Módulo 2: Historia y evolución del proceso penal y
sus presupuestos
Unidad 2: Sistemas penales procesales, principios y fines del
proceso penal.
1. Sistemas penales procesales: acusatorio, inquisitivo, inquisitivo
reformado y diseño proveniente de los tratados internacionales. La
tipificación de los sistemas nacional y provincial.
2. Principios procesales. Oficialidad. Estatalidad, Oficiosidad, Legalidad.
Excepciones. Mediación judicial y extrajudicial. La víctima del delito
como acusador. El principio de oportunidad.
3. Fines del proceso penal. Descubrimiento de la verdad. Concepto de
verdad. Teorías del conocimiento. Distintas posiciones doctrinarias
sobre su alcance. Verdad y derechos individuales. Dialéctica de la
eficiencia. Verdad y consenso. Alternativas consensuales. Actuación
de la ley penal sustantiva.
Sistemas procesales:
El desarrollo histórico del proceso penal revela la existencia de tres
MODELOS DE PROCEDIMIENTO PENAL de características singulares: el
acusatorio, el inquisitivo y el llamado mixto o inquisitivo reformado.
Mientras que los dos primeros son completamente opuestos, el último
constituye una fusión de ambos.
- Acusatorio Grecia- Roma Republicana…base de un estado
democrático. Entiende que el SP integra el conflicto primario, conflicto
entre victima y el imputado. Aparece la figura del abogado, un
representante legal. El proceso era público, la sociedad podía
visualizar como era. El famoso DUELO, demostrar con las pruebas los
hechos y la existencia de la responsabilidad. El imputado gozaba de
libertad durante el proceso. Tribunal, era popular, un jurado, había un
juez que guiaba el proceso, pero el jurado era quien atribuía la
condena.
- InquisitivoRoma imperial, Italia, España, Francia Edad Media.
- MixtoFrancia, España, post Rev. Francesa.
Esta diversidad de sistemas procesales refleja la variada ideología política
predominante en diferentes períodos históricos, así como distintas
concepciones del Estado y del individuo en el ámbito de la administración
de justicia. En otras palabras, reflejan un aspecto de la lucha entre el Estado
y el individuo, entre el interés colectivo y el interés individual, entre el
principio de autoridad y la libertad individual.
En este apartado, nos proponemos delinear los principios y características
distintivas de cada uno de estos modelos de procedimiento, con la salvedad
de que los diversos ordenamientos jurídicos rara vez operaron con la pureza
de principios y características que intentaremos explicar aquí.
El modelo acusatorio se manifiesta claramente en la democracia
ateniense y se desarrolla en Roma durante la República. Con sus
propias particularidades, y en la Edad Media hasta el siglo XIII,
momento en que, sobre las bases del último Derecho romano imperial
antes de la caída de Roma, es suplantado por la Inquisición, define los
procedimientos germánicos (acusatorio privado) y la evolución del
Derecho anglosajón.
En el proceso acusatorio, el individuo está en primer plano. El legislador
prioriza la libertad y dignidad del ser humano, lo que luego se denominó sus
derechos subjetivos. El papel del Estado es secundario: al servicio de los
individuos, su misión es resolver los conflictos que surgen entre estos; el
Juez actúa como árbitro que se guía por las partes, no existe actividad
procesal previa a una acusación específica (del perjudicado o cualquier
miembro del pueblo) y la prisión preventiva es sumamente excepcional.
En este sentido, la característica fundamental del modelo acusatorio radica
en la división de poderes ejercidos en el proceso. Por un lado, el acusador,
quien persigue penalmente y ejerce el poder acusatorio, y por otro, el
imputado, quien puede impugnar la imputación, ejerciendo su derecho a
defenderse. Finalmente, el tribunal, que tiene el poder de decisión. Estos
poderes se relacionan y condicionan mutuamente: su principio fundamental,
que da nombre al sistema, se basa en la exigencia de que la actuación de
un tribunal para decidir el caso y los límites de su decisión están sujetos a la
demanda (acción) de un acusador y al contenido de esa demanda (nemo
iudex sine actore y ne procedat iudex exoficio) y, por otro lado, a la
capacidad del imputado para resistir la imputación que se le atribuye. Por
consiguiente, es evidente la correspondencia que se puede establecer
fácilmente con el sistema republicano de ejercicio del poder político.
Sus notas características específicas son las siguientes:
La jurisdicción es ejercida en una única instancia por una asamblea o un
jurado popular, es decir, por tribunales populares. La acción penal derivada
de un delito público, perjudicial para la colectividad, es un derecho de
cualquier ciudadano (acción popular), mientras que pertenece al
perjudicado cuando se trata de un delito privado; y la acusación es la base
indispensable del proceso, que solo se concibe a instancias de una de las
partes, de manera que, como se mencionó, el juzgador no puede actuar de
oficio y sus límites de decisión son el caso y las circunstancias planteadas
por el acusador. Las partes -acusador y acusado- están en igualdad jurídica,
con los mismos derechos, mientras que el juzgador actúa como un árbitro
del conflicto o litigio entre ellas, es decir, carece de iniciativa en la
investigación. El acusado generalmente goza de libertad y, aunque se
contemplen medidas de coerción, su privación de libertad durante el
proceso es excepcional. El procedimiento consiste principalmente en un
debate público, oral, continuo y contradictorio. Los jueces que componen el
tribunal perciben los medios de prueba, los argumentos y las pretensiones
(alegatos) de ambas partes y deciden en base a esos elementos. Es decir, el
juzgador carece de poderes autónomos para investigar la verdad de los
hechos y debe limitarse a examinar las pruebas discutidas por las partes. En
la valoración de la prueba, predomina el sistema de la convicción íntima,
según el cual los jueces deciden mediante votación, sin seguir ninguna regla
que establezca el valor probatorio de los medios de prueba y sin exponer los
fundamentos de su voto. La sentencia, emanada de tribunales populares
que ejercen directamente la soberanía (asambleas del pueblo) o que
pretenden representar al soberano (jurados), tiene autoridad de cosa
juzgada y los recursos son escasos o, en ocasiones, se conciben como una
gracia o perdón.
