Diseño Invisible: Lecciones de Chaves
Diseño Invisible: Lecciones de Chaves
Chaves, Norberto. El diseo invisible: siete lecciones sobre la intervencin culta en el hbitat humano. Buenos Aires: Piados, 2005. Cap. 1, 4 y 5.
El hbitat -primera y ms profunda huella material de la vida humana- es la manifestacin ms completa y universal de la matriz cultural de una comunidad: refleja e induce el sistema de relaciones fsicas y simblicas de los individuos entre s y de stos con el medio. Constituye el repertorio y sistema bsico de la cultura material. La plaa de una aldea bororo -nos ensea la antropologa- es, ella misma, el esquema grfico de la cultura bororo y contiene y sostiene no slo la cultura material sino el sistema de relaciones entre los miembros de la sociedad. Ms compleja, pero igualmente representativa, es la vista area de cualquiera de nuestras ciudades. Por lo tanto, las reglas que regulan el sentido del hbitat son culturales en la acepcin ms profunda y radical del trmino: el hbitat sintetiza en cada uno de sus rasgos la totalidad de niveles de la experiencia humana: lo biolgico, lo psicolgico, lo ergonmico, lo tecnolgico, lo econmico, lo poltico, etctera. De all la ingenuidad de todo planteamiento reduccionista en las teoras del hbitat o la arquitectura. Los funcionalismos, tecnologismos, economicismos, esteticismos no son ms que representaciones parciales e insuficientes que, en la bsqueda de un principio nico, no hacen sino perder contacto con su objeto real. Tales "aproximaciones" al hbitat no son sino alejamientos que bloquean su comprensin y que resultan an ms graves cuando pretenden regular su produccin. Las ideologas del diseo y la arquitectura han incurrido insistentemente en este tipo de simplificacin. Si los idelogos histricos del diseo hubiesen frecuentado las teoras de la cultura jams habran escrito ingenuidades de la talla de "la forma sigue a la funcin" o "lo til es bello". Afirmaciones como stas fueron, en su poca, de gran ayuda para desvelar y relegitimar dimensiones olvidadas del objeto de uso y promover actitudes alternativas: eran consignas de accin a favor de la recuperacin de valores desdeados por la sociedad. Pero, por otra parte, han dado pie a equvocos y dogmas que no han hecho sino empobrecer la consciencia y la obra cultural. El discurso del entorno, producto de la experiencia concreta y completa de la sociedad que lo habita, no depende de la voluntad de sus autores materiales y no necesariamente coincide con sus intenciones simblicas explcitas. Por lo mismo, las reglas que regulan el sentido del hbitat son independientes de las reglas que los diseadores aplican para disearlo y de las reglas que dicen aplicar (que no son lo mismo), e independientes tambin de las construcciones ideolgicas con que los autores fundamentan sus normas y sus obras. Y tal falta de coincidencia no constituye en absoluto una falencia, sino una situacin estructural; pues el hbitat y su verbalizacin son fenmenos de distinta naturaleza y funcin. Por ello, una autntica teora del hbitat debe incluir en su objeto de anlisis tanto la realidad material como la crtica de los discursos y las formas de representacin de su produccin, distribucin y consumo. Pues as como no podemos explicar la sociedad por las ideas que tienen de ella sus miembros, tampoco podemos explicar el hbitat por lo que de l piensen sus constructores ni, tampoco, sus usuarios: toda matriz cultural es esencialmente inconsciente.
un plus de sentido. Ausente dicho antecedente, cada obra queda, por as decirlo, "librada a su suerte": la potencia creadora del autor deber suplir esa orfandad cubriendo ambos planos: el genrico y el especfico. Desde este enfoque, el concepto de estilo se nos disuelve dentro del concepto mismo de cultura, constituyndose en algo as como su "morfologa y sintaxis": el estilo es la tecnologa secreta de la cultura, aquel aspecto del hecho cultural que lo vuelve verosmil, o sea, transparente. La cultura -su ejercicio y experiencia- es esencialmente invisible, se disuelve en el acto de vivir, se naturaliza. Cultura es, bsicamente, aquello que no llamamos cultura. Y tal naturalizacin se produce por la fuerza impositiva del estilo: su inexorabilidad. El estilo aparece all donde existe una manifestacin estable de la cultura: desde el idiolecto del pequeo grupo hasta las convenciones del conjunto de la sociedad, desde la moda hasta el estilo estable de la poca. Se puede hablar de "estilo de poca" en la medida en que el estilo exceda un determinado mbito y se extienda como regla generalizada de la cultura o, al menos, sea asumida como tal por los sectores sociales que lideran la produccin cultural y manejan los resortes para imponerla como modelo al conjunto de la sociedad y al conjunto de sus prcticas. Los miembros de una comunidad culturalmente diferenciada crean a travs de sus comportamientos solidarios -o sea, compatibles- el modo de manifestacin contempornea de su identidad cultural. Recprocamente, cada miembro no hace sino interpretar cada produccin particular desde el cdigo de su poca. Y es por ello que poca y estilo se han venido identificando, constituyendo uno el signo de la otra. Esa solidaridad tcita entre los actores culturales, esa obediencia profunda y prolongada de las reglas del estilo, que otorga a ste consistencia y tenacidad, tiene su origen en el poder del estilo como condicin sine qua non del sentido. Al igual que el lenguaje, el estilo es una convencin cuya obediencia conviene a todos. Vuelta convencin generalizada, la norma se naturaliza, se vuelve transparente -o sea invisible- y opera de modo inconsciente como principio de la produccin y registro del sentido del hecho cultural. La cultura brota as "naturalmente", y aquello que en el fondo no era ms que una convencin fruto de la necesidad o el azar se vuelve una verdad. Gracias a ello, el hecho cultural llega a nosotros como algo previsible: disfrutamos de la cancin que escuchamos porque ella no hace sino despertar una cancin interior. Todo canto es, en realidad, un do. El estilo de poca surge entonces como fruto de una inmensa "tarea de equipo" a cargo del conjunto de la sociedad bajo la direccin de sus lderes. El barroco -ejemplo de ejemplos- se desarrolla en Europa como verdadero estilo internacional con versiones nacionales e, incluso, coloniales, y manifestaciones en casi todas las artes, costumbres y cdigos de comportamiento. Con el estilo de poca, las reglas del arte y los principios de la cultura llegan a su mximo nivel de coincidencia; salvo excepciones, los autores tienen, con sus obras, escassimo margen de "error": el xito es prcticamente inevitable. El estilo, en tanto cdigo interiorizado por una comunidad cultural en una poca determinada, adquiere as el carcter de sistema objetivo, "natural", como la lengua. Y su dominio consciente deviene prcticamente una "ciencia", trmino frecuentemente utilizado por los tratadistas.
