Capítulo II
Me imagino que aman la lluvia, ¿no, queridos
amigos? ¿Y quién no ma los tiempos fríos?, donde
puedes faltar a la escuela o al trabajo, quedarte en
el sillón viendo películas mientras, en tu mano
derecha, tienes una deliciosa taza de chocolate.
¿No? O lo relajante que es dormir mientras llueve,
las gotas golpeando el techo de lámina; sí, de
lámina. No crecí en un hogar de alguien adinerado.
Pues bien, el siguiente recuerdo que tengo ocurrió
una tarde lluviosa, mientras las gotas golpeaban el
gris techo de láminas. Desde muy joven dormía en
una habitación pequeña que, al caer la noche, se
volvía muy oscura: ni un rayo de luz entraba en
ella. Una habitación tan espantosa que aterraría
hasta al niño más sanguinario y despiadado que
exista. Pues, queridos amigos, nunca llegué a ser
alguien osado; entonces, ¿por qué estaba yo en
aquella habitación espantosa?
El único juguete que tenía en ella eran unos palillos
chinos, aquellos que se usan para medir si una tarta
está cocida. Tenía también un pequeño amigo
arácnido que caminaba por toda la habitación,
llenando cada rincón de telarañas, puesto que poco
se limpiaba ese lugar. Todo estaba lleno de los
hilos de mi amigo arácnido. A veces, ver por la
ventana el extenso cielo, observar cómo los pájaros
nadaban en él y oler la humedad del ambiente me
llenaba de ilusión. ¿Qué tan vil puede ser una
persona para negarle eso a un niño? Pues mi
habitación no gozaba de una ventana; a diferencia
de un preso, que sí tiene el placer de tener una
ventana en su celda, yo solo tenía unos palillos
chinos y un insecto de ocho patas para divertirme.
Pues bien, aquella noche —mi siguiente recuerdo
— era una noche lluviosa y oscura. Mi habitación
se encontraba, como todos los días, en penumbra.
Se escuchaba un pequeño goteo que chocaba con el
piso. Era alrededor de las siete de la noche. Me
encontraba cansado, con los ojos pesados por el
sueño. El sonido de la lluvia me relajaba y yo
estaba a punto de dormir cuando, de pronto, mi
madre gritó desde la otra habitación: “¡Ah!”.
Me levanté de golpe de la cama y corrí hacia su
cuarto. La encontré tirada en el suelo; llevaba un
moretón en la mejilla y —se me olvidó
mencionarlo antes— estaba muy barrigona. Entre
lágrimas me dijo que me largara. Detrás de ella,
dándome la espalda, se encontraba un monstruo:
ojos rojos como el rojo de un rubí, su mano
empuñada y en su expresión solo había ira.
No tardé en voltearme cuando una gran mano me
tomó del cuello y, como si yo fuera una pluma, me
levantó del suelo.
—Miren a este pequeño espanto, tan feo que me
dan ganas de vomitar con solo observarlo —
balbució aquel hombre de manos grandes, para
luego arrojarme al suelo como basura.
Desde el fondo de la habitación, mi madre solo se
dignó a observar con una mirada de desprecio.
¿Por qué mi madre me miraba con desprecio? ¿Por
qué mi madre nunca me ayudó? ¿Por qué mi
madre…? ¿Es acaso ella mi madre? ¿Es capaz una
madre de permitir tal monstruosidad contra su
propio hijo? Son las preguntas que me planteo
ahora, en la actualidad, queridos amigos. ¿Son
ustedes capaces de responderlas correctamente?
El dolor de la caída no fue nada comparado con el
miedo que sentía. Un llanto desgarrador se escapó
de mi garganta, acto que enfureció aún más a aquel
monstruo. Yo solo deseaba escuchar un “¡detente!”
salir de la boca de mi madre; pero solo había
silencio en su mirada. Fui cruelmente golpeado esa
noche, hasta el punto de no recordar nada más. Lo
último que puedo decir de ese día es que aprendí
que mil golpes no duelen tanto como la fría mirada
de la persona que amas.
