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ARDTC

El documento presenta 'Al Ritmo de Tu Corazón', una obra del autor guatemalteco Marco Cortez, que explora la magia y las emociones humanas a través de la historia de Marco y su familia en Ciudad Especial. A lo largo de la narrativa, los personajes enfrentan desafíos que revelan que la verdadera magia proviene del amor y la conexión entre ellos, en lugar de solo poderes sobrenaturales. La obra destaca la importancia de la identidad, la amistad y el crecimiento personal en un contexto mágico.

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El documento presenta 'Al Ritmo de Tu Corazón', una obra del autor guatemalteco Marco Cortez, que explora la magia y las emociones humanas a través de la historia de Marco y su familia en Ciudad Especial. A lo largo de la narrativa, los personajes enfrentan desafíos que revelan que la verdadera magia proviene del amor y la conexión entre ellos, en lugar de solo poderes sobrenaturales. La obra destaca la importancia de la identidad, la amistad y el crecimiento personal en un contexto mágico.

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1

AL RITMO
DE TU
CORAZÓN

2
ÍNDICE

-ACERCA DEL AUTOR- .......................................................................................................................... 4


-DEDICATORIA- .................................................................................................................................... 5
-PROLOGO- .......................................................................................................................................... 6
-REFLEXIÓN- ........................................................................................................................................ 7
-PERSONAJES - ..................................................................................................................................... 8
Capítulo 1: Bienvenidos a Ciudad Especial ........................................................................................ 13
Capítulo 2: Primer día en SIBERVI ..................................................................................................... 17
Capítulo 3: Rivalidades y Secretos..................................................................................................... 21
Capítulo 4: La estación y la lección.................................................................................................... 25
Capítulo 5: Ventanas y rescates ........................................................................................................ 29
Capítulo 6: Ecos del poder................................................................................................................. 33
Capítulo 7: Fuego y Pantallas ............................................................................................................ 37
Capítulo 8: Voces y Sombras ............................................................................................................. 41
Capítulo 9: Ecos del Arcui .................................................................................................................. 45
Capítulo 10: El conjuro seguro .......................................................................................................... 49
Capítulo 11: Hechizos y corazones cruzados..................................................................................... 53
Capítulo 12: Tormenta en el Corazón ............................................................................................... 57
Capítulo 13: El juramento del corazón .............................................................................................. 61
Capítulo 14: Secretos bajo la lluvia ................................................................................................... 65
Capítulo 15: Secretos al sabor del triunfo ......................................................................................... 69
Capítulo 16 — Sombras de Lealtad ................................................................................................... 73
Capítulo 17 — El Interrogatorio de la Directora ............................................................................... 77
Capítulo 18 — La Confesión a Sharon y el Rechazo .......................................................................... 81
Capítulo 19 — La Noche del Corazón Roto ....................................................................................... 85
Capítulo 20 — El Secreto Bajo la Luna .............................................................................................. 89
Capítulo 21 — Ecos en el Espejo ....................................................................................................... 93
Capítulo 22 — El Tiempo Que Se Rompió ......................................................................................... 97
Capítulo 23 — Naturaleza en Destino Cruzado ............................................................................... 101
Capítulo 24 — El Peso de la Traición ............................................................................................... 105
Capítulo 25 — Canta el Corazón Que Calló Demasiado .................................................................. 109
Capítulo 26 — Bajo la Noche que Respira Tempestad .................................................................... 113
Capítulo 27 – Viento que Revela Verdades ..................................................................................... 117
Capítulo 28 — La Fiesta Donde Nació la Tormenta......................................................................... 121
Capítulo 29 — Cuando la Luna Reclamó su Precio.......................................................................... 125
Capítulo 30 — Cuando la Luz Cae, Algo Nuevo Despierta .............................................................. 129

3
-ACERCA DEL AUTOR-

Nacido en Escuintla en 1995, Marco Cortez se erige como un destacado


escritor guatemalteco, cuya prolífica imaginación y pasión narrativa han enriquecido
significativamente la literatura juvenil. Sus múltiples novelas cautivan a lectores de
todas las edades gracias a su habilidad para tejer historias emotivas y conmovedoras
que resuenan profundamente.

A lo largo de su trayectoria, Cortez ha demostrado profesionalismo al abordar temas


universales y complejos como el amor, la amistad, la identidad y la resiliencia. Sus
novelas se distinguen por personajes bien definidos y tramas absorbentes que
mantienen al lector enganchado hasta la última página.

El estilo de Cortez, claro y conciso, facilita una inmersión total en sus mundos
narrativos y una conexión genuina con sus personajes. Su notable capacidad para
evocar atmósferas convierte la lectura en una experiencia envolvente.

Con su obra, Marco Cortez emociona e inspira a un público diverso, consolidando


una valiosa contribución a la literatura juvenil. Su dedicación a la escritura y su
fervor por narrar historias que tocan la fibra sensible lo consagran como una figura
prominente en el panorama literario guatemalteco.

4
-DEDICATORIA-

A mis queridos padres, Alfonso Cortez y Gladis Calderón, cuya amorosa guía y apoyo
incondicional han sido la fuente de inspiración y motivación detrás de mis logros.
Gracias por darme la libertad de explorar, soñar y crear, permitiéndole llevar mi
imaginación más allá de la realidad. Su confianza en mí ha sido fundamental para
mi crecimiento y desarrollo, y me ha permitido alcanzar metas que nunca pensé
posibles.

Quiero expresar mi más profundo agradecimiento por su sacrificio y dedicación


hacia mí. Su amor y apoyo han sido mi roca, mi refugio y mi motivación. Me han
enseñado a ser valiente, a enfrentar desafíos y a nunca rendirme. Me han mostrado
que, con esfuerzo y determinación, puedo lograr cualquier cosa que me proponga.

Gracias por ser mis padres, mis mentores y mis amigos. Gracias por creer en mí y
por apoyarme en cada paso de mi camino. Esta dedicatoria es un pequeño gesto de
agradecimiento por todo lo que han hecho por mí, y espero que sea un recordatorio
constante de mi amor y gratitud hacia ustedes.

5
-PROLOGO-

Antes de que el Arcui despertara… antes de que los Cortez descubrieran su propio

destino… Ciudad Especial era solo eso: una ciudad.

Una escuela común.

Unos estudiantes comunes.

Una vida común.

Pero la magia nunca pregunta si puede entrar.

Simplemente llega.

La mañana en que la historia comenzó, Marco Cortez no sospechaba nada. Caminaba hacia

SIBERVI como cualquier otro día, molesto porque llegaba tarde, imaginando que ese sería

un día normal. No sabía que, al doblar la esquina, su vida chocaría de frente con un secreto

que había permanecido oculto por generaciones.

En ese momento, en algún lugar del mundo mágico, una página del Arcui se movió por sí

sola.

Una luz antigua se encendió.

Un destino empezó a tejerse.

Y así, sin advertencia alguna, el mundo de Marco…

dejó de ser normal.

Ese fue el verdadero comienzo.

El punto donde todo lo mortal y todo lo imposible se encontraron por primera vez.

El día en que la magia regresó.

-Marco

6
-REFLEXIÓN-

La historia presentada revela un mundo donde la magia no solo es poder, sino espejo
del corazón humano. Marco, Memo y los demás personajes muestran que cada
hechizo, cada brote de energía y cada pérdida responden directamente a sus
emociones más profundas. Cuando Marco cree que “sin magia no soy nada” , se
confronta con una verdad universal: muchos confunden su valor con aquello que
pueden hacer, no con aquello que son. Su viaje demuestra que la magia externa
puede fallar, pero la interna —la que nace del amor, la familia y las decisiones
correctas— permanece.
Asimismo, Memo encarna otro tipo de lucha. Al descubrir que Regina solo quiere
usarlo porque “tiene una magia excepcional”

, enfrenta el dolor de saberse herramienta y no persona. Su despertar mágico es, al


mismo tiempo, un despertar emocional: la necesidad de recuperar control de su vida.
Las relaciones también actúan como catalizadores. El apoyo que Sharon necesita
para enfrentar el trauma de su hermana desaparecida, o el vínculo entre los Cortez
que se fortalece en la adversidad, muestran que la verdadera fuerza surge de la unión.
Como dice el Arcui: “Lo que duele, transforma” .
En este universo, la magia no salva a los personajes: los obliga a crecer. Y en ese
crecimiento reside el verdadero poder.

7
-PERSONAJES -
Marco Cortez —
Heredero de una magia antigua y emocional, Marco es valiente, impulsivo y guiado por su
corazón. Su mayor lucha es equilibrar su destino mágico con su vida mortal y su amor por
Sharon. Aunque pierde sus poderes, descubre que su verdadera fuerza siempre estuvo
dentro de él.

Darío Cortez —
Hermano mayor, disciplinado y protector. Su magia es precisa y calculada, reflejo de su
personalidad lógica. Vive un romance lento con Cristy y carga con la responsabilidad de
sostener a la familia cuando todo tambalea.

David Cortez —
El menor de los Cortez, empático, sensible y leal. Aunque su magia es más suave, tiene un
instinto especial para sentir peligros. Su cercanía con Camila revela su lado más dulce.

Sharon Martínez—
Valiente, directa y emocional. Vive entre el deseo de una vida normal y el amor que siente
por Marco. El trauma por la desaparición de su hermana la marcó profundamente, pero su
fortaleza la convierte en el ancla emocional de la historia.

Cristian López —
Divertido, creativo y siempre listo para defender a los suyos. Aunque mortal, actúa con
más valor que muchos hechiceros. Su relación con Zuly y el cariño por su familia lo vuelven
esencial en el equipo.

Zuly Aceituno —
Soñadora, alegre y fiel. Es la luz social del grupo, siempre motivando y creando unión. Su
amor por Cristian la hace descubrir una valentía inesperada.

Memo Villegas—
Emocional, inseguro y poseedor de una magia inmensa pero inestable. Manipulado por
Regina, lucha entre su necesidad de ser amado y el miedo a su propio poder. Heidi ayuda a
que vea su valor, más allá de la magia.

Heidi Sanders —
Tierna, empática y decidida. Aunque no posee magia, tiene una intuición poderosa para las
emociones. Su cariño por Memo revela un amor genuino que lo transforma.

Gladis Cortez —
Amorosa, fuerte y protectora. Su pasado como mortal enamorada de un hechicero la
convierte en la guía emocional del clan. Cree en el amor y la magia como caminos
complementarios.

Alfonso Cortez —
Padre hechicero, serio pero afectuoso. Su conocimiento del mundo mágico es vasto y a
veces demasiado rígido, pero siempre actúa por la seguridad de sus hijos. Representa la
tradición del linaje.

8
Gabriel Cortez —
Carismático, gracioso y sorprendentemente sabio. Aunque parece despreocupado, es
profundamente leal. Su relación con Ursula revela un lado romántico y protector.

Úrsula Villegas—
Bondadosa, dulce y amorosa. Aunque no tiene magia, su corazón es más poderoso que
muchos hechizos. Es la guía emocional de Memo y ahora también la compañera de Gabriel.

Regina Belmont —
Ambiciosa, fría y obsesionada con el poder. Busca romper las leyes del Arcui para
convertirse en la hechicera suprema. Su caída libera enigmas más grandes y deja huellas
profundas.

Cristy —
Tierna, inteligente y marcada por mentiras sobre su origen. Tras descubrir que Regina no
es su madre, despierta poderes propios que la vinculan a un linaje desconocido. Su amor
por Darío la ancla a un camino de luz.

Fercho —
De corazón noble pero carácter explosivo, Fercho suele actuar antes de pensar. Su
inseguridad lo llevó a conflictos con Zuly y especialmente con Cristian. Aunque intenta ser
rudo, en el fondo quiere sentirse valorado y parte del grupo.

Guicho —
Astuto, divertido y siempre listo con un comentario fuera de lugar. Guicho es la comedia
del equipo de Memo, aunque detrás de sus bromas es muy leal. Si alguien hiere a los suyos,
él será el primero en defenderlos.

Lisa —
Carismática, intensa y totalmente obsesionada con las redes sociales. Su videoblog tiene
más poder del que ella imagina, influenciando a toda la escuela. Aunque parece superficial,
en realidad observa más de lo que deja ver.

Patricia —
Discreta en apariencia pero afilada en información. Es la que une cabos, investiga y suelta
“datos bomba” en el momento exacto. Su rol es clave para revelar secretos… incluso sin
querer.

Mercedes —
Exagerada, teatral y fanática de las conclusiones imposibles. Es quien vuelve cada rumor
más grande de lo que es. Aunque exagera, tiene una intuición sorprendentemente
acertada.

Florencia Martínez —
Tierna, protectora y resiliente. Tras perder a una hija en el pasado, vive con miedo pero
también con una inmensa fortaleza. Ama profundamente a Sharon y Daniela, y es su motor
emocional en momentos difíciles.

9
Daniela Martínez —
Dulce, curiosa y marcada por el trauma de haber estado atrapada en un espejo mágico. Su
regreso cambia el rumbo emocional de la historia. Daniela observa el mundo con ojos
nuevos y no teme decir verdades incómodas, especialmente sobre el amor.

Estrella —
Impulsiva, nostálgica y atrapada entre dos épocas. Su historia con Cristian la quiebra, pero
su deseo de volver a casa la hace vulnerable. Usada por Regina, su rol en la magia temporal
apenas está empezando.

Lolo —
Práctico, amable y organizado, Lolo ha pasado años siendo la mano derecha de Úrsula.
Aunque muchos lo subestiman, es observador y guarda secretos importantes del mundo
mágico sin siquiera desearlo. Su mayor anhelo es construir una vida independiente, lejos
del caos que lo rodea. El cariño auténtico que siente por Memo y Úrsula lo convierte en
una figura protectora dentro de su hogar.
Con su mudanza a una nueva casa, Lolo inicia un camino propio: más seguro, más libre y
más decidido. Y aunque odia meterse en drama, siempre termina involucrado… justo
cuando más lo necesitan.

10
11
12
Capítulo 1: Bienvenidos a Ciudad Especial
“La magia no nace del poder, sino del corazón que la guía.”
— El Arcui, Libro de Hechizos de la Familia Cortez
El sol de Ciudad Especial bañaba los edificios con tonos dorados y rosados. Desde la
ventana del taxi que avanzaba por la avenida principal, Marco Cortez observaba la
ciudad con ojos curiosos y una sonrisa traviesa que delataba su impulsividad.
—¿Estás seguro de que esta mudanza era necesaria? —preguntó Darío, ajustándose
los lentes mientras revisaba mentalmente su libreta de horarios—. Ciudad Especial…
es demasiado impredecible.
—¡Impredecible es divertido! —replicó Marco, lanzando un codazo ligero a David,
que dormitaba en el asiento trasero—. Además, mamá dijo que en el restaurante
habrá los mejores sándwiches del mundo.
David bostezó y se desperezó, mientras Alfonso, al volante, sonreía con esa calma
que solo un ex-hechicero podía tener.
—Paciencia, chicos —dijo Alfonso—. Ciudades como esta siempre tienen sorpresas,
pero también oportunidades.
Cuando doblaron en la última avenida, apareció frente a ellos el nuevo hogar: un
edificio moderno con el restaurante Metro Stop Café en la planta baja. Luces
simulaban vagones de metro, y trenes en miniatura recorrían las repisas provocando
risas y comentarios de los transeúntes. Marco se recostó contra la puerta del taxi,
impresionado.
—Esto es… increíble —susurró.
Gladys abrió la puerta con energía:
—¡Bienvenidos a casa, chicos! —exclamó—. Vamos, vamos, que hay mucho que ver y
desempacar.
David saltó del auto mientras Darío bajaba cuidadosamente, cuidando sus lentes y
su cuaderno. Marco casi se tropieza con la bolsa de su hermano, provocando la
primera risa del día.
—Marco, ¡baja la velocidad humana! —rió Gladis—. No queremos romper tu primer
día.
—¡Demasiado tarde! —respondió Marco con dramatismo—. Aunque, en mi defensa…
el mundo se mueve demasiado lento para mí.
Alfonso tomó las llaves del edificio con calma.
—Bienvenidos a su nuevo hogar. Espero que todos estén listos para esta etapa.

13
Mientras la familia se acomodaba, Marco subió a su ventana y miró hacia el edificio
de enfrente. Justo cuando un haz de sol iluminaba otra ventana, allí estaba Sharon
Martinez, mirando curiosa desde su propio apartamento. Sus ojos se encontraron, y
por un instante ambos se quedaron paralizados. Marco hizo un gesto tímido con la
mano y Sharon respondió con una pequeña sonrisa. Ninguna palabra se intercambió
aún; el primer contacto entre ellos fue apenas un gesto, sutil y misterioso.
—¿Qué estás mirando? —preguntó David desde detrás de él.
—Nada… solo… observando a la vecina —respondió Marco, con un leve rubor—.
Darío suspiró:
—Marco… concentrémonos en desempacar.
De repente, un elegante auto negro se detuvo frente al edificio. De él bajó Úrsula,
radiante y segura de sí misma, acompañada de su hijo Memo y los inseparables
Guicho y Fercho, conocidos como Los Mapaches. La madre se acercó con una sonrisa
encantadora, mirando a los nuevos vecinos. Su vista se cruzó con Gabriel, el tío de
los chicos Cortez, que supervisaba la mudanza desde el patio. Un leve rubor apareció
en sus mejillas; su corazón dio un pequeño salto.
—¡Hola, vecinos! —saludó Úrsula, con un tono cálido y encantador—. Soy Úrsula, y
este es mi hijo Memo. Él y sus amigos solo queríamos darles la bienvenida a Ciudad
Especial.
Memo, con su típica arrogancia juvenil, cruzó los brazos y miró a los hermanos
Cortez con mezcla de curiosidad y superioridad.
—Hola… supongo —dijo con una sonrisa sarcástica—. Soy Memo. Estos son mis
amigos, Guicho y Fercho. Bienvenidos… supongo.
Guicho, un poco nervioso, saludó tímidamente, mientras Fercho miraba alrededor
con cara de asombro, encantado por la arquitectura del edificio.
—Encantado de conocerlos —dijo Darío, con educación—. Soy Darío, y ellos son mis
hermanos, Marco y David.
Marco hizo un gesto a Memo, pero antes de que pudiera decir algo más, David gritó:
—¡Oigan! ¡Miren los trenes de mi restaurante! —y salió corriendo hacia el Metro Stop
Café.
Memo rodó los ojos, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa ante la energía de
David.
Mientras tanto, Úrsula no dejaba de mirar a Gabriel, su admiración evidente. Él
sonrió levemente, sintiéndose ligeramente incómodo por la atención de la mujer.
—Encantada de conocerte, Gabriel —dijo Úrsula con voz suave y coqueta—. Espero
que podamos compartir muchas cosas aquí… ¡la ciudad es tan grande y emocionante!
14
Gabriel carraspeó, sorprendiendo a Marco y Darío:
—Eh… sí, claro, bienvenida… —respondió, completamente desarmado por la
elegancia de Úrsula.
Ese pequeño encuentro silencioso entre vecinos y Úrsula, con la llegada de Memo y
Los Mapaches, marcó un inicio lleno de tensiones, rivalidades y posibles alianzas.
Marco, con una ceja arqueada y una sonrisa traviesa, levantó la mano como
saludando tímidamente, y Sharon respondió con un leve movimiento de cabeza,
apartando un mechón de cabello de su rostro.
—Oye… ¿ese chico nos está saludando? —preguntó David, asomándose por detrás
del hombro de Marco con voz baja.
—Shhh… no le digas nada, David. No quiero asustarla —susurró Marco, intentando
mantener el gesto de misterio.
—¿Quién es ella? —preguntó Darío, que ya había terminado de acomodar algunas
cajas.
—Vecina nueva —respondió Marco con un guiño—. Creo que acaba de volverse mi
nueva obsesión… en modo silencioso, claro.
David rió y saltó hacia las cajas, derribando una que estaba mal colocada,
provocando un pequeño caos.
—¡David! —gritó Darío, exasperado—. ¿Es necesario que rompas todo en tu primer
día?
—¡Es la aventura! —replicó David, levantándose con una sonrisa inocente—. ¡Mira,
me escondo entre las cajas y nadie me encuentra!
Mientras tanto, afuera, Úrsula no podía dejar de mirar a Gabriel, quien había
decidido supervisar la mudanza. Su corazón latía con fuerza, buscando cualquier
excusa para acercarse.
— Gabriel … ¿necesitas ayuda con las cajas? —preguntó Úrsula, con un tono casual
que sonaba sorprendentemente coqueto.
—Eh… bueno… si quieres —respondió Gabriel, ligeramente incómodo y sonrojado—
. Pero no es que lo necesite, solo… sería más rápido.
Memo murmuró, molesto:
—¡Mamá! ¿Por qué hablas con ese tipo?
—Solo soy amable —respondió Úrsula, sin apartar la mirada.
Marco, viendo desde su ventana, no podía evitar reírse de toda la situación. La escena
era digna de una novela de enredos: vecinos curiosos, un chico arrogante con sus
amigos, una madre coqueta y los hermanos Cortez en medio de un caos controlado.

15
Esa tarde, la familia Cortez desempacó y exploró el edificio. Marco imaginaba ya
aventuras por cada rincón de Ciudad Especial: los pasillos estrechos, los ascensores
que parecían salidos de un tren futurista, y las escaleras que conectaban a un
pequeño jardín secreto en la azotea.
David se escondía entre cajas, inventando juegos imaginarios donde cada paquete
era un obstáculo peligroso o un refugio secreto, mientras Darío supervisaba todo con
precisión y paciencia infinita.
—Marco, deja de saltar sobre las cajas —ordenó Darío—. Alguna se va a romper y
luego mamá va a matarnos a todos.
—¡Solo estoy haciendo una inspección de seguridad! —replicó Marco, exagerando la
voz—. Informe: todas las cajas están en perfecto estado… ¡por ahora!
—David, ¿qué estás haciendo ahí dentro? —preguntó Gladis, acercándose con una
mezcla de ternura y reproche—. Parece que te tragó una caja gigante.
—Estoy explorando —respondió David, asomando solo la cabeza—. Es un lugar lleno
de secretos. ¡Quizá haya tesoros escondidos!
Alfonso los observaba con orgullo, disfrutando del caos familiar. Sabía que esos
pequeños momentos eran la esencia de la vida: travesuras, risas, curiosidad y un
poco de desorden controlado.
Desde lo alto de un edificio cercano, Regina Olivares los observaba con mirada
calculadora. Sus ojos seguían cada movimiento de los jóvenes Cortez, y su sonrisa
astuta delataba que conocía la importancia de esa familia para la ciudad. Sabía que
esos chicos, aparentemente normales, serían clave en un futuro no tan lejano.
Esa noche, Marco se recostó en su cama mirando la ventana. Pensó en Sharon, en
sus hermanos, en los padres, en Gabriel y hasta en Úrsula. Una brisa suave entró por
la ventana, mezclándose con el aroma del café y el pan recién horneado del
restaurante familiar. Su mente no podía dejar de imaginar las aventuras que le
esperaban: secretos por descubrir, rivalidades que resolver y amistades por
fortalecer.
—Ciudad Especial… —susurró Marco—. Prepárate, porque aquí empieza algo grande.
Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro mientras cerraba los ojos, sin saber que
la magia, aunque invisible, ya estaba a punto de cambiarlo todo.

16
Capítulo 2: Primer día en SIBERVI
"A veces, las aventuras más grandes comienzan con un simple saludo y una
mirada furtiva." —
El Arcui, Libro de Hechizos de la Familia Cortez
La mañana en Ciudad Especial llegó con un cielo despejado y una brisa suave que
traía el aroma del pan recién horneado desde el Metro Stop Café. La familia Cortez
bajó por las escaleras del edificio, lista para enfrentar el primer día en SIBERVI, un
colegio completamente mortal. Marco caminaba adelante, con su típica sonrisa
traviesa y los ojos brillando de curiosidad; Darío ajustaba sus lentes y repasaba
mentalmente sus horarios, mientras David corría entre cajas que aún había traído
del restaurante, inventando juegos imaginarios.
—Marco… ¡cuidado con el bordillo! —advirtió Darío, mientras Marco ya daba un
salto ágil, como si el mundo se moviera demasiado lento para él—. ¡Es imposible que
el suelo me siga el ritmo!
—No exageres… —murmuró Darío—. Solo quiero que lleguemos a tiempo.
David, ajeno a las preocupaciones, giraba sobre sí mismo con una caja, imaginando
que era un escudo protector. Mientras avanzaban por la avenida, Marco no podía
dejar de observar la escuela, con sus ventanales de vidrio reflejando el sol, y los
carteles anunciando el primer día de clases con letras grandes y coloridas.
Al llegar a la entrada del colegio, los alumnos llenaban los pasillos, charlando,
corriendo y preparando mochilas. Marco se dio cuenta de inmediato de que no había
ningún indicio de magia en la escuela: todo parecía común, desde los casilleros hasta
las aulas.
—¡Esto es mortal de pura cepa! —comentó Marco medio para sí mismo—. Nada de
hechizos, nada de poderes… solo humanos normales.
—Y eso es lo que hace que todo sea interesante —añadió Darío, observando a los
demás estudiantes—. Aquí tendrás que valerte solo de tu ingenio y tu carácter.
David ya había encontrado un escondite detrás de unos arbustos en el patio,
planeando cómo sorprendería a sus compañeros más tarde, mientras su imaginación
transformaba cada flor en monstruos invisibles y cada banco en castillos fortificados.
Marco caminaba más adelante, sin dejar de fijarse en los detalles: un grupo de chicas

17
organizaba un mural, mientras chicos jugaban a la pelota, todos con la
despreocupación que caracteriza a los mortales.
Al girar en el pasillo principal, Marco chocó con un chico alto y de gafas, que parecía
sacado de una portada de revista escolar: Cristian López.
—¡Oye! —dijo Marco, recuperando el equilibrio—. Disculpa…
—No pasa nada —respondió Cristian, con voz firme pero amable—. Veo que también
estás explorando la jungla mortal del primer día.
Antes de que Marco pudiera continuar, un grito cercano interrumpió la
conversación: Memo Villegas, acompañado de Guicho y Fercho, se acercaba con su
típico aire arrogante.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo Memo, cruzando los brazos—. ¿El nuevo vecino
intentando hacerse amigo de alguien?
Marco sintió un escalofrío, recordando la primera impresión que Memo le había
causado frente a las ventanas de los edificios. David apareció detrás de él, listo para
cualquier travesura, pero Marco puso una mano sobre su hombro.
Cristian dio un paso adelante y levantó la voz:
—¡Suéltalo! —ordenó—. No tiene derecho a empujar o intimidar a nadie.
Memo arqueó una ceja, sorprendido:
—¿Y tú quién eres? ¿El guardián del colegio?
—Soy su amigo —replicó Cristian con firmeza—. Y te conviene no meterte con
nosotros.
Marco, aliviado, murmuró:
—Gracias… Cristian.
—Parece que nos caeremos bien —respondió Cristian, con un guiño.
Memo, molesto, rodó los ojos mientras Guicho y Fercho intercambiaban miradas
nerviosas. Marco comprendió que, aunque SIBERVI parecía un colegio normal, las
rivalidades estaban lejos de desaparecer.
Mientras tanto, Sharon Martinez caminaba distraída por los pasillos, revisando su
celular y tomando nota de sus tareas. Marco no pudo evitar fijarse en ella,
recordando el instante silencioso que habían compartido a través de las ventanas. Su
corazón dio un pequeño salto: quería acercarse sin llamar demasiado la atención.
—Hola… —dijo Marco, con leve nerviosismo—. ¿Todo bien con tu primer día?

18
Sharon levantó la mirada, ligeramente sorprendida:
—Sí… gracias por… defenderme antes —dijo, ruborizándose levemente.
—No es nada —respondió Marco, esbozando una sonrisa—. Solo creo que es más
divertido hacerlo juntos que solos.
—Supongo que sí —replicó Sharon, con un pequeño brillo de curiosidad en los ojos—
. Pero debes prometer no meterte en más problemas… al menos por hoy.
—Prometido… —respondió Marco con una sonrisa traviesa, aunque sabía que esa
promesa duraría menos que un parpadeo.
Mientras avanzaban por los pasillos, Marco y Cristian se fueron conociendo mejor.
Cristian le contó sobre sus videojuegos favoritos, los cómics que coleccionaba y las
películas de ciencia ficción que no se perdía por nada del mundo. Marco, entre risas
y gestos exagerados, le relataba las travesuras de David y cómo Darío intentaba
siempre imponer orden.
Al mismo tiempo, David fue descubierto detrás de los arbustos por Lisa, Mercedes y
Patricia, quienes se reían a carcajadas.
—¡Miren quién se esconde! —dijo Lisa—. ¿Acaso están jugando al escondite o
planeando algo más?
David, con una sonrisa traviesa, levantó una caja como escudo:
—¡Prepárense para la invasión de los secretos!
Las chicas rodaron los ojos, pero no pudieron evitar reír. Marco se acercó y les dijo:
—Dejen que mi hermano se divierta… no siempre llega al primer día con tanta
imaginación.
Mientras tanto, en el patio, Úrsula observaba a Gabriel, quien había decidido
acompañar a sus sobrinos en el primer día de colegio. Su corazón latía con fuerza y
su mirada coqueta se mantenía fija en él.
— Gabriel … ¿necesitas ayuda con algo? —preguntó Úrsula, con un tono casual que
no parecía casual.
—Eh… bueno… si quieres… pero no es estrictamente necesario —respondió Gabriel,
ligeramente incómodo.
Memo murmuró, molesto:
—¡Mamá! ¿Por qué hablas con él?
—Solo soy amable —respondió Úrsula, sin apartar la mirada.

19
Mientras la tarde avanzaba, Marco, Cristian y Sharon encontraron un pequeño
rincón tranquilo del patio, lejos de la vigilancia de Memo y sus amigos. Allí hablaron
de libros, películas y música, descubriendo afinidades inesperadas. Marco se sintió
aliviado de tener un aliado mortal en un colegio donde todo parecía tan ordinario, y
Sharon empezó a notar que detrás de la travesura y el descaro de Marco había una
chispa de curiosidad y bondad.
Al final del día, la familia Cortez regresó al edificio. Marco compartió con Darío y
David los detalles de su primer enfrentamiento con Memo, la nueva amistad con
Cristian y su creciente curiosidad por Sharon. Darío, ajustándose los lentes, añadió:
—Esto va a ser un año interesante. Y no solo por la escuela… hay mucho más en juego.
Marco asintió, mirando por la ventana hacia la ciudad que se extendía ante él:
—Sí… Ciudad Especial todavía tiene secretos que mostrarnos. Y yo estoy listo para
descubrirlos.
Una brisa entró por la ventana, mezclándose con el aroma del café y el pan recién
horneado del restaurante familiar. Marco cerró los ojos, sonriendo, sin saber que la
magia, aunque invisible, ya estaba a punto de cambiarlo todo.

20
Capítulo 3: Rivalidades y Secretos
"Los lazos se fortalecen y los desafíos aparecen cuando menos los esperas."
— El Arcui, Libro de Hechizos de la Familia Cortez
La mañana en Ciudad Especial despertó con un cielo despejado y un aroma familiar
que llegaba desde el Metro Stop Café. Marco bajó con su típica energía, mientras
Cristian ya lo esperaba en la puerta del edificio, como cómplice de cada travesura y
estrategia del día anterior. Los dos amigos caminaron juntos, comentando en voz
baja sobre las situaciones del colegio, susurrando risas y teorías que solo ellos podían
entender.
—Ayer sobrevivimos al primer día… hoy debemos estar más atentos —dijo Marco,
mordiendo un croissant y mirando a su alrededor con ojos brillantes.
—Y Memo está aún más molesto contigo —respondió Cristian—. Sabe que Sharon
siente algo por ti… o al menos eso cree. Eso lo hace peligroso.
—Perfecto —sonrió Marco con esa mezcla de travesura y desafío—. Nada de diversión
sin un poco de competencia. Además, Sharon no sabe que la estoy observando desde
lejos. Aún.
Mientras tanto, David ya había transformado el patio en un campo de batalla
imaginario, con cajas como fortalezas y arbustos como escondites. Darío suspiró,
ajustando sus lentes:
—Chicos… recuerden que no todos ven la vida como un juego. Aunque admito que
ustedes dos sí saben cómo hacerla entretenida.
David, como si le hablara a sus propios aliados invisibles, gritó:
—¡Prepárense, que hoy los Mapaches y yo conquistaremos el patio!
Guicho y Fercho, que habían acompañado a Memo desde temprano, observaron con
una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Los mapaches eran traviesos por
naturaleza, pero ese día parecían más motivados, como si quisieran equilibrar la
tensión provocada por Memo.
—¿Seguro que esto es buena idea? —susurró Guicho—. Si Memo explota…
—Tranquilo, Guicho —respondió Fercho—. Un poco de diversión nunca hizo daño a
nadie… bueno, excepto a Memo.
Al llegar al colegio, las Chismolisas, lideradas por Lisa, ya rondaban los pasillos.
Susurraban, tomaban fotos con sus celulares y anotaban cada detalle que podría
alimentar su blog. Mercedes y Patricia compartían risas cómplices, señalando la
tensión evidente entre Marco, Sharon y Memo.
—Memo parece que va a estallar en cualquier momento —susurró Lisa—. Marco y
Sharon no ayudan… y todo esto puede ser nuestro contenido estrella.