El modelo inquisitivo es característico de los regímenes despóticos
y sus raíces se encuentran en la Roma imperial, extendiéndose por
toda Europa continental y prevaleciendo sobre el Derecho germano y
la organización señorial (feudal) de la administración de justicia
desde el siglo XIII hasta el XVIII, cuando sucumbe ante el triunfo de
las ideas individualistas que surgieron en ese período y que fueron
consagradas por la Revolución Francesa. Este modelo halla su
justificación en el fortalecimiento de la autoridad institucionalizada y
la creación de un sistema para defenderla y detectar cualquier
amenaza o vulnerabilidad en esa estructura de poder. Por lo tanto,
tanto en el precedente del procedimiento extraordinario del Imperio
Romano, utilizado principalmente para perseguir crímenes contra la
organización y la religión del imperio, como siglos más tarde, en la
lucha de la Iglesia contra la herejía y los cismas, así como en la
monarquía absoluta contra aquellos que cuestionaban su autoridad
en cualquier forma, la inquisición se centraba principalmente en
investigar la personalidad y el comportamiento de quienes violaban
los preceptos y en castigar la desobediencia.
En este modelo, la personalidad del individuo, su libertad y dignidad, ya no
son consideraciones relevantes, ya que parece prevalecer y consolidarse el
temor al pecado y al delito. El Estado se fortalece y prácticamente prescinde
del interés de la parte perjudicada; surge la figura del inquisidor, que
sustituye al juez, actuando de oficio, por iniciativa propia, para castigar al
pecador o delincuente; el acusado deja de ser un sujeto con derechos y se
convierte en objeto de una severa persecución; la tortura se justifica
plenamente como medio para obtener la confesión del interrogado; y la
detención preventiva del acusado se convierte en la norma general. El
proceso penal se convierte en un instrumento de castigo, eclipsando la idea
de justicia con una concepción autoritaria y despotizada del Estado policial.
Se considera que cualquier medio es legítimo para proteger a la sociedad.
En resumen, la Inquisición, como sistema de enjuiciamiento penal, establece
dos máximas fundamentales: la persecución pública de los delitos, con la
obligatoriedad de su ejercicio, y el procedimiento dirigido principalmente a
averiguar la verdad, objetivo para el cual no se escatiman medios.
Las características fundamentales del modelo inquisitivo son las
siguientes:
I. La jurisdicción recae en el monarca, príncipe o emperador, y como el
volumen de casos no le permite ejercerla directa y personalmente en todos
ellos, delega ese poder en sus funcionarios y lo retoma cuando es necesario
para revisar los fallos de los funcionarios inferiores (doble instancia).
II. La acción penal es promovida ex officio por el propio magistrado
inquisidor mediante la posible presentación de una denuncia secreta, lo que
implica que la acción se confunda con la jurisdicción. Es decir, el poder de
persecución penal se confunde con el de juzgar y recae en la misma
persona: el inquisidor.
III. El juez tiene un poder absoluto para impulsar el proceso e investigar la
verdad, mientras que el imputado es un objeto de persecución, siendo
obligado a autoincriminarse mediante métodos crueles para quebrar su
voluntad y obtener su confesión, que constituye el eje central del proceso.
IV. La detención preventiva del acusado, así como su incomunicación, se
establece como una regla sin excepción.
V. El procedimiento es escrito (con una investigación cuyos resultados se
documentan en actas que, posteriormente, constituirán el material sobre el
cual se dicta el fallo), totalmente secreto (debido a las necesidades de una
investigación sin debate) y no contradictorio.
VI. Predomina el sistema de la prueba legal en la valoración probatoria: la
ley establece las condiciones para considerar un hecho probado. Es decir, es
la ley procesal la que determina, de manera general, la eficacia probatoria
de cada prueba.
VII. La sentencia es, por definición, impugnable; surgen las apelaciones y, en
general, los recursos contra la sentencia, que están estrechamente
vinculados con la idea de delegación del poder jurisdiccional que regía la
administración de justicia.
El modelo mixto o inquisitivo reformado, por último, surge como
el inicio de la nueva república representativa, con la Revolución
Francesa, que representa el éxito político de la Ilustración. Bajo su
influencia y la dominación napoleónica posterior, toda la organización
política de Europa continental experimenta una renovación. Es el
Código francés de 1808 -Code d’instruction criminelle- el que
establece este sistema, que surge de la combinación de las
concepciones extremas que previamente triunfaron, como se
mencionó anteriormente. Desde entonces, el legislador busca un
equilibrio entre los intereses individuales y sociales, reconociendo la
necesidad de que el Estado administre la justicia penal con el menor
menoscabo posible de la libertad personal.
Las máximas fundamentales de la Inquisición -la persecución penal pública
de los delitos y la averiguación de la verdad histórica- se mantienen, pero se
transforman en valores relativos, importantes en sí mismos pero superados
en importancia por ciertos atributos fundamentales de la persona humana,
que prevalecen sobre ellos y condicionan los medios por los cuales pueden
lograrse esos objetivos. Estos atributos se reflejan en reglas de garantías y
derechos individuales, que establecen que una persona debe ser tratada
como inocente hasta que los tribunales designados según la ley no dicten
una sentencia firme de condena. Para esto, es absolutamente
imprescindible un juicio previo, en el que se garantice la libertad y eficacia
de la defensa, prohibiendo cualquier forma de coacción contra el acusado
para obligarlo a revelar información que pueda perjudicarlo. Así, se entiende
cómo estos valores, relacionados con la dignidad humana individual, se
priorizan sobre la eficacia de la persecución penal y la búsqueda de la
verdad, y deben ser respetados incluso a expensas de estos principios.
En particular, las características principales del modelo mixto son
las siguientes:
I. Durante la etapa de instrucción, la jurisdicción es ejercida por un juez
técnico, mientras que durante el juicio, es ejercida por un tribunal popular o
técnico.
II. La acción penal es llevada a cabo por un órgano estatal, el Ministerio
Público, aunque en algunos países también se le otorga al perjudicado el
derecho de acusar, y este último puede ejercer la acción civil resarcitoria
basada en el delito.
III. La situación de los sujetos procesales varía en las dos etapas del
proceso: durante la instrucción, el juez dirige la investigación, mientras que
el Fiscal y las partes solo pueden proponer pruebas que el juez practicará si
las considera pertinentes y útiles; durante el juicio, el juez actúa
generalmente como árbitro, y las partes gozan de iguales derechos. El
imputado es tratado como sujeto de derechos, con una posición jurídica
correspondiente a la de un inocente, por lo que es responsabilidad del
Estado demostrar su culpabilidad de manera concluyente. El imputado tiene
plena libertad para defenderse, pero durante la instrucción preliminar, la ley
limita sus facultades en este sentido.
IV. La privación de libertad del imputado durante el proceso es admitida,
pero excepcional.
