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COPERNICO

El capítulo describe la vida de una familia en un contexto de pobreza y marginación, donde los hermanos Samuel, Francisco Hernando y Gilma Estela juegan y exploran su entorno mientras su madre, Rosalba, lucha por mantener a la familia a flote. La construcción de un nuevo barrio simboliza tanto la esperanza como la lucha de los desplazados, quienes buscan un lugar en la sociedad. A través de recuerdos y fantasías, los niños encuentran alegría en medio de la adversidad, mientras sus padres enfrentan la dura realidad de la vida cotidiana.

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COPERNICO

El capítulo describe la vida de una familia en un contexto de pobreza y marginación, donde los hermanos Samuel, Francisco Hernando y Gilma Estela juegan y exploran su entorno mientras su madre, Rosalba, lucha por mantener a la familia a flote. La construcción de un nuevo barrio simboliza tanto la esperanza como la lucha de los desplazados, quienes buscan un lugar en la sociedad. A través de recuerdos y fantasías, los niños encuentran alegría en medio de la adversidad, mientras sus padres enfrentan la dura realidad de la vida cotidiana.

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Capítulo1

Los mutilados, los dementes y los malformados congénitos también marchaban en

esa procesión de mendicantes; viejos y jóvenes, negros y blancos formaban una

estrella de aristas infinitas que sólo podían ver — en toda su extensión— las

águilas y los cóndores desde el silencio de su altura.

Los menesterosos de la tierra acudían a la cita de ¨La Alianza para el Progreso”,

en carretas de bueyes, a caballo, en camiones destartalados, en triciclos de

reparto. Las mujeres amamantaban a sus crías sin detener la marcha y las

protegían del viento con pañolones de todos los colores. De vez en cuando, el

sonido de una campana se perdía en la distancia y en los mundos interiores de

aquellos seres que instalaban sus carpas, en cualquier lugar, para pasar la noche,

para pasar la vida.

Samuel Pereira era el hermano mayor de una familia, que también marchaba,

hacia los erráticos aconteceres del destino.

Sus recuerdos lo llevan por los túneles del tiempo —a través de caminos sin

asfalto—, por donde viajaban los camiones y las flotas de buses, que se dirigían

hacia los lugares incognitos que la necesidad les imponía. En uno de esos viajes,

la familia llegó a Fontibón; un pueblo de pastores, de lecherías y de campesinos

que tomaban cerveza y jugaban al tejo después de la labranza. Bajo la ruana de

algunos compadres —hombres de sombrero y aliento alicorado— no faltaba el

puñal que, como un rayo de luz, solía aparecer para defender la hombría. Ser

hombre era —por encima de todo— no permitir frases ni miradas lascivas a la

mujer amada.
Francisco Hernando y Gilma Estela, sus hermanos; eran los compañeros de

juegos y aventura. Los domingos, después de ir al cine, caminaban hasta la

“Hacienda Miramar”, por la carretera que se perdía entre las acacias y los

arrayanes de sus curvas. Una mañana, Francisco Hernando decidió que sería

más emocionante si trepaban a los árboles que bordeaban la hacienda. Una vez

escalado el primer tronco, descubrieron un universo de ramas y resinas que se

entrelazaban formando un túnel arbóreo, que finalizaba a la orilla del río. Gilma

Estela lo bautizó: “El avión”.

En el teatro “Avirama”, pasaban las películas de John Wayne, Marlon Brando,

Sofía Loren, Irene Papas y Anthony Quinn. En las noches, acomodados en un

camarote, la media docena de hermanos escuchaban, atentos, las historias que

Francisco Hernando inventaba, a partir del cine o de las leyendas que narraban

las emisoras “Radio Sutatenza”, “Radio Continental”, “Nuevo Mundo” o “Nueva

Granada” Una de esas historias los introducía al interior de un elefante convertido

en vehículo de guerra, en cuyos ojos estaban las ventanas por donde Gilma Estela

se asomaba, trepando por escaleras de manila, para orientar la marcha a través

de una jungla imaginaria.

Los hermanos abordaban “el avión”. Muchas veces fueron astronautas en esa

nave de pinos y eucaliptos que por entre sus ramas los llevaba al espacio.

Algunas tardes, con las camisas viejas y las faldas anchas de sus padres, se

vestían para actuar las leyendas de “Simbad el Marino”, o las películas de

vaqueros del Oeste americano que defendían —de los “indios” — a las mujeres

bonitas y a los trenes que llevaban el progreso por esos arenales. En otras

ocasiones representaban a los personajes de las series radiales del ingenioso


detective, “Chan Li Po”; también fueron piratas por los mares del Sur, soldados

americanos del “Puente sobre el río Kway”, o vampiros de la Transilvania.


2

Eran niños cuando se inició la construcción de la ciudad en los terrenos de “La

Alianza para el Progreso”. Los domingos y festivos, los elegidos participaban en

las labores de la construcción, dirigidos por los maestros de obra y los albañiles

que les señalaban sus quehaceres: cavar las zanjas, cargar las piedras, el

cemento y el triturado para los cimientos; mientras que las mujeres improvisaban

fogones de leña para preparar los alimentos. Los caminantes que no lograron ser

aceptados en “La Alianza” —y que fueron millares— llevan lustros tratando de

regresar a sus remotas comarcas. Muchos han muerto en el camino, pero su

descendencia, con sus hereditarias malformaciones congénitas y demenciales,

navega aguas arriba en busca de la aldea primigenia, en busca de la nada.

La construcción se levantaría en los terrenos en donde operó el primer aeropuerto

internacional de Suramérica, que servía a la Bogotá de aquellos años; una ciudad

esculpida en los farallones de los Andes y muy lejos del mar. El terreno fue

dividido en cuatro territorios. En cada uno de ellos se establecieron los

“Almacenes”, que eran de una sola planta, construidos con ladrillos de calicanto y

tejas onduladas; parecían escuelas de vereda. En su entorno se fueron

acumulando los rimeros de bloques, los montones de arena, de gravilla y de

piedra para las fundiciones. Las fantasías infantiles también rondaban sus

paredes. Estos “Almacenes”, por su ubicación, signarían el espíritu de sus

habitantes. La familia de Samuel, quedaría en una vivienda de “El Tres”.

La primera vez que los llevaron al lugar donde se levantaban las viviendas, fueron

sorprendidos por el sonrojo que se abatió sobre el rostro de la mamá, cuando

pasaron frente a un círculo de grama con estatuas de mujeres desnudas,


rodeando los mástiles con los pendones multicolores de los países americanos:

Era la “Plaza de Banderas” que, en su promontorio central, albergaba el pabellón

nacional ondeando sobre los demás. Florecía en el alma un sentimiento arrobador

al mirar esa fiesta del viento bajo el azul del cielo. Cada columna con su mástil y

sus estatuas de piedra, simboliza los sueños de esas caravanas errátiles de

mutilados y malformados: la mujer con la espada de la justicia; la mujer con el

pergamino de la sabiduría; la mujer del maíz llorando por el hambre de los niños;

la mujer de la rueda prehistórica; y la mujer de la ciencia que sonríe con la

irracionalidad del número “Pi”.

Cuando los muros y los tejados de las viviendas se levantaron, la familia se mudó

al barrio que apenas se estaba construyendo. El trasteo se hizo de noche para

evitar a la patrona de la casa de inquilinos que habitaban; el padre debía varios

meses de alquiler. Es posible que por su mente hubiese merodeado la idea de

asaltar a alguna vieja usurera, para pagar las rentas atrasadas; sin embargo,

haber leído la vida de Raskólnikov le hizo desistir. Tal vez ese hombre también

caminó noches blancas de luna y de neblina sobre puentes colgantes de maderas

viejas, desde donde se escucharía el trasegar de las oscuras aguas de un río, que

invitaban al suicidio. Es posible también que en esas horas un grito de dolor, de

angustia, le hubiera entumecido el alma. En esas instancias de soledad pensaría

en su condición gregaria. Trabajaba en un taller de maquinaria pesada; había

logrado aprender el inglés básico para leer los manuales de los motores

“Caterpillar” que reparaba. Era bueno en eso, se sentía bien en su trabajo, pero

siempre estaba callado. Todas las noches, después de abandonar —alicorado—


la tienda de la esquina, salía a caminar por las calles desiertas que se parecían a

su alma. El sentimiento de culpa lo aturdía, se sentía un ser despreciable. Amaba

a su familia, pero sabía que todos sufrían por su dependencia del alcohol. La vida

se estaba convirtiendo en una rutina de amargura. Se hallaba dentro de una

burbuja que se desplazaba sin rumbo por la tierra. Desde el interior miraba el

mundo, que él no podía vivir. La burbuja cruzaba los mares y las rocas, los

desiertos y las avenidas que de manera imposible se dirigían hacia el cielo, o

hacia la esquina de un callejón sin salida, pero para esa esférica prisión no había

muralla; su levedad le hacía flotar por el espacio e ir rodando, de tumbo en tumbo,

por todos los lugares de la melancolía.