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—Cuidado, Lisa —advirtió Mercedes—. Si Memo descubre que estamos tomando
notas, puede que se vuelva contra nosotros.
Marco, Cristian y Sharon encontraron un pequeño rincón del patio apartado de la
mirada de Memo y las Chismolisas. Allí hablaron sobre música, películas y libros,
para Marco creando un espacio donde los mortales y los hechiceros ocultos podían
conectarse sin tensión. Sharon empezó a notar la bondad detrás de la travesura de
Marco, mientras Marco se dio cuenta de que tener aliados mortales como Cristian
era crucial en SIBERVI.
—No puedo creer que hayas defendido a alguien como Memo —dijo Sharon, con una
mezcla de asombro y diversión—. Pensé que todos en esta escuela eran un desastre
de celos y arrogancia.
—Bueno —respondió Marco con una sonrisa—. Alguien tenía que equilibrar la
balanza. Y tú… bueno, tú eres demasiado importante como para que Memo decida
intimidarte.
Mientras tanto, Memo caminaba de un lado a otro, cruzando los brazos y frunciendo
el ceño. Sus celos no solo eran por Marco: Sharon despertaba en él una mezcla
confusa de admiración y frustración que no podía controlar.
—¡Esto no puede estar pasando! —gruñó—. Ese Marco… siempre apareciendo en el
momento exacto.
Los Mapaches trataron de calmarlo con bromas y comentarios torpes, que solo lo
irritaban más.
—Vamos, Memo —dijo Guicho—. No es para tanto…
—¡Silencio! —gruñó Memo—. Esto es serio.
Desde otro ángulo, Zuly y Camila observaban, comentando en voz baja la escena:
—¿Ves cómo Marco y Sharon se entienden sin decir casi nada? —susurró Zuly—.
Memo está perdiendo el control… y nosotros tenemos que estar atentos.
—Sí —asintió Camila—. Siempre es divertido ver cómo alguien se enreda solo con sus
emociones.
En la biblioteca, Heidi Sanders tomaba notas y observaba la interacción entre los
Cortez y los demás estudiantes. Su intuición de Kanay percibía que los hechiceros
aún ocultaban más de lo que el colegio podía imaginar, y cada pequeña acción
revelaba hilos de un conflicto mayor.
Regina Olivares, la directora, se movía por los pasillos con una elegancia calculadora.
Cada estudiante parecía una pieza de ajedrez bajo su mirada experta.

22
—Cristy, observa con atención —dijo Regina, acercándose a su hija—. Esos jóvenes
traen más problemas de lo que aparentan. Mantén los ojos en los Cortez,
especialmente en Marco.
Cristy asintió, combinando la vigilancia con la curiosidad adolescente. Su interés en
Darío se mezclaba con la obligación de reportar cualquier anomalía, generando una
tensión interna que la mantenía alerta.
Mientras tanto, afuera del colegio, Úrsula seguía a Gabriel con la mirada, disfrutando
de cada gesto y palabra. Memo, frustrado, murmuraba:
—¡Mamá! ¿Por qué hablas con él?
—Solo estoy siendo amable —respondió Úrsula, sonriendo con complicidad—.
Observa y aprende.
David había organizado una “batalla épica” entre cajas, arbustos y bancos. Camila,
intrigada por la energía de David, decidió unirse, provocando un pequeño caos
controlado que despertó la atención de algunos estudiantes y maestros.
—¡Alto ahí! —gritó un maestro—. ¿Qué es todo este desorden?
—Solo… experimentos tácticos —respondió David, con una reverencia exagerada—.
Todo bajo control.
Los Mapaches, por su parte, aprovechaban cualquier distracción para planear
pequeñas bromas, mientras Guicho y Fercho se reían, tomando fotos que luego
usarían como material para sus travesuras.
—Memo no va a sobrevivir al día de hoy —susurró Fercho—.
—¡Ni nosotros! —respondió Guicho, riendo.
Al final de la jornada, los Cortez regresaron al edificio. Marco compartió con Darío y
David los detalles del día: la tensión con Memo, la defensa de Cristian, la complicidad
con Sharon, los juegos de David y Camila, la vigilancia de Las Chismolisas, y las
miradas calculadoras de Regina y Cristy. Darío, ajustándose los lentes, añadió:
—Esto no es solo un año escolar. Todo lo que pasa aquí tiene un trasfondo más
profundo.
Marco miró por la ventana hacia Ciudad Especial, consciente de que cada personaje
—Memo, Sharon, Cristian, Zuly, los Mapaches, Las Chismolisas, Cristy y Regina—
estaba jugando un papel crucial. La magia, aunque invisible, ya comenzaba a mover
sus hilos.
Una brisa entró por la ventana, mezclándose con el aroma del café y el pan recién
horneado. Marco cerró los ojos, sonriendo, mientras Ciudad Especial brillaba bajo el
sol: sabía que los secretos, las rivalidades y los romances apenas estaban
comenzando.

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24
Capítulo 4: La estación y la lección
"La verdadera magia no se aprende solo con libros, sino con el corazón y el juicio
para usarla."
—El Arcui, Libro de Hechizos de la Familia Cortez
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios de Ciudad Especial cuando la
familia Cortez se despertó con el aroma del café recién hecho y el pan horneado del
Metro Stop Café. Marco, aún con el cabello despeinado y la camisa arrugada por la
mañana apresurada, bajó al comedor con una sonrisa traviesa y una mezcla de
curiosidad y ansiedad que le hacía vibrar el cuerpo entero. Darío lo seguía con un
cuaderno bajo el brazo, evaluando mentalmente el día que les esperaba, mientras
David se acomodaba en la mesa, repleto de energía y con los ojos brillando de
emoción.
—Chicos, recuerden que hoy comenzamos con las clases de magia —dijo Alfonso,
mientras servía el café y colocaba unos pequeños frascos burbujeantes sobre la
mesa—. Dos materias básicas: manipulación de energía y levitación de objetos.
Marco, intenta concentrarte, y Darío, controla tu perfección obsesiva. David…
bueno, trata de no destruir nada.
—¡Eso es imposible! —exclamó Marco—. La magia sin diversión no es magia.
David soltó una carcajada, mientras Darío rodaba los ojos. La madre, Gladis,
intentaba equilibrar la situación entre la cocina y el restaurante, sirviendo
sándwiches y controlando el ir y venir de los clientes.
—¿Papá, podemos empezar ya? —preguntó Marco, impaciente—. ¡Quiero probar los
hechizos!
Alfonso suspiró y sonrió, dándose cuenta de que la impulsividad de Marco iba a ser
su mayor desafío.
—Muy bien, primero manipulación de energía —dijo—. Esto requiere concentración,
paciencia y control. Marco, Darío, David, observen cómo se canaliza la energía desde
la palma hacia el objeto.

Colocó una pequeña esfera de cristal sobre la mesa. Marco se inclinó, intentando
controlar su impulso natural de tocarla con demasiada fuerza. Darío estudió los
movimientos de su padre, calculando cada gesto, mientras David observaba con ojos
grandes, anticipando el momento de experimentar.
—Ahora… sientan la energía —indicó Alfonso—. Imaginen que la esfera es una
extensión de ustedes mismos.

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Marco alzó las manos, y la esfera comenzó a brillar suavemente. Sin querer, deseó
que un poco de polvo de tiza de la cocina desapareciera, y la esfera reaccionó,
haciendo que el polvo se elevara y flotara por el aire. Cristian, que había llegado
temprano para estudiar con Marco, se inclinó hacia él con asombro.

—¿Qué fue eso? —susurró—. ¡Marco, eso no es normal!


Marco tragó saliva, sorprendido de que Cristian hubiera visto el hechizo.
—Eh… eh… nada, solo… magia imaginaria —tartamudeó, intentando sonar casual.
Cristian arqueó una ceja, pero su expresión se suavizó.
—Ok… pero prometo no decir nada —dijo—. Solo… wow. Tienes poderes mágicos.
—¡No digas nada! —replicó Marco, aliviado y nervioso a la vez—. Nadie más puede
enterarse.
—Está bien —sonrió Cristian—. Considera esto nuestro secreto. Y, de alguna manera,
creo que ahora somos mejores amigos.
Mientras tanto, David se acercó a Camila Vélez, quien estaba probando con lápices y
papel una especie de dibujo técnico para la clase de arte mortal. La travesura habitual
de David lo llevó a inclinarse sobre los bocetos, derramando accidentalmente un
poco de tinta sobre ellos.
—¡Hey! —gritó Camila—. ¡Mis bocetos!
—Lo siento, lo siento —dijo David, intentando limpiar con un pañuelo—. ¡Pero
espera! Creo que puedo arreglarlo… —y antes de que ella pudiera reaccionar, sacó
una pequeña chispa de magia de su interior y, sin querer, hizo que la tinta se
evaporara del papel.
Camila lo miró con ojos abiertos, confundida y fascinada.
—Eso fue… raro, ¿no? —preguntó, sin sospechar que la magia provenía de los
Cortez—. Pero… divertido.
—Eh… sí —dijo David, sonriendo—. Tal vez podamos ser amigos.
—De acuerdo —respondió Camila—. Pero solo si no haces explotar mis dibujos otra
vez.
Al mismo tiempo, Marco trataba de probar un hechizo de levitación sobre una taza
de café, concentrándose, cuando Gabriel entró en la cocina del restaurante con su
típica sonrisa de travieso.

26
—¿Probando magia prohibida otra vez, sobrino? —preguntó—. Recuerda que
algunas cosas son para divertirse, pero otras… pueden terminar en desastre.
Marco hizo una mueca culpable, mientras Darío cruzaba los brazos, suspirando ante
la irresponsabilidad del tío.
— Gabriel, debes controlar un poco tus enseñanzas —dijo Alfonso—. Marco y David
necesitan disciplina.
—Vamos, hermano —respondió Gabriel —. La magia es para disfrutarla, no solo para
estudiarla. Mira a Marco, ya está dominando la levitación de la taza… ¡aunque con
un poco de caos extra!
Marco concentró la mirada, y la taza flotó unos segundos, antes de derramar un poco
de café sobre la mesa. Cristian, escondido detrás de un estante para no ser visto,
contuvo la risa.
—Ups… —susurró Marco—. Esto va a requerir práctica.
Mientras los jóvenes experimentaban, afuera del edificio, Memo Villegas observaba
con los Mapaches. Su ceño fruncido mostraba celos y frustración: había notado cómo
Sharon se reía con Marco en el colegio y no podía ignorar que existía un vínculo
creciente entre ellos.
—Ese Marco… —gruñó Memo—. No solo es un rival, también… siente algo por
Sharon, y eso no lo permitiré.
Guicho y Fercho intercambiaron miradas nerviosas, intentando calmarlo.
—Relájate, Memo —dijo Guicho—. Solo están hablando…
—¡No es solo hablar! —exclamó Memo—. ¡Eso es… guerra!
Mientras tanto, Las Chismolisas rondaban por el Metro Stop Café, observando la
dinámica de la familia Cortez y anotando cualquier interacción para su blog. Lisa
tomó fotos, Mercedes susurró comentarios sarcásticos y Patricia reía a carcajadas,
anticipando escándalos futuros.
En el piso superior del colegio, Regina Olivares caminaba con paso firme, evaluando
cada movimiento de los estudiantes y profesores. Su hija Cristy la seguía, intentando
disimular su curiosidad mientras vigilaba a Darío y Marco con interés particular.
—Cristy —dijo Regina—. Esos Cortez traen más de lo que aparentan. No los pierdas
de vista. Especialmente Marco. Algo en él podría cambiar todo.
—Sí, mamá —respondió Cristy, mezclando obediencia con la inevitable atracción
hacia Darío—. Pero parece que Darío no sospecha nada… todavía.

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Al final de la tarde, Marco, Darío y David compartieron un momento de reflexión
mientras limpiaban la cocina del restaurante después de experimentar con magia.
Marco estaba animado por la confianza que Cristian le había dado, mientras David
y Camila reían con las pequeñas travesuras que habían hecho.
—Este año va a ser… una locura —dijo Marco—. Y no solo por las clases de magia.
Todo esto, Memo, Sharon, las Chismolisas… todo es un tablero de juego.
Darío asintió, ajustándose los lentes:
—Debemos estar atentos. Las lecciones no solo vienen de los libros… y Alfonso tiene
razón: control y paciencia serán la clave.
Una brisa entró por la ventana, mezclándose con el aroma del café y el pan recién
horneado. Marco cerró los ojos, sonriendo, consciente de que la magia, los secretos
y la amistad recién descubierta con Cristian solo eran el principio de un año que
cambiaría todo.

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Capítulo 5: Ventanas y rescates
"Algunas coincidencias no son casualidades; son la forma en que la magia nos
recuerda que está viva, aunque intentemos ocultarla."
— El Arcui, Libro de Hechizos de la Familia Cortez
El amanecer en Ciudad Especial tenía una luz distinta esa mañana. El viento soplaba
con una energía juguetona, moviendo cortinas y papeles, revolviendo las flores del
mercado de la esquina y haciendo sonar las campanas del Metro Stop Café. Dentro
del restaurante, Gladis Cortez terminaba de colocar los pasteles del día en el
mostrador, mientras Alfonso hojeaba distraídamente un viejo tomo de magia
familiar, su lectura matinal favorita.
La cocina estaba llena de vida. El olor a café recién hecho se mezclaba con el dulce
de los croissants, y el ruido de los platos chocando acompañaba la rutina mágica de
los Cortez.
Marco bajó las escaleras con el cabello despeinado, todavía medio dormido, pero con
una sonrisa que delataba planes en su mente. Llevaba una bufanda azul
desordenada, una mochila colgando de un hombro y una energía eléctrica que
parecía seguirlo a donde fuera.
—Buenos días, mamá —dijo, estirándose.
—Buenos días, hijo. Y no, no hay hechizos en el desayuno —respondió Gladis con una
sonrisa, entregándole un plato de huevos revueltos—. Tu padre está de humor de
maestro hoy, así que prepárate.
—¿Otra lección? —gruñó Marco—. A este paso, voy a soñar con bolas de energía.
—Sueña lo que quieras, pero al menos aprende a controlarlas —intervino Alfonso,
sin levantar la vista del libro—. Hoy practicarán dos formas básicas de manipulación
mágica: energía y levitación. Y quiero disciplina, no caos.
David, que ya estaba sentado, levantó la mano con emoción.
—¿Puedo levitar a Marco?
—No —contestaron al mismo tiempo Alfonso, Gladis y Darío.
—¡Vamos! —protestó David, riendo—. Solo un poquito.
—No, “poquito” contigo significa volar por el techo —replicó Darío, ajustándose los
lentes—. Además, recuerda lo que pasó con el florero la última vez.
—Eso fue un accidente —se defendió el pequeño hechicero, con una sonrisa inocente.
Marco mordió un pedazo de pan tostado, con su habitual mezcla de picardía y
entusiasmo.
—Papá, ¿y si las lecciones fueran más… prácticas? Algo como… usar la magia en la
vida real.
—La magia no es un juego, Marco —respondió Alfonso, cerrando el libro con
suavidad—. Pero la vida sin un poco de magia, tampoco tiene gracia.
Marco lo miró con una sonrisa. Su padre sabía exactamente cómo dejarlo pensativo.
Afuera, el viento seguía soplando fuerte. En la entrada del edificio, Cristian esperaba
con una libreta en la mano y una mochila repleta de bocetos. Desde que descubrió el

29
secreto mágico de Marco por accidente, su amistad se había vuelto más sólida que
nunca.
—¡Al fin! —gritó al verlo bajar—. Pensé que la levitación te había salido tan bien que
te quedaste flotando arriba.
—Estuve a punto —bromeó Marco—. Mi papá dice que la paciencia es clave. Yo digo
que la paciencia es aburrida.
Caminaron juntos rumbo al colegio, esquivando el viento que les golpeaba la cara. El
clima parecía conspirar para que todo fuera un poco más caótico de lo normal.
—Aún no me acostumbro a la idea de que seas… bueno, un hechicero —confesó
Cristian, bajando la voz—. Pero está genial.
—Shhh —lo interrumpió Marco, mirando a los lados—. No digas esa palabra tan alto.
Si alguien escucha, tendré que hechizarte para que olvides.
Cristian sonrió. —Si haces eso, asegúrate de que también olvide los exámenes.
—Trato hecho —dijo Marco riendo.
A mitad del camino, Cristian abrió su libreta y le mostró un boceto del mural que
planeaban pintar para la semana cultural.
—Pensaba incluir una ciudad llena de luces flotantes, como si fuera mágica.
Marco lo observó con curiosidad. —¿Sabes? No estás tan lejos de la realidad.
—¿Ah, sí? —dijo Cristian con ironía—. ¿Acaso en tus libros dice algo sobre cómo
evitar que el viento te despeine cada mañana?
—No —replicó Marco, sonriendo—. Pero podría inventarlo.
Al llegar al colegio, las Chismolisas ya estaban en su hábitat natural: el pasillo
principal, armadas con teléfonos y miradas críticas. Lisa Sanders, la líder del trío,
observó cómo Marco y Cristian pasaban riendo.
—Ahí van los nuevos protagonistas de nuestra próxima entrada —dijo con voz
teatral.
Mercedes anotaba en su tableta: “Marco Cortez: sospechosamente encantador.”
—¿Encantador? —rió Patricia—. Eso es poco. Desde que llegó, las cosas raras
aumentan.
—Tal vez él sea el causante de todos los “fenómenos” —susurró Lisa con picardía—.
Y si no, igual es buena historia.
Mientras tanto, Sharon y Zuly caminaban hacia su salón. Sharon sostenía una
carpeta llena de apuntes cuando una corriente repentina abrió las ventanas y lanzó
los papeles por el aire.
—¡No! —gritó Sharon, intentando atraparlos.
Marco, que pasaba justo frente a la puerta, reaccionó instintivamente. Movió
sutilmente su mano y murmuró una palabra del Arcui bajo el aliento. Los papeles
flotaron, giraron suavemente en el aire y regresaron ordenados a los brazos de
Sharon.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Cómo hiciste eso?

30
—Reflejos rápidos —dijo Marco, encogiéndose de hombros—. El viento y yo
tenemos un trato.
Zuly lo observó con sospecha. —Sí, claro. Un trato con el viento.
Cristian, que lo había visto todo desde su pupitre, se mordió la lengua para no reír.
Marco le lanzó una mirada de advertencia, y Cristian se giró fingiendo estornudar.
Sharon, sin sospechar nada, sonrió.
—Bueno, gracias… viento o no, me salvaste la mañana.
—Cuando quieras —contestó Marco con una media sonrisa.
En el recreo, los rumores ya se esparcían. Las Chismolisas aseguraban haber visto
“algo extraño” en el aula, los Mapaches vigilaban a Sharon desde lejos, y Memo
Villegas, con el ceño fruncido, no apartaba la mirada de Marco.
—No me gusta ese tipo —dijo Memo, apretando los puños—. Se cree el centro del
universo.
—Tranquilo, jefe —respondió Guicho—. Solo está… respirando.
—Exacto —añadió Fercho—. Y tú ya vas a mil por hora.
Memo resopló. —Sharon no se ríe así con nadie más.
Heidi Sanders, que pasaba cerca, lo escuchó. Se detuvo, sonrojándose un poco.
—Memo, si quieres distraerte, puedo ayudarte a estudiar para la competencia de
baile…
—Gracias, Heidi —dijo sin mirarla—. No tengo cabeza para eso ahora.
Heidi bajó la vista. Su magia interior, la magia Kanay, vibró un poco con tristeza.
Guicho la miró con compasión.
—Oye… no te desanimes —dijo en voz baja—. A veces los ciegos no ven lo que está
frente a ellos.
Heidi sonrió con esfuerzo. —Sí, pero los ciegos no son los únicos que sufren.
Esa tarde, en el Metro Stop Café, la lección mágica se reanudó. Alfonso había
convertido una de las mesas en un improvisado salón de hechicería. Tres esferas de
cristal brillaban suavemente sobre la superficie.
—Hoy aprenderán a canalizar energía —dijo con tono solemne—. Control, precisión,
y sobre todo, intención.
Darío se sentó derecho, atento a cada palabra. David jugueteaba con una cuchara.
Marco, distraído, miraba por la ventana hacia el edificio de enfrente… hacia el balcón
de Sharon.
—Marco —llamó Alfonso—. La magia requiere presencia.
—Estoy presente —respondió el joven sin apartar la mirada del cristal.
—Pero tu mente está volando por otra ventana —murmuró Darío.
Marco intentó concentrarse. La esfera de cristal vibró, brilló… y explotó en un
pequeño destello de chispas azules. Gladis corrió a cubrir la bandeja de panecillos.
—¡Marco! —gritó Alfonso—. ¿Qué fue eso?
—Eh… arte experimental —dijo él, frotándose las manos.

31
Esa noche, el viento regresó. Marco estaba en su habitación, sentado frente a su
ventana, observando la ciudad iluminada. De repente, vio a Sharon en su balcón,
luchando con una cuerda del tendedero donde su gato, Mini, se había subido.
—¡Mini, baja de ahí! —exclamó Sharon.
Marco se inclinó hacia afuera. —¿Necesitas ayuda?
—¡El gato se va a caer! —gritó ella, sin soltar la cuerda.
Instintivamente, Marco extendió su mano y susurró una palabra en voz baja. El aire
cambió de dirección. Una corriente suave empujó al gato hacia el balcón. Sharon lo
atrapó, temblando entre risa y sorpresa.
—¡No sé cómo, pero fue como si el viento me obedeciera! —dijo maravillada.
—Debe ser tu suerte —contestó Marco con una sonrisa cómplice.
Por un instante, el mundo pareció detenerse. Sus miradas se cruzaron entre la brisa
nocturna. Ninguno habló. Solo el sonido del viento llenó el silencio.
Cristian, desde la calle, los vio.
—Oh no… esto se está poniendo romántico —murmuró con una sonrisa burlona.
Mientras tanto, en la mansión Villegas, Úrsula servía té en su elegante salón. A su
lado, Lolo —su asistente y confidente— revisaba una lista de compras.
—Señora Úrsula, el pedido de flores llegó.
—Perfecto, Lolo. Colócalas junto a las ventanas. Quiero que la casa huela a lavanda
y misterio —respondió la mujer, con una risa melodramática.
En ese momento, la puerta se abrió con fuerza.
—¡Mamá! —entró Memo, furioso—. ¡Te dije que quería el nuevo celular, no ese
modelo viejo!
Úrsula suspiró con paciencia. —Memo, no todo en la vida se compra.
—¡Claro, tú no entiendes! —gritó, golpeando la mesa.
Las luces parpadearon. Los vasos vibraron. El reloj de pared se detuvo un segundo,
y un leve temblor recorrió el piso.
—¿Qué fue eso? —preguntó Lolo, con los ojos abiertos.
Úrsula lo miró, helada. —Memo… ¿qué hiciste?
—¡Nada! —respondió él, retrocediendo. Pero en su interior algo ardía. Algo que no
comprendía.
Desde la ventana, Guicho y Fercho, que esperaban afuera, vieron el resplandor que
salía de la casa.
—¿Lo viste? —susurró Fercho.
—Sí… y si eso fue Memo, estamos en problemas —dijo Guicho.
El viento rugió una vez más, arrastrando hojas, haciendo crujir los árboles, y
llenando Ciudad Especial con una sensación que nadie supo explicar.
Algo había despertado. Algo poderoso. Y por primera vez, no provenía de los
Cortez.

32
Capítulo 6: Ecos del poder
"La magia no solo despierta en los que la buscan, sino en aquellos que sienten
demasiado."
— El Arcui, Capítulo VII: El pulso del origen
El amanecer siguiente llegó cargado de un aire extraño. En Ciudad Especial, todo
parecía igual: el murmullo del tráfico, el canto de los pájaros, las cortinas que
bailaban al compás del viento. Pero bajo esa calma, algo había cambiado.
En la mansión Villegas, un vaso de cristal todavía vibraba sobre la mesa del
comedor. Úrsula lo observaba con el ceño fruncido mientras Lolo intentaba
disimular el temblor de sus manos.
—Lolo, ¿me puedes explicar por qué anoche el reloj se detuvo? —preguntó la mujer,
con una calma inquietante.
—Debe haber sido... el viento, señora —respondió él, intentando mantener la
compostura.
—El viento no quiebra lámparas ni hace flotar libros —replicó ella, mirando hacia la
puerta del cuarto de Memo.
El chico bajó las escaleras, cabizbajo, con los auriculares puestos. Pero algo en su
expresión lo delataba. Sus ojos tenían un brillo inusual, casi eléctrico.
—¿Dormiste bien? —preguntó Úrsula, sin apartarle la mirada.
—Sí, supongo —dijo Memo con indiferencia.
—Anoche tembló toda la casa —continuó ella—. Y curiosamente, el temblor
comenzó justo después de que tú gritaste.
Memo se tensó.
—No hice nada raro. Solo estaba enojado.
Úrsula dio un paso al frente.
—La rabia no mueve objetos, hijo.
—Tal vez sí —contestó él, desafiante.
Un ligero chispazo recorrió la lámpara de cristal. Lolo se sobresaltó. Úrsula, por
primera vez, no supo qué decir.
En el Metro Stop Café, Alfonso repasaba notas del Arcui mientras Gladis servía
café. Marco entró medio dormido, seguido de Cristian, que traía un dibujo nuevo
bajo el brazo.
—Parece que no dormiste —dijo Gladis.
—Anoche el viento no me dejó —respondió Marco, bostezando—. O quizás fue la
energía mágica residual del vecindario.
—O quizás —intervino Alfonso, arqueando una ceja—, fue tu falta de disciplina.
Cristian soltó una risa discreta y se sentó junto a Marco.
—¿Sigue el entrenamiento hoy? —preguntó con tono curioso.
—Sí —respondió Alfonso—. Y esta vez quiero ver concentración.

33
David apareció por detrás con un gorro ridículamente grande.
—Yo ya estoy listo para ser el próximo mago legendario —anunció, haciendo una
pose heroica.
—Más bien el próximo desastre legendario —dijo Darío, acomodando sus apuntes.
La familia Cortez ocupó el centro del restaurante, que a esa hora estaba vacío.
Alfonso colocó tres piedras rúnicas sobre la mesa y las rodeó con una línea de sal
brillante.
—Hoy aprenderán dos tipos de magia —explicó—. La elemental, que proviene de la
energía de la naturaleza, y la emocional, que proviene de ustedes mismos.
Marco lo observó con atención.
—¿Emocional? ¿Como magia del corazón?
—Exacto —asintió Alfonso—. Pero también la más peligrosa. Porque si no dominas
lo que sientes, tu poder te domina a ti.
El comentario resonó en Marco más de lo que esperaba. Recordó la noche anterior,
la forma en que el viento respondió a su emoción por Sharon. Sintió un escalofrío.
En el colegio, la noticia de los “extraños temblores” de anoche se había esparcido
como pólvora.
Las Chismolisas ya estaban en su modo de investigación intensiva.
—Escuchen esto —dijo Lisa, leyendo su tablet—: “Vecinos aseguran que la mansión
Villegas tuvo luces intermitentes y ruidos raros.”
—Tal vez un fantasma —dijo Patricia.
—O un nuevo drama de Memo —añadió Mercedes.
A pocos metros, Sharon y Zuly estaban en su casillero.
—Ayer casi pierdo al gato —dijo Sharon, riendo—. Pero Marco apareció justo a
tiempo.
Zuly arqueó una ceja. —Demasiadas coincidencias con ese chico.
—No empieces —replicó Sharon, sonrojándose un poco—. Solo fue amable.
—Amable y convenientemente en todos lados —dijo Zuly con tono de detective.
Cristian se acercó, saludándolas.
—¿Listas para la clase de arte? Traje mis nuevos bocetos.
—Sí —dijo Sharon, sonriendo—. Me encantan tus ideas, Cristian.
Marco apareció detrás, cargando una carpeta.
—¿Ideas? ¿De quién?
—De Cristian —respondió ella—. Está diseñando el mural de la feria cultural.
—Genial —dijo Marco, fingiendo naturalidad—. Si necesitan… ayuda con los colores
o el viento, puedo colaborar.
Zuly cruzó los brazos. —¿Con el viento otra vez? Qué recurso más usado.
Cristian disimuló la risa. Marco lo empujó con el codo.
—Ni una palabra —susurró.

34
En el patio, Heidi practicaba pasos de baile mientras las Chismolisas la observaban
desde lejos. Memo pasó sin saludarla, con los audífonos puestos.
—Memo, espera —llamó Heidi, deteniéndose—. ¿Estás bien?
—Sí, solo… cosas.
—Pareces alterado.
—No lo entenderías.
Heidi lo miró, dolida.
—Inténtalo.
Memo bajó la mirada. No sabía cómo explicar que desde anoche sentía una
corriente interna, como si algo dentro de él quisiera salir. Un pulso que respondía a
sus emociones.
—A veces siento… que si me enojo, el mundo se rompe —dijo sin pensar.
Heidi sonrió, creyendo que era metáfora.
—Entonces trata de no romperlo.
Él levantó la vista y por un segundo, los ojos le brillaron con un destello dorado.
Heidi lo notó y dio un paso atrás.
—¿Memo? ¿Qué fue eso?
—Nada —dijo él rápido, alejándose.
Guicho y Fercho lo siguieron con discreción.
—Bro, eso fue raro —susurró Fercho.
—Más que raro —añadió Guicho—. Creo que Memo tiene… poderes.
Ambos se miraron, asustados y fascinados a la vez.
Esa tarde, Regina, la directora, citó a Cristy a su oficina.
—Necesito que te acerques a Darío Cortez —dijo con voz fría—. Quiero saber qué
esconden los Cortez.
—¿Y si no esconden nada? —preguntó Cristy, fingiendo inocencia.
—Todos esconden algo —replicó Regina, entrelazando los dedos—. Y si Darío es el
más aplicado, también es el más peligroso.
Cristy bajó la mirada, pero en su interior sonrió.
Sabía que Regina sospechaba, pero ella tenía sus propios planes.
“Si logro ganarme a Darío”, pensó, “quizás encuentre la forma de recuperar mis
poderes”.
En el Metro Stop Café, Alfonso daba por terminada la lección del día. Marco había
logrado controlar una pequeña esfera de energía sin romper nada; Darío había
mantenido su concentración perfecta, y David… había hecho levitar tres cucharas,
un gato y medio panecillo.
—No está mal —dijo Alfonso, con tono de aprobación—. Pero recuerden: el poder
sin control no es más que ruido.

35
En ese momento, Gladis entró con el teléfono en la mano.
—Alfonso, acabo de hablar con Úrsula. Dice que anoche hubo… movimientos raros
en su casa.
—¿Raros cómo? —preguntó él.
—Luces, temblores, cosas que se movían solas.
Marco y Darío intercambiaron miradas.
—¿Crees que…? —empezó Marco.
—No lo sé —respondió Alfonso—. Pero debemos estar atentos.
Al caer la noche, Marco se asomó otra vez por la ventana. Sharon estaba en su
balcón, con una taza de té, mirando el cielo.
Él dudó un segundo, luego saludó con la mano.
—¿Sigues despierta?
—Sí. No puedo dormir con tanto viento.
—Curioso, ¿no? —dijo él, sonriendo—. Parece que el viento nos persigue.
—O que tiene algo que decir —respondió ella, sin entender la ironía.
Sus risas se mezclaron con el rumor de las hojas.
Desde la mansión Villegas, sin embargo, el aire era distinto.
Memo estaba sentado en su cama, con las luces apagadas.
Sus manos temblaban. El enojo, la frustración, el deseo de ser visto… todo hervía
en su interior.
—No quiero ser invisible —susurró.
La lámpara estalló.
El espejo se quebró sin que nadie lo tocara.
Y por un segundo, un resplandor dorado iluminó toda la habitación.
Úrsula corrió hasta la puerta. Lolo tropezó detrás de ella.
—¡Memo! ¿Qué fue eso? —gritó.
El chico respiraba agitadamente, con las pupilas encendidas.
—No lo sé… pero se siente… bien.
El viento afuera cambió de dirección. En la casa Cortez, Marco sintió un
estremecimiento.
Cristian, desde su ventana, levantó la vista, inquieto.
Y muy lejos, en su oficina, Regina sonrió al ver cómo una pluma se levantaba sola
de su escritorio.
—La energía está despertando otra vez —murmuró—. Y esta vez… no la detendrán
tan fácil.

36
Capítulo 7: Fuego y Pantallas
"Donde hay poder, siempre habrá espectáculo. Y donde hay espectáculo, alguien
querrá robar la luz."
— El Arcui, Capítulo VIII: De la vanidad y el peligro.
El sol se filtraba por los ventanales del colegio SIBERVI con un brillo exagerado,
casi teatral.
Era día de anuncio importante, y el rumor se había esparcido por todos los pasillos:
el Concurso Anual de Talentos estaba de regreso.
En ese evento, los estudiantes no solo mostraban sus habilidades artísticas, sino
que también competían por la popularidad, el prestigio y —como decían las
Chismolisas— “la corona social del colegio”.
Las primeras en llegar al auditorio fueron Las Divinas: Sharon, Zuly y Adriana.
Lucían impecables, coordinadas como si fueran una pasarela viviente. Sharon,
aunque modesta, brillaba sin querer; su sonrisa auténtica contrastaba con la
perfección ensayada de Adriana, quien no toleraba que alguien más robara
atención.
—Te ves increíble, Sharon —dijo Zuly, sincera.
—Gracias… aunque no quiero que todo el mundo me vea como competencia.
—Lástima —interrumpió Adriana, alisando su cabello—. Porque eso ya pasó.
El comentario cayó como una chispa. Adriana fingió una sonrisa, pero en su mente
ya tramaba un plan.
Sabía que Marco Cortez miraba con interés a Sharon… y que si quería su atención,
debía eclipsarla.
En otro extremo del patio, los Mapaches —Memo, Guicho y Fercho— hacían una
demostración de su poder social.
Memo, con su energía intensa y su teléfono siempre en la mano, dominaba las
redes internas del colegio. Su último video, un reto de baile grabado en la pista del
gimnasio, había alcanzado más de quinientas reacciones en minutos.
—Somos tendencia otra vez —dijo Fercho, mostrando la pantalla.
Memo sonrió con autosuficiencia. —Obvio. Nadie nos gana en esto.
Pero detrás de esa seguridad, su cuerpo seguía latiendo con esa extraña energía
desde la noche anterior.
Cada emoción lo hacía sentir más fuerte… y más peligroso.
Cuando vio entrar a Sharon al auditorio, su sonrisa se borró.
Ella iba acompañada de Zuly y —para su disgusto— de Marco Cortez, quien le
sostenía una carpeta.
—Ese tipo… —murmuró entre dientes—.
—¿El Cortez? —preguntó Guicho—.
—Sí. Cada vez se mete más.

