Prueba
Prueba
No todos los hechos que integran el objeto del proceso forman parte del objeto de la
prueba. El objeto del proceso comprende todas las cuestiones que el tribunal debe resolver,
mientras que el objeto de la prueba está integrado únicamente por aquellos hechos cuya
existencia o inexistencia necesita ser demostrada para que el juez pueda dictar sentencia.
Por ello, todo hecho que integra el objeto de la prueba forma parte necesariamente del
objeto del proceso, pero no todos los hechos comprendidos en el objeto del proceso
requieren prueba. Cuando una prueba recae sobre hechos que no integran el objeto del
proceso, se considera impertinente y, por tanto, no debe ser admitida.
Para determinar qué hechos deben probarse es necesario distinguir entre cuestiones
indisponibles y cuestiones disponibles.
Las cuestiones indisponibles son aquellas que no pueden resolverse válidamente sin una
decisión judicial, ya que involucran intereses de orden público y no pueden quedar libradas
exclusivamente a la voluntad de las partes. Son ejemplos las cuestiones relativas al estado
civil de las personas, la filiación, determinadas materias de familia y el Derecho Penal. En
estos procesos, el objeto de la prueba comprende, como regla general, todos los hechos
alegados por las partes, aun cuando no hayan sido controvertidos, porque el juez tiene el
deber de verificar su existencia antes de dictar sentencia.
Sin embargo, esta regla admite algunas excepciones. En primer lugar, no requieren prueba
los hechos presumidos absolutamente por la ley, ya que la propia norma presume su
existencia de manera definitiva y no admite prueba en contrario. Un ejemplo es la
presunción absoluta contenida en los artículos 1 y 2 del Código Civil, según la cual la ley se
presume conocida por todas las personas.
Tampoco necesitan prueba los hechos evidentes, es decir, aquellos cuya certeza resulta tan
clara que ninguna persona razonable puede dudar de ellos. Son hechos que se desprenden
de las reglas de la lógica o de conocimientos universalmente aceptados, como afirmar que a
las cuatro de la madrugada es de noche. No obstante, Peirano sostiene que si estos hechos
son expresamente discutidos por las partes, igualmente deberían ser objeto de prueba.
También quedan excluidos, en determinadas circunstancias, los hechos normales, que son
aquellos que la experiencia común o científica enseña que normalmente ocurren. Por
ejemplo, que un niño de un año no sabe leer o que un automóvil nuevo funciona
correctamente. Para que estos hechos queden excluidos del objeto de la prueba es
necesario que ambas partes los admitan y no exista controversia sobre ellos.
Otra categoría es la de los hechos notorios, entendidos como aquellos cuyo conocimiento
es compartido por la generalidad de las personas en un determinado lugar y momento
histórico. Un ejemplo clásico es que Uruguay fue campeón del mundo de fútbol en 1950.
Como regla general, estos hechos no necesitan prueba; sin embargo, si alguna de las
partes los contradice, deberán ser acreditados.
Tampoco integran el objeto de la prueba los hechos irrelevantes, es decir, aquellos cuya
existencia o inexistencia carece de incidencia sobre la solución jurídica del litigio. En
realidad, parte de la doctrina sostiene que estos hechos ni siquiera integran el objeto del
proceso, ya que no influyen en la decisión final. Por ejemplo, en un juicio de cobro de un
préstamo resulta irrelevante la nacionalidad del prestamista.
Finalmente, tampoco requieren prueba los hechos que ya fueron objeto de una decisión
judicial firme, es decir, aquellos alcanzados por la autoridad de la cosa juzgada. Si un hecho
ya fue establecido en un proceso anterior entre las mismas partes, no corresponde volver a
probarlo. Un ejemplo es la determinación de la filiación en un proceso de investigación de
paternidad que luego sirve de fundamento para un juicio de alimentos.
La admisión puede ser expresa, cuando la parte reconoce claramente un hecho al contestar
la demanda, o tácita, cuando no contesta la demanda o, al hacerlo, no niega en forma
concreta los hechos afirmados por el actor. En estos casos, los hechos dejan de integrar el
objeto de la prueba porque ya no existe controversia sobre ellos. Sin embargo, la admisión
tácita no opera cuando quien contesta la demanda no tuvo intervención personal en los
hechos ni dispone de posibilidades razonables para conocerlos, como ocurre con el
heredero o el defensor de oficio. Además, Abal sostiene que, aun en los casos de admisión
tácita, los hechos continúan integrando el objeto de la prueba, pero la ley establece una
presunción legal simple a favor de su existencia, la cual admite prueba en contrario.
Los medios de prueba pueden clasificarse desde distintos puntos de vista. Una primera
clasificación distingue entre medios de prueba directos y medios de prueba indirectos. Los
medios de prueba directos son aquellos en los que el tribunal entra en contacto inmediato
con el hecho cuya existencia o inexistencia debe determinar. El ejemplo más claro es la
inspección judicial, en la que el juez observa personalmente el objeto, lugar o situación
relacionada con el litigio, sin necesidad de intermediarios. En estos casos, el
convencimiento del tribunal surge de la percepción directa del hecho.
Por el contrario, los medios de prueba indirectos son aquellos en los que el tribunal no
percibe directamente el hecho que pretende probarse, sino que llega a él a través de otro
elemento que lo representa o permite inferirlo. Dentro de esta categoría pueden distinguirse
dos modalidades: los medios históricos y los medios críticos.
Los medios históricos procuran reconstruir o representar el hecho ocurrido mediante fuentes
de prueba que conservan información sobre él. Esa representación puede realizarse a
través de documentos, fotografías, grabaciones, objetos materiales o declaraciones de
personas que tuvieron conocimiento del hecho, como sucede con la prueba documental o
testimonial. El tribunal no observa directamente el hecho pasado, sino que accede a él
mediante su representación.
Los medios críticos, en cambio, permiten al juez llegar al conocimiento del hecho mediante
un proceso de razonamiento o inferencia basado en conocimientos técnicos, científicos o
especializados. El ejemplo típico es la prueba pericial, en la que el perito analiza
determinados elementos y, aplicando conocimientos específicos de su disciplina, emite
conclusiones que sirven al tribunal para formar convicción sobre los hechos discutidos. En
estos casos, el juez no obtiene el conocimiento del hecho de manera inmediata, sino a
través de la valoración crítica realizada por un experto.
