valora LO JUSTO sobre sus
actividades sociales, econmicas y culturales co-
tidianas, pero tambin como se reivindica LO
JUSTO frente al conficto
11
.
Al lado de esta conceptualizacin de LO
JUSTO en trminos plurales identifcado en cada
espacio social, cabe referir las distintas formas de
pluralismo jurdico que se ha dado en trminos
geogrfcos y espaciales. Se suele hablar de tres
tipos de pluralismo jurdico:
- Pluralismo jurdico clsico,
- Pluralismo Jurdico moderno o con-
temporneo.
- Pluralismo Jurdico Transnacional.
Las dos primeras modalidades se refe-
ren a la clasifcacin que hace Sally Engle Merry
(1988) a travs de los cuales distingue el plura-
lismo jurdico en espacios sociales diferentes. El
pluralismo jurdico clsico se refere a espacios
sociales coloniales o postcoloniales en los que un
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
172
ANTONIO PEA JUMPA
ordenamiento jurdico de tipo moderno u occi-
dental (colonizador) ejerce un dominio histrico
sobre el ordenamiento jurdico tradicional o nati-
vo (colonizado). El pluralismo jurdico moder-
no o contemporneo, en cambio, se reproduce
en espacios sociales industrializados o modernos
en los que el ordenamiento jurdico estatal se re-
laciona con otros ordenamientos jurdicos apa-
rentemente menores de tipo moderno como
las organizaciones sindicales, los grupos religio-
sos, las empresas o cooperativas, etc.
El tercer tipo de pluralismo jurdico co-
rresponde a la explicacin que hace Boaventu-
ra de Sousa Santos (1998) cuando se refere a la
globalizacin del derecho tratando de subra-
yar el signifcado de la Lex Marcatoria. Se trata del
desarrollo de un nuevo tipo de interrelacin jur-
dica que se manifesta en la sociedad a partir del
desarrollo de la economa de mercado, en el que
las empresas transnacionales se presentan como
los principales actores sociales del mundo. El
pluralismo jurdico a travs de dichas empresas
transnacionales se explica de la siguiente mane-
ra: se trata de ordenamientos jurdicos empre-
sariales que, a travs de la importancia de sus
inversiones, negocian o interactan con los Esta-
dos (derechos Estatal), con las organizaciones in-
ternacionales (derechos Internacional) y con las
propias organizaciones locales o del lugar cuyas
materias primas desean explotar (derechos con-
suetudinario o local)
12
.
El conjunto de esta conceptualizacin y ti-
pifcacin del pluralismo jurdico es el que orien-
ta su identifcacin como teorema central para un
anlisis socio-antropolgico del derecho. Hablar
de Pluralismo Jurdico es hablar de una manera
valorativa de identifcar LO JUSTO en un grupo
social, pero tambin la manera como este grupo
frente al conficto materializa su misma concep-
cin de LO JUSTO. En el mismo sentido hablar
de Pluralismo Jurdico es hablar de una variedad
de tipos que se confunden entre el lo tradicio-
nal, lo moderno y lo transnacional.
Por ejemplo, si es que quiero analizar un
tipo de conficto en un grupo social determina-
do, como el caso del ajusticiamiento de abigeos
en la comunidad El Rosario de Huancavelica
13
, o
en el pueblo Loma Negra de Piura
14
, cabra dis-
tinguir la conceptualizacin y tipifcacin antes
planteada. Cabra preguntarse por el Pluralismo
Jurdico en sus dos planos, valorativo y reivin-
dicatorio, con el fn de comprender inmediata-
mente los comportamientos sociales que hubo
identifcado al grupo Comunidad El Rosario y
el Pueblo Loma Negra. Pero tambin, resulta-
ra conveniente identifcar el tipo de pluralismo
jurdico que a su vez ayudara a comprender
el conjunto de ordenamientos jurdicos en con-
ficto. En el caso de El Rosario no habra duda
que se trata de un pluralismo jurdico clsico
o tradicional que confronta la concepcin de
LO JUSTO del ordenamiento jurdico de una co-
munidad campesina con el que corresponde al
Estado. En el caso de Loma Negra, en el supues-
to de tratarse de un pueblo urbano y rural a la
vez, es probable que los tipos se confundan en-
tre el clsico o tradicional y el moderno o
contemporneo; dependiendo de cada uno de
estos tipos de pluralismo jurdico las relaciones
del concepto de LO JUSTO del pueblo de Loma
Negra variar respecto al ordenamiento jurdico
del Estado.
En suma, recapitulando el conjunto de ele-
mentos de nuestro anlisis socio-antropolgico
del derecho podemos afrmar que el teorema del
Pluralismo Jurdico nos ayuda a contextualizar
el caso objeto de investigacin o el conficto ob-
jeto de resolucin. Una vez contextualizado po-
demos recurrir a analizar las conductas o com-
portamientos de quienes participan en el caso
o conficto. Esto nos garantiza un acercamiento
profundo haca los hechos o el nivel de LO EM-
PRICO o FCTICO. Solo despus de analizar y
encontrar estos hechos es que es posible conju-
garlo con el Derecho Normativo que pretende-
mos aplicar. Estas normas slo tienen sentido en
tanto orientan una explicacin o solucin que
respeta LO JUSTO del grupo vinculado al caso o
conficto de referencia.
6.- El uso de tcnicas metodolgicas de campo
Los hechos de un caso de investigacin o
un conficto objeto de resolucin solo pueden ser
aclarados o afrmados a partir de una recopila-
cin de informacin vinculada a los comporta-
mientos de los miembros del grupo social. Esta
recopilacin de informacin slo es posible a
travs de lo que se conocen como tcnicas o ins-
trumentos metodolgicos vinculados (directa o
indirectamente) a un trabajo de campo. El an-
lisis socio-antropolgico del derecho siempre
requiere de informacin vinculada a un trabajo
de campo.
Un investigador de las ciencias sociales o
del derecho, como un juez que juzgar un deter-
minado caso puesto a su despacho, requieren de
la informacin de campo para entender el tema
objeto de investigacin o el conficto objeto de
resolucin. Son las tcnicas o instrumentos de
campo o tcnicas empricas las que ofrecen el
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
173
UN ANLISIS SOCIO-ANTROPOLGICO DEL DERECHO PARA EL PER
mejor camino para entender la VERDAD que
se sustentar en el tema de investigacin o con-
ficto a resolver.
Para el anlisis socio-antropolgico pro-
puesto distinguimos entre tcnicas metodol-
gicas de tipo inductiva y de tipo deductiva. Las
tcnicas inductivas son las siguientes:
- Observacin in sito de los comportamien-
tos de los actores del grupo social. Esta
observacin puede ser participante (obser-
vacin compartiendo las actividades del
grupo social de estudio) y no participan-
te (observacin como tercero o visitante
neutral).
- Entrevistas, que pueden ser personales o a
travs de medios de comunicacin (cartas,
correo electrnico, otros).
- Revisin de documentos, in sito o a travs
de copias de los mismos.
- Reuniones grupales con autoridades o
personalidades del grupo social.
- Informes especfcos o preliminares reali-
zados sobre el tema o el conficto objeto de
atencin en el grupo social.
- Encuestas cortas, aplicadas sobre una
muestra pequea del grupo social vincu-
lado al tema o el conficto de atencin.
De otro lado, las tcnicas metodolgicas
deductivas seran las siguientes:
- Encuestas aplicadas sobre universos gran-
des o macros, tomadas con el apoyo de ter-
ceros y bajo una planifcacin especfca en
cuanto al cuestionario, las fechas de apli-
cacin, y el grupo sobre el que se aplicar.
- Informes etnogrfcos realizados por ter-
ceros sobre el grupo o grupos objeto de
investigacin.
- Estadsticas, de tipo gubernamental o ins-
titucional-privado, sobre los temas o con-
fictos vinculados al grupo social de inves-
tigacin.
- Literatura bibliogrfca sobre los temas o
confictos o el propio grupo social de in-
vestigacin.
Ambos tipos de instrumentos metodolgi-
cos se complementan; sin embargo, dependien-
do de los tipos de trabajos de pondr un mayor
nfasis en el uso de los mismos. Por ejemplo, si
el inters de una investigacin es recurrir a com-
prender los sistemas de resolucin de confictos
de un grupo de comunidades andinas quechuas
o aymaras, las tcnicas inductivas resultan prio-
ritarias. Para ello la observacin participante y
no participante, as como las entrevistas y la re-
visin de documentos in sito se presentan como
tcnicas indispensables. En el uso de la observa-
cin participante, por ejemplo, es como se consi-
gue la confanza de las personas del grupo para
acceder a la informacin buscada. No es posible
entender los confictos de una comunidad andi-
na si es que no estamos en el lugar compartiendo
con ellos algunas interrogantes como las siguien-
tes: cules son sus confictos, quines intervie-
nen en su resolucin, cmo resuelven, bajo qu
acuerdos o decisiones fnales, cmo terminan el
conficto, etc. Es ms, a partir de esta observa-
cin participante es que se consiguen condicio-
nes favorables para la aplicacin de entrevistas,
facilidades para que se presten y analicen los do-
cumentos de las comunidades de estudio y hasta
las propias reuniones grupales con sus autorida-
des o personalidades.
Otro tipo de investigacin, como el estudio
de la crisis del Poder Judicial o de los procesos de
Reforma del mismo Poder Judicial, puede estar
basado ms en tcnicas metodolgicas deduc-
tivas. Aqu se requerir conjugar las encuestas
bajo un amplio universo, las estadsticas guber-
namentales y de instituciones privadas, as como
los diversos informes y literatura bibliogrfca
desarrollados sobre el tema o los temas de inves-
tigacin. Tratndose del estudio de una institu-
cin nacional, como ocurre con el Poder Judicial,
se requerir elaborar el cuestionario apropiado
para recoger toda la informacin pensada y es-
tructurada en nuestro diseo de investigacin,
identifcar una muestra representativa de los jue-
ces u operadores del derecho a quienes se apli-
car la encuesta, as como fjar la oportunidad
en la que se materializara la misma encuesta. A
la encuesta aplicada se suma informacin esta-
dstica sobre los tipos de confictos (demandas o
denuncias), carga judicial, formas de resolucin,
duracin de los procesos, sentencias absolutorias
o condenatorias, reos en crcel, montos indemni-
zatorios, etc., la que se puede registrar en forma
mensual, anual o bajo otros perodos. En forma
complementaria, antes y despus de aplicada la
encuesta, la consulta de informes y bibliografa
sobre el tema completa una red de fuentes de
informacin que enriquecer el proyecto de in-
vestigacin.
La complementacin de ambas tcnicas
metodolgicas, en uno u otro caso, tambin pue-
de destacarse. A nuestro estudio sobre resolucin
de confictos en un grupo de comunidades an-
dinas, podemos sumar una encuesta sobre una
muestra regional o nacional, as como el anli-
sis estadsticos y de informes regionales sobre
el tema. En el mismo sentido, a nuestro estudio
sobre la crisis del Poder Judicial o los procesos
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
174
ANTONIO PEA JUMPA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
175
de Reforma aplicados al mismo, puede sumar-
se el uso de tcnicas de observacin participante
aplicados en un juzgado, secretara o corte de un
Distrito Judicial, dentro del propsito de enten-
der los lmites o necesidades de los operadores
del derecho, as como los lmites del sistema ju-
dicial propiamente.
De otro lado, cabe referir que las tcnicas
metodolgicas de campo tambin resultan de im-
portancia en el anlisis de confictos especfcos
asumidos por jueces o magistrados que actan
como terceros imparciales. Un caso de violencia
fsica que tiene como vctima a una mujer o a un
nio, requiere de informacin proporcionadas
por terceros, en los que se incluyen los aboga-
dos de las partes en disputa, pero tambin puede
enriquecerse de la informacin que en forma di-
recta y por propia iniciativa recopile el juez. En
determinados casos el juez puede recurrir a una
observacin in sito participante o no participan-
te- de las condiciones en las que se desenvuel-
ven los miembros de la familia en disputa, pero
tambin puede recurrir a encuestas de terceros
y si fuera posible a la elaboracin de una en-
cuesta propia-, como a los informes etnogrf-
cos o descriptivos realizados por terceros sobre
el tema o el grupo social al que pertenecen las
partes en conficto. El inters por una verdad
de los hechos, a partir de la iniciativa y del apoyo
institucional que recibir el juez, puede garanti-
zar el xito del anlisis socio-antropolgico del
derecho aplicado al conficto.
Al igual que el caso citado, puede sealar-
se como confictos en los que resulta indispensa-
ble el uso de la tcnicas metodolgicas de cam-
po del anlisis socio-antropolgico del derecho
aquellos en los que se ven involucrados partes
que pertenecen a una cultura diferente de la que
pertenece el juez juzgador, y aquellos confictos
en los que las partes pertenecen cada una a cul-
turas diferentes. En el primer supuesto tenemos
los confictos derivados de un matrimonio cuya
pareja pertenece a una comunidad amaznica
chayahuita, por ejemplo; en tanto en el segundo
supuesto tenemos los confictos derivados de un
matrimonio en el que uno de los esposos es cha-
yahuita, y el otro es mestizo identifcado con
la cultura occidental. En ambos casos, es im-
portante reiterar la importancia del juzgador por
identifcar la verdad DE LOS HECHOS (vali-
dez fctica), para lo que es indispensable el uso
de tcnicas inductivas o deductivas sealadas.
7.- A manera de conclusin: perspectivas de
campos de aplicacin
El anlisis socio-antropolgico del derecho
descrito en lneas anteriores, es aquel que se de-
sarrolla sobre la base de diversidad de corrientes
del Derecho y teniendo como referente el estudio
de contextos determinados o especfcos. Entre
sus elementos centrales hemos destacado que es
una corriente de opinin que tiene sus postula-
dos bsicos en el empirismo, la causalidad y el
relativismo heredados de la escuela Histrica del
Derecho del siglo XIX. Asimismo, se ha explica-
do que dicha forma de anlisis recurre al estu-
dio de los comportamientos sociales vinculados
al Derecho, a travs de la accin social y las re-
laciones sociales, como estrategia de estudio o
explicacin. En el mismo sentido, la propuesta
de anlisis socio-antropolgico del derecho tiene
como teorema el concepto de pluralismo jurdico
identifcado terica y fcticamente en un plano
valorativo y otro reivindicativo y tipifcado en
su sentido tradicional, moderno y transna-
cional. Por ltimo, hemos destacado de la misma
propuesta de anlisis, el uso de tcnicas meto-
dolgicas vinculadas al trabajo de campo, en los
que destaca como tcnica inductiva la observa-
cin participante y como tcnica deductiva la en-
cuesta aplicada en universos macros.
Dicha propuesta de anlisis se presenta,
unida en todas sus partes, como un instrumento
terico-metodolgico para comprender la reali-
dad y teora del Derecho en sociedades pluricul-
turales o socio-culturales plurales, identifcados
con diversos grupos culturales y con diversas
formas de discriminacin por razones de gnero
o clase social. El contexto de pases como el Per
ha sido identifcado como un ejemplo de estas
sociedades socio-culturales plurales, pero en el
mismo sentido la mayora de pases latinoameri-
canos, africanos, mediterrneos y orientales pue-
den compartir, con mucha o cierta semejanza, el
mismo ejemplo.
La aplicacin de la propuesta de anlisis
puede estar orientada, tal como se ha intentado
explicar, a dos frentes. De un lado, el campo de la
investigacin acadmica y de otro lado el campo
de la labor judicial o la resolucin de confictos
especfcos. En el primer campo es comn el de-
sarrollo de investigaciones sobre las institucio-
nes, las reglas o procedimientos de los diversos
grupos culturales que se integran en un territorio
determinado a un Estado. Estudios como el de
propiedad, costumbres, formas de resolucin de
confictos, sistemas penales y matrimonio vin-
culados a comunidades andinas o amaznicas,
son el referente de casos aplicados en el Per. En
cualquiera de ellos puede girar un inicial anli-
sis socio-antropolgico del Derecho, y de all ex-
UN ANLISIS SOCIO-ANTROPOLGICO DEL DERECHO PARA EL PER
tenderse a otros temas como el de organizacin
local o regional, relaciones de poder, formas de
participacin, interculturalidad, etc. Con ello, el
anlisis socio-antropolgico del derecho ayuda-
ra a entretejer formas de organizacin y partici-
pacin de los diversos grupos culturales, dentro
de un criterio emprico, causal y relativo de ad-
ministracin del poder poltico.
En el mismo sentido, el anlisis socio-an-
tropolgico del Derecho puede ingresar al campo
de los casos judiciales contribuyendo en la labor
del operador del derecho y en una mejor recepti-
vidad en la poblacin de esta labor. Casos como
el homicidio o ajusticiamientos, lesiones graves,
relaciones matrimoniales, violaciones, y otros,
que comprometen a personas de culturas dife-
rentes, pueden ser mejor racionalizados a partir
del estudio de los comportamientos sociales, la
aplicacin de la teora del pluralismo jurdico y
la metodologa de campo. La preferencia por una
VALIDEZ FCTICA sobre la VALIDEZ IDEAL se
presenta como un reto de anlisis y razonamien-
to en el operador del derecho. Un aspecto que
contribuye a este razonamiento es el hecho que
los sistemas judiciales cada vez ms van aceptan-
do el uso de instrumentos interdisciplinarios, lo
que, a su vez, favorece el uso del anlisis socio-
antropolgico del derecho propuesto.
