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Autómata

Alfred Elton van Vogt


Automaton, © 1950, by Other Worlds

La propaganda psicológica, aplicada a la guerra, ha sido utilizada de una


manera inconsciente desde que el hombre se puso sobre dos patas y empezó
a pelear (recuérdense los gritos y gestos conque los homínidos de la primera
parte del film 2001 tratan de descorazonar a sus enemigos, antes de entrar en
verdadero combate). Pero sólo se llegó a una sistematización de esta técnica,
concebida como una modalidad bélica más, a partir de la II Guerra Mundial. Y,
aún bajo los efectos de este conflicto y notando ya la amenaza de la tecnología
arrolladora, Van Vogt escribió en el año 50 este relato en el que los hombres se
enfrentan a las máquinas, y donde el más antiguo de los incentivos es utilizado
como arma psicológica.
El autómata humano se agitó inquieto en su pequeño y casi invisible avión. Sus
ojos se esforzaron observando la pantalla visora, estudiando el cielo frente a él.
De la nada surgieron dos relámpagos de fuego. Instantáneamente, el avión se
estremeció como si lo hubieran golpeado por dos veces.
Cayó, primero lentamente, y luego con mayor rapidez, sobre las líneas
enemigas. A medida que se acercaba al suelo, un mecanismo de seguridad
entró en acción. La velocidad de caída disminuyó. El autómata tuvo tiempo de
ver que bajo él había las enormes ruinas de una ciudad. Silenciosamente, la
pequeña máquina se posó al abrigo de la derruida base de lo que en otro
tiempo fuera un edificio.
Pasó un momento; luego, silbó la radio situada junto a él. Unas voces que le
resultaban desconocidas estaban hablando entre sí.
–Bill –decía la primera voz.
–¡Dispara!
–¿Lo hemos cazado?
–No lo creo. Al menos, no de forma permanente. Creo que descendió al menos
bajo un control parcial, aunque es difícil afirmarlo con ese sistema de seguridad
que tienen. Me parece que debe de estar por algún lugar de ahí con el motor
apagado.
–Creo que lo hemos averiado.
–Bueno, entonces ya sabes cuál es la rutina cuando uno de ellos cae tras
nuestras líneas. Haz tu trabajo psicológico. Yo llamaré al Buitre.
–No me pases esa papeleta. Estoy harto de recitar esas frases. ¡Hazlo tú!
–De acuerdo.
–Hum... Está por ahí abajo. ¿Crees que debemos ir tras él?
–¡No! Los autómatas que envían tan lejos son, básicamente, los más astutos.
Eso significa que no podemos capturarlos. Será necesario matarlo y, ¿quién
infiernos desea matar a esos pobres esclavos torturados? ¿Tienes su imagen?
–Sí. Estaba escuchando con cara expectante. Un tipo de buen aspecto... Es
raro, y bastante terrible, como empezaron las cosas, ¿no?
–Sí. Me pregunto cuál será el número de ese tipo.
Hubo una pausa. El autómata se agitó inquieto. ¿Su número? Naturalmente,
noventa y dos. ¿Qué otro podía ser? La voz estaba hablando de nuevo.
–El pobre tipo seguramente ni recuerda que en otro tiempo tuvo un nombre.
La otra voz dijo:
–¿Quién habría pensado, cuando hicieron el primer duplicado humano, con
carne, sangre, huesos y todo lo demás, que hoy, solamente cincuenta años
más tarde, estaríamos luchando por salvar nuestras vidas contra gente que se
parece exactamente a nosotros, solo que con la diferencia de que son eunucos
naturales?

El autómata escuchó con vaga atención, mientras los dos hombres proseguían
hablando. De vez en cuando hacía un signo de afirmación con la cabeza, como
si sus palabras le recordasen algo que casi ya hubiese olvidado. Al principio, a
los duplicados humanos se les había llamado robots. Les había molestado este
nombre, y lo habían invertido para transformarlo en tobor, y así había quedado.
Los tobors resultaban ser unos científicos muy eficientes, y al principio nadie se
dio cuenta de cuan rápidamente estaban haciéndose con los cargos científicos
en todo el mundo. Ni tampoco se advirtió en seguida que los tobors estaban
llevando a cabo en secreto una campaña de duplicación a una escala
tremenda. El gran shock para las masas humanas se produjo cuando los
gobiernos infiltrados por los tobors en cada uno de los continentes
proclamaron, simultáneamente, leyes declarando que en lo sucesivo la
duplicación sería el único método admitido de procreación. El sexo quedaba
prohibido bajo pena de una multa la primera vez, a lo que seguía el
encarcelamiento y, para los reincidentes, los tobor inventaron un proceso que
los transformaba en autómatas.
