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Blackout

La protagonista lucha con una enfermedad que le provoca pérdida de memoria y comportamientos autodestructivos, lo que la lleva a una espiral de desesperación y violencia. Tras un episodio crítico, se encuentra con un cadáver en su habitación, lo que intensifica su angustia y sensación de pérdida de control. Finalmente, considera acabar con su vida para escapar de su tormento y la oscuridad que la consume.
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Blackout

La protagonista lucha con una enfermedad que le provoca pérdida de memoria y comportamientos autodestructivos, lo que la lleva a una espiral de desesperación y violencia. Tras un episodio crítico, se encuentra con un cadáver en su habitación, lo que intensifica su angustia y sensación de pérdida de control. Finalmente, considera acabar con su vida para escapar de su tormento y la oscuridad que la consume.
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BLACK OUT

Por Agnes Vidal

En mi reflejo, detrás de una risa sardónica, se esconde una extraña. Su vileza no tiene fin. Se
divierte día a día riéndose a mis expensas. Lágrimas pesadas coronan mis ojos sin césar, mientras le
ruego que se detenga. Soy una mujer fea y desastrosa, muy lejana de lo que alguna vez soñé ser:
arrugada y desaliñada, con ropa barata y de mal gusto. Detrás de mi fachada asquerosa, percibo la
maldad. La siento devorarme lentamente. Pequeños temblores corren por mi piel, haciendo erizar
cada uno de los vellos de mis brazos y piernas.
Un reflujo ácido llena mi boca. Aquella sensación nauseabunda me invade, pero elijo
ignorarla. Con parsimonia termino de vestirme. Me están esperando en el trabajo, dependen de mi
asistencia para cubrir las horas de las vacaciones de Mariela, mi compañera. Necesito el miserable
sueldo que me pagan
Es un día caluroso, como siempre en esta ciudad durante el verano. Me puse una camisa
blanca, de mangas largas y holgada. Cubrir mis brazos llenos de cicatrices es esencial para
aparentar ser algo cercano a un ser humano.
La enfermedad comenzó de manera casi imperceptible. Al principio, eran mareos leves,
fáciles de confundir con hambre matutina, cansancio o simplemente algo sin importancia. Pero poco
a poco fue cobrando más fuerza: olvidaba detalles, rostros, y luego información más relevante.
Los neurólogos me realizaron una serie interminable de estudios: resonancias magnéticas,
laboratorios, ecocardiogramas. Me derivaron al reumatólogo, y otra vez me pasearon por todos los
exámenes que se les ocurrieron. Todo salió perfectamente normal. No había diagnóstico, ni posible
tratamiento. Psicosomático, dijeron.
La pérdida de memoria era molesta, pero soportable. Lo que realmente me preocupaba eran
las acciones que realizaba durante esos períodos de ausencia. Los accidentes eran pequeños al
inicio: tomé la tetera sin guantes, me corté los dedos cocinando. Esos pequeños accidentes
domésticos comenzaron a volverse más graves. Corría sin sentido hacia los autos en marcha. Me
arrojé a las vías del tren, solo para ser rescatada en el último momento por un transeúnte distraído.
Ya había sufrido varias fracturas, perdido dos dedos de la mano izquierda, quemaduras en los
brazos y piernas, cicatrices por doquier.
Hace meses acepté que esto terminará mal. Se han vuelto tan estresantes los episodios, que
ya casi no me causa miedo la muerte. Incluso he pensado varias veces en ponerle fin a todo por mis
propias manos. Pero siempre hay algo, un vacío que me roba el control, y despierto en algún lugar
desconocido.

1
Desesperada, llegué a comprar insulina e intenté inyectármela, pero justo antes de poder dar
el pinchazo, me quedé en blanco. Tres días después recuperé la conciencia, todos los fármacos que
tanto me había costado conseguir ya no estaban.
En su lugar, encontré un cadáver a los pies de mi cama. No tengo idea de quién era, pero por
su aspecto lívido, llevaba un tiempo muerto. No sé si lo maté o si mi otro yo lo trajo aquí de alguna
parte. De cualquier forma, el colmo de todo sería terminar en prisión. Debía deshacerme
rápidamente de él. Corté al pobre en pedacitos, distribuyendolos en diferentes escondites. Perdí la
conciencia antes de deshacerme de la cabeza. No sé dónde está.
Hoy me vestí y fui al trabajo como si nada. Sin duda han notado mi nerviosismo. Mi
rendimiento ha sido un desastre los últimos meses. Creo que aún no me han despedido por lástima.
Héctor, el cajero, dice que soy una maldita sanguijuela. Tal vez tenga razón. Pero no importa. Nada
importa.
El día pasó rápido, aunque no he podido evitar pensar en los ojos vacíos del cadáver de
Gregory. No sé si ese era su nombre, pero decidí llamarlo así. Abrí mi cartera, y una de sus orejas
está dentro. No sé cuánto tiempo me queda antes del próximo vacío. Cada vez son menos los
momentos en los que no me consume la oscuridad.
No puedo seguir así. Me arrojaré del puente camino a casa sin pensarlo demasiado, antes
que mi otro yo me detenga nuevamente. Si alguien encuentra a Gregory, denle paz, un entierro
digno. Pidan perdón por mí a su familia.

Y si hay un Dios, espero que también me perdone.

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