Al margen de los temas planteados para
los campos de investigacin jurdica y labor ju-
dicial, cabe referir que el anlisis socio-antropo-
lgico del derecho puede ingresar a cada uno de
las reas, instituciones o conceptos del Derecho
entendido en su sentido tradicional o clsico: el
Derecho Constitucional, el Derecho Civil y el De-
recho Penal, por ejemplo. En el rea del Derecho
Constitucional un anlisis socio-antropolgico
puede iniciar la discusin de lo que podramos
entender como conciencia jurdica popular en
un territorio socio-cultural plural como el perua-
no para luego elaborar o plasmar una, o ms de
una, Constitucin Poltica adecuada al mismo.
Si es que repasamos el texto Qu es el
Tercer Estado? de Manuel Jos Conde de Sieyes
(1973) y lo relacionamos con lo que se conoci
como el primer Estado vinculado con el Clero,
y el segundo Estado vinculado con la Noble-
za o Monarqua francesa del siglo XVI XVIII,
podramos decir que en pases como el nuestro
an vivimos en este contexto. Dos tercios de la
ciudadana en la sierra, selva y costa del pas no
han participado y no participan de las decisio-
nes que se dan en la capital Lima a travs de sus
instituciones centrales del Estado. Si bien no hay
un Estado del Clero, s hay un Estado de un
oligarqua empresarial nacional o transnacional
que ha recurrido a un respaldo de las fuerzas ar-
madas para su consolidacin, y si bien no hay un
estamento monrquico de segundo nivel, hay un
grupo de profesionales y burcratas (tecncratas)
que actan en el Estado como si as lo fueran.
Un anlisis socio-antropolgico del dere-
cho orientara, en el campo de la investigacin
como en el anlisis de casos judiciales, el reco-
nocimiento de ese Tercer Estado, que signifca
reconocer el poder de decisin y constante par-
ticipacin de las diferentes sociedades, organiza-
ciones o grupos sociales del pas ms all de las
organizaciones o instituciones del Estado Central
que opera desde Lima. Una constitucin para el
Per partira reconociendo un pas plurisocial y
pluricultural en la ley y en la operacin de sta
(ambos aspectos muy ligados), as como en la es-
tructura, en las instituciones, en los organismos
constitucionales y no constitucionales. Un an-
lisis socio-antropolgico del derecho no resu-
mira tal pluralidad a una simple proclamacin
general de considerar a todos iguales y con los
mismos derechos encubriendo las diferencias y
desigualdades reales de quienes no pueden al-
canzar tal igualdad formal.
El rea del Derecho Civil tambin se pue-
de considerar un espacio de aplicacin del an-
lisis socio-antropolgico del derecho. Bajo este
anlisis cabra sustentar en forma ms amplia a
la aprendida regularmente en las Facultades de
Derecho- qu es familia, qu es propiedad, qu
es obligacin, qu es contrato.
En contextos como el peruano no es lo
mismo la persona andina, el adulto y nio an-
dino, de la persona, adulta o nio, amaznica;
como tampoco las personas de estos espacios
geogrfcos culturales se asemejan al adulto o
nio costeo de las grandes ciudades. En el mis-
mo sentido, hay otra concepcin de familia, de
relacin familiar o parental. En algunas socie-
dades, como hemos indicado, el nio es concep-
tualizado como fuerza de trabajo, que acompaa
a los padres desde temprana edad; en otras so-
ciedades, el nio aparece como un artculo de
lujo que recibe todo el apoyo para su educacin
y recreacin. La defnicin de familia en algunas
sociedades se restringe a los padres y los hios,
en otras se extiende a los tos, abuelos, padrinos
y otros familiares ms.
De otro lado, sabemos del Cdigo Civil
ofcial que la propiedad se distingue de la pose-
sin, siendo sta un atributo de la primera. Pero
en otras sociedades de nuestro mismo pas po-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
176
ANTONIO PEA JUMPA
demos afrmar que no se suele distinguir entre
posesin y propiedad. Los pobladores de estas
sociedades suelen decir lo mo es mo y basta.
Grandes sectores urbano marginales y rurales se
mueven bajo este criterio. En el mismo sentido
se entretejen distintos tipos de obligaciones que
van ms all de la prestacin recproca imperso-
nal que solemos entender del Cdigo Civil of-
cial. En algunas sociedades las obligaciones es-
tn fundadas en un poder sobrenatural que lleva
a pensar que las cosas deben volver a su lugar
de origen para evitar castigos de la naturaleza.
Asimismo, las obligaciones estn fundadas en
una relacin personal y familiar que vuelve prio-
ritaria la propia organizacin del grupo: el Ayni
o la Minka son dos ejemplos. Por ltimo pode-
mos hablar de tipos de contratos cuyos conteni-
dos no son entendidos por igual en todo tipo de
sociedades. Sobre el contrato de compra-venta
existe con prioridad el contrato de trueque o
intercambio simple, o frente a los contratos de
locacin existen los contratos al partir. Estos
ejemplos de contratos pueden conducirnos a
afrmar que no es prioritario la calidad indi-
vidual de las personas y el inters de lucro de
las mismas como reconoce el Cdigo Civil, sino
que pueden estar fundados en un inters de so-
lidaridad que escapa o accesoriamente es reco-
nocido en el mismo Cdigo.
En el mismo sentido podemos refexionar
el Derecho Penal desde una perspectiva socio-
antropolgica. Si bien en esta rea es la crimi-
nologa crtica la que ha contribuido desde un
punto de vista social a un anlisis profundo,
siempre quedan aspectos por comentar. Uno
de estos aspectos de discusin est relacionado
a la difcultad de defnir DELITO en una socie-
dad pluricultural. Es lo mismo el Delito en una
sociedad quechua, ashninka, shipiba y aymara,
como lo es en la sociedad urbana?. Es el bien
jurdico protegido el mismo en cada una de estas
sociedades?. Puede hablarse de delitos contra
la libertad sexual, o contra la vida, o contra el
patrimonio, bajo una misma concepcin, en las
diferentes realidades que identifca pases como
el Per?.
Una situacin particular puede apreciar-
se en los casos de ajusticiamientos de abigeos
o ladrones que se suscitan en las comunidades
andinas y amaznicas y en los pueblos jvenes.
El tema no es fcil, pero cabe que se refexione.
Qu es lo que produce que las poblaciones re-
accionen en dicho sentido?. Es solo la ausencia
de autoridades, del Estado, o es que tambin se
trata de actos o comportamientos culturales? Es
posible o una necesidad que la efectividad de los
pobladores de estas comunidades o asentamien-
tos humanos que ciertamente no coinciden con
el concepto de Bien Jurdico Protegido desde el
Cdigo Penal continen?. Frente a estas interro-
gantes la propuesta de anlisis socio-antropol-
gico del derecho seguro puede contribuir a mu-
chas respuestas.
Seguro que hay muchos temas ms por
analizar, pero lo dicho hasta aqu puede grafcar
lo complejo y urgente que signifca asumir un
anlisis socio-antropolgico para pases socio-
culturales plurales como el Per.
8.- Bibliografa
Habermas, Jurgen (1987): Teora de la accin co-
municativa, Madrid: Taurus, 2 vol.
Hernndez Gil, Antonio (1945, 1971): Metodolo-
ga del Derecho, Madrid: Ed. Revista de Derecho
Privado.
Kup, Ren (2000): Pluralismo jurdico en el
Neoliberalismo? Unas refexiones crticas sobre
el proyecto Camisea de la Amazona Peruana,
Arica: Documentos de Congreso Derecho Con-
suetudinario y Pluralismo Legal: desafos en el tercer
milenio
Merry, Sally Engle (1988): Legal Pluralism, en
Law and Society Review, volumen 22, nmero 5.
Pea Jumpa, Antonio (1998): Justicia Comunal en
los Andes, el caso de Calahuyo, Lima: Fondo edito-
rial de la PUCP.
Pea Jumpa, Antonio (2000): Castigos de la
naturaleza como actos jurdicos y ecolgicos,
refexiones a partir de los aymaras del Sur Andi-
no, en: Revista Iberoamericana de Autogestin
y Accin Comunal, 36-37, p.215-231.
Santos, Boaventura de Sousa (1998): La globaliza-
cin del Derecho, los nuevos caminos de la regulacin
y la emancipacin, Bogot: Universidad Nacional
de Colombia e ILSA.
Sieyes, Manuel Jos conde de (1973): Qu es el
Tercer Estado?, Madrid: Aguilar, 1973.
Szablowski, David (2001): Interaccin de la nor-
matividad local, nacional y transnacional. Rela-
ciones entre una empresa minera y poblaciones
rurales de la sierra, Lima: Seminario Antropolo-
ga y Derecho, rutas de encuentro y refexin.
Treves, Renato (1988): Sociologa del derecho,
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
177
UN ANLISIS SOCIO-ANTROPOLGICO DEL DERECHO PARA EL PER
NOTAS:
1
El presente ensayo ha sido elaborado teniendo como antecedente su sustentacin en dos conferencias: la Conferencia sobre Teora General del Derecho organizado por
la Revista Derecho y Sociedad y el Colegio de Abogados de Lima, del 3.11.2000, as como en la I Conferencia de la Red Latinoamericana de Antropologa Jurdica,
seccin Per, titulada Antropologa y Derecho: rutas de encuentro y refexin, del 7,8 y 9.02.2001.
2
Para fnes del ensayo, contextualizamos el Per como un pas plurisocial y pluricultural, en el que se identifcan cuando menos 49 grupos tnicos diferentes (Per,
Censo Nacional 1993), y donde el 60% de su poblacin (de una total de 24 millones aproximados) vive con menos de dos dlares diarios (Informe del Banco Mundial,
1999, 2000).
3
Ver al respecto el artculo titulado Los castigos de la Naturaleza como actos jurdicos y ecolgicos (Pea, 2000).
4
Arequipa, Piura y Puno son 3 de los 24 Departamentos polticos del Per.
5
Catacaos, Caman y Huancan son provincias que forman parte, respectivamente, de los Departamentos de Piura, Arequipa y Puno.
6
Vegetales acuticos que crece a orillas de los lagos del altiplano.
7
Los exegetas franceses llegaron a afrmar en trminos literales lo siguiente: ...Todo est en el Code. Ms all o ms ac, antes o despus, nada hay. El jurista tiene
que acercarse a l con esta conviccin, que ha de ser regla de su conducta. Solo le queda discurrir, deducir, ceido a la letra y a la lgica. La capacidad de previsin
del legislador es absoluta...... (Hernndez Gil, al referirse a la Escuela Francesa de la Exgesis, 1945: 55).
8
La defnicin de Derecho en Weber no deja de ser interesante y suscitar una mayor refexin. As, siguiendo a Treves que presenta una interesante sintsis de Weber,
el Derecho es defnido por este ltimo como el ordenamiento legtimo cuya validez est garantizada desde el exterior mediante la posibilidad de una coercin fsica
o psquica por parte de la accin, dirigida a obtener la observancia o a castigar la infraccin , de un aparato de hombres expresamente dispuestos a tal fn (Treves,
1988: punto 28.2).
9
Weber (1969) dira que este tipo de anlisis es diferente al que corresponde al Derecho Puro (el de la escuela dogmtica del Derecho, por ejemplo). En ste, dira
Weber, el anlisis se queda en la norma y su interpretacin lgica-sistemtica y, en todo caso, analgica, lo que identifca una validez ideal (1969: 251). En el anlisis
de los actos y representaciones sociales de las normas, Weber afrmara que lo que hay es una atencin de los hechos concretos, del devenir real de las personas o las
representaciones que se hace sta, al que denomina validez emprica (Loc. cit).
10
La UNESCO, a travs de un interesante informe interdisciplinario, identifca cuando menos 10,000 sociedades distribuidas en aproximadamente 200 Estados (1997:
11).
11
Un desarrollo minucioso de estos dos aspectos de Lo Justo en relacin al concepto de Justicia y de Pluralismo Jurdico puede consultarse en Pea (1998), particular-
mente en el primer y ltimo captulo.
12
Ejemplos de este tipo de pluralismo jurdico es posible apreciar en distintas partes del mundo, particularmente en los pases denominados en vas de desarrollo.
En el caso del Per se puede apreciar en la explotacin de los minerales de los Andes (ver a Szablowski, 2001) o en la explotacin del petrleo de la amazona (ver a
Ren Kup, 2000).
13
Ver La Repblica, Informe del 20 de noviembre de 1994: Campesinos se hacen Justicia redactado por Francisco Matos. pp. 24-25.
14
Ver El Comercio, de fecha 30 de mayo de 1999: En busca de verdadera justicia, informe redactado por Johnny Obregn Rossi, pp. a17. En la sumilla del informe se
lee: Todo un pueblo cegado por la ira y la sed de venganza asesin a un ladrn de ganado. Ahora la misma justicia que exigan a voz en cuello y a los cuatro vientos
los ha puesto en el banquillo de los acusados.
Barcelona: Ariel.
UNESCO (1997): Nuestra Diversidad Creativa, In-
forme de la Comisin Mundial de Cultura y desarro-
llo, Madrid: Edicin Unesco.
Weber, Max (1969): Economa y sociedad, esbozo de
la sociologa comprensiva, Mxico: Fondo de Cul-
tura Econmica.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
178
ANTONIO PEA JUMPA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
179
Per: Post 11 de setiembre
De qu modo nos afecta la nueva agenda antiterrorista
norteamericana?
Vilma C. Balmaceda Vargas
Profesora de Derechos Humanos de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
Treinta mil muertos y ms de seis mil des-
aparecidos. Estas cifras son el resultado de la
sanguinaria ideologa de los grupos armados
y la inadecuada poltica antisubversiva que se
aplic en nuestro pas en las dcadas ochenta y
noventa. Si bien el terrorismo en el Per nunca
logr el desequilibrio estratgico del aparato es-
tatal, s puso en evidencia las incapacidades e
inoperancias de nuestro sistema para mantener
la seguridad de los ciudadanos y sancionar a los
responsables. Detrs de cada uno de estos nme-
ros no slo se ha ocultado el dolor y la miseria
de aquellos a quienes golpeara directamente esta
forma de violencia extrema, estas cifras tambin
signifcan la deuda pendiente que tiene nuestra
sociedad de sincerarse con su pasado, de enfren-
tar las causas estructurales que permitieron tal
barbarie, y de esforzarse por restituir y reparar,
en la medida de lo posible, los derechos de las
vctimas y sus familiares, proceso que constituye
requisito indispensable para intentar alcanzar en
algn momento futuro la reconciliacin nacio-
nal.
Mientras con gran difcultad, la sociedad
peruana, de manera dispareja y en ciertos aspec-
tos, inconsistente, est tratando de llevar ade-
lante un proceso de bsqueda de la verdad y de
lucha contra la impunidad, cul es el contexto
internacional en que enfrenta estos desafos?
Los atroces acontecimientos del 11 de se-
tiembre del 2001 han producido un cambio sus-
tantivo en la poltica de Washington. Si bien este
cambio, como varios analistas ya han destacado,
no signifca necesariamente que los problemas
hayan cambiado, lo que s ha cambiado es la
ptica con que el gobierno norteamericano ve al
resto del mundo. Sin duda, las consecuencias de
este cambio son transcendentales.
No obstante el decidido apoyo que los pa-
ses latinoamericanos mostraron al gobierno de
Estados Unidos tras los ataques a las Torres Ge-
melas y al Pentgono, la principal constatacin
que se puede hacer como producto de este cam-
bio de ptica es que hay una enorme distraccin
del gobierno norteamericano en lo que respecta
a sus relaciones con sus aliados latinoameri-
canos. Ya que el escenario de la guerra est, al
menos por ahora, en otra parte del mundo, es
previsible que Estados Unidos destine an me-
nos recursos y atencin a nuestra regin.
La nica excepcin de esto es por supuesto
Colombia. Y al involucrarse en Colombia, como
se apreci en la reciente visita de Richard Haas,
Director de Poltica y Planeamiento del Depar-
tamento de Estado a Brasilia, la poltica norte-
americana ha comenzado ya a presionar por
conseguir el apoyo de los pases vecinos en un
enfrentamiento militar contra los terroristas y
los narcotrafcantes, entre quienes ya no hace
la ms mnima distincin. Al respecto, es p-
blico que Ecuador ha creado ya dos divisiones
para hacer frente a las FARC en el norte de su
territorio. Sin duda, nosotros necesitamos forta-
lecer los puestos militares en nuestra larga fron-
tera con Colombia, a fn de evitar la infltracin,
que segn algunos advierten, estara en proceso.
Pero una cosa es reforzar la proteccin de nues-
tras fronteras y otra substancialmente distinta es
integrar la fuerza multinacional pretendida por
Estados Unidos, respecto de la cual, afortunada-
mente, se ha pronunciado el Ministro Loret de
Mola indicando la negativa del gobierno perua-
no a participar en un eventual proyecto de esta
naturaleza.
El nuevo esquema que pareciera estarse
consolidando en la administracin Bush, trae
como consecuencia lgica que ahora, con el ob-
jeto de obtener la atencin del poder hegemni-
co, los gobernantes latinoamericanos se esfuer-
cen por presentar sus prioridades y necesidades
crecientemente en funcin de la guerra contra el
terrorismo.
