El mapa que no dibujamos nosotros
Antes de que existieran los sistemas de recomendación, elegir qué leer, qué escuchar o qué
ver dependía en buena medida de un recorrido propio, a veces guiado por el azar: una
portada llamativa en una librería, un disco prestado por un amigo, una película recomendada
casi al pasar por alguien de confianza. Ese recorrido, aunque menos eficiente que cualquier
sistema actual, tenía una característica particular: era, en gran medida, un mapa que cada
persona iba dibujando por sí misma, con sus propios errores y hallazgos.
Hoy buena parte de ese mapa lo dibuja un sistema externo, entrenado para predecir qué es
probable que nos guste a partir de lo que ya hemos consumido antes. La eficiencia de este
sistema es notable: rara vez sugiere algo que resulte completamente ajeno a los gustos
previos, y en ese sentido cumple con eficacia la función para la que fue diseñado. Pero esa
misma eficacia introduce una pregunta incómoda sobre qué se pierde cuando el propio gusto
deja de explorarse por cuenta propia y empieza a moldearse, en buena parte, por lo que un
sistema calcula que conviene ofrecer.
No se trata de un fenómeno completamente nuevo: las librerías, las radios y los críticos
culturales siempre ejercieron alguna forma de curaduría sobre lo que llegaba a un público
amplio. Lo distinto hoy es la escala, la personalización extrema y, sobre todo, la opacidad del
criterio: nadie puede examinar fácilmente por qué un sistema de recomendación sugiere una
cosa y no otra, a diferencia del criterio explícito y discutible de un crítico humano.
La comodidad de lo ya parecido
Los sistemas de recomendación funcionan, en su lógica más básica, identificando patrones
en lo que ya se ha consumido y sugiriendo variaciones dentro de esos mismos patrones. Esto
produce un efecto de comodidad genuina: rara vez se recibe una sugerencia que decepcione
por completo, porque el sistema ha aprendido, con considerable precisión, qué tipo de
contenido resulta probable que agrade. Esa comodidad, sin embargo, tiene un reverso menos
discutido: tiende a reforzar gustos existentes en lugar de desafiarlos.
Cuando el descubrimiento cultural dependía más del azar y menos de la predicción
algorítmica, era mucho más frecuente toparse con algo completamente inesperado, que no
encajaba con los gustos previos pero que, precisamente por su novedad, terminaba
ampliando esos gustos de maneras que ningún sistema de recomendación, entrenado
exclusivamente en el pasado propio, podría haber anticipado. El descubrimiento genuino, en
ese sentido, requiere cierta dosis de desajuste, algo que la lógica de la recomendación
personalizada tiende, por diseño, a minimizar.
Esto no implica que los sistemas de recomendación carezcan de todo valor; facilitan
enormemente el acceso a contenido de calidad dentro de un universo demasiado vasto para
explorar manualmente. El problema surge cuando se convierten en la única vía de
descubrimiento, desplazando por completo otras formas más azarosas y menos predecibles
de encontrar algo nuevo.
Gustos que se vuelven predecibles para uno mismo
Con el tiempo, quienes dependen casi exclusivamente de sistemas de recomendación para
descubrir contenido cultural suelen notar un fenómeno curioso: sus propios gustos empiezan
a sentirse cada vez más predecibles, incluso para ellos mismos. Ya no hay demasiadas
sorpresas propias, porque el sistema ha aprendido a anticipar con precisión lo que se elegirá,
y esa anticipación constante reduce, sin que se note del todo, la sensación de sorpresa
genuina que antes acompañaba al descubrimiento cultural.
Esta previsibilidad tiene un costo que va más allá de lo puramente cultural. La identidad de
una persona, en parte, se construye también a través de los descubrimientos inesperados
que la sorprenden a sí misma: aquel libro que nunca habría elegido pero que terminó
marcándola profundamente, aquella película ajena a sus gustos habituales que abrió una
nueva sensibilidad. Cuando el descubrimiento se vuelve completamente predecible, se
reduce también esa capacidad de sorprenderse a uno mismo, de descubrir facetas propias
que no se conocían de antemano.
Recuperar cierta imprevisibilidad en el propio recorrido cultural, entonces, no es solo una
cuestión de variedad en el consumo, sino también, de manera más profunda, una cuestión de
mantener abierta la posibilidad de seguir sorprendiéndose a uno mismo, en lugar de
convertirse en una versión cada vez más ajustada y predecible de los propios gustos
anteriores.
