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Prefacio-Cartas

El prefacio de 'Las cartas de Escrutopo' reflexiona sobre la recepción del libro, que, a pesar de algunas críticas negativas, ha tenido un notable éxito y ha suscitado interés entre los lectores. El autor aclara su perspectiva sobre el Diablo y los diablos, afirmando que no cree en un poder opuesto a Dios, pero sí en la existencia de ángeles caídos que se han rebelado. A través de su obra, busca iluminar la vida humana desde una nueva perspectiva, más que especular sobre la naturaleza del mal.

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Prefacio-Cartas

El prefacio de 'Las cartas de Escrutopo' reflexiona sobre la recepción del libro, que, a pesar de algunas críticas negativas, ha tenido un notable éxito y ha suscitado interés entre los lectores. El autor aclara su perspectiva sobre el Diablo y los diablos, afirmando que no cree en un poder opuesto a Dios, pero sí en la existencia de ángeles caídos que se han rebelado. A través de su obra, busca iluminar la vida humana desde una nueva perspectiva, más que especular sobre la naturaleza del mal.

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PREFACIO Las cartas de Escrutopo aparecieron durante la segunda Guerra Alemana, en el desaparecido Manchester Guardian. Es- pero que no precipitasen su defuncién, pero lo cierto es que le hicieron perder un lector: un clérigo rural escribié al director, dandose de baja como suscritor, con el pretexto de que «mu- chos de los consejos que se daban en estas cartas le parecian no solo errdneos, sino decididamente diabélicos». Por lo general, sin embargo, tuvieron una acogida como nunca hubiera sofiado. Las criticas fueron elogiosas o estaban Menas de esa clase de irritacién que le dice al autor que ha dado en el blanco que se proponia; las ventas fueron inicialmente prodigiosas (para lo que acostumbran a venderse mis libros), y se han mantenido estables, Desde luego, las ventas de un libro no significan lo que los autores esperan. Si se midiese lo que se lee la Biblia en Ingla- terra en funcién del numero de Biblias vendidas, se cometeria un grave error. Pues bien, en una escala mas modesta, las ventas de Las cartas de Escrutopo encierran una ambigiiedad semejan- te: es el tipo de libro que se suele regalar a un ahijado, que se lee en voz alta en las residencias de ancianos. Es, incluso, el género de libro que, como he podido observar con una sonrisa 11 escarmentada, tiende a ser depositado en los cuartos de invita- dos, para llevar en ellos una vida de ininterrumpida tranquili- dad, en compaiiia de The Road Mender, John Inglesant' y La vida de las abejas’. A veces se compra por motivos mas humi- llantes todavia. Una sefiora que yo conocia descubrié que la joven y encantadora enfermera en practicas que llenaba su bolsa de agua caliente en el hospital habia leido Cartas. Tam- bién averigué por qué las habia leido. —Verd —le dijo la joven—; se nos advirtid que en las entre- vistas de examen, después de las preguntas de verdad, las téc- nicas, las matronas 0 los médicos preguntan, a veces, qué tipo de cosas le interesan a una. Lo mejor es decir que se ha leido algo. Asi que nos dieron una lista de unos diez libros que suelen hacer bastante buena impresién, y nos dijeron que debjamos leer por lo menos uno de ellos. —@Y usted eligié Cartas? —Bueno, claro: era el mds corto. Con todo, una vez hechas todas las salvedades, el libro ha tenido un ntimero suficiente de lectores de verdad como para que valga la pena dar respuesta a algunos de los interrogantes que ha suscitado entre ellos. La pregunta més corriente es si realmente «creo en el Dia- blo». Ahora bien; si por «el Diablo» se entiende un poder opuesto a