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TEXTO FILOSOFIA

La filosofía es esencial hoy para organizar y asimilar el vasto conocimiento disponible, discernir entre información y propaganda, y evaluar la legitimidad de los fines que impulsan el conocimiento. Además, promueve una vida humana libre y responsable al enfrentar problemas existenciales y sociales, ayudando a las personas a reflexionar y tomar decisiones conscientes. Finalmente, la filosofía debe abordar los desafíos contemporáneos, ofreciendo una perspectiva crítica que facilite la búsqueda de soluciones a problemas graves que afectan a la sociedad.
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TEXTO FILOSOFIA

La filosofía es esencial hoy para organizar y asimilar el vasto conocimiento disponible, discernir entre información y propaganda, y evaluar la legitimidad de los fines que impulsan el conocimiento. Además, promueve una vida humana libre y responsable al enfrentar problemas existenciales y sociales, ayudando a las personas a reflexionar y tomar decisiones conscientes. Finalmente, la filosofía debe abordar los desafíos contemporáneos, ofreciendo una perspectiva crítica que facilite la búsqueda de soluciones a problemas graves que afectan a la sociedad.
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¿Para qué hacer filosofía hoy?

(problemas y retos para la filosofía actual) *

Estos desafíos, desde una perspectiva más actual, pueden agruparse quizá en tres grupos:

1. Organizar y asimilar el conocimiento

Es fácil notar la profusión de conocimientos o de información de que disponemos hoy. Una abundancia
que no cesa de crecer, tanto en abundancia como en modalidades o formatos, y que cada vez es más difícil
de asimilar. Pero esto no es lo más grave. Lo más preocupante es que ese enorme caudal se ofrece a menudo
sin criterio alguno; o incluso peor, orientado ideológica o comercialmente.
Como ya es común reconocer, el exceso de conocimientos o informaciones puede acabar saturando al
receptor. Ante tal exuberancia cuantitativa, es fácil que vaya disminuyendo la sensibilidad para la valoración
cualitativa de cada contenido recibido. Además, la rapidez con que se sucede la comunicación de las
informaciones provoca que unas noticias sepulten o hagan olvidar rápidamente las anteriores, por relevantes
que sean. Sin un esfuerzo especial por estar alerta, va generándose en las personas una especie de anestesia
ante los acontecimientos más variados, o sencillamente se equiparan simplemente como meros sucesos
pasajeros. Tanto da un evento lúdico cercano como un drama humano lejano. Todo se iguala, perdiendo
entonces seriedad, significatividad y permanencia. Importa más estar al día que poseer verdades hondas y
permanentes.
Esta posible tendencia se potencia si además intervienen los intereses (ideológicos, comerciales etc.)
de quienes difunden conocimiento o emiten información. En no pocas ocasiones, estos agentes generan,
elaboran y difunden conocimiento ya seleccionado o moldeado más por intereses particulares que por la
verdad o relevancia misma de su contenido.
Por eso a veces no es fácil distinguir entre la búsqueda de conocimiento y la promoción de determinada
cultura o forma de vida, entre información y propaganda, entre algunos medios de comunicación y la industria
del ocio. Desde luego, tales intereses pueden ser legítimos e incluso beneficiosos, dependerá de la cualidad
de su fin. Lo malo es no confesarlos, y que el receptor no sea consciente de ellos.
Hace falta discernimiento, criterio, profundidad, ponderación. Solo así se podrán distinguir, clasificar,
relacionar y priorizar los diversos conocimientos según su verdadera importancia. De lo contrario, en lugar
de verdad y sabiduría se tienen datos simplemente útiles o superficiales, y entonces se terminará quedando o
inconscientemente sesgado o intelectualmente entumecido. Además, cuando esos datos son incoherentes
entre sí (por tener perspectivas opuestas o simplemente por contradecirse) la falta de un criterio para decidir
genera una falta de unidad en la mente de la persona, falta de unidad interior que a menudo acaba
manifestándose en incoherencias exteriores potencialmente dañinas.
Pues bien, es precisamente la filosofía la mejor y en realidad la única herramienta para evitar esa
dispersión y fragmentación. Solo ella es capaz de aportar la serenidad y perspectiva necesarias para descubrir
esos criterios de discernimiento y valoración de los conocimientos. Lejos de ser ya superflua ante tanta
información disponible, resulta más necesaria que nunca. También porque solo ella es capaz de evaluar
últimamente la legitimidad de los fines que impulsan el logro de los diversos conocimientos y su difusión,
así como las posibilidades de aplicación que esos conocimientos abren de suyo.