Una organización policíaca especial, que resultó que ya existía, fue dedicada a
garantizar que se cumpliese la nueva ley. Inmediatamente, los agentes tobor
entraron en acción, y ya el primer día se produjeron algunas luchas callejeras,
Ninguno de los dos bandos pensó siquiera en la posibilidad de un compromiso,
así que, en un par de semanas, se desarrollaba ya una guerra a gran escala.
El relato terminó cuando Bill dijo:
–Creo que ya he oído bastante. Vamos.
Hubo una risa apagada, y luego silencio.
El autómata esperó, desconcertado. En su mente se formaban vagos
recuerdos de un pasado en el que no había guerra, y, en algún lugar, tenía el
recuerdo de una muchacha, y otro mundo.
Las imágenes irreales se desdibujaron. Y de nuevo, sólo hubo su nave que
arropaba su cuerpo casi como un traje metálico. Tenía necesidad de proseguir,
debía tomar fotos aéreas... ¡tenía que elevarse!
Notó cómo el aparato se sacudía en respuesta a su urgente pensamiento, pero
no se produjo movimiento alguno. Durante segundos permaneció como
aletargado, y luego le vino un segundo impulso de volar. Una vez más, el
pequeño aparato se estremeció por el esfuerzo, pero no se produjo ningún
movimiento hacia arriba.
En esta ocasión, el autómata tuvo un lento pensamiento: debe de haber caído
algo sobre la nave que le impide elevarse... tendré que salir y quitarlo...
Se agitó dentro del metal y tapizado que le rodeaban. El sudor caía por sus
mejillas, pero al fin se halló fuera, sobre un manto de polvo que le llegaba hasta
los tobillos. Como se le había entrenado que hiciera en estas ocasiones,
comprobó su equipo: armas, herramientas, máscara antigás...
Se dejó caer al suelo cuando una gran nave negra descendió del cielo
posándose a algunos centenares de metros. Desde su posición recostada, el
autómata la contempló, pero no vio en ella signo alguno de movimiento.
Asombrado, se puso en pie. Recordó que uno de los hombres había dicho por
la radio que iba a llamar a un buitre.
Así que habían estado tendiéndole una trampa, tratando de hacerle creer que
se iban. En el casco del navío se leía claramente su nombre: Buitre 121.
Su aparición parecía sugerir que se iba a llevar a cabo algún tipo de ataque.
Apretó su fuerte y determinada mandíbula. Pronto aprenderían lo que costaba
enfrentase con un esclavo tobor.
Morir por el Tobor, poderoso Tobor...

En tensión, la joven contempló cómo su piloto hacía descender el rápido avión


hacia las aplastadas ruinas de la ciudad en la que se hallaba el Buitre. La gran
nave resultaba inconfundible. Se alzaba por encima de los más altos restos de
paredes derruidas. Era una masa negra recortándose contra la indiferenciada
tonalidad gris obscura de los cascotes.
Hubo una sacudida y salió del aparato, aferrando su bolso. En dos ocasiones
se dobló dolorosamente el tobillo derecho mientras corría por el irregular
terreno. Jadeante, subió la estrecha pasarela.
Una puerta de acero se abrió con un clic. Mientras se apresuraba a correr
dentro, miró hacia ella. La puerta se cerró de golpe, y, satisfecha, comprendió
que estaba segura.
Se detuVO, pues sus ojos tenían que acostumbrarse a la penumbra de la
habitación metálica. AI cabo de un momento vio al pequeño grupo de hombres.
Uno de ellos, un tipo pequeño con gafas y rostro delgado, dio un paso hacia
adelante. Le tomó el bolso con una mano y, con la otra, le agarró la suya,
estrechándola calurosamente.
–¡Buena chica! –dijo–. Ha corrido muy bien y muy deprisa, señorita Harding.
