0% encontró este documento útil (0 votos)
0 vistas148 páginas

1984

En una sociedad totalitaria, el estado controla todos los aspectos de la vida individual, donde las emociones y la intimidad son prohibidas y la Policía del Pensamiento persigue a los disidentes. Winston y Julia, miembros del Partido, intentan rebelarse contra el Gran Hermano, enfrentándose a un sistema opresivo que vigila constantemente sus acciones y pensamientos. La historia se desarrolla en un ambiente de miedo y represión, donde la lucha por la libertad personal se convierte en un camino peligroso e incierto.

Cargado por

freyesv.95
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
0 vistas148 páginas

1984

En una sociedad totalitaria, el estado controla todos los aspectos de la vida individual, donde las emociones y la intimidad son prohibidas y la Policía del Pensamiento persigue a los disidentes. Winston y Julia, miembros del Partido, intentan rebelarse contra el Gran Hermano, enfrentándose a un sistema opresivo que vigila constantemente sus acciones y pensamientos. La historia se desarrolla en un ambiente de miedo y represión, donde la lucha por la libertad personal se convierte en un camino peligroso e incierto.

Cargado por

freyesv.95
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

En una supuesta sociedad policial, el estado ha conseguido el

control total sobre el individuo. No existe siquiera un resquicio


para la intimidad personal: el sexo es un crimen, las emociones
están prohibidas, la adoración al sistema es la condición para
seguir vivo. La Policía del Pensamiento se encargará de torturar
hasta la muerte a los conspiradores, aunque para ello sea
necesario acusar a inocentes. Winston y Julia, a pesar de ser
miembros del Partido y sabiendo que el Gran Hermano les vigila,
se rebelan contra ese poder que se ha adueñado de las
conciencias de sus conciudadanos. El camino que seguirán se
convertirá en un peligroso laberinto hacia un final incierto.
Título original: 1984
George Orwell, 1949
Traducción: Rafael Vázquez Zamora

ePub base r1.0

George Orwell

1984
ePUB r1.1
GONZALEZ 06.06.13
PARTE PRIMERA CAPÍTULO I
Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston
Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el
molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de
cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez
para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un
cartel de colores, demasiado grande para hallarse en un interior, estaba
pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de más de un
metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años
con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Winston
se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No
funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante
las horas de día. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba
la Semana del Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus
treinta y nueve años y una úlcera de varices por encima del tobillo
derecho, subió lentamente, descansando varias veces. En cada
descansillo, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro
miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera
que los ojos le siguen a uno adondequiera que esté. EL GRAN
HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.
Dentro del piso una voz llena leía una lista de números que tenían
algo que ver con la producción de lingotes de hierro. La voz salía de una
placa oblonga de metal, una especie de espejo empeñado, que formaba
parte de la superficie de la pared situada a la derecha. Winston hizo
funcionar su regulador y la voz disminuyó de volumen aunque las
palabras seguían distinguiéndose. El instrumento (llamado teidoatítalia)
podía ser amortiguado, pero no había manera de cerrarlo del todo.
Winston fue hacia la ventana: una figura pequeña y frágil cuya delgadez Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Así era más seguro;
resultaba realzada por el «mono» azul, uniforme del Partido. Tenía el aunque, como él sabía muy bien, incluso una espalda podía ser
cabello muy rubio, una cara sanguínea y la piel embastecida por un jabón reveladora. A un kilómetro de distancia, el Ministerio de la Verdad,
malo, las romas hojas de afeitar y el frío de un invierno que acababa de donde trabajaba Winston, se elevaba inmenso y blanco sobre el sombrío
terminar. paisaje. «Esto es Londres», pensó con una sensación vaga de disgusto;
Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía Londres, principal ciudad de la Franja aérea 1, que era a su vez la tercera
frío. Calle abajo se formaban pequeños torbellinos de viento y polvo; los de las provincias más pobladas de Oceanía. Trató de exprimirse de la
papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba memoria algún recuerdo infantil que le dijera si Londres había sido
intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados siempre así. ¿Hubo siempre estas vistas de decrépitas casas
por todas partes. La cara de los bigotes negros miraba desde todas las decimonónicas, con los costados revestidos de madera, las ventanas
esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente había uno tapadas con cartón, los techos remendados con planchas de cinc
de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las acanalado y trozos sueltos de tapias de antiguos jardines? ¿Y los lugares
grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a los de bombardeados, cuyos restos de yeso y cemento revoloteaban
Winston. En la calle, en línea vertical con aquél, había otro cartel roto pulverizados en el aire, y el césped amontonado, y los lugares donde las
por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado por el viento, bombas habían abierto claros de mayor extensión y habían surgido en
descubriendo y cubriendo alternativamente una sola palabra: INGSOC. A ellos sórdidas colonias de chozas de madera que parecían gallineros?
lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante Pero era inútil, no podía recordar: nada le quedaba de su infancia excepto
colgado en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de una serie de cuadros brillantemente iluminados y sin fondo, que en su
la patrulla de policía encargada de vigilar a la gente a través de los mayoría le resultaban ininteligibles.
balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo que El Ministerio de la Verdad —que en neolengua (La lengua oficial de
importaba verdaderamente era la Policía del Pensamiento. Oceanía) se le llamaba el Minver— era diferente, hasta un extremo
A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla seguía murmurando asombroso, de cualquier otro objeto que se presentara a la vista. Era una
datos sobre el hierro y el cumplimiento del noveno Plan Trienal. La enorme estructura piramidal de cemento armado blanco y reluciente, que
telepantalla recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido que se elevaba, terraza tras terraza, a unos trescientos metros de altura. Desde
hiciera Winston superior a un susurro, era captado por el aparato. donde Winston se hallaba, podían leerse, adheridas sobre su blanca
Además, mientras permaneciera dentro del radio de visión de la placa de fachada en letras de elegante forma, las tres consignas del Partido:
metal, podía ser visto a la vez que oído. Por supuesto, no había manera
de saber si le contemplaban a uno en un momento dado. Lo único posible LA GUERRA ES LA PAZ
era figurarse la frecuencia y el plan que empleaba la Policía del LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
Pensamiento para controlar un hilo privado. Incluso se concebía que los LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
vigilaran a todos a la vez. Pero, desde luego, podían intervenir su línea de
usted cada vez que se les antojara. Tenía usted que vivir —y en esto el Se decía que el Ministerio de la Verdad tenía tres mil habitaciones
hábito se convertía en un instinto— con la seguridad de que cualquier sobre el nivel del suelo y las correspondientes ramificaciones en el
sonido emitido por usted sería registrado y escuchado por alguien y que, subsuelo. En Londres sólo había otros tres edificios del mismo aspecto y
excepto en la oscuridad, todos sus movimientos serían observados. tamaño. Éstos aplastaban de tal manera la arquitectura de los alrededores
que desde el techo de las Casas de la Victoria se podían distinguir, a la distracción, se le vació en el suelo. Con el próximo pitillo tuvo ya
vez, los cuatro edificios. En ellos estaban instalados los cuatro cuidado y el tabaco no se salió. Volvió al cuarto de estar y se sentó ante
Ministerios entre los cuales se dividía todo el sistema gubernamental. El una mesita situada a la izquierda de la telepantalla. Del cajón sacó un
Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, a los portaplumas, un tintero y un grueso libro en blanco de tamaño in-quarto,
espectáculos, la educación y las bellas artes. El Ministerio de la Paz, para con el lomo rojo y cuyas tapas de cartón imitaban el mármol.
los asuntos de guerra. El Ministerio del Amor, encargado de mantener la Por alguna razón la telepantalla del cuarto de estar se encontraba en
ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia, al que correspondían una posición insólita. En vez de hallarse colocada, como era normal, en
los asuntos económicos. Sus nombres, en neolengua: Miniver, Minipax, la pared del fondo, desde donde podría dominar toda la habitación,
Minimor y Minindantia. estaba en la pared más larga, frente a la ventana. A un lado de ella había
El Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía ventanas en absoluto. una alcoba que apenas tenía fondo, en la que se había instalado ahora
Winston nunca había estado dentro del Minimor, ni siquiera se había Winston. Era un hueco que, al ser construido el edificio, habría sido
acercado a medio kilómetro de él. Era imposible entrar allí a no ser por calculado seguramente para alacena o biblioteca. Sentado en aquel hueco
un asunto oficial y en ese caso había que pasar por un laberinto de y situándose lo más dentro posible, Winston podía mantenerse fuera del
caminos rodeados de alambre espinoso, puertas de acero y ocultos nidos alcance de la telepantalla en cuanto a la visualidad, ya que no podía
de ametralladoras. Incluso las calles que conducían a sus salidas evitar que oyera sus ruidos. En parte, fue la misma distribución insólita
extremas, estaban muy vigiladas por guardias, con caras de gorila y del cuarto lo que le indujo a lo que ahora se disponía a hacer.
uniformes negros, armados con porras. Pero también se lo había sugerido el libro que acababa de sacar del
Winston se volvió de pronto. Había adquirido su rostro cajón. Era un libro excepcionalmente bello. Su papel, suave y cremoso,
instantáneamente la expresión de tranquilo optimismo que era prudente un poco amarillento por el paso del tiempo, por lo menos hacía cuarenta
llevar al enfrentarse con la telepantalla. Cruzó la habitación hacia la años que no se fabricaba. Sin embargo, Winston suponía que el libro
diminuta cocina. Por haber salido del Ministerio a esta hora tuvo que tenía muchos años más. Lo había visto en el escaparate de un
renunciar a almorzar en la cantina y en seguida comprobó que no le establecimiento de compraventa en un barrio miserable de la ciudad (no
quedaban víveres en la cocina a no ser un mendrugo de pan muy oscuro recordaba exactamente en qué barrio había sido) y en el mismísimo
que debía guardar para el desayuno del día siguiente. Tomó de un estante instante en que lo vio, sintió un irreprimible deseo de poseerlo. Los
una botella de un líquido incoloro con una sencilla etiqueta que decía: miembros del Partido no deben entrar en las tiendas corrientes (a esto se
Ginebra de la Victoria. Aquello olía a medicina, algo así como el espíritu le llamaba, en tono de severa censura, «traficar en el mercado libre»),
de arroz chino. Winston se sirvió una tacita, se preparó los nervios para pero no se acataba rigurosamente esta prohibición porque había varios
el choque, y se lo tragó de un golpe como si se lo hubieran recetado. objetos —como cordones para los zapatos y hojas de afeitar— que era
Al momento, se le volvió roja la cara y los ojos empezaron a llorarle. imposible adquirir de otra manera. Winston, antes de entrar en la tienda,
Este líquido era como ácido nítrico; además, al tragarlo, se tenía la había mirado en ambas direcciones de la calle para asegurarse de que no
misma sensación que si le dieran a uno un golpe en la nuca con una porra venía nadie y, en pocos minutos, adquirió el libro por dos dólares
de goma. Sin embargo, unos segundos después, desaparecía la cincuenta. En aquel momento no sabía exactamente para qué deseaba el
incandescencia del vientre y el mundo empezaba a resultar más alegre. libro. Sintiéndose culpable se lo había llevado a su casa, guardado en su
Winston sacó un cigarrillo de una cajetilla sobre la cual se leía: cartera de mano. Aunque estuviera en blanco, era comprometido guardar
Cigarrillos de la Victoria, y como lo tenía cogido verticalmente por aquel libro.
Lo que ahora se disponía Winston a hacer era abrir su Diario. Esto no curioso: Winston no sólo parecía haber perdido la facultad de expresarse,
se consideraba ilegal (en realidad, nada era ilegal, ya que no existían sino haber olvidado de qué iba a ocuparse. Por espacio de varias semanas
leyes), pero si lo detenían podía estar seguro de que lo condenarían a se había estado preparando para este momento y no se le había ocurrido
muerte, o por lo menos a veinticinco años de trabajos forzados. Winston pensar que para realizar esa tarea se necesitara algo más que
puso un plumín en el portaplumas y lo chupó primero para quitarle la atrevimiento. El hecho mismo de expresarse por escrito, creía él, le sería
grasa. La pluma era ya un instrumento arcaico. Se usaba rarísimas veces, muy fácil. Sólo tenía que trasladar al papel el interminable e inquieto
ni siquiera para firmar, pero él se había procurado una, furtivamente y monólogo que desde hacia muchos años venía corriéndose por la cabeza.
con mucha dificultad, simplemente porque tenía la sensación de que el Sin embargo, en este momento hasta el monólogo se le había secado.
bello papel cremoso merecía una pluma de verdad en vez de ser rascado Además, sus varices habían empezado a escocerle insoportablemente. No
con un lápiz tinta. Pero lo malo era que no estaba acostumbrado a se atrevía a rascarse porque siempre que lo hacía se le inflamaba aquello.
escribir a mano. Aparte de las notas muy breves, lo corriente era Transcurrían los segundos y él sólo tenía conciencia de la blancura del
dictárselo todo al hablescribe, totalmente inadecuado para las papel ante sus ojos, el absoluto vacío de esta blancura, el escozor de la
circunstancias actuales. Mojó la pluma en la tinta y luego dudó unos piel sobre el tobillo, el estruendo de la música militar, y una leve
instantes. En los intestinos se le había producido un ruido que podía sensación de atontamiento producido por la ginebra.
delatarle. El acto trascendental, decisivo, era marcar el papel. En una De repente, empezó a escribir con gran rapidez, como si lo impulsara
letra pequeña e inhábil escribió: el pánico, dándose apenas cuenta de lo que escribía. Con su letrita
infantil iba trazando líneas torcidas y si primero empezó a «comerse» las
4 de abril de 1984 mayúsculas, luego suprimió incluso los puntos:

Se echó hacia atrás en la silla. Estaba absolutamente desconcertado. 4 de abril de 1984.


Lo primero que no sabía con certeza era si aquel era, de verdad, el año Anoche estuve en los flicks. Todas las películas eras de guerra
1984. Desde luego, la fecha había de ser aquélla muy aproximadamente, Había una muy buena de su barrio lleno de refugiados que lo
puesto que él había nacido en 1944 o 1945, según creía; pero, bombardeaban no sé dónde del Mediterráneo. Al público lo
«¡cualquiera va a saber hoy en qué año vive!», se decía Winston. divirtieron mucho los planos de un hombre muy muy gordo que
Y se le ocurrió de pronto preguntarse: ¿Para qué estaba escribiendo él intentaba escaparse nadando de un helicóptero que lo perseguía,
este diario? Para el futuro, para los que aún no habían nacido. Su mente primero se le veía en el agua chapoteando como una tortuga,
se posó durante unos momentos en la fecha que había escrito a la luego lo veías por los visores de las ametralladoras del
cabecera y luego se le presentó, sobresaltándose terriblemente, la palabra helicóptero, luego se veía cómo lo iban agujereando a tiros y el
neolingüística doblepensar. Por primera vez comprendió la magnitud de agua a su alrededor que se ponía toda roja y el gordo se hundía
lo que se proponía hacer. ¿Cómo iba a comunicar con el futuro? Esto era como si el agua le entrara por los agujeros que le habían hecho
imposible por su misma naturaleza. Una de dos: o el futuro se parecía al las balas. La gente se moría de risa cuando el gordo se iba
presente y entonces no le haría ningún caso, o sería una cosa distinta y, hundiendo en el agua, y también una lancha salvavidas llena de
en tal caso, lo que él dijera carecería de todo sentido para ese futuro. niños con un helicóptero que venía dando vueltas y más vueltas
Durante algún tiempo permaneció contemplando estúpidamente el había una mujer de edad madura que bien podía ser una judía y
papel. La telepantalla transmitía ahora estridente música militar. Es estaba sentada la proa con un niño en los brazos que quizás
tuviera unos tres años, el niño chillaba con mucho pánico, metía de Novela. Probablemente —ya que la había visto algunas veces con las
la cabeza entre los pechos de la mujer y parecía que se quería manos grasientas y llevando paquetes de composición de imprenta—
esconder así y la mujer lo rodeaba con los brazos y lo consolaba tendría alguna labor mecánica en una de las máquinas de escribir
como si ella no estuviese también aterrada y como sí por tenerlo novelas. Era una joven de aspecto audaz, de unos veintisiete años, con
así en los brazos fuera a evitar que le mataran al niño las balas. espeso cabello negro, cara pecosa y movimientos rápidos y atléticos.
Entonces va el helicóptero y tira una bomba de veinte kilos sobre Llevaba el «mono» cedido por una estrecha faja roja que le daba varias
el barco y no queda ni una astilla de él, que fue una explosión veces la vuelta a la cintura realzando así la atractiva forma de sus
pero que magnífica, y luego salía su primer plano maravilloso caderas; y ese cinturón era el emblema de la Liga juvenil Anti-Sex. A
del brazo del niño subiendo por el aire yo creo que un Winston le produjo una sensación desagradable desde el primer momento
helicóptero con su cámara debe haberlo seguido así por el aire y en que la vio. Y sabía la razón de este mal efecto: la atmósfera de los
la gente aplaudió muchísimo pero una mujer que estaba entre los campos de hockey y duchas frías, de excursiones colectivas y el aire
proletarios empezó a armar un escándalo terrible chillando que general de higiene mental que trascendía de ella. En realidad, a Winston
no debían echar eso, no debían echarlo delante de los críos, que le molestaban casi todas las mujeres y especialmente las jóvenes y
no debían, hasta que la policía la sacó de allí a rastras no creo bonitas porque eran siempre las mujeres, y sobre todo las jóvenes, lo más
que le pasara nada, a nadie le importa lo que dicen los fanático del Partido, las que se tragaban todos los slogans de propaganda
proletarios, la reacción típica de los proletarios y no se hace y abundaban entre ellas las espías aficionadas y las que mostraban
caso nunca… demasiada curiosidad por lo heterodoxo de los demás. Pero esta
muchacha determinada le había dado la impresión de ser más peligrosa
Winston dejó de escribir, en parte debido a que le daban calambres. que la mayoría. Una vez que se cruzaron en el corredor, la joven le
No sabía por qué había soltado esta sarta de incongruencias. Pero lo dirigió una rápida mirada oblicua que por unos momentos dejó aterrado a
curioso era que mientras lo hacía se le había aclarado otra faceta de su Winston. Incluso se le había ocurrido que podía ser una agente de la
memoria hasta el punto de que ya se creía en condiciones de escribir lo Policía del Pensamiento. No era, desde luego, muy probable. Sin
que realmente había querido poner en su libro. Ahora se daba cuenta de embargo, Winston siguió sintiendo una intranquilidad muy especial cada
que si había querido venir a casa a empezar su diario precisamente hoy vez que la muchacha se hallaba cerca de él, una mezcla de miedo y
era a causa de este otro incidente. hostilidad. La otra persona era un hombre llamado O’Brien, miembro del
Había ocurrido aquella misma mañana en el Ministerio, si es que Partido Interior y titular de un cargo tan remoto e importante, que
algo de tal vaguedad podía haber ocurrido. Winston tenía una idea muy confusa de qué se trataba. Un rápido
Cerca de las once y ciento en el Departamento de Registro, donde murmullo pasó por el grupo ya instalado en las sillas cuando vieron
trabajaba Winston, sacaban las sillas de las cabinas y las agrupaban en el acercarse el «mono» negro de un miembro del Partido Interior. O’Brien
centro del vestíbulo, frente a la gran telepantalla, preparándose para los era un hombre corpulento con un ancho cuello y un rostro basto, brutal, y
Dos Minutos de Odio. Winston acababa de sentarse en su sitio, en una de sin embargo rebosante de buen humor. A pesar de su formidable aspecto,
las filas de en medio, cuando entraron dos personas a quienes él conocía sus modales eran bastante agradables. Solía ajustarse las gafas con un
de vista, pero a las cuales nunca había hablado. Una de estas personas era gesto que tranquilizaba a sus interlocutores, un gesto que tenía algo de
una muchacha con la que se había encontrado frecuentemente en los civilizado, y esto era sorprendente tratándose de algo tan leve. Ese gesto
pasillos. No sabía su nombre, pero sí que trabajaba en el Departamento —si alguien hubiera sido capaz de pensar así todavía— podía haber
recordado a un aristócrata del siglo XVI ofreciendo rapé en su cajita. el protagonista. Era el traidor por excelencia, el que antes y más que
Winston había visto a O’Brien quizás sólo una docena de veces en otros nadie había manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes
tantos años. Sentíase fuertemente atraído por él y no sólo porque le crímenes contra el Partido, todos los actos de sabotaje, herejías,
intrigaba el contraste entre los delicados modales de O’Brien y su desviaciones y traiciones de toda clase procedían directamente de sus
aspecto de campeón de lucha libre, sino mucho más por una convicción enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y conspirando.
secreta que quizás ni siquiera fuera una convicción, sino sólo una Quizás se encontrara en algún lugar enemigo, a sueldo de sus amos
esperanza— de que la ortodoxia política de O’Brien no era perfecta. extranjeros, e incluso era posible que, como se rumoreaba alguna vez,
Algo había en su cara que le impulsaba a uno a sospecharlo estuviera escondido en algún sitio de la propia Oceanía.
irresistiblemente. Y quizás no fuera ni siquiera heterodoxia lo que estaba El diafragma de Winston se encogió. Nunca podía ver la cara de
escrito en su rostro, sino, sencillamente, inteligencia. Pero de todos Goldstein sin experimentar una penosa mezcla de emociones. Era un
modos su aspecto era el de una persona a la cual se le podría hablar si, de rostro judío, delgado, con una aureola de pelo blanco y una barbita de
algún modo, se pudiera eludir la telepantalla y llevarlo aparte. Winston chivo: una cara inteligente que tenía sin embargo, algo de despreciable y
no había hecho nunca el menor esfuerzo para comprobar su sospecha y una especie de tontería senil que le prestaba su larga nariz, a cuyo
es que, en verdad, no había manera de hacerlo. En este momento, extremo se sostenían en difícil equilibrio unas gafas. Parecía el rostro de
O’Brien miró su reloj de pulsera y, al ver que eran las once y ciento, una oveja y su misma voz tenía algo de ovejuna. Goldstein pronunciaba
seguramente decidió quedarse en el Departamento de Registro hasta que su habitual discurso en el que atacaba venenosamente las doctrinas del
pasaran los Dos Minutos de Odio. Tomó asiento en la misma fila que Partido; un ataque tan exagerado y perverso que hasta un niño podía
Winston, separado de él por dos sillas. Una mujer bajita y de cabello darse cuenta de que sus acusaciones no se tenían de pie, y sin embargo,
color arena, que trabajaba en la cabina vecina a la de Winston, se instaló lo bastante plausible para que pudiera uno alarmarse y no fueran a
entre ellos. La muchacha del cabello negro se sentó detrás de Winston. dejarse influir por insidias algunas personas ignorantes. Insultaba al Gran
Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una Hermano, acusaba al Partido de ejercer una dictadura y pedía que se
monstruosa máquina sin engrasar, ruido que procedía de la gran firmara inmediatamente la paz con Eurasia. Abogaba por la libertad de
telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía palabra, la libertad de Prensa, la libertad de reunión y la libertad de
rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había pensamiento, gritando histéricamente que la revolución había sido
empezado el Odio. traicionada. Y todo esto a una rapidez asombrosa que era una especie de
Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel parodia del estilo habitual de los oradores del Partido e incluso utilizando
Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y allá palabras de neolengua, quizás con más palabras neolingüísticas de las
fuertes silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un chillido mezcla de que solían emplear los miembros del Partido en la vida corriente. Y
miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde hacía mucho tiempo mientras gritaba, por detrás de él desfilaban interminables columnas del
(nadie podía recordar cuánto) había sido una de las figuras principales ejército de Eurasia, para que nadie interpretase como simple palabrería la
del Partido, casi con la misma importancia que el Gran Hermano, y luego oculta maldad de las frases de Goldstein. Aparecían en la pantalla filas y
se había dedicado a actividades contrarrevolucionarias, había sido más filas de forzudos soldados, con impasibles rostros asiáticos; se
condenado a muerte y se había escapado misteriosamente, acercaban a primer término y desaparecían. El sordo y rítmico clap-clap
desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos Minutos de de las botas militares formaba el contrapunto de la hiriente voz de
Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein Goldstein.
Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los de neolengua, lo arrojó a la pantalla. El diccionario le dio a Goldstein en
espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia. La la nariz y rebotó. Pero la voz continuó inexorable. En un momento de
satisfecha y ovejuna faz del enemigo y el terrorífico poder del ejército lucidez descubrió Winston que estaba chillando histéricarnente como los
que desfilaba a sus espaldas, era demasiado para que nadie pudiera demás y dando fuertes patadas con los talones contra los palos de su
resistirlo indiferente. Además, sólo con ver a Goldstein o pensar en él propia silla. Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada
surgían el miedo y la ira automáticamente. Era él un objeto de odio más uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que era
constante que Eurasia o que Asia Oriental, ya que cuando Oceanía estaba absolutamente imposible evitar la participación porque era uno arrastrado
en guerra con alguna de estas potencias, solía hallarse en paz con la otra. irremisiblemente. A los treinta segundos no hacía falta fingir. Un éxtasis
Pero lo extraño era que, a pesar de ser Goldstein el blanco de todos los de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros
odios y de que todos lo despreciaran, a pesar de que apenas pasaba día — con un martillo, parecían recorrer a todos los presentes como una
y cada día ocurría esto mil veces— sin que sus teorías fueran refutadas, corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un
aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tribunas públicas, en loco gesticulador y vociferante. Y sin embargo, la rabia que se sentía era
los periódicos y en los libros… a pesar de todo ello, su influencia no una emoción abstracta e indirecta que podía aplicarse a uno u otro objeto
parecía disminuir. Siempre había nuevos incautos dispuestos a dejarse como la llama de una lámpara de soldadura autógena. Así, en un
engañar por él. No pasaba ni un solo día sin que espías y saboteadores momento determinado, el odio de Winston no se dirigía contra Goldstein,
que trabajaban siguiendo sus instrucciones fueran atrapados por la sino contra el propio Gran Hermano, contra el Partido y contra la Policía
Policía del Pensamiento. Era el jefe supremo de un inmenso ejército que del Pensamiento; y entonces su corazón estaba de parte del solitario e
actuaba en la sombra, una subterránea red de conspiradores que se insultado hereje de la pantalla, único guardián de la verdad y la cordura
proponían derribar al Estado. Se suponía que esa organización se llamaba en un mundo de mentiras. Pero al instante siguiente, se hallaba
la Hermandad. Y también se rumoreaba que existía un libro terrible, identificado por completo con la gente que le rodeaba y le parecía verdad
compendio de todas las herejías, del cual era autor Goldstein y que todo lo que decían de Goldstein. Entonces, su odio contra el Gran
circulaba clandestinamente. Era un libro sin título. La gente se refería a Hermano se transformaba en adoración, y el Gran Hermano se elevaba
él llamándole sencillamente el libro. Pero de estas cosas sólo era posible como una invencible torre, como una valiente roca capaz de resistir los
enterarse por vagos rumores. Los miembros corrientes del Partido no ataques de las hordas asiáticas, y Goldstein, a pesar de su aislamiento, de
hablaban jamás de la Hermandad ni del libro si tenían manera de su desamparo y de la duda que flotaba sobre su existencia misma,
evitarlo. aparecía como un siniestro brujo capaz de acabar con la civilización
En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los espectadores entera tan sólo con el poder de su voz.
saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apagar con sus gritos la Incluso era posible, en ciertos momentos, desviar el odio en una u
perforante voz que salía de la pantalla. La mujer del cabello color arena otra dirección mediante un esfuerzo de voluntad. De pronto, por un
se había puesto al rojo vivo y abría y cerraba la boca como un pez al que esfuerzo semejante al que nos permite separar de la almohada la cabeza
acaban de dejar en tierra. Incluso O’Brien tenía la cara congestionada. para huir de una pesadilla, Winston conseguía trasladar su odio a la
Estaba sentado muy rígido y respiraba con su poderoso pecho como si muchacha que se encontraba detrás de él. Por su mente pasaban, como
estuviera resistiendo la presión de una gigantesca ola. La joven sentada ráfagas, bellas y deslumbrantes alucinaciones. Le daría latigazos con una
exactamente detrás de Winston, aquella morena, había empezado a gritar: porra de goma hasta matarla. La ataría desnuda en un piquete y la
«¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Cerdo!», y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario atravesaría con flechas como a san Sebastián. La violaría y en el
momento del clímax le cortaría la garganta. Sin embargo se dio cuenta algo así como «¡Mi salvador!», extendió los brazos hacia la pantalla.
mejor que antes de por qué la odiaba. La odiaba porque era joven y Después ocultó la cara entre sus manos. Sin duda, estaba rezando a su
bonita y asexuada; porque quería irse a la cama con ella y no lo haría manera.
nunca; porque alrededor de su dulce y cimbreante cintura, que parecía Entonces, todo el grupo prorrumpió en un canto rítmico, lento y
pedir que la rodearan con el brazo, no había más que la odiosa banda profundo: «¡Ge-Hache. Ge-Hache… Ge-Hache!», dejando una gran
roja, agresivo símbolo de castidad. pausa entre la G y la H. Era un canto monótono y salvaje en cuyo fondo
El odio alcanzó su punto de máxima exaltación. La voz de Goldstein parecían oírse pisadas de pies desnudos y el batir de los tam-tam. Este
se había convertido en un auténtico balido ovejuno. Y su rostro, que canturreo duró unos treinta segundos. Era un estribillo que surgía en
había llegado a ser el de una oveja, se transformó en la cara de un todas las ocasiones de gran emoción colectiva. En parte, era una especie
soldado de Eurasia, el cual parecía avanzar, enorme y terrible, sobre los de himno a la sabiduría y majestad del Gran Hermano; pero, más aún,
espectadores disparando atronadoramente su fusil ametralladora. constituía aquello un procedimiento de autohipnosis, un modo deliberado
Enteramente parecía salirse de la pantalla, hasta tal punto que muchos de de ahogar la conciencia mediante un ruido rítmico. A Winston parecían
los presentes se echaban hacia atrás en sus asientos. Pero en el mismo enfriársele las entrañas. En los Dos Minutos de Odio, no podía evitar que
instante, produciendo con ello un hondo suspiro de alivio en todos, la la oleada emotiva le arrastrase, pero este infrahumano canturreo «¡G-H…
amenazadora figura se fundía para que surgiera en su lugar el rostro del G-H… G-H!» siempre le llenaba de horror. Desde luego, se unía al coro;
Gran Hermano, con su negra cabellera y sus grandes bigotes negros, un esto era obligatorio. Controlar los verdaderos sentimientos y hacer lo
rostro rebosante de poder y de misteriosa calma y tan grande que llenaba mismo que hicieran los demás era una reacción natural. Pero durante un
casi la pantalla. Nadie oía lo que el gran camarada estaba diciendo. Eran par de segundos, sus ojos podían haberlo delatado. Y fue precisamente en
sólo unas cuantas palabras para animarlos, esas palabras que suelen esos instantes cuando ocurrió aquello que a él le había parecido
decirse a las tropas en cualquier batalla, y que no es preciso entenderlas significativo… si es que había ocurrido.
una por una, sino que infunden confianza por el simple hecho de ser Momentáneamente, sorprendió la mirada de O’Brien. Éste se había
pronunciadas. Entonces, desapareció a su vez la monumental cara del levantado; se había quitado las gafas volviéndoselas a colocar con su
Gran Hermano y en su lugar aparecieron los tres slogans del Partido en delicado y característico gesto. Pero durante una fracción de segundo, se
grandes letras: encontraron sus ojos con los de Winston y éste supo —sí, lo supo— que
O’Brien pensaba lo mismo que él. Un inconfundible mensaje se había
LA GUERRA ES LA PAZ cruzado entre ellos. Era como si sus dos mentes se hubieran abierto y los
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD pensamientos hubieran volado de la una a la otra a través de los ojos.
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA «Estoy contigo», parecía estarle diciendo O’Brien. «Sé en qué estás
pensando. Conozco tu asco, tu odio, tu disgusto. Pero no te preocupes;
Pero daba la impresión de un fenómeno óptico psicológico de que el ¡estoy contigo!». Y luego la fugacísima comunicación se había
rostro del Gran Hermano persistía en la pantalla durante algunos interrumpido y la expresión de O’Brien volvió a ser tan inescrutable
segundos, como si el «impacto» que había producido en las retinas de los como la de todos los demás.
espectadores fuera demasiado intenso para borrarse inmediatamente. La Esto fue todo y ya no estaba seguro de si había sucedido
mujeruca del cabello color arena se lanzó hacia delante, agarrándose a la efectivamente. Tales incidentes nunca tenían consecuencias para
silla de la fila anterior y luego, con un trémulo murmullo que sonaba Winston. Lo único que hacían era mantener viva en él la creencia o la
esperanza de que otros, además de él, eran enemigos del Partido. Quizás, No pudo evitar un escalofrío de pánico. Era absurdo, ya que escribir
después de todo, resultaran ciertos los rumores de extensas aquellas palabras no era más peligroso que el acto inicial de abrir un
conspiraciones subterráneas; quizás existiera de verdad la Hermandad. diario; pero, por un instante, estuvo tentado de romper las páginas ya
Era imposible, a pesar de los continuos arrestos y las constantes escritas y abandonar su propósito.
confesiones y ejecuciones, estar seguro de que la Hermandad no era Sin embargo, no lo hizo, porque sabía que era inútil. El hecho de
sencillamente un mito. Algunos días lo creía Winston; otros, no. No escribir ABAJO EL GRAN HERMANO o no escribirlo, era
había pruebas, sólo destellos que podían significar algo o no significar completamente igual. Seguir con el diario o renunciar a escribirlo, venía
nada: retazos de conversaciones oídas al pasar, algunas palabras a ser lo mismo. La Policía del Pensamiento lo descubriría de todas
garrapateadas en las paredes de los lavabos, y, alguna vez, al encontrarse maneras. Winston había cometido —seguiría habiendo cometido aunque
dos desconocidos, ciertos movimientos de las manos que podían parecer no hubiera llegado a posar la pluma sobre el papel— el crimen esencial
señales de reconocimiento. Pero todo ello eran suposiciones que podían que contenía en sí todos los demás. El crimental (crimen mental), como
resultar totalmente falsas. Winston había vuelto a su cubículo sin mirar lo llamaban. El crimental no podía ocultarse durante mucho tiempo. En
otra vez a O’Brien. Apenas cruzó por su mente la idea de continuar este ocasiones, se podía llegar a tenerlo oculto años enteros, pero antes o
momentáneo contacto. Hubiera sido extremadamente peligroso incluso si después lo descubrían a uno.
hubiera sabido él cómo entablar esa relación. Durante uno o dos Las detenciones ocurrían invariablemente por la noche. Se despertaba
segundos, se había cruzado entre ellos una mirada equívoca, y eso era uno sobresaltado porque una mano le sacudía a uno el hombro, una
todo. Pero incluso así, se trataba de un acontecimiento memorable en el linterna le enfocaba los ojos y un círculo de sombríos rostros aparecía en
aislamiento casi hermético en que uno tenía que vivir. torno al lecho. En la mayoría de los casos no había proceso alguno ni se
Winston se sacudió de encima estos pensamientos y tomó una daba cuenta oficialmente de la detención. La gente desaparecía
posición más erguida en su silla. Se le escapó un eructo. La ginebra sencillamente y siempre durante la noche. El nombre del individuo en
estaba haciendo su efecto. cuestión desaparecía de los registros, se borraba de todas partes toda
Volvieron a fijarse sus ojos en la página. Descubrió entonces que referencia a lo que hubiera hecho y su paso por la vida quedaba
durante todo el tiempo en que había estado recordando, no había dejado totalmente anulado como si jamás hubiera existido. Para esto se
de escribir como por una acción automática. Y ya no era la inhábil empleaba la palabra vaporizado.
escritura retorcida de antes. Su pluma se había deslizado Winston sintió una especie de histeria al pensar en estas cosas.
voluptuosamente sobre el suave papel, imprimiendo en claras y grandes Empezó a escribir rápidamente y con muy mala letra:
mayúsculas lo siguiente:
me matarán no me importa me matarán me dispararán en la
ABAJO EL GRAN HERMANO nuca me da lo mismo abajo el gran hermano siempre lo matan a
ABAJO EL GRAN HERMANO uno por la nuca no me importa abajo el gran hermano…
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO Se echó hacia atrás en la silla, un poco avergonzado de sí mismo, y
ABAJO EL GRAN HERMANO dejó la pluma sobre la mesa. De repente, se sobresaltó espantosamente.
Habían llamado a la puerta.
Una vez y otra, hasta llenar media página.
¡Tan pronto! Siguió sentado inmóvil, como un ratón asustado, con la
tonta esperanza de que quien fuese se marchara al ver que no le abrían.
Pero no, la llamada se repitió. Lo peor que podía hacer Winston era
tardar en abrir. Le redoblaba el corazón como un tambor, pero es muy
probable que sus facciones, a fuerza de la costumbre, resultaran
inexpresivas. Levantóse y se acercó pesadamente a la puerta.
CAPÍTULO II
Al poner la mano en el pestillo recordó Winston que había dejado el
Diario abierto sobre la mesa. En aquella página se podía leer desde lejos
el ABAJO EL GRAN HERMANO repetido en toda ella con letras
grandísimas. Pero Winston sabía que incluso en su pánico no había
querido estropear el cremoso papel cerrando el libro mientras la tinta no
se hubiera secado.
Contuvo la respiración y abrió la puerta. Instantáneamente, le invadió
una sensación de alivio. Una mujer insignificante, avejentada, con el
cabello revuelto y la cara llena de arrugas, estaba a su lado.
—¡Oh, camarada! —empezó a decir la mujer en una voz lúgubre y
quejumbrosa—, te sentí llegar y he venido por si puedes echarle un ojo al
desagüe del fregadero. Se nos ha atascado…
Era la señora Parsons, esposa de un vecino del mismo piso (señora
era una palabra desterrada por el Partido, ya que había que llamar a todos
camaradas, pero con algunas mujeres se usaba todavía instintivamente).
Era una mujer de unos treinta años, pero aparentaba mucha más edad. Se
tenía la impresión de que había polvo reseco en las arrugas de su cara.
Winston la siguió por el pasillo. Estas reparaciones de aficionado
constituían un fastidio casi diario. Las Casas de la Victoria eran unos
antiguos pisos construidos hacia 1930 aproximadamente y se hallaban en
estado ruinoso. Caían constantemente trozos de yeso del techo y de la
pared, las tuberías se estropeaban con cada helada, había innumerables
goteras y la calefacción funcionaba sólo a medias cuando funcionaba,
porque casi siempre la cerraban por economía. Las reparaciones, excepto
las que podía hacer uno por sí mismo, tenían que ser autorizadas por
remotos comités que solían retrasar dos años incluso la compostura de un
cristal roto.
—Si le he molestado es porque Tom no está en casa —dijo la señora reglamentario. En el Ministerio estaba empleado en un puesto
Parsons vagamente. subordinado para el que no se requería inteligencia alguna, pero, por otra
El piso de los Parsons era mayor que el de Winston y mucho más parte, era una figura sobresaliente del Comité deportivo y de todos los
descuidado. Todo parecía roto y daba la impresión de que allí acababa de demás comités dedicados a organizar excursiones colectivas,
agitarse un enorme y violento animal. Por el suelo estaban tirados manifestaciones espontáneas, las campañas pro ahorro y en general todas
diversos artículos para deportes patines de hockey, guantes de boxeo, un las actividades «voluntarias». Informaba a quien quisiera oírle, con
balón de reglamento, unos pantalones vueltos del revés y sobre la mesa tranquilo orgullo y entre chupadas a su pipa, que no había dejado de
había un montón de platos sucios y cuadernos escolares muy usados. En acudir ni un solo día al Centro de la Comunidad durante los cuatro años
las paredes, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los Espías y un pasados. Un fortísimo olor a sudor, una especie de testimonio
gran cartel con el retrato de tamaño natural del Gran Hermano. Por inconsciente de su continua actividad y energía, le seguía a donde quiera
supuesto, se percibía el habitual olor a verduras cocidas que era el que iba, y quedaba tras él cuando se hallaba lejos.
dominante en todo el edificio, pero en este piso era más fuerte el olor a —¿Tiene usted un destornillador? —dijo Winston tocando el tapón
sudor, que se notaba desde el primer momento, aunque no alcanzaba uno del desagüe.
a decir por qué era el sudor de una mujer que no se hallaba presente —Un destornillador —dijo la señora Parsons, inmovilizándose
entonces. En otra habitación, alguien con un peine y un trozo de papel inmediatamente—. Pues, no sé. Es posible que los niños…
higiénico trataba de acompañar a la música militar que brotaba todavía En la habitación de al lado se oían fuertes pisadas y más trompetazos
de la telepantalla. con el peine. La señora Parsons trajo el destornillador. Winston dejó salir
—Son los niños —dijo la señora Parsons, lanzando una mirada el agua y quitó con asco el pegote de cabello que había atrancado el tubo.
aprensiva hacia la puerta—. Hoy no han salido. Y, desde luego… Se limpió los dedos lo mejor que pudo en el agua fría del grifo y volvió a
Aquella mujer tenía la costumbre de interrumpir sus frases por la la otra habitación.
mitad. El fregadero de la cocina estaba lleno casi hasta el borde con agua —¡Arriba las manos! —chilló una voz salvaje.
sucia y verdosa que olía aún peor que la verdura. Winston se arrodilló y Un chico, guapo y de aspecto rudo, que parecía tener unos nueve
examinó el ángulo de la tubería de desagüe donde estaba el tornillo. Le años, había surgido por detrás de la mesa y amenazaba a Winston con
molestaba emplear sus manos y también tener que arrodillarse, porque una pistola automática de juguete mientras que su hermanita, de unos dos
esa postura le hacía toser. La señora Parsons lo miró desanimada: años menos, hacía el mismo ademán con un pedazo de madera. Ambos
—Naturalmente, si Tom estuviera en casa lo arreglaría en un iban vestidos con pantalones cortos azules, camisas grises y pañuelo rojo
momento. Le gustan esas cosas. Es muy hábil en cosas manuales. Sí, al cuello. Éste era el uniforme de los Espías. Winston levantó las manos,
Tom es muy… pero a pesar de la broma sentía cierta inquietud por el gesto de maldad
Parsons era el compañero de oficina de Winston en el Ministerio de que veía en el niño.
la Verdad. Era un hombre muy grueso, pero activo y de una estupidez —¡Eres un traidor! —grito el chico—. ¡Eres un criminal mental!
asombrosa, una masa de entusiasmos imbéciles, uno de esos idiotas de ¡Eres un espía de Eurasia! ¡Te mataré, te vaporizaré; te mandaré a las
los cuales, todavía más que de la Policía del Pensamiento, dependía la minas de sal!
estabilidad del Partido. A sus treinta y cinco años acababa de salir de la De pronto, tanto el niño como la niña empezaron a saltar en torno a él
Liga juvenil, y antes de ser admitido en esa organización había gritando: «¡Traidor!». «¡Criminal mental!», imitando la niña todos los
conseguido permanecer en la de los Espías un año más de lo movimientos de su hermano. Aquello producía un poco de miedo, algo
así como los juegos de los cachorros de los tigres cuando pensamos que descripción de los armamentos de la nueva fortaleza flotante que acababa
pronto se convertirán en devoradores de hombres. Había una especie de de ser anclada entre Islandia y las islas Feroe.
ferocidad calculadora en la mirada del pequeño, un deseo evidente de Con aquellos niños, pensó Winston, la desgraciada mujer debía de
darle un buen golpe a Winston, de hacerle daño de alguna manera, una llevar una vida terrorífica. Dentro de uno o dos años sus propios hijos
convicción de ser ya casi lo suficientemente hombre para hacerlo. «¡Qué podían descubrir en ella algún indicio de herejía. Casi todos los niños de
suerte que el niño no tenga en la mano más que una pistola de juguete!», entonces eran horribles. Lo peor de todo era que esas organizaciones,
pensó Winston. como la de los Espías, los convertían sistemáticamente en pequeños
La mirada de la señora Parsons iba nerviosamente de los niños a salvajes ingobernables, y, sin embargo, este salvajismo no les impulsaba
Winston y de éste a los niños. Como en aquella habitación había mejor a rebelarse contra la disciplina del Partido. Por el contrario, adoraban al
luz, pudo notar Winston que en las arrugas de la mujer había Partido y a todo lo que se relacionaba con él. Las canciones, los desfiles,
efectivamente polvo. las pancartas, las excursiones colectivas, la instrucción militar infantil
—Hacen tanto ruido… —dijo ella—. Están disgustados porque no con fusiles de juguete, los slogans gritados por doquier, la adoración del
pueden ir a ver ahorcar a esos. Estoy segura de que por eso revuelven Gran Hermano… todo ello era para los niños un estupendo juego. Toda
tanto. Yo no puedo llevarlos; tengo demasiado quehacer. Y Tom no su ferocidad revertía hacia fuera, contra los enemigos del Estado, contra
volverá de su trabajo a tiempo. los extranjeros, los traidores, saboteadores y criminales del pensamiento.
—¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan? —gritó el Era casi normal que personas de más de treinta años les tuvieran un
pequeño con su tremenda voz, impropia de su edad. miedo visceral a sus hijos. Y con razón, pues apenas pasaba una semana
—¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos colgar! —canturreaba sin que el Times publicara unas líneas describiendo cómo alguna
la chiquilla mientras saltaba. viborilla —la denominación oficial era «heroico niño»— había
Varios prisioneros eurasiáticos, culpables de crímenes de guerra, denunciado a sus padres a la Policía del Pensamiento contándole a ésta lo
serían ahorcados en el parque aquella tarde, recordó Winston. Esto solía que había oído en casa.
ocurrir una vez al mes y constituía un espectáculo popular. A los niños La molestia causada por el proyectil del tirachinas se le había pasado.
siempre les hacía gran ilusión asistir a él. Winston se despidió de la Winston volvió a coger la pluma preguntándose si no tendría algo más
señora Parsons y se dirigió hacia la puerta. Pero apenas había bajado seis que escribir. De pronto, empezó a pensar de nuevo en O’Brien.
escalones cuando algo le dio en el cuello por detrás produciéndole un Años atrás —cuánto tiempo hacía, quizás siete años— había soñado
terrible dolor. Era como si le hubieran aplicado un alambre Winston que paseaba por una habitación oscura… Alguien sentado a su
incandescente. Se volvió a tiempo de ver cómo retiraba la señora Parsons lado le había dicho al pasar él: «Nos encontraremos en el lugar donde no
a su hijo del descansillo. El chico se guardaba un tirachinas en el bolsillo. hay oscuridad». Se lo había dicho con toda calma, de una manera casual,
—¡Goldstein! —gritó el pequeño antes de que la madre cerrara la más como una afirmación cualquiera que como una orden. Él había
puerta, pero lo que más asustó a Winston fue la mirada de terror y seguido andando. Y lo curioso era que al oírlas en el sueño, aquellas
desamparo de la señora Parsons. palabras no le habían impresionado. Fue sólo más tarde y gradualmente
De nuevo en su piso, cruzó rápidamente por delante de la telepantalla cuando empezaron a tomar significado. Ahora no podía recordar si fue
y volvió a sentarse ante la mesita sin dejar de pasarse la mano por su antes o después de tener el sueño cuando había visto a O’Brien por vez
dolorido cuello. La música de la telepantalla se había detenido. Una voz primera; y tampoco podía recordar cuándo había identificado aquella voz
militar estaba leyendo, con una especie de brutal complacencia, una
como la de O’Brien. Pero, de todos modos, era indudablemente O’Brien Abajo, en la calle, el viento seguía agitando el cartel donde la palabra
quien le había hablado en la oscuridad. Ingsoc aparecía y desaparecía. Ingsoc. Los principios sagrados de Ingsoc.
Nunca había podido sentirse absolutamente seguro —incluso después Neolengua, doblepensar, mutabilidad del pasado. A Winston le parecía
del fugaz encuentro de sus miradas esta mañana— de si O’Brien era un estar recorriendo las selvas submarinas, perdido en un mundo
amigo o un enemigo. Ni tampoco importaba mucho esto. Lo cierto era monstruoso cuyo monstruo era él mismo. Estaba solo. El pasado había
que existía entre ellos un vínculo de comprensión más fuerte y más muerto, el futuro era inimaginable. ¿Qué certidumbre podía tener él de
importante que el afecto o el partidismo. «Nos encontraremos en el lugar que ni un solo ser humano estaba de su parte? Y ¿Cómo iba a saber si el
donde no hay oscuridad», le había dicho. Winston no sabía lo que podían dominio del Partido no duraría siempre? Como respuesta, los tres
significar estas palabras, pero sí sabía que se convertirían en realidad. slogans sobre la blanca fachada del Ministerio de la Verdad, le
La voz de la telepantalla se interrumpió. Sonó un claro y hermoso recordaron que:
toque de trompeta y la voz prosiguió en tono chirriante:
LA GUERRA ES LA PAZ
«Atención. ¡Vuestra atención, por favor! En este momento nos LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
llega un notirrelámpago del frente malabar. Nuestras fuerzas han LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
logrado una gloriosa victoria en el sur de la India. Estoy
autorizado para decir que la batalla a que me refiero puede Sacó de su bolsillo una moneda de veinticinco centavos. También en
aproximarnos bastante al final de la guerra. He aquí el texto del ella, en letras pequeñas, pero muy claras, aparecían las mismas frases y,
notirrelámpago…». en el reverso de la moneda, la cabeza del Gran Hermano. Los ojos de
éste le perseguían a uno hasta desde las monedas. Sí, en las monedas, en
Malas noticias, pensó Winston. Ahora seguirá la descripción, con un los sellos de correo, en pancartas, en las envolturas de los paquetes de los
repugnante realismo, del aniquilamiento de todo un ejército eurásico, con cigarrillos, en las portadas de los libros, en todas partes. Siempre los ojos
fantásticas cifras de muertos y prisioneros… para decirnos luego que, que os contemplaban y la voz que os envolvía. Despiertos o dormidos,
desde la semana próxima, reducirán la ración de chocolate a veinte trabajando o comiendo, en casa o en la calle, en el baño o en la cama, no
gramos en vez de los treinta de ahora. había escape. Nada era del individuo a no ser unos cuantos centímetros
Winston volvió a eructar. La ginebra perdía ya su fuerza y lo dejaba cúbicos dentro de su cráneo.
desanimado. La telepantalla —no se sabe si para celebrar la victoria o El sol había seguido su curso y las mil ventanas del Ministerio de la
para quitar el mal sabor del chocolate perdido— lanzó los acordes de Verdad, en las que ya no reverberaba la luz, parecían los tétricos huecos
Oceanía, todo para ti. Se suponía que todo el que escuchara el himno, de una fortaleza. Winston sintió angustia ante aquella masa piramidal.
aunque estuviera solo, tenía que escucharlo de pie. Sin embargo, Winston Era demasiado fuerte para ser asaltada. Ni siquiera un millar de
se aprovechó de que la telepantalla no lo veía y siguió sentado. bombascohete podrían abatirla. Volvió a preguntarse para quién escribía
Oceanía, todo para ti, terminó y empezó la música ligera. Winston se el Diario, ¿para el pasado, para el futuro, para una época imaginaria?
dirigió hacia la ventana, manteniéndose de espaldas a la pantalla. El día Frente a él no veía la muerte, sino algo peor, el aniquilamiento absoluto.
era todavía frío y claro. Allá lejos estalló una bombacohete con un sonido El Diario quedaría reducido a cenizas y a él lo vaporizarían. Sólo la
sordo y prolongado. Ahora solían caer en Londres unas veinte o treinta Policía del Pensamiento leería lo que él hubiera escrito antes de hacer
bombas a la semana. que esas líneas desaparecieran incluso de la memoria. ¿Cómo iba usted a
apelar a la posteridad cuando ni una sola huella suya, ni siquiera una con el oscuro y rasposo jabón que le limaba la piel como un papel de lija
palabra garrapateada en un papel iba a sobrevivir físicamente? y resultaba por tanto muy eficaz para su propósito.
En la telepantalla sonaron las catorce. Winston tenía que marchar Guardó el Diario en el cajón de la mesita. Era inútil pretender
dentro de diez minutos. Debía reanudar el trabajo a las catorce y treinta. esconderlo; pero, por lo menos, podía saber si lo habían descubierto o no.
Qué curioso: las campanadas de la hora lo reanimaron. Era como un Un cabello sujeto entre las páginas sería demasiado evidente. Por eso,
fantasma solitario diciendo una verdad que nadie oiría nunca. De todos con la yema de un dedo recogió una partícula de polvo de posible
modos, mientras Winston pronunciara esa verdad, la continuidad no se identificación y la depositó sobre una esquina de la tapa, de donde
rompería. La herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír tendría que caerse si cogían el libro.
sino por el hecho de permanecer cuerdo. Volvió a la mesa, mojó en tinta
su pluma y escribió:

Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar


libremente, en que los hombres sean distintos unos de otros y no vivan
solitarios… Para cuando la verdad exista y lo que se haya hecho no
pueda ser deshecho:
Desde esta época de uniformidad, de este tiempo de soledad, la Edad
del Gran Hermano, la época del doblepensar… ¡muchas felicidades!

Winston comprendía que ya estaba muerto. Le parecía que sólo


ahora, en que empezaba a poder formular sus pensamientos, era cuando
había dado el paso definitivo. Las consecuencias de cada acto van
incluidas en el acto mismo. Escribió:

El crimental (el crimen de la mente) no implica la muerte; el


crimental es la muerte misma.

Al reconocerse ya a sí mismo muerto, se le hizo imprescindible vivir


lo más posible. Tenía manchados de tinta dos dedos de la mano derecha.
Era exactamente uno de esos detalles que le pueden delatar a uno.
Cualquier entrometido del Ministerio (probablemente, una mujer: alguna
como la del cabello color de arena o la muchacha morena del
Departamento de Novela) podía preguntarse por qué habría usado una
pluma anticuada y qué habría escrito… y luego dar el soplo a donde
correspondiera. Fue al cuarto de baño y se frotó cuidadosamente la tinta
seguir viviendo allá arriba y que esto formaba parte del orden inevitable
de las cosas.
No podía recordar qué había ocurrido, pero mientras soñaba estaba
seguro de que, de un modo u otro, las vidas de su madre y su hermana
fueron sacrificadas para que él viviera. Era uno de esos ensueños que, a
pesar de utilizar toda la escenografía onírica habitual, son una
CAPÍTULO III continuación de nuestra vida intelectual y en los que nos damos cuenta
de hechos e ideas que siguen teniendo un valor después del despertar.
Winston estaba soñando con su madre. El debía de tener unos diez u Pero lo que de pronto sobresaltó a Winston, al pensar luego en lo que
once años cuando su madre murió. Era una mujer alta, estatuaria y más había soñado, fue que la muerte de su madre, ocurrida treinta años antes,
bien silenciosa, de movimientos pausados y magnífico cabello rubio. A había sido trágica y dolorosa de un modo que ya no era posible. Pensó
su padre lo recordaba, más vagamente, como un hombre moreno y que la tragedia pertenecía a los tiempos antiguos y que sólo podía
delgado, vestido siempre con impecables trajes oscuros (Winston concebirse en una época en que había aún intimidad —vida privada,
recordaba sobre todo las suelas extremadamente finas de los zapatos de amor y amistad— y en que los miembros de una familia permanecían
su padre) y usaba gafas. Seguramente, tanto el padre como la madre juntos sin necesidad de tener una razón especial para ello. El recuerdo de
debieron de haber caído en una de las primeras grandes purgas de los su madre le torturaba porque había muerto amándole cuando él era
años cincuenta. demasiado joven y egoísta para devolverle ese cariño y porque de alguna
En aquel momento en el sueño —su madre estaba sentada en un sitio manera —no recordaba cómo— se había sacrificado a un concepto de la
profundo junto a él y con su niña en brazos. De esta hermana sólo lealtad que era privatísimo e inalterable. Bien comprendía Winston que
recordaba Winston que era una chiquilla débil e insignificante, siempre esas cosas no podían suceder ahora. Lo que ahora había era miedo, odio
callada y con ojos grandes que se fijaban en todo. Se hallaban las dos en y dolor físico, pero no emociones dignas ni penas profundas y complejas.
algún sitio subterráneo por ejemplo, el fondo de un pozo o en una cueva Todo esto lo había visto, soñando, en los ojos de su madre y su
muy honda—, pero era un lugar que, estando ya muy por debajo de él, se hermanita, que lo miraban a él a través de las aguas verdeoscuras, a una
iba hundiendo sin cesar. Si, era la cámara de un barco que se hundía y la inmensa profundidad y sin dejar de hundirse.
madre y la hermana lo miraban a él desde la tenebrosidad de las aguas De pronto, se vio de pie sobre el césped en una tarde de verano en
que invadían el buque. Aún había aire en la cámara. Su madre y su que los rayos oblicuos del sol doraban la corta hierba. El paisaje que se le
hermanita podían verlo todavía y él a ellas, pero no dejaban de irse aparecía ahora se le presentaba con tanta frecuencia en sueños que nunca
hundiendo ni un solo instante, de ir cayendo en las aguas, de un verde estaba completamente seguro de si lo había visto alguna vez en la vida
muy oscuro, que de un momento a otro las ocultarían para siempre. real. Cuando estaba despierto, lo llamaba el País Dorado. Lo cubrían
Winston, en cambio, se encontraba al aire libre y a plena luz mientras a pastos mordidos por los conejos con un sendero que serpenteaba por él y,
ellas se las iba tragando la muerte, y ellas se hundían porque él estaba allí aquí y allá, unas pequeñísimas elevaciones del terreno. Al fondo, se velan
arriba. Winston lo sabía y también ellas lo sabían y él descubría en las unos olmos que se balanceaban suavemente con la brisa y sus follajes
caras de ellas este conocimiento. Pero la expresión de las dos no le parecían cabelleras de mujer. Cerca, aunque fuera de la vista, corría un
reprochaba nada ni sus corazones tampoco —el lo sabía— y sólo se claro arroyuelo de lento fluir.
transparentaba la convicción de que ellas morían para que él pudiera La muchacha morena venía hacia él por aquel campo.
Con un solo movimiento se despojó de sus ropas y las arrojó La intensa molestia de su ataque de tos no había logrado desvanecer
despectivamente a un lado. Su cuerpo era blanco y suave, pero no en Winston la impresión que le había dejado el ensueño y los
despertaba deseo en Winston, que se limitaba a contemplarlo. Lo que le movimientos rítmicos de la gimnasia contribuían a conservarle aquel
llenaba de entusiasmo en aquel momento era el gesto con que la joven se recuerdo. Mientras doblaba y desplegaba mecánicamente los brazos —
había librado de sus ropas. Con la gracia y el descuido de aquel gesto, sin perder ni por un instante la expresión de contento que se consideraba
parecía estar aniquilando toda su cultura, todo un sistema de apropiada durante las Sacudidas Físicas—, se esforzaba por resucitar el
pensamiento, como si el Gran Hermano, el Partido y la Policía del confuso período de su primera infancia. Pero le resultaba
Pensamiento pudieran ser barridos y enviados a la Nada con un simple extraordinariamente difícil. Más allá de los años cincuenta y tantos —
movimiento del brazo. También aquel gesto pertenecía a los tiempos final de la década— todo se desvanecía. Sin datos externos de ninguna
antiguos. Winston se despertó con la palabra «Shakespeare» en los clase a que referirse era imposible reconstruir ni siquiera el esquema de
labios. la propia vida. Se recordaban los acontecimientos de enormes
La telepantalla emitía en aquel instante un prolongado silbido que proporciones —que muy bien podían no haber acaecido—, se recordaban
partía el tímpano y que continuaba en la misma nota treinta segundos. también detalles sueltos de hechos sucedidos en la infancia, de cada uno,
Eran las cero-siete-quince, la hora de levantarse para los oficinistas. pero sin poder captar la atmósfera. Y había extensos períodos en blanco
Winston se echó abajo de la cama desnudo porque los miembros del donde no se podía colocar absolutamente nada. Entonces todo había sido
Partido Exterior recibían sólo tres mil cupones para vestimenta durante el diferente. Incluso los nombres de los países y sus formas en el mapa. La
año y un pijama —necesitaba seiscientos cupones— y se puso un sucio Franja Aérea número 1, por ejemplo, no se llamaba así en aquellos días:
singlet y unos shorts que estaban sobre una silla. Dentro de tres minutos la llamaban Inglaterra o Bretaña, aunque Londres —Winston estaba casi
empezarían las Sacudidas Físicas. Inmediatamente le entró el ataque de seguro de ello— se había llamado siempre Londres.
tos habitual en él en cuanto se despertaba. No podía recordar claramente una época en que su país no hubiera
Vació tanto sus pulmones que, para volver a respirar, tuvo que estado en guerra, pero era evidente que había un intervalo de paz
tenderse de espaldas abriendo y cerrando la boca repetidas veces y en bastante largo durante su infancia porque uno de sus primeros recuerdos
rápida sucesión. Con el esfuerzo de la tos se le hinchaban las venas y sus era el de un ataque aéreo que parecía haber cogido a todos por sorpresa.
varices le habían empezado a escocer. Quizá fue cuando la bomba atómica cayó en Colchester. No se acordaba
—¡Grupo de treinta a cuarenta! —ladró una penetrante voz de mujer del ataque propiamente dicho, pero sí de la mano de su padre que le tenía
—. ¡Grupo de treinta a cuarenta! Ocupad vuestros sitios, por favor. cogida la suya mientras descendían precipitadamente por algún lugar
Winston se colocó de un salto a la vista de la telepantalla, en la cual subterráneo muy profundo, dando vueltas por una escalera de caracol que
había aparecido ya la imagen de una mujer más bien joven, musculoso y finalmente le había cansado tanto las piernas que empezó a sollozar y su
de facciones duras, vestida con una túnica y calzando sandalias de padre tuvo que dejarle descansar un poco. Su madre, lenta y pensativa
gimnasia. como siempre, los seguía a bastante distancia. La madre llevaba a la
—¡Doblad y extended los brazos! —gritó—. ¡Contad a la vez que hermanita de Winston, o quizá sólo llevase un lío de mantas. Winston no
yo! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Vamos, camaradas, estaba seguro de que su hermanita hubiera nacido por entonces. Por
un poco de vida en lo que hacéis! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, último, desembocaron a un sitio ruidoso y atestado de gente, una estación
cuatro! … de Metro.
Muchas personas se hallaban sentadas en el suelo de piedra y otras, es decir, no estaba lo suficientemente controlada. Oficialmente, nunca se
arracimadas, se habían instalado en diversos objetos que llevaban. había producido un cambio en las alianzas. Oceanía estaba en guerra con
Winston y sus padres encontraron un sitio libre en el suelo y junto a ellos Eurasia; por tanto, Oceanía siempre había luchado contra Eurasia. El
un viejo y una vieja se apretaban el uno contra el otro. El anciano vestía enemigo circunstancial representaba siempre el absoluto mal, y de ahí
un buen traje oscuro y una boina de paño negro bajo la cual le asomaba resultaba que era totalmente imposible cualquier acuerdo pasado o futuro
abundante cabello muy blanco. Tenía la cara enrojecida; los ojos, azules con él.
y lacrimosos. Olía a ginebra. Ésta parecía salírsele por los poros en vez Lo horrible, pensó por diezmilésima vez mientras se forzaba los
del sudor y podría haberse pensado que las lágrimas que le brotaban de hombros dolorosamente hacia atrás (con las manos en las caderas,
los ojos eran ginebra pura. Sin embargo, a pesar de su borrachera, sufría giraban sus cuerpos por la cintura, ejercicio que se suponía conveniente
de algún dolor auténtico e insoportable. De un modo infantil, Winston para los músculos de la espalda), lo horrible era que todo ello podía ser
comprendió que algo terrible, más allá del perdón y que jamás podría verdad. Si el Partido podía alargar la mano hacia el pasado y decir que
tener remedio, acababa de ocurrirle al viejo. También creía saber de qué este o aquel acontecimiento nunca había ocurrido, esto resultaba mucho
se trataba. Alguien a quien el anciano amaba, quizás alguna nietecita, más horrible que la tortura y la muerte.
había muerto en el bombardeo. Cada pocos minutos, repetía el viejo: El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él,
—No debíamos habernos fiado de ellos. ¿Verdad que te lo dije, Winston Smith, sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro
abuelita? Nos ha pasado esto por fiarnos de ellos. Siempre lo he dicho. años antes. Pero, ¿dónde constaba ese conocimiento? Sólo en su propia
Nunca debimos confiar en esos canallas. conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muy pronto. Y si
Lo que Winston no podía recordar es a quién se refería el viejo y todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los
quiénes eran esos de los que no había que fiarse. testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y
Desde entonces, la guerra había sido continua, aunque hablando con se convertía en verdad. «El que controla el pasado —decía el slogan del
exactitud no se trataba siempre de la misma guerra. Durante algunos Partido—, controla también el futuro. El que controla el presente,
meses de su infancia había habido una confusa lucha callejera en el controla el pasado». Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma
mismo Londres y él recordaba con toda claridad algunas escenas. Pero naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad,
hubiera sido imposible reconstruir la historia de aquel período ni saber había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo
quién luchaba contra quién en un momento dado, pues no quedaba único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada
ningún documento ni pruebas de ninguna clase que permitieran pensar persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban
que la disposición de las fuerzas en lucha hubiera sido en algún momento «control de la realidad». Pero en neolengua había una palabra especial
distinta a la actual. Por ejemplo, en este momento, en 1984 (si es que para ello: doblepensar.
efectivamente era 1984), Oceanía estaba en guerra con Eurasia y era —¡Descansen! —ladró la instructora, cuya voz parecía ahora menos
aliada de Asia Oriental. En ningún discurso público ni conversación malhumorada.
privada se admitía que estas tres potencias se hubieran hallado alguna Winston dejó caer los brazos de sus costados y volvió a llenar de aire
vez en distinta posición cada una respecto a las otras. Winston sabía muy sus pulmones. Su mente se deslizó por el laberíntico mundo del
bien que, hacia sólo cuatro años, Oceanía había estado en guerra contra doplepensar. Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente
Asia Orienta] y aliada con Eurasia. Pero aquello era sólo un verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener
conocimiento furtivo que él tenía porque su memoria «fallaba» mucho, simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer
sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la sobre una mentira concreta. Por ejemplo, no era verdad, como pretendían
moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es los libros de historia lanzados por el Partido, que éste hubiera inventado
imposible y que el Partido es el guardián de la democracia; olvidar los aeroplanos. Winston recordaba los aeroplanos desde su más temprana
cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a infancia. Pero tampoco podría probarlo. Nunca se podía probar nada.
traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo; y, Sólo una vez en su vida había tenido en sus manos la innegable prueba
sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Ésta era la documental de la falsificación de un hecho histórico. Y en aquella
más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la ocasión…
inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se —¡Smith! —chilló la voz de la telepantalla—; ¡6O79 Smith W! ¡Sí,
había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender la palabra tú! ¡Inclínate más, por favor! Puedes hacerlo mejor; es que no te
doblepensar implicaba el uso del doblepensar. esfuerzas; más doblado, haz el favor. Ahora está mucho mejor, camarada.
La instructora había vuelto a llamarles la atención: Descansad todos y fijaos en mí.
—Y ahora, a ver cuáles de vosotros pueden tocarse los dedos de los Winston sudaba por todo su cuerpo, pero su cara permanecía
pies sin doblar las rodillas —gritó la mujer con gran entusiasmo—. ¡Por completamente inescrutable. ¡Nunca os manifestéis desanimados!
favor, camaradas! ¡Uno, dos! ¡Uno, dos…! ¡Nunca os mostréis resentidos! Un leve pestañeo podría traicioneros. Por
A Winston le fastidiaba indeciblemente este ejercicio que le hacía eso, Winston miraba impávido a la instructora mientras ésta levantaba los
doler todo el cuerpo y a veces le causaba golpes de tos. Ya no disfrutaba brazos por encima de la cabeza y, si no con gracia, sí con notable
con sus meditaciones. El pasado, pensó Winston, no sólo había sido precisión y eficacia, se dobló y se tocó los dedos de los pies sin doblar
alterado, sino que estaba siendo destruido. Pues, ¿cómo iba usted a las rodillas.
establecer el hecho más evidente si no existía más prueba que el recuerdo —¡Ya habéis visto, camaradas; así es como quiero que lo hagáis!
de su propia memoria? Trató de recordar en qué año había oído hablar Miradme otra vez. Tengo treinta y nueve años y cuatro hijos. Mirad —
por primera vez del Gran Hermano. Creía que debió de ser hacia el volvió a doblarse—. Ya veis que mis rodillas no se han doblado. Todos
sesenta y tantos, pero era imposible estar seguro. Por supuesto, en los Vosotros podéis hacerlo si queréis —añadió mientras se ponía derecha—.
libros de historia editados por el Partido, el Gran Hermano figuraba Cualquier persona de menos de cuarenta y cinco años es perfectamente
como jefe y guardián de la Revolución desde los primeros días de ésta. capaz de tocarse así los dedos de los pies. No todos nosotros tenemos el
Sus hazañas habían ido retrocediendo en el tiempo cada vez más y ya se privilegio de luchar en el frente, pero por lo menos podemos
extendían hasta el mundo fabuloso de los años cuarenta y treinta cuando mantenemos en forma. ¡Recordad a nuestros muchachos en el frente
los capitalistas, con sus extraños sombreros cilíndricos, cruzaban todavía malabar! ¡Y a los marineros de las fortalezas flotantes! Pensad en las
por las calles de Londres en relucientes automóviles o en coches de penalidades que han de soportar. Ahora, probad otra vez. Eso está mejor,
caballos —pues aún quedaban vehículos de éstos—, con lados de cristal. camaradas, mucho mejor —añadió en tono estimulante dirigiéndose a
Desde luego, se ignoraba cuánto había de cierto en esta leyenda y cuánto Winston, el cual, con un violento esfuerzo, había logrado tocarse los
de inventado. Winston no podía recordar ni siquiera en qué fecha había dedos de los pies sin doblar las rodillas. Desde varios años atrás, no lo
empezado el Partido a existir. No creía haber oído la palabra «Ingsoc» conseguía.
antes de 1960. Pero era posible que en su forma viejolingüística —es
decir, «socialismo inglés»— hubiera existido antes. Todo se había
desvanecido en la niebla. Sin embargo, a veces era posible poner el dedo
times 19.12.83 predicciones plantrienal cuarto trimestre 83
erratas comprobar número corriente
times 14.2.84. Minibundancia malcitado chocolate rectificar
times 3.12.83 referente ordendía gh doblemásnobueno refs
nopersonas reescribir completo someter antesarchivar

