LA EDUCACIÓN EMOCIONAL Y EL DESARROLLO DE VALORES
David González Campillo
ORCID: 0000-0003-4246-7306
Gustavo Alberto Nonato Reza
ORCID: 0000-0002-8277-0345
Resumen:
Los modelos educativos actuales deben permear el desarrollo de la
inteligencia emocional, a través de modelos pedagógicos que
consideren a la educación emocional en las y los estudiantes, desde
nivel básico hasta nivel superior. El desarrollo de competencias
socioemocionales permea la adquisición y consolidación de
conocimientos, habilidades y actitudes que incluyen aspectos
cognitivos básicos y metacognitivos que impactan en el desarrollo de
valores dentro de los miembros de la sociedad, que permiten la
adquisición de conductas adaptativas al contexto y autorregulables por
cada miembro de la sociedad, contribuyendo en la formación de
ciudadanos que sepan reaccionar en el mundo cambiante y lleno de
incertidumbres en el que nos encontramos. El trabajo de temas
relacionados con la inteligencia emocional, la consolidación de la
educación emocional en el currículo escolar, el desarrollo de la
metacognición, la educación en valores y la formación de profesionistas
capacitados para trabajar de manera integral, son propuestas que
permitirán a las y los estudiantes atender las distintas necesidades de
los contextos globales y regionales en una sociedad del conocimiento.
90
Palabras clave: Valores, Metacognición, Educación emocional
Introducción
En la actualidad, es indispensable reconocer que los modelos
educativos a nivel mundial se han enfocado a la formación de los
“nuevos ciudadanos globales”, teniendo en cuenta que la mayor parte
de los conocimientos que son adquiridos dentro del aula deben ser
aplicables a la resolución de los problemas que se presentan en un
determinado espacio y tiempo, haciendo posible que cada estudiante
pueda formar parte de las acciones que lleven a un desarrollo
sustentable de su población. Esto se fundamenta en los objetivos
plasmados en la Agenda 2030, en donde se puede destacar algunos
puntos en los que el proceso educativo puede influir en mayor o menor
medida, tales como: 1) igualdad de género, 2) salud y bienestar, 3)
reducción de la desigualdad, 4) consumo responsable, 5) acción por el
clima y 6) paz, justicia e instituciones sólidas. Esto, claro está, sólo será
posible a través de una educación de calidad, la cual también forma
parte de los objetivos de la Agenda 2030.
Con lo antes mencionado, es posible considerar que muchos de
los problemas que se presentan hoy en día, pueden encontrar una
resolución a través de una enseñanza correcta, la cual no sólo debe
integrar la formación de competencias de índole académica, siendo
91
indispensable reconocer la necesidad de adquirir habilidades de
socioemocionales, mismas que conllevan al desarrollo moral y ético de
la persona, lo cual permitirá que cada estudiante pueda contar con las
herramientas indispensables para desenvolverse de forma asertiva
dentro de la sociedad, considerando las consecuencias de sus
acciones, y el cómo estas podrían afectar de forma personal o incluso
involucrar a terceros. Sin embargo, esto se vuelve un reto cuando
consideramos que la sociedad actualmente está inmersa en una actitud
de consumismo e inmediatez, en donde lo más importante es la
satisfacción de las necesidades propias.
De esta forma, es que el sistema educativo debe comenzar a
darle el énfasis requerido a la educación emocional, lo cual permitirá
que las alumnas y los alumnos puedan desarrollar ciertas habilidades
socioemocionales que les permitan establecer vínculos socioafectivos
sanos y basados en la empatía, lo cual permea la adquisición y
asimilación de los valores. Aunque este escenario comprenderá
diversas problemáticas, como es el entender que el proceso educativo
no sólo se da dentro de las escuelas, siendo necesario que la familia
también se involucre en el desarrollo integral de las niñas, los niños y
adolescentes, sin delegar toda la responsabilidad a la institución
educativa; por otra parte, también se debe considerar las propias
92
habilidades socioemocionales del personal docente y administrativo
que participa dentro del sector educativo pues, sí actualmente los
modelos educativos exigen que se alcancen ciertos objetivos, se debe
comprender que muchas personas no cuentan con un proceso personal
que les permita guiar a las y los estudiantes con los que interactúan.
Es así como el presente trabajo tiene la finalidad de analizar
ciertos aspectos de la educación emocional y su influencia en la
enseñanza de los valores, lo cual debe ser el primer objetivo que debe
alcanzarse dentro del nuevo proyecto que nuestras autoridades están
por implementar en el ciclo escolar 2023 – 2024, mismo que recibe el
nombre de “Nueva Escuela Mexicana”, que busca ser un modelo
integral y de carácter humanista, atendiendo a temas como la equidad,
la inclusión y la “excelencia académica”, tomando en consideración el
contexto sociocultural en el que se desenvuelve cada alumna y alumno.