Por supuesto, una buena noticia para el
Per sera que este cambio en el contexto de
sus relaciones con los Estados Unidos impulsa-
ra a nuestro gobierno a por fn enfrentar deci-
didamente las races de marginacin y falta de
equidad que, combinadas con medidas de in-
teligencia y seguridad interna en un Estado de
Derecho, permitan combatir de manera integral
los rezagos del terrorismo. Lamentablemente,
basta la simple observacin de la forma en que
Bush est llevando adelante su guerra contra
el terrorismo para darnos cuenta que no exis-
te intencin de encarar las races del problema
y por ello, tampoco habr incentivos reales para
que nosotros lo hagamos. Los bombardeos en
Afganistn, las violaciones a libertades civiles de
cientos de detenidos despus del 11 de setiembre
y las nuevas alianzas con gobernantes de som-
bros rcords en materia democrtica y de dere-
chos humanos, son evidencia de cmo el actual
gobierno norteamericano concibe su nueva mi-
sin en el mundo.
Esta poderosa infuencia sobre un rgimen
poltico tan frgil como el peruano, hace patente
el riesgo de que los temas pendientes relaciona-
dos con la subversin, el narcotrfco y la pacif-
cacin nacional vuelvan a ser vistos desde una
perspectiva predominantemente militar. En con-
secuencia, el dogmatismo y maniquesmo que
marcan hoy la direccin de la poltica norteame-
ricana tienen el potencial de afectar las relaciones
civiles-militares un tema de por s ya bastante
complicado en el Per inclinando la balanza
hacia una mayor infuencia militar en el gobier-
no de Toledo. Esto sin duda, sera terriblemente
negativo para nuestra incipiente democracia y
para la agenda pendiente en materia de reforma
de la legislacin antiterrorista, la vigencia de los
derechos humanos y el intento de lograr una re-
conciliacin nacional, temas que podran correr
el riesgo de ser nuevamente reducidos al mbito
del discurso de una minora sediciosa.
Esperar una poltica ms sofsticada de
Washington que responda a los verdaderos in-
tereses econmicos, sociales y polticos del Per
parece ser una ilusin lejana. Es claro que no ha-
br mayores incentivos desde Washington para
proseguir con el proceso de consolidacin de
un gobierno civil, democrtico y que promueve
la vigencia de los derechos humanos. De all la
trascendencia de que este proceso sea impulsa-
do por la actitud vigilante y constructiva de los
distintos sectores de la sociedad civil. Valga la
advertencia.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
180
VILMA C. BALMACEDA VARGAS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
181
Clausura del VII Congreso Iberoamericano de Derecho
Constitucional
(Mxico, 15 de febrero de 2002)
Palabras del Doctor Germn J. Bidart Campos
Autoridades y amigos todos:
Voy a empezar con un recuerdo bblico.
El Evangelio nos cuenta que cuando Jess su-
bi al monte Tabor se transfgur delante de sus
discpulos Pedro, Santiago y Juan, apareciendo
tambin Moiss y Elas. Pedro le dio entonces:
Qu bueno es estar aqu; hagamos tres carpas,
una para ti, otra para Moiss y otra para Elas. Y
se olvid de l y de sus compaeros. Y yo quera
empezar diciendo lo mismo: Qu bueno es estar
aqu!
Desde el corazn debo confesarles que
personalmente me siento muy bien cada vez que
vengo a Mxico, donde tuve la suerte, gracias a
Dios y a los amigos, de llegar por primera vez
para el Primer Congreso Iberoamericano de De-
recho Constitucional en 1975.
Yendo a este VII Congreso que hoy con-
cluye, hay un hilo conductor en las distintas me-
sas temticas que han sido objeto de desarrollo
en estos tres intensos das. Como hoy nos recor-
daba Nstor Pedro Sags en el homenaje a don
Pablo Lucas Verd, son muchos los aportes que
nos ha dejado. Cada cual elige a su gusto el que
ms hondamente le ha calado. Yo opto por la
distincin entre el estado-aparato y el estado-
comunidad, o en otros trminos: el Estado en el
mbito de la organizacin del poder, y el Estado
en el mbito de las personas que componemos la
sociedad y que convivimos en un espacio territo-
rial bajo un orden jurdico determinado.
Entonces, me hara esta pregunta: cules
temas entre los ocho que nos convocaron, perte-
necen al estado-aparato y cules al estado-co-
munidad? Y llegu a la conclusin de que todos
los temas tienen un pie puesto en cada uno de
estos dos mbitos, aun los que pudiera parecer
que no pertenecieran al estado-comunidad,
como por ejemplo, el tema 5 sobre sistemas
representativos y democracia semidirecta, o el
tema 4: relaciones entre gobierno y congreso.
En estos dos temas rescato tambin la presencia
de la sociedad, y no solamente la del poder, por-
que siempre imaginamos una sociedad abierta y
un poder abierto, y ah vamos a encontrar dere-
chos y pretensiones, y vamos a querer que haya
una mediacin entre el poder y la sociedad con
mltiples protagonistas que tengan sufciente
activismo, para que desde la sociedad le llegue
al poder todo lo que aquellos protagonistas de-
mandan. A su vez, desde el poder hacia la socie-
dad esperamos que se nos aporte la posibilidad
de respuestas favorables a esas demandas.
En otros temas, como el tema 2: la educa-
cin, la ciencia y la cultura, hay por supuesto-
un estricto nexo con los derechos personales en
todo cuanto nos debe proveer el Estado.
No hace demasiado tiempo, a raz de la re-
forma de la Constitucin argentina en 1994, ven-
go creyendo que hay bienes jurdicos colectivos,
bienes jurdicos que se comparten con toda la
sociedad, o con un grupo. Y tanto la educacin
como la cultura y la comunicacin social son
bienes jurdicos colectivos, que requieren cuida-
do desde el poder, a ms de prestaciones positi-
vas. O sea, hay ensamble entre algo que atae
al estado-comunidad (educacin, cultura, co-
municacin social) y que al estado-aparato le
demanda polticas sociales activas y propicias.
Los derechos, en suma, son de las perso-
nas y se originan en el estado-comunidad, pero
implican pretensiones frente al poder, porque el
estado-aparato debe cumplir obligaciones (tan-
to de omisin para no daarlos, cuanto de dar y
de hacer promoverlos y satisfacerlos). Retomo,
entonces, algo que oigo con mucha insistencia y
que acojo con mucho beneplcito; es la adhesin
al Estado social y democrtico de derecho para
tomar el nombre que le asigna la Constitucin
espaola- y al constitucionalismo social, del cual
los americanos debemos estar orgullosos cuan-
do ponemos los pies en Mxico, porque ac en
1917, con la constitucin de Quertaro, irrumpi
dos aos antes de la Constitucin de Weimar.
Entonces, yo digo con todo respeto para
quien pueda no compartirlo: NO al neoliberalis-
mo capitalista salvaje! Ese que ha sido condenado
por el Papa Juan Pablo II en la encclica Centesi-
mus Annus, porque si el Estado liberal provey
respuestas favorables en el momento histrico en
que tuvo inicio y desde el que se divulg (y en
buena hora como reaccin contra el absolutismo
monrquico), todas las cosas tienen su tiempo y
tienen su circunstancia. Y hoy el neoliberalismo
no da respuesta a las pretensiones de una socie-
dad que tiene muchas exclusiones, muchas in-
sufciencias y muchas marginalidades, como lo
acaba de destacar el doctor Jorge Carpizo.
Yo creo que entre los derechos nuevos y los
contenidos nuevos de derechos viejos, el consti-
tucionalismo social encuentra el anverso y el re-
verso de un derecho: el derecho a la identidad y
el derecho a la diferencia. Y esto es muy impor-
tante para valorar lo que al da de hoy signifca
la igualdad constitucional, para decir no a las
uniformidades y a los apelmazamientos. Cmo
no vamos a defender el derecho a la identidad y
el derecho a la diferencia en nuestras sociedades,
donde tenemos el ancestro de las comunidades
indgenas, que invisten el derecho a su identi-
dad y a su diferencia en el trato y en las polticas
sociales y econmicas. Por mi raza hablar el
espritu. Yo con mucho respeto agregara: Por
mi espritu hablar mi raza. Qu raza? Cul
es mi raza? Para contestar cito otra vez al maes-
tro Pablo Lucas Verd, quien nos ense a ha-
blar de Indoiberoamrica. Nuestros ancestros,
los que nos viene de las comunidades y culturas
indgenas, lo que nos viene de la hispanidad, lo
que nos viene de la confuencia entre indigenis-
mo e hispanidad indoiberoamericana, sa es la
raza. Por mi raza hablar el espritu, y por mi
espritu hablar la raza. Debemos escuchar al
espritu que habla por mi raza, y a la raza que
habla por mi espritu. Seguramente, el espritu
y la raza nos van a decir que queremos demo-
cracia, participacin, solidaridad, paz, derechos,
pluralismo. Que queremos hacer efectivos los
valores que son propios del techo ideolgico de
nuestra constitucin, de su sistema axiolgico,
del Estado social y democrtico de derecho.
Ojal que en nuestro prximo Congreso
Iberoamericano podamos registrar avances. Es
un deseo compartido por cuantos estamos hoy
aqu, tomados de la mano y del corazn en nues-
tra confraternidad indoiberoamericana.
Gracias a todos, con mi sincero cario!
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
182
GERMN J. BIDART CAMPOS
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
183
Umberto Eco y la controversia franciscana sobre la
propiedad
Fernando de Trazegnies Granda
Profesor de la Facultad de Derecho de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
La novela no es no puede ser, no debe
ser- un simple pasatiempo para distraer de sus
penas a un lector infeliz y frustrado en su vida
diaria, ayudndolo a soar con lo que no es o
con lo que no tiene. La fccin literaria es debe
ser- una perspectiva diferente de conocimiento
de la realidad, que nos entrega algo ms sobre
el mundo en que vivimos que ninguna otra dis-
ciplina puede darnos, que nos aporta algo nuevo
que nos enriquece. En este sentido, aquello que
nos ofrece la novela slo puede ser transmitido
a travs del gnero novelstico. De la misma for-
ma como una poesa nos comunica algo que no
puede ser explicado en prosa porque se pierde,
as tambin la novela nos presenta aspectos de la
realidad que no pueden ser entregados al lector
en un estudio de sociologa, psicologa o historia.
Y, ciertamente, esto no signifca que la novela sea
un mejor o peor acceso a la realidad que otras
disciplinas, sino simplemente que es un acceso
distinto, el cual nos aporta una dimensin dife-
rente.
En este sentido, la fccin histrica
no es una expresin contradictoria: la autntica
novela histrica es decir, aquella que es verda-
dera novela pero que, al mismo tiempo, ha sido
escrita por alguien con conocimiento histrico
profundo- nos hace conocer la poca a la que
se refere la trama en una forma inigualable por
ningn trabajo cientfco (que indudablemen-
te debe estar en la base de tal novela). Ese tipo
de relato de fccin nos cuenta una profunda
verdad por medio de mentiras, constituye una
verdad fcta
1
: podemos apreciar esa poca no
en forma muerta, como quien disecciona un ca-
dver, sino viviendo su propia racionalidad, sus
propios sentimientos, sus costumbres; la novela
nos permite acercamos a la historia como si fuera
parte del presente, nos acercamos a la vida que
est detrs de la historia.
Umberto Eco es un extraordinario cultor
de esta novela histrica que resucita el pasado,
que nos muestra no tanto los hechos sino lo que
est entre los hechos, la atmsfera en la que se
desarrollan los episodios de la historia. Entre sus
obras de fccin, hay dos que son particularmen-
te cautivantes y nos hacen participar de alguna
manera de la vida en la Edad Media: El nombre
de la rosa y Baudolino, la primera situada en
la Italia del S. XIV y la segunda en el ambien-
te que rodea al Emperador Federico Barbarroja
hasta la paradjica destruccin de la Constan-
tinopla cristiana por los Cruzados cristianos en
nombre de Cristo.
Desde el punto de vista del historiador del
Derecho, El nombre de la rosa tiene un parti-
cular atractivo porque sucede dentro del marco
de la controversia que opone a los franciscanos
contra el Papa por diferencias jurdicas en torno
de la institucin de la propiedad.
Cuando San Francisco funda su Orden, en
el ao 1209, propone a sus compaeros la prc-
tica de una pobreza radical, adoptando como re-
gla de vida nicamente el Evangelio. As puede
apreciarse en la Primera Regla, en la que las citas
evanglicas son frecuentes, que instituye: el per-
fecto deba vender todo lo que tiene y dar su im-
porte a los pobres
2
; hay que despojarse de todo,
al punto de dejar de lado bolsa, alforja, pan y
hasta bastn
3
; si alguien nos roba, hay que dejar-
lo hacer y no reclamar nunca lo robado
4
. Ningn
fraile puede recibir pecunia ni dinero alguno,
porque hay que darle tan poca importancia al di-
nero como a las piedras; y cuidado que el diablo
puede querer cegar a los hermanos y hacerle in-
teresarse ms por el dinero que por las piedras:
Guardmonos, pues, los que dejamos todas las cosas,
no sea que por tan poco perdamos el reino de los cie-
los
5
. Los frailes que sepan trabajar deben hacer-
lo; y para ello pueden poseer sus instrumentos y
recibir lo necesario, salvo dinero. Pero ninguno
tendr habitacin propia ni permanente: donde-
quiera que moraren, en los yermos o en otras partes,
ningn lugar se apropien ni le defendan
6
. Tampoco
pueden tener caballeras para transportarse
7
.
Igualmente, San Francisco suprime todo
orden jerrquico, porque el poder que otorga la
superioridad jerrquica es una forma de riqueza.
Los frailes no pueden tener servidores e incluso
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
184
deben ser ellos los servidores de todos los dems
ah donde se encuentren: deben ser los menores
dentro de cualquier agrupacin humana
8
. La or-
ganizacin de la comunidad franciscana tampo-
co puede establecer jerarquas en funcin del go-
bierno del grupo ni menos aceptar cargo alguno
de autoridad dentro de la Iglesia: Ninguno de los
frailes tenga poder y seoro, mxime entre s
9
. Nin-
gn fraile puede llamarse prior
10
porque todos
son iguales; y, para internalizar esta igualdad
como vivencia, se obliga a que los frailes se lla-
men hermanos y se laven los pies unos a otros
11
.
Aquel que se encargue de la coordinacin tiene
que ser llamado simplemente ministro
12
, y no
debe considerarse en forma alguna como una au-
toridad sino como el mayor servidor de todos los
dems y, por tanto, el ltimo de la comunidad
13
:
el que quisiera ser mayor entre ellos, sea ministro y
siervo de ellos; y el mayor sea como el menor
14
.
Como puede verse, San Francisco preten-
da que los franciscanos vivieran al margen del
Derecho, renunciando a todos los derechos indi-
viduales (iura) tanto sobre los bienes materiales
(propiedad) como sobre los inmateriales (poder,
honor, etc.). El Derecho quedaba fuera del marco
de vida del fraile franciscano y, por eso, no so-
lamente no poda tener propiedad ni autoridad
sino que tampoco poda quejarse si le quitaban
algo, no deba distinguir entre ladrn, salteador
o amigo
15
, no poda tener pleitos o demandas
entre s ni con otros
16
, tampoco deba recurrir a
la justicia si le hicieren un mal, sino presentar la
otra mejilla; y si alguien quera tomarle la tnica
o el vestido, no deba prohibrselo
17
. El comn
denominador de todas estas situaciones es que
el franciscano no puede recurrir al orden jurdico
para protegerse porque no tiene nada que prote-
ger: ha renunciado a los derechos subjetivos y,
consecuentemente, se encuentra al margen del
Derecho creado para proteger ciertos intereses o
privilegios (como planteaba Ihering, el derecho
es el inters jurdicamente protegido). No pode-
mos decir, en trminos modernos, que San Fran-
cisco planteara un Derecho alternativo basado
en la idea de comunidad y solidaridad, una suer-
te de comunismo medieval. De un lado, la Iglesia
no solamente permite sino que incluso protege
la propiedad; y est organizada jerrquicamente
con autoridades de muchos niveles. San Francis-
co no cuestiona este orden jurdico aplicable a los
no franciscanos, el resto de la Iglesia incluida; se
limita a decir que l y quienes quieran seguirlo
renuncian a todo derecho individual. Y muy cla-
ramente prescribe, tomando una cita de la Eps-
tola a los Romanos de San Pablo, que el que no
come no juzgue al que come
18
. De manera que no
hay en su prdica ninguna incitacin a la revolu-
cin social sobre la base de nuevos principios: se
trata simplemente de una opcin de vida, respe-
tuosa de otras opciones posibles. Y es as como
lo entiende la Iglesia, por lo que Inocencio III
aprueba esa Primera Regla.
Pero es ciertamente muy difcil permane-
cer al margen del Derecho viviendo en comuni-
dad y dentro de la vida normal de los hombres:
quiz los anacoretas, los ermitaos en sus cue-
vas o en medio del desierto, sin asociacin con
otros compaeros y sin contacto con el resto de
los hombres, puedan realizar mejor el ideal del
no-Derecho. En cambio, cuando dos hombres se
juntan surgen las identidades y las diferencias y,
consecuentemente, los intereses individuales y
las controversias, y por ello, surge tambin ine-
vitablemente la necesidad de un orden; y ese or-
den, dentro de nuestra sociedad occidental cuan-
do menos, se llama Derecho.