V. El procedimiento refleja la mixtura de los sistemas anteriores de los
cuales surge este modelo, y la alternancia entre el interés público por
castigar los delitos y el interés privado -aunque público al mismo tiempo-
por preservar las libertades ciudadanas. Durante la etapa de instrucción, el
procedimiento es escrito, limitadamente público y contradictorio
(manteniendo los principales rasgos del modelo inquisitivo); durante el
juicio, es oral, público, contradictorio y continuo (preservando todas las
características acusatorias).
VI. Predomina el sistema de valoración de la prueba conocido como libre
convicción o sana crítica racional: el juez tiene plena libertad para formar su
convicción, pero esta libertad tiene un límite absoluto en el respeto a las
normas que rigen el correcto razonamiento humano.
VII. La sentencia del tribunal de juicio, que actúa en única instancia, es
recurrible, pero generalmente se limita fuertemente esta facultad. Lo usual
es permitir únicamente el recurso de casación, que permite al recurrente
señalar los errores jurídicos de la sentencia. También se admiten el recurso
de inconstitucionalidad y el de revisión.
criterios de oportunidad se puede convertir en un auxilio eficaz: la
descriminalización de hechos punibles, en un intento por evitar la aplicación
del poder penal allí donde otras formas de reacción frente al
comportamiento desviado pueden alcanzar mejores resultados o donde
resulte innecesaria su aplicación; y la eficiencia del sistema penal en
aquellas áreas o para aquellos hechos en los que resulta indispensable su
actuación como método de control social, en procura del
descongestionamiento de una justicia penal sobresaturada de casos, que no
permite el tratamiento preferencial de aquellos que deben ser solucionados
indiscutiblemente por el sistema, y como intento válido de revertir la
desigualdad que, por selección natural, provoca la Principios básicos del
derecho procesal penal argentino vigente.
Las disposiciones constitucionales fundamentales que hemos examinado al
analizar la influencia del ordenamiento jurídico constitucional en el proceso
penal se complementan en la administración de justicia penal del país con
los principios que ahora abordaremos.
Estos principios, conocidos también como máximas, se refieren
principalmente al sistema de persecución penal, que generalmente es de
carácter público, con pocas excepciones, así como al objetivo inmediato de
lograr la verdad sobre un evento histórico hipotético durante el
procedimiento.
Los principios mencionados sobre la estatalización de la persecución penal y
del procedimiento penal en general, junto con la búsqueda de la verdad
histórica como fin del proceso, crean una tensión con aquellos principios que
protegen los derechos individuales. Por lo tanto, el procedimiento penal
actual se encuentra en una constante lucha entre dos intereses
aparentemente opuestos: el interés público del Estado por descubrir los
delitos y ejercer su autoridad coercitiva, y el interés individual por evitar la
persecución y el castigo.
Los principios que examinaremos aquí, según lo abordado por Maier bajo la
categoría de principios "políticos" del derecho procesal penal argentino, no
se derivan directamente de las normas constitucionales, aunque histórica y
culturalmente se han tenido en cuenta al establecer los límites legales para
regular las garantías individuales frente al poder punitivo estatal. Sin
embargo, el sistema penal tiene la flexibilidad para adoptar diferentes
enfoques, promover principios alternativos o incluso limitar los existentes,
estableciendo excepciones a las reglas establecidas.
En relación con estos principios políticos, comenzaremos analizando:
1. La función penal del Estado.
Después del final de la Edad Media, se produjo una transformación
significativa en el derecho penal europeo, pasando de ser principalmente un
aspecto regulador de las facultades individuales en la sociedad a convertirse
fundamentalmente en una función del Estado. Esta transformación estuvo
asociada con la consolidación del poder político central, particularmente con
la aparición del Estado nacional como forma política predominante. La
Inquisición desempeñó un papel importante en esta transformación, al
centralizar el poder de reacción contra el delito en manos del Estado y
establecer el sistema penal como un instrumento de control estatal sobre
los ciudadanos.
Como resultado, el procedimiento penal se convirtió esencialmente en una
actividad estatal, donde la función de juzgar y perseguir penalmente
pertenece exclusivamente al Estado. Esto llevó a la creación de organismos
estatales específicos, como el ministerio público y la policía, cuya tarea
principal es investigar los delitos y perseguir a los responsables. Se
reconoce así el monopolio acusatorio del ministerio público, aunque existen
algunas excepciones en el sistema penal argentino, como la persecución
penal privada para ciertos delitos establecidos en el Código Penal.
La estatalización del procedimiento penal es tan completa que incluso la
defensa técnica del imputado, que generalmente sería un interés privado,
asume un carácter estatal en ciertas circunstancias, como cuando el
imputado no puede o decide no ejercer adecuadamente su derecho a la
defensa. Esta intervención estatal en la defensa se justifica tanto por la
necesidad de garantizar un juicio justo como por el interés del Estado en
evitar condenar a personas inocentes.
En resumen, el proceso penal se presenta como una actividad estatal en la
que se manifiesta el principio de oficialidad, que establece que el
procedimiento penal es completamente oficial, con pocas excepciones, y
responde al interés social en la aplicación de la justicia penal.
2. La persecución penal. Oficialidad. Estatalidad. Oficiosidad.
El principio de oficialidad se extiende más allá de la jurisdicción para
abarcar el ejercicio de la acción penal, ya que esta última pertenece al
Estado, principalmente al ministerio público. Este principio implica que la
persecución penal es atribuida al Estado, que debe crear los órganos
competentes para llevar a cabo esta función. La oficiosidad, por otro lado,
se refiere a la obligación de los órganos estatales encargados de la
persecución penal de iniciar de oficio la acción penal sin necesidad de una
solicitud externa, salvo en los casos de delitos de acción privada.
La legalidad es un principio fundamental que impone al Estado el deber de
promover la persecución penal ante la noticia de un delito, sin poder
suspenderla o interrumpirla arbitrariamente. Este principio se basa en la
idea de que la aplicación de la ley penal debe ser automática e inevitable,
sin depender de consideraciones políticas o de conveniencia.
Conforme a ello, el procedimiento penal aparece como una forma de operar
para administrar justicia cuyas funciones principales son
predominantemente estatales, y, por ello, cumplidas por distintos órganos
estatales instituidos a fin de cumplir con esta función judicial del Estado
(regla o principio de estatalidad). Así, la función de juzgar pertenece, con
exclusividad, al Estado, que la ejerce por intermedio de los tribunales que
integran el poder judicial. La función de perseguir penalmente pertenece
también, por regla general, al Estado.
