0% encontró este documento útil (0 votos)
0 vistas7 páginas

Text

El ensayo explora la complejidad de la felicidad a través de diversas perspectivas filosóficas, desde la antigüedad hasta la modernidad, incluyendo el epicureísmo, estoicismo y la psicología positiva. Se discuten las críticas contemporáneas a la búsqueda de la felicidad, así como las enseñanzas de las tradiciones orientales sobre el sufrimiento y la realización personal. La conclusión sugiere que la felicidad es un proceso activo y multidimensional, que no se encuentra en un destino, sino en la forma de vivir y las elecciones que hacemos.

Cargado por

axelmks98
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como TXT, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
0 vistas7 páginas

Text

El ensayo explora la complejidad de la felicidad a través de diversas perspectivas filosóficas, desde la antigüedad hasta la modernidad, incluyendo el epicureísmo, estoicismo y la psicología positiva. Se discuten las críticas contemporáneas a la búsqueda de la felicidad, así como las enseñanzas de las tradiciones orientales sobre el sufrimiento y la realización personal. La conclusión sugiere que la felicidad es un proceso activo y multidimensional, que no se encuentra en un destino, sino en la forma de vivir y las elecciones que hacemos.

Cargado por

axelmks98
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como TXT, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

la humanidad misma, ha sido el motor de innumerables reflexiones filosóficas,

espirituales, psicológicas y literarias. Todos deseamos ser felices, pero cuando


intentamos definir qué es la felicidad, las respuestas se multiplican y a menudo se
contradicen. Para algunos, la felicidad es la ausencia de dolor y la plenitud del
placer. Para otros, es la realización de un proyecto vital, el cumplimiento de un
deber o la entrega a una causa. Para otros más, es un estado de serenidad interior
que trasciende las circunstancias externas. La felicidad parece ser un concepto
escurridizo, un ideal que siempre se nos escapa cuando intentamos atraparlo.

En el presente ensayo, exploraremos la felicidad desde múltiples perspectivas.


Comenzaremos con la mirada de los filósofos de la antigüedad, que sentaron las
bases de nuestra reflexión sobre el bien vivir. Luego abordaremos las concepciones
modernas, desde el utilitarismo hasta la psicología positiva, pasando por las
críticas de quienes ven en la obsesión por la felicidad una trampa de la sociedad
contemporánea. También exploraremos la felicidad en las tradiciones orientales, el
papel del sufrimiento, las paradojas de la felicidad y su dimensión ética.
Finalmente, reflexionaremos sobre la posibilidad de construir una vida feliz en un
mundo complejo y cambiante. Al final del camino, quizás descubramos que la
felicidad no es un destino al que se llega, sino una forma de viajar, una manera de
habitar el mundo que se construye en cada elección y en cada instante.

Capítulo I: La felicidad en la filosofía antigua

Los filósofos de la antigüedad abordaron la felicidad como la cuestión ética por


excelencia. Para ellos, la felicidad (eudaimonia en griego) no era un estado
subjetivo de placer o de bienestar emocional, sino la realización plena de la
naturaleza humana, el vivir de acuerdo con la razón y la virtud. Sócrates, el
maestro de Platón, sostenía que la felicidad no depende de las circunstancias
externas, sino de la virtud y del conocimiento. "Nadie hace el mal a sabiendas",
afirmaba, porque el conocimiento del bien lleva necesariamente a obrar bien. Para
Sócrates, la felicidad era el resultado de una vida examinada, una vida en la que
la persona se conoce a sí misma y actúa conforme a su mejor naturaleza. Esta visión
intelectualista de la felicidad ha sido muy influyente, aunque también ha sido
criticada por su optimismo respecto a la razón humana.

Platón, discípulo de Sócrates, profundizó esta idea en su teoría de las Ideas. Para
Platón, la felicidad consiste en la contemplación de la Idea del Bien, que es la
fuente de toda realidad y de todo conocimiento. La vida feliz es aquella que se
orienta hacia esta contemplación, que organiza sus deseos y sus acciones según la
razón y que busca la armonía del alma. El alma humana está compuesta de tres
partes: la racional, la irascible (la voluntad) y la apetitiva (los deseos). La
felicidad se alcanza cuando estas tres partes están en armonía, cuando la razón
gobierna y los deseos y la voluntad se someten a su guía. Esta visión jerárquica de
la vida interior ha tenido una influencia profunda en la ética occidental y en la
concepción de la felicidad como orden y como autodominio.