CAPÍTULO IV Con cierta satisfacción apartó Winston el cuarto mensaje. Era un


asunto intrincado y de responsabilidad y prefería ocuparse de él al final.
Con el hondo e inconsciente suspiro que ni siquiera la proximidad de la Los otros tres eran tarea rutinaria, aunque el segundo le iba a costar
telepantalla podía ahogarle cuando empezaba el trabajo del día, Winston probablemente buscar una serie de datos fastidiosos.
se acercó al hablescribe, sopló para sacudir el polvo del micrófono y se Winston pidió por la telepantalla los números necesarios del Times,
puso las gafas. Luego desenrolló y juntó con un clip cuatro pequeños que le llegaron por el tubo neumático pocos minutos después. Los
cilindros de papel que acababan de caer del tubo neumático sobre el lado mensajes que había recibido se referían a artículos o noticias que por una
derecho de su mesa de despacho. u otra razón era necesario cambiar, o, como se decía oficialmente,
En las paredes de la cabina había tres orificios. A la derecha del rectificar. Por ejernplo, en el número del Times correspondiente al 17 de
hablescribe, un pequeño tubo neumático para mensajes escritos, a la marzo se decía que el Gran Hermano, en su discurso del día anterior,
izquierda, un tubo más ancho para los periódicos; y en la otra pared, de había predicho que el frente de la India Meridional seguiría en calma,
manera que Winston lo tenía a mano, una hendidura grande y oblonga pero que, en cambio, se desencadenaría una ofensiva eurasiática muy
protegida por una rejilla de alambre. Esta última servía para tirar el papel pronto en África del Norte. Como quiera que el alto mando de Eurasia
inservible. Había hendiduras semejantes a miles o a docenas de miles por había iniciado su ofensiva en la India del Sur y había dejado tranquila al
todo el edificio, no sólo en cada habitación, sino a lo largo de todos los África del Norte, era por tanto necesario escribir un nuevo párrafo del
pasillos, a pequeños intervalos. Les llamaban «agujeros de la memoria». discurso del Gran Hermano, con objeto de hacerle predecir lo que había
Cuando un empleado sabía que un documento había de ser destruido, o ocurrido efectivamente. Y en el Times del 19 de diciembre del año
incluso cuando alguien veía un pedazo de papel por el suelo y por alguna anterior se habían publicado los pronósticos oficiales sobre el consumo
mesa, constituía ya un acto automático levantar la tapa del más cercano de ciertos productos en el cuarto trimestre de 1983, que era también el
«agujero de la memoria» y tirar el papel en él. Una corriente de aire sexto grupo del noveno plan trienal. Pues bien, el número de hoy
caliente se llevaba el papel en seguida hasta los enormes hornos ocultos contenía una referencia al consumo efectivo y resultaba que los
en algun lugar desconocido de los sótanos del edificio. pronósticos se habían equivocado muchísimo. El trabajo de Winston
Winston examinó las cuatro franjas de papel que había desenrollado. consistía en cambiar las cifras originales haciéndolas coincidir con las
Cada una de ellas contenía una o dos líneas escritas en el argot abreviado posteriores. En cuanto al tercer mensaje, se refería a un error muy
(no era exactamente neolengua, pero consistía principalmente en sencillo que se podía arreglar en un par de minutos. Muy poco tiempo
palabras neolingüísticas) que se usaba en el Ministerio para fines antes, en febrero, el Ministerio de la Abundancia había lanzado la
internos. Decían así: promesa (oficialmente se le llamaba «compromiso categórico») de que
no habría reducción de la ración de chocolate durante el año 1984. Pero
times 17.3.84 discurso gh malregistrado áfrica rectificar la verdad era, como Winston sabía muy bien, que la ración de chocolate
sería reducida, de los treinta gramos que daban, a veinte al final de escritas que recibía Winston y que él hacía desaparecer invariablemente
aquella semana. Como se verá, el error era insignificante y el único en cuanto se enteraba de su contenido, nunca daban a entender ni
cambio necesario era sustituir la promesa original por la advertencia de remotamente que se estuviera cometiendo una falsificación. Sólo se
que probablemente habría que reducir la ración hacia el mes de abril. referían a erratas de imprenta o a citas equivocadas que era necesario
Cuando Winston tuvo preparadas las correcciones las unió con un poner bien en interés de la verdad.
clip al ejemplar del Times que le habían enviado y los mandó por el tubo Lo más curioso era —pensó Winston mientras arreglaba las cifras del
neumático. Entonces, con un movimiento casi inconsciente, arrugó los Ministerio de la Abundancia— que ni siquiera se trataba de una
mensajes originales y todas las notas que él había hecho sobre el asunto y falsificación. Era, sencillamente, la sustitución de un tipo de tonterías por
los tiró por el «agujero de la memoria» para que los devoraran las llamas. otro. La mayor parte del material que allí manejaban no tenía relación
Él no sabía con exactitud lo que sucedía en el invisible laberinto alguna con el mundo real, ni siquiera en esa conexión que implica una
adonde iban a parar los tubos neumáticos, pero tenía una idea general. En mentira directa. Las estadísticas eran tan fantásticas en su versión
cuanto se reunían y ordenaban todas las correcciones que había sido original como en la rectificada. En la mayor parte de los casos, tenía que
necesario introducir en un número determinado del Times, ese número sacárselas el funcionario de su cabeza. Por ejemplo, las predicciones del
volvía a ser impreso, el ejemplar primitivo se destruía y el ejemplar Ministerio de la Abundancia calculaban la producción de botas para el
corregido ocupaba su puesto en el archivo. Este proceso de continua trimestre venidero en ciento cuarenta y cinco millones de pares. Pues
alteración no se aplicaba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, bien, la cantidad efectiva fue de sesenta y dos millones de pares. Es
folletos, carteles, programas, películas, bandas sonoras, historietas para decir, la cantidad declarada oficialmente. Sin embargo, Winston, al
niños, fotografías…, es decir, a toda clase de documentación o literatura modificar ahora la «predicción», rebajó la cantidad a cincuenta y siete
que pudiera tener algún significado político o ideológico. Diariamente y millones, para que resultara posible la habitual declaración de que se
casi minuto por minuto, el pasado era puesto al día. De este modo, todas había superado la producción. En todo caso, sesenta y dos millones no se
las predicciones hechas por el Partido resultaban acertadas según prueba acercaban a la verdad más que los cincuenta y siete millones o los ciento
documental. Toda la historia se convertía así en un palimpsesto, raspado cuarenta y cinco. Lo más probable es que no se hubieran producido botas
y vuelto a escribir con toda la frecuencia necesaria. En ningún caso en absoluto. Nadie sabía en definitiva cuánto se había producido ni le
habría sido posible demostrar la existencia de una falsificación. La importaba. Lo único de que se estaba seguro era de que cada trimestre se
sección más nutrida del Departamento de Registro, mucho mayor que producían sobre el papel cantidades astronómicas de botas mientras que
aquella donde trabajaba Winston, se componía sencillamente de personas media población de Oceanía iba descalza. Y lo mismo ocurría con los
cuyo deber era recoger todos los ejemplares de libros, diarios y otros demás datos, importantes o minúsculos, que se registraban. Todo se
documentos que se hubieran quedado atrasados y tuvieran que ser disolvía en un mundo de sombras en el cual incluso la fecha del año era
destruidos. Un número del Times que —a causa de cambios en la política insegura.
exterior o de profecías equivocadas hechas por el Gran Hermano— Winston miró hacia el vestíbulo. En la cabina de enfrente trabajaba
hubiera tenido que ser escrito de nuevo una docena de veces, seguía un hombre pequeñito, de aire eficaz, llamado Tillotson, con un periódico
estando en los archivos con su fecha original y no existía ningún otro doblado sobre sus rodillas y la boca muy cerca de la bocina del
ejemplar para contradecirlo. También los libros eran recogidos y hablescribe. Daba la impresión de que lo que decía era un secreto entre él
reescritos muchas veces y cuando se volvían a editar no se confesaba que y la telepantalla. Levantó la vista y los cristales de sus gafas le lanzaron a
se hubiera introducido modificación alguna. Incluso las instrucciones Winston unos reflejos hostiles.
Winston no conocía apenas a Tillotson ni tenía idea de la clase de reconstruir el pasado, sino proporcionarles a los ciudadanos de Oceanía
trabajo que le habían encomendado. Los funcionarios del Departamento periódicos, películas, libros de texto, programas de telepantalla,
del Registro no hablaban de sus tareas. En el largo vestíbulo, sin comedias, novelas, con toda clase de información, instrucción o
ventanas, con su doble fila de cabinas y su interminable ruido de entretenimiento. Fabricaban desde una estatua a un slogan, de un poema
periódicos y el murmullo de las voces junto a los hablescribe, había por lírico a un tratado de biología y desde la cartilla de los párvulos hasta el
lo menos una docena de personas a las que Winston no conocía ni diccionario de neolengua… Y el Ministerio no sólo tenía que atender a
siquiera de nombre, aunque los veía diariamente apresurándose por los las múltiples necesidades del Partido, sino repetir toda la operación en un
pasillos o gesticulando en los Dos Minutos de Odio. Sabía que en la nivel más bajo a beneficio del proletariado. Había toda una cadena de
cabina vecina a la suya la mujercilla del cabello arenoso trabajaba en secciones separadas que se ocupaban de la literatura, la música, el teatro
descubrir y borrar en los números atrasados de la Prensa los nombres de y, en general, de todos los entretenimientos para los proletarios. Allí se
las personas vaporizadas, las cuales se consideraba que nunca habían producían periódicos que no contenían más que informaciones
existido. Ella estaba especialmente capacitada para este trabajo, ya que deportivas, sucesos y astrología, noveluchas sensacionalistas, películas
su propio marido había sido vaporizado dos años antes. Y pocas cabinas que rezumaban sexo y canciones sentimentales compuestas por medios
más allá, un individuo suave, soñador e ineficaz, llamado Ampleforth, exclusivamente mecánicos en una especie de calidoscopio llamado
con orejas muy peludas y un talento sorprendente para rimar y medir los versificador. Había incluso una sección conocida en neolengua con el
versos, estaba encargado de producir los textos definitivos de poemas nombre de Pornosec, encargada de producir pornografía de clase ínfima
que se habían hecho ideológicamente ofensivos, pero que, por una u otra y que era enviada en paquetes sellados que ningún miembro del Partido,
razón, continuaban en las antologías. Este vestíbulo, con sus cincuenta aparte de los que trabajaban en la sección, podía abrir.
funcionarios, era sólo una subsección, una pequeñísima célula de la Habían salido tres mensajes por el tubo neumático mientras Winston
enorme complejidad del Departamento de Registro. Más allá, arriba, trabajaba, pero se trataba de asuntos corrientes y los había despachado
abajo, trabajaban otros enjambres de funcionarios en multitud de tareas antes de ser interrumpido por los Dos Minutos de Odio. Cuando el odio
increíbles. Allí estaban las grandes imprentas con sus expertos en terminó, volvió Winston a su cabina, sacó del estante el diccionario de
tipografía y sus bien dotados estudios para la falsificación de fotografías. neolengua, apartó a un lado el hablescribe, se limpió las gafas y se
Había la sección de teleprogramas con sus ingenieros, sus directores y dedicó a su principal cometido de la mañana.
equipos de actores escogidos especialmente por su habilidad para imitar El mayor placer de Winston era su trabajo. La mayor parte de éste
voces. Había también un gran número de empleados cuya labor sólo consistía en una aburrida rutina, pero también incluía labores tan difíciles
consistía en redactar listas de libros y periódicos que debían ser e intrincadas que se perdía uno en ellas como en las profundidades de un
«repasados». Los documentos corregidos se guardaban y los ejemplares problema de matemáticas: delicadas labores de falsificación en que sólo
originales eran destruidos en hornos ocultos. Por último, en un lugar se podía guiar uno por su conocimiento de los principios del Ingsoc y el
desconocido estaban los cerebros directores que coordinaban todos estos cálculo de lo que el Partido quería que uno dijera. Winston servía para
esfuerzos y establecían las líneas políticas según las cuales un fragmento esto. En una ocasión le encargaron incluso la rectificación de los
del pasado había de ser conservado, falsificado otro, y otro borrado de la editoriales del Times, que estaban escritos totalmente en neolengua.
existencia. Desenrolló el mensaje que antes había dejado a un lado como más difícil.
El Departamento de Registro, después de todo, no era más que una Decía:
simple rama del Ministerio de la Verdad, cuya principal tarea no era
times 3.12.83 referente ordendía gh doblemásnobueno refs la cabeza un momento. Otra vez, los destellos hostiles de las gafas.
nopersonas reescribir completo someter antesarchivar. Winston se preguntó si el camarada Tillotson estaría encargado del
mismo trabajo que él. Era perfectamente posible. Una tarea tan difícil y
En antiguo idioma (en inglés) quedaba así: complicada no podía estar a cargo de una sola persona. Por otra parte,
encargarla a un grupo sería admitir abiertamente que se estaba realizando
La información sobre la orden del día del Gran Hermano en el una falsificación. Muy probablemente, una docena de personas
Times del 3 de diciembre de 1983 es absolutamente insatisfactoria trabajaban al mismo tiempo en distintas versiones rivales para inventar lo
y se refiere a las personas inexistentes. Volverlo a escribir por que el Gran Hermano había dicho «efectivamente». Y, después, algún
completo y someter el borrador a la autoridad superior antes de cerebro privilegiado del Partido Interior elegiría esta o aquella versión, la
archivar. redactaría definitivamente a su manera y pondría en movimiento el
complejo proceso de confrontaciones necesarias. Luego, la mentira
elegida pasaría a los registros permanentes y se convertiría en la verdad.
Winston leyó el artículo ofensivo. La orden del día del Gran
Winston no sabía por qué había caído Withers en desgracia. Quizás
Hermano se dedicaba a alabar el trabajo de una organización conocida
fuera por corrupción o incompetencia. O quizás el Gran Hermano se
por FFCC, que proporcionaba cigarrillos y otras cosas a los marineros de
hubiera librado de un subordinado demasiado popular. También pudiera
las fortalezas flotantes. Cierto camarada Withers, destacado miembro del
ser que Withers o alguno relacionado con él hubiera sido acusado de
Partido Interior, había sido agraciado con una mención especial y le
tendencias heréticas. O quizás —y esto era lo más probable— hubiese
habían concedido una condecoración, la Orden del Mérito Conspicuo, de
ocurrido aquello sencillamente porque las «purgas» y las vaporizaciones
segunda clase.
eran parte necesaria de la mecánica gubernamental. El único indicio real
Tres meses después, la FFCC había sido disuelta sin que se supieran
era el contenido en las palabras «refs nopersonas», con lo que se indicaba
los motivos. Podía pensarse que Withers y sus asociados habían caído en
que Withers estaba ya muerto. Pero no siempre se podía presumir que un
desgracia, pero no había información alguna sobre el asunto en la Prensa
individuo hubiera muerto por el hecho de haber desaparecido. A veces
ni en la telepantalla. Era lo corriente, ya que muy raras veces se
los soltaban y los dejaban en libertad durante uno o dos años antes de ser
procesaba ni se denunciaba públicamente a los delincuentes políticos.
ejecutados. De vez en cuando, algún individuo a quien se creía muerto
Las grandes «purgas» que afectaban a millares de personas, con procesos
desde hacía mucho tiempo, reaparecía como un fantasma en algún
públicos de traidores y criminales del pensamiento que confesaban
proceso sensacional donde comprometía a centenares de otras personas
abyectamente sus crímenes para ser luego ejecutados, constituían
con sus testimonios antes de desaparecer, esta vez para siempre. Sin
espectáculos especiales que se daban sólo una vez cada dos años. Lo
embargo, en el caso de Withers, estaba claro que lo habían matado. Era
habitual era que las personas caídas en desgracia desapareciesen
ya una nopersona. No existía: nunca había existido. Winston decidió que
sencillamente y no se volviera a oír hablar de ellas. Nunca se tenía la
no bastaría con cambiar el sentido del discurso del Gran Hermano. Era
menor noticia de lo que pudiera haberles ocurrido. En algunos casos, ni
mejor hacer que se refiriese a un asunto sin relación alguna con el
siquiera habían muerto. Aparte de sus padres, unas treinta personas
auténtico.
conocidas por Winston habían desaparecido en una u otra ocasión.
Podía trasladar el discurso al tema habitual de los traidores y los
Mientras pensaba en todo esto, Winston se daba golpecitos en la nariz
criminales del pensamiento, pero esto resultaba demasiado claro; y por
con un sujetador de papeles. En la cabina de enfrente, el camarada
otra parte, inventar una victoria en el frente o algún triunfo de
Tillotson seguía misteriosamente inclinado sobre su hablescribe. Levantó
superproducción en el noveno plan trienal, podía complicar demasiado principios de Ingsoc, ni más finalidad en la vida que la derrota del
los registros. Lo que se necesitaba era una fantasía pura. De pronto se le enemigo eurasiático y la caza de espías, saboteadores, criminales
ocurrió inventar que un cierto camarada Ogilvy había muerto mentales y traidores en general.
recientemente en la guerra en circunstancias heroicas. En ciertas Winston discutió consigo mismo si debía o no concederle al
ocasiones, el Gran Hermano dedicaba su orden del día a conmemorar a camarada Ogilvy la Orden del Mérito Conspicuo; al final decidió no
algunos miembros ordinarios del Partido cuya vida y muerte ponía como concedérsela porque ello acarrearía un excesivo trabajo de
ejemplo digno de ser imitado por todos. Hoy conmemoraría al camarada confrontaciones para que el hecho coincidiera con otras referencias.
Ogilvy. Desde luego, no existía el tal Ogilvy, pero unas cuantas líneas de De nuevo miró a su rival de la cabina de enfrente. Algo parecía
texto y un par de fotografías falsificadas bastarían para darle vida. decirle que Tillotson se ocupaba en lo mismo que él. No había manera de
Winston reflexionó un momento, se acercó luego al hablescribe y saber cuál de las versiones sería adoptada finalmente, pero Winston tenía
empezó a dictar en el estilo habitual del Gran Hermano: un estilo militar la firme convicción de que se elegiría la suya. El camarada Ogilvy, que
y pedante a la vez y fácil de imitar por el truco de hacer preguntas y hace una hora no existía, era ya un hecho. A Winston le resultaba
contestárselas él mismo en seguida. (Por ejemplo: «¿Qué nos enseña este chistoso que se pudieran crear hombres muertos y no hombres vivos. El
hecho, camaradas? Nos enseña la lección —que es también uno de los camarada Ogilvy, que nunca había existido en el presente, era ya una
principios fundamentales de Ingsoc— que», etc., etc.). realidad en el pasado, y cuando quedara olvidado en el acto de la
A la edad de tres años, el camarada Ogilvy había rechazado todos los falsificación, seguiría existiendo con la misma autenticidad, con pruebas
juguetes excepto un tambor, una ametralladora y un autogiro. A los seis de la misma fuerza que Carlomagno o Julio César.
años —uno antes de lo reglamentario por concesión especial— se había
alistado en los Espías; a los nueve años, era ya jefe de tropa. A los once
había denunciado a su tío a la Policía del Pensamiento después de oírle
una conversación donde el adulto se había mostrado con tendencias
criminales. A los diecisiete fue organizador en su distrito de la Liga
juvenil Anti-Sex. A los diecinueve había inventado una granada de mano
que fue adoptada por el Ministerio de la Paz y que, en su primera prueba,
mató a treinta y un prisioneros eurasiáticos. A los veintitrés murió en
acción de guerra. Perseguido por cazas enemigos de propulsión a chorro
mientras volaba sobre el Océano índico portador de mensajes secretos, se
había arrojado al mar con las ametralladoras y los documentos… Un
final, decía el Gran Hermano, que necesariamente despertaba la envidia.
El Gran Hermano añadía unas consideraciones sobre la pureza y rectitud
de la vida del camarada Ogilvy. Era abstemio y no fumador, no se
permitía más diversiones que una hora diaria en el gimnasio y había
hecho voto de soltería por creer que el matrimonio y el cuidado de una
familia imposibilitaban dedicar las veinticuatro horas del día al
cumplimiento del deber. No tenía más tema de conversación que los
La cola avanzó otro poco. Winston se volvió otra vez para observar a
Syme. Cada uno de ellos cogió una bandeja grasienta de metal de una
pila que había al borde del mostrador.
—¿Fuiste a ver ahorcar a los prisioneros ayer? —le preguntó Syme.
—Estaba trabajando —respondió Winston en tono indiferente—. Lo
veré en el cine, seguramente.
CAPÍTULO V —Un sustitutivo muy inadecuado —comentó Syme.
Sus ojos burlones recorrieron el rostro de Winston. «Te conozco»,
En la cantina, un local de techo bajo en los sótanos, la cola para el parecían decir los ojos. «Veo a través de ti. Sé muy bien por qué no fuiste
almuerzo avanzaba lentamente. La estancia estaba atestada de gente y a ver ahorcar los prisioneros». Intelectualmente, Syme era de una
llena de un ruido ensordecedor. De la parrilla tras el mostrador emanaba ortodoxia venenosa. Por ejemplo, hablaba con una satisfacción
el olorcillo del asado. Al extremo de la cantina había un pequeño bar, una repugnante de los bombardeos de los helicópteros contra los pueblos
especie de agujero en el muro, donde podía comprarse la ginebra a diez enemigos, de los procesos y confesiones de los criminales del
centavos el vasito. pensamiento y de las ejecuciones en los sótanos del Ministerio del Amor.
—Precisamente el que andaba yo buscando —dijo una voz a espaldas Hablar con él suponía siempre un esfuerzo por apartarle de esos temas e
de Winston. Éste se volvió. Era su amigo Syme, que trabajaba en el interesarle en problemas técnicos de neolingüística en los que era una
Departamento de Investigaciones, Quizás no fuera «amigo» la palabra autoridad y sobre los que podía decir cosas interesantes. Winston volvió
adecuada. Ya no había amigos, sino camaradas. Pero persistía una un poco la cabeza para evitar el escrutinio de los grandes ojos negros.
diferencia: unos camaradas eran más agradables que otros. Syme era —Fue una buena ejecución —dijo Syme añorante—. Pero me parece
filósofo, especializado en neolengua. Desde luego, pertenecía al inmenso que estropean el efecto atándoles los pies. Me gusta verlos patalear. De
grupo de expertos dedicados a redactar la onceava edición del todos modos, es estupendo ver cómo sacan la lengua, que se les pone
Diccionario de Neolengua. Era más pequeño que Winston, con cabello azul… ¡de un azul tan brillante! Ese detalle es el que más me gusta.
negro y sus ojos saltones, a la vez tristes y burlones, que parecían buscar —¡El siguiente, por favor! —dijo la propietaria del delantal blanco
continuamente algo dentro de su interlocutor. que servía tras el mostrador.
—Quería preguntarte si tienes hojas de afeitar —dijo. Winston y Syme presentaron sus bandejas. A cada uno de ellos les
—¡Ni una! —dijo Winston con una precipitación culpable—. He pusieron su ración: guiso con un poquito de carne, algo de pan, un cubito
tratado de encontrarlas por todas partes, pero ya no hay. de queso, un poco de café de la Victoria y una pastilla de sacarina.
Todos buscaban hojas de afeitar. La verdad era que Winston guardaba —Allí hay una mesa libre, debajo de la telepantalla —dijo Syme—.
en su casa dos sin estrenar. Durante los meses pasados hubo una gran De camino podemos coger un poco de ginebra.
escasez de hojas. Siempre faltaba algún artículo necesario que en las Les sirvieron la ginebra en unas terrinas. Se abrieron paso entre la
tiendas del Partido no podían proporcionar; unas veces, botones; otras, multitud y colocaron el contenido de sus bandejas sobre la mesa de tapa
hilo de coser; a veces, cordones para los zapatos, y ahora faltaban de metal, en una esquina de la cual había dejado alguien un chorretón de
cuchillas de afeitar. Era imposible adquirirlas a no ser que se buscaran grasa del guiso, un líquido asqueroso. Winston cogió la terrina de
furtivamente en el mercado «libre». ginebra, se detuvo un instante para decidirse, y se tragó de un golpe
—Llevo seis semanas usando la misma cuchilla —mintió Winston. aquella bebida que sabía a aceite. Le acudieron lágrimas a los ojos como
reacción y de pronto descubrió que tenía hambre. Empezó a tragar todavía, porque es la palabra exactamente contraria a «bueno» y la otra
cucharadas del guiso, que contenía unos trocitos de un material no. Por otra parte, si quieres un reforzamiento de la palabra «bueno»,
substitutivo de la carne. Ninguno de ellos volvió a hablar hasta que ¿qué sentido tienen esas confusas e inútiles palabras «excelente,
vaciaron los recipientes. En la mesa situada a la izquierda de Winston, un espléndido» y otras por el estilo? Plusbueno basta para decir lo que es
poco detrás de él, alguien hablaba rápidamente y sin cesar, una cháchara mejor que lo simplemente bueno y dobleplusbueno sirve perfectamente
que recordaba el cua-cua del pato. Esa voz perforaba el jaleo general de para acentuar el grado de bondad. Es el superlativo perfecto. Ya sé que
la cantina. usamos esas formas, pero en la versión final de la neolengua se
—¿Cómo va el diccionario? —dijo Winston elevando la voz para suprimirán las demás palabras que todavía se usan como equivalentes. Al
dominar el ruido. final todo lo relativo a la bondad podrá expresarse con seis palabras; en
—Despacio —respondió Syme—. Por los adjetivos. Es un trabajo realidad una sola. ¿No te das cuenta de la belleza que hay en esto,
fascinador. Winston? Naturalmente, la idea fue del Gran Hermano —añadió después
En cuanto oyó que le hablaban de lo suyo, se animó inmediatamente. de reflexionar un poco.
Apartó el plato de aluminio, tomó el mendrugo de pan con gesto delicado Al oír nombrar al Gran Hermano, el rostro de Winston se animó
y el queso con la otra mano. Se inclinó sobre la mesa para hablar sin automáticamente. Sin embargo, Syme descubrió inmediatamente una
tener que gritar. cierta falta de entusiasmo.
—La onceava edición es la definitiva —dijo—. Le estamos dando al —Tú no aprecias la neolengua en lo que vale —dijo Syme con
idioma su forma final, la forma que tendrá cuando nadie hable más que tristeza—. Incluso cuando escribes sigues pensando en la antigua lengua.
neolengua. Cuando terminemos nuestra labor, tendréis que empezar a He leído algunas de las cosas que has escrito para el Times. Son bastante
aprenderlo de nuevo. Creerás, seguramente, que nuestro principal trabajo buenas, pero no pasan de traducciones. En el fondo de tu corazón
consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es prefieres el viejo idioma con toda su vaguedad y sus inútiles matices de
destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el significado. No sientes la belleza de la destrucción de las palabras. ¿No
idioma para dejarlo en los huesos. De las palabras que contenga la sabes que la neolengua es el único idioma del mundo cuyo vocabulario
onceava edición, ninguna quedará anticuada antes del año 2050. disminuye cada día?
Dio un hambriento bocado a su pedazo de pan y se lo tragó sin dejar Winston no lo sabía, naturalmente sonrió —creía hacerlo
de hablar con una especie de apasionamiento pedante. Se le había agradablemente— porque no se fiaba de hablar. Syme comió otro bocado
animado su rostro moreno, y sus ojos, sin perder el aire soñador, no del pan negro, lo masticó un poco y siguió:
tenían ya su expresión burlona. —¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del
—La destrucción de las palabras es algo de gran hermosura. Por pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? Al final,
supuesto, las principales víctimas son los verbos y los adjetivos, pero acabamos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto,
también hay centenares de nombres de los que puede uno prescindir. No ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con
se trata sólo de los sinónimos. También los antónimos. En realidad ¿qué una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido
justificación tiene el empleo de una palabra sólo porque sea lo contrario rigurosamente y con todos sus significados secundados eliminados y
de otra? Toda palabra contiene en sí misma su contraria. Por ejemplo, olvidados para siempre? Y en la onceava edición nos acercamos a ese
tenemos «bueno». Si tienes una palabra como «bueno», ¿qué necesidad ideal, pero su perfeccionamiento continuará mucho después de que tú y
hay de la contraria, «malo»? Nobueno sirve exactamente igual, mejor yo hayamos muerto. Cada año habrá menos palabras y el radio de acción
de la conciencia será cada vez más pequeño. Por supuesto, tampoco estoy de acuerdo contigo», en una voz juvenil y algo tonta. Pero la otra
ahora hay justificación alguna para cometer crimen por el pensamiento. voz no se detenía ni siquiera cuando la muchacha decía algo. Winston
Sólo es cuestión de autodisciplina, de control de la realidad. Pero llegará conocía de vista a aquel hombre aunque sólo sabía que ocupaba un
un día en que ni esto será preciso. La revolución será completa cuando la puesto importante en el Departamento de Novela. Era un hombre de unos
lengua sea perfecta. Neolengua es Ingsoc e Ingsoc es neolengua — treinta años con un poderoso cuello y una boca grande y gesticulante.
añadió, con una satisfacción mística—. ¿No se te ha ocurrido pensar, Estaba un poco echado hacia atrás en su asiento y los cristales de sus
Winston, que lo más tarde hacia el año 2050, ni un solo ser humano gafas reflejaban la luz y le presentaban a Winston dos discos vacíos en
podrá entender una conversación como esta que ahora sostenemos? vez de un par de ojos. Lo inquietante era que del torrente de ruido que
—Excepto… —empezó a decir Winston, dubitativo, pero se salía de su boca resultaba casi imposible distinguir una sola palabra. Sólo
interrumpió alarmado. un cabo de frase comprendió Winston —«completa y definitiva
Había estado a punto de decir «excepto los proles»; pero no estaba eliminación del goldsteinismo»—, pronunciado con tanta rapidez que
muy seguro de que esta observación fuera muy ortodoxa. Sin embargo, parecía salir en un solo bloque como la línea, fundida en plomo, de una
Syme adivinó lo que iba a decir. linotipia. Lo demás era sólo ruido, un cuac-cuac-cuac, y, sin embargo,
—Los proles no son seres humanos —dijo—. Hacia el 2050, quizá aunque no se podía oír lo que decía, era seguro que se refería a Goldstein
antes, habrá desparecido todo conocimiento efectivo del viejo idioma. acusándolo y exigiendo medidas más duras contra los criminales del
Toda la literatura del pasado habrá sido destruida. Chaucer, Shakespeare, pensamiento y los saboteadores. Sí, era indudable que lanzaba diatribas
Milton, Byron… sólo existirán en versiones neolingüístcas, no sólo contra las atrocidades del ejército eurasiático y que alababa al Gran
transformados en algo muy diferente, sino convertidos en lo contrario de Hermano o a los héroes del frente malabar. Fuera lo que fuese, se podía
lo que eran. Incluso la literatura del partido cambiará; hasta los slogans estar seguro de que todas sus palabras eran ortodoxia pura. Ingsoc cien
serán otros. ¿Cómo vas a tener un slogan como el de «la libertad es la por cien. Al contemplar el rostro sin ojos con la mandíbula en rápido
esclavitud» cuando el concepto de libertad no exista? Todo el clima del movimiento, tuvo Winston la curiosa sensación de que no era un ser
pensamiento será distinto. En realidad, no habrá pensamiento en el humano, sino una especie de muñeco. No hablaba el cerebro de aquel
sentido en que ahora lo entendemos. La ortodoxia significa no pensar, no hombre, sino su laringe. Lo que salía de ella consistía en palabras, pero
necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia. no era un discurso en el verdadero sentido, sino un ruido inconsciente
De pronto tuvo Winston la profunda convicción de que uno de como el cuac-cuac de un pato.
aquellos días vaporizarían a Syme. Es demasiado inteligente. Lo ve todo Syme se había quedado silencioso unos momentos y con el mango de
con demasiada claridad y habla con demasiada sencillez. Al Partido no le la cucharilla trazaba dibujos entre los restos del guisado. La voz de la
gustan estas gentes. Cualquier día desaparecerá. Lo lleva escrito en la otra mesa seguía con su rápido cuac-cuac, fácilmente perceptible a pesar
cara. de la algarabía de la cantina.
Winston había terminado el pan y el queso. Se volvió un poco para —Hay una palabra en neolengua —dijo Syme— que no sé si la
beber la terrina de café. En la mesa de la izquierda, el hombre de la voz conoces: pathablar, o sea, hablar de modo que recuerde el cuac-cuac de
estridente seguía hablando sin cesar. Una joven, que quizás fuera su un pato. Es una de esas palabras interesantes que tienen dos sentidos
secretaria y que estaba sentada de espaldas a Winston, le escuchaba y contradictorios. Aplicada a un contrario, es un insulto; aplicada a alguien
asentía continuamente. De vez en cuando, Winston captaba alguna con quien estés de acuerdo, es un elogio.
observación como: «Cuánta razón tienes» o «No sabes hasta qué punto
No cabía duda, volvió a pensar Winston, a Syme lo vaporizarían. Lo hacerlo. Saludó a ambos con un alegre ¡Hola, hola!, y sentóse a la mesa
pensó con cierta tristeza aunque sabía perfectamente que Syme lo esparciendo un intenso olor a sudor. Su rojiza cara estaba perlada de
despreciaba y era muy capaz de denunciarle como culpable mental. gotitas de sudor. Tenía un enorme poder sudorífico. En el Centro de la
Había algo de sutilmente malo en Syme. Algo le faltaba: discreción, Comunidad se podía siempre asegurar si Parsons había jugado al tenis de
prudencia, algo así como estupidez salvadora. No podía decirse que no mesa por la humedad del mango de la raqueta. Syme sacó una tira de
fuera ortodoxo. Creía en los principios del Ingsoc, veneraba al Gran papel en la que había una larga columna de palabras y se dedicó a
Hermano, se alegraba de las victorias y odiaba a los herejes, no sólo estudiarla con un lápiz tinta entre los dedos.
sinceramente, sino con inquieto celo hallándose al día hasta un grado que —Mira cómo trabaja hasta en la hora de comer —dijo Parsons,
no solía alcanzar el miembro ordinario del Partido. Sin embargo, se guiñándole un ojo a Winston—. Eso es lo que se llama aplicación. ¿Qué
cernía sobre él un vago aire de sospecha. Decía cosas que debía callar, tienes ahí, chico? Seguro que es algo demasiado intelectual para mí. Oye,
leía demasiados libros, frecuentaba el Café del Nogal, guarida de Smith, te diré por qué te andaba buscando, es para la sub. Olvidaste
pintores y músicos. No había ley que prohibiera la frecuentación del Café darme el dinero.
del Nogal. Sin embargo, era sitio de mal agüero. Los antiguos y —¿Qué sub es esa? —dijo Winston buscándose el dinero
desacreditados jefes del Partido se habían reunido allí antes de ser automáticamente. Por lo menos una cuarta parte del sueldo de cada uno
«purgados» definitivamente. Se decía que al mismo Goldstein lo habían iba a parar a las subscripciones voluntarias. Éstas eran tan abundantes
visto allí algunas veces hacía años o décadas. Por tanto, el destino de que resultaba muy difícil llevar la cuenta.
Syme no era difícil de predecir. Pero, por otra parte, era indudable que si —Para la Semana del Odio. Ya sabes que soy el tesorero de nuestra
aquel hombre olía sólo por tres segundos las opiniones secretas de manzana. Estamos haciendo un gran esfuerzo para que nuestro grupo de
Winston, lo denunciaría inmediatamente a la Policía del Pensamiento. casas aporte más que nadie. No será culpa mía si las Casas de la Victoria
Por supuesto, cualquier otro lo haría; Syme se daría más prisa. Pero no no presentan el mayor despliegue de banderas de toda la calle. Me
bastaba con el celo. La ortodoxia era la inconsciencia. prometiste dos dólares.
Syme levantó la vista: Winston, después de rebuscar en sus bolsillos, sacó dos billetes
—Aquí viene Parsons —dijo. grasientos y muy arrugados que Parsons metió en una carterita y anotó
Algo en el tono de su voz parecía añadir, «ese idiota». Parsons, cuidadosamente.
vecino de Winston en las Casas de la Victoria, se abría paso —A propósito, chico —dijo—, me he enterado de que mi crío te
efectivamente por la atestada cantina. Era un individuo de mediana disparó ayer su tirachinas. Ya le he arreglado las cuentas. Le dije que si
estatura con cabello rubio y cara de rana. A los treinta y cinco años tenía lo volvía a hacer le quitaría el tirachinas.
ya una buena cantidad de grasa en el cuello y en la cintura, pero sus —Me parece que estaba un poco fastidiado por no haber ido a la
movimientos eran ágiles y juveniles. Todo su aspecto hacía pensar en un ejecución —dijo Winston.
muchacho con excesiva corpulencia, hasta tal punto que, a pesar de vestir —Hombre, no está mal; eso demuestra que el muchacho es de fiar.
el «mono» reglamentario, era casi imposible no figurárselo con los Son muy traviesos, pero, eso sí, no piensan más que en los espías; y en la
pantalones cortos y azules, la camisa gris y el pañuelo rojo de los Espías. guerra, naturalmente. ¿Sabes lo que hizo mi chiquilla el sábado pasado
Al verlo, se pensaba siempre en escenas de la organización juvenil. Y, en cuando su tropa fue de excursión a Berkhamstead? La acompañaban
efecto, Parsons se ponía shorts para cada excursión colectiva o cada vez otras dos niñas. Las tres se separaron de la tropa, dejaron las bicicletas a
que cualquier actividad física de la comunidad le daba una disculpa para un lado del camino y se pasaron toda la tarde siguiendo a un
desconocido. No perdieron de vista al hombre durante dos horas, a La expresión «por la nueva y feliz vida» reaparecía varias veces.
campo traviesa, por los bosques… En fin, que, en cuanto llegaron a Éstas eran las palabras favoritas del Ministerio de la Abundancia.
Amersham, lo entregaron a las patrullas. Parsons, pendiente todo él de la llamada de la trompeta, escuchaba, muy
—¿Por qué lo hicieron? —preguntó Winston, sobresaltado a pesar rígido, con la boca abierta y un aire solemne, una especie de
suyo. Parsons prosiguió, triunfante: aburrimiento sublimado. No podía seguir las cifras, pero se daba cuenta
—Mi chica se aseguró de que era un agente enemigo… de que eran un motivo de satisfacción. Fumaba una enorme y mugrienta
Probablemente, lo dejaron caer con paracaídas. Pero fíjate en el talento pipa. Con la ración de tabaco de cien gramos a la semana era raras veces
de la criatura: ¿en qué supones que le conoció al hombre que era un posible llenar una pipa hasta el borde. Winston fumaba un cigarrillo de la
enemigo? Pues notó que llevaba unos zapatos muy raros. Sí, mi niña dijo Victoria cuidando de mantenerlo horizontal para que no se cayera su
que no había visto a nadie con unos zapatos así; de modo que la cosa escaso tabaco. La nueva ración no la darían hasta mañana y le quedaban
estaba clara. Era un extranjero. Para una niña de siete años, no está mal, sólo cuatro cigarrillos. Había dejado de prestar atención a todos los
¿verdad? ruidos excepto a la pesadez numérica de la pantalla. Por lo visto había
—¿Y qué le pasó a ese hombre? —se interesó Winston. habido hasta manifestaciones —para agradecerle al Gran Hermano—, el
—Eso no lo sé, naturalmente. Pero no me sorprendería que… — aumento de la ración de chocolate a veinte gramos cada semana. Ayer
Parsons hizo el ademán de disparar un fusil y chasqueó la lengua mismo, pensó, se había anunciado que la ración se reduciría a veinte
imitando el disparo. gramos semanales. ¿Cómo era posible que pudieran tragarse aquello, si
—Muy bien —dijo Syme abstraído, sin levantar la vista de sus no habían pasado más que veinticuatro horas? Sin embargo, se lo
apuntes. tragaron. Parsons lo digería con toda facilidad, con la estupidez de un
—Claro, no podemos permitirnos correr el riesgo… —asintió animal. El individuo de las gafas con reflejos, en la otra mesa, lo
Winston, nada convencido. aceptaba fanática y apasionadamente con un furioso deseo de descubrir,
—Por supuesto, no hay que olvidar que estamos en guerra. denunciar y vaporizar a todo aquel que insinuase que la semana pasada la
Como para confirmar esto, un trompetazo salió de la telepantalla ración fue de treinta gramos. Syme también se lo había tragado aunque el
vibrando sobre sus cabezas. Pero esta vez no se trataba de la proceso que seguía para ello era algo más complicado, un proceso de
proclamación de una victoria militar, sino sólo de un anuncio del doblepensar. ¿Es que sólo él, Winston, seguía poseyendo memoria?
Ministerio de la Abundancia. Las fabulosas estadísticas continuaron brotando de la telepantalla. En
—¡Camaradas! exclamó una voz juvenil y resonante. ¡Atención, comparación con el año anterior, había más alimentos, más vestidos, más
camaradas! ¡Tenemos gloriosas noticias que comunicaros! Hemos casas, más muebles, más ollas, más comestibles, más barcos, más
ganado la batalla de la producción. Tenemos ya todos los datos autogiros, más libros, más bebés, más de todo, excepto enfermedades,
completos y el nivel de vida se ha elevado en un veinte por ciento sobre crímenes y locura. Año tras año y minuto tras minuto, todos y todo subía
el del año pasado. Esta mañana ha habido en toda Oceanía incontables vertiginosamente. Winston meditaba, resentido, sobre la vida. ¿Siempre
manifestaciones espontáneas; los trabajadores salieron de las fábricas y había sido así; siempre había sido tan mala la comida? Miró en torno
de las oficinas y desfilaron, con banderas desplegadas, por las calles de suyo por la cantina; una habitación de techo bajo, con las paredes sucias
cada ciudad proclamando su gratitud al Gran Hermano por la nueva y por el contacto de tantos trajes grasientos; mesas de metal abolladas y
feliz vida que su sabia dirección nos permite disfrutar. He aquí las cifras sillas igualmente estropeadas y tan juntas que la gente se tocaba con los
completas. Ramo de la Alimentación… codos. Todo resquebrajado, lleno de manchas y saturado de un
insoportable olor a ginebra mala, a mal café, a sustitutivo de asado, a La comunicación del Ministerio de la Abundancia terminó con otro
trajes sucios. Constantemente se rebelaban el estómago y la piel con la trompetazo y fue seguida por música ligera. Parsons, lleno de vago
sensación de que se les había hecho trampa privándoles de algo a lo que entusiasmo por el reciente bombardeo de cifras, se sacó la pipa de la
tenían derecho. Desde luego, Winston no recordaba nada que fuera muy boca:
diferente. En todo el tiempo a que alcanzaba su memoria, nunca hubo —El Ministerio de la Abundancia ha hecho una buena labor este año
bastante comida, nunca se podían llevar calcetines ni ropa interior sin —dijo moviendo la cabeza como persona bien enterada—. A propósito,
agujeros, los muebles habían estado siempre desvencijados, en las Smith, ¿no podrás dejarme alguna hoja de afeitar?
habitaciones había faltado calefacción, los metros iban horriblemente —¡Ni una! —le respondió Winston—. Llevo seis semanas usando la
atestados, las casas se deshacían a pedazos, el pan era negro, el té misma hoja.
imposible de encontrar, el café sabía a cualquier cosa, escaseaban los —Entonces, nada… Es que se me ocurrió, por si tenías.
cigarrillos y nada había barato y abundante a no ser la ginebra sintética. —Lo siento —dijo Winston.
Y aunque, desde luego, todo empeoraba a medida que uno envejecía, ello El cuac-cuac de la próxima mesa, que había permanecido en silencio
era sólo señal de que éste no era el orden natural de las cosas. Si el mientras duró el comunicado del Ministerio de la Abundancia, comenzó
corazón enfermaba con las incomodidades, la suciedad y la escasez, los otra vez mucho más fuerte. Por alguna razón, Winston pensó de pronto
inviernos interminables, la dureza de los calcetines, los ascensores que en la señora Parsons con su cabello revuelto y el polvo de sus arrugas.
nunca funcionaban, el agua fría, el rasposo jabón, los cigarrillos que se Dentro de dos años aquellos niños la denunciarían a la Policía del
deshacían, los alimentos de sabor repugnante… ¿cómo iba uno a Pensamiento. La señora Parsons sería vaporizada. Syme sería
considerar todo esto intolerable si no fuera por una especie de recuerdo vaporizado. A Winston lo vaporizarían también. O’Brien sería
ancestral de que las cosas habían sido diferentes alguna vez? vaporizado. A Parsons, en cambio, nunca lo vaporizarían. Tampoco el
Winston volvió a recorrer la cantina con la mirada. Casi todos los que individuo de las gafas y del cuac-cuac sería vaporizado nunca. Ni
allí estaban eran feos y lo hubieran seguido siendo aunque no hubieran tampoco la joven del cabello negro, la del Departamento de Novela. Le
llevado los «monos» azules uniformes. Al extremo de la habitación, solo parecía a Winston conocer por intuición quién perecería, aunque no era
en una mesa, se hallaba un hombrecillo con aspecto de escarabajo. Bebía fácil determinar lo que permitía sobrevivir a una persona.
una taza de café y sus ojillos lanzaban miradas suspicaces a un lado y a En aquel momento le sacó de su ensoñación una violenta sacudida.
otro. Es muy fácil, pensó Winston, siempre que no mire uno en torno La muchacha de la mesa vecina se había vuelto y lo estaba mirando. ¡Era
suyo, creer que el tipo físico fijado por el Partido como ideal —los la muchacha morena del Departamento de Novela! Miraba a Winston a
jóvenes altos y musculosos y las muchachas de escaso pecho y de hurtadillas, pero con una curiosa intensidad. En cuanto sus ojos
cabello rubio, vitales, tostadas por el sol y despreocupadas— existía e tropezaron con los de Winston, volvió la cabeza.
incluso predominaba. Pero en la realidad, la mayoría de los habitantes de Winston empezó a sudar. Le invadió una horrible sensación de terror.
la Franja Aérea número 1 eran pequeños, cetrinos y de facciones Se le pasó casi en seguida, pero le dejó intranquilo. ¿Por qué lo miraba
desagradables. Es curioso cuánto proliferaba el tipo de escarabajo entre aquella mujer? ¿Por qué se la encontraba tantas veces?
los funcionarios de los ministerios: hombrecillos que engordaban desde Desgraciadamente, no podía recordar si la joven estaba ya en aquella
muy jóvenes, con piernas cortas, movimientos toscos y rostros mesa cuando él llegó o si había llegado después. Pero el día anterior,
inescrutables, con ojos muy pequeños. Era el tipo que parecía florecer durante los Dos Minutos de Odio, se había sentado inmediatamente
bajo el dominio del Partido.
detrás de él sin haber necesidad de ello. Seguramente, se proponía últimamente? Pues, unas trompetillas especiales para escuchar por las
escuchar lo que él dijera y ver si gritaba lo bastante fuerte. cerraduras. Mi niña trajo una a casa la otra noche. La probó en nuestra
Pensó que probablemente la muchacha no era miembro de la Policía salita, y dijo que oía con doble fuerza que si aplicaba el oído al agujero.
del Pensamiento, pero precisamente las espías aficionadas constituían el Claro que sólo es un juguete; sin embargo, así se acostumbran los niños
mayor peligro. No sabía Winston cuánto tiempo llevaba mirándolo la desde pequeños.
joven, pero quizás fueran cinco minutos. Era muy posible que en este En aquel momento, la telepantalla dio un penetrante silbido. Era la
tiempo no hubiera podido controlar sus gestos a la perfección. Constituía señal para volver al trabajo. Los tres hombres se pusieron
un terrible peligro pensar mientras se estaba en un sitio público o al automáticamente en pie y se unieron a la multitud en la lucha por entrar
alcance de la telepantalla. El detalle más pequeño podía traicionarle a en los ascensores, lo que hizo que el cigarrillo de Winston se vaciara por
uno. Un tic nervioso, una inconsciente mirada de inquietud, la costumbre completo.
de hablar con uno mismo entre dientes, todo lo que revelase la necesidad
de ocultar algo. En todo caso, llevar en el rostro una expresión impropia
(por ejemplo, parecer incrédulo cuando se anunciaba una victoria)
constituía un acto punible. Incluso había una palabra para esto en
neolengua: caracrimen.
La muchacha recuperó su posición anterior. Quizás no estuviese
persiguiéndolo; quizás fuera pura coincidencia que se hubiera sentado
tan cerca de él dos días seguidos. Se le había apagado el cigarrillo y lo
puso cuidadosamente en el borde de la mesa. Lo terminaría de fumar
después del trabajo si es que el tabaco no se había acabado de derramar
para entonces. Seguramente, el individuo que estaba con la joven sería
un agente de la Policía del Pensamiento y era muy probable, pensó
Winston, que a él lo llevaran a los calabozos del Ministerio del Amor
dentro de tres días, pero no era esta una razón para desperdiciar una
colilla. Syme dobló su pedazo de papel y se lo guardó en el bolsillo.
Parsons había empezado a hablar otra vez.
—¿Te he contado, chico, lo que hicieron mis críos en el mercado?
¿No? Pues un día le prendieron fuego a la falda de una vieja vendedora
porque la vieron envolver unas salchichas en un cartel con el retrato del
Gran Hermano. Se pusieron detrás de ella y, sin que se diera cuenta, le
prendieron fuego a la falda por abajo con una caja de cerillas. Le
causaron graves quemaduras. Son traviesos, ¿eh? Pero eso sí, ¡más
finos…! Esto se lo deben a la buena enseñanza que se da hoy a los niños
en los Espías, mucho mejor que en mi tiempo. Están muy bien
organizados. ¿Qué creen ustedes que les han dado a los chicos
un tic habitual. Winston recordaba haber pensado entonces: el pobre
hombre está perdido. Y lo aterrador era que el movimiento de los
músculos era inconsciente. El peligro mortal por excelencia era hablar en
sueños. Contra eso no había remedio.
Contuvo la respiración y siguió escribiendo:

CAPÍTULO VI Entré con ella en el portal y cruzamos un patio para bajar luego
a una cocina que estaba en los sótanos. Había una cama contra
Winston escribía en su Diario: la pared, y una lámpara en la mesilla con muy poca luz. Ella…

Fue hace tres años Era una tarde oscura, en una estrecha Le rechinaban los dientes. Le hubiera gustado escupir. A la vez que
callejuela cerca de una de las estaciones del ferrocarril. Ella, de en la mujer del sótano, pensó Winston en Katharine, su esposa. Winston
pie, apoyada en la pared cerca de una puerta, recibía la luz estaba casado; es decir, había estado casado. Probablemente seguía
mortecina de un farol. Tenía una cara joven muy pintada. Lo que estándolo, pues no sabía que su mujer hubiera muerto. Le pareció volver
me atrajo fue la pintura, la blancura de aquella cara que parecía a aspirar el insoportable olor de la cocina del sótano, un olor a insectos,
una máscara y los labios rojos y brillantes. Las mujeres del ropa sucia y perfume baratísimo; pero, sin embargo, atraía, ya que
Partido nunca se pintan la cara. No había nadie más en la calle, ninguna mujer del Partido usaba perfume ni podía uno imaginársela
ni telepantallas. Me dijo que dos dólares. Yo… perfumándose. Solamente los proles se perfumaban, y ese olor evocaba
en la mente, de un modo inevitable, la fornicación.
Le era difícil seguir. Cerró los ojos y apretó las palmas de las manos Cuando estuvo con aquella mujer, fue la primera vez que había caído
contra ellos tratando de borrar la visión interior. Sentía una casi Winston en dos años aproximadamente. Por supuesto, toda relación con
invencible tentación de gritar una sarta de palabras. O de golpearse la prostitutas estaba prohibida, pero se admitía que alguna vez, mediante un
cabeza contra la pared, de arrojar el tintero por la ventana, de hacer, en acto de gran valentía, se permitiera uno infringir la ley. Era peligroso
fin, cualquier acto violento, ruidoso, o doloroso, que le borrara el pero no un asunto de vida o muerte, porque ser sorprendido con una
recuerdo que le atormentaba. prostituta sólo significaba cinco años de trabajos forzados. Nunca más de
Nuestro peor enemigo, reflexionó Winston, es nuestro sistema cinco años con tal de que no se hubiera cometido otro delito a la vez. Lo
nervioso. En cualquier momento, la tensión interior puede traducirse en cual resultaba estupendo ya que había la posibilidad de que no le
cualquier síntoma visible. Pensó en un hombre con quien se había descubrieran a uno. Los barrios pobres abundaban en mujeres dispuestas
cruzado en la calle semanas atrás: un hombre de aspecto muy corriente, a venderse. El precio de algunas era una botella de ginebra, bebida que se
un miembro del Partido de treinta y cinco a cuarenta años, alto y suministraba a los proles. Tácitamente, el Partido se inclinaba a estimular
delgado, que llevaba una cartera de mano. Estaban separados por unos la prostitución como salida de los instintos que no podían suprimirse.
cuantos metros cuando el lado izquierdo de la cara de aquel hombre se Esas juergas no importaban políticamente ya que eran furtivas y tristes y
contrajo de pronto en una especie de espasmo. Esto volvió a ocurrir en el sólo implicaban a mujeres de una clase sumergida y despreciada. El
momento en que se cruzaban; fue sólo un temblor rapidísimo como el crimen imperdonable era la promiscuidad entre miembros del Partido.
disparo de un objetivo de cámara fotográfica, pero sin duda se trataba de Pero —aunque éste era uno de los crímenes que los acusados confesaban
siempre en las purgas— era casi imposible imaginar que tal desafuero que había conocido hasta entonces. No latía en su cabeza ni un solo
pudiera suceder. pensamiento que no fuera un slogan. Se tragaba cualquier imbecilidad
La finalidad del Partido en este asunto no era sólo evitar que hombres que el Partido le ofreciera. Winston la llamaba en su interior «la banda
y mujeres establecieran vínculos imposibles de controlar. Su objetivo sonora humana». Sin embargo, podía haberla soportado de no haber sido
verdadero y no declarado era quitarle todo, placer al acto sexual. El por una cosa: el sexo.
enemigo no era tanto el amor como el erotismo, dentro del matrimonio y Tan pronto como la rozaba parecía tocada por un resorte y se
fuera de él. Todos los casamientos entre miembros del Partido tenían que endurecía. Abrazarla era como abrazar una imagen con juntas de nudera.
ser aprobados por un Comité nombrado con este fin. Y —aunque al Y lo que era todavía más extraño: incluso cuando ella lo apretaba contra
principio nunca fue establecido de un modo explícito— siempre se sí misma, él tenía la sensación de que al mismo tiempo lo rechazaba con
negaba el permiso si la pareja daba la impresión de hallarse físicamente toda su fuerza. La rigidez de sus músculos ayudaba a dar esta impresión.
enamorada. La única finalidad admitida en el matrimonio era engendrar Se quedaba allí echada con los ojos cerrados sin resistir ni cooperar, pero
hijos en beneficio del Partido. La relación sexual se consideraba como como sometible. Era de lo más vergonzoso y, a la larga, horrible. Pero
una pequeña operación algo molesta, algo así como soportar un enema. incluso así habría podido soportar vivir con ella si hubieran decidido
Tampoco esto se decía claramente, pero de un modo indirecto se grababa quedarse célibes. Pero curiosamente fue Katharine quien rehusó.
desde la infancia en los miembros del Partido. Había incluso «Debían —dijo— producir un niño si podían». Así que la comedia
organizaciones como la Liga juvenil Anti-Sex, que defendía la soltería seguía representándose una vez por semana regularmente, mientras no
absoluta para ambos sexos. Los nietos debían ser engendrados por fuese imposible. Ella incluso se lo recordaba por la mañana como algo
inseminación artificial (semart, como se le llamaba en neolengua) y que había que hacer esa noche y que no debía olvidarse. Tenía dos
educados en instituciones públicas. Winston sabía que esta exageración expresiones para ello. Una era «hacer un bebé», y la otra «nuestro deber
no se defendía en serio, pero que estaba de acuerdo con la ideología al Partido» (sí, había utilizado esta frase). Pronto empezó a tener una
general del Partido. Éste trataba de matar el instinto sexual o, si no podía sensación de positivo temor cuando llegaba el día. Pero por suerte no
suprimirlo del todo, por lo menos deformarlo y mancharlo. No sabía apareció ningún niño y finalmente ella estuvo de acuerdo en dejar de
Winston por qué se seguía esta táctica, pero parecía natural que fuera así. probar. Y poco después se separaron.
Y en cuanto a las mujeres, los esfuerzos del Partido lograban pleno éxito. Winston suspiró inaudiblemente. Volvió a coger la pluma y escribió:
Volvió a pensar en Katharine. Debía de hacer nueve o diez años, casi
once, que se habían separado. Era curioso que se acordara tan poco de Se arregló su la cama y, en seguida, sin preliminar alguno, del
ella. Olvidaba durante días enteros que habían estado casados. Sólo modo más grosero y terrible que se puede imaginar, se levantó la
permanecieron juntos unos quince meses. El Partido no permitía el falda. Yo…
divorcio, pero fomentaba las separaciones cuando no había hijos.
Katharine era una rubia alta, muy derecha y de movimientos Se vio a sí mismo de pie en la mortecina luz con el olor a cucarachas
majestuosos. Tenía una cara audaz, aquilina, que podría haber pasado por y a perfume barato, y en su corazón brotó un resentimiento que incluso
noble antes de descubrir que no había nada tras aquellas facciones. Al en aquel instante se mezclaba con el recuerdo del blanco cuerpo de
principio de su vida de casados —aunque quizá fuera sólo que Winston Katharine, frígido para siempre por el hipnótico poder del Partido. ¿Por
la conocía más íntimamente que a las demás personas— llegó a la qué tenía que ser siempre así? ¿No podía él disponer de una mujer propia
conclusión de que su mujer era la persona más estúpida, vulgar y vacía en vez de estas furcias a intervalos de varios años? Pero un asunto
amoroso de verdad era una fantasía irrealizable. Las mujeres del Partido Volvió a apoyar las palmas de las manos sobre los ojos. Ya lo había
eran todas iguales. La castidad estaba tan arraigada en ellas como la escrito, pero de nada servía. Seguía con la misma necesidad de gritar
lealtad al Partido. Por la educación que habían recibido en su infancia, palabrotas con toda la fuerza de sus pulmones.
por los juegos y las duchas de agua fría, por todas las estupideces que les
metían en la cabeza, las conferencias, los desfiles, canciones, consignas y
música marcial, les arrancaban todo sentimiento natural. La razón le
decía que forzosamente habría excepciones, pero su corazón no lo creía.
Todas ellas eran inalcanzables, como deseaba el Partido. Y lo que él
quería, aún más que ser amado, era derruir aquel muro de estupidez
aunque fuera una sola vez en su vida. El acto sexual, bien realizado, era
una rebeldía. El deseo era un crimental. Si hubiera conseguido despertar
los sentidos de Katharine, esto habría equivalido a una seducción aunque
se trataba de su mujer. Pero tenía que contar el resto de la historia.
Escribió:

Encendí la luz. Cuando la vi claramente…

Después de la casi inexistente luz de la lamparilla de aceite, la luz


eléctrica parecía cegadora. Por primera vez pudo ver a la mujer tal como
era. Avanzó un paso hacia ella y se detuvo horrorizado. Comprendía el
riesgo a que se había expuesto. Era muy posible que las patrullas lo
sorprendieran a la salida. Más aún: quizá lo estuvieran esperando ya a la
puerta. Nada iba a ganar con marcharse sin hacer lo que se había
propuesto.
Todo aquello tenía que escribirlo, confesarlo. Vio de pronto a la luz
de la bombilla que la mujer era vieja. La pintura se apegotaba en su cara
tanto que parecía ir a resquebrajarse como una careta de cartón. Tenía
mechones de cabellos blancos; pero el detalle más horroroso era que la
boca, entreabierta, parecía a oscura caverna. No tenía ningún diente.
Winston escribió a toda prisa:

Cuando la vi a plena luz resultó una verdadera vieja. Por lo


menos tenía cincuenta años. Pero, de todos modos, lo hice.
eran siempre de casi imposible adquisición. Por fin, había llegado una
provisión inesperadamente. Las mujeres que lograron adquirir alguna
sartén fueron atacadas por las demás y trataban de escaparse con sus
trofeos mientras que las otras las rodeaban y acusaban de favoritismo a la
vendedora. Aseguraban que tenía más en reserva. Aumentaron los
chillidos. Dos mujeres, una de ellas con el pelo suelto, se habían
CAPÍTULO VII apoderado de la misma sartén y cada una intentaba quitársela a la otra.
Tiraron cada una por su lado hasta que se rompió el mango. Winston las
Si hay alguna espera, escribió Winston, está en los proles. miró con asco. Sin embargo, ¡qué energías tan aterradoras había
Si había esperanza, tenía que estar en los proles porque sólo en percibido él bajo aquella gritería! Y, en total, no eran más que dos o tres
aquellas masas abandonadas, que constituían el ochenta y cinco por centenares de gargantas. ¿Por qué no protestarían así por cada cosa de
ciento de la población de Oceanía, podría encontrarse la fuerza suficiente verdadera importancia?
para destruir al Partido. Éste no podía descomponerse desde dentro. Sus Escribió:
enemigos, si los tenía en su interior, no podían de ningún modo unirse, ni
siquiera identificarse mutuamente. Incluso si existía la legendaria Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se revelarán, y
Hermandad —y era muy posible que existiese— resultaba inconcebible hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es
que sus miembros se pudieran reunir en grupos mayores de dos o tres. La el problema.
rebeldía no podía pasar de un destello en la mirada o determinada
inflexión en la voz; a lo más, alguna palabra murmurada. Pero los proles,
Winston pensó que sus palabras parecían sacadas de uno de los libros
si pudieran darse cuenta de su propia fuerza, no necesitarían conspirar.
de texto del Partido. El Partido pretendía, desde luego, haber liberado a
Les bastaría con encabritarse como un caballo que se sacude las moscas.
los proles de la esclavitud. Antes de la Revolución, eran explotados y
Si quisieran podrían destrozar el Partido mañana por la mañana. Desde
oprimidos ignominiosamente por los capitalistas. Pasaban hambre. Las
luego, antes o después se les ocurrirá. Y, sin embargo…
mujeres tenían que trabajar a la viva fuerza en las minas de carbón (por
Recordó Winston una vez que había dado un paseo por una calle de
supuesto, las mujeres seguían trabajando en las minas de carbón), los
mucho tráfico cuando oyó un tremendo grito múltiple. Centenares de
niños eran vendidos a las fábricas a la edad de seis años. Pero,
voces, voces de mujeres, salían de una calle lateral. Era un formidable
simultáneamente, fiel a los principios del doblepensar, el Partido
grito de ira y desesperación, un tremendo ¡O-o-o-o-oh! Winston se
enseñaba que los proles eran inferiores por naturaleza y debían ser
sobresaltó terriblemente. ¡Ya empezó! ¡Un motín!, pensó. Por fin, los
mantenidos bien sujetos, como animales, mediante la aplicación de unas
proles se sacudían el yugo; pero cuando llegó al sitio de la aglomeración
cuantas reglas muy sencillas. En realidad, se sabía muy poco de los
vio que una multitud de doscientas o trescientas mujeres se agolpaban
proles. Y no era necesario saber mucho de ellos. Mientras continuaran
sobre los puestos de un mercado callejero con expresiones tan trágicas
trabajando y teniendo hijos, sus demás actividades carecían de
como si fueran las pasajeras de un barco en trance de hundirse. En aquel
importancia. Dejándoles en libertad como ganado suelto en la pampa de
momento, la desesperación general se quebró en innumerables peleas
la Argentina, tenían un estilo de vida que parecía serles natural. Se regían
individuales. Por lo visto, en uno de los puestos habían estado vendiendo
por normas ancestrales. Nacían, crecían en el arroyo, empezaban a
sartenes de lata. Eran utensilios muy malos, pero los cacharros de cocina
trabajar a los doce años, pasaban por un breve período de belleza y deseo
sexual, se casaban a los veinte años, empezaban a envejecer a los treinta nadie tenía nada que comer y donde centenares y millares de
y se morían casi todos ellos hacia los sesenta años. El duro trabajo físico, desgraciados no tenían zapatos que ponerse ni siquiera un techo
el cuidado del hogar y de los hijos, las mezquinas peleas entre vecinos, el bajo el cual dormir. Niños de la misma edad que vosotros debían
cine, el fútbol, la cerveza y sobre todo, el juego, llenaban su horizonte trabajar doce horas al día a las órdenes de crueles amos que los
mental. No era difícil mantenerlos a raya. Unos cuantos agentes de la castigaban con látigos si trabajaban con demasiada lentitud y
Policía del Pensamiento circulaban entre ellos, esparciendo rumores solamente los alimentaban con pan duro y agua. Pero entre toda
falsos y eliminando a los pocos considerados capaces de convertirse en esta horrible miseria, había unas cuantas casas grandes y
peligrosos; pero no se intentaba adoctrinarlos con la ideología del hermosas donde vivían los ricos, cada uno de los cuales tenía por
Partido. No era deseable que los proles tuvieran sentimientos políticos lo menos treinta criados a su disposición. Estos ricos se llamaban
intensos. Todo lo que se les pedía era un patriotismo primitivo al que se capitalistas. Eran individuos gordos y feos con caras de
recurría en caso de necesidad para que trabajaran horas extraordinarias o malvados como el que puede apreciarse en la ilustración de la
aceptaran raciones más pequeñas. E incluso cuando cundía entre ellos el página siguiente. Podréis ver, niños, que va vestido con una
descontento, como ocurría a veces, era un descontento que no servía para chaqueta negra larga a la que llamaban «frac» y un sombrero
nada porque, por carecer de ideas generales, concentraban su instinto de muy raro y brillante que parece el tubo de una estufa, al que
rebeldía en quejas sobre minucias de la vida corriente. Los grandes llamaban «sombrero de copa». Este era el uniforme de los
males, ni los olían. La mayoría de los proles ni siquiera era vigilada con capitalistas, y nadie más podía llevarlo, los capitalistas eran
telepantallas. La policía los molestaba muy poco. En Londres había dueños de todo que había en el mundo y todos los que no eran
mucha criminalidad, un mundo revuelto de ladrones, bandidos, capitalistas pasaban a ser sus esclavos. Poseían toda la tierra,
prostitutas, traficantes en drogas y maleantes de toda clase; pero como todas las casas, todas las fábricas y el dinero todo. Si alguien les
sus actividades tenían lugar entre los mismos proles, daba igual que desobedecía, era encarcelado inmediatamente y podían dejarlo
existieran o no. En todas las cuestiones de moral se les permitía a los sin trabajo y hacerlo morir de hambre. Cuando una persona
proles que siguieran su código ancestral. No se les imponía el corriente hablaba con un capitalista tenía que descubrirse,
puritanismo sexual del Partido. No se castigaba su promiscuidad y se inclinarse profundamente ante él y llamarlo señor. El jefe
permitía el divorcio. Incluso el culto religioso se les habría permitido si supremo de todos los capitalistas era llamado el Rey y…
los proles hubieran manifestado la menor inclinación a él. Como decía el
Partido: «los proles y los animales son libres». Winston se sabía toda la continuación. Se hablaba allí de los obispos
Winston se rascó con precaución sus varices. Habían empezado a y de sus vestimentas, de los jueces con sus trajes de armiño, de la horca,
picarle otra vez. Siempre volvía a preocuparle saber qué habría sido la del gato de nueve colas, del banquete anual que daba el alcalde y de la
vida anterior a la Revolución. Sacó del cajón un ejemplar del libro de costumbre de besar el anillo del Papa. También había una referencia al
historia infantil que le había prestado la señora Parsons y empezó a jus primae noctis que no convenía mencionar en un libro de texto para
copiar un trozo en su diario: niños. Era la ley según la cual todo capitalista tenía el derecho de dormir
con cualquiera de las mujeres que trabajaban en sus fábricas.
En los antiguos tiempos (decía el libro de texto) antes de la ¿Cómo saber qué era verdad y qué era mentira en aquello? Después
gloriosa Revolución, no era Londres la hermosa ciudad que hoy de todo, podía ser verdad que la Humanidad estuviera mejor entonces
conocemos. Era un lugar tenebroso, sucio y miserable donde casi que antes de la Revolución. La única prueba en contrario era la protesta
muda de la carne y los huesos, la instintiva sensación de que las Partido que la mortalidad infantil era ya sólo del ciento sesenta por mil
condiciones de vida eran intolerables y que en otro tiempo tenían que mientras que antes de la Revolución había sido del trescientos por mil…
haber sido diferentes. A Winston le sorprendía que lo más característico y así sucesivamente. Era como una ecuación con dos incógnitas. Bien
de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino podía ocurrir que todos los libros de historia fueran una pura fantasía.
sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido. La vida no se Winston sospechaba que nunca había existido una ley sobre el jus primae
parecía, no sólo a las mentiras lanzadas por las telepantallas, sino ni noctis ni persona alguna como el tipo de capitalista que pintaban, ni
siquiera a los ideales que el Partido trataba de lograr. Grandes zonas siquiera un sombrero como aquel que parecía un tubo de estufa.
vitales, incluso para un miembro del Partido, nada tenían que ver con la Todo se desvanecía en la niebla. El pasado estaba borrado. Se había
política: se trataba sólo de pasar el tiempo en inmundas tareas, luchar olvidado el acto mismo de borrar, y la mentira se convertía en verdad.
para poder meterse en el Metro, remendarse un calcetín como un colador, Sólo una vez en su vida había tenido Winston en la mano —después del
disolver con resignación una pastilla de sacarina y emplear toda la hecho y eso es lo que importaba— una prueba concreta y evidente de un
habilidad posible para conservar una colilla. El ideal del Partido era acto de falsificación. La había tenido entre sus dedos nada menos que
inmenso, terrible y deslumbrante; un mundo de acero y de hormigón treinta segundos. Fue en 1973, aproximadamente, pero desde luego por
armado, de máquinas monstruosas y espantosas armas, una nación de la época en que Katharine y él se habían separado. La fecha a que se
guerreros y fanáticos que marchaba en bloque siempre hacia adelante en refería el documento era de siete u ocho años antes.
unidad perfecta, pensando todos los mismos pensamientos y repitiendo a La historia empezó en el sesenta y tantos, en el período de las
grito unánime la misma consigna, trabajando perpetuamente, luchando, grandes purgas, en el cual los primitivos jefes de la Revolución fueron
triunfantes, persiguiendo a los traidores… trescientos millones de suprimidos de una sola vez. Hacia 1970 no quedaba ninguno de ellos,
personas todas ellas con las misma cara. La realidad era, en cambio: excepto el Gran Hermano. Todos los demás habían sido acusados de
lúgubres ciudades donde la gente, apenas alimentada, arrastraba de un traidores y contrarrevolucionarios. Goldstein huyó y se escondió nadie
lado a otro sus pies calzados con agujereados zapatos y vivía en ruinosas sabía dónde. De los demás, unos cuantos habían desaparecido mientras
casas del siglo XIX en las que predominaba el olor a verduras cocidas y que la mayoría fue ejecutada después de unos procesos públicos de gran
retretes en malas condiciones. Winston creyó ver un Londres inmenso y espectacularidad en los que confesaron sus crímenes. Entre los últimos
en ruinas, una ciudad de un millón de cubos de la basura y, mezclada con supervivientes había tres individuos llamados Jones, Aaronson y
esta visión, la imagen de la señora Parsons con sus arrugas y su pelo Rutherford. Hacia 1965 —la fecha no era segura— los tres fueron
enmarañado tratando de arreglar infructuosamente una cañería atascada. detenidos. Como ocurría con frecuencia, desaparecieron durante uno o
Volvió a rascarse el tobillo. Día y noche las telepantallas le herían a más años de modo que nadie sabía si estaban vivos o muertos y luego
uno el tímpano con estadísticas según las cuales todos tenían más aparecieron de pronto para acusarse ellos mismos de haber cometido
alimento, más trajes, mejores casas, entretenimientos más divertidos, terribles crímenes. Reconocieron haber estado en relación con el
todos vivían más tiempo, trabajaban menos horas, eran más sanos, enemigo (por entonces el enemigo era Eurasia, que había de volver a
fuertes, felices, inteligentes y educados que los que habían vivido hacía serlo), malversación de fondos públicos, asesinato de varios miembros
cincuenta años. Ni una palabra de todo ello podía ser probada ni refutada. del Partido dignos de toda confianza, intrigas contra el mando del Gran
Por ejemplo, el Partido sostenía que el cuarenta por ciento de los proles Hermano que ya habían empezado mucho antes de estallar la Revolución
adultos sabía leer y escribir y que antes de la Revolución todos ellos, y actos de sabotaje que habían costado la vida a centenares de miles de
menos un quince por ciento, eran analfabetos. También aseguraba el personas. Después de confesar todo esto, los perdonaron, les devolvieron
sus cargos en el Partido, puestos que eran en realidad inútiles, pero que y parecía derrumbarse en todas las direcciones. Daba la impresión de una
tenían nombres sonoros e importantes. Los tres escribieron largos y montaña que se iba a desmoronar de un momento a otro.
abyectos artículos en el Times analizando las razones que habían tenido Era la solitaria hora de las quince. Winston no podía recordar ya por
para desertar y prometiendo enmendarse. qué había entrado en el café a esa hora. No había casi nadie allí. Una
Poco tiempo después de ser puestos en libertad esos tres hombres, musiquilla brotaba de las telepantallas. Los tres hombres, sentados en un
Winston los había visto en el Café del Nogal. Recordaba con qué rincón, casi inmóviles, no hablaban ni una palabra. El camarero, sin que
aterrada fascinación los había observado con el rabillo del ojo. Eran le pidieran nada, volvía a llenar los vasos de ginebra. Había un tablero de
mucho más viejos que él, reliquias del mundo antiguo, casi las últimas ajedrez sobre la mesa, con todas las piezas colocadas, pero no habían
grandes figuras que habían quedado de los primeros y heroicos días del empezado a jugar. Entonces, quizá sólo durante medio minuto, ocurrió
Partido. Todavía llevaban como una aureola el brillo de su participación algo en la telepantalla. Cambió la música que tocaba. Era difícil describir
clandestina en las primeras luchas y en la guerra civil. Winston creyó el tono de la nueva música: una nota burlona, cascada, que a veces
haber oído los nombres de estos tres personajes mucho antes de saber parecía un rebuzno. Winston, mentalmente, la llamó «la nota amarilla».
que existía el Gran Hermano, aunque con el tiempo se le confundían en Y la voz de la telepantalla cantaba:
la mente las fechas y los hechos. Sin embargo, estaban ya fuera de la ley,
eran enemigos intocables, se cernía sobre ellos la absoluta certeza de un Bajo el Nogal de las ramas extendidas
próximo aniquilamiento. Cuestión de uno o dos años. Nadie que hubiera yo te vendí y tú me vendiste.
caído una vez en manos de la Policía del Pensamiento, podía escaparse Allí yacen ellos y aquí yacemos nosotros.
para siempre. Eran cadáveres que esperaban la hora de ser enviados otra Bajo el Nogal de las ramas extendidas.
vez a la tumba.
No había nadie en ninguna de las mesas próximas a ellos. No era Los tres personajes no se movieron, pero cuando Winston volvió a
prudente que le vieran a uno cerca de semejantes personas. Los tres, mirar la desvencijada cara de Rutherford, vio que estaba llorando. Por
silenciosos, bebían ginebra con clavo; una especialidad de la casa. De los vez primera observó, con sobresalto, pero sin saber por qué se
tres, era Rutherford el que más había impresionado a Winston. En impresionaba, que tanto Aaronson como Rutherford tenían partidas las
tiempos, Rutherford fue un famoso caricaturista cuyas brutales sátiras narices.
habían ayudado a inflamar la opinión popular antes y durante la Un poco después, los tres fueron detenidos de nuevo. Por lo visto, se
Revolución. Incluso ahora, a largos intervalos, aparecían sus caricaturas habían comprometido en nuevas conspiraciones en el mismo momento
y satíricas historietas en el Times. Eran una imitación de su antiguo estilo de ser puestos en libertad. En el segundo proceso confesaron otra vez sus
y ya no tenían vida ni convencían. Era volver a cocinar los antiguos antiguos crímenes, con una sarta de nuevos delitos. Fueron ejecutados y
temas: niños que morían de hambre, luchas callejeras, capitalistas con su historia fue registrada en los libros de historia publicados por el
sombrero de copa (hasta en las barricadas seguían los capitalistas con su Partido como ejemplo para la posteridad. Cinco años después de esto, en
sombrero de copa), es decir, un esfuerzo desesperado por volver a lo de 1973, Winston desenrollaba un día unos documentos que le enviaban por
antes. Era un hombre monstruoso con una crencha de cabellos gris el tubo automático cuando descubrió un pedazo de papel que,
grasienta, bolsones en la cara y unos labios negroides muy gruesos. De evidentemente, se había deslizado entre otros y había sido olvidado. En
joven debió de ser muy fuerte; ahora su voluminoso cuerpo se inclinaba seguida vio su importancia. Era media página de un Times de diez años
antes —la mitad superior de una página, de manera que incluía la fecha
— y contenía una fotografía de los delegados en una solemnidad del Aquello había pasado hacía diez u once años. «De ocurrir ahora,
Partido en Nueva York. Sobresalían en el centro del grupo Jones, pensó Winston, me habría guardado la foto». Era curioso que el hecho de
Aaronson y Rutherford. Se les veía muy claramente, pero además sus haber tenido ese documento entre sus dedos le pareciera constituir una
nombres figuraban al pie. gran diferencia incluso ahora en que la fotografía misma, y no sólo el
Lo cierto es que en ambos procesos los tres personajes confesaron hecho registrado en ella, era sólo recuerdo. ¿Se aflojaba el dominio del
que en aquella fecha se hallaban en suelo eurasiático, que habían ido en Partido sobre el pasado —se preguntó Winston— porque una prueba
avión desde un aeródromo secreto en el Canadá hasta Siberia, donde documental que ya no existía hubiera existido una vez?
tenían una misteriosa cita. Allí se habían puesto en relación con Pero hoy, suponiendo que pudiera resucitar de sus cenizas, la foto no
miembros del Estado Mayor eurasiático al que habían entregado podía servir de prueba. Ya en el tiempo en que él había hecho el
importantes secretos militares. La fecha se le había grabado a Winston en descubrimiento, no estaba en guerra Oceanía con Eurasia y los tres
la memoria porque coincidía con el primer día de estío, pero toda aquella personajes suprimidos tenían que haber traicionado su país con los
historia estaba ya registrada oficialmente en innumerables sitios. Sólo agentes de Asia oriental y no con los de Eurasia. Desde entonces hubo
había una conclusión posible: las confesiones eran mentira. otros cambios, dos o tres, ya no podía recordarlo. Probablemente, las
Desde luego, esto no constituía en sí mismo un descubrimiento. confesiones habían sido nuevamente escritas varias veces hasta que los
Incluso por aquella época no creía Winston que las víctimas de las purgas hechos y las fechas originales perdieran todo significado. No es sólo que
hubieran cometido los crímenes de que eran acusados. Pero ese pedazo el pasado cambiara, es que cambiaba continuamente. Lo que más le
de papel era ya una prueba concreta; un fragmento del pasado abolido producía a Winston la sensación de una pesadilla es que nunca había
como un hueso fósil que reaparece en un estrato donde no se le esperaba llegado a comprender claramente por qué se emprendía la inmensa
y destruye una teoría geológica. Bastaba con ello para pulverizar al impostura. Desde luego, eran evidentes las ventajas inmediatas de
Partido si pudiera publicarse en el extranjero. Y explicarse bien su falsificar el pasado, pero la última razón era misteriosa. Volvió a coger la
significado. pluma y escribió:
Winston había seguido trabajando después de su descubrimiento. En
cuanto vio lo que era la fotografía y lo que significaba, la cubrió con otra Comprendo CÓMO: no comprendo POR QUÉ.
hoja de papel. Afortunadamente, cuando la desenrolló había quedado de
tal modo que la telepantalla no podía verla. Se preguntó, como ya lo había hecho muchas veces, si no estaría él
Se puso la carpeta sobre su rodilla y echó hacia atrás la silla para loco. Quizás un loco era sólo una «minoría de uno». Hubo una época en
alejarse de la telepantalla lo más posible. No era difícil mantener que fue señal de locura creer que la tierra giraba en torno al sol: ahora,
inexpresivo la cara e incluso controlar, con un poco de esfuerzo, la era locura creer que el pasado es inalterable. Quizá fuera él el único que
respiración; pero lo que no podía controlarse eran los latidos del corazón sostenía esa creencia, y, siendo el único, estaba loco. Pero la idea de ser
y la telepantalla los recogía con toda exactitud. Winston dejó pasar diez un loco no le afectaba mucho. Lo que le horrorizaba era la posibilidad de
minutos atormentado por el miedo de que algún accidente —por estar equivocado.
ejemplo, una súbita corriente de aire lo traicionara—. Luego, sin Cogió el libro de texto infantil y miró el retrato del Gran Hermano
exponerla a la vista de la pantalla, tiró la fotografía en el «agujero de la que llenaba la portada. Los ojos hipnóticos se clavaron en los suyos. Era
memoria» mezclándola con otros papeles inservibles. Al cabo de un como si una inmensa fuerza empezara a aplastarle a uno, algo que iba
minuto, el documento sería un poco de ceniza. penetrando en el cráneo, golpeaba el cerebro por dentro, le aterrorizaba a
uno y llegaba casi a persuadirle que era de noche cuando era de día. Al
final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo.
Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de
su posición lo exigía. Su filosofía negaba no sólo la validez de la
experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las
herejías era el sentido común. Y lo más terrible no era que le mataran a
uno por pensar de otro modo, sino que pudieran tener razón. Porque, CAPÍTULO VIII
después de todo, ¿cómo sabemos que dos y dos son efectivamente
cuatro? O que la fuerza de la gravedad existe. O que, el pasado no puede Del fondo del pasillo llegaba un aroma a café tostado —café de verdad,
ser alterado. ¿Y si el pasado y el mundo exterior sólo existen en nuestra no café de la Victoria—, un aroma penetrante. Winston se detuvo
mente y, siendo la mente controlable, también puede controlarse el involuntariamente. Durante unos segundos volvió al mundo medio
pasado y lo que llamamos la realidad? olvidado de su infancia. Entonces se oyó un portazo y el delicioso olor
¡No, no!; a Winston le volvía el valor. El rostro de O’Brien, sin saber quedó cortado tan de repente como un sonido.
por qué, empezó a flotarle en la memoria; sabía, con más certeza que Winston había andado varios kilómetros por las calles y se le habían
antes, que O’Brien estaba de su parte. Escribía este Diario para O’Brien; irritado sus varices. Era la segunda vez en tres semanas que no había
era como una carta interminable que nadie leería nunca, pero que se llegado a tiempo a una reunión del Centro Comunal, lo cual era muy
dirigía a una persona determinada y que dependía de este hecho en su peligroso ya que el número de asistencias al Centro era anotado
forma y en su tono. cuidadosamente. En principio, un miembro del Partido no tenía tiempo
El Partido os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y libre y nunca estaba solo a no ser en la cama. Se suponía que, de no
oídos. Ésta era su orden esencial. El corazón de Winston se encogió al hallarse trabajando, comiendo, o durmiendo, estaría participando en
pensar en el enorme poder que tenía enfrente, la facilidad con que algún recreo colectivo. Hacer algo que implicara una inclinación a la
cualquier intelectual del Partido lo vencería con su dialéctica, los sutiles soledad, aunque sólo fuera dar un paseo, era siempre un poco peligroso.
argumentos que él nunca podría entender y menos contestar. Y, sin Había una palabra para ello en neolengua: vidapropia, es decir,
embargo, era él, Winston, quien tenía razón. Los otros estaban individualismo y excentricidad. Pero esa tarde, al salir del Ministerio, el
equivocados y él no. Había que defender lo evidente. El mundo sólido aromático aire abrileño le había tentado. El cielo tenía un azul más
existe y sus leyes no cambian. Las piedras son duras, el agua moja, los intenso que en todo el año y de pronto le había resultado intolerable a
objetos faltos de apoyo caen en dirección al centro de la Tierra… Winston la perspectiva del aburrimiento, de los juegos anotadores, de las
Con la sensación de que hablaba con O’Brien, y también de que conferencias, de la falsa camaradería lubricada por la ginebra… Sintió el
anotaba un importante axioma, escribió: impulso de marcharse de la parada del autobús y callejear por el laberinto
de Londres, primero hacia el Sur, luego hacia el Este y otra vez hacia el
La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si Norte, perdiéndose por calles desconocidas y sin preocuparse apenas por
se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados. la dirección que tomaba.
«Si hay esperanza —habría escrito en el Diario—, está en los
proles». Estas palabras le volvían como afirmación de una verdad mística
y de un absurdo palpable. Penetró por los suburbios del Norte y del Este
alrededor de lo que en tiempos había sido la estación de San Pancracio. De pronto, toda la calle empezó a agitarse. Hubo gritos de aviso por
Marchaba por una calle empedrada, cuyas viejas casas sólo tenían dos todas partes. Hombres, mujeres y niños se metían veloces en sus casas
pisos y cuyas puertas abiertas descubrían los sórdidos interiores. De como conejos. Una joven salió como una flecha por una puerta cerca de
trecho en trecho había charcos de agua sucia por entre las piedras. donde estaba Winston, cogió a un niño que jugaba en un charco, lo
Entraban y salían en las casuchas y llenaban las callejuelas infinidad de envolvió con el delantal y entró de nuevo en su casa; todo ello realizado
personas: muchachas en la flor de la edad con bocas violentamente con increíble rapidez. En el mismo instante, un hombre vestido de negro,
pintadas, muchachos que perseguían a las jóvenes, y mujeres de cuerpos que había salido de una callejuela lateral, corrió hacia Winston
obesos y bamboleantes, vivas pruebas de lo que serían las muchachas señalándole nervioso el cielo.
cuando tuvieran diez años más, ancianos que se movían dificultosamente —¡El vapor! —gritó—. Mire, maestro. ¡Échese pronto en el suelo!
y niños descalzos que jugaban en los charcos y salían corriendo al oír los «El vapor» era el apodo que, no se sabía por qué, le habían puesto los
irritados chillidos de sus madres. La cuarta parte de las ventanas de la proles a las bombas cohetes.
calle estaban rotas y tapadas con cartones. La mayoría de la gente no Winston se tiró al suelo rápidamente. Los proles llevaban casi
prestaba atención a Winston. Algunos lo miraban con cauta curiosidad. siempre razón cuando daban una alarma de esta clase. Parecían poseer
Dos monstruosas mujeres de brazos rojizos cruzados sobre los una especie de instinto que les prevenía con varios segundos de
delantales, hablaban en una de las puertas. Winston oyó algunos retazos anticipación de la llegada de un cohete, aunque se suponía que los
de la conversación. cohetes volaban con más rapidez que el sonido. Winston se protegió la
—Pues, sí, fui y le dije: «Todo eso está muy bien, pero si hubieras cabeza con los brazos. Se oyó un rugido que hizo temblar el pavimento,
estado en mi lugar hubieras hecho lo mismo que yo. Es muy sencillo eso una lluvia de pequeños objetos le cayó sobre la espalda. Cuando se
de criticar —le dije—, pero tú no tienes los mismos problemas que yo». levantó, se encontró cubierto con pedazos de cristal de la ventana más
—Claro —dijo la otra—, ahí está la cosa. Cada uno sabe lo suyo. próxima. Siguió andando. La bomba había destruido un grupo de casas
Estas voces estridentes se callaron de pronto. Las mujeres observaron de aquella calle doscientos metros más arriba. En el cielo flotaba una
a Winston con hostil silencio cuando pasó ante ellas. Pero no era negra nube de humo y debajo otra nube, ésta de polvo, envolvía las
exactamente hostilidad sino una especie de alerta momentánea como ruinas en torno a las cuales se agolpaba ya una multitud. Había un
cuando nos cruzamos con un animal desconocido. El «mono» azul del pequeño montón de yeso en el pavimento delante de él y en medio se
Partido no se veía con frecuencia en una calle como ésta. Desde luego, podía ver una brillante raya roja. Cuando se levantó y se acercó a ver qué
era muy poco prudente que lo vieran a uno en semejantes sitios a no ser era vio que se trataba de una mano humana cortada por la muñeca.
que se tuviera algo muy concreto que hacer allí: Las patrullas le detenían Aparte del sangriento muñón, la mano era tan blanca que parecía un
a uno en cuanto lo sorprendían en una calle de proles y le preguntaban: molde de yeso. Le dio una patada y la echó a la cloaca, y para evitar la
«¿Quieres enseñarme la documentación camarada? ¿Qué haces por aquí? multitud, torció por una calle lateral a la derecha. A los tres o cuatro
¿A qué hora saliste del trabajo? ¿Tienes la costumbre de tomar este minutos estaba fuera de la zona afectada por la bomba y la sórdida vida
camino para ir a tu casa?», y así sucesivamente. No es que hubiera una del suburbio se había reanudado como si nada hubiera ocurrido. Eran
disposición especial prohibiendo regresar a casa por un camino insólito, casi las veinte y los establecimientos de bebida frecuentados por los
mas era lo suficiente para hacerse notar si la Policía del Pensamiento lo proles (les llamaban, con una palabra antiquísima, «tabernas») estaban
descubría. llenas de clientes. De sus puertas oscilantes, que se abrían y cerraban sin
cesar, salía un olor mezclado de orines, serrín y cerveza.
En un ángulo formado por una casa de fachada saliente estaban personas inexistentes. Como no había verdadera comunicación entre una
reunidos tres hombres. El de en medio tenía en la mano un periódico y otra parte de Oceanía, esto resultaba muy fácil.
doblado que los otros dos miraban por encima de sus hombros. Antes ya Si había esperanzas, estaba en los proles. Ésta era la idea esencial.
de acercarse lo suficiente para ver la expresión de sus caras, pudo Decirlo, sonaba a cosa razonable, pero al mirar aquellos pobres seres
deducir Winston, por la inmovilidad de sus cuerpos, que estaban humanos, se convertía en un acto de fe. La calle por la que descendía
absortos. Lo que leían era seguramente algo de mucha importancia. Winston, le despertó la sensación de que ya antes había estado por allí y
Estaba a pocos pasos de ellos cuando de pronto se deshizo el grupo y dos que no hacía mucho tiempo fue una calle importante. Al final de ella
de los hombres empezaron a discutir violentamente. Parecía que estaban había una escalinata por donde se bajaba a otra calle en la que estaba un
a punto de pegarse. mercadillo de legumbres. Entonces recordó Winston dónde estaba: en la
—¿No puedes escuchar lo que te digo? Te aseguro que ningún primera esquina, a unos cinco minutos de marcha, estaba la tienda de
número terminado en siete ha ganado en estos catorce meses. compraventa donde él había adquirido el libro en blanco donde ahora
—Te digo que sí. llevaba su Diario. Y en otra tienda no muy distante, había comprado la
—No, no ha salido ninguno terminado en siete. En casa los tengo pluma y el frasco de tinta.
apuntados todos en un papel desde hace dos años. Nunca dejo de copiar Se detuvo un momento en lo alto de la escalinata. Al otro lado de la
el número. Y te digo que ningún número ha terminado en siete… calle había una sórdida taberna cuyas ventanas parecían cubiertas de
—Sí; un siete ganó. Además, sé que terminaba en cuatro, cero, siete. escarcha; pero sólo era polvo. Un hombre muy viejo con bigotes blancos,
Fue en febrero… En la segunda semana de febrero. encorvado, pero bastante activo, empujó la puerta oscilante y entró.
—Ni en febrero ni nada. Te digo que lo tengo apuntado. Mientras observaba desde allí, se le ocurrió a Winston que aquel viejo,
—Bueno, a ver si lo dejáis —dijo el tercer hombre. que por lo menos debía de tener ochenta años, habría sido ya un hombre
Estaban hablando de la lotería. Winston volvió la cabeza cuando ya maduro cuando ocurrió la Revolución. Él y unos cuantos como él eran
estaba a treinta metros de distancia. Todavía seguían discutiendo los últimos eslabones que unían al mundo actual con el mundo
apasionadamente. La lotería, que pagaba cada semana enormes premios, desaparecido del capitalismo. En el Partido no había mucha gente cuyas
era el único acontecimiento público al que los proles concedían una seria ideas se hubieran formado antes de la Revolución. La generación más
atención. Probablemente, había millones de proles para quienes la lotería vieja había sido barrida casi por completo en las grandes purgas de los
era la principal razón de su existencia. Era toda su delicia, su locura, su años cincuenta y sesenta y los pocos que sobrevivieron vivían
estimulante intelectual. En todo lo referente a la lotería, hasta la gente aterrorizados y en una entrega intelectual absoluta. Si vivía aún alguien
que apenas sabía leer y escribir parecía capaz de intrincados cálculos que pudiera contar con veracidad las condiciones de vida en la primera
matemáticos y de asombrosas proezas memorísticas. Toda una tribu de mitad del siglo, tenía que ser un prole. De pronto recordó Winston el
proles se ganaba la vida vendiendo predicciones, amuletos, sistemas para trozo del libro de historia que había copiado en su Diario y le asaltó un
dominar el azar y otras cosas que servían a los maniáticos. Winston nada impulso loco. Entraría en la taberna, trabaría conocimiento con aquel
tenía que ver con la organización de la lotería, dependiente del Ministerio viejo y le interrogaría. Le diría: «Cuénteme su vida cuando era usted un
de la Abundancia. Pero sabía perfectamente (como cualquier miembro muchacho, ¿se vivía entonces mejor que ahora o peor?».
del Partido) que los premios eran en su mayoría imaginarios. Sólo se Precipitadamente, para no tener tiempo de asustarse, bajó la escalinata y
pagaban pequeñas sumas y los ganadores de los grandes premios eran cruzó la calle. Desde luego, era una locura. Como de costumbre, no había
ninguna prohibición concreta de hablar con los proles y frecuentar sus
tabernas, pero no podía pasar inadvertido ya que era rarísimo que alguien blanco con dardos estaba otra vez en plena actividad y los hombres que
lo hiciera. Si aparecía alguna patrulla, Winston podría decir que se había bebían en el mostrador discutían sobre billetes de lotería. Todos
sentido mal, pero no lo iban a creer. Empujó la puerta y le dio en la cara olvidaron durante unos momentos la presencia de Winston. Había una
un repugnante olor a queso y a cerveza agria. Al entrar él, las voces casi mesa debajo de una ventana donde el viejo y él podrían hablar sin miedo
se apagaron. Todos los presentes le miraban su «mono» azul. Unos a ser oídos. Era terriblemente peligroso, pero no había telepantalla en la
individuos que jugaban al blanco con unos dardos se interrumpieron habitación. De esto se había asegurado Winston en cuanto entró.
durante medio minuto. El viejo al que él había seguido estaba acodado en —Debe usted de haber visto grandes cambios desde que era usted un
el bar discutiendo con el barman, un joven corpulento de nariz ganchuda muchacho —empezó a explorar Winston.
y enormes antebrazos. Otros clientes, con vasos en la mano, La pálida mirada azul del viejo recorrió el local como si fuera allí
contemplaban la escena. donde los cambios habían ocurrido.
—¿Vas a decirme que no puedes servirme una pinta de cerveza? — —La cerveza era mejor —dijo por último—; y más barata. Cuando
decía el viejo. yo era un jovencito, la cerveza costaba cuatro peniques los tres cuartos.
—¿Y qué demonios de nombre es ese de «pinta»? —preguntó el Eso era antes de la guerra, naturalmente.
tabernero inclinándose sobre el mostrador con los dedos apoyados en él. —¿Qué guerra era ésa? —preguntó Winston.
—Escuchad, presume de tabernero y no sabe lo que es una pinta. A —Siempre hay alguna guerra —dijo el anciano con vaguedad.
éste hay que mandarle a la escuela. Levantó el vaso y brindó—. ¡A su salud, caballero!
—Nunca he oído hablar de pintas para beber. Aquí se sirve por litros, En su delgada garganta la nuez puntiaguda hizo un movimiento de
medios litros… Ahí enfrente tiene usted los vasos en ese estante para sorprendente rapidez arriba y abajo y la cerveza desapareció. Winston se
cada cantidad de líquido. acercó al mostrador y volvió con otros dos medios litros.
—Cuando yo era joven —insistió el viejo— no bebíamos por litros ni —Usted es mucho mayor que yo —dijo Winston—. Cuando yo nací
por medios litros. sería usted ya un hombre hecho y derecho. Usted puede recordar lo que
—Cuando usted era joven nosotros vivíamos en las copas de los pasaba en los tiempos anteriores a la Revolución; en cambio, la gente de
árboles —dijo el tabernero guiñándoles el ojo a los otros clientes. mi edad no sabe nada de esa época. Sólo podemos leerlo en los libros, y
Hubo una carcajada general y la intranquilidad causada por la llegada lo que dicen los libros puede no ser verdad. Me gustaría saber su opinión
de Winston parecía haber desaparecido. El viejo enrojeció, se volvió para sobre esto. Los libros de historia dicen que la vida anterior a la
marcharse, refunfuñando, y tropezó con Winston. Winston lo cogió Revolución era por completo distinta de la de ahora. Había una opresión
deferentemente por el brazo. terrible, injusticias, pobreza… en fin, que no puede uno imaginar
—¿Me permite invitarle a beber algo? —dijo. siquiera lo malo que era aquello. Aquí, en Londres, la gran masa de gente
—Usted es un caballero —dijo el otro, que parecía no haberse fijado no tenía qué comer desde que nacían hasta que morían. La mitad de
en el «mono» azul de Winston—. ¡Una pinta, quiera usted o no quiera! aquellos desgraciados no tenían zapatos que ponerse. Trabajaban doce
—añadió agresivo dirigiéndose al tabernero. horas al día, dejaban de estudiar a los nueve años y en cada habitación
Éste llenó dos vasos de medio litro con cerveza negra. La cerveza era dormían diez personas. Y a la vez había algunos individuos, muy pocos,
la única bebida que se podía conseguir en los establecimientos de sólo unos cuantos miles en todo el mundo, los capitalistas, que eran ricos
bebidas de los proles. Estos no estaban autorizados a beber cerveza y poderosos. Eran dueños de todo. Vivían en casas enormes y suntuosas
aunque en la práctica se la proporcionaban con mucha facilidad. El tiro al
con treinta criados, sólo se movían en autos y coches de cuatro caballos, —Lo que yo quiero saber es si le parece a usted que hoy día tenemos
bebían champán y llevaban sombrero de copa. más libertad que en la época de usted. ¿Le tratan a usted más como un
El viejo se animó de pronto. ser humano? En el pasado, los ricos, los que estaban en lo alto…
—¡Sombreros de copa! —exclamó—. Es curioso que los nombre —La Cámara de los Lores —evocó el viejo.
usted. Ayer mismo pensé en ellos no sé por qué. Me acordé de cuánto —Bueno, la Cámara de los Lores. Le pregunto a usted si esa gente le
tiempo hace que no se ve un sombrero de copa. Han desaparecido por trataba como a un inferior por el simple hecho de que ellos eran ricos y
completo. La última vez que llevé uno fue en el entierro de mi cuñada. Y usted pobre. Por ejemplo, ¿es cierto que tenía usted que quitarse la gorra
aquello fue… pues por lo menos hace cincuenta años, aunque la fecha y llamarles «señor» cuando se los cruzaba usted por la calle?
exacta no puedo saberla. Claro, ya comprenderá usted que lo alquilé para El hombre reflexionó profundamente. Antes de contestar se bebió un
aquella ocasión… cuarto de litro de cerveza.
—Lo de los sombreros de copa no tiene gran importancia —dijo —Sí —dijo por fin—. Les gustaba que uno se llevara la mano a la
Winston con paciencia—. Pero estos capitalistas —ellos, unos cuantos gorra. Era una señal de respeto. Yo no estaba conforme con eso, pero lo
abogados y sacerdotes y los demás auxiliares que vivían de ellos— eran hacía muchas veces. No tenía más remedio.
los dueños de la tierra. Todo lo que existía era para ellos. Ustedes, la —¿Y era habitual —tenga usted en cuenta que estoy repitiendo lo
gente corriente, los trabajadores, eran sus esclavos. Los capitalistas que he leído en nuestros libros de texto para las escuelas—, era habitual
podían hacer con ustedes lo que quisieran. Por ejemplo, mandarlos al en aquella gente, en los capitalistas, empujarles a ustedes de la acera para
Canadá como ganado. Si se les antojaba, se podían acostar con las hijas tener libre el paso?
de ustedes. Y cuando se enfadaban, los azotaban a ustedes con un látigo —Uno me empujó una vez —dijo el anciano—. Lo recuerdo como si
llamado el gato de nueve colas. Si se encontraban ustedes a un capitalista fuera ayer. Era un día de regatas nocturnas y en esas noches había mucha
por la calle, tenían que quitarse la gorra. Cada capitalista salía gente grosera, y me tropecé con un tipo joven y jactancioso en la avenida
acompañado por una pandilla de lacayos que… Shaftesbury. Era un caballero, iba vestido de etiqueta y con sombrero de
—¡Lacayos! Ahí tiene usted una palabra que no he oído desde hace copa. Venía haciendo zigzags por la acera y tropezó conmigo. Me dijo:
muchísimos años. ¡Lacayos! Eso me recuerda muchas cosas pasadas. «¿Por qué no mira usted por dónde va?». Yo le dije: «¡A ver si se ha
Hará medio siglo aproximadamente, solía pasear yo a veces por Hyde creído usted que ha comprado la acera!». Y va y me contesta: «Le voy a
Park los domingos por la tarde para escuchar a unos tipos que dar a usted para el pelo si se descara así conmigo». Entonces yo le solté:
pronunciaban discursos: Ejército de salvación, católicos, judíos, indios… «Usted está borracho y, si quiero, acabo con usted en medio minuto». Sí
En fin, allí había de todo. Y uno de ellos…, no puedo recordar el nombre, señor, eso le dije y no sé si me creerá usted, pero fue y me dio un
pero era un orador de primera, no hacía más que gritar: «¡Lacayos, empujón que casi me manda debajo de las ruedas de un autobús. Pero yo
lacayos de la burguesía! ¡Esclavos de las clases dirigentes!». Y también por entonces era joven y me dispuse a darle su merecido; sin embargo…
le gustaba mucho llamarlos parásitos y a los otros les llamaba hienas. Sí, Winston perdía la esperanza de que el viejo le dijera algo interesante.
una palabra algo así como hiena. Claro que se refería al Partido La memoria de aquel hombre no era más que un montón de detalles.
Laborista, ya se hará usted cargo. Aunque se pasara el día interrogándole, nada sacaría en claro. Según sus
Winston tenía la sensación de que cada uno de ellos estaba hablando «declaraciones», los libros de Historia publicados por el Partido podían
por su cuenta. Debía orientar un poco la conversación: seguir siendo verdad, después de todo; podían ser incluso completamente
verídicos. Hizo un último intento.
—Quizás no me he explicado bien. Lo que trato de decir es esto: pretensiones del Partido de haber mejorado las condiciones de la vida
usted ha vivido mucho tiempo; la mitad de su vida ha transcurrido antes humana tenían que ser aceptadas necesariamente porque no existía ni
de la Revolución. En 1925, por ejemplo, era usted ya un hombre. ¿Podría volvería nunca a existir un nivel de vida con el cual pudieran ser
usted decir, por lo que recuerda de entonces, que la vida era en 1925 comparadas.
mejor que ahora o peor? Si tuviera usted que escoger, ¿preferiría usted En aquel momento el fluir de sus pensamientos se interrumpió de
vivir entonces o ahora? repente. Se detuvo y levantó la vista. Se hallaba en una calle estrecha con
El anciano contempló meditabundo a los que tiraban al blanco. unas cuantas tiendecitas oscura salpicadas entre casas de vecinos.
Terminó su cerveza con más lentitud que la vez anterior y por último Exactamente encima de su cabeza pendían unas bolas de metal
habló con un tono filosófico y tolerante como si la cerveza lo hubiera descoloridas que habían sido doradas. Conocía este sitio. Era la tienda
dulcificado. donde había comprado el Diario. Sintió miedo. Ya había sido bastante,
—Ya sé lo que espera usted que le diga. Usted querría que le dijera arriesgado comprar el libro y se había jurado a sí mismo no aparecer
que prefiero volver a ser joven. Muchos lo dicen porque en la juventud se nunca más por allí. Sin embargo, en cuanto permitió a sus pensamientos
tiene salud y fuerza. En cambio, a mis años nunca se está bien del todo. que corrieran en libertad, le habían traído sus pies a aquel mismo sitio.
Tengo muchos achaques. He de levantarme seis y siete veces por la Precisamente, había iniciado su Diario para librarse de impulsos suicidas
noche cuando me da el dolor. Por otra parte, esto de ser viejo tiene como aquél. Al mismo tiempo, notó que aunque eran las veintiuna seguía
muchas ventajas. Por ejemplo, las mujeres no le preocupan a uno y eso abierta la tienda. Creyendo que sería más prudente estar oculto dentro de
es una gran ventaja. Yo hace treinta años que no he estado con una mujer, la tienda que a la vista de todos en medio de la calle, entró. Si le
no sé si me creerá usted. Pero lo más grande es que no he tenido ganas. preguntaban podía decir que andaba buscando hojas de afeitar.
Winston se apoyó en el alféizar de la ventana. Era inútil proseguir. El dueño acababa de encender una lámpara de aceite que echaba un
Iba a pedir más cerveza cuando el viejo se levantó de pronto y se dirigió olor molesto, pero tranquilizador. Era un hombre de unos sesenta años,
renqueando hacia el urinario apestoso que estaba al fondo del local. de aspecto frágil, y un poco encorvado, con una nariz larga y simpática y
Winston siguió unos minutos sentado contemplando su vaso vacío y, casi ojos de suave mirar a pesar de las gafas de gruesos cristales. Su cabello
sin darse cuenta, se encontró otra vez en la calle. Dentro de veinte años, a era casi blanco, pero las cejas, muy pobladas, se conservaban negras. Sus
lo más —pensó—, la inmensa y sencilla pregunta «¿Era la vida antes de gafas, sus movimientos acompañados y el hecho de que llevaba una vieja
la Revolución mejor que ahora?» dejaría de tener sentido por completo. chaqueta de terciopelo negro le daban un cierto aire intelectual como si
Pero ya ahora era imposible contestarla, puesto que los escasos hubiera sido un hombre de letras o quizás un músico. De voz suave, algo
supervivientes del mundo antiguo eran incapaces de comparar una época apagada, tenía un acento menos marcado que la mayoría de los proles.
con otra. Recordaban un millón de cosas insignificantes, una pelea con —Le reconocí a usted cuando estaba ahí fuera parado —dijo
un compañero de trabajo, la búsqueda de una bomba de bicicleta que inmediatamente—. Usted es el caballero que me compró aquel álbum
habían perdido, la expresión habitual de una hermana fallecida hacía para regalárselo, seguramente, a alguna señorita. Era de muy buen papel.
muchos años, los torbellinos de polvo que se formaron en una mañana «Papel crema» solían llamarle. Por lo menos hace cincuenta años que no
tormentosa hace setenta años… pero todos los hechos trascendentales se ha vuelto a fabricar un papel como ése —miró a Winston por encima
quedaban fuera del radio de su atención. Eran como las hormigas, que de sus gafas—. ¿Puedo servirle en algo especial? ¿O sólo quería usted
pueden ver los objetos pequeños, pero no los grandes. Y cuando la echar un vistazo?
memoria fallaba y los testimonios escritos eran falsificados, las
—Pasaba por aquí —dijo Winston vagamente—. He entrado a mirar Winston pagó inmediatamente los cuatro dólares y se guardó el
estas cosas. No deseo nada concreto. codiciado objeto en el bolsillo. Lo que le atraía de él no era tanto su
—Me alegro —dijo el otro— porque no creo que pudiera haberle belleza como el aire que tenía de pertenecer a una época completamente
servido. —Hizo un gesto de disculpa con su fina mano derecha—. Ya ve distinta de la actual. Aquel cristal no se parecía a ninguno de los que él
usted; la tienda está casi vacía. Entre nosotros, le diré que el negocio de había visto. Era de una suavidad extraordinaria, con reflejos acuosos. Era
antigüedades está casi agotado. Ni hay clientes ni disponemos de género. el coral doblemente atractivo por su aparente inutilidad, aunque Winston
Los muebles, los objetos de porcelana y de cristal… todo eso ha ido pensó que en tiempos lo habían utilizado como pisapapeles. Pesaba
desapareciendo poco a poco, y los hierros artísticos y demás metales han mucho, pero afortunadamente, no le abultaba demasiado en el bolsillo.
sido fundidos casi en su totalidad. No he vuelto a ver un candelabro de Para un miembro del Partido era comprometedor llevar una cosa como
bronce desde hace muchos años. aquélla. Todo lo antiguo, y mucho más lo que tuviera alguna belleza,
En efecto, el interior de la pequeña tienda estaba atestado de objetos, resultaba vagamente sospechoso. El dueño de la tienda pareció alegrarse
pero casi ninguno de ellos tenía el más pequeño valor. Había muchos mucho de cobrar los cuatro dólares. Winston comprendió que se habría
cuadros que cubrían por completo las paredes. En el escaparate se contentado con tres e incluso con dos.
exhibían portaplumas rotos, cinceles mellados, relojes mohosos que no —Arriba tengo otra habitación que quizás le interesara a usted ver —
pretendían funcionar y otras baratijas. Sólo en una mesita de un rincón le propuso—. No hay gran cosa en ella, pero tengo dos o tres piezas…
había algunas cosas de interés: cajitas de rapé, broches de ágata, etc. Al Llevaremos una luz.
acercarse Winston a esta mesa le sorprendió un objeto redondo y Encendió otra lámpara y agachándose subió lentamente por la
brillante que cogió para examinarlo. empinada escalera, de peldaños medio rotos. Luego entraron por un
Era un trozo de cristal en forma de hemisferio. Tenía una suavidad pasillo estrecho siguiendo hasta una habitación que no daba a la calle,
muy especial, tanto por su color como por la calidad del cristal. En su sino a un patio y a un bosque de chimeneas. Winston notó que los
centro, aumentado por la superficie curvada, se veía un objeto extraño muebles estaban dispuestos como si fuera a vivir alguien en el cuarto.
que recordaba a una rosa o una anémona. Había una alfombra en el suelo, un cuadro o dos en las paredes, y un
—¿Qué es esto? —dijo Winston, fascinado. sillón junto a la chimenea. Un antiguo reloj de cristal, en cuya esfera
—Eso es coral —dijo el hombre—. Creo que procede del Océano figuraban las doce horas, estilo antiguo, emitía su tic-tac desde la repisa
Indico. Solían engarzarlo dentro de una cubierta de cristal. Por lo menos de la chimenea. Bajo la ventana y ocupando casi la cuarta parte de la
hace un siglo que lo hicieron. Seguramente más, a juzgar por su aspecto. estancia había una enorme cama con el colchón descubierto.
—Es de una gran belleza —dijo Winston. —Aquí vivíamos hasta que murió mi mujer —dijo el vendedor
—De una gran belleza, sí, señor —repitió el otro con tono de disculpándose—. Voy vendiendo los muebles poco a poco. Ésa es una
entendido—. Pero hoy día no hay muchas personas que lo sepan preciosa cama de caoba. Lo malo son las chinches. Si hubiera manera de
reconocer —carraspeó—. Si usted quisiera comprarlo, le costaría cuatro acabar con ellas…
dólares. Recuerdo el tiempo en que una cosa como ésta costaba ocho Sostenía la lámpara lo más alto posible para iluminar toda la
libras, y ocho libras representaban… en fin, no sé exactamente cuánto; habitación y a su débil luz resultaba aquel sitio muy acogedor. A Winston
desde luego, muchísimo dinero. Pero ¿quién se preocupa hoy por las se le ocurrió pensar que sería muy fácil alquilar este cuarto por unos
antigüedades auténticas, por las pocas que han quedado? cuantos dólares a la semana si se decidiera a correr el riesgo. Era una
idea descabellada, desde luego, pero el dormitorio había despertado en él
una especie de nostalgia, un recuerdo ancestral. Le parecía saber —Es de unos versos que yo sabía de pequeño. Empezaban:
exactamente lo que se experimentaba al reposar en una habitación como «Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente». Ya no
aquélla, hundido en un butacón junto al fuego de la chimenea mientras se recuerdo cómo sigue. Pero sí me acuerdo de la terminación: «Aquí tienes
calentaba la tetera en las brasas. Allí solo, completamente seguro, sin una vela para alumbrarte cuando te vayas a acostar. Aquí tienes un hacha
nadie más que le vigilara a uno, sin voces que le persiguieran ni más para cortarte la cabeza». Era una especie de danza. Unos tendían los
sonido que el murmullo de la tetera y el amable tic-tac del reloj. brazos y otros pasaban por dentro y cuando llegaban a aquello de «He
—¡No hay telepantalla! —se le escapó en voz baja. aquí el hacha para cortarte la cabeza», bajaban los brazos y le cogían a
—Ah —dijo el hombre—. Nunca he tenido esas cosas. Son uno. La canción estaba formada por los nombres de varias iglesias, de
demasiado caras. Además no veo la necesidad… Fíjese en esa mesita de todas las principales que había en Londres.
aquella esquina. Aunque, naturalmente, tendría usted que poner nuevos Winston se preguntó a qué siglo pertenecerían las iglesias. Siempre
goznes si quisiera utilizar las alas. era difícil determinar la edad de un edificio de Londres. Cualquier
En otro rincón había una pequeña librería. Winston se apresuró a construcción de gran tamaño e impresionante aspecto, con tal de que no
examinarla. No había ningún libro interesante en ella. La caza y se estuviera derrumbando de puro vieja, se decía automáticamente que
destrucción de libros se había realizado de un modo tan completo en los había sido construida después de la Revolución, mientras que todo lo
barrios proles como en las casas del Partido y en todas partes. Era casi anterior se adscribía a un oscuro período llamado la Edad Media. Los
imposible que existiera en toda Oceanía un ejemplar de un libro impreso siglos de capitalismo no habían producido nada de valor. Era imposible
antes de 1960. El vendedor, sin dejar la lámpara, se había detenido ante aprender historia a través de los monumentos y de la arquitectura. Las
un cuadrito enmarcado en palo rosa, colgado al otro lado de la chimenea, estatuas, inscripciones, lápidas, los nombres de las calles, todo lo que
frente a la cama. pudiera arrojar alguna luz sobre el pasado, había sido alterado
—Si le interesan a usted los grabados antiguos… —propuso sistemáticamente.
delicadamente. —No sabía que había sido una iglesia —dijo Winston.
Winston se acercó para examinar el cuadro. Era un grabado en acero —En realidad, hay todavía muchas de ellas aunque se han dedicado a
de un edificio ovalado con ventanas rectangulares y una pequeña torre en otros fines —le aclaró el dueño de la tienda—. Ahora recuerdo otro
la fachada. En torno al edificio corría una verja y al fondo se veía una verso:
estatua. Winston la contempló unos momentos. Le parecía algo familiar,
pero no podía recordar la estatua. Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente, me debes tres
—El marco está clavado en la pared —dijo el otro—, pero podría peniques, dicen las campanas de San Martín.
destornillarlo si usted lo quiere.
—Conozco ese edificio —dijo Winston por fin—. Está ahora en No puedo recordar más versos.
ruinas, cerca del Palacio de Justicia. —¿Dónde estaba San Martín? —dijo Winston.
—Exactamente. Fue bombardeado hace muchos años. En tiempos —¿San Martín? Está todavía en pie. Sí, en la Plaza de la Victoria,
fue una iglesia. Creo que la llamaban San Clemente. —Sonrió como junto al Museo de Pinturas. Es una especie de porche triangular con
disculpándose por haber dicho algo ridículo y añadió—. «Naranjas y columnas y grandes escalinatas.
limones, dicen las campanas de San Clemente». Winston conocía bien aquel lugar. El edificio se usaba para
—¿Cómo? —dijo Winston. propaganda de varias clases: exposiciones de maquetas de bombas
cohete y de fortalezas volantes, grupos de figuras de cera que ilustraban Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente, me
las atrocidades del enemigo y cosas por el estilo. debes tres peniques, dicen las…
—San Martín de los Campos, como le llamaban —aclaró el otro—,
aunque no recuerdo que hubiera campos por esa parte. De pronto pareció helársele el corazón y derretírsele las entrañas.
Winston no compró el cuadro. Hubiera sido una posesión aún más Una figura en «mono» azul avanzaba hacia él a unos diez metros de
incongruente que el pisapapeles de cristal e imposible de llevar a casa a distancia. Era la muchacha del Departamento de Novela, la joven del
no ser que le hubiera quitado el marco. Pero se quedó unos minutos más cabello negro. Anochecía, pero podía reconocerla fácilmente. Ella lo
hablando con el dueño, cuyo nombre no era Weeks —como él había miró directamente a la cara y luego apresuró el paso y pasó junto a él
supuesto por el rótulo de la tienda—, sino Charrington. El señor como si no lo hubiera visto.
Charrington era viudo, tenía sesenta y tres años y había habitado en la Durante unos cuantos segundos, Winston quedó paralizado. Luego
tienda desde hacía treinta. En todo este tiempo había pensado cambiar el torció a la derecha y anduvo sin notar que iba en dirección equivocada.
nombre que figuraba en el rótulo, pero nunca había llegado a De todos modos, era evidente que la joven lo espiaba. Tenía que haberlo
convencerse de la necesidad de hacerlo. Durante toda su conversación, la seguido hasta allí, pues no podía creerse que por pura casualidad hubiera
canción medio recordada le zumbaba a Winston en la cabeza. Naranjas y estado paseando en la misma tarde por la misma callejuela oscura a
limones, dicen las campanas de San Clemente, me debes tres peniques, varios kilómetros de distancia de todos los barrios habitados por los
dicen las campanas de San Martín. Era curioso que al repetirse esos miembros del Partido. Era una coincidencia demasiado grande. Que
versos tuviera la sensación de estar oyendo campanas, las campanas de fuera una agente de la Policía del Pensamiento o sólo una espía
un Londres desaparecido o que existía en alguna parte. Winston, sin aficionada que actuase por oficiosidad, poco importaba. Bastaba con que
embargo, no recordaba haber oído campanas en su vida. estuviera viéndolo. Probablemente, lo había visto también en la taberna.
Salió de la tienda del señor Charrington. Se había adelantado a él Le costaba gran trabajo andar. El pisapapeles de cristal que llevaba en
desde el piso de arriba. No quería que lo acompañase hasta la puerta para el bolsillo le golpeaba el muslo a cada paso y estuvo tentado de arrojarlo
que no se diera cuenta de que reconocía la calle por si había alguien. En muy lejos. Lo peor era que le dolía el vientre. Por unos instantes tuvo la
efecto, había decidido volver a visitar la tienda cuando pasara un tiempo seguridad de que se moriría si no encontraba en seguida un retrete
prudencial; por ejemplo, un mes. Después de todo, esto no era más público. Pero en un barrio como aquél no había tales comodidades.
peligroso que faltar una tarde al Centro. Lo más arriesgado había sido Afortunadamente, se le pasaron esas angustias quedándole sólo un sordo
volver después de comprar el Diario sin saber si el dueño de la tienda era dolor.
de fiar. Sin embargo… La calle no tenía salida. Winston se detuvo, preguntándose qué haría.
Sí, pensó otra vez, volvería. Compraría más objetos antiguos y Mas hizo lo único que le era posible, volver a recorrerla hasta la salida.
bellos. Compraría el grabado de San Clemente y se lo llevaría a casa sin Sólo hacía tres minutos que la joven se había cruzado con él, y si corría,
el marco escondiéndolo debajo del «mono». Le haría recordar al señor podría alcanzarla. Podría seguirla hasta algún sitio solitario y romperle
Charrington el resto de aquel poema. Incluso el desatinado proyecto de allí el cráneo con una piedra. Le bastaría con el pisapapeles. Pero
alquilar la habitación del primer piso, le tentó de nuevo. Durante unos abandonó en seguida esta idea, ya que le era intolerable realizar un
cinco segundos, su exaltación le hizo imprudente y salió a la calle sin esfuerzo físico. No podía correr ni dar el golpe. Además, la muchacha era
asegurarse antes por el escaparate de que no pasaba nadie. Incluso joven y vigorosa y se defendería bien. Se le ocurrió también acudir al
empezó a tararear con música improvisada. Centro Comunal y estarse allí hasta que cerraran para tener una coartada
de su empleo del tiempo durante la tarde. Pero aparte de que sería sólo en las cosas que le sucederían cuando lo detuviera la Policía del
una coartada parcial, el proyecto era imposible de realizar. Le invadió Pensamiento. No importaba que lo matasen a uno en seguida. Esa muerte
una mortal laxitud. Sólo quería llegar a casa pronto y descansar. era la esperada. Pero antes de morir (nadie hablaba de estas cosas aunque
Eran más de las veintidós cuando regresó al piso. Apagarían las luces nadie las ignoraba) había que pasar por la rutina de la confesión:
a las veintitrés treinta. Entró en su cocina y se tragó casi una taza de arrastrarse por el suelo, gritar pidiendo misericordia, el chasquido de los
ginebra de la Victoria. Luego se dirigió a la mesita, sentóse y sacó el huesos rotos, los dientes partidos y los mechones ensangrentados de
Diario del cajón. Pero no lo abrió en seguida. En la telepantalla una pelo. ¿Para qué sufrir todo esto si el fin era el mismo? ¿Por qué no
violenta voz femenina cantaba una canción patriótica a grito pelado. ahorrarse todo esto? Nadie escapaba a la vigilancia ni dejaba de confesar.
Observó la tapa del libro intentando inútilmente no prestar atención a la El culpable de crimental estaba completamente seguro de que lo
voz. matarían antes o después. ¿Para qué, pues, todo ese horror que nada
Las detenciones no eran siempre de noche. Lo mejor era matarse alteraba?
antes de que lo cogieran a uno. Algunos lo hacían. Muchas de las Por fin, consiguió evocar la imagen de O’Brien. «Nos encontraremos
llamadas desapariciones no eran más que suicidios. Pero hacía falta un en el sitio donde no hay oscuridad», le había dicho O’Brien en el sueño.
valor desesperado para matarse en un mundo donde las armas de fuego y Winston sabía lo que esto significaba, o se figuraba saberlo. El lugar
cualquier veneno rápido y seguro eran imposibles de encontrar. Pensó donde no hay oscuridad era el futuro imaginado, que nunca se vería;
con asombro en la inutilidad biológica del dolor y del miedo, en la pero, por adivinación, podría uno participar en él místicamente. Con la
traición del cuerpo humano, que siempre se inmoviliza en el momento voz de la telepantalla zumbándole en los oídos no podía pensar con
exacto en que es necesario realizar algún esfuerzo especial. Podía haber ilación. Se puso un cigarrillo en la boca. La mitad del tabaco se le cayó
eliminado a la muchacha morena sólo con haber actuado rápida y en la lengua, un polvillo amargo que luego no se podía escupir. El rostro
eficazmente; pero precisamente por lo extremo del peligro en que se del Gran Hermano flotaba en su mente desplazando al de O’Brien. Lo
hallaba había perdido la facultad de actuar. Le sorprendió que en los mismo que había hecho unos días antes, se sacó una moneda del bolsillo
momentos de crisis no estemos luchando nunca contra un enemigo y la contempló. El rostro le miraba pesado, tranquilo, protector. Pero,
externo, sino siempre contra nuestro propio cuerpo. Incluso ahora, a ¿qué clase de sonrisa se escondía bajo el oscuro bigote? Las palabras de
pesar de la ginebra, la sorda molestia de su vientre le impedía pensar las consignas martilleaban el cerebro de Winston:
ordenadamente. Y lo mismo ocurre en todas las situaciones
aparentemente heroicas o trágicas. En el campo de batalla, en la cámara LA GUERRA ES LA PAZ
de las torturas, en un barco que naufraga, se olvida siempre por qué se LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
debate uno ya que el cuerpo acaba llenando el universo, e incluso cuando LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
no estamos paralizados por el miedo o chillando de dolor, la vida es una
lucha de cada momento contra el hambre, el frío o el insomnio, contra un
estómago dolorido o un dolor de muelas.
Abrió el Diario. Era importante escribir algo. La mujer de la
telepantalla había empezado una nueva canción. Su voz se le clavaba a
Winston en el cerebro como pedacitos de vidrio. Procuró pensar en
O’Brien, a quien dirigía su Diario, pero en vez de ello, empezó a pensar
PARTE SEGUNDA CAPÍTULO I
A media mañana, Winston salió de su cabina para ir a los lavabos.
Una figura solitaria avanzaba hacia él desde el otro extremo del largo
pasillo brillantemente iluminado. Era la muchacha morena. Habían
pasado cuatro días desde la tarde en que se la había encontrado cerca de
la tienda. Al acercarse, vio Winston que la joven llevaba en cabestrillo el
brazo derecho. De lejos no se había fijado en ello porque las vendas
tenían el mismo color que el «mono». Probablemente, se habría
aplastado la mano para hacer girar uno de los grandes calidoscopios
donde se fabricaban los argumentos de las novelas. Era un accidente que
ocurría con frecuencia en el Departamento de Novela.
Estaban separados todavía por cuatro metros cuando la joven dio un
traspié y se cayó de cara al suelo exhalando un grito de dolor. Por lo
visto, había caído sobre el brazo herido. Winston se paró en seco. La
muchacha logró ponerse de rodillas. Tenía la cara muy pálida y los
labios, por contraste, más rojos que nunca. Clavó los ojos en Winston
con una expresión desolada que más parecía de miedo que de dolor.
Una curiosa emoción conmovió a Winston. Frente a él tenía a la
enemiga que procuraba su muerte. Frente a él, también, había una
criatura humana que sufría y que quizás se hubiera partido el hueso de la
nariz. Se acercó a ella instintivamente, para ayudarla. Winston había
sentido el dolor de ella en su propio cuerpo al verla caer con el brazo
vendado.
—¿Estás herida? —le dijo.
—No es nada. El brazo. Estaré bien en seguida.
Hablaba como si le saltara el corazón. Estaba temblando y
palidísima.
—¿No te has roto nada?
—No, estoy bien. Me dolió un momento nada más. mensaje no viniera de la Policía del Pensamiento, sino de alguna
Le tendió a Winston su mano libre y él la ayudó a levantarse. Le organización clandestina. ¡Quizás existiera una Hermandad! ¡Quizás
había vuelto algo de color y parecía hallarse mucho mejor. fuera aquella muchacha uno de sus miembros! La idea era absurda, pero
—No ha sido nada —repitió poco después—. Lo que me dolió fue la se le había ocurrido en el mismo instante en que sintió el roce del papel
muñeca. ¡Gracias, camarada! en su mano. Hasta unos minutos después no pensó en la otra posibilidad,
Y sin más, continuó en la dirección que traía con paso tan vivo como mucho más sensata. E incluso ahora, aunque su cabeza le decía que el
si realmente no le hubiera sucedido nada. El incidente no había durado mensaje significaría probablemente la muerte, no acababa de creerlo y
más de medio minuto. Era un hábito adquirido por instinto ocultar los persistía en él la disparatada esperanza. Le latía el corazón y le costaba
sentimientos, y además cuando ocurrió aquello se hallaban exactamente un gran esfuerzo conseguir que no le temblara la voz mientras
delante de una telepantalla. Sin embargo, a Winston le había sido muy murmuraba las cantidades en el hablescribe.
difícil no traicionarse y manifestar una sorpresa momentánea, pues en los Cuando terminó, hizo un rollo con sus papeles y los introdujo en el
dos o tres segundos en que ayudó a la joven a levantarse, ésta le había tubo neumático. Habían pasado ocho minutos. Se ajustó las gafas sobre
deslizado algo en la mano. Evidentemente, lo había hecho a propósito. la nariz, suspiró y se acercó el otro montón de hojas que había de
Era un pequeño papel doblado. Al pasar por la puerta de los lavabos, se examinar. Encima estaba el papelito doblado. Lo desdobló; en él había
lo metió en el bolsillo. escritas estas palabras con letra impersonal:
Mientras estuvo en el urinario, se las arregló para desdoblarlo dentro
del bolsillo. Desde luego, tenía que haber algún mensaje en ese papel. Te quiero.
Estuvo tentado de entrar en uno de los waters y leerlo allí. Pero eso
habría sido una locura. En ningún sitio vigilaban las telepantallas con Winston se quedó tan estupefacto que ni siquiera tiró aquella prueba
más interés que en los retretes. delictiva en el «agujero de la memoria». Cuando por fin, reaccionando,
Volvió a su cabina, sentóse, arrojó el pedazo de papel entre los demás se dispuso a hacerlo, aunque sabía muy bien cuánto peligro había en
de encima de la mesa, se puso las gafas y se acercó al hablescribe. manifestar demasiado interés por algún papel escrito, volvió a leerlo
«¡Todavía cinco minutos! —se dijo a sí mismo—, ¡por lo menos cinco antes para convencerse de que no había soñado.
minutos!». Le galopaba el corazón en el pecho con aterradora velocidad. Durante el resto de la mañana, le fue muy difícil trabajar. Peor aún
Afortunadamente, el trabajo que estaba realizando era de simple rutina que fijar su mente sobre las tareas habituales, era la necesidad de
—la rectificación de una larga lista de números— y no necesitaba fijar la ocultarle a la telepantalla su agitación interior. Sintió como si le quemara
atención. un fuego en el estómago. La comida en la atestada y ruidosa cantina le
Las palabras contenidas en el papel tendrían con toda seguridad un resultó un tormento. Había esperado hallarse un rato solo durante el
significado político. Había dos posibilidades, calculaba Winston. Una, la almuerzo, pero tuvo la mala suerte de que el imbécil de Parsons se le
más probable, era que la chica fuera un agente de la Policía del colocara a su lado y le soltara una interminable sarta de tonterías sobre
Pensamiento, como él temía. No sabía por qué empleaba la Policía del los preparativos para la Semana del Odio. Lo que más le entusiasmaba a
Pensamiento ese procedimiento para entregar sus mensajes, pero podía aquel simple era un modelo en cartón de la cabeza del Gran Hermano, de
tener sus razones para ello. Lo escrito en el papel podía ser una amenaza, dos metros de anchura, que estaban preparando en el grupo de espías al
una orden de suicidarse, una trampa… Pero había otra posibilidad, que pertenecía la niña de Parsons. Lo más irritante era que Winston
aunque Winston trataba de convencerse de que era una locura: que este apenas podía oír lo que decía Parsons y tenía que rogarle constantemente
que repitiera las estupideces que acababa de decir. Por un momento, odios y el vientre helado. Una angustia febril se apoderó de él al pensar
divisó a la chica morena, que estaba en una mesa con otras dos que pudiera perderla, que aquel cuerpo blanco y juvenil se le escapara.
compañeras al otro extremo de la estancia. Pareció no verle y él no Lo que más temía era que la muchacha cambiase de idea si no se ponía
volvió a mirar en aquella dirección. en relación con ella rápidamente. Pero la dificultad física de esta
La tarde fue más soportable. Después de comer recibió un delicado y aproximación era enorme. Resultaba tan difícil como intentar un
difícil trabajo que le había de ocupar varias horas y acaparar su atención. movimiento en el juego de ajedrez cuando ya le han dado a uno el mate.
Consistía en falsificar una serie de informes de producción de dos años Adondequiera que fuera uno, allí estaba la telepantalla. Todos los medios
antes con objeto de desacreditar a un prominente miembro del Partido posibles para comunicarse con la joven se le ocurrieron a Winston a los
Interior que empezaba a estar mal visto. Winston servía para estas cosas cinco minutos de leer la nota; pero una vez acostado y con tiempo para
y durante más de dos horas logró apartar a la joven de su mente. pensar bien, los fue analizando uno a uno como si tuviera esparcidas en
Entonces le volvió el recuerdo de su cara y sintió un rabioso e intolerable una mesa una fila de herramientas para probarlas.
deseo de estar solo. Porque necesitaba la soledad para pensar a fondo en Desde luego, la clase de encuentro de aquella mañana no podía
sus nuevas circunstancias. Aquella noche era una de las elegidas por el repetirse. Si ella hubiera trabajado en el Departamento de Registro,
Centro Comunal para sus reuniones. Tomó una cena temprana —otra habría sido muy sencillo, pero Winston tenía una idea muy remota de
insípida comida— en la cantina, se marchó al Centro a toda prisa, dónde estaba el Departamento de Novela en el edificio del Ministerio y
participó en las solemnes tonterías de un «grupo de polemistas», jugó no tenía pretexto alguno para ir allí. Si hubiera sabido dónde vivía y a
dos veces al tenis de mesa, se tragó varios vasos de ginebra y soportó qué hora salía del trabajo, se las habría arreglado para hacerse el
durante una hora la conferencia titulada «Los principios de Ingsoc en el encontradizo; pero no era prudente seguirla a casa ya que esto suponía
juego de ajedrez». Su alma se retorcía de puro aburrimiento, pero por esperarla delante del Ministerio a la salida, lo cual llamaría la atención
primera vez no sintió el menor impulso de evitarse una tarde en el indefectiblemente. En cuanto a mandar una carta por correo, sería una
Centro. A la vista de las palabras Te quiero, el deseo de seguir viviendo le locura. Ni siquiera se ocultaba que todas las cartas se abrían, por lo cual
dominaba y parecía tonto exponerse a correr unos riesgos que podían casi nadie escribía ya cartas. Para los mensajes que se necesitaba mandar,
evitarse tan fácilmente. Hasta las veintitrés, cuando ya estaba acostado en había tarjetas impresas con largas listas de frases y se escogía la más
la oscuridad, donde estaba uno libre hasta de la telepantalla con tal de no adecuada borrando las demás. En todo caso, no sólo ignoraba la
hacer ningún ruido— no pudo dejar fluir libremente sus pensamientos. dirección de la muchacha, sino incluso su nombre. Finalmente, decidió
Se trataba de un problema físico que había de ser resuelto cómo que el sitio más seguro era la cantina. Si pudiera ocupar una mesa junto a
ponerse en relación con la muchacha y preparar una cita. No creía ya la de ella hacia la mitad del local, no demasiado cerca de la telepantalla y
posible que la joven le estuviera tendiendo una trampa. Estaba seguro de con el zumbido de las conversaciones alrededor, le bastaba con treinta
que no era así por la inconfundible agitación que ella no había podido segundos para ponerse de acuerdo con ella.
ocultar al entregarle el papelito. Era evidente que estaba asustadísima, y Durante una semana después, la vida fue para Winston como una
con motivo sobrado. A Winston no le pasó siquiera por la cabeza la idea pesadilla. Al día siguiente, la joven no apareció por la cantina hasta el
de rechazar a la muchacha. Sólo hacía cinco noches que se había momento en que él se marchaba cuando ya había sonado la sirena.
propuesto romperle el cráneo con una piedra. Pero lo mismo daba. Ahora Seguramente, la habían cambiado a otro turno. Se cruzaron sin mirarse.
se la imaginaba desnuda como la había visto en su ensueño. Se la había Al día siguiente, estuvo ella en la cantina a la hora de costumbre, pero
figurado idiota como las demás, con la cabeza llena de mentiras y de con otras tres chicas y debajo de una telepantalla. Pasaron tres días
insoportables para Winston, en que no la vio en la cantina. Tanto su Por lo menos, la joven tenía que haberlo visto ir hacia ella y se habría
espíritu como su cuerpo habían adquirido una hipersensibilidad que casi dado cuenta de su intención. Al día siguiente, tuvo buen cuidado de
le imposibilitaba para hablar y moverse. Incluso en sueños no podía llegar temprano. Allí estaba ella, exactamente, en la misma mesa y otra
librarse por completo de aquella imagen. Durante aquellos días no abrió vez sola. La persona que precedía a Winston en la cola era un
su Diario. El único alivio lo encontraba en el trabajo; entonces conseguía hombrecillo nervioso con una cara aplastada y ojos suspicaces. Al
olvidarla durante diez minutos seguidos. No tenía ni la menor idea de lo alejarse Winston del mostrador, vio que aquel hombre se dirigía hacia la
que pudiera haberle ocurrido y no había que pensar en hacer una mesa de ella. Sus esperanzas se vinieron abajo. Había un sitio vacío una
investigación. Quizá la hubieran vaporizado, quizá se hubiera suicidado mesa más allá, pero algo en el aspecto de aquel tipejo le convenció a
o, a lo mejor, la habían trasladado al otro extremo de Oceanía. Winston de que éste no se instalaría en la mesa donde no había nadie
La posibilidad a la vez mejor y peor de todas era que la joven, para evitarse la molestia de verse obligado a soportar a los desconocidos
sencillamente, hubiera cambiado de idea y le rehuyera. que luego se quisieran sentar allí. Con verdadera angustia, lo siguió
Pero al día siguiente reapareció. Ya no traía el brazo en cabestrillo; Winston. De nada le serviría sentarse con ella si alguien más los
sólo una protección de yeso alrededor de la muñeca. El alivio que sintió acompañaba. En aquel momento, hubo un ruido tremendo. El
al verla de nuevo fue tan grande que no pudo evitar mirarla directamente hombrecillo se había caído de bruces y la bandeja salió volando
durante varios segundos. Al día siguiente, casi logró hablar con ella. derramándose la sopa y el café. Se puso en pie y miró ferozmente a
Cuando Winston llegó a la cantina, la encontró sentada a una mesa muy Winston. Evidentemente, sospechaba que éste le había puesto la
alejada de la pared. Estaba completamente sola. Era temprano y había zancadilla. Pero daba lo mismo porque poco después, con el corazón
poca gente. La cola avanzó hasta que Winston se encontró casi junto al galopándole, se instalaba Winston junto a la muchacha.
mostrador, pero se detuvo allí unos dos minutos a causa de que alguien No la miró. Colocó en la mesa el contenido de su bandeja y empezó a
se quejaba de no haber recibido su pastilla de sacarina. Pero la muchacha comer. Era importantísimo hablar en seguida antes de que alguna otra
seguía sola cuando Winston tuvo ya servida su bandeja y avanzaba hacia persona se uniera a ellos. Pero le invadía un miedo terrible. Había pasado
ella. Lo hizo como por casualidad fingiendo que buscaba un sitio más una semana desde que la joven se había acercado a él. Podía haber
allá de donde se encontraba la joven. Estaban separados todavía unos tres cambiado de idea, es decir, tenía que haber cambiado de idea. Era
metros. Bastaban dos segundos para reunirse, pero entonces sonó una imposible que este asunto terminara felizmente; estas cosas no suceden
voz detrás de él: «¡Smith!». Winston hizo como que no oía. Entonces la en la vida real, y probablemente no habría llegado a hablarle si en aquel
voz repitió más alto: «¡Smith!». Era inútil hacerse el tonto. Se volvió. Un momento no hubiera visto a Ampleforth, el poeta de orejas velludas, que
muchacho llamado Wilsher, a quien apenas conocía Winston, le invitaba andaba de un lado a otro buscando sitio. Era seguro que Ampleforth, que
sonriente a sentarse en un sitio vacío junto a él. No era prudente rechazar conocía bastante a Winston, se sentaría en su mesa en cuanto lo viera.
esta invitación. Después de haber sido reconocido, no podía ir a sentarse Tenía, pues, un minuto para actuar. Tanto él como la muchacha comían
junto a una muchacha sola. Quedaría demasiado en evidencia. Haciendo rápidamente. Era una especie de guiso muy caldoso de habas. En voz
de tripas corazón, le sonrió amablemente al muchacho, que le miraba con muy baja, empezó Winston a hablar. No se miraban. Se llevaban a la
un rostro beatífico. Winston, como en una alucinación, se veía a sí boca la comida y entre cucharada y cucharada se decían las palabras
mismo partiéndole la cara a aquel estúpido con un hacha. La mesa donde indispensables en voz baja e inexpresivo.
estaba ella se llenó a los pocos minutos. —¿A qué hora sales del trabajo?
—Dieciocho treinta.
—¿Dónde podemos vernos? y se unió a la desbandada. Winston la siguió. Al correr, le oyó decir a
—En la Plaza de la Victoria, cerca del Monumento. alguien que un convoy de prisioneros eurasiáticos pasaba por allí cerca.
—Hay muchas telepantallas allí. Una densa masa de gente, bloqueaba el lado sur de la plaza. Winston,
—No importa, porque hay mucha circulación. que normalmente era de esas personas que rehuyen todas las
—¿Alguna señal? aglomeraciones, se esforzaba esta vez, a codazos y empujones, en abrirse
—No. No te acerques hasta que no me veas entre mucha gente. Y no paso hasta el centro de la multitud. Pronto estuvo a un paso de la joven,
me mires. Sigue andando cerca de mí. pero entre los dos había un corpulento prole y una mujer casi tan enorme
—¿A qué hora? como él, seguramente su esposa. Entre los dos parecían formar un
—A las diecinueve. impenetrable muro de carne. Winston se fue metiendo de lado y, con un
—Muy bien. violento empujón, logró meter entre la pareja su hombro. Por un instante
Ampleforth no vio a Winston y se sentó en otra mesa. No volvieron a creyó que se le deshacían las entrañas aplastadas entre las dos caderas
hablar y, en lo humanamente posible entre dos personas sentadas una forzudas. Pero, con un esfuerzo supremo, sudoroso, consiguió hallarse
frente a otra y en la misma mesa, no se miraban. La joven acabó de por fin junto a la chica. Estaban hombro con hombro y ambos miraban
comer a toda velocidad y se marchó. Winston se quedó fumando un fijamente frente a ellos.
cigarrillo. Una caravana de camiones, con soldados de cara pétrea armados con
Antes de la hora convenida estaba Winston en la Plaza de la Victoria. fusiles ametralladoras, pasaban calle abajo. En los camiones, unos
Dio vueltas en torno a la enorme columna en lo alto de la cual la estatua hombres pequeños de tez amarilla y harapientos uniformes verdosos
del Gran Hermano miraba hacia el Sur, hacia los cielos donde había formaban una masa compacta tan apretados como iban. Sus tristes caras
vencido a los aviones eurasiáticos (pocos años antes, los vencidos fueron mongólicas miraban a la gente sin la menor curiosidad. De vez en
los aviones de Asia Oriental), en la batalla de la Primera Franja Aérea. cuando se oían ruidos metálicos al dar un brinco alguno de los camiones.
En la calle de enfrente había una estatua ecuestre cuyo jinete Este ruido lo producían los grilletes que llevaban los prisioneros en los
representaba, según decían, a Oliver Cromwell. Cinco minutos después pies. Pasaron muchos camiones con la misma carga y los mismos rostros
de la hora que fijaron, aún no se había presentado la muchacha. Otra vez indiferentes. Winston conocía de sobra el contenido, pero sólo podía
le entró a Winston un gran pánico. ¡No venía! ¡Había cambiado de idea! verlos intermitentemente. La muchacha apoyaba el hombro y el brazo
Se dirigió lentamente hacia el norte de la plaza y tuvo el placer de derecho, hasta el codo, contra el costado de Winston. Sus mejillas
identificar la iglesia de San Martín, cuyas campanas —cuando existían— estaban tan próximas que casi se tocaban. Ella se había puesto
habían cantado aquello de «me debes tres peniques». Entonces vio a la inmediatamente a tono con la situación lo mismo que lo había hecho en
chica parada al pie del monumento, leyendo o fingiendo que leía un la cantina. Empezó a hablar con la misma voz inexpresivo, moviendo
cartel arrollado a la columna en espiral. No era prudente acercarse a ella apenas los labios. Era un leve murmullo apagado por las voces y el
hasta que se hubiera acumulado más gente. Había telepantallas en todo el estruendo del desfile.
contorno del monumento. Pero en aquel mismo momento se produjo una —¿Me oyes?
gran gritería y el ruido de unos vehículos pesados que venían por la —Sí.
izquierda. De pronto, todos cruzaron corriendo la plaza. La joven dio la —¿Puedes salir el domingo?
vuelta ágilmente junto a los leones que formaban la base del monumento —Sí.
—Entonces escucha bien. No lo olvides. Irás a la estación de Winston a un anciano con la cara casi oculta por una masa de cabello,
Paddington… muy erguido y con los puños cruzados sobre el pecho. Daba la sensación
Con una precisión casi militar que asombró a Winston, la chica le fue de estar acostumbrado a que lo ataran. Era imprescindible que Winston y
describiendo la ruta que había de seguir: un viaje de media hora en tren; la chica se separaran ya. Pero en el último momento, mientras que la
torcer luego a la izquierda al salir de la estación; después de dos multitud los seguía apretando el uno contra el otro, ella le cogió la mano
kilómetros por carretera y, al llegar a un portillo al que le faltaba una y se la estrechó.
barra, entrar por él y seguir por aquel sendero cruzando hasta una No habría durado aquello más de diez segundos y, sin embargo,
extensión de césped; de allí partía una vereda entre arbustos; por fin, un parecía que sus manos habían estado unidas durante una eternidad. Por lo
árbol derribado y cubierto de musgo. Era como si tuviese un mapa dentro menos, tuvo Winston tiempo sobrado para aprenderse de memoria todos
de la cabeza. los detalles de aquella mano de mujer. Exploró sus largos dedos, sus uñas
—¿Te acordarás? —murmuró al terminar sus indicaciones. bien formadas, la palma endurecida por el trabajo con varios callos y la
—Sí. suavidad de la carne junto a la muñeca. Sólo con verla la habría
—Tuerces a la izquierda, luego a la derecha y otra vez a la izquierda. reconocido, entre todas las manos. En ese instante se le ocurrió que no
Y al portillo le falta una barra. sabía de qué color tenía ella los ojos. Probablemente, castaños, pero
—Sí. ¿A qué hora? también es verdad que mucha gente de cabello negro tienen ojos azules.
—Hacia las quince. A lo mejor tienes que esperar. Yo llegaré por otro Volver la cabeza y mirarla hubiera sido una imperdonable locura.
camino. ¿Te acordarás bien de todo? Mientras había durado aquel apretón de manos invisible entre la presión
—Sí. de tanta gente, miraban ambos impasibles adelante y Winston, en vez de
—Entonces, márchate de mi lado lo más pronto que puedas. los ojos de ella, contempló los del anciano prisionero que lo miraban con
No necesitaba habérselo dicho. Pero, por lo pronto, no se podía tristeza por entre sus greñas de pelo.
mover. Los camiones no dejaban de pasar y la gente no se cansaba de
expresar su entusiasmo. Aunque es verdad que solamente lo expresaban
abriendo la boca en señal de estupefacción. Al Principio había habido
algunos abucheos y silbidos, pero procedían sólo de los miembros del
Partido y pronto cesaron. La emoción dominante era sólo la curiosidad.
Los extranjeros, ya fueran de Eurasia o de Asia Oriental, eran como
animales raros. No había manera de verlos, sino como prisioneros; e
incluso como prisioneros no era posible verlos más que unos segundos.
Tampoco se sabía qué hacían con ellos aparte de los ejecutados
públicamente como criminales de guerra. Los demás se esfumaban,
seguramente en los campos de trabajos forzados. Los redondos rostros
mongólicos habían dejado paso a los de tipo más europeo, sucios,
barbudos y exhaustos. Por encima de los salientes pómulos, los ojos de
algunos miraban a los de Winston con una extraña intensidad y pasaban
al instante. El convoy se estaba terminando. En el último camión vio
Pronto formó un gran ramo y estaba oliendo su enfermizo aroma cuando
se quedó helado al oír el inconfundible crujido de unos pasos tras él
sobre las ramas secas. Siguió cogiendo florecillas. Era lo mejor que
podía hacer. Quizá fuese la chica, pero también pudieran haberlo
seguido. Mirar para atrás era mostrarse culpable. Todavía le dio tiempo
de coger dos flores más. Una mano se le posó levemente sobre el
CAPÍTULO II hombro.
Levantó la cabeza. Era la muchacha. Ésta volvió la cabeza para
Winston emprendió la marcha por el campo. El aire parecía besar la piel. prevenirle de que siguiera callado, luego apartó las ramas de los arbustos
Era el segundo día de mayo. Del corazón del bosque venía el arrullo de para abrir paso hacia el bosque. Era evidente que había estado allí antes,
las palomas. Era un poco pronto. El viaje no le había presentado pues sus movimientos eran los de una persona que tiene la costumbre de
dificultades y la muchacha era tan experimentada que le infundía a ir siempre por el mismo sitio. Winston la siguió sin soltar su ramo de
Winston una gran seguridad. Confiaba en que ella sabría escoger un sitio flores. Su primera sensación fue de alivio, pero mientras contemplaba el
seguro. En general, no podía decirse que se estuviera más seguro en el cuerpo femenino, esbelto y fuerte a la vez, que se movía ante él, y se
campo que en Londres. Desde luego, no había telepantallas, pero siempre fijaba en el ancho cinturón rojo, lo bastante apretado para hacer resaltar
quedaba el peligro de los micrófonos ocultos que recogían vuestra voz y la curva de sus caderas, empezó a sentir su propia inferioridad. Incluso
la reconocían. Además, no era fácil viajar individualmente sin llamar la ahora le parecía muy probable que cuando ella se volviera y lo mirara, lo
atención. Para distancias de menos de cien kilómetros no se exigía visar abandonaría. La dulzura del aire y el verdor de las hojas lo hechizaban.
los pasaportes, pero a veces vigilaban patrullas alrededor de la estaciones Ya cuando venía de la estación, el sol de mayo le había hecho sentirse
de ferrocarril y examinaban los documentos de todo miembro del Partido sucio y gastado, una criatura de puertas adentro que llevaba pegado a la
al que encontraran y le hacían difíciles preguntas. Sin embargo, Winston piel el polvo de Londres. Se le ocurrió pensar que hasta ahora no lo había
tuvo la suerte de no encontrar patrullas y desde que salió de la estación se visto ella de cara a plena luz. Llegaron al árbol derribado del que la joven
aseguró, mirando de vez en cuando cautamente hacia atrás, de que no lo había hablado. Esta saltó por encima del tronco y, separando las grandes
seguían. El tren iba lleno de proles con aire de vacaciones, quizá porque matas que lo rodeaban, pasó a un pequeño claro. Winston, al seguirla, vio
el tiempo parecía de verano. El vagón en que viajaba Winston llevaba que el pequeño espacio estaba rodeado todo por arbustos y oculto por
asientos de madera y su compartimiento estaba ocupado casi por ellos. La muchacha se detuvo y, volviéndose hacia él, le dijo:
completo con una única familia, desde la abuela, muy vieja y sin dientes, —Ya hemos llegado.
hasta un niño de un mes. Iban a pasar la tarde con unos parientes en el Winston se hallaba a varios pasos de ella. Aún no se atrevía a
campo y, como le explicaron con toda libertad a Winston, para adquirir acercársele más.
un poco de mantequilla en el mercado negro. —No quise hablar en la vereda —prosiguió ella— por si acaso había
Por fin, llegó a la vereda que le había dicho ella y siguió por allí entre algún micrófono escondido. No creo que lo haya, pero no es imposible.
los arbustos. No tenía reloj, pero no podían ser todavía las quince. Había Siempre cabe la posibilidad de que uno de esos cerdos te reconozcan la
tantas flores silvestres, que le era imposible no pisarlas. Se arrodilló y voz. Aquí estamos bien.
empezó a coger algunas, en parte por echar algún tiempo fuera y también Todavía le faltaba valor a Winston para acercarse a ella. Por eso, se
con la vaga idea de reunir un ramillete para ofrecérselo a la muchacha. limitó a repetir tontamente:
—Estamos bien aquí. excursión colectiva y descubrí este lugar. Si viniera alguien, lo oiríamos
—Sí. —Mira los árboles eran unos arbolillos de ramas finísimas—. a cien metros.
No hay nada lo bastante grande para ocultar un micro. Además, ya he —¿Cómo te llamas? —dijo Winston.
estado aquí antes. —Julia. Tu nombre ya lo conozco. Winston… Winston Smith.
Sólo hablaban. Él se había decidido ya a acercarse más a ella. —¿Cómo te enteraste?
Sonriente, con cierta ironía en la expresión, la joven estaba muy derecha —Creo que tengo más habilidad que tú para descubrir cosas, querido.
ante él como preguntándose por qué tardaba tanto en empezar. El ramo Dime, ¿qué pensaste de mí antes de darte aquel papelito?
de flores silvestre se había caído al suelo. Winston le cogió la mano. Winston no tuvo ni la menor tentación de mentirle. Era una especie
—¿Quieres creer —dijo— que hasta este momento no sabía de qué de ofrenda amorosa empezar confesando lo peor.
color tienes los ojos? —Eran castaños, bastante claros, con pestañas —Te odiaba. Quería abusar de ti y luego asesinarte. Hace dos
negras—. Ahora que me has visto a plena luz y cara a cara, ¿puedes semanas pensé seriamente romperte la cabeza con una piedra. Si quieres
soportar mi presencia? saberlo, te diré que te creía en relación con la Policía del Pensamiento.
—Sí, bastante bien. La muchacha se reía encantada, tomando aquello como un piropo por
—Tengo treinta y nueve años. Estoy casado y no me puedo librar de lo bien que se había disfrazado.
mi mujer. Tengo varices y cinco dientes postizos. —¡La Policía del Pensamiento!, qué ocurrencias. No es posible que
—Todo eso no me importa en absoluto —dijo la muchacha. lo creyeras.
Un instante después, sin saber cómo, se la encontró Winston en sus —Bueno, quizá no fuera exactamente eso. Pero, por tu aspecto…
brazos. Al principio, su única sensación era de incredulidad. El juvenil quizá por tu juventud y por lo saludable que eres; en fin, ya comprendes,
cuerpo se apretaba contra el suyo y la masa de cabello negro le daba en creí que probablemente…
la cara y, aunque le pareciera increíble, le acercaba su boca y él la —Pensaste que era una excelente afiliada. Pura en palabras y en
besaba. Sí, estaba besando aquella boca grande y roja. Ella le echó los hechos. Estandartes, desfiles, consignas, excursiones colectivas y todo
brazos al cuello y empezó a llamarle «querido, amor mío, precioso…». eso. Y creíste que a las primeras de cambio te denunciaría como criminal
Winston la tendió en el suelo. Ella no se resistió; podía hacer con ella lo mental y haría que te mataran.
que quisiera. Pero la verdad era que no sentía ningún impulso físico, —Sí, algo así… Ya sabes que muchas chicas son de ese modo.
ninguna sensación aparte de la del abrazo. Le dominaban la incredulidad —La culpa la tiene esa porquería —dijo Julia quitándose el cinturón
y el orgullo. Se alegraba de que esto ocurriera, pero no tenía deseo físico rojo de la liga Anti-Sex y tirándolo a una rama, donde quedó colgado.
alguno. Era demasiado pronto. La juventud y la belleza de aquel cuerpo Luego, como si el tocarse la cintura le hubiera recordado algo, sacó del
le habían asustado; estaba demasiado acostumbrado a vivir sin mujeres. bolsillo de su «mono» una tableta de chocolate. La partió por la mitad y
Quizá fuera por alguna de estas razones o quizá por alguna otra le dio a Winston uno de los pedazos. Antes de probarlo, ya sabía él por el
desconocida. La joven se levantó y se sacudió del cabello una florecilla olor que era un chocolate muy poco frecuente. Era oscuro y brillante,
que se le había quedado prendida en él. Sentóse junto a él y le rodeó la envuelto en papel de plata. El chocolate, corrientemente, era de un color
cintura con su brazo. castaño claro y desmigajaba con gran facilidad; y en cuanto a su sabor,
—No te preocupes, querido, no hay prisa. Tenemos toda la tarde. era algo así como el del humo de la goma quemada. Pero alguna vez
¿Verdad que es un escondite magnífico? Me perdí una vez en una había probado chocolate como el que ella le daba ahora. Su aroma le
había despertado recuerdos que no podía localizar, pero que lo turbaban Notó que la cintura de Julia resultaba mucho más suave ahora que se
intensamente. había quitado el cinturón. Seguían hablando en voz muy baja. Fuera del
—¿Dónde encontraste esto? —dijo. claro, dijo Julia, era mejor ir con prudencia. Llegaron hasta la linde del
—En el mercado negro —dijo ella con indiferencia—. Yo me las bosquecillo. Ella lo detuvo.
arreglo bastante bien. Fui jefe de sección en los Espías. Trabajo —No salgas a campo abierto. Podría haber alguien que nos viera.
voluntariamente tres tardes a la semana en la Liga juvenil Anti-Sex. Me Estaremos mejor detrás de las ramas.
he pasado horas y horas desfilando por Londres. Siempre soy yo la que Y permanecieron a la sombra de los arbustos. La luz del sol,
lleva uno de los estandartes. Pongo muy buena cara y nunca intento filtrándose por las innumerables hojas, les seguía caldeando el rostro.
librarme de una lata. Mi lema es «grita siempre con los demás». Es el Winston observó el campo que los rodeaba y experimentó, poco a poco,
único modo de estar seguros. la curiosa sensación de reconocer aquel lugar. Era tierra de pastos, con un
El primer trocito de chocolate se le había derretido a Winston en la sendero que la cruzaba y alguna pequeña elevación de cuando en cuando.
lengua. Su sabor era delicioso. Pero le seguía rondando aquel recuerdo En la valla, medio rota, que se veía al otro lado, se divisaban las ramas de
que no podía fijar, algo así como un objeto visto por el rabillo del ojo. unos olmos que se balanceaban con la brisa, y sus hojas se movían en
Hizo por librarse de él quedándole la sensación de que se trataba de algo densas masas como cabelleras femeninas. Seguramente por allí cerca,
que él había hecho en tiempos y que hubiera preferido no haber hecho. pero fuera de su vista, habría un arroyuelo.
—Eres muy joven —dijo—. Debes de ser unos diez o quince años —¿No hay por aquí cerca un arroyo? —murmuró.
más joven que yo. ¿Qué has podido ver en un hombre como yo que te —Sí lo hay. Está al borde del terreno colindante con éste. Hay peces,
haya atraído? muy grandes por cierto. Se puede verlos en las charcas que se forman
—Algo en tu cara. Me decidí a arriesgarme. Conozco en seguida a la bajo los sauces.
gente de la acera de enfrente. En cuanto te vi supe que estabas contra —Es el País Dorado… casi —murmuró.
ellos. —¿El País Dorado?
Ellos, por lo visto, quería decir el Partido, y sobre todo el Partido —No tiene importancia. Es un paisaje que he visto algunas veces en
Interior, sobre el cual hablaba Julia con un odio manifiesto que sueños.
intranquilizaba a Winston, aunque sabía que aquel sitio en que se —¡Mira! —susurró Julia.
hallaban era uno de los poquísimos lugares donde nada tenían que temer. Un pájaro se había movido en una rama a unos cinco metros de ellos
Le asombraba la rudeza con que hablaba Julia. Se suponía que los y casi al nivel de sus caras. Quizá no los hubiera visto. Estaba en el sol y
miembros del Partido no decían palabrotas, y el propio Winston apenas ellos a la sombra. Extendió las alas, volvió a colocárselas
las decía como no fuera entre dientes. Sin embargo, Julia no podía cuidadosamente en su sitio, inclinó la cabecita un momento, como si
nombrar al Partido, especialmente al Partido Interior, sin usar palabras de saludara respetuosamente al sol y empezó a cantar torrencialmente. En el
esas que solían aparecer escritas con tiza en los callejones solitarios. A él silencio de la tarde, sobrecogía el volumen de aquel sonido. Winston y
no le disgustaba eso, puesto que era un síntoma de la rebelión de la joven Julia se abrazaron fascinados. La música del ave continuó, minuto tras
contra el Partido y sus métodos. Y semejante actitud resultaba natural y minuto, con asombrosas variaciones y sin repetirse nunca, casi como si
saludable, como el estornudo de un caballo que huele mala avena. estuviera demostrando a propósito su virtuosismo. A veces se detenía
Habían salido del claro y paseaban por entre los arbustos. Iban cogidos unos segundos, extendía y recogía sus alas, luego hinchaba su pecho
de la cintura siempre que tenían sitio suficiente para pasar los dos juntos. moteado y empezaba de nuevo su concierto. Winston lo contemplaba con
un vago respeto. ¿Para quién, para qué cantaba aquel pájaro? No tenía —No, con esos cerdos no. Pero muchos lo harían si pudieran. No son
pareja ni rival que lo contemplaran. ¿Qué le impulsaba a estarse allí, al tan sagrados como pretenden. Su corazón dio un salto. Lo había hecho
borde del bosque solitario, regalándole su música al vacío? Se preguntó muchas veces. Todo lo que oliera a corrupción le llenaba de una
si no habría algún micrófono escondido allí cerca. Julia y él habían esperanza salvaje. Quién sabe, tal vez el Partido estaba podrido bajo la