Finalmente, también se debe considerar que el proceso de
formación y enseñanza de los valores no sólo se limita a los niveles
preescolar, primaria y secundaria (tal como sólo lo marca la “Nueva
Escuela Mexicana”); por lo que se debe analizar las necesidades de la
población estudiantil del nivel medio superior y superior, pues esto
permitirá consolidar todo un proceso que lleve a contar con ciudadanas
y ciudadanos globales comprometidos con las necesidades del
93
contexto en el que se desarrollan y las actividades que realizan a nivel
laboral, social y familiar.
La Inteligencia Emocional
Como es bien sabido, la inteligencia emocional cuenta con gran
aceptación dentro de la población, aunque en muchas ocasiones su
alcance es poco comprendido, llevando a que sólo se consideren las
necesidades y problemáticas individuales, olvidando que estas
habilidades también pueden contribuir a una interacción social más
sana. De acuerdo con Fernández y Extremera (2005), la inteligencia
emocional se compone de las siguientes habilidades: a) percepción,
valoración y expresión de las emociones propias con exactitud; b) tener
la capacidad para desarrollar sentimientos que faciliten el pensamiento;
c) comprensión de las emociones y el autoconocimiento; y d) capacidad
para regular las emociones, permitiendo un crecimiento integro de la
persona (aspectos emocionales, intelectuales y sociales).
En este sentido, se debe comprender el término “emoción” puede
ser entendido como un intercambio de respuestas subjetivas que tiene
una persona ante determinados factores o estímulos, mismos que
cuentan con un proceso neuronal y hormonal, lo que tendrá como
resultado la generación de sentimientos, que pueden ser agradables o
94
desagradables. De esta forma es posible entender cómo las emociones
pueden influir en el comportamiento y conducta de las personas,
llevándole a su adaptación al medio en el que se desenvuelve.
Con lo antes mencionado, se puede entender la relevancia que la
inteligencia y educación emocional puede tener dentro de la enseñanza
de los valores, puesto que una de las competencias a desarrollar es la
regulación emocional, la cual permite tener consciencia sobre la forma,
duración e intensidad de las emociones que una persona experimenta,
y que puede influir en los pensamientos de cada individuo. Esto también
es comentado por Fernández y Extremera (2005), quienes mencionan
que se requiere de un trabajo intelectual para identificar el ropo de
pensamiento que experimenta cada persona, los cuales pueden
provocar sensaciones desagradables, y que pueden ser gestionadas a
través de estrategias de manipulación, control o canalización de los
sentimientos.
Este proceso conllevará a la adquisición de otra competencia
socioemocional, la cual es denominada como “consciencia emocional”,
y que tiene la finalidad de generar una “percepción”, la cual permite
conocer y comprender los procesos mentales, así como las señales que
acompañan a las emociones, tales como movimientos faciales,
corporales y tono de voz, permitiendo identificar las emociones propias
95
y de otras personas. Sin embargo, este proceso no es tan simple como
se le ha descrito pues, de acuerdo con Bisquerra (2007), la consciencia
emocional también está relacionada con: a) la autorreflexión para
captar con precisión los sentimientos que se están experimentando,
pudiendo nombrarlos y expresarlos de forma apropiada; b) reconocer
las emociones en el momento en que ocurren; c) ser consciente de que
la falta de atención selectiva y los procesos mentales no permite
reconocer los propios sentimientos; d) tener la habilidad de percibir el
clima emocional de un contexto específico; e) comprender las
perspectivas y emociones de otras personas; f) desarrollar una
capacidad empática hacia la experiencia emocional de otras personas;
g) identificar e interpretar los sentimientos expresados y que están
relacionados con un contexto cultural en específico.
De esta forma, se puede determinar que las habilidades
socioemocionales pueden ser consideradas como competencias, pues
cuando son bien aplicadas, permiten movilizar un conjunto de
conocimientos, capacidades y actitudes, mismas que son necesarias
para realizar actividades diversas y así alcanzar un determinado nivel
de calidad y eficacia. En el caso de la inteligencia emocional, una
competencia permitirá “comprender, expresar y regular de manera
apropiada los fenómenos emocionales” (Bisquerra y Pérez, 2007, p.
96
69). Esto tendrá como resultado la posibilidad de poder entender las
problemáticas que presenta una persona en un determinado momento,
además de encontrar una solución apropiada.
Con base en esto, es posible desarrollar las habilidades
socioemocionales a tal grado que las personas puedan convertirse en
gestores inteligentes de las emociones, poniéndolas en práctica en
cada uno de los contextos en los que se desenvuelvan, además de
poder asumir un rol mediador dentro de los grupos con los que
interactúa, fomentando interacciones apropiadas, así como facilitar la
resolución de conflictos y la toma de decisiones responsables.
Es pues, que la inteligencia emocional favorece la adquisición de
habilidades como la empatía, la cooperación, la comunicación asertiva,
así como el autocontrol y el manejo del estrés. Esto nos permite
vislumbrar la importancia que puede tener dentro de los ámbitos
educativos y laborales, en donde cada vez se vuelve más importante el
trabajo en equipo y el liderazgo. Tal como Fernández y Extremera
(2005, p. 65) comentan: “La escuela del siglo XXI (…) se ha
comprometido con la doble misión de educar tanto la cabeza como el
corazón, lo académico y lo emocional. Con la certeza de que ambos
tipos de aprendizaje están inseparablemente interconectados y que se
trata de una falsa dicotomía”.
