Siento la sangre en mi boca, el aire a duras
penas logra llegar a mis pulmones, mi cerebro
siendo agitado con gran fuerza, mi madre me lo
había dicho mas veces de las que podía contar,
no debía pasar por el barrio Villa Paula, mucho
menos a esta hora. Siento el dolor en la parte
posterior de mi cabeza, ardiente como el sol de
medio día, pero al mismo tiempo fue un tipo de
dolor ya conocido.
Mi cuerpo se siente pesado, como si aun llevará
ese bolso lleno de libros que no abrí, cuadernos
en los que no escribí y colores que nunca utilice.
También me hizo recordar a aquellos costales
que tenía que cargar en la minorista desde muy
joven, solo para llevar algo de comida a mi casa.
Veo como el suelo se acerca rápidamente,
siendo para mi imposible el evitar estamparme
contra el, me resigne, cayendo al suelo con
pesadez mientras tenía mis ojos cerrados.
Mi cerebro aun agitado, me mostró en milésimas
de segundo la cara de mi madre sonriendo
desde el mas haya, de mi pequeña hermana la
cual tenía que cuidar, y por último, la cara de mi
padre, viéndome con su semblante serio, el
mismo que siempre le había conocido.
Estando ahí, sintiendo el frío del asfalto contra
mi cuerpo, casi como un extraño y melancólico
abrazo de alguien que ya partió hace mucho.
Sentí como si hubiera pasado una eternidad en
aquella calle , aunque lo mas probable es que
no hubieran pasado mas de unos pocos
segundos.
Siento como todo el peso de lo vivido, como
aquella mochila llena de libros, cuadernos y
colores era alzada lentamente hasta que se
sintió como si nunca hubiera estado ahí.
Unos adolescentes se acercaron corriendo, con
caras de susto y arrepentimiento, preocupados
mientras se disculpaban y me ponían
nuevamente de pie, quitándome un poco de
suciedad que tenía en uno de mis hombros,
mientras uno de ellos levantaba el balón que me
había golpeado.