De allí la creación de órganos estatales específicos, el ministerio público y la
policía, cuya tarea fundamental se puede resumir en la labor de investigar
los delitos perpetrados y perseguir a sus autores y partícipes. Se señala, por
ello, el monopolio acusatorio del ministerio público. Sin embargo, la regla
reconoce excepciones en nuestro Derecho penal. El CP, establece, para unos
pocos delitos, la persecución penal privada, al legitimar al ofendido para
asumir el papel que se concede al ministerio público en los delitos de acción
pública (CP, 73 y ss.).
Otra excepción está constituida por los delitos que dependen de una
instancia privada (CP, 72), excepción menor porque consiste únicamente en
imposibilitar la persecución penal pública hasta tanto la víctima no autorice
a perseguir penalmente mediante su expresión de voluntad en ese sentido
(instancia), y libere de esa manera la persecución oficial, que prosigue como
en los delitos de acción pública.
Finalmente, a tanto llega la estatalización de las funciones cumplidas en el
procedimiento penal, que la misma defensa técnica del imputado, en
principio un interés privado sobre el cual decide él mismo, asume, esta vez
por excepción, el carácter de un interés estatal, cuando el imputado omite
la decisión (no cubre la defensa técnica) o decide erróneamente (se
pretende defender técnicamente por sí mismo o cubre mal el cargo de
defensor, en ambos casos sin posibilidad de eficiencia en esa tarea, por
inidoneidad o imposibilidad física). La razón de ser de esta asunción como
pública, de un interés privado, reside tanto en la necesidad de garantizar la
defensa (CN, 18), como en el interés del Estado de no condenar a inocentes.
En suma, y según puede apreciarse, en este apartado aparece el proceso
penal estudiado como obra estatal, en tanto manifestación del principio
denominado de oficialidad (el proceso penal adquiere un carácter
totalmente oficial, salvo las excepciones antes vistas), que no responde sino
al interés social encerrado en la base del proceso penal.
La regla o principio de oficiosidad, como puede advertirse, tiene un doble
valor: disciplina el inicio de la acción penal pública (no se considera la
acción que la ley sustantiva llama privada) y el ejercicio de la jurisdicción,
mientras que, al mismo tiempo, impide toda influencia extraña. De tal
suerte, por un lado, los órganos competentes para la persecución penal
(ministerio público y policía) tienen el deber de proceder de oficio, por
iniciativa propia, a promover la acción penal pública en las formas
establecidas por la ley, sin necesidad de ninguna excitación extraña,
excepto los casos de acciones dependientes de instancia privada (CP, 71 y
72): regla de la promoción de oficio; por otra parte, salvo excepciones, la
voluntad de los particulares o de otros funcionarios públicos carece de
eficacia para enervar o evitar la promoción de la acción pública: regla de la
inevitabilidad, que se erige en nota caracterizante del principio de legalidad
procesal que veremos a continuación.
3. Principio de Legalidad versus Oportunidad
El principio de oficialidad se manifiesta en la norma de la legalidad o
discrecionalidad. Por consiguiente, ante la determinación de oficializar la
persecución penal, se considera necesario establecer como regla general
que los órganos responsables de iniciar la investigación, como el Ministerio
Público y los funcionarios policiales, tengan el deber fundamental de iniciar
la acción penal (promoción necesaria) al tener conocimiento de un delito,
con el objetivo de obtener una resolución judicial que resuelva el caso de
acuerdo con las disposiciones establecidas en la legislación procesal. En
este sentido, una vez iniciada la acción penal, esta no puede suspenderse,
interrumpirse o cesar, salvo de acuerdo con los procedimientos establecidos
en la legislación procesal (irretractabilidad).
Por lo tanto, ningún criterio de oportunidad (principio contrario), basado en
consideraciones políticas de conveniencia o utilidad social, puede justificar
la omisión de iniciar la acción penal ante la noticia de la comisión de un
delito.
Desde esta perspectiva, el principio de legalidad puede ser conceptualizado,
siguiendo a Cafferata Nores, como la respuesta automática e inevitable del
Estado a través de los órganos designados (generalmente la policía o el
Ministerio Público), que, ante la sospecha de la comisión de un delito de
acción pública, se presenta ante los órganos jurisdiccionales solicitando la
investigación, el enjuiciamiento y, si es pertinente, el castigo del delito que
se haya podido probar.
En el contexto del derecho penal argentino, no existen disposiciones
constitucionales que impongan el principio de legalidad o su contrario, el
principio de oportunidad. Sin embargo, sí hay normativas de rango legal.
Por ejemplo, el Código Penal, en su artículo 71, opta por establecer el
principio de legalidad como regla general, con las excepciones de los
criterios de oportunidad, es decir, de aquellas autorizaciones más o menos
amplias para prescindir de la acción penal, según lo decida el Ministerio
Público.
En efecto, el citado artículo -en su redacción actual- establece: “Sin
perjuicio de las reglas de disponibilidad de la acción penal previstas
en la legislación procesal, deberán iniciarse de oficio todas las acciones
penales, con excepción de las siguientes: 1) Las que dependieren de
instancia privada; 2) Las acciones privadas (artículo sustituido por art. 2° de
la Ley N° 27.147 B.O. 18/06/2015)”
La regla de legalidad establece así que, ante la noticia de un delito
potencialmente punible, perseguible de oficio, es obligatorio iniciar la acción
penal y, después del debido proceso, llegar a una decisión judicial que
resuelva el caso conforme a las normas del derecho penal y ponga fin al
procedimiento; con la excepción de las reglas de disponibilidad establecidas
en las legislaciones procesales.
En apoyo a este principio (legalidad), el Código Penal, en su artículo 274,
amenaza penalmente al órgano estatal competente para la promoción y el
ejercicio de la acción penal cuando "deje de promover la persecución y
represión de los delincuentes". Las leyes procesales, como era de esperar,
también respetan este principio: "La acción penal pública será ejercida por
el Ministerio Público, que deberá iniciarla de oficio siempre que no dependa
de instancia privada (CP, 72). Su ejercicio no podrá suspenderse,
interrumpirse ni cesarse, salvo expresa disposición legal en contrario"
(CPPCba, 5; CPPN, 5).
