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capit4

El capítulo 4 aborda la figura de Jesucristo como el Salvador, enfatizando la importancia de la palabra 'pero' que transforma malas noticias en esperanza. Se destaca que Jesús es completamente Dios y completamente hombre, lo que le permite salvar a la humanidad del pecado a través de su sacrificio. La narrativa del Nuevo Testamento revela que Jesús inauguró el reino de Dios, no como un rey terrenal, sino como un Rey Sufrido que tomó el castigo por los pecados de su pueblo, ofreciendo así la salvación y la redención.

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El capítulo 4 aborda la figura de Jesucristo como el Salvador, enfatizando la importancia de la palabra 'pero' que transforma malas noticias en esperanza. Se destaca que Jesús es completamente Dios y completamente hombre, lo que le permite salvar a la humanidad del pecado a través de su sacrificio. La narrativa del Nuevo Testamento revela que Jesús inauguró el reino de Dios, no como un rey terrenal, sino como un Rey Sufrido que tomó el castigo por los pecados de su pueblo, ofreciendo así la salvación y la redención.

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CAPÍTULO 4

JESUCRISTO EL SALVADOR

Pero… Creo que esa es la palabra más poderosa que una persona puede decir. Es pequeña pero tiene el
poder de borrar todo lo que se dijo antes de ella. Después de escuchar malas noticias como las del
capítulo anterior, esta palabra tiene la habilidad de cambiar todas las cosas.
• El avión cayó. Pero nadie salió herido.
• Tiene cáncer. Pero es fácil de tratar.
• Su hijo estuvo en un accidente automovilístico. Pero está fuera de peligro.

Tristemente, algunas veces la palabra pero no aparece. Algunas veces la oración se detiene, y nos
quedamos sólo con malas noticias. Pero esos momentos solo hacen que se intensifiquen aquellos en los
que la palabra pero sí aparece. Y son gloriosos.

Gracias a Dios las malas noticias del pecado del hombre y el juicio de Dios no son el final de la historia. Si la
Biblia hubiera terminado con la declaración de Pablo de que el mundo entero estará en silencio delante del
trono de Dios, no habría esperanza alguna para nosotros. Sólo habría desesperación. Pero (¡otra vez esta
maravillosa palabra!) gracias a Dios la historia continúa. Usted es un pecador destinado a ser condenado.
Pero… ¡Dios ha actuado para salvar pecadores igual que usted!

UNA PALABRA DE ESPERANZA


Marcos comienza su relato de la vida de Jesús con las palabras “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo
de Dios”. Desde el principio, Marcos y otros cristianos primitivos sabían que la venida de Jesucristo era una
buena noticia de parte de Dios para un mundo destruido y muerto a los pies del pecado. Ante el dominio del
pecado, la venida de Jesucristo fue el anuncio relampagueante de que ahora todo había cambiado.

Aún en el jardín del Edén, Dios les había dado una palabra de esperanza a Adán y Eva–algunas buenas
noticias en medio de su desesperación. No era mucho, era solamente una pista, una frase al final de la
sentencia de Dios contra la serpiente (Gn 3:15) Pero sí significaba algo. A pesar de su rebeldía, Dios quería
que Adán y Eva supieran que la historia no había llegado a su fin. Aquí tenemos parte del evangelio,
buenas noticias en medio de este cataclismo.

El resto de la Biblia nos cuenta la historia de cómo esta pequeña semilla de buenas nuevas logró germinar,
brotar, y crecer. Por miles de años, Dios preparó al mundo a través de la ley y los profetas, para su
sorprendente ataque final en contra de la serpiente por medio de la vida, muerte, y resurrección de
Jesucristo. Cuando todo terminara, la culpa con la que Adán había infectado a toda la humanidad sería
derrotada, la muerte que Dios había pronunciado sobre Su propia creación seria anulada, y el infierno
mismo se pondría de rodillas. La Biblia es la historia de la contraofensiva de Dios hacia el pecado. Es
la meta-narrativa de cómo Dios ha arreglado todo, está arreglando todo y cómo un día lo arreglará todo de
una forma decisiva y eterna.

COMPLETAMENTE DIOS, COMPLETAMENTE HOMBRE


Todos los escritores del evangelio comienzan sus relatos de la vida de Jesús demostrando que no
era ningún hombre ordinario. Mateo y Lucas comienzan la historia con un ángel visitando a una joven
virgen llamada María y diciéndole que daría a luz un hijo. Juan comienza su historia con una declaración
aún más sorprendente: “En el principio” (note que estas palabras automáticamente nos transportan a
Génesis 1:1) “era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios…y aquel Verbo fue hecho carne y
habitó entre nosotros” (Jn 1:1, 14). Todo esto fue diseñado para decirnos quién es Jesús.

