CAPÍTULO 3
EL HOMBRE PECADOR
La mayoría de la gente piensa acerca del pecado, especialmente del suyo propio, como si fuera una multa
de tránsito. “Sí, por supuesto”, pensamos, “técnicamente el pecado es una violación de la ley escrita por el
Dios de los cielos, y todo eso, pero él seguramente sabe que hay peores criminales que yo. Además, nadie
salió herido, y estoy dispuesto a pagar la multa. Y vamos–no hay necesidad de una investigación a fondo
sobre algo así, ¿Verdad?”.
Bueno, supongo que no, no si usted piensa del pecado en esa manera tan fría. Pero de acuerdo a la
Biblia, el pecado es mucho más que sólo una violación de alguna regulación de tráfico impersonal,
arbitraria, y celestial. Es más bien romper una relación, y todavía más, es un rechazo hacia Dios mismo—
es un repudio del reino, cuidado, y autoridad de Dios, así como de Su derecho de mandar sobre aquellos a
quienes les dio vida. En pocas palabras, es una rebelión de las criaturas en contra de su Creador.
¿QUÉ FUE LO QUE SALIÓ MAL?
Cuando Dios creó a la raza humana, su intención era que vivieran en un perfecto gozo bajo Su reino,
adorándole, obedeciéndole, y por tanto, viviendo en una comunión inquebrantable con Él. Sin embargo, el
dominio del hombre y la mujer sobre la creación no era un fin en sí mismo. Su autoridad no era propia; les
fue dada por Dios. Así que, aún cuando Adán y Eva ejercían dominio sobre la tierra, debían recordar que
estaban sujetos a Dios y que estaban bajo Su gobierno. Dios los había creado, y por ende, Él tenía el
derecho de estar al mando.
El árbol del conocimiento del bien y el mal que Dios había plantado en el centro del jardín, era un fuerte
recordatorio de esto (Gen. 3:17). Cuando Adán y Eva vieran el árbol y miraran su fruto, debían recordar
que su autoridad estaba limitada, debían recordar que eran criaturas, y que aún sus propias vidas
dependían de Dios. Ellos tan sólo eran mayordomos. Él era el Rey.
Entonces, cuando Adán y Eva comieron del fruto, no sólo estaban violando un mandamiento arbitrario, “No
comas del fruto”. No, ellos estaban haciendo algo más triste y más serio. Estaban rechazando la autoridad
de Dios sobre ellos y estaban declarando su independencia de Él. Adán y Eva querían ser lo que la
serpiente les había prometido, ser “igual a Dios”, así que ambos se aferraron a lo que pensaban que era una
oportunidad de deshacerse de la vice-rectoría y tomar la corona. En todo el universo, sólo había una cosa
que Dios no había puesto debajo de los pies de Adán: Dios mismo. Y aún así, Adán decidió que este arreglo
no era lo suficientemente bueno para él, así que se rebeló.
Lo peor de todo esto es que al desobedecer el mandamiento que se les había dado, Adán y Eva tomaron
una decisión consciente de rechazar a Dios como Rey. Ellos sabían cuáles eran las consecuencias si
desobedecían. Dios les había dicho en términos muy claros que si comían del fruto “ciertamente” morirían
(Gn 2:17). Pero a ellos no les importó. Adán y Eva intercambiaron el favor de Dios por la búsqueda de su
propio placer y su propia gloria.
La Biblia llama a esta desobediencia de los mandatos de Dios (sea en palabra, pensamiento, o hecho)
“pecado”. Literalmente, la palabra significa “errar el blanco”, pero el significado bíblico del pecado es mucho
más profundo. No es como si Adán y Eva estuvieran esforzándose arduamente en guardar los
mandamientos de Dios y simplemente no dieron en el blanco por cuestión de unos cuantos centímetros. No,
¡La realidad es que estaban apuntando en la dirección opuesta! Ellos tenían metas y deseos que eran
categóricamente opuestos a lo que Dios deseaba para ellos, así que cayeron en pecado. Violaron los
mandatos de Dios, rompieron su relación con Él, y lo rechazaron como su Señor legítimo.
Las consecuencias del pecado de Adán y Eva eran desastrosas para ellos, para sus descendientes, y para
el resto de la creación. Ellos mismos fueron expulsados del idílico jardín del Edén. La tierra ya no daría sus
frutos y tesoros voluntaria y gozosamente. Ahora tendrían que trabajar dura y dolorosamente para
conseguirlos. Aún peor, Dios ejecutó sobre ellos la sentencia de muerte que había prometido. Por supuesto,
no murieron inmediatamente. Pero su vida espiritual terminó inmediatamente. Su comunión con Dios se
rompió, y como resultado sus corazones se marchitaron, sus mentes se llenaron de pensamientos egoístas,
sus ojos se oscurecieron ante la belleza de Dios, y sus almas se secaron y se hicieron áridas,
completamente vacías de esa vida espiritual que Dios les había dado en el principio, cuando todo era
bueno.
