Final
Final
Narrar es una facultad del ser humano que no se restringe solamente a lo ficticio. La base de
nuestra identidad es una base narrativa, nos contamos nuestra propia historia y eso nos
constituye como seres humanos
El narrador es una figura actancial, corresponde a la voz que soporta la narración. A todo
narrador le corresponde un narratario, el receptor de la narración.
Tiempo
1- Orden
En el plano de la historia, el orden corresponde a lo cronológico.
En el plano del relato, los eventos pueden ser presentados en un orden distinto al
cronológico. Esto da origen a las anacronías:
Analepsis: cuando un evento que cronológicamente debería haber sido presentado
primero, se presenta después (flashback). Se llama analepsis o reconstrucción
retrospectiva cuando el relato no comienza cronológicamente con el primer evento,
sino que comienza in media res y de ahí se va reconstruyendo. Se denomina analepsis
resolutiva cuando se cuentan eventos omitidos del pasado, pero también se retoman
con diferencias algunos ya contados, corresponde al típico relato del policial clásico
en el que abre un nuevo horizonte de comprensión, en virtud del cual aquello que
hasta entonces se ha leído o escuchado aparece bajo una nueva luz.
Prolepsis: anticipación de eventos que cronológicamente son posteriores. Se
denomina anticipación verdadera cuando un narrador narra desde una mayor
distancia temporal por encima de la serie de acontecimientos y nos hace conocedores
del futuro, suelen tener un matiz introductorio. Se denomina anticipación incierta
cuando el narrador prescinde de una posición de superioridad y se limita al horizonte
perceptivo de los personajes. Encontramos como prolepsis a los sueños premonitorios,
las profecías y los deseos o miedos referidos al futuro.
Se denomina acronía cuando no hay una línea temporal que seguir, el desorden del
relato es tal que no se puede decir qué paso y en qué orden. Son fragmentos de un
tiempo roto.
2- Duración
El tiempo en el plano de la historia es distinto al tiempo del plano del relato. En la
historia una hora dura una hora, el tiempo transcurre normalmente. Sin embargo, el
tiempo del relato puede acelerar o desacelerar la historia según la forma:
T. Historia = T. Relato: Da origen a la escena. Esto se da en el marco del teatro y los
diálogos.
T. Historia >T. Relato: Da origen al resumen. Mucho tiempo de la historia se
condensa en un relato muy pequeño.
T. Historia < T. Relato: Da origen a la dilatación. El hiperdetallismo que provoca
una desaceleración fuerte, por ejemplo, una acción muy pequeña narrada durante
páginas.
T. Historia – T. Relato: Da origen a la pausa. Se suspende el tiempo de la historia,
por ejemplo, en descripciones o reflexiones.
T. Historia – T. Relato: Da origen a la elipsis. Por ejemplo: pasaron veinte años,
pero el relato no lo cuenta.
3- Frecuencia
Cuántas veces sucede algo vs. Cuántas veces se narra algo.
Relato singulativo: equiparación entre lo que sucede y lo que se cuenta. Una vez en
el relato equipara a una vez en la historia.
Relato repetitivo: se narra varias veces algo que sucedió una vez en la historia.
Relato iterativo: Algo que sucede varias veces en la historia se narra una sola vez en
el relato, por ejemplo, las rutinas.
Modo
1- Distancia
Relato de sucesos: corresponde a los sucesos exteriores al lenguaje y conllevan el
problema de la traducción de lo no lingüístico al lenguaje. Se puede dar un efecto más
dramático (implica inmediatez o ilusión mimética respecto del acontecer narrado, es
decir, la ilusión de una ausencia del narrador y una independencia de lo narrado)
Relato de palabras: Tiene que ver con cómo el narrador incorpora el discurso de
otros personajes
1- Discurso citado (involucra el discurso directo cuando se repite literalmente el
enunciado y va marcado gráficamente para separar la voz del personaje de la del
narrador y el discurso directo autónomo cuando aparece la voz del personaje
literalmente sin marcas gráficas ni verbum dicendi).
2- Discurso narrado (involucra la mención del acto cuando no podemos inferir el
tema, por ejemplo, “Juan habló con María”, y el informe del acto cuando se hace
un resumen de la comunicación y podemos inferir el acto en “Juan rechazó la
propuesta”).
3- Discurso transpuesto (involucra el discurso indirecto cuando se transpone /
parafrasea el discurso otro, su formula es el verbum dicendi más un complemento
directo “Juan dijo que no podía venir” y el discurso indirecto libre cuando el
narrado incorpora sin avisar la voz de otro personaje “Juan se entristeció, no podía
venir”)
2- Focalización
Corresponde al punto de visa desde el cual se narra
Focalización cero: narrador sabe más que el personaje, lo abarca todo (omnisciente),
es una focalización sobre.
Focalización interna: sigue la subjetividad de un personaje. El narrador sabe lo
mismo, es una focalización con.
Focalización externa: el narrador sabe menos que los personajes, cuenta lo externo,
lo que ve, no sabe qué piensan o sienten, es una focalización fuera.
Voz
- Extradiegético: aquel que no es parte del plano diegético, está por fuera de la
diégesis, pero narra los acontecimientos del plano intradiegético.
- Intradiegético: aquel personaje perteneciente a la diégesis que se pone a narrar una
historia dentro de la historia, y esta historia que narra forma parte del plano
metadiegético.
Lo cierto es que la novela es un género literario que se resiste a ser definido con precisión. La
novela canibaliza otras formas literarias y mezcla sus elementos constituyentes de forma
indiscriminada. Cita, parodia y transforma al resto de los géneros.
También es complejo determinar cuando surge esta forma literaria. Bajtín sostiene que el
origen de la novela se da en las narraciones épicas de la roma imperial y de la época
helenística, por ejemplo, pero otros autores rastrean su origen en las antiguas civilizaciones
del mediterráneo. Sea como sea, algo similar a lo que hoy consideramos novela se da en las
antiguas civilizaciones, mientras que en la época moderna el desarrollo de la novela se
vincula a las clases medias.
La mayoría de los críticos sostiene que la novela hunde sus raíces en la épica. Las novelas
son narraciones épicas que han de transigir con la prosaica realidad de la civilización
moderna.
Diferencias: Las narraciones épicas están llenas de maravillas, mientras que la novela
moderna es, ante todo, mundana. Retrata un mundo profano, empírico, y no un
mundo mítico o metafísico. Se centra en lo cultural y no en la natu raleza o en lo
sobrenatural.
Por consiguiente, la novela hace de la vida una sátira de las narraciones épicas, y, por
tanto, una suerte de antiliteratura. Adoptando un punto de vista práctico y realista, la
novela se mofa de todo lo retórico y de todo lo fantástico.
En realidad, no es la ficción lo que conduce a la locura, sino el hecho de olvidar el
carácter ficticio de cualquier ficción. El problema surge cuando se confunde la
ficción con la realidad, como le sucede a don Quijote. Una ficción que sabe que lo es
resulta perfectamente cuerda. En este sentido, es la ironía la que nos salva.
Hegel vio en la novela la forma épica del prosaico mundo moderno. Posee la amplitud
y el elenco propios de la épica tradicional, aunque en la mayoría de los casos carece
de su dimensión sobrenatural. La novela se asemeja a la épica clásica en su acendrado
interés por lo narrativo* por la acción dramática y por el mundo material. Sin
embargo, se diferencia de ella en que se trata de un discurso acerca del presente y no
sobre el pasado.