En pocas palabras, la Biblia nos dice que Jesús es completamente hombre y completamente Dios.
Este es un punto crucial para entender quién es Él, porque solamente aquel que es completamente hombre
y completamente divino es el que puede salvarnos. Si Jesús fuera sólo otro hombre–como nosotros en
todos los sentidos, incluyendo nuestros errores y pecados–no sería capaz de salvarnos de la misma forma
que ningún hombre muerto puede salvar a otro. Pero debido a que Él es el Hijo de Dios, sin pecado e igual
en perfección divina a Dios el Padre, Él es apto para vencer la muerte y salvarnos del pecado.

¡EL REY Y MESÍAS CON NOSOTROS!


Cuando Jesús comenzó su ministerio, proclamaba un mensaje fantástico: “¡El tiempo ha llegado! El reino de
Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!”.
Los rumores de que este hombre predicaba que el reino de Dios había venido se habían esparcido
rápidamente en toda la región, y las multitudes rodeaban a Jesús para escuchar con emoción las “buenas
nuevas” que proclamaba. ¿Pero qué era tan emocionante?

Por siglos, a través de su ley y sus profetas, Dios había predicho un tiempo en que toda la maldad del
mundo llegaría a su fin, y su pueblo sería rescatado de sus pecados. Habría de barrer toda la resistencia
humana y establecería su reinado, “su “reino”, sobre la tierra. Aún más, Dios había prometido que
establecería este reino mediante la persona de un Rey mesiánico, uno que vendría de la línea real del gran
Rey David. En 2 Samuel 7:11, Dios le prometió a David que uno de Sus hijos reinaría sobre su trono para
siempre (Is 9:6-7).

Así que puede imaginarse lo emocionada que estaba la multitud al recibir a Jesús cuando comenzó a
anunciar que el reino de los cielos había llegado. ¡Significaba que el tan esperado y amado Mesías Davídico
finalmente había llegado! Los escritores del evangelio insisten en que el Rey Davídico no es ningún otro que
Jesucristo mismo (Lc 1:32-33).

Mateo comienza su libro con una genealogía que traza los ancestros de Jesús hasta el Rey David, y luego
hasta Abraham mismo. De forma fascinante, Mateo le da estilo a su genealogía, dividiéndola en tres
generaciones de catorce. Y catorce, como cualquier judío hubiera sabido, era el resultado numérico que se
obtenía mediante la suma de las tres letras Hebreas D-V-D, “David”. Mateo, como todos los demás
cristianos, prácticamente está gritando las palabras “¡Rey! ¡Rey! ¡Rey!” a medida que comienza con la
historia de Jesús.

BUENAS NOTICIAS INESPERADAS (SI PUEDE SUMARSE A ELLAS)


El Nuevo Testamento cuenta la historia de cómo el Rey Jesús inauguró el reino de Dios en la tierra y cómo
comenzó a deshacer la maldición del pecado. Aún así, el reino que Jesús inauguró no se parecía nada a lo
que los judíos esperaban o querían. Ellos querían un Mesías que estableciera un reino terrenal y político
que derrotara y suplantara al poder dominante de esos tiempos: el Imperio Romano. Pero Jesús no estaba
buscando una corona terrenal, sino que predicaba, enseñaba, sanaba a los enfermos, perdonaba pecados,
resucitaba a los muertos, y le decía al gobernador Romano que su reino “no es de este mundo” (Jn 18:36).

Eso no quiere decir que su reino nunca sería de este mundo. Un poco antes Jesús le había dicho al sumo
sacerdote, “verás al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del
cielo” (Mr 14:62), y en Apocalipsis 21 leemos que vendrá a reinar en una tierra nueva y cielo nuevo, una
tierra que será radicalmente transformada por su poder y será libre de la esclavitud del pecado.

Ahora bien, todas esas son muy buenas noticias–si es que puede sumarse a ellas. Pero de nuevo nos
enfrentamos al problema de nuestro pecado, ¿No es cierto? A menos de que algo suceda para remover la
culpa de nuestra desobediencia y rebelión contra Dios, seguimos separados de Él y estamos destinados a
vivir no en el nuevo cielo y tierra nueva, sino en el infierno como castigo eterno.