NO SÓLO ELLOS, SINO NOSOTROS
La Biblia nos dice que no solamente Adán y Eva son culpables de pecado. Todos somos culpables Ro 3:10,
23). El evangelio de Jesucristo está lleno de piedras de tropiezo, y creo que esta es una de las más
grandes. Esta idea de que los seres humanos son fundamentalmente pecadores y rebeldes no es
solamente escandalosa, sino repugnante para los corazones que tercamente piensan de ellos mismos como
básicamente buenos y auto-suficientes.
Es por eso que es absolutamente crucial que entendamos la naturaleza y la profundidad de nuestro
pecado. Si nos acercamos al evangelio pensando que el pecado es algo más o algo menos a lo que en
realidad es, malinterpretaremos terriblemente las buenas nuevas de Jesucristo. Veamos unos cuantos
ejemplos de cómo los cristianos malinterpretan el pecado.
CONFUNDIENDO EL PECADO CON LOS EFECTOS DEL PECADO
Está de moda el presentar el evangelio diciendo que Jesús vino a salvar a la humanidad de un sentimiento
innato de culpa o despropósito o vaciedad. Ahora bien, esas cosas por supuesto que son un problema, y
mucha gente las siente profundamente. Pero la Biblia enseña que el problema fundamental de la
humanidad–el problema del que necesitamos ser salvos–no es el despropósito, o la falta de integridad
en nuestras vidas, o inclusive un sentimiento desgastador de culpa. Esos son tan sólo los síntomas de
un problema más profundo: nuestro pecado. Lo que necesitamos entender es que el aprieto en el que nos
encontramos, es un aprieto que nosotros mismos creamos. Hemos desobedecido la Palabra de Dios.
Hemos ignorado Sus mandamientos. Hemos pecado en contra de Él.
Hablar de la salvación del despropósito o de la vaciedad sin señalar hacia la raíz que las causa puede
provocar que la medicina sea tomada con mayor facilidad, pero es la medicina incorrecta. Le permite a una
persona el continuar pensando de sí misma como una víctima sin lidiar realmente con el hecho de que él
mismo es un criminal injusto que merece el juicio de Dios.
REDUCIENDO EL PECADO A UNA RELACIÓN ROTA
Muchos cristianos hablan del pecado como si fuera un pequeño disgusto entre Dios y el hombre, y que lo
que se necesita es que nosotros simplemente nos disculpemos y aceptemos el perdón de Dios. Sin
embargo, esa imagen del pecado como si fuera una discrepancia entre dos enamorados, distorsiona la
relación real que tenemos con Dios. Esa imagen comunica que no hay quebrantamiento de ley, ni violación
de la justicia, ni castigo justo, ni juicio santo, y por ende, tampoco hay necesidad de que un sustituto cargara
con el juicio.
La enseñanza bíblica es que el pecado sí es un rompimiento de una relación con Dios, pero esa relación
rota consiste en un rechazo de Su majestad real. No es sólo adulterio (aunque si es eso), también es
rebelión. No es sólo deslealtad; también es traición. Si reducimos el pecado a un mero rompimiento de una
relación, en lugar de entenderlo como una rebelión traicionera de un súbdito amado en contra de su Rey
justo y bueno, nunca entenderemos por qué la muerte del Hijo de Dios era requerida para enmendarlo.
CONFUNDIENDO EL PECADO CON PENSAMIENTOS NEGATIVOS
Otra forma de malentender el pecado es diciendo que es sólo un pensamiento negativo. Sólo dígale a
la gente que su pecado no va mas allá que el tener pensamientos negativos, y que eso es lo que los está
separando de la salud, riquezas y felicidad. Luego dígales que si tan sólo pensaran más positivamente
acerca de sí mismos (con la ayuda de Dios, claro), se desharían de su pecado y serían inmensamente ricos.
Decir que Jesucristo murió para salvarnos de pensamientos negativos acerca de nosotros mismos
es irreprensiblemente antibíblico. De hecho, la Biblia enseña que una gran parte de nuestro problema es
que pensamos muy alto de nosotros mismos, no muy bajo. Piense en esto un momento. ¿Cómo es que la
serpiente tentó a Adán y Eva? Les dijo que estaban pensando muy negativamente de sí mismos. Les dijo
que tenían que pensar más positivamente, que necesitaban ampliar su horizonte, y que requerían alcanzar
su máximo potencial para ser como Dios. En pocas palabras, les dijo que necesitaban pensar en grande. ¿Y
cómo cree que eso les funcionó a ellos?
CONFUNDIENDO EL PECADO CON LOS PECADOS
Hay una gran diferencia entre pensar de usted mismo como culpable de pecados, y pensar de usted mismo
como culpable de pecado. La mayoría de la gente no tiene problema alguno en admitir que han cometido
pecados (en plural), mientras piensen de esos pecados como pequeños errores aislados a lo largo de
una buena vida en general–una multa de tránsito aquí o allá en un registro bastante limpio.