Aristóteles, discípulo de Platón, ofreció una visión más matizada. En su "Ética a


Nicómaco", Aristóteles define la felicidad como la actividad del alma conforme a la
virtud perfecta. La felicidad no es un estado pasivo, sino una actividad, un
ejercicio de las capacidades humanas más elevadas. El ser humano es un ser
racional, y su felicidad consiste en vivir de acuerdo con la razón, en desarrollar
sus potencialidades y en realizarse plenamente. Aristóteles distingue entre
virtudes éticas (como la justicia, la valentía o la templanza) y virtudes
dianoéticas (como la sabiduría o la inteligencia). La felicidad más alta es la que
se alcanza en la contemplación de la verdad, en el ejercicio de la sabiduría. Sin
embargo, Aristóteles también reconoce que la felicidad requiere de ciertos bienes
externos, como la salud, la riqueza o la amistad, y que una vida feliz es una vida
completa, que abarca todas las dimensiones de la existencia humana.
Capítulo II: Epicureísmo y estoicismo – dos caminos hacia la felicidad

El epicureísmo y el estoicismo, dos de las escuelas filosóficas más influyentes del


periodo helenístico, ofrecieron respuestas muy diferentes a la pregunta por la
felicidad, pero ambas compartían la preocupación por la tranquilidad del alma.
Epicuro, el fundador del epicureísmo, sostenía que la felicidad es el placer, pero
no el placer desenfrenado o la búsqueda del lujo. Epicuro distinguía entre los
placeres naturales y necesarios (como comer, beber o dormir), los naturales pero no
necesarios (como la satisfacción sexual o la buena comida) y los que no son ni
naturales ni necesarios (como la fama o el poder). La felicidad consiste en
satisfacer los placeres naturales y necesarios, y en evitar el dolor y la
inquietud. Epicuro recomendaba la vida retirada, la amistad y la serenidad del
alma, y veía en el conocimiento de la naturaleza una forma de disipar los miedos
(como el miedo a los dioses o a la muerte) que perturban la paz interior. La
felicidad epicúrea es una felicidad negativa: la ausencia de perturbación.

El estoicismo, por su parte, ofrecía una visión radicalmente diferente. Los


estoicos, como Séneca, Epicteto o Marco Aurelio, sostenían que la felicidad
consiste en vivir de acuerdo con la naturaleza y con la razón. El ser humano no
puede controlar las circunstancias externas, pero sí puede controlar sus juicios,
sus deseos y sus acciones. La felicidad, para los estoicos, es la serenidad del
alma que acepta lo que sucede y que se mantiene imperturbable ante la adversidad.
El sabio estoico es aquel que no se deja dominar por las pasiones, que vive en
armonía con el orden racional del universo y que encuentra su bien en su propia
virtud. La felicidad estoica es una felicidad de fortaleza y de autodominio, que no
depende de nada exterior. Esta visión ha tenido una influencia enorme en la ética
occidental y en la espiritualidad cristiana, y sigue siendo una fuente de
inspiración para muchas personas que buscan la paz interior en medio de las
tormentas de la vida.

Capítulo III: La felicidad en la filosofía moderna

La filosofía moderna, con su giro hacia el sujeto y hacia la autonomía, transformó


la concepción de la felicidad. René Descartes, el padre de la filosofía moderna,
veía la felicidad como un estado de satisfacción interior que depende de la
voluntad y de la razón. Para Descartes, la felicidad no es un fin en sí mismo, sino
una consecuencia de la vida virtuosa y del conocimiento. El ser humano puede
alcanzar la felicidad si gobierna sus pasiones con la razón y si se orienta hacia
el bien. Sin embargo, Descartes también reconocía que la felicidad es difícil de
alcanzar y que depende, en parte, de las circunstancias.

