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Retrotopia

El ensayo explora el fenómeno del resurgimiento de las derechas extremistas a nivel global, utilizando el concepto de 'Retrotopía' de Zygmunt Bauman para explicar esta tendencia. Se argumenta que la sociedad ha pasado de un control estatal a una autoexigencia individual, lo que ha llevado a una nostalgia por un pasado idealizado que promete seguridad y libertad. Este deseo de regresar a un pasado reconstruido se manifiesta en la política actual, donde el extremismo busca ofrecer un refugio ante las amenazas percibidas del futuro.

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Retrotopia

El ensayo explora el fenómeno del resurgimiento de las derechas extremistas a nivel global, utilizando el concepto de 'Retrotopía' de Zygmunt Bauman para explicar esta tendencia. Se argumenta que la sociedad ha pasado de un control estatal a una autoexigencia individual, lo que ha llevado a una nostalgia por un pasado idealizado que promete seguridad y libertad. Este deseo de regresar a un pasado reconstruido se manifiesta en la política actual, donde el extremismo busca ofrecer un refugio ante las amenazas percibidas del futuro.

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Milei, Bukele, Bolsonaro… para no mencionar al mismísimo Señor de

las Moscas en EE. UU. Al parecer, la siguiente en el mapa azul es


Colombia. ¿Por qué estamos inmersos en una suerte de retorno de las
derechas extremistas en el mundo? En este ensayo no me interesa una
explicación politológica, que eche mano de la manida noción del
“resurgimiento de los populismos”. Hay un concepto entre filosófico y
sociológico que explica a fondo la tendencia política, dado por Zygmunt
Bauman en su libro del 2017, publicado apenas semanas después de su
muerte: Retrotopía.

Toda esta idea de Retrotopía, al menos como yo la entiendo, se puede


reconstruir desde lo que Foucault llamó el paso de la sociedad del
Panóptico a la del Sinóptico. La sociedad del Panóptico era la de la
vigilancia: debíamos ponchar la tarjeta a diario a la entrada y la salida.
Como en las cárceles del siglo XIX, la torre de vigilancia estaba
permanentemente enfocada sobre nuestras vidas. Era el Ojo de Sauron
de El Señor de los Anillos de Tolkien. Los mecanismos de vigilancia y
control iban en una escala de más explícitos a menos explícitos,
dependiendo de qué lado del muro se estuviera, pero eran operantes y
estaban inextricablemente ligados a los aparatos de la política y del
Estado. Hace unas tres décadas —un poco más, dependiendo de dónde
nos situáramos— todo ello cambió.

Pasamos a la sociedad que Byung-Chul Han describió en La sociedad


del cansancio como la del rendimiento. Ya nadie nos controla la hora de
entrada o salida, por la sencilla razón de que no hay una hora de entrada
o salida: el trabajo en realidad nunca termina. Al llegar a casa seguimos
en la misma labor del día, y en las horas libres se debe ir al gimnasio para
tener mayores rendimientos al día siguiente. La exigencia se convirtió en
autoexigencia, con todo lo que ello implica de cara al agotamiento:
el digital burn-out, la ansiedad sin fin, el permanente sentimiento de no
estar haciendo lo suficiente.

Lea también: Los usos de la falacia (Sobrepensadores)

Los sueños, las esperanzas de cambio se enfocaron en nosotros mismos.


Ya no era concebible que viniesen de una instancia pública, mucho
menos de las promesas políticas que, poco lo recordamos, ya habían
dejado de ser un ámbito de redención colectiva desde la década de 1970,
lo cual explica en parte el apogeo de la psicodelia y del New Age, formas
puramente individuales de divisar una transformación de la realidad.
Poco a poco, se hizo privado el concepto de utopía. El Estado renunciaba
al control de la vida, pero ello implicaba que el ciudadano renunciaba a
los servicios sociales y a la protección del Estado. Se trataba, en efecto,
de una “liberación”, pero una que tendría un alto precio, porque tuvo al
menos tres grandes consecuencias.