97
El Reto de la Educación Emocional
En este momento, es posible decir que la educación emocional se ha
convertido en una necesidad básica, no sólo en relación a la
identificación y dirección de las emociones, sino que también permite
desarrollar estrategias de prevención de comportamientos de riesgo y
el establecimiento de relaciones interpersonales apropiadas. Sin
embargo, esto requiere la revisión de las materias y contenidos que
actualmente integran los programas de los diferentes niveles
educativos, llevando incluso al desarrollo de nuevas unidades de
aprendizaje, mismas que contribuyan a desarrollo de las competencias
socioemocionales.
Así pues, Bisquerra (2003) ha permitido comprender que la
educación emocional se trata de una innovación para el ámbito
educativo, pues busca responder a necesidades de la sociedad que
anteriormente no se consideraban, lo que ha permitido definir objetivos
encaminados al desarrollo de las competencias emocionales, las
cuales son: consciencia emocional, regulación emocional, autogestión,
inteligencia interpersonal y habilidades de vida y bienestar.
Sin embargo, esta situación no sólo implica cambios en los
programas educativos, puesto que también requiere de una formación
complementaria por parte del personal docente y administrativo que
98
labora en las instituciones escolares, llevándoles a iniciar un proceso
de autoconocimiento y detección de ciertos aspectos emocionales
negativos que pueden contribuir a la aparición de conductas de riesgo
psicosocial. En este sentido, cabría preguntarse: ¿Las y los docentes
están preparados para dar este paso? ¿Cómo docente, es posible
contribuir al desarrollo de la inteligencia emocional de las y los
estudiantes, sin antes haber desarrollado las propias competencias
emocionales?
Cuando se habla de educación emocional, primeramente, se
deben definir objetivos, contenidos, actividades y estrategias que
permitan un trabajo apropiado, además de contar con los recursos
necesarios para el desarrollo de las competencias socioemocionales,
fomentando no sólo el establecimiento de relaciones y
comportamientos de forma ética, sino que también se da solución a
problemáticas de salud mental como: baja autoestima, violencia,
depresión, suicidio, consumo de sustancias, actividad sexual
irresponsable, entre otras. Estos puntos permitirán que niñas, niños y
adolescentes cuenten con las habilidades necesarias para
desenvolverse en cada uno de los ámbitos en los que se desenvuelven,
además de contribuir al desarrollo de personas adultas responsables y
que comprendan el alcance que sus acciones pueden tener sobre otras
99
personas y en el medio ambiente. En última instancia, recordemos que
esto se relaciona con los propósitos de la Agenda 2030 y la
consolidación de un desarrollo sostenible y la formación de las
ciudadanas y ciudadanos globales.
Además, es importante mencionar que el trabajo de las
emociones dentro de los contextos educativos debe realizarse desde
un enfoque psicopedagógico, en el cual se pueda analizar los procesos
de enseñanza y aprendizaje, así como la evaluación del entorno escolar
y los estilos de aprendizaje de cada estudiante, lo cual puede complicar
el desempeño de las y los docentes, requiriendo de la intervención de
otros profesionales que puedan aportar la información necesaria para
realizar las adecuaciones curriculares dentro del aula.
Todo este proceso es conocido como “psicopedagogía de las
emociones”, término acuñado por Bisquerra (2010), y que se compone
de tres elementos, mismos que a continuación se mencionan de forma
breve:
1. Neurofisiológicos. Refiere a respuestas involuntarias que dan
a partir de diferentes estímulos que son recibidos a través de
nuestros sentidos, en determinadas situaciones; estas
pueden ser identificadas a través de signos o síntomas como:
taquicardia, sudoración, presión sanguínea, etc.
100
2. Comportamentales. Se trata de la expresión que una persona
realiza con su cuerpo ante determinados estímulos y
situaciones; estos pueden ser “manipulados” con la finalidad
de que la persona pueda tener cierto control sobre actos
como: tono de voz, movimientos corporales, tics, entre otros.
3. Cognitivos. Son de carácter subjetivo e intervienen de forma
determinada en cada persona, considerando sus
experiencias de vida, así como la capacidad para identificar
y etiquetar las emociones y sentimientos.
Con base en lo antes mencionado, se puede afirmar que las
respuestas emocionales no pueden ser controladas por las personas,
teniendo en cuenta que se trata de un proceso neurofisiológico; sin
embargo, a través de un proceso de enseñanza y aprendizaje, se puede
lograr que las y los estudiantes adquieran estrategias que les permita
mantener un control comportamental y cognitivo, disminuyendo la
posibilidad de reaccionar impulsivamente, tomando decisiones que
puedan favorecerle y que, en determinadas situaciones, permitirán la
resolución de conflictos con otras personas.
Se debe mencionar que la educación emocional se complementa
con las aportaciones que realizan las neurociencias al proceso de
aprendizaje, por lo que las adecuaciones curriculares deben contribuir
101
al desarrollo de habilidades socioemocionales teniendo en cuenta el
nivel de maduración del cerebro, así como las diferencias que puedan
existir entre las niñas, niños y adolescentes, principalmente. Si a esto
último se incluyen las personas jóvenes y adultas, es necesario
considerar sus propias características, permitiendo la adquisición o
fortalecimiento de las habilidades emocionales y sociales.