Immanuel Kant, por su parte, ofreció una visión radical de la felicidad. Para Kant,
la felicidad no debe ser el fundamento de la moral, porque la moral no se basa en
inclinaciones, sino en el deber. La felicidad es un fin empírico, que depende de
las circunstancias y de los deseos individuales, mientras que la moral es un fin
racional, que se impone a todos los seres racionales. Kant no niega que la
felicidad sea deseable, pero sostiene que no debe ser el principio de la acción. La
felicidad es el resultado de la virtud, pero no está garantizada en este mundo.
Kant introduce la idea del "sumo bien", que es la unión de la virtud y de la
felicidad, pero esta unión solo es posible en una vida futura, bajo la guía de
Dios. Esta separación entre virtud y felicidad ha sido muy influyente y ha marcado
la ética moderna.

El utilitarismo, representado por Jeremy Bentham y John Stuart Mill, ofreció una
concepción muy diferente de la felicidad. Para los utilitaristas, la felicidad es
el placer y la ausencia de dolor, y el criterio de la moralidad es la maximización
de la felicidad para el mayor número de personas. Mill, sin embargo, introdujo una
distinción cualitativa entre los placeres: los placeres superiores (como los
intelectuales o estéticos) son más valiosos que los placeres inferiores (como los
sensuales). La felicidad, para Mill, no es un placer simple, sino una vida que
incluye la satisfacción de las capacidades superiores. Esta visión ha sido muy
influyente en la ética y en la política, y ha contribuido a la idea de que la
felicidad es un objetivo social que debe ser promovido por las instituciones.

Capítulo IV: La psicología positiva y la ciencia de la felicidad

En las últimas décadas, la psicología ha redescubierto el estudio de la felicidad,


dando lugar al movimiento de la "psicología positiva", liderado por Martin
Seligman. La psicología positiva no se limita a estudiar la patología y el
sufrimiento, sino que investiga las condiciones del bienestar, de la resiliencia y
de la plenitud. Seligman ha propuesto un modelo de bienestar que denomina PERMA,
que incluye cinco elementos: Emociones Positivas, Compromiso (engagement),
Relaciones, Significado (Meaning) y Logro (Accomplishment). La felicidad, desde
esta perspectiva, no es un estado pasivo, sino una combinación de experiencias y de
prácticas que pueden ser cultivadas.

La investigación en psicología positiva ha mostrado que la felicidad no depende


tanto de las circunstancias externas (como la riqueza, el estatus o la salud) como
de las actitudes y de las elecciones individuales. Los seres humanos tenemos una
capacidad notable para adaptarnos a las circunstancias, tanto a las buenas como a
las malas. Sin embargo, ciertas prácticas pueden aumentar significativamente
nuestro nivel de felicidad: la gratitud, la atención plena, el ejercicio físico, la
conexión social, la práctica de actos de bondad, el cultivo de relaciones
significativas, y la búsqueda de propósito. La psicología positiva no promete la
felicidad absoluta, sino que ofrece herramientas para vivir una vida más plena y
más satisfactoria.

La psicología positiva también ha explorado el concepto de "florecimiento"


(flourishing), que es un estado de bienestar integral que va más allá de la mera
satisfacción con la vida. Una persona que florece experimenta emociones positivas,
se involucra en actividades significativas, mantiene relaciones saludables, tiene
un sentido de propósito y se siente competente. El florecimiento es un estado que
puede ser cultivado, y que depende tanto de factores individuales como del entorno
social. Esta visión de la felicidad como un proceso activo y multidimensional ha
tenido un impacto profundo en la terapia, en la educación y en el desarrollo
personal.

Capítulo V: La crítica a la felicidad en la sociedad contemporánea

A pesar del auge de la psicología positiva y de la industria de la autoayuda, la


felicidad ha sido objeto de críticas profundas desde diversas perspectivas. El
filósofo Byung-Chul Han ha denunciado la "sociedad del rendimiento", en la que la
felicidad se ha convertido en un imperativo, en una obligación que genera ansiedad
y depresión. En esta sociedad, no se permite no ser feliz; la infelicidad es vista
como un fracaso personal, una falta de esfuerzo o de actitud positiva. Esta presión
por ser feliz es, paradójicamente, una fuente de infelicidad. La felicidad se ha
mercantilizado y se ha convertido en un producto que se puede comprar y vender, una
promesa vacía que alimenta el consumo.