Curadores humanos frente a sistemas algorítmicos
Una diferencia importante entre la curaduría humana tradicional y los sistemas de
recomendación algorítmicos es que la primera solía incluir, de manera explícita, un criterio
propio del curador, a menudo discutible y hasta cuestionable, pero visible y argumentable. Un
crítico de cine podía explicar por qué consideraba valiosa una película, y ese argumento
podía aceptarse, rechazarse o discutirse abiertamente. El criterio de un sistema de
recomendación, en cambio, permanece generalmente oculto, funcionando como una caja
opaca que ofrece resultados sin ofrecer razones.
Esta opacidad tiene consecuencias sobre la capacidad de desarrollar un criterio propio.
Cuando se discute con un curador humano, aunque sea en desacuerdo, se está ejercitando la
propia capacidad de juicio, de comparar razones, de afinar los propios criterios de valoración.
Cuando simplemente se acepta o rechaza una sugerencia algorítmica sin ninguna razón
explícita detrás, ese ejercicio de juicio propio se practica mucho menos, porque no hay ningún
argumento con el cual dialogar.
Buscar activamente curadores humanos, ya sean críticos profesionales, amigos con gustos
afines pero no idénticos, o comunidades organizadas alrededor de intereses culturales
específicos, ofrece una alternativa que preserva ese ejercicio de diálogo y de juicio propio que
la recomendación puramente algorítmica tiende a dejar de lado.
El valor de elegir sin garantías
Elegir algo sin la garantía previa de que va a gustar, guiado únicamente por curiosidad o por
una corazonada difícil de justificar, tiene un valor formativo que la elección garantizada por un
sistema de recomendación no puede ofrecer de la misma manera. Esa elección incierta
enseña a tolerar la posibilidad de la decepción, a desarrollar criterios propios para abandonar
algo que no convence, y también, cuando la apuesta resulta acertada, a experimentar una
satisfacción particular que proviene precisamente de haber arriesgado sin certeza previa.
Esta tolerancia a la incertidumbre, cultivada en el terreno relativamente inofensivo del
consumo cultural, tiene también ecos en otros ámbitos de la vida donde la garantía previa
simplemente no existe: decisiones profesionales, relaciones personales, proyectos que se
emprenden sin certeza de éxito. Practicar la elección sin garantías en un contexto de bajo
riesgo, como elegir qué libro leer a continuación, puede ser una forma modesta de mantener
entrenada esa disposición más amplia frente a la incertidumbre inevitable de decisiones más
importantes.
Nadie necesita renunciar por completo a la comodidad de las recomendaciones
personalizadas para beneficiarse de esta reflexión. Basta con reservar, de manera
consciente, cierto espacio para la elección arriesgada: un libro elegido al azar en una librería,
una película recomendada por alguien con gustos distintos a los propios, un disco descubierto
sin ninguna predicción algorítmica de por medio.
Cierre: mantener el propio mapa vivo
El mapa cultural que cada persona construye a lo largo de su vida no necesita elegir de
manera excluyente entre depender completamente de sistemas externos o rechazarlos por
completo. Puede, más bien, combinar ambas fuentes: aprovechar la eficiencia de la
recomendación algorítmica para lo cotidiano, mientras se reserva deliberadamente espacio
para el descubrimiento azaroso, menos eficiente pero más generativo, que ha construido
durante siglos la riqueza de la experiencia cultural humana.
Mantener ese equilibrio requiere una decisión activa y renovada, porque la comodidad de
dejarse guiar completamente por la predicción algorítmica es, precisamente por su eficacia,
difícil de resistir sin proponérselo de manera consciente. Pero es esa resistencia consciente,
pequeña y sostenida en el tiempo, la que permite que el propio mapa cultural siga siendo, en
alguna medida, un territorio propio y no solo el reflejo de un patrón calculado por otro.
Cuando el sistema nos conoce mejor de lo que creemos
Un aspecto inquietante de los sistemas de recomendación contemporáneos es su capacidad,
cada vez mayor, de anticipar preferencias que la propia persona todavía no había reconocido
conscientemente en sí misma. Sugerencias que en un primer momento resultan
sorprendentes, pero que terminan revelándose como acertadas, generan una sensación
ambigua: por un lado, la comodidad de sentirse comprendido; por otro, una incomodidad
difícil de nombrar frente a la idea de que un sistema externo pueda conocer aspectos de los
propios gustos antes de que uno mismo los haya articulado.