Los pecados no nos aterrorizan tanto. Sabemos que están ahí, los vemos en nosotros mismos y en otros
todos los días, y nos hemos acostumbrado a ellos. Lo que nos aterroriza es que Dios nos muestre que el
pecado viene del mismo núcleo de nuestros corazones, esos depósitos profundos de suciedad y
corrupción que ni si quiera sabíamos que existían y que nunca jamás hubiéramos descubierto por nosotros
mismos. Así es como la Biblia habla acerca de la profundidad y oscuridad de nuestro pecado–no sólo está
sobre nosotros; está en nosotros y es de nosotros.
La imagen bíblica de la naturaleza humana no es tan bonita. Estamos impregnados de pecado. Las grietas,
el lodo, la suciedad, y la corrupción se encuentran en el mismo núcleo (Ef 2:3; Mt 15:19). Las palabras
pecaminosas que usted dice y los actos pecaminosos que usted comete no son incidentes aislados. Brotan
de la maldad de su propio corazón.
Cada parte de nuestra existencia humana está corrompida por el pecado y está bajo su poder. Nuestro
entendimiento, nuestra personalidad, nuestros sentimientos y emociones, y aún nuestra voluntad están
sujetas al pecado (Ro 8:7). Tan devastador es el poder del pecado sobre nosotros–nuestro
entendimiento, nuestra mente, y nuestra voluntad–que cuando vemos la gloria de Dios, inevitablemente
le damos la espalda indignados.
No es suficiente decir que Jesús vino a salvarnos de los pecados, si lo que queremos decir con eso es que
vino a salvarnos de nuestros errores aislados. Es solamente cuando entendemos que estamos “muertos
en nuestros delitos y pecados” (Ef 2:1, 5) que podemos ver qué tan buenas son las noticias de que hay una
manera para ser salvos.
EL JUICIO ACTIVO DE DIOS CONTRA EL PECADO
Una de las declaraciones más aterradoras en toda la Biblia está en Romanos 3:19. Se encuentra al final del
veredicto de Pablo acerca de toda la humanidad (gentiles y judíos) en el que indica que están en pecado y
que son injustos delante de Dios. Esto es lo que Pablo dice como conclusión de su argumento: “para que
toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios”.
¿Puede imaginarse lo que significará pararse delante de Dios y no tener explicación, ni excusa, ni plegaria,
ni un caso que defender? ¿Y qué significa estar “bajo el juicio de Dios”? La Biblia es muy clara, como vimos
en el capítulo anterior, que Dios es justo y santo, y por lo tanto no excusará el pecado. ¿Pero que
significará que Dios trate con el pecado, y que lo juzgue y castigue?
Romanos 3:23 dice, “La paga del pecado es la muerte”. En otras palabras, el pago que acumulamos por
nuestros pecados es el morir. Eso no sólo significa una muerte física. Es una muerte espiritual, una
separación obligatoria de nuestro miserable y pecaminoso ser de la presencia del justo y santo Dios
(Is 59:2). Es el juicio activo en contra del pecado, y la Biblia dice que será aterrador (Ap 19:15).
La Biblia enseña que el destino final de los pecadores incrédulos que no se arrepienten es el tormento
eterno y consciente, llamado “infierno”. Apocalipsis lo describe como “el lago de fuego y azufre”, y Jesús dijo
que es un lugar de “fuego que no puede ser apagado” (Ap 20:10; Mr 9:43). Dado que la Biblia nos habla y
advierte del castigo en el infierno, no entendemos el impulso que algunos cristianos tienen para
explicarlo de tal forma que suene más tolerable. Jesús mismo advierte al pueblo del “fuego que no
puede ser apagado… donde el gusano de ellos no muere” (Mr 9:43; 48). ¿Por qué algún cristiano tendría
interés en consolar a los pecadores con la idea de que tal vez el infierno no será tan malo después de todo?
NOSOTROS NO INVENTAMOS ESTO
Las imágenes que la Biblia utiliza para hablar acerca del juicio de Dios contra el pecado son realmente
aterradoras. No es sorpresa el hecho de que el mundo lea las descripciones en la Biblia acerca del infierno y
se refiera a los cristianos como “enfermos” por creerlas.
Pero eso es equivocar el meollo del asunto. No es que nosotros estemos inventando estas ideas. Nosotros
los cristianos no leemos, creemos y hablamos acerca del infierno porque de alguna manera nos guste
pensar en él. No, hablamos acerca del infierno porque, en última instancia, creemos en la Biblia.
Creemos en ella cuando dice que el infierno es real, y creemos en ella con lágrimas cuando dice que la
gente que amamos está en peligro de pasar la eternidad en él.
Este es el veredicto aleccionador sobre nosotros. No hay ni un justo entre nosotros, ni siquiera uno. Y por
eso, un día toda boca será cerrada, toda lengua será silenciada, y todo el mundo dará cuentas a Dios.
Pero…