Si la novela es una forma típicamente moderna, con independencia de que posea
unos orígenes antiguos, es en parte porque rechaza cual quier tipo de atadura con el
pasado.
La novela es, por consiguiente, la forma literaria que rompe con todos los modelos
tradicionales.
La novela nace al mismo tiempo que la ciencia moderna y comparte con ella su
carácter austero, secular, realista, inquisitivo, así como su suspicacia frente a la
autoridad clásica.
En este sentido la novela constituye un signo distintivo del sujeto humano moderno.
Los sujetos modernos, como sucede con los protagonistas de las novelas modernas, se
van construyendo a sí mismos conforme progresan en sus vidas. Se basan para ello en
sí mismos y se determinan de este modo a sí mismos, y en ello reside el sentido de su
libertad.
Ahora bien: en primer lugar, el realismo y la novela no son la misma cosa. No todo el
realismo adopta forma de novela, como bien señala Auerbach, y no todas las novelas
pueden considerarse realistas.
Denominar una cosa como «realista» significa reconocer que no se trata de la cosa en
sí misma. Sería, así, una forma literaria que busca fundirse de un modo tan completo
con la realidad, que su estatus artístico se ve suprimido. Es como si las
representaciones que hace se volvieran tan transparentes que pudiésemos con templar
directamente la propia realidad a través de ellas. Parece, por consiguiente, que la
representación definitiva sería aquella que lograse ser idéntica a aquello que busca
representar. Lo irónico es que en ese caso dejaría de ser una representación.
El realismo concierne al modo en que se representa la realidad y no es posible
comparar lo que son representaciones con la propia «realidad» con objeto de
comprobar hasta qué punto son realistas dichas representaciones, dado que lo que
entendemos por «realidad» implica a su vez un problema de representación.
El realismo es una especie de arte al gusto de una clase media en ascenso, con su
preferencia por lo material, su poca tolerancia hacía lo formal, lo ceremonial o lo
metafísico, su insaciable curiosidad por el yo individual y su fe firme en el progreso
histórico.
Por consiguiente, lo poético había sido objeto de una redefinición que había
terminado oponiéndolo a lo social, lo discursivo, lo doctrinal y lo conceptual,
elementos todos que habían sido relegados a la prosa de ficción. La novela se ocupa
ahora del mundo exterior, mientras que la poesía hace lo propio con el ámbito in terno.
El problema al que debe enfrentarse la poesía es que cada vez parece es tar más alejada de
la «vida», desde el momento en que es una sociedad capitalista industrial la que define
su esencia. Sin embargo, existe un problema de índole semejante en lo que concierne
a la acusada proximidad que se advierte entre la novela y la propia existencia de la
sociedad. Si la novela fuese «un trozo de vida», ¿cómo es posible, enton ces, que pueda
enseñarnos verdades más generales?
Richardson ya se había dado cuenta de que cuando leemos una novela realista,
creemos y no creemos al mismo tiempo en su discurso. En térmi nos imaginativos nos
rendimos a la narración, pero al mismo tiempo otra parte de nuestra mente se da
cuenta de que este hecho viene a ser un querer creer.
Ficción» no significa exactamente «no verdadero». Viene a significar algo así como
«una historia (verdadera o falsa) tratada de manera que deje claro que encierra un
significado que la trasciende». Viene a ser como sí ese tipo de lenguaje, siendo
consciente de su propia naturaleza.
Leavis define los dos requisitos principales que debe satisfacer una novela para
poder considerarla una obra genuinamente válida : debe mostrar, en primer
lugar, lo que él denomina «un carácter reverencialmente abierto ante la vida», y ha
de poseer, en segundo lugar, una forma orgánica. El problema estriba en que estos
dos requisitos no son fácilmente compatibles entre sí. O mejor dicho, únicamente lo
serían si la propia «vida» demostrase poseer una forma orgánica.
Las novelas nos ofrecen lo que parecen ser imágenes objetivas del mundo que nos
rodea, pero al mismo tiempo somos conscientes de que dichas imágenes son el
resultado de un proceso de construcción subjetivo. En este sentido, podría afirmarse
que la novela es un género paradójico, que se contradice a sí mismo.
Una de las formas en las que la novela busca solventar este problema es mediante la
idea del personaje. El «personaje» agrupa en torno a sí y confiere unidad a un amplio
espectro de sucesos o experiencias. Lo que mantiene unidas a todas estas experiencias
tan diversas es el hecho de que todas les suceden a una persona determinada. Otra
forma de solventar dicho problema es mediante el acto de narrar en sí mismo, que, a
la vez que implica la creación de determinados patrones y de una continuidad,
admite el cambio y la diferencia. La narrativa supone una suerte de necesidad, por
cuanto causa y efecto, acción y reacción, se hallan ligados entre sí de for ma lógica. La
narrativa ordena el mundo dotándolo de una forma que pa rece surgir de él de
manera espontánea.
Desde el momento en que el novelista trae a la exis tencia todo un mundo nuevo, en
una suerte de parodia profana de la Creación divina, también cada individuo
moldea su propia e inimitable historia. Lo verdaderamente relevante es que> antes
que un reflejo de la realidad, la novela constituye un reflejo de la manera en que esa
realidad llega ser lo que es merced al hecho de que le conferimos una forma y un valor.
Lo fantástico ocupa el tiempo de esta incertidumbre. En cuanto se elige una de las dos
respuestas, se deja el terreno de lo fantástico para entrar en un género vecino: lo extraño o lo
maravilloso. Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que
las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural.
Hay un fenómeno extraño que puede ser explicado de dos maneras, por tipos de causas
naturales y sobrenaturales. La posibilidad de vacilar entre ambas crea el efecto fantástico.
La vacilación del lector es pues la primera condición de lo fantástico. Pero ¿es necesario
que la vacilación esté representada dentro de la obra?
Hay relatos que contienen elementos sobrenaturales sin que el lector llegue a interrogarse
nunca sobre su naturaleza, porque bien sabe que no debe tomarlos al pie de la letra. Si los
animales hablan, no tenemos ninguna duda: sabemos que las palabras del texto deben ser
tomadas en otro sentido, que denominamos alegórico. La situación inversa se observa en el
caso de la poesía. Si pretendemos que la poesía sea simplemente representativa, el texto
poético podría ser a menudo considerado fantástico. Pero el problema ni siquiera se plantea:
si se dice por ejemplo que el “yo poético” se remonta por los aires, no se trata más que de una
secuencia verbal que debe ser tomada como tal, sin tratar de ir más allá de las palabras. Lo
fantástico implica pues no solo la existencia de un acontecimiento extraño, que provoca
una vacilación en el lector y el héroe, sino también una manera de leer, que por el
momento podemos definir en términos negativos; no debe ser ni “poética” ni “alegórica”.
Extraño puro: se relatan acontecimientos que pueden explicarse perfectamente por las leyes
de la razón, pero que son, de una u otra manera, increíbles, extraordinarios, chocantes,
singulares, inquietantes, insólitos y que, por esta razón, provocan en el personaje y el lector
una reacción semejante a la que los textos fantásticos nos volvió familiar.
Asimov sostiene que, en este sentido, el surgimiento de la ciencia ficción no hubiese sido
posible antes del desarrollo correspondiente de la ciencia y la tecnología, vemos entonces,
como implicaron un cambio social.
La ciencia ficción tuvo que haber nacido en algún momento después del 1800 y en Gran
Bretaña luego de la Revolución Industrial. Su nacimiento se produjo como una respuesta
literaria al desarrollo tecnológico.
