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El documento aborda la importancia de integrar la educación emocional en los modelos educativos actuales, desde la educación básica hasta la superior, para desarrollar competencias socioemocionales que fomenten valores y habilidades adaptativas en los estudiantes. Se enfatiza la necesidad de una enseñanza que no solo se enfoque en lo académico, sino que también promueva el desarrollo moral y ético, preparando a los estudiantes para enfrentar un mundo cambiante. Además, se plantea que la educación emocional debe ser un esfuerzo conjunto entre escuelas y familias, y que los docentes deben estar capacitados para guiar a los estudiantes en este proceso.
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El documento aborda la importancia de integrar la educación emocional en los modelos educativos actuales, desde la educación básica hasta la superior, para desarrollar competencias socioemocionales que fomenten valores y habilidades adaptativas en los estudiantes. Se enfatiza la necesidad de una enseñanza que no solo se enfoque en lo académico, sino que también promueva el desarrollo moral y ético, preparando a los estudiantes para enfrentar un mundo cambiante. Además, se plantea que la educación emocional debe ser un esfuerzo conjunto entre escuelas y familias, y que los docentes deben estar capacitados para guiar a los estudiantes en este proceso.
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LA EDUCACIÓN EMOCIONAL Y EL DESARROLLO DE VALORES

David González Campillo


ORCID: 0000-0003-4246-7306

Gustavo Alberto Nonato Reza


ORCID: 0000-0002-8277-0345

Resumen:
Los modelos educativos actuales deben permear el desarrollo de la
inteligencia emocional, a través de modelos pedagógicos que
consideren a la educación emocional en las y los estudiantes, desde
nivel básico hasta nivel superior. El desarrollo de competencias
socioemocionales permea la adquisición y consolidación de
conocimientos, habilidades y actitudes que incluyen aspectos
cognitivos básicos y metacognitivos que impactan en el desarrollo de
valores dentro de los miembros de la sociedad, que permiten la
adquisición de conductas adaptativas al contexto y autorregulables por
cada miembro de la sociedad, contribuyendo en la formación de
ciudadanos que sepan reaccionar en el mundo cambiante y lleno de
incertidumbres en el que nos encontramos. El trabajo de temas
relacionados con la inteligencia emocional, la consolidación de la
educación emocional en el currículo escolar, el desarrollo de la
metacognición, la educación en valores y la formación de profesionistas
capacitados para trabajar de manera integral, son propuestas que
permitirán a las y los estudiantes atender las distintas necesidades de
los contextos globales y regionales en una sociedad del conocimiento.

90
Palabras clave: Valores, Metacognición, Educación emocional

Introducción

En la actualidad, es indispensable reconocer que los modelos

educativos a nivel mundial se han enfocado a la formación de los

“nuevos ciudadanos globales”, teniendo en cuenta que la mayor parte

de los conocimientos que son adquiridos dentro del aula deben ser

aplicables a la resolución de los problemas que se presentan en un

determinado espacio y tiempo, haciendo posible que cada estudiante

pueda formar parte de las acciones que lleven a un desarrollo

sustentable de su población. Esto se fundamenta en los objetivos

plasmados en la Agenda 2030, en donde se puede destacar algunos

puntos en los que el proceso educativo puede influir en mayor o menor

medida, tales como: 1) igualdad de género, 2) salud y bienestar, 3)

reducción de la desigualdad, 4) consumo responsable, 5) acción por el

clima y 6) paz, justicia e instituciones sólidas. Esto, claro está, sólo será

posible a través de una educación de calidad, la cual también forma

parte de los objetivos de la Agenda 2030.

Con lo antes mencionado, es posible considerar que muchos de

los problemas que se presentan hoy en día, pueden encontrar una

resolución a través de una enseñanza correcta, la cual no sólo debe

integrar la formación de competencias de índole académica, siendo

91
indispensable reconocer la necesidad de adquirir habilidades de

socioemocionales, mismas que conllevan al desarrollo moral y ético de

la persona, lo cual permitirá que cada estudiante pueda contar con las

herramientas indispensables para desenvolverse de forma asertiva

dentro de la sociedad, considerando las consecuencias de sus

acciones, y el cómo estas podrían afectar de forma personal o incluso

involucrar a terceros. Sin embargo, esto se vuelve un reto cuando

consideramos que la sociedad actualmente está inmersa en una actitud

de consumismo e inmediatez, en donde lo más importante es la

satisfacción de las necesidades propias.

