¡PERRO!
© Eduardo De Benito
La palabra perro tiene en el habla popular un sentido peyorativo. ¡Perro! utilizamos como
insulto. Pobre gente aquellos que no saben oír en ésta palabra las nobles resonancias que
contiene. Porque perro significa la vida sencilla y fiel que llena tantos huecos de nuestra
existencia. Sin el perro no seríamos nada, este animal nos ayudó a ser humanos, estuvo a
nuestro lado en las penurias y en los buenos tiempos, nos enseñó la caza, cuidó nuestros
rebaños, nuestra hacienda y a nuestros hijos. Una gran parte de nuestra gracia la hemos
aprendido del perro, que posee el don divino de la simpleza sin estupidez y de la inteligencia
sin pedantería.
Tu perro, es todos los perros del mundo: el viejo perro homérico, el noble Argos, que aguardó a
morir hasta el regreso de Ulises. Y también el fiel Eliabur, el perro de Noé que cuando el Arca
encalló en la cima del monte Ararat y el patriarca abrió las puertas de la nave huyendo todos
los animales, permaneció a su lado. Es también Ortro, el perro que pastoreaba los toros bravos
en las vegas del Guadalquivir, mítico Jardín de las Hespérides, y al que Ulises tuvo que matar
para robar el ganado a su dueño Gerión.
Entre los dones que nos concedieron los dioses: las herramientas para sembrar la tierra; la
música para divertirnos y las armas para defendernos, el perro aparece desde la antigüedad
como un preclaro regalo divino