2. Iluminar el ideal de una vida humana libre y responsable

Esa marejada de conocimientos y de experiencias ciertamente puede acarrear a la persona consecuencias


interiores de gran envergadura. Avalancha que, potenciada por los cambios culturales y sociales que antes se
mencionaban, provoca que mucha gente termine viviendo a la deriva, merced a las corrientes de la opinión
pública y de las tendencias sociales dominantes.
Sin embargo, una lúcida y serena reflexión nos hace ver que somos más libres de lo que parece. Es
verdad que no del todo, no absolutamente, pero sí lo suficiente como para poder distanciarnos de la realidad,
analizarla y tomar posición ante ella. Aunque materialmente no podamos muchas veces librarnos de las
ataduras de la realidad, nuestro espíritu sí puede. Y esa liberación empieza por la reflexión, por la filosofía.
Es más, debemos acometer esa liberación; debemos ser todo lo libres que podamos. Renunciar a ello equivale
a renunciar a una vida auténticamente humana, personal, consciente, propia. Una resignación que tarde o
temprano acaba pasando una factura que puede llegar a ser muy alta, como lo muestra el creciente número
de enfermedades psíquicas derivadas de un tardío o erróneo encararse con los propios problemas
existenciales.
Por eso, como se dice, la actitud y actividad filosófica es paciente, es esforzada. Por eso es también
responsable, pues de ello depende buena par-te de nuestra vida y de la vida de quienes nos rodean. Por eso
es, en definitiva, un deber: la única manera digna de vivir humanamente.

3. Afrontar los problemas y ayudar a buscar soluciones

Ese deber de no huir de los problemas existenciales, sino más bien de enfrentarse a ellos, adquiere mayor
relevancia –si cabe– cuando esos problemas son particularmente graves y afectan a muchas personas, o
incluso a grandes sectores de la sociedad.
El impresionante diagnóstico de las décadas anteriores ya advertía la incoación de serios desequilibrios
y desigualdades: sociales, políticos, culturales, económicos, sanitarios, medioambientales, etc. Es corriente
ya –por fin– el reconocimiento de que el desarrollo del ideal de la modernidad ha devenido ambiguo y
paradójico: ha producido grandes consecuencias positivas y negativas al mismo tiempo. Se trataba de un
ideal en sí mismo ambivalente, quizá por insuficientemente reflexionado, tan embebido en sus poderosos
medios que no prestó la necesaria atención a sus fines. Ya aquí hay una seria y honda tarea para la filosofía,
y no solo por lo que atañe a la historia sino para redirigir el futuro. Pero en el presente mismo nos encontramos
de cara con urgentes problemas que exigen inmediata atención y solución.
La filosofía proporciona la suficiente distancia de la realidad, y a la vez el íntimo contacto con lo
hondamente personal, para poder advertir las dificultades del ser humano a comienzos del siglo XXI. Y como
puede hacerlo, debe hacerlo. No es de recibo una actividad filosófica al margen de la vida real de las personas
(¿sobre qué se reflexionaría entonces?). Pero no se trata aquí de una razón de mera utilidad práctica, pues la
filosofía carece de los conocimientos particulares pertinentes (económicos, jurídicos, políticos) para ofrecer
soluciones concretas, sino porque quien filosofa ha de atender a la realidad –especialmente a la humana– tal
como es, con «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo»
(como se dice al inicio mismo del citado documento Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II).
Cuando pocos lo pueden hacer, y sobre todo cuando de hecho casi nadie lo hace, quienes se dedican o
se han formado en la filosofía tienen la responsabilidad de alzar la voz ante los graves problemas y desafíos
de nuestro tiempo. Puede y debe detectarlos, denunciarlos, analizarlos e iluminarlos desde una perspectiva
más alta e íntima a la vez.
El filósofo no puede mirar para otro lado e ignorar esos problemas, absorto quizá en cuestiones estériles.
Debe alumbrar vías de solución, ofrecer elementos que ayuden a la reflexión de aquellos a quienes compete,
con sus conocimientos más particulares, resolver prácticamente los problemas concretos. Ha de bajar a la
arena para ayudar a los demás.
Pero esto no significa que haya de abandonar su vocación teórica, contemplativa. Lo que ocurre es que
quien filosofa está convencido –y se esfuerza por transmitir esa convicción– de que el saber (la reflexión, la
argumentación, la crítica constructiva o denunciante, el diálogo) ayuda decisivamente al esclarecimiento de
las cuestiones difíciles, a la prevención y a la solución de las consecuencias perjudiciales de las acciones
humanas.
Por eso la actitud teórica no es inútil –nada hay más práctico que una buena teoría, se suele decir con
acierto–; verdades que parecen muy abstractas, demasiado generales y alejadas de lo concreto, son a la larga
las que luego nutren y fecundan toda la realidad (como la nieve de las montañas que se va fundiendo y acaba
regando valles y llanuras). Cualquier competente historia de las ideas demostrará la decisiva aunque lenta
influencia de la filosofía –eso sí, para bien o para mal– en la entera sociedad.

*Adaptado del libro Introducción a Filosofía, de Sergio Sánchez-Migallón y Jaime Nubiola.

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