De esta forma, es que el sistema educativo debe comenzar a

darle el énfasis requerido a la educación emocional, lo cual permitirá

que las alumnas y los alumnos puedan desarrollar ciertas habilidades

socioemocionales que les permitan establecer vínculos socioafectivos

sanos y basados en la empatía, lo cual permea la adquisición y

asimilación de los valores. Aunque este escenario comprenderá

diversas problemáticas, como es el entender que el proceso educativo

no sólo se da dentro de las escuelas, siendo necesario que la familia

también se involucre en el desarrollo integral de las niñas, los niños y

adolescentes, sin delegar toda la responsabilidad a la institución

educativa; por otra parte, también se debe considerar las propias

92
habilidades socioemocionales del personal docente y administrativo

que participa dentro del sector educativo pues, sí actualmente los

modelos educativos exigen que se alcancen ciertos objetivos, se debe

comprender que muchas personas no cuentan con un proceso personal

que les permita guiar a las y los estudiantes con los que interactúan.

Es así como el presente trabajo tiene la finalidad de analizar

ciertos aspectos de la educación emocional y su influencia en la

enseñanza de los valores, lo cual debe ser el primer objetivo que debe

alcanzarse dentro del nuevo proyecto que nuestras autoridades están

por implementar en el ciclo escolar 2023 – 2024, mismo que recibe el

nombre de “Nueva Escuela Mexicana”, que busca ser un modelo

integral y de carácter humanista, atendiendo a temas como la equidad,

la inclusión y la “excelencia académica”, tomando en consideración el

contexto sociocultural en el que se desenvuelve cada alumna y alumno.

Finalmente, también se debe considerar que el proceso de

formación y enseñanza de los valores no sólo se limita a los niveles

preescolar, primaria y secundaria (tal como sólo lo marca la “Nueva

Escuela Mexicana”); por lo que se debe analizar las necesidades de la

población estudiantil del nivel medio superior y superior, pues esto

permitirá consolidar todo un proceso que lleve a contar con ciudadanas

y ciudadanos globales comprometidos con las necesidades del

93
contexto en el que se desarrollan y las actividades que realizan a nivel

laboral, social y familiar.

La Inteligencia Emocional

Como es bien sabido, la inteligencia emocional cuenta con gran

aceptación dentro de la población, aunque en muchas ocasiones su

alcance es poco comprendido, llevando a que sólo se consideren las

necesidades y problemáticas individuales, olvidando que estas

habilidades también pueden contribuir a una interacción social más

sana. De acuerdo con Fernández y Extremera (2005), la inteligencia

emocional se compone de las siguientes habilidades: a) percepción,

valoración y expresión de las emociones propias con exactitud; b) tener

la capacidad para desarrollar sentimientos que faciliten el pensamiento;

c) comprensión de las emociones y el autoconocimiento; y d) capacidad

para regular las emociones, permitiendo un crecimiento integro de la

persona (aspectos emocionales, intelectuales y sociales).

En este sentido, se debe comprender el término “emoción” puede

ser entendido como un intercambio de respuestas subjetivas que tiene

una persona ante determinados factores o estímulos, mismos que

cuentan con un proceso neuronal y hormonal, lo que tendrá como

resultado la generación de sentimientos, que pueden ser agradables o

94
desagradables. De esta forma es posible entender cómo las emociones

pueden influir en el comportamiento y conducta de las personas,

llevándole a su adaptación al medio en el que se desenvuelve.

Con lo antes mencionado, se puede entender la relevancia que la

inteligencia y educación emocional puede tener dentro de la enseñanza

de los valores, puesto que una de las competencias a desarrollar es la

regulación emocional, la cual permite tener consciencia sobre la forma,

duración e intensidad de las emociones que una persona experimenta,

y que puede influir en los pensamientos de cada individuo. Esto también

es comentado por Fernández y Extremera (2005), quienes mencionan

que se requiere de un trabajo intelectual para identificar el ropo de

pensamiento que experimenta cada persona, los cuales pueden

provocar sensaciones desagradables, y que pueden ser gestionadas a

través de estrategias de manipulación, control o canalización de los

sentimientos.

Este proceso conllevará a la adquisición de otra competencia

socioemocional, la cual es denominada como “consciencia emocional”,

y que tiene la finalidad de generar una “percepción”, la cual permite

conocer y comprender los procesos mentales, así como las señales que

acompañan a las emociones, tales como movimientos faciales,

corporales y tono de voz, permitiendo identificar las emociones propias

95
y de otras personas. Sin embargo, este proceso no es tan simple como

se le ha descrito pues, de acuerdo con Bisquerra (2007), la consciencia

emocional también está relacionada con: a) la autorreflexión para

captar con precisión los sentimientos que se están experimentando,

pudiendo nombrarlos y expresarlos de forma apropiada; b) reconocer

las emociones en el momento en que ocurren; c) ser consciente de que

la falta de atención selectiva y los procesos mentales no permite

reconocer los propios sentimientos; d) tener la habilidad de percibir el

clima emocional de un contexto específico; e) comprender las

perspectivas y emociones de otras personas; f) desarrollar una

capacidad empática hacia la experiencia emocional de otras personas;

g) identificar e interpretar los sentimientos expresados y que están

relacionados con un contexto cultural en específico.