Pese a todo lo antes mencionado, y la importancia que puede
representar su integración dentro del sistema educativo, existen dos
aspectos que demuestran que no ha logrado ser implementada de
forma eficiente. En este sentido, se debe señalar la carencia de
contenidos en los currículos de formación de profesionales del área de
la educación, lo cual influye en el otro punto a considerar, que es la
enseñanza de habilidades socioemocionales dentro del aula.
De esta forma, sí las y los docentes a cargo de grupos no cuentan
con los conocimientos y destrezas necesarias para posibilitar la
educación emocional, los objetivos contemplados en programas como
la “Nueva Escuela Mexicana” o la “Agenda 2030”, difícilmente serán
alcanzados. Es así como la actual problemática que se presenta en el
sistema educativo mexicano se centra en facilitar no sólo la adquisición
de habilidades emocionales, sino también el desarrollo de valores y
conductas benéficas para las personas y la comunidad.
102
Desarrollo Integral y Competencias para la Vida
Tal como se ha podido apreciar, la educación emocional contribuye a
un desarrollo óptimo de las personas, además de fomentar la
individualidad e integración social, lo que lleva al sistema educativo a
un rompimiento con el paradigma centrado en la generación de
conocimientos y habilidades cognitivas, dándole énfasis al bienestar de
las personas. Si bien, anteriormente se ha mencionado las
problemáticas existentes en el sistema educativo, cada vez hay más
profesores y profesoras que ven en la inteligencia emocional una forma
de intervenir ante situaciones de bajo aprovechamiento académico,
fomentando la motivación y la resolución de problemas, dejando de lado
prácticas grupales que lleven a un control de las y los estudiantes, sino
a guiar y orientar su conducta.
En este sentido, Planas (2014, p. 19) comenta que: “en la
sociedad del futuro se va a hacer cada vez más necesario la existencia
de personas con gran madurez emocional capaces de tolerar la
frustración, de trabajar en equipo, de ser fácilmente motivables y con
gran capacidad de liderazgo”.
Esto último, es lo que permite que las personas puedan buscar
una calidad de vida favorable y centrada en el bienestar; lo cual implica
dos aspectos: 1) uno subjetivo, que depende de la percepción de cada
103
individuo y de sus experiencias de vida; y 2) otro objetivo, que se enfoca
a aspectos como la salud física y mental, la autonomía, la posibilidad
de obtener recursos materiales y mantener relaciones interpersonales
sanas. Cabe señalar que esto nos permite hablar de un bienestar
general, y que será independiente del nivel académico o la edad de la
persona.
Además de esto, es necesario comprender que la práctica
docente también requiere ser evaluada, identificando el nivel de
bienestar que le brinda a las y los docentes. Nuevamente se debe
considerar que una persona que no cuenta con ciertas habilidades,
conocimientos o satisfacciones, difícilmente podría fomentar que otras
personas puedan desarrollar dichas competencias. Cornejo y Quiñonez
(citados en Hué, 2014, p. 44) señalan que la profesión docente cuenta
con un alto nivel de burnout, derivado de la exigencia que sus
actividades requieren desde su formación y obtención de un grado
académico, así como el desgaste que presenta el trabajo con uno o
varios grupos, incluyendo las descalificaciones que pueden recibir por
parte de la sociedad, comunidad estudiantil y los padres y madres.
Por estas razones, la educación emocional es fundamental para
el fomento de un bienestar óptimo en cada una de las personas, siendo
los niveles de educación preescolar, básica y media superior, los
104
idóneos para implementar estrategias dirigidas al desarrollo de
competencias socioemocionales que permitan enfrentar los retos que
surgen en la vida diaria, además de los ámbitos académicos y
profesionales. Sin embargo, no debe olvidarse que, en el nivel
educativo superior, se debe atender el fortalecimiento de estas
competencias, o en caso de que no existiera una adecuada
implementación, tratar de “cubrir” el rezago, permitiendo así el
desarrollo de una inteligencia emocional apropiada.
Es pues, que las competencias socioemocionales deben estar
encaminadas al desarrollo del bienestar de las personas, brindando
herramientas para dar respuesta a las problemáticas que pueden
presentárseles, cubriendo sus necesidades y deseos. Para esto,
Bisquerra (2007), describe que estás habilidades deben contar con
ciertas características, las cuales son:
1. Fijar objetivos adaptativos. Esto se contempla como la capacidad
para establecer metas que se consideren positivas y realistas.
2. Toma de decisiones. Se trata de una habilidad indispensable en
cualquier situación y contexto, brindando la posibilidad de asumir
responsabilidades de las acciones que cada persona realiza,
teniendo en cuenta aspectos éticos y sus posibles
consecuencias.
105
3. Búsqueda de ayuda y recursos. Consta de reconocer la
necesidad de apoyo, además de identificar los recursos
disponibles en el momento.