Sin embargo, había noches en que leía a sus hijos los versos de Guillermo

valencia: Gilma le hacía repetir “Cigüeñas blancas”; a Hernando le gustaban “Los

camellos”, y a ti, Samuel Pereira, te atrapaba “Anarkos”. Otras tardes leía a José

asunción silva; y la madre recitaba de memoria “La canción de la vida profunda”

de Porfirio Barba Jacob; Ella también cantaba tangos y se ponía muy triste al

entonar “Malena”, pues recordaba en esas letras años mejores, cuando las

ilusiones empezaban.

Sentados en los colchones —enrollados en la parte posterior del camión—

observan una luna que los sigue por entre los árboles del “avión” y que se refleja

en los charcos formados por las lluvias. Avanzan lentamente sorteando los

baches del camino. ¡Oh noche de magia! La claridad lunar recorta siluetas

fantasmales, las hojas del maíz semejan la guadaña de la parca, pero esa noche

los hermanos son inmortales; nada ni nadie les arrebatará esas interminables

horas de estrellas, de canciones de viento sibilante, de sirenas imaginadas en


paraísos sumergidos; horas sin hambre y sin temores que recordaran toda la vida,

cada vez que el destino los reúna.

Amanece en la sabana, la luz del día avanza sobre las cumbres de Monserrate y

Guadalupe, el Sol apenas asciende por el Orinoco; el cielo es un boceto pincelado


al naranja; los árboles se despojan del manto de oscuridad que les cubre; los

gorriones, los gallinazos y las mirlas inician su vuelo en busca de sustento;

miríadas de golondrinas y de palomas gitanas, se lanzan —con una precisión de

mecanismos de relojería—, siguiendo un rumbo de matemática alegría.

El camión rueda sobre el prado por un camino inexistente, las vacas mugen en las

haciendas lecheras; ahora se pasa bajo un bosque de pinos y se empiezan a ver

las viviendas que, adocenadas, parecen más bien las barracas de un campo de

concentración. Por ahora, las calles son espacios de fango. Las paredes —de

bloques de cemento— dan un aspecto triste y desolado; las casas que están

habitadas, se distinguen porque tienen cartones o madera en los agujeros que

algún día serán puertas y ventanas; aún es muy temprano y hace frío, pero ya hay

niños correteando en los lugares donde quedarán los patios, que todavía no se

han cercado. Las cocinas del lado de allá, se ven desde las cocinas del lado de

acá. El camión del trasteo se detiene en el patio de la casa número nueve de la

manzana uno, que pertenece a la súper manzana ocho, ubicada en el “Almacén

Tres”.

— ¡llegamos! — grita Gilma. De todas partes concurren a prestar su ayuda y su

concejo. Doña Rosalba, la mamá, siente un poco de vergüenza cuando los

miserables objetos que son sus pertenencias van desfilando en los hombros

solidarios. Doña rosa, La mamá de los Maldonado percibe su angustia y le

susurra: —Tranquila, hija, aquí todos somos pobres—. El piso de tierra se barre

con escobas de ramas, las ventanas se tapan con cartones y en las puertas del

patio y de la calle se cuelgan cobijas de retazos: la familia se ha instalado.


Asombrados, los hermanos se asoman a las cocinas donde les ofrecen agua de

panela caliente con pan tostado y mantequilla; se enteran ahora que en lo que

resta de ese año no hay que ir a estudiar. Todavía no hay escuelas.

En esas noches —de nuevos habitantes— juegan a las escondidas con los niños

del lugar; se ocultan del duende que los busca tras los rimeros de ladrillos, en los

montes de gravilla y entre los grandes tubos de concreto que se utilizarán para el

alcantarillado. Toda esa infancia desliza su alocado tiempo —como espuma—

bajo la luna que platea la tierra gris de su nuevo territorio.

Gilma y Hernando extraen el máximo provecho a las horas y a los días; lo hacen

corriendo sobre el prado, nadando en las lagunas de agua fría, fabricando

espadas de guadua y escudos de cartón, mirando desde una colina los autos que

pasan por la carretera, y que se pierden en la bruma de la distancia y de sus

ensoñaciones.

Ahora los hermanos van a descubrir un nuevo mundo entre los rimeros de bloques

de cemento que forman laberintos en donde los niños y los amantes juegan a las

escondidas. También hallan —para su asombro— los restos de algunos viejos

aviones DC3, entre las ruinas de los antiguos hangares del desmantelado

aeropuerto. Sin consultar con nadie, toman posesión de las ruinas de la torre de

control, e incluso llevan a su casa algunos cables y teléfonos inservibles para

seguir jugando. El barrio no es un barrio; es el encanto del lago y de sus árboles,

son las marchas en fila con su nuevo grupo de amigos, es la claridad de la luna

que alumbra los espacios en donde algún día irán las ventanas. El barrio es un

cuento de noches estrelladas y de las primeras miradas que están marcando el

final de la infancia.
Capítulo 2

Rosalba Garzón no se deja amilanar por la pobreza: abre una tienda con las

cuatro panelas y las dos libras de arroz del mercado familiar; hace clavar estacas

en el solar de la casa y monta en ellas una tabla larga para formar la mesa; a los

lados, a menor altura, quedaron las butacas. Allí se sentaron por varios meses los

trabajadores que cavaban las zanjas para el alcantarillado y el acueducto, los

trabajadores que afirmaban las calles, los trabajadores que sembraban los postes;

eran hombres jóvenes y rústicos. Rosalba sabía que algunos la pretendían.

Desde la madrugada, sobre el fogón de piedras estaban los calderos olorosos. A

lomos de borricos llegaban las canastas de pan y las botellas de leche. Una

carreta tirada por un flaco caballo, cargaba las canastas de cerveza y gaseosa.

Los domingos, bajo un toldillo de lona, Rosalba vendía empanadas, papa criolla y

morcilla a los eventuales transeúntes de aquel lugar sin calles y sin energía

eléctrica.
Al frente de la casa de los hermanos Pereira, había una explanada. Los hermanos

Gacel vivían al otro lado de la explanada

Don Jorge, el papá, es un asiduo lector de la revista “readers digest selecciones”.

Lee en voz alta para toda la familia: “citas citables” “humorismo militar” y “la risa,

remedio infalible”. Los primeros días de cada mes llegaba con la revista y un

sobre de la “hemphill school,” con las instrucciones para ensamblar un radio de

galena. Por esos días trabajó —febrilmente— en la instalación de un alambre de

cobre sobre el techo de la casa. Cuando los vecinos le preguntaron para que

hacía eso, les dijo que atraparía las señales de las emisoras “Nuevo Mundo”,

“Nueva Granada” y Radio Continental; para que el vecindario pudiera escuchar las

radionovelas de “Renzo el Gitano” “Kadir el árabe” y “Doctora Corazón”, a través

de un megáfono que ubicaría en un promontorio de ladrillos en medio del solar

común, en donde algún día quedarían los patios de las casas. Fue un rotundo

éxito. Todas las noches, a la hora esperada, con ardor, las mujeres sentadas en

bancos de madera, los niños y los hombres —de pie como estandartes— se

amontonaban en torno el pequeño parlante y guardaban un místico silencio para

poder escuchar las voces de Lucy Colombia, Jaime Ayala, Luis Carlos Valencia y

a la estrella de la radio; Gaspar Ospina, interpretando a “Kaliman”. Desde todas

las viviendas cercanas, una romería nocturna llegaba a la hora de las

radionovelas, y Rosalba aprovechaba para vender sus empanadas.