De esta forma, se puede determinar que las habilidades

socioemocionales pueden ser consideradas como competencias, pues

cuando son bien aplicadas, permiten movilizar un conjunto de

conocimientos, capacidades y actitudes, mismas que son necesarias

para realizar actividades diversas y así alcanzar un determinado nivel

de calidad y eficacia. En el caso de la inteligencia emocional, una

competencia permitirá “comprender, expresar y regular de manera

apropiada los fenómenos emocionales” (Bisquerra y Pérez, 2007, p.

96
69). Esto tendrá como resultado la posibilidad de poder entender las

problemáticas que presenta una persona en un determinado momento,

además de encontrar una solución apropiada.

Con base en esto, es posible desarrollar las habilidades

socioemocionales a tal grado que las personas puedan convertirse en

gestores inteligentes de las emociones, poniéndolas en práctica en

cada uno de los contextos en los que se desenvuelvan, además de

poder asumir un rol mediador dentro de los grupos con los que

interactúa, fomentando interacciones apropiadas, así como facilitar la

resolución de conflictos y la toma de decisiones responsables.

Es pues, que la inteligencia emocional favorece la adquisición de

habilidades como la empatía, la cooperación, la comunicación asertiva,

así como el autocontrol y el manejo del estrés. Esto nos permite

vislumbrar la importancia que puede tener dentro de los ámbitos

educativos y laborales, en donde cada vez se vuelve más importante el

trabajo en equipo y el liderazgo. Tal como Fernández y Extremera

(2005, p. 65) comentan: “La escuela del siglo XXI (…) se ha

comprometido con la doble misión de educar tanto la cabeza como el

corazón, lo académico y lo emocional. Con la certeza de que ambos

tipos de aprendizaje están inseparablemente interconectados y que se

trata de una falsa dicotomía”.

97
El Reto de la Educación Emocional

En este momento, es posible decir que la educación emocional se ha

convertido en una necesidad básica, no sólo en relación a la

identificación y dirección de las emociones, sino que también permite

desarrollar estrategias de prevención de comportamientos de riesgo y

el establecimiento de relaciones interpersonales apropiadas. Sin

embargo, esto requiere la revisión de las materias y contenidos que

actualmente integran los programas de los diferentes niveles

educativos, llevando incluso al desarrollo de nuevas unidades de

aprendizaje, mismas que contribuyan a desarrollo de las competencias

socioemocionales.

Así pues, Bisquerra (2003) ha permitido comprender que la

educación emocional se trata de una innovación para el ámbito

educativo, pues busca responder a necesidades de la sociedad que

anteriormente no se consideraban, lo que ha permitido definir objetivos

encaminados al desarrollo de las competencias emocionales, las

cuales son: consciencia emocional, regulación emocional, autogestión,

inteligencia interpersonal y habilidades de vida y bienestar.

Sin embargo, esta situación no sólo implica cambios en los

programas educativos, puesto que también requiere de una formación

complementaria por parte del personal docente y administrativo que

98
labora en las instituciones escolares, llevándoles a iniciar un proceso

de autoconocimiento y detección de ciertos aspectos emocionales

negativos que pueden contribuir a la aparición de conductas de riesgo

psicosocial. En este sentido, cabría preguntarse: ¿Las y los docentes

están preparados para dar este paso? ¿Cómo docente, es posible

contribuir al desarrollo de la inteligencia emocional de las y los

estudiantes, sin antes haber desarrollado las propias competencias

emocionales?

Cuando se habla de educación emocional, primeramente, se

deben definir objetivos, contenidos, actividades y estrategias que

permitan un trabajo apropiado, además de contar con los recursos

necesarios para el desarrollo de las competencias socioemocionales,

fomentando no sólo el establecimiento de relaciones y

comportamientos de forma ética, sino que también se da solución a

problemáticas de salud mental como: baja autoestima, violencia,

depresión, suicidio, consumo de sustancias, actividad sexual

irresponsable, entre otras. Estos puntos permitirán que niñas, niños y

adolescentes cuenten con las habilidades necesarias para

desenvolverse en cada uno de los ámbitos en los que se desenvuelven,

además de contribuir al desarrollo de personas adultas responsables y

que comprendan el alcance que sus acciones pueden tener sobre otras

99
personas y en el medio ambiente. En última instancia, recordemos que

esto se relaciona con los propósitos de la Agenda 2030 y la

consolidación de un desarrollo sostenible y la formación de las

ciudadanas y ciudadanos globales.