La posicin de San Francisco respecto de
la renuncia a la propiedad de bienes materiales
haba sido marcadamente radical. En su Prime-
ra Regla llega a afrmar que los frailes no deben
aceptar ni siquiera libros
19
; como excepcin, al-
gunos frailes pudieran disponer de libros para
rezar las oraciones, pero los que no saben leer
estn prohibidos de tenerlos y deben limitarse a
rezar el Credo y 23 veces el Pater Noster con el
Gloria Patri en los maitines y otro nmero taxa-
tivo de veces en los otros momentos de oracin
durante el da.
Sin embargo, ya en tiempos de San Fran-
cisco, las cosas comienzan a cambiar. Como dice
Michel Villey, La empresa franciscana constituye
un test cautivante para la Filosofa del Derecho. Es
posible quedarse fuera del Derecho?
20
.
En primer lugar, como ocurre siempre, es-
tas doctrinas y prcticas profundamente emoti-
vas, crticas de la razn y del orden establecido,
que demandan simplemente sencillez y ascetis-
mo, atraen en primer lugar no a la gente senci-
lla, a pobres y campesinos, sino a las personas
ms habituadas al pensamiento racional, a los
ms cultivados, a los ms ricos de espritu, a los
intelectuales. Y, claro est, stos acuden masiva-
mente al llamado de San Francisco; pero vienen
cargados de conocimientos y de ideas, quieren
difundir sus ideales, tienen capacidad de pre-
dicacin, y para ello requieren no simplemente
rezar el Pater Noster sino tambin leer e incluso
escribir libros para desarrollar su vida normal.
Por otra parte, el xito que tiene la convocatoria
de San Francisco lleva a que las comunidades de
compaeros no se limiten a seis frailes como en
FERNANDO DE TRAZEGNIES GRANDA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
185
el origen sino que cada vez su nmero sea ma-
yor. Esto signifca que requieren lugares donde
vivir ya no pueden ser meros peregrinos- y una
cierta organizacin de grupo. Y la simpata con
que los franciscanos son vistos por la gente de
su poca lleva a que reciban una gran cantidad
de donaciones, incluyendo locales para iglesias
y conventos.
San Francisco antes de morir advierte el
cambio que se est produciendo en la forma de
vida de los Hermanos Menores y quiere salvar
el espritu ms all de las circunstancias mate-
riales. Es as como en su Testamento seala en
tono que parece nostlgico que inicialmente los
frailes se contentaban con una tnica, por dentro
y por fuera remendada los que queran, con la cuerda
y paos menores. Y no queramos tener ms. Los Cl-
rigos decamos el Ofcio segn el orden de los otros
clrigos y los legos decan el Padrenuestro... Y ramos
sencillos y sujetos a todos
21
. Sin embargo, desde
antes de su muerte y marcadamente despus de
ella, los franciscanos recibieron privilegios de la
Santa Sede, nombraron autoridades de la Orden
y, en general, retornaron al Derecho aun cuando
seguan negndolo. San Francisco, al fnal de su
vida, es consciente de los bienes materiales, in-
cluyendo importantes inmuebles, que la Orden
ha recibido. Por eso insiste en su Testamento:
Gurdense los frailes de que las iglesias y las humil-
des moradas y todas las otras cosas que pare ellos se
edifcan, en ninguna manera las reciban si no fuesen
conformes con la santa pobreza que prometimos en la
Regla, siendo en ellas hospedados como advenedizos
y peregrinos (sicut advenae et peregrini)
22
. Pese
a ello, apenas fallecido, su sucesor, el Hermano
Elas, comenz la construccin de un lujoso tem-
plo y centro de peregrinaje precisamente en su
memoria, para lo cual se recibieron sumas muy
importantes como limosnas. Aparecieron igle-
sias y grandes conventos franciscanos en toda
Europa y stos tuvieron necesidad de gente de
servicio, jardineros, cocineros, etc
23
.
Pero, cmo es posible tener derechos y no
vivir dentro del Derecho? Cmo se puede gozar
de un bien inmueble llmese iglesia, convento
o simple morada- sin tener un derecho sobre
ese bien? Qu signifca que el uso de esos bie-
nes sea conforme con la santa pobreza? El propio
Testamento nos da una pauta para la solucin
que intentarn los franciscanos a esa manifesta
contradiccin: tengan sin tener, usen de las co-
sas sin derecho, como si fueran advenedizos. Y
es dentro de esta lnea que el Papa Greogio IX
promulga en 1230 la Bula Quo elongati segn la
cual los franciscanos tiene solamente el uso de
los bienes que estn a su disposicin, pero no la
propiedad. Esta ltima es atribuida primero a
ciertos amigos espirituales de la Orden y, ms
tarde, directamente al Papado (in ius et proprie-
tatem Beati Petri
24
). En lo que se refere a la ad-
ministracin de los bienes, los franciscanos rigo-
ristas tampoco queran hacerse cargo, por lo que
el Papa se ve obligado a nombrar procuradores
o administradores que dependan directamente
de la Santa Sede. Como seala Villey, el Papado
detenta todas las cargas y fastidios de la propie-
dad, mientras que los franciscanos se limitan al
goce
25
. Esta suerte de fccin jurdica que sacia
a los monjes de riquezas dejndoles el ttulo de po-
bres
26
, da lugar a que la gente en la Edad Media
satirice cidamente esta situacin paradjica. En
la clebre obra medieval La novela de la rosa
(Le Roman de la Rose), escrita alrededor de 1290,
se describe a un monje que tiene todos los trazos
de un franciscano a quien se le designa con el
signifcativo apelativo de Falso-Rostro y quien
declama:
Si se cree por el mundo
Que toda la virtud en nosotros abunda,
Y que siempre como pobres nos presentamos,
Somos, les hago saber,
Quienes tenemos todo sin nada tener.
Evidentemente, esta situacin era muy di-
fcil de mantener y pronto comenzaron las voces
de crtica en torno del Papa. Es obvio tambin
que esta crtica se iba a plasmar en una discu-
sin jurdica, porque lo que estaba en juego eran
los conceptos de uso, usufructo y dominium o
propiedad. Hay juristas papales que sostienen
que los franciscanos realmente tienen todos los
atributos de la propiedad sobre sus iglesias y
conventos: en el peor de los casos, los francis-
canos tienen cuando menos un derechode uso
(ius utendi) muy cercano del usufructo. Y enton-
ces, para poder defender frente a los juristas del
Papa sus tesis contra la titularidad de un dere-
cho propiamente dicho (sea propiedad o dere-
cho de uso), los franciscanos se vieron obligados
a pensar y discutir jurdicamente. Pero todava
las Bulas apoyan la tesis de los franciscanos y,
asumiendo los planteamientos jurdicos de la
Orden, distinguen entre el simple uso de hecho
(simplex usus facti) que corresponde a los fran-
ciscanos y que no implica derecho alguno y el ius
utendi, el usufructus, la possessio, y ciertamente
la propietas que corresponde a la Iglesia.
El problema se precipita cuando, hacia el
fn del S. XIII, aparecen tendencias ms rigoris-
tas dentro del franciscanismo que no admiten
ninguna contaminacin con nada que se asemeje
a un derecho individual y particularmente con
UMBERTO ECO Y LA CONTROVERSIA FRANCISCANA SOBRE LA PROPIEDAD
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
186
la propiedad. Es sobre todo en Italia y en el sur
de Francia que surgen ciertos grupos extremis-
tas franciscanos llamados Espirituales, que
regresan al culto intransigente de la pobreza y
no admiten sino el uso pobre (usus pauper) de
los bienes materiales. Unos aos ms tarde, en
1323, la revuelta en todo el sentido de la pala-
bra- estalla, porque un Papa francs, jurista por
temperamento, Juan XXII, rechaza las sutilezas
jurdicas que usan los franciscanos para desli-
garse de lo jurdico, condena a los Espirituales
y quiere forzar a los franciscanos a aceptar la
propiedad de sus iglesias y conventos. Juan XXII
sostiene
27
que, digan lo que digan los francisca-
nos, ellos tienen el uso estable y garantizado de
sus conventos, de sus jardines y de sus graneros:
tienen todo el commodum o valor de uso de la
cosa. Cmo pueden alegar, entonces, que esos
benefcios o privilegios no son iura in re (dere-
chos reales)? Acaso no es en eso que consiste
el ius utendi y el ius fruendi? Pero tampoco se
puede decir que ese haz de derechos de que dis-
ponen confgura un usufructo, porque ste exis-
te slo cuando el propietario tiene algn benef-
cio o derecho, cuando menos futuro; porque el
usufructo es siempre temporal. Pero ste no es
el caso con los inmuebles franciscanos. Al Papa
se le ha dejado solamente una fccin de pro-
piedad o dominio, un dominium verbalis, nudi
et aenigmatici, un dominio puramente verbal,
desnudo de poder y enigmtico de sentido. Por
consiguiente, los verdaderos propietarios son los
franciscanos.
Los franciscanos no soportan esta impo-
sicin que va contra sus principios y se rebelan
contra la autoridad del Papa; y entonces ste
recrimina al General de la Orden, Michele de
Cesena: la Bula Quis vir reprobus se refere pre-
cisamente con este grave apelativo de hombre r-
probo al propio Cesena. El Papa enva al verdu-
go a un buen grupo de Espirituales y otros son
tomados presos. El General mismo de la Orden,
Michele de Cesena, tiene una suerte de deten-
cin domiciliaria en la Corte Papal de Avignon
(estos hechos ocurren en ese breve lapso en que
la Santa Sede se traslada a Francia).
Es en medio de este desorden que apa-
rece en el Continente un franciscano venido de
Oxford, denominado Guillermo de Occam (o
de Ockam). Hombre extraordinariamente inteli-
gente e intelectualmente imaginativo, se coloca
de inmediato del lado de sus hermanos perse-
guidos. La Curia le inicia tambin un proceso y,
despus de cuatro aos de juicio, Occam decide
fugarse de Avignon con su superior, Michele de
Cesena. El plan que se trazaron estos dos per-
seguidos fue muy hbil. Por ese mismo tiempo,
se haba producido una guerra entre Luis de Ba-
viera y el Papado porque el primero consideraba
que tena derecho de ser nombrado Emperador
del Sacro Romano Imperio y el Papa, en cambio,
que era quien nombraba, tena otras preferencias.
Cesena y Occam se dirigen a Munich, a la Corte
de Luis de Baviera, y le proponen una alianza
estratgica: Defndenos con la espada y nosotros te
defenderemos con la pluma.
Occam defender efectivamente con sus
escritos tanto a Luis de Baviera como las ideas
de su Orden sobre el Derecho. Respecto de este
punto, Occam responde a Juan XXII en un li-
bro llamado Opus nonaginta dierum, porque
fue escrito en noventa das, en el que discute la
Bula Quis vir reprobus. El argumento central de
Occam se basa en la afrmacin que el derecho
individual no es un simple benefcio sino es el
poder de benefciarse: todo derecho implica una
idea de poder subyacente que puede ser ejerci-
tado por el titular. En cambio, los franciscanos
como lo hicieron los Apstoles, como lo hizo
Cristo mismo- se limitan a usar sin tener poder
de hacerlo: tienen el goce pero no el ttulo del
goce. Por ello no pueden acogerse a los remedios
que son la esencia de todo derecho individual:
la potestas vindicandi et defendendi in humano
iudicio.
Cmo se relaciona todo esto con Um-
berto Eco y El nombre de la rosa? Basta sim-
plemente comparar el ttulo de esta obra con el
de la famosa novela medieval El Romance (o
Novela) de la Rosa- para comprobar que Eco
est estableciendo paralelismos entre los S. XIII
y XIV y la trama de su novela. Las primeras p-
ginas del supuesto manuscrito de Adso de Melk
narran precisamente los problemas polticos que
han surgido entre Jacques de Cahors, nombrado
Papa con el nombre de Juan XXII, y Luis o Ludo-
vico de Baviera en razn de la sucesin del Im-
perio. Cinco prncipes alemanes han elegido en
Frankfurt a Luis y esperan que sea confrmado
por el Papa. Pero el mismo da, el Arzobispo de
Colonia ha elegido para el mismo cargo a Fede-
rico de Austria. Por su parte, Roberto de Npoles
haba convencido al Papa que no aprobase ni uno
ni otro nombramiento sino que lo nombrase a l.
Tambin Eco nos recuerda que existe una aguda
y dramtica controversia entre el Papado y los
franciscanos. Habindose producido ya varias
batallas con Luis de Baviera y actos de violencia
protagonizados unas veces por los Espirituales
y otras por la severidad de la represin papal, el
Papa decide en la novela de Eco- propiciar una
entrevista entre sus representantes y los repre-
FERNANDO DE TRAZEGNIES GRANDA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
187
sentantes de los franciscanos a fn de negociar un
entendimiento. Y sta ser la misin del perso-
naje central de la novela, el fraile Guillermo de
Baskerville, quien se dirige a una aislada abada,
emplazada en lo alto de un monte, donde tendr
lugar el encuentro de las facciones opuestas.
Observemos la caracterizacin de este frai-
le. En primer lugar, advertimos que es ingls y
que se llama Guillermo de Baskerville. No cabe
duda de que ese nombre nos evoca inmediata-
mente a Guillermo de Occam. Por qu el cambio
de Occam por Baskerville? Indudablemente esta-
mos aqu ante un homenaje literario que le hace
Eco a Arthur Conan Doyle, el creador de Sher-
lock Holmes: El Sabueso de los Baskerville
es una de las ms conocidas novelas policiales
en las que Holmes resuelve el misterio del caso.
Por otra parte, no debe olvidarse que Guillermo
de Occam es quien concibi y desarroll el no-
minalismo, corriente flosfca que dignifca la
individualidad y que, por el contrario, reduce a
las esencias al nivel de meras abstracciones cons-
truidas por la mente: la verdadera realidad est
en lo simple, lo individual. Ahora bien, Guiller-
mo de Baskerville hace una serie de refexiones
que van desde aquellas que tienen un tufllo no-
minalista hasta otras que son francamente expre-
siones de esa escuela y hasta del propio Occam.
En sus primeras intervenciones explica que la
belleza del cosmos no procede slo de la unidad
en la variedad sino tambin de la variedad en la
unidad. Ms adelante, cuando Adso le pregunta
si la naturaleza nos habla slo por esencias, como en-
sean los telogos insignes (se refere sin duda a
Santo Toms), Guillermo de Baskerville contesta
como lo hubiera hecho Occam- que no es as,
porque las esencias o gneros son verba mentis o
conceptos generales construidos por la mente y
que, por tanto, no existen en la realidad. Muchas
veces es la ignorancia la que adopta la forma bas-
tante difana de una idea universal. Las ideas, dice,
son puros signos: cuando no poseemos las cosas,
usamos signos y signos de signos. Pero el cono-
cimiento pleno es la intuicin de lo singular. Fi-
nalmente, en otro pasaje del libro, Guillermo de
Baskerville aconseja a Adso con palabras salidas
de la boca de Occam: no conviene multiplicar las
explicaciones y las causas mientras no haya estricta
necesidad de hacerlo. Es verdad que Guillermo de
Baskerville dice en alguna parte de la novela que
un determinado punto lo ha discutido mucho
con su amigo Guillermo de Occam, que ahora
est en Avignon. Pero este esfuerzo de encubri-
miento, fruto de un cierto pudor en la fccin, no
es sufciente como para convencernos que Eco no
ha tenido en mente en todo momento a Occam al
construir su personaje Baskerville.
Eco nos va llevando as sin esfuerzo hasta
ubicarnos dentro de esa atmsfera de tensin y
expectativa que corresponde a la poca. La tra-
ma misma de la novela es una divertida historia
policial en la que se suceden misteriosos crme-
nes entre los monjes de esta abada; Guillermo de
Baskerville interviene como una suerte de Sher-
lock Holmes y fnalmente descubre por puro ra-
zonamiento al criminal.
En El nombre de la rosa hay tambin
un recuento sobre la formacin del movimiento
de los Espirituales, atribuyndose las primeras
ideas a un abad llamado Joaqun que, ya en el S.
XII, profetizaba el advenimiento de una nueva
era en la que el espritu de Cristo, corrupto desde
haca mucho tiempo por obra de falsos apsto-
les, volvera a realizarse en la tierra. La lectura
de este libro fue prohibida en la Universidad de
Pars, pero se extendi en Italia, particularmen-
te entre los franciscanos. De esta manera, surgi
un grupo que no apoyaba las reformas de San
Buenaventura a la Regla de la Orden y que se
rebel decididamente contra el Concilio de Lyon
que adjudicaba a los franciscanos la propiedad
de sus bienes: estos fueron los Espirituales.
Pero la prdica de la pobreza evanglica como
prctica de vida se extendi tambin entre la
gente simple y muchos campesinos creyeron en
la necesidad de acabar con la propiedad y con
la autoridad para facilitar el advenimiento de la
anunciada nueva era. Estos se instituyeron a s
mismos como pequeos hermanoso fratricelli
y ya resultaba muy difcil distinguir dnde ter-
minaba la Orden y dnde comenzaba la hereja.