momento dado de la historia del "abrochar las prendas" aparece la cremallera y all se observa un salto cualitativo que es inmediatamente acusado por el lenguaje: una cremallera no se "abrocha", se "cierra". La cremallera, en algunos pases americanos, se denomina "cierre" y, en ingls, "zip", onomatopeya inaplicable al botn. Pero el abrigo sigue abrindose por delante y por el medio, por el mismo lugar en que "antes" estaban los botones. La aparicin del ascensor como innovacin mecnica de la circulacin vertical ocurri "naturalmente" en el vaco generado por el recorrido en espiral de la escalera; no slo para el aprovechamiento del espacio o por la proximidad de los accesos, sino tambin por una contigidad sintctica que promova la asociacin semntica, favoreciendo as la lectura del nuevo uso. Hoy ya no tienen por qu estar vinculados y la escalera suele estar oculta como va secundaria. La creacin cultural consiste en la aplicacin sistemtica de reglas naturalizadas y toda innovacin no surge sino de la profundizacin de esas reglas hasta el extremo de su metamorfosis: ningn "nuevo orden", "nuevo modo" o. "nuevo estilo" brota de otra fuente que la de la radicalizacin y transformacin de sus antecedentes.
profundidad y pluralidad de sentidos para concentrarla en un nico plano, aquel planteado por la "hiptesis". As, cierto monismo presente en la reflexin sobre la cultura adquiere, con el experimentalismo, forma prctica. Aquella necesidad imperiosa e incuestionada de explicar la vida como mero efecto de un nico principio motor se revierte en consigna de accin cultural: la hiptesis deviene norma. Paradjicamente, movimientos ideolgicos supuestamente defensores de la "obra abierta" la cierran con el cors de la hiptesis y la condenan a la monosemia. Este verdadero temple metalingstico en el arte no es un fenmeno aislado. El siglo XX es el siglo de las teoras de la cultura que hacen su eclosin con la antropologa, la lingstica, la semiologa, el psicoanlisis. Estas teoras, en muchos casos, no se han limitado a acompaar o a analizar el hecho cultural sino que, incluso, han prestado sus categoras a ms de una corriente de ruptura. Tal es el caso de los binomios psicoanlisis-surrealismo o semiologa-arte conceptual. Esta firme tendencia autorreflexiva en los distintos gneros artsticos ha puesto en crisis su propio concepto, preanunciando su obsolescencia y desaparicin de la vida social. Pero entre la produccin cultural de las vanguardias y los procesos socialmente masivos existe un vnculo ms slido del que es generalmente reconocido; vnculo que legitima las vanguardias, al menos histricamente. En algunas de sus facetas, las vanguardias han sido efectivamente tales, en el sentido de que sus propuestas han sido precursoras de tendencias generalizadas. Precisamente una de las caractersticas principales del experimentalismo -la "descomposicin analtica" del hecho artstico- se ve curiosamente reproducida "en grande" en una tendencia del consumo cultural masivo: la desintegracin de la obra y de la experiencia. La cotidianidad cultural ha incorporado el registro parcializado de la obra como forma natural de apreciarla: la pelcula es rescatada por su fotografa, los efectos especiales o el libreto; la obra de teatro, por la iluminacin o la actuacin de la primera actriz; la exposicin de pintura, por lo inslito de su temtica. El sujeto cultural ha devenido un "analista" espontneo. Desintegrado l mismo, ya no puede totalizar la obra: slo ve fragmentos de ella; y eso le basta. Por otra parte, la descomposicin de la pieza se extiende a la descomposicin de la experiencia: sta se descontextualiza y se desritualiza. El sujeto desintegrado prefiere ver el cine en casa, mientras come "cmodamente" una pizza que no ha tenido que preparar y sin tener que vestirse para ir a aquel "estreno" ya inexistente. La celebracin colectiva del hecho cultural desaparece como prctica estructural. Se ha disuelto, en la experiencia cultural, su propio "pathos". Y afirmar que la sociedad no realiza una experiencia integrada de la cultura es afirmar que la cultura prctica integradora por excelencia- se desdibuja.
sistema; tal acumulacin constituye simplemente el subsidio a una casta aliada de funcionarios y depositarios. La masa de capital financiero se ha independizado de sus "propietarios". Al superar sideralmente la escala del usufructo clasista, el capital financiero ha transformado a sus dueos en simples administradores. Las caractersticas concretas, particulares, de los beneficiarios (cultura, ideologa, extraccin social, estilo de vida) resultan, por tanto, irrelevantes: ya no son pertinentes en un sistema que se ha abstrado, logrando una absoluta independencia respecto de su corporizacin sociolgica. Lograda tal autosuficiencia, el sistema ya no necesita ni de la ideologa ni de la cultura para sobrevivir. Abandona, por lo tanto, esas "prtesis" y camina sobre sus propios pies: lo que piensen o valoren sus ejecutores ya es inocuo. Y, as como dej de necesitar la cultura, el poder la ha olvidado. La cultura, en el sentido duro del trmino, ha quedado arrinconada en ciertos mbitos del folclore autogestionado de la sociedad civil. Y slo ingresa en los clculos del poder en la estricta medida que devenga mercanca significativa; o sea, reciclable en trminos de consumo masivo. El poder adscribe al nico factor poltica y econmicamente til a sus designios: los procesos de masas; obra, por lo tanto, como agente masificador. La nica manifestacin de la cultura avalada y promovida por el poder es aquella bautizada con el polmico apelativo de "cultura de masas", que no es sino la dimensin simblica del consumo. Bajo la mirada y la accin del poder, todo gnero cultural, cualquiera fuera su naturaleza y procedencia social, es recodificado por los propios medios masivos y deviene consumo simblico, o sea, entretenimiento. No es nada ajena a este proceso la ostensible deculturacin de los actores fsicos del poder. Nunca antes fue posible dirigir poltica y econmicamente a la sociedad con un elenco de dirigentes tan depauperados culturalmente. La "clase dominante" es hoy el producto de un melting pot de sectores medios velozmente enriquecidos por la especulacin, ex funcionarios subidos de grado por los privilegios de las stock options, delincuentes de origen popular que han acumulado capital en actividades marginales, mafias tnicas transculturadas, estrellas del espectculo de masas devenidas hecho macroeconmico y supervivencias dinsticas de la burguesa decimonmica. Es evidente que una "clase dominante" de tal perfil no est en condiciones de liderar culturalmente a la sociedad. Pero, y ms importante an, no hace falta que lo haga. Desde este punto de vista, la desaparicin del "estilo de poca" carece de todo misterio. Las escasas realizaciones culturales de alta calidad lideradas consecuentemente por el poder poltico o el poder econmico pueden considerarse supervivencias no representativas. El poder ya no necesita la cultura para consolidarse y perpetuarse.
