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Blanco - Arrayán Editorial

El autor expresa su amor por el color blanco, considerándolo la esencia de la verdad y la pureza, en contraste con la distracción que representan los demás colores. A través de una narrativa introspectiva, reflexiona sobre la búsqueda de la verdad y la lucha contra las impurezas de la vida, culminando en un acto violento que lo lleva a cuestionar su propia humanidad. A pesar de su deseo de encontrar un significado en el blanco, se enfrenta a la realidad de haber caído en la misma trampa que critica.
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Blanco - Arrayán Editorial

El autor expresa su amor por el color blanco, considerándolo la esencia de la verdad y la pureza, en contraste con la distracción que representan los demás colores. A través de una narrativa introspectiva, reflexiona sobre la búsqueda de la verdad y la lucha contra las impurezas de la vida, culminando en un acto violento que lo lleva a cuestionar su propia humanidad. A pesar de su deseo de encontrar un significado en el blanco, se enfrenta a la realidad de haber caído en la misma trampa que critica.
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Amo el blanco. Simplemente me encanta.

Odio

todo el ruido visual que generan el resto de colores. Es

simple impureza que se tiene que erradicar. No saben lo

que dicen cuando defienden el resto de los colores. Son

simples distracciones que los entretienen aquí y allá,

alucinados por el mareo que provoca ver un revoltijo de

manchas que ensucian un perfecto lienzo blanco. Es que

el blanco lo dice todo. No entiendo por qué buscan

respuestas en el resto del espectro, convencidos de que

encontrarán una verdad entre tantas mentiras plasmadas o

dichas, solo terminan encontrando ficciones que parecen

reales dentro de su distorsionado viaje.

El blanco lo es todo y todo lo explica el blanco.


Y no, a pesar de que odie a los sedientos de

radiantes impurezas, eso no significa que los escapistas

que usan el negro sean mejores. Los coloridos están

perdidos en un mar de mentiras, tal vez divertidas, pero

que al final terminan en nada. Aun así, quienes dicen que

nada les importa y se esconden en la oscuridad, son igual

-por no decir que peor, pero todavía no me he decidido,

algún día daré con una conclusión-, dotan a la vacía

mancha de ser todo cuando es nada, solo espacio entre

impurezas. Es que nadie entiende que el blanco es el final

del camino, el origen que nos sostiene, el puente que nos

ayuda a plasmar lo convencidos que están de su engaño

autoimpuesto.

Cuando casos como estos suceden (donde parece

haber una jaula que no deja escapar mientras se hace cada

vez más pequeña) solo queda construir un refugio por uno


mismo, y eso es lo que he hecho. Solo vivo en una pequeña

casa pero he hecho lo posible para mantener mi vista lo

más pura posible. Estoy seguro entre mis cuatro paredes

blancas sentado en mis blancos muebles que son pisados

por mis blancos accesorios, blancas herramientas y blanca

losa, todo protegido del polvo por una blanca manta.

Aunque ahí es cuando se manifiesta un dilema porque esa

manta también se llena de polvo así que le pongo otra, y

después otra y otra más y tal vez una más no le haría daño

así que le pongo otra a esa también y otra por si acaso y

otra para estar seguro y otra más tal vez; así hasta que se

me acaban y las termino quitando todas, además, se podría

perder el tono original.

Aunque no parezca, al final todo vale la pena

porque después de un mal día lleno de molestas


tonalidades, siempre puedo descansar en mi blanca cama,

que no tiene el tono perfecto -sería imposible llevar esa

densidad a tan suaves telas- pero la luminosidad que hay

ahí, la serenidad de que nada está ahí y ahora sí puedo

hablar con el todo en paz, hace que siempre valga la pena

estar un día más aquí. Lo único que quiero es una noche

tranquila en esa blanca luz.

Hablar de eso me recuerda, ¿te he dicho cuál es el

mejor blanco de todos? Es fácil entenderlo cuando

entiendes que es el que habita con nosotros, en nosotros y

entre nosotros. Es difícil de conseguir, pero eso solo lo

hace más emocionante. Vale la pena al final aunque

muchos no lo vean así, solo no quieren admitir lo que

todos saben en el fondo. Es tan simple, pero todos están

ocupados ocultando verdades que todos saben, fingiendo

que su máscara es quienes son en realidad. Lo hacen


complicado porque quieren que sea complicado, la verdad

siempre es más difícil de enfrentar, pero apremia mejor (si

solo se dieran cuenta de ello, no tenemos el suficiente

tiempo como para perderlo).