Las cosas se tornaron muy complicadas cuando,
como antes se ha dicho, lleg al trono de San Pe-
dro el Papa Juan XXII, quien decidi acabar con
la mala hierba de los fratricelli, para lo cual lan-
z la Inquisicin contra ellos y muchos fueron
quemados en la hoguera.
Obviamente, los fratricelli no eran unas
mansas palomas. Eco cuenta que uno de los ilu-
minados se proclamaba apstol; otro seduca a
las monjas dicindoles que el inferno no existe
y que se pueden satisfacer los deseos sexuales
sin ofender a Dios; tambin haba quien sostena
que lo que la gente llama Demonio es el propio
Dios, porque el Demonio es el Saber y el Saber
es Dios; otro incitaba a tocar los cuerpos des-
nudos con el argumento de que esa era la nica
manera de liberarse del imperio de los sentidos.
En algunos casos, la revuelta delos fratricelli fue
ms completa. Plantearon la abolicin de toda
propiedad y de toda exclusin en el sentimiento
comunitario, lo que implicaba que hasta el amor
deba ser libre y no podan existir derechos ex-
UMBERTO ECO Y LA CONTROVERSIA FRANCISCANA SOBRE LA PROPIEDAD
clusivos de un hombre sobre una mujer. Pero
adems declaraban la abolicin de toda jerar-
qua y de toda autoridad, lo que supona matar
a los seores feudales, a los clrigos y obispos y,
si era posible, al propio Papa. Estos grupos de
frailes menores de mente encendida saqueaban
los pueblos y atacaban a las autoridades locales.
Una lectura desenfrenada y fuera de contexto de
la cita del Evangelio de San Mateo hecha en la
Primera Regla de San Francisco Los Prncipes
de las gentes avasallan a sus pueblos
28
- los empuja-
ba a un anarquismo violento e inculto.
No poda estar ausente de la novela algo de
la discusin jurdica sobre propiedad y posesin.
Esta discusin tiene lugar en la sesin solemne
que rene a las dos legaciones negociadoras, la
del Papa y la de los franciscanos, los Cardenales
y los frailes.
Al margen de la novela, debo decir para
terminar que la lucha de Occam fue bastante des-
graciada. Primero fue abandonado por el Empe-
rador Ludovico y ms tarde por su propia Orden.
Al fallecer el General de los franciscanos, Miche-
le de Cesena, fue Occam quien se qued a cargo
del Sello de la Orden. Sin embargo, la mayor par-
te de los frailes, fatigados de tanta lucha y de los
excesos a los que sin querer haba dado lugar su
revuelta, decidieron someterse nuevamente a la
obediencia al Papa. Guillermo de Occam qued
aislado. Sin embargo, desde todo punto de vista
la obra de Occam es importante para los juris-
tas. De un lado, su nominalismo abre el camino
para la instauracin conceptual de los derechos
individuales tal como se les conoce en el Derecho
moderno. De otro lado, sus obras propiamente
jurdicas Compendium errorum papae, Opus
nonaginta dierum, Breviloquium de principatu
tyrannico- son muy importantes para compren-
der la evolucin hacia la modernidad de un de-
recho subjetivo particularmente importante en
nuestro mundo: la propiedad.
Y no cabe duda de que la lectura de la fc-
cin creada genialmente por Umberto Eco con-
tribuye decisivamente a comprender mejor la
vida, la obra y las ideas del Venerabilis Inceptor
al invitarnos a sumergirnos en su atmsfera
NOTAS:
1
Vid. Fernando de Trazegnies: La verdad fcta, en Moiss Lemli y Luis Millones (ed.): Historia, memoria y fccin. Biblioteca Peruana de Psicoanlisis. Lima, 1996.
2
Primera Regla de los frailes menores. Cap. I. Cap. I.
3
Ibidem. Cap. XIV.
4
Michel VILLEY: La formation de la pense juridique moderne. Les Editions Montchrestien. Paris, 1968, p. 191.
5
Primera Regla de los frailes menores. Cap. VIII.
6
Ibidem. Cap. VII.
7
Ibidem. Cap. XV.
8
Ibidem. Cap. VII.
9
Ibidem. Cap. V.
10
Esta palabra latina signifcaba literalmente el primero.
11
Primera Regla de los frailes menores. Cap. VI.
12
Ibidem. Cap. V.
13
Minister, en latn, signifca literalmente el que sirve; y es una palabra que se usaba para designar al criado, al siervo, al fmulo.
14
Primera Regla de los frailes menores. Cap. V.
15
Ibidem. Cap. VII.
16
Ibidem. Cap. XI.
17
Ibidem. Cap. XIV.
18
Ibidem. Cap. IX.
19
Ibidem. Cap. VIII.
20
Michel Villey: Michel Villey: Op. cit. p. 193.
21
Testamento del Serfco Padre San Francisco, en San Francisco de Ass. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1956, p. 35.
22
Loc. cit.
23
Michel Villey: Michel Villey: Op. cit. p. 193.
24
Papa Inocencio IV: Bula Ordinem Vestrum.
25
Michel Villey: Michel Villey: Op. cit. p. 194.
26
Michel Villey: Michel Villey: Op. cit. p. 195.
27
En esta parte, sigo a Michel Villey: Op. cit. pp. 243-252.
28
Primera Regla de los frailes menores. Cap. V.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
188
FERNANDO DE TRAZEGNIES GRANDA
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
189
Teologa Poltica o Filosofa Poltica?:
La amistosa conversacin entre Carl Schmitt y Leo Strauss
Eduardo Hernando Nieto
Doctor en Filosofa, Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Master en Teora Social y Poltica, Universidad de East Anglia
(Norwich Inglaterra). Profesor de Filosofa Poltica y Filosofa del Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos,
la Pontificia Universidad Catlica del Per y la Academia de la Magistratura. Profesor visitante en la Universidad Catlica Santa
Mara (Arequipa)
Sumario: Introduccin 1.- La Teologa Poltica del profesor Schmit 2.- La Filosofa Poltica del profesor
Strauss 3.- Schmit o Strauss?: Jerusaln conversa con Atenas?
Introduccin
El impacto de la obra de Carl Schmit en
el mbito de la teora poltica en los ltimos aos
solamente puede ser comparado con la gran di-
fusin de las ideas de Leo Strauss
1
, el flsofo
poltico emigrado a los Estados Unidos y que re-
cibi inclusive el apoyo de Schmit en sus inicios
acadmicos
2
. El inters por estas dos grandes
mentes que tiene tanto en comn se ha visto ma-
terializado en la publicacin de distintos textos
en los que se muestran sus proximidades como
tambin algunas diferencias
3
. En ambos casos, es
evidente que se trata de autores inquietos por la
dimensin metafsica y que pretenden recuperar
la seriedad de la vida
4
sea sta de ndole teolgico
(Schmit) o sea de naturaleza flosfca (Strauss)
y por ello es que los dos acadmicos pueden ex-
presar gruesos y coherentes ataques contra el li-
beralismo contemporneo enemigo acrrimo de
la seriedad y abanderado de la banalidad.
Precisamente esta inquietud por tal di-
mensin metapoltica es a nuestros ojos el punto
convergente por el que la comunin entre ambos
puede ser sostenida y que permite tambin sus-
tentar la idea de que a pesar de que a primera
vista la teologa (fe) es incompatible con la f-
losofa (razn) dentro de un anlisis profundo,
podemos llegar a comprender la posibilidad de
una convivencia plena y no contradictorias en
un plano emprico o poltico, dependiendo claro
esta de un contexto propicio.
En este sentido, este ensayo intentar pre-
sentar en primer lugar las tesis que sostiene la
teologa poltica schmitiana
5
para pasar despus
a mostrar los argumentos de la flosofa poltica
straussiana. Una vez efectuado esto, indicaremos
las aparentes discrepancias entre los dos pensa-
dores a fn de reforzar luego los puntos comu-
nes y que descansan como lo adelantamos en su
visin metapoltica. Finalmente llegaremos a la
conclusin de que Carl Schmit y Leo Strauss no
solo son junto con Eric Voegelin
6
acadmicos
que expresan tesis afnes sino que a su vez es-
grimen los mejores argumentos contra la poltica
moderna y el liberalismo moderno, es decir, con-
tra los representantes de la anomia generaliza-
da y la secularizacin
7
.
1.- La Teologa Poltica del profesor Schmit
La tradicin teolgica poltica no se inicia
en realidad con Schmit, de hecho, se tendra que
decir que sta aparece con la revelacin y ms
especfcamente con la fe en la revelacin
8
empe-
zando su historia ofcial con la presencia de Dios
y de Satn como lo menciona el Gnesis: Dio
entonces el seor Dios a la serpiente: Por cuanto
tu hiciste esto, maldita tu eres o seas entre todos
los animales y bestias de la tierra; andars arras-
trando sobre tu pecho, y tierra comers todos los
das de tu vida. Yo pondr enemistades entre ti y
la mujer; y entre tu raza y la descendencia suya:
ella quebrantar tu cabeza, y andars acechando
su calcaar
9
.
En este pasaje bblico tenemos ya dos refe-
rencias interesantes, en primer lugar se establece
la dicotoma esencial de la teologa y que se sin-
tetiza en la presencia antagnica entre Dios y el
Demonio, el bien y el mal, o entre el Cristo y el
Anticristo o el amigo y el enemigo
10
y en segun-
do lugar, se advierte la primera seal de la teo-
loga poltica cuando se indica que la lucha ente
el bien y el mal podra llegar a su fn en algn
momento
11
, en todo caso, y volviendo al prrafo,
la mujer a la que se refere el versculo podra ser
a su vez Mara o la misma Iglesia Catlica y su
descendencia Jesucristo o los feles de la Iglesia
Catlica quienes derrotaran al Anticristo.
As pues, porque existe la revelacin de
Dios existir entonces la enemistad hacia Dios
y all donde la revelacin no despierte la fe en-
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
190
tonces despertar la rebelin, con estas citas de
Heinrich Meier
12
podemos comprender no sola-
mente lo que representa la teologa poltico sino
tambin sus efectos inmediatos. Se tratar en el
fondo de representar la lucha entre Dios y Sata-
ns quienes llevarn adelante una batalla deci-
sionista que pensamos que terminar en algn
momento con la victoria de Dios (el amigo) y la
derrota de Satn (el enemigo)
13
.
Pero, es en otro cita bblica donde se
muestra ahora si ntidamente la naturaleza de la
teologa poltica
14
, esto cuando se destaca la pre-
sencia del Katchon
15
(o sello) del que habla la
segunda epstola de San Pablo a los Tesalonicen-
ses
16
y que impedira la manifestacin plena del
inicuo o Anticristo. Es decir, que en el mundo el
mal (anomia) tiene un freno que lo detiene y que
en principio pudo haber estado encarnado por el
Emperador Bizantino
17
, por la Iglesia en alguna
medida y fnalmente por el Estado y por la pol-
tica, pero que la desaparicin o debilitamiento
del Katchon signifcara tambin la decantacin
del Anticristo hasta la segunda llegada del Sal-
vador.
La representacin del hombre de la ini-
quidad (Anticristo) es por dems sugerente pues
se muestra no solo como alguien que no cree en
Dios (metafsica) sino que tampoco cree en el
mismo hombre
18
y por eso lo condena a la escla-
vitud perpetua. Cristo segn el relato de otro re-
conocido telogo poltico
19
como Dostoievski (La
leyenda del Gran Inquisidor en Los Hermanos
Karamazov) representa como contraparte la li-
bertad y seguir su camino signifca sufrimiento
pero tambin liberacin a diferencia del sendero
propuesto por el Gran Inquisidor que es la va
fcil, la de la felicidad sin libertad
20
. La teologa
poltica desde un inicio entonces estar emparen-
tada directamente con la flosofa en tanto que
las dos trabajarn para lograr el mismo objetivo,
es decir, la constitucin de hombres libres
21
.
El principio de la teologa poltica enton-
ces se manifesta en la presencia del orden y del
desorden que coexisten en una forma de relacin
de opuestos o contrarios pero que sin embargo
no generan caos (complexio oppositorum)
22
. El mal
por su parte es visto en trminos de peligro antes
que en la forma de brutalidad o de salvajismo
que sera ms bien la lectura pesimista extrema
del protestantismo o de algunos pensadores con-
servadores
23
, en realidad Schmit se aleja de las
posiciones que toman a la ligera el problema del
mal como tambin de aquellos que lo toman de
un modo radical (es decir, demasiado en serio)
24
.
Evidentemente en caso de que Schmit y su teo-
loga poltica admitiesen la condicin pecadora
de todos los hombres en el sentido de decir que
todos seran malos entonces caera en algunos
absurdos como sera por ejemplo el hecho de que
nadie tendra capacidad de gobernar (a menos
que siguiese la lnea hobbesiana en donde quien
gobernara sera un ser artifcial) o si es el caso
que todos fuesen buenos entonces todos debe-
ran de gobernar al estilo de la voluntad gene-
ral rosseuaniana
25
. As pues, como ya lo hemos
indicado la teologa poltica no puede asumir
como total la depravacin humana pues advierte
ms bien sobre la naturaleza herida y dbil de
la humanidad
26
pero que permitira tambin el
establecimiento de una graduacin y de adapta-
ciones
27
, lo cual nuevamente la ubicara en cer-
cana con la perspectiva flosfca y sus diversas
visiones de la vida buena en concordancia con el
grado de educacin de la razn y el contexto en
el que se ubica.
Uno de los textos claves para conocer la
visin teolgica poltica del profesor Schmit,
es sin dudas Teologa Poltica
28
, curiosamente
sin embargo este libro parte ms bien de una
afrmacin que podra en principio ser algo aje-
na a la tradicin de la teologa poltica y muy
prxima a un plano contingente y secular: So-
berano es aqul que decide sobre la excepcin
29
. El problema de la defnicin de la soberana
nos conduce decididamente al tema del poder
y se entiende que por alguna razn en particu-
lar Schmit lo toma como algo esencial para el
desarrollo de la teologa poltica. Esto empieza
a percibirse despus de proseguir con la senten-
cia: solamente esta defnicin puede hacer jus-
ticia a un concepto lmite. Contrariamente a la
terminologa imprecisa que se encuentra en la
literatura popular, un concepto lmite no es un
concepto vago, sino uno perteneciente a la esfera
ms extrema. Esta defnicin de soberana debe
entonces estar asociada con un caso lmite y no
con la rutina
30
.
La propuesta de Schmit que viene a ser
conocida como una forma de decisionismo po-
ltico
31
en principio se contextualiza dentro de
una crtica al modelo racional legal elaborado
por Hans Kelsen y su propuesta de hacer del de-
recho una ciencia jurdica en todo el sentido de
la palabra
32
, al mismo tiempo junto con El Con-
cepto de lo Poltico se convierte en uno de sus
trabajos ms crpticos y enfticos en relacin a la
posicin contra el liberalismo
33
que precisamente
escamotea cualquier forma de decisin
34
. Pero,
lo ms interesante de todo lo constituye el modo
como evala la excepcionalidad y su misterio,
as la excepcin no solamente es anloga al mi-
EDUARDO HERNANDO NIETO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
191
lagro en el orden teolgico
35
sino que muestra
ntidamente la presencia de la incertidumbre y
del peligro que pone en riesgo la supervivencia
del Estado y la propia creacin
36
.
Sin embargo, debemos de tener en claro
que la excepcin schmitiana en trminos pol-
ticos no es ni anarquista ni tampoco nihilista ,
busca como diimos proteger el Estado y la es-
tabilidad del orden social y por lo tanto no pue-
de pensarse que la excepcin sea igual al caos o
la anarqua, y, si la excepcin carece de reglas el
modo adecuado como se enfrenta la excepcin
debe fundarse en el empleo de la prudencia
37
.
Schmit considera adems que la excepcin es
ms importante que la regla en la medida que
la determina y que precisamente ella se mues-
tra claramente frente a la rutina de lo general o
cotidiano
38
esto no signifca tampoco que con-
sidere que la excepcin se manifeste de manera
continua pues de ser as la excepcionalidad se
convertira en lo normal
39
.
El modo como se combate la excepcin re-
cae pues en la soberana -y el soberano - en el
fondo sta existe porque el mundo es peligroso
e inseguro desde la cada - como la revelacin
da cuenta de ello y adems nosotros lo pode-
mos constatar tambin de manera emprica en
el mundo poltico. Por ellos, la soberana repre-
senta la imagen del Katchon que establece de
manera artifcial un orden relativamente seguro
40
(lase el Estado) en la medida que el mal no
desaparece sino que solo se modera o contiene
41
.
As mientras no se descubra el sello entonces se-
guir existiendo la poltica aunque como ya he-
mos indicado la poltica (y la soberana) podran
desaparecer una vez que el problema del mal
fuese superado, pero como esto en parte puede
ser tambin incierto entonces lo mejor es afrmar
lo poltico a travs de la decisin. En todo caso, lo
que si vale la pena subrayar es que esta decisin
no aparece del vaco sino como un acto dentro
de un orden concreto que se encuentra ms bien
alterado
42
. El soberano schmitiano no es exac-
tamente anlogo al Dios que crea el mundo ex
nihilo sino simplemente el hombre que siguiendo
la voluntad de Dios acta generando mandatos
imperativos - en un orden que aunque conmo-
cionado existe y se trata de evitar su disolucin.