Ahora bien, lo importante no es que la ciencia ficción trate ciertos hechos que luego terminan
ocurriendo (como las bombas atómicas), sino que efectivamente predice un cambio, un
cambio dominante y continuo que es el motor de las sociedades actuales.
La ciencia ficción no implica ciencia, sino un razonamiento del método científico, es decir,
intentar entender el problema del cambio, cómo habitar un mundo en el que el cambio es algo
que sucede. Ya no hay futuro porque ya no nos sorprende nada, esa clausura del futuro le
aterra a la ciencia ficción, el cambio es tan inmediato y corriente que ya nada nos sorprende.
(distopía)
Para Suvin, la CF (palabra compuesta por dos términos) apunta a cada uno de los conceptos
del título del ensayo. La ciencia como cognición y la ficción como extrañamiento.
La CF se caracteriza por presentar en su mundo ficción algún tipo de Novum, es decir, algo
considerado entre lo nuevo y lo inusual que puede ser un objeto, una situación, un ser, etc.
Pero este novum no puede ser algo fantástico, sino que debe enmarcarse dentro de lo
cognitivo, dentro de del método científico, la razón.
Ahora bien, la CF considera que las normas de cualquier época son únicas en sí mismas y
dóciles al enfoque cognoscitivo. El mito se opone a esto porque concibe las relaciones
humanas como fijas y determinadas sobrenaturalmente, es decir, absolutas en todas las
épocas. Allí donde el mito pretende explicar una y otra vez y para siempre la esencia de los
fenómenos, la CF los plantea primero como problemas y luego busca la dirección en la que se
mueven, considerando ilusoria la realidad estática.
El cuento folklórico, si bien también pone en duda las leyes del mundo empírico del autor, no
utiliza la imaginación para comprender la realidad, sino que la utiliza como un fin en sí
mismo. Simplemente sitúa otro mundo al lado del nuestro al que llegaos por un mero acto de
fe y fantasía. Todo es posible. Por ello, cuando a CF retrocede al cuento de hadas, lleva al
suicidio su capacidad de crear.
El cuento de fantasía es incluso menos afín a la CF, puesto que antepone leyes
anticognoscitvas a un mundo empírico. Si el cuento folklórico se muestra indiferente al
mundo empírico y a sus leyes, el fantástico es enemigo de él.
Por otra parte, lo pastoral se vincula más con la CF por su aparato imaginativo que presenta
un mundo sin economía monetaria, sin aparato estatal y sin una urbanización
despersonalizadora, lo cual permite aislar, como en un laboratorio, dos cuestiones humanas:
la erótica y el ansia de poder.
Suvin, además, sostiene que en las literaturas de no ficción en donde se presenta el mundo
empírico y su resultado está determinado por el accionar de los personajes. En la CF, por su
parte, el mundo no se encuentra orientado hacia los protagonistas, ya sea positiva o
negativamente. Estos pueden triunfar o fracasar, pero en las leyes físicas del mundo nada les
garantiza nada.
Suvin denomina CF a la proto ciencia ficción, es decir, aquella que acompaña el movimiento
de la Revolución Industrial. Lo que viene después es la CF moderna.
El valor de la CF radica en un critica social, pero si solo se trata del asombro por el asombro
para Suvin eso es literatura comercial e infantilización sin sentido crítico.
- Utopía: según Suvin, sería un espacio otro cuya organización es mejor que el
contexto sociopolítico del autor. La CF no tiende a la utopía, puesto que no puede
imaginar un mundo que no sea el fin del mundo.
- Distopía: Espacio ficcional en el que los principios que rigen son peores que el
mundo del autor. La CF siempre está inmersa en una lucha entre el pensamiento
utópico y el distópico.
- Antiutopía: Algo que aparenta ser una utopía pero se termina demostrando que es
una distopía.
Cuando hacemos que estas distopías y eutopías estés atravesadas por la historia, tienen la
posibilidad de desaparecer. Se trata de una eutopía falible y una distopía falible.
Con actos perceptivos de este tipo se teje la escritura de poesía, más allá de las diferencias
que pone de manifiesto
En cualquier caso, el hacer poético, la escritura misma, va enhebrando como cristales más o
menos reconocibles, dentro de su composición, actos perceptivos que remiten a una
subjetividad.
Resistencia del poema a un tipo de descripción, que más que ver, escuchar o tocar parece
repetir algo que ya fue escrito, es también la reacción frente a un tipo de percepción
automatizada que se reproduce sin el sentido crítico de la propia experiencia, un tipo de
percepción alisada y planchada, en la línea de producción fordista.
En ese mundo todo es verdadero y, en todo caso, lo que se pone en cuestión es por qué una
hoja a las seis de la tarde y la misma hoja a las doce de la noche tienen que ser subsumidas en
la misma hoja.
Hacia el final del cuento, el propio Borges le reprocha a Funes su incapacidad para olvidar
diferencias y generalizar. Este desdén final del narrador no consigue, sin embargo, opacar el
asombro que produce su registro: esa mirada que es la más radicalmente opuesta a la de quien
percibe la realidad anestesiado, a la de quien mira sin ver, oye sin oír o bien se dispersa y
olvida inmediatamente lo percibido para colocarlo en un casillero dentro de un sistema.
Es, como en otro cuento de Borges, un mapa tan detallado y preciso que resulta igualable en
su extensión al propio territorio que el mapa intenta graficar. Se podrá reprochar que ese
mapa no sirve para orientarse en una autopista, y es cierto. Su utilidad es más bien la de
recordar que los mapas son abstracciones y no la realidad, que permiten ver cierta escala e
invisibilizan en otra. El mapa de Borges plantea la imposibilidad de selección y
jerarquización del espacio físico, la imposibilidad de un esquema riguroso que, sin pérdida,
pueda crear una geografía; en ese mapa, todos los lugares son igualmente importantes. Acaso
sea este tipo de infinitud la que necesita la poesía para crearse.
La percepción originaria
La figura de Funes puede verse como el resabio moderno de una percepción primitiva que ha
perdido la necesidad de los actos para la sobrevivencia, pero aún permanece apegada a la
singularidad de las cosas, aún busca a través de la percepción una experiencia genuina.
En el mundo primitivo, la poesía aparece como canto que acompaña una necesidad de
sobrevivencia, de subsistencia a través de la procura o del relativo dominio de los objetos.
El avistaje de la presa entre los pueblos cazadores, la fertilidad de la tierra y el cuidado de los
cultivos, en los pueblos agrícolas. En la poesía primitiva, la descripción del mundo natural
suele transformarse en diálogo con un espacio sagrado. En ese diálogo se vuelcan las
reacciones y los sentimientos más primarios e instintivos: el miedo o la alegría, por ejemplo.
En la poesía primitiva, los poemas, así como el imaginario que reproducen y del que se
nutren, se han transmitido por tradición oral. El anonimato y la repetición en boca de
diferentes intérpretes son aspectos que a simple vista separan esta producción primitiva de la
poesía moderna. Sin embargo, hay mucha poesía de autor que hace el camino inverso: se
convierte en anónima por obra de unos versos que alguien trasmite, otro repite, y así
sucesivamente, hasta borronear o incluso borrar el nombre del poeta. La poesía anónima, al
perder la marca de autor, muestra más claramente una “fuerza emotiva impersonal”, que es la
que está ligada a una capacidad de percepción compartida por una comunidad que puede
ampliarse en su conexión con lo más primario de los seres humanos hasta incluir toda la
especie.
