Ese enfoque pued
La primera carta apareció una noche de lluvia.
No tenía sello.
No tenía remitente.
Solo una frase escrita con tinta negra.
"Hoy llevabas el cabello recogido. Deberías hacerlo más seguido."
Alma sintió un escalofrío.
Aquella tarde, efectivamente, se había hecho un moño improvisado mientr
as caminaba bajo la lluvia.
Miró por la ventana.
La calle estaba vacía.
Intentó convencerse de que era una broma.
Pero las cartas siguieron llegando.
"Te gusta sentarte junto a la ventana del café porque finges leer mientras
observas a la gente."
"Hoy sonreíste diecisiete veces. La cuarta fue la más bonita."
"No voltees. Estoy más cerca de lo que imaginas."
A partir de ese día comenzó a sentir una presencia constante.
Cuando salía de la universidad, tenía la impresión de que alguien caminab
a detrás de ella.
En el autobús, notaba unos ojos clavados en su espalda.
Cuando apagaba la luz de su habitación, siempre tenía la sensación de qu
e alguien la observaba desde la oscuridad.
Nunca encontraba a nadie.
Y, aun así...
Las cartas seguían llegando.
Una tarde, encontró una caja envuelta con un lazo rojo frente a su puerta.
Dentro había un libro que había visto una semana antes en el escaparate
de una librería.
Nunca se lo había contado a nadie.
Entre las páginas había una nota.
"No deberías conformarte con mirarlo desde el cristal."
Alma dejó caer el libro.
El miedo le decía que llamara a la policía.
Pero había otra emoción creciendo dentro de ella.
Necesitaba saber quién era.
¿Por qué conocía detalles que nadie más conocía?
¿
Por qué parecía entenderla mejor que las personas que llevaban años a su
lado?
Aquella noche decidió responder.
Escribió una nota y la dejó dentro del buzón.
"¿Quién eres?"
A la mañana siguiente encontró una respuesta.
"Todavía no estás preparada para verme."
Los días siguientes se convirtieron en un juego enfermizo.
Cada carta revelaba un secreto sobre ella.
Cada silencio aumentaba su curiosidad.
Sin darse cuenta, Alma dejó de esperar mensajes de sus amigos.
Esperaba las cartas.
Esperaba esa sensación de que alguien la observaba.
Lo que antes le provocaba terror empezó a convertirse en una necesidad.
Sin saberlo, el desconocido ya no solo vigilaba sus pasos.
Había encontrado la manera de habitar sus pensamientos.
Y mientras Alma buscaba desesperadamente el rostro del hombre que la
perseguía...
Él sonreía desde la ventana del edificio de enfrente.
No porque hubiera conseguido acercarse a ella.
Sino porque había logrado algo mucho más peligroso.
Que fuera ella quien comenzara a buscarlo.
Aquella noche, Alma no pudo dormir.
Corrió las cortinas tres veces.
Revisó que la puerta estuviera cerrada.
Encendió todas las luces del departamento.
Aun así, la sensación de que alguien la observaba permanecía pegada a s
u piel.
A las tres de la madrugada sonó una notificación en su teléfono.
Número desconocido.
Solo una fotografía.
Era su ventana.
Tomada desde el edificio de enfrente.
El mensaje decía:
"Las luces no espantan a los monstruos."
El corazón de Alma se detuvo por un instante.
Corrió hacia la ventana, apartó apenas la cortina y miró al edificio de enfre
nte.
Decenas de ventanas oscuras.
Ningún movimiento.
Ninguna silueta.
Pero estaba segura de que alguien la observaba desde la oscuridad.
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Al día siguiente intentó continuar con su rutina.
Sin embargo, cada paso que daba parecía calculado por alguien más.
Cuando entró a la cafetería donde solía estudiar, el barista la recibió con u
na sonrisa.
—¿Tu novio no vino hoy?
Alma frunció el ceño.
—¿Qué novio?
—
El chico alto de cabello oscuro. Siempre se sienta al fondo mientras tú lees
.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Nunca había visto a ningún hombre esperándola allí.
Giró lentamente.
Al fondo del local había una mesa vacía.
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Esa misma tarde llegó otra carta.
"Hoy preguntaste por mí."
Alma sintió un extraño calor recorrerle el cuerpo.
Tenía miedo.
Pero también una necesidad insoportable de conocer al hombre que pare
cía estar en todas partes.
Tomó una hoja de papel y escribió:
"¿Por qué yo?"
A la mañana siguiente encontró la respuesta.
"Porque fuiste la única persona que me miró cuando todos los demás apar
taron la vista."
Aquellas palabras despertaron un recuerdo.
Años atrás, mientras esperaba el autobús bajo la lluvia, había visto a un jov
en sentado en la acera. Tenía la ropa empapada y la mirada perdida.
Todos pasaban de largo.
Ella le había ofrecido un paraguas.
Él lo rechazó.
Pero antes de irse, Alma le sonrió.
No recordaba su rostro.
Solo aquellos ojos grises.
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Gael dobló cuidadosamente la carta antes de dejarla en el buzón.
Desde la azotea del edificio vecino observó cómo Alma salía minutos desp
ués para recogerla.
Sonrió.
Había esperado tres años para ese momento.
Tres años estudiando cada uno de sus hábitos.
Cada cambio en su rutina.
Cada cumpleaños.
Cada lágrima.
Guardaba cientos de fotografías de ella en cajas perfectamente ordenadas
.
No había una sola imagen donde Alma mirara directamente a la cámara.
Porque jamás supo que estaba siendo fotografiada.
Gael acarició una de las fotografías más antiguas.
La del día lluvioso en que ella le ofreció un paraguas.
En su mente, aquel instante no había sido un gesto de amabilidad.
Había sido una promesa.
Y estaba convencido de que el destino solo estaba retrasando el momento
en que finalmente estarían juntos.
Mientras observaba a Alma sonreír al leer la carta, susurró para sí mismo:
—Ya casi recuerdas quién soy...
Sin saber que, en realidad...