37
—Relájate, Memo. No puede contigo.
Memo apretó los puños. —Ya veremos.
Un suave temblor recorrió el suelo bajo sus pies. Nadie más lo notó, salvo Lolo,
quien desde la entrada del colegio lo observaba discretamente.
La asistente de Úrsula anotó algo en una libreta pequeña. “Segunda manifestación
energética. Inestabilidad emocional alta.”
En el restaurante, bajo el suelo del Metro Stop Café, el búnker mágico cobraba
vida.
Alfonso había sellado el lugar con runas antiguas, y ahí Darío practicaba con una
disciplina que lo distinguía de sus hermanos.
Frascos de energía flotaban sobre la mesa, cada uno con una luz distinta: azul,
verde, roja y blanca.
—Control de apoyo —se repetía a sí mismo—. No ataque, no vanidad… equilibrio.
Su magia era diferente. No buscaba brillar, sino sostener. Creaba escudos de
energía, fortalecía objetos y reparaba fallas en hechizos.
Cuando Marco bajó, con su típica sonrisa de “rompí algo, pero no es tan grave”,
Darío lo miró sin levantar la vista.
—¿Qué hiciste ahora?
—Nada —mintió Marco—. Solo vine a ver si ya inventaste un hechizo para que
Memo deje de respirar mí mismo aire.
David apareció detrás, cargando una caja.
—Si inventas uno, hazlo doble.
Alfonso entró en ese momento, con el ceño fruncido.
—Menos bromas. He sentido fluctuaciones mágicas anormales desde anoche.
Los tres hermanos se miraron. Marco tragó saliva, recordando el brillo dorado que
vio a lo lejos.
—¿Crees que haya otro mago en Ciudad Especial? —preguntó David.
—O algo peor —dijo Alfonso—. Un mago inestable.
Mientras tanto, en el patio del colegio, Cristian y Heidi Sanders se sentaban
bajo un árbol. Heidi dibujaba en su cuaderno, con trazos precisos y una calma
inusual.
Marco se acercó, curioso.
—Eso es… fuego —observó, señalando el dibujo.
Heidi sonrió. —Lo es. Me gusta dibujarlo.
—Tienes talento —dijo él, sentándose a su lado—. Aunque el fuego es difícil de
controlar.
—Depende de quién lo use.
Marco arqueó una ceja. Algo en su tono lo desconcertó.
—¿Qué quieres decir?

38
Heidi levantó la mano, y sin que nadie más lo notara, una pequeña llama danzó
sobre su palma.
Marco se quedó sin palabras.
—Eso… ¿cómo lo hiciste?
—No soy como tú —susurró ella—. Soy una Kanay.
Marco sintió un escalofrío.
—Pero… los Kanay desaparecieron hace años.
—Casi todos —respondió Heidi—. Regina Olivares los eliminó. Yo… soy una de las
dos que sobrevivieron.
El silencio se volvió pesado.
Cristian, que escuchaba sin entender, sintió el peso de lo que acababa de oír.
—Entonces… tú controlas los elementos.
—Los cuatro —admitió ella, y la llama se transformó en un remolino de aire antes
de disiparse—. Pero debo ocultarlo. Si Regina lo descubre… me eliminará también.
Marco miró a sus hermanos desde lejos y tomó una decisión.
—No estás sola —dijo con firmeza—. Te protegeremos. Los Cortez cuidamos de los
nuestros… aunque el mundo no entienda lo que somos.
Heidi lo miró con gratitud, pero también con miedo.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien no la veía como una amenaza, sino
como una aliada.
Mientras tanto, en la oficina de Regina, la directora revisaba archivos antiguos con
una precisión obsesiva.
Cristy entró, con su carpeta en brazos.
—Madre, ¿de verdad crees que los Cortez esconden algo?
—No lo creo, Cristy —respondió Regina, sin apartar la vista del expediente—. Lo sé.
—¿Y qué pasa si no?
—Entonces buscaré hasta que los Cortez decidan mostrarlo.
Cristy tragó saliva. Sabía que su madre podía ser implacable. Pero en su interior,
algo le decía que esa búsqueda podía desatar algo que ni siquiera Regina
controlaría.
En la mansión Villegas, Lolo limpiaba los ventanales mientras observaba de reojo a
Memo, que ensayaba pasos de baile para el concurso de talentos.
—Memo, el desayuno está listo —dijo Lolo.
—No quiero —respondió el chico, sin mirarlo.
Cada vez que se movía, una ligera vibración acompañaba sus pasos.
Cuando se frustró por no lograr un giro perfecto, el parlante explotó con un
chispazo.
—¡Otra vez no! —gritó Lolo, cubriéndose la cabeza.
Memo lo miró, sorprendido. —¿Qué pasa conmigo?

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—Nada, nada —mintió la asistente, aunque por dentro temblaba—. Tal vez… eres
especial.
Memo sonrió con ironía.
—Ya era hora de que alguien lo dijera.
En ese momento, Úrsula apareció desde la escalera, hablando por teléfono.
—Sí, Gabriel… lo que digas. Claro que puedo cancelar mi agenda por ti —dijo,
suspirando con un tono enamorado.
Memo rodó los ojos.
—Otra vez con él.
—No hables así de Gabriel —advirtió Úrsula—. Él entiende lo que es el éxito, algo
que tú deberías aprender.
—¿Éxito? —murmuró Memo—. Tal vez yo tenga más de lo que crees.
Sus ojos brillaron un instante. Úrsula no lo notó, pero Lolo sí.
La asistente escribió una línea nueva en su libreta: “Poder en crecimiento. Nivel
inestable. Posible detonante emocional: celos.”
De regreso al colegio, los carteles del Concurso de Talentos SIBERVI llenaban
los pasillos.
Las Chismolisas entrevistaban a todos los posibles participantes, transmitiendo en
vivo por su canal.
Sharon intentaba mantenerse al margen, pero Adriana ya la había inscrito en la
categoría de canto… sin consultarle.
—¿Qué? —exclamó Sharon, al leer su nombre.
—Sorpresa —dijo Adriana, con una sonrisa de falsa inocencia—. Pensé que te haría
ilusión.
Marco apareció justo a tiempo para ver la escena.
—Parece que alguien planea brillar más que tú, Sharon.
—No si yo puedo evitarlo —replicó ella, decidida.
La tensión entre ambas prometía incendiar el concurso.
Y mientras todos se preparaban para la batalla de talentos, algo más profundo
comenzaba a formarse: alianzas mágicas, rivalidades invisibles y el
despertar de nuevos poderes.
En el fondo, Marco lo presentía.
El Concurso SIBERVI no sería solo un espectáculo de luces y aplausos.
Sería el escenario donde los secretos del colegio —y del corazón— empezarían a
desbordarse.
Y en algún lugar del auditorio, Memo sonreía en silencio, mientras una chispa
dorada se encendía en su palma.

40
Capítulo 8: Voces y Sombras
"Donde hay canto, hay verdad; donde hay verdad, hay poder."
— Fragmento del Arcui, Capítulo IX.
El auditorio del colegio SIBERVI estaba repleto.
Luces danzantes, bocinas vibrando y una pantalla gigante anunciando: “Concurso
de Talentos SIBERVI 2025 — Muestra lo que eres”.
Las Divinas y los Mapaches ocupaban las primeras filas, cada grupo con su propio
séquito de fans.
El aire estaba cargado de adrenalina, perfume y envidia.
Sharon, nerviosa entre bambalinas, ajustaba su micrófono.
Zuly trataba de tranquilizarla.
—Relájate, amiga. Solo canta como cuando lo haces en tu habitación.
—Sí, pero ahora tengo a medio colegio mirándome —respondió Sharon, con una
sonrisa temblorosa.
—Y al otro medio grabándote para subirlo —agregó Adriana, pasando junto a ellas
con una risa maliciosa—.
Suerte… la vas a necesitar.
El comentario hirió, pero Sharon respiró hondo. No iba a dejar que Adriana le
robara la calma.
Zuly la abrazó. —Ignórala. Brilla por ti.
Entre el público, Marco, Cristian y Heidi observaban desde las gradas.
Cristian aplaudía cada presentación exageradamente, disfrutando el espectáculo.
Cuando vio el nombre de Sharon en la pantalla, le dio un codazo a Marco.
—¿No ibas a cantar también?
Marco se sobresaltó. —¿Yo? No, gracias.
—Anda, hazlo. Eres bueno, y lo sabes —insistió Cristian—. Además… alguien te está
mirando desde el escenario.
Marco levantó la vista. Sharon lo había buscado con la mirada justo antes de
empezar.
Sus ojos se cruzaron.
Un silencio expectante llenó el lugar.
La música empezó, y Sharon cantó con una voz suave pero segura.
Su interpretación emocionó a todos, incluso a Adriana, que fingió revisar su celular
para no mirar.
Cuando terminó, los aplausos inundaron el auditorio.
Marco fue el primero en levantarse.
—¡Bravo! —gritó sin pensar.
Sharon sonrió desde el escenario, y Adriana apretó los dientes.
Alfonso había llegado justo a tiempo para ver la escena.
Observaba a sus alumnos, pero su atención se desviaba cada tanto.
Bajo el suelo del auditorio, algo mágico palpitaba. Un eco antiguo.

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Darío y David, desde el fondo, lo sintieron también.
—¿Lo sentiste? —murmuró Darío.
—Sí… como si el suelo respirara.
Alfonso asintió.
—El Arcui está despertando.
En el escenario, la presentadora anunciaba:
—¡Y ahora… el siguiente participante! ¡Marco Cortez, con “Nada es aquí lo que es”!
Cristian empujó a Marco al escenario.
—Sin excusas, Cortez. Brilla o calla.
Marco tomó el micrófono, respiró hondo y miró al público.
Por un instante, olvidó todo: los secretos, la magia, las reglas.
Solo pensó en Sharon, en cómo lo miraba, y en lo que sentía.
La música comenzó, y su voz llenó el auditorio:
“Nada es aquí lo que es,
el mundo finge y se desvanece,
pero cuando tú me ves,
todo parece tener sentido…”
Su interpretación fue magnética.
Heidi observaba con admiración; Cristian lo grababa con una sonrisa enorme.
Sharon, desde bambalinas, se tocó el corazón.
El auditorio entero aplaudía al ritmo de la canción.
Cuando terminó, un silencio reverente precedió la ovación.
Incluso algunos profesores se pusieron de pie.
Memo, desde su asiento, lo miraba con furia contenida.
—Cree que puede robarme el escenario —murmuró—. Pues verá quién manda.
—¡Siguiente grupo: Los Mapaches! —anunció la presentadora.
Memo subió al escenario junto con Guicho y Fercho, decididos a recuperar su
trono.
Las luces se tornaron azules y la pista comenzó con un beat potente.
“Somos los Mapaches, nadie nos detiene,
el ritmo nos sigue, el poder nos viene…”
El público gritaba. A mitad del coro, Adriana irrumpió en escena, sincronizada
con los pasos de Memo.
—¿Qué hace ella? —preguntó Zuly, sorprendida.
—Robarse el show —susurró Sharon.
Adriana tomó el micrófono y cantó con una seguridad arrogante:
“Mis poderes no son màs,
que Nuestra alianza eterna…”
La química entre Memo y Adriana era explosiva.
El público vibraba, pero la energía comenzó a distorsionarse.
El suelo tembló levemente, y algunas luces parpadearon.
Memo lo sintió: ese poder otra vez… latiendo bajo su piel.
Cuando el show terminó, todos aplaudieron. Pero la tensión entre ambos bandos
era palpable.

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Horas más tarde, ya sin público, los Cortez y Alfonso se reunieron en el restaurante.
Darío colocó sobre la mesa un mosaico encontrado en el suelo del sótano, bajo una
de las paredes del Metro Stop Café.
Tenía símbolos que se encendían débilmente.
—Apareció después del concurso —dijo Darío—. Reacciona a nuestra presencia.
Alfonso lo estudió en silencio.
—El Arcui… el libro legendario de los Cortez… está intentando comunicarse con
ustedes.
—¿El Arcui? —preguntó David, intrigado.
—Sí. Un grimorio que guarda la historia y los secretos de nuestra línea mágica.
Nadie fuera de los Cortez puede verlo.
—¿Y el “Hechizo Candado”? —preguntó Marco.
Alfonso suspiró. —Es uno de los conjuros más peligrosos. Permite encerrar o robar
poderes. Una sola palabra mal pronunciada… y podrías perder tu magia para
siempre.
El silencio llenó el búnker.
Por primera vez, los tres hermanos entendieron el peso de lo que eran.
En otra parte del colegio, Regina revisaba antiguos registros mágicos.
Sentía que algo se movía bajo la ciudad, algo que escapaba de su control.
—Si hay poder ahí abajo —susurró—, será mío.
Cristy la observaba, preocupada.
—Madre… ¿y si no es lo que piensas?
—Entonces averiguaré qué es —respondió Regina, fría como el mármol.
Mientras tanto, Lolo conversaba con Úrsula en la mansión.
La mujer removía su té mientras suspiraba.
—Memo está insoportable. Se enoja por todo, y a veces siento… que cuando grita,
suenan truenos.
—Quizás solo necesita sentirse comprendido —respondió Lolo con calma
maternal—. La rabia puede ser una señal de miedo, Úrsula.
Úrsula sonrió, algo avergonzada. —A veces olvido que eres más sabia que yo.
—No soy sabia —dijo Lolo, bajando la voz—. Solo he criado a alguien que también
tenía fuego por dentro.
Su mirada se perdió en el vacío, recordando a Cristian.
De vuelta en el búnker, Marco, Heidi y Cristian continuaban explorando los pasajes
ocultos.
Una puerta secreta, marcada con símbolos antiguos, se abrió con un destello
dorado.
Detrás, un túnel los llevó hacia un mundo distinto: el Mundo Mágico.
Heidi se llevó la mano al pecho.
—Es… hermoso —susurró—.
Cristian giraba sobre sí mismo, fascinado. —Jamás creí conocer un lugar así.
—Bienvenidos —dijo Marco, sonriendo—. Nuestro pequeño secreto.
Entre flores luminosas y cascadas flotantes, encontraron un pedestal.
Encima, un anillo dorado con un cristal brillante.

43
—¿Qué es eso? —preguntó Cristian.
—Parece… un sello mágico —dijo Marco, acercándose.
El anillo tembló, y una voz femenina resonó en el aire:
—¡Ayúdenme! ¡Por favor!
Del cristal emergió la silueta etérea de una joven.
—Soy Estrella, y estoy atrapada en el Horáculo.
Marco dio un paso atrás, sorprendido.
—¿Cómo te liberamos?
—Solo el conjuro correcto puede romper la prisión. Pero cuidado… el Horáculo se
defiende.
Marco tomó el anillo.
—No te preocupes, Estrella. Te sacaremos de aquí.
De regreso en el restaurante, Alfonso escuchó la historia con atención.
Colocó el anillo sobre el mosaico del Arcui, que comenzó a brillar.
—Este es un artefacto antiguo. Encierra almas. Si lo rompemos mal, ella
desaparecerá para siempre.
Les enseñó un conjuro complejo, que debía ser recitado en sincronía.
Los tres hermanos formaron un círculo, tomándose de las manos.
“De la luz al reflejo, del reflejo a la vida,
rompe el cristal que divide el alma y su guarida.”
El anillo estalló en destellos dorados, y una ráfaga de aire envolvió la habitación.
Cuando la luz se disipó, Estrella apareció frente a ellos: una joven de mirada dulce
y cabello luminoso.
Cristian fue el primero en acercarse.
—¿Estás bien?
Ella lo miró con asombro y sonrió.
—Gracias por salvarme.
Su voz era melodiosa, casi mágica.
Cristian, por primera vez, se quedó sin palabras.
Heidi lo miró de reojo y suspiró.
Marco sonrió con picardía. —Parece que alguien encontró su estrella.
Y en el fondo del búnker, el mosaico volvió a brillar.
El Arcui se abría, página por página, esperando ser descubierto.

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Capítulo 9: Ecos del Arcui
"No todo poder que despierta está listo para ser usado."
— El Arcui, Fragmento XII
El amanecer se filtraba por las cortinas del restaurante Metro Stop Café, llenando
de olor a pan recién hecho el ambiente. Gladis corría de un lado a otro, sirviendo
mesas, anotando pedidos y preparando café.
Era un día caótico.
—¡Darío! ¡Más tazas limpias! —gritó desde la barra.
—¡Enseguida, mamá! —respondió Darío, cargando una torre de platos que se
tambaleaban.
—Marco, revisa la caja; David, ayuda con las órdenes para llevar —añadió Gladis,
mientras sonreía amablemente a los clientes.
El restaurante estaba tan lleno que parecía una feria. Entre risas y música,
Estrella observaba desde una esquina, fascinada por la vida cotidiana del mundo
mortal.
—Todo es tan… rápido aquí —comentó, con un brillo inocente en los ojos.
Cristian, que había llegado temprano a ayudar a Marco, se acercó.
—Sí… y tú pareces disfrutarlo.
—Quisiera ayudar —dijo ella, extendiendo las manos con curiosidad—. Quizá un
poco de magia haría todo más fácil.
Antes de que Marco pudiera detenerla, Estrella murmuró un hechizo suave.
Los platos comenzaron a flotar, las tazas se lavaban solas, y las mesas se ordenaban
mágicamente. Gladis, confundida, sonrió.
—¡Por fin todo está saliendo perfecto!
Marco y Darío se miraron alarmados.
—¿Fuiste tú? —preguntó Darío.
—¡No! —respondió Marco—. Pero papá va a pensar que sí…
Justo entonces, Alfonso entró desde la trastienda, con expresión severa.
—¿Quién usó magia fuera del horario de práctica?
David levantó las manos. —¡Yo no fui!
Marco señaló a Estrella, pero ella sonrió inocente.
—Solo quería ayudar…
—La magia no se usa para resolver lo que el esfuerzo humano puede lograr —dijo
Alfonso, firme—.
Darío con un movimiento de su varita, deshizo el hechizo. Las tazas cayeron al
suelo y el caos volvió.
Gladis suspiró, resignada.
—A veces creo que con ustedes el café necesita un exorcismo.

Mientras tanto, en el colegio SIBERVI, Las Chismolisas —Lisa, Mercedes y


Patricia— comentaban las últimas novedades.
—¿Vieron al nuevo grupo del restaurante? —preguntó Lisa, mostrando su tablet.
—Sí, sí. Y vieron a esa chica nueva, ¿cómo se llama? ¿Estrella? —respondió Patricia,

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con una sonrisa venenosa—.
Estaba muy cerca de Cristian.
Zuly, que estaba cerca de la fuente revisando su celular, alcanzó a escuchar.
—¿Cristian? —preguntó, fingiendo desinterés.
—Ay, no te hagas —bromeó Sharon, acercándose—. Si hasta se te iluminan los ojos
cuando lo nombran.
Zuly se sonrojó. —¡No digas tonterías! Solo me cae bien.
Fercho, que pasaba con su bandeja de refrescos, escuchó la conversación.
Su expresión cambió de alegría a celos en un instante.
—¿Zuly… interesada en Cristian? —murmuró entre dientes—. Eso sí que no.
Sharon rió, dándole un codazo a Zuly.
—Bueno, solo digo… hay miradas que no mienten.
Las Chismolisas se alejaron corriendo, publicando la “noticia” en su blog:
“¿Nuevo triángulo amoroso en SIBERVI? Zuly, Cristian y la misteriosa Estrella…”

En otra parte de la ciudad, Regina Olivares esperaba impaciente en su despacho.


El reloj marcaba las cuatro cuando Memo entró, visiblemente nervioso.
—¿Para qué me mandó llamar, directora? —preguntó.
Regina lo observó fijamente.
—Tus ojos… brillan cuando te alteras. Y anoche hubo una tormenta justo después
de que te enojaras con tu madre, ¿no?
Memo retrocedió un paso. —¿Cómo sabe eso?
Regina sonrió. —Porque yo también soy bruja.
El muchacho quedó helado.
—¿Qué? ¿Usted también…?
—Sí —respondió, con voz baja pero firme—. Pero ser brujo sin guía es peligroso. Y
tú… tienes un poder especial.
Memo tragó saliva, intrigado y asustado a la vez.
—¿Qué quiere de mí?
—Ayudarte —mintió Regina—. Juntos podríamos ser los más poderosos… si
conseguimos El Arcui.
Memo frunció el ceño. —¿Qué es eso?
—Un libro antiguo que contiene todos los hechizos de la historia mágica.
Memo asintió lentamente. —Entonces lo encontraré.
Regina sonrió satisfecha. —Eso espero, querido alumno. Eso espero.

En el Metro Stop Café, la tarde cayó con aroma a lluvia. Cristian limpiaba una mesa
junto a Estrella, que trataba de comprender el mundo humano.
—¿Y este aparato? —preguntó, señalando el microondas.
—Sirve para calentar la comida —dijo Cristian, divertido.
—¿Calentar… sin fuego? Fascinante.
Ambos rieron. Hubo un momento de silencio, y Cristian la miró con ternura.
Por primera vez, sintió un nudo en el pecho.
Se estaba enamorando de ella.

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Pero al mismo tiempo, una sombra lo atravesó: Zuly.
—No… —susurró para sí mismo—. No puedo sentir esto.
Estrella lo miró curiosa. —¿Dijiste algo?
—Nada —contestó él, forzando una sonrisa.
Desde la mesa cercana, Marco los observaba con complicidad.
Heidi, en cambio, notó la tensión.
—Eso va a terminar en lío —murmuró—. Y grande.

Esa noche, el restaurante ya estaba cerrado. Marco salió a sacar la basura al


callejón lateral.
Al abrir la puerta, se encontró con Sharon, que caminaba por ahí con su paraguas.
—Hola… —dijo él, sorprendido.
—Hola —respondió ella, algo sonrojada—. No sabía que vivías ayudabas al café.
—Sí, eh… ayudo a mi familia aquí.
Ambos se miraron por unos segundos que parecieron eternos.
El silencio se llenó con el sonido de la lluvia.
—Tu canción del concurso… fue increíble —dijo Sharon finalmente.
—Gracias —respondió Marco—. Pero la tuya fue… mágica.
Ella sonrió, bajando la mirada.
—A veces creo que tú también lo eres.
Marco se tensó. —¿Qué… qué quieres decir?
—Nada —dijo, riendo suavemente—. Solo digo que tienes algo… diferente.
En ese momento, un trueno resonó en el cielo.
Desde el otro lado de la calle, Memo observaba la escena con rabia contenida.
—Se atreve a coquetear con ella otra vez… —murmuró, cerrando los puños.
Un rayo cruzó el cielo. El aire se cargó de electricidad.
Sin darse cuenta, una lámpara estalló sobre su cabeza.
Memo respiró agitadamente, mirando sus manos temblar.
—Yo… hice eso.

En la mansión, Lolo doblaba ropa cuando escuchó pasos.


Cristian apareció en la puerta.
—¿Tienes un minuto?
—Siempre, hijo. ¿Qué pasa?
Cristian sonrió con inocencia. —Vi una película de hechiceros y… me gustaría tener
magia. Sería genial, ¿no?
Lolo se quedó quieta.
—No, Cristian —dijo con voz temblorosa—. No es tan maravilloso como parece.
—¿Por qué lo dices así?
—Porque la magia no es un juego. Es poder… y responsabilidad. He visto lo que
puede destruir.
Cristian la miró intrigado.
—Hablas como si… supieras de eso.

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Lolo bajó la mirada, evitando responder.
—Solo prométeme que nunca intentarás algo que no entiendas.
Cristian asintió lentamente, aunque su mente hervía de curiosidad.
Cuando ella se fue, murmuró para sí:
—¿Por qué siento que mamá sabe más de lo que dice?

Mientras tanto, en el Metro Stop, Alfonso repasaba viejos libros junto a Marco y
Darío.
El Arcui seguía cerrando y abriendo sus páginas al azar, como si intentara
hablarles.
—El poder despierta —dijo Alfonso en voz baja—. Y con él… los enemigos también.
Una corriente de viento recorrió el café, haciendo parpadear las luces.
Desde la ventana, Marco vio una figura solitaria en la calle: Memo, empapado por
la lluvia, con una mirada oscura.
El eco del trueno retumbó otra vez, como una advertencia.
El destino se había puesto en marcha.

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Capítulo 10: El conjuro seguro
"En cada familia de hechiceros hay un secreto que no debe romperse: la magia no
se muestra, se protege."
— Fragmento XXII, El Arcui
La noche se cernía sobre la ciudad como un telón de sombras y luces.
En lo alto de su oficina, Regina Olivares observaba las calles desde el gran
ventanal del antiguo edificio de SIBERVI. No era una escuela mágica, sino un
prestigioso colegio privado donde convergían talentos, rumores y rivalidades… y
bajo ese disfraz cotidiano, Regina ocultaba su propio mundo.
Sus ojos seguían una línea invisible hacia un punto preciso: el edificio de los
Cortez, donde ella presentía la presencia del Arcui, el libro prohibido de los
antiguos hechiceros.
—Así que lo esconden allí —susurró, dejando que la frase flotara entre las sombras.
Durante años había buscado ese libro, y ahora, una energía familiar le confirmaba
lo que tanto temía: la magia había vuelto a despertar en esa familia.
Regina tomó una decisión inmediata.
No necesitaba aliados visibles.
Necesitaba un emisario… alguien impulsivo, con hambre de poder.
Alguien fácil de manipular.
—Memo Villegas —murmuró, sonriendo.

A la mañana siguiente, los pasillos de SIBERVI rebosaban de vida. Los chicos


hablaban del concurso interno de talentos que la dirección había anunciado:
baile, canto, comedia, arte. Era el evento del semestre.
Los Mapaches, liderados por Memo, se movían como una pequeña mafia
estudiantil; todos sabían que dominaban las redes y decidían qué tendencia subía o
caía.
Mientras tanto, Las Divinas, con Sharon al frente, ensayaban una coreografía en
el gimnasio con luces, risas y complicidad.
—¡Una vez más desde el principio! —ordenó Sharon, sonriendo a sus amigas.
—Sharon, ¿segura que no estás practicando más para impresionar a alguien? —
preguntó Zuly, con picardía.
Sharon levantó las cejas, divertida. —¿A quién, exactamente?
Zuly hizo un gesto hacia la ventana.
Allí, Marco observaba la práctica, fingiendo revisar el sistema de sonido.
Los ojos de ambos se cruzaron por un instante que pareció eterno.
Él alzó la mano en un saludo torpe.
Ella sonrió apenas antes de volver al ritmo de la música.
Un coqueteo sutil, pero suficiente para encender chismes.
Desde la esquina del gimnasio, Adriana observaba esa escena con una mueca
helada.
—Así que el nuevo de sonrisa encantada se roba todas las miradas… —susurró para
sí, con veneno.
Su plan estaba naciendo.
49
Fuera del gimnasio, Cristian alcanzó a Zuly al salir de clases.
—Bonito ensayo —dijo, ajustándose la mochila.
—Gracias —respondió ella, divertida—. ¿Viste el video que subieron al blog Lobo21?
Cristian tragó saliva. Era su blog, aunque nadie lo sabía.
—Sí… ese blog es bueno.
—Me encanta cómo escribe —añadió Zuly, con entusiasmo—. Tiene algo misterioso,
como si realmente conociera todo lo que pasa en SIBERVI.
Cristian rió nervioso. —Quizás… lo conozcas más de lo que crees.
—Ojalá —dijo ella, sonriendo antes de despedirse.
Cristian la miró alejarse, con el corazón palpitando.
“Si supiera que yo soy Lobo21...”, pensó. Pero prefirió guardar silencio.

Esa misma tarde, en el restaurante Metro Stop Café, el ambiente era más movido
de lo habitual.
Gladis iba y venía con bandejas, Alfonso ayudaba en la cocina y Marco trataba de
reparar una lámpara encantada que parpadeaba con energía mágica residual.
—Marco, cuidado con usar tus poderes aquí —advirtió Alfonso—. La gente podría
vernos.
—Tranquilo, papá, no usaré magia.
—Dijiste eso la última vez —dijo Darío, riendo mientras hacía levitar discretamente
una cuchara.
David soltó una carcajada—. ¡Y casi conviertes las sopas en burbujas!
El sonido de un trueno interrumpió las risas.
Todos se miraron.
Afuera llovía, pero ese trueno no venía del cielo: provenía de la puerta trasera.
Marco se acercó con cautela y la abrió.
Allí estaba Memo, empapado, con una mirada tan furiosa que parecía quemar el
aire.
Detrás de él, Guicho y Fercho, los Mapaches, titubeaban con miedo.
—Vengo por lo que es mío —dijo Memo.
—¿Qué cosa? —preguntó Marco, confundido.
—El Arcui. Sé que lo tienen.
Darío bajó corriendo las escaleras.
—¿Qué demonios haces aquí, Memo?
—Tu familia ha mentido por años. Ocultan magia. ¡Y yo tengo derecho a ella!
Antes de que alguien pudiera reaccionar, Memo alzó las manos. Una corriente de
energía azul chispeó a su alrededor.
Los focos se rompieron, los cubiertos volaron.
Marco, sin pensarlo, levantó un escudo mágico.
—¡Deflecto Ignis!
El choque fue brutal: una ola de luz llenó el restaurante y las mesas se sacudieron.
Los Mapaches cayeron al suelo, aterrados.

50
—¡Memo, detente! —gritó Marco.
—¡No, tú detente! ¡Siempre tú eres el héroe! ¡Siempre tú te llevas todo! —bramó,
lanzando otra ráfaga de energía que hizo temblar las paredes.
Entonces, una voz profunda retumbó desde las escaleras.
—¡Basta!
Gabriel Cortez apareció con su bastón mágico, el rostro endurecido.
Con un simple movimiento, detuvo el tiempo por un instante; las luces dejaron de
parpadear, el aire se congeló.
Memo respiraba con esfuerzo.
—Esto… no ha terminado —susurró.
Un torbellino oscuro se formó bajo sus pies, y en un segundo desapareció junto a
los Mapaches.

El silencio reinó en el restaurante.


—¿Qué fue eso? —preguntó Gladis, aterrada.
Marco miró a su padre. —Papá… Memo tiene poderes.
—Entonces, la magia se está propagando —dijo Alfonso, preocupado. —Les dije que
la magia atrae atención. Regina puede sentir esto.
Alfonso respiró hondo. —Entonces, es hora del Conjuro Seguro.
Los hermanos se tomaron de las manos, formando un círculo. Gabriel lideró la
invocación:
—Lumen Domus, Arcanum Clausum, Invictus Familia.
El aire se tornó dorado, cubriendo muros y ventanas. Un escudo invisible se
levantó alrededor del restaurante.
—Ahora ningún hechicero ajeno podrá entrar —explicó Alfonso.
Gladis los miró, al borde de las lágrimas. —¿Y si vuelven?
—Entonces estaremos listos —dijo Darío, decidido.

En otra parte de la ciudad, Regina Olivares cerró los ojos mientras sentía una
vibración lejana en el aire.
—Así que el conjuro seguro está activo —susurró.
Su mirada se endureció. Sabía lo que significaba: el Arcui estaba allí, protegido por
una familia que no debía tenerlo.
Con un movimiento de su mano, invocó una esfera de visión mágica y vio a Memo,
de rodillas en el suelo, exhausto tras desaparecer del restaurante.
—Tienes poder, pero te falta dirección —le dijo con voz envolvente, apareciendo
frente a él.
Memo alzó la vista, sorprendido.
—¿Quién eres?
—Alguien que puede ayudarte a vengarte de los Cortez.
Memo frunció el ceño. —¿Qué quieres de mí?
—Nada más que tu lealtad. Juntos, recuperaremos lo que te pertenece.

51
Regina extendió su mano, y un sello oscuro brilló en la palma.
—Convoca a los Mapaches. Los necesito para entrar al edificio de los Cortez. No
podrán resistirse si los atacamos desde dentro.
Memo la observó, dudando.
—¿Y si me mienten?
—Entonces los destruirás —dijo ella con frialdad.
Él tomó su mano.
—Acepto.
La alianza quedó sellada.

Horas después, en el dormitorio de Heidi, el sonido del fuego crepitaba en sus


manos.
—No puedo seguir ocultándolo —murmuró.
El viento giró a su alrededor, respondiendo a sus emociones.
En ese instante, Lisa, su hermana, abrió la puerta.
—¿Qué haces despierta tan tarde?
Heidi ocultó sus manos. —Nada, solo… practicaba canto.
Lisa rió. —Eres un caso, Heidi.
Cuando la puerta se cerró, Heidi suspiró aliviada.
—Un día, todo esto saldrá a la luz —dijo para sí—. Y ojalá estén listos.

Mientras tanto, en su habitación, Cristian revisaba su blog Lobo21.


Zuly había comentado: “Tu último post fue genial. Ojalá algún día escribas sobre
los que luchan por amor en silencio.”
Cristian sonrió, tecleando sin que nadie lo supiera:
“A veces, el amor silencioso es el más mágico de todos.”
En el silencio de la noche, una chispa azul cruzó la pantalla.
Pequeña. Imperceptible.
Pero suficiente para anunciar que la magia, incluso escondida, estaba despertando
en más de un corazón.

52
Capítulo 11: Hechizos y corazones cruzados
"Los verdaderos hechizos no se lanzan con varitas, sino con miradas que
confunden el alma."
— El Arcui, Fragmento XXV
El sol se alzaba sobre SIBERVI, anunciando otro día de clases aparentemente
normal. En apariencia. Porque para los Cortez, nada era realmente normal desde
que el Arcui había empezado a manifestarse y las emociones habían comenzado a
girar con tanta fuerza como los conjuros.
Marco y Cristian caminaban por el pasillo con los libros en la mano, entre
bromas y confidencias.
—Tengo que decirte algo —murmuró Cristian, rascándose la nuca.
—¿Qué pasa? ¿Otra de tus ideas para publicar en Lobo21? —bromeó Marco.
Cristian suspiró. —Zuly dijo que le gusta Lobo21.
Marco lo miró sorprendido. —¿Y eso no te alegra?
—Sí… pero ella no sabe que soy yo. Y ahora no sé si decirle o dejar que siga soñando
con el “chico misterioso”.
Marco sonrió. —Si se lo dices, corres el riesgo de que deje de verte como el chico
misterioso… y empiece a verte como tú.
Cristian rió. —¿Y eso sería malo?
—Depende —respondió Marco con tono burlón—. Si fueras un hechicero, podrías
encantarla.
—No necesito magia para eso, Cortez —dijo Cristian con una sonrisa confiada.
Pero Estrella, que pasaba cerca del aula, había escuchado cada palabra. Se detuvo,
con una mirada que mezclaba decepción y enojo.
Cristian había sido amable con ella desde que la habían liberado del Horáculo, y en
su corazón se había encendido un sentimiento intenso… uno que, ahora, se torcía
con los celos.