Dios, y como Dios, existente por toda la eternidad, la res puesta es, desde luego, no. No hay més ser no creado que Dios. eae nels peace Ningutn ser podria alcanzar una «per puesta a la perfecta bondad de Dios, ya 4% ae Sarde todo lo bueno (inteligencia, voluntad; me- » energia, y la existencia misma), no quedaria nada de €l. La pregunta adecuada seria si creo en los diablos. Si, cre Novela escrita, en 1876, por Joseph Henry Shorthouse (1834-1903), a alcanzé i Zo resonante éxito en Inglaterra cuando, en 1881, se publicé. (N. * Se ; ; : (1862-1949) (N co a vie des abeilles (1901), de Maurice Maeterlinck 12 Es decir, creo en los angeles, y creo que algunos de ellos, abusando de su libre albedrio, se han enemistado con Dios y, en consecuencia, con nosotros. A estos angeles podemos lla- marles «diablos», No son de naturaleza diferente que los ange- les buenos, pero su naturaleza es depravada. Diablo es lo con- trario que dngel tan sdlo como un Hombre Malo es lo contra- rio de un Hombre Bueno. Satan, el cabecilla o dictador de los diablos, es lo contrario no de Dios, sino del arcdngel Miguel. Creo esto no porque forme parte de mi credo religioso, sino porque es una de mis opiniones. Mi religién no se desmo- ronaria si se demostrase que esta opinion es infundada. Hasta que eso ocurra —y es dificil conseguir pruebas negativas—, la mantendré. Me parece que explica muchas cosas. Concuerda con el sentido Ilano de las Escrituras, con la tradicién de la Cristiandad y con las creencias y la mayor parte de los hombres de casi todas las épocas. Y no es incompatible con nada que las ciencias hayan demostrado. Debiera ser innecesario (pero no lo es) afiadir que creer en los angeles, buenos o malos, no significa creer en unos ni en otros tal y como se les representa en las artes y en Ia literatura. Se pinta a los diablos con alas de murciélago y a los Angeles con alas de pdjaro, no porque nadie sostenga que la degrada- cién moral tienda a convertir las plumas en membrana, sino porque a la mayoria de los hombres le gustan mas los pajaros que los murciélagos. Se les pintan alas, para empezar, con la intencion de dar una idea de la celeridad de la energia intelec- tual libre de todo impedimento. Se les confiere forma humana porque la tinica criatura racional que conocemos es el hombre. Al ser criaturas superiores a nosotros en el orden natural, incorpéreas 0 que animan cuerpos de un tipo que ni siquiera podemos imaginar, hay que representarlas simbdlicamente, si se quiere representarlas de algiuin modo. Ademas, estas formas no sélo son simbédlicas, sino que la gente sensata siempre ha sabido que eran simbdlicas. Los grie- gos no crefan que los dioses tuviesen realmente las hermosas formas humanas que les daban sus escultores. En su poesia, un 13 re «aparecerse» a unl mortal asume tem poralmente la apariencia de un hombre. La teologia cristiana ha explicado casi siempre la «aparicién» de un angel del mismo modo, «Sélo los ignorantes se imaginan que los espiritus son realmente hombres alados», dijo Dionisio en el siglo V. En las artes plasticas, estos simbolos han degenerado con- tinuamente. Los Angeles de Fra Angélico llevan en su rostro y en su actitud la paz y la autoridad del Cielo; luego vinieron los repordetes desnudos infantiles de Rafael; por tiltimo, los ange- les suaves, esbeltos, anifiados y consoladores del arte decimo- nénico, de formas tan femeninas que sdlo su total insipidez evita que resulten voluptuosas: parecen las frigidas huries de un paraiso de saloncito. Son un simbolo pernicioso. En las Escri- dios que quie parece a punto de susurrar: «Ea, ea, no es nada» Los simbolos literarios encierran un mayor peligro, ya qu no son tan facilmente reconocibles como simbélicos. Los mé