Otra clasificación distingue entre medios de prueba personales y medios de prueba reales.
Los medios personales son aquellos cuya producción requiere necesariamente la
intervención de una persona distinta del tribunal. Comprenden, entre otros, la declaración de
testigos, la confesión de las partes y la prueba pericial, ya que en todos ellos una persona
aporta información relevante para el proceso.
Los medios de prueba reales, por su parte, son aquellos cuya producción no depende
necesariamente de la intervención de otra persona, sino de la incorporación o examen de
objetos materiales. Son ejemplos la prueba documental, cuando consiste en la agregación
de un instrumento al expediente, y la inspección judicial de bienes o lugares. En estos
casos, la fuente de prueba es un objeto existente en la realidad y el tribunal puede
conocerlo directamente o mediante los procedimientos previstos por la ley.
Uno de los principales problemas que plantea esta materia es determinar quién tiene la
iniciativa probatoria, es decir, quién está legitimado para proponer la producción de medios
de prueba. Sobre este punto la doctrina ha elaborado dos grandes posiciones.
La primera sostiene la iniciativa exclusiva de las partes, postura defendida por los llamados
garantistas. Según esta concepción, la iniciativa probatoria constituye una consecuencia del
principio dispositivo, conforme al cual corresponde exclusivamente a las partes disponer del
proceso, incluyendo la decisión sobre qué hechos probar y qué medios utilizar para
acreditarlos. Se entiende que permitir al tribunal introducir pruebas de oficio comprometería
su imparcialidad, ya que cualquier actuación probatoria realizada por iniciativa judicial
podría terminar favoreciendo a una de las partes y perjudicando a la otra. Además, se
afirma que la carga de la prueba corresponde exclusivamente a quienes afirman los hechos
y que son las partes, y no el juez, quienes conocen mejor los hechos discutidos y la forma
más adecuada de demostrarlos. Desde esta perspectiva, el tribunal debe mantener una
posición neutral, sin intervenir para corregir desigualdades probatorias ni sustituir la
actividad de los litigantes.
La posición contraria, conocida como activista, sostiene que el tribunal también debe tener
iniciativa probatoria. Sus defensores consideran que esta facultad resulta plenamente
compatible con los procesos en los que se discuten derechos indisponibles, donde el interés
público exige que la decisión judicial se aproxime lo más posible a la verdad material.
También afirman que limitar la actividad probatoria exclusivamente a las partes puede
favorecer conductas dilatorias o impedir el esclarecimiento de hechos relevantes. En
consecuencia, entienden que el juez no debe asumir una actitud meramente pasiva, sino
que debe disponer las pruebas necesarias para alcanzar un conocimiento adecuado de los
hechos sometidos a su decisión.
El Código General del Proceso uruguayo adopta una solución intermedia. En principio,
reconoce iniciativa probatoria tanto a las partes como al tribunal. Los artículos 24 y 25
numeral 2 del CGP atribuyen al juez un verdadero poder-deberde disponer la producción de
pruebas cuando ello resulte necesario para el adecuado esclarecimiento de los hechos. Sin
embargo, esa iniciativa no es absoluta, ya que siempre se encuentra limitada por el objeto
del proceso y por el objeto de la prueba. El tribunal no puede introducir pruebas sobre
hechos que no hayan sido incorporados válidamente al proceso ni investigar cuestiones
ajenas a la controversia planteada por las partes.
La posibilidad de que el tribunal disponga pruebas de oficio también depende del medio de
prueba de que se trate. En algunos casos, el juez solo puede intervenir cuando la parte ya
propuso previamente ese medio probatorio. Así ocurre, por ejemplo, con el interrogatorio de
testigos, el careo y la prueba pericial, respecto de los cuales el tribunal únicamente puede
disponer nuevas actuaciones sobre personas o peritos previamente incorporados al
proceso. En cambio, existen otros medios respecto de los cuales el juez puede actuar
directamente, como el interrogatorio libre del interesado principal, la inspección judicial de
personas, lugares o cosas, la reproducción de hechos o el interrogatorio bajo juramento del
actor respecto de los daños sufridos, sin necesidad de una previa proposición de las partes.
Especial importancia tienen las llamadas diligencias para mejor proveer, que constituyen
actuaciones probatorias ordenadas por el tribunal cuando considera que la prueba ya
producida resulta insuficiente para formar convicción. Como regla general, estas diligencias
solo pueden disponerse cuando previamente exista algún aporte probatorio realizado por la
parte que aparentemente se verá beneficiada con la nueva prueba. La doctrina entiende
que, mediante estas diligencias, el juez puede ordenar prácticamente cualquier medio de
prueba, con la única excepción de la absolución de posiciones bajo juramento, por tratarse
de un medio cuya iniciativa corresponde exclusivamente a las partes.
En los procesos de carácter social, el artículo 350.5 del Código General del Proceso parecía
reconocer una iniciativa probatoria particularmente amplia al tribunal, permitiéndole disponer
de oficio todos los medios de prueba admisibles, salvo la absolución de posiciones. Sin
embargo, parte de la doctrina entiende que la remisión efectuada por esa disposición al
antiguo Código del Proceso Penal perdió eficacia luego de la entrada en vigencia del nuevo
Código del Proceso Penal, el cual eliminó esa facultad judicial. Por ello se sostiene que
actualmente dicha remisión debe interpretarse como estática, manteniendo únicamente el
alcance que tenía al momento de su incorporación.
La iniciativa probatoria del tribunal tampoco puede ejercerse indefinidamente durante todo el
proceso. Como regla general, una vez concluida la audiencia complementaria ya no es
posible disponer de oficio nuevos medios de prueba, salvo precisamente mediante las
diligencias para mejor proveer.