4. Ciudadanía activa, cívica, responsable, crítica y comprometida.
Este punto está orientado al reconocimiento de los derechos y
obligaciones que tiene cada persona al formar parte de una
colectividad que, a su vez, permite desarrollar un sentido de
pertenencia y participar de forma efectiva, contribuyendo a
mejorar la sociedad.
5. Bienestar subjetivo. Refiere a la capacidad de disfrutar de forma
consciente a través de las experiencias vividas, además de
fomentar que otras personas alcancen un bienestar óptimo.
6. Fluir. Se considera como una habilidad para generar condiciones
apropiadas para la vida, personal y socialmente, además de
abarcar los ámbitos académico y profesional.
A partir de estas características, el bienestar siempre girará en
torno a la propia percepción de la realidad que se vive, haciendo una
evaluación del pasado y de lo que actualmente ocurre, permitiendo
definir un nivel de satisfacción. Además, de acuerdo con Torrabadella
(citada en Hué, 2016, p. 39), se puede mencionar que el bienestar se
relaciona con la resiliencia, por lo que, una persona que cuenta con las
106
habilidades socioemocionales adecuadas podrá analizar las causas de
una problemática que le aqueje, determinando si puede realizar algo
para solucionarla o, por el contrario, sólo debe ser aceptada. Es pues,
que todo este proceso llevará a que las personas puedan definir su
propio proyecto de vida.
Es así como se puede concluir que la educación emocional permite
que las personas cuenten con un desarrollo integral, potenciando la
construcción de una identidad, además de tener consciencia y control
de uno mismo, promoviendo una buena interacción interpersonal. En
cuanto a los programas de educación, estos deben enfocarse en
brindar a las y los estudiantes las herramientas necesarias para
enfrentarse a los diversos retos que puedan presentarse en la
cotidianeidad, permitiendo alcanzar una felicidad y satisfacción con el
estilo de vida elegido.
El desarrollo de la metacognición
Más allá de la capacidad del aprendizaje, está la capacidad de mejorar
dicho proceso, adquiriendo estrategias para autorregular el propio
aprendizaje, aprendiendo a pensar a través del uso de herramientas
cuya selección y aplicación, permiten el autocontrol de individuo, esto
habla de sujetos que han logrado adquirir y desarrollar habilidades
107
metacognitivas (Mayo, Suengas y González, citado en Allueva, 2002).
Para ello, es fundamental el pensamiento, proceso de alto nivel, que
implica una actividad global del sistema cognitivo, en el que intervienen
de forma dinámica los procesos psicológicos más básicos como la
memoria, la atención, la comprensión. La adquisición de aprendizajes
declarativos, que permiten la recepción y vinculación de información,
creando un significado e incluso, permitiendo la elaboración y
organización de la información entrelazada. Los conocimientos
procedimentales, que permiten que el sujeto pueda clasificar y
manipular información, para ello, es fundamental la adquisición de
patrones y el uso de la generalización y la discriminación, así como el
uso de reglas y la adquisición de procesos o fases (Allueva, 2002).
Las principales herramientas que se utilizan para que se
desarrolle la metacognición son: reglas, patrones y destrezas. Allueva
hace un recorrido sobre las definiciones de la metacognición, Brown
define que la metacognición es “el conocimiento de uno mismo
concerniente a los propios procesos y productos cognitivos o a todo lo
relacionado con ellos” (P. 69). En Favell destaca el conocimiento de los
procesos y productos cognitivos que tiene cada sujeto de sí mismo;
para Nickerson, Perkins y Smith la define como “... el conocimiento
sobre el conocimiento y el saber, e incluye el conocimiento de las
108
capacidades y limitaciones de los procesos del pensamiento
humano…" (P. 69). Se concluye que hay cuatro habilidades o
herramientas fundamentales en la metacognición: a) Saber cuándo uno
sabe, b) Saber lo que uno sabe; c) Saber lo que necesita saber y d)
Conocer la utilidad de las estrategias de intervención.
El desarrollo de la metacognición es fundamental en el desarrollo
de la conciencia del sí en el ser humano, lo cual permite tener un sentido
de sus habilidades, destrezas y las limitaciones que pueden existir de
los conocimientos adquiridos a lo largo de la vida y en un sistema
educativo formal. El desarrollo de este proceso psicológico, dota al ser
humano de herramientas fundamentales para su propio desarrollo y la
interacción con los otros. Si bien, la metacognición es fundamental para
los saberes que implican conocimientos formales, es fundamental en el
desarrollo de habilidades y competencias emocionales, puesto que
permite aplicar la conciencia de las propias emociones, y también, al
permitir generar conciencia del otro, permite aplicar estas herramientas
en la interacción social con los individuos de los grupos sociales en los
que interactúa.
La adquisición de reglas, normas, valores y principios adquiridos
en el núcleo familiar, en los grupos sociales a los que pertenece y en la
educación formal, dentro del currículo establecido, permiten la
109
adaptación ideal dentro del sistema social al que sujeto pertenece. El
desarrollo de las herramientas metacognitivas permite que el sujeto sea
capaz de autorregular el comportamiento, permitiendo la generación de
conductas adaptativas en aquellas situaciones sociales que conlleven
a un bienestar individual y colectivo. Así mismo, el uso de otras
herramientas, permitiría el análisis y adaptación a nuevos patrones
sociales, derivados de la interacción con grupos nuevos, ante
situaciones nuevas o emergentes que puedan generar cierto grado de
incertidumbre.