Y como en un sueño, a esa comarca de silencios interrumpidos tan sólo por la voz

susurrante del radio de galena, fueron llegando las bondades de “La Alianza”. La

energía eléctrica llegó en una procesión de postes instalados en las calles y

avenidas que se estaban construyendo, el acueducto reemplazó “la pila” de agua,


que eran dos llaves de cobre empotradas en un muro de cemento en donde,

después de hacer una fila interminable, se lograba recoger el agua necesaria para

subsistir; las calles se asfaltaron con máquinas increíbles que operaban los

hombres que Rosalba atendía en sus rústicas mesas. Por esos años, los

hermanos estudiaban en las escuelas que “La Alianza” había propuesto en Punta

del Este. John F. Kennedy, el presidente de los Estados Unidos, pedía “…un

enorme esfuerzo de cooperación, sin paralelo en magnitud y nobleza de causa,

para satisfacer las necesidades básicas de los pueblos de las Américas.” Si bien

es cierto que el aporte y la voluntad de apoyo fueron reales, detrás de todo estaba

el bloqueo a Cuba y la guerra fría con la Unión Soviética. Esa era la esencia de

La Alianza”. El rotundo fracaso De Kennedy en Playa Girón, después de haber

bombardeado varias veces la isla, culminó con el asesinato del presidente en

Texas, el viernes 22 de noviembre de 1.963. Los hermanos estaban en la escuela

de la súper-manzana seis, que era para ese entonces la más importante de la

comunidad. A partir de ese momento, por clamor de sus habitantes, Techo pasó a

llamarse “Ciudad Kennedy”


2

Gracias al Teólogo, a sus luchas y vínculos con la alcaldía, la explanada pasó a

ser la primera cancha de futbol del barrio. Todos los domingos, desde los

“Almacenes”, acudían los equipos con los que se desarrollaron los primeros

encuentros y después campeonatos. Por supuesto, se llamaba “La cancha del

Tres”. Se hizo famoso ese campeonato barrial donde acudieron figuras como

Pablo Centurión, Alfonso Cañón y hasta el Gamín Aponte. La casa esquinera del

Teólogo fue la sede del “Club social y deportivo del Tres”. El Teólogo impulsaba

las sesiones infantiles de canto y de teatro, y prestaba la bicicleta de su hijo para

que los niños dieran vueltas a la manzana y soñaran con ser figuras del ciclismo

nacional; era un hombre bueno que soñaba con una universidad para los jóvenes

del barrio. Para él, Ciudad Kennedy era un mundo nuevo, era el futuro de sus

hijos. Sin proponérselo se hizo líder, sin proponérselo también se hizo a enemigos:
seres de mirada gacha y de frases entre dientes, con las manos cruzadas en la

espalda, como quien cavila traiciones.

Hacia el Norte, en un espacio muy amplio de la explanada, donde años después

construirían el colegio oficial de secundaria más grande de Suramérica, y en

donde estudio Gilma; la iniciativa del Teólogo hizo que llegaran los circos, “la

ciudad de hierro” y la plaza de toros. En todas estas atracciones, Rosalba se hizo

presente con sus toldillos de fritanga. Gracias a la camaradería que logró

establecer con los administradores de las mismas, los hermanos Pereira tenían

entrada gratis. Hernando, el más valiente, quería ser torero. Llego a dañar

algunas faldas de Rosalba para tener su capote. Con otros chicos recorrían las

haciendas para sacarle manoletinas a un becerro o, evadiendo la vigilancia de los

caporales, lograron faenas apoteósicas con toros de verdadera casta. Gilma era

feliz en los carruseles de caballitos de madera, en las sillas voladoras y en las

ruedas de chicago de la ciudad de hierro. Y a Samuel Pereira le robó el alma la

vida ambulante de los artistas del circo.

Cuando la plaza de toros llegaba, al teólogo se le veía muy activo ayudando en su

instalación; luego, con un megáfono, salía por las calles del barrio perifoneando:

“Este domingo a las tres de la tarde, no se pierda la gran faena con novillos de

pura casta, en la Plaza de Toros La Giralda; el último ejemplar será lidiado por el

público”. En el alma de Hernando se alborotaban los sueños del gran torero; él

era el público, para eso se entrenaba dos o tres meses antes que la Plaza llegara.

Y cuando el perifoneo del teólogo empezaba, Hernando Pereira “escuchaba”: “El

último ejemplar, con más de 500 kilos de peso será lidiado por Hernando Pereira,

“El Manolete de América”; En su ensoñación miraba las graderías, y allí, con un


vestido rojo y pepas blancas, con un peinado alto y con mantilla, estaría Marcela

Díaz, la niña de sus sueños; y a su lado también estaría su hermana Gilma

aplaudiendo tan magistral faena. Los acordes del “Puñal sevillano” se perdían en

la distancia, desde los altoparlantes instalados en la “Plaza de toros La Giralda”.

“La ciudad de hierro” —de Don Mauricio Mórtola— también se instalaba por allí,

dos veces en el año. Las sillas voladoras, el martillo, los cohetes giratorios, la

rueda de chicago, el carrusel de caballitos de dos en dos. Y las muchachas y

muchachos buscándose con la mirada, bajo los tenderetes de lona donde se

jugaba “Escalera, trompo, mariposa”, mientras el dueño del tendido iba

anunciando la suerte echada por los dados. Las luces, los carruseles, la música

de carnaval y la alegría, le daban a la noche un ambiente irreal, un hálito de magia

que brotaba de las sonrisas, de las caras hermosas de las niñas, para impregnar

el alma con las llamas rutilantes de la fantasía… ¡del amor!

—Gana el número Diez, señores; hagan sus apuestas. La escopeta de aire

comprimido para derribar los patos de madera, las cajetillas de cigarrillos; la tienda

de la gitana que adivinaba la suerte; los embaucadores, los vendedores y

compradores de la lotería; los silenciosos que todo lo observaban, soñando con un

poema. Y la vida pasando para los favorecidos por “La alianza para el progreso”.
3

Samuel abandonó los estudios. Empezó a trabajar con don Ramón, un hombre de

rasgos indígenas que le tomó como ayudante, en los talleres donde se hacían las

carrocerías para los buses azules y plateados, muy cerca de la plazoleta de

Banderas. Don Ramón le enseñó a conocer el calibre de las láminas Cold-Rolled,

la calidad de las pinturas y la textura de las telas abrasivas; la dimensión y forma

de las piezas de ensamble y el nombre de las herramientas. Poco a poco Samuel

se hizo ducho en el arte de cortar con precisión las secciones para la plataforma

de los pisos, los parales, los arcos metálicos y los templetes que conformaban la

estructura de la carrocería, que se iba armando sobre el chasis del automotor.

Los sábados, bajo un parasol de tejas plásticas, don Ramón pagaba el salario a

sus ayudantes. Ya era costumbre reunirse a tomar unas cervezas en la cancha de

tejo —que se llamaba, “El Club” —. Allí competían en el juego milenario de


ascendencia muisca, en donde se lanza un disco de hierro que —surcando el aire

— busca caer sobre unas mechas de pólvora para hacerlas estallar.

Los lunes, Samuel regresaba al taller. Antes de ir a ponerse la ropa de trabajo, en

el interior de un bus destartalado que servía de camerino, los trabajadores se

acercaban a la cocina de doña Rosa a tomarse el primer sorbo de agua de panela

caliente. Soplando el café a la altura de la cara, Samuel miraba hacia los árboles

de eucalipto que se veían muy lejos, por encima de los muros. Imaginaba las

aguas del río viajando en compañía de las nubes y de las haciendas lecheras, las

aguas que se estrellaban contra las rocas milenarias del cauce, las aguas que se

purificaban antes de llegar a los despeñaderos del Salto del Tequendama, para

seguir su camino de libertades hacia las profundas poblaciones de tierra caliente.

Aguas que desfilaban asombradas entre las matas de monte y los helechos

gigantescos, que formaban arabescos y filtros de luz. Las iguanas solitarias y las

miríadas de loros las verían discurrir hacia el mar. Ese mar que aún no conocía.

Samuel soñaba recorrer caminos, conocer el mar. Era absurdo mantenerse en la

monotonía que prodigaba una máquina para doblar lámina, o en las tareas

elementales de cambiar una broca, alcanzar un destornillador o lijar la superficie

de la carrocería para que Aníbal, uno de los hijos de don Ramón, le aplicara la

pintura con impecable maestría.

Por las tardes marchaba a su casa atravesando los potreros, contemplaba las

flores amarillas que cubrían la pradera; era como mirar el cielo de las noches

estrelladas. También pasaba por uno de los muros del colegio Santander, en

donde estudiaba Gilma Estela. Ella sí termino el bachillerato y empezó a trabajar

y a ganar un salario digno en la ETB. Allí se jubiló.


