Universidad Santo Tomas
Licenciatura en Filosofía y Letras
Filosofía Política
De: Juan Esteban Otálora
Para: El profesor Nelson Fernando Alba y compañeros del curso.
La Legitimidad Del Poder Político En El Libro I Del Contrato Social De Rousseau
Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) nace en Ginebra, en el seno de una ciudad-
república marcada por una fuerte tradición cívica y religiosa que enfatiza la ciudadanía y la
participación política. La experiencia de una pequeña república, atravesada por tensiones
entre elites y pueblo, lo cual alimenta posteriormente su ideal de soberanía popular y de
voluntad general, visible en El contrato social (Rousseau). En el contexto de la Ilustración
del siglo XVIII, Rousseau se sitúa en una posición crítica frente al optimismo racionalista y
al discurso lineal del progreso, tal como se aprecia en sus Discursos y culmina en El
contrato social, publicado en 1762. En esta obra declara que su propósito es examinar si
puede haber alguna regla de administración legitima y segura en el orden civil, es decir, un
principio normativo que justifique la obediencia política sin reducirla a miedo o interés
privado.
Desde el punto de vista de la tradición del derecho natural, Rousseau dialoga y
discute con autores como Hobbes y Locke, que también recurren a la figura del pacto.
Mientras Locke fundamenta el gobierno civil en la preservación de la propiedad y defiende
el derecho a la resistencia frente al abuso del poder, Rousseau lleva más lejos la exigencia
de legitimidad al subordinar toda forma de autoridad a la voluntad general del pueblo
soberano…
Ya habiendo contextualizado al autor, me permito seguir con la tesis que organiza
esta relatoría la cual sostiene que, en el Libro I de El contrato social, Rousseau defiende
que la única autoridad política legítima es la que surge de un pacto social por el cual cada
individuo se “enajena totalmente” a la comunidad, constituyendo un cuerpo colectivo cuya
voluntad general es la única fuente legitima de ley y, al mismo tiempo, la condición de
posibilidad de la libertad. A partir de esta tesis se siguen varias consecuencias: la fuerza no
genera derecho, la esclavitud es incompatible con la humanidad del sujeto, el pacto social
implica una asociación total e igualitaria, y el paso del estado natural al estado civil
transforma la libertad natural en libertad civil y moral sin anular la autonomía.
[Escriba aquí]
En esta perspectiva, el dialogo con Locke permite iluminar las especificidades del
modelo rousseauniano. Ambos piensan el origen legítimo del poder en términos de
contrato, pero divergen en tres puntos decisivos: el lugar de la propiedad, la estructura del
pacto y el concepto de libertad implicado. Locke, en el Segundo tratado sobre el gobierno
civil, define como fin principal del Estado la preservación de la propiedad (en sentido
amplio: “vidas, libertades y posesiones”), mientras que Rousseau coloca en el centro la
libertad e igualdad morales de los ciudadanos como coproductores de la voluntad general.
Crítica de la fuerza y rechazo de la esclavitud (capítulos I-IV)
El Libro I se abre con la frase “El hombre ha nacido libre y, sin embargo, por todas
partes se encuentra encadenado” (Rousseau, 2009, pág. 34), que introduce el núcleo del
problema: explicar cómo se pasa de una libertad originaria a una situación de obediencia
sin recaer en la mera dominación. Contra la idea de que la fuerza funda el derecho,
Rousseau insiste en que “el más fuerte nunca es bastante fuerte para ser siempre el señor si
no trasforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber” (Rousseau, 2009, pág. 38),
negando que la coacción física pueda generar obligación moral.
En la crítica al “Derecho del más fuerte” (Rousseau, 2009, pág. 38), Rousseau
muestra que, si el derecho se identifica con la fuerza, cualquier mutación de correlaciones
de poder anularía la obligación de obedecer, de modo que obedecer seria solo un acto de
prudencia. “Ceder a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad” (Rousseau, 2009,
pág. 38), subraya, y por ello no puede fundar un vínculo político legítimo. La consecuencia
es decisiva: ni la conquista, ni la guerra, ni el miedo pueden construir por si solos un
derecho político.
En el tratamiento de la esclavitud, Rousseau argumenta que un hombre no puede,
sin contradicción renunciar a su propia libertad de manera legítima, porque ello equivaldría
a renunciar a la condición de sujeto moral y a los deberes que lo constituyen como tal.
Afirma que “renunciar a la libertad es renunciar a la cualidad de hombre, a los derechos de
la humanidad, incluso a sus deberes” (Rousseau, 2009, pág. 41) , y concluye que el
pretendido derecho de esclavitud es nulo, no solo porque es ilegitimo, sino porque es
absurdo.