Pero aquí es donde las buenas nuevas del Cristianismo se vuelven muy, muy buenas. Verá, el Rey Jesús
no solamente vino para inaugurar el reino de Dios, sino también para traer pecadores a Él muriendo
en vez de ellos, cargando con su pecado, llevando su castigo sobre sí mismo, asegurando su perdón,
justificándolos ante los ojos de Dios, y los ha hecho aptos para heredar su parte en el reino (Col 1:12).

¿UN REY SUFRIDO?


“He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Eso fue lo que dijo Juan el Bautista–aquel
hombre envuelto en pieles de camello y que comía langostas–cuando vio a Jesús venir hacia él (Jn 1:29).
¿Qué quiso decir? Todo judío el siglo primero hubiera sabido lo que Juan el Bautista quiso decir con “el
Cordero de Dios que quita el pecado”. Era una referencia al festival judío de la Pascua, ese memorial de
la salvación milagrosa de Dios cuando libró a los israelitas de la esclavitud en Egipto unos mil quinientos
años antes.

Como juicio en contra de los egipcios, Dios les había mandado diez plagas, y cada vez el Faraón Egipcio
endureció su corazón y se negó a dejar libres a los Israelitas. La última plaga fue la más terrible de todas.
Dios le dijo a los Israelitas que en una noche señalada, el ángel de la muerte vendría a arrasar sobre la
tierra de Egipto, matando a cada hijo y animal primogénito de todo el país. Ese juicio terrible incluía a los
israelitas, a menos que obedecieran cautelosamente las instrucciones de Dios. Dios les dijo que cada
familia debería tomar un cordero sin mancha para sacrificarlo. Luego, usando una rama de hisopo, deberían
de tomar de la sangre del cordero para pintar con ella sobre el pórtico de sus casas. Después, Dios
prometió que cuando el ángel de la muerte viera la sangre, “pasaría sobre” la casa y no habría juicio sobre
ella.
La fiesta de la Pascua–y especialmente el cordero de la Pascua– se convirtió en un símbolo poderoso de la
idea de que la penalidad mortífera por el pecado de una persona, podía ser pagada por la muerte de otra.
De hecho, esta idea de “sustitución penal” era la base de todo el sistema de sacrificios en el Antiguo
Testamento. En el día anual de la Expiación, el sumo sacerdote iba al centro del templo, mejor conocido
como el Lugar Santísimo, y mataba un animal sin mancha como pago por los pecados del pueblo. Esto
sucedía año con año, y año con año la penalidad por los pecados del pueblo era diferida una vez más por la
sangre del cordero.

Se necesitó de tiempo, pero eventualmente los seguidores de Jesús se dieron cuenta de que Su misión no
era sólo inaugurar el reino de Dios, sino morir como sacrificio sustituto por Su pueblo. Se dieron
cuenta de que Jesús no sólo era Rey. Jesús era un Rey Sufrido.

Jesús mismo sabía desde el principio que Su misión era morir por los pecados de Su pueblo (Mt 1:21), y
Lucas nos dice que “cuando se cumplió el tiempo en el que había de ser recibido arriba, afirmó su rostro
para ir a Jerusalén” (Lc 9:51). Jesús predijo Su muerte muchas veces en los evangelios. El rostro de Jesús
estaba afirmado con la mira en Jerusalén—y por lo tanto, con la mira puesta en Su muerte.

Jesús también entendía el significado y propósito de Su muerte. En Marcos 10:45 dijo, “El Hijo del
Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. Y en Mateo
26:28, mientras compartía la Santa Cena con sus discípulos, tomó un vaso de vino y dijo, “Bebed de ella
todos, porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los
pecados” (Mt 26:27-28). “Pongo mi vida por las ovejas”, dijo en otro lugar. “Nadie me la quita, sino que yo de
mí mismo la pongo” (Jn 10:15, 18). Jesús sabía por qué iba a morir. Dio Su vida voluntariamente por
amor a Su pueblo, el Cordero de Dios fue asesinado para que Su pueblo pudiera ser perdonado.

Con la enseñanza del Espíritu Santo, los cristianos primitivos también entendieron lo que Jesús había
logrado en la cruz. Pablo lo describió así: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley” (Gá 3:13-14). Y en
otro lugar dijo, “Al que no conoció pecado, por nosotros se hizo pecado, para que nosotros fuésemos
hechos justicia de Dios en él” (2Co 5:21). Pedro también escribió, “Porque Cristo también padeció una sola
vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1P 3:18). Y “quien llevó él mismo
nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados,
vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1P 2:24).