Sobre la Educación en Valores
Hasta este punto, es posible comprender que la educación tiene
grandes implicaciones en la formación de las personas, además de que
esta puede ser considerada como un medio para transformar la realidad
social, fomentando la adquisición de valores y conductas que permitan
a cada individuo una apropiada interacción dentro de la comunidad.
Sin embargo, también se debe tener en cuenta que el actual
contexto social refleja una carencia de valores, mismo que se
desprende de las características del modelo económico, mismo que se
enfoca en la satisfacción de las propias necesidades y deseos, sin tener
en cuenta la forma en como son alcanzadas dichas metas; además de
110
esto, también es necesario apreciar que, por medio de la globalización
y el intercambio cultural que se presenta como consecuencia, las
personas han podido acceder y conocer distintos sistemas de
creencias, lo que sólo genera una confusión y desorientación sobre la
forma en que se debe actuar al momento de interactuar con otras
personas. Estos puntos son parte de lo que las y los profesionales de
la educación deben analizar al momento de implementar estrategias
que estén orientadas a la adquisición y fortalecimiento de los valores.
Con lo antes mencionado, es posible determinar que un modelo
educativo basado en el desarrollo de valores debe tener en cuenta dos
aspectos: uno social, que permita la comprensión de múltiples aspectos
socioculturales; y otro filosófico, que lleve al entendimiento los valores
y cómo pueden ser integrados de forma transversal dentro de los
programas educativos. De tal forma, estos aspectos se sincronizan con
el séptimo punto de la Declaración de la XXI Conferencia
Iberoamericana de Educación (2011), la cual no sólo hace énfasis en el
derecho de niñas, niños y adolescentes a recibir una educación basada
en valores, sino que también se aborda de forma explícita el abordaje
de temas relacionados con los derechos humanos y la participación
democrática que, a su vez, requiere el desarrollo de habilidades como
la toma de decisiones.
111
Prida y Pardo (citados en Larios, 2017, p. 73) afirman que: “la
educación en valores es un proceso sistémico, pluridimensional,
intencional e integrado que garantiza la formación y el desarrollo, el cual
se concreta a través de lo curricular, extracurricular y en toda la vida
escolar del alumno”. En este sentido, se debe comprender que, al igual
que las habilidades emocionales, los valores no sólo deben tratar de
enseñarse a partir de actividades curriculares, pues en muchas
ocasiones sólo serán vistos como teorías o con complicaciones para
ser aplicados en los diferentes ámbitos en los que se desenvuelvan las
y los menores y adolescentes. De tal forma que es necesario integrar
actividades extracurriculares de tipo cultural, artístico y deportivo,
permitiendo así la apreciación de las diferentes características de
nuestra sociedad.
Es pues, que la educación debe contribuir a la formación integral
de las personas, entendiendo que los valores son componentes
esenciales de su personalidad y la forma de expresión de cada una,
manifestándose a través de conductas y comportamientos
intencionados y conscientes que, al mismo tiempo, pueden llevar a la
disposición a ser agentes de cambio, capaces de influir en la comunidad
en la que se desenvuelven. Como complemento de esto, Arana y
Batista (1999, p. 10) mencionan tres condiciones para una educación
112
en valores: a) conocer aspectos internos de las y los estudiantes tales
como sus intereses, motivaciones, actitudes y proyecto de vida; b)
comprender el entorno ambiental y así determinar las posibilidades de
actuación; y c) definir un modelo idóneo de educación.
Es importante mencionar que la adquisición de los valores se
logra sólo a través de la experiencia de cada persona, por lo que estos
deben ser enseñados y aplicados durante las diferentes etapas de
desarrollo del individuo, lo que llevará a que se consoliden como un
aspecto cognitivo; esto es lo que permitirá que puedan considerarse
como competencias.
Al momento de considerar la enseñanza de valores, actualmente
se tienen como base los postulados del desarrollo moral de Kohlberg y
Dewey (citados en Larios, 2017, p. 76), mismos que han permitido la
construcción de modelos educativos enfocados en valores y que
cuentan con dos finalidades: a) la estimulación de niñas y niños para
que puedan alcanzar un estadio de desarrollo moral superior al que
cuentan en determinado momento académico; y b) promover una
actitud que permita alcanzar cierta consistencia entre el juicio y la
actuación.
A partir de esto último se puede determinar la importancia de
mantener cierta coherencia entre los aspectos emocionales, cognitivos
113
y conductuales de las personas, puesto que no sólo basta saber o sentir
que una situación está mal, dejando de lado la posibilidad de poder
intervenir o simplemente buscar ayuda; o bien, entender que una acción
está mal, pero aun así se lleva a cabo debido a los “beneficios” que
puede tener. Sin embargo, se debe tener en cuenta que, en muchas
ocasiones, los valores se guían por aspectos morales, los cuales son
determinados por la cultura en la que se encuentra inmersa cada
persona, indicando las acciones que son buenas y malas, o bien, que
se considera que “todos lo hacen”, dando cierta permisividad para su
realización.