Ese día no solo perdí el derecho a llorar; también
me enteré más tarde de que mi madre abortó
aquella noche. Y, sí, me sentí feliz. ¿Cómo no
sentirme feliz por mi hermanito? Si Dios existe, fue
muy bueno con él: lo salvó del infierno ese día. Y
qué trágico y achacoso es que un niño de seis años
sienta felicidad por la muerte de su hermano.
Por alguna razón que desconocía, algunos padres
enseñaban a sus hijos a leer ellos mismos. El punto
no es que esté mal hacerlo —de hecho, es lo debido
—, pero cierto detalle en específico se convirtió en
algo contradictorio para mí. Era normal ser
golpeado si fallabas al leer una palabra. Lo
pregunto porque yo no tenía elección: cada error
traía consigo un golpe.
El libro que me enseñó a leer… puedo decir que me
hizo no querer leer más nunca en mi vida. Mi jardín
se llamaba. En su portada, un niño sentado en el
tallo de un árbol se encontraba leyéndolo y
sonriendo, lo que me llamaba la atención, pues yo
no sonreía al intentar leer su contenido.
Otro elemento que me traía dudas era que la
primera oración que debes aprender es: “Mi mamá
me mima”. ¡Qué estúpido! ¿Cómo es posible que
una oración tan dulce esté en un libro donde debes
aprender mientras eres golpeado?
Agradezco que soy alguien inteligente; no pasó
mucho tiempo para que pudiera aprender a leer. Sin
embargo, al leer el contenido del libro Mi jardín, no
comprendía su significado. ¿Qué era el amor? Allí
conocí esa palabra, ya que otra de sus oraciones
decía: “Mi mamá me ama”.
¿En serio las madres llegan a amar a sus hijos? ¿No
solo nos dan vida y un hogar para vivir? Y, en
segundo lugar, ¿por qué diseñaron ese modo de
enseñanza? ¿En serio funciona golpear a los niños
para que aprendan?
Aprender a leer fue lo mejor que pude hacer. Mi
cuarto tenía un montón de libros —de los que no
había hablado porque no sabía qué eran— llenos de
polvo y algunos dañados por la polilla. Entre ellos
había uno que logró llamar mi atención. Tan solo el
deseo de abrirlo llamó la atención de mi madre,
quien ocultó todos los libros de mi cuarto y solo
dejó uno de matemáticas: un libro de cuarto grado.
Yo apenas sabía sumar, aunque lo aprendí
rápidamente en la escuela. Como mis días no eran
nada divertidos, me vi en la obligación de estudiar
matemáticas de cuarto grado estando en primer
grado de escuela básica. Logré dominar la adición,
la sustracción e incluso la multiplicación y la
división, cosa que en mi escuela no pasó
desapercibida. Fui promovido un grado por mi
excelente dominio y por la increíble capacidad
mental que demostraba.
Por ende, también desperté el interés de la familia,
y es aquí donde la conocí: la causante de traer la
maldición a mi vida.
Era una anciana un poco obesa; su rostro
comenzaba a llenarse de arrugas y desprendía un
olor antiguo, tal vez de sus ropas antañas. Era fea y
amargada, y además era la madre de él.
Una mañana nublada, mi madre me dejó con esa
señora. Mi cuerpo temblaba al verla; aunque me
dedicó una sonrisa, mi instinto —ya dañado— no
sabía en quién confiar.
—Oh, mi querido nieto —expresó con una firmeza
extraña para tales palabras—. Tanto tiempo esperé
por pasar tiempo contigo. Ven, adelante, siéntate
donde quieras.
Yo, sin poder decir una palabra, me dirigí al
interior de su casa. En la sala se encontraba una
pequeña silla de madera, algo sucia y desgastada,
de mala calidad y con apariencia de haber sido
hecha a mano.
—Siéntate en esa silla —propuso, colocando su
mano en mi hombro y dándome un empujón hacia
ella.
Comprendí que no era una opción, sino una orden.
Me di la vuelta e iba a dirigirle la palabra.