¿Alcanza a ver lo que estos cristianos estaban diciendo acerca del significado de la muerte de Jesús?
Estaban diciendo que cuando Cristo murió, no estaba siendo castigado por sus propios pecados (¡Él
no había pecado!). Más bien era el castigo de los pecados de Su pueblo. Mientras colgaba en el madero,
Jesús cargó con todo el peso tan horrible del pecado del pueblo de Dios. Toda su rebelión, toda su
desobediencia, todo su pecado cayó sobre sus hombros. Asimismo, cargó con la maldición que Dios había
pronunciado en el Edén–la sentencia de muerte.

Por eso es que Jesús lloró en agonía, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27:46). Su
Padre, quien es santo y justo, y quien es muy puro de ojos para ver el mal, miró a Su Hijo, vio los pecados
de Su pueblo sobre Sus hombros, le dio la espalda indignado, y derramó Su ira sobre Su propio Hijo. Mateo
escribió que la tierra se cubrió con oscuridad por un lapso de tres horas mientras Jesús colgaba del madero.
Esa era la oscuridad del juicio, el peso de la ira de Dios cayendo sobre Jesús mientras cargaba con los
pecados de su pueblo y moría en su lugar (Is 53:4-5).

¿Ve el significado de esto? Al final, significa que yo soy el que debía haber muerto, no Jesús. Yo debí haber
sido castigado, no Jesús. Y aún así tomó mi lugar. Murió por mí. Eran mis transgresiones, pero fueron Sus
heridas. Mis iniquidades, pero Su castigo. Era mi pecado, pero fueron Sus penas. Y Su muerte compró mi
paz. Sus azotes ganaron mi sanidad. Su tristeza, mi gozo. Su muerte, mi vida.

EL CORAZÓN DEL EVANGELIO


Tristemente, esta doctrina de la sustitución es probablemente la parte del evangelio cristiano que el
mundo odia más. A la gente le causa náuseas la idea de que Jesús fue castigado por los pecados de
alguien más. Varios autores le han llamado a esto “abuso infantil divino”. Y aún así, el hacer a un lado la
expiación sustitutoria es como apuñalar el corazón del evangelio. Siendo francos, hay muchas
imágenes en la Escritura de lo que Cristo logró con Su muerte: ejemplo, reconciliación y victoria, para solo
mencionar tres. Pero debajo de todo esto está la realidad a la que estas apuntan–sustitución penal.
Simplemente no se puede hacer a un lado, o darle preferencia a otras imágenes, de lo contrario dejaríamos
muchas preguntas sin responder en la Biblia:
- ¿Por qué existían los sacrificios?
- ¿Qué era lo que la sangre derramada lograba?
- ¿Cómo puede Dios tener misericordia de los pecadores sin destruir Su justicia?
- ¿Qué significa que Dios perdona la iniquidad y la rebelión, y aún así no tendrá por inocente al
culpable (Éx 34:7).
- ¿Cómo puede un Dios justo y santo justificar al impío (Ro 4:5)?

La respuesta a todas estas preguntas es encontrada en la cruz del Calvario, en la muerte sustitutoria
de Jesús por Su pueblo. Un Dios justo y santo puede justificar al impío porque en la muerte de Jesús, la
misericordia y la justicia fueron perfectamente reconciliadas. La maldición fue correctamente ejecutada, y
fuimos salvos misericordiosamente.

ÉL RESUCITÓ
Por supuesto, todo esto es verdad y son buenas noticias porque el Rey Jesús, quien fue crucificado, ya no
está en la tumba. Él resucitó de los muertos. Todas las dudas que agobiaban a los discípulos cuando
Jesús murió, fueron borradas en el momento que el ángel le dijo a la mujer, “¿Por qué buscáis entre los
muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lc 24:5-6).

Si Cristo hubiera permanecido en la tumba como cualquier otro “salvador” o “maestro” o “profeta”, Su muerte
no significaría nada más que la suya o la mía. Pero cuando el aliento volvió a entrar en sus pulmones
resucitados, cuando la vida de resurrección electrificó Su cuerpo glorificado, todo lo que Jesús había dicho
fue vindicado completa, incuestionable e irrevocablemente.

Pablo dijo entusiasmado en Romanos 8 lo que la resurrección de Jesús significa para los creyentes:
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el
que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también
intercede por nosotros” (Ro 8:33-34)

¡Qué pensamiento tan maravilloso–que Jesús el hombre ahora está sentado en todo Su esplendor a la
diestra de su Padre en el cielo, reinando como el Rey el universo! No sólo eso, sino que está intercediendo
por Su pueblo, al mismo tiempo que esperamos Su regreso final y glorioso.

Pero todo esto nos lleva a una pregunta más, ¿no? Así, ¿Quién es “Su pueblo”?

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