En cuanto a las oportunidades para proponer medios de prueba, el proceso ordinario ofrece
diversas etapas en las cuales las partes pueden hacerlo. El actor puede proponer prueba
desde las medidas preparatorias, al presentar la demanda y también cuando la modifica,
debiendo ofrecer todos los medios de prueba correspondientes a los hechos en que funda
su pretensión. El demandado, por su parte, debe proponer toda su prueba al contestar la
demanda, al deducir excepciones previas o al formular reconvención. Si omite hacerlo en
ese momento, por regla general opera la preclusión, perdiendo la posibilidad de ofrecer
posteriormente esos medios probatorios.
En primer lugar, el tribunal debe controlar los requisitos procesales formales del acto de
proposición. Esto implica verificar que quien propone el medio de prueba tenga capacidad y
legitimación para hacerlo, que el acto haya sido realizado dentro de la oportunidad procesal
correspondiente y que cumpla con las exigencias de tiempo, lugar y forma establecidas por
la ley. Si alguno de estos requisitos falta, el acto será inadmisible desde el punto de vista
formal.
Superado ese control, el juez debe analizar los requisitos de fundabilidad, que se refieren a
la aptitud del medio de prueba para cumplir la finalidad probatoria perseguida. Este examen
comprende cuatro aspectos fundamentales: la admisibilidad, la pertinencia, la conducencia
y la necesariedad del medio de prueba.
Asimismo, el Código faculta al tribunal para rechazar los medios de prueba que pretendan
sustituir manifiestamente otro medio que la ley o la naturaleza del hecho consideran
específicamente adecuado. En tales casos, el juez puede desestimar el medio propuesto y
disponer la producción del que corresponda.
Por ejemplo, sería impertinente producir prueba destinada a demostrar la filiación de un niño
dentro de un proceso de alimentos cuando esa filiación ya fue establecida mediante una
sentencia firme anterior entre las mismas partes. Como ese hecho ya quedó definitivamente
resuelto y no integra el objeto de la prueba, toda actividad probatoria dirigida a demostrarlo
carece de utilidad jurídica.
Por ejemplo, si ya existe una pericia técnica que determina detalladamente los daños
sufridos por un vehículo, podría resultar innecesario recibir posteriormente la declaración de
un testigo destinada exclusivamente a acreditar esos mismos daños. Sin embargo, este
requisito debe aplicarse con especial prudencia, ya que un rechazo prematuro puede
implicar un verdadero prejuzgamiento acerca del valor de la prueba todavía no producida.
En esta etapa el juez puede decidir, por ejemplo, el orden en que declararán los testigos, el
momento en que se practicará una inspección judicial, cuándo se realizará una pericia, si
determinadas pruebas deben producirse conjuntamente o separadamente y la forma más
adecuada para coordinar todas las diligencias probatorias. Esta facultad de dirección
responde al deber del tribunal de procurar que la actividad probatoria se desarrolle de forma
ordenada, evitando demoras innecesarias y favoreciendo una adecuada reconstrucción de
los hechos.
Producción de los medios de prueba
La producción de los medios de prueba constituye la etapa de la actividad probatoria en la
que los medios previamente propuestos y admitidos son efectivamente diligenciados e
incorporados al proceso. Comprende todos aquellos actos procesales mediante los cuales
las distintas fuentes de prueba ingresan válidamente al expediente para que puedan ser
conocidas y posteriormente valoradas por el tribunal al momento de dictar sentencia. En
otras palabras, es el momento en que la prueba deja de ser una simple propuesta para
transformarse en un elemento efectivamente incorporado al proceso.
Como regla general, la producción de la prueba se rige por el principio de inmediación, que
exige que los medios de prueba sean practicados en audiencia, bajo la dirección y
presencia del tribunal y con la posibilidad de participación de las partes. La inmediación
procura que el juez tenga un contacto directo con las fuentes de prueba, ya sean personas
u objetos, de manera que pueda apreciar personalmente todos aquellos elementos que
resultan relevantes para la formación de su convicción. La presencia de las partes durante
el diligenciamiento garantiza además el respeto del principio de contradicción y del derecho
de defensa, permitiendo formular observaciones, preguntas, objeciones o solicitar
aclaraciones cuando corresponda.
Sin embargo, esta regla admite excepciones cuando, por la naturaleza del medio de prueba,
resulta imposible o innecesario producirlo en audiencia. Así ocurre, por ejemplo, con la
prueba documental, que normalmente debe acompañarse materialmente al momento de ser
propuesta; con el interrogatorio escrito de determinados testigos, cuando la ley así lo
autoriza; o con la parte escrita de un dictamen pericial, que puede presentarse por escrito y
posteriormente ser objeto de aclaraciones o ampliaciones en audiencia. En estos casos,
aunque el medio de prueba no se produzca íntegramente durante una audiencia,
igualmente queda válidamente incorporado al proceso conforme a las formas previstas por
la ley.
Para que un indicio pueda ser utilizado es indispensable que previamente haya quedado
plenamente probado. El juez debe alcanzar una convicción razonable acerca de la
existencia del hecho que constituye el indicio, ya sea mediante los distintos medios de
prueba producidos durante el proceso o incluso mediante otras presunciones judiciales
correctamente construidas.
Cuando la prueba resulta eficaz, el tribunal deberá tener por verdadera la afirmación relativa
a la existencia o inexistencia del hecho discutido. Si, por el contrario, la prueba demuestra la
falsedad de esa afirmación, deberá considerar probado el hecho contrario. Finalmente,
puede suceder que, aun luego de valorar todas las pruebas producidas, el tribunal
permanezca en estado de duda. En ese supuesto entran en juego las reglas sobre la carga
de la prueba, que indican cuál de las partes soportará las consecuencias de no haber
logrado acreditar los hechos que le correspondía probar. Por ello, la carga de la prueba
constituye una regla de decisión para los casos en que la actividad probatoria no logra
eliminar la incertidumbre del juez.
El sistema de prueba legal, también denominado prueba tasada o tarifa legal, consiste en
aquel régimen en el cual es el propio legislador quien determina previamente el valor que
deberá atribuir el juez a determinados medios de prueba cuando se verifican ciertos
presupuestos establecidos por la ley.