descomposicin analtica del hecho cultural. Esa ha sido, en el fondo, la mxima aportacin cultural del siglo XX occidental. En su sentido positivo, dicha descomposicin ha favorecido la capacidad de registro e interpretacin de la totalidad del patrimonio histrico. Posiblemente nunca antes nuestra cultura tuvo acceso tan profundo al sentido perdurable de cada uno de los pasos de su propio itinerario. Al romperse el vnculo entre poca y estilo, todos los estilos histricos, a su vez, se han liberado de su poca. El nuevo sujeto finisecular puede ver, por primera vez, lo universal de cada experiencia histrica: todos los estilos han devenido-contemporneos. El siglo XX es el lugar de la historia donde todos los siglos previos conviven y se vuelven inteligibles. Nuestro disfrute del patrimonio ya no es, como en el siglo XIX, un acto nostlgico pues ha desaparecido el tiempo. Paralelamente a los procesos de despersonalizacin y disolucin cultural implcitos en la llamada "globalizacin", una aceleracin y ampliacin de los contactos interculturales ha creado las condiciones para una potenciacin de la cultura al multiplicarse los intercambios en los que sta se nutre y confirma. Y el mismo procedimiento que quebr la solidaridad entre estilo y poca tambin quebr, o afloj, el vnculo biunvoco entre estilo y comunidad. Los recintos culturales cerrados tienden a abrirse sin necesariamente perder identidad y vitalidad. Descartando el voyeurismo cultural -versin degradada y degradante de la trasculturacinqueda an un espacio de legtima extrapolacin de las distintas culturas coetneas. Tambin en ellas se ha sabido distinguir lo exclusivo y lo universal. Sistemas tan endgenos y hermticos como el flamenco comienzan a ser entendidos fuera de su etnia de origen al detectarse su dimensin universal. Y esto debe entenderse no tanto como una conquista del flamenco sino como un logro de ese "payo universal" en que se ha transformado el sujeto contemporneo. La desaparicin del estilo de poca ha creado las condiciones para la apreciacin y disfrute de mltiples estilos, favoreciendo una suerte de sincretismo o una mayor capacidad de metalenguaje y, en ambos casos, podra estar produciendo una reafirmacin del sujeto cultural. Podramos conjeturar, entonces, la apertura de dos vertientes de la crisis: la deculturacin y el sincretismo.
caso, la actitud correcta parece ser aquella que d prioridad absoluta al programa y considere que en l quedan incluidos todos los" condicionantes del proyecto, no slo el "tema" sino incluso sus peculiares requerimientos estilsticos. Es decir, se trata de acceder al estadio de una suerte de "metadiseo". Quien aspire a insertarse en un escenario productivo tan heterogneo teniendo en cuenta a sus distintas demandas y garantizando un alto ajuste a las peculiaridades de cada una, deber desarrollar una estrategia de formacin tcnico-cultural y de actuacin profesional inexorablemente eclctica. Deber superar la creencia en la universalidad de un determinado sistema de reglas sintcticas y morfolgicas y en la validez de su imposicin, a priori, a todo tema de diseo. Recprocamente, tal actitud deber implicar la aceptacin y compresin de la validez cultural de todo lenguaje histricamente plasmado, incluso aquellos ajenos al mundo del diseo, y acceder al dominio profundo e idneo de sus reglas. El repertorio de lenguajes o estilos histricos, incluidos los desarrollados en el siglo XX, proveen recursos ms que suficientes para resolver eficazmente cualquier programa de diseo. Toda produccin al margen de dichos lenguajes tiene dos nicas alternativas de explicacin: o se trata de la eclosin de un nuevo lenguaje, fruto de un talento cultural fuera de serie que ha superado las condicionantes estructurales que hoy inhiben tales desarrollos; o se trata de una afloracin ms de la extravagancia, fruto de las presiones del mercado del espectculo o de las veleidades "vanguardistas" del autor. El desarrollo de la capacidad creativa slo se produce profundizando el dominio de aquellos lenguajes y no pretendiendo partir de cero. Dicho dominio permitir, adems, una canalizacin culta de las demandas ms vulgares, que podrn ver satisfechos sus objetivos mediante piezas de calidad. Con ello, el diseador no estar plasmando aspiraciones meramente personales o militancias culturales ajenas al mercado, sino cumpliendo con su estricta funcin profesional. El eterno problema de dar una respuesta de calidad a una solicitud inculta se resuelve, en gran parte, mediante el enriquecimiento de los recursos del diseador: a mayor diversidad de retricas menor riesgo de tener que dar respuestas deculturadas, tener que abstenerse de prestar el servicio o fracasar en el intento. El aprendizaje del diseo que soslaye el conocimiento aplicado de dichos lenguajes slo lograr recrearlos sin saberlo y de modo imperfecto: el diseador generar hbridos de baja calidad, sus productos quedarn muy por debajo de los estndares fijados por los lenguajes ya maduros. Pues la falsa innovacin crea en el vaco, desecha los recursos culturales disponibles y queda por detrs de lo desechado. La innovacin verdadera optimiza los cdigos o consigue su sabia trasgresin. Para ambas cosas es Indispensable dominarlos: conocerlos a la perfeccin y saber ponerlos en prctica. Esta lnea de conducta y de formacin profesional y cultural materializa un cambio radical en los procedimientos, modelos y perfiles tcnicos del diseo; el diseador ya no selecciona formas sino lenguajes. Su aportacin ya no se estanca en la mera manipulacin formal del objeto sino que se retrotrae a la previa opcin por una estrategia retrica. Su "creatividad" no est en la originalidad de la forma sino en lo acertado del lenguaje escogido. Quiz este nuevo enfoque sea el ms congruente con la actual circunstancia histrica y el que vaya materializando un autntico estilo de la poca a partir de su negacin. Sin duda, la formacin requerida para asumir esa forma de actuacin excede los marcos de los programas predominantes en las escuelas de diseo y arquitectura. Y, tambin sin duda, exigir un perfil acttudinal radicalmente opuesto al del mero "creativo".