Es en este punto en donde las adecuaciones curriculares y
estrategias didácticas deben estar bien definidas, permitiendo alcanzar
las metas propuestas en los modelos educativos. En México, el
Acuerdo 592 de Educación Básica (2011) delimita ciertos aspectos
pedagógicos que están encaminados a la calidad educativa, así como
la necesidad de resolver los problemas que están presentes en nuestra
realidad social; de estos puntos, podemos destacar:
1. Centrar la atención en los estudiantes y sus procesos de
aprendizaje. Lo cual conlleva el reconocimiento de la diversidad
sociocultural, de ritmos y estilos de aprendizaje, así como de las
114
capacidades de cada estudiante, lo cual puede permitir el
desarrollo de aprendizajes significativos.
2. Generar ambientes óptimos de estudio. En este sentido, se
requiere de la creación de espacios que fomenten la
comunicación e interacción entre los estudiantes y docentes,
además de involucrar a la familia, considerando que la casa
también es un ambiente en el que se producen aprendizajes.
3. Fomentar el trabajo colaborativo. Esto con el objetivo de que
docentes y estudiantes puedan participar en la búsqueda de
soluciones que lleven a la construcción de aprendizajes, además
de que se fomentan actitudes como la inclusión, el liderazgo y la
responsabilidad.
4. Incorporar temas de relevancia social. Dentro de este punto se
aborda la necesidad de incluir temas relacionados con el
desarrollo sostenible, pues se debe tener en consideración
problemáticas que inciden en el medio ambiente, la comunidad en
la que nos encontramos y las decisiones personales que llevan a
formar un proyecto de vida.
5. Renovar las normas de convivencia entre estudiantes, docentes,
familia y la escuela. Esto tiene como objetivo la revisión de las
reglas y normas de la institución educativa, con la finalidad de
115
mantener un respeto y equilibro entre los derechos y
responsabilidades de cada participante; esto lleva a establecer un
compromiso compartido y fomentar el liderazgo.
6. Programas de tutoría y asesoría académica. Sustentados en una
atención individualizada y de acompañamiento, pueden estar
dirigidos a estudiantes que presentan rezago o aptitudes
sobresalientes, o bien, a docentes que requieren apoyo para el
abordaje de los programas de estudio.
Dentro de estos mismos lineamientos se tiene en consideración
dos estrategias metodológicas que deben implementarse dentro del
aula: a) la discusión y diálogo sobre problemáticas sociales, las cuales
deben ser adaptadas al nivel escolar del grupo, además de propiciar la
técnica de “role-talking”, la cual puede llevar al desarrollo de la empatía
y una adquisición de aspectos morales; y b) fomentar un sistema
pedagógico y comunidad escolar que se fundamente en la participación
democrática, lo cual también tiene una implicación en el desarrollo
moral.
El desarrollo de una propuesta de educación en valores, debe
iniciarse desde la educación preescolar y consolidarse en la educación
superior, integra aspectos tanto morales como éticos, que permitan una
adaptación funcional en los distintos espacios en los que el sujeto se
116
desenvuelve. Estas herramientas servirán a lo largo de la vida y
contribuirá en la formación de ciudadanos que contribuyan al desarrollo
de la familia, la sociedad, el país y el mundo.
En una sociedad en constantes cambios sociales, económicos,
de salud, es fundamental que las y los estudiantes tengan una
formación que, si bien no da conocimientos inamovibles o fijos, permite
tener esquemas de referencia que pueden ser la base a nuevos
esquemas adaptativos, y que puedan autorregularse, derivado de la
capacidad metacognitiva de cada sujeto.
Conclusiones
El desarrollo de la inteligencia emocional es fundamental en los
individuos de la sociedad, debido a que esta dota de herramientas para
el desarrollo personal y social, el cuidado de sí y de los otros, así como
el mejoramiento de la percepción de bienestar. El conjunto de
herramientas desarrolladas forma parte de un constructo denominado
competencias socioemocionales, las cuáles se diferencian de las
competencias profesionales al ser propias del individuo y necesarias
para su adaptación social. El desarrollo de las competencias
emocionales dentro del marco educativo está atribuido a la educación
socioemocional, propuesta pedagógica que busca desarrollar
117
estrategias en el marco curricular para que las y los estudiantes
adquieran de forma paulatina, considerando su nivel de desarrollo
neurocognitivo y psicosocial y sean capaces de usarlas para el cuidado
de sí y de los demás en los contextos sociales en los que se
desenvuelven.
