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SALMOS 4

El Salmo 4 es una lamentación de David que no menciona enemigos, enfocándose en la confianza en Dios durante tiempos de angustia. David reprende a los hombres por su falta de fe y les exhorta a volver a Dios, destacando la importancia de la piedad y la oración. El salmo concluye con una afirmación de paz y confianza en la protección divina, reflejando la alegría que proviene de la relación con Dios.

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SALMOS 4

El Salmo 4 es una lamentación de David que no menciona enemigos, enfocándose en la confianza en Dios durante tiempos de angustia. David reprende a los hombres por su falta de fe y les exhorta a volver a Dios, destacando la importancia de la piedad y la oración. El salmo concluye con una afirmación de paz y confianza en la protección divina, reflejando la alegría que proviene de la relación con Dios.

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Notas de la Biblia de las Américas de Estudio

Salmos 4

Salmos 4 - Lamento sin enemigo nombrado y confianza


nocturna

Este es uno de los tres Salmos de lamentación que no mencionan


a ningún enemigo. Algunos creen que este es una oración
pidiendo lluvia. Durante la sequía, los súbditos del rey pierden la
confianza en el poder de la oración y se vuelven a lo que es falso
(Salmos 4:2); 2
Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo volveréis mi honra en
infamia, Amaréis la vanidad, y buscaréis la mentira? Selah

y al hacer esto crean la crisis. El Salmo consiste en una petición


introductoria (Salmos 4:1), 1
Respóndeme cuando clamo, oh Dios de mi
justicia. Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar; Ten
misericordia de mí, y oye mi oración.

Un lamento en forma de una reprensión contra los que no confían


en Dios (Salmos 4:2), 2
Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo volveréis mi
honra en infamia, Amaréis la vanidad, y buscaréis la mentira? Selah

siete exhortaciones a los apóstatas (Salmos 4:3-5),


1. Sabed, pues, que Jehová ha escogido al piadoso para sí;
3

2. Jehová oirá cuando yo a él clamare.


3. Temblad, y no pequéis;
4

4. Meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama,

pág. 1
5. y callad. Selah
6. 5
Ofreced sacrificios de justicia,
7. Y confiad en Jehová.

oraciones por el pueblo (Salmos 4:6) 6


Muchos son los que dicen:
¿Quién nos mostrará el bien? Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu
rostro.

y por el rey (Salmos 4:7) 7


Tú diste alegría a mi corazón Mayor que la de
ellos cuando abundaba su grano y su mosto.

pidiendo la protección de Dios, y confianza en Dios (Salmos 4:8).


8
En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová, me
haces vivir confiado.

SALMO 4
David era también predicador y muchos salmos suyos son
doctrinales, no sólo devocionales. La mayor parte de este salmo
es como un sermón.
I. Comienza con una breve oración.
(v. 1) y se pone a predicar:
II. Se dirige a los hijos de los hombres, es decir, a los hombres
en su condición pecadora,
y 1. Les reprende, en nombre de Dios, por el deshonor
que dan a Dios y el daño que se hacen a sí mismos (v. 2).

pág. 2
2. Pone delante de ellos la dicha que proporciona la
piedad, a fin de animarles a ser piadosos
(v. 3).
3. Les exhorta a que consideren sus caminos (v. 4).
III. Les anima a servir a Dios y poner su confianza en Él (v. 5).
IV. Refiere sus propias experiencias de la gracia de Dios que
obra en él (vv. 6–8). En cuanto a la numeración de versículos,
tenemos aquí el mismo caso que en el salmo anterior (nota del
traductor).
Versículos 1–5
El título del salmo nos da a conocer que David, tras componer
este salmo por divina inspiración, lo entregó al director de música
de la congregación, para ser cantado sobre Neguinoth es decir
(con la mayor probabilidad), con acompañamiento de
instrumentos de cuerda. Para la constitución de las distintas clases
de cantores, véase 1 Crónicas 25.
I. David se dirige a Dios (v. 1). El que Dios se digne escuchar
nuestras oraciones y las responda se debe, no a nuestro esfuerzo
ni a nuestros méritos, sino únicamente a su gracia. A dos cosas
apela aquí David:
1. A la justicia de su causa. «Dios de mi justicia» (v. 1) «no
equivale aquí a Dios justo, sino al Dios que conoce mi
justicia y conforme a ella me trata» (Arconada). Lo dice
con humildad, pues la humildad no se opone a la verdad.

pág. 3
2. A la experiencia que tenía del socorro divino: «En mi
angustia me diste espacio» (lit.); es decir, cuando me hallaba en
aprieto, en estrechura, me sacaste a libertad, a lugar amplio.
Apoyado en estas dos cosas, clama confiadamente:
«Ten misericordia de mí y oye mi oración».
II. Luego se dirige a los hombres, a fin de convencerles de
pecado y exhortarles a volverse a Dios.
1. Se esfuerza en convencerles de la insensatez de su impiedad
(v. 2): «Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo volveréis mi honra
(lit. gloria) en infamia?» Los que profanan el nombre de Dios, así
como los que ridiculizan su Palabra y sus otros medios de gracia,
convierten en infamia la honra y gloria que Dios se merece, aun
cuando profesen externamente una piedad cuyo poder no
conocen. Además, se hacen daño a sí mismos, pues van en busca
de la vanidad y de la mentira, es decir, de cosas sin consistencia
alguna; en el contexto presente, en busca de objetivos que están
abocados al fracaso más rotundo. Todos los que aman las cosas
mundanas, van en busca de vaciedades engañosas. No se puede
negar—nota del traductor—que la primera parte del versículo
ofrece cierta dificultad, por lo que los LXX vertieron: «… ¿hasta
cuándo (estaréis) endurecidos de corazón?» Sin embargo, si
atendemos a una expresión similar del Salmo 3:3, es muy
probable que lo que David declara es: «… ¿hasta cuándo
deshonraréis al que es mi gloria?»