Y es que ese es el problema, creamos problemas

ficticios para darle soluciones ficticias, para luego darnos

cuenta de que están erradas porque al final no es real y

volver a empezar sobre el mismo cimiento roto, y así una

y otra vez. A nadie le importa que pueda haber un lugar en

el mundo para todos. Eres o no eres y ya. Y todavía

quieren aparentar -¿o ellos mismos se lo creen?- que no es

así, que realmente les importas, que en verdad te

compartirían ese asiento si fuera por ellos, pero no es

verdad -y nunca lo será-, están dando la solución al

problema que ellos crearon. No les importas, mucho


menos quieren ayudarte, si fuera por ellos te venderían al

mejor postor solo por poder comer del fruto prohibido una

vez más, ese gesto amable no es real. Escucha lo que

dicen, las palabras nunca engañan aunque quieran hacerlo

y esas sonrisas desaparecen en cuanto se dan la vuelta.

Su única arma para legitimar su engaño es crear

más casillas y ya, obligándose a hacer algo que no quieren

realmente, las palabras nunca engañan aunque quieran

hacerlo y esas sonrisas desaparecen en cuanto se dan la

vuelta, yo lo sé. Casillas que tarde o temprano quedarán

obsoletas, que se juzgará a quien no se ajuste a estas, todos

tienen que entrar lo quieran o no. Una libertad vestida de

cadenas que dejan llagas que nunca se curan por el roce

perpetuo, con su piel atravesada por las agujas que la

amarran a sus hilos y una corona que no se puede quitar,


imposible cuando se está pegada al cráneo y si no tiene

cuidado puede sentir como rozan sus blandos sesos.

Por eso es que todos deben de saberlo. La verdad

está ahí, a nuestro alcance, yo lo he visto, yo lo sé. Alguna

vez la ví brillar ante mí, impasible como siempre ha sido

y será, y aunque en principio su profundidad hace sentir

ese escalofrío por toda la médula, una vez en su cause,

nada te hará querer ni poder salir de ahí, está a solo un

paso llegar ahí. Una pequeña pérdida superficial al

principio palidecerá ante la gloria que se encuentra en el

resto del camino hacia el orgástico e inextinguible final.

Por eso es que emprendí a hacerlo por mis manos.

El problema es saber a quién, no se puede llegar a

una casa sin saber a que se enfrentará. Primero, me queda


claro que no iré a la casa de la esquina, fuera de toda razón

geográfica, jamás me abriría después de aquella vez que

casi muere solamente por salir a la calle. Era tan bella, se

veía tan pálida, tan falta de luz y aún así tan

resplandeciente. Estoy más que seguro que ella debe

entender algo que todos saben, o por lo menos su cuerpo

lo entiende. Algún día iré con ella después (y tal vez tocar

ese cabello, humedad o grasa, no me importa), pero no

ahora, ella se merece algo mejor. También queda fuera ese

hombre que vive solo en frente. Nunca había visto a

alguien tan muerto, sus ojos ni siquiera intentan mirar,

parecieran un adorno macabro para una marioneta de

carne cuyo cuerpo no está consciente de la muerte de su

mente. Nada raro realmente, pero lo acentúa el que su

esposa se haya colgado del árbol del jardín hace ya año y

medio, ella no pudo superar la desaparición de su hijo ni


porque ya habían pasado como unos 10 años, quién sabe

el caso con él. Como sea, ya no vale la pena ese vestigio

de persona ni valdría la pena intentar con alguien que por

alguna razón se preocupa tanto en seguir vivo que sigue

matando lo que le queda de vida. Tal vez por esa razón

termina alejando a los demás con esa desconfianza,

siempre hostil, ni manera de acercarse. Obviamente,

tampoco aquel borracho, menos recordando que hace unas

semanas se peleó con el vagabundo que siempre

merodeaba por la cuadra, vaya suerte no tener ni casa y

que todavía te quiten lo poco que tienes por venganza. Me

queda claro que él está descartado, no hay razón en

intentar dialogar con alguien que ya ni se puede escuchar

a sí mismo. Una opción también es la señora que pasa todo

el día en su casa, pero no, sería demasiado fácil, y eso

también lleva a resultados menos duraderos y efectivos,


además, debe de haber algo más detrás de ese cabello

teñido con tinte barato y las canciones de Ricardo Arjona

todo el día. No le creo a ese cuento de persona simple y

aburrida. Mejor no me acerco a ella.