la cacofona, que instintivamente rehuimos buscando sinnimos, es una regla de la cultura que preserva la armona. Esta construccin de contextos armnicos es esencialmente una tarea de la sensibilidad; sus reglas apenas pueden racionalizarse: "los spaghetti no se cortan, se enrollan en el tenedor". Vete a saber por qu; pero de cortarse, ni hablar. La produccin armnica (podramos atrevernos a decir "potica"?) es una conducta espontnea propia de todo sujeto integrado, un sistema de reflejos culturalmente condicionados: con un delicado gesto de la mano le cedi el paso". Esta inexorabilidad de la funcin significante del contexto armnico puede confirmarse por la negativa, observando qu es lo que ocurre cuando la regla de armona contextual se rompe. Por ejemplo: cuando hay cambio abrupto o imprevisto de contexto.
El vandalismo
En la puerta de la catedral de Sevilla se lea: PROHIBIDO ENTRAR EN BAADOR y en una iglesia de Puebla: STE ES LUGAR DE ORACIN, VISTA CORRECTAMENTE. El motivo de ambas advertencias es evidente: la masificacin y la disolucin progresiva de las reglas de comportamiento debido a la desaparicin de la nocin de comunidad, o sea, de pertenencia a un grupo articulado por determinados acuerdos y convenciones. Entre el brbaro que entra en la iglesia en baador y chancletas y el descuartizador de Londres slo hay una diferencia de grado: el vndalo destruye sentidos colectivos; el descuartizador, apenas individuos. Si al decir de Michel Serres, el caos es ocenico y el orden puramente insular, no puede quedar duda alguna acerca del sentido y misin del trabajo creador.
La ley de la selva
La libre concurrencia y su desenlace inevitable -el mercado de oferta- impone, como ley de hierro, la diferenciacin a cualquier precio: el cambio compulsivo, la transgresin de las normas establecidas, la sobrepromesa, o sea, la mentira. Y al estar prcticamente ausentes las reglas de juego, "libre concurrencia" no es sino un eufemismo para "ley de la selva". En la sociedad de mercado, no diferenciarse es morir, a la corta o a la larga. El "desarrollo" es slo la misin aparente, la publicitaria, de la innovacin; su misin real es la conquista del mercado. Y la arquitectura no se exime de esta presin. All donde haya una exigencia de notoriedad pblica, el programa arquitectnico transferir tal exigencia al proyecto: le demandar un "edificio singular". El mercado corporativo y el mercado poltico reclaman cada vez mayor sensacionalismo, y ah estn las ciudades, transformadas en autnticos showrooms de la "arquitectura fantstica". Combinada con la crisis de los lenguajes de la cultura, opera su otra cara: la instauracin del espectculo como sustituto de la cultura y la expansin inusitada del mercado del sensacionalismo. La mengua de la demanda propiamente arquitectnica es proporcional al crecimiento de la demanda espectacular proveniente del mercado de la novedad, manifestacin de la cultura del consumo en el campo del hbitat. La arquitectura sensacionalista no es ms que un instrument del marketing poltico y empresarial. Forma parir de los operativos publicitarios de la administracin pblica y de los especuladores privados, normalmente entrelazados. Y la consagracin de sus autores con el rango de "mximos exponentes de la cultura arquitectnica actual" no es sino el mecanismo mediante el cual se los inviste de autoridad cultural para que as puedan legitimar los operativos de sus clientes, encubriendo su carcter contracultural. As como el "pop art" legitim como alta cultura la imaginera del consumo, la posmodernidad, "aprendiendo de Las Vegas", legitim como alta arquitectura el parque temtico. La crtica al urbanismo decimonnico prometa conducir a un planeamiento racional de las ciudades, pero la explosin del mercado inmobiliario frustr esa expectativa. El planeamiento oficial ha quedado reducido a la creacin de infraestructuras que apalanquen la expansin de la especulacin urbana. El paisaje urbano es "planeado" desde los despachos de los especuladores y legitimado desde el poder poltico como "desarrollo". A resultas de ello, el denostado urbanismo
La feria de vanidades
En la produccin arquitectnica contempornea se ha ido consolidando y radicalizando una vertiente que, por lo llamativo de sus obras, ha trascendido el mbito de la profesin transformndose en tema de la opinin pblica. Se trata de la denominada "arquitectura de autor", modalidad que, debido a su alto protagonismo meditico, suele ser confundida con la arquitectura contempornea en su conjunto, al tomar sus caractersticas particulares como rasgos universales de la produccin arquitectnica. Calcada sobre la ideologa de la libre concurrencia, la ideologa del estrellato profesional constituye su complemento perfecto: a tal demanda, tal oferta. La orga manierista, que nace de las propias escuelas de arquitectura y se potencia en los espacios gremiales y profesionales -colegios y publicaciones - no es ms que la respuesta a una demanda real de la sociedad del espectculo. Dicha demanda se transcribe en el campo profesional en trminos de culto a la creatividad, verdadero eufemismo de un mandato de notoriedad que podra formularse del siguiente modo: ninguna obra debe pasar desapercibida; la tarea proyectual consiste esencialmente en hallar soluciones notorias al programa, cualquiera fuera su naturaleza; la arquitectura ha de asumir una irrenunciable funcin vocativa. Es decir que cada pieza, adems de ser claramente "contempornea", debe ser nica, destacarse. Segn esta concepcin, la notoriedad no es un requisito particular, relativo al programa, sino un mandato universal: todo edificio arquitectnico ha de ser un "edificio singular". Se trata de una exigencia inapelable de originalidad que genera una compulsin