El ejercicio para el desarrollo y consolidación de los procesos
psicológicos como la metacognición, es fundamental como
herramienta, que se comienza a desarrollar de forma implícita e
informal en el núcleo familiar y que adquiere formalidad dentro del
proceso educativo en cada sistema escolar. Las herramientas
metacognitivas y cognitivas contribuyen tanto a la consolidación de las
competencias profesionales como a la de cuidado de sí, que permite el
autocuidado y la autorregulación para la toma de decisiones que
contribuyen al autocuidado y las conductas adaptativas con base a las
normas sociales establecidas. La educación en valores es una
propuesta pedagógica que debe replantearse, para mostrarse como
una propuesta integral, que abarque desde la neurociencia hasta las
concepciones subjetivas que conllevan la parte moral y ética en el
estudio de los valores. Esto permitirá a los estudiantes, aplicar las
competencias emocionales, las herramientas cognitivas y
metacognitivas, en el funcionamiento social, generando ciudadanos
118
conscientes de sí y de los otros, tanto de forma adaptativa, como de
forma emergente, ante situaciones nuevas que generen incertidumbre
en el sujeto.
La educación emocional y la formación en valores dotan de
herramientas a las y los estudiantes, en un marco formal para el
desarrollo de habilidades que permitan una adaptación social íntegra.
Se plantea el trabajo paulatino desde la educación preescolar, hasta el
nivel superior, incluyendo posgrado, que permitan que las y los
estudiantes atiendan a las diversas situaciones a las que se enfrenta el
ser humano a lo largo de la vida. Desde situaciones personales,
sociales, académicas y laborales, así como situaciones emergentes, a
las que no se tengan todas las herramientas suficientes. Esta base,
permitirá que se puedan crear nuevos esquemas que puedan irse
mejorando o perfeccionando con base a la capacidad resolutiva y
efectiva en cada situación.
Referencias
Allueva, P. (2002). Conceptos básicos sobre metacognición. En P. Allueva,
Desarrollo de habilidades metacognitivas: programa de Intervención.
Zaragoza: Consejería de Educación y Ciencia. Diputación General de Aragón,
59-85.
Arana, M. y Batista, N. (1999). La Educación en valores: una propuesta pedagógica
para la formación profesional. Pedagogía Universitaria 4 (3), 1-30.
[Link]
119
Bisquerra, R. (s. f.). La inteligencia emocional según Salovey y Mayer. Red
Internacional de Educación Emocional y Bienestar. [Link]
Bisquerra, R. (2003). Educación emocional y competencias básicas para la vida.
Revista de Investigación Educativa 21 (1), 7-43.
Bisquerra, R. (2007). Las competencias emocionales. Educación XXI 10, 61-82.
Bisquerra, R. (2006). Educación emocional y bienestar. Wolters Kluwer.
Bisquerra, R. (2010). Psicopedagogía de las emociones. Editorial Síntesis.
Bisquerra, R. (2011). Educación emocional. Descleé de Brouwer.
Bisquerra, R. y Hernández, S. (2017). Psicología positiva, educación emocional y
el programa aulas felices. Papeles del Psicólogo 38 (1), 58-65.
Bisquerra, R. y Pérez, N. (2007). Las competencias emocionales. Revista
Educación XXI 10 (1), 61-82.
[Link]
Bisquerra, R. y Pérez, N. (2012). Educación emocional: estrategias para su puesta
en práctica. Avances en Supervisión Educativa 16.
Camps, V. (2013). Breve historia de la ética. RBA Libros.
Fernández, P. y Extremera, N. (2009). La inteligencia emocional y el estudio de la
felicidad. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado 66 (23),
85-108. [Link]
Fragoso, R. (2015). Inteligencia emocional y competencias emocionales en
educación superior, ¿Un mismo concepto? Revista Iberoamericana de
Educación Superior 6 (16), 110-125.
[Link]
Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Editorial Kairos.
Goleman, D. (1998). La práctica de la inteligencia emocional. Editorial Kairos.
Goleman, D. (2010). La inteligencia emocional. Por qué es más importante que el
cociente intelectual. Editorial Kairos.
Goleman, D. (2010). Inteligencia Social. La nueva ciencia de las relaciones
humanas. Editorial Kairos.
Goleman, D. (2012). El cerebro y la inteligencia emocional. Ediciones B.
Hué, C. (2014). Bienestar professional e inteligencia emocional. En Inteligencia
emocional y bienestar (pp. 42-67). Universidad de Zaragoza.
120
Hué, C. (2016). Inteligencia emocional y bienestar. En Inteligencia emocional y
bienestar II (pp. 32-44). Asociación Aragonesa de Psicopedagogía.
Larios, E. (2017). Educación en Valores. Revista RAITES 3 (6), 69-87.
[Link]
Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la
Cultura (2016). XXI Conferencia Iberoamericana de Educación. En
Conferencias Iberoamericanas de Educación (pp. 99-102).
[Link]
Palmero, F. y Martínez-Sánchez, F. (2008). Inteligencia Emocional: Definición,
Evaluación y Aplicaciones desde el Modelo de Habilidades de Mayer y
Salovey. En Motivación y Emoción (pp. 407-438). McGraw Hill.
Parra, J. (2003). La educación en valores y su práctica en el aula. Tendencias
Pedagógicas 8, 69-88. [Link]
Pearson (2022, 31 de octubre). Nueva Escuela Mexicana: Lo que necesitas saber
de este modelo. [Link]
Secretaria de Educación Pública (2011). Acuerdo número 592 por el que se
establece la articulación de la educación básica. [Link]
121