Esta capacidad predictiva no proviene de ninguna comprensión profunda en el sentido
humano del término, sino del análisis estadístico de patrones de comportamiento a gran
escala, comparando el propio historial con el de millones de otras personas con patrones
similares. Aun así, el efecto subjetivo de sentirse anticipado puede confundirse fácilmente con
una forma de comprensión genuina, cuando en realidad se trata de un cálculo probabilístico
sofisticado que no tiene ninguna relación con la comprensión que ofrecería, por ejemplo, un
amigo cercano que conoce la propia historia personal.
Distinguir entre estas dos formas de anticipación, la estadística y la relacional, resulta
importante para no atribuir a un sistema algorítmico una cualidad que en realidad pertenece
únicamente a los vínculos humanos construidos con el tiempo. El sistema puede predecir con
precisión qué es probable que guste, pero no puede, en ningún sentido significativo, entender
por qué eso importa dentro de la vida particular de quien lo recibe.
La cultura como conversación interrumpida
Buena parte del valor histórico de la cultura compartida, ya sea un libro ampliamente leído o
una película vista por una generación entera, provenía de la conversación posterior que ese
consumo compartido hacía posible. Cuando muchas personas veían las mismas pocas
películas disponibles en una época determinada, existía un terreno común amplio sobre el
cual construir conversaciones, referencias compartidas, chistes entendidos sin necesidad de
explicación adicional.
La hiperpersonalización de las recomendaciones actuales, aunque beneficiosa para el disfrute
individual, ha reducido considerablemente ese terreno común. Cada persona recibe un
catálogo de sugerencias tan distinto al de cualquier otra que la probabilidad de haber
consumido exactamente lo mismo que un conocido cercano disminuye de manera constante.
Esto fragmenta, aunque sea de manera sutil, la posibilidad de esas conversaciones
espontáneas basadas en referencias compartidas que antes eran mucho más frecuentes.
Algunas comunidades han respondido a esta fragmentación organizando de manera
deliberada experiencias de consumo compartido: clubes de lectura que eligen colectivamente
un mismo libro, proyecciones grupales de una misma película, listas de escucha compartidas
entre grupos de amigos. Estas iniciativas, aunque más pequeñas en escala que la cultura
masiva de otras épocas, intentan recrear artificialmente ese terreno común que antes surgía
de manera espontánea, sin necesidad de ninguna coordinación explícita.
El niño que hereda gustos ajenos sin saberlo
Vale la pena considerar también cómo esta dinámica afecta a quienes crecen desde
temprana edad rodeados de sistemas de recomendación. A diferencia de generaciones
anteriores, que construyeron sus gustos culturales principalmente a través de la exploración
propia, muchos niños y adolescentes actuales forman sus preferencias dentro de un entorno
ya preseleccionado por algoritmos que aprenden de sus primeras interacciones, muchas
veces determinadas más por el azar de unos pocos clics iniciales que por una exploración
genuina y deliberada.
Este proceso plantea una pregunta particularmente delicada sobre la formación de la
identidad cultural en las nuevas generaciones: ¿hasta qué punto los gustos que llegan a
sentir como completamente propios fueron, en realidad, moldeados desde el principio por un
sistema que fue reforzando ciertas direcciones y descartando silenciosamente otras, sin que
la persona haya tenido nunca la oportunidad de comparar ese camino con uno distinto?
Esto no equivale a sugerir que los gustos formados de esta manera sean menos auténticos o
menos válidos que los formados en otras épocas mediante otros mecanismos, también
influidos siempre por factores externos como la familia, la escuela o el entorno social
disponible. Pero sí sugiere la importancia de ofrecer, especialmente a quienes están
formando sus primeros gustos culturales, experiencias deliberadamente no mediadas por la
recomendación algorítmica, que amplíen el rango de posibilidades antes de que el sistema
empiece a estrecharlo silenciosamente en torno a un patrón determinado.
Al final, la pregunta que atraviesa todo este recorrido no es si conviene rechazar los sistemas
de recomendación, algo tan poco realista como rechazar cualquier otra herramienta
ampliamente integrada en la vida cotidiana, sino cuánta autoría se está dispuesto a conservar
sobre el propio mapa cultural, y qué pequeños gestos concretos, sostenidos con cierta
regularidad, permiten que ese mapa siga teniendo, aunque sea parcialmente, la firma de
quien lo recorre.