a la transgresin; disear se transforma en lograr, a cualquier precio, hacer las cosas de un modo distinto del normal. Es este mandato el que alienta el culto a lo inslito, lo inesperado; el gusto por la grandilocuencia, la extravagancia, la estridencia. Siguiendo la tnica de la comunicacin y la cultura de masas, esta arquitectura adhiere a la gestualidad ms enftica, prxima a la histeria y falsamente identificada con la idea de creatividad. La bsqueda de notoriedad, compartida por igual por cliente y profesional, se satisface con las obras mediticas que, en aras de descollar, no dudan en superar las cotas de extravagancia e incurrir, incluso, en la vulgaridad: en Barcelona acaban de erigir un pene, por supuesto, erecto. La agresin al contexto es, quiz, el efecto ms buscado por este desenfreno formalista que, en su carrera, no repara en destruir el patrimonio si con ello logra su objetivo. El beneplcito de un poder urgido de recuperar protagonismo, el discurso "terico" de los "intelectuales orgnicos" y la algaraba de una sociedad fustigada por el tedio, le cubren las espaldas. La teora del contraste obligado se transforma as en el nico principio regulador de las intervenciones, y resulta hegemnica por la sencilla razn de que garantiza notoriedad sin requerir talento. Basta con vociferar. Finalmente, la eficacia de este mandato, su fuerza de imposicin, es acentuada por su oficializacin a travs de los organismos gremiales y conexos. Los colegios, las academias y las universidades los avalan, tcita o expresamente, como principios excluyentes y penalizan su inobservancia con la marginacin. El acoso de la competencia en el mercado profesional implanta los modelos del xito chantajeando al arquitecto con la amenaza del anonimato e instndolo a obedecer la tendencia; se trata de un mecanismo del todo similar al del "rating".
los planos de un edificio similar le resultaba igualmente impensable: se le planteaba una contradiccin irresoluble dentro de su concepcin de la arquitectura. Lo ms lcido de su comentario fue, entonces, la duda; duda que, a tenor de las "piezas singulares" que infestan la mayora de los pueblos del Ampurdn, no parece asistirles a los arquitectos locales. Para la corriente dominante en la arquitectura contempornea, la recreacin es un tab que paraliza. Nuevamente, esa dificultad para obedecer rdenes del contexto, esa dificultad para obedecer. Desde esta ideologa, proyectar es innovar, exclusivamente innovar. De ser ello imposible, no habr posible proyecto. Precisamente, una de las caractersticas distintivas de la tendencia que estamos criticando es la actitud de menosprecio ante la historia. Sus intervenciones sobre la obra precedente delatan cierto regodeo autoritario en el descarte, un placer en la confrontacin y la violencia, que demuelen fsica o simblicamente a sus antecesores. Salta a la vista cierto gusto infantil de contradecir lo dicho por otros, cierto berrinche que delata la inmadurez cultural de esta tendencia y cierta impdica arrogancia con la que se intenta disimular la incapacidad. La masividad con que se aplica la receta fcil del "contraste" constituye la prueba flagrante de la pobreza de recursos para interpretar las preexistencias creando espacios nuevos pero compatibles con ellas. Un furor "modernizador" reitera con exactitud la conducta irresponsable del desarrollismo de los 60. La escena urbana, entre sus mltiples paradojas, exhibe la de la restauracin-modernizacin: mientras se sanea y reconstituye, con gran costo, un edificio histrico violentado por una marquesina sesentista, a escasos metros, en otro edificio histrico, se incrusta con idntica violencia una marquesina "posmoderna". Esta actitud, oficializada por las escuelas y los medios, que hace del antihistoricismo un culto, se vincula en cierto modo con una herencia, mal digerida, de las vanguardias. Lo que en las vanguardias fue un cuestionamiento del eclecticismo finisecular ms reaccionario, es hoy una compulsin a la ruptura autojustificada. Del "espritu moderno" se recupera, a modo de coartada, slo el impulso de cambio y, aun as, transcrito en trminos de ingenio al servicio del mercado de la novedad. Aquella propuesta racionalista de demoler el casco antiguo de Barcelona por insalubre, medio siglo ms tarde, es puesta en prctica por la especulacin urbana, ms insalubre an que la revolucin industrial.
Qu era la cultura?
ntimamente asociado a aquel infantilismo est la regresin oral que denominamos "consumismo". El sujeto demorado en la oralidad no accede a la madurez, o sea, a la cultura; condicin que no constituye un motivo de crisis, pues se ve legitimada como signo de progreso: el acceso al consumo es asumido como indicador unvoco de calidad de vida. El proceso masificador conlleva la disolucin de las matrices culturales y su sustitucin por una serie de conductas compulsivas, como el pragmatismo, el utilitarismo, el automatismo, el culto ldico
a las prtesis, el tecnologismo, la entrega al pasatiempo pasivo. La cotidianidad, desritualizada, arrastra consigo a los grandes gneros de la cultura y el propio concepto de cultura queda vacante. O, lo que es peor, identificado con el de entretenimiento. La prdida de toda autonoma productiva arroja al sujeto a una dependencia que lo infantiliza, orientando sus consumos hacia las gratificaciones ms superficiales y efmeras. Entre ellas se encuentra, precisamente, la atraccin por la novedad y la extravagancia, que se refleja claramente en el hbitat, donde todo parece fruto de los efectos especiales. Y el ciudadano de a pie, deslumbrado por los destellos de la arquitectura oficial, copia a propio criterio sus recetas y reproduce, a modo de metstasis, el esperpento. Hacerse la casa es como jugar.
