Amo el blanco. Simplemente me encanta.
Odio
todo el ruido visual que generan el resto de colores. Es
simple impureza que se tiene que erradicar. No saben lo
que dicen cuando defienden el resto de los colores. Son
simples distracciones que los entretienen aquí y allá,
alucinados por el mareo que provoca ver un revoltijo de
manchas que ensucian un perfecto lienzo blanco. Es que
el blanco lo dice todo. No entiendo por qué buscan
respuestas en el resto del espectro, convencidos de que
encontrarán una verdad entre tantas mentiras plasmadas o
dichas, solo terminan encontrando ficciones que parecen
reales dentro de su distorsionado viaje.
El blanco lo es todo y todo lo explica el blanco.
Y no, a pesar de que odie a los sedientos de
radiantes impurezas, eso no significa que los escapistas
que usan el negro sean mejores. Los coloridos están
perdidos en un mar de mentiras, tal vez divertidas, pero
que al final terminan en nada. Aun así, quienes dicen que
nada les importa y se esconden en la oscuridad, son igual
-por no decir que peor, pero todavía no me he decidido,
algún día daré con una conclusión-, dotan a la vacía
mancha de ser todo cuando es nada, solo espacio entre
impurezas. Es que nadie entiende que el blanco es el final
del camino, el origen que nos sostiene, el puente que nos
ayuda a plasmar lo convencidos que están de su engaño
autoimpuesto.
Cuando casos como estos suceden (donde parece
haber una jaula que no deja escapar mientras se hace cada
vez más pequeña) solo queda construir un refugio por uno
mismo, y eso es lo que he hecho. Solo vivo en una pequeña
casa pero he hecho lo posible para mantener mi vista lo
más pura posible. Estoy seguro entre mis cuatro paredes
blancas sentado en mis blancos muebles que son pisados
por mis blancos accesorios, blancas herramientas y blanca
losa, todo protegido del polvo por una blanca manta.
Aunque ahí es cuando se manifiesta un dilema porque esa
manta también se llena de polvo así que le pongo otra, y
después otra y otra más y tal vez una más no le haría daño
así que le pongo otra a esa también y otra por si acaso y
otra para estar seguro y otra más tal vez; así hasta que se
me acaban y las termino quitando todas, además, se podría
perder el tono original.
Aunque no parezca, al final todo vale la pena
porque después de un mal día lleno de molestas
tonalidades, siempre puedo descansar en mi blanca cama,
que no tiene el tono perfecto -sería imposible llevar esa
densidad a tan suaves telas- pero la luminosidad que hay
ahí, la serenidad de que nada está ahí y ahora sí puedo
hablar con el todo en paz, hace que siempre valga la pena
estar un día más aquí. Lo único que quiero es una noche
tranquila en esa blanca luz.
Hablar de eso me recuerda, ¿te he dicho cuál es el
mejor blanco de todos? Es fácil entenderlo cuando
entiendes que es el que habita con nosotros, en nosotros y
entre nosotros. Es difícil de conseguir, pero eso solo lo
hace más emocionante. Vale la pena al final aunque
muchos no lo vean así, solo no quieren admitir lo que
todos saben en el fondo. Es tan simple, pero todos están
ocupados ocultando verdades que todos saben, fingiendo
que su máscara es quienes son en realidad. Lo hacen
complicado porque quieren que sea complicado, la verdad
siempre es más difícil de enfrentar, pero apremia mejor (si
solo se dieran cuenta de ello, no tenemos el suficiente
tiempo como para perderlo).
Y es que ese es el problema, creamos problemas
ficticios para darle soluciones ficticias, para luego darnos
cuenta de que están erradas porque al final no es real y
volver a empezar sobre el mismo cimiento roto, y así una
y otra vez. A nadie le importa que pueda haber un lugar en
el mundo para todos. Eres o no eres y ya. Y todavía
quieren aparentar -¿o ellos mismos se lo creen?- que no es
así, que realmente les importas, que en verdad te
compartirían ese asiento si fuera por ellos, pero no es
verdad -y nunca lo será-, están dando la solución al
problema que ellos crearon. No les importas, mucho
menos quieren ayudarte, si fuera por ellos te venderían al
mejor postor solo por poder comer del fruto prohibido una
vez más, ese gesto amable no es real. Escucha lo que
dicen, las palabras nunca engañan aunque quieran hacerlo
y esas sonrisas desaparecen en cuanto se dan la vuelta.