hablado sólo en murmullo, y ningún aparato podría registrar lo que ellos superficie, su culto de fuerza y autocontrol no era más que una trampa
habían dicho, pero sí el canto del pájaro. Quizás al otro extremo del tapando la iniquidad. Si hubiera podido contagiarlos a todos con la lepra
instrumento algún hombrecillo mecanizado estuviera escuchando con o la sífilis, ¡con qué alegría lo hubiera hecho! Cualquier cosa con tal de
toda atención; sí, escuchando aquello. Gradualmente la música del ave podrir, de debilitar, de minar.
fue despertando en él sus pensamientos. Era como un líquido que saliera La atrajo hacia sí, de modo que quedaron de rodillas frente a frente.
y se mezclara con la luz del sol, que se filtraba por entre hojas. Dejó de —Oye, cuantos más hombres hayas tenido más te quiero yo. ¿Lo
pensar y se limitó a sentir. La cintura de la muchacha bajo su brazo era comprendes?
suave y cálida. Le dio la vuelta hasta quedar abrazados cara a cara. El —Sí, perfectamente.
cuerpo de Julia parecía fundirse con el suyo. Donde quiera que tocaran —Odio la pureza, odio la bondad. No quiero que exista ninguna
sus manos, cedía todo como si fuera agua. Sus bocas se unieron con virtud en ninguna parte. Quiero que todo el mundo esté corrompido hasta
besos muy distintos de los duros besos que se habían dado antes. Cuando los huesos.
volvieron a apartar sus rostros, suspiraron ambos profundamente. —Pues bien, debe irte bien, cariño. Estoy corrompida hasta los
El pájaro se asustó y salió volando con un aleteo alarmado. huesos.
Rápidamente, sin poder evitar el crujido de las ramas bajo sus pies, —¿Te gusta hacer esto? No quiero decir simplemente yo, me refiero
regresaron al claro. Cuando estuvieron ya en su refugio, se volvió Julia a la cosa en si.
hacia él y lo miró fijamente. Los dos respiraban pesadamente, pero la —Lo adoro.
sonrisa había desaparecido en las comisuras de sus labios. Estaban de pie Esto era sobre todas las cosas lo que quería oír. No simplemente el
y ella lo miró por un instante y luego tanteó la cremallera de su mono amor por una persona sino el instinto animal, el simple indiferenciado
con las manos. ¡Sí! ¡Fue casi como en un sueño! Casi tan velozmente deseo. Ésta era la fuerza que destruiría al Partido. La empujó contra la
como él se lo había imaginado, ella se arrancó la ropa y cuando la tiró a hierba entre las campanillas azules. Esta vez no hubo dificultad. El
un lado fue con el mismo magnífico gesto con el cual toda una movimiento de sus pechos fue bajando hasta la velocidad normal y con
civilización parecía anihilarse. Su blanco cuerpo brillaba al sol. Por un un movimiento de desamparo se fueron separando. El sol parecía haber
momento él no miró su cuerpo. Sus ojos habían buscado ancoraje en el intensificado su calor. Los dos estaban adormilados. Él alcanzó su
pecoso rostro con su débil y franca sonrisa. Se arrodilló ante ella y tomó desechado mono y la cubrió parcialmente.
sus manos entre las suyas. Al poco tiempo se durmieron profundamente. Al cabo de media hora
—¿Has hecho esto antes? se despertó Winston. Se incorporó y contempló a Julia, que seguía
—Claro. Cientos de veces. Bueno, muchas veces. durmiendo tranquilamente con su cara pecosa en la palma de la mano.
—¿Con miembros del Partido? Aparte de la boca, sus facciones no eran hermosas. Si se miraba con
—Sí, siempre con miembros del Partido. atención, se descubrían unas pequeñas arrugas en torno a los ojos. El
—¿Con miembros del Partido del Interior? cabello negro y corto era extraordinariamente abundante y suave. Pensó
entonces que todavía ignoraba el apellido y el domicilio de ella.
Este cuerpo joven y vigoroso, desamparado ahora en el sueño,
despertó en él un compasivo y protector sentimiento. Pero la ternura que
había sentido mientras escuchaba el canto del pájaro había desaparecido
ya. Le apartó el mono a un lado y estudió su cadera. En los viejos
tiempos, pensó, un hombre miraba el cuerpo de una muchacha y veía que
era deseable y aquí se acababa la historia. Pero ahora no se podía sentir
amor puro o deseo puro. Ninguna emoción era pura porque todo estaba CAPÍTULO III
mezclado con el miedo y el odio. Su abrazo había sido una batalla, el
clímax una victoria. Era un golpe contra el Partido. Era un acto político. Podemos volver a este sitio —propuso Julia—. En general, puede
emplearse dos veces el mismo escondite con tal de que se deje pasar uno
o dos meses.
En cuanto se despertó, la conducta de Julia había cambiado. Tenía ya
un aire prevenido y frío. Se vistió, se puso el cinturón rojo y empezó a
planear el viaje de regreso. A Winston le parecía natural que ella se
encargara de esto. Evidentemente poseía una habilidad para todo lo
práctico que Winston carecía y también parecía tener un conocimiento
completo del campo que rodeaba a Londres. Lo había aprendido a fuerza
de tomar parte en excursiones colectivas. La ruta que le señaló era por
completo distinta de la que él había seguido al venir, y le conducía a otra
estación. «Nunca hay que regresar por el mismo camino de ida»,
sentenció ella, como si expresara un importante principio general. Ella
partiría antes y Winston esperaría media hora para emprender la marcha
a su vez.
Había nombrado Julia un sitio donde podían encontrarse, después de
trabajar, cuatro días más tarde. Era una calle en uno de los barrios más
pobres donde había un mercado con mucha gente y ruido. Estaría por
allí, entre los puestos, como si buscara cordones para los zapatos o hilo
de coser. Si le parecía que no había peligro se llevaría el pañuelo a la
nariz cuando se acercara Winston. En caso contrario, sacaría el pañuelo.
Él pasaría a su lado sin mirarla. Pero con un poco de suerte, en medio de
aquel gentío podrían hablar tranquilos durante un cuarto de hora y
ponerse de acuerdo para otra cita.
—Ahora tengo que irme —dijo la muchacha en cuanto vio que él se
había enterado bien de sus instrucciones—. Debo estar de vuelta a las
diecinueve treinta. Tengo que dedicarme dos horas a la Liga Anti-Sex
repartiendo folletos o algo por el estilo. ¿Verdad que es un asco? La abrazo en el suelo y se sorprendió de estar besando un rostro vivo y
Sacúdeme con las manos. ¿Estás seguro de que no tengo briznas en el cálido. Es que se le había llenado la cara del yeso pulverizado por la
cabello? ¡Bueno, adiós, amor mío; adiós! explosión. Tenía la cara completamente blanca.
Se arrojó en sus brazos, lo besó casi violentamente, poco después Algunas tardes, a última hora, llegaban al sitio convenido y tenían
desaparecía por el bosque sin hacer apenas ruido. Incluso ahora seguía que andar a cierta distancia uno del otro sin dar la menor señal de
sin saber cómo se llamaba de apellido ni dónde vivía. Sin embargo, era reconocerse porque había aparecido una patrulla por una esquina o
igual, pues resultaba inconcebible que pudieran citarse en lugar cerrado volaba sobre ellos un autogiro. Aunque hubiera sido menos peligroso
ni escribirse. Nunca volvieron al bosquecillo. Durante el mes de marzo verse, siempre habrían tenido la dificultad del tiempo. Winston trabajaba
sólo tuvieron una ocasión de estar juntos de aquella manera. Fue en otro sesenta horas a la semana y Julia todavía más. Los días libres de ambos
escondite que conocía Julia, el campanario de una ruinosa iglesia en una variaban según las necesidades del trabajo y no solían coincidir. Desde
zona casi desierta donde una bomba atómica había caído treinta años luego, Julia tenía muy pocas veces una tarde libre por completo. Pasaba
antes. Era un buen escondite una vez que se llegaba allí, pero era muy muchísimo tiempo asistiendo a conferencias y manifestaciones,
peligroso, el viaje. Aparte de eso, se vieron por las calles en un sitio distribuyendo propaganda para la Liga juvenil Anti-Sex, preparando
diferente cada tarde y nunca más de media hora cada vez. En la calle era banderas y estandartes para la Semana del Odio, recogiendo dinero para
posible hablarse de cierta manera mezclados con la multitud, juntos, pero la Campaña del Ahorro y en actividades semejantes. Aseguraba que
dando la impresión de que era el movimiento de la masa lo que les hacía merecía la pena darse ese trabajo suplementario; era un camuflaje. Si se
estar tan cerca y teniendo buen cuidado de no mirarse nunca, podían observaban las pequeñas reglas se podían infringir las grandes. Julia
sostener una curiosa e intermitente conversación que se encendía y indujo a Winston a que dedicara otra de sus tardes como voluntario en la
apagaba como los rayos de luz de un faro. En cuanto se aproximaba un fabricación de municiones como solían hacer los más entusiastas
uniforme del Partido o caían cerca de una telepantalla, se callaban miembros del Partido. De manera que una tarde cada semana se pasaba
inmediatamente. Y reanudaban conversación minutos después, Winston cuatro horas de aburrimiento insoportable atornillando dos
empezando a la mitad de una frase que habían dejado sin terminar, y pedacitos de metal que probablemente formaban parte de una bomba.
luego volvían a cortar en seco cuando les llegaba el momento de Este trabajo en serie lo realizaban en un taller donde los martillazos se
separarse. Y al día, siguiente seguían hablando sin más preliminares. mezclaban espantosamente con la música de la telepantalla. El taller
Julia parecía estar muy acostumbrada a esta clase de conversación, que estaba lleno de corrientes de aire y muy mal iluminado.
ella llamaba «hablar por folletones». Tenía además una sorprendente Cuando se reunieron en las ruinas del campanario llenaron todos los
habilidad para hablar sin mover los labios. Una sola vez en un mes de huecos de sus conversaciones anteriores. Era una tarde achicharrante. El
encuentros nocturnos consiguieron darse un beso. Pasaban en silencio aire del pequeño espacio sobre las campanas era ardiente e irrespirable y
por una calle. Julia nunca hablaba cuando estaban lejos de las calles olía de un modo insoportable a palomar. Allí permanecieron varias horas,
principales y en ese momento oyeron un ruido ensordecedor, la tierra sentados en el polvoriento suelo, levantándose de cuando en cuando uno
tembló y se oscureció la atmósfera. Winston se encontró tendido al lado de ellos para asomarse cautelosamente y asegurarse de que no se
de Julia —magullado— con un terrible pánico. Una bomba cohete había acercaba nadie.
estallado muy cerca. De pronto se dio cuenta de que tenía junto a la suya Julia tenía veintiséis años. Vivía en una especie de hotel con otras
la cara de Julia. Estaba palidísima, hasta los labios los tenía blancos. No treinta muchachas («¡Siempre el hedor de las mujeres! ¡Cómo las odio!»,
era palidez, sino una blancura de sal. Winston creyó que estaba muerta. comentó) y trabajaba, como él había adivinado, en las máquinas que
fabricaban novelas en el departamento dedicado a ello. Le distraía su —Ni siquiera permiten trabajar allí a las mujeres casadas —añadió
trabajo, que consistía principalmente en manejar un motor eléctrico —. Se supone que las chicas solteras son siempre muy puras. Aquí tienes
poderoso, pero lleno de resabios. No era una mujer muy lista —según su por lo pronto una que no lo es.
propio juicio—, pero manejaba hábilmente las máquinas. Sabía todo el Julia había tenido su primer asunto amoroso a los dieciséis años con
procedimiento para fabricar una novela, desde las directrices generales un miembro del Partido de sesenta años, que después se suicidó para
del Comité Inventor hasta los toques finales que daba la Brigada de evitar que lo detuvieran. «Fue una gran cosa —dijo Julia—, porque, si
Repaso. Pero no le interesaba el producto terminado. No le interesaba no, mi nombre se habría descubierto al confesar él». Desde entonces se
leer. Consideraba los libros como una mercancía, algo así como la habían sucedido varios otros. Para ella la vida era muy sencilla. Una lo
mermelada o los cordones para los zapatos. quería pasar bien; ellos —es decir, el Partido— trataban de evitarlo por
Julia no recordaba nada anterior a los años sesenta y tantos y la única todos los medios; y una procuraba burlar las prohibiciones de la mejor
persona que había conocido que le hablase de los tiempos anteriores a la manera posible. A Julia le parecía muy natural que ellos le quisieran
Revolución era un abuelo que había desaparecido cuando ella tenía ocho evitar el placer y que ella por su parte quisiera librarse de que la
años. En la escuela había sido capitana del equipo de hockey y había detuvieran. Odiaba al Partido y lo decía con las más terribles palabrotas,
ganado durante dos años seguidos el trofeo de gimnasia. Fue jefe de pero no era capaz de hacer una crítica seria de lo que el Partido
sección en los Espías y secretaria de una rama de la Liga de la juventud representaba. No atacaba más que la parte de la doctrina del Partido que
antes de afiliarse a la Liga juvenil Anti-Sex. Siempre había sido rozaba con su vida. Winston notó que Julia no usaba nunca palabras de
considerada como persona de absoluta confianza. Incluso (y esto era neolengua excepto las que habían pasado al habla corriente. Nunca había
señal infalible de buena reputación) la habían elegido para trabajar en oído hablar de la Hermandad y se negó a creer en su existencia. Creía
Pornosec, la subsección del Departamento de Novela encargada de estúpido pensar en una sublevación contra el Partido. Cualquier intento
fabricar pornografía barata para los proles. Allí había trabajado un año en este sentido tenía que fracasar. Lo inteligente le parecía burlar las
entero ayudando a la producción de libritos que se enviaban en paquetes normas y seguir viviendo a pesar de ello. Se preguntaba cuántas habría
sellados y que llevaban títulos como Historias deliciosas, o Una noche como ella en la generación más joven, mujeres educadas en el mundo de
en un colegio de chicas, que compraban furtivamente los jóvenes la revolución, que no habían oído hablar de nada más, aceptando al
proletarios, con lo cual se les daba la impresión de que adquirían una Partido como algo de imposible modificación —algo así como el cielo—
mercancía ilegal. y que sin rebelarse contra la autoridad estatal la eludían lo mismo que un
—¿Cómo son esos libros? —le preguntó Winston por curiosidad. conejo puede escapar de un perro.
—Pues una porquería. Son de lo más aburrido. Hay sólo seis Entre Winston y Julia no se planteó la posibilidad de casarse. Había
argumentos. Yo trabajaba únicamente en los calidoscopios. Nunca llegué demasiadas dificultades para ello. No merecía la pena perder tiempo
a formar parte de la Brigada de Repaso. No tengo disposiciones para la pensando en esto. Ningún comité de Oceanía autorizaría este casamiento,
literatura. Sí, querido, ni siquiera sirvo para eso. incluso si Winston hubiera podido librarse de su esposa Katharine.
Winston se enteró con asombro de que en la Pornosec, excepto el —¿Cómo era tu mujer?
jefe, no había más que chicas. Dominaba la teoría de que los hombres, —Era…, ¿conoces la palabra piensabien, es decir, ortodoxa por
por ser menos capaces que las mujeres de dominar su instinto sexual, se naturaleza, incapaz de un mal pensamiento?
hallaban en mayor peligro de ser corrompidos por las suciedades que —No, no conozco esa palabra, pero sí la clase de persona a que te
pasaban por sus manos. refieres.
Winston empezó a contarle la historia de su vida conyugal, pero Julia gente a que amase a sus hijos casi al estilo antiguo. Pero, por otra parte,
parecía, saber ya todo lo esencial de este asunto. Con Julia no le los hijos eran enfrentados sistemáticamente contra sus padres y se les
importaba hablar de esas cosas. Katharine había dejado de ser para él un enseñaba a espiarles y a denunciar sus Desviaciones. La familia se había
penoso recuerdo, convirtiéndose en un recuerdo molesto. convertido en una ampliación de la Policía del Pensamiento. Era un
—Lo habría soportado si no hubiera sido por una cosa —añadió. Y le recurso por medio del cual todos se hallaban rodeados noche y día por
contó la pequeña ceremonia frígida que Katharine le había obligado a delatores que les conocían íntimamente.
celebrar la misma noche cada semana. Le repugnaba, pero por nada del De pronto se puso a pensar otra vez en Katharine. Ésta lo habría
mundo lo habría dejado de hacer—. No te puedes figurar cómo le denunciado a la P. del P. con toda seguridad si no hubiera sido demasiado
llamaba a aquello. tonta para descubrir lo herético de sus opiniones. Pero lo que se la hacía
—«Nuestro deber para con el Partido» —dijo Julia inmediatamente. recordar en este momento era el agobiante calor de la tarde, que le hacía
—¿Cómo lo sabías? sudar. Empezó a contarle a Julia algo que había ocurrido, o mejor dicho,
—Querido, también yo he estado en la escuela. A las mayores de que había dejado de ocurrir en otra tarde tan calurosa como aquélla, once
dieciséis años les dan conferencias sobre tema, sexuales una vez al mes. años antes. Katharine y Winston se habían extraviado durante una de
Y luego, en el Movimiento juvenil, no dejan de grabarle a una esas aquellas excursiones colectivas que organizaba el Partido. Iban
estupideces en la cabeza. En muchísimos casos da resultado. Claro que retrasados y por equivocación doblaron por un camino que los condujo
nunca se tiene la seguridad porque la gente es tan hipócrita… rápidamente a un lugar solitario. Estaban al borde de un precipicio.
Y Julia se extendió sobre este asunto. Ella lo refería todo a su propia Nadie había allí para preguntarle. En cuanto se dieron cuenta de que se
sexualidad. A diferencia de Winston, entendía perfectamente lo que el habían perdido, Katharine empezó a ponerse nerviosa. Hallarse alejada
Partido se proponía con su puritanismo sexual. Lo más importante era de la ruidosa multitud de excursionistas, aunque sólo fuese durante un
que la represión sexual conducía a la histeria, lo cual era deseable ya que momento, le producía un fuerte sentido de culpabilidad. Quería volver
se podía transformar en una fiebre guerrera y en adoración del líder. Ella inmediatamente por el camino que habían tomado por error y empezar a
lo explicaba así: «Cuando haces el amor gastas energías y después te buscar en la dirección contraria. Pero en aquel momento Winston
sientes feliz y no te importa nada». No pueden soportarlo que te sientas descubrió unas plantas que le llamaron la atención. Nunca había visto
así. Quieren que estés a punto de estallar de energía todo el tiempo. nada parecido Y llamó a Katharine para que las viera.
Todas estas marchas arriba y abajo vitoreando y agitando banderas no es —¡Mira, Katharine; mira esas flores! Allí, al fondo; ¿ves que son de
más que sexo agriado. Si eres feliz dentro de ti mismo, ¿por qué te ibas a dos colores diferentes?
excitar por el Gran Hermano y el Plan Trienal y los Dos Minutos de Odio Ella había empezado ya a alejarse, pero se acercó un momento, a
y todo el resto de sus porquerías? cada instante más intranquila. Incluso se inclinó sobre el precipicio para
Esto era cierto, pensó él. Había una conexión directa entre la castidad ver donde señalaba Winston. Él estaba un poco más atrás y le puso la
y la ortodoxia política. ¿Cómo iban a mantenerse vivos el miedo y el mano en la cintura para sostenerla. No había nadie en toda la extensión
odio y la insensata incredulidad que el Partido necesitaba si no se que se abarcaba con la vista, no se movía ni una hoja y ningún pájaro
embotellaba algún instinto poderoso para usarlo después como daba señales de presencia. Entonces pensó Winston que estaban
combustible? El instinto sexual era peligroso para el Partido y éste lo completamente solos y que en un sitio como aquél había muy pocas
había utilizado en provecho propio. Habían hecho algo parecido con el probabilidades de que tuvieran escondido un micrófono, e incluso si lo
instinto familiar. La familia no podía ser abolida; es más, se animaba a la había, sólo podría captar sonidos. Era la hora más cálida y soñolienta de
la tarde. El sol deslumbraba y el sudor perlaba la cara de Winston. temas a la muerte más que yo. Naturalmente, haremos todo lo posible
Entonces se le ocurrió que… por evitarla lo más que podamos. Pero la diferencia es insignificante.
—¿Por qué no le diste un buen empujón? —dijo Julia—. Yo lo habría Mientras que los seres humanos sigan siendo humanos, la muerte y la
hecho. vida vienen a ser lo mismo.
—Sí, querida; yo también lo habría hecho si hubiera sido la misma —Oh, tonterías. ¿Qué preferirías: dormir conmigo o con un
persona que ahora soy. Bueno, no estoy seguro… esqueleto? ¿No disfrutas de estar vivo? ¿No te gusta sentir: esto soy yo,
—¿Lamentas ahora haber desperdiciado la ocasión? ésta es mi mano, esto mi pierna, soy real, sólida, estoy viva?… ¿No te
—Sí. En realidad me arrepiento de ello. gusta?
Estaban sentados muy juntos en el suelo. El la apretó más contra sí. Ella se dio la vuelta y apretó su pecho contra él. Podía sentir sus
La cabeza de ella descansaba en el hombro de él y el agradable olor de su senos, maduros pero firmes, a través de su mono. Su cuerpo parecía
cabello dominaba el desagradable hedor a palomar. Pensó Winston que traspasar su juventud y vigor hacia él.
Julia era muy joven, que esperaba todavía bastante de la vida y por tanto —Sí, me gusta —dijo Winston.
no podía comprender que empujar a una persona molesta por un —No hablemos más de la muerte. Y ahora escucha, querido; tenemos
precipicio no resuelve nada. que fijar la próxima cita. Si te parece bien, podemos volver a aquel sitio
—Habría sido lo mismo —dijo. del bosque. Ya hace mucho tiempo que fuimos. Basta con que vayas por
—Entonces, ¿por qué dices que sientes no haberlo hecho? un camino distinto. Lo tengo todo preparado. Tomas el tren… Pero lo
—Sólo porque prefiero lo positivo a lo negativo. Pero en este juego mejor será que te lo dibuje aquí.
que estamos jugando no podemos ganar. Unas clases de fracaso son Y tan práctica como siempre amasó primero un cuadrito de polvo y
quizá mejores que otras, eso es todo. con una ramita de un nido de palomas empezó a dibujar un mapa sobre el
Notó que los hombros de ella se movían disconformes. Julia siempre suelo.
lo contradecía cuando él opinaba en este sentido. No estaba dispuesta a
aceptar como ley natural que el individuo está siempre vencido. En cierto
modo comprendía que también ella estaba condenada de antemano y que
más pronto o más tarde la Policía del Pensamiento la detendría y la
mataría; pero por otra parte de su cerebro creía firmemente que cabía la
posibilidad de construirse un mundo secreto donde vivir a gusto. Sólo se
necesitaba suerte, astucia y audacia. No comprendía que la felicidad era
un mito, que la única victoria posible estaba en un lejano futuro mucho
después de la muerte, y que desde el momento en que mentalmente le
declaraba una persona la guerra al Partido, le convenía considerarse
como un cadáver ambulante.
—Los muertos somos nosotros —dijo Winston.
—Todavía no hemos muerto —replicó Julia prosaicamente.
—Físicamente, todavía no. Pero es cuestión de seis meses, un año o
quizá cinco. Le temo a la muerte. Tú eres joven y por eso mismo quizá le
estar solo de vez en cuando. Y una vez que lo hubiera logrado, era de
elemental cortesía, en cualquier otra persona que conociera este refugio,
no contárselo a nadie. Y para subrayar en la práctica su teoría, casi
desaparecía, añadiendo que la casa tenía dos entradas, una de las cuales
daba al patio trasero que tenía una salida a un callejón.
Alguien cantaba bajo la ventana. Winston se asomó por detrás de los
CAPÍTULO IV visillos. El sol de junio estaba aún muy alto y en el patio central una
monstruosa mujer sólida como una columna normanda, con antebrazos
Winston examinó la pequeña habitación en la tienda del señor de un color moreno rojizo, y un delantal atado a la cintura, iba y venía
Charrington, junto a la ventana, la enorme cama estaba preparada con continuamente desde el barreño donde tenía la ropa lavada hasta el
viejas mantas y una colcha raquítica. El antiguo reloj, en cuya esfera se fregadero, colgando cada vez unos pañitos cuadrados que Winston
marcaban las doce horas, seguía con su tic-tac sobre la repisa de la reconoció como pañales. Cuando la boca de la mujer no estaba impedida
chimenea. En un rincón, sobre la mesita, el pisapapeles de cristal que por pinzas para tender, cantaba con poderosa voz de contralto:
había comprado en su visita anterior brillaba suavemente en la
semioscuridad. Era sólo una ilusión sin esperanza
En el hogar de la chimenea había una desvencijada estufa de que pasó como un día de abril;
petróleo, una sartén y dos copas, todo ello proporcionado por el señor pero aquella mirada, aquella palabra
Charrington. Winston puso un poco de agua a hervir. Había traído un y los ensueños que despertaron
sobre lleno de café de la Victoria y algunas pastillas de sacarina. Las me robaron el corazón.
manecillas del reloj marcaban las siete y veinte; pero en realidad eran las
diecinueve veinte.
Esta canción obsesionaba a Londres desde hacía muchas semanas.
Julia llegaría a las diecinueve treinta.
Era una de las producciones de una subsección del Departamento de
El corazón le decía a Winston que todo esto era una locura; sí, una
Música con destino a los proles. La letra de estas canciones se componía
locura consciente y suicida. De todos los crímenes que un miembro del
sin intervención humana en absoluto, valiéndose de un instrumento
Partido podía cometer, éste era el de más imposible ocultación. La idea
llamado «versificador». Pero la mujer la cantaba con tan buen oído que
había flotado en su cabeza en forma de una visión del pisapapeles de
el horrible sonsonete se había convertido en unos sonidos casi
cristal reflejado en la brillante superficie de la mesita. Como él lo había
agradables. Winston oía la voz de la mujer, el ruido de sus zapatos sobre
previsto, el señor Charrington no opuso ninguna dificultad para alquilarle
el empedrado del patio, los gritos de los niños en la calle, y a cierta
la habitación. Se alegraba, por lo visto, de los dólares que aquello le
distancia, muy débilmente, el zumbido del tráfico, y sin embargo su
proporcionaría. Tampoco parecía ofenderse, ni inclinado a hacer
habitación parecía impresionantemente silenciosa gracias a la ausencia
preguntas indiscretas al quedar bien claro que Winston deseaba la
de telepantalla.
habitación para un asunto amoroso. Al contrario, se mantenía siempre a
«¡Qué locura! ¡Qué locura!», pensó Winston. Era inconcebible que
una discreta distancia y con un aire tan delicado que daba la impresión de
Julia y él pudieran frecuentar este sitio más de unas semanas sin que los
haberse hecho invisible en parte. Decía que la intimidad era una cosa de
cazaran. Pero la tentación de disponer de un escondite verdaderamente
valor inapreciable. Que todo el mundo necesitaba un sitio donde poder
suyo bajo techo y en un sitio bastante cercano al lugar de trabajo, había
sido demasiado fuerte para él. Durante algún tiempo después de su visita precisamente, sino al día siguiente, cuando se le ocurrió la idea de
al campanario les había sido por completo imposible arreglar ninguna alquilar la habitación del señor Charrington. Cuando se lo propuso a
cita. Las horas de trabajo habían aumentado implacablemente en Julia, ésta aceptó inmediatamente. Ambos sabían que era una locura. Era
preparación de la Semana del Odio. Faltaba todavía más de un mes, pero como si avanzaran a propósito hacia sus tumbas. Mientras la esperaba
los enormes y complejos preparativos cargaban de trabajo a todos los sentado al borde de la cama volvió a pensar en los sótanos del Ministerio
miembros del Partido. Por fin, ambos pudieron tener la misma tarde del Amor. Era notable cómo entraba y salía en la conciencia de todos
libre. Estaban ya de acuerdo en volver a verse en el claro del bosque. La aquel predestinado horror. Allí estaba, clavado en el futuro, precediendo
tarde anterior se cruzaron en la calle. Como de costumbre, Winston no a la muerte con tanta inevitabilidad como el 99 precede al 100. No se
miró directamente a Julia y ambos se sumaron a una masa de gente que podía evitar, pero quizá se pudiera aplazar. Y sin embargo, de cuando en
empujaba en determinada dirección. Winston se fue acercando a ella. cuando, por un consciente acto de voluntad se decidía uno a acortar el
Mirándola con el rabillo del ojo notó en seguida que estaba más pálida intervalo, a precipitar la llegada de la tragedia.
que de costumbre. En este momento sintió Winston unos pasos rápidos en la escalera.
—Lo de mañana es imposible —murmuró Julia en cuanto creyó Julia irrumpió en la habitación. Llevaba una bolsa de lona oscura y basta
prudente poder hablar. como la que solía llevar al Ministerio. Winston le tendió los brazos, pero
—¿Qué? ella apartóse nerviosa, en parte porque le estorbaba la bolsa llena de
—Que mañana no podré ir. herramientas.
La primera reacción de Winston fue de violenta irritación. Durante el —Un momento —dijo—. Deja que te enseñe lo que traigo. ¿Trajiste
mes que la había conocido la naturaleza de su deseo por ella había ese asqueroso café de la Victoria? Ya me lo figuré. Puedes tirarlo porque
cambiado. Al principio había habido muy poca sensualidad real. Su no lo necesitaremos. Mira.
primer encuentro amoroso había sido un acto de voluntad. Pero después Se arrodilló, tiró al suelo la bolsa abierta y de ella salieron varias
de la segunda vez había sido distinto. El olor de su pelo, el sabor de su herramientas, entre ellas un destornillador, pero debajo venían varios
boca, el tacto de su piel parecían habérsele metido dentro o estar en el paquetes de papel. El primero que cogió Winston le produjo una
aire que lo rodeaba. Se había convertido en una necesidad física, algo sensación familiar y a la vez extraña. Estaba lleno de algo arenoso,
que no solamente quería sino sobre lo que a la vez tenía derecho. Cuando pesado, que cedía donde quiera que se le tocaba.
ella dijo que no podía venir, había sentido como si lo estafaran. Pero en —No será azúcar, ¿verdad? —dijo, asombrado.
aquel momento la multitud los aplastó el uno contra el otro y sus manos —Azúcar de verdad. No sacarina, sino verdadera azúcar. Y aquí
se unieron y ella le acarició los dedos de un modo que no despertaba su tienes un magnífico pan blanco, no esas porquerías que nos dan, y un
deseo, sino su afecto. Una honda ternura, que no había sentido hasta bote de mermelada. Y aquí tienes un bote de leche condensada. Pero
entonces por ella, se apoderó súbitamente de él. Le hubiera gustado en fíjate en esto; estoy orgullosísima de haberlo conseguido. Tuve que
aquel momento llevar ya diez años casado con Julia. Deseaba envolverlo con tela de saco para que no se conociera, porque…
intensamente poderse pasear con ella por las calles, pero no como ahora Pero no necesitaba explicarle por qué lo había envuelto con tanto
lo hacía, sino abiertamente, sin miedo alguno, hablando trivialidades y cuidado. El aroma que despedía aquello llenaba la habitación, un olor
comprando los pequeños objetos necesarios para la casa. Deseaba sobre exquisito que parecía emanado de su primera infancia, el olor que sólo se
todo vivir con ella en un sitio tranquilo sin sentirse obligado a acostarse percibía ya de vez en cuando al pasar por un corredor y antes de que le
cada vez que conseguían reunirse. No fue en aquella ocasión cerraran a uno la puerta violentamente, ese olor que se difundía
misteriosamente por una calle llena de gente y que desaparecía al cantando espontáneamente y en soledad. Habría parecido una herejía
instante. política, una excentricidad peligrosa, algo así como hablar consigo
—Es café —murmuró Winston—; café de verdad. mismo. Quizá la gente sólo cantara cuando estuviera a punto de morirse
—Es café del Partido Interior. ¡Un kilo! —dijo Julia. de hambre.
—¿Cómo te las arreglaste para conseguir todo esto? —Ya puedes volverte —dijo Julia.
—Son provisiones del Partido Interior. Esos cerdos no se privan de Se dio la vuelta y por un segundo casi no la reconoció. Había
nada. Pero, claro está, los camareros, las criadas y la gente que los rodea esperado verla desnuda. Pero no lo estaba. La transformación había sido
cogen cosas de vez en cuando. Y… mira: también te traigo un paquetito mucho mayor. Se había pintado la cara. Debía de haber comprado el
de té. maquillaje en alguna tienda de los barrios proletarios. Tenía los labios de
Winston se había sentado junto a ella en el suelo. Abrió un pico del un rojo intenso, las mejillas rosadas y la nariz con polvos. Incluso se
paquete y lo olió. había dado un toquecito debajo de los ojos para hacer resaltar su
—Es té auténtico. brillantez. No se había pintado muy bien, pero Winston entendía poco de
—Últimamente ha habido mucho té. Han conquistado la India o algo esto. Nunca había visto ni se había atrevido a imaginar a una mujer del
así —dijo Julia vagamente—. Pero escucha, querido: quiero que te Partido con cosméticos en la cara. Era sorprendente el cambio tan
vuelvas de espalda unos minutos. Siéntate en el lado de allá de la cama. favorable que había experimentado el rostro de Julia. Con unos cuantos
No te acerques demasiado a la ventana. Y no te vuelvas hasta que te lo toques de color en los sitios adecuados, no sólo estaba mucho más
diga. bonita, sino, lo que era más importante, infinitamente más femenina. Su
Winston la obedeció y se puso a mirar abstraído por los visillos de cabello corto y su «mono» juvenil de chico realzaban aún más este
muselina. Abajo en el patio la mujer de los rojos antebrazos seguía yendo efecto. Al abrazarla sintió Winston un perfume a violetas sintéticas.
y viniendo entre el lavadero y el tendedero. Se quitó dos pinzas más de la Recordó entonces la semioscuridad de una cocina en un sótano y la boca
boca y cantó con mucho sentimiento: negra cavernosa de una mujer. Era el mismísimo perfume que aquélla
había usado, pero a Winston no le importaba esto por lo pronto.
Dicen que el tiempo lo cura todo, —¡También perfume! —dijo.
dicen que siempre se olvida, —Sí, querido; también me he puesto perfume. ¿Y sabes lo que voy a
pero las sonrisas y lágrimas hacer ahora? Voy a buscarme en donde sea un verdadero vestido de
a lo largo de los años, mujer y me lo pondré en vez de estos asquerosos pantalones. ¡Llevaré
me retuercen el corazón. medias de seda y zapatos de tacón alto! Estoy dispuesta a ser en esta
habitación una mujer y no una camarada del Partido.
Por lo visto se sabía la canción de memoria. Su voz subía a la Se sacaron las ropas y se subieron a la gran cama de caoba. Era la
habitación en el cálido aire estival, bastante armoniosa y cargada de una primera vez que él se desnudaba por completo en su presencia. Hasta
especie de feliz melancolía. Se tenía la sensación de que esa mujer habría ahora había tenido demasiada vergüenza de su pálido y delgado cuerpo,
sido perfectamente feliz si la tarde de junio no hubiera terminado nunca y con las varices saliéndose en las pantorrillas y el trozo descolorido justo
la ropa lavada para tender no se hubiera agotado; le habría gustado encima de su tobillo. No había sábanas pero la manta sobre la que
estarse allí mil años tendiendo pañales y cantando tonterías. Le parecía estaban echados estaba gastada y era suave, y el tamaño y lo blando de la
muy curioso a Winston no haber oído nunca a un miembro del Partido cama los tenía asombrados.
—Seguro que está llena de chinches, pero ¿qué importa? —dijo Julia. —¡Querido, te has puesto palidísimo! ¿Qué te pasa? ¿Te dan asco?
No se veían camas dobles en aquellos tiempos, excepto en las casas —¡Una rata! ¡Lo más horrible del mundo!
de los proles. Winston había dormido en una ocasionalmente en su niñez. Ella lo tranquilizó con el calor de su cuerpo. Winston no abrió los
Julia no recordaba haber dormido nunca en una. ojos durante un buen rato. Le había parecido volver a hallarse de lleno en
Durmieron después un ratito. Cuando Winston se despertó, el reloj una pesadilla que se le presentaba con frecuencia. Siempre era poco más
marcaba cerca de las nueve de la noche. No se movieron porque Julia o menos igual. Se hallaba frente a un muro tenebroso y del otro lado de
dormía con la cabeza apoyada en el hueco de su brazo. Casi toda su este muro había algo capaz de enloquecer al más valiente. Algo
pintura había pasado a la cara de Winston o a la almohada, pero todavía infinitamente espantoso. En el sueño sentíase siempre decepcionado
le quedaba un poco de colorete en las mejillas. Un rayo de sol poniente porque sabía perfectamente lo que ocurría detrás del muro de tinieblas.
caía sobre el pie de la cama y daba sobre la chimenea donde el agua Con un esfuerzo mortal, como si se arrancara un trozo de su cerebro,
hervía a borbotones. Ya no cantaba la mujer en el patio, pero seguían conseguía siempre despertarse sin llegar a descubrir de qué se trataba
oyéndose los gritos de los niños en la calle. Julia se despertó, frotándose concretamente, pero él sabía que era algo relacionado con lo que Julia
los ojos, y se incorporó apoyándose en un codo para mirar a la estufa de había estado diciendo y sobre todo con lo que iba a decirle cuando la
petróleo. interrumpió.
—La mitad del agua se ha evaporado —dijo—. Voy a levantarme y a —Lo siento —dijo—, no es nada. Lo que ocurre es que no puedo
preparar más agua en un momento. Tenemos una hora. ¿Cuándo cortan soportar las ratas.
las luces en tu casa? —No te preocupes, querido. Aquí no entrarán porque voy a tapar ese
—A las veintitrés treinta. agujero con tela de saco antes de que nos vayamos. Y la próxima vez que
—Donde yo vivo apagan a las veintitrés un punto. Pero hay que vengamos traeré un poco de yeso y lo taparemos definitivamente.
entrar antes porque… ¡Fuera de aquí, asquerosa! Ya había olvidado Winston aquellos instantes de pánico.
Julia empezó a retorcerse en la cama, logró coger un zapato del suelo Un poco avergonzado de sí mismo sentóse a la cabecera de la cama.
y lo tiró a un rincón, igual que Winston la había visto arrojar su Julia se levantó, se puso el «mono» e hizo el café. El aroma resultaba tan
diccionario a la cara de Goldstein aquella mañana durante los Dos delicioso y fuerte que tuvieron que cerrar la ventana para no alarmar a la
Minutos de Odio. vecindad. Pero mejor aún que el sabor del café era la calidad que le daba
—¿Qué era eso? —le preguntó Winston, sorprendido. el azúcar, una finura sedosa que Winston casi había olvidado después de
—Una rata. La vi asomarse por ahí. Se metió por un boquete que hay tantos años de sacarina. Con una mano en un bolsillo y un pedazo de pan
en aquella pared. De todos modos le he dado un buen susto. con mermelada en la otra se paseaba Julia por la habitación mirando con
—¡Ratas! —murmuró Winston—. ¿Hay ratas en esta habitación? indiferencia la estantería de libros, pensando en la mejor manera de
—Todo está lleno de ratas —dijo ella en tono indiferente mientras arreglar la mesa, dejándose caer en el viejo sillón para ver si era cómodo
volvía a tumbarse—. Las tenemos hasta en la cocina de nuestro hotel. y examinando el absurdo reloj de las doce horas con aire divertido y
Hay partes de Londres en que se encuentran por todos lados. ¿Sabes que tolerante. Cogió el pisapapeles de cristal y se lo llevó a la cama, donde se
atacan a los niños? Sí; en algunas calles de los proles las mujeres no se sentó para examinarlo con tranquilidad. Winston se lo quitó de las
atreven a dejar a sus hijos solos ni dos minutos. Las más peligrosas son manos, fascinado, como siempre, por el aspecto suave, resbaloso, de
las grandes y oscuras. Y lo más horrible es que siempre… agua de lluvia que tenía aquel cristal.
—¡No sigas, por favor! —dijo Winston, cerrando los ojos con fuerza. —¿Qué crees tú que será esto? —dijo Julia.
—No creo que sea nada particular… Es decir, no creo que haya de que nos vayamos. ¡Qué fastidio, ahora tengo que quitarme esta
servido nunca para nada concreto. Eso es lo que me gusta precisamente pintura! Empezaré por mí y luego te limpiaré a ti la cara.
de este objeto. Es un pedacito de historia que se han olvidado de Winston permaneció unos minutos más en la cama. Oscurecía en la
cambiar; un mensaje que nos llega de hace un siglo y que nos diría habitación. Volvióse hacia la ventana y fijó la vista en el pisapapeles de
muchas cosas si supiéramos leerlo. cristal. Lo que le interesaba inagotablemente no era el pedacito de coral,
—Y aquel cuadro —señaló Julia— ¿también tendrá cien años? sino el interior del cristal mismo. Tenía tanta profundidad, y sin embargo
—Más, seguramente doscientos. Es imposible saberlo con seguridad. era transparente, como hecho con aire. Como si la superficie cristalina
En realidad hoy no se sabe la edad de nada. hubiera sido la cubierta del cielo que encerrase un diminuto mundo con
Julia se acercó a la pared de enfrente para examinar con detenimiento toda su atmósfera.
el grabado. Dijo: Tenía Winston la sensación de que podría penetrar en ese mundo
—¿Qué sitio es éste? Estoy segura de haber estado aquí alguna vez. cerrado, que ya estaba dentro de él con la cama de caoba y la mesa rota y
—Es una iglesia o, por lo menos, solía serio. Se llamaba San el reloj y el grabado e incluso con el mismo pisapapeles. Sí, el
Clemente. —La incompleta canción que el señor Charrington le había pisapapeles era la habitación en que se hallaba Winston, y el coral era la
enseñado volvió a sonar en la cabeza de Winston, que murmuró con vida de Julia y la suya clavadas eternamente en el corazón del cristal.
nostalgia—: Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente.
Y se quedó estupefacto al oír a Julia continuar:
—Me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín.
¿Cuándo me pagarás?, dicen las campanas de Old Bailey…
—No puedo recordar cómo sigue. Pero sé que termina así: Aquí
tienes una vela para alumbrarte cuando te acuestes. Aquí tienes un
hacha para cortarte la cabeza.
Era como las dos mitades de una contraseña. Pero tenía que haber
otro verso después de «las campanas de Old Bailey». Quizá el señor
Charrington acabaría acordándose de este final.
—¿Quién te lo enseñó? —dijo Winston.
—Mi abuelo. Solía cantármelo cuando yo era niña. Lo vaporizaron
teniendo yo unos ocho años… No estoy segura, pero lo cierto es que
desapareció. Lo que no sé, y me lo he preguntado muchas veces, es qué
sería un limón —añadió—. He visto naranjas. Es una especie de fruta
redonda y amarillenta con una cáscara muy fina.
—Yo recuerdo los limones —dijo Winston—. Eran muy frecuentes
en los años cincuenta y tantos. Eran unas frutas tan agrias que rechinaban
los dientes sólo de olerlas.
—Estoy segura de que detrás de ese cuadro hay chinches —dijo Julia
—. Lo descolgaré cualquier día para limpiarlo bien. Creo que ya es hora
explosiones que nadie podía explicar y sobre las cuales se esparcían
insensatos rumores.
La nueva canción que había de ser el tema de la Semana del Odio (se
llamaba la Canción del Odio) había sido ya compuesta y era repetida
incansablemente por las telepantallas. Tenía un ritmo salvaje, de ladridos
y no podía llamarse con exactitud música. Más bien era como el redoble
CAPÍTULO V de un tambor. Centenares de voces rugían con aquellos sones que se
mezclaban con el chas-chas de sus renqueantes pies. Era aterrador. Los
Syme había desaparecido. Una mañana no acudió al trabajo: unos proles se habían aficionado a la canción, y por las calles, a media noche,
cuantos indiferentes comentaron su ausencia, pero al día siguiente nadie competía con la que seguía siendo popular: «Era una ilusión sin
habló de él. Al tercer día entró Winston en el vestíbulo del Departamento esperanza». Los niños de Parsons la tocaban a todas horas, de un modo
de Registro para mirar el tablón de anuncios. Uno de éstos era una lista alucinante, en su peine cubierto de papel higiénico. Winston tenía las
impresa con los miembros del Comité de Ajedrez, al que Syme había tardes más ocupadas que nunca. Brigadas de voluntarios organizadas por
pertenecido. La lista era idéntica a la de antes —nada había sido tachado Parsons preparaban la calle para la Semana del Odio cosiendo banderas y
en ella—, pero contenía un nombre menos. Bastaba con eso. Syme había estandartes, pintando carteles, clavando palos en los tejados para que
dejado de existir. Es más, nunca había existido. sirvieran de astas y tendiendo peligrosamente alambres a través de la
Hacía un calor horrible. En el laberíntico Ministerio las habitaciones calle para colgar pancartas. Parsons se jactaba de que las casas de la
sin ventanas y con buena refrigeración mantenían una temperatura Victoria era el único grupo que desplegaría cuatrocientos metros de
normal, pero en la calle el pavimento echaba humo y el ambiente del propaganda. Se hallaba en su elemento y era más feliz que una alondra.
metro a las horas de aglomeración era espantoso. Seguían en pleno El calor y el trabajo manual le habían dado pretexto para ponerse otra
hervor los preparativos para la Semana del Odio y los funcionarios de vez los shorts y la camisa abierta. Estaba en todas partes a la vez,
todos los Ministerios dedicaban a esta tarea horas extraordinarias. Había empujaba, tiraba, aserraba, daba tremendos martillazos, improvisaba,
que organizar los desfiles, manifestaciones, conferencias, exposiciones aconsejaba a todos y expulsaba pródigamente una inagotable cantidad de
de figuras de cera, programas cinematográficos y de telepantalla, erigir sudor.
tribunas, construir efigies, inventar consignas, escribir canciones, En todo Londres había aparecido de pronto un nuevo cartel que se
extender rumores, falsificar fotografías… La sección de Julia en el repetía infinitamente. No tenía palabras. Se limitaba a representar, en una
Departamento de Novela había interrumpido su tarea habitual y altura de tres o cuatro metros, la monstruosa figura de un soldado
confeccionaba una serie de panfletos de atrocidades. Winston, aparte de eurasiático que parecía avanzar hacia el que lo miraba, una cara mogólica
su trabajo corriente, pasaba mucho tiempo cada día revisando inexpresiva, unas botas enormes y, apoyado en la cadera, un fusil
colecciones del Times y alterando o embelleciendo noticias que iban a ser ametralladora a punto de disparar. Desde cualquier parte que mirase uno
citadas en los discursos. Hasta última hora de la noche, cuando las el cartel, la boca del arma, ampliada por la perspectiva, por el escorzo,
multitudes de los incultos proles paseaban por las calles, la ciudad parecía apuntarle a uno sin remisión. No había quedado ni un solo hueco
presentaba un aspecto febril. Las bombas cohete caían con más en la ciudad sin aprovechar para colocar aquel monstruo. Y lo curioso era
frecuencia que nunca y a veces se percibían allá muy lejos enormes que había más retratos de este enemigo simbólico que del propio Gran
Hermano. Los proles, que normalmente se mostraban apáticos respecto a
la guerra, recibían así un trallazo para que entraran en uno de sus podían circular. También el señor Charrington, pensó Winston, pertenecía
periódicos frenesíes de patriotismo. Como para armonizar con el estado a una especie extinguida. Solía hablar con él un rato antes de subir. El
de ánimo general, las bombas cohetes habían matado a más gente que de viejo salía poco, por lo visto, y apenas tenía clientes. Llevaba una
costumbre. Una cayó en un local de cine de Stepney, enterrando en las existencia fantasmal entre la minúscula tienda y la cocina, todavía más
ruinas a varios centenares de víctimas. Todos los habitantes del barrio pequeña, donde él mismo se guisaba y donde tenía, entre otras cosas
asistieron a un imponente entierro que duró muchas horas y que en raras, un gramófono increíblemente viejo con una enorme bocina.
realidad constituyó un mitin patriótico. Otra bomba cayó en un solar Parecía alegrarse de poder charlar. Entre sus inútiles mercancías, con su
inmenso que utilizaban los niños para jugar y varias docenas de éstos larga nariz y gruesos lentes, encorvado bajo su chaqueta de terciopelo,
fueron despedazados. Hubo muchas más manifestaciones indignadas, tenía más aire de coleccionista que de mercader. De vez en cuando, con
Goldstein fue quemado en efigie, centenares de carteles representando al un entusiasmo muy moderado, cogía alguno de los objetos que tenía a la
soldado eurasiático fueron rasgados y arrojados a las llamas y muchas venta, sin preguntarle nunca a Winston si lo quería comprar, sino
tiendas fueron asaltadas. Luego se esparció el rumor de que unos espías enseñándoselo sólo para que lo admirase. Hablar con él era como
dirigían los cohetes mortíferos por medio de la radio y un anciano escuchar el tintineo de una desvencijada cajita de música. Algunas veces,
matrimonio acusado de extranjería pereció abrasado cuando las turbas se sacaba de los desvanes de su memoria algunos polvorientos retazos de
incendiaron su casa. canciones olvidadas. Había una sobre veinticuatro pájaros negros y otra
En la habitación encima de la tienda del señor Charrington, cuando sobre una vaca con un cuerno torcido y otra que relataba la muerte del
podían ir allí, Julia y Winston se quedaban echados uno junto al otro en pobre gallo Robin. «He pensado que podría gustarle a usted» —decía con
la desnuda cama bajo la ventana abierta, desnudos para estar más frescos. una risita tímida cuando repetía algunos versos sueltos de aquellas
La rata no volvió, pero las chinches se multiplicaban odiosamente con canciones. Pero nunca recordaba ninguna canción completa.
ese calor. No importaba. Sucia o limpia, la habitación era un paraíso. Al Julia y Winston sabían perfectamente —en verdad, ni un solo
llegar echaban pimienta comprada en el mercado negro sobre todos los momento dejaban de tenerlo presente— que aquello no podía durar. A
objetos, se sacaban la ropa y hacían el amor con los cuerpos sudorosos, veces la sensación de que la muerte se cernía sobre ellos les resultaba tan
luego se dormían y al despertar se encontraban con que las chinches se sólida como el lecho donde estaban echados y se abrazaban con una
estaban formando para el contraataque. Cuatro, cinco, seis, hasta siete desesperada sensualidad, como un alma condenada aferrándose a su
veces se encontraron allí durante el mes de junio. Winston había dejado último rato de placer cuando faltan cinco minutos para que suene el reloj.
de beber ginebra a todas horas. Le parecía que ya no lo necesitaba. Había Pero también había veces en que no sólo se sentían seguros, sino que
engordado. Sus varices ya no le molestaban; en realidad casi habían tenían una sensación de permanencia. Creían entonces que nada podría
desaparecido y por las mañanas ya no tosía al despertarse. La vida había ocurrirles mientras estuvieran en su habitación. Llegar hasta allí era
dejado de serie intolerable, no sentía la necesidad de hacerle muecas a la difícil y peligroso, pero el refugio era invulnerable. Igualmente, Winston,
telepantalla ni el sufrimiento de no poder gritar palabrotas cada vez que mirando el corazón del pisapapeles, había sentido como si fuera posible
oía un discurso. Ahora que casi tenían un hogar, no les parecía penetrar en aquel mundo de cristal y que una vez dentro el tiempo se
mortificante reunirse tan pocas veces y sólo un par de horas cada vez. Lo podría detener. Con frecuencia se entregaban ambos a ensueños de fuga.
importante es que existiese aquella habitación; saber que estaba allí era Se imaginaban que tendrían una suerte magnífica por tiempo indefinido
casi lo mismo que hallarse en ella. Aquel dormitorio era un mundo y que podrían continuar llevando aquella vida clandestina durante toda su
completo, una bolsa del pasado donde animales de especies extinguidas vida natural. O bien Katharine moriría, lo cual les permitiría a Winston y
Julia, mediante sutiles maniobras, llegar a casarse. O se suicidarían y era demasiado joven para recordar las batallas ideológicas de los años
juntos. O desaparecerían, disfrazándose de tal modo que nadie los cincuenta y sesenta y tantos. No podía imaginar un movimiento político
reconocería, aprendiendo a hablar con acento proletario, logrando trabajo independiente; y en todo caso el Partido era invencible. Siempre existiría.
en una fábrica y viviendo siempre, sin ser descubiertos, en una callejuela Y nunca iba a cambiar ni en lo más mínimo. Lo más que podía hacerse
como aquélla. Los dos sabían que todo esto eran tonterías. En realidad no era rebelarse secretamente o, en ciertos casos, por actos aislados de
había escapatoria. E incluso el único plan posible, el suicidio, no estaban violencia como matar a alguien o poner una bomba en cualquier sitio.
dispuestos a llevarlo a efecto. Dejar pasar los días y las semanas, En cierto modo, Julia era menos susceptible que Winston a la
devanando un presente sin futuro, era lo instintivo, lo mismo que propaganda del Partido. Una vez se refirió él a la guerra contra Eurasia y
nuestros pulmones ejecutan el movimiento respiratorio siguiente se quedó asombrado cuando ella, sin concederle importancia a la cosa,
mientras tienen aire disponible. dio por cierto que no había tal guerra. Casi con toda seguridad, las
Además, a veces hablaban de rebelarse contra el Partido de un modo bombas cohete que caían diariamente sobre Londres eran lanzadas por el
activo, pero no tenían idea de cómo dar el primer paso. Incluso si la mismo Gobierno de Oceanía sólo para que la gente estuviera siempre
fabulosa Hermandad existía, quedaba la dificultad de entrar en ella. asustada. A Winston nunca se le había ocurrido esto. También despertó
Winston le contó a Julia la extraña intimidad que había, o parecía haber, en él Julia una especie de envidia al confesarle que durante los dos
entre él y O’Brien, y del impulso que sentía a veces de salirle al Minutos de Odio lo peor para ella era contenerse y no romper a reír a
encuentro a O’Brien y decirle que era enemigo del Partido y pedirle carcajadas, pero Julia nunca discutía las enseñanzas del Partido a no ser
ayuda. Era muy curioso que a Julia no le pareciera una locura semejante que afectaran a su propia vida. Estaba dispuesta a aceptar la mitología
proyecto. Estaba acostumbrada a juzgar a las gentes por su cara y le oficial, porque no le parecía importante la diferencia entre verdad y
parecía natural que Winston confiase en O’Brien basándose solamente en falsedad. Creía por ejemplo —porque lo había aprendido en la escuela—
un destello de sus ojos. Además, Julia daba por cierto que todos, o casi que el Partido había inventado los aeroplanos. (En cuanto a Winston,
todos, odiaban secretamente al Partido e infringirían sus normas si creían recordaba que en su época escolar, en los años cincuenta y tantos, el
poderlo hacer con impunidad. Pero se negaba a admitir que existiera ni Partido no pretendía haber inventado, en el campo de la aviación, más
pudiera existir jamás una oposición amplia y organizada. Los cuentos que el autogiro; una docena de años después, cuando Julia iba a la
sobre Goldstein y su ejército subterráneo, decía, eran sólo un montón de escuela, se trataba ya del aeroplano en general; al cabo de otra
estupideces que el Partido se había inventado para sus propios fines y en generación, asegurarían haber descubierto la máquina de vapor). Y
los que todos fingían creer. Innumerables veces, en manifestaciones cuando Winston le dijo que los aeroplanos existían ya antes de nacer él y
espontáneas y asambleas del Partido, había gritado Julia con todas sus mucho antes de la Revolución, esto le pareció a la joven carecer de todo
fuerzas pidiendo la ejecución de personas cuyos nombres nunca había interés. ¿Qué importaba, después de todo, quién hubiese inventado los
oído y en cuyos supuestos crímenes no creía ni mucho menos. Cuando aeroplanos? Mucho más le llamó la atención a Winston que Julia no
tenían efecto los procesos públicos, Julia acudía entre las jóvenes de la recordaba que Oceanía había estado en guerra, hacía cuatro años, con
Liga juvenil que rodeaban el edificio de los tribunales noche y día y Asia Oriental y en paz con Eurasia. Desde luego, para ella la guerra era
gritaba con ellas: «¡Muerte a los traidores!». Durante los Dos Minutos de una filfa, pero por lo visto no se había dado cuenta de que el nombre del
Odio siempre insultaba a Goldstein con más energía que los demás. Sin enemigo había cambiado. «Yo creía que siempre habíamos estado en
embargo, no tenía la menor idea de quién era Goldstein ni de las guerra con Eurasia», dijo en tono vago. Esto le impresionó mucho a
doctrinas que pudiera representar. Había crecido dentro de la Revolución Winston. El invento de los aeroplanos era muy anterior a cuando ella
nació, pero el cambiazo en la guerra sólo había sucedido cuatro años halla en mi propia mente y no puedo asegurar con certeza que exista otro
antes, cuando ya Julia era una muchacha mayor. Estuvo discutiendo con ser humano con la misma convicción que yo. Solamente en ese ejemplo
ella sobre esto durante un cuarto de hora. Al final, logró hacerle recordar que te he citado llegué a tener en mis manos una prueba irrefutable de la
confusamente que hubo una época en que el enemigo había sido Asia falsificación del pasado después de haber ocurrido; años después.
Oriental y no Eurasia. Pero ella seguía sin comprender que esto tuviera —Y total, ¿qué interés puede tener eso? ¿De qué te sirve saberlo?
importancia. «¿Qué más da?», dijo con impaciencia. «Siempre ha sido —De nada, porque inmediatamente destruí la prueba. Pero si hoy
una puñetera guerra tras otra y de sobras sabemos que las noticias de volviera a tener una ocasión semejante guardaría el papel.
guerra son todas una pura mentira». —¡Pues yo no! —dijo Julia—. Estoy dispuesta a arriesgarme, pero
A veces le hablaba Winston del Departamento de Registro y de las sólo por algo que merezca la pena, no por unos trozos de papel viejo.
descaradas falsificaciones que él perpetraba allí por encargo del Partido. ¿Qué habrías hecho con esa fotografía si la hubieras guardado?
Todo esto no la escandalizaba. Él le contó la historia de Jones, Aaronson —Quizás nada de particular. Pero al fin y al cabo, se trataba de una
y Rutherford, así como el trascendental papelito que había tenido en su prueba y habría sembrado algunas dudas aquí y allá, suponiendo que me
mano casualmente. Nada de esto la impresionaba. Incluso le costaba hubiese atrevido a enseñársela a alguien. No creo que podamos cambiar
trabajo comprender el sentido de lo que Winston decía. el curso de los acontecimientos mientras vivamos. Pero es posible que se
—¿Es que eran amigos tuyos? —le preguntó. creen algunos centros de resistencia, grupos de descontentos que vayan
—No, no los conocía personalmente. Eran miembros del Partido aumentando e incluso dejando testimonios tras ellos de modo que la
Interior. Además, eran mucho mayores que yo. Conocieron la época generación siguiente pueda recoger la antorcha y continuar nuestra obra.
anterior a la Revolución. Yo sólo los conocía de vista. —No me interesa la próxima generación, cariño. Me interesa
—Entonces ¿por qué te preocupas? Todos los días matan gente; es lo nosotros.
corriente. —No eres una rebelde más que de cintura para abajo —dijo él.
Intentó hacerse comprender: Ella encontró esto muy divertido y le echó los brazos al cuello,
—Ése era un caso excepcional. No se trataba sólo de que mataran a complacida.
alguien. ¿No te das cuenta de que el pasado, incluso el de ayer mismo, ha Julia no se interesaba en absoluto por las ramificaciones de la
sido suprimido? Si sobrevive, es únicamente en unos cuantos objetos doctrina del partido. Cuando Winston hablaba de los principios de
sólidos, y sin etiquetas que los distingan, como este pedazo de cristal. Y Ingsoc, el doblepensar, la mutabilidad del pasado y la degeneración de la
ya apenas conocemos nada de la Revolución y mucho menos de los años realidad objetiva y se ponía a emplear palabras de neolengua, la joven se
anteriores a ella. Todos los documentos han sido destruidos o aburría espantosamente, además de hacerse un lío, y se disculpaba
falsificados, todos los libros han sido otra vez escritos, los cuadros diciendo que nunca se había fijado en esas cosas. Si se sabía que todo
vueltos a pintar, las estatuas, las calles y los edificios tienen nuevos ello era un absoluto camelo, ¿para qué preocuparse? Lo único que a ella
nombres y todas las fechas han sido alteradas. Ese proceso continúa día le interesaba era saber cuándo tenía que vitorear y cuándo le
tras día y minuto tras minuto. La Historia se ha parado en seco. No existe correspondía abuchear. Si Winston persistía en hablar de tales temas,
más que un interminable presente en el cual el Partido lleva siempre Julia se quedaba dormida del modo más desconcertante. Era una de esas
razón. Naturalmente, yo sé que el pasado está falsificado, pero nunca personas que pueden dormirse en cualquier momento y en las posturas
podría probarlo aunque se trate de falsificaciones realizadas por mí. Una más increíbles. Hablándole, comprendía Winston qué fácil era presentar
vez que he cometido el hecho, no quedan pruebas. La única evidencia se toda la apariencia de la ortodoxia sin tener idea de qué significaba
realmente lo ortodoxo. En cierto modo la visión del mundo inventada por
el Partido se imponía con excelente éxito a la gente incapaz de
comprenderla. Hacía aceptar las violaciones más flagrantes de la realidad
porque nadie comprendía del todo la enormidad de lo que se les exigía ni
se interesaba lo suficiente por los acontecimientos públicos para darse
cuenta de lo que ocurría. Por falta de comprensión, todos eran
políticamente sanos y fieles. Sencillamente, se lo tragaban todo y lo que CAPÍTULO VI
se tragaban no les sentaba mal porque no les dejaba residuos lo mismo
que un grano de trigo puede pasar, sin ser digerido y sin hacerle daño, Por fin, había ocurrido. Había llegado el esperado mensaje. Le parecía a
por el cuerpecito de un pájaro. Winston que toda su vida había estado esperando que esto sucediera.
Iba por el largo pasillo del Ministerio y casi había llegado al sitio
donde Julia le deslizó aquel día en la mano su declaración. La persona,
quien quiera que fuese, tosió ligeramente sin duda como preludio para
hablar. Winston se detuvo en seco y volvió la cara. Era O’Brien.
Por fin, se hallaban cara a cara y el único impulso que sentía Winston
era emprender la huida. El corazón le latía a toda velocidad.
No habría podido hablar en ese momento. Sin embargo, O’Brien,
poniéndole amistosamente una mano en el hombro, siguió andando junto
a él. Empezó a hablar con su característica cortesía, seria y suave, que le
diferenciaba de la mayor parte de los miembros del Partido Interior.
—He estado esperando una oportunidad de hablar contigo —le dijo
—; estuve leyendo uno de tus artículos en neolengua publicados en el
Times. Tengo entendido que te interesa, desde un punto de vista erudito,
la neolengua.
Winston había recobrado ánimos, aunque sólo en parte.
—No muy erudito —dijo—. Soy sólo un aficionado. No es mi
especialidad. Nunca he tenido que ocuparme de la estructura interna del
idioma.
—Pero lo escribes con mucha elegancia —dijo O’Brien—. Y ésta no
es sólo una opinión mía. Estuve hablando recientemente con un amigo
tuyo que es un especialista en cuestiones idiomáticas. He olvidado su
nombre ahora mismo; que lo tenía en la punta de la lengua.
Winston sintió un escalofrío. O’Brien no podía referirse más que a
Syme. Pero Syme no sólo estaba muerto, sino que había sido abolido.
Era una nopersona. Cualquier referencia identificable a aquel vaporizado
habría resultado mortalmente peligrosa. De manera que la alusión que No habían hablado más de dos minutos. Aquel breve episodio sólo
acababa de hacer O’Brien debía de significar una señal secreta. Al podía tener un significado. Era una manera de que Winston pudiera saber
compartir con él este pequeño acto de crimental, se habían convertido los la dirección de O’Brien. Aquel recurso era necesario porque a no ser
dos en cómplices. Continuaron recorriendo lentamente el corredor hasta directamente, nadie podía saber dónde vivía otra persona. No había guías
que O’Brien se detuvo. Con la tranquilizadora amabilidad que él infundía de direcciones. «Si quieres verme, ya sabes dónde estoy», era en resumen
siempre a sus gestos, aseguró bien sus gafas sobre la nariz y prosiguió: lo que O’Brien le había estado diciendo. Quizás se encontrara en el
—Lo que quise decir fue que noté en tu artículo que habías empleado diccionario algún mensaje. De todos modos lo cierto era que la
dos palabras ya anticuadas. En realidad, hace muy poco tiempo que se conspiración con que él soñaba existía efectivamente y que había entrado
han quedado anticuadas. ¿Has visto la décima edición del Diccionario de ya en contacto con ella.
Neolengua? Winston sabía que más pronto o más tarde obedecería la indicación
—No —dijo Winston—. No creía que estuviese ya publicado. de O’Brien. Quizás al día siguiente, quizás al cabo de mucho tiempo, no
Nosotros seguimos usando la novena edición en el Departamento de estaba seguro. Lo que sucedía era sólo la puesta en marcha de un proceso
Registro. que había empezado a incubarse varios años antes. El primer paso
—Bueno, la décima edición tardará varios meses en aparecer, pero ya consistió en un pensamiento involuntario y secreto; el segundo fue el
han circulado algunos ejemplares en pruebas. Yo tengo uno. Quizás te acto de abrir el Diario. Aquello había pasado de los pensamientos a las
interese verlo, ¿no? palabras, y ahora, de las palabras a la acción. El último paso tendría lugar
—Muchísimo —dijo Winston, comprendiendo inmediatamente la en el Ministerio del Amor. Pero Winston ya lo había aceptado. El final de
intención del otro. aquel asunto estaba implícito en su comienzo. De todos modos, asustaba
—Algunas de las modificaciones introducidas son muy ingeniosas. un poco; o, con más exactitud, era un pregusto de la muerte, como estar
Creo que te sorprenderá la reducción del número de verbos. Vamos a ver. ya menos vivo. Incluso mientras hablaba O’Brien y penetraba en él el
¿Será mejor que te mande un mensajero con el diccionario? Pero temo no sentido de sus palabras, le había recorrido un escalofrío. Fue como si
acordarme; siempre me pasa igual. Quizás puedas recogerlo en mi piso a avanzara hacia la humedad de una tumba y la impresión no disminuía por
una hora que te convenga. Espera. Voy a darte mi dirección. el hecho de que él hubiera sabido siempre que la tumba estaba allí
Se hallaban frente a una telepantalla. Como distraído, O’Brien se esperándole.
buscó maquinalmente en los bolsillos y por fin sacó una pequeña agenda
forrada en cuero y un lápiz tinta morado. Colocándose respecto a la
telepantalla de manera que el observador pudiera leer bien lo que
escribía, apuntó la dirección. Arrancó la hoja y se la dio a Winston.
—Suelo estar en casa por las tardes —dijo—. Si no, mi criado te dará
el diccionario.
Ya se había marchado dejando a Winston con el papel en la mano.
Esta vez no había necesidad de ocultar nada. Sin embargo, grabó en la
memoria las palabras escritas, y horas después tiró el papel en el
«agujero de la memoria» junto con otros.
Su padre había desaparecido poco antes. No podía recordar cuánto
tiempo antes, pero sí las revueltas circunstancias de aquella época, el
pánico periódico causado por las incursiones aéreas y las carreras para
refugiarse en las estaciones del Metro, los montones de escombros, las
consignas que aparecían por las esquinas en llamativos carteles, las
pandillas de jóvenes con camisas del mismo color, las enormes colas en
CAPÍTULO VII las panaderías, el intermitente crepitar de las ametralladoras a lo lejos…
y, sobre todo, el hecho de que nunca había bastante comida. Recordaba
Winston se despertó muy emocionado. Le dijo a Julia: las largas tardes pasadas con otros chicos rebuscando en las latas de la
«He soñado que…», y se detuvo porque no podía explicarlo. Era basura y en los montones de desperdicios, encontrando a veces hojas de
excesivamente complicado. No sólo se trataba del sueño, sino de unos verdura, mondaduras de patata e incluso, con mucha suerte, mendrugos
recuerdos relacionados con él que habían surgido en su mente segundos de pan, duros como piedra, que los niños sacaban cuidadosamente de
después de despertarse. entre la ceniza; y también, la paciente espera de los camiones que
Siguió tendido, con los ojos cerrados y envuelto aún en la atmósfera llevaban pienso para el ganado y que a veces dejaban caer, al saltar en un
del sueño. Era un amplio y luminoso ensueño en el que su vida entera bache, bellotas o avena.
parecía extenderse ante él como un paisaje en una tarde de verano Cuando su padre desapareció, su madre no se mostró sorprendida ni
después de la lluvia. Todo había ocurrido dentro del pisapapeles de demasiado apenada, pero se operó en ella un súbito cambio. Parecía
cristal, pero la superficie de éste era la cúpula del cielo y dentro de la haber perdido por completo los ánimos. Era evidente —incluso para un
cúpula todo estaba inundado por una luz clara y suave gracias a la cual niño como Winston— que la mujer esperaba algo que ella sabía con toda
podían verse interminables distancias. El ensueño había partido de un seguridad que ocurriría. Hacía todo lo necesario —guisaba, lavaba la
gesto hecho por su madre con el brazo y vuelto a hacer, treinta años más ropa y la remendaba, arreglaba las camas, barría el suelo, limpiaba el
tarde, por la mujer judía del noticiario cinematográfico cuando trataba de polvo—, todo ello muy despacio y evitándose todos los movimientos
proteger a su niño de las balas antes de que los autogiros los destrozaran inútiles. Su majestuoso cuerpo tenía una tendencia natural a la
a ambos. inmovilidad. Se quedaba las horas muertas casi inmóvil en la cama, con
—¿Sabes? —dijo Winston—, hasta ahora mismo he creído que había su niñita en los brazos, una criatura muy silenciosa de dos o tres años con
asesinado a mi madre. un rostro tan delgado que parecía simiesco. De vez en cuando, la madre
—¿Por qué la asesinaste? —le preguntó Julia medio dormida. cogía en brazos a Winston y le estrechaba contra ella, sin decir nada. A
—No, no la asesiné. Físicamente, no. pesar de su escasa edad y de su natural egoísmo, Winston sabía que todo
En el ensueño había recordado su última visión de la madre y, pocos esto se relacionaba con lo que había de ocurrir: aquel acontecimiento
instantes después de despertar, le había vuelto el racimo de pequeños implícito en todo y del que nadie hablaba.
acontecimientos que rodearon aquel hecho. Sin duda, había estado Recordaba la habitación donde vivían, una estancia oscura y siempre
reprimiendo deliberadamente aquel recuerdo durante muchos años. No cerrada casi totalmente ocupada por la cama. Había un hornillo de gas y
estaba seguro de la fecha, pero debió de ser hacía menos de diez años o, un estante donde ponía los alimentos. Recordaba el cuerpo estatuario de
a lo más, doce. su madre inclinado sobre el hornillo de gas moviendo algo en la sartén.
Sobre todo recordaba su continua hambre y las sórdidas y feroces
batallas a las horas de comer. Winston le preguntaba a su madre, con comprender a Winston que su hermana se moría. Salió corriendo
reproche una y otra vez, por qué no había más comida. Gritaba y la escaleras abajo con el chocolate derritiéndosele entre los dedos.
fastidiaba, descompuesto en su afán de lograr una parte mayor. Daba por Nunca volvió a ver a su madre. Después de comerse el chocolate, se
descontado que él, el varón, debía tener la ración mayor. Pero por mucho sintió algo avergonzado y corrió por las calles mucho tiempo hasta que el
que la pobre mujer le diera, él pedía invariablemente más. En cada hambre le hizo volver. Pero su madre ya no estaba allí. En aquella época,
comida la madre le suplicaba que no fuera tan egoísta y recordase que su estas desapariciones eran normales. Todo seguía igual en la habitación.
hermanita estaba enferma y necesitaba alimentarse; pero era inútil. Sólo faltaban la madre y la hermanita. Ni siquiera se había llevado el
Winston cogía pedazos de comida del plato de su hermanita y trataba de abrigo. Ni siquiera ahora estaba seguro Winston de que su madre hubiera
apoderarse de la fuente. Sabía que con su conducta condenaba al hambre muerto. Era muy posible que la hubieran mandado a un campo de
a su madre y a su hermana, pero no podía evitarlo. Incluso creía tener trabajos forzados. En cuanto a su hermana, quizás se la hubieran llevado
derecho a ello. El hambre que le torturaba parecía justificarlo. Entre —como hicieron con el mismo Winston— a una de las colonias de niños
comidas, si su madre no tenía mucho cuidado, se apoderaba de la escasa huérfanos (les llamaban Centros de Reclamación) que fueron una de las
cantidad de alimento guardado en la alacena. consecuencias de la guerra civil; o quizás la hubieran enviado con la
Un día dieron una ración de chocolate. Hacía mucho tiempo —meses madre al campo de trabajos forzados o sencillamente la habrían dejado
enteros— que no daban chocolate. Winston recordaba con toda claridad morir en cualquier rincón.
aquel cuadrito oscuro y preciadísimo. Era una tableta de dos onzas (por El ensueño seguía vivo en su mente, sobre todo el gesto protector de
entonces se hablaba todavía de onzas) que les correspondía para los tres. la madre, que parecía contener un profundo significado. Entonces
Parecía lógico que la tableta fuera dividida en tres partes iguales. De recordó otro ensueño que había tenido dos meses antes, cuando se le
pronto —en el ensueño—, como si estuviera escuchando a otra persona, había aparecido hundiéndose sin cesar en aquel barco, pero sin dejar de
Winston se oyó gritar exigiendo que le dieran todo el chocolate. Su mirarlo a él a través del agua que se oscurecía por momentos.
madre le dijo que no fuese ansioso. Discutieron mucho; hubo llantos, Le contó a Julia la historia de la desaparición de su madre. Sin abrir
lloros, reprimendas, regateos… su hermanita agarrándose a la madre con los ojos, la joven dio una vuelta en la cama y se colocó en una posición
las dos manos —exactamente como una monita— miraba a Winston con más cómoda.
ojos muy abiertos y llenos de tristeza. Al final, la madre le dio al niño las —Ya me figuro que serías un cerdito en aquel tiempo —dijo
tres cuartas partes de la tableta y a la hermanita la otra cuarta parte. La indiferente—. Todos los niños son unos cerdos.
pequeña la cogió y se puso a mirarla con indiferencia, sin saber quizás lo —Sí, pero el sentido de esa historia…
que era. Winston se la quedó mirando un momento. Luego, con un súbito Winston comprendió, por la respiración de Julia, que estaba a punto
movimiento, le arrancó a la nena el trocito de chocolate y salió huyendo. de volverse a dormir. Le habría gustado seguirle contando cosas de su
—¡Winston! ¡Winston! —le gritó su madre. Ven aquí, devuélvele a tu madre. No suponía, basándose en lo que podía recordar de ella, que
hermana el chocolate. hubiera sido una mujer extraordinaria, ni siquiera inteligente. Sin
El niño se detuvo pero no regresó a su sitio. Su madre lo miraba embargo, estaba seguro de que su madre poseía una especie de nobleza,
preocupadísima. Incluso en ese momento, pensaba en aquello, en lo que de pureza, sólo por el hecho de regirse por normas privadas. Los
había de suceder de un momento a otro y que Winston ignoraba. La sentimientos de ella eran realmente suyos y no los que el Estado le
hermanita, consciente de que le habían robado algo, rompió a llorar. Su mandaba tener. No se le habría ocurrido pensar que una acción ineficaz,
madre la abrazó con fuerza. Algo había en aquel gesto que le hizo sin consecuencias prácticas, careciera por ello de sentido. Cuando se
amaba a alguien, se le amaba por él mismo, y si no había nada más que —¿No se te ha ocurrido pensar —dijo— que lo mejor que haríamos
darle, siempre se le podía dar amor. Cuando él se había apoderado de sería marchamos de aquí antes de que sea demasiado tarde y no volver a
todo el chocolate, su madre abrazó a la niña con inmensa ternura. Aquel vernos jamás?
acto no cambiaba nada, no servía para producir más chocolate, no podía —Sí, querido, se me ha ocurrido varias veces, pero no estoy
evitar la muerte de la niña ni la de ella, pero a la madre le parecía natural dispuesta a hacerlo.
realizarlo. La mujer refugiada en aquel barco (en el noticiario) también —Hemos tenido suerte —dijo Winston—; pero esto no puede durar
había protegido al niño con sus brazos, con lo cual podía salvarlo de las mucho tiempo. Somos jóvenes. Tú pareces normal e inocente. Si te alejas
balas con la misma eficacia que si lo hubiera cubierto con un papel. Lo de la gente como yo, puedes vivir todavía cincuenta años más.
terrible era que el Partido había persuadido a la gente de que los simples —¡No! Ya he pensado en todo eso. Lo que tú hagas, eso haré yo. Y
impulsos y sentimientos de nada servían. Cuando se estaba bajo las no te desanimes tanto. Yo sé arreglármelas para seguir viviendo.
garras del Partido, nada importaba lo que se sintiera o se dejara de sentir, —Quizás podamos seguir juntos otros seis meses, un año… no se
lo que se hiciera o se dejara de hacer. Cuanto le sucedía a uno se sabe. Pero al final es seguro que tendremos que separarnos. ¿Te das
desvanecía y ni usted ni sus acciones volvían a figurar para nada. Le cuenta de lo solos que nos encontraremos? Cuando nos hayan cogido, no
apartaban a usted, con toda limpieza, del curso de la historia. Sin habrá nada, lo que se dice nada, que podamos hacer el uno por el otro. Si
embargo, hacía sólo dos generaciones, se dejaban gobernar por confieso, te fusilarán, y si me niego a confesar, te fusilarán también.
sentimientos privados que nadie ponía en duda. Lo que importaba eran Nada de lo que yo pueda hacer o decir, o dejar de decir y hacer, serviría
las relaciones humanas, y un gesto completamente inútil, un abrazo, una para aplazar tu muerte ni cinco minutos. Ninguno de nosotros dos sabrá
lágrima, una palabra cariñosa dirigida a un moribundo, poseían un valor siquiera si el otro vive o ha muerto. Sería inútil intentar nada. Lo único
en sí. De pronto pensó Winston que los proles seguían con sus importante es que no nos traicionemos, aunque por ello no iban a variar
sentimientos y emociones. No eran leales a un Partido, a un país ni a un las cosas.
ideal, sino que se guardaban mutua lealtad unos a otros. Por primera vez —Si quieren que confesemos —replicó Julia— lo haremos. Todos
en su vida, Winston no despreció a los proles ni los creyó sólo una fuerza confiesan siempre. Es imposible evitarlo. Te torturan.
inerte. Algún día muy remoto recobrarían sus fuerzas y se lanzarían a la —No me refiero a la confesión. Confesar no es traicionar. No
regeneración del mundo. Los proles continuaban siendo humanos. No se importa lo que digas o hagas, sino los sentimientos. Si pueden obligarme
habían endurecido por dentro. Se habían atenido a las emociones a dejarte de amar… esa sería la verdadera traición.
primitivas que él, Winston, tenía que aprender de nuevo por un esfuerzo Julia reflexionó sobre ello.
consciente. Y al pensar esto, recordó que unas semanas antes había visto —A eso no pueden obligarte —dijo al cabo de un rato—. Es lo único
sobre el pavimento una mano arrancada en un bombardeo y que la había que no pueden hacer. Pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay
apartado con el pie tirándola a la alcantarilla como si fuera un inservible manera de que te lo hagan creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca.
troncho de lechuga. —Eso es verdad —dijo Winston con un poco más de esperanza—.
—Los proles son seres humanos —dijo en voz alta—. Nosotros, en No pueden penetrar en nuestra alma. Si podemos sentir que merece la
cambio, no somos humanos. pena seguir siendo humanos, aunque esto no tenga ningún resultado
—¿Por qué? —dijo Julia, que había vuelto a despertarse. positivo, los habremos derrotado.
Winston reflexionó un momento. Y pensó en la telepantalla, que nunca dormía, que nunca se distraía ni
dejaba de oír. Podían espiarle a uno día y noche, pero no perdiendo la
cabeza era posible burlarlos. Con toda su habilidad, nunca habían
logrado encontrar el procedimiento de saber lo que pensaba otro ser
humano. Quizás esto fuera menos cierto cuando le tenían a uno en sus
manos. No se sabía lo que pasaba dentro del Ministerio del Amor, pero
era fácil figurárselo: torturas, drogas, delicados instrumentos que
registraban las reacciones nerviosas, agotamiento progresivo por la falta
de sueño, por la soledad y los interrogatorios implacables y persistentes. CAPÍTULO VIII
Los hechos no podían ser ocultados, se los exprimían a uno con la tortura
o les seguían la pista con los interrogatorios. Pero si la finalidad que uno Lo habían hecho, por fin lo habían hecho.
se proponía no era salvar la vida sino haber sido humanos hasta el final, La habitación donde estaban era alargada y de suave iluminación. La
¿qué importaba todo aquello? Los sentimientos no podían cambiarlos; es telepantalla había sido amortiguada hasta producir sólo un leve
más, ni uno mismo podría suprimirlos. Sin duda, podrían saber hasta el murmullo. La riqueza de la alfombra azul oscuro daba la impresión de
más pequeño detalle de todo lo que uno hubiera hecho, dicho o pensado; andar sobre el terciopelo. En un extremo de la habitación estaba sentado
pero el fondo del corazón, cuyo contenido era un misterio incluso para su O’Brien ante una mesa, bajo una lámpara de pantalla verde, con un
dueño, se mantendría siempre inexpugnable. montón de papeles a cada lado. No se molestó en levantar la cabeza
cuando el criado hizo pasar a Julia y Winston.
El corazón de Winston latía tan fuerte que dudaba de poder hablar.
Lo habían hecho; por fin lo habían hecho… Esto era lo único que
Winston podía pensar. Había sido un acto de inmensa audacia entrar en
este despacho, y una locura inconcebible venir juntos; aunque realmente
habían llegado por caminos diferentes y sólo se reunieron a la puerta de
O’Brien. Pero sólo el hecho de traspasar aquel umbral requería un gran
esfuerzo nervioso. En muy raras ocasiones se podía penetrar en las
residencias del Partido Interior, ni siquiera en el barrio donde tenían sus
domicilios. La atmósfera del inmenso bloque de casas, la riqueza de
amplitud de todo lo que allí había, los olores —tan poco familiares— a
buena comida y a excelente tabaco, los ascensores silenciosos e
increíblemente rápidos, los criados con chaqueta blanca apresurándose
de un lado a otro… todo ello era intimidante. Aunque tenía un buen
pretexto para ir allí, temblaba a cada paso por miedo a que surgiera de
algún rincón un guardia uniformado de negro, le pidiera sus documentos
y le mandara salir. Sin embargo, el criado de O’Brien los había hecho
entrar a los dos sin demora. Era un hombre sencillo, de pelo negro y
chaqueta blanca con un rostro inexpresivo y achinado. El corredor por el
que los había conducido, estaba muy bien alfombrado y las paredes
cubiertas con papel crema de absoluta limpieza. Winston no recordaba telepantalla, la habitación parecía mortalmente silenciosa. Los segundos
haber visto ningún pasillo cuyas paredes no estuvieran manchadas por el transcurrían enormes. Winston dificultosamente conseguía mantener su
contacto de cuerpos humanos. mirada fija en los ojos de O’Brien. Luego, de pronto, el sombrío rostro se
O’Brien tenía un pedazo de papel entre los dedos y parecía estarlo iluminó con el inicio de una sonrisa. Con su gesto característico, O’Brien
estudiando atentamente. Su pesado rostro inclinado tenía un aspecto se aseguró las gafas sobre la nariz.
formidable e inteligente a la vez. Se estuvo unos veinte segundos —¿Lo digo yo o lo dices tú? —preguntó O’Brien.
inmóvil. Luego se acercó el hablescribe y dictó un mensaje en la híbrida —Lo diré yo —respondió Winston al instante—. ¿Está eso
jerga de los ministerios. completamente cerrado?
«Ref 1 coma 5 coma 7 aprobado excelente. Sugerencia contenida doc —Sí, no funciona ningún aparato en esta habitación. Estamos solos.
6 doblemás ridículo rozando crimental destruir. No conviene construir —Pues vinimos aquí porque…
antes conseguir completa información maquinaria puntofinal mensaje». Se interrumpió dándose cuenta por primera vez de la vaguedad de sus
Se levantó de la silla y se acercó a ellos cruzando parte de la propósitos. No sabía exactamente qué clase de ayuda esperaba de
silenciosa alfombra. Algo del ambiente oficial parecía haberse O’Brien. Prosiguió, consciente de que sus palabras sonaban vacilantes y
desprendido de él al terminar con las palabras de neolengua, pero su presuntuosas:
expresión era más severa que de costumbre, como si no le agradara ser —Creemos que existe un movimiento clandestino, una especie de
interrumpido. El terror que ya sentía Winston se vio aumentado por el organización secreta que actúa contra el Partido y que tú estás metido en
azoramiento corriente que se experimenta al serle molesto a alguien. esto. Queremos formar parte de esta organización y trabajar en lo que
Creía haber cometido una estúpida equivocación. Pues ¿qué prueba tenía podamos. Somos enemigos del Partido. No creemos en los principios de
él de que O’Brien fuera un conspirador político? Sólo un destello de sus Ingsoc. Somos criminales del pensamiento. Además, somos adúlteros. Te
ojos y una observación equívoca. Aparte de eso, todo eran figuraciones digo todo esto porque deseamos ponernos a tu merced. Si quieres que
suyas fundadas en un ensueño. Ni siquiera podía fingir que habían nos acusemos de cualquier otra cosa, estamos dispuestos a hacerlo.
venido solamente a recoger el diccionario porque en tal caso no podría Winston dejó de hablar al darse cuenta de que la puerta se había
explicar la presencia de Julia. Al pasar O’Brien frente a la telepantalla, abierto. Miró por encima de su hombro. Era el criado de cara amarillenta,
pareció acordarse de algo. Se detuvo, volvióse y giró una llave que había que había entrado sin llamar. Traía una bandeja con una botella y vasos.
en la pared. Se oyó un chasquido. La voz se había callado de golpe. —Martín es uno de los nuestros —dijo O’Brien impasible—. Pon
Julia lanzó una pequeña exclamación, un apagado grito de sorpresa. aquí las bebidas, Martín. Sí, en la mesa redonda. ¿Tenemos bastantes
En medio de su pánico, a Winston le causó aquello una impresión tan sillas? Sentémonos para hablar cómodamente. Siéntate tú también,
fuerte que no pudo evitar estas palabras: Martín. Ahora puedes dejar de ser criado durante diez minutos.
—¿Puedes cerrarlo? El hombrecillo se sentó a sus anchas, pero sin abandonar el aire
—Sí —dijo O’Brien—, podemos cerrarlos. Tenemos ese privilegio. servil. Parecía un lacayo al que le han concedido el privilegio de sentarse
Estaba sentado frente a ellos. Su maciza figura los dominaba y la con sus amos. Winston lo miraba con el rabillo del ojo. Le admiraba que
expresión de su cara continuaba indescifrable. Esperaba a que Winston aquel hombre se pasara la vida representando un papel y que le pareciera
hablase; pero ¿sobre qué? Incluso ahora podía concebirse perfectamente peligroso prescindir de su fingida personalidad aunque fuera por unos
que no fuese más que un hombre ocupado preguntándose con irritación momentos. O’Brien tomó la botella por el cuello y llenó los vasos de un
por qué lo habían interrumpido. Nadie hablaba. Después de cerrar la líquido rojo oscuro. A Winston le recordó algo que desde hacía muchos
años no bebía, un anuncio luminoso que representaba una botella que se hablar a la vez por sí y por ella. Empezó pestañeando un momento y
movía sola y llenaba un vaso incontables veces. Visto desde arriba, el luego inició sus preguntas con voz baja e inexpresivo, como si se tratara
líquido parecía casi negro, pero la botella, de buen cristal, tenía un color de una rutina, una especie de catecismo, la mayoría de cuyas respuestas
rubí. Su sabor era agridulce. Vio que Julia cogía su vaso y lo olía con le fueran ya conocidas.
gran curiosidad. —¿Estáis dispuestos a dar vuestras vidas?
—Se llama vino —dijo O’Brien con una débil sonrisa—. —Sí.
Seguramente, ustedes lo habrán oído citar en los libros. Creo que a los —¿Estáis dispuestos a cometer asesinatos?
miembros del Partido Exterior no les llega. —Su cara volvió a —Sí.
ensombrecerse y levantó el vaso—. Creo que debemos empezar —¿A cometer actos de sabotaje que pueden causar la muerte de
brindando por nuestro jefe: por Emmanuel Goldstein. centenares de personas inocentes?
Winston cogió su vaso titubeando. Había leído referencias del vino y —Sí.
había soñado con él. Como el pisapapeles de cristal o las canciones del —¿Vender a vuestro país a las potencias extranjeras?
señor Charrington, pertenecía al romántico y desaparecido pasado, la —Sí.
época en que él se recreaba en sus secretas meditaciones. No sabía por —¿Estáis dispuestos a hacer trampas, a falsificar, a hacer chantaje, a
qué, siempre había creído que el vino tenía un sabor intensamente dulce, corromper a los niños, a distribuir drogas, a fomentar la prostitución, a
como de mermelada y un efecto intoxicante inmediato. Pero al beberlo extender enfermedades venéreas… a hacer todo lo que pueda causar
ahora por primera vez, le decepcionó. La verdad era que después de desmoralización y debilitar el poder del Partido?
tantos años de beber ginebra aquello le parecía insípido. Volvió a dejar el —Sí.
vaso vacío sobre la mesa. —Si, por ejemplo, sirviera de algún modo a nuestros intereses arrojar
—Entonces, ¿existe de verdad ese Goldstein? —preguntó. ácido sulfúrico a la cara de un niño, ¿estaríais dispuestos a hacerlo?
—Sí, esa persona no es ninguna fantasía, y vive. Dónde, no lo sé. —Sí.
—Y la conspiración…, la organización, ¿es auténtica?, ¿no es sólo un —¿Estáis dispuestos a perder vuestra identidad y a vivir el resto de
invento de la Policía del Pensamiento? vuestras vidas como camareros, cargadores de puerto, etc.?
—No, es una realidad. La llamamos la Hermandad. Nunca se sabe de —Sí.
la Hermandad, sino que existe y que uno pertenece a ella. En seguida —¿Estáis dispuestos a suicidaros si os lo ordenamos y en el momento
volveré a hablarte de eso. —Miró el reloj de pulsera—. Ni siquiera los en que lo ordenásemos?
miembros del Partido Interior deben mantener cerrada la telepantalla más —Sí.
de media hora. No debíais haber venido aquí juntos; tendréis que —¿Estáis dispuestos, los dos, a separaros y no volveros a ver nunca?
marcharos por separado. Tú, camarada —le dijo a Julia—, te marcharás —No —interrumpió Julia.
primero. Disponemos de unos veinte minutos. Comprenderéis que debo A Winston le pareció que había pasado muchísimo tiempo antes de
empezar por haceros algunas preguntas. En términos generales, ¿qué contestar. Durante algunos momentos creyó haber perdido el habla. Se le
estáis dispuestos a hacer? movía la lengua sin emitir sonidos, formando las primeras sílabas de una
—Todo aquello de que seamos capaces —dijo Winston. palabra y luego de otra. Hasta que lo dijo, no sabía qué palabra iba a
O’Brien había ladeado un poco su silla hacia Winston de manera que decir:
casi le volvía la espalda a Julia, dando por cierto que, Winston podía —No —dijo por fin.
—Hacéis bien en decírmelo —repuso O’Brien—. Es necesario que lo qué. Más adelante os mandaré un libro que os aclarará la verdadera
conozcamos todo. naturaleza de la sociedad en que vivimos y la estrategia que hemos de
Se volvió hacia Julia y añadió con una voz algo más animada: emplear para destruirla. Cuando hayáis leído el libro, seréis plenamente
—¿Te das cuenta de que, aunque él sobreviviera, sería una persona miembros de la Hermandad. Pero entre los fines generales por los que
diferente? Podríamos vernos obligados a darle una nueva identidad. Le luchamos y las tareas inmediatas de cada momento habrá un vacío para
cambiaríamos la cara, los movimientos, la forma de sus manos, el color vosotros sobre el que nada sabréis. Os digo que la Hermandad existe,
del pelo… hasta la voz, y tú también podrías convertirte en una persona pero no puedo deciros si la constituyen un centenar de miembros o diez
distinta. Nuestros cirujanos transforman a las personas de manera que es millones. Por vosotros mismos no llegaréis a saber nunca si hay una
imposible reconocerlas. A veces, es necesario. En ciertos casos, docena de afiliados. Tendréis sólo tres o cuatro personas en contacto con
amputamos algún miembro. vosotros que se renovarán de vez en cuando a medida que vayan
Winston no pudo evitar otra mirada de soslayo a la cara mongólica de desapareciendo. Como yo he sido el primero en entrar en contacto con
Martín. No se le notaban cicatrices. Julia estaba algo más pálida y le vosotros, seguiremos manteniendo la comunicación. Cuando recibáis
resaltaban las pecas, pero miró a O’Brien con valentía. Murmuró algo órdenes, procederán de mí. Si creemos necesario comunicaras algo, lo
que parecía conformidad. haremos por medio de Martín. Cuando, finalmente, os cojan, confesaréis.
—Bueno. Entonces ya está todo arreglado —dijo O’Brien. Esto es inevitable. Pero tendréis muy poco que confesar aparte de vuestra
Sobre la mesa había una caja de plata con cigarrillos. Con aire propia actuación. No podéis traicionar más que a unas cuantas personas
distraído, O’Brien la fue acercando a los otros. Tomó él un cigarrillo, se sin importancia. Quizá ni siquiera os sea posible delatarme. Por entonces,
levantó y empezó a pasear por la habitación como si de este modo quizá yo haya muerto o seré ya una persona diferente con una cara
pudiera pensar mejor. Eran cigarrillos muy buenos; no se les caía el distinta.
tabaco y el papel era sedoso. O’Brien volvió a mirar su reloj de pulsera. Siguió paseando sobre la suave alfombra. A pesar de su corpulencia,
—Vuelve a tu servicio, Martín —dijo—. Volveré a poner en marcha tenía una notable gracia de movimientos. Gracia que aparecía incluso en
la telepantalla dentro de un cuarto de hora. Fíjate bien en las caras de el gesto de meterse la mano en el bolsillo o de manejar el cigarrillo. Más
estos camaradas antes de salir. Es posible que los vuelvas a ver. Yo quizá que de fuerza daba una impresión de confianza y de comprensión irónica.
no. Aunque hablara en serio, nada tenía de la rigidez del fanático. Cuando
Exactamente como habían hecho al entrar, los ojos oscuros del hablaba de asesinatos, suicidio, enfermedades venéreas, miembros
hombrecillo recorrieron rápidos los rostros de Julia y Winston. No había amputados o caras cambiadas, lo hacía en tono de broma. «Esto es
en su actitud la menor afabilidad. Estaba registrando unas facciones, inevitable» —parecía decir su voz—; «esto es lo que hemos de hacer
grabándoselas, pero no sentía el menor interés por ellos o parecía no queramos o no. Pero ya no tendremos que hacerlo cuando la vida vuelva
sentirlo. Se le ocurrió a Winston que quizás un rostro transformado no a ser digna de ser vivida». Una oleada de admiración, casi de adoración,
fuera capaz de variar de expresión. Sin hablar ni una palabra ni hacer el iba de Winston a O’Brien. Casi había olvidado la sombría figura de
menor gesto de despedida, salió Martín, cerrando silenciosamente la Goldstein. Contemplando las vigorosas espaldas de O’Brien y su rostro
puerta tras él. O’Brien seguía paseando por la estancia con una mano en enérgicamente tallado, tan feo y a la vez tan civilizado, era imposible
el bolsillo de su «mono» negro y en la otra el cigarrillo. creer en la derrota, en que él fuera vencido. No se concebía una
—Ya comprenderéis —dijo— que tendréis que luchar a oscuras. estratagema, un peligro a que él no pudiera hacer frente. Hasta Julia
Siempre a oscuras. Recibiréis órdenes y las obedeceréis sin saber por
parecía impresionada. Había dejado quemarse solo su cigarrillo y —Ya es casi la hora de que te vayas, camarada —le dijo a Julia—.
escuchaba con intensa atención. O’Brien prosiguió: Espera. La botella está todavía por la mitad.
—Habréis oído rumores sobre la existencia de la Hermandad. Llenó los vasos y levantó el suyo.
Supongo que la habréis imaginado a vuestra manera. Seguramente —¿Por qué brindaremos esta vez? —dijo, sin perder su tono irónico
creeréis que se trata de un mundo subterráneo de conspiradores que se —. ¿Por el despiste de la Policía del Pensamiento? ¿Por la muerte del
reúnen en sótanos, que escriben mensajes sobre los muros y se reconocen Gran Hermano? ¿Por la humanidad? ¿Por el futuro?
unos a otros por señales secretas, palabras misteriosas o movimientos —Por el pasado —dijo Winston.
especiales de las manos. Nada de eso. Los miembros de la Hermandad no —Sí, el pasado es más importante —concedió O’Brien seriamente.
tienen modo alguno de reconocerse entre ellos y es imposible que Vaciaron los vasos y un momento después se levantó Julia para
ninguno de los miembros llegue a individualizar sino a muy contados de marcharse. O’Brien cogió una cajita que estaba sobre un pequeño
sus afiliados. El propio Goldstein, si cayera en manos de la Policía del armario y le dio a la joven una tableta delgada y blanca para que se la
Pensamiento, no podría dar una lista completa de los afiliados ni colocara en la lengua. Era muy importante no salir oliendo a vino; los
información alguna que les sirviera para hacer el servicio. En realidad, encargados del ascensor eran muy observadores. En cuanto Julia cerró la
no hay tal lista. La Hermandad no puede ser barrida porque no es una puerta, O’Brien pareció olvidarse de su existencia. Dio unos cuantos
organización en el sentido corriente de la palabra. Nada mantiene su pasos más y se paró.
cohesión a no ser la idea de que es indestructible. No tendréis nada en —Hay que arreglar todavía unos cuantos detalles —dijo—. Supongo
que apoyaros aparte de esa idea. No encontraréis camaradería ni que tendrás algún escondite.
estímulo. Cuando finalmente seáis detenidos por la Policía, nadie os Winston le explicó lo de la habitación sobre la tienda del señor
ayudará. Nunca ayudamos a nuestros afiliados. Todo lo más, cuando es Charrington.
absolutamente necesario que alguien calle, introducimos —Por ahora, basta con eso. Más tarde te buscaremos otra cosa. Hay
clandestinamente una hoja de afeitar en la celda del compañero detenido. que cambiar de escondite con frecuencia. Mientras tanto, te enviaré una
Es la única ayuda que a veces prestamos. Debéis acostumbraros a la idea copia del libro. —Winston observó que hasta O’Brien parecía pronunciar
de vivir sin esperanza. Trabajaréis algún tiempo, os detendrán, esa palabra en cursiva—. Ya supondrás que me refiero al libro de
confesaréis y luego os matarán. Esos serán los únicos resultados que Goldstein. Te lo mandaré lo más pronto posible. Quizá tarde algunos días
podréis ver. No hay posibilidad de que se produzca ningún cambio en lograr el ejemplar. Comprenderás que circulan muy pocos. La Policía
perceptible durante vuestras vidas. Nosotros somos los muertos. Nuestra del Pensamiento los descubre y destruye casi con la misma rapidez que
única vida verdadera está en el futuro. Tomaremos parte en él como los imprimimos nosotros. Pero da lo mismo. Ese libro es indestructible.
puñados de polvo y astillas de hueso. Pero no se sabe si este futuro está Si el último ejemplar desapareciera, podríamos reproducirlo de memoria.
más o menos lejos. Quizá tarde mil años. Por ahora lo único posible es ir ¿Sueles llevar una cartera a la oficina? —añadió.
extendiendo el área de la cordura poco a poco. No podemos actuar —Sí. Casi siempre.
colectivamente. Sólo podemos difundir nuestro conocimiento de —¿Cómo es?
individuo en individuo, de generación en generación. Ante la Policía del —Negra, muy usada. Con dos correas.
Pensamiento no hay otro medio. —Negra, dos correas, muy usada… Bien. Algún día de éstos, no
Se detuvo y miró por tercera vez su reloj. puedo darte una fecha exacta, uno de los mensajes que te lleguen en tu
trabajo de la mañana contendrá una errata y tendrás que pedir que te lo
repitan. Al día siguiente irás al trabajo sin la cartera. A cierta hora del día, puesta en la llave que controlaba la telepantalla. Más allá veía Winston la
en la calle, se te acercará un hombre y te tocará en el brazo, diciéndote: mesa despacho con su lámpara de pantalla verde, el hablescribe y las
«Creo que se te ha caído esta cartera». La que te dé contendrá un bandejas de alambre cargadas de papeles. El incidente había terminado.
ejemplar del libro de Goldstein. Tienes que devolverlo a los catorce días Dentro de treinta segundos —pensó Winston— reanudaría O’Brien su
o antes por el mismo procedimiento. interrumpido e importante trabajo al servicio del Partido.
Estuvieron callados un momento.
—Falta un par de minutos para que tengas que irte —dijo O’Brien—.
Quizá volvamos a encontrarnos, aunque es muy poco probable, y
entonces nos veremos en…
Winston lo miró fijamente.
—¿En el sitio donde no hay oscuridad? —dijo vacilando.
O’Brien asintió con la cabeza, sin dar señales de extrañeza:
—En el sitio donde no hay oscuridad —repitió como si hubiera
recogido la alusión—. Y mientras tanto, ¿hay algo que quieras decirme
antes de salir de aquí? ¿Alguna pregunta?
Winston pensó unos instantes. No creía tener nada más que
preguntar. En vez de cosas relacionadas con O’Brien o la Hermandad, le
acudía a la mente una imagen superpuesta de la oscura habitación donde
su madre había pasado los últimos días y el dormitorio en casa del señor
Charrington, el pisapapeles de cristal y el grabado con su marco de palo
rosa. Entonces dijo:
—Oíste alguna vez una vieja canción que empieza: Naranjas y
limones, dicen las campanas de San Clemente.
O’Brien, muy serio, continuó la canción:

Me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín.


¿Cuándo me pagarás?, dicen las campanas de Old Bailey.
Cuando me haga rico, dicen las campanas de Shoreditch.

—¡¡Sabías el último verso!! —dijo Winston.


—Sí, lo sé, y ahora creo que es hora de que te vayas. Pero, espera,
toma antes una de estas tabletas. O’Brien, después de darle la tableta, le
estrechó la mano con tanta fuerza que los huesos de Winston casi
crujieron. Winston se volvió al llegar a la puerta, pero ya O’Brien
empezaba a eliminarlo de sus pensamientos. Esperaba con la mano
ese momento precisamente se había anunciado que Oceanía no estaba en
guerra con Eurasia. Oceanía luchaba ahora contra Asia Oriental. Eurasia
era aliada.
Desde luego, no se reconoció que se hubiera producido ningún
engaño. Sencillamente, se hizo saber del modo más repentino y en todas
partes al mismo tiempo que el enemigo no era Eurasia, sino Asia
CAPÍTULO IX Oriental. Winston tomaba parte en una manifestación que se celebraba en
una de las plazas centrales de Londres en el momento del cambiazo. Era
Winston se encontraba cansadísimo, tan cansado que le parecía estarse de noche y todo estaba cegadoramente iluminado con focos. En la plaza
convirtiendo en gelatina. Pensó que su cuerpo no sólo tenía la flojedad de había varios millares de personas, incluyendo mil niños de las escuelas
la gelatina, sino su transparencia. Era como si al levantar la mano fuera a con el uniforme de los Espías. En una plataforma forrada de trapos rojos,
ver la luz a través de ella. Trabajaba tanto que sólo le quedaba una frágil un orador del Partido Interior, un hombre delgaducho y bajito con unos
estructura de nervios, huesos y piel. Todas las sensaciones le parecían brazos desproporcionadamente largos y un cráneo grande y calvo con
ampliadas. Su «mono» le estaba ancho, el suelo le hacía cosquillas en los unos cuantos mechones sueltos atravesados sobre él, arengaba a la
pies y hasta el simple movimiento de abrir y cerrar la mano constituía multitud. La pequeña figura, retorcida de odio, se agarraba al micrófono
para él un esfuerzo que le hacía sonar los huesos. con una mano mientras que con la otra, enorme, al final de un brazo
Había trabajado más de noventa horas en cinco días, lo mismo que huesudo, daba zarpazos amenazadores por encima de su cabeza. Su voz,
todos los funcionarios del Ministerio. Ahora había terminado todo y nada que los altavoces hacían metálica, soltaba una interminable sarta de
tenía que hacer hasta el día siguiente por la mañana. Podía pasar seis atrocidades, matanzas en masa, deportaciones, saqueos, violaciones,
horas en su refugio y otras nueve en su cama. Bajo el tibio sol de la tarde torturas de prisioneros, bombardeos de poblaciones civiles, agresiones
se dirigió despacio en dirección a la tienda del señor Charrington, sin injustas, propaganda mentirosa y tratados incumplidos. Era casi
perder de vista las patrullas, pero convencido, irracionalmente, de que imposible escucharle sin convencerse primero y luego volverse loco. A
aquella tarde no se cernía sobre él ningún peligro. La pesada cartera que cada momento, la furia de la multitud hervía inconteniblemente y la voz
llevaba le golpeaba la rodilla a cada paso. Dentro llevaba el libro, que del orador era ahogada por una salvaje y bestial gritería que brotaba
tenía ya desde seis días antes pero que aún no había abierto. Ni siquiera incontrolablemente de millares de gargantas. Los chillidos más salvajes
lo había mirado. eran los de los niños de las escuelas. El discurso duraba ya unos veinte
En el sexto día de la Semana del Odio, después de los desfiles, minutos cuando un mensajero subió apresuradamente a la plataforma y le
discursos, gritos, cánticos, banderas, películas, figuras de cera, estruendo entregó a aquel hombre un papelito. Él lo desenrolló y lo leyó sin dejar
de trompetas y tambores, arrastrar de pies cansados, rechinar de tanques, de hablar. Nada se alteró en su voz ni en su gesto, ni siquiera en el
zumbido de las escuadrillas aéreas, salvas de cañonazos…, después de contenido de lo que decía. Pero, de pronto, los nombres eran diferentes.
seis días de todo esto, cuando el gran orgasmo político llegaba a su punto Sin necesidad de comunicárselo por palabras, una oleada de comprensión
culminante y el odio general contra Eurasia era ya un delirio tan agitó a la multitud. ¡Oceanía estaba en guerra con Asia Oriental! Pero,
exacerbado que si la multitud hubiera podido apoderarse de los dos mil inmediatamente, se produjo una tremenda conmoción. Las banderas, los
prisioneros de guerra eurasiáticos que habían sido ahorcados carteles que decoraban la plaza estaban todos equivocados. Aquellos no
públicamente el último día de los festejos, los habría despedazado…, en eran los rostros del enemigo. ¡Sabotaje! ¡Los agentes de Goldstein eran
los culpables! Hubo una fenomenal algarabía mientras todos se componían de sandwiches y café de la Victoria —traído en carritos por
dedicaban a arrancar carteles y a romper banderas, pisoteando luego los los camareros de la cantina—. Cada vez que Winston interrumpía el
trozos de papel y cartón roto. Los Espías realizaron prodigios de trabajo para uno de sus dos descansos diarios, procuraba dejarlo todo
actividad subiéndose a los tejados para cortar las bandas de tela pintada terminado y que en su mesa no quedaran papeles. Pero cuando volvía al
que cruzaban la calle. Pero a los dos o tres minutos se había terminado cabo de tres horas, con el cuerpo dolorido y los ojos hinchados, se
todo. El orador, que no había soltado el micrófono, seguía vociferando y encontraba con que otra lluvia de cilindros de papel le había cubierto la
dando zarpazos al aire. Al minuto siguiente, la masa volvía a gritar su mesa como una nevada, casi enterrando el hablescribe y esparciéndose
odio exactamente como antes. Sólo que el objetivo había cambiado. por el suelo, de modo que su primer trabajo consistía en ordenar todo
Lo que más le impresionó a Winston fue que el orador dio el aquello para tener sitio donde moverse. Lo peor de todo era que no se
cambiazo exactamente a la mitad de una frase, no sólo sin detenerse, sino trataba de un trabajo mecánico. A veces bastaba con sustituir un nombre
sin cambiar siquiera la construcción de la frase. Pero en aquellos por otro, pero los informes detallados de acontecimientos exigían mucho
momentos tenía Winston otras cosas de qué preocuparse. Fue entonces, cuidado e imaginación.
en medio de la gran algarabía, cuando se le acercó un desconocido y, Incluso los conocimientos geográficos necesarios para trasladar la
dándole un golpecito en un hombro, le dijo: «Perdone, creo que se le ha guerra de una parte del mundo a otra eran considerables.
caído a usted esta cartera». Winston tomó la cartera sin hablar, como Al tercer día le dolían los ojos insoportablemente y tenía que
abstraído. Sabía que iban a pasar varios días sin que pudiera abrirla. En limpiarse las gafas cada cinco minutos. Era como luchar contra alguna
cuanto terminó la manifestación, se fue directamente al Ministerio de la tarea física aplastante, algo que uno tenía derecho a negarse a realizar y
Verdad, aunque eran ya las veintitrés. Lo mismo hizo todo el personal del que sin embargo se hacía por una impaciencia neurótica de verlo
Ministerio. En verdad, las órdenes que repetían continuamente las terminado. Es curioso que no le preocupara el hecho de que todas las
telepantallas ordenándoles reintegrarse a sus puestos apenas eran palabras que iba murmurando en el hablescribe, así como cada línea
necesarias. Todos sabían lo que les tocaba hacer en tales casos. escrita con su lápiz-pluma, era una mentira deliberada. Lo único que le
Oceanía estaba en guerra con Asia Oriental; Oceanía había estado angustiaba era el temor de que la falsificación no fuera perfecta, y esto
siempre en guerra con Asia Oriental. Una gran parte de la literatura mismo les ocurría a todos sus compañeros. En la mañana del sexto día el
política de aquellos cinco años quedaba anticuada, absolutamente aluvión de cilindros de papel fue disminuyendo. Pasó media hora sin que
inservible. Documentos e informes de todas clases, periódicos, libros, saliera ninguno por el tubo; luego salió otro rollo y después nada
folletos de propaganda, películas, bandas sonoras, fotografías… todo ello absolutamente. Por todas partes ocurría igual. Un hondo y secreto
tenía que ser rectificado a la velocidad del rayo. Aunque nunca se daban suspiro recorrió el Ministerio. Se acababa de realizar una hazaña que
órdenes en estos casos, se sabía que los jefes de departamento deseaban nadie podría mencionar nunca. Era imposible ya que ningún ser humano
que dentro de una semana no quedara en toda Oceanía ni una sola pudiera probar documentalmente que la guerra con Eurasia había
referencia a la guerra con Eurasia ni a la alianza con Asia Oriental. El sucedido. Inesperadamente, se anunció que todos los trabajadores del
trabajo que esto suponía era aplastante. Sobre todo porque las Ministerio estaban libres hasta el día siguiente por la mañana. Era
operaciones necesarias para realizarlo no se llamaban por sus nombres mediodía. Winston, que llevaba todavía la cartera con el libro, la cual
verdaderos. En el Departamento de Registro todos trabajaban dieciocho había permanecido entre sus pies —mientras trabajaba— y debajo de su
horas de las veinticuatro con dos turnos de tres horas cada uno para cuerpo mientras dormía. Se fue a casa, se afeitó y casi se quedó dormido
dormir. Bajaron colchones y los pusieron por los pasillos. Las comidas se en el baño, aunque el agua estaba casi fría.
Luego, con una sensación voluptuosa, subió las escaleras de la tienda sin telepantalla, sin nadie que escuchara por la cerradura, sin sentir el
del señor Charrington. Por supuesto, estaba cansadísimo, pero se la había impulso nervioso de mirar por encima del hombro o de cubrir la página
pasado el sueño. Abrió la ventana, encendió la pequeña y sucia estufa y con la mano. Un airecillo suave le acariciaba la mejilla. De lejos venían
puso a calentar un cazo con agua. Julia llegaría en seguida. Mientras la los gritos de los niños que jugaban. En la habitación misma no había más
esperaba, tenía el libro. Sentóse en la desvencijada butaca y desprendió sonido que el débil tic-tac del reloj, un ruido como de insecto. Se
las correas de la cartera. arrellanó más cómodamente en la butaca y puso los pies en los hierros de
Era un pesado volumen negro, encuadernado por algún aficionado y la chimenea. Aquello era una bendición, era la eternidad. De pronto,
en cuya cubierta no había nombre ni título alguno. La impresión también como suele hacerse cuando sabemos que un libro será leído y releído por
era algo irregular. Las páginas estaban muy gastadas por los bordes y el nosotros, sintió el deseo de «calarlo» primero. Así, lo abrió por un sitio
libro se abría con mucha facilidad, como si hubiera pasado por muchas distinto y se encontró en el capítulo III. Siguió leyendo:
manos. La inscripción de la portada decía:
CAPÍTULO III
TEORÍA Y PRÁCTICA DEL COLECTIVISMO La guerra es la paz
OLIGARQUICO La desintegración del mundo en tres grandes superestados fue un
por acontecimiento que pudo haber sido previsto —y que en realidad lo fue
EMMANUEL GOLDSTEIN antes de mediar el siglo XX. Al ser absorbida Europa por Rusia y el
Imperio Británico por los Estados Unidos, habían nacido ya en esencia
Winston empezó a leer: dos de los tres poderes ahora existentes, Eurasia y Oceanía. El tercero,
Asia Oriental, sólo surgió como unidad aparte después de otra década de
CAPÍTULO PRIMERO confusa lucha. Las fronteras entre los tres superestados son arbitrarias en
La ignorancia es la fuerza algunas zonas y en otras fluctúan según los altibajos de la guerra, pero en
Durante todo el tiempo de que se tiene noticia —probablemente desde general se atienen a líneas geográficas. Eurasia comprende toda la parte
fines del periodo neolítico— ha habido en el mundo tres clases de norte de la masa terrestre europea y asiática, desde Portugal hasta el
personas: los Altos, los Medianos y los Bajos. Se han subdividido de Estrecho de Bering. Oceanía comprende las Américas, las islas del
muchos modos, han llevado muy diversos nombres y su número relativo, Atlántico, incluyendo a las Islas Británicas, Australasia y África
así como la actitud que han guardado unos hacia otros, ha variado de meridional. Asia Oriental, potencia más pequeña que las otras y con una
época en época; pero la estructura esencial de la sociedad nunca ha frontera occidental menos definida, abarca China y los países que se
cambiado. Incluso después de enormes conmociones y de cambios que hallan al sur de ella, las islas del Japón y una amplia y fluctuante porción
parecían irrevocables, la misma estructura ha vuelto a imponerse, igual de Manchuria, Mongolia y el Tibet.
que un giroscopio vuelve siempre a la posición de equilibrio por mucho Estos tres superestados, en una combinación o en otra, están en
que lo empujemos en un sentido o en otro. guerra permanente y llevan así veinticinco años. Sin embargo, ya no es la
Los objetivos de estos tres grupos son por completo inconciliables. guerra aquella lucha desesperada y aniquiladora que era en las primeras
décadas del siglo XX. Es una lucha por objetivos limitados entre
Winston interrumpió la lectura, sobre todo para poder disfrutar bien combatientes incapaces de destruirse unos a otros, sin una causa material
del hecho asombroso de hallarse leyendo tranquilo y seguro. Estaba solo, para luchar y que no se hallan divididos por diferencias ideológicas
claras. Esto no quiere decir que la conducta en la guerra ni la actitud modo permanente a ninguno de ellos, se extiende un cuadrilátero, con
hacia ella sean menos sangrientas ni más caballerosas. Por el contrario, el sus ángulos en Tánger, Brazzaville, Darwin y Hong-Kong, que contiene
histerismo bélico es continuo y universal, y las violaciones, los saqueos, casi una quinta parte de la población de la Tierra. Las tres potencias
la matanza de niños, la esclavización de poblaciones enteras y represalias luchan constantemente por la posesión de estas regiones densamente
contra los prisioneros hasta el punto de quemarlos y enterrarlos vivos, se pobladas, así como por las zonas polares. En la práctica, ningún poder
consideran normales, y cuando esto no lo comete el enemigo sino el controla totalmente esa área disputada. Porciones de ella están
bando propio, se estima meritorio. Pero en un sentido físico, la guerra cambiando a cada momento de manos, y lo que en realidad determina los
afecta a muy pocas personas, la mayoría especialistas muy bien súbitos y múltiples cambios de afianzas es la posibilidad de apoderarse
preparados, y causa pocas bajas relativamente. Cuando hay lucha, tiene de uno u otro pedazo de tierra mediante una inesperada traición.
lugar en confusas fronteras que el hombre medio apenas puede situar en Todos esos territorios disputados contienen valiosos minerales y
un mapa o en torno a las fortalezas flotantes que guardan los lugares algunos de ellos producen ciertas cosas, como la goma, que en los climas
estratégicos en el mar. En los centros de civilización la guerra no fríos es preciso sintetizar por métodos relativamente caros. Pero, sobre
significa más que una continua escasez de víveres y alguna que otra todo, proporcionan una inagotable reserva de mano de obra muy barata.
bomba cohete que puede causar unas veintenas de víctimas. En realidad, La potencia que controle el África Ecuatorial, los países del Oriente
la guerra ha cambiado de carácter. Con más exactitud, puede decirse que Medio, la India Meridional o el Archipiélago Indonesio, dispone también
ha variado el orden de importancia de las razones que determinaban una de centenares de millones de trabajadores mal pagados y muy resistentes.
guerra. Se han convertido en dominantes y son reconocidos Los habitantes de esas regiones, reducidos más o menos abiertamente a
conscientemente motivos que ya estaban latentes en las grandes guerras la condición de esclavos, pasan continuamente de un conquistador a otro
de la primera mitad del siglo XX. y son empleados como carbón o aceite en la carrera de armamento,
Para comprender la naturaleza de la guerra actual —pues, a pesar del armas que sirven para capturar más territorios y ganar así más mano de
reagrupamiento que ocurre cada pocos años, siempre es la misma guerra obra, con lo cual se pueden tener más armas que servirán para conquistar
— hay que darse cuenta en primer lugar de que esta guerra no puede ser más territorios, y así indefinidamente. Es interesante observar que la
decisiva. Ninguno de los tres superestados podría ser conquistado lucha nunca sobrepasa los límites de las zonas disputadas. Las fronteras
definitivamente ni siquiera por los otros dos en combinación. Sus fuerzas de Eurasia avanzan y retroceden entre la cuenca del Congo y la orilla
están demasiado bien equilibradas. Y sus defensas son demasiado septentrional del Mediterráneo; las islas del Océano Indico y del Pacífico
poderosas. Eurasia está protegida por sus grandes espacios terrestres, son conquistadas y reconquistadas constantemente por Oceanía y por
Oceanía por la anchura del Atlántico y del Pacífico, Asia Oriental por la Asia Oriental; en Mongolia, la línea divisoria entre Eurasia y Asia
fecundidad y laboriosidad de sus habitantes. Además, ya no hay nada por Oriental nunca es estable; en torno al Polo Norte, las tres potencias
qué luchar. Con las economías autárquicas, la lucha por los mercados, reclaman inmensos territorios en su mayor parte inhabitados e
que era una de las causas principales de las guerras anteriores, ha dejado inexplorados; pero el equilibrio de poder no se altera apenas con todo
de tener sentido, y la competencia por las materias primas ya no es una ello y el territorio que constituye el suelo patrio de cada uno de los tres
cuestión de vida o muerte. Cada uno de los tres superestados es tan superestados nunca pierde su independencia. Además, la mano de obra
inmenso que puede obtener casi todas las materias que necesita dentro de de los pueblos explotados alrededor del Ecuador no es verdaderamente
sus propias fronteras. Si acaso, se propone la guerra el dominio del necesaria para la economía mundial. Nada atañe a la riqueza del mundo,
trabajo. Entre las fronteras de los superestados, y sin pertenecer de un ya que todo lo que produce se dedica a fines de guerra, y el objeto de
prepararse para una guerra no es más que ponerse en situación de que esto contribuiría en gran medida a suprimir las desigualdades en la
emprender otra guerra. Las poblaciones esclavizadas permiten, con su condición humana. Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con
trabajo, que se acelere el ritmo de la guerra. Pero si no existiera ese esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las
refuerzo de trabajo, la estructura de la sociedad y el proceso por el cual enfermedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo
ésta se mantiene no variarían en lo esencial. de unas cuantas generaciones. Y, en realidad, sin ser empleada con esa
La finalidad principal de la guerra moderna (de acuerdo con los finalidad, sino sólo por un proceso automático —produciendo riqueza
principios del doblepensar) la reconocen y, a la vez, no la reconocen, los que no había más remedio que distribuir—, elevó efectivamente la
cerebros dirigentes del Partido Interior. Consiste en usar los productos de máquina el nivel de vida de las gentes que vivían a mediados de siglo.
las máquinas sin elevar por eso el nivel general de la vida. Hasta fines Estas gentes vivían muchísimo mejor que las de fines del siglo XIX.
del siglo XIX había sido un problema latente de la sociedad industrial que Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan
había de hacerse con el sobrante de los artículos de consumo. Ahora, extraordinario amenazaba con la destrucción —era ya, en sí mismo, la
aunque son pocos los seres humanos que pueden comer lo suficiente, destrucción— de una sociedad jerárquica. En un mundo en que todos
este problema no es urgente y nunca podría tener caracteres graves trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas
aunque no se emplearan procedimientos artificiales para destruir esos cómodas e higiénicas, con cuarto de baño, calefacción y refrigeración, y
productos. El mundo de hoy, si lo comparamos con el anterior a 1914, poseyera cada uno un auto o quizás un aeroplano, habría desaparecido la
está desnudo, hambriento y lleno de desolación; y aún más si lo forma más obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza llegaba a
comparamos con el futuro que las gentes de aquella época esperaba. A generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible
principios del siglo XX la visión de una sociedad futura increíblemente imaginarse una sociedad en que la riqueza, en el sentido de posesiones y
rica, ordenada, eficaz y con tiempo para todo —un reluciente mundo lujos personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el poder
antiséptico de cristal, acero y cemento, un mundo de nívea blancura— siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada.
era el ideal de casi todas las personas cultas. La ciencia y la tecnología se Pero, en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable,
desarrollaban a una velocidad prodigiosa y parecía natural que este porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de
desarrollo no se interrumpiera jamás. Sin embargo, no continuó el seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar, aprenderían
perfeccionamiento, en parte por el empobrecimiento causado por una muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si empezaran a
larga serie de guerras y revoluciones, y en parte porque el progreso reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría
científico y técnico se basaba en un hábito empírico de pensamiento que privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y
no podía existir en una sociedad estrictamente reglamentada. En acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería
conjunto, el mundo es hoy más primitivo que hace cincuenta años. posible basándose en la pobreza y en la ignorancia. Regresar al pasado
Algunas zonas secundarias han progresado y se han realizado algunos agrícola —como querían algunos pensadores de principios de este siglo
perfeccionamientos, ligados siempre a la guerra y al espionaje policiaco, — no era una solución práctica, puesto que estaría en contra de la
pero los experimentos científicos y los inventos no han seguido su curso tendencia a la mecanización, que se había hecho casi instintiva en el
y los destrozos causados por la guerra atómica de los años cincuenta y mundo entero, y, además, cualquier país que permaneciera atrasado
tantos nunca llegaron a ser reparados. No obstante, perduran los peligros industrialmente sería inútil en un sentido militar y caería antes o después
del maquinismo. Cuando aparecieron las grandes máquinas, se pensó, bajo el dominio de un enemigo bien armado.
lógicamente, que cada vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y
Tampoco era una buena solución mantener la pobreza de las masas buena calidad del alimento, bebidas y tabaco, dos o tres criados, un auto
restringiendo la producción. Esto se practicó en gran medida entre 1920 o un autogiro privado— los colocan en un mundo diferente del de los
y 1940. Muchos países dejaron que su economía se anquilosara. No se miembros del Partido Exterior, y estos últimos poseen una ventaja
renovaba el material indispensable para la buena marcha de las similar en comparación con las masas sumergidas, a las que llamamos
industrias, quedaban sin cultivar las tierras, y grandes masas de «los proles». La atmósfera social es la de una ciudad sitiada, donde la
población, sin tener en qué trabajar, vivían de la caridad del Estado. Pero posesión de un trozo de carne de caballo establece la diferencia entre la
también esto implicaba una debilidad militar, y como las privaciones que riqueza y la pobreza. Y, al mismo tiempo, la idea de que se está en
infligía eran innecesarias, despertaba inevitablemente una gran guerra, y por tanto en peligro, hace que la entrega de todo el poder a una
oposición. El problema era mantener en marcha las ruedas de la industria reducida casta parezca la condición natural e inevitable para sobrevivir.
sin aumentar la riqueza real del mundo. Los bienes habían de ser Se verá que la guerra no sólo realiza la necesaria distinción, sino que
producidos, pero no distribuidos. Y, en la práctica, la única manera de la efectúa de un modo aceptable psicológicamente. En principio, sería
lograr esto era la guerra continua. muy sencillo derrochar el trabajo sobrante construyendo templos y
El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de pirámides, abriendo zanjas y volviéndolas a llenar o incluso produciendo
vidas humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es una inmensas cantidades de bienes y prendiéndoles fuego. Pero esto sólo
manera de pulverizar o de hundir en el fondo del mar los materiales que daría la base económica y no la emotiva para una sociedad jerarquizada.
en la paz constante podrían emplearse para que las masas gozaran de Lo que interesa no es la moral de las masas, cuya actitud no importa
excesiva comodidad y, con ello, se hicieran a la larga demasiado mientras se hallen absorbidas por su trabajo, sino la moral del Partido
inteligentes. Aunque las armas no se destruyeran, su fabricación no deja mismo. Se espera que hasta el más humilde de los miembros del Partido
de ser un método conveniente de gastar trabajo sin producir nada que sea competente, laborioso e incluso inteligente —siempre dentro de
pueda ser consumido. En una fortaleza flotante, por ejemplo, se emplea límites reducidos, claro está—, pero siempre es preciso que sea un
el trabajo que hubieran dado varios centenares de barcos de carga. fanático ignorante y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la
Cuando se queda anticuada, y sin haber producido ningún beneficio adulación y una continua sensación orgiástico de triunfo. En otras
material para nadie, se construye una nueva fortaleza flotante mediante palabras, es necesario que ese hombre posea la mentalidad típica de la
un enorme acopio de mano de obra. En principio, el esfuerzo de guerra guerra. No importa que haya o no haya guerra y, ya que no es posible una
se planea para consumir todo lo que sobre después de haber cubierto victoria decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o mal. Lo único
unas mínimas necesidades de la población. Este mínimo se calcula preciso es que exista un estado de guerra. La desintegración de la
siempre en mucho menos de lo necesario, de manera que hay una escasez inteligencia especial que el Partido necesita de sus miembros, y que se
crónica de casi todos los artículos necesarios para la vida, lo cual se logra mucho mejor en una atmósfera de guerra, es ya casi universal, pero
considera como una ventaja. Constituye una táctica deliberada mantener se nota con más relieve a medida que subimos en la escala jerárquica.
incluso a los grupos favorecidos al borde de la escasez, porque un estado Precisamente es en el Partido Interior donde la histeria bélica y el odio al
general de escasez aumenta la importancia de los pequeños privilegios y enemigo son más intensos. Para ejercer bien sus funciones
hace que la distinción entre un grupo y otro resulte más evidente. En administrativas, se ve obligado con frecuencia el miembro del Partido
comparación con el nivel de vida de principios del siglo XX, incluso los Interior a saber que esta o aquella noticia de guerra es falsa y puede saber
miembros del Partido Interior llevan una vida austera y laboriosa. Sin muchas veces que una pretendida guerra o no existe o se está realizando
embargo, los pocos lujos que disfrutan —un buen piso, mejores telas, con fines completamente distintos a los declarados. Pero ese
conocimiento queda neutralizado fácilmente mediante la técnica del planear la logística de las guerras futuras; otros, a idear bombas cohete
doblepensar. De modo que ningún miembro del Partido Interior vacila ni cada vez mayores, explosivos cada vez más poderosos y corazas cada
un solo instante en su creencia mística de que la guerra es una realidad y vez más impenetrables; otros buscan gases más mortíferos o venenos que
que terminará victoriosamente con el dominio indiscutible de Oceanía puedan ser producidos en cantidades tan inmensas que destruyan la
sobre el mundo entero. vegetación de todo un continente, o cultivan gérmenes inmunizados
Todos los miembros del Partido Interior creen en esta futura victoria contra todos los posibles antibióticos; otros se esfuerzan por producir un
total como en un artículo de fe. Se conseguirá, o bien paulatinamente vehículo que se abra paso por la tierra como un submarino bajo el agua,
mediante la adquisición de más territorios sobre los que se basará una o un aeroplano tan independiente de su base como un barco en el mar,
aplastante preponderancia, o bien por el descubrimiento de algún arma otros exploran posibilidades aún más remotas, como la de concentrar los
secreta. Continúa sin cesar la búsqueda de nuevas armas, y ésta es una de rayos del sol mediante gigantescas lentes suspendidas en el espacio a
las poquísimas actividades en que todavía pueden encontrar salida la miles de kilómetros, o producir terremotos artificiales utilizando el calor
inventiva y las investigaciones científicas. En la Oceanía de hoy la del centro de la Tierra.
ciencia en su antiguo sentido ha dejado casi de existir. En neolengua no Pero ninguno de estos proyectos se aproxima nunca a su realización,
hay palabra para ciencia. El método empírico de pensamiento, en el cual y ninguno de los tres superestados adelanta a los otros dos de un modo
se basaron todos los adelantos científicos del pasado, es opuesto a los definitivo. Lo más notable es que las tres potencias tienen ya, con la
principios fundamentales de Ingsoc. E incluso el progreso técnico sólo bomba atómica, un arma mucho más poderosa que cualquiera de las que
existe cuando sus productos pueden ser empleados para disminuir la ahora tratan de convertir en realidad. Aunque el Partido, según su
libertad humana. costumbre, quiere atribuirse el invento, las bombas atómicas aparecieron
Las dos finalidades del Partido son conquistar toda la superficie de la por primera vez a principios de los años cuarenta y tantos de este siglo y
Tierra y extinguir de una vez para siempre la posibilidad de toda libertad fueron usadas en gran escala unos diez años después. En aquella época
del pensamiento. Hay, por tanto, dos grandes problemas que ha de cayeron unos centenares de bombas en los centros industriales,
resolver el Partido. Uno es el de descubrir, contra la voluntad del principalmente de la Rusia Europea, Europa Occidental y Norteamérica.
interesado, lo que está pensando determinado ser humano, y el otro es El objeto perseguido era convencer a los gobernantes de todos los países
cómo suprimir, en pocos segundos y sin previo aviso, a varios centenares que unas cuantas bombas más terminarían con la sociedad organizada y
de millones de personas. Éste es el principal objetivo de las por tanto con su poder. A partir de entonces, y aunque no se llegó a
investigaciones científicas. El hombre de ciencia actual es una mezcla de ningún acuerdo formal, no se arrojaron más bombas atómicas. Las
psicólogo y policía que estudia con extraordinaria minuciosidad el potencias actuales siguen produciendo bombas atómicas y
significado de las expresiones faciales, gestos y tonos de voz, los efectos almacenándolas en espera de la oportunidad decisiva que todos creen
de las drogas que obligan a decir la verdad, la terapéutica del shock, del llegará algún día. Mientras tanto, el arte de la guerra ha permanecido
hipnotismo y de la tortura física; y si es un químico, un físico o un estacionado durante treinta o cuarenta años. Los autogiros se usan más
biólogo, sólo se preocupará por aquellas ramas que dentro de su que antes, los aviones de bombardeo han sido sustituidos en gran parte
especialidad sirvan para matar. En los grandes laboratorios del Ministerio por los proyectiles autoimpulsados y el frágil tipo de barco de guerra fue
de la Paz, en las estaciones experimentales ocultas en las selvas reemplazado por las fortalezas flotantes, casi imposibles de hundir. Pero,
brasileñas, en el desierto australiano o en las islas perdidas del Atlántico, aparte de ello, apenas ha habido adelantos bélicos. Se siguen usando el
trabajan incansablemente los equipos técnicos. Unos se dedican sólo a tanque, el submarino, el torpedo, la ametralladora e incluso el rifle y la
granada de mano. Y, a pesar de las interminables matanzas comunicadas Oceanía nunca ve a un ciudadano de Eurasia ni de Asia Oriental —aparte
por la Prensa y las telepantallas, las desesperadas batallas de las guerras de los prisioneros— y se le prohíbe que aprenda lenguas extranjeras. Si
anteriores en las cuales morían en pocas semanas centenares de miles — se le permitiera entrar en relación con extranjeros, descubriría que son
e incluso millones de hombres— no han vuelto a repetirse. criaturas iguales a él en lo esencial y que casi todo lo que se le ha dicho
Ninguno de los tres superestados intenta nunca una maniobra que sobre ellos es una sarta de mentiras. Se rompería así el mundo cerrado y
suponga el riesgo de una seria derrota. Cuando se lleva a cabo una en que vive y quizá desaparecieran el miedo, el odio y la rigidez fanática
operación de grandes proporciones, suele tratarse de un ataque por en que se basa su moral. Se admite, por tanto, en los tres Estados que por
sorpresa contra un aliado. La estrategia que siguen los tres superestados mucho que cambien de manos Persia, Egipto, Java o Ceilán, las fronteras
—o que pretenden seguir— es la misma. Su plan es adquirir, mediante principales nunca podrán ser cruzadas más que por las bombas.
una combinación, un anillo de bases que rodee completamente a uno de Bajo todo esto hallamos un hecho al que nunca se alude, pero
los estados rivales para firmar luego un pacto de amistad con ese rival y admitido tácitamente y sobre el que se basa toda conducta oficial, a
seguir en relaciones pacíficas con él durante el tiempo que sea preciso saber: que las condiciones de vida de los tres superestados son casi las
para que se confíen. En este tiempo, se almacenan bombas atómicas en mismas. En Oceanía prevalece la ideología llamada Ingsoc, en Eurasia el
los sitios estratégicos. Esas bombas, cargadas en los cohetes, serán neobolchevismo y en Asia Oriental lo que se conoce por un nombre
disparadas algún día simultáneamente, con efectos tan devastadores que chino que suele traducirse por «adoración de la muerte», pero que quizá
no habrá posibilidad de respuesta. Entonces se firmará un pacto de quedaría mejor expresado como «desaparición del yo». Al ciudadano de
amistad con la otra potencia, en preparación de un nuevo ataque. No es Oceanía no se le permite saber nada de las otras dos ideologías, pero se
preciso advertir que este plan es un ensueño de imposible realización. le enseña a condenarlas como bárbaros insultos contra la moralidad y el
Nunca hay verdadera lucha a no ser en las zonas disputadas en el sentido común. La verdad es que apenas pueden distinguirse las tres
Ecuador y en los Polos: no hay invasiones del territorio enemigo. Lo cual ideologías, y los sistemas sociales que ellas soportan son los mismos. En
explica que en algunos sitios sean arbitrarias las fronteras entre los los tres existe la misma estructura piramidal, idéntica adoración a un jefe
superestados. Por ejemplo, Eurasia podría conquistar fácilmente las Islas semidivino, la misma economía orientada hacia una guerra continua. De
Británicas, que forman parte, geográficamente, de Europa, y también ahí que no sólo no puedan conquistarse mutuamente los tres
sería posible para Oceanía avanzar sus fronteras hasta el Rin e incluso superestados, sino que no tendrían ventaja alguna si lo consiguieran. Por
hasta el Vístula. Pero esto violaría el principio —seguido por todos los el contrario, se ayudan mutuamente manteniéndose en pugna. Y los
bandos, aunque nunca formulado— de la integridad cultural. Así, si grupos dirigentes de las tres Potencias saben y no saben, a la vez, lo que
Oceanía conquistara las áreas que antes se conocían con los nombres de están haciendo. Dedican sus vidas a la conquista del mundo, pero están
Francia y Alemania, sería necesario exterminar a todos sus habitantes — convencidos al mismo tiempo de que es absolutamente necesario que la
tarea de gran dificultad física— o asimilarse una población de un guerra continúe eternamente sin ninguna victoria definitiva. Mientras
centenar de millones de personas que, en lo técnico, están a la misma tanto, el hecho de que no hay peligro de conquista hace posible la
altura que los oceánicos. El problema es el mismo para todos los denegación sistemática de la realidad, que es la característica principal
superestados, siendo absolutamente imprescindible aunque su estructura del Ingsoc y de sus sistemas rivales. Y aquí hemos de repetir que, al
no entre en contacto con extranjeros, excepto en reducidas proporciones hacerse continua, la guerra ha cambiado fundamentalmente de carácter.
con prisioneros de guerra y esclavos de color. Incluso el aliado oficial del En tiempos pasados, una guerra, casi por definición, era algo que más
momento es considerado con mucha suspicacia. El ciudadano medio de pronto o más tarde tenía un final; generalmente, una clara victoria o una
derrota indiscutible. Además, en el pasado, la guerra era uno de los absolutos como pudieran serlo los faraones o los césares. Se ven
principales instrumentos con que se mantenían las sociedades humanas obligados a evitar que sus gentes se mueran de hambre en cantidades
en contacto con la realidad física. Todos los gobernantes de todas las excesivas, y han de mantenerse al mismo nivel de baja técnica militar
épocas intentaron imponer un falso concepto del mundo a sus súbditos, que sus rivales. Pero, una vez conseguido ese mínimo, pueden retorcer y
pero no podían fomentar ilusiones que perjudicasen la eficacia militar. deformar la realidad dándole la forma que se les antoje.
Como quiera que la derrota significaba la pérdida de la independencia o Por tanto, la guerra de ahora, comparada con las antiguas, es una
cualquier otro resultado indeseable, habían de tomar serias precauciones impostura. Se podría comparar esto a las luchas entre ciertos rumiantes
para evitar la derrota. Estos hechos no podían ser ignorados. Aun cuyos cuernos están colocados de tal manera que no pueden herirse. Pero
admitiendo que en filosofía, en ciencia, en ética o en política dos y dos aunque es una impostura, no deja de tener sentido. Sirve para consumir
pudieran ser cinco, cuando se fabricaba un cañón o un aeroplano tenían el sobrante de bienes y ayuda a conservar la atmósfera mental
que ser cuatro. Las naciones mal preparadas acababan siempre siendo imprescindible para una sociedad jerarquizado. Como se ve, la guerra es
conquistadas, y la lucha por una mayor eficacia no admitía ilusiones. ya sólo un asunto de política interna. En el pasado, los grupos dirigentes
Además, para ser eficaces había que aprender del pasado, lo cual suponía de todos los países, aunque reconocieran sus propios intereses e incluso
estar bien enterado de lo ocurrido en épocas anteriores. Los periódicos y los de sus enemigos y gritaran en lo posible la destructividad de la
los libros de historia eran parciales, naturalmente, pero habría sido guerra, en definitiva luchaban unos contra otros y el vencedor aplastaba
imposible una falsificación como la que hoy se realiza. La guerra era una al vencido. En nuestros días no luchan unos contra otros, sino cada grupo
garantía de cordura. Y respecto a las clases gobernantes, era el freno más dirigente contra sus propios súbditos, y el objeto de la guerra no es
seguro. Nadie podía ser, desde el poder, absolutamente irresponsable conquistar territorio ni defenderlo, sino mantener intacta la estructura de
desde el momento en que una guerra cualquiera podía ser ganada o la sociedad. Por lo tanto, la palabra guerra se ha hecho equívoca. Quizá
perdida. sería acertado decir que la guerra, al hacerse continua, ha dejado de
Pero cuando una guerra se hace continua, deja de ser peligrosa existir. La presión que ejercía sobre los seres humanos entre la Edad
porque desaparece toda necesidad militar. El progreso técnico puede neolítica y principios del siglo XX ha desaparecido, siendo sustituida por
cesar y los hechos más palpables pueden ser negados o descartados como algo completamente distinto. El efecto sería muy parecido si los tres
cosas sin importancia. Lo único eficaz en Oceanía es la Policía del superestados, en vez de pelear cada uno con los otros, llegaran al acuerdo
Pensamiento. Como cada uno de los tres superestados es inconquistable, —respetándole— de vivir en paz perpetua sin traspasar cada uno las
cada uno de ellos es, por tanto, un mundo separado dentro del cual puede fronteras del otro. En ese caso, cada uno de ellos seguiría siendo un
ser practicada con toda tranquilidad cualquier perversión mental. La mundo cerrado libre de la angustiosa influencia del peligro externo. Una
realidad sólo ejerce su presión sobre las necesidades de la vida cotidiana: paz que fuera de verdad permanente sería lo mismo que una guerra
la necesidad de comer y de beber, de vestirse y tener un techo, de no permanente. Éste es el sentido verdadero (aunque la mayoría de los
beber venenos ni caerse de las ventanas, etc… Entre la vida y la muerte, miembros del Partido lo entienden sólo de un modo superficial) de la
y entre el placer físico y el dolor físico, sigue habiendo una distinción, consigna del Partido: la guerra es la paz.
pero eso es todo. Cortados todos los contactos con el mundo exterior y
con el pasado, el ciudadano de Oceanía es como un hombre en el espacio Winston dejó de leer un momento. A una gran distancia había
interestelar, que no tiene manera de saber por dónde se va hacia arriba y estallado una bomba. La inefable sensación de estar leyendo el libro
por dónde hacia abajo. Los gobernantes de un Estado como éste son prohibido, en una habitación sin telepantalla, seguía llenándolo de
satisfacción. La soledad y la seguridad eran sensaciones físicas, personas: los Altos, los Medianos y los Bajos. Se han subdividido de
mezcladas por el cansancio de su cuerpo, la suavidad de la alfombra, la muchos modos, han llevado muy diversos nombres y su número relativo,
caricia de la débil brisa que entraba por la ventana… El libro le fascinaba así como la actitud que han guardado unos hacia otros, han variado de
o, más exactamente, lo tranquilizaba. En cierto sentido, no le enseñaba época en época; pero la estructura esencial de la sociedad nunca ha
nada nuevo, pero esto era una parte de su encanto. Decía lo que el propio cambiado. Incluso después de enormes con mociones y de cambios que
Winston podía haber dicho, si le hubiera sido posible ordenar sus propios parecían irrevocables, la misma estructura ha vuelto a imponerse, igual
pensamientos y darles una clara expresión. Este libro era el producto de que un giroscopio vuelve siempre a la posición de equilibrio por mucho
una mente semejante a la suya, pero mucho más poderosa, más que lo empujemos en un sentido o en otro.
sistemática y libre de temores. Pensó Winston que los mejores libros son
los que nos dicen lo que ya sabemos. Había vuelto al capítulo I cuando —Julia, ¿estás despierta? —dijo Winston.
oyó los pasos de Julia en la escalera. Se levantó del sillón para salirle al —Sí, amor mío, te escucho. Sigue. Es maravilloso.
encuentro. Julia entró en ese momento, tiró su bolsa al suelo y se lanzó a Winston continuó leyendo:
los brazos de él. Hacía más de una semana que no se habían visto.
Los fines de estos tres grupos son inconcebibles. Los Altos quieren
—Tengo el libro —dijo Winston en cuanto se apartaron.
quedarse donde están. Los Medianos tratan de arrebatarles sus puestos a
—¿Ah, sí? Muy bien —dijo ella sin gran interés y casi
los Altos. La finalidad de los Bajos, cuando la tienen —porque su
inmediatamente se arrodilló junto a la estufa para hacer café.
principal característica es hallarse aplastados por las exigencias de la
No volvieron a hablar del libro hasta después de media hora de estar
vida cotidiana—, consiste en abolir todas las distinciones y crear una
en la cama. La tarde era bastante fresca para que mereciera la pena cerrar
sociedad en que todos los hombres sean iguales. Así, vuelve a
la ventana. De abajo llegaban las habituales canciones y el ruido de botas
presentarse continuamente la misma lucha social. Durante largos
sobre el empedrado. La mujer de los brazos rojizos parecía no moverse
períodos, parece que los Altos se encuentran muy seguros en su poder,
del patio. A todas horas del día estaba lavando y tendiendo ropa. Julia
pero siempre llega un momento en que pierden la confianza en sí mismos
tenía sueño, Winston volvió a coger el libro, que estaba en el suelo, y se
o se debilita su capacidad para gobernar, o ambas cosas a la vez.
sentó apoyando la espalda en la cabecera de la cama.
Entonces son derrotados por los Medianos, que llevan junto a ellos a los
—Tenemos que leerlo —dijo—. Y tú también. Todos los miembros
Bajos porque les han asegurado que ellos representan la libertad y la
de la Hermandad deben leerlo.
justicia. En cuanto logran sus objetivos, los Medianos abandonan a los
—Léelo tú —dijo Julia con los ojos cerrados—. Léelo en voz alta.
Bajos y los relegan a su antigua posición de servidumbre, convirtiéndose
Así es mejor. Y me puedes explicar los puntos difíciles.
ellos en los Altos. Entonces, un grupo de los Medianos se separa de los
El viejo reloj marcaba las seis, o sea, las dieciocho. Disponían de tres
demás y empiezan a luchar entre ellos. De los tres grupos, solamente los
o cuatro horas más. Winston se puso el libro abierto sobre las rodillas en
Bajos no logran sus objetivos ni siquiera transitoriamente. Sería
ángulo y empezó a leer:
exagerado afirmar que en toda la Historia no ha habido progreso
CAPÍTULO PRIMERO material. Aun hoy, en un período de decadencia, el ser humano se
encuentra mejor que hace unos cuantos siglos. Pero ninguna reforma ni
La ignorancia es la fuerza revolución alguna han conseguido acercarse ni un milímetro a la
Durante todo el tiempo de que se tiene noticia —probablemente desde igualdad humana. Desde el punto de vista de los Bajos, ningún cambio
fines del período neolítico— ha habido en el mundo tres clases de
histórico ha significado mucho más que un cambio en el nombre de sus Las nuevas doctrinas surgieron en parte a causa de la acumulación de
amos. conocimientos históricos y del aumento del sentido histórico, que apenas
A fines del siglo XIX eran muchos los que habían visto claro este había existido antes del siglo XIX. Se entendía ya el movimiento cíclico
juego. De ahí que surgieran escuelas del pensamiento que interpretaban de la Historia, o parecía entenderse; y al ser comprendido podía ser
la Historia como un proceso cíclico y aseguraban que la desigualdad era también alterado. Pero la causa principal y subyacente era que ya a
la ley inalterable de la vida humana. Desde luego, esta doctrina ha tenido principios del siglo XX era técnicamente posible la igualdad humana.
siempre sus partidarios, pero se había introducido un cambio Seguía siendo cierto que los hombres no eran iguales en sus facultades
significativo. En el pasado, la necesidad de una forma jerárquica de la innatas y que las funciones habían de especializarse de modo que
sociedad había sido la doctrina privativa de los Altos. Fue defendida por favorecían inevitablemente a unos individuos sobre otros; pero ya no
reyes, aristócratas, jurisconsultos, etc. Los Medianos, mientras luchaban eran precisas las diferencias de clase ni las grandes diferencias de
por el poder, utilizaban términos como «libertad», «justicia» y riqueza. Antiguamente, las diferencias de clase no sólo habían sido
«fraternidad». Sin embargo, el concepto de la fraternidad humana inevitables, sino deseables. La desigualdad era el precio de la
empezó a ser atacado por individuos que todavía no estaban en el Poder, civilización. Sin embargo, el desarrollo del maquinismo iba a cambiar
pero que esperaban estarlo pronto. En el pasado, los Medianos hicieron esto. Aunque fuera aún necesario que los seres humanos realizaran
revoluciones bajo la bandera de la igualdad, pero se limitaron a imponer diferentes clases de trabajo, ya no era preciso que vivieran en diferentes
una nueva tiranía apenas desaparecida la anterior. En cambio, los nuevos niveles sociales o económicos. Por tanto, desde el punto de vista de los
grupos de Medianos proclamaron de antemano su tiranía. El socialismo, nuevos grupos que estaban a punto de apoderarse del mando, no era ya la
teoría que apareció a principios del siglo XIX y que fue el último eslabón igualdad humana un ideal por el que convenía luchar, sino un peligro que
de una cadena que se extendía hasta las rebeliones de esclavos en la había de ser evitado. En épocas más antiguas, cuando una sociedad justa
Antigüedad, seguía profundamente infestado por las viejas utopías. Pero y pacífica no era posible, resultaba muy fácil creer en ella. La idea de un
a cada variante de socialismo aparecida a partir de 1900 se abandonaba paraíso terrenal en el que los hombres vivirían como hermanos, sin leyes
más abiertamente la pretensión de establecer la libertad y la igualdad. y sin trabajo agotador, estuvo obsesionando a muchas imaginaciones
Los nuevos movimientos que surgieron a mediados del siglo, Ingsoc en durante miles de años. Y esta visión tuvo una cierta importancia incluso
Oceanía, neobolchevismo en Eurasia y adoración de la muerte en Asia entre los grupos que de hecho se aprovecharon de cada cambio histórico.
oriental, tenían como finalidad consciente la perpetuación de la falta de Los herederos de la Revolución francesa, inglesa y americana habían
libertad y de la desigualdad social. Estos nuevos movimientos, claro está, creído parcialmente en sus frases sobre los derechos humanos, libertad
nacieron de los antiguos y tendieron a conservar sus nombres y de expresión, igualdad ante la ley y demás, e incluso se dejaron influir en
aparentaron respetar sus ideologías. Pero el propósito de todos ellos era su conducta por algunas de ellas hasta cierto punto. Pero hacia la década
sólo detener el progreso e inmovilizar a la Historia en un momento dado. cuarta del siglo XX todas las corrientes de pensamiento político eran
El movimiento de péndulo iba a ocurrir una vez más y luego a detenerse. autoritarias. Pero ese paraíso terrenal quedó desacreditado precisamente
Como de costumbre, los Altos serían desplazados por los Medianos, que cuando podía haber sido realizado, y en el segundo cuarto del siglo XX
entonces se convertirían a su vez en Altos, pero esta vez, por una volvieron a ponerse en práctica procedimientos que ya no se usaban
estrategia consciente, estos últimos Altos conservarían su posición desde hacía siglos: encarcelamiento sin proceso, empleo de los
permanentemente. prisioneros de guerra como esclavos, ejecuciones públicas, tortura para
extraer confesiones, uso de rehenes y deportación de poblaciones en
masa. Todo esto se hizo habitual y fue defendido por individuos rodeados sin cesar por la propaganda oficial, mientras que se les cortaba
considerados como inteligentes y avanzados. Los nuevos sistemas toda comunicación con el mundo exterior.
políticos se basaban en la jerarquía y la regimentación. Por primera vez en la Historia existía la posibilidad de forzar a los
Después de una década de guerras nacionales, guerras civiles, gobernados, no sólo a una completa obediencia a la voluntad del Estado,
revoluciones y contrarrevoluciones en todas partes del mundo, surgieron sino a la completa uniformidad de opinión.
el Ingsoc y sus rivales como teorías políticas inconmovibles. Pero ya las Después del período revolucionario entre los años cincuenta y tantos
habían anunciado los varios sistemas, generalmente llamados totalitarios, y setenta, la sociedad volvió a agruparse como siempre, en Altos, Medios
que aparecieron durante el segundo cuarto de siglo y se veía claramente y Bajos. Pero el nuevo grupo de Altos, a diferencia de sus predecesores,
el perfil que había de tener el mundo futuro. La nueva aristocracia estaba no actuaba ya por instinto, sino que sabía lo que necesitaba hacer para
formada en su mayoría por burócratas, hombres de ciencia, técnicos, salvaguardar su posición. Los privilegiados se habían dado cuenta desde
organizadores sindicales, especialistas en propaganda, sociólogos, hacía bastante tiempo de que la base más segura para la oligarquía es el
educadores, Periodistas y políticos profesionales. Esta gente, cuyo origen colectivismo. La riqueza y los privilegios se defienden más fácilmente
estaba en la clase media asalariada y en la capa superior de la clase cuando se poseen conjuntamente. La llamada «abolición de la propiedad
obrera, había sido formada y agrupada por el mundo inhóspito de la privada», que ocurrió a mediados de este siglo, quería decir que la
industria monopolizada y el gobierno centralizado. Comparados con los propiedad iba a concentrarse en un número mucho menor de manos que
miembros de las clases dirigentes en el pasado, esos hombres eran menos anteriormente, pero con esta diferencia: que los nuevos dueños
avariciosos, les tentaba menos el lujo y más el placer de mandar, y, sobre constituirían un grupo en vez de una masa de individuos.
todo, tenían más consciencia de lo que estaban haciendo y se dedicaban Individualmente, ningún miembro del Partido posee nada, excepto
con mayor intensidad a aplastar a la oposición. Esta última diferencia era insignificantes objetos de uso personal. Colectivamente, el Partido es el
esencial. Comparadas con la que hoy existe, todas las tiranías del pasado dueño de todo lo que hay en Oceanía, porque lo controla todo y dispone
fueron débiles e ineficaces. Los grupos gobernantes se hallaban de los productos como mejor se le antoja. En los años que siguieron, la
contagiados siempre en cierta medida por las ideas liberales y no les Revolución pudo ese grupo tomar el mando sin encontrar apenas
importaba dejar cabos sueltos por todas partes. Sólo se preocupaban por oposición porque todo el proceso fue presentado como un acto de
los actos realizados y no se interesaban por lo que los súbditos pudieran colectivización. Siempre se había dado por cierto que si la clase
pensar. En parte, esto se debe a que en el pasado ningún Estado tenía el capitalista era expropiada, el socialismo se impondría, y era un hecho
poder necesario para someter a todos sus ciudadanos a una vigilancia que los capitalistas habían sido expropiados. Las fábricas, las minas, las
constante. Sin embargo, el invento de la imprenta facilitó mucho el tierras, las casas, los medios de transporte, todo se les había quitado, y
manejo de la opinión pública, y el cine y la radio contribuyeron en gran como todo ello dejaba de ser propiedad privada, era evidente que pasaba
escala a acentuar este proceso. Con el desarrollo de la televisión y el a ser propiedad pública. El Ingsoc, procedente del antiguo socialismo y
adelanto técnico que hizo posible recibir y transmitir simultáneamente en que había heredado su fraseología, realizó, los principios fundamentales
el mismo aparato, terminó la vida privada. Todos los ciudadanos, o por lo de ese socialismo, con el resultado previsto y deseado, de que la
menos todos aquellos ciudadanos que poseían la suficiente importancia desigualdad económica se hizo permanente.
para que mereciese la pena vigilarlos, podían ser tenidos durante las Pero los problemas que plantea la perpetuación de una sociedad
veinticuatro horas del día bajo la constante observación de la policía y jerarquizada son mucho más complicados. Sólo hay cuatro medios de
que un grupo dirigente sea derribado del Poder. O es vencido desde
fuera, o gobierna tan ineficazmente que las masas se le rebelan, o permite Podemos estar seguros de que nunca morirá y no hay manera de saber
la formación de un grupo medio que lo pueda desplazar, o pierde la cuándo nació. El Gran Hermano es la concreción con que el Partido se
confianza en sí mismo y la voluntad de mando. Estas causas no operan presenta al mundo. Su función es actuar como punto de mira para todo
sueltas, y por lo general se presentan las cuatro combinadas en cierta amor, miedo o respeto, emociones que se sienten con mucha mayor
medida. El factor que decide en última instancia es la actitud mental de la facilidad hacia un individuo que hacia una organización. Detrás del Gran
propia clase gobernante. Hermano se halla el Partido Interior, del cual sólo forman parte seis
Después de mediados del siglo XX, el primer peligro había millones de personas, o sea, menos del seis por ciento de la población de
desaparecido. No había posibilidad de una derrota infligida por una Oceanía. Después del Partido Interior, tenemos el Partido Exterior; y si el
Potencia enemiga. Cada uno de los tres superestados en que ahora se primero puede ser descrito como «el cerebro del Estado», el segundo
divide el mundo es inconquistable, y sólo podría llegar a ser conquistado pudiera ser comparado a las manos. Más abajo se encuentra la masa
por lentos cambios demográficos, que un Gobierno con amplios poderes amorfa de los proles, que constituyen quizá el 85 por ciento de la
puede evitar muy fácilmente. El segundo peligro es sólo teórico. Las población. En los términos de nuestra anterior clasificación, los proles
masas nunca se levantan por su propio impulso y nunca lo harán por la son los Bajos. Y las masas de esclavos procedentes de las tierras
sola razón de que están oprimidas. Las crisis económicas del pasado ecuatoriales, que pasan constantemente de vencedor a vencedor (no
fueron absolutamente innecesarias y ahora no se tolera que ocurran, pero olvidemos que «vencedor» sólo debe ser tomado de un modo relativo) y
de todos modos ninguna razón de descontento podrá tener ahora no forman parte de la población propiamente dicha.
resultados políticos, ya que no hay modo de que el descontento se En principio, la pertenencia a estos tres grupos no es hereditaria. No
articule. En cuanto al problema de la superproducción, que ha estado se considera que un niño nazca dentro del Partido Interior porque sus
latente en nuestra sociedad desde el desarrollo del maquinismo, queda padres pertenezcan a él. La entrada en cada una de las ramas del Partido
resuelto por el recurso de la guerra continua (véase el capítulo III), que es se realiza mediante examen a la edad de dieciséis años. Tampoco hay
también necesaria para mantener la moral pública a un elevado nivel. Por prejuicios raciales ni dominio de una provincia sobre otra. En los más
tanto, desde el punto de vista de nuestros actuales gobernantes, los elevados puestos del Partido encontramos judíos, negros, sudamericanos
únicos peligros auténticos son la aparición de un nuevo grupo de de pura sangre india, y los dirigentes de cualquier zona proceden siempre
personas muy capacitadas y ávidas de poder o el crecimiento del espíritu de los habitantes de ese área. En ninguna parte de Oceanía tienen sus
liberal y del escepticismo en las propias filas gubernamentales. O sea, habitantes la sensación de ser una población colonial regida desde una
todo se reduce a un problema de educación, a moldear continuamente la capital remota. Oceanía no tiene capital y su jefe titular es una persona
mentalidad del grupo dirigente y del que se halla inmediatamente debajo cuya residencia nadie conoce. No está centralizada en modo alguno,
de él. En cambio, la consciencia de las masas sólo ha de ser influida de aparte de que el inglés es su principal lingua franca y que la neolengua
un modo negativo. es su idioma oficial. Sus gobernantes no se hallan ligados por lazos de
Con este fondo se puede deducir la estructura general de la sociedad sangre, sino por la adherencia a una doctrina común. Es verdad que
de Oceanía. En el vértice de la pirámide está el Gran Hermano. Éste es nuestra sociedad se compone de estratos —una división muy rígida en
infalible y todopoderoso. Todo triunfo, todo descubrimiento científico, estratos— ateniéndose a lo que a primera vista parecen normas
toda sabiduría, toda felicidad, toda virtud, se considera que procede hereditarias. Hay mucho menos intercambio entre los diferentes grupos
directamente de su inspiración y de su poder. Nadie ha visto nunca al de lo que había en la época capitalista o en las épocas preindustriales.
Gran Hermano. Es una cara en los carteles, una voz en la telepantalla. Entre las dos ramas del Partido se verifica algún intercambio, pero
solamente lo necesario para que los débiles sean excluidos del Partido que el mundo podría ser diferente de lo que es. Sólo podrían convertirse
Interior y que los miembros ambiciosos del Partido Exterior pasen a ser en peligrosos si el progreso de la técnica industrial hiciera necesario
inofensivos al subir de categoría. En la práctica, los proletarios no educarles mejor; pero como la rivalidad militar y comercial ha perdido
pueden entrar en el Partido. Los más dotados de ellos, que podían quizá toda importancia, el nivel de la educación popular declina
constituir un núcleo de descontentos, son fichados por la Policía del continuamente. Las opiniones que tenga o no tenga la masa se consideran
Pensamiento y eliminados. Pero semejante estado de cosas no es con absoluta indiferencia. A los proletarios se les puede conceder la
permanente ni de ello se hace cuestión de principio. El Partido no es una libertad intelectual por la sencilla razón de que no tienen intelecto
clase en el antiguo sentido de la palabra. No se propone transmitir el alguno. En cambio, a un miembro del Partido no se le puede tolerar ni
poder a sus hijos como tales descendientes directos, y si no hubiera otra siquiera la más pequeña desviación ideológica.
manera de mantener en los puestos de mando a los individuos más Todo miembro del Partido vive, desde su nacimiento hasta su muerte,
capaces, estaría dispuesto el Partido a reclutar una generación vigilado por la Policía del Pensamiento. Incluso cuando está solo no
completamente nueva de entre las filas del proletariado. En los años puede tener la seguridad de hallarse efectivamente solo. Dondequiera que
cruciales, el hecho de que el Partido no fuera un cuerpo hereditario esté, dormido o despierto, trabajando o descansando, en el baño o en la
contribuyó muchísimo a neutralizar la oposición. El socialista de la vieja cama, puede ser inspeccionado sin previo aviso y sin que él sepa que lo
escuela, acostumbrado a luchar contra algo que se llamaba «privilegios inspeccionan. Nada de lo que hace es indiferente para la Policía del
de clase», daba por cierto que todo lo que no es hereditario no puede ser Pensamiento. Sus amistades, sus distracciones, su conducta con su mujer
permanente. No comprendía que la continuidad de una oligarquía no y sus hijos, la expresión de su rostro cuando se encuentra solo, las
necesita ser física ni se paraba a pensar que las aristocracias hereditarias palabras que murmura durmiendo, incluso los movimientos
han sido siempre de corta vida, mientras que organizaciones basadas en característicos de su cuerpo, son analizados escrupulosamente. No sólo
la adopción han durado centenares y miles de años. Lo esencial de la una falta efectiva en su conducta, sino cualquier pequeña excentricidad,
regla oligárquica no es la herencia de padre a hijo, sino la persistencia de cualquier cambio de costumbres, cualquier gesto nervioso que pueda ser
una cierta manera de ver el mundo y de un cierto modo de vida impuesto el síntoma de una lucha interna, será estudiado con todo interés. El
por los muertos a los vivos. Un grupo dirigente es tal grupo dirigente en miembro del Partido carece de toda libertad para decidirse por una
tanto pueda nombrarla sus sucesores. El Partido no se preocupa de dirección determinada; no puede elegir en modo alguno. Por otra parte,
perpetuar su sangre, sino de perpetuarse a sí mismo. No importa quién sus actos no están regulados por ninguna ley ni por un código de
detenta el Poder con tal de que la estructura jerárquica sea siempre la conducta claramente formulado. En Oceanía no existen leyes. Los
misma. pensamientos y actos que, una vez descubiertos, acarrean la muerte
Todas las creencias, costumbres, aficiones, emociones y actitudes segura, no están prohibidos expresamente y las interminables purgas,
mentales que caracterizan a nuestro tiempo sirven para sostener la torturas, detenciones y vaporizaciones no se le aplican al individuo como
mística del Partido y evitar que la naturaleza de la sociedad actual sea castigo por crímenes que haya cometido, sino que son sencillamente el
percibido por la masa. La rebelión física o cualquier movimiento barrido de personas que quizás algún día pudieran cometer un crimen
preliminar hacia la rebelión no es posible en nuestros días. Nada hay que político. No sólo se le exige al miembro del Partido que tenga las
temer de los proletarios. Dejados aparte, continuarán, de generación en opiniones que se consideran buenas, sino también los instintos
generación y de siglo en siglo, trabajando, procreando y muriendo, no ortodoxos. Muchas de las creencias y actitudes que se le piden no llegan
sólo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin la facultad de comprender a fijarse nunca en normas estrictas y no podrían ser proclamadas sin
incurrir en flagrantes contradicciones con los principios mismos del Como tantas palabras neolingüísticas, ésta tiene dos significados
Ingsoc. Si una persona es ortodoxa por naturaleza (en neolengua se le contradictorios. Aplicada a un contrario, significa la costumbre de
llama piensabien) sabrá en cualquier circunstancia, sin detenerse a asegurar descaradamente que lo negro es blanco en contradicción con la
pensarlo, cuál es la creencia acertada o la emoción deseable. Pero en todo realidad de los hechos. Aplicada a un miembro del Partido significa la
caso, un enfrentamiento mental complicado, que comienza en la infancia buena y leal voluntad de afirmar que lo negro es blanco cuando la
y se concentra en torno a las palabras neolingüísticas paracrimen, disciplina del Partido lo exija. Pero también se designa con esa palabra la
negroblanco y doblepensar, le convierte en un ser incapaz de pensar facultad de creer que lo negro es blanco, más aún, de saber que lo negro
demasiado sobre cualquier tema. es blanco y olvidar que alguna vez se creyó lo contrario. Esto exige una
Se espera que todo miembro del Partido carezca de emociones continua alteración del pasado, posible gracias al sistema de pensamiento
privadas y que su entusiasmo no se enfríe en ningún momento. Se que abarca a todo lo demás y que se conoce con el nombre de
supone que vive en un continuo frenesí de odio contra los enemigos doblepensar.
extranjeros y los traidores de su propio país, en una exaltación triunfal de La alteración del pasado es necesaria por dos razones, una de las
las victorias y en absoluta humildad y entrega ante el Poder y la sabiduría cuales es subsidiaria y, por decirlo así, de precaución. La razón
del Partido. Los descontentos producidos por esta vida tan seca y poco subsidiaria es que el miembro del Partido, lo mismo que el proletario,
satisfactoria son suprimidos de raíz mediante la vibración emocional de tolera las condiciones de vida actuales, en gran parte porque no tiene con
los Dos Minutos de Odio, y las especulaciones que podrían quizá llevar a qué compararlas. Hay que cortarle radicalmente toda relación con el
una actitud escéptica o rebelde son aplastadas en sus comienzos o, mejor pasado, así como hay que aislarlo de los países extranjeros, porque es
dicho, antes de asomar a la consciencia, mediante la disciplina interna necesario que se crea en mejores condiciones que sus antepasados y que
adquirida desde la niñez. La primera etapa de esta disciplina, que puede se haga la ilusión de que el nivel de comodidades materiales crece sin
ser enseñada incluso a los niños, se llama en neolengua paracrimen. cesar. Pero la razón más importante para «reformar» el pasado es la
Paracrimen significa la facultad de parar, de cortar en seco, de un modo necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido. No solamente es
casi instintivo, todo pensamiento peligroso que pretenda salir a la preciso poner al día los discursos, estadísticas y datos de toda clase para
superficie. Incluye esta facultad la de no percibir las analogías, de no demostrar que las predicciones del Partido nunca fallan, sino que no
darse cuenta de los errores de lógica, de no comprender los puede admitirse en ningún caso que la doctrina política del Partido haya
razonamientos más sencillos si son contrarios a los principios del Ingsoc cambiado lo más mínimo porque cualquier variación de táctica política
de sentirse fastidiado e incluso asqueado por todo pensamiento orientado es una confesión de debilidad. Si, por ejemplo, Eurasia o Asia Oriental es
en una dirección herética. Paracrimen equivale, pues, a estupidez la enemiga de hoy, es necesario que ese país (el que sea de los dos, según
protectora. Pero no basta con la estupidez. Por el contrario, la ortodoxia las circunstancias) figure como el enemigo de siempre. Y si los hechos
en su más completo sentido exige un control sobre nuestros procesos demuestran otra cosa, habrá que cambiar los hechos. Así, la Historia ha
mentales, un autodominio tan completo como el de una contorsionista de ser escrita continuamente. Esta falsificación diaria del pasado,
sobre su cuerpo. La sociedad oceánica se apoya en definitiva sobre la realizada por el Ministerio de la Verdad, es tan imprescindible para la
creencia de que el Gran Hermano es omnipotente y que el Partido es estabilidad del régimen como la represión y el espionaje efectuados por
infalible. Pero como en realidad el Gran Hermano no es omnipotente y el el Ministerio del Amor.
Partido no es infalible, se requiere una incesante flexibilidad para La mutabilidad del pasado es el eje del Ingsoc. Los acontecimientos
enfrentarse con los hechos. La palabra clave en esto es negroblanco. pretéritos no tienen existencia objetiva, sostiene el Partido, sino que
sobreviven sólo en los documentos y en las memorias de los hombres. El deje un sentimiento de falsedad y, por tanto, de culpabilidad. El
pasado es únicamente lo que digan los testimonios escritos y la memoria doblepensar está arraigando en el corazón mismo del Ingsoc, ya que el
humana. Pero como quiera que el Partido controla por completo todos acto esencial del Partido es el empleo del engaño consciente,
los documentos y también la mente de todos sus miembros, resulta que el conservando a la vez la firmeza de propósito que caracteriza a la
pasado será lo que el Partido quiera que sea. También resulta que aunque auténtica honradez. Decir mentiras a la vez que se cree sinceramente en
el pasado puede ser cambiado, nunca lo ha sido en ningún caso concreto. ellas, olvidar todo hecho que no convenga recordar, y luego, cuando
En efecto, cada vez que ha habido que darle nueva forma por las vuelva a ser necesario, sacarlo del olvido sólo por el tiempo que
exigencias del momento, esta nueva versión es ya el pasado y no ha convenga, negar la existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un
existido ningún pasado diferente. Esto sigue siendo así incluso cuando — momento de saber que existe esa realidad que se niega… todo esto es
como ocurre a menudo— el mismo acontecimiento tenga que ser indispensable. Incluso para usar la palabra doblepensar es preciso
alterado, hasta hacerse irreconocible, varias veces en el transcurso de un emplear el doblepensar. Porque para usar la palabra se admite que se
año. En cualquier momento se halla el Partido en posesión de la verdad están haciendo trampas con la realidad. Mediante un nuevo acto de
absoluta y, naturalmente, lo absoluto no puede haber sido diferente de lo doblepensar se borra este conocimiento; y así indefinidamente,
que es ahora. Se verá, pues, que el control del pasado depende por manteniéndose la mentira siempre unos pasos delante de la verdad. En
completo del entrenamiento de la memoria. La seguridad de que todos definitiva, gracias al doblepensar ha sido capaz el Partido —y seguirá
los escritos están de acuerdo con el punto de vista ortodoxo que exigen siéndolo durante miles de años— de parar el curso de la Historia.
las circunstancias, no es más que una labor mecánica. Pero también es Todas las oligarquías del pasado han perdido el poder porque se
preciso recordar que los acontecimientos ocurrieron de la manera anquilosaron o por haberse reblandecido excesivamente. O bien se
deseada. Y si es necesario adaptar de nuevo nuestros recuerdos o hacían estúpidas y arrogantes, incapaces de adaptarse a las nuevas
falsificar los documentos, también es necesario olvidar que se ha hecho circunstancias, y eran vencidas, o bien se volvían liberales y cobardes,
esto. Este truco puede aprenderse como cualquier otra técnica mental. La haciendo concesiones cuando debieron usar la fuerza, y también fueron
mayoría de los miembros del Partido lo aprenden y desde luego lo derrotadas. Es decir, cayeron por exceso de consciencia o por pura
consiguen muy bien todos aquellos que son inteligentes además de inconsciencia. El gran éxito del Partido es haber logrado un sistema de
ortodoxos. En el antiguo idioma se conoce esta operación con toda pensamiento en que tanto la consciencia como la inconsciencia pueden
franqueza como «control de la realidad». En neolengua se le llama existir simultáneamente. Y ninguna otra base intelectual podría servirle al
doblepensar, aunque también es verdad que doblepensar comprende Partido para asegurar su permanencia. Si uno ha de gobernar, y de seguir
muchas cosas. gobernando siempre, es imprescindible que desquicie el sentido de la
Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones realidad. Porque el secreto del gobierno infalible consiste en combinar la
contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la creencia en la propia infalibilidad con la facultad de aprender de los
vez en la mente. El intelectual del Partido sabe en qué dirección han de pasados errores.
ser alterados sus recuerdos; por tanto, sabe que está trucando la realidad; No es preciso decir que los más sutiles cultivadores del doblepensar
pero al mismo tiempo se satisface a sí mismo por medio del ejercicio del son aquellos que lo inventaron y que saben perfectamente que este
doblepensar en el sentido de que la realidad no queda violada. Este sistema es la mejor organización del engaño mental. En nuestra sociedad,
proceso ha de ser consciente, pues, si no, no se verificaría con la aquellos que saben mejor lo que está ocurriendo son a la vez los que
suficiente precisión, pero también tiene que ser inconsciente para que no están más lejos de ver al mundo como realmente es. En general, a mayor
comprensión, mayor autoengaño: los más inteligentes son en esto los reconciliación de las contradicciones es posible retener el mando
menos cuerdos. Un claro ejemplo de ello es que la histeria de guerra indefinidamente. Si no, se volvería al antiguo ciclo. Si la igualdad
aumenta en intensidad a medida que subimos en la escala social. humana ha de ser evitada para siempre, si los Altos, como los hemos
Aquellos cuya actitud hacia la guerra es más racional son los súbditos de llamado, han de conservar sus puestos de un modo permanente, será
los territorios disputados. Para estas gentes, la guerra es sencillamente imprescindible que el estado mental predominante sea la locura
una calamidad continua que pasa por encima de ellos con movimiento de controlada.
marca. Para ellos es completamente indiferente cuál de los bandos va a Pero hay una cuestión que hasta ahora hemos dejado a un lado. A
ganar. Saben que un cambio de dueño significa sólo que seguirán saber: ¿por qué debe ser evitada la igualdad humana? Suponiendo que la
haciendo el mismo trabajo que antes, pero sometidos a nuevos amos que mecánica de este proceso haya quedado aquí claramente descrita,
los tratarán lo mismo que los anteriores. Los trabajadores algo más debemos preguntamos ¿cuál es el motivo de este enorme y minucioso
favorecidos, a los que llamamos proles, sólo se dan cuenta de un modo esfuerzo planeado para congelar la historia de un determinado momento?
intermitente de que hay guerra. Cuando es necesario se les inculca el Llegamos con esto al secreto central. Como hemos visto, la mística
frenesí de odio y miedo, pero si se les deja tranquilos son capaces de del Partido, y sobre todo la del Partido Interior, depende del doblepensar.
olvidar durante largos períodos que existe una guerra. Y en las filas del Pero a más profundidad aún, se halla el motivo central, el instinto nunca
Partido sobre todo en las del Partido Interior hallamos el verdadero puesto en duda, el instinto que los llevó por primera vez a apoderarse de
entusiasmo bélico. Sólo creen en la conquista del mundo los que saben los mandos y que produjo el doblepensar, la Policía del Pensamiento, la
que es imposible. Esta peculiar trabazón de elementos opuestos — guerra continua y todos los demás elementos que se han hecho
conocimiento con ignorancia, cinismo con fanatismo— es una de las necesarios para el sostenimiento del Poder. Este motivo consiste
características distintivas de la sociedad oceánica. La ideología oficial realmente en…
abunda en contradicciones incluso cuando no hay razón alguna que las
justifique. Así, el Partido rechaza y vilifica todos los principios que Winston se dio cuenta del silencio, lo mismo que se da uno cuenta de
defendió en un principio el movimiento socialista, y pronuncia esa un nuevo ruido. Le parecía que Julia había estado completamente
condenación precisamente en nombre del socialismo. Predica el inmóvil desde hacia un rato. Estaba echada de lado, desnuda de la cintura
desprecio de las clases trabajadoras. Un desprecio al que nunca se había para arriba, con su mejilla apoyada en la mano y una sombra oscura
llegado, y a la vez viste a sus miembros con un uniforme que fue en atravesándole los ojos. Su seno subía y bajaba poco a poco y con
tiempos el distintivo de los obreros manuales y que fue adoptado por esa regularidad.
misma razón. Sistemáticamente socava la solidaridad de la familia y al —Julia.
mismo tiempo llama a su jefe supremo con un nombre que es una No hubo respuesta.
evocación de la lealtad familiar. Incluso los nombres de los cuatro —Julia, ¿estás despierta?
ministerios que los gobiernan revelan un gran descaro al tergiversar Silencio. Estaba dormida. Cerró el libro y lo depositó
deliberadamente los hechos. El Ministerio de la Paz se ocupa de la cuidadosamente en el suelo, se echó y estiró la colcha sobre los dos.
guerra; El Ministerio de la Verdad, de las mentiras; el Ministerio del Todavía, pensó, no se había enterado de cuál era el último secreto.
Amor, de Ia tortura, y el Ministerio de la Abundancia, del hambre. Estas Entendía el cómo; no entendía el porqué. El capítulo I, como el capítulo
contradicciones no son accidentales, no resultan de la hipocresía III, no le habían enseñado nada que él no supiera. Solamente le habían
corriente. Son ejercicios de doblepensar. Porque sólo mediante la servido para sistematizar los conocimientos que ya poseía. Pero después
de leer aquellas páginas tenía una mayor seguridad de no estar loco.
Encontrarse en minoría, incluso en minoría de uno solo, no significaba
estar loco. Había la verdad y lo que no era verdad, y si uno se aferraba a
la verdad incluso contra el mundo entero, no estaba uno loco. Un rayo
amarillento del sol poniente entraba por la ventana y se aplastaba sobre la
almohada. Winston cerró los ojos. El sol en sus ojos y el suave cuerpo de
la muchacha tocando al suyo le daba una sensación de sueño, fuerza y
confianza. Todo estaba bien y él se hallaba completamente seguro allí. Se CAPÍTULO X
durmió con el pensamiento «la cordura no depende de las estadísticas»,
convencido de que esta observación contenía una sabiduría profunda. Se despertó con la sensación de haber dormido mucho tiempo, pero una
mirada al antiguo reloj le dijo que eran sólo las veinte y treinta. Siguió
adormilado un rato; le despertó otra vez la habitual canción del patio:

Era sólo una ilusión sin espera


que pasó como un día de abril;
pero aquella mirada, aquella palabra
y los ensueños que despertaron
me robaron el corazón.

Esta canción conservaba su popularidad. Se oía por todas partes.


Había sobrevivido a la Canción del Odio. Julia se despertó al oírla, se
estiró con lujuria y se levantó.
—Tengo hambre —dijo—. Vamos a hacer un poco de café.
¡Caramba! La estufa se ha apagado y el agua está fría. —Cogió la estufa
y la sacudió—. No tiene ya gasolina.
—Supongo que el viejo Charrington podrá dejarnos alguna —dijo
Winston.
—Lo curioso es que me había asegurado de que estuviera llena —
añadió ella—. Parece que se ha enfriado.
Él también se levantó y se vistió. La incansable voz proseguía:

Dicen que el tiempo lo cura todo,


dicen que siempre se olvida,
pero las sonrisas y lágrimas
a lo largo de los años
me retuercen el corazón
Mientras se apretaba el cinturón del «mono», Winston se asomó a la que para los de Oceanía. Y en realidad las gentes que vivían bajo ese
ventana. El sol debía de haberse ocultado detrás de las casas porque ya mismo cielo eran muy parecidas en todas partes, centenares o millares de
no daba en el patio. El cielo estaba tan azul, entre las chimeneas, que millones de personas como aquélla, personas que ignoraban mutuamente
parecía recién lavado. Incansablemente, la lavandera seguía yendo del sus existencias, separadas por muros de odio y mentiras, y sin embargo
lavadero a las cuerdas, cantando y callándose y no dejaba de colgar casi exactamente iguales; gentes que nunca habían aprendido a pensar,
pañales. Se preguntó Winston si aquella mujer lavaría ropa como medio pero que almacenaban en sus corazones, en sus vientres y en sus
de vida, o si era la esclava de veinte o treinta nietos. Julia se acercó a él; músculos la energía que en el futuro habría de cambiar al mundo. ¡Si
juntos contemplaron fascinados el ir y venir de la mujerona. Al mirarla había alguna esperanza, radicaba en los proles! Sin haber leído el final
en su actitud característica, alcanzando el tendedero con sus fuertes del libro, sabía Winston que ese tenía que ser el mensaje final de
brazos, o al agacharse sacando sus poderosas ancas, pensó Winston, Goldstein. El futuro pertenecía a los proles. Y, ¿podía él estar seguro de
sorprendido, que era una hermosa mujer. Nunca se le había ocurrido que que cuando llegara el tiempo de los proles, el mundo que éstos
el cuerpo de una mujer de cincuenta años, deformado hasta adquirir construyeran no le resultaría tan extraño a él, a Winston Smith, como le
dimensiones monstruosas a causa de los partos y endurecido, era ahora el mundo del Partido? Sí, porque por lo menos sería un mundo
embastecido por el trabajo, pudiera ser un hermoso cuerpo. Pero así era, de cordura. Donde hay igualdad puede haber sensatez. Antes o después
y después de todo, ¿por qué no? El sólido y deformado cuerpo, como un ocurriría esto, la fuerza almacenada se transmutaría en consciencia. Los
bloque de granito, y la basta piel enrojecida guardaba la misma relación proles eran inmortales, no cabía dudarlo cuando se miraba aquella
con el cuerpo de una muchacha que un fruto con la flor de su árbol. ¿Y heroica figura del patio. Al final se despertarían. Y hasta que ello
por qué va a ser inferior el fruto a la flor? ocurriera, aunque tardasen mil años, sobrevivirían a pesar de todos los
—Es hermosa —murmuró. obstáculos como los pájaros, pasándose de cuerpo a cuerpo la vitalidad
—Por lo menos tiene un metro de caderas —dijo Julia. que el Partido no poseía y que éste nunca podría aniquilar.
—Es su estilo de belleza. —¿Te acuerdas —le dijo a Julia— de aquel pájaro que cantó para
Winston abarcó con su brazo derecho el fino talle de Julia, que se nosotros, el primer día en que estuvimos juntos en el lindero del bosque?
apoyó sobre su costado. Nunca podrían permitírselo. La mujer de abajo —No cantaba para nosotros —respondió ella—. Cantaba para
no se preocupaba con sutilezas mentales; tenía fuertes brazos, un corazón distraerse, porque le gustaba. Tampoco; sencillamente, estaba cantando.
cálido y un vientre fértil. Se preguntó Winston cuántos hijos habría Los pájaros cantaban; los proles cantaban también, pero el Partido no
tenido. Seguramente unos quince. Habría florecido momentáneamente — cantaba. Por todo el mundo, en Londres y en Nueva York, en África y en
quizá durante un año— y luego se había hinchado como una fruta el Brasil, así como en las tierras prohibidas más allá de las fronteras, en
fertilizada y se había hecho dura y basta, y a partir de entonces su vida se las calles de París o Berlín, en las aldeas de la interminable llanura rusa,
había reducido a lavar, fregar, remendar, guisar, barrer, sacar brillo, en los bazares de China y del Japón, por todas partes existía la misma
primero para sus hijos y luego para sus nietos durante una continuidad de figura inconquistable, el mismo cuerpo deformado por el trabajo y por
treinta años. Y al final todavía cantaba. La reverencia mística que los partos, en lucha permanente desde el nacer al morir, y que sin
Winston sentía hacia ella tenía cierta relación con el aspecto del pálido y embargo cantaba. De esas poderosas entrañas nacería antes o después
limpio cielo que se extendía por entre las chimeneas y los tejados en una una raza de seres conscientes. «Nosotros somos los muertos; el futuro es
distancia infinita. Era curioso pensar que el cielo era el mismo para todo de ellos», pensó Winston pero era posible participar de ese futuro si se
el mundo, lo mismo para los habitantes de Eurasia y de Asia Oriental, mantenía alerta la mente como ellos, los proles, mantenían vivos sus
cuerpos. Todo el secreto estaba en pasarse de unos a otros la doctrina —La casa está rodeada —dijo Winston.
secreta de que dos y dos son cuatro. —La casa está rodeada —dijo la voz.
—Nosotros somos los muertos —dijo Winston. Winston oyó que Julia le decía:
—Nosotros somos los muertos —repitió Julia con obediencia escolar. —Supongo que podremos decirnos adiós.
—Vosotros sois los muertos —dijo una voz de hierro tras ellos. —Podéis deciros adiós —dijo la voz. Y luego, otra voz por completo
Winston y Julia se separaron con un violento sobresalto. A Winston distinta, una voz fina y culta que Winston creía haber oído alguna vez,
parecían habérsele helado las entrañas y, mirando a Julia, observó que se dijo:
le habían abierto los ojos desmesuradamente y que había empalidecido —Y ya que estamos en esto, aquí tenéis una vela para alumbraros
hasta adquirir su cara un color amarillo lechoso. La mancha del colorete mientras os acostáis; aquí tenéis mi hacha para cortaros la cabeza.
en las mejillas se destacaba violentamente como si fueran parches sobre Algo cayó con estrépito sobre la cama a espaldas de Winston. Era el
la piel. marco de la ventana, que había sido derribado por la escalera de mano
—Vosotros sois los muertos —repitió la voz de hierro. que habían apoyado allí desde abajo. Por la escalera de la casa subía
—Ha sido detrás del cuadro —murmuró Julia. gente. Pronto se llenó la habitación de hombres corpulentos con
—Ha sido detrás del cuadro —repitió la voz—. Quedaos exactamente uniformes negros, botas fuertes y altas porras en las manos.
donde estáis. No hagáis ningún movimiento hasta que se os ordene. Ya Winston no temblaba. Ni siquiera movía los ojos. Sólo le
¡Por fin, aquello había empezado! Nada podían hacer sino mirarse importaba una cosa: estarse inmóvil y no darles motivo para que le
fijamente. Ni siquiera se les ocurrió escaparse, salir de la casa antes de golpearan. Un individuo con aspecto de campeón de lucha libre, cuya
que fuera demasiado tarde. Sabían que era inútil. Era absurdo pensar que boca era sólo una raya, se detuvo frente a él, balanceando la porra entre
la voz de hierro procedente del muro pudiera ser desobedecida. Se oyó los dedos pulgar e índice mientras parecía meditar. Winston lo miró a los
un chasquido como si hubiese girado un resorte, y un ruido de cristal ojos. Era casi intolerable la sensación de hallarse desnudo, con las manos
roto. El cuadro había caído al suelo descubriendo la telepantalla que detrás de la cabeza. El hombre sacó un poco la lengua, una lengua
ocultaba. blanquecina, y se lamió el sitio donde debía haber tenido los labios. Dejó
—Ahora pueden vernos —dijo Julia. de prestarle atención a Winston. Hubo otro ruido violento. Alguien había
—Ahora podemos veros —dijo la voz—. Permaneced en el centro de cogido el pisapapeles de cristal y lo había arrojado contra el hogar de la
la habitación. Espalda contra espalda. Poneos las manos enlazadas detrás chimenea, donde se había hecho trizas.
de la cabeza. No os toquéis el uno al otro. El fragmento de coral, un pedacito de materia roja como un capullito
Por supuesto, no se tocaban, pero a Winston le parecía sentir el de los que adornan algunas tartas, rodó por la estera. «¡Qué pequeño
temblor del cuerpo de Julia. O quizá no fuera más que su propio temblor. es!», pensó Winston. Detrás de él se produjo un ruido sordo y una
Podía evitar que los dientes le castañetearan, pero no podía controlar las exclamación contenida, a la vez que recibía un violento golpe en el
rodillas. Se oyeron unos pasos de pesadas botas en el piso bajo dentro y tobillo que casi le hizo caer al suelo. Uno de los hombres le había dado a
fuera de la casa. El patio parecía estar lleno de hombres; arrastraban algo Julia un puñetazo en la boca del estómago, haciéndola doblarse como un
sobre las piedras. La mujer dejó de cantar súbitamente. Se produjo un metro de bolsillo. La joven se retorcía en el suelo esforzándose por
resonante ruido, como si algo rodara por el patio. Seguramente, era el respirar. Winston no se atrevió a volver la cabeza ni un milímetro, pero a
barreño de lavar la ropa. Luego, varios gritos de ira que terminaron con veces entraba en su radio de visión la lívida y angustiada cara de Julia. A
un alarido de dolor. pesar del terror que sentía, era como si el dolor que hacía retorcerse a la
joven lo tuviera él dentro de su cuerpo, aquel dolor espantoso que sin transformaban por completo. Las cejas negras eran menos peludas, no
embargo era menos importante que la lucha por volver a respirar. tenía arrugas, e incluso las facciones le habían cambiado algo. Parecía
Winston sabía de qué se trataba: conocía el terrible dolor que ni siquiera tener ahora la nariz más corta. Era el rostro alerta y frío de un hombre de
puede ser sentido porque antes que nada es necesario volver a respirar. unos treinta y cinco años. Pensó Winston que por primera vez en su vida
Entonces, dos de los hombres la levantaron por las rodillas y los hombros contemplaba, sabiendo que era uno de ellos, a un miembro de la Policía
y se la llevaron de la habitación como un saco. Winston pudo verle la del Pensamiento.
cara amarilla, y contorsionada, con los ojos cerrados y sin haber perdido
todavía el colorete de las mejillas.
Siguió inmóvil como una estatua. Aún no le habían pegado. Le
acudían a la mente pensamientos de muy poco interés en aquel momento,
pero que no podía evitar. Se preguntó qué habría sido del señor
Charrington y qué le habrían hecho a la mujer del patio. Sintió urgentes
deseos de orinar y se sorprendió de ello porque lo había hecho dos horas
antes. Notó que el reloj de la repisa de la chimenea marcaba las nueve, es
decir, las veintiuna, pero por la luz parecía ser más temprano. ¿No debía
estar oscureciendo a las veintiuna de una tarde de agosto? Pensó que
quizás Julia y él se hubieran equivocado de hora. Quizás habían creído
que eran las veinte y treinta cuando fueran en realidad las cero treinta de
la mañana siguiente, pero no siguió pensando en ello. Aquello no tenía
interés. Se sintieron otros pasos, más leves éstos, en el pasillo. El señor
Charrington entró en la habitación. Los hombres de los uniformes negros
adoptaron en seguida una actitud más sumisa. También habían cambiado
la actitud y el aspecto del señor Charrington. Se fijó en los fragmentos
del pisapapeles de cristal.
—Recoged esos pedazos —dijo con tono severo.
Un hombre se agachó para recogerlos.
Charrington no hablaba ya con acento cokney. Winston comprendió
en seguida que aquélla era la voz que él había oído poco antes en la
telepantalla. Charrington llevaba todavía su chaqueta de terciopelo, pero
el cabello, que antes tenía casi blanco, se le había vuelto completamente
negro. No llevaba ya gafas. Miró a Winston de un modo breve y cortante,
como si sólo le interesase comprobar su identidad y no le prestó más
atención. Se le reconocía fácilmente, pero ya no era la misma persona. Se
le había enderezado el cuerpo y parecía haber crecido. En el rostro sólo
se le notaban cambios muy pequeños, pero que sin embargo lo
PARTE TERCERA CAPÍTULO I
No sabía dónde estaba. Seguramente en el Ministerio del Amor; pero no
había manera de comprobarlo.
Se encontraba en una celda de alto techo, sin ventanas y con paredes
de reluciente porcelana blanca. Lámparas ocultas inundaban el recinto de
fría luz y había un sonido bajo y constante, un zumbido que Winston
suponía relacionado con la ventilación mecánica. Un banco, o mejor
dicho, una especie de estante a lo largo de la pared, le daba la vuelta a la
celda, interrumpido sólo por la puerta y, en el extremo opuesto, por un
retrete sin asiento de madera. Había cuatro telepantallas, una en cada
pared.
Winston sentía un sordo dolor en el vientre. Le venía doliendo desde
que lo encerraron en el camión para llevarlo allí. Pero también tenía
hambre, un hambre roedora, anormal. Aunque estaba justificada, porque
por lo menos hacía veinticuatro horas que no había comido; quizá treinta
y seis. No sabía, quizá nunca lo sabría, si lo habían detenido de día o de
noche. Desde que lo detuvieron no le habían dado nada de comer.
Se estuvo lo más quieto que pudo en el estrecho banco, con las
manos cruzadas sobre las rodillas. Había aprendido ya a estarse quieto.
Si se hacían movimientos inesperados, le chillaban a uno desde la
telepantalla, pero la necesidad de comer algo le atenazaba de un modo
espantoso. Lo que más le apetecía era un pedazo de pan. Tenía una vaga
idea de que en el bolsillo de su «mono» tenía unas cuantas migas de pan.
Incluso era posible —lo pensó porque de cuando en cuando algo le hacía
cosquillas en la pierna— que tuviera allí guardado un buen mendrugo.
Finalmente, pudo más la tentación que el miedo; se metió una mano en el
bolsillo.
—¡Smith! —gritó una voz desde la telepantalla—. ¡6O79! ¡Smith W! especie de aristocracia. En los campos de trabajos forzados, todas las
¡En las celdas, las manos fuera de los bolsillos! tareas sucias y viles eran realizadas por los presos políticos.
Volvió a inmovilizarse y a cruzar las manos sobre las rodillas. Antes En aquella celda había presenciado Winston un constante entrar y
de llevarlo allí lo habían dejado algunas horas en otro sitio que debía de salir de presos de la más variada condición: traficantes de drogas,
ser una cárcel corriente o un calabozo temporal usado por las patrullas. ladrones, bandidos, gente del mercado negro, borrachos y prostitutas.
No sabía exactamente cuánto tiempo le habían tenido allí; desde luego Algunos de los borrachos eran tan violentos que los demás presos tenían
varias horas; pero no había relojes ni luz natural y resultaba casi que ponerse de acuerdo para sujetarlos. Una horrible mujer de unos
imposible calcular el tiempo. Era un sitio ruidoso y maloliente. Lo sesenta años, con grandes pechos caídos y greñas de cabello blanco sobre
habían dejado en una celda parecida a esta en que ahora se hallaba, pero la cara, entró empujada por los guardias. Cuatro de éstos la sujetaban
horriblemente sucia y continuamente llena de gente. Por lo menos había mientras ella daba patadas y chillaba. Tuvieron que quitarle las botas con
a la vez diez o quince personas, la mayoría de las cuales eran criminales las que la vieja les castigaba las espinillas y la empujaron haciéndola caer
comunes, pero también se hallaban entre ellos unos cuantos prisioneros sentada sobre las piernas de Winston. El golpe fue tan violento que
políticos. Winston se había sentado silencioso, apoyado contra la pared, Winston creyó que se le habían partido los huesos de los muslos. La
encajado entre unos cuerpos sucios y demasiado preocupado por el mujer les gritó a los guardias, que ya se marchaban: «¡Hijos de perra!».
miedo y por el dolor que sentía en el vientre para interesarse por lo que le Luego, notando que estaba sentada en las piernas de Winston, se dejó
rodeaba. Sin embargo, notó la asombrosa diferencia de conducta entre resbalar hasta la madera.
los prisioneros del Partido y los otros. Los prisioneros del Partido —Perdona, querido —le dijo—. No me hubiera sentado encima de ti,
estaban siempre callados y llenos de terror, pero los criminales corrientes pero esos matones me empujaron. No saben tratar a una dama. —Se calló
parecían no temer a nadie. Insultaban a los guardias, se resistían a que les unos momentos y, después de darse unos golpecitos en el pecho, eructó
quitaran los objetos que llevaban, escribían palabras obscenas en el ruidosamente—. Perdona, chico —dijo—. Yo ya no soy yo.
suelo, comían descaradamente alimentos robados que sacaban de Se inclinó hacia delante y vomitó copiosamente sobre el suelo.
misteriosos escondrijos de entre sus ropas e incluso le respondían a gritos Esto va mejor —dijo, volviendo a apoyar la espalda en la pared y
a la telepantalla cuando ésta intentaba restablecer el orden. Por otra parte, cerrando los ojos—. Es lo que yo digo: lo mejor es echarlo fuera
algunos de ellos parecían hallarse en buenas relaciones con los guardias, mientras esté reciente en el estómago.
los llamaban con apodos y trataban de sacarles cigarrillos. También los Reanimada, volvió a fijarse en Winston y pareció tomarle un súbito
guardias trataban a los criminales ordinarios con cierta tolerancia, cariño. Le pasó uno de sus flácidos brazos por los hombros y lo atrajo
aunque, naturalmente, tenían que manejarlos con rudeza. Se hablaba hacia ella, echándole encima un pestilente vaho a cerveza y porquería.
mucho allí de los campos de trabajos forzados adonde los presos —¿Cómo te llamas, cariño? —le dijo.
esperaban ser enviados. Por lo visto, se estaba bien en los campos —Smith.
siempre que se tuvieran ciertos apoyos y se conociera el tejemaneje. —¿Smith? —repetía la mujer—. Tiene gracia. Yo también me llamo
Había allí soborno, favoritismo e inmoralidades de toda clase, abundaba Smith. Es que —añadió sentimentalmente— yo podía ser tu madre.
la homosexualidad y la prostitución e incluso se fabricaba En efecto, podía ser mi madre, pensó Winston. Tenía
clandestinamente alcohol destilándolo de las patatas. Los cargos de aproximadamente la misma edad y el mismo aspecto físico y era
confianza sólo se los daban a los criminales propiamente dichos, sobre probable que la gente cambiara algo después de pasar veinte años en un
todo a los gansters y a los asesinos de toda clase, que constituían una campo de trabajos forzados.
Nadie más le había hablado. Era sorprendente hasta qué punto momentáneamente, aceptando otros diez minutos de vida aunque al final
despreciaban los criminales ordinarios a los presos del Partido. Los de aquellos largos minutos no hubiera más que una tortura insoportable.
llamaban, despectivamente, los polits, y no sentían ningún interés por lo A veces procuraba calcular el número de mosaicos de porcelana que
que hubieran hecho o dejado de hacer. Los presos del Partido parecían cubrían las paredes de la celda. No debía de ser difícil, pero siempre
tener un miedo atroz a hablar con nadie y, sobre todo, a hablar unos con perdía la cuenta. Se preguntaba a cada momento dónde estaría y qué hora
otros. Sólo una vez, cuando dos miembros del Partido, ambos mujeres, sería. Llegó a estar seguro de que afuera hacía sol y poco después estaba
fueron sentadas juntas en el banco, oyó Winston entre la algarabía de igualmente convencido de que era noche cerrada. Sabía instintivamente
voces, unas cuantas palabras murmuradas precipitadamente y, sobre que en aquel lugar nunca se apagaban las luces. Era el sitio donde no
todo, la referencia a algo que llamaban la «habitación uno-cero-uno». No había oscuridad: y ahora sabía por qué O’Brien había reconocido la
sabía a qué se podían referir. alusión. En el Ministerio del Amor no había ventanas. Su celda podía
Quizá llevara dos o tres horas en este nuevo sitio. El dolor de vientre hallarse en el centro del edificio o contra la pared trasera, podía estar diez
no se le pasaba, pero se le aliviaba algo a ratos y entonces sus pisos bajo tierra o treinta sobre el nivel del suelo. Winston se fue
pensamientos eran un poco menos tétricos. En cambio, cuando trasladando mentalmente de sitio y trataba de comprender, por la
aumentaba el dolor, sólo pensaba en el dolor mismo y en su hambre. Al sensación vaga de su cuerpo, si estaba colgado a gran altura o enterrado a
aliviarse, se apoderaba el pánico de él. Había momentos en que se gran profundidad.
figuraba de modo tan gráfico las cosas que iban a hacerle que el corazón Afuera se oía ruido de pesados pasos. La puerta de acero se abrió con
le galopaba y se le cortaba la respiración. Sentía los porrazos que iban a estrépito. Entró un joven oficial, con impecable uniforme negro, una
darle en los codos y las patadas que le darían las pesadas botas figura que parecía brillar por todas partes con reluciente cuero y cuyo
claveteadas de hierro. Se veía a sí mismo retorciéndose en el suelo, pálido y severo rostro era como una máscara de cera. Avanzó unos pasos
pidiendo a gritos misericordia por entre los dientes partidos. Apenas dentro de la celda y volvió a salir para ordenar a los guardias que
recordaba a Julia. No podía concentrar en ella su mente. La amaba y no esperaban afuera que hiciesen entrar al preso que traían. El poeta
la traicionaría; pero eso era sólo un hecho, conocido por él como conocía Ampleforth entró dando tumbos en la celda. La puerta volvió a cerrarse
las reglas de aritmética. No sentía amor por ella y ni siquiera se de golpe.
preocupaba por lo que pudiera estarle sucediendo a Julia en ese Ampleforth hizo dos o tres movimientos inseguros como buscando
momento. En cambio pensaba con más frecuencia en O’Brien con cierta una salida y luego empezó a pasear arriba y abajo por la celda. Todavía
esperanza. O’Brien tenía que saber que lo habían detenido. Había dicho no se había dado cuenta de la presencia de Winston. Sus turbados ojos
que la Hermandad nunca intentaba salvar a sus miembros. Pero la miraban la pared un metro por encima del nivel de la cabeza de Winston.
cuchilla de afeitar se la proporcionarían si podían. Quizá pasaran cinco No llevaba zapatos; por los agujeros de los calcetines le salían los dedos
segundos antes de que los guardias pudieran entrar en la celda. La hoja gordos. Llevaba varios días sin afeitarse y la incipiente barba le daba un
penetraría en su carne con quemadora frialdad e incluso los dedos que la aire rufianesco que no le iba bien a su aspecto larguirucho y débil ni a
sostuvieran quedarían cortados hasta el hueso. Todo esto se le sus movimientos nerviosos.
representaba a él, que en aquellos momentos se encogía ante el más Winston salió un poco de su letargo. Tenía que hablarle a Ampleforth
pequeño dolor. No estaba seguro de utilizar la hoja de afeitar incluso si se aunque se expusiera al chillido de la telepantalla. Probablemente,
la llegaban a dar. Lo más natural era seguir existiendo Ampleforth era el que le traía la hoja de afeitar.
—Ampleforth.
La telepantalla no dijo nada. Ampleforth se detuvo, sobresaltado. Su Hablaron sin mucho sentido durante unos minutos hasta que, sin
mirada se concentró unos momentos sobre Winston. razón aparente, un alarido de la telepantalla los mandó callar. Winston se
—¡Ah, Smith! —dijo—. ¡También tú! inmovilizó como ya sabía hacerlo. En cambio, Ampleforth, demasiado
—¿De qué te acusan? grande para acomodarse en el estrecho banco, no sabía cómo ponerse y
—Para decirte la verdad… —sentóse embarazosamente en el banco se movía nervioso. Unos ladridos de la telepantalla le ordenaron que se
de enfrente a Winston—. Sólo hay un delito, ¿verdad? estuviera quieto. Pasó el tiempo. Veinte minutos, quizás una hora… Era
—¿Y tú lo has cometido? imposible saberlo. Una vez más se acercaban pasos de botas. A Winston
—Por lo visto. se le contrajo el vientre. Pronto, muy pronto, quizá dentro de cinco
Se llevó una mano a la frente y luego las dos apretándose las sienes minutos, quizás ahora mismo, el ruido de pasos significaría que le había
en un esfuerzo por recordar algo. llegado su turno.
—Estas cosas suelen ocurrir empezó vagamente. A fuerza de pensar Se abrió la puerta. El joven oficial de antes entró en la celda. Con un
en ello, se me ha ocurrido que pudiera ser… fue desde luego una rápido movimiento de la mano señaló a Ampleforth.
indiscreción, lo reconozco. Estábamos preparando una edición definitiva —Habitación uno-cero-uno —dijo.
de los poemas de Kipling. Dejé la palabra Dios al final de un verso. ¡No Ampleforth salió conducido por los guardias con las facciones
pude evitarlo! —añadió casi con indignación, levantando la cara para alteradas, pero sin comprender.
mirar a Winston—. Era imposible cambiar ese verso. God (Dios) tenía A Winston le pareció que pasaba mucho tiempo. Había vuelto a
que rimar con rod. ¿Te das cuenta de que sólo hay doce rimas para rod en dolerle atrozmente el estómago. Su mente daba vueltas por el mismo
nuestro idioma? Durante muchos días me he estado arañando el cerebro. camino. Tenía sólo seis pensamientos: el dolor de vientre; un pedazo de
Inútil, no había ninguna otra rima posible. pan; la sangre y los gritos; O’Brien; Julia; la hoja de afeitar. Sintió otra
Cambió la expresión de su cara. Desapareció de ella la angustia y por contracción en las entrañas; se acercaban las pesadas botas. Al abrirse la
unos momentos pareció satisfecho. Era una especie de calor intelectual puerta, la oleada de aire trajo un intenso olor a sudor frío.
que lo animaba, la alegría del pedante que ha descubierto algún dato Parsons entró en la celda. Vestía sus shorts caquis y una camisa de
inútil. sport.
—¿Has pensado alguna vez —dijo— que toda la historia de la poesía Esta vez, el asombro de Winston le hizo olvidarse de sus
inglesa ha sido determinada por el hecho de que en el idioma inglés preocupaciones.
escasean las rimas? —¡Tú aquí! —exclamó.
No, aquello no se le había ocurrido nunca a Winston ni le parecía que Parsons dirigió a Winston una mirada que no era de interés ni de
en aquellas circunstancias fuera un asunto muy interesante. sorpresa, sino sólo de pena. Empezó a andar de un lado a otro con
—¿Sabes si es ahora de día o de noche? —le preguntó. movimientos mecánicos. Luego empezó a temblar, pero se dominaba
Ampleforth se sobresaltó de nuevo: apretando los puños. Tenía los ojos muy abiertos.
—No había pensado en ello. Me detuvieron hace dos días, quizá tres. —¿De qué te acusan? —le preguntó Winston.
—Su mirada recorrió las paredes como si esperase encontrar una ventana —Crimental —dijo Parsons dando a entender con el tono de su voz
—. Aquí no hay diferencia entre el día y la noche. No es posible calcular que reconocía plenamente su culpa y, a la vez, un horror incrédulo de que
la hora. esa palabra pudiera aplicarse a un hombre como él. Se detuvo frente a
Winston y le preguntó con angustia—. ¿No me matarán, verdad, amigo?
No le matan a uno cuando no ha hecho nada concreto y sólo es culpable Anduvo un poco más por la celda mirando varias veces, con deseo
de haber tenido pensamientos que no pudo evitar. Sé que le juzgan a uno contenido, a la taza del retrete. Luego, se bajó a toda prisa los pantalones.
con todas las garantías. Tengo gran confianza en ellos. Saben —Perdona, chico —dijo—. No puedo evitarlo. Es por la espera;
perfectamente mi hoja de servicios. También tú sabes cómo he sido yo ¿sabes?
siempre. No he sido inteligente, pero siempre he tenido la mejor Asentó su amplio trasero sobre la taza. Winston se cubrió la cara con
voluntad. He procurado servir lo mejor posible al Partido, ¿no crees? Me las manos.
castigarán a cinco años, ¿verdad? O quizá diez. Un tipo como yo puede —¡Smith! —chilló la voz de la telepantalla—. ¡6O79 Smith W!
resultar muy útil en un campo de trabajos forzados. Creo que no me Descúbrete la cara. En las celdas, nada de taparse la cara.
fusilarán por una pequeña y única equivocación. Winston se descubrió el rostro. Parsons usó el retrete ruidosa y
—¿Eres culpable de algo? —dijo Winston. abundantemente. Luego resultó que no funcionaba el agua y la celda
—¡Claro que soy culpable! —exclamó Parsons mirando servilmente estuvo oliendo espantosamente durante varias horas.
a la telepantalla—. ¿No creerás que el Partido puede detener a un hombre Se llevaron a Parsons. Entraron y salieron más presos,
inocente? —Se le calmó su rostro de rana e incluso tomó una actitud misteriosamente. Una mujer fue enviada a la «habitación 101» y Winston
beatífica—. El crimen del pensamiento es una cosa horrible —dijo observó que esas palabras la hicieron cambiar de color. Llegó el
sentenciosamente—. Es una insidia que se apodera de uno sin que se dé momento en que, si hubiera sido de día cuando le llevaron allí, sería ya la
cuenta. ¿Sabes cómo me ocurrió a mí? ¡Mientras dormía! Sí, así fue. Me última hora de la tarde; y de haber entrado por la tarde, sería ya media
he pasado la vida trabajando tan contento, cumpliendo con mi deber lo noche. Había seis presos en la celda entre hombres y mujeres. Todos
mejor que podía y, ya ves, resulta que tenía un mal pensamiento oculto estaban sentados muy quietos. Frente a Winston se hallaba un hombre
en la cabeza. ¡Y yo sin saberlo! Una noche, empecé a hablar dormido, y con cara de roedor; apenas tenía barbilla y sus dientes eran afilados y
¿sabes lo que me oyeron decir? salientes. Los carrillos le formaban bolsones de tal modo que podía
Bajó la voz, como alguien que por razones médicas tiene que pensarse que almacenaba allí comida. Sus ojos gris pálido se movían
pronunciar unas palabras obscenas. temerosamente de un lado a otro y se desviaba su mirada en cuanto
—¡Abajo el Gran Hermano! Sí, eso dije. Y parece ser que lo repetí tropezaba con la de otra persona.
varias veces. Entre nosotros, chico, te confesaré que me alegró que me Se abrió la puerta de nuevo y entró otro preso cuyo aspecto le causó
detuvieran antes de que la cosa pasara a mayores. ¿Sabes lo que voy a un escalofrío a Winston. Era un hombre de aspecto vulgar, quizás un
decirles cuando me lleven ante el tribunal? «Gracias —les diré—, gracias ingeniero o un técnico. Pero lo sorprendente en él era su figura
por haberme salvado antes de que fuera demasiado tarde». esquelético. Su delgadez era tan exagerada que la boca y los ojos
—¿Quién te denunció? —dijo Winston. parecían de un tamaño desproporcionado y en sus ojos se almacenaba un
—Fue mi niña —dijo Parsons con cierto orgullo dolido—. Estaba intenso y criminal odio contra algo o contra alguien.
escuchando por el agujero de la cerradura. Me oyó decir aquello y llamó El individuo se sentó en el banco a poca distancia de Winston. Éste
a la patrulla al día siguiente. No se le puede pedir más lealtad política a no volvió a mirarle, pero la cara de calavera se le había quedado tan
una niña de siete años, ¿no te parece? No le guardo ningún rencor. La grabada como si la tuviera continuamente frente a sus ojos. De pronto
verdad es que estoy orgulloso de ella, pues lo que hizo demuestra que la comprendió de qué se trataba. Aquel hombre se moría de hambre. Lo
he educado muy bien. mismo pareció ocurrírseles casi a la vez a cuantos allí se hallaban. Se
produjo un leve movimiento por todo el banco. El hombre de la cara de
ratón miraba de cuando en cuando al esquelético y desviaba en seguida la —¡Camarada! ¡Oficial! No tienes que llevarme a ese sitio; ¿no te lo
mirada con aire culpable para volverse a fijarse en él irresistiblemente he dicho ya todo? ¿Qué más quieres saber? ¡Todo lo confesaría, todo!
atraído. Por fin se levantó, cruzó pesadamente la celda, se rebuscó en el Dime de qué se trata y lo confesaré. ¡Escribe lo que quieras y lo firmaré!
bolsillo del «mono» y con aire tímido sacó un mugriento mendrugo de Pero no me lleves a la habitación 101.
pan y se lo tendió al hambriento. —Habitación 101 —dijo el oficial.
La telepantalla rugió furiosa. El de la cara de ratón volvió a su sitio La cara del hombre, ya palidísima, se volvió de un color increíble.
de un brinco. El esquelético se había llevado inmediatamente las manos Era —no había lugar a dudas— de un tono verde.
detrás de la espalda como para demostrarle a todo el mundo que se había —¡Haz algo por mi! —chilló—. Me has estado matando de hambre
negado a aceptar el ofrecimiento. durante varias semanas. Acaba conmigo de una vez. Dispara contra mí.
—¡Bumstead! —gritó la voz de un modo ensordecedor—. ¡2713 Ahórcame. Condéname a veinticinco años. ¿Queréis que denuncie a
Bumstead! Tira ese pedazo de pan. alguien más? Decidme de quién se trata y yo diré todo lo que os
El individuo tiró el mendrugo al suelo. convenga. No me importa quién sea ni lo que vayáis a hacerle. Tengo
—Ponte de pie de cara a la puerta y sin hacer ningún movimiento. mujer y tres hijos. El mayor de ellos no tiene todavía seis años. Podéis
El hombre obedeció mientras le temblaban los bolsones de sus coger a los cuatro y cortarles el cuerpo delante de mí y yo lo contemplaré
mejillas. Se abrió la puerta de golpe y entró el joven oficial, que se apartó sin rechistar. Pero no me llevéis a la habitación 101.
para dejar pasar a un guardia achaparrado con enormes brazos y —Habitación 101 —dijo el oficial.
hombros. Se colocó frente al hombre del mendrugo y, a una orden muda El hombre del rostro de calavera miró frenéticamente a los demás
del oficial, le lanzó un terrible puñetazo a la boca apoyándolo con todo el presos como si esperara encontrar alguno que pudiera poner en su lugar.
peso de su cuerpo. La fuerza del golpe empujó al individuo hasta la otra Sus ojos se detuvieron en la aporreada cara del que le había ofrecido el
pared de la celda. Se cayó junto al retrete. Le brotaba una sangre mendrugo. Lo señaló con su mano huesuda y temblorosa.
negruzca de la boca y de la nariz. Después, gimiendo débilmente, —A ése es al que debíais llevar, no a mí —gritó—. ¿No habéis oído
consiguió ponerse en pie. Entre un chorro de sangre y saliva, se le lo que dijo cuando le pegaron? Os lo contaré si queréis oírme. El sí que
cayeron de la boca las dos mitades de una dentadura postiza. está contra el Partido y no yo.— Los guardias avanzaron dos pasos. La
Los presos estaban muy quietos, todos ellos con las manos cruzadas voz del hombre se elevó histéricamente. ¡No lo habéis oído! —repitió—.
sobre las rodillas. El hombre ratonil volvió a su sitio. Se le oscurecía la La telepantalla no funcionaba bien. Ése es al que debéis llevaros. ¡Sí, él,
carne en uno de los lados de la cara. Se le hinchó la boca hasta formar él; yo no!
una masa informe con un agujero negro en medio. Sus ojos grises Los dos guardias lo sujetaron por el brazo, pero en ese momento el
seguían moviéndose, sintiéndose más culpable que nunca y como preso se tiró al suelo y se agarró a una de las patas de hierro que
tratando de averiguar cuánto lo despreciaban los otros por aquella sujetaban el banco. Lanzaba un aullido que parecía de algún animal. Los
humillación. guardias tiraban de él. Pero se aferraba con asombrosa fuerza. Estuvieron
Se abrió la puerta. Con un pequeño gesto, el oficial señaló al hombre forcejeando así quizá unos veinte segundos. Los presos seguían
esquelético. inmóviles con las manos cruzadas sobre las rodillas mirando fijamente
—Habitación 101 —dijo. frente a ellos. El aullido se cortó; el hombre sólo tenía ya alientos para
Winston oyó a su lado una ahogada exclamación de pánico. El sujetarse. Entonces se oyó un grito diferente. Un guardia le había roto de
hombre se dejó caer al suelo de rodillas y rogaba con las manos juntas:
una patada los dedos de una mano. Lo pusieron de pie alzándolo como olvidó la presencia de la telepantalla.
un pelele. —¡También a ti te han cogido! —exclamó.
—Habitación 101 —dijo el oficial. —Hace mucho tiempo que me han cogido —repuso O’Brien con una
Y se lo llevaron al hombre, que apenas podía apoyarse en el suelo y ironía suave y como si lo lamentara.
que se sujetaba con la otra la mano partida. Había perdido por completo Se apartó un poco para que pasara un corpulento guardia que tenía
los ánimos. una larga porra negra en la mano.
Pasó mucho tiempo. Si había sido media noche cuando se llevaron al —Ya sabías que ocurriría esto, Winston —dijo O’Brien—. No te
hombre de la cara de calavera, era ya por la mañana; si había sido por la engañes a ti mismo. Lo sabías… Siempre lo has sabido.
mañana, ahora sería por la tarde. Winston estaba solo desde hacía varias Sí, ahora comprendía que siempre lo había sabido. Pero no había
horas. Le producía tal dolor estarse sentado en el estrecho banco que se tiempo de pensar en ello. Sólo tenía ojos para la porra que se balanceaba
atrevió a levantarse de cuando en cuando y dar unos pasos por la celda en la mano del guardia. El golpe podía caer en cualquier parte de su
sin que la telepantalla se lo prohibiera. El mendrugo de pan seguía en el cuerpo: en la coronilla, encima de la oreja, en el antebrazo, en el codo…
suelo, en el mismo sitio donde lo había tirado el individuo de cara ¡En el codo! Dio un brinco y se quedó casi paralizado sujetándose
ratonil. Al principio, necesitó Winston esforzarse mucho para no mirarlo, con la otra mano el codo golpeado. Había visto luces amarillas. ¡Era
pero ya no tenía hambre, sino sed. Se le había puesto la boca pegajosa y inconcebible que un solo golpe pudiera causar tanto dolor! Cayó al suelo.
de un sabor malísimo. El constante zumbido y la invariable luz blanca le Volvió a ver claro. Los otros dos lo miraban desde arriba. El guardia se
causaban una sensación de mareo y de tener vacía la cabeza. Cuando no reía de sus contorsiones. Por lo menos, ya sabía una cosa, jamás, por
podía resistir más el dolor de los huesos, se levantaba, pero volvía a ninguna razón del mundo, puede uno desear un aumento de dolor. Del
sentarse en seguida porque estaba demasiado mareado para permanecer dolor físico sólo se puede desear una cosa: que cese. Nada en el mundo
en pie. En cuanto conseguía dominar sus sensaciones físicas, le volvía el es tan malo como el dolor físico. Ante eso no hay héroes. No hay héroes,
terror. A veces pensaba con leve esperanza en O’Brien y en la hoja de pensó una y otra vez mientras se retorcía en el suelo, sujetándose
afeitar. Bien pudiera llegar la hoja escondida en el alimento que le dieran, inútilmente su inutilizado brazo izquierdo.
si es que llegaban a darle alguno. En Julia pensaba menos. Estaría
sufriendo, quizás más que él. Probablemente estaría chillando de dolor en
este mismo instante. Pensó: «Si pudiera salvar a Julia duplicando mi
dolor, ¿lo haría? Sí, lo haría». Esto era sólo una decisión intelectual,
tomada porque sabía que su deber era ese; pero, en verdad, no lo sentía.
En aquel sitio no se podía sentir nada excepto el dolor físico y la
anticipación de venideros dolores. Además, ¿era posible, mientras se
estaba sufriendo realmente, desear que por una u otra razón le aumentara
a uno el dolor? Pero a esa pregunta no estaba él todavía en condiciones
de responder. Las botas volvieron a acercarse. Se abrió la puerta. Entró
O’Brien.
Winston se puso en pie. El choque emocional de ver a aquel hombre
le hizo abandonar toda preocupación. Por primera vez en muchos años,
el suelo con el impudor de un animal retorciéndose en un inútil esfuerzo
por evitar los golpes, pero con aquellos movimientos sólo conseguía que
le propinaran más patadas en las costillas, en el vientre, en los codos, en
las espinillas, en los testículos y en la base de la columna vertebral. A
veces gritaba pidiendo misericordia incluso antes de que empezaran a
pegarle y bastaba con que un puño hiciera el movimiento de retroceso
CAPÍTULO II precursor del golpe para que confesara todos los delitos, verdaderos o
imaginarios, de que le acusaban. Otras veces, cuando se decidía a no
Winston yacía sobre algo que parecía una cama de campaña aunque más contestar nada, tenían que sacarle las palabras entre alaridos de dolor y
elevada sobre el suelo y que estaba sujeta para que no pudiera moverse. en otras ocasiones se decía a sí mismo, dispuesto a transigir: «Confesaré,
Sobre su rostro caía una luz más fuerte que la normal. O’Brien estaba de pero todavía no. Tengo que resistir hasta que el dolor sea insoportable.
pie a su lado, mirándole fijamente. Al otro lado se hallaba un hombre con Tres golpes más, dos golpes más y les diré lo que quieran». Cuando le
chaqueta blanca en una de cuyas manos tenía preparada una jeringuilla golpeaban hasta dejarlo tirado como un saco de patatas en el suelo de
hipodérmica. piedra para que recobrara alguna energía, al cabo de varias horas volvían
Aunque ya hacía un rato que había abierto los ojos, no acababa de a buscarlo y le pegaban otra vez. También había períodos más largos de
darse plena cuenta de lo que le rodeaba. Tenía la impresión de haber descanso. Los recordaba confusamente porque los pasaba adormilado o
venido nadando hasta esta habitación desde un mundo muy distinto, una con el conocimiento casi perdido. Se acordaba de que un barbero había
especie de mundo submarino. No sabía cuánto tiempo había estado en ido a afeitarle la barba al rape y algunos hombres de actitud profesional,
aquellas profundidades. Desde el momento en que lo detuvieron no había con batas blancas, le tomaban el pulso, le observaban sus movimientos
visto oscuridad ni luz diurna. Además sus recuerdos no eran continuos. A reflejos, le levantaban los párpados y le recorrían el cuerpo con dedos
veces la conciencia, incluso esa especie de conciencia que tenemos en los rudos en busca de huesos rotos o le ponían inyecciones en el brazo para
sueños, se le había parado en seco y sólo había vuelto a funcionar hacerle dormir.
después de un rato de absoluto vacío. Pero si esos ratos eran segundos, Las palizas se hicieron menos frecuentes y quedaron reducidas casi
horas, días, o semanas, no había manera de saberlo. únicamente a amenazas, a anunciarle un horror al que le enviarían en
La pesadilla comenzó con aquel primer golpe en el codo. Más tarde cuanto sus respuestas no fueran satisfactorias. Los que le interrogaban no
se daría cuenta de que todo lo ocurrido entonces había sido sólo una eran ya rufianes con uniformes negros, sino intelectuales del Partido,
ligera introducción, un interrogatorio rutinario al que eran sometidos casi hombrecillos regordetes con movimientos rápidos y gafas brillantes que
todos los presos. Todos tenían que confesar, como cuestión de mero se relevaban para «trabajarlo» en turnos que duraban —no estaba seguro
trámite, una larga serie de delitos: espionaje, sabotaje y cosas por el — diez o doce horas. Estos otros interrogadores procuraban que se
estilo. Aunque la tortura era real, la confesión era sólo cuestión de hallase sometido a un dolor leve, pero constante, aunque ellos no se
trámite. Winston no podía recordar cuántas veces le habían pegado ni basaban en el dolor para hacerle confesar. Le daban bofetadas, le
cuánto tiempo habían durado los castigos. Recordaba, en cambio, que en retorcían las orejas, le tiraban del pelo, le hacían sostenerse en una sola
todo momento había en torno suyo cinco o seis individuos con uniformes pierna, le negaban el permiso para orinar, le enfocaban la cara con
negros. A veces emplearon los puños, otras las porras, también varas de insoportables reflectores hasta que le hacían llorar a lágrima viva… Pero
acero y, por supuesto, las botas. Sabía que había rodado varias veces por la finalidad de esto era sólo humillarlo y destruir en él la facultad de
razonar, de encontrar argumentos. La verdadera arma de aquellos único que él veía era un par de ojos. Allí cerca se oía el tic-tac, lento y
hombres era el despiadado interrogatorio que proseguía hora tras hora, regular, de un instrumento. Los ojos aumentaron de tamaño y se hicieron
lleno de trampas, deformando todo lo que él había dicho, haciéndole más luminosos. De pronto, Winston salió flotando de su asiento y
confesar a cada paso mentiras y contradicciones, hasta que empezaba a sumergiéndose en los ojos, fue tragado por ellos.
llorar no sólo de vergüenza sino de cansancio nervioso. A veces lloraba Estaba atado a una silla rodeada de esferas graduadas, bajo cegadores
media docena de veces en una sola sesión. Casi todo el tiempo lo estaban focos. Un hombre con bata blanca leía los discos. Fuera se oía que se
insultando y lo amenazaban, a cada vacilación, con volverlo a entregar a acercaban pasos. La puerta se abrió de golpe. El oficial de cara de cera
los guardias. Pero de pronto cambiaban de tono, lo llamaban camarada, entró seguido por dos guardias.
trataban de despertar sus sentimientos en nombre del Ingsoc y del Gran —Habitación 101 —dijo el oficial.
Hermano, y le preguntaban compungidos si no le quedaba la suficiente El hombre de la bata blanca no se volvió. Ni siquiera miró a Winston;
lealtad hacia el Partido para desear no haber hecho todo el mal que había se limitaba a observar los discos.
hecho. Con los nervios destrozados después de tantas horas de Winston rodaba por un interminable corredor de un kilómetro de
interrogatorio, estos amistosos reproches le hacían llorar con más fuerza. anchura inundado por una luz dorada y deslumbrante. Se reía a
Al final se había convertido en un muñeco: una boca que afirmaba lo que carcajadas y gritaba confesiones sin cesar. Lo confesaba todo, hasta lo
le pedían y una mano que firmaba todo lo que le ponían delante. Su única que había logrado callar bajo las torturas. Le contaba toda la historia de
preocupación consistía en descubrir qué deseaban hacerle declarar para su vida a un público que ya la conocía. Lo rodeaban los guardias, sus
confesarlo inmediatamente antes de que empezaran a insultarlo y a otros verdugos de lentes, los hombres de las batas blancas, O’Brien,
amenazarle. Confesó haber asesinado a distinguidos miembros del Julia, el señor Charrington, y todos rodaban alegremente por el pasillo
Partido, haber distribuido propaganda sediciosa, robo de fondos públicos, riéndose a carcajadas. Winston se había escapado de algo terrorífico con
venta de secretos militares al extranjero, sabotajes de toda clase… que le amenazaban y que no había llegado a suceder. Todo estaba muy
Confesó que había sido espía a sueldo de Asia Oriental ya en 1968. bien, no había más dolor y hasta los más mínimos detalles de su vida
Confesó que tenía creencias religiosas, que admiraba el capitalismo y quedaban al descubierto, comprendidos y perdonados.
que era un pervertido sexual. Confesó haber asesinado a su esposa, Intentó levantarse, incorporarse en la cama donde lo habían tendido,
aunque sabía perfectamente —y tenían que saberlo también sus verdugos pues casi tenía la seguridad de haber oído la voz de O’Brien. Durante
— que su mujer vivía aún. Confesó que durante muchos años había todos los interrogatorios anteriores, a pesar de no haberlo llegado a ver,
estado en relación con Goldstein y había sido miembro de una había tenido la constante sensación de que O’Brien estaba allí cerca,
organización clandestina a la que habían pertenecido casi todas las detrás de él. Era O’Brien quien lo había dirigido todo. Él había lanzado a
personas que él había conocido en su vida. Lo más fácil era confesarlo los guardias contra Winston y también él había evitado que lo mataran.
todo —fuera verdad o mentira— y comprometer a todo el mundo. Fue él quién decidió cuándo tenía Winston que gritar de dolor, cuándo
Además, en cierto sentido, todo ello era verdad. Era cierto que había sido podía descansar, cuándo lo tenían que alimentar, cuándo habían de
un enemigo del Partido y a los ojos del Partido no había distinción dejarlo dormir y cuándo tenían que reanimarlo con inyecciones. Era él
alguna entre los pensamientos y los actos. quien sugería las preguntas y las respuestas. Era su atormentador, su
También recordaba otras cosas que surgían en su mente de un modo protector, su inquisidor y su amigo. Y una vez —Winston no podía
inconexo, como cuadros aislados rodeados de oscuridad. Estaba en una recordar si esto ocurría mientras dormía bajo el efecto de la droga, o
celda que podía haber estado oscura o con luz, no lo sabía, porque lo durante el sueño normal o en un momento en que estaba despierto— una
voz le había murmurado al oído: «No te preocupes, Winston; estás bajo te dejas caer por debajo de tu nivel normal de inteligencia, te haré dar un
mi custodia. Te he vigilado durante siete años. Ahora ha llegado el alarido inmediatamente. ¿Entendido?
momento decisivo. Te salvaré; te haré perfecto». No estaba seguro si era —Sí —dijo Winston.
la voz de O’Brien; pero desde luego era la misma voz que le había dicho O’Brien adoptó una actitud menos severa. Se ajustó pensativo las
en aquel otro sueño, siete años antes: «Nos encontraremos en el sitio gafas y anduvo unos pasos por la habitación. Cuando volvió a hablar, su
donde no hay oscuridad». voz era suave y paciente. Parecía un médico, un maestro, incluso un
Ahora no podía moverse. Le habían sujetado bien el cuerpo boca sacerdote, deseoso de explicar y de persuadir antes que de castigar.
arriba. Incluso la cabeza estaba sujeta por detrás al lecho. O’Brien lo —Me estoy tomando tantas molestias contigo, Winston, porque tú lo
miraba serio, casi triste. Su rostro, visto desde abajo, parecía basto y mereces. Sabes perfectamente lo que te ocurre. Lo has sabido desde hace
gastado, y con bolsas bajo los ojos y arrugas de cansancio de la nariz a la muchos años aunque te has esforzado en convencerte de que no lo sabías.
barbilla. Era mayor de lo que Winston creía. Quizás tuviera cuarenta y Estás trastornado mentalmente. Padeces de una memoria defectuosa.
ocho o cincuenta años. Apoyaba la mano en una palanca que hacía mover Eres incapaz de recordar los acontecimientos reales y te convences a ti
la aguja de la esfera, en la que se veían unos números. mismo porque estabas decidido a no curarte. No estabas dispuesto a
—Te dije —murmuró O’Brien— que, si nos encontrábamos de hacer el pequeño esfuerzo de voluntad necesario. Incluso ahora, estoy
nuevo, sería aquí. seguro de ello, te aferras a tu enfermedad por creer que es una virtud.
—Sí —dijo Winston. Ahora te pondré un ejemplo y te convencerás de lo que digo. Vamos a
Sin advertencia previa —excepto un leve movimiento de la mano de ver, en este momento, ¿con qué potencia está en guerra Oceanía?
O’Brien— le inundó una oleada dolorosa. Era un dolor espantoso porque —Cuando me detuvieron, Oceanía estaba en guerra con Asia
no sabía de dónde venía y tenía la sensación de que le habían causado un Oriental.
daño mortal. No sabía si era un dolor interno o el efecto de algún recurso —Con Asia Oriental. Muy bien. Y Oceanía ha estado siempre en
eléctrico, pero sentía como si todo el cuerpo se le descoyuntara. Aunque guerra con Asia Oriental, ¿verdad?
el dolor le hacía sudar por la frente, lo único que le preocupaba es que se Winston contuvo la respiración. Abrió la boca para hablar, pero no
le rompiera la columna vertebral. Apretó los dientes y respiró por la nariz pudo. Era incapaz de apartar los ojos del disco numerado.
tratando de estarse callado lo más posible. —La verdad, por favor, Winston. Tu verdad. Dime lo que creas
—Tienes miedo —dijo O’Brien observando su cara— de que de un recordar.
momento a otro se te rompa algo. Sobre todo, temes que se te parta la —Recuerdo que hasta una semana antes de haber sido yo detenido,
espina dorsal. Te imaginas ahora mismo las vértebras saltándose y el no estábamos en guerra con Asia Oriental en absoluto. Éramos aliados de
líquido raquídeo saliéndose. ¿Verdad que lo estás pensando, Winston? ella. La guerra era contra Eurasia. Una guerra que había durado cuatro
Winston no contestó. O’Brien presionó sobre la palanca. La ola de años. Y antes de eso…
dolor se retiró con tanta rapidez como había llegado. O’Brien lo hizo callar con un movimiento de la mano.
—Eso era cuarenta —dijo O’Brien—. Ya ves que los números llegan —Otro ejemplo. Hace algunos años sufriste una obcecación muy
hasta el ciento. Recuerda, por favor, durante nuestra conversación, que seria. Creíste que tres hombres que habían sido miembros del Partido,
está en mi mano infligirle dolor en el momento y en el grado que yo llamados Jones, Aaronson y Rutherford —unos individuos que fueron
desee. Si me dices mentiras o si intentas engañarme de alguna manera, o ejecutados por traición y sabotaje después de haber confesado todos sus
delito—, creíste, repito, que no eran culpables de los delitos de que se les
acusaba. Creíste que habías visto una prueba documental innegable que O’Brien lo miraba pensativo. Más que nunca, tenía el aire de un
demostraba que sus confesiones habían sido forzadas y falsas. Sufriste profesor esforzándose por llevar por buen camino a un chico descarriado,
una alucinación que te hizo ver cierta fotografía. Llegaste a creer que la pero prometedor.
habías tenido en tus manos. Era una foto como ésta. —Hay una consigna del Partido sobre el control del pasado. Repítela,
Entre los dedos de O’Brien había aparecido un recorte de periódico Winston, por favor.
que pasó ante la vista de Winston durante unos cinco segundos. Era una —El que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el
foto de periódico y no podía dudarse cuál. Sí, era la fotografía; otro presente controla el pasado —repitió Winston, obediente.
ejemplar del retrato de Jones, Aaronson y Rutherford en el acto del —El que controla el presente controla el pasado —dijo O’Brien
Partido celebrado en Nueva York, aquella foto que Winston había moviendo la cabeza con lenta aprobación—. ¿Y crees tú, Winston, que el
descubierto por casualidad once años antes y había destruido en seguida. pasado existe verdaderamente?
Y ahora había vuelto a verla. Sólo unos instantes, pero estaba seguro de Otra vez invadió a Winston el desamparo. Sus ojos se volvieron hacia
haberla visto otra vez. Hizo un desesperado esfuerzo por incorporarse. el disco. No sólo no sabía si la respuesta que le evitaría el dolor sería sí o
Pero era imposible moverse ni siquiera un centímetro. Había olvidado no, sino que ni siquiera sabía cuál de estas respuestas era la que él tenía
hasta la existencia de la amenazadora palanca. Sólo quería volver a coger por cierta.
la fotografía, o por lo menos verla más tiempo. O’Brien sonrió débilmente:
—¡Existe! —gritó. —No eres metafísico, Winston. Hasta este momento nunca habías
—No —dijo O’Brien. pensado en lo que se conoce por existencia. Te lo explicaré con más
Cruzó la estancia. En la pared de enfrente había un «agujero de la precisión. ¿Existe el pasado concretamente, en el espacio? ¿Hay algún
memoria». O’Brien levantó la rejilla. El pedazo de papel salió dando sitio en alguna parte, hay un mundo de objetos sólidos donde el pasado
vueltas en el torbellino de aire caliente y se deshizo en una fugaz llama. siga acaeciendo?
O’Brien volvió junto a Winston. —No.
—Cenizas —dijo—. Ni siquiera cenizas identificables. Polvo. Nunca —Entonces, ¿dónde existe el pasado?
ha existido. —En los documentos. Está escrito.
—¡Pero existió! ¡Existe! Sí, existe en la memoria. Lo recuerdo. Y tú —En los documentos… Y, ¿dónde más?
también lo recuerdas. —En la mente. En la memoria de los hombres.
—Yo no lo recuerdo —dijo O’Brien. —En la memoria. Muy bien. Pues nosotros, el Partido, controlamos
Winston se desanimó. Aquello era doblepensar. Sintió un mortal todos los documentos y controlamos todas las memorias. De manera que
desamparo. Si hubiera estado seguro de que O’Brien mentía, se habría controlamos el pasado, ¿no es así?
quedado tranquilo. Pero era muy posible que O’Brien hubiera olvidado —Pero, ¿cómo van ustedes a evitar que la gente recuerde lo que ha
de verdad la fotografía. Y en ese caso habría olvidado ya su negativa de pasado? —exclamó Winston olvidando del nuevo el martirizador
haberla recordado y también habría olvidado el acto de olvidarlo. ¿Cómo eléctrico—. Es un acto involuntario. No puede uno evitarlo. ¿Cómo vais
podía uno estar seguro de que todo esto no era más que un truco? Quizás a controlar la memoria? ¡La mía no la habéis controlado!
aquella demencial dislocación de los pensamientos pudiera tener una O’Brien volvió a ponerse serio. Tocó la palanca con la mano.
realidad efectiva. Eso era lo que más desanimaba a Winston. —Al contrario —dijo por fin—, eres tú el que no la ha controlado y
por eso estás aquí. Te han traído porque te han faltado humildad y
autodisciplina. No has querido realizar el acto de sumisión que es el —¡¡Cuatro!! ¡¡Cuatro!! ¿Qué voy a decirte? ¡Cuatro!
precio de la cordura. Has preferido ser un loco, una minoría de uno solo. La aguja debía de marcar más, pero Winston no la miró. El rostro
Convéncete, Winston; solamente el espíritu disciplinado puede ver la severo y pesado y los cuatro dedos ocupaban por completo su visión. Los
realidad. Crees que la realidad es algo objetivo, externo, que existe por dedos, ante sus ojos, parecían columnas, enormes, borrosos y vibrantes,
derecho propio. Crees también que la naturaleza de la realidad se pero seguían siendo cuatro, sin duda alguna.
demuestra por sí misma. Cuando te engañas a ti mismo pensando que ves —¿Cuántos dedos, Winston? —¡¡Cuatro!! ¡Para eso, para eso! ¡No
algo, das por cierto que todos los demás están viendo lo mismo que tú. sigas, es inútil!
Pero te aseguro, Winston, que la realidad no es externa. La realidad —¿Cuántos dedos, Winston?
existe en la mente humana y en ningún otro sitio. No en la mente —¡Cinco! ¡Cinco! ¡Cinco!
individual, que puede cometer errores y que, en todo caso, perece pronto. —No, Winston; así no vale. Estás mintiendo. Sigues creyendo que
Sólo la mente del Partido, que es colectiva e inmortal, puede captar la son cuatro. Por favor, ¿cuántos dedos?
realidad. Lo que el Partido sostiene que es verdad es efectivamente —¡¡Cuatro!! ¡¡Cinco!! ¡¡Cuatro!! Lo que quieras, pero termina de
verdad. Es imposible ver la realidad sino a través de los ojos del Partido. una vez. Para este dolor.
Éste es el hecho que tienes que volver a aprender, Winston. Para ello se Ahora estaba sentado en el lecho con el brazo de O’Brien rodeándole
necesita un acto de autodestrucción, un esfuerzo de la voluntad. Tienes los hombros. Quizá hubiera perdido el conocimiento durante unos
que humillarte si quieres volverte cuerdo. segundos. Se habían aflojado las ligaduras que sujetaban su cuerpo.
Después de una pausa de unos momentos, prosiguió: ¿Recuerdas Sentía mucho frío, temblaba como un azogado, le castañeteaban los
haber escrito en tu Diario: «la libertad es poder decir que dos más dos dientes y le corrían lágrimas por las mejillas. Durante unos instantes se
son cuatro?». apretó contra O’Brien como un niño, confortado por el fuerte brazo que
—Sí —dijo Winston. le rodeaba los hombros. Tenía la sensación de que O’Brien era su
O’Brien levantó la mano izquierda, con el reverso hacia Winston, y protector, que el dolor venía de fuera, de otra fuente, y que O’Brien le
escondiendo el dedo pulgar extendió los otros cuatro. evitaría sufrir.
—¿Cuántos dedos hay aquí, Winston? —Cuatro. —Tardas mucho en aprender, Winston —dijo O’Brien con suavidad.
—¿Y si el Partido dice que no son cuatro sino cinco? Entonces, —No puedo evitarlo —balbuceó Winston—. ¿Cómo puedo evitar ver
¿cuántos hay? lo que tengo ante los ojos si no los cierro? Dos y dos son cuatro.
—Cuatro. —Algunas veces sí, Winston; pero otras veces son cinco. Y otras,
La palabra terminó con un espasmo de dolor. La aguja de la esfera tres. Y en ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez. Tienes que
había subido a cincuenta y cinco. A Winston le sudaba todo el cuerpo. esforzarte más. No es fácil recobrar la razón.
Aunque apretaba los dientes, no podía evitar los roncos gemidos. Volvió a tender a Winston en el lecho. Las ligaduras volvieron a
O’Brien lo contemplaba, con los cuatro dedos todavía extendidos. Soltó inmovilizarlo, pero ya no sentía dolor y le había desaparecido el temblor.
la palanca y el dolor, aunque no desapareció del todo, se alivió bastante. Estaba débil y frío. O’Brien le hizo una señal con la cabeza al hombre de
—¿Cuántos dedos, Winston? la bata blanca, que había permanecido inmóvil durante la escena anterior
—Cuatro. y ahora, inclinándose sobre Winston, le examinaba los ojos de cerca, le
La aguja subió a sesenta. tomaba el pulso, le acercaba el oído al pecho y le daba golpecitos de
—¿Cuántos dedos, Winston?
reconocimiento. Luego, mirando a O’Brien, movió la cabeza haberle suprimido el dolor. Aquel antiguo sentimiento, aquella idea de
afirmativamente. que no importaba que O’Brien fuera un amigo o un enemigo, había
—Otra vez —dijo O’Brien. vuelto a apoderarse de él. O’Brien era una persona con quien se podía
El dolor invadió de nuevo el cuerpo de Winston. La aguja debía de hablar. Quizá no deseara uno tanto ser amado como ser comprendido.
marcar ya setenta o setenta y cinco. Esta vez, había cerrado los ojos. O’Brien lo había torturado casi hasta enloquecerle y era seguro que
Sabía que los dedos continuaban allí y que seguían siendo cuatro. Lo dentro de un rato le haría matar. Pero no importaba. En cierto sentido,
único importante era conservar la vida hasta que pasaran las sacudidas más allá de la amistad, eran íntimos. De uno u otro modo y aunque las
dolorosas. Ya no tenía idea de si lloraba o no. El dolor disminuyó otra palabras que lo explicarían todo no pudieran ser pronunciadas nunca,
vez. Abrió los ojos. O’Brien había vuelto a bajar la palanca. había desde luego un lugar donde podrían reunirse y charlar. O’Brien lo
—¿Cuántos dedos, Winston? miraba con una expresión reveladora de que el mismo pensamiento se le
—¡¡Cuatro!! Supongo que son cuatro. Quisiera ver cinco. Estoy estaba ocurriendo. Empezó a hablar en un tono de conversación
tratando de ver cinco. corriente.
—¿Qué deseas? ¿Persuadirme de que ves cinco o verlos de verdad? —¿Sabes dónde estás, Winston? —dijo.
—Verlos de verdad. —No sé. Me lo figuro. En el Ministerio del Amor.
—Otra vez —dijo O’Brien. —¿Sabes cuánto tiempo has estado aquí?
Es probable que la aguja marcase de ochenta a noventa. Sólo de un —No sé. Días, semanas, meses… creo que meses.
modo intermitente podía recordar Winston a qué se debía su martirio. —¿Y por qué te imaginas que traemos aquí a la gente?
Detrás de sus párpados cerrados, un bosque de dedos se movía en una —Para hacerles confesar.
extraña danza, entretejiéndose, desapareciendo unos tras otros y —No, no es ésa la razón. Di otra cosa.
volviendo a aparecer. Quería contarlos, pero no recordaba por qué. Sólo —Para castigarlos.
sabía que era imposible contarlos y que esto se debía a la misteriosa —¡No! —exclamó O’Brien. Su voz había cambiado
identidad entre cuatro y cinco. El dolor desapareció de nuevo. Cuando extraordinariamente y su rostro se había puesto de pronto serio y
abrió los ojos, halló que seguía viendo lo mismo; es decir, innumerables animado a la vez—. ¡No! No te traemos sólo para hacerte confesar y para
dedos que se movían como árboles locos en todas direcciones cruzándose castigarte. ¿Quieres que te diga para qué te hemos traído? ¡¡Para curarte!!
y volviéndose a cruzar. Cerró otra vez los ojos. ¡¡Para volverte cuerdo!! Debes saber, Winston, que ninguno de los que
—¿Cuántos dedos te estoy enseñando, Winston? traemos aquí sale de nuestras manos sin haberse curado. No nos
—No sé, no sé. Me matarás si aumentas el dolor. Cuatro, cinco, interesan esos estúpidos delitos que has cometido. Al Partido no le
seis… Te aseguro que no lo sé. interesan los actos realizados; nos importa sólo el pensamiento. No sólo
—Esto va mejor —dijo O’Brien. destruimos a nuestros enemigos, sino que los cambiamos. ¿Comprendes
Le pusieron una inyección en el brazo. Casi instantáneamente se le lo que quiero decir?