pág. 4
2. Les muestra el peculiar favor que Dios muestra a los
piadosos (implícitamente se refiere a sí mismo, como se ve
por el contexto), la protección especial que les otorga y los
singulares privilegios que les confiere (v. 3). Es tremendo el
peligro en que se precipitan los que ofenden a uno de los
pequeñuelos que creen en Dios (Mt. 18:6). Dios dice que
quien les toca a ellos es como si tocara la niña de su ojo
(Zac. 2:8); y Él hará que los perseguidores lo sepan tarde o
temprano. «Y ellos serán míos, dice Jehová de los ejércitos,
mi propiedad personal en el día que yo actúe» (Mal. 3:17).

3. Les amonesta contra el pecado (v. 4): Temblad y no


pequéis». El verbo hebreo ragaz indica conmoción, ya
física, ya psíquica (sea de miedo o de ira), mientras que el
verbo jatá = pecar significa «errar el blanco». En este
contexto, Arconada sugiere la siguiente interpretación:
«Temed ir contra la voluntad de Jehová, que me favorece,
porque hará inútiles vuestros conatos de contradicción». La
cita de Pablo, en Efesios 4:26, se apoya en los LXX, y viene
a significar, según la autorizada opinión de W. Hendriksen:
«Que vuestra ira no sea pecaminosa». Un buen medio para
no pecar al estar airados es refrenar la lengua y meditar,
como expresa la 2.a parte del versículo 4: «Meditad en
vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad». Una
persona reflexiva lleva camino de ser una persona sabia y

pág. 5
prudente. Es conveniente examinar nuestra conciencia al
acostarse para ver en qué hemos fallado durante el día y
arrepentirnos de ello.
4. Les aconseja que tomen conciencia de sus deberes para con
Dios (v. 5): «Ofreced sacrificios de justicia, es decir, con el
rito debido y las indispensables condiciones internas, y
confiad en Jehová, puesto que quien cumple con sus
deberes para con Dios, puede estar seguro de la protección
divina». Cuando la piedad es sincera, por proceder de un
corazón recto, bien se puede confiar en la gracia y en la
providencia de Dios.
Versículos 6–8
1. El insensato deseo de los mundanos (v. 6): «Muchos son
los que dicen: ¿Quién nos mostrará el bien?» De qué clase de
bien hablan se colige por el final del versículo 7. Se gozaban
en el incremento de sus cosechas de cereales y de vino. Todo
lo que deseaban era la abundancia de los bienes de este
mundo, para abundar en los deleites de los sentidos. Preguntan
por un bien que pueda verse y palparse, pero no muestran
interés por las cosas que no se ven y sólo se perciben por la fe.
Así como se nos enseña a rendir culto de adoración a un Dios
invisible (Jn. 4:24; 1 Ti. 6:16; etc.), así también se nos enseña
a buscar bienes invisibles (2 Co. 4:18). Con los ojos de la fe
podemos ver cosas más lejanas que las que podemos ver con
los ojos de la cara. Lo que los mundanos desean es un bien

pág. 6
exterior, presente, pequeño y perecedero: buena comida, buena
bebida, buen negocio y buena hacienda; y ¿qué son todas estas
cosas comparadas con un buen Dios y un buen corazón?
Cualquier bien puede servir a los deseos de la mayoría de los
hombres, pero los espíritus selectos no se alimentan de
bazofia; los hijos de Dios tienen, por su gracia, más refinado el
gusto espiritual.
2. La sabia elección que hacen los piadosos. David, y los pocos
piadosos que estaban de su parte, elevaban a Dios esta oración (v.
6b): «Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro» (v. Nm.
6:26; Sal. 31:16; 80:3, 7, 19). David y sus amigos escogen por
bien suyo y meta de su felicidad el favor de Dios; éste es el bien
que, según ellos sabiamente valoran, es mejor que todos los
bienes de la vida terrenal. Aun cuando David habla solamente de
sí en los versículos 7 y 8, en esta oración del versículo 6 habla
también en nombre de otros, como Cristo nos enseñó a orar:
«Padre nuestro». Todos los hijos de Dios se acercan al trono de
Dios con las mismas peticiones y parecidos problemas, y en esto
todos son uno, pues todos aspiran al favor de Dios como al sumo
bien. Aprendamos a orar por otros así como por nosotros mismos,
porque en el favor de Dios hay bastante para todos y nunca
tendremos de menos por compartir con otros lo que tenemos. Lo
que constituye el motivo del regocijo de David es precisamente
eso (v. 7): «Tú diste alegría a mi corazón». Cuando Dios pone
gracia en el corazón, pone también alegría, no superficial, sino

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sólida y sustancial. Bien puede David terminar el salmo (v. 8) con
esta frase: «En paz me acostaré y asimismo dormiré; porque sólo
tú, Jehová, me haces vivir confiado» (v. Sal. 3:5). Se acuesta y
duerme tranquilo, porque se sabe sostenido y protegido por Dios.
Así hemos de hacer nosotros. Y cuando llegue el último sueño, el
sueño de la muerte, podremos decir con el buen Simeón: «Ahora,
Soberano Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya, conforme a
tu palabra, en paz» (Lc. 2:29), seguros de que Dios acogerá en su
seno a nuestra alma. Sigamos el consejo del mismo David en otro
lugar (Sal. 37:5): «Encomienda a Jehová tu camino y confía en
Él; y Él actuará». Si ponemos en manos de Dios nuestros
asuntos, bien podemos dejar también en sus manos el resultado.

pág. 8

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