Esa tarde, en el Metro Stop Café, Estrella revolvía un té con movimientos lentos,
observando cómo el vapor formaba figuras. Cada una de ellas mostraba a Zuly y
Cristian riendo juntos, y eso la hacía hervir por dentro.
—No voy a perderlo —murmuró, levantando la vista.
Un brillo sobrenatural cruzó sus ojos.
En el aire, una ligera vibración anticipó que algo estaba a punto de desatarse.
Esa misma noche, Zuly sintió una extraña corriente de aire en su habitación. El
espejo titiló con un reflejo ajeno.
—¿Qué rayos…? —susurró.
De pronto, su reflejo le sonrió por cuenta propia.
Era Estrella, usando un hechizo de ilusión para aparecer en el espejo.
—¿Quién eres? —preguntó Zuly, asustada.
—Alguien que puede darte lo que deseas —respondió la imagen, suave pero
venenosa—. Amor, atención… o el olvido de quien no te ve.
El cristal se empañó, y Zuly retrocedió, confundida.

53
Al otro lado del espejo, Estrella sonrió satisfecha.
—Eso es. Si Cristian me ve como su salvadora… nunca mirará a otra.

Mientras tanto, en los pasillos de SIBERVI, el blog de Lobo21 explotaba en


popularidad.
Las Chismolisas —Lisa, Mercedes y Patricia— analizaban cada publicación con
atención detectivesca.
—Este chico sabe todo lo que pasa en la escuela —dijo Mercedes.
—Y escribe como si hubiera estado en cada rincón —agregó Patricia.
Lisa entrecerró los ojos. —Hay que descubrir quién es Lobo21.
Zuly, aún con el corazón revuelto por lo del espejo, se acercó.
—Si quieren, puedo ayudar.
—¿Por qué tanto interés? —preguntó Lisa, sospechosa.
—Porque… me gusta —admitió Zuly, con un suspiro.
Las tres la miraron con asombro.
—¡Oh! ¡Romance escolar! —exclamó Patricia.
Detrás de una columna, Fercho, uno de los Mapaches, escuchó todo.
“¿Lobo21 le gusta a Zuly?”, pensó, y una chispa de ego se encendió en su interior.
—Si eso la acerca a mí… —murmuró—. Entonces yo seré Lobo21.

En la cafetería del colegio, Adriana se acercó a Marco, que leía tranquilo junto a
Sharon.
—Hola, Cortez —dijo con una sonrisa peligrosa—. Necesito tu ayuda para preparar
una canción para el concurso.
Sharon levantó la vista, incómoda.
—Marco no es profesor de música —dijo con tono dulce, pero punzante.
—No, pero canta bien —replicó Adriana, acercándose más—. Y pensé que
podríamos ensayar… a solas.
El ambiente se tensó.
Sharon apretó los labios, fingiendo indiferencia.
—Suerte con eso, Marco —dijo, levantándose y alejándose con paso firme.
Marco la siguió con la mirada.
Adriana sonrió, satisfecha.
“Un hechizo sin magia”, pensó, mientras jugaba con un mechón de cabello.

Esa tarde, en el restaurante, Darío servía café a Cristy Olivares, quien había
llegado con un cuaderno lleno de apuntes.
—¿Ensayando para el concurso? —preguntó él.
—En realidad… no —respondió ella, bajando la voz—. Solo intento distraerme.
Darío notó algo en su tono.
—¿Tu madre?
Cristy asintió. —Siempre tiene un plan, una ambición. Yo solo quiero… ser yo.
Darío la miró con empatía. —A veces, la libertad también se aprende a escondidas.
Ella sonrió, agradecida. Por primera vez, alguien la había escuchado sin juzgarla.

54
En la azotea del edificio Cortez, Cristian y Estrella estaban solos.
—Me gusta hablar contigo —dijo él—. Eres… diferente.
Estrella sonrió. —¿Y si te dijera que puedo darte lo que más deseas?
—¿Qué cosa?
Ella se acercó lentamente. —Que Zuly te vea como tú la ves.
Cristian la miró, confundido. —¿Cómo sabes eso?
—Lo sé todo de ti —susurró, tocando su frente.
Un resplandor dorado brotó de su mano.
Cristian sintió un calor repentino y su mirada se nubló.
Cuando volvió a abrir los ojos, sonrió, pero sus ojos tenían un brillo vacío.
—Estrella… eres maravillosa.
Ella rió suavemente, complacida. —Y ahora eres mío.

Horas después, Heidi practicaba con fuego en el Búnker del restaurante cuando
Marco bajó, preocupado.
—¿Has visto a Cristian?
—No, ¿por qué?
Marco explicó lo ocurrido.
Heidi se concentró, y el fuego en su mano mostró una visión: Cristian y Estrella,
tomados de la mano, con energía mágica rodeándolos.
—Ella lo hechizó —dijo Heidi—. Tengo que detenerlo.
—Vamos juntos —respondió Marco—. No dejaré que nadie más salga herido por
culpa de mis errores.

Mientras tanto, Fercho buscó a Zuly en los jardines de SIBERVI.


—Zuly… tengo que decirte algo —dijo, intentando sonar convincente—. Yo soy
Lobo21.
Zuly lo miró sorprendida. —¿Tú?
—Sí, lo oculté para no asustarte. Todo lo que escribo… es por ti.
Zuly lo observó, sin saber qué sentir. Su parte romántica quiso creerle.
—Eso es… lindo —susurró, y lo besó suavemente.
En ese instante, un viento repentino sacudió las hojas del jardín.
El hechizo de Estrella se rompió.
Cristian, libre al fin, llegó justo a tiempo para ver el beso.
Su corazón se detuvo.
—Zuly… —murmuró.
Ella se apartó de Fercho, confundida.
—¡Cristian!
Fercho retrocedió, sintiendo la tensión.
Estrella apareció a lo lejos, observando la escena, con lágrimas brillando en sus
ojos.
Había perdido.

55
En otra parte de la ciudad, Regina Olivares hablaba con Memo.
—Todavía no es momento de atacar —le dijo con voz fría—.
—Pero ellos tienen el Arcui —replicó él.
—Precisamente. Si actuamos sin plan, lo perderemos todo. Necesito que observes.
Espera mi señal.
Memo asintió, frustrado pero obediente.
A lo lejos, Cristy los veía, oculta entre las sombras, con el corazón dividido entre la
lealtad y el miedo.

Esa noche, Adriana llegó a la casa de su madrina Úrsula Villegas, con una
sonrisa traviesa.
—Madrina, necesito tu ayuda.
—¿Con qué, mi vida? —preguntó Úrsula, curiosa.
—Estoy enamorada… de Marco Cortez. Pero quiero una cita doble.
—¿Doble?
—Sí. Descubrí que a tu amigo Gabriel le gustas.
Úrsula se sonrojó como una adolescente.
—¿Gabriel? ¿El tío de Marco?
—Exacto. Si tú vas como chaperona, Gabriel no podrá negarse.
Al día siguiente, ambos aceptaron.
En el cine, las luces bajaron.
Úrsula y Gabriel compartían palomitas, mientras Adriana fingía concentrarse en la
película.
Marco, nervioso, apenas podía evitar mirar a Sharon, que estaba justo en la fila de
enfrente con Zuly y Cristian.
Su mirada se cruzó con la de Sharon, y por un instante, todo el ruido del mundo se
apagó.
—¿Te gusta? —susurró Gabriel, divertido.
Marco sonrió, resignado.
—Más de lo que debería.
Gabriel le dio una palmada en el hombro.
—Entonces, sobrino… prepárate, porque el amor, igual que la magia, no se puede
esconder para siempre.
Y entre las luces de la pantalla, el destino de todos los corazones de SIBERVI
empezó a entrelazarse… como un conjuro que apenas comenzaba.

56
Capítulo 12: Tormenta en el Corazón
“Cuando la ira se eleva, el cielo llora. El poder sin guía se convierte en tormenta,
y solo el corazón sincero podrá calmar el trueno del alma.”
— Fragmento del Libro del Arcui, Cántico VII

El amanecer sobre Sibervi fue engañoso. El sol brillaba apenas, pero una presión
en el aire hacía que todo pareciera suspendido, como si el día contuviera la
respiración.
En algún rincón de la ciudad, Memo Villegas se miraba en el espejo, frustrado
por completo. El reflejo le devolvía una versión de sí mismo que apenas reconocía.
Desde que descubrió su magia, nada era igual.
—No es justo —gruñó, cerrando los puños—. Marco lo tiene todo: amigos,
atención… y a Sharon.
El aire a su alrededor vibró, y una corriente eléctrica estalló en la lámpara.
—Calma, Memo —se dijo—. Contrólate…
Pero no podía. La magia respondía a su ira, y su ira crecía con cada pensamiento
sobre Marco.
En su oficina, Regina Olivares observaba el cielo oscuro desde su ventana. Su
sonrisa era un arma.
—La tormenta ya comenzó —susurró—. Solo hay que dejar que el rayo caiga en el
lugar correcto.
Sabía que Memo era inestable, pero eso lo hacía perfecto. Si el chico perdía el
control, todos los hechiceros de Sibervi saldrían a la luz… y con eso, Regina tendría
la excusa perfecta para desatar su plan.

En el restaurante “Metro Stop Café”, el ambiente era distinto. Gladis cocinaba


panqueques mientras Marco, Darío y David se turnaban para atender a los
clientes.
—Esto parece más una carrera que un desayuno —dijo David, secándose el sudor.
—Pues apúrate, porque vienen más —respondió Gladis—. ¡Y no se vale usar magia
para limpiar las mesas, eh!
Marco y Darío se miraron con una media sonrisa culpable.
—¿Nos descubrió? —susurró Marco.
—Siempre nos descubre —dijo Darío—. Es mamá.
Cristian llegó al restaurante con cara de preocupación.
—Marco, necesito hablar contigo —dijo mientras apartaba una silla.
—¿Qué pasó?
—Zuly. Creo que la arruiné Zuly esta enamorada de Lobo 21 y… bueno.
Darío soltó una carcajada.
—¿Y eso es malo?
Cristian lo miró serio.
—No lo sé. Siento que la estoy engañando. A veces pienso en Estrella… aunque sé
que lo nuestro no fue real.

57
Marco le dio una palmada en el hombro.
—El corazón no entiende de hechizos ni de lógica. Solo asegúrate de no herir a
nadie más.
Antes de que pudieran seguir, un trueno retumbó tan fuerte que las lámparas del
local parpadearon.
—¡No puede ser una tormenta a esta hora! —gritó Gladis, mirando por la ventana.
El cielo, completamente negro, se arremolinaba con rayos azules. Marco sintió la
energía mágica recorrer su piel.
—Esto no es natural —susurró.

Horas más tarde en la escuela Sibervi, los pasillos se llenaron de gritos. Los
estudiantes corrían tratando de refugiarse mientras los truenos hacían temblar las
ventanas.
—¡Todos al gimnasio! —ordenaba Regina por el altavoz, fingiendo calma—. ¡No se
separen!
Adriana Ruiz aprovechó la confusión para acercarse a Marco, que había llegado
buscando a Sharon.
—Qué curioso, siempre estás donde hay desastres —dijo con media sonrisa—.
—Y tú siempre donde hay drama —respondió él sin perder el tono.
—Solo intento ayudar. Además, se nota que te mueres por encontrar a Sharon.
Marco la miró con fastidio.
—No tengo tiempo para tus celos.
Adriana sonrió con veneno.
—Ten cuidado, Marco. Las tormentas pueden revelar más de lo que uno quiere
esconder.

A unas cuadras, Úrsula Villegas intentaba cerrar las ventanas de su mansión. Los
truenos hacían vibrar las paredes.
—¡Memo! —gritó—. ¡Memo, baja ya!
Pero él no respondía.
De repente, un rayo cayó sobre un árbol frente a su casa, haciéndolo estallar.
Úrsula tropezó hacia atrás, casi cayendo al suelo. Fue entonces cuando Gabriel
apareció, empapado, con un paraguas roto y una linterna en mano.
—¡Úrsula! —corrió hacia ella—. ¿Estás bien?
Ella asintió, temblando.
—No… no entiendo qué pasa… el cielo parece furioso.
Gabriel la sostuvo entre sus brazos, cubriéndola con su chaqueta.
—Tranquila, te tengo.
En ese instante, un segundo rayo impactó en el jardín, y ambos cayeron al suelo.
Gabriel rodó, protegiéndola con su cuerpo. Cuando el estruendo se calmó,
quedaron abrazados, jadeantes.
—Gabriel… me salvaste —dijo Úrsula, temblorosa.
—Y lo haría mil veces —respondió él, sin pensarlo.

58
Los dos se miraron, y entre la lluvia y el miedo, nació algo cálido: una promesa
silenciosa.

En la azotea del edificio central de Sibervi, Memo estaba de pie, con los ojos
resplandeciendo en azul.
—¡Marco Cortez! —rugió, alzando las manos—. ¡Sal y enfréntame!
El viento giró a su alrededor como un torbellino.
Desde abajo, Marco lo localizó.
—¡Ahí está! —gritó Heidi, corriendo junto a él, Cristian y Darío—. Su magia está
fuera de control.
—Tenemos que detenerlo —dijo Marco.
—¿Con fuerza? —preguntó Cristian.
—No. Con calma. Si usamos magia contra él, la tormenta se amplifica.
Subieron corriendo las escaleras del edificio, el viento empujando con fuerza. Al
llegar, Memo los esperaba.
—¡Tú me robaste todo, Cortez! —rugió.
—No te robé nada, Memo. Solo quieres que alguien te vea, y te estoy viendo ahora.
—¡Mientes! ¡Todos me temen!
—No, te temen tus propias emociones. ¡No sabes controlarlas!
Un relámpago cayó entre ellos. Heidi levantó las manos, canalizando el viento con
energía dorada.
—¡Marco, no puedes hacerlo solo! —gritó.
Darío y David se unieron, creando un círculo de energía que comenzó a absorber la
tormenta.
Memo, cegado por la rabia, lanzó una descarga. Marco la bloqueó con un hechizo
de contención, pero la fuerza lo lanzó contra un muro.
Cristian corrió hacia él.
—¡Marco! ¡Vamos, hermano, no te rindas!
Marco, sangrando por la frente, se levantó con esfuerzo.
—Memo… por favor, basta. No eres un monstruo.
Por un momento, los ojos de Memo se apagaron. La lluvia se detuvo.
Desde el suelo, Regina observaba con una sonrisa helada.
“Perfecto… que se destruyan entre ellos”, pensó.
Pero algo inesperado ocurrió: Cristy, la hija de Regina, irrumpió en el tejado bajo
la lluvia.
—¡Memo! ¡Detente, por favor! —gritó.
Él la miró, confundido.
—¿Tú también me odias?
—No —dijo ella, llorando—. Solo quiero que te perdones.
El viento comenzó a calmarse. Memo cayó de rodillas, exhausto. La tormenta
empezó a disiparse lentamente, como si el cielo hubiera escuchado las palabras de
Cristy.
Marco se acercó y le ofreció la mano.
—Todos tenemos algo oscuro, Memo. Lo importante es no dejar que nos consuma.

59
Memo lo miró, entre cansado y avergonzado.
—Esto… no ha terminado, Cortez —susurró, antes de desaparecer con un destello
azul.

Horas después, la escuela estaba destrozada. Regina, vestida de impecable traje


morado, daba declaraciones a la prensa:
—Una tormenta eléctrica inusual afectó nuestras instalaciones. Pero tranquilos,
tomaremos medidas extremas para proteger a los estudiantes.
Sus ojos brillaron con malicia. Sabía que el miedo la hacía poderosa.
Mientras tanto, en el restaurante, los Cortez se reunieron con Gladis, Gabriel, y
Heidi.
—Fue demasiado peligroso —dijo Gladis, preocupada—. Si Memo puede provocar
tormentas, ¿qué sigue?
—No lo sé —respondió Alfonso con seriedad—. Pero debemos proteger nuestra casa
y el Arcui.
—El Arcui guarda secretos antiguos —añadió Heidi—. Si Regina lo consigue, todos
los hechiceros estaremos en peligro.
Úrsula y Gabriel llegaron empapados, tomados de la mano.
—La tormenta casi destruye mi casa —dijo ella—. Si no fuera por Gabriel, no estaría
aquí.
Gladis sonrió con picardía.
—Bueno, al menos salió algo bueno de tanto trueno.
Todos rieron suavemente, aliviando la tensión.

Esa noche, Marco salió a cerrar el restaurante y vio a Sharon bajo la tenue luz de
la calle.
—¿Aún despierta? —preguntó él, sonriendo.
—No podía dormir. La tormenta me asustó —respondió ella—. ¿Y tú?
—Digamos que tuve un día complicado.
Sharon lo miró con ternura.
—Lo bueno de las tormentas es que siempre pasan.
Marco sonrió.
—Y a veces, dejan el cielo más limpio.
Sin saberlo, una pequeña chispa de magia —un destello dorado— flotó entre ellos,
como si el universo confirmara que aquel lazo apenas comenzaba.
Y en lo alto, el Libro del Arcui se abrió en un rincón oculto del mundo, dejando que
una nueva página se escribiera sola con tinta de relámpago.“El poder no se mide
por la fuerza del trueno,sino por quien logra calmar la tormenta del corazón.”

60
Capítulo 13: El juramento del corazón
“El amor puede ser más fuerte que la magia, pero cuando ambos se unen en el
mismo latido, el destino entero comienza a reescribirse.”
— Libro del Arcui, Cántico VIII

El cielo de Sibervi amaneció despejado, como si la tormenta de días pasados


nunca hubiera existido. Pero dentro del corazón de muchos, aún quedaban truenos
silenciosos.
Marco Cortez se despertó más temprano que nunca. Llevaba el cabello revuelto,
la sonrisa dibujada y el corazón acelerado. No era por magia, sino por algo mucho
más peligroso: sentimientos.
—Hoy voy a hacerlo —dijo frente al espejo—. Hoy se lo diré a Sharon.
Darío levantó la vista desde el libro del Arcui que leía en voz baja y arqueó una
ceja.
—¿Decirle qué? ¿Que en realidad eres un desastre con los hechizos y el amor?
Marco lo empujó con una risa nerviosa.
—Decirle que me gusta, genio.
David, que entró comiendo pan con mantequilla, interrumpió con su típico
entusiasmo.
—¿Te refieres a Sharon, la que sonríe como si iluminara toda la cafetería?
—Sí, esa misma —respondió Marco.
—Entonces buena suerte, hermano. Porque si sale mal, mamá te pondrá a lavar
platos sin magia todo el mes.

En la escuela Sibervi, los pasillos estaban más tranquilos que de costumbre,


aunque el eco de la tormenta todavía era tema de conversación.
Sharon Martinez revisaba su casillero cuando Marco apareció con una sonrisa
nerviosa.
—¿Puedo hablar contigo? —preguntó.
—Claro —respondió ella, notando cómo se sonrojaba.
Fueron hasta el jardín trasero, donde las flores aún conservaban gotas de lluvia.
Marco tomó aire.
—Sharon… desde que te conocí, todo cambió. Me haces sentir que nada es
imposible, incluso cuando mi vida es un completo desastre.
Sharon lo miró sorprendida, pero con ternura.
—Marco, tú siempre haces que los días sean más divertidos… aunque también más
caóticos.
Él sonrió.
—Entonces… ¿eso es un sí?
—Eso es un beso —susurró ella.
Y así fue. El beso más esperado de Sibervi. Tímido, dulce, pero lleno de esa energía
que ni los hechizos más poderosos pueden contener.
Por supuesto, Las Chismolisas —Mercedes, Patricia y Lisa— lo vieron todo desde
la distancia, escondidas tras los arbustos.
61
—¡Tenemos la exclusiva del año! —exclamó Mercedes—.
—¡Marco y Sharon son novios! —dijo Patricia, mientras tecleaba en su celular.
—Esto va directo al blog, chicas —sentenció Lisa, riendo—. “El nuevo romance que
hace temblar a Sibervi.”

Esa misma tarde, Zuly caminaba con una sonrisa soñadora.


Frente a la heladería, la esperaba Fercho, nervioso, vestido con chaqueta nueva.
—¿Lista para nuestra cita? —preguntó.
—Claro, Lobo 21 —dijo ella con ilusión.
Fercho casi se atraganta.
—¿Qué… qué dijiste?
—Que me encanta lo que escribes en el blog. Eres tan profundo, tan misterioso…
Él sonrió con fingida seguridad.
—Sí… bueno, la inspiración viene del alma.
(Zuly no notó que detrás de ellos, Cristian observaba en silencio, con el corazón
encogido.)

En otro rincón, Estrella (Orácula) seguía mirando a Cristian con desesperación.


—Si no puedo tener su corazón, al menos tendré su mente —susurró.
Alzó la mano y un brillo plateado envolvió su mirada. Cristian, que aún dudaba
entre Zuly y ella, empezó a sentirse confundido.
—Estrella… últimamente no sé qué me pasa —balbuceó él.
—Solo déjate llevar —respondió ella con una sonrisa hipnótica.
Pero la magia no engañaba al corazón; sólo lo dormía.

En el parque, Heidi observaba a Memo practicar con sus poderes en secreto,


lanzando rayos controlados hacia una botella.
—Oye, no está mal —dijo, acercándose—. Estás aprendiendo a controlar tu energía.
Memo ni siquiera la miró.
—No necesito tus elogios.
—Solo quería ayudarte…
—No necesito compasión.
Heidi bajó la mirada.
—No es compasión… es cariño —susurró, pero Memo ya había desaparecido entre
la bruma.
Ella se sentó, triste. No podía evitarlo: estaba enamorada de alguien que no sabía
amar todavía.

Esa noche, en el restaurante “Metro Stop Café”, Alfonso reunió a sus hijos en el
sótano, donde guardaban el Arcui.
—Hay algo que deben saber —dijo con tono grave—. Nuestra familia lleva un legado
que muchos desconocen.
El libro se abrió por sí solo, revelando una página antigua con letras doradas.

62
“La Elegida nacerá entre luces y secretos.
Su linaje guardará el poder del Arcui,
hasta que el juramento del corazón sea cumplido.”
—La Elegida fue una antepasada nuestra —explicó Alfonso—. Una hechicera tan
poderosa que selló el Hechizo Candado, un conjuro capaz de robar o encerrar
poderes. Por eso solo nosotros podemos ver el Arcui… porque somos sus herederos
directos.
Darío asintió, impactado.
—Entonces… proteger el Arcui no es solo una tarea. Es nuestro destino.
Marco frunció el ceño.
—¿Y si el destino está equivocado? ¿Y si mantener tanto poder nos destruye?
David añadió:
—O peor… si alguien como Regina o Memo lo usa.
El silencio llenó la sala. El dilema moral era claro: ¿usar el poder para protegerse o
renunciar a él por el bien del mundo mágico?
Alfonso los miró con orgullo.
—Ser un Cortez no significa tener poder, sino decidir cómo usarlo.

En la mansión Villegas, Úrsula servía té mientras Gabriel le contaba chistes


sobre su juventud.
—Entonces te lanzaste al agua solo por salvar una pizza —rió ella.
—Era una pizza especial —respondió él, guiñándole un ojo.
La risa se convirtió en algo más: un silencio cómodo, una mirada larga.
Gabriel le tomó la mano.
—Ursula, creo que esto… ya es algo más que amistad.
Ella sonrió con dulzura.
—Lo sé.
En la puerta, Memo los observó a lo lejos, sintiendo un vacío en el pecho.
—Papá… —susurró, mirando al cielo—. Ojalá estuvieras aquí.
Minutos después, Loló, la madre de Cristian, apareció con una bandeja.
—Memo, ¿puedo hablar contigo?
—No estoy de humor.
—A veces el humor llega cuando uno se deja ayudar —dijo ella, sonriendo—. No
tienes que cargar con todo solo.
Memo evitó su mirada.
—Usted no entiende.
—Entiendo más de lo que crees —respondió Loló con voz maternal.
Él suspiró, pero no contestó. Cuando ella se fue, murmuró:
—Tal vez sí entiende…

Mientras tanto, Darío y Cristy caminaban por el parque de la ciudad.


—¿Sabías que eras diferente desde pequeña? —preguntó él.
—Siempre lo supe —respondió ella, mirando el suelo—. Pero un día mi madre… me
quitó mis poderes.

63
Darío se detuvo, impresionado.
—¿Qué?
—Usó un hechizo prohibido. Dice que fue por mi bien, pero yo siento que… me robó
parte de mi alma.
Darío tomó su mano.
—Te prometo que voy a ayudarte a recuperarlos. No estás sola, Cristy.
Ella sonrió por primera vez sin miedo.

Cuando el rumor del noviazgo de Marco y Sharon explotó en las redes de Sibervi,
Adriana Ruiz casi tiró su celular.
—¡¿Cómo que son novios?! —gritó, furiosa.
Su rabia hizo que una lámpara de su habitación se encendiera sola.
—¿Qué…? —susurró—. ¡Puedo hacer magia!
Una sonrisa siniestra se formó en su rostro.
—Perfecto… ahora sí sabrán quién soy de verdad.

En el viejo garaje donde los Mapaches se reunían, Guicho y Fercho se


escondían detrás de cajas.
—¿Tú crees que Memo nos vaya a electrocutar otra vez? —susurró Guicho.
—Shh… no lo invoques —respondió Fercho.
De pronto, Memo entró. Ellos se encogieron, temblando.
Memo soltó una risa suave.
—No voy a hacerles daño, tontos.
Guicho se asomó.
—¿De verdad?
Memo asintió.
—Somos un equipo. Y nadie podrá separarnos.
Fercho sonrió.
—¿Ni siquiera una tormenta?
Memo sonrió por primera vez en días.
—Ni una tormenta.
Los tres se miraron y comenzaron a tararear su himno:
“Dueños de este mundo, Nos llaman Los Mapaches y somos muy paches.”
El eco de su canto resonó como una promesa. En algún lugar, el Arcui volvió a
brillar tenuemente, como si aprobara aquel extraño equilibrio entre amor, magia y
caos.

64
Capítulo 14: Secretos bajo la lluvia
“El amor oculta verdades que ni la magia puede revelar;
pero a veces, mentir por amor es el primer paso hacia la pérdida.”
— Libro del Arcui, Cántico IX

El amanecer sobre Sibervi trajo una calma engañosa. Los rumores sobre los
romances, las tormentas y los hechizos seguían corriendo como un río subterráneo.
Nadie hablaba directamente de magia, pero todos sentían que algo invisible se
movía entre los pasillos.
En el Metro Stop Café, Gladis Cortez organizaba con entusiasmo los
ingredientes de su famoso “sandiws especial”.
—Alfonso, ¡no puedo creerlo! —decía emocionada—. ¡Mi receta fue seleccionada
para el concurso de los mejores restaurantes de la ciudad!
Alfonso, que llevaba un delantal cubierto de harina, levantó los brazos en señal de
triunfo.
—¡Por fin reconocerán tu talento, amor mío! Esto merece una decoración
espectacular.
Entre los dos comenzaron a adornar el café con guirnaldas, flores y luces, pero
como era costumbre, Alfonso terminó tropezando con una cubeta de pintura.
—¡Ay, Alfonso! —gritó Gladis—. ¡Tenías que arruinarlo justo antes del jurado!
—Tranquila, tranquila… tengo un plan.
Alzó el teléfono y marcó.
—¿David? Necesito un favor mágico urgente.
Minutos después, David Cortez apareció con una sonrisa traviesa y un chasquido
de dedos.
El local se iluminó como un escenario de gala: luces suspendidas, mesas flotando
suavemente, cortinas que brillaban como auroras.
—Listo —dijo David—. Un toque de Cortez nunca falla.
Gladis suspiró.
—Solo espero que los inspectores no noten nada… raro.
Alfonso guiñó un ojo.
—Tranquila. Si alguien pregunta, decimos que fue “iluminación ambiental de
Sibervi”.

Mientras tanto, Adriana Ruiz se paseaba frente al espejo, ensayando sonrisas


falsas.
—¿Así se ve una chica que acaba de ser ignorada por el chico que le gusta? —dijo
con sarcasmo—. No más.
Se había propuesto separar a Marco y Sharon a cualquier costo.
Esa tarde, los observó desde lejos, tomados de la mano en el jardín del colegio.
Cada gesto, cada risa, la enfurecía más.
—Si la magia los unió, la magia los puede separar —susurró.
Se acercó con su sonrisa más dulce.
—Hola, chicos. Qué lindo verlos tan… felices.
65
Sharon sonrió amablemente.
—Gracias, Adriana.
—¿Sabías, Marco, ¿que la feria de ciencias coincide con el aniversario de la última
tormenta? Qué romántico, ¿no?
Marco sintió el sarcasmo, pero respondió tranquilo.
—Sí, Sharon y yo estaremos ahí.
Adriana frunció los labios y se alejó, frustrada.
Sin embargo, lejos de separarlos, sus intentos parecían fortalecer la unión.
Esa tarde, en la terraza del café, Sharon se sinceró.
—Marco, hay algo que nunca te conté —dijo, mirando el horizonte—.
—¿Qué pasa?
—Odio lo sobrenatural. Lo mágico. Todo eso.
Marco tragó saliva.
—¿Por qué?
—Cuando era niña, mis padres me llevaron a un circo. Mi hermana, Daniela, subió
al escenario para un truco de desaparición… y nunca volvió. —Su voz tembló—.
Nadie la encontró. Ni los magos, ni la policía. Desde ese día, odio la magia.
Marco se quedó sin palabras. Sentía el corazón encogerse.
—Sharon… lo siento mucho.
Ella lo miró con lágrimas contenidas.
—Por eso me gusta estar contigo, Marco. Porque tú eres… normal.
Él asintió, fingiendo una sonrisa.
—Sí. Totalmente normal.
Pero por dentro, un nudo de culpa se apretaba. El secreto pesaba más que
cualquier hechizo.

En el patio de Sibervi, Cristian y Zuly se encontraron por casualidad.


—Hola… —dijo ella, nerviosa.
—Hola… —respondió él, igual de torpe.
Por un momento, el silencio fue cómplice, hasta que una voz rompió la magia:
—¡Zuly, amor! —gritó Fercho, apareciendo con flores.
Detrás de él, Estrella (Orácula) se aferraba del brazo de Cristian.
—¿No vas a presentarme, cariño? —dijo con su sonrisa forzada.
El momento fue incómodo. Muy.
Y como si fuera poco, Lisa, una de las Chismolisas, tomó una foto y la subió a su
blog con el título:
“¡Parejas cruzadas! ¿Celos o casualidad?”
La publicación explotó en minutos.

En la oficina de Úrsula Villegas, Loló revisaba papeles y cuentas.


—Todo está en orden, aunque este año el presupuesto de becas se duplicó. ¿De
verdad piensas mantenerlas?
—Por supuesto —respondió Ursula, firme—. Cada año, un estudiante de bajos
recursos debe tener su oportunidad en Sibervi.

66
Loló sonrió.
—A veces olvido que tienes más corazón que orgullo.
—No lo digas tan fuerte, que Memo podría escucharnos —bromeó Ursula.

En el viejo garaje, Memo y los Mapaches afinaban guitarras y tambores.


—Vamos a romperla en el festival —decía Guicho, golpeando el bombo—.
De pronto, se abrió la puerta y apareció Adriana.
—Necesito tu ayuda, Memo.
Él levantó una ceja.
—No hago favores.
—No te conviene decirme que no.
Ambos extendieron la mano al mismo tiempo y una chispa eléctrica iluminó el aire.
Fercho y Guicho gritaron, cubriéndose los ojos.
—¡Paren, van a volar el techo! —exclamó Fercho.
Memo bajó la mano, intrigado.
—Está bien. ¿Qué quieres?
—Quiero separar a Marco y Sharon. Estoy enamorada de él.
Memo rió con ironía.
—Créeme, lo intenté. Una tormenta los unió. Son imposibles de romper.
Adriana se cruzó de brazos.
—Entonces hagámoslo juntos. Dos contra dos.
Memo la miró, pensativo, y finalmente asintió.
—Trato hecho.

En su oficina, Regina Olivares analizaba antiguos pergaminos.


—Debe haber una forma de romper el conjuro del edificio Cortez… —murmuró.
Una runa brilló frente a ella, pero se desintegró al tocarla.
—No importa cuánto cueste. Ese Arcui será mío —susurró con voz fría.
Mientras tanto, Darío y Cristy caminaban por el jardín de Sibervi, entre risas y
miradas cada vez más tiernas.
—No sé qué haría sin ti —le dijo Cristy.
Darío sonrió.
—Lo mismo digo.
Estaban a punto de besarse cuando una voz los interrumpió.
—¡Darío! —gritó Eduardo, su mejor amigo—. ¡Necesito ayuda con el proyecto de
robótica!
Cristy retrocedió avergonzada.
—Parece que el destino tiene otros planes —dijo sonriendo.
Darío suspiró.
—Siempre los tiene… pero algún día se rendirá.

Lejos de allí, en el mercado oculto del mundo mágico, Gabriel Cortez observaba
frascos de colores y plumas encantadas.
—Ah, escamas de dragón… y con descuento —dijo con emoción—.

67
El vendedor lo miró divertido.
—No muchos magos disfrutan comprar pociones.
—Yo no soy “muchos magos” —respondió Gabriel, guiñando un ojo—. Me relaja.
Además, Úrsula ama los regalos poco comunes.

En la cafetería, Marco y Cristian compartían una mesa.


