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El artículo analiza el derecho penal como última ratio en el Estado Social de Derecho, destacando su evolución histórica y doctrinal, así como los desafíos contemporáneos como el populismo punitivo. Se observa una tendencia preocupante en la que se utiliza el derecho penal como primera opción en lugar de último recurso, especialmente en Colombia. La investigación concluye abogando por un enfoque que priorice la prevención y respete las garantías constitucionales, buscando un equilibrio entre la eficacia penal y los principios del Estado de Derecho.

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El artículo analiza el derecho penal como última ratio en el Estado Social de Derecho, destacando su evolución histórica y doctrinal, así como los desafíos contemporáneos como el populismo punitivo. Se observa una tendencia preocupante en la que se utiliza el derecho penal como primera opción en lugar de último recurso, especialmente en Colombia. La investigación concluye abogando por un enfoque que priorice la prevención y respete las garantías constitucionales, buscando un equilibrio entre la eficacia penal y los principios del Estado de Derecho.

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El Derecho Penal como Ultima Ratio:

Entre la Necesidad Punitiva y la Prevención Social

Oscar Mario Londoño Villada

Universidad de Manizales
Facultad de Ciencias Jurídicas
Especialización en sistema procesal penal

Manizales, Colombia
Febrero de 2025
2

Resumen
El artículo busca analizar el rol del derecho penal como última ratio en el Estado Social
de Derecho, analizando su evolución desde una perspectiva histórica y doctrinal. Desde sus
orígenes primitivos hasta la actualidad, examina el desarrollo de distintas escuelas penales
(Clásica, Positiva y Funcionalismo) y su influencia en la concepción moderna del derecho penal.
El análisis se centra en los desafíos contemporáneos, particularmente la problemática expansión
del derecho penal y el creciente fenómeno del populismo punitivo.
El estudio destaca una preocupante tendencia en la sociedad moderna: el uso del derecho
penal como primera opción (prima ratio) en lugar de último recurso. Esto se evidencia
especialmente en el caso colombiano, donde medidas como la implementación de la cadena
perpetua reflejan una política criminal basada más en reacciones emocionales y percepciones
públicas que en evidencia científica.
La investigación concluye abogando por un enfoque equilibrado que armonice la eficacia
penal con las garantías constitucionales. Enfatiza la necesidad de priorizar la prevención sobre la
represión y desarrollar políticas criminales que, respondiendo a necesidades sociales reales,
preserven los principios fundamentales del Estado de Derecho.

Palabras clave
Ultima ratio, Política criminal, Populismo punitivo. Prevención, Derecho penal.
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Abstract
The article seeks to analyze the role of criminal law as a last resort in the Social State of
Law, examining its evolution from a historical and doctrinal perspective. From its primitive
origins to the present, it examines the development of different criminal schools (Classical,
Positive, and Functionalism) and their influence on the modern conception of criminal law. The
analysis focuses on contemporary challenges, particularly the problematic expansion of criminal
law and the growing phenomenon of penal populism.
The study highlights a concerning trend in modern society: the use of criminal law as a
first option (prima ratio) rather than as a last resort. This is especially evident in the Colombian
case, where measures such as the implementation of life imprisonment reflect a criminal policy
based more on emotional reactions and public perceptions than on scientific evidence.
The research concludes by advocating for a balanced approach that harmonizes criminal
effectiveness with constitutional guarantees. It emphasizes the need to prioritize prevention over
repression and develop criminal policies that, while responding to real social needs, preserve the
fundamental principles of the Rule of Law.

Keywords
Ultima ratio, Criminal policy, Punitive populism, Prevention, Criminal law.
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El Derecho Penal como Ultima Ratio:


Entre la Necesidad Punitiva y la Prevención Social
El derecho penal en la sociedad contemporánea se encuentra en una encrucijada
fundamental que surge de dos concepciones contrapuestas sobre su legitimación y función: por
un lado, la visión tradicional liberal que concibe al derecho penal como ultima ratio,
fundamentada en la protección de bienes jurídicos y limitada por garantías constitucionales. Por
otro lado, una visión funcionalista que entiende al derecho penal como un mecanismo de
estabilización social y protección de expectativas normativas. Esta tensión genera los siguientes
problemas específicos: ¿Cómo equilibrar la necesidad de una respuesta penal efectiva ante los
nuevos riesgos y complejidades de la sociedad contemporánea, manteniendo al mismo tiempo
los límites y garantías propios de un derecho penal liberal? Adicional a ello se presentan los
siguientes problemas secundarios:
La determinación de los límites del derecho penal en una sociedad cada vez más
compleja y llena de nuevos riesgos que demandan protección. La tensión entre eficientismo
(protección de expectativas sociales) y garantismo (protección de bienes jurídicos) en la
legitimación del derecho penal. El conflicto entre la expansión del derecho penal como respuesta
a nuevas formas de criminalidad y la necesidad de mantener su carácter de ultima ratio. La
transformación de la sociedad contemporánea hacia estructuras más complejas que generan
nuevos riesgos y demandan nuevas formas de protección. La necesidad de determinar límites
claros al poder punitivo del Estado en un contexto de creciente demanda de seguridad. La
importancia de encontrar un equilibrio entre la eficacia del sistema penal y el respeto a las
garantías fundamentales.
El problema del derecho penal contemporáneo se puede analizar desde dos perspectivas
teóricas fundamentales. Por un lado, la perspectiva garantista se fundamenta en la protección de
bienes jurídicos y se basa en principios constitucionales, enfocándose en el derecho penal como
última ratio y centrándose en la protección de garantías individuales. Por otro lado, la perspectiva
funcionalista se basa en la protección de expectativas normativas y se fundamenta en la teoría de
sistemas sociales, enfocándose en la estabilización del orden social y centrándose en la eficiencia
del sistema penal. Estas perspectivas interactúan con tres dimensiones principales del problema:
la dimensión jurídica, que aborda los límites constitucionales del derecho penal, los principios de
intervención mínima y las garantías procesales y sustanciales; la dimensión social, que
5