En este sistema el tribunal no posee libertad para apreciar la eficacia de la prueba conforme
a su propia convicción, sino que debe aplicar obligatoriamente la valoración previamente
fijada por el ordenamiento jurídico. En realidad, el juez no valora la prueba sino que
simplemente aplica una consecuencia jurídica establecida por la ley.
Según Barrios de Angelis, este sistema procura brindar lo que denomina certeza legal, ya
que las partes conocen anticipadamente cuál será el valor probatorio de determinados
medios de prueba y pueden incluso preconstituirlos antes del proceso teniendo presente
esa eficacia previamente determinada.
Entre las ventajas de este sistema se encuentra precisamente la seguridad jurídica, porque
evita soluciones contradictorias y reduce el margen de discrecionalidad judicial. Sin
embargo, presenta importantes críticas.
La principal objeción consiste en que puede obligar al juez a decidir en contra de su propia
convicción. Puede ocurrir que el magistrado, luego de examinar todas las circunstancias del
caso, tenga serias dudas acerca de la verdad de un hecho, pero que la ley igualmente lo
obligue a tenerlo por acreditado porque así lo dispone el régimen de prueba tasada. En
estos casos la verdad legal puede no coincidir con la verdad real.
En el Derecho uruguayo este sistema no rige con carácter general, pero sí subsiste
respecto de determinados medios de prueba. Entre ellos se encuentran la confesión, cuya
eficacia se regula tanto en el Código General del Proceso como en el Código Civil;
determinados aspectos de la prueba documental, especialmente respecto de los
instrumentos públicos y privados; algunas reglas aplicables a la prueba testimonial; y ciertos
supuestos relativos al dictamen pericial, particularmente cuando las partes atribuyen al
perito el carácter de arbitrador. En todos estos casos la ley fija previamente la eficacia
probatoria que el juez debe reconocer al medio de prueba.
Sana crítica
En este régimen el juez goza de libertad para valorar la prueba, pero esa libertad no es
absoluta ni arbitraria. La valoración debe realizarse conforme a las reglas de la lógica, los
conocimientos científicos y las máximas de la experiencia común, debiendo además
expresar en la sentencia las razones que justifican la convicción alcanzada.
Por ello suele afirmarse que la sana crítica representa una posición intermedia entre la
prueba tasada y la libre convicción. El juez posee libertad para apreciar las pruebas, pero
esa libertad se encuentra limitada por criterios racionales y por la obligación de fundamentar
su decisión.
Couture define la sana crítica como el conjunto de reglas del correcto entendimiento
humano, integradas por principios de lógica y por máximas de experiencia, que permiten al
juez valorar racionalmente las pruebas producidas.
Por su parte, Barrios de Angelis sostiene que la sana crítica constituye un método racional
de valoración que obliga al tribunal a justificar intelectualmente las conclusiones alcanzadas,
evitando decisiones arbitrarias o puramente intuitivas.
Asimismo, Abal señala que este sistema procura alcanzar el mayor grado posible de
objetividad en la valoración judicial, permitiendo al juez apreciar libremente las pruebas pero
dentro de un razonamiento susceptible de control mediante los recursos correspondientes.
El sistema de la sana crítica constituye el régimen adoptado como principio general por el
Derecho Procesal uruguayo para la valoración de la prueba. A diferencia del sistema de
prueba legal o tasada, en el que el legislador determina anticipadamente el valor de
determinados medios probatorios, la sana crítica deja al juez la tarea de apreciar libremente
la eficacia de la prueba. Sin embargo, esa libertad no es absoluta, sino que se encuentra
limitada por criterios racionales que impiden decisiones arbitrarias.
La sana crítica consiste en valorar las pruebas conforme a las reglas de la lógica, las
máximas de la experiencia y los conocimientos científicos, debiendo el tribunal expresar en
la sentencia las razones por las cuales atribuye determinado valor a cada uno de los medios
de prueba producidos. Se trata, por tanto, de un sistema de libertad razonada, en el que el
juez conserva independencia para formar su convicción, pero está obligado a fundamentar
el camino intelectual que lo condujo a ella.
Couture define la sana crítica como el conjunto de reglas del correcto entendimiento
humano, integrado por los principios de la lógica y las máximas de experiencia, que
permiten apreciar racionalmente la prueba. Por su parte, Barrios de Angelis sostiene que
este sistema exige que el juez exteriorice las razones de su convencimiento, permitiendo
controlar que la decisión no sea producto de apreciaciones subjetivas sino de un
razonamiento objetivo. En igual sentido, Abalentiende que la sana crítica procura alcanzar la
mayor aproximación posible a la verdad de los hechos, evitando tanto el automatismo de la
prueba tasada como la arbitrariedad de la libre convicción.
La principal característica de este sistema es que el juez no está obligado a fundamentar las
razones de su convencimiento. Basta con expresar la conclusión alcanzada respecto de la
existencia o inexistencia de los hechos discutidos. Históricamente este régimen tuvo
aplicación principalmente en los jurados populares, cuyos integrantes se limitan a declarar si
consideran probado un hecho, sin exponer los fundamentos de su decisión.
La doctrina ha formulado importantes críticas a este sistema. Couture sostiene que la libre
convicción resulta incompatible con un verdadero Estado de Derecho, ya que impide
controlar la racionalidad de las decisiones judiciales. Abal entiende que favorece la
arbitrariedad porque permite que el juez decida conforme a apreciaciones puramente
subjetivas imposibles de revisar posteriormente. Del mismo modo, Barrios de Angelis
considera que la ausencia de motivación elimina una garantía esencial del proceso, pues
las partes desconocen las razones de la decisión y no pueden cuestionarlas eficazmente
mediante los recursos.
Así, puede ocurrir que un testigo presentado por el actor termine favoreciendo la posición
del demandado si su declaración contradice los hechos afirmados en la demanda. Del
mismo modo, una pericia solicitada por el demandado puede concluir en favor del actor si
sus resultados respaldan la pretensión deducida. En todos estos casos, la prueba pertenece
al proceso y no a quien la produjo.
Este principio constituye una garantía esencial del debido proceso y del derecho de
defensa, ya que las partes solo pueden controlar, discutir y contradecir aquellos elementos
que han sido incorporados al proceso. Si el juez utilizara conocimientos obtenidos fuera del
expediente, las partes no tendrían oportunidad de controvertirlos ni de producir prueba en
contrario, vulnerándose el principio de contradicción y la igualdad procesal.