A la deriva
No sera justo cerrar la descripcin del cuadro anterior sin antes incluir un rasgo decisivo de la crisis de lo contextual: la acefala. La citada crisis conlleva la disolucin de los cdigos compartidos; tal es el caso de la desaparicin del estilo que, como gobierno tcito de la accin, crea tejido, o sea, orden y armona. Pero esta prdida, de por s grave, es exagerada por otra forma de desgobierno: la efectiva ausencia de lderes. Una sociedad sin arquetipos culturales y saturada, en cambio, de modelos de consumo, se desplaza errtica, sin orden ni concierto. El xito de mercado se transforma en nico parmetro de validez cultural y las polticas oficiales, explcitamente dirigidas desde el marketing, no hacen sino acelerar el proceso deculturador. Se trata del "rating": un fatdico crculo vicioso, sistmicamente irrompible.
Islotes de armona
Por ello, la intervencin arquitectnica, cualquiera sea su escala, debe partir de una interpretacin del contexto en que se inscribir la pieza. E interpretar es "leer" un texto dado, preexistente al lector, un texto que surge de la codificacin social del entorno. Interpretar no es "inventar" sino detectar sentidos, significaciones sociales. Pues el entorno no es un mero hecho fsico sino un hecho simblico: un discurso. Intervenir racionalmente implica, por lo tanto, asumir ese carcter simblico de la obra y obrar en consecuencia: se re-redactar un texto, se har una "correccin de estilo". Gobernar contextos en el plano simblico es, precisamente, dominar estilos y su articulacin. De all la ingenuidad del abordaje de la forma con prescindencia de los paradigmas estilsticos, gran ilusin de aquel diseo naif que suelen llamar "vanguardista". En este punto, conviene subrayar las condiciones de una autntica actitud contextual, pues este principio, dada su obviedad, suele ser reivindicado en las palabras y desobedecido en los hechos. Una cosa es obrar contextualmente y otra, muy distinta, justificar a posteriori como contextual una accin aislada y caprichosa, como es el caso de la muy socorrida "integracin por contraste", muletilla con que se suele legitimar cualquier incrustacin arbitraria y disruptiva. Ni la interpretacin del contexto ni la intervencin sobre l son libres; pues, como se dijo, se trata de un discurso socialmente codificado. Ello implica que el "criterio contextual" del proyectista ser tal en todo el sentido de la expresin, y es indispensable que ese criterio sea social mente inteligible y compartible. Las "interpretaciones libres", asumidas desde el capricho personal del proyectista o desde los gustos privados de su sector de clase, son autnticas invasiones ilegales sobre el bien comn. Slo por abuso de arrogancia y de poder puede atribursele a unos amaneramientos de clase el rango de arquitectura pblica, o sea, de arquitectura. Por otra parte, el arquitecto culto no trabaja para el veredicto del futuro -lugar por dems incierto- sino para la alegra de la sociedad real, o sea, actual. Su gloria, en caso de acaecerle, no ha de producirse post mortem. A principios del siglo XXI ya puede sostenerse sin temblar que el vanguardismo constituye una tendencia culturalmente obsoleta y, por tanto, retrgrada.
Por lo tanto...
Las consideraciones crticas anteriores no deben conducirnos al error de suponer que los diseadores son los nicos responsables. El Museo de Arte Contemporneo de Barcelona (MACBA) no es culpa del arquitecto sino del alcalde que quera tener "un Meier" en Barcelona, "su" ciudad. El Guggenhein de Bilbao no es culpa de Gehri sino de los polticos que queran sacar a Bilbao del anonimato a cualquier precio. Meier, Gehri, Calatrava, Miralles, seguramente saben hacer buena arquitectura, pero entre sus productos ms demandados por el mercado est la "arquitectura fantstica". Todo arte tiene su versin amarilla. En esa especialidad, los polticos necesitan a los arquitectos tanto como a las agencias de publicidad y a los asesores de marketing. Precisamente el tro marketing-arquitectura-publicidad es uno de los tndems clave de la poltica municipal. En la mayora de las intervenciones citadas, la violencia contra el contexto es precisamente lo que se pretenda, el motivo del encargo: tmalo o djalo. As como la cultura en general, la cultura arquitectnica sufre el acorralamiento al que la somete el avance de la masificacin y el mercado de la sensacin. Y la reversin de ese proceso no est en manos de los arquitectos, pues stos carecen de poder para modificar los programas. El profesional no puede cambiar el mercado arquitectnico pues -salvo casos excepcionales- ni siquiera puede elegir su clientela. Aunque no es siempre el encargo el responsable de la obra sensacionalista: hay cierto "autoencargo" de vandalismo en gran parte de los arquitectos, que han sido formados para descollar. El concurso para la plaza-memorial que ocupa el espacio vaco provocado por la bomba en la embajada de Israel en Buenos Aires fue ganado por un proyecto de serena y respetuosa sobriedad, tal como lo exiga el delicado tema. Pero no falt quien lo criticara por "carente de notoriedad": el ansia de protagonismo no respeta ni a los muertos. Y ah est el grotesco "Fossar de les Moreres". No todos los programas de diseo obligan a la estridencia. No todos los clientes de las tiendas, bares, restaurantes, universidades, escuelas, museos, o incluso, viviendas, esperan un "parque temtico". No todos los clientes piden sensacionalismo o moda. El buen diseador debe hacer proyectos de calidad y slo a pedido del cliente debe incurrir en el vandalismo Y, aun as, slo despus de haber intentado todas las alternativas cultas. Obviamente, para ello deber conocerlas, lo que no es poco pedir. El diseador no es culpable de verse obligado, por programa, a proyectar intervenciones violentas. Pero s est obligado a una adecuada interpretacin del encargo, y a dar respuestas responsables all donde el programa lo permita y recomiende. Pues no todos los clientes conocen las estticas contemporneas de calidad ni las soluciones armnicas, y son los arquitectos quienes
deben ponerlos en antecedentes. Su responsabilidad no est tanto en la obra final como en su capacidad de asesoramiento programtico y su capacidad de dar respuestas de diseo cultas y ambientalmente responsables. Pues las intervenciones irrespetuosas del contexto son agujeros en esa capa de ozono que hace respirable la vida en sociedad: la cultura. Los profesionales, a travs de sus organismos, pueden (son los nicos que pueden) catalogar esos programas mediticos y los respectivos proyectos como deculturadores y no como manifestaciones excelsas de la cultura arquitectnica. Pueden marcar la frontera, poner en evidencia la estafa cultural. Es el gremio profesional el que dispone de los conocimientos para discriminar claramente entre arquitectura y escenografa fantstica para el ocio consumista. Son las universidades, los colegios y las asociaciones, las publicaciones de arquitectura y los propios profesionales los agentes idneos y responsables de sealar la diferencia entre la autntica arquitectura y sus formas degradadas, entre la produccin culta del hbitat y su deconstruccin y banalizacin. Renunciar a esa responsabilidad es incurrir en la complicidad con los agentes de la deculturacin.
