Esta definición busca claramente distinguirse de la noción de asistencia social, lo cual es
positivo ya que hace más amplio el campo de acción. Sustituye la atención a poblaciones
vulnerables por “desajustes en lo relativo a la interacción de las personas”, lo que hace
pensar que toda clase de individuos pueden ser intervenidos socialmente. Conlleva también
considerar la importancia de actuar en diferentes momentos, ya sea antes para prevenir, al
momento de la situación como reacción, y corregir para que en el futuro cambien las
condiciones.
Esos elementos son útiles dentro de esa noción, pero podría hacerse más completa si
agregamos dos elementos faltantes. El primero tiene que ver con una reformulación acerca
de lo que el autor considera como “autonomía funcional para la vida diaria e integración
relacional (familiar y comunitaria)”. No es necesario limitar dicha integración solo al
aspecto de la familia y la comunidad, sobre todo cuando partimos de la importancia de la
interrelación de los pilares del bienestar (Esping-Andersen, 1999; Barba, 2021). En este
sentido, también sería importante que los individuos tuvieran esa autonomía e integración
en el mundo del trabajo, al igual que en el de la participación política, dado que estas son
necesidades básicas para la integración óptima a la sociedad (Gough, 2006).
Por otra parte, aunque no está de más considerar que todo individuo puede ser objetivo de
intervención para mejorar sus condiciones de vida, la situación actual enunciada en la
primera sección de este trabajo (CONEVAL, 2020; CEPAL, 2020; CEPAL, 2021) da
cuenta de la necesidad existente en ciertos sectores que, si no se toman acciones de manera
urgente, podrían ver agravada su situación y entrar en un proceso de movilidad
descendente, lo que implica menor cantidad de recursos para enfrentar los riesgos sociales
que afectan a su bienestar.
De esta manera, la intervención social en la coyuntura actual sí tiene que tener en cuenta las
poblaciones que están en especial vulnerabilidad, porque implican dos terceras partes de la
población (CEPAL, 2021) y porque transformar su situación tendría un impacto amplio en
todo el sistema social. Se trata de una intervención que tenga en cuenta la interrelación de
los pilares del bienestar (Esping-Andersen, 1999) para crear las acciones necesarias. Esto
conlleva a ligar el concepto con el de política social y económica. Por ejemplo, en 2020
durante la pandemia los gobiernos de 32 países en América Latina y el Caribe crearon 263
programas de transferencias hacia sectores de bajos ingresos, que vieron afectadas sus
condiciones por la situación global (CEPAL, 2021).
Si bien estas acciones tienen en consideración la importancia del recurso económico como
un paliativo para la crisis vivida, faltan ciertos elementos que el concepto más abarcador de
intervención social puede aportar. Habría que ver también el aspecto educativo, que con la
pandemia también se vio afectado (CEPAL, 2020) o los otros tipos de carencias, como el
acceso a la vivienda y a la salud que se exacerbaron (CONEVAL, 2020). Estas situaciones
demandan intervenciones sociales que van más allá de la transferencia monetaria (que
también es importante), como la creación de planes de estudio remotos en lo educativo, o
ciertas formas de mantener el acceso a la salud de poblaciones que no pueden recurrir al
sector privado.
Como se podrá notar hasta ahora, la intervención social tiene un fuerte tono normativo, lo
cual no significa que se demerite el concepto o su utilización práctica. Al contrario, se trata
de comprender la realidad social como una estructura en la cual interactúan múltiples
actores, mediante su agencia creadora y los condicionantes sociales que se les imponen
(Giddens, 1995). En este marco, la intervención social son acciones intencionales que bajo
una idea de lo que es necesario transformar, influyen con el objetivo de mejorar las
condiciones de ciertos individuos.