A pesar de las justificaciones para la vigencia de este principio, como las
teorías absolutas de la pena estatal que consideraban la pena como
necesaria en casos específicos, dada su naturaleza de retribución para
aquellos que habían actuado mal; los principios de igualdad ante la ley y la
determinación legislativa de los delitos, que sugieren que debe ser la ley y
no la decisión individual de los órganos de persecución penal la que
determine cuándo una persona debe ser sometida a pena o no; la realidad
de su aplicación es diferente. Empíricamente, se sabe que el sistema penal
se aplica solo a unos pocos delitos, que son una minoría en comparación
con el conjunto de comportamientos que infringen las normas del derecho
penal, y que la selección natural del sistema crea desigualdades notables,
criminalizando a ciertos sectores sociales, como los menos favorecidos o los
de menores recursos, y descriminalizando a otros. En la sociedad moderna,
el aparato estatal no tiene la capacidad, debido a limitaciones de recursos
humanos y materiales, de procesar todos los casos penales que surgen, ni
siquiera aquellos que llegan al sistema judicial. Las razones que contribuyen
a la falta de aplicación efectiva del principio de legalidad son diversas: la
cifra negra del delito (delitos no reportados), la cifra dorada del delito
(delitos conocidos por las autoridades pero que no ingresan formalmente al
sistema judicial debido a la corrupción de los funcionarios, sobornos
económicos, influencias políticas o sindicales, etc.), cierta "tolerancia" hacia
ciertos tipos de delitos (por ejemplo, el aborto), y la misma incapacidad
material del sistema judicial para abordar todos los delitos que recibe,
debido a la desproporción entre el número de casos y el número de órganos
públicos encargados de investigar y juzgarlos, entre otros.
De lo anterior se desprende que, si bien se defiende el principio de legalidad
como el criterio de justicia que guía la persecución penal, en la práctica, la
selección de los casos a tratar y el tratamiento que reciben dentro del
sistema se realiza de diversas maneras, aplicando criterios de oportunidad.
En consecuencia, la afirmación del principio de oportunidad no constituye
una demanda injusta en términos de igualdad ante la ley de todos los
ciudadanos, sino más bien un intento por dirigir la selección hacia objetivos
específicos, sin dejarla a merced del arbitrio o del azar.
El principio de oportunidad ha sido definido como la facultad que tienen los
órganos encargados de la promoción de la acción penal, basada en diversas
consideraciones de política criminal y procesal, de no iniciar la acción,
suspenderla provisionalmente, limitarla en su alcance objetivo y subjetivo, o
darle fin antes de la sentencia, incluso cuando se cumplen las condiciones
habituales para "perseguir y castigar".
Existen dos modelos generales para la aplicación de criterios de
oportunidad. En el primero, la oportunidad es la regla y se convierte en el
principio rector de la persecución penal (hay países donde este enfoque
domina, especialmente en el sistema legal anglosajón trasladado a los
Estados Unidos de América, donde el poder de selección reside en el
Ministerio Público y es inherente a él). Por otro lado, hay países cuya
tradición cultural ha favorecido el principio de legalidad. Sin embargo,
incluso en estos casos, el predominio de la legalidad en la persecución penal
no oculta un proceso de selección real, ni la necesidad de conducir
políticamente esa selección según criterios transparentes de racionalidad e
igualdad, compatibles con las metas que procura el hoy llamado Estado
social y democrático de Derecho y con un servicio de justicia estatal
eficiente. De conformidad con ello, la oportunidad asume el carácter formal
(jurídico) de una excepción a las reglas de la legalidad, que permite, en
algunos casos definidos por reglas jurídicas, de modo más o menos abierto,
prescindir de la persecución penal pública.
La limitación de la persecución penal, por intermedio de los criterios de
oportunidad, puede brindar una contribución útil a la solución de problemas
actuales del sistema penal. Dos son los objetivos principales para los que la
aplicación de afirmación rígida del principio de legalidad. Ejemplos de
criterios orientados a lograr esos fines son el concepto de adecuación social
del hecho como expresión de un comportamiento que no aparece como
socialmente desviado, pero que, sin embargo, es subsumible en la
descripción formal de un tipo penal (la pequeña dádiva que, para Navidad,
los vecinos acostumbran a dar al recolector de basura, como premio por los
servicios cumplidos); la llamada suspensión de la persecución penal para el
sometimiento a prueba del imputado, etcétera.
También se ha incluido dentro del sistema penal argentino las vías
alternativas de resolución del conflicto afincadas principalmente en la
denominada “justicia restaurativa”, a través de la reparación del daño.
De este modo, en la legislación penal argentina la redacción del actual
artículo 59, contempla ambas vías de extinción de la acción penal (criterios
de oportunidad y reparación del daño), tal como puede leerse en sus incisos
5° y 6° que prevén: “La acción penal se extinguirá: 5) Por aplicación de un
criterio de oportunidad, de conformidad con lo previsto en las leyes
procesales correspondientes; 6) Por conciliación o reparación integral
del perjuicio, de conformidad con lo previsto en las leyes procesales
correspondientes”.
Finalmente, cabe señalar que la jurisprudencia mayoritaria ha entendido
que la reparación del perjuicio como causal de extinción de la acción penal
resulta plenamente operativa, sin perjuicio de la existencia actual de
regulación procesal.
4. Igualdad de posiciones entre imputado y acusador.
Nuestro marco constitucional y convencional (PIDCP, 14.3, y CN, 75, inc. 22)
establece que la defensa del imputado debe llevarse a cabo en condiciones
de "plena igualdad" con la acusación. Esto se logra cuando el imputado
tiene no solo teóricamente, sino también en la práctica, las mismas
oportunidades que el acusador para influir en las decisiones de los jueces
sobre el caso, lo cual depende de las garantías constitucionales, los
derechos procesales, la equivalencia de conocimientos jurídicos y los
recursos humanos y materiales disponibles para ambas partes.
En términos de recursos, sería insincero hablar de una igualdad total entre
el Estado como acusador y un ciudadano común acusado. La asistencia
policial, el uso de la fuerza pública, la cooperación obligatoria de todas las
agencias estatales, la colaboración interprovincial e internacional, y el uso
legítimo de métodos de recolección de información clandestinos (por
ejemplo, intervenciones telefónicas), entre otros, son herramientas de las
que carece cualquier imputado. No debemos olvidar que el Ministerio
Público y la policía ejercen el poder penal del Estado para prevenir y
investigar los delitos, contando así con recursos legalmente imposibles de
igualar. Esto se traduce en una desigualdad real entre el acusador y el
acusado durante la persecución penal individual. Para abordar esta
desigualdad, se busca garantizar la igualdad proporcionando a la defensa la
mayor cantidad posible de recursos, especialmente en materia probatoria, a
solicitud de esta.