La ciencia no es tan ingenuamente empírica como muchas veces se la intenta presentar. Esto
corrobora la existencia de un puente entre poesía y ciencia (que es también un puente entre
arte y ciencia) al no descartar la dimensión emocional como una perturbación menor de la
cual no hacerse cargo o considerarla innecesaria y prescindible.
El discurso poético ha podido desde siempre engarzar, hacer confluir, llevar y traer,
relacionar dos mundos que tendían a separarse en dos campos opuestos: lo objetivo y lo
subjetivo, lo que puede probarse y lo que es todavía intuición. En el espacio poético pueden
convivir y engarzarse zonas referenciales, fragmentos de relatos, escenas reconocibles que
empujan dentro del poema lo concreto; pero ese mundo objetivo es arrastrado desde una
captación subjetiva que lo aglutina, aun en su aparente desorden. En el poema, el mundo
representado sale de la indiferenciación con la que se presenta en el mundo real, se mezcla
con procesos subjetivos, se asocia con los contenidos inconscientes que todo poema lleva en
lenguaje, esa agua barrosa y mezclada con sedimentos, empujada desde su energía
compositiva.
Ese bios, ese residuo de base instintiva, que está por debajo de las decisiones de un autor, por
debajo de la biografía y del yo autoral; un aspecto más impersonal, que quizás, por eso
mismo, tenga más posibilidades de ser compartido. Ese residuo que hace a la escucha poética
y a la escritura y que las conecta en un acto más arcaico.
Esta idea no es solo filosófica o formal. Para Genovese, es también una estrategia
crítica: al romper con la percepción habitual, el poema desafía formas fijas de
entender el mundo, incluyendo discursos hegemónicos o patriarcales.
En el caso de muchas poetas mujeres que analiza, esta recuperación de la percepción
originaria restituye una experiencia sensible del cuerpo y del entorno que ha sido
históricamente invisibilizada o silenciada.
Para empezar, esta definición no hace referencia alguna a la rima o la métrica, al ritmo o las
imágenes. Esto se debe a que muchos poemas pueden prescindir de dichos elementos y a la
vez, mucha prosa también los contiene. En general, la métrica es propia más bien de la
poesía, pero tampoco es esencial en ella porque muchos poemas sobreviven sin métrica.
Lo que nos queda entonces es la longitud de los versos que el autor decide, pero incluso a
veces esto no es tan así porque la métrica determina la longitud. Donde termina un verso en
poesía puede no siempre ser significativo, pero siempre puede hacerse con ello lo que sea.
1- Versificación: No solo le aporta un ritmo esencial, sino que funciona como una
especie de corset que potencia el pensamiento, obliga al poeta a decir más y mejor. Es
el contenido el que se debe adaptar a la forma impuesta.
2- Declaración moral: la moral entendida desde un enfoque cualitativo o evaluativo de
la conducta humana y la experiencia. Tiene que ver con el comportamiento, no solo
con el buen comportamiento. Entonces, moral no contrasta con inmoral, sino con
histórico, científico, estético. Los poemas son morales no porque emitan juicios de
valor, sino porque tratan de valores humanos y de sus significados, una indagación del
alma humana.
3- Ficcional: la poesía se ocupa de declaraciones morales desde una perspectiva
ficcional en el sentido de que ninguno de sus enunciados tiene necesariamente una
correlación con lo real. Consiste en separar a un texto de su inmediato contexto
empírico y así ampliar sus propósitos, volviéndose más ambiguos al permitir la
reinterpretación continua. Nunca posee un único significado. Ficcional no significa
imaginario, no importa si la situación efectivamente tuvo lugar o no, sino el modo en
el que aparece en el poema. La ficción, entonces, es ese espacio en el que lo moral
prevalece sobre lo empírico. El poeta, a diferencia del historiador, no tiene por qué ser
fiel a las cosas como son, puede reorganizar los hechos según su perspectiva moral y
hacer una observación de ellos.
4- Modo no pragmático: los poemas no se ocupan de lograr que las cosas se hagan en
un sentido inmediato o práctico. Los poemas sí pueden contener una consigna
pragmática, pero no usamos los poemas como un mero recurso instrumental, sino que
tienen que ver con su aspecto sensorial
5- Lenguaje poético: A la poesía se la caracteriza habitualmente como un lenguaje que
dirige la atención sobre sí mismo o donde el significante predomina sobre el
significado. La poesía presenta un lenguaje extrañado porque el mensaje es extrañado
y no es un mero oscurecimiento por puro oficio. Sin embargo, no toda la poesía se
comporta de ese modo y así, muchos poemas pueden ser volcados a la prosa casi sin
ninguna modificación más que la versificación. La poesía usa el lenguaje de formas
sorprendes u originales, pero no lo hace todo el tiempo.
En conclusión, al fragmentar un texto en versos se invita a ser tomado como ficción. Pero
también es una indicación de que hay que pensar al lenguaje de manera particular: pensar las
palabras como acontecimientos materiales y no en su sentido estricto.
Otra idea básica sobre el poema se refiere no a la cuestión de qué clase de objeto lingüístico
es el poema, sino a la cuestión de qué clase de acto realiza el poeta al escribir el poema
¿qué clase de acto —y dado que un poema está hecho de lenguaje —, qué clase de acto
lingüístico se lleva a cabo en la producción de un poema?
Un acto locutivo es sencillamente cualquier acto de enunciar palabras que estén de acuerdo
con las reglas sintácticas de una lengua y que tengan un significado. Por el mero hecho de
hablar, estamos llevando a cabo actos locutivos. Sin embargo, al decir lo que decimos
podemos estar asimismo, y estamos casi siempre, realizando un acto ilocutivo. Así, las
categorías gramaticales estándar de oraciones declarativas, interrogativas e imperativas se
han llamado precisamente así por los actos ilocutivos concretos que realizan. Son, en primer
lugar, oraciones bien formadas y, por tanto, actos locutivos. Sin embargo, llevan a cabo,
además, las distintas ilocuciones de afirmar, preguntar y pedir o mandar.
Para terminar, Austin habla también del acto perlocutivo, esto es, el efecto de la fuerza
ilocutiva del enunciado sobre el lector u oyente. Así, si hago una advertencia, usted puede
alarmarse; si le amenazo, se puede asustar; si le hago un cumplido, se puede sentir contento,
y así sucesivamente.
Durante el desarrollo de su exposición, Austin hace notar en varias ocasiones que la doctrina
que está exponiendo no es aplicable a los que él llama usos «no serios» del lenguaje. En esta
categoría coloca a la poesía, de la que dice asimismo que se trata de un uso parásito en
relación con el uso normal del lenguaje
Entonces, ¿qué rango ilocutivo —si es que tiene alguno— tiene un poema? La conclusión de
Ohmann es que la fuerza ilocutiva de un poema es mimética, «que una obra literaria imita (o
refiere) intencionadamente una serie de actos de habla que de hecho no tienen otra forma de
existencia». Los actos de habla en un poema son, por tanto, «quasi actos de habla» y no son
aplicables a las condiciones normales para la apropiada ejecución de un acto de habla, El
autor imita (refiere) los actos de habla de un hablante imaginado, y el lector «imita» o evoca
una situación imaginaria, la descrita por el hablante imaginado.
La oración que propongo como la oración implícita dominante para los poemas, la que
expresa el tipo de fuerza ilocutiva que se supone que debe tener el poema, es la siguiente: Yo
me imagino a mí mismo en, y te invito a ti a concebir, un mundo en el que...
Si es aceptada, tenemos en el lector un acuerdo tácito para contemplar un mundo diferente del
mundo real, un mundo que es producto del acto de imaginar del poeta, en el que se tolerarán
innovaciones referenciales y la suspensión de las condiciones de verdad.