—Abu… —solo alcanzó a salir de mi boca antes de
recibir una cachetada que me tiró al suelo.
—¡Oye, niño asqueroso! Feo eres, y no me agradas.
No quiero que pronuncies una sola palabra
mientras pises mi hogar. Tu único lugar es esa silla
que mandé hacer solo y especialmente para ti —
dijo.
No sonrió ni se enojó; solo expresaba desprecio y
asco. No podía ni llorar; me daba más miedo soltar
una lágrima que la muerte misma. ¿Por qué no
puede un niño llorar libremente?
La sala no estaba vacía como mi habitación: ni una
sola telaraña se encontraba en ella. El suelo brillaba
como un espejo; casi podía ver mi reflejo en él.
Permanecí en aquella silla toda la mañana. La
anciana no me dirigió la palabra hasta el mediodía.
Me sentía exhausto y frágil; deseaba probar un
poco de alimento.
La ruin anciana se acercó con tan solo un vaso de
agua.
—Ten, niño guarro; este será tu almuerzo —
exclamó, colocando el vaso al lado de mi silla.
Recuerdo que se podía oír una máquina de coser
muy al fondo de la casa; en mis momentos de
delirio lograba escucharla con más fuerza.
Y casi lo olvido —¡cómo olvidar aquello que fue el
único agrado de mi vista ese día!—: en la pared se
encontraba un hermoso cuadro. En él estaba
pintada una gigantesca montaña; desde su cima
descendía un lago, con peces saltando en él. Y lo
que más me agradaba eran los palitos dibujados en
el cielo: esos palitos representaban aves.
Deseé poder ser un hermoso pajarito; un pajarito
que pudiera volar, extender sus alas sin miedo a
caer, navegar en el cielo azul y alimentarse de los
peces retratados. ¿Acaso esos son los pensamientos
de todos los niños?
Pasado un buen rato, pude observar que entraba un
rayo de sol ya bastante naranja, por lo que deduje
que era tarde. Debido a que no había comido nada
en todo el día, pensaba en algo parecido a la
muerte; sentía un profundo deseo de dejar de
existir. El vacío en mi pecho era más grande que el
de mi estómago. ¿Por qué debería pensar un niño
en la muerte?
Después de un largo rato —tal vez ya de noche—,
la anciana llegó con un pedazo de pan y lo arrojó al
suelo, quedando cerca de mis pies. No dijo ni una
sola palabra; solo me miraba directamente a los
ojos con expresión de asco. Sí, era un poco
horroroso: no fui querido por Dios, claro está, pues
no me dio buena apariencia. Pero, ¿es esa razón
suficiente para darle asco a una persona?
No podía mover mi cuerpo para tomar el pan y
comerlo. No fue hasta que la anciana cambió su
expresión y me dijo amablemente:
—Amado nieto, come el pan que te ofrezco con el
corazón —susurró.
Afuera se escuchó el sonido de un motor de auto
acercándose: mi madre había llegado. Tomé el pan
del suelo y, como un vagabundo con años sin
comer, devoré aquel pan tieso.
Entró mi madre a la sala y vio a mi abuela
conversando conmigo. La desquiciada anciana
actuaba como si fuera la persona más amable del
mundo; me ofreció chocolate y mi madre sonrió,
como lo hacía con todos.
Pero, ¿qué le sucedía a esa mujer? En mi mejilla se
encontraba un gran morado. ¿Por qué sonreía mi
madre al verme lastimado? ¿Por qué no dijo nada
sobre la marca en mi rostro?
No fue obstáculo para que, al día siguiente, me
dejara nuevamente con aquella vil anciana… y al
siguiente… y al siguiente día. Después de eso,
podría decirse que en este punto ya conocí el
verdadero infierno y a los demonios que lo habitan,
incluso al mismo rey del mundo. Lástima que era
apenas el llamado principio de dolores.
Y bueno, queridos amigos: si hasta este punto no
creen en el infierno y en los demonios, son ustedes
unos incrédulos, porque un niño tuvo que
mostrarles que el infierno existe… así es, desde mi
punto de vista.