La desigualdad entre el Estado como acusador y el ciudadano como
acusado también se busca nivelar a favor del último mediante el principio
de presunción de inocencia (CN, 18), que impone al acusador la carga de
probar la acusación, excluyendo cualquier requerimiento al imputado sobre
la prueba de su inocencia, y prohibiendo su condena si el acusador no
puede demostrar con certeza su responsabilidad sobre la base de las
pruebas presentadas. Asimismo, se busca promover la igualdad otorgando
carácter irrenunciable a la defensa técnica y estableciendo la obligación
subsidiaria del Estado de brindarla a su costa.
Desde otro punto de vista, el criterio de objetividad que debe guiar la
actuación de los órganos encargados de la persecución, que les impide
ignorar la evidencia a favor del imputado y los obliga a solicitar el
sobreseimiento o la absolución de este, o incluso a apoyarlo cuando
corresponda, también tiende a favorecer la igualdad.
La paridad de atribuciones procesales entre el Ministerio Público y el
imputado es la manifestación legal más clara de la igualdad. Esta igualdad
se materializa plenamente en la etapa del juicio (donde el acusador y el
acusado se encuentran, de manera similar a un proceso entre partes, en un
equilibrio procesal evidente) y también en la etapa de los recursos (donde la
situación es de total igualdad, idéntica a la de un proceso entre partes, con
el principio dispositivo rigiendo casi sin restricciones), pero no así en la
investigación preliminar. En esta etapa, el acusador y el acusado tienen
atribuciones desiguales, especialmente en lo que respecta al secreto de
ciertos períodos procesales (por ejemplo, las actuaciones son secretas para
la defensa hasta la declaración del imputado –CPPCba, 312-, pero no lo son
para el fiscal) o actos específicos (por ejemplo, la realización de un
allanamiento domiciliario que no se comunica previamente a la defensa,
pero sí al fiscal). Aunque generalmente sería suficiente que la igualdad
exista durante el juicio, ya que solo los actos y pruebas presentadas allí
pueden fundamentar una sentencia condenatoria, este argumento es más
teórico que práctico, dado que las leyes permiten la admisión directa en el
juicio de pruebas obtenidas durante la investigación preliminar, incluso sin
conocimiento de la defensa (por ejemplo, la incorporación por lectura del
testimonio prestado sin control de partes en esa etapa por una persona que
luego falleció: CPPCba, 397, inc. 3º).
La situación cambia al hablar del procedimiento para perseguir delitos de
acción privada, que representan una excepción mínima en el Derecho penal
argentino. Aquí, la asimilación al proceso igualitario entre partes es más
profunda, tanto es así que, en los códigos modernos, donde se resuelve
adecuadamente la regulación procesal de estos delitos, no existe ni existió
nunca la etapa de instrucción, tradicional en los delitos de acción pública, y
prácticamente todo el procedimiento se concentra en el juicio o
procedimiento principal, de corte acusatorio.
Los fines del proceso penal.
El proceso penal tiene dos fines: uno próximo o inmediato (el
descubrimiento de la verdad) y otro mediato (la actuación concreta de la ley
penal).
Respecto del último, debe señalarse que el proceso tiene por función la de
hacer concretas y reales las previsiones abstractas de la ley penal
sustantiva. Con esta fórmula se abarca expresamente no sólo el designio de
obtener, mediante la intervención del órgano jurisdiccional, la verificación,
positiva o negativa, del fundamento verdadero de la pretensión jurídico-
penal emergente del delito, o sea, el designio de obtener un
pronunciamiento condenatorio o absolutorio, sino también el de hacer
efectiva o ejecutar la sanción que en el primer caso se imponga al
transgresor de la norma de derecho sustantivo. La ejecución queda dentro y
no fuera del derecho procesal.
Pero si el proceso es el único medio de aplicar justamente la ley penal (nulla
poena sine iuditio) –afirma Vélez Mariconde, a quien hemos escogido como
paradigma de las que podrían denominarse “tesis tradicionales” acerca de
la verdad perseguida en el proceso penal-, no cabe duda que su finalidad
inmediata es el descubrimiento de la verdad, puesto que ésta es la única
base de la justicia: que, por lo tanto, debe tener existencia práctica para
reprimir al verdadero culpable en la medida que corresponde y evitar la
represión del inocente (no culpable). Ambos resultados son dos caras de una
misma medalla: la verdad.
Cuando se percibe la dirección característica del proceso penal –concluye
Vélez Mariconde-, éste aparece entonces como el instrumento jurídico
necesario para esclarecer la verdad de los hechos y la personalidad moral y
psíquica del imputado, exigencia esta última del Derecho penal (CP, 41), en
cuanto exige que la calidad y cantidad de la sanción se ajuste a las
condiciones personales del imputado.
Ante esa caracterización de la “verdad”, propia de las tesis tradicionales
sobre la cuestión, se ha señalado (Winfried Hassemer, a quien hemos
tomado como exponente de las “tesis actuales” sobre la materia) que la
misma responde a una idea rigurosa e ingenua: verdad como aquello que
efectivamente ha sucedido, debiendo la actividad probatoria del proceso
penal dirigirse hacia el esclarecimiento de ese suceso.
Desde el punto de vista de la teoría del conocimiento –explica Hassemer-,
este concepto de verdad presupone que es posible un conocimiento reflejo
de la realidad: adaequatio rei et intellectus. Sin embargo, concluye el autor,
ello no es posible por tres razones.
En primer lugar, y desde la teoría del conocimiento, corresponde señalar
que no existe ningún objeto que, en todo caso, no esté co-constituido por el
conocimiento subjetivo. Los objetos del conocimiento están a nuestra
disposición sólo dentro del conocer, y sólo se puede juzgar la fidelidad de su
reflejo por medio del conocimiento dentro de los procesos cognitivos. Que el
concepto de una cosa coincida con esa cosa (repárese que la verdad la
definió, por ejemplo, como la representación ideológica correcta de una
realidad ontológica) no es resultado de un procedimiento abstracto
mensurable, sino de un proceso en el que sujeto y objeto se encuentran
implicados recíprocamente. Ya es resultado de nuestra experiencia diaria
que hombres con una diferente historia vital, diferente profesión y
diferentes intereses perciben las cosas de manera diferente. Por ello, debe
reconocerse que no es posible esperar encontrar la “verdad” acerca de
sucesos y desarrollos. El conocimiento de la verdad es relativo al sujeto
cognoscente, a las particulares circunstancias del proceso cognoscitivo y a
las cuestiones específicas que se dirigen a la “realidad”. No es necesario
decir que estas particularidades, en cuanto a que la percepción de la
“realidad” es altamente selectiva, se hallan acentuadas con especial fuerza
en el proceso penal.