jores son los del Dante: ante sus angeles nos sumimos en un auténtico temor reverencial, y sus diablos se aproximan mucho mas —por su rabia, despecho e indecencia— a lo que debe ser la realidad que cualquier cosa de Milton, como senalé acerta- damente Ruskin. Los diablos de Milton, por su grandiosidad y su elevada poesia, han hecho mucho dafio, y sus angeles aebe? demasiado a Homero y a Rafael. Pero la imagen verdaderame™ te nociva es el Mefistéfeles de Goethe. Es Fausto, y n0 Mefis- téfeles, quien de verdad exhibe la implacable, insomne Y crs: pada concentracién en si mismo que es la marca del Infiern0- E! divertido, civilizado, sensato y flexible Mefistéfeles ha co?” tribuido a fortalecer la ilusoria creencia de que el mal es Ir berador. cm ambre peo puede ein, en asin, que mi simbolis ee i i re, y yo estaba decidido a conieee que el de Goethe. Por a ‘albu at eee el pare tido de las proporciones : manera ge tat a de » y la capacidad de verse a uno mismo 4¢$ 14 a turas, la visitacién de un angel es siempre alarmante; tiene qué empezar por decir: «No temas.» E] angel victoriano, em Cambio, corps pitino i que atribuyamos a los mente eso. «Satén cay6 por la fa i ets ioe terton’. Se debe representar el In ‘fie © gravedad», dijo Ches- : niierno como un estado en el que el eae €sta perpetuamente pendiente de su propia see ara ci et fslnichoracoae-tour i a oe o viven las pasiones mor- miento. Eso, para empezar; enc isto lottenvaurh fr ects 1 ; uanto a lo demds, mi eleccién de simbolos depende, supongo, de mi temperamento y de la epoca. : Me gustan mucho mas los murciélagos que los burécratas, Vivo en la Era del Dirigismo, en un mundo dominado por la Administraci6n, El mayor mal no se hace ahora en aquellas sordidas «guaridas de criminales» que a Dickens le gustaba pintar. Ni siquiera se hace, de hecho, en los campos de concen- tracién o de trabajos forzados. En los campos vemos su resul- tado final, pero es concebido y ordenado (instigado, secundado, ejecutado y controlado) en oficinas limpias, alfombradas, con calefaccién y bien iluminadas, por hombres tranquilos de cue- Ilo de camisa blanco, con las ufias cortadas y las mejillas bien afeitadas, que ni siquiera necesitan alzar la voz. En consecuen- cia, y bastante Idgicamente, mi simbolo del Infierno es algo asi como la burocracia de un estado-policta, o las oficinas de una empresa dedicada a negocios verdaderamente sucios. Milton nos ha dicho que «diablo con diablo condenado mantiene firme concordia». Pero, me pregunto yo, ;como? Desde luego, no por amistad: un ser que atin puede sentir afecto no es todavia un diablo. También en este sentido mi simbolo me parece util, porque permitia, por medio de parale- lismos terrenales, describir una sociedad oficial sostenida ente- > En el original, «Satan fell by force of gravity», que significa tanto «Satan cay6 por la fuerza de gravedad» como «Satan cayé a fuerza de gravedad», siendo este ultimo sentido del juego de palabras de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) el mas oportuno en este contexto. (N. del T:) 15 ramente por el miedo y la avaricia. En la superficie, los modales de sus habitantes son normalmente amables; la groseria para con los superiores de uno seria, evidentemente, suicida, y la groserfa para con los iguales podria ponerles en guardia antes de que uno estuviese preparado para adelantarseles. Y es que, por supuesto, el principio rector de toda la organizacion es que «el perro se come al perro». Todos desean el descrédito, la degradacién y la ruina de los demas; todos son expertos enel arte del informe confidencial, la alianza fingida, la punalada a traicién. Por encima de todo eso, sus buenos modales, sus expresiones de grave respeto, sus ac oes aconsejé