Estoy seguro de que ninguna nave espía de los robots puede haberla
identificado de ninguna manera durante el medio minuto que estuvo al
descubierto. Oh, perdóneme –sonrió–. No debería estar llamándoles robots,
¿no es así? ¿Verdad que han invertido el término? Se llaman tobor. Tiene más
ritmo, y psicológicamente debe de ser más satisfactorio para ellos. Vaya, veo
que ya ha recuperado el aliento. Por cierto, soy el doctor Claremeyer.
–-¡Doctor! –logró decir Janette Harding–. ¿Está usted seguro de que es él?
–Definitivamente, es su novio, John Gregson, el renombrado químico –quien
hablaba era un hombre más joven; se adelantó y tomó la bolsa de la mano del
viejo–. La patrulla captó la imagen por el nuevo proceso mediante el cual
sintonizamos sus placas visoras. Fue enviada al cuartel general, y de allí nos la
transmitieron a nosotros.
Hizo una pausa, y sonrió con simpatía.
–Mi nombre es Madden. Ese de la larga cara hosca es Phillips. El alto con el
pelo despeinado, que acecha ahí atrás como un elefante, es Rice, nuestro jefe
de campo, Y ya conoce al doctor Claremeyer.
Rice dijo hoscamente:
–Señorita, tenemos aquí un trabajo infernal, y le ruego excuse mis palabras.
La señorita Harding se quitó el sombrero con un gesto rápido. Las sombras se
retiraron de su rostro, pasando a sus ojos, pero había el asomo de una sonrisa
en sus labios.
–Señor Rice, vivo con un padre cuyo apodo es «Ciclón». Para él, nuestro
lenguaje educado es un enemigo al que ataca con todas las armas disponibles.
¿Le parece, pues, que son necesarias sus excusas?
El0 alto hombre se echó a reír.
–Usted gana. Pero vamos al grano. Madden, tú tienes un cerebro que piensa
con palabras, así que explícale a la señorita Harding cuál es la situación.
–De acuerdo –el joven tomó la palabra, seriamente–. Tuvimos la suerte de
estar en el aire cerca de aquí cuando llegó la primera información de que había
sido derribado un autómata que aún seguía con vida. Tan pronto como llego la
identificación, pedimos al cuartel general que montase una línea de defensa
con todos los aparatos disponibles. Dejaron desguarnecida toda la línea
cercana para ayudarnos.
Hizo una pausa, frunciendo el entrecejo.
–Tuvo que hacerse con mucho cuidado, pues no queríamos dar a los tobor
ningún indicio de lo que estaba sucediendo. Creo que podemos estar bastante
seguros de que su novio no puede irse, y no lo podrán rescatar a menos de
que vengan con tal cantidad de refuerzos que logren abrirse paso. Nuestro
gran problema es cómo capturarlo con vida.
–Y eso, naturalmente –interrumpió Claremeyer, con un encogimiento de
hombros– puede ser fácil o difícil. Desafortunadamente, tenemos que lograrlo
rápido. Los tobor no tardarán mucho en descubrir esta concentración de
fuerzas. Entonces examinarán sus datos, llegarán por análisis a comprender al
menos una parte de la verdadera situación, y actuarán. El segundo aspecto
desafortunado es que en el pasado hemos tenido que contar siempre con un
cierto porcentaje de fracasos. Debe darse cuenta de que nuestras tácticas son
casi enteramente psicológicas, basadas en impulsos humanos fundamentales.
Pacientemente, explicó el método.
–¡Noventa y dos!... Habla, Sorn.
La voz llegaba seca, insistente, imperativa, de la radio de muñeca del
autómata. Este se agitó en su refugio de cemento.
–¿Sí, amo?
Aparentemente, la única finalidad era establecer contacto, pues oyó como el
otro decía:
–¡Aún está vivo!
La voz se oía más lejana esta vez, como si el humanoide se hubiera vuelto
para hablar con alguien.
Una segunda voz habló, dubitativa:
–Normalmente, no me hubiera preocupado, pero éste es el que destruyó su
dossier. Ahora, un grupo Buitre está tratando de salvarlo.
–Lo intentan en cada ocasión.
–Lo sé, lo sé –el segundo interlocutor parecía impaciente consigo mismo, como
si se diera cuenta de que quizá estuviera actuando de una manera estúpida–.
No obstante, le han dedicado mucho tiempo. Me parece que más del normal, y
existe el hecho de que esa nave en especial ha intercambiado una larga serie
de mensajes codificados con su cuartel general. Después, una mujer llegó al
lugar.