Su única arma para legitimar su engaño es crear
más casillas y ya, obligándose a hacer algo que no quieren
realmente, las palabras nunca engañan aunque quieran
hacerlo y esas sonrisas desaparecen en cuanto se dan la
vuelta, yo lo sé. Casillas que tarde o temprano quedarán
obsoletas, que se juzgará a quien no se ajuste a estas, todos
tienen que entrar lo quieran o no. Una libertad vestida de
cadenas que dejan llagas que nunca se curan por el roce
perpetuo, con su piel atravesada por las agujas que la
amarran a sus hilos y una corona que no se puede quitar,
imposible cuando se está pegada al cráneo y si no tiene
cuidado puede sentir como rozan sus blandos sesos.
Por eso es que todos deben de saberlo. La verdad
está ahí, a nuestro alcance, yo lo he visto, yo lo sé. Alguna
vez la ví brillar ante mí, impasible como siempre ha sido
y será, y aunque en principio su profundidad hace sentir
ese escalofrío por toda la médula, una vez en su cause,
nada te hará querer ni poder salir de ahí, está a solo un
paso llegar ahí. Una pequeña pérdida superficial al
principio palidecerá ante la gloria que se encuentra en el
resto del camino hacia el orgástico e inextinguible final.
Por eso es que emprendí a hacerlo por mis manos.
El problema es saber a quién, no se puede llegar a
una casa sin saber a que se enfrentará. Primero, me queda
claro que no iré a la casa de la esquina, fuera de toda razón
geográfica, jamás me abriría después de aquella vez que
casi muere solamente por salir a la calle. Era tan bella, se
veía tan pálida, tan falta de luz y aún así tan
resplandeciente. Estoy más que seguro que ella debe
entender algo que todos saben, o por lo menos su cuerpo
lo entiende. Algún día iré con ella después (y tal vez tocar
ese cabello, humedad o grasa, no me importa), pero no
ahora, ella se merece algo mejor. También queda fuera ese
hombre que vive solo en frente. Nunca había visto a
alguien tan muerto, sus ojos ni siquiera intentan mirar,
parecieran un adorno macabro para una marioneta de
carne cuyo cuerpo no está consciente de la muerte de su
mente. Nada raro realmente, pero lo acentúa el que su
esposa se haya colgado del árbol del jardín hace ya año y
medio, ella no pudo superar la desaparición de su hijo ni
porque ya habían pasado como unos 10 años, quién sabe
el caso con él. Como sea, ya no vale la pena ese vestigio
de persona ni valdría la pena intentar con alguien que por
alguna razón se preocupa tanto en seguir vivo que sigue
matando lo que le queda de vida. Tal vez por esa razón
termina alejando a los demás con esa desconfianza,
siempre hostil, ni manera de acercarse. Obviamente,
tampoco aquel borracho, menos recordando que hace unas
semanas se peleó con el vagabundo que siempre
merodeaba por la cuadra, vaya suerte no tener ni casa y
que todavía te quiten lo poco que tienes por venganza. Me
queda claro que él está descartado, no hay razón en
intentar dialogar con alguien que ya ni se puede escuchar
a sí mismo. Una opción también es la señora que pasa todo
el día en su casa, pero no, sería demasiado fácil, y eso
también lleva a resultados menos duraderos y efectivos,
además, debe de haber algo más detrás de ese cabello
teñido con tinte barato y las canciones de Ricardo Arjona
todo el día. No le creo a ese cuento de persona simple y
aburrida. Mejor no me acerco a ella.
Al final me decidí por ese muchacho que vive casi
a la esquina de la cuadra de la derecha. Lo he visto lo
suficiente como para saber que puedo intentar con él.