Por ejemplo, si el juez conoce personalmente a uno de los testigos o presenció casualmente
los hechos objeto del litigio, no puede utilizar ese conocimiento privado para fundamentar la
sentencia. Si esos hechos resultan relevantes para la decisión, deberán ser incorporados al
proceso mediante los medios probatorios correspondientes, permitiendo a las partes ejercer
plenamente su derecho de defensa.
Este principio no impide que el juez utilice sus conocimientos generales sobre la realidad,
las reglas de la experiencia o los conocimientos científicos comúnmente aceptados, ya que
estos integran precisamente la sana crítica. Lo que se encuentra prohibido es utilizar
conocimientos particulares obtenidos fuera del proceso y que no hayan sido sometidos al
control contradictorio de las partes.
Además de valorar las resultancias de los distintos medios de prueba, el tribunal también
puede formar convicción mediante los indicios y las presunciones judiciales. Estas figuras
permiten demostrar indirectamente un hecho cuando no existe una prueba directa sobre su
existencia o inexistencia.
Gallinal, Couture y Abal sostienen que ni los indicios ni las presunciones judiciales
constituyen verdaderos medios de prueba. Entienden que los medios de prueba son
únicamente los procedimientos destinados a incorporar fuentes de prueba al proceso,
mientras que los indicios y las presunciones corresponden a la etapa posterior de
valoración.
Por su parte, Tarigo considera que los indicios sí constituyen medios de prueba, porque
permiten acreditar hechos que servirán luego para construir una presunción, mientras que
las presunciones continúan siendo simples razonamientos del juez.
Finalmente, Barrios de Angelis, siguiendo a Carnelutti y Guasp, sostiene que los indicios no
son medios de prueba, pero las presunciones judiciales sí lo son, porque constituyen un
verdadero mecanismo mediante el cual el juez alcanza conocimiento acerca de los hechos
discutidos.
Concepto de indicio
Por ejemplo, la existencia de huellas de frenado, la posición final de un vehículo o los daños
sufridos en un accidente constituyen hechos plenamente probados que pueden funcionar
como indicios para deducir la velocidad a la que circulaba un automóvil al momento del
siniestro.
Para que un indicio pueda ser utilizado, debe encontrarse plenamente probado. El tribunal
no puede construir una presunción sobre otro hecho incierto. La existencia del indicio debe
surgir de los medios de prueba producidos durante el proceso o incluso de otras
presunciones judiciales válidamente construidas.
●un hecho conocido, que constituye el indicio y cuya existencia ya ha sido probada;
●una regla de experiencia, científica o técnica, que relaciona normalmente ese hecho
conocido con otro diferente;
●un hecho desconocido, cuya existencia el tribunal deduce como consecuencia del
razonamiento y que sí integra el objeto del proceso.
Para que una presunción judicial pueda servir de fundamento a la sentencia deben
cumplirse determinados requisitos.
En primer lugar, el indicio debe encontrarse plenamente probado. El juez no puede construir
una cadena de inferencias basada sobre hechos inciertos o simplemente probables.
En tercer lugar, debe existir una relación lógica y razonable entre el hecho conocido y el
hecho desconocido que se pretende demostrar. Esa conexión debe surgir naturalmente de
la experiencia común o del conocimiento científico.
Finalmente, la presunción debe ser grave, precisa y concordante, es decir, debe poseer
suficiente fuerza demostrativa para generar una convicción razonable acerca del hecho
discutido y no puede encontrarse contradicha por el resto del material probatorio.
Las presunciones necesarias son aquellas en las que la relación entre el indicio y el hecho
desconocido resulta prácticamente inevitable desde el punto de vista lógico o científico. La
existencia del hecho conocido conduce casi necesariamente a la conclusión alcanzada por
el tribunal.
Las presunciones contingentes, en cambio, son aquellas en las que la relación entre ambos
hechos no es absoluta, sino simplemente probable. El juez arriba a la conclusión porque
normalmente los hechos ocurren de esa manera según las reglas de la experiencia, aunque
pueden existir excepciones.
Estas últimas son las más frecuentes en el proceso civil y exigen un análisis especialmente
cuidadoso por parte del tribunal, ya que su fuerza probatoria depende del conjunto de las
restantes pruebas producidas.
Una presunción puede adquirir gran fuerza cuando coincide con documentos, testimonios o
pericias, pero también puede perder completamente su eficacia si resulta desvirtuada por
otros medios probatorios más convincentes.
PRUEBA TESTIMONIAL
La prueba testimonial es el medio de prueba mediante el cual, a propuesta de los
interesados principales y, en determinados casos, también de oficio por el tribunal, se
interroga a una persona ajena al proceso para que declare acerca de hechos que percibió
personalmente fuera del proceso y que integran el objeto de la prueba. El testigo debe ser
una persona distinta del tribunal, de los interesados principales y de los sustitutos
procesales, ya que precisamente su función consiste en aportar al proceso el conocimiento
que adquirió extraprocesalmente sobre determinados hechos. A diferencia del perito, el
testigo no aporta conocimientos técnicos o científicos, sino que declara sobre hechos que
observó mediante sus propios sentidos. Por ello, la prueba testimonial constituye un medio
de prueba indirecto, histórico y personal.
La iniciativa para proponer este medio de prueba corresponde, como regla general, a todos
los interesados principales, incluyendo a los terceros que intervienen en el proceso. Sin
embargo, el Código General del Proceso también reconoce determinados supuestos
excepcionales en los cuales el propio tribunal puede disponer de oficio la declaración
testimonial. Así ocurre cuando el juez cita nuevamente a un testigo que ya había sido
propuesto por alguna de las partes (art. 24.4 CGP), cuando convoca de oficio al testigo cuya
comparecencia había asumido una parte y que finalmente no asistió a la audiencia (arts.
24.5 y 160.2 CGP), cuando sustituye un medio de prueba inadmisible por una declaración
testimonial (art. 144 CGP), cuando ordena diligencias para mejor proveer (arts. 193.2 y
346.5 CGP) o cuando se trata de procesos de carácter social, en los que el tribunal posee
una mayor iniciativa probatoria (art. 350.5 CGP).