Finalmente, la tradicin de la teologa
poltica de Schmit y la decisin del soberano
nos ubicar dentro de una mirada muy crtica
respecto al pensamiento liberal que se caracteri-
zar por derivar siempre la poltica a un plano
discursivo o deliberativo sin llegar alcanzar una
decisin fnal
43
, esta deliberacin que era tpica
del liberalismo y su famosa clase discutidora
44
- como la llamaba Donoso - se haba originado
por la indiferencia del liberalismo hacia el bien y
el mal y a la voluntad de Dios que era neutrali-
zado por el gobierno de las leyes. El liberalismo
entonces discuta o pretenda negociar cualquier
asunto poltico o disolva tambin cualquier ver-
dad de un orden metafsico
45
. Digamos pues que
si bien se segua hablando de la poltica o de Dios
o inclusive del Rey todos en realidad quedaban
despojados de poder y de signifcado.
La historia de la indiferencia hacia Dios y
de la relativizacin del bien y del mal tambin
haba empezado con la revuelta de Adn y Eva.
Tambin aqu la misma discusin de Eva con la
serpiente y la invitacin de ella para que juntos
con Adn coman del rbol del conocimiento del
bien y del mal
46
evidencian los oscuros orgenes
del pecado y su relacin con el dilogo (Eva y la
serpiente Eva y Adn) y tambin con el libera-
lismo que aqu signifca desobediencia a la auto-
ridad (Dios que ordena no comer de ese rbol) y
por lo tanto duda y prdida de fe (desconfanza)
hacia Dios.
47
La prdida de la fe del hombre ha-
cia Dios abre la indiferencia hacia la metafsica y
la prdida de la seriedad de la vida que se con-
vierte entonces en pensamiento individualista,
esto es, en ideologa liberal.
2.- La Filosofa Poltica del profesor Strauss
Si Carl Schmit apareca como un defen-
sor de la seriedad de la vida, Leo Strauss tam-
bin tena que ser colocado dentro de esa misma
perspectiva. Su escepticismo frente a la cultura
postilustrada y la tecnologa moderna, as como
tambin su rechazo al modo como la moderni-
dad dej fuera cualquier forma religiosa preten-
diendo tener un control total sobre el fenmeno
poltico
48
, lo han convertido desde ya hace varios
aos en uno de los ms importantes crticos de la
modernidad y del liberalismo contemporneo
49
.
Lamentablemente, no son mucho los tex-
tos de Strauss traducidos al espaol y tampoco
ha merecido la atencin de muchos tericos pol-
ticos en Amrica o Espaa
50
, sin embargo, vale la
pena exponer las tesis centrales del pensador ju-
do preocupado a lo largo de toda su vida con el
problema de la relacin entre Jerusaln y Atenas
51
(teologa y flosofa), y por ende a la bsqueda
de la respuesta a la pregunta si sera posible la
sntesis entre la revelacin y la razn o ms bien
se trataran de dos dimensiones separadas
52
.
La obra del profesor Strauss por cierto no
solamente se refere al asunto de la fe y la floso-
TEOLOGA POLTICA O FILOSOFA POLTICA?
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
192
fa o sus visiones crticas con respecto al mundo
moderno sino tambin es esencial subrayar su
proximidad al mundo clsico y el modo como
l intenta proseguir una tarea iniciada ya por S-
crates
53
, Platn y Aristteles que se resume en la
idea de la bsqueda de la verdad : la flosofa
es esencialmente no posesin de la verdad, pero
si bsqueda de la verdad. El rasgo distintivo
del flsofo es que sabe que nada sabe, y que
este examen de nuestra ignorancia concerniente
a las ms importantes cosas lo induce a buscar
con todas sus fuerzas el conocimiento
54
, pero
as como la flosofa nace de la inquietud del
hombre por alcanzar un conocimiento del todo
dentro de una ciudad inmediatamente sta se
transformar en flosofa poltica
55
.
En este sentido, la flosofa poltica es
como lo dice Strauss una rama de la flosofa que
esta muy cerca de la vida poltica y que procura
suplir la opinin sobre la naturaleza de las cosas
polticas por un conocimiento de la naturaleza
de las cosas polticas
56
, esto signifca a la par co-
nocer tambin el orden poltico bueno o justo
57
que sera aqul que es el mejor siempre y en todo
lugar
58
. Sin embargo, si bien el mejor rgimen
es posible su actualizacin puede resultar muy
difcil , quiz improbable como el mismo Strauss
seala pues los hombres no manejan las condi-
ciones necesarias para su manifestacin depen-
diendo fnalmente del azar
59
.
Empero, ha sido el pensamiento moderno
el que cambi completamente la historia de la f-
losofa poltica, al tratar de manejar el azar y esto
empez ya con la separacin entre el hombre y la
ciudad o tambin mediante la separacin entre
la naturaleza y el hombre
60
. Tal propsito se ma-
terializ a partir de los primeros pensadores po-
lticos de la modernidad como fueron los casos
de Maquiavelo y Hobbes
61
quienes con el sopor-
te de la perspectiva cientfca se dirigieron hacia
el objetivo de simplifcar la condicin humana y
con esto le quitaron el signifcado a la naturaleza
humana y a la naturaleza en general :
el enfoque tradicional se bas en la su-
posicin que la moralidad es algo sustancial:
que es una fuerza en el alma del hombre, a
pesar de lo daino que pueda ser en los asun-
tos de los Estados o Reinos, Contra esta supo-
sicin Maquiavelo arguye de la siguiente ma-
nera: la virtud solo se puede practicar dentro
de la ciudad, el hombre debe de habituarse a
la virtud mediante las leyes, costumbres y as
en adelante. Los hombres deben de ser edu-
cados en la virtud por los hombres
62
.
Para realizar as los sueos de esta prime-
ra ola de la modernidad, lo que se hizo fue bajar
los estndares morales para que pudiesen ser al-
canzados por todos los hombres con lo cual se
lograba dominar completamente el azar y lo im-
predecible, en ltimo trmino, esto en realidad
ya no poda llamarse carcter moral sino ms
bien intuiciones: el orden justo, como lo conce-
ba Maquiavelo, era la testaruda Repblica, que
se moldeo sobre la Roma antigua, pero que se
elabor como una superacin de la Roma anti-
gua
63
. El problema entonces con este enfoque
fue que se redujo la naturaleza humana al plano
biolgico e instintivo y se lleg a la conclusin de
que desde este plano elemental e inmoral tendra
que nacer la moral y la justicia
64
.
Sin embargo, la modernidad contino su
proceso de radicalizacin a pesar de que las pos-
teriores corrientes trataron de mejorar las ante-
riores, as por ejemplo autores como Rousseau,
Kant o Hegel pertenecientes al romanticismo y al
idealismo alemn buscaron en principio al mun-
do premoderno dadas las incoherencias del dis-
curso de la modernidad, por ejemplo Rousseau
pas del mundo burgus, (bourgeois) es decir,
del de las fnanzas, al mundo de la virtud de la
ciudad (citoyen), Kant al mundo de las ideas
platnicas o Hegel a la elevada vitalidad de Pla-
tn y Aristteles
65
.
Empero, el error de estos autores fue re-
ferirse al pasado de manera moderna como ocu-
rri por ejemplo con Rousseau quien interpret
la ciudad clsica en trminos hobbesianos, in-
clusive de modo ms radical que el flsofo in-
gls pues en el estado de naturaleza el hombre
no solo careca de sociabilidad sino que tambin
careca de razn , en otras palabras era un ser
subhumano o infrahumano
66
pero que gracias al
proceso histrico
67
- no teleolgico el hombre
sin quererlo ser capaz de superar este estado
y sus contradicciones. Claro que en esta lectura
se aprecia tambin la idea moderna de tratar de
tener un control sobre el azar que resulta de la
suplantacin de la naturaleza por la historia.
Finalmente, surgir tambin la necesidad
de asegurar la supervivencia de los hombres y
esto se lograr con el establecimiento de la socie-
dad civil que necesitar adems una estructura
defnitiva para poder albergar al hombre en su
libertad original. As todos los hombres queda-
rn subordinados a la ley positiva sin poder
apelar a una ley superior que ser tambin la
voluntad general, pero lo ms importante con
esta perspectiva de la segunda ola de la moder-
nidad fue la superacin de la diferencia entre el
ser y el deber ser , por ello, lo que ordena
EDUARDO HERNANDO NIETO
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
193
la voluntad general es lo real y racional y nunca
puede errar
68
.
El proceso de modernidad culminara en-
tonces con la tercera ola de la modernidad que
comenzara con Nietzsche
69
, y quiz podra
rastrearse sus efectos en las visiones flosfcas
postmodernas de la actualidad. As pues, si la
segunda oleada nos colocaba ante la oposicin
entre la naturaleza por un lado y la historia, la
sociedad civil o la razn por el otro; y si la his-
toria nos llevaba tambin a un sentimiento casi
beatfco de la existencia
70
, esta tercera ola, ms
bien produca una sensacin asfxiante y trgi-
ca de la existencia, la conciencia de la existencia
histrica se converta as en una experiencia de
horror y de angustia siendo el problema huma-
no insoluble
71
.
Con la crtica que plantea Nietzsche a to-
das las flosofas anteriores por tomar como mo-
delo al hombre del presente sin considerarlo en
su dimensin histrica, iniciar entonces un nue-
vo jaln en el decurso de la modernidad, el mis-
mo que se expresar entonces en el modo como
se ha mal interpretado la historia del hombre que
empezara con la reconciliacin del cristianismo
con el mundo durante la Reforma y que termina-
ra con Hegel a travs de un proceso evolutivo y
racional, sin embargo, el historicismo por defni-
cin no podra concluir en ninguna parte y ms
bien destruira cualquier ideal humano a menos
que se pudiera trascender este plano histrico a
travs de una transmutacin de todo los valores
histricos
72
.
Esto precisamente signifcara la nueva
y autntica verdad que enarbolara esta tercera
oleada y que culminara entonces con la propia
muerte del hombre como consecuencia de la an-
terior muerte de Dios. Ciertamente Nietzsche
estara dudando entre negar toda posibilidad de
verdad o de proponer su propia interpretacin
de la verdad. Finalmente, l hara lo primero al
descubrir la voluntad de podero como la base
de los nuevos valores pero que tal voluntad de
poder solamente podran venir de alguien que
esta por encima del hombre, esto es, por el su-
perhombre. Al fnal del camino entonces solo ha-
brn dos alternativas o el ltimo hombre o el
superhombre
73
.
Quiz, si algo poda destacar Strauss de
la tesis de Nietzsche era precisamente su crtica
al historicismo y al racionalismo moderno
74
que
son sin dudas las formas que generan en el mun-
do contemporneo una serie de problemas pol-
ticos que surgen indefectiblemente de la defensa
o imposicin de posiciones dogmticas como en
el caso del positivismo (ya existe la Verdad) o
de posiciones relativistas que terminan por ba-
nalizar la verdad y quitarle su seriedad (existen
muchas Verdades) como acontece con el histori-
cismo.
Frente a esta contingencia Strauss reivindi-
caba siempre la educacin liberal que constitui-
ra la va ptima para poder retomar la seriedad
de la vida y basaba tal proyecto en la formacin
del carcter y la educacin sentimental:
La educacin liberal es una educacin en
la cultura o hacia la cultura. El producto fnal
de una educacin liberal es un ser humano
cultivado. Cultura signifca en principio
agricultura: el cultivo del suelo y sus produc-
tos, cuidar la tierra, mejorarla de acuerdo a
su naturaleza. Haciendo una analoga hoy
Cultura signifca principalmente el cultivo
de la mente, el cuidado y la mejora de nues-
tras facultades mentales innatas de acuerdo a
la naturaleza de la mente
75
.
Strauss entonces estaba de acuerdo en se-
alar que haba un telos o sentido de la natura-
leza de las cosas, aunque haba que ser precisos
en el sentido de que esto no implicaba sostener
un determinismo, de hecho, una cosa era decir
de acuerdo a la naturaleza que era precisamente lo
que sostena Strauss, que decir por naturaleza que
era justamente lo que asumira un discurso de-
terminista y ajeno a la educacin liberal
76
.
Ahora bien, tal cultivo debera ser pro-
puesto por las grandes mentes quienes fueron
a su vez los maestros que nunca fueron pupilos,
pero como su existencia en el mundo actual es
prcticamente inexistente, entonces solamente
es posible tener acceso a ellos a travs de los
grandes libros, por ende, la educacin liberal
consistira en el estudio de los grandes libros
77
.
Empero, habra que tener mucho cuidado al ac-
ceder a la lectura de estos grandes textos en tan-
to que los grandes autores que sostuvieron ideas
heterodoxas no han estado libres de persecucio-
nes o de peligros por lo que se vieron obligados
a escribir entre lneas para ocultar cual eran sus
intenciones reales
78
.
Una educacin liberal tendera por lti-
mo a lograr educar nuestras emociones y en ese
sentido cabra hablar de una suerte de educacin
sentimental
79
, algo as como ser capaces de trans-
formar el amour prope del que hablaba Rousseau
y que imperaba dentro de la sociedad civil carac-
terizado a su vez por el orgullo, el resentimiento,
y el anhelo de venganza. Tal amor propio, - que
TEOLOGA POLTICA O FILOSOFA POLTICA?
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
194
Platn denominaba Thmos si bien poda ser
necesario en algunas circunstancias una gue-
rra por ejemplo - sin embargo, tena que ser do-
meado dentro de la ciudad mediante la razn
que frenara entonces a las pasiones
80
. En todo
caso, el profesor Strauss y sus discpulos segui-
ran siempre esta perspectiva clsica sustentada
en la idea de la moderacin y de la formacin del
carcter.
3.- Schmit o Strauss?: Jerusaln conversa con
Atenas?
Como diimos al inicio, ms que estable-
cer una oposicin o antagonismo entre ambas
dimensiones buscaremos ms bien identifcar la
naturaleza de estas dos perspectivas que pensa-
mos se enmarcan dentro de los mismos fnes y
propsitos. As, mientras Schmit apunta a salvar
la Polis mediante la decisin poltica
81
, Strauss
por su parte sabe perfectamente que sin Polis no
puede existir tampoco la flosofa
82
por lo cual
tendra que estar de acuerdo en la necesidad
de la salvacin de la ciudad. Claro que Strauss
podra pensar a fortiori que la crisis de la ciudad
requerira de la educacin liberal para ser conju-
rada pero tambin es cierto que mientras exista
un orden poltico inestable (vale decir con un Ka-
tchon dbil) entonces tampoco podra ser real la
propuesta de la educacin liberal.
Ciertamente que estamos antes un proble-
ma complejo en tanto que saltan a la vista tam-
bin antagonismos claros entre los dos caminos
como el mismo Strauss se encargar de mencio-
nar:
Uno puede describir el desacuerdo fun-
damental entre la Biblia y la flosofa griega,
y se puede hacer desde un punto de vista his-
trico, partiendo del hecho que en principio
apreciamos un amplio acuerdo entre la Biblia
y la flosofa griega respecto a la moralidad
y la insufciencia de moralidad; el desacuer-
do concierne a aquella x que conforma la
moralidad. De acuerdo a la flosofa griega,
aquella x es theoria, contemplacin, y la
contemplacin bblica podemos llamarla sin
cometer un error, piedad , la necesidad de
una misericordia divina o redencin, amor
obediente
83
.
Pero si reemplazamos el trmino moral por
el de justicia, hablaremos ahora de obediencia a
la ley, digamos mejor ley divina. Sin embargo, si
volvemos al pasado tendremos que preguntar-
nos sobre la nocin original de la ley divina o del
cdigo divino, y aqu podramos encontrarnos
con una variedad de cdigos que podran ser in-
clusive contradictorios
84
.
Sin embargo, el problema podra encon-
trar dos soluciones diametralmente opuestas
que corresponderan precisamente a la teologa
y a la flosofa como indica Strauss. En el caso de
la flosofa, los flsofos trascenderan todos los
cdigos divinos existentes y la piadosa obedien-
cia a un cdigo dado de antemano teologa - se
transformara en una bsqueda libre entorno a
los primeros principios. Una vez descubiertos
los primeros principios entonces podra descu-
brirse lo que es bueno o malo de acuerdo a la
naturaleza
85
.
A su vez, la alternativa bblica indica que
ya existe un cdigo moral aceptado, es decir, el
cdigo de una tribu mientras que los dems c-
digos han sido rechazados implicando de paso
un rechazo a la mitologa aunque de distinta for-
ma que la flosofa. La mitologa debera enten-
derse como la lucha entre los dioses y las fuerzas
impersonales detrs de los dioses. La flosofa re-
emplaza a estas fuerzas impersonales (moira) con
la naturaleza mientras que la teologa lo reduce
todo a la omnipotencia de Dios
86
.
Empero, esta omnipotencia divina lo
hacia aparecer distante y oculto a los hombres
siendo exclusivamente visible a travs del pacto
con los hombres, un acto libre que mostrara su
amor recibiendo a cambio la promesa de fe de
los hombres
87
. La Biblia entonces refeja los actos
o hechos revelados de Dios, se trata en defnitiva
de una experiencia de Dios mas no de un razona-
miento basado en la percepcin sensorial sobre
Dios
88
.