La compatibilidad
La aceptacin de aquel doble condicionamiento, de aquellas dos rdenes simultneas, la del cliente y la del entorno, le impone al arquitecto una primera labor, previa a toda conjetura proyectual: ha de determinar si ambas "rdenes" son compatibles. Pues bien puede ocurrir que la intencin de intervenir en ese contexto y con esos objetivos sea perjudicial para la comunidad, para los vecinos o para el propio cliente. Uno de los preconceptos ms arraigados es, precisamente, el de la inopinabilidad del encargo; preconcepto que no es sino expresin de una condicin pragmtica: "quien paga manda". Pero esta "ley de mercado", a pesar de su realismo, dista de dar cuenta de las condiciones completas de la produccin arquitectnica. Porque si el encargo resultara incompatible con el contexto, toda intervencin, por talentosa que fuera, implicar una agresin distorsionante, una lesin que, permanentemente, emitir un mensaje negativo. O crear disfunciones que, a la corta o a la
larga, resultarn contraproducentes respecto de los propios intereses del cliente. Si a un pequeo saln abovedado, resto de un antiguo claustro romnico, se lo pretende llenar de cabinas telefnicas de llamadas a larga distancia, es evidente que hay un error de partida. La tabiquera, en aras del aislamiento acstico, llegar hasta la bveda o, peor an, hasta un cieloraso falso creado para facilitar el proyecto. Las cualidades del espacio abovedado quedarn, as, automticamente anuladas y la arquitectura propiamente dicha, desnaturalizada. El que ese nuevo uso sea legtimo para el dueo y sus clientes por ser ese lugar un punto ptimo para el negocio telefnico no es, en absoluto, razn suficiente para legitimar esa intencin. Tanto en lo fsico como en lo simblico dicha tienda resulta incompatible con la preexistencia arquitectnica. Alguien debera decirle al dueo del local que ha de cambiar de local o de negocio. Por otra parte, aunque haya compatibilidad del programa con el contexto fsico, esto no es garanta de que el resultado obtenido sea compatible con su valor simblico. En las intervenciones de reciclaje proliferan los casos en que los valores simblicos del edificio original son decididamente omitidos. Ms an, se observa cierto gusto en su drstica transgresin. Se recicla, por ejemplo, la nave lateral de una iglesia gtica para poner un mercadillo de souvenirs hecho que hace aorar aquella furia de Cristo en el templo. Y las contraindicaciones no se detienen en las caractersticas del entorno inmediato: el contexto en que ese edificio se integra tambin impone sus condiciones. Por ejemplo, es bastante previsible que reciclar un edificio situado en un barrio popular como centro de arte contemporneo resultar inadecuado. Generar una invasin de paseantes fugaces, seguramente de otra extraccin social, que aumentarn el flujo circulatorio, sobrepasando el adecuado a la escala del barrio, y alterarn sus servicios, desidentificando al barrio sin aportar ningn valor significativo para l. "Arte contemporneo" remite a un universo cultural claramente clasista, que resulta crptico fuera del sector social que lo produce y consume. La desnaturalizacin de la vida normal de un barrio se produce ms drstica e inmediatamente si se instala un centro cultural no barrial que si se instala una prisin, infraestructura ms resistida aunque menos lesiva. Estos "centros culturales" pueden contener piezas y actividades de valor, pero es imposible que, fuera de contexto, generen comportamientos urbanos anlogamente culturales: los "centros" son zonas de flujo creadas en torno a un motivo de atraccin. Desde el punto de vista urbano, el flujo de un centro cultural es idntico al de un centro comercial o un centro de entretenimientos. Salvo excepciones, hoy un centro cultural es, en estricto sentido, un centro de entretenimientos. Entre la vivienda y el centro de actividades masivas existe una rica gama de contextos de intimidad variable. Un barrio popular es una unidad claramente intermedia y slo un determinado tipo de programas es incorporable sin lesionarlo. Un programa como el citado tiene dos alternativas de interpretacin: o bien se trata de un error de planificacin, o bien se trata de una intencin expresa de alterar las caractersticas socio-urbanas del barrio. Generalmente, cuando el encargo resulta incompatible con el entorno a intervenirse, esa anomala suele disimularse legitimando la intervencin mediante la argucia del "desafo". "Reciclar aquel mercado como biblioteca nacional represent un autntico desafo para los arquitectos, quienes lo resolvieron enterrando la mayor parte de las instalaciones." sta es una posible formulacin conformista que encubre la verdad de que la idea era, en realidad, descabellada. Del mismo modo en que las intervenciones sobre el territorio tcnicamente evolucionadas deben ser precedidas por un estudio del impacto ambiental, las intervenciones arquitectnicas sobre el entorno deben sustentarse en un estudio de compatibilidad fsica y cultural entre la intencin y el contexto inmediato y mediato. Para realizar ese estudio de compatibilidad habr que detectar los elementos comunes entre aquellas dos fuentes de condicionantes, es decir, determinar qu hay de comn entre las realidades y potencialidades del lugar y las expectativas del encargo.