Además, es importante mencionar que el trabajo de las

emociones dentro de los contextos educativos debe realizarse desde

un enfoque psicopedagógico, en el cual se pueda analizar los procesos

de enseñanza y aprendizaje, así como la evaluación del entorno escolar

y los estilos de aprendizaje de cada estudiante, lo cual puede complicar

el desempeño de las y los docentes, requiriendo de la intervención de

otros profesionales que puedan aportar la información necesaria para

realizar las adecuaciones curriculares dentro del aula.

Todo este proceso es conocido como “psicopedagogía de las

emociones”, término acuñado por Bisquerra (2010), y que se compone

de tres elementos, mismos que a continuación se mencionan de forma

breve:

1. Neurofisiológicos. Refiere a respuestas involuntarias que dan

a partir de diferentes estímulos que son recibidos a través de

nuestros sentidos, en determinadas situaciones; estas

pueden ser identificadas a través de signos o síntomas como:

taquicardia, sudoración, presión sanguínea, etc.

100
2. Comportamentales. Se trata de la expresión que una persona

realiza con su cuerpo ante determinados estímulos y

situaciones; estos pueden ser “manipulados” con la finalidad

de que la persona pueda tener cierto control sobre actos

como: tono de voz, movimientos corporales, tics, entre otros.

3. Cognitivos. Son de carácter subjetivo e intervienen de forma

determinada en cada persona, considerando sus

experiencias de vida, así como la capacidad para identificar

y etiquetar las emociones y sentimientos.

Con base en lo antes mencionado, se puede afirmar que las

respuestas emocionales no pueden ser controladas por las personas,

teniendo en cuenta que se trata de un proceso neurofisiológico; sin

embargo, a través de un proceso de enseñanza y aprendizaje, se puede

lograr que las y los estudiantes adquieran estrategias que les permita

mantener un control comportamental y cognitivo, disminuyendo la

posibilidad de reaccionar impulsivamente, tomando decisiones que

puedan favorecerle y que, en determinadas situaciones, permitirán la

resolución de conflictos con otras personas.

Se debe mencionar que la educación emocional se complementa

con las aportaciones que realizan las neurociencias al proceso de

aprendizaje, por lo que las adecuaciones curriculares deben contribuir

101
al desarrollo de habilidades socioemocionales teniendo en cuenta el

nivel de maduración del cerebro, así como las diferencias que puedan

existir entre las niñas, niños y adolescentes, principalmente. Si a esto

último se incluyen las personas jóvenes y adultas, es necesario

considerar sus propias características, permitiendo la adquisición o

fortalecimiento de las habilidades emocionales y sociales.

Pese a todo lo antes mencionado, y la importancia que puede

representar su integración dentro del sistema educativo, existen dos

aspectos que demuestran que no ha logrado ser implementada de

forma eficiente. En este sentido, se debe señalar la carencia de

contenidos en los currículos de formación de profesionales del área de

la educación, lo cual influye en el otro punto a considerar, que es la

enseñanza de habilidades socioemocionales dentro del aula.

De esta forma, sí las y los docentes a cargo de grupos no cuentan

con los conocimientos y destrezas necesarias para posibilitar la

educación emocional, los objetivos contemplados en programas como

la “Nueva Escuela Mexicana” o la “Agenda 2030”, difícilmente serán

alcanzados. Es así como la actual problemática que se presenta en el

sistema educativo mexicano se centra en facilitar no sólo la adquisición

de habilidades emocionales, sino también el desarrollo de valores y

conductas benéficas para las personas y la comunidad.

102
Desarrollo Integral y Competencias para la Vida

Tal como se ha podido apreciar, la educación emocional contribuye a

un desarrollo óptimo de las personas, además de fomentar la

individualidad e integración social, lo que lleva al sistema educativo a

un rompimiento con el paradigma centrado en la generación de

conocimientos y habilidades cognitivas, dándole énfasis al bienestar de

las personas. Si bien, anteriormente se ha mencionado las

problemáticas existentes en el sistema educativo, cada vez hay más

profesores y profesoras que ven en la inteligencia emocional una forma

de intervenir ante situaciones de bajo aprovechamiento académico,

fomentando la motivación y la resolución de problemas, dejando de lado

prácticas grupales que lleven a un control de las y los estudiantes, sino

a guiar y orientar su conducta.

En este sentido, Planas (2014, p. 19) comenta que: “en la

sociedad del futuro se va a hacer cada vez más necesario la existencia

de personas con gran madurez emocional capaces de tolerar la

frustración, de trabajar en equipo, de ser fácilmente motivables y con

gran capacidad de liderazgo”.

Esto último, es lo que permite que las personas puedan buscar

una calidad de vida favorable y centrada en el bienestar; lo cual implica

dos aspectos: 1) uno subjetivo, que depende de la percepción de cada

103
individuo y de sus experiencias de vida; y 2) otro objetivo, que se enfoca

a aspectos como la salud física y mental, la autonomía, la posibilidad

de obtener recursos materiales y mantener relaciones interpersonales

sanas. Cabe señalar que esto nos permite hablar de un bienestar

general, y que será independiente del nivel académico o la edad de la

persona.

