El Águila Orgullosa y la Trucha Astuta
En la cima de la montaña más alta vivía un águila real de plumaje
espléndido. Desde las nubes, contemplaba el mundo con desdén. Ella
se consideraba la reina indiscutible de la creación por su imponente
vuelo.
Un mediodía caluroso, el águila descendió hacia un río cristalino para
calmar su sed. En el agua, nadaba una trucha plateada de movimientos
rápidos y elegantes. Al verla, el águila no pudo evitar presumir su
grandeza.
—Mírate, criatura confinada —dijo el águila con tono de burla—. Vives
atrapada en este estrecho río, obligada a nadar contracorriente. Yo, en
cambio, poseo el cielo entero. Puedo volar sobre las tormentas y mirar
al sol de frente sin pestañear. Tu mundo es diminuto.
La trucha, manteniendo la calma bajo la corriente, la miró fijamente y
respondió:
—Es verdad que tu cielo es inmenso, majestuosa águila. Sin embargo,
este río me da todo lo que necesito. Aquí soy libre, rápida y encuentro
mi alimento diario. ¿De qué sirve dominar el cielo si dependes de la
tierra para sobrevivir? Te propongo un desafío para probar quién domina
mejor su entorno.
El águila soltó una carcajada que resonó en el cañón.
—¿Un desafío tú a mí? ¡Acepto! Di qué debo hacer.
—Ves aquella piedra brillante en el fondo de esta poza profunda?
—preguntó la trucha—. Bajemos juntas a tocarla. La que llegue primero
demostrará ser la criatura más hábil.
El águila, confiada en su velocidad de picada, se lanzó de inmediato al
agua con las garras por delante. Pero en cuanto sus alas tocaron la
superficie, el agua densa frenó su impulso, empapó sus plumas y la dejó
pesada e indefensa. Empezó a hundirse y a chapotear con
desesperación, incapaz de maniobrar en un elemento que no le
correspondía.
Mientras tanto, la trucha se deslizó con gracia y agilidad entre las
corrientes. Llegó al fondo del río en un abrir y cerrar de ojos, tocó la
piedra brillante y regresó a la superficie para guiar al águila hacia la
orilla antes de que se ahogara.
A salvo en la orilla, exhausta y con el orgullo herido, el águila sacudía
sus plumas empapadas en silencio. La trucha, antes de sumergirse de
nuevo, le dijo con amabilidad:
—No desprecies la vida de los demás solo porque sus horizontes
parecen más pequeños que los tuyos. Cada ser es rey en su propio
hogar.
Moraleja
No te burles de las limitaciones ajenas ni presumas de tu
superioridad, pues el exceso de confianza y la soberbia te pueden
llevar a competir en terrenos donde tus mayores fortalezas no sirvan de
nada. La verdadera sabiduría radica en reconocer tus propios límites y
respetar el valor de los demás.