–Casi siempre usan mujeres en las operaciones de rescate –la voz del tobor
tenía un tono de disgusto, pero sus palabras eran la refutación del argumento
del otro.
Esta vez hubo un silencio de varios segundos. Finalmente, el que parecía
dudar habló de nuevo.
–En mi departamento hemos tenido la fundada sospecha de que en algún
momento de nuestras operaciones, hace unos dos años, capturamos sin
proponérnoslo un químico humano que, según se dice, había descubierto un
proceso para sexualizar a los tobor –su repugnancia emotiva era casi
demasiado para él, y a pesar de la franqueza de sus siguientes palabras, le
tembló la voz–. Por desgracia, nos enteramos demasiado tarde de eso para
poder identificar al individuo en cuestión. Aparentemente se le sometió al
interrogatorio normal, y fue desmentalizado.
De nuevo tenía un control total de sí mismo, y prosiguió sardónicamente:
–Naturalmente, todo eso podía ser simplemente un bulo propagandístico
destinado a ponernos nerviosos. Y, no obstante, nuestro servicio de inteligencia
informó en aquel momento de que en el cuartel general humano se produjo una
atmósfera de depresión y tristeza. Parece ser que hicimos una incursión en una
ciudad, lo capturamos en su casa, arrasamos su laboratorio y quemamos sus
papeles –su tono implicó que estaba alzándose de hombros–. Fue una de
tantas incursiones similares, totalmente imposible de identificar. Los prisioneros
capturados en ellas no eran diferenciados de los capturados en otras acciones.
De nuevo silencio... y luego:
–¿Le ordeno que se suicide?
–Averigua si tiene un arma.
Hubo una pausa. La voz se acercó:
–¿Tienes un atomizador, noventa y dos?
El autómata humano, que había escuchado la conversación con la vista y la
mente perdidas, se puso alerta cuando se le hizo la pregunta directa a través
de su radio de muñeca.
–Tengo mis armas personales –dijo átonamente.
De nuevo, su interrogador se apartó del distante micrófono.
–¿Y bien? –dijo.
–La acción directa es demasiado peligrosa -–dijo el segundo tobor–. Ya sabes
cómo se resisten al suicidio. A veces los arranca de su estado de autómatas. El
deseo de vivir es demasiado básico.
–Entonces, estamos como al principio.
–¡No! Ordénale específicamente que se defienda hasta la muerte. Esto
funciona a otro nivel. Es una llamada a su lealtad, a su odio indoctrinado contra
nuestros enemigos humanos y a su patriotismo por la causa tobor.
Echado entre los cascotes, el autómata asintió cuando la firme voz de su amo
le dio órdenes.
–Naturalmente... hasta la muerte... claro que sí.
Pero por la radio, Sorn aún parecía poco satisfecho:
–Creo que deberíamos forzar el juego. Me parece que tendríamos que
concentrar proyectores en esa área y ver qué pasa.
–En el pasado, siempre han aceptado esos retos.
–Sólo hasta cierto punto. Creo firmemente que deberíamos probar su reacción.
Tengo la sensación de que este hombre resistió demasiado durante su
cautiverio, y de que se está ejerciendo una terrible presión sobre él.
–Los seres humanos son muy equívocos –dijo dubitativo el otro–. Algunos de
ellos simplemente se sienten ansiosos por volver a casa. Parece ser una
motivación muy poderosa para ellos.
Su objeción debió de ser retórica, pues tras un momento de silencio dijo,
decidido:
–¡Muy bien, atacaremos!

Una hora después del anochecer, ambos bandos tenían en acción un centenar
de proyectores. La noche brillaba con largas haces de relucientes llamas.
–¡Fiu! –Rice subió corriendo la pasarela de la nave; su macizo rostro estaba
escarlata por el esfuerzo. Mientras la puerta se cerraba de un golpe iras él,
jadeó–: Señorita Harding, ese novio suyo es un hombre peligroso. Tiene el
gatillo fácil, y necesita más propaganda.
La muchacha estaba pálida. Había contemplado el intento de Rice de poner en
posición la pantalla a través del gran ventanal-barrera de la sala de
observación.
–¡Quizá debiera ir yo ahora! –dijo.