con frecuencia que ampliase las srtas of » pero durante muchos afios no me apetecid lo mas minimo. Aunque nunca habia escrito con tanta facilidad, ‘ : ing OSAMA a tc Se Did tino _El nombre original del protagonista —y de los demas diablos que Ssnétiea ta es intraducible, Y no significa ie aunque C. S. Lewis lo asocla les Dickens, bl Scrooge (célebre Personaje del Christmas Carol, de Char arquetipo del pabtewden 1849, Y cuyo nombre se ha convertido e" ras), tapewor: aa) » screw (tuerca, apretar, joder), thumbscrew (empulgue: tes ‘pa aleok Slubpa © solitaria) y red tape (formalismo burocritico, tar (baba), slubber (neon Procede, segiin Lewis, de slob (xipo odioso),s! , er (manchar, hacer chapuceramente), y gob (salivazo). (N. del T) 18 nunca escribi con menos gozo. La facilidad provenia, sin duda, de que el artificio de las cartas diabélicas, una vez que se ha tenido la idea, se explota a si mismo espontaneamente, como los hombres grandes y pequenios de Swift, o la filosofia médica y ética de Erewhon, o la Piedra Garuda de Anstey’, Es una idea que le arrastraria a uno durante mil paginas si se le diese rienda suelta. Pero, aunque era facil adoptar la actitud mental de un diablo, no resultaba divertido, 0 no por mucho tiempo. El esfuerzo me producia una especie de calambre espiritual: mien- tras hablaba por Escrutopo, tenia que proyectarme a un trabajo que no era sino polvo, arena, sed y picor; cualquier atisbo de belleza, frescor y cordialidad tenia que ser excluido. Casi me ahogo antes de acabar el libro; hubiera ahogado a mis lectores si lo hubiese prolongado. Ademas, le tenia cierta inquina a mi libro, por no ser un libro diferente, un libro que nadie hubiese podido escribir. Idealmente, los consejos de Escrutopo a Orugario debieran haber sido contrapuestos a los consejos arcangélicos al angel de la guarda del paciente. Sin esto, la visién de la vida humana que da el libro resulta parcial y desequilibrada. Pero, ¢cdmo remediar tal deficiencia? Porque, incluso si un hombre —y habria de ser un hombre mucho mejor que yo— pudiese escalar las alturas espirituales necesarias para ello, ¢qué «estilo justifi- cable» podria utilizar? Porque el estilo seria, realmente, parte del contenido. Los consejos, sin mas, no servirfan de nada; cada frase habria de tener el aroma del Cielo. Y hoy dfa, incluso si uno fuese capaz de escribir una prosa como la de Traherne’, no se le permitiria, porque el criterio de «funcionalidad» ha inuti- lizado a la literatura para la mitad de sus funciones. (En el fondo, cada ideal estilistico dicta no sdlo cémo se debieran * Lewis alude a Los viajes de Gulliver (Gulliver’s Travels), 1726, de Jonathan Swift (1667-1745); a la satira Erewhon (1872), de Samuel Butler (1825-1902); y, por ultimo, a la obra poética de Christopher Anstey (1724-1805). (N. del T.) ’ Thomas Traherne (16362-1674), poeta y tedlogo. (N. del T.) 19 decir las cosas, sino qué género de cosas se pueden decir.) Luego, al pasar los afios y convertirse la sofocante experien- cia de escribir las Cartas en un débil recuerdo, se me empeza- ron a ocurrir ciertas reflexiones sobre esto y aquello, que parecian requerir, de algtin modo, un tratamiento «escrutopia- no». Pero estaba firmemente decidido a no volver a escribir una Carta, La idea de algo asi como una conferencia o un «discur- so» planed vagamente por mi cabeza; idea ora olvidada, ora recordada, pero nunca escrita. Entonces me llegé una invita- cidn del Saturday Evening Post, y eso apreté el gatillo...* - * CS. Lewis se refiere aqui a su escrito El diablo propone un brindis, breve ensayo que completa la avo o itado por Ediciones Rialp, 1995, “”™**Y au da titulo aun volumen edi 20

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