Hernando siempre fue un hombre de pocas palabras. Una tarde, su padre se lo

llevó para las petroleras del Putumayo. Entre machines y taladros terrestres, entre

tanques de combustibles, entre motores Diesel y cordones chispeantes de

soldadura, fue fraguando una vida de trabajo y soledad. Cuando Samuel partió de

la casa, su hermano se encontraba en esas selvas. Pasarían muchos años para

volver a verse. Hernando, Gilma siempre fueron grandes amigos. Sus vidas

tuvieron otros rumbos. Cuando se mudaron al barrio de “La alianza para el

progreso”, los hermanos se fueron separando por los avatares del destino. Eran

conscientes de esa situación y a ella se acomodaron.

CAPÍTULO 3

Los hermanos Gacel vivían al otro lado de la explanada, ese potrero que se

convertía en un terreno seco y polvoriento cuando las lluvias del Sur se

demoraban. Allí jugábamos con pelotas de trapo, y tú, Samuel Pereira, soñabas

ser un arquero como el ruso Yashin, “la araña negra”. Muchos años después la

explanada sería una urbanización de apartamentos, pero ante de que todo esto

pasara, Los hermanos Gacel vivían al otro lado.

Estudiamos juntos la primaria en El Japón, una escuela distrital en donde los

pupitres nuevos olían a pintura y a madera. El profesor explicaba, con tiza blanca

sobre un tablero negro, las minucias del saber. Los hermanos Gacel y tú, eran

buenos estudiantes, Samuel. Cuando se terminó ese año escolar dejamos de


vernos. Ellos empezaron la secundaria en el colegio Montini; tú no pudiste seguir

estudiando, Samuelito. No pudiste seguir estudiando.

Hoy, cuarenta años después, te acuerdas de esa noche cuando, en compañía de

Hernando Rojas ―quién se había escapado de la base militar de Madrid―,

llegaron caminando hasta los prostíbulos de la plaza de los Mártires y preguntaban

por los buses que salían para Bucaramanga, que ¿en dónde era el paradero?

Como ya no eras estudiante, trabajabas en San Victorino vendiendo pañoletas y

corbatas y, de manera subrepticia, le ofrecías a los transeúntes los condones y la

pomada china. Si, Samuel, habías ahorrado algunos pesos, pero nunca pensaste

que con ellos pagarías los pasajes. En ese momento eso no importaba, estabas

siendo solidario con Hernando Rojas, eso era lo que importaba. Los del B2 lo

estaban buscando; hacia menos de dos horas se les había escapado en la 76,

cerca de la iglesia de la Macarena, en “El Cuatro”. Tú ibas con él cuando lo

detuvieron. A ti no te dijeron nada, pero a él lo pusieron contra la pared. Entonces

se agachó a atar un cordón de los zapatos tenis, y tú ya sabías lo que sucedería

¡Sí, ya lo sabías! ¡De pronto! Como un atleta que corre la prueba olímpica de los

100 metros, partiste Hernando hacia la oscuridad de la noche, de las calles… del

destino. Los del B2 lo siguieron, se olvidaron de ti, Samuel, pero sabías que, si te

quedabas por ahí parado, volverían. Por eso te escondiste en el primer antejardín

que encontraste, escuchando los disparos. Al rato, sin saber qué había pasado,

decidiste salir, te aventuraste. Por si las dudas, diste vuelta a tu chaqueta de

doble faz. No es que fueras ladrón ni mala persona, sólo no habías continuado los

estudios, Samuelito. ¿Te acordabas? Por eso tenías que trabajar vendiendo de

todo en tu catre de lona, por allá en San Victorino: cigarrillos, corbatas, polveras y
pañoletas hindúes que comprabas en una bodega de la 11 con 11, muy cerca de

los burdeles para pobre que surtían el centro de Bogotá. Los del B2 seguían

buscando, y estabas contento debajo de los arbustos de acacia porque se les

había escapado, Tú amigo era libre, una libertad real con una persecución real; no

como en las películas donde todo era fantasía. La carrera de Hernando, los

disparos del B2, la soledad y después el silencio y el frío de la madruga; tu

escondite bajo las acacias, las maldiciones de los del B2; todo eso era real.

Estabas participando en una buena obra. Hernando sólo era un desertor de la

base aérea, ese era su delito. Se había tenido que ir para el ejército porque su

papá lo hecho de la casa. Y no te pudiste ir con él, ni con tus demás amigos,

porque aún no tenías los 18. Pero ahora podías demostrar a todos de lo que eras

capaz. Tenías el presentimiento que lo encontrarías detrás del teatro Iris, en “El

Dos”. Con mucho cuidado caminaste hasta allí, mirando a todas partes, recostado

contra las paredes, escondiéndote tras los postes. Hasta las 12 de la noche

habían presentado “Lo bueno, lo malo y lo feo” y “los cañones de Navarone”.

Siempre te acuerdas, Samuel.

Sólo ibas a comprar los tiquetes para él, pero:

― ¿Me va dejar solo, Samuel? ―dijo Hernando, mirando hacia la oscuridad. ―…

Bueno, yo lo acompaño, hermano― dijiste. Ahí fue cuando se decidió el rumbo de

la vida, pensaste. Hoy, cuarenta años después, no sabes cómo ni porqué lo

dijiste. Tu voz era un hilo de metal frío que te quemaba la garganta. ―Por la

mañana llamo a mi mamá― pensaste; pero no te acuerdas si lo hiciste o no. Tal

vez no, porque sí recuerdas el reproche que te hizo cuando volviste de ese primer

viaje. Sí, Samuel, porque volviste, pero eso fue el final, o ¿el principio? El resto
de esa noche no se pudo dormir; Por las ventanillas del “Expreso Brasilia” la luna

aparecía a tramos, detrás de los árboles y de las montañas; los del B2 también

aparecían. Hernando y tú estaban huyendo, te gustaba la idea. Esa carretera los

llevaba a una ciudad que no conocías. Hernando había decidido ese destino,

pues allí vivía una amante de su papá; seguro les ayudaba, Samuelito. ―sí―,

dijiste.

En Bucaramanga tuviste que mendigar la comida, tomabas gaseosas de las

botellas que alcanzabas a coger de los camiones repartidores, cuando paraban en

las tiendas. Vaciabas el líquido por tu garganta y volvías la botella a la canasta.

Con esas sobras de gaseosas calmabas el hambre y la sed; sí, Samuel, las

calmabas; Hernando hacía los mismo. Porque cuando llegaron a la casa de la

amante del papá, no la encontraron. Que se había marchado para Sabana de

Torres ―les dijeron. Esa sería la próxima parada. Pero no se te olvide Samuel,

que al frente de la explanada de tu casa vivían los hermanos Gacel.

Ya era de noche cuando llegamos a la estación; trenes desvencijados por el trajín

y el vapor en sus calderas, locomotoras de carbón que siempre te recuerdan a

Anna Karenina, Samuel. Era casi madrugada, pero aún no clareaba; por eso

lograron pasar varias vías de rieles e introducirse en el último vagón. Todo era

oscuridad y silencio. Tu alma también se hallaba en silencio. Seguro que la de

Hernando estaba igual. En las primeras horas de la mañana el vagón empezó a

ser abordado por los viajeros pueblerinos con sus gallinas y legumbres y sus

rostros de angustia. Cuando el conductor entró a pedir los tiquetes nos bajamos

por la salida del fondo y, al iniciar la marcha, subimos precipitadamente en un

vagón metálico que transportaba gravilla. Después de unos minutos, cuando el


susto hubo pasado, nos acomodamos cara al cielo y disfrutamos el viento y el

paisaje. ¿Te acuerdas, Samuel Pereira? En ese lapso de tiempo todo era alegría,

o algo parecido a la alegría, porque aún no te acuerdas si le avisaste a tu mamá

que te habías marchado con Hernando Rojas. Sí, hoy tampoco te acuerdas, y ya

no se le puede preguntar a la mamá si le avisaste, ya no se le puede preguntar,

Samuelito.

El Sol se ocultaba cuando llegamos a Sabana de Torres.