Dicho brevemente, si se conjugan las fuerzas ilocutivas de las dos partes de nuestra oración
dominante, entonces el efecto perlocutivo en el lector es justamente lo que Coleridge llamó
«la consciente suspensión de la incredulidad», la condición que constituye la fe poética.
Hemos dicho que ese efecto consiste en inducir en el lector una consciente suspensión de la
incredulidad, y que esa suspensión de la incredulidad constituye la fe poética. ¿Cómo se
consigue esa fe?
Las locuciones de la poesía no son locuciones usuales. Son locuciones que tienen una
dimensión adicional. Tal dimensión es la propia de convenciones como medida, rima,
asonancia, tipos de dicción, etc.3 . Esas convenciones, así lo sostengo, contribuyen de manera
significativa a la inducción de la consciente suspensión de la incredulidad de los
requerimientos normales del lenguaje y la aparición de la fe poética
Tales convenciones constituyen una señal de que el lenguaje no está siendo utilizado en su
forma habitual, y sugieren que los objetos y acontecimientos que están siendo descritos por
medio de ese lenguaje especial son asimismo especiales, especiales en un modo extraño y
desconocido para el lector, y de cuya validez sólo es garante la voz de quien está usando así
el lenguaje
Una primera y muy extendida forma de violencia que sufre la lengua, en la que todos
prácticamente participamos, es el prejuicio que la define exclusivamente como un medio de
comunicación.
Cuando se mediatiza al lenguaje, cuando se lo considera sólo una mediación para otra
mediación -porque la comunicación se pone al servicio del marketing, el marketing del dinero
y así sucesiva e infinitamente- nos olvidamos de que el lenguaje es ante todo un placer, un
placer sagrado; una forma, acaso la más elevada, de amor y de conocimiento.
el lenguaje es una de las manifestaciones más evidentes y universales del principio del placer.
Eurídice: la no escuchada
Orfeo es el mito trágico que pone en escena, entre otras fisuras, el abismo entre los no-
escuchantes y los hablantes. Orfeo desciende a los infiernos a salvar a Eurídice; la condición
de su rescate (condición impuesta, no por azar, por una ley infernal invocada por Pluto)
establece que hasta la salida del Hades Orfeo, que precede a Eurídice, no dará vuelta la
cabeza para mirarla 2. Pero Orfeo no puede resistir la tentación y pierde definitivamente a
Eurídice.
En la versión brasileña, Eurídice dice: "Si pudieras escucharme en vez de verme". El regreso
al infierno se cierne como amenaza para la pareja ante la imposibilidad de que el varón
escuche a la mujer, que es para él ante todo presencia visible, física o sexual, antes que
palabra portadora de sentido. Orfeo, mitad dios y mitad hombre, es el creador de la música, el
supremamente escuchable, nunca el escuchante. La condición impuesta a Orfeo, en realidad,
consiste en superar esta situación de ensordecimiento, y así responder al deseo más profundo
de Eurídice: el ser oída
Más allá de la disputa entre los sexos, sin embargo, lo que parece sugerir el mito, desde el
fondo de los tiempos, es la trágica circunstancia que hace que los más dotados para la música
y la palabra -y los poderes que de estos dones se derivan- sean con frecuencia también los
menos dotados para la atención y la escucha. Una figura posible del mito, aquella que
estamos explorando en este texto, representa la incapacidad de los seres humanos de
escucharnos unos a otros, así como la contumacia de nuestra inconsciente negativa a escuchar
aquello que precisamente nos permite hablarnos: nuestro lenguaje. Así, reducimos a nuestros
interlocutores y a nuestro lenguaje a la nada del sinsentido y el olvido.
Las lenguas no sólo se "emplean", no son sólo valores de comunicación, expresión personal o
uso colectivo: contienen la experiencia de los pueblos y nos la transmiten. La expresión "usar
la lengua" reduce la lengua a un instrumento, cuando en realidad la lengua es un proceso que
vastamente nos trasciende
Si la palabra sabe más de nosotros que nosotros mismos es porque viene de una tradición de
experiencia humana que nos supera en el tiempo y en el espacio. Las palabras que hoy día
pronunciamos son sobrevivientes de catástrofes históricas donde el latín pereció
Si aceptáramos que la lengua nos circula como la sangre que nos sustenta, o bien nos penetra
como el aire que respiramos, nos encontraríamos más abiertos a "ser hablados" por las
lenguas antes que a hablarlas, a ser inspirados y aspirados por ellas antes que a aspirarlas o
inspirarlas omnipotentemente, como en vano tratamos de hacerlo.
Precisamos reencontrar un aire más libre, donde las palabras, restituidas a sí mismas, a su
propia personalidad, nos sorprendan y nos iluminen, conversen y se rían de nosotros y de
ellas mismas con nosotros, en vez de ser exclusivamente nuestras mucamas, espías o niños
mensajeros.
En cuanto al sentido metafórico de las tinieblas de las que habla Juan, deberíamos
disponernos a un estado de alerta, porque el hecho insoslayable es que estas tinieblas se ven
representadas por la cultura global del capitalismo 7 salvaje que vivimos: una empresa
destinada a demoler nuestra conciencia del lenguaje, increíblemente eficaz en este sentido.
Cuando palpamos la increíble estrechez de la franja verbal de los diarios, la televisión y la
literatura best-seller de nuestra época, cuando la conversación (una forma de poesía mutua si
es verdadera) es desalojada violentamente de los lugares de encuentro por los alaridos
infantiles y patéticos del peor rock, cuando la letra de las canciones más populares desciende
al infierno de la monotonía y la estupidez, es nuestro lenguaje (y a través del lenguaje
nosotros mismos, en lo más profundo de nuestra identidad) el que es atacado y destruido.
Fingir que no registramos esta degradación, que es también la nuestra, pretender que no la
experimentamos, es crear una suerte de costra a nuestro alrededor que acaba por separarnos
de nuestros propios deseos y de nuestra propia felicidad, porque el lenguaje, en su pureza y su
vitalidad, es una de las mayores y más profundas fuentes de gracia, dignidad y felicidad en la
vida humana.
Para un sistema consumista como el que nos tiraniza, es indispensable la reducción del
vocabulario, el aplanamiento y aplastamiento colectivo del lenguaje, la exclusión de los
matices -que muchas veces significa el olvido de los propios deseos-y sobre todo, la pérdida
del sentido del goce y la lucidez que la lengua puede llegar a proporcionarnos.
El espacio oficial de la palabra está hoy confinado a "los medios", término cuya metáfora
conviene cuestionar.
Existe entonces una tensión en las relaciones entre cultura y lenguaje. En cierto modo,
podemos decir que la cultura envidia al lenguaje su indetenible poder de regeneración. La
violencia sobre el lenguaje, sobre el Eros que manifiesta el lenguaje, sólo puede venir de una
poderosa pulsión de muerte ambiental que tiende a manipular, deteriorar y tergiversar el
sentido primero y original de esa comunicación única, celebrante y placentera, que es el
lenguaje en el mundo del Eros.
la destrucción de la intimidad y la vida interior, ante todo la del adolescente, es una condición
sine qua non para su adiestramiento posterior como títere del mercado y cliente fiel de la
farándula. Estos desplazamientos forzosos en la batalla de la palabra contra el ruido, estos
aturdimientos programados no son inocentes. Implican una fiera voluntad de arrasar al otro
en su fuero íntimo, el propósito de instalar el corazón digital y la implacable velocidad
electrónica en el mundo de la mente, no acompañando sino sustituyendo violentamente y
excluyendo para siempre los otros ritmos necesarios al corazón humano.
el horror al vacío impone no perdonar un solo hueco de atención pura y desnuda en la ruidosa
selva de la ciudad contemporánea.