contempla las nuevas formas de criminalidad, las demandas sociales de seguridad y la


complejización de las relaciones sociales; y la dimensión política, que comprende las políticas
criminales, el equilibrio entre prevención y represión, y el rol del Estado en la protección social.
- ¿En qué medida el derecho penal debe ser considerado como último recurso en la
sociedad moderna?
- ¿Qué políticas sociales preventivas han demostrado ser efectivas para reducir la
criminalidad?
ORIGEN Y EVOLUCIÓN DEL DERECHO PENAL EN OCCIDENTE
Para comprender la evolución del derecho penal en occidente, es necesario remontarnos a
sus orígenes más primitivos. Las primeras manifestaciones del derecho penal surgieron en las
sociedades primitivas, donde la respuesta al delito estaba caracterizada fundamentalmente por
reacciones instintivas y vindicativas. En estas sociedades tempranas, el sistema de justicia penal
se distinguía por su estrecha vinculación con elementos místicos y religiosos, donde la venganza
privada constituía el principal mecanismo de respuesta ante las conductas consideradas lesivas.
En estas sociedades primitivas, la ausencia de proporcionalidad en las sanciones era
notoria, y existía una marcada tendencia a la responsabilidad colectiva sobre los actos
individuales. Un aspecto particularmente relevante era la confusión entre los conceptos de
pecado y delito, lo que evidenciaba la fuerte influencia religiosa en la administración de justicia.
Las sanciones se determinaban considerando principalmente la posición social tanto de la
víctima como del victimario, y la responsabilidad no se limitaba al individuo, sino que se
extendía a todo su grupo familiar o tribal.
Con la llegada de la Edad Media, el derecho penal experimentó transformaciones
significativas. Este período se caracterizó por una notable fragmentación del poder judicial y una
predominante influencia del derecho canónico. La fusión entre moral religiosa y derecho se hizo
más evidente, y surgieron jurisdicciones especiales que aplicaban un sistema de pruebas basado
en ordalías y juicios de Dios. El derecho penal medieval se distinguió por el carácter público del
castigo, la implementación de penas crueles con fines ejemplarizantes, y el establecimiento del
procedimiento inquisitorial. La ausencia de garantías procesales y un sistema probatorio
fundamentado en criterios irracionales fueron características distintivas de esta época.
La llegada de la Edad Moderna marcó un punto de inflexión fundamental en la evolución
del derecho penal, particularmente con el surgimiento del Estado moderno y el pensamiento
6