La casa de tres habitaciones tenía paredes de bahareque y techo de paja, el patio

de tierra pisada y barrida estaba encerrado con guadua seca. Al fondo, un

limonero perfumaba el aire. Nos dieron posada y comida. Acuérdate, Samuel;

nos dieron posada y comida. Por eso no estabas de acuerdo con el plan que

fraguó Hernando Rojas. Ella y su nuevo amante, o el de siempre, salían en la

mañana a trabajar en las petroleras. Que cuidaran la casa, que en el rincón de la

cocina estaba la olla de barro con el guarapo, por si les daba sed, ―les decían. Y

tú, Samuel, indicabas con la cabeza que sí, que la cuidarían. En los primeros días

se sintieron a gusto, pero poco a poco la cara del amante empezó a ponerse seria;

debíamos partir. Y se lo dijiste a Hernando. Esa noche, acostados en el piso de

cemento esmaltado decidimos que, al amanecer, cuando la mujer y el hombre

salieran, nos iríamos también. Y así lo hicimos. Hernando traía una bolsa que tú

desconocías. Cuando llegamos a la pequeña estación del tren, Hernando Rojas te

confesó que había violado un baúl y extraído unos tarros de galletas llenos de

monedas. El corazón se te quería salir. Al frente de la estación estaba el

comando de la policía, de un viejo policía que dormitaba en su taburete recostado

en el marco de la puerta. El tren salía a las diez de la mañana y, aunque la mujer


y el hombre sólo llegaban al anochecer, la angustia no te abandonó. Para pasar el

tiempo, nos dedicamos a contar las monedas robadas. Otra vez era de noche

cuando el tren llegó a Bucaramanga. Durante el viaje lo habías decidido. Si

querías recorrer el mundo, lo harías sólo —pensaste, Samuel. Fuimos hasta el

parque Centenario y allí le dijiste a Hernando Rojas que se quedara con la plata,

que sólo te diera para volver a Bogotá, que tal vez en otra ocasión se volverían a

ver; y Hernando dijo que si, que muchas gracias, Samuelito.

Hoy, hace cuarenta años, te despediste de Hernando con un abrazo de amigo, de

amigo de juventud.

Y te volviste para tu barrio. Esa primera aventura fuera del hogar fue por poco

tiempo. La explanada seguía intacta, pero algo en ti, Samuel Pereira, había

cambiado.

Como no estudiabas, no contabas con amigos ni amigas estudiantes. Detrás de tu

casa, en la 79, vivían los muchachos que tampoco estudiaban. Eran aprendices

de panadero, carpintero, mecánicos. Ya algunos, pese a su juventud, tomaban

Babaria “la cerveza de auténtica maduración”. Allí estaba tu grupo, la pandilla;

también se fumaba marihuana y algunos ya eran ladrones. No encajabas del

todo, pero ese era tu grupo de amigos ―recuerdas Samuelito. Todos, menos tú,

¡qué bien jugaban al futbol! Por eso tampoco encajabas.


2

José Maldonado tenía un hermano que llamábamos Perucho; era el menor.

Cuarenta y dos años después, has vuelto a verlo. Sus hermanos se casaron,

formaron hogares; Tú también te fuiste de la casa, Samuel. Perucho nunca salió

de la suya, no pudo hacerlo. Su destino fue deambular sin conciencia por calles

alucinantes y habitar una casa de muros oscuros, de tierra pisada y adocenada a

otras casas de pobre.

No viniste a ver a Perucho, Samuelito; por casualidad lo encontraste en la calle.

Te estremeció su aspecto demencial, ambulante; de méndigo de recuerdos. Te

miró a los ojos y, tal vez, una ligera luz se movió en su cerebro. Como ni siquiera

sonrió, supiste que estaba perdido, pero te dolió entender que parecía “saber” de

su estado. Pobre Perucho —pensaste— Y pobre de ti, —también pensaste.


Hace cuarenta años saliste de tu casa. De vez en cuando has vuelto, por pocos

días —como si te lo prohibieran—, pero sólo en esa ocasión volviste a ver a

Perucho.

Antes de marcharte lejos del hogar, Perucho y todos tus amigos eran jóvenes, las

ilusiones se escapaban por los bolsillos rotos, pero sonreíamos y cantábamos en

coro alrededor de una botella de vino; canciones alegres que también alcanzaban

para vislumbrar futuros fracasos en el amor. Porque en esos años creíamos en el

amor, en la amistad. José te prestaba su camisa para ir a visitar a María; tu novia

se llamaba María; José no la conocía, nadie la conocía. Y tú le prestaba a José

los tenis para que jugara al futbol; él y tus amigos siempre fueron buenos

jugadores de futbol; por tu parte, nunca fuiste bueno para jugar al futbol, y

cuarenta y dos años después, en nada fuiste bueno, Samuelito. En nada.

José Maldonado fue novio de tu hermana Gilma; se besaban bajo la luna, tras los

muros de bloques de cemento, sobre la tierra gris plateada por la luna; sus

siluetas se quedaban inmóviles sobre los muros o sobre las paredes de calicanto,

eran siluetas de amor, silenciosas. Cuando Gilma regresaba a la casa, le mirabas

—de soslayo— los labios. En esas ocasiones siempre estaban rojos y henchidos,

hermosos. Los labios de María también se pondrían así, ella era tu novia, pero no

lo sabía; no la había besado, ni siquiera te atrevías a acercarte. Por su parte,

María, no se había fijado en ti. ¿Cómo decirle que soñabas despierto con ella?

No. Eso era imposible. Entonces le escribías versos que guardabas entre las

páginas de algún libro. En las tardes, a solas, los recitabas junto al lago Timiza,

bajo los grandes eucaliptos; mientras el viento refrescaba las horas. A veces

querías pedirle ayuda a José, pero no te atrevía. Alberto Salazar también tenía
novia; se llamaba Piedad, y también se besaban, como en las películas a blanco y

negro que pasaban una vez al mes en el muro de la escuela “El Japón”. La luna

nunca faltaba, ni las siluetas de besos de tu hermana y de José; ni la ilusión de

besar a María.

Por las tardes caminábamos por los potreros del Sur. Perucho andaba con

nosotros, pero con nosotros también andaban otros muchachos mayores. A José

y ti no nos gustaba su compañía. Escondían cuchillos bajo de sus ropas y

fumaban marihuana; les teníamos miedo. Perucho y Alberto no sentían ese

miedo, o al menos no lo demostraban. Por eso Perucho y Alberto se hicieron

fumadores de marihuana. En esos años era una osadía, se sentían muy hombres.

La familia de Perucho —los Maldonado— eran panaderos, buenos panaderos.

Para no confundirlo con José, al padre de ellos lo llamábamos, Señor Maldonado,

y Doña Rosa, era el nombre de la madre. En su casa siempre olía a pan.

El agua del acueducto sólo llegaba a una pila, que habían instalado en cada

manzana. La traíamos en tarros de manteca. Un madero pasaba por debajo de

una manija de alambre, el madero se llevaba sobre los hombros. Dos personas

por madero, dos o tres tarros por madero. Se formaban largas filas y discusiones

en la pila. Allí, a veces, veías de cerca a María.

Por esos años éramos tan niños que aún no existían los hippies, pero algunos de

los que fumaban marihuana, después se volvieron hippies.

Yolanda era una hermana de Perucho, y en mis sueños… ella era María, y

Perucho presentía que yo estaba enamorado de su hermana. Él quería

ayudarme, pero no sabía cómo.


Y sucedió que partí muchas veces del hogar, sin saber qué buscaba; tal vez… a

una muchacha llamada María.

Cuando partí, ya había decidido que no me quedaría un día más en aquella ciudad

de calles infinitas, que descendían por los cerros orientales y recorrían la extensa

sabana del altiplano, para precipitarse por los despeñaderos siguiendo el cauce de

los ríos que —como en un sueño unánime— desembocaban en el Magdalena,

línea serpenteante de agua que se desliza por entre las tórridas comarcas que lo

acompañan hasta el mar.


Viví en muchas partes. Cuando el hombre llegó a La Luna, estaba trabajando en

una plantación de palma africana, muy cerca de Puerto Wilches, un pueblo de

costumbres costeñas a orillas del río Magdalena. Era el encargado de mantener

en buenas condiciones la planta eléctrica de la plantación. Mi padre sabía de

motores y de electricidad, y me había enseñado lo básico para su cuidado. Todos

los días, a las cuatro de la mañana, encendía la planta; la energía recorría los

circuitos eléctricos para llegar a los lanzallamas y a las calderas de alta presión

donde se procesaba la fruta oleaginosa. En la Mayoría, se encendía la luz y las

mujeres empezaban sus quehaceres para preparar el desayuno de los

administradores. Los trabajadores teníamos nuestro campamento detrás de las

maquinas procesadoras. El cocinero era un costeño que se sabía de memoria

todas las canciones.