—Bro, Sharon me contó lo de su hermana —dijo Marco, serio—.
Cristian bajó la mirada.
—Sí… recuerdo ese caso. Se llamaba Daniela Martinez. Desapareció en un acto de
magia en el Circo Solaris. Nadie supo más.
Marco apretó los puños.
—Quisiera ayudarla, pero si supiera que soy hechicero…
—No la perderás. Pero deberías averiguar quién fue ese mago —dijo Cristian—. Tal
vez ahí esté la clave.
En ese instante, Estrella irrumpió con una sonrisa encantadora.
—¿Interrumpo algo? —preguntó, tomando a Cristian del brazo.
—Solo una conversación —dijo Marco, incómodo.
—Pues ya terminó —respondió ella, arrastrando a Cristian.
Marco la observó alejarse, confundido por la tensión invisible que emanaba de
Estrella. Algo en su energía no se sentía natural.
Al mismo tiempo, Zuly y Fercho caminaban por el parque.
—Oye, Fercho… —dijo ella, entrecerrando los ojos—.
—¿Sí?
—He estado pensando… tus publicaciones en el blog suenan diferente últimamente.
¿Segura estoy hablando con Lobo 21?
Fercho tragó saliva.
—¿Qué? ¡Claro que sí! Solo… me he vuelto más poético.
—Ajá —respondió ella, dudosa.
Apenas se alejó, Fercho corrió directo al garaje.
—¡Memo, necesito ayuda! —exclamó—. Zuly sospecha que no soy Lobo 21.
Memo sonrió con malicia.
—Entonces hagamos que se enamore más de ti.
Abrió su mano, dejando salir una pequeña esfera de energía violeta.
—¿Estás seguro? —preguntó Fercho.
—El amor es el mejor disfraz.
El hechizo salió disparado hacia el aire. A los minutos después, Zuly no podía dejar
de pensar en Fercho. Literalmente.
Sus ojos brillaban, su voz tartamudeaba, y su corazón latía como tambor.
—Fercho… eres… perfecto —dijo con una sonrisa exagerada.
Fercho, aterrado, murmuró:
—Creo que Memo se pasó de dosis.
Y mientras tanto, sobre Sibervi, el Arcui volvió a brillar, presintiendo que el
verdadero caos estaba a punto de comenzar.

68
Capítulo 15: Secretos al sabor del triunfo
“Los caminos del destino se mezclan como especias en un plato:
una pizca de amor, una gota de poder… y el fuego de la verdad aún por
encender.”
— Fragmento del Libro del Arcui, Verso XIII

El Metro Stop Café amaneció envuelto en aromas dulces y nervios. Gladis


Cortez no había dormido en toda la noche, repasando su receta una y otra vez.
—¿Lista para la gran final? —preguntó Alfonso, ajustándose su corbata torcida.
—Más que lista —respondió ella con determinación—. Hoy vamos a demostrar que
el sabor también puede ser mágico… sin usar magia.
El concurso de restaurantes reunía a los mejores locales de la ciudad, y aunque
Gladis y Alfonso no tenían el presupuesto de otros, tenían algo mejor: pasión.
El jurado probó cada platillo, anotando en silencio. Cuando llegó su turno, Gladis
presentó su “sandiws especial” con una sonrisa orgullosa.
—Un bocado del alma de Metro Stop Café —anunció Alfonso, nervioso.
Los jueces probaron. Hubo silencio. Luego, un aplauso espontáneo.
Horas más tarde, el veredicto llegó:
—¡Ganadores del concurso: Metro Stop Café!
Gladis soltó un grito de alegría y abrazó a Alfonso entre lágrimas.
—¡Lo logramos!
—Siempre supe que tenías magia en las manos —respondió él, emocionado.
El público aplaudía mientras Marco, Darío, David y Cristian levantaban carteles
improvisados que decían: “¡Orgullo Cortez!”

Esa misma tarde, Gabriel apareció con una sonrisa y una pequeña caja envuelta
en terciopelo rojo.
—Un regalo, Úrsula —dijo, ofreciéndosela con cierta timidez.
Ella la abrió y dentro encontró una brillante escama de dragón azul.
—¿Sabes lo que es esto? —preguntó sorprendida.
—Claro —respondió él—. La compré en el mercado mágico.
Los ojos de Úrsula se iluminaron.
—Entonces… tú también conoces el mundo mágico.
Por un instante, el silencio los unió más que las palabras.
Úrsula respiró hondo y bajó la mirada.
—Mi generación fue… distinta. La magia saltó mi línea familiar. Nunca obtuve
poderes, pero aprendí de conjuros y artefactos.
Gabriel sonrió.
—Eso explica tu fascinación por los objetos encantados.
—Y tú —añadió ella—, eres diferente a los demás magos. No buscas poder, sino
comprensión.
—Quizás por eso te admiro —dijo él, con voz baja.
Por primera vez, Úrsula se sonrojó.
—Entonces… ¿esto es una cita mágica?
69
Gabriel rió.
—Si tú quieres, sí.

En el colegio Sibervi, el ambiente también hervía de competencia, pero esta vez


artística.
Adriana Ruiz, tras varios desplantes de Sharon y discusiones internas con las
Divinas, decidió cortar lazos.
—No necesito su brillo falso —dijo arrojando su cinta de grupo al suelo—. A partir
de ahora, soy una Mapache.
Los Mapaches la recibieron con aplausos y bromas, especialmente Guicho, que
exclamó:
—¡Bienvenida al lado salvaje!
Mientras tanto, Sharon preparaba su propio grupo con entusiasmo.
—Marco, Cristian, Darío, Cristy y David —dijo sonriendo—, ustedes son perfectos.
Cristy alzó la mano.
—¿Y cómo nos llamaremos?
Sharon pensó un momento y respondió:
—Los Búhos.
—¿Por qué? —preguntó Marco.
—Porque ven más allá de lo evidente.
Todos rieron, sin saber que ese nombre los uniría más allá de la música.

En su oficina, Regina Olivares hojeaba expedientes cuando un resplandor


invadió el lugar.
Estrella (Orácula) apareció frente a ella, envuelta en un aura pálida.
—Tú… —murmuró Regina, levantándose con furia—. ¡Por tu culpa quedé marcada
por el Consejo hace años!
—Y por tu culpa quedé encerrada en el Horáculo —replicó Estrella con tono
desafiante—.
Ambas extendieron las manos y los objetos comenzaron a flotar.
Un rayo de energía chocó contra el techo, rompiendo lámparas y estanterías.
La pelea mágica era brutal y silenciosa.
De pronto, la puerta se abrió de golpe.
—¿Qué sucede aquí? —exclamó Florencia Martinez, la profesora de Expresión
Artística… y madre de Sharon.
Ambas hechiceras se inmovilizaron.
—Solo… una discusión académica —dijo Regina, recuperando la compostura.
Florencia, sin sospechar nada, asintió.
—Regina, por favor, no asustes a las visitantes.
Cuando Florencia salió, Regina bajó la mano.
—Parece que estamos condenadas a entendernos, Estrella.
—¿Qué quieres decir?
—Una tregua. Si me ayudas a conseguir el Arcui, te ayudaré a regresar a tu tiempo.
Estrella la observó con cautela.

70
—Regresaré… pero no sola. Quiero llevarme a Cristian conmigo.
—Hecho —dijo Regina, sonriendo con malicia—. Solo consigue el libro.

En otro extremo del colegio, Cristian observaba a Zuly en el patio.


Ella reía exageradamente con Fercho, acariciándole el cabello, dándole dulces,
abrazándolo cada cinco segundos.
—Esto ya es demasiado —murmuró Cristian, celoso.
Estrella apareció a su lado.
—¿Celoso? No deberías. Ella no vale tanto.
Cristian la miró, molesto.
—No digas eso.
En ese momento, una ráfaga de viento sopló entre ellos y la magia que unía a
Cristian al hechizo de Estrella se desvaneció.
El brillo en sus ojos cambió.
—¿Qué… qué me hiciste?
—Nada que tú no hubieras permitido —susurró ella, retrocediendo.
Cristian respiró agitado y, por primera vez, comprendió la verdad:
—Yo no te amo, Estrella. Amo a Zuly.
La joven hechicera lo miró con dolor, luego desapareció en un destello de luz.

Zuly, por su parte, seguía mimando a Fercho como si el mundo girara a su


alrededor.
—¿Quieres más chocolates? ¿Más agua? ¿Más selfies?
Fercho, abrumado, intentó mantener la compostura.
—Eh… sí, claro, gracias, Zuly.
Pero cuando ella se alejó un segundo, se volvió hacia los Mapaches.
—¡Memo! Creo que tu hechizo funcionó demasiado bien.
Memo, divertido, soltó una carcajada.
—Disfrútalo mientras dure. El amor no suele ser tan fácil.

Esa noche, en una caminata tranquila, Marco y Sharon compartían una taza de
chocolate frente al parque.
—¿Cómo eras de niña? —preguntó él.
Sharon sonrió con nostalgia.
—Inquieta. Siempre jugaba con Daniela. Ella era la valiente, la que se subía a los
árboles y me protegía de todo.
—¿Y el circo?
—Fue el último recuerdo con ella. Desde entonces, nunca volví a confiar en nada
que dijera “mágico”.
Marco bajó la mirada.
—¿Y si un día descubres que la magia no es mala?
—Entonces tal vez… le dé una segunda oportunidad —respondió, sin saber lo cerca
que estaba de la verdad.

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Mientras tanto, en el Metro Stop Café, Gladis y Alfonso celebraban su victoria
con toda la familia.
—¡Un brindis por el mejor café de Sibervi! —gritó Alfonso.
Los vasos se alzaron entre risas y abrazos.

En el campo deportivo, David entrenaba fútbol cuando vio a Adriana pasar con
su uniforme nuevo de los Mapaches.
Por un instante, el tiempo se detuvo.
Ella lo miró de reojo y sonrió con picardía.
—No te ilusiones, Cortez. No eres mi tipo.
David, paralizado, solo atinó a decir:
—Eso dicen… antes de enamorarse.
Ella soltó una carcajada.
—Sigue soñando.

Esa noche, Regina y Estrella se encontraron de nuevo.


Ambas estaban agotadas, pero el trato era claro.
—El Arcui está protegido por un conjuro familiar —dijo Estrella.
—Lo sé. Pero cada hechizo tiene una grieta —respondió Regina.
Estrella entrecerró los ojos.
—¿Y si te traiciono?
—Entonces te quedarás atrapada para siempre en este tiempo.
Estrella apretó los labios.
—Está bien. Te ayudaré… pero cuando regrese, lo haré con Cristian.
Regina sonrió.
—Entonces los dos estarán exactamente donde quiero: dentro de mi historia.
Mientras tanto, en la distancia, el Arcui volvió a brillar débilmente entre las
paredes del edificio Cortez, como si advirtiera que un nuevo peligro se acercaba.
Y así, mientras el amor florecía, los pactos oscuros también se sellaban.
El destino, una vez más, se escribía… al ritmo de sus corazones.

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Capítulo 16 — Sombras de Lealtad
“El poder no corrompe al corazón… sólo revela qué tan vacío estaba antes de
obtenerlo.”
— Libro del Arcui, Verso XV

El amanecer sobre Sibervi trajo una calma extraña. En los pasillos del colegio, los
carteles de los Intercolegiales colgaban de las paredes como banderas de guerra.
Los equipos estaban divididos: Los Búhos, liderados por Sharon y Marco, y Los
Mapaches, comandados por Memo Villegas.
Lo que comenzó como un simple concurso musical, ahora era una batalla de
orgullo.

Memo observaba su reflejo en el espejo del salón de ensayo. Sus ojos tenían un
brillo nuevo, oscuro y atractivo.
—“Eres más fuerte de lo que creen, Guillermo,” —susurró Regina, su voz flotando
como un eco encantado dentro del cristal—. “Deja de seguir a los Cortez. Ellos no
merecen tu talento… pero yo sí puedo darte el poder que te niegan.”
Él apretó los puños.
—¿Poder? ¿Para qué lo quiero?
—Para ser admirado. Para que todos te teman y respeten.
Un resplandor púrpura envolvió sus manos. La magia respondía a su enojo,
alimentándose de su rencor.
Regina sonrió desde su oficina, viendo la escena a través de su espejo encantado.
—Exacto… deja que la tormenta crezca.

Esa tarde, Guicho y Fercho observaban a Memo conjurar pequeñas ráfagas de


viento que hacían volar las partituras del grupo rival.
—Memo, esto ya se está saliendo de control —dijo Fercho, nervioso—. Son tus
compañeros, no tus enemigos.
—No entiendes nada —replicó Memo con tono seco—. Marco se cree el héroe,
Cristian el favorito. ¡Es hora de que aprendan quién manda aquí!
Guicho bajó la mirada. Fercho, aunque asustado, no pudo evitar sentirse atrapado
entre su amistad y el miedo.
—Harás lo que te digo, Fercho —ordenó Memo—. Y tú, Guicho, vigila a los Búhos.
No quiero sorpresas.

En el patio, Cristian y Zuly ensayaban para la competencia. Zuly, aún confundida


por el hechizo de amor, seguía actuando extraña.
—Zuly, necesito hablar contigo —dijo él con voz firme.
—¿Otra serenata, Lobo 21? —bromeó ella.
Cristian respiró profundo, cerró los ojos y, con un murmullo aprendido en silencio,
la beso y de repente rompió el hechizo de Estrella. Una chispa dorada se
desvaneció del pecho de Zuly.

73
Ella parpadeó, como despertando de un sueño.
—¿Qué… qué pasó?
—Fuiste víctima de un encantamiento —dijo él—. Pero ya eres libre.
Zuly lo miró fijamente, reconociendo en su mirada aquella energía que la había
conquistado en línea.
—Tú… tú eres Lobo 21.
Cristian asintió.
Zuly sonrió con lágrimas en los ojos.
—Siempre lo supe.
Sin decir más, se abrazaron. Luego, el beso llegó natural, sincero.
Los Mapaches que los observaban estallaron en vítores.
—¡Por fin! —gritó Guicho—. ¡Ya era hora de que estos dos se dieran cuenta!

En la biblioteca del edificio Cortez, Loló hojeaba un antiguo tomo con cubiertas de
cuero rojo. Era un libro de las Guardianas del Arcui, legado familiar reservado a
mujeres sabias.
Sus dedos se detuvieron en una página marcada con símbolos lunares.
—“Orácula… hechicera desterrada, conocida por manipular la línea del tiempo y
corromper corazones jóvenes.”
El retrato ilustrado era inconfundible: Estrella.
Loló cerró el libro de golpe.
—Sabía que había algo raro en esa muchacha. No es una guía… es una bruja del
pasado.
Su mirada se endureció.
—Memo necesita un guardián… antes de que sea demasiado tarde.

Mientras tanto, Darío y Cristy paseaban por el Mercado de la Niebla, en el


mundo mágico. Las luces flotaban, los objetos hablaban y las sombras bailaban al
ritmo de un violín invisible.
—¿Siempre es así de… vivo este lugar? —preguntó Darío.
Cristy sonrió.
—Aquí nada muere del todo. Todo tiene energía. Incluso los sentimientos.
Él le tomó la mano.
—Entonces… si un sentimiento es fuerte, ¿puede quedarse para siempre?
—Depende de quién lo sienta —respondió ella, mirándolo con ternura.
Se acercaron. Entre un resplandor de luciérnagas flotantes, sus labios se
encontraron.
Cristy se separó sonriendo.
—Hace mucho que nadie me veía como tú lo haces, Darío.
—Y yo… hace mucho que no creía en la magia —respondió él.

En la cafetería Metro Stop Café, Gladis preparaba un nuevo postre para celebrar
el éxito reciente.
—Este mousse de café con canela va a romper corazones —dijo, batiendo con

74
entusiasmo.
Alfonso, intentando ayudar, tropezó con una bandeja y volcó media mezcla al piso.
—¡Alfonso! —gritó Gladis, entre divertida y molesta.
—¡Estoy practicando el arte del caos culinario! —bromeó él.
Gabriel y Ursula, que estaban en una mesa cercana, rieron.
—Son el alma de este lugar —comentó Gabriel.
Úrsula asintió, sosteniendo su taza de té.
—A veces pienso que ellos son la verdadera magia de esta familia.
Gabriel la miró con cariño.
—Y tú eres la sabiduría que equilibra la locura.
Úrsula sonrió.
—Te estás ganando puntos, mago.
—Entonces invítame a perderlos juntos —respondió él, tomándola de la mano.

Los ensayos para la final de los Intercolegiales eran intensos.


Los Búhos practicaban una fusión de pop y sonidos místicos, dirigidos por
Sharon.
Ella no sospechaba nada sobrenatural; solo veía talento y dedicación.
—Marco, esa armonía estuvo perfecta —dijo sonriendo—. Si seguimos así,
ganaremos.
—Mientras tú estés al frente, no hay duda —respondió él.
Al otro lado del gimnasio, Los Mapaches preparaban un show lleno de luces y
efectos creados por la magia de Memo.
—Vamos a dejarlos en ridículo —gruñó él—. Nadie se burla del poder Villegas.
Fercho levantó la mano, nervioso.
—Memo, ¿seguro que necesitamos esos… hechizos? Tal vez podríamos ganar sin
trampas.
Memo lo fulminó con la mirada.
—¿Tienes miedo?
—No… sólo conciencia.
Guicho intentó mediar.
—Fercho tiene razón. No podemos seguir así.
Memo golpeó el teclado, haciendo estallar una descarga que hizo temblar los
amplificadores.
—¡Aquí mando yo!
El ambiente se volvió tenso. Por segunda vez, sus amigos comenzaron a dudar de
él.

En los pasillos, David Cortez esperaba a Adriana con un ramo improvisado de


girasoles.
Ella apareció, con su habitual aire de reina.
—¿Y esto? —preguntó frunciendo el ceño.
—Flores para ti —dijo él—. Porque aunque no lo creas, hay alguien que te admira.

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Adriana suspiró.
—David… eres dulce, pero pierdes tu tiempo.
—¿Por qué?
—Porque a quien amo… jamás me miraría igual.
David bajó la mirada.
—Marco, ¿verdad?
Ella no respondió, pero su silencio fue suficiente.
El muchacho sonrió con tristeza.
—Entonces solo te deseo suerte… porque mi hermano tiene el corazón tomado.

La noche de la final llegó. El auditorio vibraba con la emoción de cientos de


estudiantes.
Los Búhos subieron primero. Su presentación fue impecable: armonías suaves,
letras esperanzadoras y una energía pura que conmovió al público.
Sharon brillaba en el centro, ajena a la magia que la rodeaba.
Luego, subieron Los Mapaches.
El espectáculo de Memo comenzó con luces, humo y truenos falsos. Todo iba bien
hasta que su magia se desbordó.
Una corriente de aire salió disparada, rompiendo una de las pantallas.
Los alumnos gritaron.
Fercho corrió hacia él.
—¡Memo, detente!
Memo, fuera de sí, extendió la mano y lanzó un rayo que impactó contra el suelo.
Por un segundo, todo se oscureció.
Cuando las luces volvieron, Regina observaba desde el fondo con una sonrisa
satisfecha.
El caos había comenzado.

En el edificio Cortez, Loló cerró su libro con preocupación.


—Si Estrella volvió… significa que el Arcui está despertando.
Gabriel y Úrsula intercambiaron miradas.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó él.
—Encontrar al verdadero guardián antes que Regina lo corrompa del todo —
respondió Loló.
Y lejos de allí, en el patio vacío del colegio, Memo se arrodillaba bajo la lluvia,
temblando.
—¿Qué… qué me está pasando? —susurró.
Su reflejo en el charco le devolvió una mirada sombría.
A lo lejos, una voz femenina respondió, como un eco de advertencia:
—“El poder que no entiendes… terminará por devorarte.”
El viento sopló con fuerza. La tormenta —su tormenta— apenas comenzaba.

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Capítulo 17 — El Interrogatorio de la Directora
El silencio es un arma, y las preguntas son conjuros disfrazados.
— El Arcui, Fragmento XXIII: La verdad oculta
El día después del desastre del concierto amaneció gris, y SIBERVI parecía envuelto
en un silencio espeso, lleno de rumores. Desde que Marco cruzó la entrada principal,
podía sentir miradas sobre él. Los Mapaches murmuraban entre sí; las Chismolisas
escribían frenéticamente en sus tablets; algunos profesores fingían que no sabían
nada, pero la tensión en sus rostros los delataba.
Cristian caminaba junto a Marco, moviendo la mochila nervioso.
—Bro… lo que pasó anoche no fue normal —susurró, bajando más la voz—. Y
Regina no es tonta.
Marco tragó saliva. El eco del temblor, las luces vibrando, la explosión del audio…
todo eso seguía dándole vueltas en la mente. Él no había usado magia, pero algo
había reaccionado. Algo cercano. Algo peligroso.
Y justo entonces, la voz de la directora resonó por los altavoces:
—Marco Cortez, preséntate en mi oficina de inmediato.
El pasillo entero se quedó en silencio.
Cristian se detuvo.
—Si no vuelves… yo heredo tus audífonos —intentó bromear.
—Cállate —respondió Marco, aunque con una sonrisa débil.
Pero en el fondo, sentía un nudo de temor. Regina siempre fue estricta, pero
anoche había mostrado una habilidad casi instintiva para detectar energía mágica.
Y si sospechaba de él, las cosas podían complicarse mucho.

La oficina de la directora estaba impecable como siempre. Libreros perfectamente


ordenados, diplomas enmarcados, una planta cuyas hojas parecían moverse más de
lo que el viento permitía. Regina lo miró desde su escritorio como si fuera una pieza
de un rompecabezas que ella intentaba descifrar.
—Siéntate, Marco —ordenó con voz firme.
Él obedeció.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Por el… accidente del concierto.
Regina cerró una carpeta con un golpe seco.
—Accidente no es la palabra que usaría. Lo que ocurrió en ese escenario fue
irregular. Hubo vibraciones, chispas, un estallido poco común… Nada coincide con
un desperfecto técnico.
Marco sintió un vacío en el estómago.
—Yo no hice nada. Solo estaba afinando.
—Siempre dicen eso —respondió Regina sin mirarlo—. Pero las cosas no explotan
solas, Marco. Y tú estabas exactamente en el centro.

77
Marco respiró hondo.
Debía protegerse. No podía permitir que ella siguiera buscando más de la cuenta.
Sin mover la mano demasiado, trazó con un dedo un pequeño símbolo del Arcui
sobre su pierna. Hechizo de eco neutral, un encantamiento simple que proyectaba
serenidad y difuminaba sospechas. El aire vibró suavemente, casi imperceptible.
Regina parpadeó.
—Supongo que… pudo haber sido un desperfecto —dijo ella, aunque con duda en la
voz.
El hechizo funcionaba, pero Marco sabía que era un efecto temporal, una calma
falsa.
—Debo hacerte algunas preguntas —continuó la directora, ya con un tono más
evaluativo—. ¿Dónde estabas cuando comenzó la vibración?
—A un lado de Cristian. Afinando mi guitarra.
—¿Viste electricidad estática? ¿Alguna anomalía?
—No… solo mucha emoción del público.
Regina anotaba sin apartar los ojos de él.
—¿Alguien manipuló la consola de sonido antes?
Marco pensó en Memo. Su mirada rara. Su rabia. Esa energía dorada desconocida.
Pero no podía acusarlo.
No sin estar seguro.
—No —respondió—. No vi a nadie.
Regina cerró la carpeta lentamente.
—Por ahora no tengo pruebas suficientes. Pero no voy a ignorar lo ocurrido. Te
estaré observando, Marco. Muy de cerca. Y si ocurre otro evento como este…
tomaré medidas.
Él se levantó, intentando que no se notara la sacudida en sus piernas.
Y salió.

Sharon esperaba en el pasillo, mordiéndose las uñas. Zuly estaba junto a ella,
cruzada de brazos.
—¡Marco! —exclamó Sharon en cuanto lo vio—. ¿Estás bien?
—Sí… solo preguntas y más preguntas.
La preocupación en los ojos de ella hizo que Marco se sintiera un poco menos
pesado.
—Yo sé que no fue tu culpa —dijo ella con firmeza—. Lo vi todo.
Marco evitó mirarla mucho rato. Había algo en Sharon que hacía que la magia
dentro de él temblara de manera extraña.
Zuly los observó con una ceja levantada.
—son los novios perfectos, no digan que no lo advertí.
Ambos se sonrojaron.

78
Darío caminaba por el patio con una carpeta en mano, cuando escuchó pasos
apresurados detrás de él. Era Cristy, intentando alcanzarlo.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó.
—Claro —respondió él, aunque sorprendido—. ¿Todo bien?
—Tú eres el que no parece bien —dijo ella—. Estás preocupado por tu hermano.
—Marco se mete en problemas hasta cuando respira —respondió Darío—. Pero él
no es malo. La gente lo malinterpreta.
Cristy lo observó con una expresión suave.
Había algo en Darío que la hacía cuestionar las órdenes de Regina. Él no se
comportaba como una amenaza… y aunque sabía que debía desconfiar de los
Cortez, Darío despertaba en ella otra cosa. Curiosidad. Respeto. Cierta calidez.
—Si necesitas ayuda con algo… puedes decirme —le ofreció.
Darío sonrió por primera vez en el día.

David entró a la cafetería cargando una bolsa repleta de objetos que había
encontrado en el Metro Stop Café. Camila lo miró con diversión.
—¿Qué traes ahí?
—Mi “Kit de Explorador Mortal”. Todavía no sé para qué sirve… pero seguro lo
necesitaré pronto.
Camila rió.
—Bueno, si Marco necesita ayuda, estamos los dos.
David la miró, sorprendido por el “estamos”.
—Sí —dijo ella con una sonrisa—. No dejemos que la directora se lo coma vivo.
David sintió un cosquilleo extraño. Algo cálido. Algo mágico… aunque él no sabía
por qué.

Lisa, Mercedes y Patricia estaban sentadas en su escalera habitual, comentando el


caos con emoción desbordada.
—Tenemos quince versiones del accidente —dijo Patricia—, pero ninguna es
suficientemente dramática.
—Pero tenemos algo mejor —dijo Lisa—. ¡Regina interrogando a Marco! Ese chico
nació para dar contenido.
—Podemos titularlo: El Misterio Cortez: ¿causa de desastres o víctima del destino?
Las tres rieron como si fueran productoras de un programa de televisión.

En otro extremo del patio, Memo pateaba una lata con fuerza exagerada. Guicho y
Fercho retrocedían cada vez más.
—Bro, estás… raro —dijo Guicho.
La lata explotó de repente, desintegrándose en un chispazo dorado.
Memo respiró agitadamente.
Algo dentro de él ardía. Algo nuevo.

79
—Marco —murmuró con rabia contenida—. Siempre él.
Sus ojos brillaron un instante.
Los Mapaches retrocedieron con miedo.
Memo se sujetó la cabeza.
No entendía qué le estaba pasando… pero cada día era peor.

En la biblioteca, Heidi intentaba concentrarse en un libro, pero la energía de fuego


en su interior no dejaba de inquietarse.
—Lo del concierto no fue magia de hechicero… ni la mía —susurró—. Fue algo
diferente.
Miró hacia la ventana.
Algo grande se estaba despertando. Y lo sentía cerca.

Al final del día, Marco se reunió con sus hermanos detrás del edificio.
—Tenemos un problema —dijo sin rodeos—. Regina sospecha. Pero hay algo más.
—Lo sentí también —dijo Darío.
—Y yo… —añadió David, más serio de lo habitual.
Marco miró hacia el barrio donde vivía Memo.
—La energía viene de ahí. Algo está despertando.
Una ráfaga de viento helado cruzó entre ellos.
En ese mismo instante, en la mansión Villegas, Memo observaba sus manos
temblorosas. El espejo frente a él se resquebrajó sin que lo tocara.
—¿Qué… soy? —susurró.
Y Regina, desde su oficina, cerró las cortinas y activó un cristal que respondió con
un pulso.
—El despertar ha comenzado —murmuró—. Y no permitiré que los Cortez lo
arruinen.
El destino ya había elegido sus jugadores.
La ciudad… empezaba a cambiar.

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Capítulo 18 — La Confesión a Sharon y el Rechazo
"Cuando el corazón del hechicero se quiebra, la magia [Link] el amor se
rompe, el Arcui [Link] ningún vínculo humano interfiera en la misión,
pues el dolor abre puertas que jamás deben abrirse."
— El Arcui, Libro Mayor de Disciplina

El día siguiente al interrogatorio de la directora amaneció tan silencioso que


parecía que la ciudad entera contuviera la respiración. El aire estaba denso,
cargado de una energía que Marco reconocía demasiado bien: tensión previa a un
hechizo… o a una tragedia.
Aunque intentaba sonreír cada vez que Sharon lo veía, dentro de su pecho crecía un
peso insoportable. Sabía que Regina no se quedaría quieta después del desastre del
concierto. Sabía que su relación con Sharon era una amenaza directa al plan de la
directora. Sabía que algo estaba por estallar.
Lo que no sabía…
era que ese algo sería su propio corazón.

Marco caminaba por el pasillo con Sharon tomada de la mano. Ella conversaba
animadamente sobre un baile nuevo que Zuly había inventado, mezclando pasos
imposibles con ideas aún más absurdas. Marco la escuchaba, pero su mente estaba
perdida en el eco del Arcui: “Cuando el corazón del hechicero se quiebra…”
—Marco —dijo ella de pronto—. ¿Me estás escuchando?
—Claro… sí. Zuly bailando como si quisiera causar un temblor en la escuela.
Sharon rio, aunque lo miró con atención.
—Estás distraído.
Él tomó aire para responder cuando, de repente, la voz de Regina resonó en los
altavoces:
—Sharon Martínez, repórtese en la salida trasera del gimnasio. Una
profesora requiere hablar con usted.
Ella frunció el ceño.
—¿Otra vez? Ni siquiera tengo clase pendiente…
Marco sintió un escalofrío.
—Voy contigo —dijo sin dejar espacio a discusión.
No confiaba en nada que viniera de Regina.
Y menos si era para llevar a Sharon a un lugar aislado.

La salida trasera del gimnasio estaba desierta. El viento golpeaba las rejas,
moviendo papeles tirados. Había algo… equivocado en el ambiente, como si el aire
cargara intención.
—Marco, esto no me gusta —susurró Sharon, acercándose más a él.
Un sonido metálico los hizo girar.

81
Un hombre con uniforme de mantenimiento se acercaba. Pero Marco jamás lo
había visto en la escuela. Su mirada era dura, fría. Y llevaba una herramienta
pesada en la mano.
—Señor, ¿busca a alguien? —preguntó Sharon, nerviosa.
El hombre avanzó sin responder.
Sus pasos eran demasiado firmes.
Demasiado preparados.
Una trampa.
Una prueba.
Un empujón de Regina.
Marco lo supo en un instante.
Y cuando el hombre levantó la herramienta hacia Sharon, Marco reaccionó sin
pensar.
—¡SHARON!
La magia salió de él como un rugido.
—AERIS FLECTUM!
Una ola de aire comprimido explotó desde sus manos y lanzó al agresor contra los
botes de basura. El hombre cayó inconsciente.
Silencio.
Sharon se quedó petrificada.
—¿Estás bien? —Marco corrió a ella.
Ella no respondió.
No podía.
La expresión de miedo en su rostro lo dijo todo.
Marco dio un paso hacia ella.
—Gris… yo…
Ella retrocedió de golpe.
—¿Qué hiciste? ¿Qué fue eso? ¡Eso no es normal, Marco!
Su voz temblaba más que el viento.
Él bajó la mirada.
Ya no podía ocultarlo.
—Gris… tengo que decirte la verdad. Yo soy… un hechicero.
La palabra cayó entre ellos como un trueno.
—¿Un… qué? —susurró ella.
—Uso magia —continuó él con voz quebrada—. Desde que nací. Hay cosas que
puedo hacer que las personas normales no pueden. He tratado de cuidarte, de
protegerte sin que te enteraras. Pero… ya no puedo seguir ocultándolo.
Sharon retrocedió otro paso.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
—Marco… tú… me mentiste. Todo este tiempo… ¿juegas a la fantasía? ¿Quieres
meterme en cosas raras? ¡Yo no quiero eso! ¡No quiero magia! ¡No quiero ser rara!

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Marco sintió un pinchazo profundo en el pecho.
—Sharon, yo te amo. Solo quería—
—¡No! —lo interrumpió ella, llorando—. ¡Esto no es amor! Esto es peligroso. Yo no
quiero vivir con miedo. No quiero que la gente piense que soy parte de esto. No
quiero… no quiero nada raro en mi vida.
Sus lágrimas eran cuchillos para Marco.
—Dime —dijo ella con voz rota— que vas a alejarte. Que vas a dejar esa… magia.
Que vas a dejar la fantasía.
Marco sintió que le faltaba el aire.
Y aun así… no podía mentirle.
—No puedo dejar lo que soy —susurró.
Sharon bajó la mirada.
—Entonces… nosotros terminamos.
Y se fue corriendo.
Marco cayó de rodillas.
Una grieta invisible se abrió dentro de él.
Y el Arcui tembló.

Desde las gradas del patio, Memo observaba la escena desde lejos. No escuchó las
palabras, pero vio a Sharon correr, y vio a Marco quedarse hecho pedazos. Y
aquello alimentó su rabia.
Heidi se acercó despacio.
—Memo… no sigas así. Lo de Sharon y Marco… déjalos.
—Ella debería estar conmigo —respondió él con dientes apretados.
—No, Memo. Ella eligió a Marco. Te duele, lo sé. Pero si quieres que sea feliz…
—Él no la hará feliz —interrumpió—. Ya la está perdiendo. Y cuando la pierda… yo
voy a estar ahí.
Sus ojos brillaron dorado.
Heidi dio un paso atrás.
—Memo… estás cambiando.
—Quizá por fin estoy siendo quien debo ser.
El aire vibró alrededor de él.
Heidi tragó saliva. Sabía que algo malo se acercaba.

Mientras tanto, en el Metro Stop Café, la vida seguía su propio caos. Gladis anotaba
pedidos mientras Gabriel se esforzaba por no dejar caer las cajas que cargaba.
Úrsula lo seguía como su sombra.
—Gabriel, ¿seguro no necesitas ayuda? —preguntó ella, con su tono peligrosamente
dulce—. Yo puedo sostenerte… las cajas… o lo que quieras.
Gabriel se atragantó con aire.
—Ursula, por favor… estoy trabajando.

83
—Yo también estoy admirando —respondió ella.
Gladis soltó una carcajada.
—Ursula, un día de estos el pobre hombre va a renunciar.
—Y ese día lo invito a cenar.
Lolo, desde la mesa del fondo, comía galletas mientras observaba la escena con
cara de novela.