Al mismo tiempo , esta claro tambin que
la flosofa encuentra su hogar natural en la ciu-
dad, ya que sta posee la riqueza y el ocio ne-
cesario para la bsqueda de la verdad mientras
que es por todos sabidos como la teologa y su
prdica de la piedad y la humildad encontraran
mejores perspectivas dentro de un mundo rural
como podra ser el espacio de Abel preferido
de Dios en contraste con la ciudad y las artes
identifcadas siempre con Cain
89
.
Finalmente, desde el momento en que la
teologa poltica toma la sentencia de Tertuliano
Estamos obligados a algo no porque sea bueno
sino que es bueno porque lo manda Dios
90
, en-
tonces se podra pensar que la teologa poltica
es fundamentalmente voluntarista respecto al
racionalismo que impregna el mundo de la flo-
sofa y la necesidad de la libertad.
EDUARDO HERNANDO NIETO
A pesar de todo, esta oposicin entre teo-
loga y flosofa tal situacin sera ms bien el se-
creto y la fortaleza de la vitalidad de Occidente
segn acotaba el mismo profesor Strauss
91
. Sin
lugar a dudas, el mundo contemporneo ya no
mostrara esta tensin entre la teologa y la flo-
sofa que ms bien estara apunto de desapare-
cer en medio de la crisis espiritual y poltica por
la que atraviesa Occidente. De acuerdo a lo que
indican tanto Strauss como Schmit, la responsa-
bilidad por este hecho se debera bsicamente a
la expansin de la ilustracin
92
(Strauss) o del
liberalismo
93
(Schmit) , por lo tanto, los dos en-
tienden claramente la causa de la anomia con-
tempornea.
Por otro lado, si bien es cierto que Strauss
elabora una crtica al Concepto de lo Poltico
94
de Schmit, en donde lo vincula directamente
con Hobbes
95
- la primera ola de la modernidad
- y tambin con dar una defnicin de lo poltico
(distincin entre amigo y enemigo) que pertene-
ce paradjicamente al dominio del pensamiento
liberal
96
, la teologa poltica schmitiana conver-
gera con la flosofa poltica straussiana.
Para sustentar esta convergencia debemos
de enfatizar desde un inicio que hoy resulta evi-
dente que ya no es posible asociar a Schmit con
el autoritarismo o la autocracia a pesar de lo que
digan sus enemigos - en la medida que la teolo-
ga poltica versa sobre el bien y el mal (sobre la
regla y la excepcin) y no exclusivamente sobre
el mal. El mismo Schmit, en su ensayo Sobre los
tres modos de pensar la ciencia jurdica, identi-
fca su visin del derecho en trminos del orden
concreto y no en funcin a una voluntad en el
vaco que sera la perspectiva del positivismo de
los orgenes y del decisionismo
97
. La tesis del or-
den concreto signifca as que ste existe dentro
un espacio delimitado regulado por principios
inherentes al mismo como por ejemplo dentro de
una familia , dentro de una corporacin como el
ejrcito, la iglesia o el mismo Estado y que las
normas que se creen no pueden salirse de este
espacio
98
.
Pero los rdenes concretos pueden ser al-
terados constantemente y es en ese sentido que
cabe la fgura de la excepcionalidad mas no se
trata de acabar con el desorden sino de sobrelle-
varlo o detenerlo
99
esperando que en algn mo-
mento podr ser superado en concordancia a lo
que estipulan los evangelios y los padres de la
iglesia
100
. Este elemento que ya hemos destaca-
do resulta clave en la medida que coloca ahora a
la teologa poltica y la flosofa poltica en una
misma lnea, es decir, se acepta la posibilidad de
que el mal se superara o que el conocimiento se
alcanzar , pero, no podemos estar seguros del
momento en el que ocurrir esto. As pues, ni la
teologa poltica ni la flosofa poltica pueden
aparecer como discursos dogmticos sino ms
bien como visiones de libertad.
Al mismo tiempo, cuando Strauss se re-
fere al conocimiento, ste asume un carcter de
total, esto es, el conocimiento siempre es sobre el
todo. La teologa poltica por su parte tambin
abarca la totalidad, y de hecho como lo afrma la
brillante lectura de Heinrich Meier, lo poltico
es lo total
101
. En este sentido, la verdad flosfca
y la verdad teolgica se encuentran al fnal del
camino.
Pero quiz lo ms importante sea el modo
como la regla y la excepcin de Schmit pueden
ser interpretados como un orden y un desorden
que coexisten, vale decir, lo cerrado y lo abier-
to juntos. El proyecto de la flosofa poltica de
Strauss tambin necesitar de lo mismo para
subsistir. As, para que pueda haber flosofa se
entiende que es necesaria la libertad para con-
versar y criticar pero tambin es cierto que esta
libertad tiene que ser delimitada en tanto que si
es total entonces lo que se generara sera una
anarqua
102
que llegara inclusive a dudar de la
propia relevancia de la flosofa.
Para que la flosofa forezca es necesaria
la ciudad
103
y esta a su vez debe de ser gober-
nada por reglas, si las reglas no son obedecidas
entonces no existir ciudad y tampoco flosofa.
Las reglas en este caso tienen que ver no con la
libertad sino con la obediencia y que mejor que
a travs de la fe. Es en este punto cuando la teo-
loga poltica le da su mano a la flosofa polti-
ca, pues no puede haber regla sin excepcin
104
,
ni conocimiento sin obediencia agregara yo, en
esto consiste fnalmente la mgica relacin entre
la teologa pltica y la flosofa poltica.
NOTAS:
1
Digamos que en los Estados Unidos Leo Strauss siempre fue una fgura extremadamente infuyente y polmica y ms bien ahora empieza a popularizarse fuera de
los Estados Unidos. Paralelamente Carl Schmit fue muy popular fuera de los Estados Unidos mientras que recin hoy comienza a ser tomado en serio por el medio
acadmico de Norteamrica.
2
Heinrich Meier, Heinrich Meier, Carl Schmit and Leo Strauss, the hidden dialogue (Chicago: Chicago University Press, 1995) p. 9.
3
Sin dudas el mayor aporte en este campo lo ha dado el flsofo poltico alemn Heinrich Meier, cfr el ya citado Sin dudas el mayor aporte en este campo lo ha dado el flsofo poltico alemn Heinrich Meier, cfr el ya citado Carl Schmit and Leo Strauss, the hidden dialogue y The
Lesson of Carl Schmit, four chapters on the distinction between Political Theology and Political Philosophy (Chicago: Chicago University Press, 1998), tambin aunque desde
una posicin especialmente crtica de Schmit, John [Link], Carl Schmits Critique of Liberalism, against Politics as Technology (Cambridge: Cambridge University
Press, 1997) . Adems, en artculos como Susan Shell, Meier on Strauss and Schmit , The Review of Politics, Invierno 1991, N1. Vol.53., Paul Gotfried, Schmit and
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
195
TEOLOGA POLTICA O FILOSOFA POLTICA?
Strauss, Telos 96 (Verano, 1993) Robert Howse, From Legitimacy to Dictatorship And Back again, Leo Strauss s Critique of the Anti Liberalism en: Law as Politics,
Carl Schmits Critique of Liberalism, David Dyzenhaus (ed) (Durham: Duke University Press, 1998), John P. McCormick, Fear Technology and the State: Carl Schmit,
Leo Strauss and the revival of Hobbes in Weimar and National Socialist Germany, Political Theory 22: 4, Noviembre 1994.
4
Tomo esta idea de Heinrich Meier, quien a mi parecer defne adecuadamente el sentido de la obra schmitiana y straussiana. Asi, Strauss llegara a sostener que un
mundo sin poltica sera un mundo de entretenimiento y diversin y que carecera de seriedad mientras que para Schmit en tal mundo no existira espacio para una
decisin moral necesaria. Cfr. Cfr. Carl Schmit and Leo Strauss, the hidden dialogue..., pp. 45 46.
5
Aqu siguiendo nuevamente a Heinrich Meier que efcazmente defne a Schmit como telogo poltico.
6
Autor de una obra monumental en la que destacan Order and History, 5 Vols editados en Baton Rouge por la Lousiana State University, The New Science of Politics
(Chicago : Chicago University Press, 1952) , Science, Politics and Gnosticism, (Chicago: Regnery, 1968) entre otros.
7
Ver al respecto Fernando Fuezalida Vollmar, Metapoltica: entre el Nomos y el Anomos , introduccin al libro de Eduardo Hernando Nieto, Pensando Peligrosamente:
el pensamiento reaccionario y los dilemas de la democracia deliberativa, (Lima: Pontifcia Universidad Catlica del Per, 2000) pp. 17 27.
8
Heinrich Meier, Heinrich Meier, The Lesson of Carl Schmit...p. 66.
9
Gnesis 3 : 14 15.
10
Precisamente las races de su famosa defnicin de lo poltico, es decir la distincin entre amigo y enemigo emana de su pensamiento teolgico. Ver Der Begrif des
Politischen , (Berlin: Duncker & Humblot, 1932) , edicin en espaol El Concepto de lo Poltico (Madrid: Alianza, 1991).
11
Gopal Balakrishnan, Gopal Balakrishnan, The Enemy, an intellectual portrait of Carl Schmit, (London: Verso, 2,000) p. 57. Debemos tener presente que Schmit apunta a la moderacin y
control del horizonte escatolgico y es precisamente esta posicin la que lo aproximar muchsimo a la flosofa poltica de Leo Strauss como veremos ms adelante.
12
Heinrich Meier, The Leson of Carl Schmit, Ibd.
13
Ibd.,p. 70.
14
Vase que hacemos una distincin precisa entre teologa y teologa poltica, la primera slo tiene que ver con el bien y el mal mientras que la segunda se centra en la
lucha entre ambos (en un espacio) y que en algn momento culminar mas no sabemos cuando ocurrir esto.
15
Palabra griega que signifca (el) que retarda o retrasa .
16
Segunda Epstola de San Pablo a los Tesalonicenses, 2: 6 8: Ya sabis vosotros la causa que ahora le detiene, hasta que sea manifestado o venga en su tiempo sealado.
El hecho es que ya va obrando o formndose el misterio de la iniquidad; entretanto el que est frme ahora, mantngase, hasta que sea quitado el impedimento. Y
entonces se dejar ver aqul perverso, a quien el Seor Jess matar con el resuello o el solo aliento de su boca, y destruir con el resplandor de su presencia.
17
Alexander Dugin, Alexander Dugin, The Paradigm of the End; metaphysics of annunciation, INET, 1997. Citado por Fernando Fuenzalida Vollmar, [Link]., p. 24.
18
Ntese que dentro de esta descripcin se pueden ubicar quienes teniendo una percepcin extremadamente pesimista de la naturaleza humana consideran que la
libertad es una carga y que la virtud es tambin imposible de alcanzar. Esta forma de pensamiento abre el camino a la flosofa poltica moderna y se puede encontrar
en autores como Maquiavelo y Hobbes como lo seala claramente Leo Strauss. Cfr. Cfr. What is Political Philosophy? and Other Studies, (Chicago: Chicago University Press
1988). Traduccin incompleta, Qu es Filosofa Poltica? (Madrid: Guadarrama,1970) tambin, Natural Right and History, (Chicago: Chicago University Press, 1953).
19
Aunque Schmit no lo viera de esta manera, ver John P. .McCormick, Carl Schmits critique of liberalism... p. 94.
20
Nicols Berdiaev, El espritu de Dostoievski, (Buenos Aires: Ediciones Carlos Lohl, 1978) p.157. Tambin para una magnfca lectura de la obra de Dostoievski y el
problema teolgico ver de Ellis Sandoz, Political Apocalypse, a study of Dostoevsky s Grand Inquisitor, (Wilmington: ISI Books, 2000) second edition.
21
Buena parte de nuestra argumentacin sobre la relacin directa entre Schmit y Strauss descansa precisamente en la bsqueda de la libertad que emprenden ambos
autores y que hace afn la visin schmitiana de la teologa poltica con la propuesta de flosofa poltica de Leo Strauss, estos argumentos sern expuestos en la tercera
parte de este texto.
22
Schmit entiende que esta extraa relacin de opuestos puede ser vista dentro de la historia de la Iglesia Catlica que refejara el modo de actuar de la teologa
poltica. Por ejemplo, se puede comprobar como la Iglesia Catlica ha acogido en su seno fguras contrarias como el diplomtica y pensador reaccionario espaol
Donoso Corts y el activista sindical irlands Padraic Pearse o como la Iglesia logr incorporar tambin cultos paganos . Cfr. Cfr. Rmischer Katholizismus und Politische
Form (Hellerau: Jakob Hegner,1923). En este trabajo empleamos la edicin en ingls: Roman Catholicism and Political Form, (Wesport, Connecticut: Greenwood Press,
1996) Trad. G.L. Ulmen. p. 7.
23
Bsicamente Joseph de Maistre y Juan Donoso Corts quienes sin embargo, pueden ser ubicados dentro de una tradicin muy prxima a la schmitiana. Ver Eduardo
Hernando Nieto, Pensando Peligrosamente, [Link]., pp. 75 123. Para una lectura schmitiana del diplomtico espaol del siglo XIX, ver, Carl Schmit, Donoso
Corts in Berlin, 1849 (1927) y Der unbekannte Donoso Corts (1929) en: Positionen und Begrife (Duncker & Humblot, Berlin, 1940) y tambin Donoso Corts in
gesamteuropischer Interpretation: Vier Aufstze (Kln: Greven, 1950) . Traduccin al espaol, Interpretacin Europea de Donoso Corts, (Madrid: Rialp, 1963).
24
Robert Howse, . [Link]., p. 64 Robert Howse, . [Link]., p. 64.
25
Ibd.
26
Al respecto dice Schmit: Porque el dogma tridentino del pecado original no es simple ni radical. A diferencia de la concepcin luterana, no habla de abyeccin, sino
solamente de desfguracin, enturbamiento y vulneracin , mas admitiendo enteramente la posibilidad de lo naturalmente bueno. Carl Schmit, Interpretacin Europea
de Donoso Corts...p.79. Tambin en Tambin en Political Theology: Four Chapters on the Concept of Sovereignity, (Cambridge, Mass: The MIT Press, 1988), p.57. Resulta importante
aqu ver como la teologa poltica marca sus distancias del cristianismo luterano que se ubicar ms bien en proximidades del positivismo y la flosofa kantiana.
27
Carl Schmit, Carl Schmit, Roman Catholicism and Political Form..., p. 8.
28
Carl Schmit, Carl Schmit, Politische Theologie: Vier Kapitel zur Lehre von der Souveranitt , (1922) edicin revisada (Berlin: Duncker & Humblot, 1934). Para este ensayo empleamos la
traduccin al ingls, Political Theology: Four Chapters on the Concept of Sovereignity. Existe tambin edicin en espaol, Teologa Poltica (Buenos Aires: Struhart , 1985).
29
Carl Schmit Carl Schmit, Political Theology...p. 5.
30
Ibd. Ibd.
31
George Schwab, George Schwab, The Challenge of the Exception, an introduction to the political ideas of Carl Schmit between 1921 & 1936, 2
nd
. Edition ( Westport, Connecticut: Greenwood
Press, 1989) p. 44. Por cierto, que es texto fue pionero en la introduccin del pensamiento schmitiano en el contexto acadmico norteamericano.
32
La naturaleza de la disputa parte del hecho de que para Schmit no puede caber la idea de reglas impersonales o de una Norma Fundante que aparece de la nada
y tambin de que la organizacin poltica de la democracia liberal en Weimar carece de legitimidad real para poder constituirse como voluntad del pueblo, en
contraposicin Kelsen consideraba que las reglas deban de estar libres de cualquier contaminacin valorativa constituyendo solamente un sistema normativo neutral
que organice una sociedad democrtica.
Para una discusin sobre las tesis de Schmit y Kelsen ver: Peter C. Caldwell, Popular Sovereignity and the Crisis of German Constituional Law, The Theory & Practice
of Weimar Constitutionalism (Durham: Duke University Press, 1997) pp. 85 119. Tambin, David Dyzenhaus, Legality and Legitimacy, Carl Schmit, Hans Kelsen and
Hermann Heller in Weimar (Oxford: Oxford University Press 1997) caps. 2 y 3, y William E. Scheuerman, Between the Norm and the Exception, The Frankfurt School and the
Rule of Law, (Cambridge,Mass: The MIT Press, 1997).
33
Robert Howse, [Link].,p. 60. Robert Howse, [Link].,p. 60.
34
Quiz la ms clara muestra de la indiferencia liberal por la decisin la encontremos en el recordado pasaje del diplomtico y poltico espaol del siglo XIX Don Juan
Donoso Corts, Marqus de Valdegamas en el que describe crudamente la naturaleza del pensamiento liberal y que seguramente fue extremadamente inspirador
para Schmit: De todas estas escuelas esta es la ms estril; porque es la menos docta y la ms egosta. Como se ve nada sabe de la naturaleza del mal ni del bien:
apenas tiene noticias de Dios, y no tiene ninguna del hombre. Impotente para el bien, porque carece de toda afrmacin dogmtica, y para el mal porque le causa
horror toda negacin intrpida y absoluta , est condenada sin saberlo, a ir a dar con el bajel que lleva su fortuna al puerto catlico o a los escollos del socialistas. Esta
escuela no domina sino cuando la sociedad desfallece, el periodo de su dominacin es aquel transitorio y fugitivo en el que el mundo no sabe si irse con Barrabs o
con Jess, y est suspenso entre una afrmacin dogmtica y una negacin suprema...