Sí, el hombre había llegado a la Luna en una nave llamada Apolo 11, los

norteamericanos también le ganaron esa a los rusos. En la plantación me gane

mis primeros salarios; cada quince días los trabajadores salíamos hasta Puerto

Wilches. En las primeras salidas compré ropa y víveres para mejorar mi

bastimento, pues la alimentación del campamento era bastante precaria, pero eso

no importaba; ahora vivía lejos de casa, me sentía bien, ya no dependía de mis

padres ni de los amigos, pues mientras estuve estudiando ellos pagaban el billar,

las cervezas, el cine. Tal vez por eso, por no tener algo de dinero en el bolsillo, no

me atrevía a hablarle a María.

Después varias semanas de trabajo hice amigos en la “Hacienda Bucarelia” —así

se llamaba la plantación—; todos me sobrepasaban en tres o cuatro años de

edad. Y una noche, después de varios vasos de licor me llevaron a “Corea”. Así
se llamaba el barrio de las putas; esa primera vez no fui capaz. La mujer entendió

la situación y, en aquel cuarto miserable y mal alumbrado con un mechero de

petróleo, con una caricia maternal en el rostro me dijo —No te preocupes, no le

diremos nada a tus amigos; vuelve otro día, pero ven sólo— No le dije nada, pero

estaba seguro que lo haría.

Mientras tanto la vida de Perucho y de todas las personas seguía su marcha

inexorable.

Después de unos meses de trabajo en la plantación, regresé al barrio y decidí

seguir trabajando; me sentía muy grande para volver a estudiar. Por esos años

partí definitivamente de mi ciudad, de mi barrio y, aunque después volví muchas

veces —dos o tres días, como si me lo prohibieran— pasaron cuarenta y dos años

para volver a ver a Perucho. Errático, como loco. Dicen que fue la marihuana; es

posible. De todas maneras, en su familia se vislumbraba siempre un presagio de

locura. Los Maldonado eran panaderos, oficio importante en un barrio de familias

que escasamente conseguían para el sustento. Todos estábamos recién llegados.

En las noches las familias escuchaban —en el radio de galena— “Renzo el gitano”

y “Kadir el árabe”.
Capitulo III

Tu país era, fue y será siempre una trampa, pero en ese entonces, antes de

reencontrar a los hermanos Gacel, no lo sabías, Samuelito. No lo sabías. Y los

muchachos de la 79, la cuadra detrás de tu casa, tampoco lo sabían. Todos eran

expertos en hablar del futbol: Santa Fe, Millos, América. Y eran muy buenos

jugadores. El teólogo organizaba campeonatos. ¡Qué partidos se jugaban en la

explanada! Rosalba, la mamá de los Pereira, vendía —desde el tenderete de su

antejardín— papas criollas, morcilla, cerveza Bavaria y gaseosa colombiana.

La casa del Teólogo estaba habilitada como sede de los campeonatos. Era una

casa rosada, en una esquina, con las ventanas de los pisos altos abiertas y las

cortinas de seda meciéndose en el viento. Adentro, en las alcobas olorosas a

mujeres, la luz del sol —y de la luna— rutilaba en los almohadones y sobrecamas

bordadas con hilos holandeses y jade de los bosques celtas y vikingos.


Si Samuel, tu país era una trampa. Desde la época de “La patria boba”, cuando

fue gobernado por los enemigos de Simón Bolívar, los mismos que mantenían

preso a Antonio Nariño, en Cartagena; tu país es una trampa que dividió a los

humildes en liberales y conservadores para que se mataran entre sí, mientras los

dueños de las tierras, del ganado y de los inmensos cafetales detentaban el poder

y las riquezas, hasta que ¡al fin! por allá, donde “azules se ven las montañas en la

lejanía” nacieron las guerrillas generosas en sueños.

Los hermanos Gacel sabían más que tú, Samuel, sobre la historia. Y cuando

volviste a conversar con ellos, sus ilusiones se instalaron en tu alma, también ilusa

y soñadora. Fue entonces cuando empezaron a estudiar historia de Colombia, la

Primera y la Segunda guerra mundial, la guerra civil española, el materialismo

histórico, los avances de la Unión Soviética. Ahí fue cuando cambio tu vida,

Samuelito. Fue ahí.

Las reuniones que los hermanos Gacel y Tú, Samuel, llamaron grupos de estudio,

no tenían un norte; sólo queríamos estudiar; aunque no encajabas porque no eras

estudiante. ¡No! no eras estudiante; vendías corbatas y pañoletas en un catre de

lona, en San Victorino; había que hacer algo. Ya tenías 19 y aún no comenzabas

la secundaria.

Fue entonces cuando decidiste ir a la iglesia que el padre Isaza había construido

en “El Almacén Uno”. Adjunto estaba el colegio; se llamaba “El papa Juan”, y el

curso más avanzado era cuarto bachillerato; pero como tú trabajabas y te habías

marchado, no habías tenido en tus manos un cuaderno ni un libro desde que

terminaste la primaria en “El Japón”, donde conociste a los hermanos Gacel; pero

ahora que te reencontraste con ellos, ahora que nacieron los grupos de estudio, te
daba pena no ser bachiller, y además querías salir adelante. Por eso —aún no

sabes cómo— abordaste al Padre Isaza. Con el corazón latiendo como una

locomotora de vapor, lo esperaste en la puerta de la casa cural. Cuando él salió y

te miró a los ojos, te convertiste en una estatua; no escuchabas el ruido de los

autos que pasaban a dos metros de ti, no escuchas las risas de las colegiales que

te rosaban con sus faldas cuadriculadas y sus suéteres de lana verde; no

escuchabas nada, Samuelito. Te paralizaste, no respirabas. Hasta que el Padre

Isaza te puso una mano en el hombro, te miró a los ojos y te preguntó: — ¿Qué

necesitas, hijo mío? —, despertaste.

Entonces aún hoy, cuarenta años después, no sabes cómo respondiste.

—Que me dé una oportunidad, padre. Yo quiero estudiar, pero ya tengo 19, y me

da pena hacer fila con los muchachos de primero bachillerato. Sólo terminé, hace

varios años, la escuela primaria.

— ¿Pero, entonces; qué quieres hijo mío?

—Que me deje entrar a estudiar en cuarto bachillerato

— ¡Tú estás loco! ¿qué te pasa?

—No me deje en las esquinas fumando marihuana, Padre. Por favor, Padre.

¡Ayúdeme!

El padre Isaza —pensativo— te miró, llevo el dorso de la mano sobre los labios.

Sus pensamientos lo llevaron hasta la España de la infancia. Tenía 17 cuando

estalló la Guerra Civil; su familia murió en Guernica, y tuvo que huir como polizón,

primero hasta Marruecos y luego, a América.

—Está bien, hijo; matricúlese en cuarto. Juicioso, bien juicioso.


En el cielo, las nubes se desplazaron con la velocidad de un milagro, los leprosos

bíblicos desaparecieron; el ruido de los autos regresó, la sonrisa de las colegialas

— con sus suéteres de lana verde— se hicieron realidad; un rayo de sol inundo las

paredes de la iglesia, las ventanas del colegio, los buses que pasaban por la

avenida; una brisa inesperada meció los eucaliptos, las acacias y el badajo de la

campana. Su tañido, cuarenta años después, aún perdura en el fondo de tu alma,

Samuelito.

Ya las clases habían empezado. Cuando te preguntaron por los certificados de

los cursos anteriores, empezaste a mentir: —que la próxima semana, que el

colegio se había quemado. Solo el Padre Isaza y tus siete compañeros de cuarto

grado lo sabían. Si, Samuel; ellos también lo supieron porque se lo contaste en un

arrebato de sinceridad. Les contaste tu historia en la plantación de Puerto

Wilches, y que escasamente sabias leer. Entonces, en el acto más generoso que

recuerdes en tu vida, Samuel Pereira; te acogieron, te apoyaron. Se turnaban sus

casas para que fueras a estudiar el álgebra que no conocías, la geografía y la

gramática, el inglés y la anatomía. Te querían, Samuel Pereira; ellos te querían.