–¡Y ser atomizada! –dijo, adelantándose, el doctor Claremeyer. Parpadeaba
tras sus gafas–. No se lo turne a mal, señorita Harding. Ya sé que parece
increíble que el hombre que la ama haya sido cambiado de tal forma que pueda
matarla a simple vista... pero tiene que aceptar la realidad. El hecho de que los
tobor le hayan ordenado que tiene que luchar no nos ayuda en lo más mínimo.
–¡Esas bestias! –dijo ella; lo hizo con un sollozo–. ¿Qué es lo que van a hacer
ahora?
–Más propaganda.
–¿Creen que lo oirá con el rugido de los proyectores? –estaba asombrada.
–Ya sabe lo que es –dijo muy convencido el doctor Ciaremeyer–. Ya hemos
establecido la trama. Una sola palabra que le llegue se la recordará
enteramente.
Unos momentos más tarde, estaba escuchando ceñuda cómo los altavoces
lanzaban su mensaje:
–... eres un ser humano. Nosotros también lo somos. Fuiste capturado por los
robots. Queremos rescatarte de los robots. Esos robots se llaman a sí mismos
tobors porque suena mejor. Son robots.
No son seres humanos, pero tú si eres un ser humano. Nosotros también
somos seres humanos, y queremos rescatarte. Haz lo que te pedimos que
hagas. No hagas nada de lo que ellos te digan. Queremos curarte. Queremos
salvarte...
Bruscamente, la nave se movió. Un momento después llegó el comandante del
Buitre.
–Tuve que dar la orden de despegar. Regresaremos de nuevo hacia el
amanecer. Los tobor deben de estar pidiendo equipo a un ritmo terrible. Para
ellos es una lucha para establecer una cabeza de puente, pero se está
tornando demasiado caliente para nosotros.
Debió notar que la muchacha iba a tener la peor impresión de su orden de
retirada, así que le explicó en voz baja:
–Podemos confiar en que un esclavo utilizará todas las precauciones para
seguir con vida. Lo han entrenado para ello. Además, instalamos la pantalla, e
ira recibiendo las imágenes una y otra vez.
Prosiguió, antes de que ella pudiera hablar:
–Además, nos han dado permiso para intentar un contacto directo con él.
–¿Qué significa eso?
–Que usaremos una señal débil que no llegue a más de unos pocos centenares
de metros. De esa forma no serán capaces de sintonizar lo que estemos
diciendo. Tenemos esperanzas de que esté lo bastante estimulado como para
explicarnos su fórmula secreta.
Janette Harding se quedó sentada durante largo rato, con la frente fruncida. Su
comentario, cuando al fin lo hizo, fue muy femenino:
–No estoy muy segura –dijo– de que apruebe las imágenes que están
proyectando en esa pantalla.
El comandante le dijo juiciosamente:
–Tenemos que excitar los impulsos básicos de los seres humanos. Y se
marchó rápidamente.

John Gregson, que había sido un autómata, se dio cuenta de que estaba
arañando una brillante pantalla. A medida que se fue sintiendo más
consciente de sus acciones, contuvo sus frenéticos impulsos de aferrar las
elusivas formas que lo habían sacado de su escondrijo. Se echó hacia atrás.
A su alrededor había una profunda obscuridad. Mientras se echaba un poco
más hacia atrás, tropezó con una deformada viga. Comenzó a caer, pero se
sujetó al abrasado y oxidado metal. Crujió un poco por su peso, y dejó
desconchaduras metálicas entre sus manos.
Se retiró ansiosamente hacia la obscuridad para sacar más ventaja del reflejo
de la luz. Por primera vez se dio cuenta de que estaba en una de las ciudades
destruidas. Pero, ¿cómo llegué aquí? ¿qué me pasó?, pensó.
Una voz de su radio de muñeca lo hizo sallar:
–¡Sorn! –decía insistentemente.
El gélido tono le hizo envararse. En lo profundo de su mente una campana
sonó su primer toque de aviso. Estaba a punto de replicar cuando se dio cuenta
de que no se habían dirigido a él.
–¿Sí? –la respuesta se oía bastante clara, pero parecía llegar de una distancia
muy superior.
–¿Dónde estás ahora?
–Aterricé a un kilómetro de distancia de la pantalla –dijo lentamente Sorn–. Fue
un error de cálculo, pues pensaba bajar mucho más cerca. Por desgracia, al
aterrizar perdí la orientación, y no puedo ver nada.