Además de esto, es necesario comprender que la práctica

docente también requiere ser evaluada, identificando el nivel de

bienestar que le brinda a las y los docentes. Nuevamente se debe

considerar que una persona que no cuenta con ciertas habilidades,

conocimientos o satisfacciones, difícilmente podría fomentar que otras

personas puedan desarrollar dichas competencias. Cornejo y Quiñonez

(citados en Hué, 2014, p. 44) señalan que la profesión docente cuenta

con un alto nivel de burnout, derivado de la exigencia que sus

actividades requieren desde su formación y obtención de un grado

académico, así como el desgaste que presenta el trabajo con uno o

varios grupos, incluyendo las descalificaciones que pueden recibir por

parte de la sociedad, comunidad estudiantil y los padres y madres.

Por estas razones, la educación emocional es fundamental para

el fomento de un bienestar óptimo en cada una de las personas, siendo

los niveles de educación preescolar, básica y media superior, los

104
idóneos para implementar estrategias dirigidas al desarrollo de

competencias socioemocionales que permitan enfrentar los retos que

surgen en la vida diaria, además de los ámbitos académicos y

profesionales. Sin embargo, no debe olvidarse que, en el nivel

educativo superior, se debe atender el fortalecimiento de estas

competencias, o en caso de que no existiera una adecuada

implementación, tratar de “cubrir” el rezago, permitiendo así el

desarrollo de una inteligencia emocional apropiada.

Es pues, que las competencias socioemocionales deben estar

encaminadas al desarrollo del bienestar de las personas, brindando

herramientas para dar respuesta a las problemáticas que pueden

presentárseles, cubriendo sus necesidades y deseos. Para esto,

Bisquerra (2007), describe que estás habilidades deben contar con

ciertas características, las cuales son:

1. Fijar objetivos adaptativos. Esto se contempla como la capacidad

para establecer metas que se consideren positivas y realistas.

2. Toma de decisiones. Se trata de una habilidad indispensable en

cualquier situación y contexto, brindando la posibilidad de asumir

responsabilidades de las acciones que cada persona realiza,

teniendo en cuenta aspectos éticos y sus posibles

consecuencias.

105
3. Búsqueda de ayuda y recursos. Consta de reconocer la

necesidad de apoyo, además de identificar los recursos

disponibles en el momento.

4. Ciudadanía activa, cívica, responsable, crítica y comprometida.

Este punto está orientado al reconocimiento de los derechos y

obligaciones que tiene cada persona al formar parte de una

colectividad que, a su vez, permite desarrollar un sentido de

pertenencia y participar de forma efectiva, contribuyendo a

mejorar la sociedad.

5. Bienestar subjetivo. Refiere a la capacidad de disfrutar de forma

consciente a través de las experiencias vividas, además de

fomentar que otras personas alcancen un bienestar óptimo.

6. Fluir. Se considera como una habilidad para generar condiciones

apropiadas para la vida, personal y socialmente, además de

abarcar los ámbitos académico y profesional.

A partir de estas características, el bienestar siempre girará en

torno a la propia percepción de la realidad que se vive, haciendo una

evaluación del pasado y de lo que actualmente ocurre, permitiendo

definir un nivel de satisfacción. Además, de acuerdo con Torrabadella

(citada en Hué, 2016, p. 39), se puede mencionar que el bienestar se

relaciona con la resiliencia, por lo que, una persona que cuenta con las

106
habilidades socioemocionales adecuadas podrá analizar las causas de

una problemática que le aqueje, determinando si puede realizar algo

para solucionarla o, por el contrario, sólo debe ser aceptada. Es pues,

que todo este proceso llevará a que las personas puedan definir su

propio proyecto de vida.

Es así como se puede concluir que la educación emocional permite

que las personas cuenten con un desarrollo integral, potenciando la

construcción de una identidad, además de tener consciencia y control

de uno mismo, promoviendo una buena interacción interpersonal. En

cuanto a los programas de educación, estos deben enfocarse en

brindar a las y los estudiantes las herramientas necesarias para

enfrentarse a los diversos retos que puedan presentarse en la

cotidianeidad, permitiendo alcanzar una felicidad y satisfacción con el

estilo de vida elegido.

El desarrollo de la metacognición

Más allá de la capacidad del aprendizaje, está la capacidad de mejorar

dicho proceso, adquiriendo estrategias para autorregular el propio

aprendizaje, aprendiendo a pensar a través del uso de herramientas

cuya selección y aplicación, permiten el autocontrol de individuo, esto

habla de sujetos que han logrado adquirir y desarrollar habilidades

107
metacognitivas (Mayo, Suengas y González, citado en Allueva, 2002).