Juan Donoso Corts, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo en Obras Completas,Vol IV. (Madrid: Imprenta de Tejado Editor, 1854) pp. 154 155.
35
Carl Schmit, Political Theology...p. 36 Ntese tambin como Schmit considera que los conceptos polticos modernos son a su vez conceptos teolgicos secularizados
habiendo tomado esta referencia de Juan Donoso Corts que a su vez la tomo de Proudhon, Cfr. Eduardo Hernando Nieto, Pensando Peligrosamente...p. 111. En
realidad en la obra schmitiana la poltica converge con la moral y con la poltica. Cfr. Heinrich Meier, Cfr. Heinrich Meier, The Lesson of Carl Schmit...p. 122.
36
Carl Schmit, Ibd., p. 6. Carl Schmit, Ibd., p. 6.
37
Paul Hirst, Carl Schmits Decisionism , p.12 en: Chantal Moufe (ed.) Paul Hirst, Carl Schmits Decisionism , p.12 en: Chantal Moufe (ed.) The Challenge of Carl Schmit, (London: Verso 1,999)
38
Carl Schmit, Carl Schmit, Political Theology...p. 15.
39
Ibd.
Evidentemente si esto no fuera as entonces tendramos que Schmit estara apoyando la guerra y el conficto permanente al mismo tiempo esta tesis sera contrara al
pensamiento teolgico poltico que no tiene la lectura extremo pesimista de algunas otras perspectivas como el luteranismo ya mencionado.
40
Aqu se observa la deuda que tiene Schmit de pensadores decisionistas como el ya citado Donoso Corts pero tambin en autores como Bodin y Hobbes: Punto de
partida de la construccin del Estado en Hobbes es el miedo del estado de naturaleza: su meta y objetivo, la seguridad del estado civil poltico.. Carl Schmit, Carl Schmit, Der
Leviathan in der Staatslehre des Thomas Hobbes: Sinn und Fehlschlag eines politischen Symboles (Hamburg: Hanseatische Verlagsanstalt, 1938) . En espaol, El Leviathan en la
Teora del Estado de Toms Hobbes (Buenos Aires: Struhart, 1990) p. 29. Tambin en Die Diktatur: Von den Anfngen des modernen Souvernittsgedanken bis zum proletarischen
Klassenkampf (Leipzig: Duncker & Humblot,1921). En espaol, La Dictadura, (Madrid: Alianza, 1985) .
41
La autntica cristiandad fue anti utpica porque no prometa la justicia en este mundo. El salvador cristiano no fue un dador de leyes sino simplemente aqul que
deroga las antiguas. Bopal Balakrishnan. [Link]. p.223.
Con esto tambin Schmit queda libre de toda la serie de acusaciones de las que es objeto y donde se le tilda de ser un propagandistas de ideas totalitarias o fascistas
como lo quieren pintar algunos acadmicos liberales y socialistas, uno de los ms conocidos es sin duda el profesor de la Universidad de New York (NYU) Stephen
Holmes, Cfr. The Anatomy of Antiliberalism (Cambridge,Mass: Harvard University Press, 1993) pp. 37 60.
42
Cfr. Carl Schmit, ber die drei Arten des rechtswissenschaflichen Denken (Hamburg: Hanseatische Verlangsanstalt, 1934) .Edicin en espaol, Sobre los tres modos de pensar
la ciencia jurdica (Madrid: Tecnos, 1996).
43
Carl Schmit, Carl Schmit, Political Theology...p. 59.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
196
EDUARDO HERNANDO NIETO
44
Ibd.
45
Ibd.,p. 63.
46
Gnesis 3: 1 24.
47
Eduardo Hernando, Libertades Republicanas para el nuevo nomos peruano: necesitamos realmente ms derechos? en: Per:En qu pas queremos vivir? Tomo II
(Lima: IPAE, 2,001) p. 3 56.
48
Robert B. Pipin, Robert B. Pipin, Idealism as Modernism, Hegelian Variants, (Cambridge: Cambridge University Press, 1997) pp.209 210. Esta idea de pretender controlar la realidad
poltica se inicia con [Link]. Leo Strauss The Three Waves of Modernity en: An Introduction to Political Philosophy, Ten Essays by Leo Strauss, Hilail Gildin (ed).
(Detroit: Wayne State University Press, 1989) p. 84.
49
Tal ha sido el impacto de la obra de Strauss en Estados Unidos que no han faltado quienes lo han acusado de ser tambin un idelogo del partido Republicano y de
propagar una moral nietzscheniana. Para una visin tan distorsionada de Leo Strauss ver de Shadia Drury, The Political Ideas of Leo Strauss (London: [Link] Press,
1988) en especial el cap.1 . Tambin aunque algo menos radical que el texto de Drury, el texto ya citado de Stephen Holmes, The Anatomy of Antiliberalism pp. 61 87.
50
Los textos de Strauss en espaol son el tambin ya mencionado Qu es Filosofa Poltica? (Madrid: Guadarrama, 1970); Meditacin sobre Maquiavelo, (Madrid: Instituto
de Estudios Polticos, 1964); Historia de la Filosofa Poltica, (Mxico: FCE,1993); Persecucin y arte de escribir y otros ensayos de flosofa poltica, (Valencia: Edicions Alfons el
Magnanim, 1996) . Editado e introducido por Antonio Lastra.
Existen tambin referencias a la obra straussiana en: Luc Ferry, Filosofa Poltica I. El derecho: la nueva querella de los antiguos y los modernos (Mxico: FCE, 1991); Fernando
Vallespn, La vuelta a la tradicin clsica en: Historia de la Teora Poltica , Vol 5, Fernando Vallespin (ed) (Madrid: Alianza, 1993); Pablo Badillo OFarrell, Fundamentos de
Filosofa Poltica, Cap. 7. (Madrid: Tecnos, 1998); Javier Roiz, Leo Strauss (1899 1973): Un Pensador Perverso? En: Revista de Estudios Polticos, N 110, Madrid, Octubre
Diciembre 2,000, pp.27 58. Tambin, en, Javier Campos Daroca, Leo Strauss, lector de Alfarabi, lector de Platn Metapoltica N 13, Mxico, Vol. 4 Enero/Marzo
2,000. Finalmente el eplogo al pensamiento de Strauss en Historia de la Filosofa Poltica por Nathan Tarcov y Thomas Pangle.
51
Leo Strauss, Jerusalem and Athens some preliminary refections, en: Leo Strauss, Jerusalem and Athens some preliminary refections, en: Leo Strauss Studies in Platonic Political Philosophy, Thomas Pangle (introd) (Chicago: Chicago
University Press, 1983). En espaol, Jerusaln y Atenas, algunas refexiones preliminares en: Persecucin y arte de escribir y otros ensayos de flosofa poltica. Tambin,
en Leo Strauss, The Mutual Infuence of Theology and Philosophy, The Correspondence Between Leo Strauss and Eric Voegelin, 1934 1964, Faith and Political Philosophy,
traducido y editado por Peter Emberley y Barry Cooper (Pennsylvania: The Pennsylvania State University Press, 1993).
52
Aqu trataremos de pensar que se trata de una relacin anloga a la de la regla y la excepcin, y a la imagen de la complexio oppositorum que seala Schmit aunque
para el mismo Strauss el problema sea ms complejo: .Nadie puede ser al mismo tiempo un flsofo o un telogo, o, en cuanto a eso , un tercero que este ms all del
conficto entre la flosofa y la teologa o una sntesis entre ambos Leo Strauss, The Mutual Infuence of Theology and Philosphy ,p. 217. Tambin What is Political Tambin What is Political
Philosophy? en What is Political Philosophy? An other studies...p. 13. Sin embargo, en The Three Waves of Modernity seala que para juzgar adecuadamente la
doctrina de Maquiavelo, debemos considerar que existe en un punto crucial un acuerdo entre la flosofa clsica y la Biblia, entre Atenas y Jerusaln. De acuerdo con la
Biblia el hombre es creado a imagen de Dios, se le ha dado el gobierno de todas las criaturas terrestres , no se le ha dado el gobierno sobre la totalidad, se le ha puesto
en un jardn para que lo trabaje y cuide de l; posee pues un lugar, la virtud es la obediencia al orden divino, as como en la flosofa clsica la justicia es cumplimiento
con el orden natural p. 86.
53
Leo Strauss, Leo Strauss, The City and Man, (Chicago: Chicago University Press, 1978) p.13.
54
Leo Strauss, What is Political Philosophy?... p. 11. Leo Strauss, What is Political Philosophy?... p. 11.
55
Leo Strauss, Leo Strauss, The City and Man...p. 1.
56
What is Political Philosophy What is Political Philosophy, ...pp. 10 11.
57
Ibd., p. 12. Ibd., p. 12.
58
Ibd. On Classical Political Philosophy en: Ibd. On Classical Political Philosophy en: What is Political Philosophy,... p. 87.
59
Leo Strauss, Leo Strauss, Natural Right and History, p. 139.
60
The Three waves of modernity... p. 85. The Three waves of modernity... p. 85.
61
Leo Strauss, Leo Strauss, The Political Philosophy of Hobbes, Its Basis and Its Genesis, (Chicago: Chicago University Press, 1952); Leo Strauss, Thoughts on Maquiavelli (Chicago: Chicago
University Press, 1958).
62
What is Political Philosophy?...p. 41. What is Political Philosophy?...p. 41.
63
Ibd., p. 47.
64
Toda legitimidad tiene su origen en la ilegitimidad Natural Right and History... p. 179.
65
What is Political Philosophy?... p. 50. What is Political Philosophy?... p. 50.
66
The Three waves of modernity... p. 90. The Three waves of modernity... p. 90.
67
Y no de acuerdo a la naturaleza de las cosas como sostiene el derecho natural clsico.
68
Ibd., p. 91.
69
Ibid., p.94.
70
Como en la idea de bondad sostenida por Rousseau.
71
Ibd. En este sentido, sin embargo, la tercera ola representara una crtica al historicismo que el mismo Strauss aceptara. Cfr. Laurence Lampert, Cfr. Laurence Lampert, Leo Strauss and Nietzsche,
(Chicago: Chicago University Press,1996), pp. 6 7.
72
Ibd., p. 95 96.
73
Ibd., p. 96 97.
74
Ibd., p. 98.
75
Leo Strauss, What is Liberal Education?, en Leo Strauss, What is Liberal Education?, en An Introduction to Political Philosophy, Ten Essays by Leo Strauss, p. 311.
76
uno debe distinguir entre lo que es por naturaleza, en donde no tenemos posibilidades de eleccin, y lo que es de acuerdo a la naturaleza, esto es, el estndar por el cual
uno escoge. Harvey C. Mansfeld , Harvey C. Mansfeld , A Student Guide to Political Philosophy, (Wilmington, Delawere: ISI Books, 2,001) p. 19.
77
Ibd. Ibd.
78
Leo Strauss, Leo Strauss, Persecution and the Art of Writing, (Chicago: Chicago University Press, 1988) p. 30.
79
Allan Bloom, Emilio en Gigantes y Enanos, la tradicin tica y poltica de Scrates a Rawls, (Barcelona: Gedisa, 1999) pp. 233 271.
80
Ibd., p. 248. Ibd., p. 248.
81
John McCormick, The Dilemmas of Dictatorship, Carl Schmit and Constituional Emergency Powers en John McCormick, The Dilemmas of Dictatorship, Carl Schmit and Constituional Emergency Powers en Law as Politics, Carl Schmits critique of Liberalism, David
Dyzenhaus (ed) pp. 218 219.
82
Leo Strauss, The City and Man...p.1 De hecho, el problema con la modernidad es que parte precisamente de la separacin del hombre de la ciudad.
83
Leo Strauss, The Mutual Infuence of Theology and Philosohy en: Leo Strauss, The Mutual Infuence of Theology and Philosohy en: Faith and Political Philosophy...p. 218.
84
Ibd. p. 219.
85
La bsqueda de los principios procede de la percepcin sensible, del razonamiento, y de lo que ellos llamaban noesis, que se traduce literalmente como comprensin
o intelecto, y que podemos traducir con ms precisin como conocimiento, un conocimiento con los ojos de la mente distinguindola del conocimiento sensible.
Ibd.
86
Ibd. Ibd.
87
Jerusalemand Athens, some preliminary refections en Jerusalem and Athens, some preliminary refections en: Leo Strauss, Studies in Platonic Political Philosophy... p. 159.
88
The Mutual Infuence of Theology and Philosophy... p. 220. The Mutual Infuence of Theology and Philosophy... p. 220.
89
Progress or Return? en. Progress or Return? en. An Introduction to Political Philosophy, Ten Essays by Leo Strauss. pp. 279 280.
90
Audacium existimo de bono divi praecepti disputare,neque enim quia bonum est,idcirco auscultare debemus, sed quia deus praecipit. Citado por Heinrich Meier, Citado por Heinrich Meier, The
Lesson of Carl Schmit... p. 92.
91
Ibd., p. 221. Ibd., p. 221.
92
Steven B. Smith, Between Athens and Jerusalem en: Steven B. Smith, Between Athens and Jerusalem en: The Review of Politics, Invierno 1991, N1. Vol. 53 p. 81.
93
Carl Schmit, Carl Schmit, The Concept of the Political (Chicago: Chicago University Press, 1996) p. 69.
94
Leo Strauss, Notes on Carl Schmit The Concept of the Political en: Carl Schmit Leo Strauss, Notes on Carl Schmit The Concept of the Political en: Carl Schmit, The Concept of the Political, [Link]. En espaol, Apuntaciones sobre el Concepto de lo
Poltico de Carl Schmit en: Persecucin y Arte de Escribir, y otros ensayos de Filosofa Poltica.
95
En la terminologa de Schmit esto signifca que el status naturalis es el estado autnticamente poltico; pues tambin para Schmit lo poltico reside no en la lucha
misma, sino en un comportamiento determinado por esta posibilidad real. Se desprende, de este modo, que lo poltico, a que Schmit reporta validez fundamental, es
el estado de naturaleza que sustenta toda cultura; Schmit honra el concepto hobbesiano de estado de naturaleza. Apuntaciones sobre el Concepto de lo Poltico de Carl
Schmit. p. 38.
96
Schmit, en la primera edicin del Concepto de lo Poltico (1927) llama a la poltica un dominio independiente como cualquier otro dominio como por ejemplo la
economa o la moral, empero, despus reconocer que la poltica abarca todas las esferas. Ciertamente, se dice que esto responde fundamentalmente al contexto en el que
escribi ya que en el caso primero se trataba de defender la poltica frente a la hegemona del liberalismo reclamando la autonoma de la poltica pero en el segundo caso
ya la poltica haba vencido al liberalismo y entonces ahora si poda dirigirse hacia el ataque. Cfr. Susan Shell, Meier on Strauss and Schmit, en Cfr. Susan Shell, Meier on Strauss and Schmit, en The Review of Politcs,
Invierno 1991, N1, Vol.35., pp. 219 220.
97
Carl Schmit, Sobre los tres modos de pensar la ciencia jurdica...pp. 29 30. Este positivismo podra derivar en la autocracia.
98
Ibd, 20. Ver tambin, WilliamE. Scheuerman, Ibd, 20. Ver tambin, William E. Scheuerman, Carl Schmit The End of Law (Lanham, Maryland: Rowman & Litlefeld, 1999) cap. V, p. 124.
99
Heinrich Meier, Heinrich Meier, The Lesson of Carl Schmit...pp. 162 163.
100
Con la segunda llegada de Cristo al fnal de los tiempos. Ibid, p. 24. Ibid, p. 24.
101
Ibd. p. 74.
102
Vase como un ejemplo de ello sera la Repblica de flsofos que propuso la ilustracin francesa y que tuvo que concluir en el terror jacobino.
103
Leo Strauss, The City and Man, p. 30.
104
Carl Schmit, Political Theology... p. 15.
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
197
TEOLOGA POLTICA O FILOSOFA POLTICA?
Foro Acadmico agradece a las siguientes personas e instituciones:
Pontifcia Universidad Catlica del Per
Armando Zolezzi Mller
Rogelio Llerena Quevedo
Luis Becerra Chvez
Javier Neves Mujica
Eloy Espinosa-Saldaa Barrera
Benjamin Aguilar Llanos
Ral Saco Barrios
Christian Guzmn Napuri
Flix Morales Luna
Carmen Robles Moreno
Renato Meja Madrid
Carlos Cornejo G.
Notaria Marcial Ojeda Snchez
Notaria Victor Rojas Pozo
Notaria Lluvidsa Tovar Pineda
Liliana Muguerza Guadalupe
Miguel ngel Ronceros Neciosup
Familia Jordn Manrique
Familia greda Aliaga
Familia Garca Chvarri
Familia Ramrez Varela
Familia Santander Rengifo
Familia Silva del Carpio
Kinko`s Impresores S.A.C.
Marcerlo Dall`orso Contreras
Javier A. Talavera Villanueva
Hernndez & Rosell Abogados
Estudio Guzmn Abogados