Al final me decidí por ese muchacho que vive casi

a la esquina de la cuadra de la derecha. Lo he visto lo

suficiente como para saber que puedo intentar con él.

También porque es quien veo más perdido, tanto color lo

ahoga, sé que piensa que ya no puede escapar, se ve desde

lejos. Fuera de eso, no tenía algo que me indicara un

peligro como los demás, nada fuera de lo común sin llegar

a ser demasiado común. Es perfecto, sabía que podía

lograrlo con él.


Me preparé con toda la calma que se necesita, lo

llevé todo, practiqué lo que diría y cómo lo diría, incluso

hice una lista de eso, y una lista de las canciones en mi

celular obviamente; “Para la ocasión especial” fue su

nombre y tenía cada sentimiento conforme al tiempo que

se necesitaba. Lo ensayé varios días y lo planeé, lo eché

para atrás y lo volví a planear para asegurarme de que todo

saliera bien. Salí finalmente, fui caminando en ese calor,

ya entrada la noche y podía sentir como la tela de mi

camisa se pegaba a la espalda, esa humedad tan caliente

que no te deja respirar y se siente como el aire pasa por la

piel de lo pesado que es. Llegué y estuve veinte minutos

exactamente en frente volviendo a revisar que recordara

todo, que no se me olvidara nada, que todo saliera como

debía y finalmente me decidí por entrar.


Pero algo salió mal.

No sé qué exactamente pero algo salió mal porque no lo

disfruté.

No disfruté entrar y que me abriera con esa cara tan común

en todos preguntándome quién soy.

No disfruté tener que abalanzarme contra él y taparle la

boca para que nadie escuchara.

No disfruté tener que torcerle el tobillo derecho y

amarrarle la cinta que llevaba en el bolso izquierdo para

cerrar la puerta y asegurarme de que no corriera o gritara,

intentó arrastrarse pero el dolor no lo dejó.

No disfruté sentarlo en ese sillón anaranjado e irle

quitando la playera rosa y el pantalón café, y él llorando

preguntándome con dificultad por la cinta que si qué


quería, que si quién era, que si qué buscaba, que podía

hablarlo pero que lo dejara por favor.

No disfruté poner la mochila en esa mesa de madera

oscura y sacar metódicamente las herramientas que

necesitaría, de la más grande a la más pequeña, una hilera

para cada tipo.

No disfruté que no quisiera escuchar lo que me dijo -nunca

me quiso escuchar- y al final cortarle el cuello porque no

soportaba los gritos y las patadas desesperadas que hacían

crujir más ese tobillo cuando se golpeaba.

No disfruté siquiera la lista de música que hice porque ni

el ruido deja disfrutar bien las melodías ni la ausencia total

de esta deja sentir la atmósfera sonora con comodidad.

No disfruté cortar en tajos la piel e irla arrancando

lentamente hasta llegar a lo que quería porque cuál es el


caso si ya lo estaba haciendo por protocolo y no porque

había logrado mi objetivo.

No disfruté llegar a lo que tanto quería tener, ese hueso

sano y con buen color, porque por distraerme terminé

raspándolo con el cuchillo, arruiné su pureza, lo arruiné

todo, como siempre.

Me lo llevé, lo corté con la promesa de tratar de

arreglarlo, pero no toqué ni vi ese brazo después de ese

día. Tanto tiempo, tanta planeación y me equivoqué, ni

siquiera sé en qué.

Todo esto para evitarlo y aún así terminé

convirtiéndome en algo como ellos. A veces siento que

haga lo que haga todo me terminará arrastrando a esa


espiral, nunca podré escapar. Por esa pendejada ahora

estoy atrapado aquí, dijo y se quedó callado con la mirada

perdida.

Entonces, ¿lo admites de esa manera? Estás

diciéndome que lo asesinaste, tú mismo te acabas de

declarar culpable, dijo de manera seca y cortante, una

indiferencia clara.

¿Te he contado cuál es el mejor tipo de blanco? Es

fácil entenderlo cuando entiendes que es el que habita con

nosotros, en nosotros y entre nosotros. Es difícil de

conseguir, pero eso solo lo hace más emocionante. Vale la

pena al final aunque muchos no lo vean así, solo no

quieren admitir lo que todos saben en el fondo

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