También corresponde controlar la capacidad del testigo. Para declarar debe tratarse de una
persona física, haber cumplido al menos trece años de edad al momento de la declaración,
no ser interesado principal ni sustituto procesal y no encontrarse comprendido dentro de las
personas excluidas por la ley. Asimismo, el testigo no debe padecer una enfermedad física
o psíquica que le hubiera impedido percibir correctamente los hechos o que le impida
declarar válidamente al momento del interrogatorio.
La doctrina analiza diversas situaciones particulares. Abal sostiene que, tratándose del
litisconsorcio facultativo, es posible que un litisconsorte declare como testigo respecto de
hechos propios del otro litisconsorte y que no sean comunes a ambos. En cambio, cuando
existe un litisconsorcio necesario, entiende que ello no resulta admisible porque ambos
integran una misma parte procesal y normalmente los hechos sobre los cuales deberían
declarar son comunes. También analiza el caso de los representantes y abogados de las
partes, concluyendo que, cuando intervinieron personalmente en los hechos, su declaración
deberá producirse mediante el interrogatorio del interesado principal y no como testigos.
Además, quienes se encuentren alcanzados por el secreto profesional tienen derecho, e
incluso deber, de abstenerse de contestar preguntas que impliquen violarlo.
Superado el examen de los requisitos formales, el tribunal debe controlar los requisitos de
fundabilidad, verificando que el medio de prueba resulte admisible, pertinente, conducente y
necesario. Este control no solo se realiza al admitir la prueba, sino también durante la
audiencia, respecto de cada pregunta formulada al testigo. El juez podrá rechazar aquellas
preguntas manifiestamente inadmisibles, impertinentes, inconducentes o innecesarias.
El interrogatorio comienza siempre por el tribunal, que formula las primeras preguntas.
Luego los abogados de las partes pueden interrogar libremente al testigo, correspondiendo
al juez controlar la admisibilidad de cada pregunta y rechazar únicamente aquellas que
resulten manifiestamente inadmisibles. El testigo no puede leer notas ni apuntes, salvo
autorización legal, debe declarar en idioma castellano o mediante intérprete cuando
corresponda, prestar juramento o promesa de decir la verdad y permanecer a disposición
del tribunal hasta que este autorice su retiro, ya que podría resultar necesaria la realización
de un careo.
Todo testigo tiene el deber de comparecer, declarar y decir la verdad. Debe responder de
manera clara y sin evasivas a las preguntas formuladas. Si injustificadamente se niega a
declarar, el Código prevé la posibilidad de imponer determinadas medidas coercitivas,
aunque parte de la doctrina considera inconstitucional la posibilidad de arresto prevista en el
artículo 160.4 del CGP. Existen, sin embargo, personas que tienen derecho a abstenerse de
declarar, especialmente determinados parientes de las partes y quienes se encuentran
protegidos por el secreto profesional. En estos casos deberán comparecer, pero podrán
negarse a responder aquellas preguntas cuya contestación vulnere los derechos
reconocidos por la ley. Además, el tiempo que el testigo permanezca a disposición del
tribunal no puede ser descontado de su salario.
PRUEBA DOCUMENTAL
La prueba por agregación de instrumento es el medio de prueba mediante el cual, a
iniciativa de un interesado principal y, de manera excepcional, por disposición de oficio del
tribunal, se incorporan al proceso documentos previamente existentes con el fin de acreditar
la existencia o inexistencia de hechos que integran el objeto de la prueba. Se trata de un
medio de prueba indirecto, histórico y real, ya que el tribunal no entra en contacto directo
con el hecho que pretende probarse, sino con un documento que representa ese hecho y
que fue confeccionado con anterioridad al proceso.
La fuente de este medio de prueba es el documento, entendido como todo objeto creado
por la actividad humana, fuera del proceso en el que posteriormente será utilizado,
destinado a representar un hecho distinto de su propia existencia. Dentro de este concepto
quedan comprendidos escritos, fotografías, planos, grabaciones de audio o video, discos
rígidos, archivos digitales, esculturas y cualquier otro objeto que tenga aptitud para
representar un hecho, un acontecimiento o incluso un pensamiento. Lo importante es que el
documento no se utiliza para demostrar su propia existencia material, sino el hecho que
representa. Así, por ejemplo, un contrato no se incorpora para probar que existe una hoja
de papel, sino para acreditar el negocio jurídico que en ella quedó documentado.
Los instrumentos públicos son aquellos otorgados o extendidos por un funcionario público
competente o por un particular investido de función pública, actuando dentro de los límites
de su competencia y cumpliendo las formalidades exigidas por la ley. Dentro de esta
categoría se encuentran, por ejemplo, las escrituras públicas autorizadas por escribanos
públicos y determinados documentos expedidos por funcionarios estatales. Los
instrumentos privados, por el contrario, son todos aquellos que no reúnen las condiciones
necesarias para ser considerados públicos, incluyendo los instrumentos públicos
defectuosos que, por carecer de alguno de los requisitos legales, pierden tal carácter.
Asimismo, la doctrina distingue entre documentos solemnes, cuya existencia es
indispensable para la validez del acto jurídico que representan, y documentos simplemente
probatorios, cuya función consiste únicamente en servir como medio de prueba de un hecho
que podría acreditarse por otras vías.
La iniciativa para proponer este medio de prueba corresponde, como regla general, a los
interesados principales. No obstante, excepcionalmente el tribunal puede disponer de oficio
la incorporación de instrumentos durante las diligencias para mejor proveer, siempre que
exista algún aporte probatorio previo de la parte aparentemente beneficiada, o en los
procesos de carácter social, donde el juez dispone de mayores facultades de iniciativa
probatoria. La oportunidad para proponer este medio de prueba es la prevista por las reglas
generales sobre proposición de la prueba.
La producción de este medio de prueba varía según la naturaleza del instrumento y según
quién tenga su posesión. Cuando el instrumento se encuentra en poder del interesado que
propone la prueba, este debe acompañarlo materialmente al presentar el medio probatorio.