Para ello, es fundamental el pensamiento, proceso de alto nivel, que

implica una actividad global del sistema cognitivo, en el que intervienen

de forma dinámica los procesos psicológicos más básicos como la

memoria, la atención, la comprensión. La adquisición de aprendizajes

declarativos, que permiten la recepción y vinculación de información,

creando un significado e incluso, permitiendo la elaboración y

organización de la información entrelazada. Los conocimientos

procedimentales, que permiten que el sujeto pueda clasificar y

manipular información, para ello, es fundamental la adquisición de

patrones y el uso de la generalización y la discriminación, así como el

uso de reglas y la adquisición de procesos o fases (Allueva, 2002).

Las principales herramientas que se utilizan para que se

desarrolle la metacognición son: reglas, patrones y destrezas. Allueva

hace un recorrido sobre las definiciones de la metacognición, Brown

define que la metacognición es “el conocimiento de uno mismo

concerniente a los propios procesos y productos cognitivos o a todo lo

relacionado con ellos” (P. 69). En Favell destaca el conocimiento de los

procesos y productos cognitivos que tiene cada sujeto de sí mismo;

para Nickerson, Perkins y Smith la define como “... el conocimiento

sobre el conocimiento y el saber, e incluye el conocimiento de las

108
capacidades y limitaciones de los procesos del pensamiento

humano…" (P. 69). Se concluye que hay cuatro habilidades o

herramientas fundamentales en la metacognición: a) Saber cuándo uno

sabe, b) Saber lo que uno sabe; c) Saber lo que necesita saber y d)

Conocer la utilidad de las estrategias de intervención.

El desarrollo de la metacognición es fundamental en el desarrollo

de la conciencia del sí en el ser humano, lo cual permite tener un sentido

de sus habilidades, destrezas y las limitaciones que pueden existir de

los conocimientos adquiridos a lo largo de la vida y en un sistema

educativo formal. El desarrollo de este proceso psicológico, dota al ser

humano de herramientas fundamentales para su propio desarrollo y la

interacción con los otros. Si bien, la metacognición es fundamental para

los saberes que implican conocimientos formales, es fundamental en el

desarrollo de habilidades y competencias emocionales, puesto que

permite aplicar la conciencia de las propias emociones, y también, al

permitir generar conciencia del otro, permite aplicar estas herramientas

en la interacción social con los individuos de los grupos sociales en los

que interactúa.

La adquisición de reglas, normas, valores y principios adquiridos

en el núcleo familiar, en los grupos sociales a los que pertenece y en la

educación formal, dentro del currículo establecido, permiten la

109
adaptación ideal dentro del sistema social al que sujeto pertenece. El

desarrollo de las herramientas metacognitivas permite que el sujeto sea

capaz de autorregular el comportamiento, permitiendo la generación de

conductas adaptativas en aquellas situaciones sociales que conlleven

a un bienestar individual y colectivo. Así mismo, el uso de otras

herramientas, permitiría el análisis y adaptación a nuevos patrones

sociales, derivados de la interacción con grupos nuevos, ante

situaciones nuevas o emergentes que puedan generar cierto grado de

incertidumbre.

Sobre la Educación en Valores

Hasta este punto, es posible comprender que la educación tiene

grandes implicaciones en la formación de las personas, además de que

esta puede ser considerada como un medio para transformar la realidad

social, fomentando la adquisición de valores y conductas que permitan

a cada individuo una apropiada interacción dentro de la comunidad.

Sin embargo, también se debe tener en cuenta que el actual

contexto social refleja una carencia de valores, mismo que se

desprende de las características del modelo económico, mismo que se

enfoca en la satisfacción de las propias necesidades y deseos, sin tener

en cuenta la forma en como son alcanzadas dichas metas; además de

110
esto, también es necesario apreciar que, por medio de la globalización

y el intercambio cultural que se presenta como consecuencia, las

personas han podido acceder y conocer distintos sistemas de

creencias, lo que sólo genera una confusión y desorientación sobre la

forma en que se debe actuar al momento de interactuar con otras

personas. Estos puntos son parte de lo que las y los profesionales de

la educación deben analizar al momento de implementar estrategias

que estén orientadas a la adquisición y fortalecimiento de los valores.

Con lo antes mencionado, es posible determinar que un modelo

educativo basado en el desarrollo de valores debe tener en cuenta dos

aspectos: uno social, que permita la comprensión de múltiples aspectos

socioculturales; y otro filosófico, que lleve al entendimiento los valores

y cómo pueden ser integrados de forma transversal dentro de los

programas educativos. De tal forma, estos aspectos se sincronizan con

el séptimo punto de la Declaración de la XXI Conferencia

Iberoamericana de Educación (2011), la cual no sólo hace énfasis en el

derecho de niñas, niños y adolescentes a recibir una educación basada

en valores, sino que también se aborda de forma explícita el abordaje

de temas relacionados con los derechos humanos y la participación

democrática que, a su vez, requiere el desarrollo de habilidades como

la toma de decisiones.