El lenguaje, don que no se puede perder, nos singulariza como individuos, el lenguaje es
también un referente necesario para plasmar y sostener, no sólo la individualidad propia, sino
la del grupo.
su naturaleza se opone a la de todos los otros bienes de consumo, que en lugar de ser
gratuitos, solidarios e inagotables son, sin excepción, agotables, costosos y no compartidos
Una cierta y oscura omnipotencia nos da permiso cotidianamente para ver horas de televisión
basura o leer las peores secciones de los diarios o escuchar los noticieros más sensacionalistas
o la música más deleznable, acumulando de ese modo en nosotros mismos una enorme resaca
de sedimentos espurios que nos va convirtiendo en seres opacos y carentes de toda energía y
transparencia. Aun cuando nos creamos impunes o invulnerables, nos estamos destruyendo
nosotros mismos, del mismo modo que se destruyen los que comen y beben
irresponsablemente hasta destrozar sus cuerpos, sus vidas y las de los que los rodean.
nos es necesaria la escucha atenta del lenguaje cotidiano, el prestar oídos a las novedades y
hallazgos del habla coloquial e infantil y el recrearnos en el lenguaje como fuente de humor.
Y siempre y ante todo, aproximarnos a la poesía como a la zona más alta y misteriosa del
lenguaje, la comprobación más certera de su fuerza mágica y de los mundos de energía y
libertad que a través de ella nos habitan.
Este cuidar por lo etimológico nos remite a etytmon, que significa, en griego, lo cierto;
porque los griegos consideraban que lo cierto de una palabra es su origen, el momento
inaugural en que fueron pronunciadas por primera vez.
El proyecto etimológico representa una suerte de inversión del mito de la Torre de Babel, que
es una forma del mito del Progreso. Babel, como Prometeo, es el proyecto humano de
arrancar a la potencia divina su capacidad creadora. El progreso, y sobre todo el progreso
tecnológico, es una conveniente proyección de ese mito. Así como en el relato bíblico el
castigo a la soberbia de los hombres consiste en la pérdida de un lenguaje único, el progreso
científico y tecnológico consiste en gran medida, sobre todo en la era computacional, en el
remplazo de la lengua natural por múltiples códigos, muchas veces ininteligibles entre sí.
Lo mismo ocurrió, naturalmente, con la llegada del libro, que desterró en gran medida el
espacio de la memoria y la tradición oral, y sometió por un largo tiempo a vastos sectores -en
particular a las mujeres, predestinadas como analfabetas- al apartamiento cultural. Cada hito
en el progreso tecnocultural marca así también la frontera de una nueva legión de destituidos
y en ocasiones la pérdida de un rico territorio natural de encuentros humanos.
La mirada etimológica representa nuestro encuentro con el aura de una palabra que es "la
aparición única de una realidad lejana".
Este idioma reconstruido hipotéticamente, del que no nos quedan documentos pero que debió
existir, sin duda, ya que de otro modo no se explicarían las coincidencias sistemáticas que se
dan entre estos grupos de lenguas, esta lengua originaria se llama el indoeuropeo
Fundamental para establecer la existencia del indoeuropeo fue el estudio del sánscrito, la
lengua sagrada de los hindúes. A través de la comparación del sánscrito con otras lenguas
occidentales y orientales pudieron reconstituirse, hace dos siglos, las raíces del indoeuropeo,
y se pudo establecer que se trataba de una lengua común, hablada probablemente alrededor
del tercer milenio antes de Cristo en la región de Anatolia
hemos seleccionado un grupo de términos que demuestran hasta qué punto el etymon, lo
cierto de cada palabra, contradice muchas veces la espesa apariencia de significados
convencionales que van acumulándose en torno de ella, por virtud de una sociedad represiva
y bienpensante y de una conciencia nublada acerca de los valores profundos del lenguaje.
Tomemos por ejemplo la palabra familia. ¿De dónde viene familia? Quizás alguno de entre
nosotros recuerde que en una época, en ciertos medios sociales, se llamaba a las empleadas
domésticas fámulas, es decir, sirvientas. En latín, famulus significa esclavo. Las familias
romanas, que eran familias extendidas, donde vivían conjuntamente muchos parientes de
distintas generaciones y diferentes grados de consanguinidad, albergaban también a los
esclavos, y una famulia o familia es en realidad, lingüísticamente, un conjunto de esclavos.
Porque lo que les interesaba a los romanos no era tanto destacar los vínculos parentales entre
parejas o padres e hijos, sino el poderío económico-social que revelaba el número de esclavos
que como grupo de producción y servicio cada familia poseía. De modo que cuando hoy
decimos por ejemplo familia cristiana estamos hablando, etimológicamente, de un conjunto
de esclavos cristianos, o un conjunto cristiano de esclavos, como se quiera. Lo interesante es
que la Iglesia, que apoya a la familia como baluarte central de sus prédicas sociales, jamás
cuestionó ni transformó la palabra familia jamás la escuchó profundamente, diríamos. Como
el cristianismo, además, dice en principio oponerse a la esclavitud, llegamos así a una cierta
contradicción, que sin embargo nuestras normas lingüísticas conservan y preservan hasta
nuestros días. Pero el hecho de que familia, originariamente, signifique un conjunto de
esclavos, indica que en el mantenimiento de la palabra y en la formación misma del concepto
y de la institución, los lazos económicos y/o de poder fueron más significativos, con todo,
que los lazos de la sangre, y que lo esencial, antes que asegurar la protección paternal o el
amor materno o la legalidad reproductiva, ha sido -y probablemente lo es todavía, en gran
medida- garantizar el orden de una unidad infraestructural de servicio fundamentalmente no
mutuo.
Pero sobre todo, hay que resaltar que estos puentes de sentido se han perdido por nuestra
incapacidad de ver en la lengua algo más que un instrumento de comunicación y por el modo
en que violentamos nuestro contacto profundo y natural con ella.
El cuerpo diminutivo
Acaso aquello que mejor se opone a la violencia no sea meramente el sosiego, la serenidad de
la paz interior, sino la ternura -es decir, la paz que se apoya y se envuelve en la ternura. Así
como la violencia es el filo de la agresividad, la ternura es la medida protectora del amor.
Muchas de las palabras que designan en español los órganos o partes del cuerpo provienen de
nombres que en latín llevan un diminutivo: en nuestro lenguaje hay algo así como una
conciencia maternal del cuerpo.
Así, la palabra oreja significa en realidad -etimológicamente- pequeña oreja -aures + cula:
aurícula, orejita. Lo mismo ocurre con ojos, que viene de oculos: pequeños huecos; a su vez,
rodilla viene de rotula, pequeña rueda.
Saber se relaciona con sabor o sea, con gusto. El español subraya el placer o el gusto que
podemos encontrar en el conocimiento. Mientras la ciencia fragmenta y analiza, la sabiduría
se goza y complace con el sabor de las cosas.
Las lenguas no son sólo construcciones verbales específicas, sino que acarrean con ellas la
experiencia de cada nación, experiencia única para la cual existen, por cierto, leyes de
traducción y validación en otras lenguas, sin que esto implique eliminar, sin embargo, un
residuo intransferible que constituye lo precioso, lo único y necesario de cada lenguaje, lo
que cada uno aporta irreemplazablemente a la mente universal.