ilustrado. Durante el período del Estado absolutista, se produjo una centralización del poder
punitivo, donde el derecho penal se convirtió en un instrumento de dominación caracterizado por
la arbitrariedad en la aplicación de penas y una marcada desigualdad ante la ley. Sin embargo, la
Ilustración y la revolución liberal trajeron consigo el surgimiento de principios penales modernos,
promoviendo la humanización del derecho penal, el desarrollo del principio de legalidad y la
proporcionalidad de las penas, además de establecer una clara separación entre derecho y moral.
El derecho penal contemporáneo ha experimentado un desarrollo significativo en su
aspecto dogmático, manifestado en el surgimiento de diferentes escuelas penales y la evolución
de la teoría del delito, transitando desde el sistema causalista hasta el finalista y posteriormente el
funcionalista. Un aspecto fundamental de esta época ha sido la constitucionalización del derecho
penal, que ha implicado la incorporación de garantías constitucionales, el desarrollo de principios
limitadores del poder punitivo y un robusto sistema de protección de derechos fundamentales.
En la sociedad actual, el derecho penal enfrenta nuevos desafíos derivados de la creciente
complejidad de las estructuras sociales y la emergencia de sistemas sociales diferenciados. La
sociedad del riesgo y la globalización han generado nuevas formas de criminalidad que
demandan respuestas innovadoras del sistema penal. Se observa una tendencia hacia la
expansión del derecho penal, con una anticipación de la tutela penal y el surgimiento de nuevos
bienes jurídicos, particularmente en el ámbito de la protección de intereses colectivos y el
derecho penal económico.
Las tensiones fundamentales del derecho penal contemporáneo se manifiestan en la
dicotomía entre garantismo y eficientismo, la discusión entre un derecho penal mínimo y su
expansión, y el debate entre la protección de bienes jurídicos frente a la protección de
expectativas normativas. La búsqueda de un equilibrio entre prevención y retribución, así como
entre seguridad y libertad, continúa siendo un desafío central.
De cara al futuro, el derecho penal deberá enfrentar retos significativos como la
criminalidad organizada transnacional, los delitos tecnológicos, la protección del medio ambiente,
el terrorismo internacional y la corrupción sistémica. Las tendencias previsibles apuntan hacia
una mayor armonización internacional del derecho penal, el desarrollo de la justicia penal
internacional, la implementación de nuevas formas de investigación criminal y un énfasis
creciente en la justicia restaurativa.
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Esta evolución histórica evidencia cómo el derecho penal ha transitado desde respuestas
primitivas y vengativas hasta configurarse como un sistema jurídico complejo que busca
equilibrar la protección social con las garantías individuales en un contexto de creciente
complejidad social. El desafío continúa siendo la construcción de un sistema penal que pueda
responder eficazmente a las nuevas formas de criminalidad sin sacrificar los principios
fundamentales y garantías que han sido producto de siglos de evolución jurídica.
FUNDAMENTOS DOCTRINALES EN LA EVOLUCIÓN
DEL DERECHO PENAL
Escuelas y sus fundamentos
La evolución del derecho penal presenta un rico desarrollo histórico y doctrinal que
comienza con la Escuela Clásica, donde Cesare Beccaria estableció los principios fundamentales
del derecho penal liberal a través de su obra "De los delitos y de las penas" (1764), incluyendo el
principio de legalidad, la proporcionalidad de las penas y la humanización del derecho penal.
Francesco Carrara, como principal sistematizador de esta escuela, desarrolló conceptos
fundamentales como el delito como ente jurídico y la responsabilidad moral. Posteriormente, la
Escuela Positiva surgió como reacción al clasicismo, con Cesare Lombroso introduciendo el
método empírico y la teoría del criminal nato, mientras que Enrico Ferri aportó la teoría de los
sustitutivos penales y Raffaele Garofalo desarrolló el concepto de delito natural. El desarrollo
continuó con el Tecnicismo Jurídico de Arturo Rocco, quien estableció el método técnico-
jurídico y desarrolló la teoría del bien jurídico. Las escuelas modernas fueron enriquecidas por
Karl Binding con su teoría de las normas y Franz von Liszt con el desarrollo de la política
criminal. El Finalismo encontró su máximo exponente en Hans Welzel con su teoría final de la
acción, mientras que el Funcionalismo Penal fue desarrollado por Claus Roxin con su
funcionalismo moderado y Günther Jakobs con el funcionalismo sistémico. El Garantismo Penal
fue impulsado por Luigi Ferrajoli, quien estableció un sistema de garantías penales, mientras que
las corrientes críticas fueron representadas por Alessandro Baratta con su desarrollo de la
criminología crítica. Las aportaciones contemporáneas incluyen a Winfried Hassemer, quien
desarrolló el concepto de bien jurídico personal, y Jesús-María Silva Sánchez, quien aportó la
teoría de la expansión del derecho penal y el concepto de velocidades del derecho penal.
Estos fundamentos doctrinales han configurado la evolución del derecho penal a través de
diferentes etapas históricas, estableciendo un marco teórico que permite comprender su
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desarrollo desde las concepciones más primitivas hasta las elaboraciones más sofisticadas del
derecho penal contemporáneo. Cada escuela y autor ha contribuido con elementos específicos
que han enriquecido la comprensión del fenómeno criminal y la respuesta social frente al mismo.
APLICACIÓN DE LAS DOCTRINAS PENALES EN LOS SISTEMAS
JURÍDICOS CONTEMPORÁNEOS
La aplicación de las doctrinas penales en los sistemas jurídicos contemporáneos ha
experimentado una evolución significativa, manifestándose principalmente a través de la
constitucionalización del derecho penal y el desarrollo de un sistema robusto de garantías. El
garantismo penal, fundamentado en las doctrinas de Beccaria y posteriormente desarrollado por
Ferrajoli, ha logrado una profunda penetración en las estructuras jurídicas modernas,
estableciendo límites claros al poder punitivo del Estado y consolidando un sistema de garantías
procesales que protege los derechos fundamentales de los ciudadanos.
La influencia del funcionalismo, tanto en su vertiente moderada propuesta por Roxin
como en la sistémica desarrollada por Jakobs, ha transformado significativamente la teoría del
delito y la política criminal contemporánea. Esta doctrina ha conducido a una notable
normativización de los conceptos penales y ha impulsado el desarrollo de la teoría de la
imputación objetiva. Además, ha favorecido la expansión del derecho penal hacia nuevas áreas,
particularmente en la protección de bienes jurídicos colectivos y el desarrollo del derecho penal
económico.
El legado del finalismo Welzeliano continúa vigente en la estructura actual del tipo penal,
manifestándose en la distinción fundamental entre tipo objetivo y subjetivo, así como en la
ubicación sistemática del dolo en la tipicidad. Su influencia es particularmente notable en el
tratamiento del error de tipo y de prohibición, y en el desarrollo de la teoría de la participación
criminal. Esta doctrina ha dejado una huella indeleble en la forma en que los sistemas jurídicos
contemporáneos abordan la teoría del error y estructuran los tipos penales.
Las doctrinas minimalistas han encontrado expresión en el desarrollo de alternativas a la
prisión y en los procesos de despenalización. Los sistemas jurídicos modernos han incorporado
progresivamente medidas alternativas a la privación de libertad, mecanismos de justicia
restaurativa y principios de oportunidad. Paralelamente, se ha producido una reducción del
ámbito penal en ciertos campos, con el correspondiente desarrollo del derecho administrativo
sancionador y la implementación de mecanismos alternativos de resolución de conflictos.
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En áreas específicas como el derecho penal económico y el derecho penal internacional,