El sociólogo Zygmunt Bauman ha señalado que la felicidad en la modernidad líquida


es una meta esquiva, porque las condiciones de vida son cambiantes, inciertas y
frágiles. En un mundo donde todo es provisional, donde las relaciones se disuelven
y donde los proyectos se redefinen constantemente, la felicidad se vuelve un
objetivo difícil de alcanzar y de sostener. La felicidad, en esta perspectiva, no
es un logro duradero, sino una serie de momentos que debemos aprender a apreciar
sin la pretensión de perpetuar.

La crítica más radical ha venido de pensadores como el filósofo alemán Arthur


Schopenhauer, que veía en la felicidad una ilusión que la naturaleza utiliza para
perpetuar la especie. Para Schopenhauer, la vida es un perpetuo vaivén entre el
deseo (que es insatisfacción) y el aburrimiento (que es la ausencia de deseo). La
felicidad no es más que la breve suspensión del dolor, una ilusión que desaparece
en cuanto la alcanzamos. Esta visión pesimista ha sido muy influyente y ha
alimentado la crítica del ideal de la felicidad como una meta posible. Sin embargo,
incluso Schopenhauer reconocía que la felicidad podía encontrarse en la renuncia al
deseo, en la contemplación estética o en la compasión hacia los demás.

Capítulo VI: La felicidad en las tradiciones orientales

Las tradiciones orientales ofrecen una perspectiva muy diferente sobre la


felicidad. El budismo, en particular, ha hecho del sufrimiento (dukkha) el centro
de su enseñanza. La primera de las Cuatro Nobles Verdades es que la vida es
sufrimiento, pero el budismo no es una filosofía pesimista; es una filosofía del
despertar. El sufrimiento no es un destino, sino una condición que puede ser
superada. La felicidad, para el budismo, no es el placer o el bienestar emocional,
sino la liberación del sufrimiento, el nirvana. El nirvana no es un estado de
euforia, sino de paz profunda, de ecuanimidad y de sabiduría. La práctica budista,
que incluye la meditación, la atención plena y la compasión, está orientada a
cultivar esta paz interior, a desprenderse del apego y de la ilusión del yo.

El hinduismo, por su parte, ofrece una visión de la felicidad como la realización


del yo verdadero (Atman) y su unión con la realidad última (Brahman). La felicidad,
en esta tradición, no es un estado emocional, sino un estado de conciencia que
trasciende los opuestos de placer y dolor. El yoga es el camino que conduce a esta
unión, y la felicidad es el fruto de la práctica espiritual. El concepto de
"ananda" (dicha o felicidad) es central en el hinduismo, y se refiere a la
bienaventuranza que experimenta el ser cuando se libera de la ignorancia y se une
con lo divino. Esta felicidad es inefable, eterna y no depende de las condiciones
externas.

El taoísmo, otra tradición oriental, ofrece una concepción de la felicidad como la


armonía con el Tao, el principio cósmico que ordena el universo. La felicidad, para
el taoísmo, no es un logro personal, sino un fluir con la naturaleza, una
adaptación a los ciclos y a los cambios de la vida. El sabio taoísta no busca el
placer ni evita el dolor; se deja llevar por la corriente de la vida, sin
resistencia y sin apego. Esta felicidad es la de la espontaneidad, la de la
simplicidad y la de la conexión con el todo. Las tradiciones orientales, en su
diversidad, coinciden en que la felicidad no se encuentra en el mundo exterior,
sino en el cultivo de la mente y del corazón.

Capítulo VII: La felicidad y el sufrimiento

Una de las paradojas de la felicidad es que a menudo está ligada al sufrimiento.


Las personas que han atravesado experiencias dolorosas suelen reportar una mayor
capacidad de apreciar la felicidad. El dolor puede ser un maestro que nos enseña a
valorar lo que tenemos, a no dar por sentado el bienestar y a vivir con mayor
intensidad y gratitud. El crecimiento postraumático es un fenómeno documentado por
la psicología, en el que las personas que han superado una crisis experimentan un
desarrollo personal significativo: una mayor conciencia de sí mismas, unas
relaciones más profundas, un sentido de propósito renovado y una mayor apreciación
de la vida.