–La pantalla que usan para proyectar imágenes sigue aún en pie; puedo ver su
reflejo en la muñequera del noventa y dos. Creo que debe ser un punto de
referencia bastante brillante.
–Debe de estar en una hondonada o tras un montón de cascotes. Estoy en una
obscuridad total. Contacta a noventa y dos y...
La primera referencia a su número había iniciado la serie de asociaciones. La
segunda trajo una tal oleada de repugnantes recuerdos que Gregson se
estremeció. En un centelleante caleidoscopio de imágenes, se dio cuenta de su
situación, y trató de recordar la secuencia de acontecimientos inmediatos que
le habían devuelto el control de sí mismo. Alguien había pronunciado
insistentemente su nombre... no su número, sino su nombre. Y cada vez le
habían hecho una pregunta, algo acerca de una fórmula para... ¿para qué? No
podía recordarlo. Era algo acerca... acerca de... ¡Repentinamente, lo recordó
todo!
De cuclillas en la obscuridad, cerró los ojos en una reacción puramente física.
–Se la dije. Expliqué la fórmula. Pero... ¿a quién?
Sólo podía haber sido a algún miembro de la tripulación de una nave Buitre, se
dijo tembloroso a sí mismo. Los tobor no sabían su nombre. Para ellos era...
noventa y dos.
Este recuerdo le devolvió, con un sobresalto, a su propia situación. Fue justo a
tiempo para oír cómo la voz de la muñequera decía vengativamente:
–De acuerdo, ya lo tengo: estaré ahí en diez minutos.
El tobor del lejano centro de control se mostró impersonal:
–Haces esto bajo tu propia responsabilidad, Sorn. Pareces estar realmente
interesado por este caso.
–Le han estado emitiendo con modulación de frecuencia –dijo Sorn con voz
tenebrosa–. Tan directamente, tan cerca, que no pudiéramos enterarnos de lo
que estaban diciendo. Y su respuesta, cuando finalmente la hubo, fue
interferida de tal modo que tampoco pudimos captarla, pero era una fórmula de
algún tipo. Confío en que no fuera capaz de darles una descripción total. Dado
que aún está junto a la pantalla, no ha sido rescatado, así que si puedo matarlo
ahora, dentro de unos minutos...
Se oyó un clic... y la voz quedó en silencio. Gregson se puso en pie en la
obscuridad tras la pantalla y, estremecido, consideró su posición.
¿Dónde estaba el Buitre? El cielo era negro como el carbón, aunque se veía
una luz muy débil hacia el este, el primer heraldo del amanecer que se
aproximaba. El sonido de los proyectores se había convertido en un lejano
murmullo, que ya no resultaba amenazador. La gran batalla de la noche había
terminado...
Estaba a punto de comenzar la batalla de los individuos...
Gregson se retiró aún más hacia la protección de la obscuridad, y palpó su
cuerpo buscando sus armas personales. No llevaba ninguna.
–Pero esto es ridículo –se dijo tembloroso a sí mismo–. Tenía un atomizador
y...
Cortó el pensamiento. De nuevo, ahora con desesperación, se tanteó... nada.
Supuso que en su loca carrera para alcanzar la pantalla había perdido sus
armas.
Estaba aún tambaleándose indeciso cuando oyó un movimiento cercano en la
noche.
Buitre 121 aterrizó suavemente en !a intensa obscuridad del falso amanecer.
Janette Harding se había quitado la ropa, y ahora llevaba puesta una bata. No
dudó cuando Rice le hizo una seña. Este le dedicó una sonrisa reconfortante.
–Llevo conmigo un cilindro del producto –dijo–, por si acaso no se siente
inspirado lo bastante deprisa.
Ella sonrió desmayadamente, pero no dijo nada. El doctor Claremeyer fue
hasta la puerta con ellos. Le dio un rápido apretón de manos.
–Recuerde –le dijo-–. Esto es la guerra.
–Ya lo sé –le replicó ella–. Y todo está permitido en la guerra y en el amor,
¿no?
–Así se habla.
Un momento más tarde, habían desaparecido en la noche.

Gregson se estaba retirando a toda prisa, y se sentía mucho mejor. Iba a ser
difícil que una sola persona le localizase en aquel enorme laberinto de
cemento, mármol y metal demolidos.