Si se trata de un instrumento público, una vez verificados los requisitos legales el tribunal
dispone su agregación al expediente. La contraparte podrá impugnarlo promoviendo el
incidente denominado tacha de falsedad, regulado en el artículo 172 del Código General del
Proceso, cuando entienda que el documento presenta falsedad material, por ejemplo, por
falsificación de firmas, alteraciones no autorizadas o interlineados. Si el instrumento fue
acompañado con la demanda, la tacha debe plantearse al contestarla; si se agrega
posteriormente, el plazo para impugnar es de seis días desde la notificación de su
incorporación o, si la agregación ocurre en audiencia, en esa misma audiencia. La
tramitación de la tacha da lugar a una pieza separada, sin suspender necesariamente el
proceso principal. Si el documento no es impugnado o la tacha es rechazada, el tribunal
resolverá definitivamente sobre su admisión una vez fijado el objeto de la prueba.
Cuando el instrumento privado emana de un tercero, también debe distinguirse según exista
o no certificación de la firma. Si esta fue certificada o reconocida, el documento se presume
auténtico respecto de esa firma, aunque su contenido continuará siendo apreciado por el
juez conforme a las reglas de la sana crítica. Si no existe autenticación, será necesario
acreditar la autenticidad mediante otros medios probatorios antes de que el tribunal pueda
valorar su contenido.
Al controlar la admisibilidad, el juez debe verificar tanto los requisitos formales como el
requisito de fundabilidad. Según el artículo 190 del Código General del Proceso, pueden ser
requeridas para informar entidades públicas, privadas e incluso determinadas personas
físicas, siempre que el informe recaiga sobre documentación, archivos o registros existentes
en su poder. Abal entiende que incluso puede solicitarse informe a un interesado principal
cuando reviste el carácter de entidad. El informe únicamente puede referirse a lo que consta
objetivamente en esos registros y no puede utilizarse para sustituir otros medios de prueba
que por su naturaleza correspondan específicamente al caso.
Una vez admitido el medio de prueba, el tribunal ordena la elaboración del informe fijando el
plazo correspondiente. Si la orden se dirige a una parte del proceso, esta puede alegar la
existencia de una causa de reserva o secreto, como ocurre con el secreto bancario o
profesional. Si el tribunal mantiene la orden y la parte incumple, podrán aplicarse las
consecuencias previstas en el artículo 189 del Código General del Proceso y, además,
surgirá una presunción legal simple en su contrapor incumplimiento del deber de
colaboración procesal. Cuando el informe debe ser elaborado por un tercero, este también
puede invocar reserva o secreto dentro del plazo legal; de no cumplir injustificadamente,
podrán imponerse astreintes y otras medidas coercitivas previstas por la ley.
Una vez incorporado el informe al expediente, cualquiera de las partes puede impugnarlo
por incumplimiento de los requisitos procesales, por falsedad material o por falsedad
ideológica, dentro de los cinco días siguientes a su agregación o en la propia audiencia
cuando corresponda. Finalmente, las resultancias de este medio de prueba no se
encuentran sometidas a prueba tasada, por lo que el tribunal deberá valorarlas conforme a
las reglas de la sana crítica, apreciando racionalmente su contenido junto con el resto de la
prueba producida en el proceso.
PRUEBA PERICIAL
La prueba por informe o dictamen pericial es el medio de prueba mediante el cual, a
propuesta de los interesados principales y, en determinados casos, de oficio por el tribunal,
se ordena la elaboración de un informe pericial con el fin de aportar al proceso
conocimientos científicos, técnicos, artísticos o especializados que permitan al juez resolver
acerca de la existencia o inexistencia de hechos que integran el objeto de la prueba. El
informe pericial constituye un documento elaborado especialmente para el proceso por una
persona con conocimientos especializados que exceden los conocimientos comunes del
juez. Por ello, el perito no sustituye al tribunal en la decisión del litigio, sino que le
proporciona elementos técnicos que le permiten comprender y valorar adecuadamente
determinados hechos.
La iniciativa para proponer este medio de prueba corresponde, como regla general, a los
interesados principales. Cuando una parte solicita la realización de una pericia, la
contraparte puede adherirse a esa solicitud e incorporar nuevos puntos sobre los cuales
desea que el perito se pronuncie, conforme al artículo 180 del Código General del Proceso.
El tribunal también posee iniciativa probatoria, aunque limitada. No puede disponer
libremente una primera pericia, sino únicamente ordenar una ampliación, una reiteración o
la realización de un nuevo peritaje cuando ya existe una pericia previamente solicitada por
alguna de las partes. En cuanto al momento procesal para ofrecerla, rigen las reglas
generales sobre proposición de medios de prueba.
Como regla general, la ley dispone que el informe sea elaborado por un solo perito. Sin
embargo, cuando exista acuerdo de las partes, la complejidad técnica del asunto lo
justifique o una disposición legal así lo exija, podrán designarse dos o más peritos. Para
efectuar la designación, el tribunal puede realizar un sorteo entre los profesionales
inscriptos en el Registro Único de Peritos o solicitar el dictamen a universidades, institutos,
academias u otros organismos especializados, que serán los encargados de designar al
profesional correspondiente. También es posible que las propias partes acuerden quién será
el perito encargado del informe.
La ley exige que el perito reúna determinadas condiciones. Debe tratarse de una persona
física, mayor de edad, plenamente capaz, con idoneidad moral y ajena al proceso. Además,
debe ser un profesional universitario, científico, técnico, docente, artista o persona
especialmente idónea en la materia objeto del informe, con un mínimo de tres años de
ejercicio profesional cuando la normativa así lo exige. En aquellos casos en los que no
exista un profesional específicamente habilitado, podrá designarse a una persona de
reconocida competencia técnica. En determinadas materias, sin embargo, la ley exige
necesariamente la posesión de un título universitario habilitante.