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En primer lugar, el regreso a una concepción “tribal” de comunidad —
defiendo a los de mi tribu; todos los demás son idiotas, malvados o
incompetentes—; el regreso a un yo primordial, no manchado por los
factores culturales e inmune, se cree, a la influencia cultural —lo cual
explica no sólo la “Identity Politics”, sino la acusación entre individuos
de estupidez… tú estás contaminado de influencias externas, yo, en
cambio, soy un outsider—; y la idea de que un “orden civilizado”, de
leyes y reglas, es condicional y podrá ser roto por el líder poderoso de mi
grupo en aras de que actúa por “nuestro bien”. Todos hemos visto cómo
Trump alardea de que puede tocar el trasero de la mujer que se le antoje
y nada le pasará, una de las pocas verdades que suele proferir. Todos
estos son elementos presentes en los extremismos no sólo de derecha,
sino de izquierda. Decía el teórico alemán Hubert Schleichert que cuando
dos grupos llevan mucho tiempo debatiendo, asumen literalmente las
mismas posiciones, por no decir los mismos vicios.

“Retrotopía” hace referencia al deseo de regresar a un mundo capaz de


generar al tiempo libertad y seguridad. No en vano son estas las dos
grandes banderas de la ultraderecha en el mundo, a veces con mayor
énfasis en un polo o en el otro. Si algo tenemos “claro” es que el futuro
no ofrecerá ninguno de estos dos sueños utópicos. Dice Bauman:

“Con semejante giro de 180 grados, el futuro se transforma del hábitat


natural de las esperanzas y las expectativas legítimas en un escenario de
pesadillas: el horror de perder el trabajo, junto con el estatus social que
conlleva; el de que te embarguen la casa y todos tus bienes; el de ver
impotente cómo tus hijos se deslizan por la pendiente del bienestar y el
prestigio, y cómo tus propias habilidades, aprendidas y memorizadas
con tanto esfuerzo, pierden lo poco que les queda de valor. El camino
hacia los giros del futuro se asemeja inquietantemente a un rastro de
corrupción y degeneración. Quizás el camino de regreso al pasado no
pierda la oportunidad de convertirse en un camino de purificación de los
daños causados por los futuros, cada vez que se transformaron en
presente”.

Le sugerimos: Nuestra señora de Unicentro (ficciones sobre Dios en


la era digital) - Sobrepensadores

Es preciso sumergirse en el pasado. No se trata de una mera movida


romántica o “retro”. El pasado al cual se regresa en la Retrotopía, como
el recuerdo mismo, no es el pasado real, sino una reconstrucción del
pasado. El estado pretérito al cual queremos migrar ofrecía seguridad y
protección sólo de manera condicional, sin cubrimientos extensivos, pero
en nuestros sueños es una época de oro. Ese pasado, sin embargo, es el
nuevo futuro. El deseo de la Retrotopía es el de avanzar hacia el pasado,
exactamente el sueño de una ultraderecha que ya no es conservadora. No
hablamos acá, por lo tanto, del futuro paradisíaco de la utopía que
conocemos desde Tomás Moro, sino de un futuro simplemente
resguardado de lo que percibimos como amenazas y decadencias, en el
cual el Estado se concibe como una suerte de refugio antinuclear para
millonarios o, en el mejor de los casos, como una urbanización privada
de lujo cuya principal función, más que incluir, es prevenir que los
grupos que no se consideran en pie de igualdad entren a perturbar la
“paz” y el bienestar de los privilegiados.

Hemos caído, dice Bauman, en una suerte de pandemia de la nostalgia,


soñando con un pasado que en realidad nunca existió. No se manifiesta
sólo en la derecha política radical, sino en los gustos musicales; la
música country y la norteña se han vuelto una tendencia mundial de
personas que añoran un pasado que ni siquiera vivieron. Si acaso uno
cree que la Retrotopía, como tantas otras cosas, no ha llegado a
Colombia, escúchese a cualquiera de los propios hablar de lo que era la
Navidad en la finca de los abuelos pobres: ¡eso sí que eran fiestas!

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