111
Prida y Pardo (citados en Larios, 2017, p. 73) afirman que: “la

educación en valores es un proceso sistémico, pluridimensional,

intencional e integrado que garantiza la formación y el desarrollo, el cual

se concreta a través de lo curricular, extracurricular y en toda la vida

escolar del alumno”. En este sentido, se debe comprender que, al igual

que las habilidades emocionales, los valores no sólo deben tratar de

enseñarse a partir de actividades curriculares, pues en muchas

ocasiones sólo serán vistos como teorías o con complicaciones para

ser aplicados en los diferentes ámbitos en los que se desenvuelvan las

y los menores y adolescentes. De tal forma que es necesario integrar

actividades extracurriculares de tipo cultural, artístico y deportivo,

permitiendo así la apreciación de las diferentes características de

nuestra sociedad.

Es pues, que la educación debe contribuir a la formación integral

de las personas, entendiendo que los valores son componentes

esenciales de su personalidad y la forma de expresión de cada una,

manifestándose a través de conductas y comportamientos

intencionados y conscientes que, al mismo tiempo, pueden llevar a la

disposición a ser agentes de cambio, capaces de influir en la comunidad

en la que se desenvuelven. Como complemento de esto, Arana y

Batista (1999, p. 10) mencionan tres condiciones para una educación

112
en valores: a) conocer aspectos internos de las y los estudiantes tales

como sus intereses, motivaciones, actitudes y proyecto de vida; b)

comprender el entorno ambiental y así determinar las posibilidades de

actuación; y c) definir un modelo idóneo de educación.

Es importante mencionar que la adquisición de los valores se

logra sólo a través de la experiencia de cada persona, por lo que estos

deben ser enseñados y aplicados durante las diferentes etapas de

desarrollo del individuo, lo que llevará a que se consoliden como un

aspecto cognitivo; esto es lo que permitirá que puedan considerarse

como competencias.

Al momento de considerar la enseñanza de valores, actualmente

se tienen como base los postulados del desarrollo moral de Kohlberg y

Dewey (citados en Larios, 2017, p. 76), mismos que han permitido la

construcción de modelos educativos enfocados en valores y que

cuentan con dos finalidades: a) la estimulación de niñas y niños para

que puedan alcanzar un estadio de desarrollo moral superior al que

cuentan en determinado momento académico; y b) promover una

actitud que permita alcanzar cierta consistencia entre el juicio y la

actuación.

A partir de esto último se puede determinar la importancia de

mantener cierta coherencia entre los aspectos emocionales, cognitivos

113
y conductuales de las personas, puesto que no sólo basta saber o sentir

que una situación está mal, dejando de lado la posibilidad de poder

intervenir o simplemente buscar ayuda; o bien, entender que una acción

está mal, pero aun así se lleva a cabo debido a los “beneficios” que

puede tener. Sin embargo, se debe tener en cuenta que, en muchas

ocasiones, los valores se guían por aspectos morales, los cuales son

determinados por la cultura en la que se encuentra inmersa cada

persona, indicando las acciones que son buenas y malas, o bien, que

se considera que “todos lo hacen”, dando cierta permisividad para su

realización.

Es en este punto en donde las adecuaciones curriculares y

estrategias didácticas deben estar bien definidas, permitiendo alcanzar

las metas propuestas en los modelos educativos. En México, el

Acuerdo 592 de Educación Básica (2011) delimita ciertos aspectos

pedagógicos que están encaminados a la calidad educativa, así como

la necesidad de resolver los problemas que están presentes en nuestra

realidad social; de estos puntos, podemos destacar:

1. Centrar la atención en los estudiantes y sus procesos de

aprendizaje. Lo cual conlleva el reconocimiento de la diversidad

sociocultural, de ritmos y estilos de aprendizaje, así como de las

114
capacidades de cada estudiante, lo cual puede permitir el

desarrollo de aprendizajes significativos.

2. Generar ambientes óptimos de estudio. En este sentido, se

requiere de la creación de espacios que fomenten la

comunicación e interacción entre los estudiantes y docentes,

además de involucrar a la familia, considerando que la casa

también es un ambiente en el que se producen aprendizajes.

3. Fomentar el trabajo colaborativo. Esto con el objetivo de que

docentes y estudiantes puedan participar en la búsqueda de

soluciones que lleven a la construcción de aprendizajes, además

de que se fomentan actitudes como la inclusión, el liderazgo y la

responsabilidad.

4. Incorporar temas de relevancia social. Dentro de este punto se

aborda la necesidad de incluir temas relacionados con el

desarrollo sostenible, pues se debe tener en consideración

problemáticas que inciden en el medio ambiente, la comunidad en

la que nos encontramos y las decisiones personales que llevan a

formar un proyecto de vida.