Con su apoyo terminaste el grado cuarto de bachillerato.

En el colegio parroquial conociste a Consuelo; era muy bella y de una familia que

tú no merecías, Samuelito. Sabes que se enamoraron, pero su abuela —con

quien vivía— ya la había comprometido con “un joven de futuro” que trabajaba en

New York. Los dos sabían que no se podía hacer nada.

Los grados quinto y sexto los cursaste en el Politerk, un colegio de secundaria en

donde aprendiste sobre la fundación del Estado de Israel con sus Kibuts y sus
Moschav, de ideología sionista socialista, y sus dos grandes líderes de ese en

tonces: Golda Meir y Ben Gurión.

Doña Maruja de Córdova —la rectora—fue una mujer que enrumbó al colegio por

la senda del “socialismo científico” y del “materialismo histórico”. Fue allí donde

empezaste a comprender, de otra manera, la historia. En las reuniones

intergrupales que el colegio promovía, se nos invitaba a estudiar y a debatir sobre

la RDA, el muro de Berlín, la invasión de mercenarios a Bahía Cochinos, los

problemas del leninismo y de la URSS, el revisionismo de Mao. Y todos los 9 de

octubre, recordábamos la infausta muerte del Che Guevara.

Para disimular ante la abuela de Consuelo, Teresa —una venezolana muy

inteligente— era tu novia, Samuelito; la conociste en del Politek, pero ella también

tenía un novio desde hacía varios años. Su padre, un ganadero de los Llanos

Orientales, la había comprometido con “Ricardo Fernández”, nombre del novio y

de un personaje de radionovela. Sólo tú y ellas dos conocían las circunstancias.

Alguna vez las besaste, como si en realidad fueran tus novias, pero siempre

supieron que no debían hacerlo; Consuelo lloraba, y tú, Samuel; te llenabas de

silencios. Por supuesto, estuviste presente en el matrimonio. Allí, en la

ceremonia, conociste “el joven de futuro”, y te dijiste que ése muchacho era lo

mejor que le podía pasar. Cuando los novios salieron de la iglesia y los invitados

les lanzaban serpentinas y globos de colores, estabas abrazado a Teresa. Antes

de subir al auto, que se llevaría a los recién casados, Consuelo te abrazó —fue un

abrazo infinito que ha durado más de cuarenta años— y murmuró algunas

palabras. Los tres estaban enterados; no era una despedida, era el inicio de tres
muertes. Años después, cuando tu vida parecía perdida, te consolaba pensar que

Consuelo no estaba a tu lado, que por donde anduviera, era feliz.

Ya te estaba enamorando de Teresa, pero tampoco había nada que hacer, la

muralla se llamaba Ricardo Fernández. Las noches que pasaron estudiando en la

casa de Teresa o de Consuelo eran una pesadilla. No sabias qué hacer,

Samuelito, no sabías que hacer; Teresa debía parecer tu novia ante la abuela;

Consuelo disimulaba el amor que te sentía; ahora piensas en el alma generosa de

esas dos mujeres que sin querer se entrelazaron con tu vida. El secreto de los

tres no era un amor, ni una aventura; era un fracaso, y cuando te llegó el tiempo

de llorarlo, recordando sus nombres, lo lloraste, Samuel.

Un par de años después —en una tarde de sol— por una de las calles del barrio,

la viste pasar —a Consuelo— empujando un coche con un bebé en su interior. Se

detuvo frente a ti y, sin sonreír, te llamó… — ¡Cobarde!


2

Fue entonces cuando los grupos de estudio con los hermanos Gacel, se tomaron

Tu vida. Al principio sólo eran los tres: Fernando, Eduardo y tú, pero a la primera

reunión, que se hizo en tu casa, asistieron, además de los hermanos Gacel;

Nelson, Janet, Rocío, Esperanza, Mario y Solórzano.

Quien lideró ese primer encuentro y señaló el derrotero del grupo —por sus

conocimientos de historia y de economía— fue Nelson Ferreira. Bajo su dirección,

te impusiste tareas de formación. Cada semana alguien debía hacer una

exposición sobre los temas propuestos: “El origen de la familia, La propiedad

privada y el Estado”, “Los bienes terrenales del hombre”, “El Capital”, “Manual de

economía política”, “ El papel del trabajo de la transformación del simio en

hombre” y, por supuesto, “El manifiesto del partido comunista”. Para los sueños

de equidad que tu mente albergaba, estos textos eran dinamita. El grupo fue

creciendo, ya no cabían en una casa. Fue cuando apareció, invitado por ti, Pablo;

el primer militante del partido comunista que conociste. En la universidad, donde

sólo cursaste dos semestres de ingeniería industrial, te lo presentaron. Quien lo


hizo fue el profresor de una asignatura que era exclusiva de ese claustro:

“Introducción a problemas colombianos”, donde se hacía énfasis en la historia de

la tenencia de la tierra en Colombia. Se llamaba Pablo, un hombre que nos

hablaba con sinceridad, mirándonos a los ojos, animándonos a la lucha política.

No era un fanático, pero defendía con vehemencia sus postulados. Si, Samuel,

era el primero que conocías; te parecía imposible. De ahora en adelante se debía

andar con cuidado. Si aceptaban la invitación de Pablo, para unirse a las

juventudes comunistas; estarían, tú y los hermanos Gacel, al igual que Nelson y,

como los cuarenta amigos más; pisando los umbrales de la clandestinidad. No

podías olvidar que vivías en Colombia.

Y como un torbellino, la historia se repite. Ahora, Tú y todos los amigos del grupo

de estudio, se dan cuenta que la caravana de los mutilados, de los dementes y los

malformados congénitos, marchan a ciegas en esa procesión de mendicantes;

viejos y jóvenes, negros y blancos formaban una estrella de aristas infinitas que

sólo podían ver — en toda su extensión— las águilas y los cóndores desde el

silencio de su altura. Los menesterosos de la tierra acudían a la cita de ¨La

Alianza para el Progreso”; en carretas de bueyes, a caballo, en camiones

destartalados, en triciclos de reparto. A pie, las mujeres amamantaban a sus crías

sin detener la marcha y las protegían del viento con pañolones de todos los

colores.

Como un árbol de muchas hojas, para que la verdad sea dicha, nacieron los

grupos de jóvenes que, en Ciudad Kennedy, nos unimos a la JUCO. ¡Qué horror,

Comunistas, ateos! Como los judíos, matan a los niños y se toman su sangre. Tu

grupo se llamaba Antonio Nariño; sí, en homenaje al precursor de la


independencia, el mismo que tradujo —En La Bagatela— “Los derechos del

hombre”. La tarea próxima era participar, activamente, en la campaña electoral

con la UNO, Unión Nacional de Oposición

Y va coincidiendo tu vida, Samuelito, un revivir

Como el grupo ya era muy numeroso, se dividieron en centros, en células de la

JUCO, Samuelito.

AGIPRO

La Unión Nacional de Oposición (UNO) fue una coalición que entre 1972 y 1982

intentó agrupar las diferentes fuerzas de izquierda organizadas en Colombia

durante el Frente Nacional, luego de que el progresivo desmonte de este sistema

político permitiera la participación electoral directa de partidos diferentes

al liberalismo y el conservatismo.

La coalición se formó en septiembre de 1972 por el Partido Comunista, el MOIR y

el Movimiento Amplio Colombiano (MAC), un grupo de la ANAPO liderado por

Hernando Echeverri Mejía y Manuel Bayona Carrascal, quienes abogaban dentro

de su movimiento por acoger postulados marxistas.1


La coalición participó en 1974 en las elecciones legislativas (obteniendo dos

senadores y cinco representantes) y en las presidenciales postulando a Echeverri

como su candidato. Al año siguiente el MOIR y el MAC se separan de la coalición

para liderar el grupo denominado Frente por la Unidad del Pueblo, quedando la

UNO integrada por el Comunismo, el Movimiento de Izquierda Liberal y sectores

minoritarios de la ANAPO. El Partido Demócrata Cristiano, de origen conservador,

también integró la coalición por un tiempo breve.2

LA DIVI

El nuevo grupo se postuló para las elecciones de 1978 con el candidato

presidencial Julio César Pernía (de origen anapista) y obteniendo un senador y

cuatro representantes en los comicios para el Congreso. En 1982, lo que quedaba

de la UNO conformó junto con el movimiento Firmes el Frente Democrático,

coalición política que ese año respaldó la candidatura de Gerardo Molina a la

presidencia de la República.2

La UNO fue el primer gran intento por aglutinar los diferentes grupos de izquierda

en el país. Sin embargo, este propósito no fue posible según el analista Alberto

Morales, debido a la lucha por el control del movimiento sindical, las posiciones

divergentes de la época frente a la lucha armada y la toma de partido frente a

la ruptura sino-soviética (donde el MOIR era prochino, a diferencia del Partido

Comunista).3
(((El M-19 había protagonizado varios accionares, aunque su golpe mayor fue el robo de

armas del Cantón Norte en la que los guerrilleros habían hurtado más de 5000 armas. Tras la

posterior humillación, el ejército había desencadenado varios operativos para la recuperación

de las armas aunque provocando la captura de varios de los altos mandos del M-19.