En segundo lugar, si se mira el concepto de verdad del proceso penal desde
el punto de vista del Derecho constitucional, se advierte que los límites en
la búsqueda de la verdad material no son de lamentar, sino que se les debe
dar la bienvenida. La búsqueda de la verdad en el proceso penal no reside
sólo en el interés público, sino que constituye al mismo tiempo una
amenaza para todos los intervinientes en el proceso, no sólo para el
imputado. Un procedimiento penal propio de un Estado de Derecho conoce,
por lo tanto, limitaciones a la averiguación de la verdad, que por lo general
son de importancia decisiva: el derecho del imputado de no estar obligado a
declarar; el derecho de no testificar por razones de parentesco, proximidad
social o secreto profesional, etc. Tales derechos existen en interés de las
profesiones o las personas protegidas. Son derechos de defensa frente a los
intereses de la investigación en el procedimiento penal. Visto de este modo,
la búsqueda de la verdad se puede considerar una empresa complicada que
puede estar en contraposición con los derechos de la libertad. Un
procedimiento penal adecuado a un Estado de Derecho debe lograr una
relación bien equilibrada entre el interés en la verdad, por un lado, y la
dignidad de los afectados, por el otro.
Finalmente –afirma Hassemer-, la búsqueda de la verdad en el
procedimiento penal es, por lo tanto, relativa a las vías legítimas a través de
las cuales se puede lograr. Tiene sentido, por eso, hablar no de verdad
objetiva sino de verdad forense u obtenida de acuerdo con las “formalidades
judiciales”. Todos los intervinientes deben advertir que una condena no
puede estar legitimada con “la” verdad, sino que más bien se encuentran
en juego procesos de selección.
De todo ello resulta –finiquita-, que desde el punto de vista de la dogmática
del Derecho procesal penal la convicción del juez –y no un arsenal de
elementos probatorios objetivos- debe constituir el fundamento racional de
una condena penal. Así, el deber del tribunal de buscar la verdad no puede
ser entendido como la investigación de la verdad “objetiva”, sino sólo como
el deber de apoyar la condena sobre aquello que indubitablemente puede
darse por comprobado.
En suma, y según palabras de Luigi Ferrajoli –quien también desarrolla
profusamente la noción de “verdad procesal” a partir de los nuevos
paradigmas-, la función del concepto de verdad en el proceso penal surge
evidente ante un argumento de innegable fuerza: “Si una justicia penal
completamente ‘con verdad’ constituye una utopía, una justicia penal
completamente ‘sin verdad’ equivale a un sistema de arbitrariedad”.
Eficiencia y garantía como objetivos políticos del proceso penal.
En la Unidad Nº1 estudiamos sucintamente, al analizar la función del
Derecho procesal penal, los distintos intereses que residen en la base
misma del proceso penal: el interés social por el imperio del Derecho, o sea,
por la represión del delincuente –es decir, el interés de hacer efectivo el
poder penal del Estado en aquellos casos reales que fundan su aplicación-; y
el interés individual del imputado por la libertad personal y demás bienes
jurídicos que el Derecho concede, interés que, en definitiva, también ha sido
asumido como social, según se demuestra en muchos momentos del
procedimiento penal (p. ej., cuando el Estado, obligatoriamente, concurre a
defender a quién él mismo persigue penalmente, si el individuo, expresa o
tácitamente, da a conocer su deseo de no defenderse).
La búsqueda de la mejor consecución del interés social traduce la
pretensión de una mayor eficiencia de la administración de justicia penal al
aplicarla; la búsqueda del mejor resguardo del interés individual importa la
pretensión de establecer un sólido sistema de garantías o resguardos de los
derechos del individuo frente al uso de la coerción estatal.
El Estado, en el desenvolvimiento de su función judicial en lo penal no debe
olvidar ninguno de esos dos intereses, que se erigen en objetivos políticos
inherentes a todo proceso penal propio de un Estado de Derecho. El
legislador debe buscar una solución armónica, un equilibrio que, desde un
punto de vista político, signifique la correcta interpretación de las normas
constitucionales. Ni debe avasallarse el interés individual por desprecio de la
situación y del derecho esencial del imputado, ni el proceso puede
convertirse en fuente de recursos capaces de enervar el ejercicio del poder
del Estado. En el eventual caso de conflicto entre los intereses social e
individual, debe hacerse prevalecer el relativo a la libertad individual, pues
el sistema ha de basarse en el principio de inocencia (CN, 18).
El Estado de Derecho vive de la contraposición entre “formalidad” de la
justicia –respeto de las formas establecidas como garantías- y eficiencia, y
la conformidad al Estado de Derecho debe controlar y frenar al Estado
fuerte, idealmente, debe poder quebrarlo en caso de conflicto.
La distinción eficiencia-garantías (o formalidad de la justicia), por otro lado,
debe servir para reconocer hacia dónde se dirige o cómo se configura –
según se prioricen las exigencias del interés social o individual-, la política
criminal del Estado, cuando se reforma el Derecho procesal penal.
El consenso entre los sujetos procesales.
En los últimos tiempos, han aparecido propuestas que implican la
posibilidad de desplazamiento parcial de la “verdad real” por una verdad
consensual. Esto es consecuencia de la idea de considerar al consenso
como una forma alternativa de solución para ciertos casos penales.
Estas ideas chocan con fundamentos que inspiran el sistema penal y
procesal argentino, como los principios de legalidad y de verdad real, pues
bajo el influjo de aquel, el Estado desarrolla una tarea inevitable e
irretractable de procurar la verdad real y la consecuente imposición de la
pena a todo culpable. Y chocan porque la “verdad consensual” puede
prestarse, no tanto a que se castigue a quien no sea culpable, sino más bien
que no se castigue a todo quién sí lo sea, a través de formas de resolución
del caso por alternativas a la pena que prescindan total o parcialmente de
ella ([Link]., reparación a la víctima).
Por cierto, que hoy en día es impensable (y seguramente inconveniente)
sustituir el sistema de regulación oficial de cualquier caso penal por otro
que deje totalmente librada su solución a la voluntad de los protagonistas.
Pero no es menos cierto, que el consenso puede tener un considerable e
interesante campo de acción como atenuante de la opuesta regla general
vigente.
Cierre
Al concluir el segundo módulo de la asignatura, se ha explorado una amplia
gama de conceptos fundamentales para comprender la dinámica y los
objetivos del proceso penal en el contexto de un Estado de Derecho.
Se analizó la evolución histórica del proceso penal, que condujo a la
comprensión de tres modelos distintos: el acusatorio, el inquisitivo y el
mixto o inquisitivo reformado. Estos modelos reflejan ideologías políticas
variadas y diferentes concepciones del Estado y del individuo en la
administración de justicia, cada uno con sus propias ventajas y desafíos.