2
[Escriba aquí]
En este punto se puede introducir un contraste con Locke. En el Segundo tratado,
Locke sostiene igualmente que nadie puede ceder a otro un poder absoluto sobre su propia
vida, porque nadie puede otorgar más poder del que tiene, lo que le permite rechazar una
esclavitud absoluta fundada en contrato. No obstante, Locke admite una forma de
esclavitud derivada de la guerra justa, definida como “estado de guerra continuado entre un
legítimo vencedor y su cautivo”, que se mantiene mientras no haya nuevo pacto. Rousseau,
en cambio, niega la validez de todo derecho de conquista que convierta al vencido en
esclavo legítimo, dado que la fuerza, aun cuando se la juzgue “justa” en la guerra, no se
transforma por sí misma en obligación política.
El pacto social como asociación total y voluntad general (capítulos V-VII)
Tras descartar la fuerza y la esclavitud como fundamentos, Rousseau aborda la
cuestión positiva del origen de la legitimidad. El núcleo del capítulo VI es la formulación
de la cláusula del contrato social: “Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo
su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y recibimos a cada miembro
como parte indivisible del todo” (Rousseau, 2009, pág. 46). El pacto consiste, por tanto, en
una enajenación total e igual de cada uno a favor de la comunidad, de manera que nadie
queda sometido a la voluntad particular de otro individuo, sino únicamente a la voluntad
general.
El contrato produce una doble dimensión del mismo sujeto: como miembro del
soberano, cada individuo participa en la formación de la voluntad general; como súbdito, se
somete a las leyes emanadas de esa voluntad. Rousseau describe el resultado del pacto
como una “persona moral” denominada cuerpo político, republica o Estado, que posee un
“yo común” distinto de la suma aritmética de las voluntades particulares. De este modo, la
sociedad política ya no es solo una agregación de intereses privados, sino una unidad
normativa que puede hablar en nombre del bien común.
El pasaje según el cual “quienquiera que se niegue a obedecer la voluntad general
será obligado a ello por todo el cuerpo; lo que no significa otra cosa, sino que se le obligará
a ser libre” (Rousseau, 2009, pág. 49) es decisivo para comprender la especificidad de la
coacción legitima. La fuerza política no se ejerce aquí como imposición de una voluntad
ajena, sino como instrumentos para garantizar que cada ciudadano permanezca fiel al
3
[Escriba aquí]
compromiso de obedecer la ley que él mismo ha contribuido a dictar, en tanto parte del
soberano. La coerción legitima actúa, por tanto, contra la voluntad particular cuando esta se
separa del bien común, restituyendo al sujeto a su condición de ciudadano libre.
En comparación, Locke concibe el pacto como un acuerdo mediante el cual los
individuos, para salir del estado de naturaleza, renuncian al poder de hacerse justicia por sí
mismos y establecen un poder legislativo encargado de dictar leyes conocidas y comunes.
El objetivo explícito es la preservación de su propiedad, y el consentimiento se traduce en
la aceptación del gobierno que protege vida, libertad y bienes. Para Rousseau, en cambio, el
centro de gravedad del pacto no es la protección de propiedades preexistentes, sino la
construcción de un sujeto colectivo soberano cuya voluntad general fija el sentido del bien
común al que quedan subordinados los intereses particulares.
Del estado natural al estado civil: libertad natural, civil y moral (capítulos
VIII-IX)
El tránsito del estado de naturaleza al estado civil comporta, para Rousseau, una
transformación antropológica. En el estado civil, la conducta ya no se rige solo por el
instinto sino por la justicia, y las acciones adquieren una “moralidad” que antes no tenían,
Rousseau sostiene que, gracias al pacto, “se elevan las facultades, se extienden las ideas, se
ennoblecen los sentimientos” (Rousseau, 2009, pág. 50), hasta el punto de que el hombre,
que hasta entonces no había mirado más que así mismo, se ve obligado a obrar según
principios y a consultar la razón.
Para clarificar esta mutación, distingue entre libertad natural, libertad civil y libertad
moral. La libertad natural se define como el derecho ilimitado a todo lo que el individuo
puede alcanzar, limitando únicamente por su fuerza. La libertad civil, en cambio, se halla
limitada por la voluntad general y se acompaña del derecho de propiedad sobre los bienes
reconocidos como legítimos por el cuerpo político. A esto añade la libertad moral, “la única
que verdaderamente hace al hombre dueño de sí mismo”, porque el “impulso exclusivo del
apetito es esclavitud, y la obediencia a la ley que uno se ha prescrito es libertad” (Rousseau,
2009, pág. 50)
4
[Escriba aquí]
Esta última dimensión resulta clave para la idea de legitimidad. El ciudadano es
libre cuando obedece leyes que reconoce como propias, no cuando sigue sin freno sus
deseos particulares. De este modo, el contrato social no suprime la libertad moral y política,
consiste en participar en la elaboración de la ley común y en someterse a ella como
expresión de la voluntad general.