La Toma[editar]
Fueron cuatro grupos integrados por cuatro personas cada uno, los que tomaron la embajada.

“Éramos cuatro grupos de cuatro, entonces los otros 12 hicieron una especie de herradura,

porque todos los guardaespaldas de los embajadores estaban afuera. Mis compañeros

llegaron vestidos de deportistas” provenientes del campo de fútbol de la Universidad

Nacional que había al lado.2

Eran las 12:10 del mediodía. En la embajada de la República Dominicana en Bogotá, se

ofrecía una recepción a un numeroso grupo de diplomáticos, una recepción para conmemorar

la fiesta nacional de ese país. En cuestión de segundos, uno de los aparentemente invitados

sacó una pistola y disparó al aire Su nombre, se sabría después, es Rosemberg Pabón.

Usaba el alias de Comandante Uno.34


Según declaraciones del mismo "Comandante Uno", un día antes del asalto ni él, ni los demás

guerrilleros, conocían el lugar donde estaba localizada la sede de la embajada de la República

Dominicana, que ido vestido con saco y corbata, con dos guerrilleros más y armado con una

pistola 9 milímetros. Se confundió al ver su reflejo en un espejo, se asustó y fue cuando hizo

el disparo.25

El desconocido para los asistentes anunció que se trataba de un asalto y se identificó a sí

mismo como el "Comandante Uno". En ese momento, el comando compuesto por 12

guerrilleros tomó la embajada y neutralizó a los invitados presentes. "Mataremos a dos de los

rehenes cada 10 minutos...", amenazó el comandante del asalto.1

En el grupo de secuestrados habían 16 diplomáticos de alto rango, entre los que figuraban los

embajadores en Colombia de Austria, Brasil, Costa Rica, Egipto, El Salvador, Estados

Unidos, Guatemala, Haití, Israel, México, República Dominicana, Suiza, Uruguay, Venezuela y

el nuncio apostólico.6

Exigencias[editar]

Inicialmente el M-19 demandó al gobierno del presidente colombiano, Julio César Turbay que

liberaran de las cárceles a 300 compañeros prisioneros políticos que habían sido arrestados

por las autoridades colombianas en el transcurrir del conflicto armado colombiano y sobre todo

por la violenta represión en consecuencia del robo de armas, como también exigieron al

gobierno que pagara US$50 millones de dólares.6

Como una acción humanitaria de los guerrilleros, un niño y las mujeres con cargos de

embajadoras fueron dejados en libertad. Una de las mujeres guerrilleras que asaltaron la

embajada y había sido herida en el tiroteo del asalto inicial con el Ejército de Colombia, fue

atendida por un médico, pero al negarse a salir de la embajada murió desangrada. En dicho

tiroteo el embajador de Venezuela, también resultó herido.

El Ejército de Colombia rodeó las instalaciones de la embajada y estratégicamente posicionó

francotiradores en los edificios aledaños. La presión sobre el presidente Turbay escaló por
parte de altos mandos militares y políticos que pedían que se rescatara militarmente a los

rehenes por asalto.

En una acción temeraria, el embajador uruguayo, Fernando Gómez Fynn, aprovechó un

descuido de los guerrilleros y escapó de la embajada.7

Negociaciones[editar]

El 2 de marzo de 1980, cuatro días después de la toma, el gobierno colombiano autorizó

contactos directos con el comando guerrillero. Como portavoz por el grupo guerrillero M-19 fue

asignada, Carmenza Cardona Londoño (alias "La Chiqui"), quien se caracterizó por ser una

mujer sumamente ilustrada y estudiada, de hecho siempre se mostró muy humana, cualidad

reconocida incluso en los mismos rehenes que reconocieron en ella una fuente de apoyo en

momentos de depresión durante la toma, ella se reunió con representantes del

gobierno, Ramiro Zambrano Cárdenas y Camilo Jiménez Villalba. La reunión se llevó a

cabo dentro de una camioneta amarilla que estacionaron frente a la embajada. El embajador

mexicano estuvo también presente como testigo.

El 21 de abril de 1980, una Comisión de Derechos Humanos de la OEA se entrevistó con el

presidente colombiano y miembros de su Gabinete, en el que se intercambiaron impresiones

sobre la situación de los derechos humanos en Colombia, el gobernante colombiano planteó

el problema creado por la ocupación de la Embajada Dominicana; expuso aspectos de las

negociaciones llevadas a cabo hasta esa fecha por delegados del gobierno, expresando que

se habían efectuado 16 diálogos entre personeros del gobierno y los guerrilleros. El presidente

solicitó la cooperación de la Comisión para ayuda a una solución jurídica de la toma, lo cual

acordaron. Una Comisión Especial de funcionarios diplomáticos de países que tenían rehenes

en la Embajada Dominicana, lideradas por el nuncio apostólico de la Santa

Sede en Argentina, Monseñor Pío Laghi, actuando como delegado del papa Juan Pablo

II visitó a la Comisión en sus oficinas del Hotel Tequendama para intentar alcanzar una

solución favorable a la repercusión internacional.8


La Comisión, dentro del mandato de su competencia, aceptó la solicitud autorizada por el

gobierno y a partir del 22 de abril visitó en reiteradas oportunidades la sede de la

representación diplomática tomada; se entrevistó con el Presidente Turbay, el entonces

Ministro de Relaciones Exteriores, Diego Uribe Vargas y otras autoridades colombianas; y

sostuvo sucesivos diálogos con los integrantes del comando guerrillero y con los rehenes. 8 En

total se llevaron a cabo alrededor de 24 reuniones entre los representantes del gobierno y los

representantes del M-19.

El evento se mantuvo en los titulares de los medios de comunicación internacionales de la

época. El entonces líder del M-19, Jaime Bateman Cayón mencionó que la propaganda

política generada por el asalto había sido más eficaz que una operación guerrillera armada, ya

que les había dado mayor protagonismo internacional y que lo que tenían que lograr después

era tratar de mantener a los guerrilleros con vida durante la toma de la embajada.

Desenlace[editar]

Después de 52 días de negociaciones y 61 días de haberse iniciado la toma, alias

"Comandante Uno" y los representantes del gobierno acordaron que dejarían ir al comandante

y los guerrilleros junto con los secuestrados a Cuba el 25 de abril de 1980. Una vez en Cuba,

los embajadores de los respectivos países serían dejados en libertad. Se decía que el M-19

también habría recibido un pago por el gobierno colombiano de uno o dos millones de dólares.

Finalmente Rosemberg Pabón aceptó que les habían dado US$3 millones de dólares antes de

salir hacia Cuba, pero que habían fallado en el objetivo que era liberar a más de 315 presos

políticos que tenía en ese entonces el Gobierno aunque los presos políticos fueron

amnistiados dos años después en el gobierno de Belisario Betancur.9 Rosemberg Pabón

permaneció viviendo en Cuba hasta marzo de 1990, cuando por un tratado de paz y el

llamado a una nueva Asamblea Nacional Constituyente, la guerrilla del M-19 se convirtió en un

partido político.
Tiempo después, Pabón se lanzó como candidato a la alcaldía de la ciudad de Yumbo y fue

electo. Y en otro periodo de elecciones fue también electo como senador de la república.

Pabón llegó a afirmar públicamente que si el presidente Turbay no hubiera usado los medios

del diálogo como negociación para liberar a los secuestrados, la toma a la embajada de la

República Dominicana hubiera terminado en tragedia y en un escalamiento del conflicto

armado colombiano entre el M-19 y el gobierno)))

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