occidental es paquidrmico y unidireccional. Ante una alta cumbre, al ciudadano occidental no se le ocurre otra idea que "derrotarla". Ante los rpidos de un bellsimo ro de montaa, no se le ocurre otra cosa que "desafiarlos" cabalgndolos en una balsa fosforescente. Una sociedad basada en la competencia aplica frenticamente su modelo hasta en su relacin con las cosas. Prometeica hasta la mdula, nuestra sociedad pulsea con la naturaleza. Una sociedad culturalmente madura escuchara, en cambio, las sugerencias del medio y, en funcin de sus ofertas, estara dispuesta a cambiar de plan y de comportamientos. Si me apetece alojarme en una antigua vivienda rural, he de aceptar las ventanas pequeas, y si quiero ver el paisaje nevado, he de abrigarme y salir. De este modo se abre una experiencia nueva, opuesta a la de la transparencia total, propia de la arquitectura moderna: no es lo mismo ver la nieve sintindola en el rostro que desde la calefaccin. Se trata de "otra nieve". El medio no slo es una fuente de condicionantes restrictivos sino tambin una fuente de posibilidades inesperadas. Existe una cierta paideia del entorno hacia el sujeto, cuyo desprecio reduce los recursos comportamentales de ste, empobrecindolo. El sujeto culto es sensible al entorno y combina equilibradamente la modificacin del medio con la automodificacin adaptativa. Se trata de una doble adaptacin: desarrollar cierta docilidad que permita recoger las propuestas del propio entorno y transformarlas en nuevas formas de conducta. Pues hay otra dimensin de la innovacin, ya no consistente en modificar el medio, sino en modificar las propias conductas incorporando nuevas, cuando con ello se liberan potencialidades que enriquecen el repertorio de comportamientos y vivencias. Pero poco se dice de la posibilidad y conveniencia de adaptacin al contexto dado, comparado con la hipertrofia del discurso "progresista" que se jacta de una permanente y creciente adaptacin del medio a los caprichos del sujeto. La obsesin contempornea en la innovacin se concentra compulsivamente en el mundo de los objetos mientras mantiene, protegida contra todo cambio estructural, una subjetividad cada da ms estancada o, incluso, regresiva.
El programa
Aquel estudio de compatibilidades es el que permite redactar el programa, que, en su sentido estricto, es la sntesis entre los objetivos generales de la intervencin (el "encargo") y las posibilidades y limitaciones del contexto. El programa resultante se inscribir, por lo tanto, dentro de los mrgenes de factibilidad del encargo y determinar las lneas generales a que deber atenerse el proyecto a fin de construir una situacin armnica. Para ello habr que sacrificar algunas exigencias del encargo inicial o recanalizarlas. Entre los encargos radicalmente incompatibles y los absolutamente favorables al contexto, se localiza una gama de variantes cuyo grado no slo depende del tipo de intencin sino tambin de la habilidad del proyectista para lograr aquella armona. En principio, el proyectista debe reconocer la variante tipolgica a la que pertenece ese contexto preexistente, mediato e inmediato, tanto en el nivel fsico o arquitectnico como en el nivel del sistema de actividades. Ello implica un gran conocimiento de las mltiples manifestaciones del entorno fsico y no fsico, sus modelos o paradigmas. El proyectista debe "filiar" el entorno dado, entenderlo, advertir sus principios o reglas. A partir de esa "filiacin" el proyectista debe detectar el grado de perfeccin o satisfaccin de esa filiacin, o sea, hallar fracturas, ausencias o deformidades negativas en el contexto fsico y/o nofsico, y definir el grado de correccin posible de esos defectos. De este modo, el proyectista conocer el contexto en su forma de manifestacin ptima, sabr "qu da de s". Cotejando ese "segundo contexto" con el encargo, el proyectista analizar, entre los partidos posibles, cuales resultan compatibles, qu modificaciones sern absorbibles por el contexto sin desnaturalizarse y qu modificaciones habr que introducir en el encargo para lograr un mximo logro del proyecto final. Ya partir de aqu, el proyectista contar con una plataforma slida y un carril adecuado para el desarrollo de la labor de diseo propiamente dicha. El proyectista rara vez tiene la posibilidad de intervenir en la redaccin del programa, funcin que normalmente se reserva para s el cliente, pero es indispensable que analice dicho programa y determine su pertinencia desde el punto de vista de la armona del contexto. Pues aunque no pueda modificar el programa, el proyectista debe conocer su grado de compatibilidad para saber el real alcance de la aportacin a realizar, esto es, las posibilidades y taras congnitas del caso. El proyectista es un servidor del cliente, pero entre sus servicios est, precisamente, advertirle sobre las reales posibilidades de una intervencin correcta, se es el ncleo problemtico de la profesionalidad.
La intervencin correcta
Los cuidados tomados en la elaboracin de un programa respetuoso del contexto se han de mantener en el desarrollo del proyecto propiamente dicho, pues las prescripciones programticas slo controlan el marco general de la intervencin. Una intervencin leal a un programa responsable debe responder, entonces, al elemental principio de discrecin: la intervencin sobre el entorno deber ser la mnima indispensable para el cumplimiento de los objetivos previstos; el proyectista debe obtener efectos mximos con actuaciones mnimas. Obviamente, este principio, como toda norma, carece de universalidad; deriva de un determinado sistema de valores culturales, inevitablemente parcial. Y la propuesta del "principio de discrecin" se asienta en un triple postulado tico: una tica econmica, una tica ambiental y una tica cultural. En el plano econmico, este principio cuestiona el despilfarro de recursos en favor de una distribucin racional, acorde con prioridades socialmente equitativas. En el plano ambiental, cuestiona el insumo de energa generado por intervenciones sobredimensionadas e injustificadamente agresivas del medio y denuncia la apologa y legitimacin de la violencia ambiental implcita en dichas intervenciones. En el plano cultural, cuestiona la supervivencia de valores retardatarios, asentados en la exhibicin impdica de un poder megalmano; valores que las sociedades autodenominadas "avanzadas" deberan haber sepultado junto con los absolutismos predemocrticos. Evidentemente, la puesta en prctica de este principio demanda niveles de idoneidad cultural y tcnica mucho ms altos que los que requiere el libertinaje proyectual. Lo anterior permite extraer una suerte de ecuacin que es, en el fondo, la que regula toda relacin entre sociedad y entorno, sea ste cultural o natural: a mxima intervencin previa sobre el sujeto, mnima intervencin necesaria sobre el objeto; cuanto ms cultos sean quienes intervienen, menos sern las intervenciones fsicas necesarias y mayores los resultados. Cierto es que la realidad del cliente y de los usuarios puede reclamar otra cosa. Y muy probablemente, habr que hacerla; pero, conscientes de todo lo anterior, tendremos un nivel de lucidez suficiente como para no reivindicar lo hecho o, incluso, para denunciarlo. Pero ste es otro tema.