Las lenguas orientan, fijan y limitan nuestro horizonte cognoscitivo: los celtas no conocían
lingüísticamente la diferencia entre el verde y el azul; ante la muerte, los yamanas -que
carecen del verbo morir-dicen que los hombres se pierden, pero los animales se rompen
Como ya hemos dicho, no se trata sólo de hablar una o más lenguas, sino de saber
escucharlas, empe zando por la propia, que hemos aprendido a desaten der a fuerza de su
desgaste por el uso y abuso. Pero además hay que hacerlas dialogar entre sí, del mismo modo
que los anfitriones presentan a los amigos para alcanzar la diversidad y la plenitud de la
fiesta.
Existen sectores del vocabulario, sumamente reveladores, donde las lenguas se contraponen
y/o se complementan, y de acuerdo con su idiosincrasia, iluminan ciertos aspectos de las
mismas cosas antes que otros, o bien carecen de una palabra propia para un concepto o
sentimiento que en otras lenguas resulta fundamental, o bien la connotación y el matiz son
distintos, o bien la imagen o metáfora que implica la palabra es totalmente otra. Ésta es una
de las maneras más gratificantes de escuchar las lenguas
Una de las consecuencias favorables de la explosión del inglés como lengua global reside en
el hecho de que todos aquellos que lo aprenden como segunda lengua están inevitablemente
expuestos a desarrollar un segundo oído interior, por el cual las comparaciones léxicas, por
inconscientes que aparezcan, son potencialmente conductos de una percepción más clara y
aguda de los distintos valores de representación que se dan en diferentes lenguas
Los ingleses hablan en sentencias (sentences), es decir, que se sienten jueces dirigiéndose a
acusados; nosotros, en oraciones, dirigiéndonos como creyentes, a través de nuestros
interlocutores, a Dios; más prácticos y racionales, los holandeses hablan en significados
(zinnen); y los franceses, típicamente, incurren en frases (phrases), ya que la frase es la
unidad rítmica fundamental.
Músicas intransferibles
Estos residuos, estos imponderables irreducibles se perciben sobre todo en la poesía, porque
son los poetas quienes están llamados naturalmente a realzar esa pre ciosidad única de los
lenguajes que hablan a través de ellos.
La oreja argentina es una oreja poliglótica y admite y absorbe préstamos e imágenes que van
paulatinamente confiriendo una tonalidad particular a nuestro hablar, del mismo modo que
las grandes lenguas europeas se revelan como poderosas fusiones de familias lingüísticas
muy diferentes: la céltica, la latina y la germánica, entre muchas otras.
El castellano, que en esto se aparta del francés y del inglés, que carecen de equivalencias
literales, registra las malas palabras.
La etimología nos dice que blasfemar se relaciona etimológicamente con lastimar, del mismo
modo que insulto es una suerte de asalto en lo in terior. La palabra mala, la agresión verbal
desenfrenada es inminencia de ataque físico y ataque en sí.
Porque hablar impropiamente no sólo es cometer una falta en lo que se dice, sino causar un
mal a las almas". De lo que podría deducirse, inversamente, que hablar participando en lo
propio del lenguaje, es decir, hablar respetando, afianzando, afinando las cualidades creativas
y poéticas de la lengua, resguardando su decoro, su gracia, su riqueza, en una palabra, su
dignidad, es hacer un bien a las almas. A veces esto ocurre en los recitales de buena poesía,
cuando la gente se pone a sonreír suavemente, reconociendo el resplandor de su propia
lengua emergiendo de las rutinas desgastantes y de las distorsiones vulgarizantes que la
desfiguran y sofocan.
Lenguaje y Humor
Viene al caso señalar cómo precisamente quienes detentan el poder de legitimar estos
órganos de conservación y preservación del lenguaje que son, supuestamente, los
diccionarios, caen en excesos interpretativos lindantes con la comicidad. Jugar al diccionario
es una actividad capaz de depararnos ilimitadas sorpresas. En una de sus acepciones, el beso
se define también -y todavía- como "golpe fuerte que se dan en la cara dos personas"
Si deploramos en general, con justo motivo, el nivel de lenguaje de los medios o del habla de
algunos grupos de adolescentes entre nosotros, no podemos hacerlo sin reparar al mismo
tiempo en aquellos que son signos de esa frescura aluvional con que la lengua sigue
avanzando aun en zonas y épocas nubladas.
Ninguna de estas innovaciones proviene de escritores ilustres o periodistas brillantes u
oradores enjundiosos ni mucho menos de académicos consagrados; son todas fantasías,
innovaciones o gracias colectivas y anónimas que algún día brotan y otros días se marchitan o
se expanden y prenden en el aire febril de la ciudad. Como dice Heidegger, "el habla habla":
las nuevas palabras, las fonéticas innovadoras se instalan en el aire de las conversaciones sin
las luchas feroces que llevan al estrellato a un best-seller o a un cantautor o a una animadora
de televisión: del pueblo vienen y al pueblo van.
El lenguaje está naciendo todos los días del común consenso y de su propia y colectiva
libertad. Crece como un niño indetenible, se ríe de las normas innecesarias, pero guarda la
inconsciente memoria de la riqueza del pasado y de ella se abastece con rara precisión
Infancia y Lenguaje
Nada más injusto que el nombre del in-fante, que significa que el niño no puede o no sabe
hablar -como el soldado de infantería, llamado así porque carece del derecho de réplica
El chico cuestiona la lengua, irrumpe con la lógica de cabo contra el anómalo quepo y
adjetiva y redefine sorprendentemente los términos del común vivir.
Poesía y lenguaje
No deberíamos, entonces, deslizarnos al cliché apoca líptico, porque, felizmente, las culturas
transcurren y se suceden unas a otras, mientras el lenguaje, a pesar de llevar en sí las
cicatrices de las diferentes hecatombes culturales, económicas e históricas de las cuales es
testigo y víctima, sigue allí como depósito de la memoria colectiva y fuente viva de la vida y
la poética futura
También los señoríos electrónicos, también los bancos off shore se consumen y desploman,
pero no, curiosamente, las palabras de Jorge Manrique, que resplandecen oscuramente a
través de los siglos. Ninguna multinacional puede apagar los ecos de aquel "Verde que te
quiero verde" con el cual Federico García Lorca modificó de una sola pincelada el español de
su época, y a nosotros con él. Ninguna deuda externa, ningún riesgo país puede superar lo
que el universo le adeuda a aquel muchacho oscuro que en una pensión de Santiago de Chile,
a los diecinueve años, se sienta a escribir: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche. /
Escribir, por ejemplo: El cielo está estrellado/ y tiritan azules los astros a lo lejos".
Hay algo particularmente hermoso y natural en la poesía que nace del lenguaje porque el
lenguaje nunca se acaba; no hay que salir a buscar o a comprar sus ele mentos, como lo debe
hacer el escultor o el pintor con sus materiales. Está allí, inacabable, siempre; nunca agotable.
Y una de los rasgos más peculiares de la poesía es que, a diferencia de los objetos de la
ciencia, que son definidos y definibles rigurosamente, nadie puede definirla a ciencia cierta.
En otras palabras, ninguno de nosotros sabe en realidad, definitivamente, qué es la poesía;
nadie, en rigor, la conoce; pero todos, sin excepción, nos reconocemos en ella.
Y la poesía debe pasar obligatoriamente por la ca tarsis del silencio, sobre todo del silencio
lector. Antes de escribir un poema, debiéramos asomarnos a escuchar aquellos cien poemas
que bordearon o dijeron lo que, acaso sin saberlo, repetiremos defectuosamente. La poesía
empieza con la escucha humilde y purificadora, no con explosiones prematuras de un
narcisismo mal contenido.