Una vez notificado de su designación, el perito tiene el deber de aceptar el cargo y realizar
el informe. Solo puede excusarse cuando exista una justa causa, como problemas de salud,
viajes prolongados, compromisos laborales impostergables, situaciones familiares graves u
otras circunstancias similares. Estas causas deben comunicarse al tribunal dentro de los
tres días siguientes a la notificación de la designación, aunque parte de la doctrina entiende
que ese plazo no resulta estrictamente perentorio. Además, el perito puede renunciar al
cargo sin necesidad de expresar causa hasta dos veces por año; si supera ese límite puede
ser excluido del Registro de Peritos. Desde el momento de su designación queda obligado a
cumplir el encargo encomendado por el tribunal.
El Código también regula los impedimentos y las causales de recusación del perito. Cuando
existe un impedimento, como la falta de capacidad, la ausencia del título habilitante exigido
por la ley o la carencia de idoneidad moral, la designación es absolutamente nula y esa
nulidad puede declararse en cualquier momento, incluso de oficio por el tribunal. El propio
perito debe comunicar la existencia del impedimento dentro de los tres días siguientes a su
designación, aunque también pueden denunciarlo las partes mediante los recursos o
incidentes correspondientes. Distinta es la situación de las causales de recusación, que no
generan nulidad automática sino la posibilidad de solicitar el apartamiento del perito. El
artículo 179 remite a las causales de recusación de los jueces previstas en el artículo 325
del Código General del Proceso. Un ejemplo es el caso del perito que, antes de ser
designado, emitió públicamente opinión técnica sobre el mismo asunto objeto del proceso.
Cuando el perito fue designado de común acuerdo por las partes, únicamente podrá ser
recusado por causas sobrevenidas o desconocidas al momento de la designación.
Una vez presentado el informe, este se pone en conocimiento de las partes, quienes
disponen de un plazo de tres días para solicitar aclaraciones, ampliaciones, formular
observaciones o impugnar el dictamen tanto por razones formales como de fondo. También
pueden solicitar la realización de una nueva pericia, sin modificar el objeto originalmente
fijado. El propio tribunal puede requerir aclaraciones, ampliaciones o disponer un nuevo
informe cuando lo considere necesario. Las aclaraciones normalmente deben efectuarse
durante la audiencia complementaria, salvo que existan motivos fundados que justifiquen
otra modalidad.
Los honorarios del perito corresponden, como regla general, a la parte que solicitó la
prueba. Si fue pedida por ambas partes o dispuesta de oficio, el costo se distribuye por
mitades. Cuando quien solicitó la prueba goza del beneficio de auxiliatoria de pobreza,
queda exonerado del pago de dichos honorarios. Si el perito incumple injustificadamente el
encargo asumido, podrá incurrir en responsabilidad civil frente a las partes y en
responsabilidad disciplinaria frente al tribunal.
En cuanto a la valoración del informe pericial, el artículo 184 del Código General del
Proceso establece que sus resultancias se aprecian conforme a las reglas de la sana crítica.
En consecuencia, el juez no está obligado a seguir las conclusiones del perito, pudiendo
apartarse de ellas siempre que fundamente racionalmente su decisión. La única excepción
ocurre cuando la ley o las propias partes atribuyen al perito el carácter de arbitrador,
supuesto en el cual las conclusiones técnicas resultan obligatorias para el tribunal y se
configura un verdadero caso de prueba tasada. Si durante el proceso se realiza un segundo
informe pericial, el primero no pierde automáticamente eficacia, sino que el juez deberá
valorar ambos conjuntamente y determinar cuál posee mayor fuerza convictiva.
Inspección judicial
La iniciativa corresponde tanto a las partes como al tribunal, existiendo además casos en
los que el juez debe disponerla de oficio, como en el proceso relativo al presunto incapaz
(art. 443 CGP) y en determinados procesos de desalojo. Antes de admitirla, el juez controla
los requisitos procesales formales y el requisito de fundabilidad, verificando especialmente
que no se vulneren garantías constitucionales, como la inviolabilidad del domicilio (art. 11 de
la Constitución).
La inspección debe ser realizada personalmente por el juez competente, en aplicación del
principio de inmediación, bajo pena de nulidad absoluta, salvo las excepciones legales de
delegación. Se fija previamente el día, la hora y el lugar, citándose a las partes para que
puedan asistir, formular observaciones e impugnar las resoluciones adoptadas durante la
diligencia. Abal sostiene que, si la inspección se practica durante una audiencia, rigen las
reglas generales de comparecencia y notificación.
Las partes y los terceros tienen el deber de colaborar con la producción de este medio de
prueba. Si un interesado se niega injustificadamente a colaborar, el artículo 189.3 del CGP
establece una presunción legal simple en su contra respecto de los hechos objeto de la
inspección. Durante la diligencia pueden intervenir peritos y testigos, e incluso realizarse el
interrogatorio libre de las partes. Todo lo actuado se documenta en un acta, pudiendo
además tomarse fotografías o grabaciones. Sus resultancias se valoran conforme a las
reglas de la sana crítica.
Puede ser propuesta por las partes o dispuesta de oficio por el tribunal (art. 188 CGP). Para
admitirla, el juez controla los requisitos formales y la fundabilidad, especialmente que la
reconstrucción no vulnere derechos fundamentales de quienes deban participar.
Su producción sigue las mismas reglas de la inspección judicial: debe practicarse
personalmente por el juez, con citación de las partes y respeto del principio de inmediación.
Durante la diligencia pueden producirse otros medios de prueba, como declaraciones
testimoniales o intervenciones periciales. Las resultancias también se valoran conforme a la
sana crítica.
Estos medios deben seguir, en lo posible, las reglas del medio de prueba más semejante
regulado por la ley y no pueden utilizarse cuando exista una prohibición expresa o cuando la
naturaleza del hecho exija un medio específico (art. 144.1 CGP). La doctrina menciona
como ejemplos las declaraciones por videoconferencia, determinados documentos
electrónicos, fotografías, radiografías, grabaciones y otros soportes digitales. También
analiza el llamado testigo de oídas, cuya declaración solo es admisible cuando quien
percibió directamente los hechos no puede declarar.
Como regla general, las resultancias de estos medios de prueba se valoran conforme a la
sana crítica, salvo que una ley especial establezca un régimen diferente, como ocurre con
determinados documentos electrónicos regulados por la Ley Nº 18.600.