CAPÍTULO 8
EL PODER DEL EVANGELIO
¿POR QUÉ SE NOS PASA POR ALTO?
El evangelio tendría el efecto de asombrarnos si tomáramos el tiempo para detenernos y pensar. ¿Cómo
es que permito que la belleza, y el poder, y la vastedad del evangelio se desvanezca tan pronto y durante
mucho tiempo de mi cabeza? ¿Por qué es que mis pensamientos y mis emociones son dominadas
frecuentemente por cosas triviales como si el carro está limpio, o si me perdí las noticias matutinas, o si
me gustó mi comida, en vez de ser dominados por estas verdades gloriosas? ¿Por qué es que veo mi
vida como si estuviera ciego, en vez de verla a la luz de la eternidad? ¿Por qué este evangelio no
impregna todo el tiempo y hasta lo más profundo de mis relaciones con mi esposa y mis hijos, o mis
compañeros de trabajo, o mis amigos y miembros de mi iglesia?
Sabemos exactamente el por qué. Es porque somos pecadores, y la mundanalidad continuará
persistiendo en mi corazón y declarándome la guerra hasta el día en que Jesús regrese. Pero hasta
entonces, quiero luchar en contra de eso. Quiero luchar en contra de la pereza espiritual – en contra de este
sopor etílico que el mundo me ofrece–y abrazar este evangelio y ser transformado totalmente: mis
acciones, mis emociones, mis afectos, mis deseos, mis pensamientos y mi voluntad.
Esperamos que también desees esto. Vamos a mencionar algunas cosas acerca de cómo las buenas
nuevas de Jesús afectan nuestras vidas.
ARREPIÉNTASE Y CREA
En primer lugar, si una persona no es cristiana, debe arrepentirse y creer en Jesús. Eso significa que tiene
que reconocer su bancarrota espiritual y su completa inhabilidad de salvarse a sí mismo, venir a Jesús y
reconocerlo como Su única esperanza para ser perdonado y estar bien ante Dios.
Convertirse en cristiano no es un proceso laborioso. No hay nada que usted pueda hacer para merecerlo.
Jesucristo ya ha ganado todo lo que usted necesita. Lo que el evangelio le invita a hacer es a alejar su
corazón el pecado y voltearse a Jesús–esto es, confiar y descansar en Él. El evangelio lo llama a que venga
a Jesús, y le diga, “Sé que no puedo salvarme a mí mismo, así que estoy confiando en que Tú lo harás por
mí”. Y es entonces que un mundo entero se abrirá ante sus ojos. Pero todo comienza con
arrepentimiento de pecados y fe en que Jesús es suficiente para salvarle.
DESCANSE Y REGOCÍJESE
Si usted es cristiano, entonces el evangelio lo llama primeramente a descansar en Jesucristo y a
regocijarse en la salvación indiscutible que ha ganado para usted. Es por causa de Jesús, y porque sé que
estoy unido a Él por la fe, que puedo luchar en contra de la tentación de pensar que mi salvación es frágil o
temporal. Sea que lo sienta o no, puedo estar seguro que le pertenezco a Jesús y que nadie me puede
arrebatar de Su mano. Si usted es cristiano, entonces la cruz de Jesús es como una montaña de granito a
lo largo de toda su vida, testificando firmemente sobre el amor de Dios y su determinación de traerlo seguro
a Su presencia (Ro 8:31-32).
AME AL PUEBLO DE DIOS
El evangelio también debe conducirle a amar más profundamente al pueblo de Dios, la iglesia. Ninguno de
nosotros como creyentes se ha ganado la herencia que Dios nos ha preparado. No nos hicimos ciudadanos
nosotros mismos. Fuimos incluidos en las promesas de Dios solamente porque sabemos que dependemos
en Jesús para salvarnos, y estamos unidos a Él mediante la fe.