La violencia que ejerce el poeta contra el lenguaje inerte y cosificado con el cual tiene que
medirse es la violencia de los dolores de parto que anuncian la creación de un nuevo lenguaje
en el lenguaje, contra el lenguaje
Es preciso decir que el carácter inasible de la poesía es uno de sus poderes, pero también una
de sus mayores debilidades, porque en nombre de ella, es decir, en su nombre falsificado, se
producen enormes embustes y sacrilegios, como lo es la producción de teorías ininteligibles
acerca de ella, o bien la carrera de los premios oficiales, que muchas veces laurea a
determinados escritores por modas culturales, por sus preferencias políticas o sexuales, es
decir, consideraciones que nada tienen que ver con ella.
Cuerpo de la palabra
Parecería obvio que la primera y primordial materia de la poesía es la música de la palabra, el
cuerpo glorioso de la palabra, y que precisamente la poesía sea el reclamo de los poderes
corporales del lenguaje.
La ausencia de esta fuerza física, esa capacidad de impregnar de un solo golpe nuestra
memoria y nuestra vida que tiene la gran poesía, es quizá uno de los rasgos más notables de
la poética contemporánea en nuestro medio. Acaso con el propósito de liberarse de toda
retórica, se incurre ahora en una retórica negativa, que es la de la trivialidad, la opacidad, la
deliberada mortificación del espléndido cuerpo verbal de la palabra.
¿Cuál sería, entonces, la estrategia a seguir para quienes nos aferramos atentamente a las
zonas de su pervivencia de la poesía, ya que la poesía es nuestra propia forma de
supervivencia? Pienso fundamental mente en dos caminos. Uno, el que consiste en desem
barazarse de la panoplia oficial de evaluaciones, y atender y suscitar con mayor lucidez y
ternura a la poesía de los más desconocidos -no de aquellos que hacen de la poesía un buzón
sentimental, como ocurre con excesiva frecuencia, sino de aquellos que saben que la poesía
es fundamentalmente un salto mortal en un lenguaje nuevo, y a esa riesgosa empresa se
atreven.
Pero como la poesía participa del eterno retorno (es un avatar dichoso de este mito), está
también el camino del regreso. Éste es el camino que nos lleva a releer y reconstruir con amor
la gran poesía descuidada o ignorada que nos ha precedido, y que yace entre nosotros
La poesía está allí diciendo: "Dejen que los chicos se acerquen a mí", y los celadores del
orden global y electrónico, los mismos que distribuyen pornografía a destajo por Internet, no
se lo permiten. Una tecnología que impulsa a desplazar toda me moria al depósito de una
computadora y destierra el aprendizaje verbal en la superficie de la tierra civilizada es una
tecnología que se ensaña con nuestra conciencia lingüística, con sus poderes y placeres, para
reemplazarla por el muchas veces vulnerable poderío de la máquina. Alienación de la
memoria, esclavitud del mercado computacional: el deslumbramiento y entusiasmo por el
innegable progreso que los "ordenadores" repre sentan oculta muchas veces la violencia
depredadora de esta empresa que no casualmente se acompaña de medidas pedagógicas
pretendidamente progresistas, destinadas a recluir y cegar los manantiales del verbo a lo largo
y lo ancho de todo el planeta.
Lenguaje y esperanza
Yo me imagino que acaso puede pensarse que, en este paisaje de la poesía aparentemente
amenazada que he trazado a grandes rasgos, me estoy refiriendo de un modo subyacente o
lateral a esa permanente invasión de los idiomas imperiales en el mundo que presenciamos
actualmente, y en particular, a la del inglés. Éste es un malentendido que quiero despejar de
inmediato. En pri mer lugar, sin entrar todavía en los aspectos específicos del universo
poético, consideremos los aparentes peligros que corre el español ante el avance del inglés.
Lejos de ser la lengua la compañera del Impe rio, como quería Nebrija, enarbolando así la
consigna que condujo a la desaparición de tantas lenguas indígenas en Latinoamérica, el
Imperio ha dejado de existir y es la lengua la que reúne la conciencia cultural -no precisa
mente imperial- de 400 millones de hablantes.
Yendo a otro terreno, podemos notar que aunque es cierto que en muchos casos
innecesariamente se adoptan -en particular, en la Argentina más que en toda Sudamérica-
giros ingleses que sólo denotan el descuido, esnobismo o provincianismo de quienes los usan,
se debe recordar que hay también innovaciones afortunadas y humorísticas en este terreno.
En cuanto a lo que ocurre en el debate de influen cias entre lenguas en el área de la poesía,
creo que en gran medida la conciencia poética de un lenguaje se desarrolla precisamente a
través del contacto con otros lenguajes, del mismo modo que para el conocimiento de
nosotros mismos, nada supera el encuentro con el otro, con lo Otro.
En conclusión, podemos pensar la poesía, el más alto resplandor del lenguaje, como una
manifestación del Eros, y podemos considerar la violencia de la alie nación lingüística como
una exteriorización de Tánatos, la pulsión de muerte que amenaza el accionar del Eros.
Contra esta destrucción la poesía revela su don de escucha y sus poderes de lucidez, de
protección, y de supervivencia -todos ellos ligados a la pulsión de vida.
Violencia y violencia
El lenguaje, según lo hemos ido contemplando en este recorrido, está expuesto a violencias
positivas y negativas. Son violencias positivas las que lo obligan a recrearse y transformarse,
ya sea por la innovación de la lengua callejera, la transgresión de los poetas, las variaciones
dialectales que enriquecen sus potencialidades.
si los embates del inglés pueden causar heridas, mamarrachos y perplejidades en nuestro
idioma, no podemos olvidar que el inglés mismo, a través de un lento filtraje inevitable,
acabó por ser un armonioso y poderoso mosaico de voces germánicas, celtas y latinas
Puede parecer una utopía inocente, una ingenuidad elitista profesar la salvación por la
palabra. Mucho más, por cierto, es necesario. En verdad, el lenguaje no nos es suficiente,
pero nos es necesario; la palabra sola no puede salvarnos, pero no nos podemos salvar sin la
palabra. La derrota de la palabra implica una ceguera letal, un leso crimen de humanidad, un
craso fracaso que necesitamos conjurar por todos los medios a nuestro alcance para no
descender al infierno que nos proponen nuestros enemigos. Y en el combate con las tinieblas,
el hecho de que la luz, la inteligencia, la alegría y el pan de la palabra estén con nosotros, que
la veneración por el misterio y la vida de la palabra esté con nosotros, no será ciertamente una
de nuestras menores ventajas.
Vivimos en una era donde cada uno es su propio empresario, su propia marca. Las redes
sociales convierten la vida en un escaparate donde reina la estética del "me gusta". Esto
tiene implicaciones profundas:
3. 🖼️Estética de lo liso
4. 🧘 Pérdida de lo contemplativo
La belleza de antes requería tiempo, contemplación, paciencia. Hoy todo debe ser inmediato,
eficiente, viral.
La estética actual:
Genera conformismo.
Cierra el pensamiento.
Elimina lo negativo (la crítica, el dolor, la falta).
Han no ofrece una solución clara, pero sugiere que la belleza debe volver a ser aquello que
nos inquieta, que nos transforma, que nos conecta con lo otro y con lo sagrado. Salvar lo
bello implica resistir la positividad total y recuperar el poder transformador del arte, el
pensamiento y la contemplación