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Social

El documento aborda la necesidad de una intervención social que trascienda la asistencia social, enfocándose en desajustes en la interacción social y la importancia de la autonomía funcional en diversos ámbitos, incluyendo el trabajo y la participación política. Se destaca la urgencia de actuar en poblaciones vulnerables, especialmente en el contexto de crisis como la pandemia, donde se requieren intervenciones que aborden no solo la economía, sino también la educación, la salud y la vivienda. La intervención social se presenta como un proceso normativo que busca transformar las condiciones de vida de los individuos mediante acciones intencionales y la consideración de múltiples actores sociales.

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El documento aborda la necesidad de una intervención social que trascienda la asistencia social, enfocándose en desajustes en la interacción social y la importancia de la autonomía funcional en diversos ámbitos, incluyendo el trabajo y la participación política. Se destaca la urgencia de actuar en poblaciones vulnerables, especialmente en el contexto de crisis como la pandemia, donde se requieren intervenciones que aborden no solo la economía, sino también la educación, la salud y la vivienda. La intervención social se presenta como un proceso normativo que busca transformar las condiciones de vida de los individuos mediante acciones intencionales y la consideración de múltiples actores sociales.

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Esta definición busca claramente distinguirse de la noción de asistencia social, lo cual es

positivo ya que hace más amplio el campo de acción. Sustituye la atención a poblaciones

vulnerables por “desajustes en lo relativo a la interacción de las personas”, lo que hace

pensar que toda clase de individuos pueden ser intervenidos socialmente. Conlleva también

considerar la importancia de actuar en diferentes momentos, ya sea antes para prevenir, al

momento de la situación como reacción, y corregir para que en el futuro cambien las

condiciones.

Esos elementos son útiles dentro de esa noción, pero podría hacerse más completa si

agregamos dos elementos faltantes. El primero tiene que ver con una reformulación acerca

de lo que el autor considera como “autonomía funcional para la vida diaria e integración

relacional (familiar y comunitaria)”. No es necesario limitar dicha integración solo al

aspecto de la familia y la comunidad, sobre todo cuando partimos de la importancia de la

interrelación de los pilares del bienestar (Esping-Andersen, 1999; Barba, 2021). En este

sentido, también sería importante que los individuos tuvieran esa autonomía e integración

en el mundo del trabajo, al igual que en el de la participación política, dado que estas son

necesidades básicas para la integración óptima a la sociedad (Gough, 2006).

Por otra parte, aunque no está de más considerar que todo individuo puede ser objetivo de

intervención para mejorar sus condiciones de vida, la situación actual enunciada en la

primera sección de este trabajo (CONEVAL, 2020; CEPAL, 2020; CEPAL, 2021) da

cuenta de la necesidad existente en ciertos sectores que, si no se toman acciones de manera

urgente, podrían ver agravada su situación y entrar en un proceso de movilidad

descendente, lo que implica menor cantidad de recursos para enfrentar los riesgos sociales

que afectan a su bienestar.


De esta manera, la intervención social en la coyuntura actual sí tiene que tener en cuenta las

poblaciones que están en especial vulnerabilidad, porque implican dos terceras partes de la

población (CEPAL, 2021) y porque transformar su situación tendría un impacto amplio en

todo el sistema social. Se trata de una intervención que tenga en cuenta la interrelación de

los pilares del bienestar (Esping-Andersen, 1999) para crear las acciones necesarias. Esto

conlleva a ligar el concepto con el de política social y económica. Por ejemplo, en 2020

durante la pandemia los gobiernos de 32 países en América Latina y el Caribe crearon 263

programas de transferencias hacia sectores de bajos ingresos, que vieron afectadas sus

condiciones por la situación global (CEPAL, 2021).

Si bien estas acciones tienen en consideración la importancia del recurso económico como

un paliativo para la crisis vivida, faltan ciertos elementos que el concepto más abarcador de

intervención social puede aportar. Habría que ver también el aspecto educativo, que con la

pandemia también se vio afectado (CEPAL, 2020) o los otros tipos de carencias, como el

acceso a la vivienda y a la salud que se exacerbaron (CONEVAL, 2020). Estas situaciones

demandan intervenciones sociales que van más allá de la transferencia monetaria (que

también es importante), como la creación de planes de estudio remotos en lo educativo, o

ciertas formas de mantener el acceso a la salud de poblaciones que no pueden recurrir al

sector privado.

Como se podrá notar hasta ahora, la intervención social tiene un fuerte tono normativo, lo

cual no significa que se demerite el concepto o su utilización práctica. Al contrario, se trata

de comprender la realidad social como una estructura en la cual interactúan múltiples

actores, mediante su agencia creadora y los condicionantes sociales que se les imponen

(Giddens, 1995). En este marco, la intervención social son acciones intencionales que bajo
una idea de lo que es necesario transformar, influyen con el objetivo de mejorar las

condiciones de ciertos individuos.

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