Esa tarde, en la guarida secreta del Arcui, Alfonso esperaba con una túnica gris
impecable.
—Llegan tarde —dijo al ver entrar a Marco, Darío y David.
Marco caminaba como un fantasma.
Darío lo observaba con preocupación.
David, en silencio, lo acompañaba muy cerca.
—Hoy practicaremos control emocional —anunció Alfonso—. La magia responde
primero al corazón.
Marco sintió un golpe directo.
Demasiado irónico.
Durante el entrenamiento, Alfonso les dio velas para concentrar energía. Marco
solía ser el más estable en esas prácticas. Hoy… la llama frente a él temblaba.
Oscilaba. Luchaba por mantenerse viva.
—Marco, tu flujo está inestable —advirtió Alfonso.
Darío se acercó.
—¿Qué pasó?
Marco apenas pudo decirlo.
—Sharon… me dejó.
La vela explotó en un destello.
Alfonso dio un paso atrás.
—Controla tu energía, Marco. O te destruirá.
David le puso una mano en el hombro.
—Hermano… no estás solo.
Marco cerró los ojos.
Pero esa vez… ni la magia podía sostenerlo.
Y desde las sombras superiores de la guarida, Regina observaba con una sonrisa de
serpiente.
—Así es —susurró—. Que el corazón sea su debilidad. Pronto, uno caerá… y los
demás también.
El Arcui estaba despertando.
Y el primer sacrificio… ya había sido hecho.

84
Capítulo 19 — La Noche del Corazón Roto
"Cuando el amor se quiebra, la magia se desequilibra."
— Libro Mayor del Arcui

El amanecer llegó nublado, como si el cielo reflejara el corazón de Marco. Cada


recuerdo del día anterior era un fragmento que se le clavaba en la memoria: el ataque
planeado por Regina, la revelación de su magia, la mirada aterrada de Sharon… y
esas palabras que aún retumbaban como un eco cruel.
“No quiero ser rara… no quiero magia… no quiero nada de esto contigo.”
Apenas pudo dormir. El Arcui vibraba cada vez que su mente regresaba al momento
en que Sharon huyó de él. Era verdad lo que decía el libro: cuando el corazón del
hechicero se quiebra, la magia se vuelve inestable. Y eso ocurría dentro de él a cada
segundo.

En la cocina, Gladis preparaba té, intentando transmitir calma con cada movimiento,
mientras Alfonso revisaba un viejo libro de hechizos emocionales. David jugaba con
una pelota antiestrés en silencio. Darío simplemente lo observaba, preocupado por
su hermano mayor.
—Marco —dijo Gladis suavemente—, ven a sentarte.

Él lo hizo, casi arrastrando los pies. Gladis le tomó la mano como cuando era
pequeño y tenía pesadillas.
—Tu corazón está herido —dijo ella—, pero no estás solo. Nosotros estamos contigo.

Marco cerró los ojos. Quería ser fuerte, pero algo dentro de él dolía demasiado.
Alfonso se acercó con una mirada seria.
—Hijo, tu madre y yo pasamos por algo similar. Cuando la conocí, yo era un
hechicero activo del Consejo. Ella era una mortal. Y me advirtieron que la magia y
los sentimientos no podían mezclarse.

Gladis sonrió, recordando aquellos días.


—Pero yo aprendí a amar tu magia —dijo ella, poniendo su mano sobre la de
Alfonso—. Porque era parte de ti. Porque eras tú.

Marco sintió un temblor en el pecho.


—Pero yo… sin magia no soy nada —susurró—. La magia soy yo.

Gladis le acarició el rostro, limpiándole una lágrima solitaria.


—Entonces lucha por ambas cosas, como lo hicimos nosotros. Lucha por tu magia…
y por el amor. No renuncies tan fácil, Marco.
Alfonso asintió con firmeza.
—Lo que duele, transforma.
El momento se quebró de golpe cuando Edu entró por la sala con una caja de pizza,
interrumpiendo el casi beso que Darío y Cristy estaban a punto de darse.
—¡Hey! ¿Quién quiere pizza? Estoy muerto de hambre —anunció sin darse cuenta.

85
Cristy se apartó de Darío con un brinco. Darío lo miró con frustración evidente.
—Edu… en serio —murmuró Darío.
—¿Qué? ¿Dije algo malo? —preguntó Eduardo inocente.

En Metro Stop Café, Cristian escribía en su laptop, sumergido en su blog secreto


Lobo 21, dejando salir sus emociones:
“El amor en SIBERVI es un campo minado. La gente sufre en silencio.
Uno de mis mejores amigos perdió hoy al amor de su vida.
Ojalá pudiera arreglarlo todo.”
Zuly entró sin avisar y, sin querer, leyó una línea de la pantalla.
—¿Blog de Lobo 21…? Espera… ¡¿TÚ eres Lobo 21?!
Cristian quedó helado.
—Zuly… yo… puedo explic—
No lo dejó terminar. Lo abrazó con una mezcla de emoción y ternura.
—¡Siempre supe que eras tú! Nadie más escribe así de bonito y dramático.
Él se sonrojó hasta las orejas.
—¿Entonces… no estás enojada?
—¿Enojada? —dijo ella, tomándole las manos—. Cristian… yo te admiro desde
siempre. Y creo que… me gustas.
Él abrió los ojos como platos. Estaban a punto de besarse cuando Estrella entró sin
tocar.
—¿Por qué están tan cerca? ¿Qué está pasando aquí?
Saltaron hacia lados opuestos.
—¡Nada! —dijeron al mismo tiempo.
Pero Zuly alcanzó a guiñarle a Cristian. El secreto ya no era secreto.

Mientras tanto, en el Metro Stop Café, Úrsula llegó radiante como una estrella, con
una bolsa llena de obsequios.

—¡Gabriel! —dijo con entusiasmo—. Te traje cositas.


Gabriel se tensó como un resorte.

—¿Cositas…?
Úrsula sacó una bufanda tejida, unos dulces y un perfume.
—Para ti. Para hacerte el día más bonito.

Gladis, detrás del mostrador, tuvo que voltearse para que no se viera su risa.
Gabriel intentó mantener la compostura.
—Ursula, de verdad… esto no es necesario.
—¿Y quién dijo que hago cosas necesarias? —respondió ella con una sonrisa coqueta.
Gabriel solo quería que la tierra lo tragara.

En casa, Lolo caminaba apresurada por el pasillo hasta encontrar a Cristian en la


sala. Su expresión estaba llena de urgencia.
—Cristian, hijo —dijo con voz grave—. Mantente alejado de Memo.
—¿Por qué, mamá? —preguntó él confundido—. Memo está raro, pero—

86
—No es rareza —interrumpió ella—. Hay algo oscuro en él. Su aura cambió. Y tú eres
muy sensible para soportar ese tipo de energía.
Cristian respiró hondo.
—Mamá… justamente quería decirte algo. Ya soy grande. Quiero que tengamos
nuestra propia casa. No tienes que seguir trabajando con Úrsula.
Lolo lo abrazó fuerte, emocionada por el gesto.
—Mi niño… yo quiero darte esa vida, te lo juro. Pero por ahora… necesito este trabajo.
Úrsula me ha ayudado en cosas que tú ni imaginas.
Cristian frunció el ceño.
—Aun así, prométeme que lo pensarás.
Lolo besó su frente.
—Lo pensaré. Pero por ahora… prométeme que te mantendrás lejos de Memo.
Cristian no pudo prometerlo del todo. Memo era su amigo. Pero asintió para
tranquilizarla.

Al día siguiente, En SIBERVI, los Mapaches tenían a Memo sentado en los escalones
del patio. Sus manos temblaban con destellos de luz dorada.

—Bro… respira —le dijo Guicho.


—Sí, estás mal —añadió Fercho.
Memo apretó los dientes.
—Ojalá pudiera apagar esto… ¡odio esta magia! ¡La detesto!
Los Mapaches se tensaron.
—¿Magia? —repitieron ambos al mismo tiempo.
Pero en ese instante, Sharon pasó cerca. Memo levantó la mirada.
—Sharon… —susurró—. ¿Puedo hablar contigo?
Ella dudó, pero algo en su rostro derrotado la hizo acercarse.
Memo tragó saliva, vulnerable como nunca.
—Soy… un hechicero.
Y… lo odio tanto, Gris. No pedí esto. No quiero ser raro.
Sharon lo miró con sorpresa profunda.
Y sintió culpa.
Culpa por lo que había dicho a Marco.
Se sentó a su lado.
—Memo… no eres raro. Solo… estás pasando por algo fuerte. No estás solo.
Memo la miró con una chispa nueva en los ojos.
Una chispa que no tenía nada que ver con magia.
—Gracias —dijo él con voz suave.
Por dentro… estaba feliz.
Por fuera… parecía roto.

Por la tarde, Adriana llegó a la casa de los Cortez con un suéter, dulces y una sonrisa
tierna.

—¿Marco? —preguntó Gladis—. Tienes visita.

Él apareció con los ojos hinchados, pero Adriana no se asustó.

87
—Vine a verte —dijo ella con voz dulce—. No necesitas contármelo todo… solo déjame
estar contigo.
Marco bajó la mirada.
—No puedo contarte… ciertas cosas.
—No importa. Yo te amo como eres —susurró ella, tomando su mano.

Gladis y Alfonso se miraron y sonrieron.


—Ve, hijo —dijo Gladis—. Te hará bien.

La velada fue tranquila y cálida.


Hablaron, rieron un poco, recordaron viejas clases juntos. Adriana hacía lo posible
por sacarle sonrisas y lo lograba, aunque fueran pequeñas. Caminaron por el parque
bajo luces tenues.

Pero la tranquilidad se rompió cuando Marco vio a lo lejos a Sharon… llorando.


Y junto a ella estaba Memo.
Él la consolaba, le pasaba un brazo por los hombros.

Marco sintió un golpe en el alma.

Y Sharon, al verlo con Adriana… sintió el mismo dolor.


Uno que no sabía que aún podía dolerle.

Memo lo vio también. Y sonrió para sí.

—No llores por él —dijo Memo a Sharon, acercándose—. Yo… puedo cuidarte.

Ella apoyó su cabeza en su hombro, dejándose caer.

La noche avanzó.
Las luces se apagaron.
Los corazones se quebraron.

Y el Arcui… despertó.

Porque esa noche…


nació el corazón roto.

88
Capítulo 20 — El Secreto Bajo la Luna
"Cuando el corazón tiembla, la magia de un hechicero tiembla con él."
— Libro Mayor del Arcui

Memo avanzaba por la calle tambaleándose, con el cabello pegado a la frente por el
sudor frío. Cada paso era una punzada de luz dorada que chispeaba alrededor de
sus manos sin control. Sentía el cuerpo arder como si la magia quisiera romperle
las venas desde dentro.
El pedido que Úrsula le había hecho esa tarde lo había dejado destruido:
“Localiza el sello arcano oculto en la escuela. Usa tu magia, Memo. Tú
puedes hacerlo.”
Y él había intentado cumplirlo…
Hasta que el poder se le desbordó como una fuga salvaje, dejándolo débil, tiritando,
al borde del desmayo.
—No puedo seguir haciendo esto… —susurró, apoyándose en un poste—. Me está
matando…
La luz dorada salió disparada de sus dedos en un destello.
Memo apretó los ojos. No quiero ser así… No quiero este poder…

Marco salió de una tienda con un cuaderno nuevo, cuando vio a alguien
desplomarse unos metros adelante.
—¿Memo? —susurró, corriendo hacia él.
Lo sostuvo justo antes de que cayera al suelo. Estaba helado, temblando y con la
mirada perdida.
—¿Qué te hicieron? —preguntó Marco, alarmado.
Memo intentó hablar, pero la voz se le quebró.
—Marco… por favor… ayúdame antes de que ella me encuentre…
La palabra “ella” lo dejó helado. No necesitaba explicación.

En otra parte del barrio, Zuly y Cristian caminaban tranquilos después de que él le
leyera otro de sus poemas.
—Cristian… eres increíble —dijo ella con una sonrisa cálida—. No sé cómo puedes
escribir algo tan bonito.
Cristian se sonrojó.
—No es gran cosa…
—Sí lo es —insistió ella—. No cualquiera puede escribir así.
Fercho, que venía detrás con Guicho, escuchó justo esa parte. Su cara se torció de
celos.
—¿Increíble él? —soltó—. ¡Por favor! Ese menso solo sabe escribir cursiladas para
llamar la atención.
Zuly frunció el ceño.
—Fercho, ya basta. No tienes derecho a hablarle así.
—¡No estaría así si NO te obsesionaras con Lobo 21! —explotó Fercho—. ¿Qué?
¿Ahora vas a decir que Cristian también es perfecto?
Zuly respiró hondo… y soltó la bomba.
—Es que Cristian es Lobo 21.

89
Fercho se quedó mudo.
Guicho hizo “¡uuuuuh!” de escándalo.
Zuly tomó la mano de Cristian.
—Y ya no tengo que esconderlo. Esto… lo nuestro… es real.
Así que lo nuestro —miró a Fercho— terminó.
Fercho tragó saliva, herido.
—Pues… suerte con tu poeta —dijo, dándose la vuelta con los ojos brillosos.

En la oficina oculta del SIBERVI, Regina revisaba sus calendarios mágicos.


La luna llena estaba cerca.
Su sonrisa era un corte afilado.
—El día se acerca. Pronto podré arrancar cada gota de poder de los Cortez. Y de ese
muchacho… Memo.
Estrella, detrás de ella, tragó saliva.
—directora… ¿está segura de que debemos seguir con esto? Él es solo un
estudiante.
Regina la miró con una frialdad glacial.
—No somos iguales a ellos, Estrella. Los hechiceros existen para ser usados. Y ese
chico dorado tiene una magia excepcional. La quiero para mí.
Estrella solo bajó la cabeza.
Parecía aceptar… pero sus ojos brillaban con dudas peligrosas.

En su habitación, Cristy miraba el chat con Darío. Había escrito:


“¿Quieres vernos mañana?”
Y lo borró.
“Solo quería decirte que me gustas…”
Y también lo borró.
Suspiró, tirándose en la cama.
—¿Por qué me da tanto miedo decirlo…?

En su departamento, Sharon observaba la ventana frente a la suya.


La ventana de Marco.
Oscura.
Recordó otra oscuridad: la del circo, cuando ella y su hermana Daniela eran niñas.
Daniela había sido escogida para un acto especial. Entró detrás del telón rojo… y no
volvió a salir.
—No pude salvarte, Dani… —susurró—. Y ahora tampoco sé cómo arreglar lo que
hice con Marco.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Marco llevó a Memo a la guarida secreta. El temblor del chico no se detenía.


—Memo, dime la verdad —exigió Marco—. ¿Qué está pasando?
Memo levantó la mirada.
La luz dorada resplandecía débil en sus manos.
—Soy… un hechicero, Marco. Con magia real. Con magia que… no controlo. Esta
energía me está consumiendo. Y Regina lo sabe. Por eso me usa. Porque quiere esta
magia para ella.

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Marco lo miró, sorprendido.
—¿Úrsula también lo sabe?
Memo bajó la cabeza.
—no.
Marco respiró profundo.
—Ya no estás solo.
Memo se le quedó viendo, como si esas palabras le devolvieran algo del alma.
—¿Me ayudarás?
Marco extendió su mano.
—Sí. Pero necesitamos un plan. Uno que Regina jamás vea venir.
Memo la tomó con fuerza.
Y nació una alianza tensa… pero auténtica.

La puerta se abrió de golpe.


—¡Memo! —Heidi entró sonriendo, sin saber nada—. Te vi escaparte de Regina hoy.
¡Qué valiente!
Memo parpadeó, sorprendido por su entusiasmo. Heidi lo abrazó sin pensarlo dos
veces.
La magia dorada en sus manos se calmó.
Por primera vez en horas, dejó de doler.
—Gracias… —susurró él, sintiendo un calor distinto… uno que nada tenía que ver
con magia.

Más tarde, entrando al edificio, Adriana lo estaba esperando.


—Marco, necesito hablar contigo —dijo con los ojos rojos—. Te vi hoy… usando
magia.
Marco se congeló.
—No sabes lo que viste.
—Sí, Marco. Sé perfectamente lo que vi… —Adriana dio un paso hacia él—. Es
hermoso. No tienes que ocultarlo. Yo conozco la magia desde niña. Úrsula siempre
me habló de ella. Me enseñó cómo funciona, cómo se mueve… aunque yo no la
heredara.
Marco frunció el ceño.
—Conocerla no te hace hechicera.
Adriana respiró profundo… mintiendo con suavidad.
—Yo… sí tengo un poco. Puedo ayudarte.
Marco no le creyó del todo.
Pero no quería pelear. No esa noche.
Entonces el Arcui retumbó como un tambor antiguo.
—¡Marco! —exclamó Adriana—. ¡El libro…!
Corrieron a su habitación.
El Arcui brillaba con una luz violácea, abriendo una página sin ser tocado.
Palabras hebreas flotaban sobre el papel:
“‫”ליל הירח יחשוף את המנעול של הכוח‬
"La noche de luna revelará la cerradura del poder."
Adriana fingió comprender.
—Es un… un bloqueo temporal. Algo está por abrirse en la luna llena…

91
Marco la miró con duda.
Pero ella sonrió intentando convencerlo.
—Quiero ayudarte, Marco. Déjame estar a tu lado.

En casa de Úrsula, la mujer avanzaba con una libreta brillante.


—El cumpleaños dieciséis de Memo será especial —dijo con voz encantadora—.
Muy especial.
Lolo sonrió.
—Memo lo merece. Ha sufrido tanto…
Gabriel se acercó tímidamente.
—Si necesitan ayuda con la decoración… yo puedo.
Úrsula emitió un suspiro emocionado.
—Gabriel, ¡eres perfecto! Claro que te necesitamos.

En su ventana, Sharon cantó suavemente:


"Insufrible amor… como me pude enamorar…"
Apenas terminó la frase cuando Zuly entró con dos mochilas.
—¡Pijamada de emergencia! —anunció—. No acepto un no de respuesta.
Florencia apareció detrás.
—Yo preparo chocolate caliente. Ustedes hablen, lloren, rían. De eso se trata.

Las Chismolisas no tardaron en replicar:


—¿Viste que Adriana estuvo con Marco?
—¡Ay no! ¡Pobre Sharon!
—Esto va a arder…
Los Mapaches también hablaron entre ellos.
—Memo está raro —murmuró Guicho.
—Sí… —respondió Fercho, mirando al suelo—. Y yo también.
Pero ninguno sabía lo que estaba a punto de venir.

Esa noche, las piezas del destino se acomodaron:


—Marco y Memo sellaron una alianza secreta.
—Adriana fingía magia para quedarse cerca.
—Regina esperaba la luna llena para atacar.
—Úrsula planeaba el cumpleaños 16 de Memo.
—Heidi empezaba a sentir algo nuevo.
—Sharon lloraba por Marco.
—Cristian y Zuly estaban juntos.
—Y el Arcui no dejaba de vibrar.
La luna llena estaba demasiado cerca.
Y nada volvería a ser igual.

92
Capítulo 21 — Ecos en el Espejo
"A la sombra de la luna, lo perdido vuelve a llamar.
Pero no siempre lo que regresa es lo que el corazón esperaba."
— Libro Mayor del Arcui

El viento de la tarde empujaba hojas secas contra los muros del barrio cuando Zuly
y Cristian llegaron tomados de la mano al parque del edificio. Habían pasado la
mañana entera hablando y riendo; el brillo en los ojos de Cristian era evidente.
Zuly, feliz, se acurrucó en su hombro.
—No pensé que ser novios se sintiera tan… bonito —dijo ella con una sonrisa
tímida.
—Yo tampoco —respondió él—. Pero contigo todo se siente fácil.
Mientras ellos disfrutaban del momento, Sharon caminaba rumbo a su
apartamento con Memo a su lado. Desde que él la encontró llorando y le prometió
ayudarla, Sharon comenzó a soltar un peso que llevaba guardado desde la infancia.
—Te voy a contar la verdad —dijo ella finalmente, con la voz apagada—. Yo no odio
la magia porque sí. La odio porque… la magia me arrebató a mi hermana.
Memo bajó el paso. Lo miró con una seriedad que pocas veces mostraba.
—Dani… ¿verdad?
Sharon tragó saliva.
—Sí. Daniela. Cuando éramos niñas, en el circo donde crecimos, ella fue elegida
para el “acto de los espejos”. Era un truco nuevo… mágico. Pero algo salió mal. La
cortina cayó, hubo un destello, y ella desapareció. Nunca la volvimos a ver.
Memo sintió un escalofrío. Sus manos doradas se encendieron muy levemente.
—¿A dónde… desapareció?
—No lo sé. Nadie lo supo. —Sharon lo miró con los ojos rojos—. Pero tú dijiste que
podías… intentar encontrarla. Aunque fuera una locura.
Memo asintió con una seguridad que ni él sabía que tenía.
—No es una locura. Es magia. Y la magia… puede devolver lo perdido.

Esa noche, Sharon guio a Memo hasta el antiguo circo abandonado a las afueras de
la ciudad. Las telas rotas colgaban como fantasmas. Las carpas parecían suspirar
con cada viento.
En el centro del escenario, había un espejo inmenso, cubierto con una lona sucia.
Sharon tembló.
—Aquí… aquí fue.
Memo levantó ambas manos. Su luz dorada se expandió como un aura.
—Aléjate un poco —le dijo.
Ella retrocedió unos pasos.
Memo respiró hondo, juntó las palmas y pronunció un conjuro que aprendió por
instinto, como si su sangre lo recordara:
—“Luxus Reflektorium… Aperi Via.”
El espejo tembló.
La lona cayó al suelo.
Un brillo plateado se encendió desde adentro.
La superficie comenzó a ondular como agua líquida.
—¡Memo! —exclamó Sharon—. ¡Hay algo ahí!

93
Del reflejo surgió un rostro familiar, joven, asustado…
—¿Sharon…? —susurró Daniela desde dentro del espejo.
Sharon rompió en lágrimas.
—¡Dani! ¡Dani, eres tú! ¡Yo… yo pensaba que estabas muerta!
Memo apretó los dientes. El espejo tiraba de él, intentaba absorberlo, como si
reclamara algo a cambio.
—¡No te dejaré perderte! —gritó Memo.
Sus manos chispearon.
Y con un último esfuerzo, golpeó el marco del espejo.
¡CRASH!
La superficie se rompió como hielo. Daniela cayó directo a los brazos de su
hermana.
Sharon la abrazó con desesperación, tocando su rostro, su cabello.
—No puedo creerlo… estás viva… ¡estás viva!
Memo cayó de rodillas, agotado, pero feliz.
—Lo lograste… —dijo Sharon sollozando—. Memo, tú… tú la salvaste.
Ella se acercó, aun sosteniendo a Daniela.
—No sé cómo pagarte esto.
Memo… te prometo… que seré tu novia. Es lo mínimo que puedo hacer.
Memo se quedó mudo.
El corazón le golpeó como nunca.
—Sharon… —susurró él, incrédulo.
Daniela, confundida pero feliz, las observó.
—Oye, ¿quién es él? —preguntó Daniela.
—Alguien… muy importante —respondió Sharon, sonrojándose.

Al llegar al edificio, Florencia abrió la puerta de golpe.


—¿Qué pasa, Shar—?
Su voz se quebró al ver a Daniela.
—¡MI NIÑA! —gritó cayendo de rodillas—. ¡MI NIÑA REGRESÓ!
Las dos se fundieron en un abrazo que parecía interminable.
Memo miró la escena en silencio, con lágrimas también.
Sharon volteó hacia él.
Le sonrió.
Y aquella sonrisa lo hizo sentir que todo había valido la pena.

Mientras tanto, en la guarida, Marco estudiaba magia con un libro abierto sobre un
símbolo extraño. Alfonso entró sorprendido.
—¿Marco? ¿Estudias a estas horas?
—Papá… necesito aprender más. Daniela, la hermana de Sharon… está perdida en
algún lugar y quiero encontrarla. Pero no logro ubicarla.
Alfonso sonrió con orgullo.
—Te enseñaré un hechizo Cortez que pocos conocen. El GPS Mágico.
Marco abrió los ojos como platos.
—¿GPS… mágico?
Alfonso rio.

94
—Sí. "Geolocalización por Pulso Sobrenatural". Sirve para localizar a alguien si
tienes un objeto relacionado.
Marco tomó una pulsera que le pertenencia a Daniela.
—Quiero ayudarla, papá. A Sharon… y a ella.
Alfonso le puso ambas manos en los hombros.
—Tu magia funciona mejor cuando amas, hijo. No lo olvides.

En el departamento de Sharon, Daniela se sentó en su cama mirando la ciudad.


—Shar… necesito saber algo —dijo—. Ese Marco… ¿es importante para ti?
Sharon miró al suelo.
—Él… es hechicero. Y me lo ocultó. Yo me asusté. Y lo lastimé… mucho.
Daniela alzó una ceja.
—¿Y ahora estás con Memo porque me salvó… o porque lo amas?
El silencio se hizo largo.
—Es mi forma de agradecerle —admitió Sharon.
Daniela suspiró.
—Entonces no te mientas a ti misma.

En la escuela, las Chismolisas esparcían el chisme:


—¡Sharon volvió con Memo!
—¡Y Adriana estuvo estudiando con Marco!
—¡Seguro Marco la eligió a ella!
Heidi, escuchando detrás de un casillero, sintió el corazón romperse.
—Memo… —susurró con los ojos húmedos—. ¿Por qué no me lo dijiste?

En la oficina secreta, Estrella insistía:


—Directora… por favor… quiero volver a mi época. Pero con Cristian.
Regina la miró con fría paciencia.
—Lo haré. En la noche de luna llena.
Pero antes… necesito algo de ti.
Los ojos de Estrella brillaron de miedo.

Adriana, en su habitación, repasaba el texto del Arcui una y otra vez.


—No puede ser… —murmuró—. No entiendo nada. ¡Nada!
Dio un golpe en la mesa.
—Marco no puede sospechar que no sé descifrar esto…

En casa de Memo, Úrsula lo abrazó tan fuerte que casi le corta la respiración.
—Mi niño… te vi llegar pálido. ¿Estás bien?
Memo tragó saliva.
—Sí, mamá. Solo… magia. Ya crecí.
Úrsula lo miró con ternura.
—No importa cuánto crezcas. Siempre serás mi chiquito.
Memo sintió una punzada en el corazón.
¿Le contaría la verdad algún día?

Lolo preparaba cosas para el cumpleaños 16 de Memo, feliz y emocionada.

95
Cristian, sin querer, observó a su mamá organizar cosas para Memo, sonrió… pero
luego su expresión cambió.
Celos.
—Voy a ver a Marco —dijo saliendo.
Al llegar al edificio, Marco lo recibió con una sonrisa débil.
—¿Qué pasó, Cris?
—Solo… celos —admitió él—. De Memo. Mi mamá lo quiere tanto…
Marco se rió.
—El amor es bonito mientras lo tienes cerca.
Cristian lo miró con seriedad.
—Pues lucha por Sharon, Marco. No la dejes ir solo porque tienes miedo.
Marco respiró hondo.
Quizá Cristian tenía razón.

Darío, en su habitación, estudiaba magia mientras pensaba en Cristy.


Cristy, por su parte, caminaba por el pasillo decidida a hablar con él.
—Hoy sí —se dijo—. Hoy sí le digo algo.

En su oficina, Regina levantó la mirada de su calendario.


Sintió un golpe mágico.
Una grieta.
Un eco.
—Alguien ha roto un sello… —susurró.
El Arcui había temblado.
La luna llena se acercaba.
Y nada sería igual.

96
Capítulo 22 — El Tiempo Que Se Rompió
"El corazón decide, la magia obedece. Pero cuando el destino interviene,
ni siquiera el tiempo se mantiene."
— Libro Mayor del Arcui

La mañana siguiente amaneció con un sol tímido, como si la ciudad se hubiera


cansado de tanto drama y necesitara un respiro. Las calles hacia SIBERVI estaban
tranquilas, pero dentro de cada uno de los estudiantes bullía una tormenta propia.
Cristy llevaba el corazón latiéndole tan fuerte que pensaba que cualquiera podría
escucharlo. Caminó hacia Darío con pasos inseguros. Él estaba junto a su casillero,
sosteniendo un libro de magia que había estado repasando desde temprano.
—Da… Darío —dijo ella con voz temblorosa.
Darío levantó la mirada y sonrió de inmediato.
—Cristy, hola… estás hermosa hoy —dijo sin pensarlo.
Ella respiró hondo.
—Necesito decirte algo. Y… no quiero seguir guardándolo.
Darío cerró su casillero. El mundo alrededor pareció hacerse pequeño.
—Dime… —murmuró.
Cristy apretó las manos, nerviosa.
—Me gustas —soltó de golpe—. Desde hace mucho. Y… no quería decirlo porque sé
que todo es raro a tu alrededor, la magia y todo eso. Pero te quiero. Te quiero de
verdad.
Darío abrió los ojos, sorprendido por la sinceridad. Dió dos pasos hacia ella. La
tomó de la mano. Luego de la mejilla.
—Yo también te quiero, Cristy —dijo suavemente.
Y la besó.
Un beso dulce, torpe, lleno de emoción.
Pero en ese momento…
—¿¡QUÉ ES ESO!? —un grito atravesó el pasillo.
Regina.
La directora estaba al otro extremo, viéndolos como si se hubiera encontrado a dos
estudiantes incendiando la escuela. Se acercó con pasos rápidos y una expresión
que mezclaba ira y escándalo.
—¿¡CRISTY!? ¿¡TÚ!? ¡¿CON EL?! ¡NO, NO, NO! ¡TÚ NO PUEDES…!
Cristy retrocedió con terror.
—¡Directora, no es lo que piensa! —intentó decir Darío.
Pero Regina elevó la mano con una furia que hizo vibrar las luces del pasillo.
—¡Tempus… SILENTIA! —gritó.
El tiempo se rompió.
Los relojes se detuvieron.
Los estudiantes quedaron congelados en posiciones extrañas.
Un silencio denso llenó el aire, como si la realidad hubiera sido cubierta por una
capa de vidrio.
Cristy jadeó, asustada.
—¿Qué… qué está pasando? ¿Por qué no me afecta?
Darío tomó su mano con fuerza.
—Porque te estoy protegiendo.

97
Un escudo azul los envolvía.
Él respiró hondo y dijo:
—Bloqueo Cortez… Nivel Lazo.
Cristy lo miró como si viera a un héroe.
Regina avanzó hacia ellos, furiosa.
—¿Crees que puedes protegerla? ¡Eres Mi heredero mágico! ¡No puedes estar con
una mortal cualquiera! ¡Esto NO pasará en mi escuela!
Darío puso un pie adelante.
—No es “cualquiera”. Es Cristy.
Y la amo.
Regina abrió la boca para lanzar otro hechizo.
Darío no lo permitió.
—Cristy… agárrate fuerte.
—¿A qué?
—A mí.
Él extendió la mano libre, dibujó un símbolo rápido en el aire y murmuró:
—Porta Arcadia… ¡Aperio!
Un portal azul, como un remolino de estrellas, se abrió detrás de ellos.
Cristy gritó por reflejo.
Darío la abrazó por la cintura.
—Confía en mí.
Y saltaron.
El portal se cerró justo cuando Regina lanzaba otro hechizo.
Ella quedó sola en el pasillo congelado.
Respiró hondo, respiró otra vez…
Y luego se peinó un mechón con calma irritante.
—No puedo perder el tiempo con noviecitos adolescentes… —murmuró—. Tengo
asuntos más importantes.
Estrella apareció detrás de ella.
—¿Otra crisis familiar? —preguntó con burla—. Ay, Directora, usted es la madre
tóxica por excelencia.
Regina giró lentamente.
—Estrella… ¿quieres terminar convertida en pato?
Estrella se calló al instante.

En el Metro Stop Café, Gladis y Alfonso preparaban panes dulces mientras David
acomodaba mesas.
—Eres un gran ayudante, hijo —dijo Gladis sonriendo.
—Sí, David, gracias por madrugar —agregó Alfonso.
David sonrió orgulloso.
—Es divertido ayudar. Y además… así no escucho chismes raros de la escuela.
Alfonso y Gladis se miraron.
Sí, SIBERVI daba para mucho chisme.

En casa de Úrsula, ella y Gabriel estaban decorando unas cajas para la fiesta de
Memo.

98
—Gabriel, ¿puedes pasarme ese listón dorado? —pidió Úrsula con una sonrisa
dulce.
—Claro, Úrsula —respondió Gabriel, algo sonrojado.
Cuando sus manos se rozaron por accidente, ambos se quedaban quietos un
segundo más de lo necesario.
—Memo estará feliz —dijo Úrsula con brillo en los ojos—. Siempre ha sido tan
sensible… quiero que tenga un cumpleaños lleno de luz.
Gabriel la miró con ternura.
—Y tú eres la luz, Úrsula.
Ella se sonrojó como adolescente.

Zuly y Cristian seguían felices, caminando de la mano por la escuela.


—¿Ya le dijiste a tu mamá que somos novios? —preguntó Zuly.
—Todavía no… —dijo Cristian—. Pero quiero hacerlo pronto. No quiero esconderte.
Ella le dio un beso rápido en la mejilla.
—Eres el mejor poeta del mundo.
Los Mapaches los observaron desde lejos.
—Fercho —dijo Guicho—, ¿estás bien?
Fercho suspiró.
—Sí… sí. Ya lo superé. Solo… extraño cuando las cosas no eran tan complicadas.
Los Mapaches chocaron puños.
—Para eso estamos los bros.

Mientras tanto, las Chismolisas estaban en su máximo esplendor.


—¡Viste que Cristy y Darío SE BESARON!
—¡Y la Directora gritó como loca!
—Dicen que desaparecieron…
—¿Cómo que desaparecieron?
—Sí, literalmente. ¡Puff! ¡Como magia!
Las tres se miraron.
—Bueno… en SIBERVI eso no suena tan raro.