la influencia doctrinal ha sido particularmente notable. El derecho penal económico ha
experimentado un desarrollo significativo, incorporando conceptos como la responsabilidad
penal de las personas jurídicas y el compliance penal. Por su parte, el derecho penal internacional
ha evolucionado considerablemente con la creación de tribunales penales internacionales y el
desarrollo de principios de jurisdicción universal.
La aplicación de estas doctrinas no ha estado exenta de tensiones y contradicciones. La
coexistencia de tendencias garantistas y punitivistas ha generado debates profundos sobre el
papel del derecho penal en la sociedad contemporánea. Problemas como la sobrecriminalización,
el hacinamiento carcelario y la selectividad penal evidencian las dificultades en la
implementación práctica de los principios doctrinales.
Las tendencias actuales muestran una clara orientación hacia el desarrollo del derecho
penal tecnológico, la justicia restaurativa y el derecho penal ambiental. Los sistemas jurídicos
contemporáneos se enfrentan al desafío de abordar nuevas formas de criminalidad, como los
ciberdelitos y los delitos ambientales, mientras mantienen un equilibrio con las garantías
fundamentales.
La globalización del derecho penal representa uno de los mayores retos actuales,
requiriendo una creciente armonización legislativa y cooperación internacional. Los sistemas
jurídicos deben adaptarse a la naturaleza transnacional del crimen organizado y el terrorismo
internacional, mientras mantienen la coherencia con sus principios fundamentales.
La aplicación de las doctrinas penales en los sistemas jurídicos contemporáneos ha
generado un derecho penal complejo y multifacético, que intenta equilibrar la eficacia en la
persecución del delito con el respeto a las garantías fundamentales. Este proceso continuo de
adaptación y evolución refleja la tensión permanente entre las diferentes corrientes doctrinales y
las necesidades prácticas de la sociedad moderna, planteando constantes desafíos para la teoría y
práctica del derecho penal.
CRÍTICAS Y DEBATES ACTUALES EN MATERIA DE DERECHO PENAL
Los debates y críticas contemporáneos en materia de derecho penal se centran en diversos
aspectos fundamentales que reflejan las tensiones existentes entre diferentes concepciones sobre
el papel y alcance del sistema penal en las sociedades actuales.
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La expansión del derecho penal constituye uno de los debates más significativos en la
actualidad. Se critica la tendencia a utilizar el derecho penal como primera respuesta ante los
problemas sociales, en contradicción con el principio de ultima ratio. Esta expansión se
manifiesta en la creación constante de nuevos tipos penales, el endurecimiento de las penas y la
anticipación de la intervención penal a estadios cada vez más alejados de la lesión efectiva de
bienes jurídicos. Autores como Silva Sánchez han señalado que esta expansión responde a una
sociedad del riesgo que demanda mayor seguridad, pero compromete principios fundamentales
del derecho penal liberal.
La tensión entre garantismo y eficientismo representa otro eje central del debate
contemporáneo. El garantismo, defendido por autores como Ferrajoli, aboga por mantener y
fortalecer las garantías penales y procesales como límites al poder punitivo del Estado. En
contraposición, las tendencias eficientistas, impulsadas por demandas de seguridad y eficacia en
la lucha contra el crimen, proponen flexibilizar estas garantías en favor de una mayor eficacia del
sistema penal. Esta tensión se manifiesta particularmente en el tratamiento de fenómenos como
el terrorismo, el crimen organizado y la corrupción sistémica.
Un debate particularmente relevante se centra en la legitimidad y límites del denominado
"derecho penal del enemigo", propuesto por Jakobs. Esta concepción, que plantea un derecho
penal diferenciado para ciertos tipos de delincuentes considerados especialmente peligrosos, ha
generado intensas críticas por su potencial vulneración de principios fundamentales del Estado
de Derecho y la igualdad ante la ley. Se cuestiona si es admisible en un Estado democrático la
existencia de un derecho penal de excepción.
La crisis del principio de legalidad constituye otro punto crítico del debate actual. La
complejidad de las nuevas formas de criminalidad y la técnica legislativa empleada en su
regulación han llevado a un debilitamiento de la taxatividad y precisión de los tipos penales. Se
critica la proliferación de conceptos jurídicos indeterminados, leyes penales en blanco y
elementos normativos que comprometen la seguridad jurídica y el mandato de determinación.
En el ámbito de la teoría del delito, se debate intensamente sobre la validez y utilidad de
las categorías dogmáticas tradicionales frente a los nuevos desafíos de la criminalidad
contemporánea. La responsabilidad penal de las personas jurídicas, por ejemplo, ha puesto en
crisis conceptos fundamentales como la acción, la culpabilidad y la pena, requiriendo nuevas
construcciones teóricas que se apartan de los esquemas clásicos.
11