5. Renovar las normas de convivencia entre estudiantes, docentes,

familia y la escuela. Esto tiene como objetivo la revisión de las

reglas y normas de la institución educativa, con la finalidad de

115
mantener un respeto y equilibro entre los derechos y

responsabilidades de cada participante; esto lleva a establecer un

compromiso compartido y fomentar el liderazgo.

6. Programas de tutoría y asesoría académica. Sustentados en una

atención individualizada y de acompañamiento, pueden estar

dirigidos a estudiantes que presentan rezago o aptitudes

sobresalientes, o bien, a docentes que requieren apoyo para el

abordaje de los programas de estudio.

Dentro de estos mismos lineamientos se tiene en consideración

dos estrategias metodológicas que deben implementarse dentro del

aula: a) la discusión y diálogo sobre problemáticas sociales, las cuales

deben ser adaptadas al nivel escolar del grupo, además de propiciar la

técnica de “role-talking”, la cual puede llevar al desarrollo de la empatía

y una adquisición de aspectos morales; y b) fomentar un sistema

pedagógico y comunidad escolar que se fundamente en la participación

democrática, lo cual también tiene una implicación en el desarrollo

moral.

El desarrollo de una propuesta de educación en valores, debe

iniciarse desde la educación preescolar y consolidarse en la educación

superior, integra aspectos tanto morales como éticos, que permitan una

adaptación funcional en los distintos espacios en los que el sujeto se

116
desenvuelve. Estas herramientas servirán a lo largo de la vida y

contribuirá en la formación de ciudadanos que contribuyan al desarrollo

de la familia, la sociedad, el país y el mundo.

En una sociedad en constantes cambios sociales, económicos,

de salud, es fundamental que las y los estudiantes tengan una

formación que, si bien no da conocimientos inamovibles o fijos, permite

tener esquemas de referencia que pueden ser la base a nuevos

esquemas adaptativos, y que puedan autorregularse, derivado de la

capacidad metacognitiva de cada sujeto.

Conclusiones

El desarrollo de la inteligencia emocional es fundamental en los

individuos de la sociedad, debido a que esta dota de herramientas para

el desarrollo personal y social, el cuidado de sí y de los otros, así como

el mejoramiento de la percepción de bienestar. El conjunto de

herramientas desarrolladas forma parte de un constructo denominado

competencias socioemocionales, las cuáles se diferencian de las

competencias profesionales al ser propias del individuo y necesarias

para su adaptación social. El desarrollo de las competencias

emocionales dentro del marco educativo está atribuido a la educación

socioemocional, propuesta pedagógica que busca desarrollar

117
estrategias en el marco curricular para que las y los estudiantes

adquieran de forma paulatina, considerando su nivel de desarrollo

neurocognitivo y psicosocial y sean capaces de usarlas para el cuidado

de sí y de los demás en los contextos sociales en los que se

desenvuelven.

El ejercicio para el desarrollo y consolidación de los procesos

psicológicos como la metacognición, es fundamental como

herramienta, que se comienza a desarrollar de forma implícita e

informal en el núcleo familiar y que adquiere formalidad dentro del

proceso educativo en cada sistema escolar. Las herramientas

metacognitivas y cognitivas contribuyen tanto a la consolidación de las

competencias profesionales como a la de cuidado de sí, que permite el

autocuidado y la autorregulación para la toma de decisiones que

contribuyen al autocuidado y las conductas adaptativas con base a las

normas sociales establecidas. La educación en valores es una

propuesta pedagógica que debe replantearse, para mostrarse como

una propuesta integral, que abarque desde la neurociencia hasta las

concepciones subjetivas que conllevan la parte moral y ética en el

estudio de los valores. Esto permitirá a los estudiantes, aplicar las

competencias emocionales, las herramientas cognitivas y

metacognitivas, en el funcionamiento social, generando ciudadanos

118
conscientes de sí y de los otros, tanto de forma adaptativa, como de

forma emergente, ante situaciones nuevas que generen incertidumbre

en el sujeto.

La educación emocional y la formación en valores dotan de

herramientas a las y los estudiantes, en un marco formal para el

desarrollo de habilidades que permitan una adaptación social íntegra.

Se plantea el trabajo paulatino desde la educación preescolar, hasta el

nivel superior, incluyendo posgrado, que permitan que las y los

estudiantes atiendan a las diversas situaciones a las que se enfrenta el

ser humano a lo largo de la vida. Desde situaciones personales,

sociales, académicas y laborales, así como situaciones emergentes, a

las que no se tengan todas las herramientas suficientes. Esta base,

permitirá que se puedan crear nuevos esquemas que puedan irse

mejorando o perfeccionando con base a la capacidad resolutiva y

efectiva en cada situación.

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