Después, se profundizó en la función penal del Estado, que se transformó
tras la Edad Media, pasando de regular principalmente las acciones
individuales en la sociedad a convertirse en una función estatal
centralizada. Se destacaron los principios de oficialidad, estatalidad y
oficiosidad, que refuerzan el papel del Estado en la persecución penal y la
importancia de garantizar la igualdad de posiciones entre el imputado y el
acusador, sin dejar de mencionar los modernes criterios de oportunidad
reglada que permite al Estado disponer fundadamente de la acción penal y
la llamada justicia restaurativa.
Luego, se exploraron los fines del proceso penal, destacando su doble
objetivo: el descubrimiento de la verdad y la aplicación concreta de la ley
penal. Se comprendió que la obtención de la verdad es fundamental para la
justicia penal, aunque está sujeta a limitaciones constitucionales y que, en
última instancia, la convicción del juez debe fundamentar una condena
penal.
Asimismo, se discutió la importancia de la eficiencia y las garantías como
objetivos políticos del proceso penal, reconociendo la necesidad de
equilibrar el interés social por la eficiencia con la protección de los derechos
individuales frente al poder estatal.
Finalmente, se consideró el papel del consenso entre los sujetos procesales
como una posible alternativa para la resolución de ciertos casos penales,
reconociendo sus limitaciones y desafíos.
En resumen, se han abordado conceptos fundamentales que constituyen
pilares esenciales para comprender el proceso penal en un Estado de
Derecho. Se alienta a reflexionar sobre estos temas y a seguir explorando el
apasionante campo del derecho procesal penal en los próximos módulos de
la materia.
Actividades:
Acción y jurisdicción penal
Usted se desempeña como auxiliar de una Fiscalía de Instrucción. Imagine
que un individuo, Oscar Rodríguez, ha sido detenido en flagrante robo en un
local de venta de teléfonos celulares. El hecho ocurrió en la ciudad de
Córdoba, Argentina.
Consigna:
1. Defina el concepto de acción penal y describa cómo se ejerce en este
caso específico.
2. Explique qué es la jurisdicción penal y determina cuál sería la
jurisdicción competente para conocer este caso.
3. Identifique los elementos que determinan la competencia penal y
señale qué tribunal sería competente para juzgar a Rodríguez en este
caso.
1- Acción penal
Concepto: La acción penal es el poder jurídico que tiene el Estado,
ejercido a través del Ministerio Público Fiscal, para promover la
investigación y el juzgamiento de un hecho que constituye delito. Es
la vía mediante la cual se pone en movimiento el proceso penal.
Aplicación al caso: En el robo en flagrancia cometido por Oscar
Rodríguez, la acción penal se ejerce de oficio por el fiscal de
instrucción, ya que se trata de un delito de acción pública. El fiscal
inicia la investigación, ordena medidas probatorias y solicita
eventualmente la elevación a juicio.
2- Jurisdicción penal:
Concepto: La jurisdicción penal es la potestad que tienen los órganos
judiciales para conocer y decidir sobre hechos que constituyen
delitos, aplicando la ley penal.
Aplicación al caso: El hecho ocurrió en la ciudad de Córdoba, por lo
que la jurisdicción corresponde al Poder Judicial de la Provincia de
Córdoba, en el fuero penal. Es decir, los tribunales penales
provinciales son los competentes para intervenir
3- Competencia penal
Elementos que la determinan:
o Materia: Se trata de un delito contra la propiedad (robo).
o Territorio: El hecho ocurrió en Córdoba capital.
o Persona: El imputado es un mayor de edad, sin fueros
especiales.
o Grado: Por tratarse de un delito común, la competencia
corresponde a los tribunales ordinarios.
Tribunal competente: En este caso, la competencia recae en el
Juzgado de Control y posteriormente la Cámara en lo Criminal
y Correccional de Córdoba, que son los órganos encargados de
juzgar delitos comunes cometidos en la jurisdicción provincial.
Mod. 2 Actividad:
Villanueva – principio de legalidad
En la siguiente actividad deberá remitirse a la cuestión fáctica planteada en
la actividad 2 del Módulo 1.
Luego de haber releído y recordado la situación, la señora Paula Villanueva
solicita que usted le responda las siguientes cuestiones:
1. ¿Qué características tendría la persecución penal a realizarse?
2. ¿Qué fines perseguiría necesaria o eventualmente ese proceso penal?
1. Características de la persecución penal
Acción pública: Al tratarse de un robo en flagrancia, la persecución
penal corresponde al Ministerio Público Fiscal, que tiene la obligación
de promover la acción penal de oficio.
Imputación inmediata: La flagrancia habilita la detención inmediata
del sospechoso (Oscar Rodríguez) y la rápida formulación de cargos.
Proceso ordinario con posible trámite abreviado: Aunque se
inicia como proceso penal ordinario, la flagrancia puede dar lugar a
un procedimiento más ágil (juicio abreviado o procedimiento de
flagrancia, según normativa aplicable).
Garantías constitucionales: El imputado conserva sus derechos
fundamentales (defensa en juicio, debido proceso, asistencia letrada,
presunción de inocencia).
Competencia territorial: La causa corresponde a la jurisdicción de
Córdoba, donde ocurrió el hecho.
Prueba directa: La flagrancia facilita la recolección de pruebas
inmediatas (testimonios de empleados, clientes, secuestro de objetos
robados, cámaras de seguridad).
2. Fines del proceso penal
Necesarios (esenciales):
o Tutela del orden jurídico: Restablecer la vigencia de la
norma penal vulnerada.
o Protección de la sociedad: Evitar la impunidad y reafirmar la
confianza en el sistema de justicia.
o Garantía de derechos: Asegurar que tanto la víctima como el
imputado reciban un trato conforme a la Constitución y las
leyes.
o Determinación de responsabilidad: Establecer si Oscar
Rodríguez es culpable y aplicar la sanción correspondiente.
Eventuales (dependientes del caso):
o Reparación a la víctima: Posibilidad de indemnización o
restitución de bienes sustraídos.
o Prevención especial: Reeducación o reinserción social del
imputado mediante la pena o medidas alternativas.
o Prevención general: Disuadir a la comunidad de cometer
delitos similares, reforzando la eficacia de la norma penal.
o Resolución rápida: En casos de flagrancia, el proceso puede
buscar una respuesta judicial más expedita para dar
satisfacción social y evitar dilaciones.