La política criminal contemporánea es objeto de críticas por su carácter reactivo y


populista. Se cuestiona la tendencia a legislar bajo la presión mediática y la opinión pública, sin
una adecuada evaluación científica de la necesidad y eficacia de las medidas penales. El
denominado "populismo punitivo" ha llevado a reformas penales que privilegian el
endurecimiento de penas sobre estrategias más integrales de prevención del delito.
El sistema penitenciario y la crisis de la pena privativa de libertad constituyen otro foco
de críticas. Se cuestiona la eficacia resocializadora de la prisión, sus efectos criminógenos y las
condiciones de hacinamiento y violación de derechos humanos en los centros penitenciarios.
Este debate ha impulsado la búsqueda de penas alternativas y mecanismos de justicia restaurativa.
La globalización del derecho penal y sus consecuencias también generan importantes
debates. Se discute la legitimidad y eficacia de instituciones como la Corte Penal Internacional,
los límites de la jurisdicción universal y los problemas de armonización entre diferentes sistemas
penales nacionales. La tensión entre soberanía nacional y necesidad de cooperación internacional
en la lucha contra el crimen transnacional plantea desafíos significativos.
En el ámbito procesal, se debate sobre el equilibrio entre eficacia investigativa y garantías
procesales, especialmente en relación con las nuevas tecnologías de investigación y vigilancia.
La protección de la privacidad y otros derechos fundamentales frente a las necesidades de
investigación criminal genera continuas tensiones.
Un debate emergente se centra en la incorporación de la inteligencia artificial y los
algoritmos predictivos en el sistema penal. Se cuestionan las implicaciones éticas y jurídicas del
uso de estas tecnologías en la prevención del delito, la determinación de riesgos de reincidencia y
la toma de decisiones judiciales.
Estas críticas y debates reflejan la complejidad de adaptar el derecho penal a las
demandas de las sociedades contemporáneas sin sacrificar sus principios fundamentales. La
búsqueda de este equilibrio continúa siendo uno de los mayores desafíos para la ciencia penal
actual, requiriendo un diálogo constante entre diferentes perspectivas teóricas y metodológicas.
Estado Social de Derecho y Prevención del Delito
A partir de los documentos analizados, es posible identificar aspectos fundamentales en
materia de política criminal y Estado social que revelan la complejidad de su relación y
evolución en las sociedades contemporáneas.
12

En primer lugar, el derecho penal en un Estado Social debe cumplir una doble función:
como mecanismo de control social formal, siendo el último recurso después de agotarse otros
medios de control social como la religión, la educación y los usos sociales, y como instrumento
que debe responder a las expectativas sociales y constitucionales, garantizando tanto la
protección de bienes jurídicos como la vigencia de las normas.
Una de las tensiones más significativas que identifica el documento en la política
criminal contemporánea se da entre el garantismo y el eficientismo. Mientras el garantismo
busca proteger los derechos fundamentales y limitar el poder punitivo, el eficientismo pretende
dar respuestas rápidas a las demandas sociales de seguridad. Esta tensión fundamental afecta
directamente la formulación de políticas criminales equilibradas y plantea desafíos importantes
para el Estado social de derecho.
La evolución histórica significativa en la política criminal después de la posguerra,
identificando tres momentos clave: hasta 1962, con un enfoque ético basado en valores
judeocristianos; hasta 1975, centrado en la protección de necesidades sociales e individuales; y
después de 1975, con un enfoque en la protección de la colectividad contra peligros letales. Esta
evolución refleja los cambios en la comprensión del papel del derecho penal en la sociedad.
En cuanto a la función social del derecho penal, se destaca su carácter promocional,
orientado a proteger intereses sociales esenciales; motivador, dirigido a prevenir conductas
lesivas; y estabilizador, manteniendo la vigencia de las normas sociales. Esta multiplicidad de
funciones debe desarrollarse dentro de límites claros al poder punitivo del Estado, establecidos a
través de principios constitucionales, garantías procesales y la dogmática penal.
Entre los retos actuales más significativos, se identifica la expansión del derecho penal,
su "administrativización", el surgimiento del "derecho penal del enemigo" y la necesidad de
responder a nuevas formas de criminalidad. Estos desafíos se enmarcan en un contexto de
constitucionalización del derecho penal, donde la legitimidad democrática y el respeto a los
derechos fundamentales son cruciales.
También se deben realizar críticas importantes al sistema penal contemporáneo,
señalando problemas como la sobrecriminalización, el hacinamiento carcelario, la selectividad
penal y la ineficacia preventiva. Frente a estas problemáticas, se sugieren líneas de mejora como
el desarrollo de alternativas a la prisión, el fortalecimiento de la justicia restaurativa, un mayor
énfasis en políticas preventivas y una mejor articulación entre política criminal y política social.
13