esparció por todo el cuerpo una cálida y beatífica sensación. Casi no se Estaba inclinado sobre Winston. Su cara parecía enorme por su
acordaba de haber sufrido. Abrió los ojos y miró agradecido a O’Brien. proximidad y horriblemente fea vista desde abajo. Además, sus facciones
Le conmovió ver a aquel rostro pesado, lleno de arrugas, tan feo y tan se alteraban por aquella exaltación, aquella intensidad de loco. Otra vez
inteligente. Si se hubiera podido mover, le habría tendido una mano. se le encogió el corazón a Winston. Si le hubiera sido posible, habría
Nunca lo había querido tanto como en este momento y no sólo por retrocedido. Estaba seguro de que O’Brien iba a mover la palanca por
puro capricho. Sin embargo, en ese momento se apartó de él y paseó un el pensamiento de Winston. Su ancho y feo rostro se le acercó con los
poco por la habitación. Luego prosiguió con menos vehemencia: ojos un poco entornados y le dijo:
—Lo primero que debes comprender es que éste no es un lugar de —Estás pensando que si nos proponemos destruirte por completo,
martirio. Has leído cosas sobre las persecuciones religiosas en el pasado. ¿para qué nos tomamos todas estas molestias?; que si nada va a quedar
En la Edad Media había la Inquisición. No funcionó. Pretendían erradicar de ti, ¿qué importancia puede tener lo que tú digas o pienses? ¿Verdad
la herejía y terminaron por perpetuarla. En las persecuciones antiguas por que lo estás pensando?
cada hereje quemado han surgido otros miles de ellos. ¿Por qué? Porque —Sí —dijo Winston.
se mataba a los enemigos abiertamente y mientras aún no se habían O’Brien sonrió levemente y prosiguió:
arrepentido. Se moría por no abandonar las creencias heréticas. —Te explicaré por qué nos molestamos en curarte. Tú, Winston, eres
Naturalmente, así toda la gloria pertenecía a la víctima y la vergüenza al una mancha en el tejido; una mancha que debemos borrar. ¿No te dije
inquisidor que la quemaba. Más tarde, en el siglo XX, han existido los hace poco que somos diferentes de los martirizadores del pasado? No nos
totalitarios, como los llamaban: los nazis alemanes y los comunistas contentamos con una obediencia negativa, ni siquiera con la sumisión
rusos. Los rusos persiguieron a los herejes con mucha más crueldad que más abyecta. Cuando por fin te rindas a nosotros, tendrá que impulsarle a
ninguna otra inquisición. Y se imaginaron que habían aprendido de los ello tu libre voluntad. No destruimos a los herejes porque se nos resisten;
errores del pasado. Por lo menos sabían que no se deben hacer mártires. mientras nos resisten no los destruimos. Los convertimos, captamos su
Antes de llevar a sus víctimas a un juicio público, se dedicaban a mente, los reformamos. Al hereje político le quitamos todo el mal y todas
destruirles la dignidad. Los deshacían moralmente y físicamente por las ilusiones engañosas que lleva dentro; lo traemos a nuestro lado, no en
medio de la tortura y el aislamiento hasta convertirlos en seres apariencia, sino verdaderamente, en cuerpo y alma. Lo hacemos uno de
despreciables, verdaderos peleles capaces de confesarlo todo, que se nosotros antes de matarlo. Nos resulta intolerable que un pensamiento
insultaban a sí mismos acusándose unos a otros y pedían sollozando un erróneo exista en alguna parte del mundo, por muy secreto e inocuo que
poco de misericordia. Sin embargo, después de unos cuantos años, ha pueda ser. Ni siquiera en el instante de la muerte podemos permitir
vuelto a ocurrir lo mismo. Los muertos se han convertido en mártires y alguna desviación. Antiguamente, el hereje subía a la hoguera siendo aún
se ha olvidado su degradación. ¿Por qué había vuelto a suceder esto? En un hereje, proclamando su herejía y hasta disfrutando con ella. Incluso la
primer lugar, porque las confesiones que habían hecho eran forzadas y víctima de las purgas rusas se llevaba su rebelión encerrada en el cráneo
falsas. Nosotros no cometemos esta clase de errores. Todas las cuando avanzaba por un pasillo de la prisión en espera del tiro en la
confesiones que salen de aquí son verdaderas. Nosotros hacemos que nuca. Nosotros, en cambio, hacemos perfecto el cerebro que vamos a
sean verdaderas. Y, sobre todo, no permitimos que los muertos se destruir. La consigna de todos los despotismos era: «No harás esto o lo
levanten contra nosotros. Por tanto, debes perder toda esperanza de que otro». La voz de mando de los totalitarios era: «Harás esto o aquello».
la posteridad te reivindique, Winston. La posteridad no sabrá nada de ti. Nuestra orden es: «Eres». Ninguno de los que traemos aquí puede
Desaparecerás por completo de la corriente histórica. Te disolveremos en volverse contra nosotros. Les lavamos el cerebro. Incluso aquellos
la estratosfera, por decirlo así. De ti no quedará nada: ni un nombre en un miserables traidores en cuya inocencia creíste un día —Jones, Aaronson
papel, ni tu recuerdo en un ser vivo. Quedarás aniquilado tanto en el y Rutherford— los conquistamos al final. Yo mismo participé en su
pretérito como en el futuro. No habrás existido. interrogatorio. Los vi ceder paulatinamente, sollozando, llorando a
«Entonces, ¿para qué me torturan?», pensó Winston con una lágrima viva, y al final no los dominaba el miedo ni el dolor, sino sólo un
amargura momentánea. O’Brien se detuvo en seco como si hubiera oído sentimiento de culpabilidad, un afán de penitencia. Cuando acabamos
con ellos no eran más que cáscaras de hombre. Nada quedaba en ellos —Tres mil —le dijo, por encima de la cabeza de Winston, al hombre
sino el arrepentimiento por lo que habían hecho y amor por el Gran de la bata blanca.
Hermano. Era conmovedor ver cómo lo amaban. Pedían que se les Dos compresas algo húmedas fueron aplicadas a las sienes de
matase en seguida para poder morir con la mente limpia. Temían que Winston. Éste sintió una nueva clase de dolor. Era algo distinto. Quizá no
pudiera volver a ensuciárseles. fuese dolor. O’Brien le puso una mano sobre la suya para tranquilizarlo,
La voz de O’Brien se había vuelto soñadora y en su rostro casi con amabilidad.
permanecía el entusiasmo del loco y la exaltación del fanático. «No está —Esta vez no te dolerá —le dijo—. No apartes tus ojos de los míos.
mintiendo —pensó Winston—; no es un hipócrita; cree todo lo que En aquel momento sintió Winston una explosión devastadora o lo
dice». A Winston le oprimía el convencimiento de su propia inferioridad que parecía una explosión, aunque no era seguro que hubiese habido
intelectual. Contemplaba aquella figura pesada y de movimientos sin ningún ruido. Lo que si se produjo fue un cegador fogonazo. Winston no
embargo agradables que paseaba de un lado a otro entrando y saliendo en estaba herido; sólo postrado. Aunque estaba tendido de espaldas cuando
su radio de visión. O’Brien era, en todos sentidos, un ser de mayores aquello ocurrió, tuvo la curiosa sensación de que le habían empujado
proporciones que él. Cualquier idea que Winston pudiera haber tenido o hasta quedar en aquella posición. El terrible e indoloro golpe le había
pudiese tener en lo sucesivo, ya se le había ocurrido a O’Brien, dejado aplastado. Y en el interior de su cabeza también había ocurrido
examinándola y rechazándola. La mente de aquel hombre contenía a la algo. Al recobrar la visión, recordó quién era y dónde estaba y reconoció
de Winston. Pero, en ese caso, ¿cómo iba a estar loco O’Brien? El loco el rostro que lo contemplaba; pero tenía la sensación de un gran vacío
tenía que ser él, Winston. O’Brien se detuvo y lo miró fijamente. Su voz interior. Era como si le faltase un pedazo del cerebro.
había vuelto a ser dura: —Esto no durará mucho —dijo O’Brien—. Mírame a los ojos. ¿Con
—No te figures que vas a salvarte, Winston, aunque te rindas a qué país está en guerra Oceanía?
nosotros por completo, jamás se salva nadie que se haya desviado alguna Winston pensó. Sabía lo que significaba Oceanía y que él era un
vez. Y aunque decidiéramos dejarte vivir el resto de tu vida natural, ciudadano de este país. También recordaba que existían Eurasia y Asia
nunca te escaparás de nosotros. Lo que está ocurriendo aquí es para Oriental; pero no sabía cuál estaba en guerra con cuál. En realidad, no
siempre. Es preciso que se te grabe de una vez para siempre. Te tenía idea de que hubiera guerra ninguna.
aplastaremos hasta tal punto que no podrás recobrar tu antigua forma. Te —No recuerdo.
sucederán cosas de las que no te recobrarás aunque vivas mil años. —Oceanía está en guerra con Asia Oriental. ¿Lo recuerdas ahora?
Nunca podrás experimentar de nuevo un sentimiento humano. Todo —Sí.
habrá muerto en tu interior. Nunca más serás capaz de amar, de amistad, —Oceanía ha estado siempre en guerra con Asia Oriental. Desde el
de disfrutar de la vida, de reírte, de sentir curiosidad por algo, de tener principio de tu vida, desde el principio del Partido, desde el principio de
valor, de ser un hombre íntegro… Estarás hueco. Te vaciaremos y te la Historia, la guerra ha continuado sin interrupción, siempre la misma
rellenaremos de… nosotros. guerra. ¿Lo recuerdas?
Se detuvo y le hizo una señal al hombre de la bata blanca. Winston —Sí.
tuvo la vaga sensación de que por detrás de él le acercaban un aparato —Hace once años inventaste una leyenda sobre tres hombres que
grande. O’Brien se había sentado junto a la cama de modo que su rostro habían sido condenados a muerte por traición. Pretendías que habías
quedaba casi al mismo nivel del de Winston. visto un pedazo de lo que probaba su inocencia. Ese recorte de papel
nunca existió. Lo inventaste y acabaste creyendo en él. Ahora recuerdas —Sí. Cualquiera. —Vio que los ojos de Winston se fijaban en la
el momento en que lo inventaste, ¿te acuerdas? esfera graduada—. Ahora no funciona. ¿Cuál es tu primera pregunta?
—Sí. —¿Qué habéis hecho con Julia? —dijo Winston.
—Hace poco te puse ante los ojos los dedos de mi mano. Viste cinco O’Brien volvió a sonreír.
dedos. ¿Recuerdas? —Te traicionó, Winston. Inmediatamente y sin reservas. Pocas veces
—Sí. he visto a alguien que se nos haya entregado tan pronto. Apenas la
O’Brien le enseñó los dedos de la mano izquierda con el pulgar reconocerías si la vieras. Toda su rebeldía, sus engaños, sus locuras, su
oculto. suciedad mental… Todo eso ha desaparecido de ella como si lo hubiera
—Aquí hay cinco dedos. ¿Ves cinco dedos? quemado. Fue una conversión perfecta, un caso para ponerlo en los libros
—Sí. de texto.
Y los vio durante un fugaz momento. Llegó a ver cinco dedos, pero —¿La habéis torturado?
pronto volvió a ser todo normal y sintió de nuevo el antiguo miedo, el O’Brien no contestó.
odio y el desconcierto. Pero durante unos instantes —quizá no más de —A ver, la pregunta siguiente.
treinta segundos— había tenido una luminosa certidumbre y todas las —¿Existe el Gran Hermano?
sugerencias de O’Brien habían venido a llenar un hueco de su cerebro —Claro que existe. El Partido existe. El Gran Hermano es la
convirtiéndose en verdad absoluta. En esos instantes dos y dos podían encarnación del Partido.
haber sido lo mismo tres que cinco, según se hubiera necesitado. Pero —¿Existe en el mismo sentido en que yo existo?
antes de que O’Brien hubiera dejado caer la mano, ya se había —Tú no existes —dijo O’Brien.
desvanecido la ilusión. Sin embargo, aunque no podía volver a A Winston volvió a asaltarle una terrible sensación de desamparo.
experimentarla, recordaba aquello como se recuerda una viva experiencia Comprendía por qué le decían a él que no existía; pero era un juego de
en algún período remoto de nuestra vida en que hemos sido una persona palabras estúpido. ¿No era un gran absurdo la afirmación «tú no
distinta. existes»? Pero, ¿de qué servía rechazar esos argumentos disparatados?
—Ya has visto que es posible —le dijo O’Brien. —Yo creo que existo —dijo con cansancio—. Tengo plena
—Sí —dijo Winston. conciencia de mi propia identidad. He nacido y he de morir. Tengo
O’Brien se levantó con aire satisfecho. A su izquierda vio Winston brazos y piernas. Ocupo un lugar concreto en el espacio. Ningún otro
que el hombre de la bata blanca preparaba una inyección. O’Brien miró a objeto sólido puede ocupar a la vez el mismo punto. En este sentido,
Winston sonriente. Se ajustó las gafas como en los buenos tiempos. ¿existe el Gran Hermano?
—¿Recuerdas haber escrito en tu diario que no importaba que yo —Eso no tiene importancia. Existe.
fuera amigo o enemigo, puesto que yo era por lo menos una persona que —¿Morirá el Gran Hermano?
te comprendía y con quien podías hablar? Tenías razón. Me gusta hablar —Claro que no. ¿Cómo va a morir? A ver, la pregunta siguiente.
contigo. Tu mentalidad atrae a la mía. Se parece a la mía excepto en que —¿Existe la Hermandad?
está enferma. Antes de que acabemos esta sesión puedes hacerme —Eso no lo sabrás nunca, Winston. Si decidimos libertarte cuando
algunas preguntas si quieres. acabemos contigo y si llegas a vivir noventa años, seguirás sin saber si la
—¿La pregunta que quiera? respuesta a esa pregunta es sí o no. Mientras vivas, será eso para ti un
enigma.
Winston yacía silencioso. Respiraba un poco más rápidamente.
Todavía no había hecho la pregunta que le preocupaba desde un
principio. Tenía que preguntarlo, pero su lengua se resistía a pronunciar
las palabras. O’Brien parecía divertido. Hasta sus gafas parecían brillar
irónicamente. Winston pensó de pronto: «Sabe perfectamente lo que le
voy a preguntar». Y entonces le fue fácil decir:
—¿Qué hay en la habitación 101? CAPÍTULO III
La expresión del rostro de O’Brien no cambió. Respondió:
—Sabes muy bien lo que hay en la habitación 101, Winston. Todo el —Hay tres etapas en tu reintegración —dijo O’Brien—; primero
mundo sabe lo que hay en la habitación 101. —Levantó un dedo hacia el aprender, luego comprender y, por último, aceptar. Ahora tienes que
hombre de la bata blanca Evidentemente, la sesión había terminado. entrar en la segunda etapa.
Winston sintió en el brazo el pinchazo de una inyección. Casi Como siempre, Winston estaba tendido de espaldas, pero ya no lo
inmediatamente, se hundió en un profundo sueño. ataban tan fuerte. Aunque seguía sujeto al lecho, podía mover las rodillas
un poco y volver la cabeza de uno a otro lado y levantar los antebrazos.
Además, ya no le causaba tanta tortura la palanca. Podía evitarse el dolor
con un poco de habilidad, porque ahora sólo lo castigaba O’Brien por
faltas de inteligencia. A veces pasaba una sesión entera sin que se
moviera la aguja del disco. No recordaba cuántas sesiones habían sido.
Todo el proceso se extendía por un tiempo largo, indefinido —quizás
varias semanas— y los intervalos entre las sesiones quizá fueran de
varios días y otras veces sólo de una o dos horas.
—Mientras te hallas ahí tumbado —le dijo O’Brien—, te has
preguntado con frecuencia, e incluso me lo has preguntado a mí, por qué
el Ministerio del Amor emplea tanto tiempo y trabajo en tu persona. Y
cuando estabas en libertad te preocupabas por lo mismo. Podías
comprender el mecanismo de la sociedad en que vivías, pero no los
motivos subterráneos. ¿Recuerdas haber escrito en tu Diario:
«Comprendo el cómo; no comprendo el porqué»? Cuando pensabas en el
porqué es cuando dudabas de tu propia cordura. Has leído el libro de
Goldstein, o partes de él por lo menos. ¿Te enseñó algo que ya no
supieras?
—¿Lo has leído tú? —dijo Winston.
—Lo escribí. Es decir, colaboré en su redacción. Ya sabes que ningún
libro se escribe individualmente.
—¿Es cierto lo que dice?
—Como descripción, sí. Pero el programa que presenta es una entendido y pesado todo y, sin embargo, no importaba: todo lo justificaba
tontería. La acumulación secreta de conocimientos, la extensión él por los fines. ¿Qué va uno a hacer, pensó Winston, contra un loco que
paulatina de ilustración y, por último, la rebelión proletaria y el es más inteligente que uno, que le oye a uno pacientemente y que sin
aniquilamiento del Partido. Ya te figurabas que esto es lo que embargo persiste en su locura?
encontrarías en el libro. Pura tontería. Los proletarios no se sublevarán ni —Nos gobernáis por nuestro propio bien —dijo débilmente—. Creéis
dentro de mil años ni de mil millones de años. No pueden. Es inútil que que los seres humanos no están capacitados para gobernarse, y en vista
te explique la razón por la que no pueden rebelarse; ya la conoces. Si de ello…
alguna vez te has permitido soñar en violentas sublevaciones, debes Estuvo a punto de gritar. Una punzada de dolor se le había clavado en
renunciar a ello. El Partido no puede ser derribado por ningún el cuerpo. O’Brien había presionado la palanca y la aguja de la esfera
procedimiento. Las normas del Partido, su dominio es para siempre. marcaba treinta y cinco.
Debes partir de ese punto en todos tus pensamientos. —Eso fue una estupidez, Winston; has dicho una tontería. Debías
O’Brien se acercó más al lecho. tener un poco más de sensatez.
—¡Para siempre! —repitió—. Y ahora volvamos a la cuestión del Volvió a soltar la palanca y prosiguió:
cómo y el porqué. Entiendes perfectamente cómo se mantiene en el —Ahora te diré la respuesta a mi pregunta. Se trata de esto: el Partido
poder el Partido. Ahora dime, ¿por qué nos aferrarnos al poder? ¿Cuál es quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el
nuestro motivo? ¿Por qué deseamos el poder? Habla —añadió al ver que bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder. No la riqueza ni el
Winston no le respondía. lujo, ni la longevidad ni la felicidad; sólo el poder, el poder puro. Ahora
Sin embargo, Winston siguió callado unos instantes. Sentíase comprenderás lo que significa el poder puro. Somos diferentes de todas
aplanado por una enorme sensación de cansancio. El rostro de O’Brien las oligarquías del pasado porque sabemos lo que estamos haciendo.
había vuelto a animarse con su fanático entusiasmo. Sabía Winston de Todos los demás, incluso los que se parecían a nosotros, eran cobardes o
antemano lo que iba a decirle O’Brien: que el Partido no buscaba el hipócritas. Los nazis alemanes y los comunistas rusos se acercaban
poder por el poder mismo, sino sólo para el bienestar de la mayoría. Que mucho a nosotros por sus métodos, pero nunca tuvieron el valor de
le interesaba tener en las manos las riendas porque los hombres de la reconocer sus propios motivos. Pretendían, y quizá lo creían
masa eran criaturas débiles y cobardes que no podían soportar la libertad sinceramente, que se habían apoderado de los mandos contra su voluntad
ni encararse con la verdad y debían ser dominados y engañados y para un tiempo limitado y que a la vuelta de la esquina, como quien
sistemáticamente por otros hombres más fuertes que ellos. Que la dice, había un paraíso donde todos los seres humanos serían libres e
Humanidad sólo podía escoger entre la libertad y la felicidad, y para la iguales. Nosotros no somos así. Sabemos que nadie se apodera del
gran masa de la Humanidad era preferible la felicidad. Que el Partido era mando con la intención de dejarlo. El poder no es un medio, sino un fin
el eterno guardián de los débiles, una secta dedicada a hacer el mal para en sí mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una
lograr el bien sacrificando su propia felicidad a la de los demás. Lo revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura. El objeto
terrible, pensó Winston, lo verdaderamente terrible era que cuando de la persecución no es más que la persecución misma. La tortura sólo
O’Brien le dijera esto, se lo estaría creyendo. No había más que verle la tiene como finalidad la misma tortura. Y el objeto del poder no es más
cara. O’Brien lo sabía todo. Sabía mil veces mejor que Winston cómo era que el poder. ¿Empiezas a entenderme?
en realidad el mundo, en qué degradación vivía la masa humana y por A Winston le asombraba el cansancio del rostro de O’Brien. Era
medio de qué mentiras y atrocidades la dominaba el Partido. Lo había fuerte, carnoso y brutal, lleno de inteligencia y de una especie de pasión
controlada ante la cual sentíase uno desarmado; pero, desde luego, estaba nada que no podamos conseguir: la invisibilidad, la levitación…
cansado. Tenía bolsones bajo los ojos y la piel floja en las mejillas. absolutamente todo. Si quisiera, podría flotar ahora sobre el suelo como
O’Brien se inclinó sobre él para acercarle más la cara, para que pudiera una pompa de jabón. No lo deseo porque el Partido no lo desea. Debes
verla mejor. librarte de esas ideas decimonónicas sobre las leyes de la Naturaleza.
—Estás pensando —le dijo— que tengo la cara avejentada y cansada. Somos nosotros quienes dictamos las leyes de la Naturaleza.
Piensas que estoy hablando del poder y que ni siquiera puedo evitar la —¡No las dictáis! Ni siquiera sois los dueños de este planeta. ¿Qué
decrepitud de mi propio cuerpo. ¿No comprendes, Winston, que el me dices de Eurasia y Asia Oriental? Todavía no las habéis conquistado.
individuo es sólo una célula? El cansancio de la célula supone el vigor —Eso no tiene importancia. Las conquistaremos cuando nos
del organismo. ¿Acaso te mueres al cortarte las uñas? convenga. Y si no las conquistásemos nunca, ¿en qué puede influir eso?
Se apartó del lecho y empezó a pasear con una mano en el bolsillo. Podemos borrarlas de la existencia. Oceanía es el mundo entero.
—Somos los sacerdotes del poder —dijo—. El poder es Dios. Pero —Es que el mismo mundo no es más que una pizca de polvo. Y el
ahora el poder es sólo una palabra en lo que a ti respecta. Y ya es hora de hombre es sólo una insignificancia. ¿Cuánto tiempo lleva existiendo? La
que tengas una idea de lo que el poder significa. Primero debes darte Tierra estuvo deshabitado durante millones de años.
cuenta de que el poder es colectivo. El individuo sólo detenta poder en —¡Qué tontería! La Tierra tiene sólo nuestra edad. ¿Cómo va a ser
tanto deja de ser un individuo. Ya conoces la consigna del Partido: «La más vieja? No existe sino lo que admite la conciencia humana.
libertad es la esclavitud». ¿Se te ha ocurrido pensar que esta frase es —Pero las rocas están llenas de huesos de animales desaparecidos,
reversible? Sí, la esclavitud es la libertad. El ser humano es derrotado mastodontes y enormes reptiles que vivieron en la Tierra muchísimo
siempre que está solo, siempre que es libre. Ha de ser así porque todo ser antes de que apareciera el primer hombre.
humano está condenado a morir irremisiblemente y la muerte es el mayor —¿Has visto alguna vez esos huesos, Winston? Claro que no. Los
de todos los fracasos; pero si el hombre logra someterse plenamente, si inventaron los biólogos del siglo XIX. Nada hubo antes del hombre. Y
puede escapar de su propia identidad, si es capaz de fundirse con el después del hombre, si éste desapareciera definitivamente de la Tierra,
Partido de modo que él es el Partido, entonces será todopoderoso e nada habría tampoco. Fuera del hombre no hay nada.
inmortal. Lo segundo de que tienes que darte cuenta es que el poder es —Es que el universo entero está fuera de nosotros. ¡Piensa en las
poder sobre seres humanos. Sobre el cuerpo, pero especialmente sobre el estrellas! Puedes verlas cuando quieras. Algunas de ellas están a un
espíritu. El poder sobre la materia…, la realidad externa, como tú la millón de años-luz de distancia, jamás podremos alcanzarlas.
llamarías…, carece de importancia. Nuestro control sobre la materia es, —¿Qué son las estrellas? —dijo O’Brien con indiferencia—.
desde luego, absoluto. Solamente unas bolas de fuego a unos kilómetros de distancia.
Durante unos momentos olvidó Winston la palanca. Hizo un violento Podríamos llegar a ellas si quisiéramos o hacerlas desaparecer, borrarlas
esfuerzo para incorporarse y sólo consiguió causarse dolor. de nuestra conciencia. La Tierra es el centro del universo. El sol y las
—Pero, ¿cómo vais a controlar la materia? —exclamó sin poderse estrellas giran en torno a ella.
contener—. Ni siquiera conseguís controlar el clima y la ley de la Winston hizo otro movimiento convulsivo. Esta vez no dijo nada.
gravedad. Además, existen la enfermedad, el dolor, la muerte… O’Brien prosiguió, como si contestara a una objeción que le hubiera
O’Brien le hizo callar con un movimiento de la mano: hecho Winston:
—Controlarnos la materia porque controlamos la mente. La realidad —Desde luego, para ciertos fines es eso verdad. Cuando navegamos
está dentro del cráneo. Irás aprendiéndolo poco a poco, Winston. No hay por el océano o cuando predecimos un eclipse, nos puede resultar
conveniente dar por cierto que la Tierra gira alrededor del sol y que las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La
estrellas se encuentran a millones y millones de kilómetros de nosotros. nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones
Pero, ¿qué importa eso? ¿Crees que está fuera de nuestros medios un que el miedo, la rabia, el triunfo y el autorebajamiento. Todo lo demás lo
sistema dual de astronomía? Las estrellas pueden estar cerca o lejos destruiremos, todo. Ya estamos suprimiendo los hábitos mentales que
según las necesitemos. ¿Crees que ésa es tarea difícil para nuestros han sobrevivido de antes de la Revolución. Hemos cortado los vínculos
matemáticos? ¿Has olvidado el doblepensar? que unían al hijo con el padre, un hombre con otro y al hombre con la
Winston se encogió en el lecho. Dijera lo que dijese, le venía encima mujer. Nadie se fía ya de su esposa, de su hijo ni de un amigo. Pero en el
la veloz respuesta como un porrazo, y, sin embargo, sabía —sabía— que futuro no habrá ya esposas ni amigos. Los niños se les quitarán a las
llevaba razón. Seguramente había alguna manera de demostrar que la madres al nacer, como se les quitan los huevos a la gallina cuando los
creencia de que nada existe fuera de nuestra mente es una absoluta pone. El instinto sexual será arrancado donde persista. La procreación
falsedad. ¿No se había demostrado hace ya mucho tiempo que era una consistirá en una formalidad anual como la renovación de la cartilla de
teoría indefendible? Incluso había un nombre para eso, aunque él lo racionamiento. Suprimiremos el orgasmo. Nuestros neurólogos trabajan
había olvidado. Una fina sonrisa recorrió los labios de O’Brien, que lo en ello. No habrá lealtad; no existirá más fidelidad que la que se debe al
estaba mirando. Partido, ni más amor que el amor al Gran Hermano. No habrá risa,
—Te digo, Winston, que la metafísica no es tu fuerte. La palabra que excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo. No habrá arte, ni
tratas de encontrar es solipsismo. Pero estás equivocado. En este caso no literatura, ni ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad.
hay solipsismo. En todo caso, habrá solipsismo colectivo, pero eso es Todos los placeres serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides,
muy diferente; es precisamente lo contrario. En fin, todo esto es una Winston, siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que
digresión —añadió con tono distinto—. El verdadero poder, el poder por aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá
el que tenemos que luchar día y noche, no es poder sobre las cosas, sino la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo
sobre los hombres. —Después de una pausa, asumió de nuevo su aire de indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate
maestro de escuela examinando a un discípulo prometedor—: Vamos a una bota aplastando un rostro humano… incesantemente.
ver, Winston, ¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro? Se calló, como si esperase a que Winston le hablara. Pero éste se
Winston pensó un poco y respondió: encogía más aún. No se le ocurría nada. Parecía helársele el corazón.
—Haciéndole sufrir. O’Brien prosiguió:
—Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no —Recuerda que es para siempre. Siempre estará ahí la cara que ha de
sufre, ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya ser pisoteada. El hereje, el enemigo de la sociedad, estarán siempre a
propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en mano para que puedan ser derrotados y humillados una y otra vez. Todo
la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles lo que tú has sufrido desde que estás en nuestras manos, todo eso
nuevas formas elegidas por ti. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo continuará sin cesar. El espionaje, las traiciones, las detenciones, las
estamos creando? Es lo contrario, exactamente lo contrario de esas torturas, las ejecuciones y las desapariciones se producirán
estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores. continuamente. Será un mundo de terror a la vez que un mundo triunfal.
Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y Mientras más poderoso sea el Partido, menos tolerante será. A una
ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El oposición más débil corresponderá un despotismo más implacable.
progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las Goldstein y sus herejías vivirán siempre. Cada día, a cada momento,
serán derrotados, desacreditados, ridiculizados, les escupiremos encima, —Nosotros, Winston, controlamos la vida en todos sus niveles. Te
y, sin embargo, sobrevivirán siempre. Este drama que yo he representado figuras que existe algo llamado la naturaleza humana, que se irritará por
contigo durante siete años volverá a ponerse en escena una y otra vez, lo que hacemos y se volverá contra nosotros. Pero no olvides que
generación tras generación, cada vez en forma más sutil. Siempre nosotros creamos la naturaleza humana. Los hombres son infinitamente
tendremos al hereje a nuestro albedrío, chillando de dolor, destrozado, maleables. O quizás hayas vuelto a tu antigua idea de que los proletarios
despreciable y, al final, totalmente arrepentido, salvado de sus errores y o los esclavos se levantarán contra nosotros y nos derribarán. Desecha
arrastrándose a nuestros pies por su propia voluntad. Ése es el mundo esa idea. Están indefensos, como animales. La Humanidad es el Partido.
que estamos preparando, Winston. Un mundo de victoria tras victoria, de Los otros están fuera, son insignificantes.
triunfos sin fin, una presión constante sobre el nervio del poder. Ya veo —No me importa. Al final, os vencerán. Antes o después os verán
que empiezas a darte cuenta de cómo será ese mundo. Pero acabarás como sois, y entonces os despedazarán.
haciendo más que comprenderlo. Lo aceptarás, lo acogerás encantado, te —¿Tienes alguna prueba de que eso esté ocurriendo? ¿O quizás
convertirás en parte de él. alguna razón de que pudiera ocurrir?
Winston había recobrado suficiente energía para hablar: —No. Es lo que creo. Sé que fracasaréis. Hay algo en el universo —
—¡No podréis conseguirlo! —dijo débilmente. no sé lo que es: algún espíritu, algún principio contra lo que no podréis.
—¿Qué has querido decir con esas palabras, Winston? —¿Acaso crees en Dios, Winston?
—No podréis crear un mundo como el que has descrito. Eso es un —No.
sueño, un imposible. —Entonces, ¿qué principio es ese que ha de vencernos? —No sé. El
—¿Por qué? espíritu del Hombre.
—Es imposible fundar una civilización sobre el miedo, el odio y la —¿Y te consideras tú un hombre?
crueldad. No perduraría. —Sí.
—¿Por qué no? —Si tú eres un hombre, Winston, es que eres el último. Tu especie se
—No tendría vitalidad. Se desintegraría, se suicidaría. ha extinguido; nosotros somos los herederos. ¿Te das cuenta de que estás
—No seas tonto. Estás bajo la impresión de que el odio es más solo, absolutamente solo? Te encuentras fuera de la historia, no existes.
agotador que el amor. ¿Por qué va a serlo? Y si lo fuera, ¿qué diferencia —Cambió de tono y de actitud y dijo con dureza—. ¿Te consideras
habría? Supón que preferimos gastarnos más pronto. Supón que moralmente superior a nosotros por nuestras mentiras y nuestra
aceleramos el tempo de la vida humana de modo que los hombres sean crueldad?
seniles a los treinta años. ¿Qué importaría? ¿No comprendes que la —Sí, me considero superior.
muerte del individuo no es la muerte? El Partido es inmortal. O’Brien guardó silencio. Pero en seguida empezaron a hablar otras
Como de costumbre, la voz había vencido a Winston. Además, temía dos voces. Después de un momento, Winston reconoció que una de ellas
éste que si persistía su desacuerdo con O’Brien, se moviera de nuevo la era la suya propia. Era una cinta magnetofónica de la conversación que
aguja. Sin embargo, no podía estarse callado. Apagadamente, sin había sostenido con O’Brien la noche en que se había alistado en la
argumentos, sin nada en que apoyarse excepto el inarticulado horror que Hermandad. Se oyó a sí mismo prometiendo solemnemente mentir,
le producía lo que había dicho O’Brien, volvió al ataque. robar, falsificar, asesinar, fomentar el hábito de las drogas y la
—No sé, no me importa. De un modo o de otro, fracasaréis. Algo os prostitución, propagar las enfermedades venéreas y arrojar vitriolo a la
derrotará. La vida os derrotará. cara de un niño. O’Brien hizo un pequeño gesto de impaciencia, como
dando a entender que la demostración casi no merecía la pena. Luego delgados hombros avanzaban formando un gran hueco en el pecho y el
hizo funcionar un resorte y las voces se detuvieron. cuello se doblaba bajo el peso del cráneo. De no haber sabido que era su
—Levántate de ahí —dijo O’Brien. propio cuerpo, habría dicho Winston que se trataba de un hombre de más
Las ataduras se habían soltado por sí mismas. Winston se puso en pie de sesenta años aquejado de alguna terrible enfermedad.
con gran dificultad. —Has pensado a veces —dijo O’Brien— que mi cara, la cara de un
—Eres el último hombre —dijo O’Brien—. Eres el guardián del miembro del Partido Interior, está avejentado y revela un gran cansancio.
espíritu humano. Ahora te verás como realmente eres. Desnúdate. ¿Qué piensas contemplando la tuya?
Winston se soltó el pedazo de cuerda que le sostenía el «mono». Cogió a Winston por los hombros y le hizo dar la vuelta hasta tenerlo
Había perdido hacía tiempo la cremallera. No podía recordar si había de frente.
llegado a desnudarse del todo desde que le detuvieron. Debajo del —¡Fíjate en qué estado te encuentras! —dijo—. Mira la suciedad que
«mono» tenía unos andrajos amarillentos que apenas podían reconocerse cubre tu cuerpo. ¿Sabes que hueles como un macho cabrío? Es probable
como restos de ropa interior. Al caérsele todo aquello al suelo, vio que que ya no lo notes. Fíjate en tu horrible delgadez. ¿Ves? Te rodeo el
había un espejo de tres lunas en la pared del fondo. Se acercó a él y se brazo con el pulgar y el índice. Y podría doblarte el cuello como una
detuvo en seco. Se le había escapado un grito involuntario. remolacha. ¿Sabes que has perdido veinticinco kilos desde que estás en
—Anda —dijo O’Brien—. Colócate entre las tres lunas. Así te verás nuestras manos? Hasta el pelo se te cae a puñados. ¡Mira! —le arrancó
también de lado. un mechón de pelo—. Abre la boca. Te quedan nueve, diez, once dientes.
Winston estaba aterrado. Una especie de esqueleto muy encorvado y ¿Cuántos tenías cuando te detuvimos? Y los pocos que te quedan se te
de un color grisáceo andaba hacia él. La imagen era horrible. Se acercó están cayendo. ¡¡Mira!!
más al espejo. La cabeza de aquella criatura tan extraña aparecía Agarró uno de los dientes de abajo que le quedaban Winston. Éste
deformada, ya que avanzaba con el cuerpo casi doblado. Era una cabeza sintió un dolor agudísimo que le corrió por toda la mandíbula. O’Brien se
de presidiario con una frente abultada y un cráneo totalmente calvo, una lo había arrancado de cuajo, tirándolo luego al suelo.
nariz retorcida y los pómulos magullados, con unos ojos feroces y —Te estás pudriendo, Winston. Te estás desmoronando. ¿Qué eres
alertas. Las mejillas tenían varios costurones. Desde luego, era la cara de ahora? Una bolsa llena de porquería. Mírate otra vez en el espejo. ¿Ves
Winston, pero a éste le pareció que había cambiado aún más por fuera eso que tienes enfrente? Es el último hombre. Si eres humano, ésa es la
que por dentro. Se había vuelto casi calvo y en un principio creyó que Humanidad. Anda, vístete otra vez.
tenía el pelo cano, pero era que el color de su cuero cabelludo estaba gris. Winston empezó a vestirse con movimientos lentos y rígidos. Hasta
El cuerpo entero, excepto las manos y la cara, se había vuelto gris como ahora no había notado lo débil que estaba. Sólo un pensamiento le
si lo cubriera una vieja capa de polvo. Aquí y allá, bajo la suciedad, ocupaba la mente: que debía de llevar en aquel sitio más tiempo de lo
aparecían las cicatrices rojas de las heridas, y cerca del tobillo sus varices que se figuraba. Entonces, al mirar los miserables andrajos que se habían
formaban una masa inflamada de la que se desprendían escamas de piel. caído en torno suyo, sintió una enorme piedad por su pobre cuerpo.
Pero lo verdaderamente espantoso era su delgadez. La cavidad de sus Antes de saber lo que estaba haciendo, se había sentado en un taburete
costillas era tan estrecha como la de un esqueleto. Las Piernas se le junto al lecho y había roto a llorar. Se daba plena cuenta de su terrible
habían encogido de tal manera que las rodillas eran más gruesas que los fealdad, de su inutilidad, de que era un montón de huesos envueltos en
muslos. Esto le hizo comprender por qué O’Brien le había dicho que se trapos sucios que lloraba iluminado por una deslumbrante luz blanca.
viera de lado. La curvatura de la espina dorsal era asombrosa. Los
Pero no podía contenerse. O’Brien le puso una mano en el hombro casi —Dime —murmuró Winston—, ¿cuándo me matarán?
con amabilidad. —A lo mejor, tardan aún mucho tiempo —respondió O’Brien—. Eres
—Esto no durará siempre —le dijo—. Puedes evitarte todo esto en un caso difícil. Pero no pierdas la esperanza. Todos se curan antes o
cuanto quieras. Todo depende de ti. después. Al final, te mataremos.
—¡Tú tienes la culpa! —sollozó Winston—. Tú me convertiste en
este guiñapo.
—No, Winston, has sido tú mismo. Lo aceptaste cuando te pusiste
contra el Partido. Todo ello estaba ya contenido en aquel primer acto de
rebeldía. Nada ha ocurrido que tú no hubieras previsto.
Después de una pausa, prosiguió:
—Te hemos pegado, Winston; te hemos destrozado. Ya has visto
cómo está tu cuerpo. Pues bien, tu espíritu está en el mismo estado. Has
sido golpeado e insultado, has gritado de dolor, te has arrastrado por el
suelo en tu propia sangre, y en tus vómitos has gemido pidiendo
misericordia, has traicionado a todos. ¿Crees que hay alguna degradación
en que no hayas caído?
—Winston dejó de llorar, aunque seguía teniendo los ojos llenos de
lágrimas. Miró a O’Brien.
—No he traicionado a Julia —dijo.
O’Brien lo miró pensativo.
—No, no. Eso es cierto. No has traicionado a Julia.
El corazón de Winston volvió a llenarse de aquella adoración por
O’Brien que nada parecía capaz de destruir. «¡Qué inteligente —pensó
—, qué inteligente es este hombre!». Nunca dejaba O’Brien de
comprender lo que se le decía. Cualquiera otra persona habría contestado
que había traicionado a Julia. ¿No se lo habían sacado todo bajo tortura?
Les había contado absolutamente todo lo que sabía de ella: su carácter,
sus costumbres, su vida pasada; había confesado, dando los más
pequeños detalles, todo lo que había ocurrido entre ellos, todo lo que él
había dicho a ella y ella a él, sus comidas, alimentos comprados en el
mercado negro, sus relaciones sexuales, sus vagas conspiraciones contra
el Partido… y, sin embargo, en el sentido que él le daba a la palabra
traicionar, no la había traicionado. Es decir, no había dejado de amarla.
Sus sentimientos hacia ella seguían siendo los mismos. O’Brien había
entendido lo que él quería decir sin necesidad de explicárselo.
País Dorado o sentado entre enormes, soleadas gloriosas ruinas con su
madre, con Julia o con O’Brien, sir hacer nada, sólo tomando el sol y
hablando de temas pacíficos. Al despertarse, pensaba mucho tiempo
sobre lo que había soñado. Había perdido la facultad de esforzarse
intelectualmente al desaparecer el estímulo del dolor. No se sentía
aburrido ni deseaba conversar ni distraerse por otro medio. Sólo quería
CAPÍTULO IV estar aislado, que no le pegaran ni lo interrogaran, tener bastante comida
y estar limpio.
Sentíase mucho mejor. Había engordado y cada día estaba más fuerte. Gradualmente empezó a dormir menos, pero seguía sin desear
Aunque hablar de días no era muy exacto. levantarse de la cama. Su mayor afán era yacer en calma y sentir cómo se
La luz blanca y el zumbido seguían como siempre, pero la nueva concentraba más energía en su cuerpo. Se tocaba continuamente el
celda era un poco más confortable que las demás en que había estado. La cuerpo para asegurarse de que no era una ilusión suya el que sus
cama tenía una almohada y un colchón y había también un taburete. Lo músculos se iban redondeando y su piel fortaleciendo. Por último, vio
habían bañado, permitiéndole lavarse con bastante frecuencia en un con alegría que sus muslos eran mucho más gruesos que sus rodillas.
barrerlo de hojalata. Incluso le proporcionaron agua caliente. Tenía ropa Después de esto, aunque sin muchas ganas al principio, empezó a hacer
interior nueva y un nuevo «mono». Le curaron las varices vendándoselas algún ejercicio con regularidad. Andaba hasta tres kilómetros seguidos;
adecuadamente. Le arrancaron el resto de los dientes y le pusieron una los medía por los pasos que daba en torno a la celda. La espalda se le iba
dentadura postiza. enderezando. Intentó realizar ejercicios más complicados, y se asombró,
Debían de haber pasado varias semanas e incluso meses. Ahora le humillado, de la cantidad asombrosa de cosas que no podía hacer. No
habría sido posible medir el tiempo si le hubiera interesado, pues lo podía coger el taburete estirando el brazo ni sostenerse en una sola pierna
alimentaban a intervalos regulares. Calculó que le llevaban tres comidas sin caerse. Intentó ponerse en cuclillas, pero sintió unos dolores terribles
cada veinticuatro horas, aunque no estaba seguro si se las llevaban de día en los muslos y en las pantorrillas. Se tendió de cara al suelo e intentó
o de noche. El alimento era muy bueno, con carne cada tres comidas. levantar el peso del cuerpo con las manos. Fue inútil; no podía elevarse
Una vez le dieron también un paquete de cigarrillos. No tenía cerillas, ni un centímetro. Pero después de unos días más —otras cuantas comidas
pero el guardia que le llevaba la comida, y que nunca le hablaba, le daba — incluso eso llegó a realizarlo. Lo hizo hasta seis veces seguidas.
fuego. La primera vez que intentó fumar, se mareó, pero perseveró, Empezó a enorgullecerse de su cuerpo y a albergar la intermitente ilusión
alargando el paquete mucho tiempo. Fumaba medio cigarrillo después de de que también su cara se le iba normalizando. Pero cuando casualmente
cada comida. se llevaba la mano a su cráneo calvo, recordaba el rostro cruzado de
Le dejaron una pizarra con un pizarrín atado a un pico. Al principio cicatrices y deformado que había visto aquel día en el espejo. Se le fue
no lo usó. Se hallaba en un continuo estado de atontamiento. Con activando el espíritu. Sentado en la cama, con la espalda apoyada en la
frecuencia se tendía desde una comida hasta la siguiente sin moverse, pared y la pizarra sobre las rodillas, se dedicó con aplicación a la tarea de
durmiendo a ratos y a ratos pensando confusamente. Se había reeducarse.
acostumbrado a dormir con una luz muy fuerte sobre el rostro. La única Había capitulado, eso era ya seguro. En realidad —lo comprendía
diferencia que notaba con ello era que sus sueños tenían así más ahora— había estado expuesto a capitular mucho antes de tomar esa
coherencia. Soñaba mucho y a veces tenía ensueños felices. Se veía en el decisión. Desde que le llevaron al Ministerio del Amor e incluso durante
aquellos minutos en que Julia y él se habían encontrado indefensos Lo aceptaba todo. El pasado podía ser alterado. El pasado nunca
espalda contra espalda mientras la voz de hierro de la telepantalla les había sido alterado. Oceanía estaba en guerra con Asia Oriental. Oceanía
ordenaba lo que tenían que hacer— se dio plena cuenta de la había estado siempre en guerra con Asia Oriental. Jones, Aaronson y
superficialidad y frivolidad de su intento de enfrentarse con el Partido. Rutherford eran culpables de los crímenes de que se les acusó. Nunca
Sabía ahora que durante siete años lo había vigilado la Policía del había visto la fotografía que probaba su inocencia. Esta foto no había
Pensamiento como si fuera un insecto cuyos movimientos se estudian existido nunca, la había inventado él. Recordó haber pensado lo
bajo una lupa. Todos sus actos físicos, todas sus palabras e incluso sus contrario, pero estos eran falsos recuerdos, productos de un autoengaño.
actitudes mentales habían sido registradas o deducidas por el Partido. ¡Qué fácil era todo! Rendirse, y lo demás venía por sí solo. Era como
Incluso la motita de polvo blanquecino que Winston había dejado sobre andar contra una corriente que le echaba a uno hacia atrás por mucho que
la tapa de su diario la habían vuelto a colocar cuidadosamente en su sitio. luchara contra ella, y luego, de pronto, se decidiera uno a volverse y
Durante los interrogatorios le hicieron oír cintas magnetofónicas y le nadar a favor de la corriente. Nada habría cambiado sino la propia
mostraron fotografías. Algunas de éstas recogían momentos en que Julia actitud. Apenas sabía Winston por qué se había revelado. ¡Todo era tan
y él habían estado juntos. Sí, incluso… Ya no podía seguir luchando fácil, excepto…!
contra el Partido. Además, el Partido tenía razón. ¿Cómo iba a Todo podía ser verdad. Las llamadas leyes de la Naturaleza eran
equivocarse el cerebro inmortal y colectivo? ¿Con qué normas externas tonterías. La ley de la gravedad era una imbecilidad. «Si yo quisiera —
podían comprobarse sus juicios? La cordura era cuestión de estadística. había dicho O’Brien—, podría flotar sobre este suelo como una pompa
Sólo había que aprender a pensar como ellos pensaban. ¡Claro que…! de jabón». Winston desarrolló esta idea: «Si él cree que está flotando
El pizarrín se le hacía extraño entre sus dedos entorpecidos. Empezó sobre el suelo y yo simultáneamente creo que estoy viéndolo flotar,
a escribir los pensamientos que le acudían. Primero escribió con grandes ocurre efectivamente». De repente, como un madero de un naufragio que
mayúsculas: se suelta y emerge en la superficie, le acudió este pensamiento: «No
ocurre en realidad. Lo imaginamos. Es una alucinación». Aplastó en el
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD acto este pensamiento levantisco. Su error era evidente porque
presuponía que en algún sitio existía un mundo real donde ocurrían cosas
Luego, casi sin detenerse, escribió debajo: reales. ¿Cómo podía existir un mundo semejante? ¿Qué conocimiento
tenemos de nada si no es a través de nuestro propio espíritu? Todo ocurre
en la mente y sólo lo que allí sucede tiene una realidad.
DOS Y DOS SON CINCO
No tuvo dificultad para eliminar estos engañosos pensamientos; no se
vio en verdadero peligro de sucumbir a ellos. Sin embargo, pensó que
Pero luego sintió cierta dificultad para concentrarse. No recordaba lo
nunca debían habérsele ocurrido. Su cerebro debía lanzar una mancha
que venía después, aunque estaba seguro de saberlo. Cuando por fin se
que tapara cualquier pensamiento peligroso al menor intento de asomarse
acordó de ello, fue sólo por un razonamiento. No fue espontáneo.
a la conciencia. Este proceso había de ser automático, instintivo. En
Escribió:
neolengua se le llamaba paracrimen. Era el freno de cualquier acto
delictivo.
EL PODER ES DIOS Se entrenó en el paracrimen. Se planteaba proposiciones como éstas:
«El Partido dice que la tierra no es redonda», y se ejercitaba en no
entender los argumentos que contradecían a esta proposición. No era De pronto se despertó horrorizado. Le sudaba todo el cuerpo. Se
fácil. Había que tener una gran facultad para improvisar y razonar. Por había oído a sí mismo gritando:
ejemplo, los problemas aritméticos derivados de la afirmación dos y dos —¡Julia! ¡Julia! ¡Julia! ¡Amor mío! Julia.
son cinco requerían una preparación intelectual de la que él carecía. Durante un momento había tenido una impresionante alucinación de
Además para ello se necesitaba una mentalidad atlética, por decirlo así. su presencia. No sólo parecía que Julia estaba con él, sino dentro de él.
La habilidad de emplear la lógica en un determinado momento y en el Era como si la joven tuviera su misma piel. En aquel momento la había
siguiente desconocer los más burdos errores lógicos. Era tan precisa la querido más que nunca. Además, sabía que se encontraba viva y
estupidez como la inteligencia y tan difícil de conseguir. necesitaba de su ayuda.
Durante todo este tiempo, no dejaba de preguntarse con un rincón de Se tumbó en la cama y trató de tranquilizarse. ¿Qué había hecho?
su cerebro cuánto tardarían en matarlo. «Todo depende de ti», le había ¿Cuántos años de servidumbre se había echado encima por aquel
dicho O’Brien, pero Winston sabía muy bien que no podía abreviar ese momento de debilidad?
plazo con ningún acto consciente. Podría tardar diez minutos o diez años. Al cabo de unos instantes oiría los pasos de las botas. Era imposible
Podían tenerlo muchos años aislado, mandarlo a un campo de trabajos que dejaran sin castigar aquel estallido. Ahora sabrían, si no lo sabían ya
forzados o soltarlo durante algún tiempo, como solían hacer. Era antes, que él había roto el convenio tácito que tenía con ellos. Obedecía
perfectamente posible que antes de matarlo le hicieran representar de al Partido, pero seguía odiándolo. Antes ocultaba un espíritu herético
nuevo todo el drama de su detención, interrogatorios, etc. Lo cierto era bajo una apariencia conformista. Ahora había retrocedido otro paso: en
que la muerte nunca llegaba en un momento esperado. La tradición —no su espíritu se había rendido, pero con la esperanza de mantener
la tradición oral, sino un conocimiento difuso que le hacía a uno estar inviolable lo esencial de su corazón, Winston sabía que estaba
seguro de ello aunque no lo hubiera oído nunca— era que le mataban a equivocado, pero prefería que su error hubiera salido a la superficie de
uno por detrás de un tiro en la nuca. Un tiro que llegaba sin aviso cuando un modo tan evidente. O’Brien lo comprendería. Aquellas estúpidas
le llevaban a uno de celda en celda por un pasillo. exclamaciones habían sido una excelente confesión.
Un día cayó en una ensoñación extraña. Se veía a sí mismo andando Tendría que empezar de nuevo. Aquello iba a durar años y años. Se
por un corredor en espera del disparo. Sabía que dispararían de un pasó una mano por la cara procurando familiarizarse con su nueva forma.
momento a otro. Todo estaba ya arreglado, se había reconciliado Tenía profundas arrugas en las mejillas, los pómulos angulosos y la nariz
plenamente con el Partido. No más dudas ni más discusiones; no más aplastada. Además, desde la última vez en que se vio en el espejo tenía
dolor ni miedo. Tenía el cuerpo saludable y fuerte. Andaba con gusto, una dentadura postiza completa. No era fácil conservar la
contento de moverse él solo. Ya no iba por los estrechos y largos pasillos inescrutabilidad cuando no se sabía la cara que tenía uno. En todo caso
del Ministerio del Amor, sino por un pasadizo de enorme anchura no bastaba el control de las facciones. Por primera vez se dio cuenta de
iluminado por el sol, un corredor de un kilómetro de anchura por el cual que la mejor manera de ocultar un secreto es ante todo ocultárselo a uno
había transitado ya en aquel delirio que le produjeron las drogas. Se mismo. De entonces en adelante no sólo debía pensar rectamente, sino
hallaba en el País Dorado siguiendo unas huellas en los pastos roídos por sentir y hasta soñar con rectitud, y todo el tiempo debería encerrar su
los conejos. Sentía el muelle césped bajo sus pies y la dulce tibieza del odio en su interior como una especie de pelota que formaba parte de sí
sol. Al borde del campo había unos olmos cuyas hojas se movían mismo y que sin embargo estuviera desconectada del resto de su persona;
levemente y algo más allá corría el arroyo bajo los sauces. algo así como un quiste.
Algún día decidirían matarlo. Era imposible saber cuándo ocurriría, —Lo odio.
pero unos segundos antes podría adivinarse. Siempre lo mataban a uno —¿Lo odias? Bien. Entonces ha llegado el momento de aplicarte el
por la espalda mientras andaba por un pasillo. Pero le bastarían diez último medio. Tienes que amar al Gran Hermano. No basta que le
segundos. Y entonces, de repente, sin decir una palabra, sin que se notara obedezcas; tienes que amarlo.
en los pasos que aún diera, sin alterar el gesto… podría tirar el camuflaje, Empujó delicadamente a Winston hacia los guardias.
y ¡bang!, soltar las baterías de su odio. Sí, en esos segundos anteriores a —Habitación 101 —dijo.
su muerte, todo su ser se convertiría en una enorme llamarada de odio. Y
casi en el mismo instante ¡bang!, llegaría la bala, demasiado tarde, o
quizá demasiado pronto. Le habrían destrozado el cerebro antes de que
pudieran considerarlo de ellos. El pensamiento herético quedaría impune.
No se habría arrepentido, quedaría para siempre fuera del alcance de esa
gente. Con el tiro habrían abierto un agujero en esa perfección de que se
vanagloriaban. Morir odiándolos, ésa era la libertad.
Cerró los ojos. Su nueva tarea era más difícil que cualquier disciplina
intelectual. Tenía primero que degradarse, que mutilarse. Tenía que
hundirse en lo más sucio. ¿Qué era lo más horrible, lo que a él le causaba
más repugnancia del Partido? Pensó en el Gran Hermano. Su enorme
rostro (por verlo constantemente en los carteles de propaganda se lo
imaginaba siempre de un metro de anchura), con sus enormes bigotes
negros y los ojos que le seguían a uno a todas partes, era la imagen que
primero se presentaba a su mente. ¿Cuáles eran sus verdaderos
sentimientos hacia el Gran Hermano?
En el pasillo sonaron las pesadas botas. La puerta de acero se abrió
con estrépito. O’Brien entró en la celda. Detrás de él venían el oficial de
cara de cera y los guardias de negros uniformes.
—Levántate —dijo O’Brien—. Ven aquí.
Winston se acercó a él. O’Brien lo cogió por los hombros con sus
enormes manazas y lo miró fijamente:
—Has pensado engañarme —le dijo—. Ha sido una tontería por tu
parte. Ponte más derecho y mírame a la cara.
Después de unos minutos de silencio, prosiguió en tono más suave:
—Estás mejorando. Intelectualmente estás ya casi bien del todo. Sólo
fallas en lo emocional. Dime, Winston, y recuerda que no puedes
mentirme; sabes muy bien que descubro todas tus mentiras. Dime:
¿cuáles son los verdaderos sentimientos que te inspira el Gran Hermano?
Se había apartado un poco de modo que Winston pudo ver mejor lo
que había en la mesa. Era una jaula alargada con un asa arriba para
llevarla. En la parte delantera había algo que parecía una careta de
esgrima con la parte cóncava hacia afuera. Aunque estaba a tres o cuatro
metros de él pudo ver que la jaula se dividía a lo largo en dos
departamentos y que algo se movía dentro de cada uno de ellos. Eran
CAPÍTULO V ratas.
—En tu caso —dijo O’Brien—, lo peor del mundo son las ratas.
En cada etapa de su encarcelamiento había sabido Winston —o creyó Winston, en cuanto entrevió al principio la jaula, sintió un temblor
saber— hacia dónde se hallaba, aproximadamente, en el enorme edificio premonitorio, un miedo a no sabía qué. Pero ahora, al comprender para
sin ventanas. Probablemente había pequeñas diferencias en la presión del qué servía aquella careta de alambre, parecían deshacérsele los
aire. Las celdas donde los guardias lo habían golpeado estaban bajo el intestinos.
nivel del suelo. La habitación donde O’Brien lo había interrogado estaba —¡No puedes hacer eso! —gritó con voz descompuesta—. ¡Es
cerca del techo. Este lugar de ahora estaba a muchos metros bajo tierra. imposible! ¡No puedes hacerme eso!
Lo más profundo a que se podía llegar. —¿Recuerdas —dijo O’Brien— el momento de pánico que surgía
Era mayor que casi todas las celdas donde había estado. Pero repetidas veces en tus sueños? Había frente a ti un muro de negrura y en
Winston no se fijó más que en dos mesitas ante él, cada una de ellas los oídos te vibraba un fuerte zumbido. Al otro lado del muro había algo
cubierta con gamuza verde. Una de ellas estaba sólo a un metro o dos de terrible. Sabías que sabías lo que era, pero no te atrevías a sacarlo a tu
él y la otra más lejos, cerca de la puerta. Winston había sido atado a una consciencia. Pues bien, lo que había al otro lado del muro eran ratas.
silla tan fuerte que no se podía mover en absoluto, ni siquiera podía —¡O’Brien! —dijo Winston, haciendo un esfuerzo para controlar su
mover la cabeza que le tenía sujeta por detrás una especie de almohadilla voz—. Sabes muy bien que esto no es necesario. ¿Qué quieres que diga?
obligándole a mirar de frente. O’Brien no contestó directamente. Había hablado con su
Se quedó sólo un momento. Luego se abrió la puerta entró O’Brien. característico estilo de maestro de escuela. Miró pensativo al vacío, como
—Me preguntaste una vez qué había en la habitación 101. Te dije que si estuviera dirigiéndose a un público que se encontraba detrás de
ya lo sabías. Todos lo saben. Lo que hay en la habitación 101 es lo peor Winston.
del mundo. —El dolor no basta siempre. Hay ocasiones en que un ser humano es
La puerta volvió a abrirse. Entró un guardia que llevaba algo, un capaz de resistir el dolor incluso hasta bordear la muerte. Pero para todos
objeto hecho de alambres, algo así como una caja o una cesta. La colocó hay algo que no puede soportarse, algo tan inaguantable que ni siquiera
sobre la mesa próxima a la puerta: a causa de la posición de O’Brien, no se puede pensar en ello. No se trata de valor ni de cobardía. Si te estás
podía Winston ver lo que era aquello. cayendo desde una gran altura, no es cobardía que te agarres a una
—Lo peor del mundo —continuó O’Brien— varía de individuo a cuerda que encuentres a tu caída. Si subes a la superficie desde el fondo
individuo. Puede ser que le entierren vivo o morir quemado, o ahogado o de un río, no es cobardía llenar de aire los pulmones. Es sólo un instinto
de muchas otras maneras. A veces se trata de una cosa sin importancia, que no puede ser desobedecido. Lo mismo te ocurre ahora con las ratas.
que ni siquiera es mortal, pero que para el individuo es lo peor del Para ti son lo más intolerable del mundo, constituyen una presión que no
mundo.
puedes resistir aunque te esfuerces en ello. Por eso las ratas te harán La jaula se acercaba; estaba ya junto a él. Winston oyó una serie de
hacer lo que se te pide. chillidos que parecían venir de encima de su cabeza. Luchó curiosamente
—Pero, ¿de qué se trata? ¿Cómo puedo hacerlo si no sé lo que es? contra su propio pánico. Pensar, pensar, aunque sólo fuera medio
O’Brien levantó la jaula y la puso en la mesa más próxima a Winston, segundo…, pensar era la única esperanza. De pronto, el asqueroso olor
colocándola cuidadosamente sobre la gamuza. Winston podía oírse la de las ratas le dio en el olfato como si hubiera recibido un tremendo
sangre zumbándole en los oídos. Sentíase más abandonado que nunca. golpe. Sintió violentas náuseas y casi perdió el conocimiento. Todo lo
Estaba en medio de una gran llanura solitaria, un inmenso desierto veía negro. Durante unos instantes se convirtió en un loco, en un animal
quemado por el sol y le llegaban todos los sonidos desde distancias que chillaba desesperadamente. Sin embargo, de esas tinieblas fue
inconmensurables. Sin embargo, la jaula de las ratas estaba sólo a dos naciendo una idea. Sólo había una manera de salvarse. Debía interponer
metros de él. Eran ratas enormes. Tenían esa edad en que el hocico de las a otro ser humano, el cuerpo de otro ser humano entre las ratas y él.
ratas se vuelve hiriente y feroz y su piel es parda en vez de gris. El círculo que ajustaba la careta era lo bastante ancho para taparle la
—La rata —dijo O’Brien, que seguía dirigiéndose a su público visión de todo lo que no fuera la puertecita de alambre situada a dos
invisible—, a pesar de ser un roedor, es carnívora. Tú lo sabes. Habrás palmos de su cara. Las ratas sabían lo que iba a pasar ahora. Una de ellas
oído lo que suele ocurrir en los barrios pobres de nuestra ciudad. En saltaba alocada, mientras que la otra, mucho más vieja, se apoyaba con
algunas calles, las mujeres no se atreven a dejar a sus niños solos en las sus patas rosadas y husmeaba con ferocidad. Winston veía sus patillas y
casas ni siquiera cinco minutos. Las ratas los atacan, y bastaría muy peco sus dientes amarillos. Otra vez se apoderó de él un negro pánico. Estaba
tiempo para que sólo quedaran de ellos los huesos. También atacan a los ciego, desesperado, con el cerebro vacío.
enfermos y a los moribundos. Demuestran poseer una asombrosa —Era un castigo muy corriente en la China imperial —dijo O’Brien,
inteligencia para conocer cuándo esta indefenso un ser humano. tan didáctico como siempre.
Las ratas chillaban en su jaula. Winston las oía como desde una gran La careta le apretaba la cara. El alambre le arañaba las mejillas.
distancia. Las ratas luchaban entre ellas; querían alcanzarse a través de la Luego…, no, no fue alivio, sino sólo esperanza, un diminuto fragmento
división de alambre. Oyó también un profundo y desesperado gemido. de esperanza. Demasiado tarde, quizás fuese ya demasiado tarde. Pero
Ese gemido era suyo. había comprendido de pronto que en todo el mundo sólo había una
O’Brien levantó la jaula y, al hacerlo, apretó algo sobre ella. Era un persona a la que pudiese transferir su castigo, un cuerpo que podía
resorte. Winston hizo un frenético esfuerzo por desligarse de la silla. Era arrojar entre las ratas y él. Y empezó a gritar una y otra vez,
inútil: todas las partes de su cuerpo, incluso su cabeza, estaban frenéticamente:
inmovilizadas perfectamente. O’Brien le acercó más la jaula. La tenía —¡Házselo a Julia! ¡Házselo a Julia! ¡A mí, no! ¡A Julia! No me
Winston a menos de un metro de su cara. importa lo que le hagas a ella. Desgárrale la cara, descoyúntale los
—He apretado el primer resorte —dijo O’Brien—. Supongo que huesos. ¡Pero a mí, no! ¡A Julia! ¡A mí, no!
comprenderás cómo está construida esta jaula. La careta se adaptará a tu Caía hacia atrás hundiéndose en enormes abismos, alejándose de las
cabeza, sin dejar salida alguna. Cuando yo apriete el otro resorte, se ratas a vertiginosa velocidad. Estaba todavía atado a la silla, pero había
levantará el cierre de la jaula. Estos bichos, locos de hambre, se lanzarán pasado a través del suelo, de los muros del edificio, de la tierra, de los
contra ti como balas. ¿Has visto alguna vez cómo se lanza una rata por el océanos, e iba lanzado por la atmósfera en los espacios interestelares,
aire? Así te saltarán a la cara. A veces atacan primero a los ojos. Otras alejándose sin cesar de las ratas… Se encontraba ya a muchos años-luz
veces se abren paso a través de las mejillas y devoran la lengua. de distancia, pero O’Brien estaba aún a su lado. Todavía le apretaba el
alambre, en las mejillas. Pero en la oscuridad que lo envolvía oyó otro
chasquido metálico y sabía que el primer resorte había vuelto a funcionar
y la jaula no había llegado a abrirse.