Marco, en la guarida, estudió el hechizo GPS mágico de Alfonso. Pero su mente


estaba en Sharon. En Daniela. En todo lo que había cambiado en las últimas horas.
—Tengo que ser más fuerte —murmuró.
Cristian llegó ese momento, jadeando.
—¡Marco! ¿Sabes qué pasó? ¡DARIO Y CRISTY DESAPARECIERON!
Marco se levantó de golpe.
—¿Cómo que desaparecieron?
—Regina los encontró besándose. Y salieron huyendo.
Marco frunció el ceño.
—Esto se está saliendo de control.
Cristian lo miró fijamente.
—Marco… lucha por Sharon antes de que la magia te gane.
Porque la magia siempre exige algo a cambio.
Marco tragó saliva.
Sabía que era verdad.

99
En el apartamento de Sharon, Daniela probaba ropa de Sharon mientras cantaba.
—¡No puedo creer que tenga vida otra vez! —río Daniela.
—Yo tampoco —rió Sharon.
—Y dime, ¿cómo es Marco?
Sharon se puso roja.
—Es… complicado. Poderoso. Sensible. Y… me duele.
Daniela la miró con seriedad.
—¿Lo amas?
—No sé…
—¿Y a Memo?
Sharon bajó la mirada.
—Eso… es agradecimiento.
Daniela suspiró.
—Entonces no juegues con los dos.

En su oficina, Regina se detuvo frente a un calendario lunar.


—La luna llena es en tres dias.
El Arcui está inquieto.
Los Cortez están moviendo piezas.
Sus ojos brillaron como veneno.
—Y yo… reclamaré lo que es mío.
El Arcui, lejos, vibró como un tambor.
Las líneas del destino se tensaban.
Y el tiempo…
no volvería a comportarse igual.

100
Capítulo 23 — Naturaleza en Destino Cruzado
"Cuando la luna crece, el velo se adelgaza.
La verdad busca salida, incluso si el corazón no la quiere escuchar."
— Libro Mayor del Arcui

El Mundo Mágico siempre tenía un aire extraño, como si estuviera hecho de


pedazos de sueños. Cristy y Darío aterrizaron en un claro donde la luz tenía tonos
azules. El portal detrás de ellos se cerró con un suspiro.
—Wow… —susurró Cristy mirando alrededor—. ¿Este es tu mundo?
Darío sonrió, aún sosteniéndola de la mano.
—Una parte de él. Arcadia Menor. Es un refugio para hechiceros jóvenes cuando
necesitan ocultarse.
Ella respiraba hondo, intentando procesar todo lo sucedido. Aún temblaba por
haber visto a Regina gritar y detener el tiempo como si fuera una lámpara.
—Darío… —dijo ella con voz baja—. Necesito decirte algo… algo importante sobre la
luna llena.
Él frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Cristy tragó saliva.
—Mi tía, antes de morir, me dijo que la luna llena es peligrosa para los hechiceros
que viven en el mundo mortal. Que si alguien poderoso hace un ritual ese día…
puede robarles la magia.
Darío se tensó.
—Regina…
—Exacto. —Cristy se abrazó a sí misma—. No sé qué quiere hacer, pero su energía…
no es normal.
Darío tomó su mano con fuerza.
—Entonces debemos regresar pronto. Y advertir a mi familia.
Cristy asintió, sintiendo alivio al no cargar sola con el secreto.
Un ruido en los árboles los alertó. Sombras danzaban entre los troncos.
Darío dio un paso adelante.
—No te preocupes. Aquí estoy contigo.
Y por un momento, Cristy creyó que el mundo mágico era más seguro que el real.

En el mundo mortal, Marco caminaba hacia la escuela cuando sintió un ligero


susurro en el aire.
Y justo al doblar la esquina… chocó con Sharon.
—Oh —soltó ella nerviosa—. Perdón.
—No, perdón tú —respondió él, igualmente tenso.
El viento cambió.
Un brillo suave surgió del suelo.
De repente, decenas de mariposas doradas comenzaron a rodearlos, girando en
círculos, dejándolos dentro de un aura cálida y mágica.
—¿Marco…? —dijo Sharon, sorprendida.
—Yo no hice esto —aseguró él.

101
Las mariposas se posaron en sus manos, sus rostros, sus hombros.
La luz creció.
Y la calle comenzó a florecer.
Del pavimento brotaron flores pequeñas.
Una enredadera subió por un poste.
Una rama floreció en segundos.
Era hermoso.
Marco lo sintió de inmediato.
—Esto… es magia natural. Pero no mía.
Sharon miró a su alrededor.
—¿Entonces de quién…?
A unos metros, escondida detrás de un carrito de dulces, Heidi observaba mientras
sus manos palpitaban en color rosa pálido.
—Solo quiero que sean felices… —susurró,—.

En la oficina de Regina, Memo entró a la sala nervioso. Regina estaba revisando un


grimorio gigante, con ojeras de preocupación.
—Ejem… directora —saludó Memo intentando sonar formal.
—Memo —respondió ella sin mirarlo—. Necesito el Arcui para la luna llena. Es
esencial.
Memo abrió los ojos.
—¿Cuándo es la luna llena exactamente?
—En tres días —contestó Regina.
—¿Tres días? —Memo se puso rígido—. Ah… ese día no puedo.
Regina levantó la cabeza lentamente.
—¿Cómo que no puedes?
—Es que… —Memo tragó saliva— ese día es… mi cumpleaños.
Regina lo miró fijamente.
—¿Y?
—Pues… —Memo se encogió—. Va a haber pastel. De fresas con crema. Mi favorito.
Sería feo interrumpirlo.
Regina cerró el libro con un golpe que retumbó en toda la oficina.
—MEMO. Me estás diciendo… —su tono de incredulidad era casi cómico—. ¿QUE
TU CUMPLEAÑITO VA PRIMERO QUE EL EVENTO MÁS IMPORTANTE DE MI
VIDA?
—Yo no dije eso… —dijo Memo, retrocediendo medio paso—. Pero pues… pastel es
pastel.
Regina apretó los dientes.
—Muy bien.
Resumiré para que entiendas: en tu fiesta tendré reunidos a los Cortez. Y ahí
lanzaré el Hechizo Candado para robarles sus poderes. Y ser la bruja más poderosa
de todos los tiempos.
Memo asintió nervioso.
—¿Pero… después del pastel, verdad?
Regina perdió la paciencia.
—¡MEMO!
Él se cubrió la cabeza con las manos.

102
—¡Es que es de fresas con cremaaaa!
Regina murmuró algo en antiguo hebreo que probablemente eran insultos.

Mientras tanto, en la cocina de Úrsula, ella y Gabriel tomaban café juntos. Úrsula
reía por un chiste tonto que Gabriel había dicho, y él la miraba como si fuera la
mujer más hermosa del mundo.
—Úrsula —dijo de pronto, con la voz firme—. Quiero decirte algo… que llevo tiempo
sintiendo.
Ella lo miró con ojos grandes.
—¿Qué cosa?
Gabriel respiró profundo.
—Me gustas. Mucho. Y no quiero seguir escondiéndolo.
Úrsula puso una mano sobre su pecho, sorprendida.
—Gabriel… yo… yo también siento algo por ti.
Él tomó su mano.
—¿Quieres ser mi novia?
Úrsula se puso roja como tomate.
—Sí —dijo bajito—. Me encantaría.

En la escuela, Guicho intentaba verse cool mientras se acercaba a Lisa.


—Hola, Lisita —dijo con su voz más seductora—. ¿Sabías que tengo brazos fuertes?
Puedo cargar tres mochilas sin cansarme.
Lisa ni lo vio.
—Ay, Guicho, no molestes. ¿Sabías que Memo y Sharon se vieron ayer? ¿Y que
Marco y Adriana están en peligro por la luna llena? ¡Hay tanto que contar!
Guicho suspiró.
La misión seducción estaba perdida.

Adriana se reunió con Marco y Cristian detrás de los casilleros.


—Necesitan saber esto —dijo en voz baja—. La luna llena de este mes… es peligrosa.
Mi madrina Úrsula siempre lo decía. Esa noche, la magia cambia de dueño.
Cristian abrió los ojos.
—¡La fiesta de Memo es esa noche!
Marco apretó los puños.
—Regina está tramando algo grande.
Adriana lo miró con sinceridad.
—Sea lo que sea… tú no estás solo.
Marco tragó saliva.
No sabía si confiar… pero necesitaba ayuda.

En la guarida Cortez, Alfonso revisaba el Arcui cuando se abrió un portal brillante.


Darío y Cristy salieron del portal casi rodando.
—¡Señor Alfonso! —gritó Cristy—. Mi mamá… está planeando algo horrible. En la
luna llena puede robar magia. Y quiere hacerlo con los Cortez.
Alfonso sintió un escalofrío.
—Lo sospechaba… pero no tenía pruebas. Buen trabajo, chicos.
Darío sonrió, orgulloso.

103
Cristy se apretó la mano contra el pecho, aun temblando por el viaje.

Cerca del edificio Cortez, Estrella encontró a Cristian.


—¡Cristian! —gritó ella—. Regina me dijo que pronto podré volver a mi época. Pero
quiero que vengas conmigo. Ya sé que en tu tiempo estamos destinados.
Cristian respiró hondo.
—Estrella… estoy con Zuly. Ella es mi novia.
Estrella abrió los ojos con furia.
—¿¡Qué!? ¿Me cambias por esa mortal sin brillo? ¡ESO LO PAGARÁS CARO!
Y antes de que Cristian pudiera hablar, Estrella desapareció en un estallido de luz
púrpura, dejando el aire vibrando.
Cristian quedó pálido.
—Esto no puede acabar bien…

Esa noche, en la guarida Cortez, cuando todos dormían…


Memo entró sigilosamente.
Miró el Arcui en su pedestal.
—Perdón, Marco… —susurró—. Perdón, familia Cortez… pero no tengo opción.
Lo tomó con ambas manos.
El libro vibró.
Como si reconociera que lo sacaban de casa.
Memo apretó los dientes y desapareció en un destello dorado.
El Arcui…
era suyo.
Y Regina lo esperaba.
La noche se volvió pesada.
Y la luna comenzaba a crecer.

104
Capítulo 24 — El Peso de la Traición
"El traidor no siempre quiere traicionar, pero el destino no distingue entre
intención y acción. Quien entrega la llave, entrega también su alma."
— Libro Mayor del Arcui

Regina apareció en la habitación de Memo sin previo aviso, envuelta en un


remolino de humo violeta. Memo, que estaba sentado en el suelo abrazando el
Arcui como si fuera un oso de peluche mágico, pegó un grito dramático.
—¡Ay, por favor! —dijo llevándose la mano al pecho—. ¿Podría al menos
APRENDER a tocar la puerta? ¡Uno vive aquí!
Regina lo observó con expresión amarga, como si tuviera migraña solo de oírlo.
—Memo —dijo con voz baja pero peligrosa—. Sé que tienes el Arcui. Y vine por él.
Memo lo abrazó más fuerte, como un niño que no quería soltar su juguete favorito.
—No —dijo con firmeza que apenas le duró un segundo—. Yo solo… ¡solo quiero ver
un hechizo para ver a mi padre! Nada más… solo eso…
Regina bufó como si le diera pena ajena.
—Ay, Memo. —Rodó los ojos—. Esas cursilerías no te hacen un hechicero malo… te
hacen débil.
Y un hechicero débil no sirve.
A Memo le dolieron esas palabras como una bofetada. Sus ojos se humedecieron.
—No soy débil… solo extraño a mi papá.
Regina extendió la mano con impaciencia.
—Dame el Arcui. Ser cursi no te traerá nada bueno.
Memo bajó la cabeza. El dolor, la duda, la presión… todo se acumuló de golpe. Sus
dedos temblaron.
Y finalmente, derrotado, le entregó el Arcui.
Regina lo tomó y sonrió con una maldad pura.
—Excelente, mi pequeño colaborador involuntario —rió—. La luna llena será…
deliciosa.
Y desapareció en un golpe de viento oscuro.
Memo se dejó caer en la cama y se cubrió la cara con las manos.
—Perdón, Marco… perdón, Cortez… perdón yo mismo.

En el edificio, Alfonso despertó sobresaltado. Algo dentro del aire había cambiado,
una vibración que solo los Cortez podían sentir. Se levantó de golpe y salió
corriendo de su habitación.
Golpeó la puerta donde dormían Darío, Marco y David.
—¡LEVÁNTENSE! —gritó—. ¡EL ARCUI FUE ROBADO!
Los tres se levantaron como resortes.
—¿Qué? —exclamó Darío.
—¿Cómo? —preguntó David.
Marco se quedó congelado, pálido.
Gladis apareció detrás con bata y cabello despeinado.
—¡Alfonso, cálmate! —pidió tratando de agarrarle el brazo—. Despertarás a los
vecinos.
—¡Gladis, nos robaron el Arcui! ¡No puedo calmarme!

105
Gabriel llegó a la cocina al mismo tiempo, en pijama, con el café temblándole en la
mano.
—Si Regina lo tiene… —dijo con voz grave— estamos en peligro. Todo el clan Cortez
lo está.
Alfonso apretó los puños.
—¿QUIÉN sabía dónde estaba guardado? ¿QUIÉN tuvo acceso?
El silencio cayó como una losa.
Marco tragó saliva y bajó la mirada.
—Yo… confié en Memo —admitió con un hilo de voz—. Y al parecer… me traicionó.
Dario lo señaló de inmediato.
—¡Sabía que Memo no debía entrar aquí! ¡Marco, eres un mal hermano cuando se
trata de confiar en extraños!
—¡No es un extraño! —respondió Marco sintiendo el corazón romperse—. Es… era
mi amigo.
—¡Pues un amigo no roba el Arcui! —gritó David, apoyando a Darío.
Marco sintió que el mundo se le caía encima. Sus ojos se llenaron de lágrimas que
no quería mostrar.
Alfonso respiró hondo, conteniéndose entre el enojo y la desesperación.
—Marco… hijo, esta vez Dario tiene razón. Debiste ser más cuidadoso.
Marco asintió, derrotado.
—Yo… lo siento.

En otro edificio, Sharon preparaba café para Daniela cuando esta notó que su
hermana estaba inquieta.
—¿Quieres hablar? —preguntó Daniela con tono suave.
Sharon respiró hondo.
—Ayer vi a Marco… por accidente. Y… no sé. Fue raro. Y bonito. Y triste. Y todo
junto.
—¿Y Memo?
Sharon frunció los labios.
—Memo… es lindo. Es tierno. Me ha ayudado mucho. Pero…
Daniela levantó una ceja.
—Pero tú no lo amas.
Sharon bajó la mirada.
—No así.
Y creo que… debo terminar con él. No es justo.
Daniela sonrió débilmente.
—Entonces habla con Marco. Cierra una puerta antes de abrir otra.
Sharon sintió un nudo en el estómago.
No tenía idea de lo que estaba a punto de descubrir.

Florencia entró a la sala con emoción explosiva.


—¡Niñas! ¡Se viene karaoke en el colegio! ¡Concurso de bandas! ¡Vamos a ensayar!
Daniela rió emocionada, mientras Sharon trataba de procesar otra preocupación
más.

106
En el patio de SIBERVI, Adriana se acercó a los Mapaches, que estaban discutiendo
sobre videojuegos.
—Chicos —dijo con firmeza—. ¿Me pueden hacer coro en el karaoke? Es
importante.
Guicho abrió un ojo.
—Nosotros somos… los Mapaches. Cantamos solo cuando estamos con Memo.
Fercho agregó:
—Y cuando estamos tristes. Pero eso no cuenta.
Adriana cruzó los brazos.
—¿Y Memo?
—Memo anda ocupado con cosas raras —dijo Fercho—. Medio apagado.
—Sí —añadió Guicho—. Y cuando no está apagado, está nervioso. Más nervioso que
cuando le toca hablar en clase.
Adriana frunció el ceño.
—Ok… pues ustedes dos me harán coro. No acepto un no.
Guicho suspiró.
—¿Podemos al menos usar lentes de sol para parecer famosos?
—Sí —respondió Adriana.
Fercho sonrió.
—Aceptamos.

Mientras tanto, en la guarida Cortez, Alfonso y Gabriel examinaban el pedestal


vacío donde el Arcui había estado.
—Lo tomó alguien con acceso directo —dijo Gabriel.
—Memo —respondió Alfonso con los dientes apretados—. Ese niño entregó nuestra
arma más poderosa.
Marco, sentado en un rincón, escuchaba en silencio con la cabeza baja.
El dolor en su pecho era insoportable.
—Yo… confié en él —dijo con voz rota.
Darío se cruzó de brazos.
—Te dije que era raro. ¡Te dije que no confiaras! Pero claro, tú siempre quieres
salvar a todo el mundo.
David asintió.
—Marco, de verdad… esta vez la regaste.
Marco se levantó bruscamente.
—¡Ya sé que me equivoqué! ¡No me lo recuerden!
Sus ojos brillaban, conteniendo un llanto que lo quemaba.
Alfonso suspiró y puso una mano en su hombro.
—Marco, sé que tienes buen corazón. Pero a veces… las buenas intenciones abren
las peores puertas.
Marco cerró los ojos.
No había nada que responder.

Estrella, desde la azotea del edificio, miraba el horizonte con los ojos fríos.
—Volveré a mi época pronto —susurró—. Pero antes… ese Cristian aprenderá a no
romperme el corazón.
Una chispa púrpura iluminó su mano.

107
—Nadie rechaza a una viajera del tiempo sin consecuencias.

En su mansión, Regina sostenía el Arcui con ambas manos, como si fuera una joya
prohibida.
—Por fin… —susurró con una risa lenta—. El candado lunar… será mío.
El libro se abrió solo.
Una página brilló.
El destino estaba escrito.

Marco salió de la guarida con el corazón estrujado, incapaz de soportar un segundo


más escuchando cómo todos culpaban a Memo. La mezcla de rabia y tristeza lo
guiaba, y sin darse cuenta llegó hasta la mansión donde él vivía. Tocó la puerta,
pero nadie respondió. Respiró hondo, murmuró un hechizo suave y entró.
La habitación estaba en penumbra. Sobre la cama, Memo lloraba en silencio,
abrazando una foto desgastada de su padre. El Arcui no estaba; en su lugar solo
quedaba un hueco que dolía. Marco sintió una punzada tan profunda que le robó el
aire.
—Memo… —susurró.
Memo escondió la foto rápidamente.
—No quiero que me mires así…
Marco contuvo la rabia que lo quemaba.
—¿Por qué lo hiciste? ¡Pusiste a mi familia en peligro!
Memo rompió en llanto.
—Solo quería ver a mi papá… Regina me prometió respuestas. Tuve miedo…
Marco aflojó los puños.
—No debiste… pero te entiendo.
Memo sollozó. Marco no lo abrazó, pero tampoco dio un paso para irse.

108
Capítulo 25 — Canta el Corazón Que Calló Demasiado
"Donde la voz tiembla, la verdad despierta. Y en cada nota perdida, un
destino vuelve a unirse."
— Libro Mayor del Arcui
Marco salió de la guarida sin mirar atrás. Su pecho ardía y sus pensamientos
eran cuchillos. No fue hasta que llegó a la mansión que entendió que no podía
seguir cargando solo con el silencio.
Tocó la puerta.
Nada.
La abrió con un hechizo suave y entró.
En penumbra, Memo lloraba abrazando una foto de su padre. El Arcui ya no
estaba; solo quedaba el hueco donde antes reposaba. Marco sintió un nudo en la
garganta.
—Memo… —murmuró entrando despacio.
Memo escondió la foto con torpeza.
—No quiero… no quiero que me mires así.
Marco apretó la mandíbula.
—Necesito mirarte así. ¡Pusiste a mi familia en peligro! ¿Por qué lo hiciste?
Memo rompió a llorar.
—Solo quería ver a mi papá… Regina me dijo que con el Arcui podría… podría
encontrarlo. Tuve miedo, Marco. Pensé que… que era la única oportunidad.
Marco respiró hondo.
La rabia seguía, pero algo más se mezclaba con ella: dolor, compasión, cansancio.
—No debiste hacerlo —susurró—. Pero entiendo por qué lo hiciste.
Memo se tapó la cara.
Marco no lo abrazó. Pero tampoco se fue.
El silencio entre ambos quedó suspendido como un hilo a punto de
romperse.

Esa tarde, los pasillos de SIBERVI se llenaron de luces, bocinas, anuncios de


colores y alumnos emocionados: era el Día de Karaoke Escolar, el evento
favorito de Florencia … y uno de los más temidos por Regina.
Los Mapaches entraron al salón cargando bocinas.
—¡Se siente el flow del éxito! —gritó Guicho.
—¡Se siente el miedo de cantar! —dijo Fercho.
Las Chismolisas llegaron grabando todo.
—Hoy habrá reconciliaciones.
—Hoy habrá rupturas.
—¡Hoy habrá dramaaaaa!
Cristian y Zuly llegaron tomados de la mano, felices, sin saber que Estrella
los estaba observando detrás de una columna con los ojos llenos de fuego.
—¿EN SERIO? ¿Con ELLA? —murmuró Estrella con voz venenosa—. Esto
no se quedará así…

En el escenario del auditorio, Florencia acomodaba micrófonos mientras


animaba a todos.
—¡Chicas, chicos, hoy brilla el talento! ¡Canten desde el alma! ¡Vibren fuerte!

109
Daniela se reía nerviosa.
—Mamá, por favor, cálmate.
—¡No puedo calmarme! —respondió Florencia —. ¡Hoy puede ser tu debut
artístico!
Daniela palideció.
—Yo no… no planeaba cantar.
—¡Pues planéalo! —dijo Florencia mientras la empujaba hacia la fila de
participantes.

Sharon estaba detrás del escenario, respirando hondo, intentando controlar


los nervios. Esa sería su primera presentación pública desde que Daniela había
vuelto… y desde que su corazón estaba hecho un rompecabezas entre Marco y
Memo.
Adriana estaba unas filas atrás afinando su voz, lista para brillar.
Estrella, unos pasos más allá, con expresión fría, decidida a robarse toda la
atención.
El concurso comenzaba.

La primera en subir fue Adriana. Cantó una balada fuerte, con voz dulce, y
el auditorio aplaudió.
Los Mapaches, en su papel de coristas, bailaban con poca coordinación pero
entusiasmo absoluto.
—¡Eso, Mapaches! —gritó Florencia .
Lisa grabó todo para subirlo a redes.
—Pobrecitos, pero son adorables —dijo.

Luego subió Estrella.


La luz del escenario pareció cambiar solo al verla. Cantó con potencia, dejando
claro que era una chica fuera de su tiempo, pero no fuera de talento.
Sin embargo, su mirada no estaba en el público.
Estaba en Cristian.
Y cada verso parecía ir dirigido a él.
Zuly cruzó los brazos.
—¿Qué… fue eso?
—Nada. Un intento fallido de seducción —respondió Cristian, intentando quitarle
importancia.
Estrella frunció el ceño.
Ese comentario le dolió.

Cuando fue el turno de Sharon, el auditorio guardó silencio.


Su voz salió temblorosa al inicio, luego segura, luego fuerte, como si estuviera
soltando meses de dolor.
Marco, que llegó tarde, la vio desde la puerta del auditorio.
Y se quedó inmóvil.
Ella también lo notó.
Su mirada se cruzó con la de él solo un segundo… pero bastó.

110
Detrás del escenario, Daniela hablaba con Florencia .
—Mamá, no quiero cantar… en serio no—
—Daniela, te hará bien. ¡Mira cómo brilló tu hermana! —la animó Florencia .
Daniela suspiró.
Pero entonces escuchó el murmullo de las Chismolisas:
—¿Ya viste cómo se miraron Marco y Sharon?
—Ay, esos dos todavía se aman.
—Memo no tiene oportunidad.
Daniela frunció el ceño.
Miró a Marco.
Miró a Sharon.
Y tomó una decisión impulsiva.
—Mamá… subiré —dijo—. Pero cantaré algo especial.
Florencia aplaudió emocionada.
—¡Sabía que en algún momento esto iba a pasar!

Daniela subió al escenario.


Cuando tomó el micrófono, parecía sorprendida de su propio valor.
—Esta canción… —dijo mirando a Sharon— la quiero dedicar.
Pero no a mí.
Ni a ustedes.
Sino a dos personas que necesitan dejar de sufrir.
Florencia suspiró como si estuviera viendo una telenovela.
Regina, por otro lado, se cruzó de brazos, molesta.
Daniela comenzó a cantar una versión suave y hermosa del tema favorito de
Sharon y Marco, el que compartieron en su primer baile en secreto.
Una canción que solo ellos entendían.
Sharon se llevó una mano al pecho.
Marco tragó saliva.
Cuando Daniela terminó, se acercó a Sharon y la abrazó.
El auditorio entero suspiró.
Marco se acercó lentamente.
Sharon dio un paso hacia él.
—Marco… —susurró.
Memo, que estaba sentado atrás con los ojos rojos e hinchados, se levantó.
Se acercó a ambos.
—Sean felices —dijo con una sonrisa triste—. Los dos. De verdad.
Sharon lo miró con dolor.
Marco sintió un nudo en la garganta.
Regina, desde la puerta, murmuró:
—Ay, por favor… ¿cursilería nivel diez? Qué desperdicio de tiempo.

Mientras tanto, Gabriel entró en la habitación de Memo buscando el Arcui.


Revolvió cajones, miró debajo de la cama, revisó la ventana.
—Nada… —murmuró angustiado—. Regina ya debe tenerlo.
Entonces la puerta se abrió.
Era Úrsula.

111
—¿Gabriel? —preguntó sorprendida—. ¿Qué haces en la habitación de mi
hijo?
Gabriel tragó saliva.
No quería mentirle.
No a ella.
—Úrsula… Memo robó el Arcui. Lo entregó a Regina.
El rostro de Úrsula se desmoronó.
—No… no puede ser… mi niño…
Gabriel la abrazó antes de que ella pudiera derrumbarse.
—Lo ayudaremos —prometió—. Juntos.
Mientras todos celebraban, Cristy entró a la oficina de Regina, preocupada.
Regina la esperaba sentada, con el Arcui abierto sobre el escritorio.
—Quería hablar contigo —dijo Regina sin levantar la vista—. Como madre e
hija.
Cristy se tensó.
—¿Qué… qué quiere decir?
Regina cerró el libro lentamente.
—Cristy… tú eres mi hija. Y por eso debes serme fiel. Mezclarte con un
Cortez… es traición.
Cristy dio un paso atrás, horrorizada.
—¿Tu hija? Usted… usted nunca me quiso. ¡Siempre me trató como una
herramienta! ¡Me robó la magia que debía tener!
Regina suspiró.
—Ay, niña… ¿en serio crees que yo podría ser tu madre?
No seas ridícula.
Cristy se quedó helada.
—¿Qué…?
Regina levantó la mirada.
—No eres mi hija. Te adopté en el Mundo Mágico cuando eras bebé. No sé
quiénes son tus padres. Ni me importa.
Cristy sintió el corazón romperse.
Se le quemaron los ojos.
Las lágrimas cayeron sin que pudiera detenerlas.
—¿Por qué… por qué me mintió?
—Porque convenía —respondió Regina, sin emoción—. Ahora, si vas a llorar,
hazlo fuera de mi oficina. Tengo rituales que preparar.
Cristy salió corriendo, rota.
En otra parte del auditorio, Memo se sentó solo en las gradas.
Heidi, que siempre lo observaba con dulzura, se acercó sin decir nada.
Se sentó a su lado.
—Oí todo —dijo suavemente.
Memo bajó la cabeza.
—Soy un desastre…
Heidi puso una mano sobre la suya.
—No eres un desastre. Eres un corazón herido tratando de hacer lo correcto.
Memo la miró por primera vez con verdadera claridad.
Y sin pensarlo… se acercaron. El beso fue suave, tímido, pero lleno de alivio.

112
Capítulo 26 — Bajo la Noche que Respira Tempestad
"Cuando la luna exige verdad, los lazos se tensan, los destinos se quiebran, y solo
el corazón firme puede cruzar la tormenta."
— Libro Mayor del Arcui

Marco no había dormido. y ver cuán frágil estaba todo, decidió reunir a quienes
podían ayudarlo. No podía perder más tiempo: Regina tenía el Arcui, y la luna llena
se acercaba. En el metro, en una mesa escondida al fondo, se reunieron Marco,
Memo, Adriana, Heidi y Cristian.
Memo llegó con los ojos hinchados, pero decidido.
Marco respiró hondo y les contó:
—Regina tiene el Arcui… y regresar a Estrella durante la fiesta. Esa luna llena no es
cualquier luna: quiere abrir el sello temporal.
Cristian lo miró preocupado.
—¿Y eso qué significa?
Adriana tomó la palabra, como si hubiera estudiado el tema desde años atrás.
—Si Regina abre ese sello con el Arcui, no solo regresara a Estrella… sino que podrá
fusionar su magia con la de ustedes, los Cortez. Y eso la volvería invencible.
Heidi se estremeció.
Memo bajó la cabeza.
Marco continuó:
—No tenemos mucho tiempo. Necesitamos infiltrar la fiesta. Mientras Regina esté
distraída, Memo y yo entraremos al círculo ritual. Adriana y Cristian harán de
distracción. Heidi… tú mantén vigilado a Memo si algo pasa.
Heidi se ruborizó.
Memo también.
Pero asintieron.
El plan estaba hecho.

En su mansión, Regina ordenaba ingredientes, lámparas antiguas y cristales.


Estrella la observaba con impaciencia.
—Regina… ¿ya sabes cuál será mi primer hechizo cuando me liberes, verdad?
Regina rodó los ojos.
—Sí, sí, sí… llevarte a tu época ridículamente romántica con tu Cristian.
Estrella cruzó los brazos.
—No es ridículamente romántica. ¡Es nuestra historia!
—Ay, niña, tu historia me tiene harta —respondió Regina—. Pero tranquila…
tendrás tu momentito, si no me fastidias.

Mientras tanto, en el departamento Cortez, Cristy lloraba en la sala.


Darío la abrazaba sin saber cómo consolarla.
—No soy hija de Regina… —sollozó—. Nunca lo fui. Me mintió… me mintió toda la
vida. No sé quién soy.
Darío le tomó las manos.
—No estás sola. Te ayudaré a encontrar a tu verdadera madre. Te lo prometo.

113
Cristy lo miró con los ojos llenos de esperanza herida.
Darío sintió que el pecho se le encogía.
No era la promesa de un amigo… sino la de alguien que comenzaba a amar.

En el edificio de Sharon y Daniela, la conversación era tensa.


—No sé si debo volver con Marco —admitió Sharon, mirando por la ventana.
Daniela la miró fijamente.
—¿Por qué crees que cante? ¿Crees que me arriesgué por gusto? Lo hice porque tú
sigues amándolo. Y él te ama. No lo arruines por miedo.
Sharon bajó la mirada.
—Es que… él…
—amas a Marco.
Sharon se quedó en silencio.
La verdad dolía porque era real.

Esa tarde, Regina apareció en la mansión Cortez sin aviso.


Memo estaba en su habitación cuando la bruja cruzó la puerta con su sonrisa más
venenosa.
—Hola, mi pequeño traidor favorito.
Memo dio un salto.
—No me llames así…
Regina se acercó, acariciándole el mentón como si fuera un gato nervioso.
—Escucha, Memo. Necesito que odies a Marco. Que pelees por Sharon. Que me
seas fiel. Lo necesitas tú… y lo necesito yo.
Memo dio un paso atrás.
—Yo… no quiero pelear…
Regina lo miró a los ojos.
Su magia cayó como un golpe.
—Odium Vivus.
Memo gritó.
La magia le nubló el pecho, le quemó la mente.
Su mirada se volvió sombría.
—Marco… —murmuró—. Me lo quitó todo.
Regina sonrió satisfecha.
—Así me gusta. Ahora, sé un buen chico y cumple tu papel.

Mientras tanto, Cristy caminaba por los pasillos de SIBERVI, aún llorando cuando
Regina apareció detrás de ella.
—Ay, niña… todavía lloras por tonterías.
Antes de que Cristy pudiera reaccionar, Regina sacó el Anillo Oráculo.
—Necesito que estés guardadita hasta la luna llena.
—¡NO! —gritó Cristy.
El anillo brilló.
Un remolino la envolvió, absorbiéndola.
David, que estaba recogiendo tareas en su mochila tras salir del salón, lo vio todo.
Se quedó paralizado.
Luego corrió.

114
David encontró a Darío y Marco en la calle.
—¡Regina secuestró a Cristy! ¡La metió en un anillo!
Darío sintió que el corazón le explotaba.
—Tiene… tiene que haber una forma… ¡hay que sacarla!
Marco dobló el brazo.
—Primero necesitamos saber dónde hace el ritual. Si Cristy está en ese anillo, será
parte del sacrificio.
Darío palideció.

En la mansión, Memo salió enfurecido al pasillo justo cuando Marco llegó


dispuesto a enfrentarlo.
—Memo… tenemos que hablar. ¡Regina te está manipulando!
—¿Manipulándome? —Memo rió con amargura—. ¡Tú me manipulaste primero!
¡Me quitaste a Sharon!
—Memo, yo nunca—
—¡CÁLLATE! —rugió Memo.
Cristian apareció corriendo al escuchar los gritos.
—¡Ey, ya basta! ¡No le hables así a Marco!
Memo lo empujó.
—¿Y tú qué? ¿El novio perfecto que se cree héroe? ¡No interfieras!
—Interfiero porque es mi amigo —respondió Cristian.
Memo levantó las manos, la magia chispeando.
Cristian dio un paso atrás.
—Memo, no lo hagas —advirtió Marco.
—Prepárense —dijo Memo, con voz oscura—. Hoy, uno de nosotros caerá.
La energía explotó.
El pasillo tembló.
De pronto, Lolo apareció entre ambos.
—¡BASTA! —gritó—. ¡Esta es MI casa y no voy a permitir que la destruyan con sus
estupideces!
Memo se detuvo de golpe.
Cristian tragó aire.
—Memo, sube a tu cuarto. Ya.
Memo apretó los dientes, temblando.
—No me des órdenes…
—Soy madre de Cristian—dijo Lolo con voz firme—. Y me vas a obedecer.
Memo tembló un momento… y se fue furioso a su habitación.

Darío, desesperado por Cristy, se derrumbó en el sofá de la guarida.