No obstante, el desolado horizonte se fue iluminado por momentos. Y de pronto
vio la nave entre las obscuras ruinas hacia su derecha. Su forma era
Inequívoca. ¡Buitre! Gregson corrió hacia ella sobre las desniveladas ruinas de
lo que en otro tiempo había sido una calle asfaltada.
Jadeando de alivio, vio que la pasarela estaba bajada. Mientras corría
subiéndola, dos hombres lo encañonaron con sus atomizadores. Súbitamente,
uno de ellos exclamó:
–¡Es Gregson!
Las armas fueron enfundadas en sus pistoleras de cuero. Unas manos
aferraron ansiosas sus manos, estrechándolas. Unos ojos buscaron en su
rostro signos de cordura, los encontraron, y brillaron complacidos. Un millar de
palabras cortaron el aire matutino.
–Tenemos su fórmula.
–Excelente... maravilloso.
–El genio hizo algo de ese gas hormonal en el laboratorio de nuestra nave.
¿Cuánto tarda en actuar?
Gregson .supuso que el «genio» era el alto y hosco individuo que le había sido
presentado como Phillips.
–Sólo tarda unos pocos segundos –respondió–. Después de todo, uno lo
respira, y va directo a la sangre. Es una susbtancia bastante potente.
–Nos vino la idea de usarlo para intensificar sus propias reacciones –explicó
Madden–. De hecho, Rice se llevó un poco... Pero, un momento, Rice y la
señorita Harding están...
Se detuvo de nuevo.
Fue el hombrecillo, el doctor Claremeyer, el que tomó el hilo del pensamiento
de Madden:
–Señor Gregson –dijo–, vimos a un hombre en nuestras pantallas infrarrojas
que se dirigía a la pantalla. Estaba demasiado lejos para poder identificarlo, así
que dimos por supuesto que se trataba de usted. Por consiguiente, Rice y la
señorita Harding salieron a...
En aquel punto, el comandante lo interrumpió:
–¡Rápido, vamos allá! ¡Quizá sea una trampa!
Gregson apenas si lo oyó. Ya estaba bajando la pasarela a la carrera.
–¡Sorn! –la voz de la muñequera sonaba impaciente–. Sorn, ¿qué te ha
pasado?
En la semiobscurídad cercana a la pantalla, los hombres y la muchacha
escucharon las palabras del tobor en la muñequera de Gregson. Desde su
punto de observación contemplaron a Sorn, que a su vez miraba a las
imágenes de la pantalla.
–Sorn, tu último informe fue que estabas cerca de donde noventa y dos se
hallaba escondido por última vez...
Rice colocó una regordeta mano sobre la muñequera de Gregson para
bloquear el sonido, y susurró:
–Fue entonces cuando se lo largué. Muchacho, el coger un cilindro del gas de
Gregson fue la mejor idea que jamás tuve. Le lancé una dosis desde una
distancia de quince metros, y ni se enteró de lo que le había pasado.
–...Sorn, sé que aún sigues vivo, puedo oír como murmuras para ti mismo.
–Tendremos que tener cuidado con la dosificación en el futuro –dijo Rice–. Está
comiéndose literalmente las imágenes. Ya pueden verlo por sí mismos:
podemos considerar que, prácticamente, la guerra entre tobors y humanos ha
terminado.
Gregson contempló en silencio cómo el ex líder tobor correteaba ansioso frente
a la pantalla. Una docena de muchachas estaban exhibiéndose junto a una
piscina. Periódicamente, todas ellas se zambullían en el agua. Había un
destello de largos y desnudos miembros, un centelleo de una espalda
bronceada, y luego todas salían del agua. Hacían esto una y otra vez.
El problema era que cada vez que Sorn trataba de aferrar una de las imágenes,
su sombra caía sobre la pantalla y la ocultaba. Frustrado, corría hacia otra, sólo
para ver cómo le sucedía de nuevo lo mismo.
–¡Sorn, contéstame!
Esta vez, el tobor hizo una pausa. Lo que replicó entonces debió de hacer
estremecerse a todo el cuartel general tobor, y sus efectos alcanzaron a todos
los ejércitos tobor del mundo.
Gregson apretó con agrado la cintura de Janette (que aún llevaba la bata sobre
la belleza con la que había pensado atraerlo hacia la seguridad) mientras
escuchaba las decisivas palabras:
–¡Las mujeres –estaba diciendo Sorn– son maravillosas!

Edición digital de urijenny (odoniano@[Link])

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