También porque es quien veo más perdido, tanto color lo
ahoga, sé que piensa que ya no puede escapar, se ve desde
lejos. Fuera de eso, no tenía algo que me indicara un
peligro como los demás, nada fuera de lo común sin llegar
a ser demasiado común. Es perfecto, sabía que podía
lograrlo con él.
Me preparé con toda la calma que se necesita, lo
llevé todo, practiqué lo que diría y cómo lo diría, incluso
hice una lista de eso, y una lista de las canciones en mi
celular obviamente; “Para la ocasión especial” fue su
nombre y tenía cada sentimiento conforme al tiempo que
se necesitaba. Lo ensayé varios días y lo planeé, lo eché
para atrás y lo volví a planear para asegurarme de que todo
saliera bien. Salí finalmente, fui caminando en ese calor,
ya entrada la noche y podía sentir como la tela de mi
camisa se pegaba a la espalda, esa humedad tan caliente
que no te deja respirar y se siente como el aire pasa por la
piel de lo pesado que es. Llegué y estuve veinte minutos
exactamente en frente volviendo a revisar que recordara
todo, que no se me olvidara nada, que todo saliera como
debía y finalmente me decidí por entrar.
Pero algo salió mal.
No sé qué exactamente pero algo salió mal porque no lo
disfruté.
No disfruté entrar y que me abriera con esa cara tan común
en todos preguntándome quién soy.
No disfruté tener que abalanzarme contra él y taparle la
boca para que nadie escuchara.
No disfruté tener que torcerle el tobillo derecho y
amarrarle la cinta que llevaba en el bolso izquierdo para
cerrar la puerta y asegurarme de que no corriera o gritara,
intentó arrastrarse pero el dolor no lo dejó.
No disfruté sentarlo en ese sillón anaranjado e irle
quitando la playera rosa y el pantalón café, y él llorando
preguntándome con dificultad por la cinta que si qué
quería, que si quién era, que si qué buscaba, que podía
hablarlo pero que lo dejara por favor.
No disfruté poner la mochila en esa mesa de madera
oscura y sacar metódicamente las herramientas que
necesitaría, de la más grande a la más pequeña, una hilera
para cada tipo.
No disfruté que no quisiera escuchar lo que me dijo -nunca
me quiso escuchar- y al final cortarle el cuello porque no
soportaba los gritos y las patadas desesperadas que hacían
crujir más ese tobillo cuando se golpeaba.
No disfruté siquiera la lista de música que hice porque ni
el ruido deja disfrutar bien las melodías ni la ausencia total
de esta deja sentir la atmósfera sonora con comodidad.
No disfruté cortar en tajos la piel e irla arrancando
lentamente hasta llegar a lo que quería porque cuál es el
caso si ya lo estaba haciendo por protocolo y no porque
había logrado mi objetivo.
No disfruté llegar a lo que tanto quería tener, ese hueso
sano y con buen color, porque por distraerme terminé
raspándolo con el cuchillo, arruiné su pureza, lo arruiné
todo, como siempre.
Me lo llevé, lo corté con la promesa de tratar de
arreglarlo, pero no toqué ni vi ese brazo después de ese
día. Tanto tiempo, tanta planeación y me equivoqué, ni
siquiera sé en qué.
Todo esto para evitarlo y aún así terminé
convirtiéndome en algo como ellos. A veces siento que
haga lo que haga todo me terminará arrastrando a esa
espiral, nunca podré escapar. Por esa pendejada ahora
estoy atrapado aquí, dijo y se quedó callado con la mirada
perdida.
Entonces, ¿lo admites de esa manera? Estás
diciéndome que lo asesinaste, tú mismo te acabas de
declarar culpable, dijo de manera seca y cortante, una
indiferencia clara.
¿Te he contado cuál es el mejor tipo de blanco? Es
fácil entenderlo cuando entiendes que es el que habita con
nosotros, en nosotros y entre nosotros. Es difícil de
conseguir, pero eso solo lo hace más emocionante. Vale la
pena al final aunque muchos no lo vean así, solo no
quieren admitir lo que todos saben en el fondo