Alfonso se sentó a su lado.
—Hijo… lo superaremos juntos.
Darío respiró hondo.
—Papá, no puedo perderla.
Gladis los abrazó.
—No la perderás. Somos hechiceros. Y somos familia.

115
En la sala de la mansión Villegas, Úrsula y Gabriel estaban abrazados,
compartiendo un momento dulce cuando Memo irrumpió.
—¿QUÉ HACEN? —gruñó.
Úrsula lo miró molesta.
—Memo!, estoy conversando. ¡Toque la puerta!
Memo apretó los dientes, murmuró algo incomprensible y se fue a su habitación.
Gabriel suspiró.

Memo, encerrado en su cuarto, respiraba agitado.


La magia oscura le ardía en las manos.
—Necesito ayuda… —dijo.
Chasqueó los dedos.
¡PAF!
Guicho y Fercho aparecieron sobre su cama, gritando.
—¡¿QUÉ PASA, MEMO?!
—¡¿POR QUÉ APARECIMOS?! ¿ESTAMOS MUERTOS?
Memo los miró serio.
—Necesito que me ayuden a destruir a Marco.
Los Mapaches se quedaron mudos.
—¿Destruir? —preguntó Guicho—. Suena… ¿ilegal?
—¿O divertido? —dijo Fercho.
—Regina tiene el Arcui —dijo Memo—. Si lo recuperamos… seré el hechicero más
fuerte.
Los Mapaches se miraron.
—Pues, unidos jamás seremos vencidos —dijo Guicho, temblando.
Memo sonrió.

Entonces la ciudad entera tembló.


Las luces se apagaron.
Un apagón masivo envolvió todo.
Marco y Cristian se miraron.
—Esto no es normal…
Sharon y Daniela, desde su apartamento, se asomaron por la ventana.
—¿Un apagón? —preguntó Sharon.
—Algo huele… mal —dijo Daniela.

En la guarida, Alfonso sintió un escalofrío.


—Dario… algo se acerca. Lanza el conjuro de seguridad.
Dario asintió y comenzó a trazar el símbolo en el aire.

En el Metro Stop Café, David revisó su celular, pálido.


—Un huracán… viene directo hacia la ciudad.
Salió corriendo a contarlo.
Marco y Cristian lo escucharon sorprendidos.
—¿Huracán? ¿Justo hoy? —susurró Marco.
Cristian frunció el ceño.
—Regina está moviendo algo enorme.

116
Capítulo 27 – Viento que Revela Verdades
"En la noche donde el cielo tiembla, solo el poder que nace del corazón puede
resistir lo que los astros reclaman."
— Libro Mayor del Arcui

El huracán se formó sobre Ciudad Especial como si hubiera nacido de la nada.


Las nubes se abrieron en espiral, el viento rugió y los postes comenzaron a
tambalearse. Los mortales corrían a refugiarse mientras el cielo se volvió de un
púrpura inquietante.
Marco, Darío y David se reunieron en la azotea del edificio Cortez.
—Esto no es natural —dijo Marco, cubriéndose los ojos del viento.
—Regina está detrás —respondió Darío.
David levantó las manos.
—Ok, pero… ¿cómo detenemos un huracán sin que nadie lo vea?
Marco cerró los ojos y el Arcui, aunque ausente, vibró en su memoria.
—Con un conjuro triple.
Uno que solo podemos hacer juntos.
Los tres hermanos unieron las manos.
La energía azul los envolvió, luego verde, luego dorada.
El viento comenzó a rodearlos como si fueran el centro de un remolino.
—¡Ahora! —gritó Marco.
—Ventorum… Obscura… Dissolvem! —entonaron al unísono.
El huracán rugió más fuerte.
Nadie abajo podía verlos: la magia los encubría como una burbuja transparente.
Las ráfagas golpeaban sus cuerpos, pero seguían firmes.
El cielo estalló en luz.
Y de pronto…
Silencio.
El huracán dejó de existir como si nunca hubiera sido real.
David cayó sentado, exhausto.
—¡Ufff! Eso fue… intenso.
Darío respiró hondo.
—Regina nos estaba probando. Quería ver cuánto podíamos resistir.
Marco asintió con el ceño fruncido.
—Y ahora ya sabe de qué somos capaces.

En su mansión, Regina rompió una copa contra la pared.


—¡MALDICIÓN! ¿Cómo es posible que esos mocosos tengan tanto poder?
Estrella rodó los ojos.
—Ay, por favor, si te pasas la vida subestimándolos.
Regina la fulminó con la mirada.
—Nadie te pidió opinión, niña fuera de época.
117
Esa misma noche, Memo se escabulló al colegio SIBERVI acompañado de Guicho y
Fercho.
El hechizo Odium Vivus ardía en su pecho, manteniendo su corazón encadenado…
pero su mente tenía breves chispas de conciencia.
Entró al salón de usos múltiples.
—¿Y ahora qué buscamos? —preguntó Guicho asustado.
—El Arcui —gruñó Memo—. Regina lo tiene y lo necesito.
Entonces una risa venenosa llenó la sala.
—¿Buscando algo, mi niño?
Regina apareció entre las sombras.
Guicho y Fercho se escondieron detrás de Memo.
Memo respiró, fingiendo calma.
—Vine a… a ensayar. Con mis Mapaches. Vamos a cantar en mi fiesta pasado
mañana.
Regina entrecerró los ojos.
No le creía ni un segundo, pero la excusa era lo suficientemente absurda para
dejarla pasar.
—Ensayen. Pero no toquen mis cosas. Ni una página del Arcui.
Memo asintió, ocultando el temblor en sus manos.
El hechizo lo jalaba hacia la obediencia, al odio contra Marco… pero una pequeña
voz dentro le pedía escapar. Ser libre.

Mientras tanto, Cristian se quedó a dormir en el apartamento de los Cortez.


Marco lo recibió en su habitación, con frazadas y almohadas tiradas.
—¿No te molesta dormir aquí? —preguntó Marco.
—Me molesta dormir solo —bromeó Cristian.
Ambos rieron.
Cristian se acomodó contra la pared.
—Yo… crecí recibiendo humillaciones de Memo. Desde que éramos niños. Era
como… como si su vida perfecta tuviera permiso para aplastarlo todo.
Cuando tenía ocho años… —sonrió travieso— le eché pintura azul al shampoo.
Anduvo tres días pareciendo pitufo. Jamás supo que fui yo.
Marco se echó a reír sin poder contenerse.
—Cristian… sos mi mejor amigo.
Cristian sonrió y tomó la guitarra apoyada en la cama.
—Entonces cantemos. Como antes.
Marco afinó la voz y juntos interpretaron “Super Mae”.
Las cuerdas vibraron, la risa los llenó y por un momento olvidaron la guerra que se
acercaba.

118
A la mañana siguiente, Marco salía del Metro Stop Café cuando chocó con Sharon.
Ambos quedaron paralizados.
—¿Podemos hablar? —preguntó ella, nerviosa.
Marco tragó aire.
—Claro.
Cristian los vio y levantó la mano.
—Los dejo solos. Voy adelantando al SIBERVI.
Cuando se fueron, Sharon suspiró.
—Marco… ayer pensé mucho. No me gusta la magia. Me asusta. Pero… no puedo
negar lo que siento. Daniela tiene razón: yo… yo te amo.
Marco sonrió por primera vez en días.
—No te pido que aceptes la magia. Solo que me aceptes a mí.
Sharon tomó su mano.
—Entonces… intentémoslo de nuevo.
Detrás de una columna, Adriana escuchó todo.
Cuando Marco pasó cerca, ella sonrió dulcemente.
—Si te reconciliaste con Sharon… espero que seas feliz, Marco. Te lo mereces.
Marco asintió.
Adriana se fue, escondiendo una sombra de tristeza bajo su sonrisa.
Las Chismolisas no tardaron en grabar un video.
—¡Atención seguidores!
—Marco y Sharon regresan.
—Y aquí, en exclusiva, ¡Adriana reacciona en silencio mortal!
Subieron el video con filtros de corazones rotos.

Darío recorría los pasillos de SIBERVI buscando a Cristy.


—¿Dónde estás…? —susurraba.
Se acercó a los salones vacíos, a la cafetería, al patio. Nada.
La ansiedad le quemaba los huesos.

David y Camila jugaban en el patio del colegio, lanzando una pelota y riendo.
Por un momento, parecían ajenos al peligro que rodeaba todo.

En un supermercado, Alfonso y Gladis empujaban el carrito repleto.


—La luna llena será peligrosa —dijo Gladis arrugando la frente—. Tengo miedo de
que algo le pase a nuestros hijos.
Alfonso tomó su mano.
—Los criamos fuertes. No estarán solos.

En la mansión Villegas, Úrsula y Lolo terminaban de revisar los preparativos para


la fiesta de Memo.

119
—La decoración está lista —anunció Lolo—. Y el pastel ya está en la heladera.
—Perfecto —dijo Ursula—. Quiero que Memo tenga un cumpleaños inolvidable.
No sé… presiento que lo necesita.

Mientras tanto, Memo caminaba por uno de los pasillos ocultos del SIBERVI.
El hechizo Odium Vivus le quemaba el pecho:
Marco… le quitó todo.
Marco… merece caer.
Pero entonces escuchó voces.
—Estrella, concéntrate —decía Regina—. Mañana en la luna llena, cuando abra el
sello, absorberé los poderes de los Cortez… y también los de Memo.
Memo se detuvo.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Y Memo? —preguntó Estrella.
Regina rió.
—Es tierno. Pero débil. No merece conservar magia. Nos servirán sus poderes.
Nada más.
Memo sintió un golpe interno.
Una grieta abrió el hechizo.
Por un segundo, respiró libre.
—Nunca cambia —susurró—. Siempre me usa…
Algo dentro de él latió fuerte.
Una chispa nueva.
—Yo… yo seré mi propio dueño.
Se alejó furioso, temblando, sin saber si actuaba por la magia oscura o por su
propio corazón.
En su pecho… algo despertaba.
Algo que ni Regina podía controlar.

120
Capítulo 28 — La Fiesta Donde Nació la Tormenta
"En la alegría falsa, la sombra crece. En el bullicio, la traición respira. Y cuando
la luna mira directo al corazón, solo el valiente sostiene su magia."
— Libro Mayor del Arcui

La mansión Villegas estaba decorada con luces neón, globos plateados y un enorme
letrero que decía Feliz Cumpleaños, Memo. Mortales de todos los cursos de
SIBERVI entraban emocionados, riendo, bailando, comiendo pastel y sacándose
fotos. Nadie sospechaba que la noche que celebraban… era la más peligrosa del año.
La música sonaba estridente.
Las Chismolisas transmitían EN VIVO:
—¡Fiesta nivel épico!
—¡Memo cumple dieciséis!
—¡Y todavía no se arma el drama… pero ya sabemos que viene!
Afuera, Guicho y Fercho renegaban.
—¡No nos dejan entrar! ¡Somos los Mapaches!
—¡SOMOS LA BANDA! —gritaba Guicho.
El guardia los ignoró.
—Esto es discriminación artística —dijo Fercho indignado.

Dentro de la mansión, Marco, Cristian, Heidi y Adriana entraron entre la multitud.


Marco observó cada rincón con inquietud.
—Ella está aquí —dijo en voz baja.
—¿Regina? —preguntó Cristian.
—Sí. Siento su magia como un zumbido… como electricidad en los huesos.
Heidi se estremeció.
Adriana miró el escenario principal.
—Si fuera ella, usaría un sitio alto, donde se pueda canalizar energía.
El escenario… o el sótano ritual de la mansión.
Cristian señaló las bocinas gigantes.
—Si saboteamos eso, podríamos romper su red de energía sonora.
Adriana sonrió.
—Eso lo puedo hacer yo. Dame diez minutos… o cinco si estas bocinas son tan
viejas como parecen.
Heidi levantó la mano.
—Yo distraigo al DJ.
Cristian rió.
—Yo te cubro.
Marco los miró con orgullo.
No tenían magia, pero eran valientes.
Eso también era poder.

Mientras tanto, en la zona más oscura de la mansión, Regina preparaba su ritual.


Un círculo de velas negras rodeaba una plataforma oculta bajo el escenario.
La luna llena, visible por una claraboya de cristal, brillaba justo sobre ella.
—Perfecto… —susurró—. Que la euforia fluya, que la energía se eleve…
Chasqueó los dedos.

121
Un aura rosada se expandió sobre los invitados en la fiesta.
La música subió.
Las risas se hicieron más intensas.
Los mortales bailaban como si la noche fuera infinita, sin darse cuenta de que
Regina estaba absorbiendo su energía vital, gota a gota.
Estrella observaba desde una esquina.
—¿Y yo? ¿Cuándo me vas a mandar a mi época?
—Cuando deje de fastidiarme —respondió Regina sin mirarla.
Estrella infló las mejillas, indignada.
—Eres la bruja más tóxica del mundo mágico.
—Y tú eres la muchacha más dramática del siglo diecinueve —contestó Regina—.
Estamos a mano.

En la superficie, Memo llegó a la fiesta.


Tenía el cabello desordenado, ojos enrojecidos y respiraba rápido.
La magia oscura del Odium Vivus ardía bajo su piel.
Úrsula se acercó sonriente.
—¡Hijo! Feliz cumpleaños, mi niño. Mirá cuántos vinieron—
Memo no la miró. Pasó de largo, rígido.
Lolo frunció el ceño.
Gabriel se acercó.
—Está raro… más de lo normal.
—Algo lo está consumiendo —susurró Ursula—. No es mi Memo…

Darío, decidido a recuperar a Cristy, bajó por una escalera lateral hacia los sótanos.
Encontró un cofre brillante: el Anillo Horáculo destellaba.
—Cristy… —susurró— por favor…
Tomó el anillo con ambas manos.
El metal ardió.
El círculo brilló como si despertara.
—Liberum Anima… —susurró Darío.
Una luz azul explotó.
Cristy cayó hacia sus brazos, desplomada pero consciente.
Lo primero que vio fue a Darío.
—¿Me… me salvaste?
Darío la sostuvo con fuerza.
—Nunca dejaré que te encierren otra vez.
Cristy lo abrazó temblando.
—Gracias… Darío.
Los ojos del chico se humedecieron.

Arriba, la música se cortó un segundo.


Adriana había logrado desconectar la primera bocina.
El DJ gritó:
—¿Quién tocó mis cables?
Heidi apareció con una sonrisa.
—Ay, sorry, fue accidente… ¿me enseñas cómo funciona?

122
El DJ suspiró, hipnotizado por su mirada.
—Bueno… pero no toques esto… ni esto…
Cristian se quitó una gorra y se mezcló entre la multitud, vigilante.
Tenía la vista fija en Marco.

Marco sintió un escalofrío.


Volteó.
Memo estaba parado a unos metros, respirando como un animal acorralado.
—Necesito hablar con vos —dijo Memo con voz tensa.
Marco se acercó, cauteloso.
—Memo… ¿estás bien?
Memo apretó los dientes.
La magia del Odium Vivus chispeó por su piel.
—Regina… tiene el Arcui. Va a hacer algo esta noche. Vos… vos siempre tenéis la
culpa de todo.
—Memo, no—
—¡CALLATE! —rugió Memo.
Un chispazo salió de sus manos.
Marco apenas pudo bloquearlo con un escudo azul.
Los invitados, bajo el hechizo de euforia, ni siquiera notaron la onda de energía.
Marco retrocedió.
—Memo, no quiero pelear con vos.
—Pues yo sí —respondió él, con lágrimas contenidas—. No sé si te odio por esto… o
porque ella me lo ordenó. ¡PERO SIENTO ALGO!
Otro rayo salió de sus manos.
Esta vez Marco lo bloqueó y lo empujó hacia una pared lateral.
El choque vibró por la mansión.

Abajo, Regina sonrió satisfecha.


—Excelente… ya comienzan.
Estrella ladeó la cabeza.
—¿Ese ruido no es peligroso?
—Es un bonus —dijo Regina—. Yo dreno energía, ellos se distraen y se destruyen.
Todo está saliendo perfecto.

Úrsula y Lolo escucharon el estruendo.


—Eso fue magia —dijo Lolo, pálida.
—Memo… —susurró Úrsula—. Mi hijo está ahí. ¡Debemos ayudar!
Gabriel la tomó del brazo.
—No podemos entrar por la puerta principal. Está sellada por magia.
Pero Alfonso y Gladis vienen en camino.
—¿Los Cortez? —preguntó Lolo.
—Sí. Y cuando lleguen, abriremos esto juntos.

Alfonso y Gladis venían corriendo por la calle.


El viento extraño de la luna llena les erizaba la piel.
—¿Sentiste eso? —preguntó Gladis.

123
—Sí. Algo se desató dentro —respondió Alfonso, usando magia para acelerar el
paso—. Nuestros hijos están ahí.

Mientras tanto, Marco y Memo chocaban magia contra magia.


Memo lanzaba hechizos inestables, explosivos, que parecían fuego mezclado con
electricidad.
Marco solo defendía.
—¡Memo, basta! ¡Esto no sos vos!
—¿Y qué soy, Marco? ¡La burla del colegio! ¡El que nunca será suficiente! ¡El que
todos sienten lástima!
¡PERO AHORA TENGO PODER!
Una ráfaga lo empujó hacia una columna.
Cristian intervino.
—¡Memo, pará! ¡No lastimés a Marco!
Memo levantó la mano.
—¿Nunca te conté que odio tu cara de héroe barato?
Lanzó un hechizo directo a Cristian.
Marco saltó enfrente, bloqueando el ataque.
—¡BASTA LOS DOS! —gritó Marco.
El aire vibró.

En ese instante, Darío apareció desde el sótano con Cristy sostenida.


David corría detrás.
—¡Marco! ¡Regina va a comenzar el ritual! ¡Usó energía del público para
potenciarlo!
Cristy gritó:
—¡También va a usar la magia de Memo! ¡Quiere absorberla cuando abra el sello!
Memo se quedó paralizado.
—¿Qué… qué? ¿Yo… también?
El hechizo en su pecho tembló.
Regina había dicho que le quitaría la magia.
Todo.
Como si él no valiera nada.
Por un instante, la magia oscura se debilitó.
—Ese es tu momento, Memo —susurró Heidi desde atrás—. Elegí quién sos.

De pronto, el suelo tembló.


La plataforma bajo el escenario se abrió.
Un haz de luz púrpura iluminó la sala.
Regina ascendió desde abajo, flotando.
El Arcui brillaba en sus manos.
—¡Feliz cumpleaños, Memo! —gritó con burla—. En tu honor… ¡hoy me convertiré
en la hechicera más poderosa del mundo mágico!

124
Capítulo 29 — Cuando la Luna Reclamó su Precio
"Cuando el sello se rompa y la luz devore sombra, solo dos corazones unidos
podrán sellar lo que jamás debió despertar."
— Libro Mayor del Arcui

De pronto, el suelo tembló.


La plataforma bajo el escenario se abrió.
Un haz de luz púrpura iluminó la sala.
Regina ascendió desde abajo, flotando.
El Arcui brillaba en sus manos.
—¡Feliz cumpleaños, Memo! —gritó con burla—. En tu honor… hoy me
convertiré en la hechicera más poderosa del mundo mágico.
Los mortales aplaudieron sin saber que no era un show.
Mariposas lumínicas volaron en círculos.
La música dejó de escucharse. Solo quedaba el pulso mágico.
Sharon, que había llegado buscando a Marco, entró justo a tiempo.
—¡Marco! —gritó aterrorizada.
La magia creció.
Todo explotó en destellos.

Afuera, Alfonso y Gabriel golpeaban el portón encantado.


—¡Abra, Regina! —ordenó Alfonso, usando toda su autoridad mágica.
—Voy a romper esto, aunque me lleve toda la luna, ¡pero entro! —exigió
Gabriel.
Gladis lanzó un destello protector sobre ambos.
—Nuestros hijos están ahí…
Y siento algo oscuro. Muy oscuro.

Dentro de la mansión, Regina levantó el Arcui hacia la luna llena.


—¡Comienza el ritual!
La luz estalló.
La música, las risas, el ambiente festivo… desaparecieron.
Solo quedó el campo de batalla.
El Arcui vibraba como si despertara después de siglos de hambre.

Regina abrió el libro con un gesto abrupto.


Las páginas se movieron solas hasta llegar al capítulo más temido: La Fusión del
Heredero Temporal.
—Estrella —dijo Regina—, acércate. Es hora de usar tu anomalía temporal. Serás
el recipiente perfecto.
Estrella retrocedió horrorizada.
—¿Qué? ¡No! ¡Tú dijiste que me enviarías a mi época!
—Ay, niña ingenua… —respondió Regina con frialdad—. Te enviaré a donde
quieras…
cuando el Arcui absorba tu esencia.
El suelo brilló bajo los pies de Estrella.
Ráfagas violetas comenzaron a envolverla.

125
—¡NO! —gritó ella—. ¡CRISTIAN!
Cristian trató de correr hacia ella, pero un muro de magia lo lanzó hacia atrás.
—¡ESTRELLA! —gritó, desesperado.

Regina alzó el libro. El Arcui abrió un ojo luminoso en el centro de sus páginas,
como si estuviera vivo.
—Arcui… consume. Fusiona. Devora. Hazme eterna.
Pero la energía se volvió inestable.
El Arcui tembló en sus manos.
Marco lo sintió.
Memo también.
Ambos dieron un paso al frente, aún con el pecho agitado por su reciente pelea.
Marco dijo:
—Memo… vos y yo lo abrimos una vez.
Sabemos cómo detenerlo.
Memo, aún bajo el Odium Vivus, tembló.
Su magia explotaba como tormenta.
—No… no sé si puedo.
Heidi gritó desde atrás:
—¡Podés, Memo! ¡Confía en vos!
Adriana añadió:
—¡Vos conocés ese libro como nadie!
El corazón de Memo ardió.
La magia oscura dentro de él se retorció…
pero la chispa de su verdadera esencia estalló por un segundo.
—Marco… —dijo—.
Si vamos a morir… que sea haciendo algo correcto.
Marco sonrió.
—Siempre lo supe. Sos fuerte.
Los dos se miraron.
Por primera vez en toda su historia…
estaban del mismo lado.

Marco levantó las manos.


Memo también.
—¿Listo? —preguntó Marco.
—No —respondió Memo—.
Pero igual lo hago.
Los dos unieron las manos.
Una luz azul y dorada los envolvió.
El Arcui reconoció su energía conjunta.
El viento giró en forma de espiral alrededor de ellos.
—ARCUI… CLAUDERE… SIGILLO!
—ARCUI… CLAUDERE… SIGILLO!
El libro tembló violentamente.
Regina frunció el ceño.

126
—¿Qué hacen?
¿QUÉ ESTÁN HACIENDO?
La luz del Arcui luchaba entre obedecer a Regina…
o responder a los dos chicos cuya energía combinada era la llave original para
abrirlo y cerrarlo.
Regina gritó:
—¡Ustedes NO! ¡NO! ¡SOLO YO DEBO CONTROLARLO!
El Arcui soltó un rugido mágico.
Marco y Memo apretaron sus manos con más fuerza.
—SIGILLO! —exclamaron juntos.
La energía del ritual se quebró como un vidrio gigante.
Regina gritó con furia:
—¡NO! ¡NO! ¡MI PODER! ¡MI PODER!
La luz del Arcui se arremolinó alrededor de ella.
Le absorbió la magia como si la succionara.
El vestido de Regina se volvió gris.
Su cabello, opaco.
—¡¡¡NOOOOOO!!! —rugió ella mientras desaparecía en un torbellino de energía.
El último destello iluminó todo el salón.
Y Regina se desintegró en una lluvia de polvo violeta.

El Arcui cayó abierto.


Una chispa verde salió disparada.
Golpeó a Cristy en el pecho.
Ella gritó.
Todo su cuerpo se iluminó.
—Darío… —susurró, temblando.
Darío la sostuvo.
—¿Qué te pasa?
Un aura brillante surgió alrededor de ella.
—La magia… de Regina… —susurró—
¡Está entrando en mí!
El Arcui le regreso los poderes a Cristy.

De pronto, toda la magia que rodeaba la mansión colapsó.


Las paredes dejaron de brillar.
La ilusión de fiesta desapareció.
Los mortales se sintieron somnolientos y confundidos, como si hubieran tenido un
apagón mental.
Marco y Memo cayeron al suelo, exhaustos.
David corrió hacia Marco.
—¡Marco! ¡Despertá! ¡Por favor!
Darío dejó a Cristy apoyada contra una columna y se arrodilló junto a Memo.

El encantamiento que cerraba la entrada se desintegró.


El portón se abrió de golpe.
Úrsula fue la primera en entrar.

127
—¡MEMO! —gritó, corriendo hacia él—. ¡Memo, hijo, despertá! ¡Hijo!
Memo abrió los ojos lentamente, sin fuerzas.
—mamá…
Úrsula lo abrazó como si fuera la última vez.

Gladis vio a Marco tirado y gritó.


—¡Marco! ¡ALFONSO, AYÚDAME!
Alfonso corrió, se arrodilló y puso las manos sobre el pecho de su hijo.
—Marco… escuchame… despertá, hijo. Por favor.
Marco abrió los ojos con dificultad.
—Papá…
Gladis lo abrazó llorando.
David también lloraba.
Cristian soltó un suspiro de alivio.

Marco intentó hacer un hechizo de luz para levantarse.


Pero nada ocurrió.
—¿Qué…? —susurró.
Intentó otro.
Nada.
Memo, desde donde estaba, intentó encender una chispa en su mano.
Nada.
Los dos se miraron.
—Marco… —dijo Memo con voz temblorosa—.
No puedo… usar magia.
Marco tragó aire.
—Yo tampoco.
Gabriel se acercó, pálido.
—El ritual… los drenó. Los dejó vacíos.
Adriana se cubrió la boca.
Heidi lloró.
Sharon se arrodilló junto a Marco.
—Marco… ¿qué vamos a hacer?
Marco bajó la mirada.
—Nada…
porque ya no tengo magia.
Memo murmuró:
—Ni yo.
Las Chismolisas grababan desde lejos.
—¡EXCLUSIVA!
—¡Fiesta fallida!

128
Capítulo 30 — Cuando la Luz Cae, Algo Nuevo Despierta
“Cuando un poder se apaga, otro inevitablemente despierta. El Arcui nunca deja
un vacío sin reclamar su precio.”
— Escribillo Final del Arcui, Fragmento Perdido

El caos se disipó como un sueño roto.


La mansión de Memo, aún envuelta en el olor a humo mágico, recuperó lentamente
su apariencia normal. Los mortales parpadearon, confundidos, sujetándose la
cabeza como si hubieran tenido un mareo colectivo.
—Creo que… hubo un apagón —murmuró uno.
—Seguro fue la consola del DJ, siempre falla —dijo otro.
—¡Yo vi luces moradas! —gritó alguien.
—Fue la máquina de humo, obvio —respondió su amiga, sacando una selfie.
En minutos, la historia “oficial” de la fiesta quedó establecida:
un fallo técnico.
Nada más.
La magia, exhausta y oculta, se escondió entre las grietas del silencio.

Memo estaba apoyado en un sillón, aún pálido, pero vivo. Úrsula lo abrazaba como
si fuera un niño pequeño. Marco, sostenido por Alfonso y Gladis, respiraba
despacio. Eran dos jóvenes que lo habían dado todo… y lo habían perdido todo.
La sensación era amarga.
Pero al menos estaban vivos.
Sharon corrió hacia Marco.
—¿Marco? —dijo con miedo—. ¿Estás bien?
Marco la miró, sin fuerzas, pero con una sonrisa suave.
—Estoy… vivo. Es suficiente, creo.
Ella lo abrazó fuerte, y Marco sintió algo dentro de él que sí seguía intacto.
Sharon.
Su punto de luz.
Su razón.

Días después…
La vida en Ciudad Especial se acomodó como si la tormenta jamás hubiera
ocurrido.
SIBERVI amaneció diferente, más luminoso, más tranquilo.
Y, por primera vez en mucho tiempo…
lleno de paz.
Las Chismolisas subieron un video:
—¡Chismonoticia! Regina renunció como directora.
—La vibra en SIBERVI está ligera.
—Hay rumores de que se fue sin dejar rastro.
—Pero bueno, ¡LA EXTRAÑAMOS CERO!
Risas, emojis, comentarios explosivos.
Regina era historia.

129
Ese mismo día, Gabriel abrió la puerta de la oficina de dirección.
Ahora era suya.
Nuevos cuadros, nueva energía, nuevas reglas.
Ursula entró con una bandeja.
—Señor director… le traje comida. Pensé que quizá olvidó desayunar.
Gabriel sonrió, sincero.
—Gracias, Ursula. Y… te amo, ¿sabés?
Ella se sonrojó tanto que parecía una lámpara encendida.
—Gabriel, yo también… pero…
—Necesito —dijo él— que me des espacio.
Si vamos a intentar que esto funcione… debe ser sin presiones.
Ursula asintió con una sonrisa tierna.
—Lo prometo.
Por vos… y por nosotros.

Lisa subió un nuevo video a su blog:


—¡Chisme internacional! Adriana se fue a estudiar al extranjero.
—Fue súper de repente, pero dicen que es por un intercambio académico.
—Le deseamos éxito. Mejor allá que aquí, donde Regina ya ni está.
Sus seguidores llenaron la pantalla de emojis de despedida.

En el patio de SIBERVI, Marco caminaba con Sharon.


Era su primer día juntos después del caos.
—Entonces… —dijo ella—. ¿Vamos a intentarlo?
—¿Intentar qué?
—Vos y yo.
Ser novios otra vez… pero esta vez sin secretos que me asusten.
Marco tragó aire.
—Sharon… si no querés magia en tu vida, puedo manejarlo.
Puedo ser solo… yo.
Ella lo miró con esa mezcla de miedo y ternura que la hacía tan real.
—Quiero estar con vos, Marco.
Con magia o sin magia.
Solo… manteneme a salvo de ese mundo. ¿Sí?
Marco sonrió.
—Siempre.

En ese momento, Memo apareció como torbellino.


—¡Holaaa! —dijo levantando las manos—. ¡Por cierto, nadie arruinó mi fiesta! ¡Fue
la mejor de mi vida!
Sharon parpadeó, confusa.
—Memo… te quedaste sin magia, casi te morís y—
—¡Detalles! —respondió él con una sonrisa enorme.
Detrás de él, Heidi llegó trotando.
—¡Memo! No pasaste por mí esta mañana.
Él abrió los ojos, fingiendo sorpresa exagerada.
—¡Ups! Es que me distraigo fácil.

130
—¿Almorzamos juntos? —preguntó ella con ilusión.
Memo, por una vez, se puso tímido.
—Sí… quiero almorzar contigo
Ella sonrió, él también… y se tomaron de la mano.
Marco los observó irse.
Sharon murmuró:
—¿Eso… acaba de pasar?
—Creo que sí —respondió Marco.

David y Camila estudiaban en las mesas exteriores.


Camila tomó el cuaderno de David, lo cerró… y lo besó.
David quedó paralizado.
—¿Por qué hiciste eso? —logró decir.
—Porque hace meses esperaba que vos lo hicieras primero —respondió ella.
David se convirtió en estatua viva.

En Metro Stop Café, Alfonso servía bebidas mientras Gladis organizaba mesas.
—La ciudad está volviendo a la calma —dijo ella, feliz.
—Y nuestros hijos están bien.
Eso es todo lo que me importa —respondió Alfonso.
Se besaron suavemente detrás de la barra.

Lolo salió del edificio con un folleto en la mano.


—Esta será mi casa —dijo orgulloso—.
Un nuevo inicio… sin jefas malévolas.

Cristy y Zuly entraron juntas a SIBERVI, riendo.


—Ya te siento diferente —dijo Zuly.
Cristy respondió con una sonrisa más brillante que antes.
—Supongo que… recuperar algo que siempre fue mío ayuda.

Memo buscaba desesperado en los pasillos.


—¡Mapachessss! ¿Dónde están?
Guicho y Fercho saltaron detrás de unos casilleros.
—¡¡SORPRESA!!
Memo se rió.
—Gracias por estar ahí.
En serio… sin ustedes… no sé qué hubiera hecho.
Los mapaches lo abrazaron como si fuera su rey sin corona.

Mientras tanto, en la entrada principal, Sharon caminaba junto a Marco.


El viento movía su cabello.
—Marco… —dijo ella con seriedad—.
¿De verdad perdiste tus poderes?
Marco suspiró.
—Lo intentare que salga un árbol pequeño … y…
Abrió la mano.

131
Intentó.
Nada.
Ni una chispa.
—El Arcui nos drenó —susurró—.
Lo que Regina inició… nos dejó vacíos.
Sharon tragó saliva.
—¿Y los extrañás?
Marco bajó la mirada… y luego sonrió suave.
—No.
Porque mi magia…
sos vos.
Sharon sintió la piel erizarse.
—Ay, Marco… qué cursi sos.
—Solo contigo —respondió él.
Ella se inclinó y lo besó.
Un beso lento, lleno de promesas nuevas.

Sharon entró al edificio, todavía sonriendo.


—¡Marco, apurate! —gritó Sharon desde adentro.
Marco salió detrás de Sharon, aún sorprendido por el pequeño brote verde que
había nacido a sus pies.
Otro apareció. Y otro.
La tierra vibró suavemente.
—¿Qué…? —susurró.
Una pequeña enredadera creció de golpe, escalando la pared como si lo
reconociera.
Marco dio un paso adelante y las plantas respondieron, floreciendo con un brillo
dorado.
—¿Volvió… la magia? —murmuró, incrédulo.
En ese instante…
CRACK.
Una bota negra pisó el brote recién nacido.
Un joven desconocido —rockero, chaqueta de cuero, cabello desordenado, aura
oscura— lo observaba fijamente.
No sonreía.
No hablaba.
Pero sus ojos rojos, intensos como brasas infernales, lo decían todo:
El aire se volvió gélido. La luz del pasillo tembló.Sin pronunciar una palabra…
el joven cerró lentamente el puño. Los ventanales de la entrada de SIBERVI
estallaron hacia afuera,
El joven rockero dio un solo paso hacia él, silencioso como una sombra, y el suelo
bajo sus botas tembló.
El desconocido lo observó…
ni una palabra…
ni un gesto…
Solo esa mirada roja que atravesaba todo.
CONTINUARÁ…

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