CAPÍTULO VI
El Nogal estaba casi vacío. Un rayo de sol entraba por una ventana y
caía, amarillento, sobre las polvorientas mesas. Era la solitaria hora de
las quince. Las telepantallas emitían una musiquilla ligera.
Winston, sentado en su rincón de costumbre, contemplaba un vaso
vacío. De vez en cuando levantaba la mirada a la cara que le miraba
fijamente desde la pared de enfrente. EL GRAN HERMANO TE
VIGILA, decía el letrero. Sin que se lo pidiera, un camarero se acercó a
llenarle el vaso con ginebra de la Victoria, echándole también unas
cuantas gotas de otra botella que tenía un tubito atravesándole el tapón.
Era sacarina aromatizado con clavo, la especialidad de la casa.
Winston escuchaba la telepantalla. Sólo emitía música, pero había la
posibilidad de que de un momento a otro diera su comunicado el
Ministerio de la Paz. Las noticias del frente africano eran muy
intranquilizadoras. Winston había estado muy preocupado todo el día por
esto. Un ejército eurasiático (Oceanía estaba en guerra con Eurasia;
Oceanía había estado siempre en guerra con Eurasia) avanzaba hacia el
sur con aterradora velocidad. El comunicado de mediodía no se había
referido a ninguna zona concreta, pero probablemente a aquellas horas se
lucharía ya en la desembocadura del Congo. Brazzaville y Leopoldville
estaban en peligro. No había que mirar ningún mapa para saber lo que
esto significaba. No era sólo cuestión de perder el África central. Por
primera vez en la guerra, el territorio de Oceanía se veía amenazado.
Una violenta emoción, no exactamente miedo, sino una especie de
excitación indiferenciado, se apoderó de él, para luego desaparecer. Dejó
de pensar en la guerra. En aquellos días no podía fijar el pensamiento en
ningún tema más que unos momentos. Se bebió el vaso de un golpe.
Como siempre, le hizo estremecerse e incluso sentir algunas arcadas.
El líquido era horrible. El clavo y la sacarina, ya de por sí las negras ninguna vez. ¿Acaso no simbolizan las blancas el invariable
repugnantes, no podían suprimir el aceitoso sabor de la ginebra, y lo peor triunfo del Bien sobre el Mal? El enorme rostro miraba a Winston con su
de todo era que el olor de la ginebra, que le acompañaba día y noche, iba poderosa calma. Las blancas siempre ganan.
inseparablemente unido en su mente con el olor de aquellas… La voz de la telepantalla se interrumpió y añadió en un tono diferente
Nunca las nombraba, ni siquiera en sus más recónditos pensamientos. y mucho más grave: «Estad preparados para escuchar un importante
Era algo de que Winston tenía una confusa conciencia, un olor que comunicado a las quince treinta. ¡Quince treinta! Son noticias de la
llevaba siempre pegado a la nariz. La ginebra le hizo eructar. Había mayor importancia. Cuidado con no perdérselas. ¡Quince treinta!». La
engordado desde que lo soltaron, recobrando su antiguo buen color, que musiquilla volvió a sonar.
incluso se le había intensificado. Tenía las facciones más bastas, la piel A Winston le latió el corazón con más rapidez. Seria el comunicado
de la nariz y de los pómulos era rojiza y rasposa, e incluso su calva tenía del frente; su instinto le dijo que habría malas noticias. Durante todo el
un tono demasiado colorado. Un camarero, también sin que él se lo día había pensado con excitación en la posible derrota aplastante en
hubiera pedido, le trajo el tablero de ajedrez y el número del Times África. Le parecía estar viendo al ejército eurasiático cruzando la
correspondiente a aquel día, doblado de manera que estuviese a la vista frontera que nunca había sido violada y derramándose por aquellos
el problema de ajedrez. Luego, viendo que el vaso de Winston estaba territorios de Oceanía como una columna de hormigas. ¿Cómo no había
vacío, le trajo la botella de ginebra y lo llenó. No había que pedir nada. sido posible atacarlos por el flanco de algún modo? Recordaba con toda
Los camareros conocían las costumbres de Winston. El tablero de ajedrez exactitud el dibujo de la costa occidental africana. Cogió una pieza y la
le esperaba siempre, y siempre le reservaban la mesa del rincón. Aunque movió en el ajedrez. Aquél era el sitio adecuado. Pero a la vez que veía la
el café estuviera lleno, tenía aquella mesa libre, pues nadie quería que lo horda negra avanzando hacia el Sur, vio también otra fuerza,
vieran sentado demasiado cerca de él. Nunca se preocupaba de contar sus misteriosamente reunida, que de repente había cortado por la retaguardia
bebidas. A intervalos irregulares le presentaban un papel sucio que le todas las comunicaciones terrestres y marítimas del enemigo. Sentía
decían era la cuenta, pero Winston tenía la impresión de que siempre le Winston como si por la fuerza de su voluntad estuviera dando vida a esos
cobraban más de lo debido. No le importaba. Ahora siempre le sobraba ejércitos salvadores. Pero había que actuar con rapidez. Si el enemigo
dinero. Le habían dado un cargo, una ganga donde cobraba mucho más dominaba toda el África, si lograban tener aeródromos y bases de
que en su antigua colocación. submarinos en El Cabo, cortarían a Oceanía en dos. Esto podía
La música de la telepantalla se interrumpió y sonó una voz. Winston significarlo todo: la derrota, una nueva división del mundo, la
levantó la cabeza para escuchar. Pero no era un comunicado del frente; destrucción del Partido. Winston respiró hondamente. Sentía una
sólo un breve anuncio del Ministerio de la Abundancia. En el trimestre extraordinaria mezcla de sentimientos, pero en realidad no era una
pasado, ya en el décimo Plan Trienal, la cantidad de cordones para lo mezcla sino una sucesión de capas o estratos de sentimientos en que no
zapatos que se pensó producir había sido sobrepasada en un noventa y se sabía cuál era la capa predominante.
ocho por ciento. Le pasó aquel sobresalto. Volvió a poner la pieza en su sitio, pero por
Estudió el problema de ajedrez y colocó las piezas. Era un final un instante no pudo concentrarse en el problema de ajedrez. Sus
ingenioso. «Juegan las blancas y mate en dos jugadas». Winston miró el pensamientos volvieron a vagar. Casi conscientemente trazó con su dedo
retrato del Gran Hermano. Las blancas siempre ganan, pensó con un en el polvo de la mesa:
confuso misticismo. Siempre, sin excepción; está dispuesto así. En
ningún problema de ajedrez, desde el principio del mundo, han ganado 2+2=
«Dentro de ti no pueden entrar nunca», le había dicho Julia. Pues, sí, cuerpo de Julia le producía ahora la misma sensación. Se le ocurrió
podían penetrar en uno. «Lo que te ocurre aquí es para siempre», le pensar que la piel de esta mujer sería ahora de una contextura diferente.
había dicho O’Brien. Eso era verdad. Había cosas, los actos propios, de No intentó besarla ni hablaron. Cuando marchaban juntos por el
las que no era posible rehacerse. Algo moría en el interior de la persona; césped, lo miró Julia a la cara por primera vez. Fue sólo una mirada
algo se quemaba, se cauterizaba. Winston la había visto, incluso había fugaz, llena de desprecio y de repugnancia. Se preguntó Winston si esta
hablado con ella. Ningún peligro había en esto. Winston sabía aversión procedía sólo de sus relaciones pasadas, o si se la inspiraba
instintivamente que ahora casi no se interesaban por lo que él hacía. también su desfigurado rostro y el agüilla que le salía de los ojos.
Podía haberse citado con ella si lo hubiera deseado. Esa única vez se Sentáronse en dos sillas de hierro uno al lado del otro, pero no
habían encontrado por casualidad. Fue en el Parque, un día muy demasiado juntos. Winston notó que Julia estaba a punto de hablar.
desagradable de marzo en que la tierra parecía hierro y toda la hierba Movió unos cuantos centímetros el basto zapato y aplastó con él una
había muerto. Winston andaba rápidamente contra el viento, con las rama. Su pie parecía ahora más grande, pensó Winston. Julia, por fin,
manos heladas y los ojos acuosos, cuando la vio a menos de diez metros dijo sólo esto:
de distancia. En seguida le sorprendió que había cambiado de un modo —Te traicioné.
indefinible. Se cruzaron sin hacerse la menor señal. Él se volvió y la —Yo también te traicioné —dijo él.
siguió, pero sin un interés desmedido. Sabía que ya no había peligro, que Julia lo miró otra vez con disgusto. Y dijo:
nadie se interesaba por ellos. Julia no le hablaba. Siguió andando en —A veces te amenazan con algo…, algo que no puedes soportar, que
dirección oblicua sobre el césped, como si tratara de librarse de él, y ni siquiera puedes imaginarte sin temblar. Y entonces dices: «No me lo
luego pareció resignarse a llevarlo a su lado. Por fin, llegaron bajo unos hagas a mí, házselo a otra persona, a Fulano de Tal». Y quizá pretendas,
arbustos pelados que no podían servir ni para esconderse ni para más adelante, que fue sólo un truco y que lo dijiste únicamente para que
protegerse del viento. Allí se detuvieron. Hacía un frío molestísimo. El dejaran de martirizarte y que no lo pensabas de verdad. Pero, no. Cuando
viento silbaba entre las ramas. Winston le rodeó la cintura con un brazo. ocurre eso se desea de verdad y se desea que a la otra persona se lo
No había telepantallas, pero debía de haber micrófonos ocultos. hicieran. Crees entonces que no hay otra manera de salvarte y estás
Además, podían verlos desde cualquier parte. No importaba; nada dispuesto a salvarte así. Deseas de todo corazón que eso tan terrible le
importaba. Podrían haberse echado sobre el suelo y hacer eso si hubieran ocurra a la otra persona y no a ti. No te importa en absoluto lo que pueda
querido. Su carne se estremeció de horror tan sólo al pensarlo. Ella no sufrir. Sólo te importas entonces tú mismo.
respondió cuando la agarró del brazo, ni siquiera intentó desasirse. Ya —Sólo te importas entonces tú mismo —repitió Winston como un
sabía Winston lo que había cambiado en ella. Tenía el rostro más eco.
demacrado y una larga cicatriz, oculta en parte por el cabello, le cruzaba —Y después de eso no puedes ya sentir por la otra persona lo mismo
la frente y la sien; pero el verdadero cambio no radicaba en eso. Era que que antes.
la cintura se le había ensanchado mucho y toda ella estaba rígida. —No —dijo él—, no se siente lo mismo.
Recordó Winston como una vez después de la explosión de una bomba No parecían tener más que decirse. El viento les pegaba a los cuerpos
cohete había ayudado a sacar un cadáver de entre unas ruinas y le había sus ligeros «monos». A los pocos instantes les producía una sensación
asombrado no sólo su increíble peso, sino su rigidez y lo difícil que embarazoso seguir allí callados. Además, hacía demasiado frío para
resultaba manejarlo, de modo que más parecía piedra que carne. El estarse quietos. Julia dijo algo sobre que debía coger el Metro y se
levantó para marcharse.
—Tenemos que vernos otro día —dijo Winston. su resurrección. La ginebra lo hundía cada noche en un sopor animal, y
—Sí, tenemos que vernos —dijo ella. también era la ginebra lo que le hacía revivir todas las mañanas. Al
Winston, irresoluto, la siguió un poco. Iba a unos pasos detrás de ella. despertarse —rara vez antes de las once con los párpados pegajosos, una
No volvieron a hablar. Aunque Julia no le dijo que se apartara, andaba boca pastosa y la espalda que parecía habérsele partido— le habría sido
muy rápida para evitar que fuese junto a ella. Winston se había decidido imposible echarse abajo de la cama si no hubiera tenido siempre en la
a acompañarla a la estación del Metro, pero de repente se le hizo un mesa de noche la botella de ginebra y una taza. Durante la mañana se
mundo tener que andar con tanto frío. Le parecía que aquello no tenía quedaba escuchando la telepantalla con una expresión pétrea y la botella
sentido. No era tanto el deseo de apartarse de Julia como el de regresar al siempre a mano. Desde las quince hasta la hora de cerrar, se pasaba todo
café lo que le impulsaba, pues nunca le había atraído tanto El Nogal el tiempo en El Nogal. Nadie se preocupaba de lo que hiciera, no le
como en este momento. Tenía una visión nostálgica de su mesa del despertaba ningún silbato ni le dirigía advertencias la telepantalla. Dos
rincón, con el periódico, el ajedrez y la ginebra que fluía sin cesar. Sobre veces a la semana iba a un despacho polvoriento, que parecía un rincón
todo, allí haría calor. Por eso, poco después y no sólo accidentalmente, se olvidado, en el Ministerio de la Verdad, y trabajaba un poco, si a aquello
dejó separar de ella por una pequeña aglomeración de gente. Hizo un podía llamársele trabajo. Había sido nombrado miembro de un subcomité
desganado intento de volver a seguirla, pero disminuyó el paso y se de otro subcomité que dependía de uno de los innumerables subcomités
volvió, marchando en dirección opuesta. Cinco metros más allá se volvió que se ocupaban de las dificultades de menos importancia planteadas por
a mirar. No había demasiada circulación, pero ya no podía distinguirla. la preparación de la onceava edición del Diccionario de Neolengua. En
Julia podría haber sido cualquiera de doce figuras borrosas que se aquel despacho se dedicaban a redactar algo que llamaban el informe
apresuraban en dirección al Metro. Es posible que no pudiera reconocer provisional, pero Winston nunca había llegado a enterarse de qué tenían
ya su cuerpo tan deformado. que informar. Tenía alguna relación con la cuestión de si las comas deben
«Cuando ocurre eso, se desea de verdad», y él lo había pensado en ser colocadas dentro o fuera de las comillas. Había otros cuatro en el
serio. No solamente lo había dicho, sino que lo había deseado. Había subcomité, todos en situación semejante a la de Winston. Algunos días se
deseado que fuera ella y no él quien tuviera que soportar a las… marchaban apenas se habían reunido después de reconocer sinceramente
Se produjo un sutil cambio en la música que brotaba de la que no había nada que hacer. Pero otros días se ponían a trabajar casi con
telepantalla. Apareció una nota humorística, «la nota amarilla». Una voz encarnizamiento haciendo grandes alardes de aprovechamiento del
quizá no estuviera sucediendo de verdad, sino que fuera sólo un recuerdo tiempo redactando largos informes que nunca terminaban. En esas
que tomase forma de sonido cantaba: ocasiones discutían sobre cual era el asunto sobre cuya discusión se les
había encargado y esto les llevaba a complicadas argumentaciones y
Bajo el Nogal de las ramas extendidas sutiles distingos con interminables digresiones, peleas, amenazas e
yo te vendí y tu me vendiste. incluso recurrían a las autoridades superiores. Pero de pronto parecía
retirárselas la vida y se quedaban inmóviles en torno a la mesa mirándose
Winston tenía los ojos más lacrimosos que de costumbre. Un unos a otros con ojos apagados como fantasmas que se esfuman con el
camarero que pasaba junto a él vio que tenía vacío el vaso y volvió a canto del gallo.
llenárselo de la botella de ginebra. La telepantalla estuvo un momento silenciosa. Winston levantó la
Winston olió el líquido. Aquello estaba más repugnante cuanto más cabeza otra vez. ¡El comunicado! Pero no, sólo era un cambio de música.
lo bebía, pero era el elemento en que él nadaba. Era su vida, su muerte y Tenía el mapa de África detrás de los párpados, el movimiento de los
ejércitos que él imaginaba era este diagrama; una flecha negra Apartó de su mente estas imágenes. Era un falso recuerdo. De vez en
dirigiéndose verticalmente hacia el Sur y una flecha blanca en dirección cuando le asaltaban falsos recuerdos. Esto no importaba mientras que se
horizontal, hacia el Este, cortando la cola de la primera. Como para darse supiera lo que era. Winston volvió a fijar la atención en el tablero de
ánimos, miró el imperturbable rostro del retrato. ¿Podía concebirse que la ajedrez, pero casi en el mismo instante dio un salto como si lo hubieran
segunda flecha no existiera? pinchado con un alfiler.
Volvió a aflojársele el interés. Bebió más ginebra, cogió la pieza Un agudo trompetazo perforó el aire. Era el comunicado, ¡victoria!;
blanca e hizo un intento de jugada. Pero no era aquélla la jugada siempre significaba victoria la llamada de la trompeta antes de las
acertada, porque… noticias. Una especie de corriente eléctrica recorrió a todos los que se
Sin quererlo, le flotó en la memoria un recuerdo. Vio una habitación hallaban en el café. Hasta los camareros se sobresaltaron y aguzaron el
iluminada por la luz de una vela con una gran cama de madera clara y él, oído.
un chico de nueve o diez años que estaba sentado en el suelo agitando un La trompeta había dado paso a un enorme volumen de ruido. Una voz
cubilete de dados y riéndose excitado. Su madre estaba sentada frente a excitada gritaba en la telepantalla, pero apenas había empezado fue
él y también se reía. Aquello debió de ocurrir un mes antes de ahogada por una espantosa algarabía en las calles. La noticia se había
desaparecer ella. Fueron unos momentos de reconciliación en que difundido como por arte de magia. Winston había oído lo bastante para
Winston no sentía aquel hambre imperiosa y le había vuelto saber que todo había sucedido como él lo había previsto: una inmensa
temporalmente el cariño por su madre. Recordaba bien aquel día, un día armada, reunida secretamente, un golpe repentino a la retaguardia del
húmedo de lluvia continua. El agua chorreaba monótona por los cristales enemigo, la flecha blanca destrozando la cola de la flecha negra. Entre el
de las ventanas y la luz del interior era demasiado débil para leer. El estruendo se destacaban trozos de frases triunfales: «Amplia maniobra
aburrimiento de los dos niños en la triste habitación era insoportable. estratégica… perfecta coordinación… tremenda derrota medio millón de
Winston gimoteaba, pedía inútilmente que le dieran de comer, recorría la prisioneros… completa desmoralización… controlamos el África entera.
habitación revolviéndolo todo y dando patadas hasta que los vecinos La guerra se acerca a su final… victoria… la mayor victoria en la
tuvieron que protestar. Mientras, su hermanita lloraba sin parar. Al final historia de la Humanidad. ¡Victoria, victoria, victoria!».
le dijo su madre: «Sé bueno y te compraré un juguete. Sí, un juguete Bajo la mesa, los pies de Winston hacían movimientos convulsivos.
precioso que te gustará mucho». Y había salido a pesar de la lluvia para No se había movido de su asiento, pero mentalmente estaba corriendo,
ir a unos almacenes que estaban abiertos a esa hora y volvió con una caja corriendo a vertiginosa velocidad, se mezclaba con la multitud, gritaba
de cartón conteniendo el juego llamado «De las serpientes y las hasta ensordecer. Volvió a mirar el retrato del Gran Hermano. ¡Aquél era
escaleras». Era muy modesto. El cartón estaba rasgado y los pequeños el coloso que dominaba el mundo! ¡La roca contra la cual se estrellaban
dados de madera, tan mal cortados que apenas se sostenían. Winston en vano las hordas asiáticas! Recordó que sólo hacía diez minutos —sí,
recordaba el olor a humedad del cartón. Había mirado el juego de mal diez minutos tan sólo—, todavía se equivocaba su corazón al dudar si las
humor. No le interesaba gran cosa. Pero entonces su madre encendió una noticias del frente serían de victoria o de derrota. ¡Ah, era más que un
vela y se sentaron en el suelo a jugar. Jugaron ocho veces ganando cuatro ejército eurasiático lo que había perecido! Mucho había cambiado en él
cada uno. La hermanita, demasiado pequeña para comprender de qué desde aquel primer día en el Ministerio del Amor, pero hasta ahora no se
trataba el juego, miraba y se reía porque los veía reír a ellos dos. Habían había producido la cicatrización final e indispensable, el cambio
pasado la tarde muy contentos, como cuando él era más pequeño. salvador. La voz de la telepantalla seguía enumerando el botín, la
matanza, los prisioneros, pero la gritería callejera había amainado un
poco. Los camareros volvían a su trabajo. Uno de ellos acercó la botella
de ginebra. Winston, sumergido en su feliz ensueño, no prestó atención
mientras le llenaban el vaso. Ya no se veía corriendo ni gritando, sino de
regreso al Ministerio del Amor, con todo olvidado, con el alma blanca
como la nieve. Estaba confesándolo todo en un proceso público,
comprometiendo a todos. Marchaba por un claro pasillo con la sensación
de andar al sol y un guardia armado lo seguía. La bala tan esperada APÉNDICE
penetraba por fin en su cerebro.
Contempló el enorme rostro. Le había costado cuarenta años saber
qué clase de sonrisa era aquella oculta bajo el bigote negro. ¡Qué cruel e
inútil incomprensión! ¡Qué tozudez la suya exilándose a sí mismo de
aquel corazón amante! Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le
resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba
la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo
definitivamente. Amaba al Gran Hermano.
palabras y desvistiendo a las palabras restantes de cualquier significado
heterodoxo, y a ser posible de cualquier significado secundario. Por
ejemplo: la palabra libre aún existía en neolengua, pero sólo se podía
utilizar en afirmaciones como «este perro está libre de piojos», o «este
prado está libre de malas hierbas». No se podía usar en su viejo sentido
de «políticamente libre» o «intelectualmente libre», ya que la libertad
Los principios de neolengua política e intelectual ya no existían como conceptos y por lo tanto
necesariamente no tenían nombre. Aparte de la supresión de palabras
Neolengua era la lengua oficial de Oceanía y fue creada para solucionar definitivamente heréticas, la reducción del vocabulario por sí sola se
las necesidades ideológicas del Ingsoc o Socialismo Inglés. En el año consideraba como un objetivo deseable, y no sobrevivía ninguna palabra
1984 aún no había nadie que utilizara la neolengua como elemento único de la que se pudiera prescindir. La finalidad de la neolengua no era
de comunicación, ni hablado ni escrito. Los editoriales del Times estaban aumentar, sino disminuir el área del pensamiento, objetivo que podía
escritos en neolengua, pero era un tour de force que solamente un conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo indispensable.
especialista podía llevar a cabo. Se esperaba que la neolengua La neolengua se basaba en la lengua inglesa tal como ahora la
reemplazara a la vieja lengua (o inglés corriente, diríamos nosotros) conocemos, aunque muchas frases de neolengua, incluso sin contener
hacia el año 2050. Entretanto iba ganando terreno de una manera segura nuevas palabras, serían apenas inteligibles para el que hablara el inglés
y todos los miembros del Partido tendían, cada vez más, a usar palabras y actual. Las palabras de neolengua se dividían en tres clases distintas,
construcciones gramaticales de neolengua en el lenguaje ordinario. La conocidas por los nombres de vocabulario A, vocabulario B (también
versión utilizada en 1984, comprendida en las ediciones novena y décima llamado de palabras compuestas) y vocabulario C. Lo más simple sería
del Diccionario de Neolengua, era provisional, y contenía muchas discutir cada clase separadamente, pero las peculiaridades gramaticales
palabras superfluas y formaciones arcaicas que más tarde se suprimirían. de la lengua pueden ser tratadas en la sección dedicada al vocabulario A,
Aquí nos referiremos a la última versión, la más perfeccionada, tal como ya que las mismas reglas se aplicaban a las tres categorías.
aparece en la onceava edición del Diccionario. El vocabulario A: El vocabulario A consistía en las palabras de uso
La intención de la neolengua no era solamente proveer un medio de cotidiano: cosas como comer, beber, trabajar, vestirse, subir y bajar
expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos del escaleras, conducir vehículos, cuidar el jardín, cocinar y cosas por el
Ingsoc, sino también imposibilitar otras formas de pensamiento. Lo que estilo. Se componía prácticamente de palabras que ya poseemos —
se pretendía era que una vez la neolengua fuera adoptada de una vez por palabras como golpear, correr, perro, árbol, azúcar, casa, campo—; pero
todas y la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento herético, es decir, en comparación con el vocabulario inglés de hoy en día, su número era
un pensamiento divergente de los principios del Ingsoc, fuera extremadamente pequeño, al mismo tiempo que sus significados eran
literalmente impensable, o por lo menos en tanto que el pensamiento más rigurosamente restringidos. Todas las ambigüedades y distintas
depende de las palabras. Su vocabulario estaba construido de tal modo variaciones de significado habían sido purgadas. En tanto que fuera
que diera la expresión exacta y a menudo de un modo muy sutil a cada posible, una palabra de neolengua de este tipo quedaba reducida
significado que un miembro del Partido quisiera expresar, excluyendo simplemente a un sonido preciso que expresaba un concepto claramente
todos los demás sentidos, así como la posibilidad de llegar a otros entendido. Hubiera sido totalmente inconcebible utilizar el vocabulario A
sentidos por métodos indirectos. Esto se conseguía inventando nuevas para propósitos literarios o para discusiones políticas o filosóficas. Su
intención era la de expresar pensamientos simples y objetivos, casi vocabulario. Poniendo por caso la palabra bueno, ya no habría necesidad
siempre relacionados con objetos concretos o acciones físicas. de la palabra malo ya que el significado requerido se expresaba tan bien
La gramática de la neolengua tenía dos grandes peculiaridades. La o incluso mejor por inbueno. Lo único necesario, en el caso de que dos
primera era una intercambiabilidad casi total entre las distintas partes de palabras formaran una pareja de significación opuesta, era decidir cuál
la oración. Cualquier palabra de la lengua (en principio esto era aplicable suprimir. Oscuridad, por ejemplo, podía ser reemplazada por inluz o luz
incluso a palabras abstractas como si o cuando) se podía usar como por inoscuro, según lo que se prefiera. La segunda característica de la
verbo, nombre, adjetivo o adverbio. Entre la forma del verbo y la del gramática de la neolengua era su regularidad. Aparte de algunas
nombre, cuando eran de la misma raíz, no había nunca ninguna variación excepciones abajo mencionadas, todas las inflexiones seguían las mismas
y así esta regla por sí misma suponía la destrucción de muchas de las reglas. Así, en todos los verbos el pretérito y el participio pasado eran el
formas arcaicas. La palabra pensamiento, por ejemplo, no existía en mismo y terminaban en ed (En Inglés. En español acabarían con la
neolengua. En su lugar existía pensar, que hacía la función de verbo y de misma letra o seguirían como los verbos regulares, ejemplo: robé, hace,
nombre. Aquí no se seguía ningún principio etimológico. En otros casos pensé, comer, comí. Los ejemplos ingleses robar, pensar en español ya
se conservaba el sustantivo original y en otros casos el verbo. Incluso son verbos y no justifican el ejemplo). El pretérito de pensar, pensé, de
cuando un nombre y un verbo de significado parecido no tenían una robar, robé, y así en toda la lengua; todas las otras formas: mandó, dio,
relación etimológica, con frecuencia se suprimía el uno o el otro. No habló, trajo, cogido, etc. fueron abolidas. Los plurales de hombre, buey,
existía, por ejemplo, una palabra como cortar, ya que su significado vida eran hombres, bueys, vidas.
quedaba lo suficientemente cubierto por el nombre-verbo cuchillo. Los La única clase de palabras a las que todavía se les permitía
adjetivos se formaban añadiendo el sufijo lleno al nombre-verbo, y los inflexiones irregulares eran los pronombres, los relativos, los adjetivos
adverbios añadiendo demodo. Así, por ejemplo, rapidolleno quería decir demostrativos y los verbos auxiliares. Todos estos seguían su uso antiguo
rapidez, y rapidodemodo significaba rápidamente. Se conservaron excepto que «quien» había sido suprimido por innecesario y los tiempos
algunos adjetivos de hoy en día como bueno, fuerte, grande, negro, condicionales de deber, debería, habían caído en desuso ya que habían
blando, pero en un número muy reducido. Por otra parte, su necesidad sido cubiertos por «haría, habría hecho». Había también ciertas
era mínima, ya que se llegaba a cualquier significado adjetival añadiendo irregularidades en la formación de palabras creadas por la necesidad del
lleno a un sustantivo-verbo. No se conservaron ninguno de los adverbios habla fácil y rápida.
hoy existentes exceptuando algunos que acababan en demodo; la Una palabra que fuese difícil de pronunciar o que podía entenderse
terminación demodo era invariable. La palabra bien, por ejemplo, se incorrectamente, se estimaba ipso facto una mala palabra; así que
sustituyó por buenmodo. Además, a cualquier palabra —y esto, como ocasionalmente, por la eufonía, se insertaban letras en una palabra o se
principio, se aplicaba a todas las palabras del idioma—, se le daba conservaba una forma arcaica. Pero esta necesidad tenía más relación
sentido de negación añadiendo el prefijo in o se le daba fuerza con el sobre todo con el vocabulario B. La razón de la importancia concedida a
sufijo plus, o para aumentar el énfasis, dobleplus. Así por ejemplo, infrio, la facilidad de la pronunciación, se aclarará más tarde en este ensayo.
significaba «caliente», mientras que plusfrio y doblepulsfrio significaban El vocabulario B: El vocabulario B consistía en palabras que habían
respectivamente «muy frío» y «extraordinariamente frío». También era sido construidas deliberadamente con propósitos políticos. Es decir,
posible, como en el inglés de hoy en día, modificar el significado de casi palabras que no solamente tenían en todos los casos implicaciones
todas las palabras con preposiciones afijas como, ante, post, sobre, sub, políticas sino que además poseían la intención de imponer una deseable
etc. A base de este método fue posible disminuir enormemente el actitud mental en la persona que las utilizaba. Sin una compresión total
de los principios del Ingsoc era difícil usar estas palabras correctamente. Consideremos, por ejemplo, una frase típica del editorial del Times como
En algunos casos se podían traducir a la vieja lengua o incluso a palabras ésta: «Viejos pensadores incorazonsentir Ingsoc». El modo más sencillo
tomadas del vocabulario A, pero ello exigía una larga parrafada y de entender esto en la Vieja lengua sería: «Como que se formaron con las
siempre se perdían ciertos énfasis. Las palabras del vocabulario B eran ideas de antes de la Revolución, no pueden tener una comprensión
una especie de taquigrafía verbal que a menudo englobaban toda una emocional de los principios del socialismo Inglés». Pero ésta no es una
serie de ideas expresadas en unas pocas sílabas y a la vez con un sentido traducción adecuada. En primer lugar, para lograr captar el significado de
más exacto y más fuerte que en el lenguaje ordinario. Las palabras B la frase arriba mencionada, habría que tener una idea clara de lo que se
eran en todos los casos palabras compuestas. (Palabras compuestas como entiende por Ingsoc. Y además, sólo una persona totalmente educada en
«hablarsubir» también se encontraban, claro está, en el vocabulario A, el Ingsoc podía apreciar toda la fuerza de la palabra corazonsentir, que
pero no eran más que abreviaciones de conveniencia y no tenían implicaba una ciega y entusiasta aceptación difícil de imaginar hoy; de la
ideología de ningún color en especial). Consistían en dos o más palabras palabra viejopensar, que estaba inextricablemente mezclada con la idea
juntadas de un modo fácilmente pronunciable. El resultado era siempre de maldad y decadencia. Pero la función especial de ciertas palabras de
un verbo-nombre y se utilizaba según las reglas normales. Pongamos un neolengua, de las que viejopensar era una, no era tanto expresar su
único ejemplo: la palabra bienpensar, que significa de un modo general significado como destruirlos. Estas palabras, pocas en número, por
«ortodoxia», o si uno quiere tomarla como verbo, «pensar de un modo supuesto, habían extendido su significado hasta el punto de contener,
ortodoxo». Su declinación era la siguiente: nombre-verbo, bienpensar; dentro de ellas mismas, toda una serie de palabras que como quedaban
pretérito y participio pasado, bienpensado; participio presente, englobadas por un solo término comprensivo, ahora podían ser relegadas
bienpensante; adjetivo, bienpensadolleno; adverbio, bienpensadamente; y olvidadas. La mayor dificultad con la que se encontraban los
nombre verbal, bienpensado. compiladores del Diccionario de Neolengua no era inventar nuevas
Las palabras B no se construían de acuerdo con ningún plan palabras, sino la de precisar, una vez inventadas aquéllas, cuál era su
etimológico. Las palabras podían ser de cualquier parte de la lengua, se significado. Es decir, precisar qué series de palabras quedaban
podían poner en un orden cualquiera y ser mutiladas de modo que las invalidadas con su existencia. Tal como ya hemos visto con la palabra
hiciera de fácil pronunciación a la vez que indicaban su derivación. En la libre, las palabras que en su día hubieran tenido un significado herético, a
palabra crimenpensar (pensamientocrimen), por ejemplo, el pensar iba veces se conservaban por conveniencia pero limpias de los significados
detrás mientras que en pensarpol (Policía del Pensamiento) iba primero y indeseables. Innombrables palabras como honor, justicia, moralidad,
en la última palabra, policía había perdido las tres sílabas finales. Dada la internacionalismo, democracia, ciencia y religión simplemente habían
dificultad de asegurar la eufonía, las formaciones irregulares eran más dejado de existir. Unas cuantas palabras hacían de tapadera y, al
comunes en el vocabulario B que en el vocabulario A. Por ejemplo, las encubrirlas, las abolían. Todas las palabras agrupadas bajo los conceptos
formas adjetivadas de Miniver, Minipax y Minimor eran, de libertad e igualdad, por ejemplo, se contenían en una sola, bienpensar,
respectivamente, Miniverlleno, Minipaxlleno y Minimorlleno, mientras que todas las palabras reunidas bajo los conceptos de
simplemente porque verdadlleno, pazlleno y amorlleno eran algo objetividad y racionalismo quedaban comprendidas en la única palabra
difíciles de pronunciar. En principio, de todos modos, todas las palabras viejopensar. Mayor precisión hubiera sido peligrosa. Lo que se requería
B se modulaban del mismo modo. de un miembro del Partido era un punto de vista similar al de los
Algunas de las palabras B tenían significados muy sutiles, apenas antiguos hebreos que sabían, sin saber mucho más, que todas las
inteligibles para quien no dominara la lengua en su totalidad. naciones aparte de la suya adoraban a «dioses falsos». No necesitaban
saber que estos dioses se llamaban Baal, Osiris, Moloch, Ashtaroth, etc. nombres de organizaciones, grupos de personas, doctrinas, países o
Probablemente cuanto menos supiesen sobre ellos, mejor para su instituciones o edificios públicos, habían quedado recortados de forma
ortodoxia. Conocían a Jehová y sus mandamientos; sabían, por lo tanto, muy sencilla, es decir, una sola palabra fácilmente pronunciable con el
que todos los dioses con otros nombres y atributos eran dioses falsos. De menor número de sílabas y que conservaba la derivación original. En el
manera parecida, el miembro del Partido sabía lo que constituía la Ministerio de la Verdad, por ejemplo, el Departamento de Registro donde
correcta norma de conducta, y de un modo increíblemente vago y general trabajaba Winston Smith se llamaba Regdep, el Departamento de Ficción
lo que podía apartarle de ella. Su vida sexual, por ejemplo, estaba se llamaba Ficdep, el Departamento de Teleprogramas se llamaba
totalmente regulada por las dos palabras de neolengua sexocrimen Teledep, etc. La finalidad no era sólo ganar tiempo. Incluso en las
(inmoralidad sexual) y buensexo (castidad). El sexocrimen cubría primeras décadas del siglo veinte, las palabras y frases abreviadas habían
infracciones de todo tipo: fornicación, adulterio, homosexualidad y otras sido uno de los rasgos característicos del lenguaje político y era notorio
perversiones y, además, el coito normal practicado por placer. No había que la tendencia a usar abreviaturas de este tipo era más marcada en
necesidad de nombrarlos separadamente, ya que todos eran igualmente países y organizaciones totalitarias. Ejemplos de ello son palabras tales
culpables y merecían la muerte. En el vocabulario C, que consistía en como Nazi, Gestapo, Comintern, Imprecorr y Agitrop. Al principio esta
palabras técnicas y científicas, existía la necesidad de dar nombres práctica se había adoptado instintivamente, pero en neolengua se
especializados a ciertas aberraciones sexuales, pero el ciudadano normal utilizaba con un propósito consciente. Habían observado que abreviando
no las necesitaba. Éste sabía lo que se quería decir buensexo, es decir, el un nombre se estrechaba y alteraba sutilmente su significado, perdiendo
coito normal entre marido y mujer con el solo propósito de engendrar la mayoría de asociaciones de ideas que de otra manera habría
hijos y sin placer físico por parte de la mujer; todo lo demás era mantenido. Las palabras Internacional Comunista, por ejemplo, evocan
sexocrimen. En neolengua era casi imposible seguir un pensamiento la imagen polifacético de solidaridad humana, banderas rojas, barricadas,
herético más allá de la percepción de su carácter herético; a partir de este Karl Marx y la Comuna de París. La palabra Comintern, por otro lado,
punto faltaban las palabras necesarias. Ninguna palabra en el vocabulario sólo sugiere una organización tupida y cerrada, con una doctrina
B era ideológicamente neutral. Muchas eran eufemismos. Palabras como, concreta. Se refiere a algo tan fácilmente reconocible y limitado en su
por ejemplo, gozocampo (campo de trabajos forzados) o Minipax propósito como una silla o una mesa. Comintern es una palabra que se
(Ministerio de la Paz, es decir, Ministerio de la Guerra) significaban puede pronunciar casi sin pensar, mientras que Internacional Comunista,
exactamente lo opuesto de lo que parecían indicar. Algunas palabras, por es una frase en la que uno tiene que detenerse por lo menos unos
otro lado, traducían una franca y despreciativa comprensión por la momentos. Del mismo modo, las asociaciones ideológicas que la palabra
naturaleza real de la sociedad de Oceanía. Por ejemplo, prolealimento Miniver evoca son menores y más controlables que las sugeridas por
significaba la porquería de entretenimiento y falsas noticias que el Ministerio de la Verdad. Ésta era la razón del hábito de abreviar siempre
Partido daba a las masas. Otras palabras además eran ambivalentes, que fuera posible, así como también el casi exagerado cuidado que
teniendo la connotación de «bueno» cuando eran aplicadas al Partido y dedicaban a facilitar la pronunciación de las palabras. En neolengua, la
de «malo» cuando eran aplicadas al enemigo. Pero además había gran obsesión de la euforia pesaba más que cualquier otra consideración,
cantidad de palabras que a primera vista parecían meras abreviaciones y salvo la exactitud del significado. Si era necesario, siempre se sacrificaba
que extraían su color ideológico no de su significado sino de su la regularidad de la gramática en aras de la euforia. Y con razón, ya que
estructura. Hasta donde fuera posible todo lo que pudiera tener un lo que se requería, sobre todo por razones políticas, eran palabras cortas
significado político de cualquier tipo entraba en el vocabulario B. Los y de significado inequívoco que pudieran pronunciarse rápidamente y
que despertaran el mínimo de sugerencias en la mente del parlante. Las mismas raíces, pero se tomó el cuidado habitual para definirlos
palabras del vocabulario B incluso ganaban en fuerza por el hecho de ser rápidamente, y despojarlos de los significados indeseables. Se atenían a
tan parecidas. Casi invariablemente estas palabras bienpensar, Minipax, las mismas reglas gramaticales que las palabras de los otros dos
prolealimento sexocrimem, gozocampo, Ingsoc, corazonsentir, pensarpol vocabularios. Muy pocas palabras C tenían uso en las conversaciones
y muchas otras eran palabras de dos o tres sílabas con el acento tónico cotidianas o en el lenguaje político. Cualquier científico o técnico podía
igualmente distribuido entre la primera sílaba y la última. Su uso encontrar todas las palabras necesarias en la lista dedicada a su
fomentaba una especie de conversación similar a un cotorreo, a la vez especialidad, pero sólo tenía una mínima idea de las palabras de las otras
roto y monótono; era esto precisamente lo que pretendían. La intención listas. Solamente unas cuantas palabras eran comunes a todas las listas y
era formar un lenguaje, sobre todo el que versaba sobre materias no no existía un vocabulario que expresase la función de la ciencia como
neutrales ideológicamente, tan independiente como fuera posible de la actitud mental o como método intelectual independiente de sus ramas
conciencia. En asuntos, de la vida cotidiana, sin duda era necesario, o particulares. No había, de hecho, palabra para designar la «Ciencia»,
algunas veces necesario, reflexionar antes de hablar, pero un miembro quedando cualquier significado que pudiera tener suficientemente
del Partido, llamado a emitir un juicio político o ético, debía ser capaz de cubierto por la palabra Ingsoc.
disparar las opiniones correctas tan automáticamente como una Por lo que se ha explicado, podrá verse que en neolengua la
ametralladora las balas. Su entrenamiento lo preparaba para ello, el expresión de opiniones heterodoxas de bajo nivel era casi imposible. Era
lenguaje le daba un instrumento casi infalible y la textura de las palabras, factible, claro está, emitir herejías de un tono muy crudo y elemental,
con su sonido duro y una especie de fealdad salvaje de acuerdo con el como una especie de blasfemia. Hubiera sido posible, por ejemplo, decir
espíritu del Ingsoc, acababan de completar el proceso. Además contribuía el «Gran Hermano inbueno». Pero esta aseveración, que a un oído,
el hecho de tener pocas palabras donde escoger. En relación con el ortodoxo le sonaba como una manifiesta absurdidad, no podría haber
nuestro, el vocabulario de la neolengua era mínimo, y continuamente sido sostenida con argumentos racionales, ya que faltaban las palabras
inventaban nuevos modos de reducirlo. Desde luego, la neolengua difería necesarias. Sólo podían sostenerse ideas contrarias al Ingsoc de una
de la mayoría de otros lenguajes en que su vocabulario se empequeñecía manera vaga y sin palabras, y formularlas en unos términos muy
en vez de agrandarse. Cada reducción era una ganancia, ya que cuanto genéricos que mezclaban y condenaban todo tipo de herejías, sin
menor era el área para escoger, más pequeña era la tentación de pensar. definirlas particularmente. De hecho, sólo podía utilizarse la neolengua
En definitiva, se esperaba construir un lenguaje articulado que surgiera para fines heterodoxos traduciendo de un modo ilegítimo algunas de las
de la laringe sin involucrar en absoluto a los centros del cerebro. Este palabras a la Viejalengua. Por ejemplo, «Todos los hombres son iguales»
objetivo se explicita francamente en la palabra de neolengua hablapato, era una afirmación posible en neolengua, pero en el mismo sentido en
que significa «cuacuar como un pato»; como otras palabras de que «Todos los hombres tienen el pelo rojo» pudiera serlo en
neolengua, hablapato era de significado ambivalente. Si las opiniones Viejalengua. No contiene ningún error gramatical, pero expresa una no-
cuacuadas eran ortodoxas, sólo implicaban alabanza y cuando el Times se verdad palpable como que todos los hombres son de la misma estatura,
refería a uno de los oradores del Partido como a un dobleplusbueno peso o fuerza. El concepto de igualdad política ya no existía y por lo
cuacuador estaba emitiendo un caluroso y valioso cumplido. tanto esta significación secundaria había sido limpiada de la palabra
El vocabulario C: El vocabulario C era complementario de los otros igual. En 1984, cuando Viejalengua era todavía el medio normal de
dos y contenía totalmente términos científicos y técnicos. Éstos se comunicación, teóricamente existía el peligro de que al usar palabras de
parecían a los términos científicos en uso hoy en día y procedían de las neolengua uno recordara sus significados originales. En la práctica no era
difícil, para alguien bien versado en el doblepensar, evitar que esto Hubiera sido imposible traducir este párrafo a neolengua
ocurriera, pero dentro de dos generaciones se evitaría incluso la conservando el sentido del original. La traducción más aproximada
posibilidad de este peligro. Una persona creciendo con neolengua como consistiría en tragarse todo el pasaje como crimental. Una traducción
único lenguaje, no sabría nunca que había tenido antes la acepción de completa sólo podía ser ideológica, con lo que las palabras de Jefferson
«igualdad política», o que «libre» había significado anteriormente se habrían convertido en un panegírico sobre el gobierno absoluto.
«intelectualmente libre», del mismo modo que, por ejemplo, una persona Buena parte de la literatura del pasado ya se había transformado en
que no hubiera oído hablar nunca de ajedrez, podría saber los segundos esto. Consideraciones de prestigio aconsejaban conservar el recuerdo de
significados aplicables a la reina y a la torre. Por lo tanto, quedaría algunas figuras históricas, poniendo al mismo tiempo algunas de sus
descartada la posibilidad de cometer muchos crímenes y errores grandes acciones en relación con la filosofía del Ingsoc. Varios escritores
simplemente porque no tenían nombre y, en consecuencia, son como Shakespeare, Milton, Swift, Byron, Dickens y otros estaban en
inimaginables. Y era de esperar que con el paso del tiempo las proceso de traducción. Una vez terminado este trabajo, sus escritos
características que distinguían a la neolengua, se volverían más y más originales, junto con el resto que hubiera sobrevivido de la literatura del
acusadas: sus palabras irían disminuyendo, sus significados cada vez más pasado, sería destruido. Estas traducciones eran un proceso lento y difícil
restringidos y más remoto el peligro de utilizarlos impropiamente. Al y no se esperaba que fueran terminadas antes de la primera o segunda
desaparecer la Viejalengua se habría roto el último lazo con el pasado. La década del siglo veintiuno. Había también gran cantidad de literatura
historia ya se había reescrito, pero algunos fragmentos de la vieja meramente utilitaria —manuales técnicos indispensables y cosas por el
literatura sobrevivían aquí y allá, imperfectamente censurados, y estilo— que debían ser tratados del mismo modo. Para dar tiempo a este
mientras persistiera el conocimiento de la Viejalengua era posible leerlos. trabajo preliminar, se fijó una fecha tan lejana como el año 2050 para la
En el futuro tales fragmentos, incluso si sobrevivieran, serían inteligibles adopción definitiva de la neolengua.
e intraducibles. Era imposible traducir un pasaje de Viejalengua a
Neolengua, salvo que se refiriera a algún proceso técnico, a hechos de la
vida cotidiana o bien fuese ya de tendencia ortodoxa (bienpensante sería
la expresión en neolengua). En la práctica, esto suponía que ningún libro
escrito antes de 1960 podía traducirse por completo. La literatura anterior
a la Revolución sólo podía estar sujeta a una traducción ideológica, o sea,
a una alteración tanto de las palabras como del sentido. Tomemos por
ejemplo el tan conocido pasaje de la Declaración de la Independencia:
Entendemos que son verdades evidentes el que todos los hombres
han sido creados iguales, que han sido dotados por su Creador con
ciertos derechos: inalienables, entre los que se encuentran la vida, la
libertad y la búsqueda de la felicidad. Y que, para asegurar estos
derechos, se han instituido entre los hombres los gobiernos, cuyo poder
depende del consentimiento de los Gobernados. Y que cuando cualquier
forma de gobierno perjudica estos fines, el pueblo tiene derecho a
alterarla o abolirla e instituir una nueva…
que crea el concepto de «Gran Hermano» que desde entonces pasó al
lenguaje común de la crítica de las técnicas modernas de vigilancia. El
adjetivo «orwelliano» es frecuentemente utilizado en referencia al universo
totalitarista imaginado por el escritor inglés.
A lo largo de su carrera fue principalmente conocido por su trabajo como
periodista, en especial en sus escritos como reportero, a esta faceta se pueden
adscribir obras como Homenaje a Cataluña (Homage to Catalonia), sobre la
guerra civil española, o El camino a Wigan Pier (The Road to Wigan Pier),
que describe las pobres condiciones de vida de los mineros en el norte de
Inglaterra. Sin embargo los lectores contemporáneos llegan primeramente a
este autor a través de sus novelas, particularmente a través de títulos
enormemente exitosos como Rebelión en la granja (Animal Farm) o 1984.
La primera es una alegoría de la corrupción de los ideales socialistas de la
Revolución rusa por Stalin. 1984 es la visión profética de Orwell sobre una
sociedad totalitarista situada supuestamente en un futuro cercano. Orwell
había vuelto de Cataluña convertido en un antiestalinista con simpatía por los
marxistas, definiéndose como un socialista demócrata.
Orwell murió de tuberculosis en enero de 1950.

Obras:
GEORGE ORWELL, seudónimo de Eric Arthur Blair (Motihari, India
Británica, 25 de junio de 1903 - Londres, 21 de enero de 1950), fue un Sin blanca en París y Londres (1933)
escritor y periodista británico, cuya obra lleva la marca de las experiencias Días en Birmania (1934)
personales vividas por el autor en tres etapas de su vida: su posición en contra La hija del Reverendo (1935)
del imperialismo británico que lo llevó al compromiso como representante de Homenaje a Catalunya (1938)
las fuerzas del orden colonial en Birmania durante su juventud, a favor de la El camino a Wigan Pier (1937)
justicia social, después de haber observado y sufrido las condiciones de vida Rebelión en la granja (1945)
de las clases sociales de los trabajadores de Londres y París, en contra de los 1984 (1949)
totalitarismos nazi y stalinista tras su participación en la Guerra Civil Que vuele la aspidistra (1936)
Española. Disparando al elefante y otros ensayos (1950)
Orwell es uno de los ensayistas en lengua inglesa más destacados del Así fueron las alegrías (1953)
siglo XX, y más conocido por dos novelas críticas del totalitarismo: Rebelión
en la granja, y 1984 (la cual escribió y publicó en sus últimos años de vida). En 1968 se publicaron en cuatro volúmenes sus Ensayos Completos:
Testigo de su época, Orwell es en los años 30 y 40 cronista, crítico de Periodismo y Cartas.
literatura y novelista. De su producción variada, las dos obras que tuvieron un
éxito más duradero fueron dos textos publicados después de la Segunda
Guerra Mundial: «Rebelión en la granja» y, sobre todo «1984», novela en la

También podría gustarte