La felicidad no es la ausencia de dificultades, sino la capacidad de encontrar


sentido en medio de ellas. Viktor Frankl, el psiquiatra y superviviente del
Holocausto, mostró que la felicidad no es un objetivo directo, sino un subproducto
de la búsqueda de sentido. Las personas que tienen un porqué para vivir pueden
soportar casi cualquier cómo. La felicidad no consiste en evitar el dolor, sino en
encontrar un significado que lo trascienda. Esta idea ha sido central en la
logoterapia, y ha tenido un impacto enorme en la psicoterapia y en el desarrollo
personal.

El sufrimiento también puede ser una ocasión para la compasión y para la conexión
con los demás. Cuando sufrimos, nos damos cuenta de que no estamos solos, de que
otros sufren como nosotros, y de que el dolor es una experiencia universal. Esta
conciencia puede abrirnos a la solidaridad y al cuidado de los demás, que son
fuentes profundas de felicidad. La felicidad, en este sentido, no es un logro
individual, sino un vínculo que nos une a los demás en la experiencia compartida de
la vida.

Capítulo VIII: Las paradojas de la felicidad

La búsqueda de la felicidad está llena de paradojas. Una de ellas es la paradoja de


la desobediencia: la felicidad no se alcanza cuando se la busca directamente;
aparece como un subproducto cuando nos entregamos a una actividad o a una relación
significativa. El psiquiatra Viktor Frankl decía que "la felicidad no puede ser
perseguida; debe ser consecuencia". Cuando nos obsesionamos con ser felices, la
felicidad se nos escapa. Es como un sueño que se desvanece cuando intentamos
agarrarlo. La felicidad florece cuando nos olvidamos de nosotros mismos, cuando nos
sumergimos en el trabajo, en el amor, en la contemplación.

Otra paradoja es que la felicidad no es un estado continuo, sino que está hecha de
momentos. La vida feliz no es una línea recta de bienestar; es una serie de
experiencias positivas que se entremezclan con experiencias negativas. Aceptar esta
discontinuidad es parte de la sabiduría de vivir. La felicidad no es un estado de
ánimo permanente; es una capacidad de apreciar los momentos de alegría y de
encontrar paz en los momentos de dificultad. La felicidad, como las olas del mar,
tiene sus altibajos, y la sabiduría consiste en navegar con gracia entre ellos.

Otra paradoja es que la felicidad a menudo implica renunciar a algo. La felicidad


no es la acumulación de experiencias y de bienes, sino la capacidad de desprenderse
de lo que no es esencial. La renuncia, el desapego, la simplicidad, pueden ser
puertas hacia una felicidad más profunda. Esta es una enseñanza común de las
tradiciones espirituales, que nos invitan a soltar el apego a los resultados, a las
expectativas y a los deseos insaciables. La felicidad no está en tener más, sino en
ser más, en estar más presentes, más abiertos, más agradecidos.

Capítulo IX: La felicidad como construcción ética

La felicidad no es un asunto privado; es una cuestión ética y política. Una


sociedad que no garantiza las condiciones mínimas para el bienestar de sus
ciudadanos (educación, salud, trabajo, seguridad) no está creando las condiciones
para la felicidad. La felicidad no es solo un estado individual, sino que depende
de la justicia social, de la igualdad de oportunidades y del respeto a la dignidad
de todas las personas. El utilitarismo, con su principio de maximizar la felicidad
para el mayor número, ha sido una de las corrientes éticas que más ha enfatizado
esta dimensión social de la felicidad.

La felicidad también tiene una dimensión ecológica. No podemos ser felices en un


mundo destruido, en un planeta contaminado y en una naturaleza degradada. La
felicidad humana está ligada a la salud del planeta, a la sostenibilidad de los
ecosistemas y al respeto por las otras formas de vida. La felicidad, en este
sentido, requiere de un cambio de paradigma, de una transición hacia formas de vida
más simples, más ecológicas y más justas. La felicidad no es un lujo para unos
pocos; es un derecho universal que solo puede realizarse en un mundo donde todos
tengan la oportunidad de florecer.
La ética de la felicidad también implica la responsabilidad hacia los demás. No
podemos ser felices en medio de la injusticia, de la exclusión o de la violencia.
La felicidad verdadera es una felicidad compartida, que se construye en el cuidado
mutuo, en la solidaridad y en la compasión. La felicidad no es una retirada del
mundo, sino una forma de transformarlo, de hacerlo más acogedor, más bello y más
justo. La ética de la felicidad es una ética de la responsabilidad y del
compromiso, que nos llama a ser agentes de cambio en nuestras comunidades y en el
mundo.