La política criminal en un Estado Social debe ser coherente con los principios
constitucionales, mantener un equilibrio entre eficacia y garantías, priorizar la prevención sobre
la represión, responder a las necesidades sociales reales y garantizar la protección de derechos
fundamentales. Este enfoque integral reconoce la complejidad del fenómeno criminal y la
necesidad de respuestas que vayan más allá de la mera represión, incorporando aspectos sociales,
preventivos y garantistas en la política criminal del Estado social de derecho.
La discusión presentada refleja la necesidad de un abordaje holístico de la política
criminal, que considere tanto los aspectos jurídico-penales como los sociales, económicos y
políticos que influyen en el fenómeno criminal. Solo a través de este enfoque integral se puede
aspirar a una política criminal efectiva y coherente con los principios del Estado social de
derecho.
Existe una tendencia marcada hacia el endurecimiento de los castigos existentes, la
anticipación de las barreras penales y la criminalización de conductas que afectan bienes
jurídicos abstractos o colectivos. Esta expansión del Derecho Penal ha llevado a que se utilice
como primera respuesta (prima ratio) en lugar de último recurso (ultima ratio), alejándose de las
garantías esenciales que le caracterizaron históricamente.
Existen varios factores que han influido en esta transformación: la globalización, el
populismo punitivo, la influencia mediática en la agenda legislativa, y la generalización del
estado de inseguridad. Particularmente después del 11 de septiembre de 2001, se ha desarrollado
un modelo de sociedad del riesgo que ha llevado a una redefinición drástica del Derecho Penal.
Un aspecto crucial es la tensión entre el modelo de Estado Social y Democrático de
Derecho y la llamada "sociedad del riesgo". Mientras el primero exige garantías y límites al
poder punitivo del Estado, el segundo impulsa hacia una expansión del Derecho Penal como
respuesta a nuevas amenazas y riesgos sociales.
La política criminal contemporánea enfrenta importantes desafíos que incluyen la
ampliación de los ámbitos sociales de intervención penal, la transformación de su objetivo hacia
la criminalidad de los poderosos, y la preeminencia otorgada a la intervención penal sobre otros
instrumentos de control social. En este contexto, dentro de un Estado Social y Democrático de
Derecho, la política criminal debe desarrollarse bajo principios fundamentales que aseguren su
legitimidad y eficacia. Estos principios incluyen el mantenimiento de las garantías fundamentales
del derecho penal liberal, la búsqueda de un equilibrio entre la eficacia y el respeto a los
14

derechos fundamentales, una orientación prioritaria hacia la prevención por encima de la


represión, la consideración de la resocialización como fin primordial de la pena, y la necesidad
de fundamentarse en el consenso ciudadano como base de su legitimidad democrática.
Un punto importante es la necesidad de formar un "nuevo ciudadano" capaz de
diferenciar entre la gravedad real de los hechos y aquella dimensionada por orientaciones
mediáticas. Esto implica romper con la tendencia a formar ciudadanos "en serie" que responden a
miedos e inseguridades inducidas.
La propuesta es que el Derecho Penal en un Estado Social y Democrático debe asumir
una función preventiva de la pena, respetando los principios de:
 Exclusiva protección de bienes jurídicos
 Proporcionalidad
 Culpabilidad
Si bien pueden ser necesarias algunas adaptaciones del Derecho Penal frente a nuevos
retos, estas no pueden implicar la renuncia a las garantías y derechos fundamentales que
caracterizan al Estado Social y Democrático de Derecho.
La disminución de la actividad delictiva desde la perspectiva estatal requiere un enfoque
integral que comienza con el fortalecimiento de la configuración normativa de la sociedad,
partiendo del entendimiento fundamental de que el delito trasciende el mero acto individual para
constituirse en una forma de comunicación que contradice las expectativas sociales establecidas.
Este enfoque implica una comprensión más profunda de la naturaleza comunicativa del delito y
su impacto en el tejido social, reconociendo que las conductas delictivas no son simplemente
acciones aisladas sino manifestaciones que desafían el orden normativo establecido. Por lo tanto,
la respuesta estatal debe orientarse hacia el fortalecimiento de los mecanismos que refuerzan las
expectativas sociales y la comprensión colectiva de las normas, más allá de la mera imposición
de sanciones punitivas.
La implementación efectiva de una política criminal moderna implica desarrollar
políticas que refuercen las expectativas normativas de la sociedad, fortalecer los roles y deberes
de las personas dentro del sistema social, y crear mecanismos que promuevan la fidelidad al
ordenamiento jurídico. En cuanto al desarrollo de políticas preventivas, el Estado debe enfocarse
en implementar medidas que fortalezcan el cumplimiento de deberes positivos y negativos,
desarrollar políticas que reduzcan los riesgos sociales antes de que se conviertan en delitos, y
15