¿Se da cuenta que esto mismo es verdad para el hermano o hermana en su iglesia que no le cae bien? Él o
ella creen y aman al mismo Señor Jesús, y aún más, ambos han sido salvos y perdonados por el mismo
Señor. Su entendimiento del evangelio de Jesucristo–las buenas nuevas de que Jesús le salvó sin que
usted lo mereciera–, ¿es lo suficientemente profundo como para tragarse las pequeñas críticas que tiene
contra sus hermanos y hermanas? ¿Es lo suficientemente profundo como para enterrar las ofensas que han
cometido en su contra, incluyendo las más dolorosas, y como para llevarle a perdonarlos y amarlos justo
como Jesús mismo lo ha hecho por usted?
COMPARTA LAS BUENAS NUEVAS CON EL MUNDO
La gracia de Dios debe causar que amemos más al mundo a nuestro alrededor, y que anhelemos que la
gente conozca y crea en Jesucristo. Si verdaderamente entendemos la gracia que Dios nos ha mostrado,
nuestros corazones arderán con la idea de ver esa misma gracia en otros.
¿Alguna vez se ha preguntado por qué el ángel que habló con Cornelio en Hechos 10 no le dijo nada acerca
del evangelio? ¿Por qué molestarse en mandarlo con Pedro, quien estaba en un pueblo diferente? Dios ha
determinado que el evangelio avance mediante la palabra hablada por Su pueblo–esto es, a través de
las bocas de aquellos que han abrazado las buenas nuevas de Jesús y que han conocido el perdón que
proviene de Él.
Si usted es cristiano, dese cuenta que tiene en sus manos el único mensaje verdadero de salvación que el
mundo va a escuchar. Nunca habrá otro evangelio u otra manera en que el mundo sea salvo de sus
pecados. Si sus amigos, familia y compañeros de trabajo van a ser salvos de sus pecados, será solo porque
alguien les hable el evangelio de Jesucristo. Por eso es que Jesús nos comisiona a ir a todo el mundo,
predicando y enseñando estas buenas noticias a las naciones (Ro 10:14). Hay muchas cosas buenas que
podemos hacer como cristianos, pero a decir verdad, muchas de esas cosas buenas pueden
igualmente ser hechas por no cristianos. Pero si nosotros como cristianos fallamos en proclamar el
evangelio de Jesús, ¿quién más lo va a hacer? Nadie.
Así que permita que las verdades del evangelio penetren su corazón y lo quebranten por aquellos que aun
no conocen a Jesucristo. Medite en lo que significará que sus amigos, familia y compañeros de trabajo
estén de pie delante de Dios, el justo juez separados de Cristo. Recuerde lo que la gracia de Dios ha hecho
en su vida, e imagine lo que podría hacer en la de ellos. Después, ¡abra su boca y hable!
ANHELE A JESÚS
Finalmente, el evangelio debería causar que anhelemos el día en que regresará nuestro Rey Jesús
para establecer Su reino entera y finalmente para siempre. Ese deseo no nace solamente por estar en el
reino; no anhelamos el regreso de Jesús sólo porque viviremos en un mundo en el que la maldad será
conquistada y reinará la justicia. No, si entendemos el evangelio correctamente, no anhelaremos el
reino tanto como al Rey. El evangelio nos llevó a conocerle y a amarle, y también a anhelar estar con Él.
Jesús dijo: “Quiero que donde yo estoy, ellos también estén conmigo” (Jn 17:24). Y nosotros también
deseamos estar con Él, en compañía de millones para adorarle.
El libro de Apocalipsis contiene una visión maravillosa de lo que Dios ha preparado para aquellos que le
aman. Sólo es una pista, pero aún así puede sentir la victoria, el gozo, el descanso, y sentido de conclusión
en esta imagen tan espectacular de nuestro redentor Jesucristo (Ap 7:9-10).
Ese es el día al cual el evangelio nos lleva a anhelar. Aún cuando enfrentamos pruebas, persecuciones,
irritaciones, tentaciones, distracciones, apatía y todo lo banal de este mundo, el evangelio nos apunta hacia
el cielo donde nuestro Rey Jesús–el Cordero de Dios que fue crucificado en nuestro lugar y que fue
resucitado gloriosamente de los muertos–está sentado intercediendo por nosotros. No sólo eso, sino que el
evangelio nos llama a contemplar aquel día final cuando el cielo será lleno del estruendo de millones y
millones de voces perdonadas aclamando a Jesús como Salvador y Rey.