Capítulo X: La felicidad como arte de vivir

La felicidad, al final del camino, se revela como un arte de vivir. No es una


fórmula que se pueda aplicar mecánicamente, ni un destino que se pueda alcanzar de
una vez por todas. Es una práctica, un aprendizaje, un modo de habitar el mundo con
atención, con gratitud y con propósito. El arte de vivir feliz no consiste en
evitar las dificultades, sino en aprender a navegar con ellas; no consiste en
acumular placeres, sino en cultivar una actitud de apertura y de aceptación; no
consiste en aislarse del mundo, sino en conectarse con los demás y con la
naturaleza.

El arte de vivir feliz implica cultivar la atención plena, la capacidad de estar en


el presente sin la distracción del pasado o del futuro. Implica cultivar la
gratitud, la capacidad de apreciar lo que tenemos en lugar de anhelar lo que no
tenemos. Implica cultivar relaciones auténticas, que nos nutran y nos sostengan.
Implica cultivar un propósito, una dirección en la vida que nos dé sentido y que
nos oriente en las decisiones importantes. Implica cultivar la resiliencia, la
capacidad de recuperarnos de las adversidades y de aprender de ellas.

El arte de vivir feliz también implica aceptar la propia imperfección y la de los


demás. La felicidad no exige la perfección; exige la autenticidad y la compasión.
Podemos ser felices con nuestras limitaciones, con nuestras sombras y con nuestras
contradicciones, porque la felicidad no es una meta, sino un proceso, un viaje que
se hace con todos los bagajes que llevamos. Como escribió el poeta Antonio Machado:
"Caminante, no hay camino, se hace camino al andar". La felicidad es ese camino que
se hace al andar, una dirección que elegimos, un horizonte que nos convoca.

Conclusión

La felicidad es un misterio, pero también una tarea. A lo largo de este ensayo,


hemos recorrido las múltiples concepciones de la felicidad que han surgido a lo
largo de la historia y en distintas culturas. Hemos visto que la felicidad ha sido
entendida como placer, como virtud, como serenidad, como sentido, como liberación,
como florecimiento. Cada una de estas concepciones ofrece una perspectiva valiosa,
pero ninguna agota el significado de la felicidad. La felicidad es una realidad
compleja y multidimensional, que no puede ser reducida a una única definición ni a
una única fórmula.

Hemos visto que la felicidad no es un estado que se alcanza de una vez, sino un
proceso que se construye día a día. No es un destino al que se llega, sino una
forma de viajar. No es un logro individual, sino un tejido de relaciones y de
compromisos. No es una evasión del sufrimiento, sino una forma de integrarlo y de
encontrarle sentido. La felicidad no es un estado de ánimo permanente, sino una
capacidad de apreciar los momentos de alegría y de encontrar paz en los momentos de
dificultad.

En una sociedad que nos empuja a la competitividad, al consumo y al rendimiento, la


felicidad se ha vuelto un bien escaso y un lujo necesario. Recuperar la felicidad
como un arte de vivir es una tarea urgente. No se trata de huir del mundo, sino de
encontrar en el mundo las fuentes de la felicidad: la conexión con los demás, el
contacto con la naturaleza, el cultivo de la sabiduría y de la compasión, la
capacidad de asombro y de gratitud. La felicidad no es un lujo que se pueda
posponer; es una necesidad que debe ser atendida con cuidado y con dedicación.

Como escribió el poeta Rainer Maria Rilke: "La felicidad no es un estado de ánimo,
sino una forma de ser". Que aprendamos a ser felices, no como una meta lejana, sino
como una manera de estar en el mundo, una manera de relacionarnos con nosotros
mismos, con los demás y con el misterio de la vida. Que la felicidad, en todas sus
formas, sea el hilo que teje la trama de nuestra existencia, y que cada día sea una
oportunidad para construir, con humildad y con alegría, el arte de vivir.

También podría gustarte