establecer mecanismos de control social no exclusivamente penales. La reconfiguración del


sistema penal propone una transformación que se centre en el significado comunicativo de las
conductas, establezca claramente las expectativas sociales y desarrolle un sistema de imputación
basado en roles sociales. El fortalecimiento de la prevención general debe orientarse hacia la
estabilización de expectativas sociales y la promoción de la confianza en el sistema jurídico,
mientras que el desarrollo de políticas sociales integrales debe crear condiciones favorables para
la vida en sociedad y fortalecer los sistemas de control social informales. El enfoque en la
responsabilidad social sugiere trabajar en el fortalecimiento de roles sociales definidos y la
promoción de la responsabilidad individual, mientras que el mejoramiento del sistema de
garantías propone fortalecer las garantías constitucionales manteniendo un equilibrio con la
eficacia. El desarrollo de una nueva ciudadanía enfatiza la formación de ciudadanos capaces de
discernir la gravedad real de los hechos y participar en la configuración normativa de la sociedad.
El fortalecimiento institucional sugiere mejorar la capacidad de respuesta ante el delito y la
coordinación interinstitucional. Finalmente, la política criminal integral debe desarrollar
mecanismos de intervención social que trasciendan lo meramente punitivo y estrategias que
integren diferentes aspectos de la prevención del delito.
Estas acciones deben implementarse de manera integral, entendiendo el delito no como
un simple acto individual sino como una comunicación que expresa un sentido contrario a las
expectativas sociales normativas. La efectividad de estas medidas dependerá de su capacidad
para fortalecer la configuración normativa de la sociedad y promover la fidelidad al
ordenamiento jurídico.
¿Cómo mejorar la sociedad desde una perspectiva que integra tanto lo moral como lo
político en el contexto del castigo penal y la exclusión social?. Se propone un enfoque
multidimensional de la ciudadanía que abarca aspectos políticos, civiles, sociales y de
nacionalidad, donde el Estado debe garantizar derechos y libertades en todas estas dimensiones.
Se sugiere una reforma del sistema penal que, sin convertirse en el motor principal del cambio
social, sea sensible a las condiciones de exclusión y considere alternativas al castigo en casos de
exclusión social severa. Se enfatiza la responsabilidad estatal en reconocer y evitar políticas que
contribuyan a la criminalidad, garantizando la protección básica de derechos antes de ejercer su
poder punitivo. Se destaca la importancia de adaptar las exigencias de legitimidad a la realidad
institucional de cada sociedad, priorizando la seguridad existencial básica en sociedades más
16

desiguales y permitiendo un equilibrio entre derechos políticos y sociales en sociedades más


igualitarias. Se proponen mejoras institucionales que fortalezcan la democracia, garanticen la
participación política efectiva y mejoren la protección social. Finalmente, se busca un balance
entre ideales normativos y realidades sociales, promoviendo cambios que sean tanto ambiciosos
como realizables, sugiriendo que la mejora social debe ser integral y que el sistema penal debe
reflejar y respetar estas consideraciones sin pretender ser el principal agente de cambio social.
Se deben implementar las siguientes acciones detalladas a nivel político y social:
La implementación de una política criminal efectiva requiere acciones coordinadas en
múltiples ámbitos. En el ámbito político, los representantes deben ejercer su cargo con mayor
diligencia, fundamentando las reformas penales en investigación criminológica rigurosa y
respetando el principio de última ratio, mientras mantienen los límites constitucionales e
internacionales. Las reformas en el sistema judicial deben enfocarse en desarrollar alternativas
no penales, evaluar la efectividad de las medidas existentes y establecer mecanismos de control
de las reformas. En cuanto a la educación y concientización social, es fundamental mejorar la
educación legal ciudadana y promover una cultura de resolución de conflictos no dependiente
exclusivamente del derecho penal. Los medios de comunicación deben asumir mayor
responsabilidad en la difusión de información, proporcionando cobertura equilibrada y evitando
el sensacionalismo. El fortalecimiento institucional requiere mejorar la capacidad de
investigación criminológica y desarrollar mecanismos de participación ciudadana más efectivos,
mientras que la prevención y rehabilitación deben priorizar medidas preventivas y programas
efectivos de reinserción social. La participación ciudadana responsable debe fomentarse a través
de mecanismos de consulta estructurados y espacios de diálogo. La investigación y desarrollo
debe fortalecer los estudios criminológicos y evaluar el impacto de las políticas penales, mientras
que la coordinación interinstitucional debe mejorar la colaboración entre diferentes niveles de
gobierno. Finalmente, el monitoreo y evaluación debe implementar sistemas de seguimiento de
políticas penales, evaluando regularmente su efectividad y manteniendo la transparencia en la
gestión de la política criminal.
Estas acciones deben implementarse de manera coordinada y sostenida, considerando
siempre el contexto social y las capacidades institucionales existentes. El objetivo final es
desarrollar una política penal más efectiva, racional y respetuosa de los derechos humanos, que
responda verdaderamente al interés general de la sociedad.
17