En Locke también aparece una definición de libertad en términos jurídicos. La
libertad en sociedad consiste en no estar bajo más poder legislativo que el haya sido
establecido por consentimiento en el seno del Estado, y en no depender de la voluntad
inconstante, incierta, desconocida y arbitraria de otro hombre. Sin embargo, Locke no
desdobla la libertad en una dimensión moral autónoma ligada a la obediencia de la propia
ley; en este punto, la noción rousseauniana de libertad moral introduce una exigencia más
fuerte de auto legislación, aunque colectiva.
Propiedad, dominio real e igualdad moral (capitulo IX)
La cuestión de la propiedad aparece articulada por Rousseau a través del concepto
de “dominio real” y del derecho de primer ocupante. En el momento en que se forma el
cuerpo político, “cada miembro de la comunidad se da a ella […] con sus fuerzas, de las
cuales forman parte los bienes que posee” (Rousseau, 2009, pág. 51), de manera que el
Estado, respecto de sus miembros, es dueño de todos sus bienes por el contrato social.
Hacia el exterior, el derecho del Estado sobre el territorio se presenta, sin embargo, como
una prolongación del derecho de primer ocupante, semejante al de los particulares.
Para legitimar este derecho de ocupación, Rousseau establece varias condiciones
escritas. Debe tratarse de tierras no habitadas, solo puede ocuparse lo necesario para
subsistir y la apropiación ha de estar marcada por el trabajo y el cultivo, que constituyen “el
único signo de propiedad que, a falta de títulos jurídicos, debe ser respetado por los demás”
(Rousseau, 2009). Estas condiciones funcionan como criterio normativo para distinguir la
ocupación legitima de la usurpación injusta, evitando que un hombre o un pueblo “se
apodere de un territorio inmenso y prive de él a todo el género humano” (Rousseau, 2009,
pág. 52) lo que Rousseau considera abiertamente punible.
5
[Escriba aquí]
A partir de ahí, Rousseau desarrolla una paradoja significativa, al aceptar los bienes
de los particulares, la comunidad, lejos de despojarlos, “no hace sino asegurarles la legitima
posesión de los mismos, cambiar la usurpación en un verdadero derecho y el disfrute en
propiedad” (Rousseau, 2009, pág. 53) . Los propietarios devienen “depositarios del bien
público”, y sus derechos con garantizados por la fuerza del Estado frente a los extraños,
siempre bajo la condición de que su dominio privado permanezca subordinado al derecho
superior de la comunidad sobre el conjunto del territorio. El capítulo concluye con una
afirmación central: el pacto fundamental no destruye la igualdad natural, sino que la
sustituye por una “igualdad moral y legitima” (Rousseau, 2009, pág. 53) que convierte en
iguales, por convención y derecho, a quienes pueden ser desiguales en fuerza o talento.
En la teoría lockeana, la propiedad se construye de manera distinta. Locke sostiene
que el trabajo de su cuerpo y la labor producida por sus manos podemos decir que son
suyos, por lo que al mezclar ese trabajo con algo que la naturaleza ha dado en común, el
hombre lo hace propiedad particular, con la condición de dejar todavía suficientes bienes
comunes para los demás. La apropiación individual del terreno se legitima mediante el
cultivo y el uso independientemente de la existencia precia de una comunidad política, y la
finalidad declarada del pacto es proteger esa propiedad ya constituida. Rousseau, en
cambio, condiciona la legitimidad de la propiedad privada a su integración en el marco del
contrato social y a su compatibilidad con la igualdad moral y la voluntad general.
En suma, el Libro I del Contrato social permite comprender que Rousseau no se
limita a describir un origen hipotético del Estado, sino que propone un criterio normativo
de legitimidad según el cual solo es justo el poder que deriva de un pacto de asociación
total entre iguales, cuyo resultado es la voluntad general como única fuente valida de ley y
de libertad civil. Esta legitimidad excluye tanto el derecho del más fuerte como cualquier
forma de esclavitud o dominación patrimonializada, al tiempo que reconfigura la relación
entre individuo y comunidad en clave de autonomía colectiva. Frente a Locke, que sitúa la
preservación de la propiedad en el centro de la sociedad civil, Rousseau desplaza el eje
hacia la libertad moral y la igualdad política, mostrando que la verdadera obediencia
legitima no consiste en someterse a la voluntad de otro, sino en reconocer en la ley la
expresión de la propia voluntad general compartida.
6
[Escriba aquí]
Bibliografía
Rousseau, J. J. (2009). El contrato social . Madrid : Espasa-Calpe.