Los aportes de Beccaria para minimizar el impacto del delito en materia penal y política
criminal siguen siendo relevantes en la actualidad. El autor italiano establece principios
fundamentales que incluyen un enfoque preventivo, destacando que "es mejor evitar los delitos
que castigarlos", junto con la necesaria proporcionalidad entre el delito y la pena, y el principio
de mínima intervención del Derecho penal. Estos principios se complementan con una visión
humanizadora de las penas y el rechazo categórico a la tortura y penas corporales.
En materia de política criminal, Beccaria propone priorizar las medidas preventivas sobre
las punitivas, buscando alternativas al uso recurrente de la acción penal. Este enfoque implica
utilizar el Derecho penal como última ratio y considerar otras formas menos violentas de control
social antes de recurrir al sistema penal. Además, establece importantes garantías y límites al
poder punitivo del Estado, enfatizando el principio de legalidad en la determinación de delitos y
penas, así como la protección de bienes jurídicos fundamentales.
Un aporte significativo de Beccaria es el concepto de dañosidad social como criterio para
determinar conductas punibles, lo que implica evaluar la lesividad real de las conductas antes de
criminalizarlas y considerar la necesidad efectiva de intervención penal. Este enfoque resulta
particularmente relevante en el contexto actual, donde se observa una expansión del Derecho
penal que necesita una revisión crítica para retornar a un sistema más garantista y enfocado en la
prevención efectiva.
En el ámbito económico y social, Beccaria propone evaluar los costos sociales de la
aplicación del derecho penal y buscar soluciones más eficientes y menos onerosas. Esto incluye
el fortalecimiento de controles administrativos en delitos económicos y el desarrollo de
mecanismos preventivos. Además, enfatiza la importancia de atender las causas sociales del
delito y desarrollar medidas preventivas basadas en factores sociales, buscando soluciones
integrales a los problemas de criminalidad.
Los aportes de Beccaria siguen siendo fundamentales para contrarrestar la actual
tendencia expansiva del derecho penal. Su enfoque en la prevención, proporcionalidad y mínima
intervención puede ayudar a desarrollar una política criminal más efectiva y menos punitiva, que
responda mejor a los desafíos contemporáneos sin sacrificar las garantías fundamentales ni los
principios humanistas que deben caracterizar al derecho penal en un Estado democrático.
A modo de conclusión encontramos que el populismo en la política criminal y el derecho
penal en Colombia ha tenido principalmente impactos negativos que han afectado la coherencia
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y efectividad del sistema penal. La principal consecuencia ha sido una expansión irracional del
derecho penal, donde las reformas se basan más en emociones y percepciones públicas que en
evidencia científica. Este fenómeno ha llevado a que se desconozcan los estudios técnicos y
recomendaciones de expertos, priorizando la satisfacción de demandas populares sin considerar
la efectividad real de las medidas implementadas.
El fenómeno del populismo punitivo en Colombia se manifiesta claramente en casos
como la implementación de la cadena perpetua, una medida que ejemplifica la prevalencia de
respuestas emocionales sobre evidencia científica en la política criminal. Este enfoque,
impulsado significativamente por los medios de comunicación, ha exacerbado los temores
sociales y la percepción de inseguridad, generando una presión constante para la implementación
de reformas penales más severas. El impacto de estas políticas populistas ha sido profundo y
mayormente negativo, debilitando la racionalidad del sistema penal y afectando principios
fundamentales como la proporcionalidad y la mínima intervención. Las consecuencias se
evidencian en el deterioro de las garantías procesales, el agravamiento del hacinamiento
carcelario y el compromiso de la función resocializadora de la pena. Como respuesta a estas
tendencias problemáticas, ha emergido una serie de corrientes en el derecho penal, incluyendo el
controversial "Derecho Penal del Enemigo" y el modelo de "Tres Velocidades", que proponen
diferentes niveles de garantías según el tipo de delito. La constitucionalización del derecho penal
surge como un potencial contrapeso, estableciendo marcos de referencia y límites al poder
punitivo estatal. Sin embargo, persisten tensiones significativas entre la búsqueda de seguridad
ciudadana y el respeto a las garantías constitucionales, la eficacia del sistema penal y los
derechos fundamentales, así como entre la expansión del derecho penal y el principio de mínima
intervención. La resolución de estas tensiones requiere un análisis profundo que considere el rol
del Estado en la prevención delictiva, las teorías criminológicas contemporáneas, los factores
socioeconómicos de la criminalidad y las experiencias internacionales comparadas.
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